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“La formación de una sociedad represora “ R.I.

Moore
INTRODUCCIÓN
La existencia de personas cuyas convicciones religiosas diferían de las aprobadas por la iglesia era
en sí misma la causa de persecución. La difusión de sus doctrinas y la aparición de su organización, en
distintas regiones de Europa Occidental durante los siglos XI y XII, fueron las justificaciones para las leyes
que prohibieron la expresión de sus creencias. Asimismo, posibilitaron la creación de instituciones para
descubrirlos, controlarlos y amenazarlos con la pérdida de la libertad, sus bienes y la vida.
En ese momento era natural o apropiado que la iglesia tratara de eliminar la disidencia religiosa por
la fuerza. El crecimiento de la herejía empezó a perturbar las reglas de la sociedad y la utilización de la
persecución era una de las características de la sociedad medieval, quizás lo que representaba más su
barbarismo y superstición.
La persecución religiosa desapareció con el Imperio romano y no reapareció hasta el S.XI. Desde
ese siglo hasta S. XIII se originó una transformación permanente de la sociedad occidental. La violencia se
hizo habitual porque se empezó a sancionar y dirigir a través de las instituciones gubernamentales, judiciales
y sociales, contra grupos de personas definidas por características generales como raza, religión, o forma de
vida y la pertenencia a tales grupos en sí misma llegó a considerarse justificadora de esos ataques. Las
víctimas de la persecución fueron herejes, leprosos, judíos, sodomitas y otros diversos grupos que se
añadieron tiempo después. En resumen, durante la época iniciada en 1100 la sociedad europea se consolidó
como una sociedad represora.
PERSECUCIÓN
La comunidad de fieles
En el cuarto concilio de Letrán en noviembre de 1215 promulgaron una definición funcional (después
del bautismo) de la comunidad cristiana y establecieron las condiciones de pertenencia para los europeos
occidentales. Esta consistía en confesar todos los pecados por lo menos una vez al año y cumplir las
penitencias impuestas, a menos que por criterio del párroco sea apartado de la comunidad y excomulgado.
Los decretos que pronunció este concilio fueron modificando la estructura institucional y espiritual de
la sociedad europea Por ejemplo, algunos cánones exigían distinguir a los judíos de los cristianos por su
vestimenta, como así también ocupar cargos públicos, entre otros. También, estas “leyes” prohibían la
doctrina cátara y explicitaban el tratamiento hacia los herejes. Este consistía en excomulgar al individuo,
entregarlo al poder secular para su castigo y confiscarle sus propiedades. Los sospechosos de herejía debían
ser excomulgados y debían demostrar su inocencia en un año. Además de este trato, los decretos castigaban
a aquellas personas que los ayudasen y beneficiaban a todo aquel que encontrara o castigara a los herejes. .
Asimismo, las sanciones establecidas para los herejes fueron aplicadas a otros grupos disímiles como los
leprosos y judíos.
Este concilio tuvo como jurisprudencia a la bula ad abolendam1 entre otros decretos o leyes que
reyes y papas promulgaron años anteriores2. La importancia de estas disposiones está, no sólo en la serie de
sanciones legales que introducían contra la herejía, en la legitimidad que otorgaban a la actuación contra ella.
Sin embargo, esta fuerte promulgación contra los herejes no significaba que en la práctica se diera tal cual, si
no que dependía de las herramientas y recursos que tenían esos grupos para controlar la disidencia religiosa.
Unos ejemplos de mayor ferocidad contra los herejes son la cruzada albigense (contra los cátaros) y la
formación de la inquisición en Toulouse
HEREJES
El legado de la Antigüedad
Ni la teoría ni la práctica de la persecución fueron invención del siglo XII. Durante los últimos siglos
de la Antigüedad, el apoyo del poder imperial proporcionó los medios de la coerción y la inteligencia a los
fundadores de la iglesia en su fundamento racional. Mediante los evangelios justificaron que aquel que “esté
en la desviación persistente de la fe desafiaba no sólo la organización intelectual sino la social”. Asimismo, la
conversión de Constantino los favoreció otorgándole privilegios a la fe católica y dando obligaciones a
aquellos que no creían en ella. Los gobernantes sucesores siguieron la misma línea política al prohibir
reuniones y al confiscar iglesias y propiedades de sectas. Estas legislaciones se consolidaron cuando el
emperador Justiniano definió el derecho romano en cual despojaron de todos los derechos civiles a los
herejes.
EL SIGLO XI
Las fuentes documentales evidencian, de forma escasa, un renacimiento en el interés por la literatura
clásica. Se origina en esta época una influencia del neoplatonismo que ciertos grupos toman para interpretar
las escrituras y son castigados duramente por ello. No hay razones para pensar que estos grupos formaban
una sola secta o una sola tradición, sino que compartían ciertas características principales. Algunos de ellos
eran campesinos o grupos no privilegiados que hacían una interpretación literal de las enseñanzas de la
iglesia. En el S. XI suceden varios episodios que son considerados como el discutidísimo renacimiento de la
herejía. La cual se caracterizó por entremezclarse con las corrientes reformistas de la iglesia.
El crecimiento de la herejía popular
Luego de la Reforma Gregoriana la herejía reapareció con mayor rigor. Esta se representó en dos
corrientes: aquellos que creían que la reforma había fracasado en mantener la fe con la pobreza apostólica y

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Dictada por Lucio III fue llamada la "carta magna" de la institución inquisitorial. Si bien ya la Iglesia antigua conoció
desde el giro constantiniano la práctica de perseguir a los herejes, incluso usando la violencia, esta decretal instaura una práctica
nueva, pues cada obispo "como juez ordinario en cuestiones de herejía, en la visita que cada dos años debía hacer en su diócesis
debía por si mismo buscar a los herejes sin aguardar una acusación en forma (procedimiento de inquisición o búsqueda en lugar del
procedimiento de acusación)".) El documento delinea además todo un procedimiento para actuar en el proceso inquisitorial y establece
las penas correspondientes al delito de herejía consideradas la diversa condición de cada persona y su pertenencia a un estamento
social determinado.
2
Para ver más dictámenes de reyes y papas ir a la pág. 18
la separación del poder secular; y los otros que rechazaban los logros de la reforma, su intromisión en toda
las áreas de la vida y su orden altamente jerárquico.
El mensaje de la traición fue sostenido por predicadores vagabundos, hombres de aspecto salvaje,
pobreza manifiesta y lenguaje feroz, que despotricaban contra la avaricia y el libertinaje de los curas y atraían
muchos seguidores.
Durante el siglo XII se originan varios movimientos anticlericales populares que las fuentes
mencionan en fragmentos. De algunos de ellos, no se conoció ni la doctrina ni la influencia que tuvieron, sin
embargo, estas predicaciones contra el clero y la tiranía de la iglesia pusieron nerviosos a los eclesiásticos.
También en este momento comenzaron a surgir grupos de laicos que se reunían en busca de consuelo
espiritual y apoyo social mediante el culto y el estudio del evangelio en privado.
A partir de 1143 se dan los primeros signos de que esta tradición autóctona de disidencia se le
estaba uniendo enviados de comunidades heréticas del mundo bizantino como los hogomilos búlgaros. Los
eclesiásticos occidentales se inclinaban siempre a atribuir la herejía a la contaminación extranjera. Sin
embargo, los cátaros en Renania habían organizado una estructura eclesiástica, con sus propios ritos y
obispos. Esta corriente se difundió rápidamente por varias regiones de Francia e Italia. Este grupo se aseguró
de un grado de tolerancia y protección por parte de los laicos influyentes que en muchos lugares les
proporcionó una inmunidad sustancial frente a la disciplina de la Iglesia. Otro ejemplo de corriente religiosa
que se propagó rápidamente es la valdense también. Ellos fueron aún más implacables frente a la autoridad y
las pretensiones del clero romano. Es probable, por tanto que el período entre el Tercer Concilio de Letrán
(1179) y el Cuarto Concilio en 1215 viera la más rápida difusión de la herejía popular de Europa occidental.
La repuesta de la Iglesia
La difusión de la doctrina herética entre los laicos fue desde todo punto de vista un nuevo problema
para los obispos de los siglos XI y XII. Las medidas contra la herejía fueron iniciadas por los poderes
seculares, por razones propias. En ausencia de presión de estos, los obispos tendían a actuar según el
principio establecido por Wazo de Lleja3 de que los informes de herejía debían investigarse, los herejes
debían ser examinados y excomulgados y sus doctrinas públicamente refutadas. A partir de los Concilios de
Montpellier en 1062 y Toulouse en 1119 exigieron que los herejes y sus defensores fueran entregados al
poder secular para su castigo, pero parece que la mayoría de los obispos compartía la opinión que de actuar
de esa manera supondría contribuir al derramamiento de sangre.
La quema de los seguidores de Eon de l´Étoile, responsable de saqueos e incendios de monasterios
en Bretaña en 1148, y la ejecución de Arnaldo de Brescia marca un punto de inflexión en la historia de la
iglesia. En los años anteriores se había tratado con indulgencia relativa incluso a los herejes manifiestos y
luego, de 1140, el tratamiento a la herejía fue severo. El cambio se relaciona con la tendencia a un

3
Teólogo y educador 985-1048
tratamiento más centralizado del problema. La responsabilidad de enfrentarse a la herejía recaía en los
obispos. Pero su principal remedio, la expulsión del hereje de la diócesis, lejos de frenar la difusión de las
doctrinas heréticas, contribuía realmente a ella.
En suma, en estos años la iglesia pasó a la ofensiva. La iglesia incitó a la comunidad a delatar a los
herejes o aquellas personas que sospecharan de herejía. El terreno para la ad abolendam y el Cuarto Concilio
de Letrán y más tarde la Inquisición, había quedado preparado.
JUDIOS
El legado de la Antigüedad
El derecho romano colocaba a los judíos en la misma situación de incapacidad que a los herejes
cristianos. Quedaban excluidos por el Codex de Justiniano del servicio imperial y la profesión legal, del
derecho a hacer testamento y recibir herencia, a testificar o presentar demandas en los tribunales públicos.
Estas prohibiciones nacieron en contrapartida de los privilegios otorgados a los judíos antes de las
sangrientas guerras del S. I.
El ascenso del cristianismo en S. IV y V llevó el problema a su punto culminante. A los judíos se les
prohibió casarse con cristianos o convertir a los esclavos que tuvieran a su propia religión. También se les
imposibilitó construir sinagogas, entre otras.
Las prohibiciones ideadas para impedir a los judíos ejercer poder doméstico y político sobre los
cristianos y hacer proselitismo a favor de su religión se contenían en unas 50 disposiciones del código
teodosiano y se repitieron en los códigos de los reinos germánicos que sucedieron. Otra cuestión es el grado
en que fueron puestas en práctica, por ejemplo Carlomagno dio protección imperial a los judíos.
La aparición del antisemitismo
Se produjo un cambio de atmósfera en 1010-1012 con una serie de ataques en Limoges, Orleans,
Rouen, Maguncia y otros lugares, después de un rumor de que el Santo Sepulcro en Jerusalén había sido
saqueado por orden del príncipe de Babilonia. En 1063 varias comunidades del sudoeste de Francia fueron
atacadas por caballeros que se dirigían a luchar contra el infiel en España. Estos episodios anunciaban las
masacres de 1096 en las ciudades del Rin y en otros lugares en la ruta de la primera cruzada. No puede
estimarse con precisión la magnitud de estos hechos atroces.
La predicación y la preparación de las cruzadas, el fervor religioso y la inquietud social asociados a
ellas, siguieron representando un peligro para los judíos. Desde el comienzo, por tanto, los cruzados
estimularon la hostilidad hacia los judíos y proporcionaron las más horrendas ocasiones para su expresión.
Pero no la causaron, y ese estímulo se emplea demasiado como explicación acomodaticia de
acontecimientos cuyas causas reales se desconocen.
Es imposible hacer un balance fiel de la situación general de los judíos europeos en el siglo XII. En
muchos aspectos participaron de la prosperidad general y de la expansión del período. Las comunidades
judías se extendieron a muchas regiones de Europa donde no habían existido anteriormente. Sus miembros
ocupaban con frecuencia posiciones de influencia y muchos acumularon grandes riquezas, no solo mediante
préstamos locales sino como parte de una estructura bancaria y comercial que se extendía por Europa y
Oriente Medio. Igualmente, el pensamiento y la cultura judíos experimentaron un renacimiento en el S. XII. A
pesar de este bienestar económico y cultural, los judíos sufrían una vulnerabilidad creciente en la vida
cotidiana causada por los ataques y abusos casuales de los feligreses católicos.
Los judíos como enemigos de Cristo
La identificación de los judíos como enemigos particulares de Cristo, y por tanto de los cristianos, ha
sido el rasgo central y el más cruel del antisemitismo europeo. Además la idea de una asociación especial
entre el demonio y los judíos tenía una base en las escrituras. Los padres de la iglesia no inventaron la
creencia de que los judíos practicaran la brujería pero le dieron amplia difusión. En esta época era ya habitual
en la literatura monástica el vínculo entre asociaciones diabólicas, libertinismo sexual y asesinato de niños.
Estas acusaciones eran impartidas también por los enemigos de los primeros cristianos y ellos los utilizaron
luego contra los herejes. Estas asociaciones sentarían las bases para la persecución de brujas durante la
Baja Edad Media occidental.
También en siglo XI resurgió la presunción de que existía una conspiración internacional de judíos
para arruinar y dominar la humanidad. Otra de las creencias era que los judíos servían al demonio profanando
la hostia, además los asociaban a la suciedad y la defecación. Asimismo, estaba extendida, a mediados del S.
XIII, la creencia de que los judíos asesinaban a niños cristianos para sus propósitos rituales, a pesar de
repetidas desautorizaciones del papa, en especial en 1242 y 1253 y de la conclusión de una comisión creada
por Federico II para investigar la cuestión, de que no había nada de eso.
Los judíos, siervos reales
“El judío no puede poseer nada, porque cuanto adquiere lo adquiere no para sí, sino para el rey;
pues los judíos viven para sí mismos, sino para otros y adquieren no para sí mismos, sino para otros” Esta
cita explicita que los judíos eran considerados servidumbre de la corona.
Como tantas veces en la historia judía, el tratamiento especial, dado en ciertos momentos, era en sí
mismo peligroso, y lo que empezó como privilegio más tarde se convirtió en medio de opresión. La protección
a los judíos y la jurisdicción sobre ellos se convirtieron en uno de los derechos que los condes usurparon a la
corona en el S.X y sus feudatarios a los condes en el S.XI.
En España, Inglaterra y el Imperio la fijación de la posición de los judíos como siervos reales
representó en efecto una reafirmación de la prerrogativa real a través de la reclamación de poderes alienados,
apoyada en los dos primeros casos por la situación creada por la conquista. En el reino de Francia la
desintegración del poder central, que continuó a lo largo del S. XI, incluyó el poder sobre los judíos
De la explotación a la expulsión
La situación de los judíos franceses se agravó cuando asumió al trono Felipe Augusto en 1179 ya
que tenía cierta antipatía personal hacia ellos. Después de tres meses de su coronación, arrestaron a los
judíos durante sus ritos, registraron sus casas y tomaron sus bienes como fianza. Luego de dos años, los
expulsó del dominio real y justificaron esta medida excusando la usura de los judíos y las acusaciones de
asesinato de cristianos (desechadas tan sólo unos pocos años antes por el tribunal real) y de profanación de
ornamentos y vasos sagrados. En 1215 Felipe los readmite en el dominio real y los condena a una
servidumbre perpetua en base a la bula emitida en 1205, por Inocencio III, en la cual se los castiga a esa
condición por la crucifixión de Cristo.
La mayoría de los expulsados en 1182 buscaron refugio en las tierras del conde de Champagne.
Cuando, Felipe, readmitió a los judíos, hizo un acuerdo con el conde. Este consistió en la prohibición a los
judíos de hacer préstamos o embargar bienes sin el permiso de él o del conde. Este control significó una
nueva explotación y mucho más sistemática de los judíos como fuente de ingresos de los reyes franceses y
sus barones. Fue mantenida durante el S.XIII con creciente ferocidad. Cuando los beneficios directos de sus
actividades eran insuficientes para las necesidades del momento podía gravárseles en razón de protección o
por devolverles sus bienes después de confiscarlos, o podían ser expulsados del reino y obligados a pagar
por volver en términos todavía más duros, proceso que continuó hasta la expulsión final en 1394.
En Inglaterra, bajo Enrique II y Ricardo I se gravó moderadamente a los judíos y se conformó una
institución que controlaba los cobros de deudas que realizaban los judíos. A partir de 1204 con la pérdida de
Normandía, los impuestos y las disposiciones arbitrarías crecieron abruptamente. Sin embargo, su situación
se deterioró en lo relativo a la exacción financiera y la legislación discriminatoria durante el reinado de Enrique
III, pero la expulsión de judíos de Gazcuña en 1288-1289 y de Inglaterra en 1291 fue por la presión financiera
que Eduardo I decidió poner en práctica mediante el expediente de la expoliación.
En general, el aparato para la persecución de judíos en Europa se consolidó en el XIII y la imagen
del judío quedó fijada. Solo en ese momento aparecieron los retratos que representaban a los judíos como
físicamente diferenciados: al igual que la insignia infamante ya que se creía en la necesidad de diferenciarlos
para que no mantengan relaciones con los cristianos.
LEPROSOS
Lepra
La lepra es una enfermedad sobre la que todavía hay incertidumbres médicas. Esto deriva en la
dificultad de conocer qué circunstancias médicas se describen cuando la lepra aparece en las fuentes
históricas de diferentes períodos y culturas.
La lepra es causada por una bacilo llamado microbacterium leprae. Este se manifiesta clínicamente
de diversas formas, es por lo tanto difícil de diagnosticar correctamente y fácil de confundir con otras
enfermedades. Esta dificultades son cruciales para la valoración del problema que la lepra planteaba en la
Europa del S XII. La lepra lepromatosa, (la más virulenta) se caracteriza por la pérdida de la sensibilidad en
las terminaciones nerviosas porque han sido invadidas y destruidas por la bacteria. Destruye también vasos
sanguíneos, ligamentos y tejidos de piel con efectos terribles y produce asimismo una erosión de los huesos
de la cabeza, piernas, manos y pies que puede ser observada por los arqueólogos. Con esta forma existe la
posibilidad de comparar las fuentes literarias de la extensión de la lepra con datos objetivados científicamente
sobre su forma más dañina y aterradora.
Al presentar las respuestas de la sociedad de los siglos XI y XII a la difusión de la lepra
universalmente considerada ascendente en la época, nos ocupamos de quienes eran denominados leprosos
y tratado como tales, confirmara o no el diagnóstico de un especialista moderno.
El legado de la antigüedad
La lepra del Levítico no era la enfermedad a la cual hoy denominamos lepra, que parece tener su
origen en China y luego se extendió a Oriente Medio y Europa. Puede decirse con cierta confianza que la
enfermedad era casi desconocida en el mundo antiguo. No era a quienes la padecían a quienes se refería el
emperador Constantino cuando ordenó la expulsión de los leprosos de la ciudad de Constantinopla. Parece
tener más relación con una medida para desembarazar a la ciudad de indigentes y vagabundos que se
acumulaban en ella. Luego de esta acción, Constantino se arrepintió y fundó un hospital para leprosos. Esto
se transformó en una tendencia que duró los dos siglos siguientes. El impulso caritativo prevaleció en el
Concilio de Orleans en 549, el cual obligaba a los obispos atender a los leprosos.
Se prescribe esta emfermedad, por primera vez, en el Código de Rothari, rey de los lombardos en
635: “…el leproso es expulsado de la civitas o de la casa para que viva solo, no tendrá derecho a enajenar su
propiedad o darla a alguien, porque el día en que se le expulsa de su casa es como si hubiera muerto…”4
A partir de esta legislación se da un silencio en las fuentes hasta el siglo XI. En realidad, el
recrudecimiento de lepra que se hizo visible entonces se atribuye con frecuencia al mayor contacto con el
Oriente Medio derivado de las cruzadas.
El ataque a la lepra en la Edad Media
Durante el S XI comenzó la fundación de hospitales y casas para leprosos en amplia escala en
Europa. Lo que significó un esfuerzo de organización y gasto, y a la vez, un cambio en el tratamiento a los
leprosos. Estas fundaciones, en el último cuarto del S. XII, se pueden explicar a partir del Tercer Concilio de
Letrán en 1179. En este se reiteró que se debía segregarse a los leprosos, y se les prohibió acudir a la iglesia
o compartir iglesias y cementerios con las personas sanas. También estableció que a quienes vivieran en
comunidades se les debía proporcionar capillas, sacerdotes y cementerios, aunque no en forma que
perjudicara los derechos parroquiales de las iglesias existentes.

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Hacia la segregación
La fundación de refugios y hospitales para leprosos en esta escala fue un gran esfuerzo caritativo.
Estas fundaciones tuvieron lugar en un contexto de creciente hostilidad hacia los leprosos y en medio de una
creciente convicción de que debían estar segregados de la comunidad. La creación de un hospital no suponía
necesariamente que la segregación apareciera por primera vez. Por otra parte, una de las principales fuentes
de beneficencia eran los mismos leprosos, que conseguían la admisión (o la promesa de admisión) a los
hospitales. Esto sólo supone que la vida en un hospital de leprosos era mejor que otra alternativa.
A causa de que hay pocas fuentes documentales que hablen sobre los leprosos se puede sugerir
que la segregación era aplicada pero puede es escasamente demostrada. Además que no se posibilita una
buena descripción de la situación de los leprosos
La insistencia en mantener alejados de la ciudad a los leprosos se basaba en el miedo creciente al
contagio de la enfermedad y la rapidez con la que podía extenderse, desde comienzos del siglo XII.
En resumen, en medio siglo cambió la actitud compasiva hacia los leprosos hacia una actitud
rigurosa y un grado mayor de coerción en su confinamiento
El muerto en vida
El reforzamiento de la ley de segregación estipulado en el Tercer Concilio de Letrán se expresaba
con máxima crueldad en el ritual de separación de la comunidad, modelado sobre el rito para los muertos, que
el concilio ordenaba y para el que proporcionó numerosos modelos y un conjunto de prohibiciones. Estas
consistían, en rasgos generales, la imposibilidad de los enfermos de compartir espacios de sociabilidad con
los sanos, de tocarlos, de hablarles, de transitar los mismos caminos, de no poder administrar sus
propiedades, entre otras. Durante el S.XIII, estas prohibiciones, se trasladaron a numerosas ordenanzas
locales y municipales para el control y aislamiento de los enfermos.
La dimensión más temible de la muerte mundana del leproso, sin embargo, era la pérdida que
ocasionaba de la protección y la propiedad. Sin embargo, esto se regulaba de diversas formas según la
región.
A partir del XIV se dio un retroceso de la lepra que originó la asignación de los leprosarios a los
pobres. Este proceso culmina en el S. XVI y comienzos del XVII y derivó en la inversión del curso de las
donaciones trazado en los S.XII y XIII. Pero la imagen del leproso como el representante del último grado de
la degradación humana quedó fijada en lo legal y social y quedó arraigada al terror de sufrir la enfermedad, su
control y tratamiento hasta la actualidad
EL ENEMIGO COMÚN
Para los cristianos la muerte en vida de la lepra era objeto tanto de admiración o de terror. Al leproso
se le había concedido la gracia especial de recibir el pago a sus pecados en esta vida, y podía esperar por
tanto una más pronta redención en la próxima. Fue esta ambivalencia sobre su condición, así como
apariencia desagradable, que otorgaba un mérito especial a la práctica de lavar las heridas y besar las
lesiones de los leprosos, lo que durante este período haría de ello un ejercicio religioso general.
La idea de la lepra como castigo del pecado no es en absoluto exclusivamente cristiana (hindues,
musulmanes, egipcios). La lepra se ofrecía como espectáculo de castigo, del mal comportamiento en general
o de pecados específicos considerados atroces. También, se asociaba a una conducta sexual desordenada.
Asimismo, se identificaba la lepra con la enemistad hacia la iglesia.
La analogía entre lepra y herejía es utilizada con gran regularidad por los escritores del XII. La
herejía se extiende como la lepra infectando los miembros de Cristo a medida que avanza. Se consideraba
que las dos se difundían por el aliento envenenado de su portador, que infectaba el aire y podía atacar así las
vidas de quienes lo respiraban, pero era transmitida y con más eficacia a través del semen. Frente a una
infección tan maligna solo el fuego era efectivo (a los herejes los quemaban como así sus pertenencias y
también a los leprosos cuando morían). Se creía también que compartían ciertas características en su forma
de vestirse y hablar.
En lo tocante a la lascivia, se creía que la lepra se transmitía y se heredaba sexualmente,
incrementaba el apetito sexual y provocaba la hinchazón de los genitales. De aquí la separación de sexos en
las leproserías y el fuerte énfasis en la legislación municipal del siglo XIII en excluir a los leprosos de los
burdeles.
Los judíos eran asimilados a los herejes y a los leprosos al asociarlos con la suciedad, el hedor y la
putrefacción, con una excepcional voracidad y capacidad sexuales y por la amenaza que representaban en
consecuencia para las mujeres y niños de los cristianos “honestos”.
Con propósitos imaginativos, herejes, judíos y leprosos eran intercambiables. Tenían las mismas
cualidades, procedían de la misma fuente y representaban la misma amenaza: a través de ellos el diablo
trabajaba para subvertir el orden cristiano y llevar el mundo al caos