Está en la página 1de 4

ESTUDIOS GENERALES

2019- I
DESARROLLO PERSONAL 1: DEPORTES

Lectura:
Eric Moussambani: el nadador que no sabía nadar

Burgo, A. (2018). Escribió en su artículo:


En los Juegos Olímpicos de Sídney, Eric Moussambani se metió por primera vez en
una piscina olímpica y pasó a la historia por completar los 100 metros en un minuto y
52 segundos.
Si alguna vez la vida de Eric Moussambani se convierte en un guión
cinematográfico, la película podría comenzar con el actor principal nadando en
alguno de los ríos o playas de Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial que se
despereza en la isla de Bioko, al este de África. Un epígrafe en la pantalla debería
situarnos: julio de 2000, tres meses antes de los Juegos Olímpicos de Sídney. Si la
escenografía fuese en un río, los detalles que no deberían faltar son señoras
lavando la ropa de su familia y cierta precaución de nuestro protagonista en otear los
alrededores para certificar que no hubiera cocodrilos. Si el director prefiriera
comenzar a rodar en las costas del océano Atlántico, Moussambani debería entablar
algún tipo de diálogo con los pescadores, por ejemplo, en un reto recibido: “Ey, te
dijimos que no nadaras por aquí que estamos pescando”.
O tal vez la película debería comenzar en el único hotel de Malabo que entonces
contaba con una pileta, un lujo del primer o segundo mundo, pero no del África
habitual. En este caso el rodaje debería programarse por la madrugada: Eric tenía
permiso de los dueños del hotel para entrenarse de 5 a 6, tres veces a la semana, y
nadar en una pileta de 12 metros de extensión, la cuarta parte de la medida que,
como comprobaría tres meses más tarde, tienen las piscinas olímpicas.
En los tres casos, en el río, en el mar o en la pileta, Eric Moussambani se entrena –
no desde toda la vida, sino desde hace pocos meses- como un delfín solitario rumbo
al fracaso más exitoso de la historia de los Juegos Olímpicos –y, posiblemente, del
deporte-. Será el nadador de Guinea Ecuatorial que, en septiembre de 2000, se
zambullirá para bracear los 100 metros libres con el peor tiempo de la historia
olímpica. Pero Moussambani ganaría en la derrota: fue calificado de “héroe” por la
prensa internacional y no sería extraño que Disney –u otra productora de películas-
compre los derechos de su vida como ya hizo con “Jamaica bajo cero” (“Cool
ESTUDIOS GENERALES
2019- I
DESARROLLO PERSONAL 1: DEPORTES

Runnings”), aquellos jamaiquinos que participaron en bobsleigh, en los Juegos


Olímpicos de Invierno Calgary 1988, sin haber visto la nieve previamente.
Dieciocho años después de que se hiciera conocido por su victoriosa derrota,
Moussambani vive en Malabo. Su estado de WhatsApp remarca una frase: “Todo es
difícil antes de ser fácil”. El castellano es su lengua materna: Guinea Ecuatorial, que
fue colonia de España hasta 1968, es el único país de África reconocido
internacionalmente cuyo idioma oficial es el español (el otro es la autoproclamada
República Árabe Saharaui, en la práctica ocupado por Marruecos). Cada tanto recibe
el llamado de algún periodista extranjero. Dice que, en la actualidad, trabaja en una
empresa privada y es el entrenador de natación del seleccionado de su país.
“Tenía 22 años –reconstruye-. Poco antes de los Juegos, 6 o 5 meses, me enteré de
que iba a competir. No tenía entrenador, ni siquiera tenía una piscina; entrenaba
solo. En mi país hay ríos y mar, así que estamos en relación con el agua desde
chicos. Si es un sitio hondo, y si no sabes nadar, lo que hacía la gente aquí era
empujarte y ver cómo te movías para no hundirte. Y los que estaban al lado
impedían que te ahogues”.
Los Juegos Olímpicos de Sídney le abrieron la puerta a Moussambani como parte de
un plan de expansión mundial: garantizarles la participación a todos los países,
también a los que estaban descolgados del mapa, lo que derivó en la invitación a
participantes que estaban lejísimo de alcanzar los tiempos mínimos requeridos en
las eliminatorias. Era una reivindicación, pero también el riesgo de entrometerse en
un lugar ajeno, como si a la selección argentina de fútbol americano la invitasen a
jugar el Super Bowl.
“No sabía lo que era Sidney ni Australia –continúa su relato-. Nunca había estado en
un avión. El vuelo duró tres días. Ocho días antes de la competición, por primera vez
en mi vida vi una piscina olímpica. Me dijeron ‘vas a competir ahí’. Era muy larga y
supe que me sería muy difícil. Mis turnos de entrenamientos coincidían con los
nadadores de Sudáfrica y Estados Unidos. Yo no tenía entrenador, así que trataba
de copiar los movimientos de los otros atletas. También les preguntaba cómo
hacían. Algunos me ayudaban y otros me ignoraban. El entrenador sudafricano me
vio nadar y me dijo ‘Oye, ¿tú eres un nadador de qué país?’. Le dije ‘De Guinea
Ecuatorial’, me siguió mirando y me respondió: ‘Nadas raro’. Le dije que estaba para
hacer mi papel y nada más, pero me ayudó a mover las piernas y las manos. No
tenía técnica de natación ni sabía coordinar la respiración”.
Moussambani la pasó mal en la noche previa a su participación. Mientras los
argentinos esperaban el debut de José Meolans, el ecuatoguineano hablaba con la
única persona que conocía en la Villa Olímpica: él mismo. “Estaba muy asustadito,
muy callado, sorprendido por todo –se mira en el espejo retrovisor-. Me preguntaba
cómo haría para completar los 100 metros. Tenía miedo de lo que iba a pasar, de
que la gente se riera de mí”. Pero en esa vigilia, que también era un aprendizaje,
encontró parte de la solución que lo salvaría al día siguiente: “En la villa olímpica se
podían alquilar películas y videos. En una vitrina vi un casete que decía ‘Historias
Olímpicas’ y lo alquilé. Empecé a ver videos de antiguos Juegos Olímpicos y qué
ESTUDIOS GENERALES
2019- I
DESARROLLO PERSONAL 1: DEPORTES

hacían los nadadores antes de echarse a la piscina. Yo no tenía ninguna experiencia


en la técnica. Toda esta historia parece una película, pero fue así. Y entonces supe
que, antes de echarme a la piscina, el juez debía dar una orden”.
El 19 de septiembre de 2000, Moussambani debía compartir la pileta junto a otros
dos deportistas invitados por el Comité Olímpico: Karim Bare, de Níger, y Farkhod
Oripov, de Tayikistán. Los tres formaban parte de la última etapa clasificatoria, acaso
para no exponerlos ante el resto de los nadadores en forma. Por el Sydney
International Aquatic Center ya habían desfilado las vacas sagradas de la natación:
el holandés Pieter van den Hoogenband, el ruso Alexander Popov y el brasileño
Gustavo Borges. Las imágenes del comienzo de la participación de Moussambani
pueden verse en YouTube y generan una carcajada: Bare y Oripov se tiraron antes
de lo previsto y fueron eliminados. Moussambani, que había aprendido la noche
anterior que debía esperar la orden del juez de salida, siguió en competencia. Pero
ahora quedaría solo frente a una piscina que se parecía a un océano.
“Me hicieron salir del trampolín como para empezar de nuevo y les respondí ‘Oye,
que ya he clasificado, no nado’. La verdad es que no quería competir, estaba
asustado, y como a partir de ese momento tenía que nadar solo, me dio más miedo,
más nervios, con todo el mundo mirándome”, recuerda, casi 20 años después.
Moussambani tenía que lanzarse en soledad porque en la etapa clasificatoria no
avanzan los mejores tiempos de cada serie, sino del total. Alguien debería escribir
una crónica de esos 100 metros interminables, como un Moby Dick de los Juegos
Olímpicos, cuando la carrera de un deportista –y a veces de toda una existencia- se
define en un puñado de segundos: el dolor físico, el agotamiento mental, el miedo al
fracaso y al qué dirán, la reacción de la familia y la chica que te gusta al regreso, la
posibilidad redentora de la gloria, la mente que a veces ayuda a volar y otras que te
entierra como un yunque, no puedo más, sí puedo, los espectadores que gritan
como si estuvieran en el Coliseo romano. Todo eso le pasó a Moussambani en el
minuto y 52 segundos que tardó en nadar los 100 metros libres, más del doble del
tiempo que emplearon 66 de los restantes 70 nadadores.
“Arranqué muy bien, pero hubo un momento en que creí que no llegaba, en los
últimos 50 metros, en la mitad de la piscina. Movía los brazos, pero no avanzaba y
no sentía los pies. La cabeza tampoco me respondía. Estaba muy cansado y ya
había agotado mi energía. Pero empecé a escuchar los aplausos de la gente, los
ánimos, y eso me dio fuerza para continuar. Alguna gente se asustó y dijo que no
tendría que haber competido, que mi país debería haber enviado a una persona
preparada, pero el único preparado era yo”, dice desde Malabo.
El deporte está lleno de historias contra fácticas: qué hubiera pasado si. Es posible
que Moussambani hubiese seguido siendo un deportista anónimo de un país perdido
en África si los olvidados Bare y Oripov no hubieran saltado antes de tiempo y
hubiese tenido que competir contra ellos –y seguramente perder contra alguno de
los dos-. No queda claro qué hubiese pasado si abandonaba en la mitad de la pileta,
pero lo que sí ocurrió es que, desde su llegada a la meta, coronada por la ovación
del público australiano –un poco porque aquel espectáculo había sido gracioso, pero
ESTUDIOS GENERALES
2019- I
DESARROLLO PERSONAL 1: DEPORTES

también porque era una hazaña del hombre común, uno de nosotros-, Eric se
convirtió en un personaje querible, lo contrario a lo que temía: “Me di cuenta que mi
vida había cambiado ese mismo día. Estaba muy cansado y me fui a dormir. Me
desperté cinco horas más tarde y vi que todo el mundo preguntaba por mí. ‘Parece
que soy importante’, me dije. Empecé a caminar por la villa olímpica y me pedían
autógrafos y entrevistas de medios internacionales”.
Aunque a veces lo trataron como un payaso de circo (la televisión alemana le
propuso nadar con una anciana de 85 años), Moussambani calzó perfecto en la
figura del antihéroe. Fue agasajado por el Comité Olímpico Internacional (donó al
museo los anteojos y la malla que usó aquel día) y cada tanto se encuentra con las
celebridades del triunfo. “En Barcelona conocí a Messi. Le dije quién era y me
reconoció. Mucha gente sabe de mi hazaña en Sidney. Ahora enseño el espíritu de
superación y de motivación. Quiero hacerles ver a mis compatriotas que no tenía la
posibilidad de entrenar, no tenía piscinas ni entrenador, y sin embargo lo hice a mi
manera. Que digan ‘Oye, si Eric hizo eso, nosotros también’. Y ahora en Guinea
Ecuatorial hay dos piscinas olímpicas”, dice Moussambani, cuya película podría
terminar con una imagen de la actualidad: él nadando en alguna de las recientes
piscinas olímpicas de Malabo, el otro gran triunfo de un hombre cualquiera.

Definición de términos:

Otear: Mirar hacia un lugar lejano desde una atalaya o lugar alto.
Fáctica: Que está basado en los hechos o limitado a ellos, y no en lo teórico o
imaginario.

Referencia:

Burgo, A. (06 de enero, 2018). Crónica La leyenda del nadador que no sabía nadar.
Recuperado de https://www.pagina12.com.ar/87042-la-leyenda-del-nadador-
que-no-sabia-nadar