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Introducción a la filosofía II

Pérez Flores, Edwin Guillermo


Reporte de lectura sobre las “Meditaciones metafísicas”
Descartes, en la primera meditación, menciona que: cuestionará aquellas ‘verdades’ basadas
en opiniones falsas, las cuales adquirió y admitió desde que era un niño con la finalidad de
liberarse de ellas y conseguir una afirmación capaz de contener en sí misma una certeza
absoluta que nadie pueda dudar, para ello, no demostrara la falsedad de todas esas ‘verdades’,
sino bastara con encontrar, en alguna de aquéllas, razones para ponerlas en duda; que, aunque
no se debe confiar en los sentidos, puesto que nos brindan información tergiversada de la
realidad, nos muestran cosas, a veces, razonablemente indudables: por ejemplo, cuando se
sueña, lo que se ve en él no puede tener otro origen que el de la mismísima realidad captada
por los sentidos del soñador, de tal modo que ni las creaciones más experimentales ni los
sueños más aventurados son invenciones originadas por la realidad; que hay tanto ciencias
inciertas (debido a que necesitan de la consideración de las cosas materiales, como la física,
la astronomía) como las que poseen una verdad que prevalece, pues tratan con cosas muy
simples y generales (la aritmética, la geometría); que existe un genio maligno (figura
contraria a Dios, ya que éste es bondadoso y, por tanto, no podría engañarnos), el cual elabora
diversos estratagemas a fin de que, al momento de sumar dos más tres o de contar los cuatro
lados del cuadrado, obtengamos siete como resultado de nuestra operación aritmética o
enumeremos más de cuatro lados, a pesar de esto, el filósofo francés afirma que algunos
individuos preferían creer en las cosas inciertas que en el Dios lleno de verdad.
En la segunda meditación, el autor explica, después de haber desechado los
conocimientos que creía verídicos, que: era necesario reconstruir aquéllos, pero esta vez con
base en un método fiable y sólido, es decir, aquel con el que puede dudar lógicamente de la
su propia duda; como consecuencia de lo anterior, Descartes declaró que si pensaba, por lo
tanto, existía (cogito ergo sum) y que, con esto, la primera verdad absoluta, podría cimentar
la base de todo el conocimiento; que el espíritu se distingue del cuerpo, porque: el primero,
el alma del hombre, es indivisible, mientras que el segundo, divisible, y porque éste último
es el medio empleado por alma para relacionarse con la realidad sensible que elaboró Dios;
que existe un ‘yo’ cuya esencia es ser pensamiento, en el que se concentran los contenidos
del pensamiento (es decir, la realidad existencia del sujeto pensante), los cuales pueden ser
afectados por la duda (a diferencia del ‘yo’ que es inmune a ella); y que, a partir de la idea

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de que un algo engendra otro algo, Dios, perfecto e infinito, creó a la humanidad con la
capacidad de poseer la idea de lo infinito y lo inmortal, de tal modo que el aquélla tiene, antes
que la idea de sí misma, la de Dios.
En la tercera meditación, el escritor del Discurso de método se aísla de sus sentidos
para que pueda sostener un coloquio consigo mismo; el resultado: introduce como criterio de
verdad la distinción y la claridad, de tal modo que aquellos objetos, que se interpretan de
forma clara y distinta, son verdaderos; con base en lo anterior, el filósofo examina la
posibilidad de que Dios exista y, si existe, que éste no le mienta. Para tal empresa,
primeramente, expone que las ideas se clasifican de tres maneras (las ideas que se consideran
como: innatas, ajenas o inventadas por uno mismo), para después declarar que: “no sólo que
la nada no podría producir cosa alguna, sino que lo más perfecto, es decir, lo que contiene
más realidad, no puede provenir de lo menos perfecto... Para que una idea contenga tal
realidad objetiva (…), debe haberla recibido, (…), de alguna causa, en la cual haya tanta
realidad formal, por lo menos, cuanta realidad objetiva contiene la idea”1; así, colige que: si
sabe claramente que una idea de él no está en él formal ni esencialmente, entonces hay algo
externo, pues en el universo no está solo, que provoca tal idea, el cual se presenta como el
fin del proceso infinito del nacimiento de una idea (es decir, una idea origina a otra y así
sucesivamente), porque ese algo es la idea primera, en la que se concentra toda la realidad;
que Dios existe, finalmente, por causa de que la humanidad desea, porque le falta algo, en
otras palabras, lo que es completo, perfecto, y, aunque lo consiguiéramos, cabe la
probabilidad de que se no presentara la pregunta incómoda sobre la identidad y el paradero
de nuestro creador: “El cuerpo evidentemente nace de un parto y (…). Evidentemente debe
venir de un ser superior, Dios; sólo Él es capaz de unir al cuerpo una alma”2, así, la existencia
de Dios es posible, porque, si Descartes lleva en sí mismo la idea de Dios, entonces ese ser
divino existe, puesto que sólo él pudo colocarle aquella idea en ese ‘yo’.

1
René Descartes, Meditaciones metafísicas, Quito, Libresa, 1995, pág. 96.
2
Ibídem, pág. 108.