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Guía de autoaprendizaje n.

° 4

Datos generales:
• Asignatura: Técnicas de Lectura, Redacción y Ortografía
• Número y nombre de la unidad: Unidad I: Técnicas de lectura

Introducción

En esta guía se abordará el contenido sobre el párrafo, por medio de este el estudiante
interiorizará las estrategias para identificar las ideas principales, idea central y el tema de un
texto. Dicho contenido les ayudará a tener una adecuada comprensión lectora. Este contenido
corresponde a la Unidad I: Técnicas de lectura. Esta guía se encuentra organizada en tres
partes: antes, durante y después. Las actividades de la primera parte se realizan como
preparación individual para la sesión presencial; las actividades de la segunda parte se
resuelven de manera colaborativa en el aula; y, por último, las actividades de la tercera parte,
se orientan como tarea para repasar los conocimientos adquiridos.

Objetivos:
1. Inferir el concepto y características del párrafo y su importancia en la comprensión
del texto.
2. Ejecutar de forma autónoma la identificación de las ideas principales, secundarias del
párrafo, e idea central y el tema del texto como estrategias de comprensión lectora.
3. Interiorizar la importancia de la identificación de ideas principales secundarias del
párrafo, e idea central y tema del texto como estrategias de comprensión lectora.

Contenido:
El párrafo
• Concepto de párrafo
• Características del párrafo
• Ideas principales y secundarias del párrafo
• Idea central del texto
• Tema del texto

Forma de evaluación
Las actividades de esta guía serán evaluadas de manera formativa a través de la coevaluación.

ANTES
Las actividades del antes las debe realizar en la plataforma de Educación a distancia
virtual.
DURANTE
Estimado/a estudiante, lea cuidadosamente el siguiente texto y dè respuesta a cada
planteamiento.

La doble moral de los libros


Por RAFAEL GUMUCIO
A padres y profesores nos cuesta siempre explicar la ventaja moral de preferir la lectura de
libros ante la oferta infinita de juegos en internet y las redes sociales. No es difícil explicar
por qué leer libros, que ya no son el depositario de la información que fluye en Wikipedia
mejor que en cualquier añosa biblioteca, es una actividad no solo útil, sino moralmente
provechosa, algo que te hará mejor persona. En mi caso, sé que algunas novelas, películas y
obras de teatro me han ayudado a comprender mejor el mundo y las personas. Pero lo cierto
es que también esos libros, esas películas y esas obras de teatro me han obligado a hacerme
y hacer preguntas incómodas que no me han facilitado precisamente la vida con mis
congéneres.
Leer la vida de otros que no han existido me ha dado un mejor entendimiento del mundo en
el que vivo, pero también me ha hecho esperar de este mundo gestos, luces y sombras que no
llegarán. La lectura ha sido una fuente de sabiduría, pero también de desilusión, las dos en
una dimensión que me habría ahorrado de no leer o de solo leer información técnica y
necesaria para mi sobrevivencia.
Lo que las novelas entregan no son modelos de buen vivir, sino el ejercicio de la imaginación
moral; esto es, la capacidad de pensar qué haríamos y qué no haríamos en situaciones
extremas. Esta imaginación moral no está, sin embargo, libre de los riesgos que desde Platón
a Jean-Jacques Rousseau denunciaban, pasando por la mayor parte de los padres de la Iglesia
y casi todos los movimientos de reforma o justicia social que elaboran un índice de libros
prohibidos en el que nunca faltan las novelas.
Todos quienes han querido mejorar a los seres humanos y sus condiciones se espantan de que
al leer podamos sentir también simpatía por el canalla y reírnos de seres virtuosos. Su alarma
no tiene sentido: entre los mejores lectores hay no pocos cínicos, que de tanto comprender a
los demás terminan por saber que hay poco o nada que esperar de ellos.
En fechas tan tempranas como 1774 se le reprochó —no sin razón— a Goethe que provocara
una ola de suicidios con Las penas del joven Werther. Libros como Lolita de Vladimir
Nabokov y Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain han sido objeto de polémica
y discusión entre los movimientos de defensa de los derechos civiles, que piensan que estas
ficciones perpetúan formas de ver y comprender el mundo que deberían superarse: un
abusador de menores es el héroe de la novela de Nabokov y en la obra de Mark Twain se
habla de la esclavitud con el vocabulario y la normalidad con la que se hablaba en su época.
Cualquiera que haya frecuentado el mundo de los escritores, los críticos o los profesores de
literatura sabe que la empatía no es moneda corriente. Leer vidas ajenas o vidas imaginarias
obliga a ensanchar una imaginación moral que se parece a la empatía pero no lo es del todo.
La empatía obliga a actuar; en cambio, la imaginación moral puede permitirnos la distancia
—la de la página del libro— que no nos deja olvidar que tenemos entre las manos un texto
que podemos abrir y cerrar cuando queramos, que es justamente lo que no podemos hacer en
nuestras vidas. Separarnos del ruido de la casa, consolarse por no haber sido invitado a alguna
fiesta, encerrarnos lejos de la gente que nos asusta y hiere con su pura existencia. ¿No es esa
la razón por la que la mayor parte de los lectores empedernidos nos encerramos a hacerlo?
Tampoco muchos escritores, en sus vidas ni en sus obras, pueden ser ejemplos morales. Ni
Jorge Luis Borges, Louis-Ferdinand Céline, Jean Genet ni Fiódor Dostoyevski, quienes
ejercieron el arte de la ficción mejor que nadie, pueden serlo. Sus libros son cualquier cosa
menos un manual para hacer el bien: están llenos de villanos que consiguen lo que quieren,
de hombres y mujeres buenos que son derrotados y de personajes mixtos —ni santos ni
demonios— que pueden hacer el bien pensando que están haciendo el mal y viceversa. Esos
personajes complejos y ambiguos, y sus destinos, nos obligan al ejercicio de una imaginación
moral que es justamente lo que la lectura y solo la lectura de ficción pueden proveer.
El Quijote, por ejemplo, es apaleado, burlado y estafado sin piedad. Y no hay señal de que
Miguel de Cervantes no considere que su héroe no merezca todos esos maltratos. ¿Los
merece? ¿El Quijote es un loco ridículo que no sabe lo que hace o es un soñador que elige el
mundo en que quiere vivir? Distintos lectores en diferentes siglos pueden responder de
cualquier manera sin equivocarse. Esta prueba vale para la mayor parte de las ficciones más
importantes de nuestra cultura.
La novela no nos enseña cómo actuar mejor, sino cómo pensar mejor. Una cosa debería llevar
a la otra, idealmente, pero la mayor parte de las buenas novelas nos cuentan que el camino
entre el pensamiento y la acción está lleno de barrancos, puentes podridos, laberintos de
arbustos y muchos falsos atajos. Son esos laberintos inesperados los que hacen que leer
novelas sea un peligro, digo “un peligro” porque se trata de una aventura. Es quizás la única
forma de atraer hacia ella a los niños y adolescentes que todavía no las prueban: convencerlos
de que leer es una adicción que, como cualquiera, no los volverá más buenos sino más vivos.
Quizás si en vez de recomendar libros los traficáramos a oscuras, tendríamos más éxito en
fomentar la lectura que presentarla como un remedio a los males de nuestra sociedad.
En Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó un mundo en el que leer estaba prohibido. Al final
de su distopía, nos mostraba al lector ideal: el que memoriza el libro que ama y se convierte
en él para que su contenido se perpetúe más allá de sus páginas inflamables. La magia de los
libros reside en la posibilidad que tenemos de ser el libro que leemos y que el libro que leemos
se haga parte de nosotros.
Los que combaten los libros en la novela de Bradbury se hacen llamar a sí mismos
“bomberos” y es una buena imagen de lo que significa leer. La literatura es una hoguera que
se aloja en la cabeza de cada lector: ilumina otras vidas que entendemos mejor y nos calienta
frente al frío de la indiferencia, pero no deja de producir incendios que queman convicciones,
amistades, modos de ver el mundo.
Debemos recordar que en los mejores libros no siempre castigan a las malas personas ni
siempre triunfan las buenas. Si convertimos a la lectura en un muestrario de conductas
morales apropiadas y no aceptamos su doble filo, corremos el riesgo de olvidar su poder y su
sentido.
Comprensión lectora

I. Después de haber leído el texto, extraiga las palabras desconocidas y redacte el


significado según el contexto.

II. Para terminar el análisis del texto, subraye o redacte (si no está de manera explícita)
la idea principal de los siguientes párrafos. Luego clasifíquelas según su ubicación.

1. La idea principal del primer párrafo:


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2. La idea principal del tercer párrafo:


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3. La idea principal del sexto párrafo:


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4. La idea principal del noveno párrafo:
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5. La idea principal del décimo párrafo:


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III. Después de haber identificado las ideas principales redacte:


a. El tema del texto (en un enunciado no oracional):
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b. La idea central del texto:


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DESPUÉS (tarea en casa)
Apreciado (a) estudiante, lea con atención la siguiente lectura y luego realice las
actividades que se presentan a continuación:
LA AUTOCONCIENCIA1
Daniel Goleman
La autoconciencia es el primer componente de la inteligencia emocional, algo lógico si
tenemos en cuenta que hace miles de años el Oráculo de Delfos ya aconsejaba: «Conócete a
ti mismo.» La autoconciencia implica comprender en profundidad las emociones, los puntos
fuertes, las debilidades, las necesidades y los impulsos de uno mismo. La gente con una gran
autoconciencia no es ni demasiado crítica ni excesivamente optimista, sino sincera consigo
misma y con los demás. El individuo que posee un alto grado de autoconciencia reconoce
cómo afectan sus sentimientos a él mismo, a los demás y a su rendimiento laboral. Así, una
persona autoconsciente que sabe que cuando tiene que correr para entregar un trabajo, suelen
salirle las cosas mal, se organiza cuidadosamente y termina con mucha antelación lo que
tiene que hacer. Otra persona con una gran autoconciencia será capaz de trabajar con un
cliente exigente: comprenderá cómo afecta a su humor el trato con ese individuo y cuáles son
en el fondo los motivos por lo que se siente frustrado, con lo que podrá ir más allá y
transformar la rabia en algo constructivo.
La autoconciencia abarca la concepción que tiene la persona de sus valores y sus objetivos.
Una persona muy autoconsciente sabe adónde se dirige y por qué; así, por ejemplo, se
mostrará firme al rechazar una oferta laboral que resulte tentadora desde un punto de vista
económico, pero no encaje con sus principios u objetivos a largo plazo. Una persona que
carezca de autoconciencia podrá tomar decisiones que provoquen un conflicto interior por
entrar en contradicción con valores soterrados. «Me ofrecían bastante dinero, así que acepté
—podría decir alguien dos años después de haber empezado en un nuevo puesto—, pero el
trabajo en sí me dice tan poco que me aburro constantemente.»
La autoconsciencia se manifiesta con franqueza y capacidad de autoevaluación realista. La
gente con mucha autoconciencia sabe hablar con certeza y naturalidad (aunque no
necesariamente con efusión o intimidad) de sus emociones y de cómo repercuten en su
trabajo. Por ejemplo, una directiva que conozco se mostraba escéptica ante un nuevo servicio
de asistentes personales de compras que iba a introducir su empresa, una importante cadena
de grandes almacenes. Sin que su equipo o su jefe se lo pidieran, les dio una explicación:
«Me cuesta respaldar el lanzamiento de este servicio —confesó— porque me apetecía mucho
dirigirlo y no me eligieron. Dadme tiempo para que me lo trabaje.»

1
Texto modificado.
En efecto, examinó a conciencia sus emociones y una semana después ya estaba apoyando
el proyecto al cien por cien. Cuando una persona se conoce así de bien, por lo general se nota
en el proceso de selección. Basta con pedir a un candidato que recuerde un momento en el
que se dejó llevar por los sentimientos e hizo algo de lo que después se arrepintió. Los
candidatos autoconscientes reconocen con sinceridad el error cometido y con frecuencia lo
cuentan con una sonrisa. Una de las características principales de la autoconciencia es un
sentido del humor autocrítico.
La autoconciencia también puede identificarse durante las evaluaciones de rendimiento. La
gente autoconsciente está al tanto de sus limitaciones y sus puntos fuertes, se siente cómoda
hablando de ellos y con frecuencia demuestra afán de recibir críticas constructivas. Por el
contrario, los que tienen poca autoconciencia interpretan el mensaje que deben mejorar como
una amenaza o un síntoma de fracaso. Los individuos autoconscientes también pueden
reconocerse por su confianza en sí mismos. Conocen bien sus capacidades y es menos
probable que se pongan en una tesitura en la que puedan fracasar, por ejemplo exigiéndose
demasiado al cumplir con un encargo. Además, saben cuándo deben pedir ayuda y los riesgos
que corren en el trabajo están calculados. No buscan un reto que no pueden superar por sí
solos. Sacan partido de sus puntos fuertes.
Pensemos en la actuación de una empleada de nivel medio a la que invitaron a participar en
una reunión estratégica con los principales directivos de su empresa. Aunque era la que
ocupaba un puesto inferior de todos los presentes, no se limitó a quedarse callada y escuchar
atemorizada a los demás. Sabía que se le daba bien la lógica y que podía presentar ideas de
forma convincente, así que hizo propuestas decisivas con respecto a la estrategia de la
compañía. Al mismo tiempo, la autoconciencia le impidió adentrarse en otros territorios en
los que sabía que no destacaba. A pesar del valor que tiene contar con gente autoconsciente
en el entorno laboral, mis investigaciones indican que, cuando buscan líderes potenciales, a
menudo los altos ejecutivos no confieren a la autoconciencia la importancia que se merece.
En muchos casos confunden la franqueza en la expresión de los sentimientos con debilidad
y no respetan como se merecen a los trabajadores que reconocen sus limitaciones sin
cortapisas. Con frecuencia consideran que esas personas «no tienen lo que hay que tener»
para dirigir a otros.
En realidad, lo cierto es lo contrario. En primer lugar, la gente suele admirar y respetar la
franqueza. Es más, a los líderes se les pide constantemente que hagan juicios que requieren
una evaluación franca de las capacidades de sí mismos y de los demás. ¿Tenemos la
experiencia de gestión necesaria para hacernos con un competidor? ¿Podemos presentar un
nuevo producto dentro de seis meses? Quienes se valoran con sinceridad (es decir, quienes
son autoconscientes) están bien facultados para hacer lo mismo con las empresas que dirigen.
Encierre en un círculo el inciso en donde esté la respuesta correcta:

1. El significado contextual de la palabra soterrado hace referencia a:


a. Algo que está inconsciente en la memoria.
b. Algo que siempre se recuerda, porque es importante.
c. Palabras olvidadas, porque carecen de importancia.
d. Algo que siempre se debe recordar.
e. Información que carece de veracidad.

2. El sinónimo contextual de la palabra tesitura es:


a. Tendencia b. Circunstancia c. Dirección d. Disposición e. Ubicación

3. El antónimo contextual de la palabra naturalidad es:


a. Llaneza b. Claridad c. Artificialidad d. Complicación e. Desconfianza

4. El sinónimo contextual de la palabra cortapisa es:


a. Aplicación b. Facilidad c. Restricción d. Desánimo e. Deducción

5. La idea principal del segundo párrafo es:


a. La autoconciencia abarca la concepción que tiene la persona de sus valores y sus
objetivos.
b. Una persona muy autoconsciente sabe adónde se dirige y por qué.
c. Se mostrará firme al rechazar una oferta laboral que resulte tentadora desde un
punto de vista económico.
d. Pero no encaje con sus principios u objetivos a largo plazo.
e. Una persona que carezca de autoconciencia podrá tomar decisiones que provoquen
un conflicto interior por entrar en contradicción con valores soterrados.
6. La idea principal del tercer párrafo es:
a. La gente autoconsciente está al tanto de sus limitaciones y sus puntos fuertes, se
siente cómoda hablando de ellos y con frecuencia demuestra afán de recibir críticas
constructivas.
b. Por el contrario, los que tienen poca autoconciencia interpretan el mensaje que
deben mejorar como una amenaza o un síntoma de fracaso.
c. La autoconciencia también puede identificarse durante las evaluaciones de
rendimiento.
d. Los individuos autoconscientes también pueden reconocerse por su confianza en sí
mismos.
e. No buscan un reto que no pueden superar por sí solos. Sacan partido de sus puntos
fuertes.

7. El tema del texto es:


a. La autoconciencia como el primer componente de la inteligencia emocional.
b. La importancia de la autoconciencia en el ámbito escolar.
c. La habilidad de las personas para conseguir puestos de trabajo bien remunerados.
d. La importancia de ser sincero con los demás en el ámbito laboral.
e. Las debilidades del ser humano.

8. El mensaje del texto es:


a. Es necesaria la autorreflexión para desarrollar la inteligencia emocional.
b. Es necesario tener estabilidad laboral.
c. Es necesario desarrollar habilidades y destrezas para conseguir empleos bien
remunerados.
d. El ser humano debe estar consciente de sus debilidades.
e. Es importante ser sincero con los compañeros de trabajo.

Referencias

Goleman, D. (sf.). “Un ensayo de Daniel Goleman, el investigador más prestigiado en el


tema de Inteligencia Emocional.” Consultado el 23 de abril de 2019 en:
http://www.joseacontreras.net/promemp/lider00.htm

Gumucio, R. (24 de marzo de 2019). “La doble moral de los libros”. The New York Time.
OPINIÓN. Consultado el 21 de abril de 2019 en:
https://www.nytimes.com/es/2019/03/24/literatura-moral/