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La muerte del socialismo científico a manos

del posmodernismo
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15 JUNIO, 2019 LAPSARIO

El marxismo militante atraviesa por una situación en la que se hace imposible


ocultar el hecho de que la obsesión con el poder, más que haber arrebatado su
condición de meta final a la liberación económica, la ha convertido en un pretexto
para alimentar el partisanismo que enfrenta a la izquierda con la derecha, esa
polaridad política que es imprescindible para sostener la ficción de que vivimos en
una sociedad radicalmente plural que ofrece alternativas históricas diversas.

“Todo está falseado en la escena política actual, regulada por un simulacro de


tensión revolucionaria y de toma de poder por los comunistas (y la izquierda en
general); en realidad, detrás de toda una puesta en escena en la que los
comunistas siguen desviviéndose por hacer frente a la derecha y preservar de
este modo todo el edificio, lo que les preocupa y les da una fuerza de inercia
siempre renovada es la obsesión negativa del poder, lo que les estimula es la
vergüenza de la revolución” (Baudrillard).

La izquierda finge que está luchando por el poder para que la derecha pueda fingir
que lo posee. En el fondo, en ambos lados la apuesta es mínima. Lo que está en
juego no es el destino de la civilización moderna o el fin del imperio de la
producción capitalista. Lo único que está en juego es el mantenimiento de la
simulación política de la que la existencia de ambas fuerzas políticas depende. Sin
la ficción de la “guerra del fin de los tiempos”, ni derecha ni izquierda podrían
articular un discurso relevante.

Desde el fin de la Unión Soviética y la entronización del eurocomunismo y la


socialdemocracia, el marxismo fue reducido a su mínima expresión, a una forma
degradada que es incapaz de convencer de que es la forma dialéctica superior del
capital, vale decir, la antítesis de una estructura que debería ser caduca pero no lo
es a simple vista. La izquierda enfrenta enormes dificultades al tratar de convencer
de que es poseedora de soluciones eficaces a los grandes problemas económicos
de la humanidad.

La muerte de la economía política fundada en la teoría del valor profundizó la


tendencia moralista de la izquierda. Ya desde los tiempos de Lenin la glorificación
de la mentalidad puritana a nombre del comunismo era un problema. En la
actualidad, el fin del capitalismo ya no es visto como la consecuencia directa de
crisis económicas cada vez más agudas, sino como un resultado de la
moralización de las masas de la mano del evangelio de la nueva izquierda, ese
credo político que ha renunciado a la lucha contra la plusvalía y tiene como
principales consignas el ambientalismo anticapitalista, el rechazo al consumismo y
el igualitarismo liberal (más derechos para todos, Estado keynesiano para todos).

La nueva izquierda piensa que su estrategia debe consistir en la concientización


dogmática. Ha abandonado la creencia de que, por razones económicas
incontrovertibles, el destino inequívoco de la humanidad es el socialismo. Los
activistas de izquierda trabajan en base al axioma de que para que el capitalismo
se vaya, hay que convertir a los infieles (educar en el marxismo viejo), es decir,
hay que luchar desde el idealismo y no ya desde el materialismo. Al mismo tiempo,
promueven un ascetismo moral (consumir menos, contaminar menos, ambicionar
menos) que se basa en nada más que en la inversión del espíritu capitalista. La
lógica del valor de uso ha sido convertida en una ética social cuasi religiosa que se
contrapone a la lógica del valor de cambio que caracteriza al capitalismo liberal, no
por su progresismo, sino por su carácter reaccionario y romántico.

El moralismo utópico y primitivista se ha comido el materialismo de la izquierda. El


objetivo ya no es una democracia radical tecnificada, sino el retorno del modo de
producción primitivo. Esto va de la mano del abandono de las pretensiones
científicas del marxismo original. La izquierda actual cree en una realidad social
que únicamente reacciona ante la lucha callejera, la escenificación teatral de la
política y la performatividad. Todo se logra a través de la retórica de la lucha y no
ya a través del trabajo. El mundo del trabajo y los obreros ha pasado a ser
irrelevante para ella, pues cree que la nueva sociedad emergerá de la ocupación
masiva de las calles por parte de las masas. Basta una movilización generalizada
para interrumpir el funcionamiento del poder en todos sus aspectos. Los modos de
comprender los mecanismos a través de los cuales la dominación opera se han
empobrecido bastante.

“Los comunistas creen en el valor de uso del trabajo, de lo social, de la materia (su
materialismo), de la historia. Creen en la «realidad» de lo social, de las luchas, de
las clases, etcétera. Creen en todo, quieren creer en todo, ahí está su profunda
moralidad. Y esto es lo que les arrebata cualquier capacidad política” (Baudrillard).
El marxismo se ha convertido en una cuestión de fe. O se cree en él o no se cree.
La doctrina de la inevitabilidad histórica del comunismo ya no es sostenible desde
un punto de vista epistemológico y por eso se la deja guardada en los libros. El
materialismo original ha sido reabsorbido por esa ética posmoderna que ve como
un factor de moralidad el rechazo del historicismo. Hay que actuar como si la
historia de la humanidad no se dirigiese a ningún lado.

Cuando la izquierda reformista asume el poder, lo hace para administrar las crisis
que la economía de los monopolios crea. Los comunistas actuales toman el relevo
de la clase dominante en la gestión política del capital para al cabo de un tiempo
fracasar estrepitosamente en sus programas de reforma, y es por eso que el
aceleracionismo los acusa de ser abanderados del miserabilismo. El marxismo
posmoderno no podría estar más al servicio de los grandes poderes mercantiles, y
eso muestra de forma bastante concluyente que la política revolucionaria se
encuentra castrada.

“El barniz social de los colectivistas se está resquebrajando y su motivación


psicológica se está mostrando. La vieja izquierda había gastado años de esfuerzo,
toneladas de impresiones, miles de millones de dólares y ríos de sangre para
mantener una máscara apolínea. Los marxistas de la vieja línea afirmaban que
eran campeones de la razón, que el socialismo o el comunismo era un sistema
social científico, que una tecnología avanzada no podía funcionar en una sociedad
capitalista, sino que requería una comunidad humana organizada y planificada
científicamente para aportar sus máximos beneficios a cada hombre, en forma de
comodidades materiales y un nivel de vida más alto” (Rand).

La izquierda posmoderna ha renunciado al racionalismo y la ciencia porque se


avergüenza de los fracasos que la concepción científica de la historia le trajo en el
pasado. Al mismo tiempo se avergüenza terriblemente de la historia del marxismo
durante el siglo XX. Nadie hace el esfuerzo de explicar lo sucedido durante los
años estalinistas y las nuevas revoluciones deben hacerse a pesar de que el
sentido común llama a no olvidar los fracasos de antaño.

El abrazo del irracionalismo es consecuencia de la incapacidad de los teóricos


neomarxistas de poner su doctrina a la altura de la ciencia posterior a la revolución
cuántica. Nadie sabe cómo mantener vivo el ideal de un socialismo basado en la
ciencia. Las tendencias más caprichosas de la filosofía continental son un pretexto
para hacer dibujo libre a la hora de describir la realidad de forma fundamentada. El
socialismo utópico se impuso por sobre el materialismo histórico el momento en
que se renunció a la idea de que el fin el capitalismo es una tendencia económica
científica y empíricamente demostrable.

“La vieja línea en el sentido de que el capitalismo era necesario para crear una
civilización industrial, pero no para mantenerla, no se escucha demasiado a
menudo en estos días. (…) Confrontados con la elección de una civilización
industrial o colectivismo, es una civilización industrial que los liberales descartaron.
Confrontados con la elección de tecnología o dictadura, es tecnología que
descartaron. Confrontados con la elección de la razón o los caprichos, es la Razón
que descartaron” (Rand).

La moralidad bienintencionada de los defensores de la igualdad necesita que la


razón sea subordinada al imperio de los sentimientos morales. Las verdades
fundadas en los hechos pueden ser negadas o bien maleadas en nombre de la
empatía con quienes sufren por el sistema (homosexuales, indígenas, jóvenes). La
verdad importa menos que la igualdad. La lucha a favor de una nueva sociedad ha
sido reducida a una cuestión emotiva: hay que combatir al capitalismo por lo
deplorable de sus iniquidades. El sufrimiento es suficiente pretexto para declinar
en la búsqueda de la verdad.

“Berlinguer manifiesta: «No hay que tener miedo a que los comunistas tomen el
poder en Italia.» Fórmula maravillosamente ambigua, ya que puede significar: que
no hay que tener miedo, ya que si los comunistas llegan al poder, no cambiarán
nada de su mecanismo capitalista fundamental; que no existe ningún peligro de
que lleguen nunca al poder por la razón de que no lo quieren; pero también que,
en realidad, el poder, un auténtico poder, ya no existe -ya no existe poder- y por
tanto no hay ningún peligro de que alguien lo tome o lo recupere” (Baudrillard).

La relajación de los poderes de la democracia liberal ha conducido a una situación


en que el poder ya no puede ser ejercido discrecionalmente para amoldar la
realidad a sus mandatos. Cuando la izquierda reformista llega al poder se muestra
incapaz de generar transformaciones de importancia: no puede atentar contra la
propiedad privada del capital porque no puede privarse a sí misma de los
mecanismos de producción que brindan la base material para los intentos de
practicar políticas redistributivas. Cuando hay crisis, el orden social le impone el
papel de administrar la crisis hasta que la derecha encuentre la manera de
relegitimarse. Cuando no hay crisis, no hay motivaciones económicas que inviten
a la gente a apoyar su programa.

Sin ciencia y sin historicismo, la izquierda no tiene como justificar la violencia


política que en el pasado le trajo tantos sombríos momentos de gloria. Los nuevos
militantes son menos propensos a acudir a tácticas como la lucha armada y la
insurgencia porque no tienen el respaldo de un relato duro capaz de explicar
racionalmente la necesidad histórica de los daños colaterales. Los comunistas no
tienen cómo responderse a la pregunta: ¿por qué sigue siendo necesario matar y
morir en nombre del comunismo en el siglo XXI?

Para distanciarse del socialismo utópico y el puritanismo, el programa comunista


necesita regresar al rebaño del humanismo racionalista y reconciliarse con la
investigación científica y la epistemología. El matrimonio con la filosofía
posmoderna ha traído como único resultado un debilitamiento generalizado de su
lucha contra el capital y su supeditación a las demandas del orden social.