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Demolición!

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I!

Guardo un tesoro, dice Oscar, el memorioso protagonista de El tambor de hojalata.

“Durante todos estos malos años, compuestos únicamente de los días del calendario, lo

he guardado, lo he escondido y lo he vuelto a sacar; durante el viaje en aquel vagón de

mercancías lo apretaba codiciosamente contra mi pecho, y si me dormía, dormía Óscar

sobre su tesoro: el álbum de fotos.”!

Para Oscar, el álbum de fotos es “sepulcro familiar al descubierto, que todo lo aclara”.

Imagen fúnebre y arqueológica al mismo tiempo. En El desbarrancadero, Fernando

Vallejo narra cómo encuentra a su hermano hojeando un viejo álbum de fotos (“Marchitas

fotos, descoloridas fotos de lo que un día fuimos en el amanecer del mundo.”) y le

pregunta, sarcástico: “¿Le estás pasando revista al cementerio?”!

Si la fotografía hereda antiguas funciones de culto a los muertos en el grupo familiar, el

álbum de fotos es uno de sus instrumentos más conspicuos. Pero aún así no podría

mantenerse sólo como un instrumento de la nostalgia o del duelo; estático, fijo en el

pasado y en la pérdida. El recuerdo de lo que fuimos o de los que no fuimos, de los que

fueron o de los que se fueron, cumple su función en la conciencia de quienes somos. El

encuentro con el pasado puede vivirse como un pasaje de la oscuridad a la lucidez que

exige el presente. “¿Qué haría yo sin este sepulcro familiar al descubierto, que todo lo

aclara?” Ahí presentimos la inversión de un relato mítico: el del descenso al reino de los

muertos (reino de las sombras) como parte de una búsqueda de claridad, un ritual de

conocimiento. Pues ahora son ellos los que salen a la luz para arrojar luz sobre nuestra

propia historia.!

Tratamos de responder a la pregunta “¿quién soy?” interrogando a aquellos que ya no

pueden mentir. !
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II!

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No creo inoportuno partir de referencias literarias. Estoy aludiendo a textos en los que la

fotografía es una presencia figurativa y simbólica crucial en el devenir del relato. Hablar

del lugar de la fotografía en la narrativa de ficción puede ser un buen punto de partida

para hablar del lugar de la narrativa -y en consecuencia, de la ficción- en la práctica

fotográfica. Y hablar del álbum de fotos me parece un buen punto de partida para hablar

del fotolibro.!

Y es que, tanto por su estructura como por su materialidad y su disponibilidad para la

escritura y obviamente, para la lectura, el fotolibro es un dispositivo idóneo para canalizar

la vocación narrativa de la fotografía contemporánea, proponiendo soluciones textuales y

de montaje que funcionan desde una técnica de la cercanía y el contacto, más afín con el

objeto-libro que con el despliegue museográfico tradicional.!

Por otra parte, el fotolibro hace más evidente la obsesión contemporánea con el archivo,

recurrentemente con el archivo familiar, con su pathos autobiográfico y con esa específica

dimensión estética de la fotografía, que se hace más superficial -aunque no

necesariamente superflua- mientras mejor evidencia su conexión con una temporalidad. !

Mientras las redes sociales desarticulan la relación empática con el objeto fotográfico y

con su temporalidad (de hecho, disuelven el objeto fotográfico y lo someten a la

intrascendencia), el fotolibro hace énfasis en la materialidad y en los límites del objeto,

volviendo a una de las operaciones más convencionales de la actividad artística: la

producción de una cosa que recuerda a otra. Pero ese énfasis pudiera ser engañoso

porque los límites del objeto no son los límites del texto.!

El fotolibro es una ficción y una metáfora. Exige tanto talento para lo poético como para lo

narrativo.!
III!

Demolición puede ser leído como la historia de una casa. Como si la historia de una casa

debiera contarse a través de los accidentes, las muertes, las conmociones de las

personas que la habitaron, junto con el desgaste de las paredes, el abandono, el

enmohecimiento de los muros, el descubrimiento obsceno de los cimientos, la fascinante

exhibición de las rugosidades. !

Ese es uno de los niveles estéticos en que funcionan estas fotografías de Veronique

Chapuy: la representación de lo superficial, la evocación de lo táctil, antes que de lo

depauperado. Veo la piedra antes que la ruina. Recuerdo algo elemental. Algo

fundacional. Como en toda poética del archivo, participo de la reconstrucción simbólica

del origen. De todos los orígenes. Del mío propio. Ese es uno de los pocos casos en que

tiene sentido usar el término “originalidad” en el contexto de esta poética del archivo: lo

original es lo que ya fue. !

Después vienen las sombras. Como si la historia de una casa debiera ser contada por sus

fantasmas. La fuerza estética de las sombras es tal que hace sospechar que es una de

las figuras definitorias de una simbología fotográfica. Como si debiéramos definir la

fotografía desde una poética de lo negativo, de lo borroso; desde una visualidad débil;

ciertamente, desde los límites de lo visible.!

Los stills de videos, homenaje al álbum familiar, documentos, conservan todavía la tensión

de la secuencia interrumpida. Le dan una fisonomía más afable al objeto de la nostalgia.

Nos recuerdan que la casa no siempre fue oscura y vacía. Que la familia alguna vez

estuvo completa y reunida.!

En Demolición la imagen se produce desde operaciones simbólicas más que narrativas.

Incluso lo narrativo viene a posteriori de lo simbólico. Aun desconociendo de qué trata

este libro, sabríamos con qué trata.!

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Juan Antonio Molina!

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