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FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIA

POLITICA

ESCUELA PROFESIONAL DE DERECHO


ASIGNATURA
DERECHO PENITENCIARIO

TEMA

LAS MEDIDAS ALTERNATIVAS A LAS PENAS PRIVATIVAS


DE LIBERTAD

DOCENTE: ABOG. JAIME MAMANI COLQUEHUANCA

ESTUDIANTES:

ELISEO MAYTA CCAMA

TORRES SÁNCHEZ EDUARDA

MAMANI MAMANI EDUVEGES BAILON

CARI CALSIN ISABEL

SUCASAIRE QUISPE LISBETH

MAMANI URO ALEJANDRINA

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SEMESTRE: IX

JULIACA - PERU

2016

AGRADECIMIENTO

A Dios: Por el regalo incomparable que es


la vida, por medio de la cual nos es posible
experimentar la inteligencia, el amor, la
pasión, la razón, el libre albedrio, la
conciencia sensible, sentimientos que

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están presentes en el desarrollo del
presente trabajo.

3
DEDICATORIA

A los que ya no están:

El presente trabajo lo dedico al silencio de las


personas que ya no están pero que siempre han
luchado por hacer prevalecer la justicia, al
silencio de las personas que aun estando
presentes, viven amordazadas sintiéndose
impotentes por cambiar la injusticia, al silencio
de los oprimidos incapaces de expresar su dolor
y sus derechos, al silencio del pobre, de la
víctima, del verdaderamente justiciable.

4
INTRODUCCIÓN

LOS AUTORES

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INDICE

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LAS MEDIDAS ALTERNATIVAS A LAS PENAS PRIVATIVAS
DE LIBERTAD EN EL CÓDIGO

PENAL PERUANO

1. Concepto, función y naturaleza político-criminal

En la doctrina y en el derecho comparado se suelen emplear las expresiones medidas


alternativas, sustitutivos penales o subrogados penales, para identificar a un variado
conjunto de procedimientos y mecanismos normativos, que tienen como función
común la de eludir o limitar la aplicación o la ejecución de penas privativas de libertad,
de corta o mediana duración. DE LA CUESTA ARZAMENDI precisa que se trata de
mecanismos que operan de modo diferente sobre la "pena privativa de libertad que
tratan de sustituir o evitar:

- Algunos sirven para una ejecución atenuada, más suave, moderada de la privación
de libertad.

- Otros, basados en la no necesidad para el sujeto concreto de una pena


cualitativamente tan grave, buscan la sustitución pura y simple de esas penas por otras,
pretendidamente menos dañosas para el individuo y la sociedad.

- Existen también sistemas que apoyados, en la probable falta absoluta de necesidad


de pena, procuran la evitación de la prisión a través de la instauración de períodos de
prueba, que si se superan satisfactoriamente no darán lugar a la imposición de pena
alguna.

- Finalmente, hay hasta instituciones orientadas a la evitación completa, condicional o


no, de toda reacción penal y no exclusivamente de la plasmada en privación de
libertad" (José L. de la Cuesta Arzamendi. Alternativas a las Penas Cortas Privativas
de Libertad en el Proyecto de 1992, en Política Criminal y Reforma Penal. Editoriales
de Derecho Reunidas. Madrid, 1993, p. 322 y ss.).

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En atención, pues, a sus formas y efectos sobre la pena privativa de la libertad, cuya
utilización formal o material flexibilizan, cabe considerar a tales medidas, sustitutivos
o subrogados como decisiones e instrumentos de despenalización. Es más, ya el Sub-
Comité de Descriminalización, del Comité Europeo sobre Problemas de Criminalidad,
en un conocido informe emitido en 1980, les otorgaba dicha calificación político
criminal. Según el citado documento "el concepto de despenalización define todas las
formas de atenuación dentro del sistema penal. En este sentido el traspaso de un delito
de la categoría de "crimen" o "felonía" a la de delito menor, puede considerarse como
una despenalización. Esto también ocurre cuando se reemplazan las penas de prisión
por sanciones con menores efectos negativos o secundarios, tales como multas,
sistemas de prueba, trabajos obligatorios, entre otros" (Descriminalización. Informe
del Comité Europeo sobre Problemas de la Criminalidad. Estrasburgo 1980. EDIAR.
Buenos Aires. 1987, p. 23). Por su parte, en España, ENRIQUE RUIZ VADILLO,
aunque con ciertas reservas ha sostenido que "también se despenaliza cuando se
establece un sistema de medidas alternativas" (Cfr. Enrique Ruíz Vadillo.
Descriminalización y Despenalización. Reforma Penal y Descriminalización, en
Reformas Penales en el Mundo de hoy. Instituto Vasco de Criminología. San
Sebastián. 1984,p. 378). El origen de estos procedimientos y mecanismos
despenalizadores varía en atención a su modalidad. Así por ejemplo, los sistemas de
prueba como la condena condicional y el régimen de la probación se vienen empleando
desde finales del siglo pasado. Mientras que el mayor número de sustitutivos o medidas
alternativas, hoy conocidos, han sido promovidos a partir de los movimientos de la
política criminal de la década del sesenta (En ese sentido José Luis De La Cuesta
Arzamendi. Ob. cit., p. 322). Sin embargo, en todos ellos subyace un mismo objetivo:
neutralizar el acceso a la prisión por breves períodos de tiempo. Sobre todo en atención
a que la experiencia criminológica demuestra que este tipo de encarcelamientos breves,
resultan estigmatizantes y negativos para el condenado. Y además al contrariar toda
expectativa de prevención general o especial resienten las exigencias del principio de
humanidad (Cfr. M. Cobo del Rosal - T - S. Vives Antón. Derecho Penal. Parte
General. 2da Ed. Tirant Lo Blanch. Valencia, 1987, p. 633).

Ahora bien, como ha destacado ELENA LARRAURI, el uso judicial indiscriminado


que se ha venido haciendo de medidas alternativas, así como su excesiva

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formalización, suscitaron, a mediados de los ochenta, importantes cuestionamientos
en torno a su utilidad real. En lo esencial se ha objetado que aquéllas no ejer

cen un efecto relevante sobre el acceso a los centros carcelarios, ni sobre su


descongestión. Asimismo, se afirma que estos procedimientos han extendido de modo
desmesurado el control penal fuera de la cárcel, y que lo han delegado a agencias extra-
penales que actúan con ausencia de garantías para los condenados. Por último, se
cuestiona también que la proyección de los sustitutivos sobre formas leves de
criminalidad, configura un instrumento de reafirmación y de relegitimación de la
cárcel, no apoyando en nada las propuestas superadoras de la prisión, que son
enarboladas desde la criminología critica y el abolicionismo. En otros términos: el uso
de medidas alternativas tendría un signo reaccionario y simbólico, serían más que
alternativas "complementos" de la cárcel (Cfr. Elena Larrauri. Las paradojas de
Importar Alternativas a la Cárcel en el Derecho Penal Español, en Derecho Penal y
Criminología Nº 43, 1991, p. 139 y ss.).

Al respecto, la jurista barcelonesa señalaba: "Adicionalmente resultaba que las


alternativas estaban complementando a la cárcel. Se afirmaba que la población reclusa
no había disminuido un ápice, por lo que en vez de alternativas a la cárcel resultaba
más apropiado hablar de complementos o añadidos. Este efecto de complemento
parecía deberse a varios motivos: por su presunta benevolencia las alternativas eran
aplicadas más frecuentemente de lo que hubiera sido una condena de cárcel, al
introducir nuevos requisitos introducían paralelamente nuevos motivos de
encarcelamiento si estos se vulneraban, al expandir la capacidad de la cárcel los
tribunales volvían a sentenciar a la cárcel, al fracasar respecto de los considerados
delincuentes duros relegitimaban que para estos la cárcel era la única posibilidad. En
breve se producía una bifurcación: la cárcel seguía repleta con los delincuentes
considerados más peligrosos y las alternativas iban dirigidas a sectores (jóvenes,
delincuentes por primera vez, delincuentes de cuello blanco) que tampoco eran
tradicionalmente condenados a la cárcel. Las alternativas se configuraban como
alternativas a la puesta en libertad" (Elena Larrauri Ob. cit., p., 140 y ss.). Otro efecto
disfuncional de los sustitutivos tiene más bien un origen psicosocial. En efecto, su
presencia normativa produce en los sectores sociales una agudización del espectro de

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inseguridad ciudadana o del sentimiento socializado de la víctima, principalmente
cuando aquellas medidas se aplican a formas de delincuencia que coyunturalmente se
estiman relevantes. Pues bien, la respuesta política que a ello otorga el Estado se
materializa, generalmente, en una decisión sobrecriminalizadora que vuelve a abrir las
vías de la cárcel, sea porque se anula la aplicación de tales medidas de modo general
o específico, o debido a que se incrementan los mínimos penales de los delitos
cuestionados para hacerlos inaccesibles a los alcances despenalizadores de las medidas
alternativas. Un claro ejemplo de esta consecuencia negativa lo podemos apreciar en
la Ley 26461 (promulgada el 24 de mayo de 1995). Este dispositivo legal se originó
en la reacción de diversos grupos de presión ante el tratamiento "benigno", que por vía
de los sustitutivos penales alcanzaba la represión de los delitos aduaneros de
contrabando y defraudación de rentas de aduanas. La nueva legislación elevó los
mínimos de las penas privativas de libertad a cinco años, con lo que los mencionados
ilícitos quedaban fuera del radio de acción de los subrogados penales. Paralelamente
se impedía que los jueces pudieran considerar las dimensiones del injusto o la
condición personal del agente, para decidir la efectividad de la pena de prisión
aplicable. Similar actitud político-criminal se ha adoptado frente al delito de
defraudación tributaria a través del Decreto Legislativo 813 (Promulgado el 19 de abril
de 1996).

Sin embargo, muchas de las críticas expuestas han sido absueltas de modo consistente,
con dos argumentos tan simples como realistas y sólidos. Por un lado, se ha dejado en
claro que el objetivo de las medidas alternativas nunca ha sido el de abolir la prisión.
Y por otro lado, que a pesar de sus disfunciones los sustitutivos siguen siendo un medio
de control penal menos dañino que la cárcel (En ese sentido: Francisco Muñoz Conde
- Mercedes García Arán. Derecho Penal. Parte General. Tirant Lo Blanch. Valencia.
1993, p. 496 y ss.). De allí, pues, que no debe estimarse como negativo que el derecho
penal contemporáneo siga incorporando sustitutivos penales en mayor o menor
proporción. Praxis que, por lo demás, podemos fácilmente detectar como todavía
predominante, con una rápida revisión de los Códigos Penales promulgados en los
últimos quince años.

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Es así que encontramos medidas alternativas o sustitutivos penales, en el Código Penal
Portugués de 1982; en el Código Brasileño de 1984; en el Código Penal Cubano de
1987; en el Código Penal Peruano de 1991; en el Código Francés de 1992 y en el
Código Penal Español de 1995. Pero, además, el volumen y la diversidad de los
subrogados penales que se incluyen en tales Códigos es mucho más amplio y rico en
opciones, que los que fueron incorporados al influjo del

movimiento descarcelatorio de los sesenta en el Proyecto Alternativo Alemán de 1966;


en el Código Penal Austriaco de 1974; en el Código Penal Alemán de 1975; y en los
Códigos Sudamericanos y Centroamericanos que se elaboraron en base a los
lineamientos del Código Penal Tipo para Latinoamérica sobre todo el Costarricense y
el Colombiano.

Estimamos, pues, atinado y coherente para una política criminal mínimo-garantista


seguir apostando por las medidas alternativas, aunque resulta oportuno reflexionar
mejor sobre sus alcances y modos, a fin de otorgarles la mayor efectividad posible.
Obrar de otra manera, eliminando o reduciendo su presencia normativa, frente a lo que
es y representa materialmente la prisión en sociedades como la peruana, sería rechazar
inconsecuentemente a uno de los pocos medios que permiten compatibilizar el castigo
penal con la dignidad humana y con serias proyecciones de prevención especial. Al
respecto MERCEDES GARCIA ARAN ha comentado lo siguiente: "... por mucho que
no quepa ocultar el contenido de control presente en este tipo de instituciones, no
puede negarse que éste es menor que el ofrecido por la cárcel y si se renuncia a
ejercerlo en determinados casos, ello es un beneficio de consideraciones que tienden a
evitar la desocialización del condenado, el efecto estigmatizador de la prisión y sus
consecuencias sobre la dignidad humana. Por tanto, una política criminal orientada a
la sustitución de las penas cortas de prisión por reacciones penales de distinta
naturaleza se basa fundamentalmente en una concepción del Derecho Penal como
última ratio, que en el caso español puede encontrar un válido apoyo en la
proclamación constitucional de la libertad como valor superior del ordenamiento
jurídico" (Francisco Muñoz Conde- Mercedes García Arán. Ob. cit., p. 497).

2. Clasificación

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COBO DEL ROSAL Y VIVES ANTON precisan que los sustitutivos penales que
conoce la doctrina y el derecho vigente, merecen una identificación funcional más
acorde con el efecto que directamente ejercen sobre las penas privativas de libertad.
En ese sentido, manifiestan que no todos los modelos que se agrupan genéricamente
bajo dicha denominación cumplen, en realidad, la función sustitutiva que
ideográficamente se les signa. Y ello porque como bien apuntan los autores citados,
determinados "remedios" contra las penas privativas de libertad "en lugar de sustituir
dichas penas por otras, o por medidas, lo que prescriben, o mejor, desempeñan, es, en
definitiva, una función suspensiva, es decir comportan, sin más, su inejecución o
ejecución incompleta, cual es el caso de la condena condicional... o la libertad
condicional... Se trata, en consecuencia, de unos beneficios, o si se quiere, de unos
paliativos más que auténticos sustitutivos penales... Los problemas de la sustitución de
la pena, pues, deben concretarse, en sentido estricto, en aquellas hipótesis en que la
pena privativa de libertad, no se aplica pero su lugar es ocupado por pena de otra
naturaleza y contenido o, sencillamente, por una medida. La sustitución de la pena
tiene sentido cuando es cambiada por una pena o medida, y no cuando es sustituida,
sin más, por la libertad del condenado, pues entonces no estaríamos ante un proceso
sustitutivo de una consecuencia jurídica por otra, sino nada más que ante la cesación
de la pena y de sus efectos" (M. Cobo del Rosal - T.S. Vives Antón. Ob. cit., p. 634 y
ss.). Esta posición que en gran parte asumimos, nos permite excluir del concepto de
medida alternativa o sustitutivo penal, a la liberación condicional y a los criterios de
oportunidad o procedimientos de "divertion". Estos últimos, de predominio carácter
procesal, permiten que los órganos titulares de la acción penal puedan -bajo ciertos
presupuestos- abstenerse de ejercitarla (En nuestro medio el artículo 2º del Código
Procesal Penal de 1991, ha introducido este tipo de procedimientos).

Ahora bien, el listado de medidas alternativas o sustitutivos penales que actualmente


existen en el derecho penal comparado, es muy extenso y variado en tipos y
características. En todo caso, para alcanzar una clasificación más o menos exhaustiva
de sus diversas manifestaciones, conviene referirnos a dos importantes documentos de
la materia. En primer lugar, el Informe General de la Secretaría General de las
Naciones Unidas, presentado al Segundo Congreso O.N.U. sobre Prevención del
Delito y Tratamiento del Delincuente, realizado el Londres en agosto de 1960 (Citado

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por José María Rodríguez Devesa - Alfonso Serrano Gómez. Derecho Penal Español.
Parte General. Ed. Décimo Séptima. DYKINSON. Madrid, 1994, pp. 906 y 907).
Según dicho informe, pueden operar como sustitutivos de la pena privativa de libertad
los mecanismos y procedimientos que a continuación se detallan:

- Suspensión Condicional de la pena.

- Aplicación de Libertad Vigilada en Régimen de Prueba.

- Multa.

- Arresto Domiciliario.

- Prestación de Trabajos o Servicios al Estado o Instituciones Oficiales Semioficiales.

- Reparación de los Daños causados.

- Asistencia Obligatoria a Centros de Educación.

- Promesa con Fianza o sin ella de observar buena conducta en un período de tiempo.

- Amonestación o Represión Judicial o Administrativa a puerta cerrada o en sesión


pública.

- Obligación de comparecer durante un corto tiempo periódicamente ante una


autoridad determinada.

- El perdón Judicial.

- La Revocación temporal o definitiva del permiso de conducir.

- Prohibición de ausentarse del país durante un tiempo no mayor de seis meses, sin
previa autorización judicial o administrativa.

- Obligación de someterse al cuidado o asistencia de un servicio social con el fin de


seguir un tratamiento como paciente externo durante cierto período.

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Y en segundo lugar, debemos citar las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas sobre
las Medidas No Privativas de la Libertad o Reglas de Tokio, aprobados por la
Asamblea General de la O.N.U. en diciembre de 1990 (El texto completo de estas
normas puede verse en EGUZKILORE Nº 6, 1993, p. 119 y ss.). El artículo 8.1 de
dichas Reglas señala como medidas alternativas las siguientes:

- Sanciones Verbales, como La Amonestación, La Represión y La Advertencia.

- Liberación Condicional.

- Penas Privativas de Derechos o Inhabilitaciones.

- Sanciones Económicas y Penas de Dinero, como Multas y Multas sobre los ingresos
calculados por días.

- Incautación o Confiscación.

- Mandamientos de Restitución a la víctima o de Indemnización.

- Suspensión de la Sentencia o Condena Diferida.

- Régimen de Prueba y Vigilancia Judicial.

- Imposición de Servicios a la Comunidad.

- Obligación de acudir regularmente a un centro determinado.

- Arresto domiciliario.

- Cualquier otro régimen que no entrañe internamiento.

- Alguna combinación de las sanciones precedentes.

En atención, pues, a la variedad de opciones mencionadas, resulta también heterogéneo


el proceder de la doctrina al procurar una clasificación u organización sistemática de
estas medidas de evitamiento de la cárcel (Cfr. Silvia Valmaña Ochaíta. Sustitutivos
Penales y Proyectos de Reforma en el Derecho Penal Español. Ministerio de Justicia.

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Madrid. 1990, p. 26 y ss.). Estas diferencias quedan expuestas, por ejemplo, en la
complejidad y multiplicidad de criterios de ordenación que emplea JESCHECK (Cfr.
H. H. Jescheck. Alternativas a la Pena Privativa de Libertad en la Moderna Política
Criminal, en Estudios Penales y Criminológicos VII, 1985, p. 15 y ss.) y en la simpleza
y concreción con que agrupa a los sustitutivos penales (Cfr. Carlos García Valdez.
Alternativas legales a la Privación de Libertad Clásica, en Prevención y Teoría de la
Pena. Editorial Jurídica Cono Sur. Santiago de Chile. 1995, p. 197 y ss.). Veamos cada
uno de estos sistemas de clasificación.

Para el profesor alemán, quien en 1985 publicó un importante estudio comparativo


internacional sobre las medidas alternativas a la prisión (H.H. Jescheck. Die
Freiheitsstrage un ihre Surrogate im Deutschem und ausländischen Retch. Nomos
Verlagsgesellschaft. Baden-Baden, 1985), los sustitutivos penales pueden ser
sistematizados en cuatro grupos:

a) Formas Especiales de Privación de Libertad de Corta y Mediana Duración. A modo


de ejemplo ubica en este nivel al arresto de fin de semana del Anteproyecto de Código
Penal Español de 1983 (Art. 36º) y a la Semidetención que introdujo en el Código
Penal Italiano la reforma de noviembre de 1981 (Art. 53º).

b) La Suspensión Condicional de la Pena y otras Instituciones de Prueba. En esta


categoría se incluyen sobre todo la probation inglesa y la condena condicional de
origen franco-belga. Pero también son de considerar otras opciones semejantes, que
exigen períodos de prueba y reglas de conducta como el aplazamiento del
pronunciamiento de pena (ajournement de prononcé de la peine) que contempla el
derecho penal francés desde 1975 y que se incluye también en el Código Penal
promulgado en 1992 (Art. 132º-63).

c) La Pena de Multa. En cualquiera de sus versiones, esto es, como multa de aplicación
global o con la utilización del sistema de días-multa. Jescheck, además, considera que
la pena de multa constituye "la alternativa más importante a la pena privativa de
libertad" (Ob. cit., p. 28), y que su aplicación sustitutiva se encuentra difundida en la
mayoría de países. El Código Penal Alemán de 1975, por ejemplo, le otorga dicha
función en su Art. 47º.

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d) Otros Sustitutivos de la Pena Privativa de

Libertad. Corresponden a esta variable abierta cinco opciones de distinta naturaleza y


operatividad, como la indemnización del ofendido; la dispensa de pena que, por
ejemplo, contempla el Código Penal de Portugal de 1982 (Art. 75º); la represión
pública prevista en el Código Penal Español recientemente derogado (Art. 89º); las
penas de inhabilitación en cuanto operan como penas principales; y la pena de trabajo
al servicio de la comunidad que contienen en Sudamérica varios Códigos Penales
como el Boliviano de 1973 (Art. 28º) y el Brasileño de 1984 (Art. 43º). Cabe anotar
que el Proyecto Alternativo Español de 1982 (Art. 74º) y el Código promulgado en
1995, también incluyeron este tipo de sustitutivos penales (Art. 49º).

Por su parte la clasificación española de GARCIA VALDEZ, resulta por su concreción


bastante práctica. En ella encontramos fundamentalmente dos tipos de sustitutivos:

a) Alternativas Clásicas de Tratamiento en Libertad en Régimen de Prueba. La


Suspensión del Fallo que contenía el Anteproyecto Español de 1983 (Art. 71.4) y que
como Reserva del Fallo Condenatorio recepcionó el Código Penal Peruano de 1991
(Art. 62º). Aquí, por lo demás, GARCIA VALDEZ coloca también otras alternativas
similares, sobretodo la Suspensión de la Ejecución de la Pena, en el esquema que
actualmente en Sudamérica poseen el Código Penal Argentino (Art. 26º) y el Código
Penal de Colombia de 1980 (Art. 68º).

b) Alternativas Superadoras de la Privación de Libertad Clásica. Bajo esta designación


el precitado autor hispano incorpora todas las demás formas sustitutivas conocidas,
como el arresto de fin de semana; el trabajo en provecho de la comunidad; los
mecanismos de renuncia a la sanción como la dispensa de pena o el perdón judicial;
los procedimientos de diversión; y, claro está, la pena de multa.

Cabe señalar, finalmente, que en cuanto a otros esquemas clasificatorios también


resulta coherente el propuesto por DE LA CUESTA ARZAMENDI, quien lo organiza
en base a cuatro modalidades de medidas: sistemas de privación de libertad atenuada
(arresto de fin de semana); sustitución de la pena privativa de libertad por otras penas
(multa, trabajo en provecho de la comunidad); instituciones probatorias (suspensión

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condicional de la pena y suspensión del fallo); otras alternativas (dispensa de pena,
perdón judicial, conciliación delincuente-víctima). 3. Las medidas alternativas en el
Código Penal de 1991

3.1. Generalidades

Uno de los principales rasgos característicos del proceso de reforma penal que tuvo
lugar en el Perú entre 1984 y 1991, fue la clara vocación despenalizadora que guió al
legislador nacional. Esta posición político criminal favoreció la inclusión sucesiva de
nuevas medidas alternativas a la pena privativa de libertad, que al adicionarse a la
condena condicional, pre-existente en el Código Penal de 1924 fueron configurando
un abanico bastante integral de sustitutivos penales, y que alcanzó vigencia al
promulgarse un nuevo Código Penal en abril de 1991. Sobre el particular, en la
Exposición de Motivos se sostiene que "La Comisión Revisora, a pesar de reconocer
la potencia criminógena de la prisión, considera que la pena privativa de libertad
mantiene todavía su actualidad como respuesta para los delitos que son
incuestionablemente graves. De esta premisa se desprende la urgencia de buscar otras
medidas sancionadoras para ser aplicadas a los delincuentes de poca peligrosidad, o
que han cometido hechos delictuosos que no revisten mayor gravedad. Por otro lado,
los elevados gastos que demandan la construcción y el sostenimiento de un centro
penitenciario, obligan a imaginar formas de sanciones para los infractores que no
amenacen significativamente la paz social y la seguridad colectivos" (Ver en la
Exposición de Motivos el apartado "Las Penas").

En cuanto al tipo de medidas alternativas incluidas, encontramos cinco modalidades


que son las siguientes:

a) Sustitución de Penas Privativas de Libertad.

b) Conversión de Penas Privativas de Libertad.

c) Suspensión de la Ejecución de la Pena.

d) Reserva del fallo condenatorio.

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e) Exención de Pena.

Es de señalar que gran parte de estos sustitutivos eran desconocidos en el derecho


penal peruano. Este hecho unido al breve tiempo de vacatio legis que concedió el
legislador para la aplicación del Código del 9, fue originando una jurisprudencia muy
heterogénea, pero, a la vez, interesante y rica en experiencias e interpretaciones. La
doctrina en cambio, y pese a tratarse de innovaciones importantes para nuestro sistema
penal, no dedicó mucho espacio al esclarecimiento teórico de las medidas alternativas,
tal como se aprecia en las obras de Peña Cabrera (Cfr. Raúl Peña Cabrera. Tratado de
Derecho Penal. Estudio Programático de la Parte General. Editora Grijley. Lima. 1994,
p. 531 y ss.), Villavicencio Terreros (Cfr. Felipe Villavicencio T. Código Penal.
Cultural Cuzco. Lima 1992, p. 213 y ss.), Bramont Arias (Cfr. Luis Bramont Arias-
Luis A. Bramont Arias-Torres. Código Penal Anotado. Editorial San Marcos. Lima,
1995, p. 242 y ss.) y Zarzosa Campos (Cfr. Carlos Zarzosa Campos. Derecho Penal.
Parte General I. Ed. Fondo de Fomento o la Cultura, Trujillo. 1993, p. 80 y ss.). Actitud
que, por lo demás se explica por el escaso interés que entre los juristas peruanos
producen, tradicionalmente, los temas relacionados con la sanción penal.

Seguidamente, haremos un breve estudio de las principales características que


corresponden a cada uno de los sustitutivos penales que contiene el Código Penal de
1991.

3.2. La sustitución de penas privativas de libertad

La Sustitución de Penas Privativas de Libertad se encuentra regulada en los artículos


32º y 33º del Código Penal. Ella está vinculada con la operatividad de dos clases de
penas limitativas de derechos: la prestación de servicios a la comunidad y la limitación
de días libres. Su fuente legal extranjera la encontramos en el artículo 44º in fine del
Código Penal Brasileño de 1984.

Siguiendo el razonamiento de COBO-VIVES estamos ante un auténtico sustitutivo


penal, ya que la medida que analizamos involucra, como efecto, la aplicación en lugar
de la pena privativa de libertad, de otra pena de naturaleza distinta y no detentiva del
condenado.

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Ahora bien, tal como aparece regulada, la sustitución de penas es una alternativa que
la ley deja al absoluto arbitrio judicial. Unicamente se exige que la pena privativa de
libertad sustituible no sea superior a tres años. En la medida, pues, en que el Juez
considere en atención a la pena conminada, para el delito y a las circunstancias de su
comisión que el sentenciado no merece pena por encima de dicho límite, él podrá
aplicar la sustitución, consignando en la sentencia la extensión de la pena privativa de
libertad que se sustituye. Sin embargo, somos de opinión que en la decisión sustitutiva
deben sopesarse también otros factores como lo innecesario de la reclusión y la
inconveniencia, por razones preventivo generales y especiales, de no optar por otro
tipo de medida alternativa como la suspensión condicional o la reserva del fallo (Cfr.
Luis Bramont Arias - Luis A. Bramont Arias-Torres. Ob. cit., pp. 207 y 208).

Como se adelantó las penas sustitutas son dos: Prestación de Servicios a la Comunidad
y Limitación de Días Libres. El Juez deberá elegir entre ellas en función, se entiende,
de las condiciones personales del condenado y del tipo de delito cometido. Su elección
debe, pues, ser debidamente motivada. No cabe aplicar reglas de conducta u
obligaciones complementarias al condenado. Este únicamente queda comprometido a
cumplir la pena sustituta.

La deficiente regulación de esta medida alternativa ha afectado y restringido su


utilización jurisdiccional. A la fecha se desconoce jurisprudencia sobre dicho
sustitutivo. Al parecer, esta situación se debe a los siguientes defectos normativos:

a) La equivalencia desproporcionada que fija la ley para determinar la extensión de la


pena sustituta. En efecto, según el párrafo in fine del artículo 33º del Código Penal,
para sustituir la pena privativa de libertad que cabría aplicarle al condenado, el
juzgador debería recurrir a las equivalencias que se estipulan en el artículo 52º. Pues
bien, en este último dispositivo se fijan las siguientes proporciones:

- Un día de privación de libertad equivale a una jornada semanal de prestación de


servicios a la comunidad.

- Un día de privación de libertad equivale a una jornada semanal de limitación de días


libres.

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Teniendo en cuenta que conforme a los numerales 34º y 35º las penas sustitutas se
cumplen sólo los fines de semana, y que la sustitución puede alcanzar a penas
privativas de libertad de hasta tres años, resultaría que en su extremo límite el
condenado debería cumplir 1,095 jornadas semanales de prestación de servicios a la
comunidad o de limitación de días libres. Lo que cronológicamente significaría que el
condenado vea extendido el cumplimiento de su sanción sustitutiva hasta un período
aproximado de 21 años.

Frente a dicho despropósito legal, cabe señalar, de lege ferenda, que se aplique una
equivalencia diferente. Nosotros proponemos la misma que se define en el inciso
segundo del artículo 53º. Esto es: una jornada semanal de prestación de servicios a la
comunidad de limitación de días libres, sustituye siete días de pena privativa de
libertad. Si se emplea dicha proporción se alcanzará un término de cumplimiento más
coherente con la función asignada a las penas sustituto.

b) La ausencia de normas que regulen la revocación de la sustitución en caso de


incumplimiento de la pena sustituida. Dicha omisión impide al Juez adoptar cualquier
sanción, incluida la revocatoria de la sustitución, en caso que el condenado incumpla
con las obligaciones propias de la pena sustituto de prestación de servicios a la
comunidad o de limitación de días libres. De otro lado, los efectos del principio de
legalidad que consagra el artículo II y, complementariamente, el artículo III del Título
Preliminar, hacen inaplicable, para el supuesto que analizamos, el régimen de
conversión que define el artículo 55º del Código Penal. Esta última norma sólo
considera el caso en que las penas de prestación de servicios a la comunidad o de
limitación de días libres, que fueron impuestas como penas principales y autónomas,
fuesen incumplidas por el condenado.

En relación a este vacío normativo, estimamos, de lege ferenda, que resulta factible
incorporar una respuesta al incumplimiento de la pena sustituto, en los mismos
términos que se precisan en el artículo 53º. En este numeral se dispone la revocatoria,
previo apercibimiento judicial, de la pena convertida y el consiguiente cumplimiento
de la pena privativa de libertad.

20
c) La falta de disposiciones normativas que regulan la organización, supervisión y
ejecución de las penas de prestación de servicios a la comunidad y de limitación de
días libres. Esta es una asignatura pendiente que mantiene el legislador peruano desde
la promulgación del Código Penal. Pese a existir propuestas al respecto (Cfr. Víctor
Prado Saldarriaga. Comentarios al Código Penal de 1991. Editorial Alternativas. Lima.
1993, p. 84 y ss.), ellas no han sido tomadas en cuenta por el Parlamento. De esta
manera, pues, y al margen de algunos ensayos en la Justicia de Paz, las penas sustituto
y la medida de sustitución de penas privativas de libertad, permanecen en el presente
inmovilizadas en su uso y efectos despenalizadores.

En el derecho penal español la sustitución de penas privativas de libertad se encuentra


también regulada en la Sección Segunda, del Capítulo III, del Título III del Libro I del
Código Penal de 1995. A ella se consagran los artículos 88º y 89º. El Anteproyecto de
1992 (Arts. 87º y 88º) y el Proyecto de 1994 (Arts. 89º y 90º), también se ocuparon de
esta medida alternativa, aunque con notables diferencias (Cfr. José L. De La Cuesta
Arzamendi. Alternativas a las Penas Cortas Privativas en el Proyecto de 1992, p. 331
y ss.).

El legislador hispano ha considerado cuatro sanciones sustituto: arresto de fin de


semana, multa, trabajos en beneficio de la comunidad y expulsión. Esta última sanción,
en realidad, es una medida de seguridad sustituto. En efecto, a tenor de lo dispuesto en
el artículo 96º, inciso tercero, párrafo quinto, se considera a la "expulsión de
extranjeros no residentes legalmente en España", como una medida de seguridad no
privativa de libertad.

Ahora bien, conforme al artículo 88º, las penas de prisión no superiores a un año
pueden ser sustituidas por penas de arresto de fin de semana o multa.
Excepcionalmente la sustitución podrá alcanzar también a las penas de prisión que no
excedan de dos años. Y, en ambos casos, el Juez deberá atender a las condiciones
personales del agente, a los esfuerzos realizados por él para reparar los daños
ocasionados por el delito, y a que el sentenciado no sea un reo habitual. Según el
artículo 94º del Código Penal Español, se considera reo habitual a quien hubiera

21
cometido tres o más delitos, de los comprendidos en un mismo Capítulo, dentro de un
plazo no superior a cinco años, y siempre que haya merecido condena por tales ilícitos.

De modo facultativo el Juez queda autorizado a imponer reglas de conducta al


condenado.

Las equivalencias para la sustitución son las siguientes: cada semana de prisión será
sustituida por dos arrestos de fin de semana. Y cada día de prisión será sustituido por
dos cuotas de multa.

Asimismo, el inciso segundo del mencionado artículo 86º otorga al órgano


jurisdiccional la posibilidad de sustituir las penas de arresto de fin de semana por penas
de multa o de trabajos en beneficio de la comunidad. En este supuesto las equivalencias
se establecen de esta manera: cada arresto de fin de semana será sustituido por cuatro
cuotas de multa o por dos jornadas de trabajo.

En ambos supuestos, si el condenado incumple la pena sustituto, se le hará cumplir la


pena privativa de libertad sustituida, con los descuentos a que hubiere lugar.
Finalmente, las penas privativas de libertad inferiores a seis años que se apliquen a un
extranjero con permanencia ilegal en España, pueden ser sustituidas por la medida de
expulsión. Esta forma de sustitución que describe el artículo 89º genera para el
condenado el impedimento de retornar a España dentro del plazo que se le fije en la
sentencia, y que no puede extenderse más allá de los diez años, ni ser inferior a tres
años.

Si el condenado quebranta la pena sustituida, regresando a España antes del tiempo


señalado en la sentencia, se le hará efectiva la pena de prisión sustituida. Curiosamente,
la ley no precisa en ese supuesto ningún tipo de descuento y que estimamos pertinente
por razones de equidad y coherencia.

Cabe anotar, finalmente, con relación al derecho español, que en los casos de
sustitución de las penas privativas de libertad que contempla el inciso 1º del artículo
89º, la ley exige que el juez antes de adoptar su decisión sustitutoria escuche a las
partes, Y tratándose de la hipótesis del inciso 2º, que se refiere al reemplazo del arresto

22
de fin de semana, será necesario, para que opere la sustitución, que el condenado haya
expresado su conformidad.

En el derecho latinoamericano es de mencionar que el Código Penal Cubano (Art. 34º)


regula una forma de sustitución de penas a la que designa como "limitación de
libertad". En este modelo se imponen al condenado, en vez de una pena privativa de
libertad no superior a tres años, obligaciones específicas y reglas de conducta que
deberá observar por igual plazo que la pena sustituida. Si el condenado incumpliese el
régimen sustituto se le efectivizará la pena privativa de libertad con las deducciones
que sean aplicables.

Por su parte, el Código Penal Portugués incluye también en sus artículos 43º y 44º, un
régimen de sustitución de penas privativas de libertad que contempla dos casos.
Primero, cuando la pena de prisión no exceda de tres meses, ella puede ser sustituida
por una pena de prisión por días libres que viene a ser una sanción parecida al arresto
de fin de semana español. La equivalencia que se emplea para este supuesto es de
cuatro días de prisión por un fin de semana. El segundo caso de sustitución se da si la
pena de prisión no fuera superior a seis meses. En esta hipótesis se podría sustituir la
pena privativa de libertad impuesta en la sentencia por una pena equivalente, fijada en
días-multa y a razón de un día-multa por cada día de prisión.

3.3. La Conversión de Penas Privativas de Libertad

La Conversión de Penas Privativas de Libertad se rige por lo dispuesto en los artículos


52º a 54º del Código Penal. Su fuente legal la hallamos en los artículos 80º y 81º del
Código Penal Tipo para Latinoamérica (Diferente: Luis Bramont Arias y Luis Bramont
Arias-Torres, que señalan como fuente al Proyecto Peruano de 1991, pese a que la
Conversión de Penas preexistió a dicho documento en el Proyecto de 1985 [Art. 65º].
Código Penal Anotado, p. 242).

Este sustituto penal puede ser definido como la conmutación de la pena privativa de
libertad impuesta en la sentencia, por una sanción de distinta naturaleza. En el caso del
derecho penal peruano la conversión de la pena privativa de libertad puede hacerse con
penas de multa, de prestación de servicios a la comunidad y de limitación de días libres.

23
En otros países, en cambio, la conmutación suele realizarse únicamente con penas de
multa.

Para que proceda esta medida alternativa se exigen dos condiciones:

a) Que la pena impuesta en la sentencia condenatoria no exceda a dos años de pena


privativa de libertad; y,

b) Que en el caso concreto no sea posible aplicar al sentenciado una suspensión de la


ejecución de la pena o una reserva de fallo condenatorio.

Estos dos requisitos permiten diferenciar la conversión de la sustitución de penas.


Asumiendo la primera una condición excepcional y subsidiaria frente a la segunda, y
ante a otras medidas alternativas.

La vía de la conversión de penas privativas de libertad en penas de multa, prestación


de servicios a la comunidad o limitación de días libres, se rige por las siguientes
equivalencias que contiene el artículo 52º del Código Penal: un día de privación de
libertad se convierte en un día-multa, o en una jornada de prestación de servicios a la
comunidad, o en una jornada de limitación de días libres.

Nuevamente cabe objetar lo excesivo del término cronológico de cumplimiento de las


penas convertidas de prestación de servicios a la comunidad y de limitación de días
libres. Por lo que, al igual que en el caso de la sustitución de penas, resulta necesario
modificar la proporción de la conversión para estas sanciones, considerando que cada
siete días de privación de libertad se conviertan en una jornada semanal de prestación
de servicios o de limitación de días libres. Por lo demás, dicha equivalencia se
encuentra prevista en el artículo 53º para los descuentos que se deban aplicar en caso
de revocatoria por incumplimiento de las penas convertidas, o por la comisión de un
nuevo delito dentro del plazo de ejecución de la pena convertida, y siempre que aquél
sea sancionado

con no menos de tres años de pena privativa de libertad (Cfr. Art. 54º).

24
Ahora bien, en caso de revocatoria de la medida se producirá una reconversión, que
llevará al condenado a cumplir la pena privativa de libertad que le fue impuesta en la
sentencia, con los descuentos que correspondan según las reglas antes mencionadas
del artículo 53º.

Al igual que lo ocurrido con la sustitución de penas, la utilización judicial de la


conversión de penas privativas de libertad ha sido muy limitada.

En el derecho penal español, no ha sido prevista una medida similar. En la legislación


Latinoamericana, en cambio, tienen sustitutivos semejantes el Código Penal de Costa
Rica (Art. 69º) y el Código Penal de Guatemala (Art. 50º), aunque la conmutación sólo
es posible con penas de multa. El Código Penal Cubano también desarrolla un sistema
particular de conversión al cual denomina "limitación de libertad" (Art. 34º).

3.4. La suspensión de la ejecución de la pena

Se trata de uno de los procedimientos tradicionales de limitación de las penas cortas


privativas de libertad. Se le conoce con distintas denominaciones, pero las más
admitidas en el derecho penal comparado son condena condicional y suspensión de la
ejecución de la pena. Curiosamente algunas legislaciones utilizan simultáneamente
ambas denominaciones, por ejemplo el Código Penal Peruano (Cfr. Arts. 57º y 58º).
Sin embargo, para un sector doctrinal resulta más adecuado el término suspensión de
la ejecución de la pena, puesto que, señalan, la condena no es suspendida en sus efectos
accesorios o de indemnización civil. Lo único que se deja en suspenso es la ejecución
efectiva de la pena privativa de libertad que se impuso al condenado. En ese sentido
se pronuncia entre nosotros VILLAVICENCIO TERREROS y, en España, GARCIA
ARAN (Cfr. Felipe Villavicencio Terreros. Ob. cit., p. 233. Francisco Muñoz Conde -
Mercedes García Aran. Ob. cit., p. 498). HURTADO POZO, al comentar el Código
Penal de 1924, señalaba que el término condena condicional era más coherente con la
fuente helvética, que siguió en legislador nacional (José Hurtado Pozo. La Condena
Condicional, en Derecho, Nº 31. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 1973,
p. 62 y 63).

25
En realidad, pues, como bien aclaran COBO-VIVES estamos ante una medida de
suspensión de la ejecución de la pena privativa de libertad, y no de sustitución de dicha
pena, como ha venido ocurriendo con las medidas alternativas que se han analizado
anteriormente. "La simple suspensión de la condena no representa, hablando en
puridad, un mecanismo de sustitución de la pena, sino, en todo caso, una renuncia
provisional al pronunciamiento o ejecución de la misma que, en su momento, puede
convertirse en definitiva. Sustituir es cambiar una cosa por otra, y no es eso lo que
sucede en la suspensión" (Ob. cit., p. 705).

La suspensión de la ejecución de la pena pertenece a lo que GARCIA VALDEZ


califica como formas de tratamiento en régimen de libertad (Ob. cit., p. 200). Su
operatividad consiste en suspender la ejecución efectiva de la pena privativa de libertad
impuesta en la sentencia condenatoria. De esta manera, pues, el sentenciado no ingresa
a un centro carcelario para cumplir la pena fijada por la autoridad judicial, él queda en
libertad pero sometido a un régimen de reglas de conducta y a la obligación de no
delinquir.

Tales reglas y obligaciones deben ser observadas por el condenado durante un plazo
de tiempo que se expresa en la ley o en la sentencia, y que se le denomina período de
prueba. Si el plazo mencionado se vence sin que haya mediado incumplimiento de
reglas o comisión de nuevo delito, se da por extinguida la pena y se suprime la condena
de los registros judiciales correspondientes. Caso contrario, procederán a aplicarse al
condenado mayores restricciones o se le revocará la suspensión, debiendo, en
consecuencia, de cumplir en su totalidad la pena privativa de libertad que se le impuso
en la sentencia.

Los orígenes de la suspensión de la ejecución de la pena se ubican a finales del siglo


pasado, en los procedimientos de "surcis" aplicados en Francia y Bélgica (Cfr. Heleno
Claudio Fragoso. Licoes de Direito Penal. Parte Geral. 14º Ediâo. Forense. Río de
Janeiro. 1993, p. 361 y ss.). En el derecho penal peruano fue introducido, como
condena condicional, por el Código Penal de 1924, aunque limitada en sus efectos a
los delitos culposos. Sin embargo, con posterioridad, y a través de reformas en el
Código de Procedimientos Penales, se amplió su aplicación a toda condena a pena

26
privativas de libertad no superior a dos años y siempre que el agente no fuere
reincidente (José Hurtado Pozo. Ob. cit., p. 64).

En el Código Penal de 1991 la medida que estamos comentando se incluye como


suspensión de la ejecución de la pena en el Capítulo IV, del Título III, de la Parte
General, entre los artículos 57º a 61º Sus requisitos de procedencia son dos:

a) Que la pena privativa de libertad impuesta al condenado no sea superior a cuatro


años. No afecta, por tanto, a otro tipo de penas que deban ser aplicadas de modo
conjunto.

b) Que en atención a las circunstancias del hecho y a la personalidad del agente, el


Juez asuma un pronóstico favorable sobre la conducta futura del condenado. Esto es,
que el órgano jurisdiccional llegue a prever que el sentenciado no volverá a delinquir.

Por lo demás, la suspensión de la ejecución de la pena es facultativa para el Juez, y su


concesión o denegatoria deberá estar motivada. En la praxis jurisprudencial, sin
embargo, lo trascendente para la concesión se vincula con el carácter primario del
infractor y con la escasa gravedad de la conducta delictiva cometida.

En cuanto al plazo de prueba la ley fija un término flexible entre uno y tres años, y que
el Juez debe cuantificar de modo concreto en la sentencia. Tratándose de un imperativo
legal, dicho plazo no puede ser inferior a un año, aún en el supuesto de que la pena
impuesta sea menor a doce meses. Asimismo, es posible fijar un plazo de prueba menor
al término de la condena. Es más, la judicatura nacional es proclive a este tipo de
decisiones, que, se entiende, resultan motivadoras para que el condenado se adscriba
positivamente a las reglas de conducta.

Ahora bien, en cuanto a las reglas de conducta, el artículo 58º dispone la imposición
obligatoria de las mismas. Dicha norma, además, señala alternativamente un conjunto
de opciones, las cuales pueden ser integradas con otras reglas que el Juez estime
adecuadas al caso particular, siempre que no afecten la dignidad del condenado.

La reparación del daño ocasionado o reparación civil puede incluirse como regla de
conducta, salvo que el agente haya acreditado, previamente, imposibilidad de cumplir

27
con tal obligación. Sin embargo, si el pago de la reparación civil no se consigna
expresamente en la sentencia como una regla de conducta, su realización quedará fuera
del ámbito de suspensión de la ejecución de la pena.

Las reglas de conducta deben guardar conexión con las condiciones particulares del
delito y con la personalidad del agente. Deben, igualmente, ser específicas y
determinadas. No cabe, pues, imponer al condenado el cumplimiento de obligaciones
ambiguas y equívocas como "abstenerse de concurrir a lugares de dudosas reputación".

El incumplimiento de las reglas de conducta, según se expresa en el artículo 59º del


Código Penal, puede dar lugar a tres tipos de sanciones:

a) La Amonestación del Infractor. La que puede materializarse en acto público y con


concurrencia del condenado a la sede del Juzgado o, también, por intermedio de una
notificación judicial.

b) Prórroga del Plazo de Prueba. Dicha prórroga puede extenderse desde una mitad del
plazo fijado en la sentencia, y hasta un límite de tres años. Ello quiere decir que en su
extremo máximo, si el plazo de prueba inicial fue de tres años esté con la adición límite
que establece el artículo 59º podría alcanzar los seis años. Ahora bien, la cuantificación
y determinación de la prórroga deben ser decididos por el Juez en atención a las
necesidades y características de cada caso.

c) La Revocación de la Suspensión. Se trata de la sanción más severa, por lo que su


uso debe ser excepcional y luego de haberse aplicado las sanciones precedentes de
amonestación o de prórroga. En todo caso, su uso debe limitarse, en lo posible, al
hecho de que el sentenciado haya cometido nuevo delito, mereciendo por ello otra
condena. A nuestro entender, resulta desproporcionado revocar la suspensión por el
mero incumplimiento del pago de la reparación civil, como distorsionadamente se
consideró inicialmente por cierto sector de la judicatura nacional.

Es de advertir que la ley solamente regula un supuesto de revocación directa del


régimen de suspensión. Ello ocurre cuando el sentenciado fuera condenado por la

28
comisión de un nuevo delito doloso, realizado dentro del período de prueba, y se le
impusiere una pena superior a tres años de pena privativa de libertad.

Como se precisa en el numeral 60º, el efecto de la revocatoria, aún en el caso del inciso
3) del artículo 59º, supone la "ejecución -total- de la pena suspendida
condicionalmente y la que corresponda por el segundo hecho punible".

Si el período de prueba concluye sin que medie incumplimiento reiterado de las reglas
de conducta, ni comisión de nuevo delito, "la condena se considera como no
pronunciada". El efecto procesal que esto conlleva es la anulación de los antecedentes
penales del condenado.

En España la medida que analizamos fue introducida en 1908. El Código del 95, trata
de la "Suspensión de la ejecución de las penas privativas de libertad", entre los
artículos 80º a 87º. En lo esencial sus características son las siguientes:

a) De modo general la medida es procedente cuando la pena impuesta al condenado


no excede a dos años de pena privativa de libertad. Sólo es aplicable a quienes hayan
delinquido por primera vez. Y se requiere, además, que el sentenciado haya satisfecho
las responsabilidades civiles que le alcanzan, salvo imposibilidad material de hacerlo.

b) En lo formal, la concesión de la suspensión sólo tiene lugar cuando la sentencia ha


adquirido firmeza. La inscripción de la pena suspendida se hace en una sección
especial y Reservada del Registro de Penados y Rebeldes.

c) El condenado queda obligado a no volver a delinquir durante el período de prueba


que puede durar entre tres meses a cinco años, según el tipo de pena impuesta, la
naturaleza del delito y las condiciones personales del sentenciado. Sólo de modo
facultativo el Juez podrá imponer al condenado otras reglas de conducta y únicamente
si la pena impuesta fue prisión.

d) Si el condenado infringiere las reglas de conducta de modo reiterado, cabe revocar


la suspensión. En otros casos las infracciones al régimen de conducta motivaron,
alternativamente: sustituir la regla de conducta impuesta por otra y prorrogar el plazo
de prueba sin que dicha prórroga puede excederse de cinco años.

29
Ahora bien, se producirá una revocatoria directa de la suspensión, si el condenado
comete nuevo delito durante el plazo de prueba. Entendiéndose que se ha cometido
nuevo delito, cuando se declare así en nueva sentencia condenatoria.

El efecto de la revocación implica la ejecución de la pena suspendida y su inscripción


en el Registro Central de Penados y Rebeldes.

e) Si el plazo de suspensión concluye sin que el condenado haya incumplido las reglas
de conducta, no haya delinquido nuevamente, se declara la remisión de la pena y se
ordena la cancelación de la inscripción realizada en la Sección Especial del Registro
Central de Penados y Rebeldes.

Cabe anotar, finalmente, que en el Código Penal Español se consideran dos supuestos
especiales de suspensión condicional de la pena, y a los que aluden el inciso 4º del
artículo 80º y el artículo 87º. En ambos casos la suspensión se basa en consideraciones
especiales que tienen relación con el estado de enfermedad grave e incurable que sufre
el condenado, o por su condición de dependiente a drogas o alcohol.

En el derecho penal latinoamericano contemporáneo, la suspensión de la ejecución de


la pena posee una regulación muy semejante a la que contempla el Código Penal
Peruano. No obstante, se observan notorias diferencias en lo concerniente a la
extensión de la pena privativa de libertad que se suspende, y a los términos que
corresponden al período de prueba. Es así que en el Código Penal brasileño la medida
que comentamos, a la que se designa como Suspensâo Condicional da Pena, sólo
procede para penas privativas de libertad no superiores a dos años, mientras que el
plazo de prueba se puede extender entre dos a cuatro años (Art. 77º). Por su parte, el
Código Penal de Colombia, que designa al mismo subrogado penal como Condena de
Ejecución Condicional, precisa que es aplicable si la pena privativa de libertad
impuesta no excede a tres años de prisión, y señala que el período de prueba puede
alcanzar de dos a cinco años (Art. 68º).

3.5. La reserva del fallo condenatorio

30
La Reserva del Fallo Condenatorio fue otra de las innovaciones que en el ámbito de
las medidas alternativas introdujo en el derecho peruano, el Código Penal de 1991.
Para ello el legislador nacional se guió por el modelo que incluía el Anteproyecto de
Código Penal Español de 1983 (Art. 71º y ss.). Esta referencia a la fuente es importante
ya que, como lo sostuvo en su oportunidad SANTIAGO MIR PUIG, la suspensión del
fallo, en los proyectos españoles, se apartó significativamente de la probation
anglosajona, al prescindir del pronunciamiento de la condena y por ende de la pena
(Cfr. Santiago Mir Puig. Tendencias político-criminales y alternativas a la prisión en
la Europa actual, en Revista del Ilustre Colegio de Abogados del Señorío de Vizcaya
Nº 34, 1987, p. 55 y ss.).

En efecto, la Reserva del Fallo Condenatorio que se regula en los artículos 62º a 67º
del Código Penal Peruano, conforme a su fuente hispana, se caracteriza
fundamentalmente porque el Juez deja en suspenso la condena y el señalamiento de
una pena para el sentenciado.

En términos concretos la medida supone que en la sentencia se declara formalmente la


culpabilidad del procesado, pero éste no es condenado ni se le impone, por tanto pena
alguna. El fallo de condena queda de momento suspendido y se condiciona su
pronunciamiento a la observancia de reglas de conducta durante

un régimen de prueba, dentro del cual el sentenciado deberá abstenerse de cometer


nuevo delito y tendrá que cumplir las reglas de conducta que le señale el Juez.

Si el período de prueba concluye sin infracción de las reglas impuestas, ni comisión


de nuevo delito, el juzgamiento se deja sin efecto. Pero si, por el contrario, se incurre
en infracción o se vuelve a delinquir, el Juez puede disponer la revocatoria de la reserva
y el consiguiente pronunciamiento del fallo condenatorio con el señalamiento de la
pena que deberá cumplir el sentenciado.

Ahora bien, el efecto procesal de la reserva del fallo es que no genera antecedentes al
sentenciado, puesto que el no haber condena, no cabe inscripción en el Registro
Judicial correspondiente.

31
Conforme al artículo 62º la reserva del fallo condenatorio, procede cuando concurren
los siguientes presupuestos:

a) Que el delito esté sancionado con una pena conminada no superior a tres años de
pena privativa de libertad o con multa; o con prestación de servicios a la comunidad o
limitación de días libres que no excedan a 90 jornadas semanales; o con inhabilitación
no superior a dos años.

Cabe anotar que la reserva del fallo condenatorio también es aplicable en caso de penas
conjuntas o alternativas, siempre que tales sanciones se adecúen a los marcos
cualitativos y cuantitativos antes mencionados.

b) Que el Juez en atención a las circunstancias del hecho y a la personalidad del agente,
asuma un pronóstico favorable de conducta futura del imputado.

Como en el caso de la suspensión condicional de la pena, la Reserva del Fallo es una


medida de uso facultativo para el Juez. El, por consiguiente, al aplicar la medida debe
estar convencido que en el caso concreto, por razones de prevención especial, no es
necesario condenar al procesado, pese a que en el proceso se ha acreditado su
culpabilidad. Lo cual, por lo demás, como señala PEÑA CABRERA, debe quedar
debidamente motivado en la sentencia (Raúl Peña Cabrera. Ob. cit., p. 550).

Tanto el plazo del período de prueba como el catálogo de reglas de conducta que
pueden imponerse al sentenciado, son similares a los que el Código Penal contemplaba
para la suspensión de la ejecución de la pena. Esto esa) El plazo de prueba puede
extenderse entre uno y tres años. Pero en caso de infracción de las reglas de conducta,
él puede prorrogarse hasta por tres años más.

b) Las reglas de conducta deben adecuarse a los fines de rehabilitación del procesado.
El Juez puede adicionar otras reglas de conducta distintas de aquellas que se definen
en el artículo 64º, si resultan convenientes para el delincuente y no afectan su dignidad
personal. Asimismo, es posible considerar como regla de conducta el cumplimiento
del pago de la reparación civil.

32
c) El incumplimiento reiterado de las reglas de conducta motiva una sanción. En este
supuesto el Juez puede disponer la amonestación del sentenciado, la prórroga del plazo
de prueba o la revocatoria de la reserva.

La revocatoria de la reserva del fallo condenatorio también procede, si el agente


comete nuevo delito doloso durante el período de prueba (Art. 66º). Sin embargo, la
ley considera dos supuestos: Primero, la revocatoria será facultativa cuando por el
nuevo delito cometido se imponga pena privativa de libertad superior a tres años. Y,
segundo, la revocatoria será obligatoria si el nuevo delito cometido por el sentenciado
tiene pena conminada superior a tres años.

No resulta coherente la distinción que hace el legislador. Hubiera sido preferible


mantener la revocatoria, condicionada únicamente a la extensión de la pena impuesta
en la nueva condena, ya que vincular aquella con la sanción conminada, podría suscitar
situaciones no equitativas. Por ejemplo, que en la comisión del nuevo delito puedan
concurrir circunstancias atenuantes que afecten el mínimo de la pena legal y que, en
consecuencia, la condena sólo imponga para el nuevo hecho punible una sanción
inferior a tres años de pena privativa de libertad. Lo que sería posible de mediar una
legítima defensa imperfecta o tratándose de un agente de imputabilidad restringida
(Cfr. Art. 21º del Código Penal).

Ahora bien, la Reserva del Fallo Condenatorio ha tenido una tímida acogida en la
Magistratura Penal nacional. Por fuerza de la costumbre y falta de información, esta
importante medida alternativa fue inicialmente relegada por la aplicación de la
suspensión de la ejecución de la pena. No obstante, con el transcurso del tiempo su
utilización jurisdiccional se ha hecho más frecuente, sobre todo en delitos como la
usurpación de inmuebles, la violación de la libertad de trabajo, el abuso de autoridad
innominado, la receptación simple, y en las faltas.

La reforma penal española abandonó la suspensión del fallo desde el Borrador de 1991.
Para un amplio sector de la doctrina hispana ello fue una decisión acertada. Sobre todo
en consideración a los trastornos e incongruencias procesales, que dicha medida podía
suscitar y que han sido expuestos en detalle por varios autores como MAQUEDA
ABREGU, DE SOLA DUEÑAS y VALMAÑA OCHAITA (Cfr. Silvia Valmaña

33
Ochaíta. Ob. cit., p. 39 y ss.). En todo caso, algunos proyectos posteriores como el de
1992 procuraron reunir en la Suspensión de la Ejecución de la Pena, algunas ventajas
de la suspensión del fallo como han mencionado CEREZO MIR y DE LA CUESTA
ARZAMENDI (Cfr. José Cerezo Mir. Consideraciones Político-Criminales sobre el
Proyecto de Código Penal de 1992. U. de Zaragoza. 993, p. 33; José Luis De La Cuesta
Arzamendi. Ob. cit., p. 339 y ss).

En el derecho penal comparado, encontramos un régimen similar a la Reserva del Fallo


Condenatorio en el Código Penal de Portugal y al que se denomina "Régimen de
Prueba" (Art. 53º a 58º). Según este modelo, cabe aplicar un régimen de prueba cuando
el procesado es culpable de un delito sancionado con pena de prisión no superior a tres
años y si la suspensión de la ejecución de la pena no se muestra adecuada "para su
recuperación social". Durante el período de prueba que puede tener una extensión,
como en el caso peruano, entre uno y tres años, el sentenciado recibe la supervisión-
colaboración de un trabajador social.

3.6. La exención de pena

Esta medida alternativa se relaciona con los criterios generales del llamado perdón
judicial. Esto es, con la facultad conferida por la ley al órgano jurisdiccional para
dispensar de toda sanción al autor de un hecho delictivo.

El fundamento de la exención de pena resulta de consideraciones de prevención


especial y de oportunidad o merecimiento de pena. De modo tal, que en atención a las
circunstancias del hecho punible, a las condiciones personales del autor o partícipe, o
a la naturaleza de los bienes jurídicos afectados, la respuesta punitiva aparece en el
caso concreto como innecesaria o desproporcionada.

En términos concretos la medida que analizamos puede definirse como una condena
sin pena. Ella implica, por tanto, una declaración de culpabilidad pero además una
renuncia del Estado, a través del Juez, a sancionar el delito cometido. En el derecho
extranjero existe singular predilección por los procedimientos de renuncia a la pena.
En ese sentido, el artículo 169º del Código Penal Italiano autoriza al Juez a perdonar
la pena, declarándola extinguida, si el autor del delito es menor de dieciocho años y

34
siempre que la pena que correspondería aplicarle no exceda a dos años de pena
privativa de libertad. Por su parte, el Código Penal Alemán, en su artículo 60º, permite
renunciar a la pena cuando la sanción a imponer es inferior a un año de pena privativa
de libertad y las consecuencias del hecho ilícito han afectado de modo relevante a su
autor. Pero además el legislador germano exige que la decisión de dispensar la sanción
no produzca riesgos a la defensa del orden jurídico, vale decir, que ella no afecte
criterios de prevención general.

En Latinoamérica cabe referirse al artículo 64º del Código Penal Boliviano que regula
el perdón judicial. En lo esencial la medida sólo puede aplicarse cuando el agente es
primario, si el delito cometido no tiene pena conminada mayor de un año de pena
privativa de libertad, y siempre que pueda deducirse de la levedad del hecho o de los
motivos que impulsaron a su autor, que éste no volverá a cometer nuevo ilícito. El
Código Penal Boliviano, además, establece que el perdón judicial no afecta el pago de
la reparación civil (Art. 65º).

El Código Penal Peruano se ocupa de la exención de pena en el artículo 68º. Este


dispositivo tuvo por fuente legislativa extranjera al artículo 75.I del Código Penal
Portugués de 1982. Su incorporación en el proceso de reforma tuvo lugar a través del
Proyecto de Código Penal de setiembre de 1989 ( Art. 71º).

En cuanto a la denominación dada por el legislador nacional ella resulta equívoca y


poco afortunada, en la medida que con el término exención de pena se designan
también en el Código Penal supuestos diferentes a los que contempla el artículo 68º.
Ello ocurre, por ejemplo, en el caso de los artículos 178º ( exención de pena por
subsiguiente matrimonio del autor con la víctima de un delito contra la libertad sexual)
ó 406º ( exención de pena en caso de encubrimiento real o personal). Algo similar
resulta de las normas sobre derecho penal premial que contemplan la Ley 25499 (Art.
1º, II) y el Decreto Legislativo 824 (Art. 19º, a) que también consideran una "exención
de pena" para "los arrepentidos" involucrados en actos de terrorismo o tráfico ilícito
de drogas. Por consiguiente, quizás hubiera sido preferible designar a éste sustitutivo
penal con otra nomenclatura, como dispensa de pena o renuncia de pena, tal como
ocurre en el derecho comparado.

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La legislación peruana establece dos requisitos para la procedencia de la exención de
pena. Uno, cualitativo, está en función del tipo de pena conminada en la ley para el
delito cometido. Y el otro, valorativo, toma en cuenta el grado de culpabilidad del
autor o partícipe.

El primer requisito señala que la medida es procedente si la pena prevista para el delito
cometido es privativa de libertad no mayor de dos años o se trata de pena de multa o
de pena limitativa de derechos.

El segundo requisito alude a que la culpabilidad del agente sea mínima. Este criterio
no ha sido desarrollado por el legislador. Tampoco la doctrina y la jurisprudencia
nacionales han estructurado sobre el particular criterios de interpretación uniforme. En
tal sentido, cabe sostener de lege data algunas consideraciones al respecto. En
principio, es de afirmar que la ley toma en cuenta la culpabilidad concreta y personal
del autor o partícipe, por lo que ella se mide en función de la presencia de
circunstancias que aminoren su intensidad como lo son la imputabilidad relativa, la
concurrencia de un error de prohibición vencible o de un error de comprensión
culturalmente condicionado vencible, o la producción de un estado de necesidad
exculpante imperfecto o de un miedo que en el contexto aparezca como superable.
Ahora bien, por extensión se asume también la posibilidad de una menor culpabilidad
en el caso del cómplice secundario.

Si bien el Código Penal a diferencia del precitado texto boliviano no alude a los efectos
de la exención de pena sobre la reparación civil, resulta fácil inferir que su concesión
no excluye el señalamiento de responsabilidades indemnizatorias, puesto que éstas son
exigibles desde la producción de un hecho antijurídico. Por tanto, el Juez debe fijar en
la sentencia la reparación civil que corresponda.

Por último, es de señalar que la sentencia condenatoria donde se aplique la exención


de pena no debe ser inscrita en el Registro Judicial. La razón de ello deriva de la propia
función que corresponde a la inscripción, cual es dar testimonio de la pena impuesta
al condenado (En ese sentido también: Felipe Villavicencio T. Código Penal. Cultural
Cuzco S.A. Editores. Lima. 1992, p. 238)

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BIBLIOGRAFÍA

Víctor Roberto Prado Saldarriaga

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