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El maestro y el alumno

Al terminar la clase, ese día de verano, mientras el maestro organizaba unos


documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma
desafiante le dijo:
"Profesor, lo que más me alegra de haber terminado sus clases es que no tendré
que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburrida"
El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro
reaccionara ofendido y descontrolado.
El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:
"¿Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?"
El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.
"¡Por supuesto que no!", contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.
"Bueno", prosiguió el profesor. "Cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo
desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor,
que puedo decidir no aceptar."
"No entiendo a qué se refiere", dijo el alumno confundido.
"Muy sencillo", replicó el profesor. "Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio,
Y, si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo.
Y yo, mi amigo, en verdad prefiero obsequiarme mi propia serenidad."
"Muchacho", concluyó el profesor en tono gentil,
"tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa.
Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí sí depende lo que
yo cargo en el mío."

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Una lección para el maestro

El profesor Julián Arvide era uno de los matemáticos más notables de aquel tiempo, y la figura más
sobresaliente de la Universidad. Impartía el curso de trigonometría avanzada, había publicado varios
libros y pasaba buena parte del año dando seminarios y conferencias en el extranjero. Merecedor de
medallas, premios y reconocimientos, los había colocado en una vitrina de su biblioteca. Le fascinaba
sentarse a contemplarlos y recordar cada uno de sus éxitos. Luego se miraba en el espejo y se decía:
“¡Pero qué bárbaro, soy extraordinario!”. En los inicios de curso reía de sus alumnos y les informaba: “No
ha nacido el que no me entienda, pobres ineptos. Nadie de ustedes me interesa, pero bueno, tengo que
hacer mi obra de caridad…”.Aconteció que un día estaba explicándoles el triángulo isósceles, cuando
una comisión universitaria visitó su salón. El rector y sus asesores llamaron a la puerta, él los miró con
desprecio por la ventanilla y le indicó a uno de los estudiantes: “Tú, como te llames, dile a esa gentuza
que se aleje de aquí. Están interrumpiendo las palabras de un genio y su impertinencia perjudicará a la
humanidad”. Ofendidos, los funcionarios se retiraron, y el rector decidió aplicarle una medida correctiva:
enviarlo por un semestre a El Pirulí, un alejado pueblo dedicado a la producción de esos caramelos, para
dar clases a niños de una escuela primaria. No tuvo más remedio que aceptar o sería expulsado por el
Consejo de su Universidad.
Todo en el Pirulí le parecía espantoso. Cuando empezó a trabajar con los niños casi se desmaya.
“¿Cuánto es dos más dos?”, le preguntó a Jimena. “Siete”, respondió ella. “¿Cuántos lados tiene un
cuadrado?”, le preguntó a Jorgito. “Seis”, dijo él. “¿Cuáles son los números decimales?”, le preguntó a
Lorena. “Los esquimales viven en el Polo Norte”, explicó ella con orgullo. Y aparte de eso estaban todas
las incomodidades del lugar... En una ocasión algo le sentó mal y se presentó a la clase con un fuerte
dolor de estómago. “Ay, profe —le dijo Jimena—, es que usted no está acostumbrado a la leche recién
ordeñada. ¡Hiérvala primero!” Otro día llegó con decenas de piquetes. “Ay, maestro —le dijo Jorgito—,
es que tiene que ponerse mentol para que los moscos no lo piquen.” Una tarde su auto se atascó en el
lodo. “Ay, don Juli, póngale unas tarimas en las llantas para sacarlo”, le explicó Lorena.
Los chicos jamás aprendieron matemáticas porque él, después de todo, no era tan buen maestro.
Siguieron creyendo que los conjuntos eran los grupos de música que tocaban en la fiesta del pueblo, que
los quebrados eran los trastes que se rompían y que el álgebra era una medicina para la tos. Pero en
aquel semestre inolvidable don Juli aprendió, gracias a ellos, a reconocer en el cielo cuándo habría
tormenta, a ahuyentar a los perros que se juntaban en la calle para morder gente y a ponerse periódico
dentro de los zapatos cuando calaba el frío. Y cuando las autoridades le escribieron para decirle que
debía regresar a la Universidad, él les respondió con una breve nota: “No, gracias, quiero quedarme aquí
para seguir estudiando”.
Pensándolo bien
¿Cómo consideras la conducta del profesor en la Universidad?
¿Cómo crees que se sentían las personas que convivían con él, en
especial sus alumnos?
¿Piensas que la sanción que recibió fue adecuada?
¿Crees que hay alguien que lo sabe todo o que puede lograrlo todo?
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El objetivo principal del Centro de Maestros Toluca 2 es brindar asesorías y servicios
profesionales para que los docentes encuentren posibilidades de producir
alternativas pedagógicas orientadas a impactar el proceso enseñanza -aprendizaje