Está en la página 1de 301

EL C A R D E N A L SE C U K A

JESÚS BEQÜEJO SAN EOMA.N

E l C ardenal S egura
COM PBéLO<K) S I

D. R A M rR O DE M A E ZTÜ

KID JIID , IM F., JUAH BRA.TO, S.


Págs,

tazgos de la Archidiócesis.—El prim er Con­


greso y exposición marianos.— L a típica fies­
ta toledana de la Descensión do Nuestra Se­
ñora .................................................................. 85
E l Ca r d e n a l y la onvocróN al P a p a .—-Cómo
entiende el amor al Papa.— Sus enseñanzas.
£1 “ Día del Papa".—E l Jubileo de P ío XI.—
La prueba suprema ...................................... 101
E l Ca r d e n a l y la A c c ió n Ca t ó l ic a .— L o que
fallaba por hacer.—El D ireclor Pontificio de
la Acción Católica.— Reorganización.— L a Se­
mana Nacional de Consiliarios.—El prim er
Congreso Nacional do Acción Calólica.— Ac­
tividad maravillosa.— ¿Demasiado de prisa? 105
El C a rd en a l y las m is io n e s .— Las
misiones
en el Sur de Francia.— Situación de los emi­
grados.— Obstáculos para la obra.— 'Trascen­
dencia de la misma.— En el destierro ......... 110
E l Co n c il io P r o v in c ia l .— Obstáculos vencidos.
Los antiguos Concilios toledanos.— Importan­
cia del nuevo Concilio.— Una fantasía perio­
dística ........................................................... 137
L a h o r a db l a Una campaña calum­
p r u e b a .—
niosa.— “ Se dice...".—¿Qué piensa de la Re­
pública el Cardenal?— Una plática famosa.—
Adhesiones a Su Eminencia ......................... 195
U na P astoral c é le b r e *—La h ora de hablar.
Iglesia y Monarquía.—E l respeto al Poder
público.— Un ju icio de “ The T im es” .—Los
que juzgáb sin leer.—T ex to de la Pastoral.. 143
E l d e s t ie r r o .— V iaje del Sr. Cardenal a Roma.
Regreso y detención.—Es expulsado de Espa-
fla.— Rectificaciones.— P rotesta de su Eminen­
cia Reverendísima ........................... ............ . 161

INDICE

Pága.

P ró lo g o ................................................................... 7
P r e s e n t a c ió n .......................................................... 15
E l m o n o po lio de l a o p in ió n en e l “ a f f a ih b "
s s l Ca r d e n a l .—La paradoja de la libertad.
Interés de la sociedad en defender eJ patri­
monio del honor.— Deber de contribuir al
saneamiento de la conciencia p ú b lic a ...... 19
Se m b la n z a d e l Ca r d e n a l S eo u ra .— Sus exira-
ordinarias dotes.— Sus heroicas virtudes.—
El hombre providencial.—Valiosa opinión
del sabio Obispo de Madrid-Alcalá, Doctor
E ijo Garay ...................................................... 25
D atos BinLioanÁrtcoa del E mm o . y R vd m o . S e-
flo n D oc to r D. P edro S eo u ra y SA en z , Ca r ­
denal A rzo b ispo db T oledo .......................... 33
En l a c u m b re d e l sac erd o c io .—A u xiliar del
Cardonal Cos.—Obispo de Coria.—Arzobispo
de Burgos y Toledo.— Principe de la Iglesia. 37
E l O b ispo d b l a s H u r d e s ................................. 49
E l A rzo b ispad o de T oledo .— Toledo recibe a
su Prelado con extraordinario júbilo.— Ac­
tividad Pastoral.— Cosas que sabe y ha vis­
to T o le d o ............................................................ 59
L a o r a to r ia d e l S r. C a rd e n a l ........................ 65
E l Ca r d e n a l Ma r ia n o .— Las fies las sabatinas.
Coronación de la Virgen de Guadalupe.—
Asambleas marianas en todos los Arciprea-
Págs.

E n to rn o db l a e x p u ls ió n .— In form acion es de
la Prensa.— Una ñ ola del “ Osservatore R o­
m an o".— O tra ñ ola del Gobierno,— A cla ra cio­
nes y com entarios.— Respuesta del J efe del
G obierno a la protesta del Sr. Cardenal.—J u i­
cios de la Prensa C atólica ............................... 175
U n o s d o c u m en to s s e c r e t o s .— U n silen cio sos­
pechoso.— Una inform ación de “ E l S iglo F u ­
tu ro ".— L o que decían los documentos.— No se
alentaba contra la seguridad del E s ta d o .... 101
L a d e m isió n .— So
re a v iv a la campaña.— L a ad­
h esión del Clero Toledano.— G ratilu d del Car­
denal.— Rum ores absurdos.— L a dim isión.— Su
significado.— Un artícu lo de “ E l D eb a te” ___ 205
Co n c l u s ió n '.— U na parábola.— E l fru to del sa­
crificio .— Un au tógrafo P on tificio.— L a v e r ­
dadera causa de la persecución.— L o s cam inos
d e la P rovid en cia.— Una c a ria de despedida.—
E n el lecho del dolor.— Un ejem p lo que no se
o lv id a rá ................................................................ 219
N o ta f i n a l . . . ......... ............................................... 233
A p é n d ic e .— E l Cardenal y las M isiones del Sur
de F ran cia ....................................................... ÍRJd
L a opin ión se m anifiesta unánim e y clam oro­
sa ......................................................................... 249
L a v o z d e la P re n s a .......................................... 279
A SU S A N T ID A D P IO X I
QUE RECIENTEMENTE PROPUSO
a l C ar d e n a l S ecura a la
ADMIRACIÓN DEL SACRO CO­
LEGIO C a r d e n a lic io , c o n f i ­
l i a l REVERENCIA DEDICA ESTE
HUMILDE LID RITO EN QUE SE
DA A CONOCER LA VIDA Y LA
odra d e l Ca r d e n a l S ecu ra
Y SE LE PROPONE A LA ADMI­
RACIÓN DE LOS CATÓLICOS ES­
PAÑOLES Y DE CUANTOS SABEN
ESTIMAR EL TALENTO Y LA
VIKTUD.
E L AU TO R.
PROLOGO

Este es el p rim er libro que se escribe sobre el Car­


denal Segura. Han de componerse muchos oíros, a
pesar de la pobreza de nuestra literatura en biogra­
fías y libros de historia, tanto por la singularidad
de la figura del Primado, como por la del tiempo en
que aparece. E l mismo silencio, digno y fuerte, que
el Cardenal ha guardado respecto de los ataques de
la prensa enemiga y del Gobierno, como de hombre
que perdona a sus perseguidores y rehuye las r e i­
vindicaciones, ha de servir de estímulo para mover
las plumas. Si el Cardenal no se defiende, habrá quo
defenderle; si el Primado colla, habrá que hablar
por él.
Esle es un libro muy modesto; el autor lo llama
librilo y dice que e 9lá dedicado al pueblo; máa que
interpretación de la figura del Cardenal Segura y
Sáenz (« lio vendrá, después, y es obra m uy d ifícil),
es una recopilación de datos biográficos. Mostrar el
fuego de un alma creyente a un público apagado, es
todavía más d ifíc il que descubrir los recovecos de
la incredulidad a los creyentes, y no hay prueba ple­
na, en nuestras tetras contemporáneas, de que ten­
gamos el escritor capaz de esa tarea. Pero hay lam-
bién en esle lib rilo el testimonio de admiración y
de respeto de un hombre que fué honrado con la
amistad del Cardenal, y ese testimonio viene a de­
cirnos, a cuantos no le tratábamos, pero veíamos al­
zarse su figura sobre los horizontes de la Historia,
que no era infundado el homenaje de nuestro ren­
dimiento.
Nadie discute la 3 grandes virtudes del Cardenal.
Su caridad era proverbial. V iv ía personalmente con
nada; su mesa era frugalísim a; daba a los necesita­
dos lodo cuanto tenia. £1 día en que le fueron sus­
pendidas las temporalidades, ofreció el clero toleda­
no remediar sus necesidades con sus modestos ha­
beres. El Cardenal rechazó el ofrecim iento: "N o Nos
consienLo Nuestro corazón ver aliviada Nuestra po­
breza con las privaciones heroicas de la vuestro."
¡Contraste ejem plar con el ilustre profesor desterra­
do, que no sólo recibió de sus colegas análogos sub­
sidios, sino que, al percibir después todos los suel­
dos devengados, aunque no ganados, en el ocio de su
destierro voluntario, no tuvo el gesto de devolver a
sus necesitados compañeros las cantidades con que
habían subvenido, más que a su indigencia, a su co­
dicia!
La caridad del Cardenal no se contenta con dar lo
que tiene a los que se lo piden, sino que busca los
necesitados hasta en países remotos. Suya fué la idea
de fundar las Misiones en el Sur de Francia, para
que los hijos de los españoles emigrados en busca de
trabajo no careciesen del alimento espiritual de la
buena doctrina. El Cardenal no se cansó de pedir y
allegar recursos para esta obra, emprendida sin oíros
medios que los suyos personales. Repetidos docu­
mentos atestiguan su celo y enlusiasmo. Y a pesar de
los obstáculos puestos por la pasión sectaria a esla
evangélica labor, el celo del Cardenal, que había ga­
nado ya el apoyo de los católicos de Francia, habría
llevado la fe do Espada a nuestros pobres braceros
emigrados, como años antes, desde la diócesis de Co­
ria, habla atraído el am or uacional hacia Jos hijos
de las Hurdcs.
Dura tendrá la p iel quien lea la caria que escri­
bió en mayo de 1922, desde Fragosa de las Hurdcs,
sin que se le asomen las lágrimas a los ojos. Cuando
pinla el recibim iento que Je hicieron los jurdano 9 ,
que: “ se fueron escalonando en las montañas y con.
sus Lfpicaa gaitas y Lamboriles y coros de cantadores,
le fueron recibiendo de rodillas a lo largo de aquel
camino, en cuyos precipicios ni siquiera tuve tiem­
po de reparar, escuchando aquellos cánticos tan ins­
pirados de sonatas sentimentales, aquellas conver­
saciones tan sabrosas y aquellos ofrecim ientos tan
generosos", o cuenta la velada que pasó hablando con
aquellos labradores de su Virgen de la Monlafia y
durmiendo en un cuarto sin puerta ni ventana, y di­
ciendo la Santa Misa, “ la prim era tal ver que se ha
celebrado desde el principio del mundo en estas su­
blimes soledades” , no es sólo el patetismo de estas
escenas lo que nos batLa el alma de ternura, sino la
sencillez con que nos la refiere el Prelado.
Esta sencillez forma un estilo en que valdría la pe­
na de pensar. El Cardenal escribe como un padre a
Sus hijos; Con ello digo que su estilo no tiene nada
de esas alusiones de saber literario, con que los li­
teratos modernos, y muchos de otros tiempos, se van
diciendo los unos a los otros sus habilidades e Im­
portancia. Pero lo que ahora llamamos buen estilo,
¿no correrá la misma suerte que la escritura ‘‘ ar­
tista* de la literatura francesa, o el “ eufuism o” , de
ta inglesa, o el modo culterano, de la nuestra? Su pa­
labra hablada es como la escrita. Cuenta el Si*. Re-
quejo haber oído decir muchas veces: u,..y el caso
es que el Sr. Cardenal no es orador” , pero las gentes
salían conmovidas de sus hom ilías y sus pláticas, por
- 10 —

lo brevedad, la sencillez, la claridad 7 la gran emo­


ción de sus palabras. Del mismo carácter era el sa­
ber del Cardenal. Hombre de largos estudios, había
empezado el del latín en 1891 y no se doctoró en
Teología sino en 1900, en Derecho Canónico en 1908
y en F ilosofía en 1911, y hasla 1916, en que fuó
nombrado Obispo au xiliar det Arzobispado de V alla-
dolid, no hizo apenas sino consagrarse a la enseñanza
y al estudio.
Sólo que el saber del Cardenal, aparte de su gran
ciencia técnica de sacerdote teólogo y canonista, era
más lo que llama Max Scheler "saber de salvación*
que “ saber culto", aunque también poseía buena
cantidad de saber culto, como el que revela en su
preciosa plática sobre “ Los Valores de la V id a ” , en
que sucesivamente va presentando nuestra vida co­
mo comedio, en que representamos los distintos pa­
peles, como sueño, en que se desvanecen las figuras,
y como juego de niños, en que jugamos a los reyes
y a los emperadores o a justicias y ladrones, para
mostrarnos luego, en las historias de los grandes caí­
dos, como Andrónico o como Belisario o la Em pera­
triz Zita, sus vastas lecluras de historia, a la vez que
sus presentimientos esLremecedores. Pero lo predo­
minante, lo conslante en sus escritos y sermones es
el saber de salvación. A l revés de aquellos Prelados
franceses del siglo X V III, que sólo se cuidaban en
sus discursos de mostrarnos las maravillas de la fi­
siocracia, pero que a fuerza de admirar las leyes de
la naturaleza apenas reservaban breves palabras pa­
ra la L e y de Dios, el Cardenal no se proponía sino
la salvación de sus oyentes, por lo que al prologar
sus Conferencias Cuaresmales el seflor Molina pudo
recordar el verso que d ic e :

Que aquel que so salva, sabe,


1 el que 110, no sube nada.
Que 69 lo mismo que decía ol propio U ax Scheler
al afirmar que el saber culto ha de ponerse al servi­
cio del saber de salvación: “ Porque todo saber es, en
definitiva, de Dios y para D ios” .
No es extraño que el sefior Requejo haya excla­
mado al o ír al Cardenal: "A s í serian los Apóstoles” ,
ni que el Cardenal haya producido entre muchos “ in­
telectuales” el mismo efecto que San Pablo sobre los
aleniensos, cuando les habló de la resurrección da
los muertos: el de un espíritu crédulo y fanático.
«Qué habrán dicho ahora, al leer la Pastoral de loa
Obispos, si es que se lian decidido a malgastar, le­
yéndola, el precioso tiempo de sus tertulias de café?
La “ credulidad’' y el “ fanatismo” del Cardenal Be-
gura son los mismos de todos los Obispos. ¿Qué ha­
brán pensado, sobre todo, al enterarse de que el pa­
pa, al recibir ol Sacro Colegio de Cardenales para la
felicitación de Navidad, llamó al Cardenal Segura
Amostro h ijo dilectísim o", lo comparó con San
Gregorio Naciancenú, y al darle la bienvenida d ijo
que habla depuesto su arzobispado: “ no para cubrir
los motivos reales de la persecución, sino para qu i­
tar a ésta incluso el más lejano pretexto” ?
Los radicales españoles hablan cultivado una le­
yenda que les ha sido sumamente fructuosa: la de
que la Iglesia española era una Iglesia aparte, mu­
cho más intransigente que e l resto de la Iglesia uni­
versal. L o s católicos españoles eran "c erriles” , pa­
labra con la que querían decir “ cerrados’ , aunque
venga a significar todo lo contrario: los del reato del
mundo eran unos católicos abiertos, comprensivos y
Sin dogmas. Es verdad que este supuesto lo contra­
decían con el contrario de que los españoles somos
“ más papistas que el Papa” , porque lo que con ello
se dice es que en Eapnfia no ha habido nunca el me­
nor conato serio de constituir una Iglesia distinta de
la universal. No ha habido nunca en Espada nada
— la ­

que se parezca al galicanismo, ni tenemos palabra


para designarlo. L o característico de la Iglesia espa­
ñola ha sido siempre, su identificación con la Igle­
sia universal. Pero lo que sí lian logrado los radíen­
los nuestros, a fuerza de hablar de la cerrilidad de
los católicos españoles, es disuadirles de Lodo intento
de andar de cerro en cerro y llenarles de timidez y
respeto al qué dirán, no sea que fueran a llamarles
cerriles.
Este Liempo nuestro, en que ha surgido la figura
del Cardenal Segura, ho de ser objeto de largos es­
tudios por parle de los historiadores. Para el Carde­
nal habrán sido tiempos de pesadilla, al mismo tiem ­
po que de iniciación en un mundo de realidades ás­
peras y crueles. Al verse elevado, en edad tan tem­
prana, al p rim er puesto de la Iglesia española, es
posible, es hasta probable que el Cardenal pensara
que un Estado en que podía subir a la silla primada
un hombre enteramente consagrado a la piedad, lim ­
pio de ambiciones y extraño a las intrigas, debía sor
el de una nación donde la fe es omnipotente. ¿Cuán­
do empezó a sentir el Cardenal los sacudimientos
anunciadores del lerremoLo? ¡Cuánto convendría, pa­
ra el m ejor conocimiento de la situación, que nos
lo dijera en algún libroI ¡Que nos contara en qué
form a llegaba a un espíritu absorto en la piedad el
lejano rum or de la constante propaganda de la an-
Iirreligión ! Los sucesos se precipitaron. El resplan­
dor de unos incendios iluminó la Historia con cla­
ridad de espanto. jDios m ío! ¿P or qué fué objeto el
Cardenal de especial persecución? ¿P or qué no han
podido mantener los católicos españoles el catolicis­
mo del Estado español? « P o r qué en lanías p rovin ­
cias no han podido defender sus templos y conven­
tos? ¿P or qué no lian podido retener al Primado?
Es posible que se sospechara que el Cardenal 110
era amigo del nuevo régimen político. No se le ha
- U h

podido achacar un sólo acto que alentara a su esta­


bilidad. La Pastoral del Cardenal no d ijo otra cosa
que lo que después han amplificado todos los Prela­
dos con todo detalle y poniendo loa puntos sobra las
les; nL estaba inspirada on otro espíritu, ni redacta­
da coa palabras más fuertes que la aclual de los Pre­
lados. Si un periódico atribuyó al Cardenal haber in­
vocado la maldición del Cielo sobre España si se
afianzaba la República, pudo en seguida demostrarse,
porque la plática había sido tomada taquigráfica­
mente, que no había pronunciado semejantes pala­
bras. Se ha dicho que habla en la Pastoral famosa
‘'añoranzas suprim ibies". No es muy seguro, ni tam­
poco que las afioranzas constituyan ofensa, ni menos
delito. Hasta se ba reprochado al Cardenal, como
prueba de su hostilidad al régimen, el haber entrado
en España discretamente por Valcarlos, (como si el
paso de Rolando y Roncesvalles no resonaran oon
m&9 estruendo histórico que el de Behovia y la isla
de I09 Faisanes!
Es d ifícil de creer que hubiera razón particular al­
guna para considerar al Cardenal como especialmen­
te peligroso para el régimen. Pero era el Arzobispo
Primado, el más alto dignatario de la Iglesia espa­
ñola. Y la única explicación satisfactoria de que se
le haya distinguido para impedir que ocupara su si­
lla, es que el Gobierno ha querido demostrar su so­
beranía, en el sentido de hacer ve r a los católicos
que no podrían, aunque quisieran, sostener en su si­
lla áí Cardenal Primado, y que España había cam­
biado de señores. No se me alcanza interpretación
más verosím il. Es amarga, tremenda, terrible. Tam­
bién han de escribirse muchos libros para dilucidar
el hecho de que un pueblo católico se haya dejado
arrebatar el Estado y el mando supremo de las mía­
nos. Pero no ha? otra explicación satisfactoria do
que se baya rendido el Cardenal tiegura los hnoo-
« M —
res de desterrarle a viva fuerza, sino el hecho de
que se trataba del Primado de España, en un momento
en que el Gobierno creyó oportuno decir a las gen­
tes que era el amo.
No debo ocultar que entre algunos eclesiásticos se
ha discutido si el Cardenal Segura se ha dado cuenta a
tiempo, en materias de política social, de la supuesta
necesidad en que se encontraban loa obreros católi­
cos de convivir y defender sus intereses en compañía
y asociación, con otros que no lo son. A esta conside­
ración han de ligarse otras análogas respecto de la
posibilidad y conveniencia de ir buscando fórmulas
de convivencia jurídica con esa parte de la sociedad
espartóla que ahora proclama su impiedad. El curso
de los años irá mostrando si se trata de una alucina­
ción pasajera o de. una convicción materialista, que
BÓlo una apologética tenaz e inteligente podría desva­
necer. Este es el m isterio del tiempo presente y bu
gran interés para la Historia.
No es poco consuelo que en estos años de tan pro­
funda crisis haya surgido una figura como la del Car­
denal Segura, de quien puede decir el Sr. Requejo
San Román, al Lérmino de su libro: “ Que de una cu­
na humilde ascendió, por sus singulares méritos, a
la más alta dignidad de la Iglesia española j que de
lo alto de su jerarquía supo descender con sencilla
magnanimidad, dejando en pos de sí la esLela lumino­
sa de una vida y de un ojem plo que no se olvidarán."

R a m ir o de Mabztu .
PRESENTACION

• Nunca se sintió tan elevada ¡a pequenez de m i


pluma como hoy, que intento trazar a grandes ras­
aos unas notas que sirvan para ¡a H istoria de una
figura preeminente de ¡a España contemporánea, el
por tantos títulos preclarísimo Cardenal Segura y
Sáens.
N i credencial, ni ejecutoria alguna puedo exhi­
bir y o, humilde hijo espiritual del virtuoso Prelado,
si no son el afecto entrañable y la admiración pro­
funda que en mi almo han dejado la austeridad
y santidad su vida apostólica.
P o r el pacto consustancial que tienen rubricado
la inteligencia y ¡a verdad, en interés de ésta, he
de decir que no correrá riesgo de ser alterada en
míi punto.
La narración de los hechos podrá no estar ata­
viada con el ropaje literario que el asunto reclama;
pero serán expuestos con toda fidelidad, para que.
sometidos a la conciencia colectiva del país, pronun­
cie ésta su fallo imparcial e inapelable.
Necesitada está hoy la sociedad de que Se co-
no2can los heroicos ejemplos de virtu d; hacen falta
más que nunca hombres buenos, virtuosos, santos,
m ejor que sabios, con esa humana sabiduría preten­
ciosa y soberbia que lo igjtora todo, porque ignoro
la ciencia de Dios.
N o es que desdeñemos los adelantos de la cien­
cia cuando van parejos a una vida de virtud, cuan­
do de ellos se sirve el hombre y son medios para el
logro de su imperecedera felicidad; pero cuando
el mal llamado progreso científico aleja al hombre
de Dios, íah!, entonces abomino de él, porque ni es
progreso, ni es ciencia, por haberse desviado de su
objeto, que es el conocimiento de la verdad, y ésta
vive en indisoluble maridaje con la bondad, refle'
jos ambos de aquella Lu z increada que “ ilumina
a todo hombre que viene a este m undo".
T e ofrezco hoy, caro lector, un modelo acabado
de santidad y de ciencia, uno de esos seres que pa­
san por la sociedad curando sus llagas, reparando in­
justicias, defendiendo al débil, socorriendo al ne­
cesitado, derramando el bien por doquier y perfu­
mando el ambiente con el aroma exquisito de sus
virtudes.
E l nos ensaña a todos el camino de la dichal
sus palabras son de paz; su vida de m ortificación y
sacrificio, de abnegación y renunciamiento; podría
compendiarse toda ella en una sola palabra: C A '
R ID A D .
Conozcámosle y seamos justos en el juicio.
N o busques, lector amigp, estilo, lenguaje di
formas, áticas, conceptos de elevada inspiración;
nada de eso encierra este librito, que va dedicado
al pueblo, y sale a la publicidad con el sólo propósi­
to de contribuir a desvanecer la leyenda inicua que
en torno a ese venerable Prelado de la Iglesia es­
pañola se ha forjado, acaso con más ignorancia qu*
mala fe, porque son defectos atávicos de nuestro
carácter la impresionabilidad y ¡a ligereza, que des'
vían en muchos casos a nuestro raciocinio del
mino rectilíneo de la lógica.
Han estado lejos de mi ánimo la agresividad
el concepto y la dureza de la frase, precisamenU
~ 11 *-*
porque guardo todo el respeto para ¡as opiniones
adversas, aun para las que en la ideología pudiera
considerar más opuestas a las mías.
• S i algo se estimase que no está en la so na tem­
plada del comedimiento, dése por rectificado. Creo
que el precepto máximo de la doctrina que, para mi
dicha, profeso, es la generosidad del corazón, el
perdón de las ofensas, la disculpa sincera del error,
cuya motivación ha de buscarse muchas veces en
ta formación espiritual del sujeto, form ación que
se le dio mutilada del conocimiento de esenciales
verdades; otras en el estado pasional del medio
ambienté, circunstancial y pasajero, y ¡as más en
la fuerza coercitiva de nuestros propios apetitos,
Deber de todos es desvanecer las nebulosidades
gue ofuscan nuestra inteligencia, y después pene­
trar purificados en el Templo de la Verdad, para
rendirle culto. “ Amicus Plato; sed magis amtca
ventas” .
Y esto sentado, ni que decir tiene que va por de­
lante mi acatamiento id poder constituido, al tenor
de las normas emanadas de la sabiduría de la Igle­
sia Católica Apostólica Romana.
Necesitado estoy de gran indulgencia, primero
de porte det egregio Cardenal, que si no fuera tanta
« modestia, se vería empequeñecido en el marco da
estas notas: con ella cuento de antemano, porque
■si» corazón magnánimo es eso, efusiva generosidad.
¡S i a las ofensas de algunos inconscientes con­
testó con la sonrisa en los labios y levantó la ma­
no para darles la más efusiva de sus bendiciones!
¡S i en el glorioso destierro no deja de elevar fe r­
vorosas oraciones al Cielo pidiendo perdón para los
que le ultrajan y persiguen1 .
N o podía proceder de otro modo el que en todo
desea imitar al Maestro D ivino de Nasaret, que
murió con ¡a plegaria del perdón en ios labios para
2
— 18 —

sus verdugps, para los que habíanle preparado el in­


fame patíbulo en que expiraba.
Indulgencia pido también oí lector si abuso de
su bondad; confío en su máxima benevolencia, y
tilo me alienta y da ánimos, a la vez que me obli­
ga a rendirle el tributo de m i imperecedera gratitud.
EL MONOPOLIO DE LA OPINION
EN EL “AFFAIRE” DEL CARDENAL

I-a paradoja de la libertad.— Interés de ¡a socie­


dad en defender el patrimonio del honor.— Deber
de contribuir al saneamiento de la conciencia
pública.

Se ha form ado en torno & esle asunto, c o ­


mo de oíros que integran La actualidad es­
pañola, un equivocado estado de opinión, ba­
sado en ciertas supersticiones dem ocráticas
V contaminado de las emanaciones del nuevo
concepto de libertad, cuyas esencias están
encerradas en los odres que ha fabricado la
moderna escuela de la paradoja.
Porque h oy la libertad parece ser la f a ­
cultad de im pedir a los demás el e jerc ic io de
sus derechos.
Antes, en la libertad se encontraba la f ó r ­
mula arm ónica de los derechos de todos; hoy
os sólo pali'iinonio de unos cuantos que f o r ­
man a su an tojo la opinión pública, con la
suprema razón de la fuerza.
No se lia contenido el vesánico impulso de
una m inoría audaz y turbulenta, que parecen
los más porque se producen con estrép ito;
— 20 —

lejos de eso, aquellas prédicas repetidas, p le ­


nas de ataques a las más fundam entales ins­
tituciones sociales, Iglesia, propiedad, au tori­
dad, fa m ilia ; aquella siem bra a voleo de p ro ­
mesas irrealizables, dieron su fruto, cu lm i­
nando en tristísimos sucesos y en graves c o n ­
flictos que vien en del campo extrem ista y
que son hoy la mús grave preocupación de
los hom bres que tienen en sus manos los r e ­
sortes del poder.
¿ P o r qué 110 se luchR por el ju sto anhelo,
la aspiración legítim a de un m ayor bienestar
de las clases proletarias?
¿ P o r qué ha de im ponerse el vocerío de un
grupo levantisco, con exigencias y peticiones
desencBjttdus de las normas del derecho p o ­
sitivo y aun del derecho natural y de gentes,
y amparadoras de derechos individúale», que
son an teriores ti toda organización estatal,
porque radican en la misma naturaleza h u ­
mana?
¿ P o r qué se ha de agitar tem erariam ente
a las multitudes, lejos de contenerlas en lo?
ju stos lim ites de sus reivindicaciones s o c i a ­
les?
Ni el P od er público ni la m ayoría de los
ciudadanos deben eslar a m erced de las tur­
bulencias de los menos.
Cuando la ley no se im pone con su valor
coactivo, las sociedades no pueden v ivir, p o r­
que en el desorden y en la revu elta n au fra­
gan los valores espirituales y morales, que
son los principios básicos en que aquéllas
descansnn, el contrafuerte que sostiene el
edificio social.
A si, en esa atm ósfera viciada, se ju zgó ron
un falso crite rio la conducta intachable del
-1 1 -

Cardenal, desplazando su actuación ap ostóli­


ca del área de sus finulidades, en la que no
le podía com batir, y llevándola por una
sistemática e inconcebible campaña de P re n ­
sil al campo profano cJc otras actividades a je ­
nas a su espiritual misión.
El criterio de pasión y animosidad ha p re ­
dominado en el ju ic io de escritores sin c o n ­
ciencia y lectores sin criterio.
Con esc daltonism o se han proyectado mal
las im ágenes y se ha deform ado la opinión.
Suele ser la conciencia pública la resultan­
te de las conciencias individuales, y com o és­
tas se agrupan en dos sectores, uno el de loa
que se manifiestan clam orosam ente y o tro el
ilc los que o callan, o se producen en form a
respetuosa y com edida; resulta que la con ­
ciencia cole c tiv a se cree form ada p or el sector
que grita, aunque sea exigua m inoría, hasta el
punto de e je rc e r irritante m onopolio, lle g a n ­
do a considerarse el gen era d or de toda so-
bcranla.
En el “ a ffa ir e " del Cardenal Segura 110 se
ha oído más que ni grupo, al que se ha h ech o
v**r en 61, tan sólo al enem igo de sus concu­
piscencias.
¿Qué va lo r m oral puede darse entonces a
una campaña, que trae su o rigen de m óviles
viciados y bastardos?
Y si la ignorancia o la calum nia, el error o
la perfidia, el capricho o los malsanos d ic ta ­
dos de la soberbia, em pujados por la im piedad
y el sectarism o, se erigiero n en regla para ju z ­
gar, ¿cóm o ju stifica r actitudes y d eterm in a­
ciones de quienes eran llam ados a desvane­
cer el error, o a stilir al paso de la perfidia,
cuando los estrabism os de esa con cien ­
— 22 —

cia pública, así form ada, originan profundas


convulsiones y trastornos sociales?
El ciudadano lia de sentirse amparado en
el e je rc ic io de su derecho para que no d ecai­
ga su m oral cívica y busque la abstención y el
apartam iento, con los que causa un daño ir r e ­
parable a la Patria. Este hecho vergonzoso
<le funesto absentismo lo vem os repetirse con
dolor, en lugar de salir al paso de campañas
sediciosas, en defensa de la ju sticia u ltra ja ­
da, oponiendo la verdad al erro r en noble con ­
troversia para que la calumnia no quede en
pie.
In terés de la misma sociedad es oir las v o ­
ces de protesta cuando ésta se produce en
form a respetuosa; con ello se robustecen y
vigorizan los órganos del p od er; y cuando esas
voces traen aires de paz, no de fronda, y son
lam entos de un im portante sector social que
se siente vejado y escarnecido en sus más c a ­
ros sentim ientos, ¡qué misión tan elevada
e je rc e entonces la autoridad que reprim e Con
eficacia los atentados al patrim onio del h o ­
nor, constituido p or los valores espirituales
y m orales, siem pre de más alta envergadura
que los econ óm icos!
La sociedad, que no defiende esc tesoro in ­
estim able, ha perdido el sentido m oral y la ­
bra su propia desventura, porque no podrá
asegurarse la paz m aterial si antes no se ha
logrado la paz de los espíritus.
No se trata ahora, pues, solam ente de la
reivin d icación de una conducta individual,
p or muy alta que sea la prestancia de la p e r­
sona ultrajado, com o aquí sucede; hay otros
intereses de más elevado rango a quien s e r­
— 23 ->

vir, que son los de la verdad y los del organ is­


mo social, interesado en que prevalezca.
Sufre en e fe c to detrim ento la humildad
del insigne Purpurado que rehúsa toda d e ­
fensa de su persona, pero ese m ism o sacrificio
estoy seguro que lo acepta en holocausto de
la verdad. El solam ente sabe perdonar a sus
perseguidores; no quiere vindicaciones, c o ­
mo no aceptó jam ás los aplausos de los h om ­
bres, que tantas veoes y tan. m erecidam ente
se le tributaron, sino para o frec erles a A qu el
a quien es debido lodo honor y toda gloria.
P ero deb er sagrado de todos es «p o rta r
nuestro concurso a la gran obra de sanea­
miento de la con cien cia pública, para asi re s ­
taurar la paz social.
T od a posición negativa o de pasividad en
este bochornoso episodio de la historia patria,
os execrable.
Entendiéndolo así y obedeciendo a im p e­
riosos dictados de mi conciencia, quiero l l e ­
var a la obra mi gran ito de arena, y rom per
una lanza, que más bien resultará caña, por
1& debilidad del brazo que la m aneja.
En el siguiente capitulo con ocerem os a
grandes rasgos la figura excelsa del Cardenal.
SEMBLANZA DEL CARDENAL
SEGURA

Sus extraordinarias dotes.— Sus heroicas virtu ­


des.— E l hombre providencial.— Valiosa opinión del
sabio Obispo de Madrid-Alcalá, D octor E ijo Garay.

En capítulo aparte se dan las ñ olas b io ­


gráficas del Cardenal; ahora cum ple a nues­
tro propósito esbozar su figura, con su pecu­
liar carácter, tipicidad y personalidad espe­
cífica.
Vano intento el m ío, porque, para abarcar
loda su portentosa obra, m edir los destellos
de su poderosa in teligen cia y p ercib ir la fr a ­
gancia exquisita de sus virtudes, n ecesita-
ríanse idénticas dotes a las suyas: intentaré,
pues, o fr e c e r el fruto de m is m odestas o b ­
servaciones dentro del redu cido m a rco de
mis lim itadas facultades.
Su form ació n cien tífica y litera ria es s ó li­
da y profunda, controlada en m ultitud de
exámenes, oposiciones y certám enes.
S i com o alum no del Sem inario de Com illas
descolló y edificó con el ejem p lo de una vida
de estudio y de piedad, pronto se re v e ló la
claridad de su in teligen cia, y la vastedad de
su cultura en la cátedra de D ecretales que e x ­
- 20 —

plicó en las Universidades Pon tificias tic B u r­


gos y V alladolid.
Es portentosa su m em oria y vigorosa su
voluntad; su ju icio clarísim o, y de su a c tiv i­
dad alguien ha dicho que se sale del plano de
las humanas posibilidades.
Esa cultura, que ya quisieran para sí los
que han pretendido em pequeñecerla, se r e ­
fle ja en los incontables e interesantes e s c ri­
tos pastorales, donde trata, con toda lucidez y
acierto, los más intrincados problem as de
contenido religioso y social, que, ilu m in a­
dos con la poderosa luz de su soberano talen ­
to, son inm ediatam ente captados aún por in ­
teligen cias in feriores, que no poseen ese g r a ­
do de luminosidad.
Si algún d ía se llegasen a catalogar sus
escritos y fuera factible re co g e r buena parte
de sus serm ones y hom ilías, varíase enton ­
ces la magnitud y m érito de su extraord in a­
ria actividad creadora, que iguala, si no su­
pera, a la de nuestros más fecundos p u bli­
cistas.
Con tan m aravillosas facultades triunfa
siem pre en sus empresas p or d ifíciles que
sean.
P ero donde se adivina la figura colosal del
hom bre p erfecto, es en la contem plación de
su fisonom ía moral, que aparece nimbada
con la aureola de la virtud.
Es el varón justo, el siervo bueno y fiel del
E vangelio, que no tiene más re gla de vidu
que la voluntad de D ios; todas sus a fe c c io ­
nes y tesoros, iodos los infortunios que los
hom bres le preparan y todas sus esperanzas,
en el seno de Dios las coloca.
Brillan en él de un m odo especial la hu-
— 27 -

«nildad y la caridad, pero la humildad de que


nos habla Santa T ere s a ; aqu ella que con o­
ciéndose el alm a por ruiu, no produce desa­
sosiego en ella, ni da sequedad, antes la r e ­
gala, con quietud, con suavidad, con luz.
La humildad le obliga ti abdicar de si m is­
ino y la caridad le entrega totalm ente a su
prójim o.
Codicia la felicid a d para los demás y la
busca a costa de Jas m ayores renunciaciones;
salva todos los obstáculos, perdona los a g r a ­
vios , lleva el consuelo en su m ano generosa,
que se abre para dar cuanto tiene; pero es
portador también de la paz a las alnas a g ita ­
das, y se oculta a todus las m iradas para llo ­
rar ante la desgracia y el dolor ajen o y cau te­
rizar sus llagas.
Su corazón arde en el fu ego de la caridad,
y com o otro San Pablo, nos enseña con el
ejem plo heroico de sus abnegaciones, el se­
creto m aravilloso de esta virtud.
Creo no equivocarm e al afirm ar que el
Apóstol de las gentes diseñaba la figura de
nuestro virtuoso Cardenal P rim a d o , trazando
los rasgos característicos de su fisonom ía m o -
i’Ql cuando escribía: " L a caridad es paciente
"y benigna, no es envidiosa, no obra p rec i-
” piladamente, no se ensoberbece, no es am ­
biciosa, no busca su provech o, no se m ueve
” a ira, no piensa m al, no se goza de la in i­
q u id a d , mas se go za de la verd ad ; la caridad
” todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo es-
” pei*a, todo lo sop o rta ."
H om bre lodo de Dios, se halla com p lela -
njente entregado a su Divina P ro vid en cia ; pa­
ra él no son nada las graves dificultades que a
otros harían desistir de cualquier obra huma-
--as­

na: cuanto m ayores scnn los obstáculos, nm-


yor es su confianza en los auxilios riel Cielo a
donde constantem ente d irige su dulce mirada.
Lo que ti lu humana prudencia parece irre a li­
zable, se convierte pronto en hecho consohi-
dor. ¿De qué m odo? Con la cooperación p ro ­
videncial.
Su carácter, su Lcmplc de espíritu, fo r ja ­
dos en el d olor y en el sufrim iento, en ta r e ­
nunciación de la propia voluntad, le indican,
digno continuador de los más insignes P re la ­
dos toledanos.
El nom bre glorioso del Cardenal Segura y
Sáenz llenará toda una época de la H istoria
de la Iglesia española com o un coloso que se
levanta en m edio de las más dura» persecu­
ciones, azotado por Los huracanes del mundo,
para defen d er los derechos inalienables de la
Iglesia, que una civilización m aterialista
pretende desconocer.
Es, y p or eso se le persigue tuu encarniza­
damente, el campeón esforzado de la fe en la
luclm contra el paganismo y la im piedad de
nuestros tiem pos; su vida la tiene o frecid a en
holocausto por los pecados de la humanidad,
y para ir en pos de almas que conquistar o c o ­
razones que redim ir, serla capaz, com o el
Cardenal Mendoza, de enarbolar el pabellón
de la cruz en las T orres Berm ejns de la A l-
ham bra o de lleva r com o el gran Cisneros las
huestes de Castilla a tierras africanas.
Porque, indudablemente, es el Prim ado es­
pañol uno de esos hombres cumbres que t ie ­
nen una misión providencial que cum plir en
servicio de la Hum anidad; uno de esos h o m ­
bres geniales, que surgen en m om entos d eci-
sivos en m edio de turbulencias y sacudidas
sociales, y Irazan directrices, y enseñan la
rula que deben segu ir los humanos destinos,
pues tienen una visión o b jetiva p erfe cta de
las m últiples fncetas de los problem as v ita ­
les,
¡A h í ¡Si los católicos españoles hubiesen
secundado los desvelos del Cardenal en el d i­
fícil cu r:argo tic d irig ir la A cción Católica,
otra serla la vida espiritual de esta desventu­
rada P a tria !
Bien conocía al Cardenal el sabio Obispo
de M ad rid -A lca lá cuando en su Carla P a sto ­
ral de 24 de septiem bre de 1930, sobre el
Concilio Provin cial, escribía de este m odo:
“ Hacemos nuestros esos deseos y ruegos de
"nuestro p or tantos títulos m eritísim os Señor
"C ardenal Arzobispo, de cuyas egregias v irtu ­
d e s , sana austeridad, incansable laboriosidad
" y abnegada e ilim itada entrega a los apostó -
"¡ic o s trabajos, tanta edificación recibim os
"lod os y tantos frutos espera loda España y
"en particular esta P rovin cia eclesiástica que
"se ufana de ten erlo p or M etro p o lita n o.”
Estas áureas palabras del virlu oso Prelado
matritense hubieran servido de valioso y d ig ­
no colofón a cuanto d ejo más arriba con sig­
nado para esbozar los rasgos más salientes
•le la fisonom ía m oral del esclarecido P rín ­
cipe de la Ig le s ia ; mas por si alguien in ten ­
tase restar a la cita algún valor, p or brotar
el elogio de la plum a de un herm ano en el
Episcopado, si bien e l e lo g io no es sino un
espontáneo y sincero tributo a la verdad,
quiero exhumar, para ponerlo com o rem ate
y contera de <*sle capítulo, el testim onio de
un p olítico, ya que com o A lcald e de V allado-
lid habla en el testim onio que a continuación
aducimos el culto literato D. Federico San­
tander, quien, de mano m a e s tr a y en bien
pocas palabras, trazó tan a lo vivo, hace ya
más de d iez años, la figura del egregio Carde­
nal, entonces electo Obispo de Coria, que 110
h ay máquina foto grá fica que con tal p re c i­
sión y verdad pueda reproducir sobre el pa­
pel su fisonom ía en lo físico, com o la frase
galana y 90bria del Sr. Santander lo retrata
de cuerpo entero en cuanto a lo m oral. D i­
ce asi:
“ P ara elo g ia r debidam ente al ilustre P r e ­
g a d o , que en poco tiem po se adueñó del a fe c-
” lo de la ciudad, bastan estas palabras:
"F u é el buen Pastor. D ió por entero a su
"d e b e r su alm a y su tiem po y no se reservó
"p a ra sí ni un minuto de su vida ni un latido
"d e su corazón.
"D e la m itra tomó la pesadum bre; del
"b ácu lo se sirvió no com o de apoyo y descnn-
” so en la jorn ada, sino com o de cayado d i­
r e c t o r que, suavem ente, marcaba a la g re y
" e l cam ino; en todo m om ento supo inostrar-
"s e Üel al sacrificio que sim bolizaba sobre su
pecho la cruz de oro y amatistas.
“ De todos fu é: a toda obra buena se entre-
” gó. Y los aplausos, los víto res y las lágrim as
"q u e acompañaron su despedida, fueron el
"ju s to prem io con que el alm a d e la c i u d a d
"co rresp o n d ía a una conducta ejem p lar que
"tu v o p or características estas virtudes esti-
" mulantes de la sim patía: ardiente celo en
" e l cum plim iento del deb er; sencillez en el
"m o d o y efusiva cord ia lid a d .”
A si escribía el Sr. Santander en sep tiem ­
bre de 1920 para “ M an ojito de M irra ” , B o ­
letín de la A sociación del Santísim o Cristo
- 31 -

de la A g on ía de Limpias, erigid a en la I g l e ­
sia de la Cruz de V alladolitl, y escribía así en
concepto de A lcald e de la ciudad, en el nú­
m ero extraordinario de dicho Boletín, en el
que colaboraron todas las autoridades civiles,
m ilitares, a c a d é m ic a s y Tu erzas vivas de la
ciudad y p rovin cia, com o hom enaje de des­
pedida al Obispo titular de A p olon io y e le c ­
to de Coria, al salir de aquella ilustre ciudad
para em pezar su apostolado en la Diócesis
de las Hurdes.
d a t o s b io g r á f ic o s d e l e m m o . y
RVDMO. SR. DR. D. PEDRO SEGURA
Y SAENZ, CARDENAL ARZOBISPO DE
TOLEDO

No traíam os t'e e s c r ib ir en este capítulo


Uuu b io g ra fía del Cardenal Segura, sino de
fijar tan sólo los principales ja lo n es de su v i ­
da ejem plar, reco gien d o los datos escuetos
de sus efem érid es más salientes, gloriosas y
dignas de recordación .
N ació en Garazo (B u rg o s ) el 4 de d icie m ­
bre de 1880, siendo sus padres D. Santiago
Segura A rro yo , ya difunto, y D.* Juliana Sáenz
Camarero, que aún v iv e ; los dos b en em éri­
tos M aestros nacionales.
H izo el Dr. Segura los p rim eros estudios
de segunda enseñanza en el C o legio de P a ­
dres Escolapios de San P ed ro de Cardeña, in ­
corporado al Sem inario C onciliar de Burgos,
donde en los años académ icos de 1891 a 1894
cursó y aprobó con las calificaciones supre­
mas tres año 9 de Latín.
En septiem bre de 1894 ingresó en el S e m i­
nario P on tificio de Comillas, donde cursó dos
&5os de Latfn. dos de Humanidades y R e tó ­
rica, tres de F ilosofía, cuatro de T e o lo g ía y
« “es de D erecho Canónico, obteniendo siem ­
pre las más b rillan tes notas y llam ando extra ­
ordinariam ente la atención de Catedráticos
y alumnos las excepcionales facultades de que
se hallaba doLado aquel jo ve n estudiante, p re ­
destinado para tan altos cargos en la I g le ­
sia del Señor.
El 26 de diciem bre de 1906 se doctoró
en Sagrada T e o lo g ía ; el 16 de ju lio de 1908,
en D erech o Canónico, y en 20 de ju lio de
1911, en Filosofía. R ecibió el sagrado orden
del Presbiterado en las Tém poras de la San ­
tísim a Trinidad cíe 1906.
E jerció la cura de alm as en la Parroquia
de Salas de Burcba com o Ecónom o hasta el
22 de septiem bre de 1909, que fué n om bra­
do Catedrático de D erecho Canónico de 1*
U niversidad P on tificia de Burgos, donde tam ­
bién explicó las cátedras de Lengua G riega
y S ociología.
En 1912, y después de brillantísim as o p o ­
siciones, fué elegid o D octoral de la Cateara!
M etropolitan a de V alladolid , explicando en
su Universidad P on liflcia la cátedra de D e '
creíales y figurando com o m iem bro del C o le­
gio de D octores de las Facultades de Derecho
Canónico y Filosofía,
T am b ién desem peñó el alto cargo de P r e ­
fecto de Estudios.
Et Emmo. Cardenal Cos, con ocedor de 1&
ciencia, virtud y apostólico celo del Dr. S e­
gura, le nombró S ecretario de Cámara y Go­
bierno y Adm in istrador de la Bula de la San­
ta Cruzada en el Arzobispado, Examinador
prosinodal, V o ca l del C onsejo de V igilancia
de la Diócesis, m iem bro de la Junta Central
del Congreso Catequístico y D irector de lo
Exposición Catequística y de la A cción S o­
cial Católica Femenina.
— 35 —

La Santa Sede Je nom bró el 7 de m arzo de


1910 Obispo titular de A p olon ia y A u xiliar
del Arzobispado de Yallad olid , y fu é consa­
grado por el Cardenal Cos el 13 de ju n io del
mismo año, décim o aniversario de su p rim e ­
ra misa y en el mismo altar en el que por p ri­
m era vez o fre c ió el Sanio S acrificio, apadri­
nándole en el aclo do su Consagración E pisco­
pal los M arqueses de Comillas.
A la m uerte del Cardenal Cos, ocurrida el
año 1919, fu é elegid o V icario Capitular.
El 10 de ju lio de 1920 fué preconizado pa­
ra la Sede de Coria, de la cual se posesionó
el 12 de octubre del m ism o año e hizo su en ­
trada el 15 del mismo mes, sucediendo en
este Obispado al lim o. Dr. P eris M encheta.
Su incansable actividad y celo en la D ió ­
cesis extrem eña fu eron verdaderam ente e x ­
traordinarios, ocupado incesantem ente en el
m in isterio del con feson ario, p redicación y
visita de las parroquias del Obispado.
R eco rrió de un extrem o a o tro la com ar­
ca de Las Hurdes, prodigando sus caridades
a sus habitantes, evangelizándoles con apos­
tólico celo y fratern al cariño, y consiguiendo
para ellos im portantes beneficios m ateriales,
com o la construcción de tres factorías.
Celebró frecu en tes M isiones parroquiales
y Asam bleas Eucarfsticas y M arianas re g io n a ­
les, Asam bleas parroquiales, un concurso a
curatos, im pulsó de m odo eficaz la A c c ió n
Social Católica,* estableció un com ed or de
caridad y cedió su palacio para que en él tu­
viesen casa las obras de celo p o r él fundadas
y la A c c ió n Católica.
Coronó solem nem ente a la V irg e n de la
Montaña, patrona de Cáceres, y consagró la
— 30 —

Diócesis y su capital al Sagrado Corazón de


Jesús.
E l 20 de d ic ie m b r e del año 1926 fué p re ­
conizado Arzobisp o de Burgos, y se posesionó
de la Sede el 2 de feb rero de 1027, y el día 11
del m ism o mes hacia su entrada triunfal en
la capital de aquella misma Arch id iócesis, que
había recib id o las prim icias de su hum ilde
pero laboriosa vida sacerdotal.
En el poco tiem po que gobern ó la Diócesis
burgalesa, realizó ya actos de tanta im p ortan ­
cia y de tan grato recuerdo com o la entroni­
zación. del Corazón de Jesús en la Diputación
p rovin cial y la grandiosa A sam blea Euca-
rística Diocesana.
Tam bién ad qu irió el Convento de Padres
Capuchinos para instalar en él la Casa de V e ­
nerables, que es el h ogar que acoge a los
sacerdotes ancianos y enferm os, privados de
asistencia o de m edios de vida en su ancia­
nidad.
En el Consistorio de 18 de diciem bre de
1927, Su Santidad P ío X I elevaba al antiguo
Obispo de Las Hnrdes — que aún conservaba,
con el Arzobispado de Burgos, la A d m in is­
tración A postólica de Coria— a la dignidad
Cardenalicia, a la vez que le nombraba A r z o ­
bispo de T o le d o . Se posesionó del A rzob isp a­
do el día 23 de enero, festividad de San Ild e ­
fonso, Patron o de la Diócesis, y entró s olem ­
nem ente en la Im p erial Ciudad el día 24, en
que la Ig le s ia toledana celebra la fiesta de la
Descensión de Nuestra Señora.
Está en posesión de las grandes cruces
de Isabel la Católica y blanca del M érito M i­
litar y su escudo lleva com o divisa la sigu ien ­
te in scrip ción : "S ó lo virtud es n o b leza ".
Eminenítsímo Señor Cardenal

SEGURA Y SAENZ
Casa-Escuela de Carato, donde nadó Su Eminencia el Cardenal Segura y en
la que sus padres ejercían la noble profesión del Magisterio.
EN LA CUMBRE DEL SACERDOCIO

A uxiliar del Cardenal Cos.— Obispo de Coria.— A r ­


zobispo de Burgos y Toledo.— Principe de la Iglesia.

A la m uerte del llorado Cardenal R eig, fu e ­


ron muchas las com binaciones, que la p ru ­
dencia humana hacia, para dar sucesor al flo ­
rado Arzobispo en la Sede Prim ada.
Dios, en sus inescrutables designios, dispu­
so que el jo v e n y virtu oso A rzobispo de Bur­
gos, cuyos m éritos extraordinarios y virtudes
insignes habían hecho destacar su figura, fu e ­
se elevado a la S illa prim acial a la temprana
edad de cuarenta y siete años.
M om entos eran aquellos decisivos para la
vida de la Ig le s ia española.
El varón esclarecido a quien la P ro v id e n ­
cia confiaba la d irección de los altos in tere­
ses espirituales y sociales de España, en ce­
rraba en su pecho el fu e go apostólico de
enardecida caridad, la sed d evorad ora de a l­
mas que lle v a r a C risto; su divisa era la de
aquel santo P on tífice P ío X ; “ Ign is a rd e n s ";
fuego ardien te; y a las claras y excepcion a­
les dotes de su in teligen cia unió siem pre su
piedad y extraordin aria humildad.
— 38 —

Días gloriosos pnm T o le d o y España p re ­


sagiaba la designación del D octor ¡Segura pu­
ra la Sede de San Ildefon so. El porven ir e s ­
taba avalado por un pasado de fecundo apos­
tolado, e jerc id o desde su ordenación sacer­
dotal: pronto com enzaron a dar fruto las v ir ­
tudes en que se había cim entado su fo rm a ­
ción, la caridad y la humildad.
Exaltado al Episcopado, com o A u x iliar di*l
Em inentísim o Cardenal Cos, lle vó el peso de
aquella Arch idiócesis, donde ya d e jó huellas
profundas de su m aravillosa actividad y eelr>.
De ello dió testim onio la ciudad de V alla-
dolid en aqu ella a p o leó sica despedida sin
precedentes, que tan sólo se tributa a un P r e ­
lado insigne después de largo y fecundo pon­
tificad o.
Coria fué su prim era Diócesis, y no es p o ­
sible enum erar aquí las incesantes pruebas
de abnegación y sacrificio que puso en el
e je rc ic io de su alio m inisterio para salvar el
rebaño que la Provid en cia le confiara.
P o c o tiem po ocupó la Sede burgalesa, p e ­
ro suficiente para despertar en sus (d iocesa­
nos sentim ientos de adm iración, veneración
y cariño profundos.
En los Consistorios de los días 19 y 22 de
diciem bre de 1927 fué elevado a la dignidad
cardenalicia y preconizado para la Sede P ri*
mada por la Santidad de P ió X I, felizm en te
reinante.
“ ¡E t exa lta vil h u m ile s t" A s í lle g ó a las a l­
turas de la más grande de las dignidades por
sus excepcionales m éritos y preclaras v irtu ­
des, el que v iv ió escondido en su humildad,
el varón justo, “ el hom bre de D ios” , com o
díce96 que le llam ó el Santo Padre, de quien
ha recib id o siem pre especiales pruebas de
paternal afecto y predilección.

Entrega de las Insignias cardenalicias.

E l Guardia N ob le del Papa, señor Conde de


Pietroraarch i, p ortador del solideo cardena­
licio, hizo entrega del mismo con el cere m o ­
nial propio del acontecim iento, el día 22 de
diciem bre de 1927.
D irigió a su Em inencia R everendísim a el
siguiente saludo:
“ M e presentó hoy a Vuestra E m inencia pa-
” ra cum plir el encargo que me ha sido con ­
citado p or el Augusto Pon tífice, de traeros el
"n om b ram ien to y la prim era insignia de la
"D ignidad Cardenalicia para la que habéis si-
” do elevado en el Consistorio secreto de fe -
” cha de 19 del corriente. Siento gran placer
” p or ser portador de ella y al m ism o tiem po,
"e l de rendiros h om en aje de ven eración co-
” mo nuevo P rín cip e de la Iglesia, con cuyo
"esplen dor, com o nueva b rillan te perla, se
"aum en ta h oy el glorioso Episcopado español,
"M as no es sólo p or el fu lgo r de la Púrpu­
r a R om ana que irradia esta nueva e ín clita
” 1üz por la que se alegra toda España, sino
"m ás bien p or los m éritos nada comunes que
"e n la persona de V uestra Em inencia se acu~
"m uían, los que m ovieron al Sumo Jerarca a
"h aceros digno de tom ar parte de aquel Sa-
” cro y Suprem o Consejo que le asiste y ro-
"d e a para el Gobierno de la Iglesia Uni-
" versal.
"E l celo in fa tiga b le de ,vuestro espíritu,
” p or la glo ria de Dios y de la Iglesia, que
"p roclam a ron de una m anera extraordinaria
"vuestras dotes y virtudes, y la sumisión que
"e n todo tiem po habéis guardado a la Sede
"A p o stó lica , a la que Vos m iráis con tanto
"a catam ien to siem pre, com o a faro lum ino-
" s o T son prenda segura de que vuestra labor,
"E m in en tísim o Señor, será m ayorm ente íe -
” cunda al ser investido de la nueva dignidad
” y que al lado del V ic a rio de Cristo esa -acLi-
"vid a d que estáis dem ostrando continua-
” m ente, se traducirá en beneficio de la Ig le -
"s ia p or el segu ro triunfo del R ein o de Dios.
"E s to que os digo, Em inentísim o Señor, es
" e l augurio con que la España entera, y de
” un m odo particular estos vuestro am adisi-
"m o s diocesanos, saludan a Vuestra E m inen-
” cia por haber sido elevado al Cardenalato e
"in vo ca n del Señor que con fo rte vuestra al-
” ma para que muchos años podáis disfrutar
" d e tan elevada dignidad y que vuestro p on ­
t if ic a d o sea copioso de b en d icion es."
El nuevo Em inentísim o Cardenal contestó
dando gracias al Excm o. Sr. Conde Camilo,
representante de Su Santidad, d icien do que
entre las innum erables m ercedes que debe al
Papa P ío X I, que Dios guarde para bien de
la Iglesia, ninguna com o la que por su c o n ­
ducto le o torga al h acerle en trega de la p r i­
m era insignia cardenalicia.
H izo grandes elogios del Conde y de su f a ­
m ilia y del a fecto que Su Santidad le p ro fe ­
sa haciéndole portador del m¿s alto m ensaje
que un padre puede d irig ir al ú ltim o de sus
hijos.
D ijo que en este acto había sido una vez
más honrada la Diócesis de Burgos con la
presencia de los lim os. Sres. Obispos de P a-
len cia y Abad de Silos, rodeados del Clero y
autoridades locales, que se han unido para
acom pañar a un h ijo de Burgos elegid o p or
los alto9 designios del A ltísim o para Padre y
P astor de la A rch id iócesis de T oled o.
Y , pues, habéis sido portador, agregó, de
tan elevada misión, al regresa r a la Ciudad
Eterna, b a jo la p ro tecció n de Santa M aria la
M ayor, os ru ego seáis portador al Santo P a ­
dre del a fé e lo de toda esta D iócesis y de la su­
misión a las santas enseñanzas de la Iglesia.

Imposición de la birreta cardenalicia.

Tu vo lu gar esta solem nidad en la capilla


pública del día de Navidad del P alacio Real.
El acto fu é solem nísim o y a él asistió la F a ­
m ilia R eal, damas de la R eina, altos je fe s de
Palacio, una escogida y numerosa rep resen ­
tación de ta N ob leza española, G entileshom -
bres, representación del Cabildo Catedral, Ca­
bildo de P árro co s y Ayuntam iento de T oled o,
Diputación y A yuntam iento de Burgos. En
una tribuna se hallaban la anciana y bonda­
dosa madre y los herm anos del Cardenal.
Los Soberanos ocuparon el trono p rep ara­
do al efeoto, el P rim ad o lom ó asiento en un
sillón fren te al altar. Detrás de él perm ane­
ció en pie durante la cerem on ia el Guardia
Noble de Su Santidad, Conde de P ie tro -
marchi.
El A b legad o, M onseñor B elved ere, c o lo c ó ­
se en el p resbiterio, cerca del E vangelio,
Tam bién se hallaban en el p resbiterio el
Nuncio de Su Santidad, el Obispo de M a-
d rid -A lca lá, Obispo preconizado de Barbas-
tro, y «1 V ic a rio Capitular Sede vacante de
T oled o y Obispo elcoto de Lugo, Dr. B alanzi.
— a —

A l lado de la Epístola, sobre una mesa, se


veía la b irreta cardenalicia.

Discurso del Ablegado.

M onseñor B eldevere, previos los saludos


de rúbrica, entregó el "B r e v e ” pontificio a
Su M ajestad, el cual pasó el docum ento al
Capellán oficiante, y éste, a su vez, al N o ta ­
rio de la R eal Capilla, el cual, situándose
fren te al T rono, lo leyó en alta voz.
Term in ada la lectura, el A b legad o, d iri­
giéndose a los Reyes, pronunció en latín un
b reve discurso, que, traducido, insertam os a
continuación:

“ M ajestad:

"D e b o a la paternal b en evolen cia del San-


11to Padre, no obstante las atribuciones de
"m is cargos, el poder presentarm e hoy, aun-
"q u e con el ánim o conm ovido y tem bloroso,
” ante el trono de vuestra M ajestad.
” En verdad, jam ás pude im aginarm e que
"a lgú n día había de lle g a r a ser investido de
” una m isión tan grande ante vuestra real
"M ajestad , que cifra su más alta glo ria en
"s e r católica, y com o tal, la de poder in ves­
t i r con las sagradas insignias del Cardena­
l a t o a un h ijo de esta noble Nación, al cual,
” p or sus m éritos y virtudes, el Sumo P on ti-
"fic e ha querido elevar a tan altísim o honor.
"M as aunque estaba muy le jo s de m í el
"im a gin a rm e una tan alta misión, séame p e r­
m i t id o afirm ar que, si se consideran I 09 d i­
v e r s o s em pleos que en las sucesivas v ic is i­
t u d e s de la vida fueron confiados a mi hu-
- 43 -

"m ild e persona, pocos podrán presentar titu-


" 109 más congruentes que los míos para po-
” (ler lle g a r ante el trono de vuestra M a je s ­
t a d , digno reprcsen lanle de la grandeza y
” de las tradiciones nobilísim as de vuestro
"pu eblo, que tiene el honor de im poner a Su
"E m in encia el Cardenal Segura las insignias
” de la más alta dignidad de la Iglesia.
"P resen ta d o por Su Santidad B en ed ic­
t o X V , de fe liz m em oria, cuando todavía
"e ra A rzobispo de Boloniu al G obierno de
"vuestra M ajestad, y elegid o Capellán de la
"secu lar institución albornoziana de dicha
"ciudad, p or más de trece años he vivid o
"com pen etrado con el espíritu de aquel gran
"C ardenal Gil de A lb orn oz, que he podido
"con ocer, adm irar y ven erar con el estudio
"d e los preciosos docum entos y valiosos c ó ­
d ic e s de aquel C olegio. Pocas alm as han
"am ado a la ig le s ia y la Santa Sede, y pocos
"espíritus han trabajado con tanta ab n ega­
c i ó n p or el triunfo de Dios en la paz y en la
"lucha, com o el Cardenal Alborn oz.
"M ás tarde, p or b en ign a designación del
"P a d re Santo, felizm en te reinante, fu i lla m a ­
ndo al estudio y a lus excavaciones de las
"Catacumbas Romanas, esto es, de los más
"p reciosos archivos <lc la Ig le s ia Católica, y
"h e podido com probar que ésta debe al P o n ­
t í f i c e San Dámaso la conservación de sus
"m ás preciosas páginas de H istoria, escritas
"c o n la sangre de sus m ártires, la con serva­
c i ó n de sus sepulcros y la propagación del
"cu lto de estos prim eros héroes de la Ke
"Cristiana, y la historia afirm a que San Dá-
"inaso era “ nalione hispanus” .
"S o n estas tradiciones de piedad, de v iv í-
- 4 4 -

"s im o am or a la Iglesia, de gran deza h eroica,


"d e celo sacerdotal, son estas tradiciones las
"sim bolizadas en la purpúrea insignia del
"C arden alato, que en nom bre del Santo P a ­
d r e , a quien la historia aclam ará com o nue-
" v o Dámaso, tengo el h on or de o fre c e r a
"vu estra M ajestad, para que revista con d ig ­
n id a d tan alta al E m inentísim o Cardenal
"S egu ra com o prem io a su piedad, a su gran-
” de celo, a su vivísim o am or a la Ig le s ia de
"D ios.
"V a lla d o lid , Coria y Burgos lo p roclam a­
r o n claram ente.
"Q u e los Santos M ártires, de cuyos sepul­
c r o s ven go, y entre los cuales se contaron
"Los prim eros Cardenales de la Iglesia, ellos
"q u e con su sangre han teñido su ro ja v e s ­
t id u r a , acojan y presenten al S eñ or las p le ­
g a r ia s y votos que yo elevo al Cielo p or la
"v id a y prosperidad de vuestra M ajestad, de
"vu estra augusta esposa y de toda la R ea l fa -
"m ilia , p or la fecundidad apostólica del Car­
d e n a l Segura y por el engrandecim iento y
"v e rd a d e ra g lo ria de toda la nobilísim a N a ­
c i ó n española.”

A c to seguido, el A b legad o y el M aestro de


Cerem onias, d irigiéronse a la m esa donde h a ­
llábase la b i r r e t a , La cual colocaron sobre una
bandeja, y llegados al T ron o, el M aestro de
Cerem onias fu é en busca del nuevo purpu­
rado. Esle, después de efectu ar las debidas
reverencias, subió al T ron o, y entonces el
Rey, recibiendo de manos del A b legad o la b i­
rreta, im púsosela al Dr. Segura, a quien
abrazó cariñosam ente.
El Sr. C ardenal en su despacho, escribe uno de sus importantes
documentos pastorales.
Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, inaugu­
rado en Cáceres por iniciativa del Eminentísimo Se­
ñor Cardenal Segura, entonces Obispo de Coria.
Discurso del Primado.

El Prim ado b ajó las gradas del T ron o, y


dirigiéndose al Rey, pronunció en español el
siguiente discurso:

"S e ñ o r :
"L levad o por la mano de m i Sania M adre
t a Igle s ia Católica, llo go en estos m om entos
” a las cumbres más tillas y para mí totalm en ­
t e insospechadas del honor en las que se
t o c a n el cielo y la tierra, y en esas cumbres
"ffle encuentro nuevam ente con la bondad
t a n parlern al de vuestra M ajestad, que tan ­
t a s veces me ha salido al paso en el camino
” de mi vida.
"H o n o r suprem o, que al ser recib id o en es-
t’ te día, tan acertadam ente designado p or
"vuestra acendrada piedad, parece contras­
t a més vivam en te con los m isterios d u lc í­
sim os de la gru ta de Belén.
)t "M a l a p rim era vista parecen avenirse la
|Majestad de un trono tan glo rio so com o el
()Vuestro oon la hum ildad del establo del N i-
(ño*Dios recién nacido, la m agn ificen cia de
()Una Corte con la santa sen cillez de una gru -
el esplendor de una púrpura con la os-,
puridad de unos pañales y unas pajas, el h o-
ifiior de un nuevo P rín cip e de la Iglesia, tan
Magasajado, con el oprobio de A q u el que “ v i­
no a los suyos y los suyos no le re c ib ie ro n .”
n "M as... si a la luz del c ie lo que baña a to-
„ m m te9 la divina escena del N acim ien to del
H ijo de Dios y del H ijo de la V irge n Pura,
^Nuestra M adre, observam os más deten ida­
mente la gru ta de Belén, en ese pesebre ad-
"m irarem os el T ro n o más sublime de la tie -
"r r a ; en esos pañales en rojecidos por las pri-
"m era s gotas de sangre que Jesús vierte en
" la circuncisión p or nuestro am or, ven erare-
” mos la púrpura más esplendorosa- en esas
"le g io n e s de ángeles que circundan las c e r ­
c a n ía s de Belén cantando el himno de la paz,
"con tem plarem os un d eslello de las inagni-
"Qcencias de la C orle del C ielo; en este ni-
"ñ ito reclinado en los brazos de la V irgen
"adorarem os al R ey de la G loria, a quien está
” escrito que adorarán los reyes todos de la
"lie rra .
"E stas son las cumbres del h on or a las que
" e n este día m e ha traído am orosam ente mi
"M ad re, la inmaculada Esposa de este Rey,
"q u e tiene su reino visib le, que tiene su tro-
"n o , que tiene su augusto Soberano, que tie-
” ne sus Príncipes.
" A l verm e en estos instantes levantado de
” m i pequeñez para ser colocado con los prin ­
c i p e s , con los príncipes del pueblo de Dios,
"a l contem plarm e, por la ben evolen cia sin li-
"m ile s de nuestro Santísim o Padre, que se
” ha querido valer de vuestras augustas m a ­
gnos, adornado de la suprem a investidura de
"e s te honor, brotan del fon d o de mi pobre
"a lm a , tan fu ertem en te agitada p or los más
1,vivos sentim ientos y afectos, estas palabras
” del p rofeta R e y en las que van mezcladas
” m i confusión y mi gratitu d : “ Han sido hon ­
r a d o s en dem asía tus am igos, oh Dios, en
"d em asía se ha robustecido su p rin cip ad o” .
"G ratitu d sentidísim a a Jesucristo Nuestro
‘'S eñ o r y a su V ic a rio en la tierra, que no soy
"ca p a z de expresar con mis palabras, h oy tan
"en torp ecid as p o r la emoción, y que se agraa-
~ 17 —

"d a en p roporciones incalculables cuando


"v e o que los fu lgores de esle honor, p or mi
” parle tan recon ocidam en te inm erecido, irra ­
d i a n en los v ie jo s muros de la Im p erial ciu ­
d a d aureolando su grandiosa Catedral, d es­
d e donde con cambiantes, irisados p or el
"a fe c to , reflejan en la E strella del m ar que
"coron a en las cosías del Cantábrico aquel
"S em in ario donde aún alientan las dos g ra n ­
d e s alm as del M arqués de Com illas y del
"P ad re T om ás G óm ez, de la in d ita C om pa­
ñ í a de Jesús; bañando al m ism o tiem po de
"lu z al Sagrado Corazón de Jesús que cob ija
"In inolvidable ciudad de Santa M aría de la
"A ntigu a, de Vftlladotid; fu lgores que ilu m i­
n a n las tortuosas sendas de aquellas tan
"amados soledades de las Hurdes y que des-
"d e la graciosa colina de la Montaña de Cá-
"ceres vien en a reverb erar en los esbeltos
"capiteles de m i Santa Igle s ia Catedral de
"Burgos.
"H o n o r que enaltece a una clase abnegada
"y laboriosa de mi patria, la del M agisterio
"d e P rim era Enseñanza, único tim bre n o b i­
l i a r i o de mis padres; honor que conm igo
"com p arte en el silen cio de sus penas y a le ­
a r ía s , h oy tan acrecentadas, una fa m ilia hu-
"m ild e, fe liz, que parte m ora ya en el C ielo y
"q u e parte go za aun en la tierra del tesoro in ­
e s tim a b le de la ven erable anciana, que es
"nuestro go zo y nuestra oorona.
” íle term inado, Señor. Mas m e vais a p er-
"tu itir un ru ego al dign ísim o representante
"d e nuestro Santísim o Padre y a su egregio
"A blegado. D ecir que al im p lorar p or su m e ­
d i o la bendición A p ostólica para Sus M a je s ­
ta d e s , para la augusta R eina m adre y Real
— 48 —

"fa m ilia , para nuestra am adísim a Patria y


"p a ra el últim o de sus h ijos, h o y tan distin-
"g u id o p or sus bondades, m anifiesten a Su
"SanU dad mi agrad ecim ien to de por vida...
"fu e ra ocioso. O fren darle mi pobreza... fu e-
" r a insuficiente.
"E s un deber, que cum plo gustosísim o, dar
" a la Santa Ig le s ia de Dios, al V ica rio de J e­
s u c r is t o y a mi Patria, m i fidelidad ílrm isi-
” ma, m i devoción y a fe cto entrañables, mis
"e n e rg ía s todas, m i sangre y m i v id a .”
EL OBISPO DE LAS HURDES

V ive el nom bre in m ortal del D octor S egu ­


ra asociado a las “ H u rdes” , la región sem i-
selvéticn, que para baldón de España o frec ía
al mundo el espectáculo de su estado p rim i­
tivo.
“ El Obispo de las H urdes” , le aclam ó el
unánime sentir, y b ien m ereció ese dictado
su actuación fecun da y evangelizadora, en
aquellas tierras, inhóspitas, en aquel extenso
territorio hasta entonces inaccesible a la c i­
vilización.
Fué precisa la explosión de su inmensa cu­
id a d , para que p or entre las rocas bravias
y escabrosos breñales se abriera paso a la
cultura, penetrara la luz del E vangelio, y con
d ía el bienestar de tantos in felices olvidados
de todos, en el centro de una nación c iv ili­
zada.
El Cielo habla reservado tan d ific il com o
gloriosa m isión a! entonces Obispo de Coria.
Sólo el am or divino que trasflgura y subli­
ma es capaz de acom eter esa em presa g ig a n ­
tesca; am or del que fu é m aestro San F ra n ­
cisco de Asfs, que d esfa lleció abrasado; am or
<?ue obligó a d ec ir a nuestra santa D octora
de Avila, T ere s a de Jesús, “ que m u ero p o r­
gue no m u ero ” ; am or que lle v ó a J avier al
~ 50 —

A s ia ; am or cuyos secretos y m aravillosos re-


sorles sabrían revelar nuestros com patriotas
San Juan de la Cruz y San Ign a cio de L o yo -
la, y tantos más com o han ascendido a las
cumbres del sacrificio y del renunciam iento
impulsados p or esa m isteriosa fuerza.
JSn muchas de las cartas que el preclaro
Obispo escribía a los devotos de la V irgen de
la Montaña, para la fiesta sabatina p o r él in s­
tituida, se transparentan las exquisiteces de
ese am or, su preocupación constante por el
abandono en que yacían sus h ijo s de las Hur-
des, y el fu ego de su celo por la salvación de
sus almas.
"C on océis, dice en una de ellas, el m otivo
” de mi ■ausencia: v o y a lle va r consuelo a
"a qu ellos pobres h ijo s de la m isérrim a r e '
” gión jurdana que, careciendo de todos loa
"recu rsos m ateriales, se ven privados, por
"d esgracia, de lus mismas satisfacciones del
"espíritu , que hacen llevadero y hasta ama-
"b le el dolor.
"L le v o un recuerdo gratísim o para ellos de
"vu estra generosidad y desprendim iento, J'
"a l irles d ejando.por aquellas Iglesias tan so-
"liLarias y desmanteladas vuestros regalos, no
"te n g o que deciros que rogaré p or vosotros y
"p e d iré para los vuestros al divino Prisionc-
” ro sus más preciadas g ra cia s."
Y en la que escribe el 5 de m ayo de 1922
desde Fragosa de las Hurdes, se adivinan la
m iseria y abandono en que vivían los pobre*
citos hurdanos; y tam bién se presienten, aun'
que él nada dice, las privaciones y sacrificios
de lodo gén ero que le acompañan en sus r e ­
petidas excursiones a aquellos lugares abruP'
tos y solitarios.
r-tl M

Cual otro Luis de León, canta las bellezas


de la Naturaleza y contem pla en ellas la gra n ­
deza del Creador. En esa carta se ve palpitar
el alma enam orada del vate agustino cuando
exclam aba:

“ ¡Oh monte, oh campo, oh rio !


jOh secreto seguro d ele i toso I;
roLo casi el navio
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso."

Dice asi la m encionada carta:

“ Fragosa de las Hurdes, a 5 de mayo de


” 1922.— A los devotos de Nuestra Señora de
"la Montaña.
"A m ad ísim os h ijo s : Os escribo desde el
"pueblo má.9 hurdano de tod-as las Hurdes, y
"con esto queda dicho todo.
"E sta P arroq u ia de R ío F ragosa consta de
"tres alquerías, que son la.9 de M artinandrán,
"F ragosa y el Gaseo, y tien e un total de 125
"vecinos, aproxim adam ente, entre las tres.
"L a s tres alquerías parecen, entre esto9
"riscos, tres nidos de ¿gü ilas, adonde sólo se
'"puede subir en el aeroplano del am or de
l’ Dios, o com o estos p obrecitos suben, tr e ­
m ando en el del am or al terruño en que n a ­
c ie r o n y en el que quieren vivir.
"A q u í se tocan las más estupendas gra n -
’ dezas y las más espantosas m iserias.
H "T o d o lo que Dios Nu estro S eñ or ha pues­
t o aquí es gran de: estas altísim as montañas,
^unas desnudas, de rocas inaccesibles, y otras
vestidas con el b ellísim o y gracioso ro p aje
— os —

” de m atorrales tupidos de jara, brezo y m a­


d r o ñ e r a s ; est09 torrentes que se deslizan
"p o r entre peñas form ando cascada; este río
"q u e, p or caprichoso cauce acantilado, ser­
p e a en el fondo del valle, y este ciclo que,
"cu an to menos espacioso en el horizonte,
"p a rec e más alto e inconmensurable.
” T o d o lo del hom bre parece dim inuto y
"m is e ra b le : estas viviendas, que más bien
"s e m eja n guaridas de lobos que moradas hu-
" manas; eslos h u erlecilo s casi m icroscópi-
” cos, escalonados en parcelitas escarbadas en
"lo s huecos de los riscos; estas veredas es­
t r e c h a s y tortuosas que, bordeando p re c i­
p ic io s , más parecen trazadas para triscado-
"r e s y aventureros cab rilillos que para po­
b r e s viandantes.
"S ó lo , tan sólo el alma de estos pobrecitos
"hurdanos de R io Fragosa es grande, m i-
” rada a los resplandores de la fe,
” Y esta luz es la que hace que las montañas
“ parezcan llanos, y las veredas, anchurosas
"carreteras, y sus chozas, palacios.
"C om padecid o del abandono en que viven
"e sto s pobres hijos, totalm ente aislados aún
" d e sus mismos herm anos de las Hurdes
" (pues la alquería más próxim a dista dos ho-
"ra s de cam ino intransitable, entrecortado de
"to rre n te s bravios, com o el del A rró de la
" S ie r p e ), quise pasar un día con ellos y subí
"s o lo , por la tarde.
"E spectácu lo más em ocionante no lo he
"p resen cia d o en mi vida.
"A g ra d e cid o s ellos (d igan lo que quieran
"o tro s, lo son m u ch o ), se fueron escalonan-
” do en las montañas, y con sus típicas gaitas
" y tam boriles y coros de cantadores, m e fue-
— M —.

"ron recibiendo de rodillas a lo largo de aquel


"cam ino, en cuyos p recipios ni siquiera tuve
"tiem po de reparar, escuchando aquellos cán­
t i c o s tan inspirados de sonatas sentim enta-
” les, aquellas conversaciones tan sabrosas y
"aqu ellos ofrécim ien to s tan generosos.
” Si hubiera aceptudo, por aquellos v e r i­
c u e t o s hubieran sido capaces, entre unos
"cuantos fornidos muchachos, de lleva rm e a
"hom bros a m í y a la caballería.
” Y llegam os... al fln.
” En una iglesia, totalm ente derruida an­
t e s de estrenarse, sin más luces que las de
"lo s candiles, sin más asientos que las frias y
"húm edas pizarras, sin más adorno que unas
"cuantas flores silvestres que había inanda-
"d o lleva r y m e tenían puestas en unos va-
"sos; al atardecer, Ies hablé de la Santísim a
"V irgen , de N uestra Santísim a V irg e n de la
"Montaña.
"L e s hablé del cielo y del infierno, y del
"alm a y de la P rovid en cia de D ios; cantamos
"a nuestro modo y rezam os el Santo Rosario,
" y pasamos el tiem po, y ni ellos se cansaban,
C i yo tampoco, y se nos hizo m uy de noche.
"Serían m á sele las d iez y m edia y ellos se
"fu ero n a la luz de la luna p or entre a q u e­
l l o s precipicios, tan contentos a sus casi­
t a s , com o m e decía poco ha una m u jeru ca:
"hablando y relatando las cosas gfienas que
” mos d ijo " .
" Y yo m e v in e a este cuartucho sin ven ta -
"n a y sin puerta, pero donde se respira la
"g ra c ia de Dios sin tasa.
” Y hoy la Santa Misn, la p rim era tal v e z
"que se ha celebrado desde el prin cip io del
"m undo en estas sublim es soledades.
— 54 —

"T o d o el templo ha estado lleno y ha ha­


b i d o un silen cio con m oved or; les he p re ­
d ic a d o antes y en m edio y después de la
"S an ta Misa, y les he vuelto a hablar de
"n u estra M adre.
" N o podéis im aginar qué dulce es esto.
” Y a su manera, ¡c ó m o la am anl
" V e o que se acaba el tiem po y el papel-
” ¿ Y cuándo llega rá ésta a nuestra M onta -
” ña? Con ella, desde estos abruptos d esier­
t o s , os envía el ru ego de una oración f e r ­
v i e n t e a nuestra M adre y una efusiva ben­
d ic ió n , vuestro am antfsim o Prelado,
t El Obispo de Corla,”

¿Quién no ve en esa prosa sencilla la su­


blim idad del pensam iento de San Juan de la
Cruz cuando exclam aba:

Buscando m is amores
iré por esos montea y riberas;
ni coceré, laa llores,
ni temerá las Úeras
y pasaré los fuertes y fronteras?

Cuatro años más tarde, el 1926, con voca­


ba el P relado la T e rc e ra Asam blea Eucarfs-
tica de las Hurdes. Sus trabajos apostólicos
en aquella región no habían cesado un pun­
to. El Id de septiem bre de aquel año e sc ri­
bía así a los devotos de la V irgen de la M on ­
taña:

"M is am adísim os h ijo s : M e en cu en tro


"n u evam en te, con m otivo de la celebración
"d e la T e rc e ra Asam blea Eucaristica de las
"Hurdes, en esta región , que bien puede d e­
n o m in a rs e de m i p red ilección , si se alien -
"d e a que en ella abundan las miserias del
” cuerpo y del alma,
” No es nuevo el que los padres sientan
"a m or especial a los h ijos más d esgra cia­
b a s , sin que esto excite la em ulación y la
"en vidia de los demá3 hermanos.
"P ru eb a bien clara de que lo mismo acon ­
t e c e en la gran fam ilia cristiana que se co-
"b ija b ajo el manto m aternal de la Santísi-
"m a V irge n M aría, es el hecho de en con ­
t r a r m e h oy rodeado aquí, en estas soleda­
d e s , de un buen núm ero de devotos de la
"Santísim a V irg e n de la Montaña, que han
"d ejad o la apacible tranquilidad de la ciu-
"dad para ven ir a hacer com pañía a este S a ­
ngrarlo en los días grandes de su triunfo eu-
"carlslico.
"H o y celebram os, com o preparación a las
"fiestas eucarísticas, una solem nidad e x ­
tr a o rd in a ria en honor de la Santísim a V ir ­
il gen de la M ed alla M ilagro sa; para que se
"cum pla una v e z más que a Jesús no se va
"sino por M arfa.
" Y he aquí una idea delicada que m e su­
rgie re la piedad m ariana de estos corazones
"sencillos y que qu iero indicaros en esta
caria.
M "i Cuán cierto es que no siem pre están en
los jardin es esm eradam ente cultivadas las
llores más hermosas ni la9 más arom áticasI
"E n la hondonada um bría del v a lle s o li­
d a rio , en las frescas oquedades de las fa l­
c a s de los cerros, ju n to a los mansos regn -
"to s de las vegas dilatadas, tal v e z en loa
mismos fan gales de las espesuras de los
— BS —

"bosques, crece ignorada la flor inés bella


" y graciosa que esparce en torno su d elic a ­
d o y finísim o aroma.
"L a s flores de los jardin es se ven in te r­
v e n id a s p or la mano del h om bre; las flores
"d e l campo las cuida la mano bienhechora
"d e la Divina Provid en cia, que hasta en es­
t a s pequefieces parece com placerse en los
"en can tos celestiales de la humildad.
"P u e s b ien ; aquí, en eslos estrechos va-
"lle s que serpean entre altísimas montañas,
"h e encontrado tal vez ia más b ella flor de
” la devoción a la Santísim a V irgen , R E IN A
” de las flores y Madre de la F lor del Campo
” y Lirio de los valles.
” Mano solilaria depositó la sem illa de la
" d e v o c i ó n a la Inm aculada M adre de la M e ­
d a l l a M ilagrosa en esta región infecunda, y
” puedo asegurar que es un verdadero en-
” canto el observar cóm o va prendiendo en
"to d o s los pueblos esta devoción tan con-
"soladora.
"V is ita por turno la Im agen de la M eda-
"11a M ilagrosa estos pobres tugurios, y v ié -
Mrois todos los atardeceres, cuando los p o-
” bi•es han venido de las sierras donde tienen
"sus h u erlecitos, form arse una procesión de
"h om bres, niños y m u jeres que entonnn.
"cán tico s a la Santísim a V irgen , y la acom ­
p a ñ a con luces p or las calles tortuosas a
"su nueva morada. Y en aquel día aquella
"p o b re choza se con vierte en tem plo de la
"R e in a de estas m onlañas, y allí la van a vi-
"s ita r sUs hijos, y con ellos confundido, he
"te n id o el consuelo de ir a visitarla muchas
"v e ce s.
" ¡ A h í ¡S ecretos del am or verdadero, que
” no m ora en las ciudades ni en los em porios
” de la cultura, sino que es patrim onio de
''las alm as sencillas, en las que tanto Dios so
"c o m p la c e!
"S ig u e resonando la voz de Jesús que cla-
” ma: "E scondiste estas cosas a los sabios y
” a los prudentes del siglo y las revelaste a
•’ los pequeñuelos.”
"O fren d o esla herm osa in iciativa a los d e ­
v o t o s de la Santísim a V irg e n de la M onla-
” ña, y la deposito el, día de hoy, reveren te-
"m ente, a sus pies. M ientras de lo íntim o del
‘"corazón im p loro sus favores y paternal-
"m en te os bendigo.
t El Obispo de Corla.”

No entra en los lím ites de esle libro re la ­


tar la epopeya de las Hurdes, sino sim ple­
mente dibujar, sin perfiles, la figura del h é­
roe. El poem a de aquellas épicas jornadas
está escrito en el cielo y en el corazón de los
hurdanos, que besan las piedras roqueñas
donde descansaba de sus fatigas el apóstol.
EL ARZOBISPO DC TOLEDO

Toledo rccibe a su Prelado con extraordinario jú­


bilo.—Actividad Pastoral.—Cosas que sabe y ha
visto en Toledo.

El 23 y 24 de enero, son dos fechas g lo ­


riosas en los fastos de la Iglesia toledana.
Recuerdan dos momentos culminantes de
su historia y de su tradición.
Es la prim era la festividad del santo y sa­
bio Arzobispo Ildefonso, Patrón de la Archi-
diócesis, quien por su defensa de la V irg i­
nidad perpetua de Maria, m ereció de la S e ­
ñora el delicado obsequio de que sus manos
divinas le impusieran una casulla que los
ángeles tejieron en los inmortales talleres
de la -Gloria.
Se conmemora el 24 este acto de ln am o­
rosa solicitud de nuestra Señora, festividad
llamada de la Descensión.
¿Cómo era posible que el Prelado m ana­
do, el émulo cíe San Ildefonso en el amor a
Santísima Virgen, no tuviese presentes es­
tos fechas para posesionarse y hacer la en­
trada solemne en su amada Archidiócesis?
. Día imborrable fué aquel 24 de enero de
1928.
— «o —

La ciudad entera y numerosas gentes, que


de toda La comarca hablan acudido a la ca­
pital para recibir al enviado de Dios, le rin­
dieron el homenaje de cariño y de filial ad­
hesión más entusiasta que se ha conocido.
No recuerda Toledo un recibimiento igual;
oi decir a muchos que la solemne y oficial
entrada del Cardenal Segura en Toledo no
tiene precedente que pueda comparársele.
¿Qué misterioso resorte movía a todos
que sentíanse como electrizados por una co­
rriente de vivísim a simpatía hacia el nuevo
Prelado? Aquellos aplausos entusiastas y
sinceros, aquellos vítores clamorosos que
brotaban del corazón del pueblo presagiaban
sin duda un pontificado fecundo en obras de
celo.
Mas eabe preguntar: ¿no ha superado la
realidad a la esperanza? ¿No lia sido aquel
Prelado el gestor infatigable, el Padre aman-
tisimo de lodos, el ángel de la caridad, que
con su manto de púrpura a todos cobija?
¿Qué dicen los niños de Toledo, cuando
alargan sus manilas blancas para recibir el
pan de su bondadoso Pastor, que acaricia
sus cabecitas rubias y deposita en sus almas
virginales la semilla de la buena doctrina?
¿Qué dicen esos hogares de la desventura
adonde llega todos los dias la paloma men­
sajera de la caridad de su Prelado?
Y las distinguidas damas toledanas, y los
caballeros y los humildes y el pueblo todo
de Toledo que lia visto revivir su tradicional
espíritu religioso, que ha presenciado cómo
se multiplica la actividad prodigiosa de su
Pastor, su celo infatigable por el bienestar
espiritual y m alerial de sus ovejas, ¿qué di­
cen ante la tremenda injusticia?
Bien, sé yo que del fondo del alma nobilí­
sima de Toledo, se levanta enérgica y cla­
morosa protesta: no se me oculta que T o le ­
do, generoso y bueno, llora inconsolable la
ausencia de su Pastor.
Asi lo patentizó cuando se vió ultrajado
en sus más delicados sentimientos por v e ­
jatorias e inadecuadas decisiones de algunos
de sus ediles, no obstante verse privado has­
ta del derecho de queja y de respetuosa pro­
testa por el eatólloo ministro de la Gober­
nación.
Toledo no puede olvidar y 110 olvida que
un día el Santo Arzobispo dijo a las madres
toledanas aquellas palabras del Divino Maes­
tro: “ Dejad que los niños vengan a m í” , y
la? madres corriendo se los llevaron a su P a ­
lacio, donde les preparó la mesa con toda ter­
nura y solieilud; y con ellos gusta departir
y hablar, porque los niños le entienden, pues
Dios revela a los pequeñuelos cosas que
oculta a los sabios y entendidos y porque las
Mutas de los niños son todo luz y pureza,
inocencia y candor, humildad y sencillez;
niieulras que Ins de los falsos sabios están
secas, vacías y permanecen en las tinieblas
de la soberbia.
Toledo sabe que los pobres, esos seres, que
el frío y el hambre consume, que la socie­
dad repudia, que 110 tienen el calor de la
familia, ni casa ni lecho, y los que teniéndo­
lo, la vergüenza les recluye en el hogar he­
lado como en una prisión, y allí el hambre
va minando sus vidas y robando la sangre de
su» mejillas, sin tener quien se duela de sus
•*“* flt

miserias; Toledo sabe que esos pobres son los


m ejores amigos del Cardenal, que en él en*
cuentran pan y consuelos inefables, y en su
inagotable caridad, el bálsamo que cura las
heridas y el paño que enjuga sus lágrimas.
El les enseña el camino de la Gloria que Je­
sús prometió a los pobres llamándoles bien*
aventurados.
Las distinguidas damas toledanas que ayu-
dan al Cardenal en este Apostolado del bien,
pueden dar valioso testimonio de cuanto
afirm o; porque son los m ejores testigos de la
generosidad del Prelado, que agota su m o­
desto peculio en estas hermosísimas obras
de caridad.
Ellas no pueden olvidar aquella respuesta
que dió el corazón encendido de su Pastor
cuando en el verano de 1928 preguntábanle
si suspendía los socorros que todo el año
perciben del Prelado familias de obreros sin
trabajo, respuesta que sólo ella es suflcien*
te para resolver el problema social: “ El ham­
bre no veranea” . Y en verdad que si los hom­
bres comprendiésemos la sublime moral que
encierran esas sencillas palabras, la cuestión
que agita con convulsiones de muerte a las
modernas sociedades, estaría resuella en la
fórmula de esa fecunda caridad, y no se hu­
biera convertido en un problema de justicia,
que, al plantearlo, se ahondan más los des*
niveles, y se aviva el odio de clases, fom en­
tando irrealizables extremismos.
Toledo conoce la vida de austeridad y sa­
crificio del Primado, en compañía de su an­
ciana y virtuosa madre y de sus dos herma­
nos sacerdotes, vida de estrecheces y de pri­
vaciones, en beneficio de sus pobres y de los
centenares de niños que alimenta en su co­
medor.
Pudiera yo dar fe de la sobriedad de su
mesa, como hago aquí público testimonio de
gratitud, por la señalada como inmerecida
distinción de sentarme a su derecha las v e ­
ces que me hizo el honor de invitar a lomar
con él el frugal cotidiano ágape.
A llí me parecía estar en otra Bethania
oyendo al M aestro, que habla siempre p ala ­
bras de sabiduría.
Toledo ha visto multiplicarse la prodigio­
sa actividad de su Prelado, instruyendo a los
fleles, fomentando la vida de piedad con los
ejercicios espirituales que todos los años da
a los niños, a las Hijas de María, a las Se­
ñoras, a Los alumnos de la Academia de In ­
fantería y del Colegio de María Cristina, a
los Caballeros, a los Sacerdotes de la capital
y de la Archidiócesis; con la predicación
frecuente en novenarios solemnes y en fun­
ciones y sabatinas, con el fom ento de la Se­
mana Santa, con la erección del monumen­
to al Sagrado Corazón de Jesús, que prom e­
te ser uno de los más hermosos de Éspañn;
con la fundación de la “ Hora Santa M aria­
na” , ‘‘ La devoción de Nuestra Señora", “ El
día de retiro mensual a los Sacerdotes de la
capital1’, “ La Adoración Perpetua Sacerdo­
tal", con la asistencia a ciertas Vigilias de
ja Adoración Nocturna y tantos y tantos a c ­
tos en los que busca el bien espiritual de sus
hijos, que es su ferviente anhelo.
Toledo ha visto cómo su Prelado se cuida
y preocupa también de su prosperidad y bien­
estar material en los momentos difíciles de
la vida de la ciudad, instando de los Poderes
— 04 —

públicos aquellas mejoras de orden econó­


m ico que encaj-an en la fisonomía y necesi­
dades de la población.
Es, en fin, su Pontificado, un Pontificado
de realidades y de halagüeñas esperanzas.
Y ante ese celo paternal de su Pastor, T o ­
ledo se rinde y le ofrece los testimonios de
sus filiales sentimientos de amor y gratitud;
porque Toledo no es esa minoría sectaria que
grita contra el Cardenal y contra la Virgen
del Sagrario; Toledo protesta enérgicamen­
te contra esos atentados a los más caros sen­
timientos del alma toledana y contra loa v io ­
lentos ataques a sagrados derechos indivi­
duales, conculcados y hollados en nombre de
esa democracia, que, ya se ve, no es más que
la caricatura.
LA ORATORIA DEL SR. CARDENAL

Oyendo comentar con admirut-ión y e lo ­


gio «1 vivo interés que despierta siempre en
su auditorio la predicación del Sr. Cardenal,
quien con lu misma fuerza de atracción cau­
tiva y, |>or decirlo así, encadena a su Iribu-
lk& al sabio y erudito, como ni iletrado e ig ­
norante, que cada vez le escuchan con ma­
yor gusto y provecho, pudiendo filarse no
neos casos de quienes como fruto de ella
E an cambiado en el orden moral el rumbo de
su vida, más de una vez lie oído fnrmulur es­
ta extraña paradoja: “ ...y el caso es que el
Sr. Cardenal no es orador” .
Este jn icio tan equivoendo, no significa
s>no que los que le emiten tienen de la elo­
cuencia un falso concepto, por desgracia
bástanle generalizado, según el cual la ora­
toria no es otra cosa que el arle de cautivar
**t auditorio ron la sonoridad de grandes pá-
Wftfoa, declamados con vehemencia, a todo
Pulmón y con cierto aparato teatral en los
ademanes, en los que lo de menos es el con­
tenido y densidad de las ideas y sobre lodo
“ vis em otivo” que. no contentándose con
tatqgar el oído y herir, n lo más, la im agi­
nación, llega al Fondo del alma para conmo­
v í a y hacer vibrar en ella las fibras más
delicadas del sentimiento, después de haber
llevado la persuasión, coa la luz de la ver-
dad, a la inteligencia.
Y es que en este siglo de la bisutería y
de la suslilución del valor positivo de los
metales preciosos por la apariencia deslum­
bradora del oropel, aun en la república de
las letras y entre la pobretería de la intclec'
tualidad .moderna que quiere alhajarse, al
menos aparentemente, a lo grande, a seme­
janza de las criadas de servicio que preten­
den igualarse en el vestido y en las joyas,
aunque no sea más que en apariencia, a sus se~
ñoras, privan también los “ oradores de dou-
b lé ", que para los ignorantes ofuscan y aún
eclipsan con su brillo a los verdaderos ora­
dores.
Y asi sucede, que a esos fam oso» oradores
de bisutería que van de feria en feria exhi*
biendo su mercancía, se les oye tal vez con
gusto unas cuantas veces; pero bien pronto
causan fastidio y hastio, porque con el uso,
como las joyas falsas, pierden su brillo*
mientras que a los verdaderos oradores cuan'
to más se les oye, más agradan, porque sofl
oro puro; que cuanto más se usa, más acre­
cienta su esplendor, y es cabalmente lo que
en este orden ocurre con el Cardenal Se*
gura.
P o r eso, a aquella afirmación paradójica
a mi ver totalmente gratuita, me atrevo fl
oponer la siguiente: La oratoria del Sr. Car*
denal es el modelo acabado de oratoria 8®'
grada.
Y esto» no sólo porque siempre predica *
Cristo y su Evangelio y enseña las v e r d a d ?9
de la vida sobrenatural con la mayor senci-
i— «T *-
Hez y oelo apostólico, sino porque lo hace
con tal maestría, aun considerando su pre­
dicación bajo el aspecto literario, que pue­
de afrontar la critica del má9 severo A ris­
tarco, en la seguridad de m erecer la apro­
bación y el aplauso del más exigente retó­
rico.
No creo que haya quien pueda superarle
on esa sublime pedagogía de sembrar en las
almas la fecunda sem illa de 1a doctrina cris­
tiana.
Ni creo que haya quien sea capaz de pre­
pararlas m ejor y disponerlas para que esa
semilla fructifique y no se pierda.
Su cultura vastísima de las ciencias r e li­
giosas y profanas le permite con asombro­
sa facilidad improvisar cinco discursos y plá­
ticas sobre materias diferentes con que nos
ha deleitado en un solo día, no sabiendo qué
«dmirar más, si el ajuste, precisión y cla­
ridad de la frase o la riqueza y originalidad
del concepto.
Tiene la oratoria del Sr. Cardenal por ca-
riicteríslicas ta brevedad, la sencillez, la cla­
ridad, y, sobre todo, la “ vis em otiva", de que
ajjtes hablábamos, que lleva al auditorio los
Buuvios de su unción evangélica, los deleites
08pirituales y místicas consolaciones, las au­
s e n c ia s de virtud y santidad que se tradu-
°®n en propósitos nobilísimos, en heroicas re­
soluciones.
Más de una vez he experimentado yo, y
conmigo los que le escuchaban, esas inten­
sas vibraciones del espíritu, cuando su pa-
l®ora, dulce y suave unas vcccs, en érgica y
vehemente otras, iba desgranando la semilla
— 38 —

fecuudu de la verdad y del bien, y dejándola


caer un nuestra corazón.
Siéntese que uquellos momentos de dicha
inefable terminen, y si estuviera en n u e stra
mano el prolongarlos» lo haríamos indefini­
damente; el manjar es exquisito, el aliña no
se sacia porque añora entonces con más in­
tenso anhelo la posesión de la Suprema Bon­
dad.
Tales son los efectos maravillosos de 1»
oratoria del Sr. Cardenal, oratoria de una ti-
picidud nada corriente, algo muy suyo, pe-
culiarisiino, en que se hermanan lo sencillo
y lo sublime.
Y día tras dni ha esmaltado con esa pre­
dicación de la divina palabra su Ministerio
Pastoral con una fecundidad y una variedad
pasmosa (com o nunca escribe., nunca se re­
pite). en las Diócesis de Valladolid. Corifti
Burgos y Toledo.
Y fuera de las Diócesis que ha regentado,
testigos son de su apostólico celo puesto de
manifiesto en las afortunadas intervenciones
que ha tenido en Asambleas, Congresos. Co­
ronaciones y otras solemnidades: Madrid,
Vitoria. Salamanca, Cam ón de Calatrava,
Comillas, Zaragoza, Jaén, Mallorca, León,
Albacete y Cuenca, y hasta su estancia obli­
gada en el Balneario de Ceslnna, donde fris­
ca alivio a su crónica dolencia, la aprovecha
para sembrar la semilla del bien.
En el pasado verano dirigió los E j e r c i c i o s
Espirituales al Clero de Gerona. De ese mo­
do puede decirse que para su prodigiosa ac­
tividad no hay vnrnciones.
Misérrimas viviendas fcurdanas, que el bondadoso
Prelado Dr. S egu ra, visitaba llevando el pan del
espirita y del cuerpo a sus moradores.
LAS HURDES
Agreste y bello palas le de la reglOn tiurdana, por donde
transitaba Sa Eminencia el Cardenal Segura en aus la­
teas apostólicas, cotonees Obispo de Corta.

La Jimia del Patronato de las Hurdes después de oír


la Misa que celebró el Excelentísimo S tA o t
Obispo de Corla, hoy Cardenal Segura y SAenz.
— 69 —

Conferencias cuaresmales.

Y en esle aspecto de la predicación son ya


fumosas las Conferencias Cuaresmales que
lodos los años organiza en el Tem plo P r i­
mado.
Hombres tic Lodns las clases sociales acu­
den, como movidos por misterioso resorle, a
escuchar la palabra santa de su Pastor, que
congrega y alecciona a imitación de Aquel
que en las Sinngogas, en las calles y en las
■'iberas floridas del Lago Genezarct, enseñaba
verdades de vida eterna a las muchedumbres
que le seguían.
Vamos a reflejar uno de esos actos que du­
ra exactamente una liora, y resulta de in­
comparable amenidad.
Mas para que pueda el lector formarse
una idea oxauLa iieL carácter peculiar de es-
Us conferencias y « d o s que las acompañan
F para avalar mi modesto ju icio con el de per­
sonas de mayor solvencia y autoridad literaria
Que lu mía, véase cómo tas define y describe
un brillante periodista y orador elocuente,
Que t«n dignamente lleva hoy en las Cortes
Constituyentes la representación de Toledo,
el Sr. Molina, al prologar las del año 19SÍ9:
“ Método nuevo, originalisimo, indudable*
■nenie el de estas Conferencias, que sin aban­
donar los carriles tradicionales, los que po­
cemos decir indispensables, hace de éslos
'Huí sabia y discreta combinación, adaptán­
dolos admirablemente, pero sin concesiones
peligrosas, a lo que piden del modo de ser
de los hombres en estas materias y las c ir­
cunstancias particularísimas de la época.
"Aparecen en él principalmente el peda-
gogo eminente, el que profundiza la psico­
logía de aus alumnos y a ella acomoda lodo
su procedimiento y el Apóstol insigue, el que
con San Pablo lleva en sus entrañas u los que
Jesucristo ha redimido con su sangre y sien­
te anhelos invencibles de dar su vida por sal­
varlos.
” De aquí esa precisión y distribución del
tiempo de las Conferencias, que las hacen
tan gustosas y útiles.
"U na hora exacta duran y en esa hora
¡cuánto y cuán sublime lo que se dicel, (cuán­
to y cuán hermoso lo que se hace!
” Y ni aquello ni esto cansa, porque.la ex­
plicación alterna constantemente con la prác­
tica, y la variedad de ejercicios disipa la fa-
Liga de nuestras facultades y energías aún
untes de que aparezca.
"P o r otra parte, se aplica así el principio
de la formación integral, que es en este o r­
den el que debe observarse más estrictamen­
te, y con este medio, todo el ser del hombre)
en su interior y exterior, participa tan sobe­
ranas influencias y todo él se ejerce en te
obra de su propia regeneración.
” En la parte teórica precede la Instrucción
doctrinal, explicación breve, pero lo suficien­
te para mostrar con toda claridad algún pun­
to interesante de nuestra vida- moral; sigue
la conferencia propiamente dicha, la expía*
nación de alguna verdad fundamental de Ia
Teología católica, con relaciones y derivacio­
nes científicas, muchas veces, ciertamente)
iero tratadas siempre en un tono pastoral)
flaño, asequible, el más difícil aun cuando
parezca el más fácil, y el más eficaz; por­
que hacer asimilables a todas las inteligen­
cias las doctrinas más elevadas, siempre su­
pone mayor sabiduría y maestría, y rinde,
desde luego, más frutos que hablar en tono
doctoral y mayestálloo, que encubre, a v e ­
ces, la propia incomprensión, para cuatro in­
teligentes, que a lo m ejor nada entienden,
sino que fingen vanamente bogar a sus an­
chas en los mares de la alta especulación.
" Y termina con unas advertencias, muy
sustanciosas y muy sabrosas, en las que va
condensado el fruto práctico de todo este tra­
bajo, arrancando de los oyentes, sin esfuer­
zos ni violencias, los más serios propósitos
que ellos tal vez no formulan allf explícita­
mente, pero que luego cumplen oportuna­
mente.
“ Es deoir, que el interés no decae un sólo
instante, que el ¿nimo está siempre en agra­
dable tensión y cuando ésta naturalmente pu­
diera propender a su aflojamiento, el acto ha
llegado a su fin en medio de dulces em ocio­
nes y de amables y donosas recomendaciones.
nA esto se junta la palabra precisa, diáfa­
na, tersa, en la que se refleja el pensamien­
to con toda lim pieza; el fuego y ardor en la
dicción tales que revelan su propósito dom i­
nante, el de salvar las almas.
"E n lodo Maestro algo ha de haber de
Apóstol; pero es del Apóstol de donde brota
el pedagogo más acabado. P or disposición
natural y por formación experimental en am­
biente de escuela y de maestros, en su pro­
pio hogar, el Cardenal Segura ha hecho re­
saltar en toda su acción sacerdotal una didác­
tica oportunísima y de admirables efectos: pe­
ro el seoreto de toda su pedagogía maravillosa
— 71 —

está en su alma de Apóstol. En estas eonfcren-


r h i s lo que destaca. sobre lodo, es s u deseo
vehementísimo de lvucer felices y sanios a sus
hijos, y éstos, que así lo comprenden, se le
rinden y s e l e entregan por completo. Y el
resultado de lodo esto es el que antes señalá­
bamos, y que a lodos tnn profundamente ma­
ravilla.
"T a l es el carácter de eslas Conferencias.
No son científicas en el sentido vano que el
mundo da a estampalabra; lo son propiamente
porque enseñan, de manera eficacísima, la
ciencia verdadera, la ne la salvación:

Que aquel que se salva, íttbe.


Y el que no, no sabe nada."

He aquí una de esas brevísimas instruc­


ciones acerca de

Los deberes de la fe.

“ Amadísimos hijos; Hablemos en la ins­


trucción de esta noche de uno de los deberes
más importantes que pesan sobre todos nos­
otros sin distinción ningunu: sobre los ricos
y sobre los pobres, sobre los niños y los ma­
yores, deber sustancial en todos los tiempos,
y de un modo particularísimo deber sustan­
cial en la ¿poca en que vivimos.
Hay quienes en estos días nmun la religión,
siguen la religión y hasta predican la religión
desde el punto de vista estético o artístico.
Hay quien la predica exteriorinente como
uno de los deberes que impone nada más que
la vida social en que vivimos.
— n —

Y no. hijos míos, la religión no es sólo el


w le, no es sólo «stélica, no os sólo unii eon-
vuniuncin ijtí apariencia social. La religión es
nlgo más profundo, más verdadero, más in­
mutable. Lo religión tiene una bu.se insusti­
tuible. Es(u base es precisamente la que hoy
so combate más por los enemigos de la Igle -
siu.
Siempre se ha pecado en el mundo; Inl vez
L‘u oirás épocas se ha pecado más contra la
caridad que hoy; pero nunca se ha pecado en
el mundo como hoy, con Ira lu fe sania. Por
°sn son días tristísimos los días que vivimos.
¿Otié juzgáis de un árbol que tiene las raí­
aos secas? Que ese árbol, aunque conserve
“ párenle la savia en las hojas, ese árbol ne-
liesuriaincnle tiene que morir. Podrá mante­
ner su color verde de las hojas por la frescu-
i'u drl ambiente y por la humedad del tron­
co; pero si las raíces están secas, el árbol ne­
fa r ia m e n t e está muerto, ij o vale más que
pura el fuego.
Pilos esta es la comparación exacta. En es­
to:* tiempos se está secando la raíz del árbol,
RUfi es la íe ; este árbol es el de 1« vida cris-
¿Véis por qué, hijos míos, he querido
comenzar esta n o c h e hablándoos de los d e­
beres de la fe?
Yu, hoy día, hombres que no saben expli-
la razón de ser de un gusano, se atreven
a blasfemar ile la sabiduría santa de Dios.
¿Qué es la ciencia de los hombres eu to­
rtas las minas, más que una lucecilla, como el
Esplendor de una luciérnaga, en relación con
I!1 foco inmenso de todos los asiros del cielo?
^ éste hombre, que es un ser despreciable
- 74 *-
desde el Punto de vista de su iuleligeucia, se
atreve a menoscabar la sabiduría de Dios;
tan bueno, que ha querido ponerse en con­
tacto con nuestra pequeñez y nuestra m i­
seria.
Dios ha hablado al hombre y nos ha de­
jado su palabra escrita y nos ha dejado las
dulzuras de sus enseñanzas y ha ordenado
sus palabras a la exaltación divina de la Ig le ­
sia, y aquí está, el primer deber de todo hom ­
bre. Deber que son los primeros en recono­
cer los sabios que más alio han rayado en los
campos de la ciencia.
Es necesario tener fe, fe ciega, fe absolu­
ta en la palabra de Dios.
¡Ah, hijos queridísimos! Si yo pudiera ex­
tenderme en esto9 momentos en hablaros &
oada uno de vosotros al coruzón, principal­
mente de los que por vuestra condición no
esláis en circunstancias de poder entender el
alcance de los que destierran la fe santa de
Dios de vuestras almas con doctrinas perver­
sas, con ridiculeces que son necias y que vos­
otros, por Taita de principios, no podéis com ­
batir í La fe impone deberes y a veces im po­
ne el deber de la vida.
Unas palabras y termino.
Habréis oido hablar de un hombre c e le ­
bérrimo, un canciller de Inglaterra, Tomás
Moro.
Era la primera autoridad después del rey-
Se quiso poner a prueba su fe y quiso dejar
a su m ujer y a sus hijos, y encerrado en la
torre de Londres, quiso dar su vida en testi­
monio de que era del a la fe santa que habia
recibido de Dios Nuestro Señor..
Salió al encuentro, cuando iba camino del
patíbulo, au hija M argarita; cayó en sus bra­
zos» y anegada en lágrimas le decía: Padre
■uío, ten piedad de mi y de mis hijos. Y aquel
anciano venerable, cuyos cabellos habían en­
canecido en la prisión, separándose de los
brazos de au liija. Ic dijo estas palabras: Dios
no te ha de faltar. Y todavía en las mismas
gradas del patíbulo, en un papel, escribió es­
ta frase: “ H ija mín, Margarita, no te olvi­
des de que el prim er deber es para con Dios;
Dios te bendiga, Dios te hará fe liz; Dios nos
premiará y nos juntará en el cielo.11
Y esos son los mártires de esta fe, veinte
Siglos combatida, acorralada por los poderes
del siglo, de esta fe bendita, que siempre
triunfa, de esta fe que tiene héroes, que son
los mártires, de esta fe que es nuestra gloria
y es nuestra esperanza.”

Inmediatamente se reza el Santo R osario


y después la conferencia del Sr. Ctirden&l,
que una de las noches versó sobrt*

Los valores de la vida.

Amadísimos hijos: “ Vivamos siquiera unas


horas que no sean de Acción1’, ¡qué bien c o ­
nocía el corazón de los hombres el que dijo
estas palabras, inspirado por el Espíritu
Santo!
Era un rey, un rey poderoso, un rey sabio,
un rey que había experimentado las dichas
y los placeres todos de la vida, y aquel rey,
que conocía a fondo el corazón humano, d i­
jo está sentencia: “ Hijos de los hombres,
¿hasta cuándo iréis buscando la mentira y
amaréis la verd ad ?"
— 76 —

Estas palabras vienen a tener hoy una ac-


luutidad palpitante como nunca.
Vivimos vida de hipocresía, vida de ficción,
y nosotros mismos estamos, voluntariamen­
te, buscando el engaño un que vivimos.
Por eso comenzaba diciendo que esta no­
che, siquiera uira horas, vivamos la vida de
la verdad y tengamos valor para vivirla.
Yo quisiera hacer rapidísimamente — el
tiempo es ttm breve— una revisión de los v a ­
lores de la vida humana, y lo quisiera hacer
con Lanía claridad, que llegasen mis palabras
a la inteligencia más humilde, basta la de
esos casi niños que vienen también a escu­
charme.
¿Qué es lti vida? No vo y a sor yo el que lo
tliga; podríais tener mis palabras por apasio­
nadas. La vida nos la ha definido el mismo
autor de e l¡»; el que la conoce como no la co­
noce nadie. Y hablándonos de la vida nucs-
tru, de ta vida de los hombres, nos da ur»n
definición exacta, pero vulgar, clarísima, ni
alcance de todos, y nos dice que la vida rio rs
otra cosa que una escena, que la vida es un
sueño, que es un juego de niños. Son Ires
frases del Espíritu Sanio que vienen a r e la ­
ja r con toda verdad lo que es la vidn de los
hombres.
Esta vida es tmn comedia y 1« es Laníos re­
presentando duranlp muy poco tiempo. ¿Quó
son cincuenta años, ochenta años, en com ­
paración de In eternidad? Sun como la urc-
iiii que desaparece ante una montaña, son
como una gota de aguo que se desvanece an­
te la inmensidad de los mares. La vida es una
representación escénica.
Salgamos, hijos míos, desde este templo
El Prelado celoso conversa con los Sres. del Patro­
nato en las inmediaciones <le una vivienda hurdana.

El bondadoso Pastor, rodeado del pueblo


que le ama como a un padre.
L*T«|

Visita Pastoral en un pueblo de Burgos.


— TI —

y recorramos rápidamente el escenario de es­


ta ciudad lan mugnifica que nos cobija. R e­
com im os sus plazas, sus callejuelas, sus pa­
lacios. ¿No es verdad que es un escenario
más <i menos artístico, pero ni fin un esce­
nario?
Yo cnlro en mi Palacio, en el Palacio Epis­
copal, en esc Palacio que habitaron un día
sabios, sanios, poderosos Cardenales. ¿Dónde
están? Desaparecieron del escenario, y ésle
queda mudo, esperando que venga olro ac­
tor a representar también la escena de la
vida.
Si vais recorriendo esos soberbios monu­
mentos que todavía se conservan en esta ciu­
dad monumental, veréis que no son sino otros
tantos escenarios que vienen a confirmar es­
ta noción de la vida, tnnlo más. cuanto que
son antiguos.
La vida es uno esccnn.
Todavia liene una significación más ex­
presiva si cabe el segundo concepto de la
vida que glosaba tan admirablemente nues­
tro gran dramaturgo eucaríslico. Porque al
fin, “ toda la vida es sueño, y los sueños, sue­
ños son".
Soñamos que somos reyes, que somos ri­
cos, y nos parece vivir la realeza, la opulen­
cia. Despertamos y nos encontramos mendi­
gos, pobres, miserables. Esta vida es un sue­
ño muy rápido, y el despertar es una eter­
nidad.
¿Más todavía? Sí. más gráficamente. La
vida es un juego de niños. Mirad los niños
que juegan y corretean a los generales, a los
grandes oficios de 1« vida de los hombres.
Son unos niños.
~ 78 —

Pues esto somos nosotros a nuestros años;


unos niños que estamos jugando: unos a los
ricos y otros a los pobres. Esta es la vida, la
realidad de la vida.
Si queréis, recorramos esos valores que en
tanto se cotizan en el mercado de este mun­
do. Todos los valores de la vida se pueden re ­
ducir a tres: el honor, la riqueza y los pla­
ceres. ¿Queréis que los sometamos a un aná­
lisis?
Veréis que el honor no es más que un po­
co de humo, y el oro un puñado de polvo, y
el placer una ilusión. Estos son los valores
reales de la vida, que. apenas se tienen, des­
aparecen. Tenemos una gran maestra; maes­
tra que no nos engaña, que nos habla siem-
pre con la autoridad de la verdad, y esa gran
maestra es la Historia.
Pues bojead las páginas de la Historia y
veréis lo que es el honor más encumbrado,
lo que son las pasiones, lo que son los pla­
ceres. Yo, ahora, iría mostrando., página por
página esos ejemplos de la Historia: el de
un emperador, Andrónico, que se vi<5 con­
vertido en esclavo. Yo os hablaría de aquel
rey de los vándalos, que fué arrastrado para
ser nada menos que un esclavo clel pueblo,
del pueblo que le habla vencido.
¿Pero son estos casos aislados? Ahí tenéis
aquel bizarro militar, aquel capitán valiente
que se llam ó Belisario, que derrotó a los g o ­
dos y a los persas, y ahí está, miradle, an­
ciano, pidiendo limosna a las puertas del
Tem plo de Santa Sofía, en Constanlinopla, la
ciudad que le vió entrar triunfante lanías ve ­
ces; ahí está, pidiendo limosna.
Pero, ¿a qué seguir revolviendo las páffi-
- » 7 * **

ñas polvorientas de la Historia antigua, si


tenemos todavía las páginas salpicadas en
sangre de la Historia de nuestros dias?
¿Quién no recuerda las escenas sangrientas
de Calerineau?
No hace un año, en el Tem plo M etropo­
litano de Burgos, una noche de Adoración
Nocturna, cuando el Tem plo estaba totalmen­
te lleno de (leles, habla una pobre mujer en­
lutada orando a los pies del altar y derra­
mando lágrimas de emoción. Aquella pobre
mujer era la Emperatriz de Austria, aquella
mujer que llamó la atención en toda Europa,
en aquella corte, la más ostentosa del mun­
do. Ahí la tenéis a la Emperatriz, en el des­
tierro con sus hijos, pobres, que tienen que
▼ivir de limosna, y deja su marido muerto.
¿Queréis más ejemplos? No hace falta c i­
tarlos. Veo que ya es la hora. Claramente la
Historia, con su severidad inexorable, non
demuestra lo que es la riqueza, lo que es el
honor, lo que es el placer en 'isle mundo.
Lo ha dicho el sabio, la ha dicho el rey po­
deroso, el que había vivido lu vida en toda
»u plenitud. Vanidad de vanidades y todo
vanidad.
No diréis que he puesto una sola palabra,
11n solo ejem plo, una sola apreciación mía,
no. Queda un principio eterno, resonando
esta noche en el ámbito de este grandioso
templo y yo quisiera que quedara resonan­
do en los corazones de estos amantísimos
hijos, para los que yo guardo un agradeci­
miento efusivo. Ese* principio eterno dice:
“Vanidad de vanidades y todo vanidad” .
No queda más que un valor verdadero, un
— 80 —

valor en pie un ludus lus mercados de los


tiempos y la eternidad. y ese valor n<i es
olro que el tic servir y amar a Dios en es la
vida para reinar ron Jesucristo y su Madre,
que es nuestra Madre, en la vida eterna."
Para juzgar de las conferencias del señor
Gardenal no bustu leerlas; es preciso oirías,
"v iv irla s ” diríamos mejor, porque los con­
ferencias del Sr. Cardenal no son una de­
clamación, ni una disertación, sino oigo con
vida propia, que se comunica a cuantos
asisten. En sus conferencias todo habla: lo
voz, el gesto, el ambiente... El que asiste un
día es un oyente seguro para todos los res­
tantes.
Después de la conferencia se reza el R o­
sario, se expone el Santísimo, se reza la Es­
tación y se hace la Reservo. La flesta ha ter­
minado. pero nadie se mueve de su sitio.
Faltan aiín las sabrosas advertencias que el
Sr. Cardenal hoce todos los díns: sencillas
también, familiares, pero acaso la parte más
eficaz de la reunión.
Uno de los díns regala a lodos los asis­
tentes un ejemplar de las conferencias de'
uño anterior. Regalo codiciado que lleva o
la Catedral un auditorio mayor que de cos­
tumbre. Su Eminencia dice así ese día en 1»
advertencia final:

“ Sean mis primeras palabras para agrade­


cer a todos la asistencia extraordinaria de
hoy.
Habrá algún malicioso que diga que han
venido más por recibir el librilo que os pro­
metí. El obsequio no merece la pena.
Han. venido más porque se ha reLrasado
un cuarto de hora la función y han tenido
proporción los que otros días no podían
venir.
Yo quisiera, ya que habéis tenido la bon­
dad de aceptar este pequeño recuerdo, d e­
ciros qué uso desearía yo que se hiciese
de él.
Otros días hago advertencias para ¡os que
vienen, y hoy es la advertencia para los que
no vienen.
Hay unos que no vienen (a ver si encuen­
tran la distinción bien h ech a ), hay unos que
fio vienen porque no pueden, o por su salud,
o por sus ocupaciones. Hay otros que no v ie ­
nen, porque no lo saben. No todos saben en
Toledo que hay unas conferencias para hom ­
bres aquí por las noches. Iiay otros que no
vienen, porque no se atreven. Puede ser que
¿aya alguno. Y hay otros que no vienen, sen­
cillamente, porque no quieren. No tienen
obligación, y no quieren venir.
Aquí no censuramos a nadie. Hacen muy
bien los que vienen, y respetamos a los que
»u vienen.
Y yo quisiera que utilizaran este libro pa-
t'a lodos los que no vienen. ¡PobrecitosI Si
yo pudiera ir por sus casas, una por una, te ­
ned la seguridad de que iría a decirles en
muy pocas palabras lo mismo que aquí os d i­
go a vosotros.
Los que no lo saben, hallarán un desper­
tador de sus almas leyendo las verdades que
ese librito contiene. Dejádselo también a
los que no se atreven. ¡Puede tanto el res­
peto humano I Y más en estos tiempos, por­
6
- t t —

que, a medida que avanza la indiferencia re ­


ligiosa, avanza también la cobardía. No hay
cosa como la honradez cristiana para la va­
lentía.
A los que no quieren venir, por los moti~
vos que tengan, también el libro les podrá
hacer un gran provecho.
¡Quién sabe si la gracia de Dios que aquí
se derrama a torrentes y que nos hace tan
amenas estas reuniones y tan santas estas
conversaciones mutuas, quién sabe si esa
gracia de Dios se desprenderé también de a l­
guna de las frases o de las páginas de ese
librito y será un rayo de luz que vaya a ¡lu­
minar aquellas inteligencias!
Sembrad, sembrad ese librito por la ciu­
dad. ¡Ta! vez para el año que viene hayamos
recogido el fruto, y ya la concurrencia no
sólo sea como hoy, sino sen mucho mayor!
A si lo haga Dios."

Aquellas gloriosas jornadas que duran


siete días, terminan con una fervorosa Co­
munión. general. Los toledanos saben muy
bien el fruto copiosísimo que han produci­
do, ¡ Verdade rain en Le maravilloso I Tienen
estns pláticas y conferencias el misterioso
encanto de establecer con hilos invisibles ltt
íntima comunicación entre el Prelado y sus
hij os. cuyos corazones, que tnn dulces einO'
ciones experimentaron en las felices horas
crepusculares, se rinden conquistados para
Dios y caen de rodillas llorando lágrimas
de penitencia. ¿El Becreto? La palabra ínti­
ma. familiar, persuasiva de Su Eminencia,
y el fuego de su corazón que abrasa, y sus
virtudes heroicas que atraen las bendicío-*
nes del cielo. Guantas veoes he tenido la d i­
cha de oirle, se ha escapado de mi pecho
esta exclamación:
j i Así 9erían los Apóstoles!!
EL CARDENAL MARIANO

¿‘ft* fiestas sabatinas.— Coronación de la Virgen de


Guadalupe.— Asambleas mañanas en todos ¡os A r-
ciprestasgos de la Archidióecsis.— E l prim er Con-
Sfcso y Exposición marianos,— La típica fiesta to­
ledana de ¡a Descensión de Nuestra Señora.

La vida toda del Pastor anmnlísimo deja


en pos de sí la estela de los predestinados.
Si, como dice un Doctor de la Iglesia, es
s*ñal inequívoca de predestinación la devo­
ción a la V irgen Santísima, ¿qué se podrá
e,i este aspecto afirmar del Cardenal Segu-
émulo y dignísimo sucesor dp San Ild e ­
fonso?
Alma enamorada de la Virgen, no hay un
solo día que no predique sus glorias, que no
excite a sus ovejas a la tierna devoción de
la Reina del Cielo, a quien invoca en todos
9Us escritos, de quien habla en todos los m o­
mentos.
El dulce amor n la Madre Santísima cons-
l,,luye su vida toda.
Volúmenes se escribirían si nos fuese da-
recopilar toda su predicación mariana;
teología sencilla presentada con ese candor
V efusión tan peculiares en él, en la que p o­
— sa­
ne al alcance del utenos culto auditorio los
misterios, excelencias y privilegios de la S e­
ñora.
¡Cuántas veces la lectura de sus cartas a
los devotos de la Virgen de lu Montaña, que
debo a la bondad de un am igo querido, han
traído (¿grimas a mis ojos, por donde se es­
capaban las emociones del alma, que se abis­
maba un la meditación de tan consoladoras
verdades!
Son un nuevo Kempis de Doctrina M aria­
na que conduce a las almas por el comino de
la perfección. Las fragancias que exhalan
osas delicadas llores son de aroma más rico
que el tomillo y lu cunhiesa, que el romero
y la mejorana «le la campiña florida. Mis ca­
ros lectores conoccron en esto librito el m o­
delo de algunas de esas carias que dejan tras­
lucir los desposorios celestiales del alma del
santo Prelado con lu Reina del Cielo.
é

Fiesta Sabatina.

Heraldo de la Oran Señora, fomentó su de­


voción en los pueblos todos de la Diócesis,
dejando estnblecidu la Fiesta Sabatina. Es
esta fiesta La preciosa guirnalda que el Pas­
tor ofrece u la Santísima Virgen, tejida con
las oraciones y súplicas de sus hijos, a quie­
nes congrega, en torno suyo para cantar las
excelencias y prerrogativas de la divina S e­
ñora.
El Santo Rosario, el canto popular de 1a
Salve, la plática breve del Prelado enardeci­
do en amor m&riano, que con palabra senci­
lla habla a sus hijos en el tono dulce y sua­
ve tan suyo, tan peculiar, todo hace que el
— 87 —

piadoso ejercicio sea uua fiesta de familia,


en la que la efusión, la cordialidad y la san­
ia alegría de los hijos, que honran a la M a­
dre, se vean correspondidos con la sonrisa
de ciclo de la Señora.
Guando deberes de su ministerio pastoral
le retienen ausente, llega la curia sabatina
que es luida en la fiestu, desgranando la rica
semilla que cae en la tierra fértil del c o ra ­
zón de sus buenos hijos. Es el riquísimo pas­
to espiritual que el'Pastor envía a su rebaño;
Y el beso amoroso del h ijo ausente a la m a­
dre.

Coronación de Nuestra Señora de Guadalupe.

IfintiM! las solemnes coronaciones de imá-


Si'iics que so deben al celo do su iniciativa y
°tras que ha presidido, como Ins de Nuestra
Señora de lu Peña, de Brihuega; Nuestra Se­
ñora de la Antigua, de Guadalajara, destáca-
SL‘ coano acontecimiento de carácter nacio­
nal la de Nuestra Señora de Guadalupe.
Doble finalidad buscaba el santo Cardenal
íll iniciar !a idea de la Coronación de la V ir-
de Guadalupe; la glorificación en las a l­
gias de la Virgen y la exaltación de éstas por
Mari» en la fe y en la religiosidad. Fiesta fué
'Aquélla de emoción y belleza incomparables:
faé la ofrenda el homenaje de amor de Es-
Pafia entera con su glorioso pasado a la Rei-
del Cielo, que tiene su nido entre aquellas
Hmntaña* abruptas e imponentes de las V i-
Huereas, en un lugar evocador, sugestivo, de
fisonomía peculiar, símbolo y compendio de
•os que fueron siempre sublimes ideales de
k raza hispana: Religión y Patria.
~ «i ~

La oportunidad de la coronación en aque­


llos momentos de renovación de la vida es­
pañola era indiscutible. La devoción a la V ir­
gen de Guadalupe significó el cénit de la
grandeza de España, 1-a época más gloriosa
de su historia, y quería el Cardenal resucitar
esos recuerdos para que en ellos se forjase el
alma de la nueva España.
En la carta que dirigió a los Prelados, cu­
yas Diócesis pidieron el patronato de la V ir ­
gen de Guadalupe, expone los motivos de la
Coronación. Dice asi este interesante docu­
mento:

“ Ebrcmo. y Rvdmo. Sr. Obispo.

Mi venerado hermano y querido amigo:


Todavía perdura la memoria gratfsima de las
fiestas celebradas con extraordinaria solem­
nidad y férvido entusiasmo en las Diócesis de
Toledo, Avila, Badajoz, Ciudad Rodrigo, Co­
ria, Córdoba y Plasencia, veinte años írace,
en honor de la Santísima V irgen de Guada­
lupe.
La Santa Sede, por rescripto de la Sagra­
da Congregación de Ritos de 20 de marzo
de 1907, había concedido benignamente 1a
doble gracia solicitada en las preces eleva­
das por los respectivos Prelados a Su Santi­
dad Pío X de que fuera declarada Patrona de
nuestras Diócesis la Santísima V irgen de Gua­
dalupe, y de que se instituyese su fiesta en
el primer domingo de septiembre.
Este hecho tan consolador, era el objeto
de las espléndidas fiestas con que nuestras
Diócesis mostraban su agradecimiento a la
tteina de laB Villuercas por el singularísimo
tovor recibido
Largo tiempo hace, ocupando la Sede de
Coria, había acariciado la idea de proponer
& lo» Sres. Obispos de las Diócesis a las que
se extiende el Patronato de la Santísima V ir ­
gen de Guadalupe, y en especial al Sr. Car­
denal Arzobispo de Toledo, a cuya A rchi-
diócesis pertenece el preciadísimo tesoro de
su Santuario, la iniciativa de elevar nuestras
preces a Su Santidad solicitando la corona­
rá n canónica de tan venerada imagen.
Lo que entonces constituía para m í una
■niciativa piadosa, hoy constituye un deber
sagrado al que, no bien posesionado de esta
Sede de Toledo, rae apresuro gustosísimo a
dar cumplimiento.
He creído no pudiera hacer cosa más efl-
cn*> en este día en que recibo el encargo
Pontificio de dirigir la Acción Católica Es-
Péñola, qun ponerla bajo el amparo maternal
de lu Santísima Virgen de Guadalupe, ya
<jue fué ella la que dió impulso a las gran­
d e empresas de Acción Católica que llevó
^Ariosamente a cabo España en las épocas
brillantes de nuestra Historia.
Medio poderoso para impetrar su protec­
ción maternal en favor de las empresas de
nu«stra Acción Católica, serla el homenaje
3ue le rindiera nuestra Patria al colocar so­
bre su frente y la de su divino H ijo riquísi­
ma corona de oro, expresión y símbolo de la
jarona de oro del afecto filial más acendra­
do de sus buenos hijos.
Bien me hago cargo de que, por títulos
especialísimos de lodos conocidos, el horne­
ó l e que se dedique * Nuestra Señora de
— «o —

Guadalupe con mnlivn dn hii coronación ca­


nónica, más que regional debiera ser nacional;
ya que verdaderamente nacional ha sido la
milagrosa intervención de Nuestra Señora de
Guadalupe, durante aquellos siglos de oro en
los que no se ponía el sol en los dominios de
España.
La historia de la imagen de Nuestra S e­
ñora de Guadalupe y de su celebúrrinio San­
tuario van tan entrelazadas con la historia
de España desde la primera milad del si'
glo X V hasta lns mismos comienzos del si­
glo XIX, que bien pudiera afirmarse ser Gua­
dalupe el Faro luminoso que proyecta clarí­
sima luz sobre la historiu de nuestra Patria
«n sus épocas más gloriosas. El fervor de la
devoción de reyes, príncipes, guerreros, sa­
bios, artistas, magnates y plebeyos a la San­
tísima Virgen de Guadalupe, y el ninyor o
menor esplendor de su Monasterio va inv«-
riablemente marcando la mayor o menor
prosperidad de nuestra Patria, tiesta el punto
en que coinciden lo mismo el apogeo de su
esplendor que su decadencia. En el momen­
to en que la Patria dejó de ser grande, con
aquella grandeza tan admirada como envidia­
da, la devoción a Nuestra Señora de Guada­
lupe quedó replegada a las regiones más
contiguas a las Viíluercns, donde se conser­
vó y se perpetúa siempre vivo el fuego de I*
verdadera devoción a la que sigue siendo su
excelsa Reina, su valiosísima Protectora y
su ternísima Madre.
Mas no obstante ser tan poderosas estas
razones, no me he atrevido a hacer un lta~
mamiento a la piedad española, prefiriendo
que concurra ella voluntariamente, secundan­
~ M —
do la entusiasta iniciativa de nuestra D ióce­
sis, llamada por titulo especial a promover
esta nobilísima empresa.
Unidos como estamos por el vinculo de la
protección de tan buena Madre, uie atrevo a
esperar su aprobación y su bendición para
el proyecto, su cooperación eficacísima y sus
orientaciones para que el homenaje corres­
ponda, según nuestra pequenez, a la excelsa
grandeza de la Reina y Madre a quien va
dirigido, al amor y gratitud que le inspira y
a las regiones que le ofrendan.
Ocasión ciertamente oportunísima es la
presente para volver los ojos llenos de fe y
Confianza a Nuestra Señora 'le Guadalupe im ­
plorando con lodo el fervor de nuestras al-
su favor maternal para los católicos «le
Méjico, sometidos en los nctuales m om en­
tos a la dura prueba de la persecución.
A Ella elevan también los ojos y el cora­
zón aquellos hijos amunüsimos, a quienes
quiso mostrarnos asimismo como Madre ca-
pifiosa.
Subirán a su trono, que es el trono de la
misericordia y de la gracia, unidas nuestras
Plegarias a las suyas, nuestras ofrendas a
sus sacrificios, para impetrar, por su medio,
•leí corazón amantfsimo de su divino Hijo, el
•riunfo de la verdad y de la jupticia que en
v&no tratan los perseguidores de ahogar en
sangre inocente; la paz de tantos bogares
desolados, la prosperidad de aquella Iglesia
fecunda en virtudes, y el resurgimiento
de aquel pueblo por cuyas venas circula g e ­
nerosa sangre española.
No dudo que ha de servir la actitud de Es-
pafia, postrada a los pies de la Santísima V ir ­
gen de Guadalupe orando por Méjico, de sin­
gular consuelo a nuestro Santísimo Padre, en
cuyo corazón lacerado repercuten dolorosa­
mente las penas de sus hijos.
Dias oportunísimos son asimismo los ac­
tuales para invocar la protección de Nues­
tra Señora de Guadalupe sobre mieslra am a­
dísima Patria y sobre nuestro augusLo M o­
narca, que recientemente, dando un nuevo
testimonio de su profunda piedad y siguiendo
el ejemplo de tantos de sus predecesores que
acudieron a invocar a la Santísima Virgen
de Guadalupe, quiso personalmente ir a pos­
trarse a sus plantas.
Oportunidad extraordinaria nos ofrece
también este homenaje para impetrar de
Nuestra Señora de Guadalupe copiosísimas
gracias sobre nuestra Santa Madre, la Ig le ­
sia Católica, y sobre el Soberano Pontífice
Pío XI, felizmente reinante, rindiéndole el
tributo filial de nuestras plegarias al c o n m e ­
morar el quincuagésimo aniversario de su or­
denación sacerdotal.
Estas, en síntesis, son las razones que me
movieron a demandar su cooperación par»
llevar a feliz término, en el próximo otoño,
la iniciativa de la coronación de la imagen
de nuestra común Medre y Señora, la Virgen
de Guadalupe.
Aprovecho gustoso esta ocasión, al reite­
rarle el testimonio de mi consideración, es­
tima y respetuoso afecto, para implorar su»
oraciones, suscribiéndome devotísimo servi­
dor amigo y hermano
q. b. s. m.,
t El Cardenal Arzobispo de Toledo*”
Oongreso y Exposición m arlano» en Toledo.

Bien puede asegurarse que en ninguna


parle del mundo se celebró con tanto es­
plendor como en Toledo el LXXV aniversario
de la definición dogmática de la Inmaculada
Ooncepción. Se comenzó con una Asamblea
Mariana en la capital y con el Novenario de
la Inmaculada, en el que, según costumbre,
predicó el Sr. Cardenal todos los días, ter­
minando con una procesión lan solemne que
no se recordaba otra igual en Toledo.
Durante el año se celebraron dieciséis
asambleas comarcales, una en cada A rci-
prestazgo, y en Toledo una velada cada mes,
en las que, con auxilio de proyecciones, se es­
tudiaban las fiestas, monumentos, tradicio­
nes, literatura, etc., relativas a la Virgen San­
tísima en la ciudad y sus parroquias. En ca­
da una de éstas se celebraba, por turno, una
fiesta solemne, a la que, lo mismo que a las
veladas, asístía siempre el Sr. Cardenal, que
aprovechaba tales ocasiones para fomentar
oon su plabra y con su ejemplo la devoción a
*a Reina de Jos Cielos.
' El pueblo toledano siguió con interés c re ­
cente estos actos que le recordaban pasadas
glorias y grandezas.
Pero merece especial mención el Congre­
so que se celebró como final del año jubilar
ttiariano. He aquí unos párrafos de la herm o­
sísima Pastoral convocando al Congreso;
“ Todo — dice— hace concebir las más r i­
sueñas esperanzas respecto al fruto que he
de producir esta última manifestación ma­
cana del año jubilar.
Vendrá a coincidir con la gran fiesta to-
ledana de la Descensión de Nuestra Señora,
a la que precederá solemnísimo novenario de
preparación.
En torno a aquella piedra santa, Ubi ste-
térunt podes elus... “ en la que se posaron
sus plantas" y que es columna inconmovible
de nuestro amor a la Santísima Virgen, nos
congregaremos para celebrar las glorias de
nuestra Madre Inmaculada, que quiso cons­
tituir allí el trono sempiterno de sus mise­
ricordias hacia Toledo.
Bien podemos decir con íntima satisfac-
ción de nuestra alma que la capilla de la Des-
censión de nue9trn Santa Catedral Primada
es el hogar espiritual do los hijos de la San­
tísima V irgen; justo es que allí se reúnan en
los días en que la pena nubla sus almas y
los días en que lus baña la luz purísima de
las más santas alegrías que en lá tierra pue­
den experimentarse.
Los tres últimos días que precedan a la no*
che memorable de la Descensión de Nuestra
Señora, esperamos confiadamente que Jiai'
de constituir, al mismo tiempo que una gran­
diosa glorificación de nuestra Madre Purísi'
nía, el principio fecundo de una regenerado­
ra vida mariana que se difunda por los pue­
blos lodos del Arzobispado.
Serán días de oración ferviente y tierna,
dias de estudio profundo y sereno, dias de
alegría popular, días de alabanza y de gloria
y de consagración a Aquella a quien total'
mente se ofrecieron nuestros padres.
Días de triunfo, en los que las efigies más
amadas del pueblo toledano volverán a reco­
rrer entre aclamaciones y vítores las cali*9
y las plazas en que tantas veces recibieran
los más fervorosos homenajes de nuestros
antepasados.
Juzgam os ocioso — prosigue Su Eminencia
Reverendísim a en la alocu ción m encionada—
hacer un llamamiento especial a nuestros
venerables Hermanos y amados Hijos, que
considerarán com o propias estas fiestas to­
talm ente consagradas a honrar n la que es
Madre de iodos.
Sacerdotes y fieles, autoridades y súbditos,
patronos y obreros, pobres y ricos, todos
están por igual in teresados en domostrar a la
fez del m undo su agradecim iento a la Reina
del Cielo, Madre de m isericordia, vida, dul­
zura y esperanza nuestra.
La participación de todos en los cu ltos y
fiestas yu organizadas durante el año jubilar,
fundamento de la confianza que abriga­
dos en orden a vuestra cooperación al Con­
deso, y conociendo vuestra religiosidad y
vuestra hidalguía, no dudamos en afirmar
Que nuestra confianza no ha de quedar frus­
trada.
Días serán también, venerables Hermanos
y timados Hijos, los que so avecinan del pró­
ximo Congreso mariuno, de grandes gracias
V de señalados favores del Cielo.
No olvidemos que jamás se ha oído decir
jlUe los que han acudido en auxilio de Nues-
« a Señora y han invocado su protección
«ttyan sido desamparados. Y si donde dos o
‘ res se congregan en el nombre de Jesucristo
ha prometido estar EL en medio de ellos
y concederles cuanto en su nombre Pidieren
fl su Padre celestial, no es temerario augu­
—M —
Utuales y temporales sobre esta Archidióce-
sis, sobre la Patria y sobre La Iglesia, de es-
tos días santos en los que se van a congregar
tantos y tantos hijos predilectos de la V ir-
gen Inmaculada para cantar sus alabanzas
y para im plorar de todo corazón sobre la tie­
rra las divinas m isericordias” .
Se estudiaron en el Congreso temas muy
interesantes y se realizaron trabajos de ca­
rácter eminentemente práctico, se celebra*
ron solemnes cultos y vario9 actos públicos
en el Salón de Concilios del Palacio Arzobis­
pal, restaurado recientem ente por iniciati­
va del Sr. Cardenal. Fué indudablemente una
jornada gloriosa aquel Congreso del que se
obtuvieron muy copiosos frutos espirituales
para la archidiócesis y para España entera.
Conservo el recuerdo gratísim o de aque­
llos días memorables de aquella magna pro­
cesión en la que figuraban cincuenta im age'
nes de Nuestra Señora, las más artísticas y
veneradas en Toledo, con el numeroso cor*
tejo de Heles de cada parroquia que rivaliza­
ban en piedad y fervorosa devoción; pero
sobre toiio el acto final superó en belleza y
emoción a cuanto puede imaginarse. Para-
que m ejor se den cuenta mis lectores repro-
duzco la narración que del acto hace la revis'
la “ Inmaculada” :
“ Y aquella multitud sin número guardaba
relig io s o silencio |cu&ndo el Sr. Cardenal,
subiendo al balcón central de su Palacio,
dejó desbordar los sentimientos de su cora­
zón para expresar lo que él sentía, lo que
sentíantos todos en aquel momento indes­
criptible.
Adonde no alcanzaba la voz de Su Euú'
nencia llegaban los altavoces colocados en
varios balcones.
Sublime aquel instante en que, a la vez
que el Prelado invocaba a la Santísima V ir ­
gen diciendo las advocaciones de las princi­
pales imágenes que había en la plaza, el pue­
blo iba repitiendo en piadosa letanía: Ruega
por nosotros.
Y más sublime aún, si cnbe, el instante en
Que, expuesto el Santísimo Sacramento, el
pueblo todo cantaba el Chrlstus vlnclt, al
cual seguían las “ Aclam aciones” , cuyas no­
tas graves y magnificas cuian del balcón de
la Sala de Concilios como síntesis y resumen
de los comunes anhelos y deseos...
Y la muchedumbre, después de haber can­
tado el Tantum ergo, dobla sus rodillas. El
Prelado levanta la Hostia Santa para bende­
cir. Las bandas de música tocan a una desde
diversos silios de la plaza la Marcha Real...
plaza y las calles cercanas son un templo
‘ninenso que tiene por bóveda la del Cielo...
Y cuando pasa aquel momento de grande­
za inefable, las frentes se yerguen de nuevo
y todos los labios cantan a una la Salve popu­
lar que, en aquella hora, a la luz de las estre­
nas, tiene una majestad, una fuerza de ex­
presión, una ternura que, llenando el alma,
se derrama en lágrimas y luego en aclama-
c*ones fervorosas y ardientes.,.
•........

Media hora, no más después de la proce-


?lQn, comenzaban a lle g a r al Palacio A rzo-
“ 'spal telefonemas de personas que en Madrid
y on otras partes habían seguido los actos
flnal de la procesión que, como los de la
7
~M -
mañana, hablan sido radiados por “ Unión
R adio” .
Pero hay algo que las ondas no puedeD
transmitir; esa emoción que las almas se co­
munican mutuamenle cuando la9 une un
mismo ideal tan hondamente sentido como
los toledanos sienten el amor hacia la V ir­
gen” .
En los día9 del Congreso inauguróse la ex­
posición mañana debida a la feliz iniciativa
del Sr. Cardenal. Merece aquí el más sincero
elogio la Comisión organizadora, presidida
por el meritísimo Deán de la Primada señor
Polo Benito, quien tuvo el discurso de aper­
tura, que fué un estudio acabado de la sig­
nificación arlfstico-religiosa.d e la Exposi­
ción ; M ejor que Exposición eran aquellas
salas un verdadero Museo, donde se ordena­
ron con exquisito gusto 1.200 objetos, ver­
dadero tesoro del arte religioso en su mani­
festación mariana. Fué la exposición unB
verdadera maravilla, y lástima es que no
hubiese tenido para bien de Toledo, de 1*
piedad y del arte, carácter permanente. Con
razón la Academia de Bellas A rles de Safl
Fernando envió al Sr. Cardenal un elocuen­
te mensaje de felicitación. ¡Pocas veces t»n
m erecido!

La fiesta típica toledana de la Desoenslón


de Nuestra Señora.

Hay en la sin par Catedral de Toledo una


piedra que guarda la piedad del pueblo como
riquísimo brillante, y junto a la piedra, un
poema que dice así:
- w -

Cuando la reina del Cielo


Puso loa pies en el suelo,
En esta piedra los puso;
De besarla Icned uso
Para más vueslro consuelo.

Muchos tesoros encierra aquella grandio­


sa Gutedral; pero para Toledo son éste y su
Virgen del Sagrario los tesoros de su predi­
lección.
Brillaba allí en el siglo V II de la era cris­
tiana uu varón insigne, un santo, el gran
Ildefonso, toledano de nacimiento, sobrino
jjel gran Pontífice San Eugenio y discípulo de
Isidoro, de Sevilla. Distinguíase Ildefon ­
so por su amor a la Madre de Dios, y de tal
¡Jodo defendió la perpetua virginidad de
Nuestra Señora, que se le Llamó “ espada ta­
jante” . La herejía naciente de Elvidio y Ela­
dio encontró en Ildefonso la roca inconm ovi-
ole contra la que se estrelló. Dice la tradi-
Cl^n. que cuando bajaba un día San Ildefonso
* ta prim itiva Catedral a cantar maitines con
sus capitulares, al entrar en el lernplo, una
luz extraordinaria le deslumbra y a los que
le acompañaban.
En la silla de marfil que usaba Ildefonso,
«aliábase sentada la Reina del Cielo rodeada
Je Angeles. Invitado por la Virgen, cae Ild e ­
fonso a sus pies, y entonces la Señora le im­
pone una casulla en recompensa y como pre-
5?10 a su amor y a su servicio. A l volver a su
gloria la Virgen María puso sus santísimos
Pies en esa piedra, dejando impresa su huella,
p ¿Quién que haya entrado en la más rica
«atedral española no besó conmovido esa
piedra e invocó la protección de la Señora?
— 100 —

Celebra Toledo en la noche del 17 al 18


de diciembre la fiesta que conmemora la Des­
censión de la Sanlísima Virgen. Por privile­
gio perpetuo de la Santa Sede que obtuvo el
Cardenal, se dice misa cantada, oficiando de
pontifical; pronunció una plática conmove­
dora y dió la Sagrada Comunión n los fieles.
Recuerdo imborrable conservo de aquella
fiesta íntima en que, dirigidos por el virtuo­
sísimo Prelado, nos reunimos millares de fie­
les a honrar a la Madre.
El Eminentísimo Cardenal S egu ra a su llegada a
Toledo, revisa la fuerza que le rindió honores.

El Eminentí­
simo S e ñ o r
Cardenal Se­
gura, el dta
de su entrada
en Toledo.

%V ^
t
Estado de las obras del Monumento al
Sagrado Corazón de Jesús.
EL CARDENAL Y LA DEVOCION AL
PAPA

Cómo entiende el am or a¡ Papa.—Sus ctiscñan-


zas.—El “Oía del Papa".—El Jubileo de Pío X I.
L o prueba suprema.

De inlcnlo hemos cscrilo al frente de este


capitulo las palabras “ devoción «1 Papa” ,
Porque eso es lo que siente el Cardenal Sé-
Gura: devoción filial, es decir, adhesión, aca­
tamiento, respeto, obediencia incondicional,
a<liniración... todo ese conjunto de sentimien^
que nacen del conocimiento de los bene­
ficios que el Papado ha producido a la Ig le -
y a la sociedad y, muy principalmente, de
4 dignidad altísima del Vicario do Cristo.
Porque la devoción del Cardenal al Papa
110 es sólo admiración a la institución y a la
persona que la encarna, sino neto de fe a ln
c.0fUinua asistencia de Jesucristo a su Ig lc -
s,a fcn la persona de aquel que es el repre­
ndíante auténtico de Jesucristo en la tierra.
op eso la devoción al Papa es, en el fondo,
l o c i ó n a Jesucristo Nuestro Señor. Y por
también esta devoción no podía ser pla­
tónica admiración, sino principio de aclivi-
y norma constante de vida.
V- IOS

En el Cardenal Segura la devoción al Pap*


es ante todo adhesión a la doctrina y ense-
ñanzas del Papa. Bien puede decirse que en
lodo lo concerniente a la doctrina y gobier­
no de la Iglesia el Cardenal Segura nunca tu­
vo opinión propia: piensa lo que piense el
Papa.
La precipitación con que escribimos estas
lineas nos impide extractar de sus escritos
pastorales multitud de testimonios que pro­
barían cuanlo decimos; baste solamente de­
cir que en la colección del Boletín Eclesiás­
tico del Arzobispado hay multitud de docu­
mentos en que se inculca el amor y la obts-
diencia al Romano Pontífice.
Pero el Cardenal Segura no se ha con­
tentado con enseñar; ha dado ejemplo en lo
que enseñaba. Bien podemos decir que ape­
nas ha habido acto de importancia de su pon­
tificado que no haya sido previamente san­
cionado por la autoridad del Papa, y sabido
es que no había para el Sr. Cardenal satisfac­
ción mayor que el saber que sus actos eran
aprobados por el Papa, que en més de unft
ocasión mostró públicamente su conforo'*'
dad por medio de notas oficiosas publicadas
por el Osservatore Romano, y por medio de
otros documentos ya públicos, ya privados-
Una manera de expresar su devoción
Papa, era el dar a conocer sus documento9'
acompañados siempre de oportunos com enta'
rios. Una simple resolución de u n a C o n g r e ­
gación Romana acerca de una costumbre de
la Diócesis de Toledo y de casi todas las d®
España, que la dicha Congregación mando
desterrar, le sirvió de ocasión pura e s c rib ir
una instrucción pastoral acerca del “ Sentir
* - io s —

con la Iglesia " que m ereció grandes elogios


fl-Ún de revistas poco propicias a prodigar­
los.
SI “ Día del Papa" en España bien puede
decirse institución suya. Lo celebró prim e­
ramente en Coria, y después en Toledo. [Con
<)ué interés preparaba la celebración de este
día por medio de circulares publicadas en el
Boletín Eclesiástico y organizaba personal­
mente aquellas memorables veladas que en
ese día se celebraban en el Salón de Conci­
sos del Palacio Episcopal, tan artísticamente
restaurado por ¿1 mismo I
Para pronunciar un discurso en una de es­
tas veladas vino expresamente a Toledo el
Excelentísimo Sr. Nuncio de Su Santidad,
que ensalzó con admirables párrafos las g lo ­
rias del Papado.
El año pasado, no solamente hizo que vinie­
se de Madrid un insigne orador, que pronun­
ció un discurso magnifico, sino que convocó
un certamen poético, y luego, para que los
trabajos de la velada adquiriesen mayor di­
fusión, los hizo publicar en un lindo folleto
lüe muchos conservamos corno gratísimo
recuerdo de aquel “ Día del Papa".
Y por último, en el año actual, no se con­
tentó ya con un "D ía del Papa", sino que
celebró una “ Semana del Papa" en que los
BQás ilustres oradores del Cabildo primado co­
mentaron la Encíclica del Papa acerca del
Matrimonio, y el propio Cardenal hizo cada
día un estudio apologético del Papado, leyen­
do y comentando textos de los más insignes
Pensadores católicos de España en el si­
glo XIX.
Lo que el Cardenal hizo para que en Espa­
— 104 —

ña se celebrase dignamente el Jubileo Sacer­


dotal de Su Santidad Pío XI, sería largo
de contar.
Hasta seis documentos publicó sobre esta
materia, sin que su pluma se cansase de es­
cribir para exhortar al Clero y a los fieles a
celebrarlo con provecho espirilunl, a coope­
rar a la colecta nacional en favor del Papa y
a participar en los peregrinaciones a Roma,
que el misino Curdenal recibió en la ciudad
Eterna y presentó al Papa, pronunciando de­
lante de Su Santidad alocuciones tan henchi­
das de fe y de amor al Papa, que causaron
honda emoción en cuantos tuviei'on ln dicha
de escucharlas.
Pero todos estas pruebas de amor al V ica­
rio de Cristo quedan eclipsadas con otras que
la historia valorará en su justa medida, por­
que con el amor se unió el sacrificio.
Nos referim os principalmente a 9U renun­
cia a la Sede Primada de Toledo, que ha sido
la prueba mayor que el Cardenal podia dar
de la sinceridad de su devoción a la Iglesia
de Jesucristo y a su Vicario en la tierra.
Nos hemos limitado a recordar hechos pú­
blicos que demuestran la devoción del Car­
denal Segura a la Sede Apostólica. Otros po­
drían citarse aún; pero no se alvide que ha
sido siempre norma del Sr. Cardonal ocu lt»1’
todo lo que pueda redundar en elogio suyo.
Cuando algún dfa se pueda escribir su his­
toria documentada, estamos ciertos de que en
su archivo se hallarán pruebas que pongan
aún más de manifiesto cuán grande fué su
adhesión al Vicario de Crislo y cuán grande
fué también la estima en que lo tuvo el SU'
mo Pontífice Pío XI.
EL CARDENAL Y LA ACCCION
CATOLICA

Lo que faltaba por hacer.— E l D irector Pontificio


de la A . C.— Reorganización.— La Semana Nacio­
nal de Consiliarios.— E l prim er Congreso N a cio­
nal de A cción Católica.— Actividad maravillosa.
¿Demasiado de prisa?

Conociendo la devoción del Sr. Cardenal


a la Sania Sede, a nadie extrañará que con
«Irrm y vida se consagrase ü la Acción Cató­
lica, tan repetidamente recomendada por los
Romanos Pontífices y singularmente por Su
Santidad Pío XI.
No es hora de recordar aquí las vicisitu­
des de la Acción Católica en España. Las d i­
visiones entre los católicos españoles en el
°rden político repercutieron dolorosamente
en el campo de la Acción Católica, malogran­
do muchas obras que, emprendidas a tiempo
V ejecutadas con constancia y entusiasmo,
hubieran evitado males que todos lamenta­
dos.
La obra de los Congresos católicos, que lan­
ío hubiera podido influir en los destinos de
nuestra Patria, no pudo tenor lu necesaria
continuidad. La Junta Central y las Juntas
— 100 —

Diocesanas escribieron algunas páginas g lo ­


riosas, pero no revelaremos un secreto
si decimos que ni aquélla ni éstas actuaron,
con la debida constancia ni tuvieron tampu-
co el «p o y o que su alta misión requería.
El Ernoio. Sr. Cardenal R eig trazó un nue­
vo marco para los organismos de la Acción
Católica y emprendió con ardor la tarea de
dar vida a los nuevos cuadros de las fuerzas
católicas; pero la enfermedad y luego la
muerte impidieron que sus anhelos llegasen
a ser realidad.
El Cardenal Segura aceptó el marco de la
organización trazado por su antecesor y co­
menzó la grande obra, para la cual parecía
predestinado por su juventud, por su activi­
dad, por su espíritu emprendedor, por el ar­
dor de su celo y por todo ese conjunto de
cualidades que en él admiran sus amigos y
reconocen sus mismos adversarios.
“ El iluminado celo apostólico de que
"Vuestra Eminencia ha dado egregias prue­
b a s en diversas ocasiones — le docia el Car­
d e n a l Secretario de Estado, en su carta <ie
” 7 de febrero de 1028 en que, de porte de
” Su Santidad, le encomendaba la dirección
” de la Acción Católica en España— hace con-
” fiar plenamente al Padre Santo que intei’-
"pretando fielmente las direcciones pontifl-
” cias, a este fin varias veces trazadas, sabré
"d ar un impulso cada vez más intenso a la A c ­
c i ó n Católica, cual lo reclaman en nuestro^
"días la formación de las conciencias y
"bien de la sociedad.”
E l Sr. Cardenal comenzó por reorgan izar
la Junta Central de Acción Católica, y para in­
fundir a sus miembros el ardor de su celo,
- 107 —
procuraba presidir sus sesiones una vez cada
mes. La organización diocesana entró en nue­
vo período de actividad. Comenzó asimismo
a funcionar el Secretariado Central, al cual,
entre otras cosas, encomendó la publicación
de un “ Boletín Oficial de la Acción Católica
Española", en el que el propio Sr. Cardenal
escribió algunos artículos de orientación ca­
tólica.
La Semana Nacional de Consiliarios cele­
brada en Toledo bajo la inmediata dirección
del Sr. Cardenal, fué un acierto grandísimo.
La experiencia enseña que, por lo general,
serán las obras de Acción Católico, lo que
sean los Consiliarios eclesiásticos. Y en aque­
lla Asamblea no sólo se estudiaron temas
doctrinales y prácticos, de Acción Católica,
sino que se concedió especial importancia a
la parte espiritual, que ha de ser el alma de
la Acción Católica. Las meditaciones que a
diario dirigía el Sr. Cardenal no serán fá c il­
mente olvidadas por los que participaron en
aquella Asamblea que señalaba un nuevo
rumbo a la Acción Católica en España. A a l­
gunos de los Consiliarios asistentes les he­
mos oído referir sus impresiones con un ca­
lor tan efusivo, que fácilm ente se adivinaba
Que el propósito del Sr. Cardenal de formar
apóstoles quedó plenamente logrado.
Meses después se celebraba en Madrid el
Prim er Congreso Nacional de Acción Católi­
ca, en d cual hubo cerca de nueve mil ins­
cripciones. Exito tan admirable obra fué,
principalmente, de los Consiliarios dioeesanos
y fruto inmediato de la anterior Asamblea.
El programa del Congreso fué publicado
con justos elogios por el 0$**rvatore Roma­
— 108 —
no; y en verdad que los merecía, por su no­
vedad y por lo práctico del método de traba­
jo. No es preciso recordar la solemnidad de
las sesiones, la importancia de los temas, la
altura intelectual de los conferenciantes y
oradores, ni la parle personalísiina que en la
mayor parle de los actos tuvo el Sr. Carde­
nal. La Crónica del Congreso dice con so­
briedad lo que fué aquella magna Asamblea
que tan hermosas perspectivas ofrecía para
el porvenir.
Sólo haremos notar en estas páginas el re­
celo con que fué mirarla por los enemigos,
que, no pudiendo ocultar el éxito rotundo,
propalaron que el Cardenal de T olcdo'inten -
taba form ar un partido político. Comenzaba
ya la maniobra, que ha culminado después
on campañas de todo conocidas.
Para demostrar lo infundado de aquellas
sospechas bastaría recordar la carta que el
Papa escribió al Cardenal y que fué como
programa del Congreso. La crónica de éste
es también elocuente refutación de la bur­
da patraña. Pero, a falia de otras pruebas,
bastarla leer la convocatoria del Congreso,
que a continuación transcribimos como ex­
presión auténtica del espíritu que in form é
todos los actos de la Asam blea.
“ En el homenaje que la España Católica
"dedica a Su Santidad P ío XI, felizmente re i­
n a n te , con motivo del año jubilar de su or­
d e n a c ió n sacerdotal, ocupa indudablemeu-
"te lugar de preferencia la celebración del
"P rim e r Congreso Nacional de Acción Cató-
” lica Española.
” Será, ciertamente, enLre nosotros, digno
En un salón de su Palacio inaugura el Sr. Cardenal un comedor
para los nidos pobres de Toledo.
EN DOMA
El Eminentísimo Señor Cardenal Seoura toma posesión de la Iglesia
de Santa María, in Traste vere, de la que es titular.
— 109 —

"rem ate de esle año, por lanLos títulos me-


"morables en toda La Cristiandad.
"C on efusión verdaderamente paternal
"bendijo Nuestro Santísimo Padre los pro­
v e c t o s todos que abriga el Episcopado es­
p a ñ o l, para conmemorar tan lauto aconte­
c im ie n to ; mas tuvo palabras singularmen­
t e expresivas y alentadoras respeclo a la
"iniciativa del Congreso Nacional de Acción
"Católica.
"Es llegado el momento, pues, de dar cum­
p lim ie n to a los vivos anhelos del Santo Pa-
” dre, que tantas y tan fundadas esperanzas
11cifra en el desarrollo de la Acción Católica,
” quc durante su glorioso pontificado y m er­
eced a su eficacísima gestión apostólica, ha
"adquirido un incremento tan extraordinario
"com o consolador.
"Gratísimo Nos es reconocer que también
” entre nosotros se lia notado la influencia de
"las enseñanzas y exhortaciones pontificias
"en orden al desarrollo de la Acción Caló­
r ic a .
” Es un hermoso resurgir el que se nota <¿q
” las antiguas actividades da los buenos ca­
tó lic o s españoles, que tantas y tan im por­
tantes obras de Acción Católica nos le-
Mgaron.
"Resurgir que es necesario aprovechar en
gestos momentos críticos, en que con extra­
o rd in a ria tenacidad se ejerce por los ene-
^migos de la Iglesia una propaganda dem o­
ledora en todas partes.
M ’’ No poco podrá contribuir « robustecer
nla Acción Católica en España la celebración
( del próximo Congreso Nacional, tan ar­
dientemente deseado mucho tiempo hace
— 110 —

"p or cuantos trabajan deuodutiumeutc por


"in filtrar el espíritu cristiano en la vida na-
"cional.
"Verdaderos Congresos de Acción Católi­
c a fueron l'as memorables jornadas de nues­
t r o s Congresos Católicos, que a~ pesar de
” los inconvenientes de que adolecieron, lle ­
g a r o n a influir eficazmente en el íloreci-
"m iento de la vida cristiana de la nación y
"m antuvieron vivo en los ánimos el fuego
"sagrado del amor a los supremos ideales de
” la Religión y de la Patria, cuyos derechos
"vindicaron con valentía.
” A medida que con el creciente avance de
"la impiedad iban surgiendo nuevos obstácu­
l o s para la cristianización de los pueblos,
"fu é cada vez concretándose más y más en
"los últimos Pontificados la form a actual de
"la Acción Católica, hasta que ha llegado a
"su grado de desarrollo en nuestros días,
"m erced al impulso poderoso que constante-
"m ente iba recibiendo de nuestro Santísimo
"Padre el Papa Pío XI, que ha tenido para 1*
"A cción Católica sus más caras prediíeccio-
"nes.
” La nueva organización que hace tanto
11tiempo se viene elaborando con no peque­
r a s dificultades, ha impedido & la A cción
"C atólica Española llevar antes a la prácti­
c a , por medio de Congresos nacionales, sus
"ardientes anhelos de celebrar periódica*
” mente estas grandes maniobras de conjun­
t o que podrán contribuir tan eficazmente al
” logro de sus nobilísimos propósitos.
"Comenzamos con nuestro Prim er Con*
"g re s o Nacional de Acción Católica Española
"una nueva etapa de actuación intensa y sis­
— 111 —

tem áticam en te organizada, que da derecho


” a esperar días m ejores pora el triunfo del
"reinado social de Jesucrislo en nuestra P a ­
t r ia .
” Ciertamente que a nadie extrañará que,
" en el momento de la realización de esta
"grandísima empresa, volvamos en primer
"término nuestros ojos al Sacratísimo Cora­
z ó n de Jesús, que prometió “ reinaría en
"España con más veneración que en otras
"partes” .
"A nadie extrañará que comencemos im ­
p loran d o fervientem ente la protección de la
"Santísima Virgen que nos dejó en prenda
"de la posesión que en vida mortal tomara
"de nuestra Patria el bendito Pilar de Zara­
g o z a , contra el cual se viene estrellando, si-
"glo tras siglo, la furia de la impiedad.
" A nadie, finalmente, extrañará que antes
"de emprender esta campaña, que tiene los
"caracteres de verdadera Cruzada, nos pos­
tr e m o s los pies del Augusto Vicario de J e­
su cristo en la tierra para implorar rendida-
” mente su bendición, que es presagio fe li-
"císimo de victoria.
"Con tan prósperos auspicios, iremos se­
gu ra m en te a triunfos insospechados contan­
d o con la colaboración decidida de todos
' los buenos católicos españoles, que son,
"por la misericordia de Dios, la inmensa m a­
yoría de cuantos tuvieron la dicha de na­
cer en el bendito solar de nuestra Patria.
(| "Completado ya, afortunadamente, el cua­
d r o de la organización diocesana de la A c ­
c i ó n Católica en toda la Nación, no resta
sino poner manos u la obra con toda deci-
— 112 —

” sión y con los corazones Levantados a lo


"alto.
"Ilerm osisiino campo de acción el que se
"presenta a La Junta Central y a las nuevas
"Juntas Diocesanas, no tan sólo en la p re­
p a ra c ió n y celebración del Congreso, sino
"principalmente en la ejecución de los
"acuerdos de él tomados.
"Conform e a las disposiciones por las que
” se rige la Acción Católica Española, será el
"Secretariado Central el que habrá de cui-
"darse de la organización inmediata del Con­
g r e s o ; mas, esto no obstante, quedan a la
"Junta Central y a las Diocesanas importan­
t e s trabajos que llevar a cabo.
"S e necesita, principalmente en los co-
"mienzos, una intensa propaganda hablada
" y escrita, creando o fomentando el ambien­
t e necesario, tan enrarecido para la sólida
"A cción Católica en nuestros días, por la
"frivolidad do las costumbres y por la des-
"cristianización de la sociedad.
"Ocasión singularmente propicia para es'
” ta campaña ofrece la época actual del año,
"e n que se aminora la intensidad de la vida
” de trabajo y abundan los ocios dedicados al
"descanso, principalmente en las ciudades y
"e n los centros de verano.
"E s necesario que ahora precisamente se
"intensifique el apostolado del bien cuando
"los enemigos, por cuantos medios están fl
” su alcance, trabajan intensamente para re­
c lu t a r adeptos, organizar sus huestes y di-
"fundir por doquiera sus nefastas doctrinas-
"L a Acción Católica, e pesar de las reite­
r a d a s exhortaciones del Soberano Pontífice»
” es muy poco conocida, aún entre los qufl
— 113 * -

"militan en nuestro campo y se cobijan bajo


Muestras mismas banderas.
” Se la mira por unos con indiferencia; por
"otros coa prevención, y aún no faltan quie­
n e s la miren con aversión.
"Es necesario, por lo tanto, hacer brillar
"en todas partes los rayos de luz clarísima
Que esparcen sobre la Acción Católica los
'autorizadísimos documentos emanados de
” la Santa Sede en estos últimos tiempos,
"principalmente en los Pontificados de
León X III, Pió X, Benedicto X V y P ío XI.
"Es necesario dar a conocer la naturaleza
”y ios fines altísimos que persigue la Acción
'Católica, asi como los frutos copiosísimos
hde bendición que va derramando por me*
dio de las sociedades que la fomentan.
M "D e esta propaganda activa, perseverante,
^discreta, intensa, ha de brotar espontánea­
m en te en los católicos la conciencia del de-
^ e r que tienen como tales de cooperar con
„ sus personas, con sus energías y hasta con
"Sus sacrificios, al triunfo de los santos idea-
Jes que la han asignado los Vicarios de Je­
sucristo.
„ "La Acción Católica abarca el ambiente
todo de la actuación de la Iglesia en todos
> s órdenes; pues según decía Su Santidad
„*n un discurso que pronunció en 13 de
^ a r z o de 1926, dirigiéndose a los amigos
„<** la Universidad del Sagrado Corazón: “ La
, Acción Católica es la participación de los
^católicos seglares en la Acción Apostólica
„do la Iglesia, en la obra del mismo Jesu­
cristo para la salvaoión de las almas, para
dilatación del Reino de Cristo en los in ­
dividuos y en la humanidad entera” .
8
— 114 —
"M as no por eso tienen nada que temer
” de ella los que, mirándola con recelo, ven «
"través suyo paliadas ambiciones de domi-
" nación.
"Puede decirse de la Sania Madre Iglesi*
"las mismas palabras que ella aplica a Jesu­
c r is t o , R ey de Reyes y Señor de los que do-
"minan. para desvanecer las prevenciones
” de los suspicaces gobernantes de los pue-
"blos: Non eriplt mortal ia, qul regna dat coe-
’ lestla. “ No ambiciona bajos reinados de 1®
"tierra El que da reinos en la Gloria".
“ Importa no confundir, decía Su Santidad
C n septiembre de 1925, especies, cuando
"N o s o el Episcopado, el clero o los seglares
"católicos, parece que hacemos política,
C uando realmente sólo hacemos religión-
"S ólo la religión difundimos siempre qu®
"com batim os por la libertad de la Iglesia.
” por la santidad de la familia, por la pureza
” de la escuela, por la santificación de los días
"consagrados al Señor. En todos estos casos
" y en otros semejantes, no se hace política,
"sino que la política ha tocado al altar, y
"nosotros, sus guardianes, nos aprestamos a
"d efen d erlo.”
"Excelente preparación para la celebra­
ción del Prim er Congreso Nacional de A c­
ción Católica Española, será esta propft'
"ganda de ilustrar la doctrina de la Iglesia
" y desvanecer los errores que siembran ®uS
"enem igos para esterilizarla.
” A esta propaganda es necesario que va-
” ya unido el celo del apostolado para con­
s e g u ir adhesiones.
” La mies es mucha, inmensa, y los obre-
C o s son pocos. ¿Qué resta sino rogar al Se-
— 115 —

"ñor de la mies para que envíe a ella nuevos


“ obreros?
” En breve se publicará el programa ya u l­
tim a d o del Congreso, limitándonos tan sólo
"ahora a hacer públicos los temas que hun
"de ser objeto de estudio en sus diversas se­
sion es.
"Bastará, ciertamente, la lectura de estos
"temas para despertar el más vivo interés
"en lodos los católicos españoles que anhe­
l a n para su patria tan amada el advenimien­
t o del Reinado del Sagrado Corazón de Je-
” sus, cuyas gloriosas avanzadas están consti­
tu id as por las aguerridas falanges de la A c ­
c ió n Católica Española.
” |Dios lo quiere!
” Y a este grito alentador se forman las
“ nuevas cruzadas, en las que luchar, y si
"fuere preciso morir, es triunfar.
"Prenda de las bendiciones que el Señor
"reserva a los que por El combaten, sea la
'que en su nombre de corazón os enviamos.
"T oled o, 14 de agosto de 1929.
f PEOROj Cardenal Segura y 8áenz,
Artob-.sf.n de Toledo

Gomo medio de llevar a la práctica las


Conclusiones del Congreso, el Sr. Cardenal
1(ieó la celebración de Asambleas Nacionales
Que hablan de celebrarse cada año.
La nota característica de estas Asambleas
g u ales habían de ser la piedad y el trabajo
s,lencioso y metódico. A ellas habían de
concurrir solamente los elementos directo­
r a de las obras de Acción Católica naciona-
le& y diocesanas.
— na —

Celebróse, efectivamente, la primera de


ellas en Toledo, el mes de noviembre del
año pasado. Fué un experimento provechosí­
simo. que demostró el gran fruto que de es-
tas Asambleas anuales podía esperarse. Los
que a ella asistimos conservaremos siempre
un gratísimo recuerdo de su buena organi­
zación. y de la constante intervención que en
ella tuvo el Sr. Cardenal, infundiendo a todos
deseos de ser cooperadores suyos en esta
obra magna, cuyo desenvolvimiento trunca­
ron sucesos de todos conocidos.
Aún habríamos de hablar aquí de la Se­
mana Social Católica de la Diócesis de T o ­
ledo, de la creación de la Bolsa del Trabajo,
de la fundación de otros varios organismos
que pronto alcanzaron vida próspera, de loa
numerosos escritos con que el Cardenal fo ­
mentó la Acción Católica y de la abnegación
con que cooperó ti loda empresa católica que
demandó su concurso; pero lo dicho es sufi­
ciente para que se entienda que humana­
mente no era posible hacer más en tres año*
de pontificado.
¿El fruto? Por desgracia no ha sido el qüe
correspondíá a tantos trabajos y a tan pro­
metedoras esperanzas; pero Dios no ha de
pedirnos cuenta del fruto que hemos alcan­
zado, sino de la intención y del empeño que
hemos puesto para conseguirlo.
Se ha acusado al Sr. Cardenal de querer
ir muy deprisa. Quien se tome la molestia de
repasar sus escritos, notará la insistencia con
que denunciaba los males inminentes. Veía
el peligro y procuraba con todas sus fuerzas
aplicar los remedios más urgentes. Los q*10
desoyeron los llamamientos apremiantes, 1°B
— U7 —

que creyeron que vivíamos en un mundo


ideal, los que a las excitaciones del Cardenal
Primado respondieron con la indiferencia,
con hostilidad mal disimulada a veces, y con
una mezquina visión de La realidad, s o n los
que deben pensar si la responsabilidad de lo
({ue ahora sucede es de quien puso alma y v i­
da en evitarlo, o de los que, por miopía inte­
lectual, no supieron proveerlo, ni hicieron es­
fuerzo alguno por estorbarlo.
EL CARDENAL Y LAS MISIONES

Las misiones en el Sur de Francia.—Situación de


l°s emigrados.— Obstáculos para la obra.— Tras­
cendencia de la misma.—En el destierro.

Como si Toledo y España entera no fuesen


campo bástanle para la actividad del Sr. Car­
denal, emprende una obra que, preciso es de-
eirló, no ha sido comprendida, pero que tie­
ne importancia extraordinaria: la de las m i­
siones a los emigrados españoles.
Solamente en el mediodía de Francia p a­
san de 500.000 los españoles que habiendo
jdo en busca de un pedazo de pan, no han ha­
la d o,'en muchos casos, más que la miseria
Raterial y moral. Lejos de Espña, privados
de la debida asistencia y expuestos a g ra v í­
simos peligros, pronto olvidan muchos de
eUos todas las prácticas religiosas.
„ “ Los niños — decía el Cardenal en su Car-
nta Pastoral de 15 de marzo de 1930— no
tiPUeden nutrirse con el alimento de la doc­
trin a de Jesucristo, ya que no pueden aspi-
Mpar a otra enseñanza que la o.0cial, la cual
es totalmente laica.
" L o9 ancianos carecen de lo i auxilios con­
fortad ores de la Religión, precisamente en
esa época de la vida en que más necesarios
— 120 —

"le s son para reanimar su espíritu y prepa­


r a r s e al viaje de la eternidad.
"L os enfermos, que no tienen medios pa­
t a ser debidamente atendidos en sus casas,
” ni pueden sufragarse la estancia en Hospi­
t a l e s públicos, no encuentran en las prácti­
c a s cristianas y en la recepción de los Sa­
b rim ien tos el lenitivo que necesitan par»
"sus penas, el consuelo para su abatimiento
” y el preservativo contra la desesperación
"que les amenaza.
•'La juventud, que halla vía libre a las pa­
c io n e s con los incentivos que brindan l&s
"pasiones de la época, no tiene el único fre-
” no que puede contenerla en el santo temor
"d e Dios.
"L os honrados labradores de nuestros cam-
"pos que, acosados por la miseria, fueron
"otros países, careciendo de amhienle cris-
"liano, se metalizan, se materializan, y pre­
c i s o es dccirio con claridad, se paganizan-'1
Las ideas más exaltadas hallan terreno
abonado en aquellos pobres compatriotas
nuestros, a quienes el Estado francés no pue­
de atender porque tiene en casa sobradas ne­
cesidades, y a quienes tampoco atiende el Es­
tado español, sin duda porque no se ha pe1*'
catado del peligro que en todos los órdenes
supone dejar entregados a las garras de 1®
miseria y del comunismo a medio millón de
españoles.
Por eso no se comprendió la trascenden­
cia de la obra iniciada por el Sr. Cardenal.
El prim er año prestó el Estado alguna ayudo-
El segundo, sin la ayuda oficial, se hizo un
llamamiento a las personas piadosas, que co­
rrespondieron ... con menos de un centenar
— 181 —

de pesetas, cuando se necesitaban muchos


miles. Alguna mayor cooperación hubo en los
míos siguientes; pero inuy inferior a lo que
La$ necesidades demandaban,
Sin embargo, las misiones se dieron. Cua-
i'onta misioneros y misioneras recorrieron el
primer oño los principales ceñiros de los
«migrados españoles. El propio Sr. Cardenal,
luchando cpn graves dificultades, recorrió
los ceñiros principales, alentando con su pre­
sencia, predicando sin descanso, haciendo oir
su palabra evagélica entre aquellos pobres
obreros, que no se cansaban de escuchar la
palabra de Dios, predicada en la sonora len ­
gua de Castilla, en tierras donde todo les era
extraño.
Tarbes, Bagners de Bigorre, Auch, Mas-
same t, Carcassonne, Beziers, Pezenas, Bocai-
re, Montpellier, Nimes, Marsella, Gennoble,
Sainl-Fons, ílicamari, Rousillón, N olre Da-
ffle de Angcrs, Rive de Gier, Saint Elicnne,
Venisieux, Lyon, Villaurbanne, Saint Julián
de Cusset, Colonia Minera de Saint Etienne,
Chateau Neuf y Gibors y oLras muchas po­
blaciones fueron visitadas por el Cardenal
Primado.
“ No os podéis figurar — escribía el Carde­
nal en el documento citado— la oposición te­
nacísima hecha por los enemigos de la Ig le ­
sia, los cuales no han perdonado medios pa­
rtí acabar con las misiones a los emigrados
Apañóles. Prescindimos de la campaña in­
noble sostenida duranle tres meses en una
nación extranjera, en la cual se han verlido
Especies calumniosas de toda Índole, que ha­
llaron eco hasta en el respectivo Gobierno...
"Mas el hombre enemigo no se ha conten­
— 122

tado con esto, sino que ha pretendido tam­


bién sembrar la cizaña en las mismas colo­
nias de españoles para arruncarles 9ua creen­
cias religiosas, que cada año se robustecían
más con la sunía misión. Y si bien es v e r­
dad que lejos de disminuir el entusiasmo en­
tre los buenos se ha acrecentado notable­
mente, no es menos cierto que esta campa­
ña suscitará nuevas dificultades a la obra de
Dios. ”
La misma vida del Cardenal corrió en al­
guna ocasión grave riesgo; mas no por eso
se interrumpió la obra, que fué coronada con
lison jero'éxito y muy copiosos frutos.
El campo estaba desbrozado y en los años
siguientes, perfeccionada ya. la organización,
se aumentó también el fruto.
¡Con qué ahinco trabajó el Sr. Cardenal
en sostener, afianzar y perfeccionar aquella
obra! Los ropetidos documentos que acerca
de ella publicó, son como gritos de angustia
que arrancaba a su alm<i de Apóstol el la­
mentable estado m aterial'y moral de aquellos
españoles emigrados.
A l Rey mismo acudió, en un memorable
documento, en que, con su habitual sinceri­
dad, explicaba el desamparo en que el Esta­
do tenia a los emigrados, sin asistencia espi­
ritual, sin escuelas, sin trabajo muchos do
ellos, y aún sin el amparo del Cuerpo con­
sular.
En este documento enumeraba Su Emi-
nencia las principales necesidades de loa
emigrados, en le orden económico, en el be­
néfico y en el moral y religioso; indicaba lo»
peligros a que están expuestos en lo sociaU
en lo patriótico y en lo m oral; exponía va­
rias peticiones relativas a Cónsules y V ice­
cónsules, repatriación, y protección, y por
último indicaba remedios concretos: Solares
españoles o Casas de Misión, Solidaridad es­
pañola (instituciones de previsión y socorro,
ahorro, bolsas de Lrabajo, ceñiros recreati­
vos e instructivos, asistencia médica y fa r ­
macéutica) y, por fin, revisión del tratado
con Francia para conseguir, en favor de
nuestros emigrados, beneficios que ha con­
cedido a los de oirás naciones.
El Gobierno de Prim o de Rivera se creyó
en el caso de responder con una nota oficio­
sa en que, no pudiendo desmentir lo que el
Sr. Cardenal había afirmado, porque no dijo
sino lo que habia presenciado él mismo, elo­
giaba la acción del Sr. Cardenal, pero sin
que pareciese que se habia percatado de la
graved&d e irn por Lancia del problema, que
justamente preocupa a lodos los pueblos
donde hay emigración.
Se calcula que hay más de ocho millones
de emigrados españoles en todo el mundo,
principalmente en Cuba, en Am érica, en
Francia y en A rgel, a los cuales no llega ape­
gas o llega muy atenuada la protección de
España. Con razón preocupaba este proble­
ma al Cardenal Primado, que creía un deber
de su cargo de Director Ponliflcio de la A c ­
ción Católica el prestar ayuda espiritual a
«sos hijos de nuestra Patria a quienes aza­
res de la vida dispersaron por las inás d i­
versas regiones.
Por eso intentó organizar también m isio­
ne* en A rgel, y aun hubiera ido personal-
meato a dirigirlas si no se hubieran in ter­
puesto obstáculos insuperables por la pasión
— 124 —

y el sectarismo, a cuyas órdenes se puso la


diplomacia.
Aun de los Estados Unidos se reclam ó In
presencia del Sr. Cardenal para contrarres­
tar la propaganda protestante entre los em i­
grados españoles.
Siento no poder ofrecer a nuestros lec­
tores más noticias sobre este aspecto de la
vida del Sr. Cardenal, que si no es el más.
brillante ni el más conocido, es uno de los
que m ejor retratan su alma de apóstol, siem­
pre dispuesta a conquistar almas para Dios.
Cuando ahora le contemplo expatriado fo r ­
zoso en aquel suelo de Francia, que un año
y otro recorrió haciendo el bien, prodigan­
do consuelos a los emigrados de la m iseria
y de la desventura, curando las llagas del
cuerpo y las heridas del alma, limpiando
sus corazones de los ferm entos de odios
sociales que hicieron brotar los pretendidos
redentores del proletariado, no puedo m e­
nos de execrar y condenar con todas iuí*
fuerzas la magnitud y perfidia de los
hombres.
Los católicos de Francia, sin embargo,
que conocen la magnitud de esta empresa,
rodeada siempre de escabrosas dificultades
y sacrificios, sienten veneración por el Pur­
purado español, cuya humildad, abnegación
y renunciamiento sin medida, sin tasa, por
el bien del necesitado, son ya proverbiales
en la nación vecina, com o lo son ya en todo
el mundo católico. La Historia le hará justl-
cia presentándole como una de las más gran­
des figuras contemporáneas y como ejem p lar
modelo de la heroica caridad y celo infatigft'
ble por la salvación de las almas.
« - 125 —

I Quiera el cielo que esté cercano el día en


que pueda continuar su obra misional y que
nuestros compatriotas tengan pronto la ale­
gría de ser visitados en sus humildes hoga­
res por el Cardenal bueno que les lleva pan
y con él la paz dichosa y los inefables con­
suelos de nuestra sacrosanta Religión 1
EL CONCILIO PROVINCIAL

Obstáculos vencidos.— Los antiguos Concilios tole-


danos.—Importancia del nuevo Concilio. — Una fan­
tasía periodístico.

Varias veces se había intentando en estos


últimos tiempos reanudar en Toledo la se­
rte dé sus antiguos y famosos Concilios y
otras tantas se frustró el noble propósito de
los eminentísimos prelados que lo intenta­
ron.
La incansable actividad del Cardenal Se-
8ura triunfó de todos los obstáculos y el día
*2 de octubre de 1930 se inauguraba el Con­
cilio en el mismo lugar en que otros se ha­
blan celebrado, con el mismo ceremonial y
con la misma pompa.
Efccede los límites de este librito la des­
cripción de aquella asamblea solemnísima de
lúe se ocupó toda la Prensa de España y aún
Podemos decir de todo el mundo, pues el
Concilio, aunque sólo fué provincial, tuvo ca­
té te re s de acontecimiento nacional.
Para expresar la parte que en él tuvo el
Cardenal Segura, nos bastari recordar esta
•fase de uno de los consultores:
•—Mucho me alegTO de haber podido p re ­
— 1M - í

senciar estas solemnidades; pero más aún de


haber tenido ocasión de conocer todo lo que
vale el Cardenal Primado.
Fieles a nuestro método de dejar que ha­
ble el propio Cardenal, transcribimos a con­
tinuación su convocatoria del Concilio, por la
cual se verá la trascendencia de aquella
magna asamblea, con la que Toledo reanu­
daba el hilo de su antigua historia.
“ Singularmente en el siglo XFV se convo­
c a r o n y reunieron los Concilios con cierta
"periodicidad que tuvo felicísim os resultados
"para ia disciplina eclesiástica. De impor-
” tancta grande fué el que se celebró en Pe-
” ñaflel, convocado por el Arzobispo D. Gon-
” zalo Díaz Palomeque (1 3 0 2 ), para defen­
d e r las inmunidades eclesiásticas y restau-
” rar la disciplina. En este Concilio se esta­
b le c ió , con rito doble, la flesta de San Ild e­
f o n s o para toda la provincia eclesiástica de
"T oled o.
i "Celebráronse nuevos Concilios Provin­
c ia le s en Toledo en 1324, 133S y en 1355-
"O tros tre9 Concilios de la provincia ecle­
s iá s tic a de Toledo se congregaron en A lca li
"d e Henares en 1323, en 1333 y en 1347.
/ "E l que en 1473 se celebró eo Aranda,
C a re c ió ya de continuación, hasta que el
"C oncilio de Trento urgió la celebración de
"C oncilios Provinciales como medio aptísí-
"m o para procurar el reflorecimiento de
"disciplino, eclesiástica y de la vida c ristian a.
"D e fausto suceso puede calificarse el Con-
"c ilio Provincial de 1565, Aunque privada de
"la presencia de 9u pastor la Sede toledansi
"e l Rey D. Felipe II y los Obispos compro-
" vinciailes juzgaron que ningún sitio era B»¿3
— 128 —

''adecuado para continuar la antigua tradi­


c ió n que la ciudad a quien se da, por anto-
’ nomasia, el nombre de CIUDAD DE LOS
"CONCILIOS.
” Y uquí, en el histórico salón de Concilios
"del Palacio Arzobispal, donde ya se hablan
"congregado varias veces, dos siglos antes,
t o s Obispos de la provincia eclesiástica, se
"reunieron por espacio de varios meses los
'[Obispos de Córdoba, Sigüenzn, Segovia, P a ­
te n c ia y Osma, para poner en ejecución los
"decretos disciplinares del Concilio de Tren-
to .
”Todo inducía a esperar que ya no sufrie­
r e nuevas interrupciones la celebración de
to s Concilios Provinciales. Los mismos P a­
d r e s del Concilio determinaron que del cum­
p lim ien to de algunos acuerdos se diese
cuenta en la próxima Asamblea.
n "Celebróse ésta, efe divam ente, en 1582,
^presidida por el Cardenal D. Gaspar Quiro-
que ganó glorioso renombre, tanto por
)tta- austeridad de su vida como por su celo
®n restaurar la disciplina eclesiástica.
„ "Dio particular relieve a la Asamblea la
ltpresencia de un Embajador del R ey; pero,
yunque se dieron sapientísimas disposicio­
n e s nucieron, por donde menos se espera­
ban, complicaciones de orden político, que
fu ero n causa de que la nueva serie de Con-
ticilios Provinciales quedase interrumpida
cuando más fundadas parecían las espe­
j e a s de que se restaurasen antiguas g lo ­
rias.
Después de tan larga interrupción de­
jábase sentir cada vez con mayor fuerza la
conveniencia de un nuevo Concilio Provin-
9
— 130 —

"c ia l; mas, aunque con vivas ansias los do*


"searon muchos do los venerables Prelados
"qu e con lanío, sabiduría y celo gobernaron
” esla Archidiócesis, las circunstancias no
"fueron propicias para que sus deseos se tro­
c a r a n en realidad.
"É l Señor, a pesar de nuestra pequenez,
''y quizá principalmente por ella, Nos reser-
"vaba esla gracia singular, que, con su es-
” pccial auxilio, esperamos ver pronto cun)J
"plida.
" Y no sin razón tenemos por gracia ex­
tra o rd in a ria la celebración de un Conoili0
"Provincial. La antigua práclica de la Ig lc'
"sia, las reileradas disposiciones de nuestro®
"Concilios y posteriormente los decretos de*
"C oncilio I de Leirán y del Tridentino, de-
"muestran la estima en que siempre fueron
"tenidas estas asambleas como medio de
"prom over la vida cristiana.
"E l vigente Código de Derecho Canónic®
" (c. 2 8 8 ), prescribe que so celebren por
"m enos cada veinte años.
''Am plísim o es el campo de su comp®'
"tencia. Indaguen y decreten cuidadosameP'
" l e los Padres del Concilio — dice el cnj
"non 290— lodo cuanto sea conducente
"increm ento de la fe, «i moderar las costu^'
"bres, corregir abusos, componer controvtr'
"sias y conservar o introducir bt unidad <*e
"disciplina en su terrilorio.
"T a l es el fin que podemos llamar periu*' ¡
"n en ie de los Concilios Provinciales; per® i
"éste que en breve se ha de celebrar lio*1 i
"particular importancia por dos razones pr*11'
"cipales. ¡
"Es una de ellas el ser el primero que 5
— 181 —

"celebra en nuestra provincia eclesiástica


"después de la promulgación de! nuevo Có­
d i g o de Derecho Canónico.
''Sabido es que las normas supremas de
” I& Iglesia, por su misma universalidad, no
"pueden descender a muchos particulares, ni
"prever las necesidades especiales de cada
"región.
"Requieren, pues, una aplicación sabia y
"prudente, de manera que, a la vez que se
“ respete el espíritu de la ley y la voluntad
"del legislador, se puntualice y determine lo
“ que de intento dejó indeterminado la ley
“ para que, teniendo mayor flexibilidad, se
"aplique con mayor eficacia.
"Añádase a esto que entre el próxim o Con­
c i l i o y el último que se celebró media un
“ largo paréntesis de más de tres siglos, du­
dante el cual han cambiado profundamente
)(los usos y costumbres y la vida misma de
'los pueblos.
it "Leyendo tas actas de los últimos Concl­
uios Provinciales de Toledo, adviértese cuán
^diversa de la vida de hoy era la de entonces.
^Instituciones que en aquella sazón teníun
(jVida púnjante, han desaparecido. Oirás, pa-
](ra subsistir, tuvieron que transformarse. P e-
Jigros que entonces eran graves se desva­
n eciero n , sucediéndoles otros nuevos, y,
„8in duda alguna, mayores. Los mismos pro­
c e s o s de nuestros días han dado origen a
„j*uiU¡tud de actividades y de obras — y tam-
"bien gravísimos daños— que es preciso te­
ner en cuenta.
„ "L a costumbre unas veces y otras las dis­
p osicion es de los Prelados, han ido m odifi­
cando la legislación particular, acompasán-
— 132 —

"d ola a las necesidades de los nuevos tiem-


"pos. Pero este acomodamiento, ni ha sido
"uniform e en toda la provincia eclesiástica
" —y a veces aún ni en la misma Diócesis—,
"n i está codificada en normas claras y con-
" cretas que aseguren la conveniente unidad
" y faciliten la ejecución.
” De lo dicho se infiere claramente que no
” es fácil la tarea que incumbe al Concilio
"Provincial. Las luces y prudencia de Nues­
t r o s Hermanos Jos Obispos de la provincia
"eclesiástica llevarán a cabo laudablemente
"esta obra de codificación, tan ardua como
"precisa.
"N o les faltará para ello el debido aseso-
"ram iento, ya que el Derecho Canónico pres­
c r i b e sapientísimamente que, aunque solos
"loa Obispos Comprovinciales tengan voto
"decisivo, se convoque también a los Cabil­
d o s Catedrales, que constituyen el Senado
"d e los Obispos, y a los Superiores mayores
"d e las Ordenes Religiosas exentas y de las
"Congregaciones monásticas que residan en
"la provincia, todos los cuales gozan de vo­
t o consultivo.
"L o s antiguos Concilios de Toledo solían
"in vitar también a cierto número de simples
"presbíteros, para que asistiesen a las deli-
"beraciones conciliares.
"B ien quisiéramos Nos que asistiesen *1
"próxim o Concilio todos los sacerdotes de
"nuestra Archidiócesis, puos habiendo de
"s e r ellos parte tan principal en la ejecución
"d e los que en él se decrete, les serviría de
"edificación y de estímulo el presenciar I*
"d iligen cia con que han de estudiarse la9
— 133 —

"materias sometidas a la deliberación y re ­


solu ción de la Asamblea.
"Mas ya que esto no sea posible, reduci­
re m o s Nuestro deseo a que asistan, por lo
"menos, los señores Arciprestes, en quienes
"estará representado todo el G'.cro parro­
q u ia l de la Archidiócesis."

Como la cita ha sido larga, prescindiremos


de los pormenores de la celebración del Con­
cilio. Cuando se hagan públicas sus resolu­
ciones — sabido es que los decretos de los
Concilios provinciales han de ser aprobados
por la Santa Sede— se comprenderá m ejor
su importancia.
Lo que si queremos recordar aquí, porque
un antecedente curioso de la actitud de
cierta prensa, es que, con ocasión del Con­
cilio, algunos periódicos lanzaron la terrible
especie de que en Toledo se eslaban cele­
brando reuniones secretas de Obispos, en que
se trazaban, sin duda, planes maquiavélicos.
¡* esto lo decían cuando hacía yo varios me-
que se había convocado solemnemente el
Concilio y cuando las sesiones se estaban ce­
lebrando, no a escondidas, sino con todo el
"pnrato ceremonial litúrgico! Pero, como el
lenguaje oficial del Congreso era el latín...
n<> pudieron enterarse de lo que se trataba
Ruellos periódicos que a sí mismos se daban
®1 modesto título de órganos de la inteleclua-
l'dad española.
LA HORA DE LA PRUEBA

Una campaña calumniosa.— "Se dice..."— ¿Qui


Piensa de la República el Cardenalt— Una plática
famosa.—Adhesiones a Su Eminencia.

Hemos referido hasta aquí la vida apostó­


lica del Cardenal Segura: una vida de virtud
acrisolada, de actividad verdaderamente pas~
mosa. Eran generales los aplausos, y si al­
guna voz discordante se escuchaba servía pa­
ra poner más de relieve la excelsa figura de
Su Emcia. Rvdnia., que sin sentir el halago
j*o las alabanzas ni las mordeduras de la mu-
M icencia, proseguía su camino, puesta en
«ios la mirada y solícito únicamente de ser-
v,p a la Iglesia y de procurar e! bien de las
(timas.
|Cuán ccrcnna estaba, sin emburgo, su V ía
^olorosa, la hora de la prueba que no suele
•altar nunca en la vida de las almas grandes,
e' sello inconfundible de la verdadera v ir ­
tud r
La historia de la Prensa contemporánea
n.° registra, quizá, ejem plo de una persecu-
C|*n tan injusta, tan sañuda y tan tenaz. Co-
1110 si hubiese una consigna, la campaña se
continúa meses y meses, renovada cada día
^ 188 —

con diatribas de virulencia inaudita, con acu­


saciones que nunca se prueban, con grose­
ras calumnias, que ni aún se recogen del
arroyo, sino que se invenlau a sabiendas de
que carecen de sombra de fundamento y que
están de antemano refutadas por una vida de
abnegación, de caridad y de virtud inmacu­
lada.
Y poco a poco se consigue que el nombre
del señor Cardenal sea para muchos, que sólo
le conocían a través de los relatos de cierta
Prensa, una verdadera "señal de contradic­
ción” .
No mancharemos estas páginas recogien­
do en ellas, ni aún para refutarlo, cuanto se
ha escrilo duran le varios meses contra el se­
ñor Cardenal, pues ni necesita él que le de­
fendamos, ni la calumnia y la injusticia po­
drán prevalecer contra la verdad, que. al fin.
se abrirá camino para que sea mayor la glo­
ria de quien supo sufrir en silencio, verda­
deramente heroico, las embestidas del odio
sectario y ofrecer a Dios el más duro sacri­
ficio que se nos puede pedir: el de nuestra
propia reputación.
No podía pasar inadvertida la actividad
aposlólica del Cardenal Primado i, ciertos pe­
riódicos, que tienen por bandera la irreli­
gión. Ya antes de la proclamación de ln Re­
pública se intentó envolver al señor Carde­
nal en supuestas maniobras políticas, cuy°
fundamento hemos visto en algunos cupílu-
los anteriores.
Cuando publicó, con m olivo de las elec­
ciones generales anunciadas por el Gobierno
del General Berenguer, algunas normas da­
das en diferentes ocasiones por ln Santa Se*
1X7 *->

de a los católicos españoles, llegóse a censu­


rar por cierta Prensa que el Sr. Cardenal — el
Popa, m ejor dicho— recomendase a los ca­
tólicos que eligiesen “ a los más dignos".
Gon motivo de unos artículos publicados
por un periódico de Madrid contra cierto M i­
nistro del Gabinete Berenguer, otro periódi­
co de los que más contribuyeron al actual
astado de cosas, atribuyó la iniciativa de ellos
al Cardenal Segiira, a quien se Jíegó a acu­
sar de preparar una nueva Dictadura; y todo
ello sin más prueba que un "se dice*' o la so­
corrida fórmula de que así lo habla dicho “ un
personaje eclesiástico muy enterado” — ese
consabido personaje anónimo que aguanta
cuanto se le atribuya, porque no suele tener
realidad que la que le presta el inventor
de la noticia.
Arreció más la campaña al proclamarse
Ja R e p ú b lic a . ¿Par qué? Algún día se sabrá.
Nosotros, sin querer explicar ahora el hecho,
nos limitamos a consignarlo. Y el hecho fué
JIue, apenas proclamado el nuevo régimen,
todo el coro de periódicos que cantaban su9
excelencias, no se olvidaba ni un sólo día de
Pedir que fuera expulsado el Cardenal Se-
tftra.
Al parecer, todo el porvenir de España es-
l«ba pendiente de que el Cardenal Primado
fuese o no a visitar al Ministro de Gracia y
“ Ustieia o de que hiciera acto de -acatamien­
to a la República. Si hemos de decir verdad,
ftcaso también algunos católicos juzgaban
ÍUe el Sr. Cardenal se tomaba muchos días
Pftra pensar, quizá para consultar, la actitud
íue debía tomar la Iglesia española ante un
c«mbio tan radical en el régim en de nuestra
* - 138 —

Patria. Acaso los impacientes ilc entonces


hayan comprendido ya que requería muy se­
ria meditación un régimen que desde el pri­
mer día anunciaba sus propósitos de perse­
guir a la Iglesia, aunque entonces los anun­
cios se disfrazasen con palabras, cuyo pleno
sentido han hecho patentes ios aconteci­
mientos posteriores—
Y llegamos ya a la célebre Sabatina. Ya
dejamos dicho lo que son esios cultos que,
por iniciativa del Sr. Cardenal, se celebran
lodos los sábados en la Catedral Primada.
Parte importante de ellos era siempre la plá­
tica del Sr. Cardenal: una plática familiar,
sencilla, sin pretensiones oratorias, en que
Su Eminencia derramaba su corazón, seguro
de ser comprendido por aquellos fieles de­
votos de la Santísima Virgen, que con incan­
sable constancia acudían a la Catedral to­
dos los sábados.
"L a Iglesia española — comenzó diciendo
aquel día el Sr. Cardenal— está triste y pre­
ocupada." Citamos esta frase porque, en rea­
lidad, fué la única alusión a los sucesos que
entonces eran de actualidad. Nada tenía de
extraño esta frase, pues era notorio que,
cualquiera que fuese el juicio que los acon­
tecimientos mereciesen en el orden político,
la Iglesia tenia razones sobradas para pre­
ocuparse cuando a la vez que se había pro"
clamado la República, se había anunciado sü
programa de libertad de cultos, seculariza­
ción de cementerios y separación de la Ig le ­
sia del Estado. ¿No eran de prever ya los ma­
les que ahora lamentamos?
Grande fué la extrañeza de todos lo » que
habían oído la plática del Sr. Cardenal cuan­
— 180 —

do, a los pocos días, leyeron en la Prensa de


Madrid que los periódicos habían interroga­
do al Sr. Ministro de Justicia sobre una frase
que el Primado habría dicho en la Sabatina.
Se decía que había invocado la maldición
Cielo sobre Kspna si se afianzaba la Reñúbli-
T a n absurda"era la patraña, que ni aun
parecía preciso desmentirla, y el propio se­
ñor Ministro, que, con innecesaria diligen­
cia, anunció la apertura de una información,
hubo de hacer constar la falsedad del rumor'
propalado, afirmando ante los periodistas al
•lía siguiente: “ Los testimonios coinciden en
Afirmar que las palabras atribuidas al Carde­
nal Primado no fueron dichas por é l” .
Mas a continuación añadió: “ Pero existen
íiflunos testimonios que afirman que el Car­
denal Primado tuvo algunas expresiones que
pudieron dar m otivo a que se creyera, habla
un propósito político que subraya su discre­
pancia con el régim en actual.”
D ifícil hubiera sido expresarse con mayor
vaguedad. Se habla de posibilidades, de
creencias, de propósitos, de discrepancias;
pero tío se cita ni un hecho, ni una frase con­
creta, cosa que hubiera sido fácil cuando tan­
tas personas escucharon la plática del señor
Cardenal. Mas, ¿para qué averiguar? “ El
Gobierno, añadió el Sr. Ministro, no tiene
por qué enLrar en mayores esclorecimientos.”
V esto bastó para enviar una nota al Sr. Nun­
cio, cuyo fundamento queda suficientemen­
te explicado con decir que en la misma nota
se reconocía que no era otro más que las n o -
Ilotas oontradletorlaa que habían llegado al
Gobierno: “AI Gobierno han llegado noticias
— i 40 —

oonlradiotorlas sobre palabras pronunciados


por el Cardenal P rim a d o ...”
P or fortuna el texto de la plática habí»
sido tomado taquigráficamente. A lo que pa­
rece. algún Ministro que lo leyó se quedó ma­
ravillado de los rumores que se habían pro­
palado y de la excesiva importancia que se
pretendía darles; pero entre tanto, la frase
inventada rodó por la Prensa y aún hoy se
repite por gentes ignaras, para quienes cuan­
to se lee en los periódicos es casi dogma
de fe.
No era esto sino principio de otras calum­
nias más graves y más inverosímiles, em ­
prendidas siempre con el amor a la verdad
que revela esta frase del autor de una in for­
mación calumniosa: “ El Director rae envió
a Toledo para traer algo contra el Cardenal,
y no era cosa de venir con las manos vacías.”
Y para no volver a Madrid con las manos
vucías, se entró en una taberna, donde, según
es sabido en Toledo, emborronó — nunca más
propia la frase— sus cuartillas, a la crítica
hora de las dos de la madrugada, entre va­
pores de vino y los perezosos bostezos <le al­
gunos trasnochadores...
¡T od o un símbolo del turbio origen de
aquella campaña periodística contra el Car-
denal Segura!
No queremos, sin embargo, dejar d<í re­
cordar aquí que en inedio de estos violentos
ataques no fallaron a Su Eminencia valiosos
adhesiones. A su lado estuvieron tod09 los
buenos católicos de España y particularmen­
te los de T oled o; pero de una manera par­
ticular su Clero, que reiteradamente mostró
la m¿s absoluta unión con su Prelado, siendo
- 141 -

digno de especial recordación que la Asocia­


ción Diocesana del Clero, no contenta con
protestar de aquella injusta y calumniosa
campaña, editó un folleto en que daba a co­
nocer la obra apostólica del Sr. Cardenal y
del cual repartió gratis en muy poco tiempo
más de 30.000 ejemplares. De aquel folleto
hemos tomado nosotros no pocas noticias de
tos contenidas en este librito.
UNA PASTORAL CELEBRE

hora de hablar.—Iglesia y Monarquía.—E l res­


petoal poder público.— Un juicio de “ The Times” .
Los que juegan sin leer.— Texto de la Pastoral.

Llegó, por fin, la hora en que el Sr. Car­


denal juzgó necesario dar instrucciones a sus
diocesanos.
A sus diocesanos, decimos, perqué no se
ha reparado suficientemente en esta cir­
cunstancia. Como si hubiera habido empeño
en exagerar la importancia de ta Pastoral
que Su Eminencia dirigió “ al Clero y fieles
de su Arzobispado", llegóse a decir en una
Hola oficiosa del Gobierno que habla sido
dirigida a los demás obispos de España
Después de la campaña a que hemo9 alu­
dido, podfa darse por cierto que, cualquiera
que fuese la actitud que tomase el Cardenal
primado, suscitarla apasionados comentarios.
Eran aquellos dias en que el fervor republi­
cano se media siempre con relación al 13 de
®bril. A los que mostraban adhesión incon­
dicional a la República se los llamaba adve­
nedizos; a los que guardaban silencio o se
expresaban con cautela se los tenia por sos­
pechosos. El Sr. Cardenal, enemigo, por tem ­
— 144 —

peramento, de habilidades y disimulos, optó,


como siempre, por seguir el camino del de­
ber. Dijo cuanto debía decir, con sobriedad,
con dignidad, sin ocultar su pensamiento,
porque no escribía para salir del paso, sino pa-
ra cumplir una obligación de su ministerio
pastoral.
Con razón decía Su Eminencia que la His­
toria de España no comienza en nuestros días.
Quince siglos habían convivido en nuestro
Patria la Religión y la Monarquía, es decú)
desde que ésta se instauró. Cuan.do hasta el
nombrar la Monarquía parecía a muchos re­
probable, era menester recordar que la Ig le'
sia no tenía por qué avergonzarse de haber
convivido con la Monarquía. La Iglesia crt
España no coartó la libertad del pueblo para
que éste se diese la form a de -Gobierno qu°
más le conviniese. Aceptó la que la Noción
quiso darse, y en aquella lealtad de la Igle ­
sia para con la Monarquía, fácilmente podía
verse una prenda segura de idéntica lealtad
para con cualquiera otra forma legítim a de
gobierno.
Una “ Mirada al pasado" era, pues, el pro­
logo obligado de la Pastoral. A l hacerlo as‘
el Sr. Cardenal, a la vez que defendía el pl‘<>'
ceder de la Iglesia en los tiempos pasados,
asentaba el fundamento de la actitud que ha'
bía de tomar ante los tiempos nuevos.
La misma mención de don Alfonso XIIl<
que tanto ha escandalizado a algunos, ero
de evidente oportunidad, a no ser que &e
crea que en el régim en democrático la cor'
tesía está reñida con el cumplimiento de 1°9
deberes ciudadanos. ¿Es que el reconocer
lo bueno que hizo la Monarquía o el
— 148 —

frar a quien la representaba la debida gra­


titud por el bien que hizo a la Iglesia es in ­
compatible con el respeLo que se debe al
nuevo poder público? ¿Podía siquiera pen­
arse que el Cardenal Primado imitase &
ton los republicanos de aluvión a quienes
v®inlicuatro horas bastaron para convencer-
8e de que era hoy execrable lo que ayer era
plausible?
Poca perspicacia mostraron quienes en
Qquella primera p a r le d e la Pastoral vieron
una propaganda monárquica. La sinceridad
que el Sr. Cardenal reconocía los servi­
dos que el régim en caído habfa prestado a
Iglesia era una garantía de que sabia'ha­
cer también justicia a los acieitos... posi­
bles del régim en recién instaurado, y la leal-
con que la Iglesia habla cooperado al
bien público con la Monarquía era la m ejor
Prenda de que con esa misma leellad coope­
raría al bienestar de la Nación con olra for-
de gobierno que la misma N6/?ión hubie-
elegido, porque, según expresamente de­
paraba Su Eminencia, la Iglesia no siente
Pfsdileccidn por determinada form a de g o ­
bernó.
En todo el documento no se hallará ni
frase dura o menos considerada para el
jjUevo régimen. Ni aun siquiera de aquellas
añoranzas suprimibles y dañosas al rég i-
^ en derribado por la voluntad nacional” de
después habló enfáticamente el Sr. Alcalá
ptüora, se hallará el menor indicio en la
tinosa Pastoral. Sí abundan, en enmbio, fra-
63( Como éstas:
. ‘ Con frecuencia en el espacio de largoa
’fclos, la Iglesia tuvo que defender su inde-
10
— na —
pendencia contra las intromisiones del poder
civil, y en más de una ocasión hubo de re ­
cordar sus deberes a los gobernantas que los
olvidaron; pero respetó siempre la forma de
gobierno que la Nación se había dado a sí
misma.”
“ Innecesario os decir, por sabido de io ­
dos, que la Iglesia no isiente predilección
hacia una forma determinada de gobierno.”
“ Es misión de paz de la Iglesia, y para
mantener la paz, que es fundamento del
bien, público y condición necesaria de pro­
greso, está siempre dispuesta a colaborar
dentro de su esfera de acción con los que
ejercen la autoridad civ il."
“ Según estas normas (de la Sania Sede)
es deber de los católicos tributar a los go­
biernos constituidos de hecho respeto y obe­
diencia para el mantenimiento del orden y
para el bien público.” Y a continuación se
transcribían las palabras con que 1h Sania
Sede declaró estar dispuesta a “ secundar
al nuevo Gobierno provisional en el mante­
nimiento del orden social.”
Y parecidas a estas frases pudieran entre­
sacarse otras muchas. ¿Dónde, pues, vieron
algunos ministros que el Sr. Cardenal reco­
mendaba a los católicos que votasen a 1<>S
monárquicos? ¿Qué pudieron ver en la Pa*'
toral los periódicos que tan sañudamente 1*
combatieron, aunque ninguno de ellos la pu­
blicó en sus columnas, siquiera para que sus
lectores se persuadieran de que sus ataques
no eran infundados?
Otra observación hemos de hacer aún- El
célebre periódico protestante de Londres Th«
Tim es escribió este comentario: “ La Pasto­
— 147 —

ral de que el Ministro de Justicia se quejó


en términos vagos hace imas semanas, era
un documento cuidadosamente redactado y
sólidamente basado en las Encíclicas ponti­
ficias” . Y era cierto. El Sr. Cardenal se l i ­
mitó a recordar a los católicos las enseñan­
zas de la Iglesia. Más aún: las normas que
daba en su Pastoral eran las mismas que ha­
bía dado meses ant.es con ocasión de otras
elecciones generales. Lo cual significa que
para la acción de los católicos no tenía dos
criterios: uno en tiempo de la Monarquía y
otro en tiempo de la República. Se lim itó a
Acordar principios, y los principios no cam ­
bian.
P opo no queremos insistir más sobre esta
'Materia. Puesto que lanto se ha hablado de
«sin Pastoral y a ella se ha de aludir aún en
los capítulos siguientes, creemos preferible
ÍUe'los lectores juzguen per sí mismos.
No les sucederá así lo qne a cierto perso­
n e que, reconociendo las altas prendas del
Sr; Cardenal, ponía un atenuante diciendo:
'Si no hubiera sido por aquella Pastoral..."
^ luego hubo de confesar que... no la había
ktdo. Los periódicos que leía a diario le ha­
bían ahorrado el atrabajo de juzgar por su
Propia cuenta. Así han juzgado innumerables
•^clores de periódicos.;
. Acaso leyendo la Pastoral hagan suyo este
juicio que han -emilido personas imparcia-
’es: “ Ni se podía decir más, ni podía decir-
Se menos".
— 148 —

EL CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO


AL CLERO Tf FIELES DE LA ARCHIDIÓCBBIS.

Venerables Hermanos y muy amados H ijos: Acon­


tecimientos que todos conocéis han creado un nue­
vo estado de cosas en nuestra Patria que impone a
todos los católicos gravísimos deberes.
Sabemos que en estos momentos difíciles esperáis
de Nos orientaciones y normas que os señalen clara­
mente el camino de vuestro deber. Así Nos lo ha-
bfiis manifestado muchos y aún, a veces, con impa­
ciencia justificada por la gravedad de la situación,
pero que Nos no podíamos compartir, porque en mo­
mentos tan crfLicos como los presentes, era menes­
ter, más que nunca, orar y meditar, ponderar tiem­
pos y circunstancias y dar lugar a que, serenados los
ánimos, la prudencia 7 la reflexión aconsejasen lo
más oportuno.
P or eso hemos guardado silencio y sufrido calla-
damente insinuaciones y aún groseras calumnias
apartarnos de la linea de conducta que Nos había­
mos trazado, poniendo nuestra confianza en Dios
que, conocedor de la rectitud de Nuestras intencio­
nes y del amor que sentimos hacia la Tglesia y hacia
nuestra Patria, será siem pre Nuestro m ejor escudo
y Nuestra m is firme defensa.
Hoy ha llegado ya la sazón de hablar, y lo hare­
mos con sinceridad absoluta y con la claridad nece­
saria para que cuantos m ilitáis en las legiones d*
paz de la Iglesia católica tengáis normas seguras <IÜ0
os indiquen en estos momentos de oscuridad y con­
fusión el camino que habéis de seguir.

UNA MIRADA AL PASADO

Las conmociones más violentas de los pueblos, aun*


que pueden cambiar el curso de la {listona, no b*3'
tan para romper el hilo de la tradición.
— 140

El día de hoy es h ijo del día de ayer, y loa gran­


des sucesos que sefialan nuevos rumbos a la vida de
las naciones no se engendran de repente, sino que,
Por lo común, tienen muy remóla preparación, y hon­
da raigambre en otros hechos, tal vez muy lejanos,
que por caminos ocultos a la mirada de los hom­
bres, poro patentes a la divina Sabiduría, siguen in­
fluyendo de manera eficaz a muchos siglos de dis­
tancia,
La Historia de España no comienza en este afio.
No podemos renunciar a un rico patrimonio de sa­
crificios y de glorias acumulado por larga serie de
generaciones.
Los católicos, particularmente, no podemos olvi­
dar que, por espacio de muchos siglos, la Iglesia e
instituciones hoy desaparecidas convivieron juntas,
aunque sin confundirse n¡ absorberse, y que de su
acción coordinada nacieron beneficios inmensos que
ta Historia imparcial tiene escritas en sus páginas
con letras de oro.
La Iglesia no puede ligar su suerte a las vicisilu-
des de las instituciones terrenas. Estas se mudan,
y la Iglesia permanece; éstas son perecederas, y la
Iglesia es inmortal.
Pero la Iglesia no reniega de su obra. En tiempos
de anarquía aflamó con su autoridad el poder real,
y con ello prestó servicios inestimables a la causa
del orden y del, progreso, como han tenido que re­
conocer los mismos historiadores adversos al Cris­
tianismo.
Cuando nuevas circunstancias hicieron preciso
nuevos cambios en el gobierno de la Nación, la Igle­
sia, sin descender a contiendas ni rivalidades, si­
guió ejerciendo su misión de paz, y el bien público
tuvo en ella solidísimo baluarte.
Con frecuencia, en el espacio de largos siglos, tu­
vo que defendí su independencia contra intromisio­
— ISO —

nes del poder civil, y en más de una ocasión hubo


dé recordar sus deberes a los gobernantes que los
olvidaron; pero respetó siempre la form a de gobier­
no que la Nación se había dado a sí misma.
No tenemos por qué ocultar que, si bien en las re­
laciones entre la iglesia y el Poder civil hubo P#'
rénlesis dolorosos, la Monarquía en general fu é res­
petuosa con los derechos de la Iglesia.
£ 1 reconocerlo asi es tributo debido a la verdad,
sobre todo cuantío se recuerdan con fruición l°s
errores y se olvidan los aciertos y los beneficios. Es­
paña toda, y particularmente nuestra Archidiócesis.
están llenas dé monumentos que hablarían si nos­
otros callásemos.
Sé anos lícito también expresar aquí un recuerdo
de gratitud a su Majestad D. Alfonso X III, que du­
rante su reinado supo conservar la antigua tradi­
ción de fe y piedad de sus mayores.
¿Cómo olvidar su devoción a la Santa Sede, y
él fué quién consagró a España al Sagrado Cora­
zón de Jesús?
Y los toledanos, dejando a un lado otros aconte­
cimientos, recordaremos siempre aquel dfa en
puso su bastón de mando a los pies de Nuestra S®*
flora de Guadalupe, y aquel otro del pasado mes de
octubre en que, asistiendo al Concilio Provincial ce­
lebrado en Toledo, nos hizo evocar otros glorioso8
Concilios toledanos que dejaron profundo surco
nuestra vida nacional.
La hidalguía y la gratitud pedían este r e c u e r d o »
que siempre fu é muy cristiano y muy español reo-*
d ir pleitesía a la majestad calda, sobre todo cuando
la desgracia aleja la esperanza de mercedes 7 *a
sospecha de adulación.
— 161 —

GRAVEDAD DB LA HOEIA PRESENTÍ

Para ponderar la gravedad de los momentos ac­


tuales, nos bastará transcribir aquí las palabras que
dejamos escritas en 27 de febrero del próxim o pa­
sudo año.
"Es unánime persuasión en todas, decíamos en­
tonces, que los instantes actuales son de grave tras­
cendencia para el porvenir de nuestra patria.
Bien es verdad, que aun en las circunstancias
mis difíciles de nuestra historia, una palpable pro­
tección det cielo nos ha salvado, con singular Pro­
videncia, do gravísimos riesgos: claro indicio del
amoroso cuidado — al cual debemos corresponder con
ftlial gratitud— con que vela por nosotros la santí­
sima Virgen, que quiso tomar posesión de nuestro
Suelo a orillas del Ebro y dejarnos como perpetuo
acuerdo de su valim iento y ayuda el bendito P ila r
de Zaragoza.
Cierto asimismo que tenemos la consoladora pro­
mesa que el Corazón de Jesús hizo al P. Bernardo
Hoyos de “ reinar en Espafia y con más veneración
que en otras partes".
Mas deber nuestro es no tentar a Dios; antes he­
mos de procurar, con una actuación intensamente
cristiana, precaver tos males que parece se aveci­
nan, atrayendo sobre nuestra Patria las bendiciones
del Ciclo.
No es preciso descender a pormenores que sería
delicado tocar y que, por otro lado, son de lodos co­
nocidos. Basle decir que la gravedad del momento
Presente, en orden a un porvenir que tan incierto se
vislumbra, no se circunscribe sólo a la situación po­
lítica, sino que so extiende al mismo orden social
7 al mor&E y religioso.
Pero la situación que conmueve a los ánimos es
parte, sin duda, para que éstos se preocupen más
inmediatamente de los futuros derroteros políticos de
la Patria. Unos y otros con feb ril actividad se apres­
tan a tomar posiciones para la defensa de sus ideas
« intereses. Los antiguos partidos so reorganizan:
se anuncia la formación de otros nuevos; se plan­
tean uniones o federaciones sircunslanciales para
sumar fuerzas: indicio todo ello que nos bailamos
en vísperas de una intensa lueba política.
Ni aún los más avisados y previsores pueden con­
jetu ra r las consecuencia» que tendrá esta conticida,
no sólo en el orden político, sino también en el so­
cial y muy principalmente en el religioso. Mas, co­
mo quiera que sea, ha de tenerse por cierto que, aún
considerada la situación no más que en este último
aspecto, la hora actual debe calificarse de gra ve” .
Los hechos han confirmado plenamente cuanto en­
tonces escribimos. Algunas disposiciones recientes
en daño de los derechos do la Iglesia y otras mU
graves que ya se anuncian y que, por ser de t«-
dos conocidas, no enumeramos, dan a los momen­
tos actuales una gravedad extraordinaria e imponen
a la conciencia de todos ios católicos españoles gra­
vísimas responsabilidades, que no podrán eludir ni
ante la h isloria de la Iglesia, ni, lo que más impor­
ta, ante el Tribunal de Dios,

DBDBRBS RELIOIOSOS DE LOS CATÓLICOS EN LA HORA


PRESENTE

Necesario es insistir apremiantemenle sobre I09


deberes religiosos de los católicos en la hora actual*
E l arma poderosa, invencible, en todas las necesi­
dades temporales y espirituales, así de los indivi­
duos como de los pueblos, es el arma de la oración
cuando ésta reúne las condiciones que la señaló d
divino Maestro.
— 163 —

En España en estos momentos difíciles nú se ba


orado ni se ora lo bastante y 110 se ha hecho la debi­
da penitencia de tos gravísimos pecados con que se
provocado la divin a justicia.
Y «s necesaria una rectificación de conducta si
queremos llegar al triunfo de la buena causa.
Nos hemos dejado dominar por ei espíritu de na­
turalismo que nos envuelve 7 hemos fiado en dema-
sía el éxito de nuestras empresas a los medios hu­
manos cuando hay que busoar en Dios nuestro Se-
fior el remedio de nuestros males.
Creemos, pues, imprescindible se organice, prin­
cipalmente por las señoras católicas, una cruzada de
oraciones y de sacrificios para im petrar del cinlo el
auxilio de que en es Loa momentos estamos tan ne­
cesitados.
Pj'ovechosísimámenle podrán tomar a su cargo es­
ta obra, bajo la dirección de los Rvdos. Párrocos, las
señoras que en una u otra forma militan bajo las
banderas de la Acción Católica.
Extensísimo es el campo de acción que se las o fre -
promoviendo con toda intensidad, no sólo oracio­
nes privadas por las necesidades de la Patria, sino
ftetos solemnes de cu!Lo, públicas rogativas, peregri­
naciones de penitencia y utilizando los medios tra -
dicionalmonte usados en la Iglesia para im plorar la
divina misericordia, conforme a lo que dispusimos
nuestra circu lar del 15 de abril.

DBBER DB LOS CATÓLICOS EN CUANTO AL GOBIERNO


PROVISIONAL

Innecesario es, por sabido de Lodos, hacer constar


la Iglesia no siente predilección hacia una form a
Particular de Gobierno.
I’ odrá discutirse en el terreno de los principios
tUosóílcos cuál es la mejor, y aún puede suceder que
— 154 —

entre los filósofos cristianos haya cierta unanimi­


dad en p re fe rir determinado régim en; pero la Igle­
sia, sobre esle punió, ha reservado su parecer.
Y es natural que así haya procedido, ya que la me­
jo r form a de Gobierno de una nación no se ha de
determ inar solamente a la luz de los principios fi­
losóficos, sino ponderando multitud de circunstancias
de lugar, tiempo y personas. L a tradición, la histo­
ria, la Indole y temperamento de cada pueblo, sO
cultura y civilización, sus usos y costumbres, su es­
tado social, hasta su geografía y las circunstancia*
externas que le rodean, pueden hacer preferible un*
form a de Gobierno, que teóricamente no sea la més
perfecta.
Siendo el fin directo de la autoridad c iv il el pro­
m over el bien temporal de sus súbditos, no loca »
la Iglesia, que tiene un fin mucho más alto, descen­
der a un campo donde se ventilan intereses que, aun­
que muy respetables, son de un orden inferior.
Mas no por eso se desentiende por entero del bien
temporal de sus hijos. Es misión de paz la suya, 1
para mantener la paz, que es fundamento del bi«n
público y condición necesaria de progreso, está siem­
pre dispuesta a colaborar, dentro de su es/era de ac­
ción, con aquellos que ejercen la autoridad civil.
Pero a su vez, pide que ésta respete los derechos
que otorgó a la Iglesia su divino Fundador, y que>
dentro también de la esfera de acción del Poder tem­
poral, la ayude, en perfecta concordia, al cu m p lí
miento de sus alllsim o3 fines.
A la luz de eslos principios, fácil es d eterm in a1*
cuáles son los deberes que incumben a los caldl1'
oos con relación a l Gobierno provisional que actual­
mente rige los destinos de nuestra Patria.
L a Santa Sede, en ocasiones análogas, ha Irazn-
do normas, que loa católicos deben cumplir con fl'
delidad.
— ÍC5 —

Según pstas normas, es deber de los católicos tri­


butar a los Gobiernos constituidos de becbo respeto
y obediencia para al mantenimiento del orden y pa­
ra el bien común.
Sírvanos en esLe punto de gula para nuestra con­
duela la prudentísima actitud de la Santa Sede, que,
al darse por notificada de la constitución del nuevo
Gobierno provisional, declaró estar dispuesta a se­
cundarle en la obra de mantenimiento del orden so­
cial, confiando que éi también por su parle respe­
tará los derechos de la Iglesia y de los católicos en
una Nación donde la casi totalidad de la población
profesa la Religión católica.

dkbehks de l o s c a t ó l i c o s e n bu a c t u a c ió n p o l í t i c a

Más de una vez se ha repetido en estos últimos


tiempos que la Iglesia no debe mezclarse en la polí­
tica. Pero, como ya advirtió Pío X, “ no es cierla­
men le la Tglesia quien ha bajado a la arena p o líti­
ca; hanla arrastrado a ese terreno para m utilarla y
despojarla".
¿No se le ha de conceder cuando menos el derecho
de defenderse en el mismo terreno en que se la com­
bate? “ Cuando la política loca al altar, decía Su San­
tidad Pío X I a la Federación U niversitaria Italiana,
entonces la R eligión y la Iglesia y el Papa, que la
'"«presenta, no sólo tienen derecho, « n o deber de dar
Indicaciones y normas, que los católicos tienen el de­
recho de buscar y la obligación de segu ir” .
De aquí que el Sumo Pontífice P ío X reprobó la
doctrina que afirma que es un abuso de la autoridad
eclesiástica el que la Iglesia prescriba al ciudadano
lo que debe hacer.
No se preocupa la Iglesia de intereses puramente
temporales; no quiere invadir ajenas jurisdicciones
— 156 —

ni privar a sus hijos de la legítim a libertad en aque­


llas cosas que Dios dejó a las disputas do los hom­
bres; pero tampoco puede consentir que se desco­
nozcan o se mermen sus derechos ai los derechos re­
ligiosos de sus hijos.
Cuando esto suceda, cumplirá un deber, al que no
puede sustraerse sin faltar a su misión divina, ad-
virtiendo a los católicos el peligro, excitándolos 8
conjurarlo y dándoles normas para ei m ejor logro de
sus fines superiores.
A los católicos toca el acatar y cum plir los mande-
Los y normas de la Iglesia, que con la asistencia del
Espíritu Santo, que la gobierna, y con la experien­
cia de veinte siglos, sabe hallar siempre, en medio
de las mayores oscuridades, el camino de la verdad
y del acierto.
La Iglesia, pues, nos enseña en p rim er lugar qué
"cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avan­
zan resueltamente, ningún católico puede perma­
necer inactivo, retirado en su bogar o dedicado so­
lamente a sus negociosa particulares.”
“ Preparar y acelerar —dice Su Santidad P ío Xl
en su Encíclica acerca de la realeza de Nuestro Se­
ñor Jesucristo— la vuelta de la sociedad a Jesucrls-
lo con la acción y con las obra9 ea ciertam ente de­
ber de los católicos; pero muchos de ellos parece
que no tienen en la convivencia social ni el puesto
ni la autoridad que es digno fa lle a quienes llevan
ante sí la antorcha de la verdad. Estas desven taja
quizá proceden de la apatía y timidei de los buenos,
que se abstienen de luchar o resisten débilmente;
con lo cual ea forzoso que los enemigos de la Iffl®'
s¡a cobren mayor temeridad y audacia.”
“ A vosotros, decía a su vez a los católicos Pío X e »
Su Encíclica “ Communium reru m ", a vosotros toe®
resistir valerosamente contra esta funestísima pro­
pensión que tiene la moderna sociedad a adormecer'
— !5 7 —
m, cuando más arrecia la lucha contra la Religión,
en una inercia vergonzoso, buscando una v ü neu­
tralidad levantada sobre vanos respetos y compro­
misos; todo en daño de lo juslo y de lo honesto, o l­
vidados de aquella infalible y terminante sentencia
de GrisLo: E l que no está conmigo, está contra MI."
Y el mismo P ío X, en au áureo documento Inter
Cfttholicos Hispaniae, escribió estas palabras: “ Ten ­
gan todos presente que anle el peligro de la R eli­
gión y del bien público, a nadie es licito permanecer
ocioso."
De lo cual lógicamente dedujo nuestro venerable
Predecesor el Cardenal Aguirre, en la prim era de
B^s memorables Normas de Acción Católica y Social,
“ que los católicos no deben abandonar en manos de
sus enemigos el gobierno y administración de los
Pueblos,"
A esto equivaldría su abstención, pues, como ad­
vertía el Papa León X III, en su Encíclica Inmortale
ü ci: “ Si los católicos se eslán quietos y ociosos, fá­
cilmente se apoderarán de los asuntos políticos p er-
tonas cuyas ideas pueden no ofrecer grandes espe-
r&nzaa de saludable gobierno.”
Para impedir que esto suceda, se requiere por par­
ta da los católicos una prudente y eficaz actuación
Política. " ¿ N o es deber de todos lot católicot — de-
Su Sanlidad P ío X en su Encíclica de 25 de agos­
ta de .1910— usar de ios norma* políticas que tiene
a la mano para defender a la Iglesia y también para
obligar a la p olílica a mantenerse en su terreno y
“ o ocuparse de la Iglesia, sino para darle lo que le
e» debido?"
Ssta actuación debe encaminarse de manera espe­
d í a que “ tanto a las Asambleas administrativas
como a las políticas de la Nación vayan aquellos que,
consideradas las condiciones de cada elección, pa­
— 168 —

rezca que lian de m irar m ejor por los intereses de


la Religión y de la Palria en el ejercicio de su cargo.”
¿Será preciso insistir en la oportunidad de esta ad­
vertencia en los momentos actuales de la vida es­
pañola, cuando van a elegirse unas Cortes constitu­
yente;; que han de resolver no sólo sobre la form a de
gobierno, que al fin es cosa de importancia secunda­
ria y accidental, sino sobre otros muchos puntos de
gravedad suma, de trascendencia incalculable para
Ja Iglesia y los católicos y para toda la Nación?
>'os hallamos en una de esas horas en que se va o
decidir, quizá de maneriy irremediable, de la orien­
tación y del porvenir de nuestra Palria.
En estos momentos de angustiosa inccrl idumbre,
cada católico debe medir la magnitud do sus respon­
sabilidades, y cumplir valerosamente con su deber.
Sí lodos ponemos Ja vista en los intereses superiores,
sacrificando lo secundario en obsequio de lo prin­
cipal; si unimos nuestros esfuerzos para Juchar con
perfecta cohesión y disciplina, sin vanos alardes, pe­
ro con fe en nuestros ideales, con abnegación y es­
píritu de sacrificio, podremos m irar t r a n q u i l a m e n t e
el porvenir, seguros de la victoria.
Si permanecemos “ quietos y ociosos” " ; si nos de­
jamos llevar “ de la apalia y de la tim id ez"; si de­
jamos expedito el camino a los que se esfuerzan en
destruir la religión o fiamos el triu n fo de nuestros
ideales de la benevolencia de nuestros enemigos,
ni aun tendremos derecho a lamentarnos cuan­
do la triste realidad nos demuestre que, habiendo
tenido la victoria en nuestra mano, ni supimos lu­
char, con denuedo, ni sucumbir con gloria.
En las circunstancias actuales lodos los católico8'
i w distinción de partidos políticos, deben unirse en
apretada falange. Lo que hace años el Papa P ío X
juzgaba “ necesario e indispensable", lo es hoy fflá*
todavía: “ Necesario e indispensable — decía aquel
— 169 —

llorado Pontifico— lia juzgado la Iglesia respecto de


tas católicos de Espada que, si no pudiera lograrse
una unión permanente y habitual, se establezcan,
cuando menos, acuerdos transitorios, per modum a c -
íiis transeuntis, siempre quo los intereses de Ja Re­
ligión y do la P a lria exijan una acción común, espe­
cialícenlo anle cualquiera amenaza de alentado en
dafio de la Iglesia."
“ Adherirse prontamente a (al unión o acción prác­
tica común — continuaba el citado Sumo Pontífice—
vt deber imprescindible de iodo católico, sea cual
fuere el partido político a que pertenezca."
Quisiéramos no Lener que escribir nombres que
Pueden ser bandera de combate de diversos grupos;
Pero Nos hemos impuesto el deber de hablar con en-
lera claridad, y lo cumpliremos tealmente. Y así de­
cimos a lodos los católicos: republicanos o monár­
quicos, podéis noblemente disentir cuando se trate
la form a de gobierno de nuestra nación o de in­
tereses puramente humanos; pero cuando el orden
social está en peligro, cuando loa derechos de la Re­
ligión eslán amenazados, es deber imprescindible de
to<ios uniros para defenderlos y salvarlos.
Es urgente que, en las actuales circunstancian. Jos
católicos, prescindiendo de sus tendencias políticas,
Qn las cuales pueden permanecer libremente, se unan
do manera seria, y eficaz para conseguir que sean
Regidos para las Cortes Constituyentes candidatos
fpic ofrezcan plena garantía de que defenderán los
d&rcchos de la Iglesia y del orden social,
En la elección de estos candidatos no habrá de dar-
80 importancia a sus tendencias monárquicas o re­
publicanas, sino que se mirará, sobre toda otra con-
8>dsraoión, a las antedichas garantías.
Podría servirnos de ejem plo lo que hicieron los
católicos de B&viera después de la revolución de no­
viembre de 1918; lodos unidos y acordes trabajaron
— iM —
ardorosamente para preparar las primeras eleccio­
nes» en las cuales alcanzaron una notable mayoría,
aunque sólo relativa; de manera que, constituyendo
el grupo parlamentario más fuerte, pudieron, como
atestiguan los hechos, salvar al país del bolchevi­
quismo que amenazaba y que aún llegó a dominar
algún tiempo, y defender los intereses de la Religión
h&sla la conclusión de un Concordato, muy favorable
a la libertad de la Iglesia y de las escuelas confesio­
nales.
No se hablaba de monarquía o de república, sino
que toda la campafia electoral se basó en estos dos
puntos: defensa de Ja Religión y defensa del ordo»
social.
Esta coincidencia será fácil si todos los católicos
que pertenecen a un partido cualquiera, recuerdan
que “ están obligados, como enseñó Su Santidad
Pío X, a conservar siempre íntegra su libertad de
acción y de voto para negarse a cooperar, de cual'
quiera manera que sea, a leyeB o disposiciones con­
trarias a los derechos de Dios y de la Iglesia, sino
también a hacer en toda ocasión oportuna cuanto de
ellos dependa para sostener positivamente los dere­
chos sobredichos.”
Juzgamos innecesario descender a más pormeno-
res. No es tiempo de largos discursos, sino de oraft
de obrar, de trabajar, de sacrificarse, si es preciso*
por la causa de Dios y por el bien de nuestra am>“
da Patria.
Si lo hacéis todos, venerables Hermanos y muy
amados Hijos, Dios bendecirá vuestros esfuerzo9-
Prenda de la bendición divina sea la que Nos os da"
moa en el nombre del £4 Padre, y del i £ i H ijo 1
del Espíritu Sanio.
Toledo, 1 de mayo de 1931.
f PEDRO, Cardenal Segura y Sdeni-
Arzobispo de Toledo.
EL DESTIERRO

Viaje del Sr. Cardenal a Roma.— Regreso y deten­


ción.— Es expulsado de España.— Rectificaciones.
Protesta de S u Eminencia Reverendísima.

Acaecieron enlre tanto en varias poblacio­


nes de España tristísimos sucesos que no es
Preciso recordar porque perdurarán mucho
tiempo en la memoria de lodos. La Historia
juzgará con m erecida severidad la quema de
los Conventos, que constituye una de las más
^olorosas páginas de la época contempo­
ránea.
Va se comprende que la situación del Car­
denal habla de ser particularmente delicada
0Q aquel ambiente de apasionado sectarismo.
Pero en la narración de los hechos que se
fueron sucediendo en torno del Sr. Carde­
nal, dejaremos la palabra al Boletín Ecle­
siástico del Arzobispado de Toledo, que en
número del 25 de junio publicó una sobria
relación, a la que nada hemos de añadir por
nuestra cuenta. La transcribiremos casi lite ­
ralmente:
“ El nombre del Sr. Cardenal seguía ro ­
dando en parte de la Prensa, acompañado de
'fc&l disimuladas invitaciones a emplear con-
- Itt

tra él la fuerza y la violencia. En Toledo mis­


mo se respiraba tul ambiente de amenaza,
que fué preciso que Su Eminencia, en com ­
pañía de su anciana madre, buscase lugar
inás seguro. En las mismas calles de Madrid
se ponian pasquines excitando a la plebe con­
tra el Sr. Cardenal que, al fin, ante el peligro
a que estaba expuesta su vida, prefirió au­
sentarse algún tiempo de España. Se nos per­
donará que por hoy no demos más noticia*
de aquellos agitados dias.
Su Eminencia Reverendísima salió de Ma­
drid el día 13 de mayo. Después de brevípi-
mo descanso en Hendaya, se dirigió a Lour­
des, donde pasó varios días, encaminándole
por fin a Roma.
Plagamos caso omiso de las atenciones que
recibió en Francia y en Italia de las autori­
dades civiles, y digamos solamente que Su
Santidad le recibió varias veces en audien­
cia, prodigándole consuelos que le compen­
saron de pasadas amarguras.
Preciso es recordar que el Gobierno decla­
ró que el Sr. Cardenal salió de España “ de
modo espontáneo” .
Un raes — no “ algunos días", como se di­
jo en informaciones oficiales— duró la au­
sencia del Sr. Cardenal. En este tiempo
habían aquietado los ánimos y había r e n a c i­
do la calma. Por conducto fidedigno se dü°
a Su Eminencia que no había dificultad en
su regreso. Y puesto que en su diócesis te­
nía obligaciones que cumplir, con expresa Ji'
cencía del Papa decidió regresar a España-
Ninguna dificultad se le puso en la fronte'
ra, donde mostró su pasaporte, sin ocultar
su nombre ni su cargo. Desde la frontera W '
— 163 —

*o el viaje directamente a Madrid, dirigién­


dose a su morada habitual. Llegó precisa­
mente el día en que secumplía el X X V ani­
versario de su ordenación sacerdotal y el XV
de su consagración episcopal.
El día 14 habia de hacer Su Eminencia
Reverendísima la visita canónica al conven­
to de Religiosas Adoralrices de Guadalajara,
y con esta ocasión mandó citar para una re ­
unión a los tres párrocos y demás sacerdotes
de la ciudad. A esto quedaba reducida la fa ­
mosa reunión que tanto exageró la prensa y
que tanta inquietud causó al propio Gobier­
no. Una de tantas reuniones que Su Eminen­
cia Reverendísima suele celebrar con el Cle-
r° de todas las poblaciones de la diócesis que
risita para oir sus impresiones sobre las n e­
cesidades espirituales de cada parroquia y
Para alentarles a trabajar en su ministerio
sacerdotal.
Mas poco antes de lle g a r a Guadalajara fué
yele rudo on la carretera por una pareja de
Guardia Civil, que cumplía óndenes supe-
riores. La misma orden, a lo que parece, te-
Ju&n la Guardia Civil y la Policía do otras po­
rtaciones. Llegados a la Comandancia de la
guardia Civil, subió ni coche un sargento de
Benem érita que acompañó al Sr. Cardenal
* & los que con él iban a la Comisaria de V i­
gilancia, establecida en el Gobierno Civil.
En la Comisaría, una escena vulgar: p re­
s t a c ió n de documentos de los acompañan-
de Su Eminencia Reverendísima, el ates­
ado correspondientej registro e inspección
“ p a p e le s , etc.
j .* .«H una babitaoión de la Comisaria que-
detenido e incomunicado Su Eminencia
164 —

Reverendísima en espera de órdenes. En la


misma habitación quedó también la pareja
de la Guardia Civil de servicio hasta que,
después de varios horas, se cayó sin duda en la
cuenta de que la Guardia Civil no era precisa
en la misma habitación, y se la mandó salir.
Transcurría el tiempo, y Su Eminencia se­
guía detenido; por la cual hubo de expresar
su protesta de que se le impidiese, sin cau?*
justificada, ejercer su ministerio pastoral. 1*
respuesta, transmitida por el Comisario de
Policía —ya que el Sr. Gobernador, ni en el
tiempo que el Sr. Cardenal estuvo detenido
en el Gobierno Civil ni después, se dignó s «'
ludarle— fué que el Gobierno mandaba que
Su Eminencia Reverendísima, acompañado
del Comisario de Policía, partiese inmediata­
mente hacia la frontera que eligiese.
Con serenidad, pero con entereza, el señof
Cardenal expuso las razones que tenia para
no partir y los graves motivos que tenía part
quedarse, y protestó que sólo por la fuerz*
saldría de España.
Las gestiones que, para saludarle giquie*
ra, hicieron el Sr. Arcipreste y el M. I, Señor
D. Hernán Cortéi, Canónigo de la S. I. P.,
se hallaban a la sazón predicando un nove'
nario en la ciudad alcarefia, resultaron i ° '
fructuosas.
Ni fueron más afortunadas las que hizo el
Sr. Arcipreste para que Su Eminencia p^'
diera pasar la noche en su casa rectoral.
Sr. Gobernador resolvió que la pasase en e
Convento de los Padres Paiiles. Cuando e|
Sr. Cardenal salió de la Comisaría, eran o®®1
las doce de la noche. Había estado, pues,
la Comisaría más de bcíb horas.
Antes de la sesión de clausura del Concillo Provincial.
El Prelado Após­
tol de la devoción

Lmii
al Sagrado Cora­
zón de Jesús en*
tronizaba su Sa­
crosanta Imagen
en las casas Con­
sistoriales de los
pueblos de su ar­
chidiócesis.

-éá tfítííftf
id
En las Misiones
del Sur de Fran­
cia, organizadas
porel Eminentísi­
mo Señor C a rd e­
nal Segura. En­
trada a la Basílica
de Notre - Dame
de Fourviére en
Lyon. Mayo 1928
- ICO

A l salir de la Comisaría el Sr. Cardinal, se


se le prometió que quedarían librea la3 per­
sonas que Ic habían acompañado en su via­
je y detención. A9Í podría tener noLicias del
Sr. Cardenal su anciana madre; pero lue«o.
con olvido de lo prometido, continuaron de­
tenidos, si bien con el honroso título de “ de­
tenidos voluntarios” . Sólo a las ocho de la
Mañana del día siguiente, y no sin dificulta­
des, pudo la venerable anciana recibir noti­
cias de Quadalajara.
Su Eminencia Reverendísima dijo misa en
lus primeras horas de la irmñrina, y explicó
ftl Sonto Evangelio. A las nueve quedó nue­
vamente incomunicado... menos para los pe­
riodistas, los únicos a quienes se permitió la
entrada en el Convenio, si bien no lograron
que S. E. R. los recibiera.
Nuevamente el Sr. Gobernador, por orden
del Gobierno, instó al Sr. Cardenal a que par­
iera para la frontera. Su Eminencia exigió
Que la orden se le diese por escrito, lo cual
hizo el Gobernador en una lacónica comuni­
cación en que el fondo y la forma se corres­
ponden perfectamente.
Por demás fué que el Sr. Cardenal pidiese
lúe se le dijeran las causas de su expulsión.
Tampoco sirvió que hiciese ver que no podía
cumplirse la orden que se le comunicaba con
la urgencia que se quería,. entre otras razó­
o s , por hallarse delicado de salud, como
comprobó el médico D. Eduardo del Rio. A l
notario Sr, Moscoso, requerido para que le-
v«nta 3e acta de la forma en que se hacía la
expulsión, se le negó la entrada por orden
su p erio r.
No quedaba ya sino formular una protesta
- 160 -

escrita, en la cual constase también que sólo


ante la fuerza S. E. R. salía de su Diócesis.
Gomo para redactarla sólo se le concedieron
diez minutos, quedó incompleta; pero lo que
en ella dice es suficiente.
En ella se alude a un-as "notas que se trans­
criben” . Son unas notas que S. E. R. habfo-
escrito en el largo ocio de la Comisaría; S
por cierto que aprovechó para ello unas tar­
jetas de visita, por no tener papel.
Hacia las cuatro y media se personaron en
el Convento un comisario general y dos agen­
tes de policía y un médico de la Direcciót1
General de Seguridad. Minutos después s i­
lla Su Eminencia acompañado de los dichos
policías.
A l aparecer el Sr. Cardenal en la puerta
del Convento, se oyeron algunos vivas a 1#
Rcpiiblica y mueras ni Clero y al Cardenal
a los que otros respondieron con vivas a
la Religión y al Primado.
Su Eminencia, sereno el rostro y llena de
bondad la mirada* bendijo a lodos Jos que es­
taban presentes y, subiendo a uno de los co­
ches de la policía, partió sin que entonces
pudiera saberse hacia dónele.
Con él iba su hermano D. Vidal. Su her­
mano don Quinlín, el Capellán y el chófer re­
cibieron orden de permanecer en G uadal»'
jara hasta las diez de la noche. Siem pre en
concepto de “ detenidos voluntarios” .

Gomo complemenlo de lo que precede, p0'


nemos aquí unos párrafos de la hermosa car­
ta que el señor Arcipreste de Guadalajara es­
cribió a El Debate para rectificar algunas no­
ticias tendenciosas publicadas por la Prensa-
— 187

"E n el 'Gobierno estaban ya dos Padres


Paúles, con los cuales había convenido la au­
toridad que Su Eminencia Reverendísima se
alojaría en su residencia; y se nos permitió
pasar a saludar al querido Prelado. Entonces
pudimos admirar la entereza y serenidad del
ilustre detenido, que salía de la Comisaria
repitiendo las palabras con que San Lucas
describe la alegría que los Apóstoles mani­
festaban al salir de las prisiones y- tribunales
por haber merecido sufrir algo por Cristo.
Oímos también de sus labios una queja llena
de ternura por no haberse dignado venir a
saludarle el amo de la casa y haber tenido las
dos primeras horas vigilancia dentro de la
habitación, como si se tratara de un reo vul­
gar. No observamos en él la impaciencia de
que hablan los periódicos en sus crónicas ni
la nerviosidad de que se le acusa.
"Antes de salir de allí quiso saber el señor
Cardenal cuántos quedaban detenidos, pues
si sólo de él se trataba, debían salir libres los
demás que le habían acompañado y podrían
en aquel momento a dar noticia a su ancia­
na madre y hermanos, que estarían esperán­
doles, con la impaciencia natural, en casa.
Tan razonable era el deseo, que el Sr. Gober­
nador dió palabra de permitirlo, y después,
por razones que ignoro, no se dió esta sa Lis -
facción al ilustre Príncipe de la Iglesia, que­
dando todos detenidos en calidad de “ volun­
tarios".
"Cuando salíamos del Gobierno civil eran
jas doce de la noche menos diez minutos, que
hubimos de aprovechar con toda urgencia
Para que tomara algo el Eminentísimo señor
Cardenal, que deseaba decir misa al día si-
- 148 —

guíenle. De lo dicho se desprende que Su


Eminencia Reverendísima estuvo detenido
más de seis horas en el Gobierno, antes de
tener habitación conveniente, y no ha fallado
quien recordara la diferente conducta que
otro Sr. Gobernador observó con el Sr. Orte­
ga Gasset, a quien sólo detuvo cinco minutos
en el Gobierno, trasladándole inmediatamen'
te en calidad de detenido al m ejor hotel de
Guadalajara,
"Hasta las nueve de la mañana del lunes
pudo el Sr. Cardenal decir Misa y predicar,
quedando luego incomunicado para todos,
menos para los periodistas, que a bandadas
acudieron y pudieron pasar al Convento,
aunque no lograron saber nada de quien de­
seaban que hablara. Ya hablará, cuando su
sabia prudencia lo crea necesario.
"N i siquiera el notario Sr. Moscoso pudo
ejercer sus servicios profesionales, a pesar
de haber sido requerido por Su Eminencia'
"Después sí fué visitado por el médico de
los Padres Paúles, D. Eduardo del Río, repu­
blicano derechista, quien informó al Sr. Go-
bernador que el señor Cardenal sólo podría
hacer el viaje a la frontera en coche cama efl
el tren, pero le encontró muy débil y abatido,
con tendencia a exacerbarse su padecimien­
to hepático, casi crónico. No se hizo caso de
este dictamen y el Gobierno^ queriendo con-
ciliar la urgencia con el estado del enferm é
hizo que saliera en automóvil, acompañado
de un médico, a la cuatro y media de la tarde*
"Hubo manifestaciones hostiles, amaña*
das, contra el Sr. Cardenal; pero asegura'
moa. sin miedo a ser desmentidos, que los d®
la noche no llegaban al centenar, y los de*
- idft -

día fueron coaccionados al salir del trabajo,


y no hubo contramunifestación de simpatía,
porque yo no quise faltar a la palabra dada
«1 señor Gobernador y la impedí, aunque no
estaba ya obligado, porque el pacto fué e v i­
tar las adhesiones para no provocar protestas,
y ya ve, Sr. Director, que hubo protestas y no
las provocamos. P or lo demás, ya sabe el
Uñadísimo Prelado que en ese día se ofre­
cieron por él muchísimas comuniones y se
derramaron muchas lágrimas de adhesión y
simpatía, y que la ciudad de Guadalajara ba
sentido vivamente todo lo ocurrido.”

Como remate de este capítulo perm ítase»


nos trasladar íntegra a estas páginas la pro-
testa que, desde el Gobierno civil de Guada­
lajara, envió el señor Cardenal al Jefe del
Gobierno, pues, aunque incompleta, por no
habérsele concedido más que diez minutos
Para redactarla, dice lo suficiente para que
entienda de parte de quién estaba la jus­
ticia.

“ Excelentísimo Señor: Bccibo en este momento del


Gobierno civil de la provincia de Guadalajara una
comunicación fechada en 15 de junio de 1931, que
d'ce loxlu alm enle: “ De orden del Gobierno P ro vi­
sional de la República española, sírvase ponerse In-
me<lialamenle en marcha hacia la frontera d « Irún.
ftioa guardo a Su Eminencia muchos años. O uadale-
J»ra, 1 5 do junio de 1931.— El Gobernador civil, José
^uls Trejo (Rubricado). Hay un sello que dice: Go­
bierno civil de la provincia de Guadalajara.— Erai-
ncntÍ3fmo Sr. Cardenal Primado, D. Pedro Segura y
Sáonz."
Creo que no me negará el Gobierno provisional,
— 170 -*

que V. E. preside, el derecho de exposición respecto


al cumplimiento de una orden do tan extraordinaria
importancia, no sólo para mf, sino para la Iglesia es­
pañola. No ya en calidad de Cardenal Primado de Es-
paila, ni de Arzobispo de Toledo, ni de Director Pon­
tificio de la Acción Católica, ni de Comisario gene­
ral de la Santa Cruzada, sino aún como siple ciuda­
dano español, me creo asistido del derecho ante una
orden del Gobierno provisional a que se me demues­
tren loa motivos por loa cuales el Gobierno ha de­
cretado m i expulsión de España; y éste es el alc*n~
ce que tiene la orden trasladada, si bien no lo t x -
presa con claridad. Si se demuestra judicialmente
o extrajudicialmente o que soy responsable de i»*
fracción de cualquiera de las leyes por que se rige
la República española, o que mi presencia y actua­
ción en Espafia, concretada at cumplimiento de mis
deberes, es causa juatiAcada de pertubaciones del
orden público, que el Gobierno no cuenta con me­
dios para reprim ir, o que previamente se me ha co*
municado en form a un decrelo de expulsión que ha­
ya sido infringido, contando siempre con la autoriza­
ción de la Santa Sede, por cuya voluntad expresa
be regresado a mi Diócesis, cumpliré con fidelidad
la orden que se me intime. Mas si esto no se de­
muestra, me creo asistido por lodos los derechos
natural, civil y eclesiástico, a tenor de la Constitu­
ción vigente y del Concordato, para mantenerme efl
mi puesto cumpliendo con mi deber pastoral. Es niA3*
m e veo obligado a ello por deberes sacratísimos d«
cuyo cumplimiento el Gobierno provisional no pu^
de en modo alguno relevarm e sin autorización « * '
presa de la Sania Sede.
Sólo mediante la fuerza y la violencia podré eA
este caso ser obligado a abandonar mi Diócesis, eos*
que ruego al Gobierno me perm ita bacer consta?
mediante acta notarial si, como no espero de la
— 171 —

titud de conciencia de loa miembros que componen


el Gobierno provisional, se diera en esta form a la
orden de mi expulsión.
Me ha de perm itir V, E, alegar como derecho de
mi aclual permanencia en España, la noticia, que
por conducto enteramente fidedigno llegó hasta, mí
antes de partir de Ruma, de que se habla declarado
oficialmente que el Gobierno no habla tenido parle
en mi salida anterior do Espafia, y que no habia obs­
táculo, consiguientemente, en que pudiera regresar.
Creo reconocerá V. E. las circunstancias verdade­
ramente agravantes de que viene rodeada la inti­
mación de la orden trasladada del Gobierno p rovi­
sional do la República española, que quiero poner en
su conocimiento para esclarecimiento tolal de loa
hechos mediante las notas adjuntas que se trans­
criben:
“Anunciada previamente por teléfono la visita ofi­
cial a las Religiosas Adoratriccs del Convento de
Guadalajara. Citados, para tratar, at mismo tiem ­
po, de asuntos de gobierno eclesiástico, los Párrocos
do la capital de Guadalajara, me dirigía, en auto­
móvil, a esta ciudad de mi Archidiócesis cuando, al
llegar a las inmediaciones de la capital, fu i deteni­
do por una pareja de la Guardia Civil, una vez com­
probado que se trataba de la persona del Cardenal
Arzobispo de Toledo. Motiló la pareja en el auto­
móvil, qUe ro encaminó, en prim er lugar, a la Co­
mandancia do la Guardia Civil, y, desde la misma.
Penetrando en el automóvil el sargento encargado de
tos oficinas de la Comandancia, fu l conducido a la Co­
misaría de Vigilancia, establecida en la planta baja
del Gobierno civil. A llí se requirieron los documen­
tas de identidad de mis com pañón», y, a continua­
ción, después do tomados las notas para el atestado,
w hizo una Inspección personal do los papeles que
llevaba.
— 172 —

Permanecimos custodiados en Ja habitación por la


pareja de la Guardia c iv il de servicio. En viste de
que el tiempo transcurría y se impedía el ejercicio
de la jurisdicción eclesiástica dentro de mi Diócesis,
manifesté al Sr. Comisario lo siguiente:

"H aga saber al señor Gobernador c iv il que veDgo


a Guadalajñi'ft, en cumplimiento de un ministerio
pastoral, a practicar visita canónica en el convenio
de Rellgisas Adoratrices de esta ciudad, y que ai
violentamente ae me impido el ejercicio de mi m i'
nlslerio, aparte do las penas canónicas cu que, dei-
de luego, incurrirán los que pusieren impedimento
al libre ejercicio de la administración eclesiástica,
elevaré ante quien corresponda la más enérgica pro­
testa, que desde ahora formulo, por la violación de
la inmunidad personal mediante una detención in-
justificada por la fuerza pública."

Por mandato del Gobernador, el comisario de Po­


licía me intimó de palabra, ante la pareja de la Guar­
dia Civil, mis fam iliares y acompañantes, la orden
expresa del Gobierno de que cuanto antea eligí*®®
la frontera por la que inmediatamente debía salir
de España, para partir desde este momento, con op­
ción de llevar a uno de m is acompañantes, habien­
do de ven ir conmigo el mismo comisario de Poli­
cía, & lo que respondí que estaba en España en uso
de perfectísim o derecho, según declaración hecba en
ñola diplomática por la Nunciatura Apostólica ®
Secretaría de Estado. Que necesitaba que la ordefl
se me comunicase por escrito, y que para au sen té'
me de España era preciso una autorización expre*®
de la Santa Sede, con cuya aprobación me encuePlr9
en mi diócesis, protestando de la forma en que *e
había realizado la detención por orden del Gobier'
no; que me habla mantenido custodiado por una P8'
En el interior de la Basílica de Fourviére (Lyon)

Mayo de 1929. En Lourdes de paso para las


Misiones, el pueblo rodea y adama al apóstol.
Cam ino del destierro.
El Eromo. Sr. Cardenal Segura, saliendo de G u a d a la ja ra
* - 173 -
reja de la Guardia C ivil de servicio en la sala co­
mún de la Comisaría, en la que llevaba detenido a
incomunicado más de dos horas. Que si por la fu er­
za bruta se me arrastraba de Espafia, el Gobierno
asumirla la responsabilidad y yo form ularla los
oportunas reclamaciones donde procediera.
El señor comisario dijo que daría cuenta al señor
Gobernador, quien en las dos horas 7 media de de*
tención, no se dignó ven ir a comunicar personal-
mente con el Cardenal Prim ado de Espafia, reduci­
do a la condición de un preso vulgar, sin que se ba­
ya demostrado per nadie en ninguna ocasión el mo­
tivo de esta medida, ni haya recibido más requeri­
miento que la Intimación hecha en la noche del 12
de mayo verbalmente por una persona particular,
la que se me ratificó “ que el Gobierno no garan­
tizaba mi vida en Espafia por espacio de media
hora".
Hay otros m otivos que dificultan el que se cum­
plimente con la prontitud que se pide la orden del
Gobierno provisional, en el caso de ser mantenida.
Como de la relación anterior se desprende, vine to­
talmente desprovisto de lodo, ya que se trataba de
una permanencia de (res horas fuera de casa. Carez-
Co absolutamente de todo: de dinero, de ropa, de
medicinas que reclama m i estado de salud y basta
de breviario para e l rezo del oficio divino... Como no
Se me perm ite term inar esta exposición, ya que se
recurre a la violencia, ruego a V. E. la tenga por pre­
notada y resuelva conforme proceda.
Guadalajara, 15 de ju nio de 1931.—Excmo. sefior
^residente del Gobierno provisional de la Repúbli­
ca española.
EN TORNO DE LA EXPULSION

^formaciones de ¡a Prensa.— Una nota del " Osser-


Va,ore R om ano".— Otra nota del Gobierno.— A ch~
rociones y comentarios.— Respuesta del Jefe del G o­
bierno a lo protesta del S r. Cardenal.— Juicios de la
Prensa Católico.

. ¿ P a r a q u é d e c ir q u e la d e t e n c ió n y e x p u l­
s a n d e l C a r d e n a l Primado fu é , d u r a n te va-
d ía s, la n o t a d e a c t u a lid a d ? Todos los
P eriód icos p u b lic a r o n a m p lís im a s i n f o r m a ­
d n o s , m u c h a s d e e lla s in e x a c ta s , p o r q u e ni
a.ün a n te e l h e c h o c o n s u m a d o d e la e x p u l­
sa n se a c a lla r o n la s v o c e s d e l o d io .
, En lo s m is m o s c e n t r o s o fic ia le s se d ie r o n
^ fo rm a c io n e s y v e r s io n e s d e l su c e s o q u e d is ­
e c a n m u c h o d e la v e r d a d , y q u e i m p l í c i t a ­
mente r e t r a c t ó e l m is m o G o b ie r n o a l d a r lu e -
8 ° una v e r s ió n d is tin ta en la n o ta o fic io s a
’JUfc p u b licó .
Como caso curioso de ‘‘ Ininislerialismo,,
digno de recordar el de D. Rafael Sánchez
^erra, Subsecretario, a la sazón, de la P re ­
sencia del ■Gobierno, que, a la vez que se
Proclamaba católico, apostólico, romano, de-
en un mitin que él, en el caso del Gobierno,
yoi$ra conducido esposado al Sr. Cardenal
r - 176 —

a la frontera. No fueron d e l mismo p a r e c e r


sus electores católicos que, para e x p r e s a r _ a u
disgusto y para mostrar su adhesión al señor
Cardenal, negaron sus votos al Si*. S u b s e ­
cretario y le dejaron fuera del Congreso.
Pero forzoso es dejar a un lado menudos
incidentes para dar alguna idea de los ju i­
cios que m ereció el acto del Gobierno.
A l día siguiente de la expulsión el Oswi’-
vatore Romano, órgano oficioso, como es so'
bido, de la Santa Sede, hacia estas manifes*
taciones:

“ Prim ero. El Cardenal no entró en EsjJA*


ña clandestinamente porque estaba provis­
to de un pasaporte regular reconocido en 1®
frontera.
Segundo- El Gobierno, aunque se d®'
claró bastante satisfecho de la primera sali­
da del Cardenal ocurrida el día 13 de mafO>
contestó al Nuncio, cuando protestaba, 4^°
había sido totalmente ajeno a la marcha.”
Dicho periódico añadió el dia 10 que, “ P°j
la mañana, llegó a Roma un telegrama d®
Nuncio, en el que se anunciaba que el G®'
bierno había invitado al Cardenal a pasar
frontera. El Cardenal pidió la orden por ®9'
crito y en presencia de notario, alegando ®”
estado de salud. El Gobierno reclamó 1®
tervención del Nuncio, que respondió que *
podía intervenir sino para protestar. Dcsp®®
pidió al Gobierno que dejasen al Prini0^
llegar a Toledo, pero se le contestó que 68
no era posible por razones de orden pú^!10
El telegrama del Nuncio terminaba di01.?*!!
do que a las 18,80 el Cardenal había salW?
para la frontera, acompañado de la poli®
— 177 —

La Santa Sede dió inmediatamente orden


ni Nuncio de protestar por este hecho, ha­
ciendo notar lo que el Cardenal representa
para la Santa Sede, para España católica y
para todo el mundo católico.”
El Gobierno mismo creyó necesario ju sti­
ficar su proceder, y para ello publicó una no­
ta oficiosa, que, en prueba de imparcialidad,
publicamos integramente:

“ Con motivo de la publicación de la Pastoral que


«• Primado de Toledo d irigió a otros Prelados, non
ocasión de la proclamación de la República, el üo~
tierno, estimando peligrosa la permanencia del Car­
denal en España, solicitó de la Sania Sede la remo­
ción de D. Pedro Segura de la Silla Metropolitana
«le Toledo,
A. poco de ser cursada esta ñola del Gobierno,
abandonó el Cardenal, de modo espontáneo, el le ­
c t o r io español, dirigiéndose a Romu y regresando
Algunos días después a España sin ponerlo previa-
Wanle eu conocimiento do ninguna autoridad civil
11' eclesiástica.
Entró ol Cardenal por el paso de Roncesvulles la
loche del día I I , y durante Iros dfns permaneció
OBllllo, ignorando su paradero el Gobierno. Espera­
ba éste recibir l¡x contestación de la Santa Sede a su
iota para adoptar la resolución que estimara per-
tinenlc, mas al tener noticia de que el Cardenal, sa­
liendo, al fin, del incógnito, habla convocado en
Guadolajara una reunión de Párrocos y otras dig­
nidades eclesiásticas para el pasado domingo, no va ­
ciló en rogarle que abandonara de' nuevo España,
^índole, claro es, las máximas facilidades para ello.
La resistencia que el Cardenal opuso en los p ri­
meros momentos a cum plir la orden del Gobierno
bizo un tanto enojosa y lenta la tramitación de su
12
— 178
cumplimiento, mas al fln pudo ser acompañado el
Cardenal hasta la frontera francesa, guardando a so
persona y a su dignidad las consideraciones debidas.
En tanto no reciba el Gobierno la contestación de
la Santa Sede a la ñola pendiente, no quiere que s«
perturbe la paz espiritual del país con la actuación
personal en él de quien viene dando muestras rei­
teradas y públicas de bostilidad al régimen, una
las cuales es la form a excesivamente discreta, poco
adecuada a la jerarquía de la primera dignidad de
la Iglesia española, en que ha regresado a Espafln
y permanecido en olla estos últimos dias.
Al adoptar el Gobierno la resolución que ay6*1
adoptó está seguro de haber prestado un servicio 8
la paz pública, y otro no menor a los altos intereses
espirituales de la Iglesia.”

La Prensa católica de toda España, que


unánimemente habia mostrado su adhesión «
Sr. Cardenal y protestado de su expulsión,
manifestó la misma unanimidad al comentar
la nota oficiosa del Gobierno. Véase lo <lu®
a propósito de esta nota escribió El DébaW*

“ La nota oficiosa que el Gobierno ha publicó®


sobre la expulsión del Cardenal Segura no ofre*®
ninguna explicación satisfactoria que justifique I*
arbitraria medida. Los hechos son claros. El docu­
mento que serena y dignamente ha dirigido el Prl'
mado al Gobierno, y que publicamos en otro luga*'
completa además cuanto ya conocían nuestros J®*5'
Lores.
El Cardenal sé ausentó voluntariamente de Esp*^ 1
el 13 de mayo. En esa fecha el Nuncio, según tes­
timonia el "Osservatore", prolcsló anlo el Gob¡eftlfl
da la injusta campaña por él tolerada, con la Qu® **
hacia imposible la vida y la actuación del ilulre W *'
— 179 —

lado, Y anticipóse entonces el Gobierno a declarar


que no habla expulsado al Cardenal Segura, que era
totalmente ajeno a su salida de España. Se babfa
lirailado, como confiesa en la ñola oficiosa, a solicitar
do la Sania Sede la remoción del Primado de la si­
lla metropolitana de Toledo.
Si, pues, no había expulsado al Cardenal y estaba
esperando una respuesta de Roma relativa a la re­
moción antedicha, ¿podía extrañarse do que el P r i­
mado regresara a España?
Regresa, en efecto, el Cardenal, y no clandestina­
mente, porque poseía un pasaporte regular recono­
cido en la frontera. Lo Babo el Gobierno. Tolera una
campaña violenta de la Prensa que se apoya en las
Propias declaraciones oficiales. No espera la respues­
ta del Vaticano y, mientras en algunos periódicos
incitan al atenLado personal contra la primera dig­
nidad de la Iglesia española, sale del paso invocando
razones de orden público y lo expulsa. ¿Justifica­
ción? La uota es bien poco afortunada y clara en los
motivos de la medida. Ve, primero, el Gobierno una
manifestación monárquica en una Pastoral, en la que
precisamente el Primado preconizaba el respeto a
los Poderes constituidos y la actuación dentro de los
limites de la legalidad. Alude al regreso a Espafia
Je un ciudadano que se había limitado a salir vo­
luntariamente do la nación. Llega a considerar de­
lictiva una reunión de párrocos y autoridades ecle­
siásticas. Invoca, en lln, una alteración de la paz es­
piritual del país. ¡Como si la verdadera alteración
110 la hubiera de producir precisamente la expul­
sión violenta e intempestiva del director Pontificio
de la Acción Católica Española! Y a lo ha visto el
Gobierno. Ha protestado la Santa Sede, han protes­
tado los Prelados de toda la nación., ha protestado
•a Acción Católica, que reúno en sus illas millares
de ciudadanos; ha protestado unánime toda la pran-
— 180 —

sa conservadora,' que representa la opinión de una


gran masa del país.
L a verdadera impresión nacional es que ni el Go­
bierno ni el Ministro de la Gobernación han estado
a la altura de las circunstancias. Todo el mundo sa­
be, en prim er término, que el virtuoso Cardenal Se­
gura em incapaz de la imprudencia o de la temeri­
dad de hostilizar al régimen. Y todo el mundo salte
también que las cuestiones eclesiásticas encuentran
con facilidad armónica solución cuando a ella se
prestan los Gobiernos. Porque la Santa Sede está
siempre animada del m ejor deseo — y más aún en el
caso de España, país de gran m ayoría católica— 0°
mantener con cordialidad sus tradicionales y rara
vez inlerrm m pidas relaciones •
Se ha creado, por tanto, un conflicto sin utilidad
para nadie, en los momentos precisos en que la Be-
pública española necesita más del concurso de todos.
Cada día aumentan, en efecto, las escisiones de I®3
fuerzas políticas que apoyan al Gobierno. Y al lado
de la escisión se registra la hostilidad, la rebeldía,
la amenaza de los núcleos más extremistas. Pero
Gobierno, mientras se avivan las hogueras en los sec-
torea de izquierda, parece empeñado en encender
innecesariamente y a cada instante otras nuevas» 60
el campo de las derechas.”

Quedaba en pie la protesta elevada por eJ


Sr. Cardenal, desde Guadalajara, al
Gobierno, y he aquí la respuesta que le dio
el Sr. Alcalá Zamora:

HMadrid, 17 de ju nio de 1931.

Excelentísimo señor: Tengo el honor y, por la o®*"


sióii y lema, el sentimiento de conlesLar la c o m u f l 1"
cación que, fechada en Guadalajara el- día 15 de lo"
— 181 —
corrientes, se ha servido V. £ . dirigirm e. Mi res-
1 Puesta seré respetuosa, serena y Arme, concillando,
sin dificultad, todas las deferencias que deseo guar­
darle y todos los deberes que sobre m f pesan.
Lamento con plena sinceridad, y la expresión de
n i sentir refleja no ya un criterio personal, sino el
del conjunto del Gobierno, que 110 haya sido posi­
ble, respecto de V. E , mantener la relación normal
que por fortuna venimos sosteniendo con la casi to­
talidad del Episcopado espafiol. Para ello ba basta­
do con un Gobierno liberal, comprensivo y ecuáni­
me, que, sin perju icio del derecho de cada Prelado
Para el comentario o la crítica respetuosa de nues­
tras determinaciones, prestara acatamiento al Poder
constituido, sin hostilidad injustificada y v iv a contra
el mismo, ni añoranzas suprimibles y dañosas res­
pecto del régimen derribado por la voluntad nació»
nal.
Cierto es, excelentísimo señor, que su prim er via ­
ja estuvo exento en la iniciativa de toda presión
Vor parte del Gobierno espafiol, obedeciendo, sin
duda, al convencimiento personal y tardío de V. E.
acerca de la d ifíc il situación que su Pastoral había
creado; pero no es menos cierto que en nuestras no-
U 3 al digno representante de la Sania Sede expusimos
el insistente deseo y la fundada esperanza de que su
Esencia se prolongara. Esperábamos y queríamos, con
lodos los respetos, semejante alejamiento, por ser
•a situación de hecho y de trámite adecuada a las
Negociaciones que con la Santa Sede habíamos ini­
ciado en cuanto afecta > V . E , y porque también lo
Consejaba la inquietud del espíritu público, lamen­
tablemente perturbado. Sin haber terminado este
desaso ie g o ni aquella negociación, jamás podíamos
®spurar un regreso, del que ninguna advertencia tu­
rnios, y menos aún podíamos calcularlo a los pocos
días de habernos dirigido V . E., fechándola en Roma,
— 182 —
bu protesta contra distintas determinaciones del Po­
der público. En relación con ese otro documento,
prescindo de que algunos de los m otivos de prolesU
eran conjetura o rumor (de lodos ellos, sea cual fue­
re el criterio de partido o tendencia sobre el fondo
o solución, se reconocen unánimemente en el dere­
cho político moderno como perteneciente a la esfe­
ra jurisdiccional del mismo), 7 de que en algún pe­
queño problema, como el relativo a las Ordenes m i­
litares, sólo se traía en la vida conlempor&nca de
exterioridades honoríficas y debilidades aristocráti­
cas, sin la más remota conexión actual con (a espi­
ritualidad religiosa. Sin ánimo do mantener sobre
ello, ni sobre nada, una polémica, de la que me apar­
ta el sentido de la oportunidad y del respeto, debo
significar a V. E. que tal documento, posterior en
cerca de un mes a la reunión de los Sres. Prelados
Metropolitanos, cuyos acuerdos nos reflejaron fecha­
dos en Roma, hacía suponer lógicamenle la perma­
nencia do! Sr. Cardenal en la Ciudad Eterna.
Sobre haber constituido su regreso una sorpresa,
fu é también inquietante para el Gobierno que perso­
nalidad tan destacada, de tanto re lieve y viso, no se
supiera durante muchas horas en donde se encon­
traba, ni se conociera en form a alguna los propósito*
de su estancia tan recalada, apareciendo en íorrns
in tranqu ilizados, que hallaba eco en las alarmas í
protestas deplorablemente renovadas de la opinión-
Pregunta V. E. si Jas determinaciones del G obief"
no estardn fundadas en consideraciones de orden pú"
blico o en ataque, por su parte, a las leyes de I#
República, Siempre con el debido respeto, habré de
contestarle que el peligro de aquel orden se vió Pa­
tente desde su aludida Pastoral, y resurgió de nuevo
con su presencia, a tal punLo que esas Inquietudes
croo pesarían en su Animo, después de escrita la co­
municación, para dar asentimiento voluntarlo a 1®
- 183 -
indicación a Lenta que, primero, juzgo no debía oir.
En cuanto a las leyes de la República, la raíz y to­
tal asiento de su eficacia está en el respeto a la Ins­
titución misma, y cuando a ésta se ataca, entonces
sus preceptos quedan alcanzados con el quebranto o
riesgo consiguiente y proporcionado a la autoridad
de quien expresa su discrepancia y su oposición.
Tengo, afortunadamente, por seguro que en bu
viaje encontraría todas las facilidades secundarlas a
que aludo, así como celebro muy sinceramente se
mantuviera el estado satisfactorio de salud, que le
deseo, y que los facultativos comprobaron. Alégram e
tambitín las atenciones que con noble rectitud pro­
clama, por parte de la Guardia c iv il y Policía, y
Puedo asegurarle que semejantes miramientos, lejos
de significar contraste, que parece insinuar, con la
acLitud del Gobierno, son la obediencia debida y
guardada a las reiteradas instrucciones del mismo,
Que siempre, y muy señaladamente en relación con
V. E., 'procura, aún en situaciones delicadas y d ifí­
ciles, que quiso evitar, la conciliación entre los res­
petos que la persona y la jerarquía inspiran y la flr-
*noza con que ha de proceder en la defensa y guarda
transitoria de uu Poder supremo que, libre de per­
turbaciones, ha de enlrcgar a la representación del
País.
No extrañará tampoco V. E. que el Sr. Goberna­
dor civil de Guadalajara, quien nos trasmite su es­
crito con toda eficacia y deferencia, no se pusiera en
comunicación directa con el Sr. Cardenal. Tal vez
Wsara en el Animo de aquella autoridad c ivil la im­
presión de extrafieza que a lodos nos produjo el h e-
°ho de que V. E, mostrara su desvio extremado para
contacto con toda autoridad civil de la República,
hioluso con el Sr. Gobernador civil de Toledo, per­
sona de religiosidad man i fiesta, ortodoxia intacha­
ble, templanza mostrada y predisposición, no corres­
— 18J —

pondida, a facilitar, del modo más cordial y consi­


derado, la comunicación del Gobierno de la Repúbli­
ca con la primera autoridad eclesiástica de Espafla.
Deseo y querría poder añadir que espero, exce­
lentísimo señor, reflexiones de su elevado espíritu,
conducentes a dar de nuevo carácter voluntario, co­
mo creo que al fin lo ha tenido, a esla su segunda
ausencia, y, sobro lodo, aquictam ienlo al pueblo es­
pañol, en bien del orden, que afecta a todos los ciu­
dadanos, y con provecho para la Iglesia, que inte­
resa, cuando menos, a todos los católicos.
Respetuosamente so despide do V. E. su atento
seguro servidor,
q. b. s. a. p ,
Niceto Alcalá Zamora

Nada diremos por nuestra cuenta respecto


de este documento con que el Gobierno pre­
tendió justificar su proceder.
Véusc lo que acerca de él escribió El O®**
tellano, d e T o l e d o :

“ Poco afortunado ha estado el Sr. Presidente d®1


Gobierno provisional de la República al responder
a la protesta del Emmo. Sr. Cardenal Primado. I *®8
malas causas Liencn siem pre mala defensa. El señor
Alcalá Zamora, al cambiar de ideas, no ba cambiado
de estilo. En su respuesta, algunos endebles concep­
tos nadan — o se ahogan— en un mar de palabras*
A los hechos concretos denunciados por el Sr. C*r"
denal y a las razones irrefutables, responde con va­
gas afirmaciones y con inocentes ironías.
En la nota oficiosa publicada el día 17 se habla da
la Pastoral que el Sr. Cardenal dirigid “ a los *>Ijoí
Prelados". Y a hicimos resaltar esta equivocación'
que es harto significativa, pues demuestra <1“ ®
— IBS —

Gobierno d o leyó — o leyó muy deprisa— la dicha


Pastoral, La carta del Sr. Presidente lo conflrtna.
¿Cómo, de olra manera, pudiera hablar de hostili­
dad al régimen por parte del Sr. Cardenal? ¿Es hos­
tilizar al régimen el aconsejar que se le “ respete y
obedezca*?
Hablar del “ desasosiego* público como causa de ta
expulsión del Sr. Cardenal es añadir el sarcasmo a
la sinrazón. [Donoso sistema de gobierno el que, pa­
ra buscar la pacificación, expulsa de Espafia a la
victima y deja en absoluta libertad a los agresores!
Se ha hecho una campafia violentísima, llena de ca­
lumniosas imputaciones, que ha llegado basta la ex­
citación al atentado personal contra el Cardenal P r i­
mado... y ni siquiera una palabra de censura conlra
osa campafia. Se d&slierra al Sr. Cardenal, y por aña­
didura, con ejem plar delicadeza, so le acusa de per­
turbador.
[Perturbador el Sr. Cardenal! Acaso lo sea para
algunos. Como Jo son siempre lo 6 perseguidos ino­
centes, las víctimas que saben su frir por una noble
causa.
Excesiva nos parece la sensibilidad del Gobierno
cuando juzga "in qu ietante" el que no se supiese
dónde estaba el Sr. Cardenal, y que apareciese “ en
forma inlranquilizadora*.
iTodo esto es lo que se aduce como razón de ex­
pulsar de Espafia al Sr. Cardenal I Era inquietante
5üe el Sr. Cardenal permaneciese un día en b u do—
Micilio habitual de Madrid, y que luego fuese a Gua-
dalajara a visita r un convenio de religiosas.
Si hay otras pruebas (I) de hostilidad del Sr. Car­
denal a la República, «p o r quó no se citan? Si, co-
&10 se afirmaba en la ñola oficiosa, son “ reiteradas
y Públicas” , ¿p or qué se callan con lanía cautela?
Esto es lo inquietante para los espadóles: que se
expulse de España a un ciudadano, sin sentencia de
— 186 —

los Tribunales, sin formación siquiera de causa, sin


deolr, ouando menos, los motivos a la opinión, para
que ésta juzgue-
Es Lo es lo verdaderamente inlranquilizador para
los católicos: que sin previo acuerdo con la Santa
Sede, se impida a un Prelado d irig ir y gobernar su
Diócesis.
E n vano se esforzará e) Gobierno en hacernos ver
que de esla manera favorece a los intereses de la
Iglesia. Contra las suaves palabras están los hechos
que el mismo Sr. Cardenal, con elocuencia abiuma-
dora, enumeró en la caria quo en nombre de IqJ
Metropolitanos españoles dirigió al mismo Sr. Presi­
dente. Una respuesta evasiva sobre estos hechos no
es una jusUficación.
Los católicos no necesitamos que oficialmente se
nos enaefie lo que conviene a los intereses de la Igle­
sia. Nos merece más crédiLo la autoridad del Papa.
T con Ucencia del Papa regresó a España el Carde**
nal Primado. Esto nos basta para saber que su pre­
sencia en Espafia y su actuación no era p erju dicial
a los interesas de la Iglesia.
E l Sr. Presidente ha tenido la atención de celebrar
" e l estado satisfactorio de salud" del Sr. Cardenal.
En cosas de más enjundia estarla m ejor empleada
la ironía. Los periódicos han dicho que el médico
que le reconoció d ijo: “ El Cardenal Segura pade­
ce de una afección hepática y le conviene guardar
absoluto reposo." Y en Toledo nadie ignora cuán
precaria es la Balud del Sr. Cardenal.
Muy justificado nos parece el elogio que hace d
señor Presidente del anterior Gobernador de Tole­
do, Sr. Semprún. Nosotros estamos seguros de que
hubiera procedido de muy distinta manera que el
8 r. Gobernador civil de Guadalajara, cuya conduc-
La, al parecer, aprueba el sefior Alcalá Zamora.
L o que no alcanzamos a ver es la relación qu®
— 187 —

pueda haber -entre las desatenciones del Sr. León


Trejo y las excelentes prendas del Sr. Semprún, que
el Sr. Cardenal no Luvo ocasión de conocer directa­
mente. Lo que si afirmamos, porque conocemos bien
la exquisita cortesía del Sr. Cardenal. eB que, si el
anterior Gobernador de Toledo hubiera ido alguna
voz al Palacio Arzobispal, no hubiera tenido que
guardar antesala para saludar a Su Em inencia.
Y, al fln, aunque fuese cierto — y no se probará
nunca— que el Sr. Cardenal es hostil al régimen,
bueno será recordar que en esta tie rra de la hidal­
guía podían luchar dos caballeros, pero bastaba que
uno de ellos cayese prisionero para que el olro so
descubriese ante él y aún le ofreciese la m ejor es­
tancia en bu casLillo.
Al Sr. Cardenal, en Guadalajara, por espacio de
•sis horas, sólo se le ofreció una habitación de la
Comisaría y el acompañamiento — respetuoso y dig­
no, es cierto, como el Sr. Cardenal bizo constar— de
la Guardia Civil.

Toda la Prensa Católica de España y aun


Periódicos bien poco afectos a la Iglesia pro­
testaron de la expulsión del Sr. Cardenal.
Todos, non maravillosa unanimidad, coinci­
dieron en condenar la forma descortés em ­
pleada por el Gobierno y en poner de relieve
falta de razones para tomar tan grave re ­
solución. En el fondo de los centenares de
&rlículos que se dedicaron a este asunto,
pampeaba siempre este argumento, que no
tiene refutación posible: si el Sr, Cardenal
|»o ha cometido ningún delito, ¿por qué se
*e expulsa? Y si hay algo punible en su con­
ducta, ¿por qué no se dice? ¿Por qué no se
*ducen pruebas en vez de vagas acusaciones
— i« —

sin hecho alguno que les sirva de funda­


mento?
En la imposibilidad d e trasladar a estas
páginas —y sería p o r demás interesante— lo
que dijo Ja Prensa e n aquello» días, cerrare­
mos este capítulo con un artículo que El Si­
glo Futuro dedicó a comentar la carta del s e ­
ñor Alcalá Zamora.
Decía asi el aludido artículo:

Como el lector verá, esa nota v a ilrm ada en nom­


bre de lodos los m inistro?, p o r el Sr. Alcalá Zam ora;
y del Sr. Alcalá Z am ora son, p o r tanto, las contra­
dicciones que resaltan en ese documento lamentable,
que por otra parte no acreditan ni a un literato,
a un jurista.

Exento de presión por parte del Gobierno, dice el


Sr. Alcalá Zamora, que estuvo el prim er viaje a Roma
del Sr. Cardenal, con inexaclitud notoria, puesto que
él mismo se desdice al afirm ar a seguida que el Go­
bierno gestionó que el Cardenal prolongara su au­
sencia.
Y si el Gobierno no hubiera hecho esa gestión,
explicarla la sorpresa del Sr. Alcalá Zamora y del Go­
bierno porque el Sr. Cardenal no diera aviso de
regreso a España?
Si el Gobierno sostiene ahora y ha sostenido ®n
sus notas que voluntariam ente salió, Inula el dere­
cho de regresar voluntariam ente, y lo hizo sin ocul­
tarse, como con error se asegura, porque entró en ^
territorio nacional exhibiendo su pasaporte, y Ueg»5
a Madrid y estuvo en su residencia oficial, que
Madrid es el Palacio de la Com isarla de Cruzada.
{Cómo puede decirse que se oculta quien estuv*
en su casa, de lodos conocida por ser residencia
cial del Prim ado?
— 180 —

Dice el Sr. Alcalá Zam ora que la publicación de


la Pastoral del Primado habia creado una situación
difícil, y desde que se hizo pública esa Pastoral el
orden estaba en peligro.
El Sr. Alcalá Zamora no ha leído la Pastoral. Si
la leyó fué con m irada turbia. Le empatió quizás los
cristales de los lentes el vaho de prevenciones sec­
tarias que rodean al Sr. Alcalá Zamora, aunque 61
no las sienta. Porque es imposible que un ju rista de
la altura del Sr. Alcalá. Zamora pueda v e r en esa Pas­
toral nada censurable y menos aún peligro para el
orden... Es “ T h e T im es", nada sospechoso en la ma­
taría, el que, examinando el documento del Sr. Car­
denal, dice de ¿ 1: “ Es un documento cuidadosamen-
henta redactado 7 sólidamente basado en las Encí­
clicas pontificias. Y no se ha probado nunca que el
Cardenal se haya presentado como sostenedor de la
((insubstancialidad de la Iglesia y de la Monarquía."
Otras razones — añade “ Th e T im e s "— debe tener
Gobierno para tomar tan serias determinaciones
como la expulsión del Prim ado de Espafia.
No las tiene. Puede tener la seguridad el gran pe­
riódico inglés. No las tiene. Y lo que tal vez ocurra,
es que la arbitrariedad de que se hace victim a al
Cardenal, sea un acto de violencia brindado sin fru ­
to para aquietar a los organizadores de complots sin­
dicalistas encaminados a perturbar el orden y a im­
pedir la reunión de las Cortes Constituyentes, como
el descubierto en la últim a madrugada.
No pasa inadvertido a la sagacidad del Presidente
del Gobierno provisional el dallo que causa a la Re­
pública Ja perm anencia forzosa del Cardenal en el
Extranjero. L a expatriación del Prim ado es un ar­
pón que el Gobierno provisional se ha clavado Im­
prudentemente. Y a se lo reprochaba a ye r “L a P u -
blicital", d e Barcelona. E s la inocencia perseguida,
la victim a de la intransigencia sectaria ofrecida a
— 190 —

los ojos de lodos. Y a la prensa extranjera no se la


engafia.
A sí lo comprendé, aunque larde, el Sr. Alcalá Za­
m ora, que en au nota dirigida al Cardenal Segura
iqué sarcasmo]— traía de inclinar su ánimo para
que preste su asentim iento a la expatriación decre­
tada y realizada entre policías, después de una de­
tención y una Incomunicación mantenida con guar­
dias de vista y armados.
¿Cómo h a de dar asentim iento a su expulsión e'
Cardenal que reclamó la presencia de un notario pa*
ra levantar acta y testim oniar que era arrancado
p o r la fuerza de bu Sede?
El Cardenal está expulsado contra su voluntad,
contra todo derecho y con su protesta. Y serán va­
nos los esfuerzos que haga el Gobierno provisional
p ara dar apariencias de uso de libertad plena a lo
que es sanción im puesla con agravio a la Juslicia 7
con escándalo de la conciencia ju ríd ica de los pue­
blos civilizados.
E l Cardenal Prim ado en el Extranjero por haber
publicado una Pastoral que “ T h e T im es” defiende,
es la demostración de que la libertad no existe en :a
República. Ni la libertad ni el espíritu do ju s tic ia
T no recogemos la ironía que el Sr. Alcalá Zamo­
ra tiene para el Sr. Cardenal, felicitándose del bue»
estado de su salud. Desgraciadam ente nadie ¡gnO'
ra los dolorosos padecimientos físicos de Su E m i­
nencia, solícitam ente atendido por algún doctor emi­
nente, a quien tiene en gran predicamento el propio
doctor Marafión, desde que ambos coincidieron en
fam osa consulta profesional.
E l Sr. Alcalá Zamora, al tono despectivo de su no­
ta, tan poco afortunada, h a añadido la... poca piedad
p ara un enfermo.
No parece sino que se haya dejado influir por e*
resabio anticlerical de los m ítines.
UNOS DOCUMENTOS SECRETOS

Un silencio sospechoso.— Una información de " E l


Siglo Futuro” .—Lo que decían los documentos,
se atentaba contra la seguridad del Estado.

¿Quién no recuerda d escándalo que se


promovió cuando la Policía cogió, en la fron ­
tera de Irún, unos documentos que el Vicario
general de V itoria llevaba a su Prelado, que,
como es sabido, estaba y está desterrado en
Francia?
Director general de Seguridad se apre­
suró a llevarlos al Presidente del Gobierno
Provisional y a declarar que inmediatamente
después que el Gobierno los conociese, los
A viaría al Juzgado de Instrucción.
A su vez el Ministro de Gobernación mani­
festaba que si el autor de los documentos
regresase a España, lo m eterla en la cárcel...
Ipor contrabandista!
Y por último el Gobierno, a la vez qub
entablaba una reclamación diplomática, pri­
vaba de sus temporalidades al Cardenal P r i­
mado, como autor do los documentos, y al
Sr. Obispo de Vitoria.
Se trataba, pues, de documentos gravísi­
mos. Así lo manifestó el Gobierno repelidas
— ISZ —

veces. Y tanto se ha repetido, que aun perso­


nas adictas al Sr. Cardenal han llegado &
creer que, efectivamente, los d o c u m e n t o s
eran peligrosos y que su autor había com e­
tido, por lo menos, una imprudencia de esas
que, en momentos difíciles, justifican una
medida de excepción.
Sin embargo, no dejaba de llamar la aten­
ción el secreto con que los documentos se
guardaban. ¿Qué era, en. concreto, lo que en
ellos se decía? ¿Qué instrucciones podía
comunicar al Episcopado el Cardenal Segura
que tan grave peligro entrañasen para 1®
seguridad pública o para el bien de la na­
ción?
Por fin , El 8lglo Futuro rompió el velo del
misterio publicando un amplio extracto de
I 09 famosos documentos, tan minucioso y
circunstanciado, que bien se adivinaba en tre
líneas que lo que en realidad publicaba él
periódico católico madrileño era más que ex­
tracto, e l texto mismo de los d o c u m e n to s .
Los que esperasen sensacionales r e v e l a c i o ­
nes, de seguro quedaron defraudados, porque
los documentos no eran sino u n a prueba de
la clarividencia del S r. Cardenal, que, ®n
cumplimiento de un deber, defendía los inte­
reses de la Iglesia.
El propio Ministro de Hacienda declaraba
en Bilbao que el decreto de secuestro de lo®
bienes de la Iglesia que publicó el G obierno
c o m o respuesta a los documentos del C arde­
nal Primado, se hubiera dado cierta m en te,
pero más adelante. ¿No prueba esto la opor­
tunidad de las instrucciones del Cardenal Se­
gu ra?
No ocultaremos que oficiosamente se de-
— 193 —

Claró que la información publicada por El S i­


glo Futuro era inexacta, y, sin duda para dar
D&ás valor a la declaración, se suspendió por
orden del Gobierno la publicación de El 8lglo
Futuro. ¿Será preciso añadir que cuiantos
conocen la seriedad del diario inlegrista si­
guieron creyendo en la verdad de su inform a­
ción? Basta leerla para persuadirse de que no
se trata de una fantasía periodística, sino de
un estudio sereno de los documentos, en el
que nada se oculta y nada se desfigura.
Por lo demás, hubiera sido muy fácil al
Gobierno demosLrar que no era exacta la in­
formación de El Siglo Futuro: le hubiera
botado publicar los documentos. Cuando el
diputado católico Sr. Leizaola pidió que los
documentos se llevasen al Congreso, el Go­
bierno se excusó de hacerlo alegando que
estaba pendiente una reclamación diplomá­
tica. El secreto diplomático, que no fué obs­
táculo para privar de sus temporalidades al
Cardenal Segura y aun para acusarle |de
contrabandista!, impedía que el Congreso y
** Nación conociesen los documentos. Pero
®hora, terminada ya la negociación diplomá-
uca, con una satisfacción que el Gobierno
00 ha querido ocultar, ¿qué inconveniente
Puede haber en que los documentos se den
* la luz pública? Si algo censurable contie-
¿a quién pueden perjudicar sino al au-

Por todas estas razones creemos que la


I|P3ión de los documentos publicada por El
®'ílo Futuro es puntual y exacta, y en ese
pQcepto, a falta de los documentos origina-
®8» la insertamos a continuación pomo ele-
13
— 191 -4

mentó importante de juicio en este asunto


que tanto apasionó a la opinión.
Según la información del citado p e r i ó d i c o ,
los documentos aprehendidos al Vicario Ge­
neral de Vitoria eran dos circulares suscri'
tas por el Cardenal y dirigidas a sus herma'
nos en el Episcopado.
En la primera de estas circulares el Car­
denal exponía a los demás Prelados su opi'
nión contraria u que se diesen al Gobierno
ciertos noticias que habla pedido a los Obis'
pos sobre el “ Fondo de R eserva" de l®3
Diócesis.
¿ Q u é se d e c ía en ese documenlo? Que n°
podía pasar inadvertida la gravedad que eíL
orden a la independencia que es n e c e s a r ia *
la Iglesia, podía tener la intervención de*
poder civil en la administración de los bi0'
nes eclesiásticos y particularmente del H®'
mado Fondo de Reserva.
Que el articulo 37 del Concordato esta*
blece que dicho Fondo de Reserva q u e d e “ fl
disposición de los Prelados", coa lo cual el®'
ramente se da ■a entender que su administr®'
ción se confía a la rectitud y prudencia de
éstos.
Que el Concordato ninguna obligo^*1}11
señala de rendir cuentas sobre esta naaterl®
al poder civil y que asi la entendió éste, PueS
ningún Gobierno las pidió jamás.
Que la defensa del derecho de los Obisp0,9'
de ningún modo podrá tomarse por deseo o®
eludir responsabilidades, que siempre p°dr
pedir la Santa Sede. .
Pero esa negativa a dar i n t e r v e n c i ó n ^
poder civil en la administración ecle»i¿s^c£
¿no 9erá un acto de hostilidad al poder Pü'
i - 108 +-#

blico? "Tam poco podrá razonablemente inter­


pretarse como desacato, y mucho menos
hostilidad al poder público, CON QUIEN
SINCERAMENTE] DESEAMOS COLABORAR
para el bien de nuestra Patria/'
Más aún: el Cardenal no se negaba en ab­
soluto a dar las noticias pedidas por el Go­
bierno; sólo quería que so pidiesen por el
conducto debido: “ Si para esta colaboración
—decía— pudiera ser conveniente dar noti­
cia de la inversión de los Fondos de Reser­
va, debe pedirse a la Santa Sede, que es la
que puede mandarlo, debiendo entonces los
Obispos facilitar las noticias que se les pi­
dan por este conducto” .
Y, por último, terminaba la Circular
diciendo que si otra era la opinión de los
Obispos, él — el Cardenal— gustoso se unirla
al parecer de sus hermanos en el Episcopado.
De cierto que no sería esta circular reser­
vada, en la que se expresaba el deseo sincero
de cooperar con el poder público para el bien
d® la Patria, la que m ovió al Sr. Lerroux a
d®cir (según la información publicada por
A B C ) que los documentos famosos eran
Suavísimos, pues se cometían en ellos delitos
°°ntra la seguridad del Estado.
Con esta circular iba otra de fndole reser­
vadísima, por lo cual el Sr. Cardenal acon­
sejaba que, una vez leída, se destruyese, asi
coiuo otros documentos que la acompaña­
ban.
¿De qué trataba, pues, la Circular? De
Asuntos graves ciertamente, pero que, como
verá, para nada se referían a la seguridad
^1 Estado, sino a la buena administración
Ufe la Iglesia, y natural era que el Primado
— 190 —

q u is ie s e e v i l a r q u e s u s in s t r u c c i o n e s p u d ie ­
s e n i r a m a n o s d e q u ie n ta n p o c o a f e c t o mos->
t r a b a n y a e n t o n c e s a l a I g le s i a .
He aquí lo que dijo El Siglo Futuro:

“Después de esta advertencia prelim inar, parece


que la circu lar trata en párrafos numerados de d i'
versas cuestiones, como son: facullades extraordiflB"
n&rias concedidas a los Sres. Obispos en cuanto a di"
ferentes puntos disciplinarios; inform es sobre se­
guridad de los bienes de la Iglesia en las presentes
circunstancias; comunicación entre el Episcopado;
nueva reunión de Metropolitanos; documento colec­
tivo 7 orientaciones al Episcopado.
"Veam os lo que sobre cada uno de estos extremos
de la circu la r nos refiere nuestro repórter,

FACULTADES EXTRAORDINARIAS

''Refiérenos que com ienza este apartado dici«P"


do el Sr. Cardenal que cuando estuvo en Roma, so*
licitó d« la Santa Sede facultades extraordinaria*
que con amplitud otorgó generosamente el Sao*0
Padre, haciéndose cargo de la situación e s p e c ia l
por que atraviesa la Iglesia española, y se h*0*
referen cia a la hoja prim era de las a co m p a ñ a d a *
a la Circular, en la cual hoja literalm ente se Irán*'
criben las facultades relativas a bienes eclesií***'
eos; insistiendo mucho en la advertencia de que **
concesión está heoba con dos condiciones suto*-
(anciales: que sólo dure lo que duren las circuu9'
tancias actuales, y que de lodo se ba de dar, a 80 J
tiempo, cuenta a la Sagrada Congregación.
"¿Serán estas facultades referentes a los - bie® ■ (
oclesiásticos las que el Gobierno considera ****
graves, que el m ero hecho de com unicarlas a 1®*
Sres. Obispos constituye, al decir de uno de ^
— 197 —

ministros, delito contra la seguridad del Estado, 7


según el dicho de otro, un delito de contrabando
7 defraudación que podía dar en la cárcel con su
autor?
"Pues repárese en que el autor de esas faculta­
des, esto es, quien, da las facultades, es una Sa­
grada Congregación, por donde se ve rá que apun­
tando a un blanco se da a otro mucho más alto, y
cuán insensatos son los que, cualquiera, que sea
bu condición, con sus palabras o con sus asenti­
mientos dan aire a estas especies.
"Tero sobre lo que se reitere a bienes eclesiás­
ticos, que es lo que interesa al Gobierno y lo que
le dude, volverem os en párrafo aparte. Prosiga-
Ros ahora con las demás facultades extraordina­
rias.

LAB QUE COMPnENDB LA SEGUNDA HOJA ADJUNTA


A LA CIRCULAR BBOUNDA

"Nos dice nuestro repórter que esta lioja, lo m is-


roo que la otra, está escrita en latín, y que como a
¿I Be le alcanza poco de latines, temo no haber tra­
ducido con entera exactitud. Sin embargo, ya cree
haber entendido que las facultades se reiteren a
Permitir que los religiosos puedan v iv ir en casas
de toda confianza, cuando las circunstancias lo exi­
jan; a que 8e pueda conm utar la obligación de rezo
del Oflcio divino por el del Rosario; a que no ee
Considere interrum pido el tiempo del poslulantado
7 del noviciado durante el que no vivan en comu­
nidad; a la dispensa en el mismo tiempo de los ayu­
nos especiales de regla, y que en esto queden Iob
r«ligio8os obligados a las leyes que a todos I09 fie­
les obligan; a que puedan lucrar, aún no viviendo
ei* comunidad, los privilogios e indulgencias a sus
respectivas Ordenes concedidos; a que los votos de
— 108 —

pobreza y obediencia, cuando no puedan recurrir a


su9 Superiores, se observen de modo que sea posible,
dadas las circunstancias, y, por úllim o, a que los con­
fesores dispensen de aquellas reglas y constituciones
que no puedan cum plirse, dada la condición de la per­
sona y las circunstancias en que se halte.
"Parécenos que en lodo esto no hay nada, que s i
remotamente se refiera a la seguridad del Estado,
7 como atribuirle tal condición es extraordinariam en­
te ridículo, se comprende que el Gobierno no quie­
ra que esos documenLos se publiquen.
"P ero al llegar a eale punto recuerda nuestro re­
pórter que, además do las facultades que ba ido
enumerando, hay olra, la tercera, si no recuerda
mal, que se refiere a la facultad de enajenar, por
acuerdo del capitulo del Monasterio, consignado por
escrito y por acuerdo del Consejo diocesano de ad­
ministración, cualesquiera bienes, muebles o inmue­
bles, que les pertenezcan, y a conservar los título*
de la Deuda pública en sitio seguro, y a sea dentro,
ya fuera de España.
"¡Tobleaut |Ahf está sin duda ninguna para el Go­
bierno, lo vitando, lo pecaminoso, lo delictivo! En
tratándose de bienes de Comunidades Religiosas, por
legítimo, por respetable, por sagrado que sea su de­
recho do propiedad sobre esos bienes y a conservar­
las y defenderlas de latrocinios de todas clases, se
presenta como delito, lo que sólo es legítim o ejerci­
cio de un derecho.
"Pero además téngase en cuenta que todo lo re­
ferente a formal idadés para enajenar es dispensa
de trám ites que el Derecho Canónico exige, dispen­
sa cuya concesión compete a la Iglesia que ba es­
tablecido aquellos trám ites, y Léngase, además, 60
cuenta, que esta concesión se hizo cuando no s®
había lim itado por el Decreto dictatorial de) 21 ¿ e
agosto, m uy posterior a la concesión de las faculto”
— 199 —
d*s en cuestión, el derecho de las Comunidades Re­
ligiosas y de la Iglesia a disponer de sus bienes.
" i Dónde está, pues, el delito de contrabando y
defraudación de que hablaba el Sr. Maura?
"Sin duda en la facultad que so da a las Comu­
nidades de conservar sus Ututos de )a Deuda Pú­
blica « a lugar seguro en España o fuera de España.
"Bien se ve que esto no es decirles que los saquen
de España: so les dice que por lo que a la autori­
dad eclesiástica respecta, pueden conservarlas don-
do m4s seguros lo consideren, dentro o fuera de Es-
Ptiña, Si hay disposiciones de carácter civil que pro­
híban sacar de Espafia esos valores, do se dice eu
•Sas instrucciones que las contravengan. No parece,
Pues, por ninguna parle el delito de contrabando y
defraudación que podía dar en la cárcel con los
huesos del autor de la nota según la piadosa inten­
ción del piadoso Sr. Maura, aún suponiendo que
fueran ley y que en consecuencia obligasen las dic­
tatoriales medidas del Gobierno sobre estos par­
ticulares.
"De lodas suertes, aunque los Religiosos lo hu­
bieran hecho o se propusieran hacerlo así, co ha­
brían hecho más quo seguir el ejem plo que en
Hompog de la Dictadura los dió el Sr. Alcalá Zamo-
r*> según éste nos ha referid o en su pintoresca car­
ta a su querido Indalecio.
"Paro, por lo visto, lo que esta gente considera
licito y honroso para ellos, es delictivo en (os reli­
giosos. L a consabida ley del embudo.

facultadas referentes a lo s b ie n e s e c l e s iá s t ic o s

"Ya hemos dicho que a estas facultades se re-


flore Ja primera de las hojas adjuntas a la ‘circular
fcgunda.
"También, como antea nos ha dicho nuestro re-
— 200 —

porter, están redactados en latín estas facultades,


pero a pesar de ello algo se le alcanza y dos Iraus-
m ito de lo que contienen.
"Parece, pues, que en ellas se faoulta a los Obis­
pos p a r» constituir del fondo de los acervos ptoB,
capellanías, hasLa la cantidad de dos mil pesetas
para proveer a la sustentación del clero; para dis­
pensar de aquellas condiciones que en determina­
das fundaciones exigen que sus cargas se levanten
por determinada persona o en determinado tiempo
y lugar, de suerte que puedan cumplirse en cual­
quiera olro do la Diócesis o fuera de ella; para que
en el caso de que se suprima la dotación del culto
y clero, pueda aplicarse el sobrante de los acervos
píos, de las fundaciones, después de cumplidas l* 9
cargas, y de los fondos de reserva, al sostenimien­
to de los sacerdotes, por un semestre, y hasta tanto
que de un modo estable se organicen económicamen­
te las Diócesis.
"P o r último, se les faculta para que con acuerdo
del Consejo de Administración diocesano y del Ca­
pítulo Catedral puedan vender bienes eclesiásticos
do cualquier valor, y para que puedan colocar o®
lugar seguro, dentro o fuera de EspaSa, teniendo
en cuenta las circunstancias de cada Diócesis, I®*
valores públicos.
" A este propósito cabe hacer los mismos come1)''
tarios que hicimos antes; en dispensar de form al’'
dades canónicas para la venta de bienes y en f8'
cuitar para guardar el patrim onio eclesiástico en lu*
gar seguro, dentro o fu era de España, ni bay delito
ni menos excitación a que se .cometa, ni nada Qu®
anle la conciencia y el derecho sea pecaminoso. *
si no que se lo pregunten al Sr. Alcalá Zamora.
— 201 —

in f o r m b b so d h e la s e g u r id a d pe la ig l e s i a en
LAS ACTUALES CIRCUNSTANCIAS

"El segundo extremo do la circular se refiere a


estos informes, pero do ellos sólo uno, el del letrado,
se acompañaba; el otro informe, el de las personas
tfScnicas, parece que no se envió a los Sres. Obispos,
y desde luego no estaba en la plica cerrada que lle­
vaba el Vicario General de Vitoria. En el informe
del letrado asesor se supone su opinión sobre el
modo de sacar a salvo en las presentes circunstan­
cias los valores de la Iglesia y de las Institucio­
nes eclesiásticas, librar de peligros los inmuebles
Propios do la Iglesia, y sobre el em pleo más seguro
de capitales.
"Completamente lícito, en conciencia, es cuanto
en el informe se dice, y no sólo licito, sino plausi­
ble, porque lo es cuanto conduzca a evitar los atro­
pellos y depredaciones que se maquinan.
"Se trata cómo diferentes proyectos de ley y va­
nas medidas de Gobierno lo están proclamando, de
apoderarse de los bienes de la Iglesia. ¿No es, por
ios mismos, licito, prudente y hasta obligado en
conciencia apercibirse a la defensa?
"Pero estamos en tiempos en que el verdugo pue­
de recrim inar a su víctim a por lo que ésta baga
para defenderse. Esta es la ju sticia que mandan
hacer.
"Con razón, pues, se aconsejaba la destrucción de
tatos documentos. Quien esto aconsejaba sabia con
íu ién tenía que habérselas.

L09 OTROS EXTREMOS DE LA CIRCULAR

"Se refieren esos extremos — continúa informán­


donos nuesLro repórter— a la manera cómo los Se­
ñores Obispos podían dirigirse al Sr. Cardenal, a la
- 202 -

nueva reunión do los Metropolitanos (sabido es que


desde hace años se reunían periódicamente en Ma­
drid), al documento colectivo (que ya se publicó) y
a que si algunos Sres. Obispos indiquen si consi­
deran necesarias orientaciones sobre otros extremos.

LA CAMPAÑA INJUSTA

"¿Qué hay en todo esto de pecaminoso, ni mu­


cho menos de delictivo?
"Pues estos documentos que sólo se reiteren al
Gobierno y Administración de la Iglesia, que ema­
nan en buena parto de las Sagradas Congregaciones,
que están dentro de las facultades y de las atribu­
ciones de la Iglesia, son los que han servido de pre­
texto para el toüe, tollo, contra el dignísimo Carde­
nal Primado y para presentarle como un vulgar cons­
pirador e instigador a la comisión de delitos.
"Con ello se afirmaba cosa inexacta y además con­
tra toda justicia, pues bien expresamente hace cons­
tar en la circular prim era que no se interpretase
como desacato y menos hostilidad al poder público,
con el cual sinceramente deseamos colaborar para
el bien de nuestra Patria.
"¿Puede noblemente decirse quo iban contra I*
seguridad del Estado documentos en que as( se ha­
blaba?
"Conteste la buena fe, y ella diga también si os
posible, al conocer los documentos, que nadie se sor­
prenda de lo que contienen, que es materia propia
del cargo Pastoral, y de que un Cardenal Arzobispo
de Toledo comunique a todos los Sres. Arzobispo*
y Obispos las facultades concedidas por las Sagra­
das Congregaciones.
"L o que realmente admira, sorprende y hasta in­
digna, es que estas cosas se digan con ocasión de
— 203 —

unos documentos que obstinadamente se conservan


secretos.
"Nosotros nos complacemos en transmitir a los
lectores cuanto nos dice nuestro repórter, deseosos
de contribuir a que la verdad se abra paso y a que
cada palo aguante su vela.
" Y por h oy basta."

Dice bien El 8lglo Futuro: "p o r hoy bas­


to.” . Las personas imparciales podrán juzgar
la conducta del Cardenal Primado. El estu­
diado silencio del Gobierno, reservando unos
documentos que había prometido publicar,
demuestra que no está muy persuadido de
tener La razón de su parle.
Para los católicos no puede haber duda
ilguna en que el Cardenal Segura cumplió
con su deber defendiendo los derechos de la
Iglesia; pero hasla los m is cegados por la
pasión habrán de reconocer que, ni aún abu­
sando de la hipérbole, puede decirse que en
documentos cuyo fiel resumen dejamos
ti’anscrlto, se atentase contra la seguridad
del Estado.
Si contra esta «Urinación no protestase
suficientemente toda la vida del Sr. Cardenal,
protestaría siempre el contenido de los do­
cumentos y la categórica expresión, conte­
nida en uno de ellos, del sincero deseo de
colaborar con el poder público para el bien
de nuestra Patria.
LA DIMISION

Se reaviva la campaña.— L a adhesión del Clero io -


ledano.^G ralitud del Cardenal.— R u m ores absur­
dos.— L a dimisión.— Su significado.— U n artículo
de “ E l D eba te ”

Lo sucedido después de la aprehensión de


los documentos a que nos referimos en el
capitulo anterior está en la memoria de to ­
dos y apenas necesita ser recordado.
Los informes dados por el Gobierno acer­
co. del contenido de los documentos rea vi­
varon la llama de la campaña, y aun la m is­
iva prensa que antes había defendido al se­
ñor Cardenal, se sintió como cohibida. Bien
verdad que los periódicos que más se ha­
bían señalado en la defensa estaban suspen­
didos o amenazados de suspensión.
En el largo monólogo, en que casi sólo el
Gobierno tenía la palabra, sucedíanse los
SoLpes de efecto; declamación diplomática
ftnle la Sania Sede, privación de tem porali­
dades al Sr. Cardenal, decreto de secuestro
de loa bienes de la Iglesia, declaraciones a
l°s periodistas...
Es digna de notar aqui la noble actitud
del Clero toledano que, en prueba de cari­
ño y afecto a su Prelado, ofreció cooperar
^ 200 —

con sus modestos haberes a remediar sus


necesidades y a procurarle decoroso susten­
to; y si la delicadeza del Cardenal le impidió
aceptar el generoso ofrecim iento, fu é sin
duda gran lenitivo para su pena el ver cómo
en la adversidad seguía acompañándole la
filial adhesión de los que en horas felices
habían compartido con él sus tareas apos­
tólicas.
Con razón el Sr. Cardenal, en una carta
dirigida a su Clero, se expresaba con estas
palabras que revelan su profunda gratitud:

“ Venerables y muy amados Hermanos: T iem p o


ba que sentíamos la necesidad de comunicarnos con
vosotros para depositar en vuestro corazón los pro­
pósitos, las preocupaciones, las penas y las alegrías
del Nuestro.
El Sefior, en los inescrutables y adorables de­
signios de su Providencia, nos ha deparado v iv ir la
historia de la Iglesia en circunstancias delicadísi­
mas y difíciles, en las cuales es más preciso el trato
constante del Prelado eon sus saoerdolee.
Este era nuestro v iv o deseo, que ya comenzába­
mos a realizar por el Arcipreslazgo de Guadalajara,
con intención de recorrer luego todos los demás del
Arzobispado, cuando se nos deportó al destierro fue­
ra de la Patria.
Mas si el alejamiento impuesto por la fuerza pue­
de separar los cuerpos, no hay poder humano que
pueda separar tas almas, porque, conformo dice el
Apóstol (Rom., V III, 3C-39): “ ¿Quién podrá sepS'
ram os de la caridad de Cristo? ¿La tribulación?, ¿I»
angustia?, ¿la espada?... Cierto estoy de que ni 1*
muerte ni la vida..., ni lo presenLe ni lo venidero,
a i la violencia, ni lodo lo que hay de más alto o d«
m is profundo, ni criatura alguna podrá jamás se­
— 207 —

pararnos del amor de D i 03 que se funda ea Jesu­


cristo Nuestro Señor” . Y esla caridad de Jesucris­
to, que nos uno con vinculo indisoluble, ha hecho que
nuestra comunicación, espiritual no se haya inte­
rrumpido un solo instante.
En fecha ya próxim a soltamos consagrarnos otros
años, durante unos días, enteramente a vosotros en
los ejercicios espirituales. (Qué dulces horas aque­
llas, en que tantas cosas nos comunicábamos en la
intimidad del santo recogimiento y aislados total­
mente de las impurezas del mundo y de las necias
vanidades de esta vidal
El Sefior que, en su sabiduría infinita, por medio
de su santa Providencia, “ abarca fuertemente de
un cabo al otro todas las cosas y la » ordena todas
con suavidad", Qo Nos ha concedido este alio esa
satisfacción.
Sea esla carta que desde el destierro os escribi­
mos nuestra mensajera, y que ella os diga toda la
Profundidad de Nuestro afecto y la ternura del amor
Que an Cristo os profesamos.
En varias ocasiones hemos hecho pública Nuestra
gratitud hacia vosotros, así para satisfacción de
nuestra conciencia como para ejem plo y edificación
del pueblo cristiano.
Lo hicimos particularmente en nuestra últim a
Carta Pastoral. Mas concurren en estos momentos
circunstancias m uy especiales que justifican un tes­
timonio más particular y solemne del reconocimien­
to que o lodos y cada uno somos deudores en el
Sefior.
Cuando en días de triste recordación se desenca­
denaron contra la Iglesia en Espafia todas las fu ­
rias del averno, y las olas del cieno de una tempes­
tad de bajas pasiones se precipitaron sobre todo lo
más santo, en torno a esta Sede que por la gracia de
Dios y la benignidad da Ja S illa Apostólica ocupamos
- 208 —

a pesar de nuestra pequeflez, levantóse un muro in­


franqueable para proteger Nuestra persona y Núes-
tro cargo. Ese muro, que no han podido destruir ni
tas acometidas francas ni Jas amenazas insidiosas,
lo formaron la fidelidad, la adhesión, la identifica­
ción de todo el Clero diocesano con su Prelado.
A l redactar aquellas páginas que en su defensa os
dictó vuestro corazón do hijos, el cual, por natural
y piadosa inclinación, agranda las virtudes y d is i'
muía los defectos de su padre, más bien que su vin ­
dicación, escribisteis la más hermosa, completa 7
verdadera apología dol Clero de esla Archidiócesis
Primada, siempre, y ahora principalmente, unido »
su legitim o Pastor.
iCon cuánta verdad podemos aplicaros aquellas
palabras que el Salvador dijo a sus discípulos en la
noche de la pasión: Vos autem eslis qui p ervia m it-
tis mecum in tribulalionibus meist
En este camino de la Cruz, que el Sefior en su m i­
sericordia nos ha preparado, siem pre os hemos en­
contrado a Nuestro lado en los tronces mús difíciles.
Siempre que los intereses de la Iglesia lo demanda­
ron, vuestra voz se levantó noble, serena, valiente;
sin provocación, pero con dignidad, con firmeza, con
justicia.
Y cuando habéis visto a vuestro Prelado despoja­
do de derechos que por tantos títulos le corespon-
den, lo habéis cubierto con el manto de vuestra ca­
ridad.
No Nos consiente Nuestro corazón v e r aliviada
Nuestra pobreza con las privaciones heroicas de I*
vuestra. Precisamente por sernos conocidas las es­
trecheces en que la mayor parte de vosotros vivís,
en repetidas ocasiones hicimos esfuerzos para reme­
diarlas, aunque con resultado m uy in ferio r a lo qu»
Nos deseábamos y las necesidades del Clero reclama­
ban. Poro, aunque no podamos aceptar vuestra ge*
— 200 —
i

nerosa ofrendp, en Nuestro corazón quedará per­


durablemente escrito ese ejem plar rasgo de vuestra
Piedad filial, ol cual, a la voz que Nos ha proporcio­
nado dulcísimo oonsuelo en medio de Núes Iras amar­
gura^ Nos hace doudores anlo Dios del nuevo bene­
ficio do vuestra largueza, y os hace a vosotros acree­
doras a la admiración de cuantos sepan estimar de­
bidamente el sacrificio que supono vuestro despren­
dimiento,
iQué valor apologético encierra vuestro acto de
generosidad en fa vo r de la unidad de la sagrada Je­
rarquía, y qué ejem plo ofrece a los fieles en estos
tiempos de cobardías y egoísmos!

Coa exquisita prudencia el Sr. Cardenal,


desde que fué expulsado de España, buscó
UQ apacible lugar de retiro, que muy conta­
das personas conocían,
Una piadosa fam ilia le ofreció generosa
hospitalidad en Bayona, donde vivía por en­
tero dedicado a la oración, a la lectura, al
gobierno de su .diócesis, en cuanto las cir­
cunstancias se lo consentían... y a meditar en
tas aciagos días que preveía para la Iglesia
española. Unicamente los sábados recibía al­
gunas visitas en el Santuario de Nuestra Se-
fioi'a de Bel-loe, de las cuales ni aun en el
destierro podía eximirse, ya que no faltaban
personas que iban de España a besar su ani-
“ o pastoral y a oír palabras de consuelo de
íuien tantas amarguras padecía. Los que tal
dicha lograron pueden testificar cuánta era
fortaleza de ánimo, acrecentada por las
feileradas pruebas, y cuánta la serenidad de
®*píriíu que, a través de los sucesos huma-
n°8, sabia remontarse a las alias regiones en
Que la amorosa Providcncia de Dios saca b ie ­
14
— 21U —

nes inestimables aún de los errores y extra­


víos de los hombres.
Pero ni aun en su alejamiento de la Pa­
tria y en el retiro riguroso que se había im ­
puesto le dejaban sosiego la maledicencia y
la calumnia. Periódicos indignos de la liber­
tad que se les concedía, convertidos en cloa­
cas, propalaban las más abyectas calunmiaSi
inventadas exprofeso para lectores dignos de
tales periódicos, los cuales parecían haber
lomado por programa lanzar cada día una
paletada de cieno sobre la inmaculada figu­
ra del santo Prelado que, allá en el destie­
rro, olvidaba y perdonaba con una generosi­
dad que sus enemigos estaban muy lejos de
sospechar.
Los rumores más absurdos hallaban fácil
acogida aún en personas de recta intención
pero cegadas por prejuicios o extraviada*
por la oleada de las calumnias; y no fajt®
quien vió al Sr. Cardenal reunido con varios
generales conspirando contra la República
aunque para ello tuviese que hacer el pn*
lagro de e9tar a un tiempo en su apaci^®
retiro y a varios centenares de kilómetros
de distancia, donde la imaginación de los s°'
fiadores de románticas aventuras colocaba^
el lugar de la tremenda conspiración. ,
Aun en el destierro parecía p eligroso el
Sr. Cardenal mientras no estuviese a n***'
chas leguas de la frontera, y preciso le í#®»
no obstante su precaria salud, em prendí
larga peregrinación hasta pasar la línea de
Loira.
Paray-le-M onial y Lisicux le ofreciero®
transitorio asilo, a la vez que alimento & *7
piedad, que no podía menos de avivarse e®
- 211 —

aquella población, que fué como la cuna de


la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y
en esta otra donde las reliquias y el recuer­
do de Santa Teresita del Niño Jesús son pe­
renne lección de sacrificio callado y silen­
cioso.
Poco tiempo después la Prensa publicaba
la noticia de la renuncia del Emtno. Carde­
nal Segura a la Sede Arzobispal de Toledo,
Cierta prensa, como era de esperar, no su-
•0 disimular su gozo. Tampoco supo disimu­
[ l o el Gobierno y en particular el Sr. Minis­
tro de Justicia, que, haciendo un alarde de
erudición... periodística, recordó varios ca­
sos, que ningún parecido tenían con el pre­
sente, para terminar su disertación histórica
" nación de que ni aún
conseguir que renun-
cjftse un Cardenal. A lo que hubiera sido fá ­
cil responder que Felipe II empleó su poder
y su tálenlo político en engrandecer a Espa­
ña y no en perseguir y desterrar a Principes
de la Iglesia.
Mucho m e j o r e x p r e s ó la realidad una bre­
ve nota del Osservatore Romano que, bajo el
título de La renuncia del Cardenal 8egur&|
decía: “ Su Eminencia Reverendísima el se-
nñor Cardenal Segura ha puesto en las m a­
gnos del Padre Sonto su libre renuncia a la
fjSede Arzobispal de Toledo. Su Santidad la
t)ha aceptado, expresando su alto aprecio
ndel noble gesto que el Cardenal ha ejecu ­
ta d o con verdadera generosidad y espíritu
sobrenatural” .
A su vez, el Excmo. Sr. Nuncio de Su San­
idad, al comunicar al Cabildo Primado de
Toledo la renuncia del Sr. Cardenal, recor­
— 212 -

daba el ejemplo de San Gregorio Nazianze-


no con estas hermosas palabras:
“ Nunciatura Apostólica en España.—Ma-
” drid, 30 de septiembre de 1931.— Ilustrísi-
"a io Señor: El Eminentísimo Sr. Cardenal
"Secretario de Estado de Su Santidad, aca-
” ba de telegrafiarme, y yo me apresuro a
"poner en conocimiento de Su Señoría, que
" e l Eminentísimo Sr. Cardenal Segura, iini-
” lando el ejem plo de San Gregorio Nazian-
” zeno, con noble y generoso aclo, del cua!
” él sólo tiene el mérito, ha renunciado a la
"Sede Arzobispal de Toledo. Ruego, por tan-
"to , por conducto de Su Señoría al Excelen­
t ís im o Cabildo Metropolitano de Toledo p « '
"ra que, según las prescripciones de Dere-
"ch o Canónico, proceda sin demora a la
"elección del Vicario Capitular. Con los sen­
tim ie n to s de mayor aprecio le saluda y
"bendice su afectísimo Federico, A. de Lc-
" panto, N. A.— Ilustrísimo Sr. D. José PO'
" lo Benito, Deán de la Santa Iglesia Melro-
"politana de T oled o.”
Toda la Prensa católica, sin una sola ex­
cepción, ol dar la nolicia de la renuncia, ex­
presó su admiración hacia el Cardenal Pri*
mado y le rindió unánime tributo de venera'
ción y de respeto. En la imposibilidad d«
trasladar aquí cuanto dijeron los periódicos
y revistas católicas sobre este particular, no*
limitaremos a copiar lo que dijo El Debate*

“ un pr e la d o m o delo ”

“ E l Cardenal Segura ha dim itido su cargo de


Arzobispo de Toledo. L a Santa Sede lia aceptado su
dimisión, 7 de acuerdo con lo » cánones, el Deán 1**
* - 213 —

convocado ya al Cabildo para la designación de V i ­


cario Capitular. Conste, pues, que es el Cardenal quien
dimite; que dim ile ante Roma; que es Roma quien
Acepta la renuncia. Conste, asimismo, aunque la ob­
servación huelgue, que el virtuoso Prelado no dim i­
te ni porque se crea indigno del alto cargo dignísi­
mamente ocupado por 61 durante varios años, ni
porque la conciencia le acuse, ni porque sus supe­
riores hayan encontrado en él falta alguna. Sacerdote
y Prelado ejem plarisim o, de austera vida, de piedad
Profunda, de severa pon i Lene i a, de encendida cari­
dad que llevaba a los pobres cuanto el Cardenal lé ­
ala, incluso esas temporalidades que el Gobierno de
ta República ha quitado, no al Cardenal, sino a los
Pobres de Toledo, que de las manos de aquél las re­
cibían apenas las cobraba; de apostólico celo, que
como viva llama aparecía en sus escritos y en sus
conversaciones privadas; do adhesión sincerfsima a
'a Iglesia y a la Santa Sede, de cuyas instrucciones
siempre fidelísimo ejecutor... Tal fu é el Carde­
nal Segura, Un Prelado modelo, como lo saben cuan­
tos le conocen. Y sus enemigos, los primeros.
La campaña periodística despiadada, injusta, rea­
lizada contra él, no es la menos honrosa de sus eje­
cutorias; porque es patente que sus autores fueron
los más encarnizados enemigos que la Iglesia tiene
Espafia, Desde el prim er día que siguió al ad­
venimiento de la República, esos elementos se es­
forzaron por hacer imposible la permanencia del
calumniado Cardenal en su sede toledana. Fu é lo
peor, que tal campaña encontró eco y concurso en
61 Gobierno. A sí aconteció con la denuncia de la fa ­
mosa “ sabatina'’, que logró estado oficial, aunque
Al fin fué obligado a declarar, oficialmente también,
<iue on aquella alocución nada se decía adverso ni
®olesto para la República. Otro tanto acaeció con
*a Primera Carta Pastoral publicada por el Arzobis­
- S14 ~

po de Toledo, después del cambio de régimen. Unas


frases de aquélla, expresivas de un noble e hidalgo
sentimiento de gratitud, de respeto a la Majestad
caída, que — porque ya estaba oalda— no pod.a pare­
cer lisoDja, y alguna alusión puramente teórica a
doctrinas sustentadas por tratadistas católicos, fue­
ron causa suficiente, o pretexto bastante, para a fir'
mar que el Cardenal Segura adoptaba actitudes agre­
sivas frente a la República, sin ver, apartando de­
liberadamente los ojos del entendimiento, que las
normas prácticas, do actuación, de conducta, que en
la misma Pastoral se predicaban a los católicos, Ies
mandaban acatar lealmente el nuevo régimen, el Po­
der constituido (*). El Cardenal, entonces y siempre,

(•) La ilu sión tedrlr-a a míe se reflcr* el articulo de SI


Debate no necesita, o la verdad, larcas explicaciones, ni P*1"®
Justificarla o disculparla es preciso acudir a las normas p rlc tí'
cas que se dan en le misma Pastoral, como si éstas corrigiesen
lo que pudiera haber de excesivo en aquélla. El Sr. Cardenal
como preámbulo para asentar la norm a da que " e s deber de 10*
católicos tributar a los Gobiernos constituidos de becbo W *”
P ito y obediencia para el mantenimiento del orden y del ble*1
comOn". h ice constar que la Iglesia no siente predilección MCI*
una roTma particular de Gobierno. P ero a esta doctrina p o d r»
oponerse el parecer de muchos niúsoros católicos que llenen |Wr
la rorma do gobierno m is perfecto la Monarquía. El Sr. car*
denal, ain nombrar expresamente la form a monirciulea, iccof®
la dlllcultad y la resuelve, distinguiendo entre la tcorfa f **
práctica, entro lo que puede ser oplnldn particular de a l f 1'
nos nldsofos y la doctrina oficia1 de la I g l n l t “ Podrá disc11'
"tlrse, dice, en el terreno de loa principios filosóficos cuál as <•
"m e jo r (rorma -la gobierno), y aún puede auceder que enir®!1**
"fllOsoros cristianos, haya cierta unanimidad en prererlT d«**f '
"m inado régim en; p iro la iglesia, sol-re M íe punte, fio r t íf f
"vado tu parecer.”
¿Y p or qué la lateóla ha reservado su p areccrl
"E s natural — prosigue la Pastoral— que asi b efa procedí®’
•ya que la m ejor form a de aobierno de una nación no se ba
"determ inar solan on le a ta l'.i* de ios principios flloJ Í°r®”
" iln o ponderando rauiiltud da circuDaiancias de lnv*r> U e w *
— 218 —

no hizo más que repetir las enseñanzas y mánda­


los de Roma. Más podemos decir: quienes particu­
larmente le consultaron, de él recibieron el consejo
de tomar parle activa en las elecciones, una de tan­
tas formas de acatamiento al régim en y aún de
cooperación.
A pesar de lodo, iaún se tuvo la cínica osadía de
relacionar aquella Pastoral con la quema de con­
ventos, plan ciertamente preconcebido y “ técnica-
mentó" ejecutado! Poco falló, aquella misma noche,
Para que el Gobierno acordara la expulsión del in­
signe Arzobispo... Tan d ifícil hizóse su situación
que, aconsejado por personas aféelas, hubo de au­
sentarse de España, con el designio de que su ale­
jamiento trajese la calma a los espíritus obcecados
por el sectarismo. Pasadas algunas semanas, con to­
do derecho, con toda legalidad, el Cardenal regresó
® España. Cómo procedió el Gobierno con él y de
qué manera aalió otra vez de EspaOa el Primado de
olla, no lo hemos de decir, porque todo el mundo lo
recuerda... y porque no queremos envenenar m is
tele asunto que otros envenenaron... Poro ausente
de Espafia, aún so quiso v e r en su persona un es­
torbo para la paz espiritual de los españoles. Y
otra vez el benemérito Cardenal, con su dimisión
generosa., se sacrifica por el bien común, deseoso de
allanar, en cuanto de él dependa, las dificultades
que pueda encontrar el Estado espafiol en su m ar-

"f personiM. t a ir.iliclfln , 1a historia, la Indole y tempera-


"moma de cada pueblo. i u cultura y civilizad da. m u d m s y
"costumbres, b u eil&do social, hasta in geografía y l u clrcn n i-
"tiQclaa eiLernag que le rodean pueden hacer preferible ana
"forma de Qoblcrno que teóricamente no sea le m is perfecta."
¡&n verdad que s e r li curloan m a n e » de fcacer propaganda
BonApqu le í el r e fu iir una razdn Que pudiera alegarte 40
liv o r la Monarquía I
— 210 —

cha hacia un régimen normal para lodos los na­


cionales.
Tal ea la conducta de nuestro Primado. Roma ha
aceptado su renuncia. L a Iglesia procede así con
elevado espíritu; deseosa de contribuir a la pacifi­
cación espiritual del pueblo, sin que ello signifique
aceptación de una sola de las acusaciones lanzadas
contra el Cardenal, y sin mínima mengua de la es­
lim a y afecto singulares que la vida y la obra y la
persona del Cardenal Segura inspiran al Romano
Pontífice, senl¡míenlos de los que ésto quiso ofre­
cer prueba inequívoca por medio de un represen­
tante suyo, personal, enviado a la esLación cuando
el purpurado español llegó a Roma, y por sí mis­
mo, con consoladoras pruebas de paternal afecto, en
audiencia que al día siguiente le concediera. En fin.
cuan Los han pisado Roma en las últimas semanas,
eslán ciertos de que en ol Vaticano y en el Sacro
Colegio so hace al Cardenal espífiol la honrosa jus-
Licia merecida por sus virtudes.
Conste, pues, que Roma acepta la dimisión del
Cardenal Segura pura y simplemente en obsequio »
la pacificación espiritual de España, como manifes­
tación extrem a de amistosos sentimientos por «•
Estado español, como prueba magnánima del deseo
de la Sania Sede de situar en una zona templada
de armónica convivencia, a Lodos tos elementos de
la vida española, empezando por situarse en ella I*
Iglesia misma..., que ha llegado — repitámoslo— ^
extremo límite, no ya de lo que puede conceder, s>"
□o de lo que honradamente se le puede pedir.
Y no se olvide que esta magnanimidad de la Igl®-
eia se produce después de reiteradas violaciones del
Concordato, perpetradas en varias leyes de la R0"
pública; después de la impune quema de convente
y sin que una .explicación ni una indemnización sa­
tisficiera en mínima parle ;el agravio; d e s p u é s de
— 217 —

las arbitrariedades cometidas con otros Prelados y


sacerdotes. Contra cada uno de estos desafueros ba
protestado la Santa Sede, pero sin extrem ar nunca
el ejercicio de su derech o.» que 69, a un tiempo, sa­
grado deber. En aras de la concordia ha llegado ya
Roma a lím ites infranqueables. Si, a pesar de todo,
se rompe la unidad espiritual de España, la íntegra
responsabilidad por tal suceso corresponder^ al Go­
bierno, a la Cámara, que así frustran la benevolen­
cia, la tolerancia y loa dolorosos sacrificios de la
Santa Sede y del Papa.
Y hacemos punió. Son muy graves los intereses
en juego y, por ello, como españoles y como católi­
cos quisiéramos que éste que comentamos fuese el
último incidente provocado por una conducía del
Oobierno español poco amistosa para la Iglesia. Pa­
labras pronunciadas ayer por el presidente del Con­
e j o y otros declaraciones oficiales 11 oficiosas nos
Permiten esperar que en las esferas oficiales se ha­
yan hecho cargo de la patriótica necesidad de que
todos los españoles puedan convivir y convivan, den­
tro del Estado, organizado en República, que en E s-
Pafla, como en tantos países, puede no ser incom­
patible con una normalidad de relaciones entre ella
y la Iglesia católica."
CONCLUSION

Una parábola.— E l fruto del sacrificio.— Utt autó­


grafo Pontificio.— La verdadera causa de la perse'
cución.— Los caminos de la Providencia.— Una car­
ta de despedida.— E n 'e l lecho del dolor.— Un ejem­
plo que no se olvidará.

Recordamos haber leído en una revista


piadosa una especie de parábola que, sobre
poco más o menos, decía así:
"P o r la solitaria estepa rusa se deslizaba
el trineo de un campesino, a quien acompa­
saban su m ujer y varios hijos de corla edad.
A llá lejos se oyen los aullidos desespera­
dos de los lobos hambrientos, que han ol­
fateado la presa. Corre el trineo velozm en­
te. pero corren aún más las fieras, estimula­
das por el hambre.
El infeliz campesino, ante el peligro inm i­
nente, ni siquiera piensa en defenderse.
Arrojará a las fieras uno de sus hijos; acaso
con la inocente victim a sacien su hambre.
Pero los lobos, después de haberse dete­
nido un instante, lo preciso para devorar
las tiernas carnes del niño, comenzaron de
nuevo su carrera, y otra vez alcanzaron al
trineo.
— 220 —

El campesino lea arrojó otro de sus hijos.


Pero los lobos, siempre insaciables, con­
tinuaban corriendo detrás del trineo.
El campesino sacrificó a lodos sus hijos,
después a su mujer, y, por último..., ól mis­
mo fué devorado por las fieras.11
Ante la gritería de la Prensa enemiga de
la Iglesia no faltaron personas de orden y
aún católicos sinceros que llegaron a per­
suadirse de que en la lucha actual el m ejor
m élodo era el que en la pasada guerra se
llamó, con inocente eufemismo, de la “ re ­
tirada estratégica” . Es preciso, se decía, que
seamos “ com prensivos". Sin caer en la
cuenta, seguían la misma táctica del cam­
pesino ruso, creyendo ingenuamente que la
fiera revolucionaria se amansarla con que se
le entregase una víctima, cuyo sacrificio evi­
tarla mayores males.
Los que conocíamos al Sr, Cardenal sabía­
mos que no sería él quien pusiese dificulta­
des a una solución de concordia, pues la paz
espiritual de España era su más vehemente
anhelo. Si para esa paz podía él ser un obs­
táculo, dispuesto estaba a rem overlo; y si
era precisa una víctima, no rehusaría el s * '
orificio, por doloroso que fuese.
Y el sacrificio se consumó. ¿Con qué frU'
to? Reconocemos que quizá es todavía pron-
to para em ilir un juicio desapasionado; pero
tampoco podemos cerrar los ojos ante lo®
sucesos que, con rapidez e intensidad inespe­
rada, se han ido desarrollando.
Repásense los artículos de la C o n s titu c ió n
ya aprobados y hágase u n balance: separa­
ción de la Iglesia y del Estado, supresión del
presupuesto d e Güito y Clero, d iv o r c io , e n s e -
— 221 —

fianza laica, expulsión de los jesuítas y na­


cionalización de sus bienes, amenaza de ex­
pulsión de las demás Ordenes religiosas y
prohibición de enseñar... Añádase a esto va­
rios decretos ministeriales encaminados a
suprimir toda intervención de la Iglesia, todo
lo que aún pueda tener apariencia de inmu­
nidad eclesiástica..., y dígasenos qué más se
puede intentar ya contra la Religión.
¿A qué ha quedado reducida aquella “ jo r ­
nada histórica” en las relaciones de la Ig le ­
sia y del Estado de que un día habló ju b ilo­
so el Sr. Alcalá Zamora, aludiendo, según se
«dijo, a la renuncia del Cardenal Segura? El
propio Sr. Alcalá Zamora podría decírnoslo
m ejor que nadie, ya que él lambién fué v íc ­
tima, aunque menos gloriosa, del sectarismo
de las Cortes ConsliluyenLes.
Bien hizo resallar esto que vamos diciendo
el Osservatore Romano af publicar, con gran­
des Ululares, en su número del 24 de octu­
bre, la caria que, el 1.' del mismo mes, ha­
bía dirigido Su Santidad el Papa al Eminen­
tísimo Cardenal Segura, con esle significa­
tivo epígrafe: Afectuosas palabras del Padre
Santo al Cardenal 8egura.
Decía así el autorizado diario romano:

En el número del Osservatore Romano del 2 del


corriente mes, dábamos noticia dé la aceptación por
parle de) Padre Sanio de la dimisión del Arzobis­
pado de Toledo presentada por el Emitió. Cardenal
Segura, poniendo de relieve el alto aprecio de esle
noble aclo. No dudamos que servirá de aliento a
los católicos do España al conocer el texto del au­
tógrafo Pontificio dirigido al mismo Cardenal Se­
gí2 _

gura con fecha de 1 * de octubre, el cual es del te­


nor siguiente:

“ Ha llegado a Nuestro poder la caria de Vuestra


"Eminencia Reverendísima, de fecha de 26 de sep­
tie m b re próximo pasado, por la cual ponía en
"Nuestras manos su libre renuncia a la Sede Arzo­
b is p a l de Toledo.
"Los sentimientos de filial piedad y devoción que
"en ella expresa Nos han conmovido vivamente, y
"Nos apresuramos a significar a Vuestra Eminen­
te i a Nuestro altísim o aprecio por esa noble acción
"ejecutada con tanta generosidad y animada de tan
"puras y sobrenaturales intenciones. En ese acto
"de Vuestra Eminencia hemos visto una nueva y
"luminosa prueba de celo por las almas, ya que, con
"la esperanza de cooperar al mayor bien de ellas, o
"aún sólo para quitar pretexto de mayores males,
"no ha vacilado en sacrificarse & sí mismo.
"A l aceptar Su renuncia, queremos que L e llegué
"una palabra de Nuestra complacencia por lodo el
"b ie s que Vuestra Eminencia ha hecho en benefi­
c i o de la Iglesia, y de paternal aliento en Su dolor
"a l separarse de Sus queridos H ijos del Clero y del
"Laicado con quienes le unen tantos y tan suaves
"vínculos de pastoral afecto.
" Y pidiendo a Dios abundancia de celestiales do-
"nes para Vuestra Eminencia, L e enviamos con toda
"la efusión de Nuestra alma y en prenda de Nues-
” tra particular benevolencia la Bendición Apostó­
lica.”

Como se ve, la Carta Pontificia afirma que el Emi­


nentísimo Prelado quiso evita r con su r e n u n o i*
‘ pretexto de mayores m ate»".
En efecto, sabido es cómo, por obra sectaria, 38
hizo al Cardenal Segura casi un símbolo de oposi"
— 223 - ♦

ción a la República en cuan lo tal, lo cual servía


de pretexto a los extremistas para combatir todo
intento de acuerdo entre la República española y la
Iglesia. Aunque esto no era más que un 6imple y
vulgar pretexto, Su Eminericia prefirió sacrificar su
persona, y con tan noble gesto la situación ha que­
dado perfectamente aclarada y los adversarios de
la Iglesia han tenido que revelar sin excusa sus
verdaderas intenciones."

Con razón dice el periódico oficioso de la


Santa Sede que servirá de aliento a los cató­
licos de España el conocer el autógrafo.pon­
tificio que dejamos transcrito, pues coa él
se restablece la verdad y se sale al paso a ar­
bitrarias interpretaciones.
Con admirable unanimidad la Prensa ca­
tólica puso de relieve la falta de razones que
diesen una apariencia siquiera de legalidad
a la persecución de que se hizo blanco al
Cardenal Segura. £1 Gobierno mismo se p er­
cató, sin duda, de su desairada situación
cuando, amparándose en el secreto, hizo va­
ler como argumento decisivo los gravísimos
cargos que, según él, se deducían de las c ir­
culares dirigidas por el Sr. Cardenal a sus
hermanos en el Episcopado.
Que tampoco ese argumento tenia consis­
tencia, ya quedó suficientemente demostrado.
Pero los hechos daban, al parecer, la ra-
zón al 'Gobierno. Puesto que el Sr. Crdenjjd
dimitía y se aceptaba su dimisión, tácita­
mente se reconocía lo fundado de los cargos.
l‘ Yo quiero decir — declaró el ministro de
Justicia a los periodistas— que esla fórmula
de admitir la dimisión — ustedes, m ejor que
Vo, saben lo que internamente significa— es
— 224 —

que la suspensión de temporalidades queda


avalada con el neto de Roma declarando la
Sede vacante. Esto significa por parle del Go­
bierno que no hubo ningún propósito parti­
dista ni persecutorio.” Y aún, en forma más
explícita, añadía el señor ministro: "N o
existe duda respecto a cuál ha sido la signi­
ficación del aclo del Gobierno, ni tampoco
la del Arzobispo de Toledo, Cardenal S egu ­
ra. Esto indica que la documentación que
obraba en poder del Gobierno era de serie­
dad tan plena, que a su valor moral se allanó
hasta el mismo Pontificado.”
La Santa Sede, con su tradicional sobrie­
dad, se lim itó a dar noticia oficiosa de la re­
nuncia del Sr. Cardenal medíanle la breve
nota que atrás quedó transcrita, y cuyo con­
tenido era bien distinto de las declaraciones
del Ministro de Justicia.
Que aquella nota no era una manera "d i­
plom ática” de dar apariencia decorosa a la
dimisión del Sr. Cardenal, como muchos cre­
yeron, lo prueba claramente la caria que
aquel nm m o día escribió Su Santidad al Car­
denal Segura, cuyo sentido subrayan los co­
mentarios con que más tarde la publicó el
Otterv&tore Romano, de los cuales resulta:
1*°) Que el Sr. Cardenal quiso evitar con
su renuncia “ pretextos de mayores m a le s ” .
2.°) Que el presentar al Sr. Cardenal co­
mo símbolo de oposición a la República en
cuanto tal, fué una “ obra sectaria” .
3.*) Que esa supuesta oposición del Car­
denal Segura a la República “ no era más que
un simple y vulgar p retexto" que servía a
los extremistas para combulir todo intento
— 225 ^

de acuerdo entre la República española y la


Iglesia.
4.*) Que con el noble gesto de Su E m i­
nencia “ los adversarios de la Iglesia han te ­
nido que revelar sin excusa sus verdaderas
inlenciones” .
Si, pues, las razones que se alegaban pa­
ra perseguir al Sr. Cardenal no eran sino
4,un simple y vulgar pretexto” , ¿cuál era la
ra^ón de persecución tan enconada y tenaz?
Ya lo dijo, a raíz de ln expulsión del Señor
Cardenal, un periódico católico recordando
*quel texto bíblico: “ Heriré al Pastor y dis­
persarse han las ovejas del rebaño".
Pero antes de dar por terminadas estas
Paginas, escritas ¿por qué negarlo? al calor
de un afecto filial y de una admiración que
ha ido creciendo de día en día, séanos licito
volver nuestra vista al ilustre desterrado.
Nunca olvidaremos aquella tarde del mes
de mayo en que, no hallando seguridad en
su Palacio, llegó a nuestra casa con su an-
Jciana madre. Desde entonces previmos el
camino de amargura que habría de recorrer,
y que a él tampoco se le ocultaba.
Para hallar ejem plo de una persecución
parecida, seria preciso llegar hasta el perío­
do revolucionario del siglo pasado y evocar
el recuerdo de aquel otro insigne Arzobispo,
®l bienaventurado P. Claret, a quien pronto
esperamos ver en los altares, perseguido
también por la Prensa y por los sectarios con
saña inaudita, y obligado a salir de su patria
y morir en el destierro.
Al destierro l'ué y en el destierro oonli-
ftúa el Cardenal Segura, odiado y calumniado
por unos, admirado y ainado de otros. Su íl-
— 226 —

gura se ha agigantado en la adversidad. La


tempestad ha pasado sobre su cabeza, pero
no ha manchado su frente ni turbado la se-
renidad de su espíritu. Alejado de su Patria,
separado de los suyos, privado de sus tem­
poralidades aun antes de haber renunciado
a su alta jerarquía, perseguido en el destie­
rro mismo, se confía a los cuidados de la Di­
vina Providencia, que ensalza o humilla, pe­
ro que vela siempre por nosotros y a n a d i e
desampara.
La confianza en la Divina Providencia era
uno de los temas predilectos de la predica­
ción del Sr. Cardenal.
Sobre nuesLra mesa tenemos un librito
pulcramente editado, que lleva por título1
Horas de Paz. Instrucciones doctrinales acer-
oa de la “ Iglesia” y conferencias aoerca de
la “ Providencia divina” dadas por el Eml*
nentlslmo y Rvdmo. Sr. Cardenal D. Pedro
Segura y Sáeni, a los caballeros de Toledo
en la cuaresma de 1930. Los temas que ex­
p licó el Sr. Cardenal f u e r o n los siguientes*'
La Provldenola divina, La obra de la d iv in a
Providencia, Los misterios adorables de I®
divina Providencia, Una lección del D ivino
Maestro sobre la Providencia, La Provi"
dencia de Dios vivida en nuestros días, La
Providencia divina en la Historia de los pU8'
blos, La divina Providencia en la sant*
Iglesia Católica.
Entre todas aquellas conferencias fué sin*
gul&rmente hermosa la del día cuarto. ¿Pre'
veía el Sr. Cardenal lo q u e iba a sucede!*"
¿Adivinaba que acaso él antes que nadie le*1'
dría ocasión de practicar las enseñanzas Qu(í
predicaba?
— 2Z7 —

Y a q u e n o p o d a m o s tra s la d a r a q u í i n t e g r a ­
m e n te la c o n fe r e n c ia , p e r m ít a s e n o s t r a n s ­
c r ib ir a l m e n o s u n o s p á r r a fo s d e l b e llís im o
a r tíc u lo c o n q u e la c o m e n t ó El Castellano.
D esp u é s d e h a b e r d e s c r it o el c u a d r o b íb lic o
d e l S e r m ó n d e la M o n ta ñ a , c o n tin u a b a a sí
e l d ia r io c a t ó lic o t o le d a n o ;

“ Un eco de aquellas enseñanza» divinas acerca de


la Providencia oíamos anoche en la Caled ral.
Un eco nada más, y, sin embargo, bastó para ha­
cernos perder la noción dcJ tiempo y del espacio.
iCon qué vigor, con qué realismo evocó aquella es­
cena bíblica el Sr. CardenalI Tenía su yoz vibracio­
nes nuevas, acentos cálidos, matices delicadísimos.
Eira fuerte e insinuante, cnérgica y persuasiva. Voz
imperiosa de capitán que mauda; voz persuasiva de
Maestro que enseña; voz acogedora de Padre que
conforta y alienta.
Vosotros, los perseguidos, no temáis a los que ma­
tan el cuerpo; mas no pueden m atar el almo.
Vosotros, los pobres, conílad que quien da alimen­
to a los cuervos y vestido a los Itrios, os dará a
vosotros lo necesario.
Vosotros, loa que os preocupáis del porvenir, sa­
bed que de vos cuida el padre qud está en los ciclos.
Rápidamente volaban los minutos, y Su Eminen­
cia, fiel siempre a la ley de la brevedad y de la exac­
titud que se lm impuesto, se veía forzado a insinuar
solamente las ideas.
Ideas luminosas, que, como flechas incandescen­
tes, atravesaban el espacio y se iban a clavar sua­
vemente en los corazones...
V la muchedumbre inmensa, fijos los ojos — los
del cuerpo y los del alma— en la cátedra desde la
cUal Su Eminencia hablaba, recogía, absorta, casi
— 22H —

exl.at.ica, aquellas ideas, como la tierra sedienta re­


coge el roclo.
A bí debió de escuchar al Salvador la muchedum­
bre que le seguía en agüeita mañana, que era la au­
rora de un mundo nuevo...

Estas horas —decía, al terminar la Conferencia,


una ilustre personalidad— no son de las que se m i­
den por el reloj y se cuentan por minutos; son mo­
mentos fugaces.
Momentos fugaces, sí, porque el alma de tal suer­
te se despoja de lo terreno y a talea alturas se le­
vanta, que sólo piensa en aquel sublime instante—
que dura eternamente..."

Estas mismas ideas fueron lus últimas que


el Sr. Cardenal inculcó a su Clero de Toledo.
En la carta antes citada ^ ú ltim o d o c u m e n to
oficial publicado y que era en realidad una
despedida— decía así:

“ D e otros asuntos, importantísimos para vosotros


y para Nos en los actuales difíciles Instantes, tenía­
mos pensado hablaros en esta carta. Queríamos, efl
particular, insistir en la necesidad de que se man­
tenga y se a vive la unión íntima, no sólo del Clero
con sus Prelados, sino también de los sacerdotes fil­
tre sí, y, de un modo especial, queríamos hablaro»
de la compenetración necesaria entre el Clero secu­
lar y regular para defender con m ayor eficacia i08
intereses de la Iglesia a todos conílados; mas 1*®
circunstancias actuales nos lo impiden.
Acatemos rendidamente los designios de la santa
y amorosa Providencia de Dios que, por camino*
escondidos a nueslra mirada, guía nuestros pasos, 7
aún. de los mismos malos sabe sacar grandes bieoeS*
Aunque veamos el cielo entenebrecido por la te01'
— 229 —

postad, no perdamos Fa confianza en Aquel que con


uua palabra sosegaba loa vientos y calmaba las
tempestades. Nos oculta, a las veces, su rostro; pero
en lo más recio de la tormenta está a nuestro lado,
alentándonos con su gracia y esperando, pora mos­
trarse do nuevo, que aclamemos a El con nuestras
oraciones y nuestra^ buenas obras.
Puesto que no3 prometió estar con nosotros basta
la consumación de los siglos, tengamos la certeza de
que no desamparará ni a la Iglesia, su esposa in­
maculado, que “ compró con et precio de su sangre",
ni a bus ministros, que son continuadores de su obra
y cooperadores suyos en la santificación de las al­
mas.
L a historia (oda de la Iglesia, siem pre combatida
y siempre vencedora, es una invitación a la oon-
flanza.
Si en la lucha sucumbimos, pensemos que tanto
ayuda a la v iclo ria el soldado que, peleando vale­
rosamente, cae herido en el cómbale, como los que
reciben la corona del triunfo.
Por lo cual, venerables y amadísimos Hermanos,
puesta la mirada en Dios, cumplid en cada instante
y sin reparar en dificultades con vuestros deberes
de ministros de Jesucristo, santificándoos más y
más para m ejor santificar a los oíros, y trabajando
sin descanso para que Jesucristo reine en vueslras
almas y en las de lodos aquellos que os ban sido
encomendados."

Los hechos acaecidos o conocidos después


de escritas estas palabras les dan una pleni­
tud de sentido que cuando se publicaron no
«ra fAcil adivinar. Ellas nos revelan un pro­
grama de vida que el Sr. Cardenal predicó
con su palabra y enseña con su ejem plo:
“ Vosotros, los perseguidos, no temáis a los
— 230 —

” que matan el cuerpo, mas no pueden matar


” el alma.
"Vosotros, los pobres, confiad que quien
” da alimento a los cuervos y vestido a los li-
"ríos, os dará a vosotros lo necesario.
"Vosotros, los que os preocupáis del p or­
v e n ir , sabed que de vosotros cuida el Pa-
” dre que está en los Cielos.”
Lo que llevamos dicho demuestra que no
lian faltado al Sr. Cardenal ocasiones de
practicar estas enseñanzas; pero esas oca­
siones no han sido las únicas.
Cuando fué detenido en Guadalajara, es­
taba ya baslanLe quebrantada su salud, co­
mo el propio Sr. Cardenal hizo constar, aun­
que sin lener la fortuna de que sus indicacio­
nes fuesen alcndidas. Las molestias del v ia -
je y las incomodidades del destierro agrava­
ron la habitual dolencia, que paulatinamente
se fué exacerbando, hasta postrar en el lecho
al ilustre desterrado. Pasó ya el mayor peli­
gro, pero sin que, al cabo de un mes, nava
podido aún dejar el lecho ni haya comenzudo
una franca convalecencia.
Sin embargo, en medio de los dolores del
cuerpo y de las amarguras del espiritu, si­
gue bendiciendo a la amorosa Providencia
de Dios y pidiendo por la prosperidad y por
la paz espiritual de España.

* * *

Un ilustre procer extranjero mostraba su


extrañeza de que el Sr. Cardenal hubiera sa­
lido de España y renunciado n su dignidad
de Arzobispo de Toledo. Le parecía casi una
deserción el que hubiera dejado su Patria efl
— 231 —

los momentos de mayor peligro para la Ig le ­


sia española.
— ¿Cómo — exclamaba— salió de España
en tan críticas circunstancias?
—Vea usted cómo fuó — le replicó una da­
ma que le escuchaba, enseñándole a la vez
un número de A B O en que aparecía retra­
tado el Sr. Cardenal, cuando salía del con­
vento de los PP. Paúles de Guadalajara, en
medio de la Guardia civil y acompañado de
policías.
lista anécdota demuestra que respeclo del
Cardenal Segura hay muchos errores que
rectificar. Este ha sido nuestro fin al pre­
sentar 'reunidas en estas páginas algunas
noticias que andaban dispersas en varias pu­
blicaciones. Aunque forzosamente incom ple­
tas, creemos haber contribuido, al darlas a
la luz pública, a que sea m ejor conocida una
cxceUu figura de la Iglesia contemporánea.
Cuando las pasiones se hayan ido sedimen­
tando y la lejanía dé a los sucesos su verda­
dera perspectiva, no dudamos que la H isto­
ria imparcial reconocerá las extraordinarias
cualidades de inteligencia, celo y laboriosi­
dad, y las purísimas intenciones del em i­
nentísimo Sr. Cardenal Segura, que de una
cuna humilde ascendió, por sus singulares
méritos, a la más alta dignidad de la Ig le ­
sia española, y que de lo alto de su jerarquía
supo descender con sencilla magnanimidad,
dejando en pos de sí la estela luminosa de
una vida y de un ejemplo que no se olvida­
rán.
NOTA FINAL

Circunstancias especiales impidieron que


este librito saliese a luz lan pronto como el
autor quería. Ello nos ha permitido añadir
«stas líneas, en ías cuales recogerem os un
testimonio que, por su máxima autoridad,
será confirmación esplendente de cuanto d e­
jamos dicho.
Restablecido ya el Sr. Cardenal --aunque
no totalmente, por desgracia— de su grave
y larga enfermedad, fué a Roma, adonde el
Papa le llamaba para que, como los demás
Cardenales de Curia, sea su cooperador in­
mediato en el gobierno de la Iglesia.
La Prensa ha difundido por iodo el inun­
do el magnifico elogio que Su Santidad hizo
del Cardenal Segura en el discurso pronun­
ciado delante del Sacro Colegio Cardenali­
cio, con ocasión de las fiestas de Navidad.
Él Papa, después de una breve alusión a
los tristes sucesos en que nuestra Patria “ ha
visto desgarradas una a una tantas de las
más hermosas páginas de su historia de fe
Y de heroísm o” , añadió estas pnlabrfts, que
transcribimos de L’ Osaervatore Romano:
"Aquí, entre nosotros —dijo Su Santi­
dad— , tenemos un testigo presencial del pri­
mer estallido de la tempestad, al amado h i­
jo Cardenal Segura. El Padre Santo se com ­
— 234 —

placía en señalarlo no a la atención de los


presentes, sino a su admiración: él fué el
prim ero que vió desencadenarse la tormen­
ta, y como vió toda su gravedad, todas sus
amenazas, todos sus peligros, renovó el ges­
to de San Gregorio Nazianzeno: si por mi se
ha desencadenado esta tempestad, arrojad­
me al mar. Pero no era entonces el caso de
aquel «í, de aquella hipótesis- Sobe el Papa,
lo saben todos, y lodos han podido com pro­
barlo fácilmente, que el Cardenal Segura no
hizo el generoso gesto de poner en manos
del Sumo Pontífice la renuncia de la Sede
de Toledo por sustraerse a motivos reales.
No era por eximirse de motivos reales, sino
sólo, únicamente, para quitar hasta el más
pequeño, el peor fingido, el más infundado
pretexto. Su Santidad se complacía en darle,
en presencia del Sacro Colegio, la bienve-
nida a la Casa del Padre Común, al centro
de la fe y de la Iglesia católica.”
No se escapó la importancia de ]a3 pala­
bras del Papa a muchos periódicos, que no
sólo las subrayaron con expresivos epígrafes,
sino que las comentaron en artículos llenos
de admiración y respeto hacia el Cardenal.
Segura.
Quienes conozcan la tradicional sobriedad
con que el Papa suele expresarse en estas
ocasiones solemnes en que, al dirigirse a loa
Cardenales, tiene presente que sus palabras
han de ser escuchadas en todo el mundo,
sabrán estimar en todo su valor el elogio
tributado p o f el Papa al Cardenal segura.
Muy oportunamente recordaba un ero-
nista de Roma los favorables com entarios
que en la Ciudad Eterna se hacían ante el
- 235 -

hecho de que el Papa hubiera elogiado tan


ampliamente al Cardenal Segura, proponién­
dole “ a la admiración del Sacro C olegio", y
precisamente en actos en que es uso aludir a
ios más importantes sucesos de actualidad
relacionados con la Iglesia, pero sin nom­
brar personas sino en casos muy extraordi­
narios.
Los que propalaban que el Papa, ul ad­
mitir la renuncia del Arzobispado de T o le ­
do, hecha por el Cardenal Segura, había des­
aprobado su gestión y dado por buenos y va­
lederos los pretextos que alegaba el Gobier­
no, habrán visto claramente su equivoca­
ción, De hecho algunos periódicos extran­
jeros, a quienes informaciones tendenciosas
o falsas habían inducido a error, se han
apresurado a rectificar noblemente. ¡Ojalá,
que en esto los hubieran imitado algunos
periódicos españoles!
Por nuestra parle queremos om itir co­
mentarios. Teníamos firme confianza de que
Dios liarla que la luz que aquí se intentó ex­
tinguir brillase en otra parte. Nuestra espe­
ranza ha comenzado a cumplirse. El campo
ahora es más vasto, y los resplandores de la
ciencia y de la virtud llegarán más lejos.
Si la diócesis de Toledo perdió un P rela ­
do, de quien lanío había recibido y de quien
larUo podía esperar, y España perdió un P ri-
•Utulo clarividente, infatigable promovedor
de la vida y de la acción católica, y celoso
defensor de los derechos de la Iglesia, la Cu-
Romana ha ganado un Cardenal, que allí
donde tanto soles brillan, tendrá b u luz pro-
P,ai porque la ciencia y la virtud, aunque se
— ‘¿ 3 ó —

ocullen debajo de lo. humildad, no pueden


quedar ocultas.
Y, guardada la proporción debida, se cum­
plirá aquello que dijo el Divino Maestro:
“ La piedra que reprobaron los que edifica­
ban, aquí se ha convertido en piedra angu­
lar."
APÉNDICE
El brfoal i lu IIiIuíi dil lir deFniib

La bondad de mi querido amigo D. Abelardo L ó ­


pez Peyro, puso en mis manos el interesante ar­
chivo de copiosos dalos que acei?a do las Misio­
nes del Sur de Fruncía, organizadas por el apos­
tólico Cardenal, lia ido coleccionando con exquisito
cuidado. Lástima que los limites de esta modesta
Publicación no consientan que mis lectores conoz­
can coa todo detalle la labor misional que, d irigi­
da por Su Eminencia, se llevó & cabo con nuestros
compatriotas de allende los Pirineos; pero aunqne
sea en form a esquemática, deseo publicar algunas
notas que servirán para quo el lector form e ju i­
cio de la extraordinaria importancia de aquella
obra.
Esla gran cruzada misional m ejoró extraordina­
riamente la situación moral y m aterial de los em i­
grados españoles, que lejos de su patria son campo
abonado para intensas propagandas socialistas, bol­
chevistas, protestantes, masónicas y antiespañolas.
Copiosos fueron los frutos obtenidos; se obraron
milagrosas conversiones, se bauLizaron personas do
^8 y 30 años, y se acercaron al Sacramento de la
Penitencia y recibieron el Pan de los Angeles miles
emigrados, y entro ellos, algunos que bacfa más
cuarenta afios vivía n alejados de la Iglesia.
El Sr. Cardenal vtBitaba todas las ciudades mi­
- 240 —

sionadas en los aELos 1928 a 1031, permaneciendo


un mes dedicado a los trabajos apostólicos, confe­
saba, predicaba repelidas veces lodos loe días. Nú
era posible explicar con criterio humano esa acti­
vidad prodigiosa, sostenida por el celo ardienl« en
que se consumía el corazón del sanio Purpurado.
L a Revista "L a lin u s" de Lyon, ocupándose de 1»
labor del Cardenal, esoribfa: “ E l actual Primado
de Espaua, Cardenal Arzobispo de Toledo, D r. Se­
gura, es sin duda ninguna una de las figuras más
grandes con que ha contado la Iglesia católica.
"E l m ejor elogio Lo hacen hoy, m ejor que nadie*
todos aquellos que siguieron bus pasos en Lyon y
sus alrededores. Hablen de Su Eminencia los fran­
ceses que le observaron estos días, los españoles *
quienes visitó, todos los que saben lo que ba hecho
en Francia— Españoles como ésle boran inmensa­
mente & Espaüa.”
“ Fué una inspiración de D ios — escribe La Es­
trella del Mar— la idea del celosísimo Primado de
v e r por sí mismo la marcha de las Misiones y alen-
lar con su persona y palabra los Misioneros 7
Misioneras auxiliares...”
El trabajo que se tomaba el Cardenal lodos lo8
días en diferente Misión era muy rudo, capaz de
rendir a quien no estuviese dolado de su incansa­
ble celo y estupenda actividad. Al anochecer asi**
lía al ejercicio misional, que era más frecuentado
aquel día por el deseo de ve r y o ír al Cardenal
Primado; se rezaba el Sanio Rosario, se cantal)»
algún cántico; uno de los Misioneros anunciaba
la alocución del Cardenal; subía ésle al púlpito í
hablaba con el mayor entusiasmo de su corazón 8
aquellos sus hijos tan necesitados de aquel carifi°
verdaderamente paternal; y a la voz elocuente
sincera y férvida del Prelado, era común ver qu®
se escapaban las lágrimas de loa ojos de sus coa-
— 241 —

movidos oyentes. L es anunciaba que a las cinco dol


siguiente día se pondría en el confesonario para
oír sus confesiones, y que a ¡as seis les diría Ea
Misa y distribuiría la Sagrada Comunión...
No para aquí la labor cotidiana del Em inentí­
simo Prelado: recibía al clero y autoridades de
ios distintos pueblos, oía loa informes de los Mi­
sioneros y Misioneras, recibía a las personas que
querían exponerle sus puntos de vista, inform arle
de bu situación, presentarle sus miserias y derra­
b a r sus quejas; y el Cardenal no salía sin haber
lomado notas de todo para utilizarlas en ulteriores
trabajos en fa vo r de los emigrantes.
Uno de los afios terminó la campafia misional en
Lyon con la peregrinación a Nuestra Señora de
Fourviere... E l sermón del Sr. Cardenal fu é el re­
sumen y la corona de todas las misiones y una
afusión de cariño bacia los a llí reunidos y bacia
los demás españoles de Francia. Aprovechó el sefior
Cardenal la ooasión que le brindaba la solemne
fiesta para tener una reunión general con los m i­
sioneros, a la que asistieron también los Superiores
fin Parts y Marsella de los Padres del Corazón de
Haría y el de los Padres Capuchinos en Carcassonne,
como también el secretario de la Asociación es­
pañola de San Rafael, Sr. D. Abelardo López Peyro.
Lo Lratado en esta Junta y en la que se celebró
con las misioneras catequistas servirá sin duda
grandemente a S. Erna, para redactar el plan de lo
Que resla por hacer y para dar a los trabajos la
mayor orientación posible.
Como precioso colofón de estas brevísim as no­
tas reproducimos un interesante documento del
Cardenal Misionero.

16
— 242 —

COPIA DEL MEMORIAL PRESENTADO POR EL EMINENTÍ­


SIMO BR, CARDENAL, ARZOBISPO DB TOLEDO, A S. M. KL
REY D. ALFONSO X III (Q. D* O.)

Señor:

Nuevamente, alentado por la gran bondad de


Vuestra Majestad, me atrevo a acercarme a las
gradas del Trono, para hacer llegar hasta V u e s tr o
bondadoso corazón la voz d e los h u m ild e s , por
quienes tenemos los Obispos el deber especiallsimo
de velar.
En cumplimiento de una obligación a la vez
pastoral y patriótica, acabo de recorrer las princi­
pales ciudades de la región Meridional de Francia,
pobladas de nutridas colonias de emigrados es­
pañoles, habiéndome detenido con especialidad en
Tarbe», Bagners de Bigorre, Aueh, Masaamet, Car-
cassonne, Beziers, Pezenas, Socaire, MontpeUie*'
Nimet, Marsella, Gronoble, Saint Fons, H ic a m a rí,
Rousillon, Notre Dame de Angers, Rive de Gier,
Saint-Etienne, Venitíevx, L y ó n , ViUaurbanite,
Saint Julien de Cuuet, Colonia Minera de Saint'
Etienne, Cfiateau Neuf y Gibar*.
Ha sido la finalidad principal de mi via je la d*
atender al cuidado espiritual da los emigrados, que
habian hecho repelidas veces llegar sub quejas si
Episcopado espafiol lamentándose del abandono en
que vivian sumidos.
Durante un mes se ha laborado con el mayor ce­
lo y afecto en evangelizar aquella región, <Iufl
pueblan cientos de miles de españoles.
Han coadyuvado a esta nobilísim a empresa re­
ligiosa y patriótica, Sacerdotes del Clero secular
7 regular de nuestra Patria y beneméritas dam**
españolas, que han preparado admirablemente 1®
— 248 —

labor misional medíanla una activa propaganda de


apostolado y de prensa.
Los frutos de esla campafia, lo mismo ea el
orden religioso que en el patriótico y social, bao
sido sobremanera abundantes y consoladores. Han
vuelio a renacer ahora en el alma de aquellos po­
bres compatriotas tan abandonados los sentimien­
tos, ya en ellos adormidos, de amor a su F e y a
su P a lria ; y se ba contrarrestado de un modo
eficaz la funesta labor de propaganda antisocial
con que se les viene soliviantando por los profe­
sionales del mal.
Hubiera, Sefior, pasado por alto estas indica­
ciones a no haberlas estimado necesarias para dar
a conocer a Vuestra Majestad la m erilfsim a labor
realizada con tanta abnegación como ejempiaridad
y patriotismo por estas nobles damas y virtuosos
Misioneros. Y a no haber tenido tan conocida Vues­
tra bondad hubiese terminado cumpliendo con el
encarecido ruego hecho por aquellos hijos de Es-
Paña, que lejos de aquí me dieron el encargo de
depositar ante Vuestro Trono el homenaje más
rendido de su fidelidad y de su respetuoso carifio.
Mas, recogiendo al mismo tiempo en breve sin­
taxis las principales miserias de que entre ellos
be sido testigo presencial, me creo en el deber de
Presentarlas nnle V. M., tan solicito del bienestar
de bus súbditos desgraciados.

1.— PRINCIPALES NECESIDADES DE L08 EMIGRADOS


DEL SUR DE FRANCIA.

A) Necesidades de orden económico.—L a situa­


ción en que se encuentra una buena parte de los
emigrados españoles, es sobremanera angustiosa.
Sus viviendas son bastante peores que las de 1<N
— 244 —
mendigos, morando pésimamente acondicionados en
barracones infecLos.
Los jornales, si bien a prim era vista son creci­
dos^ dada la depreciación del franco francés y la
careslfa de la vida, son verdaderamente in su ficien­
tes para el sosten i m ionio de lu fam ilia; de donde
resultan irresolubles las crisis que se originan en
muchas de éslas en las épocas de fa lla de trabajo
o de enfermedad.
B) Necesidades de orden benéfico.— Los espa­
ñoles enfermos, aun los más pobres, no tienen de­
recho a] ingreso en los hospitales franceses sino
medíanle el pago diario de una cantidad elevada,
entre 20 y 30 francos, de que en modo alguno pue­
den disponer; y como tampoco cuentan con asis­
tencia médica, las. escenas que frecuentemente se
desarrollan son horribles.
Urge much(9Ímo que el Gobierno de V u e s tra
Majestad provea mediante el intercambio a esla
necesidad gravísima o inaplazable.
Como tampoco tienen loa españoles derecho a in­
gresar en los asilos oficiales franceses, resultan
grandes conflictos que no pueden fácilm ente resol­
verse por iniciativa particular.
C) Necesidades del orden moral y religioso .—Efl
el orden religioso, basta decir que la casi totalidad
de los españoles han tenido incumplidos sus debe'
res; más que por falta de voluntad, por no tener
Sacerdotes que los atiendan, ya que la inmensa
mayoría de los emigrados no conocen la lengua
francesa para poder utilizar los servicios miniS"
teriales de los Sacerdotes franceses.
Necesidad universal y lamentable en el orden
moral, es la que experimentan por las dificultades
y trabajos con que tropiezan para contraer el san­
to sacramento del M atrim onio; resultando el he-
eho tristísim o de que en un buen número de regio­
— 245 —

nes la mayor parte de las uniones son ilícitas. Las


dificultades principales consisten: i.® En la obli­
gación que se impone a los españoles de conlraer
el matrimonio c ivil al tenor de las leyes francesas,
requirióndose para este acto una serie de docu­
mentos traducidos y visados por el Cónsul, que no
siempre son fáciles de obtener. 2.* En los derechos
exorbitantes o establecidos por el arancel o arbi­
trariamente exigidos con este m otivo 3.* En la fal­
la de facilidades que encuentran en nuestra Patria
para la pronta remisión de Jos documentos nece­
sarios.

[[.— PELIGROS PRINCIPALES DE LOS EMIGRADOS.

A ) Peligros tocialet.— No es fácilm ente conce­


bible desde lejos el riesgo que corren los em igra­
dos españoles on el orden social, ya que se hace
en todas las colonias una propaganda comunista
que aterra; de ella son buena muestra las publica­
ciones que he podido recoger y que tengo archi­
vadas.
Tanto se les infiltra el odio a España y tanto se
denigra a la Patria, que la mayor parte basta se
avergüenzan de m anifestar que son españoles.
B ) Peligro* en el orden patriótico .— Muchos pu­
dieran enumerarse, mas me lim itaré a indicar co­
mo principales: i.* E l de la nacionalización fran­
cesa, a la que se impulsa por toda clase de medios
& los españoles útiles para el trabajo. 2.* L a edu­
cación que se recibe en la escuela oficial francesa,
única do que disponen para sus h ijos I09 padres
Españoles, en la que se prescinde no sólo de toda idea
de Dios y de España, sino en la que los niños
aprenden únicamente la lengua francesa, habiéndo­
nos v íb I o ahora imposibilitados para explicar el
- 246 —

Catecismo a los nifios, porque no entienden el idio­


ma español. 3.* No es necesario detallar otros pe­
ligros de orden patriótico que fácilmente se com­
prenden, dada la propaganda de las doctrinas di­
solventes que es libremente perm itida entre los
emigrados españoles de Francia.
C) Peligros morales.— Son incalculables los pe­
ligros de orden moral a que están expuestos nues­
tros pobres emigrados, no sólo por el ambiente en
que viven, sino por las seducciones de que se les
hace objeto, dada la situación de aislamiento y
abandono en que se encuentran.

III.— p e t ic i o n e s p r in c ip a l e s form ulabas po r to s


EMIGRADOS.

He podido recoger un buen número de peticiones,


formuladas la mayor parte de las veces de palabra,
y otras por escrito, limitándome ahora a señalar
las principales no indicadas ya en los números que
preceden.
A ) Respecto a los Consulados y Vice-Coiuuladot.
Desean los emigrantes que las personas designada8
para los vice-consulados sean enteramente proba*
cuidadosamente elegidas y amantes de los espafio*
les. En cuanto a los Consulados, desearían hallar e °
ellos mayores facilidades para los documentos <Jue
necesitan ser expedidos en dichos centros.
B ) Respecto a su repatriación.— Son generales
los deseos expresados p o r los emigrantes de en­
contrar facilidades para regresar a su Patria con
tal de que en ella se les facilite trabajo.
O Respecto a su protección.—A margas queja*
se oyen en toda U región recorrida del abandono
« n que los tiene el Estado español, precisamente
cuando más necesitados están de su protección pof
— 841 r ~

bailarse en tierra extraña; expresando al mismo


tiempo su deseo de que se organice alguna institu­
ción protegida por el Estado y que sirva de muluo
au xilio a ios españoles.

IV.— R E M E D IO » QUE PUDIERAN APLICARSE SIN DEMORA.

Aparte de otros remedios, que sólo es dado es­


perar del magnánimo corazón de VuesLra Majestad,
que no dudo ha de amparar a tantos españoles des­
graciados dispensándoles permanentemente su real
Protección en la form a que estimare más oportuno,
como lo ba hecho durante su reinado con todas laB
necesidades de carácter general que ba encontrado
a su paso, CJ'eo pudiera pensarse en tres remedios,
ti mismo tiempo que fácilmente asequibles, efi­
caces:
A ) Solare.» españolea o Cosos de ¡liatón .—La
creación de Solares españoles o Casas de Misión,
que sin Ber económicamente gravosos al Estado, pu­
dieran, mediante alguna subvención y algún favor
oficial dispensado, atender al remedio de las nece­
sidades enumeradas y conjurar loa peligros que sou
de temer.
B) Solidaridad española.— Con carácter general
Pudiera establecerse en cada colonia la Solidaridad
española, cuyo reglamento se acompaña, y bajo la
cual pudieran ampararse Instituciones de previsión,
de socorro, de ahorro, bolsa de trabajo, centros re­
creativos e instructivos, asistencia médica y fa r­
macéutica, juntamente con todas las demás obras
Para ellos beneficiosas.
C) Revisión del tratado con Francia sobre los
emigrante*.—Es urgentísima esta revisión, una vez
que el tratado, hecho en el segundo tercio del pa­
sado siglo, está muy lejos de responder a las ne­
— 248 —

cesidades que actualmente se sienten; pudiéndose


con derecho llegar a aspirar a que se obtengan en
nuestro Lratado con Francia las ventajas que* para
sus súbdilos ha obtenido, v, g r„ Italia, que está des­
arrollando en la actualidad una intensa polflica de
emigración.

V.— EN FAVOR DB LOS BIENHECHORES DE LOS EMIGRADOR

No sería justo si antes de term inar este breve


memorial no consignase la gratitud que se debe a
un distinguido Sacerdote francés, de la ciudad de
Albi, al Sr. "Vicecónsul de Nimeg y a do» damas le
Grenoble 7 Lyon, francesa la una e inglesa la otra,
quienes con una abnegación y caridad laudabilísi­
ma vienen aü03 hace dedicándose desinteresada­
mente con todo celo al cuidado de los espafiolei
emigrados, y que ciertamente son acreedores al pú­
blico testimonio de nuestro reconocimiento.

VI.— CONCLUSIÓN.

L a obra, Señor, si bien es d ifícil, no es ¡nsupfi--


rabie contando con la paternal bondad de V. tíi
tanto más grande cuanto más inclinada a los bu-
mildes; no dudando que en esta nobilísima' empre­
sa encontrará V . M. el apoyo decidido de cuantos
hemos recibido de Dios la gracia de poder v iv ir en
el bendito suelo de la Patria.
Madrid, 17 de mayo de 1928.

SEÑOR:
A. L . R. P. de V. M.,

+ PEDRO, C a r d e n a l S e g u r a y SAeNZ?
Arzobispo de Toledo.
li opfiiiD» iiilfluta u ii ln y [laurea

No siendo posible por razones de espacio y por


otras peculiarísimas de la hora presente, publicar
lorias las entusiastas adhesiones recibidas de Espa­
ña y del extranjero, Lodos Jos meritfsimos juicios
de prensa y las valiosas opiniones de notables pu­
blicistas que se han manifestado en torno de nuestro
modesto trabajo, he de subrayar con viva satis­
facción la unánime coincidencia en el modo de en­
ju iciar el hccho del Cardenal Segura.
A todos quiero significar mi profunda gratitud y
fervorosa devoción, con el ruego do que no se con­
sideren omitidos, sino implícitamente comprendidos
en los que a continuación se detallan,

El Emmo. y Rvdmo. 8r. Cardenal Vidal


y Barraquer.

Sr. D. Jesús Requejo.

Tarragona, 23 de febrero de 1932.

Muy apreciado en Cristo: A la vez que sus dos


libros “ T ie rra Santa y Roma” y “ El Cardenal Se­
gura", que ha tenido Ja atención de enviarme y de
v eras le agradezco, recibo sus amables línea 9 pidién­
— 260 —
dome unas frasea sobre el último, cuya nueva edi­
ción prepara. Gustosamente accedo a su ruego y
pido a Dios que bendiga sus trabajos en defensa del
celoso Purpurado, cuyo m ejor elogio hizo el mismo
Sumo Pontífice en la carta de todos conocida con
ocasión de aceptarle la renuncia a la Silla de Toledo.
Se encomienda en sus oraciones su aífm o. s. e, en
Cto. q. 1. bendice,

f F. C a r d e n A t V i d a l y B a rra q u ee.

El Excmo. y Rvdmo. 8r. Obispo


de Tarazón a.

Sr. D. Jesús Requejo.

Tarazona, .febrero, 28-932.

Mi distinguido am igo: Poseo la suya de 18 de los


corrientes. Con ella me vienen sus dos libros,
“ Tierra Santa y Roma” y “ El Cardenal Segura*.
Con su opúsculo, que oportunamente recibí, sobre
“ Reorganización de la Acción Católica", forman una
trilogía en que se traduce la variedad de talentos
que Dios le lia dado, dentro de la unidad de un es-
LLio fuertemente sugestivo y la unidad más pro­
funda del pensamiento creyente y del apostólico ce­
lo que lo informa todo.
feincerfsima enhorabuena, con rendidas gracias
por las frases que su bondad le dicta en su carta y
en la dedicatoria de sus libros, V que corran y se
difundan por doquier sus escritos para acrecentar
la siembra de la buena semilla.
Su “ T ierra Santa y Rom a" me servirá paro que
renazcan en mi espíritu, agitado por las preocupa­
ciones de esta temporada, el recuerdo y las em ocio-
- 251 -

ues del via je que a aquellas Lierras benditas hice


cuaLro años lia. iQuiéa pudiera hincar de nuevo la#
rodillas y pegar la frente otra vez sobre aquellos
Santos Lugares: el de la Anunciación, Belén, G elh-
semaní, el Sepulcro!... Otro es el Calvario que nos
Loca recorrer estos tiempos a los Obispos. La lectu­
ra de su libro me infundirá nuevos alientos. Al fin
el Calvario “ tipo" es el de Jerusalén, que tan bien
describe usted.
Quiere usted y me pide le diga algo de “ El Car­
denal Segura” . |Magna petisi, es lo prim ero que se
me ocurre.
Si del libro se trata, su sólo Ululo le recomienda
al inleréB que todo espado! debe tener en que se ha­
ga luz, reposada y viva, sobre un hecho de gran
magnitud que se ha producido en las turbulencias
primerizas de una revolución social y política que
dista mucho de haber terminado. Siempre es difí­
cil tejer la historia contemporánea, y más en estos
periodos de convulsión en que se conjugan y entre­
cruzan fuerzas desconocidas que, como las que agi­
tan la superficie de la tierra, escapan a toda pon­
deración y cálculo, y derrumban el tablero de las
humanas cosas: el historiador se agita con ellas,
>' le es difícil concretar su posición y sus contornos.
La historia, como la astronomía, requiere distan­
cia, un punto firme de observación y buenos ins­
trumentos para seguir las rutas de los hombrea y
el curso de los hechos.
Hombre exporto como es usted, no se ha melido
en su libro a interpretar la historia, y menos a In­
terpretar la figura del Cardenal biografiado. Se ha
ceñido a lo único que por abora puede hacerse —se
entiende en el orden histórico-social— ; recoger un
interesantísimo acervo de dalos alrededor de Su
Eminencia el Cardonal Segura, ordenarlos en su
nuda objetividad, sin someterlos a una posible de­
— 262 —
formación que pudiese resultar de enjuiciarlos)
iluminarlos con el comen lar ¡o, favorable y adverso,
que, como resonador social, se produjo al compás
de los hechos apuntados. Y dejarlo Lodo, o casi todo,
a la interpretación, juicio y fallo del lector. Esto,
un apuntamiento, diríamos en términos forenses, es
su libro “ El Cardenal Segura".
Su insigne prologuista ha hecho algo más; ha se­
ñalado osle carácter objetivo, caBi diríamos “ somá­
tico” , de su libro; pero al mismo tiempo ha indica­
do, en forma delicadísima, unos puntos que ya se
vislumbran en los mismos confusos horizontes de la
historia actual, y que pueden estimular el espíritu
de investigación y de exégesis histórica de los que
en su día se ocupen de nuestra época.
Asi resulta su libro de interesante. Queda en él
iluminada la figura del venerable Cardenal, al pro­
yectar sobre él la simple y pura luz de su propia
historia, y recortada su silueta en el fondo oscuro
de los episodios que en torno de él ha producido la
revolución; al tiempo que se insinúan discretamente
los factores de orden psicológico-social que han
hecho destacar su persona en el período agudo del
estallido político de que fué víctima. No podrán
prescindir de esla monografía quienes en lo futuro
se esfuercen en explicar el “ hecho" del Cardenal
Segura.
Esto por lo que al libro se refiere. Pero usted
desea más: “ Le agradecerla mucho, me dice, y sería
de excepcional interés para la grey católica, que...
se ocupase del virtuosísimo desterrado..."
Fácil cosa sería escribir la apología del Cardenal:
resulta casi hecha de la simple confección de su
libro. Cada uno de sus capflulos podrá sugerir ai
lector comentario copioso que, como I rs glosas de
los viejos códices, perfilara entre líneas los rasgo9
— 253 —

de la psicología y del apostolado fecundísimo del


«mínenle Purpurado.
Pero no es aún la hora. No se lia disipado la pol­
vareda que a su rededor levantó una pasión soli­
viantada, en la prensa y en las muchedumbres, no
por el notable eslfmulo de un ideal levantado, si­
no por el ansia de concrelar un símbolo en que se
concentraran los ruegos de los odios más poderosos:
el de religión y el de palriolerismo partidista. Fal­
ta aún la caima social necesaria para separar la
realidad de la ficción popular en la persona y en
la obra del Cardenal Segura.
Nosotros le vemos tal cual es, porque no nos han
ofuscado las pasiones callejeras ni han torcido nues­
tro juicio los convencionalismos de otro orden. Y
yo diría que la fisonomía espiritual del Cardenal
Segura se reduce a la expresión de una palabra
cuyo sentido sólo alcanzarán quienes conozcan a
fondo lo que es la Iglesia: en su persona y en su
acluación, el Cardenal Segura es el hombre pro­
fundamente eclesiástico.
Por esto la turbonada, henchida de rayos, que se
formó sobre la Iglesia en España, debía descargar­
los sobre las altas cumbres de nuestra institución:
el episcopado en su representación más alta y ge­
rmina — nótese que el episcopado es el núcleo cons­
titucional y representativo de la Iglesia—, el culto
y las casas de Dios, las Ordenes religiosas, con ios
Jesuítas a la cabeza, y estas altas instituciones que
sostienen la vida religiosa en nuestro país: la edu­
cación, la familia, el culto público, ele. El Car­
denal Segura fué para la revolución el tipo repre­
sentativo de la fuerza de uno de los grandes fac­
tores de |a vida de la Iglesia; por esto debió caer,
herido por la íuria de una de las primeras des­
cargas de la tormenta antieclesiástica.
Este es el juicio sintético que personalmente me
— 254 —
merece el “ hecho” del Cardenal Segura. Todo lo
episódico entra fáoilmenLe en esta síntesis, por vía
de afirmación o de contraposición.
No puede el vulgo interpretarlo así, y el vulgo,
el profanum tmlgus del poeta, coge una área mucho
más vasta de lo que parece: lo saben bien los me-
neurs de las masas indoctas 7 de las más o menos
doctas. P e r esto resultaría ineficaz, tal vez lesiva de
su honor intachable 7 de sus excelsas virtudes, una
apología directa, más o menos interpretativa o fi­
losófica, del Cardenal Segura. El procedimiento me­
jo r es el de su libro, que podríamos llamar “ una
fotografía del natural y sin retoque".
7 si Quisiera apología, m i buen amigo, yo le re­
cordaría estoí movimientos espontáneos, incoerci­
bles, que se han desbordado del corazón y de los
labios de las masas católicas cuando ante ellas se
ha evocado el recuerdo del Cardenal.
Y en un plano altísimo, el mismo V icario de
Cristo, Cabeza visible de la Iglesia, hacía la apo­
logía del Cardenal Segura cuando, aludiendo a bu
renuncia de la Silla de Toledo, le decía en carta
dirigida al dim isionario: “ En este acto de Vues­
tra Eminencia hemos visto una nueva 7 luminosa
prueba de celo por las almas, 7 a que, con la es­
peranza de cooperar al mayor bien de ellas o aún
sólo para quitar pretexto de mayores males, im i­
tando el ejem plo de San Gregorio Nazianceno, no
ha vacilado en sacrificarse a sí mismo.u Más tar­
de, en la Alocución Consistorial de Navidades, pre­
sente el Cardenal, le proponía “ a la admiración
del Sacro Colegio Cardenalicio", cosa insólita dada
la sobriedad protocolaria de aquel aclo. Las palabras
del Papa fueron subrayadas por el sentido católico,
especialmente en Roma 7 en España, 7 fueron como
la consagración definitiva de la virtudes sacerdo­
tales del Cardenal español.
— 255 —

“ No alabes a ningún hombre antea de su muer-


L©", dice el Eclesiástico. Es que la libertad del hom­
bre puede destruir en un momento la corona de
méritos que ella m ism a tejió, tal vez con largos
afios de esfuerzos. Pero, hasta hoy, la memoria so­
cial del Cardenal no tiene mancha, y podemos de­
cir de ál lo que poco antes habfa dicho el mismo
Eclesiástico: “ El ojo de Dios le ha mirado favora­
blemente, le ha levantado de su humillación, ha
ungido su frente; y muchos son los que le vieron,
con admiración y han dado por ello gloria a Dios.”
Perdone st he alargado con exceso la presente y
vea en qué pueda servirle su amigo 7 s, s. que U
aprecia en Xlo. y se encomienda a bus oraciones,
f E l O b is po de T aaazona.

El Exorno, y Rvdmo. 8r. Obispo


do Barcelona.
Barcelona, 20 febrero 1B32.

Sr. D. Jesús Requejo.

Muy Sr. m ío : Acabo de recibir el ejem plar de su


libro “ E l Cardenal Segura", que se ha dignado us­
ted dedicarme. Juntamente llega a mis manos la
carta de usted, del 27 del actual, en la cual leo es­
tas palabras: “ Me consta el carillo y la admiración
que siente usted por el Sefior Cardenal persegui­
do’'. Eso es verdad, gracias a Dios, y mucho me
place que le conste a usted, como me agradarla que
lo supiera todo el mundo.
¿Cómo no admirar al que ha merecido que el
Sumo Pontífice le pusiera a la admiración del Co­
legio Cardenalicio? ¿Cómo no sentir carifio...T
Hoy, día 12 de marzo, continúo la carta inte-
*_ 25fl —

rrutnpida; y esto sólo bastará para demostrarle có­


mo estoy de trabajo y preocupaciones.
Muchas gramas por su obsequio, y con este mo-
liv o me es grato ofrecerm e de usted s. 6. y afectí­
simo capellán,
f MANUEL, O b isik ) d e B a r c e lo n a .

El Exorno. Sr. Conde de Rodríguez


San Pedro.

Sr. D. Jesús Requejo.

Mi querido am igo: Ante lodo mi agradecimien­


to por la afectuosa atención que ha tenido conmi­
go, dedicándome un ejem plar de su hermoso libro
“ El Cardenal Segura” , por cuya afortunada ini­
ciativa le doy mi más entusiasta enhorabuena.
Espero que lodos los españoles se sumarán al ho­
menaje al virtuosísim o Purpurado, que es una de
las más grandes figuras de la Historia contempo­
ránea, y una gloria de nuestra amada Patria, unien­
do su voz a ta de usted, que con tanto acierto cla­
ma por los fueros de la verdad y de la justicia.
Cuando la pasión deje de ser norma de criterio,
la figura del Cardenal Primado se levantará corno
un coloso y será el símbolo de las virtudes de 1®
raza, frente a la ola revolucionaria.
Le ruego me reserve m il ejemplares de su opor­
tunísimo libro, que deseo distribuir entre modes­
tas fam ilias de obreros para que conozcan a quien
fué su constante bienhechor.
Dios Nuestro Señor prem ie a usled tan feliz ini­
ciativa, y reciba con la efusiva felicitación un abra­
zo de su buen amigo,
E l Co n d e de R o d ríg u ez S a n P edro .
- 267 -

El Exorno. 8r. Conde de Rom anones.

Sr. D. Jesús Requejo.


MI distinguido 7 querido am igo: L a vida y la
obra del Cardenal Segura ba tenido en usted un
panegirista concienzudo, que con clara y correcta
prosa, sin exageraciones ditirámbicas, ha acertado
a enaltecer los méritos del virtuoso Purpurado, a
narrar su biografía y a algo más difícil, a pene­
trar en bu carácter 7 au psicología.
En las circunstancias actuales bu libro tendrá nu­
merosos lectores que encontrarán en sus páginas
consuelo a sus tribulaciones.
Con este m otivo se reitera de usted, una vez
más, affmo. amigo y s. s. q. e. b. m.,

C onos os Rouanonss.

El Exorno. 8r. Conde de Valleliano.

Contrastó desde el prim er momento la actitud


digna, correcta y pausada del Cardenal Segura, con
las múltiples muestras externos de apresurado y
oficioso acatamiento al poder constituido.
Millares de inocentes españoles pensaron en la
Posibilidad de v e r lograda aquella estampa de la
república, que en Valencia grabara el Sr. Alcalá
Zamora con sus Senadores por derecho propio, sus
Obispos y sus magnates de la democracia... y han
tenido que acabar protestando y coincidiendo con
lo que los imprudentes habíamos adivinado desde
el mismo día del cambio de régim en: que el oro Ju­
dío, el sectarismo masónico y el odio comunista se
17
— *58 —

habían coaligado en infame alianza para hundir a


Espafia.
Esos Iras factores y sus secuaces y corifeos de
todas laya* y cataduras no podían perdonar al Car­
denal Segura ni la historia de su vida ejemplar, ni
su virlu d excepcional, ni, sobre todo, el alto valor
ciudadano que, en hora de general cobardía colec­
tiva e Individual, le representaba como un símbolo
de heroísmo en la casi total sumisión, elevando su
serena, sagrada y egregia voz, se atrevía a m irar
al pasádo con toda dignidad y a hacer justicia con
aquellas nobilísimas palabras, que un Ministro ca­
lificó de “ añoranzas euprim ibles".
¡Atreverse a insinuar siquiera un recuerdo de gra­
titud a la Realeza en momentos en que, pensarlo sólo,
podía estimarse como el más horrendo de los deli­
tos I
De nada hablan de servirle las infinitas adhe­
siones inequívocas o latentes que sus palabras des­
pertaran, ya que ta hidalguía y la gratitud pedían
ese recuerdo, y si entonces hubo muchos, que como
yo, le expresaron por escrito su enhorabuena J
guardan como preciada reliquia su v ir il autógrafo
de respuesta, hoy más que nunca, si como él mis­
mo dice: “ Siempre fu é m uy cristiano y muy español
rendir pleitesía a la Majestad caída, sobre todo
cuando la desgracia aleja la esperanza de mercedes
y la sospecha de adulación", ta repelimos después de
leído el admirable libro de Requejo, en que se recogí
y re fle ja una vida ejem plar de virtud, abnegación 7
sacrificio. [Bendita España que, aunque escasos en
cantidad y calidad, aun no agotó la cantera de már­
tires y santos que ofrendará a su historia y a la del
Catolicismo.

E l Conde d e V a llb lla n o .


- Í W -

El Excmo. Sr. D. Antonio Qolooeohea.

Sr. D. Jesús Requejo San Román.

Mi querido am igo:

He leído, prim ero con inquieta atención, después


con intima complacencia, el excelente libro de usted.
Encaminado a la demostración de la ausencia de
toda legalidad y aun de loda moralidad en el caso
sangrante del Cardenal Segura, del libro podría
decirse, en resumen, que logra plenamente su fina­
lidad, dejando al lector convencido de que decidieron
la expulsión, no altas razones de Estado, sino
pasiones sectarias inconfesables, de las que boy se
exhiben con orgullo, aunque en realidad debieran
ser escondidas con vergüenza.
Pero el libro, aún quizá sin proponérselo su autor,
consigue otro resultado digno do laa mayores ala­
banzas: poner al descubierto, sacándola de la dis­
creta penumbra en que yacía y presentándola como
ejemplo vivo digno de ser admirado o imitado, la
figura atractiva y luminosa de un verdadero após­
tol, de nn Obispo modelo, así por sus virtudes p ri­
vadas, por su noble y desinteresada lealtad y por
su evangélica unción, como por su valor cívico.
Estética y éticamente, debe usted estar satisfecho
de su obra. Por ella le felicito cordialmente, aunque
los hechos que la han originado no deban dar motivo
a ningún espafiol para felicitarse, sino para son­
rojarse.
De usted affmo. buen amigo q. e. s. m.,

O o ia o i c a i A .
- MO -

El limo. 8r. D. José Polo Benito,


Deán de la 8. I. P.

Tomamos de un notable trabajo publicado en


ABC, con el titulo “ Un libro sobre el Cardenal
Segura” , las siguientes ñolas:

"Cada adhesión eclesiástica, cuidadosamente sub­


rayada y ávidamente leída, aumentaba las pulsa­
ciones de aquel momento febril» dando pábulo a
las hablillas de casino y a los distingos de sacristía.
¿P or qué no habla el Cardenal?, preguntábanse unos
y olios, los de ambas aceras, y hasta los de la mitad
de la ralle, como si la voz del mando estuviera pen­
diente de requisitorias de secla o de oportunismo
polílicos, como si la autoridad no tuviese su hora.
El celebre documentadme refiero a la pastoral—
publicase íntegro y se analiza su contenido y alcan­
ce punto por punto en esLe libro, que inicia, con
cristiana gallardía y española caballerosidad, la
campaña de rectificación.
Si la obra no tuviera otros merecimientos, basta­
ría con ésle para destacarla en las reseñas biblio­
gráficas. Historia y documentación, la vida sacer­
dotal del doctor Segura va pasando al través de ca­
da página, cristalina y ejemplar, reflejándose la idea
en el espejo de los actos, que son piedra de toque
para distinguir oros de oropeles. Seminarista en
Comillas, profesor en el Seminario de Burgos, canó­
nigo en Vallado]id, obispo auxiliar de la misma
archidiócesis, prelado de Coria, arzobispo de Burgos
y, por fin, Cardenal primado, la inusitada rapidez
de una carrera que vence las cumbres en plena ju ­
ventud justificaba de algún modo la pregunta. ¿Qué
hay en este hombre de extraordinario y atrayente?
¿Qué excelsa cualidad de dotes lo hermosean, que
a su paso se levantan suaves auras de cordial sim­
patía, de irrefrenable adhesión g huracanes de des­
dén y hasta de odio? ¿Ea su inteligencia o su virtud,
su política o su oratoria, la que enciende el corazón
de las muchedumbres? Sin quererlo queda en estos
Interrogantes planteado un problema de paleología
individual y colectiva, que dará materia a los mu­
chos libros que, al decir de Ramiro de Maezlu, pro­
loguista del primero, “ han de componerse, tanto por
la singularidad de Iq figura del Primado, como por
la del tiempo en que aparece". Con selecta apor­
tación de pruebas analiza el Sr. Requejo las pren­
das más salientes del insigne biografiado, parándo­
se en la caridad, princesa de las virtudes; en el amor
a la Virgen, amor de los amores del Cardenal; devo­
ción ai Papa, ansias de difundir la palabra de Dios,
que jamás hallaron satisfacción y hartura. Desbor­
dante de actividades, contando por iniciativas las
horas del día. “ ¿P ero cuándo descansa el Cardenal?,
■tos preguntábamos. ¿QuA fuerza desconocida sos­
tiene en tensión continua las energías espirituales
y físicas de un organismo minado por enfermedad
habitual?”
El libro de Requejo, exponente y análisis de loa
memorables episodios de una vida* y de upa época,
contribuirá, sin duda, y todos estamos en el deber
de cooperar al propósito, a sanear la conciencia pú­
blica, deformada cuando no pervertida. “ E l criterio
de pasión y animosidad han predominado en el
Juicio de escritores sin conciencia y lectores sin
criterio.” A sí es, efectivamente, y en comprobación
de este parecer del Sr. Requejo podría yo aducir
diferentes hechos.
- w -

A mediados de agosto visitaba en Bel-LLoc al señor


Cardenal. Bien se advertían en la demacración del
rostro las huellas del sufrimiento. En tres largas
horas de conversación no ta ol ni una queja ni un
ligero reprocbe para cosas 7 personas. V ivo en el
comentario español el incidente de los documentos
que en la frontera habíanse secuestrado al señor
vicario de la diócesis de Vitoria, casi punto por
punto fué detallando el Cardenal las cuestiones que
comprendían. “ Dios ha permitido— añadió— que ha­
yan caído en manos del Gobierno. Como era la ex­
presión de un deber y el ejercicio de un derecho,
con dar aquél por cumplido y ésle por ejercitado,
la Providencia se encargará de lo demás. L o único
que me preocupa es la paz de España, la de los es­
píritus sobre la de los intereses. Si para lograrla fue­
re necesaria una víclim a, y ésta hubiera de ser el
Cardenal Primado, ¡bendito sea Dios, salvador de
mi P a tria !”
Poco más de mes y medio después de escuchadas
estas palabras, que parecían un presentimiento, se
aceptaba la dimisión al Cardenal. ¿En holocausto de
qué? No ha habido proporción entre la pérdida y la
ganancia, pues a la generosidad de la Tglesia respon­
dió el egoísmo de la secta.
He aqui una de las conclusiones que en buena ló­
gica se desprenden de la lectura de este libro, que
valientemente sefiala una ruta: la de los desagra­
vios y rectificaciones de la conciencia popular.

J. P olo B e n ito
- IN -

El 8r. D. Genaro Xavier Vallejos.


(P rem io “ Mariano de Oávla” . )

La lectura del libro de Jesús Requejo “ El Car­


denal Segura", como el ejemplo de este sanio P re­
lado, es algo confortador. Con eBlo quiero decir que
se traía de un libro sencillamente necesario. Claro
está que no hace falta que lo diga voz lan modes­
ta como la mía. Lo demuestra m ejor que nada el
hecho de que, a las pocas semanas, se hayan ago­
tado diez mil ejemplares y se esté preparando una
torcera edición, que tendrá que ser copiosísima, si
se han de satisfacer cumplidamente las demandas
de loda Espafia y de América.
Era necesario, en esla hora de desquiciamiento
y de dispersión, ese hombre (Irme como un hito,
avanzando a través de loa vendavales, por esta cues­
ta de calvario que es hoy Espafia, con su cayado
de pastor en alto... y solo, trágica y grandiosamen­
te solo, camino del destierro. Y no menos nece­
sario el libro que lo mostrara ast, a cuantos no su­
pieron o no quisieron Verlo en el ¡lisiante pre­
ciso.
Era momento de una perturbación increíble en
las conciencias. La realidad de cada dfa, safluda y
trágica, acumulando atropello sobre atropello. T el
horizonte, negro de presagios que un apremio sec­
tario iba traduciendo (|va traduciendo aún!), en
nuevos atropellos consumados. El estupor, prim ero
de quien ve desbaratarse en pocos momentos un
gigantesco edificio de siglos; luego, la zozobra, la
angustia, el pánico de lo que se presiente próximo
y se teme precipitar con cualquier gesto menos
cauleloso, paralizó en ta conciencia católica del
Pueblo el natural ímpetu de reacción, selló sus
— Mi —

labios, o, cuando menos, retardó bu protesta y 1®


resto eftc&cia. Y una vez más en. la H istoria asis­
timos al espectáculo de la prudencia humana apli­
cando en instantes decisivos su mezquino criterio
y poniendo cortapisas al heroísmo.
Días y meses preciosos, horas que ya no volverán,
se nos fueron esperando el momento oportuno pa­
ra esto o lo de más allá. Y esperando el momento
oportuno, hemos contemplado cómo se nos arranca­
ban, uno Iras otro, los más preciados tesoros que
constituían el patrim onio espiritual de nuestra
raza.
El día 16 de junio salla el Cardenal Segura, por
segunda vez, para la frontera. Magnifico espectácu­
lo, digno de los tiempos de San Juan Crisóstomo y
de San Atanasio. El Prim ado de Espafia, entre Guar­
dias civiles. ¿P or qué viene tan insistentemente a
mi memoria el nombre de estos dos campeones de
la fe ? Muchos siglos han pasado desde entonces.
Ellos viven perennes en la tradición gloriosa de la
Iglesia, mientras la efím era polvareda que sus ene­
migos levantaron en torno suyo se extinguió para
siem pre; espesa polvareda do odios, y maledicen­
cias, y críticas, que llegaron a enturbiar los ojos
de muchas almas honradas. L a persecución do Ju­
liano el Apóstata, se desenvolvía incruenta, caute­
losa de no avanzar con demasiada rapidez; pero
certera y tenaz. Para muchos prudentes, la activi­
dad del Patriarca de Alejandría constituía una pro­
vocación a la safia de los perseguidores. ¿No era
acaso p referible callar, esperar? Esperar, ¿a qué?
respondería el campeón de CrlBto. ¿No es m ilicia
la vida del hombro sobre la tierra? ¿No pasa IB
vida más veloz que la lanzadera por et telar? ¿A
qué esperar, pues? ¿Para cuándo es el ejercicio
de las armas, sino para cuando los enemigos se
levantan a combate? O en símiles menos guerra-
— BU —

ros, ¿para cuándo es la cayada y la voz del Pastor


de Israel, sino para la hora en que sobre el reba-
fio soplan vientos de dispersión?
Espesa polvareda la que el Cardenal dejaba Iras
>1 al sa lir de la palria. Rencores aún no satisfe­
chos, odios que jamás podrán justificarse, sino en
una atmósfera artificiosamente creada a fuerza de
calumnias y viles engaños, burlas, iusultos los más
soeoes. Más allá de la frontera le habrá llegado
todavía su eco ululante. Aunque pienso yo: ¿Qué
cortejo más sublime y más digno de la púrpura
que quiere ser el símbolo sagrado de la pasión do
Cristo?
Y mientras tanto, la prudencia de siempre. Fren­
tes que se abatían con pesadumbre, meditando:
“ iQuién sabe! T a l vez hubiera sido más oporlunü
callar, esperar, tantear...” T a l vez. Pero desde lue­
go no hubiera sido ni lo más ejem plar ni lo más
heroico. P o r m i parte, tengo la seguridad de que,
Pasado el tiempo, borrados los perfiles de muchas
cosas minúsculas, apagados los últimos ecos de una
pasión, cuya duración está en razón inversa de su
violencia, persistirá alto, noble, viv o y confortador
el ejemplo de este Pastor que sale para el destie­
rro cantando los salmos de David, y que sólo se la­
menta de no haber podido dar la vida por su reba­
to- Las oportunidades, las habilidades se habrán
olvidado. En la Historia de la Iglesia existirá una
nueva página dedicada a esla trisle persecución de
Espafia, y comenzará con estas palabras: “ Había
entonqes en la Sede Prim ada un exim io varón de
Dios.,,"
£1 libro de Jesús Requejo ha de contribuir no po7
oo a fijar el conocimiento de eBla figura exoepcio-
nat y mantener v iv a su veneración en la conden­
óla del pueblo católico.
Dedicado, como es obvio, en su mayor parta, al
— sea —
periodo dramático de la persecución, es además un
estudio completo, aunque sintético, de las múlti­
ples actividades en que, durante su ponliñcado, se
prodigó este hombre, lodo abnegación y caridad. No
le conocen ciertamente los que tan sañudamente la
persiguieron. Para ellos podía dedicar el autor, es­
pecialmente, capítulos como “ El Obispo de las Hur-
des" o “ El Cardenal y las Misiones", donde lan pa­
téticamente se derrama su corazón de padre.
Y oran necesarios estos y los otros capítulos: “ El
Cardenal mariano", ‘'E l Cardenal y la devoción al
Papa” , “ El Cardenal y la Acción Católica” , y el li­
bro todo, para que se advierta con claridad que la
aureola que ahora le circunda no es una popula­
ridad pasajera, provocada por las circunstancias o
por la casualidad que lo ha elegido para el papel
de héroe, sino el resplandor más o menoB tardío,
pero inevitable, de esa llama interior que es la
vida de los Santos, nutriéndose durante aSos y años
en los sacrificios más ásperos y en las virtudes más
eaoondldas.
El libro de Jesús Requejo está exento de
literarias, no por falta de capacidad en el escritor.
(M oiplidamenLe acreditado de tal en obras aillo-
riures, como “ T ierra Santa y Roma” , sino por ex­
preso designio suyo. L a índole esencialmente obje^
tiva del asunto requería, sobre todas las cosas, sim­
plicidad y verdad. Y esto ha sido la primera pre­
ocupación del autor, por cierto — podemos añadir
pura satisfacción suya— , plenamente lograda.
Es más; si se computa como canon en el aspecto
artístico, la adecuación del estilo al asunto, esta
misma simplicidad, en una obra que se ofrece al
público bajo el austero epígrafe de “ El Cardenal
Segura” , llega a constiluir quizá su m ejor gala li­
teraria. Aunque no. Para m í no es esta la más alta
calidad que se acusa en el libro de Requejo, o, poi*
— *07 —

lo menos, la más atraotlva; sino esa efusión cordia-


lísima, esa vibración honda y sincera que, sin al­
terar un punto la veracidad de las referencias, tras­
pasa de humanidad todas sus páginas.
Es, en suma, el libro de un testigo veras... y de
un amigo.
A esta última palabra no le hacen falta adjeti­
vos. Sólo un amigo es capaz de levantar su voz, co­
mo lo ha hecho el Sr. Requejo, en medio del es­
truendo hostil de los unos y del silencio lan poco
gallardo de Los oíros.
Y para que nada le Talle a la nobleza del gesto,
dedica el im porte íntegro de las ediciones — de unas
ediciones que están alcanzando ian veloz áxllo de
venia— , al sostenimiento del Culto y Clero y de
las escuelas católicas.
«Quién es este hombro de una munificencia tan
poco frecuente?, se preguntará el lector, no sin
asombro. El mismo que, con igual largueza, dedicó
si beneficio de su libro “ T ierra Santa y Rom a" al
Clero Indígena de Misiones. El prom otor incansable
de la Acción Católica, de la Asociación de Padres
de Fam ilia, de la Federación de Maestros Católi­
cos. ¿Algún potentado tal vez? No; un modesto
Registrador de la Propiedad, que v iv e de su tra­
bajo, y qUe aún encuentra sobradas sus rentas para
&er el padre de los pobres y el amparo de cuantos
acuden a su despacho. En una palabra, el hombre
que ha hecho también de au vida un apostolado
incesante.
No es extraño, ahora, que el sanio Cardenal le
honrara con su predilección, y que él, en retomo,
se la agradezca de esta manera tan delicada, tan
bella, tan eficaz.
Bien que, ciertamente, no queda el Sr. Requeja
*ún en un aspecto puramente humano, sin un ga­
lardón espléndido. Porque su libro “ El Cardenal
Segura” , pienso que ha servir para la Historia.
G í n a r o X a v ik r V a l l k j o s .

El Exorno. Sr. D. José M .k González


Echávarrl y Vivan oo, Catedrátloo
de la Universidad de Valladolld.

Una alabanza muy entusiasta a mi distinguido


amigo D. Jesús Requejo, por su interesante libro
E l Ca r d e n a l S eg u r a , apuntamiento escogido de grao
parte de la obra apostólica del eminente Purpura­
do, cuyos últimos afios de su vida en Espafia se
delinean con exquisita verdad histórica y acertada
selección de los trabajos del biografiado.
L a invitación del autor a que aparezcan unas lí­
neas mías en la teroera edición, pone en los pun­
tos de mi pluma el recuerdo de impresiones per­
sonales recogidas precisamente en épooas & las que
no se contrae osle libro, algunas de Ibb cuales pu­
bliqué en E l Siglo Futuro, a raíz de la infame ex­
pulsión de nuestra patria del egregio Cardenal.

L a presencia del joven Doctoral D, Pedro Seguí®


en Valladolid estimuló numerosas obras de piedad
y celo religioso. Llamaba desde luego la atención
su extraordinaria capacidad para el trabajo. No p°*
día su frir la ociosidad quien había ofrecido aplio*f
sus esfuerzos y desvelos a la gloria de Dios.
Suplicaba al Sr. Cardenal Cos una Superiora de
Hermanas de la Caridad le designase como confe­
sor de la Comunidad. Ponfa reparos el Sr. Arzobis­
po por rozón de la edad del Sr. Segura, poro la Re-
ligios» acudid a la objeción con estas palabras:
“ En este caso la virtud suple a la edad". EL resu­
men de bu vida de Doctoral ea este: Estudio, eon-
fetonario y pulpito. Las llust&B no dieron tregua a
sus trabajos, Inspirados en la virtud.

• • •

Pasadas pocas horas de su nombramiento de Obis­


po de Apolonia, A u xiliar de Valladolid, hecho por
ol que fuá Arzobispo de feliz recordación. Cardenal
tíos, felicitábam os a éste por su extraordinario
acierto en la designación dot Sr. Segura. De labios
del Cardenal Cos salieron estas palabras:
“ Gomo cuanto soy se lo debo única y exclu­
sivamente a la Iglesia Católica, mirando a sus in­
tereses y los de su D ivino Esposo Jesucristo, he
esoogido la persona que ba de ayudarme en mis
tareas/
* ♦ *

A poco de verse elevado a la dignidad episcopal


un desgraciado le amenazó en bu propio despacho
apuntándole con una pistola. Saludé al señor Obis­
po a loa pocos momentos sin que se adivinara en
el rostro ni en palabras la más pequeña intranqui­
lidad. “ Y o le d ije — fueron sus palabras— que lo
sentía por él, pues ninguna ocasión m ejor para
Presentarme ante Dio9 y dar cuenta de mis cul­
pas", E l perdón y la paz del Obispo desarmaron al
insensato, que se arrojó llorando a sus pies.

Es proverbial su vida ajustada a la modestia


y escasez. En noviembre de 1927 la Comisión
organizadora del Congreso Euoaristico de Bur­
gos me honraba invitándome a pronunciar uno
— *70 —

de loa discurras en la Catedral sobre el ten a


“ La Eucaristía y la m ujer española” , que al im­
prim irse lo honrarla con un prólogo el propio Se-
fior Arzobispo. Eran momentos gravísimos de m¡
existencia paterna: mi primogénito, muerto dos
años més tarde en olor de santidad y cuyas virtu­
des se propagan por el mundo en cinco ediciones
de bu Vida de dolor vertida a las principales len­
guas europeas, sufría en aquel entonces las más
espantables crisis y, no obstante, su alma de héroe
me animaba a que le abandonase para canlar ala­
banzas en Burgos al Jesús Sacramentado de sus
amoreB.
Puse una sola condición: permanecer las hora9
que perm itía el tren de arribada y el de regreso.
A l salir de cum plir modestamente mi m ¡9 ¡ón en
aquel relicario de piedra, el Señor Arzobispo me
llevó consigo a Palacio, honrándome con cenar en
su compañía, advirliéndom e previamente que, pof
encontrarse hospedada la Em peratriz Zita, que v i­
sitaba los monumentos de la Diócesis, ai lo prefe­
ría, podía cenar en compañía de su madre y f*~
m illa. Acepté encantado la segunda solución J
abandonando los salones del Palacio donde, cóJDO
era justo y merecido, se daba al César cristiano J
en destierro lo que era suyo, ascendimos por ufl*
angosta escalera para lom ar posesión de las habí'
taeionea del Señor Arzobispo y de su madre. |Er*n
el últim o piso; un verdadero sotabanco I Entre
aquellas paredes encaladas y desnudas de todo i0
mundano; en cena correcta y frugal, disfrutamos
de la conversación de una piadosa señora que habí®
regentado escuelas castellanas durante más de
cuarenta afios.
A l regresar a m i hogar, donde el dolor san tifica­
do por la paciencia cristiana tenía un trono, reco"
rriendo con la mente la v id a de trabajo, virtud 1
—ni —
humildad del ilustre amigo, exclam é: “ A sí debie­
ron ser los Apóstoles” .
Toda la persecución contra loa Prelados proscri­
tos aparece reveslida de idénticos caracteres que
■a sufrida por los Apóstoles proveniente de gentiles
y judíos. Violentamente han sido arrojados de su
patria como lo fueron Pablo y Bernabé en A n tio-
quía.

Quitadme las temporalidades que no son vueatiaa,


sino indemnización de lo que desapareció en las
manos de los desamorlizadores, desterradnos, id o
importal, lo mismo que Pedro ante el Sanedrín, d i­
ce: “ Es necesario obedecer a Dios antes que a los
hombres". La persecución y la violencia hay que
encubrirla con alguna razón, aunque sea notoria­
mente falsa. “ El Primado hacía política". También
para convencer a Pilatos se adujo en último tér­
mino la razón de Estado, y el “ Crimen majestutis”
«stab& en aquellos tiempos, según Tácito, muy a la
orden del día. Esa calumnia fué, es y será el santo y
*efia de todas las persecuciones contra los cristia­
nos, que han sido y son los más sumisos a la au­
toridad, que en estos mismos momentos, obede­
ciendo los mandatos de nuestro Pontífice, gula de
la cristiandad, obedecemos al poder constituido pa­
ra el bien y la paz social; pero nunca contra Je­
sucristo y su Iglesia...
La persecución de San Pablo en su tercera ex­
cursión apostólica, tiene punios de coincidencia ex­
traordinarios con la expatriación de nuestros P re­
lados. Idéntico empleo de la fuerm , la misma pro­
testa del ciudadano romano, como aquí to ha sido
de españoles en el pleno ejeroioio de sus derechos
Personales. Cuando el curioso Investigador examine
l& fotografía del Prim ado de Espafia enferm o con-
- m —
ducido a la frontera entre la Guardia Civil y P o ­
licía, recordará los doscientos legionarios que con­
ducen a Pablo de Tarso desde Jerusalén a Cesárea

Además de Teólogo ¡asigne, es perfecto Investiga­


dor de la Filosofía de la Historia, lo que le ha pro­
porcionado la clarividencia suficiente para presagiar
en lodos sus detalles los acontecimientos sucedidos
en España un año antes en su Pastoral do 27 de
febrero de 1930.

Sus carias particulares revelan la grandeza de su


alma en los momentos más graves de la vida. La
misma paz de esplrilu antes y después de la expa­
triación.
“ Tengo el pleno convencimiento de que se nece­
sitan víctimas, dice, y justo es que sea yo la primera
tratándose de la Iglesia espaflola. En este sentido
estoy contentísimo y lleno de paz, y cuanto más Ba
acerban con Ira m i los enemigos de la Iglesia ® a
creo obligado a dar más gracias a Dios nuestro Se­
ñor; ahora que esto no obsta para que condene OOD
toda la energía de mi alma lodos los desafueros que
se están cometiendo contra la Santa Iglesia."

“ Hay que afianzarse en la resolución de trabaja?


cuanto se pueda en la vida oficial por la defensa i 6
los sacrosantos derechos de Jesucristo y de su Igfó"
sia. Esto proporciona una tranquilidad y una P8*
que es la do Jesucristo y que supera inmensamente
a la falsa paz que da el mundo a quien con él con-
temporiza, olvidando lal vez que es palabra del D i'
vin o maestro que el mundo odiará siem pre a lo*
— 171 —

verdaderos discípulos de Jesucristo como le odié y


odia a El.
Pido al Sefior trasmita a su» hijos esla preciada
herenoia que les salvará de la catástrofe, cualquiera
que sean las circunstancias por las que atraviesen
en su vida y de cualquier condición que sea la
suerte que corra la Patria."

Para este Cardenal ilustre presentado como ejem ­


plo anta un Colegio de Cardenales por el insigne
Pontífice que felizm ente gobierna la Iglesia, bus­
cando térm ino de comparación en la santidad de
Gregorio Nacianceno, puede aplicarse la frase de Ban
Agustín: “ Han vivid o en su cargo sin callar ni
disimular ni aprobar lo que eB contra la F e y las
buenas costumbres."
iDios conceda salud y vida al nuevo Embajador
espiritual de la Espafia católica en la Roma infa­
lible del Pontificado!

jo b í M a r ía Go n z á l e z he E c h Av a h u i y V iy a n o v

El limo. 8r. D. Federico Santander.

Sr. D. Jesús Requejo.

Muy distinguido y querido am igo: Agradezco


touchisjmo el envió de su libro “ El Cardenal Segu-
Pa" y aun más el honor inmerecido que me ha dis­
pensado eligiendo unas pobres palabras mías para
trazar una silueta del Cardenal borrada por el ad­
mirable retrato que usled hace del insigne perse­
guido.
No crea que entre los ju icios autorizadísimos
18
~S7« —

que han de figurar en Ja tercera edición de su obra,


haya lugar para una opinión m ía; pero puesto que
su bondad de usted cree otra cosa, sepa que be leído
la biografía con creciente emoción, ya que no con
dele i Le, pues no cabe placer en el recuerdo de las
iniquidades de que se ha hecho víctim a a un va­
rón de fe y de virlud, sólo porque su virlu d y su
fe le exigía no om itir una palabra de ju sticia J
afecto a los caídos en la hora de la tribulación.
Guando ei tiempo pase y al arrebato de estas
horas de pasión suceda la calma que da la lejaní»
histórica, la figura del Cardenal Segura ganará
tanto como pierdan las de los timoratos y los bien-
hallados, los que atados a la anlievangélica “ pruden­
cia de la carne", creen hábil política y sobre todo
“ política de Cristo", exagerando la amabilidad con
los perseguidores, acentuando en cada nuevo agravio
la sonrisa y la adulación.
Con mi cordial felicitación, suyo affmo. s. s„

F rderico Santander .

El Sr. D. Marcial Rossell.

D bsdk Mu e v a Y o r k

E l Ca r d e n a l m is io n e r o

A la exquisita atención de un religioso de l<*;


Sagrados Corazones tlobo la sentimental oportunid"'1
de leer la obra de don Jesús Requejo San llonjá11’
con prólogo de don Ramiro de Maéztu, titulada
Cardenal Segura", que constituye, al mismo liemP0
que una documentada apología del perseguido
zobispo Primado, una fuente de documenlacift1
w 375 •*

histórica a la cual se referirán los futuros escrito­


res y críticos de esla perturbada ¿poca de la His­
toria de Espafia. Nuestro elogio de uq Libro tan
oportuno, reparador y digno de ser leído por todos
loa católicos y por los amantes de la verdad y de
la historia, muy poco podría diferenciarse de las
justísimas t y merecidas alabanzas que se le han
tributado; pero hay en dicho libro del sefior Reque­
jo San Román un aspecto que él trata de muy rá­
pida manera y que nosotros, respetuosamente, desea­
mos comentar porque consLiluye una de las facetas
más ejemplares de la vida y carácter del Eminen­
tísimo Cardenal Doctor Segura y Sáenz, y es, su en­
cendido espíritu misionero.
Dice el sefior Requejo San Román en la página
U 7 que “ aun de Jos Estados Unidos se reclamó la
presencia del sefior Cardonal para contrarrestar La
propaganda protestante entre los emigrados españo­
les. Sienlo no poder ofrecer a nuestros lectores más
notioias sobre este aspeclo de la vida del sefior
Cardenal...”
Glosando las anteriores palabras podemos añadir
lo siguiente: En distintas ocasiones, al visitar al
sefior Cardenal en el palacio arzobispal de Toledo
y en el de Cruzada, de Madrid, en nuestros fre­
cuentes viajes a Espafia, nos habló de la necesidad
de asistir material y espirilualmente a los com­
patriotas que viven fu era de España, sobre todo en
Francia y en los Estado9 Unidos, en donde por la
falta absoluta o escasez de sacerdotes no puedan
cumplir con sus deberes religiosos.
Terminadas sus famosas misiones por distintas
ciudades francesas, había proyectado ir a Orán y
más Larde venir a Nueva Y ork para traer a I03
miles de españoles e hispanoamericanos que viven
en esla ciudad, el cordial afecto de la patria ausente
- *7B -

y una frase de amor de los bogares lejanos. Mor*


traba una como moderada inquietad por ven ir a loa
Estados Unidos en via je de misionero y ponerse en
contacto con sus compatriotas que trabajan y luchan
en medios tan difíciles y distintos y reanimar en
ellos las dulces memorias de los días del calor ma­
terno y de la tranquila aldea sonriente.
Y parecía gozarse en la visión remota de ve r a
sus hermanos, de hablarles, de recibir sus ruegos
y peticiones, do ayudarles, de estudiar sus necesi­
dades del alma y del cuerpo y de expresarles coa cá­
lidas frases de F e y de Patria que el Cardenal de
Toledo habla atravesado el mar para admirar en
ellos a nuestra raza extendiéndose y prolongándose
más allá de las fronteras geográficas de veinte
naciones hermanas.
T creyendo que nosotros podíamos darle lodos
los informes necesarios para poder estudiar y orga­
nizar el vasto proyecto, nos preguntaba por los prin­
cipales centros de hispanos en los distintos Esta­
dos hasta California, cuáles eran las condiciones
predominantes entre los obreros de habla española,
a qué trabajos principalm ente se dedicaban y cuál
era la capacidad de los templos en los cuales, de
acuerdo con las autoridades de la Iglesia en cst*'
pafs, podría él predicar en español en Nueva York-
en Chicago, en Philadelphia, en Boston...
Su voz tenía como temblores de emoción oculta
cuando hablaba de sus misiones en Francia y la*
que daría en los Es Lados Unidos, su tranquila mira­
da, serena como un remanso, brillaba con fulgores
de caridad, como sí se hallara ya en el púlpito de
mármol de la catedral de San Patricio empezando
la misión con estas palabras: “ Queridos herma­
nos"...
Pero la visión no llegó a realidad, y en vez de
— 277 —

venir a los Eslavos Unidos, la tempestad le obligó


a tomar refugio junto al Padre de la Crislianidad.
Terminaremos con estas palabras del au tor:*4Quiera
el cielo que esté cercano el día en que pueda con­
tinuar su obra m isional..."

Ma r c ia l Ro b s s l l .
La voz de la Prensa

En la imposibilidad de reproducir toda la in for­


mación de prensa que se ha recibido, lomamos de
algunos trabajos las siguientes ñolas:

“ El Castellano” , de Toledo.

UN LIBRO SOBRE BL CARDENAL BBOURA

Un Jibro sobre et Cardenal Segura. E l prim ero que


se publica, pero no el tínico, el ariamente, porque la
figura del que, hasla hace unos meses, fu é Arzo­
bispo de Toledo y Primado de Espafia, solicitará la
atención de muchos escritores.
P or su dinamismo, por su actividad, por sus es­
critos y por su predicación, por su caridad encen­
dida, por sus iniciativas generosas y por todo el
conjunto de su vida, es una flgura de extraordina­
rio relieve, que se destaca vigorosamente en la his­
toria de nuestros días.
La persecución coronó al Cardenal Segura con una
nueva aureola, la m&s gloriosa de todas. L a histo­
ria de esla persecución es muy reciente aún y no es
preciso r ecordarla. Explicarla, si; porque en esa per­
secución tan enconada, tan conlinua, tan sin fun­
damento aparente, hay misterios que el tiempo acla­
rará.
— 280 —

Por lo pronto ha quedado ya patente que el Car­


denal Segura no era un obstáculo para una politio*
de pacificación, ya que, después de su renuncia a
la Sede de Toledo, es cuando se ha exacerbado la
persecución contra la Iglesia.
Tampoco pudú citarse nunca un solo hecho, una
sola frase que probase su hostilidad hacia el nuevo
régimen.
¿P or qué, pues, se le persiguió? Su vida ha sido
un dechado de virtudes y de trabajoB apostólicos.
¿Habrá que buscar aqui la clave del enigma?
• « »

Digámoslo desde el principio: el libro que sobre


el Cardenal Segura ha publicado don Jesúa Reque­
jo, no aclara este enigma ni podía aclararlo tampo­
co. Es demasiado pronto para que la Historia diga
sobre este asunto todo lo que puede decir, lodo lo
que un día dirá.
Entre Lanío, el señor Requejo ba dicho... lodo lo
que por ahora podía decirse. Ha Irozado la sem­
blanza del Cardenal Segura, como antecedente in­
dispensable para juzgar de su actuación. Conocien­
do Ja vida del Cardenal, queda ya prejuzgado el
pleito en su fa vo r: Quien liene una historia tan
limpia, quien ha dado cuanto podía dar en fa vo r de
la causa do la Iglesia: su dinero, su tiempo, su ac­
tividad, su salud, 110 puede ser sospechoso. Podrá ser
un equivocado, pero no uno de tantos figurones co­
mo hemos conocido, que, con pretexto de redim ir
at pueblo... se han redimido a si mismos.
Podrá ser uu equivocado, hemos dicho. Pero no;
el libro del señor Requejo demuestra que no lo fu¿-
L o demuestra con la narración objetiva de ios he­
chos; lo demuestra con documentos, con testimo­
nios autorizados, con la opinión general de los cató­
licos, con el táciLo lestimonio de sus mismos ana-
- 281 -

mlgos, quo no pudieron explicar las causas de ta


persecución, y que, al esLremar ésta, después que
el Cardenal Segura dejó de ser Arzobispo de Toledo,
h&u venido a confirmar lo que para nadie era un
secreto: que la expulsión del Cardenal Segura no
era máB que el prólogo de la persecución conlra la
Ig ln ia
* * *

Don Jesús Requejo trató muy de cerca al Carde­


nal Segura. Gozó de su amistad y de ello se glo­
ría. Alma generosa, incapaz de olvidos, ha querido
salir en defensa de aquel a quien dedicó y sigue
dedicando un afecto tan sincero como desinteresado.
Con esto está ya dicho que el libro del sefior Re-
quejo está saturado de carifi.0 hacia el Cardenal Be-
gura. M&s que de carifio, de veneración.
Mas no se entienda que su libro es puramente un
elogio del Cardenal Segura. Es una verdadera apo­
logía. Una apología en que más que las palabras ha­
blan los hechos y los documentos. Hechos compro­
bados y documentos cuyo va lo r nadie podrá poner
en duda.
L a misma veneración que el sefior Requejo sien­
te hacia el Cardenal, da a su libro una elevación
que le hace simpático. Corre a través de tas páginas
un calor de afecto, que ol autor no disimula, pero
que aabo contener para que no se desborde por en­
tre I09 puntos de su fácil pluma.
No es el seflor Requejo un escritor preciosista, pe­
ro dice lo que quiere decir, con orden, con claridad,
con corrección, con llaneza de estilo, no exenta de
elegancia.
L a lógica con que discurre se avalora con una
ecuanimidad constante. Con ello ha ganado su libro,
que vien e a ser una apología irrefutable.
"Cuando tas pasionea se hayan Ido sedimentan­
— 2d2 —

do —concluye el aeflor Requejo— , y la lejanía dé a


los sucesos su verdadera perspectiva, no dudamos
que la historia impanjial reconocerá las extraordi­
narias cualidades de inteligencia, celo y laboriosi­
dad y las purísimas intenciones del Cardenal Se­
gura, que de una cuna humilde ascendió, por sus
singulares méritos, a la m¿9 alta dignidad de la
Iglesia española, y que de lo alto de su jerarquía
supo descender con sencilla magnanimidad, dejan­
do en pos de sí la estola luminosa de una vida y de
un ejem plo que no se olvidarán,7'
£ 9 0 dice el señor Requejo; pero no Berá preciso
esperar el fallo de la Historia, Leído su libro, el
fallo está ya pronunoiado.
Sabemos que, apenas puesto el libro a la venta, se
han vendido ya varios miles de ejemplares.
El señor Requejo ha querido hacer dos obras bue­
nas a un tiem po: salir por la causa de la justicia y
ayudar a rem ediar las necesidades del Culto y del
Clero, a cuyo fln dedica el producto de su libro.

El 8lglo Futuro

“ EL CARDENAL SBOURA”

Con este mismo título y nombre, que en estos días


ha venido a ser en España signum cut contradice-
tur, verdadero signo de contradicción — y en ello es-
Lá cabalmente la mayor honra y gloria del Carde­
nal Segura— , acaba de publicarse un libro, del cual
es autor don Jesús Requejo San Román y prolo­
guista don Ramiro de Maezlu.
Escrito el libro por un hombre de corazón, que
honrado con la amistad dpi Cardenal, lejos de rene*
gar de él ante sus enemigos, se gloría noblemente
en dar la cura por el ilustre perseguido, hay, oler-
— 28& —

tómente, en las páginas del lib io calor intensísimo


de afecto, noble y levantada p r o t e ja ante la ino­
cencia y la santidad injustamente perseguidas, ver­
dad y sinceridad en la defensa, y junto con ello, co­
mo cumple a un cristiano, mansedumbre en el fon­
do y corrección irreprochable en la forma.
Mucho de lo que hay en el libro ha sido ya dicho
y publicado en estas mismas columnas de El Siglo
Futuro en abono y defensa del sanio Cardenal Se­
gura. Puede decirse que la labor del autor ha sido
recoger lo que sabíamos ya cuantos, sin haber lo­
grado tratar de cerca y en frecuente intimidad, al
Cardenal Segura, conocíamos bien los hechos de su
vida, las cualidades de su alma, las virtudes indu­
dablemente extraordinarias de este Príncipe de la
Iglesia, digno de haber nacido en los tiempos apos­
tólicos.
Pero recoger todo eso, ordenarlo en un libro, ves­
tirlo y aderezarlo con el cariño y delicadeza de una
entrañable devoción, y después lanzarlo a ta publi­
cidad en los momentos actuales, cuando todavía no
se han amansado las feroces olas de la persecución
y de la calumnia contra el ilustre Cardenal, ni aún
después de su heroico sacrificio, es ciertamente un
rasgo nobilísimo, u b e je m p lo de valor y gallardía,
que debemos aplaudir y aplaudimos con toda nues­
tra alma.
Pero es in&s que eso. Es algo trascendental e im­
portantísimo en el despertar de los católicos espa­
ñoles. Porque en todas las grandes crisis sociales
y religiosas hay hombres, cuya significación y cu­
yo nombre viene a ser, no por propio deseo, sino
Por imposición de las circunstancias, y aunque en
menores proporciones, eso signo de contradicción
de que hemos hablado, y cuyo divino ejem plar fué
•I mismo Jesucristo.
Hoy es el Cardenal Segura lo que el santo Padre
- 284 —

Glarel fué ni caer el trono de Isabel IT. Sobre el


Padre ClarcL se d esalaron entonces todas las iras
del infierno. No hubo hombre más groseramente In­
sultado, más ferozmente calumniado, más satiriza­
do en asquerosas caricaturas y gacetillas infames
que llenaron toda la prensa revolucionaria de aqué­
llos tiempos. T cosa extraña. Aquel hombre que lie-
gó a ser la befa 7 el escarnio universal de la revo­
lución, está hoy a punto de subir al honor de los
altares, después de haber hecho una severísim a in­
vestigación de todos los actos de su vida, con las
pruebas históricas y documentales más copiosas y
más rígidamente analizadas que en tribunal alguno
de la tierra pueden exigirse. L o mismo que al Pa­
dre Glarel entonces, le pasa hoy al Cardenal Se­
gura. La revolución tiene un acierto maravilloso pa­
ra escoger los blancos de sus iras. Y al escogerlos
se desenmascara a sí misma.
Ha de ser, pues, táctica nuestra el famoso oppoti-
ttim per diametmm de aquel gran estratega espiri­
tual que se llama San Ignacio de Loyola. Y pues
esa láctica nos impone levantar muy alio el nom­
bre del Cardenal Segura, no sólo porque sus virtu ­
des lo merecen, sino sobre todo y principalmente,
porque en las actuales circunstancias es el tigno de
contradicción que nuestros propios perseguidores
han escogido, esforcémonos en propagar y difundir
este libro, que hasta en el producto de su venta es­
tá destinado al servio i o de la Iglesia, puesto que se
aplicará totalmente al sostenimiento del Culto, Cle­
ro, Seminarios y Enseñanza Religosa. No es nuevo
este desprendimiento en el autor del libro, pues ya
destinó el producto del que escribió sobre Tierra
Santa al fomento de vocaciones indígenas en Siria
y fundó una beca en aquel Seminario.
Después de felic ita r cordialmente al autor de es­
te libro, aprestémonos a esgrim irlo — ¡esas son nuei-
tras armasI— contra la monstruosa calumnia qu «
con millares de bocas han lanzado sobre el santísi­
mo y virtuosísim o Cardenal Segura, sus inmundos
salivazos. Esc será el golpe más eficaz «pie podamos
devolver a los perseguidores que la Iglesia tiene
actualmente en España. Con eso 7 con cumplir a
rajatabla, sin desfallecimientos ni desmayos, las ins­
trucciones y enseñanzas que dos dejó escritas el
ngrcgio Cardenal, el triunfo, tarde o temprano, será
nuestro; porque será el triu n fo de Jesucristo, de
su Iglesia y de la España tradicional.
R. A loovxr .

La Naolón.

" il cardenal SEGURA1*, por Jesús Requejo San Ro­


mán, prólogo de Ramiro de Maeztu.

No se sabe qué admirar más en este libro, si la


serenidad y ecuanimidad con que está escrito, o el
acopio de datos que contiene para form ar ju ioio
exacto de lo ocurrido recientemente con m otivo de
la dimisión y salida de España del venerable Car­
denal Segura.
Lleva la interesante obra del señor Requejo un
admirable prólogo de Don Ramiro de MaezLu, en el
que, además de hacer merecido elogio del autor, se­
ñala Ins altas virtudes del que fué Cardenal P ri­
ma. In de Toledo, haciendo resaltar que, aunque se
iiutó de hacerle pasar como enemigo de la Repúbli­
ca, no lia podido registrarse ni un sólo acto de hos­
tilidad contra ella.
£1 Sr. Requejo no se lim ita en su obra a una me­
ra ñola biográfica, sino que, en su deseo de desva­
necer los errores que ciertas prédicas hicieron pro­
sa en el alma del pueblo, detalla toda la obra bené­
fica llevada a cabo por el Cardenal Segura, desde las
más humildes posiciones liasta la más encumbrarla
de Príncipe de la Iglesia.
Muchas de lus páginas de esle interesante libro
—el producto de cuya venta se destina al sosteni­
miento del Cullo, Clero y Enseñanza Religiosa— es­
tán dedicadas a la documentación que hubo de cru­
zarse con m otivo de los incidentes que dioron lugar
a la salida de España del Cardenal Segura, y a re­
coger artículos de Prensa,
L a falsa leyenda forjada en torno a esa venerable
figura no puede resistir el análisis serio y docu­
mentado que en el libro del Sr. Requejo lince con
gran beneficio para nuestra Iglesia.

Diario Universal.

UKL CARDENAL SEQURA"

A sf titula su autor, don Jesús Requejo San Román,


un libro que prologa el culto publicista don Ramiro
de Maeztu.
Están escritas las páginas del señor Requejo sin
agresividad alguna en el concepto ni en la frase, con
ju icio sereno y ecuánime, aportando a la obra de es­
clarecer la verdad cuantos datos y documentos ha
tenido a su alcance.
El autor demuestra que el Cardenal Segura dió
su tiempo, su salud, su celo y su dinero, por la cau­
sa de la Iglesia. Su obra de apostolado fué extra­
ordinaria, su caridad, inagotable.
El Cardenal — afirma el señor Requejo— , no tuvo
una frase ni real i/ó un hecho hostil al régimen. L a
persecución al virtuosísim o Prelado fué la mejor
aureola que corona su vida de virtud y sacrificio.
- tar -
Pone al sefior Requejo en el libro toda la efusióA
de su alma, su corazón generoso, a impulsos de una
amistad con que se vió honrado por el Cardenal, y
es de aplaudir esa generosidad con que rompe una
lanza en defensa de la verdad.
Pero, además del m érito intrínseco del libro, tiene
otro de alta significación, y e's que el autor dedica
los productos de la venia al sosten i miento del Culto,
Clero y enseñanza religiosa, que tan honda crisis
económica atraviesan ;en las actuales circunstan­
cias.
Muy de veras felicitam os al autor y le auguramos
un éxito definitivo, porque el pueblo católico ha de
adquirir el libro como homenaje al Cardenal, a la
Tglesia y como obra meritístma de caridad, por el
fin a que sus productos se destinan.

El Boletín Oflolal del Obispado de Paleñóla

Tomamos de él las siguientes lineas:

"Hecha a grandes rasgos la semblanza del Carde­


nal, y consignado un buen número de datos biográ­
ficos del mismo, el notable publicista señor Requejo,
noB presenta en otros tantos capítulos de su hermoEa
obra al boy Cardenal Segura desplegando su activi­
dad y celo verdaderamente apostólico en Valladolid,
como Obispo au xiliar del Emmo. Sr. Cardenal Cos;
en las Hurdes, como Obispo titular de Coria; en
la Casa de Venerables, por él fundada, siendo arzo­
bispo de Burgos, y por últim o de Toledo y en el
Sur de Francia, adonde le llevó su espíritu misione­
ro y el vehemente deseo de aliviar siquiera un po­
quito la tristísim a condición moral y religiosa en
que se encuentra un buen número de compatriotas
nuestros.
B a el capítulo en que se trata del Cardenal « m *
presidente nacional de la Acción Católica, el ilus­
tre autor del libro que nos ocupa recoge y critica
serenamente la opinión de guiones acusaron al Car­
denal de “ querer ir muy de prisa".
Al tratar de las pláticas “ sabatinas” del Carde­
nal, el sefior Requejo explica con toda exactitud y
minuciosidad lo ocurrido en aquella “ sabatina" que
Lanto jaleó la Prensa periódica 7 aun el mismo Go­
bierno de la República.
Otro tanto hace el autor al ocuparse de los “ mis­
teriosos" documentos que, enviados por el Cardenal
al Episcopado español, fueron aprehendidos en Iriín
al M. I. Sr. Vicario General de Vitoria, etc., etc.
L a ligera indicación que queda hecha sobre los
diversos puntos que toca el autor en el libro que
nos ocupa, pone de manifiesto que su obra es, a
más de una cumplida apología del Krnmo. Cardenal
Segura, un interesantísimo capitulo de historia cri-
tioa y documentada; ya que esparcidos por sus pá­
ginas se encuentran multitud de documentos oficia­
les, que vienen a corroborar plenamente las afir­
maciones y conclusiones sentadas por el sefior R e-
quejo.
El señor Requejo sólo se reserva para si de la obra
que venimos analizando el trabajo empleado en
componerla, enseñando con el ejem plo a los católicos
españoles a cumplir con el deber de cooperación
económica, que tenemos Lan desatendido.— Y el ejem ­
plo... cunde. ¿Cundirá también entre los católicos
palentinos? ¿Seria mucho esperar que en cada pa­
rroquia de esta Diócesis se vendieran cuatro o cin­
co ejemplares de esta obra entre el clero, Heles y
Asociaciones piadosas de la misma?
L a obra y los nobles fines que el autor con ella
persigue bien merecen que todos contribuyamos a
su difusión.— El que desee ejemplares de olla, pue-
— 280 —

de dirigirse al Sr. Presidente de la Junta Diocesana


de Acción Católica. Palacio Episcopal. Palencia."

La Gaceta del Norte, Bilbao.

Vindicando al Cardenal SeQura.

Se va imponiendo la serena labor de la Historia.


Hoy nos toca anotar en este sentido la aparición de
un libro debido a la pluma del notable publicista
Jesús Requejo San Román, precedido de un prólo­
go sobrio y elegante de estilo, lleno de profundas
observaciones, con el que Ramiro de Maeztu ha hecho
subir en valor la obra, dedicada toda ella a vindi­
car con la simple exposición de hechos la figura del
Cardenal Segura, que supo en todo momento olvidar­
se (Te sí mismo para no pensar sino en el bien de
la Iglesia y de las almas confiadas a su cuidado
pastoral.
Cuando, hace aún poco más de un año, se le­
vantó en determinado sector de la Prensa aquella
tempestad de griterío ensordecedor contra el vene­
rable Cardenal, recordábamos insistentemente la de­
finición dura que hizo del periódico el insigne perio­
dista italiano Domingo G iuliotli r “ Es — deefa él—
la peste, el recipiente de la peste, el vehículo de la
poste".
Efectivamente, contra el Cardenal Segura se cre­
yeron lícitos todoh los medios antes y después de la
caída del régimen monárquico. En el m itin que ce­
lebró en 1930, en el Teatro rio la Comedia, la L iga
Laica, todos los oradores, como obedeciendo a una
consigna, dedicaron parte de su discurso a presen­
tar al Cardenal ds Toledo como prototipo del clero
incivil e inculto, indigno de figurar en el escalafón
del Magisterio espafiol. Días después del advenimien-
Ift
— 290 —

lo de la República, un periódico, cuya exactitud en


las informaciones ha llegado a ser proverbial, se de­
dicaba a presentar como auténtica una maldición
lanzada desde la Catedral toledana para la consoli­
dación del nuevo estado político.
Aquello ya pasó. Sobre todo este ambiente deli­
cio, amafiada como se amafian las cosas entre los
que paladinamente no reconocen a Dios como prin­
cipio de moralidad, quedan como hechos incontes­
tables tres borlas de doctor ganadas por el Cardenal
en una esclarecida Universidad Católica, su Cále-
dra de Derecho en la Universidad Pontificia de Bur­
gos, sus oposiciones brillantes y su labor de profe­
sor en la Universidad Pontificia de Valladolid, sus
bellísimas páginas de literato sencillo, cscril&s desde
las abruptas cumbres de Eos montes hurdanos» donde
unos conciudadanos nuestros vegetaban miserable­
mente sin que apenas nadie se acordase de ellos, sino
para denigrar a la nación, que toleraba en nuestros
tiempos de civilizaciÓB el bochornoso espectáculo,
basta que la caridad encendida del Cardenal supo lle­
varles el consuelo de su palabra y de su presencia y
de las limosnas que para ellos babía recogido en pe­
regrinación infatigable p or las ciudades, donde pare-
cíeron leyenda? sus conferencias y propio de países
lejanos lo que estaba tan sólo a una jom ada du
automóvil, , a la puerta de nuestras cosas.
L a figura próccr del gran Cardenal vuelve a sus
tiempos do gloria, pero ni la persecución, ni la la­
bor de vindicación necesaria para que tos derechos
saprados de la verdad queden en su punto, podrá
hacer variar 9u conducta. Como verdadero “ homo
D e i” (hombre de Dios), tenia la misma sonrisa el
día de las pruebas dolorosas como en el do su re­
cepción en la Iglesia Prim ada de Toledo, cuando lo
seguía en triu n fo una com itiva de más de doscien­
tos coches, coa el pueblo en masa, y hasta una Co-
— 2*1 —

niaión de doscientos cincuenta oacerefios qué no po­


dían olvidar a su pastor.
A l Cardenal Segura se le ha calumniado presen­
tándole como hombro opulento, que gozó las pingües
rentas del Arzobispado, en medio d9l lujo 7 de la co­
modidad. E l libro de Requejo nos le presenta docu-
■nentalmcnte en medio de bu pobreza voluntaria 7
de sus trabajos, incansable hasta agotar las ener­
gías todas de su ser en favor de sus hijos.
En muchos oídos sonarán a nuevas las páginas que
89 dedican a relatar la obra del Cardenal ea Fran­
cia con los emigrados españoles, demasiados ea nú­
mero para que los obreros evangélicos, que a llí con­
sumen su vida, puedan mantener en sus almas el re­
cuerdo de su patria y la esperanza en Dios en medio
de las amarguras por las que lea es forzoso pasar.
Es hora de hacer Justicia a la labor patriótica
— no sólo apostólica— del calumniado Cardenal. Las
Hurdes y e l Sur de Francia proporcionan hechos
abundantes para intentar una obra aleccionadora so­
bre ella.
El libro term ina con una cita llena de esperanza.
Es una ley de la Historia, expuesta lúcidamente en
la Escritura: “ L a piedra, que rechazaron los que
edificaban, llegó a ser piedra angular."
¡Quién sabe si el sacrificio del Cardenal, exaltado
an público Consistorio por el Papa, llega, por flu,
a centrar nuestras voluntades en la defensa de los
grandes intereses que, como hermanos, nos unen, pro­
curando siem pre lim ar asperezas en aquellos que nos
dividen I
— 292 —

El Paslonario, Santander

E l C arden al Segura.— Por Jesús Requejo San Román,


con prólogo de Ramiro de Macítu.

Una figura prócer, encuadrada en primoroso mar­


co. "L ib i'ilo 7’ Llama el aulor a su obra, soslayando
adrede cualquier pretenciosa jactancia; pero a nos­
otros nos semeja un camafeo de Benvenuto Cellini.
El ilustre don Ramiro de Maeztu ha escriLo para
esta obra un prólogo como él sólo podfa escribirle.
Con recias y robustas pinceladas traza una semblan­
za sobria del egregio Purpurado. El prólogo — de
corle clásico— parece injerto en los del gran polí­
grafo montaflés, Menóndez y Pelayo, de rancio sabor
humanístico. Tiene atisbos geniales, y las conse­
cuencias que deduce son certeras e inapelables-
Cuando nos dice que “ lo que sí han logrado los ra­
dicales nuestros, a fuerza de hablar de la cerrilidad
de los católicos españoles, es disuadirles de lodo íd '
lento de andar de cerro en cerro y llenarles de t |V
midez y respeto al qué dirán, no sea que fueran ®
llamarles cerriles", debe ser para nosotros un toqu®
de alarma y una rectificación de conducía. D eja par»
la historia la contestación a unos terribles interro­
gante» envueltos en pavorosos incendios. El clam »'
reo espantoso que se ha levantado contra el Carde­
nal Segura no es más que una conjura contra I*
verdad. La enemiga del Gobierno al Cardenal la v*
Ramiro de Maeztu en una inversión de valores y e®
una ególatra hegemonía de un espíritu sectario í
dictatorial. £1 Gobierno quiso dar la sensación d®
que era di el amo y de que los católicos no podría"
soslener en su silla al Cardenal Primado, aunQ118
quisieran. Fué un alarde de fuerza. Deja a la reflB'
xión de los pensadores católicos el dilucidar el h#'
— 293 —

ctao de que un pueblo calólico se haya dejado arre­


batar el Estado y el mando supremo de las manos.
Esto pensamiento será un torcedor de la conciencia
católica.
Franqueada esta magnífica portada, entramos de
lleno en el fondo de la obra del señor Requejo Son
Román. Sentimos que las angosturas de una recen­
sión bibliográfica nos impida condensar, siquiera en
breves líneas, el m érito de una obra escrita con ca­
riño de ainigo y con objetividad severa de historia­
dor. A través de estas páginas de denso contenido
ideológico, aparece la egregia figura del Primado,
nimbada con lodos los destellos de la heroicidad.
Nada falta en ella : Ciencia, talento, vírlud, activi­
dad prodigiosa, extraordinario celo y, por costera,
lo que tni$ sublima a los héroes: los ramalazos de
la persecución. “ L a historia de la Prensa contem­
poránea —dice ef señor Requejo San Román— , no
registra, quizá, ejem plo de una persecución tan in­
justa, tan sañuda y tan lenoz. Como si hubiese una
consigna, la campaña se continúa meses y meses, re­
novada cada dfa con diatribas de virulencia inau­
dita, con acusaciones que nunca se prueban, con
Woseras c¡iluminas que ni aún se recogen del arro­
yo, sino que se inventan a sabiendas de que care­
cen de sombra de fundamento y que están de an­
temano refutadas por una vida de abnegación, de
caridad y do virtu d inmaculada” {pág. 127).
No en vano se ultraja a la verdad. Dfa llegará en
que ésia reclame sus fueros ultrajados. £1 día de
sus terribles represalias, cuando la inteligencia y
la verdad, por el pacto consubstancial que tienen
lubricado, digan la últim a palabra, se verá de parte
¡le quién estuvo la razón y la justicia. Cuando c^se
osle clamoreo de todas las pasiones mancomunada»;
cuando pase ostft borrachera demagógica; cuando los
voceros de la libertad, para quienes esta nobilísima
— 2 »* —

facultad consiste en Im pedir a los dem is el ejerci­


cio de sus derechos, reflexione tantico; cuando una
m inoría audaz y turbulenta, que parecen los más
porque se producen con estrépito, recobre el equi­
librio, se quedará uno espantado al v e r el ultraje in­
ferid o a la razón. “ A s í — es el señor Requejo San Ro­
mán quien habla— , en esa atmósfera viciada, se
juzgó con falso criterio la conducta intachable del
Cardenal, desplazando su actuación apostólica del
Area de sus finalidades, en la que no se le podía
combatir, y llevándola por una sistemática e in­
concebible campaña de Prensa al campo profano de
otras actividades ajenas a su espiritual m isión” (pá­
gina 2 2 ),
E l señor Requejo San Román rompe una lanza en
defensa del honor ultrajado y de la verdad piso­
teada y, a fe r que sale triunfante en sus nobles in­
tentos. Su obra es un panegírico de ambas y un»
apología del ilustre purpurado. Obras como éstns
se necesitan en estos menguados tiempos de ver­
gonzosas dejaciones y de huidas cobardes. F elic i tu­
mos sinceramente al señor Requejo San Román y re­
comendamos su obra, con el mayor interés, B
cuantos se apasionen por la verdad y sientan ansio*
de justicia. En fin, una obra rccomnndabie bajo to­
dos los aspectos: impresión nítida y esmerada; den­
so contenido ideológico, y, para que la bondad sen
completa, el aulor dedica el producto íntegro de 1°
venta de este libro al sostenimiento del Culto, Cler».
Seminarios y Enseñanza Religiosa. Con este genero-
so desprendimiento quiere compensar el aulor, en
parte, el inmenso latrocinio, como a otro despoj0
igual que el realizado por este Gobierno, calificó eJ
insigne Menéndez y Pe i ayo.

Jra.ro, C. P‘
— 296 —

El Boletín Oficial del Arzobispado de Toledo.

“ el c a r d e n a l bbgura”

A sf se Ulula un libro que acarea del Cardenal Se­


gura ha escrito D. Jesús Requejo San Román, y al
que ha puesLo un prólogo el insigne escritor D. Ra­
m iro de Maezlu.
De intento hemos guardado silencio acerca de es­
te libro, cuyo m ejor elogio está hecho con decir que
apenas publicado, se vendieron 10.000 ejemplares, y
que se está imprimiendo ya otra tirada de 20.000.
¿Cuántos son tos libroB que en España han alcan­
zado tan lisonjero éxito editorial? Decimos que de
intento hemos guardado silenoio acerca de la publi­
cación de este libro, porque nuestro ju icio podría
parecer quizá influido, si no p o r la pasión, por el
afecto hacia el que fu é nuestro Prelado. Pero cuan­
do toda la Prensa católica, con absoluta unanimi­
dad, ha expresado su juicio, en todo favorable a la
obra d «I Sr. Requejo, y con este m otivo ha rendido
nuevamente Lributo de admiración al venerable Car­
denal Segura, nadie podrá juzgar excesivos nuestros
elogios ni lachar de parcialidad nuestro juicio.
Todos los que fuim os súbditos del Cardenal Se­
gura estamos en m ejores condiciones que nadie para
juzgar la obra del Sr. Requejo. Nosotros seguimos
paso a paso Ja labor apostólica del Cardenal Prim a­
do durante el tiempo que gobernó la Archídiócesis
toledana. Nadie entre nosotros ha olvidado aquel ce­
lo infatigable, aquella caridad que le hacia acudir
a todas las necesidades, aquel espíritu de sacriñcio
que le m ovía a dar, no sólo su dinero para toda em ­
presa noble, sino también su tranquilidad y su des­
canso, su tiempo y su salud. Nosotros le vim os re­
correr toda la Diócesis, olmos sus conferencias y
— 298 —

sermones, asistimos a bus ejercicios fespiriluales, le


vim os organizar y presidir — y no pasivamente, sino
siendo ©1 prim ero en el trabajo— incontables fiestas
religiosas y asambleas de A&ción Católica. Nosotros
iodos fuimos testigos de su vida apostólica, de su
humildad, de su caridad, de su vida austera, de su
desinterés, de su espíritu emprendedor, de todas las
cualidades, en suma, quo constituyen el ideal de un
Prelado, y, por tanto, podemos dar testimonio do
que el libro del Sr. Requejo, aunque escrito con un
afecto flilial que el aulor no disimula, es reflejo fiel
de la verdad.
En particular nuestros lectores recuerdan aquellas
Pastorales y Alocuciones, aquellas Instrucciones y
Circulares, de estilo diáfano y transparente, tan lle ­
nas de erudición sagrada como de espíritu evangé­
lico, que el Cardenal Segura publicaba en todos ios
números de su Boletín Eclesiástico ; que para lodo
hallaba tiempo — robándolo a su descanso— , quien
no pensaba sino en hacer en cada hora todo el bien
que le fuese posible.
Pero todo eslo que los toledanos sabemos, conve­
nía que se dijera y se publicara por toda España para
contrarrestar la campaña de calumnias que, con pers­
picacia digna de m ejor causa y con fines que los
sucesos han ido revelando, se hizo en parte de la
Prensa.
Eso es lo que ha hecho el Sr. Requejo con singular
gallardía. Amigo del Cardenal Segura, conocía sus
virtudes y la injusticia de la persecución que contra
él se m ovió y que culminó en su expulsión del te­
rritorio nacional. L a defensa de la inocencia calum­
niada le pareció deber inexcusable, mayormente,
cuando el perseguido ha guardado un silencio he­
roico.
No ha dicho el Sr. Requejo cuanto podía decirse,
porque es aún demasiado pronto. Coma advierlí»
— 297 —

muy bien el prologuista, ea éste el prim er libro « s -


crito sobre el Cardenal Segura; oíros habrán de es­
cribirse aún; pero, entre Unto, esle prim er esbozo
de la personalidad y de la obra del que fué Cardenal
Primado, cum plirá plenamente el fin qué el autor se
propuso.
A cada uno de los aspectos de la vida del Cardenal
Segura dedica el autor un capítulo; pero, como era
natural, gran parte del libro se dedica a re fe rir y
comentar lu campaña que se hizo contra el Sr. Car­
denal. El estilo del autor es sencillo, pero noble y
siempre digno de la materia de que traía. No ha que­
rido hacer alarde de literatura, sino servir a la ver­
dad. La naturalidad no es la menor de sus galas.
Siempre que ha sido posible, ha preferido que hablen
los documentos, con lo cual su obra tiene una ob­
jetividad que fuerza al asentimiento.
Después de lo dicho, parecerá ocioso recomendar
el libro del Sr, Requejo, pues por si mismo se re­
comienda. Para los toledano?, y especialmente para
los sacerdotes, será un hermoso recuerdo de horas
que todos vivim os y del inolvidable Prelado que go­
berné nuestra Arch ¡diócesis. Y por añadidura el
aulor, con generosidad de que y a otras veces nos dió
ejemplo, dedica el producto de la venta de su libro
a remediar las necesidades del Culto y del Clero. Una
razón más para que su obra adquiera la difusión
que merece.
— 298 —

Gratitud.

Son muchos los diarios 7 revistas que han llegado


a nosotros con m orilísim os juicios acerca de nuestro
modesto Lrobajo. Ante ¡a imposibilidad, por razón de
espacio, de recoger en estas páginas el estudio que
tuvieron la bondad de hacer, queremos presenUU'
aquí los fervorosos testimonios de nuestra ilimitada
gratitud, a la vez que hacemos votos para que Dios
Nuestro Señor premie a todos Lan generosa coopera­
ción en ¿a difusión de la obra, contribuyendo de
este modo al saneamiento de la conciencia ciuda­
dana.
Para terminar quisiera hacer un ruego a mis be­
névolos lectores, y él es que con su buen criterio
supriman los conceptos elogiosos que, en la sección
crítica y de apologética, se hacen de mi modesta la­
bor. Así quedará más depurado el trabajo que nue­
vamente tengo el honor de ofrecer a la opinión del
país.

A. M. D. a.