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EL PODER EN LA ERA DE LA

GLOBALIZACION
Decir que la globalización es el fenómeno más característico de los últimos años empieza a
ser un lugar común en la literatura dedicada al estudio de las ciencias sociales. Cosa, por
otra parte, nada extraña, puesto que los profundos cambios acontecidos a partir de la
revolución tecnológica producida en el campo de las comunicaciones, el transporte, el
almacenamiento de datos, etc., unidos a las modificaciones políticas y económicas que
venimos experimentando al menos desde el final de la Guerra Fría han transformado
completamente el escenario sobre el que éstas actúan.
El objetivo de este trabajo consiste, en primer lugar, en demostrar que el paradigma
tradicional de comprensión del poder se encuentra sumamente alejado de la realidad a
principios del siglo XXI. Seguir sosteniendo hoy en día que el Estado es el único ente con
capacidad para ser fuente de Derecho es, sencillamente, una pose para la galería que no se
sostiene cuando se confronta con los hechos. Nuestros colegas de la Sociología del Derecho
llevaban ya tiempo alertándonos de la aparición de nuevos sistemas normativos,
especialmente en Latinoamérica o en África, pero nunca les hicimos mucho caso. Tampoco
hemos prestado demasiada atención a los organismos internacionales de naturaleza
económica, como el Fondo Monetario Internacional, o la Organización Mundial del
Comercio, que parecían instituciones extrañas, de actividad poco relevante para el jurista.
Ni, desde luego, hemos querido saber nada de la actividad de las grandes empresas, ni de la
forma en que el recurso al arbitraje sustituía poco a poco a los tribunales ordinarios de
justicia como forma de resolución de conflictos. Todas ellas eran, a fin de cuentas,
anomalías jurídicas que el Estado resolvería como las ha resuelto siempre, desde la Edad
Media hasta ahora: a través de la eficacia de sus normas.
El problema con el que nos encontramos es que esa eficacia ya no es tan impresionante
como lo era hace apenas unos lustros. Ahora son ya muchos los agentes sociales que
ordenan sus relaciones de acuerdo con normas elaboradas por ellos mismos, con
independencia de lo que diga el Derecho o en abierta oposición a la regulación estatal
aplicable al caso. Lo cual, como no podía ser menos, ha dado lugar a una progresiva
fragmentación de lo jurídico, resucitando el fenómeno de la pluralidad que, si bien no nace
necesariamente como consecuencia de la globalización, se ve seriamente respaldado y
alimentado por ella, gracias a la aparición de circunstancias como la glocalización, el
empobrecimiento de grupos poblacionales enteros y la aparición del «Cuarto Mundo», la
libertad de movimientos en el mercado de bienes y servicios, etc.
Toda esta serie de procesos ha dado lugar a consecuencias positivas y negativas. Entre las
positivas se encuentra una flexibilización en la aplicación del Derecho, que se ha producido
gracias a la acogida, por parte de los ordenamientos estatales, de muchas de las normas
surgidas en otros ámbitos. A ello se debe unir que la existencia de una pluralidad normativa
permite a las personas en muchos momentos escoger entre unos ordenamientos u otros, en
función de la eficiencia de cada uno de ellos, lo que, a largo plazo, puede suponer un
estimulo continuo para la mejora del sistema. Entre las consecuencias negativas se
encuentran, sin embargo, algunas tan graves como la de la aparición de una competición
regulativa (regulatory competition) no ya sólo entre los distintos órdenes jurídicos, sino
también entre los ordenamientos de los diferentes países, que afecta a partes absolutamente
esenciales de lo jurídico, como el Derecho laboral, sindical, mercantil, medioambiental, etc.
En todas y cada una de estas materias, los Estados?nación, lastrados por la adscripción de
su soberanía al territorio sobre el que se asientan, tratan de atraer a las grandes empresas a
través de la reducción de sus costes laborales o impositivos, o mediante la anulación de los
derechos sindicales, por ejemplo, lo que, implica un serio atentado contra los derechos
humanos.Nos encontramos, por tanto, con que el Estado-Nación ha de afrontar una seria
reconversión si de verdad quiere sobrevivir siendo algo más que un espectro de la máquina,
formalmente todopoderoso, pero vaciado de todo poder. Por ello mismo, el segundo
objetivo del trabajo que ahora presentamos será dar algunas pistas sobre cuáles han de ser
las líneas a seguir para subsanar los problemas que plantea la pérdida de poder de los
Estados-nación.
Con el fin de enfocar adecuadamente el amplísimo campo que pretende abarcar este
trabajo, el texto se ha estructurado en tres capítulos, cada uno de ellos dedicado a un
aspecto concreto de la materia a analizar. El primero se ocupa de definir con claridad qué es
la globalización, en qué consiste este fenómeno, cuáles son las características que lo hacen
tan sumamente original y corrosivo, en qué se diferencia de otros momentos de cambio
histórico, etc. En este punto, y en cierta disonancia con la opinión mayoritaria,
sostendremos la hipótesis de que, pese a que lo económico ocupa un peso importantísimo
en el fenómeno, lo que le otorga su carácter novedoso es, más bien, el cambio tecnológico,
que es el que ha conseguido hacer posible la base de la que se nutre la globalización: la
drástica reducción de las dimensiones del espacio y el tiempo. Y es que, sin el desarrollo de
la informática, la popularización de Internet, la telefonía móvil, etc., la liberalización de los
mercados económicos mundiales no hubiera tenido un impacto mayor que el proceso de
mundialización de la economía que tuvo lugar al final del siglo XIX. De ahí que en la
primera parte de ese capítulo nuestro interés se centre esencialmente en mostrar el porqué
del cambio, la raíz de la fuerza del fenómeno. Una vez establecidos esos puntos de partida,
ilustraremos una idea que, en esta ocasión sí, compartimos con la mayor parte de la
doctrina: que la globalización, tal y como se está llevando a cabo, no es un fenómeno
alejado de la política, sino, antes bien, un producto de la aplicación de la ideología liberal a
las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, que cristalizará en una serie de efectos
que no son propios de un proceso como el que estudiamos, en sí mismo considerado, sino
de la forma concreta que ha adoptado.
Precisamente, a la descripción de las consecuencias que la globalización está provocando
en todo el mundo está destinada la segunda parte de este capítulo. En él intentaremos
mostrar qué es lo que va mal, cuáles son los elementos que justifican nuestra apreciación
inicial de que los derechos humanos están sufriendo un grave deterioro como consecuencia
de la extensión de un modelo concreto de entender las relaciones socioeconómicas a todo el
planeta. Así, el trabajo se centra aquí en el estudio de las siguientes circunstancias: el
incremento de las diferencias entre ricos y pobres, la aparición de nuevos movimientos
migratorios, el crecimiento del problema ecológico, el deterioro de las condiciones del
mercado de trabajo, la pérdida de poder de los agentes sindicales, la proliferación de las
crisis financieras internacionales, la ruptura del sueño de un modelo único de capitalismo
universal, la crisis del modelo socialdemócrata, la pérdida de fe en el funcionamiento de los
sistemas políticos y el peligro de llegar a la anarquía sistémica.
Una vez establecidos estos datos esenciales, que servirán como puntos de partida, en este
primer capítulo, hemos destinado los siguientes a nuestros demás propósitos: construir un
modelo capaz de explicar los cambios que se están dando en el ámbito de lo normativo y en
la aplicación de los derechos humanos y sugerir algunas modificaciones conceptuales que
contribuyan a mejorar ambos aspectos. Así, el capítulo segundo viene destinado a mostrar
cómo la globalización no ha dejado de causar cambios en el ámbito de lo jurídico-político
desde el mismo momento de su nacimiento. El principal de ellos ha sido, desde luego, la
fragmentación de la unidad del sistema, basado en el Estado-nación, provocada tanto por la
apertura de los mercados de capitales, como por la multiplicación de los procesos de
empobrecimiento, por la resurrección de los localismos tanto como por el incremento de los
movimientos migratorios, la liberalización de los mercados de bienes y servicios, o la
aparición de nuevos organismos de carácter supranacional.
Esta ruptura de la unidad del orden jurídico característico de la modernidad ha traído
consigo una pluralidad de sistemas normativos que aspiran a convertirse en auténtico
Derecho, esto es, a sustituir a las normas emanadas de la autoridad del Estado-nación como
formas de regulación de la conducta humana. Entre ellas se cuentan las legislaciones
consuetudinarias de las poblaciones indígenas de La¬tino¬américa o África, o las reglas
seguidas por los inmigrantes que viven sin integrarse en los modernos Estados occidentales.
A ellas se añadirán las normas emanadas de organizaciones internacionales a los que los
Estados ceden parte de su soberanía, como la Unión Europea o la NAFTA, pero también de
otras que no siguen ese esquema clásico, como el Fondo Monetario Internacional o la
Organización Mundial del Comercio; y, desde luego, la lex mercatoria, esto es, el código de
normas que las grandes empresas transnacionales van elaborando progresivamente,
perfeccionado por la jurisprudencia que crean los organismos arbitrales a los acuden para
resolver sus diferencias.
A partir del reconocimiento de la existencia de una pluralidad de ordena¬mientos jurídicos,
el capítulo II se dedica a examinar qué consecuencias tiene este hecho para la filosofía
jurídica. De este modo, analizamos dos problemas esenciales. De un lado, las repercusiones
que para la propia idea de Derecho tiene la ruptura del modelo monista que lo asociaba en
exclusiva al Estado, un problema relacionado con el concepto de eficacia jurídica y, por
descontado, con el de soberanía, esto es, capacidad para imponer un orden. En segundo
lugar, se estudia la importancia que la reaparición de la pluralidad tiene de cara a entender
el concepto de legitimidad. En este sentido, se concluye que, imposibilitados de hallar la
legitimidad de según que ordenamientos en su fuente de colaboración, será el respeto a los
derechos humanos lo que determine su auténtico estatuto moral.
El propósito del tercer capítulo será complementar lo expuesto en el anterior desde el punto
de vista opuesto. No será tanto el momento de saber si existen modelos jurídicos eficaces
alternativos a los estatales, como el de averiguar si el Derecho del Estado sigue
conservando su eficacia, esto es, si las modificaciones normativas que se producen como
consecuencia del proceso globalizador conducen a los resultados deseados por los Estados
o si, por el contrario éstos son los perdedores en el cambio. Evidentemente, las
conclusiones a las que llegaremos aquí contribuirán en gran medida a despejar algunas de
las dudas que quedaron planteadas en el anterior.
Así, resolver el al dilema planteado en este capítulo reafirmando la exclusividad del poder
soberano de los Estados-nación nos llevaría a responder a la cuestión de qué es el Derecho
en el sentido que defiende el monismo jurídico, esto es, que existe un único poder soberano
y un único Derecho, y que los otros órdenes jurídicos lo son sólo por delegación de éste.
Llegar, por el contrario, a la conclusión de que los Estados han perdido buena parte de su
soberanía como consecuencia de la globalización implicaría o bien aceptar que la pluralidad
jurídica es un hecho innegable, o bien que, en realidad, el proceso al que nos referimos
produce un vacío de poder, de tal modo que una pérdida de soberanía estatal no crea una
nueva forma de Derecho, sino que, simplemente, nos arrastra hacia el caos.
Nuestra propuesta a lo largo de este capítulo será que, en general, los Estados no tienen ya
una capacidad soberana exclusiva, sino que van perdiendo progresivamente esferas de
influencia, debido tanto al desequilibrio entre el poder político y el poder económico que se
ha creado como consecuencia tanto de la permeabilización de las fronteras al tránsito del
capital y de los bienes y servicios, como a la propia disminución en el tamaño de los
Estados, circunstancia que les ha privado de valiosos recursos con los que afrontar los
nuevos retos. A partir de estos hechos generalmente aceptados hay algunos autores que han
querido concluir que el modelo de la soberanía estatal está muerto y debe ser sustituido por
otro.
En nuestro caso, por contra, defenderemos la idea de que los Estados seguirán existiendo
como tales durante mucho tiempo, aunque sólo sea porque a nadie le interesa que
desaparezcan. Ello no obstante, la debilidad del Estado?nación no deja de tener unos
efectos en los sistemas jurídicos estatales que cabe describir atendiendo al concepto ya
citado de competencia. De hecho, en el mundo anglosajón existe ya desde hace mucho
tiempo la noción de competición regulativa (regulatory competition). El fundamento de esta
idea es que los diferentes centros políticos compiten entre ellos para atraer recursos
económicos mediante cambios sustanciales en sus ordenamientos jurídicos. A partir de ahí,
y aplicando el criterio propio de la ciencia económica, son muchos los autores que
consideran que esta competencia es beneficiosa para todos, por cuanto supone una mejora
generalizada en la eficacia de los sistemas normativos. La mejor prueba, a su juicio, es el
llamado «caso Delaware», que se expone detenidamente.
El texto que presentamos, en cualquier caso, tratará de mostrar cómo el modelo
estadounidense es inaplicable a un escenario como el que construye la globalización, dado
que en éste no existe un poder central como el gobierno de los Estados Unidos, siendo así
que no hay nadie que establezca unas reglas de competencia, ni unos mínimos que no
debieran ser traspasados. En consecuencia, la competición regulativa nos lleva hacia un
modelo que fomenta que los países tiendan sistemáticamente a reformar sus legislaciones
buscando exclusivamente la forma de hacerlas más proclives a atraer recursos. Este
fenómeno implica, a su vez, la obligación de denunciar cómo los derechos humanos se
hallan seriamente amenazados por un marco regulativo que tiende a elegir las soluciones
que más supeditan al medio ambiente, al trabajador, a las comunidades indígenas, etc., a los
intereses del capital o de la industria, que son los ganadores-perdedores en el proceso.
A continuación, este capítulo expone qué es lo que los Estados pueden hacer para evitar que
continúe produciéndose un ciclo de efectos tan pernicioso como éste. Citaremos en ese
punto las tres principales vías de acción que tienen ahora mismo los Estados-nación:
intentar perpetuar el modelo westfaliano; construir un sistema que potencie la ONU como
gran árbitro de la política internacional, con poder efectivo para imponerse sobre sus
miembros; o establecer un modelo de Derecho cosmopolita, que sustituya los
compartimentos estancos que suponen las fronteras por una forma única de jurisdicción, a
través de la cooperación internacional y el recurso a la autorregulación en las esferas
concretas de la vida humana en las que ésta sea posible. En este lo que a ello respecta,
nuestra posición será la de apoyar esta última forma de construcción, si bien alertando aquí
mismo de las enormes dificultades a las que tendrá que hacer frente.
INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I:
LA GLOBALIZACIÓN. TRAZANDO LA RADIOGRAFÍA DE UN FENÓMENO

1. La globalización, breve descripción


1.1. Concepto de globalización
1.2. El nacimiento de la globalización
1.3. Los factores que han incidido en el triunfo de la globalización
2. Globalización y liberalismo
3. Los efectos de la globalización
3.1. El incremento de las diferencias entre ricos y pobres
3.2. La intensificación de los movimientos migratorios
3.3. El empeoramiento del problema ecológico
3.4. El deterioro de las condiciones del mercado de trabajo
3.5. La progresiva pérdida de poder de los agentes sindicales
3.6. La proliferación de las crisis financieras internacionales
3.7. La ruptura del sueño de un modelo único de capitalismo universal
3.8. La crisis del modelo socialdemócrata
3.9. La pérdida de fe en el funcionamiento de los sistemas políticos
3.10. El peligro de la anarquía

CAPÍTULO II
EL PARADIGMA DEL MONISMO JURÍDICO EN LA ERA GLOBAL

1. Introducción
2. Monismo y pluralismo jurídico
2.1. Monismo y pluralismo jurídico: una caracterización
2.2. Monismo y pluralismo jurídico: una caracterización histórica
3. La reaparición del pluralismo jurídico
3.1. La aparición de organismos internacionales con capacidad normativa
3.2. Aparición de entidades intraestatales jurídicamente autónomas
3.3. La resurrección de la lex mercatoria
4. Pluralismo jurídico y teoría del Derecho. Los problemas que la globalización plantea al
concepto de lo jurídico
4.1. La problemática de la definición del Derecho
4.2. La cuestión de la legitimidad

CAPÍTULO III
ESTADO Y DERECHO ANTE LA GLOBALIZACIÓN

1. Introducción
2. El declive del Estado-nación
2.1. Las alteraciones en la soberanía de iure
2.2. Las amenazas a la soberanía de facto
2.3. ¿El fin del Estado-nación?
3. La competencia regulativa (regulatory competition)
3.1. La competición regulativa entre Estados
3.2. La competencia regulativa en un marco caracterizado por la ausencia de un poder
central. El modelo de la globalización
3.3. Comparando los modelos. El porqué de los efectos «pendiente resbaladiza» y «race to
the bottom» en una estructura globalizada
4. Las alternativas de poder. Cosmopolitismo frente a Estado-nación
4.1. El orden westfaliano
4.2. El orden de las Naciones Unidas
4.3. El modelo cosmopolita
5. La lucha entre tres modelos rivales
5.1. El modelo westfaliano
5.2. El modelo de las Naciones Unidas
5.3. El modelo cosmopolita
5.4. Crítica y defensa del cosmopolitismo
5.5. Observaciones finales

Conclusiones finales
Bibliografía