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¿Al final todo queda en un lío de faldas?

H. Orlando Carmona Sánchez


La mal llamada ideología de género puede resultar, en ocasiones, más un peligro
que una solución, en especial si no se le comprende en toda su dimensión. Lo
anterior ocurre cuando los operadores y ejecutores de la política tienen una visión
sesgada o poco versada sobre las consecuencias de una decisión, esto en cualquier
ámbito del ejercicio de la cosa pública, pero llama nuestra atención que las
cuestiones de género no tengan un impacto más allá de ser meros paliativos
intrascendentes.
En días pasados, la Ciudad de México ha estado en el ojo del huracán al permitir el
llamado uniforme neutro, es decir, que los estudiantes puedan elegir si usan falda o
pantalón, sin importar su sexo. Esto podría significar, para muchos, un gran acierto,
en especial si pensamos que puede significar un severo golpe a los estereotipos de
género.
Inclusive, si nos pusiéramos optimistas podríamos decir: “está perfecto, es un primer
paso, que bueno que se hizo porque así ya avanzamos en cuestiones de género”.
Mutatis mutandis, si este paso lo consideramos como una metáfora del avance en
términos de género y suponiendo que este sea un gran primer paso, bien podríamos
mostrarnos un poco más pesimistas al decir que un paso no nos garantiza que
podamos ganar la maratón de Boston, o peor aún, qué tipo de paso he dado para
que esto me garantice un éxito.
En ese sentido, cómo es que llegamos a pensar que el uso de un pedazo de tela,
convertido en falda o en pantalón, pueda resultar significativo para abatir la brecha
de desigualdad y discriminación que sigue imperando en los contextos educativos
y en los diferentes ámbitos de la sociedad.
Si intentamos resolver esto, algunas problemáticas nos pueden servir como inicio
para un debate aún mayor:
En primer lugar, es menester sostener que la supuesta “ideología de género” debe
dejar de verse como un aparato que se impone para hacer un cambio sustancial en
la realidad; para ello deberíamos decir que no es una ideología en el mismo sentido
que el marxismo, que el capitalismo o que el nazismo son una ideología. Sino que
esta vertiente, es una perspectiva que intenta hacer ver un problema mayor, el tema
de los derechos humanos, que por sí mismo quizás podríamos nombrar como
ideología.
En este sentido, más allá de preguntarnos si la ideología de los derechos humanos
es lo mejor que tenemos o no, es importante comprender que lo que se trata es de
pensar no en términos puramente ideológicos, sino que los temas de género son
más bien asunto de perspectiva, lo cual mostraría que al interior de las mismas
propuestas teóricas habría diversas ideologías permeándolas, como el eco-
feminismo, neofeminismos, etcétera. Entonces, aquí tendríamos que no hay una
sola perspectiva o visión de género, sino que esta dependerá de un determinado
sistema de pensamiento; haciendo aún más complejo su entendimiento.
Lo cierto es que el estado pareciera que no profundiza en estas cuestiones y todo
lo reduce a una dualidad entre sexo y género (pero esto quizás valga la pena
discutirlo en otro espacio) o en cursos y talleres que polarizan los discursos y en
ocasiones terminan por radicalizarlos, en lugar de buscar una conciliación entre las
partes, entre los actores sociales.
En segundo lugar, si consideramos esta miopía, también valdría la pena cuestionar
que esta decisión política-social, no considera el término coeducación, el cual ya de
por sí es problemático, puesto que puede tener múltiples vertientes que van desde
la perspectiva de género y todo lo relacionado con la educación, hasta un paradigma
de derechos humanos que debe englobar un espectro más amplio como lo puede
ser la educación especial.
En ese sentido, si atendemos el primer aspecto, se puede argumentar que la
coeducación debe velar por implementar medidas que tengan un impacto en el
desarrollo de los educandos en cuestiones de género. Por lo que el uso de un
uniforme neutro no es una solución viable, si no se atienden cuestiones más
imperantes que si afectan en la formación de los estudiantes, para muestra
pensemos en el uso de los espacios de recreo, en donde los roles de las mujeres
pueden seguirse ciñendo al estar alrededor de un patio, en donde el centro es para
los hombres; o peor aún, si los estereotipos de género de los maestros, los alumnos
o los directivos impiden el proceso de enseñanza aprendizaje. Por tanto, el uso de
un trapo, en la forma que sea, no resolvería estos problemas reales.
Así mismo, el ser permisivos con el uso de un uniforme neutro podría tener un
impacto en temas como el bullying o la discriminación hacia los compañeros que
decidan utilizarlos, cuestión que agravaría las cosas, ya que en múltiples ocasiones
no se hace nada en casos de acoso escolar; por lo que la cuestión no sólo no
cambiaría, sino que podrían empeorar.
Por último, en una sociedad tan cerrada como la nuestra, tomar una decisión tan
abrupta iría en contra de la sensibilización propuesta por la teoría de género, puesto
que esa decisión lleva a un rechazo por parte de quienes pudieran ser más
conservadores, generando una negación hacia la misma perspectiva de género.
Impidiendo con ello lograr nuevos cambios más significativos.
En resumen, sin el afán de sonar conservadores o retrógradas, podemos decir que
esta decisión no sólo se terminará por convertir más en un obstáculo que en una
propuesta tangible. Es decir, quizás tomar decisiones apresuradas, sin mirar todas
las posibilidades puedan ser un obstáculo más que un apoyo real a las cuestiones
de género.
Entonces, dejemos una última cuestión para la reflexión de todos los lectores:
¿Cómo evitar que la perspectiva de género se convierta en un mero lío de faldas?