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El amor y el significante

16 de enero de 1973
Jacques Lacan

La última vez les hice entrever el discurso filosófico como lo que es: una variante del discurso
del amo.

Pude decir, asimismo, que el amor apunta al ser, o sea, a lo que en el lenguaje es más esquivo:
el ser que, por poco, iba a ser, o el ser que, por ser, justamente, sorprende.

¿No hay allí lo que está en juego respecto al significante?, a saber, que ningún significante se
produce como eterno.

Si, en un discurso que no es más que analógico, se supone que el centro de una esfera constituye
el punto dominante, el hecho de cambiar ese punto dominante, de hacer que lo ocupe la tierra o el sol,
no tiene en sí nada que subvierta lo que el significante centro conserva de suyo. El hombre —lo que se
designa con este término, que no es más que lo que hace significar— lejos de conmoverse con el
descubrimiento de que la tierra no está en el centro, la sustituyó muy bien por el sol.

El lenguaje, como efecto de significado, siempre se queda corto respecto al referente. Entonces,
¿acaso no es verdad que el lenguaje nos impone el ser y nos obliga como tal a admitir que del ser,
nunca tenemos nada?.

Hay que habituarse a sustituir este ser que huye por el para-ser, el para ser, el ser de al lado.

En el punto mismo de donde brotan las paradojas de todo lo que logra formularse como efecto
de escrito el ser se presenta, se presenta siempre, porque para-es. Habría que aprender a conjugar como
se debe: yo para-soy, tú para-eres, él para-es, nosotros para-somos, y así sucesivamente.

Lo que suple la relación sexual es precisamente el amor.

No somos más que uno. Cada cual sabe, desde luego, que nunca ha ocurrido que dos no sean
más que uno, pero en fin, no somos más que uno. De allí parte la idea del amor.

Por otra parte, podría conmover a cualquiera ¿no?, percatarse de que el amor, si es verdad que
está relaciónado con el Uno, nunca saca a nadie de sí mismo. Si es eso, todo eso, y sólo eso lo que dijo
Freud al introducir la función del amor narcisista, el problema es, todo el mundo lo siente, o ha sentido,
el problema es cómo puede haber amor por un otro.

Ese Uno con que todos se llenan la boca es de la misma índole de ese espejismo del Uno que
uno cree ser.

La teoría de conjuntos irrumpe postulando lo siguiente: hablemos del Uno respecto a cosas que
no tienen, entre sí, estrictamente ninguna relación. Pongamos juntos objetos del pensamiento, como se
dice, objetos del mundo, y hagamos que cada cual cuente por uno.

Vean que al conservar aún ese como me atengo al orden de lo que propongo cuando digo que el
inconsciente está estructurado como un lenguaje. Digo como para no decir, siempre vuelvo a eso, que
el inconsciente está estructurado por un lenguaje. El inconsciente está estructurado así como los
conjuntos de los que se trata en la teoría de conjuntos son como letras.

La sonrisa del ángel es la más necia de las sonrisas, por tanto no hay que ostentarla nunca.

Dije que el significante se carácteriza por representar un sujeto para otro significante.

El signo no es pues signo de algo; es signo de un efecto que es lo que se supone como tal a
partir del funcionamiento del significante.

Este efecto es lo que nos enseña Freud, el punto de partida del discurso analítico, o sea el sujeto.

No es otra cosa el sujeto —tenga o no conciencia de qué significante es efecto— que lo que se
desliza en la cadena significante. Este efecto, el sujeto, es el efecto intermedio entre lo que carácteriza a
un significante y otro significante, es decir, el ser cada uno, cada uno un elemento. No conocemos otro
soporte que introduzca en el mundo el Uno, sino el significante en cuanto tal, es decir, en cuanto
aprendemos a separarlo de sus efectos de significado.

En el amor se apunta al sujeto, al sujeto como tal, en cuanto se le supone a una frase articulada,
a algo que se ordena, o puede ordenarse, con toda una vida.

Un sujeto, como tal, no tiene mucho que ver con el goce. Pero, en cambio, su signo puede
provocar el deseo. Es el principio del amor.