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Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le preguntó:

EL TROMPO
-¿Quién está enfermo en tu casa?
JOSÉ DIEZ CANSECO
-Nadies…Soy yo que me ha salido unos chupitos… Y con “Chupitos”
Sobre el cerro San Cristóbal la neblina había puesto una capota sucia quedó bautizado el mocoso que ahora iba con Feliciano, Glicerio, el
que cubría la cruz de hierro. Una garúa de calabobos se cernía entre bizco Nicasio, Faustino Zapata, pendencieros de la misma edad que
los árboles lavando las hojas, transformándose en un fango ligero y vendían suertes o pregonaban crímenes, ávidamente leídos en los
descendiendo hasta la tierra que acentuaba su color pardo. Las diarios que ofrecían. Cerraba la marcha Ricardo, el famoso Ricardo
estatuas desnudas de la Alameda de los Descalzos se chorreaban con que, cada vez que entraba a un cafetín japonés a comprar un alfajor
el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado en cada escorzo. o un comeycalla, salía, nadie sabía cómo, con dulces o bizcochos para
Un policía, cubierto con su capote azul de vueltas rojas, daba unos todos los feligreses de la tira:
pasos aburridos entre las bancas desiertas, sin una sola pareja,
dejando la estela fumosa de su cigarro. Al fondo, en el convento de -¡Pestaña que tiene uno, compadre!
los frailes franciscanos se estremecía la débil campanita como un son Gran pestaña, famosa pestaña que un día le falló, desgraciadamente,
triste… como siempre falla, y que costó una noche íntegra en la comisaría de
En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los donde salió con el orgullo inmenso de quien tiene la experiencia
tranvías, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los carcelera que él sintetizaba en una frase aprendida de una crónica
“colectivos”, se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los policial:
ruidos parecían lejanos. A veces surgía la estridencia característica de
-Yo soy un avesado en la senda del crimen…
los neumáticos rodando sobre el asfalto húmedo y sonoro y surgía
también solitario y escuálido, el silbido vagabundo del transeúnte El grupo iba en silencio. El día anterior, Chupitos había perdido su
invisible. Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y trompo, jugando a la “cocina” con Glicerio Carmona, ese juego
huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las infame y taimado, sin gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza.
tiorbas: Un juego que consiste en ir empujando el trompo contrario hasta
¡La tarde era triste, meterlo dentro de un círculo, en la “cocina”, en donde el perdidoso
la nieve caía!… tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad
Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos, a su lado el cholo rastrera de saberlo empujar.
Feliciano Mayta. Chupitos era un zambito de diez años, con ojos No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros sabían bien
vivísimos sombreados por largas pestañas y una jeta burlona que que los trompos, como todo en la vida, deben pelearse a tajos y a
siempre fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde quiñes, con el puñal franco de las púas sin la mujeril arteria del
que un día, hacía un año más o menos, sus amigos le encontraron en evangelio. El pleíto tenía siempre que ser definitivo, con un
la puerta de la botica de San Lázaro pidiendo: triunfador y un derrotado, sin prisionero posible para el orgullo de
los mulatos palomillas.
-¡Despáchabame esta receta!… Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdido su
trompo. Le había costado veinte centavos y era de naranjo. Con esa -¡Cocina!
ciencia sutil y maravillosa, que sólo poseen los iniciados, el muchacho
Se atolondró la protesta del zambito:
había acicalado su trompo así como su padre acicalaba sus ajisecos y
sus giros, sus cenizos y sus carmelos, todos esos gallos que eran su -¡Yo no juego a la cocina! Si quieres a los quiñes…
mayor y su más alto orgullo. Así como a los gallos se les corta la La rebelión de Chupitos causó un estupor inenarrable en el grupo de
cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear a su antojo, los palomillas. ¿Desde cuándo un chantado se atrevía a discutir al
así Chupitos le cortó la cabeza al trompo, una especie de perrilla que prima? El gran Ricardo murmuró con la cabeza baja mientras
no servía para nada; lo fue puliendo, nivelando y dándole cera para enhuracaba su trompo:
hacerlo más resbaladizo y le cambió la innoble púa de garbanzo, una
púa roma y cobarde, por la púa de clavo afilada y brillante como una -Tú sabes, Chupitos, que el que manda, manda, así es la ley…
de las navajas que su padre amarraba a las estacas de sus pollos Chupitos, claro está, ignoraba que la ley no es siempre la justicia y
peleadores. viendo la desaprobación de la tira de sus amigotes, no tuvo más
Aquel trompo había sido su orgullo. Certero en la chuzada, Chupitos remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar, arrimado a la
nunca quedó el último y, por consiguiente, jamás ordenó cocina, ese pared con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su
juego zafio de empellones. ¡Eso nunca! Con los trompos se juega a juguete lo que les daba la gana ¡Ah, de fijo que le iban a quitar su
los quiñes, a rajar al chantado y sacarle hasta la contumelia que en, trompo!… Todos aquellos compadres sabían lo suficiente para no
en lengua faraona, viene a ser algo así como la vida. ¡Cuántas veces quemarse ni errar un solo tiro y el arma de su orgullo iría a parar al
su trompo, disparado con su fuerza infantil, había partido en dos al fin en la cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia y la cobardía de
otro que enseñaba sus entrañas compactas de madera, la contumelia Glicerio Carmona había ordenado para apoderarse del trozo de
destrozada! Y cómo se ufanaba entonces de su hazaña con una naranjo torneado, en que el zambito fincaba su viril complacencia de
media sonrisa pero sin permitirse jamás la risotada burlona que su fuerza, Y, sin decirlo naturalmente, sin pronunciar las palabras en
habría humillado al perdedor: alta voz, Chupitos insultó espantosamente a Carmona pensando:

-Los hombres cuando ganan, ganan. Y ya está. -¡Chontano tenía que ser!

Nunca se permitió una burla. Apenas la burla presuntuosa que Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta que, al fin, el
delataba el orgullo de su sabiduría en el juego y, como la cosa más grito de júbilo de Glicerio anunció el final del juego:
natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se chantase -¡Lo gané!
y rajarlo en dos con la infalibilidad de su certeza. Sólo que el día
anterior, sin que él se lo pudiese explicar hasta este instante, cayó Sí, ya era suyo y no había poder humano que se lo arrebatase. Suyo,
detrás de Carmona. ¡Cosas de la vida! Lo cierto es que tuvo que pero muy suyo, sin apelación posible, por la pericia mañosa de su
chantarse y el otro, sin poder disimular su codicia, ordenó juego. Y todos los amigos le envidiaban el trompo que Carmona
rápidamente por las ganas que tenía de quedarse con el trompo mostraba en la mano exclamando:
hazañudo de Chupitos: -Ya no juego más…
II -Yo no digo que tú eres una criminal. Lo que quiero es saber adónde
has estado. Nada más.
¡Pero qué mala pata, Chupitos! Desde chiquito la cosa había sido de
-En la esquina.
una pata espantosa. El día que nació, por ejemplo, en el Callejón de
-¿En la esquina? ¿Y qué hacías en la esquina?
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una vecina dejó sobre un trapo
-Estaba con Juana Rosa…
la plancha ardiente, encima de la tabla de planchar, y el trapo y la
tabla se encendieron y el fuego se extendió por las paredes Y dando una media vuelta que hizo revolar la falda, se fue a avivar los
empapeladas con carátulas de revistas. Total: casi se quema el tizones y recalentar la carapulcra. La comida fue en silencio. Chupitos
callejón. La madre tuvo que salir en brazos del marido y una hermana no se atrevía a levantar las narices del plato y el padre apuraba, uno
de éste alzó al chiquillo de la cuna. A poco, los padres tuvieron que tras otro, largos vasos de vino. Al terminar, el zambo se lió la bufanda
entregarlo a una vecina para que lo lactara, no fuera que el susto de al cuello, se terció la gorra sobre una oreja, y, encendiendo un
la madre se la pasara al muchacho. Luego fue creciendo en un cigarrillo, salió dando un portazo.
ambiente “sumamente peleador”, como decía él, para explicar esa su
La mujer no dijo ni chus ni mus. Vio salir al marido y adivinó a dónde
pasión por las trompeaduras. ¿Que sucedía? Que su madre, zamba
iba: ¡A hablar con Juana Rosa! Y entonces, sin reflexionar en la locura
engreída, había salido un poco volantusa, según la severa y acaso
que iba a cometer, se envolvió en el pañolón, ató en una frazada
exagerada opinión de la hermana del marido, porque volantusería
unas cuantas ropas y salió también de estampida dejando al pobre
era, al fin y al cabo, eso de demorarse dos horas en la plaza del
Chupitos que, de puro susto, se tragaba unas lágrimas que le
mercado y llegar a la casa, a los dos cuartos del callejón humilde,
desbordaban los ojazos ingenuos sin saber el porqué. A medianoche
toda sofocada y preguntando por el marido:
regresó el marido con toda la ira del engaño avivada por el alcohol;
-¿Ya llegó Demetrio? abrió la puerta de una patada y rabió la llamada:
Hasta que un día se armó la de Dios es Cristo y mueran los moros y -¡Aurora!
vivan los cristianos. Chupitos tenía siete años y se acordaba de todo.
Le respondió el llanto del hijo:
Sucedió que un día su mamá llegó con una oreja muy colorada y el
revuelto pelo mal arreglado. El marido hizo la clásica pregunta: -Se fue, papacito…
-¿A dónde has estado?… La comida está fría y yo… ¡espera que te El zambo entonces guardó con lentitud el objeto de peligro que le
espera! A ver, vamos a ver… brillaba en la mano y murmuró con voz opaco:
Y, torpemente, sin poder urdir la mentira tan clásica como la -Ah, se fue, ¿no?… Si tenía la conciencia más negra que su cara… ¡Con
pregunta, la zamba había respondido rabiosamente: Juana Rosa!…¡Yo le voy a dar Juana Rosa!…
-¡Caramba! Ni que fuera una criminal… Su hermana había tenido razón: Aurora fue siempre una volantusa…
No había nada qué hacer. Es decir, sí, sí había qué hacer: romperle la
Arguyó la impaciencia contenida del marido:
cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siempre de su
tamaña ofensa. Allá, en la esquina, se lo habían contado todo y ya
sabía lo que mejor hubiese ignorado siempre: esa oreja enrojecida, tampoco debían tener quiñes. No, nada de lo que un hombre posee,
ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante que la mujer o trompo -juguetes- podía estar maculado por nadie ni por
zamaqueó rudamente por sabe Dios, o el diablo, qué discusión sin nada. Que si el hombre pone toda su complacencia y todo su orgullo
verguenza… Ah, no sólo había habido engaño sino que, además, en la compañera o en juego, nada ni nadie puede ganarle la mano.
había otro hombre que también se creía con derecho de asentarle la Así es la cosa y no puede ser de otra guisa. Esa es la dura ley de los
mano… No, eso no: los dos tenían que saber quién era Demetrio hombres y la justicia dura de la vida.
Velásquez… ¡Claro que lo iban a saber!
Y no lo olvidó nunca. Tres años pasaron desde que el muchacho se
Y lo supieron. Sólo que, después, Demetrio estuvo preso quince días quedara sin madre y, en esos tres años, sin más compañía que el
por la paliza que propinó a los mendaces y quien, en buena cuenta padre, se fue haciendo hombre, es decir, fue aprendiendo a luchar
pagó el pato el pobre Chupitos que se quedó si madre y con el padre solo, a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de
preso, mal consolado por la hospitalidad de la tía, la hermana de nadie, sólo por la sutileza de su ingenio criollo o por la pujanza viril
Demetrio, que todo el día no hacía sino hablar de Aurora. de sus puños palomillas, En las tientas de gallos, mientras sostenía al
chuzo desplumado que servía de señuelo a los gallos que su padre
-Zamba más sinverguenza… ¡Jesús!
adiestraba, aprendió ese arte peligroso de saber pelear, de agredir
Cuando el padre volvió de la prisión el chiquillo le preguntó llorando: sin peligro y de pegar siempre primero.
-¿Y mi mamá? Ahora tenía que resolver la dura cuestión que le planteaba la codicia
El zambo arrugó sin piedad la frente: del cholo Carmona: ¡había perdido su trompo! Y aquella misma tarde
de la derrota regresó a su casa para pedir a su padre después de la
-¡Se murió!… Y… ¡no llores! comida:
El muchacho lo miró asombrado, sin entender, sin querer entender, -Papá, regáleme treinta centavos, ¿quiere?
con una pena y con un estupor que le dolían malamente en su alma -¿Treinta centavos? Come tu ajiaco y cállate la boca.
huérfana. Luego se atrevió:
El muchacho insistió levantando las cejas para exagerar su pena:
-¿De veras?
-Es que me ganaron mi trompo y tengo que comprarme otro.
Tardó unos instantes el padre en responder. Luego, bajando la -¿Y para qué te lo dejaste ganar?
cabeza y apretándose las manos, murmuró sordamente: -¿Y qué iba a hacer?
-De veras. Mujeres con quiñes, como si fueran trompos… ¡Ni de La lógica paterna:
vainas! -No dejártelo ganar…
III Chupitos explicaba alzando más las cejas:
Fue la primera lección que aprendió Chupitos en su vida: mujeres con -Fue Carmona, papá, que mandó cocina y como tuve que
quiñes, como si fueran trompos, ¡ni de vainas! Luego los trompos chantarme… Déme los treinta chuyos, ¿Quiere?…
En la expresión y en la voz del muchacho el padre advirtió algo pelea, como las navajas de los gallos, y le robó un cabito de vela para
inusitado, una emoción que se mezclaba con la tristeza de una encerarlo. Terminada la operación, enrolló el trompo con la huaraca,
virilidad humillada y con la rabia apremiante de una venganza por la fina cuerda bien manoseada, escupió una babita y lo lanzó con
cumplir. Y, casi sin pensarlo, se metió la mano en el bolsillo y sacó los fuerza en el centro de la señal. Y al levantarlo, girando como una
tres reales pedidos: sedita, sin una sola vibración, vio con orgullo cómo la púa de clavo le
hacía sangrar la palma rosada de su mano morena:
-Cuidado con que te ganen otro.
-¡Ya está! ¡Ahora va a ver ese cholo currupantioso!
El muchacho no respondió. Después de echar la cantidad inmensa de
azúcar en la taza de té, bebió resoplando. IV
La tarde era triste,
-¡Caray con el muchacho! ¡Te vas a sancochar el hocico! rezongó la
la nieve caía!…
tía.
En Lima, gracias a Dios, no hay nieve que caiga ni caído nunca.
El zambito, sin responder, bebía y bebía, resopló al terminar, se Apenas esa garúa finita de calabobos, como dije al principio de este
limpió los belfos con el dorso de la mano y salió corriendo: relato, chorreando su fanguito de las hojas de los árboles,
-¿A dónde vas? morenizando el mármol de las estatuas que ornan la Alameda de los
-¡A la chingana de la esquina! Descalzos. Allá iban los amigotes del barrio a chuzar esa partida en
que Chupitos había puesto todo su orgullo y su angustiada
Llegó acezando a la pulpería en donde el chino despachaba impasible esperanza:
a la luz amarilla del candil de kerosene:
-¿Se lo ganaré a Carmona?…
-Oye, ¡Dame ese trompo!
Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, propuso la
Y señalaba uno, más chico que el anterior, también de naranjo, con pelea de los trompos, el propio Chupitos opinó que en esa tarde, con
su petulante cabecita y su vergonzante púa de garbanzo. Pagó veinte tanta lluvia y tanto barro, no se podría jugar. Y como lo presumió,
centavos y compró un pedazo de lija con qué pulir el arma que le Carmona tuvo la mezquindad de burlarse:
recuperase al día siguiente el trompo que fue su orgullo y la envidia
de toda la tira del barrio. -Lo que tienes es miedo de que te quite otro trompo.
-¿Yo miento? No seas…
Por la mañana se levantó temprano y temprano fue al corral. Allí -Entonces, ¿vamos?
escogió un claro y comenzó toda la larga operación de transformar el -Al tirito.
pacífico juguete en un arma de combate. Le quitó la púa roma y con
el serrucho más fino que su padre empleaba para cortar los Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que
espolones de sus gallos, le cortó la cabeza inútil. Luego con la lija, todavía tiene, felizmente, tierra que juegan los palomillas. Carmona
pulió el lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo se apresuró a escupir la babita alrededor de la cual todos formaron
invulnerable. Dos horas estuvo afilando el clavo para hacer la púa de un círculo. Mayta disparó primero, luego Ricardo, después Faustino
Zapata. Carmona midió la distancia con la piola, adelantó el pie
derecho, enhuaracó con calma y disparó. Sólo que fue carrera de De pronto, se detuvo. Sus amigos que lo miraban marchar con la
caballo y parada de borrico, porque cayó el último. cabecita gacha, pensaron que iba a volver, pero Chupitos sacó del
bolsillo el resto del clavo que les sirviera para hacer la segunda púa
Chupitos disparó a su vez, inexplicablemente para él, su púa se hincó
de combate y,arañando la pared, volvió a emprender su marcha
detrás de la marca de Ricardo quien resultó prima.
hasta que se perdió, solo, triste e inútilmente vencedor tras la
Desgraciadamente, así, en público, el muchacho no pudo sugerirle
esquina esa en que, a la hora de la tertulia, tanto había ponderado al
que mandase la cocina con que habría recuperado su trompo y
viejo trompo partido ahora por su mano.
Ricardo mandó:
-¡Quiñes!
El trompo que ahora tenía Carmona, el trompo que antes había sido
de Chupitos, se chantó ignominiosamente: ¡En sus manos jamás se
habría chantado! Y allí estaba estúpido e inerte, esperando que las
púas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de
naranjo. Y los golpes fueron llegando: Mayta le sacó una lonja y
Faustino le hizo los quiñes de emparada. Hasta que al fin le llegó el
turno a Chupitos. ¿Qué podría hacer?
¡Los trompos con quiñes, como la mujeres, ni de vainas!… Nunca
sería el suyo ese trompo malamente estropeado ahora por la ley del
juego que tanto se parece a la ley de la vida… Lenta,
parsimoniosamente, Chupitos comenzó a enhuaracar su trompo para
poner fin a esa vergüenza. Ajustó ahora la piola y pasó poo la púa el
pulgar y el índice mojados en saliva; midió la distancia, alzó el bracito
y disparó con toda su alma. Una sola exclamación admirativa se
escuchó:
-¡Lo rajaste!
Chupitos ni siquiera miró el trompo rajado: se alzó de hombros y
abandonando junto al viejo el trompo nuevo, se metió las manos en
los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando:
-Ya lo sabía…
Y se fue. Los muchachos no se explicaban por qué los dos trompos
allí, tirados, ni por qué se iba pegadito a la pared.
cabezas. Y ahora, él, con cada paso que daba, iba internándose
El niño de junto al cielo dentro de la bestia...
Enrique Congrains Martin
Se detuvo, miró y meditó; la ciudad, el Mercado Mayorista, los
Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes
precisamente al único lugar... Pero ¿no sería, más bien, que “aquello” algunas como él, otras no como él, y el billete anaranjado, quieto,
había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “diez” por
billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida. ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el
“diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse
¿Por qué, por qué él? seguro y confiado, pero sólo hasta cierto punto. Antes, cuando
comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el
Su madre se había encogido de hombros al pedirle, él, autorización horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No,
para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado desgraciadamente no. Diez años no era todo, Esteban se sentía
con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara
hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete
sendero que corría paralelamente a la pista. anaranjado.

Vacilante, incrédulo se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, Estuvo dando algunas, vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta
diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una
pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección,
exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba
complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.
de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.
Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se
Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las
ese cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas
detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía
indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él se innecesariamente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que
preguntaba o era él, el que había ido hacia el billete? también en la ciudad había seres humanos.

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, ¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora?
desperdicios de albañilería y excrementos; llegó a una calle y desde ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían
allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su mano
hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?... La palabra le sonaba a hueco. dentro del bolsillo acariciaba el billete.
Recordó: su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan
grande que en ella vivían un millón de personas. —¡Hola, hombre!

¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía —Hola ... —respondió Esteban, susurrando casi.
unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de
El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y —Yo no tengo casa ... —dijo el chico después de un rato. Tiró una
camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, bola contra la tierra y exclamó—: ¡Caray, no tengo!
pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e
indefinibles. —¿Dónde vives, entonces? —se animó a inquirir Esteban.

—¡Eres de por acá! —le preguntó a Esteban. El chico recogió la bola, la frotó en su mano y luego respondió:

—Sí, este ... —se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el —En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos ...
cerro y que estaba en viaje de exploración a través de la bestia de un
millón de cabezas. Amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y
le preguntó—: ¿Cómo te llamas tú?
—¿De dónde, ah? —se había acercado y estaba frente a Esteban.
Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba a abajo—. —Esteban ...
¿De dónde, ah? —volvió a preguntar.
—Yo me llamo Pedro —tiró la bola al aire y la recibió en la palma de
—De allá, del cerro —y Esteban señaló en la dirección en que había su mano —. Te juego, ¿ya Esteban?
venido.
Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente.
—¿San Cosme? Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos,
pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego
Esteban meneó la cabeza, negativamente. había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la
habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento
—¿Del Agustino? gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos.
Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro, que estando
—¡Sí, de ahí! —exclamó sonriendo. Ese era el nombre y ahora lo solo.
recordaba. Desde hacía meses, cuando se enteró de la decisión de
su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando cosas de la Dieron algunas vueltas, más y más edificios. Más y más gentes. Más
ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo.
grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí Esteban lo recordó.
llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos,
tiendas enormes, calles larguísimas... ¡Lima! ... Su tío había salido —¡Mira lo que me encontré! —lo tenía entre sus dedos y el viento lo
dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una hacía oscilar levemente.
casa ¿En qué sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella
tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas —¡Caray! —exclamó Pedro y lo tomó, examinándolo al detalle—.
llegó la carta que ordenaba partir... ¡Lima! ... ¿El cerro del Agustino, ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?
Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La
choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al —Junto a la pista, cerca del cerro —explicó Esteban.
Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía.
Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó:
medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio
—¿Qué piensas hacer, Esteban? de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje, en Tarma, se había
preguntado: ¿iremos a vivir a Miraflores, al Callao a San Isidro, a
—No sé, guardarlo, seguro ... —y sonrió tímidamente. Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían
tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante
—¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabra que sí! viaje, arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro?
¿Callao? ¿A dónde Esteban, adónde? Su tío había mencionado el
—¿Cómo? lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser
algún barrio nuevo, pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más
Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, calles. Todas diferentes pero, cosa curiosa, todas parecidas, también.
muchísimas cosas. Su gesto podía interpretarse como una total El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en
despreocupación por el asunto —los negocios— o como una gran mitad de cerro, casas en la cumbre del cerro. Habían subido y una
abundancia de posibilidades y perspectiva. Esteban no comprendió. vez arriba, junto a la choza que había levantado su tío. Esteban
contempló a la bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se
—¿Qué clase de negocios, ah? extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casa, calles,
techos, edificios, más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces
—¡Cualquier clase, hombre! —pateó un cáscara de naranja que rodó Esteban había levantado los ojos, y se había sentido tan encima de
desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus todo —o tan abajo, quizá— que había pensado que estaba en el
que la aplanó contra el pavimento—. Negocios hay de sobra, palabra barrio de Junto al Cielo.
que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra
libra en el bolsillo. —Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio conmigo? —Pedro se
había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.
—¿Una libra más? —preguntó Esteban asombrándose.
—¿Yo?... —titubeando, preguntó—: ¿Qué clase de negocio?
—¡Pero claro, claro que sí!... —volvió a examinar a Esteban y le ¿Tendría otro billete mañana?
preguntó—: ¿Tú eres de Lima?
—¡Claro que sí, por supuesto! —afirmó resueltamente.
Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes
grises, ni jugando sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro
eso en sus diez años, salvo lo de ese día. billete más, y otro más, y muchos más. Muchísimos billetes más,
seguramente. Entonces el “diez años” sería esa meta que siempre
—No, no soy de acá, soy de Tarma; llegué ayer... había soñado.

—¡Ah! —exclamó Pedro, observándolo fugazmente—. ¿De Tarma, —¿Qué clase de negocios se puede, ah? —preguntó Esteban.
no?
Pedro sonrió y explicó:
—Sí, de Tarma ...
—Negocios hay muchos ... Podríamos comprar periódicos y
Habían dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A venderlos por Lima; podríamos comprar revistas, chistes ... —hizo
una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, —¿Cuánto cuesta el tranvía?
entusiasmándose—: Mira, compraremos diez soles de revistas y los
vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, —¡Nada, hombre! —y se rió de buena gana—. Lo tomamos no más y
palabra. le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín.

—¿Quince soles? Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente
nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.
—¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para
mí! ¿Qué te parece, ah? —¿Adónde va toda esa gente en auto?

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero ¿adónde iban realmente?
convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío: Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la
convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban, cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras. Al fin terminó la calle y
saldrían muchísimas otras. llegaron a una especie de parque.

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir —¡Corre! —le gritó Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse
permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y se
ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente encaramaron al estribo.
gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó
por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la Una vez arriba se miraron, sonrientes. Esteban empezó a perder el
carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo.
la mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había
empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un soñado, y ya no le importaba estar siempre, aquí o allá, en el centro
millón de cabezas. mismo, en el ombligo mismo de la bestia.

—Vas a ver que fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente, esta vez,
cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus hijos. Y si después de una serie de paradas, todo el mundo se había levantad
queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas y de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.
así vienen más rápido ... ¡Ya vas a ver qué bueno es hacer
negocios!... —Vamos, ¿qué esperas?

—¿Queda muy lejos el sitio? —preguntó Esteban, al ver que las —¿Aquí es?
calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había
quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para —Claro, baja.
él.
Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia.
—No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando Esteban veía más gente y las veía marchar —sabe Dios dónde— con
hasta el centro. más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con
gusto, como la gente de Tarma?
—Paga.
—Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las
revistas. Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era
más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien
—Bueno —asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera
importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera en necesario.
varias más. Eso era lo importante.
—Paga —repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo
—¿Tú tampoco tienes papá? —le preguntó Pedro mientras doblaban que controlaba la venta.
hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía.
—¿Es justo una libra?
—No, no tengo ... —y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un
momento, Esteban preguntó—: ¿Y tú? —Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una.

—Tampoco, ni papá, ni mamá. —Pedro se encogió de hombros y Oprimió el billete con desesperación, pero al fin terminó por extraerlo
apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente: del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al
hombre.
—¿Y al que le dices “tío”?
—Vamos —dijo jalándolo.
—Ah ... él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer ... —calló,
pero enseguida dijo—: Mi papá murió cuando yo era un chico... Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en
uno de los muros que circulaban el jardín. Revistas, revistas, revistas
—¡Ah, caray!... ¿Y tu “tío”, qué tal te trata? señor, revistas señora, revistas, revistas. Cada vez que una de las
revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado.
—Bien; no se mete conmigo para nada. Quedaban seis revistas y pronto de seguir así las cosas, no habría de
quedar ninguna.
—¡Ah!
—¿Qué te parece, ah? —preguntó Pedro, sonriente con orgullo.
Habían llegado al lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos
grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al —Está bueno, está bueno... —y se sintió enormemente agradecido a
por mayor. su amigo y socio.

—Ven, entra —le ordenó Pedro. —Revistas, revistas ¿no quiere un chiste, señor?

Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo habían revistas, y El hombre se detuvo y examinó las carátulas. ¿Cuánto? Un sol
algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban cincuenta, no más... La mano del hombre quedó indecisa sobre dos
sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió. Cóbrese. Y las
acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas. monedas cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se
limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa
era soñar, allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame
otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya
y paladeando con fruición la vida. Esteban?

Él era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente —Ya.


bien. Revistas, revistas, gritaba el socio industrial, y otra revista más
que desaparecía en manos impacientes. ¡Apúrate con el vuelto!, Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y
exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba a prisa, tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda.
rápidamente. ¿Adónde van que se apuran tanto?, pensaba Esteban. Entró.

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable, aunque —Déme un pan con jamón —pidió a la muchacha que atendía.
algo difícil de comprender. Eso no importaba; seguramente, con el
tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó.
permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no Esteban puso la moneda sobre el mostrador.
quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho
desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la —Vale un sol veinte —advirtió la muchacha.
bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes ... Listo, ya
no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro —¡Un sol veinte! ... —devolvió el pan y quedo indeciso un instante.
y media. Luego se decidió—: Deme un sol de galletas, entonces.

—¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado! ... —prorrumpió Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó
luego. junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su
gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la
—¿No haz almorzado? revista que le quedaba?

—No, no he almorzado... —observó a posibles compradores entre las Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz,
personas que pasaban y después sugirió—: ¿Me podrías ir a comprar absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la
un pan o un bizcocho? calle, esperó que pasara uso automóviles y llegó a la vereda. Veinte o
treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había
—Bueno —aceptó Esteban, inmediatamente. confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningún
otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince soles,
Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó: ni ... ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era
ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró
—Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya? a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un
chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había
—Sí, ya sé. notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no
se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?
—¿Ves ese cine? —preguntó Pedro señalando a uno que quedaba
en la esquina. Esteban asintió—. Bueno, sigues por esa calle y a Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había
demorado y Pedro lo estaba buscando. Esto tenía que haber recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las
sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había esperanzas en el bolsillo de Pedro... Inmóvil, dominándose para no
ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con terminar en pleno llanto.
un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron
quedando a sus espaladas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: Entonces ¿Pedro lo había engañado?... ¿Pedro su amigo, le había
ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces?... robado el billete anaranjado?... ¿O sería, más bien, la bestia con un
millón de cabezas la causa de todo?... Y ¿acaso no era Pedro parte
—Señor, ¿tiene hora? —le preguntó a un joven que pasaba. integrante de la bestia?...

—Sí, las cinco en punto. Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una
galleta y, desolado, se dirigió a tomar el tranvía.
Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia y prefirió no
pensar. Comprendió que, de hacerlo, terminaría llorando y eso no
podía ser. El ya tenía diez años, y diez años no eran ni ocho, ni
nueve ¡Eran diez años!

—¿Tiene hora, señorita?

—Sí —sonrió y dijo con voz linda—: Las seis y diez —y se alejó
presurosa.

¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista? ... ¿Dónde estaban, en qué


lugar de la bestia con un millón de cabezas estaban? ...
Desgraciadamente no lo sabía y sólo quedaba la posibilidad de
esperar y seguir esperando...

—¿Tiene hora, señor?

—Un cuarto para las siete.

—Gracias...

¿Entonces? ... Entonces, ¿ya Pedro no iba a regresar? ... ¿Ni Pedro,
ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces?... Decenas
de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que
se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la
piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido,
rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse
muchísimo más, apúrense más... Y Esteban permanecía inmóvil,
apremiantes para colmo de males, notó que las plantas de la orilla
La Yacumama venían a su encuentro, cerrándole el pase como si obedecieran a no
sé qué designio; terriblemente asustado, giró su cabeza para ver que
En lo profundo de un bosque impenetrable por su exuberante ocurría con la fiera y comprobó que ella le perseguía a toda
vegetación, había un lago muy poco conocido por los que vivían en velocidad. En ese momento, aterrorizado levantó sus ojos al cielo y
las proximidades de ese lugar. Simulaba ser sumamente tranquilo, clamó ayuda al Dios todopoderoso, convencido que él no podía
apacible, en suma, un remanso de paz; pero, lamentablemente era lo hacer nada para librarse con vida de ese monstruo lacustre.
contrario.
Y realmente, el Señor escuchó su súplica, porque inexplicablemente
Así lo aseveraban quienes habían llegado a él, pues sabían que tenía cayeron al lago cuatro sachavacas peleando y mordiéndose como
"madre" y que ella celosamente cuidaba ese lugar, persiguiendo sin fieras, produciendo un tremendo ruido.
piedad al que por desgracia se atrevía a pescar en sus aguas.
Ese terrible estruendo asustó a esa serpiente, que no era otra cosa
Así llegó cierto día un pescador que siguiendo el curso de un que la terrible Yacumama, que velozmente se sumergió en su lago.
riachuelo desembocó en él; desde el primer momento que lo vio, se
sintió feliz porque creía que era el primero en llegar y pensó: al fin Incomprensiblemente, las plantas acústicas también volvieron a
podré realizar una "pesca milagrosa" en esta laguna olvidada, que suposición inicial y todo quedó en calma, pues hasta las sachavacas
debe estar llena de peces. se escaparon viendo a la horrible Yacumama. El pescador que
advertía estupefacto todo cuanto sucedía. Lo quiso perder un
Infelizmente no fue así; al penetrar en el lago, lo primero que hizo segundo más, y se alejó de este fatídico lago, antes que la Yacumama
fue ubicar un lugar para arrojar su tarrafa y aunque se sentía le cerrara el paso nuevamente.
intrigado por el movimiento del agua, siguió remando confiado; pero
el vaivén continuo de su canoa, siguió preocupándole hasta que Lamentablemente no llevó ni un solo pez, porque "la madre" de esa
sintió que algo salía del fondo del lago. laguna no quiso regalarle sus pacos, sardinas, sábalos, bujurquis, lizas
y gamitanas. Al respecto, se cuenta que cuando alguna persona
Rápidamente volvió para averiguar… ¿qué era eso?, y vio una terrible común se acerca a las orillas y penetra a esos lagos encantados, se
cabeza, suspendida a casi un metro de altura sobre la superficie del desata sorpresivamente una tormenta infernal que hace zozobrar la
agua moviendo su monstruosa figura de orejas paradas y sacando su embarcación y la persona se ahoga irremediablemente.
lengua puntiaguda.

Inmediatamente dio vuelta su canoa, metió su remo con fuerza


hasta el fondo del agua para impulsarse mejor y en esos instantes
NUNKUI — No te voy a dar yucas ni plátanos, pero te voy a dejar a mi
(MITO) pequeña hijita. Cuídala bien. Ella te dará lo que pidas. Si no la cuidan
Hace mucho tiempo, dicen, los aguarunas vivían casi sin comer. Las bien, los Nunkui nos iremos a vivir a otra parte.
mujeres ya habían aprendido a fabricar ollas de barro pero no tenían
alimentos que cocinar. Sufrían mucho de hambre. Sólo comían algunos La mujer, agradecida, se llevó a la niña a su casa y la cuidó bien. La
frutos silvestres, arbutos y camarones y choros que, a veces, conseguían mujer aguaruana, entonces, le pedía.
en las quebradas.
— Nunkui, llama a lo alimentos, que haya toda clase de
Un día, una mujer aguaruna después de estar buscando choros y plátanos.
camarones, cansada, fue a bañarse en un riachuelo con su hijita. Cuando
estaba bañándose se dio cuenta que el agua bajaba turbia. Observaron Y cuando Nunkui pedía, aparecía una enorme chacra donde había
entonces que unas cáscaras de yuca y plátano venían arrastradas por la toda clase de plátanos. Los hijos de los aguarunas comenzaron a comer
corriente. plátanos y con estas frutas las mujeres aprendieron a hacer chapo, una
bebida sabrosa.
— ¿De dónde vendrán esas cáscaras? — se preguntó la mujer.
Las mujeres aguarunas rogaban a Nunkui:
Para averiguarlo fueron quebrada arriba. Subiendo, después de
mucho caminar, la mujer encontró una chacra enorme donde había — Llama que haya yuca abundante y nunca nos falta—. Y Nunkui
plátanos, yuca y toda clase de alimentos. La mujer se quedó admirada y decía:
siguió avanzando. Al poco rato encontró a una hermosa niñita que —¡Que aparezcan yucas y toda clase de raíces comestibles!
llevaba a su espalda, colgaba de la cabeza, una canasta llena de yuca y
frutas diversas. Cerca se escuchaban exclamaciones y risas de mujeres. Y apareció una chacra grande con toda clase de yucas, camotes,
Era un mundo feliz. Un poco más arriba encontró a una mujer muy linda sachapapas, zapallos y calabazas.
que estaba al borde de un riachuelo pelando yucas. Después de un tiempo, llegó a la casa el marido de la mujer
— Hermana, ¿quién eres? — preguntó la recién llegada. aguaruna. Venía cansado de tanto buscar alimentos. Cuando vio
— Yo soy Nunkui, tremendas chacras, tinajas rebosantes de espumoso masato, preguntó
— ¿De dónde eres? admirado:
— De aquí — ¿Qué ha pasado? ¿De dónde ha salido todo esto?
La mujer al ver tantos alimentos y pensando, lo mucho que sufrían de La mujer respondió:
hambre ella y su familia, le rogó.
— ¡Cállate! ¡No preguntes! Toma este masato.
— Por favor, regálame algunas yucas y plátanos. Nosotros vamos a
morir de hambre. No tenemos nada que comer. El marido se calló y bebió. Lo saboreó despacio. Le gustó mucho. No
quiso saber más. Desde aquel día los aguarunas vivieron felices y
Nunkui, al principio, no quiso dar. Pero, finalmente, dijo: tranquilas. No les faltaban alimentos. Nunkui les enseñó, además, a
sembrar y cultivar las chacras.
Cierto día los hombres y las mujeres se fueron a la chacra. En casa Aquella noche, la mujer aguaruna soñó que la mamá de Nunkui le
se quedó Nunkui con el hijo del aguaruna. Este niño, travieso pidió a decía:
Nunkui:
— Por no haber cuidado bien a mi hijita, en adelante, con el sudor de
— ¡Llama al diablo! ¡Di que haya diablo!
su frente y con mucha fatiga conseguirán yucas, plátanos y demás
— Si llamo al diablo — respondió Nunkui—, va a venir a casa y no comestibles. Sólo trabajando duro podrán comer.
se va a regresar, No lo voy a llamar.
Por eso, en la actualidad, los aguarunas deben trabajar bastante
— Sí. ¡Llama al diablo! ¡Quiero ver al diablo! ¡Anda, llámalo!
para obtener sus alimentos y cuando lo consiguen no tienen la calidad
— Si llamo al diablo, va a venir y nos puede llevar. Cuando viene ya de los que hacía aparecer Nunkui.
no se quiere marchar.

Pero el niño, tercamente, insistía:

— Bueno, puesto que tú lo quieres. ¡Que haya diablo!


En ese instante, apareció un diablo feísimo, horrible. El niño se
asustó y empezó a gritar desesperado.

— Nunkui, ¡dile que se vaya! ¡Dile que se vaya! ¡No quiero verlo!

— No puedo. Ya te advertí que el diablo cuando viene ya no se


quiere ir.
— ¡Bota al diablo! ¡Dile que se regrese!

Nunkui hizo lo posible, pero no conseguía que el diablo se


regresase. Entonces el niño la insultó, Agarró polvo de ceniza y lo arrojó
a sus ojos. Llorando huyó y buscó refugio en el techo de palmera de la
casa.
La mujer sospechó que algo ocurría en su casa. Regresó de prisa y
encontró a Nunkui subida en la cumbre llorando.

— ¡No te vayas, hijita! —suplicó—. ¡No te vayas, por favor!

Nunkui no hizo caso y se metió en una caña de guayaquil y por el


tubo se deslizó y se escondió bajo tierra. Desde entonces, se dice, vive
debajo de la tierra dando aliento y vigor a las plantas.
- Nada de erudición - me atajó mi amigo -. Ese señor no es el diablo,
HISTORIA DIABÓLICA pero le vendió su alma.
- ¿Y todavía el diablo anda en eso?
¿Crees en el diablo? - me preguntó de pronto el amigo con quien - Si; pero paga muy mal. Se trata de una mercadería muy
tomaba el vermut una plácida tarde de primavera en la Avenida de desvalorizada. Escucha, que vale la pena.
Mayo. - Soy todo oídos.
- ¿Por qué no habría de creer.....? - El caballero que acabas de ver es un descendiente directo de
- Es que como hay tanta gente que sólo cree en lo que ha visto..... Narciso. Tan bello como su remotísimo abuelo griego, estaba
- No es verdad. Todo el mundo cree en Álvar Núñez Cabeza de Vaca, enamorado de sí mismo, pero como era bastante entendido en
pongo por caso, y ¿quién puede asegurar que lo haya visto? asuntos de belleza, sabía que tenía un defecto: la expresión.
- Bueno, no discutamos; pero si crees en el diablo te contaré una - ¡Ya lo creo! - dije, dirigiendo una mirada de reojo al caballero de la
historia muy interesante, que te autorizó a repetir a tus lectores
fábula.
diciendo que la has inventado tú.
- Eso se llama sacar las castañas con pluma ajena. Pero venga la
- No me refiero a ésta, sino a su anterior expresión. Sabía que tenía
historia.
cara de tonto, lo cual puede ocurrirle hasta a la persona de
- Primero date vuelta y fíjate en el señor de la mesa de al lado.
faccciones más perfectas. Para corregir ese defecto se dedicó a
Obedecí, y a punto estuve de lanzar un grito: jamás en mi vida he
cultivar su espíritu leyendo buenos libros, asistiendo a conferencias
visto una cara más extraña que aquélla. La cara pertenecía a un
de hombres sabios, escuchando buena música, y lo que consiguió fue
caballero maduro, tirando a viejo, y analizada, facción por facción,
tener cara de pedante. Como no era hombre de ahogarse en un
era de una belleza poco común. Es decir, lo habría sido a no ser por
vaso de agua ni de abandonar aquella partida en la que le iba la vida,
la inquietante crispatura de todos sus músculos. Tenía la boca
pues su belleza era su razón de ser, se dedicó a estudiar los rostros
entreabierta; las fosas nasales dilatadas, y toda la nariz fruncida y
de los hombres más espirituales del mundo, y al cabo de cinco años
como replegada sobre sí misma, y al mismo tiempo levantada, como
lograba componer una expresión inteligente, llena de discreta
si estuviera colgada de un gancho invisible; los ojos semicerrados y
dignidad y suave gracia. Pero tenía que hacer un esfuerzo tan
llenos de lágrimas... Al verlo se tenía la impresión de que se trataba
grande, que no le era posible mantenerla más de cinco minutos. Así
de una expresión provisoria, de que de un momento a otro iba el
pudo hacerse algunos retratos admirables. Pero él no se satisfacía
hombre a recobrar el aplomo de sus facciones. Pero lo estuve
con eso: quería que su bello rostro tuviera una bella expresión hasta
mirando por espacio de diez minutos, y nada; hasta encendió un
dormido, pues aspiraba a la belleza para sí mismo; para andar por
cigarrillo y compró un diario sin cambiar la cara.
casa, como quien dice.
Si lo que quieres contarme es que ese señor es el diablo - le dije a mi
- ¡Pobre señor!
amigo - se trata, en el mejor de los casos, de un pobre diablo muy
- Sí, era un desgraciado. Y una noche se le apareció el diablo.
poco diabólico.... aunque diablos los hay de todas clases. Belcebú,
- ¿Cómo iba vestido?
sin ir más lejos, se ocupaba de espantarles las moscas a los
ascalonitas.
- No sé. Se le apareció el diablo, y le dijo: “Yo puedo darte lo que Las once menos diez y ocho.....
deseas a cambio de tu alma; ahora, que como tu alma no vale gran ¿Vas a seguir así hasta las once y cuarto?
cosa, no estoy dispuesto a molestarme mucho por obtenerla”. - le pregunté un poco irritado.
- El sistema de despreciar la mercadería para sacarla barata - - Era para darte una idea de lo largo que es el tiempo cuando se
interrumpí. espera algún gran acontecimiento, pero adelantaré el reloj en honor
Mi amigo prosiguió, sin tomarme en cuenta: a tu impaciencia. A las once y doce minutos y medio compuso el
- En pocas palabras, las condiciones del diablo fueron las siguientes: rostro. El espejo le respondió que jamás había estado más hermoso.
Él se comprometía a mantener por el resto de su vida, que sería de Y a las once y catorce minutos y medio el diablo entró volando por
trescientos años, la expresión que tuviera en un determinado una ventana, que dejó abierta; una corriente de aire le dio a Narciso
minuto de un determinado día. Narciso aceptó, seguro de componer en el cuello, y a las once y cuarto el diablo dijo: “Así sea”. Y agregó:
su rostro como acostumbraba de acuerdo a los nobles modelos “¡Salud....! Porque en ese preciso momento nuestro hombre
elegidos. estornudó. Y ésa es la cara que le ves y que le verás durante
- ¿Qué fecha fijaron? trescientos años, si vives; la cara de un hombre que va a estornudar.
- El 28 de diciembre a las once y cuarto de la noche. -¡Qué tramposo, el diablo! - exclamé-. ¿Y tendrá que vivir
- ¿Y por qué a esa hora? trescientos años con esa cara? ¿Pobre hombre!
- Narciso exigió que fuera de noche porque le sentaba mucho la luz - No lo compadezcas mucho, que con esa cara se gana la vida como
artificial, como a las señoras otoñales y a los ladrones. Se compró un réclame de unas píldoras contra el resfrío: hace de “antes de
cronómetro de los mejores que se fabrican en Suiza, un almanaque tomarlas”.
muy bonito y exacto en el que no faltaba ningún día, para no errar la
fecha y hora en que por obra del señor de la cola iba su bello rostro a
detenerse por largos años en una expresión espiritual, suave e
inteligente que lo haría, sin comparación posible, el más hermoso de
los mortales, y esperó el momento. Pero no esperó inactivo; todos
los días ensayaba durante largas horas el rostro a que aspiraba. Y
justo es decirlo, cada vez le salía mejor. Una noche le resultó tan por
encima de sus esperanzas, que no pudo contenerse y besó su propia
imagen en el espejo. Iba a ser el más feliz de los hombres durante
trescientos años. ¡Qué le importaba entonces pasarse dos o tres
eternidades en unas parrillas!.
Por fin llegó la noche del famoso día, y nuestro hermoso protagonista
se sentó, con la bella cara de tonto que le era habitual, a esperar. La
espera se le hacía interminable. Las once menos veinte. Las once
menos diez y nueve.
confundieron en un jolgorio estruendoso y que para entonces el
DOMINGO SIETE cazador ya sea antes o después pensando que lo descubrirían opto
por terminar con ese suplicio, decidió entonces a gritar con todas las
La Amazonía, no es inmune al dicho que piensa que si trabajas en fuerzas de sus pulmones, jueves, viernes, Sábado, seis, jueves,
domingo en vez de descansar es una elección fatal y es así que este viernes, sábado seis.
relato tiene su inicio en tiempos de la conquista española y se cuenta
una historia en quechua que después fue pasado al español y Cuando se escucha el grito extraño para él, de repente se calló en el
adecuada como “domingo siete”, aquí les traemos el relato. líder del grupo, en voz alta, dijo:

Un antiguo cazador nos cuenta sobre su experiencia que mientras iba ¿Quién ha venido a cruzarse en nuestro camino y miró hacia arriba
persiguiendo a un ciervo, se perdió en el bosque y estando ahí en la en dirección al árbol de ojé, revelando al cazador, lo obligaron a
espesura densa mas la llegada del ocaso no pudo llegar al camino bajarse y a lo que el no pudo negarse, lleno de miedo, salto hacia
que lo llevó hasta ahí. ellos.

El cazador disparo alternativamente sus municiones hasta consumir El jefe de chullachaquis, en silencio por largo rato mirando al cazador
todos sus cartuchos, y luego comenzó a golpear las alas de los al final le otorgo un premio por haber mejorado su canción.
árboles, con el fin de que lo escuchan y sepan que necesita ayuda.
Para entonces ya amanecía, así que decidieron llevar al cazador, a
Cuando anocheció por completo, decidió subir a un árbol y en cuya un lugar donde los animales abundaban y podría cazar hasta donde
copa se pasó la noche en vigilia por si algún otorongo (jaguar) él quisiera. Los animales que abundaban en aquellos lugares y que al
hambriento aparecía. ser señalados por los chullaquis, se dejaban agarrar sin oponerse ni
huir.
Y es así que oye unos ruidos extraños que no eran otros que los
sonidos de la selva, rugidos lejanos de jaguar, el destello de las Después de pasar algún tiempo con ellos, lo llevaron al camino que él
luciérnagas. De pronto todo el árbol se iluminó en ese momento conocía para volver a su casa, así lo hizo, teniendo un montón de
apareció un grupo de pequeños chullachaquis y buchisapas, que carne de venado, la pava, el tapir y más. Los chullachaquis le
llevaban en cada mano shupihui que era lo que alumbraban el advirtieron al cazador que por haberles ayudado a mejorar su canción
camino. solo el podía regresar cuantas veces lo desee, para llevarse los
animales que quisiera pero que no avisara a nadie más ni contara lo
El cazador se sorprendió al ver a los chullachaquis, debajo del árbol ocurrido.
de Oje que era donde se encontraba. Pararon ahí los chullachaquis,
sin darse cuenta del cazador que estaba observando todo lo que Cuando llegó a casa encontró a su esposa preocupada porque no
estaba sucediendo. La legión de Chullachaquis, procedió a bailar había llegado, pero al ver la sorpresa de la buena caza y toda la
alrededor del árbol de Ojé, cantando Ccaypi, Ccaypi, pacta mana mercadería que traía pronto se corrió la voz en toda la comunidad de
pactancho, lunes, martes, miércoles, tres. la suerte de este cazador, pero nunca decía donde había encontrado
tan buena cacería.
Los pasos de danza fueron saltos sin ningún compas, a la par estaba
la improvisación y lo grotesco, y así fue que pasaba el tiempo horas y Uno de los vecinos invito al cazador a brindar por su buena suerte y
horas sin parecer que terminaba su canto y su baile, porque se comenzó a beber en exceso más por el acoso del amigo, hasta que el
cazador quedo en completo estado de ebriedad y es donde se ve las
verdaderas intenciones del supuesto “amigo” que aprovechándose
insiste que le diga el proceder de tamaña fortuna.

El cazador le cuenta todo y al día siguiente que justo era domingo, va


el vecino siguiendo las indicaciones que se había aprendido de
memoria, hasta que después de tantas vueltas encuentra el árbol de
Ojé, espera al anochecer y sube a la copa tal como lo había hecho su
predecesor.

Y es aquí que ocurre exactamente como le habían dicho y paso todo


exactamente con la excepción que ahora la canción era, ccapy ccapy
pacta mana pactancho, lunes, martes, miércoles, tres; jueves,
viernes, sábado, seis; esto último por la colaboración del primer
cazador.

El vecino que sabia el proceder grito con todas sus fuerzas,¡¡


Domingo Siete!!, ¡¡Domingo Siete!!, tan estridente que todo se puso
en silencio, y el jefe de los chullachaquis hizo un ademan para que el
hombre bajase, y este con el pensamiento en la recompensa de un
salto se puso en frente de todo el grupo.

Pero esta interrupción no le gusto para nada ni al líder ni al grupo en


general de chullachaquis así que a una orden todos se lanzaron
sobre el interesado vecino, y lo despedazaron por haber sido testigo
de una celebración muy importante y secreta.
¡Al rincón! ¡Quita calzón! llamamos revejidos, porque a lo sumo representaba tener ocho años,
cuando en realidad doblaba el número.
(A Monseñor Manuel Tovar) -¿Quid est oratio? -le interrogó el obispo.
El liberal obispo de Arequipa Chávez de la Rosa, a quien debe esa El niño o conato de hombre alzó los ojos al techo (acción que
ciudad, entre otros beneficios, la fundación de la Casa de expósitos, involuntariamente practicamos para recordar algo, como si las vigas
tomó gran empeño en el progreso del seminario, dándole un vasto y del techo fueran un tónico para la memoria) y dejó pasar cinco
bien meditado plan de estudios, que aprobó el rey, prohibiendo sólo segundos sin responder. El obispo atribuyó el silencio a ignorancia, y
que se enseñasen derecho natural y de gentes. lanzó el inapelable fallo:
Rara era la semana por los años de 1796 en que su señoría -¡Al rincón! ¡Quita calzón!
ilustrísima no hiciera por lo menos una visita al colegio, cuidando de
que los catedráticos cumplan con su deber, de la moralidad de los El chicuelo obedeció, pero rezongando entre dientes algo que hubo
escolares y de los arreglos económicos. de incomodar a su ilustrísima.
Una mañana encontrose con que el maestro de latinidad no se había -Ven acá, trastuelo. Ahora me vas a decir qué es lo que murmuras.
presentado en su aula, y por consiguiente los muchachos, en plena
-Yo, nada, señor... nada -y seguía el muchacho gimoteando y
holganza, andaban haciendo de las suyas.
pronunciando a la vez palabras entrecortadas.
El señor obispo se propuso remediar la falta, reemplazando por ese
Tomó a capricho el obispo saber lo que el escolar murmuraba, y tanto
día al profesor titular.
le hurgó que, al fin, le dijo el niño:
Los alumnos habían descuidado por completo aprender la
-Lo que hablo entre dientes es que, si su señoría ilustrísima me
lección. Nebrija y el Epítome habían sido olvidados por completo.
permitiera, yo también le haría una preguntita, y había de verse moro
Empezó el nuevo catedrático por hacer declinar a uno musa, musæ. para contestármela de corrido.
El muchacho se equivocó en el acusativo del plural, y el Sr. Chávez le
Picole la curiosidad al buen obispo, y sonriéndose ligeramente,
dijo:
respondió:
-¡Al rincón! ¡Quita calzón!
-A ver, hijo, pregunta.
En esos tiempos regía por doctrina aquello de que la letra con sangre
-Pues con venia de su señoría, y si no es atrevimiento, yo quisiera
entra, y todos los colegios tenían un empleado o bedel, cuya tarea se
que me dijese cuántos Dominus vobiscum tiene la misa.
reducía a aplicar tres, seis y hasta doce azotes sobre las posaderas
del estudiante condenado a ir al rincón. El Sr. Chávez de la Rosa, sin darse cuenta de la acción, levantó los
ojos.
Pasó a otro. En el nominativo de quis vel quid ensartó un
despropósito, y el maestro profirió la tremenda frase: -¡Ah! -murmuró el niño, pero no tan bajo que no lo oyese el obispo-.
También él mira al techo.
-¡Al rincón! ¡Quita calzón!
La verdad es que a su señoría ilustrísima no se le había ocurrido
Y ya había más de una docena arrinconados, cuando le llegó su turno
hasta ese instante averiguar cuántos Dominus vobiscum tiene la
al más chiquitín y travieso de la clase, uno de esos tipos que
misa.
Encantolo, y esto era natural, la agudeza de aquel arrapiezo, que
desde ese día le cortó, como se dice, el ombligo.
Por supuesto, que hubo amnistía general para los arrinconados.
El obispo se constituyó en padre y protector del niño, que era de una
familia pobrísima de bienes, si bien rica en virtudes, y le confirió una
de las becas del seminario.
Cuando el Sr. Chávez de la Rosa, no queriendo transigir con abusos
y fastidiado de luchar sin fruto con su Cabildo y hasta con las monjas,
renunció en 1804 el obispado, llevó entre los familiares que lo
acompañaron a España al cleriguito del Dominus vobiscum, como
cariñosamente llamaba a su protegido.
Andando los tiempos, aquel niño fue uno de los prohombres de la
independencia, uno de los más prestigiosos oradores en nuestras
Asambleas, escritor galano y robusto, habilísimo político y orgullo del
clero peruano.
¿Su nombre?
¡Qué! ¿No lo han adivinado ustedes?
En la bóveda de la catedral hay una tumba que guarda los restos del
que fue Francisco Javier de Luna-Pizarro, vigésimo arzobispo de
Lima, nacido en Arequipa en diciembre de 1780 y muerto el 9 de
febrero de 1855.
Cuando la hija acabó de leer, don Andrés tenía un gesto de duda
¡Miera! como si ya no confiara del todo en sus propias palabras.
Monólogo desde las tinieblas

En el camino que lleva al sembrado de camotes el negro don —Oye, Patora —dijo finalmente—, quítale un poco e miera a ese
Andrés supo que en los últimos días el caporal Basaldúa se había papé.
puesto a hablar feas cosas de él. Mientras compraba plantas en el
sembrado y llenaba de camotes los serones de su burro, le dijeron
lo mismo. Entonces no aguantó más: trepó al burro de un salto y
enderezó por un atajo hacia la casa del caporal. Pero ahí le dijeron
que se había ido a vigilar unos riegos en la Punta de la Isla y que Monologo Desde Las Tinieblas
volvería una semana después. Sin decir nada pero aguantándose, Antonio Gálvez Ronceros
don Andrés regresó rápidamente a su casa, se bajó casi
arrojándose del burro, lo dejó plantado con los serones cargados,
se metió corriendo en la primera habitación y llamó a su hija
mayor:

—¡Patora! —los labios se le habían hinchado y parecían pelotas.

Saliendo de la habitación contigua, Pastora se presentó alarmada.

—Patora, tú que sabe equirbí, hame una cadta pa mandásela hata


la Punta e la Ila a ese caporá Basadúa, que nueta acá y sia ido pallá
depué quiabló mal de mí. Yo te vua decí qué vas a poné en er papé.

—Ya, tata, vua traé papé y lápice —dijo la hija. Se metió en los
interiores de la casa y poco después regresó.

—Ponle ahí, Patora —dijo don Andrés—, que su boca esuna miera,
que su diente esota miera, su palaibra un montón de miera… Miera
esa mula que monta. Miera su epuela. Miera su rebenque. Miera el
sombrero con quianda. Miera esa cotumbe e miera diandá
mirando tabajo ajeno… Léemela, Patora, a ve qué fartra.
Jutito Juta llamó a su hija, que estaba más al fondo:

El día en que el negro Vallumbrosio fue insultado por su propio —Jutiliiicia, Jutiliiicia…
ahijado, un negrito llamado Jutito, casi se le desploma la jeta. Puso
los ojos de vaca, la nariz de toro y, mascando dientes, se fue a la —¿Mama?
casa de su compadre.
—Llama a ese Jutito. Dile que su tata lo ta eperando ajuera.
—Compaire Juto, he venío hacero quejá.
—Jutiiito, Jutiito…
—¿Haceme quejá a mí, compaire?
—Qué quiedes —dijo Jutito; estaba escondido en el corral.
—He venío a dade la queja de su hijo Jutito, que mia insurtrao.
—Te llama mi tata.
—¡Qué!
Y queriendo y no queriendo, Jutito fue llevado ante la presencia de su
—Mia dicho una temenda lisura. padre y de su padrino. Y el padre le dijo:

—Qué lisura esesa, compaire. —Oooye, neriiito, tuuú me vaaas a decí qué cooosa lias dicho a mi
compaire.
—Una temenda palaibra.
—Je…, je… Pendeijo mi tata. Quiede que yo le vuerva a joré a mi
—Pero cuál esesa palaibra, compaire. Poque yo quiedo sabé el parino.
tamaño y la dimensión de la palaibra, pa según eso catigá a ese
muchacho. —Horita mimo tuuú me vaaas a decí qué cooosa lias dicho.

—Uté, compaire, quiede que yorepita esa palaibra, que yo mimo me —Je…, je… Yore dije a mi parino: don Mítey Cuca*.
jora.
A Vallumbrosio se le bajó la color: se puso cenizo.
—Pero yo quiedo sabé qué cooosa lia dicho ese muchacho.
—T tuuú, nerito deriabro, nerito e too lo demonio, po qué lias dicho
—Mia dicho una temenda lisura esa lisura a mi compaire.

—Güeno —dijo Juto, torció el cuello, apuntó los dientes hacia el —Je…, je… Poi jorelo.
fondo de la casa y llamó a su mujer—, Juuuta, Juuta…
—Hora tú va ve cómo yo te vuagará y te vuacé desaparecé.
—¿Juto?
Pero, ¡fuit!, Jutito pasó por debajo de su padre y de su padrino, tomó
—Llámame acá a ese Jutito, que quiedo hablá con él. el frondoso y altísimo árbol que sombreaba la casa y con elástica
facilidad trepó velozmente hasta la rama más alta, como una lagartija —Pa qué.
que hubiera pasado corriendo a lo largo del tronco. Luego todo quedó
en silencio. —¡Baja te digo!

Juto y Vallumbrosio se miraron a la cara. Inmóviles del cuello hacia —Pa qué.
abajo, levantaron de costado lentamente la cabeza y miraron hacia
arriba: las ramas de ese lado estaban quietas y en la penumbra del —¿No quides obedecé?
follaje era imposible distinguir a nadie. Bajaron la cabeza y la fueron
levantando poco a poco por el otro lado: la quietud y la penumbra se —Aquí toy bien.
extendían a toda la copa del árbol. Entonces Juto, manteniendo la
mirada en lo alto, llamó: —¡Baja, muchacho de miedta!

—Jutito, baja diay. —Ta jorío.

El árbol ni se movió. Vallumbrosio hizo un gesto como para matar una culebra y se marchó
sin despedirse. Juto, que lo vio alejarse, miró el cielo y observó que el
—¡Oye, muchacho, baja te digo! sol se resbalaba del centro. Entonces lanzó un escupitajo contra el
tronco del árbol y rápidamente semetió en la casa. Reapareció con
El árbol siguió en silencio, como si arriba no hubiera nadie y Juto le una segadera en la mano, jalando de una soga a un burro de serones
estuviera hablando al árbol. vacíos. Trepó en el animal y se alejó de prisa.

—¿Me oíte? Jutito fue asomando cautelosamente la cabeza por encima del árbol y
observó el campo a la redonda. Su padre, lejano, se acercaba a un
Todo siguió igual. Era como para creer que ahí no había ningún árbol sembrado.
y Juto le estuviera hablando al aire.
—Allá va mi tata —dijo—. Sia ido a cotá yerba.
Desconcertado, interrogó a Vallumbrosio:
En otro lado avistó a Vallumbrosio que avanzaba hacia una casa,
—Yue vito que aquí se subió. Uté, compaire, ¿también vio lo que yo empequeñecido por la distancia.
vi?
—Ve, allá va mi parino, don Mítey Cuca —y sin dejar de mirarlo se
Vallumbrosio, que se hallaba con el ceño endurecido, apretó la jeta puso a vocear—: Miiiiítey… Miiiiítey… Mítey Cuuuuca…
en señal de afirmación. Entonces Juto enfiló nuevamente la voz hacia
lo alto del árbol: Monologo Desde Las Tinieblas
Antonio Gálvez Ronceros
—Ahi mimo tas. Horita te bajas.

La voz de Jutito se descolgó:


escuchaba aquellos ruidos y los demás seguían muy dormidos
María Angula como si no pasaba nada, a pesar de los muchos ruidos que se
escuchaba en la casa.
La historia cuenta sobre una niña de una edad de 14 años, su
madre vendía tripa mishqui, (es una comida tradicional que son Cuando los ruidos era muy fuertes y se podían escuchar con
tripas de res y se las pone sobre un brasero con carbón claridad puso mucha atención que decían:” Marianguuula ,
caliente para que vaya cociéndose lentamente, de los cual bota dame mis tripas y mi pusún que te robaste de mi santa
un aroma penetrante), esto se lo vende en una de las esquina sepultura”
de la ciudad colonial en Quito.
Aquella voz se escuchaba cada vez más cerca de su
En una ocasión la madre de Mariangula mandó a comprar habitación y Mariangula se iba poniendo muy asustada ya que
tripas, pero como esta niña era muy inquieta se fue a jugar con se escuchaba los pasos que subían por las escaleras y la voz
sus amigos e hizo caso omiso al mandado de su madre y para se hacía más fuerte:”Marianguuula, dame mis tripas y mi pusún
colmo se gastó el dinero para la compra de las tripas. que me robaste de mi santa sepultura”.

La niña preocupada por lo sucedido se imaginaba que su Ella se ponía pensaba sobre lo que hizo y como que podía
madre le iba a pegar. hacer para salvarse y en especial qué es lo que le iban hacer
estos seres. Cuando de repente encontró una navaja o cuchillo
Entre la preocupación de la Mariangula que caminaba por las y se cortó su estómago. Cuando los seres entraron a la
calles paso por el cementerio, y se le ocurrió la macabra idea habitación de Mariangula estaba con sus tripas regadas en la
de sacarle las tripas de uno de los muertos que recién lo cama muriéndose lentamente y estos seres desaparecieron.
habían enterrado las sacó y las llevo a su mamá para que las
vendiera y en efecto logro su objetivo para no ser castigada, Se dice que la madre de Mariangula vende ahora”carne en
las tripas se vendieron muy bien cosa que a todo el que palito” en lugar de tripa mishqui el chuzo o palito le sirve a
compraba le gusto y en algunos casos se repitieron. Mariangula para defenderse de los fantasmas.

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Ya en horas de las noche, en casa donde vivía con su familia


era una casa tradicional de dos pisos como las que hay en
Quito colonial, Mariangula se acordaba de lo que había hecho.
Cuando de repente escucho la puerta que se abrió
fuertemente, ero lo trágico es que ella era la única que
-¿Puede pasar al frente y decirnos como llega a los 99 años sin
Mercado laboral tener enemigos?
Un tío que va a buscar trabajo en una empresa y le dice el
La señora Josefa pasó al frente, se dirigió a la congregación y
gerente: dijo:
- Ahora entrará ganando 700 euros y dentro de tres meses le -Porque ya se murieron todos esos degraciados...!!!.
subiremos a 2.000

- Bueno pues ya volveré dentro de tres meses.

Sin enemigos se vive mejor


Casi al final del servicio dominical el sacerdote preguntó:

-¿Cuántos de ustedes han perdonado a sus enemigos?..

El 80 por ciento de la sala levantó la mano.

El sacerdote insistió con la pregunta..

Todos respondieron esta vez excepto una viejecita.

-Señora Josefa... ¿No está dispuesta a perdonar a sus


enemigos?.

-Yo no tengo enemigos, respondió dulcemente.

-Sra. Josefa eso es muy raro ¿Cuántos años tiene usted?..

-99 respondió.

La congregación se levantó y la aplaudió.


El hombre que entró en mi casa
Entra un borracho en una comisaría:

- ¿Podría ver al hombre que robó ayer en mi casa?

- ¿Y para qué lo quiere ver?

- Para saber cómo entró sin despertar a mi mujer.

La escuela ideal
Chiste de cortos, malos, profesores

En la escuela, la maestra dice:

- A ver Luis, ¿cómo te imaginas la escuela ideal?

- ¡Cerrada, maestra!

¡Nos hundimos!
-Capitán capitán. ¡Nos hundimos!

-Ya lo sé marinero.

-¿Y no va a hacer nada?

-Estamos en un submarino, tonto.