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CRÓNICA

Fidel y Raúl (Jorge Edwards escritor chileno)

A mediados de febrero de 1971, cuando llevaba casi tres meses en Cuba como representante
diplomático de Chile, me tocó entrar en contacto con Raúl Castro para organizar la visita del buque
escuela Esmeralda a La Habana. Era la primera visita oficial de un barco de la escuadra chilena,
después de largos años de ruptura de relaciones, y el Gobierno revolucionario le daba gran
importancia al asunto.

Había que evitar a toda costa que los trescientos o cuatrocientos jóvenes oficiales y grumetes en
viaje de instrucción transmitieran una imagen negativa de la Revolución Cubana a su regreso a
Valparaíso. El presidente Allende en persona había acudido a despedir el barco y se había
comunicado por teléfono con Fidel Castro para recomendarle la máxima atención al tema. Y Fidel y
Raúl estaban pendientes, con las pilas puestas, como decimos nosotros, dispuestos a emplear todos
sus poderes de seducción, que en aquellos años no eran pocos, frente a los chilenos.
Yo había conversado largamente con Fidel en la primera noche de mi llegada a La Habana y había
podido sacar conclusiones diversas acerca del personaje. A uno lo citaban en un lugar y a una hora
determinada y el encuentro terminaba por producirse en otro y varias horas más tarde. Los
ayudantes, los funcionarios, la gente de protocolo, le decían a uno al oído que todo esto obedecía a
normas de seguridad, pero también se podía concluir que era una cuestión de temperamento, de
gusto, de afición a lo repentino y a lo secreto.
Después, durante la reunión misma, nunca faltaba algún elemento de sorpresa, un golpe de teatro.
Yo, recién llegado a mi hotel al final de un largo viaje, cerca de la medianoche, seguía un discurso
del Comandante por la televisión cuando el director de Protocolo me llamó para llevarme a cenar
en la ciudad. Era una hora extravagante y había viajado desde Lima con escala en México, pero no
quise poner dificultades.

Cruzamos La Habana a una velocidad vertiginosa, en el escarabajo VW del director, y en vez de llegar
a un restaurante me hicieron entrar a las bambalinas de un gran teatro. Al otro lado de las pesadas
cortinas de terciopelo granate se escuchaba la misma voz que había escuchado en el televisor de mi
hotel. Terminó el discurso, hubo nutridos aplausos y el Comandante en Jefe apareció detrás de las
cortinas. Si hubiera sabido que había llegado, me dijo, habría roto el protocolo y lo habría llevado a
la tribuna. Habló con otras personas, entre ellas con el político chileno Baltazar Castro, y desapareció
seguido de su séquito por una portezuela que daba a la calle.

“Ahora te voy a llevar a una entrevista en el diario Granma”, me dijo entonces Meléndez, el de
Protocolo. ¿No es un poco tarde para entrevistas?, tuve la ingenuidad de preguntar, mirando mi
reloj. Pero la hora, en las revoluciones, tenía otro sentido. Y un rato más tarde me encontraba
sentado en la dirección del Granma, frente a un grupo de periodistas que sonreía y me hacía
preguntas vagas sobre mi viaje. Hasta que se abrió una puerta lateral, entró Fidel Castro y se sentó
en una silla que estaba al lado de la mía. De las bambalinas del teatro anterior pasábamos a un
escenario más privilegiado y exclusivo.
En medio de la conversación, Fidel de repente dio un salto. ¿Cómo era posible que no hubiera vino
chileno en la mesa? Se abrieron otras puertas, como si el guión estuviera bien estudiado, y entraron
botellas de un vinillo que producía Baltazar Castro, el político que acababa de conversar con Fidel.
La conversación, a todo esto, ya había adquirido otro tono. Dije que podía encargarme de que se
exportaran vinos chilenos de mejor calidad a la isla y Fidel replicó: “Tú eres encargado de negocios,
pero de negocios no sabes nada, porque eres escritor´. Me reí bastante, ya que Baltazar Castro, don
Balta, también era escritor, novelista prolífico, aunque, en honor a la verdad, más bien mediocre en
su manejo de la escritura. ´¡Estos escritores chilenos son unos diablos!´, exclamó entonces Fidel, de
humor excelente, y la conversación se prolongó hasta altas horas de la madrugada.
Llegué a una entrevista de trabajo con Raúl Castro, en vísperas del arribo del buque escuela, y
empecé a comprobar que el ministro de las Fuerzas Armadas era el exacto reverso, casi la antípoda,
de su famoso hermano. Tuve la impresión, incluso, de que manipulaba el contraste en forma
deliberada. Ser hermano del Líder Máximo no debía de ser fácil, y el juego de las oposiciones
probablemente ayudaba a mantener el tipo.
Sonó la hora precisa de la cita y la puerta del despacho ministerial se abrió. Raúl, mucho más bajo
que Fidel, más pálido, lampiño, en contraste con la barba guerrillera, frondosa y famosa, del otro,
era un hombre amable, que hasta podía resultar simpático, pero de una cordialidad evidentemente
fría. Estaba sentado detrás de una mesa de escritorio pulcra, impecablemente ordenada, y supe que
ahí no cabía esperar sorpresas ni golpes de efecto de ninguna especie.
Sus servicios, entretanto, lo habían previsto todo: la entrada del barco al muelle, el transporte por
tierra de la tripulación, el programa oficial hasta en sus menores detalles. Habría que asistir a tales
y cuales ceremonias y pronunciar tales y cuales discursos de tantos minutos de duración cada uno.
El personal a cargo tendría las respectivas ofrendas florales preparadas.

Y el ministro procedió a entregarme carpetas cuidadosamente preparadas con el programa, mapas


de acceso, credenciales, contraseñas. Convenía, dijo, antes de la despedida, que se produjo al cabo
de media hora justa de reunión, que visitara los recintos de la Marina de Cuba, donde los radares
registraban minuto a minuto la navegación del barco nuestro. Lo hice, desde luego, y debido, quizá,
a mi total ignorancia, me quedé asombrado por el control perfecto de la situación del buque en los
mares caribeños.
Los marinos chilenos visitaron instalaciones militares guiados por Raúl Castro y debo decir que
hicieron comentarios sorprendidos y hasta elogiosos de la eficacia defensiva de lo que habían visto.
En esta etapa, la voz cantante en el proceso de seducción de los oficiales de la Esmeralda, la sirena
de turno, era Raúl, no su hermano Fidel.
Pero hubo más tarde un detalle revelador. Ernesto Jobet, el comandante de nuestro barco, ofreció
una recepción a todo el Gobierno y el cuerpo diplomático. Ahí hubo roces y tropiezos de toda clase
y a cada rato. Protocolo me pedía permiso para hacer una completa inspección del buque por
motivos de seguridad. El comandante Jobet contestaba que por ningún motivo: él, en su calidad de
anfitrión, respondía por la seguridad de sus invitados. Y jamás, por razones de principio, admitiría el
ingreso a su barco de gente armada.
El día de la recepción, Fidel Castro apareció en el muelle de repente y subió en compañía de una
escolta provista de grueso armamento. Fue un momento de tensión extraordinaria. Media hora más
tarde ingresó con toda su escolta a la sala privada del comandante chileno. Se produjo ahí una
situación notable: el comandante Jobet, con un gesto, le pidió a Castro que expulsara a los intrusos,
y éste, con un dedo, les ordenó retirarse. La reunión no podía partir en un ambiente peor. Pero
Fidel, al poco rato, tuvo una idea brillante: invitó a Ernesto Jobet a jugar una partida de golf a la
mañana siguiente y todos los tropiezos del día quedaron aparentemente superados.
Me imagino que Raúl Castro, con buen olfato, previó estos problemas de antemano. De todos los
personajes importantes invitados a la fiesta del buque escuela, fue el único que no asistió. A pesar
de haber sido el organizador de la gira. No quería provocar conflictos y prefirió, una vez más, asumir
un perfil bajo. No le gustaba, sin duda, estar en el mismo barco en compañía del hermano mayor,
sobre todo cuando el otro acaparaba todas las cámaras.
En buenas cuentas, la actitud de Raúl fue prudente y astuta, además de organizada. Fidel y su
escolta, en cambio, metieron la pata a cada rato. Pero Fidel, con su chispa, con su sorprendente
invitación a un deporte británico y tradicional, ganó la partida. Al menos en el primer momento. Dos
días después, cuando el buque se preparaba para zarpar, Ernesto Jobet impartía terminantes
instrucciones a sus subordinados para que escribieran cartas, todas las cartas que pudieran, a sus
familiares y amigos. Era una operación discreta y eficaz de contrapropaganda. Algunos grumetes
habían sido invitados en la calle a la casa de un médico cubano y habían comprobado con extrañeza
que no estaba en condiciones de ofrecerles una modesta cerveza o una taza de café. ¡Cuéntenlo
todo!, exclamaba Jobet, con una sonrisa socarrona.

Alrededor de tres años más tarde, se supo que la Marina había sido la primera en iniciar, con
veinticuatro horas de anticipación, las operaciones que condujeron al golpe de Estado contra
Allende. Pensé en los tripulantes de la Esmeralda y en la posibilidad de que alguno, más de alguno,
estuviera implicado en ese proceso. Era una historia terrible: un reflejo lateral, menor, pero no por
eso menos dramático, de un gran conflicto político del siglo XX. En el episodio de la visita de los
marinos, según mi balance final, Raúl había sido prudente, además de ausente cuando convenía, y
Fidel había sido teatral, excesivo, palabrero, improvisador. Ninguno de los dos, en cualquier caso,
habría podido evitar nada, y temo que sus amigos chilenos tampoco.
REPORTAJE
Del Caribe al Cono Sur: la migración venezolana es un fenómeno indetenible
por Fulgencio García.
Muchos de los países del Sur del continente están sorprendidos por la reciente oleada migratoria proveniente
del Caribe: cientos de miles de ciudadanos venezolanos llegan mensualmente a sus aeropuertos y emprenden
los trámites migratorios necesarios para establecerse, por tiempo indefinido, en sus países. Una oleada
semejante no se había vivido nunca desde el país petrolero y pone en evidencia que las cosas, en la tierra de
la Revolución Bolivariana, no están nada bien.
11:00 horas, Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Un avión de Conviasa acaba de llegar y sale en las pantallas
con un cartelito de retraso. Pronto emprenderá el vuelo de regreso a Venezuela, pero esta vez va vacío. Según
cifras del Instituto de Migraciones Argentino, dos de cada tres venezolanos que ingresa a la Argentina inicia
trámites de residencia valiéndose de los convenios de MERCOSUR.
“Las cifras aún no son alarmantes, pero se trata sin duda de una migración importante” afirmó el presidente
de este instituto, Aníbal Mingotti, entrevistado en su oficina ubicada en el propio aeropuerto. “La mayoría de
los venezolanos que ingresaron hasta 2014 venían con planes de estudio o trabajo, por lo general
profesionales calificados en busca de oportunidades o emprendiendo posgrados”, afirmó.
Se estima que haya en Argentina una cifra ya superior a los 20.000 migrantes venezolanos, en su mayoría
residenciados en la Capital Federal. Algo que parece evidente con la apertura de locales de comida caribeña,
sobre todo en el barrio de Palermo, que ya rivalizan con los provenientes de Colombia, migrantes ya de hace
un buen rato. Y si bien para muchos consisten aún en una migración silenciosa, difícil de distinguir, se trata de
un fenómeno constatable.
Las motivaciones
Consultados respecto a estas cifras, los funcionarios Heberto Rodríguez y Mario Sosa, agregados culturales de
la Embajada en Argentina de la República Bolivariana de Venezuela, ubicada en la av. Luis María Campos del
barrio de Palermo, afirmaron que se trata de un fenómeno reciente y minoritario, que para nada puede ser
tomado como referente de la situación venezolana.
“Nada que ver, es un hecho aislado”, afirmó Sosa. “El intercambio migrante entre Argentina y Venezuela
siempre ha sido común, muchos argentinos buscaron asilo en Caracas cuando los tiempos de la dictadura”,
explicó, refiriéndose al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional de la década del 70 y principios
del 80.
“Los problemas de Venezuela son innegables” comentó Rodríguez. “Se deben a la guerra económica que la
derecha del país ha emprendido en contra del Gobierno Revolucionario desde que el Comandante Presidente
Hugo Chávez alcanzó el poder”.
La crisis
Las condiciones de deterioro del nivel de vida en Venezuela son, del modo que sea, conocidos por el mundo
entero. El otrora país más rico del continente muestra hoy en día tasas alarmantes de desabastecimiento en
los rubros básicos, devaluación diaria de la moneda y superinflación. Se sabe que es el país con la inflación
más alta del mundo.
De hecho, según el Fondo Monetario Internacional, la tasa inflacionaria de 2016 en el país caribeño fue de
alrededor del 400% y se proyecta un 2017 catastrófico con un casi 2000% de inflación que supone un deterioro
dramático en el nivel de vida de los venezolanos. Estas serían más que razones de peso para impulsar la masiva
emigración que hoy en día presencia el continente, cuyos focos principales son Colombia, Chile, Argentina y
Panamá.
En este último país, vale la pena mencionar, se produjo recientemente una manifestación en contra de la
masiva inmigración venezolana y colombiana, por parte de sectores ciudadanos que consideran desleal la
competencia para con los profesionales locales. Muchos tildaron la manifestación de xenófoba, sobre todo de
cara al lema panameño de ser “un crisol de razas”, y que en la población de este país centroamericano apenas
uno de cada diez habitantes es de nacionalidad panameña, es decir, una gran mayoría de inmigrantes.
“Argentina es un país de inmigrantes y los venezolanos son bienvenidos”, ratificó Mingotti. “En su mayoría
son profesionales formados y aportan un contingente de trabajo que le hace bien a la nación”.
Sin embargo, las consecuencias de este masivo desplazamiento, el más importante en los últimos años de
Suramérica, está todavía por verse
Fuente: https://www.ejemplos.co/ejemplo-de-reportaje/#ixzz5qaCYPrjt

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