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PROGRAMA DE DOCTORADO:

“CIUDADES Y CULTURAS EN EL
MEDITERRÁNEO ANTIGUO Y MEDIEVAL”

CURSO:

“CIUDAD BIZANTINA Y CULTURA : TRADICIÓN LITERARIA ”

ALUMNO:

DAVIDIGLESIASÁLVAREZ
LA ATENAS BIZANTINA

Atenas compendia la mayor y mejor parte de la cultura clásica griega. Tanto es así que a veces
tenemos la impresión de que Atenas existió exclusivamente por y para una cultura y un período
histórico determinados, no importando apenas su historia anterior o posterior. A lo más que se llega
en la mayoría de los casos es a saber que Atenas fue la patria intelectual del mundo romano, que
Justiniano remató la agonía de la cultura clásica pagana al ordenar el cierre de la Academia
ateniense allá por el 529 d.C., y que una emperatriz bizantina del siglo VIII, Irene, era oriunda de
esa ciudad. Leyendo la mayoría de los manuales parece que durante la mayor parte de la Edad
Media, Atenas dejó de existir sobre la faz de la Tierra, reapareciendo sólo en la primera mitad del
siglo XIX como capital de la moderna Grecia independiente. El objeto de este muy modesto trabajo
es ofrecer un cuadro muy resumido de la Atenas medieval, de la Atenas bizantina.

A pesar de los asaltos del siglo III y del expolio al que la sometió, como hizo con otras ciudades, el
hipócrita y despótico emperador Constantino con el objeto de embellecer Constantinopla, Atenas
gozó de un cierto renacimiento a mediados del siglo IV, cuando de nuevo era un importante centro
cultural. Así lo comprobó el futuro emperador Juliano (361-363) durante su estancia en la ciudad, la
cual aprovechó para estrechar sus vínculos con los filósofos neoplatónicos y para reafirmarse en sus
creencias paganas, con que trataría de remozar el Imperio durante su breve reinado. Sin embargo,
tanto antes como después de Juliano el cristianismo siguió extendiéndose, amparado en la
protección y estímulo de las autoridades imperiales, que muchas veces recurrieron a medidas
expeditivas para acabar con el paganismo. Por ejemplo, reinando Constancio II (337-361) un
decreto en el año 354 ordenó el cierre de todos los templos paganos. Como consecuencia algunos de
ellos terminaron convertidos en burdeles y otros en establos. La reiteración de este tipo de decretos
y en general las diversas medidas represivas (especialmente notable fue la persecución de Valente
en 370, que incluyó ejecuciones públicas de destacados intelectuales paganos y la quema de libros)
ponen de manifiesto, sin embargo, que el arraigo del paganismo era demasiado fuerte como para
liquidarlo de la noche a la mañana. Pero la proclamación del Cristianismo como religión oficial del
Imperio en 380 por Teodosio (379-395) y la prohibición de practicar cultos paganos aun en la esfera
privada supusieron el golpe definitivo al politeísmo. En 397, el emperador de Oriente, Arcadio
(395-418), decretó que el paganismo fuera considerado como alta traición y se destruyesen sus
templos. Atenas, por supuesto, fue una de las grandes víctimas de esta locura religiosa, y en el año
429 el Partenón fue saqueado y los paganos atenienses perseguidos. A lo largo del siglo V fueron
destruidos numerosos monumentos, altares y templos en todas las ciudades griegas.

Entre las grandes pérdidas causadas por la política anti-pagana podemos contar algunas de las obras
maestras de Fidias, como las gigantescas estatuas de Atenea Partenos y de Atenea Prómaco. La
primera -una escultura en madera recubierta de oro y marfil de casi 12 metros de altura- presidía la
cella o capilla del Partenón y parece ser que fue trasladada a Constantinopla por orden de Teodosio
II (408-450), donde debió de embellecer algún palacio hasta que desapareció de la historia siglos
más tarde (probablemente sus restos fueron destruidos durante la toma de Constantinopla en 1204).
El mismo destino sufrió la gran estatua de bronce de Atenea Prómaco, situada entre los Propileos y
el Erecteion, y mandada trasladar a la capital del Imperio por orden de Justiniano I (527-565).
Aunque nada de estas obras haya llegado a nuestros días, sabemos cómo eran gracias a las imágenes
reproducidas en monedas, a copias de pequeña escala que eran adquiridas por los peregrinos que
visitaban los templos y a las detalladas descripciones que Pausanias hizo en su magna Descripción
de Grecia por el siglo II d.C.

La intolerancia religiosa de los emperadores cristianos culminó en el 529 d.C., cuando Justiniano
ordenó el cierre de la Academia de filosofía de Atenas y la confiscación de sus bienes. Durante su
reinado se construyeron muchas iglesias y monasterios sobre las ruinas de templos paganos
arrasados.

Pero no sólo el humanitarismo cristiano azotó Atenas en los siglos V y VI. En 396-97, los visigodos
de Alarico irrumpieron en Grecia y la devastaron: Atenas, Tebas, Corinto y el Peloponeso fueron
escenario de sus rapiñas y matanzas, hasta que las autoridades de Constantinopla lograron
empujarlos hacia Occidente, donde saquearon Roma en el 410. Más tarde Justiniano, quien tuvo
como uno de sus designios principales dotar a su Imperio de unas sólidas defensas frente a la
amenaza bárbara, reparó las murallas atenienses y las reforzó. La eficacia de esta medida
preservativa se patentizó desde que los eslavos empezaron a cometer estragos en los Balcanes y en
Grecia. Atenas padeció de nuevo la violencia bárbara en 580, cuando los eslavos arrasaron la
ciudad. Fue entonces que se hizo evidente el valor de las fortificaciones de la Acrópolis, sirviendo
ésta de refugio a la menguada población ateniense, ya seriamente afectada por las epidemias que se
cebaron sobre el Imperio desde la gran peste de 541.

El océano de males que se abatieron uno tras otro sobre la insigne ciudad no impidió que
continuaran levantándose en ella nuevos edificios, en ocasiones aprovechando los derribados. Así,
los restos de la biblioteca de Adriano terminaron formando parte de la muralla romana, reparada en
412, y en el centro de su peristilo fue construida una iglesia cristiana que se mantuvo en pie hasta el
siglo VII, momento en que fue sustituida por una basílica, sobre cuyos restos a su vez se construyó
en el siglo XI la iglesia de Megala Panagia, que fue destruida por un incendio en 1885. Otro
ejemplo es el del Odeón de Agripa, en el Ágora. Este edificio, construido en 15 a.C., fue arrasado
durante el ataque hérulo de 267 y sobre sus restos se alzó en el año 400 el Gimnasio. Los siglos
contemplaron cómo algunos de los grandes monumentos paganos de Atenas se convertían en
iglesias cristianas: tal ocurrió con el templo de Hefesto ( iglesia de San Jorge desde el siglo V hasta
1834), con el Erecteion (iglesia desde el siglo VII), con la Torre de los Vientos (en el Ágora
romana, transformada en baptisterio de una iglesia adyacente) y con el Partenón (consagrado a la
Virgen María en 450 d.C.)… Salváronse de este modo estas obras para la posteridad. No corrió la
misma suerte el Olimpeion ó templo de Zeus Olímpico terminado en tiempos de Adriano, que
durante la Edad Media sirvió de cantera para nuevas construcciones.

Es poco lo que sabemos sobre Atenas durante los siglos VIII y IX, pero no es difícil imaginar lo
ocurrido. El Imperio romano de Oriente se sumió en una profunda crisis desde la segunda mitad del
siglo VI, teniendo que hacer frente a epidemias, invasiones de eslavos, ávaros, búlgaros, persas y
árabes… Guerras sin fin, grandes territorios perdidos y población diezmada. Fue gravísimo el
declive demográfico, cultural y económico, y ciudad y vida urbana estuvieron a pique de
desaparecer. La mayor parte de Atenas quedó desierta y abandonada, y la población superviviente
se refugió tras las viejas murallas romanas. Fuera de este reducido espacio sólo hubo alguna
actividad constructiva en la zona del Ágora, en razón estricta de cubrir necesidades locales básicas:
fábricas de tejas, ladrillos y cerámica, almazaras y alguna que otra iglesia. Integrada en el thema de
Hellas, cuya capital era Tebas, Atenas era en esta época más una plaza fuerte que una ciudad,
aunque todavía hospedaba una pequeña aristocracia local capaz de financiar algunas obras a
pequeña escala. De esta reducida élite saldría una de las más famosas emperatrices de Bizancio:
Irene (752-803), esposa de León IV (775-780) y destacada iconódula. Según se colige de algunos
testimonios fragmentarios, parece que Atenas fue cabeza del nombrado thema en la primera mitad
del siglo IX.

Una relativa recuperación se inició en el siglo IX y alcanzó su plenitud en los siglos XI y XII. La
creciente seguridad, fortaleza y prosperidad del Imperio bizantino bajo la dinastía macedónica
conllevó un vigoroso florecimiento de la vida urbana. En Atenas esta más consoladora situación se
reflejó en el aumento de su dignidad eclesiástica, pues pasó de obispado a arzobispado a mediados
del siglo IX y a sede metropolitana a finales del siglo X. En esta época, la iglesia de la Madre de
Dios -el Partenón- se había convertido en un destino de peregrinación desde todas las partes del
Imperio, y el propio Basilio II (976-1025) le ofrendó su victoria sobre los búlgaros en 1018. Ahora
era testigo la antigua capital del Ática una intensa actividad constructiva que aprovechó buena parte
de las ruinas antiguas que andaban esparcidas por toda la ciudad. Los estrechos límites de la muralla
romana pronto se ensancharon y la reurbanización no tardó en alcanzar el Ágora, donde se han
encontrado restos datados en los siglos IX-X. Atenas, sin duda, volvió a ser una ciudad de cierta
relevancia, como atestigua la magnificencia y solemnidad que se quiso imprimir a los nuevos
edificios religiosos, en los que se emplearon los mejores materiales de los que se habían podido
rescatar. De la elegancia pseudo-clasicista de mosaicos y relieves en las iglesias y monasterios se
infieren los estrechos vínculos que una aristocracia local rica y poderosa mantenía con
Constantinopla. Ejemplos de esto los tenemos en las iglesias que han llegado a nuestros días, como
la Panaghia Kapnikarea (levantada en el siglo XI sobre los restos de un templo dedicado a Atenea o
a Demeter), Aghioi Apostoloi (siglo XI, en el Ágora), Aghioi Theodoroi (siglo XI), Aghios
Eleutherios (siglo XII), Panagia Sotira (del siglo XII, cerca de la Torre de los Vientos), Panaghia
Gorgoepikoos (también llamada Pequeña Metrópolis, levantada sobre otro viejo templo pagano),
Aghios Nicodemos (la mayor y más antigua, edificada sobre unos baños romanos) o el monasterio
de Daphne (del siglo XI, construido sobre los restos de un templo dedicado a Apolo).

Disponemos de algunas informaciones que nos indican hasta dónde se extendía Atenas en los siglos
XI y XII, cómo eran las casas que habitaban los atenienses, y a qué se dedicaban éstos. Las viejas
murallas de Temístocles seguían marcando los límites de la ciudad, pero ya no tenían una función
defensiva, como sí tenía la muralla romana. Según parece, los distritos más densamente urbanizados
estaban ubicados en el Ágora, en las pendientes de la colina del Areópago, en el lado sur de la
Acrópolis y en el área norte del Olimpeion. Estas zonas eran la residencia de las clases medias y
bajas, que habitaban casas sencillas construidas con materiales baratos y accesibles, levantadas con
frecuencia sobre los restos de edificios más antiguos. Las viviendas constaban de unas pocas
habitaciones dispuestas alrededor de un patio interior, plano tradicional de la casa mediterránea
antigua, y disponían de almacenes para guardar los productos agrícolas de los que dependía la
economía ateniense. En esta época Atenas creció de manera anárquica y espontánea, aunque se
respetó algún tanto el trazado de las principales arterias de la ciudad. Es de suponer que, dada la
afluencia de peregrinos y la relativa importancia económica, administrativa y religiosa que tenía la
ciudad, ésta dispondría de albergues, tabernas y lonjas. De existir algún establecimiento de baños, lo
más probable es que se hallase dentro del área delimitada por la vieja muralla romana, donde
residían las clases superiores.

Un documento fragmentario de los siglos XI-XII, el Praktikon, nos ha transmitido algunos datos
interesantes sobre la Atenas medieval. Esta fuente, que informa sobre las tierras y propiedades de
una institución eclesiática, nos dice que había tierras de cultivo dentro de la propia ciudad, «entre
casas e iglesias», muchas cerca de la «muralla imperial» (la muralla de Temístocles). También
existían campos cerca de la puerta Dipylon, y en toda la zona comprendida entre las murallas y el
Ágora había árboles, prados, iglesias y antiguos edificios. Este mismo documento nos ofrece alguna
luz sobre las actividades de los atenienses. La agricultura era sin duda la ocupación principal, pero
existía un cierto grado de diversificación industrial y comercial. Vervigracia, es casi seguro que
entre la Acrópolis y la Colina de las Musas funcionaban factorías de púrpura, que había talleres de
alfarería en la zona del mercado romano y del Areópago, o jabonerías, curtidurías y tenerías cerca
del Olimpeion. En cuanto al comercio, buena parte de estos productos mencionados se vendían en
mercados locales y regionales, pero también se traficaba con otras naciones. En el Ágora se han
descubierto monedas árabes del siglo X, y los restos de una pequeña mezquita atestiguan la
presencia de una colonia de mercaderes musulmanes. Más tarde, en el siglo XII, Atenas llegó a ser
uno de los puertos en que los venecianos tuvieron privilegios comerciales. Durante este período de
recobrada prosperidad, la población de Atenas, empero, no sumaba los 200.000 habitantes que llegó
a tener en su apogeo en el siglo V a.C., ni siquiera los 50.000 que tenía en tiempos de Justiniano.
Excepto Constantinopla, Tesalónica y alguna otra gran urbe, las relativamente abundantes ciudades
del Imperio en los siglos XI-XII eran pequeñas o medianas. Según algunos estudios, es muy
probable que la cercana y rica Corinto estuviera habitada por 15.000 ó 20.000 personas. No es
demasiado aventurado suponer que la población de Atenas fuese similar a la de Corinto.

Aunque a mediados del siglo XII Atenas se mostraba como una ciudad floreciente, parece que en
las postrimerías del siglo cayó en un período de rápida decadencia cuyas razones no están todavía
del todo dilucidadas. En el 1204 parte de la ciudad fue destruida por León de Nauplia y ese mismo
año fue convertida en feudo franco dentro del Imperio Latino de Constantinopla, uno de los estados
surgidos del reparto de botín que los caudillos de la IV Cruzada hicieron tras la toma de la capital
bizantina. Los franceses mantuvieron su señorío hasta 1311, año en que el ducado de Atenas pasó a
manos de los almogávares catalanes y de la corona de Aragón (1311-1387), para finalmente
convertirse en un dominio independiente bajo el gobierno del señor de Corinto, el florentino Nerio I
(1387-1395), de la familia Acciajuoli. El último acto de la historia medieval de Atenas se escribió
en 1456, cuando el último duque florentino entregó la ciudad a los turcos, que no tardaron en
convertir el Partenón en una mezquita. Comenzó entonces una nueva y anómala historia para la que
antaño fue ciudad de Pericles.

La decadencia de finales del siglo XII obligó otra vez a los atenienses a refugiarse en el espacio
protegido por la muralla romana, concentrándose la población mayormente bajo las laderas norte y
nordeste de la Acrópolis. Por esta razón, los viajeros que llegaban a la ciudad desde el Pireo no
veían apenas casas y pensaban que Atenas era poco más que una aldea. El Ágora no era en esta
época más que un prado en que las ovejas pacían apaciblemente entre los vestigios de glorias
pasadas, y lo mismo puede decirse del resto del espacio comprendido entre las ruinosas murallas
exteriores y la muralla romana. Sólo es posible dar una cifra aproximada de los habitantes que podía
tener Atenas en los siglos XIII-XV. En 1395 el italiano Niccolò da Martoni visitó la ciudad y nos
dejó un vívido relato de lo que allí vio. Además de visitar el Partenón y ver las reliquias que
atesoraba (entre otras, unos huesos del cráneo de san Mauricio, varios trozos de los brazos de san
Cipriano y san Justino y el codo de san Macabeo), Niccolò narró sus impresiones sobre las antiguas
ruinas que se encontraba a cada paso y estimó en unas 1.000 las casas que había en Atenas, lo que
permite calcular una población de más o menos 5.000 personas, si bien hay algunos autores que
consideran que la población a mediados del siglo XIV debía de ser superior. Por lo que respecta a
las construcciones realizadas en la ciudad en este período, durante el dominio franco se reforzaron
las defensas de la Acrópolis y se levantaron algunos edificios menores. Cuando el gobierno de los
florentinos, los Propileos fueron convertidos en palacio ducal, el Partenón embellecido y
restauradas algunas iglesias. El conjunto de la Acrópolis se mantuvo sin grandes cambios, tal y
como había permanecido al través de muchos siglos. En 1674 el embajador francés, el marqués de
Nointel, visitó Atenas acompañado por Jacques Carrey, quien hizo dibujos del Partenón. Gracias a
ellos sabemos que en esa época aún seguía intacto, y así se habría mantenido hasta nuestros días de
no haber sido por el desastre acaecido el 26 de septiembre de 1687, cuando el veneciano Francesco
Morosini -que había puesto sitio a la Acrópolis- ordenó su bombardeo, a pesar de saber que los
turcos almacenaban pólvora allí. El resultado fue la destrucción de buena parte del maravilloso
Partenón.

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