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EL JUEGO DEL AMOR

[A GAME OF LOVE]

El Conde de Inchester llegó a Londres en un estado de abatimiento total. Después


de regresar de la guerra contra Napoleón, durante tres años ha estado tratando con
desesperación, de salvar su casa ancestral y sus tierras. Para lograr su objetivo se
vio obligado a pedir un préstamo a Rustuss Groon, el usurero más despiadado de
Londres. Ahora, por segunda vez, el Conde de lnchester vuelve para suplicarle de
rodillas que le conceda otro crédito más.
Bárbara Cartland El Juego del Amor

El señor Groon, un viejo de aspecto desagradable quien se encuentra en su


sombría oficina, acepta ayudarlo con la condición de que se case con su hija. Al
conde le disgusta la idea, sabiendo que sus ancestros nunca le perdonarán el que,
con su matrimonio denigre la dignidad y el orgullo de la familia. Sin embargo, para
salvar a sus pensionados de que se mueran de hambre, acepta casarse con la hija del
agiotista. Rustus Groon ya tiene todo arreglado para la boda, la que tendrá lugar al
día siguiente en una capilla privada.
Cómo el conde llega a la capilla sintiéndose que camina directamente a la
guillotina y cómo por extraño que parezca, su novia siente lo mismo que él cómo se
encuentran por casualidad y descubren que todo es diferente a lo que ellos
esperaban, es relatado en esta interesante novela de Barbara Cartland.

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CAPITULO 1
1818

EL Conde de Inchester entró en el Club White.


Cuando pasó al salón, utilizado sólo por las mañanas, le pareció que regresaba al
pasado.
Casi esperaba encontrarse, sentado en su lugar de costumbre junto a la ventana, con
Beau Brummel.
Sin embargo, éste había sido exiliado al continente desde hacía dos años, así que
optó por buscar algún rostro conocido.
En ese instante, alguien exclamó:
— ¡Inchester!
Al volverse, encontró el rostro sonriente de su amigo Sir Anthony Keswick al final
de la habitación. Se le acercó y Sir Anthony exclamó:
— ¡Te has convertido en un desconocido, Garth! Pensaba que te habíamos perdido
para siempre.
El conde sonrió y se sentó junto a él.
—Estoy vivo —dijo él—, pero como si no lo estuviera.
— ¿Tan mal están las cosas? —le preguntó su amigo.
—Sí, pésimas.
—Entonces tómate un trago.
—Sólo si tú lo pagas —respondió el conde.
—Las cosas deben estar muy mal.
— ¡Peor!
Sir Anthony llamó a un camarero y le ordenó una botella de champaña.
—Necesitas alegrarte —sugirió él—. ¿Qué ha sucedido?
—No te lo voy a decir porque es muy deprimente —respondió el conde—. He
fracasado, Tony, he fracasado por completo en todo cuanto he intentado hacer.
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— ¡No puedo creerlo! —exclamó Sir Anthony.


El conde suspiró.
—He venido a Londres en busca de una última oportunidad para salvarme y si esto
me falla, será mejor que me meta un pedazo de plomo en la cabeza.
El camarero abrió la botella de champaña.
Sir Anthony ofreció una copa a su amigo y tomó otra.
—Voy a proponer un brindis que también será una predicción —dijo él—, y es mi
ferviente deseo para que todo salga mejor en el futuro.
—Sólo puedo rezar porque tengas razón —respondió el conde.
Y miró a su alrededor mientras bebía la champaña.
Había algunas caras nuevas y muchas de las ya familiares. Todos estaban bebiendo
y en completa calma a pesar de los estragos de la guerra.
Descubrió al Duque de Norfolk.
Como era habitual, estaba bebiendo más de la cuenta, pero siempre lograba hacer
que sus amigos se embriagaran antes que él. El duque, mejor conocido como Jockey
Norfolk, era un hombre que podía beber todo el día sin parar y lograr mantenerse en
pie. Representaba toda una personalidad.
En el club Beef Steak solía comerse cinco bisteces y varias botellas de oporto.
Se contaban cientos de anécdotas acerca de sus aventuras y el conde volvió la cara
con disgusto.
Estaba pensando que beber, sin control alguno, era una extravagancia que pocos
hombres de aquella época podían costear. La expresión de su rostro hizo que Sir
Anthony ofreciera:
—Permíteme prestarte cierta cantidad.
El conde negó con la cabeza.
—Gracias, Tony. Siempre has sido un buen amigo, mas no voy a abusar de ti ni de
nadie.
Sir Anthony lo miró preocupado.
— ¿No pensarás recurrir a los usureros?
El conde no tuvo necesidad de responder.
— ¡No puedes hacerlo! —exclamó Sir Anthony—. He visto a muchos a quienes han
dejado secos, conservando únicamente la vida.
—Esa es más o menos mi posición —aseguró el conde con amargura.
Mientras hablaba, comprendió que aquello era consecuencia funesta de la guerra.
Para algunos la paz quería decir un mayor desastre que pelear contra el Ejército
Invencible de Napoleón.

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Una cosa era enfrentarse al peligro en el campo de batalla y sentir que estaba uno
defendiendo a su propio país.
Y otra, muy diferente, el regresar y encontrarse con un hogar destrozado, con el
techo a punto de derrumbarse; los campos sin cultivar porque todos los hombres aptos
habían tenido que irse a la guerra.
Asimismo, enterarse de que muchos de los bancos del campo se encontraban
cerrando sus puertas.
En su totalidad los granjeros estaban en bancarrota porque no había mercado para
lo que ellos cultivaban.
“Era difícil que alguien corno él no se sintiera amargado”, pensó el conde.
Sobre todo cuando sabía, cómo hombres que se distinguieron en el servicio militar
eran dados de baja sin una pensión o una palabra de agradecimiento.
Terminó de beber su champaña y Sir Anthony le volvió a llenar la copa.
— ¿Qué vas a hacer, Garth? —preguntó inquieto.
—Me voy a poner de rodillas delante de Rustuss Groon —contestó el conde con voz
áspera.
Su amigo emitió una exclamación de horror.
— ¡Rustuss Groon no! ¿Acaso ya has ido a ver a ese zorro?, debes estar loco!
—Hace dos años, cuando nadie me quería prestar ni un centavo, él sí lo hizo.
—Entonces lo único que puedo decirte es que preferiría arrojarme al mar que
solicitarle un préstamo al usurero más despiadado que jamás existió en el West End.
El conde nada dijo y después de un momento Sir Anthony preguntó:
— ¿No te queda nada para vender?
—He vendido ya todo cuanto podía —respondió el conde—. El dinero se utilizó
para pagar las cuentas que se acumularon cuando mi madre estaba tan enferma. Lo
poco que hay en la casa está destinado para el hijo que no puedo darme el lujo de
engendrar.
— ¿Y qué me dices de tus tierras? Posees un número considerable de acres.
—Están llenas de malas hierbas y no han sido aradas. Y aunque lo estuvieran, no
puedo comprar semillas para sembrarlas.
Sir Anthony suspiró.
—En verdad lo siento mucho, Garth.
—Yo lo siento más —respondió el conde—, sobre todo por mis pensionados. ¡Ellos
tienen hambre Tony! ¿Te puedes imaginar lo que es ser consciente de que servidores,
leales a mi familia durante generaciones, están pasando hambre y que yo no puedo
ayudarlos?
La voz del conde adquirió un tono patético.

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.Sir Anthony le llenó la copa una vez más y era obvio que no encontraba las
palabras adecuadas para confortarlo.
Ambos permanecieron en silencio durante un momento y de pronto Sir Anthony
preguntó:
— ¿En realidad piensas ir a ver a ese hombre?
—Tengo una cita a las cinco de la tarde.
— ¿Una cita?
—Le escribí preguntándole si podía entrevistarlo. Hubiera sido una pérdida de
dinero venir a Londres y no encontrarlo.
—El estará siempre que pueda dejar desnudo a algún infeliz que esté pasando por
una mala racha.
Sir Anthony habló en broma y el conde comentó:
—Me respondió indicándome que viniera a verlo hoy. He estado orando porque él
no haya decidido pedirme que le regrese lo que me prestó antes.
—Creo que no debes ser muy optimista —murmuró Sir Anthony—. Bradford tuvo
que marcharse al continente el año pasado y es muy poco probable que pueda
regresar.
El conde miró a su amigo sorprendido.
—Yo creía que él tenía bastante dinero.
—Lo tenía hasta que empezó a jugar y tuvo que pedirle dinero a Rustus Groon para
pagar sus deudas.
— ¿Quieres decir que se quedó en la ruina?
—Así es, a excepción de una casa ancestral que se le estaba cayendo encima y tierras
que están en un estado lamentable.
El conde contuvo la respiración pues comprendió que él navegaba en el mismo
barco.
Bebió de un golpe el resto de la copa y se puso de pie.
—Todavía no son las cinco —observó Sir Anthony.
—Lo sé —respondió el conde—, pero necesito estar muy claro de la mente para
tratar con Rustuss Groon, así que ya no deseo beber más.
—Si él se muestra más accesible de lo que esperas, regresa —sugirió Sir Anthony—,
e iremos a la ciudad. Hay algunas chicas muy atractivas o podremos ir a ver a Harriet
Wilson.
— ¡Dios mío! —exclamó el conde—. Casi me había olvidado de su existencia.
—Harriet no se sentiría halagada si te escuchara. Ahora trae a varios nobles detrás
de ella, incluyendo al Duque de Wellington. Su hermana Amy, quien es más lista que
ella, se casó con el Duque de Berwick.

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— ¡Casi no puedo creerlo! —exclamó el conde.


Harriet Wilson y sus tres hermanas, Amy, Fanny y Sophia eran cuatro de las
mujeres más conocidas de Londres.
Ellas eran hijas de un relojero llamado Debouchet.
Las cuatro hermanas llevaban vidas muy escandalosas y llenas de picardía.
Harriet no ocultaba el hecho de que se había convertido en la amante del Conde de
Craven a la edad de quince años.
Después vivió bajo la protección de una serie de aristócratas importantes.
Estaba escribiendo sus memorias.
Un buen número de jóvenes, que con el tiempo se habían mejorado en sus
costumbres, estaban muy nerviosos pensando cómo aparecerían en el libro.
El conde sonrió antes de responder:
—No creo que desee asistir esta noche a una de las fiestas que Harriet suele dar. Sea
cual fuere la respuesta de Groon, regresaré al campo.
—Tienes suerte de vivir cerca de Londres —le indicó su amigo—. Cuídate de los
salteadores.
El conde rió.
—El salteador que pueda obtener algo de mí tendrá que ser un mago. Es más, ya he
estado pensando en la posibilidad de tomar ese oficio.
—No es mala idea —bromeó Sir Anthony—, el inconveniente es que si te descubren
es muy incómodo tener que colgar de una cuerda.
—Tienes razón —convino el conde—. Hasta luego, Tony, y gracias por el champaña.
—Tendré otra botella lista por si decides regresar.
El conde sacudió la cabeza y se encaminó hacía la puerta. El era un joven bastante
bien parecido.
Muchos de los socios que estaban sentados en los sillones de piel lo miraron cuando
pasó junto a ellos.
Dueño de una figura excelente, con hombros muy anchos y caderas estrechas que le
daban una apariencia atlética.
Muchos caballeros de su misma edad no podían evitar el envidiarlo.
— ¡Buenas noches, milord! —le dijo el portero cuando le abrió la puerta—. Me da
gusto ver a su señoría otra vez.
—Gracias, Jenkins —respondió el conde—. Buenas noches.



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Un viento helado soplaba por la calle St. James.


El conde sintió que le llegaba hasta los huesos.
El había dejado su abrigo, muy gastado ya, donde había guardado su caballo.
Ahora se arrepintió de haberlo hecho.
Cuando llegó a Piccadilly comenzó a orar porque Rustuss Groon lo ayudara.
De no ser así, no tenía la menor idea de lo que podría hacer.
En una de las callejuelas que salían de Piccadilly, cerca de la glorieta, aparecía una
puerta oscura al final de tres escalones. Esta pertenecía a una casa pequeña situada
entre dos más grandes.
Nada en ella llamaba la atención a no ser por el aldabón de la puerta que necesitaba
ser pulido.
Debajo se veía una pequeña placa que decía:

RUSTUSS GROON
Prestamista

Dentro había un pasillo sin alfombrar y una escalera que conducía al piso superior.
A la izquierda se hallaba una oficina pequeña y sucia ocupada, casi en su totalidad,
por un enorme escritorio.
Las paredes eran oscuras y las cortinas, nombre muy generoso para aquellas garras,
estaban corridas.
La única luz provenía de dos velas colocadas a cada lado del escritorio sobre el cual
había un tintero hecho de un cráneo.
Un frasco que alguna vez contuvo mermelada guardaba varias plumas para
escribir.
Sentado tras el escritorio estaba un hombre de edad avanzada con los cabellos en
desorden y que le caían a ambos lados del rostro. Sus ojos se mantenían ocultos por
unos lentes oscuros. Quienes lo veían no podían adivinar sus expresiones, pero sabían
que él los estaba observando.
El parecía mirar hasta lo más profundo de quienes lo visitaban.
— ¡Ese hombre me asusta! —le había dicho un joven a Sir Anthony—. Hay algo
misterioso en él, y juraría que puede leer los pensamientos!
—No me sorprendería —repuso Sir Anthony—. Nunca he visitado a ese tipo,
gracias a Dios, pero todos quienes lo han visto opinan lo mismo, que es un adivino o
un brujo.
— ¡Deberían colgarlo! —exclamó el joven con furia.

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— ¡Entonces irías con otro igual! —señaló Sir Anthony—. ¿Por qué no te guardas tu
dinero en la bolsa en lugar de arrojarlo a la basura?
Como no estaba recibiendo las condolencias que necesitaba escuchar, el joven se
alejó.
Sir Anthony pensó que, sin duda, ese joven debería tener razón acerca de Rustuss
Groon.
Este era despiadado y mucho más hábil que los demás prestamistas. Ahora Rustuss
Groon expresó con voz grave y sorprendentemente bien educada:
—Creo, Dawson, que hemos dejado que el marqués se enfríe los pies lo suficiente
como para que se vuelva más aprensivo.
Dawson, el hombre a quien Rustuss Groon hablara, se levantó de su escritorio en la
habitación contigua.
— ¿Tiene el informe acerca del marqués? —preguntó él.
—Sí, lo tengo delante de mí —respondió Rustuss Groon—. Gastó todo cuanto yo le
presté en amoríos y en vino. Mujeres procedentes de la más baja estofa y el vino que
ha consumido sería suficiente para llenar un lago.
—Si me lo pregunta —comentó Dawson—, él es un pecador sin redención posible.
—Estoy de acuerdo —respondió el señor Groon—, pero también es un marqués.
Dawson no respondió y por el momento su jefe parecía estar inmerso en sus
pensamientos.
En seguida dijo:
— ¡Hágalo pasar!
Dawson salió de la habitación y cruzó el pasillo hasta donde había otra más
pequeña.
Esta daba a un patio sucio en la parte trasera del edificio. El Marqués de Rowden
estaba esperando.
Con sus treinta y tres años de edad debería haber estado en su mejor momento.
Sin embargo, los años de excesos y las desveladas continuas en los centros
nocturnos, dejaron sus huellas.
Estaba excedido de peso y su cara abotagada y roja.
Las ojeras aparecían muy marcadas y los ojos sumidos en el rostro. Además tenía un
abdomen abultado.
Cuando Dawson apareció le costó algo de trabajo incorporarse.
— ¡Ya era hora! —espetó él—. Pensé que su jefe se había olvidado de mí.
—Lo está esperando, milord —dijo Dawson y se adelantó para abrir la puerta de la
oficina.

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Haciendo un esfuerzo, el marqués enderezó los hombros y mantuvo la cabeza en


alto.
Entró pero Rustuss Groon no levantó la mirada de lo que estaba haciendo.
Es más, pareció concentrarse más.
— ¡Me ha hecho esperar mucho tiempo! —se lamentó el marqués con tono altivo.
— ¡Siéntese! —repuso Rustuss Groon con voz muy grave.
Había algo amenazante en ella.
El marqués se sentó en la silla recta que estaba frente al escritorio. Entonces
comenzó a decir:
— ¡Necesito otro préstamo y me parece que el interés que me cobró en el último fue
exorbitante!
Hizo una pausa para dar oportunidad a Rustuss Groon de hablar, pero como éste
no lo hizo, continuó:
—Estoy dispuesto a ofrecerle un veinte por ciento y ni un centavo más. ¿Me
entiende?
Rustuss Groon levantó la cabeza.
—No estoy dispuesto a prestarle más dinero, mi señor marqués, y quiero que me
liquide de inmediato lo que ya le presté.
Hubo un silencio pesado cuando el marqués lo miró con fijeza.
La expresión de horror que reflejó su rostro lo hizo verse como si los ojos se le
fueran a salir de sus órbitas.
— ¿Quiere que le regrese sus treinta mil libras?
— ¡De inmediato!
—Pero usted sabe tan bien como yo que no puedo reunirlas.
—Entonces le quedan dos opciones.
Hubo un silencio prolongado hasta que el marqués preguntó en voz baja.
— ¿Cuáles son?
—Puede ir a la cárcel de los deudores o firmar este documento.
— ¿Firmar qué documento? ¿Qué dice? —demandó el marqués.
—Es un contrato mediante el cual su señoría me cede quinientos acres que forman
el sur de sus propiedades, incluyendo la aldea de Lower Rowden, así como la mina de
carbón.
El marqués se quedó atónito.
Por el momento pareció incapaz de articular palabra. Pasado el impacto, dijo:
—Esas tierras están hipotecadas.
—Eso no es cierto, milord —respondió el señor Groon—, así que no pierda tiempo
con mentiras. Esas tierras fueron incorporadas a las demás propiedades cuando su

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madre se casó con el difunto marqués. Por supuesto también incluye la Casa Dower
que está en condiciones aceptables comparada con Rowden Hall.
El marqués lanzó un grito estentóreo.
— ¿Cómo sabe usted eso? ¿Cómo sabe todas esas cosas sobre mí?
—He estado investigando —respondió el señor Groon—, y no tengo la menor
intención de sumar dinero bueno al malo.
Hizo una pausa y después continuó:
—Cuando le presté las treinta mil libras usted me aseguró que eran para reparar la
casa y poner a trabajar las tierras, empleando a hombres que eran dados de baja del
ejército y que necesitaban trabajo. Sin embargo, milord no ha hecho nada de eso.
El marqués inclinó la cabeza.
Entonces dijo:
—La vida en Londres es muy costosa y el dinero no fue suficiente.
—No hace falta darme detalles acerca de cómo lo gastó —observó el señor Groon—.
Un collar de rubíes regalado a una mujercita no es exactamente lo mismo que cultivar
las tierras o hacer trabajar la mina.
— ¿Cómo se atreve a meter las narices en mis asuntos? —espetó el marqués—. Lo
que yo hago con mi dinero es sólo de mi incumbencia.
—Es mí dinero —le recordó el señor Groon—, y por eso firmará su señoría este
papel, o se atendrá a las consecuencias.
Reinó un silencio prolongado.
Y, como si se diera cuenta de que estaba vencido, el marqués miró el papel.
Rustuss Groon lo había empujado, sobre la mesa, hacía él.
Sin hablar tomó una pluma. La mano le temblaba cuando la levantó para usarla
sobre el papel.
Y cuando firmó su nombre, exclamó:
— ¡Maldito sea!; Ojalá que se pudra en el infierno que es de donde no debió salir
nunca!
Rustuss Groon no pareció escucharlo.
Se limitó a tomar el documento.
Lo observó para asegurarse de que la firma estaba correcta.
Por fin, el marqués se dirigió hacia la puerta. Dawson la abrió.
Antes de atravesarla, el marqués se volvió para mirar a Rustuss Groon.
— ¡Es usted el diablo en persona, eso es lo que es! ¡Espero que se queme en su
propio fuego!
Se dirigió hacia la puerta exterior, la abrió y después de salir la cerró de un golpe.
Dawson cerró la puerta de la oficina y se acercó al escritorio de su jefe.

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—Pudo haber sido peor —comentó de manera lacónica.


—Puede decirle a Coombe que la mina de carbón ya es nuestra —dijo el señor
Groon—, y recuérdele que debe cumplir antes su promesa de pagarle a los
pensionados y repararles sus casas.
Dawson asintió.
—El es un caballero íntegro y estoy seguro de que no se arrepentirá de vendérsela.
—Hemos ganado muy poco vendiéndosela a Coombe —respondió el señor Groon—
, pero no confiaba en ese otro hombre.
—Tampoco yo —estuvo de acuerdo Dawson—. Quizá hubiera trabajado bien la
mina, aunque no creo que se interesara por la aldea ni por sus habitantes.
—Eso mismo pensé yo —estuvo de acuerdo el señor Groon—. ¿Quién sigue?
—El Conde de Inchester.
—Naturalmente.
—Aquí está su expediente —dijo Dawson sacándolo de su escritorio—. El último
investigador que contratamos me parece excelente. Averigua cosas que a mí se me
hubieran hecho imposibles.
—Le recomendé que me informara de todos los detalles —explicó el señor Groon en
voz baja como si hablara consigo mismo.
Dawson miraba el reloj que estaba sobre la chimenea apagada. En la oficina hacía
frío, por lo que tanto él como el señor Groon tenían puestos sus abrigos.
—Espero que el conde no llegue tarde —comentó el segundo—. Quiero irme a casa.
— ¿Se siente enfermo? —preguntó Dawson.
—Sí.
— ¿Le traigo las gotas? —ofreció Dawson.
Hubo una pausa antes de que Rustuss Groon respondiera:
—Por favor.
Dawson abrió un cajón del escritorio y sacó un frasco. Con mucho cuidado puso tres
gotas en un vaso, añadió un poco de agua y se lo ofreció a su jefe.
Rustuss Groon lo bebió. Entonces se recostó en su silla. En ese momento llamaron a
la puerta exterior.
Dawson metió la botella en el cajón.
— ¿Hago pasar a su señoría o lo hago esperar?
—Hágalo pasar —le ordenó el señor Groon.
El conde entró en la oficina.
En comparación con el marqués, su tez fresca y su cuerpo atlético lo hacían parecer
como alguien de otro planeta.
— ¡Buenas tardes! —saludó al usurero.

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Se había quitado el sombrero al entrar en la oficina.


El marqués, para demostrar su superioridad lo había conservado.
—Siéntese, rnilord —invitó Rustuss Groon.
El conde lo obedeció y puso su sombrero de copa boca arriba sobre el piso, junto a
él.
—Le escribí —le comentó él después de aspirar profundo—, porque me encuentro
en serios problemas.
El hombre a quien le hablaba no respondió y pareció hundirse en su escritorio.
Pero al mismo tiempo observaba detenidamente al conde.
—Lo he intentado —dijo el conde—, le juro que he intentado todo para hacer que
las cosas marchen. ¡Pero he fallado!; Confieso que he fallado por completo!
Rustuss Groon no habló y él continuó:
—Las cosas se han complicado cada vez más y el año pasado resultó un desastre
para todos los campesinos.
Hizo una pausa para respirar y después continuó:
—El clima estuvo en contra de nosotros, las cosechas fueron malas y en los
mercados no hubo la demanda esperada.
Su voz se volvió áspera cuando continuó:
—Tengo entendido que están importando comida barata al país. A nuestros
campesinos se les motivó para que cultivaran e invirtieran más dinero durante la
guerra. Ahora a nadie le interesa y no hay trabajos para los hombres que salen del
ejército.
—Soy consciente de todo eso —dijo el señor Groon— ¡sin embargo, es su señoría
quien me interesa, y no la comunidad agraria en conjunto.
—Entonces seré honesto y le diré que me gasté hasta el último centavo que usted
me prestó en tratar de levantar mi finca. Puede usted revisar las cuentas si lo desea y le
aseguro que ni un centavo se gastó en diversiones.
Aspiró profundo antes de proseguir:
—Rezo porque tengamos una buena temporada para los corderos este año. Pero las
madres no han sido tan bien alimentadas como se debía y sin el alimento adecuado,
mis vacas tampoco darán leche.
Apareció una nota de desesperación en la voz del conde mientras miraba a su
interlocutor.
Hizo un ademán muy elocuente con las manos antes de reclinarse hacia atrás, como
si necesitara el apoyo de la silla.
Hubo un largo silencio antes de que Rustuss Groon expresara con su voz grave:
—Soy consciente de que su señoría me ha dicho exactamente la verdad.

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— ¿Cómo lo sabe usted? —preguntó el conde.


—Tengo manera de saber casi todo —respondió el señor Groon—. Sé que milord,
personalmente se ha afanado mucho y que como les inspira respeto, los hombres que
trabajan para su señoría han hecho lo mismo sin quejarse.
— Pero la lealtad no llena un estómago vacío. Eso lo pudimos comprobar en el
ejército —espetó el conde.
Rustuss Groon asintió con la cabeza. Y como él no habló el conde le recordó:
—Cuando usted respondió a mi carta me dijo, que tenía una proposición que
hacerme.
—Así es —estuvo de acuerdo Rustuss Groon—, y quiero que la estudie con mucho
cuidado.
—Usted sabe que yo haría cualquier cosa por ayudar a mi gente.
—Lo que yo le voy a sugerir —dijo el señor Groon—, le permitirá reparar su casa,
mejorar la finca, planear las cosechas adecuadas y aumentar sus ovejas y vacas.
El conde se enderezó en su silla y miró al hombre que tenía ante sí.
— ¿De veras? —preguntó él, sorprendido—. ¿Cómo?
—Quizá le disguste lo que le voy a proponer y por supuesto queda en libertad para
negarse —dijo Rustuss Groon—, y seguir debiéndome las veinte mil libras.
El conde se dio cuenta de la amenaza implícita. O accedía a lo que el usurero
deseaba o no recibiría más dinero.
También sabía que algún día, Dios sabía cómo, él tendría que pagarle el dinero que
originalmente le pidiera prestado.
Por un momento sintió miedo.
De pronto, se dijo que si había sido capaz de enfrentarse a Napoleón, no iba a
amedrentarse delante de Rustuss Groon.
Haciendo un esfuerzo logró decir:
—Por supuesto que estoy dispuesto a escuchar cualquier cosa que usted me quiera
proponer.
—Lo que le propongo es muy sencillo —comentó Rustuss Groon—. Le pido, milord
que se case con mi hija!
Por un momento el mundo pareció detenerse y el reloj dejar de sonar.
El conde miró con incredulidad al hombre que estaba al otro lado del escritorio.
Y, con una voz que sonó muy diferente a la suya, preguntó:
— ¿Dijo que me case con su hija?
—Exactamente —respondió Rustuss Groon—. Permítame que le explique.
El conde aún lo estaba mirando como si no pudiera creer lo que acababa de
escuchar.

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—Yo soy un hombre muy rico y tengo una sola hija que heredará cuanto poseo.
Hubo una pausa muy larga antes que continuara:
—Deseo verla casada con un hombre que no malgaste el dinero en cartas, vino y
mujeres. Por eso me he fijado en su señoría como un posible yerno.
El conde no podía creer lo que estaba escuchando.
Por su mente pasó el recuerdo de que su familia databa desde antes de la época de
la conquista normanda.
El primer Conde de Inchester recibió el título por su comportamiento brillante
durante la batalla de Agincourt.
Sus descendientes fueron servidores de todos los monarcas en turno y tanto su
abuelo como su padre se distinguieron como militares. Su abuelo había sido uno de los
generales más apreciados por Marlborough y su padre comandó la Caballería
Doméstica. Sintió como si pudiera ver sus rostros mirándolo desde los retratos que
pendían de las paredes de Inch.
Junto a ellos estaban las bellas mujeres con las cuales se habían desposado y cuya
sangre era tan linajuda como la de los Chester.
Los retratos fueron pintados por los grandes artistas de sus épocas y él podía
recordar sus rostros con toda claridad.
Las condesas habían estado por encima de los horrores sórdidos de todas las
épocas.
Eran las madres de excelentes hijos.
Todos ellos hombres bien parecidos como sus padres y damas bellas como sus
madres.
Se casaban siempre dentro de la nobleza.
Una idea le golpeó de pronto: Si él introducía en la familia la sangre de la hija del
hombre que estaba frente a él, aquello pudiera cambiar las características de la familia,
mantenidas durante generaciones.
Los hombres se tornarían oscuros en lugar de rubios, su carácter se volvería astuto
en lugar de gentil, y desagradables en lugar de gratos.
“¿Cómo puedo hacerlo? ¿En el hombre de Dios, cómo puedo hacerlo?”, quiso
preguntar él.
No obstante, el autodominio que le habían enseñado desde que era un niño lo hizo
permanecer en silencio.
Sentía como si su cerebro diera vueltas y más vueltas.
Le era imposible tomar una decisión; imposible responder. “¿Cómo podría casarme
con su hija?”, intentó preguntar. Entonces, mientras se horrorizaba ante la idea, en
lugar de las caras de sus antepasados, en su mente surgieron las de los pensionados.

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Era muy consciente de que éstos estaban muy delgados por la falta de alimentos y las
penurias.
Sabía que con sus ojos le rogaban que tuviera compasión de ellos. Y eran muchos.
Su padre había sido un hombre muy acaudalado.
Su casa era atendida al menos por treinta sirvientes.
Había jardineros, cuidadores de los animales, carpinteros, albañiles, herreros, y
otros que trabajaban en la casa grande. Recordaba que su padre le había dicho cuando
él era un niño:
—Cada viernes tenemos que pagar a cerca de mil personas. Cuando tú crezcas,
Garth, comprenderás que somos un estado dentro de otro. Esta es nuestra gente y ni tú
ni yo debemos abandonarla jamás.
Era por ellos que él había acudido a Rustuss Groon.
Además, porque muchos de ellos tenían hijos que ahora habían regresado a sus
casas después de combatir a los franceses.
Algunos quedaron en el olvido, en tumbas cavadas de prisa y con sólo una cruz de
madera para indicar el lugar donde yacía un soldado.
Ellos habían peleado para mantener libre a Inglaterra y ya no sufrirían.
¿Pero qué pasaría con sus hermanos, sus primos, sus amigos y sus contemporáneos?
¿Tendrían que morirse de hambre por la falta de fuentes de trabajo?
“¿Qué voy a hacer, Dios mío? ¿Qué voy a hacer?”, se preguntó el conde, con
desesperación.
Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, él se puso de pie y caminó hacia la
ventana.
Hizo a un lado el trapo sucio que servía de cortina y miró hacia afuera.
Ya anochecía y las sombras parecían siniestras. Un viejo pasó arrastrando los pies.
Era obvio que luchaba contra el viento para mantenerse en pie. Hacía un gran
esfuerzo para poner un pie delante del otro.
Su ropa estaba raída y llevaba una bufanda alrededor del cuello en un esfuerzo por
mantenerse caliente.
Para el conde aquel hombre representaba todo cuanto estaba ocurriendo en su aldea
y en su finca.
Los viejos sufrían sin ser culpables de nada.
¿Si podía salvarlos, cómo negarse a hacerlo?
Se dio la vuelta.
Rustuss Groon no se había movido.
Ni siquiera volvió la cabeza para seguirlo con la mirada. Simplemente esperaba.
El conde comprendió que no tenía alternativa.

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—Muy bien —contestó por fin con voz dura—. ¡Me casaré con su hija!

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CAPITULO 2

MIENTRAS cabalgaba sobre terrenos todavía cubiertos por la escarcha,


Benita Grenfel pensó que era muy feliz.
Adoraba las mañanas frías cuando la tierra se veía blanca y los árboles brillaban
bajo el sol.
Muy pronto aparecerían las primeras gotas de rocío.
Entonces nacerían botones de cada rama y habría llegado la primavera.
—Amo el campo —se dijo a sí misma—. Si sólo papá pudiera permanecer conmigo
y no tuviera que estar regresando a Londres.
Era maravilloso poder estar con él los fines de semana, pero Benita sabía que su
padre no estaba bien de salud.
Ya no podía cabalgar con ella como solía hacerlo.
Él la había enseñado a montar cuando era muy pequeña.
Y pudo dominar así los caballos extraordinarios, que su padre adquirió durante los
últimos años.
Ella podía montar los animales más briosos tan bien como los calmados, que eran
los únicos que pudieron pagar cuando ella era sólo una niña.
De alguna manera la herida que había recibido su padre resultó una bendición.
Lo enviaron a casa desde Portugal.
Su madre lo cuidó celosamente hasta hacer que recobrara la salud. Recientemente él
había tenido dolores intensos y ella estaba preocupada.
— ¿Por qué no consultas al médico, papá? —preguntó Benita.
—Porque él no puede hacer nada por mí —respondió su padre—. Quizá la guerra
haya terminado, pero las balas francesas persisten.
Se había reído de su propio chiste, pero Benita no lo encontró divertido.
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Amaba a su padre y éste representaba para ella el todo de su vida. La parte de la


campiña donde ellos vivían era muy tranquila, a pesar de que no estaba muy lejos de
Londres.
Enclavada en el norte, aunque estaba más de moda el ir hacia el sur.
Sobre todo desde que el Príncipe Regente había concedido mucha importancia a
Brighton.
Su Alteza Real hizo construir un magnífico pabellón que Benita deseaba ver.
Su padre era muy reticente acerca del mundo social al que ella hubiera entrado si su
madre viviera.
—Tendrás que aguardar un poco, querida —respondía él a todo cuanto Benita le
sugería.
—Pero ahora que tengo dieciocho años ya puedo asistir a un baile, papá, y me
encantaría visitar Almack's y conocer personas tan importantes como el Duque de
Wellington.
Su padre había reído.
—La otra noche al duque le fue negada la entrada a Almack's porque llevaba
puestos pantalones en lugar de calzones a la rodilla.
—Eso debió ser frustrante para él —comentó Benita.
— ¡Es bueno que alguien mantenga el sentido de lo que es apropiado! —había
comentado su padre.
Benita sabía que ese era un punto álgido con él.
No sólo los modales y las costumbres sociales se habían deteriorado, sino también la
moral.
—No toleraré que te relaciones con hombres a quienes se les ha olvidado
comportarse como caballeros —había asegurado él en más de una ocasión.
Benita no había discutido con su padre.
Y al mismo tiempo pensaba que jamás podría bailar si no conocía algún hombre.
En el pasado algunas veces su padre había bailado con ella mientras su madre
tocaba el piano.
Una vez a la semana recibía lecciones de baile de un viejo maestro.
Eso no era lo mismo que asistir a un baile.
Sin embargo, mientras pudiera montar los maravillosos caballos que su padre había
comprado y estar con él, la muchacha no sentía deseos de quejarse.
Pudo ver la casa y apreció lo atractiva que era.
Era una mansión de la época isabelina, no muy grande con techos altos y extrañas
chimeneas.

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Antes que sus padres la habitaran, había pertenecido a una familia por más de
doscientos años.
— ¿Cómo es que ellos la dejaron? —preguntó Benita cuando llegaron a la casa por
primera vez.
— ¡Bebidas, cartas y dados! —había respondido su padre de manera enigmática.
El tono de su voz le indicó a ella que no deseaba continuar con el tema.
Por lo tanto, le había repetido la pregunta a su madre cuando estuvieron a solas.
—Es una historia triste —le contestó su madre—. Las personas que vivían aquí
tenían un solo hijo. Eran los últimos descendientes de una familia muy distinguida.
Benita la escuchaba con atención y su madre continuó:
—Sin embargo, su único hijo frecuentaba a los jóvenes aristócratas que pasan el
tiempo en francachelas.
Benita hizo una exclamación.
— ¿Quieres decir que perdió la casa y la finca en el juego?
—Eso es exactamente lo que hizo —asintió su madre—, y creo que después perdió
la vida en un duelo absurdo con un hombre que era mucho mejor tirador que él.
Benita pensó que aquella historia era muy triste.
Más, a la vez, no podía evitar alegrarse de tener una casa tan maravillosa.
Había un jardín que descendía hasta el arroyo y su madre lo cuidaba con esmero.
Con la ayuda de muchos jardineros era tan bello como los jardines de Vauxhall,
pensaba Benita.
Por supuesto, nunca los había visitado, pero escuchaba comentarios acerca de su
belleza.
Allí tocaba una orquesta que acompañaba a cantantes del continente.
Muchos de los miembros del bello mundo cenaban allí, junto a una muchedumbre
de gente común que sólo deseaba observar.
“Quizá algún día yo pueda asistir a los jardines de Vauxhall”, pensó ella.
Al mismo tiempo estaba encantada con el bello césped, las azaleas y las lilas.
Estas hacían que su propio desayuno pareciera un paraíso en la primavera.
Adelante de ella divisó un carruaje que se dirigía de la puerta principal hacia las
caballerizas.
Benita tocó a su caballo con la fusta y esto hizo que el corcel se apresurara.
Un lacayo la esperaba junto a la puerta, pero ella bajó de la silla antes que él pudiera
ayudarla.
— ¡Papá, papá! —exclamó.
Tal como lo había esperado, escuchó que él le respondía desde la biblioteca.
— ¡Benita!

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La joven atravesó el vestíbulo corriendo y entró por la puerta de la biblioteca.


El se encontraba sentado detrás de su escritorio.
Le extendió los brazos y ella se arrojó en ellos.
— ¡Regresaste a casa!; Oh, papá, eso es maravilloso! Como no llegaste anoche pensé
que lo harías hasta hoy muy tarde.
Su padre la besó antes de decir:
—Siento mucho lo de anoche, mi amor, pero tenía muchos asuntos que atender y
como ya había oscurecido pensé que sería más prudente esperar hasta la mañana.
—Mucho más prudente —estuvo de acuerdo Benita—. Cuando hay hielo en los
caminos es peligroso conducir tan rápido como tú lo haces.
Su padre sonrió.
—Yo siempre tengo prisa por regresar junto a ti, mi preciosa.
Benita se sentó sobre las rodillas de él y le puso los brazos alrededor del cuello.
—Y yo he estado contando las horas que faltaban para poder estar otra vez contigo,
papá.
El único parecido entre ambos era que los dos tenían ojos azules muy brillantes, del
tono de una flor alpina.
En lo demás, con su cara en forma de corazón y su frágil figura, Benita se parecía a
su madre.
—Tu madre era la persona más bella que yo he visto —le dijo su padre en cierta
ocasión—. Al instante de entrar en el salón de baile, supe que ella era la chica con la
cual quería casarme y que iba a hacer lo que fuera necesario para convertirla en mi
esposa.
— ¡Qué romántico, papá! —exclamó Benita.
Ahora su padre la estaba mirando y pudo ver cómo su hija tenía el cabello de su
esposa, así como su piel blanca y fresca. La joven no lo sabía, pero su belleza era
impresionante. El Mayor Richard Grenfel también era un hombre muy bien parecido.
Ahora sus cabellos comenzaban a platear las sienes, y los dolores que padecía por
efecto de sus heridas le habían marcado líneas en la cara.
Pero sus rasgos no habían cambiado.
Su nariz recta, frente cuadrada y mentón firme proclamaban la sangre azul que
corría por sus venas.
— ¿Qué has estado haciendo, papá? —preguntó Benita cuando puso su mejilla
contra la de él.
—Eso es lo que voy a comentarte, mi amor —contestó él—, así que sentémonos
junto al fuego. Hoy siento mucho el frío.

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Benita se levantó de sus rodillas y lo miró preocupada. Groon nunca se quejaba


delante de ella. Sin embargo, sabía que el dolor de sus heridas se agudizaba en el
invierno.
El frío también le afectaba el pecho.
Su voz se tornaba más grave y enronquecía durante el verano. Un gran fuego ardía
en la chimenea al otro lado de la habitación. En frente estaba un cómodo sofá.
El Mayor Grenfel, ahora conocido como Rustuss Groon, se acercó al mueble con
lentitud, y se sentó.
Benita se sentó junto a su padre y le puso la cabeza sobre el hombro.
— ¿Qué estás planeando, papá? —preguntó ella.
— ¿Cómo sabes que estoy planeando algo? —preguntó el hombre.
Benita rió.
—Tú sabes que mi intuición es casi tan aguda como la tuya y como tú la has
desarrollado desde que yo era una niña, no debes de sorprenderte cuando yo la utilice.
El Mayor Grenfel dudó un momento antes de decir:
—Quiero que hagas uso de ella ahora, mi pequeña, y comprendas cuánto te amo y
cualquier cosa que yo planee es porque sé que será lo mejor para ti.
Habló con tal seriedad que Benita lo miró sorprendida.
—Por supuesto que lo sé, papá, y tú sabes cuánto te quiero yo también y confío en
ti.
—Eso es lo que deseo que pienses —respondió su padre—, y vas a prometerme que
harás exactamente cuanto yo te pida.
—Me estás asustando —protestó Benita—. ¿Qué deseas para hablar de esa manera
tan seria?
El Mayor Grenfel miró hacia el fuego.
Entonces expresó:
—La semana pasada visité al médico en Londres y él me confirmó lo que yo
esperaba y eso es que no me queda mucho tiempo de vida.
Benita lanzó un grito.
— ¡No, no, papá, no digas eso! Yo he orado porque te pongas mejor y no sufras.
—Estoy seguro de que tus oraciones me han ayudado, hijita —respondió su padre—
, pero a la vez, te aseguro que el dolor cada día es más intenso... es cosa de tiempo el
que tenga que dejarte.
Benita sollozó y volvió su cara sobre el hombro de él.
—No debes llorar, querida —dijo él—. Voy a estar con tu madre y aunque no nos
veas, ambos te estaremos cuidando.

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—Sé que así será, papá, pero no será lo mismo que... tenerte junto a mí y poder...
hablar y... reír... contigo.
El Mayor Grenfel cerró los ojos por un momento. Sus labios se apretaron como si no
pudiera soportar escuchar lo que Benita decía. Hizo un esfuerzo y observó:
—Como eres sensata e inteligente, comprenderás que consciente de eso, debo
asegurar tu futuro.
Benita se le acercó un poco más.
Ella nada dijo y el Mayor Grenfel continuó:
—Por mucho tiempo me ha preocupado qué hacer al respecto.
Hizo una pausa antes de proseguir diciendo:
—Sabes bien que yo no tengo familia. Los parientes de tu madre, con quienes he
perdido todo contacto, viven en el norte de Escocia.
— ¡Yo no deseo ir a Escocia, papá! —exclamó Benita de inmediato.
—Yo lo sé —aceptó su padre—, pero al mismo tiempo necesito dejarte con alguien
que cuide de ti.
Benita levantó la cabeza.
Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando miró a su padre con una expresión
interrogante.
— ¿Qué estás diciendo? Papá, yo no quiero vivir con desconocidos.
Su padre suspiró.
—Ahora me doy cuenta, mi amor, de que he sido muy egoísta al evitar que te
relacionaras con ciertas personas.
—Yo preferiría... estar contigo... papá —murmuró Benita.
—Eso es lo que yo quería —estuvo de acuerdo su padre— ¡sin embargo, fue un
error, un grave error.
La manera como él habló hizo que Benita señalara:
—No fue un error, papá. Fue lo correcto y yo he estado muy feliz a tu lado. ¿Por qué
involucrarnos con otras personas cuando podemos estar juntos?
Hubo un silencio antes de que su padre continuara hablando muy despacio:
—Ahora tienes que entender que yo debo encontrar alguien para que ocupe mi
lugar.
—No... no —protestó Benita.
Mientras lo hacía, pensó con desesperación en alguien a quien sugerir, pero su
padre continuó:
—Tú no sólo eres muy bella sino también eres una joven muy rica.
— ¿Muy rica? —preguntó Benita, acentuando las palabras.
—Si y eso es lo que llamará la atención de los caza fortunas —respondió su padre.

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Su voz se hizo más dura al añadir:


—Te cortejarán, te cubrirán de halagos y tratarán de convencerte de que te cases con
ellos.
Se detuvo un momento y después continuó:
—Más, en realidad, lo único que les interesará será tu dinero.
Su voz era dura y amarga.
—En ese caso, tú no debes darme tanto dinero, papá. Así aunque yo esté sola, esos
hombres no me podrán engañar.
—La mayoría es muy voluble y ambiciosa —respondió su padre—. Y penetran en la
confianza de una mujer como si fueran serpientes venenosas.
Benita se estremeció.
Entonces el Mayor Grenfel suplicó con un tono de voz muy diferente:
—Por eso, mi preciosa, debes confiar en mí para que te proteja de esos hombres
despreciables y me asegure de que estés fuera de su alcance.
— ¿Cómo podrás hacerlo, papá? —preguntó Benita.
Los brazos de su padre la apretaron y Benita comprendió que le resultaba difícil
darle la respuesta.
Después de unos segundos, él repuso con una voz lenta:
— ¡He llevado a cabo arreglos para que te cases, querida!
Benita lo miró desconcertada.
Jamás había pensado que a él se le ocurriera algo semejante. Como sus padres
fueron tan felices juntos, Benita se había creado un cuento de hadas, mezclado con sus
sueños en los cuales conocía a un hombre alto y bien parecido, como su padre.
Este era el príncipe encantado de quien ella se iba a enamorar. Y como se amaban,
se casarían y vivirían felices para siempre.
Así, las palabras de su padre le causaron tal impacto, como si le hubiera arrojado un
balde de agua fría.
—No... no te entiendo —murmuró ella.
–He escogido al hombre que será tu esposo —señaló su padre—, y que tiene las
ideas y el carácter adecuados.
—Pero... yo no lo... conozco, papá.
—Lo sé —comprendió su padre—, desafortunadamente no hay tiempo para los
preliminares de costumbre, ya que yo no estaré aquí para verlos.
Una vez más Benita lanzó un gritó y se opuso:
— ¡Oh, no, papá! Lo que los médicos te han dicho... no puede ser cierto... ¿Cómo me
vas a dejar? Yo no puedo vivir... sin ti.
El Mayor Grenfel sintió cómo su hija temblaba junto a él.

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Pensó que ninguna agonía podría ser más dolorosa que la que él experimentaba en
aquel momento.
Entonces, haciendo un esfuerzo supremo dijo:
—Nunca me has fallado en el pasado y ahora necesito que trates de comprender mis
intenciones, hijita.
El hizo una pausa para contemplarla un momento antes de continuar:
—Créeme cuando te aseguro que eso deseo antes de morir.
Benita no respondió y él se dio cuenta de que ella estaba llorando.
—Yo pensaba que tú me querías —presionó él—, pero si esto es mucho pedir,
entonces tendré que dejar que todo siga su curso. ¡Pero te juro que me romperá el
corazón!
Mientras hablaba sabía que Benita no se iba a poder negar.
Después de lo que pareció ser un silencio prolongado, ella habló con una voz casi
inaudible:
— ¡Yo sí te quiero... papá! Te quiero más que a... cualquier otra cosa en el mundo y...
haré cuanto tú deseas.
El Mayor Grenfel aspiró profundo.
Libró una dura batalla y había ganado.
—Gracias, mi preciosa —dijo él—. Te casarás esta tarde.
Benita levantó la cabeza para mirarlo como si no pudiera creer lo que acababa de
escuchar.
Sus ojos y sus mejillas estaban humedecidos por las lágrimas.
Pero al mismo tiempo se veía tan bella que su padre se quedó mirándola.
Estaba pensando que si la veían en Londres, todos los jóvenes caerían a sus pies.
El sabía muy bien lo engañosos que podían ser.
Dejaban de mostrarse gentiles cuando corrían tras las monedas de oro para
arrojarlas sobre las mesas verdes de juego.
Nada les importaba como no fueran las cartas o sus descabelladas apuestas.
El conocía también sus argumentos por demás convincentes, que a las mujeres les
resultaba muy difícil rechazar.
¿Cómo era posible que Benita, tan inocente, pura y nada mundana pudiera
sobrevivir?
Sería como poner una paloma en medio de un nido de águilas. “Tengo que
salvarla”, pensó con desesperación.
La idea de que su hija quedara sola y desprotegida lo hizo sentir pánico.
Entonces la acercó un poco más.
— ¿Te explico mis planes? —preguntó él.

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—Sí... papá.
—Ante todo, pretendo que tú estés con un hombre que te proteja de la avaricia, de
la hipocresía y de las mentiras de los hombres como los que te acabo de describir.
— ¿Y si cuando lo conozca, no me gusta el hombre que has escogido para mí?
—Te gustará —respondió su padre—, pero ambos tendrán que poner de su parte
para alcanzar, con el tiempo, el amor divino que tu madre y yo nos profesamos.
Seguro de que Benita lo estaba escuchando, continuó:
—Es el amor que buscan todos los hombres y sobre el cual tú has leído en los libros.
Hizo una pausa antes de decir con mucha suavidad:
—Es el amor de Romeo y Julieta, el amor que tú has percibido en la música y en el
viento bajo los árboles.
Benita murmuró y él continuó diciendo:
—Es el amor que tu madre expresaba en el jardín, un amor que cada vez que veo las
flores me hace sentir que la estoy besando una vez más.
El temblor de su voz era muy conmovedor y Benita exclamó:
—Eso es... lo que yo... quería... encontrar.
—Y eso es lo que deberás buscar, mi preciosa hijita —la animó su padre—, y mi
intuición me dice que lo encontrarás, aunque quizá no sea de inmediato.
—Sin embargo, tengo que... casarme con ese hombre que has escogido... para mí...
—murmuró Benita.
—Es imposible esperar —aseguró su padre— ¡por lo tanto, la boda se efectuará hoy
por la tarde.
Benita se incorporó.
— ¿Esta misma tarde?
—Sí, así será.
Mientras hablaba, Rustuss Groon sintió un dolor que lo torturaba. Se llevó la mano
al corazón.
Sus ojos se cerraron y Benita vio cómo la sangre desaparecía de su rostro.
— ¡Papá, papá! —gritó ella.
—Mis... gotas —murmuró él.
Benita buscó en el bolsillo de su chaqueta y encontró un pequeño frasco.
Entonces se apresuró al otro lado de la habitación en busca de la bandeja de las
bebidas. Sabía exactamente cuántas gotas poner en el vaso de agua.
Y corrió de regreso junto a su padre.
Este seguía con los ojos cerrados y estaba recostado contra los cojines.
Con horror notó que se encontraba demasiado débil para poder sostener el vaso.
Le levantó la cabeza y le llevó el vaso a los labios.

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El Mayor Grenfel bebió la medicina y después de unos segundos el color volvió a


aparecer en su rostro.
Abrió los ojos.
—Lo siento, querida —musitó con voz quebrada.,
—Quédate quieto, papá —sugirió Benita—. Voy a llamar a los sirvientes para que te
lleven a tu cuarto.
—No... no... ya estoy bien —logró decir su padre.
Permanecieron en silencio varios minutos hasta que las gotas hicieron su efecto.
—Debo continuar con lo que te estaba recomendando —dijo él con voz más segura.
—Será mejor que... descanses, papá.
—No hay tiempo para eso —contestó él—. Hay mucho de qué hablar.
Benita se sentó junto a él una vez más y su padre la abrazó.
—Serás una joven muy rica y yo sé que, más que nadie, querrás ayudar a los menos
afortunados.
— Sí... por supuesto, papá. Es lo que mamá y tú siempre hicieron, aun cuando
eran... tan pobres.
—Tratamos de hacer cuanto podíamos —dijo su padre—, y nadie puede hacer más.
—Yo haré... lo mismo —prometió Benita.
El mayor no respondió, y después de un momento Benita preguntó:
—Háblame acerca de... mi boda.
—He traído un vestido especial desde Londres —explicó su padre—, y llevarás el
velo de tu madre y la tiara que ella siempre consideró como un gasto inútil.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios cuando dijo:
—Ninguna joya podía adornarla más que el brillo de sus ojos y los reflejos dorados
de sus cabellos. Lo mismo digo de ti, mi niña.
— ¿Deseas que me ponga la tiara?
—La boda será muy privada —respondió su padre—, pero es una ceremonia que
quiero que recuerdes en el futuro.
Benita sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.
Sabía que era debido al temor de casarse con un hombre desconocido.
Entonces se dijo que lo único que podía hacer era lograr que su padre se sintiera
feliz antes de morir.
Cualquier sacrificio merecía la pena.
Tenía que evitar que él sufriera más de lo que estaba sufriendo. Sin embargo, todo
su ser se horrorizaba ante lo que él le estaba pidiendo.
¿Cómo podía casarse con un desconocido y quedarse a solas con él?
— ¿Cómo podré hacer algo tan aterrador, mamá? —se preguntó, angustiada.

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Entonces, de alguna manera, estuvo segura de que su madre estaba con ellos.
Se hallaba cerca de su padre como siempre lo había estado. Lo había amado tanto
que a menudo Benita se preguntaba si quedaba lugar para ella.
“Papá es lo que importa”, se dijo.
No fue sino hasta un poco más tarde cuando preguntó:
— ¿A dónde tendrá lugar... mi boda?
Hubo una pausa y Benita insistió:
— ¿Me vas a llevar a una iglesia, no es así, papá?
—Como creo que sería demasiado para mí y la ceremonia se echaría a perder si yo
me pongo mal, he hecho arreglos para que sea Dawson quien te lleve en mi
representación.
Benita pensó que cada vez las cosas se volvían más aterradoras. ¿Cómo iba a casarse
sin tener a su padre cerca de ella? ¿Cómo iba a conocer al escogido por su padre ya
frente al altar? Entonces se dijo que aquella era la decisión de su padre y que él nunca
la había aconsejado equivocadamente en el pasado. ¿Por qué lo iba a hacer ahora?
Más al mismo tiempo preguntó:
— ¿Cuando esté casada... me marcharé con... mi esposo?
—Por supuesto que te irás a su casa —explicó su padre—. En realidad está a sólo
una hora y media del lugar donde vas a casarte.
Benita se apretó los dedos hasta que le dolieron por la dura presión.
Quería preguntar cómo podría irse con aquel desconocido. Miró a su padre.
Comprendía que, aunque ya se sentía mejor, aún tenía dolores y estaba muy débil.
“No debo contrariarlo”, decidió.
Pero al mismo tiempo deseaba gritar una docena de objeciones a lo que estaba
planeado.
Hacer todo lo posible por aplazar la boda.
Al menos hasta que supiera más de lo que sabía ahora.
No obstante, una vez más, pensó en su padre y no en ella.
Sin que ningún médico se lo dijera, Benita era consciente de que la vida de él pendía
de un hilo.
Recordó a su madre cuando le decía una y otra vez lo mucho que tenía que cuidarlo.
—No se trata sólo de sus heridas —le había dicho su madre—, sino también de su
corazón que resultó afectado por todo lo que ha sufrido y por la misma guerra.
Había suspirado profundamente, diciendo:
—Nadie pudo haber sido tan feliz como lo éramos nosotros antes que él fuera a
reunirse con su regimiento. ¡Ahora yo tengo que pagar las consecuencias!

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Cuando su padre regresó a la casa en una camilla, Benita se dio cuenta de que en ese
entonces a ella y su madre eran más felices de lo que habían sido antes.
Aun cuando se sentía muy inquieta por él, su mamá era muy feliz, porque su
esposo estaba con ella una vez más y podía verlo y tocarlo.
Benita recordaba cómo cuando su padre estaba ausente, su madre se pasaba la
mitad de la noche rezando de rodillas.
Les pedía a los santos del cielo que lo trajeran sano a casa. Leía todos los informes
que llegaban a Inglaterra acerca de las bajas en Portugal.
Benita estaba segura de que había sido su amor la fuerza que le había regresado la
salud a su padre.
Había sido el amor y no los médicos lo que había sanado sus heridas.
El amor lo levantó de la cama mucho antes de lo esperado y el amor, también, lo
impulsó a utilizar su brillante inteligencia. Esta le dijo cómo podían vivir de una
manera mucho más cómoda de como lo hicieron hasta entonces.
Sufrieron épocas de tal pobreza que Benita recordaba haberse ido con hambre a la
cama.
No había molestado a su madre, pero cuando todos estaban dormidos, ella había
bajado hasta la cocina.
Allí buscaba una corteza de pan o la cáscara de una manzana para aliviar su apetito.
Pero cuando su padre se fue a Londres todo cambió.
Había regresado con un aire de determinación que le indicó a ella que iba a triunfar
en lo que se proponía.
Sin embargo, ignoraba de qué se trataba.
Durante varios meses, él iba a Londres diariamente y regresaba ya tarde por la
noche.
De pronto, todo comenzó a cambiar.
Primero hubo buena comida, sirvientes y caballos nuevos. Después se mudaron a la
casona que su madre siempre había dicho que era la casa de sus sueños.
Todo resultó maravilloso.
Sólo la muerte súbita de su madre, durante un invierno helado, trajo una nube
oscura sobre sus vidas.
Esta tardó mucho en desaparecer.
Aunque él no se lo decía, Benita tenía la idea de que se volvían cada vez más ricos.
Ella no carecía de nada.
Tenía maestros particulares, institutrices, profesor de música, todos ellos de primera
línea.
Cuando cumplió los dieciocho años ya no los necesitó más.

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Y, para su deleite, su padre comenzó a pasar más tiempo con ella. Entonces
comprendió que era porque él ya no necesitaba trabajar tanto.
Tenían todo el dinero que pudieran necesitar.
Los caballos que poseían eran de los mejores que había. Sus roperos estaban
repletos de vestidos.
Benita pensaba que su ropa hubiera hecho justicia a las damas que visitaban la casa
Carlton o el Palacio de Buckingham.
— ¡Todo es maravilloso! —se había dicho aquella mañana cuando salió a montar.
Súbitamente cayó aquella bomba, ocasionando una verdadera explosión.
Era algo tan tremendo que no la dejaba pensar con claridad. Su padre se encontraba
sentado, mirando al fuego.
La joven comprendió que él estaba haciendo un esfuerzo por no preocuparse.
Su padre estaba convencido que todo cuanto planeara era lo mejor para ella...
Benita se arrodilló junto a él.
Lo miró y después dijo:
— ¡Te quiero mucho... papá! Haré exactamente lo que tú... deseas. Pero al mismo
tiempo... necesito tu ayuda y tu guía.
Su mano descansaba sobre la rodilla de su padre y éste se la cubrió con la suya.
—Donde quiera que me encuentre y espero que Dios me permita entrar al cielo —
expresó él—, yo siempre velaré y estaré cerca de ti cuando me necesites.
—Siempre te voy a necesitar, papá.
Los dedos del mayor apretaron los de Benita, pero guardó silencio. Entonces, con
voz casi inaudible y temblorosa, ella preguntó:
— ¿Cómo se llama... el hombre con quien... voy a casarme?
—El es el Conde de Inchester —respondió su padre.

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CAPITULO 3

EL conde salió de la sucia oficina de Rustuss Groon y se dirigió hacia Picadilly.


Sentía que no podía pensar con claridad y que las piernas le temblaban.
¿Cómo era posible?
¿Cómo había podido prometer desposar a la hija de un usurero tan odiado?
Rustuss Groon era siniestro de una manera difícil de describir.
El conde era consciente de que se trataba de un hombre muy astuto.
Nada se le escapaba a aquellos ojos cubiertos por los lentes oscuros.
El conde podía ver su cabello negro y largo que caía a ambos lados de su rostro y su
figura encorvada.
Se sentía aterrado al imaginar en cómo sería su hija.
— ¿Cómo pude acceder? ¿No habría otra salida?
Aquellas preguntas parecían repetirse una y otra vez con el sonido de sus pasos
sobre el sucio pavimento.
Luego avanzó a través del tráfico de Picadilly hacia la calle James's.
Le dijo a Sir Anthony que se iba a su casa. Ahora comprendía que no quería estar
solo.
— ¿De veras habrá ocurrido todo esto? —se preguntó él—. ¿O se trata de un sueño?
Sin embargo, no era un sueño el dinero que le pesaba en la bolsa. Sólo Rustuss
Groon hubiera sido capaz de dárselo en monedas de oro, pensó él.
—Estoy seguro de que necesitará algo de dinero antes de la boda —le había
sugerido el usurero.
De inmediato, abrió una gaveta de su directorio. De ella sacó una bolsa que tintineó
cuando la puso sobre la mesa y dijo:
—Aquí hay treinta soberanos.
Ya le había explicado al conde que se casaría en una determinada capilla la tarde del
día siguiente.
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Todavía quedaban varias capillas privadas en el país.


Estas no requerían la formalidad de una licencia especial como lo exigían las otras
iglesias.
El capellán tenía el poder de casar a quien él quisiera y en el momento en que lo
deseara.
La capilla privada a la cual debería acudir el conde había pertenecido a Lord
Bradford, quien había escapado del país.
El conde recordó que Sir Antonhy Keswick había comentado que Lord Bradford le
había pedido dinero a Rustuss Groon. Aquel noble nunca le había simpatizado.
No obstante, si el usurero ya no le iba a prestar más dinero, entonces la opción era
entre la cárcel o el destierro.
El conde había aceptado los soberanos sin encontrar una respuesta y la voz ronca
había continuado:
—Una vez casados, un carruaje los estará esperando afuera y se dirigirán
directamente a Inch Hall.
Hizo una pausa antes de agregar:
—Usted vino a Londres a caballo, pero no puede regresar así con su ropa de boda.
Haré arreglos para que un vehículo de viaje lo recoja donde esté hospedado.
El conde comprendió que Rustuss Groon esperaba que él regresara mejor ataviado
que como estaba en aquellos momentos.
Cuando pensó en la ropa que tenía en su casa, recordó que estaba en peores
condiciones que la que traía puesta.
La única solución era pedirle algo prestado a Sir Anthony.
Por lo tanto, expresó con voz áspera, ya que resentía verse manipulado.
—Estoy hospedado en el noventa y cinco de la calle Half Moon.
—Muy bien —respondió Rustuss Groon—. El carruaje estará afuera al cuarto para
las tres de mañana. No llevará más de dos horas llegar a la capilla. Su caballo será
llevado de regreso a Inch Hall.
Mientras caminaba, el conde pensó que sólo un brujo o un mago podía saber tanto.
¿Cómo podía Rustuss Groon saber cómo había llegado él a Londres? Y que no tenía
ropa disponible.
—Ese hombre no es humano! —decidió él.
Sintió el peso del oro en su bolsa.
Era adecuado que le hubieran entregado treinta soberanos, pensó el conde con
amargura. En realidad debieron ser monedas de plata.
Se había vendido a si mismo, también comprometió su libertad y su orgullo al igual
que Judas traicionara a su Maestro.

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Entró en el Club White donde fue saludado con respeto por el portero.
Con alivio vio que Sir Anthony aún se encontraba allí
Este hizo una exclamación de gusto cuando vio llegar al conde.
— ¿Regresaste, Garth? ¡Esperaba que lo hicieras! ¿Qué ha ocurrido?
—Permíteme recuperar el aliento —dijo el conde cuando se sentó.
Sir Anthony lo miró y exclamó:
— ¡Te negó el dinero!
El conde sacudió la cabeza.
—No, estuvo de acuerdo.
— ¿Entonces, por qué te ves tan deprimido? —preguntó su amigo.
De pronto, el conde decidió que no le iba a comentar a nadie lo que había aceptado
hacer.
Le sería muy difícil explicar que no lo hacía del todo por su bienestar, sino para
salvar a quienes dependían de él.
Suponía que casi todos los que estaban en aquella habitación lo iban a tildar de loco.
Se estaría casando no sólo con alguien que no igualaba su clase social, sino, por
añadidura, con la hija de un hombre a quien ellos odiaban.
Despreciaban a Rustuss Groon aunque al mismo tiempo se veían obligados a
depender de él.
Habiendo decidido guardar el secreto, el conde dijo:
—Groon ha aceptado mis demandas.
— ¡Pues demos gracias a Dios por eso! —comentó Sir Anthony—.Me alegro de que
hayas regresado para celebrarlo.
Mientras hablaba le hizo señas a un camarero para que les llevara otra botella de
champaña.
—Yo pagaré por esta —ofreció el conde.
—De ninguna manera —respondió Sir Anthony—. Lo que te ha prestado Groon lo
tendrás que pagar después con mucho trabajo.
El conde no respondió. Estaba pensando que no iba a pagar en efectivo sino con
años de vergüenza y humillación.
Tendría una esposa que le daría vergüenza presentarles a sus amigos. Una mujer
que tendría que mantener oculta para no tener que explicar quién era su padre.
Con sólo mencionar el apellido Groon, todos sabrían exactamente lo que había
ocurrido.
Podía imaginarse muy bien el desprecio conque hablarían de él en los clubes.
Podía escuchar los comentarios hirientes acerca de su esposa, así como de los hijos
que pudiera tener.

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Si no tenía cuidado, aparecerían caricaturas en las cuales se vería pesando a la mujer


que llevaba su nombre. Esta sería muy gorda y estaría sobre una balanza equilibrada
con monedas de oro como las que llevaba en la bolsa en esos momentos.
— ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo arrastrar el apellido de mi familia no ya por el
lodo sino por una cloaca?
Sir Anthony le entregó una copa de champaña.
— ¡Alégrate! —exclamó—. Obtuviste lo que querías y aunque inevitablemente
llegará el día de ajustar cuentas, éste quizá no llegue por muchos años.
“Llegará mañana”, quiso decir el conde.
Bebió la champaña.
Después de varias copas sintió que su cerebro no se había aclarado, sino que, por el
contrario, se estaba opacando tanto que ya no podía pensar.
De pronto, escuchó que Sir Anthony le preguntaba:
— ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo?
—No me acuerdo —respondió el conde—. Me parece que fue en el desayuno.
—Entonces comeremos algo ahora mismo —sugirió Sir Anthony—, y para la cena te
ofreceré el equivalente de lo que hubieras comido en la Casa Carlton.
Y de inmediato ordenó emparedados de paté.
El conde degustó varios y se sintió un poco mejor.
Ambos terminaron de beber la champaña.
Entonces Sir Anthony sugirió que fueran a su apartamento de la calle Half Moon
para cambiarse.
—Afortunadamente tenemos más o menos la misma talla —afirmó él—, aunque tú
eres más estrecho de cintura, seguramente porque trabajas más.
El rió antes de añadir:
—O deberé decir que tú trabajas la tierra mientras que yo hago mis ejercicios en la
cama.
El conde sabía que Sir Anthony estaba alardeando acerca de sus proezas amorosas.
Pero él también era un excelente jinete y un buen espadachín. Ambos se
transportaron en el faetón de Sir Anthony.
El noble poseía un apartamento muy grande.
Había una habitación extra donde podía alojar a un invitado si así lo deseara.
Ahora él le pidió a su valet que preparara un baño para el conde. Asimismo, le dijo
que proveyera a su señoría con ropa de etiqueta.
El conde no hubiera sido normal si hubiera dejado de apreciar el baño que le fue
preparado frente a un gran fuego.
El agua aplacó un poco su ira.

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Después del baño se vistió con una corbata alta y un frac propiedad de Sir Anthony.
Además se puso unos pantalones ajustados que habían sido implantados por el
Príncipe Regente.
Comenzó a sentirse como un hombre distinto.
—Mi última noche de libertad —se dijo ante el espejo.
Y mientras lo hacía, juró una vez más que cuando regresara al campo nadie iba a
ver a su esposa.
Eso significaba que él también tendría que apartarse de sus amigos.
Cuando entró en el salón se encontró a Sir Anthony vestido tan elegantemente como
él.
Y se obligó a sonreír.
—Es como en los viejos tiempos, Tony, cuando salíamos juntos a ver qué
encontrábamos.
—La respuesta es muy fácil —expresó Sir Anthony—, mas eso sólo depende de ti.
—Estoy en tus manos.
—Entonces se trata de algo muy diferente —rió su amigo.
Primero fueron a la taberna Thatched House donde la comida tenía fama de ser
extraordinaria.
—Tan buena como la que prepara el cocinero del Príncipe Regente en la Casa
Carlton —aseguró Sir Anthony.
Mientras comían, el conde pensó que sólo un chef francés era capaz de preparar lo
que ellos estaban consumiendo.
Les ofrecieron varios vinos diferentes.
No sin gran esfuerzo, el conde rechazó varios. Después, en lugar de oporto pidió
una copita de brandy.
Posteriormente, ambos se dirigieron a “La Casa Blanca”, que el conde ya había
visitado en el pasado.
Con cinismo pensó que no había cambiado.
Excepto que muchos de los clientes estaban más viejos y la voz de madame se había
vuelto más chillona.
Al centro del salón se encontraban las mesas de juego. Los mismos gritos del
croupier.
Las mismas voces que gritaban emocionadas cuando alguien ganaba.
Los mismos quejidos de desesperación cuando alguien perdía. Paradas junto a
quienes jugaban estaban las prostitutas más cotizadas de Londres.
Todas ellas eran conocidas por varios nombres: Cyprians, monjas, palomas
manchadas, aspasias, vestales...

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Cuando el conde y Sir Anthony entraron, varias de ellas lanzaron exclamaciones de


gusto.
Algunas de las que no estaban ocupadas corrieron hacia ellos y se colgaron de sus
brazos, mirándolos de forma apasionada y abriendo los labios en un gesto
provocativo.
Después de intercambiar algunas palabras de saludo, una de ellas susurró algo
junto al oído del conde.
Este sacudió la cabeza.
Sir Anthony pidió copas para dos de las mujeres.
Después de haber reído y bebido, Sir Anthony le preguntó al conde:
— ¿Te gustaría llevar a alguna de ellas allá arriba?
— ¡ No! —declaró el conde con firmeza.
—Muy bien, entonces vámonos.
Sir Anthony entregó a las mujeres varios soberanos de oro y el conde y él se alejaron
del carruaje.
— ¿Adónde vamos? —preguntó Sir Anthony.
—No tengo la menor idea —respondió el conde—, esta es tu noche.
—Muy bien —dijo Sir Anthony—, iremos al Club Wolves.
El conde arqueó las cejas.
—Eso por lo menos es siempre novedoso.
—Te gustará —continuó Sir Anthony—, los socios son casi todos personas
relacionadas con el teatro.
Y continuó explicando que allí se efectuaban funciones de tipo dramático, dos
cantantes extraordinarios, chistes y muchas mujeres muy atractivas. Estas eran
actrices, coristas y mujerzuelas.
El lugar resultó ser muy divertido y el conde no se sorprendió al encontrar allí a
socios de los clubes White y Boodles.
También encontraron jugadores empedernidos, que no prestaban atención al
entretenimiento y se limitaban a jugar cartas entre ellos.
De allí se fueron al Cole Hole, que era manejado por Rhodes, el cantante.
Edmund Kean, el gran actor, había sido un cliente constante hasta que fundó el
Club Wolves. Solía ser un genio en la escena, pero un hombre muy raro fuera de ella.
Esa noche no lo encontraron en ninguno de los dos lugares.
—Dios sabe qué estará haciendo —comentó Sir Anthony—. A menudo monta en su
caballo favorito y galopa a través de Londres hasta el campo.
— ¿Por qué lo hace? —preguntó el conde.

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—El libra las barreras a la manera de los salteadores y le grita a los vigilantes y por
la mañana regresa a su casa en la calle Ciarges cubierto de polvo y medio muerto.
El conde pensó que aquello debería ser un paliativo para algún papel extenuante
que estuviera representando.
Se preguntó si llegaría un día en que él tendría necesidad de hacer algo similar.
Sería un escape de su repulsiva esposa y de la dependencia a su dinero.
—Te estás poniendo triste otra vez —observó Sir Anthony—. ¿A dónde más quieres
ir?
—A ninguna parte —respondió el conde—. Regresemos a casa y vámonos a dormir.
—Sólo son las tres de la mañana —señaló Sir Anthony—. ¿Por qué no vamos a
White y jugamos unas manos de cartas, o si lo prefieres podemos ir a Wattier's.
—No prefiero ninguno de los dos —respondió con sequedad el conde.
El había dejado las treinta monedas de oro que Rustuss Groon le entregara,
encerradas en un cajón del departamento.
No quería gastar nada de ese dinero en Londres.
Cada centavo iba a ser utilizado para ayudar a sus pensionados. Ellos representaban
para él una preocupación muy grande y después vendrían cientos de problemas más.
No le daba pena que Sir Anthony pagara aquella noche pues éste era muy rico.
Sabía que su oferta de ayudarlo había sido sincera.
Quinientas libras no lo hubieran afectado en forma alguna.
El conde sabía muy bien la manera como algunos jóvenes se aprovechaban de sus
amigos ricos.
El había jurado que eso era algo que él nunca haría.
Los dos amigos regresaron al departamento en la calle Half Moon y el conde dijo:
—Gracias, Tony. Pasé gratos momentos esta noche y es algo que siempre recordaré.
— ¡Por Dios, Garth, eres joven y sano! No te entierres en el campo.
Hizo una pausa y después continuó:
—En el mundo hay otras cosas además de tu casa, tus cosechas y esos aburridos
pensionados que tanto te preocupan.
—Estoy seguro de que así es —estuvo de acuerdo el conde— ¡sin embargo, yo soy
responsable de ellos.
—Cualquier hombre obsesionado resulta una pesadilla —indicó Sir Anthony.
El conde rió.
—Entonces eso es lo que yo he sido por mucho tiempo.
Sir Anthony puso la mano sobre el hombro de su amigo.
— ¡Sabes que hablo en broma, Garth! No hay nadie tan divertido e interesante, y a
la vez tan dedicado como lo eres tú.

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Guardó silencio unos instantes, antes de añadir:


—Pero todavía eres joven; necesitas divertirte.
—Estás tratando de tentarme —rió el conde—, pero lo único que puedo decirte es:
no me tientes, Satanás, y continuar siendo aburrido.
—Entonces espero que disfrutes tocando el arpa —exclamó Sir Anthony con un
suspiro—. Sin lugar a dudas vas a tener un asiento de primera fila en el cielo, pero yo
siempre he pensado que tocar el arpa puede ser muy tedioso después de las primeras
horas.
El conde rió.
—No se me olvidará mandar un poco de agua a donde tú estés. Si en realidad es tan
caliente como dicen, la vas a necesitar.
—Me temo que voy a estar en compañía de muchos amigos cuyas gargantas estarán
secas por las llamas.
Los dos estaban riendo cuando se dirigieron a sus diferentes habitaciones.
El conde se metió en la cama.
Se dijo que si Tony hubiera sabido que aquella era su última noche de soltero no
hubiera podido hacer más por divertirlo.
“Quizá si yo no tuviera tantas preocupaciones, lo habría disfrutado más”, pensó.
Había escuchado las canciones, aplaudió en los espectáculos y se había reído con los
chistes.
También escuchó la voz de una cortesana que le susurraba al oído placeres tan
atrevidos como desconocidos.
Sin embargo, detrás de todo podía ver a Rustuss Groon.
Si su hija se parecía a él, entonces cuanto más pronto usara lentes oscuros, mejor.
No esperaba poder dormir.
Pero había permanecido despierto, casi toda la noche anterior. Se estuvo
preguntando cómo le iba a hacer para convencer a Rustuss Groon de que fuera
generoso.
Ahora lo había logrado, pero, ¿a qué precio?
Estaba demasiado cansado para pensar en eso y se quedó dormido.

El conde despertó y quedó horrorizado al percatarse de que eran ya las once.


El abrió la puerta y llamó al valet de Anthony quien apareció de inmediato.
— ¿Por qué no me despertó? —preguntó el conde.
—Me di cuenta de la hora en que su señoría y mi amo regresaron anoche y pensé
que un poco de sueño no les vendría mal.
Descorrió las cortinas y añadió:

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—Si milord regresa a la cama le traeré el desayuno en pocos minutos.


— ¿Sir Anthony todavía está dormido? —preguntó el conde.
—Así es, milord, y si lo despierto se levantará malhumorado. ¡Eso téngalo por
seguro!
El conde rió mientras que el valet se alejaba hacia la cocina. Aquel hombre llevaba
muchos años al servicio de Sir Anthony. Y aunque era muy comunicativo, cuidaba de
su amo como si fuera una nana.
Su ropa siempre estaba lavada, planchada y lista para ser usada.
El conde ya se había desayunado y se encontraba leyendo el periódico cuando Sir
Anthony entró en la habitación, bostezando.
— ¿Dormiste bien? —preguntó él.
—Sorprendentemente bien —declaró Sir Anthony.
—Te advertí que no bebieras tanto durante la cena.
—Lo sé —gruñó Sir Anthony—, mas como ya te lo he dicho antes, uno tiene que
pagar por todo en esta vida.
Sus palabras dichas en broma, hicieron que el conde recordara el precio que él
estaba pagando.
Un sentimiento de horror lo invadió como una nube negra. Por un momento pensó
confiarle a su amigo su secreto y sus dudas acerca del futuro.
De inmediato comprendió que aquello era algo que no le podía confiar a nadie.
Y aunque lo hiciera, no había solución posible.
Sir Anthony le ordenó a su valet que le trajera el desayuno a la habitación del conde.
El hombre lo colocó sobre una mesita junto a la cama y Sir Anthony se sentó al
borde de ésta y se sirvió una taza de café negro.
— ¡Ahora me siento mejor! —proclamó él.
—Si bebes así todas las noches, te vas a morir joven —vaticinó el conde.
—Por supuesto —respondió Sir Anthony—. Pero, ¡piensa en lo mucho que voy a
disfrutar mientras viva!
Y soltó una carcajada antes de continuar:
—En cambio tú, mi querido Garth, eres tan abstemio que lo único que lograrás es
prolongar la agonía.
“A menudo las bromas tienen mucho de verdad”, pensó el conde.
Quizá cuando hubiera terminado de invertir dinero en todo lo necesario, tal vez
llenaría las cavas de Inch Hall.
Así podría evitar el horror de tener que soportar a su esposa al otro lado de la mesa,
bebiendo demasiado.
Aquella fue una idea pasajera.

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Miró el reloj y recordó que sólo le restaban unas pocas horas de libertad.
—No tienes por qué apresurarte a regresar al campo —le estaba diciendo Sir
Anthony—, así que comeremos juntos antes que te marches.
El valet entró en la habitación antes que el conde pudiera responder.
—Hay dos sastres de Weston que desean verlo, rnilord.
— ¡De Weston! —exclamó el conde.
Mientras hablaba recordó que Weston era el sastre favorito del Príncipe Regente.
Por lo tanto, todos los caballeros elegantes de St. James se vestían con él.
— ¿Ellos preguntaron por su señoría? —indagó Sir Anthony—. El abrigo que yo
ordené ya debe estar listo.
—Preguntaron por el Conde de Inchester —respondió el valet.
—Entonces será mejor que los hagas pasar —dijo el conde.
Dos hombres con sendas cajas entraron en la habitación.
Se inclinaron ante Sir Anthony y el conde.
— ¿De qué se trata todo esto? —preguntó Sir Anthony.
—Tenemos instrucciones de entregar esta ropa al Conde de Inchester —respondió
uno de los hombres.
—Yo soy el conde —dijo Garth.
El sastre se inclinó aún más y dijo:
—Esta ropa fue ordenada hace una semana con la indicación de que debería estar
lista hoy a mediodía.
El conde lo miró con incredulidad.
—Ya está pagada, milord, pero seria muy conveniente que su señoría se la probara
para poder hacerle cualquier modificación necesaria.
Los ojos del conde se oscurecieron.
Era increíble, pero él sabía que no se equivocaba. Una semana antes, Rustuss Groon
ya había decidido que él se iba a casar con su hija.
Las cajas de seguro contenían la ropa apropiada para la boda. Sintió que la ira se
acrecentaba dentro de él.
¿Cómo se había atrevido el usurero a dar por hecho que él iba a aceptar su oferta,
aun antes de hacerle la proposición?
Al instante comprendió que sería un error mostrar su enojo delante de Sir Anthony.
Sin lugar a dudas, los sastres hablarían.
Se levantó de la cama.
Cuando se vistió no quedó duda de que la ropa era de un gusto impecable.
Era exactamente de su talla y le quedaba sin una arruga.
— ¿Quién te puede haber regalado ropa como esta? —preguntó Sir Anthony.

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— ¡No tengo la menor idea! —respondió el conde.


Entonces, pensando que a su amigo aquello le iba a parecer muy extraño, añadió:
—Supongo que debe tratarse de uno de mis parientes que llegó sin anunciarse y me
encontró vestido como un espantapájaros.
—Entonces tienes que darle las gracias —observó Sir Anthony.
Sin esperar respuesta, él les preguntó a los sastres:
— ¿Quién ordenó esta ropa para su señoría?
El conde contuvo la respiración.
Si ellos mencionaban a Rustuss Groon, todo se descubriría y él se vería obligado a
decirle la verdad.
—Parece extraño, señor, pero aunque recibimos instrucciones muy precisas para
hacer esta ropa y otra más, así como el pedido total, la orden no venía firmada.
El conde pudo respirar de nuevo.
—Pues de veras que es una sorpresa —comentó él como dándole poca
importancia—. Algún día averiguaré quién me la regaló.
— ¡Sin lugar a dudas se te ve mejor de como te veías ayer! —afirmó Sir Anthony.
El conde les dio las gracias a los sastres quienes hicieron una reverencia y se
retiraron.
Entonces se miró en el espejo.
La ironía era que aparecía exactamente como un novio y al mismo tiempo como un
caballero.
Los gustos de Rustuss Groon ciertamente eran mucho mejores que su aspecto.
Ojalá pudiera decir lo mismo de su hija.
—Ahora que ya estás vestido —sugirió Sir Anthony— será mejor que yo haga lo
mismo y vayamos a White para que aprecien la transformación que tuvo lugar en ti
anoche.
— ¿De veras me veía tan mal? —preguntó el conde.
—Si quieres que sea sincero, te diré que te veías detestable —respondió Sir
Anthony—, aunque quizá pensaron que se trataba de un capricho de aristócrata como
es el caso de Norfolk
Y rió antes de terminar:
—El nunca permite que cambien o laven su ropa hasta que está tan borracho que los
sirvientes lo hacen sin que él pueda protestar.
—Si me veo con ese aspecto, ¡me mato! —protestó el conde.
—Tonterías —respondió Sir Anthony—, simplemente harías lo que él hace y
abrirías otra botella.
El conde rió y le lanzó una almohada.

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Sir Anthony la esquivó y se retiró a su dormitorio.


El conde entró en el salón.
Pasaba de mediodía.
Sólo le quedaban unas pocas horas para que el carruaje llegara para conducirlo a la
capilla.
Pensó que habría poca diferencia si lo fueran a llevar para que compareciera ante un
tribunal y lo condenaran a pagar sus deudas. Se reflejó en un espejo.
No era vanidoso, pero vestido como estaba comprendió que cualquier mujer se
sentiría orgullosa de ser su esposa.
¿Cómo iba a poder pasarse la vida ocultando a la suya? Disculpándose si alguien la
veía y ocultándole su identidad a sus amigos más íntimos.
— ¡No es posible! —pensó con desesperación.
Levantó la vista y vio el retrato de la madre de Sir Anthony que había sido muy
bella.
Aunque no se daba cuenta, él estaba rezando:
—No permitas que sea demasiado fea ni desagradable, —estaba diciendo en voz
baja.
Las palabras no venían de su mente sino de su corazón.
El sabía que no eran expresiones de temor, sino de angustia.


Después de una excelente comida en White, el conde se levantó de la mesa.
Sir Anthony y él estaban acompañados por varios de sus amigos.
— ¿Cómo estás, Inchester? —le habían preguntado éstos—. Nos da gusto volver a
verte.
Por supuesto, se habían percatado de la ropa que llevaba puesta. Uno de ellos le
había dicho:
— ¡Estás muy elegante! ¿Vas a ir a la Casa Carlton
— ¡Por qué piensas eso? —preguntó el conde.
—Pensé que a “Prinny” pudiera molestarle ver a alguien de buena figura llevar el
mismo tipo de ropa que él usa.
El que hablaba rió antes de continuar:
—Tiene un gusto excelente en lo que a antigüedades se refiere, pero aprovecha
demasiado las creaciones de sus cocineros.
Todos rieron y Sir. Anthony comentó en broma:

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—Eso es una advertencia para que no te comas lo que cultivas, Garth.


El conde respondió guiñando un ojo:
—Por supuesto que seguiré tu consejo y espero que tú sigas el mío cuando se trata
de la tercera o cuarta botella.
Cuando sus amigos todavía estaban terminando el oporto y el café, el conde se puso
de pie.
—Tengo que irme —le dijo a Anthony—. Mil gracias por dejarme pasar la noche en
tu casa. ¡Disfruté mucho de tu compañía!
—Yo también —estuvo de acuerdo Sir Anthony—, y no te alejes demasiado.
—Voy a pensarlo —prometió el conde.
Sir Anthony no creyó necesario acompañar a su amigo. Con una sensación de alivio
el conde salió del club.
Regresó caminando a la casa de la calle Half Moon, pues sentía que necesitaba el
ejercicio.
Cuando llegó, frente a la casa esperaba un impresionante carruaje de viaje.
Al acercarse, pudo admirar los extraordinarios caballos que tiraban del vehículo.
Cuando llegó junto al carruaje, el cochero y el lacayo lo saludaron y el conde dijo:
—Creo que me esperan a mí. Yo soy el Conde de Inchester.
—Sí, milord —respondió el lacayo—. Se nos ordenó que estuviéramos aquí a las tres
menos cuarto.
— ¡Son puntuales! —observó el conde.
Mientras hablaba se dio cuenta de que el valet de Sir Anthony estaba parado en la
puerta de la casa.
El hombre se le acercó.
—Me pregunto, milord —dijo el valet en voz muy baja—, si quiere usted la ropa
que traía puesta ayer, o si debo tirarla a la basura.
—Me la llevaré —respondió el conde.
—Pensé que así sería, milord, por eso ya la tengo empacada.
El conde le dio las gracias y le obsequió dos de las monedas que le había entregado
Rustuss Groon.
Era la primera vez que había sacado algo de la bolsa. En seguida subió al carruaje.
El lacayo colocó una manta de piel sobre sus rodillas y dijo antes de cerrar la puerta:
—Hay una carta para su señoría;
Señaló donde ésta se encontraba sobre el asiento. El conde la tomó. Abrió el sobre y
leyó:

El carruaje en el cual viaja y los sirvientes, desde ahora le pertenecen.

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No había firma.
“Tengo que estar agradecido”, se dijo él.
Entonces recordó la razón para tal generosidad.
Era una mujer a quien él tendría que agradecerle la ropa que llevaba y el vehículo
en el cual viajaba.
También por cada centavo que gastara.
¿Y si ella también era una avara como se decía que era su padre? ¿Y si él tuviera que
arrodillarse ante ella para mendigarle lo que gastara en cosas que ella no autorizara?
Por ley las propiedades de la esposa pertenecían también a su consorte.
Pero podía imaginarse la agonía de esa posible dependencia y que le reclamaran
cada penique que gastara.
— ¿Cómo podré soportarlo? —se preguntó.
El carruaje ya había salido de Londres y los caballos aceleraban el paso.
Consideró que lo llevaban con velocidad, con demasiada velocidad hacia un
infierno en la tierra.

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CAPITULO 4

CUANDO terminó de vestirse, Benita sintió pánico.


Después de que su padre le hizo saber sus planes, ella había permanecido como
adormecida.
Era como si no pudiera comprender con claridad lo que estaba sucediendo.
Entonces, cuando se dirigió a su habitación, por un momento había pensado en correr
hacia las caballerizas.
Podía montar a Swallow, su caballo favorito, y desaparecer para que nadie la encontrara.
El novio podía esperar, pero, ella no llegaría jamás. Su padre se pondría furioso.
Pero quizá se diera cuenta de que tenía que hacer otros planes para el futuro.
Mas fue consciente de que no podía traicionarlo ni hacerlo infeliz. Le había suplicado que
confiara en él y eso es lo que tenía que hacer.
El vestido que le fue traído desde Londres era muy bello.
Era de color blanco y brillaba con diamantina en la falda y alrededor del cuello.
Tenía unas cintas de plata que le cruzaban los pechos y caían a su espalda.
Estas también estaban bordadas con el mismo material. La doncella le colocó el velo sobre
la cabeza.
Ella la atendía desde que la nana se había retirado.
En seguida, la doncella añadió la tiara.
Benita se alegró de que el velo le cubriera el rostro.
Pensó que así el novio no advertiría que ella lo detestaba. Nunca lo había oído mencionar
antes.
No tenía idea de si él era joven o viejo, bien parecido o deforme. ¡Confía en tu padre!
Casi podía escuchar a su madre diciendo aquellas palabras y pensó que estaba siendo una
ingrata.
Su padre había hecho mucho por ella, haciéndola muy feliz. ¿Cómo podía entonces pensar
en sí misma y no en él?
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— ¡Se le ve a usted preciosa, señorita, y es la verdad! —exclamó la doncella.


— ¿Ya... empacaste mis... cosas? —preguntó Benita en voz baja.
—Sí, señorita, todos los vestidos y los demás objetos.
— ¿Te acordaste de incluir las miniaturas de mis padres?
—Por supuesto, señorita. Yo sé que usted las lleva siempre a cualquier parte que vaya.
—Gracias Emily.
Benita se miró ante el espejo por última vez.
Pensó que con el velo sobre el rostro sería difícil que alguien supiera realmente cómo era.
Entonces lo echó hacia atrás para poder darle a su padre un beso de despedida.
Benita lo encontró en la planta baja recostado en la biblioteca tal como se lo había
imaginado.
Se le acercó y el hombre dijo:
— ¡Se te ve exactamente como yo quiero que te veas! ¡Eres una novia muy bonita, hija!
Benita se acercó al sofá y se arrodilló junto a él.
— ¿Vas a estar rezando por mí y... pensando en mí, verdad?
—Sabes que así lo haré —respondió su padre—. Tan pronto como sea posible, convence a
tu esposo para que venga a verme si... Se detuvo.
Benita supo que iba a decir: si estoy vivo.
Ella sollozó.
—Papá, papá querido, ¿cómo puedo alejarme... así?
—Porque así me haces muy feliz.
Rustuss Groon pudo ver cómo las lágrimas comenzaban a correr por las mejillas de la
joven y agregó:
—Yo estaré aquí pensando en ti y rezando y tú lo percibirás así durante toda la ceremonia
de la boda.
Benita quiso decir que todo sería muy diferente si él estuviera junto a ella.
Entonces se percató de lo pálido y acabado que se veía. Comprendió que en realidad su
padre estaba muy enfermo.
—Vendré a verte tan pronto como pueda —prometió ella—. ¡Nada me... apartará de ti...
papá!
La voz se le quebró al decir la última palabra.
Acercó su mejilla a la de él para ocultar sus lágrimas. El mayor la estrechó en sus brazos y
le dijo:
—Vete ya, mi amor, y que Dios te bendiga.
Benita lo besó en ambas mejillas.
Después, se puso de pie.
Mientras se dirigía a la puerta se cubrió el, rostro con el velo una vez más.

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Se volvió para darle un último adiós.


Quiso hablar pero le fue imposible.
Salió de la biblioteca, cerró la puerta y se dirigió hacia el vestíbulo. Allí la estaba esperando
un hombre a quien ella sólo había visto antes en una ocasión.
Sabía que él trabajaba con su padre en Londres y que su nombre era Capitán Dawson.
Cuando llegó junto a él, se inclinó y Benita le tendió la mano.
A ella le fue imposible hablar.
Como si lo entendiera, él le tomó la mano y la enlazó en su brazo.
En seguida la condujo hasta donde los esperaba un carruaje cerrado y muy cómodo.
La ayudó a subir y un sirviente le colocó una manta de pieles sobre las rodillas.
El Capitán Dawson se sentó junto a la novia y al cerrar la puerta el sirviente exclamó:
— ¡Buena suerte, señorita Benita!
Benita no pudo responder.
Las lágrimas le escurrían por las mejillas y se llevó el pañuelo a la cara por debajo del velo.
Los caballos se pusieron en marcha y el Capitán Dawson miró por la ventana.
El comprendía cómo podía sentirse Benita.
Sabía que no había palabras para consolarla.
Recorrieron un buen tramo antes que Benita expresara con voz casi inaudible:
—Yo... lo siento.
—Está bien —le aseguró el Capitán Dawson—. Sé lo mucho que significa para usted
alejarse de su padre, pero él es un hombre muy enfermo.
—Lo entiendo.
—Todo cuanto él ha hecho —aseguró el capitán—, y todo lo que ha trabajado, ha sido por
su madre y por usted.
—Yo lo quiero... mucho —dijo Benita—. ¿Cómo puedo abandonarlo?
El capitán no respondió.
Sabía, mejor que nadie, lo desesperado que había estado el mayor para asegurarse de que
su hija estuviera bien protegida después de su muerte.
Estaba al tanto del plan que su amo había desarrollado para lograr la protección de su hija.
Juró mantener el secreto para que ni Benita ni el conde se enteraran.
— ¿Por qué? —había preguntado él. La respuesta había sido:
—Así lo deseo hasta el momento en que consideres conveniente decirles la verdad.
“Es una gran responsabilidad”, se dijo el Capitán Dawson en aquel momento.
Pensó que si Benita sabía la verdad, quizá aquello empeorara aún más las cosas.
Los caballos continuaron su camino y cuando se acercaban a la capilla privada, el Capitán
Dawson sugirió:
—Llegaremos en cinco minutos. ¿Quiere utilizar mi pañuelo?

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El pensó que el de la joven ya debería estar empapado de lágrimas.


Benita se secó los ojos y se dijo que tenía que tener mayor dominio sobre sí.
Sin embargo, tenía la premonición de que no volvería a ver a su padre.
“Si él estuviera muerto, yo no tendría que casarme con ese hombre horrible que me está
esperando”, pensó ella.
Entonces recordó lo que le había dicho su padre. Y tenía que estar a la altura de sus deseos.
—Gracias —dijo ella con voz nerviosa al Capitán Dawson.
Le regresó el pañuelo. Esperaba que el velo no dejara ver que su rostro estaba lleno de
lágrimas.
Los caballos entraron por un portón muy elegante y delante de ellos apareció una avenida.
Segundos después se desviaron hacia un camino que se apartaba de la avenida.
Avanzaban bajo los árboles.
La capilla era un edifico lindísimo.
Había sido construida junto a la casa doscientos años atrás. Los árboles que fueron
entonces plantados la habían rodeado.
El conde, que había llegado antes, pensó que la capilla era muy oscura.
Se dio cuenta de que era porque las ventanas con vitrales casi no dejaban entrar luz.
En realidad la única luz que alumbraba la capilla provenía de seis velas colocadas sobre el
altar.
El interior se encontraba en buenas condiciones de mantenimiento.
Había gran cantidad de flores blancas sobre el altar y a los lados de éste.
También había flores en las ventanas.
Su aroma impregnaba el ambiente.
El conde vio que un sacerdote se encontraba arrodillado frente al altar.
En la capilla no había nadie más.
El avanzó despacio por el pasillo alfombrado hasta sentarse en la primera banca de la
derecha.
Pudo ver que ésta tenía tallado el escudo de armas de la familia Bradford.
Se preguntó quién habría restaurado la capilla en ausencia del dueño.
Sobre los asientos había cojines de terciopelo, nuevos.
También vio que los dos cojines que estaban colocados frente al altar eran de raso blanco
con borlas doradas.
Llevaba allí apenas unos pocos minutos cuando escuchó el sonido de unas ruedas.
Comprendió que su prometida había llegado.
Fue entonces cuando la tensión dentro de él llegó a su punto culminante.
Sabía que tenía terror.
Terror de cómo fuera ella.

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Terror de lo que iba a encontrar cuando ella se acercara a él del brazo de su padre.
Salió al pasillo y esperó.
El sacerdote también se puso de pie y aguardó frente al altar. Era un hombre de edad con
cabello blanco y rostro de santo.
Sin embargo, el conde estaba mirando a las dos figuras que entraron por la puerta oeste.
De inmediato se dio cuenta de que el hombre no era Rustuss Groon. Sin embargo, lo
reconoció como el empleado que había estado con él cada vez que lo visitara.
Ahora su aspecto era muy diferente a como lo había sido en esas ocasiones.
Estaba muy bien vestido como lo estaba él y aunque era mayor, caminaba muy erguido,
como si hubiera sido militar.
Y cuando sus ojos quisieron mirar a la novia se dio cuenta de que no podía hacerlo.
El se dio la vuelta y sólo sintió su presencia cuando Benita llegó a su lado.
El conde miró directamente al sacerdote.
La ceremonia comenzó sin ningún preámbulo.
El sacerdote habló con una sinceridad que hizo imposible no sentir la santidad de lo que
estaba teniendo lugar.
La voz del sacerdote preguntó:
— ¿Quién entrega a esta dama para que se case con este caballero?
El Capitán Dawson respondió con voz tranquila.
—Yo.
Entonces el sacerdote se volvió hacia el conde.
Cuando éste dio su respuesta su voz sonó dura y casi agresiva. Estaba luchando por
dominarse.
En contraste, la voz de Benita casi era inaudible.
Fue entonces cuando el conde se dio cuenta de que no había traído un anillo.
Su interno evitaba pensar en aquella ceremonia, por lo que no se había acordado de traer
las sortijas.
Para alivio suyo, el Capitán Dawson sacó un anillo de su bolsillo y se lo entregó.
Cuando el conde se lo puso en el dedo, Benita se dio cuenta de que se trataba del anillo de
su madre.
Comprendió que su padre lo había enviado a propósito, como un símbolo del amor que él
deseaba que ella tuviera.
Le quedaba a la perfección.
Ahora Benita sintió que su madre estaba junto a ella. Podía ver su rostro con toda claridad.
“Ayúdame, mamá... ayúdame!”, gritó con la voz del corazón.
Como si fuera una respuesta, recordó que el anillo que ahora llevaba nunca se había
apartado de la mano de su madre hasta su muerte.

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Simbolizaba diecisiete años de felicidad total.


“Mamá está conmigo”, pensó Benita cuando ella y el conde se arrodillaron para recibir la
bendición final.
Cuando se pusieron de pie, el sacerdote indicó una mesita que estaba junto a los escalones
del altar.
Sobre ella se encontraban el registro de matrimonios, un tintero y dos plumas.
El conde tomó una y firmó su nombre donde se lo indicó el sacerdote.
Resultaba difícil ver, pues la luz del altar casi no alumbraba la mesa.
Benita tomó la otra pluma y firmó su nombre debajo del de él. De pronto, se escucharon las
notas de un órgano.
Sin dirigirse al sacerdote ni al Capitán Dawson, el conde le ofreció el brazo a Benita.
Ambos caminaron por la senda acompañados por música que parecía llenar el lugar con
una alabanza a Dios.
Llegaron a la puerta y afuera los estaba esperando un carruaje que no era ninguno de los
dos en los que habían llegado.
Era un carruaje del tipo Brictchka y que era utilizado por quienes deseaban viajar rápida y
cómodamente.
No había cochero, lo que significaba que el conde iba a conducir. Había un espacio para el
lacayo detrás de la capota que cubría el asiento delantero.
Esta podía quitarse si así se deseaba.
El vehículo estaba tirado por dos magníficos caballos.
El conde se sentó en el asiento del conductor y no pudo reprimir una leve emoción ante la
idea de conducir aquellos magníficos animales.
Tomó las riendas y casi no se dio cuenta de que a Benita la habían envuelto en una capa de
piel que la cubría desde el cuello hasta los pies.
Ella se sentó en el asiento junto a él y le colocaron una manta sobre las rodillas.
Había un calentador debajo de sus pies.
El Capitán Dawson la arropó.
—Estará bien caliente —aseguró él—. El recorrido no les tomará más de una hora.
Eso era lo que su padre le había comentado a ella.
Con voz tan baja que sólo él pudo escucharla, Benita le preguntó:
— ¿Cuidará de... papá y le dirá que yo... lo quiero?
—Sabe que sí lo haré —respondió el Capitán Dawson—. También le diré que tiene una hija
muy valiente y él se sentirá orgulloso de usted.
Benita no había levantado la cabeza y él se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de
lágrimas.
— ¡Dios la bendiga! —exclamó Dawson y se apartó.

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El conde puso en marcha los caballos.


Cuando pasaron el portón, él imprimió mayor velocidad.
Los caballos estaban descansados; por lo tanto, avanzaron con una rapidez que el
conductor no había mantenido jamás.
Recorrieron un buen tramo del camino antes que él conde mirara a Benita.
Lo único que pudo ver fue la tiara debajo de la capucha de piel que le cubría la cabeza.
Con tanta piel encima le pareció que su esposa era como un osito. Con horror se preguntó
si se parecería a este animal.
El camino a Inch Hall estaba en buenas condiciones y él lo conocía muy bien.
Los caballos salvaban las distancias y el conde no podía recordar haber conducido otro
vehículo tan estupendo.
Infirió que aquel era otro regalo de Rustuss Groon.
Y si además incluía los caballos, al conde le era imposible no sentirse agradecido.
Comenzaba a oscurecer.
Las sombras se hacían cada vez más largas cuando llegaron a la aldea Inch.
Benita no había abierto la boca desde que salieron de la capilla.
El conde pensó que debería indicarle que habían llegado a su casa, pero no lo hizo.
Guió los caballos por entre las rejas de hierro abiertas que necesitaban ser pintadas.
Pasaron junto a dos cabañas que estaban abandonadas, pues se encontraban en pésimas
condiciones como para ser habitadas.
Recorrieron el camino bordeado de robles a ambos lados.
A través de su velo, Benita echó un vistazo a Inch Hall por primera vez.
Ella se lo había imaginado lóbrego y amenazador.
Sin embargo, para su sorpresa, la casa tenía una cierta cualidad de cuento de hadas.
No tenía idea de que se trataba de un excelente ejemplo de la arquitectura italiana del
reinado de Isabel.
Lo único que podía ver era la elegancia y la belleza de las cúpulas y las estatuas sobre el
techo.
Las luces brillaban detrás de muchas ventanas.
Circundando las fachadas anterior y posterior de la casa había un lago con un puente de
piedra.
Si Benita se sorprendió al encontrar luces detrás de las ventanas, lo mismo le sucedió al
conde.
Por un segundo pensó que la casa ardía.
En seguida comprendió que casi todas las habitaciones deberían tener velas encendidas en
su interior.

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Se preguntó quién sería el responsable de aquella excelente idea. El se había alejado desde
el día anterior para ir a Londres.
En la casa se encontraban solamente Hawkins, su ordenanza y una pareja que había estado
allí desde los tiempos de su padre. Ambos eran muy ancianos, pero él no les había podido
encontrar una cabaña para que se retiraran.
Para ellos, el conde continuaba siendo “el joven Garth”.
No podía imaginarse a ninguna de esas tres personas encendiendo todas aquellas velas.
¿Pero quién más podía haberlo hecho?
Debió ser por órdenes de Rustuss Groon.
“Me pregunto qué otra cosa me estará reservando”, pensó con tristeza.
Resentía aquella intromisión en su vida privada por parte del hombre que lo había
presionado a casarse con su hija.
Entonces se dijo que cualquier sorpresa no era en afán de complacerlo a él sino a su hija.
Aquella mujer silenciosa que estaba junto a él con un velo sobre el rostro.
“Debo mirarla”, se dijo el conde. “¡Tengo que mirarla!” Pensó que el momento adecuado
sería cuando la ayudara a descender del vehículo.
Detuvo los caballos delante de la puerta principal y, al hacerlo, se dio cuenta de que una
alfombra roja cubría los escalones.
Para entonces el lacayo que venía con ellos ya había corrido para sujetar la cabeza de los
animales.
Para sorpresa suya, dos lacayos que llevaban su librea estaban ayudando a la novia a
descender.
Cuando él se bajó, Benita ya había llegado a la puerta. El conde la siguió.
Cuando llegó, se encontró con un hombre de mediana edad y cabello canoso que llevaba la
ropa de un mayordomo.
Este le hizo una reverencia.
— ¡Bienvenido a casa, milord! Permítame ofrecerle las más cálidas felicitaciones en mi
nombre y en el del resto de la servidumbre.
El conde lo miró perplejo.
— ¿Quién es usted? —le preguntó.
—Soy Bolton, su mayordomo, milord, y espero obtener la aprobación de su señoría. Fui
mayordomo del Duque de Cumbria hasta la muerte de su excelencia.
El conde contuvo el aliento. El sabía que el Duque de Cumbria había sido uno de los
hombres más ricos de Inglaterra.
Toda la servidumbre que hubiera trabajado a su servicio tenía que ser en extremo
competente.
Bolton continuó diciendo:

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—Hay champaña en el salón, milord, y hemos hecho cuanto es posible para que su señoría
se encuentre lo más cómodo posible.
Un poco confundido, el conde se volvió para buscar a su esposa.
Advirtió que, mientras él hablaba, ella había seguido a un lacayo. Este la había conducido
al segundo piso.
Al final de la escalera él pudo ver a una mujer vestida de negro. Aunque le pareciera
increíble, se dio cuenta de que se trataba de su ama de llaves.
Lo único que pudo hacer fue echar una última mirada a aquella figura envuelta en pieles
que desapareció por el pasillo.
Bolton le estaba abriendo la puerta del salón.
Como hipnotizado, el conde atravesó el vestíbulo y entró en aquella habitación que, otrora,
fuera la favorita de su madre y que él no había utilizado desde su regreso de Francia.
No podía soportar ver en las paredes las huellas que dejaron los espejos con marcos
dorados que él había descolgado.
También necesitó vender varias pinturas que no estaban registradas y, por lo tanto, podían
ir a las subastas.
Para sorpresa suya, los candelabros estaban encendidos y muchas flores aparecían en
enormes jarrones.
Un fuego ardía sobre una parrilla recién limpiada y pulida. Bolton se acercó a una mesa
que estaba en una de las esquinas. El conde vio una cubeta de plata para enfriar vinos que
contenía una botella de champaña. La cubeta estaba grabada con su escudo de armas.
Como si fuera un sueño, el conde aceptó una copa que Bolton le entregó sobre una bandeja
de plata.
También había algunos emparedados de paté y él tomó uno.
—Espero que su señoría comprenda que por el momento sólo contamos con un equipo
básico de servidumbre —le estaba explicando Bolton—, mas ya he hecho algunas
investigaciones en la aldea.
Hizo una pausa y después continuó:
—Me he enterado de que hay un buen número de mujeres jóvenes que desean trabajar en
la casa, así como muchos hombres que buscan empleo.
—Soy consciente de eso —logró decir el conde.
—Ya he contratado a dos de los mejores jóvenes —continuó Bolton—, y con el permiso de
su señoría, me gustaría tener a dos más en el vestíbulo.
El conde bebió un trago de champaña porque sintió que lo necesitaba.
—El chef —continuó diciendo Bolton—, trajo consigo a un asistente, milord, pero es
temporal, así que si contratamos a dos pinches, en la cocina podremos tomar un tercero tan
pronto como haya lugar para él.

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El conde comprendió que Bolton esperaba una respuesta. Con una voz que no parecía ser
la suya asintió:
—Sí, sí, por supuesto. Estoy seguro de que usted está haciendo lo mejor que le es posible
dentro de lo que, por el momento, son circunstancias muy desfavorables.
—Me informaron, milord —comentó Bolton—, que todo aquí se vino abajo mientras su
señoría luchaba heroicamente en España. Permítame decirle que todos los empleados se
sienten muy orgullosos de trabajar para el señor conde.
—Gracias —dijo éste sintiéndose un tanto perturbado. Bolton miró el reloj.
—Si le parece bien a milord, la cena será servida dentro de una hora. El valet de su señoría,
el señor Hawkins, ha cooperado mucho con nosotros.
Bolton hizo una reverencia y se alejó con paso muy digno.
El conde sintió que le costaba trabajo respirar y más aún, pensar. ¿Todo aquello estaría
sucediendo de verdad o sería una ilusión? Se sirvió otra copa de champaña y deseó que Sir
Anthony estuviera allí, con él.
Entonces recordó que aún no había visto ni hablado con su esposa.
Sintió como si una mano helada le hubiera tocado el corazón.
Una cosa era sentirse entretenido por lo que Rustuss Groon había arreglado y otra muy
diferente era recordar que aún no conocía a su esposa.
Estaba pensando en ella cuando subió a su habitación.
Esta era la que ocuparan los Condes de Inchester desde que la casa había sido construida.
Era una habitación imponente que albergaba una enorme cama de cuatro postes, con
cortinas de terciopelo escarlata.
El escudo de armas de los Inchester aparecía bordado en la cabecera.
El terciopelo estaba desteñido y el forro roto.
Aun así la habitación tenía una cierta majestuosidad y para el conde representaba un
recuerdo de la historia de sus antepasados. Antes de llegar a la puerta no pudo evitar pensar
en la mujer que ocupaba la habitación contigua.
Esta había pertenecido a su madre.
Al pasar junto a ella pudo escuchar voces.
Esto lo hizo acelerar el paso, como si trataran de alcanzarlo. En su habitación encontró a
Hawkins.
Le dio tanto gusto ver un rostro conocido que le extendió la mano.
— ¡Felicidades, milord! —exclamó el valet—. Que la bendición del cielo caiga sobre su
señoría, pues se lo merece.
En seguida comentó con su habitual tono de voz:
—Todo está quedando muy bien, milord, de eso no cabe duda.
— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó el conde.

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Hawkins lo ayudó a quitarse la elegante chaqueta, confeccionada por Weston.


—Tan pronto como su señoría se marchó ayer por la mañana, todos llegaron como un
enjambre de abejas.
El conde lo escuchaba mientras se quitaba el chaleco.
—Llegaron en carruajes, carricoches y carretas. ¡Su señoría jamás ha visto algo igual!
Hawkins rió.
—Yo me pellizcaba a cada rato para estar seguro de que estaba despierto.
—Estoy seguro de que así fue —exclamó el conde—. Yo me siento igual.
—Ahora lo único que su señoría tiene que hacer, es sentarse a descansar. Todos los que han
venido tienen ya sus instrucciones y saben muy bien cómo cumplirlas.
El conde pensó que no le agradaba que a la gente de su casa le dieran instrucciones otras
personas. Sin embargo, no interrumpió y Hawkins continuó:
— El chef es francés y cocina mejor que cualquiera que yo haya conocido antes.
El conde sonrió. Estaba seguro de que aquello era verdad.
—Yo le dije —continuó Hawkins—, llevo cinco años peleando contra gente como usted.
¿Qué debo decirle ahora?
— ¿Y qué respondió? —preguntó el conde con interés.
—Abra la boca y cómase esto; entonces sabrá por qué estoy aquí.
El conde rió.
Por, el momento aquello alivió un poco su tensión.
Cuando entró en el dormitorio encontró que había un baño preparado frente al fuego.
Enormes recipientes de latón recién pulido estaban allí con agua fría y caliente.
Por el momento él no hizo preguntas.
Se limitó a disfrutar del calor del fuego y del agua.
Cuando se hubo vestido con su ropa de etiqueta, Hawkins exclamó:
—Si ahora milord no disfruta de la cena como si fuera algo bajado del cielo, yo me comeré
mi sombrero.
El conde rió mientras salía de la habitación.
Miró hacia la puerta de la habitación de su esposa y se obligó a pasar con paso lento junto a
ella.
Abajo, en el salón, ardía un fuego que él no había visto al entrar. Bolton lo estaba
esperando con una copa de champaña.
El vio que había sólo una copa.
Antes que pudiera hacer la pregunta Bolton anunció:
—Me indicaron que le pidiera disculpas a su señoría, pero milady todavía está dormida. Su
vieja nana, que ha venido para atenderla, piensa que sería un error el despertarla.
El conde casi se avergonzó de la sensación de alivio que lo invadió.

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—Sí, por supuesto —asintió él—. Si milady está dormida, no debemos despertarla por
ningún motivo. Ha sido un largo día y estoy seguro de que está muy cansada.
Bolton se inclinó y salió de la habitación.
Pocos minutos más tarde regresó para anunciar con voz solemne:
— ¡La cena está servida, milord!


Si el conde se había sorprendido al llegar a Inch Hall, también lo había hecho Benita.
Como se sentía avergonzada de su rostro con huellas de lágrimas se había apresurado a
subir a su habitación.
Sentía que tenía que estar a solas antes de hablar con su esposo. El ama de llaves la recibió
al final de la escalera y le dijo:
— ¡Bienvenida milady! Si quiere seguirme, le mostraré a su señoría la habitación donde va
a dormir.
La mujer se adelantó y abrió una puerta.
Benita entró y entonces lanzó un grito que pareció rebotar por las paredes.
— ¡Nanny! —exclamó ella—. ¡Nanny! No tenía idea de que ibas a estar aquí.
Corrió al otro lado de la habitación y abrazó a la anciana que estaba parada junto al
tocador.
Cuando Benita cumplió los dieciocho años, su nana, quien había estado con ella desde que
era un bebé, tenía casi setenta.
No se alejó de la casa donde había sido muy feliz, pero sí delegó sus deberes en una
doncella joven a la cual supervisaba para estar segura de que Benita estuviera bien atendida.
El Mayor Grenfel le había pedido que se fuera a Inch Hall en el vehículo del equipaje.
Nanny comprendió que lo hacía para que Benita se sintiera menos sola y perdida sin él.
—Por supuesto que iré, señor —aseguró ella—. No dejaré que mi bebé se sienta sola entre
tantas caras desconocidas.
—Pensé que así lo haría, Nanny —respondió el Mayor Grenfel—, y quiero que usted esté
con ella cuando le den la noticia de mi muerte.
—No hable usted así —le llamó la atención la nana.
Entonces, al ver la expresión en el rostro de su amo se detuvo.
—Lo siento mucho, mi señor, de veras lo siento. Usted sabe cuánto lo respeto y estimo por
lo bondadoso que ha sido con todos.

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—Lo único que importa es la señorita Benita —dijo el Mayor Grenfel sin alterarse—. Tiene
que hacerla comprender que no debe llorar y que, por ningún motivo, deberá vestirse de
negro.
Permaneció en silencio por un momento y después agregó:
—Hágala comprender que yo estoy vivo y en compañía de su madre. Yo estaré pensando
en ella y queriéndola como lo he hecho cada momento desde que nació.
—Lo sé —dijo la nana—. Ninguna hija pudo tener un padre más devoto.
—Lo único que puedo decirle, Nanny, es que estoy muy agradecido de que usted aún esté
con nosotros.
Cuando Benita la abrazó, la nana se dio cuenta de que la joven tenía miedo.
Tan pronto como el ama de llaves cerró la puerta y las dejó solas, la nana ofreció:
—Ven querida, y deja que te quite esa ropa para que puedas descansar.
Benita dejó caer su capa de pieles cuando corrió a través de la habitación.
Ahora Nanny comenzó a quitarle la tiara y el velo.
Al ver el rostro de Benita contuvo una exclamación y se fue a la puerta.
Habló con alguien afuera y regresó.
Le estaba poniendo el camisón de dormir a Benita cuando llamaron a la puerta.
Nanny abrió la puerta y regresó con una bandeja sobre la cual había una jarra con una
bebida humeante.
—Ahora métete en la cama —indicó ella—. Te voy a dar un poco de chocolate, como
cuando eras niña.
—No comí mucho... ahora... —murmuró Benita.
Nanny llevó el chocolate al lavamanos.
—Le he puesto un poco de miel —comentó—. Ahora bébelo y procura descansar.
—Tendré que... bajar para la... cena —exclamó Benita muy asustada.
—Sí, por supuesto —convinó la nana—. Pero hay tiempo para todo, así que cierra los ojos.
Cuando despiertes tengo muchas cosas que decirte.
Benita pensó que era como volver a estar en el cuarto de los niños.
Allí estaba Nanny, así que nada podría ya atemorizarla. Parecía que habían transcurrido
cien años desde el momento en que su padre le dijo que tenía que casarse.
En realidad estaba exhausta.
Se quedó dormida más pronto de lo que Nanny esperaba. Durmió tan profundamente
como su nana lo deseaba.
Aunque no se lo había dicho, Nanny había puesto unas hierbas en el chocolate además de
la miel.
A la anciana le parecía un error el hecho de que Benita hubiera sido llevada al altar de
aquella manera.

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Se hizo cargo de las pésimas condiciones en las que se encontraba Inch Hall.
Sabía exactamente por qué el conde aceptó casarse con la niña a la que ella tanto quería.
—Si lo que él busca es dinero —se dijo—, entonces ya lo consiguió en abundancia. Pero no
permitiré que moleste a mi niña, ni por todo el té de China!


Si el conde se hubiera enterado de que había sido la nana quien impidió que Benita
bajara a cenar, le habría estado agradecido.
Para él aquello significó salir de una pesadilla.
La cena en sí había sido soberbia, servida con los cubiertos de plata recién pulidos.
También había un arreglo de flores blancas para celebrar su boda. Pensó que era la mejor
cena que jamás había disfrutado en su casa.
Los vinos eran igualmente excelentes y él sabía muy bien que no podían haber venido de
su propia cava.
Regresó al salón para sentarse frente al fuego y leer el periódico. Bolton se lo había traído
antes de decir:
—Espero que todo haya estado a satisfacción de su señoría. Mañana trabajaremos en el
estudio de milord y pasado en la biblioteca.
—Gracias —dijo el conde sintiendo que no había nada más que decir.
—Considero que debo informarle a su señoría que mañana llegarán los obreros para
comenzar las reparaciones en la casa.
El conde se sorprendió.
—Otra brigada llegará a la aldea para reparar las cabañas de los pensionados.
El conde miró al mayordomo como si no lo hubiera escuchado bien.
—Estoy seguro de que su señoría querrá ver al supervisor después del desayuno —
continuó diciendo Bolton—. El me ha dicho que estará esperando a su señoría a las nueve.
Bolton salió de la habitación.
Cuando se hubo marchado, el conde lanzó una exclamación mitad sorpresa y mitad
triunfo.
¡No podía creerlo!
Todo aquello era insólito.
No obstante, tenía que admitir que era lo que él siempre había anhelado. Por lo que había
luchado durante los últimos años, sólo para fracasar.
Ahora Rustuss Groon había movido una varita mágica y todo estaba ocurriendo...
¡realmente estaba ocurriendo!

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Pensó que casi no iba a poder esperar a que pasara la noche. Quería ver el rostro de los
pensionados cuando les dijera que sus cabañas serían reparadas y cuando les comunicara que
sus pensiones iban a ser triplicadas.
Entonces recordó que aquella era su noche de bodas.
Su noche de bodas y ni siquiera había hablado con su esposa! No había escuchado aún su
voz excepto en un susurro, en la ceremonia nupcial cuando ella había prometido obedecerlo.
¿Sería posible que así lo hiciera cuando ella tenía tanto que darle a él y él nada que darle a
ella?
Aquello lo hizo calmarse.
Como estaba cansado por las aventuras de la noche anterior, decidió irse a la cama.
Llegó al piso superior y se acercó a la habitación donde Benita dormía.
Una vez más recordó que aquella era su noche de bodas. Era obvio que él era un novio por
demás renuente.
“Al menos debo darle las buenas noches”, decidió. “Si ella está despierta va a pensar que
es una descortesía de mi parte si no lo hago”.
Haciendo un esfuerzo se detuvo frente a la habitación de Benita y se quedó mirando la
puerta.
Si no tenía nada personal que darle a su esposa, por lo menos podía mostrarse cortés y
agradable.
Llamó con suavidad.
No escuchó respuesta y dio vuelta a la manija.
La puerta estaba cerrada con llave.

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CAPITULO 5

BENITA se despertó temprano y por un momento no pudo recordar dónde se


encontraba.
Entonces vio que encima de las cortinas que cubrían las ventanas el papel tapiz estaba
desprendido de la pared.
Unas manchas aparecían en el cielo raso pintado.
Con un sobresalto recordó que el día anterior se había casado. Miró el reloj de oro que
estaba junto a su cama y que fuera un regalo de su padre.
Pasaban de las siete.
Se levantó de la cama y descorrió las cortinas.
El sol comenzaba a salir pero permanecían algunas estrellas en el cielo.
La hierba estaba cubierta de escarcha y las copas de los árboles permanecían inmóviles.
—Saldré a montar —decidió ella.
Nanny se encontraba en la casa, pero Benita no deseaba despertarla tan temprano.
Se vistió ella sola con uno de sus trajes de montar que encontró en el guardarropa.
Nunca se ponía sombrero cuando nadie la iba a ver.
Se ató los rizos rubios con una cinta de seda.
Entonces, sin mirarse al espejo, corrió hacia la puerta.
Se sorprendió al encontrarla cerrada, pero la llave estaba allí. “Nanny debió de haberla
cerrado anoche, saliendo por el boudoir que estaba a un lado”, se dijo Benita.
Mas su única prisa era llegar a las caballerizas.
Bajó por la escalera.
Vio que dos sirvientas ya se encontraban limpiando la alfombra del vestíbulo y al rededor
de la chimenea.
Ella les sonrió y las doncellas le hicieron una reverencia. Se dirigió hacia la puerta principal
que ya estaba abierta. Al salir caminó en la dirección que había seguido el carruaje en el cual
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llegaran la noche anterior después que ellos se bajaron. No se equivocó y al pasar por un arco
se encontró con un patio empedrado.
A un costado había una hilera de establos.
El techo estaba lleno de agujeros y las puertas necesitaban ser reparadas.
Cuando se acercó a uno de ellos, apareció un palafrenero que ella reconoció. Se trataba de
Benny, quien cuidaba de los caballos de su padre y en especial a Swallow.
—Buenos días, señorita Be... quiero decir, milady. Vine ayer con Swallow.
— ¿Con Swallow? —exclamó Benita—. ¿Quieres decir que está aquí? ¡Oh, Benny, eso es
maravilloso!
Benny comenzó a decir algo pero Benita no lo escuchó. Corrió hacia los establos donde
estaba Swallow.
— ¡Estás aquí, estás aquí, Swallow! —exclamó regocijada—. ¡Estoy muy contenta de verte!
Le abrazó el cuello y lo acarició.
Benny se dispuso a ensillarlo.
Mientras le amarraba las cinchas, él comentó:
—Aquí hay algunos caballos muy buenos, señorita, este... quiero decir, milady, pero las
caballerizas están en pésimas condiciones.
—Estoy segura de que tú te encargarás de que Swallow esté cómodo —dijo Benita.
Benny llevó el caballo hasta la plataforma de montar y ella se sentó sobre la silla.
De inmediato, se alejó sintiendo que lo único importante era tener a Swallow junto a ella.
Cualquier cosa desagradable podía esperar hasta que regresara de su paseo.
Atravesó campos que no habían sido arados, pero que eran perfectos para galopar.
Más adelante encontró algunas cercas.
A Swallow le encantaba saltar. Las salvó una tras otra con casi medio metro de más.
— ¡Eso estuvo muy bien, Swallow! —exclamó Benita—. Eres un buen chico.
Y se inclinó para acariciarle el cuello.
Cuando se incorporó vio con sorpresa que alguien trotaba hacia ella.
Se trataba de un hombre y a Benita le pareció que podría ser el conde, pero no estaba
segura.
En ningún momento lo miró durante la ceremonia ni cuando recorrieron juntos la senda.
Pero cuando iban en el carruaje hacia Inch Hall, lo miró furtivamente un par de veces.
Para entonces ya estaba oscureciendo y sólo pudo ver un atisbo de su perfil.
Cuando él hombre se acercó, ella contuvo la respiración. El conde se quitó el sombrero.
—Buenos días —saludó él—. He estado admirando la manera como su caballo saltó esas
cercas como si fuera un pájaro.
Benita rió.
—Se llama Swallow, así que su cumplido es muy apropiado.

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— ¿Swallow? —preguntó el conde—. Esa sí que es una verdadera coincidencia ya que el


caballo en el que yo monto se llama Halcón.
Benita miró el enorme caballo negro sobre el cual estaba sentado. Se dio cuenta de que el
caballo estaba muy mal cuidado.
Pero se trataba de un animal estupendo, aunque no fuera de muy buena raza.
—Debo disculparme por el aspecto de mi caballo —dijo el conde—, pero yo mismo he
tenido que cuidar de él y admito que no he sido un buen caballerango.
Benita sonrió.
Se dio cuenta de que el conde (ahora estaba segura de que sí era él) no sabía quién era ella.
Las siguientes palabras le confirmaron que estaba en lo cierto.
—Supongo que usted está de visita en esta parte del país —dijo él—, pues nunca la había
visto antes.
Benita volvió a sonreír.
No pudo evitar pensar que se trataba de una situación muy divertida.
Aquel era et hombre con quien ella se había casado la tarde anterior y a quien le tenía tanto
miedo.
Ciertamente era muy bien parecido. El hombre más guapo que jamás hubiera visto.
¡Y él pensaba que ella era una desconocida!
—Quiero que me hable más acerca de Halcón —sugirió Benita—. ¿Usted lo compró?
—No me hubiera alcanzado el dinero —respondió él—. Me lo regalaron porque nadie
podía domarlo.
— ¿Y usted lo enseñó a comportarse?
—Aún es un poco arisco con las demás personas, pero por fin ha aceptado que yo soy su
amo.
Benita rió.
—Creo que en realidad usted lo quiere —obervó ella—. Mi padre siempre me ha dicho que
la única manera de domar a un caballo es amarlo tanto como él acepte obedecer.
—Nunca había pensado en eso —señaló el conde—, pero estoy seguro de que su padre
tiene razón.
Cuando Benita le sonrió a él le pareció que era la persona más bella que jamás había visto.
Estaba tratando de adivinar dónde y con quién estaría ella hospedada en la zona.
El Lord Teniente era muy anciano y jamás había sabido que ofreciera fiestas en su casa
para gente joven.
Después de la guerra todos sus amigos eran mayores de cincuenta años.
Los hijos de éstos residían en Londres.
—Veo otra cerca adelante —dijo Benita—. Si concede algo de ventaja a Swallow, ya que es
más pequeño que su caballo, le juego una carrera.

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—Contaré hasta diez —aceptó el conde—. Hay dos cercas más después de esa.
Benita tocó su caballo con la fusta.
El conde comenzó a contar y ella logró poner una buena distancia entre los dos. En seguida
soltó su caballo y éste hizo exactamente lo que se esperaba de él.
Benita ya había saltado la primera cerca antes que él la alcanzara.
Durante un segundo estuvieron a la par, pero Halcón se adelantó de inmediato.
El conde detuvo su caballo y esperó a que Benita lo alcanzara.
La joven tenía rizos sobre la frente y un color brillante en las mejillas.
Estaba tan exquisita que a él le resultaba difícil creer que fuera real.
Jamás había encontrado a alguien durante sus paseos matutinos.
Ciertamente es una diosa del Olimpo.
— ¡Usted ganó! —exclamó Benita cuando llegó junto a él—. ¡Pero su caballo tiene las patas
mucho más largas!
Adelante de ellos se extendía un bosque.
Benita se percató de que después de aquella cabalgata casi en redondo estaban otra vez
muy cerca de la casa.
Como si leyera sus pensamientos el conde sugirió:
—Tal vez usted debe regresar al lugar de donde vino. Lo que temo es que si es de la luna o
del Monte Olimpo, yo no voy a poder acompañarla.
Benita rió.
—No, es de un lugar mucho más cercano.
El conde dudó.
— ¿Le gustaría desayunar conmigo? Mi casa no está distante y estoy seguro de que tantos
saltos le deben de haber abierto el apetito.
—Tiene usted razón. Tengo hambre —dijo ella—, y acepto su invitación con beneplácito.
Mientras hablaba, recordó que no había cenado la noche anterior.
Y a la hora de la comida se encontró demasiado molesta por la noticia que su padre le
acababa de dar como para probar bocado. Pudo darse cuenta de que el conde había dudado
antes de invitarla a desayunar.
Infirió que era porque se había acordado de “su esposa”.
El conde había pensado que el contraste entre aquella y esta mujer exquisita pudiera
resultar incómodo.
Entonces recordó que ella había estado demasiado cansada como para cenar con él la
noche anterior. Por lo tanto, no se levantaría temprano aquella mañana, y en ese caso no
habría ningún problema.
Se negaba a aceptar que no deseaba perder tan pronto aquella aparición que de pronto
había adornado sus tierras áridas.

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Cabalgaron de regreso a Inch Hall, saltando varias cercas en el camino.


Luego bajaron el paso a un trote a través de los campos sin cultivar.
—Todo esto es muy bonito —opinó Benita mirando en torno suyo.
—Puede serlo —estuvo de acuerdo el conde—. Desgraciadamente, mientras yo estuve
lejos, en la guerra, no se hizo nada y todo se vino abajo.
— ¿Estuvo en la guerra? —preguntó Benita.
—Sí —respondió el conde—, y después de Waterloo regresé a casa y encontré aquí mayor
destrucción de la que había visto en los campos de batalla.
Habló con una amargura que era muy reveladora.
Benita comprendió, pues conocía los sentimientos de su padre acerca de la guerra.
Poco a poco el dilema de su matrimonio comenzaba a dilucidarle en su mente.
Ahora ya podía comprender por qué su padre le había escogido al conde por esposo.
Pero sintió que era mucho más fácil conocerlo mientras la creyera una desconocida.
Benita preguntó de manera ingeniosa:
— ¿Es esa su casa? Parece muy hermosa.
—Pudiera serlo —dijo el conde—. Lo era cuando fui niño; sin embargo...
Se detuvo, pues pensó que era un error decir algo más. Simplemente añadió:
—Me gustaría que usted la viera cuando yo pueda restaurarla debidamente.
—A mí me parece muy bella como está.
Benita hablaba con sinceridad.
El sol de la mañana brillaba sobre los tabiques casi blancos y las ventanas relucían como
brillantes.
El ánimo de la joven se había levantado.
Era casi como si su padre estuviera junto a ella, sonriendo porque la había sorprendido.
El conde era muy diferente a lo que ella imaginara.
Además de guapo, era un buen jinete.
Ambos se acercaron a lo que a ella ahora le pareció el palacio de un cuento de hadas.
Mientras lo hacían, el conde miró hacia el techo. Arriba estaban varios hombres trabajando
y él comprendió que los obreros habían llegado.
Los dos detuvieron sus caballos frente a la puerta principal. Dos palafreneros los estaban
esperando.
Uno de ellos era Benny.
El estaba a punto de hablar cuando Benita se llevó un dedo a los labios.
El muchacho pareció sorprendido pero de inmediato comprendió y se limitó a sonreír
cuando sostuvo las riendas de Swallow.
— ¡Pase! —la invitó el conde.
Benita lo siguió.

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El mayordomo no se encontraba en el vestíbulo, pero había dos lacayos de guardia.


— ¡Queremos desayunar de inmediato! —ordenó el conde.
—Todo está ya listo en el desayunador, milord —respondió uno de los lacayos.
Y se adelantó para abrirles la puerta.
Esta daba acceso a una habitación en la que el conde no había entrado por lo menos en seis
meses.
Había sido una de las habitaciones favoritas de su madre porque recibía el sol de la
mañana.
Hallándose él solo en la casa, le pareció exagerado utilizar más de las habitaciones
estrictamente necesarias.
El desayunador había permanecido con las ventanas cerradas, acumulando polvo.
Ahora parecía muy diferente.
Había un mantel de lino bordado con encaje sobre la mesa.
Al igual que en los días de su padre, los alimentos estaban en recipientes de plata
colocados sobre velas encendidas para mantenerlos calientes.
Había seis platillos diferentes de donde escoger, así como un jamón entero sobre una mesa
lateral.
—Venga y dígame qué le gustaría comer —sugirió el conde.
—Le advierto que tengo mucha hambre —respondió Benita.
— ¡Si con esto no alcanza, podemos pedir más! —bromeó él.
Los dos rieron porque allí había comida por lo menos para una docena de personas.
Benita escogió una trucha pequeña que sospechó acababa de ser pescada en el lago y
huevos revueltos.
El conde llenó su plato con riñones de carnero y otros platillos. Mientras se servían, un
lacayo trajo una cafetera de plata y una tetera.
Los sirvientes se retiraron y el conde comprendió que lo hacían por órdenes de Bolton.
Era obvio que, al igual que su padre, le gustaba tomar el desayuno a solas sin estar
rodeado de sirvientes.
Ambos se sentaron y el conde miró a Benita y casi se olvidó de comer.
Montar le había dado calor, así que ella se quitó la chaqueta de su traje y la puso sobre una
silla.
Llevaba puesta una blusa muy delicada de muselina bordada con encaje y con un lacito
azul en el cuello que hacía juego con el que le sujetaba el cabello.
El conde pensó que parecía una colegiala, con su cabello rubio suelto y cayéndole por la
espalda.
Más cuando vio las curvas de sus senos debajo de la blusa, comprendió que era toda una
mujer.

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—Ahora tiene que hablarme acerca de usted —comenzó a decir él.


Benita sonrió.
—Siento que una presentación formal resultaría innecesaria.
— ¿Qué quiere decir con eso? —preguntó él.
—No creo que Perseo, inmediatamente después de matar al dragón le haya pedido a la
princesa que se identificara.
El conde rió.
—Lo que está insinuando es que yo debo saber quién es usted o ser lo bastante listo como
para adivinarlo.
—Y por supuesto que yo le entregaré un premio si lo logra —exclamó Benita.
— ¡Deseo su premio... en verdad, lo deseo! —expresó el conde—. Mas no puedo
imaginarme por qué entró usted en mi propiedad o de dónde ha venido.
Mientras hablaba pensó una vez más en sus vecinos.
No podía imaginarse quién albergaría en su casa a una joven tan fascinante.
Benita terminó lo que estaba comiendo y se sirvió un poco de miel.
La untó sobre un pan recién horneado.
Como el conde permanecía en silencio, ella preguntó:
— ¿Ha resuelto milord el problema?
El sacudió la cabeza y respondió:
— ¡Prométame que no va a desaparecer para siempre!
—Sería un final muy romántico si de ahora en adelante su señoría acudiera diariamente a
la cerca donde nos conocimos para tratar de encontrarme.
— ¿Se imagina cuán frustrante sería si usted nunca más regresara? —preguntó él.
Benita había terminado de desayunar.
—Me pregunto si pudiera subir a arreglarme un poco antes de marcharme —dijo ella.
— ¡Por supuesto! —respondió el conde—. Debí de habérselo sugerido antes.
El se puso de pie e hizo sonar una campana de plata. La puerta se abrió de inmediato.
— ¿Quiere llevar a esta señorita con el ama de llaves? —preguntó él.
Mientras hablaba se dio cuenta de que él no sabía el nombre de su ama de llaves ni el de su
invitada.
Benita salió de la habitación y él salió al vestíbulo.
Miró hacia el pasillo que llevaba al estudio.
Tal como se lo había prometido Bolton, se encontró con varios sirvientes que llevaban
cubetas, cepillos y recogedores y que se disponían a limpiarlo.
Todos entraron en el salón donde él se había sentado la noche anterior.
Observó que habían abierto las ventanas y de que había un fuego ardiente en la chimenea.
Parecía haber más flores que la víspera.

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Se acercó a la ventana para mirar hacia el jardín.


Allí estaban cuatro jardineros trabajando.
Todos eran hombres de la aldea.
Una vez más se dijo que debería estarle muy agradecido a Rustuss Groon.
De pronto recordó que su hija dormía en la planta superior. Se alejó de la ventana y se
acercó al fuego como si de pronto hubiera sentido frío.


Benita corrió por el pasillo hasta llegar a su propia habitación.
Allí encontró a Nanny, tal como lo esperaba.
—Supuse que había ido a montar —dijo la nana.
— ¡Pronto, pronto! —exclamó Benita—. ¡Quiero cambiarme! Luego te explicaré por qué.
Nanny le desabotonó la blusa y sacó del ropero uno de los muy bonitos vestidos que
habían venido de Londres.
Benita se sentó delante del tocador.
Con mucha habilidad la anciana le recogió los cabellos en un moño en la parte posterior de
la cabeza.
—Necesita cepillarse —sugirió Nanny.
—Podemos hacerlo más tarde —respondió Benita—. Debo regresar abajo cuanto antes.
Habló con tal urgencia que Nanny no le hizo más preguntas. Cuando se puso la última
horquilla en el cabello, Benita se puso de pie.
—Más tarde te explicaré todo —prometió la muchacha cuando salió corriendo de la
habitación.
Abajo se encontró con Bolton.
—Buenos días, milady —saludó él.
— ¿En dónde se encuentra milord? —preguntó Benita.
—Su señoría se encuentra en el salón, milady.
—Por favor, vea que nadie nos moleste hasta que yo lo llame —ordenó Benita.
No se detuvo para ver si había una expresión de sorpresa en el rostro impávido de Bolton.
Corrió hacia la puerta del salón y entró.
El conde se encontraba parado delante de la chimenea contemplando el fuego.
El se volvió cuando la sintió entrar.
Entonces una expresión de sorpresa apareció en su rostro cuando vio cómo estaba vestida.
Ella se le acercó lentamente, observándolo mientras lo hacía. Cuando llegó junto a él le
hizo una pequeña reverencia.

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— ¿Y bien? —preguntó ella—, ¿tiene la respuesta al problema o está dispuesto a admitir


derrota?
—Yo... no entiendo —dijo el conde—. ¿Cómo pudo usted cambiarse de ropa, a no ser que
esté hospedada en mi casa?
Por un momento, pensó que quizá la desconocida fuera una amiga de su esposa.
Más al ver que ella se reía de él, una idea le vino a la mente. Era algo tan imposible y
absurdo que pensó que tenía que ser un tonto para suponerlo.
—Usted no será —comenzó a decir—. ¿No será?...
Se detuvo.
—Siga —lo animó Benita.
—No es posible que usted...
Una vez más no pudo decir nada.
—Tal vez tiene miedo —dijo Benita—. Al parecer, no ha logrado averiguar la respuesta
correcta. Muy bien, yo se la daré.
Ella hizo una reverencia mientras decía:
— ¡Yo soy su esposa, milord!
El conde hizo una exclamación.
Su mente le dijo que debería de existir algún error o que aquella bella mujer se estaba
burlando de él.
Quizá esa era la respuesta.
Podría ser su manera de divertirse, o la de Rustuss Groon.
De una u otra manera, alguien estaba tratando de hacerlo caer en el ridículo.
—Usted asegura ser mi esposa —expresó él lentamente y las palabras parecieron brotar
con trabajo de sus labios—. ¿Cómo se llama?
—Benita Grenfel, para servirle.
Ahora el conde creyó comprender.
Aquello era un truco y Rustuss Groon no tenía una hija.
Lo había casado con la hija de un hombre que le debía dinero y que deseaba a un
aristócrata por yerno.
Podía ver el plan con claridad.
Sin embargo, no tenía la intención de mostrarse agresivo con aquella encantadora criatura
que lo miraba de manera tentativa. Al fin dijo con una sonrisa.
— ¡Es imposible que usted... sea pariente de Rustuss Groon!
Benita pareció desconcertada.
— ¡Ese nombre me resulta extraño! Tiene razón al pensar que no es pariente mío.
— ¿Me está diciendo la verdad al decir que estamos casados?—preguntó el conde.
—No se puede haber olvidado de la capilla y del sacerdote que nos unió.

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Ella levantó la mano izquierda.


—Usted me colocó el anillo de mi madre en mi dedo y entonces yo comprendí que nada
iba a resultar tan terrible como me lo había imaginado.
— ¿Usted no deseaba casarse conmigo? —preguntó el conde.
— ¡No, por supuesto que no! —respondió ella—. Yo no lo podía creer cuando ayer papá
me dijo que me casaría por la tarde.
Benita se estremeció y miró al fuego.
—Yo... tenía mucho miedo y quería... escapar.
—Y sin embargo acudió a la capilla.
El conde pensó que su cerebro comenzaba a dar vueltas como lo había hecho en la oficina
de Rustuss Groon.
—Mi padre está muy enfermo —explicó Benita en voz baja—, y yo no podía negarme a
hacer... cualquier cosa que él me pidiera.
— ¿Quién es su padre?
Benita lo miró sorprendida.
— ¿No lo sabe?
—Sólo quiero asegurarme de que es lo correcto —respondió el conde.
—Mi padre es el mayor Richard Grenfel. El hombre más bueno y maravilloso de todo el
mundo.
En su voz había un tono de dolor que no se le escapó al conde.
— ¿Dice usted que él está muy enfermo? —preguntó él.
—Sí, mucho —respondió Benita—. Por favor, ¿me puede llevar a verlo tan pronto como sea
posible?
—Sí, por supuesto que haré cualquier cosa que usted quiera —ofreció el conde—, pero aún
no comprendo.
Mientras hablaba pensó que no deseaba lastimar a aquella encantadora criatura.
Entonces añadió:
—Lo que me es difícil comprender es cómo es posible que sea tan afortunado, y que
después de un matrimonio tan extraño me encuentre casado con usted.
Benita sonrió.
— ¿Lo dice en serio?
—Sí —afirmó él—, y usted monta mejor que ninguna otra mujer que yo haya conocido.
—Ahora está milord alabando mi caballo y estoy segura de que él se lo agradece.
El conde rió y después expresó:
— ¡Siento que todo esto es muy emocionante, Benita! Podemos empezar a conocernos y
vamos a fingir que nos acabamos de encontrar por casualidad y no que estamos casados de
una manera tan extraña.

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Benita rió también y fue una risa muy agradable.


—Ese sería un juego encantador y debo pedirle disculpas a su señoría por haber entrado en
sus tierras sin permiso.
—Todo cuanto poseo es suyo —exclamó el conde usando una frase trillada.
Sin embargo, mientras hablaba sabía que aquello era cierto. Y eso era algo que él no quería
recordar por el momento. Entonces se apresuró a decir:
—Usted me comentó que le interesa mi casa, así que le ruego se quede el tiempo suficiente
para inspeccionarla y ver lo que le están haciendo.
Benita juntó las manos.
— ¡Me encantaría hacerlo! ¿Empezamos por el techo y vamos bajando, o por el sótano y
subimos?
— ¡Haremos las dos cosas!
El consultó su reloj.
—El supervisor vendrá a las nueve y creo que deberíamos recibirlo juntos.
Benita lo miró.
— ¿De veras desea su señoría que lo acompañe, o prefiere verlo a solas?
—Me parece que como lo que están haciendo nos concierne a los dos, usted deberá de
tomar algunas de las decisiones.
— ¡Esa es una idea muy emocionante! —exclamó Benita—. ¡Comencemos de inmediato!
Ella se expresó con un entusiasmo infantil.
—Voy a averiguar si ya ha llegado —dijo el conde y caminó hacia la puerta.
Mientras se alejaba se dijo que algo inexplicable sucedía. Estaba determinado a llegar al
fondo de todo aquello tarde o temprano. No obstante, como Benita era tan ajena al juego,
como él, tendría que seguirlo.
“Debí suponer que Rustuss Groon me iba a engañar de una manera u otra”, se dijo él.
Cuando llegó a la puerta sintió un gran alivio.
Su esposa no era la criatura horrible que él se había imaginado. En su lugar se descubrió
casado con una persona encantadora y fascinante.
Se volvió para mirar a Benita y comprobar que no se había evaporado al alejarse él.
Continuaba allí, sonriente.
El le correspondió la sonrisa antes de abrir la puerta para preguntarle a Bolton si el
supervisor había llegado ya.

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CAPITULO 6

EL supervisor resultó una caja de sorpresas.


Le informó al conde que había contratado a un gran número de hombres de la localidad
para reparar la casa.
—Yo pensé, milord —dijo él—, que comenzaríamos por arriba ya que el techo se encuentra
en muy malas condiciones.
—Lo sé —aceptó el conde.
—He hecho arreglos para que, si lo autoriza su señoría, los pintores vengan esta tarde para
discutir con milord los colores que se van a poner en cada habitación.
El conde asintió y miró a Benita.
Se dio cuenta de que ella escuchaba con atención todo cuanto estaba diciendo el
supervisor.
—El mejor artista de lámina de oro de Londres vendrá más tarde, milord, para retocar los
techos, las columnas y algunos muebles.
—Estoy seguro de que cuando ustedes terminen todo se verá como en los tiempos de mi
abuelo —exclamó el conde.
—Supongo que si buscamos en la biblioteca —sugirió Benita de pronto— encontraremos
los dibujos y diseños originales, hechos cuando construyeron la casa.
Ella hizo una pausa para mirar al conde y después continuó:
—Sería maravilloso si se emplearan los mismos colores que escogió el arquitecto
originalmente.
El conde y el supervisor pensaron que aquella era una magnífica idea.
El supervisor pasó entonces a explicar lo que estaba haciendo en la aldea.
El conde decidió que cuanto más pronto él fuera personalmente a entrevistar a los
pensionados, mejor.
Cuando el supervisor se fue, él le iba a sugerir aquello a Benita, mas en aquel momento
entró Nanny.
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Traía consigo lo que parecía ser un paquete.


Cuando llegó junto al conde, se disculpó diciendo:
—Lo siento mucho, milord, pero con tantas prisas jamás volví a acordarme de esto.
— ¿De qué? —preguntó el conde.
—Antes de irme mi amo me entregó este paquete y me dijo: Nanny, pondrás este paquete
en las manos de su señoría y en las de nadie más.
El conde tomó el paquete y supo lo que contenía.
— ¡Esto es algo que me da mucho gusto recibir, Nanny! —dijo él.
—También debo anunciarle que el Capitán Dawson vendrá mañana por la mañana,
milord.
Ella no esperó una respuesta del conde y se volvió hacia Benita para decirle:
— ¿No desea subir a su habitación, milady, para que yo pueda arreglarle mejor el cabello?
—Subiré en unos minutos, Nanny —contestó Benita.
La mujer salió de la habitación y Benita miró con curiosidad lo que el conde había puesto
sobre una mesa.
— ¿Qué le ha enviado papá? —preguntó ella.
—Si es lo que yo supongo —respondió el conde—, entonces es bienvenido.
Benita permaneció a su lado mientras él abría el paquete. Dentro estaban varias bolsas que
el conde estaba seguro contenían dinero.
Dos tenían oro y otras dos más grandes contenían plata. También había un buen número
de billetes de alta denominación.
— ¡Ah, es dinero! —exclamó Benita como si se sintiera desilusionada.
—Sí, es dinero que le va a dar mucha felicidad y tranquilidad a la gente que de veras se lo
merece —aseguró el conde con una sonrisa.
Lo miró sorprendida y él sugirió:
—Vaya arriba y póngase su sombrero y un abrigo mientras yo ordeno un vehículo para ir a
la aldea.
Ella lo obedeció sin hacer preguntas.
Cuando se marchó, él contó el dinero.
Casi no podía creer que no se tratara de una fantasía que se iba a esfumar en cuanto la
tocara.
Entonces mentalmente comenzó a darles las gracias al Mayor Grenfel y a Rustuss Groon.
— ¿Cuál será la verdad de todo esto? —se preguntó él mientras guardaba los billetes más
valiosos dentro de un cajón del escritorio.
Este había pertenecido a su madre y como estaba catalogado no lo había podido vender.
Era un mueble muy elegante y ahora se alegró de que estuviera en aquella habitación.
El sabía que Benita lo iba a utilizar.

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Se la podía imaginar sentada, tal como lo hiciera su madre, escribiendo cartas de


agradecimiento o invitaciones a sus vecinos.
Era consciente de que, contrario a lo que se imaginara, se iba a sentir muy orgulloso de su
esposa.
Cerró el cajón y deslizó la llave en un bolsillo.
Mientras lo hacía, se preguntó cómo iba a explicar por qué ella era tan rica.
Indudablemente, se debía a Rustuss Groon.
Pero si el Mayor Grenfel era su cliente, ¿entonces de dónde provenía el dinero?
—No lo entiendo —dijo él en voz baja.
Al mismo tiempo, estaba seguro de que Benita tampoco lo entendía.
—Debo tener mucho cuidado de no lastimarla —decidió él. En seguida salió del salón al
vestíbulo.
Le dijo a Bolton que ordenara un vehículo para trasladarse a la aldea.
Bolton miró por la ventana como para asegurarse de que hacía buen tiempo antes de
sugerir:
—Me pregunto si a su señoría le gustaría probar el faetón
— ¿Un faetón? —exclamó el conde.
—Llegó ayer procedente de Londres, milord y me parece que es el mejor que yo he visto.
—Entonces me encantaría probarlo —contestó el conde. Mientras hablaba sintió que la
cabeza le daba vueltas. ¿Quién podría estarle enviando todas aquellas cosas? ¿Podría ser
Rustuss Groon?
¿Pero, por qué, si era evidente que Benita no era su hija?
—No entiendo —dijo él por, enésima vez.
Bolton dio instrucciones a uno de los lacayos, que se alejó corriendo hacia las caballerizas.
El se acercó al conde.
—Mientras milord estaba con el supervisor llegaron unas cajas procedentes de Weston —
anunció él—. Se las entregué al señor Hawkins.
— ¿De Weston? —repitió el conde.
Ahora pensó que ya nada podía sorprenderlo.
Fue Rustuss Groon quien le proporcionó su atuendo nupcial. Los sastres no faltaron a la
verdad cuando dijeron que después vendrían más piezas.
De pronto, pensó que quizá Rustuss Groon no quería que Benita se sintiera avergonzada
de su esposo.
Se dijo que debería de indignarse.
Lo estaban tratando como a una marioneta pues no le daban oportunidad siquiera de hacer
algo por sí mismo.
Por un momento deseaba poder ejercer su autoridad y al menos escoger su propia ropa.

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De pronto escuchó que Benita le hablaba desde lo alto de la escalera.


El conde alzó el rostro para mirarla.
Se veía tan bella que no quiso aparecer mal vestido.
—Estoy lista —anunció Benita—, y tendrá que admitir que me tardé muy poco.
— ¡Muy poco! —convino el conde.
En seguida bajó la escalera.
Llevaba puesto un abrigo de terciopelo color rosa intenso, adornado al frente y en la
bastilla con piel de armiño.
También lucía un bonete rematado con la misma piel y atado con cintas de raso.
Su aspecto era tan exquisito que él sintió un súbito impulso de besarla.
Entonces ella lo miró y preguntó:
— ¿Adónde vamos?
El conde, que la estaba mirando, fascinado, se concentró en lo que hacía.
—Aguarde un momento —dijo él—. Voy a buscar algo en el salón.
Un lacayo lo ayudó a ponerse el abrigo que usara al salir de la capilla.
La prenda tenía amplios bolsillos.
En el de la izquierda metió la bolsa que contenía las monedas de oro.
En el de la derecha, puso las monedas de plata. Los billetes los metió en un bolsillo interior.
Al instante regresó junto a Benita.
Ella estaba contemplando el faetón que acababa de llegar de las caballerizas.
El vehículo era amarillo con ruedas negras y tirado por un par de caballos del mismo color.
—Tiene usted razón, Bolton —observó el conde—, es el faetón más elegante que jamás he
visto.
— ¡Yo estaba seguro de que a su señoría le iba a gustar! —respondió Bolton.
El valet ayudó a Benita a subir al asiento del pasajero mientras el conde tomaba las riendas.
El lacayo subió detrás y se pusieron en camino.
Bajo el brillo del sol, el conde pensó que ningún hombre podía conducir un tiro mejor de
caballos.
Ni tener a una mujer más bella junto a él.
Después de un corto trayecto llegaron a la aldea que en un tiempo había sido muy
atractiva.
Ahora el aspecto de las cabañas era deprimente.
Los jardincitos estaban descuidados, como si los ocupantes estuvieran demasiado débiles
para cuidar de ellos.
Las rejas y las cercas estaban sin reparar.
En las ventanas los vidrios rotos no habían sido cambiados sino tapados con papel o
trapos.

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El conde se dio cuenta de que Benita contuvo un grito de horror al ver el desolado
escenario.
El conde sintió una sensación de vergüenza y de humillación. Finalmente avanzaron hasta
el centro de la aldea.
Los trabajadores ya habían comenzado a quitar el techo de una de las cabañas.
Los carpinteros cambiaban una ventana en mal estado.
Una puerta nueva descansaba contra una cerca en espera de ser colocada en su lugar.
Allí no sólo se encontraban trabajadores sino también un grupo de vecinas que observaban
el cambio que se iba a operar en la aldea.
El conde detuvo los caballos y antes que pudiera bajar del faetón los aldeanos lo rodearon.
— ¿Es cierto, milord? —preguntaron ellos—, que todas nuestras cabañas van a ser
reparadas? ¿Van a arreglar la mía? ¿Y la mía? ¿Y la mía?
Las voces se alzaron, emocionadas, y cuando logró hacerse oír, el conde afirmó:
—Todas sus cabañas van a ser reparadas y pintadas, por dentro y por fuera.
Hubo un grito jubiloso de aprobación y él continuó diciendo:
—Todos los que necesiten nuevos muebles y camas hagan una lista de sus necesidades y
yo me encargaré de que se las entreguen lo antes posible.
Ahora las voces subieron aún más de tono y el conde añadió:
—Tenía la intención de visitarlos a todos y a cada uno en sus cabañas, pero como la
mayoría se encuentra aquí, me es más fácil comunicarles lo mucho que siento que las cosas
hayan llegado hasta este punto. Sin embargo, ahora todo va a cambiar.
— ¿Cómo es eso? ¿Qué ha pasado, milord? —preguntó uno de los aldeanos.
El conde le extendió la mano a Benita, quien llegó junto a él desde el otro lado del faetón.
—Antes que nada me gustaría presentarles a mi esposa, la señora condesa. Ella está
ansiosa por conocerlos a todos.
Hubo una exclamación de sorpresa ante tales palabras. Benita estrechó la mano a cada uno
de los pensionados. Las mujeres le hicieron una reverencia y los hombres se llevaron la mano
a la frente.
Mientras ella saludaba, más y más personas comenzaron a llegar. El conde calculó que
toda la aldea se encontraba presente, incluyendo al carnicero, al panadero y al tendero.
Les dio la mano a los tres hombres que habían manejado sus negocios desde que él era un
niño.
— ¿Qué significa esto, milord? —preguntó uno de ellos—. Me quedé estupefacto cuando vi
que estaban reparando las cabañas.
—También estoy reparando mi casa —comentó el conde—, y espero poder emplear a
muchos hombres en mis tierras.
Un grupo de hombres que acababan de llegar lanzaron una exclamación de júbilo.

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El conde sabía que la mayoría de ellos había servido en el ejército y en la marina.


Regresaron de la guerra para encontrarse conque los trabajos que habían tenido antes ya
no existían.
También se acercaron una docena de jovencitos que habían crecido sin mayor ocupación
que la de vagar por la aldea y por el bosque.
El se les acercó.
—Quiero que mañana vayan a verme alrededor de las diez de la mañana —indicó el
conde—. Entonces decidiremos qué trabajos hay disponibles en la finca y para qué está mejor
capacitado cada uno.
Un brillo de emoción apareció en los ojos de algunos de los jóvenes.
De inmediato él pensó que mucho dependía de cuánto dinero poseía realmente Benita.
Por lo que él ya había podido comprobar y por lo que Rustus Groon le había dicho, sabía
que era muy rica.
Sin embargo, para poder hacer todo lo que él tenía en mente, ella tenía entonces que poseer
una fortuna.
Benita terminó de darles la mano a los ancianos y regresó junto a él.
—Espero querida —dijo él, tomándola en consideración gentilmente— que podamos
ocupar a toda esta gente en nuestra finca.
—Estoy segura de que podremos hacerlo —respondió Benita.
Entonces ella comenzó a darles la mano a los hombres más jóvenes.
El conde regresó junto a los ancianos y habló con voz pausada:
—He traído conmigo algo de dinero para cubrir sus gastos hasta el viernes y a partir de
entonces cada semana recibirán una pensión semanal mayor de la que recibían antes.
Hubo un murmullo y él continuó:
— ¿Puedo pasar a una de las cabañas para poderme sentar? Entonces, si ustedes entran
uno por uno, les daré lo que he traído conmigo.
—Mi cabaña está aquí junto —ofreció una anciana.
—Y la mía está en frente —interrumpió otra voz.
El señor Geary, el tendero, tuvo una idea mejor.
— ¿Qué le parece, milord, si entra usted a mi tienda? —sugirió él—. Allí hay una mesa
grande y más espacio que en cualquiera de las cabañas.
—Eso es muy amable de su parte, Greary —contestó el conde. La tienda estaba a corta
distancia.
Llegaron ante la puerta del pequeño comercio con una ventana de arco que necesitaba un
vidrio.
Benita se unió a ellos.
—Sé lo que vas a hacer —dijo ella, poniendo su mano en la de él—. ¿Te puedo ayudar?

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El conde le sonrió antes de decir:


—No podría arreglármelas sin ti y bien lo sabes.
—Es típico de papá el acordarse de que tú ibas a necesitar dinero para tu gente tan pronto
como llegaras.
De pronto, el conde recordó a Rustus Groon sentado en su escritorio entre dos velas, en su
destartalada oficina cerca de Picadilly, pero como no quería echar a perder aquel momento,
apartó aquella imagen de su mente.
El señor Greary había apartado una mesa de la pared para que el conde pudiera sentarse
detrás de ella.
Benita se colocó junto a él.
El primero de los pensionados entró por la puerta y los demás formaron una fila afuera.
El conde sacó las bolsas de dinero de sus bolsillos y las puso sobre la mesa.
Apartó dos monedas de oro y una de plata para cada pensionado. Las colocó en
montoncitos.
Benita le entregó uno a la anciana que había entrado primero. Esta se quedó mirando las
monedas como si sus ojos la estuvieran engañando.
— ¿Todo esto es para mí? —preguntó ansiosa—, o es para todos?
—Todo es para usted, señora Blackett —aseguró el conde—, para tratar de recompensarla
un poco por todas las privaciones que ha tenido que sufrir.
Cuando ella se volvió para marcharse, él añadió:
—En el futuro usted recibirá doce chelines semanales cada viernes.
— ¡Que Dios lo bendiga, milord! Nunca pensé que viviría para ver algo así!
Sus manos reumáticas se cerraron sobre las monedas.
Con los ojos llenos de lágrimas, la anciana se apartó para dejar pasar al siguiente
pensionado.
Cuando todos recibieron su dinero, la expresión de gratitud que había en sus rostros hizo
que Benita también sintiera deseos de llorar.
El conde metió en una bolsa las pocas monedas sobrantes. Ella se inclinó y le dijo algo al
oído:
— ¡Por supuesto! —asintió él.
Ella se volvió hacia el señor Greary, quien los había estado observando desde detrás de su
mostrador.
—Por favor, señor Greary, ¿quiere darme centavos por dos de estas monedas?
El abrió la caja de dinero para darle lo que Benita quería.
Se había dado cuenta de que mientras los ancianos recibían su dinero, muchos chiquillos se
asomaban por la ventana.

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Estos estaban desnutridos y sus ropas eran casi harapos. Algunos estaban descalzos a
pesar del frío.
Salió por la puerta cuando el conde les pidió a los hombres que entraran.
Mientras él le entregaba una corona a cada uno de ellos, Benita reunió a los niños a su
alrededor.
—Tengo dos centavos para cada uno de ustedes —dijo ella—, pero quiero que me
prometan que lo van a gastar en algo como un pan o una salchicha.
Se detuvo para mirarlos y después continuó:
—Eso deben comprarlo de inmediato en la panadería. Cuando regresen yo les daré otra
moneda para que puedan comprarle un dulce al señor Greary.
Hubo un grito de alegría y todos corrieron hacia la panadería. Esta se encontraba un poco
más adelante, sobre el camino. Benita esperó. El primero en regresar fue un pequeñito que
traía en las manos un pan con un pedazo de queso adentro.
—Ya lo compré —dijo él.
—Así es —contestó Benita—, y me parece muy bien. Ahora no tendrás hambre y estoy
segura de que esta noche tu mamá te tendrá algo muy sabroso para cenar.
Mientras hablaba, se preguntó qué cenarían.
Y cuando les hubo entregado a todos el tercer centavo, el conde se reunió con ella.
Los hombres a quienes él había entregado una corona se sentían muy agradecidos.
El estaba seguro de que la mayoría lo iba a gastar en comida y no en cerveza.
—Todos parecen estar muy hambrientos —le dijo Benita al conde en voz baja para que los
niños no pudieran escucharla.
—Lo sé —dijo él—, y por eso vamos ahora a visitar al carnicero que se encuentra más
adelante.
El ofreció a Benita su brazo y ambos caminaron seguidos de los chiquillos que comían
mientras andaban.
Ellos tenían miedo de que si se detenían a comprar un dulce con el señor Greary se iban a
perder de algo importante.
La carnicería estaba muy limpia pero el conde vio la poca carne de mala calidad que había
allí.
También se expendían un par de conejos y unos cuantos pollos sin desplumar.
—Me temo que no tengo mucho que mostrar a su señoría —se disculpó el carnicero.
—De eso es de lo que quiero hablarle —respondió el conde—. Estaba pensando que quizá
usted pueda conseguir una res joven, señor Savage.
Benita lo miró y el respondió:
—Por supuesto, milord, pero costará bastante.
El conde metió la mano en el bolsillo interior y sacó dos billetes.

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—Esto deberá ser suficiente y quizá alcance también para comprar dos carneros.
— ¡Así es, milord!
— ¿Quiere conseguirlos lo más pronto posible? Cuando los tenga, distribuya la carne entre
los habitantes de la aldea.
Por el momento el carnicero pareció haber perdido el habla. Entonces exclamó:
— ¡Esa será la primera comida decente que muchos habrán tenido en mucho tiempo!
—Lo sé —admitió el conde—. Pero le prometo que no será la última.


Mientras regresaban a Inch Hall, Benita preguntó:
— ¿Cómo es posible que la gente puede vivir en cabañas cuyo techo gotea y tengan que
pasar frío durante el invierno?
—Eso es lo que la guerra ocasiona a los inocentes —respondió el conde.
—Están muy agradecidos porque usted se acordó de ellos.
—Siempre me he acordado de ellos —exclamó el conde—, mas no podía hacer nada, ¡nada!
Mientras hablaba, pensó que algún día iba a tener que explicarle a Benita las razones por
las cuales e se había casado con ella.
Como si ella lo intuyera, para sorpresa de él, exclamó:
—Pero ahora ya todo ha terminado y si tú das empleo a esos hombres lo antes posible,
nadie tendrá por qué volver a pasar hambre.
El conde estuvo a punto de afirmar: “Por lo menos no en mi finca”, pero lo pensó mejor y
dijo:
— ¡Por lo menos no en nuestra finca!
—Yo ayudaré a que todo sea así —aseguró Benita con una sonrisa.
—Te explicaré lo que vamos a hacer —dijo el conde—. En cuanto la casa esté presentable
una vez más, ofreceremos una fiesta para celebrar nuestro matrimonio.
Benita lo miró sorprendida.
— ¿Será posible?
—Invitaremos a los aldeanos, a los granjeros, a los propietarios y a nuestros vecinos. ¿Por
qué no?
Benita rió.
—Estoy segura de que será una fiesta espléndida.
—Esa es la manera como mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo celebraron sus matrimonios
—explicó el conde—. Asaremos un buey y tendremos muchos barriles de cerveza.
Benita rió antes de preguntar:

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— ¿Podríamos tener fuegos artificiales? Papá me ha hablado acerca de los que tienen en los
Jardines de Vauhhall y yo siempre he deseado verlos.
— ¿Nunca los has visto? —preguntó el conde.
Benita negó con la cabeza.
—Entonces tendremos los mejores que sea posible —aseguró él. —Eso será emocionante y
yo sé que los niños estarán encantados.
Ya era la hora de la comida cuando llegaron a la casa.
Después de saborear una deliciosa comida ambos subieron al techo de la casa.
Encontraron a muchos trabajadores y vieron el estandarte del conde que se enarbolaba
cuando él estaba en su casa.
El banderín estaba deshecho.
—Necesitamos conseguir uno nuevo de inmediato —opinó Benita.
—Y conservaremos este para que nos recuerde que debemos ser cuidadosos con el dinero
—sugirió el conde—, en caso de que mengüe como sucedió cuando yo estaba en la guerra.
—Estoy segura de que no tienes que temer a eso —respondió Benita—. Papá es tan listo
que jamás hubiera perdido una fortuna en el juego como suelen hacerlo muchos jóvenes.
El conde se dijo en esos momentos que eran los jugadores y los bebedores quienes le
habían dado su fortuna a Rustuss Groon.
También era a través de este singular personaje como aquel dinero había llegado hasta él.
—Temo despertar y encontrarme con que todo ha desaparecido —dijo el conde—,
¡incluyéndote a ti! Yo me quedaría solo, mirando mi estandarte deshilachado.
Benita rió y puso su mano en la de él tal como ya lo había hecho antes.
—Aún estoy aquí —dijo ella—. Ahora vayamos a ver a los pintores para darnos cuenta de
qué tan bonitas van a dejar las habitaciones de tu casa.
— ¡Nuestra casa! —corrigió el conde—. Mas no te olvides de que primero tenemos que
encontrar los diseños originales de los que tú hablaste.


Los encontraron por la tarde, después de la hora del té, cuando los pintores ya habían
comenzado a decorar la biblioteca.
Fue Benita quien los descubrió en el fondo de un cajón.
— ¡Aquí están! —gritó ella muy emocionada.
Mientras los observaba, el conde pensó que ni Jasón se debió de sentir tan feliz cuando
encontró el Vellocino de Oro como se sentía él en aquel momento.

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— ¡Ahora sí podremos lograr que la casa sea majestuosa! —dijo Benita—. La gente vendrá
de todas partes para admirarla.
—Y tú serás la condesa más bella de la dinastía de los Inchester —sonrió el conde.
La sinceridad de su voz hizo que ella lo mirara sorprendida. Entonces, cuando sus ojos se
encontraron con los de él, Benita se ruborizó y apartó la mirada.
— ¡Eres muy bella, Benita! —exclamó el conde.
Mientras hablaba, una vez más él anheló besarla.
Aunque parecía poco probable, por ser tan bonita, él tenía la certeza de que ella jamás
había sido besada.
Imaginó que sus labios iban a ofrecer sensaciones diferentes a los de todas las mujeres que
él había conocido.
Por supuesto, que siendo tan bien parecido, por su vida pasaron muchas mujeres.
Estas lo habían perseguido desde que él salió del colegio.
No obstante, jamás pensó seriamente en ninguna de las que sólo consideró como “sus
aventuras”.
Por la manera como se le aceleraba el corazón supo que besar a Benita iba a ser una de las
experiencias más dulces de su vida. Consideró que era demasiado pronto.
Tenía que actuar con mucho cuidado para no asustarla.
Benita estaba siguiendo el juego que él le había sugerido de fingir que se encontraron como
dos desconocidos y no como esposos. El conde se había percatado del aura de pureza que la
rodeaba. Eso la hacía diferente a cualquier otra mujer por hermosa que ésta fuera.
“Primero debo hacer que me ame”, se dijo él.
De inmediato se quedó sorprendido.
Aquello era lo último que él hubiera esperado lograr de la hija de Rustus Groon.


Ambos se encontraban en el comedor terminando de cenar a la luz de las velas.
El conde estaba vestido con uno de los impecables trajes de noche que le enviaron de
Weston y que lo hacían verse tan elegante como la ropa que le entregaron para la boda.
El se preguntaba cómo era posible que Rustuss Groon hubiera podido averiguar sus
medidas.
“Ese hombre es definitivamente un mago”, se dijo él. Pero se limitó a sonreírle a Hawkins
cuando éste opinó:
—Esto es lo que yo llamo ropa decorosa para un caballero, milord. Lo que no puedo
entender es cómo las confeccionaron con tal rapidez para su señoría;

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El conde no le dio a Hawkins una respuesta ya que él tampoco lo sabía.


Cuando se reunió con Benita en el salón, pensó que sus antepasados se sentirían orgullosos
de ambos.
Ella aparecía encantadora con un vestido hecho de gasa. Estaba completamente bordado
con no-me-olvides y unas cintas del mismo color le cruzaban el pecho.
Ramitos de florecitas iguales adornaban la bastilla y las mangas del vestido.
—Te pareces a Perséfone recién egresada de los infiernos para traer un mensaje de
primavera a un pobre mortal como yo —murmuró él.
—Hablas como un poeta —aseguró Benita—. Yo te diré que tú pareces un dios griego. ¿Te
gustaría ser Hermes o Apolo?
En seguida juntó las manos y añadió:
— ¡No, por supuesto que no! Estoy equivocada. Tú eres Orión, que brilla desde el cielo
para alumbrar a los que están debajo y reciben su luz en forma de monedas de oro.
El conde sabía que Benita estaba pensando en los pensionados y rió.
—Gracias, Benita. ¡Me encanta ser Orión! Sin embargo, siento que si yo estoy en el cielo y
tú en la tierra, entonces estamos muy distantes.
Hubo una ligera pausa antes que ella, expresara:
—Quizá... encontremos la manera de... acercarnos un poco.
El conde aspiró profundo.
Y antes que pudiera pensar en una respuesta, Bolton anunció la cena.
Al final de la comida, el conde pensó que el chef se superaba cada vez más.
¿O era porque el placer de estar junto a Benita hacía que todo pareciera estar bajo un poder
mágico?
Después de servir el café y brandy para el conde, los sirvientes se retiraron.
Benita preguntó:
— ¿Debo dejarte solo? Mamá siempre me dijo que eso es lo correcto.
— ¡Yo no quiero que me dejes solo ahora ni nunca! —respondió el conde—, así que deberás
esperar hasta que yo termine de beber el brandy.
La joven sonrió y de pronto, sin pensarlo, él tendió la mano hacia ella.
— ¡Benita! —exclamó él.
Su voz tenía un tono diferente al habitual.
Ella lo miró y a él le pareció que sus ojos se abrían un poco más.
Más antes que ella pudiera hablar, una voz comenzó a gritar fuera del comedor.
Tanto Benita como el conde se pusieron tensos.
Un momento más tarde la puerta se abrió con brusquedad y un lacayo anunció nervioso:
— ¡Lord Shaptill, milord!
Mientras él hablaba un hombre entró de manera violenta en el salón.

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Con la misma voz fuerte y airada que ellos habían escuchado, el hombre exclamó:
— ¡Así que aquí estás, Inchester! ¡Menudo trabajo que me ha dado encontrarte!
El conde se puso de pie, pero Lord Shaptill ya había llegado junto a él.
—Casi no podía dar crédito a lo que veían mis ojos cuando te encontré en La Casa Blanca
—continuó diciendo el intruso, vestido con elegancia y divirtiéndose en grande—. Un mes
antes me habías estado contando una historia acerca de lo mal que estaba tu situación que no
tenías ni un céntimo.
—Permíteme explicar —intervino el conde.
—Mentiras, mentiras y más mentiras! —gritó Lord Shaptill.
El conde se dio cuenta de que el hombre había estado bebiendo.
Pretendió hablar una vez más pero Lord Shaptill espetó:
— ¿Y qué me encuentro ahora? Lacayos en el vestíbulo y tú comiendo y bebiendo con
servicio de plata en la mesa. ¿En dónde está tu miseria, maldita sea? ¿En dónde están las dos
mil libras que me debes y que me has debido por dos años.
—Lo sé —admitió el conde—. Iba a enviarte un cheque mañana.
Lord Shaptill rió con una sonrisa muy desagradable.
— ¿Y supones que te voy a creer? —preguntó él—. ¡Eres un tramposo! No creo ni una
palabra de lo que me dices.
Aspiró profundo antes de continuar:
— Conque muy pobre! ¡Luchando por no hundirte! Y aquí estás gastando tu dinero en una
mujer que de seguro te está vaciando la bolsa.
—Escúchame, ya te he tratado de explicar que...
— ¿Escucharte? —preguntó Lord Shaptill—. ¿Por qué iba a hacerlo? ¡Ya he escuchado tus
lamentos durante bastante tiempo!
De pronto, pasó junto al conde para irse a parar frente a Benita. Esta lo había estado
escuchando anonadada.
— ¡Pagarme! —gritó él—. ¡Eso que te lo crea otro! Me llevaré lo que pueda mientras esté
aquí, comenzando con esta encantadora prostituta. Estoy seguro de que sus caricias valen
mucho más de lo que tú puedes pagar.
Extendió una mano hacia Benita y derramó una copa al hacerlo. La muchacha lanzó un
grito y se hizo hacia atrás para evitarlo. El conde agarró a Lord Shaptill por el brazo y lo
apartó de Benita.
— ¡Compórtate Shaptill —gritó él— y no ofendas a mi esposa!
— ¡Tu esposa! —exclamó Lord Shaptill en tono de burla—. ¡Esa es otra pamplina! Sin duda
es una cualquiera que recogiste en La Casa Blanca.
Habló escupiendo las palabras.

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Pero el conde, con la habilidad de un pugilista experimentado, le asestó un puñetazo en el


mentón que lo lanzó al suelo.
— ¡Fuera de mi casa! —exclamó él—. ¡Y no te atrevas a regresar a ofender a mi esposa!
Mañana recibirás un cheque, incluyendo los respectivos intereses.
Lord Shaptill miró con furia al conde desde donde se encontraba en el suelo y después
comenzó a incorporarse.
—Me golpeaste, Inchester, y eso es un insulto! ¡Exijo una satisfacción!
—Estás borracho —dijo el conde—. Márchate a tu casa, Shaptill. Mañana hablaremos de
todo esto. Ahora no.
—Vas a pelear conmigo como un caballero —clamó Lord Shaptill—o serás catalogado
como un cobarde mentiroso!
El conde permaneció en silencio y Lord Shaptill se le acercó más.
— ¿Vas a pelear conmigo? —demandó él—. ¿O tengo que decirte una vez más que eres un
cobarde?
—Muy bien —suspiró el conde—. Pelearé contigo, pero es mejor que sea mañana.
— ¡Ahora! —gritó Lord Shaptill—. ¿Para qué quieres esperar? A no ser que pienses
escapar.
—No lo voy a hacer —afirmó el conde—. No obstante, sería mucho mejor si te vas a tu casa
y esperas mi cheque.
—No me voy a la cama a menos que pueda llevarme a esa linda ramera conmigo —
respondió Lord Shaptill.
Al conde le costó mucho trabajo dominarse para no pegarle una vez más.
Pálido por la ira, exclamó:
— ¡Pelearé contigo y cuanto más pronto, mejor!
—Pensé que así seria —dijo Lord Shaptill—. Sugiero que mi cochero actúe como árbitro.
Bolton había entrado en el comedor para ver qué estaba sucediendo y se acercó, diciendo:
—Disculpe, milord, pero yo ya serví como árbitro para Lord Edward, el hijo de su
excelencia.
—Muy bien, Bolton, tú serás el árbitro. Manda en busca de Hawkins.
—Muy bien, milord.
Lord Shaptill ya se había dado vuelta para salir del comedor en dirección al vestíbulo.
Con un grito de horror Benita se levantó y corrió al lado del conde.
— ¡No puedes... hacer eso! Ese hombre está... ebrio y es... muy grande y fuerte.
—También se le considera como un buen tirador —respondió el conde.
—Entonces... te lo suplico... no te enfrentes a él. ¿Y si te llegara a hacer daño?
—Haré cuanto pueda por evitarlo —le prometió el conde-. ¡Pero no permitiré que nadie
ofenda a mi esposa!

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Benita puso la mano sobre el brazo de él.


—Eso no importa —dijo ella—. Por favor... no hagas lo que él... quiere.
—Sabes que no puedo negarme —afirmó el conde.
Sus labios se movieron ligeramente cuando añadió:
—Como él dijo, tengo que comportarme como un caballero.
Benita se aferró aún más a él.
— ¡Tendrás cuidado... mucho cuidado! —murmuró ella.
—Lo haré porque tú me lo pides —respondió él.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia la sala de armas que se encontraba a un lado del
vestíbulo.
Allí tenía un par de pistolas de duelo que pertenecieron a su padre, quien en cierta ocasión
ganó un duelo similar.
Esperaba poder correr con la misma suerte.
Lord Shaptill siempre le había desagradado.
Sin embargo, era el único de sus vecinos que tenía ganado de más cuando él estaba
tratando de mejorar su finca.
No había olvidado que le debía dos mil libras. Esa era una de las primeras deudas que
planeaba pagar tan pronto como pudiera girar un cheque.
Fue una mala suerte que Lord Shaptill lo hubiera visto en La Casa Blanca, vistiendo la ropa
de Anthony.
Revisaba las pistolas cuando Hawkins entró.
— ¿De qué se trata todo esto, milord?
—Tengo que sostener un duelo, Hawkins, y espero no caer en desgracia.
—Su señoría debe tener cuidado con ese tipo —le previno Hawkins—. Tiene muy mala
reputación.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó el conde.
—He oído que no respeta las reglas y dispara muy alto o muy bajo.
El conde recordó que él también había escuchado aquel comentario.
—Bueno, entonces lo único que espero es poder ser más rápido que él a la cuenta de diez.
—Manténgase muy alerta con él, milord —sugirió Hawkins. Los dos salieron de la sala de
armas hacia el vestíbulo. Benita los estaba esperando allí.
Para entonces, casi toda la servidumbre sabía lo que estaba ocurriendo y Nanny había
bajado también.
La anciana trajo consigo una capa de piel para ponerla por encima de los hombros de
Benita.
Lord Shaptill ya estaba bajando los escalones de la entrada.
El conde lo siguió y se dio cuenta de que Benita estaba junto a él.

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—Tú debes permanecer aquí —indicó él con firmeza—. No debes estar presente.
— ¡Por supuesto que... sí voy a estar presente! Por favor, ten mucho cuidado.
El conde estaba a punto de responderle, pero Lord Shaptill ya había llegado al césped
frente a la casa.
— ¿Vas a venir, Inchester —gritó él—, o te vas a comportar como un cobarde.
El conde apretó los labios para no responder.
Caminando con calma y en silencio se reunió con Lord Shaptill.
Ambos se colocaron frente a Bolton, con sus armas en la mano.

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CAPITULO 7

— UNO, dos, tres, cuatro, cinco...


Bolton contaba con su voz pontifical, mientras que los duelistas se alejaban de
él.
Con la luna llena y la luz proveniente de las ventanas, resultaba tan fácil ver,
como si fuera de día.
Parada en los escalones, Benita rezaba porque el conde no resultara herido.
Pensó que Lord Shaptill no sólo estaba ebrio sino que era el hombre más
desagradable que ella había conocido.
Estaba aterrada y oraba sin cesar porque el conde saliera ileso.
—Seis, siete, ocho, nueve... —decía Bolton.
Aun antes que hubiera terminado de pronunciar la palabra nueve, Lord Shaptill
se volvió y disparó.
Cuando él se movió y antes que hubiera apretado el gatillo, Benita gritó.
De inmediato, el conde se volvió hacia ella de manera instintiva. Su pie resbaló.
La bala que debería matarlo por la espalda, sólo le rozó el hombro izquierdo.
Al sentir el impacto él también disparó su pistola.
Lord Shaptill estaba entonces de frente a él y el proyectil se incrustó en su
hombro. El hombre se tambaleó y cayó al suelo. Benita sólo tenía ojos para el
conde.
Corrió y se arrojó sobre él.
— ¡El alteró las reglas! ¡Hizo trampa! —gritó ella—. ¿Te encuentras... bien? ¿No
te hizo daño?
El conde dejó caer su pistola aún humeante sobre el pasto y la abrazó.
Benita lo miró con los ojos llenos de angustia.
A la luz de la luna se veía tan bella que, sin pensarlo, él se inclinó y la besó.
Por un momento se convirtieron en un solo ser.
Benita sintió como si la luz de la luna se metiera en su cuerpo. Era una sensación
maravillosa, superior a cualquier otra cosa que ella hubiera podido imaginar.
En ese instante escuchó a Hawkins que decía:
— ¡Está sangrando, milord, así que será mejor que entre en la casa!

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
Benita despertó y por un momento no pudo pensar en otra cosa que no
fuera la maravilla de los labios del conde,
Recordó todo lo que sucediera la noche anterior. Hawkins y Nanny se había
hecho cargo de todo.
Ambos ayudaron al conde a regresar a la casa para poder curarle la herida.
Nanny hizo que Benita saliera de la habitación.
Mientras lo desvestían, la joven permaneció en el pasillo.
A través de la puerta abierta, Benita pudo escuchar a Bolton que le daba
instrucciones al cochero de Lord Shaptill.
Lo habían metido en su coche y éste se alejó.
Bolton y los lacayos regresaron a la casa.
Ellos le comentaron al ama de llaves y a todos cuantos estaban presentes la
manera tan vergonzosa como se había comportado Lord Shaptill.
El había hecho trampa y podía haber matado al conde. “¡Pero él... está vivo!”
Benita quería gritar aquellas palabras.
Ahora el sol brillaba por detrás de las cortinas.
Cuando vio el reloj se sorprendió al ver lo avanzado de la hora y recordó que
Nanny le había dado al conde lo que ella llamaba una bebida tranquilizante, lo
había acompañado a su habitación y lo ayudó a desvestirse y a meterse en la cama.
— ¡Yo quiero ver a su señoría para darle las buenas noches! —había protestado
Benita.
—Su señoría está dormido y así debes estar tú dentro de unos minutos.
No tenía objeto discutir.
Nanny insistió en que ella también bebiera un poco de aquellas hierbas
calmantes.
Benita se había quedado dormida y descansó durante toda la noche sin soñar.
“Ahora lo veré”, pensó ella.
De pronto, sintió miedo de que la herida hubiera resultado más grave de lo que
ellos habían pensado.
Quizá perdió mucha sangre y se encontraría débil y enfermo. Se levantó de la
cama y se puso un bonito négligé de satén azul encima de su camisón de dormir.
Ella no podía pensar en otra cosa que no fuera en su esposo. Necesitaba
asegurarse de que él estaba vivo.
En seguida salió de su habitación al pasillo.

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Llamó con suavidad a la puerta del conde, mas no obtuvo respuesta.


Sintió miedo por lo que pudiera encontrar y abrió la puerta. Las cortinas estaban
abiertas y el conde no estaba en la cama. Se encontraba sentado bajo la luz del sol
junto a una de las ventanas.
Benita sintió una enorme alegría al comprobar que sus temores no eran
justificados y corrió hacia él.
El conde no se levantó, pero le extendió las manos.
— ¡Benita! —exclamó él—. Me dijeron que estabas dormida.
— ¿Te encuentras bien? ¿No estás... débil? ¿Tienes... dolores?
Las preguntas parecieron atropellarse en sus labios.
El conde sonrió.
—Gracias a Nanny y a Hawkins dormí como un tronco. Mi herida es sólo un
rasguño que ni siquiera me duele.
Benita suspiró, aliviada.
—Ese hombre horrible trató de... matarte.
— ¡Olvídalo! —respondió el conde—. La historia de su mala conducta pronto se
sabrá por todo el condado y dudo que él se deje ver en mucho tiempo.
— ¿De verdad estás bien?
—Me dolería si tú no me hubieras salvado, como Hawkins me lo he repetido mil
veces.
Mientras hablaba, Hawkins entró con el desayuno y lo puso sobre una mesa.
—Como verás —le dijo el conde a Benita—, me encuentro lo bastante bien como
para tener apetito.
—Buenos días, milady —saludó Hawkins—. ¿Desea que le traiga el desayuno
aquí también?
Benita miró al conde.
— ¡Por supuesto! —respondió éste.
Cuando Hawkins se retiró, el conde la miró, diciendo:
—Tenemos mucho de que hablar y permíteme decir que se te ve muy bonita en
la mañana.
Benita se ruborizó, pues se había olvidado de que sólo llevaba puesto su
camisón y la négligé.
Ella hizo un movimiento como para levantarse.
— ¡Quédate donde estás! —suplicó el conde—. Para mí, el verte es la mejor
medicina.
Ella se volvió a ruborizar.
Poco después, cuando Hawkins trajo su desayuno, ella olvidó su tensión.

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No hablaron acerca del duelo, sino sobre las mejoras que iban a hacer en la casa.
Comentaron, también, acerca de los pensionados y de cómo disfrutarían de su
banquete de carne.
Continuaban charlando, cuando Hawkins entró para anunciar:
—EI Capitán Dawson desea verlo, milord.
Benita se puso de pie.
—Será mejor que me vista —dijo ella un tanto confusa.
—Sí, por supuesto —asintió el conde—, por favor, regresa pronto. Hawkins y
Nanny me obligaron a prometerles que voy a permanecer en mi habitación todo el
día.
Benita le sonrió.
Ella se hubiera marchado por donde entró, si el conde no le hubiera sugerido:
—Utiliza la puerta interior, es más fácil.
Benita lo miró sorprendida.
Era la primera vez que se daba cuenta de que existía una puerta que
comunicaba sus habitaciones.
En ese momento escuchó al Capitán Dawson hablando con Hawkins.
Ella salió por aquella puerta y la cerró otra vez.


El capitán se acercó al conde y dijo:
—Siento mucho lo que ocurrió anoche, milord. Sin lugar a dudas fue algo
realmente bochornoso por parte de Shaptill.
—El tenía cierta razón —respondió el conde—. Yo le debo dos mil libras y pensó
que yo estaba gastando su dinero en llevar una vida licenciosa.
Miró al Capitán Dawson y éste dijo:
—El motivo por el cual he venido hoy es para explicarle sus asuntos financieros,
pero antes tengo otra cosa que comunicarle.
Tomó asiento delante del conde y le comentó en voz baja:
—El Mayor Grenfel murió ayer.
— ¿Murió? —exclamó el conde.
—Era lo que él estaba esperando y por lo que quería asegurarse de que su hija
quedara en buenas manos.
El conde no habló y el capitán continuó diciendo:

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—El mayor me pidió que no le informara a milady acerca de su muerte hasta


que ella pudiera volverse a su señoría en busca de apoyo.
El conde contuvo la respiración.
Sabía exactamente lo que el padre de Benita había querido decir con eso.
No dudaba de que ambos estaban muy cerca del momento en que pudiera
consolarla y ofrecerle su apoyo.
—El mayor también recomendó —continuó comentando el Capitán Dawson—,
que por ningún motivo debería su hija asistir al funeral ni vestir de negro.
—Entiendo —dijo el conde—, mas creo que ahora debe usted aclararme de qué
manera estaba involucrado el Mayor Grenfel con Rustuss Groon.
Hubo una pequeña pausa antes que el capitán respondiera:
—El mayor dejó eso a mí discreción, pero estoy de acuerdo con que es algo que
su señoría debe saber.
—Entonces, lo escucho, capitán —dijo el conde.
—Tanto el Mayor Grenfel como yo resultamos heridos en la batalla de Ciudad
Rodrigo.
— ¿Ustedes estuvieron allí? —inquirió el conde.
—Los dos pertenecíamos a la Caballería Real —respondió el capitán—, que
sufrió quinientas bajas. El mayor recibió una herida muy grave y yo una bala en la
pierna.
El conde sabía que la batalla de Ciudad Rodrigo había sido el punto clave en la
guerra.
El éxito de los ingleses al apoderarse del fuerte resultó ser el comienzo de la
caída de Napoleón Bonaparte.
—Nosotros regresamos a Inglaterra y permanecimos en Londres para que el
mayor pudiera consultar a médicos especialistas y también para que rindiera un
informe acerca de la batalla al Ministerio de Guerra.
El conde asintió.
—Cuando visitamos nuestros clubes, quedamos horrorizados ante la manera
insensata en que los jóvenes de la alta sociedad se estaban comportando.
—Jugando y bebiendo —indicó el conde.
— ¡Exactamente! —estuvo de acuerdo el capitán—. El contraste era tan grande e
injusto con el valor y los sufrimientos que nosotros habíamos presenciado en
Portugal, que el mayor se sintió ofendido.
— ¡Comprendo sus sentimientos! —murmuró el conde.
—Mientras que al ejército a menudo le faltaba dinero, estos jóvenes dilapidaban
fortunas en el juego y después caían en bancarrota y acudían a los usureros.

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— ¿Y qué fue lo que hizo el Mayor Grenfel al respecto? —preguntó él.


Comenzaba a vislumbrar cómo las piezas del rompecabezas iban cayendo en
sus lugares:
—Visitó a un amigo que, después de amasar una enorme fortuna con la
Compañía de las Indias, había regresado a Inglaterra —explicó el capitán.
El conde esperó.
—Cuando el mayor le dijo lo que pretendía hacer, su amigo rió por un buen
rato.
— ¿Y qué es lo que intentaba hacer? —preguntó el conde.
—Antes que nada quería crear trabajos para los hombres que habían regresado
de la guerra y de esa manera salvar las fincas de la total destrucción.
El Capitán Dawson sonrió cuando exclamó:
— ¡Para poder hacerlo, el Mayor Grenfel se convirtió en Rustuss Groon!
El conde recordó el aspecto grotesco que había presentado Rustuss Groon en su
oscura oficina.
—Entre los dos preparamos todo —continuó relatando el capitán—. El mayor
compró una peluca y sólo recibía a sus clientes a la débil luz de las velas.
— ¡Casi no puedo creerlo! —exclamó el conde.
—Nadie pudo reconocerlo y creo que se convirtió en el hombre más repudiado
de Londres.
El conde recordó la forma como Sir Anthony lo había descrito.
—Él organizó un excelente sistema de espías —continuó relatando el Capitán
Dawson—, y a través de éste él se enteraba de qué cliente valía la pena salvar y
cuál estaba irremediablemente perdido.
—Yo fui uno de los que él salvó —indicó el conde.
—Los informes acerca de lo que arduamente milord había trabajado y lo mucho
que se preocupaba por su gente eran muy conmovedores —respondió el capitán—.
Debe leerlos algún día.
— ¿Y el mayor reunió una fortuna?
—Su señoría podrá comprobarlo por sí mismo —respondió el capitán.
En seguida abrió uno de los libros de contabilidad que había llevado consigo y
lo acercó al conde.
—Eso —dijo mientras lo hacía—, es más o menos el gran total de lo que posee
milady.
El conde se quedó con la boca abierta.
Sumaba una cantidad que excedía por mucho sus sueños más ambiciosos.

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—Milord podrá imaginarse —observó el Capitán Dawson—, que el mayor tenía


pavor de que su bella hija cayera en manos de uno de eso jóvenes jugadores que la
dejaría sin dinero y con el corazón destrozado.
—Yo le juro que no haré ninguna de esas dos cosas —aseguró el conde de
manera solemne.
El capitán colocó los libros y los papeles que traía en una pila.
—Se los dejo para que los revise con calma —ofreció él—, y le puede pagar a
Lord Shaptill o a cualquier otro acreedor con las notas que están en un sobre.
— ¡Gracias! —respondió el conde.
—Ahora debo regresar.
— ¿No aceptaría comer con nosotros? —invitó el conde.
El capitán negó con la cabeza.
—Necesito encargarme del funeral y cuando eso haya terminado, entonces
tendré que buscar un hogar para mi esposa y mis hijos.
El conde pareció sorprendido y el capitán le explicó:
—Yo he estado viviendo en Londres para poder ayudar al mayor con su trabajo,
pero mis hijos aman el campo tanto como mi esposa.
— ¡Tengo una idea! —exclamó el conde—. Y estoy seguro de que la condesa
estará de acuerdo cuando se lo comente.
— ¿De qué se trata? —preguntó el Capitán Dawson.
—Pienso que debe aceptar vivir en la casa de Benita, si es que a usted le gusta.
Yo sé que ella ama esa casa y si usted está allí, mi esposa sentirá que aún mantiene
un contacto directo con lo que fuera su hogar por tanto tiempo.
Los ojos del capitán se iluminaron.
— ¿Su señoría habla en serio?
—La Condesa de Inchester tendrá demasiadas ocupaciones aquí para tener
tiempo de pasarlo en otra casa —respondió el conde—. Supongo que ella deseará
conservar las cosas personales de sus padres, pero el resto es para usted.
El Capitán Dawson extendió su mano.
—Los informes que recibió el mayor acerca de su señoría no exageraron acerca
de su consideración y su generosidad hacia los demás.
Cruzó la habitación justo en el momento en que Benita entró por la puerta.
—El Capitán Dawson tiene que marcharse —explicó el conde—, pero estoy
seguro de que te gustará acompañarlo hasta la puerta.
—Sí, por supuesto —estuvo de acuerdo Benita.
El conde escuchó cómo ambos hablaban alegremente mientras se alejaban por el
pasillo.

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El vio la cantidad de documentos que el capitán le había dejado y se llevó la


mano a la frente.
Casi no podía creer que su vida hubiera cambiado de una manera tan radical
durante las últimas horas.
Cuando Benita regresó, estuvo consciente que lo que más le importaba ahora era
su esposa.
Ella aparecía exquisita ya que el sol que entraba por la ventana daba a su cabello
un hermoso brillo de oro.
Le pareció ver en sus ojos una expresión que no había visto antes.
La hora de la comida llegó antes que Benita hubiera terminado de decirle todo
cuanto estaba sucediendo en la casa y lo avanzado que iba el trabajo de los pintores
en la biblioteca.
Cuando los lacayos limpiaron la mesa, Nanny entró.
—Milord, necesita mantener en reposo ese brazo —dijo ella—, y no hay pero
que valga!
—Me encuentro perfectamente, Nanny —aseguró él.
—Esa herida comenzará a sangrar otra vez si su señoría no tiene cuidado —
insistió Nanny—, y no voy a permitir que milady se enferme de tanto preocuparse.
Benita rió divertida.
—No hay remedio —dijo ella—. Tendrás que hacer lo que Nanny te dice, de lo
contrario te va a castigar y no te dejará montar mañana.
—Eso es algo que definitivamente pienso hacer —afirmó el conde.
—Pues no lo hará su señoría a menos que descanse ahora —respondió la nana.
El conde hizo un gesto de impotencia con las manos.
Benita salió por la puerta de intercomunicación mientras que él se quitaba la
bata y se metía en la cama.
—Ahora trate de dormir —sugirió la nana mientras cerraba un poco las
cortinas—. ¡Todo lo que ha ocurrido ha sido un impacto muy fuerte para todos
nosotros y eso nadie lo puede negar!
—No, por supuesto que no, Nanny —aceptó el conde.
La nana y Hawkins salieron de la habitación.
Unos momentos más tarde, Benita miró por la puerta de intercomunicación.
— ¿Estás dormido? —preguntó ella.
— ¡No! —respondió el conde—, y si tú no vienes a conversar conmigo, me voy a
levantar.
—Eso es un chantaje.

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—No importa cómo lo llames, pienso hacer lo que te digo —respondió él—, ya
estoy aburrido de estar acostado en esta cama, solo.
Ella se acercó y él le dijo:
—Ven y acuéstate conmigo. Tengo muchas cosas de que hablarte.
— ¿Acostarme... contigo? —murmuró ella.
— ¿Por qué no? —respondió él—. Después de todo, estamos casados y ni
siquiera Nanny puede negar eso.
Benita rió, mostrándose indecisa y el conde dijo:
—Por favor, Benita, yo me estoy comportando muy bien y estoy haciendo
cuanto me ordenan, por eso merezco un premio de buena conducta.
Benita se volvió y salió corriendo por la puerta de intercomunicación.
El conde esperó unos momentos. Entonces se levantó y cerró con llave la puerta
que daba al pasillo.
El mantenía los ojos cerrados cuando Benita regresó, vestida con su bonita
négligé.
El no habló ni abrió los ojos, por lo que ella lo miró con incertidumbre durante
algunos segundos.
Entonces se dirigió hacia el otro lado de la cama. Con mucho cuidado, como
para no despertarlo, se quitó la négligé y se metió entre las sábanas.
Había una buena distancia entre ambos, pero como el conde no se movió, ella se
acomodó sobre un lado y lo miró con la cara recostada sobre la almohada.
El era muy guapo.
Qué horrible habría sido si Lord Shaptill lo hubiera herido tal como lo intentara.
Si bien el conde no hubiera muerto, quizá hubiese quedado lisiado y nunca más
podría montar.
Aquello hubiera sido una tragedia.
Entonces ella elevó una plegaria de gratitud por tenerlo allí. De pronto el conde
abrió los ojos.
Al hacerlo, se volvió de lado de manera que ambos quedaron frente a frente y
podían mirarse a los ojos.
— ¿Estás... despierto? —exclamó. Benita a modo de reproche.
— ¿Cómo hubiera podido ser de otra manera si te estaba esperando?
El se acercó un poco más hacia su esposa y ésta dijo:
—Ten cuidado, mucho cuidado... con tu herida.
—No me interesa mi herida —dijo él—, me interesa una joven muy bonita a
quien conocí cuando salí a montar.
—Ese fue un encuentro muy afortunado —aseguró Benita.

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—Si tú tenías miedo de conocerme a mi, yo también tenía pavor de conocerte a


ti —confesó el conde.
— ¿Y cuando me... viste? —preguntó Benita.
— ¡No podía creer que fueras de este mundo! Por eso anhelaba que vinieras a
acostarte aquí, junto a mí. Tengo mucho miedo de que si te pierdo de vista ya
nunca más podré encontrarte otra vez.
—Te prometo que... ya no me perderás nunca.
En la voz de Benita apareció el tono que el conde había estado esperando.


Él se acercó aún más y dijo:
—Anoche te besé cuando me salvaste de la bala de ese cretino. ¿Fue esa la
primera vez que te han besado?
—La... única...
— ¿Y qué sentiste?
Hubo una breve pausa antes que Benita murmurara:
— ¡Fue... maravilloso!
—También para mí lo fue —afirmó el conde—, tanto que quiero estar seguro de
que no estaba equivocado cuando pensé que los dos éramos parte de la luz de la
luna y que nada más importaba.
—Eso mismo... sentí yo —exclamó Benita.
El conde se acercó aún más.
Entonces sus labios se posaron sobre los de ella.
Fue un beso muy delicado ya que los labios de Benita eran tan suaves como los
pétalos de una rosa.
También él tenía miedo de asustarla.
En ese instante no fue la luna lo que penetró en el cuerpo de Benita sino el sol,
cuyo calor atravesó sus pechos y le llegó a los labios.
De una manera ignorada para ella, su boca parecía arder bajo la presión de los
labios del conde.
El la besó de nuevo.
Después levantó la cabeza para mirarla y pensó que nunca había dado antes un
beso tan exquisito.
Comenzó a besarla de nuevo. A besarla de una manera más apasionada y
posesiva, pero Benita no sintió miedo.

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El no supo cómo fue, pero sus cuerpos estaban juntos.


Sintió que ella se estremecía y pensó que esa era la sensación más maravillosa
que jamás experimentara.
— ¡Te amo! —exclamó él con voz enronquecida—. ¡Te amo, mi amor y en el
mundo no hay nadie si no eres tú!
— ¡Y yo te amo a ti! —respondió Benita—. ¡No sabía lo que era amar hasta
que... pensé que podrías morir y... supe que no podría... vivir sin ti!
El conde la acercó aún más.
—Tú eres todo cuanto yo siempre he deseado en la vida pero estaba seguro de
que no existías —dijo él—. Mi amor, mi precioso y pequeñito amor, ahora puedo
preguntártelo: ¿Me harías el gran honor de ser mi esposa?
Benita comprendió que aquello era parte de su juego.
A lo que él se refería era a algo muy diferente del matrimonio en el cual ninguno
de los dos se conocía y tenían miedo de conocerse. Ella extendió los brazos para
acercar la cabeza de él hacia ella.
— ¡Te amo! —musitó ella—. ¡Quiero pertenecerte y ser... tu esposa en todos los
sentidos!
El conde aspiró profundo.
Aquello era lo que más deseaba.
Sin embargo, casi no podía creer que el amor hubiera llegado a los dos tan
pronto y de una manera tan espontánea.
Quizá aquello estaba escrito desde el principio de los tiempos.
— ¡Mi preciosa! ¡Mi dulce amor! —dijo el conde con voz ronca—. ¡Te adoro!
Entonces él le besó los ojos, el cuello, los senos y una vez más, los labios.
La besó hasta que ambos estaban candentes en el centro del sol. Benita pensó
que nadie podía experimentar tanta dicha y pisar la tierra.
No comprendía pero deseaba estar aún más cerca del conde y convertirse en
parte de él.
— ¡Ámame, ámame así... para siempre! —gritó ella.
Y, cuando el conde la hizo suya, ya no hubo más temores ni sufrimientos, sólo
amor.
El amor que provenía de Dios, pertenecía a Dios y ya nadie podría
arrebatárselos...

FIN

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