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Aplanadora

En estos últimos siete meses he cambiado mucho. Ignoro si para bien o para mal. No soy más
feliz ni menos triste, pero si entiendo mejor las cosas: tengo más compasión y cada vez juzgo
menos a la gente.

Envejecí.

Todo lo que alguna vez fue rencor ha sido consumido por la nostalgia y la melancolía. Pero
incluso esa proto-tristeza es tenue y bondadosa, como el corazón en el vacío.

Te debo sangre, querida, arterias y venas en eterno retorno. A un corazón que jurábamos
inmenso pero que cae con cada pluma.

Es muy tarde para sacar las espadas del juicio que destrozaron nuestras vidas. Pero ahora que
estamos lejos, podemos restaurar vitrales en perfecto aislamiento. Quizá algún día nuestras
catedrales iluminen distintos sectores de la capital.

No digas que no te amé, yo tampoco seré tan pretencioso como para pasar por mentiras tus
promesas. Sí, fue genuino. Sesenta días y sesenta noches. Toute une vie, ¿eh?

Y sobre las cosas que quedaron inconclusas, cosas que nunca entenderé, repito el mantra:

No hay nada que entender

Las cosas solo pasan

Sin motivo, sin significado

Todos los símbolos,

Los que construyen idiomas,

Los que construyen países,

Los que construyen romances…

Son imaginarios.

Amén.