Está en la página 1de 2

LA DECLAMACIÓN

La Declamación constituye la habilidad de hacer de la interpretación oral el camino idóneo para expresar una composición literaria,
por ejemplo una oda o poesía. Se requiere la modulación o graduación de la voz, la cadencia precisa y el conocimiento del contenido
que se está declamando. Al ser un arte oral, requiere de un público que tenga la sensibilidad de saber escuchar y valorar los
esfuerzos del declamador.
Desde el siglo XIX ya muchas cortes de reyes contaban con personajes que les alegraban y animaban
con éste arte, así por ejemplo declamadores de reseñas épicas antiguas lograban inspirar fervor patrio a los reyes y sus cortes antes de
iniciar alguna reyerta.
Es necesario dominar la habilidad de pronunciar correctamente todas las palabras (dicción) y darles el matiz adecuado al tema del que
se trata. No olvidemos que debe ser considerada la Declamación como
un arte escénico como el valet, la danza o la ópera; los movimientos de manos, los gestos y hasta la postura entera del intérprete
deben ser acordes para realizar con éxito la transportación del contenido de
la obra.

Características de la Declamación.

Énfasis. Intencionalidad.
Entendimiento de la poesía. Expresión corporal.
Seguridad en el manejo escénico.

Una de las características que debe de tener un buen declamador es la expresión corporal, pero mayormente de las manos y la cara.
Porque en la declamación no se puede estar uno moviendo de un lado al otro, como sucede con la actuación, aunque
ambos tienen mucho en común. Se debe reflejar seguridad desde el primer momento en que se entra en
escena. Se debe tener una buena voz, clara y firme pero que sepa matizar según lo que se está diciendo, y no debe sonar a
cancioncita, ese es el mayor error que cometen las personas inexpertas, y es lo peor que se puede hacer.
Pero la cualidad más grande es saber transmitir la idea y el sentimiento que el poeta quiso plasmar en su
poema. Provocar que el auditorio se identifique con lo que se está diciendo. y que sea conmovido.

BASES PARA EL DECLAMADOR.

Ya he insistido en anteriores ocasiones, en que el buen declamador debe dominar algunos aspectos que son base para la expresión de
cualquier pieza poética, sea cual fuere su género, de lo contrario, sólo conseguirá, en el mejor de los casos, un éxito aislado o efímero.
En suma, las cualidades básicas que deben dominarse para lograr el virtuosismo en el arte declamatorio, son:
.- Ser un excelente lector.
.- Tener una buena memoria.
.- Ejecutar perfectamente la mímica.
.- Dominar las cualidades de la voz (Volumen, Dicción y Modulación).
.- Saber contagiar la emotividad del poema. Pasemos al análisis de cada uno de estos aspectos, así como de algunos ejercicios adecuados
para obtener lo anteriormente descrito.

EJERCICIOS PARA MEJORAR LA VOZ DE MANERA NATURAL.

1.-Rapidez de la voz: Lo normal es entre 13O y 16O palabras por minuto. La rapidez adecuada depende de 4 factores: el medio físico
(número de personas que escuchan), nivel de ruido, naturaleza del tema (grado de carga emocional) y medio usado.
Declame acelerando la rapidez, pero sin exagerar; por ejemplo pasando de 16O a 2OO palabras por minuto; no olvide las pausas. En
mi experiencia como declamador, he comprobado que la rapidez es la característica vocal más fácil de variar.
A la mera hora, si nos aceleramos indebidamente, la voz puede perder.

2.- Grado de volumen: Es importante hablar con una intensidad apropiada en la sonoridad o volumen al expresar el poema, para ello
considere la distancia que lo separa de quienes lo escuchen, el ruido ambiental y el tema. El hecho de no hacer caso a estos factores
puede provocar que el público desatienda a su mensaje. Asegúrese que habla con nitidez, que abre suficientemente la boca para dejar
salir los sonidos. No se confunda sonoridad con grito; sonoridad es intensidad y fuerza. Es preciso usar con más eficacia el aire
inspirado, y esto se logra teniendo mejores costumbres respiratorias, marcadas por movimientos lentos y constantes del diafragma
más bien que por sacudidas irregulares del pecho y del diafragma, hacia arriba.

3.- Observe la altura de los sonidos: La altura es lo que diferencia los sonidos graves de los agudos. Si conocemos la altura de nuestra
voz, podemos controlar mejor las impresiones que causamos al expresar un verso, cuidando además, factores como el de hacer una
inflexión ascendente al final del renglón, la clásica cancioncilla o lo más terrible de todo: la monotonía, que sucede por la falta de
variedad en la altura. Recuerde que aunque se declama hablando con énfasis, se debe volver una y otra vez al puerto más seguro: el
nivel promedio de su propio tono, y esto se logra haciendo pausas para renovar el aire. Los buenos declamadores se mueven en una
tesitura –variación de tonos agudos o graves– bastante amplia.

4.- Vigile la calidad de su voz: Aquí nos referimos al timbre de la voz, que es –como ya dijimos– lo que distingue una voz de cualquier
otra en el mundo. Hay 5 factores que la determinan:
1. La estructura vocal, que está determinada por el tamaño de la laringe y la longitud y grosor de las cuerdas vocales.
2. Las cámaras de resonancia, o cavidades donde rebota el sonido, la garganta, las fosas nasales y la boca.
3. La provisión de aire, que permite mejorar el sonido si se sabe usar bien.
4. El estrés, en virtud del cual la calidad de la voz cambia según que uno esté relajado o extenuado.
5. La buena forma, en desmedro de la cual van el tabaco, las drogas, el alcohol y la cafeína.
En este apartado, es conveniente referirnos a faltas específicas y fácilmente identificables que van en demérito de la voz, tales como la
nasalidad, el habla susurrante, la delgadez, la estridencia, la aspereza o la ronquera.
En suma, el timbre de la voz ofrece pruebas sutiles, pero evidentes, de hasta qué punto estamos relajados
o tensos, revela la confianza que se tiene en sí mismo al declamar, la incomodidad por sentirse observado e, incluso, puede dar pistas
sobre nuestro estado de salud.

5.- Pula su articulación: Aquí me refiero a la nitidez con que se emite el sonido; no confundir con pronunciación, o sea, la elección
de los sonidos que acentúa. Los articuladores como el paladar, tanto el duro como el blando, el maxilar inferior, la lengua, los labios y los
dientes, convierten lo que podría ser una simple exhalación, en una palabra. La claridad con la que emitimos los sonidos, es
directamente proporcional al cuidado con que utilicemos los articuladores.

EJERCICIOS DE ARTICULACIÓN.

Pronuncie palabras, ejercitando las consonantes de la manera más precisa posible, especialmente al final de la palabra.
Sostenga las consonantes que se pueden alargar (l, m, n), como una manera de concentrarse en la parte
delantera de la boca y no en la laringe; éste es también un buen ejercicio para los acelerados, tal como el de la dicción exagerada.
Ejercite la lengua, apuntando para un lado y para otro; escriba frases en cuaderno del aire, utilizando la lengua como si fuera la pluma.
Haga ejercicios con los labios, tales como el levantarlos hasta la nariz y bajarlos hasta el mentón o sonría, primero con la mitad
izquierda de la boca y después con la derecha.

EJERCICIOS PREVIOS A LA DECLAMACIÓN.

Un declamador diserto sabe lo que está diciendo y se hace dueño de la situación, al colocar su voz en el terreno que a ella le conviene y
apoyándola con un lenguaje corporal apropiado y seguro. Es preciso armonizar las acciones no verbales con las palabras y la manera de
decirlas, para que el público oiga una voz clara, confiada y agradable. Comencemos con ejercicios para reducir la tensión y el estrés:
Estiramientos. Haga movimientos largos, lentos y perezosos de los brazos sobre la cabeza; después aflójelos y déjelos caer de un
lado a otro; enderécese lentamente y estírese, primero del lado izquierdo y luego del lado y estírese, primero el lado derecho y después del
lado izquierdo, por el frente y después por la espalda.
Haga círculos con diversas partes del cuerpo: piernas, caderas, brazos, torso. Empiece con círculos pequeños y vaya agrandándolos
poco a poco.
Relaje la parte superior del cuerpo, especialmente los hombros y el cuello. Tense los hombros, elevándolos hasta las orejas y apriete
fuertemente; después relaje. Deje caer la cabeza sobre el pecho y
gire suavemente el cuello hacia tras, a los lados y nuevamente al centro.
Concéntrese en la cara. Masajéese la mandíbula inferior; estire y relaje los músculos de la cara; primero la boca, después la nariz y los
ojos. Haga muecas, saque la lengua, mueva las orejas y frunza la nariz.
Abra bien la boca y diga: a en varias tonalidades, sin olvidar la más fuerte, con un grito, pero después de
haber calentado.
Concéntrese en los labios. Estírelos horizontalmente, frúnzalos, aflójelos; repita en voz alta: “memorándum”, una y otra vez; con la boca
cerrada, prolongue el sonido de la “m”, enviándolo hacia
delante hasta que sienta que la parte interna del labio inferior se le calienta y vibra.

QUÉ ES Y QUÉ NO ES LA DECLAMACIÓN

Declamar es hablar con énfasis. Existen otras definiciones, pero la anterior me parece muy exacta y sencilla porque, aunque se debe
interpretar un poema con naturalidad, también es cierto que no es lo mismo hablar comúnmente que declamar; la justa medida nos dice
que “ponerle demasiada crema a los tacos”, hace que los oyentes rechacen el trabajo de quien declama en ese tono
exagerado. No es decir discursos, aunque se permite recurrir al tono de la Oratoria en la Declamación, pero sin abusar de este
recurso, por ejemplo en poemas patrióticos. Quienes asesoramos, no debemos permitir los principales vicios que los nóveles suelen
cometer: el grito sin sentido y el melodrama; si grita, que ese grito sea congruente, que el texto lo exija; que nazca del poeta y el
declamador lo justifique. Más lamentable todavía, cuando un sólo aspecto se toma como elemento central, para lograr con ello, en el
mejor de los casos, un éxito efímero.
Es frecuente entre concursantes aficionados el ademán llevado a los extremos; caer de rodillas en las imploraciones y rodar por el
suelo ante la simple mención de la palabra “muerte”; exquisiteces del ridículo se pueden dar por el camino de lo melodramático. El
hecho de presentarse en público, provoca a veces que tiemblen las piernas, que suden las manos, que tiemble la voz o que surja la
laguna del olvido. Si no dominamos ese estado y le permitimos aflorar hasta el límite, entonces el aspecto externo de la actuación caerá
en exageraciones, ajenas a la conciencia del declamador, pero notables al auditorio. El público ve los sacudimientos y aunque el poema
resulte más interesante, no dejará de ser una mala nota en la presentación, el declamar con los músculos del cuello tensos o la mandíbula
trabada; el juicio de los jueces será muy claro: el declamador ha recurrido a un pobre truco de actuación.
Declamar no es bailar ni ejecutar la técnica China del tai-chi, la cual consiste en hacer movimientos
continuos del cuerpo, precisamente porque en ello domina la función corporal (y espiritual, a decir de los que saben) y en nuestro objeto
de estudio, el centro es la palabra; ni en las niñas se propague este error.
Mucho cuidado también con la ausencia de originalidad: la imitación; nadie declame como tú, si quiere
ser bueno y no declames como nadie, si quieres ser auténtico.

Intereses relacionados