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Acapulco, 9 de enero, 2019

Mi amigo nobilisimo:

Hermano mío:

28 de mayo, Amotape

Querido Amauta:

Te escribo desde la tierra que te recibió cuando tu madre te dio a luz.


Me encuentro en la aldea de Amotape y quizás sea mi última estancia antes de
iniciar mi viaje de despedida de este mundo, tránsito inevitable para los y las
mortales. Espero que estés disfrutando de tu viaje por ese continente lleno de
historias conocidas y por conocer. De seguro, aprenderás mucho de esa
experiencia inolvidable, al menos ese es mi deseo, amigo mío.

Mis largos días de existencia me han hecho reflexionar sobre la


importancia de la educación pensada como una herramienta de emancipación
para nuestros pueblos. En estas líneas te quería compartir un esbozo de mis
ideas principales, confiando plenamente en tu capacidad crítica y analítica, con
la intención de pensar juntos un proyecto educativo verdaderamente
revolucionario que lleve a las masas a su completa emancipación.

Mi concepción de emancipación no se reduce solamente al ámbito de lo


educativo sino que está íntimamente ligado a un proyecto político de mayor
envergadura. Creo de esta manera que es prioridad máxima partir de un
análisis de la educación pero no abordándola desde su singularidad, al
contrario, concibiéndola como parte de una totalidad mayor.
El filósofo argentino León Rozitchner en su ensayo Filosofía y
Emancipación escrito durante su exilio en Caracas, retoma las ideas del
pensador venezolano Simón Rodríguez analizando el proyecto pedagógico que
este educador propuso para los pueblos latinoamericanos luego del proceso
independentista. Era necesario pensar en la educación que los nacientes
gobiernos republicanos, surgidos luego de la caída de la monarquía, llevarían
adelante para enseñar a sus poblaciones. Rozitchner reivindicará entonces la
figura de Rodríguez, debido a que pensó en un proyecto educativo
verdaderamente revolucionario. Sus ideas con respecto a la cuestión de la
emancipación no se reducían meramente al ámbito de lo educativo; en otras
palabras, realiza un análisis sobre la
"Si lo que está en juego en el educación pero abordándola no desde su
conocimiento es el problema singularidad, sino como parte de una
del ser, del ser social,
totalidad. Su proyecto educativo derivaba de
humillado, expropiado,
envilecido, la ignorancia que un proyecto político mayor que era necesario
quiere combatir simón llevar adelante en estas nuevas repúblicas en
rodríguez no es algo que se
las cuales persistían viejos fantasmas,
refiere a un mero conocer -
instrucción primaria- sino a herencias de la colonia, viejas estructuras
un saber qué consecuencias monárquicas que aun sometían a los pueblos
tiene el no-saber cuando por
latinoamericanos bajo el velo de una
medio de la enseñanza se le
oculta al joven el verdadero organización política distinta. Era necesaria
saber: el de la dependencia una “segunda independencia”.
de su ser". (Pág. 15)
Simón Rodríguez observó las contradicciones
sociales que regían en las sociedades americanas post-independencia que se
entendían en su mayor parte por la permanencia de estructuras propias de la
colonia, que impedían la emancipación social. Esta lectura crítica de la
realidad le permitió a Rodríguez cuestionar así distintos elementos como la
educación, el lenguaje y la escritura en las que seguía operando una lógica de
dominación bajo pautas con una impronta colonial. En base a estas ideas,
Rodríguez concibe su modelo educativo ligado a un proyecto político y social
de emancipación, en contraposición a la enseñanza tradicional que reproducía
una lógica de dominación colonial. Este plan de educación social, dirigido
especialmente para las clases populares, tenía como objetivo atacar las
falencias que el modelo de educación proveniente de Europa presentaba. Era
necesario implementar una educación verdaderamente popular y
democrática, una educación pública que no se enfocará solamente en las
clases pudientes. Era necesario romper con el modelo educativo sustentado en
las desigualdades sociales que supuestamente combatía, mas las reproducía a
través de una metodología rígida y autoritaria que trataba de hacer encajar a
los estudiantes sin tener en cuenta sus necesidades y particularidades, y que
conllevaba la pérdida de su identidad cultural, inculcándoles la idiosincrasia del
viejo continente.

Simón Rodríguez también introduce una crítica epistemológica dirigida al


proceso de aprendizaje —que se llevaba a cabo en ese momento en el
régimen de educación— realizando una diferencia entre el mero conocer que
parte de una concepción objetivista, es decir, de conocer el mundo a través de
los objetos: conocer la realidad y sus fenómenos tratándolos como cosas
exteriores a nosotros; en cambio, el saber implica una actitud diferente que ya
no se caracteriza por la pasividad de los actores: el saber implica el
reconocimiento del otro, implica el registro de otras subjetividades, de
reconocer el sufrimiento de los otros, punto de partida para establecer una
relación humana. De esto se trata la nueva pedagogía de Rodríguez: pensar en
una educación popular que rompa contra todo tipo de orden social que separe
entre sí a los sujetos, es decir, que recupere lo social en cada uno de nosotros;
y que no reproduzca —a través del discurso de la igualdad— la desigualdad de
las personas. La educación popular debe transformar el orden de las clases,
debe producir sujetos nuevos que ya no formen parte de la servidumbre. Sólo
así podríamos hablar de la emancipación de las clases populares.

LA CLAVE PARA ENTENDER LA OBRA DE SIMÓN RODRÍGUEZ ESTÁ, CREEMOS, EN EL DRAMA DE TODA UNA
SOCIEDAD QUE, LUEGO DE LA REVOLUCIÓN, PERDIÓ EL SENTIDO DE SU PRIMER TRIUNFO. DESDE ESE
FRACASO SIMÓN RODRÍGUEZ SE PLANTEA EL TRABAJO NECESARIO PARA DAR TÉRMINO A LO QUE LA
INDEPENDENCIA DEJÓ TRUNCO: CREAR LOS HOMBRES QUE, EDUCACIÓN MEDIANTE, DESDE EL
SENTIMIENTO DE SU SER SUFRIENTE, SEAN CAPACES DE PRODUCIR LA SEGUNDA REVOLUCIÓN POLÍTICO-
ECONÓMICA QUE DÉ TÉRMINO A LA PRIMERA REVOLUCIÓN ARMADA QUE, CON LA CONQUISTA DE LA
INDEPENDENCIA, INICIÓ BOLÍVAR. (2012, Pág.16)
Consideró la educación social como el mecanismo a través del cual las Repúblicas podrían llegar a
consolidarse y a la sociabilidad como el fin social de la escuela, en la medida en que el primer deber de
un republicano era saber sus obligaciones sociales. Planteó la primera escuela como el fundamento del
saber y el medio a través del cual los pueblos lograrían la civilización. Propuso la inclusión social a través
de la ‘escuela para todos’, la formación para el trabajo y la adquisición de nuevos hábitos que
posibilitaran las relaciones sociales propias de un sistema republicano.

donde surgió una nueva síntesis que replanteó el problema de la escuela en cuanto la posibilidad de
educación popular. La estructura imperante de la escuela hasta este momento no satisfacía las nuevas
necesidades sociales7; era indispensable buscar el mecanismo por el cual se cumpliera la premisa
moderna de lograr una educación para todos.

Rodríguez quiso transformar estas condiciones sociales y educativas tanto con sus palabras como con
sus actos, pues no compartía ni el estado de la educación, ni las creencias de la época con respecto a la
organización social imperante. El compromiso de Simón Rodríguez a lo largo de su vida, fue demostrar la
necesidad y la posibilidad que a través de una escuela generalizada o popular, se podría sentar los
cimientos de una nueva sociedad.

La intención pedagógica de su método quedó señalada en Chuquisaca, en el escrito “El libertador del
Mediodía de América” (1830). Planteó que la intención no era llenar el país de artesanos rivales o
miserables, sino instruir y acostumbrar al trabajo, para hacer hombres útiles, asignarles tierra y auxiliarlos
en su establecimiento; en otras palabras, se trataba de colonizar al país con sus propios habitantes (
Rumazo González, 1975, p. 64). De esta manera, hacía visible a la población que hasta ahora había sido
excluida de las políticas de gobierno y revalorizaba los mal llamados oficios bajos, invitando a la mayoría
de los marginados a aprender bien su labor.
Esta intencionalidad del método formulado por Simón Rodríguez se hizo explícita en el establecimiento
de la primera casa de industria pública en Bogotá en 1823, donde se impartiría educación a los jóvenes y
se les haría aprender un oficio mecánico además de los otros conocimientos para vivir en sociedad

Para Simón Rodríguez era impensable una sociedad que no contemplara la inclusión social y con ella
la educación para todos, de esta manera confirió el mismo nivel de importancia a la educación intelectual
como a la educación técnica, asumiendo que la nueva sociedad requería de ciudadanos instruidos en los
oficios y en las artes como instrumento de revaloración del ciudadano y del lugar que este podría llegar a
ocupar en lo social a través de la formación para el trabajo (García Sánchez, 2007, p. 157).
Los principales obstáculos para el desarrollo de las propuestas educativas de Rodríguez se encontraban
enquistados en las costumbres sociales que manifestaban ignorancia generalizada, desinterés por la
educación, aceptación de los métodos tradicionales, subvaloración por la educación técnica y
aceptación del statu-quo.

La apuesta pedagógica de Rodríguez consideraba que tal y como estaba planteada la educación, no era
posible educar al nuevo ciudadano y que por el contrario, esta reproducía el orden social monárquico
manteniendo la ignorancia y la exclusión. Su método propendía por la inclusión social por medio de la
“escuela para todos”, por la formación para el trabajo confiriéndole un sentido de utilidad, y por la
adquisición de nuevos hábitos y nuevas relaciones sociales que exigía la República

Mientras que a la educación la concebía como conciencia, y a la instrucción como conocimiento,


consideró a la primera como un deber de la política pública y a la segunda como el medio de lograr su
generalización, afirmando que “lo que no es general, sin excepción, no es verdaderamente público, y lo
que no es público no es social” (Rodríguez, 1975d, p. 76).
Instruir no era educar; era un deber de los gobiernos ilustrados generalizar la instrucción como
mecanismo ideal para luchar contra los principales enemigos que se le oponían: la Familia y la Iglesia,
instituciones que querían mantener relaciones del antiguo orden conservando las viejas tradiciones. En el
nuevo orden social, el sujeto de las luces y las virtudes sociales era el hombre en sociedad; por lo tanto el
objeto y fin de la instrucción era la sociabilidad.
En la medida en que la familia se convertía en el mayor obstáculo para la instrucción general, era
necesario que el Gobierno asumiera dicha función sacándola del contexto privado y ofreciéndola a todos
por igual.
Si bien la República había decretado en 1821 que la condición de ciudadanía se obtendría mediante el
aprendizaje de la lectura y la escritura, Rodríguez proponía la necesidad de persuadir a toda la población
ignorante para que se instruyera en el nuevo sentido de lo que significaba vivir en sociedad y solo hasta
ese momento consideraba prudente hacer cumplir las obligaciones de ciudadano:

La instrucción general que proponía Rodríguez era aquella que ofreciera al hombre el conocimiento
de las obligaciones que adquiría por el hecho de vivir en sociedad. Privar a los hombres de la instrucción
general lo consideraba un acto de inhumanidad en la medida en que la ausencia de tales conocimientos,
los ponía en la condición de precariedad y vida miserable. Asumía que “la instrucción era para el espíritu,
lo que para el cuerpo, el pan” (Rodríguez, 1975a, p.325). La instrucción, concebida así, era el medio para
transformar las costumbres, los hábitos del trabajo y reconocer el valor de lo útil y de la vida en sociedad.
La población necesitaba una nueva instrucción nacional, popular, general, pública y social que
respondiera a los cambios que reclamaba la República; para ello, era necesario que la instrucción no
siguiera estando en las manos de los padres de familia ni de los discípulos; que los maestros
comprendieran el valor de enseñar cosas útiles y que los estudiantes no se distinguieran por el pago que
hacían, ni por la posición social que ocupaban sus padres. La instrucción necesitaba reformarse para
lograr la nueva sociedad.

En el pensamiento de Rodríguez, no era posible construir una “verdadera sociedad sin educación social,
ni autoridad razonable, sin costumbres liberales” (Rodríguez, 1975d, p. 230). Cuando se refería a la
‘educación social’, la asumía como la posibilidad de formar en los individuos la conciencia del bien
común; en sus palabras así lo expresaba: “la mayor fatalidad del hombre, en el estado social, es no tener
con sus semejantes, un común sentir de lo que conviene a todos. La educación social remediará este mal”
(Rodríguez, 1975d, p. 365).
Para que la educación social fuera un hecho, debía ser agenciada por el Gobierno, ya que este es quien
forma la moral de los pueblos, los encamina a la grandeza, a la prosperidad y al poder. ¿Por qué?,
porque teniendo a su cargo los elementos de la sociedad, establece la educación pública y la dirige

Desarrolló este concepto en el escrito Sociedades Americanas (1828), cuestionando a la educación como
la simple “instrucción a las masas descarriadas por la revolución” (Rodríguez, 1975d. P.323) y
proponiendo a la República la ”educación popular” sin la cual no habría verdadera sociedad. Para que la
educación se generalizara, la sociedad debería poner a disposición de todos los individuos, los medios, el
tiempo y la obligación de adquirir dicha instrucción. Así pues, la educación popular la asumió como la
educación general.
Para que la educación popular se generalizara en la República, era necesario abrir “escuelas para todos”,
en la medida en que todos habrían obtenido la condición de ciudadanos. “En sociedad cada individuo
debe considerarse como un sentimiento y han de combinarse los sentimientos para hacer una
conciencia social” (Rodríguez, 1975d, P.284). Esta nueva realidad debía ser acatada por los directores de
la República si querían construir una nueva sociedad de la que todos hicieran parte en igualdad de
condiciones.
La educación era el mecanismo por el cual las repúblicas podrían llegar a consolidarse. Hacía un
llamado a los gobiernos liberales para que vieran en la primera escuela el fundamento del saber y la
palanca a través de la cual se levantarían los pueblos al grado de civilización que el siglo XIX reclamaba.
Era menester consolidar una educación popular o generalizada para que fueran instruidos los que hasta
ahora habían sido excluidos de la educación, haciendo referencia principalmente a los indios quienes, a su
juicio, eran los verdaderos dueños del país.
Consideraba que los maestros de la escuela tendrían ocasión durante todo el día de instruir a los niños
en los preceptos sociales ya que estos eran el objeto principal de la escuela, además del tiempo que le
deberían dedicar a enseñar a hablar, escribir y calcular. Para Rodríguez el fin social de la escuela era la
sociabilidad, saber las obligaciones sociales era el primer deber de un republicano.

MARIATEGUI

De toda suerte, en materia de enseñanza laica es preciso examinar la experiencia


europea. Entre otras razones, porque la fórmula “educación gratuita, laica y
obligatoria” pertenece literalmente no solo a esa cultura occidental que Alfredo
Palacios declara en descomposición sino, sobre todo, a su ciclo capitalista en evidente
bancarrota. En la escuela demo-liberal-burguesa, (cuya crisis genera el humor
relativista y escéptico de la filosofía occidental contemporánea que nos abastece de las
únicas pruebas de que disponemos de la decadencia de la civilización de Occidente),
han aprendido esta fórmula las democracias iberoamericanas.

“Ahora que la crisis formidable, desencadenada por el conflicto mundial, va


poco a poco revolucionando desde sus fundamentos el Estado moderno, ha llegado
para la escuela del Estado el instante de producir ante la opinión pública los títulos que
legitimen su derecho a la existencia. Y se debe reconocer que si ha sido posible el
espectáculo de una guerra, en la cual han estado empeñados todos los más grandes
pueblos del mundo y que, sin embargo, no ha revelado ninguna de aquellas
individualidades heroicas, maestras de energía, que las guerras del pasado,
insignificantes en parangón, revelaron en número grandísimo, esto se debe casi
exclusivamente a la escuela de Estado y a su espíritu de cuartel, gris, nivelador,
asfixiante”. Y, examinando la esencia misma de la escuela burguesa, agrega: “La
escuela del Estado es una de las tres instituciones, destruidas las cuales el Estado
moderno, caracterizado por el monopolio económico, el centralismo administrativo y
el absolutismo burocrático, queda subvertido desde sus cimientos. El cuartel y la
burocracia son las otras dos. Gracias a ellas, el Estado ha conseguido anular en el
individuo la libertad del querer, la espontaneidad de la iniciativa, la originalidad del
movimiento y a reducir la humanidad a una docilísima grey que no sabe pensar ni
actuar sino conforme al signo y según la voluntad de sus pastores. Es, sobre todo, en la
escuela donde el Estado moderno posee el más fuerte e irresistible rodillo compresor,
con el cual aplana y nivela toda individualidad que se sienta autónoma e
independiente”.
El tema de la “educación laica” debe ser discutido en Nuestra América a la luz de

todos estos antecedentes. La nueva generación iberoamericana no puede contentarse

con una chata y gastada fórmula del ideario liberal. La “escuela laica” -escuela

burguesa-, no es el ideal de la juventud poseída de un potente afán de renovación. El

laicismo, como fin, es una pobre cosa.

La libertad de la enseñanza no es, pues, sino una ficción. Es una utopía que la
historia desahucia. El Estado, cualquiera que él sea, no puede renunciar a la dirección y
al control de la educación pública. ¿Por qué? Por la razón notoria de que el Estado es el
órgano de la clase dominante. Tiene, por ende, la función de conformar la enseñanza
con las necesidades de esta clase social.

Vano es todo esfuerzo mental por concebir la escuela apolítica, la escuela neutral. La

escuela del orden burgués seguirá siendo escuela burguesa. La escuela nueva vendrá

con el orden nuevo

El problema de la enseñanza no puede ser bien comprendido al no ser


considerado como un problema económico y como un problema social. El error de
muchos reformadores ha residido en su método abstractamente idealista, en su
doctrina exclusivamente pedagógica. Sus proyectos han ignorado el íntimo engranaje
que hay entre la economía y la enseñanza y han pretendido modificar esta sin conocer
las leyes de aquella. Por ende, no han acertado a reformar nada sino en la medida que
las leyes económicas y sociales les ha consentido.

El debate entre clásicos y modernos en la enseñanza, no ha estado menos regido


por el desarrollo capitalista que el debate entre conservadores y liberales en la política.
Los programas y los sistemas de educación pública han dependido de los intereses de
la economía burguesa. La orientación realista o moderna, por ejemplo, ha sido
impuesta, ante todo, por las necesidades del industrialismo. No en balde el
industrialismo es el fenómeno peculiar y sustantivo de esta civilización que, dominada
por sus consecuencias, reclama de las escuelas más técnicos que ideólogos y más
ingenieros que rétores. Cuando Rabindranath Tagore, mirando con sus ojos orientales
la civilización capitalista, descubre que esta ha hecho del hombre un esclavo de la
máquina, no arriba a una conclusión exagerada.

La enseñanza, en el régimen demo-burgués, se caracteriza, sobre todo, como


una enseñanza de clase. La escuela burguesa distingue y separa a los niños en dos
clases diferentes. El niño proletario, cualquiera que sea su capacidad, no tiene
prácticamente derecho, en la escuela burguesa, sino a una instrucción elemental. El
niño burgués, en cambio, también cualquiera que sea su capacidad, tiene derecho a la
instrucción secundaria y superior. La enseñanza, en este régimen, no sirve, pues, en
ningún modo, para la selección de los mejores. De un lado, sofoca o ignora todas las
inteligencias de la clase pobre; de otro lado, cultiva y diploma todas las mediocridades
de las clases ricas. El vástago de un rico, nuevo o viejo, puede conquistar, por
microcéfalo y estólido que sea, los grados y los brevetes de la ciencia oficial que más le
convengan o le atraigan.

Esta desigualdad, esta injusticia, que no es sino un reflejo y una consecuencia,


en el mundo de la enseñanza, de la desigualdad y de la injusticia que rigen en el
mundo de la economía, han sido denunciadas y condenadas, ante todo, por quienes
combaten el orden económico y burgués en el nombre de un orden nuevo.

La historia contemporánea ofrece, entre tanto, demasiadas pruebas de que a la


escuela única no se llegará sino en un nuevo orden social. Y de que, mientras la
burguesía conserve sus actuales posiciones en el poder, las conservará igualmente en la
enseñanza.

En Nuestra América, como en Europa y como en los Estados Unidos, la


enseñanza obedece a los intereses del orden social y económico. La escuela carece,
técnicamente, de orientaciones netas; pero, si en algo no se equivoca, es en su función
de escuela de clases. Sobre todo en los países económica y políticamente menos
evolucionados, donde el espíritu de clase suele ser, brutal y medievalmente, espíritu de
casta.

Pero el concepto de disciplina es un concepto que entienden y definen a su


modo. El verdadero maestro no se preocupa casi de la disciplina. Los estudiantes lo
respetan y lo escuchan, sin que su autoridad necesite jamás acogerse al reglamento ni
ejercerse desde lo alto de un estrado. En la biblioteca, en el claustro, en el patio de la
Universidad, rodeado familiarmente de sus alumnos, es siempre el maestro. Su
autoridad es un hecho moral. Solo los catedráticos mediocres, y en particular los que
no tienen sino un título convencional o hereditario, se inquietan tanto por la disciplina,
suponiéndola una relación rigurosa y automática que establece inapelablemente la
jerarquía material o escrita.

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