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EL INDIECITO CAZADOR

Cuando había indiecitos en las selvas —entre árboles altos y cataratas más altas todavía—,
Cunumí, el hijo del cacique de una tribu de indios guaraníes, salió de caza. Los indiecitos
cazaban entonces como ustedes juegan ahora. ¡Cuánto cazaban! ¡En qué apuros se veían
los animales de la selva con tantos chicos cazadores! Y Cunumí quería ser el mejor de
todos.

Cruzó el río en una canoa y llegó a una isla muy verde. Allí había muchos animales: garzas
blancas, conejitos de la India (que en la lengua de Cunumí se llaman apareás), gatos
monteses y enormes boas o lampalaguas; una de ellas estaba tomando el sol y se había
quedado dormida con un copetón rojo encima. El indiecito apuntó al apareás más chico,
pero antes de que pudiera disparar la flecha, todos los conejos huyeron burlándose de él.
¿De qué se reían? ¡En el apuro había puesto la flecha al revés! ¡Buen susto se hubiera
dado si la hubiera disparado! “¡Ah, pero ya verán!”, se enojó Cunumí. Pero la que más se
enojó fue la lampalagua, porque venían a molestarla en su sueño. El alboroto de los
conejitos alarmó a una bandada de loros. ¡Y toda la isla verde fue un ruido tan
ensordecedor que no bastaba con taparse las orejas!

El copetón rojo voló muy alto, escapándose, y Cunumí se asustó tanto que se olvidó de su
enojo. ¡Qué carrera fue aquella! El indiecito cazador corría y corría por la orilla de la isla, y
la lampalagua nadaba y nadaba por el río. Dieron varias vueltas sin cansarse, pero de
pronto Cunumí sintió que iban faltándole las fuerzas y que la culebra se le acercaba. “¡Si
escapo de esta no volveré a cazar nunca más!”, prometió muy seriamente. Los animales
del bosque, cuando oyeron la promesa de Cunumí (porque los animales escuchan los
pensamientos de las personas) decidieron ayudarlo. Los apareás se zambulleron en el río
para arrimar la canoa de Cunumí a la costa. Lo consiguieron con mucho esfuerzo debido a
que eran tan pequeños. El copetón, desde arriba, le avisó a Cunumí con un silbido que
podía escapar subiéndose a la canoa. Así lo hizo Cunumí, ¡qué alivio! ¡Se quedó tendido en
la canoa como dentro de una cuna! La bandada de loros armó tal alboroto que la culebra,
ensordecida, abandonó la persecución. El indiecito se recuperó del susto y escoltado por
sus nuevos amigos les prometió, una vez más, que nunca más sería un cazador. Entonces
se le ocurrió una gran idea: ¡Sería explorador!… ¡Le gustaba tanto la selva!