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Tiempos modernos, tiempos de urgencia

(¿qué lugar para el malestar? 2.0)


Por: José Antonio Gómez Montelongo

Por fin, según el cable, la semana


pasada la tortuga llegó a la meta.
En rueda de prensa declaró
modestamente que siempre temió
perder, pues su contrincante le pisó
todo el tiempo los talones.
En efecto, una diezmiltrillonésima
de según después, como una flecha
y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó
Aquiles.
La tortuga y Aquiles
Augusto Monterroso1

Nuestra actualidad se caracteriza por la capacidad que tenemos para solucionar problemas de
manera casi inmediata. Trabajos a distancia donde ya no es necesario estar de manera física
para llevarlos a cabo, incluso, ya no es necesario que exista una oficina o un despacho para
realizar las labores encomendadas. Una sociedad donde la mayoría de nuestras necesidades
son cubiertas de manera casi instantánea mediante dispositivos que responden al imperativo
de una vida fácil, sencilla, sin dolor e inmediata.

Las condiciones de la espera se han acortado, los tiempos se han vuelto relativos y las
distancias han dejado de ser, aparentemente, fronteras que nos alejan de los demás. Miramos
a través de pequeñas ventanas que nos indican lo que sucede en el mundo, la forma en como
supuestamente habrá que comportarnos, vestirnos, vernos, e incluso, estimarnos. La espera se
ha convertido en una generadora de impaciencia y de malestar que busca ser eliminada a

1
MONTERROSO, Agusto (2010). La oveja negra y demás fábulas. México. Biblioteca Era
cualquier costo. Las ventajas de una vida virtual trae consigo problemáticas más complejas y
que se pretenden pasar desapercibidas. ¿Para qué hablar cuando la felicidad esta al alcance de
una píldora?

Un contexto de lo urgente, donde la construcción imaginaria es que todo puede resolverse y


solicita atención inmediata. Una obligación que se inscribe como sinónimo de competencia,
adaptabilidad y capacidad. De manera latente, implica el someterse a sentir un perpetuo
bienestar, aunque este sentir no sea más que una construcción imaginaria; es decir, no hay
tiempo para sentirse mal, hay que producir…

En el presupuesto freudiano de la renuncia pulsional que exige la cultura, a través del discurso,
tiene como resultado la creación del síntoma: una creación subversiva de objeción al discurso
común que señala que hay algo que no va en el mundo. El síntoma es la marca de lo singular y
de diferencia frente al otro, su expresión muchas veces codificada exhibe la condición de un no-
todo. No-todo puede ser capitalizable ni universal. Por lo tanto, encontramos que la violencia
del bienestar, atravesado por el signo de la urgencia, apunta a clausurar lo manifiesto del
malestar, intentando borrar lo sintomático del sujeto, o en otras palabras, aquello que hace al
sujeto sujeto: su síntoma.

El texto del malestar en la cultura de Freud puede ser leído a contra luz de los tiempos en los
que vivimos. Una actualización anunciada de lo que ocurre en la relación del sujeto con la
cultura. Tiempos de un capitalismo dotado de la capacidad de poner en crisis todas las
estructuras que hasta ahora simulaban su regulación2. Tiempos donde se vive en lo inmediato,
sin posibilidades de retraso o demora, nos encontramos en presencia de una sociedad que se
nos presenta desnuda, sin velos ni miramientos, transparente, inmediata, sin erotización
alguna3.

2
ALEMÁN, Jorge (2015). Capitalismo sin Nombre del Padre. El Diario. Recuperado de:
https://www.eldiario.es/zonacritica/Capitalismo-Nombre-Padre_6_400419970.html
3
HAN, Byung-Chul (2013). La sociedad de la transparencia. Barcelona. Herder.
Es en este contexto donde los imperativos discursivos tienen mayor impacto en la vida del
sujeto. Ahora el imperativo cultural se transforma en el imperativo del rendimiento4. Ser y
hacer conforme a los modelos construidos, un sujeto que rinda por su producción y consumo,
aquel que pueda moldear su cuerpo y mente para resistir, volverse competente y adaptable.
Una salud mental beata que sobresalga de cualquier situación, con el fin de seguir siendo
competitivo. Como si el discurso imperante en nuestros tiempos fuese: ¡todo es capitalizable!,
es decir, vendible y ofertable.

Para Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad de la transparencia, del cansancio y del porno. El
imperativo dominante es el del rendimiento, este

…transforma el tiempo en tiempo de trabajo. Totaliza el tiempo de trabajo. La


pausa es solamente una fase del tiempo de trabajo. Hoy no tenemos otro tiempo
que el del trabajo. […] Y la relajación no es más que un modo de trabajo, en la
medida en que sirve para la regeneración de la fuerza laboral. La diversión no es
lo otro del trabajo, sino su producto5.

Pero, ¿qué ocurre cuando estos ideales son imposibles de sostener y de lograr?, ¿qué ocurre
con los heridos que no han logrado satisfacer las demandas y sufren por esta incapacidad? La
cultura, es decir, los discursos hegemónicos y de dominación, ofrecen mecanismos y métodos
para explotar las cualidades del sujeto y asegurar su rendimiento; la medicación es un gran
ejemplo.

Con la medicalización, la normalización, se llega a crear una especie de jerarquía


de individuos capaces o menos capaces, el que obedece a una norma
determinada, el que se desvía, aquel a quien se puede corregir, aquel a quien no
se puede corregir, el que puede corregirse con tal o cual medio, aquel en quien
hay que utilizar tal otro. Todo esto, esta especie de toma en consideración de los

4
Ibídem
5
HAN, Byung-Chul (2014). En el enjambre. Barcelona. Herder. P 30.
individuos en función a su normalidad, es uno de los grandes instrumentos de
poder en la sociedad contemporánea6.

Es claro que la vida sigue y seguirá siendo gravosa, pero se han construido formas y
mecanismos que simulan tener una solución a los malestares de la vida, a condición de vender
los paliativos para su uso. Si uno sufre puede recurrir a tal medicamento, a tal tratamiento que
en tiempo récord eliminan esa condición sufriente de la vida. Si la felicidad entonces es una
producción de la cultura, las vías y métodos para alcanzarla encuentran su mercado bajo el
estandarte del rendimiento y la competitividad. Se crea una sofisticación del cuerpo que rebasa
las barreras de laboral, de lo doméstico, de la convivencia diaria. Por un lado, el modelaje de
sujetos del rendimiento y de consumo que sirvan a la producción del capital –en las empresas y
en las fabricas, en las cárceles, escuelas y hospitales, en cualquier ambiente donde exista una
interacción humana–; por el otro, la regulación de la vida misma, la creación de artefactos que
la vuelvan más simple y cómoda, más transparente e inmediata. Una dictaminación de como la
vida debería de vivirse, como gozar de ella, a donde ir, que comer y como hacerlo, como tener
relaciones sexuales más satisfactorias, etc. No hay lugar para el sufrimiento, se domestica las
relaciones entre los sujetos, el amor se domestica a través de las formulas del consumo y del
confort7 cuando el único tiempo implementado es para el trabajo. Las nuevas tecnologías nos
permiten acotar tiempos, esfuerzos y distancias. A distancia de un click encontramos la solución
para el desgaste del día.

Mientras que por otro lado, tenemos esta realidad que nos es llegada a través de un
incremento desmedido de la mostración, sobre lo que ocurre en la franja de Gaza, sobre los
feminicidios y desapariciones forzadas, las balaceras en escuelas de nivel secundaria, asesinatos
en hd, migraciones en masa etc. Una cultura de miedo y del terror que concluye en que las
relaciones personales libres son peligrosas, no podemos confiar en el otro, no podemos
relacionarnos libremente con el otro. Pero incluso en este registro existe una domesticación de
la violencia, donde “su limitada aceptación en rituales y su sublimación en cultura y civilización

6
FOUCAULT, Michel (2013). El poder, una bestia magnífica: sobre el poder, la prisión y la vida. México. Siglo XXI.
Pp 36 – 37.
7
Op. cit. pp 10.
fueron el fundamento de la constitución de los seres humanos en sociedad”, convirtiéndose en
cierta medida en un privilegio cultural8 .

Una sociedad de la vigilancia donde cada uno somos presos y celadores del otro. La vida
privada ha concluido con la mediación masificada de lo cotidiano: que hacemos, dónde vamos,
preguntándonos que perfil y que gesto es mejor para presentarnos al mundo en una arena
virtual. Freud señalaba que la única protección posible ante el sufrimiento de las relaciones
humanas es el aislamiento, pero ello lleva el precio del sosiego.

Esto que Byung-Chul Han ha llamado la sociedad de la transparencia es un señalamiento de las


condiciones que la uniformidad totalitaria ha atravesado en la vida psíquica, económica,
cultural, política y familiar del sujeto –atravesada por un positivismo desmedido donde el
malestar y el sufrimiento no tiene lugar, no es requerido y mucho menos necesario/funcional, a
menos que de esto pueda generar instrumentos de consumo– en otras palabras, nos habla de
los efectos de una dictadura de lo igual. ¿Existe algún espacio para la diferencia en un ambiente
que nos orilla a lo uniforme?

La propuesta del psicoanálisis estriba en que el sujeto pueda hacerse de su propio discurso,
esto es, subrayando que no existe una interpretación única del mundo. Pero esto conlleva una
pieza fundamental, darle lugar al síntoma, dejando que el malestar hable por los canales de
expresión que le son dados. Lo único que no puede ser capitalizable en el sujeto y su
experiencia es su propio síntoma, la interpretación que tiene del mundo de las experiencias que
han acontecido en su vida. En un contexto donde no hay lugar para el malestar, se sigue
apostando por la palabra, la enunciación propia del sujeto. ¿De que se habla en análisis sino es
de la infelicidad y de los embates del deseo?

En este aspecto, el psicoanálisis “se abstiene de intentar con-formar, de intentar reducir a


norma alguna a sus analizantes. Su deber en este mundo es propiciar la enunciación personal,

8
KURNITZKY, Horst (1998). Vertiginosa inmovilidad. Los cambios globales de la vida social. México. Blanco y Negro
Editores. Pp. 127.
al estilo particular de cada quien de habitar el discurso”9. Freud era claro, ¡no existe experiencia
humana sin dolor!

Lo más sintomático de las relaciones humanas es que son humanas. El acto analítico es un acto
político en la era de lo igual, por el simple hecho de escuchar y dignificar el lugar de aquella
parte subversiva e intima del sujeto: su malestar.

A modo de conclusión…

Tomando en cuenta que el síntoma es una formación simbólica por excelencia, un mensaje
cifrado, codificado, que puede disolverse mediante la interpretación, este surge ahí donde la
palabra falla. Pero también, el síntoma es una respuesta cifrada al modo organizar al goce, es
por ello que el sujeto, incluso tras la interpretación, no esta dispuesto a renunciar a éste10. Así
el síntoma es la expresión y revelación de la falla en el discurso de lo común, la marca de
nuestra diferencia. ¿Propongo una sociedad más sintomática?, no. Tan solo he intentado
señalar que las condiciones subjetivas para que éste tenga lugar se reducen mediante
mecanismos particulares de sumisión productiva. No hay tiempo para hacer síntoma, este se
negativiza como expresión de falla y no como de singularidad, es decir, apuntando a la
estigmatización del ser humano como imperfecto y anormal11.

Es este estigma que se apodera de las personas como característica de deficiencia. La condición
para la humillación del sujeto ante los tiempos que exigen de él una condición de
objeto/máquina de producción. Posiblemente, la propuesta es devolver una mirada dignificante
al síntoma, como elemento de revelación discursiva, que pueda tomarse el tiempo para ser
hablado y no silenciado. Pues ante el forzamiento del silencio y de lo igual puede estallar el
grito de la diferencia.

- México, CDMX 2018 -

9
Intervención en la Mesa Redonda organizada por la Scuola Lacaniana de Psicoanalisi, en Milán, el 16 de
diciembre de 2011. Recuperado en: Revista Letras No. 4, 2012.
10
ZIZEK, Slavoj (2012). El sublime objeto de la ideología. México. Siglo XXI.
11
MARGALIT, Avishai (2010). La sociedad decente. España. Paidós.