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Mariposas

Los rayos de sol se filtraron con dificultad a través de los vidrios sucios de la ventana, resaltando los
dibujos geométricos de la alfombra. No había muchos muebles en la habitación; apenas una mesita
de patas cortas con una tetera de cobre que hervía agua sobre un hornillo y dos catres de madera —
con colchones cubiertos por cobertores de telas bordadas— a lo largo de las paredes. La gruesa
alfombra en tonos escarlatas, que cubría el piso casi por entero, era donde se servía la comida. A un
lado se hallaban grandes y pequeños almohadones amontonados. En una esquina, una pesada cortina
de lana separaba esta estancia del resto de la vivienda. Era una casa campesina ubicada en la región
de Nuristán, en lo profundo de las montañas del Hindu Kush, al noreste de Afganistán.
Decían que los cimientos de piedra de la casa eran casi tan antiguos como el origen de la familia que
la habitaba, ya que se proclamaban descendientes en línea directa de Alejandro Magno, conocido con
el nombre de Sekandar Kabir. Alejandro Magno, rey de Macedonia, había conquistado ese territorio,
siglos atrás, en su paso para someter India. Si bien los otros habitantes del poblado de Derapech, en
la provincia de Kunarhar, no aspiraban a tener sangre real, sí aseguraban, orgullosamente, ser
descendientes de los militares griegos que acompañaron a Alejandro Magno, y afirmaban que esa era
la razón del color claro de su piel y el azul-verdoso de sus ojos, características sobresalientes de la
gente de la región.
Ahamed Abedy entró a la habitación empujando la pesada puerta de madera que protestó con un
chirrido. Era un niño de once años, de ojos profundamente azules, hijo mayor y único varón de la
familia que contaba con cuatro niñas menores que él. Ahamed venía del poblado donde asistía a la
escuela tres veces por semana para estudiar el Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Llevaba el
ceño fruncido por la preocupación. Su maestro, que era también su tío preferido, Jashi, les advirtió
sobre las extrañas minas terrestres, los explosivos, que los aviones de guerra habían comenzado a
lanzar en los campos y que estallaban al tocarlas. Lo más peligroso era que estos explosivos eran
pequeños, de colores brillantes y en forma de mariposa, lo que les daba una apariencia de juguetes.
Esto atraía especialmente a los niños y niñas quienes, al tratar de recogerlas, morían o quedaban
mutilados.
El muchacho sabía que debía advertir a sus hermanas apenas regresaran a casa. Se acercó a la mesa y
vertió un poco de té en un vaso de vidrio. Destapó el azucarero, se sirvió varias cucharadas, meció
despacio y tomó el té a sorbitos para que no se regara. Con el vaso en la mano, se sentó sobre la
alfombra apoyándose en los almohadones. Tenía los pies descalzos, con unas medias a rayas rotas en
los talones. Desde el poblado llegó uno de los llamados a la oración que entonaba un mulah, el líder
religioso de la comunidad. —Alá Ah-Akbar, Dios es grande… Ahamed buscó debajo de la mesita y
sacó una alfombra pequeña sobre la cual él rezaba. Salió de la casa. Se quitó los calcetines. Extrajo
agua de un balde con una jarra y la puso en una palangana. Se lavó manos y pies —como exigía el
ritual de purificación— y se arrodilló con el rostro en dirección a La Meca, lugar sagrado en el
mundo musulmán. Se inclinó y rezó: —La Ilaja Lil A-lah, no hay otro Dios que Alá. ¡Oh, Alá, el
misericordioso…! En medio de sus plegarias escuchó el ruido de aviones.
Alzó la mirada. Eran dos y volaban bastante bajo sobre los bosques de cedros y pinos azules que
bordeaban las laderas de las colinas. Tenían una estrella roja en cada ala. Su instinto fue entrar de
inmediato a la casa, pero no lo hizo y continuó rezando. Él descendía de Alejandro Magno y por eso
no podía tener miedo. Era el último descendiente de Sekandar Kabir, el último… sería Alá, el
poderoso, quien dispondría de su vida… finalmente. Cerró los ojos y se concentró en la oración.
Escuchó el vibrar de unas ametralladoras. Eran las únicas cuatro que tenían los rebeldes del poblado
y estaban situadas en una loma cercana. Los aviones dieron la vuelta y volaron de nuevo sobre el
campo, dejando a su paso una estela de pequeños objetos de colores que cayeron silenciosamente en
la hierba.
Ahamed terminó de rezar, cuando una camioneta vieja y destartalada se detuvo en el camino que
subía a la casa: cuatro niñas de diferentes edades saltaron de la cajuela y corrieron por la hierba. El
muchacho recordó lo dicho por su tío, le sudaron las manos y se secó la boca. Ahamed Abedy bajó
corriendo por la ladera junto al camino. Sabía que corría más rápido que cualquiera de sus hermanas,
pero ellas le aventajaban en distancia. —Arggggg, argggg, aaaaaaa —el grito salió intermitente de su
garganta.
Las niñas se detuvieron y lo miraron. Luego, en medio de risas, continuaron corriendo. Querían
llegar antes que su hermano al lugar donde habían visto caer los objetos de colores. Pero esa pausa
había sido suficiente y ahora Ahamed corría casi a su lado. Una de sus hermanas se adelantó riendo y
llegó junto a uno de los supuestos juguetes. Era amarillo y parecía una mariposa sobre la hierba. La
niña se detuvo jadeante y se agachó extendiendo su mano, pero Ahamed llegó primero y tomó la
mariposa con una mano prosiguiendo su loca carrera.
Finalmente, miles de mariposas amarillas y resplandecientes volaron a su lado.
Miles de mariposas amarillas.
Miles de mariposas.
Mariposas