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delaPenínsulaIbérica

Vo l . I I
d e l a P e n í n s u l a I b é r i c a . L a I b e r i a p re r ro m a n a y l a
ro m a n i d a d
Eduardo Sánchez-Moreno (coord.) Joaquín L. Gómez-Pantoja

© De los textos, Eduardo Sánchez-Moreno y Joaquín L. Gómez-Pantoja, 2008 © De la fotografía de


cubierta: Anfiteatro romano de Mérida. Archivo Oronoz © Del diseño de la cubierta: Ramiro
Domínguez
©Sílex® ediciones S.L., 2008
c/ Alcalá, nº 202. 28028 Madrid www.silexediciones.com
silex@silexediciones.com
ISBN: 978-84-7737-182-3
ISBN de la obra completa: 978-84-7737-199-1
Depósito Legal: M-46904-2008
Dirección editorial: Ramiro Domínguez
Coordinación editorial: Ángela Gutiérrez y Cristina Pineda Torra Producción: Equipo Sílex
Fotomecánica: Preyfot
Impreso en España por: Top Printer Plus S.L.L.
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mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y ss del Código
Penal)

Contenido
Postdata al volumen I
Acerca del papiro de Artemidoro
Bibliografía
Parte I. Eduardo Sánchez-Moreno
De los pueblos prerromanos: culturas, territorios e identidades
Capítulo primero
La Iberia mediterránea
I.1.1 A vueltas con el vocabulario: Iberia, íberos, ibérico
I.1.2 Reflexionando la cultura ibérica: génesis, etapas y enunciados
I.1.3 Los pueblos del ámbito ibérico
I.1.3.1 Andalucía occidental
I.1.3.2 Andalucía central y oriental
I.1.3.3 Sudeste y región valenciana
I.1.3.4 Valle del Ebro
I.1.3.5 Cataluña y Languedoc
I.1.4 Lengua y escrituras
I.1.4.1 Signarios ibéricos
I.1.4.2 Soportes epigráficos
I.1.5 Poblamiento, territorio y hábitat
I.1.5.1 Formas de ocupación del espacio en el mundo ibérico
I.1.5.2 Patrones regionales
I.1.5.3 Urbanismo y espacios públicos
I.1.5.4 Murallas y defensas
I.1.5.5 Arquitectura doméstica
I.1.6 Bases económicas
I.1.6.1 El campo y los trabajos agropecuarios
I.1.6.2 Las manufacturas y las industrias especializadas
I.1.6.3 Los intercambios y la experiencia comercial
I.1.6.4 La moneda entre los íberos
I.1.7 Estructura social
I.1.7.1 Los grupos privilegiados: príncipes y aristócratas
I.1.7.2 Los grupos no privilegiados: campesinos y siervos
I.1.7.3 La mujer en el mundo ibérico
I.1.7.4 Necrópolis y mundo funerario
I.1.8 Hegemonías en el tiempo: poder y organización política
I.1.8.1 Monarquías
I.1.8.2 Aristocracias guerreras
I.1.8.3 Élites urbanas e instituciones de la ciudad
I.1.9 La guerra entre los íberos
I.1.9.1 Guerreros, armas y combates
I.1.9.2 El mercenariado
I.1.10 Manifestaciones religiosas
I.1.10.1 Dioses ibéricos, un panteón sin nombres
I.1.10.2 Ritos y celebrantes
I.1.10.3 Loca sacra: los santuarios ibéricos
Bibliografía
Capítulo segundo
La Iberia interior y atlántica I.2.1 Campos de Urnas e indoeuropeización peninsular,
un puzzle por ensamblar I.2.2 Los celtas y su INTERPRETATIO hispana. ¿Celtas en España? I.2.3 Los
pueblos del ámbito indoeuropeo I.2.3.1 El Sistema Ibérico y la Meseta oriental. La cultura celtibérica
I.2.3.2 La Meseta occidental y central I.2.3.3 La franja atlántica y Extremadura I.2.3.4 El Noroeste.
La cultura castreña I.2.3.5 La cornisa cantábrica I.2.4 Lenguas y escritura I.2.4.1 Un complejo
horizonte lingüístico I.2.4.2 La epigrafía celtibérica I.2.5 Poblamiento, territorio y hábitat I.2.5.1
Aldeas, castros y ciudades I.2.5.2 Patrones regionales I.2.5.3 Las defensas castreñas I.2.5.4
Urbanismo y arquitectura doméstica I.2.6 Bases económicas I.2.6.1 Rebaños y cosechas I.2.6.2 Los
trabajos extractivos y las artesanías I.2.6.3 Los intercambios I.2.6.4 La moneda celtibérica2
I.2.7 Estructuras sociales, políticas y guerreras
I.2.7.1 Señores, campesinos y siervos5
I.2.7.2 La lectura funeraria
I.2.7.3 Lazos de familia y grupos gentilicios
I.2.7.4 La mujer en la Hispania céltica
I.2.7.5 En lo alto: régulos y jefes guerreros
I.2.7.6 Confederaciones, pactos de hospitalidad e instituciones de la ciudad
I.2.7.7 La guerra, del estereotipo al análisis interno. ¿Sociedades guerreras?
I.2.7.8 El armamento de los hispanoceltas
I.2.8 Manifestaciones religiosas
I.2.8.1 El paisaje sacro
I.2.8.2 El panteón hispano-celta
I.2.8.3 Expresiones rituales
Bibliografía
Parte II. Joaquín L. Gómez-Pantoja
Hispania romana: de Escipión a los visigodos
Introducción. Algunos motivos de admiración
Bibliografía
Capítulo primero
La Segunda Guerra Púnica en Hispania (218-206 a.C.)1
II.1.1 Una guerra mundial. La vieja discusión sobre la responsabilidad de la guerra
II.1.2 Un incidente con consecuencias
II.1.3 Los Escipiones en Hispania
II.1.3.1 El desastre del 211 a.C. y el repliegue romano
II.1.4 Un salvador para Roma
II.1.4.1 Un individuo con carisma
II.1.4.2 Los romanos en Cartago Nova y la batalla de Baecula
II.1.4.3 El avance romano por el valle del Guadalquivir II.1.5 Las consecuencias de la guerra
II.1.5.1 Un case-study: Cástulo
II.1.5.2 La división provincial Bibliografía
Capítulo segundo
El siglo de los Escipiones (206-133 a.C.)

II.2.1 Introducción

II.2.2 De Escipión a Graco


II.2.2.1 El gobierno peninsular de Catón
II.2.2.2 El periodo postcatoniano
II.2.3 Los años de hierro y fuego: las guerras celtibero-lusitanas
II.2.3.1 La actividad de Sempronio Graco
II.2.3.2 Un largo interludio pacífico
II.2.3.3 Reformas y corrupción
II.2.3.4 El final de la pacificación gracana: Segeda
II.2.3.5 La peor cara de Roma: Lúculo y Galba
II.2.4 Viriato
II.2.5 El asalto a Numancia
Bibliografía
Capítulo tercero
De Numancia a los Idus de Marzo (133-44 a.C.)
II.3.1 La crisis de la República
II.3.1.1 Crisis interna, amenazas exteriores
II.3.1.2 El tiempo de los emperadores
II.3.1.3 El primer Triunvirato
II.3.2 Entre Numancia y Sertorio
II.3.2.1 Una sociedad en transformación
II.3.3 Sertorio
II.3.4 Hispania en la órbita de Pompeyo
II.3.5 César y la guerra civil
Bibliografía
Capítulo cuarto
Aspectos políticos, socioeconómicos y militares
de la conquista romana de Hispania
II.4.1 Imperialistas confesos
II.4.2 Un país echado a suerte…
II.4.3 …y muy lejano
II.4.4 Virreyes de Hispania
II.4.4.1 Los beneficios de una temporada en provincias
II.4.4.2 Tasas e impuestos incluidos
II.4.4.3 Juez y parte
II.4.5 Emigración y colonización en Hispania republicana
II.4.6 DE RE MILITARI II.4.6.1 Las tropas que asombraron al mundo
II.4.6.2 Del buen uso de los amigos
II.4.6.3 Algo más que un ejército popular
II.4.6.4 La legión en combate
II.4.6.5 El aliciente de la vida militar… ¡A la caza del botín!
Bibliografía
Capítulo quinto

II.5.1 Introducción
II.5.2 Los fundamentos del nuevo régimen
II.5.3 Los sucesores de Augusto
II.5.3.1 Tiberio (14-37 d.C)
II.5.3.2 Calígula (37-41 d.C.) y Claudio (41-54 d.C.)
II.5.3.3 Nerón (54-68 d.C.) y el “año de los cuatro emperadores” (69 d.C.)
II.5.3.4 La dinastía Flavia: Vespasiano (69-79 d.C.)
II.5.4 Augusto, PATER HISPANIARUM
II.5.4.1 Las guerras cántabras
II.5.4.2 Un país militarizado
II.5.4.3 Legiones de constructores
II.5.5 La nueva organización provincial de Hispania
II.5.5.1 La Bética
II.5.5.2 Una nueva provincia: Lusitania
II.5.5.3 Hispania Citerior
II.5.6 El triunfo de la civilización
II.5.6.1 Un catálogo de ciudades
II.5.6.2 El ejemplo del conventus caesaraugustanus
II.5.6.3 Las ciudades de las provincias
II.5.6.4 La labor de Claudio
II.5.6.5 La urbanización flavia
Bibliografía
Capítulo sexto
Esplendor y crisis (siglos ii y iii d.C.)
II.6.1 La edad de oro de Hispania
II.6.2 Los emperadores hispanos y sus familias
II.6.2.1 Trajano (98-117 d.C.)
II.6.2.2 Adriano (117-138 d.C.)
II.6.2.3 Antonino Pío (138-161 d.C.)
II.6.2.4 Marco Aurelio (161-180 d.C.)
II.6.2.5 Cómodo (180-192 d.C.)
II.6.3 La dinastía Severa y la crisis del siglo iii d.C.
II.6.3.1 La guerra civil (192-196 d.C.)
II.6.3.2 Septimio Severo (193-211 d.C.)
II.6.3.3 Caracalla (211-217 d.C.) II.6.3.4 Los últimos Severos (218-235 d.C.)
II.6.3.5 Los años de la anarquía militar (235-285 d.C.)1
II.6.4 Las repercusiones en Hispania
Bibliografía
Capítulo séptimo
De las Hispanias a Hispania (siglos iv-viii d.C.)
II.7.1 El sistema tetrárquico (284-313 d.C.)
II.7.1.1 Diarquía y tetrarquía
II.7.1.2 Las grandes reformas
II.7.1.3 El problema sucesorio
II.7.2 Constantino y sus herederos (324-364 d.C.)
II.7.2.1 Los sucesores de Constantino
II.7.2.2 Teodosio, el último emperador hispano
II.7.3 Los germanos en Hispania
II.7.3.1 Invitados indeseables
II.7.3.2 Con un poco de ayuda de los amigos
II.7.3.3 Un creciente interés
II.7.3.4 La estirpe goda en la patria hispana
Bibliografía
Capítulo octavo
Las riquezas de Hispania
II.8.1 Un vistazo histórico
II.8.2 La Minería
II.8.2.1 Argentifera Hispania
II.8.2.2 El Dorado antiguo
II.8.2.3 Otras menas
II.8.2.4 Propiedad y beneficio de las minas
II.8.2.5 Algunas inciertas cifras de producción
II.8.3 Silvicultura y pesca
II.8.4 Agricultura y ganadería
II.8.4.1 Las transformaciones en la producción agropecuaria
II.8.5 Artesanado
II.8.6 Comercio y transporte II.8.7 Moneda y comercio
Bibliografía
Capítulo noveno
Gentes, culturas y creencias
II.9.1 La gente: unidad en la diversidad
II.9.1.1 Orden y estamento
II.9.1.2 Senadores
II.9.1.3 Caballeros
II.9.1.4 Decuriones
II.9.1.5 Los humiliores
II.9.1.6 Las bondades de la esclavitud
II.9.2 Animales políticos
II.9.2.1 Orgullo local y autonomía
II.9.2.2 Las ventajas e inconvenientes de la ciudad
II.9.3 La cultura, educación y artes
II.9.4 Dioses locales e importados
II.9.4.1 Misterios e iniciaciones
II.9.4.2 Los orígenes y difusión del cristianismo
Bibliografía
Relación de Figuras

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Vo l . I I
d e l a P e n í n s u l a I b é r i c a . L a I b e r i a p re r ro m a n a y l a
ro m a n i d a d
Eduardo Sánchez-Moreno (coord.) Joaquín L. Gómez-Pantoja

© De los textos, Eduardo Sánchez-Moreno y Joaquín L. Gómez-Pantoja, 2008 © De la fotografía de


cubierta: Anfiteatro romano de Mérida. Archivo Oronoz © Del diseño de la cubierta: Ramiro
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Penal)

Acerca del papiro de Artemidoro


Parece impropio que un canon de fuentes literarias antiguas requiera actualizaciones, porque la
esencia de una lista de esa clase es justamente su carácter cerrado e inamovible. Siempre, sin
embargo, caben excepciones en tiempos como los nuestros, de hallazgos sensacionales que provocan
las consiguientes mudanzas en los estudios de la Antigüedad.
En el anterior volumen (capítulo I: “Las fuentes literarias y su contexto historiográfico”, págs. 23, 27
y 47) se hizo especial hincapié en la transcendencia que el reciente hallazgo de un papiro griego del
siglo i a.C. podía tener para la Historia Antigua de la Península Ibérica. En efecto, dicho papiro
parecía contener, entre otras cosas, un fragmento de la obra de Artemidoro de Éfeso, un viajero y
escritor griego que visitó Iberia en los años iniciales del siglo i a.C. y que consta que escribió sobre su
experiencia, ocupándose tanto de los rasgos físicos de la comarcas en las que estuvo como de la gente
con la que se cruzó. El fragmento contenido en el nuevo papiro es en parte ya conocido, pero su
continuación es completamente inédita, lo que hace que se hable de un descubrimiento extraordinario;
pero lo que realmente lo hace sensacional es que ese texto va acompañado de una viñeta que
representa una porción de un mapa cuidadosamente dibujado en el que se reconoce un amplia porción
litoral con corrientes fluviales y símbolos para los lugares de habitación y los caminos;
desgraciadamente, el mapa carece de rótulos, pero al estar contiguo a la descripción de Iberia, se
sugirió desde el principio que podía referirse a la Península, de la que sería el más antiguo testimonio
cartográfico conservado.
La noticia del hallazgo del papiro y la descripción de su contenido (con la hipótesis de que
inicialmente fue preparado para copiar la obra ibérica de Artemidoro, mapas incluidos) (Gallazzi-
Kramer, 1998; cfr. Kramer, 2005, 2006), provocó las reacciones que cabe suponer; luego hubo un
silencio de varios años, entre rumores de que el dueño del papiro ponía obstáculos a quien deseaba
examinarlo directamente y de que diversas instituciones andaban tras su adquisición; finalmente
acabó consiguiéndolo la Fondazione per l’Arte della Compagnia di San Paolo, la poderosa banca local
de Turín. La compra fue celebrada con una exposición pública en el palazzo Bricherasio turinés
(febrero-mayo de 2006) del papiro, completamente desplegado en sus 2,7 metros de longitud y en un
ambiente con adecuada iluminación que permitía ver su contenido, además de la publicación de un
lujoso catálogo de la misma (Settis-Gallazzi, 2006). Luego el papiro se restauró, los especialistas
tuvieron ocasión de estudiarlo y acaban de aparecer los resultados de esa investigación en una
voluminosa edición (Gallazzi-Kramer-Settis, 2008); mientras, ha sido expuesta en el Agyptisches
Museum und Papyrussammlung de Berlín y en la actualidad el propietario la ha depositado en el
prestigioso Museo Egizio de Turín, donde se expone como una de las piezas estelares de la colección.
Sin embargo, coincidiendo con la apoteosis descrita, otro prestigioso investigador italiano sostiene
con indicios razonables (Canfora, 2008) que el papiro es una mixtificación salida de la mano un
famoso marchante de antigüedades y falsario griego del siglo xix, Constantino Simonides. Los
argumentos de este crítico se basan en la tortuosa historia del descubrimiento del papiro, en que los
textos considerados inéditos contienen errores de gramática y ortografía impropios de lo que sabemos
de Artemidoro y que su contenido parece inspirarse en lo que se encuentra en la obra de Esteban de
Bizancio, un enciclopedista del siglo vi d.C.; y, por último, en que la famosa viñeta cartográfica
guarda un extraordinario parecido con una de las ilustración contenidas en las páginas de un
manuscrito griego que Simonides robó de los monasterios de Monte Athos y luego vendió al British
Museum, donde se conservan. Canfora, en cambio, no ofrece explicación de dónde se pueden
conseguir casi tres metros de papiro de antigüedad certificada ni cómo se obtiene la tinta con
pigmentos vegetales similar en todo a la empleada en Egipto al tiempo en que, supuestamente, se
dibujó el papiro.
Queda pues, la duda sobre la autenticidad de la pieza; y la experiencia de casos similares es que si el
falsario hizo las cosas bien, hará falta tiempo para despejarla. Mientras tanto, las expectativas de
haber encontrado un primigenio mapa de la Península, deben mantenerse en reserva, entre otras cosas
porque nadie hasta ahora ha sido capaz de reconocer en la viñeta la parte de Iberia que representa.
Acerca del papiro de Artemidoro
Bibliografía
Canfora, L., Il papiro di Artemidoro , con contributi di Luciano Bossina, Livia Capponi, Giuseppe
Carlucci, Vanna Maraglino, Stefano Micunco, Rosa Otranto, Claudio Schiano e un saggio del nuovo
papiro, Roma-Bari, Laterza, 2008.
Gallazzi, C. y Kramer, B., “Artemidor im Zeichensaal. Eine Papyrusrolle mit Text, Landkarte und
Skizzenbüchern aus späthellenisticher Zeit”, Archiv für Papyrusforschung 44, 1998, pp.198-208.
— y Settis, S. (edd.), Le tre vite del Papiro di Artemidoro. Il papiro di Artemidoro. Voci e sguardi
dall'Egitto greco-romano, Milano, Electa, 2006.
—, Kramer, B. y Settis, S., Il papiro di Artemidoro, con la collaborazione di G. Adornato, A.C. Cassio,
A. Soldati, Milano, Led edizioni, 2008 (2 vols.).
Kramer, B., “El nuevo papiro de Artemidoro”, en J. de Hoz, J., E.R. Luján y P. Sims-Williams (edd.),
New approaches to Celtic place names in Ptolemy’s Geography , Madrid, Ediciones Clásicas, 2005, pp.
19-31.
—, “La Península en la Geografía de Artemidoro de Éfeso”, en G. Cruz Andreotti, G., P. Le Roux, P. y
P. Moret (edd.), La invención de una geografía de la Península Ibérica. I. La época republicana,
Málaga-Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, Casa de Velázquez, 2006, pp.
97-114.
Además, usando Google, se puede localizar abundante información sobre el documento y la
controversia generada. Y el lector hispano-luso seguramente agradecerá el largo y pormenorizado
dossier gestionado por la dra. A. M. Canto en un foro de internet:
http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=1176#_jmp0_.
Dear Sir or Madam, will you read my book? It took me years to write, will you take a look?
The Beatles,
“Paperback Writer” (1966)
Parte I De los pueblos prerromanos: culturas, territorios e
identidades
Eduardo Sánchez-Moreno

Capítulo primero
La Iberia mediterránea
El papel desempeñado por las poblaciones de Iberia en el enfrentamiento entre Roma y Cartago, como
se ha visto en el volumen anterior, resulta indispensable para entender el devenir de la Segunda Guerra
Púnica y la historia del Occidente mediterráneo en la Antigüedad (vid. vol.I, II.4.5 y vol.II, ii.1). Pero,
cabe preguntarse ahora, ¿qué unidades conforman el poblamiento prerromano? ¿Cuál es su origen y
evolución? ¿Cómo se disponen en el espacio? ¿Qué rasgos les caracterizan? En suma, ¿qué sabemos
de los pueblos de la Hispania antigua?
I.1.1 A vueltas con el vocabulario: Iberia, íberos, ibérico
Desde al menos el siglo vi a.C. y hasta la implantación romana se desarrolla en las regiones del sur,
levante y nordeste de la Península Ibérica la denominada “cultura ibérica”. Es éste un término
convencional, por ello discutible e inexacto, de fuerte arraigo en la sistematización de nuestra
Protohistoria. La cultura ibérica se entiende hoy como la síntesis de los procesos acaecidos en las
regiones meridionales y orientales de la Península Ibérica, su orla mediterránea, desde Andalucía
occidental hasta el Languedoc francés, entre los siglos vi y i a.C. grosso modo. No se trata de un único
sujeto histórico ni de un desarrollo unívoco sino de un lenguaje común del que participan poblaciones
de distinto encuadre territorial y organización sociopolítica. Poblaciones que comparten formas de
asentamiento, lenguas y manifestaciones artísticas similares pero también con diferencias regionales.
Un proceso de larga duración divergente y heterogéneo que hunde sus raíces en la Edad de Bronce y
alcanza la Hispania romana. Rasgo sustancial de la cultura ibérica es la particular asimilación que
aquellas sociedades hacen de las corrientes culturales que surcan el Mediterráneo a lo largo del I
milenio a.C.: las aportadas por fenicios, griegos, púnicos y, finalmente y dentro de una política
imperialista, por los romanos. Ello dará como resultado unas realidades propias, ibéricas,
perfectamente integradas en el marco de las civilizaciones mediterráneas gracias a la interacción
comercial, las experiencias compartidas y la aculturación derivadas de los episodios coloniales según
se ha ido observando en el volumen anterior.
Que los íberos así entendidos no fueron jamás una entidad étnica ni un único pueblo, y que su origen
no se entiende en términos de filiación o procedencia sino de formación autóctona, son cuestiones que
hoy nadie discute. Sin embargo ocuparon a la investigación hasta los años setenta del siglo xx. Desde
entonces se han superado paradigmas invasionistas de corte historicista y con tintes de exaltación
patriótica o regionalista, que hacían de los íberos los “primeros españoles” llegados a la Península
fruto de remotas migraciones africanas. Así pensaban por ejemplo Adolf Schulten (1870-1960) y Pere
Bosch Gimpera (1891-1974) con distintos puntos de vista y aproximaciones. Historiográficamente la
labor de estos y otros autores (M. Gómez Moreno, J. Cabré, A. García y Bellido y adentrada la
segunda mitad del siglo pasado, M. Tarradell, A. Arribas, J. Maluquer o E. Cuadrado, entre otros) ha
sido fundamental para el avance de la investigación y la posibilidad de disponer en nuestros días de un
más que notable conocimiento del mundo ibérico, del que sin embargo aún quedan retos que afrontar e
incógnitas por despejar, como el desciframiento de la lengua.
Por otra parte conviene recordar que los vocablos Iberia, íberos y sus derivados no son sino
denominaciones etnográficas dadas por los griegos a las tierras y gentes del Occidente, nuestra
Península. Existía además otra Iberia, la póntica, emplazada en la actual Georgia, entre el Mar Negro
y el Caúcaso. Mitad míticas, mitad reales, ambas Iberias eran escenarios que cerraban por Levante y
Poniente la ecúmene, el mundo conocido de los griegos en época arcaica que no es otro que el
Mediterráneo. Con la singularidad de que las dos eran tierras ricas en metales y ganado, lo que quizá
explique su homonimia. En tanto término acuñado o al menos transmitido por observadores externos,
Iberia poco o nada tiene que ver con una autodenominación local, con independencia de que una de sus
primeras acepciones fuera la de hidrónimo –el Iber o Híbero–, referido inicialmente al río Tinto en la
región onubense y después al Ebro. Desconocemos la etimología y significado originales de Iberia,
mientras que su extensión geográfica, lejos de ser la misma, va ampliándose en paralelo al proceso de
percepción y exploración de la Península por parte de griegos y romanos (vid. vol.I, I.1.1). Estos
últimos preferirán emplear el corónimo Hispania, de vieja raíz semita, para referirse ya a la totalidad
de la Península. Pues desde el siglo vi a.C. y hasta prácticamente la Segunda Guerra Púnica en que las
tropas romanas empiezan a tener conocimiento de las tierras del interior, Iberia aludía básicamente al
litoral mediterráneo frecuentado por los griegos.
Así pues, el sentido que las fuentes dan a los términos Iberia e ibérico es fundamentalmente
geográfico: aquello relativo a las tierras mediterráneas comprendidas entre las Columnas de Heracles
y la Céltica. Países cuyos habitantes se caracterizan por la belicosidad, el mercenariado y la anarquía,
siempre bajo el dictamen estereotipado de los clásicos. No es por tanto un calificativo válido para la
definición política o étnica del espacio prerromano, al menos desde el análisis intrínseco. Por ello, el
significado que la investigación moderna otorga a lo ibérico es esencialmente cultural: lo que se
desarrolla en el marco de la Protohistoria peninsular mediterránea. Hablamos así de cultura o ámbito
cultural ibérico, o de pueblos ibéricos en su acepción crono-espacial. Pero resulta extemporáneo y un
error reduccionista hacer de lo ibérico una categoría histórica, política y no digamos étnica sin
matizarse convenientemente. Íberos es, en suma, un nombre genérico que integra y agrupa al elenco
de pueblos establecidos en el sur, levante y nordeste de la Península durante el I milenio a.C., el
tempus protohistórico.

I.1.2 Reflexionando la cultura ibérica: génesis, etapas y enunciados


Como ya se ha dicho la cultura ibérica no es más que la suma de procesos regionales de poblaciones
que desarrollan a lo largo de la Edad de Hierro formas complejas de organización territorial y social.
En variantes locales pero con expresiones culturales compartidas, tanto ideológicas como lingüísticas
o tecnológicas, de marcada impronta mediterránea. La evolución de dichas poblaciones depende de
tres factores claves: el entorno medioambiental, el sustrato prehistórico y las influencias ejercidas por
los aportes coloniales, lo que configura en cada caso una etnogénesis o formación diferenciada.
Así, en la Andalucía occidental y la baja Extremadura, que habían constituido el área nuclear tartésica
y su periferia respectivamente, el arranque de la cultura ibérica coincide con la transición a finales del
siglo vi a.C. del Periodo Orientalizante hacia un Postorientalizante convertido en horizonte túrdulo-
turdetano de fuerte influjo púnico. Las transformaciones económicas derivadas de la ruptura del
comercio fenicio y el mantenimiento de viejas tradiciones atlánticas determinan un particularizado
paisaje cultural que, según varios autores, diferencia y excluye a los turdetanos del conglomerado
ibérico (vid. infra I.1.3.1). En Andalucía oriental, el Sudeste y la Meseta meridional las poblaciones
del Bronce Final se ven también afectadas por estímulos orientalizantes dinamizados desde los
enclaves fenicios de la costa. Y luego por la presencia púnica, lo que origina, sobre todo en sus inicios,
un iberismo ecléctico de gran riqueza y personalidad. Algo parecido ocurre en las comarcas
levantinas, desde el Cabo de Palos hasta la desembocadura del Ebro. El poblamiento local
experimenta aquí una activación a partir de la fundación de emporios fenicios y desde el siglo vi a.C.
griegos. Las redes comerciales tendidas entre mercaderes mediterráneos y comunidades indígenas,
con prolongación interior por los valles fluviales, explican la eclosión de formas culturales de primer
orden. El urbanismo, la economía excedentaria, el desarrollo artesanal, la escritura y el empleo de la
escultura como lenguaje de poder, hacen que el iberismo alcance en el espacio de las antiguas
Contestania y Edetania sus más altas cotas (vid. infra I.1.3.3). Finalmente en Cataluña y en el sur de
Francia, sobre grupos de Campos de Urnas del Bronce Final en proceso de sedentarización (vid. vol.II,
I.2.1), se desarrolla una iberización superficial y heterogénea en respuesta a una acusada
fragmentación tribal. Si bien las fundaciones foceas de Emporion y Rode en la costa ampurdanesa
(vid. vol.I, II.3.3), así como su metrópoli Masalia, incentivan el desarrollo de las comunidades
próximas al litoral, el del nordeste es un mundo cuyas tradiciones entroncan más con la Galia céltica.
Obviamente estos procesos no son lineales ni convergentes en todas las zonas. Por el contrario
presentan ritmos desiguales y ciertas discontinuidades perceptibles en abandonos de hábitat,
fenómenos de concentración, traslado o colonización poblacional, reorientaciones económicas, etc.
Instrumentalmente la iberización se suele dividir en una serie de fases que sirven para caracterizar y
diferenciar la cultura ibérica desde su génesis hasta su disolución en el nuevo marco romano. Los
indicadores principales son el análisis del poblamiento y la cultura material, en especial las
producciones cerámicas cuya tipología y seriación proporcionan un buen armazón cronológico.
Integrando las distintas periodizaciones regionales en un cuadro general, distinguimos las siguientes
cuatro etapas:
1 . Preibérico o Protoibérico (ca. 700-570 a.C.)
2. Ibérico Antiguo (ca. 570-425 a.C.)
3. Ibérico Pleno (ca. 425-230 a.C.)
4. Ibérico Tardío o Íbero-romano (ca. 230 a.C.-principado de Augusto) Más importante que las
secuencias y clasificaciones, útiles pedagógicamente, es la comprensión de la Protohistoria como
tiempo de excepcional vitalidad en la interacción de gentes y paisajes. En el ámbito ibérico esto se
traduce en la eclosión de nuevas formas de vida y relación social reconocibles en los registros
informativos, particularmente en el arqueológico. Tales manifestaciones –fruto de comportamientos
históricos, recordémoslo siempre– son los enunciados de la cultura ibérica. Enunciados que, sujetos a
la regionalización ya comentada, dan ritmo y color al viaje histórico de los íberos. Avancemos
algunos de los rasgos principales de la cultura ibérica que serán abordados en las siguientes páginas:
a) Poblamiento diversificado y explotación y articulación del territorio como reflejo de la
potencialidad del mundo ibérico.
b) Surgimiento de la escritura en sus variantes formales, de soporte y contenido como efecto de la
interacción y complejidad del mundo ibérico.
c) Desarrollo de la escultura monumental (con imágenes tanto zoomorfas como antropomorfas de
carácter funerario, honorífico o votivo) como expresión social y en particular como proyección
ideológica de los grupos privilegiados. Sin duda es uno de los más relevantes logros de lo ibérico.
d) Entre otras manufacturas, la cerámica como testimonio de la actividad productiva de las
comunidades ibéricas. Con el añadido de ser –atendiendo a su repertorio morfológico, funcional y
decorativo– un referente de primer orden para conocer la vida cotidiana de los íberos y, en ocasiones,
sus valores aristocráticos y religiosos. No en vano la cerámica torneada de pastas claras y decoración
pintada se considera el fósil guía de la cultura ibérica.
Las manifestaciones plásticas, los repertorios de útiles y armas, la arquitectura, el urbanismo, la
ordenación territorial, la comunicación a través de signos e imágenes, junto a las noticias más tardías
de las fuentes escritas son, en suma, las claves para descifrar el mundo ibérico. En concreto y como
seguidamente veremos, para aproximarnos a sus estructuras de producción e intercambio, relaciones
sociales, formas de poder, organización militar y ritualidad.

I.1.3 Los pueblos del ámbito ibérico


En el relato de la Segunda Guerra Púnica, Polibio, Livio y otros historiadores mencionan por sus
nombres a los populi ibéricos implicados en los movimientos de cartaginenses y romanos en suelo
peninsular. Aun tratándose de una información de gran valor que permite un primer bosquejo del
abigarrado mosaico étnico de la Hispania antigua, sus datos, como los que transmite luego Estrabón,
resultan insuficientes para reconstruir sólo con ellos la realidad sociopolítica del mundo ibérico.
Deben advertirse además una serie de consideraciones. La relación de etnónimos es incompleta e
imprecisa. En realidad no sabemos cuántos pueblos habitaban el área ibérica, qué límites geográficos
tenían y lo que es más importante para el análisis histórico, cuál era su grado de concreción como
unidades de población. ¿Constituyen tribus? ¿Etnias? ¿Estados? Los etnónimos citados corresponden
mayoritariamente al momento en que Roma irrumpe en la Península, por lo tanto a una fase ya muy
avanzada del desarrollo de la cultura ibérica, el paso del ibérico pleno al tardío. Parecen operar
entonces entre los indígenas, eso sí, procesos de etnicidad acentuados muy probablemente por la
interacción con púnicos y romanos. El mejor reflejo de ello es la existencia y transmisión de los
mismos etnónimos cuyo análisis lingüístico indica que en la mayoría de casos se trata de nombres
ibéricos, por tanto referencias de identidad propia, si bien su génesis y alcance nos son desconocidos.
Tampoco sabemos cómo se transmiten y evolucionan los etnónimos a lo largo del tiempo, lo que
explica que pueblos mencionados en fuentes con registros tan antiguos como la Ora Maritima no
vuelvan a ser citados posteriormente: serían los casos de etnamenos, ileates y cynetes en el sur y
sudoeste, beribraces en Levante o draganos, sefes y cempsos en las tierras del interior. Suponiendo
que se tratara de etnónimos indígenas anteriores al siglo iv a.C. y no de nombres poéticos o míticos –
lo que no es descartable dados los problemas que plantea el poema de Avieno ( vid. vol.I, I.1.3)–,
ninguno de ellos se mantiene con tal denominación en época romana, y sólo los conios

[Fig.1] La
Península Ibérica y sus pueblos según los datos de Polibio (siglo ii a.C.)
del Algarve portugués, citados por Polibio y Apiano, parecen ser un desarrollo de los arcaicos cynetes.
En los textos clásicos las unidades étnicas se proyectan como una foto fija, como si de un ethnos
invariable en el tiempo y en el espacio se tratara. Pero en realidad la etnicidad es un proceso dinámico
y subjetivo paralelo al desarrollo de la cultura ibérica a lo largo del I milenio a.C. Por ello el cuadro
étnico que dibujan las fuentes antiguas corresponde al momento final del iberismo, horizonte en el que
se fraguan múltiples unidades políticas dentro de territorios étnicos de distinta categoría y dimensión,
para cuya valoración es imprescindible tener en cuenta la información arqueológica.
Hagamos una presentación de los principales grupos étnicos siguiendo un recorrido geográfico que
desde el occidente andaluz nos lleve en dirección este-norte hasta la Galia meridional. Tratándose de
testimonios transmitidos por las fuentes grecolatinas, fundamentalmente Estrabón, Plinio y Tolomeo,
no están todos los que son pero son todos los están. Téngase en cuenta.
I.1.3.1 Andalucía occidental
El grupo más destacado es el de los turdetanos, sobre las tierras del medio y bajo Guadalquivir.
Pueblan las campiñas cordobesas y sevillanas y las provincias de Cádiz y Huelva. Herederos del
mundo tartésico y por tanto abiertos desde antaño al tráfico tanto atlántico como mediterráneo, se
ajustan a la estampa de un pueblo culto y urbano prontamente romanizado. Y de feraz economía
agrícola, propiciada por un

[Fig. 2] Los pueblos del ámbito cultural ibérico


medioambiente de valles suaves y clima benigno. Pero de los turdetanos se desconocen todavía
muchos aspectos. Apenas hay información sobre sus prácticas funerarias a diferencia de otros ámbitos
en los que se reconocen bien las necrópolis de cremación (vid. infra I.1.7.4), quizá por el
mantenimiento de tradiciones atlánticas que no dejan huella arqueológica, como el arrojamiento de
cuerpos y cenizas a las aguas. Éste y otros rasgos (escritura meridional anterior y distinta al ibérico
levantino, pervivencia hasta época romana de poderes monárquicos, repertorios cerámicos
diferenciados, ausencia de escultura humana, escasa presencia de armas, fuerte impronta púnica…)
hacen de los turdetanos una entidad ciertamente singular que, en opinión de algunos autores, debe
desligarse del espacio cultural ibérico. Entre sus asentamientos más representativos están Onuba y
Tejada la Vieja (Escacena del Campo) –la antigua Tucci– en la provincia de Huelva; Osuna –la
antigua Urso–, Écija –la antigua Astigi–, Carmona –la antigua Carmo–, Lebrija –la antigua Nabrissa–,
Coria del Río –la antigua Caura–, Alcalá del Río –la antigua Ilipa–, Montemolín (Marchena), El Cerro
Macareno o la propia Sevilla (con topónimo antiguo de raíz semita: Spal), todos ellos en la provincia
hispalense; la Corduba prerromana (en La Colina de los Quemados), Espejo –la antigua Ucubi– y

[Fig.
3] Etnias prerromanas y principales yacimientos del área ibérica
Torreparedones (Castro del Río-Baena) en la campiña cordobesa; y Mesas de Asta (Jerez de la
Frontera) –la antigua Hasta Regia– y Doña Blanca (Puerto de Santa María) en Cádiz. La mayoría de
estos enclaves están habitados desde el Bronce Final, convirtiéndose después en prósperas ciudades
tartesio-fenicias cuya ocupación se mantiene con algunas transformaciones hasta tiempos íbero-
romanos.
Al norte de la Turdetania y estrechamente emparentados con sus gentes, hasta el punto de que algunos
autores antiguos no establecen diferencias entre ambas etnias (Strab., 3, 1, 6), se emplazan los
túrdulos. Abrazan las comarcas bajoextremeñas en la mesopotamia que trazan el Guadalquivir y
Guadiana. Un territorio más agreste que el turdetano, de vocación agropecuaria y minera pues abundan
los afloramientos de plomo, cinabrio y estaño. Destacan los núcleos de Capilla, Regina, Hornachuelos
(Ribera del Fresno) y Medellín, en la provincia de Badajoz, y otros tan interesantes como Cancho
Roano (Zalamea de la Serena), La Mata (Campanario), El Turuñuelo (Guareña y Mérida) o El Palomar
de Oliva (Mérida). Son estos últimos una suerte de residencias palaciegas o centros de poder cuyas
elites controlarían amplias extensiones rurales; hábitats que sin embargo se abandonan en el siglo v
a.C. (vid. vol.I, II.2.4.2.4).
I.1.3.2 Andalucía central y oriental
La etnia más importante, la de los bastetanos, se extiende por buena parte del oriente andaluz, las
altiplanicies granadinas, el sur de la provincia de Jaén, el sudoeste de Albacete y el interior murciano.
Un territorio tan accidentado como contrastado que ocupa las grandes depresiones intrabéticas y sus
correspondientes accesos, y dispone de variados recursos naturales, especialmente agropecuarios. Las
antiguas Tutugi –actual Galera–, Basti –su capital étnica, hoy Baza–, Iliberri –bajo el barrio granadino
de Albaicín– y Acci –actual Guadix–, así como El Cardal (Ferreira), El Cerro de los Allozos
(Montejícar) o el Cerro de los Infantes (Pinos Puente) son algunos de los enclaves más importantes en
la provincia de Granada. Estos grandes poblados, que suelen disponer de una acrópolis en la parte alta
del asentamiento, se sitúan en la cabecera de valles fluviales, en posición privilegiada para el control
de las rutas comerciales. Los santuarios extraurbanos al aire libre, la construcción de cámaras
funerarias y el empleo de cajas de piedra o barro como contenedor cinerario son manifestaciones
rituales y funerarias de especial arraigo en la Bastetania; sin olvidar la célebre Dama de Baza que
también hizo las funciones de tumba para, probablemente, una mujer. En la zona costera los
bastetanos conviven con los bástulos, poblaciones descendientes de colonos fenicios mezclados con
gentes autóctonas (a los que Estrabón y otros autores denominan libiofenicios; vid. vol.I, II.4.4).
Desde generaciones atrás se dedican los bástulos a actividades pesqueras y al comercio mediterráneo.
Por ello las fuentes antiguas los relacionan geográficamente con el estrecho de Gibraltar y las costas
de Málaga y Granada, donde se asientan gentes norteafricanas durante la dominación púnica.
La alta Andalucía y el curso superior del Guadalquivir dan asiento al amplio territorio de los oretanos,
que sobrepasa por el norte Sierra Morena y engloba la Mancha ciudadrealeña hasta el valle medio del
Guadiana. Un espacio que amén de dilatado es de gran valor estratégico en la comunicación entre
Andalucía, la Meseta y el Levante. Lo surcan importantes vías naturales y comarcas de gran
rentabilidad agrícola y minera: la fértil campiña jienense, uno de los graneros de Iberia, la región
castulonense rica en hierro y plata, o el célebre cinabrio de Almadén cuya explotación se inicia en
época prerromana. En su sector andaluz, buena parte de la provincia de Jaén, la Oretania cuenta con
ciudades de la categoría de Cástulo (en Cazlona, junto a Linares), Úbeda la Vieja, Castellones de Ceal
(Hinojares), las antiguas Baecula, Tucci, Obulco/Ipolca e Iliturgis –que se corresponden con Bailén,
Martos, Porcuna y Mengíbar respectivamente–, y Plaza de Armas de Puente Tablas en las
inmediaciones de Jaén; todas ellas capitales de notorios territorios. Característicos de Oretania son los
santuarios naturales de Despeñaperros, de donde proceden numerosísimos exvotos de bronce; el
emplazamiento de estas cuevas sacras marca una posición fronteriza en la confluencia de varios
dominios políticos. Asimismo destaca la escultura zoomorfa funeraria, sobre todo los leones, como en
Turdetania. En la margen septentrional o manchega también son de adscripción oretana la antigua
ciudad de Sisapo –localizada en el yacimiento de La Bienvenida (Almodóvar del Campo)–, Oretum –
capital epónima, en el Cerro Oreto (Granátula de Calatrava)–, el Cerro de las Cabezas (Valdepeñas) y
Alarcos, en la provincia de Ciudad Real. Mientras que en tierras albaceteñas, colindantes a bastetanos
y contestanos, cabe mencionar los núcleos de El Amarejo (Bonete), El Salobral y La Quéjola (San
Pedro).
I.1.3.3 Sudeste y región valenciana
Los mastienos son mencionados en fuentes dispersas de cierta antigüedad (la Ora Maritima, Hecateo
de Mileto, Polibio) con una ubicación poco precisa entre los cabos de Gata y Palos, aunque algunos
autores los sitúan junto a las Columnas de Heracles. Vecinos por tanto de los bástulos de la costa
malagueña y como ellos dedicados al comercio marítimo. Hay quien piensa que se trata de los
antecesores de los bastetanos, pues su nombre no vuelve a ser citado en las fuentes con posterioridad
al siglo ii a.C. Los asentamientos de Villaricos (Cuevas de Almanzara), Vera –la antigua Baria–, en la
provincia de Almería, y Cartagena o Qart Hadash –la capital bárquida en Hispania–, Mazarrón y La
Loma de El Escorial (Los Nietos), en Murcia, se localizan en la antigua región mastiena. Su alcance
étnico no parece superar el de su enigmática capital, Mastia, emplazada en un punto desconocido del
litoral entre Almería y Murcia en el entorno de Cartago Nova. Es posible que el lugar se rebautizara
con un topónimo posterior.
Por su parte la Contestania, otra de las regiones ibéricas de mayor relevancia cultural, se extiende por
la provincia de Alicante, el sur de la de Valencia y por las comarcas orientales de Murcia y Albacete.
Articulan su territorio las cuencas del Segura y Vinalopó y sus afluentes. Un espacio donde
interactúan estrechamente griegos e íberos y con puertos, vegas agrícolas y ciudades de gran
dinamismo que hacen de los contestanos uno de grupos ibéricos más desarrollados. Las inscripciones
greco-ibéricas y las cerámicas áticas que afloran en la región nos hablan de la intensa relación
establecida entre foceos y contestanos. Igualmente, imágenes como la celebérrima Dama de Elche o la
esfinge de Agost, las falcatas o las cerámicas ilicitanas bastan para calibrar la fuerza de las
aristocracias locales. En sus tumbas y ajuares las necrópolis contestanas dan cuenta de la vitalidad de
sus gentes, su riqueza y ostentación. La Contestania está salpicada de un buen número de núcleos de
población, costeros e interiores, entre los que se enumeran en la provincia de Alicante: La Alcudia de
Elche –la antigua Ilici–, La Picola (Santa Pola), El Oral y La Escura (San Fulgencio) –sobre una
albufera navegable en el bajo Segura–, Los Saladares, Cabezo del Estaño, Cabezo Lucero, El Puntal
(Salinas), El Alto de Benimaquía (Denia), La Serreta (Alcoy), La Illeta dels Banyets (Campillo),
Villajoyosa, El Castellar (Crevillente), El Tossal de Manises y El Tossal de la Cala (Benidorm). Y en
la provincia de Murcia, concluyentes al territorio bastetano, los poblados de El Cigarralejo (Mula), los
cerros de Villaricos-Los Villares (Caravaca) y Santa Catalina del Monte.
Al norte de Contestania las comarcas valencianas bañadas por el Júcar y el Turia, hasta alcanzar las
tierras de Cuenca y Teruel, dan asiento a la región edetana. Su nombre deriva de la capital étnica,
Edeta, localizada en el Tossal de San Miguel de Liria. La potencialidad agrícola del Campo de Turia,
las condiciones portuarias del litoral y el temprano despertar urbano perfilan entre los edetanos un
poblamiento complejo y jerarquizado. De ello son muestra enclaves como Castellar de Meca (Ayora),
Tossal de San Miguel y Castellet Bernabé (Liria), La Bastida de Les Alcusses (Mogente), La Senya
(Villar del Arzobispo), El Puntal del Llops (Olocau), La Covalta (Albaida), Los Villares (Caudete de
las Fuentes) –la antigua Kelin–, El Molón (Camporrobles), La Carència (Turís), Oliva, Játiva –la
antigua Saetabi– y Sagunto; de este último conocemos su topónimo ibérico, Arse, por las leyendas
monetales. Producciones cerámicas como las de Oliva-Liria, definidoras de un estilo narrativo de gran
riqueza, o el uso de pilares-estela para señalizar los enterramientos son buenos indicadores de la
arqueología edetana. En progresión septentrional la Edetania da paso al territorio de los ilercavones.
Éstos ocupan la provincia de Castellón con el bajo Maestrazgo como área nuclear, y las comarcas
tarraconenses más meridionales en el bajo Ebro. Cada vez mejor conocido arqueológicamente, el
ilercavón es un poblamiento de transición entre las esferas valenciana, catalana y aragonesa abierto a
estímulos coloniales y al círculo íbero-púnico, destacando asentamientos como, entre los
castellonenses, El Puig de la Nao (Benicarló), El Puig de la Misericordia (Vinaroz), Torre de Foios
(Lucena del Cid), Vinarragell o La Balaguera (Pobla Tornesa). Y en la provincia de Tarragona, La
Moleta del Remei (Alcanar), Coll del Moro (Gandesa), Castellet de Banyoles (Tivissa), Castellot de la
Roca Roja (Benifallet) y El Tossal del Moro (Batea).
I.1.3.4 Valle del Ebro
El viejo flumen Iberus dibuja en su curso medio la irreal frontera entre íberos y celtíberos. Desde
aproximadamente el ecuador de su recorrido y hasta el delta, las tierras que baña se incluyen, con
carácter ecléctico y confluyente, en el área cultural ibérica. Así lo sugiere el patrón de asentamiento,
la cultura material –en especial la vistosa cerámica de focos como Azaila–, la proliferación de
inscripciones ibéricas y tardíamente la emisión de moneda en un buen número de ciudades. En
cualquier caso resulta muy difícil distinguir lo ibérico de lo celtibérico –y sus diversos pueblos– en
este espacio de frontera en el que el Ebro es eje difusor de corrientes culturales y comerciales. La red
de afluentes configura un paisaje de pequeños valles recortados por las estribaciones del Sistema
Ibérico que en determinados puntos (Sierra Menera, Moncayo o más al oeste la Sierra de Ayllón)
permiten un aprovechamiento minero de la sal y el hierro. Como en otras regiones ibéricas, el
poblamiento del valle del Ebro responde a un patrón nuclearizado con ciudades que ejercen de cabeza
comarcal. El territorio de la antigua Salduie, en torno a la cual Augusto funda la colonia de
Caesaraugusta, hoy Zaragoza, es uno de los más significados. Pudo ser la capital de un antiguo
territorio étnico, la Sedetania, tal como piensa G. Fatás; otros autores niegan sin embargo la realidad
de tal etnónimo considerando esta región una prolongación interior de la Edetania. Aguas abajo del
Ebro otro grupo étnico poco definido es el de los ausetanos, que también se han emplazado en la
Cataluña prelitoral. En el alto Aragón los oscenses, con su capital Osca/Bolskan –bajo la actual
Huesca–, y los jacetanos en torno a Jaca, son los pueblos más representativos.
La arqueología del valle del Ebro es una de las de más temprano desarrollo. Así lo indica la
excavación en las primeras décadas del siglo xx de poblados turolenses tan relevantes como Cabezo
Alcalá (Azaila), San Antonio el Pobre (Calaceite), La Caridad (Caminreal) o Cabezo de la Guardia
(Alcorisa), limítrofes al territorio ilercavón; y más tarde de fundaciones romanas como Celsa en
Velilla del Ebro (Zaragoza).
I.1.3.5 Cataluña y Languedoc
Como ya se ha indicado, en el Nordeste predominan la fragmentación étnica y la compartimentación
comarcal. Son muchas las etnias que poblaron el territorio actualmente catalán, pero la iberización es
aquí un fenómeno externo que afecta fundamentalmente a la costa desde que a mediados del siglo vi
a.C. se funda Emporion y luego Rode. Las regiones interiores siguen inmersas en formas de vida que
remontan al horizonte Campos de Urnas del Bronce Final y participan, por tanto, de un sustrato
indoeuropeo (vid. vol.II, I.2.1). La inexistencia de esculturas y tumbas monumentales, un urbanismo
de menor empaque pero con notable desarrollo de las defensas, el uso de la escritura levantina como
código de comunicación, un armamento de tipo céltico y determinadas costumbres religiosas e
instituciones políticas, separan a estas poblaciones de los íberos del Sudeste y Andalucía.
Tracemos un recorrido paleoetnológico del Nordeste con arranque en la Cataluña meridional. Las
comarcas del Tarragonés, Bajo Penedés y Garraf se corresponden con el espacio de los cesetanos o
cosetanos. Su principal y epónimo núcleo de población es Kesse, frente al cual los Escipiones fundan
Tarraco (Tarragona), luego capital de la Citerior. Otros yacimientos cesetanos en los que se han
practicando excavaciones arqueológicas en los últimos años son El Barranc de Gàfols (Ginestar),
CiutadellaAlorda Park o Les Toixoneres (Calafell), Les Guàrdies (El Vendrell), Mas d’en Gual (El
Vendrell), Fons del Roig (Conil), en la costa tarraconense, y en la provincia de Barcelona, Olérdola
(Sant Miquel d’Olèrdola) y Adarró (Vilanova y la Geltrú). Avanzando en dirección norte por la
depresión litoral se entra en la Layetania. Abarca las comarcas próximas a la antigua Barcino, como el
Vallés y el Maresme en la llanura del Llobregat. Burriac (Cabrera del Mar), Cassol de Puig Castellet
(Folgueroles), La Peña del Moro (Sant Just Desvern), El Turó d’en Boscà (Badalona), Puig Castellar
(Santa Coloma de Gramanet) y Turó de Can’Oliver (Cerdañola) son enclaves de adscripción layetana,
al igual que las fundaciones romanas de Barcino (Barcelona), Baetulo (Badalona) e Iluro (Mataró).
Resulta muy difícil perfilar demarcaciones fronterizas entre unos y otros pueblos, más aun para tribus
de las que no tenemos otra información que su nombre y una vaga referencia locacional. Es el caso de
los bargusios o bergistanos en la comarca del Berguedá, en el alto Llobregat, entre Berga y Sant
Miquel de Sorba. O el caso de los ausetanos, en el límite interior de las provincias de Gerona y
Barcelona, cuya capital, Ausa, se situó en los alrededores de Vic. A la Ausetania pertenecen los
yacimientos de Turó del Montgròs (El Brull), L’Esquerda (Roda de Ter) y Cassol de Puig Castellet, en
la comarca de Osona. Y asimismo los lacetanos, formando una cuña entre los anteriores y los
cesetanos sobre las fértiles riberas occidentales del Llobregat, a los que adscribir los poblados de
Bordes (Castellgalí) o El Cogulló (Sallent).
Mayor significación arqueológica tienen las comarcas del alto y bajo Ampurdán, La Garrotxa y El
Gironés, solar de los antiguos indiketas o indigetes. Su potencial agrícola y proximidad a los emporios
foceos del golfo de Rosas explican una fuerte aculturación griega. Ésta se hace patente en el registro
material y en la definición urbana de poblados como el Puig de Sant Andreu –con un espectacular
perímetro defensivo– e Illa d’en Reixach en Ullastret, Mas Castellar (Pontós), Sant Julià de Ramis, La
Creueta (Quart), El Castell (Palamós) o Puig Castellet (Lloret de Mar), los dos últimos sobre
promontorios costeros. La presencia de campos de silos en núcleos del interior como Ullastret o Mas
Castellar denota una elevada producción cerealística destinada al comercio griego, como se ha
apuntado en el capítulo correspondiente (vid. vol.I, II.3.3.7.2).
Por su parte los ilergetes habitan la Cataluña interior, la mayor parte de las comarcas leridanas hasta
el Ebro, con extensión aragonesa siguiendo las cuencas del Segre y Cinca. Además de su capital,
Ilerda/Iltirta –la moderna Lérida–, cabe mencionar los yacimientos de Els Vilars (Arbeca), El Molí
d’Espígol (Tornabous), Gebut (Soses), Genó (Aitana), Estinclells (Verdú) y El Tossal de les Tenalles
(Sidamon). El paisaje agropecuario, la existencia de hábitats con potentes murallas y unos usos
funerarios que se mantienen inalterados desde el Bronce Final subrayan el ambiente indoeuropeo del
mundo ilergeta. Como también el funcionamiento de jefaturas guerreras de las que una evolución
tardía representan Indíbil y Mandonio. Rememorados en las crónicas de la Segunda Guerra Púnica,
estos principes fueron capaces de aglutinar a su alrededor amplias clientelas militares. Y es que
durante la conquista romana los ilergetes parecen haber sido uno de los pueblos más poderosos del
nordeste peninsular, con una hegemonía extensible a otras poblaciones. Al noroeste de los ilergetes,
alcanzando las estribaciones centrales de los Pirineos se emplazan los suessetanos y jacetanos. Y a su
oriente otras comunidades fragmentadas y de accidentada orografía con economías marcadamente
ganaderas, como andosinos, arenosios, olositanos y ceretanos. Dispuestos entre el valle de Arán,
Andorra y La Cerdaña, estos pueblos se descubren y mencionan al paso de Aníbal por sus territorios,
cuando el cartaginés cruza los Pirineos en el verano del 218 a.C. camino de Italia. De los ceretanos, en
torno a las fuentes del río Segre, Estrabón destaca la calidad de sus cerdos, cuyos jamones fueron
cotizados productos de comercio.
Finalmente, al otro lado de los Pirineos las tierras del Languedoc francés hasta al menos el valle del
río Herault se consideran partícipes del mundo ibérico. En ello inciden ciertas producciones
artesanales e inscripciones con nombres ibéricos de lugares como Rúscino (Castellrosselló),
Couffoulens, Mailhac, Ensérune (Nissan) –con un extenso campo de silos–, Pech Maho o Montlauès
en los departamentos de Aude y Hérault. De ellos, los últimos son enclaves marítimos bajo la órbita
masaliota. En cualquier caso estamos ante poblaciones que en muchos aspectos funcionales y por su
propia ubicación geográfica podemos calificar de celto-galas. Así lo corroboran etnónimos
indoeuropeos como sordones o elisiceos, cuyas gentes se asientan en el extremo oriental de los
Pirineos y en el valle del río Aude.
Aculturación diversa, etnicidad dinámica y fronteras fluctuantes son, en suma, las premisas que mejor
se ajustan al complejo mapa étnico de la Iberia prerromana.

I.1.4 Lengua y escrituras


La existencia de escritura y las necesidades que justifican su aparición y uso componen una de las
páginas más trascendentales de la historia de los íberos. Sociológicamente la escritura surge fruto de
las demandas económicas y culturales que caracterizan la vida de la Edad de Hierro. Ésta es su
significación histórica, la que hace de las primeras formas de escritura un rasgo por excelencia de la
Protohistoria.
Por influencia o mimetismo de los alfabetos fenicio y griego que los mercaderes mediterráneos
introducen en la Península, desde al menos el siglo v a.C. los íberos
[Fig. 4] Semisilabarios ibéricos y sus modelos griegos y fenicios. En A, la columna 1 reproduce el
alfabeto jonio arcaico, y la 2 el signario greco-ibérico. En B, la columna 1 propone un posible modelo
de alfabeto fenicio; la 2 la escritura del suroeste o tartésica; la 3 el signario ibérico del sudeste o
meridional, y la 4 el signario ibérico levantino.
crean sistemas de escritura para el registro de mensajes en lengua vernácula. En concreto
semisilabarios. Esto es, repertorios de signos que fonéticamente se corresponden tanto con letras (para
vocales y consonantes nasales, vibrantes, laterales y silbantes) como con sílabas (para consonantes
oclusivas). Los pueblos ibéricos hablaban distintos dialectos emparentados entre sí. Al igual que el
paleovasco, con el que comparte ciertos préstamos, y otras hablas extintas, la ibérica es una lengua
remota

[Fig. 5] Localización de las principales inscripciones paleohispánicas de la Península Ibérica


de filiación no indoeuropea, aislada genéticamente. Esto la diferencia de las empleadas en la Meseta y
occidente peninsular, como el celtibérico, que son lenguas indoeuropeas (vid. vol.II, I.2.4.1). He aquí
la razón de que a inicios del iii milenio seamos todavía incapaces de entender los textos ibéricos,
salvo contadas palabras: la falta de paralelos lingüísticos. Pero afortunadamente sí podemos leerlos
gracias al desciframiento fonético establecido por M. Gómez Moreno entre 1922 y 1925, a partir
fundamentalmente del estudio combinado de leyendas monetales ibéricas, bilingües y latinas. Desde
entonces los estudios sobre las lenguas prerromanas (la Paleohispanística) avanzan lenta pero
valiosamente.
I.1.4.1 Signarios ibéricos
En el área cultural ibérica se distinguen al menos tres signarios diferentes además de la ya comentada
escritura del sudoeste o tartésica (vid. vol.I, II.2.5.3). Ésta deriva formalmente del fenicio y es la más
antigua, desarrollándose a partir de ella otros signarios con diferente estructura fonética y semántica.
En la Andalucía centro-oriental y los rebordes de la Meseta manchega se emplea el llamado ibérico
meridional o del sudeste; en Oretania, Bastetania y el interior de la región contestana. Entre otras
particularidades y al igual que la tartésica, la dirección de esta escritura es retrógrada, por tanto se
escribe de derecha a izquierda, y plantea todavía algunos problemas de lectura. No deja de extrañar
que en Turdetania apenas se hayan documentado inscripciones de época ibérica. Cabe pensar que sigue
en uso la escritura tartesia o alguna variante postrera, lo que daría fondo a las palabras de Estrabón (3,
1, 6) cuando a propósito de los turdetanos alude a sus escritos en verso y prosa de –exageraciones
aparte– una antigüedad de 6.000 años. En todo el ámbito levantino, desde Murcia hasta el sur de
Francia, se utiliza el signario levantino o del nordeste que se escribe de izquierda a derecha. Esta
variante es la escritura ibérica más estandarizada y consta de una treintena de signos. Su origen está
quizá en Contestania y desde ahí se extiende siguiendo las rutas comerciales hacia otros territorios que
la adaptan como escritura franca. Una grafía vehicular, como propuso hace años J. de Hoz, para
facilitar la comunicación y el intercambio entre gentes de distinta adscripción lingüística, geográfica o
política. Igualmente los celtíberos del valle del Ebro adaptan con ligeros cambios la escritura
levantina (vid. vol.II, I.2.4.2). Es muy probable que este signario se haya desarrollado a partir del
llamado greco-ibérico, que no es sino el particular uso del alfabeto jonio arcaico –el empleado por los
griegos foceos– para expresar una lengua ibérica local. Los mejores ejemplos de este sistema mixto
greco-ibérico se registran una vez más en Contestania a inicios del siglo iv a.C. Se trata de letreros
pintados en vasos cerámicos –tanto griegos como ibéricos– y de otros textos más extensos grabados en
planchas de plomo, como el de La Serreta de Alcoy, uno de los más largos escritos en ibérico, o el de
El Cigarralejo.
I.1.4.2 Soportes epigráficos
En efecto, el plomo es el principal soporte de escritura empleado por los íberos, que lo toman de los
foceos. En finas láminas enrollables cual papiros se anotan operaciones comerciales y otros registros:
contratos, leyes, listados, cartas… Contenidos, en fin, propios de la vida en la ciudad. Valgan como
muestra los plomos ibéricos de Ampurias o El Castell de Palamós. Pero además se escribe
abundantemente en otros soportes: sobre paredes cerámicas –grafitos que ilustran a veces escenas
épicas, como el conocido “vaso de los letreros” de San Miquel de Liria–, vasijas metálicas y otras
manufacturas domésticas, desde falcatas hasta pesas y fusayolas. También se escribe sobre hueso y
mosaico. Igualmente se documentan inscripciones en piedra: tanto en abrigos rupestres, por ejemplo
en la comarca pirenaica de la Cerdaña, como estelas. Estas últimas corresponden a epitafios con
fórmulas funerarias que recuerdan en ocasiones a las latinas, como la de la lápida edetana de Sinarcas.
Asimismo, tablillas de cera o madera, cuero y tejidos, pudieron emplearse como materiales de
escritura.
[Fig.6] Plomo
greco-ibérico de La Serreta de Alcoy
(Alicante)
[Fig. 7] Estela de Sinarcas (Valencia), con epitafio
en ibérico levantino
Se trata casi siempre de anotaciones muy breves: nombres de personas, propietarios o artesanos,
valores heroicos, dedicaciones votivas, tal vez cifras; si bien algunos plomos recogen textos de cierta
extensión. Por último, desde finales del siglo iii a.C. se graban en los reversos monetales, con mayor
profusión en signario levantino que en el meridional, los topónimos de las cecas o ciudades que
acuñan numerario; y puntualmente el nombre de algún magistrado, como ocurre en las emisiones de
Obulco, Cástulo o Untikesken. A día de hoy el corpus de inscripciones ibéricas está próximo a las
2.000, confirmándose un incremento epigráfico a partir del siglo ii a.C. en contacto ya con el mundo
romano.
Con todo lo dicho resulta fácil deducir que la escritura surge en la sociedad ibérica como un
instrumento vital para el comercio y la comunicación, inicialmente en manos de mercaderes e
intermediarios. Se asocia también a los círculos aristocráticos pues la escritura es una prerrogativa de
poder y prestigio hasta que su uso se extiende con el crecimiento de las ciudades.

I.1.5 Poblamiento, territorio y hábitat


El estudio del poblamiento, de las formas de ocupación del espacio por parte de las sociedades, es un
aspecto vertebrador de la experiencia humana. No en vano constituye uno de los indicadores más
válidos para entender su organización. ¿Cómo se asientan las gentes ibéricas? ¿Qué tipos de hábitat
ocupan? A partir de los mismos, ¿cómo se estructuran los territorios? ¿Se repite el mismo patrón de
asentamiento o cambia según regiones y tiempos? Al igual que en otros campos ya atendidos, en lo
relativo a poblamiento y urbanismo las pueblos ibéricos responden de forma variada y compleja. Por
sus implicaciones merece la pena que nos detengamos en este punto.
I.1.5.1. Formas de ocupación del espacio en el mundo ibérico
Cabe definir la territorialización, otro de los fenómenos consustanciales a la Edad de Hierro, como el
proceso de ocupación y control del espacio a partir de unidades de habitación de distinto tamaño y
función, que pueden ser residenciales, productivas, de defensa o demarcatorias. Resultado de ello es la
configuración de un territorio de identidad propia, correspondiente generalmente a una unidad
política, articulado económica, social y administrativamente. La heterogeneidad es quizá el rasgo más
acusado, en primer lugar en lo que respecta a los tipos de hábitat. En el ámbito ibérico se distinguen al
menos cuatro categorías de asentamiento que obviamente no se dan a la vez ni de igual forma en todas
las regiones, pero que, en líneas generales, son perceptibles desde el ibérico antiguo: 1) los oppida o
grandes centros urbanos fortificados, 2) los poblados menores que pueden o no estar amurallados, 3)
los caseríos y 4) las atalayas o casas-fortaleza. No son los únicos, a ellos hay que añadir otros como
santuarios extraurbanos, cuevas, establecimientos temporales, etc.
El oppidum es al mundo ibérico lo que la civitas al mundo romano o la polis al griego. Equivalente a
la ciudad, es el referente espacial y urbano del territorio ibérico. Se trata por tanto de un núcleo de
población superior, organizado y preeminente que capitaliza un territorio político. Son centros
fortificados de considerable tamaño (con superficies que oscilan entre dos y treinta hectáreas) y
compleja estructura interna, emplazados en lugares destacados sobre el paisaje. En la mayoría de
casos son el resultado de procesos de concentración poblacional o sinecismos de aldeas que hunden
sus raíces en el Bronce Final o Hierro Antiguo, aunque también los hay de nueva planta. Ocupan
laderas, mesetas y cerros de mediana altura en la proximidad de cursos fluviales y recursos naturales.
Así, disponen cerca de campos de cultivo, pastos, canteras o puertos. Divisables desde lejos,
posibilitan también un buen control del entorno, de las vías de comunicación y fronteras. Desde fecha
temprana se amurallan con sistemas que se amplían y mejoran con el tiempo, contribuyendo la
topografía a la defensa natural de los emplazamientos. Los oppida constituyen un punto de referencia
como lugar de hábitat, protección e identidad. No sólo para la población que reside en ellos, también
para aquella otra dispersa en el territorio aledaño que se recoge y protege en el oppidum de distintas
amenazas. Además vertebran estructuras de poblamiento en las que el oppidum es el elemento rector
que establece fórmulas de dominio sobre hábitat secundarios (aldeas, caseríos, atalayas) a los que
compete el desempeño de labores económicas o defensivas. Asimismo

[Fig. 8]
Poblamiento en el territorio edetano del valle del Turia (Valencia), según H. Bonet
dominan los lugares sacros y simbólicos comprendidos en su espacio, en especial las necrópolis y los
santuarios periféricos, ciertamente trascendentes pues dotan de identidad a la comunidad y confieren
poder a sus dirigentes. En definitiva, los oppida son centros de poder político y control territorial.
Sin embargo los oppida no son la única modalidad de hábitat, incluso en ciertas zonas del interior
apenas se reconocen. Mucho más numerosos son los poblados menores, las aldeas y granjas dispersas
por el territorio, si bien de difícil identificación arqueológica cuando no están fortificados.
Representan un elemento clave en el paisaje ibérico por su función económica; trátese de
establecimientos agropecuarios –los más–, mineros, pesqueros o centros especializados que pueden
incluir alfares, talleres metalúrgicos o lagares. Buena parte de su producción revierte en un lugar
central del que dependen administrativamente, bien el oppidum o bien un hábitat intermedio a su vez
subsidiario de la capital política, variando según la estructuración interna de cada territorio (vid.
infra). En los últimos años se comprueba cómo en momentos ya del ibérico pleno algunos territorios
presentan en sus fronteras un sistema de atalayas o casas-fortaleza que a un afán demarcatorio suman
una posición de defensa facilitada por su elevada topografía y excelente visibilidad.
I.1.5.2 Patrones regionales
El desarrollo de la arqueología del paisaje en los últimos veinticinco años (con el incremento de
trabajos de prospección y el empleo de novedosas técnicas) permite perfilar distintos modelos de
poblamiento nucleado en torno a los oppida, resultado como se ha dicho de un particular
ordenamiento sociopolítico. En algunos casos pueden relacionarse con el mapa étnico de los pueblos
ibéricos. Uno de los modelos mejor estudiado corresponde al espacio oretano de las campiñas del alto
Guadalquivir, que ha sido definido por A. Ruiz y su equipo de la Universidad de Jaén como
“polinuclear”. Se define por la coexistencia de territorios políticos más o menos uniformes regidos
por una capital urbana u oppidum, que es el asentamiento más relevante por no decir el único. Estos
oppida se disponen en tramas territoriales de unos ocho a diez kilómetros. Un panorama que cabría
asimilar a un horizonte de ciudades-estado oretanas, o mejor a pequeños reinos independientes pero
unidos por lazos supratribales o confederales, en relaciones de igualdad o bajo la hegemonía de una
capital y su élite rectora. Esto se aviene bien con referencias tardías de las fuentes a régulos oretanos
como Culchas, que ejerció su poder sobre veintiocho ciudades (Liv., 28, 13, 3-5) (vid. vol.II, I.1.8.1).
Los estudios de A. Oliver en el bajo Maestrazgo muestran asimismo otro patrón de territorialización a
base de unidades homogéneas, en este caso en el espacio meridional de los ilercavones. Se reconocen,
en efecto, poblados fortificados de similar tamaño y disposición (Moleta del Remei, Puig de la Nao,
Puig de la Misericordia) controlando territorios vecinos de extensión aproximada separados por
fronteras naturales. Lo que se pone también de manifiesto al menos parcialmente en el territorio
indiketa, donde núcleos coetáneos de similar categoría y extensión como Puig de Sant Andreu e Illa
d’en Reixach, ambos en Ullastret y muy poco distantes, parecen rivalizar como capitales de las ricas
tierras cerealísticas del interior ampurdanés.
Un modelo diferenciado, de carácter “mononuclear” por tanto, se comprueba por ejemplo en la
antigua Edetania. En el valle del Turia la colonización y jerarquización interna del territorio son
mucho mayores y el poblamiento por ende más diversificado, como indican los análisis de H. Bonet.
Sobresale un gran centro rector, el yacimiento de El Tossal de San Miguel de Liria, de más de diez
hectáreas, con seguridad la capital de los edetanos. Este núcleo controla un vasto territorio en el que se
distribuyen asentamientos rurales dependientes, tanto aldeas (La Monravana) como caseríos (El
Castellet Bernabé); mientras que a lo largo de la Serra Calderota una red de fortines complementarios
(como el de El Puntal dels Llops) delimita los confines de un incipiente estado. Es perceptible aquí un
sistema de clientelas para definir las relaciones que vinculan a la población periférica con las élites
rectoras de Edeta, que aparte de tributación en productos incluirían por parte de la población
suburbana prestaciones de tipo laboral y militar. Algo parecido se observa en el ámbito cosetano, con
Kese/Tarraco como capital; a ella se subordinan núcleos de segundo rango (La Cuitadella) de los que
dependen a su vez poblados metalúrgicos (Les Guàrdies) y explotaciones agrícolas sin fortificar
(Fondo de Roig en Cunil), controlando así las élites de Kese los distintos subsectores territoriales
según piensa J. Sanmartí. En Turdetania, por su parte, las fértiles comarcas del valle medio del
Guadalquivir están bajo el control de importantes núcleos de población de los que dependen centros
agrícolas menores, como han sabido ver entre otros M. Belén y J.L. Escacena. En las marismas y en el
litoral onubense la población se concentra en
[Fig. 9] Planta del oppidum de El Puig de Sant Andreu, Ullastret (Gerona), según J. Sanmartí y J.
Santacana
ciudades sobre la antigua línea de costa que, desde su posición privilegiada, controlan el comercio
fluvial y marítimo; subsidiarios de las mismas son una serie de enclaves de segunda categoría, como
puertos de pequeño volumen y factorías de salazón.
I.1.5.3 Urbanismo y espacios públicos
Desde el ibérico antiguo la mayor parte de los hábitats muestran una evidente proyección urbana.
Dependiendo de su topografía y dimensión, los poblados desarrollan en su interior tramas articuladas
por ejes viales, manzanas y espacios abiertos. Un ordenamiento que contempla desde modelos tan
sencillos como el poblado de eje central o una red de callejuelas, hasta entramados de gran
complejidad que exigen una planificación urbana y expresan la capacidad de acción de los grupos
rectores. En hábitat suficientemente extensos se constata el empleo de módulos más o menos
regulares como también la disposición de barrios aterrazados en emplazamientos sobre ladera, como
ocurre en El Tossal de San Miguel de Liria. Internamente se diferencian áreas habitacionales de
aquellas otras de carácter económico (talleres, silos, corrales) y de uso público (espacios de reunión,
representación y culto). Las calles son de tierra batida y mas raramente se pavimentan con guijarros o
losas, reforzándose en ocasiones con bordillos o aceras como se observa en San Antonio de Calaceite
o en Alarcos. Sorprende comprobar en nuestros días las roderas o marcas de carro grabadas en
calzadas de lugares como Castellar de Meca, Burriac o Puig de Sant Andreu. Canalizaciones y
depósitos de agua completan la infraestructura urbana; buena muestra son las cisternas excavadas en
la roca del poblado valenciano de El Molón.
Cada vez tiene más importancia el estudio de la arquitectura pública en la ciudad ibérica. Edificios y
espacios comunitarios que, atendiendo a su definición y funcionalidad, ayudan a comprender la
estructura sociopolítica, económica e ideológica de sus comunidades. Dejando a un lado
fortificaciones, necrópolis y templos, que se verán oportunamente más adelante, existen dos tipos de
espacios públicos intraurbanos. En primer lugar los abiertos o no arquitectónicos, fundamentalmente
plazas y mercados que, como en el último caso, constituyen áreas económicas emplazadas con
frecuencia también extramuros de la ciudad. Aunque no sin dificultad, se van conociendo en los
últimos años espacios asimilables a la idea de ágoras en tramas urbanas suficientemente excavadas.
En segundo lugar, los espacios públicos arquitectónicos en los que habría que diferenciar según su uso
y función entre: a) estructuras de producción y almacenamiento, b) construcciones de carácter político
o representativo, y c) edificios destinados al culto (vid. vol.II, I.1.10.3). Empezando por los primeros,
los poblados ibéricos disponen tanto de estructuras de transformación agraria (molinos, hornos,
almazaras) e industrial (alfares, fraguas, talleres) como de espacios de almacenamiento; entre estos
últimos y de particular importancia, silos subterráneos y graneros sobreelevados de uso comunitario
(vid. vol.II, I.1.6.1).
Por su parte, los edificios relacionados con el poder político no son de fácil identificación
arquitectónica. La jerarquización, así como el estatus y el prestigio de aquellos que rigen la ciudad, se
proyectan más claramente en necrópolis e imágenes escultóricas que en el ámbito urbano. Ciertos
edificios singulares pueden, sin embargo, interpretarse como residencias de la élite, palacios o regiae.
Además de los casos ya comentados de Cancho Roano y La Mata en el espacio túrdulo del Guadiana
medio (trátese de palacios-santuarios o centros económicos, en cualquier caso una arquitectura de
prestigio que caracteriza al ibérico antiguo o postorientalizante extremeño; vid. vol.I, II.2.4.2.4), se
empiezan a distinguir en contextos urbanos lo que parecen ser edificios de carácter político o civil.
Podrían serlo ciertas estructuras con plantas exentas de mayor tamaño de lo normal,
compartimentadas en varios ámbitos y a veces porticadas con entrada in antis. Se descubren en
posiciones centrales o destacadas dentro de poblados oretanos, edetanos y contestanos, y
recientemente en Les Toixoneres y el Puig de Sant Andreu, datándose en el tránsito del ibérico pleno
al final. En el caso del enclave cosetano de Les Toixoneres, la vivienda en cuestión, bautizada por sus
excavadores como la “casa del caudillo”, alcanza 500 metros cuadrados de superficie y muestra una
compleja planta arquitectónica. Son lugares desde donde los jefes ejercen y proyectan su poder,
connotando por tanto un sentido representativo. Además de residencias estos espacios pueden
aglutinar funciones económicas, religiosas o jurídicas; por ejemplo la de archivos, un instrumento
clave en el funcionamiento de la ciudad al que asociar ciertos registros epigráficos.
I.1.5.4 Murallas y defensas
Capítulo aparte son los sistemas de fortificación presentes en oppida y poblados. La erección de
murallas es una forma de delimitar el espacio doméstico de una comunidad, amén de una estrategia de
defensa. Pero sobre todo, un referente de identidad de grupo y una expresión de poder. Lo primero
(imagen de colectividad) con respecto a la población que se reconoce y resguarda en su interior,
participando además de tan costosa construcción; y lo segundo (símbolo de fuerza) con relación a los
grupos rectores que la gobiernan. El perímetro amurallado circunscribe la identidad de una población
resaltando la silueta de la ciudad sobre el territorio. Es por tanto un elemento ideológico que integra,
cohesiona y delimita un cuerpo cívico bajo un enunciado de fuerza y poder. El recinto defensivo
funciona como divisa de la ciudad: una forma de ideología comunitaria y proyección política ¡hechas
piedra!
Desde el punto de vista técnico las fortificaciones ibéricas se adaptan a la topografía del lugar. Suelen
asentarse directamente sobre el terreno a veces nivelándose previamente la superficie. Por lo general
se componen de muros simples o dobles con basamentos de piedra en seco y alzados de adobe o tapial
que se revocan y rematan con empalizadas de madera o almenados de adobe. En ocasiones todo el
lienzo se construye en piedra irregular, lo que da mayor robustez al recinto. En determinados puntos
de su recorrido las murallas se refuerzan con bastiones y torres de planta circular, ovalada o angular; y
en algunos casos con muros en avanzada o proteichismas protegiendo puertas, torres o determinados
sectores de la muralla (epikampion). En algunos enclaves las defensas alcanzan gran calidad técnica,
denotándose la influencia de préstamos poliorcéticos coloniales tanto púnicos como griegos. El
Castellet de Banyoles, Burriac y sobre todo el Puig de Sant Andreu, dada la proximidad de Ullastret
con Emporion, son soberbios ejemplos de arquitectura militar avanzada. Estos lugares disponen de
calles de acceso entre tramos murarios, lienzos en cremallera, casamatas y poternas; combinan torres
circulares, rectangulares y pentagonales y emplean cantería de gran regularidad. Desde el último
cuarto del siglo iii a.C. las defensas se hacen más complejas dada la inestabilidad que provoca en los
territorios ibéricos la Segunda Guerra Púnica. Es entonces cuando el sentido representativo y de
prestigio de las fortificaciones da paso a una función marcadamente militar y defensiva.

[Fig. 10] Entrada al oppidum de El Puig de Sant Andreu, Ullastret (Gerona)


Un aspecto que no hay que olvidar es la inversión tanto de recursos económicos como de esfuerzo
humano en la construcción de murallas. La envergadura y dificultad de éstas y otras obras de carácter
público requieren de una efectiva coordinación y, sobre todo, de muchos brazos y horas de trabajo.
Además del uso eventual de mano de obra servil, como subraya F. Gracia, hay que tener en cuenta la
existencia en la población civil de prestaciones bajo la forma de corveas o servicios laborales a la
comunidad. Sean voluntarias o más bien obligadas, estas prestaciones ayudan a cohesionar y fortalecer
la identidad del grupo.
I.1.5.5 Arquitectura doméstica
¿Cómo son las casas ibéricas? Por lo general están adosadas y seriadas en torno a calles y paredes
medianeras conformando manzanas. Las viviendas se orientan preferiblemente al sur o este –aunque
no siempre es así–, y en el extrarradio la primera línea de casas suele apoyarse en la muralla. Las
plantas son angulares (cuadradas, rectangulares o trapezoidales), con un tamaño oscilante que depende
de la categoría del poblado, la topografía y el volumen del grupo familiar que las habite; nunca
excesivamente grandes y pocas veces superiores a 80 metros cuadrados, con la excepción de las
grandes casas nobiliarias a las que nos hemos referido antes. Suelen compartimentarse en varios
recintos y estancias, de las cuales la principal es un espacio central polifuncional donde transcurre
buena parte de la vida doméstica. Ahí se sitúa el hogar –en el centro o en un lateral– y a su alrededor
bancos corridos, alacenas y vasares. Los hogares se realizan con arcilla, cantos rodados y tierra
rubefacta, y suponen un elemento clave para la familia pues proporcionan luz, calor y el cocinado de
alimentos. En torno a la cocina se distribuyen las áreas de descanso (con jergones o lechos) y las
dependencias y patios para el almacenaje de productos y la realización de trabajos domésticos:
molienda, procesado y conservación de alimentos, hilado y tejido, cordelería y cestería, etc. Es lo que
indica la reiterada presencia de molinos pétreos de rueda giratoria, fusayolas y pesas asociadas a
telares, y más puntualmente hornos de arcilla para cocer panes y otras pitanzas. En las entradas o junto
a los patios se disponen rediles para el ganado doméstico y las aves de corral. El hallazgo de animales
sacrificados, pequeños depósitos votivos u otros objetos rituales sugiere la existencia de “capillas” o
espacios de culto familiar en el interior de algunas casas.
En lo relativo a aspectos constructivos, desde el Hierro Antiguo se puede hablar de estructuras en
firme y cimentadas. Los materiales habituales son piedra, madera, tierra, arcilla y cal. Las casas se
erigen con zócalos de piedra en seco o trabada con argamasa, sobre los que se levantan alzados de
tapial o adobe de grosor y altura variables. El uso de ladrillos de adobe está documentado en la
Península Ibérica desde el siglo viii a.C. Los muros se revocan con arcilla y en el interior se enlucen
con cal para impermeabilizarlos y ganar luminosidad pues la escasez de vanos hace muy oscuro el
interior. Algunas paredes incluso se decoran con motivos geométricos pintados en vivos colores. Los
suelos son de tierra apisonada, arcilla, cantos rodados o lechos de conchas, los dos últimos en
vestíbulos y espacios abiertos; mientras que improntas sobre arcilla confirman el uso de esteras de
esparto u otras fibras textiles. Las viviendas disponen de una o varias plantas, en ocasiones un nivel de
suelo y un almacén en altillo como prueba la existencia de escaleras en piedra o madera junto a los
muros, y las basas pétreas para el apoyo de las vigas. Las cubiertas, tanto planas como de una vertiente
al interior, se realizan con entarimados de madera y techumbres de cañizo o ramaje mezclados con
arcilla, empleándose a veces placas de adobe o barro a modo de tejas.

I.1.6 Bases económicas


En paralelo a la interacción cultural, la territorialización y la complejidad social, la Protohistoria es, y
cabe analizarse también, como un proceso económico. Un tiempo para la explotación intensiva del
medio, la especialización de las manufacturas y la multiplicación de mercados. En efecto, la economía
marcadamente agropecuaria y autárquica de la Edad de Bronce da paso en la Edad de Hierro a un
panorama más diversificado en el que el incremento de la producción con vistas al intercambio es la
dinámica principal. Los avances tecnológicos, el crecimiento demográfico, el empleo

[Fig.11] Útiles agricolas ibéricos procedentes de yacimientos valencianos


de sectores de la población en actividades de mayor demanda para la ciudad como las artesanías o el
comercio, la circulación de mercancías y los beneficios que reportan, todo contribuye poderosamente
a la dinamización del mundo ibérico. El económico es otro importante paisaje de la historia de los
íberos. Hagamos un recorrido por los hitos que lo integran.
I.1.6.1 El campo y los trabajos agropecuarios
Se calcula que un 70 por ciento de la fuerza de trabajo en una comunidad ibérica (más del 50 por
ciento de la población total) estaba dedicada a labores agropecuarias. Como en todas las sociedades
agrarias del Mediterráneo el campo es, en efecto, medio de vida y principal sustento para el grueso de
la población. La sedentarización y el progreso tecnológico fundamentan la agricultura intensiva que
caracteriza desde las primeras etapas al mundo ibérico. El empleo del hierro sustituyendo al bronce en
la elaboración de aperos agrícolas (azadas, hoces, hachas, podaderas, horcas, legones, azuelas…)
contribuye al aumento de la rentabilidad del campo. Como también el uso de estiércol animal o la
quema de rastrojos como sistemas de abono. En varios poblados valencianos y catalanes se han
recuperado conjuntos de herramientas con características formales que se mantienen sin cambios
hasta época moderna. Entre los nuevos útiles destaca la reja de arado de hierro; por su resistencia,
mayor capacidad (al labrar más superficie agraria) y eficacia (al hacerlo con surcos profundos que
aumentan la fertilidad del suelo), se considera un motor de cambio económico en la Edad de Hierro.
Además de en el hallazgo de algunas de sus piezas metálicas, el uso de arados de tracción animal se
documenta en exvotos de bronce que lo reproducen en miniatura y en escenas cerámicas, como las de
los cálatos de Azaila y Alcorisa, con la representación de yuntas de bueyes; como tipo iconográfico el
arado está también presente en el reverso de las monedas de Obulco junto a la espiga. En estos
soportes la escena del arado o “labrador mítico” acusa más un sentido simbólico que costumbrista,
relacionado con ritos de fundación y fertilidad.
Como se ha indicado al hablar de la organización territorial, la gestión de la producción agraria se
centraliza en los oppida. Pero el trabajo primario de siembra y cosecha lo llevan a cabo familias
campesinas en el entorno de aldeas y granjas, en el extrarradio por tanto; por eso es tan importante la
ocupación y explotación de asentamientos rurales en el territorio agrícola de los oppida. Resulta muy
difícil definir el régimen de tenencia de la propiedad. Sin duda existieron parcelas de muy distinto
tamaño, titularidad y uso; una convivencia que respalda la heterogeneidad de la sociedad ibérica.
Desde pequeños huertos familiares junto a las casas, pasando por campos comunales pertenecientes a
una aldea o poblado, hasta superficies de mayor extensión cimiento del poder de las aristocracias
locales. Éstas son trabajadas por campesinos libres con algún tipo de sujeción jurídica o prestación
laboral, sin descartarse la existencia de mano de obra servil. Cuando el trabajo lo realizan jornaleros
una parte importante de la producción revierte en los grupos de poder, los propietarios legítimos de la
tierra o sus beneficiaros que son quienes gestionan y redistribuyen las cosechas. La aparición de
herramientas de trabajo en unidades domésticas permitiría pensar que los campesinos no sólo eran
dueños de los aperos sino también de las superficies de cultivo; así, un sistema de pequeños
propietarios agrícolas es el que ha propuesto C. Mata para los núcleos edetanos del campo del Turia.
En líneas generales el modelo agrícola de la Edad de Hierro corresponde a un policultivo de secano
intensivo y de base cerealística. En superficies menores se alterna con el barbecho de leguminosas y
hortalizas, plantas que ayudan a fertilizar el suelo. Junto a las gramíneas ganan importancia a lo largo
del tiempo la vid y el olivo así como el cultivo de frutales y plantas textiles como el lino y el esparto.
Se constata también la práctica del regadío a través de acequias que se abastecen del agua de aljibes o
de aquella otra derivada de manantiales a través de canales, como se observa en La Alcudia de Elche.
De los colonos mediterráneos, sobre todo de los púnicos, aprenden las gentes ibéricas técnicas que
mejoran cualitativamente el rendimiento del campo. Los análisis paleobotánicos tanto palinológicos
(a partir de pólenes) como carpológicos (a partir de semillas y frutos carbonizados) (vid. vol.I,
I.1.2.4), que se vienen practicando en los últimos años, ayudan a reconstruir el paisaje agrícola
ibérico. Entre las especies atestiguadas están, dentro de las gramíneas, cebada, trigo, avena, escanda,
panizo y mijo; las legumbres como habas, lentejas, garbanzos y guisantes; y las hortalizas como coles.
Y entre los frutales vides, olivos, higueras, granados, manzanos, palmeras datileras, almendros o
avellanos; algunos de ellos introducidos por fenicios y griegos.
Trigo y cebada son los cultivos de mayor arraigo. Además de las referencias de Estrabón y otros
autores a la excelencia agrícola de regiones como Turdetania, la arqueología está verificando la
especialización cerealística de determinadas comarcas ibéricas. Uno de los mejores ejemplos lo
proporcionan, en el nordeste, las regiones del Ampurdán catalán y el Languedoc francés. En ellas la
producción excedentaria con vistas al comercio con Emporion, Rode y Masalia constituye un
importante factor de desarrollo. En relación con ello hay que entender la proliferación de silos
subterráneos que desde el siglo v a.C. se reconocen en esas y otras comarcas catalanas. Se trata de
estructuras de almacenaje excavadas en el suelo cuyo interior se revoca con arcilla y que, una vez
colmatadas, se cierran herméticamente con barro, paja y estiércol. Ello permite conservar el cereal
durante bastante tiempo, incluso por varios años. Los silos se vacían y rellenan varias veces hasta que
acaban amortizándose como basureros o para otros fines prácticos (hornos de cocina) o rituales
(depósitos de ofrendas, espacios funerarios). Estos silos pueden ser de carácter doméstico o
comunitario. Los primeros forman parte de estructuras de habitación y son de pequeño o mediano
tamaño (con capacidad entre 300 y 1.000 kilogramos), lo correspondiente a un grupo familiar. Por su
parte los silos comunitarios se registran tanto dentro como fuera de los poblados, conformando a
veces amplias superficies junto a los campos de cultivo. Su tamaño y capacidad (entre 1.000 y 5.000
kilogramos), junto al hecho de aparecer concentrados, indica que estos silos guardaban el excedente
agrario de toda una comunidad, sea para su aprovisionamiento futuro o para el comercio exterior, bien
con los griegos o con otras comunidades ibéricas, como demuestran los estudios de E. Pons. En el
territorio indiketa los poblados de Ullastret y Mas Castellar en Pontós, éste último con una superficie
superior a las tres hectáreas, representan los mejores ejemplos de campos de silos, aunque se
documentan también en Ensérune y otros poblados del Nordeste. A partir del siglo ii a.C., con la
imposición por parte de Roma de nuevas estrategias económicas empieza a declinar el uso de los silos
ibéricos.
Para el almacenamiento de cereales, semillas y otros productos se construyen también graneros
aéreos. Se trata tanto de entarimados de madera sobre muros de piedra a modo de hórreos, como de
secaderos con paredes de adobe y orificios de aireación incluidos a veces dentro de las unidades
domésticas; estos últimos son representativos de poblados levantinos como La Moleta del Remei, La
Illeta dels Banyets, Torre de Foios o El Amarejo. La molienda de granos y frutos como bellotas para la
realización de harinas, gachas y panes fue un trabajo familiar y cotidiano, y así lo atestigua la
presencia de molinos de piedra giratorios en las viviendas. Téngase en cuenta que la dieta alimenticia
de las poblaciones de la Edad de Hierro es fundamentalmente vegetal, con un consumo de carne más
bien limitado; se estima que el setenta por ciento del contenido calórico diario era de base vegetal y
sólo un treinta por ciento cárnico.
La potencialidad agrícola de las comunidades ibéricas tiene su reflejo en la exigencia por parte de
Roma de pagos en especie. Ello fue algo habitual hasta la regulación de una política fiscal de base
monetaria que sustituyó, ya en el siglo i a.C., a la economía de guerra, como defiende T. Ñaco. Una
tributación medida generalmente en cargas de cereal –trigo y cebada–, pero también en productos
como esparto, cabezas de ganado o bloques de sal. Bastará con recordar que en la toma de Cartago
Nova (209 a.C.), además de riquezas en oro y plata, Escipión obtiene un botín tasado en 400.000
modios de trigo, 270.000 de cebada y más de sesenta naves cargadas de trigo, armas, cobre, hierro,
esparto y otras mercancías (Liv., 26, 47). O que años después la política impositiva de Catón en
Hispania se nutre de cuantiosos tributos agrícolas recaudados a las ciudades estipendiarias de la
Citerior (vid. vol.II, II.2.2.1).
Junto a la cerealística la producción vitícola se está revelando de gran importancia. Si bien
introducido por los fenicios, el cultivo de vitis vinifera y la producción de vino local están
atestiguados en el mundo ibérico desde una fecha tan temprana como finales del siglo vii a.C. Así lo
indican los resultados de la excavación del poblado de El Alto de Benimaquía, en Denia. En este
pequeño recinto fortificado vivían a las órdenes de algún poder local varias familias dedicadas en
exclusiva a la elaboración del vino, como demuestran las varias estructuras de lagar halladas; en
concreto, cuatro cubas excavadas en la roca con capacidad total para 2.500 litros, y asociadas a ellas
gran cantidad de pepitas de uva, según el estudio de P. Guérin y C. Gómez Bellard. El material
cerámico es igualmente indicativo, con numerosas ánforas vinarias tanto fenicias del tipo R1 como de
imitación local, junto a jarros y platos de inspiración fenicia. Otros poblados andaluces (Doña
Blanca), levantinos (Kelin) y catalanes (Puig de Sant Andreu) presentan indicios de producción de
vino desde el siglo vi a.C., e igualmente Arse/Sagunto a tenor de la información del plomo griego de
Ampurias. También se conocen centros de almacenamiento de vino para el consumo de las clases
dirigentes, como los de La Quéjola y Los Nietos. Estos datos, en fin, confirman una temprana
producción local de vino que se sirve de novedades introducidas por los colonos mediterráneos y
prontamente adaptadas por los íberos. Ello hace que desde el siglo vi a.C. el vino producido en Iberia
circule junto a otros productos en la red comercial que comparten íberos, griegos y púnicos. En
relación con ello y con la distribución de caldos mediterráneos hay que entender la difusión a partir
del siglo v a.C. de vajilla griega asociada al vino; fundamentalmente cráteras y, entre las copas
individuales, cílicas y escifos. Las aristocracias ibéricas son grandes demandantes de vino, elemento
que por su prestigio y valor social incorporan en sus hábitos domésticos y rituales; de esta forma,
mientras el vino se utiliza en banquetes, recipientes como las cráteras hacen las veces de urnas
cinerarias y otros vasos áticos integran el ajuar funerario de los más poderosos. Así lo demuestra su
presencia en necrópolis bastetanas, oretanas y contestanas (vid. vol.II, I.1.7.4).
Además del vino el mundo ibérico conoce la elaboración de cerveza y otras maltas fermentadas desde
el Bronce Final, como confirman entre otros los hallazgos del poblado ilergeta de Genó. Por otra
parte, los análisis practicados por J. Juan Tresserras en ánforas ibéricas de los siglos iii y ii a.C.
demuestran que contenían cerveza de cebada y no vino, tal como se había asumido. En este sentido el
consumo de alcohol en banquetes y fiestas de mérito se convierte en una fórmula de cohesión social
muy operativa para el afianzamiento de las jefaturas de la Edad de Hierro. Al igual que las armas o las
clientelas, el vino es un instrumento de poder para las aristocracias ibéricas (vid. vol.II, I.1.7.1).
Finalmente, el lino y el esparto son cultivos textiles de gran desarrollo. El lino se producía en cantidad
y calidad en el entorno de Játiva –la antigua Saetabi–, Tarraco o Ampurias como nos hacen saber
Polibio, Estrabón y Plinio. Con esta fibra se confeccionaban tejidos, vestidos, tapices y corazas; una
producción con la que relacionar también estructuras de almacén y, por qué no, los silos subterráneos
para la provisión y macerado de los tallos. Como caso significativo, el poblado cosetano de Coll del
Moro contaba con un taller dedicado al trabajo del lino. Por su parte, el esparto se da en regiones
montañosas del interior y, particularmente, en parajes esteparios del sudeste como el vasto campo
espartario extendido entre Cartagena, Alicante y Albacete. Es una materia prima fundamental para la
vida doméstica y el desempeño de actividades pesqueras y comerciales, pues con este material se
elaboran todo tipo de cesterías, cuerdas, redes, esteras y calzados.
El trabajo agrícola se complementa con la recolección de raíces, bulbos, hongos, plantas medicinales y
en cantidades considerables, frutos secos y silvestres; entre estos últimos las bellotas: alimento de alta
carga proteínica que resulta esencial en la dieta humana (en forma de harinas, gachas y panes) y en el
engorde del ganado porcino.
La ganadería es también una actividad plenamente integrada en el paisaje ibérico cuyo alcance
depende del marco medioambiental y las dinámicas poblacionales. Desde significar en algunos
contextos una ocupación subsistencial o meramente auxiliar de la agricultura en las campiñas del
Guadalquivir o en las vegas valencianas, pongamos por caso, hasta convertirse en otros en una
actividad especializada y exclusiva. Sobre todo en las comarcas interiores con suelos más pobres y
abruptos donde se desarrollan modelos de ganadería extensiva o trasterminante, esto es, con
desplazamientos estacionales de corto recorrido. Otras comunidades se especializan en la cría de
cabañas para satisfacer la demanda de lana, carne, lácteos o pieles. El volumen de restos faunísticos e
instrumental ganadero, así como la presencia de cercados y cisternas para el abrevado del ganado,
como la recientemente documentada en el poblado ilergeta de Estinclells, de notables dimensiones,
inciden en la especialización pecuaria de determinados centros. Ciertamente importante fue la
producción de lana y, a partir de la misma, la comercialización de telas y tejidos (vid. vol.II, I.1.6.2).
Prácticamente todos los hábitat de la Edad de Hierro excavados deparan restos de fauna que permiten
un primer esbozo de la cabaña ibérica. Haciendo una valoración conjunta de los datos publicados, que
en un alto porcentaje corresponden a consumos alimenticios, diremos que la especie más abundante y
representativa es la ovicaprina. Se destina ésta al consumo cárnico y, sobre todo, a la explotación de
productos secundarios: lana y piel, leche y derivados, estiércol, etc. Osteológicamente resulta bastante
difícil diferenciar una cabra (Capra hircus) de una oveja (Ovis aries), pero en zonas como la baja
Extremadura, la Meseta y Andalucía oriental los rebaños de ovejas debieron ser proporcionalmente
más numerosos. A los ovicápridos siguen con poca diferencia entre ellos suidos y bóvidos. Los cerdos
(Sus domesticus), criados en corrales y quizá también en régimen de montería, tienen un
aprovechamiento masivamente cárnico como pone de manifiesto la edad mayoritariamente joven de
los ejemplares sacrificados. A partir del ibérico pleno se observa un notable incremento en el consumo
de cerdos, del que es aprovechable como alimento el 75 por ciento de su cuerpo. Los bóvidos (Bos
taurus), por su parte, ofrecen un beneficio más pluralizado: producción láctea, apoyo en las labores
agrícolas como fuerza de tiro –en el caso de bueyes– junto a caballos y mulas, recursos secundarios
(cuero, cuernas, mantecas…) y consumo de carne al agotarse el ciclo útil del animal. En regiones
como la baja Andalucía los rebaños de toros conforman una estampa ganadera de viejo cuño. El
caballo (Equus caballus) está asimismo representado. No sólo arqueozoológicamente, también en
creaciones plásticas de la cultura ibérica: esculturas, relieves, exvotos, decoraciones cerámicas… No
en vano y en tanto animal de prestigio que es representa uno de los más explícitos atributos del poder
de las aristocracias ibéricas. De su papel social y religioso nos ocupamos más adelante (vid. vol.II,
I.1.8.2); digamos ahora desde el plano exclusivamente económico que el caballo es un animal de
montura y tiro, así como el principal medio de transporte, y que en época ibérica sólo
excepcionalmente se consume su carne. En proporción menor pero creciente a lo largo del tiempo se
documentan también asnos (Equus asinus). Parece rápida su difusión como animales de carga a partir
de su introducción en la Península por parte de mercaderes fenicios en los siglos ix-viii a.C., como
revela la fauna recuperada en factorías fenicias como Doña Blanca o Toscanos. Finalmente forman
parte del registro faunístico ibérico, en porcentaje ya muy minoritario, perros (Canis familiares) y
gallinas (Gallus gallus), estas últimas también de procedencia oriental.
La caza es un complemento alimenticio, sobre todo en época de carestía. Se calcula que cerca de un
tercio de la masa cárnica consumida en la Edad de Hierro corresponde a fauna silvestre, y que entre un
cinco y un treinta por ciento de la fauna exhumada en los hábitat ibéricos no es doméstica. Entre las
especies atestiguadas están ciervos, liebres, jabalíes, cabras salvajes, osos, linces, tejones y aves
lacustres. Incluso anfibios y galápagos. Pero, además, la caza mayor es un hábito aristocrático como
pone de manifiesto la iconografía cerámica con escenas heroicas o iniciáticas de varones enfrentados a
carnívoros de gran tamaño (lobos o carnassiers) u otros persiguiendo a ciervos a lomos de sus
caballos. Una actividad, en fin, que connota estatus y prestigio. Asimismo la apicultura fue un trabajo
habitual del que el mejor indicador son las colmenas tubulares de barro de la región de Liria, aunque
pudieron realizarse también en corcho. Recordemos que la miel es un edulcorante natural utilizado
también como conservante y para elaborar perfumes y medicamentos.
Los íberos desarrollan distintos tipos de pesca fluvial y marítima, con redes (de las que quedan
plomos de fijación) y con caña (conservándose anzuelos y arpones, tanto en bronce como en hueso). Y
recolectan también moluscos para consumo alimenticio o, en el caso de conchas y caracolas, para
realizar con ellas pavimentos, desgrasantes cerámicos, colgantes o bien para su transformación en cal.
En la costa andaluza se utilizan almadrabas para la captura de túnidos; de igual forma que desde al
menos inicios del siglo v a.C. y bajo control púnico, funciona una importante red de salazones en las
que pudo emplearse mano de obra turdetana y bastetana.
I.1.6.2 Las manufacturas y las industrias especializadas
Otro importante episodio de la Protohistoria ibérica es la progresiva exención de una parte de la
población de su plena dedicación a la agricultura para ocuparse en trabajos artesanales cada vez más
diversificados, al ritmo que marca el desarrollo urbano y la activación comercial. Resultado de ello
serán la división laboral en las ciudades del ibérico pleno y el valor creciente de las manufacturas
como productos de consumo y mercado. Como estimación teórica, en torno al 20 por ciento de la
población activa (15 por ciento de la población total) de una comunidad ibérica se dedicaría a dichos
trabajos. Mineros, herreros, orfebres, carpinteros, alfareros, escultores, pintores, mercaderes… se
convierten en protagonistas de una cada vez más dinámica sociedad ibérica. Una veloz mirada servirá
para sustanciar lo más relevante de estos trabajos.
Empezando por las labores extractivas, muchos poblados se emplazan en la proximidad de canteras y
filones susceptibles de aprovechamiento minero-metalúrgico, siguiendo tradiciones que en algunos
casos remontan a la Edad de Bronce. El trabajo de la piedra es indispensable en la materialización de
poblados y ciudades. Con ella se construyen murallas, torres, viviendas y monumentos funerarios,
además de labrarse esculturas y relieves; esto último sobre piedras blandas como calizas y areniscas.
Ocupaciones como las de cantero, constructor o escultor son cada vez más necesarias y recurrentes. Lo
mismo la minería en sus distintas fases de trabajo: prospección del terreno, extracción a cielo abierto,
lavado y transporte del mineral…, hasta su transformación final en lingotes o manufacturas metálicas.
Tanto a pie de obra –en el caso de canteras y minas– como en los hábitat, se forman talleres y
cuadrillas de trabajo a veces itinerantes. Delatan la práctica de estos trabajos los hallazgos de
herramientas como mazas, cinceles, gubias o escofinas. Las principales regiones mineras se hallan en
Sierra Morena, la cuenca extremeña del Guadiana y las estribaciones del Sistema Ibérico, en general
con buenos afloramientos de cobre argentífero, hierro y plomo. Y más particularizadamente Almadén,
con sus célebres minas de cinabrio, o Cartagena, cuyas explotaciones de plata tan buen rendimiento
dieron a los cartagineses. En cualquier caso, al margen de los grandes poblados mineros de Oretania
(Cástulo, Obulco, Sisapo) se está comprobando que si no más operativos, sí al menos más
representativos son los pequeños centros metalúrgicos que abastecen a sus territorios de una
producción más o menos especializada.
Desde siglos atrás la metalurgia constituye un trabajo especializado por la variedad de componentes y
procesos tecnológicos que envuelve, trátese del tratamiento de hierro, plata, oro o aleaciones como el
bronce. Como se dijo en capítulos anteriores, los fenicios introducen el uso industrial del hierro en el
litoral peninsular a inicios del siglo viii a.C. (vid. vol.I, II.1.6.1). Lo que no excluye la existencia
desde antes de procesos locales de reducción que empleen ya el hierro junto a otros minerales. La
expansión de esta metalurgia posibilita que desde el siglo v a.C. se forjen en hierro armas,
herramientas de trabajo y elementos del utillaje doméstico como piezas de carro, cierres y llaves de
puerta, rejas, remaches o placas de telar. Pero la siderurgia es un trabajo especializado y complejo que
requiere de altas temperaturas (hasta 1.200 grados centígrados, lo que sólo se alcanza con el empleo
de carbón vegetal y hornos adecuados) y de técnicas como el aventado continuo de oxígeno mediante
fuelles o el acerado añadiendo carbono al hierro para fortalecerlo. Posteriormente la pieza se trabaja y
da forma martilleando la masa candente e introduciéndola a intervalos en agua fría, lo que hace el
temple, tratamiento que confiere a armas y herramientas mayor resistencia y flexibilidad. No hay
evidencia de explotaciones verdaderamente industriales ni grandes fraguas en los hábitat ibéricos, en
parte porque el espacio interior de los oppida apenas se conoce o porque se emplazarían fuera de los
núcleos de población. Lo predominante parecen ser forjas modestas de producción local o comarcal
como denuncian los poblados metalúrgicos de Les Guàrdies, en territorio cosetano, o El Castellet
Bernabé y La Bastida de Les Alcusses, entre los edetanos. Estos talleres dependían de la capital de sus
territorios, a la que iría a parar buena parte de la producción sujeta, por tanto, a un modelo de
explotación centralizada.
Por su parte, el cobre, el plomo y sobre todo el bronce en aleaciones binarias o terciarias, se emplean
para la realización de un sinfín de adornos personales, objetos domésticos, elementos de vajilla,
figurillas votivas, apliques, atalajes de caballo o armamento defensivo. La reducción de estos metales
se hace en estado líquido mediante la fundición; se usan pequeñas cubetas excavadas en la roca para
las piezas de mayor tamaño, y moldes univalvos o bivalvos de arcilla o piedra con las formas en
negativo de los objetos a reproducir. Para exvotos y piezas de pequeño tamaño se emplea la técnica de
la cera perdida. Una vez enfriadas y extraídas de los moldes, las manufacturas se pulen y cincelan
hasta adquirir su forma definitiva. Estos trabajos se llevan a cabo en áreas especializadas dentro de los
poblados fácilmente identificables por el hallazgo de escorias, tortas de fundición y herramientas.
Crisoles, moldes, tenazas, martillos… que se emplean en las distintas fases del proceso metalúrgico.
El Oral, El Puntal de Salinas o La Escuera son ejemplos de enclaves contestanos dedicados al trabajo
del plomo. En definitiva, a la luz de todos estos datos cabe colegir que herreros y broncistas llegan a
ser artesanos especializados que trabajan a plena dedicación en talleres locales, contando cada
territorio o poblado de importancia con al menos un complejo metalúrgico.
Tocante a la orfebrería, los íberos desarrollan técnicas heredadas del Periodo Orientalizante con las
que logran manufacturas de gran originalidad y belleza. En especial vajillas de plata (las páteras de
Tivissa, Perotito o Santisteban del Puerto, o los cuencos de Abenjibre, son magníficos ejemplos) y
joyería áurea (sirvan de muestra los tesoros de Jávea y Mairena de Alcor, o en versión plástica las
alhajas que lucen las damas ibéricas). En el trabajo orfebre se utilizan pequeños crisoles para fundir el
metal, soldándose y trabajándose posteriormente las piezas individualmente. Las técnicas decorativas
habituales son la incisión, la filigrana, el granulado y el repujado, para las que se emplean buriles y
otros instrumentos que a veces se documentan arqueológicamente. Dada su especialización es
probable que orífices y plateros, al menos algunos de ellos, se desplazaran por distintos territorios con
sus talleres. Es lo que, por ejemplo, parece deducirse del hallazgo de tres magníficos bocados de
caballo en bronce (en concreto una cama decorada con la imagen del despotes hippon o domador de
caballos), realizados en el mismo molde a inicios del siglo v a.C., procedente de tres lugares distantes:
Cancho Roano en la provincia de Badajoz, el santuario de Azougada en Maura (Portugal) y un punto
desconocido de la región murciana; la opción de un broncista itinerante, como piensa F. Quesada, no
está reñida con la posibilidad de manufacturas que, salidas de un taller estable, pudieran circular como
bienes de prestigio. La distribución de mercancías en redes de intercambio es, como veremos, otro
aspecto esencial del mundo ibérico (vid. infra, I.1.6.3).
La alfarería y la actividad textil son ocupaciones que alcanzan altas cotas entre los íberos. Respecto a
la primera, se mantienen en un principio las cerámicas modeladas manualmente que remiten a
modelos del Bronce Final, sin decoración o bien con cordones aplicados o improntas digitales. La gran
novedad la proporciona, sin embargo, la adaptación a finales del siglo vi a.C. del torno de alfarero en
buena parte de los territorios ibéricos, y a partir de lo mismo las producciones torneadas y en serie que
acaban sustituyendo a las realizadas a mano. Se desarrollan también los hornos de cocción,
aumentando su capacidad y permitiendo una mayor aireación gracias al empleo de toberas; así se
logran cocciones oxidantes de gran calidad. Los hornos se construyen en arcilla y barro, presentan
doble cámara (de combustión en la parte inferior y de cocción en la superior) y una cubrición circular.
Es lo que documentan los complejos alfareros de yacimientos como Orriols, Torrelles de Foix,
Fontscaldes, Les Jovaes en Villajoyosa, Pajar de Atrillo o Alcalá de Júcar. La cerámica ibérica
muestra una gran variedad morfológica reflejo de usos y contextos diferenciados: la cocina, la
despensa, el transporte, el banquete, el aseo personal, las prácticas rituales o funerarias… Entre las
formas más representativas están la urna de orejetas, el cálato o sombrero de copa, los vasos
caliciformes, las tulipas, las ánforas, las lebetas y los toneles. Se imitan además formas de origen
fenicio, púnico o griego, como las escudillas, las cráteras de campana o volutas y algunos
contenedores anfóricos.
Aunque no carecen de importancia producciones como las cerámicas grises en la costa catalana, o las
de barniz rojo de tradición fenicia en las tierras del sur, la cerámica ibérica más significada es con
mucho la pintada. Su representatividad la convierten en fósil director de la cultura ibérica. Los colores
comúnmente empleados son, en distinta gama, el blanco, el rojo y el naranja, además del negro para el
contorneo de las figuras. Los diseños decorativos varían con el tiempo y según regiones. En Andalucía
predominan desde temprano los motivos geométricos: bandas con sucesión de semicírculos trazados a
compás, triángulos o ajedrezados; mientras que en el Sudeste y Levante lo son las representaciones
naturalistas (vegetales, animales) y figurativas (antropomorfos), bien de carácter simbólico (aves,
plantas y lobos) o bien componiendo escenas narrativas (jinetes, guerreros y damas). Estas últimas
imágenes se dan en el ibérico pleno y componen un sugestivo fresco de la vida aristocrática en la
ciudad ibérica como agudamente revelan los exámenes iconográficos de R. Olmos, C. Aranegui o T.
Tortosa. Tal variedad decorativa ha permitido diferenciar varios estilos, como los de Oliva-Liria,
Elche-Archena o Azaila. Si bien la producción alfarera es eminentemente local (todo hábitat
importante debió de disponer de un alfar por pequeño que fuera), determinados talleres de
Contestania, Edetania y Oretania producen series que alcanzan una distribución interregional.
Abundando en la especialización de la cerámica ibérica conviene destacar no sólo el trabajo de los
alfareros sino también el de los maestros pintores, con creaciones artísticas de gran
[Fig. 12] Tipología de la cerámica ibérica
expresividad y riqueza como el denominado “vaso de los guerreros” de Edeta, el cálato “de las
peponas” de La Alcudia de Elche (con la representación de divinidades, aves y carnassiers) o el “del
arado” de Alcorisa, en Teruel. Es factible pensar que algunos de estos maestros trabajarían obras de
encargo al servicio de clientelas aristocráticas, al igual que harían determinados talleres escultóricos.
Por último, la producción textil. Tanto de lana como de fibras vegetales, los tejidos constituyen otra
de las manufacturas esenciales en la vida de los íberos. Y eso a pesar de no disponer de evidencias
directas. El trabajo lanar (en sus diferentes fases:

[Fig. 13] Cálato ibérico con escena de arado procedente de Alcorisa (Teruel)
esquilado, cardado, hilado, tejido y teñido) se documenta sólo parcialmente en el registro
arqueológico; básicamente por el hallazgo de tijeras de esquileo, agujas, punzones, placas de telar,
fusayolas y pondera. Estas últimas son piezas asociadas a husos, ruecas (las fusayolas) y telares (los
pondera). Realizadas en arcilla cocida o piedra y decoradas con incisiones, estampillados e incluso
grafitos ibéricos, abundan en el espacio doméstico y a veces en sepulturas previsiblemente femeninas.
En algunos yacimientos se recogen por centenares, como en Ullastret, La Creueta o Cancho Roano.
Las fusayolas, en forma esférica y de cuerpo cónico, bitroncocónico o cilíndrico, se colocan en el
extremo inferior de los husos para fijar la madeja y facilitar con la inercia de su caída el giro y
enrollado del hilo; aunque también, como propone L. Berrocal, pudieron ejercer esa función como
rocadera o tope de las ruecas de mano. Mientras que los pondera o pesas de telar, con formas
prismáticas y ovoides, de mayor tamaño y uniformidad de pesos y dimensiones, sirven para tensar los
hilos de la urdimbre en los telares. En la Edad de Hierro se emplean dos tipos de telar: los de bastidor
o verticales (con una o dos vigas de urdimbre) para la confección de piezas de cierto tamaño, y los de
cintura u horizontales (más sencillos y portátiles) para paños pequeños y trabajos específicos como el
bordado. Casi todas las viviendas disponían de un telar situado generalmente en el vestíbulo o en el
patio exterior, de lo que se deduce que tejer era una actividad cotidiana desempeñada por las mujeres.
Sin embargo la acumulación de pondera en determinados contextos aboga por la existencia de centros
especializados en la confección de tejidos de lana y lino. E incluso de otras fibras más finas y
excepcionales como el algodón, importado probablemente por los fenicios, que se ha detectado en
algunos yacimientos. Tal carácter industrial cabría aplicar, por ejemplo, al palacio-santuario de
Cancho Roano. Su excavación demuestra que algunas de sus dependencias llegaron a albergar hasta
tres telares, e hipotéticamente entre diez y veinte en todo el edificio en el momento en que es
destruido por un incendio; se contabilizan más de 12o pondera y cerca de 350 fusayolas dispersas por
las distintas estancias que lo componen. Además, la homogeneidad y el tamaño y peso reducidos de
algunos conjuntos de pesas y fusayolas sugieren la confección de paños de fino hilado, por ende una
artesanía textil compleja y especializada. Las fuentes clásicas se hacen eco de la calidad de la lana
ibérica elogiando las prendas “de belleza insuperables” tejidas en talleres turdetanos y bastetanos
(Strab. 3, 2, 6).
Por su parte, como ya se dijo, el lino se cultivó masivamente en determinadas comarcas pues sus
tallos, convenientemente tratados, tienen excelentes propiedades como fibra textil. En lino se realizan
prendas de vestir más ligeras que las lanares, paños, velos, túnicas, mantos y tapices, además de
complementos e incluso corazas y espinilleras. Telas y atuendos se teñían de vivos colores con
tinturas de origen mineral o vegetal, conformando diseños de gran vistosidad que llamaron la atención
de etnógrafos como Estrabón. Lo vislumbran explícitamente esculturas femeninas en las que, como en
el caso de las damas de Elche o Baza, se percibe aún la policromía de sus elaborados ropajes. Como la
lanar o en proporción mayor, la producción de lino en algunos lugares supera el consumo local para
alimentar un comercio regional. Es lo que cabe aplicar a yacimientos como Coll del Moro, un centro
especializado en la producción de lino a tenor del hallazgo de estructuras formadas por cubetas de
adobe para el macerado de los tallos textiles.
I.1.6.3 Los intercambios y la experiencia comercial
El estudio de las relaciones comerciales es un tema de renovado interés. Por un lado constituye un
aspecto básico para aprehender el mundo ibérico, para conocer en particular los recursos económicos
y la estructura organizativa de sus comunidades. Pero además, como acertadamente subrayan F.
Gracia y G. Munilla, el comercio es un potente nexo que enlaza el espacio ibérico con otros ámbitos
del Mediterráneo. Un tránsito de gentes, bienes e ideas a lo largo de los siglos que acaba por modelar
no pocos aspectos de la cultura ibérica. En la valoración de los intercambios distinguiremos entre el
comercio exterior y el interior.
Empezando por la proyección exterior, desde las fases más tempranas de sus procesos formativos las
poblaciones peninsulares establecen contactos sustanciales con los agentes colonizadores que desde el
siglo ix a.C. se instalan en las costas andaluzas y levantinas, como se ha visto en capítulos precedentes
(vid. vol.I, II.1-3). De esos contactos derivan dinámicas comerciales que, desde el siglo vi a.C. hasta la
romanización, definen las granadas relaciones de íberos con griegos, púnicos y más tarde romanos.
Generalizando pueden establecerse tres grandes órbitas comerciales mediterráneas dentro del espacio
ibérico, que lejos de entenderse de forma aislada interactúan estrechamente entre sí:
a) En el litoral andaluz, desde las Columnas de Heracles hasta Cartago Nova, la esfera púnico-
africana. Con Cartago, Gadir y otras ciudades de origen fenicio como Malaca como principales
puertos comerciales.
b) En la costa levantina, desde Cartago Nova hasta la desembocadura del Ebro, la esfera ebusitana.
Bajo la influencia de Ebuso, el gran centro redistribuidor del Mediterráneo occidental desde el siglo v
a.C., y con especial incidencia en los territorios del Levante ibérico.
c) En la franja catalana y el golfo de León, desde el delta del Ebro hasta la desembocadura del Ródano,
la esfera greco-focea cuyos puntos de irradiación comercial son las colonias de Emporion, Rode y
Masalia.
Obviamente la intensidad comercial no es la misma en todos los territorios ibéricos, con distinta
progresión a lo largo del tiempo. Aquellos poblados más próximos a los centros púnicos y griegos son
los que antes y en mayor medida se ven afectados por las dinámicas comerciales, lo que ocurre en el
espacio de turdetanos, bastetanos, contestanos, edetanos e indiketas. Los avances de la investigación
están poniendo de relieve el activo papel que desde el ibérico antiguo desempeñan las gentes ibéricas:
una función de intermediario –o mejor de interlocutor comercial– muy alejada del rol pasivo o
receptor tradicionalmente asignado a los indígenas. Uno de los testimonios más palmarios lo
constituyen los plomos comerciales griegos (Ampurias I, Pech Maho) e ibéricos (Ampurias II, El
Castell, El Cigarralero, La Serreta de Alcoy, entre otros) descubiertos en los últimos años. Como ya se
dijo se trata –al menos en los textos griegos, probablemente también en los ibéricos, pendientes de
desciframiento (vid. vol.II, I.1.4.1)– de cartas que recogen los detalles de operaciones mercantiles en
las que participan activamente –he ahí lo revelador– individuos ibéricos. Éstos actúan como delegados
de comerciantes griegos en representación de sus comunidades políticas o tal vez autónomamente
ejerciendo de, podríamos decir, empresarios mercantiles. Bastará con recordar a Basped, cuyo
antropónimo denuncia sin duda su pasaporte ibérico, haciéndose cargo de la compra de un barco y su
cargamento en Arse/Sagunto en nombre de un griego emporitano, como nos revela el siempre
interesante plomo I de Ampurias. O a Basiguerro, Bleruas, Golobiur y Sedegon, también indígenas
citados en el plomo de Pech Maho, actuando en este caso como testigos del pago parcial de una venta
de aceite entre dos mercaderes griegos, probablemente como productores o garantes locales (vid. vol.I,
II.3.3.6.2). O con más dudas, por tratarse de un texto escrito en signario levantino, a los personajes
ibéricos y galos –de nuevo por su onomástica, como un tal Katulatin– nombrados en el plomo II de
Ampurias y reunidos en dicha ciudad para alguna transacción mercantil, como sugiere J. Sanmartí.
Asuntos que congregan en el siglo iii a.C. a griegos, galos e íberos en una cosmopolita Emporion…
¡Anticipada globalización comercial!
Estos agentes indígenas desplazados a la costa y operando en colonias y puertos de mercado
desempeñan un papel fundamental como distribuidores de productos mediterráneos hacia el interior,
como seguidamente veremos. No sólo son puertos de mercado las ciudades griegas o púnicas ya
señaladas, también lo son núcleos de población indígena como Pech Maho en el Languedoc, El Castell
en el Ampurdán, Turó d’en Boscá y Burriac en la costa barcelonesa, La Ciutadella en el bajo Penedés,
Arse/Sagunto en la franja valenciana, La Illeta del Banyets, Illici/La Alcudia –y en su territorio
Alonis/La Picola y El Oral– en la desembocadura del Vinalopó-Segura o Baria/Vera y Villaricos en el
litoral almeriense; todos ellos con instalaciones portuarias en su área de control en las que,
previsiblemente, se instalarían de forma temporal mercaderes extranjeros. Sin descartar iniciativas de
carácter privado, los intermediarios ibéricos representan los intereses de las autoridades de sus
comunidades políticas. De hecho, en un primer momento son las mismas élites las que ejercen de
agentes comerciales, reafirmando con ello su estatus tal como confirma la presencia en sus tumbas de
vasos griegos y otras importaciones mediterráneas tenidas por bienes de prestigio. La gestión del
comercio acentúa la autoridad de las aristocracias dominantes, tanto por el monopolio de objetos de
lujo venidos del exterior, como por la capacidad de asegurar la llegada y posterior redistribución de
mercancías. Sin embargo, este intercambio inicialmente aristocrático y restringido propio de etapas
arcaicas da paso en el ibérico pleno a un mercado organizado de mayor extensión social, integrado en
las nuevas formas de vida urbana. Es ahora cuando proliferan las figuras de mercaderes –entendidos
como especialistas comerciales– representando a sus comunidades o actuando en nombre propio, si
bien con algún tipo de sujeción civil o fiscal hacia las autoridades. En el territorio de los oppida,
recordémoslo, se producen recursos básicos demandados por los emporios para su comercialización
por el Mediterráneo: cosechas y minerales como principales excedentes gestionados por las élites
locales. Este modelo centralizado y su posición estratégica entre la costa y las regiones
suministradoras del interior, convierten a oppida como El Puig de Sant Andreu en Ullastret, Mas
Castellar de Pontós, Edeta, Castellar de Meca, El Cigarralero, Cástulo o Torreparedones, ya más al
interior, en destacados centros de intercambio y redistribución donde, comercialmente hablando,
concurren dinámicas mediterráneas con otras exclusivamente ibéricas.
Téngase en cuenta que la complejidad progresiva de las prácticas comerciales, y la necesidad de llevar
registros e inventarios, propicia la adaptación entre los íberos de sistemas de escritura autóctonos a
partir de los alfabetos mediterráneos, como se dijo al hablar de los signarios ibéricos (vid. vol.II,
I.1.4.1).
¿Qué productos circulan en las redes de intercambio? De origen mediterráneo y con arribo en puertos
griegos y púnicos peninsulares, fundamentalmente manufacturas: vino y aceite transportados en
ánforas, así como abundante vajilla ática (cráteras, cílicas, enócoes, lécitos) y de talleres occidentales
como Masalia o poleis de Magna Grecia, que se distribuyen desde los emporios foceos. También
envases ebusitanos, salazones de pescado de fábrica púnica, recipientes de bronce, objetos de marfil,
ungüentarios y adornos de pasta vítrea. Telas, perfumes, especias… Por su parte las exportaciones
ibéricas son fundamentalmente agrícolas (cereales, lino, esparto, vino, maltas…), metales (plata,
hierro, cobre, plomo, cinabrio…), productos de origen animal (lana, pieles, miel, caballos, pescado…)
y otros como sal, tintes, madera o esclavos. Algunos de estos productos ibéricos se registran en
lugares como Masalia, Mallorca, Ebuso o Cartago, llegados en embarcaciones griegas, púnicas o
mixtas en las que participan también mercaderes ibéricos. Esto es lo que confirman navíos hundidos,
de dimensiones más o menos reducidas, como los de cala de Sant Viçent (cabo Formentor), El Sec
(Calviá) y La Cabrera en aguas mallorquinas, Binisafúller en Menorca y La Campana en la costa
murciana (vid. vol.I, II.3.4.2.1). Estos pecios revelan cargamentos heterogéneos que incluyen vasos
áticos, ánforas egeas, púnicas e ibéricas para el transporte de vino y aceite, cerámicas grises, vajilla de
cocina y mesa, lingotes de plomo y cobre, etc. Los materiales hallados permiten datar estos barcos en
el siglo iv a.C., con la excepción del de Sant Viçen que es del último tercio del siglo vi a.C. y
probablemente de origen masaliota (vid. vol.I, II.3.3.6.1).
Respecto del comercio interior, la redistribución se realiza a partir de los oppida. Desde ellos
mercaderes e intermediarios al servicio de las estructuras de poder se encargan de suministrar
manufacturas a poblados menores emplazados en el territorio; tanto productos elaborados en talleres
locales como venidos del comercio mediterráneo. Y ampliando el radio de acción abastecen a otras
comunidades políticas a cambio de recursos agropecuarios y minerales. Es así como los estímulos
íbero-mediterráneos acaban extendiéndose por el Sistema Ibérico, Sierra Morena, Extremadura y los
rebordes de la Meseta, hasta alcanzar los valles del Tajo y Duero en tierras celtibéricas, fenómeno
conocido como iberización.
Para ello se va consolidando a lo largo de la Edad de Hierro redes de comunicación sobre los grandes
ejes fluviales (Ter, Llobregat, Ebro, Júcar, Turia, Vinalopó, Segura, Guadalquivir…) y sus afluentes, a
través de los cuales se alcanzan las tierras interiores. No son sino ancestrales caminos de herradura
pavimentados sólo en el acceso a ciudades principales; a veces con surcos tallados en el suelo rocoso,
como los soberbios ejemplos de carriladas del poblado de Castellar de Meca. Una serie de hitos
jalonan y definen estos itinerarios: desde aldeas y oppida, pasando por santuarios rurales y torres de
control, hasta vados y otros pasos naturales. Existen dos principales recorridos de larga distancia. Por
un lado la vía Heraclea o “camino de Aníbal”, posterior vía Augusta, que atraviesa todo el litoral
levantino desde Cataluña a Andalucía. En segundo lugar, la denominada por J. Maluquer “ruta de los
santuarios”, que desde la costa contestana penetra siguiendo la cuenca del Segura hasta Sierra Morena,
la alta Andalucía y la Meseta manchega; con paso en sus diversos ramales por lugares tan estratégicos
como La Serreta de Alcoy, El Cigarralero, Pozo Moro, El Cerro de los Santos o Despeñaperros.
En torno a estas vías de comunicación se desarrollan estrategias de intercambio bajo iniciativa
indígena, concretadas en santuarios de frontera y otros espacios de interacción (cruces de caminos,
vados, atalayas). Así como a través de ferias y mercados urbanos en cualquier caso más modestos que
los de la costa mediterránea. En este entramado interregional núcleos como Cástulo, Sisapo/La
Bienvenida, Alarcos, Cancho Roano, Medellín, o las ciudades del valle del Ebro, desempeñan un papel
clave como lugares centrales en la difusión de mercancías, ideas y tecnologías (vid. vol.I, II.2.4.2.5).
Particularmente en la dispersión de vasos áticos de figuras rojas y barniz negro que desde el siglo iv
a.C. inundan la práctica totalidad de yacimientos ibéricos y alcanzan incluso algunos celtibéricos. Es
lógico pensar que en esos momentos la cerámica griega y otros productos como el vino o el aceite no
son ya bienes de lujo al alcance sólo de príncipes y aristócratas, como siglo y medio antes, sino
mercancías de mayor calado, ampliamente demandadas por las poblaciones ibéricas.
Para regularizar y hacer equivalentes sus transacciones los íberos emplean sistemas metrológicos.
Destacan en este sentido los juegos de ponderales de bronce y plomo hallados en los poblados
valencianos de La Covalta y La Bastida de Les Alcusses, o en el turolense de Tossal Redó en
Calaceite. Y en especial, la treintena de ejemplares del palacio-santuario de Cancho Roano. En este
último caso los pesos remiten a patrones fenicio-púnicos basados en una unidad ponderal establecida
en torno a 35 gramos, señalada incluso con marcas de valor, según ha demostrado M.P. GarcíaBellido.
En sepulturas de necrópolis como El Cigarralero (Mula) o El Cabecico del Tesoro (Verdolay) en
Murcia, y Punta de Orleyl (La Vall d’Uixó) en Castellón, se han recuperado también pesas y platillos
de balanza. Merece destacarse la tumba 2 de la necrópolis ilercavona de Orleyl. Su ajuar lo componían
dos vasos de barniz negro y una crátera ática de figuras rojas en cuyo interior, junto a los restos
cremados del difunto, se depositaron cinco ponderales, un platillo de labranza y tres plomos ibéricos.
La asociación en el mismo contexto de tales elementos sugiere la tumba de un mercader o de un
aristócrata enriquecido por el comercio.
En el transporte terrestre los íberos emplean la tracción animal, principalmente carros tirados por
bueyes. De ellos sólo se conservan algunos elementos metálicos para el refuerzo de ejes y ruedas de
madera (generalmente en número de dos, bien macizas o radiales): llantas, cubos o abrazaderas que
aparecen tanto en contextos domésticos como funerarios; en este sentido destacan los hallazgos de
rueda de la cámara sepulcral de Toya, en Peal de Becerro (Jaén). Existen asimismo representaciones
plásticas de carros en exvotos de bronce, placas, relieves, cajas funerarias y pequeñas esculturas, como
el carrito de arenisca de la necrópolis de El Cigarralejo. En estas imágenes el carro ostenta un carácter
más simbólico que práctico como vehículo procesional y de prestigio, lo que ya anunciaban los carros
grabados en las estelas de guerrero tartésicas (vid. vol.I, II.2.4.2.4). En terrenos abruptos y de difícil
tránsito el acarreo de mercancías se hace con recuas de asnos o mulos provistos de albardas y alforjas;
los caballos se reservan para desplazamientos individuales que requieren menor tiempo. Se calcula
que un équido con carga pesada recorrería alrededor de cincuenta kilómetros en una jornada, más del
doble de lo recorrido por una yunta de bueyes; y sin carga y a un paso veloz podría cubrir distancias de
hasta 120 kilómetros. En cualquier caso los desplazamientos terrestres son lentos y pesados.
En la comunicación interior el transporte fluvial resulta muy operativo aunque con recorridos
limitados. No obstante, ríos como el Ebro, el Júcar, el Segura, el Guadalquivir o el Guadiana
dispusieron de amplios tramos navegables. Se emplean balsas, barcas y plataformas de pequeño y
mediano calado construidas con armazones de madera y protecciones de cuero, movidas por velas y
remos, o bien arrastradas desde la orilla con cordeles. En lo que a envases comerciales se refiere, los
líquidos se transportan en ánforas, toneles cerámicos, barriles de madera y odres de piel o tripas de
animales. El grano y otros sólidos se disponen en una variedad de contenedores cerámicos y cestos de
mimbre, esparto y otras fibras vegetales.
I.1.6.4 La moneda entre los íberos
La acuñación regular de moneda en las ciudades ibéricas es un fenómeno tardío, no anterior a finales
del siglo iii a.C., que no se da unitaria ni homogéneamente. Más postrera es la monetización de la
economía, que no se alcanza hasta el siglo i a.C. y en realidad nunca fue completa. Antes y aún
después los íberos emplean en sus tasaciones e intercambios objetos premonetales con valores y pesos
determinados. Tanto formas de dinero natural (cabezas de ganado, medidas de cereal, pieles) como,
sobre todo, piezas metálicas por su facilidad para ser facturadas, pesadas y refundidas. Así, lingotes,
ponderales, tortas o varillas recortadas; incluso joyas como torques o brazaletes de plata que forman
junto a monedas depósitos de riqueza tesaurizada.
[Fig.14] Localización de las cecas monetales ibéricas (y celtibéricas), según M.P. García-Bellido
Estas ocultaciones mixtas demuestran que joyas y monedas servían para capitalizar fortunas y facilitar
los intercambios.
Los íberos conocen la moneda a través de los griegos de Masalia y Emporion que desde el siglo v a.C.
emiten dracmas (vid. vol.I, II.3.3.7.3). Algunas acuñaciones en plata empiezan a ser imitadas
toscamente por íberos y galos, más con un valor de prestigio y riqueza que con un sentido comercial, a
las que añaden rótulos tanto en griego como en ibérico. Son las llamadas dracmas de imitación, que
perduran hasta el siglo ii a.C. y que toman también como modelo las monedas de Rode. Por esas
mismas fechas en el espacio de turdetanos, túrdulos y bástulos circulan monedas púnicas (acuñadas en
Gadir, Malaca, Sexi, Ebuso y luego Cartago Nova) que se atesoran y emplean en transacciones
externas (vid. vol.I, II.1.6.5). A finales del siglo iii a.C. la presión de cartagineses y romanos es factor
que explica parcialmente la emisión –ya propiamente autóctona– de moneda por parte de las
comunidades ibéricas. Muchos autores consideran que, en efecto, la moneda se acuña bien para
sufragar las tropas romanas y mercenarias desplazadas en Hispania, como soldada por tanto, o bien
para el pago de tributos regulares a Roma; aunque en realidad la mayor parte de estipendios se cobran
en especie o en metal al peso. Sin embargo no hay una única razón para acuñar sino varias y
coincidentes en el tiempo. Conviene tener en cuenta que las ciudades ibéricas habían alcanzado por
entonces tal grado de organización socio-económica y definición política, que se justificaría así la
emisión de un elemento de ciudadanía tan importante como la moneda, si bien inspirado o encauzado
en el propio proceso romanizador. Las comunidades ibéricas encuentran en la moneda un signo de
afirmación institucional con el que pueden optar, además, a determinados servicios, pagos y
competencias en el nuevo orden romano. Recordemos que la moneda es instrumento oficial de una
comunidad política y como tal requiere de tres principios: 1) una ley o calidad del metal; 2) un peso
regulado dentro un patrón metrológico (del que deriva un sistema monetal con unidades, divisores y
múltiplos), y 3) una autoridad responsable y garante de su emisión. En el anverso y reverso las
monedas lucen imágenes representativas de la ciudad, estado o poder que las acuña: efigies de dioses
y héroes fundadores o algunos de sus atributos, entre otros emblemas identitarios; lo que conocemos
como tipos monetales. Por su parte, el nombre de la autoridad emisora –técnicamente la ceca o taller–
suele grabarse en el reverso; lo que consigna la leyenda monetal. La mayor parte de monedas ibéricas
emplean la escritura levantina para grabar el nombre de sus cecas.
Sean cuales fueran las motivaciones para acuñar, las primeras ciudades en hacerlo son Arse/Sagunto,
Saetabi/Játiva, Kese/Tarraco, Kastilo/Cástulo e Iltirta/Lérida, más o menos al tiempo de declararse la
Segunda Guerra Púnica (218 a.C.), sencillamente porque contaban con estructuras de poder e
instituciones capacitadas para ello. Estas emisiones iniciales se hacen en plata y presentan tipos
variados. Las monedas de Arse, de marcada influencia greco-itálica, muestran primero una cabeza de
diosa (anverso) y una rueda (reverso) y después a Heracles (anverso) y un toro androcéfalo o Aqueloo
con símbolo solar (reverso) y variantes de leyendas (arsesken, arskitar). Las de Saitabi, cabeza de
Heracles (anverso) y águila (reverso) con leyenda saitabietar. Y las de Kastilo, acuñadas en bronce,
cabeza masculina diademada (anverso) y esfinge con estrella (reverso). En los siguientes años, en
paralelo al avance militar romano, tiene lugar una progresiva monetización, multiplicándose en el
siglo ii a.C. el número de cecas en el territorio de las ya por entonces primeras circunscripciones
provinciales, Citerior y Ulterior (vid. vol.II, ii.1.5.2). Otro importante momento de revitalización
monetaria es la guerra sertoriana (82-72 a.C.), cuando muchas ciudades ibéricas y celtibéricas acuñan
para cubrir gastos militares y pagos fiscales. Para entonces el uso de la moneda se ha extendido a
prácticas cotidianas, lo que demuestra la progresiva adaptación del mundo ibérico a la estructura
urbana y mercantil patrocinada por Roma. A partir del siglo i a.C. las ciudades hispano-romanas
emiten series bilingües con leyendas indígenas y latinas
[Fig.15.]
Moneda de bronce de Kastilo (Cástulo, Jaén), ca. 195-180 a.C.
[Fig.16.] Moneda de bronce de Kese (Tarragona), ca. 160-130 a.C.
[Fig.17.] Moneda de plata de Bolskan (Huesca), ca. 82-72 a.C.
–documentos fundamentales para el desciframiento fonético del ibérico–, y luego sólo latinas.
Finalmente, bajo el gobierno de Calígula cesan las acuñaciones provinciales.
En cuanto a la iconografía monetal, desde mediados del siglo ii a.C. se observa una estandarización de
los tipos en casi todas las cecas de Cataluña, Levante, valle del Ebro y Celtiberia. Se reitera el mismo
modelo: cabeza masculina en anverso y jinete en el reverso. Existen sin embargo variantes menores.
En los anversos, rostros barbados, imberbes, rizados, laureados o diademados, con algunos símbolos y
marcas de valor. Y en los reversos, jinetes que –según cecas y emisiones– portan lanza, palma,
clámide, dardo, estandarte y distintos elementos de panolia; o cabalgan alternativamente hacia la
derecha o izquierda. Bajo el caballo se graba la leyenda con el nombre de la ciudad o gentilicio de la
comunidad emisora: Bolskan, Iltirkesken, Ausesken, Barkeno, Kese, Saltuie, Seteisken, Kelin,
Ikalesken… Hasta doscientos topónimos diferentes, muchos de los cuales permanecen todavía sin
identificar. Respecto al significado de los tipos parece que la cabeza del anverso idealizaría a un dios
o genio protector, mientras que el jinete representaría al heros equitans o fundador mítico, aunque no
hay que descartar la alusión a la caballería de la ciudad. Con esta imagen se identifican los
gobernantes de los oppida que en estos momentos del ibérico final integran las élites ecuestres (vid.
vol.II, I.1.8.3), según M. Almagro Gorbea. Poder, propaganda, ideología… ¡Una fórmula universal en
soporte monetal!
La mayor parte de ciudades desarrollan patrones bimetálicos con emisiones en plata y bronce cuyas
respectivas unidades son, siguiendo el sistema romano, el denario y el as (con equivalencia teórica
1/10). Se acuñan también múltiplos y divisores, e igualmente circula entre los íberos moneda romana
que, cuando es de plata, suele atesorarse. En la Ulterior se mantienen sin embargo acuñaciones casi
exclusivamente en bronce con una amplia variedad de tipos (cabezas femeninas, toros, esfinges,
espigas, frutos, arados, atunes… que nos hablan de mitos locales) y con leyendas escritas tanto en
ibérico meridional como en púnico. Todo ello refleja la variedad etno-cultural que caracteriza a los
territorios del sur de la Península Ibérica.
I.1.7 Estructura social
Las gentes que pueblan campos y ciudades componen un cuerpo social heterogéneo de complejidad
creciente a lo largo de la Edad de Hierro. Como en otros escenarios del Mediterráneo antiguo, el
estudio diacrónico de la sociedad ibérica compendia la transición de las comunidades de jefaturas a
los estados. Una vez más la falta de información escrita directa obliga a extraer el mayor partido de la
documentación arqueológica, a lo que hay que sumar las pinceladas –siempre aprovechables– que las
fuentes esbozan de los hispanos frente a Roma. El análisis de la cultura material, de ciertas de sus
imágenes y estructuras, y particularmente del registro funerario, resultan fundamentales para
desenmascarar la sociedad ibérica y procurar un semblante de sus grupos protagonistas.
Señalemos primero algunos de los fundamentos de las sociedades protohistóricas. En la Edad de
Hierro el principio básico de ordenación es la familia. Así, la pertenencia a una unidad de parentesco
identifica al individuo. Varias familias emparentadas conforman una unidad mayor: el grupo
gentilicio, definido por un antepasado común –real o ficticio– que suele ser epónimo, lo que significa
que de él deriva el nombre del grupo. Los agrupamientos gentilicios habitan espacios comarcales
distribuyéndose las familias en aldeas, y se regulan con un derecho de gentes consuetudinario que
entre otros principios rige una transmisión masculina o descendencia patrilineal; aunque esto último
es más una suposición que una certeza. Las familias y miembros del grupo gentilicio se cohesionan a
través de prácticas colectivas de carácter civil y religioso: el culto a los antepasados y dioses de la
comunidad, el cuidado de los muertos, la participación en labores colectivas como construcción de
murallas, defensa del grupo o contribución productiva, etc. Acciones dirigidas por los jefes de familia
y grupo que sirven además para consolidar su autoridad. Con el tiempo, las unidades gentilicias se
amplían y hacen más complejas dando lugar a clanes que ocupan territorios dilatados y comparten una
afinidad étnica. Los jefes de familias y clanes conforman pronto una élite de notables: el germen de
las aristocracias tribales que, a través de diversas formas y principios, ejercen el poder sobre
comunidades cada vez más estructuradas territorial y jurídicamente. Pero el ordenamiento familiar no
desaparece, sino que se transforma en el marco político y urbano que desde el siglo v a.C. define al
mundo ibérico. El parentesco y particularmente la filiación siguen definiendo al individuo en sus
relaciones privadas: “Tikirso, hijo de Akiarko, de la familia de los Bastugios”. Y por encima, en la
esfera pública actúa el ordenamiento jurídico o político, añadiendo al pasaporte del imaginario íbero
que nos sirve de ejemplo: “natural de Iltirta”, por tanto, ilergeta.
En su articulación interna las poblaciones ibéricas muestran desde el principio evidentes señales de
estratificación y desigualdad. Una jerarquización progresiva que abriga dos grandes segmentos
sociales: los grupos privilegiados y los no privilegiados, diferenciados cualitativa y cuantitativamente.
I.1.7.1 Los grupos privilegiados: príncipes y aristócratas
Pertenecen a este sector minoritario las familias más destacadas y poderosas de los grupos gentilicios
y tribales. Las forjadoras de los linajes nobiliarios que ostentan el poder en las distintas comunidades
y territorios desde el ibérico antiguo. El perfil de estos grupos privilegiados y sus formas de dominio
varían en el tiempo y en el espacio (vid. vol.II, I.1.8), pero de ellos forman parte régulos y príncipes,
nobles y jefes. A otro nivel, sacerdotes, guerreros y mercaderes también son miembros destacados de
la comunidad, relacionados de distinta forma con el poder y las élites.
La emergencia de las aristocracias es un proceso que hunde sus raíces en la Edad de Bronce con el
progresivo destacamiento de minorías dirigentes a partir de tres fuentes o principios:
a) El control de las bases económicas y excedentes productivos, lo que les permite gestionar la
redistribución dentro de la comunidad y dirigir y beneficiarse del intercambio con el exterior.
Aspectos ambos que refuerzan muy considerablemente el dominio de los jefes.
b) La presión coercitiva o fuerza militar que ejercen dentro y fuera de la comunidad para consolidar su
estatus y supremacía, mediante fórmulas como la clientela o prácticas guerreras de distinta naturaleza.
c) La proyección de valores de superioridad y legitimación política sobre la población a través de
recursos ideológicos como la vinculación con el pasado mítico, identificándose con héroes y dioses, o
proclamándose herederos de ancestros fundadores. Las élites maniobran así un discurso
propagandístico apoyado en imágenes y símbolos de autoridad.
¿Qué escenarios y atributos caracterizan a las aristocracias ibéricas? Liberadas de los trabajos
productivos, que recaen en la población campesina, se dedican al ejercicio del poder, la milicia y las
tareas religiosas. Las élites manifiestan su identidad en espacios como la guerra, la caza, el banquete,
la ciudad y las instituciones, entre ellas la hospitalidad, entendida como código de diplomacia
aristocrática. Y también se muestran en espacios simbólicos como necrópolis y santuarios
desempeñando un papel protagonista en rituales funerarios y otras ceremonias. Algunos de los
elementos que mejor identifican a las aristocracias son las armas, el caballo, los regalos, el vino, los
clientes, las residencias palaciegas…, riquezas y prerrogativas que refuerzan su poder. Como
igualmente ocurre con las imágenes a través de las cuales se proyectan a sus iguales e inferiores, en
particular las esculturas de jinetes y guerreros en tumbas y santuarios. Brillantes ejemplos son los
caballeros que coronan los enterramientos tumulares de la necrópolis de Los Villares en Hoya
Gonzalo (Albacete), o los conjuntos escultóricos de El Cerrillo Blanco en Porcuna y El Pajarillo en
Huelma (Jaén). Estos dos últimos lugares se interpretan como santuarios heroicos; el primero (El
Cerrillo Blanco) de carácter funerario y el segundo (El Pajarillo) fronterizo, una suerte de heroon o
tumba de un príncipe heroizado, fechados en el tránsito de los siglos v-iv a.C. Lo más expresivo de
estos yacimientos son una serie de esculturas que componen programas iconográficos a la mayor
gloria del personaje conmemorado, al que retratan como héroe protector que aniquila al enemigo y
lucha contra fuerzas del mal representadas por grifos o leones. Guerreros ataviados con completas
panoplias y acompañados –como en el caso de Porcuna– de caballos ricamente enjaezados, que se
identifican o pretenden emular a los míticos fundadores del clan. Es la misma narración épica que a
otra escala traslada la iconografía cerámica, caso del vaso de los guerreros de La Serreta de Alcoy, por
ejemplo, que según la reciente interpretación de R. Olmos e I. Grau representaría la iniciación
aristocrática de un personaje a través de tres hitos sucesivos: la lucha del héroe contra un lobo o
carnassier, una escena de caza a caballo y un combate singular entre príncipes.
Los équidos son uno de los mejores atributos de poder en la Edad de Hierro, en su doble función
guerrera y social. Esto explica su representación en la pintura cerámica y la deposición de bocados y
atalajes en las tumbas masculinas de mayor riqueza, connotando rango aristocrático a sus propietarios.
Los exvotos en forma de caballo del santuario de El Cigarralero en Mula sugieren que, al menos aquí,
los équidos identifican a una divinidad protectora de linajes aristocráticos cuyos miembros acudirían
al lugar para rendir culto y ofrendar al dios o diosa imágenes que le son explícitamente representativas
(vid. vol.II., I.1.10.2). En este sentido el caballo, como las armas, son vivos emblemas de los grupos
nobiliarios.
I.1.7.2 Los grupos no privilegiados: campesinos y siervos
Por debajo de los sectores dirigentes se dispone la gran mayoría de gentes, en torno al 80-90 por
ciento de la población de una comunidad. Distribuidas en familias y gentilidades con distinto grado y
posición, desde campesinos libres hasta siervos, tienen en común el no pertenecer a los grupos
privilegiados. Desde el punto de vista historiográfico se produce aquí una grave paradoja:
constituyendo la mayor parte de la población, apenas sí aparecen reflejados en los registros
informativos. Su evidencia documental es prácticamente inexistente. Con otras palabras, sabemos
muy poco de los grupos inferiores de la sociedad. Son los auténticos olvidados y sin embargo fueron
los protagonistas cotidianos del paisaje ibérico: campesinos, artesanos, mineros y siervos dedicados a
trabajos primarios, fundamentalmente a labores agropecuarias. Su espacio cotidiano son los campos
de cultivo, las aldeas y las granjas.
Hay que distinguir entre gentes libres y no libres o de condición servil. Las primeras se integran
plenamente en una comunidad, pueden ser propietarias y les asisten una serie de derechos:
reconocimiento jurídico, acceso al ritual funerario y a la necrópolis colectiva, inclusión en el reparto
de la producción a la que contribuyen con su trabajo, participación en actos religiosos y civiles
compartidos por el grupo, etc. Pero igualmente están sujetas a las minorías dirigentes mediante
obligaciones y lazos de dependencia civil y militar, relacionadas con instituciones clientelares como
l a fides y devotio (vid. vol.II, I.1.8.2). Así, además de obligaciones militares como contribuir a la
formación de cuadrillas guerreras cuando las circunstancias lo requieran, ciudadanos y campesinos
realizan prestaciones laborales que redundan en el fortalecimiento de la comunidad. Trabajando en la
construcción de murallas y monumentos funerarios, en la vigilancia de caminos y fortalezas o en el
traslado de cosechas a las áreas de almacenamiento, entre otras ocupaciones.
Respecto a las gentes privadas de libertad, resulta muy difícil concretar su estatus. Es más que
probable que existieran siervos y esclavos, pero no lo es tanto que en tiempos prerromanos su
naturaleza e implicaciones correspondan exactamente al sentido moderno de esclavitud. En este punto
la investigación propone distintos modelos de servidumbre. Una de ellas, la más próxima a la noción
de esclavo, la representan los cautivos de guerra. Integrados como botín en la nueva comunidad y
privados de todo derecho, se emplean como mano de obra en las labores más duras o se venden como
esclavos. En ocasiones sirven para el intercambio de rehenes, especialmente cuando se trata de
personajes relevantes en la estructura social del enemigo. En este sentido, a propósito del asalto de
púnicos y romanos a ciudades ibéricas durante la Segunda Guerra Púnica, las fuentes se hacen eco de
la esclavización de los vencidos o de la presión sobre los íberos capturando rehenes selectivos,
maniobras sin duda ya empleadas por los indígenas. Pero habida cuenta de que hasta el ibérico final la
guerra no es un enfrentamiento abierto entre ejércitos estatales o ciudadanos (vid. vol.II, I.1.9.1), con
pocos asedios a plazas fuertes, no debieron ser muchos los esclavos venidos por este medio con
anterioridad al siglo ii a.C. Desde una aproximación socioeconómica, autores como A. Ruiz o F.
Gracia sostienen que la servidumbre en el mundo ibérico es fundamentalmente un sistema para
ampliar la fuerza de trabajo productiva de una estructura social. El siervo se distingue del ciudadano
en el hecho de no tener acceso a las prerrogativas de su grupo, quedando subordinado a la autoridad de
un jefe o de una institución política. Parece sin embargo que el panorama fue más complejo y
diversificado. En Turdetania, por ejemplo, sabemos que a principios del siglo ii a.C. una comunidad
campesina cuyos miembros individualmente son libres, podía estar sometida a un centro urbano
superior, por tanto bajo un estatuto de servidumbre colectiva o semilibertad. Es lo que detalla el
interesantísimo bronce latino de Lascuta (CIL II, 5041), fechado en el 189 a.C. y hasta el presente la
inscripción latina más antigua de la Península Ibérica. Hallada en Alcalá de los Gazules (Cádiz),
sabemos por ella que los habitantes de la Torre Lascutana estaban dentro de la jurisdicción de la
ciudad de Hasta Regia (en Mesas de Asta, Jerez de la Frontera), a cuya autoridad se sometían
trabajando sus tierras y rindiendo tributo, hasta que les restituye la libertad Paulo Emilio, el general
romano que ordena grabar el decreto (vid. vol.II, ii.2.2.2).
I.1.7.3 La mujer en el mundo ibérico
La posición de la mujer en la sociedad ibérica es un debate insertado en otro más amplio sobre las
relaciones de género en el mundo antiguo, temática de acuciante actualidad en nuestros días. En los
sistemas de parentesco patrilineales, tan característicos de los pueblos mediterráneos, la mujer
desempeña, desde un posicionamiento tradicional, un rol secundario y dependiente del varón. En lo
concerniente al mundo ibérico hay cada vez más datos para valorar su papel en distintos ámbitos,
privados y públicos, más allá de la esfera doméstica. La mujer es elemento imprescindible en la
reproducción de la estructura familiar, transmitiéndose con ella el linaje o vínculo sanguíneo de
generación en generación. Mientras que corresponde al hombre la transmisión del derecho o vínculo
hereditario, al menos en las sociedades patriarcales que parecen ser las predominantes en el espacio
ibérico. Sin menoscabo de que entre algunas tribus del norte se reconozcan modelos que se hayan
querido relacionar con el matriarcado (vid. vol.II, I.2.7.4).

[Fig. 18]
Dama de Baza (Granada)
Para un correcto enfoque conviene apuntar que la función de la mujer en los terrenos sociopolítico,
económico o religioso no es tanto una cuestión de género cuanto de estatus. Depende por tanto del
rango social del individuo, definido por la familia o linaje al que pertenece, y no de su condición
sexual, aunque existan prerrogativas específicamente masculinas. Así, las mujeres que por nacimiento
o matrimonio forman parte de los grupos aristocráticos participan de similares privilegios y
competencias que sus padres, maridos e hijos, pudiendo llegar a ocupar cargos políticos y religiosos
en su comunidad. Es lo que sugiere desde el espacio funerario la constatación de tumbas femeninas
cuya categoría y ajuar inciden en el alto rango de la difunta sin distinguirse de sepulturas similares
correspondientes a varones. (Adviértase que tratándose de cremaciones no resulta fácil la
identificación sexual). Valgan como ejemplo los datos de necrópolis contestanas, oretanas y
bastetanas donde enterramientos tanto masculinos como femeninos muestran bienes de prestigio,
vasos griegos, armas y adornos personales. Un caso excepcional es la tumba de cámara número 155 de
la necrópolis de Baza, cuya excavación por parte de F. Presedo en el verano de 1971 deparó el
hallazgo de la conocida dama entronizada. La escultura cobijaba en su interior las cenizas de una
mujer de unos veinticinco años, según el estudio antropológico de J.M. Reverte y una reciente
revisión. De su rico ajuar fechable a inicios del siglo iv a.C. formaban parte cuatro panoplias guerreras
que sumaban un total de once armas, además de una quincena de vasos polícromos y cuatro ánforas
dispuestas en las esquinas de la cámara entre otros enseres. El conjunto, de evidente carga simbólica y
suntuaria, podría corresponder a la tumba de una princesa fundadora de un linaje de la antigua Basti;
no en vano es una de las sepulturas más antiguas y ricas de la necrópolis. Los restos de la difunta
reposarían bajo la figura de una diosa protectora o, quizá mejor, bajo su propia imagen heroizada hasta
el punto de mostrarse con apariencia divina.
De igual forma que los varones, las mujeres pertenecientes a círculos principescos y aristocráticos se
revelan y realzan en imágenes de poder desde una fecha temprana como el siglo v a.C., momento
importante en la génesis de las noblezas gentilicias. No sólo las célebres esculturas de damas, como
las de Elche, Baza, Cabezo Lucero o El Cerro de Los Santos, también los exvotos femeninos de bronce
y la iconografía cerámica muestran a mujeres con elaborados atuendos y rica joyería, señal de su
distinción y alcurnia. Al describir las vestimentas ibéricas Estrabón se hace eco de su colorido y
calidad y del gusto de las mujeres por adornos y tocados que, aun resultando extravagantes para un
observador clásico, denotan la dignidad y el estatus de sus portadoras:
“en algunos lugares llevan collares de hierro que tienen unos ganchos doblados sobre la cabeza que
avanzan mucho por delante de la frente, y que cuando quieren cuelgan el velo en estos ganchos de
modo que al ser corrido da sombra al rostro, y que esto lo consideran un adorno. En otros lugares se
colocan alrededor un disco redondeado hacia la nuca, que ciñe la cabeza hasta los lóbulos de las orejas
y que va poco a poco desplegándose a lo alto y a lo ancho. Otras se rapan tanto la parte delantera del
cráneo que brilla más que la frente. Y otras mujeres, colocándose sobre la cabeza una columnilla de un
pie más o menos alto, trenzan en torno el cabello y luego lo cubren con un velo negro”.
(Estrabón, 3, 4, 17).
Hay que tener en cuenta, además, que en las representaciones plásticas una serie de objetos
acompañan a la mujer como atributos femeninos propios de determinada edad y rango: abanico, huso,
telar, ave, roseta… Para momentos más avanzados las fuentes clásicas aportan detalles sobre la
notoriedad de las mujeres de la aristocracia indígena. En su calidad por ejemplo de rehenes de
romanos y cartagineses en episodios militares de la Segunda Guerra Púnica; valga como muestra el
gesto de Escipión el Africano liberando a la mujer de Edecón, rey edetano, o a la esposa e hijas de
Indíbil retenidas por los cartagineses en Cartago Nova (Polib., 10, 18, 3 y 34). Igualmente, la mujer es
vehículo de enlace dinástico mediante matrimonios mixtos, como los protagonizados por los caudillos
Bárquidas: en el caso de Aníbal desposándose con una princesa de Cástulo (Liv., 24, 41, 7), Imilce por
nombre (Sil. Ital., Pun., 3, 97). Sin duda una hábil estrategia para establecer alianzas y captar apoyos
locales. Reyes y dignatarios ibéricos emparentaban también entre sí como prueba el que entre los
ilergetas la hermana de Indíbil estuviera casada con Mandonio. Además de un pacto político y una
transacción económica (con el intercambio de dones y herencias entre las familias de los
contrayentes), el matrimonio es también un rito de tránsito. A través del mismo la mujer adquiere
identidad jurídica incorporándose al grupo de parentesco del marido. Poco sabemos sobre el
matrimonio ibérico, pero parece que la monogamia era el comportamiento acostumbrado. La
representación conjunta de varón y mujer en exvotos y relieves define a la pareja –al menos
iconográficamente– como eje de la estructura familiar.
En el ámbito religioso la mujer cumple una especial significación existiendo cultos y sacerdocios
marcadamente femeninos. Cabría apuntar, entre otros indicios, la alta proporción de exvotos
femeninos en el santuario de El Cerro de Los Santos, que por su atuendo bien pudieran representar a
damas de la nobleza ibérica con competencias religiosas (vid. vol.II, I.1.10.3).
Sin embargo, la mayor parte de las mujeres desarrollan una existencia anónima en el marco de sus
unidades campesinas. Ocupadas en el quehacer doméstico y familiar, constituyen una importante
fuerza de trabajo. Tanto en las labores agropecuarias (relevando a los varones cuando éstos
desempeñan obligaciones guerreras o civiles que les alejan de sus hábitats), como en actividades
artesanales. La molienda y el procesado de alimentos, el tejido y la cestería, la alfarería, la apicultura,
etcétera. Como se indicó al hablar de las manufacturas (vid. vol.II, I.1.6.2), la especialización de
determinados talleres depende también del empleo de mano de obra femenina, particularmente
importante en el caso del trabajo textil.
I.1.7.4 Necrópolis y mundo funerario
El mundo de los muertos es un espacio desafiante para el estudio de los vivos en el empeño de
descifrar creencias y comportamientos de las sociedades del pasado parcialmente velados para la
investigación moderna. Desde los años ochenta del siglo pasado, la llamada “arqueología de la
muerte”, con diversos métodos y enfoques, está arrojando mucha luz al conocimiento del mundo
ibérico. En especial en la caracterización de sus grupos privilegiados por ser éstos quienes
habitualmente aparecen reflejados en el registro funerario. Parentesco, riqueza, poder, legitimación…
son, como veremos, ecos del lenguaje funerario ibérico.
La muerte de un individuo y el proceso ritual que le sigue abrigan actos colectivos de enorme
trascendencia social y religiosa. No sólo en la esfera afectiva y familiar del difunto, también en la
estructura política de su comunidad cuando aquél es un personaje destacado de la misma. Los ritos
funerarios funcionan como mecanismo propiciatorio para el tránsito al más allá. Miden, así, las
relaciones entre los vivos y los muertos, aquende y allende, pues a diferencia de nosotros los hombres
antiguos no marcan una frontera absoluta entre la vida y la muerte, como tampoco entre los hombres y
los dioses. La muerte y el más allá se proyectan en el presente, manteniéndose viva la memoria de los
difuntos hasta el punto de justificarse en ellos mensajes y comportamientos. Por ello, recorrer el
paisaje funerario de los íberos –analizando sus necrópolis, imágenes y ritos– es una especial manera
de revivir su tiempo.
El ritual funerario es mucho más que el enterramiento. De él forman parte fases y preparativos apenas
documentados, desde el óbito hasta la rememoración periódica del ausente. Exposición fúnebre,
rendición de honores, procesión, expresión de dolor, cremación y tratamiento de los restos, elección y
preparación de la tumba, deposición de la urna, realización de libaciones, banquetes y sacrificios,
entre otros ceremoniales. Acciones colectivas protagonizadas por familiares y seguidores que resultan
fundamentales para entender al difunto (su consideración) y a la comunidad o grupo al que pertenece
(su estima). Los vivos recuerdan a los muertos, y en esa particular comunicación se revelan principios
familiares, religiosos o sociales del mayor interés. Entre otras cosas el ritual funerario es un claro
marcador de estatus.
¿Cómo se entierran los íberos? La cremación es el rito generalizado, aunque no el único. Quemar el
cuerpo en una pira es un acto de purificación en muchas culturas antiguas, y en la Península Ibérica se
constata desde el Bronce Final por influencia de los Campos de Urnas (vid. vol. II, 1.2.1). Poco se sabe
de los ustrina o crematorios. Podían improvisarse o construirse con algún tipo de estructura
(empedrado, base de adobes, plataforma rocosa) emplazada en las proximidades del cementerio. Una
vez reducidos a huesos y cenizas por efecto del fuego –se trata de combustiones preindustriales con
temperaturas entre 500-800 grados, muy lejos de nuestras incineraciones–, los restos se seleccionan,
lavan y perfuman. Envueltos luego en un sudario o mortaja se depositan en el contenedor cinerario;
una urna cerámica las más de las veces cubierta por un plato o una laja de piedra a modo de tapadera.
Las urnas de orejetas son una de las formas cerámicas más empleadas para tal fin; pero las cenizas
también reposan en recipientes de bronce, cajas de piedra o arcilla, cráteras griegas –especialmente en
necrópolis contestanas y bastetanas– o en contenedores tan excepcionales como esculturas femeninas
de tamaño real, caso de la dama de Baza. La urna se introduce en el espacio funerario, generalmente
un hoyo o fosa excavados a poca profundidad, acompañada de los elementos de ajuar. Lo normal es el
traslado de los restos de la pira a la sepultura, lo que define las cremaciones secundarias; pero en
algunas necrópolis meridionales de influencia orientalizante el ustrinum se convierte en la propia
tumba, denominándose bustum, lo que constituye una cremación primaria in situ.
Los ajuares, cuando existen, vienen definidos por objetos personales y ofrendas. Conviene advertir que
su elección y deposición connota un sentido simbólico que no siempre encuentra una explicación
funcional. Los objetos personales pertenecen, adornan e identifican al difunto, por eso suelen
quemarse junto a él en la pira o, como las armas, destruirse deliberadamente. Esto ocurría sobre todo
en el caso de los grandes dignatarios, ataviados con sus mejores galas y panoplias en la pira funeraria.
Una amplia variedad de enseres según el sexo, la edad y la posición del individuo, componen los
ajuares. Armas, fíbulas, cinturones, brazaletes, colgantes, amuletos, agujas, fusayolas y otros
instrumentos domésticos, juguetes infantiles… Integran también el ajuar ofrendas que acompañan al
difunto en su tránsito al más allá, sobre todo vajilla cerámica con bebidas y alimentos, entre ellos
animales sacrificados; asimismo pequeños recipientes cerámicos o de pasta vítrea contenedores de
ungüentos y perfumes. Como ya se dijo, es frecuente la presencia de vasos griegos en las tumbas más
notables: cráteras, copas, lécitos o cuencos, que a veces se emplean para tapar la urna. Los análisis
faunísticos y de residuos de algunos depósitos funerarios señalan la presencia de buey, ovicáprido,
cerdo, gallina, cereal, frutos secos, miel, vino y huevo. Viandas que evidencian la celebración de
banquetes en honor del muerto en los que participan familiares, clientes y el propio difunto de forma
simbólica. Un destacado ejemplo constituye la tumba 19 de la necrópolis albaceteña de Los Villares,
en Hoya Gonzalo, con los restos de un silicernium o ágape funerario. En él se utilizaron más de
cincuenta vasos áticos de barniz griego, la mayoría destinados al consumo de vino, luego destruidos
de forma ritualizada para sellar el enterramiento, cubierto por un túmulo.
Dependiendo de la categoría del difunto y de los hábitos de su comunidad, la tumba se construye,
cubre o señaliza de distinta manera. En ocasiones erigiéndose verdaderos monumentos funerarios
decorados con relieves y coronados con esculturas de carácter simbólico y protector (vid. infra). En
los enterramientos más sencillos los restos se depositan directamente sobre el suelo sin
acompañamiento de ajuar.
Además de la cremación y otros eventuales ritos sin registro arqueológico, los íberos hacen uso de la
inhumación. Pero de forma particularizada, en enterramientos infantiles casi siempre dentro de
contextos domésticos. Es ésta una práctica de viejo arraigo que se reconoce en no pocos territorios
peninsulares desde la Edad de Bronce. Se trata tanto de deposiciones primarias en fosas excavadas
bajo el suelo de viviendas, generalmente en posición fetal, como secundarias con algún tipo de
manipulación del cuerpo; contabilizándose enterramientos individuales y múltiples que en el último
caso cabría considerar recintos necrolátricos. La alta mortalidad infantil y el tratamiento diferenciado
de los neonatos y menores muertos antes de integrarse en la comunidad explicarían esta práctica
inhumatoria. No hay que descartar, sin embargo, un sentido fundacional relacionado con rituales de
fertilidad de carácter doméstico o familiar (vid. vol.II, I.1.10.3). No en vano el enterramiento infantil a
veces se asocia o sustituye por una ofrenda animal, habitualmente un cordero o cabrito.
Pero, para el estudio histórico de las poblaciones ibéricas, más importante que el enterramiento en sí
lo es su conjunto. Esto es, la necrópolis entendida como cementerio colectivo y elemento configurador
del paisaje social junto al poblado. Un espacio esencial para la identificación de los miembros del
grupo o comunidad pues las necrópolis no sólo reflejan la estructura de la sociedad, también su
memoria colectiva ligada a un territorio. Se ubican próximas a los poblados en cotas generalmente
más bajas que permiten un fácil control desde los oppida; en el acceso a los hábitats o junto a cruces
de caminos y arroyos. Delimitadas a veces por un cercado o por elementos del entorno, son puntos de
referencia visual para el viandante. Es importante hacer notar que no todos los habitantes de una
comunidad se entierran en la necrópolis. Su acceso está restringido a los miembros de pleno derecho,
a los ciudadanos diríamos; hasta el punto de que ciertos cementerios, sobre todo en los siglos vi y v
a.C., son de carácter aristocrático y en ellos se entierran sólo los más poderosos. Un privilegio
exclusivo de unos cuantos. La población restante se cremaría pero no se enterraría, abandonándose sus
restos o arrojándose a las aguas.
Si bien participan de rasgos comunes, existen particularidades regionales en las más de doscientas
necrópolis conocidas en todo el ámbito ibérico, con disparidad de tamaños, organización interna y
tipología funeraria. ¡Y en su mayoría sólo parcialmente excavadas! Entre las diferencias más notables,
las necrópolis de Cataluña y el valle del Ebro responden a tradiciones indoeuropeas con
enterramientos en hoyo y sencillas cubriciones tumulares que se mantienen sin apenas cambio durante
la Edad de Hierro; carecen además de elementos escultóricos, con excepciones como la cabeza de
guerrero en piedra descubierta recientemente en la necrópolis de Roques de Sant Formatge (en Serós,
Lérida), de inicios del siglo vi a.C. y emparentada con manifestaciones de tradición celta. Los ajuares
son en general modestos pero con una significativa presencia de armas. Por su parte las necrópolis
meridionales, manchegas y levantinas, más marcadamente ibéricas, presentan un panorama variado.
Algunas de sus tumbas contienen ajuares de gran riqueza, construcciones arquitectónicas y esculturas
que proyectan la fuerza de las élites en el seno de sociedades marcadamente jerarquizadas (vid. infra).
Sí, un escaparate de privilegio y poder.
Por citar sólo algunas de las más relevantes la nómina de necrópolis habría de incluir, en Andalucía,
las de Baza y Tutugi (Galera) en la provincia de Granada; las varias de Cástulo (Linares), Castellones
del Ceal (Hinojares) y Toya (Peal de Becerro) en Jaén, y Villaricos (Cuevas de Almanzora) en
Almería. En Murcia, El Cigarralejo (Mula), Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla), Cabecico del
Tesoro (Verdolay), Cabezo del Tío Pío (Archena) y Los Nietos. Pozo Moro (Chinchilla), Los Villares
(Hoya Gonzalo), El Llano de la Consolación (Montealegre del Castillo) y El Salobral en la provincia
de Albacete. En la región valenciana, Cabezo Lucero (Guardamar del Segura), El Molar (San
Fulgencio), Villajoyosa y La Albufereta en Alicante; Corral de Saus (Mogente) en la provincia de
Valencia, y El Bovalar (Benicarló), Sant Joaquim (Forcall) y Punta de Orleyl (La Vall d’Uixó) en
Castellón. Y entre los cementerios catalanes, Mas de Mussols (Tortosa), La Corravoa y La Oriola
(Amposta) y Can Canyís (El Vendrell), en la provincia de Tarragona; La Granja Soley (Santa Perpetua
de Mogoda) y Turó dels Dos Pins (Cabrera de Mar) en Barcelona; La Pedrera (Vallfogona de
Balaguer) en la provincia de Lérida, y Puig d’en Serra (Serra de Daró) en el Ampurdán gerundense.
Dentro de la amplia variedad existente podemos señalar hasta seis tipos de enterramientos –en
realidad señalizaciones– diferentes, participando todos ellos de cremaciones depositadas en urnas
cerámicas, como ya se ha dicho. Así pues, visitemos los principales monumentos funerarios.
1) Torres
Características del Sudeste y de la baja Andalucía, se dan en las primeras fases de la cultura ibérica
hasta finales del siglo v a.C. Constituyen monumentos turriformes definidos por un cuerpo
cuadrangular de sillares que descansa sobre un podio escalonado y que puede rematarse con algún
elemento arquitectónico o escultórico. El ejemplo paradigmático es la torre de Pozo Moro, en
Chinchilla (Albacete), estudiada por M. Almagro Gorbea hace ahora treinta años. De gran
monumentalidad con sus más de cinco metros de altura, destacan los relieves decorando parcialmente
varios de sus lados y, en los ángulos inferiores de la torre, los leones esculpidos sobre sillares de
arenisca. Los bajorrelieves muestran escenas mitológicas de ascendencia orientalizante: un hombre
cargando el árbol de la vida en el que anidan pájaros, seres alados entre flores de loto, una unión
hierogámica entre mortal y diosa, un banquete sacrificial antropofágico, jabalíes bifrontes y
monstruos serpentiformes…, tal vez episodios del ciclo de un héroe sorteando infiernos en busca de la
inmortalidad. Igualmente, como piensa Almagro Gorbea, la fiera actitud de los leones en clara función
apotropaica entronca con modelos del Mediterráneo oriental. El monumento es sin duda propio de la
tumba de un rey o príncipe; un varón que superaría los cincuenta años según el análisis de los restos
depositados en la pequeña cámara interior. El ajuar (con piezas de marfil, jarro de bronce y vasos
griegos, al menos una cílica para beber vino y un lécito para contener perfumes) permite datar el
enterramiento hacia el 500 a.C. No hay que descartar, como sugiere M. Bendala, la mayor antigüedad
del monumento en al menos un siglo, que sería así reutilizado con fines funerario-propagandísticos
[Fig.19]
Monumento turriforme de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete)
[Fig. 20] Reconstrucción del monumento turriforme de Pozo Moro, según M. Almago Gorbea
por un régulo ibérico. La magnificencia de la torre y la simbología mítica de sus imágenes son el
perfecto envoltorio para rememorar al difunto como a un héroe, casi sacralizándolo, así como para
legitimar el poder de sus herederos o sucesores. Parece obvio, además, que al ocupar una posición
nuclear dentro de la necrópolis, sobre un pavimento de guijarros en forma de lingote o piel de buey, la
torre fundamenta cronológica, espacial y jerárquicamente al resto de enterramientos que se datan entre
los siglos v-iii a.C. El que Pozo Moro se ubique estratégicamente en una encrucijada de caminos
podría entenderse también como una forma de control o delimitación territorial por parte del linaje
dinástico que lidera aquella comunidad.
2) Pilares-estela
De similar factura que las torres pero de menor tamaño, se trata de pilares lisos o decorados
levantados sobre bases escalonadas. Su elemento más distintivo es el capitel decorado con moldura de
gola, ovas y elementos vegetales, que sostiene en

[Fig. 21] Restitución de cuatro pilares-estela ibéricos, según M. Almagro Gorbea


su superficie una escultura zoomorfa o más rara vez un personaje heroizado; así, el pilar-estela o cipo
de la necrópolis murciana de Coimbra del Barranco Ancho, con el relieve de un jinete en tres de sus
lados y un remate zoomorfo. Los animales habitualmente representados son toros y leones; también
seres híbridos o fantásticos como esfinges, sirenas, grifos o toros androcéfalos como la sin par “bicha”
de Balazote. Unos y otros aglutinan funciones protectoras (guardianes de las tumbas: leones),
vehiculares (portadores alados del difunto al más allá: esfinges, sirenas) o alusivas a la potencia y
fecundidad (toros), que explican su acostumbrada presencia en el paisaje funerario ibérico y en el de
otras culturas mediterráneas. Los pilares-estela son muy representativos de las necrópolis contestanas
en momentos sobre todo del ibérico antiguo, enumerándose cerca de doscientos ejemplares según el
reciente estudio de I. Izquierdo. Entre ellos algunos tan magníficos como los de Monforte del Cid
(Alicante) o Corral de Saus (Valencia). Al igual que los sepulcros turriformes son enterramientos de
rango aristocrático y carácter referencial, no sólo por ser fácilmente visibles desde el exterior sino
porque en torno a ellos se distribuyen el resto de enterramientos, siguiendo una probable articulación
gentilicia o clientelar.
3) Tumbas de cámara
Son típicas, que no exclusivas, de la Andalucía oriental; de necrópolis bastetanas como Galera, Baza o
Toya. Se construyen bajo o sobre tierra: excavadas en la roca natural (hipogeos) o a medio enterrar
(semihipogeos), con muros de mampostería o adobe. Y se cubren generalmente con un túmulo de
piedra y tierra. Varían desde cámaras sencillas con un pilar central para sujetar la cubierta, a plantas
más complejas con tres y cuatro estancias precedidas de vestíbulo y corredor. En estos casos evocan la
idea de la casa como morada del más allá. De carácter colectivo y en uso durante varias generaciones,
cobijan los sucesivos enterramientos de una familia o clan cuyas urnas y ajuares reposan sobre nichos
y poyetes en el interior de las cámaras-mausoleo.
4) Estructuras tumulares
Con una dilatada cronología desde el siglo v al ii a.C., son una de las formas más repetidas sobre todo
en el Sudeste, la alta Andalucía, la Meseta y el valle del Ebro. Extendiéndose también a tierras de
celtíberos, carpetanos y vetones (vid. vol.II, I.2.7.2). De distinta disposición y categoría, son
empedrados escalonados en varias gradas de planta generalmente cuadrangular, o a veces cubriciones
tumulares sin forma definida. Se construyen con sillares de caliza o adobes revocados en su cara
exterior. Y en su interior, en un nicho o pequeño foso enlucido, se depositan las sepulturas;
habitualmente una pero en ocasiones varias, de carácter pues colectivo. Suelen aparecer agrupadas en
determinados sectores de las necrópolis. Las hay de gran espectacularidad, como los denominados por
E. Cuadrado “túmulos principescos”, con plantas que superan los cinco metros de lado en necrópolis
como El Cigarralejo o El Estacar de Robarinas en Cástulo. Sin duda pertenecen a miembros de las
aristocracias dirigentes. La mejor prueba es el coronamiento de algunas de ellas con la imagen de un
jinete heroizado, como los tres “caballeros” exhumados hasta el momento en la necrópolis albaceteña
de Los Villares. A veces es una dama la que remata el túmulo, como se constata en El Cigarralejo.
Variantes de los empedrados tumulares son las plataformas decoradas que sustentan esculturas
zoomorfas, como las de Cabezo Lucero. La gran mayoría de túmulos son, sin embargo, mucho más
modestos y carecen de escultura, confundiéndose con estructuras de mampostería.
5) Estelas
En madera y piedra, debieron de ser una de las más habituales formas de señalización de tumbas.
Arqueológicamente se documentan desde bloques pétreos poco trabajados hasta lápidas funerarias con
o sin decoración, que a veces incluyen epitafios en ibérico. Un tipo particular son las estatuas-estelas
de carácter antropomorfo representando tanto a damas como a guerreros.
6) Hoyos, fosas y cistas simples
El modelo de enterramiento más estandarizado y comúnmente empleado, representativo de los grupos
no privilegiados. Sin cubriciones, esculturas u otros elementos ornamentales, se señalan a lo sumo con
una laja o con un amontonamiento de piedras. Suelen ocupar posiciones periféricas dentro de los
cementerios. El hueco interior a veces se enluce y en él las cremaciones se acompañan de humildes
ajuares o bien carecen de ellos.
Finalmente, del estudio combinado de los restos antropológicos de algunas necrópolis se pueden
inferir datos generales sobre la intrahistoria de los íberos. Por ejemplo, que la esperanza de vida media
rondaba los 25-30 años en las mujeres y los 30-35 en los varones. La alta mortalidad materno-infantil,
las múltiples enfermedades, las guerras y las duras condiciones de vida para nuestros parámetros de
bienestar occidental explican tan cortos ciclos de vida en la Edad de Hierro. En porcentajes
aproximados, el 20 por ciento de los enterrados en una necrópolis son menores de 15 años (sin incluir
a neonatos y niños de corta edad, que no ocupan los cementerios), el 55 por ciento son adultos entre 15
y 40 años, y el 25 por ciento restante corresponde a “ancianos” mayores de 40 años. Por géneros es
bastante mayor la presencia de varones frente a mujeres, aunque éstas están siempre representadas. Se
calcula que la altura media de los hombres rondaría 1,60 m, y 1,50 m para las mujeres. Sabemos que
la dieta alimenticia era bastante equilibrada y variada, aunque fundamentalmente vegetal; rica en
hidratos de carbono (cereales, frutos secos), sales minerales (verduras, hortalizas), vitaminas básicas
(frutas) y proteínas (grasas, leche, legumbres). Se estima un aporte de al menos 2.000 calorías diarias
para una persona adulta. Por último, los restos óseos indican que anemias, caries, artrosis,
traumatismos y desgastes causados por el sobreesfuerzo físico eran padecimientos habituales de la
población ibérica.

I.1.8 Hegemonías en el tiempo: poder y organización política


Las fórmulas de control y gobierno en el mundo ibérico son variadas y evolucionan con el tiempo. En
momentos avanzados del ibérico pleno, y sobre todo en el ibérico tardío, la mayor parte de las
comunidades pueden definirse ya como estructuras estatales: toda vez que disponen de un territorio
político y de una capital urbana desde la cual las autoridades regulan las relaciones socio-jurídicas de
la población y gestionan sus recursos. En el camino hacia tales formas de organización superior, las
élites desarrollan estrategias de dominio que diacrónicamente nos sirven para analizar el proceso
global de la sociedad ibérica. Sin ser los únicos ni entenderse siempre en evolución lineal, los
sistemas de poder en la Protohistoria ibérica parecen atravesar tres principales estadios: a) poderes de
carácter unipersonal (monarquías), b) poderes de carácter oligárquico (aristocracias) y c) poderes de
carácter ciudadano (instituciones cívicas).
I.1.8.1 Monarquías
Los sistemas de realeza característicos del mundo tartésico, alumbrados en las fuentes griegas por
figuras como la del legendario Argantonio, se mantienen en las fases iniciales de la cultura ibérica.
Sobre todo en los siglos vi y v a.C., en territorios del sur y sudeste peninsular. No hay apenas datos
que nos permitan definir su naturaleza o prerrogativas. Pero parece que se trata de monarquías de
transmisión hereditaria que se sirven de principios dinásticos para ejercer un dominio sobre
comunidades y territorios más o menos reducidos. Poderes locales y atomizados, por tanto. Para
autores como M. Almagro Gorbea estos monarcas tienen un carácter religioso que entronca con
modelos de realeza teocrática propios del Mediterráneo oriental, entendiéndose como un legado de
tradición fenicio-tartesia. Sin tener que asumir para todos los casos una naturaleza sacra
orientalizante, parece que, en efecto, los cultos dinásticos y su potestad como valedores de la
comunidad son preceptos básicos en la legitimación de estas figuras regias, lo que sirve además para
cohesionar en torno a ellas a los miembros de la comunidad. Con estos primeros monarcas ibéricos
pueden relacionarse, arqueológicamente, algunas viviendas señoriales o regiae en contextos
preurbanos, depósitos suntuarios e imágenes de poder asociadas al espacio funerario. Como ya vimos,
a través del ritual de la muerte y su lenguaje iconográfico se proyecta la memoria de monarcas y
príncipes. E igualmente su fuerza. Asimilados a héroes y dioses en ciclos mitológicos que decoran sus
monumentos funerarios –sobre todo relieves y esculturas–, su remembranza es garantía de continuidad
dinástica y un referente en la configuración ideológica de la comunidad. Al menos para los herederos
y sucesores, que se revisten del carácter protector de sus antecesores para sancionar su autoridad. “Yo
custodio estos valores, yo soy de estirpe real, sea mío el poder”, valdría como figurado eslogan. Obvia
decir que el monumento turriforme de Pozo Moro es quizá el mejor ejemplo de este discurso de
temprano linaje monárquico (vid. vol.II, I.1.7.4), hacia el 500 a.C. Es en estos momentos cuando se
fraguan en el mundo ibérico las primeras estructuras políticas que superan el rango gentilicio.
En cualquier caso, no existe una única forma de monarquía. Igualmente las figuras de reyes y dinastas
se mantienen en algunos lugares hasta época romana, con lógicas evoluciones. Así, Polibio y Tito
Livio mencionan a propósito de los acontecimientos de la Segunda Guerra Púnica a varios régulos
ibéricos en el espacio sobre todo de las antiguas Turdetania y Oretania. Como Culchas, que reina sobre
veinticinco ciudades y que en poco tiempo consigue reclutar 3.000 soldados y 500 jinetes que pone a
disposición de Escipión el Africano, su aliado, en Cástulo, hacia el 206 a.C. (Liv., 28, 13, 3-5); o
Lucinio, que junto al anterior lidera diez años después una rebelión general contra el pretor de la
Ulterior, secundada por un buen número de ciudades meridionales (Liv., 33, 21, 6-8). Aun con
dificultades, el contraste de datos literarios y arqueológicos permite atisbar ciertos modelos regionales
de monarquía. Así, en los territorios ibéricos del sur el poder regio es en esencia urbano: los reyes
gobiernan básicamente sobre ciudades. Una soberanía de carácter local que se adecua bien al modelo
de asentamiento polinuclear, definido por territorios autónomos y homogéneos capitalizados por un
oppidum; modelo representativo de espacios como el oretano durante el ibérico antiguo, según vimos
al hablar de los patrones de poblamiento regional (vid. vol.II, I.1.5.2). Mientras, en el ámbito
levantino, la monarquía muestra un carácter más señaladamente territorial: reyes de espacios étnicos
más o menos amplios que pueden agrupar una o varias unidades de población. Un buen ejemplo es
Edecón, monarca edetano epónimo tal vez de la propia capital (Polib., 10, 34). Esta soberanía
extensiva se apoya forzosamente en jefaturas locales vinculadas al rey por lazos familiares, clientelas
o vasallajes, y enunciadas en fórmulas como la fides (vid. vol.II, I.1.8.2); todo lo cual dibuja un
poblamiento complejo y jerarquizado con núcleos primarios y secundarios, comprobado en territorios
como el edetano o el cosetano (vid. vol.II, I.1.5.2). En las comarcas catalanas los sistemas autocráticos
son más difíciles de identificar que en el sur y sudeste, y no parecen responder a monarquías
hereditarias. Más bien se basan en el mantenimiento de estructuras tribales característicamente
indoeuropeas. Se distinguen por un lado jefaturas guerreras derivadas algunas de primitivas formas de
realeza electiva. El caso más conocido en momentos avanzados del siglo iii a.C. sería el de Indíbil y
Mandonio, los célebres líderes ilergetas, con una autoridad marcadamente militar; asimismo
Amúsico, régulo ausetano partidario de los cartagineses. En segundo lugar, instituciones colectivas
como consejos de ancianos y asambleas de guerreros (vid. vol.II, I.1.8.3), citadas luego en las fuentes
de conquista. Estos órganos colectivos entregan el mando militar a jefes guerreros de reconocido
prestigio que, al encabezar los principales clanes, participan también de las instituciones de la
comunidad o tribu, como ocurre también entre las gentes de la Hispania céltica (vid. vol.II, I.2.7.5).
En suma, distintos modelos de realeza sobre marcos jurídicos diferenciados: el oppidum o ciudad en
las monarquías meridionales, el populus o grupo étnico en los reinos levantinos y la estructura tribal
en las jefaturas del Nordeste. Una muestra más de los variados comportamientos que, ahora desde el
plano político-territorial, definen al mundo ibérico.
Resulta interesante analizar los términos que los autores clásicos utilizan al referirse a los monarcas
ibéricos. Hay que tener en cuenta que no son expresión directa de la institución indígena, sino una
conceptualización clásica y, por tanto, ajena a la realidad ibérica. Con otras palabras, el rex entre los
romanos o el basileos entre los griegos difícilmente equivalen a categorías de realeza ibérica, al
menos no con exactitud, a pesar de que así se acuñen en las fuentes. En cualquier caso, parece evidente
que existió una jerarquización monárquica según rangos, funciones y regiones. El grado superior es el
representado por el vocablo griego basileos, y su equivalente latino rex: un monarca de plenos poderes
y derecho hereditario, autoridad suprema en su territorio. El dinastés o regulus es un rango inferior,
aplicado tal vez a quien ejerce el poder real sin que le corresponda por derecho, o simplemente el
reyezuelo que controla una división territorial, una ciudad o un clan incluidos en la soberanía de un
rey superior. Parece una figura abundante y asimilable al princeps, que se aplica tanto al monarca de
rango inferior cuanto a los miembros del linaje del rey principal. Otros términos como tyrannos,
strategós o dux corresponderían a jefaturas militares desempeñadas por miembros de la nobleza
gentilicia. Las atribuciones de estos cargos en absoluto quedan claras, lo que complican las
imprecisiones de las fuentes al nombrar por ejemplo a Indíbil y Mandonio indistintamente como
reguli y duces. La terminología varía a veces según la actitud que los jefes manifiestan frente a Roma.
Un instrumento básico en la consolidación de la institución monárquica es el poder coercitivo o
militar, en lo que insisten autores como A. Ruiz. A saber, la fuerza que sustenta a los reyes y a las
aristocracias guerreras que surgen a su alrededor y que acabarán constituyendo las nuevas
hegemonías.
I.1.8.2 Aristocracias guerreras
En efecto, en el tránsito del ibérico antiguo al pleno, a finales del siglo v a.C., las realezas
unipersonales van siendo reemplazadas en el poder por élites aristocráticas. Éstas están integradas por
las familias más poderosas y son el resultado de la progresiva ampliación de grupos gentilicios y
clanes en el seno de estructuras sociales y territoriales cada vez más complejas. En determinadas áreas
del sur y sudeste estas oligarquías participan de una concepción todavía monárquica, si bien diferente
a la del ibérico antiguo, heredando de los primigenios reyes su imagen exclusiva de benefactores de la
comunidad. Por eso se habla genéricamente de aristocracias guerreras de carácter heroico.
Constituyen, pues, linajes hereditarios emparentados con las viejas monarquías, si no por lazos de
sangre sí ideológicamente, considerándose descendientes de míticos reyes fundadores. Ésta es al
menos la manera en que se proyectan a la comunidad a través de imágenes tan representativas de estos
momentos como las esculturas de guerreros y jinetes. Recordemos que estas imágenes decoran tumbas
y santuarios heroicos ligados, como espacios simbólicos, a las aristocracias guerreras. Los conjuntos
escultóricos del heroon de Porcuna y El Pajarillo en Huelma son significados ejemplos en este
sentido. En el primer caso, las excepcionales imágenes recuperadas a mediados de los años setenta del
pasado siglo en el lugar conocido como Cerrillo Blanco, en la antigua ciudad de Obulco, parecen
asociarse a un contexto funerario. Las esculturas están muy mutiladas; entre los cerca de 1.500
fragmentos en piedra caliza blanquecina estudiados por I. Negueruela se identifican hasta diez
guerreros primorosamente armados (representados aislados, luchando en duelos singulares o
enfrentados a grifos), otras figuras humanas –cazadores, damas, diosas, niños, torsos– y animales
diversos (caballos, leones, toros, figuras aladas); todo ello con gran realismo y gusto por los detalles.
El conjunto probablemente se asocie a la tumba de un príncipe de mediados del siglo v a.C., donde las
esculturas, de altísima calidad técnica, conformaban un
[Fig. 22] Guerrero y
su caballo del grupo escultórico de El Cerrillo Blanco, Porcuna (Jaén)
[Fig. 23] Lucha de guerrero y grifo del grupo
escultórico de El Cerrillo Blanco, Porcuna (Jaén)
complejo discurso iconográfico de entronque mítico, expresión del poder y propaganda del difunto. El
lugar (un heroon o santuario) se destruyó intencionadamente, y las estatuas, fragmentadas en mil
pedazos, se enterraron en un foso tapado con grandes losas pétreas hacia el 400 a.C.
Los linajes aristocráticos concentran en sus manos los principales poderes, de los cuales el militar es
el sustancial. Esto les perfila como élites guerreras que afianzan su autoridad con el desempeño de las
armas. Y las armas son, precisamente, el mejor distintivo de su poder y rango ( vid. vol.II, I.1.9.1). Así
lo ponen de manifiesto los ajuares guerreros de las tumbas más notables, y el sentido heroico y
competitivo que tiene la guerra en estos momentos: una lucha de príncipes y no de ejércitos (vid.
vol.II, I.1.9.1). La rivalidad entre clanes aristocráticos podría explicar la destrucción intencionada de
esculturas que se detecta en varios santuarios y necrópolis a finales del siglo v e inicios del iv a.C.,
como ocurre en Porcuna. Acabar con las imágenes heroicas de dirigentes enemigos sería la mejor
forma de connotar un cambio de poder y el encumbramiento de un nuevo clan político; de tal forma
que, el derribo de esculturas y monumentos haría el efecto de una damnatio o condena de la memoria
de los rivales y sus antepasados, sancionando por contrapartida el poder del nuevo linaje. Otras
competencias de las élites aristocráticas son representar a sus comunidades en guerras y alianzas, la
capacidad de arbitraje, la acumulación de riquezas (bienes de consumo, botines, objetos suntuarios) o
el disponer de prerrogativas religiosas en el culto a dioses y antepasados de la comunidad. Como ya
dijimos, el poder de los jefes se construye y legitima en ceremonias de cohesión social de las que
forman parte rituales funerarios y prácticas de iniciación. Toda esta cultura del poder se desenvuelve
cada vez más en torno al espacio urbano representado por los oppida: incipientes capitales en la
medida en que en ellas residen las élites y, por ende, desde ellas se dinamiza la actividad política.
Como se indicó al hablar de la arquitectura pública de carácter representativo (vid. vol.II, I.1.5.3), en
el interior de los grandes poblados ibéricos se reconocen cada vez más estructuras de habitación que
por su tamaño y disposición cabe interpretar como residencias aristocráticas o “mansiones
palaciegas”. Así, en el Puig de Sant Andreu, Ciutadella-Les Toixoneres o Plaza de Armas de Puente
Tablas, en territorio indiketa, cosetano y oretano respectivamente, tenemos tres buenos ejemplos de
tramas urbanas con viviendas exponentes de una arquitectura del poder.
Además de poseer y controlar buena parte de los recursos económicos, desde el punto de vista interno
el principal sostén de las aristocracias son las relaciones de dependencia y reciprocidad.
Principalmente las establecidas con otros jerarcas locales con los que se vinculan a través de prácticas
como la fides. Representa ésta un vínculo personal entre dos individuos definido por la entrega que
uno de ellos, el cliente o devoto, hace hacia el otro, el señor o jefe, en forma de lealtad y prestación de
servicios guerreros y en ocasiones laborales, a cambio de la protección, sustento y jurisprudencia de
aquél. Se trata de un compromiso vinculante y privativo, hasta el punto de adquirir con frecuencia una
expresión ritualizada y un carácter semisacro sancionado por los dioses. Esto último es lo que define
la devotio o consagración personal, que en algunos casos implicaba la muerte o autoinmolación de los
devotos guerreros cuando desaparecía su jefe. Así lo relatan los historiadores clásicos llamando la
atención sobre la extensión de tal hábito entre los pueblos hispanos:
“es costumbre ibérica también el consagrarse a aquellos a quienes se vinculan hasta el punto de morir
voluntariamente por ellos”
(Estrabón, 3, 4, 18).
Sabido es que los cartagineses y romanos se sirven de estas instituciones para fortalecer su poder en
Hispania, ganando el favor de los jefes ibéricos mediante lazos de fidelidad personal traducidos en
importantes clientelas militares. Aníbal, Escipión el Africano, Sertorio o Pompeyo son ilustres
ejemplos de tan hábil estrategia.
Interesa ahora subrayar que las relaciones de dependencia acaban dando lugar a clientelas, y que éstas
se convierten en plataformas básicas del poder de príncipes y jefes guerreros desde el siglo iv a.C.
Asimismo, que las redes clientelares no sólo son verticales o jerárquicas (esto es, entre un dignatario y
un subordinado), sino también horizontales o igualitarias vinculándose príncipes y jefes guerreros
entre sí. Con el tiempo las clientelas alcanzan también un carácter colectivo, pudiéndose establecer
entre un individuo y un grupo familiar o un poblado, o bien entre varios oppida, incluso bajo formas
de servidumbre. Este sistema garantiza principios de auxilio, solidaridad e intercambio básicos en la
regulación de las aristocracias territoriales. Tales relaciones de poder y lealtad se sellan además con
alianzas dinásticas (recuérdese el papel comodín que desempeñan las mujeres de la aristocracia
ibérica; vid. vol.II, I.1.7.3), y con el intercambio de regalos entre las partes: panoplias, joyas, túnicas o
caballos. Una circulación de bienes en paralelo a la reciprocidad de servicios que vertebran, ambos
instrumentos, las redes sociales de la Edad de Hierro. Sirvan como ejemplo los trescientos caballos
con que Escipión condecora a Indíbil tras derrotar a Asdrúbal, con el apoyo de varios contingentes
ibéricos, en la batalla de Baécula (Liv., 27, 19, 1); caballos que el propio caudillo ilergeta
redistribuiría entre su séquito de clientes para fortalecer sus lazos de dependencia.
I.1.8.3 Élites urbanas e instituciones de la ciudad
Corriendo el tiempo, desde el siglo iii a.C. en adelante las aristocracias guerreras se van
transformando en oligarquías urbanas. Éstas ejercen su poder en el marco de la ciudad-estado, sobre el
cuerpo de ciudadanos que habita la capital y los núcleos menores dispersos por el territorio. Es el
modelo que autores como Almagro Gorbea definen como élites ecuestres urbanas. Integran estos
grupos dirigentes miembros destacados de los principales linajes, que reúnen en torno a si séquitos de
clientes y sectores campesinos. Hablamos de élites ecuestres porque sus miembros se proyectan bajo
la imagen de jinetes o caballeros de la ciudad, como se observa en la decoración cerámica de
producciones tan significativas como las de San Miguel de Liria. Mas ya no héroes singulares, sino la
nobleza ecuestre de la ciudad. Otro mensaje iconográfico que les es propio es la moneda, donde la
efigie del jinete lancero en los reversos enuncia simbólicamente la auctoritas de los caballeros desde
que a inicios del siglo ii a.C. se generaliza este tipo monetal en las ciudades de la Citerior, como ya se
dijo (vid. vol.II, I.1.6.4). No cabe duda de que la moneda, elemento institucional por antonomasia, es
un refrendo de soberanía urbana y al tiempo un instrumento de propaganda política para sus
dirigentes.
El discurso individualizado y heroico del poder característico del ibérico antiguo y pleno da paso en
estos momentos a otro urbano más cívico y colectivizante. Desaparecidas las tumbas monumentales
(torres, pilares-estela) y las esculturas de jefes heroizados y príncipes guerreros, tan representativas de
los siglos v y iv a.C., el poder se mide ahora en términos más cuantitativos que cualitativos. Es lo que
demuestra desde el siglo iii a.C. el registro funerario. Sin necesidad de monumentalizarse, las tumbas
de los principales destacan ahora por sus copiosos ajuares, donde abundan vajillas cerámicas (tanto
griega como ibérica) y panoplias guerreras. La capacidad acumulativa que denotan los enterramientos
es un reflejo del excedente económico de las ciudades ibéricas, sobre el que las aristocracias urbanas
asientan su poder. La producción agropecuaria y el comercio del vino, las clientelas militares y el
empleo mercenario al servicio de púnicos, griegos y romanos, son las fuentes esenciales de riqueza
para los grupos dirigentes. El del ibérico final es un poder socialmente más repartido habida cuenta de
que cada vez son más las familias con riqueza y estatus suficientes como para participar en la vida
política de la ciudad. En este sentido las necrópolis crecen y se hacen más complejas –en número de
tumbas y ajuares–, en consonancia con el tejido socio-político de la ciudad. La afirmación de formas
de vida urbana es, en definitiva, la principal responsable de esta transformación.
La acción política se ejerce ahora desde las instituciones de la ciudad. En progresivo desarrollo,
sustituyen a las instancias unipersonales u oligárquicas de tiempo atrás. Por las fuentes clásicas
sabemos que las poblaciones ibéricas, al menos las más importantes, disponían de dos principales
órganos políticos: consejos y asambleas. Poco conocemos de su regulación interna. Parece que los
consejos son más restringidos al estar integrados por un grupo muy selecto de miembros: ancianos
respetables, patriarcas, grandes propietarios y comerciantes, una suerte de senado de notables. La
figura de los ancianos es relevante en las sociedades antiguas. Receptores de la tradición oral y
memoria sobre las que se construye la identidad de una comunidad, representan la sabiduría y la
dignidad. Su palabra es importante y se deja oír en asambleas y consejos, habitualmente presididos
por los hombres de mayor edad y consideración. Por su parte, las asambleas son más amplias y
constituyen el principal órgano de representación ciudadana, vinculando a la totalidad de adultos de
pleno derecho o a los jóvenes guerreros. A estas instituciones competía legislar, tomar decisiones
sobre guerra y paz, y regular el ordenamiento socio-económico y religioso de sus comunidades. Para
tales cometidos se crean magistraturas de distinto tipo, civiles y militares, adaptadas a las nuevas
necesidades. Tales cargos parecen ser de carácter electivo y tal vez colegiado, si bien monopolizados
por linajes poderosos. En ciudades tan desarrolladas como Arse/Sagunto, además de un senado existía
u n praetor saguntinum (Liv., 21, 12), magistrado electivo representante y ejecutor de las decisiones
del senado. Entre los íberos del nordeste las magistraturas militares fueron especialmente importantes.
Un paso más se da con la aparición de leyes, codificaciones y registros escritos, sobre láminas de
plomo principalmente, tanto públicos como privados. Asimismo la moneda, otro instrumento oficial
de la ciudad de cuya emisión se encargan los magistrados correspondientes; de igual forma que otros
cargos específicos se ocupan del cobro de tributos. Este desarrollo socio-jurídico requiere que, en
tanto principal espacio político, la ciudad se dote de lugares de reunión y representación, templos y
edificios, que irán articulando la trama urbana. Plazas, sedes para la reunión de consejos y asambleas
populares, archivos y erarios, residencias nobiliarias, almacenes públicos…, son los nuevos elementos
de un paisaje urbano cada vez más institucionalizado. Dada su proximidad y estrecha relación con
púnicos y griegos, algunas comunidades ibéricas adaptan instrumentos de gobierno y formulaciones
políticas semejantes a las de otras ciudades-estado mediterráneas; en este sentido hay que entender,
por ejemplo, las referencias de las fuentes a la existencia de foros o ágoras en ciudades como Arse-
Sagunto (Liv., 28, 22) o Astapa (App., Iber., 33).
Las élites ecuestres que administran la ciudad ibérica son, por otra parte, los principales vehículos de
romanización en los momentos finales del ibérico tardío. Potenciando a los dirigentes indígenas con
distintas concesiones y títulos, los gobernadores romanos ganan la fidelidad de las comunidades
ibéricas. Y con ella, la integración de sus territorios y recursos en el nuevo orden romano, una vez
expulsados los cartagineses de la Península. En ocasiones, el ejército romano recurre al empleo de la
fuerza militar y a onerosas tributaciones que atenazan a las poblaciones locales, especialmente durante
la Segunda Guerra Púnica y los primeros años de conquista. Pero para los intereses de Roma fue más
rentable la vía diplomática mediante negociaciones y pactos con los dirigentes de las unidades
indígenas. El papel interlocutor de las élites les convierte en instrumentos clave para la romanización
de sus territorios, incorporando progresivamente elementos políticos, sociales y culturales típicamente
romanos. Así, la latinización (como ponen de manifiesto los primeros bronces epigráficos, las
monedas bilingües con leyenda indígena y latina o los nombres ibéricos escritos en latín), los pactos
de hospitalidad y otras formas jurídicas, la adopción del sistema onomástico romano, la llegada de
productos itálicos como cerámicas campanienses y ánforas traídas por mercaderes y colonos, la
promoción de los magistrados indígenas, la concesión de ciudadanía, la participación de formas de
vida romanas… son, entre otros, exponentes de la gradual aculturación de las estructuras ibéricas al
marco de la nueva potencia dueña del Mediterráneo. Ello es perceptible en detalles como las nuevas
modas de vestir “a la romana”, adaptando las élites íbero-romanas la toga como elemento de
distinción y nobleza. Expresión plástica de lo mismo son algunas esculturas tardías, como las del
santuario de El Cerro de los Santos, mostrando a individuos togados, la flor y nata de las nuevas clases
urbanas (vid. vol.II, I.1.10.2), o los relieves del monumento funerario de Osuna. Es, en definitiva, el
horizonte de romanización que extracta Estrabón al hablar de las poblaciones del sur de Iberia durante
la pax augusta:
“Los turdetanos, en particular los que habitan en las proximidades del Betis, se han asimilado
perfectamente al modo de vida de los romanos y ni siquiera se acuerdan ya de su propia lengua. La
mayoría se han convertido en latinos y han recibido colonos romanos, de modo que poco les falta para
ser todos romanos. (…). Todos los íberos que han adoptado este modo de ser son los llamados
togados, y entre éstos se cuentan incluso los celtíberos, que en un tiempo fueron tenidos por los más
fieros de todos”.
(Estrabón, 3, 2, 15)
Sin casi solución de continuidad, el oppidum ibérico se ha transmutado en la civitas hispanorromana,
dando lugar sus élites dirigentes a las nuevas oligarquías municipales integradas en la administración
provincial del Imperio romano.

I.1.9 La guerra entre los íberos


En el tiempo protohistórico, antesala de la eclosión de los estados, la guerra es un fenómeno
esencialmente aristocrático. Un medio de enriquecimiento económico y afianzamiento territorial para
una comunidad, sí, pero sobre todo una plataforma de poder y prestigio para sus dirigentes. A lo largo
del I milenio a.C. el concepto, las formas y las implicaciones del enfrentamiento hostil evolucionan en
paralelo a las dinámicas sociopolíticas de las poblaciones de la Edad de Hierro. La guerra acabará
constituyendo la más evidente expresión de fuerza colectiva, reflejo de la compleja estructuración
interna de las comunidades ibéricas. Y por ello, un elemento de identidad cívica con una importante
función social. Guerra, sociedad y estado son eslabones de una misma cadena: aquella que iniciada
bajo la forma de un duelo de príncipes, termina siendo una interacción de ejércitos ciudadanos. Otra
particular forma de contemplar el devenir histórico de las poblaciones peninsulares, desde Tarteso
hasta Roma.
I.1.9.1 Guerreros, armas y combates
La capacidad coercitiva, entendida como acción de fuerza sobre un sujeto individual o colectivo, es
una prerrogativa básica de las minorías dirigentes desde al menos la Edad de Bronce, como se vio al
hablar de la génesis de las jefaturas ibéricas (vid. vol.II, I.1.7.1) e igualmente se verá en lo relativo a
la Hispania céltica (vid. vol.II, I.2.7.5). Sirve para afianzar su autoridad dentro y fuera del grupo. En el
Periodo Orientalizante y aún en el ibérico antiguo, reyes y príncipes son quienes luchan en
representación de sus grupos y comunidades, lo que definirá luego la guerra gentilicia o de clan. A
ellos, dueños del control militar, señores de la guerra, corresponde la defensa del territorio y la
supervivencia del grupo. Es el lenguaje heroico y guerrero que tan bien propagan las esculturas y
relieves funerarios desde finales del siglo vi y durante todo el siglo v a.C. Pozo Moro, Porcuna, El
Pajarillo… La guerra es aquí un espacio esencialmente ritual, en lo que incide el hecho de tratarse de
enfrentamientos individuales o monomaquias revestidas de elaborada parafernalia. A través de la
guerra los grandes personajes asientan su posición al integrar en la comunidad los frutos tangibles de
su éxito: cosechas, rehenes, tributos, derechos…, incluso territorios. Y desde un punto de vista
ideológico si cabe más relevante, se convierten en héroes precedidos por la fama de sus gestas, un
importante recurso para legitimar su poder. Los grandes dignatarios se acompañan de un séquito de
clientes y servidores que aunque pueden participar de la contienda lo hacen secundariamente.
Disponen asimismo de caballos y se desplazan con ellos hasta el campo de batalla. Pero la lucha es
siempre a pie, en combate individual a corta distancia como muestra una de las esculturas de Porcuna
con un jinete que, descabalgado de su corcel, hinca su lanza al enemigo tendido en el suelo. El caballo
es fundamentalmente un vehículo de representación aristocrática, y no un instrumento táctico de
guerra, pues sólo a partir del siglo ii a.C. las comunidades ibéricas –y sólo algunas– tendrán unidades
de caballería. Más que de combate habría que hablar de retos competitivos o duelos de campeones, la
forma de enfrentamiento típicamente aristocrática. El armamento en esta primera fase de la cultura
ibérica (siglos vi-v a.C.) es bastante mal conocido pues rara vez se deposita en los enterramientos. Se
corresponde con una panoplia de tipo aristocrático y bastante pesada, compuesta por discos-coraza,
cascos de bronce con remates o penachos y, como principales armas de embestida, lanzas de alargadas
puntas y ocasionalmente espadas de hoja larga y estrecha.
El paso al ibérico pleno a finales del siglo v a.C. supone la lenta transformación de la figura del
príncipe guerrero en la del ciudadano soldado. El crecimiento poblacional, la aparición de la ciudad y
de nuevas formas de articulación social, la presión territorial, la rivalidad política y la posterior
irrupción de cartagineses y romanos, determinan inevitables cambios en la práctica guerrera. Ésta es
cada vez más una acción colectiva, pues en ella participan distintos segmentos de la población
incluidos los grupos inferiores en desigual proporción y alcance. Primero, las aristocracias en su
calidad de mandos militares. Junto a ellas, el grueso de combatientes lo forman los varones de las
familias y clanes habitantes del territorio e incluidos en la comunidad, vinculados a los jefes en
ocasiones por lazos de clientela. Subsidiariamente los siervos se emplean también en tareas militares,
en funciones de tropas ligeras y escuderos. La guerra constituye en este sentido un elemento de
cohesión social otorgante de identidad colectiva al individuo, y los combatientes un reflejo de la
propia sociedad. Para un campesino, participar en la defensa de la comunidad a las órdenes de un
jerarca local o de un rey que domina varias poblaciones, supone su reconocimiento como miembro del
grupo social o político. Un pasaporte de ciudadanía, cabría entender.
No se trata de la existencia de guerreros profesionales que viven por y para la guerra, no al menos en
este momento –sí más tarde con la proliferación de mercenarios (vid. vol.II, I.1.9.2)–, sino de la
obligación de prestar servicios ciudadanos. Dos son principales. Por un lado, la formación de
cuadrillas guerreras reclutadas periódicamente entre la población civil por las autoridades locales. Y
la contribución como mano de obra en la construcción y control de las defensas de la ciudad y del
territorio político, por otro. Recordemos la importancia que desde el siglo v a.C. tienen los recintos
fortificados ibéricos (cada vez más complejos con el empleo de torres, bastiones, caminos de ronda e
incluso muros en avanzada o proteichismas; vid. vol.II, I.1.5.4), y asimismo los sistemas de control
territorial a base de atalayas y casasfortaleza.
Disponer de un equipo de armas ya no es privilegio exclusivo de los dirigentes, como en la fase
arcaica. Su posesión define también al campesino como miembro de una comunidad o unidad político-
territorial; si bien el armamento y el papel militar asignado dependerán de la posición social del
individuo y de su riqueza. Es el campesino propietario, el ciudadano, quien debe costearse su equipo
militar. En muchas culturas antiguas las armas definen la condición libre de los hombres. Esto explica
cómo desde el siglo iv a.C. en adelante aumenta notablemente la presencia de armas en los ajuares de
las necrópolis ibéricas, conformando una panoplia generalizada y extendida a un mayor porcentaje de
la población. Así, entre las del sudeste, por ejemplo, las necrópolis de Cabezo Lucero, Coimbra del
Barranco Ancho o Castellones del Ceal contienen armas en aproximadamente el 50 por ciento de sus
enterramientos; mientras que en Baza, El Cigarralero o El Cabecico del Tesoro lo hacen entre el 20 y
el 30 por ciento, si bien en estos últimos cementerios el número total de sepulturas es mucho mayor,
con 178, 545 y 601 respectivamente. Existe, no obstante, una gradación en los ajuares guerreros. Por
un lado, las tumbas pertenecientes a las élites
[Fig. 24] Ajuar guerrero, con falcata, de la tumba 124 de la necrópolis de El Cigarralejo, en Mula
(Murcia)
dirigentes con panoplias completas que incluyen armamento de parada y otros bienes de prestigio,
sobre todo vasos áticos. Como se señaló páginas atrás, la acumulación de objetos mide la riqueza y
estatus del individuo. Pero también enterramientos más sencillos, de inferior categoría por tanto, en
los que aparecen sólo una o dos armas y no equipos completos. Generalmente lanzas, el arma más
extendida entre los íberos. Corresponderían estas sepulturas a individuos de inferior estrato social
pero, en cualquier caso, miembros de derecho de la comunidad. Esto les permite enterrarse en la
necrópolis –recordemos que éstas son selectivas, no reflejan la totalidad de la población– y hacer de la
deposición funeraria del arma una expresión de su ciudadanía, como piensa F. Quesada. Ya dijimos
que las armas suelen inutilizarse ex profeso, quemándose en la pira junto al difunto o doblándose
ritualmente al depositarse en la tumba.
En este punto parece preciso señalar que el desempeño de las armas constituye un hito en el ciclo vital
del íbero, como en el de tantos otros pueblos del Mediterráneo antiguo. La inclusión de un adolescente
en la comunidad de los adultos, la adquisición en definitiva de derechos y funciones dentro del grupo,
es un rito de paso o edad verificado con frecuencia en actos iniciáticos y expresiones guerreras. Se
gana así el derecho a portar armas, una particular señal de madurez (en lo biológico) y de ciudadanía
(en lo jurídico) para el joven iniciado. En este sentido simbólico cabe entender también la presencia
de armamento en las tumbas, y sobre todo la ofrenda de determinados exvotos en los santuarios. Me
refiero a las figurillas de bronce de jóvenes guerreros empuñando espada, puñal o escudo,
mostrándose a veces desnudos ante la divinidad y con sus falos erectos en señal de vigor y plenitud,
tan característicos de los santuarios oretanos de Despeñaperros como Castellar de Santiesteban o El
Collado de los Jardines (vid. vol.II, I.1.10.2). El arma parece una prolongación del propio guerrero,
una parte de sí mismo; de ahí que al morir éste las armas, especialmente las espadas, se inutilicen
doblándose e introduciéndose en la tumba.
El armamento clásico de los íberos está constituido por armas defensivas y ofensivas que aun
realizadas en hierro forjado conforman un equipo militar bastante ligero; al menos en comparación
con la panoplia aristocrática de los siglos vi-v a.C. Así se desprende de las descripciones de los
autores clásicos. En palabras de Estrabón:
“los íberos eran, por decirlo así, todos peltastas [infantes armado sólo con un pequeño escudo y una
jabalina] y de armamento ligero debido a su vida de bandidaje, como dijimos de los lusitanos, y
usaban venablo, honda y puñal”.
(Estrabón, 3, 4, 15)
Entre las armas de defensa la más representativa es, en efecto, el pequeño escudo circular denominado
caetra, construido con armazón de madera, revestimiento de cuero y umbo y agarraderas metálicas.
Más esporádicamente se emplean cascos, corazas y grebas o espinilleras confeccionadas en bronce,
piel o lino. Un particular tipo de protección y al tiempo un arma de exhibición o parada son los discos-
coraza: realizados en bronce a partir de dos grandes chapas circulares, petral y dorsal, unidas por
correajes sobre los hombros, en la forma que muestra uno de los guerreros del grupo escultórico de
Porcuna.
Armas de ataque son lanzas, espadas, puñales y hondas. Con relación a estos proyectiles es reconocida
la fama que alcanzaron los honderos baleáricos integrados desde fecha temprana en los ejércitos
cartagineses como unidades auxiliares (Polib., 1, 67, 7; Liv., 28, 33, 34). Las lanzas de embestida y las
jabalinas disponen de punta y regatón metálicos y de astil de madera, con la excepción del
soliferreum, una jabalina arrojadiza elaborada enteramente en hierro, con punta muy afilada. Como ya
se ha dicho, las puntas de lanza son el elemento militar más abundante en las necrópolis de la Edad de
Hierro. No obstante, el arma más representativa es la espada. De los diversos tipos conocidos,
diferenciados por la longitud de su hoja –en general bastante cortas– y la forma de su empuñadura –
por ejemplo, la de frontón–, sin duda la falcata es la más emblemática. Es ésta una espada de hoja
curva, doble filo y acanaladuras, con empuñadura rematada en forma de cabeza de caballo o ave.
Emparentada con prototipos greco-ilirios del siglo viii a.C., de los que también deriva la magaida
griega, es sin embargo un arma típicamente ibérica, como ha demostrado F. Quesada, el principal
investigador del armamento ibérico. Es característica de los siglos v y iv a.C. y especialmente
representativa de las regiones contestana y bastetana, estando sin embargo presente en otros espacios
ibéricos e incluso en la Meseta. Además de documentarse en los ajuares funerarios, la falcata aparece
representada en relieves, esculturas, exvotos de bronce e imágenes cerámicas. Ello la convierte en un
arma de singular prestigio para el íbero, tanto en la esfera social como simbólica al asociarse a
rituales y ofrendas. En este último sentido, las falcatas se ofrecen también como exvoto a
determinadas divinidades, a veces decoradas con damasquinados de plata o reproducidas en miniatura
como ocurre en el santuario de El Cigarralejo (Mula, Murcia).
Hay que hacer notar las variaciones geográficas de la panoplia ibérica. Lejos de ser homogénea
evoluciona con el tiempo hacia un equipo cada vez más simplificado. Así por ejemplo, el armamento
de los grupos del nordeste está más próximo al de los pueblos celtas transpirenaicos que al de los
íberos del sudeste y Andalucía, como pone de manifiesto el uso de grandes escudos rectangulares u
ovalados, tipo scutum, o de espadas de hojas rectas y alargadas y pomos de antenas, variantes de los
modelos de La Tène característicos de los guerreros galos. Mientras que en regiones como Turdetania
el armamento sólo se conoce a través de imágenes plásticas e iconográficas.
Guerreros, armamento… Ahora bien, ¿cómo combaten los íberos? Hasta prácticamente el final de su
proceso histórico el mundo ibérico no dispone de ejércitos regulares en sentido estricto. En los
territorios del sur y sudeste, los régulos y las aristocracias locales reclutan guerreros de entre los
varones adultos de sus comunidades y aldeas. También en los pueblos del nordeste, donde los
campesinos-guerreros están a las órdenes de jefes a quienes de forma temporal y extraordinaria se
encomienda el mando militar. Los íberos carecen de fuerzas militares permanentes, de soldados
profesionales. No se dan, por tanto, formaciones cerradas de tipo falange características de los
ejércitos de las grandes potencias mediterráneas, los estados griegos, Cartago o Roma. Es probable,
sin embargo, que a finales del siglo iii a.C. algunas comunidades ibéricas hubieran desarrollado ya
cuadros militares más o menos compactos definidores de una milicia ciudadana. Es lo que podría
entreverse, entre los edetanos, en los frisos corridos de caballeros e infantes que decoran las cerámicas
de San Miguel de Liria, como el conocido vaso de los guerreros, que en opinión de F. Quesada podría
reflejar estampas militares de la Segunda Guerra Púnica. Igualmente parecen indicarlo varios pasajes
de la historiografía clásica, particularmente de Tito Livio, referidos al movimiento más o menos
organizado de los ejércitos hispanos en la guerra anibálica. Algo más tardíamente, los guerreros
representados en los relieves

[Fig. 25] Desarrollo figurativo de una cerámica de El Tossal de San Miguel de Liria (Valencia), con
desfile de jinetes y guerreros a pie
funerarios de Osuna, reutilizados luego como sillares en la muralla romana, anuncian por su
armamento y estilo la existencia de una infantería regular íberoromana. Especialmente los guerreros
del denominado conjunto B, fechado a inicios del siglo i a.C., a los que vemos avanzar en línea
uniformados con túnica corta, cinturón y sandalias, equipados con caetra y espada o lanza.
Se infiere de lo anterior que, en los territorios más urbanizados del Sudeste y Andalucía, pudieron
desarrollarse en momentos del ibérico final batallas en campo abierto con tropas alineadas o
estructuradas según patrones cívicos, no necesariamente numerosas. En cualquier caso la táctica
habitual desplegada por los íberos y otras poblaciones peninsulares está más próxima al concepto de
razia, ataque sorpresivo o expedición de castigo, huyendo del enfrentamiento abierto a gran escala; un
carácter endémico más acusado en los pueblos del interior, como observaremos más adelante (vid.
vol.II, I.2.7.7).
Entre los íberos la guerra es una acción estacional y relativamente breve, desde la primavera hasta la
época de cosecha, que tiene como fin principal el saqueo de campos de cultivo, el incendio de aldeas y
la captura de cosechas y ganado. Lo que se completaría con otras formas de botín como riquezas
mueble o prisioneros. El combate está protagonizado por infantes ligeramente armados que luchan
cuerpo a cuerpo en orden abierto y a veces en formación. La caballería no existe como tal hasta la
Segunda Guerra Púnica, y por influencia de las tropas cartaginesas. Más que una unidad táctica o
militar es el medio de desplazamiento de la nobleza ibérica al campo de batalla, una suerte de
infantería montada pues, en realidad, la lucha se hace a pie o corriendo, no desde el caballo. Aunque
resulta difícil establecer estimaciones cuantitativas para la Hispania antigua, se ha propuesto que
hacia el siglo iii a.C. un oppidum de cierta entidad podía disponer de hasta 500 hombres en armas,
mientras que el contingente de todo un territorio étnico o populus alcanzaría los 3.000 guerreros
incluidas clientelas militares. Cifras que se incrementarían sensiblemente en el caso de ejércitos
confederados integrados por distintos pueblos aliados, o unidos por lazos de dependencia, como los
que citan las fuentes en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, que podrían superar los 20.000
efectivos.
I.1.9.2 El mercenariado
La práctica del mercenariado (la prestación de servicios militares a un poder extranjero a cambio de
un estipendio; vocablo que curiosamente no consta en el Diccionario de la Real Academia Española),
entre los íberos, está atestiguada desde al menos inicios del siglo v a.C. en distintos escenarios del
Mediterráneo. En la batalla de Himera del 480 a.C., por ejemplo, librada entre púnicos y griegos
siracusanos, huestes ibéricas participan como mercenarios de los primeros (Diod., 13, 54, 1 y 56, 2).
Se trata probablemente de íberos del sur y sudeste reclutados en ciudades de raigambre púnica como
Gadir, Ebuso, Baria, Abdera o Salacia ( vid. vol.I, II.4.1.2). Además de en los ejércitos cartagineses,
desde el siglo v a.C. hasta el final de la Segunda Guerra Púnica (202 a.C.) los íberos luchan también al
servicio de algunos estados griegos de Sicilia, Magna Grecia e incluso del Egeo. Y desde finales del
siglo iii a.C. al lado de los romanos como aliados o mercenarios, cuando la Península se incluye en el
horizonte de sus intereses imperialistas. La Segunda Guerra Púnica es, de hecho, un momento clave
para la expansión del mercenariado entre los pueblos hispanos; íberos, celtíberos y lusitanos, además
de baleáricos. Tanto a través de levas obligatorias como mediante el pago de soldada. La forma de
combatir de estos mercenarios en los ejércitos extranjeros era la característica de cada pueblo,
componiendo unidades heterogéneas con guerreros que emplean sus propias tácticas, armas,
emblemas y vestimentas.
El mercenariado es un fenómeno especialmente interesante, pues confluyen en él una serie de factores
socioeconómicos, políticos y culturales. Es cierto que representa, como tradicionalmente se piensa,
una salida para los individuos más desfavorecidos sin posibilidades de promoción en sus
comunidades. En este sentido, el mercenariado diagnostica la desigualdad socio-económica del mundo
ibérico y las difíciles condiciones de vida en los estratos inferiores de la población. Pero entenderlo
siempre o exclusivamente así parece una explicación en exceso simplista. El ejercicio de las armas es
sobre todo una expresión de poder, como ya hemos referido y referiremos para el caso de la Hispania
céltica (vid. vol.II, I.2.7.7). Así, la proverbial fuerza guerrera de los íberos o celtíberos a ojos de las
fuentes clásicas puede traducirse en la necesidad para los estados en expansión del Mediterráneo
occidental de contar entre sus filas con el concurso de jefes guerreros. Y más aun, de su abultado
séquito de clientes y devotos, diestros en el manejo de las armas y perfectamente adaptados a la lucha
en terreno hostil. Con otras palabras, las unidades mercenarias no responden –no siempre al menos– al
perfil de hombres descarriados o carne de cañón: se aproximan más al de cuerpos de élite que
encuentran en la guerra exterior un revulsivo de su poder. ¿En qué forma? A través del prestigio y las
riquezas materiales que como compensación o beneficio les reporta su servicio de armas. Pagos en
moneda o joyas, entrega de tierras, obtención de gloria y a veces derechos de ciudadanía, son
importantes alicientes para el reclutamiento de soldados. Así, al menos, hasta finales del siglo iii a.C.
toda vez que desde entonces, con la victoria de Roma sobre Cartago, el reclutamiento de hispanos por
parte del ejército romano obedece fundamentalmente a una política anexionista, por tanto impositiva,
y no a una estrategia de diplomacia guerrera como lo era antes. También hay una lectura endógena del
mercenariado. A juicio de F. Gracia y otros autores, la contratación de mercenarios sería igualmente
resultado de los conflictos internos que viven las sociedades ibéricas en momentos de convulsión o
crisis política; lo que provoca que los régulos y grandes aristócratas tengan que buscar apoyos
militares fuera del ámbito de sus propias comunidades. Esto se relaciona, por otra parte, con el
proceso de afianzamiento de estructuras estatales en los territorios ibéricos.
Volviendo al particular periplo de los mercenarios ibéricos por el Mare Nostrum, un tema interesante
es el de su papel como vehículos de aculturación. A. García y Bellido se había referido hace ahora
setenta años a este particular, considerando que, en efecto, los guerreros ibéricos regresados a sus
patrias habrían contribuido a su desarrollo global al introducir en ellas conocimientos, experiencias y
fortunas aprehendidas de su estancia en los países donde prestaron armas, particularmente en el
civilizado mundo griego. La tesis (que salvando las distancias recuerda el “aprendizaje” que para los
quintos de las áreas rurales de nuestro país representaba décadas atrás realizar el servicio militar lejos
del hogar), sin duda sugestiva, es de difícil comprobación. Al margen de otras consideraciones, no
debieron ser muchos los soldados que consiguieran volver a sus comunidades. Conviene por ello
matizar la valoración de los mercenarios como agentes de helenización, tal como propone F. Quesada,
lo que no significa negar que a través del mercenariado pueda explicarse la presencia puntual de
objetos importados (monedas griegas, trofeos de guerra, armas exóticas) en algunos contextos
ibéricos, como también ocurre en la Galia o en Celtiberia.

I.1.1o Manifestaciones religiosas


La religiosa es una esfera de incuestionable interés para la caracterización de las sociedades antiguas,
pero de costosa concreción por la limitación documental y, formando parte de lo mismo, las
dificultades a la hora de interpretar el resbaladizo ámbito de las creencias. En este sentido contamos
con indicios externos de religiosidad (exvotos, señales rituales, espacios sacros), pero queda aún
bastante por saber sobre los principios que estructuran el pensamiento simbólico de las gentes de la
Protohistoria. Fundamentalmente por carecer de registros literarios propios, al menos inteligibles, lo
que diferencia a la religión ibérica de otras mejor sistematizadas como la fenicio-púnica, la griega, la
etrusco-romana o incluso la celta. Aun así, estamos en disposición de ofrecer un panorama global
sobre la religiosidad de los íberos. Pero conviene antes apuntar algunas ideas de partida.
En primer lugar, que al igual que otros comportamientos que están siendo observados, el religioso es
un fenómeno dinámico integrado en los procesos globales de las poblaciones ibéricas durante el
primer milenio a.C. Las prácticas religiosas son un referente de identidad y un elemento vertebrador
de la estructura ideológica de una comunidad, lo que sirve para conocer su grado de desarrollo y
organización a lo largo del tiempo. Dicho con tras palabras, la justificación o modelación religiosa
está detrás de determinados órdenes sociopolíticos. En lo que respecta al mundo ibérico, se observa
con el paso de los siglos una evolución desde formas rituales preurbanas más o menos arcaicas, a otras
de religión ciudadana ya fuertemente organizada en momentos del ibérico final. Por otra parte, la
compleja etnogénesis de las poblaciones ibéricas y su apertura al Mediterráneo (vid. vol. II, I.1.2)
propician una marcada aculturación religiosa. Así, elementos del sustrato local –la esencia naturalista
o animismo de determinados cultos, por ejemplo– conviven y se aglutinan con otros rasgos adaptados
de las religiones fenicio-púnica, griega y romana –como la simbología zoomorfa, la
antropomorfización de los dioses o la arquitectura religiosa, al menos en un principio–, resultado de la
intensa interacción establecida entre indígenas y colonizadores. Una religión, por tanto, sincrética y de
base mediterránea.
Como es bien sabido, en las sociedades antiguas religión y ritual ocupan todos los rincones de la
experiencia humana, profanos y sagrados. En sus distintas manifestaciones y competencias los dioses
envuelven, protegen y sancionan los más diversos comportamientos de los hombres: prácticas
familiares y ritos de paso, acuerdos de paz y guerra, banquetes y funerales, interacciones e
intercambios, además de ceremonias explícitamente religiosas. Desde el nacimiento hasta la muerte, y
aun más en el allende, los hombres están ligados a los dioses por vínculos rituales. Esto hace que,
particularmente entre los íberos, las imágenes simbólicas estén muy presentes en sus manifestaciones.
Así, las decoraciones cerámicas, relieves y esculturas trasladan mensajes codificados de contenido
simbólico o ritual: representaciones de dioses y héroes, escenas mitológicas, ritos iniciáticos o
narraciones épicas, como hemos tenido ocasión de señalar. Por su riqueza la iconografía es una fuente
de información de grandes posibilidades para el estudio de la religión. Y es que las imágenes son el
principal vehículo de expresión y transmisión del imaginario colectivo de las sociedades
protohistóricas.
Entremos ahora ya, de la mano de evidencias e hipótesis, en el espacio de las creencias, los ritos y
santuarios ibéricos.
I.1.10.1 Dioses ibéricos, un panteón sin nombres
Son muchas las divinidades a las que rinden culto los íberos. Dioses de distinta naturaleza, categoría y
función. De carácter local y territorial, de la familia y la comunidad, protectores de aldeas y ciudades.
Dioses benefactores y generadores de vida reencarnados en los ancestros de un clan; garantes de la
reproducción del grupo familiar y de la continuidad de las dinastías. Dioses funerarios, señores del
más allá y del mundo infernal; así como otros de carácter maléfico, salutífero, guerrero o soberano.
Propiciadores de fertilidad agrícola, de la fecundidad de hombres y ganados. Deidades que se
manifiestan en elementos de la naturaleza o en la esfera celeste a través de animales, plantas, astros o
betilos. Pero al margen de estas consideraciones generales, sabemos en realidad muy poco de los
dioses ibéricos. Los intuimos sólo detrás de exvotos, prácticas rituales o santuarios, y en momentos
avanzados los reconocemos en algunas imágenes cerámicas o escultóricas.
Y ese desconocimiento generalizado parte del de sus propios nombres. No conservamos teónimos
propiamente ibéricos; al menos no se han identificado claramente sin que deba descartarse su registro
en alguna inscripción tartesia o ibérica de contenido votivo, algo que se sospecha pero de momento no
puede asegurarse. De ello es responsable, en parte, el fuerte sincretismo que caracteriza a la religión
ibérica desde fecha temprana, y que se traduce en la asimilación o interpretatio de divinidades
mediterráneas con otras peninsulares de viejo sustrato, por similitud de formas y funciones: tanto
dioses semitas introducidos por fenicios y púnicos, como griegos y romanos, estos últimos
sincretizados luego entre sí y con cultos orientales. Los casos más conocidos de dioses mediterráneos
asimilados a deidades autóctonas son Astarté, Tanit, Melqart y Baal-Hamón, entre las divinidades
fenicio-púnicas, y Artemis /Diana, Deméter/Ceres, Perséfone/Proserpina, Afrodita/Venus y
Asclepio/Esculapio, entre los grecorromanos. Mientras en los territorios meridionales los cultos
púnicos muestran gran arraigo desde el ibérico antiguo, en las regiones del Levante tienen mayor
impacto los de origen griego habida cuenta de la presencia de los foceos y de su intenso contacto con
los íberos del litoral. Aquéllos expanden el culto a la Artemis efesia, desde Jonia, por el sur de Galia y
la Iberia costera, siendo rápidamente adaptado por las comunidades indígenas vecinas según infieren
las fuentes:
“Los masaliotas emplearon sus fuerzas militares en crear ciudades destinadas a servir de barrera, por
la parte de Iberia, contra los íberos, a los que comunicaron los ritos de su culto nacional a Artemis
Efesia y a los que vemos sacrificar a la manera griega”.
(Estrabón, 4, 1, 5)
Más equilibradamente hay que entender esta transmisión de un culto oficial griego como un
sincretismo al asimilarse Artemis con una deidad preexistente; una identificación con una creencia
local sin la cual no habría lugar a tan efectiva fusión. Pero este fenómeno es más iconológico que
ideológico: los íberos no adaptan estrictamente el culto a Artemis, Tanit o Deméter como si de una
colonización religiosa se tratara, sino su simbología para adecuarla y reinterpretarla en su propio
sistema de creencias.
Los fenómenos de sincretismo son especialmente operativos entre las élites de las comunidades
ibéricas, más relacionadas con los escenarios coloniales. En este sentido los grupos dirigentes adoptan
antes y de manera más patente pautas religiosas de raíz mediterránea como son ciertas imágenes
orientales o greco-itálicas, la arquitectura religiosa y funeraria, la plástica escultórica (relieves
decorativos, estatuaria zoomorfa), el uso de bienes de prestigio y exvotos suntuarios, etc. Y en
general, una ritualización más compleja integrada progresivamente en la ciudad (y ciudadanía). Frente
a ellos, las capas populares de la población mantienen un sistema de creencias enraizadas al sustrato
ideológico y de esencia naturalista. Donde los dioses no tienen concreción antropomorfa (“se escuchan
pero no se ven”), sus ofrendas son sencillas y sus ritos se asocian a espacios naturales pre o
extraurbanos sin definición arquitectónica en un principio, como las cuevas-santuario. Como vemos,
la sociedad ibérica desarrolla distintos niveles de religiosidad.
Entre las divinidades más caracterizadas destaca una gran diosa madre de la naturaleza y fertilidad,
presente con variantes regionales en todo el ámbito ibérico. Bien atestiguada desde época tartésica, se
la representa iconográficamente como señora de los animales o potnia theron. Esto es, una figura
femenina entre dos fieras sustituidas a veces por elementos vegetales. Se trata de un principio
ideológico femenino consustancial a todas las culturas antiguas de base agraria, que se irradia
ampliamente por el Mediterráneo en el Periodo Orientalizante. Simboliza la fertilidad agraria y por
extensión la riqueza y fuerza de una comunidad, protegiendo a la población y potenciando su
continuidad generacional. Su imagen se difunde en la cultura ibérica en distintos soportes y
manifestaciones. Suele representarse como mujer que amamanta a recién nacidos, así en una placa de
terracota de La Serreta de Alcoy, donde la diosa nutricia se acompaña de un cortejo de devotos y
flautistas y de un ave como símbolo religioso. También aparece como diosa agrícola en pebeteros que
copian la imagen de Deméter, diosa del trigo y los frutos de la tierra; lo que explica la deposición de
estos objetos en pozos sacros y silos, caso de los pebeteros recuperados en el poblado agrícola de Mas
Castellar de Pontós; además de en santuarios como el del castillo de Guardamar del Segura y
necrópolis como La Albufereta en Alicante o Cabecico del Tesoro en Murcia. Como divinidad
ecléctica en objetos rituales, por ejemplo el timiaterio broncíneo con la imagen de Tanit hallado en La
Quéjola, o incluso esculturas como las célebres damas. Sigue sin estar claro si éstas son diosas o
imágenes idealizadas de nobles mujeres o princesas con apariencia divina, como parecen ser los casos
de las figuras femeninas de El Cerro de los Santos, la dama sedente de Baza o la de Elche. La
naturaleza divina de alguna de estas imágenes vendría dada por la presencia de determinados atributos
como la paloma, la cornucopia, el caduceo, la adormidera o espigas y frutos, además de por su propio
atuendo y actitud solemne. En el santuario de Torreparedones (Baena, Córdoba), una divinidad
femenina, probablemente Tanit o Dea Caelestis –como se lee en una inscripción latina–, se representa
también en figurillas labradas toscamente en caliza local, tanto en posición sedente como de pie.
Entre las figuras masculinas destaca el llamado “domador de caballos” o despotes hippon. Representa
a un dios o héroe protector de los caballos, animal que en culturas como la griega es vehículo de
heroización para los personajes de rango. La figura del despotes, sentado en una especie de silla de
tijeras y sujetando un par de caballos, aparece en relieves (Villaricos, Sagunto, Llano de la
Consolación) y exvotos; también como motivo decorativo en cerámicas (La Alcudia de Elche, en
forma de divinidad alada), colgantes (La Bastida de Les Alcuses, Puntal de Salinas) o bocados de
caballo (Cancho Roano). Por su parte, las monedas de muchas cecas ibéricas muestran dioses o héroes
fundadores de la ciudad bajo imágenes adaptadas de patrones grecoitálicos como las de Heracles o
Afrodita.
A juicio de investigadores como R. Olmos y C. Aranegui, serían igualmente imágenes divinas seres
mediadores o démones, las figuras aladas y cabezas de gran expresividad que aparecen en la
decoración cerámica a finales del siglo iii a.C., asociadas a elementos de una exuberante naturaleza
como flores, palmetas, árboles, aves o peces. En palabras de R. Olmos, “el íbero reproduce e inventa
una naturaleza ideal, escoge determinados tipos que están a mitad de camino entre el ornamento, el
símbolo y la realidad. La imaginación ibérica ha sabido crear esta naturaleza religiosa que sólo existe
en la representación de su propio universo imaginado”.
Estos repertorios iconográficos demuestran, en suma, que la religión ibérica no es anicónica sino
marcadamente simbólica. Aunque la antropomorfización religiosa beba de la koiné colonial
mediterránea, la imaginería ibérica, lejos de ser una copia de modelos semíticos o greco-itálicos sin
más, responde a un discurso ecléctico y original. Cobija, pues, la expresión de un pensamiento
religioso propio.
I.1.10.2 Ritos y celebrantes
Las ceremonias rituales son un importante elemento de cohesión social para los miembros de una
comunidad, tanto en las fases formativas como avanzadas del mundo ibérico. En los primeros
estadios, cuando los cultos no están todavía institucionalizados y las creencias son de carácter más
intangible, predominan las prácticas adivinatorias, mistéricas o iniciáticas. Con el paso del tiempo los
rituales se hacen cada vez más elaborados, contándose entre el ceremonial habitual la realización de
sacrificios y banquetes, libaciones, danzas, cánticos y acompañamientos musicales. También actos de
purificación a través del fuego o el agua; esta última con propiedades terapéuticas que convierten a
fuentes y manantiales en espacios de naturaleza sacra.
Los sacrificios animales fueron sin duda frecuentes aunque su reconocimiento arqueológico no resulta
fácil. Pueden tomarse como indicios ciertos depósitos faunísticos en contextos no domésticos, y
objetos rituales como los cuchillos afalcatados empleados para el degüello de las víctimas
propiciatorias. Precisamente, uno de los relieves del monumento funerario de Pozo Moro ilustra un
banquete ritual de carácter infernal: en presencia de un dios bicéfalo sentado frente a una mesa de
altar, un celebrante igualmente monstruoso se dispone a sacrificar un jabalí y un ser humano cuchillo
en mano. La escena, cuya simbología orientalizante es el ropaje que envuelve la sacralización del
régulo ahí enterrado, alude en cualquier caso a un sacrificio mítico y no real. Otras manifestaciones de
la cultura material ibérica asociables a ambientes rituales son los timiaterios o pebeteros –tanto en
bronce como en terracota– para quemar sustancias y producir aromas; los morillos, asadores y badilas
o pinzas caladas para la manipulación del fuego; y las copas rituales y páteras de plata para libaciones,
vertiendo en honor de dioses y difuntos líquidos como agua, leche, vino, sangre o miel.
Los exvotos son una de las expresiones más importantes de la religión ibérica, un particular vehículo
de comunicación entre los hombres y los dioses, entre el aquende humano y el allende sobrenatural.
Presentan distinta tipología y mensaje dependiendo de las características de la divinidad y el ambiente
cultural. Pero tienen en común el constituir una ofrenda en señal de agradecimiento, prerrogativa o
súplica hacia un dios, que los devotos depositan en su santuario. Son por tanto una sustitución o
representación del propio oferente, un testimonio de su peregrinaje al lugar sagrado y de su anhelo
hacia la divinidad.
Por un lado conocemos exvotos en forma de animal, aunque no son los más abundantes. Por ejemplo,
los caballitos en arenisca y terracota de El Cigarralejo (Mula, Murcia), con más de doscientas
figurillas entre caballos y asnos sueltos, yuntas y grupos de yegua y potro, algunos enjaezados. Este
santuario podría estar dedicado a una divinidad de los équidos propiciatoria de la fecundidad; o más
en concreto a una divinidad protectora del grupo social que se identifica bajo la imagen de este
animal: las aristocracias por tanto, para quienes el caballo es atributo de su rango como ya vimos (vid.
vol.II, I.1.7.1). También en el palacio-santuario de Cancho Roano, en uso durante el siglo v a.C., el
caballo parece tener un especial protagonismo. Así lo denuncian las figurillas de bronce que lo
representan aisladamente o en

[Fig. 26] Exvoto de


caballito en arenisca del santuario de El Cigarralejo (Mula, Murcia)
plataformas zoomorfas que pudieron emplearse como carritos votivos, o las placas de pizarra con
grabados equinos; igualmente la presencia de bocados y demás piezas de atalaje. La ritualidad del
caballo en Cancho Roano queda confirmada por el hallazgo de animales sacrificados en el gran foso
que rodea al edificio; entre otras especies, más de quince équidos –algunos de ellos decapitados–
integrando una gran ofrenda final relacionada tal vez con la destrucción ritualizada del santuario,
como sugiere su excavador, S. Celestino. Además del caballo, aves, lobos y carnassiers son atributos
religiosos o divinos frecuentemente representados en la iconografía cerámica, especialmente en las
producciones de Elche-Archena del llamado estilo simbólico.
Más representativos son los exvotos antropomorfos en piedra, bronce y arcilla. Entre los primeros
destacan las esculturas procedentes del santuario de El Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo,
Albacete). Suman más de cuatro centenares entre figuras masculinas y femeninas, tanto de cuerpo
entero (estantes o sedentes, así algunas damas) como torsos y cabezas predominantemente
masculinas; también se incluyen piezas excepcionales como una pareja de oferentes, hombre y mujer,
que sostienen conjuntamente un vaso votivo. Descubiertas desde antiguo (las primeras esculturas o
“santos” en los albores del Renacimiento, y la excavación inicial del lugar a finales del siglo xix),
constituyen una de las más tempranas imágenes de la cultura ibérica. Y a la luz del avance de la
investigación en la segunda mitad del siglo xx han permitido definir la plástica humana como una de
las manifestaciones más logradas del arte ibérico. En piedra caliza, los exvotos representan a fieles en
actitud oferente y quizá a algunos sacerdotes de la divinidad venerada, que a tenor de sus ostentosas
vestimentas y adornos pertenecerían a círculos nobiliarios de los territorios limítrofes al santuario,
pues éste parece ser de carácter intercomunitario (vid. vol.II, I.1.10.3). Las damas lucen trajes de gran
suntuosidad (túnicas cubiertas por

[Fig. 27] A la izquierda, Dama oferente del santuario de El Cerro de los Santos (Montealegre del
Castillo, Albacete)
[Fig. 28] Arriba, Exvotos de bronce del santuario de El Collado de los Jardines (Jaén), representando a
jóvenes guerreros desnudos
varios mantos) y elaborados tocados (velos que caen sobre los hombros, trenzas terminadas en joyas,
mitras y rodeles, collares de varias vueltas), y algunas portan vasos de ofrenda en forma de cáliz
sujetos con ambas manos. En opinión de M. Ruiz Bremón los vasos podrían contener aguas y sales
terapeúticas de manantiales de los alrededores, ricas en sulfato y magnesio. Lo que a título de
hipótesis cabría relacionar con las propiedades curativas de la divinidad, representando así los vasos
su atributo más distintivo. Las damas sedentes apoyan sus manos sobre las rodillas y todo parece
indicar que personifican a las mujeres de mayor edad y rango. Algunos varones visten toga o pallium,
lo que señala un ambiente romanizador y una data tardía de las esculturas, la mayor parte del ibérico
final (siglos iii-ii a.C.).
También en el santuario de Torreparedones, como ya se dijo, se ofrendan figurillas humanas en caliza
muy esquemáticas y toscas. Algunas imágenes femeninas llaman la atención por sus cabezas grotescas
y enormes ojos, mostrando una actitud orante y oferente, tanto de pie como sentadas; estas últimas
podrían ser representaciones de la divinidad. Exvotos similares se han hallado en el santuario de La
Encarnación, en Caravaca (Murcia).
[Fig. 29] Exvoto de bronce
del santuario de Castellar de Santiesteban (Jaén), representando a una orante con los brazos extendidos
Los exvotos de bronce son muy característicos de los santuarios de Despeñaperros, en especial
Castellar de Santiesteban y El Collado de los Jardines (vid. vol.II, I.1.10.3), donde aparecen por
millares; y de otros lugares como el santuario de la Luz en Murcia y Alarcos en Ciudad Real. Han sido
estudiados por G. Nicolini y más recientemente por L. Prados. Realizados a la cera perdida en talleres
in situ, estas figurillas de reducido tamaño representan hombres, mujeres, partes anatómicas, carros y
animales. También varillas con la forma esquematizada de orantes. Abundan imágenes de guerreros
portando cinturón y armas (caetra, puñal, falcata o lanza), a veces a caballo, tanto vestidos con túnicas
cortas como desnudos y con el sexo erecto; una forma de presentarse ante la divinidad en su pleno
vigor y pureza. Constituirían, tal vez, la ofrenda de jóvenes que acceden a la comunidad de los adultos
a través de un rito de paso o iniciación guerrera; en este sentido la figura del guerrero –la expresión de
las armas en realidad– simbolizaría la entrada del individuo en el nuevo grupo de edad y la
consecución de derechos propios. Ello requiere de una sanción divina de la que los exvotos serían su
particular apelación o complacencia. Otras figuras visten largas túnicas y mantos, y llevan la cabeza
rasurada: un afeitado ritual que identificaría acaso la función sacerdotal, igualmente aplicable a
algunas cabezas masculinas del Cerro de los Santos. Volviendo a los exvotos de bronce, las imágenes
femeninas van ataviadas con tiaras y velos, y muestran generalmente una actitud de súplica o plegaria.
En ocasiones sujetan como ofrenda un ave, un pan, una fruta o un vaso, sobre todo las figuras del
Collado de los Jardines. La expresividad ritual se refleja en gestos como la disposición de los brazos
alzados sobre la cabeza o extendidos hacia el frente con las palmas abiertas, en ocasiones cruzados
sobre el pecho en actitud de oración o caídos en paralelo al cuerpo. Otros detalles de ritualidad son los
pies descalzos, las orejas de desproporcionado tamaño (con una incisión en el oído para recalcar la
escucha y el diálogo con el dios) o los ojos salientes y el mentón destacado en ademán de elevar el
rostro hacia la divinidad. Como en tantas otras religiones paganas y cristianas, las ofrendas
anatómicas en forma de brazos, manos, piernas, falos, ojos, dentaduras o pequeñas cabezas
esquemáticas, son una rogativa de curación o propiciación.
Finalmente, se dan también exvotos antropomorfos modelados en arcilla, como los interesantes
ejemplares del santuario de La Serreta de Alcoy. Realizados a molde en un taller local, reproducen
hombres y mujeres en edad juvenil. En especial las mujeres muestran cuidados atuendos y tocados
que, como las damas en piedra, incluyen diademas, rodelas, mitras y velos. Parecen representar a
jóvenes matronas devotas de una diosa de la fertilidad y los alumbramientos, como señala el hecho de
que las oferentes se lleven la mano al vientre o que la diosa sea una madre nutricia. En épocas tardías
los exvotos de bronce y terracota se “popularizan” con imágenes progresivamente de peor calidad y
tendencia abstracta o esquemática; ello refleja un cambio de clientela en los santuarios, tal vez un
aumento en el número de devotos o peregrinos, y una consiguiente generalización del fenómeno
religioso.
En relación con la organización de cultos y rituales, es muy probable que desde mediados del ibérico
antiguo existieran ya formas de sacerdocio organizado ligadas a la vida urbana y al funcionamiento de
los santuarios. Al menos en los territorios del Sur y Levante, más avanzados. Desde antes, en el
Periodo Orientalizante y durante el siglo vi a.C. se dan formas de poder teocrático en las que régulos y
príncipes denotan un carácter sacro monopolizando los cultos dinásticos en residencias regias o
santuarios preurbanos, según revelan lugares como Cancho Roano. En las siguientes fases de la cultura
ibérica la función sacerdotal se amplía y especializa, desvinculándose del poder político e
integrándose en el nuevo tejido ciudadano; su espacio es ahora el de los santuarios intra o
extraurbanos que proliferan a partir del siglo iv a.C. Como en otras culturas del Mediterráneo antiguo,
las comunidades ibéricas requieren de un clero intermediario entre los fieles y la divinidad, encargado
de regular los cultos. Recordemos que éstos son importantes elementos de identidad y articulación
social, especialmente en el espacio urbano. En cualquier caso el sacerdocio suelen desempeñarlo
individuos pertenecientes a grupos privilegiados, por tanto próximos a la élite política; parece
competencia de unas cuantas familias distinguidas en las que la función religiosa podría transmitirse
generacionalmente como sabemos ocurre en Grecia, Etruria o Galia. Entre sus competencias estarían
la organización de cultos y festividades, la realización de rituales de sacrificio y libación, la elevación
de plegarias, la interpretación de mensajes divinos a través de prácticas mánticas como la
ornitomancia, etc. Además de la guardia de los santuarios, que incluiría el control de ofrendas o
donaciones y el cobro de tributos.
Se señalaba más arriba que algunos bronces y esculturas denuncian por su aspecto y atuendo un oficio
sacerdotal. Especialmente los varones con la cabeza afeitada, velada o encapuchada, vestidos con
túnicas y distinguidos con una tira en la cabeza, collares y aros en la oreja. Igualmente un sacerdocio
femenino del que parecen participar algunas damas oferentes de El Cerro de los Santos. Es posible
asimismo que ciertas tumbas correspondan a sacerdotes o sacerdotisas habida cuenta de la presencia
en ellas de objetos rituales y de culto. Por ejemplo, la sepultura 20 de la necrópolis de Galera; ésta
contenía (además de dos aríbalos de pasta vítrea, un vaso griego y restos de vajilla de bronce) la
conocida damita de alabastro entronizada y rodeada de dos esfinges, identificada con Astarté; se trata
de una importación orientalizante anterior al enterramiento –de inicios del siglo v a.C.– para usos
libatorios, sin duda, al disponer la figurilla de un orificio en la cabeza por donde se vertería el líquido
que a través de los pechos caería en la palangana que sujeta la diosa en su regazo. ¿Un objeto ritual,
heredado y amortizado en la tumba del último sacerdote que lo empleara para la práctica religiosa?
Es plausible que en ciertos contextos la escritura fuera también una prerrogativa de la clase sacerdotal.
La necesidad de registrar los bienes de un santuario, de reglamentar himnos y liturgias o de consagrar
a los dioses siguiendo fórmulas específicas, explicarían la difusión de los signarios ibéricos. Es lo que
cabe aplicar a ciertas inscripciones en ofrendas u objetos rituales; tal vez invocaciones a los dioses
como recientemente se ha sugerido para la vajilla de plata de Abenjibre (Albacete), cuyos vasos
descubren líneas de escritura meridional finamente grabadas.
I.1.10.3 LOCA SACRA: los santuarios ibéricos
Entendidos como el lugar donde tiene lugar la comunicación entre los hombres y los dioses, los
santuarios revisten especial importancia. Constituyen un hito en la definición ideológica, social y
territorial de una comunidad. El aumento de trabajos arqueológicos en los últimos años y el progreso
general de la investigación protohistórica posibilitan que conozcamos hoy un buen número de ellos, de
distinta naturaleza y rango. Podemos establecer cuatro grandes categorías de santuarios que obedecen
a distintas pautas de organización –y cosmovisión– por parte de los íberos.
1) Espacios de culto dentro de viviendas o recintos comunitarios
Se corresponden con estancias a modo de capillas donde se registran depósitos de ofrendas, cenizas y
vajilla ritual en torno a altares, hogares y poyetes. De carácter familiar, gentilicio o dinástico, estos
cultos están dirigidos por patriarcas o jefes de clan, y se relacionan generalmente con divinidades
protectoras del grupo familiar o ancestros fundadores. Con distintos rasgos según regiones y tiempos,
están presentes a lo largo de la cultura ibérica en estructuras domésticas generalmente bien equipadas,
siendo el espacio ritual predominante en las etapas más antiguas. Entre otros objetos característicos
están, en los hábitat del Sudeste, Levante y Cataluña, los pebeteros o quemaperfumes con la imagen de
Deméter, lo que aboga por ritos de naturaleza agraria relacionados con la reproducción familiar. En tal
sentido hay que entender la realización de pequeños sacrificios animales de carácter propiciatorio,
sobre todo de ovicápridos, y la presencia de inhumaciones infantiles en el espacio doméstico como se
apuntó páginas atrás (vid. vol.II, I.1.7.4). Esto último no sólo implica un uso funerario diferenciado
para los menores que mueren antes de integrarse en la comunidad adulta, sin superar el vínculo
familiar directo; representa también un acto fundacional o auspiciador de la continuidad del grupo
familiar dentro de un ciclo de muerte y vida.
La presencia de cráneos humanos en viviendas, especialmente en algunos poblados catalanes, se ha
relacionado con cultos a los antepasados. Pero también con ritos decapitatorios de tradición celta
como indicarían los cráneos trepanados y clavados en la muralla de poblados indiketas como Ullastret
o Mas Castellar de Pontós.
2) Templos urbanos
Se identifican como tales los espacios de culto integrados en la trama urbana, recientemente
analizados por T. Moneo. Su existencia nos habla de una religión colectiva que supera el rango
familiar o dinástico, lo característico de buena parte de las comunidades ibéricas desde finales del
ibérico antiguo. Son, por tanto, una expresión del surgimiento de cultos oficiales o cívicos, abiertos a
la comunidad y relacionados con dioses tutelares de la ciudad. Cultos, en cualquier caso, bajo el
control de las élites de la ciudad, que rigen en ocasiones una participación clientelar. La extensión de
un sistema religioso basado en el templo se corresponde con una organización urbana fuerte y
dinámica que, como ya se indicó, adapta entre otros patrones mediterráneos la arquitectura religiosa y
la figuración antropomorfa del principio religioso. Desde el punto de vista arquitectónico los templos
urbanos pueden ser tanto unidades de habitación como, sobre todo, edificios independientes con una
estructura específica ajustada al uso ritual. Ello explica su división en varias estancias o capillas
destinadas al culto, al sacrificio o a la custodia de exvotos que se apilan en bancos y pozos de ofrenda
a modo de favissae; aunque los modelos arquitectónicos más sencillos no presentan
compartimentaciones internas. Los complejos religiosos,
[Fig. 30] Plantas de diferentes santuarios ibéricos, según F. Gracia y G. Munilla
además de almacenes y erario –como los de la Illeta del Banyets–, pueden incluir áreas de servicio y
residencia de la clase sacerdotal. Empero, la congregación de fieles y las ceremonias rituales también
tenían lugar en espacios abiertos al exterior de los templos.
Suelen emplazarse los santuarios urbanos en zonas elevadas y simbólicas definiendo una suerte de
acrópolis (Puig de Sant Andreu, Burriac, con dudas Cabezo de Alcalá de Azaila) o bien en puntos
nucleares (El Tossal de Sant Miquel de Liria) o estratégicos en la entrada del poblado (Cerro de las
Cabezas), o próximos al puerto (Illeta dels Banyets). Existe una amplia variedad de formas
constructivas, en general de poca monumentalidad y alejadas de la imagen clásica del templo
mediterráneo; si bien en época romana algunos santuarios ibéricos se reforman y dotan de prestancia
arquitectónica como ocurre en el Cerro de los Santos a fines del siglo ii a.C. o en La Alcudia de Elche.
Entre los tipos arquitectónicos más característicos podemos relacionar los siguientes: a) templos
exentos de planta rectangular o trapezoidal y entrada in antis o porticada, con al menos dos columnas;
así, el templo A de la Illeta dels Banyets, los del Puig de Sant Andreu en Ullastret, o El Cerro de los
Santos en ámbito extraurbano, este último con pronaos, naos y columnas de capitel jónico-itálico; b)
recintos sacros de planta cuadrangular con espacio abierto o temenos (templo B de Illeta dels Banyets,
La Alcudia); c) de patrón oriental y con patio interior (La Muela en Cástulo, Tossal de Sant Miquel de
Liria o Cancho Roano, este último en ámbito rural); d) santuarios en ladera (El Cigarralero, La Luz);
e) recintos comunitarios de carácter cultual (estancia A de La Ciutadella-Les Toixoneres, el espacio 4
del Puig Castellet); y f ) santuarios de entrada adosados a la muralla, tanto al interior (Cerro de las
Cabezas) como al exterior o extramuros (Torreparedones, con una sucesión de estancias-patio hasta
llegar a una cella con columnas sacras).
3) Santuarios extraurbanos y de frontera
Emplazados en espacios abiertos y jalonando caminos, denotan un carácter fronterizo al definir
límites de territorios políticos o constituir una sacralización de la frontera. Uno de los ejemplos más
interesantes estudiado en los años noventa es el santuario heroico de El Pajarillo (Huelma, Jaén),
varias veces aludido. Se sitúa en una zona de paso sobre una llanura de inundación en la cabecera del
río Jandulilla, sin hábitat inmediato; y consiste en una terraza con plataforma-altar y torre que exhibía
un magnífico conjunto escultórico. De él formaban parte las figuras de un guerrero desenfundando una
falcata oculta bajo el manto, y la de un joven desnudo del que sólo se conserva parte del vientre y
nalgas; ambos se enfrentaban a animales y seres fantásticos: al menos un lobo, dos grifos y dos leones.
En suma, una escena heroica de zoomaquia que remite al poder de un príncipe y su linaje sobre un
territorio, quizá recién colonizado, cuya frontera vendría definida y legitimada por el propio
monumento. Por el material arqueológico asociado el conjunto se fecha a inicios del siglo iv a.C.
Al señalar áreas de confluencia entre tribus, ciudades o estados, algunos santuarios se vinculan con
divinidades de alcance supraterritorial. Es lo que cabe suponer en El Cerro de los Santos, en
Montealegre del Castillo (Albacete). Situado a los pies de la vía Heraclea, en una encrucijada de
caminos sobre un terreno rico en pastos y aguas minerales, constituye un centro político-religioso de
probable carácter intercomunitario; al menos durante algún tiempo de su prolongada existencia, que
va desde el siglo iv a.C. hasta época altoimperial. Frecuentado por élites nobiliarias de territorios
aledaños, como reflejan sus exvotos de piedra, acaso fuera un lugar donde los círculos dirigentes
sellarían pactos, juramentos e incluso matrimonios al amparo de una divinidad benefactora.
Celebrándose al tiempo ferias e intercambios.
eduardo sánchez-moreno
[Fig. 31] Hipótesis de reconstrucción del sector central del santuario heroico de El Pajarillo, Huelma
(Jaén), según A. Ruiz y M. Molinos
[Fig. 32] Guerrero del conjunto escultórico de El Pajarillo, Huelma (Jaén)
En relación con esto último conviene recordar el destacado papel económico que desempeñan templos
y santuarios en tanto puntos de encuentro e interacción, lo que facilitan su posición estratégica y
carácter neutral. Autores como A.J. Domínguez Monedero hablan, así, de santuarios empóricos o
lugares de redistribución e intercambio bajo advocación religiosa; lo que pudieron ser Cancho Roano,
La Muela en Cástulo o los templos de la Illeta del Banyets, estos últimos en entornos urbano y
costero. En este sentido, hace ya varias décadas que J. Maluquer definió una “ruta de los santuarios”
que uniría la costa del sudeste con los distritos mineros del interior, desde el litoral murciano y a
través de Sierra Morena hasta el valle medio del Guadiana. Un camino natural articulado por
santuarios y reconocido arqueológicamente por la dispersión de exvotos de bronce y cerámica griega,
entre otros indicios. En cualquier caso los lugares de paso sacralizados son de muy distinta categoría:
desde una cueva, un vado o una confluencia fluvial, pasando por una cañada ganadera o un hito
fronterizo, hasta un puerto o promontorio marítimo.
4) Santuarios naturales
Entre otros escenarios agrestes y rurales destacan las llamadas cuevas-santuario, en uso desde tiempos
prehistóricos hasta la romanización. Se asocian a divinidades ctónicas y funerarias que habitan las
entrañas de la tierra, pero también de carácter salutífero o curativo al relacionarse algunas cuevas con
manantiales y fuentes medicinales. Son características del sudeste, del espacio oretano y sus
estribaciones hacia la Contestania. En Despeñaperros se emplazan las célebres cuevas de El Collado
de los Jardines y Castellar de Santiesteban (Santa Elena, Jaén). En estos santuarios (así como en el de
La Luz, en las inmediaciones de Murcia) proliferan los exvotos antropomorfos de bronce, (vid. vol.II,
I.1.10.2). La cueva es el espacio sacro donde reside la divinidad; pero el área religiosa se amplía con
el tiempo con instalaciones, edificios y terrazas para la práctica ritual y el depósito de ofrendas.
Algunos conjuntos se delimitan con un recinto perimetral, como ocurre en El Collado de los Jardines.
También en la región valenciana abundan los pequeños santuarios rupestres en zonas como Requena,
Millares o Gandía, que fueron estudiados por M. Tarradell y M. Gil-Mascarell. De hondo arraigo
cultural y relacionadas con corrientes de agua, en estas cuevas se recuperan formas cerámicas
asociadas a ritos de libación como cuencos, páteras y vasos caliciformes.
Cuevas y abrigos se ubican en lugares elevados con óptimo control del territorio circundante,
marcando igualmente áreas de dominio y, en el caso de los localizados en Sierra Morena, pasos
estratégicos entre la Meseta y Andalucía. En suma, se trata de santuarios establecidos sobre
emplazamientos naturales privilegiados.
Bibliografía
A. Guía de lecturas y recursos
Los últimos treinta años han supuesto una gran renovación en el estudio del mundo ibérico. Ello se
traduce en una amplísima proyección bibliográfica que va desde artículos especializados y memorias
de excavación a obras de síntesis y divulgación, pasando por estudios regionales o temáticos. El
incremento de trabajos de campo, el impacto de hallazgos como el monumento de Pozo Moro, la
Dama de Baza o los conjunto escultóricos de Porcuna o El Pajarillo, así como la actualización de
planteamientos teóricos y metodológicos, propicia desde los años setenta del siglo pasado la
celebración de congresos
(AA.VV., 1976-1978; AA.VV., 1986) y la edición de trabajos colectivos (AA.VV., 1981; AA.VV.,
1988). A estas obras de referencia han continuado otras más recientes. Junto a compilaciones
oportunas sobre distintos aspectos de la sociedad ibérica (Vaquerizo, 1992; Blánquez/Antona, 1992;
Olmos, 1992a), a inicios de los noventa ve la luz el libro de A. Ruiz y M. Molinos sobre el proceso
histórico del mundo ibérico (Ruiz/Molinos, 1993). Bajo un enfoque teórico y con atención a las
dinámicas territorial y sociopolítica, este innovador y dialéctico estudio renueva a fondo la imagen
tenida hasta entonces de los íberos y necesitada de revisión (Arribas, 1976). Para una aproximación
general son también de interés los volúmenes complementarios de exposiciones sobre la cultura
ibérica de la última década, como El mundo ibérico, una nueva imagen en los albores del año 2000
(Blánquez, 1995a) o, desde una perspectiva historiográfica, La cultura ibérica a través de la
fotografía de principios de siglo. Un homenaje a la memoria (Blánquez/Roldán, 1999). Pero sin duda
la muestra internacional Los Íberos, príncipes de Occidente, que recorrió las ciudades de París,
Barcelona y Bonn entre 1997 y 1998, marca un hito en la divulgación científica de la Protohistoria
ibérica, constituyendo el libro-catálogo que la acompaña un magnífico compendio del estado actual de
conocimientos y, por ello, una recomendable introducción (AA.VV., 1998). Igualmente lo son el
capítulo que F. Gracia y G. Munilla dedican a la cultura ibérica en el contexto de la Protohistoria
mediterránea (Gracia/Munilla, 2004), y dentro de la divulgación, la atractiva aproximación al paisaje
cotidiano de los íberos: Diálogo en el país de los íberos (Izquierdo et alii, 2004), ambos de reciente
aparición.
Como estudios generales, por último, en manuales y síntesis de la Iberia prerromana como Fernández
Castro, 1995, Belén/Chapa, 1997, Bendala, 2000, Almagro Gorbea, 2001 o Salinas, 2006, se hallan
buenos tratamientos sobre los pueblos ibéricos; mientras que para consultas de términos geográficos,
étnicos o de instituciones, los diccionarios de Pellón, 1997 y Roldán, 2006, resultan herramientas de
utilidad.
Desde 1994 se edita, por parte del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad
Autónoma de Madrid, la Revista de Estudios Ibéricos (REIB), la primera publicación periódica y
científica dedicada monográficamente a la cultura ibérica (consultable on-line: http://www.ffil.
uam.es/reib/).
Pasando a trabajos más específicos y siguiendo el orden de los capítulos de este bloque, sobre el
concepto y la aplicación de los términos Iberia/íberos en las fuentes antiguas, véanse Domínguez
Monedero, 1983 y Cruz Andreotti, 2002; y sobre los etnónimos ibéricos y sus problemas de
definición, Moret, 2004. Con relación a los procesos regionales de etnogénesis en la Edad de Hierro y
la distribución de los pueblos ibéricos, aun necesitada de actualización, una completa visión de
conjunto sigue siendo Almagro Gorbea/Ruiz Zapatero, 1992. En lo tocante a la lengua y escrituras
ibéricas, dos buenas introducciones en Velaza, 1996 y de Hoz, 1998; sobre variantes lingüísticas y
epigráficas, más en detalle: de Hoz, 1993; 2001 y Panosa, 1999. Las inscripciones paleohispánicas han
sido catalogadas por J. Untermann en cuatro copiosos volúmenes, los Monumenta Linguarum
Hispanicarum (MLH), de los cuales el III se ocupa de las inscripciones ibéricas en territorio español
(Untermann, 1990; en alemán). La publicación periódica Palaeohispanica. Revista de lenguas y
culturas de la Hispania antigua (CSIC-Universidad de Zaragoza), da cuenta anualmente desde 2001
de las últimas novedades (estudios, inscripciones inéditas…) sobre las escrituras prerromanas.
En lo referente a poblamiento y territorio predominan los análisis regionales. Además de los distintos
trabajos reunidos en Almagro Gorbea/Ruiz Zapatero, 1992, cabe apuntar entre otros: AAVV, 1997a,
para la Andalucía occidental (la antigua Turdetania); López Domech, 1996 y Ruiz/Molinos, 2002, para
el alto Guadalquivir (la antigua Oretania); Sala, 1996, Abad/Sala, 2001, Grau, 2002 y Abad et alii,
2005 para la región alicantina (la antigua Contestania); Bonet, 1995, para el campo del Turia
valenciano (la antigua Edetania); Oliver, 1996, para las tierras del Maestrazgo en Castellón (la antigua
Ilercavonia); Beltrán, 1996, para el valle del Ebro aragonés; AA.VV., 1993 y Martín/Plana, 2001, para
el poblamiento y estructura territorial en las distintas comarcas catalanas; y Gailledrat, 1997, como
estudio amplio del Nordeste, desde el Ebro hasta el Languedoc-Rosellón francés, que puede
complementarse con la monografía de D. Garcia (2004) sobre los territorios del sudeste de la Galia,
hasta donde llega la cultura ibérica, o la más divulgativa de J. Sanmartí y J. Santacana (2005) sobre
los íberos en Cataluña.
Para una caracterización de los hábitat ibéricos, el urbanismo y la arquitectura doméstica, vide en
general: Gusi/Olaria, 1984 y AA.VV., 1994. Sobre los espacios públicos en la ciudad ibérica: Gracia,
2004. De los sistemas de defensa y fortificaciones en el mundo ibérico se han ocupado P. Moret
(1996; 2002) y F. Gracia (1998; 2000; 2003: 225-257); para el estudio de las torres de control y
fortines, desde una aplicación territorial, vide los trabajos presentados en Moret/Chapa, 2004.
En lo que respecta a las bases y recursos económicos, la obra más completa son las actas del congreso
dedicado hace unos años a la economía del mundo ibérico, Ibers: agricultors, artesans i comerciants
(Mata/Pérez Jordá, 2000). Más particularmente, sobre producción y exportación agrícola: Adroher et
alii, 1993; Gracia, 1995a, Buxó/Pons, 1999 y Pons et alii, 2001 (con especial atención a la economía
cerealística y a los campos de silos de la región catalana) y Uroz, 1999, para una visión general sobre
la agricultura ibérica, así como el ilustrativo libro de Chapa/Mayoral, 2007. Un producto de
importancia es el vino, del que cada vez hay más indicios de su temprana producción y
comercialización en Iberia; véanse en este sentido: Celestino, 1995 (y en especial: Gómez
Bellard/Guérin, 1995); Guérin/Gómez Bellard, 1999 y Juan Tresserras, 2000a; sobre sus implicaciones
socioculturales como elemento de prestigio: Domínguez Monedero, 1995a y Quesada, 1995. Con
relación a la producción y consumo de cerveza en la Protohistoria peninsular, Juan Tresserras, 1998;
2000b. De interés es el trabajo de A. Oliver (2000) sobre la cultura de la alimentación en el mundo
ibérico, donde se interrelaciona el registro económico de los alimentos (obtención, preparación,
conservación, transporte) con su uso social (consumos cotidianos, banquetes) y simbólico (ofrendas,
sacrificios).
El comercio es uno de los temas que más estudios ha generado en los últimos tiempos; así, sobre
estrategias de intercambio y rutas comerciales en la Iberia mediterránea: Domínguez Monedero, 1992;
1993; Gracia, 1995b y Sanmartí, 2000; y sobre las relaciones comerciales entre íberos y griegos y el
papel aglutinador de Emporion (Ampurias): Sanmartí, 1993. Pasando a la moneda, una panorámica
general sobre las acuñaciones de los íberos en García-Bellido/Ripollés, 1998; con más amplitud, el
estudio de las emisiones ibéricas en el contexto global de la Hispania antigua: Alfaro et alii, 1998
(capítulos 3 y 4). De utilidad es el completo diccionario de cecas monetales y pueblos hispanos, con
una síntesis sobre la numismática peninsular (García-Bellido/Blázquez, 2002).
Concerniente a la estructura social del mundo ibérico y aparte de obras generales referidas más arriba,
la atención principal se ha prestado a los grupos privilegiados; destacan en este sentido los ensayos de
A. Ruiz (1998; 1999) sobre la génesis y evolución de las aristocracias ibéricas. Las escenas
representadas en vasos cerámicos y la estatuaria heroica y funeraria son testimonios primarios para la
caracterización de las élites. Sobre la iconografía cerámica, reflejo del dinamismo social y del
universo simbólico de los íberos, véanse Aranegui, 1997, para las cerámicas de la región de Liria, y
los sugestivos análisis de R. Olmos sobre imaginería ibérica (1992a; 1996; 1999). Asimismo, Tortosa,
2006, con el estudio a fondo de estilos y grupos pictóricos de la cerámica contestana. Como
introducción a la escultura ibérica, García Castro, 1987 ofrece una visión resumida de las distintas
manifestaciones y significados; para un análisis más especializado: León, 1998. Sobre la escultura
humana en piedra: Ruano, 1987 y Ruiz Bremón, 1989. Más concretamente, sobre el conjunto de
Porcuna: González Navarrete, 1987; Negueruela, 1990; sobre la dama de Elche, pieza emblemática del
arte ibérico: Olmos/Tortosa, 1997; Ramos, 1997 y Rovira, 2006. La escultura zoomorfa ha sido
estudiada en profundidad por T. Chapa (1985; 1986). Para aspectos tecnológicos del trabajo
escultórico: Negueruela, 1990-1991 y Blánquez/Roldán, 1994.
El caballo es un animal de gran valor en la Edad de Hierro, asociado a las élites como atributo de
poder y prestigio; sobre su función social y guerrera: Quesada, 1997a y Almagro Gorbea, 2005; para
una visión más amplia, los distintos trabajos comprendidos en Quesada/Zamora, 2003. De gran
aprovechamiento es el portal en Internet: Equus. El caballo en la cultura ibérica http://www.ffil.
uam.es/equus/, resultado de las investigaciones desarrolladas por un equipo de la Universidad
Autónoma de Madrid dirigido por F. Quesada.
Sobre la mujer en el mundo ibérico: Izquierdo, 1998; Rísquez/Hornos, 2005 y Chapa, 2005; valorando
su importancia en las relaciones de parentesco y como instrumento diplomático en la Iberia
prerromana y la conquista: Martínez López, 1986; Sánchez-Moreno, 1997. En general, sobre la vida
cotidiana de los íberos, desde una aproximación antropológica (demografía, ciclo vital,
enfermedades): Ruiz Bremón/San Nicolás, 2000.
Respecto al mundo funerario, la bibliografía se ha multiplicado en los últimos años con el avance de
la investigación arqueológica. Mencionaremos por tanto trabajos de síntesis que sirvan de orientación
general al lector. Así, con especial atención a aspectos rituales, sociales y culturales de la muerte y sus
manifestaciones entre los íberos: Almagro Gorbea, 1978; 1993-94; Rafel, 1985; GarcíaGelabert, 1994;
Blánquez, 1995b; 1999; 2001 y Pereira, 2001; para un panorama sobre las necrópolis en las distintas
regiones ibéricas: Blánquez/Antona, 1992. Sobre la función funeraria de las esculturas zoomorfas:
Chapa, 1985; y de los seres fantásticos de naturaleza híbrida: Izquierdo, 2003. Sobre las inhumaciones
infantiles en el mundo ibérico: AA.VV., 1989 y Gusi, 1992. Deteniéndonos en tipos de enterramiento
específicos, sobre el monumento turriforme de Pozo Moro: Almagro Gorbea, 1983a; 1999; y el
estudio completo de su necrópolis: Alcalá-Zamora, 2004. Sobre los pilares-estela ibéricos: Almagro
Gorbea, 1983b; Izquierdo, 2000.
Por lo que hace a las formas de poder en el mundo ibérico, los distintos trabajos reunidos en Aranegui,
1998; Almagro Gorbea, 1996 y Ruiz, 1999, resultarán sin duda de aprovechamiento. Más
particularmente, analizando los signos de prestigio y distintivos de poder: Aranegui, 1996. Sobre el
concepto de realeza y las formas de monarquía y jefatura entre los íberos: Alvar, 1990; Muñiz, 1994;
Coll/Garcés, 1998 y Moret, 2002-03. La guerra en la Protohistoria y particularmente en el mundo
ibérico, es temática de renovada atención en los últimos años. El trabajo de conjunto más reciente es
el de F. Gracia (Gracia, 2003), al que complementan últimas contribuciones de interés: Moret/
Quesada, 2002 y Quesada, 2003. Sobre armamento destacan los numerosos trabajos de F. Quesada, de
los que seleccionamos ahora el dedicado a la falcata, el sable más característico de los íberos
(Quesada, 1992), y la voluminosa monografía sobre las armas en la cultura ibérica (Quesada, 1997b),
sin duda la obra más completa. Sobre el mercenariado ibérico: Quesada, 1994, además de los trabajos
anteriormente citados (en especial Gracia, 2003: 65-88), donde se recoge la bibliografía anterior.
Finalmente, tocante a la religión en el mundo ibérico, pueden consultarse panoramas generales en:
Blázquez, 1994a, 1994b, y otros trabajos de síntesis como Olmos, 1992b, Domínguez Monedero,
1995b (con especial atención a los santuarios) y Chapa/Madrigal, 1997, sobre el sacerdocio en el
mundo ibérico. En extenso: Moneo, 2003, la más ambiciosa obra sobre religiosidad ibérica abordando
el estudio conjunto de dioses, ritos y espacios sacros. Con relación a los lugares de culto, además de
los anteriormente citados: Aranegui, 1994; Vilá, 1994; Prados, 1994; Moneo, 1995; AA.VV., 1997b;
Almagro Gorbea/Moneo, 2002 y Gracia et alii, 2004. Más monográficamente, atendiendo a la
importancia de algunos santuarios a los que nos hemos referido en distintos momentos, sobre el
palacio-santuario de Cancho Roano –el análisis de los materiales y una valoración de su funcionalidad
ritual–: Celestino, 2003 [y en la Red: http://www.canchoroano.iam.csic.es]; sobre El Cerro de los
Santos, en último lugar: Sánchez Gómez, 2002 (el estudio de sus exvotos de piedra en Ruiz Bremón,
1989, y más recientemente Truszkowski, 2006); sobre el santuario heroico de El Pajarillo: Molinos et
alii, 1998; 1999. Por último, para los exvotos ibéricos de bronce, en último lugar: Prados, 1992.
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Capítulo segundo La Iberia interior y atlántica
En contraste con una Iberia meridional y levantina partícipe de corrientes mediterráneas modeladoras
de la cultura ibérica, las tierras del centro, norte y occidente peninsular desarrollan durante la
Protohistoria procesos históricos regionalizados de desigual ritmo. El carácter interior y
progresivamente alejado del Mediterráneo, y el condicionamiento de unidades de relieve como las
altiplanicies meseteñas, los rebordes montañosos y las dehesas occidentales, explican el
afianzamiento desde la Edad del Bronce de potentes sustratos prehistóricos en estas regiones.
Junto a la raíz autóctona, el segundo elemento clave en la etnogénesis de estas poblaciones son las
influencias llegadas tanto por vía continental como atlántica. Las primeras con especial incidencia en
la Cataluña interior, valle del Ebro y las Mesetas; y las segundas en el litoral cantábrico, noroeste y
franja atlántica desde Finisterre a Gibraltar, con extensiones hacia Extremadura y el occidente de la
Meseta. Tal y como refleja el poblamiento prehistórico, estos contactos arrancan de mucho antes (en
el caso de la interacción entre las fachadas atlánticas europeas, ya desde el III milenio a.C.) para
intensificarse en el I milenio a.C. Y adquieren diversas formas que van desde intercambios
comerciales –en especial, la circulación de metales por el Atlántico– a la llegada de gentes
centroeuropeas que, introductoras de nuevas lenguas y costumbres, se mezclan con grupos del interior
peninsular.
I.2.1 Campos de Urnas e indoeuropeización peninsular, un puzzle por
ensamblar
El fenómeno que llamamos indoeuropeización e identificamos con la cultura de Campos de Urnas
–Urnenfelder en la terminología alemana– (ca. 1200-750 a.C.), constituye un elemento clave en la
configuración de las poblaciones prerromanas del I milenio a.C. Ahora bien, ¿qué entendemos hoy por
indoeuropeización? ¿Cuál es el alcance de los Campos de Urnas peninsulares? Y por último, ¿qué
relación, si existe alguna, podemos establecer con los pueblos celtas históricos?
Durante muchas décadas la investigación española, a partir de los trabajos de P. Bosch Gimpera en la
primera mitad del siglo xx, explicó la llegada de gentes continentales a la Península Ibérica en
términos migracionales e invasionistas. Se hablaba de sucesivas oleadas de pueblos indoeuropeos que
atravesarían los pasos pirenaicos a partir del año 1000 a.C. y que, avanzada la Edad del Hierro, cabría
identificar con los celtas de las fuentes clásicas. Estas gentes habrían introducido en la Península el
ritual funerario de la cremación, la metalurgia del hierro y determinados tipos de cerámicas y armas
atestiguados ahora por primera vez. Y, en definitiva, habrían dado lugar a nuestros pueblos
prerromanos celtas. El progreso de la investigación en las últimas décadas invalida hoy esta lectura
pues, claramente, el registro arqueológico desmiente tales oleadas. Los grupos que penetran fueron
más bien escasos y no tuvieron un efecto rupturista o violento en el poblamiento local, que es
sustancialmente continuista. Y por otra parte, las novedades tecnológicas y culturales detectadas no
obedecen a una implantación sino a procesos de adaptación progresiva. Así, la interpretación
invasionista que tanto éxito tuvo hasta los años setenta del siglo pasado, se ha corregido a favor de
otra de carácter procesual e incidencia fundamentalmente cultural. Con relación a los Campos de
Urnas, hoy se habla de infiltraciones paulatinas de gentes que interactúan y se mezclan con los grupos
autóctonos desde al menos el Bronce Final. Esta aculturación de larga duración dará como resultado la
transformación de elementos indoeuropeos en realidades locales, las culturas del Bronce Final (ca.
1100-800 a.C.) y Primera Edad del Hierro (ca. 800-500 a.C.) en diversos marcos regionales, desde
Cataluña y el valle del Ebro en momentos más tempranos hasta la Meseta y las tierras del norte y
occidente tiempo después.
Entendido por tanto como proceso cultural, los principales indicadores del fenómeno Campos de
Urnas en la Península Ibérica serían los siguientes: a) el rito funerario de la incineración del cadáver y
su depósito en una urna dentro de un hoyo o bajo estructura tumular, algo desconocido hasta entonces
en el interior peninsular, trasunto probablemente de nuevas formas de espiritualidad que resultan
difíciles de desentrañar; b) los poblados con viviendas de planta rectangular dispuestas en torno a un
eje o calle central, a los que se asocian las necrópolis colectivas de cremación; y en relación con lo
anterior, c) nuevas formas de organización social y explotación del territorio. Igualmente serían
indicadores materiales artesanías y repertorios decorativos de cerámicas (por ejemplo las
acanaladuras y excisiones, para algunos autores), armas, objetos de adorno y utensilios de carácter
simbólico (como los morillos cerámicos asociados a hogares domésticos), definidores de nuevos usos
y estilos vinculados en última instancia con los Campos de Urnas.
Asimismo el aporte lingüístico indoeuropeo, y éste es un elemento tan capital como controvertido.
Parece que las gentes de Campos de Urnas hablarían lenguas indoeuropeas y que, en efecto, debieron
ser las introductoras de este tronco lingüístico en la Península Ibérica, del que derivarían diversas
hablas. No en vano la lengua es un criterio preferente en la distinción de las dos grandes áreas
culturales de la Protohistoria hispana según se viene considerando tradicionalmente: la ibérica o
mediterránea y la indoeuropea o interior, también llamada Hispania céltica, en la que entre otras
lenguas se hablaron el celtibérico y el lusitano (vid. vol.II, I.2.4.1). Marcadores lingüísticos de la
Hispania céltica son una serie de nombres de raíz indoeuropea, entre los más significados, como
propusiera J. Untermann, el sufijo –briga de muchas poblaciones, que en lengua celta significa “lugar
elevado” o “promontorio”.
Además de por un sustrato lingüístico deudor de Campos de Urnas, la Hispania indoeuropea se ha
querido definir en variables de tipo social e ideológico, tales como el predominio de estructuras de
tipo gentilicio o suprafamiliar, instituciones de carácter guerrero o formas rituales asociadas a
elementos de la naturaleza y ritos de paso. En opinión de M. Almagro Gorbea estas expresiones se
registran en muchos territorios europeos desde el Bronce Final, conformando un horizonte que este
autor denomina protocéltico. Dicho sustrato común evolucionaría en distintos procesos regionales
durante la Edad del Hierro y hasta la conquista romana. De ellos, uno de los más importantes en el
interior peninsular sería la celtiberización, entendida como la expansión de la cultura celtibérica por
los márgenes de la Meseta en los siglos iv- ii a.C. (vid. vol.II, I.2.3.1). Aunque sugestivo, este modelo
de celtización acumulativa (con “protoceltas” y “celtas”), intermitente y en mosaico, resulta algo
impreciso y no encaja bien fuera de la Celtiberia. La realidad parece más compleja y variada.
La introducción de las lenguas indoeuropeas en la Península Ibérica sigue siendo un debate abierto,
como lo es el de la indoeuropeización en general. Mientras la mayor parte de los lingüistas consideran
a las gentes de Campos de Urnas los primeros parlantes de indoeuropeo, desde una aproximación
cultural autores como M. Ruiz-Gálvez valoran la vía atlántica como medio de difusión de estas hablas,
haciendo del indoeuropeo una lengua vehicular para facilitar los intercambios. En los últimos años, a
partir del análisis toponímico, F. Villar defiende la existencia de un sustrato lingüístico indoeuropeo
anterior a Campos de Urnas extendido por buena parte de la Península, incluidas regiones luego
“iberizadas” como Cataluña, Aragón y Andalucía ( vid. vol.II, I.2.4.1). Tal panorama lleva a cuestionar
cada vez más el dualismo área ibérica versus área indoeuropea en la compartimentación lingüística de
nuestra Protohistoria, una división que parece excesivamente simplista. La sugerente pero
controvertida tesis de “indoeuropeos antes de los indoeuropeos” de F. Villar, renovando viejos
planteamientos de la Paleolingüística, encuentra acomodo en la teoría evolucionista propuesta hace
veinte años por C. Renfrew, en un libro en su momento revolucionario, Arqueología y lenguaje: la
cuestión de los orígenes indoeuropeos. Según el mismo, los indoeuropeos no llegarían al suroeste de
Europa a finales de la Edad del Bronce con los Campos de Urnas como siempre se ha pensado, al
menos no inicialmente; contrariamente, habrían permanecido en ella desde al menos el iv milenio
a.C., pudiéndose relacionar la llegada de las primeras lenguas y formas culturales indoeuropeas al
viejo continente con el proceso de expansión neolítica desde el Próximo Oriente y Anatolia.
En cualquiera de los casos, volviendo a la Protohistoria hispana, en sus distintos niveles y registros la
indoeuropeización es un complejo proceso que debe estudiarse en paralelo a las dinámicas históricas
de los territorios englobados en la Hispania céltica.

I.2.2 Los celtas y su INTERPRETATIO hispana. ¿Celtas en España?


Los antiguos celtas tienen gran atractivo en nuestros días. Están de moda, qué duda cabe. En los
últimos años se les vienen dedicando publicaciones, exposiciones, documentales…, por no hablar de
su “rapto” por parte de aficiones que distorsionan su imagen o les inventan una serie de valores, desde
formas de música y folclore hasta grupos de esoterismo filosófico-religioso o new age. Más
inocuamente los cómics del galo Astérix han contribuido a su popularización entre los más pequeños;
una celtomanía que alcanza a la gran pantalla y a los parques temáticos. Pero no sólo son objeto de
consumo social o de ocio. Las administraciones públicas también han mostrado interés en los pueblos
celtas, haciendo de ellos una suerte de primeros europeos (la exposición internacional I Celti
celebrada en Venecia en 1991, es elocuente ejemplo) y, en el caso de políticas culturales de nuestro
país, convirtiendo a los celtas hispanos en reclamo para la divulgación de los orígenes históricos de
algunas Comunidades Autónomas. Es lo que ponen de relieve en nuestros días muestras tan destacadas
como Celtas y Vettones (en Ávila, 2001) o Celtíberos, tras la estela de Numancia (en Soria, 2005),
importantes incentivos en la puesta en valor del patrimonio arqueológico de ambas provincias.
Hoy, como en la Antigüedad, el término celta está contaminado de lecturas y atribuciones entre el
mito, la historia, la política y la fantasía. Se hace preciso por tanto un breve repaso a su construcción
historiográfica, un verdadero collage histórico como agudamente señala G. Ruiz Zapatero.
Los griegos llamaron celtas ( keltoi) a los pueblos que habitaban el occidente de Europa, la Keltiké.
Entre las primeras referencias escritas conservadas, Heródoto señala a mediados del siglo v a.C. que
los celtas se extienden más allá de las Columnas de Heracles hasta donde nace el río Danubio (Hrdt. 2,
33). Sin estar suficientemente claro el origen del término –acaso el nombre de una tribu local vertido
al griego por foceos o masaliotas–, por celtas hay que entender fundamentalmente una categoría
etnográfica, la de los “bárbaros de Occidente”, en el modelo de percepción externa de los griegos
arcaicos, y no un sujeto histórico sensu stricto. A medida que en los siglos siguientes aumenta el
conocimiento de las tierras y poblaciones de la Europa templada, los celtas constituirán un
conglomerado de pueblos definidos por su talante guerrero y espíritu indomable; en un retrato
estereotipado –el de la feritas celtica– contrapuesto al modelo de civilización grecorromana. Los
movimientos de galos y otros pueblos consignados por la historiografía clásica, servirán para
generalizar una serie de violentas migraciones celtas por toda Europa, sobre todo en los siglos iv-ii
a.C. o “periodo de las invasiones”, desde el Mar Negro hasta el Atlántico y desde Britania hasta Iberia.
Con hitos tan destacados como el asentamiento de tribus celtas en el valle del Po, el saqueo de Roma
(390 a.C.), el asalto al santuario de Delfos (279 a.C.), la creación de un reino independiente en Asia
Menor: la Galatia (277 a.C.), o más tarde, la presión junto a los germanos en las fronteras del Imperio.
Por otra parte, autores helenísticos de pensamiento estoico como Posidonio de Apamea, transmiten de
los celtas la imagen de nobles salvajes: gentes primitivas pero íntegras en sus valores y
comportamiento; un modelo que les sirve para denunciar, en contraste, la corrupción del hombre
político romano. Esta semblanza, de la que Viriato es el mejor ejemplo entre los bárbaros hispanos
(vid. vol.II, ii.2.4), tiene su proyección desde la literatura antigua a la Ilustración francesa, cuando J.J.
Rousseau recrea al buen salvaje en su Emilio. Supone, de hecho, el punto de partida en una
caracterización psicológica o “amigable” de los celtas que llega hasta nuestros días y aún subyace en
las aventuras del popular e irreductible guerrero galo.
Pasemos a la historiografía moderna y a otra variable de estudio como es la lingüística. A mediados
del siglo xviii una serie de eruditos ingleses y franceses interesados en el galés, el gaélico-irlandés y
el bretón, pusieron en relación estos dialectos con remotas lenguas continentales e insulares que, por
adscribirlas a pueblos concretos de la Antigüedad, denominaron celtas. Con ello, a partir de entonces,
no sólo se dotaba de voz propia y unidad lingüística a los celtas clásicos sino que, en la medida en que
esas ancestrales hablas habían fosilizado en diversos dialectos, algunos todavía en uso, se establecía
una continuidad histórica entre los antiguos celtas y las modernas poblaciones europeas, para las que
aquéllos resultaban ser sus heroicos ancestros. Este discurso se tiñe de nacionalismo en el siglo xix,
cuando estados y regiones de Europa occidental convierten a los celtas en emblemas de sus
identidades nacionales, fijando en ellos las virtudes del ideario político y romántico decimonónico: el
coraje, la independencia, el amor a la patria y a la libertad. Así, en distintos momentos de los siglos
xix y xx, Inglaterra, Francia, Irlanda, Bretaña o Galicia reivindican una huella celta, recreando su
historia primitiva al dictado de intereses políticos o culturales. En este propósito, el estudio del
patrimonio etnográfico (costumbres, vestimenta, música, dialectos…) se convierte en elemento de
enlace entre el pasado y el presente, aunque no siempre correctamente interpretado. Tal mezcla de
evidencias y apropiaciones ha contribuido a la deformación de los celtas, cuya instrumentalización –a
otra escala– sigue aún presente en la actualidad.
Junto a las fuentes clásicas, la lingüística y en menor medida el folclore, la arqueología es el gran
baluarte en la reconstrucción de los celtas. A mediados del siglo xix, con el nacimiento de la
arqueología como disciplina científica, se descubren los primeros asentamientos y materiales de la
Edad del Hierro, la última de las grandes etapas de la Prehistoria. El yacimiento de Hallstatt, en los
Alpes austriacos, y el de La Tène, a orillas del lago Neuchatel en Suiza, sirven de modelo para
sistematizar respectivamente la Primera y Segunda Edad del Hierro europeas (o bien, Hierro I y II),
correspondiendo la última fase de Hallstatt y todo el periodo de La Tène al tiempo histórico de los
celtas (desde el 450 al 50 a.C. aproximadamente). El veloz desarrollo de la investigación arqueológica
durante el siglo xx amplía el conocimiento de los hábitats, los enterramientos y las formas de vida de
aquellas sociedades. A la información literaria y al conocimiento de sus lenguas celtas, incluidas ya
como subfamilia en el tronco indoeuropeo, se suma ahora el de la realidad material de los celtas, hasta
entonces asociados a monumentos megalíticos como Stonehenge, que fantasiosamente se creían
santuarios druídicos. Entre los ajuares recuperados en las excavaciones, cerámicas y manufacturas
metálicas –armas y fíbulas sobre todo- son la base para definir las culturas arqueológicas de los
distintos grupos celtas; y hasta un estilo ornamental que llamamos arte celta o lateniense
caracterizado por la abstracción y el aniconismo. Además, la fijación de estos círculos culturales
celtas se hace tanto en su área nuclear centroeuropa como en otras regiones celtizadas, entre ellas la
Península Ibérica, según el modelo invasionista y el panceltismo imperantes durante buena parte del
siglo xx. De tal forma que, hasta hace veinte años, las culturas prerromanas del centro y norte
peninsular se han vinculado genéticamente con el mundo celta, siendo frecuentes denominaciones
como “posthallstáttico” o “lateniense” para clasificar los materiales de la Segunda Edad del Hierro
española. Igualmente su origen se ha unido a antiguas migraciones de las que los Campos de Urnas
serían el primer episodio en la penetración de los celtas en España.
Pero, ¿hubo en realidad “celtas en España”? Como ya se ha dicho, hoy no se acepta la relación directa
entre Campos de Urnas y pueblos celtas, y menos aún la existencia de “invasiones célticas”. La
investigación actual entiende a los pueblos del interior peninsular como el resultado de un largo
proceso formativo que arranca de la Edad del Bronce y se ve matizado por el fenómeno de Campos de
Urnas y por otras tradiciones atlánticas y mediterráneas. Pero que, en esencia, se trata de poblaciones
autóctonas que en cuestiones de filiación o identidad nada o muy poco tienen que ver con los celtas,
salvo un fondo indoeuropeo que explica afinidades culturales y lingüísticas entre las diversas
poblaciones de la Europa bárbara. Este sabor común céltico, y no una adscripción étnica o histórica
matizada, al menos hasta el siglo i a.C., es lo que llevó a los autores clásicos a hablar con notable
vaguedad e indiferencia de las gentes celtas, los keltoi o celtae. Y entre ellas, de los celtas del interior
de Iberia, los keltiberoi o celtiberi en un sentido extenso, por contraposición a los más helenizados
iberos que poblaban las costas mediterráneas.
[Fig. 33] Visión clásica de la expansión céltica por Europa (desde el área nuclear de La Tène), hoy
superada
Aclarado en lo posible el constructo histórico de los celtas, es hora ya de que pasemos a analizar los
distintos pueblos comprendidos en la llamada Hispania indoeuropea. Su marco territorial y principales
asentamientos, su formación y personalidad cultural, con base en la documentación literaria y
arqueológica disponible.

I.2.3 Los pueblos del ámbito indoeuropeo


Con relación a la categorización de las etnias prerromanas en las fuentes clásicas, nos remitimos a lo
indicado en el punto I.1.3 de este volumen, sobre los pueblos del ámbito ibérico. Recordemos que lo
esbozado por los autores antiguos es, en síntesis, la particular percepción de un mundo bárbaro
enfrentado en lo ideológico y en lo político al imperialismo romano. En mayor medida aún los
pueblos célticos –por su barbarie y ferocidad– que los ibéricos.
El conocimiento del interior peninsular por griegos y romanos es tardío y sesgado. Las primeras
noticias propiamente históricas son de finales del siglo iii a.C. y se relacionan con las incursiones de
Aníbal en la Meseta y el reclutamiento de celtíberos, carpetanos y lusitanos en el ejército cartaginés
durante la Segunda Guerra Púnica. A partir del siglo ii a.C., el avance de las legiones romanas será el
hilo conductor en el develamiento de las comunidades indígenas de la terra incognita dispuesta al
oeste del río Iber y la Idubeda (Sistema Ibérico) y al norte del río Ana y la Orospeda (Sierra Morena).
Esto es, la Celtiberia o Céltica hispana: el ámbito que los eruditos griegos vinculaban geográfica y
etnográficamente con la Keltiké, inmediato a la Iberia mediterránea. Conviene recordar que en la
concepción geográfica antigua, basta con releer los datos de Polibio o Estrabón, los Pirineos tenían
una disposición norte-sur y venían a enlazar con el Sistema Ibérico y Sierra Morena de tal forma que,
en su conjunto, un gran arco montañoso separaba la Iberia de la Céltica. Con el tiempo, los romanos
superan en su progresión militar los valles del Tajo y Duero descubriendo un sinfín de tribus en
sucesivos territorios que alcanzan el Océano. Es desde entonces, avanzado el siglo ii a.C., cuando el
término Celtiberia tendrá una acotación geohistórica más restringida: la región en torno al Sistema
Ibérico habitada por un conjunto de pueblos –los arévacos, los titos, los belos, los lusones…–,
celtíberos propiamente dichos, afines en sus sistemas políticos y culturales a los íberos del litoral
levantino. Mientras que el interior, norte y oeste de la Céltica hispana estará ocupado por muchas
otras etnias que desde ese punto de vista no cabe considerar celtibéricas, aunque tengan relación con
los celtíberos. Vacceos, vetones, carpetanos, lusitanos, astures, cántabros, turmogos, berones…, entre
otros etnónimos transmitidos por las fuentes. Por su carácter aguerrido y férrea oposición a Roma,
celtíberos y lusitanos son los pueblos más nombrados en las crónicas de conquista (Polibio, Livio,
Apiano), con episodios tan célebres como la resistencia de Viriato (147-139 a.C.) o el asedio final a
Numancia (133 a.C.) (vid. vol.II, ii.2.4-5). Finalmente, bajo el gobierno de Augusto, con las guerras
astur-cántabras (29-19 a.C.) serán sometidas las tribus del norte, las más alejadas y opuestas a los
valores de romanización (vid. vol.II, ii.5.4.1), lográndose así la pacificación de un territorio cuyas
poblaciones eran hasta entonces prácticamente desconocidas.
Sopesemos algo más la visión de las gentes prerromanas en las fuentes. Hay que tener en cuenta que a
los historiadores clásicos no les mueve un interés etnológico o histórico en los pueblos con los que
topan, si no es para ensalzar un triunfo romano o justificar su anexión. No hay una indagación en el
origen y evolución de estas etnias, en sus rasgos de identidad o estructuras de gobierno, lo que
pudiéramos entender como información imparcial de un observador externo. Una excepción, y sólo
relativa, es la descripción de los pueblos galos que realiza César en sus crónicas de guerra, por lo
demás propagandísticas. Pero a diferencia de la Galia, la etnología hispana carece de un analista como
César (vid. vol.I, I.1.4: César, historia en primera persona). El panorama étnico que plasman las
fuentes es el de los intereses de los conquistadores y no el de la realidad de los conquistados. Por eso,
los datos que aportan son escasos, subjetivos e imprecisos. Concluida la conquista, la reseña
geográfica
[Fig. 34] Imagen de Iberia y sus pueblos a partir de los datos de Estrabón (finales del siglo i a.C.)
de Estrabón, Plinio o Tolomeo no va más allá de la nómina de pueblos y su ubicación aproximada en
relación a los grandes ríos y cadenas montañosas del interior, dentro del nuevo esquema territorial que
traza Roma. Así, se apunta por ejemplo que “en las regiones del interior viven carpetanos, oretanos y
numerosos vetones” (Strab. 3, 1, 6), que “el Tago nace entre los celtíberos y discurre a través de
vetones, carpetanos y lusitanos hacia el Poniente equinoccial” (Strab. 3, 3, 1), o bien que “el curso del
río Durio, que nace junto a los pelendones y pasa cerca de Numancia, luego por entre los arévacos y
los vacceos, y tras servir de límite entre los astures y vetones y entre Lusitania y los galaicos, va
también a separar a los túrdulos de los brácaros” (Plin., N.H., 4, 112). Las formas de vida indígenas,
por lo demás, se generalizan en tópicos etnográficos, mencionándose sólo algunos populi pues, como
sentencia Estrabón, “los demás no son dignos de mención por su pequeñez y oscuridad” (Strab. 3, 3, 3)
o, a propósito de las gentes del norte, “temo dar demasiados nombres, rehuyendo lo fastidioso de su
transcripción, a no ser que a alguien le agrade oír hablar de los pleutauros, bardietas, alotriges y otros
nombres peores y más ininteligibles que éstos” (Strab. 3, 3, 7). Un desinterés al que aboga la
consideración primitiva y bárbara de los pueblos del interior, y explícitamente del norte, que los
autores clásicos proyectan como antípodas de la civilización.
Entre los investigadores actuales cada vez hay mayor consenso en considerar que la relación de
territorios étnicos que esbozan las fuentes responde más a una interpretatio romana al servicio de la
reorganización de los espacios conquistados, sobre todo en las regiones septentrionales (Gallaecia,
Asturia, Cantabria, Vasconia), las últimas en incorporarse al dominio romano, que a una realidad
sustancial o invariablemente indígena. En todo caso, el mosaico étnico que se nos presenta
corresponde a la etapa final de procesos históricos que, como hemos repetido, ocupan el transcurso del
I milenio a.C. Los siglos postreros de la Edad del Hierro son un tiempo importante en la eclosión de
etnicidades y comunidades políticas; pero los textos clásicos, lejos de reflejar estas dinámicas,
muestran a los pueblos célticos como entidades fijas en el tiempo. Sin pasado, sin historia, sin
protagonismo propio. Por todo ello, para una correcta valoración de las sociedades prerromanas es
irrenunciable el cotejo de registros y secuencias arqueológicas y la consideración de los distintos
marcos medioambientales a los que aquellas gentes amoldan sus formas de vida. Conviene apuntar por
último que, en la mayoría de casos, los espacios étnicos prerromanos no se corresponden con
territorios compactos propios de una estructura estatal unitaria, sino que son el resultado de la
agregación de diferentes unidades políticas (castros, oppida, civitates o ciudades-estado según los
casos), y que por tanto sus límites son difusos y fluctuantes. A la hora de recrear la imagen de la
Península Ibérica en la Antigüedad habría que imaginar, más que un mapa fijado de pueblos
prerromanos según lo acostumbrado, un collage de menores y muy diversas comunidades
sociopolíticas. Por otra parte desconocemos el grado de etnicidad de las poblaciones nativas (las
fuentes clásicas nada concretan y su percepción, como ya se ha dicho, es externa y subjetiva, hasta
cierto punto ficticia), y sólo arqueológicamente podemos atisbar algunos rasgos de identidad cultural.
Por todo ello conviene ser cautos a lo hora de aplicar el término “pueblo”: nunca en sentido categórico
pues la etnogénesis es un proceso dinámico en el tiempo, y los elementos que definen y cohesionan a
un grupo étnico (territorio, lengua, hábitat, creencias, organización sociopolítica…) tienen más de
cambiantes y compartidos que de exclusivos y perennes, en contra de lo promulgado en el siglo xix.
Por tanto no estamos ante un catálogo cerrado de pueblos entendidos como realidades inmutables, sino
ante un proceso global de etnogénesis e interacción poblacional que ocupa toda la Protohistoria y cuya
expresión final documentamos, sesgadamente, a través de los ojos, y los intereses, de Roma.
Habida cuenta de la amplitud espacial de la Hispania céltica y de los distintos marcos ambientales y
culturales que la integran, haremos una presentación del poblamiento prerromano en cinco grandes
regiones.
[Fig. 35] Localización de los celtíberos y otros grupos étnicos de la Hispania prerromana, según F.
Burillo
I.2.3.1 El Sistema Ibérico y la Meseta oriental. La cultura celtibérica
Los celtíberos constituyen el pueblo más renombrado de la Hispania céltica, tanto en las fuentes
clásicas como en la literatura moderna desde el Renacimiento. Ello se debe a su pugna con Roma y a
la tenaz resistencia de una de sus ciudades, Numancia, frente a Escipión en el 133 a.C. (vid. vol.II,
ii.2.5); un episodio convertido en símbolo de heroicidad e hito de la historiografía patriótica hasta la
segunda mitad del siglo xx. Desde una posición menos apasionada, la personalidad de los celtíberos y
de la cultura celtibérica, para muchos autores la más genuinamente celta de la Península Ibérica,
rebasa hoy la fama de la célebre Numancia.
Aunque existen discrepancias entre los investigadores a la hora de concretar su espacio, cuando Roma
irrumpe en la Península el territorio de la Celtiberia nuclear comprendía aproximadamente la margen
meridional del Ebro medio y la Meseta oriental hasta la cabecera del Duero, incluidos los valles del
Jiloca, Jalón y alto Tajo. Un espacio extendido, por tanto, entre el Sistema Ibérico, el río Ebro y la
Cordillera Central que identificamos con el sector occidental de las actuales provincias de Zaragoza y
Teruel, Soria, sur de La Rioja, sureste de Burgos, extremo nororiental de Segovia, buena parte de
Guadalajara y la Alcarria conquense. Tras la conquista, las fuentes romanas dividen la Celtiberia en
dos circunscripciones: la Citerior, la zona más oriental en torno al valle del Ebro, de carácter agrícola
y urbano; y la Ulterior, de más difícil sometimiento, que abarca las tierras interiores del alto Duero, de
relieve accidentado y ecosistema pastoril. Entre los diversos pueblos considerados celtibéricos, en el
espacio de la Citerior se sitúan los belos, los titos y los lusones, muy relacionados entre sí y con gran
protagonismo en el avance romano por el valle del Ebro. Y en la Celtiberia Ulterior, los arévacos y
pelendones, más aguerridos y hostiles; en vecindad con estos últimos se emplazan los berones, desde
las estribaciones septentrionales del Sistema Ibérico hasta las llanuras riojanas del Ebro. La Celtiberia
es, en suma, un ámbito dilatado con límites cambiantes a lo largo del tiempo. En los últimos años
autores como J.M. Gómez Fraile defienden una territorialidad laxa de Celtiberia equivalente a la casi
totalidad de la Meseta; mientras que, a través de una relectura crítica de las fuentes clásicas, A.
Capalvo incluye en sus confines zonas de Andalucía.
Hagamos ahora una reseña de las diversas tribus celtibéricas. Los belos ocupan el valle medio del
Jalón con prolongación hasta las cuencas de los ríos Huerva y Aguas Vivas y el campo de Cariñena,
donde se emplazan algunas ciudades que por el prefijo celtibérico bel de sus cecas se relacionan con
esta etnia. A los belos pertenecen núcleos tan importantes como Segeda (en el Poyo de Mara el
asentamiento indígena), cuyo intento de expansión en el 154 a.C. es el desencadenante de la guerra
celtibérica (vid. vol.II, ii.2.3.4), Contrebia Belaiska (en el Cabezo de las Minas de Botorrita),
Arcobriga (en el Cerro Villar de Monreal de Ariza), Nertobriga (en Cabezo Chinchón, entre Calatorao
y la Almunia de Doña Godina), Belikion (Azuara) o Bilbilis (bajo el mismo casco urbano de
Calatayud o en el inmediato emplazamiento de Valdeherrera la ciudad celtibérica, que en época
romana se refunda en el cercano Cerro de Bámbola como Bilbilis Italica), todos ellos en la provincia
de Zaragoza. También pequeños poblados como Los Castellares de Herrera de los Navarros
(Zaragoza), y fundaciones ex novo de iniciativa romana como La Caridad de Caminreal (Teruel), que
algunos autores identifican con la antigua Orosis. Inmediatos a los belos, hacia el sudoeste hasta
alcanzar las fuentes del Jalón por su margen izquierda, se sitúan los titos, aliados tradicionales de
aquellos durante la conquista. A los titos pertenecerían los yacimientos del alto Tajo, alto Tajuña y
alto Henares, como Las Arribillas (Prados Redondos), La Coronilla y El Pilar (Chera), El Ceremeño
(Herrerías), El Palomar (Aragoncillo), El Monte Santo y La Cava (Luzón), Los Castillejos y La Cerca
(Aguilar de Anguita), El Castejón (Luzaga), en torno a la comarca de Molina de Aragón, y en la tierra
de Sigüenza, La Horca (Riba de Santiuste), Alto del Castro (Riosalido) y Castilviejo (Guijosa), todos
ellos en la provincia de Guadalajara. Formando una especie de cuña entre titos y belos, los
[Fig. 36] La Celtiberia: etnias y ciudades, según A. Lorrio
lusones, más al sureste, articulan su territorio en torno al tramo medio y final del río Jiloca y alcanzan
el nacimiento del Tajo en la comarca de Albarracín. Aunque algunas fuentes los sitúan más al norte, a
los pies del Moncayo, poblando la margen derecha del Ebro. Complega, de localización incierta, es su
principal ciudad, adscribiéndoseles con más dudas Caravis (Magallón), Turiaso (Tarazona) y Bursau
(Borja). A las dificultades en la fijación de fronteras territoriales hay que añadir la posibilidad de un
poblamiento discontinuo o en mosaico que, en momentos finales de la cultura celtibérica, con la
eclosión del fenómeno urbano y la influencia política romana, podría incluir núcleos de determinada
adscripción dentro de los límites de otra comunidad, por tanto con distinta jurisdicción política.
Si pasamos a la Celtiberia Ulterior, el pueblo más importante es el de los arévacos. Éstos ocupaban la
actual provincia de Soria desde las estribaciones serranas hasta las cabeceras del Henares y el Tajuña
en el norte de Guadalajara; un amplio territorio vertebrado por el curso alto del Duero. A los arévacos
pertenecen ciudades tan conocidas en época histórica como Numancia (Cerro de la Muela, Garray),
Uxama Argaela (Alto del Castro, Burgo de Osma), Termes (Montejo de Tiermes), Segontia Lanka
(Las Quintanas-La Cuesta del Moro, Landa de Duero) o Clunia (el núcleo indígena en Los Castrillos,
Coruña del Conde, en la provincia de Burgos), que Plinio denomina Celtiberiae finis por encontrarse
en su extremo occidental, próxima al territorio de los vacceos. Además, otros poblados como El Cinto
y El Alto de la Nevera en Almazán, San Martín de Ucero, La Buitrera en Rebollo de Duero, El Castillo
en Arévalo de la Sierra, El Castillo en Taniñe, El Castilterreño en Izana, Ocenilla o Castilmontán en
Somaén, algunos de los cuales remontan su ocupación a la Primera Edad del Hierro. Más complejo
resulta establecer el marco espacial y la identidad de los pelendones, citados sólo por Plinio y
Tolomeo en vecindad con los arévacos, que debieron ocupar la parte norte y montañosa de la provincia
de Soria: al sureste de los Picos de Urbión, las laderas de las Sierras de Cebollera y Montes Claros. A
los pelendones se les relaciona con la cultura arqueológica de los castros sorianos, que se desarrolla en
los siglos vi-iv a.C., en momentos del celtibérico antiguo. Viene definida por la aparición de pequeños
asentamientos fuertemente amurallados en zonas de difícil acceso, con sistemas de defensa que
incluyen fosos y piedras hincadas para obstaculizar el ataque enemigo (vid. vol.II, I.2.5.3); estudiados
por F. Romero, alguno de ellos son El Castillejo (Castilfrío de la Sierra), Castro del Zarranzano (Cubo
de la Sierra), Alto de la Cruz (Gallinero) y El Castillejo (Langosto). Finalmente, colindantes con
arévacos y pelendones por el norte, pero fuera ya del territorio estricto de la Celtiberia, se sitúan los
berones. Habitaban la mayor parte de la Rioja y el sur de Álava, donde confluían con caristios,
autrigones y vascones hacia el norte (vid. vol.II, I.2.3.5). Ciudades en territorio berón son Varia
(Varea), Tritium Magallum (Tricio), y tal vez Contrebia Leukade (en Inestrillas, Aguilar del río
Alhama) y Calagurris (Calahorra), en tierras de Logroño. La estrecha relación cultural entre berones y
celtíberos la confirma Estrabón (3, 4, 12) al afirmar que ambos pueblos proceden de una misma
migración celta, que así entendida resulta muy difícil precisar. Según la información epigráfica y
lingüística, parece que en ambos territorios se hablaba la lengua celtibérica o dialectos muy próximos
(vid. vol.II, I.2.4.1).
La larga trayectoria investigadora en estas regiones (que se inicia a principios del siglo xx con las
excavaciones de pioneros como el marqués de Cerralbo y Juan Cabré en la provincia de Guadalajara,
prosigue con la importante labor de B. Taracena y continúa en los últimos años con los trabajos de M.
Cerdeño, J.L. Argente, F. Burillo, A. Jimeno, A. Lorrio o J. Arenas), hace que conozcamos hoy
bastante bien la secuencia histórica de los celtíberos; esto es, lo que definimos como “cultura
celtibérica”, acaso la más representativa de las desarrolladas en la Hispania indoeuropea.
Coincidiendo con el momento de mayor desarrollo, los rasgos más característicos de la cultura
celtibérica son la cerámica torneada de pastas anaranjadas y decoración pintada –auténtico fósil guía–
y ciertos modelos de espadas y puñales, así como de fíbulas, broches de cinturón y placas pectorales
entre las manufacturas metálicas. Además de la cultura material, los principales registros de la
arqueología celtibérica son el poblamiento castreño, con elaboradas estructuras defensivas, las
necrópolis de cremación derivadas de los Campos de Urnas tardíos, y la difusión de la metalurgia del
hierro como ponen de manifiesto las producciones ya comentadas, en especial armas como espadas de
antenas y puñales biglobulares. Sin embargo, estos patrones son extrapolables a otros grupos de la
Meseta, como veremos más adelante. Desde un punto de vista sociológico más amplio, expresiones
propias de la cultura celtibérica en momentos avanzados son, asimismo, el desarrollo urbano (vid.
vol.II, I.2.5.2), la escritura plasmada en soportes tan característicos como las téseras de hospitalidad
(vid. vol.II, I.2.4.2) o la acuñación de moneda (vid. vol.II, I.2.6.4).
La secuencia estratigráfica de hábitats y cementerios en conjunción con la evolución de los conjuntos
materiales (armamento, artesanado), permiten diferenciar una serie de etapas en la progresión de la
cultura celtibérica. Ello nos sirve para enmarcar los procesos socioeconómicos, territoriales y
políticos de estas poblaciones en el I milenio a.C., de igual forma que la cultura ibérica compendia los
de las comunidades del Sur y Levante peninsular, como comentamos en su lugar correspondiente (vid.
vol.II, I.1.2). Sin prácticamente solución de continuidad, aunque con algunas transformaciones y
abandonos en el poblamiento, la cultura celtibérica se desarrolla desde inicios del siglo vii a.C. hasta
el siglo i d.C., en que se configura el poblamiento hispanorromano de la Meseta. Sus raíces se hunden
en un sustrato local afectado por grupos de Campos de Urnas del valle del Ebro, en la transición
Bronce FinalHierro Antiguo. Para una más fácil sistematización, el desarrollo de la cultura celtibérica
se divide en cinco etapas que, como se ha indicado, sirven de referencia para otros procesos regionales
dentro de la Hispania céltica; adviértase que la determinación cronológica es sólo relativa:
1 . Protoceltibérico (ca. 750-600 a.C.)
2. Celtibérico Antiguo (ca. 600-450 a.C.)
3. Celtibérico Pleno (ca. 450-300 a.C.)
4. Celtibérico Tardío (ca. 300-133 a.C.)
5. Celtíbero-romano (ca. 133 a.C.–principado de Augusto)
En esta dinámica celtibérica general se distinguen grupos regionales con desarrollos propios; cuatro
principales según los trabajos de síntesis de A. Lorrio: a) el valle medio del Ebro en su margen
occidental, b) el alto Tajo-alto Jalón, c) el alto Duero, y d) la Celtiberia meridional. Por otra parte,
desde finales del celtibérico pleno se produce una difusión de elementos materiales (cerámicas
pintadas, armas, adornos y fórmulas decorativas) y culturales (urbanismo, escritura, moneda) por
buena parte de la Meseta y sus estribaciones, en un proceso de aculturación que llamamos
“celtiberización”. Muy evidente, por ejemplo, entre berones, vacceos, cántabros meridionales y
carpetanos, que serían áreas celtiberizadas en opinión de muchos autores. Esta homogeneización
cultural o “celtiberización” de los siglos iv-ii a.C., no responde al desplazamiento de contingentes
poblacionales o de grupos guerreros arévacos desde la Celtiberia nuclear, como antes se pensaba desde
un celtismo expansionista. Es, más bien, un proceso de interacción cultural definido por la eclosión de
ciudades y, con ellas, de economías de mercado que facilitan los intercambios entre distintas regiones
(vid. vol.II, I.2.6.3). Esta particular “globalización” o “mesetización comercial” es la responsable de
expandir lo celtibérico como lenguaje común por los rebordes de la Meseta.
Hora es ya de que prestemos atención a otros pueblos en nuestro particular viaje por la Hispania
céltica.
I.2.3.2. La Meseta occidental y central
En el corazón de la llanura castellana las comarcas sedimentarias del Duero medio estaban ocupadas
por las gentes vacceas. Extendidos por las actuales provincias de Valladolid, Palencia, oriente de
Zamora, sur de Burgos y occidente de Segovia, sobre un paisaje de páramos y campos de cereal, los
vacceos son un pueblo de notable personalidad. Participan activamente en las guerras celtibéricas al
lado de sus vecinos arévacos, a los que suministran auxilio militar y víveres, lo que les convierte en
blanco de operaciones de castigo del ejército romano, como nos hacen saber las fuentes. Su proceso
formativo parece retrotraerse a la cultura de Cogotas I del Bronce MedioFinal, y sobre todo al
horizonte Soto de Medinilla –por el yacimiento epónimo a las afueras de Valladolid– que caracteriza
el Hierro Antiguo en esta zona central. Se consolida entonces (siglos viii-v a.C.) una extensa red de
poblados agropecuarios plenamente sedentarios, emplazados sobre tesos y terrazas fluviales, y con
arquitectura de adobe, tapial y madera, que cabe considerar germen del posterior poblamiento vacceo
dada la continuidad del hábitat. Desde el siglo iv a.C. los enclaves vacceos se convierten en
importantes civitates con extensos territorios agrícolas separados por áreas fronterizas despobladas.
Entre las ciudades más importantes están Cauca –en Coca (Segovia)–, Intercatia –de localización
incierta: tal vez Paredes de Nava (Palencia), tal vez Montealegre de Campos (Valladolid)–, Pallantia –
en Palenzuela (Palencia) o la propia Palencia– (las tres sufren el asedio continuado de las tropas
romanas), Septimanca –en Simancas (Valladolid)–, Pintia –en Las Quintanas de Padilla de Duero
(Valladolid)–, Rauda –en Roa de Duero (Burgos)–, Amallobriga –probablemente Tiedra (Valladolid)–
o Arbucala –en El Alba en Villalazán (Zamora)–; amén de otros núcleos cuyo nombre antiguo se
desconoce como Cuéllar, en la provincia de Segovia; Tariego de Cerrato, en la provincia de Palencia;
La Mota en Medina del Campo, Melgar de Abajo, El Cerro del Castillo en Montealegre de Campos, El
Teso del Castro en Mota del Marqués o Las Quintanas en Valoria la Buena, en la provincia de
Valladolid; o, en la frontera con los astures, La Cuesta de la Estación en Benavente y Dehesa de
Morales en Fuentes del Ropel, en la provincia de Zamora. El paisaje urbano, la facilidad de
comunicación de su territorio y una economía cerealística, textil y alfarera, convierten a los vacceos
en uno de los pueblos más desarrollados de la Meseta. Así lo anuncia la cultura material y, a partir de
la conquista romana, las noticias de las fuentes.
Las estribaciones montañosas que desde el sur del Duero alcanzan el curso extremeño del Tajo, dan
asiento a uno de los grupos prerromanos más representativos de la Meseta occidental: los vetones. Su
extenso territorio, incluido luego en los límites de la Lusitania romana, se corresponde con el espacio
que a ambas vertientes del Sistema Central ocupan hoy el reborde suroccidental zamorano, las
provincias de Salamanca y Ávila en su totalidad, la penillanura cacereña y el occidente de Toledo
hasta rozar por el sur el valle del Guadiana. Las características naturales del suelo de la Vetonia
modelan un poblamiento arcaico de vocación ganadera, como el celtibérico, cuyas raíces deben
buscarse en la mencionada cultura de Cogotas I de la Edad del Bronce, y más directamente en el
asentamiento castreño del Hierro Antiguo. Este sustrato corresponde a los primeros poblados
fortificados y necrópolis de cremación que afloran en los piedemontes del Sistema Central en los
siglos vii-v a.C. Sería la fase formativa o estadio protovetón, paralelo a la fase protovaccea de la
cultura de Soto de Medinilla, pues el hábitat mantiene en general una ocupación continuada hasta la
romanización, momento en que se interrumpe con el abandono de muchos castros como sucede en
otras regiones de la Hispania céltica. Citamos entre los enclaves vetones más importantes los poblados
de Yecla la Vieja (Yecla de Yeltes), Las Merchanas (Lumbrales), Cerro de San Vicente-Teso de las
Catedrales en Salamanca –la antigua Helmantica–, Ciudad Rodrigo –la antigua Mirobriga–, Picón de
la Mora (Encinasola de los Comendadores), Saldeana (Bermellar), La Plaza (Gallegos de Argañán) y
Cerro del Berrueco (El Tejado, aunque se extiende también por el término de Medinilla, en Ávila), en
la provincia de Salamanca; Los Castillejos (Sanchorreja), Las Cogotas (Cardeñosa), La Mesa de
Miranda (Chamartín), Ulaca (Solosancho) y El Raso (Candelada), en la provincia de Ávila; Cerro
CastrejónPajares (Villanueva de la Vera), La Coraja (Aldeacentenera) y Villasviejas del Tamuja
(Botija) –la antigua Tamusia, donde se establece una comunidad celtibérica que emite moneda propia
en el siglo i a.C.–, en la provincia de Cáceres; y, en la provincia de Toledo, Cerro de La Mesa (Alcolea
del Tajo) y Arroyo Manzanas (Las Herencias), controlando sendos vados sobre el río Tajo.
Excavados parcialmente por arqueólogos de la talla de J. Cabré, entre 1920-1945, y algo después por J.
Maluquer, y célebres por sus recintos murados y estampa ganadera, algunos de estos castros vetones
(Sanchorreja, Cerro del Berrueco, Las Cogotas) son hitos en la sistematización de la Edad del Hierro
del interior peninsular. De igual forma que sus necrópolis lo son para el conocimiento de la cultura
material de los vetones (antes denominada Cogotas II), de sustrato indoeuropeo, pero abierta a influjos
ibéricos del Sur y Levante. En ella destacan las cerámicas con decoración peinada e impresa, las
panoplias guerreras y ciertos recipientes broncíneos y joyas de oro. En cualquier caso, la
manifestación más representativa de los vetones son las esculturas zoomorfas de toros y cerdos, los
llamados “verracos”. Estas toscas figuras de granito se emplazan en el acceso a castros, necrópolis y
pastos, y funcionan, entre lo ritual y lo demarcatorio, como hitos protectores de territorios,
poblaciones y cabañas ganaderas (vid. vol.II, I.2.6.1). Constituyen, además, un emblema de identidad.
El semblante de los vetones en la historiografía antigua es el de un pueblo de pastores y guerreros que
secunda a los lusitanos en su lucha contra Roma.
En el centro de la Meseta se sitúan los carpetanos, a caballo de celtíberos, vacceos, vetones y oretanos.
Su territorio está comprendido entre la Sierra de Guadarrama, los Montes de Toledo y la serranía
conquense: el ámbito de las actuales provincias de Madrid y Toledo, y rebordes de Guadalajara,
Cuenca y Ciudad Real. El valle medio del Tajo y sus afluentes centrales (Guadarrama, la red Jarama-
Henares-Tajuña y el Algodor) son el eje articulador del relieve carpetano, y en torno a estos ríos se
distribuye su poblamiento. Se rastrea éste en los albores del I milenio a.C. y viene definido por
asentamientos agrícolas de pequeño y mediano tamaño en terrazas fluviales; y por poblados
fortificados en los escarpes de montaña, muy representativos de la Mesa de Ocaña en momentos
avanzados de la Edad del Hierro. Un patrón poblacional más disperso y menos afianzado que el
observado en otros territorios meseteños, propio de un medioambiente agrícola y de un espacio abierto
en la encrucijada de importantes rutas de comunicación interior. Ello explica el carácter híbrido de sus
expresiones culturales, con una mezcla de elementos celtibéricos, ibéricos y de raíz local. El Cerro del
Gollino (Corral de Almaguer), El Cerrón (Illescas), Plaza de los Moros (Villatobas), en la provincia de
Toledo; El Cerro de la Gavia (Vallecas), El Pontón de la Oliva (Patones), El Llano de la Horca
(Santorcaz), en la provincia de Madrid; y en la provincia de Cuenca, en zona quizá bajo control
celtibérico, Villasviejas (Fosos de Bayona, cerca de Huete) –la antigua Contrebia Carbica–, son
algunos núcleos carpetanos. Al igual que Toletum (Toledo), Complutum (Alcalá de Henares) o
Consabura (Consuegra), ciudades de gran importancia, luego, en la estrategia territorial romana.
Concluida la conquista de su territorio, los carpetanos, de identidad étnica poco precisa, apenas
vuelven a ser citados en las fuentes, englobándose en las referencias genéricas a celtíberos.
Peor conocidos son los olcades, vecinos orientales de los carpetanos, cuyo dominio tiende a situarse
con bastante imprecisión en el interior de la provincia de Cuenca. Son mencionados sólo al hilo de los
movimientos de Aníbal en la Meseta (221-219 a.C.), quien dirige incursiones en su territorio para
obtener riquezas y mercenarios, y toma su capital –Altea o Cartala–, que permanece sin identificar.
Como otros grupos prerromanos (lusones, carpetanos, lobetanos, suesetanos), los olcades dejan de
aparecer tempranamente en las fuentes al asimilarse su territorio a otras entidades de contenido étnico
o geográfico.
I.2.3.3 La franja atlántica y Extremadura
El sector central del Occidente peninsular era conocido en la Antigüedad como Lusitania, un conjunto
de tierras que acaban conformando la provincia romana de igual nombre creada por Augusto (vid.
vol.II, ii.5.5.2). Entre las muchas que poblaban aquellos parajes, los lusitanos son la etnia de mayor
relieve, englobando en realidad un conjunto de tribus como los paesuri, los tapori, los turduli, los
igaeditani, los lancienses, los vivimenses o los aravi. Así se deduce del hecho de dar nombre a la
región (en un juego de pars pro toto) un corónimo –Lusitania– que excede el territorio nuclear
lusitano. Los lusitanos ocupan un espacio mal definido en el interfluvio inferior Tajo-Duero. Se
incluyen en él, el occidente de Extremadura y parte de las regiones portuguesas de Trás-Os-Montes,
las Beiras y el norte del Alentejo. Desde el punto de vista geográfico, estamos ante un paisaje
contrastado que mezcla altiplanicies, páramos y dehesas, con fértiles valles y llanuras litorales. La
Lusitania es rica en ganados, cultivos y fuentes mineras de oro y estaño, lo que explica la temprana
presencia de comerciantes fenicios en sus costas, y siglos después la intensa explotación romana.
Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, los lusitanos comparten frontera con galaicos, astures,
vacceos, vetones y célticos, hasta abrirse al Atlántico por occidente.
Su proceso formativo no está aún del todo claro, pero como otras regiones interiores tiene su base en
un sustrato castreño de tipo atlántico con añejos elementos indoeuropeos de la Edad del Bronce.
Empieza a definirse más claramente a inicios de la Edad del Hierro, con poblados fortificados tanto en
altura como en llano, controlando cursos fluviales, recursos naturales y vías de comunicación con
vistas al intercambio regional. Sobre este sustrato actúan más adelante poblaciones venidas de la
Meseta y de tradición de Campos de Urnas, migraciones procedentes del Sudoeste –como una parte de
los túrdulos– y otras ligadas al comercio púnico, y finalmente la presencia romana. Autores como
A.C. Ferreira da Silva sintetizan este proceso en tres grandes etapas: la primera de formación (ca.
1000-650 a.C.), la segunda de consolidación (ca. 500-200 a.C.) y la tercera de carácter protourbano o
de reordenamiento territorial en el contexto de la romanización (ca. 138 a.C.- siglo i d.C.). Una
secuencia general válida también para el poblamiento castreño del Noroeste (vid. vol.II, I.2.3.4). Las
diversas influencias externas ponen de manifiesto un complejo marco de relaciones de amplio alcance
sobre el sustrato local atlántico. Esta etnogénesis cuestiona la estampa de aislamiento y marginalidad
con la que las fuentes clásicas describen la Lusitania.
Lo que sabemos de los castros y la cultura material de los lusitanos no difiere en demasía de lo
atribuible a galaicos, astures o vetones. Cabría pensar, por tanto, en un fondo cultural compartido que
incluiría una lengua dominante de raíz indoeuropea, que denominamos lusitano, de la que conservan
testimonio algunas inscripciones latinas altoimperiales (vid. vol.II, I.2.4.1). Entre las ciudades
lusitanas conocidas en época histórica están Conimbriga [Coimbra o Condeixa-a-Velha], Talabriga –
sin localización segura, tal vez Branca–, Eburobrittium [Amoeira], Ebora [Évora], Scallabis
[Santarém], Egetania [Diana-a-Velha] Sellium [Tomar], Olissipo [Lisboa], Collipo [San Sebastián do
Frexo], Salacia [Alcácer do Sal], Caetobriga [Setúbal], en territorio portugués; y Norba [Cáceres] o
Caurium (Coria), en la provincia cacereña. Además de un buen número de castros en torno a los cursos
de los ríos Vouga, Mondego y Tajo, en el centro de Portugal, y en comarcas extremeñas como la de
Alcántara, zonas todas ellas con alta densidad poblacional. Desde el punto de vista de la historiografía
clásica, los lusitanos deben su fama a la fuerza guerrera que les lleva a practicar razias en territorios
prósperos como Turdetania. Y, sobre todo, a su enfrentamiento contra el expansionismo romano bajo
el liderazgo del legendario Viriato (147-139 a.C.) (vid. vol.II, II.2.4), en quien podemos reconocer,
amén de otras elaboraciones historiográficas, los principios que definen el poder de las jefaturas
guerreras del Occidente peninsular (vid. vol.II, i.2.7.5).
Al sur de los lusitanos se extienden los célticos, sobre un dominio de dehesas compartido hoy por la
provincia de Badajoz, el norte de Huelva y el bajo Alentejo. En época romana este territorio se
denomina Beturia, derivación del término Bética y entendida como extrarradio septentrional de dicha
provincia o del río Betis. En vecindad con los célticos, la parte oriental de la Beturia la ocupan los
túrdulos, que se extienden entre el Guadiana y el Guadalquivir, en torno a la cuenca del Zújar. Según
Plinio el Viejo (N.H. 3, 13-14), “los célticos son oriundos de los celtíberos y venidos de la Lusitania,
según se manifiesta en los cultos y la lengua, y en los nombres de sus poblaciones, por cuyos
cognomina se distinguen en la Bética, como son Seria [en Jerez de los Caballeros], Nertobriga [en
Fregenal de la Sierra], Segida [en Burguillos del Cerro], Curiga [en Monasterio]…”, de clara
toponimia celta. Dado el tiempo tardío de estas noticias, el desplazamiento de celtíberos al Suroeste
obedece probablemente ya a una política romana de explotación de distritos mineros extremeños, con
el traslado o deportación de gentes procedentes de la Citerior. Reflejo de lo mismo sería la presencia,
a inicios del siglo i a.C., de talleres celtibéricos acuñando moneda en puntos de Lusitania, como
Tamusia, en el poblado cacereño de Villasviejas del Tamuja (Botija) ( vid. vol.II, I.2.6.4). La Beturia
céltica cuenta con importantes afloramientos de hierro, cobre y plata, mientras que la túrdula es rica
en plomo y cinabrio. Sin embargo, como señalan L. Berrocal y otros autores, no hay que descartar la
posibilidad de movimientos de población anteriores, siguiendo tal vez viejos recorridos ganaderos u
otras dinámicas migracionales que parecen afectar a determinados grupos de la Meseta.
Independientemente del origen de los célticos, su territorio presenta un poblamiento arraigado desde
finales del siglo v a.C. en torno a la cuenca del río Ardila, afluente meridional del Guadiana. En la
forma de castros de ribero y pequeños oppida, como El Castrejón de Capote (Higuera la Real,
Badajoz), un enclave fuertemente amurallado excavado en los últimos años, Los Castillejos (Fuente de
Cantos, Badajoz), La Sierra de La Martela (Segura de León, Badajoz) o, en el Alentejo portugués,
Castelho Velho de Beiros (Estremoz), Cabeza de Viamonte (Monforte), Mesas dos Castelinhos (Santa
Clara-a-Nova), Castelinho dos Mouros (Santa Bardera de Padroes, Castro Verde) y Segovia (Elvas,
Portalegre). El registro arqueológico, las evidencias lingüísticas y el propio contexto geográfico de los
célticos, denotan un complejo proceso etnocultural del que forman parte elementos atlánticos,
turdetanos, púnicos, celtibéricos y romanos.
Finalmente las fuentes sitúan en el extremo suroccidental a los conios, cuyo territorio coincidiría
aproximadamente con el bajo Alentejo y el Algarve portugués hasta el cabo de San Vicente, el
Promontorium Sacrum de los antiguos. Poco sabemos de este grupo prerromano citado en la Ora
maritima bajo el etnónimo cynetes. Durante la revuelta lusitana algunas de sus plazas fueron tomadas
por los romanos, como Conistorgis, ciudad de emplazamiento desconocido.
I.2.3.4 El Noroeste. La cultura castreña
El cuadrante noroccidental de la Península Ibérica es el marco ambiental de la cultura castreña, que se
desarrolla durante la Edad del Hierro y tiene su enunciación final bajo dominio romano. Entre el
Duero, el océano Atlántico y el mar Cantábrico, sus límites aproximados abarcan Galicia, el norte de
Portugal desde el valle del Duero hasta el Miño, las estribaciones montañosas de León y el poniente de
Asturias hasta el río Navia. Si culturalmente existe una homogeneidad en lo relativo a patrón de
asentamiento y cultura material, desde el punto de vista político estamos ante un complejo mapa
étnico con un sinfín de tribus y unidades organizativas menores, cuya mejor expresión son los castros
o castella (vid. vol.II, I.2.5.2). Todo ello en respuesta a una marcada compartimentación geográfica.
Sin negar la existencia de un grupo étnico galaico, la Gallaecia o Callaecia, como espacio histórico, es
un concepto artificial creado en tiempos de Augusto –una inventio, en palabras de G. Pereira– para dar
unidad administrativa y espacial a los territorios del Noroeste conquistados por Roma. Su anexión
militar se había iniciado en el 138 a.C., con las campañas de Décimo Junio Bruto hasta el río Limia,
por las que recibió el apelativo de “Galaico”. Con las reformas administrativas de Augusto, la
Gallaecia quedará integrada en la provincia Citerior Tarraconense. Como el de lusitanos o astures, el
de galaicos es un nombre epónimo y genérico que, haciendo de la parte un todo, simplifica la
multiplicidad etnoterritorial característica del Noroeste prerromano. Sirva como ejemplo la referencia
de Plinio el Viejo (N.H. 3, 28) al número de tribus integradas hacia el siglo i d.C. en los dos conventos
jurídicos galaicos: 18 en el lucense y 24 en el bracaraugustano. Lemavos, albiones, cibarcos, egos,
varros, namarinos, tamaros, coporos, brácaros, bibalos, coeternos, ecausos, límicos, grovios, leunos…,
entre un largo etcétera. Resulta muy difícil identificar geográfica y culturalmente a estos pueblos,
dada su fragmentación y compleja etnogénesis, de la que forman parte elementos indoeuropeos celtas
y no celtas perceptibles lingüísticamente a través de la onomástica (vid. vol.II, I.2.4.1). Algunas etnias
tienen notable protagonismo, como los galaecios (establecidos entre el Limia y el Miño), los ártabros
(en la costa coruñesa hasta Finisterre) o distintos subgrupos célticos (en torno al cabo Nerión). Según
Estrabón (3, 3, 5) y Plinio (N.H., 4, 112-113), estos célticos habrían emigrado desde el Suroeste junto
a comunidades de túrdulos veteres que, procedentes de la región del Guadiana, se habrían instalados
en la orilla sur del Duero. Aunque atestiguadas también epigráficamente (así, los celtici
supertamarici), estas poblaciones célticas no representan un sustrato étnicamente afianzado en
Gallaecia. Su traslado desde la zona meridional parece darse en fecha tardía, hacia el siglo i a.C., en
relación quizá con la reorganización administrativa, deportaciones y puesta en explotación de nuevos
territorios por parte de Roma. A partir de estos etnónimos no puede sostenerse, por tanto, la pregonada
celticidad de Galicia, que tiene más de construcción historiográfica heredada, de mito, que de realidad
histórica, de veracidad (vid. vol.II, I.2.2). Por sorprendente que resulte a un público general, entre los
territorios de la Hispania indoeuropea, y salvo algunos indicadores lingüísticos, Gallaecia no ofrece
huella alguna de pasado celta. Otra cosa es la construcción a partir sobre todo del siglo xix de una
“Galicia céltica” como sustento de una ancestral identidad gallega, según pone de manifiesto el
reciente estudio historiográfico de B. Díaz Santana.
En el Noroeste, el castro es la unidad de poblamiento, la base de organización socioeconómica y, claro
está, el elemento definidor de la cultura castreña. Entendemos por tal un poblado en altura fortificado
que se erige como cabeza de un pequeño territorio, cuyos rasgos más reconocibles son las viviendas de
planta circular y las estructuras defensivas construidas en piedra (vid. vol.II, I.2.5). Y es que la
naturaleza granítica del terreno fundamenta la expresión pétrea del paisaje castreño: sólo en Galicia se
conocen cerca de 1.500 hábitat de este tipo, muchos de los cuales datan de época romana. La cultura
castreña es un proceso de larga duración que ocupa buena parte del I milenio a.C. y se nutre de
influencias atlánticas, meseteñas y finalmente romanas. Arranca en los siglos viii-vii a.C., con hábitat
de pequeño tamaño levantados con materiales perecederos que, los que no se abandonan, van
evolucionando arquitectónica y espacialmente (siglos iv-ii a.C.) hasta convertirse muchos en castros
romanizados o castella (siglos i a.C.ii d.C.). Las citanias de Baroña (Porto do Son, La Coruña), Elviña
(La Coruña), Santa Tecla (La Guardia, Pontevedra), Monte Facho (Donón, Pontevedra), A Cidade de
San Cibrán de Las (San Amaro-Punxín, Orense), Novás (Orense), Saceda (Cauladero, Orense),
Viladonga (Castro de Rei, Lugo), Briteiros (Guimarães), Sanfins (Paços de Ferreira), Muro de Pastoria
(Chaves) y Monte Mozinho (Penafiel), entre muchos otros, son ejemplos de esta fisonomía castreña
avanzada. Potenciados por su valor estratégico, algunos castella se convierten en tiempos de Augusto
en importantes ciudades, entre las que Bracara (Braga) y Lucus (Lugo) acaban siendo las capitales de
sendos conventos jurídicos. La potencialidad agropecuaria de regiones bien irrigadas, los recursos
forestales y mineros –en especial estaño y oro fluvial–, la pesca y el comercio marítimo, dibujan una
diversificación progresiva en la economía castreña a lo largo de la Edad del Hierro.
Como en otras regiones atlánticas, disponemos de muy poca información sobre el mundo de la muerte
dada la generalizada ausencia de necrópolis. La práctica de ritos expositorios y acuáticos, sobre todo
el arrojamiento de cuerpos a las aguas, explicaría la pérdida del registro funerario. Y con ella, una
merma cualitativa en el conocimiento de estas sociedades. De las manifestaciones culturales de los
galaicos destaca la orfebrería, potenciada por la riqueza aurífera de la región; en especial joyas como
torques y brazaletes. Asimismo las construcciones rupestres de raíz atlántica, como las saunas o
pedras fermosas. Y la estatuaria pétrea de guerreros emplazados en la entrada de los castros,
emblemáticamente armados con escudo y puñal; una manifestación muy representativa de la región
bracarense. Esta plástica escultórica es el colofón en una tradición en la talla de estatuas-estelas que
remonta a la Edad del Bronce. Volveremos a estas imágenes al hablar de la guerra y las estructuras de
poder (vid. vol.II, I.2.7).
I.2.3.5 La cornisa cantábrica
Si pasamos al ámbito septentrional y seguimos un recorrido oeste-este, el primer gran espacio étnico
con el que nos topamos es el de los astures. Al igual que sus vecinos galaicos, los astures componen
un conglomerado de tribus extendidas por la actual Asturias, la provincia de León, el norte de Zamora,
los rebordes nororientales de Trás-os-Montes y el occidente orensano. Por tanto, desde el río Navia
hasta la desembocadura del Sella, el curso medio-final del Esla y la curva del Duero: hitos fluviales
que marcan la frontera aproximada de astures con galaicos, cántabros, vacceos y vetones
respectivamente. Los astures primigenios serían los vecinos de las fuentes del río Astura, actual Esla,
extendiéndose luego el gentilicio a la totalidad del convento jurídico astur, con capital en Asturica
Augusta (Astorga). En época romana, el occidente de la Cordillera Cantábrica segmentaba el territorio
en dos circunscripciones: la Asturia transmontana hacia el norte, en la cuenca central del Nalón y el
litoral; y la augustana hacia el sur, en las tierras altas y páramos de León, con importantes recursos
auríferos. Eran más de 20 los populi del convento astur cuyos nombres conocemos tanto por Plinio y
Tolomeo como por inscripciones romanas altoimperiales. Serían los casos del pacto de hospitalidad
renovada de los zoelas, hallado en Astorga (CIL II 2633), o del edicto de Augusto descubierto no hace
mucho en Bembibre (El Bierzo), con la mención a una provincia, la transduriana, hasta ahora
desconocida (vid. vol.II, I.2.7.3). Así, entre otras etnias del fraccionado país astur enumeramos a los
gigurros, los susarros, los lancienses, los zoelas, los brigecinos, los bedunienses, los orníacos, los
luggones, los selinos, los superatios, los amacos, los teiburos, los pésicos, los albiones… Algunos
etnónimos derivan del nombre de su capital: lancienses de Lancia (en Villasabariego, León),
brigecinos de Brigaecium o Brigeco (Dehesa de Morales en Fuentes del Ropel para algunos,
Manganases de la Polvorosa para otros, ambos en Zamora) o bedunienses de Bedunia (San Martín de
Torres en Cebrones del Río, León).
Respecto a la formación del mundo astur, el punto de partida es un sustrato cultural relacionado con el
grupo duriense de Soto de Medinilla, al que corresponden los primeros castros de los siglos viii-iv
a.C. Con el tiempo y acaso por razones demográficas y sociales, como piensa A. Esparza, se produce
una eclosión de hábitats. Los patrones constructivos son muy similares a los del Noroeste en las zonas
occidentales, y más vinculados a las culturas vaccea y celtibérica del valle del Duero, los situados en
los páramos meridionales de León y Zamora. Entre los astures, como en otros ámbitos de la Hispania
indoeuropea, los castros representan la expresión material de la comunidad en el territorio, al
destacarse topográficamente sobre el entorno y contar con recios sistemas de defensa que incorporan
rampas de piedras hincadas (vid. vol.II, I.2.5.3). Entre los numerosos castros localizados, los de San
Chuís (Allande), El Castelón (Coaña), El Chao de San Martín (Grandas de Salime), Campa Torres
(Gijón) y Caravia, en Asturias; el Castrelín de San Juan de Paluezas, Santiago de la Valduerna, San
Martín de Castañeda, en la provincia de León; y en la de Zamora, Las Labradas en Arrabalde, Sejas de
Aliste y Peñas Coronas en Carbajales de Alba, son buenos ejemplos para conocer el tipo de
emplazamiento, la arquitectura defensiva y la organización interna del hábitat astur. Por lo demás, la
cultura material da cuenta de las influencias galaicas y meseteñas que, en sus distintos sectores,
afectan a esta región durante la Edad del Hierro. Así lo ponen de manifiesto, además de las formas
constructivas, las producciones cerámicas, la orfebrería, los objetos de adorno personal, las
herramientas y algunos modelos de armas. En contraste con lo tradicionalmente asumido, la acción de
Roma no supuso la descomposición de la cultura castreña astur; más bien su consolidación, con
lógicas transformaciones y con vistas sobre todo a la explotación de los recursos auríferos (vid. vol.II,
II.8.2.2). De hecho, como demuestra la investigación arqueológica de los últimos años, los castros
astur-romanos alcanzan su cenit en los siglos i-ii d.C.
Al oriente de los astures, en el sector central de la Cordillera Cantábrica, se extiende la Cantabria
antigua. Como es bien sabido, este es el último bastión en la conquista romana del norte peninsular
(29-19 a.C.) (vid. vol.II, II.5.4.1). En mayor proporción que los astures, los cántabros son retratados en
las fuentes clásicas bajo el paradigma de la barbarie, la violencia y la vida montaraz. Una lectura
distorsionada de la realidad indígena que ideológicamente sirve para proyectar la romanización como
modelo de civilización, en paralelo a la acción militar de Augusto en Hispania. De este imperialismo
cultural Estrabón (3, 3, 8) es quizá la mejor propaganda para el caso de los belicosos pueblos del
norte, según tuvimos ocasión de señalar (vid. vol.I, I.1.3: La Iberia de Estrabón). Hay que reconocer
que esta visión sesgada está presente aún en la difusión de los cántabros y astures en la literatura
popular e incluso en algunos trabajos académicos. Por ello se hace prioritario atender los avances de la
investigación arqueológica, que ponderan estas sociedades en el contexto general de las culturas de la
Edad del Hierro, en la línea que apuntan los estudios de E. Peralta o K. Torres en nuestros días. Los
cántabros componen un conjunto de pequeñas tribus territoriales que sobrepasan los límites de la
actual Cantabria para abarcar el norte de las provincias de Palencia y Burgos. Un espacio montañoso y
agreste delimitado grosso modo por el valle del Sella, al oeste, la ría de Nervión y las fuentes del
Ebro, al este y sudeste, y los saltos de los ríos Carrión, Pisuerga, Cea y Esla, por el sur; lo que separa a
cántabros de astures (por el oeste), autrigones y berones (por el este) y vacceos y turmogos (por el
sur). Tal medioambiente montañoso perfila un patrón económico de base ganadera que se
complementa con una agricultura limitada a los fondos de valle y tierras bajas, y la explotación de
recursos forestales y mineros, sobre todo hierro y plomo. Entre los subgrupos reconocidos por las
fuentes en la antigua Cantabria están los orgenomescos, los vellicos, los concanos, los camáricos, los
plentusios, los maggavenses y los vadinienses. Estos últimos constituyen una entidad particularmente
interesante en la confluencia astur-cántabra, en la unión de Asturias, León y Palencia, entre los valles
del Sella, Esla y Güeña. El testimonio más significativo de los vadinienses son un conjunto de lápidas
funerarias fechadas en época altoimperial pero de innegable sabor indígena, como confirma la
antroponimia. Su capital, Vadinia, de incierta localización, podría no responder a un centro urbano
determinado sino a un espacio aglutinante de varios asentamientos rurales.
Los castros de la región cántabra muestran, algunos de ellos, una primera ocupación en el Hierro
Antiguo, en paralelo y con influencias de las culturas de Soto de Medinilla del valle medio del Duero
y Campos de Urnas del alto Ebro. Este horizonte marcaría el punto de partida en la formación
histórica del grupo cántabro. En los momentos centrales de la Edad del Hierro se desarrolla en el
sector meridional o cismontano una facies cultural relacionada con el valle del Duero. El castro de
Monte Bernorio (Villarén, Palencia), en la frontera con los turmogos, es el mejor exponente de la
misma, hasta el punto de dar nombre a esta fase de transición de los siglos iv-iii a.C. Igualmente
importante es la necrópolis homónima, que ha deparado destacados ajuares guerreros y una variante
de puñal (el tipo Monte Bernorio) muy elaborada y representativa de la Meseta Norte. Los hallazgos
de esta y otras necrópolis burgalesas (Miraveche, Ubierna y Villanueva de Teba), en la transición de
los territorios turmogo y cántabro, confirman la existencia de élites aristocráticas reforzadas por el
prestigio de las armas, algo común a la Hispania indoeuropea (vid. vol.II, I.2.7.5 y I.2.7.8). A partir del
siglo iii a.C. el poblamiento cántabro manifiesta una homogeneización cultural muy vinculada con el
mundo celtibérico; así lo indica la aparición de cerámicas a torno pintadas, armamento y utillaje de
sabor meseteño. Y más tarde, en el siglo i a.C., de monedas y textos escritos en celtibérico, como la
tésera de hospitalidad de Monte Cildá (Olleros de Pisuerga, Palencia). Además de los mencionados de
Monte Bernorio y Monte Cildá, otros castros cántabros parcialmente estudiados (una minoría, pues la
mayoría permanecen sin excavar) son los de Las Rabas (Celada de Marlantes, Santander), Castilnegro
(Medio Cudeyo-Liérganes, Santander), El Castillo (Val de San Vicente, Santander) y La Ulaña
(Humada, Burgos). Bajo el mando de Augusto y después de su colaborador y yerno Agripa ( vid. vol.II,
II.5.4.1), la costosa conquista romana de estas tierras ocasiona una alteración en el poblamiento
cántabro. Los más claros indicadores son: a) la instalación de importantes dispositivos militares y
viarios; b) el abandono de buena parte de los castros de montaña; y c) la potenciación de enclaves y/o
nuevas fundaciones sobre las principales rutas de comunicación terrestre y litoral, como Portus
Blendium (Suances, Santander), Octaviolca (Camesa, Santander), Iulobriga (Retortillo, cerca de
Reinosa, ya en la provincia de Palencia) o en territorio autrigón, Flaviobriga (Castro Urdiales,
Santander).
Por último, el espacio comprendido entre Cantabria, los Pirineos occidentales y la cabecera del Ebro
lo comparten en la Antigüedad una serie de etnias divididas a su vez en diferentes populi. Turmogos,
autrigones, caristios, várdulos, vascones… Al margen de sus nombres y leves referencias locacionales,
poco se puede concretar de estas unidades de poblamiento en su tiempo prerromano. Los turmogos o
turmógidos habitan las tierras de Burgos y parte de Palencia, entre el valle del Pisuerga, la Sierra de la
Demanda y el río Arlanzón. A ellos pertenecen emplazamientos como Segisamo (Sasamón, Burgos),
Pisoraca (Herrera de Pisuerga, Palencia), Diobrigula (entre Lodoso y Tardajos, Burgos) y Lacobriga
(Carrión de los Condes, Palencia), que algunas fuentes atribuyen a los vacceos. Antes de la
romanización, la cultura material de los turmogos muestra evidentes conexiones con los ambientes
vacceo, celtibérico y cántabro. Los autrigones, por su parte, se extienden desde la orilla oriental del
Nervión por el occidente de las provincias de Vizcaya, Álava, el noreste de Burgos (comarca de La
Bureba) y parte de Logroño; limitando con cántabros, turmogos, caristios, berones y pelendones. Entre
las ciudades autrigonas de época romana se enumeran Uxama Barca (Los Castros de Lastra, Caranca,
o bien Osma de Valdegobía, provincia de Álava), Tritium (Alto de Rodilla) y Virovesca (Briviesca),
en la provincia de Burgos. La llanura alavesa y el condado de Treviño son ámbitos adscribibles a los
caristios o carietes. Desde el río Nervión al Deva y por el sur hasta el Ebro, contándose el poblado de
La Hoya (Laguardia) y la ciudad romana de Veleia (Iruña), en Álava, entre sus principales enclaves, el
primero de ellos en la divisoria con los berones. Mientras que los várdulos o bardietas, situados más al
este entre caristios, berones y vascones, poblaban la provincia de Guipúzcoa y el este de Álava hasta el
valle del Leizarán. La falta de civitates y de cecas monetales denota un escaso desarrollo urbano en
estos marcos étnicos.
Finalizamos con los vascones. Ocupan un amplio territorio que supera la extensión de la comunidad
foral de Navarra, al prolongarse hasta Irún –la antigua Oiasso, con salida al mar–, Jaca y la margen
derecha del Ebro riojano. Los vascones limitan, pues, con caristios, várdulos, una pequeña franja
costera y aquitanos (al norte); ceretanos, suesetanos y jacetanos (al este); celtíberos (al sur); y berones
(al oeste). En la zona meridional se fundan en época republicana centros tan importantes como
Calagurris [Calahorra] y Gracchurris [Alfaro], de adscripción celtibérica según las fuentes. En
cualquier caso el principal hito en la romanización del territorio vascón es la fundación de Pompaelo
(Pamplona) por Pompeyo en el 75 a.C. Dentro de la administración romana altoimperial, el espacio de
los vascones se incluye en el convento jurídico caesaraugustano, a diferencia de los grupos étnicos
previamente señalados que lo hacen en el cluniacense.
La etnogénesis de los vascones remonta al horizonte de Campos de Urnas del Bronce Final. En estos
momentos se distingue una red de poblados sedentarios en su mayoría fortificados, parangonables con
asentamientos coetáneos en el valle del Ebro y la Meseta nororiental. La continuidad de este hábitat en
los siglos siguientes no está reñida con aportes poblacionales y lingüísticos de distinta procedencia,
incluidos algunos transpirenaicos de la región de Aquitania. Todo ello dibuja una Edad del Hierro de
notable diversidad y complejidad cultural. En los siglos ii-i a.C. la existencia de varias cecas
monetales (kaiscata, barskunes, kalakorikos, arsaos, arsokoson, bentian) y otros datos epigráficos, de
poblamiento y cultura material, señalan el sur del territorio vascón como una importante área de
transición y contacto entre tres principales focos: el vascón o paleovasco, el celtibérico y el ibérico.
En acertada expresión de G. Fatás, el alto valle del Ebro es un particular trifinium o zona de
hibridación en la confluencia de esos tres fines o esferas lingüístico-culturales. De la antigua lengua
euskera, una de las hablas de esta zona, nos ocupamos seguidamente en el punto I.2.4.1.

I.2.4 Lenguas y escritura


La diferenciación en la Península Ibérica de un área indoeuropea y otra ibérica obedece en buena parte
a un criterio lingüístico, como ya se señaló. En efecto, en los territorios del centro, norte y occidente
peninsulares se hablaron en la Protohistoria distintas lenguas que tenían en común el pertenecer todas
ellas al tronco indoeuropeo. Por ello, lenguas genéticamente distintas a las empleadas por las gentes
del Sur y Levante, englobadas en la cultura ibérica, que son, como dijimos, hablas no indoeuropeas
(vid. vol.II, I.1.4.1). Territorialmente el área lingüística indoeuropea coincide con la amplia zona de
dispersión de los topónimos en –briga (Segobriga, Mirobriga, Nertobriga… entre otros); mientras que
la ibérica lo hace con las regiones meridionales y orientales, donde abundan entre otros topónimos
ibéricos los definidos por la raíz Il– (Ilipa, Iliberri, Ilorcis, Ilici, Ilerda…).
I.2.4.1 Un complejo horizonte lingüístico
El panorama lingüístico de la Hispania indoeuropea es ciertamente complicado. En primer lugar por la
práctica imposibilidad de poder relacionar registros lingüísticos con tiempos y espacios determinados,
es decir, con poblaciones históricas de forma precisa. Como se indicó en otro punto (vid. vol.II, I.2.1),
los procesos de indoeuropeización y celtización de la Península Ibérica son debates no resueltos por la
investigación, si bien pueden consensuarse algunas premisas. Dos fundamentales: a) La tesis
invasionista de oleadas centroeuropeas que introducirían escalonada y puntualmente en la Península
lenguas preceltas y celtas, está hoy felizmente superada. b) En su lugar, la difusión de elementos
indoeuropeos en la Península Ibérica se entiende como un proceso de aculturación paulatina desde al
menos finales de la Edad del Bronce manifestado en desarrollos locales de la cultura de Campos de
Urnas. Ello se haría progresivamente desde Cataluña y el valle del Ebro hacia la Meseta y las regiones
septentrionales y occidentales rebasado el I milenio a.C. Entre las novedades introducidas por las
poblaciones que atraviesan tempranamente los Pirineos estarían una o varias lenguas indoeuropeas
que, al mezclarse sus portadores con poblaciones autóctonas, evolucionarían pronto en variantes
dialectales resultantes de la fusión con hablas vernáculas. Los procesos de etnogénesis y las varias
dinámicas actuantes (aculturación, mestizaje, préstamo, migración, comercio, aislamiento…) en estos
territorios durante la Edad del Hierro, acaban definiendo diversos focos lingüísticos indoeuropeos en
el interior peninsular de distinta filiación y componentes. Dado que al igual que el cultural o el étnico
el lingüístico es un proceso dinámico, el problema reside en singularizar la lengua o lenguas
dominantes en un momento y lugar definidos. ¿Qué lengua hablaban los carpetanos en el siglo iii a.C.?
¿Qué corrientes lingüísticas existen en Gallaecia en el cenit de la cultura castreña? ¿En que idioma se
dirige Viriato al general Serviliano cuando, en una tregua de la guerra lusitana, el Senado le declara
amicus populi Romani en el 140 a.C.? No tenemos respuestas. El hecho de que convivan y se adapten
lenguas troncales y dialectales hace muy difícil la seriación de fronteras filológicas o la delimitación
de regiones onomásticas cerradas. Lo corriente es la interacción lingüística, que explica que
encontremos con relativa frecuencia nombres iguales o muy similares en áreas de población distintas,
por ejemplo los topónimos en –briga; lo que tampoco niega la existencia de determinados localismos.
En segundo lugar y en relación con lo anterior, hay que recordar que la gran limitación en el estudio
paleolingüístico viene dada por la propia naturaleza de la evidencia. Los textos. Con la excepción del
celtibérico, registrado por escrito gracias a la adaptación del signario ibérico por los celtíberos, no
conservamos testimonio directo de lenguas indoeuropeas habladas en la Península antes de Roma. La
razón no es otra que el carácter ágrafo de la inmensa mayoría de los pueblos hispanos. Será bajo
dominio romano y gracias al proceso de latinización cuando términos y nombres de estas lenguas
locales se consignen epigráficamente en latín o se transcriban con alguna alteración en la obra de los
escritores grecorromanos, perdurando en algunos casos hasta nosotros en topónimos fosilizados. Es,
por tanto, a través de la romanización como muchas sociedades indígenas acceden al conocimiento y
uso de la escritura, abandonando el anonimato y analfabetismo que hasta entonces les caracteriza.
Dicho con otras palabras, la romanización proporciona el medio para la expresión escrita de las gentes
hispanas (vid. vol.II, II.9.3). Por ello mismo, el bagaje documental para el estudio de las lenguas de la
Hispania céltica es muy pobre y tardío: en su mayor parte inscripciones latinas funerarias o votivas de
cronología altoimperial, con elementos onomásticos indoeuropeos que remiten a lenguas autóctonas
habladas siglos atrás. Salvando las distancias, algo similar al antiguo léxico celta transmitido en
inscripciones cristianas y glosas medievales irlandesas; o, en este caso sin conexión lingüística
alguna, a los nombres precolombinos conservados en las crónicas de los primeros españoles en las
Indias.
Lejos de asumir una unidad o uniformidad lingüística, en la Hispania céltica se distinguen al menos
cuatro registros indoeuropeos diferentes que no suponen necesariamente la existencia del mismo
número de lenguas –probablemente hubo muchas más–, y que, como acaba de indicarse, resultan muy
difícil caracterizar cronológica, espacial y morfológicamente. Al insuficiente estado de conocimiento
se añade el que las opiniones de los expertos, como veremos, no son unánimes. Enumeramos los
siguientes registros lingüísticos:
1 ) El llamado “antiguo europeo” –alteuropäischen en la bibliografía alemana–, conservado en
hidrónimos de gran arcaísmo repartidos por el interior de la Península Ibérica y el resto de Europa
occidental. Entre sus rasgos más significativos están el mantenimiento de la oclusiva bilabial sorda /p/
en posición inicial e intervocálica, el timbre vocálico /a/ o la raíz –nt– en hidrónimos como
Salmantica. H. Krahe y otros lingüistas relacionan el “antiguo europeo” con un estadio no
diferenciado de hablas indoeuropeas occidentales de la Edad del Bronce. Según F. Villar se trataría de
un sustrato lingüístico indoeuropeo precéltico, anterior a Campos de Urnas y a la iberización de la
Península, extendido ampliamente incluso por áreas posteriormente iberizadas como Cataluña, Aragón
y Andalucía.
2 ) Una lengua indoeuropea precéltica más particularizada, que por registrarse en el occidente de la
Península Ibérica se ha denominado lusitano. Conocemos muy poco de la misma. Está documentada
sólo en un puñado de inscripciones latinas de época altoimperial: las portuguesas de Cabeço das
Fràguas (Guarda) y Lamas de Moledo (Viseu), en la Beira Alta, y las varias cacereñas de Arroyo de la
Luz y Talaván. El hecho de tratarse de dedicaciones votivas a divinidades indígenas sugiere una
lengua de carácter ritual. Lingüísticamente el lusitano se caracteriza por el mantenimiento de la p
inicial que muchas lenguas celtas pierden, rasgo compartido con el “antiguo europeo” y que llevaba a
autores como A. Tovar a pensar que se trataba de la misma lengua. Otras particularidades son la
presencia de consonante líquida y muda (nt, nd y nc), la conjunción copulativa indi (en lugar de la
enclítica cue propia del celtibérico), el nominativo plural en -oi (frente al os celtibérico) y los
diptongos en ai y ae. Recientemente F. Villar identifica el lusitano con una lengua indoeuropea no
céltica pero no tan arcaica e independiente como siempre se ha asumido, al vincularla con el grupo de
lenguas itálicas. Sea cual fuere el origen del lusitano, cabe suponer que ésta o alguna lengua
emparentada serían las habladas por las gentes lusitanas y vetonas a finales de la Edad del Hierro,
cuya extensión alcanzaría la periferia de los territorios galaico, astur y vacceo. Pero de momento no
pasa de ser una hipótesis.
3 ) El celtibérico, que es probablemente la lengua celta más importante de la Hispania antigua y, sin
duda, la mejor documentada. Se trata de una lengua arcaica y de estructura conservadora en fonética,
gramática y sintaxis, emparentada con otras variantes celtas continentales como el lepóntico y en
menor medida el galo. Entre sus rasgos más significativos están: la pérdida de la /p/ inicial o
intervocálica fosilizada en el lusitano, las raíces Seg, Celt o Nerto y el sufijo –briga de muchos
topónimos, el mantenimiento del diptongo ei, nombres verbales en r/n, relativos en yo, numerales con
el sufijo -eto, nominativos plurales terminados en -os, genitivos plurales acabados en -kum para
denominar grupos de parentesco, arcaísmos como -tos para indicar origen, evolución de sonantes,
flexiones nominales y verbales bastante completas, el orden sujeto-objeto-verbo al igual que el
lepóntico, etc. El celtibérico derivaría de una lengua indoeuropea anterior introducida con los Campos
de Urnas y desarrollada localmente en el valle del Ebro y la Meseta Oriental entre los siglos vii- iv
a.C. Epigráficamente su área de difusión se extiende desde el valle del Ebro hasta el río Pisuerga,
viniendo a coincidir laxamente con la Celtiberia histórica: el territorio de belos, titos y arévacos
principalmente, lo que justifica su calificativo de lengua celtibérica. Probablemente se hablaría
también en el espacio de berones, cántabros meridionales, vacceos y carpetanos. Además, algunos
testimonios escritos en celtibérico se irradian tardíamente por puntos del Norte y Suroeste peninsular
siguiendo dinámicas y movimientos de población celtíbero-romana. El conocimiento del celtibérico
viene facilitado por su constatación en documentos epigráficos que se fechan desde inicios del siglo ii
a.C. hasta el siglo i d.C. La importancia de este registro escrito en el estudio y valoración de la cultura
celtibérica merece una atención más pormenorizada (vid. infra).
4 ) Otras lenguas de la familia celta emparentadas con el celtibérico pero diferentes a él que, por
bautizarlas de algún modo, denominamos hispano-celtas a partir de la propuesta inicial de J. de Hoz.
Prácticamente nada conocemos de estas hablas empleadas en territorios al oeste de la Celtiberia, sin
escritura propia y por tanto anepígrafos: la Meseta centro-occidental, las estribaciones de la cordillera
cantábrica, el noroeste y zonas de Extremadura y Portugal. Su difusión vendría a coincidir con el área
lingüística indoeuropea definida convencionalmente por la distribución de topónimos con el sufijo
céltico latinizado –briga y de grupos familiares terminados en la forma de genitivo plural -kum
(céltico) u -orum (latino). En opinión de J. Untermann, otro de los grandes paleohispanistas, todos
ellos serían dialectos célticos emparentados, incluido el lusitano, que este especialista no considera un
nivel precéltico diferenciado. Asimismo, estas lenguas hispano-celtas compartirían y serían
reconocibles en un conjunto de antropónimos y teónimos especialmente representativo de la región
lusitano-galaica. Un cuadro lingüístico particularmente abigarrado es el de la antigua Gallaecia, donde
se entremezclan al menos dos estratos indoeuropeos: una lengua celta diferenciada del celtibérico, por
tanto hispanocelta, y otra no celta próxima al lusitano meridional; sin descartarse otros dialectos
preindoeuropeos de raíz atlántica. Como apuntamos más atrás (vid. vol.II, I.2.3.4), esto es corolario de
la compleja etnogénesis de esta región y de los movimientos de población que la caracterizan hasta
época romana, como el desplazamiento de célticos y túrdulos veteres desde el Suroeste hasta tierras
del Duero y Miño (Strab., 3,

3, 5; Plin., N.H., 4, 111).


Finalmente, habría que citar otras lenguas arcaicas no indoeuropeas presentes en el espacio de la
Hispania céltica. Entre otras, sería el caso del paleovasco o vascoaquitano, hablado desde tiempos
imprecisables en la Vasconia antigua, los Pirineos occidentales, la Gascuña y el suroeste de la Galia.
Se trata de una primitiva lengua que sólo muy tarde y parcialmente se plasma por escrito. Según J.
Gorrochategui, los testimonios más antiguos son una serie de antropónimos registrados en
inscripciones latinas de la región de Aquitania, entre el Bidasoa y el Garona, fechados entre los siglos
ii-iv d.C. No habría otra evidencia escrita del paleovasco hasta los primeros textos en vascuence
propiamente dicho, de época medieval y sobre todo del Renacimiento. De este vasco-aquitano o de un
habla similar derivaría el vasco moderno, una lengua genéticamente aislada con préstamos celtas,
latinos y romances. Un reciente descubrimiento en la ciudad de Veleia, en territorio caristio, difundido
por la prensa (Junio 2006), apunta la presencia de grafitos latinos con palabras en paleovasco en
contextos domésticos del siglo iii d.C. De confirmarse la noticia se trataría de los registros más
antiguos en lengua vascona, pero se impone la cautela hasta que vea la luz el estudio científico de los
hallazgos, no exentos de controversia.
Concluida la conquista de Hispania, el progresivo desarrollo de la romanización depara en los siglos
siguientes una homogenización lingüística, la latinización, sobre el complejo horizonte de lenguas
prerromanas de las que el lusitano y en especial el celtibérico son los mejores exponentes. A la
latinización seguirá posteriormente una fase más restringida de germanización bajo el dominio
visigodo. En realidad, ambas fases suman nuevos episodios al proceso general de indoeuropeización
lingüística de la Península Ibérica, iniciado cientos de años antes y que en parte todavía hoy continúa.
I.2.4.2 La epigrafía celtibérica
El estrecho contacto cultural con los íberos y su dinamismo urbano explican la adaptación de la
escritura ibérica por parte de los celtíberos del valle del Ebro, probablemente a inicios del siglo ii a.C.
En efecto, los celtíberos emplean el signario ibérico levantino (vid. vol.II, I.1.4.1), oportunamente
modificado, como vehículo de expresión de su lengua celta; e igualmente el latín a partir del siglo i
a.C. Al tratarse ibérico y celtibérico de lenguas genéticamente distintas y por tanto con notables
diferencias fonéticas, los celtíberos introducen algunos cambios sobre las grafías ibéricas
Izquierda [Fig. 37] Signario celtibérico (adaptado del ibérico levantino) en sus dos variantes: la
occidental (Luzaga) a la izquierda, y la oriental (Botorrita) a la derecha; según J. de Hoz. Derecha
[Fig. 38] Bronce celtibérico (I) de Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza)
para poder reproducir ciertos sonidos. Su signario consta de veintitrés signos en lugar de los
veintiocho del levantino: algunas consonantes y sílabas tuvieron dificultades de transcripción, como
los silabogramas con las oclusivas b, t y k o los signos de las nasales, con un valor diferente.
Formalmente se distinguen dos variantes de escritura celtibérica: a) la oriental o citerior, en el valle
del Ebro; y b) la occidental o ulterior, en el territorio arévaco. A la primera pertenecen textos tan
importantes como los bronces de Botorrita y la mayor parte de los letreros monetales; mientras que a
la segunda variante pertenece el bronce de Luzaga, un pacto de hospitalidad de difícil comprensión y,
además, uno de los hallazgos más antiguos de escritura indígena. En la actualidad hay catalogadas
cerca de 200 inscripciones en lengua celtibérica, en su mayor parte en signario ibérico y sólo algunas
en latín, datadas en los siglos ii-i a.C.
Los principales soportes de escritura utilizados por los celtíberos –que llegan hasta nosotros– son los
vasos cerámicos y otros instrumentos domésticos para usos cotidianos. Y con un cometido más
oficial, las placas de bronce en general de pequeño tamaño y formato rectangular. Entre estas últimas
un testimonio muy característico son las téseras de hospitalidad. Disponían de estas pequeñas piezas
metálicas en forma de animales, manos entrecruzadas o volúmenes geométricos, los signatarios de un
pacto de amistad, cuyos nombres se grababan en la cara interna del documento; éste –la tésera–
funcionaba como una suerte de contraseña o comprobante de dicho acuerdo. Valga como ejemplo el
texto de la tésera en forma de manos procedente de Botorrita (Zaragoza) y conservada en la Biblioteca
Nacional de París, que traducimos así: “Lubos, de (la familia de) los Alisocos, hijo de Avalos, natural
de Contrebia Belaisca”. Estos acuerdos de hospitalidad podían firmarse entre individuos de distintas
localidades, entre un individuo y un grupo familiar o entre un individuo o familia y una comunidad
política (vid. vol.II, I.2.7.6). También hay escritura celtibérica en inscripciones parietales (como las
del santuario rupestre de Peñalba de Villastar, Teruel), y en lápidas o estelas funerarias. Y asimismo
en leyendas monetales con la indicación de la ceca. La acuñación de moneda por parte de las ciudades-
estado celtibéricas desde la segunda mitad del siglo ii a.C., constituye el principal medio de difusión
de esta escritura (vid. vol.II, I.2.6.4). A diferencia de iberos y griegos occidentales, los celtíberos no
utilizan las láminas de plomo: sólo se ha documentado un texto celtibérico sobre plomo, muy
recientemente, en la provincia de Cuenca.
Salvo contadas excepciones los textos celtibéricos son breves y se refieren sobre todo a nombres de
persona, rótulos, marcas de propiedad, anotaciones particulares y topónimos monetales. Sólo algunos
documentos de naturaleza jurídica o administrativa son más extensos y permiten, aun con dificultades,
una traducción aproximada a través de la comparación con otras lenguas celtas y con el latín. De esta
categoría de textos forman parte leyes, censos, normativas, y sobre todo, los referidos pactos de
hospitalidad consignados en las téseras. A pesar de los notables avances de los últimos años, el
celtibérico no es una lengua completamente descifrada si bien su conocimiento es notablemente
superior al del ibérico.
Por su extensión y contenido, los bronces de Botorrita (Zaragoza) son los textos celtibéricos más
significados. Hallados en la antigua Contrebia Belaiska, ciudad de los belos, se llevan recuperados tres
documentos en celtibérico (dos placas y un pequeño fragmento de una tercera) y uno en latín, la
llamada tabula contrebiensis, que recoge una sanción del senado de Contrebia del año 87 a.C. en
relación con un litigio sobre propiedad de terrenos y uso de regadíos. El primero de los documentos
celtibéricos (Botorrita I) se descubre en 1970 y constituye hasta la fecha el texto estructurado más
largo de los conservados en celta continental. Se trata de una placa alargada (40 por 10 centímetros)
escrita por ambas caras en dos momentos distintos entre finales del siglo ii a.C. y mediados del siglo i
a.C. La cara principal contiene, según la mayoría de especialistas, una ley o texto de carácter sacro con
mención a divinidades, diezmos, prohibiciones y estructuras agrícolas. Mientras que el reverso recoge
un listado de catorce individuos, acaso los testigos o garantes de las disposiciones redactadas en el
anverso. Sus nombres se introducen siempre con idéntica fórmula onomástica: antropónimo, grupo
familiar, filiación patronímica y al final el término bintis, que sería un cargo o magistratura
celtibérica. Así, por ejemplo: letontu ubokum abulos bintis, que entenderíamos como: “Letontu, de [la
familia de] los Ubocos, [hijo de] Abulos, magistrado”. El segundo texto celtibérico (Botorrita III),
aparecido en 1992, es una placa de mayor tamaño que la anterior (73 por 52 cm). Presenta un
encabezamiento de dos líneas cuyo significado se desconoce, y una extensa relación de nombres
personales, cerca de 250, listados en cuatro columnas siguiendo un orden compositivo u ordinatio
plenamente latino. Entre ellos figuran un buen número de mujeres e individuos que por su onomástica
no celtibérica podrían tratarse de extranjeros, entre ellos iberos, vascones, latinos y quizá griegos.
Ignoramos la finalidad de esta larga relación de nombres, tal vez un censo parcial de ciudadanos o una
asociación religiosa. Dado su carácter oficial, los textos de Botorrita debieron estar expuestos
públicamente en una curia o templo local, como indica el hecho de que los bronces II y III presenten
seis orificios para ser colgados.
Estos y otros testimonios epigráficos demuestran la operatividad de la documentación escrita de
carácter público en el ordenamiento de la ciudad celtibérica, en un tiempo coincidente con la
presencia romana. En este sentido, como subraya F. Beltrán, Roma contribuye a afianzar en el mundo
celtibérico, y particularmente en el valle del Ebro, formas de organización político-jurídicas basadas
en la civitas y que requieren de la escritura como instrumento del estado (vid. vol.II, I.2.7.6). En
opinión de J. de Hoz, la escritura celtibérica parece haber sido un fenómeno reducido a las
aristocracias locales y con una función sobre todo representativa e ideológica, que tras un periodo
breve de experimentos con el alfabeto latino da pronto lugar al uso del latín como única lengua
escrita.

I.2.5 Poblamiento, territorio y hábitat


El estudio de los asentamientos y las formas de ocupación del espacio por parte de las poblaciones
prerromanas es un aspecto de gran relevancia, como tuvimos ocasión de comentar a propósito de los
pueblos ibéricos. Remitimos al lector a las consideraciones generales ahí planteadas (vid. vol.II,
I.1.5.1/2), válidas en buena parte para los contextos que ahora nos ocupan.
I.2.5.1 Aldeas, castros y ciudades
En la Hispania céltica el hábitat es el mejor indicador para aproximarnos al volumen de las
poblaciones en los diversos territorios y a sus estrategias de adecuación y explotación del medio
natural. Junto a eso, es un agente que modela y refleja al tiempo la estructura sociopolítica de una
comunidad y su identidad. Con lógicas particularidades regionales y diferentes ritmos, la evolución
general del poblamiento durante la Edad del Hierro se condensa en la transición de un modelo de
aldeas a un sistema de ciudades, en especial en el ámbito celtibérico (vid. infra). Lo que permite
atisbar como proceso de fondo el paso de sociedades rurales más o menos tradicionales a sociedades
urbanas de carácter estatal, coincidiendo con la extensión del dominio romano. Un proceso gradual
pero no homogéneo ni exclusivo.
En la presentación de los distintos pueblos y territorios se indicó que, prácticamente en todos los
escenarios, la unidad principal de poblamiento es el castro. Bajo tan arraigado término en nuestra
Protohistoria entendemos un poblado fortificado en alto de pequeño o mediano tamaño erigido en
cabeza de un territorio menor, que es lugar de habitación y punto de referencia para un grupo de
gentes unidas por lazos de parentesco inicialmente. Asimismo constituye una unidad de producción
socioeconómica al establecerse como comunidad agropecuaria sobre el paisaje, y disponer de una
distribución interior ajustada a una realidad autárquica: murallas, viviendas, talleres, corrales, campos
de cultivo, etc. El emplazamiento de los castros es bastante determinante y responde a una doble
estrategia: económica y defensiva. Así, se localizan próximos a recursos naturales que aseguran una
producción autosuficiente (tierras agrícolas, pastizales, bosques, afloramientos mineros) y ocupan
posiciones resguardadas y de difícil acceso, contando además con defensas artificiales (vid. infra
I.2.5.3). Se ubican generalmente en laderas de montaña, cerros testigos, colinas o superficies
amesetadas; o bien en riberos, espigones o escarpes sobre ríos dominando valles y terrazas, con
amplio control visual favorecido por su posición elevada. Los primeros castros se empiezan a definir a
finales de la Edad del Bronce (siglos xi- viii a.C.), y sobre todo en el Hierro Antiguo (siglos vii-v
a.C.), para ir evolucionando en tamaño, sistemas de construcción y organización interna en los siglos
siguientes, en muchos casos hasta época romana. El uso de la piedra en murallas y viviendas –la
petrificación, en suma, del hábitat gracias al dominio granítico de la Hispania céltica–, es el rasgo
visual más manifiesto de lo castreño. En los momentos iniciales y en algunos casos durante toda la
Edad del Hierro, los castros no pasan de ser
[Fig. 39] Castro astur de El Castelón de Coaña (Asturias)
pequeñas aldeas fortificadas donde habitarían a lo sumo un centenar de personas, con superficies que
oscilan entre 0,5 y 3 hectáreas Funcionan igualmente como lugar de refugio para la población de los
alrededores ante una amenaza externa. A lo largo del tiempo algunos castros se abandonan, otros se
mantienen sin apenas cambios y otros muchos se refuerzan y amplían mediante procesos de
concentración o sinecismo, esto es, integrándose las gentes de varias aldeas en un poblado central.
En momentos avanzados de la Edad del Hierro ciertos castros con emplazamientos estratégicos y
territorios potenciales se transforman en grandes poblados amurallados, nuclearizados y complejos,
que conocemos con el término latino de oppida, con el que Julio César se refería a las ciudades de los
galos. Con superficies comprendidas entre 10-25 hectáreas y extensos dominios bajo su control, los
oppida son muy representativos de los territorios de la Meseta en los siglos iii-i a.C. Surgen fruto de
un proceso de concentración demográfica y constituyen la mejor expresión de un lugar central o
núcleo urbano convertido en capital política de un territorio; algo parangonable a los oppida ibéricos
(vid. vol.II, I.1.5.1), aunque en el ámbito hispanocelta su formación es más tardía y diferenciada. Los
oppida de arévacos, vacceos o vetones alcanzan en ocasiones tamaños superiores a 30 hectáreas y
poblaciones que rondarían varios miles de habitantes. La eclosión de estos poblados mayores o
protociudades en las postrimerías de la Edad del Hierro obedece a cuatro factores principales: a) un
incremento demográfico, b) una intensificación socioeconómica sobre el espacio, c) un avance
tecnológico y d) un desarrollo político y militar coincidente y en parte motivado, además de por los
factores anteriores, por la presión de cartagineses y romanos en el interior peninsular. Amén de ser
puntos dominantes sobre el paisaje –en su doble figuración, paisaje natural y paisaje social–, desde el
plano funcional los oppida acaban por convertirse en unidades políticas independientes, en una suerte
de ciudades-estado de distinta morfología y alcance según regiones. Un modelo de organización
territorial que Roma transformará en su propio beneficio.
Al margen del hábitat nuclearizado que representan castros, oppida y ciudades, en los espacios de la
Hispania céltica existe durante la Protohistoria un poblamiento rural a base de pequeños poblados
abiertos, alquerías y granjas dispersas por el territorio; sobre todo en zonas llanas de vega subsidiarias
de los centros mayores. Resultan, sin embargo, de muy difícil reconocimiento arqueológico habida
cuenta de lo reducido de sus unidades y de la ausencia de estructuras importantes. Una derivación
tardía de estos emplazamientos menores son las explotaciones agrícolas que florecen a partir del siglo
ii a.C. en el valle del Ebro.
Una vez presentados los diversos tipos de hábitat analizaremos a continuación algunos modelos
regionales de poblamiento, esto es, de estrategias de ocupación territorial. Lo aplicaremos a zonas de
la Meseta y del Noroeste donde se han llevado a cabo trabajos de campo, en especial prospecciones
sistemáticas y excavaciones arqueológicas.
I.2.5.2 Patrones regionales
En Celtiberia se constata una multiplicación y crecimiento progresivo de los hábitats a lo largo del I
milenio a.C. Valga de muestra el dato de que sólo en la provincia de Soria cerca del 70 por ciento de
los castros del Hierro II son de nueva planta, de lo que se deduce un aumento demográfico y
probablemente un desplazamiento de gentes. Ello se refleja tardíamente en las fuentes con referencias
a la fundación, reduplicación o extensión de enclaves como Complega, Colenda, Bilbilis o Segeda.
Recordemos que esta última, ciudad de los belos localizada en El Poyo de MaraBelmonte de Gracián
(Zaragoza), al intentar ampliar su perímetro murado en el 154 a.C. motiva la intervención militar de
Roma y el estallido de la guerra celtibérica, pues había contravenido los acuerdos alcanzados años
atrás con Sempronio Graco (vid. vol.II, ii.2.3.4). El siguiente texto de Apiano es suficientemente
expresivo de los procesos de sinecismo en la Celtiberia, por lo que merece ser reproducido:
“Segeda es una ciudad de los celtíberos, de los llamados belos, grande y poderosa, y había sido
inscrita en los pactos de Sempronio Graco. Ésta obligó a las ciudades más pequeñas a incluirse en sus
límites y se rodeó con una muralla de hasta cuarenta estadios en su derredor y forzó a ello a los titos,
otra tribu limítrofe. Pero cuando el Senado se informó de ello les prohibió construir la muralla, les
exigió los tributos establecidos en tiempos de Graco y les ordenó sumarse en campaña a los romanos;
pues efectivamente esto estipulaban los pactos de Graco. Por su parte, ellos replicaron por lo que atañe
a la muralla que por parte de Graco se les había prohibido a los celtíberos edificar ciudades, no
fortificar las ya existentes; con respecto a los tributos y a los contingentes auxiliares, dijeron que
habían sido dispensados por parte de los propios romanos después de Graco”
(Apiano, Iber., 44)
Desde el celtibérico pleno se observa una progresiva ordenación jerárquica del territorio con el
destacamiento de algunos castros como lugares centrales y la disposición en torno a ellos de poblados
menores y asentamientos abiertos en llano. En el siglo iii a.C., por efecto de la temprana asimilación
de influencias culturales ibéricas, el valle del Ebro experimenta un desarrollo urbano que conduce a la
aparición de verdaderas ciudades, como ponen de manifiesto los trabajos de F. Burillo. Aunque su
conocimiento es aún escaso, las que disponen de mayor información arqueológica como Contrebia
Belaiska/Botorrita, Segeda I/El Poyo de Mara, Bilbilis III/Calatayud-Valdeherrera o más al norte
Contrebia Leukade/Inestrillas, en territorio berón, muestran una trama urbana organizada que cuenta
con los elementos propios para la vida de la ciudad. Por lo demás, ocupan posiciones privilegiadas en
la entrada de valles, controlando tierras agrícolas, accesos a recursos mineros y vías de comunicación.
Este horizonte de atomización urbana –en el seno de la sociedad celtibérica se han dado condiciones
sociopolíticas para la organización estatal (vid. vol.II, I.2.7.6)– tiene su reflejo literario en las
numerosas ciudades mencionadas en relación con las guerras celtibéricas y en la referencia a sus
habitantes no por el etnónimo sino, precisamente, por el nombre de sus ciudades. Además, y éste es
otro importante refrendo, muchas de ellas acuñan moneda y en las que lo hacen en plata se observa,
por su mayor prestigio, cómo establecen un control sobre amplios territorios, caso de ciudades-ceca
como Turiaso, Segeda/Sekaisa o Arekoratas ( vid. vol.II, I.2.6.4). Algunos de estos centros urbanos se
establecen a distancias regulares de entre 40-50 kilómetros y en sus territorios se localizan
asentamientos rurales dependientes de las capitales políticas. Esta eclosión de ciudades-estado alcanza
la Celtiberia ulterior algo más tarde, en tiempos del choque con Roma; así lo indica la información de
lugares del alto Duero parcialmente excavados como Numancia, Termes o Clunia.
Otro poblamiento de tipo urbano bien estudiado es el vacceo, con un modelo diferenciado del
celtibérico. Durante los siglos iv-ii a.C. en el valle medio del Duero el asentamiento característico y
casi único son los oppida. Se localizan éstos en los ejes naturales del territorio siguiendo cierto
alineamiento: por un lado en el borde de los páramos, ocupando muelas, motas y cerros-testigo; y por
otro en la red fluvial Duero-Pisuerga, sobre espigones en meandros. Si bien hay cierta discrepancia a
la hora de reconocer una ocupación jerarquizada, lo representativo son los asentamientos nucleares
con dimensiones medias entre 10-30 hectáreas, separados por distancias más o menos regulares: en
torno a doce kilómetros en el borde oriental de los páramos y el bajo Pisuerga, y entre 30-40 km. en el
frente más occidental hasta el río Esla. Esta focalización del poblamiento en sectores bien definidos
determina, en contrapartida, la sucesión de amplios espacios desocupados en el interior de los
páramos y en las campiñas meridionales del Duero, los distintivos vacíos vacceos en afortunada
expresión de J.D. Sacristán. Se trata de extensiones sin aprovechamiento agrícola que, en sus límites,
pueden tenerse como franjas fronterizas entre ciudades. Éstas se establecen sobre medianas alturas y
en general muestran buena accesibilidad, sujeción a fuentes de agua y proximidad a vías y cañadas.
Amén de una estrategia defensiva que no siempre incluye la erección de recintos murarios, su posición
les permite controlar el territorio de explotación económica y dominar las rutas comerciales.
Un tercer ejemplo es el poblamiento vetón, en las comarcas de la Meseta occidental y la alta
Extremadura. En momentos consolidados de la Edad del Hierro presenta un patrón de asentamiento
bastante homogéneo cuyo hábitat más reconocido son los núcleos reciamente fortificados emplazados
en laderas montañosas y riberos, sobre posiciones preeminentes que facilitan el control de territorios y
caminos. Dependientes de estos castros, en ocasiones oppida de gran extensión (los abulenses de
Ulaca, Mesa de Miranda o El Raso alcanzan superficies entre 20-60 hectáreas), se disponen
asentamientos menores y caseríos dispersos. Traduce ello en un poblamiento jerarquizado en
respuesta a factores estratégico-defensivos y de cara al aprovechamiento agropecuario y minero del
medio. Tal ordenamiento podría hacer pensar en relaciones de servidumbre de unos núcleos respecto a
otros.
En contraste con los grandes castros de vetones y celtíberos, el solar carpetano presenta durante la
Edad del Hierro, como ya dijimos, un hábitat menos afianzado y más disperso. En la Meseta central se
distinguen una variedad de asentamientos rurales que van desde caseríos y modestos poblados de
estructuras efímeras, con los característicos campos de silos y “fondos de cabaña” ya presentes en las
riberas madrileñas desde el III milenio a.C., hasta asentamientos fortificados en espolones sobre el
páramo, muy representativos de la Mesa de Ocaña toledana. Estos últimos enclaves controlan fértiles
vegas en las que se detectan pequeños núcleos secundarios, conformando un patrón poblacional de
economía cerealista. En él los recintos amurallados funcionarían como una suerte de fortines-granero
para el almacenamiento de cosechas y el intercambio de excedentes, según sugiere D. Urbina.
Un poblamiento no uniforme con hábitats de distinta categoría y diferentes densidades demográficas
se comprueba también en los rebordes de la Meseta septentrional, en el espacio de turmogos y
berones; así como en el de astures y cántabros meridionales. Entre los lusitanos, en las comarcas del
interfluvio Tajo-Duero se atisba igualmente un patrón de asentamiento jerarquizado en el que ciertos
núcleos ostentarían un papel hegemónico sobre otros hábitat del territorio.
El asentamiento castreño del Noroeste muestra una innegable personalidad. Amoldados a una
topografía fragmentada, los numerosos castros de galaicos y astures occidentales son hitos
estratégicos sobre el paisaje con coordenadas espaciotemporales no siempre fáciles de aprehender. Se
señaló páginas atrás que su formación y desarrollo es un proceso continuo que abarca todo el I milenio
a.C. y alcanza su cenit bajo dominio romano, en el periodo que va de Augusto a los Flavios, entre los
siglos i a.C. y ii d.C. (vid. vol.II, I.2.3.4). Señalemos ahora que los castros son prácticamente el único
hábitat reconocido en el Noroeste y, por ende, el principio básico en el ordenamiento de la población
desde antiguo. Como unidad de asentamiento el castro es el espacio socioeconómico y jurídico de
referencia para los individuos que en él habitan: dependiendo de su tamaño y rango, uno o varios
grupos gentilicios, pues el parentesco es criterio de ordenamiento interno en las poblaciones de la
Hispania céltica (vid. vol.II, I.2.7.3). A finales de la Edad del Hierro y durante época romana cada una
de las tribus o populi del Noroeste se divide en un número impreciso de castros, entendidos como
comunidades político-territoriales independientes a las que están sujetos sus habitantes. Los romanos
denominaron castella a estos castros institucionalizados; un término –castellum- que, tal como
propusiera hace 30 años M.L. Albertos y confirmaran después los estudios de G. Pereira y J. Santos,
aparece reflejado con una C invertida en la relación onomástica de inscripciones de tradición indígena
de la antigua Gallaecia. Si bien correspondiente a un momento más tardío, este dato permite entender
cómo el castro constituye la principal referencia territorial para las unidades de población del
Noroeste. En definitiva y como lectura extraída del asentamiento castreño, su atomización es el marco
que asienta la segmentación etnopolítica y la autarquía socioeconómica inherentes a este espacio.
De este repaso regional se extrae como principal conclusión la diversidad del poblamiento en la
Hispania céltica. Lejos de generalizarse un único modelo de asentamiento y de construcción del
espacio, imperan distintos patrones que, todo lo más y con particularidades regionales hacen del castro
su común denominador. Por eso, al igual que en el poblamiento, no cabe hablar de una sino de varias
culturas castreñas: la de los “castros del Noroeste”, la de los “castros sorianos”, la de los “castros
celtibéricos”, la de los “castros del Occidente de la Meseta”… como se lee en la bibliografía
arqueológica. Este comportamiento diferenciado es reflejo de la diversidad de paisajes, tradiciones
culturales y estructuras sociopolíticas que definen a los pueblos del interior y de la orla atlántica.
I.2.5.3 Las defensas castreñas
Que el carácter fortificado es el rasgo más reconocido del hábitat del área indoeuropea, no hay mucha
duda. Las murallas hacen al castro de igual forma que éste se concreta y simboliza en el
amurallamiento. La erección de sistemas artificiales de defensa remonta muy atrás en el tiempo y está
presente en los primeros castros del Bronce Final e Hierro Antiguo, mostrándose como uno de los
mejores indicadores de la complejidad social creciente. Con el correr de los siglos las defensas se
hacen más elaboradas y monumentales en consonancia con el aumento poblacional, la presión política
y la eclosión a la postre de oppida y ciudades. Lógicamente existen diferencias en la disposición y
volumen de los elementos defensivos (desde el simple muro de una aldea a la costosa edilicia militar
de una ciudad), así como en las técnicas y materiales de construcción que dependen de las
características físicas de cada región y de otras variables socioculturales. Haciendo una valoración de
conjunto, que es de lo que aquí se trata, diremos que los recintos defensivos hispanoceltas se
componen fundamentalmente de muralla, torres, fosos y otros recursos específicos entre los que
despuntan las piedras hincadas. Veamos sus principales características.
Los recintos murarios pueden ser perimetrales y rodear por completo el hábitat, o bien sectoriales y
cubrir sólo aquellas partes vulnerables que no cuentan con defensa natural. Algo bastante frecuente si
tenemos en cuenta el accidentado emplazamiento de no pocos poblados, sobre todo en los momentos
más tempranos, cuya ubicación en riscos y crestas de montaña es su mejor protección. Así ocurre, por
ejemplo, en los castros pelendones de la serranía soriana o en algunos poblados vetones encaramados
a los piedemontes del Sistema Central. En el Noroeste, el aumento de los sistemas artificiales de
defensa va parejo a un abandono de sitios inexpugnables que apenas requieren de muralla, por
emplazamientos menos destacados y próximos a tierras de cultivo que incorporan complejas
fortificaciones. Las murallas se adaptan a la topografía del terreno con trazados ondulantes o
acodados; suelen levantarse directamente sobre el suelo sin cimentación previa, aunque se conocen
casos de muros aterrazados ocupando laderas (así, El Palomar en Aragoncillo, Guadalajara). Se
construyen con piedra local en seco a partir de dos paramentos de mampostería irregular, interior y
exterior, rellenos de tierra, cascotes y piedras trabadas. A partir del siglo iii a.C. los muros de muchos
poblados presentan una técnica más depurada con hiladas regulares de sillares bien careados que
confieren firmeza y noble apariencia. En ocasiones se recurre a potentes muros de aparejo ciclópeo
como los que muestran oppida vetones de la categoría de Mesa de Miranda o Ulaca, este último con
un espacio intramuros superior a las 60 hectáreas. En terrenos predominantemente sedimentarios
como el vacceo, el carpetano o la Celtiberia citerior, en lugar o además de la piedra se emplean
sillares de adobes. Incluso muchos paramentos de piedra se coronan con hiladas de adobe para ganar
altura. El perfil de las murallas puede ser tanto vertical como ensanchado en la base, siendo muy
característico el ataludamiento, por ejemplo, en los castros zamoranos y cacereños. Los grosores de
los muros varían entre dos y ocho metros, y las alturas conservadas oscilan entre uno y seis metros, lo
que permite pensar en elevaciones reales de hasta ocho y diez metros en algunos casos. En su parte
superior las murallas debieron rematarse con empalizadas de madera, barro y adobes. El uso de
madera en las defensa se infiere de las fuentes en noticias sobre incendios en el asedio a ciudades
como la vaccea Pallantia.
En Celtiberia, la Meseta septentrional y el ámbito astur-cántabro los perímetros murarios se
corresponden por lo general con un único alineamiento o cinturón defensivo. Esto contrasta con el
espacio de vetones, lusitanos y galaicos donde son frecuentes dos y hasta tres recintos en sucesivas
ampliaciones. Es lo que comprueban los castros abulenses de Las Cogotas y La Mesa de Miranda, que
en su primer recinto, que cubre la parte alta del emplazamiento, disponen de una acrópolis, mientras
que algunos espacios amurallados interiores se destinarían parcialmente a la estabulación del ganado,
como propusiera hace años J. Cabré (vid. vol.II, I.2.6.1). Asimismo ciertos castros del Noroeste
muestran varios anillos de muralla con una disposición habitualmente circular y concéntrica, como los
que rodean la citania de Monte Mozinho (Peñafiel, Oporto). Son frecuentes también las líneas de
refuerzo exterior o cercos delanteros junto a los accesos principales, documentándose desde Celtiberia
(Numancia) hasta la Beturia céltica (El Castrejón de Capote).
La mayoría de hábitats refuerzan sus lienzos con bastiones o dobles muros, sobre todo en las
inmediaciones de las puertas. Éstas son de distinto tamaño y tipo, predominando tres variantes: la
entrada en codo (con el quiebro interior o exterior de un solo lienzo de la muralla, con distinta
angulación), la entrada en embudo (formada por la abertura de dos lienzos hacia el interior, a modo de
callejón o embudo reforzado en sus extremos con una torre o ensanchamiento), y la entrada en esviaje
(más compleja técnicamente, definida por la reduplicación al interior de un lienzo oblicuo sobre el
vano de la puerta, lo que crea un espacio de paso o corredor controlado desde el interior). A intervalos
del perímetro murado, seccionando sus distintos tramos, se adosan torres de control y defensa tanto de
planta circular como rectangular o cuadrada. Éstas últimas son características de momentos avanzados
y presentan facturas más elaboradas, como se ve por ejemplo en Numancia. Asimismo se reconocen
caminos de ronda para el desplazamiento y la vigilancia en la parte superior de las murallas. La mayor
eficacia y monumentalidad de murallas, puertas de acceso y torres coincide con la presión cartaginesa
y sobre todo con el avance romano por el interior. Algo
[Fig. 40]
Muralla y entrada meridional del oppidum vetón de El Raso (Candeleda, Ávila)
lógico teniendo en cuenta la atmósfera de inestabilidad que envuelve a las poblaciones de la Meseta y
Lusitania en el siglo ii a.C., y a las del Norte en la centuria siguiente.
Complementando la defensa de los hábitats, a los recintos murarios preceden terraplenes y uno o
varios fosos de anchura variable excavados en el suelo, a veces sobre la misma roca natural; el caso
más espectacular es sin duda el de Contrebia Leukade. Meandros o confluencias de arroyos sobre los
que se establecen estratégicamente los castros hacen también las veces de barrera natural. Bastará con
citar de nuevo el caso de Numancia, en un cerro –el de la Muela de Garray (Soria)– flanqueado por el
río Duero y sus fluentes Merdancho y Tera.
En cualquier caso, la aplicación defensiva más expresiva son las rampas o campos de piedras
hincadas, los chevaux de frise según la terminología francesa todavía en uso. Consisten en cubrir las
inmediaciones de las puertas y otros flancos vulnerables del castro con un enjambre de piedras
enclavadas en el suelo, con aristas cortantes y afiladas puntas a la vista, a fin de entorpecer cualquier
intento de ataque enemigo, sea una carga a pie o con menos probabilidades a caballo. ¡Un campo
literalmente sembrado de desafiantes cepellones de piedra! Documentado igualmente en la Galia
[Fig. 41] Defensa de piedras hincadas frente a las murallas del castro de Las Cogotas (Cardeñosa,
Ávila)
y en otros ámbitos celtas europeos, este sistema defensivo está presente en buena parte de la Hispania
indoeuropea: desde el Noreste, pues se atestigua en el poblado ilergeta de Els Vilars (Arbeca, Lérida),
y los castros sorianos en el Hierro Antiguo, hasta las regiones occidentales de la Meseta y el Noroeste
en fases más avanzadas, registrándose incluso en poblados celtibéricos tardíos como Castilviejo de
Guijosa, (Guadalajara). Son especialmente representativos de los castros orensanos, transmontanos,
zamoranos, salmantinos y abulenses. Además de constituir un imponente artilugio defensivo, la alta
concentración de piedras hincadas en algunas comarcas occidentales advertiría un carácter simbólico
y de prestigio, según sugiere A. Esparza, e incluso una autoexpresión de identidad en estas
comunidades castreñas.
Pasando a las implicaciones sociológicas de las defensas, recuérdese que el fenómeno global de
“encastillamiento” de los hábitats de la Edad del Hierro no ha de valorarse exclusivamente como
estrategia defensiva o como foco de control territorial. Lo son indudable y poderosamente, en un
tiempo por lo demás sujeto a rivalidades, conflictos e intercambios; pero las murallas aúnan otras
funciones ya apuntadas al hablar de las fortificaciones ibéricas (vid. vol.II, I.1.5.4). Las defensas
desempeñan un papel demarcatorio esencial al delimitar el espacio habitable y hacerlo distinguible
sobre el paisaje, de forma que un poblado o una ciudad puedan vislumbrarse, reconocerse, temerse…
en la distancia. El castro es el referente espacial de la comunidad en su territorio, ya lo dijimos, por lo
que la fortificación puede entenderse como la materialización de la fuerza o identidad colectiva de la
población. Su legitimación hecha piedra. Particularmente el poder de las élites que gobiernan la
comunidad se ve reflejado –y sin duda reforzado– en la monumentalidad y simbolismo de sus
defensas. Citaremos dos gráficos ejemplos de lo mismo. Por un lado, la disposición de los
denominados guerreros galaico-lusitanos de piedra en la entrada de los castros bracarenses, cual
imágenes de poder asociadas a las murallas con una función que aglutina lo heroico con lo apotropaico
y lo heráldico. Algo parecido desempeñan las estatuas de verracos emplazadas en las defensas y
entradas de los poblados vetones, una suerte de iconos protectores. Por otro lado y participando del
mismo lenguaje de prestigio, los grabados con la representación de caballos y jinetes –el équido es un
referente de nobleza– que se descubren en sillares murarios y puntos de acceso del castro vetón de
Yecla la Vieja (Salamanca).
I.2.5.4 Urbanismo y arquitectura doméstica
Desde el Hierro Antiguo se observa en distintas áreas de la Hispania céltica y especialmente en la
Meseta, un modelo predominante de sencillos poblados cerrados que denominamos de calle central. El
esquema es, en efecto, el de un eje transversal en torno al cual se organizan y abren las viviendas que
apoyan sus paredes medianiles sobre la muralla circundante, como se reproduce en el poblado de El
Ceremeño (Herrerías, Guadalajara). Autores como M. Almagro Gorbea atribuyen a los Campos de
Urnas del valle del Ebro estas primeras pautas urbanas, reflejo de una incipiente organización
comunitaria. No hay que descartar sin embargo una génesis local o la irrupción de influjos
meridionales. Con el paso del celtibérico antiguo al pleno se generaliza en el interior peninsular el
esquema urbanístico de calle o plaza central, que gana en complejidad con el aumento de los hábitats
y, acorde a él, una organización interna más elaborada. Las ciudades que reemplazan a los viejos
castros celtibéricos, muchos de ellos abandonados en el siglo iv a.C., muestran los rasgos esenciales
del urbanismo meseteño, con viviendas alineadas distribuidas en manzanas que se ajustan a un trazado
urbano previamente planificado. Este desarrollo tiene su referente más próximo en el mundo ibérico, y
a partir del siglo ii a.C. se hará patente la adopción de elementos urbanísticos itálicos. Las ciudades de
Numancia o Contrebia Leukade son buenos ejemplos de esta definición urbana. En el caso de la
capital arévaca, de unas ocho hectáreas de extensión, antes del asedio de Escipión del 133 a.C. la
ciudad se estructuraba en torno a dos largas calles paralelas dispuestas de norte a sur, cruzadas por
otras once, también paralelas entre sí, con dirección este-oeste. Se formaba así una retícula uniforme
de veinte manzanas rectangulares o triangulares
[Fig. 42] Vista aérea del
trazado urbanístico de la ciudad celtibérica de Numancia (Garray, Soria)
sin dejar espacios libres. Este mismo trazado de época celtibérica se mantiene en la ciudad
reconstruida en el siglo i a.C.
En las regiones occidentales y septentrionales el ordenamiento urbano es por lo general mucho menor.
La mayor parte de los castros distribuyen su caserío de forma irregular y dispersa, sin seguir un
modelo reticular de manzanas y calles. Hay, eso sí, un amoldamiento a la topografía del terreno,
rebajándose en ocasiones el suelo natural para crear rellanos o aprovechando los afloramientos
graníticos como apoyo de murallas y viviendas. En algunos poblados vetones, por ejemplo, las calles
interiores se marcan con piedras alineadas para abancalar el terreno. Sin embargo, en momentos
tardíos de la Edad del Hierro ciertos castros occidentales alcanzan también una avanzada
configuración urbana. Sirva como ejemplo el caso de Sanfins (Paços de Ferreira, Oporto). Sus más de
15 ha dibujan un esquema urbanístico que recuerda al de Numancia: una planta casi ortogonal cuyas
calles delimitan una serie de módulos o barrios de los que forman parte un conjunto de unidades
domésticas compuestas por distintas construcciones, perteneciendo cada una de estas unidades a un
grupo familiar según piensa A.C. Ferreira da Silva.
Son muy pocos los yacimientos excavados en extensión, por lo que el conocimiento de su distribución
interior es en general muy leve. Ésta es la asignatura pendiente de la arqueología urbana de la
Hispania céltica. En los poblados suficientemente extensos, y particularmente en los oppida, hay
distinción de ámbitos públicos y privados, singularizándose áreas de viviendas, talleres y zonas de
servicio, espacios comunitarios, rediles ganaderos, áreas de transición entre barrios o sectores, etc. Por
otra parte, se conocen cada vez más santuarios urbanos ocupando zonas neurálgicas en enclaves
importantes, como ocurre en Termes, Ulaca o El Castrejón de Capote (vid. vol.II, I.2.8.1); algo similar
a lo que representan las pedras formosas o saunas rituales en el interior de grandes castros del
Noroeste (vid. vol.II, I.2.8.3). Igualmente existen edificios que por su mayor envergadura y tipología
constructiva se corresponden con residencias de las élites o centros de representación política. La
conversión de los oppida en capitales territoriales requiere de espacios de reunión civil y religiosa,
que son elementos aglutinantes o escenarios de cohesión social. De igual forma su funcionamiento
como lugares centrales donde se producen, acumulan y redistribuyen excedentes explica la presencia
de alfares, almacenes y zonas para la celebración de ferias y mercados (vid. vol.II, I.2.6.3). Ello se
advierte en bastantes núcleos urbanos de la Meseta, y particularmente en el territorio vacceo. Otro
reflejo de este dinamismo son los barrios extramuros anejos a algunos poblados, comprobados
arqueológicamente, que cabe entender como extensiones del hábitat fruto de un crecimiento
demográfico. Sin embargo en algunos casos se trata más bien de áreas comerciales o artesanales,
como ocurre en la ciudad vaccea de Pintia (Las Quintanas en Padilla de Duero) con el pago de
Carralaceña, un “polígono industrial” con alfares y otras instalaciones localizado frente al núcleo
urbano, en la otra orilla del río Duero (vid. vol.II, I.2.6.2). Un eco de este tipo de emplazamientos lo
tenemos en la cita a los arrabales de Helmantica, donde Aníbal tuvo cautivos a sus habitantes en el
asedio a dicha ciudad en el 220 a.C., según nos hacen saber las fuentes. Finalmente, en el contexto de
la romanización, castros y ciudades mejoran su infraestructura urbana con la pavimentación de calles
y aceras, el empleo de mejores materiales y la construcción de nuevos espacios públicos.
Con relación a la arquitectura doméstica, las casas, cuando son de planta angular, se disponen de
forma alineada o adosadas entre sí compartiendo muros medianeros en su lado posterior que, en
ocasiones, como en los poblados de calle central, apoyan directamente sobre la muralla. Esto no
ocurre en los castros del Noroeste cuyas estructuras son exentas y están sin alinear. Tal rasgo
diferencia el urbanismo galaico del meseteño y septentrional, en cuyos poblados, como hemos visto,
las casas se unen formando manzanas. Respecto a las técnicas constructivas, las viviendas se levantan
directamente sobre el suelo con un zócalo de mampostería trabada en seco que raramente supera el
metro de altura; la excepción una vez más son las casas circulares del Noroeste, construidas por entero
en piedra. Sobre este zócalo o basamento se disponen, según las condiciones geológicas del lugar,
alzados de tapial, adobe o piedra en tramos separados por postes de madera. Con frecuencia las
paredes se
[Fig 43] Reconstrucción de viviendas excavadas en el oppidum vetón de El Raso (Candeleda, Ávila)
enlucen con barro y cal. Los techos se establecen con armadura de madera y cobertura vegetal
mezclada con barro y sujeta en algunos casos con lajas de piedra; mientras que los suelos son de tierra
apisonada y más rara vez de arcilla quemada, guijarros o enlosados pétreos irregulares. Respecto a las
plantas, está arraigada la creencia de que en las regiones atlánticas las casas son circulares y en las
zonas del interior rectangulares, invariablemente. Esta premisa sin embargo no es del todo cierta,
como tampoco la adscripción celto-galaica de las viviendas circulares, que en todo caso serían de
tradición atlántica y también se documentan en poblados andaluces durante el Bronce Final. Si bien en
la cultura castreña del Noroeste las plantas circulares y ovaladas son prototípicas y prácticamente
exclusivas hasta época romana, en muchas zonas de la Meseta y Lusitania conviven ambas tipologías
durante largo tiempo (siglos viii-v a.C.), hasta que en el Hierro II se generalizan las plantas
rectangulares. La coexistencia de plantas angulares y circulares obedece a distintas razones. Mientras
en unas zonas el criterio parece ser funcional (uso como vivienda de las primeras, como despensa o
estructura auxiliar de las segundas), en otras la explicación es de índole arquitectónica, ambiental o
cultural. En este sentido las casas circulares
[Fig 44] Unidad
doméstica del castro lusitano de Sanfins (Paços do Ferreira, Portugal), con viviendas de planta circular
castreñas se adaptan mejor a la topografía y clima de las regiones atlánticas; además, en el modelo
socioeconómico del Noroeste el grupo familiar encuentra especial acomodo en unidades domésticas
definidas por construcciones de planta circular que denominamos casas-patio. Es cierto que en época
romana se expande la planta rectangular en paralelo a nuevas técnicas de construcción y al aumento de
tamaño de las viviendas, si bien la planta circular no desaparece del todo.
En la Meseta las viviendas presentan distintas formas y tamaños, con predominio de plantas
rectangulares, cuadrangulares y trapezoidales de una única altura, aunque se conocen también de
varios niveles. Las superficies domésticas oscilan entre 50 y 300 metros cuadrados, dependiendo del
terreno disponible y del tamaño y rango del grupo familiar. Suelen compartimentarse en una serie de
estancias separadas por muretes: vestíbulo, habitación central con hogar o cocina, corral o patio,
despensas interiores –que en lugares como Numancia toman la forma de bodegas subterráneas– y
algún pequeño taller o cobertizo. Son áreas tanto para la reunión familiar y el descanso (así lo indican
los bancos adosados de piedra en torno al hogar) como, sobre todo, para el trabajo doméstico. En las
viviendas no sólo se lleva a cabo la elaboración y conservación de alimentos, sino también labores de
molienda, tejido e hilado, el almacenamiento de víveres y herramientas de trabajo, el estabulado del
ganado menor e incluso trabajos metalúrgicos y orfebres (vid. vol.II, I.2.6.2). No en vano la casa es el
espacio económico y familiar básico en la Hispania céltica.
I.2.6 Bases económicas
En lo que a estrategias productivas se refiere, en líneas generales el panorama económico de los
pueblos del interior no difiere mucho del de los territorios ibéricos del Sur y Levante (vid. vol.II,
I.1.6). Las principales diferencias son de carácter estructural, diríamos, y residen en el impacto de un
marco físico más determinante (en general más montañoso, frío y húmedo) y en el distanciamiento de
estas regiones, sobre todo las más periféricas, del litoral mediterráneo y de las corrientes comerciales
que tan profundamente afectan al mundo ibérico. No se trata como a veces se piensa de un retraso
global o de un primitivismo inherente a las poblaciones del interior frente a los más civilizados iberos
ribereños, sino de un desarrollo desigual al no participar tan de cerca ni tan de lleno de las dinámicas
de interacción mediterráneas. Sencillamente. De hecho y habida cuenta de sus riquezas naturales, la
Hispania central y atlántica constituyen una “periferia” céltica. Esto es, una zona de obtención de
recursos (metales, ganado, cosechas, esclavos) imprescindibles para el desarrollo de “centros”
mediterráneos como Tarteso, las ciudades griegas o Roma, dentro de los sistemas llamados de
Economía-mundo que ponen en interdependencia a las potencias del Mediterráneo con los territorios
de la Europa continental en el I milenio a.C. Además, muchas de estas regiones peninsulares por su
posición estratégica y potencialidad natural están integradas en otros círculos de intercambio
“internacional” tan importantes como el Atlántico. Este eje o sistema cultural atlántico, abierto desde
al menos el III milenio a.C. y activo aún en época romana, se define por la circulación de metales,
especialmente el estaño, así como por otras transmisiones tecnológicas, culturales e ideológicas entre
los diversos finisterres occidentales: Tarteso, Lusitania, Gallaecia, Asturia, Aquitania, Bretaña,
Britania, Irlanda… Y ello tiene su efecto en la definición cultural y económica de los pueblos de la
Iberia atlántica. Volveremos en otro punto a las dinámicas comerciales (vid. vol.II, I.2.6.3).
En la caracterización del horizonte económico de la Hispania céltica, el punto de partida es el
aprovechamiento intensivo del medio. Esto es, la explotación de tierras y recursos naturales para la
subsistencia y reproducción de una comunidad dentro de un patrón agropecuario y forestal. Esta
conducta autárquica o subsistencial es la predominante en buena parte de las comarcas de la Hispania
céltica desde la Edad del Bronce y hasta época romana. Un modelo perfectamente ajustado al
poblamiento de aldeas y pequeños castros de los siglos vii-iv a.C., asumible por tanto como patrón
económico castreño. Su retrato piloto, siguiendo a A. Esparza, sería el de un sistema de
autoabastecimiento diversificado en el que una agricultura cerealista –de centeno y mijo en zonas de
montaña, de cebada y trigo en áreas más llanas- alterada con legumbres y cultivos hortícolas en suelos
aptos, se combina en proporción variable con una ganadería de vacas, ovicápridos, caballos y cerdos
rentabilizada con desplazamientos trasterminantes de corto o medio alcance (vid. infra I.2.6.1). Junto
a ello, del entorno natural de los poblados sometido a feraz explotación, se obtienen otros recursos
complementarios pero imprescindibles como son la caza, la pesca, la madera y la recolección de
frutos silvestres, en especial de bellotas, uno de los productos que mejor estampa a los celtas hispanos
en el discurso etnográfico clásico (Strab., 3, 3, 7; Plin., N.H., 16, 15). Además, se benefician
localmente allí donde existen, pequeños afloramientos de minerales de cobre, estaño, plomo y plata,
así como de hierro, cuya transformación en objetos de adorno o en herramientas, en elementos
suntuarios o cotidianos, se lleva a cabo en los propios poblados, incluso en aquellos que carecen de
veneros en sus cercanías. Las actividades extractivas se completan con el trabajo de cantería, el
empleo de arcillas locales para la alfarería, la explotación de salinas y, en no pocas zonas del Norte y
Occidente, el lavado a la batea del oro fluvial (vid. infra I.2.6.2). Sobre este patrón tradicional el
avance tecnológico y el engranaje sociopolítico impondrán a lo largo de la Edad del Hierro, en unos
contextos más que en otros, el despunte de sistemas económicos especializados y por ende de
producciones excedentarias destinadas a intercambios regionales de distinto rango. No en vano la
variable comercial desempeña un significado papel en los escenarios de la Hispania céltica (vid. infra
I.2.6.3).
Pasemos revista, pues, al funcionamiento de algunos de estos quehaceres económicos barajando
evidencias y lecturas. Como en el resto de capítulos que van siendo desgranados, el panorama
presentado no pasa de ser un esbozo general, debiéndose considerar en él las muchas variantes
etnoculturales y geográficas que integran la Hispania céltica.
I.2.6.1 Rebaños y cosechas
A partir sobre todo de los trabajos de J. Caro Baroja a mediados del siglo xx, con la definición de una
serie de áreas ecológico-culturales en la Hispania antigua, y en ellas de distintos regímenes
económicos predominantes, se ha generalizado hablar en las regiones interiores de una economía
mixta de base agropecuaria, con preeminencia en general de la ganadería frente a agricultura. Ello no
deja de ser cierto –de hecho haremos aquí una presentación por ese orden–, pero ganadería y
agricultura han de entenderse indivisamente como actividades complementarias, como dos caras de la
misma moneda, sin menoscabo de la mayor incidencia de una u otra según regiones y tiempos. De
igual forma la vida campesina no puede desarrollarse sin el concurso de las artesanías ni sin lo que
ofrece el bosque y la montaña; y así mismo las artesanías se abastecen tanto de productos del campo
como de materias explotadas directamente del medio natural. En otras palabras, como recientemente
insisten C. Blasco o K. Torres, la economía prerromana funciona como un conjunto global
difícilmente parcelable.
No cabe duda de que el pastoreo es una actividad esencial en el régimen de vida de los pueblos
prerromanos. Particularmente en el área céltica, como indican los clásicos al aludir con insistencia a
la profusión de ganados y a la naturaleza pastoril y guerrera de aquellas sociedades. Detengámonos un
momento en las fuentes y en el porqué de ese cariz. Un sólo ejemplo será suficiente para
desenmascarar su mensaje. Antes de su marcha sobre Italia, Aníbal Barca arenga a sus tropas, entre
ellas muchos lusitanos y celtíberos reclutados como mercenarios, a los que el cartaginés alienta
prometiéndoles éxitos y riqueza que pongan término a “todo el tiempo que hasta ahora habéis pasado
siguiendo al ganado en los pelados montes de Lusitania y Celtiberia sin ver ninguna recompensa a
tantas fatigas y penalidades” (Liv., 21, 43, 8). Aunque la historicidad del discurso es cuestionable –en
la historiografía antigua la intencionalidad prevalece sobre la veracidad de los hechos (vid. vol.I,
I.1.2)–, lo que Tito Livio pone en boca de Aníbal tiene la utilidad de dar a conocer cómo se veía el
centro y occidente de Hispania en torno al cambio de era: una tierra montaraz, áspera y pobre, en la
que la mayor parte de la población se dedica al pastoreo y lleva una existencia sumida en la miseria.
Lo que, por otra parte, se aviene con otros rasgos característicos de gentes agrestes: la inclinación al
latrocinio y su excelente rendimiento como guerreros. Se trata, es fácil intuirlo, de una lectura
estereotipada de las formas de vida indígenas consistente en hipertrofiar algunos de sus rasgos
(montaña, pobreza, pastoreo, bandolerismo) para, en intencionado contraste, dimensionar los valores
de civilización romanos y justificar de facto el despliegue de las legiones. Ello explica el semblante
aguerrido y bárbaro de los hispanoceltas en el relato historiográfico clásico, y las constantes
referencias a la pobreza y marginalidad de su territorio, “sólo acto para correr detrás de las bestias”
deduciríamos del citado pasaje de Livio. Lo inhóspito de este marco ambiental justificaría las
acometidas guerreras de sus habitantes, su recurso al bandolerismo y al mercenariado según autores
como Estrabón, quien recuerda en este punto la figura de un ilustrado decimonónico juzgando, entre
benevolente y superior, el comportamiento irracional de los nativos del nuevo mundo:
“Fueron los montañeses los que originaron esta anarquía, como es natural; pues al habitar una tierra
mísera, y tener además poca, estaban ansiosos de lo ajeno. Los demás, al tener que defenderse,
quedaron por fuerza en la situación de no poder dedicarse a sus propias tareas, de modo que también
ellos guerreaban en vez de cultivar la tierra. Y sucedía que la tierra, descuidada, quedaba estéril de sus
bienes naturales y era habitada por bandidos”
(Estrabón 3, 3, 5)
Entonces, ¿debemos creer en la pobreza endémica de celtíberos, lusitanos y pueblos del Norte? ¿En la
marginalidad de sus medioambientes y economías? No exactamente. Son pobres y marginales desde la
óptica de quien observa, el analista grecorromano, pues para éste el espacio de civilización es la
llanura mediterránea –no la montaña–, y la economía urbana y agrícola –no la aldeana y pastoril–.
Estamos, en definitiva, ante un narrador que desconoce o subvalora un modelo socioeconómico que no
es el suyo sino el de la Céltica hispana. Un modelo en el que la ganadería extensiva se amolda
perfectamente a la realidad geocultural de aquellas tierras, lo que la convierte en recurso económico
básico y en fuente de riqueza. A la postre en una forma de dinero.
En muchos ámbitos de la Edad del Hierro el poder de las élites se basa en la propiedad de pastos y
ganados, además de en otros principios guerreros o ideológicos. Se explica de este modo la
denominación que las fuentes latinas dan a los jefes guerreros, la de pastores y latrones,
particularmente entre los lusitanos tal y como veremos (vid. vol.II, I.2.7.5). En el caso de los vetones,
por ejemplo, la riqueza ganadera se pone de manifiesto entre otros indicadores en uno particularmente
interesante: las esculturas de verracos. Las figuras de toros y suidos labrados en granito, tan
características de la Meseta occidental, podrían tener una función demarcatoria de pastizales y otros
recursos ganaderos como manantiales y salinas, según piensa J. Álvarez Sanchís a partir de su
distribución espacial en el valle Amblés abulense. En este sentido trasladarían iconográficamente –en
su papel de hitos sobre el paisaje– el poder de los grupos aristocráticos residentes en los castros, a la
sazón los propietarios de terrenos y rebaños significados con los zoomorfos de piedra, o los
beneficiarios de su explotación. Esta interpretación socioeconómica y territorial de los verracos,
verosímil en determinados marcos, no puede generalizarse empero a la totalidad de ejemplares
conocidos (¡más de 400!) que cumplirían o sumarían otras funciones según tiempos y contextos. Tres
fundamentales, que serían las siguientes: un significado propiciatorio como atributos de una divinidad
o emblemas de fertilidad ganadera (vid. vol.II, I.2.8.2), como ya fuera apuntado por J. Cabré; un
significado apotropaico o protector en los verracos anexos a las entradas de los castros o asociados a
las rampas de piedras hincadas, como ocurre en Yecla la Vieja, Las Merchanas o Las Cogotas; y un
significado funerario, especialmente en época romana, al funcionar algunas de estas esculturas
zoomorfas como señalizaciones o contenedores cinerarios (cupae), o bien al disponer de epitafios
latinos grabados al dorso.
[Fig. 45]
Toros de Guisando (El Tiemblo, Ávila): panorámica de conjunto y detalle
En la caracterización del paisaje ganadero resulta cada vez más indicativa la información
paleoambiental, creciente en los últimos años. Los análisis paleobotánicos, sedimentológicos y la
lectura de testigos de hielo glaciar indican que a finales del II milenio a.C. y durante buena parte de la
Edad del Hierro el clima de la Europa atlántica y mediterránea sufre enfriamientos cíclicos, con bajas
temperaturas invernales y ambientes en general frescos y boscosos a los que suceden otros más
templados. Estos intervalos fríos y lluviosos potencian la formación de marismas y humedales, un
ecosistema idóneo para el pastoreo, bien constatados en el valle del Duero y en las desembocaduras
del Tajo-Sado y del Guadalquivir, por ejemplo. Con relación a la modelación del paisaje, los análisis
palinológicos señalan la progresiva formación de dehesas de encinar en las penillanuras occidentales
desde finales del IV milenio a.C., particularmente en Extremadura, con un descenso importante de los
índices de polen arbóreo por la extensión de pastos y praderas. Se deduce de ello una tendencia hacia
la especialización ganadera basada en el aprovechamiento de los productos secundarios del animal,
paulatinamente desde el Calcolítico hasta época romana. En efecto, la cría de ganado para la
producción de lana y pieles, leche y derivados lácteos, grasas y mantecas, abono y otros usos como el
de bueyes y caballos como fuerza de tiro –lo que denominamos explotación de recursos secundarios–,
propician nuevas estrategias y necesidades agropecuarias en las Edades del Bronce y Hierro. En
primer lugar el apacentamiento de los rebaños hasta edad adulta que es cuando agotada su rentabilidad
se sacrifican, con la excepción de algunos animales destinados al consumo cárnico, señaladamente los
cerdos, criados en régimen de montería; en contra de lo que pudiera pensarse, la carne no es un
alimento básico en las poblaciones de la Edad del Hierro cuya dieta alimenticia es fundamentalmente
vegetal (vid. infra). En segundo lugar, la mejora en las técnicas de cría y la prolongación de su
manutención obliga al acopio de mayores cantidades de forraje para la alimentación de las reses –
sobre todo en invierno, cuando parte del ganado permanece estabulado–, lo que a su vez conlleva una
intensificación en la explotación de montes y pastizales tal y como señala el registro palinológico
protohistórico. Cuando ello es insuficiente se recurre a la movilidad estacional en busca de hierbas
alternativas, subiendo en verano el ganado a prados de montaña o agostaderos y desplazándolo en la
estación fría a dehesas sobre cotas bajas con un clima más benigno y templado que asegure buenos
pastos. Sabido es que este movimiento pendular se adecua al medioambiente de las penínsulas
mediterráneas y particularmente a la Ibérica, donde los contrastes físicos, climáticos y vegetales
posibilitarían el desarrollo de estrategias trashumantes desde tiempo antiguo (vid. infra).
La dedicación ganadera de los territorios del interior peninsular tiene su apogeo en momentos plenos y
finales de la Edad del Hierro. Además de las condiciones físicas y de las noticias de las fuentes ya
referidas, así lo indica el registro arqueológico. Examinemos algunas pistas. Por una parte, entre el
instrumental económico de la Edad del Hierro se recuperan tijeras de esquileo, cardadores, cencerros,
esquilas y piezas de hierro asociadas al correaje de los animales; amén de fusayolas y pesas de telar en
prácticamente todos los hábitat, lo que reflejan, estas últimas piezas, el carácter doméstico del trabajo
textil de la lana. Por otra parte, pasando de los objetos a las

[Fig. 46]
Verraco de Miranda do Douro (Trás-Os-Montes, Portugal)
estructuras, en muchos poblados fortificados existen espacios interiores cercados y sin edificar
interpretados como rediles para la estabulación del ganado. Bien protegidas y a veces sobre terrenos
irregulares, estas construcciones sugieren un uso ganadero y defensivo más que habitacional, lo que se
adivina bien en núcleos vetones como Las Cogotas, La Mesa de Miranda o El Raso. La aparición de
verracos en la entrada de alguno de estos recintos podría considerarse un refrendo de lo mismo, como
propusiera hace años J. Cabré. Igualmente en los castros del Noroeste se reconocen círculos de piedra
con función de encerraderos de ganado que proliferan hasta época augustea. Otras estructuras
relacionables con el quehacer pecuario son las atalayas o torres vigías: complementando su función
demarcatoria, podrían actuar como puntos de control de rebaños dispersos en prados abiertos,
asociados a majadas, parideras y campamentos de pastores. A una escala doméstica hay que señalar
los corrales para el ganado menor –adosados a las casas y delimitados con muretes de piedra– que se
reconocen en muchos castros. Sin embargo, el estudio de los espacios ganaderos tanto funcionales
como defensivos es otra de las tareas pendientes en la arqueología de la Edad del Hierro. Su análisis
debe ponerse en relación con pautas de explotación y regímenes de propiedad ganadera, aspectos
claves para entender el modelo socioeconómico castreño apenas esbozado por la investigación. Sin
duda alguna la información arqueológica más directa y objetivable es la faunística; un registro en
cualquier caso incompleto al verificar sólo restos de consumo y no el total de la cabaña disponible en
un lugar y momento determinados. En líneas generales, haciendo una valoración conjunta de los
índices arqueofaunísticos de yacimientos enmarcados en la Hispania céltica, la cabaña mejor
representada durante el I milenio a.C. es la ovicaprina (Ovis aries, Capra hircus), que en muchos
casos supera el 60 por ciento de las muestras, seguida por este orden de bóvidos (Bos taurus), suidos
(Sus domesticus), équidos (Equus caballus), perros (Canis familiaris), asnos (Equus asinus) y aves de
corral (Gallus gallus domesticus), estos últimos muy residualmente. Oveja y cabra son especies de
gran rentabilidad por su aprovechamiento variado (lana y piel, leche y derivados, carne y manteca),
fácil alimentación y buena adaptabilidad a los ecosistemas serranos, en especial la cabra. La profusión
de este último animal en el paisaje hispanocelta se infiere, tópicos aparte, de la referencia de Estrabón
(3, 3, 7) a la importancia de su carne en la alimentación de los pueblos montañeses. Volviendo a los
taxones arqueofaunísticos, se detectan comportamientos diferenciados según tiempos y contextos. Así,
por comentar algunos datos de la Segunda Edad del Hierro, entre lusitanos, vetones y celtíberos el
ovicaprino tiende a desplazar al ganado vacuno, la especie más representada en momentos anteriores;
mientras que en el Duero medio los niveles de vacuno de yacimientos vacceos, al igual que en algunos
castros del Noroeste, se incrementan en el Hierro II. Otro dato a valorar es la mayor presencia en
general de animales adultos a finales de la Edad del Hierro y en época romana, lo que traduciría una
especialización ganadera sobre el aprovechamiento diversificado del animal y la prolongación de su
ciclo productivo, según lo apuntado. Cobra importancia en este sentido la explotación de recursos
como la lana especialmente en Celtiberia y Lusitania, atestiguada por otra parte en noticias como la
alta producción de mantos de lana, los célebres sagos, hasta el punto de que algunas comunidades
meseteñas los utilizan como unidad de tributo a Roma durante la conquista (vid. vol.II, I.2.6.2).
Asimismo, en relación con la rentabilidad de coberturas vegetales, la información arqueozoológica
relaciona la cabaña ovicaprina con latitudes en general más bajas que las correspondientes a la
ganadería bovina, que rige de ecosistemas más húmedos y de mayor masa vegetal.
De estos datos y en concreto del incremento del sector ovicaprino a lo largo de la Edad del Hierro,
parece fácil concluir que las comunidades de la Meseta y Occidente desarrollan patrones de ganadería
extensiva y que debió de ser corriente, por tanto, el pastoreo de rebaños de vacas, caballos y ovejas
con vistas a la explotación de productos secundarios, particularmente la lana. No obstante hay que
reconocer que la actividad pastoril es un opaco histórico pues no deja apenas huellas materiales ni
goza de la atención de los escritores antiguos, debido a los prejuicios culturales ya aludidos y al poco
interés que suscita hablar de lo más cotidiano. Por ello hay que acudir a testimonios indirectos, por
limitados que sean, para considerar la posibilidad de movimientos ganaderos en la Hispania céltica,
algo tan probable como difícil de documentar. Un ejemplo de ello lo tenemos en los grandes canes
tipo mastín identificados en los registros faunísticos de algunos poblados celtibéricos, a los que cabe
imaginar como perros pastores de rebaños paciendo al aire libre. En cualquier caso, en tiempo
prerromano los movimientos ganaderos cubrirían distancias de rango medio entre pastos
complementarios incluidos dentro de una región natural, con recorridos tanto longitudinales (norte-
sur) como transversales (este-oeste), lo propio de un modelo trasterminante. No se trata, pues, de la
trashumancia de larga distancia que luego sigue la Mesta medieval. La trasterminancia de marco
regional es la que representa y se amolda, por ejemplo, al poblamiento nuclear de los vetones
establecido a ambos lados del Sistema Central, con el aprovechamiento sistemático que las gentes
ribereñas del sur del Duero y del Tajo medio realizan de los pastos de verano de las sierras de Gredos,
Gata y Peña de Francia.
Por otra parte, la circulación semoviente tiene gran importancia en las redes de relación e intercambio
de los pueblos del interior. En primer lugar porque junto a los rebaños viajan mercancías que se
distribuyen a su paso: sal, lana y otros productos agropecuarios, artesanías, así como personas e
información oral. Y en segundo lugar porque estos recorridos se sirven de caminos naturales y pasos
estratégicos (vados fluviales, puertos de montaña) que son los ejes que articulan la comunicación y la
territorialidad de los espacios prerromanos. Así, algunas de estas rutas pecuarias dan asiento a
posteriores calzadas y cañadas. Además, la necesidad de proteger las reses y otras riquezas en
movimiento conlleva la aparición desde antiguo de cuadrillas guerreras que se desplazan con los
ganados. Probablemente algunos de los latrones o bandoleros lusitanos que dirigen razias contra
pueblos aliados de Roma en el siglo ii a.C., según el relato de las fuentes, correspondan en realidad a
pastoresguerreros guiando extensos rebaños por los territorios del Occidente peninsular. Por último, al
atravesar la jurisdicción de distintos castros, estos desplazamientos están sujetos a derechos de paso y
a la concesión de explotación de pastos y forrajes, esto es, a una serie de acuerdos y tributaciones
entre distintos poderes políticos. Se hace necesario por tanto el desarrollo de una diplomacia
instrumental, de unas fórmulas de interacción, entre las que los pactos de hospitalidad fueron uno de
los principales vehículos para afianzar lazos de solidaridad intergrupal (vid. vol.II, I.2.7.6). Con ello
se desmiente la supuesta anarquía y el estado de guerra constante entre estos pueblos, que impediría
según un convencionalismo historiográfico aún arraigado el desarrollo de relaciones interregionales
acordadas entre las élites, entre ellas las prácticas trashumantes.
En cualquier caso, en muchas aldeas y castros con suficiencia de pastos lo predominante es una
ganadería estabulada o de pastoreo local, complementada por la caza, la pesca y la apicultura. Estas
actividades desempeñan un destacado papel en la economía de subsistencia de la Edad del Hierro,
sobre todo en las zonas más aisladas y montañosas; mientras que en las regiones del litoral hay que
señalar la importancia del marisqueo, especialmente en las costas gallega y cantábrica. El ciervo, el
conejo, el jabalí y el corzo son las especies cinegéticas representadas en los registros
arqueofaunísticos, en los que también se detectan más minoritariamente el oso, el lobo y diferentes
aves: perdiz, grulla, avutarda, garza y ánades. Amén de su valor como recurso alimenticio, las pieles,
cueros, tendones y cornamentas (estas últimas para la elaboración de útiles y enmangues) de los
animales cazados son materias imprescindibles en la vida cotidiana de las poblaciones antiguas.
Sabemos muy poco sobre la práctica de la caza, que debió realizarse con distintas técnicas: acecho,
por persecución o mediante trampas; en algunos casos constituyó un rito de paso en el adiestramiento
de los jóvenes guerreros, y en otros, un escenario para la exhibición de la destreza y fuerza de los más
poderosos. En contextos fluviales, lacustres y marítimos, la pesca, tanto con trampas de mimbre como
con redes y aparejos con anzuelos de metal o hueso, está comprobada por la identificación en
yacimientos de especies como trucha, salmón, anguila, barbo o cangrejo de río. Y entre los moluscos,
almejas, mejillones, lapas, erizos y caracoles marinos. Los restos de conchas, espinas y caparazones se
acumulan en los célebres depósitos de “concheros”, muchos de los cuales se fechan ahora en la Edad
del Hierro y se relacionan con castros gallegos inmediatos, corrigiéndose anteriores dataciones
prehistóricas. Finalmente, aunque sin constatación arqueológica directa, la apicultura o más
propiamente la recolección de miel silvestre fue otra práctica habitual como se desprende de las
referencias a la abundancia de miel en la Celtiberia (Diod., 5, 34, 2). La miel se utilizaba como
edulcorante natural y para la elaboración de hidromiel (vino fermentado en miel) y otras sustancias.
Pasemos a la agricultura. Los cultivos de secano son los habituales en los paisajes castreños,
fundamentalmente cereales y leguminosas por ser más resistentes al clima frío y a los ásperos suelos
del interior. En valles y llanuras aluviales se practica la horticultura e incluso la explotación de ciertos
frutales (peral, manzano, localmente la vid). Los sistemas de cultivo variaron según regiones y
contextos. Barbecho y rotación debieron ser prácticas extendidas a partir de la introducción del arado.
Y mientras en la mayoría de poblados lo normal fue un policultivo complementario de la ganadería,
los suelos más aptos se reservaron para cultivos intensivos de cereal regenerados con la siembra
periódica de leguminosas. Una intensificación que en los campos vacceos del Duero central alcanzaría
cotas de producción excedentaria (vid. infra). Según revela la dispersión de pólenes y semillas, las
parcelas de cultivo se emplazan en los terrenos inmediatos a los asentamientos. Avanzado el tiempo,
durante el celtibérico final, los sistemas agrícolas alcanzan cierta complejidad en el valle del Ebro y la
Meseta con la puesta en funcionamiento de sistemas de regadío comunitario con usos más o menos
regulados. Es lo que constata epigráficamente el bronce latino de Contrebia Belaisca (Botorrita II),
estudiado por G. Fatás. Fechada en el 87 a.C. esta tabula recoge la sentencia del entonces pretor de la
provincia Citerior, Valerio Flaco, en un litigio entre dos comunidades del valle del Ebro, Salduie
(actual Zaragoza) y Allabona (tal vez Alagón, en la provincia de Zaragoza), sobre unos terrenos que
los alabonenses habían comprado a unos terceros, los sosinestanos, para hacer una acequia (rivom
facere); en el pleito actúan como jueces cinco magistrados de Contrebia Belaisca (actual Botorrita),
ciudad vecina de las anteriores en cuya curia se archivó el documento público. También algunos
enclaves vacceos dispusieron de canales y represas para el riego de cultivos de vega.
Las muestras paleobotánicas de yacimientos protohistóricos confirman la presencia de trigo en
distintas variantes (común, escanda, esprilla), cebada (vestida y desnuda), centeno, mijo y avena;
habas y guisantes entre las legumbres; y verduras y productos de huerta como la borraja, el apio, la
almorta o la zanahoria. Igualmente el cultivo del lino en determinadas zonas de la Meseta sur y
Extremadura, planta que junto a la lana es la principal materia para la producción textil. Los hallazgos
de pepita de uva y residuos de hidromiel (vino edulcorado con miel, a veces perfumado con rosáceas)
atestiguan el cultivo esporádico de la vid en algunos puntos de Celtiberia, como Segeda, y Lusitania.
Pero frente al vino, propio de las élites y destacada mercancía comercial (Diod., 5, 34, 2; Strab., 3, 3,
7), la cerveza era la bebida principal entre las gentes hispanoceltas. Denominada caelia o cerea en las
fuentes clásicas, la elaboración de maltas a partir de la fermentación de cebada o trigo previamente
tostado y molido está atestiguada desde el Calcolítico en algunos recipientes campaniformes. Y en la
Edad del Hierro fue una bebida profundamente asociada alethos guerrero, como indica el hecho de que
celtíberos y lusitanos salieran a combatir fortalecidos por el alcohol.
Por otra parte, la generalización de la metalurgia del hierro en la Meseta y otras zonas del interior
facilita el empleo de nuevas y más eficaces herramientas forjadas en hierro (vid. vol.II, I.2.6.2), lo que
traduce un notable aumento de la rentabilidad agrícola en las postrimerías de la Edad del Hierro y
durante la dominación romana, a la que contribuye también el empleo de abono animal gracias al
pastoreo de ovejas y cabras. Resultado de todo ello será una mejora en las condiciones de trabajo y en
la amortización del esfuerzo, y a la larga un cambio en las relaciones laborales con la “liberación”
progresiva de campesinos que dedican parte de su tiempo a tareas artesanales, al comercio y a la
guerra. Volviendo a las herramientas, entre el variado utillaje de siembra (azadas, picos, legones) y
siega (hoces, guadañas, podaderas, horcas), el arado con reja de hierro tirado por yunta animal se
convierte en el instrumento más operativo. Conjuntos de aperos agrícolas se han hallado en poblados
celtibéricos (Numancia, La Caridad en Caminreal), vacceos (Las Quintanas), cántabros (Monte
Bernorio) y vetones (El Raso, Las Cogotas), y en particular elementos metálicos del arado (rejas,
herrajes y vilortas) en distintos puntos de la Meseta. En las regiones del norte el uso de la reja
metálica parece más tardío y no se documenta hasta bien entrada la época romana. Papel clave en el
campo como fuerza de tiro, arrastre y transporte es el desempeñado por bueyes, caballos y asnos.
Según apuntan las fuentes, estos últimos alcanzaron gran fama en Celtiberia.
En las viviendas se recuperan con asiduidad recipientes para el almacenamiento de granos y líquidos:
ollas sobre alacenas y tinajas situadas en puntos frescos del hogar, particularmente en zaguanes y
bodegas. Además de despensas domésticas, en algunos poblados se han identificado almacenes
colectivos dado su tamaño y características constructivas, así como por la presencia de vasares y
recipientes con grano calcinado y depósitos de semilla. En suelos húmedos de la Hispania atlántica,
algunas de estas estructuras de almacenaje son sobreelevadas y recuerdan los hórreos de las comarcas
gallegas. Otro indicador del trabajo agrícola son los molinos pétreos de rotación, a partir de dos ruedas
circulares: fija la inferior y giratoria la superior, que es movida por un eje de madera. Están presentes
en prácticamente todos los ámbitos domésticos del Hierro II, lo que indica la generalización de una
molienda más avanzada en sustitución de los viejos molinos manuales de moledera y mortero. Se
relaciona ello con una mayor disponibilidad general de grano, frutos y semillas en las unidades
familiares, y con el predominio de una dieta vegetal de la que gachas, tortas y panes –tanto de harina
de cereal como de bellota– fueron consumos habituales. En este sentido, los análisis de residuos
(fitolitos) practicados en ocho molinos de Numancia indican que cinco se dedicaron a la molienda de
bellotas y sólo tres a la de cereal. Y, ciertamente, bellotas calcinadas aparecen en abundancia en los
hábitats de la Iberia céltica. Con cierta exageración propia de una lectura más cultural que rigurosa,
Estrabón se hace eco del destacado papel del fruto de encinas y robles en la alimentación de estas
poblaciones, dado su valor nutritivo:
“los montañeses, durante dos tercios del año, se alimentan de bellotas, dejándolas secar, triturándolas
y luego moliéndolas y fabricando con ellas un pan que se conserva un tiempo”
(Estrabón, 3, 3, 7)
El dominio de la dieta vegetal se infiere también, desde el plano funerario, del estudio de las
cremaciones. En el caso de la necrópolis celtibérica de Numancia, los isótopos óseos de
enterramientos fechados en los siglos iii-ii a.C. denuncian una presencia mayoritaria de componentes
vegetales ricos en magnesio y bario, con un peso importante de los frutos secos y escaso índice de
proteínas cárnicas, lo que contrasta con las referencias de las fuentes a la ingesta de carne por parte de
los numantinos (App., Iber., 54; Diod., 5, 34, 2). A tenor de estos datos cabe concluir que el patrón
alimenticio celtibérico se compone de cereales, legumbres, bellotas, bayas y tubérculos; mientras que
la carne fue un componente más excepcional asociado a los individuos de mayor rango. Así, junto a
bellotas y otros frutos del bosque secos (castañas, piñones, avellanas, nueces) y blandos (guindas,
madroños), es importante la recolección de bayas (frambruesa, grosella, arándano, endrina), hongos y
raíces, la de herbáceas comestibles (helecho, ortiga, berro) o para fines terapeúticos (valeriana,
tomillo, adormidera, muérdago o la famosa herba vettonica), y la de plantas aromáticas para usos
domésticos y rituales. Especies todas ellas que, corroboradas en registros arqueobotánicos de la
Meseta, Extremadura, Galicia y la cornisa cantábrica, hacen de la silvicultura un recurso básico en la
Hispania céltica.
Entre las poblaciones del interior, los vacceos del valle medio del Duero tienen una merecida fama de
pueblo agrícola. Durante la guerra celtibérica suministran trigo a las ciudades arévacas, en especial a
Numancia (App., Iber., 80-81 y 87), lo que explica la frecuencia de campañas romanas contra su
territorio para arrasar las tierras de labor, anular el abastecimiento a los celtíberos y apropiarse de las
cosechas. Es lo que lleva a cabo entre otros el gobernador de la Citerior, Galba, en el 151 a.C. tomando
las ciudades de Cauca, Intercatia y Pallantia tras devastar sus campos (App., Iber., 51-55) (vid. vol.II,
II.2.3.5). Así mismo, el déficit agrícola de cántabros y otros pueblos con territorios de accidentada
topografía justificaría los saqueos al fértil campo vacceo en busca de su grano; en ello insiste la
historiografía clásica que hace de estas acciones de rapiña sobre territorios pacificados y
supuestamente aliados de Roma, el casus belli de la conquista de los belicosos cántabros a finales del
siglo i a.C. (Floro, 2, 33, 46-47) (vid. vol.II, II.5.4.1). Ya antes, hacia el 220 a.C. la expedición de
Aníbal a la Meseta norte, donde somete las ciudades vacceas de Helmantica y Arbucala, pudo
motivarse en la obtención de excedentes agropecuarios con vistas a asegurar el abastecimiento de su
ejército ante la inminente campaña de Italia, al margen de otros pretextos (vid. vol.I, II.4.5.3.1 y
vol.II, II.1.2), como sugirió hace unos años A. Domínguez Monedero.
El potencial cerealístico de los vacceos descansa sobre un suelo muy próspero para las gramíneas
como es el de las comarcas sedimentarias del Duero medio, cuya explotación agrícola está bien
documentada desde la cultura de Soto de Medinilla del Hierro Antiguo. Siglos después, la puesta en
práctica de un modelo económico avanzado permitiría a las ciudades vacceas disponer de importantes
cantidades de cereal merced al desarrollo de lo que las fuentes clásicas describen como sistema
colectivista, y un sector de la historiografía moderna bautizó a inicios del siglo xx, no sin
anacronismos, como “comunismo primitivo vacceo”. La única referencia a este particular régimen
agrario es un conocido pasaje de Diodoro de Sicilia que dice así:
“El más culto de los pueblos vecinos de los celtíberos es el de los vacceos. Cada año se reparten los
campos para cultivarlos y dan a cada uno una parte de los frutos obtenidos en común. A los labradores
que contravienen la regla se les aplica la pena de muerte”.
(Diodoro de Sicilia, 5, 34, 3)
Como apunta M. Salinas, que se ha ocupado a fondo del tema, el texto de Diodoro se sitúa en el
contexto de una serie de utopías estoicas acerca de la ciudad ideal: un rasgo del pensamiento político
helenístico del que se hace eco este autor (vid. vol.I, I.1.4: Una amalgama narrativa: Diodoro Sículo).
No sería por tanto una noticia histórica en sentido estricto; en todo caso una recreación historiográfica
de un particular modelo agropecuario de gran rentabilidad en el territorio vacceo, acaso específico de
momentos críticos como el bellum numantinum, en que se requería incrementar la producción para
abastecer a las ciudades celtibéricas aliadas. Lo que parece claro es que a partir de la cita de Diodoro
no debe asumirse la propiedad comunitaria de todos los bienes, ni una sociedad vaccea igualitaria en
su conjunto, lo que desmiente el registro funerario al alumbrar tumbas con ajuares de muy distinta
categoría, como veremos (vid. vol.II, I.2.7.2).
Resulta harto difícil precisar regímenes de tenencia en la Hispania prerromana, pero es probable que,
dada la complejidad de estas sociedades, coexistieran propiedades particulares o familiares con otras
de titularidad pública a cargo de la comunidad política o ciudad-estado según los casos.
I.2.6.2 Los trabajos extractivos y las artesanías
Empecemos por la minería. Salvo en zonas con grandes veneros susceptibles de una explotación a
gran escala –en realidad pocas y localizadas–, la extracción mineral en época prerromana se limita al
beneficio local de pequeños afloramientos que, según la composición geológica del terreno, deparan
hierro, cobre, plata, plomo, zinc, oro, estaño y cinabrio; siendo habituales las formaciones mixtas de
galenas argentíferas (plata y plomo) y piritas (cobre y plata), y no tanto el mineral nativo. Apenas
contamos con indicadores arqueológicos de estos trabajos extractivos, con la excepción de algunas
herramientas mineras (mazas, percutores) o huellas de trabajo junto a las menas, de imprecisa
datación. El hierro se explotó especialmente en los rebordes del Sistema Ibérico (Moncayo, Sierra de
la Demanda, Sierra Carbonera, Sierra Menera, Sierra de Albarracín), muy ricos en minerales
metálicos con alto contenido férrico, y en puntos de la Cordillera Cantábrica, de los Pirineos, del
Sistema Central, de los Montes de Toledo y de las penillanuras salmantina y extremeña, junto al
cobre, la plata, el zinc y el estaño. Otras minas abiertas desde la Protohistoria se conocen en Logrosán
(Cáceres) –estaño–; Hoyo de los Calzadizos (Ávila) –cobre–; Peña Cabarga (Santander) y Sierra de
Ayllón (Segovia) –hierro–; La Nava de Ricomalillo (Toledo), El Cabaco (Salamanca), Camporredondo
y Compuerto (Palencia) –oro–; y Plasenzuela (Cáceres) o Valdeconejos (Zamora) –plata–. Por otra
parte, los ríos del Occidente y Norte peninsular, de gran potencial aurífero, arrastraban pepitas de oro
beneficiables mediante el bateo o lavado de aluviones fluviales. Esta sencilla técnica, de la que
participaban las mujeres (Strab., 3, 2, 9), está arraigada desde la Prehistoria en tierras de galaicos,
astures y lusitanos hasta el Tajo –el célebre aurifer flumen de los clásicos–, como muestran las
magníficas producciones de la orfebrería castreña. Y desde entonces se ha seguido practicando hasta
inicios del siglo xx en las cuencas de los ríos Sil, Miño y Narcea. Sin embargo no hay pruebas de que
la explotación de los depósitos auríferos en los ricos distritos galaico y astur fuese anterior a la
presencia romana (vid. vol.II, II.8.2.2).
La extracción de piedras para la construcción de murallas y viviendas, y en menor escala para la labra
de ruedas de molinos, esculturas y estelas funeraria, es otra actividad esencial. En las cercanías de los
poblados se explotaron canteras de piedra local, a veces localizadas en el interior de grandes oppida
como en Ulaca, donde son visibles los bloques de piedra a medio extraer. Habida cuenta de la
envergadura de las fortificaciones castreñas (vid. vol.II, I.2.5.3), el trabajo de los canteros y la mano
de obra invertida en las construcciones fueron sin duda importantes. E igualmente lo fue el de los
artesanos que al servicio de las aristocracias locales tallaron las esculturas de verracos y los guerreros
de piedra tan características de vetones y galaicos bracarenses respectivamente, o las fachadas
escultóricas de las saunas rupestres del Noroeste, las llamadas pedras formosas. En relación con estos
trabajos se han identificado herramientas como barrenas de cantero, cuñas, punteros, cinceles y
escoplos.
Otro destacado recurso extractivo es la sal. Este compuesto mineral resulta esencial como conservante
natural, en el procesado de alimentos, en aplicaciones tecnológicas (desde la metalurgia al curtido de
pieles o al tinte de tejidos) y en remedios medicinales. Pero, ante todo, es imprescindible en la
alimentación de personas y ganados: el organismo requiere una cantidad mínima de sodio, que en los
animales domésticos equivale al 2 por ciento del peso de su materia seca. En varios puntos del interior
y de las estribaciones cantábricas se conocen minas de sal gema (Cabezón de la Sal en Santander,
Aranjuez en Madrid) y salinas lacustres terciarias, especialmente en el valle del Ebro, en la Meseta
oriental (Sigüenza) y en la cuenca del Duero (Villafáfila y Oteros de Sariego en Zamora, Medina del
Campo en Valladolid), con señales de explotación en la Edad del Hierro. La localización de
asentamientos celtibéricos junto a manantiales salinos indica un control en la explotación de este
producto, como revelan los trabajos de J. Arenas en el sector meridional del Sistema Ibérico. Mientras
que en el litoral atlántico es probable que salinas marinas como las de la desembocadura del Tajo-
Sado (en particular las de Alcácer do Sal, la antigua Salacia) fueran beneficiadas desde antiguo por
indígenas y fenicios asentados en la costa. La explotación salinera se realizaría probablemente tanto
por evaporización como por cocción de la salmuera en recipientes cerámicos de los que se han
recuperado algunas muestras. La sal es en uno de los más importantes bienes de intercambio dada su
demanda en zonas deficitarias, especialmente para el quehacer ganadero, siendo un producto que
circula en las redes interiores junto a los rebaños y otras riquezas móviles. Eso la convierte en
apreciado botín y objeto de expediciones de asalto de indígenas, cartagineses y romanos, para los que
la sal es indispensable para la conservación de víveres y el sustento de la tropa.
Finalmente hay que mencionar también, dentro de las extracciones forestales, el aprovechamiento de
la madera de bosques y montes. Por un lado es el principal combustible para la alimentación de
hogares, piras funerarias, hornos domésticos y artesanales, y en el carboneo vegetal, trabajo
tradicional consisten en la quema de grandes cantidades de madera bajo túmulos de tierra. Además, la
madera es materia básica en la construcción de viviendas y en la fabricación de muebles, aperos y
armas. Así, encinas, pinos, quejigos y alcornoques en las tierras de la Meseta y Lusitania, robles,
hayas, castaños y abedules en las de Gallaecia y el Cantábrico, amén de una plétora de árboles de
ribera, son las especies más representadas en las muestras antracológicas de la Protohistoria. En no
pocos poblados se han encontrado hachas, sierras y podones para la entresaca y limpieza de los
bosques, y herramientas más específicas como azuelas, gubias o formones para el trabajo de la
madera.
Pasando a las tareas artesanales, la metalurgia –esto es, el proceso de reducción de minerales a
metales– es una actividad eminentemente local que se alimenta de pequeños talleres en un buen
número de poblados, o bien de artesanos itinerantes desplazados en radios comarcales para abastecer
las comunidades del entorno. Fundidores, herreros, plateros y orífices. Mejorando los procesos
tecnológicos de la Edad del Bronce, el trabajo del bronce, la plata y el oro alcanza un importante
desarrollo en la Hispania céltica; especialmente la plata entre celtíberos y vacceos y el oro entre
galaicos, astures y vetones. Restos de crisoles, vasijas-horno, moldes y fundiciones domésticas, así
como ciertas herramientas (buriles, punzones, buterolas) recuperadas en el interior de los hábitat, dan
cuenta del desarrollo de tales actividades. El bronce fundido se emplea en la fabricación de objetos
(calderos, urnas) y un sinfín de adornos personales: fíbulas, colgantes, placas y pectorales, hebillas de
cinturón, báculos, agujas, pinzas, cadenetas…; así como en apliques y determinadas piezas del
armamento e instrumental laboral. Las fíbulas (una suerte de imperdiblesbroche para la sujeción de
prendas de vestir, con distintas formas y decoraciones) son las producciones broncíneas más
abundantes del atuendo personal; desde las más sencillas a las más elaborados y ostentosas, existe una
amplia variedad de fíbulas
[Fig. 47] Fíbulas de bronce de la necrópolis de Villanueva de Teba (Burgos)
(anulares hispánicas, zoomorfas, de torrecilla, de doble resorte, de pie vuelto, estilo La Tène…) cuya
seriación tipológica es, gracias a una dilatada tradición investigadora, un valioso elemento de datación
en las culturas de la Edad del Hierro. Pero, ante todo, fíbulas, broches de cinturón, placas y colgantes
dan cuenta del gusto de las poblaciones hispanoceltas por el ornato y la distinción.
En plata se realizan joyas entre las que las más logradas son los brazaletes (de distinta tipología, como
los espiraliformes, muy característicos de la Meseta), además de torques lisos o sogueados,
pendientes, colgantes, fíbulas, anillos, alfileres, bucles con remates zoomorfos, y piezas de vajilla
suntuaria o ritual que se descubren en conjuntos tan significativos como los hallados en la capital
palentina (Cerro de la Miranda) y Padilla de Duero (Valladolid). Estas manufacturas se decoran con
repujados y troquelados que combinan distintos motivos geométricos (triángulos, círculos, ondas,
espigados) y en ocasiones figuraciones zoomorfas. Sabido es que durante la conquista los
gobernadores romanos sustraen, fundamentalmente de la Citerior pero también de Lusitania, elevadas
cantidades de plata tanto en numerario tributado como en confiscaciones de joyas o lingotes para ser
refundidas. Esta abundante producción de plata consagra la imagen de una argentifera Hispania en las
fuentes grecolatinas (vid. vol.II, II.8.2.1).
Por su parte, la orfebrería áurea es una de las manifestaciones más representativas de la cultura
castreña del Noroeste, aunque también se dan interesantes producciones orfebres en los ámbitos
lusitano, vetón y céltico. Las principales joyas de oro son

[Fig. 48] Torques de


oro de la cultura castreña del Noroeste (Museo Provincial, Lugo)
torques, diademas generalmente chapadas, arracadas y anillos, e igualmente se realizan cuencos y
otros elementos de prestigio como cascos. Los procesos orfebres combinan técnicas ancestrales como
el batido o el fundido, de fuerte tradición atlántica, con otras de raigambre mediterránea como la
soldadura, el granulado o la filigrana, que se aplican generalmente en la decoración. Las diademas de
Mones (Piloña, Asturias) o Elviña (La Coruña), las sofisticadas arracadas que integran tesoros como el
de Arrabalde (Zamora), en tierra astur, y sobre todo los torques galaicos de voluminosos terminales,
son señalados testimonios de una orfebrería castreña caracterizada por el preciosismo y la
singularidad artística. Formando habitualmente parte de depósitos votivos, los torques son atributos
identificativos de las élites del Noroeste, como nos descubre la estatuaria de guerreros galaicos,
algunos de los cuales portan estos collares macizos al cuello o colgados sobre el hombro. Todo un
símbolo de ostentación, poder y riqueza según revelan la calidad y el peso de algunos ejemplares ¡que
llegan a rondar los dos kilos! Atendiendo a la morfología y peculiaridades decorativas de las torques
se distinguen diversos talleres regionales en el espacio castreño del Noroeste, siguiendo los estudios
de F. López Cuevillas y más recientemente de B. Pérez Outeiriño.
Mayor novedad representa la metalurgia del hierro, introducida desde el valle del
Ebro a partir del siglo vi a.C. y luego extendida en momentos avanzados de la Edad del Hierro. La
siderurgia tiene especial arraigo en la Celtiberia habida cuenta del potencial ferruginoso de las sierras
y rebordes del Sistema Ibérico (vid. supra). Según indican los trabajos de campo de C. Polo en la
Sierra Menera (Teruel), la explotación del hierro muestra un incremento desde el siglo iii a.C.
advertido en el número creciente de poblados minero-metalúrgicos sobre el entorno; el hecho de que
su cota más elevada se sitúe entre el siglo i a.C. y el ii d.C. prueba cómo bajo control romano se
intensifica la producción metalúrgica de los territorios conquistados. La mayor resistencia, eficacia y
duración del hierro frente al bronce propicia su empleo en la fabricación de armas y todo tipo de
herramientas. A diferencia del estaño, el cobre o la plata que se funden en moldes, el hierro se trabaja
en estado maleable mediante la forja y el temple, que consiste en introducir el metal candente en agua
fría para fortalecerlo. El dominio de esta técnica y la carburación (el añadido de carbono y otros
componentes no metálicos para producir acero) fue singular entre los celtíberos, cuyos hierros,
especialmente algunas espadas, por su calidad y consistencia alcanzaron gran fama en la Antigüedad.
Además ciertas armas, sobre todo vainas y empuñaduras de espadas y puñales, presentan magníficas
decoraciones de damasquinados, embutidos de plata y calados que las convierten en obras de arte. Los
equipos de armas de celtíberos, vetones, autrigones y cántabros exhumados en sus necrópolis (vid.
vol.II, I.2.7.2) avalan el desarrollo de talleres metalúrgicos regionales.
La cerámica es otra de las producciones artesanales, y con mucho el material arqueológico más
nutrido. Es el resultado de una actividad eslabonada en una serie de etapas que van desde la obtención
selectiva, decantación y tratamientos aditivos de las arcillas, hasta el modelado, la decoración y la
cocción de los recipientes en el alfar. A lo largo de la Edad del Hierro las cerámicas realizadas a mano
dan paso progresivamente a producciones torneadas gracias a la adaptación de la rueda de alfar. Esta
tecnología derivada del mundo ibérico, donde había sido introducida por artesanos mediterráneos algo
antes (vid. vol.II, I.1.6.2), empieza a emplearse en la Meseta a finales del siglo v a.C., y se extiende
después por otras regiones de la Hispania céltica. El empleo del torno, y en paralelo el de hornos más
elaborados con tiro vertical y aireación, deparan producciones en serie de más calidad y en mayor
número, lo que convierte a la cerámica en un artículo comercial. Pero el torno no supone la
desaparición del modelado manual, que se mantiene en muchos lugares hasta época romana. Entre los
diversos desarrollos regionales las principales diferencias se establecen según cocciones (reductora,
oxidante, mixta), formas, técnicas y patrones decorativos de amplia variedad. En la Meseta, por
ejemplo, destacan las cerámicas incisas representando ondas, espigados, triángulos o trenzados –las
grabadas con púas de peine, por eso denominadas “peinadas”, son muy características de los vetones–;
o las estampilladas con improntas de círculos, rosetas, rombos y soles, siendo frecuentes las que
combinan ambas técnicas, incisión y estampillado, particularmente en los yacimientos vacceos. Es
probable que estas composiciones decorativas se inspiren en trabajos de cestería y en estampados de
telas y vestidos, y que obedezcan a criterios de identidad sexual, social o étnica difíciles de descifrar.
Otras técnicas empleadas son la impresión, la excisión (consistente en la extracción parcial de arcilla
dejando en rehundido el motivo decorativo), el puntillado, la incrustación de pasta blanca, las
acanaladuras, los calados, la aplicación de cordones o botones, etc. Abundan también las cerámicas
bruñidas y de pastas grises, lisas o con motivos decorativos, en especial estampillados, bien
reconocidas en el espacio de vacceos, galaicos y célticos del Suroeste. El repertorio morfológico es
asimismo extenso: formas abiertas (cuencos, platos, ollas, fuentes), cerradas (botellas, jarras, tinajas,
toneles), vasos sencillos, trípodes o geminados, copas, pebeteros, bandejas, cazos, cantimploras, así
como formas no vasculares (trompas, exvotos, cajitas, canicas o los llamados sonajeros). Una variedad
que responde a los diferentes usos y destinos de estas producciones: desde vajillas de cocina y mesa, y
de despensa y conserva, hasta las de transporte, pasando por las de carácter ritual o las urnas
cinerarias.
Pero sin duda la cerámica más representativa de la Segunda Edad del Hierro en la Meseta es la
denominada celtibérica, tenida no en vano como fósil guía de dicha cultura (vid. vol.II, I.2.3.1). Se
trata de producciones modeladas a torno y de pastas claras, fruto por tanto de una cocción oxidante,
con superficies bien pulidas a las que se aplica una esmerada decoración pintada; en tonos bícromos
rojizos y negros lo representado son composiciones geométricas dispuestas en frisos con variados
motivos (series de semicírculos inscritos, bandas, rombos, triángulos, ajedrezados), incluyéndose en
ocasiones elementos florales, zoomorfos y representaciones humanas de marcado geometrismo. En
particular, de gran riqueza iconográfica son las cerámicas de Numancia con un estilo propio definido
por la policromía (rojo, negro y blanco) y escenas simbólicas con la representación de “domadores de
caballo”, duelos heroicos, sacerdotes o divinidades con apariencia animal. Todo un universo
imaginario que nos traslada al ámbito de las creencias, los rituales y la cosmogonía de las gentes
numantinas (vid. vol.II, I.2.8.3). La cerámica celtibérica, próxima en factura, calidad y estilo a la
cerámica ibérica del valle del Ebro y Levante (vid. vol.II, I.1.6.2), tiene su floruit entre inicios del
siglo iv y finales del siglo ii a.C. (las polícromas numantinas son algo más tardías), y se extiende por
buena parte del interior peninsular: desde la Celtiberia nuclear y los valles del Duero y Tajo hasta las
estribaciones cantábricas, alcanzando incluso el reborde noroccidental. Aunque de indudable sabor
común, ciertas particularidades decorativas y morfológicas permiten diferenciar varios grupos
regionales: valle del Ebro, alto Duero –dentro de él, el numantino–, foco vacceo, foco berón, foco
carpetano, etc. Ello confirma el éxito de la cerámica celtibérica, que a finales de la
[Fig. 49] Cerámicas celtibéricas de Numancia (Museo Numantino, Soria)
Edad del Hierro había alcanzado una amplia difusión comercial, y en determinados puntos una
producción industrial y especializada, como defiende J.D. Sacristán.
En este sentido, recientes excavaciones en la Meseta han dado a conocer algunos complejos alfareros
de importancia, en los que trabajaría una mano de obra cualificada de pintores y ceramistas cuyo
rastro puede estudiarse en las improntas digitales dejadas sobre pellas de barro. Uno de estos talleres
es el localizado en el pago de Carralaceña, frente al oppidum vacceo de La Quintanas (entre Padilla y
Pesquera de Duero, Valladolid), la antigua Pintia. De los al menos tres hornos que lo componían sólo
uno se ha excavado: datado en los siglos ii-i a.C. y de grandes dimensiones, había sido construido en
tapial y contaba con una doble cámara de cocción de 5 metros de diámetro y un peso estimado de 6
toneladas. Se calcula que tendría capacidad para cocer dos millares de vasos en cada hornada, lo que
da cuenta del carácter industrializado de este centro. También se conocen hornos cerámicos en Coca
(Segovia), Torrelobatón y Tordehumos (Valladolid), Palenzuela y Villagarcía de Campos (Palencia),
Roa de Duero (Burgos) y Las Cogotas (Ávila), si bien la mayoría de ellos, más modestos, abastecieron
sólo una producción local.
La confección de prendas de vestir y tejidos es otra manufactura clásica en la Hispania céltica. La lana
es la materia prima más empleada, por encima del lino y otras fibras vegetales (cáñamo, esparto) que,
no obstante, también se trabajaron. El carácter eminentemente doméstico de la actividad textil se pone
de manifiesto en la existencia de telares en prácticamente todas las viviendas, de los que los únicos
indicadores arqueológicos son los repetidos hallazgos de fusayolas y pesas de telar. La misma realidad
que constatan los poblados ibéricos, como tuvimos ocasión de comentar (vid. vol.II, I.1.6.2). En cada
unidad familiar, tejido, hilado y tina debieron ser tareas en manos de mujeres, como sugiere la
presencia de elementos de telar en tumbas femeninas, connotando en cualquier caso un significado
más simbólico que laboral. Algunas prendas tienen una historia menos anónima. Es el caso de los
célebres sagos (Strab., 3, 3, 7; Diod., 5, 33; App., Iber., 42): los mantos de oscura y gruesa lana
propios de celtíberos y cántabros, y especialmente indicados para soportar el duro invierno de las
regiones interiores, cuya secuela revivían hasta anteayer los capuchones de los pastores sorianos. La
familiaridad y elevada producción de estas prendas explica que durante la conquista algunas
comunidades celtibéricas paguen tributos a Roma cuantificados en número de sagos, además de en
otras formas de dinero natural como pieles o caballos; sirvan como ejemplo los 10.000 mantos que los
de Intercatia entregan al gobernador de la Citerior, Lúculo, en el 151 a.C. (App., Iber., 54), o los 9.000
que el general Pompeyo exige a numantinos y termesios en el 139 a.C. (Diod., 33, 16). A falta de
marcadores de productividad estas cifras permiten significar la potencialidad de la ganadería ovina y
del trabajo lanar en los pueblos de la Meseta. Lo que también se entrevé en las alusiones de las fuentes
a la indumentaria de los hispanos, en la iconografía cerámica con figuras que portan prendas y atavíos
(túnicas, velos, mantillas, tiaras) de gran vistosidad, y en los hallazgos de fíbulas y prendedores
asociados a la vestimenta. Igualmente cotidianos debieron ser trabajos afines al textil como el curtido
de pieles en tenerías, el tratamiento de fibras, tallos y juncos para la cestería y cordaje, así como la
talla de madera y corteza o la de hueso y asta en la fábrica enseres y utillaje.
En conclusión, sin alcanzar el dinamismo del mundo ibérico, también en la Hispania céltica las
dedicaciones artesanales ocupan progresivamente a un mayor número de gentes. Carpinteros, herreros,
orfebres, plateros, broncistas, alfareros, tejedores, curtidores…, además de pastores y campesinos.
Ello refleja la diversidad económica, el auge tecnológico y la demanda social que, según regiones y
ambientes culturales, experimentan las poblaciones del interior a finales de la Edad del Hierro.
I.2.6.3 Los intercambios
En paralelo al incremento de la producción agropecuaria y al desarrollo de las artesanías, la
transacción de bienes y mercancías es una de las variables más interesantes para medir el ritmo
histórico de nuestros protagonistas. Se pueden distinguir al menos tres niveles de intercambio que, en
contra de lo pensado, no son excluyentes ni necesariamente se suceden en el tiempo de forma
consecutiva. Eso sí, testifican las distintas esferas de interacción que encontramos en los espacios de
la Céltica peninsular.
En primer lugar, el intercambio aristocrático definido por la circulación de bienes de prestigio entre
élites rectoras o entre jefes e intermediarios extranjeros. Este tipo de relaciones, de larga tradición,
son especialmente operativas en el Bronce Final y en los momentos iniciales de la Edad del Hierro,
cuando se consolidan las jefaturas políticas y el intercambio con los mercaderes fenicios de la costa
atlántica, o con delegados comerciales greco-ibéricos en el valle del Ebro y la meseta meridional,
contribuye a reforzar el poder de las élites. Pero también, con otras connotaciones, durante la
conquista, cuando gobernadores y generales romanos despliegan sus intereses en los nuevos territorios
atrayéndose a las jefaturas indígenas mediante compensaciones y regalos. Téngase en cuenta que las
tierras del interior son ricas en recursos naturales (metales, productos agropecuarios, salinas)
requeridos por las ciudades-estado mediterráneas, lo que convierte a sus propietarios, las élites
hispanoceltas, en interlocutores privilegiados. Estos intercambios tienen un impacto reducido en el
seno de las sociedades indígenas, pues son los jefes quienes, al menos inicialmente, monopolizan los
productos de lujo que los agentes foráneos ofrecen a cambio de riquezas locales, en pago a permisos
de paso o para sellar acuerdos con las élites. Cerámicas importadas (griegas, púnicas, ibéricas), vajilla
de bronce asociada al banquete aristocrático o alhajas son algunos de los indicadores materiales de
estas interacciones; piezas que en calidad de bienes de prestigio se descubren en los ajuares de
enterramientos excepcionales, como es el caso, en la Meseta, de algunas tumbas celtibéricas y vetonas
que por su nivel de riqueza llamamos “principescas”. Estos intercambios adquieren también la forma
de regalos diplomáticos y podrían cobijar relaciones de parentesco y alianzas entre clanes. Debió de
ser frecuente, por ello, el trueque de panoplias guerreras y caballos entre jefes, o la conclusión de
enlaces dinásticos que aseguraran apoyos y fidelidades. En este sentido y como botón de muestra
podemos reconocer un intercambio de armas de parada en una rica “tumba de guerrero” de la
necrópolis vetona de La Osera (Chamartín de la Sierra, Ávila), donde aparecen restos de una
excepcional disco-coraza con placas decoradas exactamente igual al descubierto en una tumba de la
necrópolis ibérica de El Cabecico del Tesoro (Verdolay, Murcia), de similar cronología… ¡a más de
450 kilómetros de distancia! Como dones políticos o botines guerreros cabría interpretar también
algunas falcatas y cinturones ibéricos en contextos de la Meseta, pues las relaciones diplomáticas, el
mercenariado y el pillaje exterior generan destacados beneficios materiales. Un ejemplo más tardío de
la circulación de bienes suntuarios lo tenemos en las vajillas de oro y plata de las que hace gala el
potentado lusitano Astolpas en los esponsales de su hija con Viriato, alardeando de la riqueza que le
generan sus buenos tratos con los romanos (Diod., 33, 7, 1).
Fruto de intercambios selectivos llegan también a la Meseta y más esporádicamente a las tierras del
Norte y Occidente, dada su lejanía y dificultades de comunicación terrestre, otras mercancías de
acceso restringido como el vino, telas y perfumes, difíciles de constatar arqueológicamente, así como
conocimientos y novedades tecnológicas de las que se sirven los grupos de poder para reforzar su
estatus dentro de la comunidad. Con relación al vino, Diodoro de Sicilia (5, 34, 2) señala que los
celtíberos consumen una bebida de miel mezclada con vino, y que éste lo compran a mercaderes que
lo traen de ultramar; mientras que, según Estrabón (3, 3, 7), los pueblos del norte beben el vino en
raras ocasiones, pero el que tienen lo consumen pronto en festines con los parientes. Este disfrute
desmedido de un bien escaso y caro en ocasiones especiales, indica que en la Hispania céltica el vino
fue un producto de lujo al alcance de unos pocos. Sólo con el tiempo y bajo iniciativa romana se
extiende su consumo gracias al cultivo local de la vid en puntos de la costa atlántica y de los valles del
Ebro, Guadiana y Tajo. Un proceso parecido al que sigue la producción de aceite o, entre las industrias
del mar, la fabricación de conservas y salazones de pescado en la costa lusitana.
El segundo tipo de intercambio es de carácter propiamente comercial, entendiendo por tal la
transacción regulada de mercancías dentro de un sistema de mercado, algo que no se da hasta
momentos avanzados de la Edad del Hierro en la fase tradicionalmente denominada “celtiberización”
(siglos iv-ii a.C.). Se caracteriza ésta por la expansión por el interior peninsular de las típicas
cerámicas pintadas celtibéricas, de ciertos modelos de fíbulas, broches de cinturón y armas, así como
por la difusión del torno de alfar y la metalurgia del hierro, y más tardíamente por la irradiación de la
escritura y la moneda. Tal circulación de novedades, gentes y mercancías obedece en buena parte a
una proyección comercial: la apertura de mercados urbanos de ámbito local o regional, especialmente
en el territorio de la Meseta y más esporádicamente en las comarcas del Norte y Occidente. En ello
confluyen tres principales factores: 1) el auge urbano (la ciudad se convierte en el principal espacio de
interacción); 2) la activación socioeconómica (el crecimiento demográfico y la especialización
productiva deparan la comercialización de excedentes de consumo desde poblados que funcionan
como centros de redistribución); y 3) el desarrollo de las comunicaciones y de los mecanismos de
intercambio (caminos pecuarios, transporte terrestre y fluvial, sistemas metrológicos, etc.). Esto se
comprueba fundamentalmente en los grandes castros y oppida de los valles del Ebro, Tajo y Duero; y
particularmente en el espacio de los vacceos, un pueblo de eminente carácter agrícola y comercial. En
este sentido, los arrabales y barrios artesanales extramuros de algunos enclaves, así como los llamados
“cenizales” celtibéricos (vertederos con restos cerámicos, metálicos y faunísticos entremezclados con
capas de cenizas), deben relacionarse con la instalación de ferias y mercados. De igual forma, en el
interior de poblados como La Hoya (Laguardia, Álava) se han identificado tiendas y almacenes, dada
la profusión de envases cerámicos y de elementos comerciales como juegos de ponderales.
Granos y frutos, ganado y sus derivados, cera y miel, resina y pez, sal, manufacturas cerámicas y
metálicas, enseres y herramientas, prendas y tejidos… son productos que abastecen estos mercados. E
igualmente las ferias regionales que se celebran periódicamente en puntos fronterizos y lugares de
paso. A éstas, de mayor volumen y alcance que los mercados locales, llegarían mercancías más
exquisitas y foráneas como asnos, gallinas, peces y moluscos marinos, todos ellos atestiguados en
registros arqueofaunísticos de yacimientos de la Meseta. Es probable la presencia en ferias y
mercados de comerciantes “profesionales” y artesanos itinerantes, además de campesinos locales
vendiendo directamente sus productos.
A falta de moneda, cuyo uso en la Hispania céltica es tardío y limitado ( vid. infra, I.2.6.4), los
intercambios se miden en formas de dinero natural: pieles, mantos de lana, cargas de cereal o cabezas
de ganado. Se emplean asimismo piezas metálicas que, ajustadas a formatos precisos, siguen patrones
metrológicos. Además de en el hallazgo de lingotes y ponderales, como el excepcional conjunto de
siete pesos descubierto en el poblado caristio-berón de La Hoya en un contexto del siglo iv a.C., la
asignación metrológica se comprueba incluso en el peso de torques y brazaletes de plata. En opinión
de M.P. García-Bellido y otros autores, estas joyas pudieron tener un valor premonetal al menos entre
celtíberos, vacceos, astures y galaicos, observándose en algunos torques y brazaletes marcas de valor
ponderal.
Finalmente, en las regiones periféricas de la Hispania septentrional alejadas de los principales
circuitos comerciales, los intercambios consistieron fundamentalmente en el trueque de productos
naturales por manufacturas, usándose en ocasiones laminas de metal recortadas para tasar las
transacciones (Strab., 3, 3, 7). Las mercancías llegaban a las aldeas más remotas a través de canjes
sucesivos o transportadas por buhoneros y pastores. Estos mecanismos rudimentarios basados en la
reciprocidad tienen poco que ver con las regulaciones comerciales de las ciudades de la Meseta y el
mundo ibérico que se integran así, más fácilmente, en la órbita romana.
[Fig. 50] Localización de las principales cecas monetales celtibéricas, según A. Domínguez Herranz
I.2.6.4 La moneda celtibérica
Avanzada la primera mitad del siglo ii a.C. algunas ciudades-estado celtibéricas favorecidas por Roma
empiezan a emitir moneda como señal de privilegio y, sobre todo, para contribuir al pago de tributos y
soldadas; en forma similar a lo que llevaban haciendo las comunidades ibéricas (vid. vol.II, I.1.6.4).
Una de las primeras en acuñar es Segeda (con el topónimo Sekaisa), a la que seguirán otras ciudades
de la Citerior a partir de la caída de Numancia (133 a.C.) y especialmente durante las Guerras
Sertorianas (82-72 a.C.), momento en que proliferan las cecas para el sufragio de gastos militares.
Entre los talleres con mayor volumen de emisión monetal están, además del citado de Sekaisa, los de
Arekoratas [Luzaga, Guadalajara], Turiasu [Tarazona, Zaragoza], Belikom [Azuara, Zaragoza],
Sekoborikes (cuya ceca indígena podría emplazarse en Pinilla de Trasmonte, Burgos) y Titiakos (de
localización insegura). Los celtíberos adaptan el patrón bimetálico romano, acuñando tanto denarios
de plata como divisores en bronce, fundamentalmente ases, diez de los cuales suman un denario.
Como ya dijimos, a diferencia de las acuñaciones de la Ulterior, los tipos representados en las
monedas celtibéricas son siempre los mismos:

[Fig. 51]
Moneda de plata de Sekaisa (Segeda: El Poyo de Mara, Belmonte de Gracián, Zaragoza), ca. 120 a.C.
en el anverso una cabeza masculina barbada o imberbe a veces con algún atributo (torques, diadema),
y en el reverso un jinete que según los lugares puede portar lanza, palma o estandarte, así como
marcas y variantes menores en cada una de las emisiones. Estas imágenes, que suelen interpretarse
como evocaciones de un héroe fundador o de una divinidad protectora, sirven también de propaganda
para las élites, proyectadas simbólicamente en ellas como enseñas y garantes de la comunidad
política. En concreto, el jinete monetal extracta brillantemente los valores de soberanía ciudadana
alcanzada por los enclaves celtibéricos. Al margen de la iconografía sin duda el rasgo más indígena de
las monedas son las leyendas escritas en celtibérico, una variante del signario ibérico levantino (vid.
vol.II, I.2.4.2). Estos letreros son de gran valor documental pues gracias a ellos conocemos cerca de 50
topónimos celtibéricos, en su mayoría nombres de ciudades o etnias, muchos de los cuales no están
constatados en ninguna otra fuente literaria o epigráfica, y permanecen aún sin localizar. La dispersión
de monedas con el nombre de la ceca y el estudio a fondo de sus tipos constituyen, en este sentido, las
principales vías para aproximarnos a su identificación geocultural. Fruto de una incipiente
romanización, desde finales del siglo i a.C. y en la centuria siguiente las leyendas indígenas van
siendo sustituidas por rótulos latinos, primero en emisiones bilingües y luego exclusivamente en latín
en las series cívicas de época imperial.
En el tiempo de emisión propiamente celtibérico (siglos ii-i a.C.), las cecas se concentran en el solar
de la antigua Celtiberia y más periféricamente en los márgenes de los territorios berón, vascón y
cántabro, y carpetano por el sur; un espacio extendido aproximadamente entre el valle del Ebro y el
río Pisuerga y entre las fuentes del Tajo y Navarra. Ninguno de los pueblos y ciudades de la Meseta
occidental, de Lusitania, del Noroeste o de la fachada cantábrica acuñan numerario propio, lo que
convierte a la amonedación en un elemento cultural típicamente celtibérico y urbano, con una difusión
paralela a la de la escritura. Sin embargo existen cecas celtibéricas fuera de los límites anteriormente
señalados. Un caso singular es Tamusia, localizada en Villasviejas de Tamuja (Botija, Cáceres), por
tanto en Lusitania, donde se estableció a principios del siglo i a.C. una comunidad de celtíberos que
durante algún tiempo emite una moneda muy similar a la de Segeda/Sekaisa, según el análisis de C.
Blázquez; en este mismo yacimiento cacereño se han encontrado varias téseras de hospitalidad
celtibéricas con referencia a Tamusia. Es probable que estos movimientos de gente obedezcan a la
puesta en explotación de distritos mineros de la Ulterior, en los que se emplearía mano de obra
desplazada de Celtiberia como piensan F. Burillo y M.P. García-Bellido con distintos argumentos; no
hay que descartar, sin embargo, que se trate del acuartelamiento de tropas romanas nutridas de
contingentes celtibéricos, que serían pagados con su propia moneda. Debe tenerse en cuenta que la
producción monetaria celtibérica no fue constante ni estacionaria, sino que estuvo ligada a coyunturas
determinantes que justificaron la apertura de talleres –muchas veces móviles– en tiempos de conflicto
o de demanda, mientras que en periodos estables no fue necesario acuñar regularmente.
La moneda es un elemento institucional que las ciudades celtibéricas emplean en pagos y ejercicios
fiscales relacionados con la administración romana. Pero junto a ese carácter “oficial”, con el tiempo,
ante la proliferación de cecas y la progresiva mercantilización de la economía, la moneda se
sociabiliza y amplía su radio de acción utilizándose cada vez más como instrumento de cambio en
transacciones cotidianas, especialmente los divisores de bronce. Unido a su valor intrínseco (a
diferencia de la actual, la moneda antigua vale el metal que pesa), esto explica la dispersión de
emisiones fuera de los límites de la ciudad-estado o entidad que acuña, usándose o al menos
atesorándose en territorios que jamás acuñaron. Por ello, porque la moneda amén de instrumento es
una unidad de riqueza fácilmente tesaurizable –en especial la de plata, más valiosa–, son
relativamente frecuentes los hallazgos de tesorillos de monedas y joyas, de los que son buenos
ejemplos los descubiertos en Driebes (Guadalajara), Salvacañete (Cuenca), Padilla de Duero
(Valladolid), Cerro de la Miranda (Palencia), Arrabalde (Zamora), Roa de Duero (Burgos) o El Raso
(Ávila). Forman parte de ellos denarios y ases de distintas cecas hispanas mezclados a veces con
numerario acuñado en Roma; y entre las alhajas, brazaletes, torques, arracadas y piezas fragmentadas
de plata. Tales ocultaciones –en la praxis, riqueza amortizada al quedar fuera de circulación– suelen
coincidir con momentos de inestabilidad y amenaza bélica. Y así, varios tesorillos descubiertos en
lugares de la Meseta (como los vacceos de Padilla de Duero, Palencia, Palenzuela y Salamanca)
corresponden al tiempo de las Guerras Sertorianas, un conflicto de notable impacto en las poblaciones
celtibéricas (vid. vol.II, II.3.3). De hecho, consta que Sertorio se apoyó en talleres locales para cubrir
sus gastos militares y administrativos. Para hacernos una idea de la dispersión de monedas atesoradas
bastará con recordar que el tesorillo de Palenzuela, con más de 2.500 piezas, contenía denarios de
quince cecas diferentes, siendo las de Sekoborikes, Turiasu, Baskunes y Bolskan las más
representadas.

I.2.7 Estructuras sociales, políticas y guerreras


I.2.7.1 Señores, campesinos y siervos
Las dinámicas culturales, el paisaje económico y la propia historia de los territorios de la Hispania
céltica matizan un proceso social durante la Edad del Hierro y bajo dominio romano que mezcla
elementos de continuidad y de cambio. De entrada dos son los rasgos más señalados. Por un lado, el
arraigo del parentesco en la organización interna de las unidades de poblamiento, compuestas por
familias, grupos gentilicios y clanes (vid. infra I.2.7.3); cuanto más al interior y aisladas las
poblaciones, más estrechos y locales resultan ser los lazos familiares. Y por otro, la jerarquización o
desigualdad creciente a lo largo del I milenio a.C. perceptible sobre todo en los grupos más dinámicos
y abiertos al contacto exterior, especialmente los celtíberos y otros pueblos de la Meseta, de manera
similar aunque más ralentizada a lo experimentado por las gentes del Sur y Levante ibéricos (vid.
vol.II, I.1.7).
Ahora bien, ¿cómo se estructura la sociedad? ¿Qué grupos existen y cómo se relacionan entre sí?
Desde una percepción generalista y asumiendo variantes tanto espaciales como temporales, puede
colegirse que el tejido social de las poblaciones hispanoceltas lo integran tres segmentos: aristocracia,
campesinado y servidumbre.
A la cabeza de cada unidad territorial se sitúa un grupo reducido de individuos, o varias familias
cuando se trata de una comunidad extensa, privilegiados por su estatus y posición de liderazgo.
Obviamente constituyen una minoría que raramente superaría el 10-15 por ciento del total de la
población, aquella que participa del poder y está liberada del trabajo del campo. Son los propietarios
de los mejores ganados y tierras de cultivo y por tanto quienes se benefician del control y
redistribución de los bienes económicos. Las formas de adquisición, manifestación y transmisión del
poder varían según tiempos y lugares, pero la fuerza de estas minorías se expresa en el desempeño de
las armas y su prestigio se acrecienta en el campo de batalla, por lo que resulta común hablar de
aristocracias o élites guerreras (vid. vol.II, I.2.7.5). Principes, equites y nobiles son los términos que
emplearán luego las fuentes de conquista para referirse a las élites de las ciudades celtibéricas. Les
son propios valores heroicos como la destreza militar, el carisma y las grandes gestas; la hospitalidad
y los regalos; así como el gusto por la guerra, los caballos, la caza o los banquetes donde se consumen
buenas viandas, se narran hazañas y se redistribuyen recompensas entre fieles y clientes.
Aprovechando la ocasión de estas reuniones los grandes anfitriones hacen alarde de sus riquezas, y así
el lusitano Astolpas, en los esponsales de su hija con Viriato, exhibe vajillas de oro y plata y agasaja a
sus invitados con exquisitos manjares (Diod., 33, 7, 1). Todo ello incide en la función social de los
banquetes. Igualmente son espacios de representación de jefes y señores los rituales, el culto a los
ancestros, las celebraciones políticas, los intercambios y la potestad jurídica. La construcción de un
pasado mítico y los procesos de heroización forman también parte del discurso propagandístico
maniobrado por las élites.
A las aristocracias hispanoceltas se asocian indicadores de rango como las panoplias con armas de
parada, objetos suntuarios como torques y joyas, atuendos e insignias –las fíbulas de caballito y los
báculos de distinción numantinos son buenos ejemplos-, imágenes heroicas como la estatuaria de
guerreros castreños, así como la posesión de corceles y otros bienes de prestigio. Algunos de estos
objetos se descubren en los enterramientos de mayor riqueza integrando el ajuar que acompaña e
identifica al difunto en el más allá o, como las estelas con la representación de jinetes, señalando el
lugar de algunas tumbas (vid. infra I.2.7.2). En ceremonias importantes como el sepelio de grandes
dignatarios, se celebraban banquetes en los que participan miembros de la comunidad y se consumen
alimentos y bebidas al alcance de sólo unos pocos; es lo que prueban tumbas aristocráticas del
cementerio vacceo de Las Ruedas (Padilla de Duero, Valladolid), por ejemplo, cuyos ajuares deparan
recipientes que contuvieron vino, hidromiel y comidas elaboradas según revela la analítica de
residuos. En este sentido la alimentación es un particular medidor de estatus, y así, mientras la carne
es por lo general un consumo de excelencia, la dieta habitual de la población es de base vegetal. El
estudio osteológico llevado a cabo por A. Jimeno y su equipo en la necrópolis de Numancia señala que
los enterramientos con ajuares destacados corresponden a individuos con una alimentación variada en
la que predominan los cereales, según los isótopos de las cremaciones, y las más sencillas a personas
que habían consumido sobre todo tubérculos, bayas y frutos secos. Sin duda es ésta, la de las
“bondades del estómago”, una novedosa vía para aproximarnos a los usos sociales y, en este
particular, a los consumos aristocráticos de nuestros antepasados.
Abandonemos la cúspide de la pirámide social. Por debajo, el grueso de la población se corresponde
con las familias campesinas que habitan castros, aldeas y granjas, y que suponen entre el 70 y el 80
por ciento de los habitantes de una comunidad territorial. A diferencia de las aristocracias se trata de
gentes no privilegiadas, aunque libres y asistidas de ciertos derechos, que viven de su trabajo y están
sujetas a las autoridades locales mediante tributos y prestaciones de carácter militar o laboral, como
entre otras la participación en expediciones guerreras, la defensa de la comunidad, la construcción de
murallas y edificios públicos, la vigilancia de tierras y ganados o el control de las fronteras. Muchos
de estos individuos están unidos a sus jefes por lazos
[Fig. 52] Báculo de distinción o signum equitum de la necrópolis de Numancia (Garray, Soria)
de clientela personal. Existen distintos grados jurídicos y perfiles socioeconómicos dentro de este
amplio segmento, desde campesinos propietarios hasta peones de campo y pastores de rebaños ajenos,
sin duda abundantes, pasando por artesanos, mineros, herreros, orfebres o mercaderes (que en ámbitos
rurales compaginan estas labores con el trabajo agropecuario), además de mercenarios y aventureros.
Se trata de un colectivo disperso integrado por familias y gentilidades de distinto rango, difíciles de
escalonar en subgrupos específicos. Aun tratándose del común de los mortales estas gentes carecen de
perfiles netos en los registros documentales, y a ellas en buena lógica cabe atribuir las sencillas
viviendas castreñas, los enseres y aperos de trabajo y cuando se documentan, las tumbas con ajuares
más modestos.
En ámbitos de montaña la escasez de recursos y las duras condiciones de vida hacen pensar en una
pobreza generalizada. Ello llevará a parte de la población a emigrar a lugares con mejores
posibilidades donde establecerse y fundar nuevas aldeas. También la carestía y marginalidad de
muchas regiones explicaría a juicio de las fuentes la formación de cuadrillas guerreras dedicadas al
bandidaje y a la captura de un fácil botín en forma de rebaños, cosechas o riquezas expoliadas. Tal
belicosidad se convierte en un factor de desestabilización social, como subraya Estrabón en un texto
que comentamos en otro lugar (vid. vol.II, I.2.6.1):
“Fueron los montañeses los que originaron esta anarquía, como es natural; pues al habitar una tierra
mísera, y tener además poca, estaban ansiosos de lo ajeno. Los demás, al tener que defenderse,
quedaron por fuerza en la situación de no poder dedicarse a sus propias tareas, de modo que también
ellos guerreaban en vez de cultivar la tierra. Y sucedía que la tierra, descuidada, quedaba estéril de sus
bienes naturales y era habitada por bandidos”
(Estrabón, 3, 3, 5)
Sin embargo, razias y asaltos no son siempre comportamientos endémicos derivados de la pobreza y
quiebra social de estas poblaciones, según se ha asumido a partir de dictámenes como el de Diodoro
de Sicilia sobre el, así denominado, bandolerismo lusitano:
“Una práctica singular se da entre los iberos, y sobre todo entre los lusitanos. Los más pobres de
fortuna de entre los que llegan a la flor de la edad y se distinguen por su fortaleza física y su audacia,
provistos de su valor y sus armas, se reúnen en las dificultosas regiones montañosas y, organizándose
en bandas considerables, efectúan correrías por Iberia y acumulan riqueza gracias al pillaje; y
practican sin cesar este bandidaje, llenos de altivez; y dado que usan un armamento ligero y son
extremadamente ágiles y rápidos, a los otros hombres les resulta muy difícil vencerlos. En suma,
consideran que las zonas dificultosas y ásperas de las montañas constituyen su patria y se refugian en
ellas, puesto que los ejércitos grandes y con armamento pesado tienen dificultades para atravesarlas”
(Diodoro, 5, 34, 6-7)
En realidad conductas como las que nos relata Diodoro –alejadas de la civilización grecorromana y
por tanto mal entendidas, cuando no reprobadas, por los eruditos clásicos– traslucen el arraigo de la
ética competitiva y los valores guerreros en aquellas comunidades, de forma que mediante el
cumplimiento de gestas como el robo de ganados, una suerte de rito iniciático ancestral, los jóvenes
varones adquirían reconocimiento dentro de su comunidad (vid. vol.II, I.2.7.7). En definitiva, más que
una consecuencia de la pobreza y una alternativa a la misma, que a veces lo sería, el “bandolerismo” y
otras expresiones guerreras nos ponen en relación con la organización interna y las dinámicas de poder
de las sociedades hispanoceltas, donde la guerra, como veremos, es un elemento regulador de primer
orden (vid. vol.II, I.2.7.7).
Por último, ocupando el escalafón inferior de los no privilegiados están las gentes sometidas a fuertes
relaciones de dependencia y aquellas otras privadas de libertad que podemos entender como siervos.
Lo serían tanto de individuos particulares como, verosímilmente, de instituciones colectivas o de la
propia comunidad, que decidiría su participación en trabajos serviles o como fuerza guerrera auxiliar.
Pero prácticamente nada sabemos de la servidumbre en época prerromana. Para un momento tardío en
relación con la conquista romana, las fuentes mencionan la existencia de “esclavos” en algunas
ciudades, como por ejemplo en Helmantica cuando Aníbal la asoló en la campaña contra los vacceos
de 220 a.C. (Plutarco, Virt. Mul., 248; Polieno, 7, 48). Debe advertirse que en esos casos los autores
grecorromanos aplican una categoría del modelo sociopolítico de la polis o civitas que ellos
representan, a una realidad indígena que desconocen y por ello resulta difícilmente ajustable –o
inexacta– a la noción de esclavitud clásica. Hasta donde sabemos la realidad más frecuente debió de
ser la de cautivos y prisioneros de guerra, con un número creciente a partir de la Segunda Guerra
Púnica y el avance romano.
I.2.7.2 La lectura funeraria
Como hemos tenido ocasión de ver al hablar de los pueblos ibéricos ( vid. vol.II, I.1.7.4), las
necrópolis son excelentes escenarios para aproximarnos al engranaje social de las gentes de la Edad
del Hierro. En el caso de los territorios del área céltica el principal problema viene dado en que sólo
conocemos cementerios en la Meseta y en algunos puntos de Extremadura y de las estribaciones
meridionales de la Cordillera Cantábrica, no existiendo apenas información en la franja atlántica,
Galicia y el Norte. Ya se ha dicho que, obedeciendo a distintas creencias y tradiciones, la mayor parte
de los lusitanos, galaicos, astures y otros pueblos septentrionales practicaron ritos funerarios que no
han dejado huella tangible, como fueron el abandono de cadáveres o el arrojamiento de cuerpos y
cenizas a las aguas; un hábito común a otros territorios atlánticos como la Turdetania.
En los pueblos de la zona central, al igual que los del Sur y Levante, el rito funerario generalizado es
la cremación. El proceso es bien conocido. Acompañados de armas, adornos y enseres personales los
cuerpos se queman en piras vegetales o ustrina y, una vez purificados y seleccionados, los restos de la
combustión se introducen en un contenedor, generalmente una urna cerámica que se inhuma en la
necrópolis. Éstas se emplazan en la proximidad de los poblados junto a caminos de acceso y arroyos
circundantes, en lugares abiertos y zonas de vega que permiten un fácil control desde el hábitat, en
posición más elevada con relación al cementerio. Las primeras necrópolis colectivas se documentan
en los siglos vii-vi a.C., en el Celtibérico antiguo, tanto en la Meseta oriental (provincia de
Guadalajara, incluso desde algo antes) como en la occidental (provincia de Ávila). Y en los siglos
siguientes se extienden en número y tamaño hasta alcanzar algunas la época romana, sin bien la
mayoría dejan de utilizarse antes del siglo i a.C.
En el estudio de las necrópolis destaca la labor pionera del marqués de Cerralbo, quien con la valiosa
ayuda de J. Cabré excava a principios del siglo xx una docena de cementerios celtibéricos del alto
Jalón, en el límite provincial entre Guadalajara y Soria. Desde entonces, gracias a los avances de la
investigación se ha progresado mucho en el conocimiento del registro funerario, disponiéndose en la
actualidad de un considerable número de necrópolis localizadas y parcialmente estudiadas, si bien
sólo unas pocas han sido excavadas en su totalidad. Entre los cementerios más importantes citaremos,
en territorio celtibérico, los de Aguilar de Anguita, Centenares en Luzaga, Sigüenza, La Yunta, Osma,
La Requisada, Molina de Aragón, Navafría en Clares, El Altillo del Cerropozo en Atienza, Riba de
Saelices y Alpanseque, en la provincia de Guadalajara, y Quintanas de Gormaz, Arcobriga, Ucero, La
Mercadera, La Revilla de Calatañazor, Almaluez, Numancia y Carratiermes (Montejo de Tiermes), en
la provincia de Soria. En tierras de vetones, las clásicas necrópolis abulenses de Las Cogotas
(Cardeñosa), La Osera (Chamartín de la Sierra), El Raso (Candelada) y –muy recientemente
descubiertas– las de Ulaca (Solosancho) y Cerro del Berrueco en la zona de Los Tejares (El Tejado,
Salamanca); y en la provincia de Cáceres las de Pajares (Villanueva de la Vera), La Coraja
(Aldeacentenera) y El Mercadillo y El Romazal en Villasviejas del Tamuja (Botija); por la tipología
de su ajuares, un sector de esta última necrópolis parece corresponder a un grupo de población
celtibérica establecida en el lugar. Son pocas las necrópolis localizadas en el espacio de lusitanos y
célticos: entre los primeros, la cacereña de Los Castillejos de la Orden de Alcántara o la de Nuestro
Senhor dos Mártires de Alcácer do Sal (Setúbal), algo anterior y de tradición orientalizante; y entre
los cementerios célticos, más abundantes, los de Herdade de Chaminé (Vila Fernando), Herdade das
Casas (Redondo), Fonte Santa (Ourique), Galeado (Vila Nova de Milfontes) o Monte do Pardieiros
(Atafona), en el bajo Alentejo. En el valle central del Duero, Las Ruedas (Padilla de Duero) en la
provincia de Valladolid, excavada en los últimos años, es el mejor referente para el estudio del mundo
funerario vacceo, debiendo citarse también las necrópolis de Palenzuela, en la provincia de Palencia, y
las de las Erijuelas de San Andrés (Cuéllar) en la provincia de Segovia. Entre los carpetanos los
cementerios de El Palomar de Pintado (Villafranca de los Caballeros) y Las Esperillas (Santa Cruz de
la Zarza), en la provincia de Toledo, culturalmente muy afectados de influencias ibéricas, y los de El
Espartal, La Gavia (Vallecas) y

[Fig. 53] Excavación de una sepultura de la necrópolis celtibérica de Carratiermes (Montejo de


Tiermes, Soria)
Perales de Tajuña en las inmediaciones de Madrid. Y finalmente en los difusos confines de tumorgos,
autrigones y cántabros las necrópolis de Monte Bernorio (Villarén) en la provincia de Palencia, y las
de Miraveche, Ubierna, Villanueva de Teba y El Pradillo (Pinilla-Trasmonte) en territorio burgalés;
sin olvidarnos de la de La Hoya (Laguardia, Álava) limítrofe al territorio de berones y caristios.
Pasando a su organización interna, en los cementerios de pequeño tamaño, con varias decenas de
enterramientos, las tumbas no siguen un ordenamiento preciso. Pero en las de mayores dimensiones –
algunas superan los 2.000 enterramientos– las sepulturas se alinean en calles (como ocurre en las
celtibéricas de Aguilar de Anguita y Sigüenza) o bien se agrupan en sectores diferenciados (muy
característico de cementerios vetones como Las Cogotas y La Osera, con cinco y seis sectores
respectivamente). Esto último responde a una distribución funeraria por clanes o grupos familiares
extensos, y es un indicador de la importancia del parentesco –real o ficticio– en la identidad de los
individuos, incluso en su disposición postmortem. El enterramiento consiste habitualmente en un
sencillo hoyo o rebaje en el suelo donde reposan la urna cineraria y el ajuar, cubierto con tierra y lajas
y a veces señalado con una estela de piedra o madera. En algunos casos el interior del hoyo se delimita
con lajas o muretes de piedra y más raramente de adobe enlucido en yeso, como ocurre en la
necrópolis carpetana de El Palomar de Pintado, que también documenta sepulturas señaladas por
lechos de ceniza. Ciertas tumbas presentan cubriciones más elaboradas, como son empedrados
irregulares o pequeños túmulos escalonados de planta cuadrada u ovalada, con uno o varios depósitos
en su interior. Estas estructuras, comunes en enterramientos de necrópolis celtibéricas, vetonas y
célticas de los siglos v y iv a.C., pertenecerían a individuos y linajes de mayor prestancia, y dentro de
su modestia representan las construcciones funerarias más elaboradas del área céltica. Con todo, poco
tienen que ver con los monumentos y esculturas ibéricas que adornan los cementerios edetanos,
oretanos y bastetanos (vid. vol.II, I.1.7.4); por lo general las necrópolis de la Meseta son más sobrias y
sencillas que las ibéricas. Características de los cementerios celtibéricos tardíos son las estelas
discoidales de piedra decoradas con efigies de jinetes que recuerdan muy de cerca a los representados
en los reversos monetales, como observan las halladas en Clunia, Lara de los Infantes y Langa de
Duero.
Junto a la tipología, el estudio de los ajuares, como ya se ha dicho, es una variable importante en el
análisis funerario. Las ofrendas están presentes en distinta proporción y con notable asimetría en las
necrópolis: en algunas el 80 por ciento de los enterramientos contienen ajuar, y en otras sólo un 15 por
ciento; una variación que depende del número total de sepulturas y de su distribución, pues en
ocasiones las tumbas de mayor riqueza se concentran en un sector determinado del cementerio. Los
objetos más frecuentes son cuencos y vasos cerámicos para alimentos; adornos personales como
fíbulas, colgantes, brazaletes y cuentas de collar; útiles domésticos como fusayolas, punzones o –en
algunas tumbas– instrumental agropecuario, y más rara vez objetos asociados al fuego como parrillas,
calderos y asadores. Algunas tumbas deparan restos faunísticos (oveja, cerdo, gallina) y otros
alimentos relacionados con la celebración de banquetes honoríficos o, en determinados casos, con el
sacrificio de animales domésticos para propiciar buen tránsito al difunto. Denotando mayor categoría
hay que mencionar la presencia de armas en enterramientos, en casi todas las necrópolis, con distintas
combinaciones (desde una punta de lanza hasta panoplias compuestas por espada, puñal, asta y
escudo) (vid. vol.II, I.2.7.8); así como de arreos de caballo, recipientes de bronce y excepcionalmente
de cerámicas importadas y piezas suntuarias. La graduación de los ajuares según el número y calidad
de los elementos amortizados se ha entendido como un indicador de la riqueza y estatus del fallecido;
pero ésta es sólo una premisa apriorística basada en un juicio moderno y en la suposición, no del todo
probada, de entender el espacio mortuorio como un espejo de la sociedad de los vivos. Conviene
recordar en este punto que en el comportamiento funerario hay un componente simbólico que
distorsiona su lectura (la tumba es una ofrenda ritualizada, no un padrón civil), y que en la elección de
los objetos que acompañan al difunto entran en consideración principios emocionales, familiares y
religiosos que no tienen por qué tener expresión material ni traducirse forzosamente en términos de
orden social. En cualquier caso, parece lógico asociar las sepulturas de mayor riqueza a los grupos
privilegiados de cada
[Fig. 54] Ajuar de la sepultura 270 (zona VI) de la necrópolis de La Osera (Chamartín de la Sierra,
Ávila)
comunidad. Y en tal sentido los ajuares que deparan equipos de armas, instrumental equino y bienes
de prestigio, y que suelen coincidir con los enterramientos tumulares, serían distintivos de las élites
guerreras. En algunas necrópolis los enterramientos aristocráticos se concentran en sectores
determinados, donde la contigüidad de los depósitos podría indicar relaciones de parentesco e incluso
la transmisión hereditaria de poder y estatus. Sería el caso, por ejemplo, de las estructuras tumulares
con enterramientos superpuestos de la necrópolis vetona de La Osera (Chamartín, Ávila): después de
sellarse, los túmulos se reabrían para acoger la sepultura de otros miembros del linaje como si de un
panteón familiar se tratara. En el extremo opuesto están los enterramientos más sencillos,
previsiblemente de los menos pudientes y desfavorecidos, que no disponen de ajuar y en los que las
cenizas se depositan directamente en el suelo, a veces siquiera sin urna cerámica.
También entre los pueblos de la Meseta la mayor parte de las necrópolis son espacios selectivos y en
ellas no se entierran la totalidad de habitantes del castro o territorio inmediato, sino sólo una parte,
aquellos con derechos suficientes para ser reconocidos y ocupar un lugar dentro de la comunidad. Un
caso de reflejo negativo sería el de los niños, dado que las necrópolis apenas documentan
enterramientos infantiles y menos aun de neonatos. Al morir sin alcanzar la edad adulta y el rango que
ella comporta, el enterramiento de los menores no parece ser un requisito; en todo caso se vincularían
al ámbito doméstico, como prueba el hallazgo de inhumaciones infantiles bajo el suelo de algunas
casas, quizá con un sentido propiciatorio de la continuidad familiar.
Sólo en los últimos años se han empezado a practicar, en algunas necrópolis celtibéricas análisis
antropológicos que arrojan como datos preliminares el predominio de varones frente a mujeres (en
distinta proporción según los casos), una esperanza de vida media en torno a los 35 años y el
padecimiento de enfermedades óseas como artrosis, osteoporosis simétrica y atrofia alveolar. Se pone
de manifiesto también el carácter selectivo de muchas de las cremaciones, pues la cantidad de cenizas
y huesos recuperados suele ser muy escasa, perteneciendo la mayoría de fragmentos al cráneo y a
extremidades. De ello se infiere una manipulaciónpost mortem de los restos hasta su deposición
parcial en la tumba: un elaborado proceso que podría incluir el desmembramiento del cuerpo antes de
la cremación, su exposición temporal o la preservación de algunas partes o huesos con fines
religiosos. En suma, una concepción escatológica y un ritual funerario más complejos de lo
habitualmente pensado. En tal sentido hay que señalar la presencia de tumbas sin restos humanos pero
con ajuar; una suerte de cenotafios o “espacios de honor” que en la necrópolis celtibérica de Numancia
suponen más de 1/3 del total de sepulturas, y en la necrópolis vetona de La Osera coinciden con ricos
ajuares guerreros y enterramientos de cubierta tumular.
Asimismo existen otras costumbres funerarias en la Hispania céltica reservadas para circunstancias
especiales o protagonistas significados. Es el caso de la exposición de los guerreros caídos en combate
para ser devorados por aves y carroñeros, un rito practicado al menos por celtíberos y vacceos según
constatan las fuentes, y reconocido iconográficamente en la decoración de cerámicas y estelas. Esta
tradición, de marcado trasfondo religioso, ha de ponerse en relación con una ética que entiende el
óbito de los guerreros como acto supremo de una ideología heroica. Según G. Sopeña, esto rige de un
ritual de heroización –esto es, de comunicación directa con los dioses– como es la descarnación
cadavérica por los buitres y su particular viaje consacratorio (vid. vol.II, I.2.8.3).
I.2.7.3 Lazos de familia y grupos gentilicios
Un tema sin duda trillado por la historiografía es el papel del parentesco en la organización de las
gentes de la Hispania antigua. Desde finales del siglo xix, a partir de la obra de etnógrafos como L.H.
Morgan, se ha otorgado gran importancia al vínculo sanguíneo en las llamadas comunidades
primitivas. Ahondando en el mismo se generalizó hablar de un sistema gentilicio reconocible en buena
parte de las sociedades antiguas, que estaría basado en tres categorías de agrupamiento ascendentes
equivalentes a las nociones de familia, clan y tribu. Se trataría en resumidas cuentas de grupos de
distinto tamaño, desde la familia nuclear hasta confederaciones tribales, unidos por lazos de sangre y
descendientes en última instancia de un antepasado común de quien toman el nombre. Algunos de los
principios en el funcionamiento interno de estos grupos serían, según se ha venido considerando, el
derecho de costumbre, la transmisión de nombre y herencia a los descendientes, la participación en
rituales colectivos, la inexistencia de diferencias sociales, la propiedad común, la solidaridad y
defensa compartida, la elección de representantes, la integración de extranjeros en el grupo, etc. Tal
discurso antropológico tuvo gran éxito en la investigación española ocupada de las etnias prerromanas
y así, durante más de 60 años, desde los trabajos que A. Schulten dedicara a cántabros y astures a
inicios del siglo pasado y hasta la década de 1990, en lo básico, se ha aplicado este esquema gentilicio
al área indoeuropea y en particular a los pueblos del Norte. Hoy el modelo gentilicio está superado. O
más propiamente, se ha corregido al tomar en consideración, amén del parentesco, otros factores
igualmente operativos en la articulación de las poblaciones prerromanas. Entre ellos dos
fundamentales: 1) la adscripción al territorio y 2) la pertenencia a una comunidad política sea o no de
tipo urbano; dicho con otras palabras, la vinculación con un hábitat consolidado que otorga identidad
espacial y jurídica al individuo, y por extensión al grupo familiar al que pertenece. Según los casos
este hábitat de referencia sería el castro (en buena parte de la Hispania indoeuropea), el oppidum (en el
espacio meseteño), el castellum (en el ámbito galaico) o la civitas (en los núcleos más romanizados)
(vid. vol.II, I.2.5.1). En suma, como hemos ido observando en capítulos anteriores al tratar del
poblamiento o del ambiente económico y cultural, hoy se ha superado la visión primitivista de las
entidades hispanoceltas derivada de una sobreaplicación de la teoría gentilicia. Y así, en la mayoría de
casos estamos ante comunidades sociopolíticas complejas y fuertemente cohesionadas, y no ante
tribus reguladas únicamente por el parentesco como convencionalmente se ha pensado.
Esta razonada crítica al modelo gentilicio clásico, a la que contribuyen en nuestros días los incisivos
trabajos de G. Pereira, J. Santos o F. Beltrán desde la epigrafía y de J.M Gómez Fraile desde la
revisión de las fuentes clásicas, por citar algunos autores, no debe llevar a pensar que el principio
familiar es irrelevante en las sociedades protohistóricas. En absoluto. Menos aun en la Hispania
indoeuropea. La clave estriba en entender que parentesco y territorialidad no son sistemas
incompatibles según ha mantenido la tradición, sino perfectamente complementarios aunque que
actuantes a distinta escala. De un lado, el vínculo familiar que opera en la esfera privada o doméstica,
por tanto dentro del castro: el que identifica a Tangino como hijo de Botio y miembro de la familia de
los Asocios, sirviéndonos de un caso imaginario. Y de otro, el vínculo territorial actuante en la esfera
pública o política, fuera del castro: el que, siguiendo con nuestro ejemplo, convierte además a Tangino
en habitante del castro de los Lacobrigenses integrado en la jurisdicción de los zoelas y perteneciente
a la etnia astur. En efecto, este esquema funciona especialmente en el Noroeste peninsular.
Como vimos al hablar del poblamiento (vid. vol.II, I.2.5.2), el asentamiento castreño es fiel reflejo de
la segmentación sociopolítica y étnica de las poblaciones septentrionales. En Gallaecia y el occidente
astur cada hábitat importante o castellum es cabeza de un distrito que puede incluir otros castros
menores, y que a su vez se integra en un espacio etnopolítico mayor (el de la gens o populus) del que
forman parte otros castros y castella. Sus gentes, organizadas en una o varias unidades de parentesco
según el rango del hábitat, se identifican como habitantes del lugar al expresar en sus estelas
funerarias junto al nombre, filiación, grupo familiar y etnia, la pertenencia a un determinado núcleo
político mediante el nombre del castro precedido por la letra C invertida. Este signo, interpretado
durante algún tiempo comocenturia, parece hoy claro que corresponde a la abreviatura de castellum,
según dedujera M.L. Albertos en los años 70 del pasado siglo y tras ella G. Pereira y J. Santos. La
indicación del grupo étnico y del castellum se hace sólo en inscripciones halladas fuera de la
jurisdicción del castro –a los individuos fallecidos en su territorio no les era necesario señalarlo por
sobrentenderse su identidad local– o en documentos oficiales de contenido político. Así, en el bronce
de El Bierzo descubierto en los alrededores de Bembibre (León), un edicto firmado por Augusto en el
15 a.C. con una serie de disposiciones para la organización del territorio astur recién conquistado, se
menciona a los habitantes de dos castella, los Aiiobrigiaecinos, pertenecientes al pueblo de los
Gigurros, y los Paemeiobrigenses, pertenecientes a los Susarros. Todas estas gentes y castellani
quedaban incluidas en el espacio de la nueva circunscripción creada por Augusto, la provincia
transduriana, en realidad un distrito militar provisional hasta la pacificación definitiva del territorio
(vid. vol.II, ii.5.4.1).
Es probable que parecidos sistemas parentales y político-territoriales funcionaran también, con mayor
peso del elemento urbano, en las comunidades del ámbito ibérico. Pero la ausencia de información
epigráfica y la incógnita de los textos ibéricos impiden por el momento comprobarlo (vid. vol.II,
I.1.7).
Desde el punto de vista documental, el mejor indicador de la importancia de la organización familiar
en la Hispania indoeuropea lo representan, como ya se ha dicho, las inscripciones latinas de tradición
indígena. En su mayor parte son textos funerarios, contabilizándose también algunos de carácter
votivo con dedicaciones a divinidades locales (vid. vol.II, I.2.8.2). Aunque de un contexto
romanizador (la mayoría se datan en los siglos i-iii d.C.), la factura y sobre todo la onomástica
indoeuropea que consignan permiten relacionar su contenido con una realidad anterior. Así, al referir
el sistema onomástico del difunto, algunas inscripciones suelen incluir junto al nombre y la filiación,
la unidad de parentesco o grupo gentilicio. Esto se expresa de distinta forma pues, como defienden
M.C. González Rodríguez y otros autores, existen diversas unidades organizativas a lo largo del
tiempo. Pero desconocemos su número exacto, así como su antigüedad, denominación y función
[Fig.55] Estela funeraria vadiniense perteneciente a Tridio (hijo de Bodeo, de la familia de los
Aloncos) y erigida por Frontio (de la familia de los Doidericos); hallada en las cercanías de Crémenes,
provincia de León (actualmente en el Museo de León)
originarias. Al transmitirse en latín y en un tiempo altoimperial, a nosotros nos llega sólo la particular
interpretatio romana de viejas formulaciones familiares o sociales indígenas. Entre ellas la epigrafía
constata dos principales categorías:
1 . Los términos latinos gentilitas y gens, que cabe entender, aunque la opinión de los especialistas no
es unánime, como agrupaciones suprafamiliares extensas. Las gentes, de mayor tamaño, estarían
integradas por varias gentilitates o subfracciones y tendrían un alcance político o étnico que superaría
el vínculo estrictamente parental, actuando fundamentalmente en el ámbito público y jurídico. Se
reconocen sobre todo en las regiones del Noroeste y particularmente entre los astures.
2 . Los genitivos plurales terminados en la forma latina –orum/–arum o en las célticas –con/–com o –
cun/–cum, que corresponderían a nombres de grupos familiares más o menos reducidos. Ablicum,
Aliocum, Ammaricum, Calaeticum, Cambariqum, Menetoviequm, Pintolaqum… Son relativamente
abundantes, contabilizándose cerca de 250 nombres distintos. Su denominación derivaría del epónimo
del fundador o ancestro del grupo, y no parece que fueran muy numerosos los miembros componentes,
alcanzando a lo sumo hasta un tercer o cuarto grado de parentesco bilineal –tanto paterno como
materno– en línea ascendente, descendente o colateral. Estos nombres están presentes en distinta
proporción en todo el área indoeuropea, registrándose en mayor número en el territorio de cántabros –
especialmente en el subgrupo vadiniense–, celtíberos, vetones y autrigones. Además de en
inscripciones latinas, grupos de parentesco con esta formación están atestiguados en téseras de
hospitalidad celtibéricas y latinas, así como en documentos tan señalados como los bronces I y III de
Botorrita (vid. vol.II, I.2.4.2), constituyendo junto a la filiación un elemento básico del sistema
onomástico celtibérico.
Es posible que los nombres en genitivo plural equivalgan al concepto latino de cognatio o familia
sanguínea, un término que esporádicamente aparece en algunas inscripciones hispanas; así, la tabla de
hospitalidad de Montealegre de Campos (Valladolid) menciona a la cognatio Magilaniqum. También
se conoce algún caso puntual de formulación en genitivo identificada como gentilidad, como la
gentilitas Gapeticorum documentada en una inscripción de Oliva de Plasencia, en la provincia de
Cáceres (CIL II 804). Los trabajos en los últimos años de M.C. González Rodríguez, J. Santos, M.
Salinas, F. Beltrán o M.E. Ramírez Sánchez, con conclusiones no siempre coincidentes, han
clarificado bastante el panorama sobre los agrupamientos familiares, aunque persisten ciertas dudas.
La variación de unidades de parentesco en la práctica totalidad de territorios de la Hispania
indoeuropea obedece a criterios geoculturales y sociales difíciles de desentrañar. E igualmente
depende de los contextos en que se emplean tales denominaciones y de los soportes de transmisión,
con una probable distinción entre las esferas doméstica y pública. Así, la identificación de un
individuo no es la misma en su epitafio (en piedra) que en una tésera de hospitalidad o en un
documento jurídico (en bronce) emanado por la civitas.
Por último debe recordarse que existe un hiato entre la realidad social prerromana y la cronología
tardía de estos repertorios epigráficos; y aunque es verosímil pensar en la fosilización de viejas
estructuras familiares de la Edad del Hierro, su expresión responde a un proceso de romanización –
esto es, de asimilación– que muy bien ha podido transformar el sentido primigenio. En suma,
desconocemos la naturaleza y evolución temporal de estas unidades de parentesco hasta su
documentación como asumida “pervivencia indígena” en época romana (vid. vol.II, II.9.2.3).
I.2.7.4 La mujer en la Hispania céltica
Tal como fuera apuntado al hablar de su representatividad en el espacio ibérico (vid. vol.II, I.1.7.3), en
la mujer se fundamenta la reproducción de la comunidad y la transmisión del linaje familiar. La
notable significación del parentesco entre los pueblos hispanoceltas, lo acabamos de ver, convierte a
la mujer en elemento motriz de la estructura familiar y en pilar de la vida doméstica. Sin embargo
estos espacios cotidianos -el ámbito por excelencia de la mujer en el mundo antiguo- están muy
pobremente documentados y con la salvedad de algunos repertorios materiales (cerámicas, molinos,
fusayolas) que nos hablan de los quehaceres femeninos (preparación de alimentos, hilado y tejido,
cestería), poco más puede concretarse aparte de dar por hecho su dedicación al hogar y al cuidado de
menores y ancianos. La pérdida del registro funerario en los territorios septentrionales y atlánticos
limita aún más la información. Sólo en algunas necrópolis de la Meseta el análisis de las cremaciones
–desde hace pocos años– y la connotación de adornos o utensilios femeninos en los ajuares, permiten
una muy parcial aproximación a la mujer en el escenario funerario. Además, la generalizada sencillez
de los depósitos y la ausencia de plástica escultórica en los cementerios meseteños (vid. vol.II,
I.2.7.2), en contraste a los ibéricos (vid. vol.II, I.1.7.4), reduce drásticamente las posibilidades de
expresión del universo femenino, y así lo más revelador son ciertas sepulturas donde la presencia de
brazaletes, diademas, broches de cinturón, cuentas de pasta vítrea y elementos de tocado deducen su
pertenencia a mujeres próximas a los círculos nobiliarios, tal vez las esposas, madres o hermanas de
aristócratas y jefes. Téngase en cuenta que, en lo referente a la mujer, el género no es criterio de
jerarquización como sí lo son el rango, la edad o la riqueza.
En la mayoría de casos, pues, el papel social de la mujer estuvo limitado al cuidado del hogar y la
familia, mientras que su participación en tareas agropecuarias y artesanales la convierte en importante
baluarte de la economía doméstica. Algunas noticias aisladas de las fuentes, sin embargo, permiten
entrever ciertas prerrogativas en la consideración femenina y en el desempeño de determinados
papeles o funciones. Así, en primer lugar, aunque sin poder asegurarse, parece que los matrimonios
eran monogámicos y privados, lo que se infiere de las palabras de Estrabón al afirmar que los
cántabros se casan a la manera griega (Strab. 3, 3, 7). Incluso en Celtiberia no todas las mujeres eran
obligadas a casarse según decidieran sus progenitores, sino que algunas elegían marido entre los
guerreros más distinguidos, dándose el caso de pretendientes que debían cumplir el rito de cortar la
diestra de un enemigo para optar a la unión con una joven numantina (Salust., Hist., 2, 91; Aur. Vic.,
De vir. Il. , 59). Sin embargo prácticamente nada sabemos sobre el rito nupcial entre las gentes
hispanas. Al menos en los círculos más poderosos los esponsales debieron revestir especial
significación como acto político digno de celebración, sin dejar de ser un intercambio económico al
establecerse la dote de la contrayente y otras compensaciones entre las partes. Es lo que descubre el
episodio ya varias veces citado de la boda de Viriato con la hija de un acaudalado aristócrata lusitano
(Diod., 33, 7): una celebración en cuyo banquete no faltaron suculentas viandas y riquezas, probable
expresión de la dote de la novia. En estos contextos privilegiados la mujer es un instrumento para la
sanción de alianzas y uniones dinásticas, y debieron ser frecuentes los enlaces matrimoniales entre
clanes dirigentes actuando así la mujer como nexo diplomático. Aunque no contamos con ejemplos
nominales entre las jefaturas hispanoceltas, bastará con recordar que los duces ilergetas Indíbil y
Mandonio eran hermanos políticos –el segundo estaba casado con la hermana del primero (Polib., 10,
18, 3)–, y que los régulos galos, anticipando la política dinástica de las monarquías europeas,
enlazaban entre sí con el casamiento de hermanas e hijas con los varones de otra prosapia, como nos
da a saber César en su crónica de la Guerra de las Galias.
Las fuentes también se hacen eco del valeroso comportamiento de las mujeres en el asedio a ciudades
como Helmantica (actual Salamanca), cuando es sitiada por Aníbal en su campaña contra los vacceos
(Plutarco, Virt. Mul., 248; Polieno, VII, 48), o del arrojo combativo de las mujeres celtíberas,
lusitanas, galaicas… y muy patentemente de las cántabras, que no dudan en levantarse en armas contra
los romanos combatiendo heroicamente al lado de sus hombres (App., Iber., 71-72). Estereotipos y
moralinas de los clásicos aparte, este “coraje de las damas” debe entenderse, en opinión de G. Sopeña,
como trasunto de la ética guerrera y del código de honor predominantes en las sociedades de la Céltica
hispana. Aquí, como en muchos otros pueblos de la Antigüedad (los griegos, los romanos, los
germanos, los galos), la mujer es un venerable referente como “esposa y madre de guerreros”, como
factor de cohesión y regeneración, como fuente nutricia depositaria de la continuidad del grupo. Y, de
esta manera, son ellas quienes se encargan de transmitir oralmente a los más jóvenes las hazañas
épicas y la memoria de los antepasados, como hacen las madres celtibéricas a los hijos que parten al
combate (Salust., Hist., 2, 92). Y al tiempo dan brío a los ánimos de sus varones guerreros
acompañándoles en el campo de batalla o siendo capaces de los más duros sacrificios, lo que llevan a
su última consecuencia las mujeres cántabras (Strab., 3, 4, 17).
Por sus cualidades personales y tradiciones heredadas, a las mujeres parecen atribuírseles en
determinados contextos competencias proféticas o adivinatorias, así como propiedades curativas que
inciden en el desempeño de oficios religiosos. Acudiendo a otros escenarios de la Europa céltica
algunos autores han planteado la existencia de formas de sacerdocio femenino organizado, pero la
evidencia documental al respecto es muy tenue. Ciertas imágenes plásticas (como la figurilla de barro
numantina de una mujer con faldellín y tocado cónico) y algunas pistas de las fuentes sugieren, todo lo
más, la participación de mujeres en ceremonias rituales, fundamentalmente ofrendas, libaciones,
sacrificios y acompañamientos musicales, pero no la institucionalización de colegios de sacerdotisas
que no se darían hasta época romana.
Ampliamente debatido desde la Antigüedad, el llamado “matriarcado” entre los pueblos del Norte es
un tema controvertido que ha generado una dilatada bibliografía. Es el geógrafo Estrabón quien se
refiere, en un pasaje sobre las costumbres de los cántabros, al predominio entre aquéllos de un
ascendiente femenino:
“Cosas como ésta podrían, pues, servir como ejemplos de cierta rudeza en las costumbres; pero otras,
quizá poco civilizadas, no son sin embargo salvajes, como el hecho de que entre los cántabros los
maridos entreguen dotes a sus mujeres, que sean las hijas las que queden como herederas y que los
hermanos sean entregados por ellas a sus esposas; porque poseen una especie de ginecocracia, y esto
no es del todo civilizado”
(Estrabón, 3, 4, 18)
A partir de este apunte estraboniano se ha venido hablando de la existencia de un sistema matrilineal
entre las poblaciones prerromanas septentrionales, en las que como acusado arcaísmo, la descendencia
y transmisión de derechos se harían por línea materna, como expusiera J. Caro Baroja. Sin embargo, la
falta de contexto de la noticia y el contraste con otros datos arqueológicos y epigráficos sobre la
organización social de las gentes de la Edad del Hierro, que denotan estructuras marcadamente
patriarcales, cuestionan el postulado de un verdadero matriarcado siquiera entre los cántabros. Se
trataría en todo caso, como señala el propio Estrabón, de un modelo de ginecocracia donde la mujer
ejerce la potestad en determinadas circunstancias, lo que explicaría la coyuntural relevancia de las
hijas o hermanas que reciben herencia y acuerdan el matrimonio de los varones de su familia, acaso
entre primos cruzados por línea materna según piensa J.C. Bermejo para los galaicos. Pero estos
comportamientos ginecrocráticos, en realidad rasgos de matrilinealidad más o menos fosilizados, se
integran progresivamente en esquemas patriarcales definidos por la generalizada prevalencia
masculina en la sucesión y el derecho. Así lo indican las inscripciones funerarias de tradición indígena
donde la filiación de los individuos es siempre paterna, sin menoscabo de que entre los vadiniense
figuras como la del avunculus o tío materno tuvieran cierto protagonismo al mencionarse en epitafios
con un papel cercano al del padre adoptivo. En tal sentido, al igual que en otras sociedades célticas, la
adopción y el padrinazgo serían instituciones reconocidas aunque ignoremos su regulación.
Otro indicador de la significación de la mujer en las comunidades del Norte es la costumbre de la
“covada”, una práctica residual hasta hace poco en algunas comarcas de montaña. Consiste en que las
mujeres puérperas, tras haber dado a luz, trabajan el campo y atienden a sus maridos, que son quienes
se quedan en casa al cuidado de los recién nacidos. En palabras de Estrabón:
“es común también la valentía de sus hombres y mujeres; pues éstas trabajan la tierra, y cuando dan a
luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos.
Frecuentemente incluso dan a luz en tierras de labor, y lavan al niño y lo envuelven en pañales
agachándose junto a un arroyo”
(Estrabón, 3, 4, 17)
La mayor parte de autores están de acuerdo en que se trata de una fórmula simbólica que refuerza la
autoridad familiar del padre: un rito mediante el cual el varón ratifica su paternidad y derechos sobre
la descendencia, algo fundamental en la continuidad paterno-filial del linaje y en la extensión del
grupo gentilicio. Ello no supone el ejercicio de un poder femenino ni la expresión de un régimen
matriarcal, como a veces se ha pensado, más bien lo contrario. Por otra parte, la lectura alternativa de
la “covada” en su contrapartida femenina, revela, como ya se ha dicho, la activa participación de la
mujer en tareas colectivas como son las labores del campo, los trabajos artesanales y extractivos –las
ártabras, por poner un ejemplo, se dedicaban al bateo y acarreo del oro fluvial (Strab., 3, 2, 9)–, y si
las circunstancias lo requerían también en la guerra y defensa de la comunidad.
I.2.7.5 En lo alto: régulos y jefes guerreros
La Edad del Hierro es el momento de consolidación de las jefaturas complejas. Desde la Antropología
cultural se entienden por tal aquellas unidades sociopolíticas y espaciales de carácter protoestatal en
las que una autoridad centraliza las funciones rectoras –esto es, ejerce una hegemonía sobre la
población– al servirse de principios de dominio como, entre otros: la capacidad de presión coercitiva
sobre inferiores e iguales, el ascendiente ideológico sobre la comunidad, y su posición privilegiada en
el control y redistribución tanto de la producción como de los recursos generados en el territorio, en
especial ganados, tierras de labor y riquezas naturales. Nos referimos páginas atrás a estas fuentes de
autoridad al hablar de la aparición de los príncipes y aristócratas en la sociedad ibérica (vid. vol.II,
I.1.7.1). Importa subrayar ahora que a finales del I milenio a.C., especialmente en las sociedades
indoeuropeas, se materializa una ideología guerrera del poder que hunde sus raíces en la Edad del
Bronce. Su principal exponente son los jefes de clanes cuya aureola alumbran, en particular, sus
armas. Para afianzar su estatus y supremacía los jefes se sirven de fórmulas como la clientela y
hospitalidad establecidas con gentes de dentro y fuera de la comunidad, así como de acciones
guerreras que les reportan prestigio y legitiman su autoridad (vid. vol.II, I.2.7.7). Ejemplos de lo
mismo son las razias protagonizadas por los jefes lusitanos, los duelos heroicos de los príncipes
celtíberos o, durante el proceso de conquista, el coraje y la resistencia de los régulos indígenas frente a
Roma.
Se ha señalado en varias ocasiones ya que el ambiente competitivo de las jefaturas de la Edad del
Hierro se manifiesta en distintos lenguajes. Por ejemplo en la fortificación de los hábitat castreños,
como denota su función defensiva y su connotación de prestigio (vid. vol.II, I.2.5.3); igualmente en los
ricos ajuares guerreros de las necrópolis de la Meseta, o en la iconografía heroica de las estelas
celtibéricas o de grabados rupestres como los descubiertos hace poco en Vila Nova de Foz (Portugal),
[Fig. 56] Escultura de guerrero galaico-lusitano hallada en Lezenho (Boticas, Portugal)
en el valle del Coa, con la representación de parejas de combatientes y jinetes armados datables a
finales de la Edad del Hierro. En un contexto romanizador trasladan también ese mensaje las
conocidas estatuas de guerrero lusitano-galaicas. De presumible carácter honorífico, estos “espejos de
piedra” –en acertada expresión de F. Quesada– se emplazan en el acceso de los castros del interfluvio
Duero-Miño y, como iconos o emblemas del poder guerrero, pregonan la fuerza de las élites o
principes residentes en el castro. Estamos, en suma, ante materializaciones de una ideología guerrera
plenamente institucionalizada a finales del I milenio a.C. Evocaciones recias de un discurso de
autoridad, pareciera que tales imágenes dieran voz a las palabras del escritor checo M. Kundera: “la
lucha del hombre con el poder es la lucha de la memoria frente al olvido”.
Las formas de hegemonía difieren en los distintos territorios de la Hispania céltica. No existe un único
modelo de autoridad sino varios, que evolucionan con el tiempo y según circunstancias históricas. En
el interior no parecen desarrollarse sistemas de realeza hereditaria ni soberanías autocráticas. Las
fuentes no mencionan la existencia de reges o basileos como los atestiguados entre turdetanos y otros
pueblos ibéricos (vid. vol.II, I.1.8.1); a lo sumo reyezuelos locales como Hilerno, que al mando de una
coalición de vetones, vacceos y celtíberos se enfrenta a inicios del siglo ii a.C. al pretor de la Ulterior
en las puertas de Toletum (Livio, 35, 7, 8). Entre los celtíberos también se nombran algunos principes
con cierta hegemonía territorial, como Alucio, que dispone de un abundante séquito de clientes (Livio,
26, 50), o Retógenes, uno de los aristoi que lideran la defensa de Numancia (App., Iber., 94).
Precisamente uno de los fundamentos de poder en Celtiberia era la formación de clientelas militares
mediante compromisos de fidelidad personal. Estos vínculos eran a veces tan hondos que tomaban la
forma de consagraciones guerreras, la famosa devotio hispana (Plut., Sert., 14, 5-6). A través de ella
los guerreros llegaban al extremo de morir o autoinmolarse por sus jefes, pues se consideraba un
crimen sobrevivir en el campo de batalla a la persona a la que se habían consagrado (Salust., Hist., 1,
125; Val. Max., 2, 6, 11). De este modo, la autoridad de las élites celtibéricas dependía en buena
medida del numero y categoría de sus clientes y devotos, que podían ser desde sencillos campesinos a
nobles caballeros, caso de los equites que acompañan al mencionado princeps Alucio. Es así como
Sempronio Graco, Escipión Emiliano o Sertorio, sirviéndose de lafides y otras costumbres indígenas
como el hospitium, sabrán rodearse de potentes clientelas locales para asegurar sus proyectos
políticos. De igual guisa actúa César en la Galia, donde las relaciones de dependencia estaban también
fuertemente arraigadas.
Volviendo a las formas de poder, lo predominante parecen ser jefaturas militares electivas. Éstas son
ocupadas por miembros de linajes nobiliarios descendientes de primigenias familias rectoras de clanes
y gentilidades (vid. vol.II, I.2.7.1), y de estos grupos aristocráticos surgen también los líderes
guerreros. Los autores clásicos se refieren a ellos con términos como hegoumenos (conductor de
pueblos), strategós (comandante) o dux (general, caudillo guerrero). Personajes que por su prestigio,
valor y carisma son elegidos por los órganos competentes para ocupar las principales magistraturas.
En el contexto de la expansión romana tales mandos militares lideran la oposición de sus comunidades
a Roma, al frente a veces de confederaciones tribales como narran Polibio, Livio o Apiano. Entre los
lusitanos losduces guerreros son calificados también como pastores y latrones, lo cual denota que la
posesión de ganados –principal unidad de riqueza, recordémoslo (vid. supra I.2.6.1)– era inestimable
fuente de poder para ellos y sus familias, y que las razias guerreras –propias delatrones o
“bandoleros” en el discurso clásico– les conferían prestigio y servían para consolidar su auctoritas. Se
deduce de ello que la acción militar es el mecanismo que alimenta la formación de una élite
compuesta por jefes de clanes y “señores del ganado”. Y que la competencia por el control de tierras y
recursos propicia la formación de redes sociales que, sirviéndose de adhesiones y alianzas, aseguran la
circulación por el territorio de mercancías básicas como son los rebaños trashumantes junto a partidas
guerreras.
Circunstancias tan determinantes como el avance del imperialismo romano en el siglo ii a.C. llevan a
muchos de estos jefes locales a agruparse en torno a régulos a los que se unen en fidelidad y clientela.
Este es el contexto en el que hay que entender, en la Iberia occidental, el poder de Viriato, el más
célebre de los jerarcas lusitanos. De él extractan las fuentes una “carrera de honores” muy reveladora:
“de pastor se hizo cazador, de cazador se convirtió en bandido y de bandido pasó rápidamente a jefe
guerrero y a general supremo” (Livio, Per., 52; Floro, 1, 33, 15). Pastor, latro, dux… O lo que es lo
mismo, riqueza, estrategia y mando. Desde un análisis contrastado y despojado de prejuicios, la figura
de Viriato se asemeja a la de un poderoso princeps de la Lusitania meridional que cuenta con una
nutrida red de apoyos, incluidas ciudades de Beturia y Turdetania y algunas bases púnicas. Ello le
permite disponer de un ejército capaz de noquear a Roma durante casi diez años (vid. vol.II, II.2.4),
derrotando sucesivamente a las legiones consulares hasta que el Senado romano acaba firmando un
armisticio (140 a.C.). En las cláusulas del mismo se reconoce a Viriato el dominio del amplio
territorio que controla, y se le nombra amicus populi Romani, una consideración propia de reyes
aliados. El asesinato poco después del lusitano a manos de algunos de sus más cercanos colaboradores,
sobornados por el procónsul de la Ulterior, Servilio Cepión, impide despejar la incógnita de si Viriato
pudo haber llegado a convertirse en rey o “Rómulo de Hispania” (Floro, 1, 33, 15). Las honras
fúnebres que le rindieron los suyos, propias de un héroe homérico o un monarca helenístico, así
parecen sugerirlo:
“tras haber adornado a Viriato del modo más esplendoroso le prendieron fuego sobre lo alto de una
pira y le inmolaron numerosas víctimas y por secciones, la infantería y la caballería, corriendo
alrededor del cadáver, iban entonando cánticos al modo bárbaro y todos se sentaron en torno a él hasta
que el fuego se extinguió. Una vez concluido el ceremonial iniciaron un certamen de combates
singulares sobre su tumba”
(Apiano, Iber., 74)
Es pues ésta, la de un estratego de estirpe aristocrática próximo a la realeza, la imagen ajustable hoy a
Viriato. Muy alejada de aquella otra primitivista del mísero pastor de íntegra moral convertido en jefe
de ladrones –¡una suerte de Robin Hood lusitano!–, cantada en los manuales escolares de muchas
generaciones. Y es que a lo largo de los siglos la historiografía ha reencarnado en Viriato una serie de
paradigmas y apropiaciones (el buen salvaje, la independencia, el amor a la libertad, la lucha de
guerrillas, el patriotismo, el caudillaje militar…) que han distorsionado su figura. Bastará con leer el
juicio del hispanista alemán A. Schulten a inicios del siglo xx, un hito en la proyección tardo-
romántica y nacionalista del héroe lusitano:
“Hemos reconocido a Viriato como guerrero y como caudillo de sus guerrillas. Pero los montes de
España han producido otros jefes de guerrilla hábiles y atrevidos; Viriato debe su posición
preeminente no tanto a su arte guerrero como a su personalidad fascinadora y grande. (…) Viriato era
superior a su pueblo ante todo por su genio político y su afecto patriótico. (…) Nada describe mejor su
grandeza que el hecho de que la guerra de la independencia nació y murió con él. A su muerte el
potente fuego de la lucha se convirtió en una débil llamita que se extinguió pronto”.
Entre las gentes del Norte también se reconocen líderes guerreros bajo la estampa de bandoleros
(duces latronum), como Corocotta, que supuestamente encabezaría la resistencia de los cántabros
frente a Roma (Dio Cas., 56, 43, 3), aunque su origen hispano ha sido recientemente cuestionado. Pero
tras la conquista y el enfrentamiento directo, en un segundo momento Roma desarrolla políticas de
negociación y pacto con los poderes locales. A los gobernadores romanos les interesa atraerse a las
élites dirigentes, integrarlas en sus esquemas, pues es a través de ellas como mejor conducen su
proyecto político y el interés sobre los nuevos territorios. La promoción de las jefaturas indígenas por
parte de Roma sigue diversas actuaciones, entre otras, restituir privilegios a las comunidades que han
dado sobradas muestras de fidelidad (como los susarros de Paemiobriga citados en el edicto de El
Bierzo), establecer con sus representantes acuerdos de hospitium y patronato (vid. infra), integrar en el
ejército a las oligarquías locales o promover instituciones cívicas que encaucen la municipalización
(vid. vol.II, II.5.6.3). Es en este ambiente de sintonía en el que hay que valorar el papel interlocutor de
los principes locales constatados en inscripciones funerarias de Gallaecia (por ejemplo, CIL II 2585) y
del territorio vadiniense, entre ellos el expresivo Doviderus, Amparami filius, princeps cantabrorum
hallado hace unos años en Valmartino (León). A caballo entre la autonomía tutelada y la colaboración,
las aristocracias de los castros van transformando su otrora función guerrera en otra marcadamente
política. Un ejemplo de ello son las citadas estatuas de guerreros castreños del conventus bracarensis,
que se datan entre finales del siglo i a.C. y el i d.C., como los ejemplares de Lezenho, Lanoso, Xinzo
de Limia, Mozinho o Sanfins. En opinión de J. de Alarcão estaríamos ante imágenes tutelares de
príncipes romanizados que aun manteniendo valores heroicos en su discurso iconográfico (las armas y
torques como atributos de poder) articulan ya el nuevo escenario político-administrativo diseñado por
Roma.
I.2.7.6 Confederaciones, pactos de hospitalidad e instituciones de la ciudad
Por las fuentes sabemos de la existencia de acuerdos y confederaciones entre comunidades políticas a
veces de distinta adscripción étnica. Algo especialmente operativo en Celtiberia, donde desde el siglo
ii a.C. se observan actuaciones intercomunitarias que afectan a diversas ciudades-estado y
globalmente a varios populi de la Meseta. El caso más conocido son las alianzas de belos, titos y
arévacos durante las guerras celtibéricas, como nos informa Apiano (Iber., 48, 50 y 66), hasta la
definitiva caída de Numancia (133 a.C.), que en la fase final del conflicto aglutina la resistencia
celtibérica (vid. vol.II, II.2.5). Se trata en su mayor parte de ayudas militares o de peticiones de
acogida y protección en ciudades aliadas, como la que dirigen los habitantes de Segeda, amenazados
por Roma, a los arévacos en el 153 a.C. (App., Iber., 45), episodio que desata el polvorín celtibérico
(vid. vol.II, II.2.3.4). Otras coaliciones interesantes son el frente panmeseteño de vacceos, carpetanos
y olcades plantando cara al ejército de Aníbal en la célebre batalla del Tajo del 220 a.C. (Polib., 3, 13,
8-14; Liv., 21, 7-16), al regreso de la campaña del cartaginés en el Duero medio (vid. vol.I, II.4.5.3.1 y
vol.II, II.1.2); la colaboración militar de vetones, celtíberos y vacceos en favor de los habitantes de
Toletum, otro importante vado sobre el Tajo, ante la ofensiva de las tropas romanas en dos campañas
sucesivas, 193 y 192 a.C. (Liv., 35, 7, 8 y 35, 22, 8); o el auxilio prolongado que a lo largo del siglo ii
a.C. los vetones prestan a lusitanos y otros pueblos vecinos (App., Iber., 56 y 58).
Hasta donde leemos en las crónicas de conquista, se trata de confederaciones que suponen la unión de
fuerzas locales de forma más o menos coyuntural o improvisada para luchar frente a un enemigo
común: Roma. Es posible, sin embargo, que algunas de estas alianzas superen el carácter
circunstancial o meramente militar y respondan a viejas políticas de amistad fortalecidas por lazos de
parentesco –real o ficticio– entre jefes o grupos aliados, denominados socii en los textos latinos y
philoi en los griegos. Como que se trate también de redes de asistencia económica fuertemente
consolidadas entre las poblaciones del interior. Sería el caso del nexo comercial establecido entre
vacceos y numantinos durante la guerra celtibérica, por el cual las ciudades vacceas abastecen de trigo
a los celtíberos (App., Iber., 80-81, 87), lo que motivará que generales romanos como Lúculo o
Escipión Emiliano dirijan campañas de castigo contra el campo vacceo para bloquear el suministro a
los numantinos (vid. vol.II, II.2.5). Por su parte, las coaliciones guerreras de carpetanos, vetones y
vacceos, así como las de vetones y lusitanos, buscarían asegurar entre otras cosas el control de pasos y
pastos para la circulación de ganados. Y en suma, defender la red de intercambios –pilar básico en la
infraestructura de aquellas comunidades– ante la amenaza representada por el avance de cartagineses
y romanos por la Meseta y Extremadura.
Es en este contexto de interacción y alianzas en el que hay que entender el desarrollo de fórmulas
diplomáticas. Y formando parte de las mismas, en concreto, de la hospitalidad. Se trata de una
costumbre muy extendida entre los pueblos del Mediterráneo antiguo (la xenia de los griegos, el
hospitium de los latinos), y también entre las gentes hispanoceltas. Consiste en acoger a un extranjero
como huésped en una unidad política, castro o grupo familiar, reconociéndole ciertos derechos y
estableciendo con él y a veces con su comunidad de origen una relación de reciprocidad y amistad que
podía renovarse y ser heredada por los respectivos descendientes. Diodoro de Sicilia se refiere a la
hospitalidad entre los celtíberos haciéndose eco del trato favorable que dispensan a los forasteros:
“En su conducta los celtíberos son crueles con los malhechores y los enemigos, pero moderados y
humanos con los extranjeros. Así, a los extranjeros que llegan a su país todos les piden que se alojen
en su casa y rivalizan entre ellos en hospitalidad; y a aquellos en cuya compañía se quedan los
extranjeros los ensalzan y los consideran gratos a los dioses”
(Diodoro, 5, 34, 1)
Esta forma de hospitalidad ancestral y no institucionalizada, de carácter consuetudinario y fuerte
connotación religiosa a la que se refiere el historiador sículo, evoluciona con el tiempo hacia formas
más reguladas y ajustadas al ordenamiento sociopolítico y urbano de las gentes celtibéricas. Y es que
además de una conducta ética (el amparo al extraño, el acatamiento de una correspondencia perenne y
semisacra), la hospitalidad es un eficacísimo instrumento para la construcción de redes sociales y la
apertura de lazos políticos interterritoriales.
El mejor indicador de estos pactos son las téseras de hospitalidad que, escritas en celtibérico y luego
en latín (tesserae hospitales), se documentan a partir del siglo ii a.C. en el territorio celtibérico. Se
trata de pequeñas placas de bronce (entre 3 y 15 cm.) que servían de señal, contraseña o consigna para
identificar a los pactantes: cada uno debía conservar su tésera y en ellas solían registrarse el nombre
de los contratantes, su procedencia y algún pormenor del pacto. Aunque las hay geométricas y con
formas anatómicas (mano, cabeza), la mayoría de téseras son de carácter zoomorfo. Representan
bóvidos, suidos, équidos u otras especies, y cabe considerar esta figuración animal como un emblema
de la comunidad de origen de los pactantes o bien, desde una lectura simbólica, como sanción
religiosa del acuerdo al aludir, el animal, a alguna divinidad protectora de los pactos. Fuertemente
ritualizada, la hospitalidad requería de la aprobación de los dioses y era frecuente la realización de
sacrificios animales cuya impronta podría quedar reflejada en la tésera. En momentos avanzados y
quizá por influencia de Roma, otro formato de tésera empleado es
[Fig. 57] Tésera de hospitalidad celtibérica, en forma de bóvido, procedente de Contrebia Carbica
(Villasviejas, Cuenca)
una mano extendida o dos diestras enlazadas (en alusión a la fidelidad contraída), reproducido
también en téseras latinas como las de Paredes de Nava (Palencia) o El Castillo (Teruel). En los pactos
que implicaban a distintas comunidades el ceremonial pudo escenificarse en espacios de frontera,
según piensa F. Marco a partir de la tésera con forma de suido de Herrera de Pisuerga (Palencia), en la
que se lee que “se hicieron todos los votos en los límites de los maggavienses”, población que otorga
hospitalidad y ciudadanía honoraria a un individuo de Consabura.
Los pactos podían establecerse entre personas, grupos de parentesco o comunidades políticas, o
alternativamente entre partes de cualquiera de las tres categorías. En los dos primeros casos se trata de
un hospitium privado, mientras que la participación de una comunidad cívica denota un carácter
oficial y una exposición pública del acuerdo, lo que explica los orificios de algunos bronces, para ser
colgados. Como hemos apuntado en otro lugar (vid. vol.II, I.2.4.2), las téseras son uno de los
principales soportes de transmisión de la escritura celtibérica, pero existirían antecedentes anepígrafos
de hospitalidad en determinados objetos de la cultura material de los pueblos meseteños (fíbulas,
bronces zoomorfos, recipientes singulares) intercambiados como símbolos o comprobantes de un
acuerdo verbal. Las inscripciones se desarrollan en la cara interior de las téseras y son en general muy
parcas. Hay alguna de mayor extensión, como la del bronce de Luzaga, un pacto de hospitalidad entre
varias comunidades cuyo contenido no está del todo claro. En cualquier caso lo común son fórmulas
onomásticas identificando a los pactantes, del tipo “Lubos, de los Alisocos, hijo de Avalos, de
Contrebia Belaisca”, como se lee en la “tésera Froehner” –por el

[Fig. 58] Tésera de hospitalidad celtibérica en forma de mano, relacionada con Contrebia Belaisca
(Botorrita, Zaragoza). Se la conoce como “tésera Froehner” y se conserva en la Biblioteca Nacional de
París (Francia)
nombre del coleccionista que la legó–; según la reciente interpretación de F. Beltrán, Contrebia
Belaisca no sería la origo de Lubos sino la ciudad que firmaría el pacto con él, registrándose por tanto
el nombre de las dos partes del acuerdo. El término kar, que aparece con frecuencia en las téseras,
sería la expresión celtibérica de hospitalidad o pacto.
Es probable que algunas téseras tuvieran, además, una función de salvoconducto y sirvieran para
facilitar contactos a larga distancia. Acaso una suerte de permisos de paso, derechos o garantías para
la circulación de viajeros y mercancías por territorio ajeno. En tal sentido ciertos pactos de
hospitalidad podrían cobijar acuerdos económicos o territoriales entre individuos o comunidades de
diverso origen, entre ellos regulaciones ganaderas con vistas al desplazamiento de rebaños y al uso de
pastos de distinta propiedad. Recordemos que el ganado es la principal riqueza móvil y el pastoreo
trasterminante una importante actividad en la estructura económica de la Hispania céltica (vid. vol.II,
I.2.6.1). Para asegurar el tránsito y la alimentación de los ganados a su paso por diferentes
jurisdicciones políticas, o la compra-venta de reses y productos derivados, serían necesarios
instrumentos diplomáticos como el hospitium. Prácticas ganaderas y comerciales, por tanto, debieron
formar parte de un entramado de relaciones jurídicas de alcance interregional. Como defienden M.
Salinas, J. Gómez-Pantoja o E. Sánchez-Moreno en recientes estudios, en estas redes de interacción
las téseras (y otros sistemas de consigna) resultan mecanismos básicos en el establecimiento de lazos
de solidaridad intergrupal. En cualquier caso la naturaleza y el lenguaje de estos pactos fueron sin
duda plurales, dependiendo de las circunstancias de sus protagonistas y del contexto histórico de cada
tiempo y lugar.
Progresivamente, tras la conquista, la hospitalidad indígena se transmuta en variantes jurídicas del ius
hospitii hispano-romano. Es éste un efectivo y dúctil instrumento para la integración de gentes y
territorios en el nuevo paisaje político. Tales acuerdos toman habitualmente la forma de pactos de
patronato que, sujetos a normativa jurídica, se consignan detalladamente en placas de bronce con
formas homogéneas, denominadas tabulae, que desplazan a las antiguas tesserae. A través del
patrocinium individuos y comunidades de la Meseta y del Noroeste se vinculan a magistrados,
gobernadores, civitates o senados municipales. Éstos, convertidos en patrones, reciben su adhesión en
forma de unhospitium que podía renovarse, ampliarse a familiares y hacerse extensible a sucesivas
generaciones. Así, reconduciendo viejos lazos de fidelidad y clientela, las unidades indígenas y en
particular sus grupos dirigentes se van asimilando al nuevo orden. Los bronces latinos de Castromao
(Orense), Monte Murado (Pedroso en Vila Nova de Gaia, Portugal), Montealegre de Campos
(Valladolid) o el pacto de los Lougeiorum (El Laurel en Carbedo, Lugo), son buenos ejemplos de este
tipo de tabulae de hospitalidad y patronato datables en los siglos i-ii d.C. y recientemente catalogadas
por P. Balbín. Pero ya durante la conquista romana las fuentes dan cuenta de vínculos de naturaleza
personal; como la amistad clientelar establecida entre Escipión Africano y el princeps celtibérico
Alucio (Liv., 26, 50, 2-14), o el hospitium acordado entre Quinto Ocio, un legado del general Metelo, y
Pirreso, destacado guerrero celtibérico, después de vencerle en un duelo singular; un compromiso que
fue sancionado con el intercambio de regalos (Val. Max., 3, 2, 21).
El desarrollo del urbanismo y la aparición de la ciudad como espacio político suponen,
particularmente en la Celtiberia, el funcionamiento de instituciones de gobierno y magistraturas
cívicas desde al menos el siglo iii a.C. Al igual que en el mundo ibérico (vid. vol.II, I.1.8.3), los
sectores más influyentes de cada población conforman una aristocracia urbana que monopoliza los
órganos de representación de la comunidad. Por las fuentes de conquista, que aportan detalles
interesantes sobre la organización política y militar de las ciudades de la Meseta, bien estudiadas por
P. Ciprés y E. García Riaza, sabemos que existían dos principales órganos colectivos. Por un lado un
consejo reducido de notables o senado (denominado boulé por los autores griegos, senatus por los
latinos) compuesto por ancianos (maiores) y otros nobiles respetables. De marcado carácter
oligárquico, esta institución se encargaba de dirimir asuntos capitales como las declaraciones de paz o
guerra o la conclusión de alianzas; y dotada de alta competencia, podía asimismo actuar como tribunal
de justicia. Por otro lado, una asamblea popular de ciudadanos varones (ecclesia en los textos latinos,
plethos en los griegos) en la que era especialmente importante la voz de los iuvenes guerreros. No
están claras sus prerrogativas, que variarían según lugares y tiempos, pero es interesante advertir que
las decisiones de la asamblea en ocasiones se oponían a las del consejo de ancianos. Así, en el
transcurso del bellum numantinum, mientras los maiores de algunas comunidades son partidarios de la
negociación con Roma, los iuvenes abogan por la resistencia en armas. Un choque de intereses que
daría lugar a graves conflictos internos, como el incendio de la sede del senado de Belgeda por parte
de ciudadanos descontentos con su política vacilante (App., Iber., 100). Otro elocuente episodio es la
reacción de los ancianos de Lutia que, negando el auxilio a los numantinos solicitado por su jefe
Retógenes, delatan secretamente a Escipión el apoyo que en cambio sí están dispuesto a darles los
iuvenes de su ciudad, a quienes el general romano acaba cortando las manos en señal de castigo (App.,
Iber., 94).
Para el progresivo desenvolvimiento de la comunidad política se hace necesario, además, el concurso
de magistrados y funcionarios al servicio de las autoridades locales. Las fuentes mencionan cargos
unipersonales y colegiados elegidos por los órganos colectivos de la ciudad, habitualmente ocupados
por miembros de familias privilegiadas. Aristoi, nobiles equites y demás integrantes de las élites
urbanas. No sólo mandos militares como los representados por duces y otras jefaturas guerreas, de los
que ya hemos hablado (vid. vol.II, I.2.7.5); también y fundamentalmente magistraturas civiles. Entre
ellas, legados que firman acuerdos representando a su comunidad y embajadores destacados en
misiones políticas. Basten como datos, rastreando las crónicas de la guerra celtibérica, las comitivas
de belos, titos y arévacos recibidas por el Senado de Roma en el 152 a.C. a instancias del gobernador
de la Citerior, Claudio Marcelo (Polib. 35, 2; App., Iber., 49). O sin salir de Celtiberia, el heraldo de
Nertobriga cubierto con una piel de lobo que poco antes se había presentado al mencionado
gobernador para negociar la paz (App., Iber., 48); o los caballeros numantinos que “portando ramas de
suplicantes” solicitan ayuda a las ciudades arévacas (App., Iber., 94). La piel de lobo –como símbolo
de ferocidad o beligerancia–, las ramas de olivo –como señal de paz–, las coronas y guirnaldas –como
manifestación de buena voluntad–… pregonan los mensajes de los emisarios. Éstos se anunciarían
también con estandartes y demás emblemas identitarios para hacer explícita su condición de
delegados diplomáticos y/o de autoridades de la ciudad. Palmas, cetros, armas, clámides… son
algunos de estos atributos. Y no extraña verlos representados en las monedas celtibéricas que
empiezan a acuñarse a inicios del siglo ii a.C., singularizándose con estos atributos los jinetes
grabados en los reversos. Sabido es que la moneda, elemento institucional donde los haya, constituye
uno de los más claros exponentes de la eclosión de entidades cívicas en el mundo celtibérico, como se
ha comentado en otro lugar (vid. vol.II, I.2.6.4).
Igualmente lo es la epigrafía jurídica, un hábito ingénito a la ciudad-estado. Se consignan así por
escrito (primero en celtibérico, luego en latín), sobre láminas de bronce, leyes, acuerdos o arbitrajes
de incumbencia ciudadana que eran sancionados por las autoridades locales y luego expuestos
públicamente. El mejor testimonio de la complejidad alcanzada por las ciudades del valle del Ebro son
los bronces celtibéricos de la antigua Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza). Recuérdese que en uno
de ellos (Botorrita I) se lista una quincena de magistrados –si por tal entendemos el término bintis que
aparece detrás de cada nombre– que actuarían como garantes de las disposiciones (¿una ley sacra?)
redactadas en el anverso de la placa; mientras que el segundo (Botorrita III) recoge un abultado censo
de individuos de distinta extracción social y procedencia, participantes en un acto cuya naturaleza
desconocemos pero suficientemente importante como para merecer su pública exhibición (vid. vol.II,
I.2.4.2). De época ligeramente posterior (87 a.C.) y marcada influencia romana es el bronce latino
(Botorrita II o tabula Contrebiensis). Contiene éste la regulación de “un pleito de aguas” entre tres
comunidades vecinas (Alaun, Sosinesta, Salduie) y el fallo del tribunal compuesto por cinco
magistratus y un praetor de Contrebia Belaisca, a propuesta del mismísimo procónsul de la Citerior,
Valerio Flaco ( vid. vol.II, II.3.2). De carácter público, estos documentos se custodiaban en un archivo
o curia de la acrópolis de El Cabezo de las Minas (Botorrita), donde se han identificado edificios
públicos como el llamado horreum, de época celtíbero-romana.
Fuera de Celtiberia se atestiguan también magistrados, legados o testigos representando a sus
comunidades. Trátese de grupos familiares, entidades urbanas o territoriales, pues variadas son las
estructuras sociopolíticas de la Hispania céltica a finales de la Edad del Hierro. Bien lo prueban las
tabulae de hospitalidad a las que nos hemos referido más arriba, con la reiterada presencia de legati
que actúan como ejecutores o garantes del pacto. Los armisticios establecidos durante la conquista
romana con poblaciones locales o los tratados con gobernadores provinciales, que en Lusitania solían
incluir repartos de tierra a cambio del cese de hostilidades (App., Iber., 58-60), permiten observar
asimismo el avance de la diplomacia indígena y la notoriedad de algunas de sus instituciones. El
bronce de Alcántara es un brillante ejemplo. Firmada en el 104 a.C., esta deditio recoge las cláusulas
de rendición de los Seanos, habitantes del castro de El Castillejo de la Orden (Alcántara, Cáceres), al
gobernador de la Ulterior, Lucio Cesio (vid. vol.II, II.3.2); dichas disposiciones (la devolución de
prisioneros y caballos capturados por los primeros a cambio de recuperar su autonomía bajo tutela
romana) contaron con la aprobación del consejo de los Seanos y fueron ratificadas por al menos dos
legados locales, Creno y Arco. Obsérvese cómo consejeros y magistrados de una pequeña y
prácticamente desconocida población lusitana, capacitados por sus órganos competentes, son
interlocutores directos de la máxima autoridad romana en los confines occidentales del Imperium.
Las estrategias negociadoras, los ejercicios diplomáticos y las alianzas que las gentes indígenas
despliegan frente a Roma traducen, como vemos, un lenguaje político engranado y una alta capacidad
de acción. Especialmente entre celtíberos, vacceos y lusitanos. Ello se ajusta a un horizonte urbano
con sistemas de gobierno, instituciones y mecanismos de representación suficientemente
desarrollados, algo bien alejado de la estampa primitivista que las fuentes pintan de los populi
hispanos.
I.2.7.7 La guerra, del estereotipo al análisis interno. ¿Sociedades guerreras?
La belicosidad es el rasgo distintivo de los celtas de Iberia en el discurso historiográfico antiguo. En
especial de los pueblos más alejados y por ende los últimos en integrarse en el dominio romano, los
del Occidente y Norte. Son frecuentes en las fuentes referencias a la ferocidad, al latrocinio, al
armamento o a los rituales guerreros de vetones, lusitanos, galaicos, astures o cántabros. Y es que,
como es bien sabido y ya hemos comentado (vid. vol.II, I.2.3), el talante guerrero es un estereotipo
manejado por los clásicos para, contraponiendo la “barbarie” indígena a la “civilización” romana,
justificar ideológicamente el tiempo de la conquista. Así lo condensa Estrabón a propósito de los
indómitos pueblos del Norte y la acción benefactora de Augusto, responsable de su pacificación:
“pero su ferocidad y salvajismo no se deben sólo al andar guerreando, sino también a lo apartado de su
situación (…); actualmente padecen en menor medida esto gracias a la paz y la presencia de los
romanos, pero los que gozan menos de esta situación son más duros y brutales. (…) Ahora, como dije,
han dejado todos de luchar: pues con los que aún persistían en los bandidajes, los cántabros y sus
vecinos, terminó Augusto (…). Y Tiberio, sucesor de aquél, apostando un cuerpo de tres legiones en
estos lugares por indicación de Augusto, no sólo los ha pacificado, sino que incluso ha civilizado ya a
algunos de ellos”
(Estrabón, 3, 3, 8)
Ahora bien, ¿qué representa realmente la guerra y qué implicaciones tiene en las sociedades de la
Hispania céltica? Permítasenos en este punto una brevísima retrospectiva historiográfica del tema, que
siquiera como proemio pueda ilustrar al lector.
Desde la Antigüedad y hasta el positivismo decimonónico –pasando por el Humanismo y la
Ilustración–, la belicosidad prerromana se ha entendido en esencia como mal endémico o contra
natura del bárbaro: un comportamiento inherente a las sociedades primitivas o preclásicas, en
comunión directa con las fuentes grecolatinas que extractan tal imagen de barbarie. Esta lectura
moralista se transforma a finales del siglo xix en otra de carácter político que, acorde con las
corrientes de opinión de aquel tiempo, ensalza la hostilidad indígena como reacción al imperialismo y
expresión de libertad e independencia de los hispanos frente a Roma. Este ideario romántico-
nacionalista tiene en A. Schulten su último y principal representante, cuya influencia perdurará en la
investigación española hasta bien entrada la segunda mitad del siglo xx. Se aboga a partir de entonces
por un diagnóstico socioeconómico de la guerra como respuesta al desequilibrio social y a la pobreza
derivada del territorio; con antecedente en las ideas regeneracionistas de J. Costa, en esta dirección
ahondan en las décadas entre 1950 y 1970 autores de la talla de A. García y Bellido, J. Caro Baroja o J.
Maluquer, y después, con enfoques complementarios, J.M. Blázquez, J.J. Sayas o M. Salinas. Estos
investigadores señalan la descomposición del sistema gentilicio y la fractura social como factores
desencadenantes del belicismo de celtíberos o lusitanos, que se vería acentuado por el expansionismo
romano desde el siglo ii a.C.
Sin desestimar algunas de las interpretaciones anteriores, en los últimos años el énfasis se ha puesto
en el sentido ideológico-ritual de la guerra. Las conductas bélicas funcionarían como una suerte de
iniciación o ritos de tránsito para los más jóvenes, además de como plataforma de poder y prestigio
para los jefes, en consonancia con la ética competitiva y el ideal guerrero propios de las sociedades
indoeuropeas (vid. vol.II, I.2.7.5). En ello insisten, con distintos postulados, M. Almagro Gorbea,
M.V. García Quintela, P. Ciprés, F. Marco o G. Sopeña. Es así como, formando parte de un código
biológico y heroico a un tiempo, habría que entender episodios como el robo de ganados o la
formación de bandas de jóvenes guerreros entre los lusitanos (Diod., 5, 34; Strab., 3, 3, 5), los duelos
de campeones o la exposición fúnebre de caídos en batalla para ser devorados por aves carroñeras (Sil.
Ital., Pun., ., 343; Elian., De Nat. An., 10, 22) (vid. vol.II, I.2.8.3).
En realidad estamos ante un fenómeno complejo del que participan distintos componentes. En lo
antropológico la guerra es una dinámica cultural enmarcada en unas coordenadas medioambientales e
ideológicas inmanentes a las poblaciones preindustriales. ¡En absoluto exclusiva de los celtas u otros
bárbaros de la periferia mediterránea! Tampoco se trata de una conducta marginal o enfermiza, como
a veces se ha pensado, sino de un elemento que articula y define a las sociedades protohistóricas como
se dijo al hablar del mundo ibérico (vid. vol.II, I.1.9), al asumirse como expresión de fuerza colectiva.
Si en lugar de observarla desde la alteridad distorsionada de los clásicos lo hacemos intrínsecamente,
desde dentro, es fácil concluir que la guerra es una actividad perfectamente adaptada a la estructura
social de las gentes de la Edad del Hierro. Y al tiempo un reflejo de su propia complejidad. Señalemos
algunas de sus principales connotaciones.
Por un lado, las acciones militares contribuyen al sostenimiento económico de un grupo al reportar
botines, anexiones territoriales o tributos sobre el vencido en forma de ganados, cosechas, riquezas o
prisioneros. En lo demográfico son un elemento de regulación posibilitando el traslado de gentes a los
nuevos dominios, trátese de aldeas conquistadas o de nuevas fundaciones, y evitando –la propia
mortalidad de guerra– crecimientos de la población que desequilibrarían la relación con el medio.
Además, como se ha apuntado en repetidas ocasiones, la guerra es un importante mecanismo de
afianzamiento sociopolítico en especial para los jefes, al constituir una plataforma de poder y
prestigio fuertemente imbricada de valores aristocráticos (vid. vol.II, I.2.7.5); sin dejar de ser una
fórmula de competitividad y cohesión social.
Finalmente y en comunión con lo anterior, la guerra constituye también un escenario de expresión
ritual. En las culturas prerromanas, muy claramente en la celtibérica y lusitana, los ideales masculinos
están fundamentados en una ética agonística o competitiva que hace de la vida del guerrero un modelo
a seguir; un ciclo que culminaría con la heroización del guerrero (con el alcance de la inmortalidad)
de por medio de gestas que van desde el coraje en la batalla hasta la ostentación del triunfo sobre el
enemigo, y desde el desafío individual a la muerte gloriosa, aquella que se produce combatiendo y
asegura el encuentro con los dioses. Este código heroico, aspiración de todo individuo que se precie,
es el que consagra al joven como guerrero y al jefe como campeón. De ahí que, al socaire de los
dioses, la actividad bélica se conciba como algo profundamente ritualizado (vid. vol.II, I.2.8.3). Así lo
ponen de manifiesto entre otros datos la parafernalia que siguen los guerreros con la entonación de
cánticos y la celebración de sacrificios previos a la batalla, por ejemplo; la inutilización ritualizada de
las armas en las tumbas –que se doblan o destruyen–; o el tratamiento funerario diferenciado que
reciben los caídos en combate, por citar algunos ejemplos (vid. vol.II, I.2.8.3). De igual forma,
también con una simbología heroica o casi religiosa deben entenderse ciertas imágenes de poder de la
plástica prerromana que ya han sido comentadas, caso de la estatuaria en piedra de los guerreros
castreños (vid. vol.II, I.2.7.5) o la efigie del jinete armado representada en estelas, fíbulas y reversos
monetales (vid. vol.II, I.2.6.4).
Con todo lo dicho, hacia un balance de fondo, no debemos considerar a las sociedades de la Iberia
céltica –con la excepción de algún caso extremo– como sociedades endémicamente guerreras si por tal
entendemos las definidas por una belicosidad racial o por castas militares que viven sólo por y para la
guerra, como cabría deducir de una lectura directa de las fuentes. (Adviértase que a ojos de los
observadores clásicos las expresiones guerreras de los hispanos presentan rasgos tan chocantes que
llevan a deformar su imagen). Se trata más bien de reconocer que, en sus múltiples implicaciones, la
guerra es un elemento cultural y una estrategia de interacción de primer orden. Como tal, trasluce el
grado de desarrollo y la capacidad organizativa de las poblaciones antiguas.
En este sentido, las formas de combate entre los pueblos del interior peninsular evolucionan a lo largo
del I milenio a.C., podríamos decir, desde un modelo aristocrático: la pugna entre jefes representando
a sus grupos gentilicios (entre los siglos
[Fig. 59] Detalle del llamado “vaso de los guerreros” de Numancia, con representación de un duelo
singular (Museo Numantino, Soria)
vi -iv a.C.), a un modelo cívico: el del enfrentamiento entre fuerzas integradas por los habitantes de un
castro o un territorio político (entre los siglos iii-i a.C., en contacto ya con el avance de las legiones
romanas). Los ritmos varían según tiempos, circunstancias y lugares, pero ésta sería la evolución de
fondo perceptible en las comunidades de la Meseta, particularmente entre celtíberos, carpetanos,
vacceos y vetones. Con un panorama progresivamente complejo y urbano, su organización militar no
diferiría mucho de lo experimentado por los iberos de Andalucía, Sureste y el Levante (vid. vol.II,
I.1.9.1). En las postrimerías de la Edad del Hierro, un castro de notable tamaño podría reclutar hasta
500 hombres en armas, cantidad que se multiplicaría en siete u ocho veces en el caso de bandas
integradas por las varias poblaciones comprendidas en los límites de una entidad política, o por
séquitos de clientes y aliados de distinta procedencia. De gran magnitud alcanzarían a ser los ejércitos
coaligados que hacen frente a cartagineses y romanos, como el de vacceos, carpetanos y olcades que
sorprende a Aníbal a su paso por el Tajo en el 220 a.C. (Polib., 3, 13, 8-14; Liv., 21, 7-16), o la
confederación de vacceos, vetones y celtíberos que en dos campañas consecutivas, las de 193 y 192
a.C., frenan el avance romano a la altura de Toletum, capital de los carpetanos (Liv., 35, 7, 8 y 35, 22,
8). Por no hablar de las cifras, sin duda exageradas, que los historiadores antiguos dan de los
contingentes celtibéricos; como los 35.000 guerreros reunidos en Contrebia en el 182 a.C., que
derrotados por Fulvio Flaco le entregan hasta 62 enseñas militares (Liv., 40, 30-33); los 20.000
infantes y 5.000 jinetes movilizados en Numancia en el 153 a.C. (App., Iber., 45); o los varios millares
en ciudades como Cauca, Intercatia o Pallantia (App., Iber., 52-54).
En el tránsito hacia ejércitos de ciudades y confederaciones étnicas, de los que nos hablan las fuentes
de conquista en los siglos ii y i a.C., aún permanecen como resabios de la ética heroica de momentos
anteriores los duelos personales entre un indígena y un romano. Las monomaquías eran provocadas
casi siempre por el indígena, como el joven vacceo que reta a Escipión Emiliano a un combate
singular ante las puertas de Intercatia (App., Iber., 53), o Pirreso, combatiente celtíbero “sobresaliente
en nobleza y valor” que hace lo propio con un legado de Metelo (Val. Máx., 3, 2, 21). El desafío en
duelos individuales, una verdadera institución entre los celtíberos, debió utilizarse para dirimir pleitos
y disputas. El conocido “vaso de los guerreros” de Numancia, datado a finales del siglo i a.C., plasma
sobresalientemente una triple escena de combate singular entre dos pugnantes: de la pareja mejor
conservada, el guerrero de la izquierda porta lanza, escudo redondo y casco con remate en forma de
ave, mientras que el de la derecha acecha con la espada al tiempo que sujeta dos lanzas con su mano
izquierda.
Otro destacado instrumento que denota la fuerza creciente de las comunidades prerromanas es la
caballería, esto es, el sector privilegiado de individuos que portan armas y disponen de caballo para la
defensa y sostenimiento de su ciudad. Como señalan M. Almagro Gorbea y otros autores, los equites o
caballeros son las flamantes oligarquías urbanas de finales de la Edad del Hierro. Un cuerpo social que
acaba conformando una unidad de élite –recuérdese que el caballo es un indicador de prestigio y el
jinete un emblema cívico, como anuncian las monedas celtibéricas (vid. vol.II, I.2.6.4)–, y una nueva
forma de lucha derivada de la acción de púnicos y romanos en el interior. Sin embargo, más que de
caballería habría que hablar de infantería montada pues hasta prácticamente el siglo ii a.C. los jinetes
meseteños y lusitanos, aunque hostigaban a sus enemigos y llegaban a caballo al frente de batalla,
luchaban a pie reforzando la infantería, que era la base de todo contingente armado. Concluida la
conquista, las fuerzas de caballería de celtíberos, lusitanos, vetones o cántabros, diestros jinetes según
propagan las fuentes clásicas, acaban integrándose en el ejército romano como cuerpos auxiliares,
prestando sus servicios en los límites del Imperio.
En cualquier caso, en buena parte de las regiones de la Hispania céltica, sobre todo en las más
apartadas y montañosas, las formaciones guerreras están lejos de ser fuerzas regulares y compactas
operando en campo abierto a la manera que lo hacen los ejércitos de las potencias mediterráneas del
momento. El predominio de terrenos accidentados sumado a otras variables culturales (cuadrillas de
pocos pero diestros combatientes adaptados al medio; captura de cosechas y ganado como móvil
habitual; empleo de armamento ligero; cierta indisciplina) determinan que, en la disposición táctica,
lo frecuente fueran las emboscadas, los ataques sorpresa, los movimientos rápidos y las razias. En ello
insisten los historiadores antiguos mostrando el antagonismo entre el guerrear bárbaro y el “western
and civilizated way of war” patentado por Roma, aquel definido por ejércitos homogéneos en frente de
batalla. Responden al combate indígena y anárquico, por ejemplo, las operaciones de Viriato contra
las legiones desplazadas a la Ulterior entre 147-139 a.C. (vid. vol.II, II.2.4), con la célebre estrategia
del concursare (por la que los romanos pasaban rápidamente de perseguidores a perseguidos de los
lusitanos); o, aun más reveladoras por su escenografía montaraz, las escaramuzas a las que recurren
los cántabros en su lucha frente a Roma (29-19 a.C.) (vid. vol.II, II.5.4.1). En suma, una suerte de
“guerra de guerrillas” que no sin anacronismos y cierta idealización se ha catalogado como recurso
táctico típicamente hispano.
Por último, antes de concluir este punto, hay que recordar que el mercenariado es una importante
actividad entre las poblaciones del interior. La prestación de servicios militares en una comunidad
ajena es una práctica habitual en la Edad del Hierro. Brinda la posibilidad de obtener beneficios
económicos, reconocimientos y prestigio tanto a individuos desposeídos y por tanto carentes de
recursos, como a huestes guerreras ávidas de gloria y prestas a desenfundar sus armas, como fuera
apuntado al hablar del mercenariado ibérico (vid. vol.II, I.I.9.2). Desde finales del siglo iii a.C. y en
las centurias siguientes, el reclutamiento en masa de jóvenes en edad de luchar por parte de los
poderes cartaginés y romano hace del mercenariado un verdadero fenómeno social. Se trata ya, la
mayoría de veces, de levas forzosas y expediciones que tienen por objetivo la obtención de
mercenarios y contingentes auxiliares. Por las fuentes sabemos que iberos, celtíberos y carpetanos se
integran pronto y en alto número en las fuerzas de Aníbal, e igualmente en los ejércitos romanos
desplazados a Hispania, donde asimismo concurren gentes del extrarradio como lusitanos y cántabros.
Según P. Ciprés, que analiza a fondo la información aportada por Livio, los mercenarios celtibéricos
no responden tanto al perfil de guerreros que individualmente se ofrecen a otros ejércitos, cuanto al de
grupos organizados de iuvenes en edad de combatir que participan con sus propios jefes, emplean sus
propias armas, vestimentas y tácticas, cuentan con un campamento propio, disponen de sus propios
órganos de decisión y se rigen por un código ético propio.
Finalizada la Segunda Guerra Púnica, el alistamiento de contingente indígena (celtíberos, lusitanos,
vetones, astures, galaicos) siguió siendo un recurso destacado y un factor clave en la progresión
militar de Roma. Para algunos grupos locales, en particular para sus élites, la incorporación al ejército
romano significó en los años siguientes una vía de promoción en el nuevo marco político, lográndose
por ejemplo derechos de ciudadanía por la prestación de servicios militares relevantes. Así ocurre con
los jinetes celtibéricos –en realidad oriundos de diversas comunidades del valle del Ebro– de la
llamada Turma Salluitana, a los que se gratifica con la ciudadanía romana por el brillante papel
desempeñado en la Guerra Social (91-89 a.C.) luchando al lado de Roma, según lo dispuesto en el
bronce latino de Ascoli (vid. vol.II, II.3.2).
I.2.7.8 El armamento de los hispanoceltas
Gracias a algunas descripciones de las fuentes (Strab., 3, 3, 6 y 3, 4, 15; Diod., 5, 34, 4), pero sobre
todo a los hallazgos arqueológicos y a ciertas imágenes en cerámicas, relieves y esculturas que las
representan, podemos tener una idea de las panoplias de las gentes del interior. En líneas generales se
trata de armas ofensivas (lanzas, espadas, puñales) en hierro forjado y de elementos defensivos
(escudos, cascos, grebas) elaborados con pieles y cueros, armazones de madera y planchas bronce.
Como ya se ha dicho, aparecen con relativa frecuencia en los enterramientos meseteños constituyendo
un elemento de identidad y estatus, aunque también simbólico, que acompaña al difunto al Más Allá
(vid. vol.II, I.2.7.1).
Entre las armas ofensivas las más comunes son las de asta: jabalinas y venablos como el denominado
soliferreum, una lanza arrojadiza elaborada enteramente en hierro y muy apreciada por los lusitanos.
Recuérdese que la lanza (en realidad las puntas y regatones, las piezas metálicas que se conservan) es
el arma mejor reconocida arqueológicamente, por tanto la más extendida socialmente. Mayor
diversidad ofrecen las espadas, con variantes regionales que evolucionan en el tiempo. Los celtíberos
emplean en ocasiones una espada de hoja alargada y acanaladuras similar a la de los galos –por eso
denominada de La Tène o tipo céltico–, si bien el modelo más representativo, con mucho, son las
espadas cortas (entre 40 y 50 cm) y con bordes paralelos o ligeramente pistiliformes que por tener una
empuñadura rematada en dos apéndices globulares se han dado en llamar de antenas atrofiadas, pues
dichas esferas no descansan sobre antenas desarrolladas –como las de las espadas celtas– sino sobre
unas muy leves o atrofiadas, cuando no directamente sobre el pomo. Existen variantes de estas
espadas de antenas, bien estudiadas por A. Lorrio, como los modelos de Aguilar de Anguita, Atance,
Arcobriga o Alcácer do Sal, por los lugares donde primero se descubren o más abundan. Difieren estos
tipos en el tamaño y disposición de la hoja, y sobre todo en la decoración de pomos y vainas a base de
nielados de cobre y plata representando motivos geométricos. Su presencia en necrópolis vetonas,
tumorgas y cántabras señala el éxito de las espadas de antenas entre los pueblos de la
[Fig. 60] Espada de antenas atrofiadas y vaina
de la necrópolis de La Osera
(Chamartín, Ávila)

Meseta. Otra espada reconocida en tierras de vetones y celtíberos es la de frontón, de hoja más ancha
que la de antenas y así denominada por el remate en semicírculo de su empuñadura; mientras que en el
valle del Duero y en las estribaciones cantábricas, vacceos, autrigones y berones emplearon espadas
más elaboradas, como las correspondientes a los tipos Monte Bernorio-Miraveche: con espigón y
gavilanes curvos, empuñadura naviforme y ornamentadas vainas de conteras laterales.
Especialmente célebres por su calidad fueron las espadas celtibéricas. Su esmerado proceso
metalúrgico acarreó la fama de sus herreros, al fraguar aceros de una resistencia y flexibilidad fuera
de lo común según reconocen autores como Filón, Diodoro, Justino o Marcial. Este fundamento
tecnológico, junto a su operatividad, explicarían la adaptación que los romanos hicieron de la espada
meseteña, el gladius hispaniense, luego integrado en la panoplia legionaria. Finalmente puñales como
los de frontón, los de hoja triangular, los del tipo Monte Bernorio o los biglobulares –por la doble
esfera del pomo; un modelo típicamente celtibérico–, así como cuchillos curvos o afalcatados (que
solían enfundarse en un cajetín exterior en la vaina de la espada), completan el repertorio de
instrumentos ofensivos.
Pasando a las armas defensivas, existen dos principales modelos de escudo. El más extendido es uno
circular y de pequeño tamaño: la caetra, igualmente empleada por los iberos. Representado en la
plástica galaico-lusitana y en las monedas celtibéricas, siendo el portado por guerreros y jinetes, su
estructura era de madera y cuero, y presentaba umbo central y rebordes metálicos, así como
abrazaderas y correas que permitían llevarlo asido o colgado. Se utilizó también otro modelo de
escudo alargado y rectangular –el scutum–, característico de la Céltica europea. Los cascos son peor
conocidos pues al elaborarse con cuero y otras materias orgánicas no se han conservado, salvo algunos
ejemplares más o menos excepcionales realizados en bronce. A veces incluían penachos, cornamentas
animales y otros vistosos adornos que daban cuenta de la identidad y rango de sus portadores. A falta
de verdaderas armaduras, los cuerpos se protegían con discos de bronce articulados con cadenillas o
cosidos a la vestimenta (como los recuperados en la necrópolis celtibérica de Aguilar de Anguita o en
la vetona de La Osera), así como con cotas de mallas de cuero o lino y tahalíes para la sujeción de las
armas. Por su parte las extremidades se guarnecían con grebas metálicas y pieles.
En sus variantes regionales y étnicas, el armamento hispanocelta se distingue en todo caso por su
carácter ligero y práctico; idóneo por tanto para el tipo de combate practicado por aquellas
poblaciones. En este sentido, aunque acotada a los lusitanos, la descripción que Diodoro de Sicilia
hace de sus armas y hábitos guerreros puede tomarse como referencia para el conjunto de pueblos de
la Hispania indoeuropea:
“Entre los iberos, los más valerosos son los lusitanos; en la guerra llevan unos escudos muy pequeños,
hechos con nervios entrelazados y capaces de proteger el cuerpo de una manera extraordinaria gracias
a su dureza; en las batallas moviendo otros escudos con facilidad a un lado y a otro, desvían
hábilmente de su cuerpo cualquier proyectil lanzado contra ellos. Utilizan asimismo jabalinas con
lengüeta, hechas completamente en hierro, y llevan yelmos y espadas semejantes a las de los
celtiberos. Lanzan las jabalinas con puntería y a larga distancia y, en general, el golpe es violento. Al
ser ágiles e ir con las armas ligeras, tienen facilidad para la huida como para la persecución, pero en la
resistencia ante los peligros durante los combates son muy inferiores a los celtíberos. En tiempos de
paz ejecutan una danza rápida que requiere una gran elasticidad de piernas; y en la guerra, cuando
marchan contra las tropas que tienen enfrente, avanzan con un paso cadencioso y cantan himnos de
guerra”
(Diodoro, 5, 34, 4-5)
En las comunidades de la Meseta, gracias a la valiosa información de sus necrópolis, en particular las
de celtíberos y vetones, es perceptible una evolución en la panoplia guerrera a lo largo de la Edad del
Hierro. Y ello tanto en términos cualitativos (atendiendo al número de armas que la integran) como
cuantitativos (según su reflejo social). Así, las “panoplias aristocráticas” caracterizan los momentos
iniciales, desde finales del siglo vi hasta inicios del siglo iv a.C. Vienen éstas definidas por
Izquierda [Fig. 61] Recreación de un guerrero arévaco y su armamento a partir del ajuar de una
sepultura de la necrópolis de Numancia (Garray, Soria), según A. Rojas
Derecha [Fig. 62] Recreación de un guerrero vetón y su armamento a partir del ajuar de una sepultura
de la necrópolis de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila), según G. Ruiz Zapatero
piezas singulares y pesadas (largas puntas de lanza, espadas de origen meridional o de hoja alargada,
bocados de caballo) y armas de parada (discos-coraza, cascos), que denotan la emergencia de poderes
individuales a quienes corresponde la ostentación de las armas como refrendo de su estatus. En efecto,
como hemos repetido varias veces, las armas son junto al caballo y otros bienes de prestigio
consabidas expresiones de rango (vid. vol.II, I.2.7.1 y I.2.7.5). A partir del siglo iv a.C. y en las dos
centurias siguientes, la panoplia aristocrática da progresivamente paso a una “panoplia cívica”. El
armamento no es tan singular o lujoso como antes, pero sí más numeroso al formar parte del mismo la
lanza, la espada de antenas, el puñal y a veces el escudo. Y lo que es más significativo, está presente
en un mayor número de tumbas. Así por ejemplo, en las necrópolis celtibéricas de La Mercadera y
Osma en torno al 50 por ciento de las tumbas comprenden armas, aunque en otros cementerios la
proporción es muy inferior. Dicho de otra manera, el incremento de sepulturas con armas (en paralelo
al crecimiento de las necrópolis y al desarrollo urbano de estos momentos) reflejaría la ampliación de
los cuerpos ciudadanos, al menos en la Meseta, como sabemos por otros indicadores. Así, la presencia
de armas en una tumba sería el elemento que anunciaría a su propietario como miembro del grupo,
como ciudadano de derecho. Responde ello a la connotación del armamento (en realidad la capacidad
de portar armas por parte de un individuo) como principio de identidad y pertenencia a la comunidad,
al contribuir cada hombre colectivamente en la defensa con sus propias armas. Esto es observable en
distintos escenarios del Mediterráneo antiguo y particularmente en el mundo ibérico, donde la
posesión de un equipo de armas define al campesino como miembro de la comunidad política, si bien
su armamento y función militar variarán según la riqueza y rango del individuo (vid. vol.II, I.1.9.1).
No hay que descartar sin embargo que en determinados contextos funerarios las armas respondan
también a un código biológico, expresando por ejemplo prácticas de iniciación guerrera o la inclusión
de los más jóvenes en la comunidad de los adultos. Igualmente denuncian un carácter simbólico
acorde a la ética agonística o a los ideales heroicos de estas poblaciones (vid. vol.II, I.2.7.7). Esto se
pone de manifiesto en el hecho de que las armas se quemen, doblen o destruyan al introducirse en el
espacio funerario, emulando a través de este ritual la “muerte” de sus propietarios. No en vano en
muchas culturas antiguas las armas, y especialmente la espada, se consideraban una extensión del
brazo del guerrero. Y su entrega suponía de hecho la desposesión y derrota del portador.
I.2.8 Manifestaciones religiosas
El mundo de las creencias y los rituales constituye un campo de constante interés en el estudio de las
culturas prerromanas. En el caso que nos ocupa, el apasionamiento popular y acientífico por “lo celta”
(vid. vol.II, I.2.2) alimenta desde antaño una aureola de misterio y magia que ha contaminado de
soñados valores la religión de aquellas gentes, hasta mitificarla. Leyendas y reelaboraciones aparte,
aproximarse a sus sistemas religiosos abre las puertas del conocimiento de las poblaciones antiguas,
pues en torno a lo ideológico (creencias, valores, ritos) se fundamentan principios básicos de identidad
y organización social.
No faltan sin embargo los obstáculos en este camino, y el primero de ellos de índole documental. La
información religiosa de las sociedades protohistóricas es ciertamente exigua, limitándose en la
Hispania céltica a tres principales tipos de registros:
1) Una serie de indicadores externos o materiales como son objetos y espacios de connotación ritual:
ofrendas, depósitos, altares, santuarios…
2 ) Ciertas noticias de las fuentes: sesgadas y estereotipadas, como corresponde a la descripción de
comportamientos ajenos desde los parámetros de la civilización clásica, primera regla de la
historiografía antigua (vid. vol.I, I.1.2).
3 ) Una relación de teónimos en inscripciones latinas que, aun de raíz indígena, responden a una
reelaboración de los cultos en el proceso de romanización de las provinciae occidentales (vid. vol.II,
II.9.4).
Así pues, contamos con evidencias arqueológicas, textuales y epigráficas casi siempre desconexas
entre sí, que deben ser leídas en sus respectivos lenguajes. Por otra parte, en lo interpretativo, y con la
salvedad de los celtíberos, estamos ante pueblos ágrafos. Y precisamente la falta de textos sacros que
pudieran alumbrarnos cosmogonías, ciclos mitológicos o procedimientos rituales, hace realmente
huero el panorama de sus credos. Paradójicamente es a partir de la presencia romana cuando, con la
progresiva latinización de los hispanos, se empiezan a consignar por escrito elementos de religiosidad,
los aportados en especial por aras votivas y lápidas funerarias (vid. vol.II, I.2.4.1). Pero al verterse en
una lengua y escritura ajenas, y en el tiempo de dominación romana, tales componentes han perdido o
transformado su esencia religiosa originaria. Como veremos, sólo ciertas imágenes de la cultura
material aproximan una simbología propia, por lo demás de difícil desciframiento, aunque es cierto
que el análisis iconográfico brinda en nuestros días interesantes perspectivas como así se viene
observando especialmente en la cultura ibérica.
En otro orden de cosas, la religión de los hispanoceltas se ha planteado habitualmente desde una
dimensión pancéltica, relacionándose o imbuyéndose en la de otros escenarios de la Céltica europea.
Así, a la búsqueda de paralelos explicativos y rituales compartidos, se valoran noticias sustanciosas
como las relativas a la organización religiosa de los galos, por ejemplo; se rastrea en los dioses la
trifuncionalidad indoeuropea descubierta por G. Dumézil; o se acude a las sagas célticas conservadas
en la literatura medieval irlandesa, en lo que insisten autores como M.V. García Quintela, R. Sainero o
M. Alberro. Estas conexiones (indoeuropeas para unos, atlánticas para otros), que tiene de positivo la
ampliación de horizontes informativos y modelos de referencia, en nuestra opinión pueden convertirse
en un procedimiento viciado cuando tal orientación, a veces sobredimensionada, anula dos premisas
básicas: a) la base esencialmente autóctona del poblamiento prerromano peninsular, que en nada
responde a migraciones centroeuropeas importadoras de una religión celta “en estado puro” (vid.
vol.II, I.2.1); y b) la influencia de otros marcos culturales como el ibérico-mediterráneo o
posteriormente el romano, que asimismo modelan –y no poco– las manifestaciones religiosas del
interior hispano.
En cualquier caso, grato es reconocerlo, contamos en el campo de las Religiones prerromanas con una
consolidada trayectoria investigadora en nuestro país, que iniciada por autores como J.M. Blázquez
décadas atrás, tiene hoy en F. Marco o G. Sopeña algunos sus mejores representantes. Tras estos
preliminares hora es ya de entrar en materia religiosa.
I.2.8.1 El paisaje sacro
Empecemos por la escenografía, pues resulta fundamental para aprehender la esencia de las creencias
y cultos en la Hispania céltica. Las poblaciones antiguas se sentían inmersas en la naturaleza, de ahí su
percepción simbólica del paisaje y la fuerza ambiental de los lugares consagrados: los loca sacra
libera. En efecto, en las regiones meseteñas y atlánticas los santuarios responden originariamente a la
idea celta del nemeton: un espacio natural y generalmente al aire libre donde tiene lugar la
comunicación de los hombres con lo sobrenatural y el allende. El caso de algunos claros de bosques y
roquedos, cuevas y cimas de montañas, ríos y confluencias, fuentes y manantiales, cruces de
caminos…, escenarios que denotan la presencia invisible de la divinidad. Y no por otra cosa sino por
tratarse de lugares con una fuerza, con una enjundia especial que propician la manifestación de lo
sobrenatural. La divinidad se revela, así pues, en hitos de la naturaleza articuladores de un paisaje
sacro: los árboles, la vegetación frondosa, las peñas, las aguas, los animales, los astros... Por eso se
habla de una religión de carácter naturalista o animista con expresiones comunes a muchos otros
pueblos de la Antigüedad.
Además de los bosques sagrados (referidos en pasajes de las fuentes y cuya huella se conserva en
algunos topónimos de origen prerromano), los de naturaleza rupestre son los santuarios más
representativos. Cuevas, abrigos y afloramientos rocosos que bien pueden ser moradas de los dioses o
espacios para la práctica ritual. Célebres son las peñas o plataformas con oquedades y labras asumidas
como “altares de sacrificio”, especialmente abundantes en tierras de vetones, lusitanos y célticos. De
las muchas reconocidas en el occidente de Castilla y León, las provincias extremeñas y el centro de
Portugal, las de Ulaca (Solosancho, Ávila) y Panoias (Vila Real, en Trás-osMontes) están entre las
más interesantes. En el primer caso se trata de un recinto rectangular excavado en la roca (de 16 por 8
metros), con una peña ataludada en su extremo que haría las funciones de altar; dispone ésta en su
lado norte de dos escalinatas con nueve y seis peldaños y varias cavidades talladas en la roca y
comunicadas entre sí por un canal, para la realización de sacrificios y libaciones. El hecho de
conformar un área sacra en el centro del gran poblado de Ulaca (en sus inmediaciones se halla otra
estructura ritual, una sauna rupestre relacionada con ritos de iniciación guerrera; vid. infra I.2.8.3) y
de contar con un espacio suficientemente amplio para la reunión de los celebrantes, acusa la categoría
de santuario intraurbano al que acudirían gentes del entorno. A diferencia del de Ulaca, que no se
romaniza, el santuario de Panoias se mantuvo en uso hasta época altoimperial. Así lo indica un
[Fig. 63] Altar de sacrificios del oppidum vetón de Ulaca (Solosancho, Ávila)
[Fig. 64] Recreación de una escena de sacrificio en el altar de Ulaca (Solosancho, Ávila), según I. de
Luis
conjunto de inscripciones latinas grabadas sobre dos grandes bloques pétreos escalonados y
comunicados por una rampa; en su superficie una serie de piletas con canales de desagüe servían para
recoger la sangre de las víctimas (en cubetas denominadas laciculi) y quemar las vísceras (en
depósitos denominados quadrata), siguiendo un proceso ritual detallado en las inscripciones.
Estructuras similares se han localizado en El Cantamento de la Pepina (Fregenal de la Sierra,
Badajoz), Lácarra (Mérida), La Rocha da Mina (Évora), Nogueira (Resende), Las Atalayas (La
Redonda, Salamanca), San Pelayo (Almaraz de Duero, Zamora), San Mamede (Villardiegua de la
Ribera, Zamora) o El Raso (Candeleda, Ávila).
En las estribaciones meridionales de la Celtiberia se halla uno de los santuarios rupestres más
emblemáticos, el de Peñalba de Villastar (Teruel). Se trata de una sucesión de abrigos sobre un
farallón rocoso en la serranía turolense, sobre el alto Turia, consagrados a Lugus, importante divinidad
del ámbito céltico (vid. infra I.2.8.2). Son abundantes las inscripciones rupestres en lengua celtibérica
y escritura latina en el lugar, y entre ellas una de las más importantes y extensas conmemora la
llegada de peregrinos y la realización de festivales en honor del dios, en los que participaría gente de
distinta procedencia al enclavarse el santuario en un punto fronterizo. Sobre la roca se muestran
numerosos grabados y un par de figuraciones humanas o ídolos esquemáticos que podrían representar
a la divinidad, mientras que las cazoletas y canalillos de los alrededores estarían en relación con
prácticas cultuales.
Un sentido demarcatorio desempeñan también los santuarios asociados a ríos y confluencias. Dotados
de fuerza sobrenatural, los cursos fluviales podrían estar consagrados a divinidades o acabar
deificándose, como así revelan algunas inscripciones latinas con teónimos derivados del nombre del
río (vid. infra, I.2.8.2). Como señala F. Marco, la enorme importancia del agua radica en su percepción
como medio de vida y de fertilidad, siendo una de las principales vías de acceso al otro mundo.
Aunque no en exclusiva, santuarios de confluencia se identifican particularmente bien en el territorio
de los vetones, siendo uno de ellos el de Postoloboso (Candelada, Ávila). El lugar corresponde a un
emplazamiento abierto y en llano a los pies de la Sierra de Gredos, en la misma unión de los arroyos
Alardos y Chilla con el río Tiétar, que es hoy, ese mismo punto, la triple divisoria provincial entre
Ávila, Cáceres y Toledo: un soberbio paraje natural en el que se rindió culto al dios Vaélico, como
anuncian las aras a él dedicadas (vid. infra, I.2.8.2).
Si bien la mayoría de estos santuarios son de carácter extraurbano o rural y no contemplan
edificaciones, al menos éstas no se han conservado, en los últimos años se comprueba la existencia de
espacios rituales en el interior de algunos hábitats. No se trata de estructuras arquitectónicas
comparables a los templos de las ciudades ibéricas (vid. vol II, I.1.10.3), lo que marca una diferencia
cultural, sino de altares rupestres o lugares de reunión emplazados en puntos estratégicos o elevados
del poblado, respondiendo a veces a una particular posición topoastronómica. Ya nos hemos referido
al complejo religioso de Ulaca, compuesto por el altar de sacrificios y una sauna ritual rupestres.
Igualmente en el poblado caristio o berón de La Hoya (Laguardia, Álava), en la arévaca Termes
(Montejo de Tiermes, Soria) o en el enclave carpetano de El Cerrón de Illescas (Toledo) se detectan
espacios religiosos. En el caso de Termes, se ha identificado una estructura de planta cuadrangular
sobre una plataforma dominante en la parte alta de la ciudad, amén de otros ámbitos de interpretación
ritual más controvertida (como un graderío rupestre destinado en realidad a reuniones civiles y de
época romana); y en El Cerrón de Illescas, un complejo con pequeñas estancias y bancos corridos de
adobe donde destaca un relieve de influencia mediterránea con probable escena de viaje al allende: en
ella se identifican dos carros con auriga, un personaje enfatizado por su vestimenta y un grifo alado.
En general, el conocimiento de estas estructuras es muy limitado por la falta de excavaciones en el
interior de los hábitat, pero es más que probable que oppida y grandes castros dispusieran de
santuarios o espacios destinados a la realización de prácticas religiosas colectivas, pues éstas actúan
como elemento de cohesión e identidad para la población.
Un elocuente ejemplo lo proporciona el llamado altar-santuario del castro céltico de Capote (Higuera
la Real, Badajoz), excavado por L. Berrocal. En el centro del poblado, en un espacio singularizado
abierto a la calle central y parcialmente techado, constituido por una mensa y tres bancos corridos de
piedra a su alrededor (adosados a los tres muros de la estancia), se llevaron a cabo banquetes rituales
colectivos. En efecto, en ellos hubo una participación masiva a juzgar por los abundantes restos de
fauna, vajilla, pebeteros cerámicos e instrumental de sacrificio recuperados (vid. infra I.2.8.3).
Probablemente se tratara de un ceremonial consagrado a la divinidad tutelar del lugar (ignota y
anicónica dada la ausencia de imágenes) o a los ancestros de los clanes allí reunidos.
Los hábitats asociados a divinidades o con una connotación sacra por su emplazamiento u origen, se
convierten también en lugares de peregrinación. Es lo recientemente revelado en el castro galaico de
Monte Facho (Donón, Pontevedra), sobre un promontorio asomado a la ría de Vigo. A este apartado
lugar acuden a lo largo de varios siglos numerosos devotos que erigen exvotos epigráficos al dios
local Berobreo. En concreto se llevan recuperadas ¡más de 130 aras!, lo que le convierte en el
poblado-santuario con mayor número de dedicaciones a una divinidad pagana de toda la Península
Ibérica. Los exvotos escultóricos, en granito local y tamaño oscilante entre 50 y 180 cm, presentan una
forma de tendencia antropomorfa que consta de cabeza (con pequeño orificio para las libaciones),
cuerpo central para la inscripción y un pie de fijación en el terreno; de la indicación pro salutem de
algunas piezas podría inferirse, según los excavadores, un carácter sanador de la divinidad.
I.2.8.2 El panteón hispano-celta
Una diferencia cualitativa con lo observable en el mundo ibérico, donde como vimos se desconocen
los nombres de las divinidades locales (vid. vol.II, I.1.10.1), es el copioso repertorio de teónimos
revelado epigráficamente en las regiones de la Hispania céltica, especialmente en los márgenes
occidental y noroccidental. Ello pone de manifiesto, en primer lugar, el politeísmo imperante en estas
poblaciones, con un elenco de deidades de distinta categoría y adscripción que, sumado a incontables
númenes o espíritus locales, hace complejísimo, por no decir imposible, sistematizar los diversos
panteones. En segundo lugar, desde un punto de visto metodológico, disponemos de nombres de
dioses, sí, pero prácticamente nada sabemos de su naturaleza, propiedades o formas de devoción. Ello
se debe a que, por una parte, las inscripciones que los citan corresponden como ya se ha dicho a un
momento romanizado: se trata de exvotos de época altoimperial fechados en los siglos i-iii d.C. y
escritos en latín, si bien conectados con cultos de tradición indígena. Y por otra parte, a que dichos
epígrafes nada explicitan más allá del nombre del dios y del de los dedicantes siguiendo consabidas
fórmulas de consagración romana como votum solvit merito libens (“cumplió este voto por voluntad
propia”). Pues, en efecto, entendidos como una llamada a la intercesión de los dioses, los exvotos se
hacían en agradecimiento por una curación o súplica o en cumplimiento de una promesa. El hecho de
que los teónimos (así como la onomástica de buena parte de los dedicantes) tengan raíces
indoeuropeas prelatinas hace suponer que se trata de divinidades ancestrales arraigadas al sustrato
prerromano. Y en este punto, el análisis etimológico de los nombres permitiría atisbar alguna pista
sobre la caracterización del dios a partir de su asociación semántica, como así se ha venido
proponiendo. Aunque ello ha servido para comprobar que, especialmente en las regiones occidentales,
muchos teónimos se relacionan con elementos de la naturaleza como corrientes de agua, bosques o
montañas, el análisis lingüístico por sí mismo es incapaz de desentrañar la esencia de los cultos y su
contexto funcional. Para ello deben tomarse en consideración otros testimonios y aproximaciones.
A la hora de adentrarnos en el abigarrado universo de lo divino, estableceremos tres principales
categorías de divinidades en los territorios de la Hispania céltica: 1) las de carácter pancéltico; 2) las
de ámbito regional; y 3) los cultos locales.
Especialmente en la Celtiberia se registran algunas divinidades pancélticas, comunes por tanto a otros
espacios de la Céltica como Galia o Britania. Entre ellas destacan Lugus, las Matres y Epona. Lugus
es un dios solar y de la soberanía, en realidad con numerosas atribuciones, que al menos en la Galia es
asimilado al Mercurio romano como hace saber Julio César; en Hispania recibió culto en el santuario
de Peñalba de Villastar (Teruel) ( vid. supra I.2.8.1), existiendo en el Noroeste varias inscripciones
dedicadas a los Lugoves (forma plural que conlleva una multiplicación de lo divino) con el epíteto
Arquieni. Por su parte, las Matres o diosas madres, en genérico, son deidades nutricias y
favorecedoras de la fecundidad que en algunos lugares suman propiedades curativas; representadas
generalmente en tríadas (de nuevo, una reiteración que potencia la acción benefactora), en la
Península Ibérica se las identifica con distintos epítetos locales en una quincena de inscripciones
procedentes de la Celtiberia y sus aledaños, entre las que destacan las varias halladas en Clunia
(Coruña del Conde, Burgos). Por último, Epona es una diosa de origen galo asociada a los équidos (por
eso aparece representada entre ellos en relieves y figuras) y valedora de la caballería. En algunos
contextos se la relacionada, además, con la fertilidad, las aguas o el mundo funerario; igualmente
recibió culto en diversos puntos de la Meseta y del ámbito ibérico.
En la mitad occidental de la Península Ibérica, en las antiguas Gallaecia, Asturia, Vetonia y Lusitania,
proliferan cultos de extensión regional al constatarse repetidas veces un conjunto de divinidades.
Como ya se dijo, es frecuente que la etimología de sus nombres remita a elementos del medio acuático
o vegetal, y también lo es que los distintos hallazgos epigráficos se distingan por epítetos o formas
adjetivales correspondientes a lugares, poblados o grupos familiares, representando diferentes
advocaciones o reducciones tópicas de la misma deidad. Una de estas diosas es Nabia, reconocida en
un buen número de inscripciones desde Galicia a Extremadura, a la que se tiene como divinidad de las
aguas y los manantiales boscosos. Algo similar a lo que representan Reva, Cosus, Nemedo o
Bormanico, relacionados de una u otra forma con el elemento acuático. Otra de las divinidades más
interesantes y abundantes es Bandua; mientras algunos autores la consideran una deidad protectora y
tutelar (a partir de la traducción del indoeuropeo *band como “mandar u ordenar”) y otros la hacen
garante de los pactos y los lazos federativos (basándose en la etimología del radical *bendh como
“ligar o atar”), J. Untermann y J. de Hoz creen que en realidad se trata de un nombre común
equivalente a “divinidad” o “genio religioso”, que en cada caso iría precisado por un epíteto
individualizado. Así, los casos de Banduae Araugelensis, Banduae Lanobrigae, Bandua Longobrigu,
Bandua Veigebraegus o Bandua Apolosegus revelados en distintas inscripciones.
Trebaruna, Arentio y su equivalente femenino Arentia, corresponderían también al grupo de
divinidades protectoras de territorios o clanes, aunque en los dos últimos no hay que descartar una
posible asociación a las aguas. Igualmente está bien representado el teónimo Tongo o Togoto, que
aparece con otras variantes e incluso con la forma celtibérica Tokoitos en el bronce de Botorrita I;
emparentándolo con el radical *tong (que en lengua celta significa “juramento”), F. Marco lo
considera una deidad protectora de los pactos. Resulta ilustrativo en este punto el episodio relatado
por Apiano (Iber., 52) en el que los vacceos de Cauca, asediados por Lúculo en el 151 a.C., invocan a
los dioses de los juramentos recriminando la perfidia del general romano que había contravenido su
promesa de paz.
En la zona compartida por lusitanos, vetones y célticos, dos dioses alcanzan un marcado
protagonismo. La primera es Ataecina, diosa agrícola y funeraria a un tiempo; las dos partes de su
nombre, Ate-gena, traducirían en indoeuropeo las ideas ‘nacida de nuevo’ o ‘nacida de la noche’. Su
culto se extiende entre el Tajo medio y el Guadiana. Aunque se le erigen inscripciones en distintos
puntos de las provincias de Cáceres, Badajoz y Toledo, su santuario parece localizarse en las
inmediaciones de la ermita visigoda de Santa Lucía de El Trampal (Alcuéscar, Cáceres), donde han
salido a la luz una quincena de aras latinas que la rememoran como Dea Sancta junto al epíteto
locativo Turobrigensis . Los atributos de Ataecina son el ramo vegetal y la cabra, representada como
ofrenda en figurillas de barro y bronce. Por su parte Endovélico es el principal dios lusitano en
número de inscripciones, con más de ochenta. Su santuario se hallaba en São Miguel da Mota
(Alandroal, alto Alentejo), en origen un espacio natural o nemeton que en época romana se
monumentaliza con la construcción de un templo del que se han recuperado elementos arquitectónicos
y esculturas tanto humanas –algunas representando al dios bajo una iconografía clásica– como de
animales –en particular suidos–, que habrían sido dedicadas por los peregrinos. En lo relativo a su
caracterización, según el erudito portugués J. Leite de Vasconcelos, Endovellicus sería un dios
benefactor o de la medicina que se manifiesta a sus devotos con oráculos transmitidos a través de los
sueños, siguiendo el procedimiento de la incubatio latina; otros autores proponen una significación
ctónica o infernal para un dios cuyos símbolos principales son el jabalí, la palma y la corona de laurel.
Una deidad emparentada con Endovélico es Vaelicus o Vélico, como pone de manifiesto su
homonimia, que quizá se trate de una advocación regional del gran dios lusitano. Como se apuntó
líneas atrás, fue venerado en el santuario de Postoloboso (Cándeleda, Ávila) (vid. supra I.2.8.1), en el
solar de los vetones, y parece tratarse de un divinidad vinculada al mundo subterráneo e infernal; y
acaso también al lobo si es cierta la filiación del teónimo con vailos, que significa lobo en lengua
celta. En el entorno de Postoloboso se han hallado una veintena de aras cuyos dedicantes, por su
onomástica y la reiterada mención a grupos familiares, sugieren un origen indígena a pesar de tratarse
de inscripciones de los siglos i-ii d.C. y de que para entonces el inmediato oppidum de El Raso
(Candelada, Ávila) ya había sido abandonado.
Finalmente, dentro de una escala local, hay que hacer referencia a la inagotable retahíla de dioses
menores, genios y númenes. Esta atomización denota una acusada compartimentación religiosa,
especialmente, una vez más, en el cuadrante noroccidental de la Península. Sin embargo, en Celtiberia,
Carpetania, el país vacceo y los espacios astur-cántabro y vascón hay menor variación y profusión
teonímicas. Así, en cálculos de J. Untermann, al oeste de la línea imaginaria que iría de Oviedo a
Mérida se registran más de 300 teónimos diferentes. A fin de saber siquiera cómo suenan, citemos
algunos de ellos: Acpulsoio, Aerno, Albocelo, Aricona, Berobreo, Bodo, Decanta, Durbedico, Ilurbeda,
Irbi, Iscallis, Neto, Palantico, Selu, Trebopala, Triborunnis, Tritaecio, Vortiaco… y un largo etcétera.
Con las limitaciones ya comentadas, parece que muchas de estas divinidades aglutinan funciones
protectoras y propiciatorias sobre espacios y colectividades de distinta magnitud, desde familias y
clanes hasta castros y territorios políticos, como se desprende del último catálogo de divinidades
elaborado por J.C. Olivares. En algunos dioses es patente una
Izquierda [Fig. 65] Ara latina dedicada al dios Vaelicus procedente del santuario de Postoloboso
(Candeleda, Ávila)
Derecha [Fig. 66] Aras votivas en el santuario de Postoloboso (Candeleda, Ávila)
función soberana o guerrera que parte de la investigación asume como principio de una ideología
indoeuropea extendida por todo el continente europeo. Pero como ya hemos dicho, al menos en la
antigua Lusitania es muy reveladora (desde la etimología teonímica) la asociación de deidades a
elementos del medio natural tales como ríos, humedales, espesuras vegetales y montañas, en lo que
insisten paleolingüistas como F. Villar o B. Prósper.
Esto no debe conducir a confusión pues, más que de una idolatría entendida como culto a las aguas,
peñas, árboles o astros, se trata de la manifestación de fuerza divina en elementos de la naturaleza que
no son dioses en sí sino el medio a través del cual se anuncia el dios o el lugar que lo acoge (vid. supra
I.2.8.1). No extraña por eso que algunas de estas dedicaciones se expresen sobre rocas y abrigos
naturales, como así reflejan, por apuntar uno entre tantos ejemplos, las inscripciones rupestres a la
diosa Laneana en puntos de los confines lusitanos como Torreorgaz (Cáceres) y Sabugal (Guarda,
Portugal). Esta proyección epifánica del dios en el entorno se aplica a un elemento vehicular y
simbólico por excelencia, las corrientes fluviales, algunas de las cuales llegan a divinizarse. Así,
teónimos epigráficos como Durio, Ana, Baraeco, Tameogrigo o Aquae Eleteses, entre otros,
corresponden a fuerzas sacras manifestadas en los cursos de los ríos Duero, Guadiana, Albarregas,
Támega o Yeltes respectivamente. Es en este contexto votivo en el que hay que interpretar el
arrojamiento de calderos, torques o armas a ríos y pantanos, como ofrendas divinas por tanto. Ello se
reconoce en las regiones atlánticas europeas y en particular en Galicia, con hallazgos de armas en
contexto acuático de los que la espada recuperada en el río Ulla es un significado ejemplo.
Con similar lectura, tesorillos meseteños con joyas y monedas como los de Salvacañete y Drieves en
la provincia de Cuenca o San Cabrás en Leria (Soria), han sido considerados depósitos votivos por
parte de algunos autores. A diferencia de lo observado en los santuarios ibéricos, en la Hispania
céltica no parece existir una tipología estandarizada de exvotos en piedra o barro. Al menos éstos no
se han conservado.
Pasando del plano ambiental al zoológico, cualidades significativas de los dioses eran asimismo
asimiladas o representadas en aquellos animales que las poseían o sugerían. Pongamos algunos
ejemplos. En el toro la potencia y fecundidad, en el lobo la oscuridad y ferocidad, en el jabalí la
fortaleza y sagacidad, en el caballo la velocidad y destreza, en la cabra la adaptabilidad y el ser junto
al cerdo una fuente de alimento, en las aves la volatilidad y su capacidad liminal para traspasar
fronteras… Ello hace del animal una hipóstasis o atributo de lo divino. De este modo es como hay que
entender en el espacio de los vetones la función de ciertos verracos (recuérdese, las rudas esculturas
de granito representando bóvidos y suidos): como símbolos de una divinidad protectora de gentes y
paisajes o, según pensara J. Cabré, propiciadora de la fertilidad de los ganados cuya propia imagen
asume (vid. vol.II, I.2.6.1). ¿Significa ello que los toros eran considerados stricto sensu animales
sagrados en Iberia, como apunta Diodoro de Sicilia (4, 18, 2-3)? No, no se trata de una zoolatría
(deducible a ojos de un observador externo) sino de que el animal, como acaba de referirse, es un
icono que traslada valores de la divinidad por la asociación simbólica o funcional recreada entre
ambos. Un segundo ejemplo es el ya apuntado papel psicopompo o vehicular que, emisarios de lo
divino, desempeñan los buitres en la cosmovisión de celtíberos y vacceos, encargándose de descarnar
y trasladar al más allá el cuerpo de los guerreros caídos en combate (vid. infra I.2.8.3). Y una tercera
proyección simbólica de base animal, la del caballo. Éste constituye en unos casos un medio de
heroización guerrera de tipo ecuestre: así lo anuncian con sus soberbios jinetes las estelas discoidales
de Lara de los Infantes o Clunia, las
[Fig. 67] Verraco del castro de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila), en la actualidad en una plaza de Ávila
fíbulas de caballito y estandartes celtibéricos, o los reversos monetales; mientras que en otros
escenarios representa más bien un emblema funerario o étnico-religioso, como entre los vadinienses
de la Cantabria occidental que efigian en sus lápidas el caballo como algo propio.
En fin, dentro de un imaginario semisacro es en el que hay que articular el papel de los lobos, peces,
serpientes cornudas, gallos, batracios, hipocampos y cuadrúpedos representados en la cerámica
celtibérica, especialmente en la numantina, o en la decoración de armas, téseras de hospitalidad y
adornos como fíbulas y broches de cinturón. En coordenadas simbólicas, he ahí los particulares
“bestiarios” de los pueblos meseteños. Iconos mudos de mitos imposibles de restablecer.
A partir del siglo i a.C. el avance de la romanización en el Occidente peninsular depara un fenómeno
ideológico sumamente interesante, como es el sincretismo de divinidades locales con otras del
panteón grecorromano. Es lo que se llevaba produciendo en las costas ibéricas desde siglos antes,
sobre la base de una religión mediterránea nutrida de dioses semitas y grecoitálicos (vid. vol.II,
I.1.10.1), y lo que acabará constituyendo uno de los rasgos más señalados de la religiosidad
hispanorromana (vid. vol.II, II.9.4). Apuntemos algunos casos. Así, mientras en el Norte la divinidad a
la que los cántabros sacrifican chivos, caballos y prisioneros (Strab., 3, 3, 7) es identificada con
Ares/Marte (inscripciones del área galaica también asimilan al nativo Cosus con el dios romano de la
guerra, cuyas múltiples interpretationes hispanas denotan una funcionalidad plural o totalizadora), en
Lusitania hay que mencionar el sincretismo entre Ataecina y Proserpina-Feronia, deidades itálicas
asimismo ctónicas y benefactoras, lo que facilita su interpretatio con la diosa lusitana. O el
establecido entre el local Eaecus y el padre de los dioses, Júpiter, con el calificativo Solutorio,
documentado en más de quince inscripciones cacereñas. También en el Noroeste abundan las
dedicatorias a Júpiter acompañado de diversos epítetos locales, algunos referidos a montañas como el
Iuppiter Candamius documentado en el monte Candaneo, en la Asturias meridional; una variante
oronímica asimismo aplicada al Mars Tilenus o Marte indígena del monte Teleno (en León), según la
inscripción sobre un anillo de plata de la región de La Bañeza que así lo nombra. Finalmente, las
relativamente abundantes dedicaciones a los Lares (tanto de los caminos o viales como de grupos
familiares o lugares, por los apelativos que los individualizan), a diversas Nymphae de las aguas, a
Fortuna o a Salus, esconden bajo denominaciones específicamente latinas advocaciones locales a
númenes de carácter protector y/o curativo.
En este mismo proceso de transformación de lo indígena en lo hispanorromano es donde tiene lugar la
antropomorfización de la divinidad, esto es, su representación humana siguiendo una iconografía de
reminiscencia clásica. Téngase en cuenta que no existen prácticamente imágenes de dioses en la
plástica hispanocelta de la Edad del Hierro. Las excepciones vendrían dadas en ciertas
representaciones antropomorfas tanto en pintura vascular como en relieves celtibéricos, y acaso
también las cabezas de piedra exentas de la cultura castreña, que podrían identificar deidades, seres
protectores o principios divinos.
Para terminar este apartado conviene recordar que la interpretación de los cultos indígenas en la
historiografía clásica presenta una imagen habitualmente deformada. El conocido pasaje estraboniano
sobre el supuesto “ateísmo” de los galaicos es un gráfico exemplum de lo mismo. En palabras del
geógrafo de Amasia:
“Algunos dicen que los calaicos no tienen dioses, y que los celtíberos y sus vecinos del norte hacen
sacrificios a un dios innominado, de noche en los plenilunios, ante las puertas, y que con toda la
familia danzan y velan hasta el amanecer”
(Estrabón, 3, 4, 16)
Antes de asumir avant la lettre tal estampa de animismo y acusado primitivismo teológico, habrá de
advertirse, como han hecho J.C. Bermejo o F. Marco, que estamos ante el dictamen de unas formas de
religiosidad –en su sentido etimológico– alteradas, puesto que, propias de los otros o bárbaros, no
responden a los parámetros del analista grecorromano. De ahí que por desinterés y desconocimiento se
simplifiquen en un cuadro tan sesgado como anecdótico.
Precisamente en el siguiente punto intentaremos analizar en su propio contexto cultural los ritos más
representativos de las poblaciones que nos ocupan.
I.2.8.3 Expresiones rituales
Libaciones, sacrificios animales y banquetes son prácticas habituales con las que honrar a dioses y
difuntos. Su escenificación difiere según tiempos y lugares dependiendo del rango y naturaleza de los
cultos. En consonancia con el desarrollo sociopolítico de las comunidades meseteñas que, como
dijimos, desde el siglo iv a.C. se organizan en poblados y aldeas dentro de territorios controlados por
castros de considerable tamaño (vid. vol.II, I.2.5), la práctica religiosa se hace progresivamente más
compleja implicando a un número creciente de familias y gentes. En este sentido, al igual que en el
mundo ibérico donde se manifiesta con más nitidez (vid. vol.II, I.1.10.2), en la Hispania céltica la
religión es también un principio de cohesión e identidad a distinto nivel, tanto para los miembros del
grupo gentilicio como para el conjunto de ciudadanos integrados en estructuras políticas mayores. Es
así como hay que entender la celebración de sacrificios en los que participa activamente la
comunidad, como nos dan a saber las fuentes en determinadas situaciones: a la hora de sellar pactos y
alianzas, como hacen los lusitanos (Liv., Per., 49), antes de la entrada en combate o al término del
mismo (Polib., 12, 4b, 2-3; Strab., 3, 3, 7), en los funerales de los grandes jefes, caso de los del
legendario Viriato ante cuya pira se inmola un número no precisado de animales (App., Iber., 74;
Diod., 31, 21a); o a una escala más familiar, en las ceremonias nupciales como ocurre en los
esponsales de Viriato (Diod., 33, 7, 2).
En efecto, como en tantos otros escenarios de la Antigüedad pagana, los animales domésticos son
víctimas comúnmente sacrificadas. Cerdos, ovicápridos, bóvidos, caballos…, que al inmolarse liberan
y ofrendan la fuerza vital contenida en su sangre. Resultan elocuentes a este respecto la inscripciones
rupestre de Cabeço das Fráguas (Sabugal, Guarda), que detalla el sacrificio de una oveja (oliam), un
cerdo (porcom) y un toro (taurom) a las divinidades lusitanas Trebopala y Trebaruna, Laebo y Reva
respectivamente; y la de Marecos (Peñafiel, Oporto), con la mención a bóvidos, corderos y una ternera
ofrendados a Nabia, Júpiter y Lida. ¡Una anatomía sacrificial de honda herencia indoeuropea! En
particular la inmolación de caballos se reserva para actos relevantes como las declaraciones de paz o
guerra o la sacralización de los pactos, según cumplen lusitanos y cántabros (Liv., Per., 49; Strab., 3,
3, 7). Éstos últimos, por tenerlos en alta estima e imbuirse de su esencia vivificadora, bebían la sangre
de los équidos sin que ello forzosamente implique la muerte del animal (Sil. Ital., Pun. 3, 361; Hor.,
Od., 3, 4, 34).
Más arriba se ha comentado que las distintas fases del sacrificio y purificación de las víctimas
(degüello, despellejamiento y despiece del animal; libación y recogida de la sangre; separación de las
partes destinadas al consumo de las vísceras para usos rituales; quema de restos expiatorios; cocción o
asado de la carne) se llevan a cabo en estructuras rupestres con cazoletas y canales conocidas
popularmente como “altares de sacrificio”, como las halladas en Ulaca y Panoias (vid. supra I.2.8.1).
Una de las escasas ceremonias sacrificiales reconocidas arqueológicamente es la celebrada en el
castro céltico de Capote (Higuera la Real, Badajoz). Un banquete ritual en el que, según revela el
análisis faunístico, se inmolaron y luego consumieron una veintena de grandes mamíferos (bóvidos,
ásnidos, cérvidos, ovicápridos y suidos); el hallazgo en el mismo depósito de hasta 300 juegos de copa
y cuenco y 30 pebeteros cerámicos confirma la participación de un amplio colectivo en una
comensalidad que al parecer tuvo lugar momentos antes del abandono del castro, quizá ante un ataque
inminente. A no mucha distancia de este lugar, en Garvão (Ourique, en el bajo Alentejo) se ha
documentado otro depósito ritual datado en el siglo iii a.C.; de posible significado fundacional, lo
integraban elementos de vajilla, huesos de bóvido y suido y un cráneo humano con señales de
trepanación, todo ello contenido en una caja.
Fauna doméstica se consumía también en ceremonias funerarias, como ponen de manifiesto los huesos
y residuos cárnicos de vasos ofrendados en algunas tumbas meseteñas. Más en concreto, en escenarios
como la necrópolis vaccea de Las Ruedas y el aledaño poblado de Las Quintanas (Padilla de Duero,
Valladolid) se constatan depósitos faunísticos tanto en sepulturas y espacios secundarios asociados,
como en el propio ámbito doméstico. En distintas combinaciones y con señales de descuartizamiento,
estos depósitos han deparado restos de gallina, liebre, lechón, ovicáprido, gato, perro e incluso
caballo. Sin desestimar su aprovechamiento culinario, el sacrificio de animales en tales contextos
respondería, se piensa, a un afán mágico-propiciatorio relacionado con la reproducción familiar. A la
poste una suerte de rituales ctónicos de fertilidad sobre la creencia de que, por intercesión divina, los
animales nutrirían la tierra que los acoge.
Un tema controvertido es el de los sacrificios humanos, como así demuestran las diversas opiniones
vertidas desde antiguo. Si bien los historiadores grecolatinos lo convierten en topos extremo de la
barbarie céltica, en realidad, como ha observado F. Marco desde un análisis despojado de prejuicios,
se trataría de una práctica más bien excepcional que al menos entre celtíberos y lusitanos se relaciona
con rituales guerreros o adivinatorios. Como en la práctica totalidad de sociedades antiguas, son esas y
otras circunstancias especiales (una amenaza última, una sanción guerrera, la respuesta a una traición,
una expiación colectiva) las que justificarían inmolaciones fundamentalmente de prisioneros. Así
actúan los habitantes de Bletisama (actual Ledesma, en Salamanca) hasta que el pretor de la Ulterior
abole la costumbre en el 94 a.C. (Plut., Quaest. Rom., 83); mientras que el sacrificio de un cautivo, un
caballo y un macho cabrío rige en algunos pueblos del interior como anuncio de hostilidades e
invocación a los dioses de la guerra (Strab., 3, 3, 7; Liv. Per., 49). Tampoco el

[Fig 68] Reconstrucción del altar-santuario del castro de Capote (Higuera la Real, Badajoz), destinado
a banquetes rituales, según L. Berrocal
ritual de cortar y exhibir como trofeo la cabeza del enemigo, que Posidonio, Diodoro y Estrabón
adscriben a los guerreros galos, parece un hábito cotidiano o generalizo en la Península Ibérica;
aunque puedan relacionarse con él –desde un plano más simbólico que real– las cabezas representadas
en las fíbulas de caballito celtibéricas. Sin embargo, en contra de lo pensado por algunos autores, las
testas talladas en piedra de algunos castros occidentales no serían indicadores de ritos decapitatorios
sino más bien símbolos apotropaicos sustentados en la creencia indoeuropea de que la cabeza es “sede
de la vida”, pues en ella habita el alma y los valores supremos de soberanía. Se colige de ello un
carácter heroico en las imágenes cefálicas de la plástica celtibérica: desde las citadas cabecillas que
bajo las bridas o sobre el prótomo del caballo adornan las fíbulas de jinete y los signa equitum
numantinos, o aquellas otras representadas en vasos cerámicos, hasta, en un discurso más oficial, las
efigies varoniles de los anversos monetales. En los últimos casos cabría entender las cabezas como
idealizaciones de dioses o genios protectores.
Volviendo a las prácticas rituales colectivas, y al fuego como medio de purificación, con ello deben
relacionarse elementos ígneos que se reconocen en algunas necrópolis meseteñas: parrillas, asadores,
tenazas o morillos. Igualmente recipientes de bronce (urnas, calderos, timaterios, braserillos)
representativos de cementerios vetones como El Raso (Candeleda, Ávila) o Pajares (Villanueva de la
Vera, Cáceres), y pebeteros cerámicos en la forma de vasos calados para quemar esencias y conseguir
aromas apropiados. Tras su empleo en ceremonias rituales, funerarias o en banquetes de hospitalidad,
tales utensilios se depositan en las tumbas de personajes destacados socialmente, como sugiere su
frecuente asociación a ajuares guerreros y enterramientos tumulares que, como dijimos, son los
propios de las élites (vid. vol.II, I.2.7.2). Es posible que algunas de estas sepulturas correspondan a
sacerdotes. O quizá, más propiamente, a jefes con competencias religiosas encargados de dirigir cultos
domésticos y ceremonias políticas. Precisamente la existencia o no de sacerdotes es otro de los
debates latentes en el estudio de las religiones prerromanas. Dediquémosle unas líneas.
A pesar de la falta de testimonios concluyentes, cada vez son más los autores que, como F. Marco o
M.V. García Quintela, defienden la realidad de un sacerdocio masculino más o menos
institucionalizado a finales de la Edad del Hierro; en especial en el seno de las comunidades de
Celtiberia y Lusitania. Formarían parte de él individuos reconocidos por su prestigio, experiencia y
sabiduría que, como el hieroskopos o arúspice lusitano al que alude Estrabón (3, 3, 6), se encargan de
inmolar las víctimas sacrificiales y de llevar a cabo prácticas adivinatorias sobre cadáveres. De forma
parecida a los druidas celtas, de los que nos informa César en el libro VI de sus comentarii sobre la
guerra de las Galias, las competencias de estos profesionales de lo sacro abarcarían extensos campos
del saber, desde el aprovechamiento botánico para la elaboración de brebajes y medicinas hasta el
manejo de sagas y ciclos mitológicos, incluida la observación astronómica y el control del calendario.
Esto último podría quedar reflejado en la distribución de estelas y túmulos funerarios que, como se ha
sugerido para el cementerio de La Osera (Chamartín de la Sierra, Ávila), plasmarían sobre el terreno
una constelación que serviría para marcar las principales fiestas del calendario. O asimismo en la
particular orientación topoastronómica de santuarios rupestres como el ya referido de Ulaca. Al
respecto, resulta oportuno indicar que la Arqueoastronomía (encargada de estudiar la manera en que
las sociedades del pasado se relacionan con el cosmos o espacio celeste –sin duda algo recurrente–,
sobre datos arqueológicos, geográficos e históricos) es una disciplina de novedosa aplicación al campo
de las religiones antiguas, que empieza a dar interesantes resultados en yacimientos de la Hispania
céltica.
Volvamos al sacerdocio. Además de oficiar los rituales y de ejercer de lo que hoy definiríamos como
médicos, maestros, consejeros y jueces (cometidos que en la Antigüedad más tienen que ver con el
rango y autoridad moral de unos pocos señalados por los dioses, que con categorías profesionales), los
sacerdotes, como los venerables ancianos –cuando no lo mismo–, son los depositarios de la tradición,
los testaferros de la memoria. Y ello precisamente les convierte en nexos de cohesión e identidad para
sus respectivas sociedades. Téngase en cuenta, además, que el grado de desarrollo alcanzado por las
comunidades urbanas prerromanas requiere de un ordenamiento religioso al que son inherentes las
funciones sacerdotales. No hay que
[Fig. 69] Cerámica
celtibérica con representación de guerrero caído y buitre, en posible escena descarnatoria ritual
(Museo Numantino, Soria)
descartar en este sentido que algunos términos transmitidos por la epigrafía celtibérica correspondan a
cargos religiosos con competencias jurídicas, en particular el bronce I de Botorrita si en verdad
contiene una lex sacra (vid. vol.II, I.2.4.2). Asimismo se ha señalado con razón que ciertos
antropomorfos de la plástica celtibérica podrían identificar a sacerdotes o personajes con una
proyección ritual; serían los casos de las figuras que recuerdan a sacrificantes ataviados
ceremonialmente, o de los danzantes y portadores de armazones en forma de caballo o toro pintados
sobre vasos numantinos.
Finalizaremos con unos apuntes acerca de los ritos de carácter guerrero. Como se indicó al hablar de
la guerra y la ética agonística (vid. vol.II, I.2.7.7), en torno al guerrero las sociedades hispanoceltas
proyectan un código de vida heroico. Desde la juventud, pasando por la madurez, hasta el óbito y
tránsito al allende, como han demostrado P. Ciprés y G. Sopeña para el caso de los celtíberos. Así, la
asunción de valores y el cumplimiento de una serie de hitos fuertemente ritualizados sumaban pasos
hacia una plenitud guerrera que tenía su cenit en una muerte gloriosa –la que se produce combatiendo-
y en el encuentro con los dioses, lo que convertía en héroe al guerrero. Ya hemos visto cómo este
particular cursus honorum camufla ideológicamente un proceso de heroización guerrera que resultaba
de lo más operativo para legitimar el poder de las élites aristocráticas (vid. vol.II, I.2.7.5).
Es de esta manera como hay que entender entre los celtíberos ritos como la evocación de las gestas de
los antepasados, la amputación de la diestra del enemigo y en
[Fig. 70] Sauna castreña o pedra fermosa de Sanfins (Paços de Ferreira, Portugal)
ocasiones su decapitación, el amor a las armas, la devotio o entrega suprema al líder, la solemnidad de
los retos personales o, quizá el más significativo de todos, la descarnatio que las aves carroñeras
hacían de los combatientes muertos, cuyos cuerpos se exponían a tal fin en círculos de piedra. A dicha
práctica se refieren Silio Itálico y Eliano en los siguientes términos:
“Los celtíberos consideran un honor morir en el combate, y un crimen quemar el cadáver del guerrero
así muerto; pues creen que su alma se remonta a los dioses del cielo, al devorar el cuerpo yacente el
buitre”
(Silio Itálico, Pun., 3, 340-343)
“Los vacceos [arévacos, según relectura de G. Sopeña], pueblo de Occidente, ultrajan a los cadáveres
de los muertos por enfermedad, y a los que consideran que han muerto de forma cobarde y mujeril, y
los entregan al fuego. En cambio, a los que han perdido la vida en el combate los consideran nobles,
valientes y dotados de valor, y, en consecuencia, los entregan a los buitres porque creen que éstos son
animales sagrados”
(Eliano, De Nat. An., 10, 22)
[Fig. 71] Dibujo de la
diadema áurea de Mones (Piloña, Asturias), según G. López Monteagudo
Escenas de aves rapaces devorando cadáveres o posadas sobre ellos están asimismo representadas en
varias cerámicas numantinas, y en estelas o relieves como los de El Palao (Alcañiz, Teruel), Binéfar
(Huesca) o Zurita (Cantabria).
Entre los lusitanos y otros pueblos del Norte y Occidente, acaso con un enunciado más agreste,
podemos citar prácticas como el robo de ganados y demás razias iniciáticas en pro de un estatus
guerrero, la ingesta de sangre de caballo, el sacrificio adivinatorio, los cánticos, danzas y muestras de
furor guerrero o los baños de vapor en saunas rupestres. Este último ritual, que Estrabón (3, 3, 6)
atribuye a los guerreros del valle del Duero, tiene su constatación arqueológica en estructuras como la
llamada “fragua” de Ulaca (Solosancho, Ávila). En realidad se trata de un rústico balneario en seco
sobre un espacio semihipogeo tallado en la roca de 6,5 m de longitud; está compartimentado en dos
pequeñas estancias a distinto nivel –la segunda de ellas con sendos bancos tallados en la roca– y un
horno de combustión cerrado; M. Almagro Gorbea y J. Álvarez Sanchís lo asimilan funcionalmente
con baños rituales de iniciación guerrera.
Siguiendo a A.C. Ferreira da Silva, como una suerte de saunas o complejos termales cabe interpretar
también las célebres pedras formosas de los castros del Noroeste, caso de las halladas en Sanfins
(Paços de Ferreira), Briteiros (Guimarães), Borneiro (La Coruña) o El Castelón de Coaña (Asturias).
Consisten en construcciones parcialmente subterráneas definidas por un vestíbulo, una o dos
antecámaras y un espacio cubierto a doble vertiente, en cuyo interior se disponen cubetas y
canalizaciones para el agua. Una pieza absidial en el extremo solía destinarse a horno de combustión.
La longitud total de estas estructuras supera en ocasiones los diez metros, siendo la entrada a la
cámara principal la parte más monumental del complejo al erigirse sobre un gran bloque pétreo –la
pedra formosa, con un orificio en la base a modo de puerta– y decorarse con discos solares y otros
motivos grabados.
En contraste con lo observado en la Meseta, donde predominan principios celestiales de tradición
indoeuropea –de ahí la rica iconografía astral de cerámicas y estelas funerarias hispanorromanas-, en
los pueblos de la fachada atlántica la heroización y el tránsito de los guerreros regían
fundamentalmente del medio acuático. Y es que, como ya se ha dicho, el agua es un elemento sacro y
vehicular por naturaleza, uncursus para acceder a los dioses del allende. En tal sentido, uno de los
mejores exponentes de la mitología guerrera astur lo proporciona la diadema áurea de Mones (Piloña,
Asturias), también denominada de Ribadeo o de San Martín de Oscos, fechada con dudas a finales del
siglo ii a.C. Sobre una alargada lámina segmentada en varios y dispersos fragmentos se desarrolla una
excepcional iconografía figurada. Consiste ésta en un horizonte narrativo en el que guerreros a pie y a
caballo (ataviados, algunos, con cornamentas de ciervo o cascos de tres penachos, armamento ligero y
torques), junto a extraños seres de cabeza ornitomorfa portadores de dos calderos, deambulan sobre un
fondo acuático salpicado de peces, aves, un pequeño équido y un batracio o galápago representados en
perspectiva cenital. (Algunos de los motivos recuerdan a los representados en el conocido caldero de
Gundestrup, hallado en Dinamarca). A juicio de F. Marco, tan elaborada simbología conmemoraría
una apoteosis guerrera de por medio de un passage acuático.
Bibliografía
A. Guía de lecturas y recursos
Relativo a estudios generales, en los últimos quince años se han publicado buenas síntesis sobre la
Hispania indoeuropea y los pueblos del ámbito céltico, entre las que pueden consultarse: Marco, 1990,
Almagro Gorbea, 1993, Cerdeño, 1999, Salinas, 2006. Formando parte de volúmenes dedicados a la
Protohistoria de la Península Ibérica son recomendables los capítulos firmados por Belén/Chapa, 1997
y Almagro Gorbea, 2001. Dentro del renovado interés por los estudios célticos, dos recientes obras
colectivas ofrecen un actualizado panorama de las poblaciones de la Céltica hispana: el catálogo de la
exitosa exposición Celtas y Vettones habida en Ávila en 2001 (Almagro Gorbea et alii, 2001) y la
publicación electrónica The Celts in the Iberian Peninsula (Alberro/Arnold, 2004-07:
http://www.uwm.edu/ Dept/celtic/ekeltoi/volumes/vol6/index.html). Para contextualizar el
panceltismo europeo desde el que a veces se contempla la Edad del Hierro del interior peninsular, han
de tenerse en cuenta trabajos sobre el mundo celta como Moscati, 1991, Green, 1995, Cunliffe, 1997 o
Kruta, 2001.
Para aclaraciones de términos y consultas temáticas, el completo Diccionario Akal de la Antigüedad
hispana (Roldán, 2006), con más de 8.000 entradas, y en la Red portales como
http://www.celtiberia.net, con aportaciones de desigual calidad, son buenas opciones.
Pasando a cuestiones más específicas y siguiendo el orden de los capítulos, sobre la formación del
sustrato, los Campos de Urnas y el problema de la indoeuropeización, véanse los estudios regionales
contenidos en Almagro Gorbea/Ruiz Zapatero, 1992, y el modelo de M. Almagro Gorbea sobre
protocélticos y célticos (Almagro Gorbea, 1992; 1995a); más recientemente deben consultarse:
Fernández-Posse, 1998 (desde una aguda perspectiva historiográfica), Ruiz-Gálvez, 1998 (valorando
las conexiones atlánticas de la Edad del Bronce), Arenas/Palacios, 1999 (con atención a los orígenes
del mundo celtibérico), Villar, 2000 (desde una aproximación lingüística a los registros indoeuropeos)
y Ruiz Zapatero, 2005 (con un estado de la cuestión sobre los grupos de Campos de Urnas). Aunque
sin ocuparse de la Península Ibérica, el en su día revolucionario libro de C. Renfrew sentó las bases
del autoctonismo indoeuropeo (Renfrew, 1990). Por otra parte, la construcción historiográfica de los
celtas y sus asunciones históricas y pseudocientíficas, desde la Antigüedad a nuestros días, son
convenientemente analizadas en Ruiz Zapatero, 1993, 2001; en la investigación anglosajona vide el
posicionamiento crítico de James, 1999 y Collis, 1999, 2003. Muy reveladora es la puesta al día de
Burillo (2005) sobre los celtas peninsulares y sus diversos debates.
De los prejuicios de los autores clásicos sobre los bárbaros de Iberia y su particular percepción étnica,
lo que afecta –y mucho– a la interpretación histórica, se han ocupado Bermejo, 1982, 1986, Gómez
Espelosín et alii, 1995: esp. 109-157, García Quintela, 1999, Salinas, 1999a y Gómez Fraile, 2001a.
Vide también Cruz/Mora, 2004 para las construcciones identitarias, un tema de renovado interés.
Son abundantes las síntesis sobre los pueblos prerromanos según criterios geográficos o
etnoculturales, por lo que se señalarán sólo las contempladas en la redacción del bloque I.2.3. En
general, sobre las etnias de la Meseta norte, Solana, 1991, y por su renovado planteamiento analítico,
en especial,
Gómez Fraile, 2001b. De la abundante bibliografía sobre los celtíberos y la cultura celtibérica
destacan las monografías de A. Lorrio, 1997, F. Burillo, 1998 y J. Arenas, 1999; los simposios
temáticos celebrados en Daroca (Zaragoza) (Burillo, 1990, 1995a, 1999, 2007); y el volumen colectivo
Celtíberos, tras la estela de Numancia (Jimeno, 2005a), complemento de la exposición celebrada
recientemente en Soria. También el libro de M. Salinas sobre la conquista y romanización de
Celtiberia (Salinas, 1986) y los de A. Capalvo (1996) y J.M. Gómez Fraile (2001b: esp. 33-62), con
exhaustivos análisis de las fuentes literarias. Acerca de los vacceos, además de González-Cobos, 1989
(monografía algo anticuada en su propuesta), deben consultarse Romero et alii, 1993, Delibes et alii,
1995, Romero/Sanz, 1997, Sacristán, 1997, Sanz, 1998 y Sanz/Velasco, 2003, apoyándose todos ellos
en el registro arqueológico del valle central del Duero. Por su parte los vetones cuentan con tres
importantes monografías: las de Álvarez Sanchís, 1999, Sánchez-Moreno, 2000 y Salinas, 2001a; así
como con los catálogos de las muestras Celtas y Vettones (Almagro Gorbea et alii, 2001) y Ecos del
Mediterráneo: el mundo ibérico y la cultura vettona (Barril/Galán, 2007). Dos síntesis divulgativas
sobre los vetones son Álvarez Sanchís, 2003a, 2006; y en la Red puede consultarse el portal dedicado a
los castros y verracos de la provincia de Ávila: http://www.castrosyverracosdeavila.com/cyv/. Sobre
los carpetanos y otros pueblos de la Meseta sur, vide González-Conde, 1992, Urbina, 1998, 2000,
Blasco/Sánchez-Moreno, 1999, y recientemente Carrasco, 2007 y Carrobles, 2007. Sobre la antigua
Lusitania y los lusitanos: Ferreira da Silva, 1986, Ferreira da Silva/Gomes, 1992, Alarcão, 1996 y
Pérez Vilatela, 2000. Acerca de la Beturia y los pueblos célticos del Suroeste: Berrocal, 1992, 1998,
2005, AA.VV., 1995 y Rodríguez Díaz, 1998.
De la copiosa bibliografía sobre la cultura castreña y las gentes del Noroeste, además de a los trabajos
de G. Pereira (1982, 1983, 1998) remitimos al lector a últimas síntesis como Calo, 1993, Brañas, 1995,
García Quintela, 1997, 2004, Parcero/Cobas, 2004, González Ruibal, 2004, 2006 y González García,
2007. En Internet http://www.aaviladonga.es/e-castrexo/index.htm es un útil foro para la divulgación
de la cultura castreña. Mientras que las contribuciones historiográficas de Díaz Santana (2002) y
McKevitt (2005) desmitifican –y aclaran– la construcción del “celtismo gallego” en el siglo XIX. En
cuanto a los pueblos de la cornisa cantábrica, véase en general Rodríguez Neira/Navarro, 1998. Y en
particular, para los astures: Esparza, 1986, Fernández Ochoa, 1995, Santos, 2007; para los cántabros:
Iglesias/Muñiz, 1999, Peralta, 2000, González Echegaray, 2004; y para vascones y otros norteños
(turmogos, autrigones, caristios, várdulos): Solana, 1991, Sayas, 1994, 1998 y Santos, 1998.
En el capítulo lingüístico, concerniente a las hablas indoeuropeas de la Península Ibérica ténganse en
cuenta Untermann, 1987, de Hoz, 1993, Gorrochategui, 1993, 1994 y Villar, 2000, 2001. En concreto,
sobre la lengua y epigrafía celtibéricas: de Hoz, 1986, 1995, 2005, Villar, 1995, Untermann, 1997,
Jordán, 1998, 2007, Wodtko, 2000 y Gorrochategui, 2001. Y en la Red: http://www.geocities.
com/linguaeimperii/Celtic/celtiberian_es.html. Los bronces epigráficos de Botorrita (Zaragoza), tan
importantes para el conocimiento de la escritura e instituciones celtibéricas, han sido editados en
Beltrán et alii, 1982 (Botorrita I), Fatás, 1980 (Botorrita II, la tabula latina), Beltrán Lloris, 1996
(Botorrita III) y Villar et alii, 2001 (Botorrita IV); una valoración conjunta de estos documentos,
mucho más asequible para el lector no especializado, en Beltrán Lloris/Beltrán Lloris, 1996. Además,
la revista Palaeohispanica. Revista de lenguas y culturas de la Hispania antigua. (que edita desde
2001 el CSIC y la Universidad de Zaragoza) y las actas de los Coloquios sobre Lenguas y culturas
prerromanas (celebrados aproximadamente cada dos años, desde el primero en Salamanca, 1974,
hasta el último en Barcelona, 2004: http://www.dpz.es/ifc2/libros/ebook2622.pdf ) recogen trabajos de
referencia y las últimas novedades sobre lingüística y epigrafía prelatinas.
La evolución del poblamiento y la caracterización del hábitat castreño son abordados en Almagro
Gorbea, 1994, 1996, Martín Bravo, 2001 y Álvarez Sanchís, 2005. Como estudios regionales: Romero,
1991, Burillo, 1995a, 1995b y Jimeno, 2005a (para la Celtiberia); Sacristán, 1989, 1994, San Miguel,
1993 y Delibes et alii, 1995a (para el espacio vacceo); Álvarez Sanchís, 1999: esp. 101-168, 2003b y
Sánchez-Moreno, 2000: esp. 41-87 (para la Vetonia); Urbina, 2000 (para la Meseta central); Almagro
Gorbea/Martín Bravo, 1994, Rodríguez Díaz, 1998, Berrocal, 1998, Martín Bravo, 1999 y Rodríguez
Díaz/Ortiz, 2003 (para Extremadura); y Esparza, 1986, Parcero, 1995, Calo, 1996, de Blas/Villa, 2002
y Fanjul, 2004 (para los ámbitos galaico y astur). En particular, sobre las defensas castreñas (y las
rampas de piedras hincadas): Cerdeño, 1997, Romero, 2003, Queiroga, 2003, Esparza, 2003 y de muy
reciente aparición: Berrocal/Moret, 2007.
Para profundizar en las bases económicas desde una perspectiva etnográfica, deben consultarse los dos
volúmenes de K. Torres (2003, 2005), con una completa revisión de los recursos naturales, las
estrategias agropastoriles y la producción artesanal de la Hispania céltica. Panorámicas generales de la
economía protohistórica en: Caro Baroja, 1986, Esparza, 1999, Burillo, 1999, Ruiz-Gálvez, 2001 y
Blasco, 2005. Sectorialmente, sobre la dedicación ganadera y la cuestión trashumante en la Edad del
Hierro: Gómez-Pantoja, 2001, Sánchez-Corriendo, 1997, Sánchez-Moreno, 1998, de la Vega et alii,
1998, Liesau/Blasco, 2001, Gómez-Pantoja/Sánchez-Moreno, 2003 y Liesau, 2005; sobre los verracos
y su relación con el paisaje ganadero: Álvarez Sanchís, 1998, 1999: 215-294. Sobre la agricultura y la
dieta alimenticia: Cubero, 1995, 1999, 2005, Jimeno et alii, 1996, Grau et alii, 1998, Checa et alii,
1999, Ramil-Rego/Fernández, 1999; y a propósito del modelo agrícola vacceo: Salinas, 1990,
SánchezMoreno, 1998-199 y Sanz et alii, 2003a. Sobre minería y actividades metalúrgicas: Gómez
Ramos et alii, 1998, Lorrio et alii, 1999, Arenas/Martínez, 1999, Polo/Villargordo, 2005, Rovira,
2005a, 2005b y Sanz, 2005; sobre el trabajo de la plata y el oro: Delibes/Esparza, 1989, Pérez
Outeiriño, 1982, 1989, Perea/Sánchez Palencia, 1995, Balseiro, 2000 y Delibes, 2001. Sobre la
producción cerámica: Sacristán, 1993, Escudero/Sanz, 1993, Escudero, 1999, García Heras, 1999,
2005 y Romero, 2005. Sobre otras manufacturas artesanales: Romero, 2001, Galán, 2005 y Barril,
2005. Acerca del comercio y demás formas de intercambio: Naveiro, 1991, Cerdeño et alii, 1996,
1999, Sánchez-Moreno, 2002a y Ruiz-Gálvez, 2005. Finalmente, la moneda y la circulación monetaria
en Celtiberia son objeto de atención en Burillo, 1995b, Blázquez Cerrato, 1995, Almagro Gorbea,
1995b, García-Bellido, 1999, 2005 y Domínguez Arranz, 2001, 2005.
Tocante a las estructuras sociales en la Hispania céltica, consúltese lo incluido en obras generales (por
ejemplo, Gómez Fraile, 2001b: 225-295) y en monografías de pueblos citadas más arriba. Una
variable de análisis son las necrópolis y el ritual mortuorio. En lo relativo a las gentes de la Meseta y
sus aledaños, el panorama funerario está bien estudiado en Burillo, 199o, Lorrio, 1997 y
Cerdeño/García Huerta, 2001, 2005 (mundo celtibérico); Sanz, 1998 (mundo vacceo); Álvarez
Sanchís, 1999: 169-213, Sánchez-Moreno, 2000: 87-106 y Baquedano, 2007 (mundo vetón);
Blasco/Barrio, 1992 y Pereira Sieso et alii, 2001 (mundo carpetano); y Ruiz Vélez, 2001
(estribaciones cantábricas). Por destacar tres necrópolis, la arévaca de Numancia (Garray, Soria), la
vaccea de Las Ruedas (Padilla de Duero, Valladolid) y la vetona de La Osera (Chamartín de la Sierra,
Ávila) aportan datos de interés comentados en el bloque I.2.7; al respecto: Jimeno et alii, 1996; 2004
(Numancia), Sanz, 1998 y Sanz et alii, 2003b (Las Ruedas) y Baquedano, 2001 (La Osera).
De la profusa bibliografía sobre relaciones de parentesco y grupos gentilicios en la Hispania
indoeuropea citaremos las contribuciones de González, 1986, 1997, 1998, González/Santos, 1994,
Beltrán Lloris, 1988, 1992, 2005, Rodríguez Álvarez, 1996 y Ramírez, 2003 (que reúnen la
bibliografía previa). Sobre la mujer en la Hispania céltica vide Sopeña, 1995: 50-69, y desde la
perspectiva de las relaciones de género: Garrido, 1997. Para la significación de régulos, aristocracias
guerreras y élites ecuestres: Ciprés, 1993, Pitillas, 1997, Almagro Gorbea/Torres, 1999, Lorrio, 2005 y
SánchezMoreno, 2006. Del más célebre de los caudillos hispanos, el lusitano Viriato, puede leerse en
último lugar la semblanza de M. Pastor, 2004. El caballo (Almagro Gorbea, 2005, Sánchez-Moreno,
2005), los báculos de distinción (Almagro Gorbea, 1998) o las esculturas de guerrero galaico-lusitanas
(Calo, 1994, Schattner, 2003) son notables emblemas de poder en la Edad del Hierro.
Sobre los pactos de hospitalidad y otros mecanismos diplomáticos, vide Dopico, 1989, Salinas, 1999b,
2001b, Sánchez-Moreno, 2001a, 2001b, Beltrán Lloris, 2001, Abascal, 2002, Marco, 2002, Ramírez,
2005 y Balbín, 2006. Las instituciones políticas (senados, asambleas, magistraturas) y la epigrafía
jurídica celtibéricas son analizadas en Fatás, 1987, Muñiz, 1994, Burillo, 1995b, Beltrán Lloris, 1995,
2005 y Beltrán Lloris/Beltrán Lloris, 1996. En particular, sobre la rendición acordada en la tabula
cacereña de Alcántara: López Melero et alii, 1984, y sobre las negociaciones de celtíberos y lusitanos
frente a Roma: García Riaza, 2002.
Pasando a la guerra y su reflejo en las sociedades hispanoceltas, considérese el esencial trabajo de P.
Ciprés, 1993, y además: García y Bellido, 1977, Almagro Gorbea, 1997, Gómez Fraile, 1999, García
Quintela, 1999: 270-295, Sánchez-Moreno, 2001c, 2002b, Moret/Quesada, 2002, Queiroga, 2003 y
Almagro Gorbea/Lorrio, 2004. Los trabajos de G. Sopeña (1995, 2004, 2005) descifran el ideal
guerrero –la ética agonística– imperante en el mundo celtibérico. Por su parte, Cabré
Herreros/Baquedano, 1997, Lorrio, 1993, 1997, 2005, Álvarez Sanchís, 1999: 172-198 y Sanz, 2002,
copilan lo básico sobre el armamento de las gentes del interior. Finalmente, sobre la integración de los
hispanos en el ejército romano, véase Roldán, 1993.
Concluimos el bosquejo bibliográfico con la religión. Los ensayos de F. Marco constituyen excelentes
panorámicas para, asumiendo las inevitables dificultades metodológicas e interpretativas, acercarnos
al paisaje sacro (Marco, 1999a) y a las formas de religiosidad en la Hispania céltica (Marco, 1993,
1994a, 2005a, 2005b). Consúltese también la obra de J.M Blázquez (1991, 2001). Más
particularmente, sobre los dioses reconocidos epigráficamente (sobre todo) en tierras del Occidente
peninsular, vide Untermann, 1985, Prósper, 2002 y Olivares, 2002, 2005 (que recogen toda la
bibliografía anterior). Entre los santuarios rupestres más importantes comentados en estas páginas
están los de Ulaca (Solosancho, Ávila): Álvarez Sanchís, 1999: 147-150 y Almagro Gorbea/Álvarez
Sanchís, 1993; Panoias (Vila Real, Tras-os-Montes): Alföldy, 1997 y Rodríguez Colmenero, 1999; y
Peñalba de Villastar (Teruel): Marco, 1986 y Alfayé, 2005. Sobre el santuario fronterizo de
Postoloboso (Candelada, Ávila), en último lugar: Schattner et alii, 2006a y Sánchez-Moreno, 2007;
sobre el culto a Berobreo en Monte Facho (Donón, Pontevedra), recientemente dado a conocer: Koch,
2005 y Schattener et alii, 2006b; y sobre el altar-santuario de Capote (Higuera la Real, Badajoz):
Berrocal, 1994. Pasando a lo simbólico, acerca del sentido cultual y protector de los verracos vide
López Monteagudo, 1989 y Álvarez Sanchís, 2007. De los ritos sacrificiales y el sacerdocio en la
Hispania céltica se han ocupado especialmente M.V. García Quintela (1992, 1999: 225-260) y F.
Marco (1999b, 2005b: 317-324). Una introducción a la arqueoastronomía en Cerdeño et alii, 2006;
mientras que su constatación en la necrópolis de La Osera es planteada por Baquedano/Martín
Escorza, 1998. Finalmente, sobre los ritos guerreros y la ética agonística, los trabajos ya citados de G.
Sopeña (1995, 2004, 2005), y desde una aproximación duméziliana: García Fernández-Albalat, 1990 y
García Quintela, 1999: 270-295. Con relación a las saunas iniciáticas y las pedras formosas del
Noroeste, vide Ferreira da Silva, 1986, Almagro Gorbea/Álvarez Sanchís, 1993 y Rodríguez
Colmenero, 2000. La heroización guerrera y el tránsito acuático (representados en la diadema astur de
Mones) son diseccionados en Marco, 1994b.
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Parte II Hispania romana: de Escipión a los visigodos

Joaquín L. Gómez-Pantoja [Fig. 72] Cabeza


de Tyche-Fortuna procedente de Itálica (Santiponce, Sevilla)

Introducción
Algunos motivos de admiración
La historia de Roma lleva milenios capturando la imaginación de gobernantes, filósofos, militares e
historiadores. Primero fue saber cómo una modesta potencia regional conquistó todo el Orbe en un
plazo relativamente breve; más tarde, la fascinación se nutrió de la espléndida magnificencia de la
Urbe, de la prosperidad imperante en las provincias y, sobre todo, de la extraordinaria longevidad del
Imperio: un sistema político multisecular cuya legitimidad reposaba teóricamente en la cooperación
entre el Senado y el Pueblo de Roma (Senatus Populusque Romanus, de donde vienen las famosas
siglas SPQR), pero cuyo ejercicio cotidiano de Gobierno era más propio de un despotismo militar con
frecuentes desviaciones hacia lo tiránico. La última causa de admiración –y no la menos importante–
es que Roma subyugó una miscelánea de pueblos que habitaban desde las crudas y grises tierras del
Finisterrae atlántico hasta más allá de Mesopotamia; y desde las selvas del Rin, tenebrosas e
inhóspitas, hasta los cálidos y, también, vacíos desiertos del Sahel africano. El asombro viene de cómo
esas gentes –generalmente sometidas tras violentas y traumáticas conquistas, que hablaban una babel
de lenguas, se encontraban en diversos grados de desarrollo socio-político y adoraban a una
multiplicidad de dioses–, fueron leales súbditos de Roma durante muchos siglos.
En la Edad Media admiraron los dilapidados restos de una civilización naufragada, que iban
desapareciendo irremisiblemente con el paso del tiempo; aún así, esos tristes vestigios indicaban la
sólida prosperidad que otorgaba la unidad política y dejaban entrever espléndidos logros imposibles
de emular entonces. La curiosidad y la afición de los primeros europeos favoreció el coleccionismo y
la descripción erudita de las ruinas, cuya copia e imitación caracterizó la etapa histórica que
apropiadamente llamamos Renacimiento. En siglos venideros, la admiración de los ingenieros y
arquitectos por los restos de los caminos y las obras públicas del Imperio, refleja únicamente las
carencias de Europa, que aún no estaba lista para replicar las capacidades administrativas y técnicas
del Roma: las grandes ciudades occidentales no disponían de las redes de abastecimiento de agua y
alcantarillado, bibliotecas, baños y
[Fig. 73] Acueducto romano de Les Ferreres (Tarragona)
termas públicos, que eran habituales en cualquier población romana de mediana importancia. Y hasta
que maduraron las grandes redes ferroviarias, el mundo no conoció nada comparable a la extensa red
de caminos de rodadura que permitía el tránsito veloz de pasajeros y el transporte de las más pesadas
cargas por todas las provincias de Roma.
De este modo, sólo a comienzos del siglo xx, dispuso Occidente de los recursos, el desarrollo
tecnológico y la voluntad social capaz de universalizar y mejorar las comodidades domésticas
habituales en una casa romana de alcurnia: agua corriente, instalaciones sanitarias y calefacción
central. Como hoy día damos por descontadas esa clase de comodidades, quizá minusvaloramos las
razones de nuestros antepasados, pero seguimos considerando a Roma la difusora de muchas prácticas
sociales, ideas políticas e instituciones jurídicas que están en el fundamento de nuestra civilización y
que consideramos, por lo tanto, modélicas para el resto de la Humanidad. Palabras como “Senado”,
“plebiscito” o “provincia” son de uso corriente en nuestro vocabulario político-administrativo y se
emplean con fruición en las constituciones de muchas naciones occidentales; y otras como lex,
edictum, sententia, fideicommissum, apellatio o tutela siguen pronunciándose así o con escasas
variaciones, por cuanto refieren instituciones cuya tipificación debemos a la praxis política y jurídica
romana.
[Fig. 74
Cofradía de los Manayas, caracterizados como legionarios romanos, en las escalinatas de la catedral
de Gerona (Semana Santa 2006); un particular legado de Roma en Hispania
Todo lo anterior es de especial aplicación al caso de la Península Ibérica, porque por su duración y
trascendencia, españoles y portugueses consideramos el periodo romano de nuestra historia como la
época en la que estas tierras se abrieron paulatinamente a las influencias externas hasta acabar
integradas por completo en lo que llamamos la ecúmene mediterránea. En realidad, el ámbito
geográfico de ésta abarcaba mucho más que el Mar Interno y sus costas, pero indudablemente eran
esas aguas las que atraían y redistribuían los productos ultramarinos y de lujo venidos de tierras tan
lejanas como Etiopía, India o China, las estupendas reservas demográficas de los pueblos celtas y los
metales preciosos de Hispania, Dacia y Britania. Junto a estos bienes, el Mediterráneo también
absorbió, mezcló y reexportó otros intangibles como la larga experiencia en organización social de las
gentes de Mesopotamia y el Irán, la teosofía mística de los pueblos levantinos, la curiosidad
racionalista y genial de los griegos, la creencia egipcia en la esencial trascendencia del ser humano, el
modelo de ordenación política helenístico, la capacidad de liderazgo internacional de los romanos y
otras muchas innovaciones tan engranadas en nuestra forma de ser y actuar que ahora nos parecen
connaturales al espíritu europeo. Todos y cada uno de esos elementos interactuaron entre sí de tal
manera que sólo pueden distinguirse recurriendo a la simplificación artificial e irreal de la docencia:
el oro extraído de las regiones remotas de Hispania encontró su camino hasta la India o China, donde
se intercambió por raras especias, animales sorprendentes, perfumes y la escasa y buscada seda; pero
el camino entre Las Médulas y los puertos cingaleses no siempre fue directo y por supuesto, el
resultado final de estos intercambios a larga distancia no repercutió necesariamente en los lugares de
origen de los productos comisionados, del mismo modo que las primeras iglesias cristianas de
Corduba, Emerita Augusta o Tarraco no eran conscientes de las concomitancias entre sus nuevas y
revolucionarias ideas y la creencias inmemoriales de mesopotamicos, egipcios o griegos.
Si hay que poner una fecha al comienzo de esta inédita etapa del desarrollo de Hispania, ésta debe de
ser la jornada otoñal del 218 a.C. en la que una numerosa fuerza militar desembarcó en Emporion (hoy
Ampurias, en Gerona), con la misión de ejecutar el plan estratégico que los romanos habían diseñado
en la eventualidad de una nueva guerra contra Cartago. De este modo, y durante casi una decena de
años, romanos y púnicos combatieron por el control de litoral levantino y de los pasos pirenaicos sin
que, al parecer, Roma pensase en la conquista de las tierras ibéricas, porque sus tropas no eran más
que una fuerza expedicionaria actuando en territorio enemigo. Con el tiempo y la evolución del
conflicto, como veremos, los romanos mudaron sus aspiraciones y, dejando de pensar que la misión de
sus tropas era únicamente el hostigamiento y el bloqueo de las líneas de comunicación púnicas,
consideraron que lo ganado eran los legítimos expolios de la victoria y que ésta sólo podía ser
salvaguardada con las armas. Así, de modo improvisado y azaroso, comenzó la conquista de la
Península Ibérica, una tarea que se demoró casi dos siglos por las razones que se expondrán más
adelante. Al final del proceso estas tierras eran uno de los pilares del Imperio romano, del que
recibimos, además de la lengua, el esquema de ordenación territorial, el emplazamiento de las
principales ciudades y un sentimiento de pertenencia común cuya memoria justificaría y facilitaría
sucesivos intentos de unificación política del territorio peninsular.
Bibliografía
A. Guía de lecturas y recursos
Hay muchas y buenas Historias de Hispania romana a las que acudir y lo que sigue a continuación no
pretende ser una lista exhaustiva ni selecta, en el sentido de gradación de calidad; son simplemente los
libros que el autor de estas páginas más conoce o consulta con frecuencia. Entre los relatos
tradicionales y con completo aprovechamiento de las fuentes, sobre todo literarias, hay que situar el
volumen II de la conocida Historia de España Menéndez-Pidal, en este caso correspondiente a la
segunda edición y hace tiempo agotado pero que no es difícil encontrar en cualquier biblioteca pública
o universitaria (Montenegro et alii, 1982 y Mangas/Jover, 1982); luego está el manual universitario de
Blázquez et alii, 1989, completo, desigual de contenido y que no ha sido actualizado.
Mucho más generales y de propósitos y extensión diversos son algunos títulos recientes, a veces
versiones de obras extranjeras: Roldán, 1989; Keay, 1992; Curchin, 1996; Arce et alii, 1997;
Richardson, 1998; Bravo, 2001; Fernández Castro/Richardson, 2005; y Le Roux, 2006. Sobre la
arqueología hispanorromana, un buen estado de la cuestión con amplia bibliografía temática es:
Fernández Ochoa et alii, 2005; desde el plano de la arqueología del paisaje, Ariño et alii, 2004.
Entre el material auxiliar que puede merecer tener a mano, debe contarse con un Atlas y un
diccionario histórico. De los primeros, no conozco ninguno específicamente dedicado a la Historia
antigua de España o, más precisamente, a la Hispania romana; por ello, habrá que contentarse con uno
de Historia Antigua general pero que dedica cierta atención a Hispania, como es el caso del preparado
por F. Beltrán Lloris y F. Marco Simón, 1996 (algunos de los mapas están disponibles en la Red, vid.
http://155.210.60.15/HAnt/atlas/index.html) o, alternativamente, optar por uno de Historia de España
como el F. García de Cortázar, 2006. Para mayor información cartográfica sobre la Hispania romana,
en la bibliografía correspondiente al apartado dedicado a las fuentes literarias (vide vol.II, I.1) nos
referimos a las hojas de la Tabula Imperii Romani (TIR) correspondientes a España y Portugal, y al
excelente Barrington Atlas (Talbert, 2000). Respecto al diccionario, uno recientemente aparecido
debería poder resolver cualquier duda sobre personajes, lugares y cosas (Roldán, 2006).
B. Referencias Arce et alii (Arce Martínez, J., Ensoli, S. y La Rocca, E. (eds.), Hispania romana.
Desde tierra de conquista a provincia del Imperio, Roma, 1997. Ariño et alii (Ariño Gil, E., Gurt
Esparraguera, J.M. y Palet Martínez, J.M.), El pasado presente. Arqueología de los paisajes en la
Hispania romana, Salamanca, 2004. Beltrán Lloris, F. y Marco Simón, F., Atlas de Historia antigua,
Zaragoza, 1996. Blázquez et alii, (Blázquez Martínez, J.M., Montenegro Duque, A., Roldán Hervás,
J.M., Mangas Manjarrés, J., Teja, R., Sayas Abengoechea, J.J., García Iglesias, L. y Arce Martínez, J.,
Historia de España Antigua. Vol II: Hispania romana. Madrid, 1989. Bravo Castañeda, G., Hispania y
el imperio, Madrid, 2001. Curchin, L. A., La España romana, Conquista y asimilación, Madrid, 1996.
Fernández Castro, M.C. y Richardson, J.S., Historia Antigua. Historia de España, 1. (Dirigida por J.
Lynch). Barcelona, 2005. Fernández Ochoa et alii (Fernández Ochoa, M.C., Morillo Cerdán, A. y
Martín Martín, B., La arqueología hispanorromana a fines del siglo XX. Bibliografía temática y
balance historiográfico. Madrid, 2005. García de Cortázar, F., Atlas de historia de España, Barcelona,
2006. Keay, S., Hispania romana, Sabadell, 1992.
Le Roux, P., Romanos de España. Ciudades y política en las provincias (siglo II a.C.-siglo III d.C.).
Barcelona, 2006.
Mangas Manjarrés, J. y Jover Zamora, J.M. (eds.), Historia de España Ménendez Pídal, Vol. II:
España
romana (218 a.C.414 d.C.): La sociedad, el derecho, la cultura , Madrid, 1982. Montenegro et alii
(Montenegro Duque, Á., Blázquez Martínez, J.M. y Jóver Zamora, J.M. (eds.),
Historia de España Menéndez-Pídal, Vol. II: España romana (218 a. de J. C.414 de J. C.): La
conquista y la explotación económica, Madrid, 1982.
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Talbert, R. J. A. (ed.), Barrington Atlas of the Greek and Roman World, Nueva Jersey, 2000.
Capítulo primero
La Segunda Guerra Púnica en Hispania (218-206 a.C.)
Independientemente de las causas del interés púnico por la Península Ibérica, del modo en que éste se
manifestó y de las actuaciones y planes de los Bárcidas, no cabe duda que su resultado (el control del
valle del Guadalquivir y el Levante peninsular, desde el estrecho de Gibraltar o más allá, hasta el cabo
de la Nao), fue una construcción rápida –apenas transcurren 19 años entre el desembarco de Amílcar
en Gades (237 a.C.) y la partida de Aníbal hacia Italia (218 a.C.)–, y sólida, pues se mantuvo
cohesionada durante los trece años de la guerra contra los romanos. Se ha dicho que el dominio de los
Bárcidas recuerda en su estructura y modo de proceder lo que los sucesores de Alejandro hicieron en
el Oriente helenístico: el control de un recurso apreciado (en este caso, las minas de plata) permitía la
contratación de un ejército mercenario que, a su vez, imponía determinados mecanismos –rehenes,
alianzas matrimoniales, tratados diplomáticos– que garantizaban que las ciudades y gentes del país
contribuyesen con tropas o dinero al mantenimiento de la seguridad común administrada por los
púnicos. Las incidencias en el funcionamiento de este esquema básico entre el 237 y el 218 a.C. han
quedado narradas en otra parte de esta obra (vid. vol.I, II.4.5); ahora, lo que hay que explicar es por
qué Roma acabó considerando ese dominio casus belli y cómo a consecuencia de la larga y cruenta
Segunda Guerra Púnica (218-202 a.C.) –que estalló aquí pero se peleó en escenarios de todo el
Mediterráneo occidental–, los romanos arrebataron a los cartagineses su Imperio ultramarino, esto es,
Hispania, e inauguraron una de las etapas más singulares de la Historia peninsular.

II.1.1 Una guerra mundial. La vieja discusión sobre la


responsabilidad de la guerra
Ni la cuidadosa equidad de Polibio y ni el mucho más tendencioso punto de vista de Livio pueden
ocultar que en la Segunda Guerra Púnica entraron en juego otros intereses distintos a los de Cartago y
Roma, porque un conflicto tan largo y tan ferozmente peleado generó en todo el Mediterráneo una
gran inestabilidad. El enfrentamiento principal ocultó con frecuencia graves conflictos regionales, tal
como sucedió, por ejemplo, en Sicilia, cuando el principal aliado de Roma, los de Siracusa,
aprovecharon la invasión anibálica de Italia para recuperar la posición de hegemonía en la isla que los
romanos le habían arrebatado tras la Primera Guerra Púnica. En Numidia, un conflicto dinástico
alcanzó resonancia internacional porque cartagineses y romanos lo emplearon para desestabilizarse
mutuamente. Y en la misma Italia, la debilidad de Roma permitió que los itálicos, firmes aliados de
antaño, manifestasen con violencia quejas e inquinas que habían quedado enmascaradas en las estables
relaciones internacionales impuestas por los romanos en décadas previas.
Siendo uno de los más importantes escenarios de la contienda, hubo tiempo y ocasión sobrados para
que en la Península Ibérica aparecieran otros intereses, cuyos motivos y propósitos no siempre
hubieron de coincidir con los de púnicos y romanos. Entre esas fuerzas secundarias debe contarse, en
primer lugar, con Masalia, la vieja colonia focea de Occidente que, a mediados del s. iii a.C., era una
de las potencias indiscutibles en el Mediterráneo occidental. Situada en el golfo de León y próxima a
las bocas del Ródano, el emporio masaliota servía de punto de ruptura de carga en los intercambios
entre ambas orillas del Mediterráneo. Masalia recibía las cerámicas de la Magna Grecia y Campania,
el vino de Rodas, el aceite griego, las conservas y salazones de las pesquerías litorales y manufacturas
de lujo, que embarcaba hacia el interior de la Galia y otros destinos del Mediterráneo Occidental; a
cambio, exportaba el estaño de los Finisterres, los metales de Iberia y otros productos más corrientes –
pero no menos rentables y necesarios–, como cereales, pieles, ganado, sal y seguramente, esclavos. La
influencia de Masalia se ejercía directamente a través de una red de factorías que se extendían por el
litoral mediterráneo entre los Alpes y los Pirineos; e, indirectamente, en las costas levantinas de
Iberia, donde había establecimientos helenos tan antiguos como la propia Masalia: los más conocidos
son Rhode (hoy Roses) y Emporion, hoy Ampurias o Empúries, que jugó un papel decisivo en la
guerra contra Aníbal (vid. vol.I, II.3.4.4). Simultáneamente, los masaliotas gozaban de una posición
privilegiada en Roma, donde sus mercancías se beneficiaban de la franquicia fiscal y, mucho más
trascendente para la mentalidad antigua, sus ciudadanos tenían privilegios sociales equiparables a los
de los senadores. No debe extrañar que, en los asuntos hispanos, los masaliotas hicieran sentir su voz
con fuerza en el Senado romano.
Y luego están las diversas gentes y civitates hispanas, de las que sabemos muy poco, porque nuestras
autoridades omiten mención alguna a sus intereses, ambiciones y miedos, y presentan a esos grupos
exclusivamente como comparsas de las dos grandes potencias. Sin embargo, la causa inmediata de la
Guerra Anibálica fue un conflicto entre Saguntum y sus vecinos en el que cartagineses y romanos
hubieron de intervenir por propio interés y en virtud de sendos pactos que les ligaban con las partes
enfrentadas, lo que confirma la profundidad y complejidad de la disputa. Los ilergetes, un pueblo
situado entre los Pirineos y el valle del Ebro (vid. vol.II, I.1.3.5), se convirtieron –desde el punto de
vista romano– en los principales auxiliares de Cartago, aunque ni la geografía ni los datos disponibles
justifican en demasía esa estrecha alianza, salvo invocando una especial agresividad romana hacia sus
inmediatos vecinos, aunque esto sea justo lo contrario de lo que dicen las fuentes, que presentan a las
tropas romanas siempre actuando a la defensiva. Luego, en circunstancias tampoco bien precisadas,
los ilergetes parece que se sintieron maltratados por los púnicos y una hábil intervención de Escipión
Africano los atrajo al bando de sus antiguos enemigos. Posiblemente, si los relatos disponibles no
estuvieran tan polarizados en la conducta de los romanos (y por antítesis, en los púnicos), el
historiador tendría un mejor entendimiento de los motivos y la sucesión de hechos que se nos
presentan como incongruentes e inexactos.
Teniendo en mente esta polaridad, nuestras autoridades coinciden unánimemente en las causas del
conflicto: la responsabilidad de la guerra recayó por completo en Aníbal que, a sabiendas de la
trascendencia de sus actos, violó lo acordado previamente con Roma, a saber, cruzar en armas el Ebro
y atacar una ciudad amiga de Roma, Sagunto (vid. vol.I, II.4.5.3.2). Según lo anterior, la legitimidad
de la intervención romana en Hispania estaba amparada por varios instrumentos diplomáticos que
delimitaban las “zonas de influencias” mutuas. La crítica moderna cree reconocer un arreglo de esta
clase en el llamado Segundo tratado púnico-romano, de 348 a.C., donde Roma renunciaba a comerciar
y colonizar las costas más occidentales del Mediterráneo; pero no hay unanimidad sobre la zona
geográfica afectada por el acuerdo, porque las referencias que ofrece Polibio admiten diversas
interpretaciones (vid. vol.I, II.4.3).
Además, las provisiones de ese tratado y de otro posterior que también consta, quedaron obsoletas
después de la Primera Guerra Púnica: Cartago había perdido el dominio de sus zonas tradicionales de
expansión territorial y económica (Sicilia, primero, y luego Córcega y Cerdeña), quedando
completamente excluida del ámbito tirreno. De ahí que los cartagineses buscasen alivio en Hispania,
aunque sólo fuera para poder pagar las indemnizaciones de guerra impuestas por Roma, que fue la
justificación que, supuestamente, Amílcar Barca ofreció en 231 a.C. a un cónsul romano que estaba
indagando personalmente sobre las actividades púnicas en Iberia (vid. vol.I, II.4.5.1); la veracidad de
la noticia es puesta en duda por muchos, entre otras cosas porque Polibio no menciona la existencia de
esa embajada, pero indica que, aunque los romanos careciesen de interés en los asuntos de Hispania,
no por ello perdían de vista los movimientos bárcidas, posiblemente porque sí que les preocupaba –y
mucho– lo que pasaba entre los galos de un lado y otro de los Alpes. La más probable fuente de
información de Roma eran los de Masalia, cuyos intereses en Hispania sí que se veían afectados
directamente por los cartagineses; a la vista de lo que pasó después, parece razonable suponer que la
embajada del 231 a.C. la enviase el Senado en beneficio de ese importante aliado, cuya cooperación
era especialmente necesaria para estar informados de lo que sucedía en Galia. Cinco o seis años
después, el interés romano por los asuntos galos había aumentado y, en consecuencia, Roma comenzó
a mirar con más aprensión las actividades púnicas. De nuevo, una misión romana acudió a Asdrúbal en
algún momento entre el 226 y el 225 a.C.; según Polibio, el motivo de la embajada era, esta vez, las
actividades del general púnico en Cartago Nova, un excelente puerto natural que se había fortificado y
funcionaba como la capital del dominio cartaginés en Iberia. Desde el punto de vista romano, eso
cambiaba el status quo en el balance estratégico púnicoromano, porque la amplía y abrigada bahía
cartagenera, además de dar acogida a flotas enteras, establecía una comunicación fácil y rápida con la
metrópoli, permitiendo de este modo el cómodo despliegue cartaginés a ambos lados del mar.
Polibio da a entender que los cartagineses habían podido asegurar Cartago Nova aprovechando que,
desde el comienzo de la colonización del valle del Po en 237 a.C, la atención romana estaba fija en las
numerosas e inestables tribus celtas establecidas en la zona; si Asdrúbal siguió adelante con lo que
podía considerarse como un inmediato casus belli, fue porque los romanos optaron por neutralizar la
situación ante la amenaza celta y la previsible guerra que, efectivamente, estalló en el 225 a.C. El
Senado, por lo tanto, buscó garantizar la no intervención de Asdrúbal mediante lo que se viene
denominando el tratado del Ebro, un instrumento diplomático que fue objeto de mucha discusión en
años posteriores porque ambos bandos (pero sobre todo Roma) aducían su incumplimiento como
causa inmediata de la guerra anibálica (vid. vol.I, II.4.5.2.2). Por eso conocemos tres versiones del
acuerdo, que no concuerdan fácilmente en sus términos: la más antigua es la de Polibio (Hist. 2.13),
que afirma que consistía en el compromiso púnico de limitar sus operaciones bélicas en el río Ebro;
para Livio, en cambio, lo que Asdrúbal y los embajadores romanos acordaron fue la renovación de un
tratado previo, que colocaba en el Ebro el límite de las respectivas zonas de influencia, pero haciendo
explícita excepción del caso de los saguntinos, cuya libertad se garantizaba para servir de estado-tapón
entre ambos (Liv. 21.2,7); y, finalmente, la tercera y última versión es la de Apiano (Iber. 7, 25-27),
donde el simple acuerdo recordado por Polibio se presenta con el lenguaje y la formulación de un
tratado internacional del más alto nivel que fijaba en el Ebro la línea que separaba los dos imperios y
que no debían cruzar en armas ni los púnicos de Hispania ni los romanos; Apiano añade también una
cláusula de salvaguarda que establecía la libertad y la autonomía de Sagunto y de las otras ciudades
griegas de Iberia.
La confrontación de los tres relatos muestra serias contradicciones y alguna que otra incoherencia. Por
ello, la crítica histórica relega la versión de Livio y Apiano y prefiere habitualmente la narración
polibiana, siquiera porque su sobriedad y contención contribuyen a la imagen de veracidad e
imparcialidad, aunque haya razones más serias de credibilidad: el compromiso de Asdrúbal de no
cruzar el Ebro satisfacía a los romanos, que trataban de evitar una guerra en dos frentes y, sobre todo,
la terrible posibilidad de la conjunción de galos y púnicos en los Alpes. Sin embargo, sorprende el
silencio de Polibio sobre las contraprestaciones que Roma hubo de otorgar a Asdrúbal, porque no es
creíble que éste se aviniese al acuerdo sin aparente ganancia. Una muy plausible explicación es que la
falta de interés romana por Hispania se entendiese en Cartago como un reconocimiento, tácito o
expreso, de los “derechos” púnicos en la Península; de ser cierto este extremo, Roma quedaba muy
mal frente a su principal aliado en la zona, los griegos de Masalia, porque lo acordado con Asdrúbal
equivalía a mercadear con la independencia y la prosperidad del rosario de factorías helenas o
helenizantes establecidas entre el cabo de Rosas y el de la Nao, y que tenían a los masaliotas por sus
principales valedores y clientes. Pero, sobre todo, desmentía la versión “oficial” romana del casus
belli contra Aníbal, que no era otra que el asedio cartaginés de Saguntum contravenía lo estipulado en
el tratado del Ebro. De ahí que los escritores posteriores añadan a ese tratado una cláusula no
mencionada por Polibio que exceptúa del dominio y la influencia púnica a Saguntum.

II.1.2 Un incidente con consecuencias


Esta ciudad, situada en un altozano junto a las riberas del curso bajo del río Palancia, dominaba a la
vez la estrecha franja costera inmediata y el acceso a una importante ruta de comunicación entre el
litoral y el interior de la Península. Los saguntinos debieron de ser de etnia ibérica –seguramente los
que nuestras fuentes llamaron edetanos en tiempos posteriores (vid. vol.II, I.1.3.3)–, pero en la
Antigüedad corrió la especie de que sus primeros habitantes eran colonos jonios procedentes de la isla
de Zakynthos (hoy Zante), mezclados, sorprendentemente, con gentes de Ardea, un puerto del Lacio
muy ligado a la leyenda de la estancia de Eneas en Italia. Los datos arqueológicos y topográficos
disponibles son, en cambio, menos espectaculares y apuntan a que la población principal (la situada en
torno al llamado Castillo de Sagunto) quizá contase con un barrio portuario que se tiende a situar en lo
que siempre se ha denominado el Grau Vell (la zona del puerto minero y la siderurgia) y cuya
ocupación está atestiguada desde época ibérica antigua (vid. vol.I, II.4.5.3.2). Tratándose de uno de los
escasos buenos fondeaderos del golfo de Valencia, ambos lugares debieron acoger una activa colonia
de mercaderes y navegantes, cuya actividad debió sentirse hasta el golfo de Rosas o más al norte, si es
acertada la restitución de algunos nombres aparecidos en las láminas de plomo de Emporion, datadas
en el siglo vi a.C. (vid. vol.I, II.3.3.6.2). Esos marinos y comerciantes debieron de ser los responsables
del fuerte componente helénico que nuestras fuentes atribuyen a la ciudad (tanto en lo referente a sus
oscuros orígenes jónicos como al bien atestiguado culto a Afrodita o Artemisa), de la dicotomía de
topónimos (Arse-Saguntum) empleados por la ceca local a lo largo de su historia y, sobre todo, de las
violentas discrepancias entre los saguntinos y los oppida vecinos en los prolegómenos de la Segunda
Guerra Púnica y que posiblemente provienen de la profunda transformación socio-económica que
provocó en la ciudad –o al menos, entre sus dirigentes–, el comercio y el trato con los mercaderes de
ultramar.
Las relaciones de Roma con Saguntum arrancaron en un momento impreciso pero, en cualquier caso,
anterior al tiempo de Aníbal, quizá en el periodo de Asdrúbal ( vid. vol.I, II.4.5.2). Pero como todo lo
sucedido en torno a la ciudad en esos años está teñido por el intenso debate propagandístico que siguió
a la apertura de hostilidades, tampoco sabemos con seguridad en qué consistían aunque, según Polibio
(3.30,1-2), eran firmes y activas, como demuestra que fuese el arbitraje romano el que, en un
momento inmediatamente anterior a la guerra, resolvió un problema interno de los saguntinos, quienes
expresamente habían renunciado a la mediación cartaginesa. Ni Polibio ni ninguna otra fuente antigua
especifica cuándo y cómo sucedió esa revuelta ni cuál fue el arbitraje romano, de tal manera que es
arriesgado aventurar la relación precisa de tales acontecimientos con lo que pasó después, aunque un
comentario de Aníbal a la legación romana que le visitó en Cartago Nova en el invierno del 220-219
a.C. parece implicar que el asunto había sucedido poco tiempo antes y que se había resuelto con unas
cuantas ejecuciones, lo que molestó a los púnicos, que consideraron el arbitraje romano partidista. A
pesar de que Polibio parece dar a entender que Saguntum se había ligado a Roma por una verdadera
deditio in fidem, los modernos –a la vista de los sucesos posteriores– tienden a poner en solfa esa
apreciación, porque no se justifica un pacto de esa clase, tan temprano y comprometido.
Lo que sí parece claro es que la alianza romano-saguntina suponía ventajas para ambas partes, aunque
posiblemente no eran equiparables: los saguntinos contaban con un respaldo externo tan
comprometido que los cartagineses eran conscientes de que el ataque directo a Saguntum
posiblemente resultase en una guerra contra Roma; y los romanos –que, como se ha hecho notar, se
mostraban más preocupados por las relaciones entre púnicos y saguntinos que por Saguntum en sí
mismo– disponían de información privilegiada sobre las actividades cartaginesas y de una plausible
excusa para intervenir a su conveniencia en los asuntos de la zona.
Según traslucen nuestras autoridades, la tirantez entre púnicos y saguntinos arrancaba de algún tiempo
antes de que se declarasen abiertamente las hostilidades. Pero los cartagineses tenían también su
propia agenda y el problema con los saguntinos, fuera el que fuera, no debió de ser urgente porque las
primeras actividades de Aníbal se encaminaron en dirección opuesta al oppidum ibérico, hacia tierras
de la Meseta. En la primera campaña, emprendida al poco de haber sido aclamado como comandante
del Ejército púnico (221 a.C.), puso sitio a la más importante ciudad de los olcades, unas gentes que
generalmente se sitúan en el interfluvio Tajo-Guadiana, saqueó sus comarcas y retornó a Cartago
Nova con un gran botín. En la segunda, al año siguiente, el objetivo fueron los vacceos, que ocupaban
las tierras de la Meseta entre el Sistema Central y el Duero, y cuyas dos ciudades más importantes,
Helmantica y Arbocala, fueron tomadas al asalto (vid. vol.I, II.4.5.3.1), lo que significa que Aníbal
debió llegar hasta las orillas mismas del Duero, si el último topónimo corresponde, como se cree, con
la moderna Toro; esta vez, sin embargo, el retorno de los púnicos se complicó por la resistencia de las
poblaciones que atravesaban y lo que iba encaminándose hacia un desastre en toda regla acabó en un
clamoroso éxito gracias a la habilidad y el ingenio militar del caudillo cartaginés.
Ninguna fuente antigua declara las intenciones de esta campaña, lo que resulta muy significativo
porque el principal argumento de la propaganda romana durante la Segunda Guerra Púnica fue que
Aníbal, obligado por un juramento prestado en la infancia, había encaminado todas sus acciones al
único objetivo de vengar la humillación sufrida por su patria al final de la Primera Guerra Púnica.
Modernamente, sin embargo, se suele interpretar la expedición como un preludio del ataque contra
Sagunto y Roma, bien porque los cartagineses deseaban asegurarse la retaguardia de sus dominios en
la eventualidad de un conflicto con Roma y la mejor forma de hacerlo era por la fuerza, garantizando
con rehenes la neutralidad del retropaís; o porque buscaban recursos –trigo, botín, esclavos–
necesarios para enjuagar los gastos que iban a ocasionar la guerra (vid. vol.I, II.4.5.3.1). Pero esto son
sólo explicaciones parciales y en el estado de nuestros conocimientos no debe descartarse ninguna
posibilidad, incluida la de una expedición de castigo o la exploración en force en previsión de nuevas
conquistas.
En cualquier caso, los éxitos militares de Aníbal no podían sino despertar preocupación entre quienes
miraban con recelo el crecimiento de la influencia cartaginesa en Iberia, por lo que resulta muy
creíble la noticia de Polibio que presenta a los saguntinos despachando embajada tras embajada a
Roma para informar de la situación y requerirles que hicieran algo. Sin embargo, el Senado estuvo
dando largas a sus aliados y sólo intervino bien entrado el 220 a.C., cuando la crisis se hizo más grave
después que los saguntinos atacasen a unos vecinos, los turboletas, que eran aliados de los
cartagineses. Cuando éstos intentaron arbitrar en el conflicto, Saguntum rechazó su mediación y
solicitó la de Roma, que envío una embajada con la misión de advertirle a Aníbal dos cosas: que
dejase en paz a los saguntinos, porque estaban bajo la protección romana; y que respetase el
compromiso adquirido por Asdrúbal de no cruzar el Ebro en armas. Aníbal recibió ambas advertencias
en Cartago Nova, al regreso de la campaña del Duero y nuestras autoridades cargan sobre él la
responsabilidad del fracaso de las negociaciones, porque era joven y vehemente, deseaba provocar la
guerra a toda costa y desoyó las pretensiones de los embajadores.
Parece, sin embargo, más razonable distribuir la responsabilidad del fracaso entre ambas partes. A la
vista de experiencias previas, Aníbal y sus consejeros tenían razones sobradas para desconfiar de la
palabra de los romanos y debía parecerles que el interés por Saguntum era sólo una disculpa para
intervenir en los asuntos de Iberia, sobre todo si su análisis les había convencido de que la
preocupación de Roma era evitar que los cartagineses incitasen a los galos a atacar las fronteras
septentrionales de sus dominios. En cambio, la delegación romana, consciente de la crítica situación
en sus colonias de la Cispadana y a sabiendas de que se preparaba una campaña en el Ilírico, debió
encontrar frustrante el trato con Aníbal: en vez de un interlocutor como Asdrúbal, ducho y siempre
abierto al compromiso, se encontraron con quien –por juventud o soberbia– les entretuvo mientras
pedía instrucciones a Cartago sobre qué hacer con Sagunto, lo que seguramente fue interpretado por la
otra parte como una artimaña para ganar tiempo. Estoy convencido que la aceptación por Aníbal de
todas o parte de las demandas romanas hubiera acarreado concesiones similares a las hechas cinco
años antes, porque el interés romano por el compromiso que asegurase la neutralidad púnica queda
manifiesto cuando se considera que su embajada, luego de fracasar con Aníbal, buscó oídos más
complacientes a sus tesis en Cartago, pero el Senado cartaginés se mostró de acuerdo con las
actuaciones de Aníbal y los romanos regresaron a casa con las manos vacías. Esto desmiente otro de
los lemas de la propaganda posterior, que acusaba a los Bárcidas de actuar a espaldas y, en ocasiones,
en contra de los intereses de su ciudad.
Leyendo con una pizca de escepticismo lo que nos cuentan las fuentes y rechazando los relatos que
cargan de intencionalidad y propósito hasta la más mínima acción del contrario, es difícil decidir si
ambos bandos estaban realmente dispuestos a ir a la guerra en ese punto. En cualquier caso, el regreso
de los embajadores a Roma debió coincidir con la recluta y preparación de sendos ejércitos consulares
que iban a cruzar el Adriático para enfrentarse contra un antiguo aliado, Demetrios de Faros; fiándose
de pasadas experiencias, los romanos seguramente preveían una campaña larga y difícil, mientras que
Aníbal, guiándose de similar apreciación, quizá pensase que el problema de Saguntum podía
resolverse mientras los principales valedores de su enemigo estaban ocupados en otra parte y que ya
habría tiempo para negociar con ellos desde una posición de fuerza.
Polibio sincroniza en una fecha antes del verano del 219 a.C. el despacho de las tropas romanas hacia
el Ilírico y la salida de las fuerzas púnicas que iban a someter Saguntum. La situación de la ciudad
imponía el asedio, que Aníbal esperaba resolver con prontitud pero que se demoró ocho meses y que,
como otras operaciones de esta clase, resultó igualmente penosa para sitiados y sitiadores. El relato
del episodio difiere considerablemente en nuestras dos principales fuentes y tales diferencias dan
buena muestra de cuán distintos eran el estilo y los propósitos de Polibio y Livio. El primero, con
prosa tersa y sucinta narra lo que le pareció un suceso importante por haber desencadenado una guerra,
pero cuya dificultad, peligrosidad y crueldad no le distinguían de asedios similares llevados a cabo en
diversas partes del Mediterráneo. Livio, en cambio, convierte el episodio en un escaparate del tesón y
el heroísmo de los saguntinos y de la crueldad de Aníbal. La diferencia reside posiblemente en que
Livio, contemporáneo de Augusto, viviendo en un momento de especial nacionalismo y de
ensalzamiento del pasado nacional, se encuentra perdido a la hora de concordar lo que los
embajadores romanos ofrecieron a Aníbal el año antes y la parsimonia con la que el Senado reaccionó
cuando se desencadenó la crisis: parece haberse limitado a despachar una embajada a Aníbal cuando
éste aún estaba ocupado con el asedio, y otra a Cartago cuando el asalto final a Saguntum ya se había
producido; la primera no llegó a ser recibida por Aníbal y la segunda era portadora de un ultimatum:
la entrega del general y sus colaboradores o la guerra.
Es interesante hacer notar que en el resumen que hace Polibio de esas negociaciones entre la legación
romana y el Senado púnico, éste negaba valor al tratado del Ebro, por considerarlo un acuerdo privado
de Asdrúbal y que, como tal, no vinculaba a Cartago (vid. vol.I, II.4.5.2.2); y los romanos, en cambio,
parecen haber insistido en que el ataque a Saguntum se había realizado en violación de uno de los
acuerdos pactados cinco años antes y que obligaba a Cartago a no hacer la guerra a los aliados de
Roma.
La cronología de estas negociaciones es difícil de determinar, pero deben haber ocupado la mayor
parte del otoño del 219 a.C. y el comienzo del año siguiente, porque Polibio sincroniza la llegada a
Aníbal de las noticias del resultado de la conferencia en Cartago con el tiempo de su partida hacia el
Ebro y los Pirineos, que se especifica que fue “en la primavera temprana” del 218 a.C. En cambio,
Livio sitúa el regreso de los embajadores a Roma con días de diferencia de que llegase la noticia del
asalto de Sagu