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DEDICATORIA

A Eduardo Javier, para cuando sepa leer,


estos ecos del pasado.
SEGUNDO HORROR

(c) Copyright: Augusto Casola


(c) Copyright: Editorial ARANDURA
Hecho el depósito que marca la ley 94
Asunción, 12 junio de 2001

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Augusto Casola

SEGUNDO HORROR

2.001
PRÓLOGO

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Cuando el autor me encomendó que emitiese un juicio sobre esta obra, consideré el
pedido como fácil de complacer. A medida que me adentraba en el contenido e iban surgiendo
los enigmas, la cosa se complicaba, la dificultad era grande y por eso mismo, el desafío
mayor.
Esperaba el resultado del análisis final en un breve tiempo y debo confesar que aún no
lo he logrado.
Más que una historia, es casi un tratado para la reflexión. Campea en la novela la
imaginación fértil en el manejo de los elementos simbólicos, el monólogo interior, el diálogo
absurdo y una transposición de los tiempos que sólo se dan cuando los muertos resucitan
convertidos en fantasmas, vuelven a corporizarse y así, hasta lo indefinido.
No importa tanto lo que se dice sino como se dice.
Vuela el pensamiento saturado de imaginación, por momentos algo casi delirante, muy
contagiante por cierto, pero no lo suficiente como para hacer fácil su lectura.
La proyección del relato se centra en Asunción, pero por la dinámica del todo, podría
ser ubicado en cualquier otra ciudad.
Se ha ido creando el relato a través de pensamientos aparentemente sin hilar, pero su
hilo conductor siempre está en primer plano y en diversos tiempos hasta desembocar en un
final algo nihilista y casi absurdo.
Digo casi absurdo porque el autor nos obliga a compartir con sus personajes una
multiplicidad de vivencias, para de pronto, arrancarnos esos personajes como al pasar, sin
pena ni gloria, substituyendo vivencias y haciéndolos viajar alrededor de una espiral
centrífuga y centrípeta. Algo como fuerzas imaginarias que son atraídas y rechazadas por la
propia energía acumulada y que por propia consecuencia deben ser disipadas.
Me pregunto muchas veces si el autor quiere engañar al lector o se engaña a sí mismo.
Quien sabe si su idea inicial fue escribir una novela como pasatiempo, algo entretenido,
usando los elementos diversos de la literatura en general, y muy bien dosificados, con
personajes, algunos de la vida diaria, de su ciudad diaria, de sus calles y callejones diarios, de
sus viviendas que no llegan a ser tales sino esbozos de protección. Así se habrá iniciado su
trabajo, pero de repente, bajaron otros sueños, otras vivencias, otras alternativas y el autor se
sumerge en esa casa desvencijada, casi una caricatura de casa que le obliga a meditar y
reflexionar de cómo escapar de esa caparazón, rígida y pequeña que lo está envolviendo.
Allí comienza el filósofo interior a desarrollar toda una gama de elementos simbólicos
y el vuelo imaginativo lo atrapa por momentos brutalmente y hace que vuelque al papel, los
palillos chinos de la aventura.
En un lenguaje abierto y lineal, comienza a dar vida a espíritus para volverlos a
destruir. Levanta de la nada algo, para que todo quede nuevamente como un desierto.
Corrompe almas puras por el solo deseo de poder perdonarlas.
Todos los personajes deambulan, solo aparecen y desaparecen, todos quieren llegar a
un final... y el autor les interrumpe el camino, construye murallas de silencio que a su vez son
violadas por ecos de vidas que han sido, son y seguirán siendo figuras amorfas, difusas y
hasta a veces, infernales.
El silencio, amante de la siesta... Al decir de Unamuno, “ estas son metáforas cálidas y
muy tropicales”. Solo quien ha tenido vivencias en el trópico puede darle trascendencia a la
siesta paraguaya. Un encuentro del autor con el reposo para la reflexión, pero donde el deseo
de no estar solo lucha consigo mismo. Al establecer parámetros simétricos en esta metáfora,
conduce el autor al lector a una confluencia de afinidades y goces malogrados. La siesta
tropical es pesada, tanto como el silencio que la acompaña.
Hay ruidos que nos recuerdan que aún vivimos y son esos ruidos los que nos llenan de
embeleso y recordación: sin darse cuenta, el autor comienza a envolverse en una manta
metafórica y penetra en la habitación del pensamiento, donde hay tantos fantasmas que lo
acosan sin mostrar ni siquiera una línea de su rostro.
La primera hormiga ha sido capturada y Rolo comenzó a preguntarse ¿para qué?
Visita el mundo de los muertos y corre hasta el mismo vidrio en que se halla
encerrada, pero vive, vive sola. Hasta que se descubre a sí misma como un desecho más.
¿Sueña? Hay un decurso continuo en el cual el autor nos sumerge cada vez más, en forma
clara pero sin definiciones, donde lo transitorio está unido a lo patético y todo el conjunto a la
muerte. El delirio de las sombras es apasionante y cruel.
El inicio del concierto de los grillos nos inclina a pensar que el autor piensa en notas
musicales y en continua danza de corcheas y semifusas elabora sus diálogos. Los dramas
humanos son tratados de una forma diferente y la interrelación entre seres y notas musicales,
establecen un diálogo polivalente y que se presta para cualquier interpretación.
El mundo de lo subjetivo adquiere nuevas dimensiones y con nuevas improntas nos va
sumiendo en la espesa niebla de las frustraciones.
Procura arrancarnos de los sueños y materializar las vivencias. El hastío lo embarga
cuando despierta recorriendo la ciudad. No es cama para sus sueños.
El autor hilvana diversas madejas que ha ido elaborando penosamente con un arte
intuitivo profundo y un lenguaje armonioso y forma el tejido central alrededor de cuestiones,
situaciones y cosas comunes de nuestra ciudad.
¿Hasta donde las imágenes vertidas en la novela no son su propia imagen? Sartre nos
dice que para el hombre contemporáneo, los sueños y fantasías son “vivencias fortalecedo-
ras”, y el autor las revitaliza de tal manera que en cada desplazamiento del tiempo y la forma,
arranca el velo al espejo para que reproduzca nuestras imágenes, sin secuencias lógicas ni
hechos ajenos a nuestro diario sentir.
Una vez más, e insisto sobre el problema, el autor nos brinda en esta novela, una
multiplicidad de fórmulas y laberintos por donde transitamos en cuerpo y espíritu para hallar
el camino de la justificación y perfeccionamiento de nuestra expresión literaria.

Angel Pérez Pardella

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LA NOVELA
Augusto Casola

Cuándo Rolo comenzó a juntar hormigas y las fue encerrando en botellitas vacías para
enterrarlas en el patio, ni él podría decirlo con exactitud. Tampoco sus padres, que jugaban a
hacerse el amor esa siesta calurosa de enero en que el niño se acercó al dormitorio y golpeó a
la puerta de la alcoba con los nudillos de su pequeña mano.
- Mamá - dijo la voz cantarina - mamá..., ¿dónde ha de haber botellitas para encerrar a
mis hormigas?
- En la cocina - respondió Lelia con voz entrecortada, al verse en la obligación de
interrumpir un suspiro - Después andate a jugar en el patio.
Volvió a acostarse junto a Arnaldo. Con el susto se había sentado en la cama,
cubriéndose con la sábana hasta el cuello. Él, sin decir una palabra, continuaba con sus
caricias, tiernas pero insistentes, hurgando entre los pliegues y ensenadas del cuerpo de su
mujer.
- Me pone histérica este asunto de querer hacer el amor de siesta, cuando la criatura
anda por ahí dando vueltas. No se puede luego estar tranquila... Y a vos que siempre se te
antoja a esta hora...
- Pero si la puerta está llaveada... Dejale a Rolando tranquilo y date la vuelta hacia mi,
que te quiero sentir mejor.
- Ahora capaz que venga a pedirme que le de su merienda o cualquier cosa...Lo que
pasa es que no puede ver que estemos encerrados y con la puerta trancada. Ahí vos ya viste:
quería botellitas para encerrar hormigas - se acomoda acercándose más a Arnaldo.
- No le vayas a hacer caso - suspira el hombre
- Pero si no estoy tranquila...
- Vení te voy a tranquilizar un poco
- Eso es lo único que pensás todo el día
- A vos también te gusta..., ¡eh!
- Pero a esta hora...
Era una siesta hirviente, como son siempre las de enero, alargadas hasta lo
interminable por el reiterado contrapunto de las cigarras ocultas entre las hojas de los dos
mangales añosos de un extremo el patio. Inician su canto con la repetición insegura y seca con
que afinan sus gargantas, interrumpiéndose un momento para enseguida romper el denso
sopor del silencio de la siesta, que al menor descuido vuelve a posesionarse de ella para
estallar en el monocorde fluir de su canto, parecido al eco de algún clamor antiguo nunca
satisfecho.
Se suma a ello el coral discontinuo de los gorriones y del pitogüé que, desde una
semana atrás, se posesionó de la cumbrera de la casa llenándola de su trémolo a tres tonos,
dos altos y uno a octava más baja.
Los días de mucho calor comienzan con los primeros rayos de sol, siguen durante la
siesta, como esa que respira entre bufidos de viento norte y hojas secas, danzando en
remolinos que conforman la desordenada mezcla de granos de arena y ramas secas, creando
un ballet cuya coreografía está diseñada por los caprichos del áspero ventarrón, terminando
por derrumbarse a unos metros de su origen, para volver a repetir los pequeños torbellinos que

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Augusto Casola

no alteran en nada el reposo de la siesta, silenciosa de una manera especial en el


verano, cuando todos sus sonidos se amalgaman en el lacerante respirar del viento norte.
Algo alejada, en un rincón del patio, a la sombra de la santarrita de flores color
granate, la abuela, inmóvil en la silla de madera donde la sentaron una vez, conversa con las
hormigas que se nutren de su linfa (es la savia que corre por sus venas desde varios años atrás,
cuando Eduardo decidió dejarla fuera de la casa).
Habla sin sosiego y de todo. De su hija Anita, que murió hace tiempo y a veces
confunde con Rolo; de su padre, a quien llama en incesante letanía hasta saturar el aire con el
monótono sonsonete de su voz gastada y sin matices:
- Papá...,papá....., papá, papapapapapapapapá...
Una hormiga trepa haciendo equilibrio entre las varices que resaltan sobre la pierna
arremangada de la anciana.
- ... pá......, pá............., papá...papapá...
Cuando Rolo enterró a la primera de sus víctimas, hacía ya tiempo que la abuela
repetía las mismas cosas sin sentido y era devorada de a poco por las hormigas. Del lado
izquierdo de sus pies solo quedan los huesos y algunos cartílagos. A veces los mueve
marcando el ritmo de sus palabras. Ese pie ya lo comieron las hormigas.
Al principio se me antojó el estrépito de algún derrumbe gigantesco, como si alguna
montaña inmensa se hubiera alzado por los aires hasta las nubes y desde allí se desplomase
haciendo temblar todo cuanto había a mi alrededor.
Dentro y fuera de mi cuerpo se sucedieron mil explosiones sin que yo pudiera hacer
nada el al respecto, sin siquiera conocer el origen de esa barahúnda, e incapaz de hallar algún
refugio, pues ya ni me sentía y de súbito, me rodea el silencio más absoluto que he conocido.
Todo queda inmóvil, como si no existiera nada o no hubiera existido jamás, excepto
yo, que no acabo de recuperarme de mi asombro que se transforma en espanto al sentir que
me serpentean, no se si bajo la piel o en las entrañas, millones de criaturas, como culebras
frías que se van apoderando de mi sensibilidad, para terminar por dejarme en lo que soy
ahora, este no se qué, que ni siente ni existe y se va degradando en una inacabable repetición
de recuerdos sin imágenes, de alucinaciones sin forma, de horrores sin miedo, de escalofríos
sin temblores, atado al presentimiento de que no sucederá nada ni habrá cambios en esta
situación que no es situación, dentro de este tiempo que no es tiempo sino un estar esperando
que los tejidos se desintegren de a poco y la humedad de la tierra acabe con la dura corteza de
la caja que me contiene para por fin atravesarla y permitir que de mi vientre surjan raíces y
alimente la savia de las plantas al desintegrarme (o ¿debería decir integrarme?) como mis
vecinos, a los que intuyo en interminables ensueños.
Lo más molesto es la conciencia de los nuevos leucocitos recorriendo mi cuerpo sin
detenerse nunca y sin poder uno darse cuenta donde están.
Sigo percibiendo las cosas, aunque sea por medio de una extraña simbiosis sin
sensaciones, sin emociones, en esta forma de catalepsia que presiente sin conciencia, sabe sin
conocimiento y perdura sin tiempo.
He vuelto a captar la agitación insensata del vecino acomodándose entre los
intersticios de lo que va sobrando de él. Cada vez percibo con mayor claridad su desasosiego,
en especial cuando la humedad vuelve a la tierra pastosa y me envuelve esa exudación que en
otras circunstancias sería insoportable.
A veces me convenzo que los ruidos causados por mis vecinos no pasan de ser granos
de arena buscando acomodarse o el esfuerzo de alguna raíz nueva por nacer que se abre paso
bajo la presión del fango y de las otras plantas de la superficie o - y esto creo más probable -
tropeles de hormigas afanosas como siempre están ellas, mientras yo urdo vanamente en la
oscuridad

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Segundo Horror

Rolo se alejó con pasos breves hasta detenerse frente al armario de los cachivaches. Lo
abre y empieza a mover algunas cacerolas, pailas y platos rajados que se interponen entre él y
las botellas vacías del fondo de la alacena, las que en otros días guardaban los remedios de la
abuela y conservan todavía el olor espeso de su antiguo contenido.
Una de ellas le pareció adecuada a propósito. Volvió a su lugar los demás utensilios,
cerró el armario y se encaminó hacia el patio, donde flotaba el aroma caliente de la hora.
Al principio quedó desconcertada. Iban por tres las veces que el temporal la hacía
volver sobre sus pasos cuando de pronto se sintió izada por dos tentáculos blandos que apenas
le permitían respirar.
La tierra se apartó en una especie de vértigo y al apoyar de nuevo los pies lo hizo en
un espacio transparente, limitado, donde permanecería hasta morir, aunque aún no lo supiera.
Junto al bosquecillo de violetas, Rolo cavó un pequeño agujero para enterrar la celda.
Observa distraído al insecto que dentro de la botella va y viene sin dar paz a sus antenas que
vibran sin cesar Está desorientada, trepa hasta la tapa, camina en círculos rápidos para hacerse
luego cautelosa. Se detiene, levanta las patas delanteras, las restriega entre sí y vuelve a
iniciar la marcha, presa de angustia ante esa repentina soledad.
Luego de satisfacer su curiosidad, el niño entierra el recipiente en la fosa.
- Esta no se va a escapar - piensa - ya tengo mi primera detenida y puedo hacer con
ella lo que quiera. Es mi primera hormiga presa - apisonó el sitio y puso encima un vaso roto,
boca abajo, para identificar con facilidad la cárcel.
Tras el aguacero de media noche acompañado de granizos y relámpagos espeluznan-
tes, la mañana despertó flotando dentro de un sopor insufrible.
Sentada en el patio, la abuela sorbe las últimas gotas de agua que bajan desde sus
cabellos y resbalan por su frente y las mejillas.
Alrededor de sus pies descarnados (porque las hormigas terminaron con el izquierdo la
tarde anterior), crecen hongos blancos.
Los pies, ajenos a su propia desnudez avanzan y retroceden ahondando en el suelo
húmedo dos pequeñas cuencas en forma de media luna. Por momentos, la abuela queda
inmóvil y escucha, con los ojos clavados en la caverna oscura y silenciosa que solo ella puede
contemplar. Es cuando la elipse de su universo resbala sobre las baldosas del pasado
mostrando las imágenes deformadas y latentes del recodo de esa absurda galería compuesta de
mosaicos informes.
Entonces ríe o llora sin que los demás comprendan su cambiante realidad. Ella vive en
medio de espectros que la visitan cada tanto durante sus lánguidas horas de permanecer en el
patio, casi ahogada a veces en la masa de hormigas hambrientas, los hongos blancos o los
verdines de la enredadera, que trepando por las patas de la silla ya llegaron al respaldo y
extienden hacia ella unos tentáculos tímidos, jóvenes e indecisos que se acercan cada vez más
a los hombros de la abuela, cuyos huesos se adivinan bajo la tela blanca con motitas de color
azul marino de su vestido de mangas anchas, ribeteadas con encajes antiguos y desteñidos.
Viéndola así, resultaría difícil explicar a un extraño, ajeno a su realidad y la de la casa,
qué hace una anciana sentada en el patio bajo la santarrita, soportando el calor, el frío y el
viento, a la vez que es devorada por las hormigas.
Las arrugas concretaron el rostro definitivo de la abuela en pliegues de piel que
descienden hasta la comisura de sus labios. La boca, con solo dos dientes ennegrecidos,
conserva el lenguaje de sus pensamientos inconexos, sin intención de explicar la vida que
escapa entre las mandíbulas de las hormigas, la santarrita que sube por las patas de la silla y
los hongos blancos.
Al morir el tío Eduardo, la abuela ya llevaba varios años a la intemperie y nadie se
preocupó de algo tan común como esa estadía, cuando ni siquiera estornudó durante la
epidemia de gripe que tumbó en cama a los demás habitantes de la casa y fue necesario que se

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Augusto Casola

turnaran para preparar la horchata curativa hecha con semillas de lino, cebada y anda-í,
hervida y bebida lo más caliente posible para convertir al cuerpo en una pequeña masa de
sudor que se derretía bajo las frazadas colocadas una encima de la otra para aumentar la
transpiración.
La alimentan y le cambian las ropas con regularidad, aunque de la piel de la anciana
fluye constante un aroma que recuerda el de los jazmines en el ocaso.
Más tarde comenzó Rolo la persecución despiadada que desembocó en prisiones
atiborradas, muertos, heridos y desaparecidos, lo que dio paso al terror.
Subterráneos inundados, cavernas destrozadas, generaciones deshechas en un solo
instante por el fuego. Era el imperio del miedo y éste regía los actos más sencillos de los
habitantes del patio.
El tío Eduardo no llegó a ser rico. Creía que su trabajo honesto era suficiente y la
rectitud el sine qua non del hombre, como solía decir a veces, y la casa, agrietada en las
arrugas de las paredes desconchadas, la enredadera del patio y los enormes y añosos árboles
de mango, eran el sello indiscutible de su honorabilidad.
- Porque le dije que si no se va le van a meter preso por descarado. Si, ya se. Cada uno
es como es, pero eso no le da derecho pues a ser un sinvergüenza. Estamos igual que antes, así
que mejor se van antes de que llegue papá - se interrumpe para masticar un trozo de la tela de
su ropa - y pensar que no tenían ni donde caerse muerto. Claro, después se metió con los otros
y le empezaron a tirar sus restos. Después no vino más por casa y se hizo la chuchi con sus
nuevos amigos y nos dejó de lado porque no éramos de la cremé..., la cremé de la cociné, je je
je...papá...,papá...- queda mirando a uno y otro lado del patio, que a esa hora de la siesta, es
silencioso y vacío.
Por la tarde, Lelia prepara la merienda que da a la anciana en cucharaditas de galleta
derretida dentro de un tazón de aluminio.
- Abuela, dejate de hablar y comé esto
- ¡Bueno!
- Je je je je.... Ayer estuviste temprano cuando yo me levanté para tomar mate, pero
tenía tantas cosas que hacer, je je je... Si no está la comida, no importa, me da lo mismo
porque papá estuvo y me vio.... ¿papá?...papá.... ¡Eh! Me parece que... pero si le vi hace un
ratito nomás. Papá...¿dónde te fuiste?, je je je je je, je... La risa que me da cuando pienso en la
cara que van a poner cuando vean que vos venís entrando..., je je jejeje..., pero no te vayas
todavía papá..., papá...¿papá?..., esperá un poco. ¡A la pucha! Y bueno..., je je je je ...
La siesta es un transitar casi místico en que la realidad se funde en el crisol de un ritual
secreto, lleno de mensajes y símbolos oscuros para quien los observa sin haber sido iniciado
en sus misterios. Es una vestal voluptuosa y esquiva, de vida breve, anhelosa, toda ella
sentidos, plenitud, lujuria, como una mujer dispuesta a la entrega pero dominada por la
timidez de su inocencia repetida cada día del verano, en las cortas horas de su resurrección, de
su inquietud, de su éxtasis.
Y es hacia las dos de la tarde - la hora de la cita - cuando llega su amante, el silencio,
tenso y desnudo como ella, tembloroso, gemebundo, incapaz de aguardar un instante más el
encuentro de sus cuerpos abrasados por la pasión y agotados por la espera.
Se entrelazan en la dulce plenitud de los sentidos hasta extinguir su orgasmo de
ansiedades en la dispersa semilla que vibra en el sopor del patio, en medio de los remolinos de
ramitas y hojas secas arrastradas al azar sobre el ardiente lecho de su amor.
Arnaldo se levantó, todavía en calzoncillos, salió de la pieza corriendo hacia el baño,
volvió a sentarse en la cama para colocarse los pantalones. La camisa se le cayó dos veces en
el intento de vestirla.
- ¿Qué hora son? - le preguntó a Lelia
- Casi las tres

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Segundo Horror

- Seguro que voy a perder el ómnibus - dijo en voz alta, saliendo hacia la calle, a la
disparada. De una ojeada vio a Rolo que estaba en el patio, junto a la abuela. Sonrió y volvió
a apurar el paso.
El ruido de los aviones llenó de repente la placidez de la noche que reventaba en
estrellas señoreadas por una luna llena perfecta, redonda y brillante, que daba a las calles poco
iluminadas de la ciudad cierto aspecto fantasmal.
Como el calor había arreciado todo el día, podía verse al atardecer sentados en el
borde de las veredas o en la misma acera, largas hileras de vecinos que sacaron los sillones de
mimbre o de loneta para disfrutar del vientecillo nocturno y de la animada conversación
acerca de los últimos acontecimientos que arrojó a la revolución de Ilaudino Gavilán hacia un
callejón sin salida.
Los enfrentamientos se habían reducido a disparos esporádicos que resonaban a lo
lejos, siempre hacia la Casa de Gobierno, el puerto y la policía, lo que conseguía agujerear las
columnas de los alrededores, haciéndolas lucir como picadas de viruela toda la ciudad.
En ocasiones, la tos seca y áspera de los fusiles se era secundada por el más
amenazador tableteo de las ametralladoras en poder de las fuerzas leales al presidente. Estos
eran hombres implacables y fieles, extraídos de la miseria y el hambre para ser conducidos a
servirlo en la tortura y el crimen, y las calles transmutaron de su antigua condición
melancólica de refugio de soñadores románticos y serenatas a horrorosos pasadizos de
espanto, galerías transitadas por la muerte.
La gente que estaba sentada en las veredas escuchó el rugido de los motores sobre sus
cabezas. Se dirigían hacia la bahía. No pudieron ver los aparatos a pesar de la claridad de la
noche. Cayó un sopor pesado sobre las conversaciones y todos quedaron pendientes de que
ocurriera algo. Un desenlace.
Y de pronto, ocurrió. Sonaron como truenos retumbando a lo lejos y vieron levantarse
algunas lenguas de fuego que rápidamente tiñeron las sombras del cielo de un color rojo
pálido, al tiempo que el tableteo de las ametralladoras se intensificó y la tos seca de los fusiles
volvió a apoderarse de la noche tras un intervalo de silencio.
Las opiniones como siempre, fueron encontradas cuando al día siguiente los vecinos
intercambiaron comentarios basados en los chismes que traían las sirvientas y las señoras al
volver del mercado, pero mucho tiempo después, al armarse el rompecabezas y considerando
los relatos de testigos y las anécdotas de los viejos combatientes de la revolución, pareciera
que la orden del bombardeo vino no se sabe de donde, pero los tres pilotos que estaban
jugando una partida de damas, fueron obligados a abordar los tres únicos aviones disponibles.
Después de ajustarse sus trajes y como la orden era bombardeo en la oscuridad,
subieron a las aeronaves, con una bomba en cada una pues solo habían tres. Agregaron
algunas piedras grandes que también tenían preparadas, y las dejaron caer sobre los blancos,
que eran los techos de la policía y la Casa de Gobierno.
El ruido, a medida que se acercaban los aviones se hacía atronador e impresionante y
los aterrorizados guardaespaldas y policías, muchos de los cuales nunca habían visto un
aeroplanos en su vida, se dejaron dominar por el pánico, en especial cuando cayeron las tres
bombas de las cuales explotaron dos, levantando grandes llamaradas al destruir por completo
un camioncito cargado con tambores de nafta.
Luego vinieron las piedras, como bíblicos granizos gigantescos con lo que acabaron
sin techado al menos ocho de las casas del bajo y los alrededores, sin que ninguno de los
proyectiles diera en los objetivos fijados.
Sin embargo, el susto fue tan grande que los prisioneros pudieron abrir un boquete en
la pared y escaparon hacia la calle donde reinaba el desorden total con hombres que corrían de
un lado a otro, gritando órdenes contradictorias.

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Augusto Casola

Una casa va sorbiendo cada día algo de la personalidad de sus ocupantes quienes en el
transcurso de sus vidas la ceden a medida que ellos se desgastan o tal vez desgastándose a
causa de esta lenta transposición, para ir proveyendo el alma del que carecen las casas nuevas.
Su verdadera existencia comienza cuando el propietario toma contacto con el olor de
las paredes que todavía resuman ese olor empalagoso a cal y barniz de puertas recién
pintadas.
Una casa nueva es una belleza fría e impersonal, un rostro impecable y hermoso, una
belleza sin corazón. Es la combinación inteligente de ladrillos, argamasa, sudor, ruido de
serruchos, martillazos y agitación de cucharas que buscan dejarla habitable.
Aunque parezca una digresión, creo que de no haber existido la casa no existiría esta
historia y ello me obliga a presentarla desde su inicio, en cuerpo y alma, con todos los
elementos que la conforman, sumándola a los demás personajes y su particular destino.
En su arquitectura, la casa no difería demasiado de otras construcciones de la esos
años y eran del gusto de la rancia estirpe de familias adineradas de la ciudad. Sobre la vereda
y como a continuación de ella, presentaba un frontispicio limitado por cuatro pilares
cilíndricos de ladrillo, de unos tres metros y medio de altura, que apoyaban en sendos plintos
prismáticos algo más anchos que las columnas, las cuales remataban en capiteles con
reminiscencias dóricas, traducidas, por decirlo de alguna manera, a su forma final de acuerdo
al grado de pericia del maestro albañil encargado de la obra.
Entre la hilera de columnas y el frontis, de altas puertas talladas y ventanas enrejadas
con gruesos barrotes de hierro fundido, corría la vereda, hecha de ladrillos.
En su momento, los ventanales fueron testigos de suspiros de amor y de serenatas que
de pronto desgarraban el aire fresco de la medianoche con los dulces acordes de arpas y
guitarras, contratadas por los enamorados para homenajear a otras tantas Dulcineas y tenían
por corolario, algunas veces, la feliz culminación del largo asedio a la ciudadela de venturas y
alegrías soñadas, otras, el lamentable chasco, si el proponente no era el esperado por la
pretendida o cuando intervenía el padre de la princesa, encerrada en el castillo de las rejas
altas o, por fin, cuando el doliente no tuvo la necesaria precaución de solicitar con tiempo el
permiso exigido por la comisaría del barrio y acababa viéndose encerrado hasta el día
siguiente en una celda rodeado de instrumentos musicales y bohemios de atronadores
ronquidos, que eructaban el alcohol de la pasada francachela.
El primer propietario, el que encargó la construcción de la casa, fue un acaudalado
comerciante, casado y con dos hijas bastante bonitas y simpáticas que, en su juventud,
atrajeron la atención de varios jóvenes pretendientes y terminaron casándose, una de ellas, con
un argentino que la llevó consigo a su país y la otra, con un hombre ya maduro, acomodado
comerciante del interior que también se la llevó consigo.
Cuando años después falleció el padre, la viuda prefirió vender la propiedad con casi
todo su contenido de muebles y cuadros de los antepasados de su marido, con los cuales, se
decía, nunca hubo demasiada afinidad, sino al contrario, un marcado y ubicuo antagonismo,
por lo que la viuda consideró mejor dejarlos atrás, encerrados entre las paredes amarillas y las
cortinas grises de la mansión y entraron desde entonces a formar parte del patrimonio de la
casa.
Ella fue a vivir con la hija que había fijado residencia en el interior de la República.
Juntó cuanto pudo de dinero efectivo, tomó el tren y fue a vivir con la hija que había
fijado residencia en el interior de la República. Llegó a Encarnación, donde terminó sus días
como otra abuela más, beata y dicharachera hasta la exasperación, enterada de santo y
milagros de cada uno de los habitantes de la comarca.
De la otra hija ya no se supo más nada, y las cartas, que de frecuentes y extensas se
hicieron espaciadas y breves mientras el matrimonio de los padres vivió en Asunción,
desaparecieron por completo con la muerte del padre y el traslado de la madre al interior, no

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Segundo Horror

se sabe si extraviadas en el trayecto o simplemente no escritas por desidia o a causa de esa


irrealidad que cobran las cosas y las personas a la distancia.
Es válido suponer que la historia de la casa comienza cuando llegaron a ella de los
segundos propietarios y su familia, no porque sus primeros habitantes carecieran de vida o de
entusiasmo que trasmitir a las paredes sino, y esto es lo fundamental, nunca la consideraron
un hogar, tal vez porque tanto el marido como la esposa provenían de lo que ellos
aisladamente identificaban como su casa, donde habían nacido y atravesado todo el trayecto
de la infancia, los pantanosos dédalos de la adolescencia, los inconstantes senderos de la
primera juventud hasta que se casaron, yendo a vivir a otra casa que tenía una de las familias.
Fue allí donde nacieron las hijas y desde allí el padre, ya maduro, decidió iniciar la
construcción de la casa - la mansión, como les gustaba decir - a la que se trasladaron cuando
ya gran parte de sus vidas era solo recuerdo.
En cambio el grupo familiar que arremetió contra la casa (y arremetió es la palabra
acertada), era de las que dejan rasgos indelebles en cualquier mansión, por fría y aristocrática
que ésta sea.
Tenían cinco hijos. Dos varones de trece y ocho años y tres niñas de diez, siete y
cuatro años. El marido, hombre esmirriado de voz aflautada y mirada escurridiza era del todo
diferente a su mujer, ancha, de voz retumbante y risa fácil y contagiosa, que de la noche a la
mañana se transformó en la estrella del barrio. Y sus cinco hijos, cuyas personalidades es más
fácil describir en forma pictórica (comprendiendo la gama de colores que va del amarillo
diluido, medio anaranjado de las tardes en que el sol asoma tímido tras una lluvia y el rojo
púrpura de la pasión desbocada), entraron de golpe a darle a la casa, la vida en torrentes que
hasta entonces le había sido esquiva.
Se volvió el centro de chismes y escarceos, lugar de reunión obligado de las
comadres, las sirvientas y los niños, que corrían sin descanso de un lado a otro del patio que,
por esa época, tenía ya los dos árboles de mango bien crecidos y eran generosos con sus frutas
que cubrían el patio entre noviembre y diciembre y la santarrita que, joven y ruborosa, iba
trepando lentamente por la trama de madera y alambre que al fondo del patio mandó construir
don Fermín, el marido de la mujerona.
Al despedirnos, Elvira se abrazó a mi. Sentí su cuerpo convulso por el llanto,
resistiéndose a que le alzara el mentón para mirarnos a los ojos y evitar que acercara mis
labios a sus mejillas humedecidas por las lágrimas. Solo se permitía agitarse entre mis brazos
en un remedo grotesco del temblor en que tantas veces nos consumimos, buscando una
proximidad mayor entre nuestros cuerpos, envueltos en los gemidos que ahora se repetían ya
no por el desahogo de la pasión sino como epílogo de una situación que sucumbía en forma
violenta y despiadada, como ocurre siempre al producirse la separación entre un hombre y una
mujer que se amaron y atravesaron juntos una etapa de sus vidas.
El amor es una tenue telaraña en la cual quedan prisioneros los amantes, sea a causa de
una sonrisa inesperada, un roce furtivo de las manos, los ojos interceptando una mirada.
Cualquier cosa puede originar el torbellino que los descubre desnudos y palpitantes en la
penumbra de una habitación, donde despiertan y vuelven a mirarse y repiten las dos breves
palabras que es el principio y el fin de toda historia, de todo argumento, de todo arte.

¿ No es el amor, acaso,
Una insensata carrera compartida?
¿No es la soledad de dos
Hacerse una?
¿El canto de la noche?
¿Un sueño?

-7-
Augusto Casola

¿ No es el amor, acaso,
Compartir el dolor
Hasta el extremo
Y descubrir una vez más
El lenguaje de los celos y su furia?

¿No van tomados de la mano


El amor y el dolor
Por un camino incierto y tormentoso
Envuelto en engañosa primavera?

¿No es el amor, acaso,


El trasuntar la vida transcurrida
Hecha presente
Al descorrer el velo del Misterio
Tan hondo, tan profundo, tan secreto
Como el agua profunda del océano?
¿No es eso el amor?
¿ No es eso?

Por eso, cuando la encontré a Elvira caminando por Pte. Franco, me pareció una
caricatura aunque enseguida me arrepentí por haberlo pensado. Está vieja, gorda y fea..., claro
que eso era de esperar, después de tantos años - ella me habrá encontrado también distinto,
supongo, porque me miró algo asombrada, como si estuviera buscando en la memoria, con
una expresión de ¿quién era éste?, porque claro, no soy el de treinta años.
Nos saludamos como grandes amigos, entramos al Munich, nos sentamos bajo los
árboles del jardín y pedimos un aluminio cada uno y algo de carne fría y milanesa, para picar.
- Vivo en Buenos Aires - dijo - con mi hija y dos nietos. Me agarró algo de nostalgia,
como a veces le ocurre a uno, verdad,,,, Vine a ver como andaba Asunción.
- Yo sigo por aquí - le dije - ahora vivo con una sobrina, su marido y su hijo... Hace
falta un poco de compañía, ¿no te parece?
¡Te voy a decir yo...!
A los postres quedamos mudos, casi sin mirarnos. Estábamos solos y abandonados en
el túnel de un tiempo acabado. Después nos despedimos con sonrisas, prometiendo volver a
vernos. De pura fórmula. Ni a ella ni a mi nos interesaba un reencuentro y hasta hubiera sido
mejor conservar nuestras viejas imágenes del recuerdo. Resulta demasiado duro tropezar, de
golpe, por la calle, con los restos del naufragio de nuestra propia vida.
Petronila llegó envuelta en ese olor acre propio de las campesinas, como si el humo
producido por el fuego de las ramas secas se les adhiriera a la piel. Ese día Lelia confirmó su
segundo embarazo. Se abrazó a Arnaldo y le dijo:
- Estoy encinta - y quedó mirando el rostro de su marido.
Él clavó la vista en el humo del cigarrillo que se consumía entre sus dedos.
- ¡A la pinta! - dijo Arnaldo - ¡Qué bárbaro!
Los grillos volvieron a iniciar el coral interrumpido. Lelia se sentía feliz.
- Y bueno..., qué le vamos a hacer, Lelia... Yo quería esperar más a ver si nos
comprábamos el combinado ese que tanto querés..., pero si ya está - tras cada palabra, hilillos
de humo. Los grillos enmudecen del todo.
- Ayer hizo diez días que no me baja - susurró Lelia - por eso que estoy segura que me
embaracé.
- Vas a tener que irte al médico.
- Si, pero todavía no hace falta. Recién desde el otro mes..., total, tenemos tiempo y no
me siento mal.
-8-
Segundo Horror

- Ahora, pero ¿te acordás de tu embarazo de Rolito? Mejor que te vayas lo antes
posible sique...
- ¡Soy más loca también yo!... Que no tenemos plata y tu sueldo apenas alcanza...
- Si sale el negocio que estoy viendo, con unos amigos, te vas a ir al mejor sanatorio
de la ciudad...
¡Ah! - exclamó Lelia escéptica, mostrando el blanco de sus ojos - ¡Ya se yo tus
negocios...!
- Sabés que parece que esta vez es diferente - quedó callado - No seas argel, haceme el
favor, ¿querés? Le enyetás a uno...
- Yo no soy argel..., y no creo en la yeta, m` hijo...
- Por lo menos, no pagamos alquiler...
- Gracias a mi tío Eduardo, ¡eh!, porque lo que es tu gente, m` hijo... A mi me parece
que te casaste conmigo solo porque se manifestó Rolito...
- No - respondió Arnaldo - Porque te quería...
- ¿Y ahora?
- Te quiero más...
El cigarrillo quedó olvidado en el cenicero y los grillos, obedeciendo una batuta
invisible, atacaron con energía la misma escala armónica, en un glorioso crescendo, en el
preciso momento en que Arnaldo arrojaba lejos de sí la sábana bordada con florcitas rosadas,
uno de los regalos de boda que aún conservaban, regalo del tío Eduardo.
Los grillos, con ecos lánguidos en el patio, inician el Da Capo del coral
En invierno a la abuela le gusta matear y Petronila, la criada de la familia, por lástima
o por hábito, le lleva la ardiente infusión que la vieja chupa de la bombilla de plata, que con el
medallón de oro que lleva al cuello y donde todavía se conserva el retrato de Eduardo, es uno
de los pocos objetos valiosos de la casa.
Y pese a la opinión de los demás habitantes, sus días no son vacíos. Al contrario, los
vive en la intensa búsqueda que escarba dentro de las salamancas de su memoria, en especial
hacia la hora de la siesta, cuando la hora ofrece la calma necesaria para deslizarse hacia otro
nivel de realidad.
Me gusta recorrer las calles espesas de la ciudad, las periféricas al centro, aquellas
misteriosas y llenas de secretos antiguos, de aromas ocultos, de voces y emociones que llenan
mi tiempo ocioso de vagar sin destino, por el solo placer de sentirlas.
Los callejones inesperados surgen de improviso como una caverna abierta al costado
del destello vanidoso del progreso y el oropel de las calles comerciales.
Son las calles densas, con vibraciones antiguas que resuman su historia por los poros
de las paredes añosas, descascaradas, vencidas por la persistencia del inconcluso tránsito de
los días que las acaricia, las marca y las circunscribe a esa personalidad marginal, de callejón,
que les es característica.
Posición de la blancas: R1D; D4AR; A6AD
Posición de las negras: R6DR; P7AD.
- ¡Jaque!
El de las negras apoya sobre la cabeza del rey blanco el dedo índice.
Alrededor de la mesa de los ajedrecistas los comentarios envuelven el aire cargado de
humo.
- Lo único que te queda es venir aquí. Única...
- Pero entonces corona...
Las negras apoyan el mismo dedo sobre el peón.
Este muchacho..., este muchacho...
Arnaldo está sentado ante un vaso de cerveza sin interesarse en la partida.

-9-
Augusto Casola

En una mesa cercana, una chica flanqueada por dos muchachos fuma, ríe y agita sus
cabellos siguiendo el ritmo de la música difundida por la radio. En otra mesa, un viejo sorbe
de a poco una taza de café humeante. Sopla, sorbe y vuelve a soplar. Algo más allá, un
hombre de mediana edad lee el diario de la tarde. Arnaldo enciende un cigarrillo.
- Es mate en una - exclaman las negras.
- R1R
- Ahí le coronás el peón.
- Entra mi torre por favor..., gracias...¡Mate!
Las blancas se levantan y vuelve a ordenarse el tablero.
Arnaldo da un trago bien medido y enseguida acaba lo que sobra en el vaso. Paga y
sale a la calle. Allí lo recibe la ciudad loca con sus vidrieras llenas de tentación, niños boca
estómagos. Mujeres bocastómagos. Arnaldo no los mira. Suma sus pasos a los tantos de la
ciudad loca y sigue su camino. Pasa un tranvía. De los pocos que todavía quedan. Arnaldo se
aleja de las vidrieras. Se siente cansado y con el cuerpo dolorido.
Si por lo menos dejara de soplar este viento norte... - piensa.
Las luces de las esquinas alumbran el movimiento de la noche que comienza. Los
bares están atestados de gente que sale de las oficinas y los comercios. Forman corrillos,
fuman y conversan agachados sobre tacitas de café o frente a los vasos espumantes de
cerveza. Otros simplemente recorren las calles, entran a las librerías, hojean los libros,
indecisos entre comprar o no.
- ¿Qué tal, papi? - le dice Lelia dándole un beso en los labios.
- Bien...,¿y vos?
- Bien.
- Está haciendo mucho calor otra vez. ¿Ya compraste espirales para esta noche?
- Si... compré una caja porque hay mosquitos por todos lados. ¿Te vas a bañar?
- Si, estoy todo sudado. Me baño enseguida y vengo a sentarme afuera.
- La abuela estuvo muy nerviosa esta tarde.
- Y bueno..., la pobre. El calor...
- Pobre vieja ... - luego de una pausa, Lelia agregó - ¿Sabés que está subiendo una
rama de santarrita por su silla?
- No me había fijado - responde Arnaldo sin prestarle atención y pensando ya en su
baño - Si no le comen las hormigas, se va a convertir en planta entonces...¡Qué le vamos a
hacer! Es vieja...
- Después de bañarte, vení. Hay lindo viento aquí
- ¿Y Rolo cómo se portó?
- Bien..., está jugando en la esquina. Va a venir todo sudado otra vez...
Arnaldo entra a la casa, enciende la luz de la sala y se dirige al baño.
Comprendí la hondura de mi soledad cuando comencé a sentir aprehensión ante los
constantes esfuerzos que anticipaban la próxima partida del pequeño gorrión que encontré el
domingo en el patio y al cual dediqué, desde entonces, gran parte de mi tiempo para
alimentarlo y cuidar de él, cuidando no lastimarlo y algo triste al ver como se recuperaba. En
unos días más, él se iría y yo volvería a quedar solo.
Era uno de esos pajaritos feúchos que, demasiado confiados en sus fuerzas, se lanzan
del nido pretendiendo volar y lo único que consiguen es caer al suelo donde quedan
lastimados y maltrechos, si tienen suerte.
Cuando lo encontré estaba dando unos saltitos dificultosos alrededor de la silla donde
Irene permanece con los ojos perdidos en su lejanía.
- ¿Qué te pasó, jovencito? - le pregunté, acercándome a él con cuidado para no
asustarlo - A ver sino te rompiste la patita - lo tomé con delicadeza - Parece que no,
jovencito...

- 10 -
Segundo Horror

- ¿Cómo está usted hoy, señora - dije dirigiéndome a Irene - Se la ve muy bien -
agregué bromeando, ya que hace varios años que ella se retiró a un mundo suyo, particular. A
veces hasta llego a pensar que Irene no es esa figura informe y arrugada, ese montón de
huesos envueltos dentro del pellejo laxo, casi transparente adherido a ellos. Un día fue mi
esposa, mi compañera.
El gorrión se ocultó en el pequeño bosquecillo que crece al pie de una de las plantas de
mango.
- A veces hasta hablo solo - dijo Eduardo - Y hay tantas cosas de las que podemos
hablar, Irene...¿Dónde estás, Irene? ¿Dónde estoy yo?. A veces, de noche, cuando estoy
tumbado en la oscuridad sin poder dormir, me repito una y otra vez la misma pregunta:
¿Dónde nos equivocamos? ¿Dónde detuvimos nuestras vidas? A lo mejor yo soy el que se
detuvo y vos seguiste...Yo me quedé, Irene, a pesar de todo. Me quedé a sobrevivir... y mirá a
lo que he llegado... Me resulta insoportable la idea de que ese gorrioncito tenga que levantar
vuelo un día de éstos y desaparezca entre otros tantos, porque es mi gorrión, ¿verdad?
El avecilla surgió de entre la maleza insistiendo en intentar el vuelo pese a sus
reiterados fracasos. Eduardo lo miró sonriendo.
- ¡Qué impaciencia, caramba! Si ya falta poco para que puedas irte.
Permaneció en el jardín toda la mañana. Preparó algo en el calentador del que se servía
cuando no estaba con ánimos para salir a la calle. Prefirió quedarse. Se sentía tranquilo y
condescendiente consigo mismo y de paso, le hacía compañía a Irene, aunque no significara
nada. De pronto, ella comenzó a cantar.
“... niños vienen
niños van
rápido sus pasos dan
marchando van
en hileras
con sus caras placenteras
tralalá, tralalá, trala la la la la la la “
Al oscurecer tenía decidido visitar a Lelia, una especie de sobrina nieta en segundo o
tercer grado de parentesco pero la única persona que con cierta regularidad lo visitaba y él a
ella y su familia. Recordó la última vez que fue a verla. Vivían en una casita que se venía
abajo. Su marido era un inútil, empleado del gobierno. Tenían un hijo y, hasta donde él sabía,
estaban bastante cortos de dinero siempre, lo cual Lelia sobrellevaba con su carácter jovial y
brillante. Lelia era uno de esos escasos seres que saben trasmitir alegría a los demás, se dijo
Eduardo.
Petronila apareció en el comedor cuando Rolo iba por la segunda taza de café con leche.
- ¿Que tal, Rolo? Te levantaste temprano hoy, ¿verdad?
- Si - responde el niño - Tengo muchas cosas que hacer
- ¿Ah? - exclamó la muchacha y se sentó a la mesa - Vamos a ver..., sabés que a lo mejor
el domingo nos vamos todos a pasear. Le escuché a tu mamá que se quiere ir a San
Bernardino.
- ¿Entre todos?
- Y claro - respondió la chica - Va dar gusto con el calor que hace, ¿eh?
- Una vez estuvimos una semana en la casa de una amiga de mamá...¡Qué gusto que dio y
como me hallé!
Se alejó hacia el jardín y comenzó a desenterrar las botellas de a una, les quitó la tierra
adherida a ellas y miró el interior. Muchas muertes. La mitad de la población de prisioneros
forma un racimo de patas entrecruzadas, redondo y rígido. Los demás, los que todavía esperan
una oportunidad para huir, se mueven con pasos lentos, evitando el montón de cadáveres.

- 11 -
Augusto Casola

Rolo se entretuvo vaciando las celdas. Los reclusos, habituados a una caminata
resignada dentro del reducido mundo al que fueron arrojados, se desplazan sobre la arena del
patio alejándose pocos centímetros mientras el niño vacía sin prisas los cadáveres de la noche
anterior y busca a su alrededor nuevas víctimas para reemplazarlos.
Los insectos perseguidos eluden el acoso de los dedos gracias a la gran velocidad que
despliegan sus patas y en segundos se alejan del monstruo, si al primer intento no logra
prenderlos. Esto hace que Rolo se sienta molesto y burlado.
- Hoy van a haber muchos presos - piensa - Y cuando encuentre el hormiguero voy a
meterles fuego.
Cuando sumaron seis o siete los condenados, el trabajo se volvió arduo porque las
nuevas detenidas eran rápidas, desacostumbradas a la resignación de las que llevaban varios
días de cautiverio. No querían rendirse sin pelear y pretendían huir descendiendo sobre las
manos del niño. Hasta algunas se detenían para clavarle sus aguijones, antes de morir
aplastadas. A veces, el verdugo se contentaba dejando malheridas a sus víctimas, tras haberlas
torturado.
Al otro lado del patio de los horrores, la abuela balancea sus pies sin dejar de hablar,
riéndose de tanto en tanto con un je je je agudo, mientras los dedos se sus manos rugosas se
enlazan y desenlazan sin reposo.
El niño enterró las nuevas cárceles de vidrio atestadas de hormigas que suben y bajan
en un desesperado intento por identificar el limitado recinto de sus tormentos. Se acercó a la
abuela que cantaba una de esas viejas melodías de su infancia y que ya nadie recordaba.
Petronila llegó hasta la anciana.
- ¿No querés nada, abuela?
- No, estoy bien pero tengo calor. Ayer llovió y me mojé todo porque me dejaron
afuera. No se porqué lo que me dejan afuera. Estuve hablando con papá y él me dijo que estoy
así porque ustedes son malos conmigo. Estoy cansada de dormir en esta silla y de noche
refresca cuando hay rocío. Voy a llamarle a papá porque ustedes no me cuidan. Le llamo
papá...., papá... Cuando estoy cansada me pongo a llorar si no viene nadie y tengo que seguir
aquí, en el patio, je je je je .
- ¡Rolito! - exclama Petronila - Todavía no te bañaste y mirá un poco cómo estás todo
sucio de arena...¡Qué lo que estuviste haciendo ya otra vez! Vení que te voy a bañar...
- Je je je..., andá a bañarte porque a lo mejor viene mi papá y si te ve así no va a querer
besarte....Mi papá dice siempre que le gustan las criaturas limpias y yo le voy a cantar
“... niños vienen
niños van
rápido sus pasos dan
marchando van
en hileras
con sus caras placenteras
tralalá, tralalá, trala la la la la la la “.....
- Ahí está - se agacha y toma un puñado de tierra que mete en la boca y empieza a
masticar.
- Esta langosta lo único que trae es desgracia - dijo Rosario Gavilán mientras le cebaba
el mate al hombre con quien vivía desde unos años atrás, el padre de Ilaudino.
- La cosecha se va a perder, seguro - respondió el hombre sorbiendo la infusión que
conservaba el calor gracias a la pava de agua que descansaba sobre el carbón ardiente del
brasero de hierro negro.
- Este año va haber langosta - repitió ella, observando el horizonte con esa mirada
aprensiva con que las campesinas ven pasar la vida a veces hasta muchos años después de
consumida su juventud y hasta su madurez.

- 12 -
Segundo Horror

Ilaudino era el segundo hijo varón de Rosario que cuando él nació, ya tenía dos hijas
mujeres de ocho y diez años y un niño de dos.
Como los otros hombres de Rosario Gavilán, el padre de Ilaudino se fue una tarde,
quince días después de la Semana Santa y cuando las langostas terminaron por devorar cuanta
vegetación útil o inservible existía en San Pedro del Ycuamandyju y sus alrededores, en la
compañía de Fondo Rugua donde vivían. Dijo que volvería si llegaba a conseguir algún
trabajo porque la cosecha estaba perdida y no había ya nada que hacer y que ellos pasarían
mejor sin él. Cargó sus pocas pertenencias, montó el caballo que lo trajo un día y se perdió en
la oscuridad que se espesaba en el horizonte.
A través de la ventana, Arnaldo observa el lento declinar del sol asido al palomar de la
casa de enfrente y pronto a desaparecer. Sus rayos penetraron en la sala transmitiendo al
ambiento un tono rancio y agostado.
- ¡Arnaldo! - grita Lelia desde la cocina - ¿No querés café con leche?
El hombre fija de nuevo sus ojos en los muebles que surgen en sus sitios, a su
alrededor.
- ¿Me vas a traer aquí?
- Si..., si querés...
- Listo. Traeme un poco de galleta también.
- ¡Ya otra vez! - rezonga Lelia - ¡ Con lo gordo que estás!
- Por comer dos o tres galletas no voy a subir nada. Además, Lelia, los únicos días que
tengo tiempo para merendar son los sábados y domingos. Si no querés traer no traigas...No se
para qué ofrecés, entonces...
- Ya te llevo, no te plaguees más. Lo mismo vas a terminar siendo un viejo barrigón y
feo - hace una pausa para colocar el pocillo de café sobre la mesita de la sala - Y te aviso que
no me gustan los gordos.
- ¿Y qué vas a hacer si engordo?
- Te cambio por otro más flaco y listo. Cuando nos casamos estabas elegante - aprieta
con sus dedos una protuberancia sospechosa bajo la camisa de Arnaldo - ¡Mirá un poco! Estas
lleno de mondongo.
Arnaldo la atrae hacia sí y la obliga a sentarse en su regazo mientras procura
acariciarle los senos.
- No me toques
- ¿Porqué?
- No quiero - procura zafarse del acoso, peleando contra las manos inquietas de
Arnaldo y ríe - No pues..., que puede venir Rolo...
- ¡Qué!..., si está jugando con sus hormigas...
- No... ¡no! - la risa de Lelia se hace más fuerte - Ahora no, Arnaldo...esta noche. No,
te digo. Me hacés cosquilla.
- ¿Vamos a la cama...? Ahora... ¿Si?
- ¡Ya estás ya otra vez...!
- ¿Hmmmm.....?
- No - lanza una carcajada y en un descuido se desprende y escapa de él.
- ¡Tsch! - exclama Arnaldo decepcionado y mete en la boca una galleta coquito -
¿Viste como te resistís?
- Pero chamigo, ¿cómo vas a querer hacer el amor a esta hora? Puede venir
cualquiera...
- Nos llaveamos y listo.
- No. Tengo muchas cosas que hacer. Todavía no preparé la cena.
- Me voy contigo a la cocina.
- Listo, pero sin hinchar porque o sino no puedo hacer nada.

- 13 -
Augusto Casola

- Y desde cuando te hincho porque quiero besarte?


- ¡Na!... Cada cosa a su hora, m´hijo.
Arnaldo la sigue llevando en una mano la taza de café con leche y en la otra el plato
con las galletas.
- Ojalá sea nena - dice y se acomoda en una silla.
- ¿No solés decir que preferís cinco varones en vez de una hija? Vos no sabés ni lo que
querés...¿desde cuando se te antoja una nena, ahora?
- Y..., para completar la pareja, porque después, sea lo que sea, cerramos la fábrica.
- Ayer se movió.
- ¿Ya?
Apoya una mano sobre el vientre de su mujer.
- Porqué no me avisaste?
- Estabas durmiendo. Fue a media noche. Me despertó...
- ¿Y ahora?
- Hoy estuvo quietito todo el día.
- Avisame cuando se mueva otra vez.
- Listo - pone arroz en la olla con agua hervida - Y no tengo tanto malestómago.
- ¡Que suerte! Con Rolo estuviste mal los cuatro primeros meses. Después te pasó.
- Te acordás que no nos podíamos ir ni al cine...
- ¿Y esa vez que llegamos hasta la esquina y después te fuiste corriendo otra vez a
casa para vomitar...?
- Te acordás...
El tiroteo comenzó del lado de la casa de gobierno desplazándose con secos
estampidos que llenaron la madrugada de sobresalto y la recubrieron con el olor acre de la
pólvora. El cielo encapotado, opaco y sin matices cubría la ciudad. En la calle se
entrecruzaban los gritos, las corridas y las detonaciones, más espaciadas a medida que la
claridad indefinida y gris iba quebrando el manto de nubes.
Se comentaba que los revolucionarios estaban siendo diezmados. Eran perseguidos y
derrotados calle a calle, luego que las fuerzas leales al gobierno rompieron las barricadas, que,
en su desesperación, habían levantado los insurrectos. Los corralones se llenaban con
celeridad y a la tercera madrugada, los rebeldes se encontraron atrapados entre las tropas
fieles que salían al ataque y los corralones de la retaguardia.
- Alguien golpea - exclamó Irene, asustada.
Eduardo abrió la puerta y tuvo que sostener a un hombre ensangrentado de la cabeza a
los pies que lo miraba con ojos extraviados. Abrió la boca y movió los labios, como si fuera a
decir algo, antes de desplomarse sobre las baldosas del piso de la sala.
- Este es uno de los que se andan batiendo - dijo Irene y agregó compungida - No
podemos tenerle aquí, Eduardo... Quien sabe qué lo que nos van a hacer si le encuentran en
casa.
- No podés tampoco dejarle en la calle así como está, ¿verdad?
- ¿Y qué lo que vamos a hacer, entonces?
- Vamos a tratar de ayudarle, caramba... Por lo menos hasta que deje de sangrar.
- Pero tenés que avisar en el cuartel o sino vamos a tener líos con esa gente - lo ayudó
a arrastrar al hombre hasta la pieza de servicio.
- Este tipo se está muriendo - jadeó Irene mirando al hombre tendido sobre el catre -
¡Qué lo que podemos hacer nosotros, Eduardo! Mirá como tiene el cuerpo...
- Voy a buscarle al doctor Ruíz - dijo Eduardo - Pierde sangre hasta cuando respira. Si
no le ve el médico, en media hora se queda seco.
Al cabo de unos minutos Eduardo volvió acompañado de un hombre de mediana edad
vestido con el guardapolvos blanco característico de los médicos. Se acomodó en una silla que

- 14 -
Segundo Horror

le ubicaron frente a la cama donde agonizaba el herido, observando con atención que su
respiración iba acompañada de un flujo de sangre roja y brillante, que resplandecía más tras
cada palpitación del corazón, a medida que disminuía la fuerza y la frecuencia de las
aspiraciones y espiraciones.
La tarde caía tras las cortinas echadas y la oscuridad en la sala y toda la casa era total,
salvo en la pequeña pieza de servicio donde el resplandor púrpura de la sangre iluminaba a los
asombrados espectadores que permanecían inmóviles, incapaces de pronunciar una palabra.
De pronto el moribundo abrió los ojos y se fijó en las tres figuras que lo flanqueaban,
sumergidas en el ardiente caldo púrpura ocasionado por el resplandor de su sangre.
- Yo me muero - dijo en un susurro - pero ¡viva Ilaudino Gavilán! - exclamó
levantando el torso, apoyado en el codo derecho antes de derrumbarse sobre el catre. Eduardo,
Irene y el doctor Ruíz, que se vanagloriaba de escéptico, vieron escapar por la comisura de los
labios y los agujeros de la nariz del hombre, el halo blancuzco que se repitió brevemente en
un extoplasma casi transparente, pero que definía con precisión el perfil del cuerpo que
abandonaba, antes de integrarse al furioso bermellón que hervía en el cuarto.
- ¿Porqué no venís a acostarte un rato más? - dijo Irene con voz de somnolencia - Hace
frío con esta colchita transparente....Total, estamos de vacaciones, ¿verdad?
Eduardo se volvió a mirarla y sonrió. Irene extendía hacia él sus brazos, manteniendo,
sin embargo, los ojos entornados. Cuando llegó al costado de la cama, ella lo tomó atrayendo
a Eduardo hasta poder sumergir el rostro en la concavidad tibia del cuello de su marido.
- No se porqué tenés que levantarte tan temprano.
- Iba a pedirle a don Orué que nos preparara el mate. Está haciendo un poco de fresco
esta mañana.
Irene se desperezó y le hizo lugar a su lado. Eduardo se quitó los suecos y se arrebujó
bajo las mantas, sintiendo el cuerpo de Irene, joven y exigente, como en tantas madrugadas
pasadas en ese exilio bucólico - Contigo no se puede organizar una revuelta, ni siquiera una
revolución- i, porque no dejás tiempo - le dijo Eduardo, a lo que Irene respondió con un
gruñido.- Me estaba acordando del hombre ese de Gavilán - ella le hizo sentir sus senos
obligándole a acariciarlos - No supe más nada desde que salimos de la ciudad y...
Apenas amanecía.
Lelia no hizo ningún movimiento. Abrió los ojos y quedó en suspenso, esperando
descubrir qué la había sobresaltado a esa hora tan inusual para ella.
A través de la ventana podía divisar el patio, envuelto en la penumbra premonitoria del
nuevo día, otro día caluroso de verano, disimulado todavía por la brisa fresca del este que
agitaba las cortinas desteñidas de la habitación.
El canto de los gallos, viniendo de lejos, envolvió su memoria con recuerdos de la
infancia.
- Cada vez hay menos gallineros en la ciudad - pensó, ya tranquilizada al no descubrir
nada especial como causa de su imprevisto madrugón.
A su lado, Arnaldo ronca y de su rostro emana esa calma desnuda y vasta que es
patrimonio de los durmientes, la que obtienen al influjo del pleamar que transforma la
inquieta actividad de la vigilia en un suave agitarse de olas espumosas sobre la arena blanca y
crujiente de la inconsciencia.
Al mirarlo le pareció indefenso y pequeño, como un niño.
- Es igual a Rolito. Cuando está durmiendo se le parece mucho - se dijo Lelia - nunca
me fijé que el nacimiento de sus cabellos se parecieran tanto.
Lelia no era de aquellas personas que buscan profundizar sus sentimientos a los que
consideraba parte suya y a veces se descubría apartada de ellos. Le bastaba disfrutar de su
vida, tibia y sin importancia, a la que estaba acostumbrada. Sin demasiadas satisfacciones
pero sin conocer tampoco los dolores profundos que atormentan al alma.

- 15 -
Augusto Casola

- Nuestro hijo es sano, eso es lo que importa, ¿no te parece? - le dijo a Arnaldo una vez
que se quejaba de lo difícil que se ponía conseguir dinero para cubrir las necesidades de la
casa - Al fin de cuentas, no somos ricos pero tampoco estamos en la miseria..., y esta casa que
nos dejó el tío Eduardo es una bendición. No vas a pretender hacerte millonario de la noche a
la mañana.
- No quiero hacerme millonario, pero sí quiero entrar en uno de esos esquemas que
abundan y te hacen dar un buen salto de la noche a la mañana, como decís vos... La otra vez,
por ejemplo, podía haber ganado unos buenos pesos, pero me llamó el jefe y me dio a
entender sin mucho disimulo y muy claramente que ese negocio era suyo...
La claridad era mayor. Arnaldo se acomodó en sueños colocando un brazo sobre la
cintura ya abultada de su mujer. A ella siempre le resultaba pesado soportar el brazo o la
pierna de su marido descansando sobre su cuerpo, pero esta vez sonrió.
En la penumbra del patio distinguió la figura de la abuela. La heredaron con la casa y
seguía allí, integrada a la santarrita que le sirve de dosel protector contra el sol y la lluvia,
sentada en la silla de respaldo alto, árida y constante, repitiendo absurdas letanías y canciones
olvidadas y cosa extraña, sin morirse nunca, con una especie de inmortalidad inexplicable.
- Ya estará despierta - se dijo - si es que durmió algo. Esta viva - pensó luego,
asombrada - Y yo estoy viva también, como ella.
De golpe le asaltó la idea de que ella, Arnaldo, Rolo y sus hormigas (a las que ahora se
le daba por encerrar en botellitas y enterrarlas en el patio), todos estaban viviendo, cumplían
los mismos ritos vitales - sonrió porque estas últimas palabras le recordaron al tío Eduardo,
que solía usar perífrasis al referirse a las cosas ordinarias - mientras la abuela siga allí será
igual a nosotros.
- Ufa - se dijo - La realidad son: Arnaldo durmiendo, Rolo durmiendo, la abuela en el
patio y las hormigas prisioneras de mi hijo yendo y viniendo de un lado a otro dentro de las
botellas donde las tiene encarceladas, no se si por maldad o por capricho.
Se conocieron en una fiesta del Deportivo Sajonia y no era un Adonis precisamente, se
decía Lelia, con esa ropa que le venía holgada, los zapatos deslustrados, el cabello lacio, los
lentes de carey y unos kilos de más, porque había engordado en los últimos meses, le explicó
Arnaldo.
- Y vos, ¿ cómo te llamas?
- Lelia, ¿y vos?
- Arnaldo.
Después de bailar una selección foxtrots y bossa nova se alejaron de la pista hacia la
balaustrada del club que da sobre el río y permanecieron silenciosos, mirando la oscuridad
interrumpida a veces por el titilar de las luces de algunas embarcaciones ancladas cerca de la
costa y que rielan sus brillos mezclándose con el resplandor de la luna. Vieron pasar una
lancha iluminada que semejaba una enorme luciérnaga flotando en la noche.
- Yo trabajo en el ministerio - le decía el joven
- Yo terminé la secundaria el año pasado. Estaba internada en un liceo pero ahora vivo
en casa.
- ¿Porqué en un internado? - quiso saber Arnaldo - ¿Tus padres no estaban en
Asunción?
- Siempre vivieron aquí - respondió Lelia - pero no pueden atenderme porque
conversan todo el día, sin parar. Ahora, en este momento, estoy segura que están conversando,
lo mismo que cuando salí para el baile.
- ¿De veras? - se interesó él - ¿Y de qué hablan tanto?
- No se - respondió Lelia - Lo cierto es que desde que me acuerdo, ellos están
hablando todo el día, sentados en la sala. Papá en su sofá. Mamá en un sillón de mimbre que
hace ruido al hamacarse.

- 16 -
Segundo Horror

- ¡Qué interesante! - exclamó Arnaldo con cierto aire socarrón.


- No se, porque no entiendo de que hablan
- A lo mejor nunca les escuchaste bien nomás. Andá sabé lo que tienen que decirse, si
es así como me contás.
Así mismo. Por eso estuve en el internado, porque ellos no me podían cuidar.
- Es medio raro, ¿verdad?
- No se..., porque yo siempre los vi así, sentados en la sala y conversando. El que me
atiende es un tío viejo que tengo.
- Han de tener muchas cosas que decirse - dijo Arnaldo, que no pudo impedir una
carcajada - Ahí están tocando una colección de boleros muy lindos. ¿No querés bailar?
- Bueno, vamos - dijo Lelia medio picada porque no entendía bien el motivo de la
espontánea risa del muchacho, aunque éste le caía bien - Pero no veo qué te causa tanta gracia
acerca de mis padres...
- Nada - le tomó del brazo - Será porque yo soy medio callado nomás que no entiendo
a la gente que le gusta conversar. No te enojes.
- No me enojo .
Pasaron juntos el resto de la fiesta. Antes de retirarse él le pidió su dirección y le dijo
que quería ir a visitarla al otro día . Lelia asintió.
Rolo, de pie junto a una de las ventanas que dan al patio, cavilaba absorto acerca del
transcurrir de esa tarde húmeda que empañaba los cristales hasta condensar gotas de agua que
se deslizaban hasta las ranuras inferiores de los marcos de madera carcomidos por el cupi-í.
- Vas a tener un hermanito o hermanita - le dijo Lelia, tomando entre las suyas las
manos de su hijo y acercándolo a ella y se detuvo esperando la reacción del niño ante la
noticia. Él bajó la vista.
- ¿Por eso estás enferma y vomitás? - le preguntó
- Sí - respondió Lelia sin soltar sus manos - Pero por ahora nomás. Después me va a
pasar. Cuando estaba esperando la cigüeña de vos, también vomitaba mucho, pero después me
pasó.
- ¿Y cuando voy a tener el hermanito?
- Falta mucho todavía - hizo una pausa - Papá está contento porque dice que así vas a
tener a quien cuidar y que te va a estar hinchando todo el día - rió.
- ¿Y vos querías que yo tenga un hermanito?
- La verdad que si..., hace rato que quería tener otro bebé... Ya vas a ver como le vas a
querer.
A Rolo, que era observador por naturaleza, no le pasaron desapercibidos los cambios
que se operaban de su madre. Las facciones de Lelia habían ido adquiriendo esa expresión
beatífica que suele aposentarse en el rostro de las mujeres embarazadas.
El niño se dio cuenta que el hecho de tener un hermanito nuevo no era solo la llegada
del bebé. Ya los había visto a montones y todos se parecían, pero resultaba distinto ahora que
debía convivir ese día a día compuesto del malestar, la impaciencia y hasta el malhumor de su
madre. Pero por sobre todo, era la manera extraña de comportarse Lelia lo que llamaba su
atención. Muchas veces la veía leyendo un libro que dejaba olvidado sobre su falda o
suspendía el trabajo de croché, con la vista clavada en algún punto remoto, olvidada de cuanto
le rodeaba. Entonces sus labios se distendían hasta acabar en esa sonrisa dulce y soñadora que
desconcertaba al niño, haciéndole sufrir una rara presión en el pecho al mismo tiempo que el
corazón le latía con tanta fuerza que temía llamar la atención de su madre hacia él y eso se le
antojaba sacrílego.
Mamá va a tener un bebé - le comentó a un compañero de grado cuando volvían de la
escuela.
- Nosotros somos tres - explicó el compañero - Dos hermanas y yo.

- 17 -
Augusto Casola

- Y ahora mamá se siente mal todo el día. Vomita. A veces me reta de balde. Pero lo
que más me da miedo es cuando se queda sentada sin hacer nada y mirando lejos. Se queda
pensando en la luna.
- Pero vos has de quererle también al hermano que te va a venir.
- A mi me da rabia - respondió Rolo, pateando una lata vacía y herrumbrosa que
estaba tirada sobre la vereda.
- No ha de ser que estás celoso, ¿verdad? - se burló el otro.
- No te digo eso. Te digo que me da rabia porque mamá está mal.
- Pero si todas las mujeres vomitan cuando van a tener hijo...
Rolo comprendió de golpe, observando el patio, cual era la razón de su desagrado. Al
principio supuso que era la posibilidad de perder el amor de su mamá, aunque se consideraba
lo suficientemente mayor para desechar esa idea.
Lo desorientaban el semblante de Lelia y su sonrisa misteriosa, hasta que decidió que
todo ello provenía de un diálogo íntimo entre su madre y la criatura por venir, una
conversación de la cual él nunca podría participar y cuyo sentido se le antojaba extraño y
odioso.
- Y al final de cuentas - le dijo el compañero - es lo más natural del mundo tener un
hermano, ¿verdad?
- Ya se - respondió Rolo distraído.
Tampoco se animaba a descubrirse y preguntar el significado de esas miradas
perdidas, húmedas y silenciosas con que acompañaba Lelia sus escapadas hacia el interior.
Una vez lo llamó.
- Rolo..., vení pronto...., traé tu mano enseguida.
El se acercó venciendo la repugnancia y apoyó la mano derecha sobre el vientre
abultado de su madre.
- ¿Sentís?
- Si - respondió apartando la mano enseguida
Ahí adentro algo se movía. Dos veces recibió los impactos inconfundibles de ese algo que
se le antojó viscoso y repulsivo. Seguramente todo húmedo, sucio y con sangre.
A veces no podía cerrar los ojos por la noche pensando en ese animal oscuro que se
agitaba en el vientre de su madre, blanduzco como esas lauchas asquerosas que dan tanto
miedo. Cerraba los ojos y ahí estaba su hermanolaucha revolcándose dentro de su madre,
apoderándose de ese cuerpo que hasta poco tiempo atrás era una parte confortable de la casa,
de la vida cotidiana, una mano para cruzar la calle, la risa de Lelia confundida con los ruidos
de la casa, la escoba al deslizarse sobre las baldosas del piso o el calentador calentando la
leche para la merienda. Era algo concreto, algo que como su papá, la casa y los muebles
siempre estuvieron allí, como la abuela, como Petronila, como las hormigas. Era su casa, el
lugar a propósito para cobijarlo a él.
Ya no sentía ese tibio manto protector. Era eso. Era su hermano.
Se le aparecía dando vueltas y vueltas, un trompo loco en el vientre de la mujer,
agitándose en medio de los fluidos espesos que lo hacen flotar. Sus enormes ojos de feto que
lo observan sin otras facciones. El cuerpo irreal, las manos hecha de cartílagos confusos que
le dan aspecto de patas de murciélago.
Laucha muda y asquerosa girando en el vientre redondo y grande de esa mujer
desconocida en cuyo rostro se dibuja el gesto lánguido de abandono en la sonrisa enigmática,
conclusión del diálogo secreto que ella sostenía con su hermanolaucha, con esa pesadilla
húmeda de dentro suyo. El feto.
Su enfermedad, larga y dolorosa le había hecho preferir varias veces la muerte, pero
cuando la desesperación y el fuego de sus células cedía, Eduardo recuperaba el afán de vivir,
de prolongar en algo la agonía implacable. Lo supo desde el principio, aún antes de escuchar

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Segundo Horror

las palabras del médico, que cayeron sobre él como latigazos, simple confirmación de su
penosa certidumbre. Salió del consultorio con pasos lentos, haciendo un esfuerzo por no
llorar.
- Soy un hombre - se repetía - soy un hombre.
Las pisadas resonaron sobre las resplandecientes baldosas del sanatorio. Le devolvían
su imagen, gacha y derrotada. Llegó a la casa y se acostó tras besar la frente sin resonancias
de Irene. Apoyó la cabeza sobre la almohada, encendió un cigarrillo que dejó consumir entre
los dedos, sintiendo como minuto a minuto sus entrañas se agitaban en la vorágine de una
danza macabra que transformaba a su cuerpo en una masa viscosa de carne corrompida.
- Mirá Eduardo - le dijo el médico, amigo suyo de la época del colegio secundario - yo
se que sos un hombre fuerte y vas a poder resistir el golpe..., por eso creo lo mejor..., al menos
me parece lo mejor, decirte la verdad - hizo una pausa en que sus miradas se sostuvieron
enfrentadas. Después el médico desvió la vista y jugueteó con el cortapapeles que estaba cerca
- Tenés cáncer, Eduardo, y es terminal... Ni vale la pena operar...
- ¡Cáncer! - repitió Eduardo. Sus dedos se agarraron a los brazos del sillón donde
estaba sentado. Sintió las palmas sudadas - ¿Estás seguro...? Bueno..., disculpá...¡claro que
estás seguro! - el médico asintió sin mirarlo. - Entonces, viejo - dijo Eduardo forzando una
sonrisa - esta vuelta no es una purgación, por lo visto.
- No - respondió el médico.
Descansó la cabeza de cabellos grises sobre la almohada y se dedicó a pensar sin
importarle el rumbo de las figuras que surgían y desaparecían de su mente.
- Tengo una eternidad que llenar sin contar con suficientes cosas que poner en ella. Ni
con tres vidas iguales, ni con cien. Hay demasiado lugar en sesenta y seis años, siempre en lo
mismo, siempre en el comienzo. - Si viviera nuestra hija - dijo en voz alta - por lo menos
Irene no iba a estar tan sola, pero ya es tarde.
Encendió otro cigarrillo que se consumió en volutas de humo en el ambiente ya oscuro
del la habitación. Escuchó el silbido del viento entre las rendijas y se le antojó como un canto
melancólico. Arrojó el cigarrillo al suelo y quedó dormido.
Dejó pasar unos días, habló con Lelia y su marido. El joven le era indiferente pero
sentía gran afecto hacia Lelia, que vivía muy ajustada con el magro sueldo de Arnaldo,
recortado aquí y allá por aportes involuntarios y contribuciones inesperadas como se
acostumbraba ahora con los empleados del estado.
- La ducha es lo mejor de todo - solía decir Lelia sonriendo cuando iba de visita a la
casa de Eduardo - En la otra casa teníamos que bañarnos con agua de aljibe que cargamos en
una latona grande.
Se mudaron a esa casita, donde en el dormitorio apenas cabía la cama de plaza y
media. La cuna de Rolo la ubicaron al otro extremo, en el corredor. Había un pequeño patio
interior limitado por el dormitorio, la cocina de forma triangular, una muralla alta contra la
que se restregaban las grandes hojas de dos bananos que nunca dieron fruto y el bañito con la
ducha.
A veces Arnaldo se sentía impotente y tan deprimido que al observar a Lelia dormida,
dejaba que por sus mejillas corrieran lágrimas humildes, mezclando los suspiros cautelosos
con el susurro de las hojas de banano al acariciarse entre sí y contra el muro.
No tenían nada de nada y estaban metidos dentro de una nube de incertidumbre hasta
que un sábado, alrededor de las cinco de la tarde llegó de visita el tío Eduardo. Tomó cocido
de azúcar quemada acompañándolo con galletas que derritió en la taza, espantó algunas
moscas y les pidió que fueran a vivir con él.
Cuando salía de mi arrobamiento de observar el agua turbia de la bahía que viene a
morir en la playa con su desmayado vaivén, me alejaba hacia la realidad de esa catatonía que
tienen las calles, parecidas a ancianos, con más pasado que futuro y más recuerdos que

- 19 -
Augusto Casola

esperanzas y embebido en la frágil languidez adquirida de la previa contemplación del agua


mansa, purificado de pensamientos egoístas, recubierto del aura de la consagración, me
adelantaba con pasos calmos entre las dos hileras de vida y sollozos, de risas olvidadas y
miradas furtivas que acompañaban a mi trajinar, a las que despertaba con el taconeo
demasiado ruidoso de mis zapatos sobre el empedrado y las veredas de piedra losa desparejas.
Avanzaba percibiendo la caricia de las sombras lóbregas de un pasado lejano, fuera de
la realidad del bullicio cotidiano, de las luces de neón y de las vidrieras vanas y exigentes.
Callejuelas marcadas por las arrugas, calles de otras épocas, de días iguales pero más jóvenes
que al ser observados a través del caleidoscopio del tiempo, hasta parecerían mejores.
Esos callejones, a los que llamo ancianos, se llenaban por la noche del transitar de
parejas furtivas, urgentes y transitorias. Allí, en esas antiguallas, compartiendo su decaído
señorío, se abrían las puertas de bailongos, como el Hernandarias, el Hispano Paraguayo, el
Criollo, donde las mujeres esperaban ya dentro de ellos, ya en la calle, a los clientes de unas
horas.
En verano, el bullicio comenzaba al atardecer y crecía con la noche. La música surgía
cuando la oscuridad apagaba la identidad y como en una fiesta de disfraces, el anonimato
estaba protegido por lo indefinido de la hora y se perdía en la animación de arpas y guitarras,
de bandoneones desafinados, cantantes gangosos y las dicharacheras mujeres de risa fuerte
que salían a bailar en la pista alumbrada por luces rojas y verdes.
La campana repiqueteaba con insistente alegría desde lo alto del campanario de
madera sólida que la sostenía desde hacía por lo menos cien años.
Ese era un domingo especial porque el padre Miguel casaría nada menos que a cinco
parejas del poblado, lo cual era motivo suficiente para que desde temprano echara a sonar la
vieja campana.
Antes que saliera el sol ya había gente preparándose para asistir a la boda colectiva y
quien más quien menos buscaba la mejor de sus ropas para estar a la altura de las
circunstancias, aunque en la generalidad de los casos iban descalzos o con los pies calzados
en altos suecos de madera.
Eduardo, entregado a la vida mansa de su aburrido exilio era un invitado más .
Después de tomar unos mates, estaba sacando agua del pozo, cuya roldana se deshacía en
gemidos al hacer correr la piola medio deshilachada que extraía el balde cargado de agua.
- ¿Vos no te vas a bañar todavía? - quiso saber Eduardo dirigiéndose a Irene que
continuaba remoloneando displicente en el catre donde pasaron la noche durmiendo al rocío.
- Anoche dormí mal con la cantidad de mosquitos que había - respondió Irene,
desperezándose - Pero ya no voy a poder seguir durmiendo. El cura no va a terminar con las
campanadas hasta que todo el pueblo y las compañías de los alrededores llegue a la iglesia
para asistir a su bendita boda múltiple.
- Para él es un triunfo - comentó Eduardo
- Ya lo creo - respondió Irene - Para él es medio como la conversión de los primeros
cristianos.
- Y no es para menos - exclamó Eduardo a los gritos para que su mujer lo oyera entre
los chapuzones que se daba con el agua fría de la latona - Según don Orué, hace por lo menos
cinco años que no se casa nadie en el pueblo.
- Y bueno..., me levanto - se resignó Irene - Sino, no voy a poder tomar ni un matecito.
- Yo ya salgo - le gritó Eduardo . Y agregó acercándose a la casa envuelto en una
toalla - Dicen que la revuelta de Ilaudino Gavilán no tiene nada que ver con los partidos
políticos, que es una aventura loca de un caudillo alucinado y quijotesco que va a terminar en
la cruz, como todos los iluminados.
- Vos le admirás.
- Si, claro..., uno no puede menos que hacerlo...

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Segundo Horror

- Ahora a lo mejor ya lo mataron...


- No, me contó don Orué que hubo un ataque a la policía en Asunción, con aviones y
todo y que ahora la cosa no es tan clara. Escaparon los presos. No sin antes causar buenas
bajas entre los carceleros que corrían pidiendo socorro - se interrumpió para cebarse un mate -
esta revolución parecía hasta ridícula... En eso tiene razón don Orué, pero ahora la cosa es
diferente, ¿verdad?
- Cuando apareció Gavilán nos dijimos: ¡otro ambicioso más! Un campesino ingenuo
y osado. No es militar y lo llaman comandante, dicen... Así decíamos, ¿verdad? Ni militar ni
político...¿Cómo va a echar a un gobierno como el que tenemos, con una red de pyragüe que
encontrás hasta en tu sopa?
- ¿Y qué ocurre? Lo inesperado. Cuatro meses después la revuelta que se inició en una
lejana compañía de San Pedro, toma cuerpo. Los campesinos se amotinan, pierden la timidez
y la abulia que les caracteriza y se van apoderando de armas en los cuarteles. Armas
primitivas, pero armas al fin. Y con ellas es más fácil conseguir otras. Se vuelven astutos,
surgen los jefes naturales y no faltan los veteranos de la guerra que con propiedad son mi
sargento y mi teniente.
Se entusiasman, escuchan de nuevo las palabras olvidadas, resuenan en sus oídos las
marchas marciales, se les llena la sangre de vida, es el grito de combate, huelen la pólvora y
sacan de algún rincón de su rancho el viejo fusil que quedó colgado cuando se tuvo que volver
a empuñar el arado. Están cansados, ellos también, de las palabras y las mentiras, de ese día a
día que no tiene variantes. Van y vienen. Se desentienden del surco que pasa al cuidado de las
mujeres. Se prepara la cecina, las vituallas, se desempolva la caramañola, se lustran las
polainas: - Mi capitán, usted tiene que venir con nosotros. Nosotros estamos con Gavilán, sí,
mi teniente, Gavilán atacó otro puesto y se está preparando para bajar a la capital. Usted tiene
que venir con nosotros, etcétera, etcétera...
- Y la mayoría va - terció don Orué que se había acercado por detrás de Eduardo,
haciendo señas a Irene para que no lo delatara - por no decir todos - agregó - Y le puedo
asegurar que si esto sigue así, muy pronto Gavilán le va a estar pisando el poncho al gobierno.
Siguieron hablando del momento político hasta que Irene les llamó la atención acera
de la hora:
- Si no te apurás, vamos a llegar tarde al gran acontecimiento del pueblo y eso el cura
no va a perdonar.
- Tiene razón - le dijo Eduardo a don Orué que ya estaba vestido con corbata y traje
oscuro -Ya vengo, ya vengo
Volvió a salir ya vestido con el traje de casimir inglés, el que siempre usa en las
ocasiones importantes de su vida y cuando la solemnidad del momento exige el incómodo
rigor de la camisa de seda que con el sudor se pega al cuerpo, el cuello postizo almidonado
hasta convertirse en un cartón blanco purísimo.
Los tres fueron bajando la cuesta que zigzagueaba irregular y llena de pequeños
montículos y depresiones entre las que sobresalían matas de pasto sobre la tierra colorada de
la que se levantaba la polvareda a causa de la pequeña brisa que había comenzado a soplar.
El repiqueteo de la campana y la gente vestida de fiesta que se dirigía a la iglesia bajo
el sol del domingo así como las carretas tiradas por bueyes y los caballos enjaezados,
procuraban al ambiente un aire de fiesta patronal en la cual la alegría cobraba intensidad a
medida que el grupo se acercaba al enorme patio de la iglesia, donde se había preparado el
altar para llevar a cabo la ceremonia.
- Se consigue permiso del delegado para que venga la calesita y ya se puso en la plaza
- le comentó uno de los caminantes a don Orué - y va haber la banda para bailar despué y el
paí ya hizo una cantina ñemú para despué.

- 21 -
Augusto Casola

- Y mesa para jugar truco si quiere - completó otro - y debajo la parralera é que se va a
bailar.
- Hata don Emeterio que é de Narajaty y que ya hace dié año que vive por ña Francica
dice que va casarse taén...
- ¡Una feró conga lo que va ser, don Orué! - concluyó el que había hablado primero.
El patio de la iglesia semejaba una inmensa romería, saturada del aire oloroso de la
fritanga preparada en los braceros a carbón.
Eduardo echó una mirada alrededor y se dio cuenta que estaban todas las autoridades
del pueblo sentadas en el lugar de honor que le hizo preparar el párroco. Había también
algunos soldados ubicados en sitios estratégicos, apoyados en sus viejos fusiles, mirando
desfilar la gárrula bulliciosa de mujeres y hombres que buscaban la sombra, esperando el
inicio de la ceremonia.
- Allá tá ña Luisa con don Maciel taén y su tre hijo que le va dar su anillo - comentó
una mujer - Mirana que linda pa que etá con su vetido blanco largo que le hizo ña Filomena,
- Y dice que Ugenia sique mandó traer de Asunción para su juego de azar - agregó otra
que estaba a su lado - Porque si me vía casar por Taní, me vía casar bien, dice que dijo.
- ¡Nderaityre!
Cerca de las nueve de la mañana ya estaban las cinco parejas cuyas edades oscilaban
entre los veinte y los cincuenta y de las cuales tres ya tenían hijos mayores que hacían de
cortejo sosteniendo en sus manos los platillos con los anillos de boda que sellaría la unión de
sus padres. Otra de las mujeres que iba a contraer matrimonio, sostenía a horcajadas sobre la
cadera a un niño de unos dos años que moqueaba constantemente y la quinta pareja esta
formada de dos jóvenes que se habían conocido en una de las ferias organizadas por la iglesia
y constituían la mayor victoria del cura porque los convenció a que no vivieran bajo un
mismo techo antes de concluir la ceremonia.
Cuando comenzó la parte formal, cayó un silencio solemne interrumpido solo por el
coro de voces que acompañaba las oraciones a indicación del sacerdote y el repiqueteo de las
campanillas de los monaguillos.
Las autoridades, apretujadas dentro de los trajes desacostumbrados, se pasaban de
continuo el dedo índice alrededor del cuello almidonado de las camisas. Pero cuando el
sacerdote bendijo a la concurrencia, el anterior silencio se transformó en una alegre explosión
de risas y alegría. Los invitados se dirigieron a las mesas que les estaban reservadas junto a
los novios y los demás se agolparon frente a los puestos de expendio de bebidas y comidas.
La banda se lanzó a ejecutar las más alegres melodías y sin interrupción por casi por
una hora hizo alarde de un entusiasmo contagioso. Solo suspendieron la música cuando le
acercaron unos platos bien cargados de chicharó trenzado, mbejú y mandioca, algunos
pedazos de asado y una botella de caña.
El cura, todo sonrisas, ocupaba un extremo de la mesa, flanqueado por los novios y las
autoridades del lugar, quienes nivelados por los efectos del vino proveído por el cura,
intercambiaban chistes y comentarios con don Orué. Eduardo e Irene.
Concluido el almuerzo de los componentes de la banda, volvieron a reagruparse con
sus instrumentos haciendo sonar los acordes del vals “Sobre las olas”, con el cual se dio inició
oficial al baile. Se levantaron las cinco parejas, ya descalzas, para mayor comodidad y
enseguida se llenó la pista con los invitados, que comenzaron a bailar.
¿Para qué tantas flores
Si no son para miiii?
Esta niña de mi almaaaaa
Que me muero por tiiiii..
Eduardo percibió a su alrededor el frío envoltorio de una niebla imprecisa rodeándolo
por completo.

- 22 -
Segundo Horror

Fuera de ella, la fosforescencia discreta de una luminosidad esquiva y pringosa, más


bien desagradable en su tonalidad de amarillo desteñido e indefinible propio de ese mundo
inmóvil, azotado por imágenes reiterativas, en cambiantes enfoques que lo mueven una y otra
vez a evaluar cada visión, cada etapa impersonal como se le presenta ahora el continuo
devenir que fue su vida, estática ya en el agua estancada aunque sacudida de permanentes
vaivenes. Un espejo implacable donde se ve obligado a mirar, a disgusto, las mezquinas
ramificaciones convertidas en larvas, dormidas entre las ramas secas del tronco de sus
ensueños.
Se dejó envolver por la inhóspita claridad, convencido que en el transcurso del tiempo,
más tarde o más temprano, ese alucinado universo de visiones huecas de lo que alguna vez fue
y en las cuales se observa él mismo como un fantasma más conformando el drama sin sentido.
Apenas otra figura dentro del obtuso purgatorio de las ilusiones marchitas que giran a su
alrededor, molestas e inútiles, sin alcanzar el sosiego que alguna vez esperó hallar tras la
interminables horas de su agonía, cuando el cuerpo sentía los cambios ocasionados por la
garra implacable de su dolor.
Ni piensa, ni siente, ni se preocupa. Le resulta indiferente el remolino de imágenes que
lo acosan y lo abandonan luego, dejándolo en ese abotagamiento de luminiscencias
indefinidas, de caminos ingrávidos a los que es arrojado para girar en evoluciones que
conducen de nuevo al sueño estático, siempre presente en medio de esa profunda oscuridad.
A veces lo reclama el vértigo helado que le produce el caer dentro de un abismo sin
paredes. Otras cuando asciende veloz, repitiendo sin cesar esos viajes al final de los cuales
acaba por encontrarse en el mismo sitio, en la plácida languidez de los nervios sin reacciones,
escarbando entre millones de células que se corrompen a medida que estratifican su realidad.
A Ilaudino le impresionó la profundidad de la mirada que le ofreció la muchacha,
cargada del desenfado que suelen exhibir las mujeres cuando desean hablar con los ojos a un
hombre que las atrae.
Soledad del Niño Jesús tenía dieciséis años cuando vio a Ilaudino y se enamoró de él,
que no había cumplido los veinte.
La plaza del pueblo de San Pedro de Ycuamandiju ubicada frente a la iglesia, estaba
engalanada para las actividades profanas de la fiesta de San Juan cuyo casi infalible veranillo
terminó a media mañana del 23 de junio a causa del viento frío y cortante del este que como
siempre vino acompañado de una llovizna fina que calaba hasta los huesos.
Pero la noche de San Juan es algo especial y por ello tanto los hombres, protegidos en
sus ponchos y las mujeres con rebozos en la espalda y mantillas de lana en la cabeza,
recorrían los numerosos puestos de juegos y ventas de comida que llenaban el lugar.
Faltaban los más ancianos, que no podían arriesgarse a pescar una pulmonía, en
cambio para los niños, no había límite de edad pues muchas mujeres jóvenes que no se
resignaban a perder la fiesta anual, iban con sus hijos recién nacidos en brazos, envueltos en
frazadas alegres y multicolores que solo dejaban al descubierto los pequeños rostros ateridos.
Habían hombres y mujeres alrededor de las enormes llamaradas del fuego que se
encendió temprano para cumplir, en primer lugar el papel protector contra el frío, y cuyas
brasas servirían para el tatapyi ari je hasá.
Soledad del Niño Jesús iba vestida de lana gris, protegiéndose la espalda por medio de
un bello mantón rojo que brillaba al pasar cerca de la gran fogata. Usaba sandalias y medias
negras de lana.
Se cruzaron varias veces con Ilaudino. La primera frente al puesto de venta de mbejú y
chicharó trenzado. Allí le lanzó una mirada profunda que hizo trastrabillar el interior del
muchacho.
Cuando él comenzó a lanzar argollas, ella se le acercó sonriente, acomodando las
vileras con que adornaba sus largas trenzas de cabellos negros.

- 23 -
Augusto Casola

- Parece que tenés buena puntería. A ver si acertás para regalarme aquella muñequita
de premio.
Ilaudino tragó saliva sin responder palabra. La miró fijo a los ojos y la muchacha
sostuvo su mirada, tan sonriente en los ojos como en su figura entera que comenzaba a
ondularse por el florecer de la juventud.
La primera y segunda argollas embocaron limpiamente en el cuello de las botellas de
vino que constituían el blanco.
- Dale..., dale..., te falta una nomás - lo alentó Soledad, saltando nerviosa en su sitio y
palmeando sin cesar con sus pequeñas manos, algo pasmadas por el frío.
- Bueno..., esperá un poco, que tengo que apuntar bien - le dijo el joven - No sea que el
último no acierte y te quedás sin tu muñequita por apurada...
- Listo - respondió Soledad y comenzó a jugar con los extremos de sus trenas, con
cierta coquetería traviesa.
Ilaudino retrocedió un paso, entornó el ojo izquierdo, apoyó el codo del brazo derecho
sobre la tabla del mostrador, adelantó algo el torso y lanzó la argolla que tras girar dos veces
en el borde del cuello de la botella, terminó dando el triunfo al joven, que entusiasmado, agitó
los brazos sobre la cabeza, mientras su admiradora saltaba en su sitio repitiendo:
- ¡Ganaste!....¡Ganaste!
Ilaudino fue retirándose, medio al descuido, esperando que la muchacha lo detuviera
pero ella estaba apañando a la muñeca recién conseguida y no se fijó en él. Se sintió algo
decepcionado.
- Pero... ¡donde te fuiste?... Recién te hablé allá frente al kiosko porque creí que
todavía estabas allí y de repente no te veo más y estoy hablando sola...a no ser que te escapes
de mi..., pero no ha de ser, porque te voy a decir: yo no muerdo.
- Yo nomás... - balbuceó Ilaudino - ¿Te gusta la muñeca? - dijo al fin, para no quedar
callado.
- Es hermosa - luego se adelantó algo, casi impidiéndole caminar - Vos sos Ilaudino,
¿verdad?, el hermano de Ernesto.
- Juh - respondió Ilaudino - Si, es mi hermano. ¿Le conocés?
- Yo no, pero el otro día me dijeron que era tu hermano. A vos hace rato que te
conozco - exclamó, agregando una insistencia desafiante en su mirada - Pero nunca me pude
acercar para hablar con vos porque no se te encuentra ni en la iglesia ni en los bailes de la
parroquia ni en ningún lado. Según me contaron no estás en tu casa tampoco y te pasás el día
con ese Rumboso Aguilar que según dicen se corrió de Asunción cuando comenzaron los
tiros, que según cuenta mi tío Raimundo que hace poco vino también a San Pedro a vivir con
nosotras, es cosa de todos los días allá en la capital.
- Y...¿Cómo es que me conocés a mi hace rato? Yo no te visto hasta cuando me
miraste allá en el puesto de mbejú - después de pensar un momento, agregó - Me gustó como
me miraste... - se interrumpió.
- ¿Yo te mire? - exclamó ella observándolo con detenimiento - ¡Ni te vi en el puesto de
mbejú... En las argollas que te pedí por la muñeca...
- Pero si nos miramos y vos te sonreíste - insistió Ilaudino.
- ¿Yo me sonreí?... - se detuvo en seco para encarar al muchacho que cada vez se
ponía más nervioso
- ¿Vos decís que te miré y me sonreí? ¿Contigo?
- Eh... - Ilaudino tragó saliva sin saber que contestar
- Ah, no, mi hijo - exclamó Soledad aparentando enojo - ¡Eso si que no! Ya me
avisaron que Ernesto, tu hermano anda detrás de todas las polleras del pueblo..., pero no me
contaron que vos también te creías el gallito paloma del lugar...Y ha de ser, porque si son
hermanos...

- 24 -
Segundo Horror

- No... - tartamudeó Ilaudino - Te decía nomás como que vos...


- Yo no te miré. Ni se me antojó mirarte, así que si creés eso, te equivocás.
El diálogo se interrumpió a causa de una gritería que provenía de los grupos de gente
que eran atacadas por el toro candil.
Los altoparlantes ofrecían en medio de la música estentórea, dedicatorias de enamora-
dos y la gran variedad de comidas propias de la fecha.
- Mbejú calentito, chicharó trenzado, payaguá mascada, chipa so`ó caliente que te
quema por lo diente, mbusiá, butifarra y lambreado lo señore, riquísimo chicharó trenzado,
ryguazú cae y chipá so`ó, y anunciando los juegos que formaban parte del festejo: paila
jeheréi, cambuchí jejoká, pelota tatá y el infaltable ybyra sy
- Y enseguida - continuaba gritando el animador - La Palomita, la Golondrina y el
Chopí que no puede faltar por la fiesta de San Juan.
Se detuvieron junto al Juda kai. Ilaudino cortado y confuso, sin saber como salir del
embrollo que se hizo en la conversación. Por eso, cuando Soledad lo encaró de nuevo creyó
que seguiría la andanada de palabras que la muchacha manejaba tan bien. Se sorprendió
cuando ella le tomo las manos, suavizó la mirada y acercándolo, le dijo en un susurro:
- Claro que te estaba mirando, bobo, si desde que vinimos al pueblo estoy buscando la
forma de llegar hasta vos y ese vyro chusco de tu hermano que cree que era a él que buscaba -
se puso en puntas de pie y le dio un refilón de beso en los labios. Ahora me voy junto a mamá
que ya ha de estar preocupada. Me dijeron luego que te costaba entender las cosas - y salió
corriendo hacia el gentío que se movía entre los puestos de comestibles y los juegos.
Antes, cuando el mundo estaba poblado de gigantes y los días se deslizaban entre
tiempos siderales, el domingo comenzaba con el tempranero pregón de “La Tribuna”, que
nacía al extinguirse del canto de los gallos que de uno a otro extremo de la ciudad anunciaban
el nuevo amanecer.
Los niños, sin escuela ni compromisos urgentes, remoloneaban mientras sus padres
leían el diario acompañándose del mate caliente que cebaba la mujer. Cerca de las siete, las
madres dejaban sobre la hornalla la segunda o tercera pava con agua e iban a despertar a los
niños, urgiéndoles a ir a misa o al catecismo. Durante el día, los hombres de la casa
empleaban la mañana en reparar las enredaderas y jazmines que nunca faltaban en las casas o
pintando puertas y ventanas.
Las comidas del domingo, siempre preparadas en casa, corría a cargo de las madres
que a su vez habían recibido las recetas de sus madres, sin versión escrita que pudiera traducir
algo tan sutil como una pizca de sal, algo de orégano y pimienta, unas gotas de aceite y ni
poco ni mucho ajo.
Arnaldo echó una bocanada de humo. Estaba sentado en la pieza grande, frente a los
pocillos del desayuno que todavía no retiró Petronila. Rolo se había internado en el patio, para
jugar con sus hormigas. Eso lo mantiene ocupado, pensó Arnaldo. Pasó bien la vieja este
invierno, y eso que tuvimos frío. Lelia está de seis meses. Lo peor ya pasó, porque le da mal
el embarazo en los primeros tiempos...
Le hice notar que por las patas de la silla donde está sentada la abuela empiezan a
subir ramas de la santarrita que ya le cubren parte de sus piernas. Le tapan los huesos, donde
ya le comieron las hormigas...Van más lentas ahora que a Rolo se le dio por perseguirlas. Pero
no creo que hayan parado un solo día de llegarse hasta la abuela...
Lelia y Petronila se pusieron a lavar los platos. Arnaldo tomó el diario y se dirigió al
baño. Solo cuando tomó la máquina de afeitar y vio su rostro enjabonado, quedó perplejo al
observar los surcos incipientes de la frente que irían profundizándose con el tiempo hasta
formar arrugas dolorosas alrededor de las cejas, bajando luego hacia los ojos y las mejillas
marcadas por dos líneas que arrojan sombra sobre la comisura de sus labios, cuya expresión,
le disgustó. Tenía un quiebre cínico y humillado.

- 25 -
Augusto Casola

Prendió un cigarrillo y volvió a encontrarse en domingo, un domingo apacible y sin


altibajos.
- ¡Arnaldo!
- ¿Qué hay? - responde sobresaltado
- ¿Te quedaste dormido o que...? Ahora se nos va a hacer tarde para ir al cine.
- ¿Dormí? ¿Qué hora o que es?
- Cerca de las ocho y la película empieza y media.
- Me visto enseguida
- Ya vamos a llegar tarde ya otra vez...
Ya en el baño, Arnaldo vuelve a mirarse con desasosiego, pero es el de siempre. Se peina.
- Haceme el favor de limpiar el peine después de usar o sino tengo que ir sacando tu
pelo que queda entre los dientes... Me parece que se te cae el cabello...
- Yo suelo limpiar. Además, la que tiene caspa sos vos...
- Hay, pobrecito... - se burla Lelia - Apurate, ¿querés? Ya son las ocho y veinte.
- ¿Y Rolo?
- Se va a quedar con Petronila porque tiene sueño.
Minutos después salen presurosos en dirección al cine de barrio que queda a dos
cuadras de su casa. La primera película ya había comenzado.
- Te dije que era tarde - observó Lelia - permiso..., permiso, por favor...
- Y qué querés que le haga. Me hubieras llamado antes...Andate más allá porque no
veo nada de la cabeza esta.
- Del fondo de la sala llega un silbido. Se sientan. Minutos después, Lelia cambia otra
vez de sitio con su marido. Del fondo salen dos silbidos agudos.
- Hace calor - dice Arnaldo
- Es porque llegamos recién, nomás.
- Shhh
- Bueno, callate - susurra Arnaldo
- ¿Sabés a quien le visto esta tarde?
- ¿A quien?
- No vas a adivinar nunca - hace una pausa y cuando se convence que Arnaldo es
incapaz de adivinar, agrega - A Pastora, la chica que vivía enfrente de nuestra casa ..., esa a la
que venían a buscar a bocinazos...¿Te acordás?
- Ah, si, claro...¿y qué te dijo?
- Se casó
- Ah...
- Tienen una nenita de un año... amorosa
- ¿Estaba con ella?
- Si
- Shhh
- Bueno, callate. Después me contás todo.
Una pareja se ubica frente a ellos.
- Yo no veo nada - dice Lelia moviendo la cabeza de un lado a otro, con inquietud -
vení vos aquí, ¿querés?
- A la pucha... - dice Arnaldo, mudándose de lugar.
Del fondo de la sala se escucha una voz fuerte y desagradable que les grita:
- A ver si se sientan de una vez...¡hijos de vidriero!...
¿Cómo llegamos a esto? O mejor ¿ cómo llegué yo, a esto? Me lo repetí tantas veces y
obtuve tantas respuestas en el transcurso de mi vida que al final casi se volvió un lugar común
el preguntarme ¿cómo llegue a esto?

- 26 -
Segundo Horror

Es una pregunta capciosa, no es casual, suele surgir en oportunidades ingratas, al


descubrir la consecuencia de nuestros propios actos, cuando se nos obliga a reconocer el
presente como una puntada más en el delicado tapiz que vamos tejiendo cada día.
A mi se me desbarrancó la pregunta golpeándome con fuerza. Me tome la cabeza entre
las manos y exclamé en voz alta, en una especie de grito profundo y desgarrador que se abrió
paso en mis entrañas antes de deshacerme en un mar de lágrimas de increíble amargura y
desesperación:
- Dios mío....¡cómo llegamos a esto!
Fue cuando Irene ya no pudo levantarse más. Ella vivía en una ecuación insoluble
donde todo fue sumando hasta llegar al momento anegadizo de no hacer otra cosa que
permanecer tendida en la cama, con los ojos entornados, yendo cada vez más profundo hacia
vaya uno a saber qué abismo de desolación.
Tal vez yo ofrecía un cuadro aún más patético viendo a Irene sumergirse en esa bruma
desconocida. No se. Solo veía adherirse a su piel el dolor causado por las llagas horrorosas
que se iban formando en sus muslos, en las nalgas, en la espalda. Era como un purgatorio de
espanto donde ese cuerpo prefería permanecer calcinado en el fuego de su piel carcomida,
sarmentosa y hedionda en vez de acabar con todo... Su cuerpo vivía el suplicio de su propia
vida deshaciéndose en purulencias que envolvían a la habitación en la emanación fétida de sus
necesidades primarias, solo superada por el olor más espeso y rancio del horror.
No se cuanto tiempo estuvimos así hasta que esa humillación de carne mancillada
adquirió la beatitud que se apoderó de ella.
Una tarde, presa de desesperación al observar impotente su martirio, se me ocurrió
quitarla al patio, ubicarla bajo a santarrita que estallaba en vivos colores luego de la lluvia de
la tarde anterior. Esperaba que el frescor del patio le proporcionara algún sosiego..., en
realidad no esperaba nada, perseguido como estaba desde días atrás de los alaridos
desgarradores que escapaban de su garganta, más atroces aún a aquellos que no escuché
cuando abría la boca ante mis ojos desorbitados y frente a ella yo con Anita colgando en mis
brazos, la cabeza exánime y sus cabellos sucios de sangre y tierra de la calle. Grotesca, como
una muñeca destrozada. Esa vez no escuché sus gritos. Ahora si. Esa loca y aguda repetición
del dolor que no comprendía era más desesperante que la angustia consciente del tormento
que no pudo soportar al vernos.
Se mantuvo expectante. Los alaridos cesaron y sus ojos abiertos y desorbitados,
contemplaron fijamente una profundidad que vibraba a mis espaldas. Yo también quedé
anonadado. Sentí que la tensión de sus tendones endurecidos se aflojaban y le invadía una
extraña calma. Una misteriosa paz.
De pronto, viniendo de otros tiempos, de siglos atrás, con su antigua voz, dulce y
cantarina, entonó la vieja cancioncilla que le gustaba tararear mientras realizaba los
quehaceres de la casa:
“para qué tantas flores...
si no son para mi...
esta niña de mi alma
que me muero por ti...”
Irene permaneció sentada en la silla, tranquila, repitiendo una y otra vez el estribillo
tonto de esa vieja canción y sentí que me iba adormeciendo. Acaso la calma de ese rostro
plácido que escrutaba un nuevo horizonte fue la causa por la cual me dejé envolver también
en el claroscuro de la tarde que caía y dejé flotar a mi espíritu en las serenas aguas que
después de tanto tiempo se acercaron a mis playas y sin darme cuenta, quedé dormido.
Al despertar era noche cerrada. La brisa que me acariciaba movía a su vez las hojas de
la santarrita y entre las ramas de los mangos creaba un tenue leit motiv en homenaje al día que
había expirado.

- 27 -
Augusto Casola

Irene mantenía los ojos abiertos entre las profundas ojeras que los enmarcaban, pero
ya sin el espanto que anteriormente se reflejaba en ellos. Persistía a mi lado pero estaba lejos,
fuera de mi alcance.
Reprimí un bostezo, era todo tan extraño. No comprendí esa metamorfosis que se
desarrolló mientras dormía. Me sentí despreciable. Irene ya no estaba, pertenecía a un vacío
real y casi tangible que brotaba de su mirada perdida y no sin sobresalto, descubrí que yo
también empezaba a avanzar por el árido camino de la soledad.
Asomarme a su abismo me causó vértigo y se adueño de mi un miedo atroz. Estaba
solo, hundido en la profunda caverna llena de muchas cosas, yo era cada una de ellas.
¡Hace tanto tiempo de todo!
Se abrió con violencia el portón y el camión salió disparado dejando atrás los rostros
impasibles que observaban el desplazamiento del vehículo a través de los largos corredores
penumbrosos que bordeaban el pulcro sendero que conducía al portón.
Esas facciones impávidas resultaban desconcertantes y más semejaban máscaras que
rostros humanos. Los cuerpos permanecían inmóviles, cubiertos con túnicas blancas que
circundaban sin gracia sus figuras escuálidas. Y nada, en esa atmósfera pesada, cargada de
humedad y olor a desperdicios, ofrecía un aspecto halagador para Rolo, que sentado en el
camión, se iba dejando poseer de un extraño desasosiego.
Hubiera preferido no estar allí, en medio de esa desolación y ese aroma dulzón, como
a olor de muerto, más desagradable que la hediondez de desechos de albañal o cualquier otra
fetidez que conociera.
Cuando notó que el vehículo se movía, tuvo que echar a correr. Por un momento
sintió, o al menos le pareció, que varias manos se extendían hacia él en un vago intento por
detenerlo. Pero Rolo era ágil y mucho mas rápido que esos espectros abúlicos clavados en su
sitio donde al parecer estaban desde mucho tiempo atrás, a juzgar por los bolados renegridos
de sus túnicas, que llegaban al suelo. Las baldosas eran más oscuras que las que se
vislumbraba bajo ellas cuando la brisa agitaba la tela y dejaba ver el pequeño círculo que
protegían.
Sin embargo nada cambió y Rolo ya no estuvo seguro que hubieran intentado extender
las manos hacia él para capturarlo. Fue solo la ingrata sensación de no querer pensar en la
posibilidad de seguir en ese sitio.
Alcanzó al camión unos metros antes que éste cruzara el portón de hierro que los
separaba definitivamente de las figuras inmóviles.
Ni bien salieron, el portón se cerró. Rolo percibió como un suspiro resignado y rabioso
detrás suyo. No volvió la vista y casi se sintió feliz.
-...pero si solo eran figuras - se dijo - Figuras ridículas con túnicas blancas. No me podían
hacer nada - sin embargo seguía retumbando en sus oídos la voz monocorde y gangosa que
mientras estuvo dentro del patio resonaba en todos lados sin poder localizar su rigen,
repitiendo sus convocatorias a un cierto Fanel al que daba instrucciones.
- Fanel es el ángel - se dijo Rolo - el que lleva a los muertos hacia el otro lado...
- Fanel.... , Fanel ... - decía la voz sin inflexiones, lenta, implacable - Ahora le toca a
Eduardo, - Fanel...., Fanel... - fue entonces cuando Rolo comenzó a correr tras el camión que
rodaba hacia la puerta.
Rolo va en la carrocería y observa el féretro. Negro, cerrado, que vibra con cada
barquinazo del camión en los incontables baches del pavimento sobre el cual se desplaza a
gran velocidad.
El chofer sigue insistiendo en que esa noche era peligrosa para el objeto que se ve
obligado a transportar.
Enciende un cigarrillo y fuma nervioso, sin apartar los ojos del camino que se abre
ante los faros del vehículo en una interminable avenida flanqueada de eucaliptos.

- 28 -
Segundo Horror

La gran velocidad hace que la vegetación, de altos troncos blancuzcos se enciendan y


apaguen como en una anhelosa urgencia, en sentido contrario al del avance del camión.
- El cajón está bien tapado - dice Rolo
- Tenemos que llegar antes de medianoche - exclama el chofer - no es para estar en la
calle después de la medianoche.
El niño observa con atención cada movimiento de la caja, que se desgarra a los
costados cuando roza las paredes de la carrocería del vehículo. Allí está metido, desde su
muerte, el cuerpo de tío Eduardo.
- Es la noche de los difuntos - masculla el chofer - Es la noche de los difuntos - su voz
suena quebrada por el miedo - No teníamos luego que salir...
- Es que yo le prometí sacarle a pasear para que no se sienta tan solo en su nicho -
exclamó Rolo - El me dijo que no se hallaba cuando estaba solo, entonces yo le prometí que le
iba a sacar a pasear de vez en cuando, ¿sabés?
- Pero justo hoy... - se lamentó el chofer - ¡ Justo hoy!
La noche adquirió un tono lila, amoratado, que impresionó a Rolo por el aspecto
desapacible de esa incandescencia transparente y fría.
Comentó con el chofer:
- ¡Qué raro que está el color ahora, ¿verdad?
- Es que se acerca la hora de los difuntos - respondió el hombre apretando el
acelerador - y falta mucho todavía para llegar al cementerio. Tu tío hace demasiado poco que
se murió y ha de estar todavía en el cadáver... Hoy se va a despertar, seguro... Tenemos que
llegar antes y meterle en su nicho otra vez...¡justo hoy!
- No importa si se despierta - exclamó rolo - No me va a hacer nada porque me quería,
¿sabés?. Yo también le quería mucho a tío Eduardo.
- Eso no importa - respondió el hombre - los muertos no se acuerdan de nada. ¿Vos no
sabés que no tienen memoria? Todo es negro y oscuro en su cabeza..., ya no es más tu tío...¡
es un muerto! Hay que tenerle miedo, sobre todo en el día de los difuntos. Entonces si que es
peligroso...
- Me dijo que iba a estar muy triste si uno le enterraba y después nadie no le iba a
sacar de vez en cuando...Así me dijo: de vez en cuando, sacáme que a pasear...
- Yo siempre suelo trabajar así para hacer pasear a los parientes muertos - observó el
chofer - pero nunca este día...
Como el vehículo arrojaba una humareda espesa, a Rolo le resultaba imposible ver
hacia atrás y la calle desaparecía tras el humo, que semejaba una cortina que ocultaba algo o
como si nunca hubiera existido lo que quedaba atrás. No tenían otra opción sino la de seguir
adelante en esa interminable avenida de eucaliptos pálidos, sin calles transversales, silenciosa
y densa, llena de baches y por donde solo circulaban ellos. Nadie más que ellos, los árboles
altos de piel manchada y la avenida prolongada siempre en un nuevo horizonte similar al que
se acababa de recorrer.
Un salto de la carrocería aflojó la soldadura de la tapa del ataúd, que comenzó a
golpetear rítmico sobre el perímetro de la caja causando un martilleo que, leve al principio, se
hacía más intenso con las constantes sacudidas.
- Se va a abrir - pensó Rolo - ¡Se va a abrir! - gritó para que le escuchara el chofer.
- Ay Dios mío....Dios mío - fue todo lo que éste atinó responder mientras se
santiguaba - Estamos bien jodidos, entonces...
Inesperadamente la tapa cayó a un lado y dejó al descubierto el cuerpo del tío Eduardo
envuelto en su mortaja blanca. El color el rostro macilento, amarillo verdoso, se iluminaba en
esporádicos destellos cuando caían sobre él los rayos lilas provenientes de algún lado.
Conservaba la misma expresión del día del velorio, antes que soldaran los costados de la caja.

- 29 -
Augusto Casola

La tarde del entierro lo hicieron mirar por última vez al tío Eduardo, ya dentro del
cajón, a través del vidrio de la escotilla que le deformaba rostro y lo empequeñecía a causa la
ilusión creada por el cristal. Se le antojó que el tío Eduardo se iba ahogando en el humo
causado por la soldadura que quedó flotando dentro del ataúd. Sintió que ahora aspiraba ese
olor mezclado con el de las flores repulsivas y chamuscadas que quedaron dentro de la caja y
que fluía hacia él, ahora que el féretro estaba de nuevo, abierto.
- Tiene algo que no tenía antes - pensó Rolo.
Era algo concreto que acongojaba, algo que no podía definir. Observó las facciones del
muerto que volvía a estar en contacto con el aire. Le parecieron menos rígidas. El semblante
estaba recubierto de una jalea pastosa que lo volvía repulsivo, pese a que al principio no quiso
aceptarlo, porque sin duda eran las facciones del tío Eduardo, solo que más viejas, con arrugas
más profundas a las que recordaba el niño. En la comisura de los labios se había grabado un
rictus cruel y en medio de la frente observó también un fruncimiento que nacía en los cabellos
secos y grises y descendía casi vertical sobre la frente para desviarse luego hacia la ceja
izquierda, sumando a la expresión del muerto un gesto duro y adusto que Rolo no recordaba.
Se asustó cuando creyó percibir en el rostro del cadáver un movimiento independiente
al causado por el incesante traqueteo del camión.
- No se puede mover porque está muerto - se repitió en voz alta y luego dirigiéndose al
chofer, agregó: - ¡Se abrió el cajón!
No escuchó ninguna respuesta. Tal vez ni la hubo. De golpe, el camión dobló
velozmente una esquina, la primera que aparecía en el largo trayecto.
De los oídos y la nariz del tío Eduardo escaparon cuatro hilos de humo blanco que
olían a jazmín. A jazmines podridos.
Esta vez fue notorio el movimiento de las comisuras de los labios que se torcieron
hacia abajo en una mueca dolorosa.
- ¡Se mueve! - gritó el niño
- Te dije luego que era la hora... - exclamó el chofer
Se apoderó del aire una frialdad espesa y nauseabunda. Los labios del muerto se separaron
con esfuerzo y abrió los ojos (acuosos y fríos) clavando en Rolo una primera mirada de
estupor (¿queriendo ubicarse, recordar donde estaba?) que enseguida cambió por otra
maligna. Se sentó. El camión seguía corriendo. Las facciones de Eduardo conjugaron la
misma expresión de odio que transmitían sus ojos (vítreos). Lanzó un grito ronco, de animal
(pero más horrendo) y sus dedos huesudos se apoyaron en los bordes del cajón.
Abrió la boca (desmesuradamente abierta) y arrojó el humo que sobraba en sus
pulmones. Rolo aulló de espanto.
El muerto introdujo sus dedos en la boca y estiró dos dientes que se desprendieron sin
dificultad. La encía sangró un líquido viscoso que se deslizó desde los labios hasta el sudario
ensuciándolo con una mancha repelente. Estiró otro diente y de nuevo fluyó de las encías el
mismo líquido. Sus ojos, inyectados en sangre, no se apartaban del niño.
- ¡Se levanta! - gritó Rolo - ¡ Se levanta!
Aparecieron las verjas del cementerio y los cipreses de su entrada en el mismo
momento en que Eduardo tendía hacia Rolo dos manos apergaminadas, llenas de grietas y
cuya piel, reseca por el tiempo del encierro, colgaba en pingajos en los nudillos de los dedos,
transparentando los huesos. Que la sostenían. Rolo retrocedió diciendo:
- Soy yo, tío Eduardo, soy yo... - pero se dio cuenta que era tarde.
La garganta del muerto emitió otro bramido. Rolo quiso empujarlo pero al hacerlo sus
dedos se hundieron en el vientre fláccido del cadáver y allí quedaron aprisionadas sus manos,
pese a los esfuerzos que hacía para liberarse.
Cientos de gusanos comenzaron a reptar por sus brazos. El muerto abrió la boca para
tragarlo.

- 30 -
Segundo Horror

Nos fuimos creando como dioses


Nos fuimos creando

Dioses enardecidos de sí mismos


Dueños de lo eterno y lo profano
Nos fuimos creando

Arcilla informe
Que aprendió a cruzar el cosmos
De infinitos siderales

Como dioses

Perennes en el sueño y la vigilia


Por la furia del amor unidos

Como dioses

Abismos de soledad
Enigma de dos mundos
Convertimos
El tiempo prestado que tuvimos
En santuario del instante peregrino

Nosotros
Al irnos creando el uno al otro

Como dioses.

- Casola es un autor que me fascina - exclamó Elvira, dirigiéndose a Eduardo luego de


leer en voz alta el poema - dice tantas cosas..., es como si me estuviera hablando a mi. Lo
siento...
- Romántico del siglo pasado... - manifestó Eduardo con cierto aire petulante que no
pasó desapercibido para Elvira.
- De todos modos, lo que dice me llega al corazón... - lo miró de soslayo y sonriendo,
agregó - me parece que le tenés celos, ¿eh, mi amor?
- ¿Celos? - Eduardo dejó La Tribuna que estaba leyendo y la miró directamente a los
ojos - ¿De un poeta?.... ¡Alabado sea el Santísimo!... Por favor, Elvira. La poesía es buena, sin
duda, para emocionar a algunas damas enamoradas..., y medio románticas... Pero ¡te aseguro
que no tengo celos de ese poeta!...
El otro día encontré el viejo libro de poesías con los que Elvira solía entretenerse
leyendo cuando se sentía triste. Algunos poemas son emotivos, sin duda. El autor habrá sido
muy joven cuando los escribió, porque los desgarres que se observan en alguno de ellos solo
se padecen en la juventud, por ejemplo, es inimaginable que alguien con más de veinte años
escriba:

- 31 -
Augusto Casola

Amar es comenzar un nuevo día


Con el alba rompiendo sin saber
Qué penas, que sueños, que alegría
El tiempo no puede ya prever.

Amar es un poema presentido


El acaso de un sueño al despertar
Es canto mudo aún dormido
Es un amplio horizonte sin trillar.

Amar es presagio de la vida


Destino oculto a develar
Un hito, un punto de partida
Un velero haciéndose a la mar.

Amar es un juego de dos almas


Incompletas, ansiosas por volar
Sin que importen ni el viento ni la calma
Donde todo está por comenzar

Poco antes de separarnos, Elvira me escribió una dedicatoria en el librito, algo ajado
ya por el uso que ella le daba. Para ser sincero, a mi, Casola, siempre me pareció de lo más
cursi. Fechó, firmó y me lo regaló.

Tu cuerpo,
Esa extraña dimensión del tiempo
Ese ansia, esa vida,
Esa agreste orografía de anhelo y de dolor,
Límite y santuario,
Mítica galaxia,
Unidad de espacio y tiempo.

Tu cuerpo:
Esa obsesión de cada día.

Pensaba Lelia:
Dormir siempre me pareció obsceno, como si te estuvieran acariciando y de repente se
abre la puerta y entra alguien y te ve..., no se, siempre sentí esa sensación extraña al
despertarme, como si hubiera estado haciendo algo impúdico y me pillaran, indefensa y
desnuda...
De cualquier manera, me parece una falta de decencia eso de dormir y después
despertarse en la cama, pegajosa, sudada, abrir los ojos y ver el techo, casi siempre con el
hombre todavía durmiendo a tu lado y unidos en esa promiscuidad que dan las sábanas.
Ya se que parece medio raro, pero yo siento así. Ha de ser por eso que me choca leer
en la calle “Dormitorio” o “Pensión” o bien “Hospedaje”, porque está mal eso de exhibir así,
tan abiertamente, esa debilidad blanduzca e íntima... Todo el mundo sabe que más tarde o más
temprano tenemos que acostarnos a dormir...
Cuando despierto suelo quedarme quieta para escuchar a mi alrededor esos ruidos que
nunca faltan en una casa.

- 32 -
Segundo Horror

Arnaldo duerme su sueño apacible, soñando vaya una a saber con qué, sin conciencia,
tendido allí, muchas veces sin que la sábana lo cubra del todo...siento ganas de levantarme
pero permanezco tendida a su lado observándolo de manera despiadada. Escucho su
respiración y miro su cuerpo semidesnudo, expuesto, inerme ante mi curiosidad.
Me desasosiego y pienso: yo también estuve así hace un rato. Pero ya no puedo
conciliar el sueño, sobre todo si es medio cerca del amanecer y la claridad comienza a filtrarse
entre los pliegues de la cortina mal cerrada.
Le observo mover los labios en un ronquido silencioso. A veces lo tapo, otras no. Me
pongo a pensar acerca de esta hora de la madrugada...¡cuánta gente estará durmiendo, igual
que él...! A pata suelta, como se dice.
A veces se pega por mi... y yo me acerco más a él. Otras veces lo aparto... Es más
rutina que deseo de llegar a algo..... y sin embargo, cuando recién nos conocimos, el contacto
con su cuerpo significaba algo especial para mi. Necesitaba estar con él..., estar juntos,
besarnos y acariciarnos como desesperados para terminar haciendo el amor en cuantas formas
imaginables se nos ocurría..., que vamos a probar así..., que nunca todavía no hicimos así, en
una constante carrera por alcanzarnos mutuamente, sudados, ansiosos, olvidados de todo lo
que no fuera ese momento, esa lucha por alcanzar el placer que al venir revienta agitándonos
en los postreros instantes del desahogo final, con la inercia voluptuosa que de a poco se
sosiega para convertirse en una ternura plácida, con la respiración todavía agitada, después de
dominar el grito que a veces quiere escapar de mis labios. El lo acallaba siempre con un
último beso, goloso, girando luego hacia su lado de la cama, exhaustos antes de comenzar a
acariciar su pecho que subía y bajaba, recobrando el ritmo de su respiración.
Conversábamos después. De cualquier cosa: de la experiencia reciente, de nuestras
amistades, de lo que hacían, de cualquier cosa hasta que el sueño se apoderaba de nosotros sin
dejarse sentir.
Los años transformaron esos primeros meses de pasión en una relación más tranquila.
Mi embarazo de Rolito nos volvió maduros... Cuando ya estaba grande, tan grande que apenas
podía moverme, él me tomaba con delicadeza, cuidando de no lastimarme y hacía concesiones
porque yo no sentía nada, pero me gustaba saberlo satisfecho. Soy un egoísta ..., yo le decía
que no, que me hacía feliz saber que me deseaba a pesar de mi panza y lo fea que estaba. El
me decía que me veía más linda. A una le gustan esos pequeños piropos de alcoba que
empiezan a escasear con el tiempo
De todos modos, el solo hecho de estar acostada y si es verano si que sudada, me
resulta molesto y se me da por analizar como duerme Arnaldo, ni que fuera un espécimen de
laboratorio y yo la científica tratando de descubrir en ese cuerpo que duerme a mi lado, la
razón y el secreto de lo que se llamar amor...
No tenía que haberme embarazado de nuevo...., al fin de cuentas, nuestra situación
económica deja mucho que desear... Rolito en la escuela cada día con más gastos. A veces me
da la impresión de que Arnaldo ni se da cuenta de lo mal que andamos y cree que la poca
plata de su sueldo puede alcanzar para comer, vestirnos y a veces ir al cine o a comer un
asadito.
Para mi que no se da cuenta. El cree que le van a salir esos negocios medio raros que
anda tramando no se con quien, pero lo cierto es que hasta ahora todos sus negocios fueron
pistola..., y si no fuera por el tío Eduardo, estaríamos todavía en ese pagüiche lleno de
cucarachas de donde fue a sacarnos el pobre viejo..., el pobre viejo y la pobre vieja y mis
pobres viejos que no se cuanto hace que no los veo... Han de estar siempre sentados uno
frente al otro, conversando, sin preocuparse por nada, porque no les importa nada. Ni una vez
vinieron a visitarnos. Ni cuando nació Rolito.
- ¿Y a qué hora comen o duermen tus viejos? - preguntó Arnaldo en susurros,
caminando detrás de Lelia.

- 33 -
Augusto Casola

- No se - respondió la chica, también en susurros y tomándole de la mano para guiar a


Arnaldo a lo largo del pasillo... - no hagas ruido ¡carajo! - musitó Lelia cuando Arnaldo
tropezó con una baldosa que sobresalía del piso
- Bueno - dijo Arnaldo - pero alguna vez tienen que moverse de donde están,
supongo...
- Se han de mover, me imagino - respondió Lelia con tono malhumorado - pero no se
cuando. Y no se porqué te ha de importar eso...
- A mi no me importa - respondió Arnaldo conciliador - es una rareza nomás...
Me molestan los ruidos que hace Arnaldo antes de dormir.
Conozco cada uno de sus movimientos. Es un ritual sin variantes....Se sienta sobre el
larguero de su lado, se quita los zapatos y las medias, que deja bajo la cama. A veces encima
de las otras que no retiré todavía, y hasta suele tener el tupe de decirme que se están quedando
duras y van a caminar solas, como si yo no tuviera otra cosa que hacer sino arreglar su
desorden.
Dobla una punta del libro que está leyendo (siempre está leyendo algún libro), lo
coloca sobre la mesita de luz, se quita los lentes que coloca bajo la cama. Nunca se me ocurrió
preguntarle porqué no los guarda en el cajón de la mesita, pero seguro que ha de tener una
explicación (él siempre tiene una explicación para todo) y luego apaga el velador.
Cuando lo veo al tío Eduardo , tumbado sobre el catre donde se acuesta de siesta me
dan ganas de irme lejos de su cuarto caliente, lleno de ese olor áspero y asfixiante que tiene la
humedad absorbida por sus papeles y diarios viejos y el baúl medio destartalado donde
guarda, no se para qué, unos trapos hediondos que podía haber regalado cuando todavía se
podían considerar como ropa y ser útiles a alguien, hace quince años atrás.
Si despierto sobresaltada antes de amanecer, sola en medio de la noche, rodeada de
tanta gente durmiendo me pregunto cual habrá sido la causa de mi sobresalto. Por lo general
el susto pasa pronto y si fue una pesadilla, no la recuerdo - nunca recuerdo mis sueños - y
Arnaldo se ríe de mi diciendo que soy demasiado materialista y no dejo un resquicio para la
imaginación, a la ilusión, pero no es eso ¡cuántas ilusiones fui dejando por el camino!
Y pensar que hay personas que cuentan los sueños de una semana o un mes atrás.
Supongo que modificando algo, pero cuando se encuentran dos soñadores y comienzan a
intercambiar opiniones acerca de sus aventuras nocturnas, como si fuesen acontecimientos
ocurridos en la realidad, permanezco fascinada escuchándoles abrir paréntesis y conjeturas
acerca de sus perplejidades ante la narración de las deshilvanadas historias de sus sueños.
Pero desde mi punto de vista, dormir no constituye una aventura atractiva.
Ya de criatura a veces hasta me daba miedo ir a la cama. Me sentía ansiosa si mamá o
papá no se quedaban a mi lado. Antes que cayeran en ese hábito de conversar, claro. Solía
abrazar mi almohada y comenzaba a sudar, hasta en invierno. Ese hábito hizo que muy pronto
mi almohada y toda a cama despidieran un olor a sudor, acre y punzante que a veces recuerdo
con desagrado y hasta con temor.
Dormir es un cuerpo indefenso tendido en una cama, casi siempre semidesnudo y
mostrando, sin saber, su frágil estructura. Es un odio aquietado, como un muerto. Sólo
permanece la figura conocida.
No se..., me choca tanto ver a tío Eduardo cuando duerme, porque existe algo
impúdico en su actitud y no porque duerma en calzoncillos. De niña y de jovencita tenía otra
imagen de él. No era este anciano indiferente a todo, reconcentrado, queriendo hacer creer que
desea morir. Falso. Me di cuenta hace tiempo del miedo terrible que siente hacia la muerte.
Cuando más destaca el hecho de estar harto de la vida, de su enfermedad, comprendo lo que
quiere decir. Está aterrorizado, consciente de estar ya muerto...

- 34 -
Segundo Horror

Todos lo estamos, en realidad, pero nadie cree demasiado en ello. El caso de tío
Eduardo es diferente: su edad, el cáncer, sus dolores tremendos. Vive envuelto en un horror
indescriptible...., no ha de ser fácil vivir con la pregunta ¿hoy?, ¿mañana?
Hace un mes que no sale más a sentarse con la abuela, bajo la santarrita que ahora
cuelga por todos lados. Parece una planta mendiga y harapienta, en vez de ser verde, lozana y
floreciente como la recuerdo de mi infancia cuando solíamos venir a visitar a los tíos Irene y
Eduardo en aquellos domingos luminosos de sol cuando mamá no tenía ganas de quedarse en
casa y con entusiasmo nos preparábamos para la visita a los tíos, donde siempre había cocido
con leche, galleta kokito y manteca.
Entonces era diferente.
Caminábamos desde casa hasta la de los tíos y cada vez la calle constituía una
aventura nueva, inédita, ya fuese en verano o en invierno. Aún en aquellas tardes nubladas,
grises y frías de julio, cargadas de nubes y presagios y desenvolviéndose en una quejumbrosa
tristeza que solo muchos años después, siendo ya mujer, pude identificar con el aspecto más
delicado de la melancolía.
Pero entonces, cuando realmente transitaba a través de aquellas tardes, desconocía esta
palabra y las sensaciones se deslizaban a mi lado como las casas y las calles.
¿Cómo iba a comprender entonces la fragilidad de esos días?
¡Si cada uno de ellos era una eternidad abierta entre dos noches!
Arnaldo también duerme en calzoncillos, sólo que siendo más joven que tío Eduardo y
mi marido, me resulta por eso menos chocante, supongo.
Mirando bien, nada ha cambiado. La casa es la misma, amplia y despintada, alta y con
telarañas en los tirantes y en las esquinas del techo donde se ve el maderamen a causa del
cielorraso desprendido que, por lo visto, no va a ser reparado.
Y para mi, este barrio es de esos que nunca se modifican. Desde mi infancia hasta hoy,
si se construyeron dos casas nuevas, es mucho. El mismo empedrado, las mismas veredas de
piedra loza, las mayor parte de ellas rotas y gastadas, horadadas por la lluvia que las habrá ido
carcomiendo de a poco, digo yo.
El vecindario sí, se renovó algo, aunque no demasiado. Doña Raquel sigue yendo al
mercado y se queda a conversar conmigo o con cualquier conocida que encuentra en su
camino. Siempre tiene alguna historia inocente que contar en su mal castellano. No es
maliciosa. Es una judía dicharachera y jovial, de carácter diferente al su marido, parco de
palabras y adusto, pero buena gente, también.
Doña Elisa, en cambio, es la que sabe todos los chismes del vecindario. Todas las
historias sabrosas del barrio: de las sirvientas y de las señoritas, de las damas y de las
verduleras, de los señores y del zapatero y el área de sus conocimientos no se reduce a la
manzana. Sabe muchas cosas ocurridas a cinco o diez cuadras a la redonda, aunque raras
veces sale de su casa..
La recuerdo desde que era pequeña. Ella apoyada en su muralla y alguna otra mujer en
la vereda intercambiando secretos.
Nada cambió demasiado y sin embargo, todo es diferente. Yo soy una mujer casada,
con un hijo a punto de terminar la escuela primaria y mi segundo embarazo a cuestas, sin
mayores dificultades y hasta menos molesto que el de Rolito, que me hacía vomitar todo el
día.
Ahora no. La criatura se mueve un poquito y me despierta a veces durante la noche,
pero fuera de eso, estoy bien. A lo mejor esta intolerancia mía hacia el pobre tío Eduardo no
es sino consecuencia de mi estado y me va a pasar cuando llegue la cigüeña..., pobre viejo,
también. Si gracias a él nos salimos de esa cobacha llena de bichos donde estábamos...
Soy una desagradecida, ¡caramba!. Si es su casa, al fin de cuentas y si quiere dormir en
pelotas, ¡porqué no va hacerlo también, si se le antoja!

- 35 -
Augusto Casola

Estaban en el barcito habitual, limpio y discreto donde se reunían para conversar


cuando deseaban estar juntos y sentirse uno al lado del otro. Sentirse, nada más.
Volvimos a vernos con Elvira en diciembre, tres meses después de decidir separarnos.
Por fin de año, le dije...
Hablamos por teléfono, salimos juntos, conversamos y por último hicimos el amor,
convencidos ambos del error que ello significaba a esta altura de nuestras relaciones, pero sin
la fuerza necesaria para resistir la tentación de volver a unir nuestros cuerpos que desde casi
dos años atrás venían compartiendo el idioma de la piel.
Y aquellas horas hurtadas una vez más al día sirvieron para confirmar lo que ya
sabíamos: que no habíamos dejado de amarnos y que bajo los escombros del derrumbe y la
polvareda persistía más fuerte que la voluntad o la convicción del error, ese amor que en sus
horas de gran intensidad siempre nos apartó de nosotros y hasta de la conciencia del mundo.
- Para qué vamos a empezar de nuevo, amor - dijo Elvira cuando la llamé invitándola a
salir de nuevo días después del encuentro - ya terminamos..., ya está todo bien. Mejor nos
quedamos amigos, nomás...
- Está bien - respondí, comprendiendo que era lo correcto, que tenía razón - No dejé de
pensar en vos un solo día - agregué con voz cortada. Ella no respondió.

Ayer fue primavera


Y me di cuenta
Que el tiempo es apenas suficiente
Para decirte con palabras
Algo que sabes.

Sabes
Que te amo y te presiento
Sabes
De la lluvia que cae y es silencio
En la noche
Sabes

Ayer fue primavera

Y tu aroma
Que es anhelo de flores inspirado
Me embriaga
En los besos que tu boca
Ofrece con su tibio sortilegio
Sabes

Ayer fue primavera

De la liturgia
Sabes
El ritual secreto
Ya cumplido
Ya pasado
Aún presente
En la melancolía tibia de tu cuerpo
Presente en mi alma y en mi cuerpo
Sabes

Ayer fue primavera

- 36 -
Segundo Horror

Aquella compartida
En la penumbra de calles escondidas
En la loca explosión de los sentidos
Aplacada en el santuario sumergido
En los cuerpos temblando su momento
En la lluvia, en las flores, en la hora
De un día igual a otro
Y diferente

Ayer fue primavera


Y hoy es otro día
Pero ayer, fue primavera.

- ¡Hola! ¿cómo te va? Ayer hablé con tía Elena y abuela. Vinieron a visitarme de
tardecita. Lástima que hacía tanto calor. Estuvieron aquí, conmigo, debajo de esta santarrita...,
no, no hay ni una pizca de viento y sobre todo, me molesta esta cantidad de bichitos que
vienen y chocan contra mis ojos y se meten debajo de los párpados para hacer sus nidos...
- ¡Claro que allí tienen sus nidos! Y después empiezan a caminar, cuando nacen sus
hijitos, te digo, hacia dentro, si... No se lo que voy a hacer, le dije, porque es difícil que salgan
después... Y estos yuyos..., je je je je..., no se adonde lo que vamos a ir a parar si es que estos
yuyos siguen creciendo. Algunas ramas ya se enredan por mis piernas, mirá un poco nomás....
Ya no tengo luego sangre y mis venas son telaraña...je je je..., no t vayas a reir, ¡claro que son
telaraña!... toda entreverada, una mas grande que la otra: ¿vos nunca vista las telarañas que
hay en las casas viejas cuando no se limpia? Y bueno...¡entonces!...
- ¿Y vos cuando llegaste? Hace tiempo que no venís a visitarme. Que malo que sos.
Muy malo, de veras..., yo siempre te espero, si, claro, pero eso no importa si querés venir un
ratito..., yo pues siempre estoy solita aquí... y bueno, si no podés..., paciencia ¡qué lo que le
vamos a hacer! Ya se que tenés mucho trabajo. No, no te preocupes, lo que pasa es que a
veces me siento medio sola, sobre todo de noche, cuando no hay luna sobre todo y el patio
está lleno de figuras, como en esos cementerios viejos por donde se pasean los sudarios
vacíos...¿Jhe? ¿ Vos nunca viste me decís?... ¡Que raro!..., ah, si, antes tenía miedo, siempre
tenía miedo de noche..., a lo mejor ya me acostumbré o sino si que ya no me importa más
porque lo único que hacen es caminar, como si fueran sombras pero de color blanco en vez de
ser de negro, eso es lo que quiero que sepas bien : blanco, blanco ¡blanco! Acordate, jhe...
- Seguramente a vos te parece medio raro, pero ya no tengo más miedo. Uno pues no
sabe cómo va a reaccionar ese día, si se va a asustar o que..., si va a ser feliz o que... A lo
mejor nomás, sos feliz después de todo...¿vos no pensaste en eso? y bueno...
- Ahora si que veo más que antes, como si me hubiesen puesto ojos nuevos para ver
este nuevo tiempo. Es fácil comprender las horas y los días si tenés que estar siempre sentada
y quieta en un solo lugar, así en esta silla, por ejemplo... y yo hace rato que no me muevo de
aquí y parece luego que voy a morirme en este lugar...¡si me muero alguna vez!.... Je je je
je...¡si me muero alguna vez!
- De balde que te reís..., ahora ya no estoy más segura. A lo mejor me convierto en
enredadera también o que... je jeee je je... Bueno, te voy a decir nomás una cosa..., pero a vos
solita, eh......: la gente no se da cuenta cómo es convertirse en una planta, ¿ sabés? Y no es
mala idea... tenés flores y tenés hojas también y te ponés toda linda en primavera y cuando
llueve, la lluvia te hace cosquilla.... cosquillita.... je je je je. No te vayas a enojar. Ya se que
sos grande y que no querés jugar más conmigo..., no, no te enojes que...mirá que voy a llorar,
eh... No, ¿eh? No estás enojada, ¿verdad? Bueno, entonces sí, je je je , a veces me vienen unas
ganas de llorar, pero un poquito, un ratito nomás. No. Quiero llorar y sentir que mis lágrimas

- 37 -
Augusto Casola

mojan mis pies..., o han de ser mis raíces ya, porque me estoy transformando en planta...no se
si ya te dije. Je je je je. Bueno, te digo nomás, que si la lluvia me hace cosquilla seguro que
me voy a pasar riendo como una loca. ¿Vos qué decís?
- Ah, no, no..., ahora ya no tengo apuro. No, no me apuro.
- Antes si, claro, cuando era joven yo tenía tantas cosas que hacer, pero no se
cumplieron. Ninguna de las cosas que quería no se cumplieron. Ni no me acuerdo lo que eran,
je je je, pero no se cumplieron.
- Ahora veo cosas. ¿Ya te conté? ¿No? En serio..., pero de manera diferente ¿entendés?
Cuando viene alguien y se me acerca yo se quien es pero ni siquiera el que se me acerca sabe
quien es, pero yo sí le veo. No te voy a decir si es hombre o mujer pero le veo de otra forma,
no importa si es hombre o mujer, te digo..., siempre están envueltos en ese humo espeso que
no se pueden quitar ni esconder... colorinche dando vueltas y vueltas a su alrededor: un color,
después otro y siento si ese que viene es bueno o es malo o si le quieren o si no le quieren o si
está triste o si se halla....Se todito, te digo.
- Allá está Rolo sacando y metiendo hormigas en sus botellitas. ¡La cantidad que ya se
murió en este patio!... y de balde nomás porque no va a cambiar luego nada..., siempre va
haber hormigas por todos lados y Rolo las mata y hay más hormigas otra vez... No cambia
nada. Es un trabajo tonto, para entretenerse nomás. Más tarde o más temprano se va a aburrir
y las hormigas van a venir de nuevo en el patio como antes. Rolo es un sanguinario tonto,
pero las hormigas son eternas....je je je. Sanguinario tonto y caprichoso pero pronto va a
desaparecer..., je je je je ... Las hormigas sique son eternas.... je je je je . Eternas.
A través de la ventana, Arnaldo observa el lento declinar del sol pronto a desaparecer.
Se sostiene asido al palomar de la casa de enfrente arrojando el resplandor de esa hora
indeterminada que dentro de la sala adquiere un tinte rancio.
- ¡ Arnaldo! - grita Lelia desde la cocina - ¿ No querés un poco merendar café con
leche?
Arnaldo fija sus ojos en los muebles que surgen de nuevo en sus sitios, a su alrededor.
- ¿Me vas a trae aquí?
- Sí..., si querés...
- Listo. Traeme un poco de galleta también
- ¡Ya otra vez! - rezonga Lelia medio en broma medio en serio - ¡ Con lo gordo que
estás!
- Por comer dos o tres galletas no voy a subir nada, querida - dice él usando una voz de
falsete - Además, los únicos días que tengo tiempo para merendar son los sábados y domingos
- agregó - Y si no me querés traer...¿para qué ofrecés, entonces?...
- Ya te llevo...¡a la pucha!...No te plaguées más. Lo mismo vas a terminar siendo un
viejo barrigón y feo - hace una pausa para colocar el pocillo de café sobre la mesita de la sala
- y te aviso nomás que no me gustan los gordos.
- ¿Y qué vas a hacer si engordo?
- Te cambio por otro más flaco y listo. Cuando nos casamos estabas elegante - toma
entre los dedos una protuberancia sospechosa bajo la camisa del marido - ¡Mirá un poco!
¡Estás lleno de mondongo! - y tocándolo en diversas partes repite- Mirá..., mirá un
poco...mirá...
Arnaldo la atrae hacia sí obligándola a sentarse sobre sus rodillas y busca acariciarle
los senos.
- No me toques
- ¿Porqué?
- No quiero - procura atajar las manos inquietas y ríe - No pues..., que puede venir
Rolito...
- Na..., si está jugando con sus hormigas.

- 38 -
Segundo Horror

- No...¡no! - la risa de Lelia se hace más fuerte - Ahora no, Arnaldo..., esta noche...,
dale. No, te digo. Me hacés cosquilla.
- ¿Vamos a la cama...,uh? - la voz de Arnaldo se vuelve insinuante - Ahora...¿uh? ¿Si?
- ¡Ya estás ya otra vez...!
- ¿Humm?
- No - lanza una carcajada y en un descuido de Arnaldo escapa y se pone de pie.
- Tsh... - exclama Arnaldo desairado y mete una galleta en la boca - ¿Viste como te
resistís?
- Pero m´hijo ¿Cómo vas a querer hacer el amor a esta hora? Puede venir cualquiera.
- Nos llaveamos y listo.
- No. Tengo muchas cosas que hacer. Todavía no preparé la cena.
- Me voy contigo a la cocina.
- Listo, pero sin hinchar, porque o si no, no puedo hacer nada.
- ¿Y desde cuando te hincho, si se puede saber?
- Na...
Arnaldo la sigue, llevando en una mano la taza de café y en la otra el plato con
galletas.
- Ojalá sea nena - dice y se acomoda en una silla
- ¿No solés decir que preferís cinco varones en vez de una hija? Vos no sabés ni lo que
querés...¿Desde cuando querés una nena ahora?
- Y..., para completar la pareja, ¿verdad? Porque después sique cerramos la fábrica.
- Ayer se movió
- ¿Ya?
Apoya una mano sobre el vientre de su mujer.
- ¿Porqué no me avisaste?
- Estabas durmiendo. Fue a media noche. Me despertó
- ¿Y ahora?
- Hoy estuvo quietita todo el día
- Avisame cuando se mueva otra vez.
- Listo - pone el tallarín en la olla de agua hervida - Casi no tengo malestómago.
- Qué suerte! Con Rolo también estuviste mal vos cuatro primeros meses. Después te
pasó.
- Te acordás que no nos podíamos ir ni al cine...
- ¿Y esa vez que llegamos hasta la esquina y después te fuiste corriendo otra vez a casa
para vomitar?
- ¡Te acordás!...
A medida que Eduardo va penetrando la bruma fría y viscosa, se percata de la
presencia de sombras con aspecto humano deslizándose de u lado a otro, a lo lejos, con pasos
vacilantes y aire de personas desorientadas, perdidas, sin un lugar fijo al que dirigirse. Le
llamó la atención ese constante ir y venir, como si a medida que avanza él las figuras le fueran
abriendo paso para que a su vez pudiera convertirse en uno más de ellas, en otro fantasma.
Todos los que se encuentran en este sitio eran causa y consecuencia de ser vistos, se
dijo Eduardo sin detenerse, no porque le importara seguir adelante sino impulsado por una
fuerza invisible que lo movía sin cesar, alejándolo de los ensueños de su vida. Se sentía un
poco más libre cada vez.
Al final de cuentas, se dijo, todo eso no pasan de ser cosas inútiles cuando ocurrieron e
inoportunas ahora en esta especie de conjugación extemporánea que las hace absurdas.
Entrar en la humareda, en medio de esa claridad mortecina, le deparaba a cada paso, la
oportunidad de percatarse (en intervalos breves y aislados), de la amplitud del camino que se
abría ante él aunque no comprendiera el significado de ese aluvión de recuerdos, pasiones

- 39 -
Augusto Casola

desatadas y yertas, dolores y placeres, risas y llanto, todo mezclado en el universo estanco de
la persona que fue una vez..
Hacía frío.
Se detuvo en medio de la plaza Uruguaya que estaba casi desierta. Miró a su
alrededor. El ocaso le pareció hermoso. Todavía el sol se reflejaba en el cielo nublado del
oeste tiñendo de tenues matices policromos la oscuridad calma de ese atardecer de invierno.
Los pocos transeúntes circulaban con pasos rápidos, encogidos y friolentos, con la sola
intención de llegar a sus casas.
Eduardo sintió las orejas frías, aunque no tanto que llegaran a causarle dolor, como
aquella vez que viajó a Buenos Aires en agosto y le pareció que se le iban a caer a causa de lo
duras y casi congeladas que estaban.
Iba bien abrigado. Sobre el traje gris de casimir inglés llevaba su pesado abrigo azul
marino . Se había detenido a tomar una tacita de café en el Sorocabana y se entretuvo
esperando encontrar a alguien con quien conversar pero no vio a nadie. Prendió un cigarrillo y
se lanzó a caminar por las calles algo sucias y húmedas a causa de la lluvia de días pasados y
las hojas secas que se acumulaban sobre las bocas de los albañales y al costado de los
cordones de las veredas, sedimentando lo arrastrado por el raudal al correr.
Miró a su alrededor.
Tanto los árboles umbrosos como las estatuas de la plaza parecían ateridos y
comenzaba a surgir de entre sus avenidas el susurro de su historia, envolviendo al paseante en
el halo de irrealidad que emana de ella a la hora del crepúsculo, cuando la noche aún no se
enseñorea de la ciudad y los faneles alumbran sus limitados oasis de luz, dejando en la
penumbra a las estatuas que perfilan sus siluetas fantasmas encadenadas como están a los
plintos que las sostienen impidiéndoles levantar vuelo hacia las zonas más etéreas de su
alrededor, limitadas por esa argamasa y a su mármol.
Pasó el tranvía chisporroteando su horquilla al contacto con los trozos pelados de los
cables eléctricos.
Eduardo, inmóvil en medio de la plaza y el silencio, observó que dentro del tranvía,
los pocos pasajeros que veía a través del vidrio de las ventanillas, mantenían la vista fija
delante de sí. No miraban la calle. Pudo contar cuatro hombre y una mujer de mediana edad y
cabellos grises tomados en rodete sobre la nuca.
El viejo armatoste se detuvo en la esquina de México y de él bajó un hombre pequeño,
tocado con un sombrero de fieltro marrón, abrigo también marrón oscuro y llevando en la
mano derecha un portafolios negro. Sus zapatos también eran negros. Con pasos urgentes se
internó en la plaza, cruzó junto a Eduardo sin fijarse en él y desapareció en la esquina de
Paraguarí, tragado por las sombras.
Todo parecía ir encogiéndose en ese atardecer y a Eduardo le entró una congoja
indefinida a causa del ambiente melancólico de su alrededor. O a lo mejor soy yo el que
trasmite al crepúsculo mi estado de ánimo. A lo mejor yo le contagio a esta plaza mi
desencanto, mi decepción.
De golpe cayó sobre él la certeza de haber fracasado en todas sus gestiones, desde el
planteo. Hizo presa de él el pánico de tantos años inútiles e irrecuperables.
- Soy un fracaso absoluto - dijo para sí - no uno pequeño sino uno completo. Definitivo.
Soy el hombre fracasado por excelencia, sin esperanza ni justificativos y todo a causa de
espejismos hacia los cuales fui corriendo a lo largo de mi vida.
- Eduardo, usted no tiene alternativas.
Se volvió. La plaza seguía sola y poco alumbrada y el único sonido provenía del
agitarse de las ramas con el viento este que empezó a soplar con intensidad.
- Desde luego - convino - Ya no las tengo.

- 40 -
Segundo Horror

- Pero sin embargo, usted alimentó muchas quimeras, se desentendió de otras cosas
que no fueran su egoísmo, lo disfrazó para no sentirse incómodo. Hasta la huida a la que se
condenó, es parte de su egoísmo.
Eduardo caminó unos pasos y acabó por sentarse en uno de los bancos de la plaza.
- Se me hace tarde - dijo en voz alta.
- ¿Y quien lo espera? Usted ya no tiene nada. A nadie. Varias veces usted manifestó
que eso no le importaba. ¿Qué logró de su vida, en suma?
- Nada...
- Su hija muerta lo hizo sufrir, ¿verdad? Tanto que casi no le importó seguir viviendo,
pero después ¿en qué se transformó ese dolor? Decidió vivir. Se adaptó. ¿Queda algo de ese
dolor, de ese resquebrajamiento?
- No - respondió Eduardo - la verdad es que llegó un momento de mi vida en que lo
comprendí todo y ya no me importó nada - meditó sus palabras, dudando entre seguir o no - A
veces uno debería atreverse a enfrentar la vida cara a cara, sin importar las consecuencias -
murmuró - Es un error querer ajustarlo todo a una línea de conducta establecida.
- Seguro que errada - insinuó la voz socarrona
- ¿Cómo saberlo?
Se dio cuanta que hablaba en voz alta cuando un transeúnte que pasaba se volvió a
mirarlo con curiosidad.
De las alas de su sombrero caían las gotas que se fueron acumulando con la tenue
llovizna que caía insistente. Se puso en pie y echó a andar. Las luces del centro quedaron atrás
mientras se internaba en las calles poco iluminadas de la vecindad donde vivía. El empedrado,
húmedo y resbaladizo, brillaba al reflejo de los faroles de las esquinas cuya luz se iba
difuminando en la oscuridad hacia la mitad de la cuadra para surgir de nuevo al ser quebrada
por la luz de la siguiente esquina.
En las paredes de las casas se veían grandes manchones de pintura gris hechas a
brochazos rápidos y desordenados, con el solo afán de cubrir las palabras y los nombres
escritos en ellas y ambas, leyendas y borrones se presentaban desteñidos, mezclados con el
color desleído de las fachadas que fueron testigo de las viejas manifestaciones populares, la
expresión de esperanzas en algo diferente.
- Pero tuviste también muchas horas felices - escuchó que alguien decía a sus espaldas
cuando apoyaba la mano arrugada sobre el picaporte de la gran puerta de madera tallada, que
con la aldaba y las artísticas alcayatas constituían la herencia al presente de un antiguo lujo y
esplendor pasados.
- Si - aceptó Eduardo - Tuve momentos felices - dudó un momento para meditar acerca
de sus palabras - Cosas sencillas...
Cuantas veces Gavilán estuvo a solo tener que estirar la mano para obtener todo... y
conste que al decir estirar no estoy usando ese verbo al azar, no señor, el comandante no
extendería nunca la mano con la palma hacia arriba para recibir algo.... El tenía eso que se
llama dignidad. Algo que ahora ya no existe.
Cuando la cosa se puso fea, fuimos pocos los que acompañamos a Gavilán y no
precisamente aquellos bocones que al principio de la aventura se unieron a él - en espíritu y
desde lejos...
Era un hombre extraño, Gavilán. En su aspecto no se diferenciaba mucho de los
campesinos zaparrastrosos que constituían su ejército y que fueron con él hasta el río donde
nos esperaba la traición, la emboscada que casi acabó con todos y convirtió la ribera en un
extenso campo sembrado de cadáveres.
Gavilán siempre permanecía sereno. Iba al frente, a caballo, con los hombros algo
hundidos, envuelto en el poncho del que nunca se separaba y que le servía de abrigo para
enfrentar el invierno o el fresco de las noches a la intemperie.

- 41 -
Augusto Casola

Nosotros lo seguíamos. Algunos montados, otros tirando de sus cabalgaduras.


Pareceríamos la creación de un pintor obsesionado mostrando en el lienzo el avance de un
grupo de almas adentrándose en el infierno verde y marrón de esa maraña engañosa, llena de
mariposas y flores, de aves y sonidos, de vida y de muerte, todo oculto tras la cortina densa de
la vegetación hostil.
Seríamos unos doce desarrapados, gente del pueblo y de la ciudad que nos habíamos
unido a él, hipnotizados por la fuerza de su convicción, de sus sueños o tal vez debería decir,
de sus alucinaciones. Ibamos hacia el sur, siempre hacia el sur. Nuestro destino era Asunción.
Nos fuimos armando por el camino con los fusiles vetustos de las tropas, que en
algunos casos se sumaron a nosotros sin luchar, cansados de tanto oprobio, de tanto
paniaguado, de tanta promesa incumplida.
No podía ser de otra manera porque el régimen no iba a soltar el poder ni quería hacerlo. El
beneficio de sus prebendas, la comodidad de la desvergüenza, el dinero fácil, la conveniencia
de las negociaciones y los negociados que hundían al pueblo en una miseria cada vez más
humillante y cruel.
- Este pueblo parece vacío, mi comandante
Ilaudino Gavilán recorrió con la mirada el par de hileras del rancherío que corría a
ambos lados de una calle arenosa y seca, de no mas de cien metros de largo.
- Voy a revisar si tiene pozo por ahí, mi comandante, y si no quedó algo en los
sobrado.
Cuando estuvieron frente al primer rancho, un perro se acercó a husmearlos. Tenía el
pelo hirsuto y sucio pero no parecía con hambre.
- Vó anda comiento mejor que nosotro - dijo uno de los hombres cuando el animal se
acercó a olfatearlo - A ver si nos lleva junto por una gallina o que - el perro parecía ponerse
contento y arreciaba el vaivén de su cola con tanta fuerza que se le agitaba todo el cuerpo.
Comenzó a ladrar y a saltar, dirigiéndose hacia el tercer rancho, cuyas paredes de
adobe, tacuara y tierra colorada parecían conservarse bien.
- Por lo visto eta é tu casa - dijo el hombre - y a lo mejor tiene algo para comer.
En el pueblo había un pozo de agua limpia y en los ranchos encontraron algunas latas
con yerba y cuando se dieron cuenta que no había nadie en el pueblo, se alejaron hacia los
alrededores de donde volvieron con algunas gallinas extraviadas.
Los preparativos de la mudanza comenzaron tres días antes del fijado por el tío
Eduardo para el envío del camión, que transportaría las cosas de su sobrina.
Lelia, previsora como siempre, quería tenerlo todo listo y con tiempo para evitar los
apurones de última hora. Empezó a juntar las sillas de la sala en grupos de a dos, una de ellas
patas para arriba sobre la otra. Pasó luego a la cocina a acomodar los platos y las cacerolas,
las sartenes, la olla sin manijas y la hornalla, los cubiertos, dos vasos buenos y uno rajado, los
manteles de nylon y la jarra de aluminio.
Dejó fuera, para su manejo, el calentador a alcohol, una paila, un plato (el rajado), una
cuchara, un cuchillo y un tenedor. Almorzaron esos últimos días turnándose en el uso de los
cubiertos cada dos bocados. El biberón de Rolito tampoco se guardó, pues se contaba entre las
cosas imprescindibles que se guardarían al final o se llevarían en la mano.
Los juguetes del niño, una pelota de goma (desinflada), el camión de madera sin
ruedas, las ruedas y el sonajero fueron a parar al canasto de mimbre, con las ropas sucias que
lavaría después. Las ropas limpias que sacó de la cómoda las envolvió en un atado hecho con
dos sábanas para cubrir con la una los agujeros de la otra, de modo a que no fueran
esparciendo su contenido.
El día anterior a la mudanza durmieron en el suelo después de desarmar la cama
matrimonial. Rolito en su cuna, sobre el colchón sin sábanas que mojó dos veces. Lelia retiró

- 42 -
Segundo Horror

los alambres de tender y juntó las pinzas que puso en uno de los cajones de la cómoda, junto
con los libros y revistas de su marido. Las dos gallinas que tenía fueron ubicadas dentro de
unas cajas de cartón, obsequio de despedida de una vecina.
La mudanza comenzó a las seis de la tarde y con la ayuda del camionero, en menos de
media hora los bártulos de la familia se encontraban sobre la carrocería del vehículo. Se
despidieron de la gente de al lado y de los vecinos de enfrente, que salieron a mirar cuando
comenzó el movimiento.
El camión arrancó. El atardecer caía a trocitos y las primeras parejas buscaban cobijo
en los rincones discretos del anochecer, hasta donde no llegara el sol rojo y desvaído de la
hora.
Lelia y el niño se acomodaron junto al chofer. Arnaldo subió atrás, a la carrocería,
para atender los muebles y los líos de ropas.
De pronto observó que el bacín de Rolo se había desprendido y dando pequeños saltos
se acercaba al borde de la carrocería, que empezaba a subir una cuesta pronunciada.
- ¡Alto! - gritó, pero era tarde.
Un barquinazo arrojó el recipiente a la calle, alcanzó la pendiente que el transportista
acabada de salvar y rodó cuesta abajo.
Cuando pudo bajar del camión, Arnaldo se lanzó en persecución del bacincito que
escapaba calle abajo dando grandes tumbos con un barullento sonido de enlozado deshecho.
Arnaldo, más empujado por la pendiente que por la prisa, corría dando grandes saltos
y moviendo los brazos con aspaviento.
El bacín llegó a la esquina, dio contra el cordón de la vereda, subió sobre ella dando
tres vueltas sobre sí antes de quedar inmóvil y boca abajo a los pies de una pareja estupefacta.
El muchacho se agachó a recogerlo y lo entregó a Arnaldo que llegaba sofocado.
Con pasos lentos inició el ascenso, consciente que a su espalda estaban clavados los
ojos serios y perplejos de la pareja. Lelia y el camionero se retorcían de risa.
Llegó al camión.
- No es pues para tanto - dijo medio picado
Enseguida cada uno volvió a su sitio y la mudanza continuó sin otros percances hasta
la casa del tío Eduardo que los estaba esperando a la puerta.
- Hay momentos felices, eso te concedo, pero en realidad, la vida es una alegría
imposible - exclamó Elvira, exhalando una bocanada de humo. Vos te preocupás demasiado.
- Pero la revisión de hechos sucedidos, el regodearse con los recuerdos, trayéndolos a la
superficie, es algo que se parece mucho a la felicidad. Un chiste, alguna originalidad
imprevista de Elvira, su forma de ser y de moverse. Su risa áspera y espontánea, todo ello
conforman el contenido del baúl de mis emociones.
- Vos perdés mucho tiempo con tus angustias - siguió diciendo - Si no es por
cuestiones de dinero es por esto o por lo otro..., perdés mucho tiempo con tus angustias. Hoy
es lo que vale. Vos siempre querés programar para un mes o un año y al menor descuido se
derrumba el castillo y estás de nuevo con tu angustia...
- Yo soy así, es cierto - respondió Eduardo - Vos, en cambio, no programas nada -
agregó sonriendo algo burlón.
- ¡Por supuesto! - contestó Elvira, envolviéndolo en las volutas de humo.
A veces se ponía celoso pensando en esa mujer que amaba tenía un pasado, una vida
desconocida para él. No podía extirpar de su corazón esa ira impotente que a veces se
encendía sin motivo.
- No me vas a decir que pensabas encontrarme virgen, ¿verdad? - le dijo una vez
Elvira, cuando se le acabó la paciencia - Ya somos grandes, me parece.

- 43 -
Augusto Casola

Me preguntas:
¿No será sólo soledad, tu miedo?

Y te respondo: son dos miedos.

Son dos miedos


Que cuando te acercas, huyen
Que cuando te alejas, vuelven.

Son dos miedos,


Que como un volcán dormido duermen
Y de pronto explotan
En destrucción y lava.

Sonríes y preguntas:
¿No es sólo soledad?

La soledad no temo, la conozco


Son dos miedos
Y uno me es desconocido.

Te digo:
Contigo no estoy solo
Somos uno
No siento ningún miedo
Pero si no estás...

Entonces son dos miedos


Uno, desconocido.

La soledad, mi vieja amiga, la conozco


Pero el otro
Es terrible, voraz, desconocido
Es el otro al que temo,
El otro miedo...

No, se dijo Eduardo, no esperaba que fuera virgen pero tampoco pensó que iría a
enamorarse de ella, así como lo estaba ahora... Desde entonces empezaron a perseguirle esos
fantasmas a los que no podía derrotar porque eran parte del pasado.
- ¿Qué conseguís con atormentarte todo el día con algo que no se puede remediar? No
se porqué tenés que ponerte celoso. Nadie me importó como vos. Te amo...
Y era suficiente. Cuando clavaba en mi sus ojos inclinando algo la cabeza como para
observarme mejor, con un vaso de cerveza en la mano medio escondida tras el humo de su
eterno cigarrillo, lograba desintegrar mis prejuicios y hasta me burlaba de mi mismo. La vida
nos armó un trampa y caímos en ella. Eso fue todo.
- Te amo desesperadamente - era lindo escucharlo, pues yo fui, para Elvira, tanto como
ella para mi, una trampa cruel del destino en la que caímos, sin darnos cuenta.
Elvira es vida y no la puedo imaginar sin ella, aunque haya transcurrido una eternidad,
aunque el mensaje en la botella nunca llegue. Son esas emociones, como los pequeños
miedos, los que me van consumiendo devorado por estos gusanos presente - ausentes, siempre
a mi alrededor, deshaciéndome de modo insensible pero constante, siempre más cerca de las
luces discretas que suelo presentir a mi alrededor.

- 44 -
Segundo Horror

Estar contigo
Es presentir el cielo
Es vivir la gloria
Respirar la vida

Estar contigo
Es crear poesía
Es saber que antes
El amor no existía

Estar contigo
Es nacer en un mundo
Que no conocía

Es sentir que la vida


Puede ser dichosa
Lo he comprendido
Al estar contigo

Estamos solos.
Veía el rostro plácido de mi niña dormida, el cuerpo cubierto con una sábana livianita
para protegerla de ese calor engañoso del otoño, que sin previo aviso cambia a veces en la
madrugada. Y pensaba. En tantas cosas, divagaciones, en nada, realmente, solo me complacía
en verla dormir, desvalida, confiada, respirando en calma después de un día de juegos y risas,
de palabras todavía mal hilvanadas y llantos esporádicos.
Muchas veces quise repetir la experiencia, volví a sentarme en el mismo sitio de la
cama, para observarla, pero no volví a obtener esa comunión casi mística.
Somos las únicas criaturas ilusas del planeta. Es la compensación por nuestra soberbia,
por la capacidad de razonar que nos coloca por encima de los demás seres. Porque si el
raciocinio no se viera compensado por la ilusión, tal vez no existiría la raza humana, incapaz
de soportar esa presencia constante de una fuerza tan impúdica en su sencillez que resulta
inaceptable para nosotros, los supérstites de aquellos animales filósofos que dejaron a un lado
el trozo de carne para tomar conciencia de su alrededor y sacar conclusiones metafísicas.
Nosotros somos los herederos del ensueño.
Estoy en la cumbre y no veo a nadie, solo las nubes que se desplazan veloces,
azotándome el rostro y mis formas desnudas. Muevo la cabeza, observo mis brazos, que
acaban en gusanos inquietos e inquietantes. Largos e irregulares gusanos que no tienen qué
asir.
Mi cuerpo está sostenido por dos ramas que acaban en una pequeña articulación
prolongada a su vez en otros diez gusanillos. Estoy solo, convertido en mi individualidad
horrorizada, sacudido por un viento tormentoso y asfixiante. Siento que mi cuerpo - esa figura
grotesca que me pertenece - va al encuentro de una inagotable tristeza que no acaba por
definirse antes de caer de nuevo en mi celda, en la inmovilidad, en los recuerdos porfiados
que se centran en la pequeña cuna recubierta con piel de pétalos alrededor de un rostro
pequeño que parece sonriente, y en sus facciones busco el dolor que con el tiempo se fue
dispersando en tantas cosas sin importancia.
Anita fue apenas un amanecer, la culminación de la felicidad y el anticipo del abismo.
Las risas y las lágrimas. Demasiado doloroso para Irene, demasiado fuerte para sus barreras
que cayeron para sumergirse en la piedad del olvido, donde decidió ocultarse al repetir
incansable los vaivenes del columpio vacío que olvidé guardar al otro día.

- 45 -
Augusto Casola

Se fue Anita con el suspiro de un ¡ay! que tal vez escapó de su garganta, ese ¡ay! que
ni siquiera pudo pronunciar Irene cuando nos miramos y nuestros ojos tropezaron el uno
contra el otro, cuando entré a la pieza donde me esperaba.
Estaba aterrorizado. Temblaba. Me sentía como un ladrón que es descubierto en el
momento de su delito. Sentí mis ojos chocar contra los de Irene que me miraban fijos mientras
su mandíbula descendía lentamente, sin control, para abrir ante mis ojos aterrorizados el
hueco de su boca, con sus dientes blancos, con la caverna negra de la muela que le falta a un
costado y que exhibió también, desvergonzada y obscena en su desnudez abrumadora
mientras la lengua rosada y toda la boca abierta trataba de emitir el grito que no escuché pero
que llenó la casa haciendo vibrar las paredes y el techo, el grito que no escuché, obsesionado
con su boca abierta y fea, con la mirada horrorosa y acusadora clavada en mi carga, que
apenas sentía en mis brazos donde sostenía a Anita, colgando por todos lados, como sino la
tuviera bien, como si estuviera desecha en demasiadas partes y yo no la pudiera contener.
Rolando despertó sobresaltado.
La noche reptaba uno de sus intervalos densos y silenciosos, de aquellos cuando por
extraño sortilegio los sonidos se agotan y callan por completo para condensarse en la
oscuridad pura, de duración breve.
Esa noche Rolando cayó en la profunda desazón de esa calma, no tanto por haber
despertado en medio de la noche, sino por sentirse absorto en medio de la tranquilidad
absoluta, preso en la cueva misteriosa y prohibida abierta en la boca de las sombras, esa suerte
de ventosa que succiona todas las palpitaciones vitales de la hora y deja algo parecido al
infinito, vacío y negro, sin tiempo, inanimado (¿insondable?), atroz, fantástico, el santuario de
las brujas, el escondrijo de la magia, la frontera de lo irreal, ese margen de cordura sobre el
cual transita la espantosa palidez de horrores inconfesables formando bultos indecisos que
dejan escapar el gemido de sus penas perennes y sin misericordia.
Los que duermen se agitan hundiéndose más y más en las profundidades de sus
sueños. Los que despiertan presienten el hálito frío que lo envuelve todo.
Dos luciérnagas se desplazan en círculos hacia el rincón donde la abuela, cubierta de
rocío y con los ojos abiertos, atraviesa una vez más la soledad de su alrededor.
Rolo no sintió miedo. Estar despierto a esa hora insólita le transmitió la emoción de
una aventura inesperada. Salió al patio que lo recibió con el aliento fresco de las horas previas
al amanecer.
El niño respiró profundo, llenando sus pulmones con el aroma de las flores. Se detuvo
tratando de identificar, entre las sombras sosegadas, las formas difusas de las plantas cuyas
hojas se restregaban en un susurro causado por la brisa.
No consiguió definir las figuras ocultas entre la oscuridad del patio aunque vagamente
adivinó sus perfiles.
Los dos árboles de mango, el dosel vegetal de la santarrita protegiendo a la abuela, las
planteras con crotos y el pasto, que en partes formaba un ondular inquieto. Allí también
estaban las cárceles llenas de hormigas, muchas de las cuales ya estarían muertas, formando
pequeñas pelotitas inmóviles, mientras las demás seguían yendo de un lado para otro sin nada
más que hacer, solo por continuar en movimiento, sin ver, sin sentir, con la persistencia tenaz
de querer seguir vivas, de no rendirse a esa fuerza vana que las arrojó a su miserable
condición.
- Han de estar ahí - se dijo Rolo - Han de estar ahí y ahí van a quedarse. Hasta que se
mueran...- agregó en un susurro.
A veces le corría por el cuerpo una extraña sensación, algo parecido al cosquilleo del
miedo, cierta inquietud ubicua. Era cuando colocaba dentro de las botellitas a sus víctimas y
las veía correr, retorcerse, luchar entre sí o agonizar en la casi total inmovilidad a que se

- 46 -
Segundo Horror

entregaban después de algún tiempo de permanecer en las mazmorras frías y húmedas,


resoplando con las voces mudas de almas sigilosas y frustradas por el horror y la muerte.
Las cárceles de hormigas constituían la culminación del proceso de crueldad que
empujó a Rolo a encerrar a sus víctimas, sin razón alguna, en apariencia, movido por los
oscuros designios que desembocaban en esa crueldad pueril a la que ninguno de los habitantes
de la casa prestaba la menor atención.
Pero ¿de donde provenía ese deseo irrefrenable de encarcelar a los pequeños insectos,
ese afán apasionado de limitarle sus días, de acabar con ellos en un absurdo holocausto de
dolor y desesperación, de injusticia, esa enajenación ese placer por encerrarlas en recipientes
de vidrio, creyendo alcanzar así un poder total sobre las generaciones que desaparecían del
patio?
La noche salió a su encuentro y después de ofrecerle su silencio y sus sombras, le
entregó el encanto fresco de la leve agitación de hojas y ramas en la voluptuosa melodía
vegetal que, transcendiendo su accidente, se hacían eco de la melodía de la vida, de la
naturaleza circulando por sus venas invisibles.
- ¡Qué de hormigas que hay! - pensó Rolo - Cada vez salen más. Me canso de
seguirlas, de aplastarlas, de meterlas presas..., siempre hay más. Le siguen comiendo a la
abuela, suben por sus piernas, por sus brazos, recorren el patio. Seguro que cuando voy a la
escuela salen de sus agujeros y recogen lo que necesitan para alimentarse. En cualquier
descuido salen, cortan hojas, las llevan a esos túneles y cámaras malolientes que tienen ahí
abajo. Seguro que ahora mismo están haciendo algo. Siempre hacen algo. Son traicioneras...,
y lo que es peor, nadie se preocupa de ellas. Nadie se da cuenta de su constancia, su afán de
vivir. Ese es su secreto, quieren vivir. Yo me pregunto: ¿para qué quieren vivir? ¿Qué son?
Hormigas. Unos insectos pequeños dedicados a trabajar, siempre están haciendo algo, siempre
afanosas en su deseo de vivir. ¿Y que hacen?
- Van, vienen, cortan un trozo de hoja, la arrastran a sus cavernas. Allí es donde hay
que entrar de alguna manera.
- Me las imagino cavando, colgando ordenadamente trozos vegetales, pedazos de
cucarachas descuartizadas... Son monstruos. Son animales repulsivos, no solo por lo que
hacen sino por hacerlo. No piensan, no razonan ni maldicen su suerte, ese absurdo destino de
hormigas consistente en caminar, cavar, arrastrar cadáveres, migas de pan, hojitas y crear más
hormigas para al final saturarlo todo con su presencia idéntica, repetida en cientos de millones
tan iguales que una o un millón es lo mismo. Hormigas. Monstruos destructores, inmortales.
Apreso mil y surgen diez mil. Las sigo, las busco, las controlo, las quemo. ¿Qué más debo
hacer? Quieren vivir. Carecen de conciencia. ¿Cómo superar su persistencia obtusa y
abrumadora? Impasibles. Tal vez les posea un instante de miedo o desesperación cuando las
destruyo con el fuego y las que vienen detrás encuentran esos ovillos calcinados, esos
cadáveres malolientes que formas sus cuerpecitos carbonizados... ¿Gesticulan las hormigas?
- Las encierro, las torturo...no escucho nada, ningún gemido. Junto cien en una botella,
dejo que se debiliten, las dejo caer al suelo. Nada. Intentan algunos movimiento, si todavía les
queda fuerzas o si no están ahí tumbadas, pataleando.... De pronto, se mueren. No es como
cuando se hacen las muertas. Ya descubrí la diferencia. Antes me engañaban. Cuando se
hacen las muertas las picaneo ¡y cómo vuelven a vivir! Corren como locas. Les cierro el paso,
retroceden. Ya no me divierte más perseguir hormigas..., al final, es bastante estúpido eso de
encerrarlas en botellitas y tenerlas metidas en el patio. ¿Para qué? Cosas de chiquilín, digo yo,
porque en realidad, tantas cosas que me daban gusto el año pasado, ahora ni me interesan...
Volvió a entrar a su habitación. El canto de los gallos se repetía con sus características
ondulaciones y el cielo comenzaba a ofrecer ese tiente lila tímido que anuncia la próxima
claridad.

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Augusto Casola

Se acostó. Colocó las manos bajo la cabeza y mantuvo los ojos abiertos escuchando
los sonidos del amanecer. Los primeros vehículos que despertaban a las calles dormidas, las
carretas, los primeros transeúntes, los últimos borrachos.
Aunque la calle de su casa no era ni muy céntrica ni muy transitada, todos esos ruidos
anunciaban el alba. Rolo cerró los ojos y se dejó flotar en el tenue terciopelo del ensueño que
acabó cubriéndolo con su manto de calma y ausencia.

Hablar contigo es decir:


Te amo

Es hacer poemas
Aún no engendrados

Es el verbo vivo
Resuelto en sonidos

Hablar contigo es promesa y canto


Es estar contento
Sin ningún motivo

Es soñar un sueño donde estás conmigo


Y al despertar encuentro
Que nunca te has ido.

Hablar contigo es rocío trémulo


Es temblar de auroras
Al romper el día.

Es tu voz que hace en mi,


Poesía, al hablar contigo...

A veces se encontraban con poco tiempo, acuciados por los compromisos de cada uno
de ellos. Otras, su estado anímico les alcanzaba solo para obtener la breve. Intensa y poco
satisfactoria voluptuosidad del deseo aplacado.
Había oportunidades en que decidían hacerse el amor sólo como una excusa para
lograr otros objetivos como mantener una conversación ociosa y agradable acariciándose
como al descuido, contándose anécdotas o cualquiera de los acontecimientos del día o de la
semana, el resumen de esas galaxias efímeras que constituyen los días.
Eran horas de franca camaradería interrumpidas solo por el paso del tiempo.
Pero otras veces, nacidas al acaso, sin que nada pudiera vaticinar su momento y
cuando todo se prestaba, en opinión de Eduardo y Elvira, como lo comentaban después, a ser
un encuentro más entre los tantos que tenían, desembocaban en situaciones sublimes.
Algún carisma extraño se apoderaba de ellos en esos minutos difíciles de explicar o
comprender, una vibración solo evidente para ellos, envuelta en los inusitados vericuetos de la
pasión que al atravesar las barreras de sus cuerpos, los confundía en un solo temblor que los
consumía en la llama devoradora del deseo, esa ansiedad intransigente de sus cuerpos unidos
en el furioso abrazo de la entrega.
Entonces, los labios de Eduardo, como un animal mínimo, recorrían sin prisa las
ondulaciones y repliegues del cuerpo de Elvira. Iniciaban el camino besando con ternura los
párpados entrecerrados de la mujer mientras ella distendía sus labios, entreabriéndolos en la
conocida casi sonrisa tibia, concesiva, exigente. Ese dulce reclamo que se iría transformando

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Segundo Horror

en gemidos cuando al final, su cuerpo convulsionado solo espera liberarse en el torrente


impetuoso del orgasmo incontenible.
Pero antes, los labios de Elvira obsequiaban al hombre insecto con el brillo blanco de
sus dientes pequeños entre los que escapa la aspiración llorosa y sibilante creada por el aire
aprisionado, cuando siente que el beso casto se torna húmedo y deriva hacia los peñones
abovedados de sus senos cuyos pezones se yerguen sobre la suave superficie de piel blanca.
Al cubrir con su boca las flores despiertas de los senos de Elvira, Eduardo siente en la
cabeza la caricia de las manos de la mujer y de nuevo la expiración gemido saliendo entre las
rendijas de sus dientes.
Sigue el descenso hacia la concavidad del abdomen, se acomoda de rodillas, separando
las piernas de Elvira y acariciando con su sexo la boca de la caverna oscura y húmeda que en
un balanceo involuntario invita a accederla, en una tentación voraz pero prematura, pues
ambos saben que aún no se ha cumplido con la liturgia del amor.
Lentamente se aleja el animal de su guarida mientras el insecto investiga con suavidad
la boca del misterio, Se detiene con premeditada morosidad en el replegado cráter del
ombligo. Entonces Eduardo gira, sin abandonar a su presa, acercando a Elvira su ansiedad
tensa y exigente de la que se apodera ella con sus manos pequeñas y finas buscando introducir
en la boca la pira encendida de su pasión.
De pronto a Eduardo ya no le alcanza el páramo desolado de la piel de Elvira y como
respondiendo a una señal, la boa insecto se sumerge en el denso matorral de la caverna,
introduciéndose en ella, dejando escapar la lengua que loca y liberada se rebulle en el socavón
rojo, húmedo, tibio, entre las profundas laderas que lo bordean mientras Elvira agota su
resistencia en un paroxismo de sollozos, temblorosa y loca, sin soltar la presa capturada entre
sus dientes.
Tras un paréntesis Eduardo la besa con ternura ascendiendo hasta llegar a la boca de
Elvira, tímida y anhelante que concede un beso enamorado, y el animal ansioso accede a la
cueva que penetra sin prisa, perezoso, solo un juego de vaivén al que ella se acopla todavía sin
abrir los ojos ni perder la sonrisa, sin exigencias, esperando que su dueño se posesiones de
ella, feliz por entregarse al extraño ritual donde el placer retarda su última explosión para
permitirles sentir que están unidos en la inexplicable resolución del deseo.
Caían después en una especie de calma exhausta y densa, como si entre ellos nunca se
hubiera presentado ese alucinante juego, el huracán desatado. Permanecían tendidos, sin decir
palabra, se miraban y reían escuchando sus respiraciones agitadas pero ya en busca de la
calma y el latido de sus propios corazones, retumbando aún como tambores, en su interior.
A veces, después de pasar la noche juntos, despertaba Eduardo abrazado al cuerpo de
Elvira, que dormía a su lado con la placidez grabada en el rostro, sumergida en la dulce huida
que proporciona el sueño. Solía acurrucarse acomodándose a su cuerpo y él la acariciaba con
suavidad.
Se preguntaba, al verla con esa expresión inocente de niña dormida, cual era realmente
el rostro definitivo de esa mujer.
Y Eduardo la amaba. La amaba con la fuerza de los temperamentos poco apacibles,
que podía cambiar de un momento a otro
- Nunca me gustaron las mujeres niñas. Prefiero las de armas tomas - solía decirle -
Fui así desde jovencito.
- ¿Qué encontrás vos en mi? - le preguntó una vez Eduardo,
- ¿Y para qué querés saber? - le respondió ella.
- Necesito saber cual es mi atractivo oculto - le dijo él - porque la verdad, yo no lo veo.
- No hace falta, mi amor...
- No..., te digo en serio... el problema es que vos me conocés demasiado bien y yo...,
¡no te conozco en absoluto!

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Augusto Casola

- Y ¿para qué querés conocerme?..., mejor así..., mejor no conocer a la gente.


- Siempre la misma escurridiza - dijo Eduardo con tono de disgusto
- Es que no veo la razón por la cual te ponés a buscar tres patas al gato..., sos un
cabeza dura, eso si...Te amo..., estoy contigo porque me siento bien... y eso hay que sentir, no
hace falta que te esté repitiendo constantemente. ¡Sentí!
- Quiero saber como empieza y termina el amor.
- ¿Y para qué? Yo prefiero vivir este momento de estar contigo. Prefiero sentir así,
junto a mi tu calor, tu aliento... En verdad que me parece una pérdida de tiempo andar
buscando razones para nuestro amor. ¿Porqué no nos amamos simplemente?
- Es lo mejor - aceptó Eduardo con desgana.
- ¡Claro!
- Hay veces que no entiendo esta vida. No entiendo por ejemplo cómo se enlazan los
acontecimientos, cómo es a veces tan sencillo elegir un camino u otro y nunca puede decirse a
qué conducirá ni qué se va a encontrar a lo largo de su recorrido. Sin embargo, creo que todo
está pre establecido..., todo está ahí, desde el principio...
- La fuerza del Destino.... - se burló Elvira poniendo los ojos en blanco - Eso es
determinismo puro, mi amor. La casualidad no existe por sí misma sino como exteriorización
de la causalidad - agregó, dando especial énfasis a la entonación doctoral de su discurso.
- ¡No sea argel! - dijo Eduardo riendo
- Pero qué argel, m´hijito... , es lógica pura. Raciocinio..., o vos creés que tengo la
cabeza solo para peinar mis lindos bucles. Es determinismo. Causalidad versus lo casual, y
nosotros, pobres humanos, somos juguetes de los poderes misteriosos que se agitan invisibles
a nuestro alrededor..., nos marcan los pasos a seguir...
- Está muy bien todo eso... es impresionante - dijo Eduardo sin dejar de reír.
- Siempre existen alternativas y nunca vas a saber cual es la correcta - se interrumpió
sentándose en la cama - Si es que hay una que sea correcta, porque yo nunca encontré una que
estuviera libre de obstáculos, dificultades, errores, omisiones, calamidades varias que te van
vapuleando de lo lindo a medida que avanzás hasta verte de nuevo ante otra encrucijada y
vuelta a tener que elegir y suma y sigue. No hay remedio. A avanzar de nuevo, a tropezar y
cometer errores y aguantar la mil plagas de Egipto que te atacan de todos lados. Entonces,
cuando tenés setenta años, lo único que querés es irte al otro mundo, aburrido y golpeado a
más no poder, con la esperanza de la paz eterna, y eso siempre que no vayas al infierno y te
pases la eternidad huyendo como un desesperado entre sus corredores ardientes, saturados de
emanaciones sulfurosas y con dos o tres diablos con colas y tridentes que te persiguen para
usarte de asado..., y eso día tras días, porque vos sabés bien que en el infierno no hay ni
tiempo ni espacio, solo un reloj que no tiene manecillas, hace tac tac y del cual cada tanto, no
recuerdo si cada día o cada siglo, lo que en el infierno viene a se lo mismo, repite con un tono
horroroso y gutural: “ nunca jamás..., nunca jamás...”
- A la pucha - exclamó Eduardo encendiendo un cigarrillo - Me estás metiendo miedo,
caramba... ¡Vos si que te aprendiste bien el catecismo!
- Y puedo seguir enseñándote más al respecto..., pero tengo ganas de hacer el amor.
- Vamos a procurar..., el destino me tiene medio vapuleado.
- ¡Qué calamidad!
- Determinismo, mi amor...

Deseo es ilusión que se despierta,


Un sueño, que adquiere realidad.
Es fuego indefinido que no acierta
Apartar de la sangre, su ansiedad.

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Segundo Horror

Es sombra de formas indecisas


Lirios - aún sin marchitar -
Es eco burbujeante de las risas,
Una lágrima que no quiere secar.

Origen ignorado de un poema


Con forma de labios al besar,
Dulzura ardiente que le quema
Al alma, haciéndola temblar.

Deseo es soñar aún despierto,


El sueño de la noche y recordar
En medio del clarear incierto,
Los besos, que no pudimos dar.

Es juego de imágenes y tiempo,


Memoria de un instante, que al pasar
Detuvo en las bocas el aliento
Que acaso olvidamos respirar.

Deseo es sentirse ansioso, insatisfecho:


La espera, la urgencia, la ansiedad;
Es murmullo de hojas, que de hecho,
Se aplaca al compartir la soledad.

Deseo es querer estar contigo


Tan luego de contigo estar.
Deseo es sentir como un castigo,
El no poderte ya besar.

Yo me suele ir junto por él porque cuando te quedaba a decansar le gusta que le cebe
tereré, o sea a vece tomaba solo y otra vece si que con alguno de nuestro compañero y yo y si
é que quiere etar solo entonce no sentamo debajo de un árbol, de eso que tiene sombra, o sea
ybapobó o sino mango, si hay o sino sique debajo de cualquiera arbolito de guayaba o que, si
hay, y lo mimo nomá era porque no se si lo que quiere é tomar su tereré o mate o si é para
pensar nomá lueo, porque si vo te está ecapando, a lo mejor pensá cualquiera cosa meno lo
que hace o sea el tereré o el mate si é que hace frío, pero a Ilaudino le guta má su tereré,
porque yo me recuerdo que alguna vé hace frío por ahí y él sique sigue en su montura con su
poncho sesenta lita medio deteñido de viejo que ya é...yo le suele decir ¿porqué lo que no te
cambia ese poncho viejo, mi comandante y él si que se ríe por mi y no me conteta y ahí etamo
lo dó, muerto de frío y de hambre taén a vece, porque a vece co ni piririta no encuentra para
comer. A vece si que se tiene la yerba, la mompilla y el agua de un ycua para tu alimento,
bueno, si le podé decir así a eso andar por lo boque con tu barriga que parece cambuchí todo
lleno con agua que se mueve cuando te vá saltando en tu montado que taén come cualquier
cosa lo pobre, se reyía poco lueo sobre todo esa ve que no vamo ecapando por lo boque. No
eramo mucho porque depué que no ataca lo soldado y que mató un montó de lo hombre, el
comandante Gavilán co te daba látima si le mira por su pie decalzo, su cabello largo que ni no
se peina y su barba largo taén... lo meno tré semana que pensamo que se perdió su navaja pero
é que no quiere nomá afeitarse..., no tiene gana de nada y anda medio ido depué de la
embocada me parece y a lo mejor tiene miedo taén que no salga otra vé lo soldado y lo
caballo no quiere lueo caminar en lo boque, por la rama que hay, claro y parece lueo que ni un
critiano no viene ante por ahí... epeso é chamigo..., y el sol no te llega en el suelo y lo pájaro
que anda por arriba y la mariposa por abajo a vece te entra por tu boca o por tu nariz sique,
- 51 -
Augusto Casola

pero dice no le haga nada a la mariposa porque te trae suerte y si te muere mejor que ande
encima de vó la mariposa y no la moca, ¿ayepa? Sobre todo ese mbutú verde y grande que
estaba sobre un muerto que le encontramo y no sabe si é soldado o nuetro hombre, pero
Ilaudino dice que le entierre lo mimo... era feo co verle por su ojo lo mimo color que de
botella de caña roto, así medio verde, sabe pa..., y tiena la boca abierto y sucio de arena..., te
digo nomá que te da miedo así lo muerto porque te mira con ese su ojo color botella reví y su
boca que medio se ríe parece. Cuando no vamo me dice Taní, que a mi me dicen Taní no por
Etanilao, é por mi apelido Santiviago, porque yo me llamo Heriberto Arcibiade, por mi apá
que dice que se llama taén Heriberto y mi amá si que le guta Arcibiade, me dice una vé.
Bueno, te cuento pué que el comandante Gavilán me dice que cuanto no morimo ya no sabe
má para qué se pelea lueo y lo único é lo gusano eso que te come y te deja güeso puro y ahí si
que ya no le importa a nadie. Yo dice mi comandante é cierto lo que vó dice pero lo soldado
no persigue igual así mejor no vamo nomá porque ello no ha de saber que cuando te muere é
todo iguale, eh... Entonce me dice: como usté ordene Sancho... a vece me dice así y cuando le
pregunta una vé porqué si mi llama é Heriberto Arciabiade Santiviado o sea Taní, si porqué lo
que me dice Sanche si el apelido de mi amá é Santiviago y no sabe ni por acaso que el apelido
de mi apá é Sanche, y cuando me dice Sanche o don Sanche no é que me enoja porque é lindo
así con do apelido y no é para que te enoje ni nada, pero te digo nomá, comandante que ese
coronel que ganó recién dice que su apelido é Gonzále Martíne y bue..., é lindo, así si vo me
quiere que me llame Santiviago Sanche, está bien,jhe..., y el si que se ríe por mi y eso que
etábamo ecapado de lo soldado y a pesar del muerto que recién nomá enterramo. Mirá, Taní,
no me río por vó. Lo que pasa é que le parece a un Sancho - había sido y no Sanche que le
conocía Gavilán - y era así como vó, compañero fiel de su jefe. Y a mucha honra le digo, y
podé preguntar a cualquiera nomá de eso que te va decir igual. Mi comandante chupó otra vé
su tereré y se secó lo ojo con la colita de ese su sesenta lita que te dije y me parece nomá que
llora, pero no dije nada porque todo sabe que é má valiente que de cualquiera y si llora no ha
de ser por vyreza, sino que sale de su ánima. Yo no dice nada y él se calla taén y seguimo
tomando lo dó junto el tereré que yo le cebo, como lo mejor amigo del mundo y lo otro
dormía porque te cansa co cuando te escapa y no sabé si ha de llegar en un poblado o que ....
Y siempre tené miedo, eso sí... Asé era esa época...
- Si uno se diera cuenta y se detuviera a pensar en sí mismo, tomara conciencia de su
soledad agitada por vanidad y necedades que sobrenadan la superficie de su persona,
resultaría casi imposible vivir - dijo Eduardo dirigiéndose al padre Alonzo que lo visitaba de
vez en cuando para jugar una partida de ajedrez.
- Usted toma las cosas muy a la tremenda, don Eduardo - respondió el religioso - Yo
puedo asegurarle que la fe es un buen substituto de esa soledad a la que usted se remite.
- Si, claro..., la fe - asintió Eduardo - Pero entre nosotros, padre..., si uno tomara
conciencia de su más pura realidad como organismo..., como entidad material..., si llegara a la
más pura realidad de su conciencia, se apoderaría del nosotros un terror tan profundo, un
pánico tal que haría reaccionar ante él...., es lo que ocurre con los suicidas... y eso porque
aunque el primer horror es la muerte, a veces resulta insoportable persistir en la vida.
- Hum...- dijo el sacerdote concentrado en el juego más que en las palabras de su
contrincante - De cualquier manera.. ¡jaque y mate!
- ¿Qué se oye por ahí - quiso saber Irene - Aunque en realidad estoy bien informada
porque vino a visitarme doña Elisa...
- ¿Y qué chisme trajo? - Eduardo se despojó del saco del traje oscuro y aflojó el nudo
de la corbata para terminar por quitarla, lo mismo que el cuello postizo almidonado.
- Parece que las cosas no le van tan bien para el gobierno como quieren darnos a
entender. Parece que Ilaudino Gavilán sigue ganando apoyo popular y los militares están
indecisos.

- 52 -
Segundo Horror

- Es lo que se comentaba esta mañana en toda la ciudad, entre susurros, como todo el
mundo habla por ahora porque tiene miedo... Lo cierto es que este asunto resulta bastante
confuso y te voy a decir una cosa, Irene: lo mejor que se puede hacer es tener bien cerradas
las puertas y ventanas.
- Y vos mejor que salgas lo menos posible . Mirá que te han de tener el ojo puesto y
por cualquier cosa nos van a venir a visitar de nuevo. Y cuanto menos comentes, mejor.
- No te preocupes - se sentó en el sofá ubicado a la derecha de donde su mujer
manejaba con destreza y rapidez las agujas de crochet - ¿Qué estás haciendo ahora?
- Una colcha - detuvo un instante el ritmo modulado de sus manos - Nos hace mucha
falta porque la que tenemos está bastante fea.
- Por la calle no se hable de otra cosa - insistió Eduardo después de dedicarle a Irene
una sonrisa plácida - La gente está inquieta. De noche no sale nadie y ¡menos hacia el centro!
Tendrías que ver como están las columnas todas agujereadas.
- También, no pasa un día sin tiroteo. Según doña Elisa, la cosa está que arde y los
políticos ya andan discutiendo la posibilidad de sustentarlo a Gavilán..., te das cuenta, una
base partidaria para la revolución...
- Una revolución que no parece tan utópica como antes, ¿verdad? Hasta el padre
Alonzo anda medio dudando y ya no cree tanto que sea la arrogancia ingenua y audaz de un
campesino muerto de hambre manejado por intereses inconfesables, como solía decir - se rió -
Dentro de poco le vas a escuchar haciendo una misa por Gavilán...
- Lo que pasa es que si Gavilán toma el poder, no va a saber qué hacer con él.
- Eso es lo más terrible, es cierto - concordó Eduardo encendiendo un cigarrillo negro
que inundó la habitación con su olor áspero a tabaco fuerte - Tanta lucha y tanto afán para que
después se vea obligado a entregar el poder a cualquier advenedizo de político intrigante... Es
una estupidez. Las ilusiones y las esperanzas terminan en los cajones mohosos de los
ministerios y el pueblo... ¡el pueblo!, que festejó su triunfo ... ¡su triunfo! Dios mío... que
falacia..., acaba en el mismo lugar donde estaba antes, o peor...
- Y vuelta a lo mismo - suspiro Irene y luego extendió su obra sobre la falda
levantando orgullosa la vista hacia Eduardo, para preguntar con ese tono femenino tan propio
de la mujer deseosa de agradar al marido o impresionarlo - ¿Te gusta?
La oscuridad se fue apoderó lentamente de la sala y en la calle dejaron de escucharse
las pisadas de los transeúntes. De tanto en tanto cruzaba un vehículo traqueteando sobre el
empedrado irregular, pero no eran muchos y se perdían de nuevo en el silencio del atardecer.
- Me gustaría saber qué piensa un hombre como Ilaudino Gavilán - dijo Eduardo -
Realmente me gustaría...¿Cómo fue para llegar a donde está? ¿Dónde empezó? - miró
distraído la oscuridad de la calle - Creo que es oriundo de San Pedro...
- Hace dos años ni se conocía su nombre - comentó Irene - De repente nomás que todo
es Ilaudino Gavilán aquí, Ilaudino Gavilán allá.... Primero una decía : y ¿quién es ese?.
Después si que ¡aha!..., ese. Ahora una ya no sabe qué decir.
- Si la cosa sigue así, es capaz que dentro de poco tengas que referirte a él como al
señor Presidente -dijo en tono jocoso Eduardo.
- Y capaz..., no te rías - apartó de sobre la falda el trabajo que quedó esparcido sobre el
sofá dejando las agujas sobre su labor - Voy a preparar bife con arroz para cenar... Espero que
hoy no venga nadie..., viste que la semana pasada a todo el mundo se le ocurrió venir de
visita.
- No creo que a nadie se le ocurra andar por la calle en los próximos quince días... A lo
mejor para entonces ya se define todo.
- ¿Quince días? - se asombró Irene - ¿Te parece que va a ser tan pronto?
- Y..., así como están las cosas, señora...

- 53 -
Augusto Casola

- Y bueno..., acompañame pues a la cocina, si no tenés nada que hacer. Me vas a poner
la mesa...
- Vamos - respondió Eduardo apoyando una mano sobre el hombro de Irene - Te
acompaño de mil amores.
Muy pronto el gemido del aceite hirviendo en la sartén y su olor penetrante
envolvieron el ambiente.
No había luna en el cielo.
Querida Lelia:
Desde que murió mamá todo es diferente. A papá casi no lo veo. Vuelve tarde de
noche. A veces, muy tarde. Creo que tiene una amante.
Vos sabés que esta ciudad es muy grande. Cuando salís a la calle, ves gente por todos lados,
pero yo, me siento sola.
Hago horario corrido como dactilógrafa de una gran empresa comercial, de esas que
tienen tantos empleados que ni siquiera podés conocerlos a todos aún después de varios años
de pertenecer a la firma.
Las cenas de fin de año son las que reúne al personal y allí conocí a algunas de las
personas con las cuales casi diariamente mantengo contacto telefónico o de intercambio de
esos inacabables memorandum que recorren las secciones de la empresa en busca de
nombres, números de fichas, cuentas, referencias y todas esas cosas que se hace en una
jornada laboral, pero de un modo tan anónimo e impersonal, que la más de las veces es como
si una estuviera relacionándose con engranajes . Yo no soy sino dos letras debajo a las
iniciales de mi jefe de sección, que es un señor de cierta edad y muy agradable, no lo voy a
negar, solo que nuestra relación humana se reduce al buenos días y buenas tardes, hasta
luego. El resto es cosa de dictáfono y máquina de escribir.
Cuando vuelvo a casa, preparo la cena y como mi ración de calorías aceptables para
no engordar. Si sobra algo, lo guardo en la heladera. Veo un rato la tele y me acuesto,
temprano por lo general.
A veces voy al cine con Marcia . Ya te hablé de ella, ¿te acordás? Te conté que es la
única amiga que tengo y ahora anda saliendo con un señor que parece muy serio. Como yo
no quiero hacer de tomasita, me niego a acompañarlos aunque insistan. Roberto (así se llama
el señor), para ver si con pareja me animaba más, me presentó un amigo pero no
congeniamos. La verdad es que el tipo lo único que quería era llevarme a la cama - viste vos
- y yo me pregunto ¿vale la pena así? ¿ porque una está sola? No quise porque ya se como es
la cosa. Una se ilusiona, se enamora. Se enamora... ¿verdad que suena lindo?
Ahora tengo veintinueve años y lo único que quiero es volver a mi país.
Cuando me escribiste que se mudaron a una casa grande me dio una alegría que no te
cuento, porque por fin vas a salir de esos aprietos que te estaban por matar... Y yo me sentí
feliz pensando en la santarrita, en la vieja que habla todo el día - vos estás medio
acostumbrada a la gente que habla todo el día, ¿verdad? ... - Bueno, no te enojes, es una
broma.
Hasta la enfermedad tan terrible de tu tío Eduardo y después su muerte, le dieron a mi
vida esa tibieza de humanidad que no se conoce en esta ciudad tan grande y fría.
Es un espejismo..., una quimera, como un mundo de gelatina, te voy a decir.... O peor,
es vivir sin estar vivo, en un inmenso cementerio donde cada mole de concreto es un panteón.
No se si me podés entender. Vos siempre estás diciendo que te agobian tus días
uniformes, sin altibajos, que estás hasta la coronilla de hablar con doña Elisa y doña Raquel,
la vieja judía que pasa todas las mañanas frente a tu casa para ir al merado y no desperdicia
la oportunidad de charlar un poco con su mal castellano y ese acento que no se va a quitar
jamás.
¿Acaso tengo yo algo mejor aquí?

- 54 -
Segundo Horror

Sin hablar con nadie porque a nadie le sobra tiempo para detenerse a conversar
zonceras como el resfrío de Rolito o su diarrea que te tuvo tan preocupada la otra vez y al
barrio entero pendiente de su internación a causa de que se deshidrató todo....
¡Te envidio!
Cuando mamá vivía por lo menos tenía con quien charlar, alguien que me quería, que
se preocupaba por mi... Si iba al cine o a bailar con algún muchacho, al volver casi siempre
la encontraba despierta, esperándome, no importa la hora que fuese.
Ahora no tengo a nadie. Papá a veces me invita a salir a cenar juntos..., pero nada
más.
Yo soy independiente, por suerte. Tengo el dinero del alquiler de la casa que era de
mamá, trabajo en la oficina donde veo gente y converso con los compañeros..., o si no me
hubiera vuelto loca hace rato.
A veces me siento como una cáscara vacía, el mismo cuerpo que era yo pero sin ser
yo..., sin identidad, algo sin alma. Carne, piel, huesos, glándulas... Un laboratorio de química
con forma de mujer..., nada más.
Quiero vivir como ustedes, necesito de esa rutina que a vos te resulta fastidiosa.
Quisiera conocer a doña Raquel y a doña Elisa, hablar de lo caro que están las cosas, de
cómo sube el costo de la vida, del dinero que no alcanza para nada...
Quiero marearme con la verborragia de la abuela, verlo a Arnaldo de mal humor
cuando vuelve de la cancha, porque perdió el Cerro Porteño de sus amores..., hablar con
Rolo, ayudarlo con sus deberes de la escuela, sentir que ustedes son personas vivas, que
discutís con tu marido por sandeces, seguro, importantes para ustedes, sin duda...
Lelia: necesito darme cuenta de que todavía hay gente viva, que el mundo no es solo
el cementerio de rostros inexpresivos que conozco desde que llegué a esta ciudad húmeda,
con olor a sepultura sin flores..., despiadada.
Si me mudo con ustedes no les voy a acarrear problemas y tal vez hasta pueda ser un
apoyo y ayudarle en la casa donde nunca acaban los trabajos... como mensualmente recibo
dinero, pagaría una pensión o como quieras llamarlo...¡no creas que quiero vivir de gorra!
Ja ja ja y no es el caso de caer de sopetón y desequilibrar la economía de una familia...
Trato de dibujarte las cosas como son. Me pierdo por las ramas, vuelvo a lo mismo...,
perdoname, pero ¡necesito tanto salir de aquí..., respirar algo de inocencia y pureza... Me
son indispensables la ingenuidad de nuestra gente y nuestra vida. Quiero volver a
encontrarme...
Ay, Dios mío...¡te lo estoy rogando, Lelia!
Me despido con un abrazo cariñoso
Aidée
- Yo le tengo miedo a la soledad, Eduardo - me dijo una vez Elvira - haría cualquier
cosa con tal de no estar sola. Por eso, cuando llegue a vieja, vaya a saber qué disparate voy a
andar haciendo para conseguir compañía. Y te digo esto porque nunca me sentí tan sola como
cuando tuvimos ese problema..., me sentí tan sola. Pero ¡tan sola! Yo se que vos no tenés la
culpa, es algo que le puede ocurrir a cualquier pareja, ¿verdad? De veras, nadie tuvo la culpa.
Te quiero decir nomás que por primera vez en mi vida me sentí realmente sola... Vos venías y
te ibas, conversábamos, hacíamos el amor..., pero después, cuando llegaba el momento de
estar en mi pieza, obligada a permanecer allí toda la noche, sin poder dormir y pensando que
vos no estabas conmigo...
- Es diferente, mi amor, es muy difícil para una mujer aceptar algo así, de imponerse a
la vez la necesidad de no pensar. No me arrepiento de lo nuestro..., no es eso...No lo hubiera
hecho si después me iba a arrepentir..., ¿no te parece? Mirá mi amor, para mi no hay nada más
ridículo que decir ¡ay, como estoy arrepentida! Y es más tonto todavía si se trata de una
relación amorosa, porque al final de cuentas, a mi nadie me obligó a enamorarme de vos....,

- 55 -
Augusto Casola

apareciste en mi vida y ¡listo! No somos criaturas para estar llorando cuando nos damos
cuenta que esto crea una situación que a veces se vuelve difícil al comprender que no conduce
a nada, que me voy a encontrar sola de nuevo, en mi habitación, rodeada de las cosas que me
regalaste para que te recuerde, como decís vos. Tienen mucho valor para mi...Me da rabia que
no seas del todo mío, que tu entrega es parcial aunque vos creas que te estás dando entero.
- Gran parte de nuestro amor está hecho de despedidas rápidas después de los
encuentros de algunas horas y creemos pertenecernos el uno al otro... ya se que vos también
me querés. Eso no cambia nada. Ni tenés motivos para ponerte celoso..., es la misma historia
de siempre..., no se como explicar que los otros hombres de mi vida desaparecieron sin dejar
rastros, que vos ocupás toda mi existencia..., que comencé a sentirme mujer contigo porque
contigo me siento bien, estoy cómoda, me gusta tu compañía, las cosas que me contás, tu
forma de hacer el amor, hasta te aseguro que me gustás cuando te ponés celoso de las cosas
que no conocés de mi vida y vos pensás que son importantes. Podés estar tranquilo, mi amor,
no existieron nunca, yo soy tuya en cuerpo y alma. Estoy enamorada de vos. Te amo.
- De lo que tengo miedo, sí, es de quedarme sola. Sabés lo que pasa: yo se que voy a
quedarme sola y tendré que enfrentar esa tristeza que presiento ahora, cuando estoy contigo.
No quiero perderte. Soy egoista. No podés criticarme por eso. Toda mujer lo es y con razón
¿no te parece? Es posesiva y desea tener consigo al hombre que ama, al que supo despertar en
ella ese sentimiento tan valioso y profundo, tan difícil de encontrar, que causa tantas alegrías
y dolores... De amarte no me podés acusar, Eduardo, y es de lo único que soy culpable. Y que
hayas llegado recién ahora a mi vida no es culpa tuya ni mía. Ni de nadie.
- Estuve leyendo unos versos de este Casola..., no se..., me calaron hondo, como se dice.
Escuchá:

Tantas cosas aprendí contigo...


y a cambio
tú solo descubriste soledad,
no la ausencia,
pues a tu redor pululan
archipiélagos humanos

Te inicié en la soledad
densa y crasa de ti misma

Tantas cosas aprendí contigo...


esa alegría bulliciosa de vivir,
ese abismo de celos
encerrados en templos de ternura,
para despertar del sueño
en el desierto desolado de la ausencia.

yo, a cambio,
solo te enseñé la soledad,
densa y crasa de ti misma.

- No sabemos lo que va a ocurrir mañana. Estamos sujetos a las trampas de la vida,


pero no quiero pensar, porque entonces todo este castillo de naipes que construimos juntos
puede derrumbarse. Opté por rechazar los ensueños cuando me siento demasiado
comprometida con mis sentimientos. Prefiero sentirte como ahora, pero ahora es fácil porque
estás conmigo y te puedo acariciar después de hacer el amor y seguro que vas a querer hacer

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Segundo Horror

de nuevo, porque estás en uno de esos días en que don Juan te envidiaría...No, Eduardo...,
esperá un poco...., no pues, ¡caramba!
- En lo que no me quiero convertir es en una de esas viejas locas que se acuestan con
cualquiera... porque tienen miedo a estar solas... No me preguntes más qué me gusta de vos...
Me gustás vos ¿no es suficiente? Me siento bien a tu lado..., bueno, sí entonces..., me hacés
sentir bien... pero no aproveches cada vez que te digo eso... Bueno, pegate a mi pero sin hacer
nada o sino voy a levantarme porque contigo no se puede hablar en serio...
- Vos tenés otros intereses, te preocupan muchas cosas propias de hombres. Distraés tu
amor a mi en otros muchos amores..., no, no te culpo de nada. Yo sabía perfectamente lo que
estaba haciendo cuando te acepté, cuando decidí entregarme a vos. No te voy a decir que
estaba loca por vos. Llegaste en un momento oportuno y me decidí a acompañarte..., quise
sentir amor. Quise enamorarme... Vos te ponés violento cuando te hablo así, pero es la verdad.
Nunca antes me había enamorado de nadie. Así, nunca, amor... No en la forma en que estoy
ahora enamorada, ni con estos sentimientos que son nuevos para mi, lo quieras creer o no...
Recién contigo comprendí lo que es ser mujer, una mujer completa que ama y sufre, que
siente por primera vez en su vida esa sensación inquietante de abandono cuando está con un
hombre... Te digo que me dejes hablar... No empieces ya otra vez a besuquearme porque
entonces no te voy a poder seguir diciendo lo que siento...¿Acaso no es eso lo que me
preguntás siempre? A veces se te da por querer saber a toda costa lo que pienso y ahora que te
estoy describiendo mis sentimientos no me dejás terminar y te ponés así..., Eduardo. Te amo
tanto, mi amor, soy tan tuya y vos no podés darte cuenta que hasta me duele... No se
manifestarme en otra forma..., tenés que sentir como yo te siento a vos...
- No te vengas a mandar la parte. ¡Qué vas a ser irresistible con las mujeres!..., no...
¡caramba! Lo que pasa es que te quiero. Ya se que vos también me querés. Claro que te
quiero, mi amor y valoro cada uno de estos minutos que pasamos juntos, cada caricia tuya, tus
palabras.... Me encanta escucharte hablar de ideales y sueños... A quién le interesa si son
disparatados o no. Forman parte de nosotros dos, de nuestra vida, de estos momentos que
compartimos y que nadie nos podrá quitar..., son nuestros y recurriremos a ellos cuando ya no
quede nada. Tuvimos momentos felices... y con ellos me cubro cuando tengo frío o me siento
triste. No recuerdo las cosas malas.... ¿Para qué perder el tiempo en eso? Estoy contigo y
bueno, eso es suficiente, no me vayas a estar picaneando todo el tiempo porque no me gusta...
no dije eso, grosero... picaneando, dije y además no te vayas a querer mandar la parte
conmigo que te conozco bien... Ya otra vez. A ver si te quedás quieto. Vos sos el que quería
que hable y después no me dejás tranquila.
- Así no puedo hilvanar mis pensamiento, Eduardo. ¡Ah... qué bien! Así que ya no
querés escucharme más, eh..., pero no era ese el trato. Eduardo, te digo que no, caramba... No
se puede estar contigo como persona civilizada..., no, te digo, Eduardo... ¡a la pucha!
Recuerdo bien el viejo caserón.
Ejercía, sobre la imaginación de los que entonces éramos los niños del barrio, esa
fascinación oscura que a veces se aposenta las mansiones añosas y abandonadas. Supongo que
fue eso lo que ocurrió con el repetirse de los diarios paseos al ir y volver de la escuela, una
desenfrenada fantasía y cierta tendencia a querer magnificar las cosas, propia de la edad.
Pero vamos por partes.
Disfrutaba al pasar frente a la casa.
Me atraía ese encanto lúgubre de su fachada descascarada, las verjas de los ventanales
altos totalmente cubiertos por la herrumbre que al tocar se pega a las palmas de las manos
convertido en mugre amarillenta.
Tenía algo.
Tal vez las conversaciones sostenidas a media voz por los adultos, como suelen hablar
cuando no quieren que las criaturas que andan rondando se enteren del sentido de lo que están

- 57 -
Augusto Casola

diciendo (aunque no consideren al tema tan escabroso que haga necesario alejarlas de sus
merodeos habituales), contenían la clave del misterio. Los comentarios captados al azar eran
suficientes para elaborar un esquema truculento que identificada a la casa, la cual, en ese
entonces, parecía mirarnos con un rigor no desprovisto de desprecio hacia nuestra pequeñez,
pues estábamos en esa etapa en que todo es demasiado grande e imponente en el mundo de los
mayores, comparado a nuestra propia insignificancia.
Los niños del barrio sabíamos que tras las paredes desconchadas y la puerta cancel
desportillada de la vieja casona, habían ocurrido hechos espantosos. Además, como
permanecía cerrada y nadie vivía en ella, a no ser las arañas, que cubrían el techo de tacuaras
con su tela y sus huevos redondos, blancuzcos y repulsivos y las hormigas, que en numerosas
e interminables caravanas entraban y salían bajo las rendijas de las ventanas, ascendiendo
verticalmente por sus antepechos, a lo largo de un camino único y caprichoso (con un criterio
seguramente muy razonable para ellas), pues evitaban cruzar el pequeño orificio abierto justo
a un costado de la puerta, optando por el otro sendero, más intrincado y difícil, al menos
desde nuestro punto de vista.
Todos sabíamos que la historia encerrada en las paredes de esa vieja casa era horrorosa
y llena de sombras. Inexpresables en voz alta.
Por mucho tiempo, desde que me fijé en la casa, las hormigas eran los únicos
huéspedes aceptados, pues resultaba imposible curiosear dentro, ya que la parte de atrás del
patio estaba protegida por una muralla muy alta, coronada de pedazos de vidrio de botellas
rotas y aseguradas con la argamasa que se había vuelto dura y quebradiza, aunque seguía
cumpliendo su cometido de mantener en su sitio esa defensa contra ladrones o niños curiosos,
pues ni siquiera se podía apoyar las manos sobre los bordes filosos en que culminaba el
murallón , y más de uno de nosotros se había cortado profundamente las manos tratando de
alcanzar los mangos que en diciembre salpicaban de apetitoso amarillo la frondosa presencia
de una de las plantas - eran dos , pero el otro árbol ya no daba frutas. Al parecer estaba seco y
las escasas hojas que colgaban de sus ramas eran raquíticas y manchadas .
En la oscuridad de la noche, su presencia infundía el inquietante cosquilleo que a
veces le recorre a uno cuando sin poder precisar el motivo de esas ansias de huir, le harían
hasta gritar si se dejara envolver por el impulso original y no apelara a tiempo al
razonamiento o, en todo caso, a encender la luz de alguna habitación con lo que la realidad
palpable, aparta el horroroso del vacío de la oscuridad.
Los más curiosos éramos tres. Intercambiábamos comentarios acerca de la presencia
silenciosa de la vieja mansión y los secretos guardados en ella, provenientes de otras épocas
que nos eran ajenas, creados por la vida de personas desconocidas y extrañas que la habían
habitado, que habían ocupado las habitaciones ahora vacías y desnudas de la casa, que se
habían movido dentro de esos espacios que ahora permanecían mudos y sombríos.
No obstante, como sucede casi siempre con las naturalezas en apariencia rígidas e
inquebrantables, fue suficiente la combinación de dos circunstancias fortuitas para abrir una
brecha en el supuesto sello inviolable de su reserva.
Bastó una brusca tormenta de verano, que fue armando sus furias desde el mediodía,
cuando salíamos para la escuela y que alcanzó el máximo de su poderío mientas estábamos en
la clase de Lenguaje. Fue algún rayo desaprensivo el que cayó sobre el agonizante mango
semi seco del patio, causando su muerte y su derrumbe final, arrastrando consigo la sólida
muralla de ladrillos que cayó sobre la vereda, esparciendo una confusión de argamasa, hojas,
ramas, ladrillos y vidrio. Cerca de las cinco de la tarde, cuando volvíamos a nuestras casas
eludiendo los charcos de agua y el barrial que se habían formado en varios lugares de la calle,
nos encontramos con que el camino estaba expedito para satisfacer nuestra curiosidad.
Los tres camaradas que habitualmente cumplíamos el ritual de sentarnos frente ala
vieja asa, distinguimos el derrumbe desde dos cuadras antes, pero no quisimos dar crédito a lo

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Segundo Horror

que presumimos hasta que nuestros ojos confirmaron la certidumbre del hecho al detenernos
frente a la muralla caída, lo que nos permitía atisbar por el gran hueco, algo obstruido a causa
de las ramas del mango, cuya estéril copa yacía inerme sobre la vereda mientas un hilo de
agua sucia se escurría entre los escombros hasta alcanzar el empedrado, donde se formaba
otro charco marrón similar a los que veníamos sorteando desde la escuela.
Intercambiamos una mirada de entendimiento y luego estiramos el cuello para ver algo
más del patio que, aún con su intimidad violada, conservaba cierto aire de nobleza, recubierto
del espeso matorral que desde mucho tiempo atrás se había apoderado del jardín abandonado.
En un extremo del patio había una colgando hasta el suelo en estado casi salvaje, en
medio de cuyo desordenado verdor resplandecían algunas flores, todavía salpicadas de lluvia.
Apresuramos el paso sin decir palabra.
Cuando llegué a casa y entré en el zaguán, antes de abrir la puerta cancel que da al
vestíbulo, percibí el conocido susurro del calentador Primus que mamá usa para calentar el
agua de la merienda y el tableteo de la máquina de escribir de papá me llegó desde su
escritorio.
Los saludé. Mamá me puso el café con leche, esparcí algo de mantequilla sobre las
rebanadas de pan que aguardaban en al panera y después de merendar, le dije a mamá que irá
a jugar un rato en la calle.
Cuando llegué a la muralla derrumbada, mis compañeros Pepe y Carlitos ya me
esperaban en la vereda de enfrente. Serían alrededor de las seis de la tarde y como siempre
ocurre después de un aguacero, el sol al salir de entre las nubes, desgarrado y herido, arrojaba
como al descuido, sobre las fachadas de las casas y el pavimento, un color entre bermejo y
naranja, como si algún artista maniático hubiera tomado por su cuenta la ciudad,
embadurnándola al azar de esa sangre espesa que ahora, al atardecer, la cubría por completo.
Después de intercambiar algunas opiniones, para darnos ánimos, más que otro motivo,
decidimos cruzar la calle y entrar al patio, que a nuestros ojos, adquiría un aspecto irreal.
Carlitos, por ser el mayor de los tres rompió la marcha, seguido por mi y por Pepe, que iba
rezagado y me parece con miedo.
Escalamos la desordenada cuesta de cascotes de la muralla caída, que gruñó agónica e
impotente. Llegamos por fin al patio encantado que nos recibió con su olor a humedad y vejez
casi tangibles.
Observé a Carlitos que miraba con recelo hacia atrás, como calculando la huida y
luego miré a Pepe que estaba distraído jugando con las ramas largas del yuyal que lo cubría
todo.
Ninguno de los tres sentía deseos de hablar, como si resultara impropio hacerlo dentro
de ese arcano de silencio que tan de improviso nos ofrecía sus secretos celosamente
guardados por años.
El patio estaba dividido en dos sectores bien definidos. Hacia nuestra derecha, con
yuyos y arbustos de las más diversas especies que se mezclaban con el gran cuerpo de la
enredadera, cuyo peso la había desprendido de la solera de alambres y tirantes que una vez
formaron una especie de dosel de flores cuando la santarrita se encendía después de alguna
lluvia, como la de esa tarde, en que a pesar a su ruina y su penosa situación, las flores
resplandecían en diamantes multicolores, donde el sol agonizante les daba con sus rayos sobre
las gotas de agua que aún persistían en ellas.
La santarrita se había convertido en un matorral rastrero y desordenado bajo el cual
vimos una vieja silla de madera desvencijada, que más parecía parte de la vegetación antes
que un mueble cuya función fue servir de asiento. Estaba negra y enmohecida y de su
respaldo brotaban gruesas ramas de la enredadera, que se había apoderado de ella
inyectándole, tal vez, su propia savia.

- 59 -
Augusto Casola

Hacia el lado de la construcción, las plantas presentaban un esquema menos


intrincado. Si uno se despreocupaba de las espinillas del yukyry, podía alcanzar la mole
blancuzca, cuyas aberturas de ventanas, puertas y persianas, parecían escapadas de alguna
película de terror y eran capaces en su conjunto de ahuyentar a cualquiera, dado el aspecto
hostil de su estructura descoyuntada.
Los goznes, forzados al máximo a causa del peso de las hojas que sostenían,
semejaban grotescos dedos queriendo sujetar lo que sin remedio, se venía abajo.
Llegamos hasta bajo el alero, cuyo cielorraso de tacuaras lucía cubierto de telaraña
donde se veían los cascarones fósiles de cucarachas y moscas.
Nos detuvimos presa de la incertidumbre que causa el miedo, sin atrevernos a cruzar el
umbral de las puertas desvencijadas, podridas y entreabiertas y que parecían invitarnos a
penetrar su interior. Nos miraban con esa malevolencia ladina que suelen tener los ojos de los
viejos cuando nos escrutan a través de sus pupilas duras por las cataratas, incitándonos, con
una sonrisa torcida, a hacer algo que deseamos hace tiempo.
Ninguno de los tres quiso ser el primero en desistir de la aventura, y sin atrevernos a
descorrer el todo el velo que cubría el santuario, nos quedamos allí parados, sin hablar,
observando ya el patio, ya las paredes, ya el techo o los ventanales deformes, para terminar
volviendo la vista hacia la puerta y la rendija que se nos ofrecía burlona, señalando el acceso a
la esencia misma del misterio.
La luz del día caía pastosa sobre el corredor creando grandes sombras que aumentaban
la sensación de encontrarnos frente a algo indeciso e irreal.
Es una sensación voluptuosa, el miedo.
Carlitos y Pepe, riendo nerviosos, dieron unos argumentos confusos que les obligaba a
volver sobre sus pasos. Me preguntaron como al descuido si me quería quedar todavía, dieron
media vuelta y cruzaron de nuevo el patio hacia la calle. Los vi salir trepando sobre los
escombros de la muralla y quedé solo.
Entonces pude fijarme con detenimiento en la puerta desportillada que con irresistible
imán me urgía a descorrer sus secretos. Tomé aliento, empujé algo más el pesado cuerpo de
madera que crujió al abrirse y penetré a un vasto recinto penumbroso que al mirar de cerca,
ofrecía el mismo aspecto desolado y sucio del corredor. Una hilera de hormigas se desplazaba
recorriendo su camino habitual que las traía de la calle hacia el interior y las conducía de
nuevo a la calle.
Volví a salir al patio.
Pensé que serían los últimos reflejos del sol, los que minutos antes habían coloreado
todo el conjunto del patio y la construcción, pero enseguida me percaté de mi error. La
luminosidad provenía del propio cuarto. Era una luz fija, como si dentro de él se hubiera
encendido alguna lámpara roja y esquiva. Me acerqué, pese a que el corazón me latía con
fuerzas. Al llegar al cuarto, observé el interior de la pequeña habitación. Estaba una niña
morena, de unos doce años, vestida solo con su bombacha de lienzo, un poco grande para su
cuerpo esmirriado. Del torso desnudo sobresalían muy negros, a causa de la luz, los pequeños
pezones de sus senos incipientes. Estaba absorta y ajena a cualquier cosa que no fuera el ir y
venir de la aguja con la que cosía un vestido floreado, algo desteñido, que acomodaba sobre
sus muslos flacos.
Se abrió la puerta del patio y la niña levantó los ojos que encontraron el rostro de don
Fermín con la mirada fija en ella.
Avergonzada, puso sobre su pecho el vestido, tratando de cubrir su desnudez.
- ¿Qué pa é, señor? - preguntó, aunque sentía miedo del aspecto extraño que
presentaba el hombre que la observaba sin sonreír - ¿me llama pico la señora o que?
- Vine a mirarte nomás - respondió don Fermín con voz aflautada característica. Cerró
la puerta tras de sí y se acercó - No vayas a gritar, Malena. ¿Oiste?

- 60 -
Segundo Horror

- Qué lo que queré, el señor ..., yo ya está por dormir lueo..., pero iba coser mi vetido
ante...
- Y para qué te tapás, entonces? - dijo el hombre y se sentó en el catre, al lado de la
muchacha. Le recorrió la espalda desnuda con una mano temblorosa y húmeda.
Malena se apartó y quiso levantarse pero don Fermín la detuvo, apoyando sobre sus
hombros un brazo y atrayéndola hacia sí.
- No vayas a tener miedo - dijo acercándose más y tratando de subir la mano libre
entre los muslos de la chica, que los apretó con fuerza y bajó sus manos para impedir el
avance de la del hombre - No vayas a tener miedo..., si te voy a acariciar nomás. Hace rato
luego que quería venir junto a vos..., pero como la señora no sale luego, no podía. Pero hoy se
fue al rezo y va a tardar..., por eso vine para verte. _Dejame na..., no me vayas a atajar.
- No na..., no na....Qué lo que queré hacer... - exclamó Malena. Con un esfuerzo se
levantò.
El hombre se puso de pie y la tomó con energía, apretando contra el suyo el cuerpo
delgado de la muchacha y aproximó el rostro al de ella con intención de besarla.
Ambos estaban sudorosos. La niña se debatía por escapar de esa boca que se le pegó a
los labios y luego recorrió su cuello. Repentinamente, don Fermín la empujó sobre el catre. Se
echó sobre la muchacha bufando mientras procuraba con una mano desprenderse el pantalón
mientras con la otra presionaba el pequeño cuerpo de la infeliz. La despojó de su bombacha.
Quedó desnuda, desesperada, apretando una con otra las rodillas, tratando de cubrirse el sexo
con las manos, pero el hombre, más fuerte, logró separar las piernas de la niña y la penetró
con violencia.
Ella lanzó un agudo grito de dolor. El hombre le cubrió la boca mientras aceleraba el
ritmo de la cópula, sintiendo el cuerpo de la criatura agitarse a cada empellón, hasta que dejó
de moverse y los delgados brazos se desplazaron a los costados del cuerpo.
Don Fermín se movía, sudando, sin dejar de cubrir con una mano el rostro de Malena,
arremetía con fuerza repitiendo ahora te gusta jhe..., ahora te gusta y te quedas quietita, jhe...
Siguió repitiendo lo mismo hasta que abrió la boca gimiendo en el momento de alcanzar su
placer.
Levantó la mano que cubría el rostro de la niña que lo miraba con ojos desorbitados,
vidriosos e implacables.
El hombre se levantó de un salto, la sacudió, pero la mirada seguía allí.
Fermín la observó sin saber que hacer. El rojo resplandor del cuarto había
desaparecido y en su reemplazo, una bombilla que colgaba del techo, arrojaba sobre el cuadro
grotesco la escasa luminosidad de su poder, enfrentando a Fermín a la realidad de ese cuerpo
de piel oscura, de pequeños senos, de brazos laxos, de piernas abiertas que muestran con
obscenidad el sexo herido, el vello incipiente salpicado de gotas de semen y sobre la sábana
gastada, una breve línea de sangre que se va coagulando.
Cuando entró doña Marciana y se llevó la mano a la boca, el hombre estaba recostado
contra la pared, observando la escena, inmóvil y alucinado.
- No se quería quedar y ya iba gritar - dijo el hombre sin mirar a su esposa - Por eso
nomás que le tapé la boca. No te va a pasar nada te digo, le dije - después calló y cerró los
ojos. Doña marciana trató de levantarlo pero no pudo hacerlo. Parecía que el hombre se
hubiera petrificado y su piel convertido en una bolsa conteniendo huesos.
Tras varios minutos la mujer comprendió que debía pedir ayuda, que todos se
enterarían y le empezó a bullir en ella una furia sorda que descargó contra su marido dándole
varias bofetadas que acabaron en un jadeo agónico cuando los brazos exhaustos de la mujer
quedaron colgados a ambos lados de su cuerpo mientras sobre sus mejillas se deslizaban
gruesas gotas de sudor.

- 61 -
Augusto Casola

Ya nadie venía. Hasta el ronroneo de la máquina de coser fue adquiriendo un acento


lúgubre que acabo por callarse del todo.
Solo la estructura de la casa, vista desde afuera, ofrecía el aspecto señorial de su
fisonomía, extraña al cáncer que la iba royendo y socavando para convertirla en el santuario
del misterio y del espanto que fue para nosotros en nuestros días infantiles.
La noche cayó sin darme cuenta sobre ese mundo monstruoso y difunto del pasado que
me cobijada entre sus sombras aunque haciéndome sentir, como una punzada constante, el
rechazo de toda la casa hacia mi, el intruso.
- ... y sobre todo, tener que soportar la humillación de esta enfermedad indecisa, que
no acaba de una vez y para siempre con mis sufrimientos - dice don Eduardo, que está en uno
de los extremos de la mesa - Ustedes no pueden comprender porque son jóvenes y creen en la
vida...
- A la pucha, tío - exclama Lelia sin dejar de hamacar al niño medio dormido en sus
brazos - ¡qué pesimista que andás!..., a lo mejor vas a vivir muchos años todavía y a vos te
parece que ya estás finado.
- Y la esperanza es lo último que se pierde - terció Arnaldo - aunque sea un lugar
común, ¿verdad? Mientras hay vida, hay esperanza.
- Humm - gruñó Eduardo sin dirigirse a ninguno de ellos en particular - mi esperanza
es morir pronto, sin sufrir demasiado. Tengo miedo a la muerte, ahora que me siento bien,
pero mi segundo horror y tal vez el más poderoso, es el miedo a seguir viviendo.. Vivir a
pesar mío... Es una sensación que descubrí hace poco y me asusta..., me asusta porque nadie
se da cuenta de él, porque vivimos aferrados a la convicción de que existe un solo espanto, un
solo miedo y, sin embargo, ahí está el segundo horror: el seguir viviendo - hizo una pausa -
Yo con mi organismo demente que arde en mis entrañas, la abuela con su soledad sin
concesiones y ustedes mismos..., insensibles dentro de la uniformidad de sus días... Ella va a
seguir su perorata sin que a nadie le importe lo que diga..., se mojará cuando llueva..., la
empapará el sudor en el verano...., hará sus necesidades, comerá..., a lo mejor un día ustedes
se van y la dejan olvidada ¿porqué no? ¿Porqué habrían de sentir remordimientos? ¿quien es
ella...? - queda un momento pensativo. Es igual. Va a seguir en su silla, parloteando sin
tregua, con los ojos vueltos para dentro. No le servimos para nada. Ella reúne más fuerzas,
más vida y sabe más cosas que nosotros... Ella ya entró en el mundo de la desmemoria..., el
único universo real. Donde no hay nada.
- ¡Pobre abuela! - dijo Lelia - ella que era tan alegre y mirá un poco como está ahora...
- No se porqué tenemos que compadecerla. Les digo que se encuentra mejor que
nosotros sin darse cuenta de nada, como si no viviera más. Es una planta...¡qué se yo lo que
es! A lo mejor muy pronto voy a estar más cerca de ella - movió la cabeza asintiendo a sus
propias palabras, como suelen hacer los ancianos cuando habla para sí más que para los
demás - Yo tampoco comprendía bien, al principio, esa dimensión extraña donde cayó
Irene..., desconocía la clave..., la desconozco todavía.
- No sé qué podría hacer por vos, tío, o por la abuela - Lelia se levantó con cuidado
para no despertar a Rolito que dormía en sus brazos. Tuvo una sonrisa involuntaria al
observar a su hijo.
Se dirigió al dormitorio que estaba iluminado por el reflejo de la luz procedente del
comedor donde su marido y el tío Eduardo permanecían silenciosos, absortos en sus propios
pensamientos.
Eduardo sintió que las cosas se diluían a su alrededor..
Es extraño -pensó - como a veces me siento libre, pero lo que se dice libre...

- 62 -
Segundo Horror

Se deja arrastar en una burbuja que lo va mostrando como niño, como esencia.
Observa los caminos, los bosques, los techos de las casas, las aguas azules, las aguas opacas y
pestilentes, las hormigas que se desplazan en rápidos vehículos. Las hormigas locas, asesinas,
destruyendo cuanto encuentran a su paso.
De golpe se ve arrebatado por el vértigo del descenso y siente el complejo mecanismo
de la caída. Las hojas de los árboles vuelven a adquirir tonalidades verdes, el foco de la
habitación brilla rodeada de bichos, la cigarra canta monótona en el fondo del patio y están
presente la mesa, las sillas, las paredes.
- Parece que va a llover - dice Eduardo sin dirigirse a nadie.
Arnaldo lo mira sobresaltado. Pestañea. Observa a su alrededor como si hubiera
aparecido allí de manera brusca y se encontrase entre cosas y personas desconocidas.
- El también estaba lejos - piensa Eduardo.
- Si..., puede ser... - respondió Arnaldo.
- Hace una semana que no para este viento norte.
Don Eduardo apoyó las manos sobre la mesa. Se levantó con cierto esfuerzo y se
dirigió al baño.
- Orino mucho por ahora - pensó.
- Sabés Lelia, en la oficina se está organizando un asado para el domingo, así que
preparate. Hay arroyo y todo.
- ¿Donde va ser?
- En un balneario sobre el arroyo no se cuantos. No es muy lejos. Un poco más allá de
Caacupé.
- Ha se ser en el Yhaguy entonces... voy a ver como está mi traje de baño.
- Hoy me siento bien - dice Eduardo después de volver del baño - ¿Porqué no salimos
a sentarnos afuera con Irene?
- Vamos - aprueba Lelia - espero que no haya mosquitos.
- ¡Qué hermosa luna! - exclama Arnaldo
- No digas eso, que trae mala suerte - le recrimina Lelia.
Un haz color ceniza atraviesa la enredadera e ilumina el césped descuidado que
dormita su ensueño vegetal.
Algunas luciérnagas giran en espirales breves.
- Casi..., casi - dice Lelia - podría asegurar que mañana va a llover.
- Si... - asiente Eduardo - Hizo un calor pesado esta semana...
- ... y yo la dije que se vaya - salta de golpe la voz de la abuela en tono de falsete -
Claro que ella se hizo la mala conmigo y quiso pegarme, pero yo le dije que se vaya, pero date
nomás cuenta cómo ésta se me viene a hacer ahora. No respeta nada..., es una loca, si , así
como te cuento... y tuvo que irse, yo no le voy a estar aguantando todo lo que se le ocurra.
Eduardo acaricia distraído la cabeza de la abuela. Arnaldo enciende un cigarrillo.
Lelia se hamaca. El patio es blanco y luminoso. Transparente. Rolo duerme. El viento norte,
con aspereza tierna, los acaricia a todos .
- Yo le llamé a papá, papapapapá y cuando vino, él también le dijo que se vaya y se
fue..., je je je je .... otro día no se va a acercar para hacerse la mala conmigo porque sabe que
voy a decirle a papá que le eche de la casa. Pero date cuenta lo caradura que tiene que ser...,
pero cuando se fue, yo me reí de ella y me puse contenta y canté:
“niños vienen
niños van
rápido sus pasos dan
papá..., papá....¿dónde estás papá? No me quiero quedar solita porque tengo miedo y voy a
llorar...,papá... papá.....

- 63 -
Augusto Casola

“cantando van
en hileras
con sus caras placenteras
trala la , tralala, tralalalalalalala”
Afuera corría la tarde con esa indolencia habitual de los miércoles. ¿ Qué puede
suceder un miércoles de principio de mes?, se preguntaba Eduardo sentado en la gran sala que
le servía también de escritorio cuando llevaba a casa algún trabajo que no pudo completar en
el negocio, aquellos documentos que por su naturaleza, requerían mayor atención.
Fue a causa de estos papeles que no salió por la tarde, y como tenía tiempo, después de
almorzar hizo una siesta más prolongada.
Despertó empapado en sudor. Irene seguía durmiendo a su lado.
Los papeles, amontonados sobre la mesa escritorio, se hacían molestos por lo
pegajosos. Eran los primeros días de calor del año y el verano a se perfila tremendo, pensó
Eduardo.
Un poco más tarde escuchó, viniendo de la cocina, el ruido característico de las
cacerolas, de la lechereras y el zumbido amortiguado del nuevo calentador “Primus” puesto a
funcionar.
Los sonidos de la casa y sus urgencias. Todo convertido en el susurro sosegado que
llegan hasta él. Los sonidos de la casa.
Se aquietaron las aguas turbulentas de la pasión hacia Elvira y aunque lo seguían
visitando las mariposas ciegas del recuerdo, se diluían con mayor facilidad en el paisaje
sosegado de la casa y la familia.
- Siempre fui una mujer decente - exclamó Irene mirando con dureza a Eduardo que no
pudo resistir los penetrantes dardos arrojas dos por los ojos de la mujer - Vos sos el que nunca
pudo entender eso..., y aunque nunca dejaste de venir a dormir a casa, como un derecho
indiscutible, ¡no soy la idiota que vos creés como para no darme cuenta cuando un hombre
viene de la cama de otra mujer!
- Estás imaginando disparates, Irene - se defendió Eduardo sin levantar los ojos, fijos
en sus manos, donde lo dedos jugaban unos con otros - No creo que actúes con equidad al
decir lo que estás diciendo. Nunca , en la medida de mis posibilidades, hice faltar nada en la
casa. Ni para vos , ni para Anita.
- Y vos creés que tu deber está cumplido, ¿verdad? Porque hay otra mujer, Eduardo, y
a mi vos ya no me querés más... No se porqué no te vas, si aquí todo te da rabia, todo te
molesta... Lo que pasa es que no me podés ni ver más...¡Eso es lo que pasa!
Eduardo levantó la mirada hacia Irene. ¿cómo explicar lo que él mismo no
comprendía? ¿Cómo decirle a la mujer que lo amaba y a quien continuaba amando que no era
falta de cariño lo que le hacía actuar a veces con esa violencia fuera de control? El estaba
consciente del enfrentamiento, de esa cruel batalla que se desarrollaba en su alma, reiterativa
en su crueldad, vigente sin explicaciones, escondida en el desapacible campo e batalla de su
ser.
Y al encontrarse falto de argumentos capaces de expresar sus emociones - para él
también oscuras e incomprensibles - se apoderaba de Eduardo una extraña mezcla de
humillación y de ira ante motivaciones nimias, haciéndole explotar en un vendaval de
improperios que le resultaba imposible controlar.
¿Cómo explicar todo esto a Irene?¿ Y Anita? Como decir: las quiero, no puedo
separarme de ustedes. Se que soy un gran egoísta, pero las necesito. No puedo comprender
cual es el sentido del amor, de ese accidente que se adueñó de mi. La pasión, la dolorosa
pasión del amor. No puedo.
El cauce normal, pensó Eduardo abstrayéndose de las cifras que se movían delante
suyo. La vida tranquila y despreocupada de un hombre subordinado a la repetición de los

- 64 -
Segundo Horror

quehaceres diarios, ese pequeño mundo donde miles desarrollan su vida, sus pequeñas
alegrías, sus pequeñas penas, realizan sus faenas, aman, se ven abrumados por las presiones
del trabajo, la incertidumbre de lo hijos, cosas pueriles que hacen el cada día de cada uno...
Mi relación con Irene ha mejorado. Ahora ya no nos peleamos tanto, es como si
hubiésemos corrido un velo, una densa cortina que cubre. Lo que llamamos ayer.
¿Tengo algún atenuante?
Si. Amé a Elvira y en nombre del amor se pueden perdonar todas las locuras humanas,
pero tiene su precio.
¡Hace tanto tiempo!
Ahora, cuando camino por las calles y veo las paredes pintarrajeadas con manifiestos
vueltos a cubrir con cal, de cualquier manera, pienso lo lejano de la revuelta de Ilaudino
Gavilán, su triunfo indiscutible, como un Angel de Luz separando con su espada flamígera a
los oráculos y culícidos del Reino del Horror aunque luego de tan maravilloso triunfo haya
caído en manos del Areópago de los políticos de levita y bastón y de los menos distinguidos
pero igualmente peligrosos intrigantes y adulones...
No habrá sido ese el final soñado por Gavilán.
Y por último, las cosas están casi iguales que al principio. Se vuelve a sentir la calma
tensa que precede a la tempestad. Y aunque todavía no se apelotonan las nubes en un
horizonte negro y amedrentador, vuelve a vislumbrarse el destello de algún relámpago
desapercibido y al que nadie da importancia, con su brillo fugaz en el hermoso atardecer,
entre resplandecientes matices del oeste que con el ocaso de otro día, promete una aurora
brillante en resplandores de luz.
Es tan esquiva la felicidad...Haciendo un balance de dolores y alegrías ¿podría afirmar
que fui feliz..., o infeliz? ¿ Qué es la felicidad y qué la desdicha? ¿Acaso no van ambas a
desembocar en la misma laguna de desesperanza, dejando solo las cicatrices que no son sino
marcas de lo que fueron en su oportunidad esas mismas alegrías o esas viejas tristezas?
Todo acaba en lágrimas. La alegría, el placer, hasta las locuras que uno comete en
arranques de una euforia sin sentido...
- Eduardo - dijo Irene desde la cocina - Ya está lista la merienda, si querés venir.
Eran las cinco pasadas.
Eduardo se levantó de la silla, acomodó los papeles que seguían a continuación y se
dirigió hacia su mujer.
Irene ya estaba sentada a la mesa y le sonrió.
- Es un chocolate especial para vos, por quedarte esta tarde en casa - le dijo - Inclusive
hay medias lunas. Dejale aunque sean dos a Anita.
- Por lo visto vale la pena quedarse en casa de tarde en tarde - bromeó Eduardo
sirviéndose de la lecherera - no se vive del todo mal en esta casa - agregó.
Estuvieron conversando de temas baladíes. Después se levantó dirigiéndose de nuevo
a la gran sala mientras Irene comenzaba a lavar los pocillos usados.
Fue entonces cuando escuchó la frenada brusca cortar el aire con un chirrido al que
acompañó el ruido opaco que produce un cuerpo al caer sobre el capó de un automóvil y algo
parecido a un grito trunco quedó flotando en el ambiente.
Eduardo escuchó cómo los enseres de vidrio de la merienda reciente escaparon de las
manos de Irene, destrozándose contra las baldosas.
Se levantó temblando y vio a la vecina correr hacia la esquina, donde ya se iba
arremolinando la gente alrededor del accidente.
La adolescencia de Ilaudino y su hermano Ernesto se presentaron y manifestaron de
modos muy diferentes, aunque con una simultaneidad notable que destacaba aún más la
disparidad de sus expresiones.

- 65 -
Augusto Casola

La dominante para Ilaudino fue determinada por el arribo al pueblo de un hombre


anciano y solitario que llegó una tarde conduciendo una de esas carretas que llaman cachapé,
que iba tirada por una mula aplastada por un cansancio enorme y cuyo aspecto era superado
solo por el aspecto lastimoso de león vencido del amo, que se instaló en silencio en un
extremo del enorme pantano formado por el arroyo Yacaré Ñe-e, ubicado al sur de San Pedro
del Ycuamandiju, donde vivían los Gavilán.
Si no hubiese sido por la natural curiosidad que devora a los habitantes de los pueblos
pequeños y apacibles, hasta hubiera sido posible que Ilaudino nunca se enterase de la
existencia del ermitaño.
En esos día llegaban al pueblo enviados de bandos enfrentados del gobierno de
Asunción y se apoderaban de la autoridad del lugar, muchas veces en forma extemporánea y
con mandatos caducos, dado que los vaivenes de la política de la capital se conocían con
meses de atraso.
Cuando lo fueron a visitar a Rumboso Aguilar, éste les dijo :
- Lo único que quiero en esta vida es que me dejen en paz - con una voz gangosa y
cansada, como extraída a la fuerza, como lo describió el mandamás de turno.
La tarde que Ilaudino decidió ir a verlo, se corría sobre el campo una brisa suave, que
no dejaba marcas de su paso y apenas audible entre el insistente zumbido de los insectos que
anunciaban el aguacero cercano.
La nubes, convertidas en denso algodonal plomizo, se desteñía hacia el oeste en esa
policroma luminosidad de los días calurosos del estío que aplastan con el sopor de la
humedad.
Ilaudino vagaba sin rumbo fijo y casi sin querer se acercó al rancho donde vivía
Rumboso Aguilar, después que las autoridades dejaron de preocuparse por él y lo
consideraron un medio ido que no era peligroso para nadie.
Ilaudino se detuvo a la sombra del viejo aliso y observó desde unos cien metros el sitio
que usaba Aguilar para su vivienda y no se diferenciaba mucho de otras tantas culata jobai del
lugar, con sus paredes de adobe revocadas con argamasa de lodo gris. Un poco más abajo se
extendía el pantano cubierto por el camalotal que todo el año formaba una inmensa sábana
vegetal hasta donde alcanza la vista.
Estaban sentados en el corredor de la vivienda cuando del suelo se levantó el olor
fresco y vivificante causado por el aliento largo tiempo contenido dentro de su piel
polvorienta, al sentirse golpeada por las gotas gordas que la marcaron de viruela húmeda
mientras la bóveda del cielo adquiría una tonalidad densa y oscura, de luto cerrado, rota cada
tanto por las grietas abiertas creadas por relámpagos furiosos. Con el torrente de lluvia, el
campo y el estero desaparecieron tras la cortina de agua y los dos hombres, el joven y el viejo,
miraban el chorrear de los bordes de la paja del techo que iba formando en el suelo un largo
riachuelo sucio.
- Todos preguntan quien soy, de donde vengo, qué hago. Me miran de reojo y me
tienen miedo, porque eso es lo normal, Le tienen miedo a todo. Hasta a mi - rió bajito, como
si llorara- Pero yo no soy peligroso. Solo que estoy cansado de tanta lucha estéril, de tanta
canalla, de tanto político trashumante, de tanta palabrería inútil, de tanto cinismo...
- Yo era un joven y ambicioso profesional pero desperdicié lo mejor de mi vida en esa
barahúnda, sacrificando la pureza de mis convicciones en el altar de las conveniencias,
transformé mi propio templo en una cueva de ladrones y vendí mi honor como una rea del
puerto se vende a los borrachos que la contratan y de idealista me convertí en un burdo
orador, en una rata agazapada, dispuesta a dar el mordisco o a meterse rápidamente en el
primer agujero de albañal, por repulsivo que fuese, con tal de salvar mi valioso pellejo.
Aprendí bien las triquiñuelas y defendía con mis grandes dientes de roedor cada moneda que

- 66 -
Segundo Horror

iba acumulando para formar, yo también, mi riqueza, la fortuna que me haría respetable y
poderoso.
- La política en nuestro país está dirigida por generales engreídos, coroneles
ambiciosos, políticos oportunistas y variado pelaje de vagabundos que al meterse en la espiral
del poder hasta podrían llegar a ocupar puestos relevantes, pese a que el único mérito que
tuvieron siempre era el de lamer a los de arriba y humillar a los de abajo...., gente sin dignidad
ni decoro, gente que va a matar y a robar y luego con una sonrisa en los labios, negarán
haberlo hecho...
- Y yo era una de esa gente, más podrido y más repugnante que cualquiera de ellos
porque era consciente de mi propia bajeza hasta que me di cuenta que todo se derrumbaba en
una silenciosa hecatombe de la cual la única víctima era ese anónimo componente de la
sociedad que es el pueblo.
- Pero, ¿quién es el pueblo? El pueblo no existe, es una palabra, es una figura...,
existen hombres, mujeres, niños. Existen personas que van y vienen como hormigas buscando
salvar la olla de cada día..., ese no es el pueblo, esa no es la masa del sacrificado pueblo o el
valiente pueblo o lo que fuera se les antoje decir a los demagogos de turno... No existe el
pueblo y la gente que va y viene, los que trabajan, los campesinos, los jóvenes, no son sino
individuos que no importan a nadie desde el momento que puedan identificarse, que puedan
opinar..., el pueblo es un gran fantasma que no existe sino cuando hay que hacer discursos en
el aniversario de la independencia o de algún acontecimiento que llenó de luto o de vergüenza
para las madres. Lo demás no sirve para nada. A no ser para los discursos, como te digo...,
pero para nada más...
Como todas las tormentas de verano, esa se coló en la tarde para acabar enmarcada en
un refulgente arco iris y cuando ya de vuelta Ilaudino se encontró con Ernesto, la tarde no
recordaba de la lluvia anterior..
- ¿Donde te fuiste?
- Estuve dando vueltas y después me quedé a esperar que escampe en el rancho del
viejo Aguilar.
- -¿Y qué te fuiste a hacer allí? Mejor no te metas con ese, porque nadie sabe qué lo
que vino a buscar. Dicen que todo el día está sentado frente a su rancho y solo come frutas y
pescado. Es medio ido, dicen.
- Sin embargo, es un hombre muy inteligente.
- Pero no ha de ser nomás tan inteligente si viene a terminar con sus huesos en este
pueblo - observó con desprecio Ernesto.
Habían pasado unas semanas desde la fiesta de san Juan y el joven iba de un lado para
otro merodeando la casa donde vivía Soledad del Niño Jesús con su madre y una tía, según se
enteró. Salían poco, aunque eran amables con todos y grandes trabajadoras, pues se pasaban el
día en el telar elaborando los ponchos de sesenta listas que eran su especialidad.
- Pero vos no vas a aprender nunca - lo recriminó un martes a la tarde Ernesto
- ¿Qué lo que no voy a aprender - quiso saber Ilaudino.
- A una mujer no le vas a conquistar sentado aquí y jugando por tu pie. Así lo único
que va conseguir es que venga otro y te gane de mano. Si te interesa eso, bueno, seguí así pero
si le querés, tenés que hacer otra cosa.
- ¡Claro que le quiero! - respondió Ilaudino en voz baja - y ella también me ha de
querer..., o si no para qué tanta vuelta en la fiesta de San Juan , ¿eh?
- Y claro que te busca - exclamó Ernesto, burlón - Y qué más lo que querés... Esta
noche va a actuar Roberto Cañete en la pista. Roberto Cañete y su orquesta típica, ya sabés....,
andaba dando vuelta por Asunción y me parece que se fue a Buenos Aires también. Le
hicieron correr a balazo limpio, me parece....bueno, lo que sí actúa esta noche y va animar
Agüitín Machado...

- 67 -
Augusto Casola

- Y ¿qué pasa con Cañete?


- ¡Cómo qué pasa! . Le vas a llevar serenara a la Soledad del Niño esa y ahí mismo te
declarás. Eso lo que pasa. Y así le va a poder visitar el otro día. Allí viven solo mujeres, que
por lo meno mate han saber cebar..., se pasa encerradas todo el día haciendo ponchos y
después venden en Asunción. Ese don Raimundo que viene de vez en cuando lleva todo lo
que preparan esas mujeres y sale a vender. ..
- Y vos decís que le vamos a llevar serenata...
- Y claro, chamigo...
Pasada la media noche solo quedaban en la pista los músicos. Dos guitarreros, un
arpista, un rabel y el bandoneón, ya bastante entumecidos por el trago, sonrientes y dispuestos
a dar una mano a Ilaudino.
- Y si es para que vos le enamore a esa cuñataí, nos vamos irno donde vos quiere,
chera`a - dijo con voz pastosa Roberto Cañete.
Los músicos, distraídos y somnolientos afinaban sus instrumentos y seguían bebiendo
su caña. De tanto en tanto le lanzaban a Ilaudino una mirada ladina y volvían a afinar sus
instrumentos.
La distancia de la pista hasta la casa de las hilanderas era bastante larga por lo que
tenían preparado un carro tirado por dos bueyes del cual descendieron todos, habrá sido
alrededor de las tres de la mañana porque los primeros gallos comenzaban a cantar.
Los músicos volvieron a afinar sus instrumentos frente a la casa, y los sonidos, en
medio del silencio, parecían adquirir resonancias extrañas, llenas de presagios.
El arpista ubicó el arpa sobre su silleta, los guitarreros y el rabel ajustaban sus clavijas
sin dejar de hablar y el corazón de Ilaudino daba violentos saltos dentro de su pecho. Por fin
arrancaron con los acordes suaves de Nderendape ajú, seguida de otras dos músicas tan
románticas como la primera y al terminar la tercera, se entreabrió la puerta que daba al
corredor de la casa y apareció Soledad, que por una vez, parecía tímida y desconcertada.
Ilaudino se acercó a ella mientras los músicos iniciaban una nueva melodía que
escondiera con delicadeza las palabras que irían a decirse los enamorados.
Arnaldo estaba leyendo un libro. Lelia, en la cocina, conversaba con Petronila.
- Me parece que va a ser poco el arroz, Petronila - exclamó Lelia, mirando con
desconfianza la olla humeante - La sopa tiene aspecto medio aguada
- Y le puedo poner más arroz si querés, la señora - respondió la chica sin dejar de
moverse de un lado para otro distribuyendo los platos y cubiertos sobre la mitad de la mesa
que ya estaba cubierta por un mantel - pero a lo mejor sale guiso en vez de caldo...
Lelia volvió a revolver el caldo que hervía en la olla enlosada grande.
- Si te parece... - concedió dudosa - Bueno, dejá nomás así, porque Arnaldo dijo que
quería sopa... no sea que se haga guiso, como vos decís.
- ¿Qué estás leyendo? - le preguntó a Arnaldo cuando entró a la sala.
- No se, es un viejo libro de poesía que no tiene tapa y está por la mitad.
- ¿Y no sabés ni de quién es?
- Habrá sido de tío Eduardo - le dijo Arnaldo bromeando
- Ah..., el autor, te pregunto...
- No, no se... Escuchá...

Cuando la magia de tu amor me envuelve


Ni hay pasado ni hay futuro
Solo presente perenne
Compartido

- 68 -
Segundo Horror

Cuando la magia de tu amor me envuelve


Y es destello tenaz de los sentidos
Cesa todo y permanece
El aroma a flor
De tus suspiros

Cuando la magia de tu amor me envuelve


La primavera enciende mil rosales
La Luz se hace cuerpo en tu palabra
Y todo queda olvidado
Y perecido

Cuando la magia de tu amor me envuelve


Y solo estamos tú y yo en un abrazo
De lo eterno entiendo su sentido
Al sorber el néctar
De tu boca

Cuando la magia de tu amor me envuelve


Y estamos solos, ansiosos, aplacados
Ni el pasado ni el futuro existen
Solo el verbo hecho carne
En tu ternura.

- Yo no entiendo nada de poesía, Arnaldo - le dijo Lelia


- Es interesante... - dijo Arnaldo para sí mismo - es un libro del viejo..., quien sabe de
que año... A lo mejor era de la abuela.
- A ella le gustaba leer antes. Ahora no entiende nada..., me pregunto como funcionará
su cabeza. Hubo momentos en que se daba cuenta...Me acuerdo que una vez me contó tío
Eduardo que le miró a los ojos, no con la mirada perdida de ahora, sino como era antes y le
dijo ” cómo quiero ser otra vez como antes”.... Ella se daba cuenta... Hubiera sido mejor si se
moría, digo yo... Tío Eduardo decía que no pudo morirse, no porque no lo hubiese querido
sino porque antes de conseguirlo, se perdió por el camino. Era medio raro también el tío
Eduardo, a veces.
- Yo no diría raro - argumentó Arnaldo - Un poco excéntrico tal vez, pero era un
hombre muy inteligente. Daba gusto conversar con él... Lo que se dice ¡un gran tipo!
- Papá - dijo Rolo dejando caer su portafolios sobre la mesa - tengo que tener listo mi
equipo de fútbol para esta semana. El domingo es el primer partido de inter barrios y Coronel
ya avisó que si no se tiene el equipo completo, no se puede jugar.
- Entonces, jovencito - dijo Arnaldo - tendremos que salir mañana juntos, a ver si
compramos esos elementos deportivos - miró a su hijo y preguntó: ¿En qué puesto vas a
jugar?
- De back - respondió Rolo, con no disimulado orgullo.
Como era invierno, la hora de volver Rolo de la escuela coincidía con la primera
oscuridad de la noche y la familia acostumbraba a cenar temprano. Luego se acostaba.
A veces, Arnaldo quedaba escuchando la radio hasta algo más de las nueve, pero era
rara la ocasión en que la casa tuviera algún movimiento pasada las diez.
Después de cenar Rolo se dirigió a su pieza. Se sentía nervioso y contento. Inquieto.
- Ahora no puedo decir nada, pero ya no soy más una criatura. Soy un hombre y
Petronila tiene vergüenza de mi. Me dio risa el otro día cuando me estaba bañando y jugaba

- 69 -
Augusto Casola

con mi cuerpo nuevo. Claro que ella no sabía y creyó que era la misma criatura de siempre...,
se asustó tan grande... Me dio risa, después. Se quedó mirando y yo, quieto, para ver qué
hacía con mi cuerpo nuevo delante..., todo desnudo y ella ahí enfrente. Estiró la mano y apretó
con dos dedos primero y después agarró con toda su mano y más fuerte... Yo medio que
temblé todo pero no dije nada. Después ella dijo: Jesú che Dio y se fue. Ahora ya no me mira
ni me baña. La otra vez escuché que le dijo a mamá que yo era muy grande ya..., lo que pasa
es que se asustó tan grande...
Querida Lelia:
Lo que me abruma no es tanto la soledad como este fastidio nacido de la necesidad de fingir.
Es como estar detrás de una puerta siempre cerrada que sabés que da al vacío.
Cuando la abrí, encontré tras de ella una oscuridad profunda, es decir, no había nada. Creo
que ese contacto vivo con la oquedad sin horizontes es la causa de esta sensibilidad a flor de
piel (insoportable y dolorosa) que siento ahora y hace de mi cuerpo un diapasón que capta
vibraciones inaudibles para los demás y las transforma en aullidos de mi angustia.
Soy también una cámara fotográfica impresionando sin cesar imágenes cuyos contornos, por
lo general dispersos, cobran inusitada unidad y arañan la retina de mis ojos con los bordes
filosos de sus ramificaciones, haciendo sangrar sus venillas .
Ocurrió de repente ¿sabés? No me preguntes cómo ni donde ni cuando.
De repente se volvió insoportable para mi piel el contacto con cualquiera de las cosas
inocentes que nos rodean... (no se porqué te escribo “inocente”. Te darás cuenta que es una
palabra engañosa).
Sigo: acababa de bañarme. A través de la ventanita miré despreocupada el edificio de
enfrente mientras la toalla recorría mi cuerpo. Me vestí. Recuerdo que íbamos a salir con
Marcia - ya te hablé de Marcia, ¿verdad? - y cuando estuve frente al espejo para peinarme,
las manos se me quedaron inmóviles a la altura de la cabeza. Una de ellas sosteniendo un
mechón de mi pelo y la otra con el rizador. Se detuvieron por solas, soltaron lo que sostenía
cada una e iniciaron un descenso blando a ambos lados de mi cuerpo hasta quedar colgadas
del extremo de mis brazos.
Yo miraba el espejo. Me miraba, observando ese descenso y fue entonces cuando las ropas
me apretaron, cosquilleándome en las piernas, la espalda, los pechos. Era una molestia
repulsiva.
Las manos cobraron vida para desprender los botones de mi blusa verde, siguieron con el
cierre de la pollera marrón tableada y ambas prendas cayeron a mis pies. Luego me sacaron
la ropa interior y quedé desnuda frente a la imagen del espejo.
Una vez que las manos terminaron su cometido, volvieron a pender de los brazos con sus
dedos semi encogidos. Estaban simplemente, colgando a unos centímetros por encima de las
ropas, a ambos lados de mi cuerpo desnudo y sin pudor.
No se cuanto tiempo estuve allí inmóvil, pero seguro que pasó bastante hasta que pude
caminar y tenderme en la cama. Quedé dormida (al menos eso me pareció), sin cerrar los
ojos, sin ver. Abandonada.
Habrá sido entonces cuando me entró esta desolación, esta indiferencia absoluta. Solo
deseaba permanecer en la cama sin moverme, con los ojos abiertos, percibiendo las cosas de
mi alrededor, oyendo el ronroneo de la calle - tan lejana allá abajo del departamento...
Esto ocurrió hace dos días.
Hoy tuve ganas de escribirte, de contarte cosas... Por ejemplo, que hay algo de viento, no se
como explicarte, es distinto, espeso. Puede que vaya al cine o, a lo mejor, después de
terminar esta carta vuelva a tirarme sobre el colchón a observar cada pedacito de la realidad
de esta habitación. Hasta oigo el deslizarse de las hormigas entre los ladrillos y la
argamasa......

- 70 -
Segundo Horror

Si, te ha de parecer un poco raro..., bueno, a mi también, para qué voy a engañarme y sin
embargo, Lelia, desde hace tiempo, sé que dentro de las paredes hay un intrincado laberinto
por donde ellas se pasean.
Desde luego, si una se pone a pensar, con todo el ruido que llega desde la calle a pesar de lo
alto que está nuestro departamento, hasta parecería un contrasentido afirmar que pueda
escuchar algo tan sutil, pero ocurre que no es tan simple de explicar como parece.
Te da la impresión de que no es el oído el que capta el crujido dentro de las paredes sino
algo que tengo en la cabeza. Yo tampoco lo quise aceptar al principio, pues una vez que
superé ese momento tan extraño que te describí antes, cuando me recuperé más o menos, tal
vez estaba volviendo a la cabalidad. Fue entonces cuando comenzó a llegar hasta mi el
ruidito lejano pero claro y audible de sus pisadas ¿sabés.
Me vas a decir : ¿ y cómo sabés que son hormigas?, ¿por qué no han de ser gusanos o
cucarachas o a lo mejor un ratoncito?
Bueno, a riesgo que te rías de mi, supe y sé que las pisadas son de hormigas, aunque no haya
visto ninguna en el departamento. ¡Vos sabés lo maniática de la limpieza que soy!
Todo parece normal: los ladrillos, la mezcla, el revoque. Uno ni siquiera podría imaginar
que están ahí, trabajando asiduamente, con la tenacidad obtusa que les caracteriza,
organizando quien sabe qué espantosa sorpresa.
No puede ser nada bueno pues toda su actividad es oculta y subterránea. Te aseguro que de
repente me entra un miedo tremendo. Me dan ganas de salir a la calle gritando como una
loca: ¡revisen sus paredes! Pues estoy casi segura que todas las casas están llenas de los
misteriosos laberintos que construyen estos insectos tan peligrosos...
Ay, Lelia... si supiera... Por lo menos tendría mayor tranquilidad y hasta podría llamar la
atención de la gente. Pero si le digo a papá, por ejemplo, que debemos destruir la pared que
se hizo pintar hace dos meses, porque dentro de ella las hormigas están germinado, se va a
quedar mirándome como si fuese una tarada y a lo mejor hasta sonríe y me da unas
cachetaditas en las mejillas, como lo viene haciéndo desde que era una niña y se sentía
desconcertado, para después volverse para ir a su habitación o a leer el diario.
Lo conozco bien.
Pero yo sé que iniciaron a cavar en los intersticios y cada día los túneles son más extensos y
complicados.
Van a terminar por apoderarse de todo, estoy segura. Basta que me concentre y ya vuelvo a
escucharlas...
Llegué frente a la casa y me detuve antes de abrir la puerta cancel. Sentía fluir, a través
de la falleba y de los vidrios cerrados de los ventanales que dan a la calle, algo parecido a la
respiración entrecortada de un monstruo agazapado dentro de ella: alerta, protegido por la
penumbra indecisa de la primera hora de la noche que se abate sobre la ciudad.
Se me antojó que el silencio, guardado en las cavidades limitadas por las paredes de la
casa, le transmitían un aire grotesco de irrealidad, aguzado por las sombras informes que
manchaban su fachada a causa de las cornisas y el corredor en donde se alternaban luces y
sombras con el agitarse del farol de la esquina movido por el viento.
Acaso la tristeza se apodera de las cosas afirmándose con el aliento que respiran las
habitaciones, apresando su humor que persiste encerrado, asfixiándola de a poco, hasta
transformar la casa en un cadáver cuya putrefacción hiede aferrada a cada molécula de la
argamasa, a cada resquicio o irregularidad del revoque o la pintura volviéndose tan común,
que ni el olfato logra ofenderse salvo el de los extraños, que lo perciben al traspasar la puerta
de la calle.
Uno se anticipa a esas experiencias, esas sensaciones confusas y por lo mismo las
teme. Tuve la impresión que toda esa mole, ubicada frente a mi, existía solo para rechazarme,
mostrando su abominación hacia mi persona, como si yo fuera un profano intentando

- 71 -
Augusto Casola

descorrer el velo del misterio protegido por la respiración agónica de esa casa a la cual hasta
entonces consideraba mía, pero que ahora, por algún extraño sortilegio. Se convertía en la
poderosa fuerza cuya única finalidad era rechazarme para proteger lo desconocido encerrado
en ella.
Estaba frente a mi sin darme sosiego.
Me sentí exhausto, incapaz de realizar el acto tan sencillo de introducir la llave en la
cerradura, apoyar la mano en el picaporte y atravesar las tinieblas espesas y palpitantes que,
sin duda, me esperaban con odio, con ese odio indefinible de las cosas inanimadas.
Es algo difícil de explicar, pues ¿de donde sacar las pruebas tangibles, las referencias
palpables que demuestren esa repulsa fría que hay en ellas? ¿ Cómo decirle a alguien, a la luz
del día, cuando el sol cae de lleno sobre la fachada desleída por el tiempo, que esa
construcción, esas paredes, las puertas y las ventanas de aspecto desteñido y difuso encierran
un maleficio que por la noche se convierte en horrorosa pesadilla poblada de seres y sonidos
que habitan su argamasa reseca y cobran vida en los goznes oxidados, en las rendijas
obstruidas por la polvareda, en los quiebres de una rajadura, en la humedad de las paredes con
sus muecas grotescas que desnudan el alma de la bestia que las habita?
Bien mirado, hundidos en esa hora incierta y careciendo de otras referencias, no
podemos explicar el miedo que se transforma en terror y éste en pánico paralizante.
Sentí las de mis manos palmas húmedas y la camisa pegada a la piel. El sudor traspasó
la tela marcando el saco del traje que tenía puesto, destacando una mancha pardusca en las
axilas.
Me pareció escuchar, al otro lado de la puerta, algo semejante a voces repetidas en
susurros y el arrastrarse de pies descalzos, que de la sala iban al interior y sin saber porqué,
me embargó una alegría pueril, intensa. Era la ilusión de que fuera lo que fuese, el peligro
había pasado y eso que estuvo allí, ya no podría hacerme daño, aunque el hálito permaneciera
frente a mi con todo su poder y su odio.
Estaba seguro que eso me tendería una celada, cualquiera fuesen mis movimientos, me
caería encima ni bien pusiera los pies dentro del silencio que ahora reinaba en la oscuridad.
Observé a mi alrededor.
El mismo vecindario de casas envejecidas, como sus moradores (Irene y yo éramos los
más jóvenes del barrio en por lo menos a dos cuadras a la redonda). El empedrado mostraba
su rostro de granos negros y lustrosos y surgía de la oscuridad a cada balanceo de la pantalla
con el foco eléctrico de la esquina.
Algunas ventanas estaban iluminadas, pero la mayoría de las casas seguían sumidas en
la opaca claridad de la hora que se cernía sobre la calle desierta.
Pensé en algo vulgar. Supuse que las mujeres estarían en la cocina preparando los
guisos para la cena de sus maridos y sus hijos.
- Y no pueden tardar mucho - me dije - porque se va haciendo de noche.
Estaba seguro que en cualquier momento pasaría algún vecino, me saludaría con una
breve inclinación de cabeza o agitando una mano en alto e iría a perderse tras alguna de las
puertas de los zaguanes o corredores que comenzaban a difuminarse en la penumbra.
Entonces la extraña sensación de angustia que me poseía, reventaría como una pompa de
jabón ante lo prosaico de lo cotidiano y yo volvería a estar en mis cabales.
Pero sobre los hombros, sólo sentía el peso de la desolación que rechazaba desde el día
del accidente en que murió Anita.
Me sacudió el escalofrío incrustado en la piel, pues por un instante creí verla como era
en otros días, corriendo hacia mi desde la esquina, con los brazos extendidos, abiertos en cruz
y la gran sonrisa de felicidad que iluminaba su rostro al verme llegar.

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Segundo Horror

Apuraba los pasos sobre las irregularidades de las baldosas de la vereda, cuidando de
no tropezar y caer de bruces, como le ocurría a veces. Cuando llegaba hasta mi, yo la alzaba,
haciéndole dar un par de vueltas a mi alrededor, lo que intensificaba su risa.
Enseguida volví a la adusta realidad anterior. Nada se había movido en el paisaje
opresivo de la calle.
Cerré los ojos y apoyé la mano en el picaporte, sacudiendo la cabeza para apartar esa
ilusión de una alegría que yacía enterrada en un cajón blanco junto al pequeño cuerpo de
Anita.
La puerta cedió a la presión y no pude evitar que en mis labios se formara una sonrisa.
Al fin, me dije, estoy en casa. Y yo creándome miedos para asustarme de los fantasmas que
fabrico a mi alrededor.
Entré resueltamente al interior de la sala oscura y observé bajo una de las rendijas, la
luz encendida en el cuarto contiguo.
- Irene ¿vos estás ahí? - exclamé y dirigí mis pasos hacia la habitación iluminada.
Antes de llegar, el hilo de luz de la rendija se apagó- ¿Sos vos, Irene? - inquiero, asombrado
del tono hosco y agrietado de mi voz - ¿qué estás haciendo que no me contestás, Irene?
¡Irene!
Ni bien pronuncié su nombre, percibí a mi alrededor la pegajosa presión del hálito de
la habitación. Me corrió por la espalda una línea de sudor frío que se perdíó en la cintura de
mi pantalón.
Abrí la puerta para encontrar la habitación vacía y la ventana del patio entreabierta,
desde donde me llegaba un murmullo tenue y cadencioso en timbre de mujer, que parecía no
querer asustar con tonos demasiado agudos.
Un susurro conocido por mi, por ser el arrullo con el cual Irene adormecía a nuestra
hija cuando se mostraba rebelde y no quería dormir.
No me cupo dudas, Irene estaba tarareando la vieja canción que le solía cantarle a
Anita:
De la rama una rosa
De la rosa un clavel
Del clavel una niña
Que se llama Isabel...
¿Para qué tantas flores
sino son para mi....?
esta niña de mi alma
que me muero por ti....
Terminado el estribillo, el vaivén de la cuna hamaca crujía levemente, yendo y
volviendo, acompañando el ritmo hipnótico que acababa por adormecer a la criatura, a veces
con la última lágrima de la resistencia todavía fija en la cavidad de sus párpados.
Quedé inmóvil, escuchando de nuevo el inicio de otra canción que también formaba el
repertorio de Irene:
Niños vienen, niños van
Rápidos sus pasos dan
Marchando van
En hileras
Con sus caras placenteras...,trala la..., tralalá., tra la la la lá...
Seguido del quebrado quejido del vaivén de la cuna.
Tropecé con una silla al asomarme a la ventana y vi a Irene sentada en el corredor, de
espaldas a la habitación de servicio del fondo que centelleaba con un rojo intenso,
envolviéndola en el resplandor de ese incendio sin llamaradas. Estaba sentada junto a la cuna
que iba y venía sin descanso, brillante también en la viscosidad bermeja que transparentaba a

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Augusto Casola

Irene haciendo resaltar sus ojos, inmensamente negros, transformados en cuencas vacías sobre
los pómulos blancos que bajo la piel de sus mejillas insinuaba los huesos del rostro.
Levantó hacia mi esas facciones cadavéricas, distendiendo lo labios en una sonrisa de
reconocimiento. Exhibió sus dientes, largos, blancos, desnudos hasta las raíces en la cara
descarnada que mantenía fija en mi sus ojos de mirada horrorosa, para luego volverse hacia la
cuna en la que sumergió las manos huesudas, rebuscando entre las cobijas que protegían su
tesoro y extrajo de ese lecho frío, la pequeña almohada de nuestra hija, recubierta torpemente
con el vestido de su último cumpleaños que yo había escondido en el fondo del ropero.
Y ese atado de algodón y funda acurrucó en sus brazos, desentendiéndose de mi, para
volver a canturrear la canción de cuna
Niños vienen, niños van
Rápidos sus pasos dan
Marchando van
En hileras
Con sus caras placenteras...,trala la..., tralalá., tra la la la lá...
De a poco Irene resurgió lentamente de ese letargo y sus labios volvieron a ser labios,
sus mejillas, mejillas, sus ojos dejaron de ser cavernas de un esqueleto como se me figuró al
verla al trasluz de una luz imaginada, para convertirse en otra oquedad que al contemplar me
causó una punzada dolorosa, pues en su mirada perdida pude intuir la sima de su recién
adquirida soledad, ese vasto campo sin árboles ni pájaros, ese desierto de abrojos y espinas
por donde iría a transitar un camino cada vez más apartado a la isla donde yo permanecía
anclado a causa de la cordura que me permite soportar el dolor, convivir con el miedo,
aferrarme al segundo horror que sostiene al hombre sin permitirle sucumbir.
La cuna hamaca terminó su función.
La pequeña almohada vestida de cumpleaños no era sino una grotesca caricatura a los
pies de esa mujer que ante mis ojos sufrió la metamorfosis que la transformó en una bolsa de
huesos y pellejo.
La miré perplejo, profundamente, en un afán no se si altruista o mezquino por querer
traspasar la barrera de sus ojos, con lo que yo también me perdería en ese universo de olvido.
Estiré una silla porque me sentía exhausto y quedé largo tiempo concentrado en la
contemplación de esa mujer que la noche había convertido en sombra.
Tal vez quedé dormido, consolado por ese olvido que nos es permitido, pues un arrullo
suave me hizo concentrar de nuevo la atención en el bulto casi invisible de frente a mi, del
cual provenía la tonadilla absurda, sin misericordia, con la que Irene cruzó el ancho río del
dolor.
De la rama una rosa
De la rosa un clavel
Del clavel una niña
Que se llama Isabel...
¿Para qué tantas flores
sino son para mi....?
esta niña de mi alma
que me muero por ti....
Para Rolo, el embarazo de Lelia constituyó un contratiempo molesto. Se sintió
desplazado, víctima del mal humor de la mujer que día y noche vomitaba.
Sin embargo, la única evidencia de que estaba el otro eran los plagueos de mamá, el
agua del inodoro tras recibir el desayuno, el almuerzo o la cena y las quejas constantes que no
entendía del todo pero de las cuales el culpable era ese hermano nuevo.
Comenzó a tenerle rabia, a matar más hormigas y a tomar más prisioneras.

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Segundo Horror

A veces las soltaba en el patio y prendía un fósforo para quemarlas de a una y disfrutaba al
verlas achicharrarse.
Después de desocupar las celdas, iniciaba la persecución de nuevas víctimas para
encerrarlas en ellas. Otras veces, se entretenía siguiendo el sendero de los insectos y les
derramaba agua hervida desde una pava, creando un arroyuelo lleno de cadáveres.
Una tarde encontró un pedazo de carne con ciento de hormigas prendidas a él y
tratando de llevar el alimento a sus cavernas. Las roció con alcohol de quemar y les prendió
fuego lo que las convirtió en una breve tea de llamas azules hacia arriba y roja en la base, que
se consumía velozmente hasta acabar transformadas en pequeñas carbonillas y antorchas
crujientes sobre el pedazo de carne quemada.
Después de hacerlo se sentía más tranquilo. Las cárceles repletas, con prisioneros que
soportaban una vida de tormentos, de luchas sin sentido, obligadas a desplazarse sobre los
cuerpos sin vida de sus compañeras.
Fue la peor época, porque nadie se sentía seguro y entrar a las prisiones significaba la
muerte.
Nadie pudo huir jamás de las botellas y los pocos liberados morían horas después a
causa de las terribles torturas del verdugo.
La crueldad del monstruo, lejos de aplacarse, volvía día a día a las persecuciones, destruía
las viviendas, asesinaba inocentes. Un terror sordo y paralizante se apoderó de la ciudad
subterránea. Eran días de espanto ante el horror de ocupar las celdas o caer víctimas del fuego
o el agua hervida. La miseria brotaba como los hongos blancos en el patio.
Pero antes de los primeros fríos, comprendieron que las escasas provisiones serían
insuficientes para conservar viva a la comunidad y decidieron salir en grupos dispersos y
numerosos, en el afán de eludir la vigilancia que se había vuelto implacable y aún a riesgo de
caer fulminadas en el intento.
Enfrentaron el terreno de la guerra que se había convertido en una pesadilla de cuerpos
destrozados y escombros entre las viejas construcciones. Tan grande era el espanto que las
más sensibles debían apartar la vista y concentrarse en su misión de huir y acarrear, sin
concederse la menor distracción hacia ese espanto inexplicable del cual habían caído víctimas
y cuya causa les era desconocida. Pero las incursiones fueron fructíferas. Lograrían
sobrevivir.
Solo más tarde descubrieron que la facilidad del triunfo solo presagiaba el desastre
definitivo cuando éste se abrió ante sus ojos y se les hizo evidente la última maldad que
tomaba cuerpo en el propio alimento envenenado.
El invierno llegó sin piedad, con aullidos del este y llovizna. Adornado de harapos,
hambre, nubes oscuras, ojos negros y cuerpos ateridos.
En la calle permanecían dando vueltas las hojas secas y la casa adquirió su aspecto de
mayor melancolía del año.
Las lágrimas de la abuela, que lloraba constantemente, se congelaban en sus pupilas y
a la luz de los rayos de un sol desleído, apenas tibio, volvieron su mundo un caleidoscopio de
figuras deformes.
Las pocas hormigas que lograron huir se perdieron en laberintos de cavernas cada vez
más profundas. Lo dejaron todo. Los prisioneros, olvidados en las botellas, terminaron por
congelarse y el patio volvió a ser un campo yermo y desolado donde gemía el viento entre las
ramas desnudas y el cuerpo de la abuela, que tiritaba sin cesar.
De súbito, me veo acompañado de una larga hilera de figuras silenciosas. Camino por
un sendero sombrío sobre el cual casi flotamos ingrávidos, con el suave deslizar de los pies
sobre el colchón de gramilla que nos sirve de ondulante alfombra de pelos vibrátiles y nos
empuja hacia el farallón que levanta su figura enhiesta y tenebrosa al fondo del paisaje.

- 75 -
Augusto Casola

Me distraía observando a mi alrededor sin detener mi avance. No podía hacerlo,


movido por esa correa sin fin, dócil, anhelando poder asir con la memoria todo el amplio
escenario nebuloso de matices inveterados que iban de uno a otro lado, de arriba para abajo y
de izquierda a derecha, ejercitando esa silenciosa danza de crepúsculos instantáneos y
resplandores blancos que estallaban de repente entre la densa niebla que envolvía a la torre
cada vez más cercana y medrosa.
El silencio es aún más compacto que la oscuridad. No tiene resquebrajaduras.
Conforma una suerte de pared invisible que limita nuestros pasos en medio del desierto
opresivo de alrededor. Me causó la impresión de no estar envuelto en un solo silencio sino en
medio de algún inexplicable aquelarre formado de ruidos dispares y vesánicos, tan
ensordecedores y agónicos que al mezclarse en quien sabe qué armonía de contrapuntos y
cacofonías, daba origen en el aire a esa densidad arcaica que lo envolvía todo en una ominosa
sensación húmeda y pringosa aferrado a nuestras formas a medida que transitamos grabando
en el suelo la huella de nuestras pisadas, que enseguida desaparecían bajo las huellas de los
pies que venían detrás de cada uno de nosotros.
La fila semeja un ondulante gusano en lenta procesión por la cuesta que bordea el
farallón que ya se imponía por su alta mole vertical, lisa, sin grietas ni salientes. Se me antojó
artificial, de superficie demasiado suave para haber sido obra del viento que nos envuelve sin
reposo. Demasiado perfecto para ser el producto de la naturaleza.
Me sobresalté ante la evidencia de que ese cuerpo y ese sendero estaban marcado por
el afán de perfección que solo puede nacer del hombre. Esta era su creación originada al
principio de los tiempos.
Apoyé con respeto la palma de mi mano izquierda contra la superficie tersa de la pared
y la sentí fría, sudada recubierta de pequeñas gotas de humedad que se adhirieron a la palma
de mi mano, creando en mi la desagradable sensación de acariciar la exudación de un cadáver
reciente. La aparté con rapidez y vi que varias sombras hacían lo mismo.
Algo debe haber en la cima, me dije, volviendo la cabeza hacia atrás para contemplar
una vez más el paisaje de pesadilla que se flanquea la mole. Estaba ya a media altura y las
nubes espesas tropezaban y se deshacían contra nuestros rostros. Los resplandores nos
cruzaban en continuos latigazos de luz que causaban un ceguera breve pero intensa al
transformar las sombras en brillantes teas tragadas de inmediato por la oscuridad.
Me recordaron la vieja hornalla en la que cocinaba Irene, cuando éramos jóvenes.
Soplaba y apuraba el fuego con la pantalla deshilachada y sin mango, con las puntas de sus
crines medio quemadas y con las que empujaba y repartía los carbones más ardientes y rojos
hacia los costados. Al soplar en la boca de la hornalla, el fuego cobraba vida y las pavesas
centelleantes escapaban por todos lados, como luces de artificio, con un crujido breve y
amenazador que arrancaba carcajadas de Irene y Anita, que a veces salía corriendo, presa de
un falso susto al ver como las cenizas encendidas la perseguían .
Cuarenta muertos
Y nosotros huyendo, cobardes y aterrorizados tras la masacre. Ateridos de horror ante
la visión de esos cuerpos tendidos en la ribera. Cuerpos..., cuerpos y sangre sobre la arena
blanca, coágulos hediondos calcinados bajo el sol del mediodía.
Y nosotros, huyendo
Cuarenta muertos quedaron en la playa luego que los soldados del gobierno
encontraron al grupo de Gavilán acampado cerca del Jejuí Guazú. El supuso una traición de
los guardias que custodiaban los accesos de la selva hacia el ribazo donde después de
encender la hoguera, se entregaron al descanso.
Llevaban una semana de marcha forzada entre el boscaje y el pantano que formaba el
río Salado, entre la enmarañada vegetación y las selvas de lianas, el camalotal, la extensa
sabana húmeda y peligrosa, las antiguas picadas llenas de mariposas multicolores e infectadas

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Segundo Horror

de los mbarigüí que no daban reposo a los intrusos que atravesaban esa selva casi virgen en su
eternidad de verde y marrón.
El próximo asalto podría definir la lucha, que en su etapa final ya llevaba un año.
Asunción quedaba solo a dos jornadas de marcha. Lo peor ya se había hecho.
Desde la remota compañía de San Pedro donde pasó su infancia y su juventud,
Gavilán estaba ahora al frente de un cuerpo de seiscientos veteranos fieles y bien armados,
dispuestos a entrar en la capital y derrocar al régimen de horrores que suponían agonizante.
Cuarenta muertos.
El río continuaba sin interrumpir el gorgoteo de su paso en medio de la umbría
vegetación de sus márgenes que descendían en una espesa inclinación vegetal como
saludando a los guerreros que avanzaban en medio de esa desolación poblada de vida.
Pero aguas arriba, sobre la playa arenosa del Jejuí Guazú, caldeada por el sol, los
cuarenta cadáveres insepultos se pudrían en su anónima humanidad de cuerpos mutilados
(¿porqué tuvieron que hacerlo?). Porqué ese ensañamiento. ¿Qué ganaron con eso? ¿ No era
suficiente matar?
La revolución había alcanzado casi la puerta de la victoria y ahora retrocedía para
hundirse de nuevo en la selva de donde había salido. ¿Y los otros grupos? ¿Qué habrá sido de
ellos? ¿ Y en Asunción? ¿Qué habrá ocurrido en Asunción?
¿Qué iría a suceder ahora?
Y la pregunta principal ¿porqué luchamos como...qué?. ¿Como bestias cebadas en
sangre humana? Como enajenados?. Para conseguir ¿qué? ¿El poder? ¿Cuanto tiempo se
puede sostener el poder sin volver a utilizar los mismos métodos contra los enemigos? ¿ No
hay indulgencias?
Enfrente está el horror, aún más espantoso que la muerte brutal, aún más terrible que
las imágenes del pasado con las que a veces uno tropieza dentro de su memoria. El horror está
delante, peor a cualquier otro miedo, no importa cual. El horror está en dar el siguiente paso,
oír la frase siguiente, ver el próximo rostro, acabar al siguiente enemigo. Lo que está después
de todo, eso es el horror.... El seguir viviendo.
Los cuarenta cuerpos ya no cuentan. Para ellos acabó todo. En cambio, a nosotros se
nos abren las alternativas de nuevos días hasta sucumbir en algún paraje del bosque o junto a
un arroyo o en un rancho donde la traición de un compañero o el valor de un soldado enemigo
nos alcance, y al exhalar el suspiro postrer, estoy seguro que todo carece de importancia.
Hasta uno mismo y su ideal, su sueños o su codicia...
Lelia:
La conciencia del dolor es una constante reiteración de la marca primeriza, la señal
inicial que es el premio y el castigo de nuestra especie, la diferencia que nos distanció de los
demás, el estigma de Caín.
Te habrás dado cuenta, Lelia, que nos movemos de un lado para otro, siempre en el
océano sin playas de dolor. Te hablo del sufrimiento espiritual. Solo el ser humano puede
sentirlo. ¿te das cuenta?
Cuanto nos afecta a lo largo de la vida vibra con las ondulaciones provenientes del
sufrir, de la angustia y la desilusión. Hasta el amor, aún el más apasionado solo conduce al
dolor. El acto mismo del amor: ¿ no es acaso otra expresión engañosa y sutil de ese farsante
de mil rostros, una trampa abierta entre quienes en ese instante se consideran transportados
a otros mundos de felicidad, de comunión absoluta? Como si fuesen dignos, por gracia de ese
acto, de acercarse a lo sublime...
¿Qué es, Lelia, ese incesante ir y venir, esa búsqueda desesperada de algo que nunca
terminamos de encontrar sino la fuga hacia algún puerto o playa donde descansar de la
inacabable consecución del dolor, esa llaga permanente que hace de nosotros los
representantes....o debería decir, los orgullosos representantes de la especie?

- 77 -
Augusto Casola

¡Qué sandez, Lelia!


¿Te podés imaginar a la humanidad sin dolores? ¿ Qué sería de ella?
En primer lugar, dejaría de ser la que conocemos ahora. Si nos quitan el sufrimiento,
si se nos libera de la alternativa del dolor, ¿qué nos sobra? Nada. Nos sería imposible
soportar una permanencia vacía y sin sentido, sin justificaciones, pues has de observar, Lelia
querida, que nuestra única explicación es el dolor. La conciencia del dolor. Su persistencia.
Sin él, no tendríamos nada con qué agotar el tedio a que se vería reducida nuestra existencia.
Es el motivador de nuestras acciones. Sin el dolor, careceríamos de motivos para seguir
adelante y nos reduciríamos a ser otra especie de animales, sujeta a sus necesidades físicas,
pero ignorantes del sentido del dolor como fuerza motivadora....
Y ¿a qué viene todo esto? Te has de estar diciendo..., te lo digo: me llegó esta
captación de golpe..., no sonrías, querida mía, te estoy viendo con esa sonrisa torcida y
escéptica tan tuya... ¿ Creés que no te conozco?
Seguramente soy una de las pocas personas que te conocen bien, lo que se dice bien, y
aunque no quieras reconocerlo, en el fondo sabés que es así---- bueno.
¿Porqué no respondés a mis cartas, Lelia? A veces me lleno de incertidumbre,
preguntándome si las recibís, al menos, si las leés..., si han significado algo para vos... y tu
silencio se vuelve un nudo casi insoportable de indiferencia y soledad.
De dolor que no puedo compartir ni amortiguar.
Pero ya ves, como siempre me aparto del tema. Divago. Es tan difícil escribir, hablar
con alguien que es casi un fantasma... ¡ay, Lelia! ¿porqué evitás contestarme?
Te diré algo: vino de golpe, como una especie de conciencia.
Estaba sentada en el departamento después de volver de la oficina y sostenía en la
mano el whisky con soda que me había preparado... entre paréntesis, ¿conocés ese poema
dedicado al trago? Te lo transcribo porque te va a gustar.

Del whisky, es ámbar su color


Ambar, me decías
Y recuerdo sin rubor
Tu mirada, cuando lo hacías.

En el ámbar se combinan
Soda, whisky y hielo
Anuncio de tu amor, el cielo
Que ni el tiempo ni el olvido, minan.

Tiempo que se ha ido


Elevo mi vaso de whisky, hielo y soda
Tiempo que se fue
Brindo por lo que aún la vida me dé.

Y ante el cáliz sacramental conjuro


Con resplandeciente loa
Para concluir esta Oda
Del pleamar maduro.

¿Y? ¿Qué te parece? Bien, te cuento nomás que tenía preparado mi trago. Todavía no estaba
encendido el televisor. No me corría ninguna prisa por hacerlo. Sabía que papá no iba a

- 78 -
Segundo Horror

regresar temprano y vos sabés que cuando empieza a brillar ese aparatito, vos desaparecés
confundida con las imágenes.
Tenía ganas de tomar un trago, sentarme en el sofá, recoger las piernas y permanecer
allí, perdida en mis pensamientos, dejando flotar esos ensueños que con tanta libertad van y
vienen cuando una logra la calmosa compañía de sí misma y estás segura de no ser
molestada.
Tomé algunos sorbos, me relajé, recosté la cabeza contra el respaldo del sofá y volví
a llevar el vaso hasta mis labios.
Fue entonces cuando ocurrió. Me vino a través de esos ensueños. Irrumpió en mi cual
un varón ansioso que espera de la hembra su reacción ante el primer impulso de la pasión,
cuando la dulzura del beso aún se sostiene adherido a los labios y la urgencia del deseo
irrumpe flotando alrededor de los cuerpos como un aura brillante y tembloroso, presto a
integrarse a su sola unidad cósmica, física y espiritual, cuando desaparece, arrebatada por el
furioso vendaval del amor.
Estaba frente a mi, Lelia, te lo aseguro, era un cuerpo vivo, radiante. El dolor..., el
dolor es hombre, me dije como una idiota, sin entender lo que me pasaba ni qué estaba
diciendo, solo recuerdo estas palabras porque las dije en voz alta.
Estuvimos juntos toda la noche. Me poseyó varias veces y yo me entregué a él como
nunca antes lo hice con nadie. Fui suya por entero, como solo se puede ser con un hombre
determinado..., aunque antes hubieran existido otros... No cuentan, no existen, y entre las
brumas, desesperadamente, llegás a captar tu elección, que encontraste a tu hombre..., el
hombre.
El apareció así, Lelia, esa noche. Ya se que parece tonto, pero en esa entrega ofrendé
lo mejor de mi ser. Supe que solo podría volver a darme como lo hice esa vez, sólo con mi
amante misterioso, el dolor.
Pero no volvió. A menos hasta ahora.
Te escribo para dibujar un estado de ánimo extraño, una emoción, una experiencia
digna de análisis, en mi opinión. Vos sabés bien que no soy una soñadora y mucho menos una
romántica, por eso, estoy segura que vas a creerme si te digo que lejos de ser una experiencia
espiritual e indefinida fue algo material, físico, una sensación tangible de la cual disfruté
inesperadamente.
No se qué podrás pensar, pero fue así.
Lelia: respondeme pronto, por favor.

Te quiere,
Aidée.

La experiencia va sumando, agrupa y sintetiza situaciones, las mezcla en continua


mutación de hechos, de palabras y emociones que conforman en su conjunto, la personalidad
de cada uno.
Si Eduardo no hubiese recorrido del principio al fin el largo camino de sufrimientos y
alegrías que fue su vida, no sería el que conocemos, sería otra persona.
Hay quienes piensan que en el inacabable devenir de acontecimientos existe cierta
predestinación, una discreta administración del destino del cual nadie escapa. Cada alma, con
sus tribulaciones, va acumulando en su entidad periférica las experiencias ganadas y se sirve
de ellas para manifestar su existencia.
Sin saber realmente quien es, , nadie deja de ser lo que es, actuando según la mayor o
menor formación adquirida en el medio en el que le toca desenvolverse: la educación, las
premisas morales, los prejuicios inherentes a ala cultura a la que pertenece y en especial, al
modo de enfrentar esas múltiples circunvoluciones de la fortuna y la desgracia hermanadas

- 79 -
Augusto Casola

siempre en un mismo denominador común donde lo que se podría prever, es impredecible, los
cuidados que se toman son insuficientes y el celo resulta fútil, ya que si alguna vez el
resultado de alguna programación es el esperado, muchas más se dobla el destino empujando
a quienes participan de él a un violento e inexplicable giro, que en oleaje brutal, transforma la
placidez del paisaje anterior en un vasto campo desolado, en un océano de abandono, de
desesperanza, sin asidero para la salvación.
Eduardo no era fatalista, pero algunas veces, sentado en la penumbra de la sala de la
habitación, legó a sentir el peso de una existencia que sobrepasaba su posibilidad de control y
sus fuerzas.
Cuando acabó su relación con Elvira anduvo varias semanas como un sonámbulo,
agobiado por el flujo de los recuerdos, de la imagen de la mujer amada, su rostro, el timbre de
su voz, las expresiones acostumbradas, esa manera de ser, pese a que Eduardo comprendía (y
Elvira también), que la relación tendría que acabar alguna vez.
- Sabíamos que se tenía que terminar - le dijo ella cuando el hombre le propuso
separarse.
- Ya se, Elvira, pero me duele... Yo te quiero, Elvira
- ¡Yo también te quiero! - siguió un largo silencio quebrado sólo por el sonido de la
respiración que cruzaba la distancia a través del teléfono.
- Mejor así, - Eduardo.
- Perdoname, amor...
- Pero si no tengo nada que perdonarte - respondió ella con voz clara y tranquila -
Todo lo nuestro fue demasiado hermoso, Eduardo. Acordate de eso nomás.
Siguieron los días, pasaron dos meses. Esta vez no se levantaron las treguas. Por fin
Eduardo se convenció que la ruptura era definitiva, no como en otras oportunidades en las que
Elvira, desenfadada y jovial, volvía a llamarlo para hacerlo rabiar y después de unos cuantos
escarceos terminar uno en los brazos del otro, con esa ternura profunda y cómplice que los
envolvía cuando se volvían a encontrar luego de la separación.
Esta vez, al comprender que no volvería a ser como antes, Eduardo se sintió preso de
un horror frío que circulaba por sus venas congelando y destruyendo cuanto encontraba a su
paso.
Sintió miedo. Pero era un miedo diferente. Ubicuo, animal, cierto estado de
inconsciencia que lo enfrentaba a ese fantasma del pasado inmediato, a la ausencia de lo que
hasta hacía poco fue su alegría y su razón de ser, aún comprendiendo que lo mejor para todos
era esa situación.
Comprendió que estaba en medio de una soledad completa, absoluta, sin ambages, sin
esperanzas, una soledad alucinada y alucinante, un universo de soledad al ¿cuál se veía
arrojado y dentro del cual debería girar, como un cometa loco, sin destino, sin explicación,
arrojado al vacío de su propia conciencia, de su propio dolor, de su abandono ante la ausencia
de aquello que significó una razón de ser, un cuerpo, una mujer como cualquier otra pero del
todo diferente a las demás, y sintió nacer un sordo rencor sin destinatario.
Una mujer que llenó el vacío de sus días, de su hasta mañana, de sus hola que tal, sus
como te va, sus palabras insensatas, sus deseos agotados, su yendo hacia mañana con el único
afán de contar un día más, de haber cruzado incólume la barrera de otras veinticuatro horas
que se repetirían de nuevo y sin embargo, debería haber algo más. No pudo aceptar que esa
mujer, a la que amó, fuera el final de su vida. ¿Acaso ella no lo había amado?
- Sos un gran egoísta, mi amor
Desde luego, siempre fui un egoísta. Nunca pensé en los demás, me complazco en
regodearme con la alegría, la satisfacción de mis deseos, mi sensualidad.
- Te quiero, mi amor, te quiero - exclamó Eduardo conteniendo los sollozos que
pugnaban por salir de su garganta

- 80 -
Segundo Horror

- Yo también te quiero - respondió Elvira - Me duele, me siento sola. Es algo que no


me ocurrió jamás, mi amor. Lloré como una criatura porque algo tan lindo como lo nuestro no
pueda ser...
- ¡Ah! - ironizó Eduardo - creí que el llorón era yo, que a vos estas cosas no te hacían
mella.
- Eso es lo que vos creés - encendió un cigarrillo y clavó en él esos ojos , expresivos,
teñidos de un iris verde oscuro enmarcados bajo sus cejas arqueadas.
- ¡Claro que te extrañé!....de repente me aparecías en cualquier parte...
- Entonces en qué quedamos...
- Te amo...
- Yo también, Elvira. Te amo.
Eduardo supo que la única soledad absoluta era la suya. No existía ni existiría otra
como esa. Tomó el libro de poesías que le había regalado Elvira y leyó:

No presagiaba tu amor
Mansedumbre o caudaloso río;
Eras, mujer,
La dermis ansiosa de tus labios,
El dolor mordiente del camino
Vida:
Del verbo sustantivo que conjugo en mi vivir de cada día.
Verbo:
Presencia presentida
A cada instante
Y consumida
En el fuego fatuo
- repitiente -
Del verbo el sustantivo de tu nombre
Vuelve como un niño
Que busca y da
Ternura, sin saberlo.
No lo dijiste,
Lo ignorabas:
Tu amor es el raudal que arrastra y que desborda
Formando las cascadas del olvido

¿Existió la posibilidad de ser felices? ¿Qué diferencia habría de habernos encontrado


antes que fuera demasiado tarde para los dos? Elvira era una mujer formada cuando nos
conocimos, madura, centrada. Acaso porque teníamos temperamentos distintos fue que surgió
la llama que nos volvió amantes tan completos e íntegros el fuego que nos devoró por
completo.
No pude, sin embargo, entregarme del todo a ese mayor que reconocí como mío en esa
mujer extraña, temblando en mis brazos en esa entrega absoluta con la que gustaba hacer el
amor, sin términos medios, y era esa misma entrega, el frenesí de su deseo, ese saber que era
mía en los segundos en que ambos éramos sorbidos en un arrebato al sentir sus gemidos de
placer y mi estremecimiento postrer, era entonces, por ironía cruel de nuestro destino, cuando
la sentía más lejana, más ajena.
¿Hubiéramos sido felices?
La verdad es que de habernos conocido antes, ni ella ni seríamos las mismas personas.
Eramos tan opuestos, Elvira y yo. Sin ser productos acabados (¿quién lo es!) nuestra

- 81 -
Augusto Casola

formación espiritual, la experiencia que acumulamos a lo largo de la vida, nos llevó a


coincidir, caprichosamente, en los hermosos días de ese amor hecho de sufrimiento y alegría.
¿Cómo puede uno juzgar si está bien o mal lo que hace cuando usa como atenuante el
argumento del amor que sintió hacia otra persona? ¿quién es el culpable? ¿ quién es inocente?
¿ Existe un culpable y un inocente?
Raras veces, creo , un hombre y una mujer pueden llegar a sentirse tan unidos y a la
vez tan distantes como ocurrió con Elvira y conmigo. Cada encuentro era casi un desafío.
Cada separación un resquebrajarse en las arenas movedizas de nuestro amor.
Sin embargo, tanto ella como yo buscábamos esas horas presentidas, esos encuentros,
la conversación o la cena, las despedidas rápidas o la locura de terminar haciendo el amor una
vez más en su habitación...
- Hay que sentir, Eduardo - me decía - por eso yo no hago preguntas. Te siento...
- Yo también te siento, Elvira, ¡claro que te siento! Pero quisiera escucharte decir que
me querés con mayor frecuencia.
- Y ¡para lo que sirven las palabras! - respondía terca - Hay que sentir
- Ya se..., y te siento
- Y bueno,..., ¿entonces?
La tristeza acompaña a la ausencia, eso es inevitable. Cualquier ausencia y de pronto,
las nuestras se hicieron comunes y repetidas.
Tuve que empezar a vivir sin su amor.
Solo en medio del bullicio de mi alrededor, sin tregua para encerrarme a solar y dejar
a la memoria, ese pájaro errante y desasosegado que vuelve reiterativo, para arrancar en cada
picotazo un rozo del alma ya agonizante y exánime, logrando apenas insinuar otra trémula
agonía al sentir tu esencia, imaginando los días futuros sin tener a mi lado el aliento acedo de
tu boca cuando después de fumar unes a la mía, ni tu carne, envuelta en el aroma penetrante
del perfume habitual que emana de tus senos ansiosos de caricias, en las fugaces horas que
fueron nuestras, lejanas aunque perseverantes en sus reflejos sobre la espesa bruma que va y
retorna en pleamares nacidos de las profundas corrientes de un mar silencioso, sin los
quebrazones de luz que era tu presencia, abatida a mi lado, respirando todavía el anhelo
disperso que corrió entre nuestra manos y persiste en descubrir algún placer, olvidado al
descuido, mientras duró la embriagadora realidad de estar juntos, asidos a la felicidad donde
nos buscamos desde el principio, mirándonos a los ojos que ya no vemos, hundiéndonos
mansamente en esa laxitud completa que precede al sueño y durante la cual tu imagen se
desdibuja dejando en la retina su brillo, un destello tras el silencio que cubrió tu voz.
Cuando cerraba el año, Eduardo comprendió que una etapa de su vida se encontraba
definitivamente cerrada. Lo aceptó con dolor, como si en medio del calor de los últimos días
de noviembre se hubiera formado en él, la fría costra de una emoción cada vez más lejana e
inasible.
Abrió la puerta cancel y al hacerlo le golpeó el calor de la casa, aposentado en ella tras
el encierro de todo el día. Un calor húmedo acompañado del olor dulzón a cosa vieja
proveniente de sus libros y revistas guardados en la deslustrada biblioteca de la sala, pero en
especial, y eso creía él, a causa de lo vetusto de todo cuanto se guardaba allí adentro: ropas
viejas impregnadas de naftalina, colocadas al descuido en el viejo ropero del juego de
dormitorio matrimonial, los arcones donde decidió meter todas las pertenencias de Irene
cuando se convenció que ella estaba mejor en el patio bajo la santarrita florecida, el baúl
verde, donde quedaron escondidas las pequeñas prendas y juguetes de su hija muerta, así
como el conjunto mismo de los muebles, el techo carcomido por las termites y del cual
chorrea día y noche un polvillo negro, la humedad de la lluvia traspasando las tejas movidas o
rotas y las uniones agrietadas de las paredes, todo sumaba su aliento para acabar por constituir

- 82 -
Segundo Horror

una masa de aire concentrada, densa, que se desplaza en círculos concéntricos, sin renovar
jamás su masa, siempre la misma dentro del espacio de las altas habitaciones.
De golpe todo se deshizo y estuvo de nuevo en movimiento, sin voluntad, yendo hacia
la luz mortecina que se perdía a lo lejos en la profundidad oceánica de la niebla y las
imágenes informes entre las que él mismo no pasaba de ser otra sombrea.
- ¡Vos siempre hacés lo que querés! - gritó Irene con la voz quebrada y luchando
contra el llanto que le apretaba la garganta - ¡ Vos te creés el rey de la creación y no te
importa nada de mi ni de tu hija ni de nadie! ¡El rey! A ver, todo el mundo tiene que rendirle
pleitesía. Yo no tengo ni para comprarme un calzón y él anda gastando por ahí,
emborrachándose y seguro que con una mujer, por eso venís después aquí y te hacés el
enojado, vos si que..., con ese olor asqueroso a alcohol que tenés siempre.
De lejos llegaron hasta él el sonido de las voces que en otras oportunidades le hicieron
huir con miedo, con desesperación, atemorizado de encontrarlas y al mismo tiempo sin valor
suficiente para escapar y alejarse de ellas, sin tomar la decisión que pudiera cambiar de una
vez el rumbo de su vida.
- Nunca hiciste nada para que pudiéramos mejorar, para alcanzar por lo menos un poco
de comodidad, algo que me diera la posibilidad de realizarme como mujer. A vos no te
importa nada....Claro..., con tus libros y tus amigotes de café es suficiente... Y te sentís
halagado porque de vez en cuando viene a jugar al ajedrez el cura ese...¡monseñor!
- Y claro, don Eduardo tiene una conversación culta e interesante y le invita al viejo
cura a tomar whisky y a comer la rica cena que prepara su esposa, es decir, su sirvienta,
porque él es el rey, es el señor don Eduardo - abrió con rabia una de las puertas del ropero de
donde cayeron al suelo algunas ropas - ¡Aquí está la vida de su señora esposa. Remiendos y
ropas rotas. ¡Porquerías! ¿cuántos años hace que nos casamos? ¿ Y qué conseguimos tener
hasta ahora? Esta casa que se está cayendo a pedazos y estos trapos que ya dan vergüenza. A
mi vos no me quitás ni a la esquina. ¿ Te doy vergüenza? O no querés que te vea tu mujer
conmigo... Eso es, ¿verdad? Tenés otra y no me podés ver más, estás harto de mi, ¿verdad?,
pero como siempre, sos un cobarde y no te animás a dejarme. ¿Vos creés que no me doy
cuenta? ¡qué tu hija ni qué nada! Sos un cobarde, como siempre fuiste y recién ahora me doy
cuenta..., recién ahora, Dios mío, y yo que pensaba otra cosa. Creí haberme casado con un
hombre completo, decidido....¡Así eras antes!
Eduardo bajó la cabeza y cerró los ojos. En la otra pieza lloraba Anita, asustada con el
griterío. Sintió una opresión ardiente en el pecho y el estómago ácido y pesado.
- Siempre procuré hace lo correcto - se defendió - No soy un hombre ambicioso. Vos
tampoco parecías ser una mujer así. Es doloroso descubrir que los dos estábamos
equivocados. Te aseguro, Irene, que yo también estoy desilusionado. Nada, nunca, nada pudo
haberme desilusionado tanto como lo que dijiste. En tu opinión, entonces, soy un fracasado...
- Y qué otra cosa puede ser un tipo como vos, sin ningún objetivo en la vida? Vos lo
único que querés es estar ahí en tu negocio todo el día y después venís aquí y te sentás a leer
cuando venís temprano o borracho perdido después de tus francachelas que decís que son
reuniones. Y quien va ir adelante así, recorriendo bares con esos vagos de tus amigos,
hablando pavadas y emborrachándose como cerdos... Y yo, en casa. Claro, la mujer en la
casa, el rey hace lo que se le antoja. Su mujer a remendar y a cuidar su hija. Esa criatura no ha
de saber ni que tiene padre ... ¡si ni no te ve por días!...¡Qué infeliz soy, Dios mío, por
haberme casado contigo y por creer que alguna vez podríamos llegar a ser por lo menos,
gente...¡Te odio!
- Qué lástima Irene - dijo Eduardo sin levantar la vista que mantuvo clavada en el piso.
Salió de la habitación. Levantó de paso una de las sábanas que había caído del ropero
y se dirigió a la sala. Se tumbó en un sofá y encendió un cigarrillo. Se dejó sorber por la
calma de inconsciente laxitud que precede al sueño y captó, antes de traspasar el umbral, el

- 83 -
Augusto Casola

inmenso silencio que desde hacía un tiempo, se había apoderado de la casa y daba la
impresión de ir cambiando su fisonomía.
Eduardo no pudo cerciorarse, pues quedó dormido.
La actividad del día no logró disipar del todo su malestar. Tal vez era un sueño, se
dijo, aunque estaba seguro de haber percibido con los sentidos despiertos, esa agitación leve y
constante, esas pisadas quedas pero firmes recorriendo sin urgencia los misteriosos vericuetos
subterráneos de la casa grande, vieja, de ladrillos cansados y memoria invisible, acosada de
achaques y miserias desconocidas para él mismo pero que se le imponían a manera de
rechazo, como suele ocurrir cuando se penetra el aliento de ciertas casas extrañas.
- Estoy soñando despierto - se dijo Eduardo hacia las diez de la mañana, mientras
tomaba su cafecito habitual en el Polo Norte, rodeado de parroquianos - Los plagueos de
Irene me están volviendo loco. Es poco probable sentir a las hormigas deslizarse... Vaya con
la imaginación y las cosas que le ocurren a uno después de pasar una noche durmiendo en el
sofá.
Esa noche volvieron a dormir juntos e hicieron el amor después que Irene lloró algo y
él la acurrucó en sus brazos, dándole seguridad de su amor.
Cuando despertó al día siguiente, Eduardo no recordaba ya el susurro producido por el
deslizarse de las hormigas, que durante la noche terminaron una nueva galería de
intercomunicación entre dos túneles que venían cavando desde meses atrás y cuya cámara
principal se encontraba justo debajo de la cama donde el día encontró a Eduardo e Irene
abrazados y muy juntos, a pesar del calor que comenzaba a cruzar por la ventana abierta sobre
el patio, asperjado de rocío y donde la santarrita lucía su vestuario de flores lozanas y denso
ramaje verde, colgando hasta el suelo en jirones de color.
Antes de levantarse, Eduardo se apretó más a Irene, que respondió acomodando su
cuerpo a la posición del marido y lanzó un pequeño gemido de satisfacción descansada.
El sol quebró la penumbra de la habitación con un haz angosto e indiscreto. Era de
día.
La creación coloca en el camino del espíritu creador, trampas y jugarretas.
A veces, como una mujer bonita y honesta, pero coqueta, deja al enamorado acercarse
y lo convierte en un elemento accesorio de su decorado, cuando el admirador responde al
esquema que la bella gusta ofrecer a ese público social, mezquino y ocioso, siempre dispuesto
al chismorreo y a la maledicencia, en especial si a la mujer en cuestión nunca se la pudo
descubrir sin el velo de honorabilidad que la engalana, aunque por sus actividades sociales,
culturales o de beneficencia se vea rodeada de hombres que en opinión de esos observadores
ociosos, son mucho más interesantes, jóvenes o atractivos que el marido de la dama.
Ella sabe de todo esto pero finge desconocerlo. Le sirve de alimento a su vanidad,
destaca el brillo de sus ojos, hace más atractiva su sonrisa y se transfigura cuando el nuevo
galán expresa hacia ella un interés mayor a lo aconsejado por la prudencia.
No obstante, sigue consciente del juego al que vuelve a lanzarse como tantas veces,
acaso recordando las pocas oportunidades que tuvo de perder ese rígido control de la mirada,
la sonrisa y sus deseos, para recorrer desbocada por la pradera verde y esplendente de la
pasión triunfante o la árida y gris de la melancolía creada por esas aventuras que alguna vez
pudieron ser y quedaron aplacadas por su temperamento de mujer decente, su formación
espiritual o simplemente, fiel al viejo amor silencioso y persistente, tenaz, surgiendo de las
profundidades del alma como un guardián celoso pero discreto que solo se manifiesta cuando
la caída es inminente.
La creatividad es, sin duda, una mujer bonita, honrada, coqueta y escurridiza que si
bien puede ceder al impacto de la pasión, casi siempre conserva su cualidad abstracta y
lisonjera, juguetona hasta ciertos límites, dulce, sin ser empalagosa, acariciadora e insinuante
sin volverse procaz.

- 84 -
Segundo Horror

Entonces el creador, el iluso o ilusionista, avanza a tropezones por una larga galería de
espejos donde cada tanto se bifurca el sendero, abriéndose a otros nuevos pero idénticos, que
reproducen la silueta amada, ya más cerca y enseguida más lejana, sonriente y hermosa,
prometedora y sutil, dejando en el aire el aroma del perfume de su cuerpo y tras esa
invitación, el cazador se adentra en el laberinto de espejos que trasforman su propia imagen y
acaba por perder la noción de su identidad, convertida en una nueva ilusión.
A mi siempre me gustó escribir, y a veces la imaginación me absorbe tan
completamente que me descubro construyendo castillos en el aire, creando mundos
inverosímiles o aventuras fantásticas cuyas fronteras son los ensueños y por cuyos lindes me
dejo arrastrar.
Entones me convierto en una canoa que flota a la deriva en la inmensidad del mar.
Sin embargo, aún cuando me gusta divagar (esta palabra es más apropiada que soñar
para describir mis escapadas), nunca he perdido el contacto con la realidad, como suele
suceder con los auténticos poetas, que viven su universo de irrealidades reales y de realidades
falsas, aún cuando los tiempos que nos toca vivir, tan ausente de romanticismo, no permiten
que el común de los mortales se aleje demasiado del pragmatismo obligado de cada día, en
especial si el sujeto es una persona con obligaciones, compromisos que cumplir y documentos
mensuales que levantar.
Descubrí la gran aventura de escribir siendo una criatura.
Hasta casi puedo fijar con exactitud la oportunidad cuando se develó ante mi el
misterio y me resultó asequible, o tal vez fueron cierta timidez y una marcada introspección
de mi carácter, las causas que influyeron más en mi para buscar en este silencioso mundo de
la creación, un paliativo a mis falencias.
Pero no es una investigación psicológica acerca de mi carácter lo que me empuja a
desarrollar estas líneas sino la conciencia de saber que cuanto acontece y sigue, son diferentes
formas de encarar la vida, de administrar las emociones, de desenvolverse en el amor,
dominar los deseos, evitar el egoísmo y en fin, de vivir en la propia compañía, a lo que se ve
obligado cada ser humano.
Ocurre que cuando se publica una obra, sea novela o cuentos y más raramente poesía,
ya que ella es de por sí una expresión subjetiva e intima, los lectores en general y los amigos
del autor en particular, se acercan a él sonriendo con socarronería maliciosa, como alguien
que comparte un secreto embarazoso y le lanza de sopetón:
- Esta novela (o este cuento) es biográfico, ¿verdad? A vos te pasó lo que estás
contando - o bien - Esa experiencia tiene que ser de tu vida real, o si no, no ibas a poder
contarla así ¡tan bien!, con tanto lujo de detalles y exponiendo con claridad y entusiasmo las
diversas peripecias de tus personajes.
Al principio me sentía cohibido o irritado.
Cuando apareció mi primera novela y me encontré arrojado a ese mundo que tanto
deseaba conocer y a la vez temía, debí enfrentar el aluvión de preguntas y conjeturas creadas
alrededor de la obra, no porque fuera demasiado valiosa o importante sino porque la gente es
curiosa y le gusta meterse en la vida ajena, la mayor parte de las veces con malicia, otras sin
ellas, pero siempre escarbando para saber qué ocurre tras la puerta de esas pequeñas
ciudadelas de cada familia, detrás de cuyos muros se desenvuelven tragedias, comedias,
dramas, germinan locuras, se apaciguan males, se esconden taras vergonzosas o vergüenzas
inconfesables. Amor, odio, envidia, misericordia, humillación, humildad, dedicación, fe, risas,
llanto, dolores y alegrías. Todo ello bullendo, todo vivo, todo girando dentro del constante
ciclo de vida, muerte y resurrección.
No sabía qué responder y tartamudeaba, explicando que algunas cosas podrían
considerarse como autobiográficas y otras, no, pero que sin embargo, eran también vivencias
personales, sin que hubiesen ocurrido nunca; que la primera persona del singular no expresa el

- 85 -
Augusto Casola

yo que soy yo, y a veces, un personaje hablando en primera persona es menos el autor que
otro a quien éste hace hablar en tercera persona, con todo lo cual terminaba haciéndome un lío
tremendo y mis interlocutores acababan convencidos que lo peor de lo narrado en la historia
eran cosa mía y lo bueno y noble, producto de mi imaginación.
Con el tiempo me despreocupé cada vez más de la opinión de los lectores,
escurriéndome siempre que me fue posible de aquellos conocidos interesados en profundizar
más allá de la palabra escrita y la idea encerrada en ellas. Les respondía con cierta sorna
insolente, que al autor no se debería conocer, pues los prejuicios del lector influyen sobre los
juicios que se forma de la obra, lo cual, a más de ser injusto para el autor, es inmoral por parte
del lector, quien tendría que leer la obra como si el creador no fuera aquel Pepito, que cuando
era chico se sorbía los mocos, que en su adolescencia fue la víctima de los muchachos del
vecindario y después ya maduro, se convirtió en uno de esos tránsfugas advenedizos de los
que tanto abundan por ahí.
Los personajes de esta historia, por ejemplo, darían sobrados motivos para interrogar:
¿está describiendo sus propias experiencias? ¿trata de esconderse tras alguno de los
personajes en particular o, fuera de la ambientación no existe, en esta novela, otra cosa que el
relato imaginario de situaciones que buscan plasmar una época, hacer una descripción de
costumbres, sin que participe el autor sino en estos paréntesis abro una y otra vez en la
narración por el simple placer de introducirme en las paginas de la historia?
Hay un poco de cada cosa.
Los personajes flotan, al principio de una novela, como sombras inestables e
indefinibles, algo semejante a las imágenes de un sueño, el cual al despertar, deja la vaga
sensación de su ocurrencia y uno recuerda luego, horas después y ya en medio del trajín
cotidiano, que muy poca o ninguna relación guarda con lo soñado en la noche pasada.
De golpe se pregunta, pero ¿cuándo ocurrió esto? o, ¿dónde lo conocí a este tipo de
quien ahora me acuerdo tan claramente? Enseguida se cae en la cuenta de estar reviviendo el
sueño de la noche y ese mundo oscuro y subterráneo, donde el pensamiento fluye libre,
cuando dormimos, retorna para asediarnos con la astuta insistencia que suelen tener los niños
cuando se proponen conseguir algo de los mayores.
Después de cierto tiempo ya están viviendo en la obra, como los hijos que tienen con
algo de irresponsabilidad indolente algunas parejas que miran, desorientadas, el fruto de sus
refocilos, como si éstos no fueran el resultado natural del apasionado desenfreno de sus horas
de amor.
Y cuando están afuera, sobre la tierra, vivos y exigentes, ¡es otra cosa el canto con la
guitarra!
Hay que alimentarlos, educarlos, enseñarle buenos modales, darles comprensión y
cariño y, por supuesto, dedicarles tiempo.
Luego maduran, se rebelan contra la autoridad paterna, antes absoluta, hasta que por
último, en una forma u otra, se independizan, para crear nuevos grupos dejando atrás y fuera
de sus vidas, a sus progenitores.
Los hijos de la creación artística no se apartan demasiado de este esquema. Al
principio, toda obra no es sino una nebulosa informe, lejana, desconocida.
El progenitor vive su tiempo inconsciente de la existencia de ellos. Tiene sus propios
problemas que requieren atención inmediata y urgente: hay alquileres que pagar, cuotas de
colegio, ropa y zapatos, reuniones en el club, discusiones con los amigos, política, fútbol o
mujeres. Temas repetidos, es cierto, pero de invariable actualidad y que absorben por
completo la atención del creador, aún cuando en lo más profundo de su cosmogonía, signados
por el destino, se vayan gestando los estratos espirituales de nuevos cuerpos que pronto
estarán listos para ver la luz a través de ese padre frívolo e indiferente, que aunque los
alimenta en su seno, ni siquiera los presiente.

- 86 -
Segundo Horror

A veces ocurre un aborto, o varios.


Aunque por lo general destruyo los originales que no me satisfacen cuando van
llegando a la tercera o cuarta páginas, hubo casos en que aferrado a una idea, hice todo lo
posible por darle vida, aún consciente de estar manipulando un cadáver. Era inútil, pero yo no
quería reconocerlo aún consciente de la inutilidad del esfuerzo, porque una materia inerte no
es más que eso, materia muerta, no importa los adornos que uno quiera endilgarle.
Sin embargo, hay ocasiones en que soy más empecinado que una mula aunque no
quiero reconocerlo. Esa cualidad me llevó a avanzar una vez en un camino que lo sabía bien,
no conducía a ninguna parte y terminaba perdiéndose en la maraña espesa e infranqueable de
su nulidad. Solo al tropezar con esa barrera decidí detenerme y reconocí mi error,
abandonando ¡por fin!, la carrera insensata.
Fue así que destruí cerca de doscientas cuartillas mecanografiadas de una novela que
había expirado, a lo sumo, después de la quinta página. Terminé por arrojar todo a la basura.
Habían pasado dos años.
Para entonces tenía comenzada esta novela, pero los fantasmas que se movían dentro
de ese universo me resultaban artificiosos y vagos y por lo mismo, no les prestaba demasiada
atención.
La terminé rápido, con rabia y cierta frustración por haber perdido a quien consideraba
un buen hijo, esa novela aniquilada que ni llegó a tener nombre, a diferencia de ésta que
primero tuvo nombre y luego apodo y este es el momento en que aún no la pude concluir.
Después de unos años de hacerle dormir el sueño de las letras, la gramática y al
ortografía (supongo que en su mundo onírico éstos serán los sueños y las pesadillas de un
trabajo literario), la saqué de la gaveta de los papeles viejos, donde también están esperando
poesías, cuentos iniciados y sin terminar, algunos apuntes muy interesantes de finales
inesperados y originales que solo necesitaban un argumento que los hilvanara, pues muchas
veces me acosan los finales de algo que no está principiado y otras veces, trabajos de
brillantes inicios quedan arrumbados en la susodicha gaveta a causa de que no encontrarles el
final adecuado.
Pero guardo todo, por si acaso.
Leí pues el Segundo Horror de arriba abajo y me produjo una decepción tan profunda
que estuve tentado a destruirla, al igual que a la otra, pero me contuve.
Como un padre afectuoso me dediqué a ella. Volví a mirarla con cariño. Sí, había
cosas que se podían salvar. La idea general era interesante. Los personajes también, pero por
otro lado, tuve que soportar páginas y páginas tediosas que eliminé sin misericordia.
Por un año no la volví a leer. En esa época no escribí una sola línea de temas literarios.
Nada. Me dediqué a otros trabajos más lucrativos. Las letras fueron condenadas a un
ostracismo cruel. Hasta dejé de frecuentar los lugares donde habitualmente se reúnen los
muchachos. Fui perdiendo contacto con ellos.
En una palabra, me hice humo.
Sólo más tarde volví a comenzar. Desempolvé los papeles - y lo digo en sentido
estricto - pues estaban bastante sucios. Leí la novela. Corregí algunas cosas, taché otras,
agregué nuevos capítulos y tras meses de dedicación, esas sombras difuminadas e informes de
personajes a quienes conocía en alguna de sus facetas personales, adquirieron contornos cada
vez más nítidos.
Aquellos a que me acompañaron desde muchos años atrás, como Rolo, Lelia, la
abuela, Arnaldo y Eduardo, fueron avasallados por la presión de las sombras casi perdidas de
otras épocas.
El propio Eduardo, que era casi una proyección, se apoderó de la historia por más de
dos años alimentándola con su vida y su amor obsesivo hacia Elvira. Y ella, gracias al
poderoso conjuro de Eduardo, que salvando las barreras de la tumba y el tiempo la trajo de

- 87 -
Augusto Casola

nuevo a la vida, dejó de ser un momento escurridizo e insignificante, perdido en el encuentro


en una calle de Asunción de dos ancianos que fueron amantes en su juventud, para adquirir
sus personalidades propias y exigentes de las cuales ya no pude escapar.
De ese mismo haz surgió Irene de entre las tinieblas de su ensueño perpetuo sentada
bajo la santarrita florecida y se transformó en una mujer joven, la esposa a quien Eduardo no
pudo abandonar y que se hundió en el infinito abismo de su desolación cuando la desgracia
abatió sus alas sobre ella.
El mismo Ilaudino Gavilán dejó de ser un estereotipo para ocupar lugar preponderante
en el aguafuerte de la historia al escapar de las entrañas verdes de la selva hasta que un buen
día los encuentro a todos aquí, a mi alrededor.
Irene bebiendo una naranjada con Rolando y Soledad del Niño Jesús, en tanto Eduardo
fuma meditabundo. Algo alejado forman corrillo don Fermín, su esposa, Ilaudino Gavilán y
Anita. Reían de los chistes que contaba Gavilán - no le conocía ese aspecto. Faltaba Elvira,
que por lo visto sigue enojada conmigo porque no encontré la forma de que se salga con la
suya, llevándose a Eduardo, como ella quería y la transformé en una vieja fea y algo
atolondrada.
Pero fuera de ella, todos estaban allí, esperando a ver cómo seguía la cosa,
cuchicheando entre sí y lanzándome cada tanto miradas de soslayo, como divirtiéndose a mi
costilla. Susurraban frases insinuando algún modo de salir del atolladero en que nos
encontramos y que motivó esta reunión.
Quieren ayudarme cuando me encuentro así, sin ideas y cuando hasta su propia
existencia me resulta molesta, por no decir desagradable. A veces puedo controlarlos. Me
basta con fruncir el ceño y enseguida callan y me observan sorprendidos, reconociendo mi
autoridad, pero en otras ocasiones, como ésta, vienen todos juntos, como actores en huelga en
demostración de fuerza, para protestar contra su jefe al que consideran demasiado tranquilo o
indolente.
Entonces me veo obligado a ceder algo a cada uno de ellos y el resultado es una serie
de apuntes inconexos, hechos a toda velocidad. Alguna idea que se le ocurrió a Lelia, el
desánimo de Arnaldo, un destello fugaz que ilumina otro pasaje de la vida de Eduardo,
bosquejos del destino de Rolo o alguna hecatombe en el solitario viaje interior de Irene, que
es susceptible y con frecuencia se enfada conmigo y me dice:
- Desde que me hiciste sentar bajo la santarrita me parece que hasta te olvidaste de mi.
¿Te ha de gustar a vos estar aquí y que te coman las hormigas? ¿Jhe? Decime...¡ Y sin que a
nadie le importe si vivo o no! ¿ Qué te parece!...¿Te va a gustar a vos?
Trato de apaciguarlos, los engatuso, les digo que para qué van a ponerse así, si me
conocen desde no se cuanto tiempo. Cuantas veces nos detuvimos, les digo, acaso porque me
absorben otras preocupaciones y me veo obligado a dejarlos temporalmente de lado. Los
mimo, en especial a Anita que se disgusta porque siendo uno de los personajes que
determinan el curso de la novela, le corresponde tan poco sitio en ella. A veces, y en especial
si estoy tranquilo, vuelven a visitarme las sombras aquellas a las que destiné un lugar muy
transitorio y casi mítico en esta obra. Tengo que explicarles que aún cuando su aparición es
esporádica, sin ellos sería imposible construir el edificio que llegó a este punto y ya es
irreversible, que no tienen porqué molestarse si no los desarrollo más, que está bien así porque
sino, la novela se volvería un mamotreto insoportable que nadie querría leer y eso resultaría
contraproducente para todos, pues si se lee, aunque el lugar que le corresponda en ella sea
breve, es importante, etc., etc.
Nos miramos una vez más en silencio y les dije:
- Buenos, pónganse serios de una vez...¡qué embromar! De lo contrario no vamos a ir
a ningún lado...

- 88 -
Segundo Horror

Se callaron mirándose unos a otros y volvieron a ocupar el lugar que les correspondía,
aunque Anita se alejó mascullando entre dientes algo que no pude entender y supongo que no
habrá sido nada halagüeño para mi.
Eduardo terminó de fumar y Arnaldo se sirvió un vaso de agua.
- No es que queramos crearte problemas, viejo - dijo Ilaudino Gavilán acariciándose el
bigote en forma de acento circunflejo que se dejó crecer cuando terminó la revolución - solo
que a veces nacen algunos resquemores que vos no podés entender...
- Si es por eso - dijo Eduardo - yo soy el que tendría que estar más molesto, pues a mi
me condenó de entrada a ser una especie de pasado sin esperanzas y aunque aparezco por
todos lados, lo hago como un espectro. A mi no me ocurre nada. Toda esta historia cuenta lo
que me sucedió alguna vez..., a mi ni siquiera me deja alternativas.
- Es que vos estás muerto - le dijo bromeando Arnaldo - Yo en cambio, soy un
personaje antipático y medio tonto, que va y viene sin hacer nada.
- Y a mi me pintás como a un monstruo persiguiendo hormigas... ¡ Yo jamás las
quemaría ni las metería en botellitas para que mueran enterradas... No creo que le caiga
simpático a nadie que lea tu novela...
Se abrió la puerta y entró Aidée toda sofocada.
- Tengo una idea genial que darte - exclamó - pero después que se hayan ido todos los
curiosos, ¿viste? - miró a su alrededor. No podía quitarse el acento que se le pegó en Buenos
Aires - Estos pichones siempre se están quejando y no aportan nada positivo - agregó
haciendo un mohín de despecho - y a mi, la verdad, la verdad, hace tiempo que me tenés
olvidada. Se te hizo muy larga la historia que contás de los otros... Ya te digo. Te vas a llevar
una sorpresa con lo que te voy a decir. Te dará la solución de cómo terminar la novela - los
demás se volvieron hacia ella protestando y hablando todos juntos. Levantó la mano - no se
enojen, pichones, que lo que voy a decirle a Casola no me lo capité para desmeritarlos en
nada, al contrario, al contrario...
Terminaron por alejarse y entonces Aidée se sirvió un trago, fumó uno de mis
cigarrillos y tomando entre las suyas mis manos, me explicó cual era su idea.
- Es difícil llegar a una conclusión si uno sigue tus consejos, Aidée - le dije - Tenés
que considerar que apenas nos conocemos vos y yo...
- Porque me tenés olvidada, pichón, ¿viste? - respondió haciendo un coqueto mohín -
Nunca me quisiste demasiado. De eso ya me di cuenta.
- No, no - me apresuré a responder mirándole directo a los ojos - sos vos la que nunca
toma una forma definitiva. Es la primera vez que nos encontramos. Te conozco un poco por
las cartas que le solés enviar a Lelia..., pero son bastante oscuras ¿no te parece? Eso no me
vas a negar. Es como si quisieras esconderme algo...
- Para mi que esas ideas te las metió Lelia en la cabeza..., y Lelia, bien mirada, no pasa
de ser un ama de casa adocenada, como tantas, una señora gorda más... Yo soy en cambio una
mujer independiente ¿viste? Tengo experiencia de la vida en Buenos Aires que vos no
conocés, perdoname que te lo diga, pero las dos veces que estuviste por allí... , lo hiciste como
turista..., ¿viste? Nunca viviste el ambiente, ¿me entendés?
- No... - respondí pensativo, mirando cómo revolvía con un dedo el hielo de su trago
de whisky.
- Entonces ¡no podés juzgarme!
- Ni pretendo hacerlo, Aidée. Te voy a ser sincero. Te tengo hasta un poco de miedo.
- ¿Miedo? - exclamó asombrada levantando las cejas y llevándose el vaso a la boca -
¿Porqué miedo, pichón? Pero si yo te quiero mucho. Lo que pasa es que nunca te molestate en
acercarte a mi y me buscás, sin embargo, en todas esas mujeres que parecen monigotes que se
mueven de aquí para allá en tu novela... Por eso es que ahora estás atrapado y no sabés qué
hacer... Yo no te pido nada, o casi nada..., solo quiero que me tomes más en cuenta y no tratés

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Augusto Casola

de hacerme desaparecer como tantas veces. A mi también me gustaría vivir contigo..., pero no
es lo que pensás ni mucho menos. Soy una mujer como cualquier otra..., y no digo que mejor
porque podría parecer vanidosa. Piola, si querés...
- No digo lo contrario - respondí sonriendo
- ¿Alors?
- Entonces, nada - respondí - Vos estás un ratito aquí y después te vas...Si me
entusiasmara contigo tal vez me comenzarías a gustar y voy a querer conocerte mejor... Podría
convertirme en una especie de Eduardo... - insinué sin dejar de sonreír.
- Los paisajes de Eduardo son los senderos de la muerte. Yo, en cambio, estoy viva.
Probablemente sea la única mujer en tu novela, realmente viva. Conozco las alegrías del
amor, las tristezas del desengaño. Anduve por caminos tortuosos hasta llegar a vos... No se
porqué me rechazás, si desde un principio estuve a tu lado. Tanto como Rolo o Arnaldo o
Eduardo y hasta más que algún otro de esos nuevos personajes que metiste ahora en la
novela... - bajó la voz hasta hacerla un susurro - como ese campesino revolucionario medio
loco que no sé de donde lo sacaste...Yo te acompañé siempre y eso por lo menos ¡tenés que
reconocerlo!
- Si - respondí - Estuviste conmigo desde el comienzo.
- Y una vez hasta llegué a vivir con Lelia y Arnaldo. ¿ Te acordás de eso, pichón?
- ¡Claro que me acuerdo! - respondí algo irritado por su insistencia - Yo me acuerdo de
vos muy bien...
- Y nunca te fui simpática. Eso es lo que ocurre. Cuando buscás la forma de hacerme
participar encontrás algo que te molesta y como te es más fácil, me hacés vivir en otro país y
tengo que enviarle a Lelia esas cartas que a más de uno habrá hecho pensar que no estoy del
todo en mis cabales. - hizo una pausa - Pero no estoy enojada contigo. ¿ Me servís otro
traguito, por favor? Gracias.
Se nos acercó Eduardo con un gesto burlón en el rostro y me dijo:
- ¿Y después? ¿Vuelvo a mi divertido lugar de esparcimiento? ¿Qué hay de nuevo,
Aidée? Qué gusto verte por aquí, después de tanto tiempo. ¿Qué chismes corren por Buenos
Aires? Debe haber cambiado mucho desde la última vez que estuve por allí.
- ¡Claro que cambió mucho! - respondió Aidée distraída - Vos estuviste en la época de
las vacas gordas.
- Ahora solo me queda recordarlo, encerrado en un ataúd - comentó Eduardo
mirándome con intención.
- Es una manía que tiene el autor de esta novela - comentó Aidée - Nos hace existir a
todos pero en el pasado. Miedos secretos, digo yo..., obsesiones no superadas. ¿Culpa, tal
vez?
- Es una búsqueda - la interrumpí ya molesto, porque me daba cuenta que el whisky
estaba haciendo su efecto - La búsqueda de la razón de ser del amor. Yo creo que el amor es
lo único de positivo que tenemos en el mundo. Cualquier clase de amor. La mayor parte del
tiempo somos seres indiferentes. Vamos de un lado a otro haciendo cosas, diciendo cosas,
argumentando sin ton ni son, solo para no quedarnos callados, queriendo silenciar nuestras
conciencias que desea hablarnos en un diálogo franco, señalarnos defectos e imperfecciones
que todos tenemos dentro y son mucho más espantosas y repulsivas que los defectos físicos,
fáciles de localizar y hasta curar.
- Nadie puede eludir sus culpas ni escapar de sus recuerdos - dijo Fermín
- Los recuerdos somos nosotros - terció Eduardo encendiendo un cigarrillo - Los
únicos reales.
- Y todo está tan quieto... - dijo Irene - Tan helado y quieto y yo estoy obligada a
seguir por esos corredores... y desde el punto en que me encuentro, en la perspectiva que los

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Segundo Horror

veo, ni los rostros queridos no me parecen afectuosos sino malignos, como si me odiaran y
quisieran hacerme daño.
-¡Desolador! - exclamó Aidée con aire irónico y llenado de nuevo su vaso - Pero sigo
insistiendo en que a mi me tuvieron injustamente alejada... ¿Vos me tenés miedo!
- Si - respondí sin mirarla
- Preferís hacer como si no nos conocemos.
- Si
Suspiró, se puso de pie y se alejó de nosotros que la miramos viendo como se le hacía
dificultoso el caminar, balanceándose levemente de un lado a otro.
Salió dando un portazo y sin volver la cabeza. Todos quedamos en silencio.
Los camiones irrumpieron con violencia atravesando las calles calcinadas por el calor
de enero en una de sus siestas más agobiantes.
El día anterior, cerca de la seis de la tarde, las últimas escaramuzas concluyeron con el
triunfo total y aplastante de la revolución sobre los baluartes del gobierno que aún ofrecían
escasa resistencia, casi de compromiso y con deseos de llegar al final de esa guerra civil loca
dirigida por un gobierno de imbéciles incapaces de comprender la grandeza de Ilaudino
Gavilán.

TRIUNFA LA VERDAD, TRIUNFA EL PUEBLO.


LOS MÁRTIRES DE LA JUSTICIA ¡VENCIERON
Esa revolución que al principio no pasaba de meros escrúpulos, casi siempre cruel, y por contraste dueño
ataques desordenados de hombres y mujeres de una fe a toda prueba, obtusa, basada en la
hambrientos contra los centros de abastecimiento del creencia sincera del alma y su salvación más que en
gobierno, bastante bien surtidos, en especial en los los representantes mundanos que los acompañaron,
puntos donde tenían concentrados los grupos de tan torcidos como ellos o más, aún cuando de en
incondicionales dirigidos por comandantes que juraron medio del pantano surgieran aquí y allá algunas
fidelidad ciega a sus amos y movidos por intereses flores solitarias nimbadas con la aureola de la
personales que no tenían ninguna grandeza. santidad.
La revolución comenzó cuando la presión de la La india, aportó su parte, sumisa en apariencia, era
injusticias se hizo abominable y la angustia fue tan el motor de esa raza de hombres nómadas, hieráticos,
desesperada, ante la magnitud de la miseria en que se de rostros carente de sonrisa y cuya densidad
revolcaba el pueblo, que sacudiendo su abulia de siesta intelectual superaba en mucho la vasta ignorancia de
inconclusa, hamaca y cuchillo, caña, mujerío y sus conquistadores y cuya lengua, tan rica en matices
guitarra, empezó a moverse, primero, con reticencia, y sonoridad, no pudo ser aplastada por la palabras
con la inercia propia de una gran roca por largo extranjera del invasor, sosteniéndose incólume en su
tiempo inmovilizada, amordazados bajo el peso de un pedestal secreto.
poder tiránico y autoritario, sumado a la particular Lengua única, que no pudo ser abatida ni por los
manera de ser, su idiosincrasia pasiva y acomodaticia, capitanes de la conquista quienes consciente de su
ladina y haragana, más dados a estarse ahí, sin hacer propia impotencia, terminaron por adoptarla como
nada y sin el impulso de ambiciones que fueran óbice idioma.
para buscar un modo de vida mejor, la que de todos La conjunción de esa retorcida herencia blanca,
modos, les era desconocida. mezcla de astucia encubierta no menos retorcida del
Los abusos y arbitrariedades del poder que al principio natural de estas tierras, creó en su crisol la nueva
solo afectaba a quienes se oponían abiertamente al raza, conjunción de flor silvestre y resplandor de
régimen comenzaron a extenderse hacia pacíficos espadas, de ambicioso materialismo y sutil
habitantes del campo destruyendo sus capueras, trascendencia, casi siempre mimado por la mujer que
robando sus gallinas matando las vacas lecheras ( ve en su hombre a otro hijo egoísta él, ella abnegada,
siempre flacas y abusando o maltratando a sus mujeres siempre dispuesta a dar lo mejor de sí y el hombre,
y a sus hijos. adormilado a causa de la interminable siesta de sus
El pueblo se vio forzado a reaccionar, casi a disgusto, días, abotagado de tanto escuchar el chirrido de la
pues nuestros campesinos de piel morena es, con su cigarra, el canto de las aves, el denso susurro del
forma de ser alegre y despreocupada, hospitalaria y matorral, de pronto se levanta violento, armado del
gentil, más dado a la haraganería que a la lucha. puñal que reivindica o el machete que exige
El alma del pueblo, sin embargo, es una masa venganza, dispuesto a enfrentar aún la muerte cuando
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Augusto Casola

imprevisible, tumultuosa , vivaz, despierta, como el presiente el peligro que quiere arrebatarle lo que es
mismo vientre fértil de un volcán ardiendo en lava suyo, lo que ama: su mujer, su tierra, sus hijos, su
humana, inesperado y cruel. reposo.
Esa raza mestiza que conservó a través de los siglos el
carácter de sus origen, mezcla explosiva de aventurero
español y hembra selvática, encargada de transmitir a
sus hijos no el respeto hacia el hombre que lo engendró
sino hacia la tierra roja y la sangre pura de
temperamento indómito.
Casi sin influencias foráneas, se encerró la raza
morena dentro de las voluntaria celda creada por la
tupida vegetación de sus selvas que formó y desarrolló
el carácter de ese hombre y esa mujer originarios del
blanco conquistador, ambicioso, sin

Así. La revolución fue adquiriendo cuerpo.


Una crueldad aquí, otra arbitrariedad allá, el abuso del poder por parte de los hombres
endiosados por los culícidos de su alrededor, embriagados de poder, incapaces de discernir, en
sus obtusas mentes entre lo conveniente y lo peligroso, convencidos de su impunidad, fueron
cavando cada vez más la profunda fosa de su propia perdición.
Cuando Ilaudino Gavilán logró reunir a sus primeros seguidores, todo el país era un
hervidero de rebelión. El andamiaje estaba podrido y no existía posibilidad de encauzar ni
detener la descomposición. El cadáver, aún con apariencia humana, supurando hediondez, se
hallaba carcomido por miles de gusanos gordos y estúpidos que ni siquiera se percataban de la
carroña con que se alimentaban.
El día que entraron los camiones, las paredes de las fachadas de las casas de la ciudad
cambiaron de aspecto de la noche a la mañana. Parecía como si durante las horas de la
oscuridad, se hubieran abatido sobre los restos aniquilados de os defensores del régimen
destrozado y fugitivo miles de manos sueltas de sus ataduras, para expresar, en esa primera
oportunidad que se les ofrecía después de tantos años de silencio, toda la esperanza y el odio
cautivo que los sostuvo, aguantando de firme los embates del poder alucinado y enfermo que ,
en sus postreros estertores, fue aún más cruel e implacable en su insensato afán por
mantenerse sobre la fetidez del pantano creado por el mismo poder que ahora los devoraba.
Cada inscripción en las paredes semejaba, con sus trazos gruesos y chorreando de
pintura, profundas heridas abiertas en las fachadas de las casas de las viviendas del centro y
de los alrededores, donde se podían leer mensajes que decían:

VIVA GABILAN
PRESIDENTE ILAUDINO GAVILAN

FUERA LO LADRONE

VIVA LA LIBERTAD

VIVA LA PAZ

- 92 -
Segundo Horror

La ciudad entera respiraba el aire olvidado de la tranquilidad.


Cuando la última escaramuza acabó, ya lejos de la casa de gobierno y de la policía,
que se había rendido, cayó sobre la ciudad un silencio espeso, intranquilo, tenso. Los rumores
corrían de zaguán a zaguán, de portón a portón, arrastrados por el viento suave que empezó a
soplar hacia las ocho de la noche.
Casi no se veía a nadie por las calles, más desiertas y calladas que nunca, luego de la
euforia general. Protegidos tras las persianas cerradas o a través de las rendijas de las
ventanas, los curiosos veían algunas figuras deslizarse furtivas bajo la sombra de los balcones
y las marquesinas. Otras veces grupos de hombres que pasaban gritando consignas y hurras
que repetían el nombre de su líder o lanzando vituperios contra el tirano derrotado y sus
cómplices.
Después de casi cuatro años, al revolución había triunfado.

LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA LLEGA A ASUNCIÓN. LOS


MÁRTIRES ESTÁN VENGADOS. ILAUDINO GAVILAN ORGANIZA
SU GABINETE.
Profundas disputas entre los políticos y el jefe de la revolución triunfante reducen la
credibilidad de su objetivo. ¿Respondía Gavilán a intereses inconfesables?.
El poder se divide. Los políticos exigen espacios y réditos para sostener al gobierno de
Gavilán.
A poco de concluir la revolución triunfante de Ilaudino Gavilán, los diferentes partidos
políticos que son tradicionales en nuestro país, se enfrentan en una nueva lucha por hacerse
de lo que dan en llamar espacios de poder.
Tanto los derrotados, que ahora niegan su compromiso con el anterior gobierno como los
opositores, que desean ubicarse lo mejor posible, hacen gala de su participación en la caída
del régimen.
Ilaudino Gavilán se muestra indeciso

GAVILAN NO PUEDE EXPLICAR CIERTOS


ACONTECIMIENTOS DE SU REVOLUCION
Los políticos, al expresar que son conscientes de su deber para con la Patria, objetan a
Gavilán que no haya recurrido a ellos para organizar su esquema de gobierno.
Algunos personeros del antiguo régimen, acusan al actual presidente de hechos de barbarie y
crueldad para con los soldados que, al decir de ellos, “no hacían otra cosa que cumplir con
su deber”
“Las gloriosas fuerzas armadas de nuestro país, laureada con la gloria de sus héroes, no
pueden ser objeto de vejaciones y ofensas lanzadas por un advenedizo de la política como es
Gavilán (Ilaudino). Somos nosotros, los políticos que entendemos de la administración del
país quienes hemos de cargar sobre los hombros la responsabilidad de su reforma
democrática”.

- 93 -
Augusto Casola

GAVILAN SE EXCUSA
El jefe de la revolución triunfante reconoce su incapacidad para gobernar por no haberse
adecuado a los requerimientos de los políticos que saben más que él acerca de las
conveniencias del pueblo y sus necesidades.
Los políticos destacan la ingenuidad el líder revolucionario.

EL PASADO NO EXISTE
Así lo asevera el nuevo jefe del Parlamento que recurre al buen criterio de la clase política
para administrar el caos al que sumió Gavilán al país con su insensata revolución.
“No podemos supeditarnos a las alucinaciones de un caudillo que solo se interesa en el
bienestar del pueblo descuidando las necesidades de la clase política“ Así se expresó uno de
los líderes del Parlamento , saliendo al paso a las declaraciones inconsultas de Ilaudino
Gavilán, conocido como subversivo que quiso imponer ideas propias en lugar de asumir las
universalmente aceptadas de la política y la convivencia armónicas con el ejército y la
iglesia.
Los representantes de todos los partidos políticos de la República, en un acto realizado frente
al Panteón de los Héroes, luego de la entonación del Himno Nacional y un homenaje floral a
los caídos en la infausta revolución comandada por Ilaudino Gavilán - un campesino
ignorante y obtuso, surgido de las masa populares y que alcanzó cierto renombre con el
golpe de estado que derrocó al gobierno anterior, puso en claro la vocación de los políticos
que olvidando sus diferencias ideológicas, se unieron en un abrazo de hermanos, dispuestos a
darse mutuo apoyo, señalando que las palabras de Gavilán, que hace hincapié en la
necesidad de servir al pueblo de la República, es mera demagogia, la cual no debe entrar a
formar parte de un gobierno consolidado con la sangre de tantos paraguayos a quienes
debemos todos el homenaje eterno de recordación y gratitud.
Se hará una misa en la catedral en memoria de los mártires caídos durante la revuelta de
Gavilán, que enlutó a tantos hogares paraguayos. Uno de los oradores manifestó en un
encendido discurso: “No necesitamos más héroes, necesitamos políticos solamente
interesados en la cosa pública”, recalcó.

GAVILAN SE ESCONDE Y LUEGO HUYE


El revoltoso Ilaudino Gavilán, luego de verse envuelto en una serie de situaciones que no
supo explicar, huyó del país, temeroso acaso de que la justicia encuentre en él al causante de
tanto sufrimiento en la población civil de la República.
Los grupos políticos que se hicieron cargo del gobierno insisten en señalarlo como el
causante principal del golpe que derrocó al gobierno constituido. Se comenta que
representantes de diferentes tendencias políticas están en negociaciones para distribuirse los
cargos de un modo armónico que permita el desarrollo nacional, libre de advenedizos y
alucinados.
Un parlamentario manifestó “tenemos pruebas suficientes para afirmar que Gavilán no
quería otra cosa sino levantar a los nobles y sacrificados campesinos para que éstos, una vez
armados, tuvieran suficiente fuerza para derrocar a las clases políticas, indispensables para
la buena administración de la República”.
Y el mismo destacado ciudadano se pregunta “¿qué sería de un país donde no haya
políticos?”
- 94 -
Segundo Horror

LOS POLITICOS ACUSAN A GAVILAN DE SUBVERSIVO Y


COBARDE LUEGO DE SU HUIDA.

Tras aclarar que su postura es la de un demócrata intransigente, el representante del


gobierno constituido manifestó que Gavilán ha dado una vez más muestra de su cobardía al
huir de nuestro país para no afrontar los cargos que los grupos políticos y las fuerzas
armadas le plantean..
No podemos seguir soportando a alucinados que se creen semidioses, dijo el político en
cuestión. Nosotros somos los únicos que podemos salvar a la Patria, porque somos los
políticos, los únicos interlocutores válidos para analizar y discutir las necesidades del
pueblo, porque comprendemos cabalmente el profundo sentido del pueblo y las necesidades
emergentes de su condición de campesinos varias veces frustrados por engañosos líderes
como Gavilán.

Se sintió ingrávido.
Era todavía capaz de percibir la presencia de su masa informe, ajena a él a pesar de
haberlo cobijado durante tanto tiempo en un tiránica y veleidosa unión entre lo más espiritual
y lo más físico revolcándose con las pestíferas emanaciones del tembladeral de pasiones y
mezquindades de su cuerpo.
Supo que ahora llegaba la separación definitiva y le embargó cierta melancolía,
semejante a aquella dulce y triste que se apoderaba de él cuando las tardes de invierno se
revisten del abrigo denso y gris de las nubes y las calles permanece húmedas a causa de la
llovizna que sin falta acompaña al viento del este.
Ya no más desasosiego, ni dolores para ese cuerpo inerme, sin expresión, sin
emociones, una figura de alfarería que busca reproducir en sus facciones de músculos
muertos, las huidizas expresiones de la vida, esa constante mutación del semblante inquieto e
insatisfecho del alma escondida en su interior.
No más inquietudes, ni dolor, vibraciones alertas al placer o al sufrimiento. En fin, la
presencia absurda de su ausencia.
Una vez sepultadas las casi insoportables angustias del amor, la voluptuosa
satisfacción del deseo, la búsqueda renovada de sensaciones para los nervios tensos, la piel,
esa vasta superficie que nos limita y nos faculta a percibir la sensualidad de las vida, las flores
de la primavera y las voces tiernas de los niños mal pronunciando las palabras, la risa de las
mujeres llenando el aire de grandes carcajadas cadenciosas, satisfechas de felicidad por tantas
cosas sencillas y agradables que motivan en ellas la contagiosa algarabía de su risa, no queda
nada.
¡Qué lástima!
Eduardo captó ese sentimiento separándose de él. Diluyéndose en el humo de
coloración azul que ascendía después de rodearlo un instante. Qué lástima no poseer
capacidad para apreciar mejor ese maravilloso concierto en medio del cual somos arrojados al
nacer. Ese mundo concreto de bosques y seres vivos, de sonidos infinitos en su variedad y
mutación, en sus vaivenes de luz, como luciérnagas que ondulan en la oscuridad de la noche
campesina como estrellas alucinadas de una cosmogonía ignota.
Habrá sido una oportunidad que se me ofreció, sentado en la penumbra de un lámpara
a kerosén, que iluminaba desde la pieza de hospedaje nuestras figuras expuestas al rocío,
conversando de cualquier cosa, el río corriendo cerca con su murmullo invisible, con el vaso
de caña áspera cortada con pomelo y refrescada con abundante hielo, observé (estaba allí, no
tuve más que fijarme en ella) una nebulosa de luciérnagas, algunas inmóviles en su sitio, otras

- 95 -
Augusto Casola

desplazándose en circunvoluciones medidas y ajustadas a una lógica superior a mi corto


entendimiento.
Se diluyó el resplandor de la tristeza causada por esa conmiseración tardía y ello
permitió a Eduardo expandirse más, surcando a velocidad constante la cavidad abierta en el
enigmático éter que lo sorbía sin percatarse de ello.
El miedo, en varios tonos de gris y cierto tinte que lo hace repulsivo y pringoso se
posesionó de él por un instante. Eduardo captó la presencia de un violento estremecimiento,
más intenso que esos escalofríos que tantas veces le causaron la paralizante conciencia de ir
cayendo en el abismo sin fondo de un sueño espantoso mientras su corazón se encogía,
atrapado por las redes crueles del miedo. Era eso, esa luminiscencia opaca que escapaba
alrededor suyo, ese humo cada vez menos denso. Despreciable, se dijo Eduardo, vano y
despreciable miedo que ni siquiera posee la espontaneidad del horror, ni su grandeza. Es
apenas una culebra fría y obtusa, tan desagradable a la vista que al solo pensar en la
posibilidad de un contacto ya se incrementa la repulsiva sensación de su forma pastosa y
repelente.
Se diluyó como antes la lástima y siguieron separándose de Eduardo y de su cada vez
más incierta realidad los distintos colores que antes integraban el viejo cuerpo que yacía lejos
de él.
Él era esos colores difuminados. Él era ese amor y esa tristeza, esa breve sensación de
ausencia . Todo se fue dispersando mientras avanzaba por un espacio silencioso que le
permitía conocer (libre ya de casi todas las pesadas capas de su personalidad), cual era el
sustituto de esas costras terrestres: la calma invariable, la quietud luminosa del vacío. Esa
caverna sin recuerdos, sin los dédalos de la memoria, el final de ese largo purgatorio cuyo
comienzo fue señalado por la sorpresa que sustituyó todo tipo de conjeturas, hijas espurias del
raciocinio humano, tan ágil en su dialéctica como ingenuo en cualquiera de sus síntesis,
humanas también, hasta alcanzar este nuevo estado de conciencia clara, sencilla, la anhelada
paz que tanto había perseguido, la felicidad completa y límpida, ese ser Eduardo, transparente,
sin colores bellos o repulsivos que hasta entonces lo habían conformado dándole nombre y
apellido, forma e historia, existencia al fin, de la que carece ahora, de vuelta a su origen
primero, a su realidad fundamental, pasando de ser Eduardo a ser esa unidad sin memoria, sin
comienzo ni final, integrado -desintegrado, siendo todo al dejar de ser, una vivencia absoluta,
un espíritu original de regreso. Eduardo sin Eduardo, luz sin emisor, despertar al amanecer
crepuscular y retorno a la completa entropía del alfa y el omega.
Toma tiempo el ser olvidados, Eduardo, siempre dejamos algo que de nuevo nos hace
surgir a la vida cuando esa gente que nos conoció, nos amó, nos tuvo envidia, odio o
desprecio, vuelve a rememorar, por casualidad, lo que alguna vez fuimos. Toma tiempo,
Eduardo, que todos esos recuerdos desaparezcan, que todas aquellas personas y a veces hasta
sus descendientes nos olviden por completo.
Sólo entonces puedes librarte de ese universo opaco, denso y sin luces al que te viste
arrojado, donde tuviste tiempo para revisar, como en un caldo de cultivo, todas las
contingencias de tu vida, hasta sus más inocentes segundos, hasta los recuerdos más ocultos.
Allí estuviste, Eduardo, recorriendo tu sendero, revisando las cuentas que quedaron
pendientes. Vuelves a tu madre para poder constituirte en lo que eres, una onda, una renovada
posibilidad, otro círculo con otro radio que volverá a perderse en el ruidoso mundo de los
sentidos, de la realidad manifiesta de dolor y angustia, de amor y alegrías, de esperanza.
Se sintió en paz. Un silencio inmenso lo abarcó todo y se deshizo hecho hilachas en la
inmensidad abierta a un universo desconocido e inexplicable, tras cuya integración, sólo
existe el misterio.
Eduardo había desaparecido.
La cabeza de la muñeca de trapo decapitada le sonrió al entrar:

- 96 -
Segundo Horror

- Hola, Arnaldo - dijo con voz de falsete - ¿Ya venís?


Estaba en la cuna de Rolo ( el cuerpo en el suelo, de cualquier forma, desparramado),
y a su alrededor, con los ojo cerrados, las cabezas de Lelia, Petronila y Eduardo teñidas de un
color verde pringoso.
Cerró la puerta y se recostó contra ella.
Las escena se le antojó grotesca pero no dijo nada. Los ojos de la muñeca - botones
verdes - colgaban de sus cuencas de tela, descendiendo el de la izquierda hasta la boca
sostenido por un hilo.
Arnaldo se acercó para ver mejor.
Pisó el cuerpo de trapo y la sonrisa desapareció de los labios de la muñeca y se
transformó en una mueca de dolor.
- ¿ Te duele? - preguntó
- A ellos también - respondió
Se fijó pero ninguno de los otros rostros cambió de expresión.
- No sienten nada - dijo Arnaldo con acento despectivo.
- Les duele pero no se pueden mover - dijo la muñeca que volvió a sonreír cuando el
hombre levanto el pie de sobre su cuerpo de trapo - Gracias - dijo como disculpándose - yo no
tengo la culpa...., pero siento igual...
- ¿Qué les pasó? - hizo un gesto con el mentón señalando las cabezas.
- Estaban aburridos, entonces vino Rolito y les dijo si no quieren sacarse los brazos o
una pierna. Si te vas a la otra pieza vas a encontrarlos... Están todos esparcidos porque Rolo se
aburrió de jugar y los dejó así, tirados en cualquier parte. Pero enseguida vas a saber de quién
es por su forma.
- ¿Y Rolo?
- Se fue al patio.
Arnaldo pasó a la otra habitación. Allí vio que dos piernas de un mismo lado
descansaban sobre la almohada de su cama. Las manos de Lelia, con la palmas hacia arriba,
sostenían las de Petronila.
Vio el torso de Eduardo ubicado en la silla, pero no pudo hallar, con la ojeada rápida
que hizo, el resto de las partes.
- Yo tenía miedo que ya hubieran llegado esos tipos y me estén esperando - dijo
Arnaldo en voz alta - Quieren que cumpla lo que les prometí o que les devuelva su plata.... y
no tengo.
Se fueron sumando los compromisos y a Arnaldo le parecía que el mes se acortaba
hasta que no supo discernir entre el principio y el final de cada uno de ellos.
Frente a su casa lo esperaban sus acreedores, quienes al verlo acercar, se dirigían hacia
él armando una algarabía infernal de gritos y reclamos que acabaron por convertirse en el
entretenimiento diario de los vecinos, ya que al acercarse la hora de volver Arnaldo a su casa,
los vecinos se acomodaban en la vereda con alevosa hipocresía, queriendo dar a entender que
su presencia en los sillones o el estar apoyados en las murallas de sus casas era algo fortuito.
Cuando por fin Arnaldo lograba entrar a su hogar, allí lo esperaba Lelia llorando.
Comenzaba a recriminarlo por su desgracia de ella y la inutilidad de él,
atormentándolo hasta en la cama, donde volvía a llorar un poco, tratándole de desgraciado e
inútil hasta que quedaba dormida.
Esto siguió así hasta el día en que se deshizo todo ante los ojos aterrorizados de
Arnaldo.
Los marcos de las puertas y ventanas de madera empezaron a desprenderse en
explosiones silenciosas. Del vientre de la madera salían en tropeles los cupi-i, desordenados,
negros y repulsivos montones con sus panzas blancuzcas, los que por años habitaron el
interior de la madera carcomida, ocultos en ella.

- 97 -
Augusto Casola

Contuvo un grito y salió al patio, viendo como los insectos se apoderaban del piso y
las paredes, libres al fin en esa libertad horrorosa de moverse sin un plan definido, pesadas y
torpes, cruzándose en sus caminos o agrupándose sin objeto, en conciliábulos extraños.
- Rolo dijo que iba a venir ahora después para ponerle bien, pero seguro que se olvida.
El co lo único por lo que piensa es para hacerle sufrir a esa su hormiga cuera que rejunta por
ahí - le llegó la voz de Petronila, desde la otra pieza.
- Es capaz que lleguen y ya no va a haber nadie para atender la puerta y decirles que
no estoy - susurró Arnaldo, restregándose las manos y haciendo sonar los huesos de sus
nudillos.
- La vez pasado también jugaron pero Petronila y Lelia nomás. Se ríe mucho. Petronila
puso la piernas de Lelia sobre la cama, muy separadas, después los brazos también alrededor
de su cintura y cuando estaba descuidada...
- Me dijeron que tenía veinticuatro horas. Les prometí que iba a estar listo pero no
pude y ya gasté la plata. Ayer me estuvieron esperando a la salida. Yo tardé pero lo mismo...,
seguían allí.
- A veces es por Rolo que quiere jugar Petronila - siguió diciendo la muñeca. Le
acaricia, siempre está que le quiere besar y abrazar, pero vos no ves luego nada...,¿verdad?
- Si no les devuelvo la plata van a comenzar a gritarme otra vez y es capaz que se
entere el jefe. Pero ya gasté todo..., no se qué lo que voy a hacer - Arnaldo se sobresalta al
escuchar que golpean a la puerta - ¡Ahí ya vienen!
Los golpes se repiten fuertes e insistentes y hasta él llega el sonido de voces airadas,
llenas de amenazas. La cabeza de Petronila abre sus ojos y los deja clavados en Arnaldo.
- Yo les quiero - dice quejumbrosa - vos nunca vas a poder darle lo que tengo..., lo que
soy..., lo que siento...
- Vas a ser siempre eso que estás ahí - dice Lelia sin abrir los ojos - ¡Un pelele
miedoso!
- Tengo que irme. Son capaces de romper la puerta - escucha el ruido de vidrios que
caen - No pude cumplir..., no tengo la culpa. ¿Porqué tengo que ser yo el que pago todo?
Cuando consiguen lo que quieren ni me saludan después...., ni me miran, me tratan como si
fuera una mierda...
- Sos un inútil que no servís para nada... Tenés miedo de tu jefe, tenés miedo de esos
asquerosos que te pagan... tenés miedo hasta de ...
- ¡Hipócrita! - grita Petronila - Te hacés el honrado y sos un sinvergüenza vendido. Si
te pide que te ponga de cuatro ¡te va a poner también!
- ¡Chupamedia!
- ¡Infeliz!
La muñeca rompió a reír entre aullidos. Las bocas de las otras dos cabezas seguían
insultándolo sin cesar. Arnaldo observa sus labios abrirse y cerrarse como ventosas y las
lenguas rosadas ir y venir entre los dientes, revolcándose bajo el paladar para escupir nuevos
insultos.. Solo Eduardo sigue con los ojos cerrados y con la piel verdosa en su palidez
incierta.
- Me tengo que ir - dice Arnaldo y pasa a la otra habitación.
Las piernas de su mujer se cruzan ante él y lo hacen trastrabillar hasta casi caer al
suelo. Se mueve inseguro y sale al patio. Escuchó todavía las risotadas de la muñeca de trapo
y las exclamaciones airadas de Lelia y Petronila.
Rolo se volvió a mirarlo, sin sonreír. La abuela pasó sobre él sus ojos ciegos,
tendiendo una mano macilenta y huesuda que sostenía un puñado de hongos blancos.
De la garganta de Lelia escapó el vómito verdoso que la venía atormentando y al
chocar contra el piso se esparció salpicando las botamangas del pantalón de Arnaldo.
- ¿No querés agua? ¿ Un poco de agua? Jhe...

- 98 -
Segundo Horror

- Si
Lelia cerró los ojos y tras sus párpados explotaron destellos intensos y dolorosos.
Sentía retortijones en la boca el estómago. Le traspasó otro punzada que la tiró hacia atrás,
mordiéndose los labios para evitar un grito. Sudaba.
- Voy a llamar un taxi para llevarte al hospital - dijo Arnaldo
- Papá...papá - gritó Rolo - ¿Qué le pasa a mamá?
- Nada - responde Arnaldo - Andá a jugar en el patio. Mamá se siente mal. Ya va a
venir tu hermanito..., por eso nomás..., bueno, andate...
El niño mira el rostro húmedo, las mejillas pálidas, los labios temblorosos y el cuerpo
tenso que vuelve a levantarse el tronco y la cabeza para vomitar de nuevo.
- Ahí viene otra vez - gime la mujer - Ay, Dios mío..., Arnaldo - se toma del brazo del
marido - Decile a esta criatura que salga. No aguanto más.
- Andate, Rolito, tu mamá se siente muy mal - el niño obedece de mala gana yendo
hacia el patio donde minutos antes interrumpiera la cacería de hormigas.
- Y justo hoy que no está Petronila - se queja Arnaldo - Voy a llamar un taxi.
- No ...., no me vayas a dejar sola, Arnaldo. Ahora está pasando un poco. Traeme otro
vaso de agua, por favor ¿querés?
- ¿Te pasó?
- Si - lo mira - Voy a prepararme
Faltan tres días.
Ya no es un hombre. Solo carne, manos crispadas y la cabeza que golpea sin cesar
contra la almohada empapada de terror.
Faltan dos días.
Vive envuelto en la fetidez que emana de su cuerpo, del orín y la defecación
incontroladas de su organismo demente.
Ayer ya se estuvieron peleando ya otra vez. Se pelean mucho por ahora y yo tengo
miedo cuando gritan. Ayer me levanté y me fui a su pieza porque me asustaron. Papá gritaba
como un loco y mamá también, pero llorando y le decía si porqué era así y porqué lo que ya
no le quería más a ella ni a su hijo, que ella no tenía ni bombacha para ponerse y él si que
andaba por ahí con mujeres y le veía todo el mundo, que a él no le importaba luego porque se
cree no se que y es un pobre in feliz que no tiene ni donde caerse muerto. Papá gritaba como
un loco y le decía cosas feas. Yo no entendí pero sabía que eran cosas feas por la cara de
mamá y porque la boca de papá se movía como siempre que le dice groserías. Repetía y
repetía no se qué de Petronila y le contestó que por lo menos le daba calor (o amor) no entendí
bien porque hablaban los dos juntos. Entonces fue que papá agarró la frazada nueva y tiró en
el suelo hacia el patio y mamá le dijo ¿porqué no alzás la frazada nueva para que no se
descomponga? Cuando me vieron que les miraba y lloraba, ella dijo mirá como está tu hijo y
él tu hijo ha de ser, entonces me puse más triste y tuve más miedo todavía porque ninguno
quería que yo sea su hijo...
Se pelean mucho, siempre igual y dicen lo mismo, ella empieza a llorar o grita más
fuerte. Al día siguiente no se hablan. Papá suele venir a dormir conmigo pero tampoco me
habla o sino, viene mamá. Ayer, después que se pelearon, mamá agarró la frazada que papá
tiró en el suelo y vino a mi pieza. Yo me callé pero seguía teniendo miedo cuando sentí los
ruidos que papá hacía en la otra pieza. Mamá se mueve despacio ahora que está tan grande.
Ayer durmió conmigo. Seguía haciendo ruido con la nariz. Hoy no se hablaron. Comimos
temprano, antes que papá venga y nos acostamos para dormir la siesta. Yo no quería pero me
callé. Cuando están así , mejor no digo nada. Si es posible, mejor que no te vean luego. Por
eso estuve jugando en el patio con mis hormigas. Agarré muchas que se subían por la pierna
de abuela.

- 99 -
Augusto Casola

Cuando me cansé de estar solo en el patio, salí a sentarme en el cordón de la vereda.


Hacía un poco de frío y mis manos estaban heladas. De vez en cuando me agachaba para
tomar alguna piedrita y la tiraba contra la columna que está enfrente de la casa de doña Elisa.
Pasó también doña Raquel que venía del mercado, con su bolsón y su cabello enrulado que
parece que no se peina nunca. Se quedó a charlar conmigo. Cuando me ve, ya se queda a
hablar conmigo de cualquier cosa, un ratito. Es una vieja buena, siempre me está regalando
caramelos o galletita, cualquier cosa. Pero siempre parece despeinada y mal vestida.
Le visto a papá cuando venía y tuve miedo otra vez porque seguro que no se van a
hablar. Me tocó la cabeza y me dijo hola. Tiré otra piedrita contra la columna y acerté. Hizo
un “ tan” . Después entré a casa. Mamá me llamó y me dijo que duerme la siesta. No se que
hacer, no tengo sueño y me aburro así. Dentro de un rato me voy a levantar y me voy a ir al
patio. Por suerte hoy no tenemos clase.
- Ya hice pedir el auto.
- Y no tenemos nada..., ni un camisón
- Te voy a comprar uno cuando estés internada.
- Quedate conmigo, Arnaldo - dice la mujer entre sollozos.
- No me voy a ir a ninguna parte. Doña Elisa va a pedir el auto. No te preocupes.
- Me pasó más-..., pero tengo un feroz malestómago. Te dije luego que estábamos
sobre la hora.
- Y..., bueno, Lelia, vamos a arreglarnos. Cuando te deje en el hospital voy a ver de
conseguir dinero para comprar las cosas.
La mujer va y viene colocando sobre la cama pequeños trozos de tela de diversos
colores. Culeros, pañales, una sabanita bordada con la figura de Bambi, el escarpín que había
sido de Rolando, dos baberos. Hace un paquete con todo y lo coloca en el bolso de plástico
sin agarraderas.
- ¿Eso es todo lo que tenemos? - preguntó Arnaldo - Cuando iba a nacer Rolo había el
doble por lo menos...
- Ya te dije - respondió Lelia sin mirarlo - No pude comprar nada. Apenas pude tejer
esta colchita y todavía no terminé - Lelia se sienta en una silla para dominar la punzada que
recorre su cintura y de sus labios escapa un sonido tenue, inarticulado.
- Viene otra vez...
La bocina del taxi suena en la calle.
Falta un día.
Pudieron sentarlo en la mecedora de mimbre y bañarlo. Vio a su alrededor caras
conocidas y descubrió en ellas que lo observaban con miedo. ¿Le tenían miedo a él? ¿Porqué?
- Hoy me siento mejor - dijo don Eduardo cuando volvieron a acostarlo en la cama
limpia.
- Qué suerte, tío Eduardo - exclamó Lelia sin sonreír.
- No me acuerdo de nada - dijo el enfermo.
- Ahora tiene que descansar, don Eduardo - comentó Arnaldo.
- Si - respondió Eduardo - estoy cansado....¡tan cansado!
- Ahí ya está el coche.
- Esperá que pase un poco más..., no puedo...
- Aguantá un poquito más..., vos siempre fuiste guapa..., mamita.
El dolor se abre en sus entrañas con una nueva explosión de galaxias enloquecidas que
giran ante sus ojos.
De nuevo suena la bocina.
- Andá decile que espere - Arnaldo se dirige hacia la puerta con el bolso de las ropas..
- Está pasando, dame el brazo . me parece que ya puedo caminar.
- No te apures, si querés esperar más...

- 100 -
Segundo Horror

- No , mejor vamos ya...


Llegan a la calle. El chofer abre la puerta del vehículo. Lelia sube. Rolo mira la
hormiga que tiene entre los dedos. La coloca en la palma de su mano y el insecto, patas arriba,
se agita, hundido en un huequito de la línea del corazón. Es un torbellino. Levanta la cabeza,
el trasero negro, mueve las patas. Rolo comienza a reír divertido. El auto se aleja. Vuelve a
presionar el pulgar sobre el insecto. Quita el dedo y ve un pequeño ovillo inerte.
- Se habrá muerto - piensa, pero enseguida los movimientos de la hormiga recobran
urgencia con el terror ciego del que sabe que su muerte está cercana - Si la aplasto, se muere y
va a seguir estando en mi mano, después la tiro. Pero vive todavía, mueve las patas y vive, un
minuto más. Cuento hasta cien y después le aprieto fuerte y se muere. La tiro al suelo y me
olvido de ella. Pero ahora está viva y quiere huir para seguir viviendo....
- Cuenta:
- Uno..., dos..., tres...., cuatro...
- Creo haber elegido el camino correcto, el más conveniente para todos - dijo Rolando
dirigiéndose a quienes lo escuchaban con atención - para ninguno de nosotros esta vieja
casona tiene valor sentimental. A mi en especial, me resulta hasta odiosa. Ana Inés ni siquiera
la recuerda. Creo que vivió dos o tres años en ella, ¿verdad? - exclamó dirigiéndose a su
hermana, que estaba frente a él - ¿Cuanto años tenías cuando ocurrió la desgracia de papá?
Dos o tres, lo máximo...
Al entrar a la casa, ninguno de ellos observó nada en particular, a no ser las viejas
paredes despintadas, los vidrios rotos, empañados por la suciedad, las esquinas recubiertas
con densas capas de telaraña, que llegaban hasta el cielorraso.
Algunas puertas, cuyos goznes estaban rotos, no se podían ni abrir ni cerrar del todo y
el patio se había transformado en un impenetrable muro de malezas.
- Ha de haber hasta víboras aquí - exclamó Ana Inés con cierto aire de desprecio que
encubría el temor - no se como nadie pudo vivir alguna vez en una casa como esta...
Del sitio donde se acumulaban antiguos muebles provenía el olor nauseabundo de
papeles y desperdicios olvidados dentro de ellos. Papeles viejos, libros y diarios enmohecidos
y apelmazados, cuyas hojas, soldadas unas a otras, era imposible separar sin destruirlas.
- Son de la época en que vivíamos aquí - dijo Rolando
- ¿Y de eso cuanto hará? - quiso saber Ana Inés.
- Ya te digo..., vos habrás tenido dos años más o menos cuando nos fuimos de aquí.
- Mirá, este es un libro de poesías - exclamó Ana Inés abriendo por el medio el tomo
de hojas soldadas unas a otras..., se puede leer algo todavía, pese a que la humedad casi ha
borrado las letras, escuchá:
Cuando vibra tu cuerpo
Se encienden los lapachos
En agosto florecidos
Y al ser dos
En esa soledad tan nuestra
Brota el brillo que ciega los sentidos

Al calor de los cuerpos


Las soledades se hacen una
Y somos tú y yo
- Desconocidos -
En esta primavera
Que desnuda su anhelo
Y oculta su desvelo

- 101 -
Augusto Casola

De esas soledades
De tu cuerpo y del mío
Brotó la chispa
Y me dio vida.

Nadie le prestó atención. Ana Inés arrojó el libro entre otros papels viejos y se sacudió
las manos
- ¿Y desde entonces no se volvió a ocupar la casa - preguntó asombrado el hombre de
la inmobiliaria que estaba cerrando el trato de compra venta .
- No - respondió Rolando - Ni se volvió a abrir. La verdad es que nunca nadie entró
más aquí. Mire nomás usted la muralla del fondo, la que da a la otra calle... Se habrá caído
hace años, cuando una de las plantas de mango se derrumbó sobre ella. Yo ni me enteré hasta
unos días atrás cuando hable con usted para cerrar el trato. A lo mejor los vecinos ni saben a
quien pertenece ahora esta casa. Todo el barrio está cambiado. Es un lugar comercial y creo
que ese programa de propiedad horizontal que tiene su inmobiliaria va a resultar un éxito
total.
- En la planta baja pensamos construir un supermercado - explicó el hombre - Sobre
él irán cinco pisos de oficinas y luego la torre de diez pisos más para departamentos. Será uno
de los edificios más altos y de mayor categoría de la ciudad.
- Buen negocio para todos es buen negocio siempre - terció el marido de Ana Inés.
- Sin duda - dijo Rolando - El terreno es grande y la ubicación inmejorable. Sale a
ambas calles. Supongo que pronto van a comenzar la demolición de este cucaracherío -
expresó Myriam, sonriendo.
- Bueno..., si el doctor firma mañana los papeles, creo que la demolición se iniciará el
lunes - opinó el de la inmobiliaria.
- Mi esposa siente especial aversión hacia este caserón viejo - dijo Rolando sonriente -
Así que iré a firmar mañana, de modo que no queden ni rastros de su existencia. No se porqué
le tomaste rabia - dijo dirigiéndose a Myriam.
- Me da escalofríos - respondió la mujer, sacudiéndose.
- De cualquier manera, tuvieron suerte, doctor, de no llevarse una sorpresa
desagradable - comentó el de la inmobiliaria - Algunos propietarios que como ustedes dejan
sus casas abandonadas, cuando deciden ocuparlas o quieren venderlas, se encuentran con que
en ellas están afincadas una o más familias y aparte de descubrir eso, tienen que enfrentarse
con problemas judiciales los que de suyo son engorrosos y a veces, les plantean hasta recurso
de amparo y los dueños legítimos son tratados como monstruos de inhumanidad por una
prensa escandalosa, amarilla, cuyo máximo triunfo consiste en mantener a sus lectores al tanto
de cuanto chanchullo le hacen a la gente decente, ya que no pierden oportunidad de mostrar a
los desamparados e indeseables inquilinos en fotografías que exhiben su patética situación de
desamparo..., gentuza de la peor calaña, digo yo..., pero ahí están y los legítimos propietarios
convertidos en comidilla de la ciudad, vapuleados por unos, defendidos por otros - los menos
- pues con esa astucia artera que les es propia, los periodistas transforman lo que no pasa de
ser intromisión en la propiedad privada, en un melodramón que envidiaría la tele, donde los
villanos son aquellos a quienes asiste todo el derecho del mundo de disponer lo que es suyo.,
- En realidad - terció el marido de Ana Inés - Yo ni sabía de la existencia de esta
propiedad... Vos nunca hablaste de ella - dijo dirigiéndose a su mujer.
- Para decirte la verdad, mi amor - respondió Ana Inés - Ya ni me acordaba hasta que
vino Rody a decirme que estaba con ganas de venderla y era preciso que diera mi aprobación -
hizo una pausa - al principio me quedé mirándole como una boba ¿verdad? - dijo dirigiéndose
a su hermano - No tenía idea de a qué caserón se estaba refiriendo. Después me explicó que
era la casa de los viejos, que se estaba viniendo abajo y que creía el momento oportuno para

- 102 -
Segundo Horror

venderla, pues el barrio se había transformado en un centro comercial. Y con el auge de las
construcciones que hay ahora, podríamos sacar buen dinero por la casota esta...
- Y tenía toda la razón el mundo, señora - dijo el de la inmobiliaria - Desde luego que
el doctor es nuestro cliente desde hace años y en más de una oportunidad nos cupo apreciar su
sagacidad en los negocios.
Todos lanzaron una carcajada.
- Después Rolando habló conmigo - dijo el marido de Ana Inés - me explicó que
nunca volvió a pensar en la casa, que era algo así como una reliquia de familia, ya que fue
propiedad de una especie de tío abuelo de su madre y ella nunca quiso separarse del inmueble,
aunque tampoco volviera por allí desde la muerte de su marido, a quien yo no conocí... Doña
Lelia sufrió mucho. Si, sufrió mucho mi pobre suegra con esa espantosa parálisis que la tuvo
atada a una silla los últimos años de su vida...
- Lo cierto es que esta casa se viene abajo - dijo Ana Inés, mirando de un lado a otro.
- A Jorge le gustó la idea - dijo Rolando dirigiendo una mirada a su cuñado y
volviéndose luego al de la inmobiliaria - Y hasta le pareció una suerte haberla tenido olvidada
por tanto tiempo, pues ahora este lugar vale mil veces más que hace tres años.
- Date cuenta nomás Rolando - dijo Jorge con entusiasmo - hace cinco años no
hubieras sacado gran cosa del terreno. Sin duda la propiedad es valiosa, ancha de fachada y
comunicando dos calles importantes... Ideal. Fijate nomás que en ese lapso ya se levantaron
varios edificios de departamentos y oficinas. Dentro de una semana van a venir las máquinas
y en un año nadie va a recordar que alguna vez existió esta casona..., el avance implacable del
progreso y la civilización.... - agregó con cierta pedantería.
- Vamos, hombre - rió Rolando de buena gana - Que no estás frente a tus electores ni
haciendo campaña proselitista...
- Lo que dice el señor es muy cierto, de todos modos, don Rolando. Es más, ya
tenemos clientes interesados en las oficinas y cuando arranque la construcción, se van a pelear
por las reservas... - dicho esto, el hombre estrechó la manos de los demás, despidiéndose de
ellos - Lo esperamos en la inmobiliaria mañana, doctor. Yo tendré todos los papeles listos
para su firma..., si puede ir con usted su hermana, adelantaríamos mucho las gestiones - sonrió
por primera vez - para mi también es un negocio satisfactorio. Me significó un ascenso...
usted tiene fama de ser un cliente difícil, doctor.
- Las malas lenguas - dijo Rolando riendo - Mañana estaremos los dos por la
inmobiliaria.
Cuando el hombre se retiró, Rolando se puso serio y dijo como pensando en voz alta:
- Cuando papá murió, mamá ya no quiso vivir más en la casa.
- Le resultaría muy doloroso - opinó Myriam - Hasta a vos te resulta penoso recordar
esa desgracia - agregó - ni siquiera el fallecimiento de tu madre fue tan duro...
- Es diferente - dijo Ana Inés - L a muerte de mamá era algo previsible.
- Si, lo de mamá fue diferente - quedó pensativo - Tantas cosas suceden y uno ni se da
cuenta del tiempo transcurrido. Uno se pregunta, al mirar hacia atrás ¿qué necesidad tenía de
hacer esto o de que ocurriera esto o lo otro?
- Los recuerdos son como los puercospines - acotó Jorge - Creo que lo leí en algún
lado. Siempre están clavando sus espinas, te encuentres donde te encuentres. El puercospín
lanza sus púas que a veces clava en sitios muy dolorosos como al acertar el lugar de las cosas
que se dejaron de hacer con un ser querido, algún pequeño favor, esas condescendencias que
por lo general les negamos a nuestros padres, no se porqué, pero es así..... Son púas de
puercospín.
- Si - respondió secamente Arnaldo.
Cada pareja subió a su automóvil y se separaron dándose sendos besos de despedida.
Comenzaba a oscurecer.

- 103 -
Augusto Casola

- Y qué querés que te diga, Rolando - exclamó Jorge - no se..., es tu casa... Ana Inés y
yo estábamos convencidos que ustedes formaban una pareja bien avenida.
- Llega un punto en que ya no es posible seguir, Jorge. Uno aguanta lo más que puede.
Por el hijo, por la familia, por el qué dirán, pero llega el momento de sentirse harto y entonces
ya no hay nada que hacer. Todo está acabado.
- Tal vez existe alguna posibilidad...
- No, ya está decidido - Rolando encendió un cigarrillo - Yo ya trasladé las cosas
indispensables a un hotel hasta tanto acabe este maldito asunto de la separación..., no tengo
inconvenientes en que Myriam lleve lo que le corresponde..., y hasta algo más ¡con tal que me
deje en paz!
- Todo comenzó con ese asunto de las hormigas - exclamó Miryam entre sollozos - no
se como, Ana Inés..., no se ni porqué.... No entiendo más nada. Lo único que se es que estoy
desesperada.
- Pero así tan de repente - intervino Ana Inés - estas cosas pues no surgen así nomás...,
se van armando...., tienen su proceso - hizo una pausa para aspirar el humo de su cigarrillo -
Jorge, servile un whisky a Myriam, por favor.
- Gracias - dijo Myriam - Para mi todo fue tan sorpresivo... Un balde de agua fría...
- Ahora se aclaró todo - exclamó Jorge dejando su saco en el respaldo de una de las
sillas del comedor - Rolando anda con una mujer mucho más joven que Myriam...,la pobre....
¡ Así de simple! De ahí viene todo este lío.
- No te puedo creer - dijo Ana Inés
- Ayer lo vieron cenando muy orondo con la joven dama...
- ¡Dios mío!
- Con lo que te quiero decir que para este asunto no hay remedio. Al menos, por
ahora...Cuando a un hombre de su edad le da por ahí......¡la cosa es brava!
Ana Inés quedó pensativa.
Rolando abrió la puerta de su auto, un hermoso Volvo sedán color azul eléctrico, con
aire acondicionado y equalizador Pioneer de cuatro parlantes que había hecho colocar al mes
de adquirido el vehículo. Apretó el casete y después de dos primeros acordes el aire se llenó
de la vos tibia de Daniela Carrá.
Encontrarnos tú y yo
Es un juego fantástico
El amor es más que amor
Como en un sueño mágico
A Rolando le gratificaba sentir bajo sus manos el volante cubierto con un protector de
cuero y bajo sus pies los pedales, en especial el acelerador que, apretando a fondo,
transformaba al vehículo en un bólido, aún cuando dentro de él, con las ventanillas cerradas,
casi no se percibe la increíble velocidad de doscientos kilómetros por hora con que se
desplaza en la ruta.
Descubrirnos tú y yo
Palmo a palmo, idénticos
Es vivir más que vivir
Es vivir todo al máximo
Era algo más de las siete de la noche. Oscurecía y la gente, sudorosa y cansada, se
dirigía a sus casas. Los restaurantes comenzaban a llenarse. El tenía una cita con Marina.
Tuvo varias semanas de depresión después de haberse concretado su divorcio con
Myriam. No podía dormir y cuando lo hacía, llegaba hasta él el rostro serio y sin expresión de
Rolito mostrándole una botellita llena de hormigas que corrían desesperadas dentro de ella.
Despertaba sobresaltado, transpirado. Permanecía por lago tiempo a sentado en su cama, en la
oscuridad, reponiéndose de lo que le resultaba una pesadilla pavorosa.

- 104 -
Segundo Horror

- Te quiero dedicar una canción, Rolando - le dijo Marina algunas semanas después de
conocerse - Para mi, es la única que vale la pena de la colección..., pero expresa mis
sentimientos hacia vos ..., inequívocamente.
- Ah - exclamó Rolando - Daniela Carrá...
Cariño mío..., cariño mío...
Dos aguas van formando un mismo río
Tu sueño se va haciendo sueño mío
Y ya no hay diferencias entre tú y yo...
- Esta que te dedico, se llama “Yo no se vivir sin ti”
- Bueno... - dijo Rolando - El nombre ya me gusta.
Yo no se vivir sin ti
No se como decírtelo
Porque uno como tú
No podría inventármelo...
Encendió el motor que rugió con toda su potencia dando cumplimiento a la orden. El
aire acondicionado llenó enseguida el ambiente y el auto se desplazó raudo entre el tráfico y
la gente.
Por la tarde cayó un ventarrón seguido de aguacero y granizos. Fue tan súbito que
empapó a los transeúntes sin darles tiempo a protegerse. La tormenta se apaciguó tan de
repente como había empezado y permitió que el sol, antes de ocultarse, lanzara esos rayos
anaranjados que marcan un contraste destacado entre la luz y las sombras.
De golpe se derrumbó la noche y se encendieron los faroles de células electrónicas que
reaccionan ante cierto nivel de oscuridad.
Ya lo habían hecho antes, engañadas por la noche artificial creada por la tormenta y
daba risa ver a los focos encenderse y apagarse cada vez que resplandecía un relámpago.
Los riachuelos aún corrían por la calle, el agua seguía goteando de las cornisas y la
gente volvió a transitar, conversando, riendo o solo yendo de un lado a otro. Se posesionó de
Casola la sensación de hallarse incrustado en alguna ciudad extranjera.
Estaba en el centro cuando se vino el chubasco y entró a una librería cualquiera donde
se entretuvo hojeando los libros y revisando sus precios pero sin intención de comprar nada.
Había salido esa tarde para cumplir con algunos menesteres atrasados. Llevaba puesto el viejo
impermeable de plástico, incómodo y caliente pues al sudar se le pegaba a la piel de los brazo.
Se mojó como todos porque no tuvo tiempo de encontrar protección y el cabello sobre la
frente y goteando dentro el impermeable le confería un aire descuidado y de abandono.
Miré a mi alrededor sin ver a ningún conocido. Me sentí fuera de lugar, inmóvil junto
a una columna de la esquina en medio del ir y venir de tantas figuras que no me decían nada.
Podría haber pasado por otro atardecer lluvioso de verano pero no era así porque me
sentía preso en la esquina donde me encontraba y aunque intenté, no pude obligarme a dar un
paso.
Poseído por la hora, cuanto se cruzaba frente a mi mirada atónita adquiría una vivencia
particular, pero sin encontrar en ello ninguna magia o premonición.
Como si fuera invisible, veía a los demás, los escuchaba sin entender sus palabras,
adquirían personalidad un segundo y luego desaparecían. La gente, los autos, las vidrieras, el
denso clamor de la ciudad que me orilla remoto enfrentándome de golpe a esa desconocida
llena de ruidos y edificios nuevos.
Se apoderó de mi una ansiedad sorda y desesperada que me hizo recurrir a una gran
fuerza de voluntad para no extender la mano y asir del brazo a cualquier transeúnte, hombre o
mujer que pasaba a mi lado, solo para cerciorarme de ellos.

- 105 -
Augusto Casola

Con los cabellos canosos caídos sobre la frente, mi impermeable demasiado grande y
el haber estado en la esquina por más de una hora ya me volvía bastante sospechoso y si le
tomo a alguien del brazo, es capaz que grite, pensé. Decidí que estaba de más en ese lugar.
Extraje un cigarrillo y lo prendí. Di unos pasos. Crucé de vereda y una vidriera me
reflejó. Al principio no pude identificarme. Después me reconocí en el rostro adusto que me
observaba desde el vidrio. Un rostro trajinado de arrugas que naciendo en la frente descendían
a ambos lados de mis mejillas arrastrando su aridez de arroyos secos y olvidados. Era un
rostro opaco, nublado, sin sonrisas.
Esas calles, esas luces, esas vidrieras, esa gente, simbolizaban mi paso irreversible, mi
camino transitado, mi pretérito sin vida dentro de la nueva ciudad, ruidosa, rica y miserable a
un tiempo, brillante, llena de automóviles de lujo y de niños mendigos, de hombre y mujeres
cargados de ilusiones o, como yo, observadores desplazados del concierto, sin penas ni
alegrías demasiado profundas que pudieran integrarnos al ritmo incesante y devorador de la
noche de la ciudad.
Me encaminé a casa yendo con pasos lentos. Las calles volvieron a adquirir su
modorra antigua lo que las hacía más acogedoras. Caminaba con la cabeza gacha viendo
deslizarse bajo mis pies las baldosas irregulares de las veredas. Escuché risas y palabras, vi a
niños que corrían, chicas y muchachos tomados de las manos, parejas cobijadas en la
penumbra de los portones y zaguanes sombríos por la oscuridad creada por la copa de los
árboles.
Al llegar a casa fui directo al escritorio. En la mesa de trabajo me esperaba una
montaña de papeles. Los aparté y tomé un lápiz para anotar lo que se me había ocurrido
durante el camino de regreso.
“ Cuando Rolito comenzó a juntar hormigas y las fue encerrando en botellitas vacías o bajo
las bocas abiertas por la sed de algunos vasos viejos de la alacena, sus padres habían
llegado a un punto irreversible de su relación. Ni Rolando ni Myriam se soportaban más y sin
atreverse a dar un corte definitivo a su matrimonio, llevaban una vida de insoportable
tensión que explotaba sin motivo valedero, por cualquier nimiedad, haciendo de la vida del
bonito departamento que tenían en uno de los edificios más modernos y caros de la ciudad,
un infierno limitado por sus cuatro paredes.”
“Era una siesta ardiente, como son siempre las de enero, abotagadas por el zumbido de los
autos que corrían desaforados, perdidos en la multitud”
Me detuve.
Ya no quedaba nada por decir y me sentí muy solo sentado frente a esos papeles
acumulados a lo largo de los años y que después de tanto leerlos y releerlos, acabaron por
convertir su compañía en una necesidad física para mi. Algo ineludible desde el despertar
hasta la noche. Eran exigentes y me obligaban a prestarle atención, a intuir o al menos
presumir el oculto secreto de su existencia inmaterial.
Pero entonces no eran papel sino seres vivos que hasta ocupaban puestos importantes
en mi vida diaria distrayéndome de otras que podrían ser de mayor beneficio para mi.
A veces me ponían nervioso, hasta lograban sacarme de mis casillas. A veces hasta
tuve que interrumpir alguna actividad para tomar lápiz y papel y hacer veloces anotaciones, en
cualquier lugar. Era lo que deseaban. Que anotara sus recuerdos, sus ilusiones o solo sus
caprichos de momento.
Ahora la novela está concluida y ya ninguno de los personajes volverá a interpelarme,
a requerir mi atención, a luchar para sobresalir y volverse más concreto y definido, para captar
mi interés o merecer mi amor.
Se trasformaron en letras, en palabras, en frases.
Y a quien les importa, fuera de mi, que los tuve en mi regazo, que los vi nacer y
alimentarse, después sufrir, los vi hundirse en la desesperación del sin sentido de sus vidas,

- 106 -
Segundo Horror

destrozarse para avanzar (¿hacia donde? ¿para qué?), a veces sin comprender sus reacciones,
sus emociones. Quise acompañarlos, darles consuelo, evitar que se hirieran de un modo
irreversible y con tanta saña que no pudieran volverse atrás. Pero eso ¿ a quien importa?
- Ahora ya no tengo nada - dije en voz alta, recostándome contra el respaldo del sillón
de mi escritorio y con la mirada lejana.
Pese a la futilidad del esfuerzo, quise agregar un capítulo más, ¡como si ello importara
a la historia! Luego cerré los ojos, cansado, con el cansancio injustificado que no proviene del
accionar físico sino del esfuerzo cotidiano por evitar un derrumbe moral, una depresión
conducente a enfrentar el absurdo vacío de encontrarme frente a mi mismo, sin poder escapar,
con una conciencia exigente que trata de demostrar que todo el esfuerzo fue en vano, un
desgaste inútil que podía haber sido mejor aplicado.
Suspiré y guardé los papeles llenos de signos extraños que no me decían nada. Eran
letras... Volví a recostarme contra el respaldo del sillón y clavé los ojos en el cuadrito que
estaba frente a mi, sobre la repisa donde guardo algunos de mis libros.
Pero no veía nada.

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Augusto Casola

EPILOGO

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Segundo Horror

La abuela Irene dejó sobre la silla, donde había estado leyendo bajo la santarrita, la
última novela de Rolando. Se apoyó en el bastón que esperaba recostado contra la mata de la
planta que lucía brillante y florida después del aguacero de verano que cayó en la madrugada
haciéndola resplandecer en centenares de flores brillantes.
- Habrá se visto,,, ¡hay que tener tupé! - exclamó sin dirigirse a nadie, mientras el sol
que atravesaba la red de ramas y flores y resplandecían cada vez que se reflejaba en la blanca
cabellera de la anciana - Eso de tomarme de modelo para una novela y dejarme sentada en el
patio haciendo que me coman las hormigas, ya me parece demasiado. Es una falta de
respeto... ¡caramba!
- Doña Irene - llamó Petronila - Tenés que prepararte porque dentro de un rato ya ha
de venir la gente.
- Ya se - respondió la abuela, sin dejar de rezongar - pero si Rolando cree que le voy a
permitir vender la casa porque me hizo un personaje inmóvil y estúpido en este su cuentito, ¡
Ahí si que está muy equivocado!.
- ¿Qué decís, ña Irene? - preguntó Petronila desde el corredor - no te escucho...
- Y como vas a escuchar si cada día estás más vieja y más sorda vos también - musitó
la anciana - Te digo que ya me voy.... ¿ Preparaste todo?
- Claro abuela - respondió Petronila con orgullo - Si para festejar tu cumpleaños que es
esta fiesta ...
- ¡Ja...! - exclamó la vieja - ¡A quién se le ocurrió que a mi me interesaba festejar mis
87 años...! En mis tiempos, por lo menos se le preguntaba a la gente si quería o no quería
hacer algo... Lo que pasa es que ahora Rolando quiere vender la casa y se hace gua-ú el que se
interesa por mi... Pero no es así... Basta leer la novela esa que me regaló para ver que lo único
que le interesa es ganar plata... ¡Y el papelón que nos hace pasar a todos...! ¡No respeta nada!
- Pero parece sique a don Rolando le resulta bien su novela... Ayer leí nomás en el
diario que ese crítico que es tan argel dice que é interesante...
- Los críticos nio dicen cualquier cosa.... Petronila, vení a ayudarme. La sirvienta se
acercó ofreciendo el brazo.
- ¿ Vamos a comer strogonoff de pollo?
- Si, abuela
- Esa comida le gusta más a Rolando que a mi - gruñó la anciana.
- Bueno, abuela, pero el homenaje co es para vos...
- Hum....Bueno, de cualquier manera, Petronila, ya es hora de prepararnos. Son cerca
de las 10, ¿verdad?
- Más, ña Irene..., cerca de las 11 sique ya es...
Las dos entran a la gran pieza que hace de comedor y sala al mismo tiempo. La mesa
está puesta. Un auto estaciona en la vereda.
- Ahí ya está viniendo Rolo con su hijo..., ese mitaí cada día está más cabezudo.
- Si. Tiene cuatro años ya, me parece...
- Y bueno....
Detrás del Volvo de Rolando estacionó otro auto del cual bajaron Ana Inés con sus
dos hijas y su marido. Se saludaron en la calle y todos juntos se encaminaron hacia la casa de
la abuela.
Petronila fue hacia la puerta cancel para darles entrada y la abuela Irene se dirigió a la
cocina, todo lo a prisa que podía, para controlar los últimos detalles, como solía decir.
El primero en entrar fue Rolito, que con la espada de plástico en la mano y dando
gritos extraños se dirigió al patio, no sin antes dar un esquivo beso en la mejilla de la abuela
Irene que tuvo suerte en no caer al piso cuando lo atrapó en su alocada carrera.

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Augusto Casola

- Hola, abuela - exclamó distraído y se zafó de las manos de la vieja - ¡He Man...! -
exclamó y se abalanzó contra el espacio vacío del patio.
- Ana Inés y sus niñas - exclamó sonriendo Rolando - Ya quisiera yo tener dos niñas
tan bonitas...
- Lo único que te digo, Rolo - dijo la abuela - es que no me gustó nada la historia de tu
novela y mucho menos que vendas la casa.... ¡A eso quería llegar!
- ¡Abuela! - exclamó Rolando - no seas una crítica tan terrible para mi pobre novela...
- Ni qué novela ni nada... - respondió la anciana, viniendo desde la cocina con sus
pasos bamboleantes ayudados por el bastón - Ja... Toda mi vida la pasé en esta casa y ahora la
quieren tirar como si fuera... como si fuera...
- Un trapo viejo - terció Jorge.
- Eso..., eso mismo
- Pero abuela.. - dijo María Inés - Si vos no querés no se va a vender nada...
- Desde luego, querida..., desde luego - respondió la vieja lanzándole de soslayo una
mirada astuta - Ya lo creo que no...
- Rolito pasó corriendo como una exhalación gritando:
- ¡Este es el poder de Greyscol!
- Ni el poder de Greyscol me va hacer firmar nada que no quiera - acotó Irene -
Después de tanto tiempo y después de todo lo que pasó... Ah, ¡no señor!
- ¿No queré un whiky, don Rolando - preguntó Petronila servicial.
- Si, gracias - respondió Rolando encendiendo un cigarrillo. Después de echar unas
cuantas volutas al aire se acercó de nuevo a la abuela rodeándola con el brazo - Vamos...,
vamos, abuela..., no me vas a decir que te enojás conmigo el día de tu cumpleaños...
- Hum...
Jorge se sirvió generosamente el whisky y luego habló sin dirigirse a nadie:
- No se si doña Irene tiene que enojarse contigo, Rolando... La novela es un éxito de
librería... Todo el mundo quiere saber en qué termino la abuela..., el final es un poco
deshilvanado..., me parece. Para no decir que no tiene ni pies ni cabeza - lanzó una carcajada
de disculpa.
- A mi no me da risa , no señor - rezongó la abuela - Es una falta de respeto. ¡Eso, sí
señor!
- Es una metáfora, caracoles - dijo Rolando - Al fin de cuentas, es solo una novela...
- Pero pusiste mi nombre y el de toda la familia....
- Pura literatura - exclamó Jorge, riendo.
- Ña Irene - gritó Petronila - Ya está listo me parece..., vení a mirar un poco...
La abuela se alejó todo lo rápido que le permitían sus piernas. Rolando hizo unos
gestos imitándola.
- No vayas a creer que no te veo, ¡eh! - dijo la abuela sin volverse - Habrá se visto...
Todos sentados a la mesa, conversaban con animación y desorden. Reían. Hasta la
abuela, después de una o dos copitas de vino, se sumó a la algarabía general.
Cuando cantaron “cumpleaños feliz”, todos estaban contentos y como siempre
tuvieron que encender la vela de la torta tres veces para que Rolito y las niñas pudieran
apagarlas.
La siesta fue adentrándose en la hora marcando sus límites bien definidos a través de
las ventanas que arrojaban un triángulo de luz sobre las baldosas del piso.
Rolando fumaba sentado en el sillón de mimbre, leyendo el diario del domingo. Jorge,
tendido en el sofá. Dormía dando breve ronquidos. Los niños jugaban en el patio y doña Irene
y Petronila limpiaban los platos y cubiertos sucios. La vieja tarareaba el estribillo de siempre:

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Segundo Horror

Para qué tantas flores


Si no son para mi
Esta niña de mi alma
Que me muero por ti...

Era de siesta y un leve viento norte comenzó a levantar polvareda en el patio. Hacía
calor, pese a estar en agosto.

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Augusto Casola

CONTRATAPA

Augusto Casola ( Asunción, 1944)


Fue ganador del 1er. Concurso de Novelas organizado en
1972 por el PEN CLUB DEL PARAGUAY (Poetas,
ensayistas, Narradores) y la Cámara paraguaya del Libro con
su novela “El Laberinto” (1972). A Esta obra siguieron el
poemario “ 27 Silencios” (1975), una colección de cuentos
que llamó “ La Catedral sumergida” (1984) y por último la
novela “Tierra de nadie - ninguem” (2000).
La presente novela, “Segundo Horror” en su versión original,
obtuvo mención de honor en el concurso organizado por la
Embajada de España y el Banco Exterior en el año 1975 sin
embargo, fue modificada varias veces, aunque sin cambiar la
idea inicial, hasta la versión que se presenta en esta
oportunidad.
El autor tiene varios trabajos premiados como “Todas las
mujeres, Elvira “ (mención del concurso de Cuentos de la
Cooperativa Universitaria, 1986), “La Princesa” (primer
premio del concurso de Cuentos de la Cooperativa
Universitaria, 1992), “El muerto” (primera mención del 4°
Concurso del club Centenario, 1994).
Los trabajos de Casola aparecieron en las siguientes
antologías: “ Narraciones hispanoamericanas de tradición
oral” (INLE, España, 1972), “Cuentos” (Cooperativa
Universitaria, 1986), “Poesía paraguaya de ayer y de hoy” de
Teresa Méndez - Faith, “ Narrativa Paraguaya” de
Guido Rodriguez Alcalá y María Elena Villagra (1992),
“Narrativa paraguaya de ayer y de hoy” (1999) de Teresa
Méndez Faith.
Augusto Casola es miembro del PEN Club del Paraguay desde
1973 y socio fundador de la Sociedad de Escritores del
Paraguay.

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