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Qué es filosofía?

Para Kant la filosofía es el acto de filosofar y, por lo mismo, se aprende filosofía filosofando:
Sólo se puede aprender a filosofar, es decir, a ejercitar el talento de la razón siguiendo sus
principios generales en ciertos ensayos existentes, pero siempre salvando el derecho de la razón
a examinar esos principios en sus propias fuentes y a refrendarlos o rechazarlos.

Para Hegel, en cambio, la filosofía exige un contenido sobre el que poder ejercitarse: no se ha
de instruir tanto en el contenido de la filosofía, cuanto se ha de procurar aprender a filosofar
sin contenido.

Gustavo Bueno: La disciplina filosófica instituida, no podría menos de apoyarse sobre las mismas
disciplinas del presente, para lo cual será preciso tener con ellas el mayor contacto posible, a fin
de regresar críticamente hacia las Ideas que atraviesan sus campos respectivos, preocupándose
por seguir el sistema de esas mismas ideas.

La filosofía, como saber, goza de múltiples perspectivas. Precisamente, este es su rasgo más
característico. Aunque la filosofía trata con ideas, no es una ideología, es un saber crítico, un
saber que busca cuestionar siempre sus propios fundamentos, no asumir un supuesto
inamovible e incuestionable. La filosofía es crítica de las ideologías.

El saber filosófico puede verse como uno que siempre busca nuevas verdades, siguiendo
métodos racionales y críticos.

En relación estrecha con otros saberes (ciencias, artes, tecnologías, etc.), el saber filosófico
busca sostener lo más íntimamente humano: la capacidad de sorpresa, extrañamiento,
búsqueda sin término, apuesta por nuevos horizontes para el saber.

La filosofía realiza su tarea crítica –término derivado del griego critein: razonar, cuestionar,
indagar–. Y esta tarea crítica deviene central en el curso de los saberes, pues posibilita nada
más y nada menos que nuevos comienzos, es decir, situar problemas antiguos bajo nueva lupa.

Sostener preguntas de modo razonado, abocarse a una actitud crítica respecto al mundo y sus
saberes, buscar la verdad sin descanso (búsqueda sin término, como decía Popper) sobre la
base de una actitud de discusión argumentada, son rasgos esenciales de la tarea filosófica. Y, en
este sentido, hay que darle la razón a Kant: se aprende filosofía al filosofar.

La tarea crítica de la filosofía requiere precisamente el arte de mantener la pregunta viva. Los
interrogantes filosóficos han de estar fundamentados. Pero, al mismo tiempo, se destaca en
la filosofía su vocación de totalidad, su apuesta por integrar saberes, sumarlos y analizar las
fracturas que entre ellos existen, así como de contemplar lo existente bajo una distancia de
carácter teórico, aunque también práctico. Esto es, la filosofía tiene vocación de transformar,
de cambiar, de hacer mejorar los estados del mundo y el ser humano. Por esto es un saber
humanístico, en el sentido incluso renacentista: aspira a no reducirse a un saber genitivo, que
depende solo de otros saberes, sino que, sin incurrir en el estático dogmatismo de la ideología,
se aventura en una suerte de pasión por la totalidad.

Los clásicos sostenían que el saber racional busca razones o causas. Las ciencias, en cuanto
saberes racionales que sin duda son, buscan causas. Para que exista ciencia, tiene que haber
delimitación de un objeto de estudio.

Las ciencias son tanto más firmes y fuertes cuanto más limitado es su campo. Ya el proyecto
kantiano, como habremos de ver, lo expuso: la ciencia funciona dentro de los límites de la
razón, allí donde la razón humana se apoya en la experiencia. En cambio, la filosofía brota de
la naturaleza misma de la razón: en su ansia de preguntas y respuestas, de nuevas preguntas y
nuevas respuestas, excede los límites de la experiencia. Una cosa es conocer –dentro de los
límites de la experiencia– y otra cosa es pensar: sobreponerse a estos límites. La filosofía aspira,
decían los clásicos, a las primeras causas. Con Kant podemos avizorar: aspira a comprender las
condiciones de posibilidad del conocer, del ser, del hacer, etcétera, a adentrarse en la esencia
íntima y última de la realidad; una esencia que, por lo demás, siempre quedará ignota.

En cuanto teoría, la visión filosófica supone una actitud crítica que se asocia a la dinámica
misma de la razón: hacer una suspensión, un alto en el camino para sobreponerse a la
inmediatez y poder así vislumbrar el bosque en su conjunto y no solo los árboles.

Todas las perspectivas de lo real son ciertas en tanto no busquen convertirse en únicas. La
filosofía sería una suerte de arte que garantiza la pluralidad de visiones del mundo desde el
ámbito propio de cada una de ellas. Toda vez que la ciencia misma, por más racional que sea, se
aventura a sustituir al todo, a convertirse en una visión total y última de lo real, se convierte en
ideología: cientificismo. La tarea combativa de la filosofía estriba aquí en sostener la llama de
la duda, apostando por resguardar la totalidad de cierres y clausuras ideológicas, dogmáticas,
etcétera.

A diferencia del saber vulgar, la filosofía busca sistematicidad. Distante de la ideología,


cuestiona certezas. Con la ciencia comparte sus modos racionales, pero se aleja en el cierre
respecto a un fragmento acotado de la realidad que la ciencia supone.

Diversos son los modos de comprender las ramas de la filosofía. Por ejemplo, para Costa y
Divenosa (2004):

Ética: encargada del análisis de la conducta moral.

Antropología filosófica: busca esclarecer la esencia de lo humano.

Gnoseología: análisis del conocimiento.

Metafísica: análisis de la estructura de la realidad.

Estética: análisis de las formas de belleza.

Lógica: análisis del razonamiento.

Pero también, según el saber del que aquella se ocupe de modo genitivo, podemos hablar de
filosofía política, filosofía del lenguaje, filosofía de las ciencias, filosofía de la educación,
etcétera.

Oliveira (2015) ofrece otra división:

Filosofía real o natural, que se divide en filosofía de la naturaleza (cosmología y psicología


racional) y metafísica (ontología o doctrina del ser y gnoseología o doctrina del conocer).

Filosofía moral, dividida en ética, filosofía del derecho y filosofía social.

Filosofía racional, que contiene a la lógica.

Antropología, estética, filosofía del arte, filosofía de la ciencia, etcétera.

Si bien hay cierta convención sobre el uso de términos no cabe duda de que lo que define a la
filosofía como saber son rasgos como vocación de totalidad y universalidad, actitud
interrogante, búsqueda más que conclusión, saber crítico o fundamentación argumentativa y
racional. Los múltiples sistemas, corrientes, tradiciones y filósofos comparten, en la riqueza de
su diversidad, modos de proceder y caminos del filosofar, aunque distintos, con rasgos como
los enumerados.

Los primeros filósofos


Se considera que la explicación racional de los fenómenos naturales sustituye a la mitológica o,
mejor dicho, compite con ella durante un amplio periodo de la historia.

El nacimiento de la filosofía supuso el tránsito del mito al logos: de explicaciones basadas en


consideraciones mitológicas a explicaciones que depuran los actos voluntarios buscando leyes
que permitan entender la necesidad de los fenómenos.

El universo deja así de ser visto como un espacio de sucesos caóticos que están al albur de las
voluntades humanas y divinas, para pasar a ser visto en función de términos y relaciones entre
los que se instituyen reglas de carácter lógico con cierta determinación empírica (observación).

De lo que no cabe duda es de que su reflexión cosmológica –que busca el logos, la estructura
racional de la fhysis, naturaleza, convertir a la naturaleza en cosmos (orden)– inaugura un
periodo del pensamiento humano en pugna con la explicación mitológica. Sin prejuicio de que
los mitos y la actitud mitológica subsistan, incluso en nuestros días, la explicación racional
depura contenidos mitológicos.
Los filósofos presocráticos suelen agruparse en escuelas. En común estos filósofos llamados
presocráticos buscaban el principio la naturaleza; principio que había sido el origen, pero a su vez
subsistía como razón organizadora de todo lo existente. La meditación presocrática es así una
meditación sobre los principios que operan para organizar el cosmos (la totalidad de lo existente)
siguiendo reglas lógicas.
De este modo, mediante procesos de carácter lógico y con cierta observación en el mundo
circundante, los presocráticos explicaban todos los fenómenos: el origen del universo (cosmogonía),
de los seres vivos (zoogonía), de los fenómenos astronómicos (eclipses) y meteorológicos
(terremotos, maremotos, etc.), apelando a reglas que permitían entender cómo se combinaban o
separaban los distintos elementos.

Casi todos utilizaban un lenguaje mitológico, pero con otro sentido. También apelaban al lenguaje
matematizante, como Pitágoras de Samos (569-475 a. C.), para quien el universo poseía una música
que resultaba de la combinación numérica y todo lo existente emergía mediante la combinación
numérica.
Otros llegaron a postular entidades inobservables, como los átomos, combinadas según reglas de
movimiento y del azar como explicación de todo lo existente, como Leucipo (siglo V a. C., se
desconocen fechas ciertas) o Demócrito (460-370 a. C.).

Muchos buscaron el principio (arché) de la naturaleza en un principio material. Así:


• Tales de Mileto (624-546 a. C.) consideró que el agua era tal principio que explicaba el
universo.
• Anaxímenes de Mileto (585-524 a. C.) supuso que era el aire el principio que explicaba el
universo.
• Heráclito de Éfeso (544-484 a. C.) pensó en el fuego como principio que explicaba el
universo.

Otros, como Anaximandro de Mileto (610-545 a. C.), construyeron una reflexión más abstracta que
partía de una mezcla indefinida (apeiron) e infinita de la que iban emergiendo los elementos y,
mediante procesos lógicos de combinación o separación de estos, todo lo existente.

Anaxágoras de Clazomene (500-428 a. C.) apeló a unos átomos lógicos (las homeomerías) que se
combinaban siguiendo las leyes de una inteligencia ordenadora (nous) de carácter natural y físico,
no antropomorfizada.

Empédocles de Agrigento (495-455 a. C.) también apelaba a principios materiales situando los
cuatro elementos –aire, tierra, fuego y agua– en combinaciones mediante relaciones de amor u odio
como origen de lo existente.

Los atomistas (Demócrito y Leucipo) apelaron a los átomos y sus leyes de movimiento para explicar
el universo. Los pitagóricos –seguidores de Pitágoras de Samos (569-475 a. C.)– refinaron la
explicación matemática.

La visión que estos filósofos tenían era variada y múltiple. Algunos, como Tales, llegaron a ser
considerados parte de los siete sabios –lista de personas que habían sido destacadas por sus
funciones políticas, sociales, etc.–, como referentes para la antigüedad.
Específicamente en Grecia, alrededor del siglo VI a. C. arranca una especial manera de comprender
el universo que subsiste hasta nuestros días y que, probablemente, sea tan inmortal como el ser
humano mismo. Algunos historiadores, consideran que factores geopolíticos propiciaron este
nacimiento griego de la filosofía y de la ciencia: el hecho de ocupar una región de intersección entre
Oriente, Occidente y civilizaciones como la egipcia y de tratarse de una civilización que estaba en
constante contacto con otros pueblos, favoreció un clima cultural que auspició la libertad de
especulación.

A Heráclito se le atribuye una concepción dinámica de la realidad, signada por el cambio


permanente: todo cambia, todo fluye, al modo de la corriente en el río, razón por la que nunca nos
metemos dos veces en el mismo río.

En cambio, para Parménides el ser es estático, inmutable, incorruptible (no tiene partes), perfecto.
Parménides llega a esta idea en un poema que describe cómo se le presentó una diosa y le ofrece
dos caminos (métodos): uno que conduce al no-ser, a la apariencia, y otro que lleva hacia el ser, la
verdad. Está aquí en germen la distinción platónica entre un mundo de lo cambiante (del no ser),
que atestiguamos mediante los sentidos y la opinión, y un mundo del saber (episteme), que nos
conduce hacia el ser de las cosas.

Los sofistas y Sócrates


En el siglo V a. C. irrumpe un movimiento filosófico en el mundo antiguo que condicionará el
desarrollo posterior de la filosofía: el movimiento de los sofistas. Este es esencial en el
desenvolvimiento de la paideía (formación, educación en un sentido amplio) del mundo antiguo:

En la época de los presocráticos la función de guía de la educación nacional se hallaba reservada,


sin disputa, a los poetas, a los cuales se asociaban el legislador y el hombre de estado. Por primera
vez con los sofistas: Se separan netamente de los filósofos de la naturaleza y de los ontólogos del
periodo primitivo.

Con los sofistas la filosofía conoce un giro antropológico: la reflexión se vuelve desde la
consideración de la naturaleza hacia la del ser humano. A su vez los sofistas generarán una agenda
de contenidos filosóficos, políticos y éticos que marcarán la reflexión de los grandes filósofos
clásicos.

Los sofistas

Los sofistas son los primeros en utilizar técnicas pedagógicas en sus clases. Iban de ciudad en ciudad
impartiendo sus enseñanzas en diversas materias: cálculo, geometría, astronomía, música,
gramática y retórica. De ahí su nombre: “expertos en cosas sabias”.

Ellos están muy ligados a los procesos de democratización que vive el mundo heleno desde los siglos
VI a. C. en adelante. La vida cívica se volvía más exigente: alcanzar los más altos honores exigía
comportarse con acierto euboulía (saber aconsejarse bien). La utilidad práctica de sus enseñanzas
permitía a los sofistas cobrar por sus cursos y conferencias.
Dado su carácter viajero –iban de ciudad en ciudad–, al enfrentarse a diversas costumbres, leyes
(nomos) y cosmovisiones, los sofistas desarrollaron ideas relativistas. Precisamente, frente a este se
levanta la reflexión socrática y platónica:

A Protágoras de Abdera (481-411 a. C.) se le atribuye la doctrina relativista según la cual la verdad
ha de valorarse conforme a la medida del ser humano.

Esta concepción tiene dos grandes acepciones. Si tomamos hombre en el sentido colectivo (ser
humano, tribu, etc.), estamos ante una suerte de relativismo cultural. Sin embargo, si tomamos
hombre en el sentido individual, estaríamos ante una visión de tipo subjetivista. En cualquiera de
los dos casos, el relativismo de Protágoras es expresión de la exigencia cívica de deconstrucción de
las verdades cosmológicas y morales que sustentaban el orden social antiguo, y está, por lo mismo,
en consonancia con los nuevos ideales democráticos.

Gorgias de Leontini (483-395 a. C. aprox.), contra quien Platón dirige su diálogo Gorgias, profundiza
el relativismo haciéndolo coincidir con posiciones escépticas. Mientras Protágoras señalaba que la
realidad objetiva era “medida” conforme a escala humana, Gorgias (Filóstrato, 1982; De Romilly,
1997) asevera que se puede mostrar la inexistencia de toda realidad, pues, además, aunque
pudiéramos demostrar que algo existe, no podríamos decirlo o comunicarlo. Gorgias sitúa, pues, el
problema del lenguaje en el centro de la indagación y el modo de relacionarse con el mundo del ser
humano.

Los sofistas son el fruto de su tiempo, pero también un modelo de pensamiento para las incipientes
democracias griegas (Jaeger, 2001; De Romilly, 1997). El relativismo de sus posiciones y el desarrollo
de las artes argumentativas son clave para entender los procesos de transformación sociocultural
que vive el mundo heleno.

Sócrates

Sócrates de Atenas (469-399 a. C.) marca una revolución total en la historia del pensamiento. En
cuanto modelo precisamente del pensar (Arendt, 2002; 2007), entendido como reducción de
disonancia cognitiva, de reducción de incoherencias, la gran revolución socrática es el
descubrimiento de la subjetividad humana. Sócrates se convierte en el educador por excelencia
(Jaeger, 2001). Como no escribió nada, conocemos su pensamiento en la visión que de él tienen
Platón, Jenofonte, Antístenes y otros autores.

Más allá de las diversas semblanzas –algunas irónicas– sobre su figura, la preocupación fundamental
de Sócrates es la recomposición del lenguaje moral (MacIntyre, 2006). La vida de la polis y la propia
vida interior del sujeto exigen indagación sobre los términos morales de modo tal que, en sus
reflexiones, se encaminaban siempre a sostener posiciones de intelectualismo moral. Para tal
posición el mal no es sino fruto de la ignorancia humana.

En Sócrates el saber es fundamentalmente saber ético (Bilbeny, 1998). Se trata, no obstante, de un


saber muy especial: no un saber de contenidos, sino un saber vinculado con el autoconocimiento y
con la responsabilidad de hacerse cargo del mundo en el que se vive. Con Sócrates se descubre la
verdad fundamental de la moralidad humana, al sostenerse en su sentencia: es mayor mal cometer
una injusticia que padecerla (Arendt, 2007). La coherencia se convierte así en criterio y fuente de
conducta y conciencia.

Mayéutica

El proceder de Sócrates se apoya en una suerte de consideración pedagógica según la cual la fuente
del conocimiento reside en las propias competencias del razonamiento humano. De ahí que todo
conocer comienza por un acto de ironía: llevar los términos del adversario dialógico a extremos
contradictorios o grotescos para poner en evidencia de este modo lo problemático del concepto
(Bilbeny, 1998; Jaeger, 2001). Esta actitud de ironía permite así paralizar la secuencia discursiva para
adentrarse en la problematización y reconstrucción del sentido de los términos. He aquí la fuente
fundamental del dictum socrático: Solo sé que no sé nada.

Ahora bien, puesto que no hay expertos en virtud –no hay quien pueda determinar con total acierto
el sentido de los términos morales–, la apuesta socrática es ayudar a que cada persona involucrada
en el razonamiento dialógico pueda, desde sus propias competencias y conocimientos, alumbrar la
verdad. A este arte le llama mayéutica.

Sócrates admite este retrato y añade que el dios que le da fuerzas para ejercer de partera del saber
se las ha quitado para engendrar o traer al mundo una doctrina. Tiene su lógica. La dialéctica sirve
para deshacerse del saber establecido y descubrir por uno mismo, y hasta en uno mismo, la verdad.
El método socrático no enseña la verdad ni conduce a un conjunto de saberes específicos como final
de su trayectoria. El horizonte de la dialéctica es aporético, no dogmático: siembra la duda, no
doctrinas. (Bilbeny, 1998, p. 45).

“Conócete a ti mismo”

La máxima délfica es tomada por Sócrates para dar un giro a la problemática de la virtud (Jaeger,
2001; Bilbeny, 1998). La máxima no tiene aquí un sentido religioso: no te atribuyas prerrogativas
divinas. La virtud es conocimiento, pero un conocimiento que exige considerar las acciones y
pensamientos propios a la luz de la excelencia: alcanzar cualquier virtud exige como paso previo
conocerse a sí mismo.

Cuestionar el horizonte de sentido que envuelven los términos morales, ciertamente, pero siempre
buscando anclar un nuevo horizonte que permita la reconstrucción de estos. El saber moral no es
un saber de algo externo, de una normatividad ajena al sujeto, sino, al contrario, una expresión del
autoconocimiento. Conocerse a uno mismo como requisito para el conocimiento de la virtud para
cada uno.

El saber acerca del mundo ha de ser resignificado por el saber acerca de uno mismo, pero de modo
tal que en el proceso busquemos desenmascarar nuestros propios pre-juicios. El imperativo
(“conócete”) nos lleva a situarnos ante la exigencia de autolimitación del saber: ¿cómo podemos
aceptar lo que es bueno si no sabemos primero qué medida tenemos respecto del bien? De tal modo
es plenamente comprensible la figura moral de Sócrates como expresión del pensar: ese diálogo
silencioso del alma consigo misma (Arendt, 2007). Pensar es reducir la incoherencia propia, lo cual
exige buscar en los espacios públicos internos las fuentes de los propios errores.

El conocerse a sí mismo, el requisito, según se ve, del conocimiento moral, es autoconocimiento


moral también.

La época clásica: Platón y Aristóteles


Los siglos V y IV a. C. constituyen el periodo álgido de florecimiento de la cultura griega, de especial
brillo en la ciudad de Atenas. Esta época cristaliza estructuras político-democráticas (Pericles),
aunque con tensiones que hacen a Platón, entre otros, iniciar su periplo filosófico.

La condena a muerte de Sócrates (399 a. C.), su maestro amado, hizo a Platón desarrollar una visión
pesimista de la democracia, que se traduce en la figura del filósofo que ajustician en el mito de la
caverna.

Platón culmina su obra, entre otros diálogos, con Las leyes. En esta obra se muestra su escepticismo
sobre las reformas políticas, optando por combinar modificaciones legislativas con programas de
reforma social, pero tomando firme base en las costumbres establecidas.

La época clásica ateniense fue de máximo esplendor: en las artes (arquitectura, escultura y teatro),
en las ciencias y, por supuesto, en la filosofía. Pero conoció también las alteraciones políticas
internas y externas. La filosofía estuvo ahí pensando los problemas, indagando alternativas y
diseñando sistemas para generar cosmovisiones del mundo natural y humano.

la época clásica asiste al nacimiento de dos grandes sistemas de pensamiento: el de Platon y el de


Aristóteles. Entre ambos, pese a sus afinidades, emergen también diferencias que van a signar el
posterior curso del pensamiento filosófico.

Teoría del conocimiento y metafísica


En la morfología de los sistemas filosóficos, podemos contemplar como central el vínculo que en
estos se establece entre la teoría del conocimiento y la metafísica. El vínculo puede comprenderse
bajo la siguiente lógica: establecer lo real (y su contraparte, lo aparente) remite a considerar cómo
se conoce (y su contraparte, se confunde) tal realidad. Ciertamente, esta morfología tiene su
repercusión en la teoría ética o la política.
El modelo platónico es un modelo diferente al aristotélico. Así, mientras para Platón la realidad
son las ideas trascendentes, para Aristóteles la realidad es la sustancia de naturaleza individual. A
las ideas se accede mediante los “ojos del alma”, una suerte de intuición intelectual que va desde
las suposiciones o principios (causas) de las que se ocupa la ciencia hacia los primeros principios.

La sustancia, ciertamente, tiene componentes genéricos (ideas) que permiten comprender lo real,
pues es típico del entendimiento humano la comprensión de estas formas comunes o genéricas en
los entes singulares.

Platón. Reminiscencia: hacia el mundo de las ideas

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