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VIVIR EN EL HORROR

Nos han preguntado, para esta mesa, sobre ‘el fascismo que viene’.
Como dijo ayer aquí Raúl Zibechi, el fascismo fue un fenómeno histórico
acotado en el tiempo y en el espacio. No han tenido éxito los empeños de
construirlo como una doctrina o una configuración social y política de
carácter universal e intemporal. La etiqueta se pone ahora sobre
regímenes de naturaleza muy distinta. Como el propio Raúl ha escrito,
“decir ‘fascismo’ confunde y despolitiza”. Otras etiquetas, como la de
‘populismo’, agravan el problema en vez de resolverlo.
Sin embargo, quizá tuvo razón Deleuze cuando hace unos años
señaló que, si bien el viejo fascismo no era ya problema de nuestro
tiempo, nos amenazaban otros fascismos que “convertirían el antiguo en
una figura folclórica”. Necesitamos identificar rasgos semejantes o
análogos a los del viejo fascismo y examinarlos en el contexto actual,
más allá de la etiqueta, tomando en cuenta que el mundo que
conocíamos llegó a su fin. No debemos seguir viendo lo que pasa con la
mirada de ayer.
Resulta ridículo, por ejemplo, llamar todavía “naciones”,
“democracias” o “estados de derecho” a las sociedades actuales. Las
formas políticas del capitalismo han dejado de funcionar, como el propio
capitalismo. En los ‘estados-nación’ no se cumplen ya funciones básicas,
como administrar la economía nacional, pues todas las economías se
han transnacionalizado. Las fronteras nacionales, cada vez más porosas,
operan sólo como dispositivos de control. La soberanía nacional es ya
una reliquia para el museo, una herencia feudal que ha dejado de tener
cualquier sustancia real. Prevalece un estado de excepción, en que la ley
se utiliza para practicar la ilegalidad y arraigar la impunidad cuando los
crímenes se vuelven forma dominante y cotidiana de acción. Podemos
recordar, con Benjamin, que para los excluidos el estado de excepción

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fue el estado de cosas normal. Pero en realidad necesitamos reconocer
que la idea del ‘estado de derecho’ resulta una ilusión, que nunca tomó
realidad plena.
El nuevo régimen
Un modo de producción se transformó en modo de despojo. Se
desató con ello la Cuarta Guerra Mundial, como nos advirtieron los
zapatistas hace 20 años. Sólo reconociéndola en la realidad y derivando
las consecuencias analíticas de hacerlo podremos entender lo que está
pasando. Personas, comunidades y pueblos son el enemigo declarado. Se
emplean contra ellos todos los medios. Por eso y por el colapso climático
aumenta diariamente el número de personas desplazadas. Pronto
representarán la tercera parte de la población. Buena parte de ellas
forman ejércitos de migrantes.
El modo de despojo genera una concentración sin precedentes de
la riqueza, pero buena parte de ella no puede ya convertirse en capital,
comprando fuerza de trabajo, ni dedicarse a aumentar la producción. Se
sigue produciendo en empresas capitalistas, pero el sistema llegó a su
límite interno y no puede ya reproducirse en sus propios términos; se
agotó el proceso continuo de transformación del capital en trabajo y del
trabajo en capital. Quedó en su lugar una sociedad autófaga, que al
tiempo que se destruye a sí misma destruye todo a su paso.
Proliferan actualmente cachondeos apocalípticos, que advierten de
la próxima extinción de la especie humana. Se emplean, con el discurso
del ‘calentamiento global’, para disfrazar la amenaza de la geoingeniería
militar, que convirtió el clima y el propio planeta en arma de guerra, se
ha empezado a usar y forma parte de la Cuarta Guerra Mundial. Tales
discursos disimulan también que por lo menos la mitad de la población
es cómplice de la destrucción acelerada de la naturaleza y la sociedad,
con sus insensatos patrones de consumo. En vez de seguir hablando de
‘cambio climático’ debemos asumir sin reservas que es un colapso
climático y reconocer que somos parte del problema, no de la solución.

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Las “masas fascistas”
Una de las preguntas para esta mesa se refería a las condiciones
que hacen posibles ‘los fascismos que vienen’. Necesitamos
preguntarnos, al respecto, por qué hasta los más afectados por sus
políticas reeligen una y otra vez a personajes como Orbán, en Hungría y
Duterté, en Filipinas. Ni siquiera son líderes carismáticos, capaces de
enamorar a las masas, ni cuentan con estructuras organizativas tan
extensas, penetrantes y eficaces como las que acaban de dar el triunfo a
Modi, en la India. Tampoco se trata de ‘dictadores clásicos’. Los
dispositivos principales de la democracia se siguen empleando en esas
sociedades. Orbán presume de que en Hungría se practica la ‘democracia
directa’ de las consultas ciudadanas, resolviendo así una de las
limitaciones principales de las democracias liberales.
Arundhati Roy dedicó su libro más reciente a los desconsolados, a
las personas que no encuentra consuelo a sus males o cuyo desconsuelo
es tan profundo que no parece tener remedio. Desmanteladas sus previas
condiciones de vida, que les garantizaban una supervivencia digna, lo
mismo que sus derechos duramente conquistados, un número creciente
de personas quedó colocada en la categoría de los ‘desechables’, cuya
existencia denunciaron los zapatistas desde 1994. Los desempleados
tuvieron siempre una función que cumplir en el capitalismo: eran la
reserva de fuerza de trabajo. En el nuevo sistema, muchas personas no
tienen ya ni tendrán nunca una función que cumplir para el sistema.
Son superfluas, desechables. Esas personas desechables están siendo
desechadas…y lo saben. Muchas de ellas se encuentran ya en una crisis
espiritual profunda. Se sienten sin consuelo posible.
La ansiedad y el temor se extienden por eso entre la gente,
expuesta continuamente a un discurso agresivo sobre amenazas
inventadas o reales, que acentúa una sensación generalizada de
impotencia: nada se puede hacer para remediar la situación que se
padece o ante las nuevas amenazas sociales y ambientales.

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El montaje neoliberal logró desmantelar muchas organizaciones de
clase que en alguna medida protegían a los trabajadores. La proporción
de sindicalizados en la fuerza de trabajo norteamericana, por ejemplo,
cayó al nivel que tenía hace más de cien años. Los individuos sin
afiliación forman ahora masas que ya no se definen por la pertenencia a
una clase social específica.
En las masas que así surgen aparecen ciertos sentimientos
comunes, que a menudo toman la forma de un resentimiento profundo
contra los grupos o las elites que serían la causa de su situación y un
rechazo a los partidos, las clases políticas, el sistema dominante.
El dispositivo que consolida y moldea estas masas básicamente
informes consiste en ofrecerles un camino de salvación, una posibilidad
de ser protegidos de las amenazas y de recuperar seguridad económica y
social. Se les ofrece consuelo. El dispositivo combina por lo general dos
elementos: la ‘emoción patriótica o étnica’ y la ‘conciencia de
superviviente’. La primera unifica a quienes forman la masa
inculcándoles la idea de que las aglutina su identidad nacional o étnica.
La ‘conciencia de superviviente’ se forma con la convicción de que ese
elemento común asegura la supervivencia de quienes forman la masa y
condena a quienes no lo poseen.
El dispositivo funciona con mayor eficacia si se le logra encarnar
en una sola persona, que sería el líder protector del grupo que defiende a
la patria o la etnia frente a las amenazas reales o inventadas y logra
transmitir a quienes forman la masa una sensación de poder:
compartirían el del líder. La potencia, la capacidad real de que se les ha
despojado, se readquiere simbólicamente en la transferencia. La
construcción del líder se basa a menudo en su supuesto antagonismo
con la elite dominante, lo que recogería el sentimiento común de la masa.
Orbán es probablemente el mejor ejemplo de este proceso.
Aprovechó tradiciones y experiencias de Hungría para encarnar el
dispositivo de control. Se envolvió en la bandera de la etnia húngara ante

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la amenaza enteramente inexistente de la invasión de migrantes
musulmanes. El presidente Trump acaba de celebrar en Washington su
política agresiva contra ellos, muy semejante a la suya. El mecanismo
para concentrar el poder económico en un pequeño grupo oligárquico y
corrupto que Orbán creó en los últimos 20 años se basó en una
estructura fincada en la devoción y sometimiento de una masa
mayoritaria, a la que sus políticas devuelven seguridad económica y
social, así sea en el discurso más que en la realidad.
Lejos de ser una excepción, el caso de Orbán podría emplearse
para dar forma a un prototipo de lo que está ocurriendo en buena parte
del mundo. Se habría formado una laxa alianza internacional por la
‘seguridad’, al instalar la ‘sociedad de control’. Persisten formas de la
sociedad disciplinaria, con líneas claras de color y de género, pero se le
está sustituyendo aceleradamente. Las nuevas tecnologías buscan
mantener bajo observación continua a toda la población, más allá de lo
que se llamó ‘capitalismo de vigilancia’.
Las ‘masas fascistas’, como se llama hoy a muy diversas
configuraciones sociales en distintos países, forman la base social
relativamente estable de un régimen atrozmente autoritario, dedicado al
despojo y la destrucción. No ha organizado un nuevo modo de vida ni
otra forma de existencia social. Carece de una propuesta política
innovadora. Los actores que conducen el proceso y logran una
acumulación sin precedentes de la riqueza social no actúan en forma
concertada, con ideales comunes y propuestas constructivas, sino en
función de una lógica de funcionamiento a la que ellos mismos deben
someterse. Comprende una pulsión destructiva incontenible, que arrasa
todo a su paso y extiende los tentáculos del régimen atroz que
padecemos, que intenta llegar hasta el último rincón.
El odio como sistema
El carácter racista y sexista del régimen que se ha instaurado
significa, de un lado, que se identifican capas de la población –

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especialmente mujeres y personas de color- que son sacrificadas en el
proceso, y del otro lado que ciertas capas de la población son
formateadas en la mentalidad del superviviente y se hacen cómplices del
proceso destructivo.
Esta doble condición se basa en la construcción sistemática del
odio como sistema. No es emoción o sentimiento, sino sistema. El
régimen actual lleva a su extremo el odio a la vida que caracteriza al
patriarcado, bajo el supuesto de que la creación artificial es mejor que la
natural. La nueva revolución tecnológica estaría llevando esa compulsión
a su culminación.
La reacción de las mujeres a la opresión cada vez más aguda que
padecen está teniendo un precio. A medida que se organizan, se rebelan
y llegan a tomar el liderazgo de procesos de cambio social, en lo que ha
dado a llamarse la feminización de la política –algo muy distinto a la
política de cuotas- aumenta la violencia doméstica y los feminicidios.
Bajo el nuevo gobierno, en México, se asesina a diez mujeres cada día.
Bajo el nuevo régimen se imponen sobre la mayoría de la población
la disciplina económica y la ideológica. La primera oprime y descarta
masivamente, en particular a las clases populares miserabilizadas y a las
clases medias empobrecidas, sobre todo a mujeres y personas de color.
La disciplina ideológica inculca una mentalidad dominada por la
obsesión de ciertos peligros inminentes e imprevisibles, inventados por
completo o magnificados. Se instalan así una fábrica de odio y una
fábrica de miedo, que forman parte de la fábrica de la mentira. Para
Boaventura de Sousa, la proliferación de estas tres fábricas “es el motor
de la ola reaccionaria que vivimos”.
Narrativas de respuesta
Es posible identificar varias narrativas no sólo diferentes sino
contrapuestas como respuesta a lo que está ocurriendo.
Una corriente muy amplia de pensamiento y acción tiene un sello
nostálgico: intenta reconstruir el régimen que terminó con otro sello

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ideológico. Se impulsan reformas que retomen la rectoría del Estado y
adopten políticas de mayor compromiso social. A pesar de diferencias
ideológicas entre diversas corrientes de esta narrativa, coinciden en el
impulso reformista, bajo la convicción de que ciertos cambios en las
instituciones existentes conseguirán lo que se busca, que en general
consiste en tratar de reconstruir la combinación de desarrollo capitalista
y democracia liberal que Fukujama consideró la culminación de la
historia y darle un rostro más humano y menos destructivo.
Una corriente cada vez más vigorosa pone énfasis en la necesidad
de enfrentar con seriedad el colapso climático, dentro de un amplio
espectro de posiciones. Algunos grupos ambientalistas se conforman con
el camino de los Acuerdos de París y piensan que un capitalismo
reformado podría hacer frente a los desafíos ambientales actuales, por lo
que se acomodan sin dificultad a la narrativa reformista. Otros grupos
toman iniciativas que no caben en ella.
En la base social, mientras tanto, cunden cada vez más actitudes
que desafían radicalmente el sistema dominante. Aunque se siguen
usando los procedimientos jurídicos y políticos disponibles, como
mecanismos de defensa, el énfasis se encuentra en la resistencia y la
construcción alternativa. Se trata, ante todo, de resistir por todos los
medios el despojo de territorios y derechos y las presiones económicas y
sociales propias de la Cuarta Guerra Mundial. Pero se sabe que la mejor
forma de resistir, y a veces la única, consiste en crear una alternativa.
Por eso se busca, al mismo tiempo, escapar paso a paso de la esfera de
dominio del mercado y el Estado y construir otra posibilidad de vida. Se
toma a menudo como referencia de estas narrativas lo que ya han
conseguido los pueblos zapatistas de Chiapas y los kurdos de Rojava,
pero son iniciativas que se extienden por todas partes, en el campo lo
mismo que en la ciudad. Son empeños que mantienen ligas con el
sistema dominante, puesto que es imposible escapar de él por completo y
porque los acosa continuamente. Pero están tejiendo formas de

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solidaridad y mutuo apoyo y forjando articulaciones políticas que poco a
poco están constituyendo la masa crítica que podría organizar el funeral
de la era que termina.
Hay en esos empeños un compromiso indestructible con la
condición humana. El cariño como categoría política central es el secreto
de una reacción eficaz y duradera ante el horror.
Tres bellas jóvenes palestinas, Bessan de 21 años, Mayar de 15 y
Aya de 13, estaban tranquilamente en su casa cuando un proyectil
israelí las decapitó. Desde la habitación en que sus tres hijas yacían,
bañadas en sangre, Izzeldin Abuelaish, su padre, habló para la televisión
israelí, mostrando en esa aterradora transmisión lo que significaba la
carnicería de civiles que el ejército israelí perpetró en Gaza en enero de
2009. Con notable entereza, Izzeldin llevó a los tribunales el caso de la
matanza de sus hijas; no tuvo éxito, aunque las autoridades israelíes
nunca pudieron probar motivo alguno para haber bombardeado su casa.
Más tarde, Izzeldin creó la fundación Hijas por la Vida, para ofrecer
becas a mujeres jóvenes. Finalmente, escribió un libro. Su título, No
odiaré, contiene todo el sentido de su lucha actual. Sigue convencido de
que palestinos e israelíes deberían amarse unos a otros, en una sociedad
civilizada. Pero nunca olvida a sus bellas hijas; una inmensa fotografía,
cuando las tres juegan sobre la arena, cubre toda la pared de su oficina.
La nueva historia
Al preguntársele cómo cambiar la sociedad, en los años ochenta,
Iván Illich respondió:
Ni la revolución ni la reforma pueden a final de cuentas cambiar
una sociedad. Se requiere más bien una nueva historia poderosa,
una historia capaz de barrer los viejos mitos y convertirse en la
historia preferida, una historia tan incluyente que arme en un todo
coherente todos los fragmentos del pasado y del presente, una
historia que arroje alguna luz sobre el futuro para que podamos

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dar el siguiente paso adelante. Si se quiere cambiar la sociedad, es
necesario contar una historia alternativa.
Ni la Reforma ni la Revolución lograron cambiar la sociedad
mexicana, que no ha podido deshacerse del régimen despótico creado
desde la Independencia. A lo largo de 200 años ese régimen ha operado
bajo una dictadura abierta o con diversas fachadas democráticas. Como
en otras partes del mundo, un gran número de mexicanas y mexicanos
estamos hoy decididos a ponerle fin y para esto cambiamos la manera de
cambiar.
Lo primero, quizás, es atrevernos a enfrentar el lenguaje patriarcal
en que hemos sido formateados. Según las palabras que usamos, así
experimentamos el mundo. Y nos han dado palabras que ofrecen filtros
occidentales distorsionados. Palabras que parecen buenas y bellas, como
dignidad, paz, cosmovisión… Los negociadores con los zapatistas
causaron una inmensa carcajada en la Selva Lacandona, por su
ignorancia de lo que significaba la dignidad, una palabra que habían
usado mucho los zapatistas y sus asesores. Se le ha dado nuevo sentido.
Pero la palabra tiene todavía la marca original. Opción, dice la Real
Academia, es el derecho que se tiene a una dignidad y dignidad es un
cargo o empleo honorífico y de autoridad. La dignidad viene del sistema
jerárquico patriarcal. Como paz. No existe la palabra en la mitad de las
culturas del mundo y en las demás significa algo muy distinto que la paz
romana, que es un contrato de dominación: no terminaré de destruirte,
pero harás lo que yo te diga. Es el sentido que ha tenido la palabra en
todos los idiomas por 2,000 años. Es la paz al cabo de las dos guerras
mundiales o en Irak, en este siglo. Cosmovisión pretende abrirse a los
otros, pero trae la carga occidental, en que la visión es el sentido más
importante. La apertura exigiría abrirse a la cosmovivencia…1

1En las preguntas fue preciso agregar la palabra ‘identidad’ que ilustra bien las
consecuencias de usar el sello occidental, cuya arquitectura original es matemática,
nace con Pitágoras, misógino, racista y violento. Se ha matematizado el lenguaje, la

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No colgamos ya nuestras esperanzas o iniciativas de alguna
vanguardia iluminada o de un líder carismático. No creemos ya que
bastaría tomar el control de los aparatos estatales para realizar el
cambio, o confiar en la llamada democracia, que nunca lo ha sido: es un
régimen despótico, racista y sexista. Lo es por su diseño original y hasta
hoy. Nos ocupamos seriamente de reconstruir la sociedad desde su base
y así estamos forjando una nueva historia.
 Dejamos atrás los mitos asociados con el horizonte político del
estado-nación, de la ‘patria’, y de la ‘sociedad en conjunto’.
 Renunciamos al futuro, por el carácter ilusorio de las tierras
prometidas, empacando en el presente tanto pasado y futuro como
podemos.
 En vez de la promoción leninista de nuevos caminos, suponiendo
que la gente está paralizada o se mueve en dirección equivocada,
apelamos al contagio y la conmoción: nos movemos junto con el
otro, la otra, para descubrir juntos el camino.
 Recobramos sentido de la proporción. El hombre industrial fracasó
en su pretensión de ser dios. Concebimos la lucha social desde la
dimensión de los mortales ordinarios que somos. Recuperamos
nuestra agencia autónoma al actuar a nuestra escala, en vez de
pretender que podemos ver el mundo desde arriba, desde el
Estado, como si estuviéramos ahí o aún más alto.
 Sabemos ya que el fondo del asunto está en el sistema de mando y
control reinante y desmantelamos toda jerarquía en nuestros
espacios, organizaciones y actividades, disolviendo así el corazón
mismo del régimen patriarcal.

música y toda la civilización occidental. La identidad tiene sentido en el pizarrón, en


que uno es idéntico a uno. En el mundo real, ni siquiera una botella de refresco es
idéntica a otra. En las personas, supone una reducción atroz: llamar a la gente
‘mexicanos’, ‘mujeres’, ‘mixes’ o cualquier otra cosa es reducirlos brutalmente a una
categoría abstracta que permite manipularlos. Y todos sabemos cuánta gente ha muerto
por esas categorías.

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 Regresamos al centro de la organización social la política y la ética,
desplazando de ahí a la economía, lo que nos permite poner en el
centro de ocupaciones y preocupaciones el cuidado de la vida y
enfrentar radicalmente la política de muerte dominante.
 Decimos no al desarrollo, en cualquiera de sus formas, con
cualquiera de sus adjetivos o pretextos. No queremos ser como los
desarrollados.
 Recuperamos la noción de suficiencia, la idea de tener sólo lo
suficiente para vivir bien, en vez de la compulsión a tener siempre
más, con base en la premisa de la escasez que funda la sociedad
económica, por lo que ésta también va quedando atrás.
 Reconocemos el cariño como la argamasa de las relaciones entre
las personas y como categoría política central de la nueva
sociedad, fincada en la amistad, no en el lucro o la ideología.
En el camino encontramos a muchas personas y grupos como
nosotros, que viven ya más allá del sistema dominante. Estamos
formando un tejido global de alternativas, que forme la masa crítica que
nos hace falta.
No somos individuos, esa construcción en la que se nos ha
formateado y liquida nuestra condición humana. Tampoco somos masas,
en las cuales se potencia la inhumanidad de la condición individual.
Somos nudos de redes de relaciones, inmersos en entramados
comunitarios.
Paso a paso concebimos, contamos y realizamos la nueva historia,
la historia de la sociedad nueva que nació en las entrañas de la antigua y
la empieza a dejar atrás, con todo su horror, para abrirnos
amorosamente al gozo.

Gustavo Esteva Figueroa


Universidad Iberoamericana, mayo 2019.

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