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Universidad Iberoamericana

Jorge Chávez de Murga

Tesis

Koselleck, Plessner y Blumenber: de la antropología formal a la hipótesis de la


antropogénesis

13 de mayo de 2019
Estructura general de la tesis:

1. Koselleck y la Historik
a) Horizonte de expectativas y espacio de experiencia
b) Experiencia y acontecimiento
c) Antropología formal de la historia
d) Los pares antitéticos como condiciones de posibilidad de las historias

1.1 Epistemología e historia conceptual

a) La historia conceptual: palabra, representación, experiencia y


acontecimiento
b) Los conceptos
c) Diacronía y sincronía
d) Semántica política
e) ¿Por qué no basta con hacer una crítica de los usos de los conceptos
políticos?
f) Experiencia y contenido extralingüístico
g) Proceso de formación conceptual
h) Conceptos políticos fundamentales
2. Helmuth Plessner y la antropología política
a) Homo absconditus
b) Familiar/extraño
c) El concepto de posicionalidad

2.1 Rol social y naturaleza humana

3. Hans Blumenberg: antropología fenomenológica

a) Imagen originaria: la desnaturalización de la relación amigo/enemigo

b) Improbabilidad y riesgo existencial

3.1 Paradigmas para una metaforología

2
Horizonte de expectativas y espacio de experiencia

El objeto de indagación teórica sobre las condiciones de posibilidad de las historias


(Historik) tiene una doble relevancia. En primer lugar, permite mostrar los fundamentos
epistemológicos de la historia. En este sentido, Koselleck señala lo siguiente: “[las]
condiciones de posibilidad de la historia real son, a la vez, las de su conocimiento”1. El
objetivo de la Historik es, por consiguiente, generar un vínculo que logre rebasar el
espacio entre la fundamentación epistemológica de la historia y la práctica historiográfica.
Esta pretensión es visible en el trazado teórico de las dos categorías que para el autor
alemán permiten describir los modos temporales de existencia del ser humano: el espacio
de experiencia y el horizonte2 de expectativas. Estas categorías tematizan el tiempo
histórico y permiten desentrañar los movimientos y acciones de las diversas unidades
acción política. En un sentido epistemológico, expectativa y experiencia permiten
comprender los movimientos dentro de un margen tematizado y enriquecen a la
indagación histórica en la medida en que permiten acceder a la experiencia ajena, alejada
del sistema de creencias personal del historiador. La premisa base es la siguiente: de la
tensión entre el horizonte de expectativas y el espacio de experiencia se puede deducir el
tiempo histórico. Sin embargo, la expectativa y la experiencia, lo mismo que el recuerdo
y la esperanza, no son enteramente coordinantes, sino que tienen modos de ser
diferenciables.

Ahora bien, es necesario describir las diferencias entre experiencia y expectativa.


En primer lugar, la experiencia es definida por Koselleck como “un pasado presente,
cuyos acontecimientos han sido incorporados y pueden ser recordados” 3. Esta

1
Futuro pasado, 336
2
El horizonte es una metáfora utilizada de manera deliberada para tematizar el tiempo, pues
como señala Koselleck “el tiempo sólo se puede expresar en metáforas temporales” Futuro pasado, 339.
Así el horizonte como metáfora del tiempo se convierte en la base unificadora del concepto general de
expectativa. En palabras del propio Koselleck el Horizonte es “aquella línea tras la cual se abre en el
futuro un nuevo espacio de experiencia, aunque aún no se pueda contemplar” FP, 340. El horizonte como
metáfora permite mostrar la línea divisoria entre la tierra y el cielo, entre el mar y lo celeste, pero también
además de poder mostrar lo extraterrestre como parte del mismo campo de visión, muestra los límites de
la visibilidad en términos de posibilidad de prevención o esperanza. Tender hacia el horizonte puede
significar tanto la expectativa de un espacio posible de experiencia positivo como la catástrofe o la
heterotopía.
3
Futuro pasado, 338

3
configuración de la experiencia es la que tiene como premisa a la historie como
conocimiento de la experiencia ajena, pues hace posible incorporar a la memoria, al
recuerdo, como presencia, pero también, aunque no exclusivamente, como pasado. Así, la
temporalidad del acontecimiento es tanto ruptura o emergencia en el presente como
reincorporación o memoria.

En segundo lugar, la expectativa es, en palabras de Koselleck, “futuro hecho


presente, apunta al todavía-no, a lo no experimentado, a lo que sólo se puede descubrir”
En otras palabras, la expectativa, aun cuando tiene una tendencia a ir hacia el futuro, no
es exclusivamente conjugable de ese modo, al menos no necesariamente. La expectativa
configura elementos en el mundo de la vida, pues la expectativa, cuya condición abierta,
programada, desconocida, inexperimentada, imaginable o inimaginable, determina los
modos de acción ya sea como prevención, pasmo, anticipación, aceleración o demora.
Esta determinación sucede debido a que la expectativa marca la finalidad y la posibilidad
de las acciones en el horizonte de lo posible, nunca de lo necesario.

La experiencia y la expectativa no son deducibles una de otra, al menos no


totalmente. Experiencia y expectativa son dos categorías que permiten explicar, por su
tensión, el movimiento de la historia. El mundo de la vida, en su dimensión temporal, está
condicionado a permanecer en un estado de estabilidad o moverse a un estado de
alteración dependiendo de las relaciones y tensiones entre el espacio de experiencia y el
horizonte expectativas.

En segundo lugar, la relevancia del proyecto de las condiciones de posibilidad de


las historias es política. Para el historiador-filósofo alemán, con la llegada del progreso
como horizonte de expectativas arriban también una serie de cambios en los modos de la
experiencia y de la expectativa que generan una articulación diferenciada de la estructura
temporal respecto al mundo antiguo. La interpretación estructural de la modernidad de la
filosofía de la historia tiene la cualidad de poder comparar los cambios en el modo de
concebir y de experimentar la historia entre el mundo moderno y el mundo antiguo y, en
consecuencia, de mostrar las variaciones en la determinación de la experiencia. Con la
emergencia del progreso surge una apertura de futuro que opera bajo la doctrina de la
perfectibilidad.

4
Koselleck, luego de mostrar las funciones que surgen de la utilización de las
categorías temporales, escribe la siguiente sentencia sobre el resultado de la relación entre
la historia y la doctrina de la perfectibilidad: “[la historia se concibe] como proceso de
perfeccionamiento continuo y creciente que, a pesar de las continuas recaídas y rodeos,
debía ser planificado y ejecutado, finalmente, por los hombres”4. El proceso de
autoperfeccionamiento del hombre mediante la herramienta de la historia genera que la
antigua historia como historia magistra vitae pierda vigencia, pues la apertura del
proyecto como base legitimadora de la acción política invalida la recurrencia de los
acontecimientos y, en consecuencia, implosiona la ganancia de experiencia mediante la
enseñanza ejemplar. La posibilidad de transferencia de la experiencia, de su
comunicabilidad, en sentido transgeneracional se ve quebrada por este movimiento del
horizonte hacia el progreso. El motivo de esto es que hay una ruptura con el pasado, con
el modo de configuración del horizonte de expectativas sobre la base de la repetitividad.

El problema, a grandes rasgos, consiste en que la historia, luego del ascenso y la


caída de la disponibilidad de la Historia en el proyecto ilustrado, determina la
configuración del espacio de experiencia en relación con una dilatación del horizonte de
expectativas. El efecto principal de esta dilatación es la reducción del espacio de
experiencia, i.e., el reinado tiránico del futuro, cuyo síntoma principal es la aceleración
del tiempo y, por tanto, la imposibilidad de generar condiciones de repetición para darle
sentido a la historia.

Horizonte de expectativas y espacio de experiencia son dos categorías que favorecen


el rendimiento epistemológico de la historia en la medida en que son transhistóricas, son
el par por antonomasia para clasificar, tematizar, diagnosticar y describir, desde la historia
conceptual, la estructura temporal de la historia. Incluso cuando estas dos categorías son
la base temporal de una antropología que fundamenta las historias, no es suficiente con
describir los modos temporales de la experiencia, pues, aunque la estructura temporal
desempeña una función esencial para el mundo de la vida, estas categorías se quedan en
un nivel general de comprensión. Queda abierta, por consiguiente, la pregunta sobre la
relación entre las estructuras temporales y el acontecimiento.

4
Futuro pasado, 346

5
Experiencia y acontecimiento
Para Koselleck, la pregunta en torno a la experiencia siempre está dirigida a la
pregunta por la práctica historiográfica, aun cuando ésta, por sí misma, no pueda
resolver tales cuestiones. Por tal motivo, debe recurrir a una teoría que se eleve más allá
de la práctica historiográfica para dotarla de fundamento. En este sentido, sostiene que
los presupuestos de la narratividad de las historias es que surgen de las experiencias de
los participantes y de los afectados, tanto en un sentido propio como en un sentido ajeno.
La pregunta pasó de ser ¿cómo es posible la relación entre experiencia y narración
(representación)? Y se convirtió en una cuestión por el método y su relación con la
posibilidad de transformar mediante ese método las experiencias. En otras palabras, a la
pregunta sobre el método (cómo recoger o modificar esas experiencias) le antecede la
pregunta sobre la posibilidad de las historias. La razón de este giro radica justamente en
que la pregunta última no es ¿por qué hay narraciones y no otra cosa? Pregunta que
rozaría la ontología y que requeriría de otra clase de argumentos más cercanos a la
antropología especulativa. Más bien, la disertación gira en torno al centro de la
diferencia entre los tipos de narraciones y cómo escribir la historia de esas experiencias
de manera legítima. Así pues, la estrategia para poder sortear la relación con respecto al
método de recolección y transformación de las experiencias consiste en buscar el
elemento común a todas las narrativas, es decir, la temporalidad. La premisa guía de la
última investigación del historiador alemán es que toda adquisición o modificación de la
experiencia se despliega en el tiempo5.

Todas las experiencias se despliegan en el tiempo. Es por esta razón que señala que
“[t]oda experiencia tiene in nuce su propia historia.”6 No obstante, el modo de extensión
de esas historias cambia dependiendo el tipo de experiencia que busque significar. Para
Koselleck existen tres tipos de experiencias. La primera es la experiencia originaria que
es singular e irrepetible. Las modificaciones y determinaciones específicas de esta clase

5
Estratos del tiempo 50
6
Estratos del tiempo 50

6
experiencia consisten en que llegan de forma imprevista, sorpresiva, y marcan
claramente un antes y después. En palabras de Koselleck

[e]sa historia está contenida en la adquisición de conocimiento ocasionada por una


sorpresa en aquella diferencia temporal mínima entre el antes y el después o entre el
demasiado pronto y el demasiado tarde que constituyen retrospectivamente la
historia de una experiencia7.

La experiencia originaria tiene la cualidad de romper con el orden preestablecido en la


configuración vivencial de quien la padece. No obstante, el área de afectación que
produce el acontecimiento y sus efectos en la conciencia, en la medida en que el
acontecimiento no es experimentable sin el lenguaje, están limitados por las relaciones
lingüísticas que lo hicieron posible, que reflejan la experiencia incluso cuando ésta
cambie de modo significativo en quien la padece. Para dar cuenta de estos
acontecimientos es necesario que existan condiciones de iterabilidad tanto para mostrar
su imprevisibilidad, su emergencia o disrupción, como para generar inteligibilidad de su
posibilidad de repetición futura.

Esta clase de experiencia ofrece un conocimiento a quien la padece en la medida


en que marca un carácter irreversible: configura, estabiliza o modifica su itinerario vital.
El “espacio temporal mínimo de la primera adquisición de experiencia se extiende a los
periodos que configuran la vida, la modifican o estabilizan en el itinerario que va desde
el nacimiento hasta la muerte.”8 La actitud que se debe tomar frente a esta clase de
experiencias para comprenderlas es la del intento por referirlas a las experiencias y
vivencia previas. Así, la condición de la unidad de la historia y, por consiguiente, de la
acumulación de experiencias, radica en la posibilidad de repetición de esos sucesos.

Tener experiencia, en este contexto, tiene una doble significación. Por un lado,
significa la vivencia de la experiencia como algo sorpresivo, novedoso, imprevisible.
Por otro, significa ganar experiencia, es decir, poseer la capacidad de hacer frente a esa
imprevisibilidad, mediante la facultad comprensiva de que la posibilidad de repetición

7
Estratos del tiempo 50
8
Estratos del tiempo 51

7
de una experiencia sirve para adquirir la competencia para recogerse en un proceso de
acumulación, asentamiento y confirmación de las experiencias en una relación de
contraste entre unas y otras. Esta última consideración, defiende Koselleck, no es posible
sin un método que determine la posibilidad de su iteración.

Tener experiencia consiste en saber lo que se aproxima, en esperar lo próximo y,


cuanta mayor acumulación de experiencia, menor es la capacidad de asombro o
sorpresa. La historia, al menos en el sentido de la historia conceptual y en la disposición
teórica de la Histórica, es posible gracias a las rupturas de sentido y experiencia que se
derivan de la sorpresa de la experiencia de los acontecimientos. El énfasis en la
estructura temporal de la experiencia originaria como motor de acumulación en la
experiencia bien puede referirse al trabajo previo de Koselleck respecto al Sattelzeit o
Neuezeit. La estructura temporal del Sattelzeit responde adecuadamente a los criterios
implícitos de recopilación, ciencia y experiencia de la Histórica, inclusive cuando
Koselleck logra referirla a estados previos a la modernidad y a estructuras narrativas
antiguas como las historiográfias de Herodoto, Tucídides o Polibio, por mencionar a
algunos. Esta operación es posible porque Koselleck adopta una nueva estrategia
metodológica de análisis, esta es, la antropología formal.

Antropología formal de la historia

La posibilidad de dotar de unidad a las variaciones de la experiencia y dotar de


inteligibilidad a los sucesos originarios dependen en gran medida de las circunstancias
histórico-antropológicas que se manifiestan en la pregunta por el fundamento de la
narratividad de la experiencia. A esta búsqueda por las condiciones de posibilidad de las
experiencias originarias mediante procesos de acumulación y traducción con vistas a
formar un carácter unitario, Koselleck le llama antropología formal de la historia9. Esta
clase de antropología busca su justificación en el cambio de experiencia que sucede en el
desarrollo histórico. El indicador que permite visualizar que el cambio de experiencia
concreto con el que se trata es de esta clase es que busca sustentar la pregunta por los

9
Estratos del tiempo 62

8
fundamentos últimos que refuerzan lo único y sorprendente, que buscan señalar por qué
la experiencia es única, originaria10 y, que, al mismo tiempo, garantizan la posibilidad de
su repetición.

La posibilidad de repetición de las experiencias y los mecanismos que lo hacen


posible aparecen en diferentes instancias y contextos, es decir, son transhistóricas:

[s]ean los dioses o un fatum que gobierna sobre ellos (Herodoto o Polibio) o el
deseo humano de poder (Tucídides, Maquiavelo, Lord Acton) o la fortuna (Polibio,
Tácito, Otto von Fressing, Maquiavelo, Voltaire) o el Dios de los cristianos, al que
se reducen todas las anteriores explicaciones de la duración para remitir a la
continua reproducción de la finitud humana a la eternidad (san Agustín, Beda, Otto
von Freising); sean las fuerzas que actúan a largo plazo, como ideas o principios
(Herder, Humboldt, Ranke), potencias estables (Jacob Burhardt), condiciones de
producción, constantes jurídicas, determinantes económicos o institucionales o
movimientos coyunturales que se desarrollan por encima de los hombres (Ferguson,
Smith, Marx), o combinaciones modernas y elaboraciones teóricas de datos de
experiencia acumulada: metodológicamente siempre se trata de interpretar las
experiencias primarias de sorpresa única y novedad en orden a su posibilitación a
largo plazo11.

En esta cita puede verse ya la primacía de los conceptos respecto a otras unidades
semánticas de significación. La preferencia de los conceptos como materia de la historia
se debe, en este caso, a que poseen la función para articular la experiencia a largo plazo.
Esto quiere decir que los conceptos tienen la facultad de levantarse de su contexto de
enunciación específico y desbordarlo, ir más allá de él. Esta cualidad de los conceptos
permite argumentar que existe la posibilidad de comprensión mediante una acción
interpretativa de los modos históricos de configuración sistemática de la experiencia.
Koselleck encuentra que entre fatum, Dios, voluntad de poder, finitud, etc., existe una
tendencia metodológica que convierte a las experiencias originarias o sorpresivas en
experiencias con el poder de repetirse dentro de una estructura a largo plazo.

Ahora bien, la estructura que hace posible la significación de las experiencias


originarias, si el planteamiento de Koselleck es coherente, no podría depender de las
condiciones de la voluntad de cambio de los hombres, pues al mismo tiempo que la

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construcción de la estructura de los actores históricos y políticos dota de sentido a esas
experiencias, determina también el margen de acción imaginable. El enlace que sí sería
válido, sería señalar que a pesar de la voluntad de los actores y debido a la tendencia
antropológica por obtener conocimiento de la experiencia, los acontecimientos se narran
y esas narraciones de incrustan en una estructura que, por su misma tendencia a
perseverar, sólo pueden ser descritas en sentido histórico utilizando una metodología que
tienda hacia la unicidad y la acumulación.

En este sentido Koselleck señala lo siguiente: “[l]a experiencia acumulada y la


capacidad de procesar las experiencias únicas constituyen un patrimonio finito,
distendido entre el nacimiento y la muerte de un hombre, y que no puede extenderse
ilimitadamente ni sobrecargarse en exceso”12. La capacidad de procesamiento de un
evento, no puede darse en sentido aislado, por el contrario, es necesario que las
interrelaciones generacionales, de un mismo lapso de tiempo, estén dispuestas social y
políticamente de manera que encuentren un parecido entre sí. Esta cita interesa también
aquí porque permite mostrar la condición del límite temporal de la vida en tanto la
muerte se muestra como frontera irrebasable desde la experiencia singular, pero que
alcanza su pervivencia en la medida en que traspasa el contexto de una vida. La muerte
se muestra como una de las primeras condiciones antropológicas de la historia en el
sentido de que limitan el margen de acción posible y se muestra como el límite de toda
experiencia vivible. La finitud, el espacio entre nacimiento y muerte, hacen pues posible
la separación del lapso temporal posible en la historia y, por tanto, de la comunicabilidad
de la experiencia posible. Esto nos lleva a mostrar que el tiempo de la experiencia es
intergeneracional. Los lapsos de tiempo específicos de una generación están delimitados
por un hecho biológico: “toda vida individual está marcada por la diferencia temporal
entre los padres y los hijos”13. Esta cita muestra en primer lugar la diferencia respecto a
los acontecimientos, su experiencia originaria y la posibilidad de su transferencia. El
rasgo temporal que marca la diferencia entre generaciones es, tanto motivo de
transferencia como de distinción.

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10
Otro estrato de tiempo es el tiempo histórico que sobrepasa los límites
generacionales de experiencias históricas. Son, en palabras de Koselleck, “depósitos de
experiencias que estaban disponibles antes de las generaciones contemporáneas y que
seguirán actuando muy probablemente tras las generaciones contemporáneas”14. A esta
clase de experiencias le corresponden los fenómenos trascendentes. Los fenómenos
trascendentes son aquellos que logran rebasar lo cotidiano. En esta clase de fenómenos
se encuentran las verdades religiosas o metafísicas que tienen su fundamento en
expresiones que se modifican durante los siglos y que pueden ser referidas e invocadas
aun cuando no sean aceptadas por todos. La repetición de estas concepciones del mundo
es heredada y ocurre en un ritmo mucho más paulatino que los cambios que suceden en
el transcurso de las generaciones15.

Este tipo de trascendencia no necesariamente rompe con el principio inmanente de


las prácticas y actitudes sociales, pues su condición trascendental sólo puede ser
observada y comprendida mediante los efectos que tiene dentro del lenguaje y las
prácticas en un contexto determinado. Los principios antes señalados repercuten como
presupuestos fundamentales de las explicaciones posibles, son de larga duración,
repetitivos y cambian sólo de manera paulatina. La trascendencia en esta clase de
fenómenos no refiere, en consecuencia, a otra consideración que a la posibilidad de
rebasar los límites de las generaciones contemporáneas. La función de esta clase de
principios es que sirven como la condición sine qua non la experiencia podría
convertirse en ciencia, esto es, la tendencia a la unidad y la acumulación de las
experiencias.

La historia como proceso de acumulación de las experiencias singulares e


irrepetibles está contenida en sí como un germen en la relación de la diferencia temporal
entre el antes y el después y que sólo retrospectivamente conforman la historia16. La
ganancia de experiencia consiste en saber lo que viene o, en otras palabras, en esperar lo
que viene. La espera de lo que viene es tan determinante como la experiencia misma en

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11
la media en que el acontecimiento se inserta en una estructura que lo dota de
inteligibilidad. La relación antes/después y su recolección en un proceso de tiempo que
va de la sorpresa a la espera de la repetición, responde en último término a una visión
escatológica de la historia. No obstante, al mismo tiempo, esa visión de acumulación o
ganancia de experiencia es lo que permite sostener tanto una diagnosis como la
proyección de la posibilidad de la iteración de la emergencia del acontecimiento.

Hasta ahora he descrito las condiciones temporales de la experiencia. En lo que


sigue se mostrará cómo la antropología formal de historia, que Koselleck presenta como
condición meramente metodológica, tiene in nuce condiciones de repetitividad y, por
tanto, de inteligibilidad en sentido político.

Los pares antitéticos como condiciones de posibilidad de las historias

En Historia y Hermenéutica, una conferencia elaborada por Koselleck con el


motivo de honrar la trayectoria académica de Gadamer, el historiador alemán sostiene que
existen ciertas categorías de oposición que, debido a su raíz antropológica, permiten
mostrar mediante su tensión, su fricción, la activación de las historias. Estos ejes o
coordenadas, dentro de un nivel de generalidad suficiente, permiten mostrar las estructuras
generales y funcionan como un sismógrafo de las intensidades de los conflictos
específicos. En último término, la oposición entre estos pares antitéticos funge como
catalizador de historias posibles.

En la reflexión de Koselleck —después de pasar por la aldea heideggeriana de la


analítica existenciaria— podemos encontrar una tendencia especulativa por construir los
fundamentos de la historia sobre la base de categorías y premisas antropológicas17 que,

17 El historiador alemán tiende hacia ese campo de experimentación teórica debido a que está
preocupado por las condiciones temporales de la modernidad, consternación abiertamente política, y por
una preocupación epistémica. La primera de las preocupaciones es la que nos ocupa aquí. El problema, a
grandes rasgos, consiste en que la historia, luego del ascenso y la caída de la disponibilidad de la Historia
en el proyecto ilustrado, determina la configuración del espacio de experiencia en relación con una dilatación
del horizonte de expectativas. El efecto principal de esta dilatación es la reducción del espacio de
experiencia, i.e., el reino tiránico del futuro, cuyo síntoma principal es la aceleración del tiempo y, por tanto,
la imposibilidad de generar condiciones de repetición para darle sentido a la historia.

12
en jerga heideggeriana, mostrarían los modos de ser-ahí del Dasein. Koselleck rebasa el
planteamiento Heideggeriano en la medida en que asimila las pretensiones
antropológicas de su planteamiento y genera una teoría sobre las condiciones de
posibilidad de las historias a partir de generar pares categoriales que, mediante su
oposición y tensión, hacen posible a las historias. Koselleck señala cinco condiciones o
pares de oposición.

La primera es la lucha por la supervivencia entre «poder matar/tener que morir».


Esta condición está en toda la historia social y está formada por el supuesto de que la
supervivencia contiene la posibilidad de que los seres humanos se agrupen y se maten
mutuamente y que, dado el caso extremo, crean que hacerlo es necesario para sobrevivir.

La segunda condición es la oposición schmittiana «amigo/enemigo». Esta


oposición expresa el fondo, como lo señaló Schmitt, de las autoorganizaciones y
agrupaciones. La forma política de esta oposición permite el anudamiento de redes de
antítesis sin nombrar al grupo específico en oposición. El caso extremo de esta
oposición, al igual que en el pensamiento de Schmitt, es la guerra. En términos
heideggerianos, podría decirse que la extrema configuración del ser para la muerte, en el
caso de una extrema oposición entre amigo y enemigo, puede ser superado con un ser
para matar.

La tercera condición es espacial y es «interior/exterior». Estas categorías sirven


como ubicación espacial, puede ser mediante un territorio, grupo, institución, etc. Esta
categoría, señala Koselleck, tiene un subcaso que es la diferencia entre «público y
secreto». Esta diferencia contiene la posibilidad de los ritos de iniciación, asociaciones
profesionales, grupos económicos, etc. En palabras de Koselleck “[t]odo secreto delimita
per definitionem un extrarradio público; todo espacio público, una vez
institucionalizado, reproduce nuevos espacios secretos para poder continuar haciendo
política.”18

La cuarta condición antropológica de posibilidad es la «generatividad». Esta


categoría está sostenida sobre la base de la diferencia sexual y tiene como finalidad

18
Koselleck, Historia y Hermenéutica, p. 79.

13
expresar la diferencia entre generaciones. El lapso de tiempo entre abuelos y nietos
permite comprender dos posibilidades de la historia efectiva. Por un lado, la experiencia
histórica puede entrar y ser trasladada entre generaciones. Por otro lado, puede existir
una fractura generacional que no permita la transitividad de la experiencia histórica, más
allá de la generación.

La quinta condición de posibilidad de las historias es la relación «arriba/abajo»


como relación jerárquica. En esta oposición se encuentran las relaciones «amo/esclavo»
y «fuertes/débiles». Esta diferencia sirve para mostrar los ordenamientos sociales dentro
de un evento específico, su intensificación y posterior reestraficación en nuevas
relaciones de poder.

La exclusión mutua en cada una de estos términos evocan las tensiones


temporales entre las diferentes unidades de acción socio-política. Para Koselleck, a
diferencia de una teoría crítica de la historia que observaría cualquier forma de
determinación como un obstáculo en la realización de la libertad o la emancipación,
estas determinaciones son extrahistóricas y permiten la recurrencia y la actualidad de las
historias.

Ahora bien, la relevancia política de este planteamiento es que las historias sirven
como determinaciones de la experiencia y de los horizontes de significación. En
consecuencia, la figuración específica de lo social adquiriría forma, rigidez, sobre la
base estructural de la constricción de modos existenciales en el sentido heideggeriano19.
Una de las características de estas condiciones, que encuentra su expresión en los pares
antitéticos como la estructura fundamental temporal de las historias, es que escapan al
efecto reductivo de la historicidad en la medida en que la determinan, son extratextuales.
Bajo esta perspectiva el ordenamiento de lo social tendría una inclinación hacia un modo
segmentado de orden o tensión políticos.

Cuando Faustino Oncina señala que “Koselleck urbanizó la provincia


schmittiana”20 quiere decir que con la Historik el historiador alemán estaba asegurando

19
Agregar nota sobre el rebasamiento y depuración ideológica del proyecto de Heidegger.
20
Oncina

14
las condiciones de repetición de la historia con sentido político. El problema general de
esta aproximación a la disciplina histórica es doble. Por un lado, el programa de una
disciplina que indaga sobre las condiciones de posibilidad de las historias debe
estructurar su doctrina sobre la base de lo a priori, es decir, garantiza su validez sobre la
base de la repetitividad de las historias sobre los ejes que la hicieron posible sin pasar
por un espacio de experiencia particular. En esta medida, dentro de la historia existirían
ciertas estructuras de oposición que, en la medida en que entran en conflicto, se activan
como mecanismos catalizadores de la realización de eventos, programación de futuro, de
memoria. Sin embargo, el problema radica justamente en que el horizonte posible de
significación, determinado por las estructuras de oposición que lo potenciaron, está
siempre referido a la base estructural. De este modo, toda experiencia del
acontecimiento aparece ya determinada por estos pares de oposición y, al mismo tiempo,
afianza la recursividad sobre la base de esas mismas condiciones. En otras palabras, la
experiencia de un acontecimiento y su activación narrativa en historias es posible por las
oposiciones entre amigo y enemigo, entre lo público y lo secreto, entre poder matar y
tener que morir, entre amo y esclavo, pero, al mismo tiempo, al transformarse en historia
efectual genera el clima adecuado para que los pares de oposición enraícen su poder
performante en los eventos por venir. Por otro lado, la Historik como teoría de la
articulación de lo social, asegura la primacía de un modo específico de concebir lo
político. La teoría sobre la condición de posibilidad de las historias activa la lógica
identitaria de oposición antagónica sobre la base de los mecanismos del sacrificio, el
sometimiento y la violencia siempre como un horizonte posible. Debido a que la
recursividad de los acontecimientos —sobre el tema de la estructura antagónica de
posibilidad— genera tanto que la estructura se afiance como que los eventos ocurran, no
parece que existan acciones posibles que logren romper con el dispositivo histórico de la
soberanía, pues el conflicto, la jerarquización y la dominación son su origen y destino21.

21
Aquí cabe la duda sobre si puede hacerse el mismo comentario a Koselleck que aquel que Strauss
le hizo a Schmitt. Aun cuando el conflicto y el desacuerdo permanecen en la base de la teoría Schmittiana,
parece que la formación de pueblo como fundamento de la fuerza constituyente es rebasado por el
dispositivo de la soberanía como forma de neutralización de la lucha antagónica. Podríamos, entonces,
preguntar si no es el caso que también la teoría de Koselleck, al menos la Historik, no es sino un medio de
prevención frente a la posible irrupción de la intensidad del antagonismo. Sabemos que Koselleck tenía una
renuencia a todo proyecto programático de tendencia excéntrica y expansiva. La teoría de los estratos del

15
Toda acción política, en este sentido, se resolvería en la decisión por el menor de los
males: la renuncia a lo político (que es ya un gesto político) o, en caso contrario, a la
responsabilidad de los actos políticos que, de manera consciente o no, necesariamente se
insertarían en esa estructura. La posibilidad de la repetición de los acontecimientos
podría servir como medio prognóstico de prevención frente al caso de intensidad
extrema de la tensión entre grupos. La Historik, no como proyecto de indagación, sino
por los resultados que arroja, parece ser un blindaje frente a la aparición ideológica de lo
conceptos en vistas a su totalización. Koselleck no muestra a esta disciplina de
investigación dentro de los márgenes mismos de sus categorías por antonomasia para
deducir el tiempo histórico (espacio de experiencia y horizonte de expectativas). Sin
embargo, es posible enlazarlos a ellas y preguntarnos, ya no qué podemos conocer con la
historia, sino dado ese conocimiento ¿qué podemos esperar?

Los pares de oposición no permiten derivar más allá de la duración y la


falibilidad del ordenamiento ideológico, su movilidad retrospectiva y la reducción de la
sorpresa en las historias particulares. El pronóstico y la interpretación de la experiencia
se ve condicionado por lo que conocemos y, en esa condición, su cruce con el horizonte
de expectativas catastrófico, permite que esta estructura a la vez que tematiza historias,
genere medios de prevención frente a la posibilidad de intensificación radical del
conflicto. Sin embargo, sí ofrecen un gran rendimiento descriptivo para la comprensión
de las movilizaciones sociales y los modos de articulación de lo social desde aquello
más propio: su narratividad.

El problema, en general, de las condiciones de posibilidad de las historias en


sentido trascendental es que no hay una mediación suficiente que explique el surgimiento
de las relaciones sociales ni el origen y la necesidad de la historia ni permite mostrar el
paso otras formas de narración histórica que no sea la historia conceptual. En pocas
palabras, visibiliza el problema de cómo es posible conocer la historia, pero no nos explica
para qué queremos la historia, al menos no más allá de la historia magistra vitae, como
reducción de la sorpresa y como guía de acción sobre el horizonte de la posibilidad del

tiempo y de la Historik la escribió casi al final de su carrera, History in plural, en medio de un mundo
asediado por la amenaza nuclear, por la guerra fría, por la Alemania dividida entre el comunismo y el
capitalismo.

16
conflicto, de la formación de jerarquías, de la productividad generacional, de la formación
de identidad, del riesgo de muerte y, en caso extremo, de aniquilación. Tampoco explica
con detalle porque la historia surge a partir de esas premisas antropológicas. Además, no
explicita de manera suficiente si las tensiones entre los pares de oposición corresponden
a una relación singular, concreta, o si sucede que, desde el origen, es una diferencia grupal.
El problema de no explicitar estas relaciones es que se corre el riesgo de esenciar la
diferencia como algo necesario, como algo irresoluble que en el caso extremo llevaría,
como lo señaló Carl Schmitt, a la guerra, a la posibilidad fáctica de la aniquilación.

17
1.1 Epistemología e historia conceptual

El método y los protocolos de investigación de las disciplinas históricas deben


pasar por el estudio de los conceptos que utiliza para comprender los modos de
articulación de la experiencia del pasado. La razón de esta necesidad de método y teoría
es compleja. Por un lado, existe una distancia temporal entre el lenguaje que utiliza el
historiador para explicar los fenómenos del pasado y el lenguaje que utilizaron los
diferentes grupos para comprender y actuar en su propia época. La brecha temporal entre
un modo de articulación lingüística y otro (entre los usos y significados de los conceptos
del historiador y los de la época que busca comprender) fácilmente conduce a
anacronismos que pueden resultar, por ejemplo, en una interpretación de las relaciones
socio-políticas medievales desde un horizonte de interpretación estatal, aun cuando el
concepto de Estado no aparece en los textos de medievo. Este análisis permite
comprender tanto los cambios de sentido —la transformación de la experiencia socio-
política y los modos de auto-comprensión de los grupos— como los factores que
influyen y determinan el campo de acción de un grupo específico. Por otro lado, no hay
modo de acceder a la experiencia mediante otro medio que el lenguaje. Esta afirmación
es, a su vez, doblemente problemática. En primer lugar, surge un problema en relación
con las narraciones históricas en la medida en que lenguaje es la mediación sine qua non
la experiencia no sería vivible ni comunicable. En segundo lugar, el lenguaje disponible
en una época determina la comprensión y narración de los acontecimientos y, en
consecuencia, determina los modos posibles de experiencia de esos acontecimientos. Es
así que la historia como modo de adquirir conocimiento no puede prestar oídos sordos al
hecho de que su modo de comprensión y narración de los acontecimientos del pasado
transita por el lenguaje y que ese lenguaje no expresa el mismo sentido que el contexto
específico que busca estudiar.

Este apartado busca mostrar los mecanismos metodológicos de la historia


conceptual, en el sentido en que la entendía Koselleck, para sortear el problema de la
traducción entre contextos dispares. Para esto, el apartado está compuesto de tres
secciones. La primera describe la relación entre palabra y experiencia. La segunda
expone brevemente los ejes diacrónicos y sincrónicos y la capacidad de los conceptos
para dar cuenta de los cambios socio-políticos. La tercera argumenta que, contrario a la

18
historia de las ideas, la historia conceptual permite una comprensión más extensa de los
problemas sociales y políticos en la historia.

La historia conceptual: palabra, representación, experiencia y acontecimiento

Que el lenguaje determina la conciencia, que la constitución de los objetos del


conocimiento pasa por una dimensión lingüística y que el significado de las palabras está
en su uso dentro del lenguaje son, sin duda, algunas de las tesis más relevantes de la
filosofía del pasado siglo. Estas tesis no sólo han acarreado el surgimiento de nuevos
problemas en el ámbito de la filosofía, sino que también han determinado el curso de las
investigaciones de otras disciplinas que buscan explicar los fenómenos sociales. La
historia no es la excepción.

Desde las investigaciones de Danto pasando por los planteamientos de White


hasta Ankersmit, la historia ha tenido que vérselas con el cambio de perspectiva que
implica el giro lingüístico. Una de las consideraciones más determinantes para la historia
es la siguiente afirmación de Wittgenstein “el significado de las palabras está en su uso
dentro del lenguaje”22. La razón por la cual esta frase sentencia a la historia consiste en
que los usos, al menos vistos desde el uso ordinario del lenguaje, se rigen mediante
reglas implícitas. Así, cuando un grupo o una generación perece, las reglas que
determinan esos usos se pierden con él y, con ello, también su significado. Por esta
razón surge las siguientes preguntas: ¿qué conoce la historia? ¿puede la historia conocer
a las sociedades del pasado si lo único con lo que dispone son los registros de los usos
del lenguaje?

Debemos aceptar, por lo pronto, que una vez que la vigencia del lenguaje
cotidiano fenece, se pierden con ella los usos del lenguaje, las reglas que lo determinan
y, en consecuencia, también su significado. No obstante, la escritura23 permite la
conservación de un registro de los modos de configuración de las palabras y sus

22
Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, (México: Instituto de Investigaciones
Filosóficas, 2003), 61, §43.

23
No solamente, también las imágenes, los registros y otros modos de expresión que no pasan
por el lenguaje en su manifestación escrita.

19
disposiciones, lo cual hace posible interpretar cuáles son sus posibles significados. Es
por este motivo que el objeto de análisis de la historia debe convertir al lenguaje en su
objeto de estudio, pues en la medida en que se logre comprender la relación entre
lenguaje y experiencia, entre estados de cosas y su enunciación, la historia lograría no
sólo sortear algunos retos lanzados por los descubrimientos sobre la naturaleza del
lenguaje, sino también encontrar un terreno fértil para la investigación histórica. El
análisis de las fuentes debe atender, por tanto, a las consideraciones antes descritas y
debe realizar un trabajo reflexivo para evitar los anacronismos, esto es, describir los
eventos del pasado con el lenguaje del presente.

La historia conceptual puede iluminar algunos de los problemas descritos en el


párrafo anterior. Reinhart Koselleck, en su libro Historia de conceptos, indica el campo
de estudio de la historia conceptual de la siguiente manera: “[l]a «historia conceptual»
remite a un campo de investigación histórica para el que el lenguaje no es un
epifenómeno de la llamada realidad […], sino una irreductible instancia metodológica
última sin la que no puede tenerse ninguna experiencia ni conocimiento del mundo o de
la sociedad”24. En este sentido, la historia conceptual hace del lenguaje su objeto de
estudio porque sólo mediante el análisis del lenguaje es posible el conocimiento de lo
social. El lenguaje se convierte así, no en un fenómeno más, sino en la instancia sine qua
non puede existir lo social.

Las preguntas que se hacen desde la historia conceptual son aquellas que buscan
indagar en las experiencias y su relación con los estados de cosas. En palabras de
Koselleck “[s]e pregunta tanto por las experiencias y estados de cosas que se plasman en
su concepto, como por cómo se comprenden estas experiencias y estados de cosas.”25 En
otras palabras, la tarea de la historia conceptual es, en primer lugar, reflexiva, pues busca
comprender los conceptos con los cuales entiende y estudia la realidad y, al mismo

24
Reinhart Koselleck, Historias de conceptos: Estudios sobre semántica y pragmática del
lenguaje político y social (Madrid: Trotta, 2012), 45.

25
Reinhart Koselleck, Historias de conceptos: Estudios sobre semántica y pragmática del

lenguaje político y social (Madrid: Trotta, 2012), 45.

20
tiempo, se pregunta por la experiencia y estados de cosas que se expresan en los
conceptos que estudia e historiza. Así, la pregunta de la historia conceptual puede
entramarse con las preguntas respecto a la articulación lingüística para que algo
sucediera dentro de la historia factual y, simultáneamente, comprehende la investigación
sobre cómo se experimentaron esos eventos o acontecimientos. Esta consideración nos
conduce a la siguiente pregunta: para la historia conceptual ¿cuál es la relación entre
acontecimiento, estructura y representación?

La relación entre las palabras y las experiencias es análoga al desarrollo de la


historia social en relación con la historia conceptual. La relación entre palabra y cosa,
sostiene Koselleck, es también una relación problemática entre espíritu y vida,
conciencia y ser, lenguaje y mundo, historia social e historia conceptual26. Mientras que
la historia conceptual es autorreferencial y trata cuestiones textuales referidas a la
palabra y la representación, la historia social busca dotar de sentido a lo que está fuera
de la palabra: el acontecimiento, la experiencia. La historia social intenta derivar estados
de cosas y movimientos que no están contenidos en los textos o en las palabras mismas,
pues las palabras y los textos son, para la historia social, indicativos de estados de
ánimo, disposiciones y cosas que están fuera de la expresión. Estudia, en pocas palabras,
las relaciones, formas y estructuras que hacen posible la experiencia. En cambio, la
historia conceptual se hace cargo de la terminología relevante para una época en la
medida en que esa terminología determina y limita el margen de la experiencia posible.
Si la historia conceptual atiende los modos en los que los conceptos determinan los
márgenes de la experiencia posible, entonces la comprensión de las experiencias del
pasado puede llegar a ser acumulada. lo cual respondería a la pregunta por el
conocimiento. Retomando la pregunta ¿qué conoce la historia? Podemos responder,
tentativamente y según la historia conceptual, el lenguaje con el cuál se configuraron las
experiencias.

Queda abierta la cuestión, sin embargo, de cual es la relación entre el lenguaje y


los acontecimientos. La historia social y la historia conceptual no son reducibles una a
otra. La razón que Koselleck ofrece para afianzar la relación de necesidad recíproca

26
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 105.

21
entre una disciplina y otra es la siguiente: no hay experiencia sin lenguaje y no hay
lenguaje sin experiencia. Indicar que la relación entre una y otra es recíproca es una
obviedad; sin embargo, lo que no es una obviedad es que el lenguaje con el cuál
experimentamos esa realidad determina la conciencia y el curso posible de las
experiencias. Sobre esta relación, Koselleck señala que “[n]o existe ninguna sociedad sin
conceptos en común”27. La historia conceptual no trata, por consiguiente, la historia del
lenguaje, sino de la terminología sociopolítica relevante para el acopio de experiencias
de la historia social. Una revisión analítica del lenguaje disponible para una época, no
permite asignar con claridad y certeza la experiencia tal cual sucedió, pero sí puede ser
un índice de los modos de experimentar y también de los factores que hacen posible que
un acontecimiento suceda como lo hizo y no de otra manera.

Los conceptos

Las preguntas que trata esta sección del texto son dos. En primer lugar ¿por qué
la preferencia de los conceptos respecto a otras formas de unidad semántica? Esta
pregunta ayudará no sólo a clasificar la naturaleza de los conceptos, sino a desentrañar
las cualidades metodológicas del análisis histórico de los conceptos en contraposición al
análisis de las ideas. En segundo lugar, se cuestiona sobre la metodología y los dos ejes
que serán explicados más adelante: el eje diacrónico y el eje sincrónico.

Los conceptos son la unidad para el análisis del léxico relevante para la
configuración de lo social. Ahora bien, es necesario señalar que la diferencia entre las
palabras y los conceptos radica en la capacidad semántica de los segundos. Una de las
frases mas citadas para explicar esta relación es la siguiente:

[c]ada concepto depende de una palabra, pero cada palabra no es un concepto social y
político. Los conceptos sociales y políticos contienen una concreta pretensión de
generalidad y son siempre polisémicos y contienen a ambas cosas no sólo como simples
palabras28.

27
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 106.
28
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 116.

22
Sin embargo, ¿cómo es posible el paso de las palabras a los conceptos? Una palabra se
convierte en un concepto en la medida en que logra reunir dentro de sí “la totalidad de
un contexto de experiencia”29. Los conceptos y las palabras que los acompañan se
convierten en el amasijo de contenidos significativos cuando logran condensar la
pluralidad de la realidad de la experiencia histórica de un contexto específico dentro de
sí. En palabras de Koselleck “un concepto reúne la pluralidad de la experiencia histórica
y una suma de relaciones teóricas y prácticas de relaciones objetivas en un contexto que,
como tal, sólo está dado y se hace experimentable por el concepto.”30 De esta manera,
los conceptos son las unidades semánticas que enmarcan el accionar social y político de
grupos específicos. El estudio de los conceptos que permiten diseñar las acciones, darles
sentido y configurar el mundo de acuerdo a la visión de un grupo específico permite
comprender los cursos posibles de acción de los diversos grupos dentro de un contexto
específico. Por ejemplo, si un grupo como el Frente nacional por la familia (FNPF)
utiliza conceptos como vida, derechos, familia, nación, valores y libertad debemos
observar de qué manera esos conceptos sirven para justificar acciones —movilizaciones,
impugnaciones, campañas, etc.— e interpretar su realidad —si una ley sobre el
matrimonio igualitario a nivel federal se aprueba, el grupo lo observaría, desde los
conceptos que los constituyen, como un retroceso y un signo claro de decadencia—. Al
mismo tiempo, debe buscarse a qué conceptos, significados y grupos se contraponen en
un marco específico de manifestación social.

Los conceptos que utilizan lo grupos específicos, unidades de acción, necesitan, al


mismo tiempo, de una estructura que los vuelva operativos. Siguiendo con el ejemplo
del FNPF los conceptos, prácticas y ritos del grupo en cuestión no adquieren
significado sólo en el marco específico de la disputa, sino que es necesario que exista
una estructura de largo o medio plazo que los cobije con un manto de legitimidad. Sin un
marco estatal y jurídico, sin las redes de comunicación actuales, sin la iteración de las
prácticas que los constituyen y sin los medios de intercambio económico, sus conceptos
carecerían de efectividad y, por consiguiente, no habría un margen posible de acción.

29
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 117.
30
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 117.

23
Estas estructuras a largo y medio plazo delimitan el marco de acción política y social y
permiten que los acontecimientos sucedan. El análisis histórico, por tanto, no debe
limitarse a los meros acontecimientos, sino que debe explicar el modo en el que estos
fueron posibles mediante la descripción de las estructuras que permiten que un evento
suceda.

Koselleck, en Estratos del tiempo, después de establecer las condiciones de la


sucesión de los acontecimientos con base en la temporalidad, sostiene que “la historia
descansa […] sobre estructuras de repetición que no se agotan en la unicidad”31. El
análisis de los acontecimientos históricos no puede apoyarse sólo en la novedad de un
acontecimiento, por el contrario, debe utilizar el recurso de la descripción de las
estructuras que hacen posible que un hecho ocurra y, dependiendo de la naturaleza del
acontecimiento, determinar si el acontecimiento cambia o no las estructuras de
repetición. El ejemplo que ofrece Koselleck es el siguiente: un cartero viene una mañana
y trae la noticia de la muerte de un pariente cercano. El suceso de la muerte que se
comunica mediante la carta es único. No obstante, “el hecho de que el cartero llegue por
la mañana a una hora fija es un acontecimiento recurrente posibilitado cada año por el
presupuesto de la administración postal ordinaria. El cartero vuelve a aparecer
regularmente para llevar noticias únicas”32. La recurrencia de los eventos se convierte en
la estructura de repetición que posibilita una serie de sucesos únicos. Sin la estructura
que hace posible que el cartero llegue todos los días a la misma hora, no hubiera sido
posible que el evento de la noticia de la muerte del pariente cercano ocurriera33.

Esta última consideración permite limitar, por ahora, la tarea de la historia


conceptual bajo dos operaciones. La primera, busca comprender los modos en los cuales
se ha expresado la experiencia en los conceptos. La segunda, describe los modos en los
cuales los conceptos de un grupo específico moldearon la experiencia de los

31
Reinhart Koselleck, Estratos del tiempo (España: Paidós, 2001), 37.
32
Reinhart Koselleck, Estratos del tiempo (España: Paidós, 2001), 37.
33
Esta condición puede comprenderse no sólo en las cuestiones de la historia, sino que es
analogable a las estructuras de los actos de habla. Los conceptos, como las palabras, sirven para realizar
acciones, pero la garantía de la efectividad de los actos de habla perlocucionarios radica en la legitimidad
y el funcionamiento de los contextos de su uso. Un acto de habla no puede ser exitoso si no se realiza
dentro del marco de las relaciones consideradas exitosas por la recurrencia y el principio de iterabilidad.

24
acontecimientos y los hicieron posibles. Mientras que la primera operación consiste en la
revisión de los significados de los conceptos y sus transformaciones en el devenir
histórico, la segunda pretende mostrar los marcos de operación que hacen efectivos los
usos de los conceptos.

Diacronía y sincronía

Aun queda, sin embargo, por resolver la pregunta por la posibilidad del método
en relación con el problema de la distancia temporal del significado. El problema de la
variabilidad del significado de los conceptos radica no sólo en que la distancia temporal
no permite hacer una traducción simple entre una época y otra, sino que, también, en una
misma época, un concepto puede ser utilizado de diferentes maneras. Otra dificultad es
que un concepto puede estar en funcionamiento dentro de una época, aunque el
significante que normalmente lo acompaña no esté explícitamente enunciado. Así pues,
¿cómo podría la historia conceptual resolver este problema?

La historia conceptual se basa en dos ejes de análisis. Un eje diacrónico y un eje


sincrónico. El eje diacrónico busca registras las variaciones semánticas de los conceptos
y analiza su cambio como una indicación del cambio político de una época del pasado
hasta llegar a su uso en el tiempo presente. El eje diacrónico permite narrar el comienzo,
desarrollo y la continuidad en universalización o desaparición del léxico que organiza
una época. Para comprender el eje diacrónico, es necesario establecer que la selección de
las unidades de análisis para el desarrollo de la narración de los conceptos se basa en la
capacidad de un término para sobreponerse a otros, para confrontar a otros y para
articular la experiencia de una época. A esta clase de conceptos, Koselleck les llama
conceptos fundamentales.

Ahora bien, el análisis de los conceptos fundamentales y las constelaciones


conceptuales que articula en una época específica es sincrónico. El eje sincrónico y el
eje diacrónico están coordinados. De lo contrario, la historia de los conceptos quedaría o
sin narración o en una descripción de los modos y disposiciones de los diferentes
conceptos.

25
Es preciso señalar en qué medida los conceptos se separan de las ideas. Una idea,
a diferencia de un concepto, no cambia su sentido con el tiempo, sino que permanecen
invariables a lo largo de la historia, están siempre con la posibilidad de ser rehabilitadas,
actualizadas, dentro de su espacio de significación original. Si concebimos los grandes
significantes políticos como democracia, república, populismo, por mencionar algunos,
de manera ideal, sólo podríamos explicar el cambio de sentido por el cambio de
contexto. Por ejemplo, bajo una teoría de la historia de las ideas, el hecho de que los
antiguos utilizaran el término democracia de manera despectiva y hoy en día se utilice
como un término evaluativo en sentido positivo, respondería mediante un estudio que
encontraría las causas en el cambio de contexto y haría un estudio hermenéutico de las
obras de los grandes autores. La carga semántica de la idea de democracia no cambiaría
con el uso del término, sino que su significado esencial podría actualizarse y no sería
discutible, es decir, no serviría para explicar históricamente las disputas y experiencias
políticas más allá de las disputas por planos trascendentes de significación. La historia
de las ideas sólo podría contar la historia de la idea de democracia y de cómo se adecua
al contexto en cuestión preservando su contenido ideal, en sentido teleológico. En pocas
palabras, las sociedades cambian, pero las ideas se mantienen igual. Si para la sociedad
la idea no es aplicable, peor para la sociedad. En este sentido, cualquier variación del
contenido semántico de la idea en la historia se tendría que ver como una incomprensión
del término o su adecuación al contexto de enunciación para que éste garantizara su
carácter claro y distinto, su identidad a lo largo del tiempo. La historia de las ideas es la
historia de la continuidad y de la acumulación progresiva de sentidos que siempre
resuelve sus contradicciones. Si un idealista analizara el término república en Florencia
en el siglo XVI y lo contrastara con el uso de república en Cataluña en el siglo XXI
encontraría, seguramente, primero, que los catalanes no han llegado a la comprensión
cabal del significado de la idea de república y, segundo, que aun cuando se
comprendiera cabalmente la idea, el fracaso del proyecto catalán no podría deberse a que
la idea no explica la realidad de los catalanes, sino a que el tiempo de los catalanes no es
el tiempo de la república.

En resumen, la historia de las ideas enfatiza en los cambios contextuales más que
en los cambios de significado de los significantes utilizados en una época; encuentra

26
regularidad y una consistencia firme en las ideas, pero no los contextos, y supone un
modo conservador de observar los fenómenos del presente. Estas condiciones suponen
dos deficiencias en términos metodológicos. La primera es que no pueden explicar el
cambio de las sociedades más que por las condiciones de avance de la técnica que, a su
vez, está moldeada sobre la base de las necesidades. El cambio de léxico, sería entonces
un accidente dentro del curso ideal de las sociedades. La segunda es que no permite
comprender el modo de articulación sociopolítica desde la esfera del lenguaje. Esto
radica en el excesivo énfasis en las estructuras de adecuación del lenguaje que atiende a
las necesidades de los contextos específicos.

A diferencia de las ideas, los conceptos toman como uno de sus objetos de
estudio a las variaciones semánticas en el tiempo. No sólo las sociedades cambian en el
tiempo, sino que el lenguaje es el factor y el índice de esos cambios. La historia de los
conceptos debe estudiar las variaciones conceptuales como un indicador de cambio de la
experiencia social. Si la premisa de que el lenguaje forma la experiencia y que el cambio
de experiencia es, por tanto, cambio en el lenguaje, entonces cualquier variación de
sentido de las palabras es al mismo tiempo el indicador de un cambio y un factor para
ese cambio.

Retomo la cuestión lanzada al comienzo de este apartado: ¿cómo mantener un


registro de los cambios semánticos de los conceptos? Pues bien, el trazo de las
variaciones de un concepto para llegar a la comprensión de su significado en una época
específica, el registro de sus mutaciones y la traducción hasta el uso actual del término la
historia conceptual lo llama diacronía. Las determinaciones diacrónicas de un concepto
sirven para mostrar las discrepancias entre el uso actual de los términos y la indagación
hipotética de cuál podría haber sido el sentido del concepto en el contexto de su
aparición y sus ulteriores variaciones.

El análisis contextual del encadenamiento entre significantes y sus relaciones con


otros conceptos es lo que la historia conceptual llama análisis sincrónico. En una época
específica, existen diferentes conceptos. Ninguno concepto opera de manera aislada,
pues los conceptos operan en una red de significación global y están determinados por
su posición en la red semántica en relación con otros conceptos. En este sentido, ningún

27
análisis histórico-conceptual estaría completo sin el análisis de los conceptos
fundamentales y su coordinación con contraconceptos, conceptos residuales y
complementarios. Por ejemplo: el análisis del concepto de democracia no estaría
completo si la narración sólo contiene las variaciones desde Grecia antigua hasta el siglo
XXI, sino que también debería contener los modos de sedimentación y coordinación con
otros conceptos en cada una de sus etapas de variaciones y debe registrar también la
desaparición o la pérdida de su continuidad.

Hasta ahora he descrito los problemas que supone el giro lingüístico en la


práctica histórica. También, expuse una posible salida al problema, el giro que supone la
historia conceptual respecto al análisis del lenguaje y argumenté las deficiencias de la
historia de las ideas en contraposición a la ganancia explicativa que tiene la historia
conceptual. Uno de las vías futuras de investigación podría ser revisar la posibilidad de
aplicar los estudios de la historia conceptual a los conceptos de la filosofía. Esto, sin
duda, podría ayudar a acabar con las disputas y los enredos conceptuales que tanto
ocupan a la filosofía. Otra posible vía de aplicación consiste en mostrar la ganancia
explicativa que tiene adoptar una postura como la historia conceptual en los estudios de
filosofía política. Si bien la filosofía ha vuelto al lenguaje una referencia y una reflexión
necesaria para su práctica, adolece todavía de una metodologías histórico conceptuales
que pueda ayudar a aclarar o, al menos, evitar confusiones en los procesos de su propia
producción discursiva.

Semántica política
Antes de comenzar con el planteamiento principal, es preciso hacer una pequeña
digresión. Una teoría, un presupuesto, una creencia no obtienen su valor por su
adecuación o correspondencia con lo real. Si esto fuera así, toda teoría y toda creencia
articulada sobre la base de hechos irrefutables, tendría que ser persuasiva por sí misma.
Sin embargo, las verdades de hecho no sirven para cambiar los modos en que se
configuran los sistemas de creencias. Un hecho sirve en la medida en que haya una
coherencia con el sistema de creencias que se busca reafirmar. Por esta razón, una
premisa que se jacte de ser irrefutable por su carácter de verdad, es decir, por su
correspondencia con lo real, tiene valor, pero no el poder de convencer. Una verdad, sin

28
los méritos que la hacen verosímil, sin los mecanismos que la entramen dentro de una
red coherente de creencias y que no despliegue una serie de posibilidades impensadas,
no tiene valor teórico. En consecuencia, una teoría, un presupuesto o una creencia tienen
valor y deben ser evaluadas por aquello que hacen posible pensar, por las posibilidades
de apertura hacía una forma otra de pensar o por la posibilidad de verosimilitud que haga
posible poner en cuestión el orden de cosas tal cual y como han sucedido. Los
presupuestos que hacen posible una teoría, por tanto, deben ser evaluados por aquello
que permiten pensar, por el despliegue de las posibilidades que hagan temblar las
edificaciones conceptuales que determinan el orden.

¿Por qué no basta con hacer una crítica de los usos de los conceptos políticos?

En 1932, Carl Schmitt escribió lo siguiente:


todos los conceptos, ideas y palabras poseen un sentido polémico; se formulan con
vistas a un antagonismo concreto, están vinculados a una situación concreta cuya
consecuencia última es una agrupación según amigos y enemigos (que se manifiesta
en guerra o revolución), y se convierten en abstracciones vacías y fantasmales
cuando pierde vigencia esa situación.34

El presupuesto base de esta investigación es el siguiente: “todos los conceptos […]


poseen un sentido polémico”. El sentido al que refiere Carl Schmitt es la pauta de
apertura a un conflicto, a un desacuerdo fundamental, a una lucha por impulsar un modo
de configuración de lo social. El sentido que poseen los conceptos políticos es el mismo
que tiene toda acción política: la conservación o el cambio35. El sentido de los
conceptos políticos depende de su contexto de formación y remarca la relación entre los
conceptos y su sentido dado que la formación de los conceptos políticos tiene como
posibles finalidades fomentar el desacuerdo, implantarse como modelo universal,
desactivar la posibilidad de respuesta del adversario, incentivar un enfrentamiento,
convencer, activar una maquinaria de guerra, forzar a un posicionamiento o llevar a la
neutralización de un conflicto, dentro de un marco específico de lucha, al oponente. De

34
Carl Schmitt, El concepto de lo político, (Madrid: Alianza editorial, 2014), 65.
35
Sobre el sentido de la acción política, véase Leo Strauss, ¿Qué es filosofía política? (Madrid:
Alianza, 2014).

29
esta manera, es posible afirmar que los conceptos políticos, propiamente dichos, los son
en doble sentido. Por un lado, son políticos en cuanto que se inscriben y son usados en el
ámbito de la política, “constituyen ideas centrales, cuestiones o modificaciones de gran
importancia política”36. Por otro lado, son políticos en la medida en que el sentido y el
significado con el que son formulados mantiene dentro de sí un disenso, un desacuerdo
sobre aquello que buscan significar, en otras palabras, están sujetos a una serie perpetua
de impugnaciones sobre su significado. Por esta razón, para definir por qué los
conceptos políticos son políticos no basta con describir el uso que se les da en la política
y tampoco basta con mostrar que quien los usa lo hace en sentido político. Por el
contrario, para saber qué es un concepto político es preciso definir su sentido histórico,
su función dentro de lo social, los modos en los que articula las disputas en general —
tanto en su interior como en su exterior—, las estructuras que le subyacen y qué es lo
que hace posible la potencia de significación que los caracteriza.
Como bien señaló Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas, “el significado
de las palabras está en su uso dentro del lenguaje”37, pero la descripción de los usos que
puede tener un concepto político no logra acabar con la disputa sobre su sentido. Los
malentendidos que pueden surgir en relación con el sentido y el significado de los
conceptos políticos no se agotan con la descripción de sus usos y su inscripción dentro
de determinados contextos. En otras palabras, un concepto político no descarga su grado
de polemicidad con la descripción de sus usos en distintos contextos. Por el contrario,
son justamente la ambigüedad y las contradicciones que surgen en los conceptos
políticos lo que hace de su definición algo problemático y, al mismo tiempo, encuentran
en ese problema las condiciones para su definición. Así, uno de los primeros indicadores
de que se está tratando con conceptos políticos es su sentido polémico y la imposibilidad
de aclarar su significado por la descripción de sus usos dentro de contexto particulares.
No obstante, señalar el carácter inestable y contradictorio de los conceptos políticos no

36
Jakob Norbeg, “Concepts, political”, en The Encyclopledia of Political Thought (New York: John
Wiley & Sons, 2015). https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/9781118474396.wbept0188. La
traducción es propia.
37
Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, (México: Instituto de Investigaciones
Filosóficas, 2003), 61, §43.

30
basta para definir aquello que los compone. Es ineludible, pues, señalar los modos en los
que operan y en qué clase de contextos se insertan.
Imaginemos por un momento un debate entre dos personas. Por un lado, una
persona que defiende a la democracia liberal como el único modelo. Por otro lado, una
persona que defiende que la democracia sólo está en las acciones colectivas que están
fuera del Estado. El debate sobre el concepto de democracia se encuentra en un mismo
contexto, tiene usos distintos y no se aclara el uso de ese término con apelar al momento
de su enunciación. Dentro de este debate la lucha por la definición del significado del
concepto de democracia pasa necesariamente por su sentido. Si democracia significa lo
que defiende el demócrata liberal, entonces deben hacerse una serie de cosas x. Si en
cambio, aceptamos la definición del demócrata real, quien defiende que la democracia
sólo sucede fuera del Estado, se deberían guiar una serie de acciones que los acerquen a
su concepto de democracia. Esta situación hipotética sirve para mostrar tres aspectos. En
primer lugar, permite mostrar cómo la pugna por la definición del significado de los
conceptos políticos pasa necesariamente por esa doble dimensión que había tratado un
párrafo arriba, esta es, el desacuerdo sobre su significado determina el sentido38 que
tiene el concepto. En segundo lugar, muestra que los conceptos políticos como el de
democracia son evaluativos, pues, de la definición de su significado y su sentido,
permite señalar que ciertas acciones son más democráticas que otras. En otras palabras,
los conceptos políticos son evaluativos porque hacen posible afirmar o censurar acciones
mediante un concepto político que certifique un logro o un retroceso. En tercer lugar, la
disputa sobre el significado del concepto no se resuelve con apelar a la palabra
democracia, tampoco invocando su utilidad y mucho menos señalando un objeto o
fenómeno como democrático. El sentido de la palabra no se puede resolver X cree Y y Z
cree W con el mismo significante.
En el texto Conceptos esencialmente impugnados, Gallie sostiene que los
conceptos en la política no tienen un sólo uso general, estándar ni correcto y que, aún si
se apela a una variedad de grupos o funciones como forma de escapar a la multiplicidad

38
Por sentido me refiero a la referencia, a la dirección que tiene un concepto dentro de un
antagonismo concreto.

31
de usos, esto no acaba con las disputas39. La razón de esto es que cada grupo cree que
tiene la función correcta del término y, en consecuencia, la única con valor. En el mejor
de los casos, todos los grupos defienden su caso con argumentos, pruebas y otras formas
de justificación. Sin embargo, los conflictos persisten en la medida en que el terreno y la
forma de defensa de los casos pasan por elementos y campos distintos. Por expresarlo en
términos de la argumentación retórica, no hay un punto común de stasis.
Para solucionar este último problema, el autor británico señala que los conceptos
políticos son conceptos esencialmente impugnados, esto quiere decir que cualquier uso
puede ser y será impugnado por otro ad infinitum. La tesis de Gallie sostiene que existen
ciertas condiciones mínimas, en sentido normativo, sobre la impugnabilidad esencial de
los conceptos y el marco en el que se dan las disputas sobre su significado. La primera
condición es que los conceptos deben ser evaluativos “en el sentido de que significa o
acredita algún tipo de logro”40. La segunda es que el carácter de aquello que acredita el
concepto en cuestión debe ser “internamente complejo”, esto es, que en el interior de un
concepto pueden habitar una variedad de descripciones y de aspectos. Un concepto es
internamente complejo porque concibe el logro acreditado como un todo41. El tercer
punto es que el logro acreditado por el concepto puede ser descrito de varios modos, de
lo contrario no sería posible dar cuenta del desacuerdo inicial42. La cuarta condición es
que el logro acreditado sea de carácter abierto43. Que sean de carácter abierto significa
que el logro acreditado sea modificable por una serie de circunstancias cambiantes. La
quinta condición es que los grupos en oposición deben reconocer que los otros grupos
tienen también un modo coherente de referirse a un concepto que difiere del suyo44. Esta

39
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 10.
40
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 10
41
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 11
42
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 11
43
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 11
44
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 20

32
condición implica que todos los usos, incluso los usos propios, son impugnables. La
sexta condición es que existe un acuerdo respecto al modelo original del cual se
desprenden los conceptos impugnados. La séptima, es que debe haber un carácter
mínimo de verosimilitud y probabilidad en los sentidos de los términos, para que, “la
competencia continua por reconocimiento entro los usuarios rivales de un concepto,
permita que los logros en el modelo original se mantengan y sean desarrollados hasta un
punto óptimo.”45
El plantamiento de Gallie, si bien tiene muchas cualidades, desde un punto de
vista liberal que acredita su logro, no logra dar cuenta de una serie de factores que
conforman los conceptos políticos. En primera instancia, la noción de conceptos
esencialmente impugnables no permite pensar el acuerdo y el consenso como una parte
fundamental del proceso de deliberación política. Aún si mantiene un modelo general de
discenso entre las partes, no hay posibilidad, bajo su modelo, de explicar cómo es que
surge el consenso. Por ese motivo, los conceptos políticos no son esencialmente
impugnables, sino que poseen una potencia infinita de desacuerdo que puede ser
contingentemente actualizable. De esta manera, el desacuerdo permanece, existe
también la condición de aceptar que los usos de los adversarios y el propio son
impugnables y, con ello, surge la posibilidad de un consenso provisional que puede
convertirse en disenso.
En segunda instancia, el planteamiento de Gallie no logra explicar el carácter
histórico de los conceptos políticos. Aun cuando Gallie apela a una diversidad de
contextos y grupos, permanece en su modelo un aspecto ideal de los conceptos y un
modelo original que hace posible la disputa política. Si la formulación antes descrita
respecto de la potencia de desacuerdo sobre los conceptos políticos se radicaliza,
entonces no es posible señalar ni un modelo original ni un sustrato ideal de los conceptos
políticos, sino que el desacuerdo se convierte en el elemento común por antonomasia de
los conceptos. El cambio entre un significado de los conceptos políticos y otro en
sentido histórico depende en gran medida no sólo del contexto de emisión, los intereses

45
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 21

33
de grupo y oposición entre formas de vida, sino que se convierte en una constante entre
los modelos contingentes de desacuerdo.
En tercera instancia, la apuesta de Gallie funciona en la medida en que
aceptemos que los conceptos políticos son exclusivamente evaluativos, y, para sustentar
su propuesta, necesita de dos supuestos base. El primero es que la actividad teórica sobre
los conceptos políticos se inserta dentro de un marco teórico que supone la racionalidad.
El segundo es que la política de los conceptos necesita de un espacio normativo común
en el cuál los grupos en disputa entablan un diálogo racional y ofrecen argumentos sobre
la base de sus creencias; están dispuestos a escuchar a su contraparte y, en un caso
extraordinario, pueden ser “convertidos”46. Sin embargo, los conceptos políticos, en sí
mismos, no pueden someterse a un principio normativo de carácter general para decidir,
en el caso de una oposición radical y extrema, qué uso es mejor que otro. El modo de
articulación de la disputa mediante el significado de los conceptos sociales y políticos es
descriptiva, no normativa. En el caso de Gallie, podría ser descriptiva en la medida en la
que aplica al modelo de monarquía parlamentaria como la de Gran Bretaña o a una
democracia liberal con instituciones sólidas, pero no es un criterio que puede trasladarse
a cuestiones de orden histórico más allá de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo
XX. Aun cuando la posición política, articulada desde la noción de conceptos
esencialmente impugnados, tiene la cualidad de acarrear una actitud comprometida, bien
puede pasar por una postura moralista de la actitud que impide comprender la potencia
de la noción de conceptos esencialmente impugnados. Si bien Gallie acierta en que la
impugnabilidad de los conceptos políticos es una condición fundamental del trazado de
un teoría de la comprensión de los fenómenos políticos y sociales, su mirada es estrecha
en relación con la potencia epistémica que su concepto tiene en relación con la teoría
histórico conceptual.
El problema de la confrontación no es tanto un problema de actitud o disposición
a ser convencido, sino un problema que pasa por los afectos, creencias y modos de
comprender lo social. El modelo de racionalidad de Gallie no toma en cuenta ni la
situación histórico-cultural de los miembros en disputa ni el carácter patológico como

46
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998), 30.

34
elemento constitutivo de la razón. Estos tres elementos están mediados por el lenguaje y,
sin embargo, no basta con hacer una teoría crítica de los usos del lenguaje de la política.
La polemicidad de los conceptos políticos puede ser entendida como la posibilidad
misma del posicionamiento político. La razón de esto es que, si no hubiera un
desacuerdo fundamental respecto al sentido y significado de los conceptos políticos, no
habría posibilidad alguna de la política ni de la fundamentación conceptual de un orden
que inaugure un espacio de experiencia y un horizonte de expectativas.

La experiencia o el contenido extralingüístico


Los conceptos no son elementos simples, aislados e inmutables, sino que la
situación de un concepto responde a la condensación de una gran serie de significados y
tiene sentido sólo en la medida en que se tome en cuenta su historicidad y su asociación
con otros conceptos. Los conceptos políticos no son unidades aislada de sentido, sino
que se anudan en una red compleja con otros conceptos. En palabras de Koselleck, “[s]in
incluir los conceptos paralelos o contrarios, sin coordinar mutuamente los conceptos
generales y los específicos, sin tomar en cuenta los solapamientos de dos expresiones, no
es posible averiguar el valor de una palabra como «concepto» respecto a la estructura
social o a las posiciones de los frentes políticos.”47 Tener en mente que un concepto es
evaluativo sin tener en cuenta el contexto social, la estructura y los conceptos que lo
acompañan en su modo de entramado particular es caer en el error de concebir los
conceptos como entidades solitarias, aislables, pero el hecho es que la separación de un
concepto respecto del complejo entramado lingüístico es una operación de distinción
analítica no natural. Por ese motivo, cualquier revisión del léxico político relevante para
la conformación de lo social debe pasar por una aproximación que tenga en cuenta las
constelaciones de sentido que acompañen al análisis de los conceptos en disputa y debe,
también, ir acompañado de un análisis del carácter histórico de los conceptos políticos.
Esta última afirmación debe ser sustentada con un marco metodológico que haga
posible la reapropiación del carácter polémico de los conceptos políticos. La pregunta
por el sentido histórico de los conceptos políticos, su origen, su relación con otros
conceptos y su cambio a lo largo de la historia, es una cuestión que ya ha sido trabajada

47
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 121.

35
por la práctica de la historia conceptual. Para fines de esta investigación, es preciso
retomar algunos de sus planteamientos y, así, dar cuenta tanto del proceso de
articulación semántica de los conceptos políticos fundamentales como de la descripción
de sus cualidades operativas y de su situación dentro de una estructura concreta.
Antes de continuar con el desarrollo de la historia conceptual es preciso
responder la siguiente pregunta: ¿cuál es la relevancia de los conceptos frente a otras
formas lingüísticas? Los conceptos sobresalen respecto a otras formas lingüísticas por su
capacidad semántica de acumulación. Los conceptos no tienen solamente un uso
particular, es decir, no son meras palabras. La diferencia que existe entre las palabras en
sentido general y los conceptos es expresada por Koselleck de la siguiente forma:
“[c]ada concepto depende de una palabra, pero cada palabra no es un concepto social y
político. Los conceptos sociales y políticos contienen una concreta pretensión de
generalidad y son siempre polisémicos”48. La relación entre las palabras y los conceptos
es, para Koselleck, la relación que existe entre los significantes (palabras) y el
significado (aquello que busca significar). Sin embargo, la relación de los conceptos y la
palabra que los acompaña no es una relación estable, sino que ésta puede cambiar
mientras cuando el significante se conserve igual. Los conceptos políticos y sociales no
poseen sólo un significado, sino que en su interior habitan un conjunto de significados
contrapuestos. La composición de los conceptos políticos es siempre compleja y, en
consecuencia, la disputa por el significado de un concepto es también tomar posición por
encima de otra serie de posibilidades de definición.
Una palabra se convierte en concepto cuando “la totalidad de un contexto de
experiencia y significado sociopolítico, en el que se usa y para el que se usa una palabra,
pasa a formar parte globalmente de esta única palabra.”49 Los conceptos se diferencian
de las palabras en la medida en que se puede determinar el significado de las palabras
con la aclaración del contexto en el que son utilizadas. En cambio, los conceptos logran
reunir en su interior, por una operación de condensación, “la totalidad de un contexto de

48
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 116.
49
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 117.

36
experiencia”50. Un concepto no tiene un sólo significado, por el contrario, reúne dentro
de sí una serie de significados que, incluso, pueden llegar a ser totalmente opuestos.
En el interior de un concepto se “reúne la pluralidad de la experiencia histórica y
una suma de relaciones teóricas y prácticas de relaciones objetivas en un contexto que,
como tal, sólo está dado y se hace experimentable por el concepto.”51 La relación
tensional entre los conceptos y la sociedad en la que operan, permite afirmar que no sólo
el concepto depende del contexto en el que se enuncia, sino que es la condición sin la
cual no sería posible dar cuenta del contexto mismo. Más allá de la relevancia que tienen
los conceptos para la práctica de la historia, la importancia de esta afirmación radica en
la apertura de las posibilidades que se abren por la práctica lingüística de la formación
de conceptos políticos.
La práctica de formación de los conceptos es siempre doble, responde y depende
siempre de un campo de fuerzas en lucha por sobreponerse unas sobre las otras. Por este
motivo, la formación de los conceptos políticos es al mismo tiempo la inauguración de
un campo de batalla y la prefiguración transformadora de un antagonismo concreto. Los
conceptos políticos se forman en la praxis misma de la política y no se encuentran como
elementos a la mano, como en un archivero del cual se puede disponer en cualquier
momento. El contexto depende de los conceptos y los conceptos están determinados por
su momento retórico de enunciación. En otras palabras, los conceptos políticos por sí
solos no logran abarcar la totalidad de una época. En consecuencia, es preciso que los
conceptos se anuden dentro de —por repetir una metáfora gastada— una red compleja
de significantes y estén siempre dispuestos hacia una experiencia concreta. En breve, la
práctica que inaugura la historia conceptual debe estar siempre dirigida a contenido
extralingüísitico o extraconceptuales.
La práctica de la historia conceptual, al igual que toda clase de análisis y practica
conceptual, debe de ir acompañada de una referencia externa a los conceptos para que su
práctica se vuelva efectiva. En el caso de la historia conceptual, ésta debe siempre ir
acompañada de la historia social. La relación entre la historia conceptual y la historia

50
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 117.
51
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 117.

37
social, es desarrollada por Koselleck en el capítulo “historia conceptual e historia social”
en Futuro pasado52. En este capítulo señala que la relación ente las palabras y las cosas
es una relación problemática que se puede analogar también a la relación entre espíritu y
vida, conciencia y ser, lenguaje y mundo, historia social e historia conceptual53. La
historia social es algo que se encuentra por fuera de la palabra, son las formas, las
relaciones, las estructuras y los acontecimientos. Mientras que la historia conceptual
trata sólo el texto y la palabra, a las representaciones mediante la terminología socio-
política pertinente para el acopio de experiencia54.
Todas las palabras poseen una fuerza propia. Sin palabras las experiencias,
afectos y producciones no serían comunicables, apenas serían expresables y, muy
posiblemente, no serían experimentables con el grado de intensidad que la carcasa
lingüística permite. Las palabras, por si solas, carecen de contenido. Es necesario un
momento de articulación entre las experiencias vividas y las palabras adecuadas para
expresarlas. La fuerza de las palabras consiste en el impacto que puede causar sobre un
cuerpo, funda una corteza que determina los modos en los que se experimenta. La
distinción entre palabra y experiencia comienza entonces por trazar un vínculo
problemático, de consistencia inestable: las palabras adquieren su fuerza mediante un
afuera constituyente: la experiencia. Esta relación establece que las experiencias no son
reducibles a palabras y la misma imposibilidad de reducción sucede a la inversa: las
palabras no son experiencias, pero dan cuenta de los modos en que las vivencias son
experimentables.
Las palabras, su uso, la situación de una palabra respecto a otras dentro de una
red semántica de significación, la configuración de ciertas palabras dentro de una
constelación lingüística, articulan marcos que hacen posible diferentes espacios de
experiencia. Fuera de toda palabra está el acontecimiento, pero sin las palabras sería
imposible dar cuenta de él. La fuerza de las palabras radica en la disposición, en la
potencia que tengan para articular significativamente una experiencia.

52
Reinhart Koselleck, “historia social e historia conceptual” en Futuro pasado (Buenos Aires:
Paidós, 1993).
53
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 105.
54
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 105-106.

38
Reinhart Koselleck señala que existe una relación tensional entre la sociedad y
sus conceptos55. Esa tensión característica permite señalar que los conceptos se basan en
sistemas sociopolíticos complejos y que los conceptos son tanto un modo de
aproximación a la configuración de lo social, es decir, son signos/índices de las prácticas
sociales y sistemas complejos de significación, como los modos de transformación de
esos sistemas sociales. En breve, son índices y factores de cambio.
El sentido retrospectivo que puede brindar la historia conceptual respecto a los
conceptos políticos consiste en realizar un movimiento histórico que es a la vez
diacrónico y sincrónico. El análisis sincrónico tematiza conjuntamente la situación y la
época en la comparación mutua entre el ámbito de la experiencia y el horizonte de
expectativas. Esta comparación se logra mediante el análisis de los conceptos dentro de
su función social y políticas específicas56. El análisis diacrónico permite traducir
mediante un entramado y una definición rigurosa la terminología socio-política relevante
del pasado y sus usos a los usos actuales. En palabras del historiador conceptual es
“liberar a los conceptos de su contexto situacional, seguir sus significados a lo largo del
tiempo” para que “los análisis históricos particulares de un concepto se [acumulen] en la
historia de un concepto.”57 La diacronía, en su superficie, permite percibir la
permanencia y la fuerza de validez de un concepto político y social junto con las
estructuras que le corresponden. En consecuencia, la articulación del entramado del
análisis diacrónico permite descubrir las posibles variaciones estructurales a largo plazo.
En resumen, la sincronía tematiza las situaciones de un concepto y la diacronía tematiza
la modificación del concepto en el tiempo. Sólo dentro de la trama de la transformación
histórica de los conceptos políticos es posible dar cuenta de las estructuras sociopolíticas
que se mantiene a lo largo del tiempo. La práctica de la historia conceptual no puede
fijarse definitivamente en el análisis sincrónico ni el diacrónico, sino que debe recurrir a
ambos para proveer una dimensión global de la historia de un concepto.
La red de significación conceptual, afecta tanto al historiador que se acerca a una
red conceptual como a la red conceptual misma que busca estudiar. Por consiguiente,

55
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 106.
56
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 113.
57
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 113.

39
para evitar el anacronismo, el historiador conceptual debe trazar el significado
sincrónico de la formación de los conceptos políticos y revisar los usos y el sentido que
se van sucediendo a lo largo de la historia hasta llegar a los usos actuales. Así, la
preocupación por lo social, necesariamente debe pasar por una revisión y análisis del
lenguaje con la que se significan y articulan sus formas de actuar.
La relación entre los conceptos y la experiencia es siempre una relación de
tensión. Es preciso señalar que los grupos políticos de acción y los conceptos que
utilizan no pueden ser intercambiables por una relación de sinonimia, sino que su
relación es una relación de “correspondencia indefinidamente plural”58. El concepto
hace posible hacer visible la experiencia histórica en la medida en que permite mostrar
las complejas relaciones entre la experiencia vivida y las formas de representación de
esa experiencia. En las variaciones de significado de los conceptos la experiencia del
cambio histórico se vuelve algo experimentable. La cuestión de la experimentación del
cambio y del alejamiento histórico de una disputa política, se convierte en una
preocupación existencial si recordamos la sentencia elaborada por Carl Schmitt al inicio
del apartado: tomar parte por un modo de representación de la experiencia es tomar parte
en sentido existencial, pues los conceptos adquieren sentido siempre y cuando se los
enlace al antagonismo concreto que buscan significar. Una vez establecido esto, surge el
problema, señalado por Schmitt, de la vigencia con la que un concepto logra mantener el
carácter significativo frente a una experiencia.
Los conceptos pierden su carácter de significación concreto cuando la situación
en la que fueron elaborados deja de ser vigente. Por esta razón, la historia conceptual
permite que esos conceptos fantasmas o abstractos puedan ser recuperados como un
momento dentro de la trama política o, si el momento retórico lo favorece, que logren
conectar con un conflicto entre fuerzas vigente. La recuperación política de los
conceptos políticos del pasado permite tener una visión amplia de lo que se está jugando
en el momento de invocación de un significado específico dentro de la trama conflictiva
de la disputa por el significado de un concepto político.

58
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 208.

40
Proceso de formación conceptual
¿Cuál es el proceso de configuración de los conceptos sociales y políticos? El
proceso de su formación tiene seis elementos clave que no necesariamente se suceden en
orden lineal. El primer elemento de la formación de un concepto es la nominación. Para
poder dar cuenta de la realidad sociopolítica es preciso dar un nombre que signifique la
trama compleja de relaciones dentro de un sistema concreto59. El momento de
nominación determina la carga de significación sobre un proyecto, un bando, un grupo o
sobre ciertos intereses, en otras palabras, marca la pauta sobre la cual se va a llevar la
discusión.
El segundo elemento es la territorialización, es decir, la capacidad efectiva de
imprimirse dentro del campo de inmanencia o dentro de un marco concreto de lucha
entre fuerzas. Este segundo elemento se caracteriza por la fuerza significativa que lleva
un nombre y que determina un sector del campo de fuerzas en disputa. La posibilidad de
su territorialización consiste no sólo en demarcar un área de relaciones, sino que debe
impactar con violencia sobre la corteza lingüística que recubre el modo de expresar las
experiencias socio-políticas. Este aspecto necesita de una expansión y reiteración para
que el término forjado repercuta y se normalice como un término dentro de un campo de
experiencia y un horizonte de expectativas. Cuanto mayor sea la violencia del impacto
significativo de la palabra, mayor serán las posibilidades de su anudamiento dentro de la
trama compleja de relaciones sociales.
El tercer aspecto es la espiritualización60, es el momento en que el concepto se
vuelve una fuerza significante y adquiere dentro de sí la posibilidad de condensar todo el
significado de una época específica. Para que un concepto obtenga el grado de densidad
semántica propia de la espiritualización, no basta con que se normalice su uso, sino que

59
Es necesario recordar, primero, que el significado de los conceptos, lo que denota, no es un
objeto, sino la trama misma de relaciones sociales, la experiencia; segundo, que sin los conceptos no sería
posible dar cuenta de esas relaciones; y, tercero, que al mismo tiempo que significa esas relaciones las
configura. Parafraseando la sentencia de Koselleck los conceptos son al mismo tiempo tanto índices como
factores de cambio.
60
Con espiritualización me refiero no a una desmaterialización del concepto, sino su pertenencia
y anclaje dentro de un momento y lugar específico. La espiritualización consiste en el poder de un
concepto de encausarse dentro de una corriente de fuerzas que conforman una época. La espiritualización
es la posibilidad de un concepto de entramarse como un punto de referencia necesario por las condiciones
epocales de una sociedad específica.

41
debe lograr recopilar dentro de sí una serie de usos y significados diversos en su interior.
Si un concepto logra espiritualizarse, la disputa sobre su significado y su sentido se
convierte en una lucha por la definición de las formas de vida. La potencia infinita de
desacuerdo se precipita con violencia y el enfrentamiento entre visiones contrarias se
transforma en una colisión entre fuerzas. Quien domine el significado de un concepto en
esta fase, domina el campo total del conflicto político.
El cuarto factor es la coordinación y consiste en la potencia de un concepto de
articularse dentro de una red de significantes. Sin la coordinación, la fuerza de
significación sería estéril. Para dar cuenta de las fuerzas y experiencias en disputa, debe
haber un momento de entramado con otros significantes y significados dentro de un
contexto específico. La coordinación de los conceptos puede ser descubierta por el
análisis sincrónico antes mencionado.
El quinto componente es la temporalización y es el momento en que los
conceptos adquieren un carácter temporal. Los conceptos adquieren temporalidad en la
medida en que acarrean dentro de sí una expectativa de futuro. La temporalización es el
momento en que “[l]os conceptos ya no sirven solamente para concebir los hechos de tal
o cual manera, sino que se proyectan hacia el futuro”.61 La clasificación de los conceptos
en sentido temporal se divide, a su vez, en las siguientes tres categorías: a) la
permanencia que es el conjunto de los conceptos de la tradición y que mantienen en gran
medida una relación estable entre el significante y el significado; b) el cambio es el
momento en el cual se mantiene el significante, pero el significado ha cambiado
radicalmente. Este momento sólo es alcanzable históricamente; y, c) el neologismo que
radica en la formación novedosa de un significante y un significado62. Los neologismos
responden a una necesidad política singular y buscan registrar o provocar un cambio en
un estado de cosas que no es posible significar con el léxico preexistente. Los ejemplos
que da Koselleck sobre los neologismos son los conceptos de comunismo y fascismo.
Un ejemplo que sirve para mostrar el modo de temporalización de un concepto es
el concepto de utopía. En Historias de conceptos, Koselleck señala que el concepto de

61
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 111.
62
Reinhart Koselleck, Futuro pasado 111.

42
utopía surge con la obra de Tomás Moro y su significado era el lugar espacial de una isla
lejana en donde se describía una sociedad idealmente organizada según las expectativas
de Moro63 y su época. Después de la publicación de este texto, la palabra utopía servía
para significar dos cosas. La primera es la isla lejana descrita por Moro y la segunda el
género literario que trata sobre la formación de sociedades ideales. Cabe resaltar que, en
este momento, la palabra sólo significaba a la sociedad ideal dentro de un espacio
determinado, pero que estaba fuera de todo tiempo. Con esto no me refiero a un espacio
como un espacio abstracto, sino justamente que la utopía sucedía fuera del tiempo, pero
que su referencia estaba dada por una referencia geográfica: la isla. No fue hasta la
ilustración que el género literario adquirió fama y se comenzó a replicar. Dentro de los
escritos utópicos sobre la organización ideal de la sociedad se utilizaron recursos
temporales como el sueño para generar una proyección de futuro de la organización
ideal. Así, utopía ya no sólo significaba un lugar lejano, sino que adquiría una dimensión
temporal en la medida en que se comenzó a fechar en el futuro. De esta forma, el
concepto de utopía se ligó a otros conceptos que también poseían una perspectiva
temporal de futuro, como progreso, decadencia, libertad, género, esclavitud, entre otros.
El sexto y último momento de los conceptos es la pretensión de universalidad.
La pretensión de universalidad consiste en la insistencia por llevar un significado
conceptual a escala planetaria, esto es, llegar a ser, con o sin consistencia histórica, el
centro total de la lucha política. Los conceptos sociales y políticos tienen la pretensión
de convertirse en el referente global de una época e incluso en el significante
transhistórico que determine el modo de experiencia en sentido planetario. Un ejemplo
de concepto político con pretensión de universalidad, si no es que universal en todo el
sentido de la palabra, es el concepto de humanidad. Cuando los conceptos en sentido
universal se vuelven el centro de lucha política por su significado y su sentido, aquello
que queda fuera de esta clase de conceptos tienen el riesgo ya no latente de lucha entre
amigos y enemigos, sino el peligro manifiesto de su desaparición, de su aniquilación.
Sobre este aspecto, Carl Schmitt señala en El concepto de lo político que

63
Reinhart Koselleck, “Sobre la historia conceptual de utopía temporal”, en Historias de
conceptos: Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social (Madrid: Trotta, 2012)
171-187.

43
[a]ducir el nombre de la «humanidad», apelar a la humanidad, confiscar ese término, habida
cuenta de que tan excelso nombre no puede ser pronunciado sin determinadas
consecuencias, sólo puede poner de manifiesto la aterradora pretensión de negar al enemigo
la calidad de hombres, declararlo hors-lat loi y hors l’humanité, y llevar así la guerra a la
más extremada inhumanidad64.

Los conceptos políticos fundamentales


Un concepto político se vuelve un concepto fundamental en la medida en que
cumpla con las seis condiciones o momentos descritos en el apartado anterior. Los
conceptos políticos fundamentales se dividen en dos clases. Por un lado, existen los
conceptos fundamentales no transferibles, es decir, que dependen de una estructura
histórica a largo plazo que va cambiando paulatinamente en el curso de la historia y que
se mantiene como el centro de las disputas y desacuerdos políticos, i.e., el centro
discursivo que da sentido a los demás conceptos. Esta clase de conceptos se define por
mantener un mismo significante no transferible a otro, pero que cambia de significado
dependiendo del contexto. Un ejemplo de esta clase conceptos políticos fundamentales
es el concepto de democracia, el cual desarrollaré más adelante. Por otro lado, se
encuentran los conceptos fundamentales transferibles que se definen por no mantener un
mismo significante, sino que puede ser transferible por otro. El motivo de esta
transferibilidad radica en que lo que se mantiene detrás de éstos es una estructura
histórico-social que no cambia, sino que se mantiene fija y recurrente a lo largo de la
historia. Un ejemplo de esta clase de conceptos es el concepto de enemigo.
Ahora bien, las estructuras que permiten la operatividad de los conceptos
políticos en general, sólo se vuelve manifiesta desde una perspectiva histórica. El
análisis sincrónico de los conceptos político no basta para dar cuenta de los complejos
entramados entre los conceptos y las estructuras. Por esa razón, es preciso elaborar un
análisis diacrónico que de cuenta de los cambios de sentido y significado que afectan a
los conceptos en un sentido cronológico. Sin la perspectiva histórica de los conceptos
políticos no es posible visibilizar los modos en los que han operado y, mucho menos, el
sentido y la carga de densidad semántica que los configuran. Para poder distinguir a un
concepto político de un concepto político fundamental, se debe analizar sincrónica y

64
Carl Schmitt, El concepto de lo político, (Madrid: Alianza editorial, 2014), 85.

44
diacrónicamente una serie de conceptos para ver en qué momento y de qué manera un
concepto se vuelve un concepto político fundamental. El poder de los conceptos
políticos fundamentales consiste en que todo el entramado socio-político de una época
específica pasa, necesariamente, por ese concepto.
Los elementos esenciales comunes de los conceptos políticos fundamentales son
cuatro. El primero es que pueden utilizarse con una referencia concreta y, al mismo
tiempo, de manera general, es decir, que, al mismo tiempo que significan un estado de
tensión entre fuerzas sociales, permiten englobar dentro de sí la totalidad de las
relaciones sociopolíticas que configuran una sociedad particular. Por utilizar una
metáfora, los conceptos fundamentales operan como el centro de gravedad dentro de un
movimiento centrífugo en el cual los elementos con menor densidad se mantienen en
una relación cercana al centro de centrifugador, esto es, los conceptos fundamentales.
El segundo consiste en que, a pesar de su carácter negativo y exclusivo, permiten
que aquello excluido del concepto se conciba a sí mismo mediante el concepto mismo
que lo excluye. El tercero se define por su dimensión política. La dimensión política de
estos conceptos no es algo esencial a ellos, sino que se actualiza en el momento efectivo
por su lucha definitiva, es decir, una vez que es puesto en operación por un grupo y lo
adopta con el fin de autodeterminarse y autoconcebirse mediante la determinación de un
grupo contrario como enemigo. En pocas palabras, la lucha por el significado del
concepto fundamental se convierte, entonces, en una lucha existencial por determinarse
y determinar al otro. La lucha por el significado de un concepto fundamental y el
enfrentamiento concreto, es decir, su sentido, se convierten en una sola lucha.
El cuarto elemento común es que los conceptos fundamentales se consolidan en
relación tensional con un concepto contrario. Los conceptos contrarios son los conceptos
que se oponen totalmente a un concepto político fundamental porque significan el
mismo estado de cosas y de relaciones que el concepto político fundamental, pero su
sentido es completamente opuesto. Los contraconceptos cambian dependiendo la época
en la que se configuran, pero los conceptos fundamentales se mantienen. Un ejemplo de
contraconcepto es el concepto de decadencia, pues significa el mismo estado de cosas
que el concepto de progreso, pero su sentido difiere radicalmente. Ambos engloban la
totalidad de las relaciones sociales y, sin embargo, difieren en su sentido. Otro ejemplo

45
de contraconcepto es el concepto de estamento. El concepto de estamento buscaba
definir, dentro del régimen feudal, el orden social y se contrapone en sentido total al
concepto de clase. Que surge en una dimensión temporal y social después de la
revolución francesa. La pugna entre el concepto de clase y el concepto de estamento es
también la lucha entre nuevo y antiguo régimen. Mostrar la relación entre conceptos
fundamentales y contraconceptos es contar la historia de dos modos-de-ser-el-en-mundo
que colisionan en una lucha total entre perseverar en el ser o desaparecer.
Lo político de los conceptos fundamentales se consolida en la medida en que se
articula el concepto (el “partido”, la “iglesia”, la “familia—heterosexual—”, etc.) para
singularizarse socio-políticamente en una agrupación. En otras palabras, tienen la
facultad de formar grupos políticos por la exclusión de quienes quedan fuera de su
significación. Sobre este aspecto Koselleck señala que “[l]os conceptos empleados
antitéticamente son especialmente apropiados para conformar la pluralidad de relaciones
de hecho y de intensiones entre grupos diferentes, de tal modo que los afectados en parte
son violentados y en parte —proporcional— alcanzan capacidad política de acción como
actores en general.”65 Los conceptos políticos fundamentales son armas que hacen
posible la formación de grupos mediante la delimitación y configuración de un nosotros
en contraposición a un ellos en una colisión entre fuerzas opuestas dentro del mismo
terreno de batalla. El sentido de la sentencia elaborada por Koselleck busca indicar que
las categorías fundamentales de exclusión y de formación de grupos, necesariamente
excluyen a una parte de lo social. Así, la parte excluida y atacada por ese concepto,
puede, dado el caso eventual de su posible resignificación, servir también como forma
de su autorreconocimiento. PONER EL EJMPLO DE QUEER El ejemplo por
antonomasia de las categorías o conceptos universales que determinan qué vidas deben
ser vividas y de qué forma es el concepto de humanidad. Mientras que el concepto de
humanidad deja fuera a toda una serie de vidas, esas vidas deben, hablar con y contra esa
categoría de humanidad. El concepto de humanidad, al mismo tiempo que puede llevar a
la más extrema forma de exclusión cuando se define a alguien como subhumano,
también permite crear un marco de reconocimiento para quienes se encuentren fuera del

65
Reinhart Koselleck, Futuro pasado (Buenos Aires: Paidós, 1993), 208.

46
él. Sin embargo, y como se tratará en el apartado de las estrategias de la política de los
conceptos políticos, esos modos de reconocimiento están determinados por el marco
normativo que se enraíza en el concepto político fundamental. Para poder dar cuenta del
reconocimiento, sin la precarización a la cual ha conducido a los que quedan fuera de
ese concepto, debe haber una interrupción y desactivación semántica de los
componentes opresivos del marco que inaugura ese concepto. Quienes quedan fuera de
ese concepto se encuentra en el difícil enfrentamiento con el autorreconocimiento de esa
categoría que los excluye y al mismo tiempo expresarse mediante ella. En otras palabras,
si existe un momento de reivindicación, deben pasar por una ampliación y
resemantización de ese concepto mediante hablar con y contra esa categoría.
La formación de grupos como unidades políticas de acción está íntimamente
vinculado con dos formas de entender lo político. Por un lado, la formación de grupos de
oposición, como unidades de conflicto, necesariamente depende de una concepción que
pase por la formación de identidades. Esta formación, como ya hemos venido señalando
de la mano de Carl Schmitt, sólo puede ser posible si se toma parte en sentido
existencial66.
Toda forma de agrupación política de clave identitaria implica la negación fáctica
de aquel demarcado como otro. En otras palabras, para que exista una formación
identitaria debe haber una definición de un nosotros como lo no ellos. El otro, lo otro,
dentro de esta forma de configuración política, es negado y, en el caso extremo, negado
en su modo de-ser-en-el-mundo hasta el punto de su desaparición o exterminio. La
operación que hace posible que lo político sea intercambiable con el antagonismo,
necesita de las identidades, pero también del mecanismo estructural de lo político como
antagonismo como forma de preservación.
Hasta ahora se ha señalado por qué no es suficiente con una crítica de lenguaje de
la política mediante la determinación su contexto de uso como forma de erradicar la
ambigüedad y los malentendidos del lenguaje; se han elaborado las condiciones
estructurales del proceso de formación de los conceptos políticos; se ha resaltado el
carácter tensional en relación con lo social, es decir, que los conceptos políticos son

47
tanto índices como factores del cambio; se ha hecho mención de la historia conceptual
como marco metodológico necesario para el análisis del significado y del sentido
político de los conceptos políticos; se han descrito la disposición extralingüísitica de los
conceptos, esto es, el carácter experiencial que es su afuera constituyente; y se han
demostrado los modos en que las disputas políticas se articulan con base en los
conceptos. Pues bien, como conclusión de este apartado es preciso resaltar, a manera de
resumen, seis condiciones mínimas constitutivas de los conceptos políticos.
La primera condición es que los conceptos políticos son polémicos en un doble
sentido. Los conceptos son polémicos, en primera instancia, porque siempre operan
dentro de un antagonismo concreto. Por esta razón, el sentido de los conceptos políticos
está determinado por el momento retórico de su enunciación y su evocación busca
afectar de manera positiva o negativa a un grupo opositor. El sentido de los conceptos
políticos difiere, por tanto, entre los contextos de enunciación y sólo puede ser
recuperado y comprendido en la medida en que se recurra a un análisis histórico. En
segundo lugar, los conceptos son polémicos porque el desacuerdo habita en su interior,
el significado de los conceptos político es necesariamente polisémico y contiene una
potencia antagónica que puede actualizarse o desactivarse. Esta condición permite que el
significado de los conceptos sea siempre revisable, apelable y cambiante. Así, los
conceptos políticos son mutables doblemente: el sentido cambia por la circunstancia
concreta en la que se inscribe, pero también el significado posee la cualidad de poseer
una potencia de desacuerdo siempre actualizable. Si la impugnabilidad de los conceptos
fuera algo esencial, entonces, no podrían explicarse los momentos de un consenso, ni la
centralización y el posicionamiento de un concepto político como un concepto
fundamental.
De esta primera condición mínima, se desprende la necesidad de la exploración
histórica de los conceptos: sin la densidad histórica que contienen los conceptos
políticos, pierden su carácter polisémico y, en consecuencia, pierden la potencia de
inaugurar cualquier antagonismo. La razón de esta necesidad es que la operatividad
política de los conceptos políticos no queda expresada en su totalidad señalando los
marcos normativos que determinan una disputa y refiriendo a un momento específico,
sino que debe pasar también por una reconstrucción histórica de su significado

48
utilizando tanto el análisis sincrónico como el análisis diacrónico. El trabajo histórico de
los conceptos políticos es, justamente, el intento por mostrar y mantener el antagonismo
al interior de su propia marca constitutiva.
La segunda condición mínima de los conceptos políticos es que su campo de
actividad es múltiple. Esta condición refiere a que los conceptos políticos no
necesariamente son utilizados en la política o al interior del campo de dominio del
Estado. Por el contrario, las disputas jurídicas, económicas, morales, sociológicas, etc.,
pueden conducir a la apertura de un antagonismo concreto. Las disputas entre campos
diversos de los social se pueden convertir en enfrentamientos políticos y los conceptos
propios de esos campos, pueden llegar a significar algo más que aquello que se buscaba
señalar en un lenguaje técnico o que se formuló con un fin para una situación particular
concreta. El campo de actividad de los conceptos políticos no está determinado por su
sentido originario de enunciación.
Un ejemplo de esta última consideración atañe al concepto de desaparecido. El
concepto de desaparecido es un término jurídico para señalar la imposibilidad de dar
cuenta de la vida o la muerte de un cuerpo. Este sentido del concepto fue utilizado por
Videla durante la dictadura en Argentina cuando en un comunicado explicando la
situación jurídica de los detenidos desaparecidos exclamó “[l]os desaparecidos no están
ni muertos ni vivos, están desaparecidos.” El sentido de borramiento y amenaza frente a
las sublevaciones fue luego resemantizado por las madres de la plaza de mayo y algunos
colectivos y en la palabra se condensaron una serie de experiencias de pérdida, dolor y
lucha. En este caso, el movimiento semántico del término se condensó polisémicamente
en la forma de una demanda imposible por la consigna —que no significa otra cosa que
la significación compartida, formada en conjunto, conformada— “que aparezcan con
vida los detenidos desaparecidos”. Este ejemplo muestra el modo de resemantización del
concepto y su uso político no sólo en la esfera del derecho y la política, sino también en
las movilizaciones multitudinarias y las protestas que sacaron al término de su sentido
originario. Luego de una larga resistencia frente al olvido, al término de las dictaduras,
como en el caso de Chile, la palabra fijó momentáneamente su significado mediante la
noción de derechos humanos. No obstante, el significante no se ancló de manera
definitiva.

49
La tercera condición es que ninguna definición o uso de los conceptos políticos
es última. Esta tercera condición pudiera parecer una obviedad, pero en realidad busca
mantener la base mínima descrita en la primera condición sobre su polemicidad, es
decir, la potencia polémica de indefinición en un sentido siempre actualizable. En el
planteamiento sobre la impugnabilidad esencial de los conceptos políticos, elaborada por
Gallie, se estableció en la quinta consideración que cada grupo debe considerar que su
propio uso es impugnable. El planteamiento de Gallie se establece sobre una base
normativa de la disputa argumentativa sobre los conceptos políticos. Sin embargo,
después de mostrar el desarrollo histórico de los conceptos políticos y su tendencia a
cambiar en el tiempo, la cuestión deja de ser una máxima normativa y se convierte en
una cuestión de hecho. El uso de los conceptos políticos es provisional, no es último. La
cuestión radica en tornar ese estado de cosas en una forma de disputa para cambiar el
sentido, mediante la resemantización de los conceptos, como inauguración de un campo
de confrontación y conflicto. Ningún uso de los conceptos es último porque lo que
habita en los conceptos políticos es la polémica y, en ese sentido, la potencia de
desacuerdo debe ser actualizada.
El consenso que se puede alcanzar frente a un sentido polémico del significado,
es sólo un momento dentro de la trama global del concepto en disputa. La diferencia
entre la impugnabilidad esencial67 y la potencia actualizable de impugnación, radica en
que la primera extrema al conflicto al punto en que no hay posibilidad alguna de
consenso. En cambio, en la segunda acepción existe la oportunidad de cese al fuego, del
consenso. Sin embargo, esa etapa de consenso no es última, es decir, no alcanza una
etapa incuestionable o determinante a partir de la cual se pueda derivar una práctica
segura. Si no hay definiciones últimas del léxico político, entonces no es posible asegura
una práctica administrativa concreta. El carácter antagónico de los conceptos políticos
en su dimensión interna se mantiene en todos los casos, incluso en los momentos del
borramiento causado por el consenso, ya sea como huella, fantasma o lucha inminente.
El consenso sobre el sentido de un término no responde a una cuestión de necesidad
metafísica, sino a un momento de reflexión en la que el antagonismo se diluye por

67
W. B. Gallie, Conceptos esencialmente impugnados (México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 1998).

50
cuestiones estratégicas o por el surgimiento hegemónico de una definición sobre otra.
Los conceptos fundamentales o que han alcanzado el carácter de universalidad,
conceptos que se han vuelto el centro fundamental de las prácticas políticas, están
igualmente sometidos a este principio.
La cuarta condición de los conceptos políticos consiste en que la impugnabilidad
no es esencial, sino que es una potencia negativa infinita contingentemente actualizable.
La razón por la cual la disputa sobre el significado de un concepto se activa o desactiva
responde a dos razones. La primera depende de cuestiones retóricas. No hay una ley que
pueda inscribir una razón última sobre la cual un concepto puede alcanzar un carácter
consensual, sino que depende del momento y contexto en el que se inscribe. La
posibilidad real del consenso respecto al significado de un término político depende, en
gran medida, de que la contraparte atacada acepte, sin más, el sentido que se le da por
parte del grupo atacante. Un ejemplo de esta clase de consenso es el que existe respecto
al concepto de demagogia. Los conceptos que son utilizados unilateralmente para
descalificar al enemigo son conceptos que llevan una carga de densidad histórico-
política difícilmente rechazable, pero que son conducidos de manera que el adversario
atacado con ellos, a pesar de coincidir en su significado, difiere en el sentido. La
diferencia con la impugnabilidad del significado y el sentido radica en que el concepto
se mantiene activo, pero el desacuerdo por su significado difícilmente se hace
manifiesta. El ataque mantiene activo al concepto, hay consenso sobre su significado y
la desactivación de su potencia desarticuladora se mantiene en la medida en que no hay
una disputa por la dominación del centro del significado del concepto. La posibilidad de
que se sostenga una disputa por su significado no depende del operador, es decir, no se
hace posible voluntariamente, sino que depende de factores externos al concepto: al
momento retórico. La segunda razón por la cual la potencia negativa del concepto es
contingente es porque hay una disimetría entre el concepto y las fuerzas sociales que lo
habitan. En primer lugar, puede que el concepto deje de estar dentro de la red de
intercambio semántico que la hace vigente, esto es, pierde continuidad. El motivo detrás
de esto es que esta clase de conceptos no han logrado impactar con la fuerza necesaria el
choque entre las fuerzas sociales en disputa. Un concepto que deja de vibrar con la
fuerza con la que la disputa entre fuerzas lo hace, es un concepto que pierde su carácter

51
polémico y, por tanto, tiene el riesgo de perder su continuidad. Así, la ruptura del
consenso respecto del significado de un término no responde en realidad a razones, sino
que depende de motivaciones contingentes y a la actualidad de un momento concreto.
Reitero, entonces, la razón por la cual la impugnabilidad no puede ser esencial; de lo
contrario, no se podrían explicar los momentos de consenso.
La quinta condición es que todos los conceptos políticos poseen una estructura
temporal. Como ya señalé en el inicio del capítulo, en todos los conceptos conviven una
serie de estratos temporales diferenciales. Algo que ha sido demostrado por el análisis de
la historia conceptual es que los conceptos son afectados por diferentes temporalidades y
que dentro de un mismo concepto pueden habitar la permanencia, el cambio y la
proyección futura de un estado de cosas por-venir. Los conceptos fundamentales que han
alcanzado, dentro de un proceso estructural de articulación semántica, los momentos de
temporalización y pretensión de universalidad, son conceptos en los que convive lo que
Koselleck llamó la simultaneidad de lo anacrónico. En el concepto de democracia, por
ejemplo, conviven las nociones antiguas y las modernas. Un concepto como
democracia, mantiene el carácter polisémico en la medida en que se temporaliza con
perspectiva de futuro, es usado como un concepto evaluativo (“esto es democrático, esto
otro no”) y tiene, al mismo tiempo, sus raíces en un momento de estabilidad de las
relaciones entre significante y significado. Los estratos temporales se encuentran
también en constante lucha por sobreponerse unos a otros, pero su uso en un sentido
futuro o en referencia a un pasado estable son condiciones que son actualizables siempre
y cuando el concepto se mantenga activo.
Por último, el sexto elemento de los conceptos políticos es que operan dentro de
una o varias estructuras que los dotan de un marco de operatividad. El sentido de esta
afirmación es que las estructuras sociales permiten que un concepto se articule de
manera que se contraponga a otro. Los conceptos contrarios asimétricos pueden
introducirse dentro de una trama que permita oponer un concepto a otro y lo que se
mantiene es justamente la confrontación entre un concepto fundamental o central y los
contraconceptos. La permanencia de un concepto dentro de un espacio central de
significación depende en gran medida de que exista una estructura sistemática que lo
dote de sentido.

52
Los contraconceptos son los conceptos que se articulan de manera contraria a los
conceptos fundamentales y que buscan significar el mismo curso de las relaciones y
fuerzas. Los contraconceptos pueden cambiar a lo largo del tiempo y su historia es más
bien la historia de la discontinuidad, pues, mientras que los conceptos fundamentales
permanecen, aún cuando no se mantengan igual, como el centro planetario de disputa
política, los conceptos contrarios se disuelven cuando la disputa respecto a ese concepto
pierde vigencia histórica. Un ejemplo de la articulación entre conceptos fundamentales y
conceptos contrarios o contraconceptos es la relación entre el concepto de progreso y el
concepto de decadencia68.

68
Reinhart Koselleck, “«Progreso» y «decadencia». Apéndice sobre la historia de dos conceptos”
en Historias de conceptos: Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social (Madrid:
Trotta, 2012), 95-101.

53
Helmuth Plessner y la antropología política

Aún no se ha superado el mundo de Kafka


—Helmuth Plessner

Los planteamientos antropológicos de Helmuth Plessner ofrecen una doble ganancia


para comprender el problema de la historia y la política en relación con la oposición
fundamental de lo político entre amigo y enemigo. Y que podrían ser llevados más a
fondo sobre la base de los pares categoriales en general, planteados por la Historik.
Plessner busca responder a la pregunta de la originariedad de lo político y lo histórico
mediante el planteamiento de un puente entre el problema de la ontogénesis y el
surgimiento de lo político.

Para Plessner, la política es una actividad esencial y cuanto menos se estima peor es. La
producción teórica de Plesnner se da en el contexto del surgimiento de la sociedad de
masas, en la crisis y caída de la República de Weimar, en épocas de un rígido
autoritarismo y de violencia generalizada. La preocupación principal de Plessner
consiste justamente en la negación de la dignidad de la política como una forma legítima
de reflexión y actividad. Negación que conduce a la fundamentación de la política
nacional en la idea de la comunidad. Plessner, frente a este horizonte de significación
defiende fervientemente los valores de la moderación y la contención emocional, busca
evitar la hiperafectividad de la política y argumenta en favor de la distancia interpresonal
al punto, incluso de la alienación social, pues creía que la modernidad de su génesis era
positiva. En breve, Plessner estaba en contra de la romantización de la vida social y
arguía que los seres humanos requieren de distancia, que la tendencia a la cercanía en
extremo y la intimidad excesiva llevan a la renuncia de lo político y lo social69. En

69
La tesis, que veremos más adelante, del artificio social en las sociedades modernas y sobre
todo en aquellas que valoran la tolerancia y la individualidad deben de la misma manera valorar la
inautenticidad, lo impersonal, la frialdad en las esferas de la vida social.

54
último término, se opone al decisionismo político que da cuerda a una política comunal
y autoritaria que exacerba la violencia y la brutalidad.

Para revertir ese proceso, Plessner busca extraer conclusiones políticas de


premisas antropológicas. En otras palabras, recurre a la reevaluación de la política
mediante la antropología, a la demostración de su carácter necesario, pero
históricamente determinado, para el desarrollo del ser humano. En este sentido, la
antropología política debía encausarse a una genealogía de lo político desde la
constitución fundamental del ser humano.

Su tesis se construye alrededor de dos ejes. El primero es el eje de la hipótesis


plausible del homo absconditus. Adelantando un poco el planteamiento, consiste en
señalar que el ser humano es un ser improbable, fuera de su centro y cuyo posible centro
o núcleo es incognoscible, móvil, lo que lo obliga a salir de sí, a salir de sí para superar
el estado de indeterminación. El segundo es una derivación del primero y consiste en
retomar las tesis de Dilthey sobre el desarrollo vital efectuado en la historia. Bajo este
planteamiento la vida es inmediatamente comprensible, explicable e interpretable en el
horizonte de la vivencia y, por tanto, sólo puede ser histórica70. En lo que sigue,
reconstruiré el planteamiento de Plessner respecto al homo absconditus para dar cuenta
del origen simultáneo de la diferencia amigo/enemigo y la compulsión a la acción como
modo de determinación.

Homo Absconditus

La tesis central del planteamiento de Plessner es que en la formación y desarrollo


del homo absconditus está in nuce la diferencia amigo/enemigo. El homo absconditus es
una categoría que muestra que el ser humano es un ser desprovisto de centro, que
contiene algo en sí que no puede ser conocido; es un ser cuyo punto de partida interior es
indeterminado. Es la indeterminación interna de su ser la que lo hace salir de sí, lo que lo
convierte en un ser excéntrico. Así, el planteamiento de la excentricidad del ser humano,
requiere un entramado complejo entre su modo situacional de ser en el mundo y la

70
Vs Koselleck

55
formación de su ambiente. La indeterminación es insoportable y, por esa razón, el ser
humano tiende a salir de su centro, a generar su propio poder sobre sí y desde sí. En este
sentido, para Plessner, el estado originario de indeterminación es algo insoportable y es
una necesidad antropológica superar esa condición mediante la acción.

El proceso de autoempoderamiento implica que el ser humano tiene la única


posibilidad de condicionamiento exterior en la historia, pero no sólo condiciona a la
historia en un proceso de determinación como algo ajeno, sino que ese accionar y esa
determinación es a la vez condicionado por la historia misma. La historia es, en este
sentido, tanto modo de autoempoderamiento como determinación y condicionamiento.
Podemos decir, de este modo, que la historia es la respuesta a la inseguridad originaria
que causa el estado de indeterminación que se supera luchando contra lo extraño y en
favor del sentido de la propia vida71. La pregunta aquí sería si bajo ese planteamiento es
posible mostrar las condiciones de posibilidad de la historia, como lo hace Koselleck en
la histórica. La primera tesis apresurada es que desde la perspectiva plessneriana no hay
posibilidad de mostrar las condiciones trascendentales de posibilidad de las historias,
pues las condiciones del despliegue de las tramas históricas están condicionadas por una
necesidad antropológica, mas que por ciertas estructuras de oposición que en su tensión
activan historias. En cualquier caso, la Historik sería el medio de reconocimiento de
estructuras que permanecen en el horizonte de lo conocido, como un derivado de la
necesidad antropológica de autoempodermaiento, pero nunca condiciones de posibilidad
de las historias, pues esa condición viene dada justamente por una indeterminación
originaria.

Familiar/extraño

Ahora bien, retomando el hilo conductor de la argumentación es preciso señalar que


el mecanismo por excelencia para hacer frente al riesgo de retorno a la indiferenciación
es la relación familiar/extraño que, en términos políticos se significa sobre la base de la
diferencia amigo/enemigo. La necesidad antropológica es, en estos términos, la de

71
Villacañas 55

56
formación de un horizonte familiar interior como mecanismo de generación de
familiaridad, de lo conocido, de lo natural. El horizonte se opone a lo externo que, a su
vez, se significa sobre la base de la extrañeza, lo innatural y lo incomprensible. Esta base
de relaciones que sirve al ser humano como fundamento de la acción en contra de la
indeterminación no es algo que se pueda afirmar de antemano, al menos no en el
horizonte de lo cierto. Aquí ya es posible señalar que, debido a la indeterminación
básica, no hay manera de predeterminar la línea de horizonte, sino que depende de la
determinación de la acción. Este dato es históricamente relevante en la medida en que
hay una cuestión sobre la norma en lo dado como lugar determinado de posibilidad del
actuar preasignado históricamente. La modelación de la acción mediante la norma
consiste en un mecanismo de alineamiento al marco exterior de las acciones posibles. Es
la renuncia a la libertad absoluta de la indeterminación y la entrada voluntaria al
horizonte de norma. En otras palabras, el horizonte posible de acción no es algo que
pueda ser creado ex nihilo, no es algo históricamente manipulable.

Las funciones sobre las cuales la acción es posible sobrepasan la vida individual,
son siempre sociales. En palabras de José Luis Villacañas “[l]a individuación, en
realidad, se produce dentro de la condición originaria de un ethnos, algo que
corresponde al ser humano en tanto ser vivo y casi diríamos que animal”72. En otras
palabras, el vínculo social del proceso de formación individual siempre esta predado en
la relación étnica, en haber nacido en una agrupación. Justamente en esta relación, es
que Villacañas defiende la radicalidad del pensamiento de Plessner en que la
individuación está posibilitada siempre como una filiación73. La filiación originaria es
donde se enraiza lo político, pero esa filiación no es exclusivamente política, sino que
determina todas las esferas de acción. En esta línea argumental, Plessner afirma que “El
hombre es poder y por eso la política es su destino”74.

En el planteamiento del antropólogo alemán podemos encontrar una salida o


alternativa frente al problema de lo político como diferencia amigo/enemigo que no pase

72
Villacañas, 56
73
Villacañas 56
74
Villacañas 56

57
por el impolitismo, pero que tampoco recurra al mecanismo soberano de la identidad
como forma de asegurar la representación. Por eso la función antropológica, por eso el
problema de lo político como la diferenciación amigo/enemigo, no pasa ni por el
identitarismo rígido ni por la renuncia a la dimensión de las grandes preguntas políticas.
Radica, más bien, en una dotación de sentido que rompe con la dicotomía, ya planteada
por Heidegger, sobre lo impropio y lo propio de los modos de ser-ahí, pues toda forma
posible de acción está limitada a la necesidad de la renuncia de la indeterminación
mediante la acción sobre la esfera de las funciones históricamente relevantes que
permiten la individuación, pero nunca con la posibilidad de referir a una interioridad
propia, buena, auténtica y una exterior mala, desconocida, inauténtica. Lo que hace
posible este planteamiento es que el proceso de individuación siempre está posibilitado
por modos y funciones del otro, en el doble, en el rol, en lo propiamente impropio. En
breve, la posición del ser humano exige decisiones que siempre implican una
exteriorización, una acción que es determinación y, en consecuencia, no hay recurso
posible de apelación a la identidad originaria.

La pregunta que ahora surge es ¿cómo los individuos logran superar su condición y
su diferencia en algo colectivo? Para responder a esta pregunta, Plessner recurre a los
planteamientos heideggerianas del miedo y la angustia como fundamento de la continua
formación de horizonte. De acuerdo con la lectura de Villacañas, Plessner sostiene que
“ese miedo está arraigado en la constitución esencial del ser humano que, en tanto carga
con un legado animal, es lo más cercano y lo más lejano de sí mismo”75. Esta tesis forma
parte de las premisas biológicas que sostienen a la hipótesis de que el ser humano es un
ser expuesto. El miedo no es consecuencia de alteraciones del horizonte como medio
para formar familiaridad, sino que corresponde a la esfera de lo desconocido de sí, al
juego del doble y lo inescrutable del homo absconditus. Así, podemos afirmar que esta
posibilidad del miedo como afección primaria antecede a la formación de horizonte y, en
consecuencia, a la identidad. La diferencia consigo mismo, que es producto del miedo y
de la hostilidad, siempre contiene la posibilidad de retornar a lo indeterminado que,
como había señalado con anterioridad, es la carga insoportable que exige la huída del ser

75
Villacañas, 57

58
humano al reino de la determinación mediante la acción. Toda identidad, por
consiguiente, se manifiesta de manera paradójica: como extrañeza frente a lo
indeterminado en sí, pero también en el orden de la familiaridad. Siguiendo este hilo
argumental, podemos afirmar que lo familiar es lo extraño en tanto perturbación siniestra
del horizonte común de significación, pero también, en sentido más radical, que lo
extraño es lo más familiar en la medida en que la definición de sí mismo siempre se da
sobre la base de lo impropio, de lo compartido. Toda identidad es solamente superficie y
superficie es lo único que existe en el orden de lo cognoscible y manejable. En este
sentido, Plessner señala que “lo extraño es lo propio, lo familiar o lo doméstico en el
otro”76. Lo extraño es lo propio en la medida en que no hay algo originario a lo cual se
pueda apelar, no hay un ambiente originario para el ser humano, el ser humano es el ser
que necesita la norma para formar el ámbito de su adaptabilidad. Es el ser desprovisto de
ambiente propio. Su modo propio es la impropiedad y su oikos es gracia al otro.

Es aquí que podemos crear un paralelismo entre los argumentos de Schmitt y


Plessner. Mientras que para Schmitt el enemigo es la proyección de mi propio problema
de identidad, para Plessner toda formación de enemigo consiste en la visión de lo
familiar en otro que no soy yo, en lo propio que es el allá del otro. Por un lado, en
Schmitt la formación del enemigo es una Gestalt, su producción responde a la
proyección de un propio problema de identidad. Para Plessner lo único familiar se
construye sobre la base del no yo, pero no hay proyección, mi aquí propio es, al mismo
tiempo, el allá del otro.

La relación del ser humano consigo mismo nunca es inmediata, determinada o


cerrada, siempre está expuesta a su condición compartida. En esta medida, la propuesta
antropológica de Plessner genera la potencia de repensar la formación de la identidad sin
la tentación de recurrir a un sí mismo interior, puro, originario, bueno, pues lo único
manifiesto es la exteriorización de ese sí mismo en la superficialidad. No hay, en
consecuencia, razón alguna para afirmar que exista algo así como un verse a sí mismo de
forma plena, completa. Por el contrario, lo que hay es fragmento y en cada fragmento o

76
Villacañas, 57

59
parcialidad de la imagen de sí existe también un rebasamiento del sí mismo que no se
agota en la descripción de su función social.

Ahora bien, queda aun sin resolver la cuestión sobre la historia en relación con la
tesis de lo inescrutable en sí. La aparición de lo desconocido en el horizonte, su
perturbación no puede ser prevenido y obliga, debido a su desplazamiento continuo, que
el único medio para su entendimiento sea histórico. Amigo/enemigo no es inteligible
fuera del horizonte histórico de significación, no es general abstracto, sino que se
comprende como un singular concreto que varía dependiendo su posicionalidad. La
hostilidad frente a la aparición posible de lo extraño en lo familiar puede ser de dos
tipos. Puede ser por a) perturbación del horizonte, cuya condición para Plessner es
anómala o b) debido al conflicto entre intereses, cuya aparición es común.

La hostilidad surge por la imposibilidad de negociación. En palabras de Plessner


“[b]asta con que alguno de mis intereses esté cargado de afecto de identidad y genere así
un relato. La extrañeza no tiene nada de perturbador excepto para quien la refleja
restrospectivamente”77. En otras palabras, el interés conflictivo puede ser negociable,
pero no necesariamente. Cuando se emplaza a la aparición de la hostilidad, responde a
la carga afectiva que se le impone. La carga del afecto de identidad sobre el campo de
experiencia del conflicto entre intereses se convierte en la activación de la narratividad,
en la aparición del relato de sí sobre la base del afecto. No obstante, esa formación
antagónica no puede ser reconocida sin la base del relato de sí mismo como formación
interior frente a un afuera perturbador. Pero responde, más que a la proyección del
problema de identidad, a una falla en la negociación diplomática como forma de
articulación de horizonte común. Aquí surge uno de los puntos nodales de la pregunta
sobre la historia que había quedado sin resolver. La historia, como formación de marco
de acción determinante como línea de fuga del estado de indeterminación, en conjunto
con el surgimiento de la formación individual en un ethnos, como filiación, sucede
siempre en el marco de lo político. Podemos entonces afirmar que no es que la historia
se impregne totalmente de lo político, no es que se le sobreponga la política como
determinación, sino que sólo es en tanto política. En palabras de José Luis Villacañas:

77
Villacañas 58

60
“[e]l político o lo político sería el destino porque el ser humano no puede superar la
ambivalencia familiar/extraño en sí, y porque tampoco puede conocerse a sí mismo del
todo en relación con el otro ni cerrar su relato vital mientras viva”78.

La ambivalencia familiaridad/extrañeza permite desplazar la cuestión del enemigo


de forma continua, puede encausarse desde la estructura del tiempo del momento y de la
posicionalidad que exige la toma de decisiones79. Debido a que la ambivalencia y la
compulsión a la acción son el único medio para compensar la indeterminación
originaria, no es posible montar sobre esa estructura la posibilidad de rebasar lo
inescrutable del ser humano mediante una identidad originaria. No hay, pues,
movimiento constitucional; sólo de compensación. “La angustia de la situación, en tanto
dominada por posibilidades excedentes en las que lo familiar y lo siniestro van juntos,
exige delimitación continuamente renovada, transformada, establecida en una línea
oscilante”.80 Esto no quiere decir otra cosa más que la posicionalidad en el horizonte de
los otros siempre es difusa, inestable.

El concepto de posicionalidad

Por posicionalidad se debe entender aquí “la manera en que el ser humano gestiona
su confín”81. El ambiente del ser humano es conquistado mediante el mundo. La frontera
“entre ambiente y mundo, entre la zona doméstica de lazos y relaciones de sentido
familiares, que ya son comprendidas desde siempre, y la realidad perturbadora del
carácter infundado del mundo. En ese cruce el ser humano se revela ser el dueño.”82
Sucede justamente que la función del concepto adquiere un carácter aclarativo como
formación de familiaridad y firmeza, pues la compulsión a la acción sobre la base de la
estructura temporal de la decisión ocasiona una difusión en la relación espacial y, en
consecuencia, una falta de fundamento en relación con el ambiente. El riesgo y la

78
Villacaña 58
79
Villacañas 59
80
Villacañas 59
81
Villacañas 59
82
Villacañas 59

61
amenaza siempre reactualizados obligan a redefinir la relación entre lo interior y lo
exterior. Sin embargo, el movimiento de la seguridad por sobrepasar el peligro genera
nueva inseguridad que, a su vez, debe ser de nuevo estabilizada. En palabras de
Villacañas: “el ambiente es un horizonte, una línea abierta.”83 Es decir que el ambiente
del ser humano siempre está constituido por la familiaridad de la extrañeza en el interior.
El dominio de un ambiente siempre está constituido bajo la premisa de la expectativa, de
la posibilidad de aparición y desestabilización de la diferencia en su ámbito. En otras
palabras, la mirada propia se monta sobre la base móvil del horizonte, bajo la posibilidad
de aparición del enemigo.

En Die stufen des organischen un der Mensch, Plessner señala que “el yo, el ser
humano está detrás de sí mismo, sin lugar en la nada, y traspasa la nada, en aquello que
espacio/temporalmente es ningún de dónde y ningún cuándo.”84 Esta cita interesa aquí
porque permite visualizar al ser humano en su relación excéntrica tanto consigo como
con el ambiente. El modo de existencia del ser humano es tendiente al cambio, al
nomadismo de la voluntad de erigir debido a su relación inesencial con el espacio y el
tiempo. El ser humano, debido a su finitud, debido a lo más propio de sí que es lo
inescrutable y lo indefinido del horizonte exige siempre una compensación artificial.
Pero ningún artificio logra subsanar el problema de la falta de identidad originaria ni el
aspecto abierto del horizonte. Sólo en este sentido podemos afirmar que la naturaleza del
ser humano es el artificio. Exclusivamente el ser humano puede “ser un lobo en piel de
cordero o un cordero en piel de lobo […] o cordero en piel de cordero”85.

El hecho de que la situación vital sea incongruente lo orilla a mediatizar toda


inmediatez. Sin embargo, ninguna mediación logra suturar la falta de identidad
originaria86. La metafórica del destino de la política se desprende de esta premisa, de la
cualidad potestativa y abierta del ser humano. La reducción de la indeterminación
mediante la acción lleva a la inclinación hacia la voluntad de poder. No obstante, se trata

83
Villacañas 60
84
Villacañas 60
85
Más acá de la utopía, 20
86
Villacañas 61

62
de un poder impotente, pues no logra generar “confín, ni identidad, ni posicionalidad
definitiva, vale decir, legitimidad estable”87. De esta cita podemos extraer la conclusión
de que no hay necesidad en la historia, de que existen la posibilidad de dirigir la acción
hacia lo justo. Hay en Plessner la posibilidad de crear una línea en dirección a lo justo
como necesidad, pues debido a que los cursos posibles de acción humana no son
necesarios, siempre existe la apertura al condicionamiento, a la corrección. En palabras
de Plessner “toda situación ordenadora constituye el ensayo de compensar la esencial
incongruencia de la situación del ser humano en sí misma.”88 La libertad del ser humano
sólo puede concebirse bajo este planteamiento, en congruencia con la responsabilidad de
inclinación a autorizarse para la acción correctiva. La fundación mediante la acción está
impulsada por la voluntad de poder como voluntad de autorizarse, como voluntad de lo
justo.

La relacionalidad depende del cuerpo. Plessner realiza una distinción entre dos
modos de experiencia del cuerpo. El cuerpo como organismo vivo (Leib) y el cuerpo
como una posesión, tener un cuerpo (Körper). Al cuerpo como organismo vivo le
corresponde la vivencia intencional, la duración el tiempo. Es el lugar que se vive como
propio. En cambio, el cuerpo como objeto, como Körper, refiere a la mirada doble de
tener un cuerpo y corresponde al espacio. El conocimiento del Leib tiene que ver con lo
no visible; Körper con el juego de ver y ser visto. La tesis central que se desprende de
esta relación con el cuerpo es que “el ser humano puede llegar a disociar la relación con
ese cuerpo que ve en tanto organismo suyo”89. Esta tesis de la relacionalidad y el cuerpo
la desarrollará Plessner años después en el texto más acá de la utopía.

Para descifrar la relación de las dos formas del cuerpo y lo político, Plessner recurre
al concepto de rol. La razón de esto es que mediante el concepto de rol Plessner logra
eludir la diferencia absoluta amigo/enemigo por tres razones. En primer lugar, la
movilidad reguladora que genera este concepto es que no afecta al fantasma
inescrutable, pues permite una separación entre el ámbito público y el privado. En

87
Villacañas 61
88
Villacañas 61
89
Villacañas 63

63
segundo lugar, el principal efecto de esta separación es que el ser humano se puede ver a
si mismo en su proceso de individuación como doble, no como una máscara en el que
puede ver y ser visto al mismo tiempo. En tercer lugar, el concepto de rol permite ir más
allá de lo auténtico y lo inauténtico.

64
2.1 Rol social y naturaleza humana

Para Plessner el concepto de rol social se contrapone al horizonte histórico universal y a


los análisis psicológicos de motivos. La razón de esta oposición es que el concepto de
rol funciona mediante la descripción de los equilibrios y compensaciones internas a la
vida social como elementos que hacen posible la sociabilización. En otras palabras, con
el concepto de rol nos encontramos frente a un mecanismo explicativos de los modos en
los que la sociabilidad humana es posible. La función exclusiva del concepto de rol
permite la designación de modos de amalgamiento, de articulación, mediante la cual “un
individuo realiza movimientos socialmente relevantes”90. Lo que podemos notar en el
concepto de rol social, es que hace un corte epistémico de la vida social, marcando un
énfasis en los modos de individuación y socialización dentro de una trama compleja de
relaciones. El rendimiento que ofrece el concepto es, en palabras de Plessner, “que tiene
la amplitud suficiente para abarcar en sí la plenitud de las relaciones interhumanas, y que
posee al mismo tiempo suficiente capacidad de transformación para llevar sin solución
de continuidad desde los enunciados abstractos generales hasta el caso singular”91. Esto
quiere decir que la extensión del concepto logra iluminar los nodos relevantes de la
socialización mediante la actividad individual sin recurrir a la continuidad de los relatos.
El concepto, de rol favorece la fragmentariedad del relato, pero también la comprensión
de la formación de los procesos de individualización dentro de un marco social
específico. Otra de los efectos de recurrir al concepto de función social para comprender
las interacciones humanas es que mediante el análisis de roles se logra neutralizar la
visión interior del individuo. Recurre a la diferencia específica de la relación social
mediante la actividad individual, dentro de una estructura de recurrencia que favorece la
dimensión sincrónica del análisis mediante la descripción de los modos de la
configuración social de su función y sus efectos sobre la base de la constitución de
identidad, pero sin recurrir a la trampa de la identidad originaria. Esto es posible,
justamente por la dimensión fragmentaria del concepto de rol, su neutralización de la

90
Plessner, 23
91
Plessner 24

65
dimensión interior del individuo y su blindaje frente a la tentación de crear puentes entre
motivos interiores y su externalización mediante la autodeterminación.

“Bajo el concepto de rol se le concede al hombre una distancia ante su existencia


social, que puede tener algo consolador: el hombre, el individuo, no es totalmente lo que
es”92. Y aquí se viene ya la potencia elocutiva del concepto de rol: el concepto de rol
permite que exista una coherencia en la situacionalidad y el carácter doble del individuo.
En la sociedad del rendimiento se exige exista una autoconcepción de sí mismo como
funcionario, pero no logra reducir del todo la concepción individual a su realización en
el ámbito de su función. Bajo este esquema el individuo siempre es más que su mera
forma de existencia. Permite trazar una diferencia entre el lugar de nacimiento
(ascribed) y el lugar logrado (achieved). La separación entre posición o función de
nacimiento y su existencia como lugar logrado, en adición a la condición de su
rendimiento dentro de cada uno de esos lugares, prepara el camino a la autocomprensión
de sí mismo como «funcionario» y allana el campo para el surgimiento de lo que
Plessner llama el individuum inneffabile. Bajo esta figura se asegura el carácter
irrenunciable de la vida privada, una esfera de intimidad irrenunciable. Es decir, dentro
de la sociedad del rendimiento existe tendencia a la valoración del individuo en tanto tal
y una marca una frontera de protección de cara a su existencia pública. En palabras de
Plessner “[p]or el rol que ante todo juega como portador de un rango en el cargo y en la
profesión, tiene el hombre moderno su status, el representa algo. Él es para sí y para
otros algo, él es ‘alguien’”93. En este sentido, se abre una doble dimensión de interacción
entre lo público y lo privado. Dado que el individuo nunca es enteramente lo que “es”, el
carácter fundamental del doble es necesario para tener un ámbito desde el cual gestionar
su dentro de una sociedad de asignación de funciones mediante el criterio del
rendimiento.

Este carácter fundamental del doble lo necesita el individuo para poder acomodarse
en la sociedad de rendimiento: al lado de una existencia privada más a menos
nebulosa, cada uno se destaca públicamente en la medida en que puede, tiene una,
—o varias— figura pública bajo el dictado de la configuración del tiempo libre y de
otros cuidados públicos.

92
Plessner, 26
93
Plessner, 27.

66
El concepto funcional del rol se apoya en los aspectos antropológicos de lo
público y lo privado. El resultado de esta asociación es la noción de máscara que pierde
su carácter funcional en el contexto de la acción. Más bien, se trata de una tendencia la
imagen de la máscara como formas y modos de interacción impuestos desde la sociedad
al hombre. Así, “quien sale del rol perturba la sociedad y se hace imposible en ella”94.
En esta parte del texto, Plessner elabora una genealogía de la metáfora del teatro del
mundo. Señala que la correspondencia del concepto de rol y la máscara no es sustituible
de manera exacta dado que ha habido una ruptura con la noción de plan divino.
Siguiendo este planteamiento, Plessner señala que “gracias a la pérdida de la idea
cósmica del mundo se han aproximado estrechamente, consiste hoy exclusivamente en
la estructurabilidad sistemática interior de una sociedad de trabajo completamente
racionalizada”95.

La formación identitaria bajo el concepto de rol social se construye a partir de


una relación que consiste en un darse a conocer. Bajo la noción del funcionario de sí
mismo, la identidad se construye como un juego de posesión impersonal. La noción del
doble se constituye en bajo la condición de que “sólo en lo otro de sí mismo se tiene
él”96. Toda función es siempre una formación que antecede al agente que la performa,
que se identifica en ella como algo propio, pero que no se agota en su mera función, hay
siempre un excedente interior que es desconocido, pero que siempre tiende a su
posicionalidad en la medida en que su condición es excéntrica. El movimiento se genera
como un comportamiento que tiende a la exterioridad, pero cuyo centro siempre es algo
inescrutable. La función permite que la relación entre lo público y lo privado, que lo
íntimo y lo propio (que es la impropiedad) se determinen en la función que se genera por
el rol. El rol es aquello impropio en la cual el ser humano encuentra la posibilidad de
sentido. Pero es un sentido que, como vimos anteriormente, no permite la absolutización

94
Plessner, 28.
95
Plessner, 29.
96
Plessner, 30.

67
de la vida pública, que no genera una noción de comunidad impolítica y, por tanto, que
genera las condiciones de habitabilidad hipermodernas en la compensación entre vida
privada y vida pública.

Plessner sostiene que, en la duplicidad generada por la esfera del rol y su carácter
experimentable, puede ser él mismo. Él mismo en tanto que aquello extraño que es la
forma ajena así, se convierte en el molde que le permite determinarse mediante la
acción. De esta forma, Plessner señala lo siguiente: “es todo aquello en donde él ve su
autenticidad, solamente su rol, que él ejecuta ante sí mismo y ante otros”97. Toda forma
de actividad bajo el concepto de rol se desprende la lógica de la mirada de sí mismo
como ser auténtico en aquello que solamente se puede validar por ser inauténtico. El rol
social, la esfera posible de acción determinante para el ser humano, está dada por la
formación histórica que le antecede y que afianza su efectividad por la vigencia de su
función, por consiguiente, justamente la identificación de aquello que concibe como
auténtico, está ya atravesado por aquello inauténtico.

El concepto de rol permite distinguir, para Plessner, entre dos modos del ser
humano: el homo noúmenon y el homo phaenómenon. Sin embargo, debido a la cualidad
de articulación específica del concepto de rol, el recurso de apelación a una interioridad
buena, a un interior como el lugar de autenticidad, de verdad, en contraposición a una
exterioridad mala, falsa inauténtica, pierde efectividad, pierde sentido. Incluso afirma
que cualquier apelación a la interioridad como pureza y autenticidad está constituida por
un afecto antisocial.

“El hombre en ‘cuanto’ hombre no es nada de por sí”98. Esta tesis está formulada
con vistas a negar cualquier filiación con la sangre, la tradición y la libertad natural.

“Y no se nota [sic] esta desplazamiento, porque el pensamiento o la idea de la


sociedad racional de funcionarios, que se impone cada vez más en el mundo moderno,

97
Plessner, 33.
98
Plessner, 35.

68
traduce su actuar social en imágenes de máquinas”99. La imagen de la sociedad como un
sistema de engranajes es el subsuelo, el caldo de cultivo, que hace posible la
transferencia semántica para la comprensión de los social de un modo funcional. El
rendimiento y la función son el concepto y la metáfora es el engrane, la máquina, el
sistema.

99
Plessner, 27.

69
Hans Blumenberg: antropología fenomenológica

Imagen originaria: la desnaturalización de la relación amigo/enemigo

Antes de comenzar con el desarrollo argumental, es preciso aclarar algunas de las


disposiciones teóricas de los desarrollos de Blumenberg. Los planteamientos de
Blumenberg sobre la antropogénesis no tienen de manera explícita una intención
política. Su pretensión es, más bien, derivar una antropología de los planteamientos
fenomenológicos de Husserl, sin pasar por la aldea heideggeriana de la analítica
existenciaria. Sin embargo, podemos extraer algunas reflexiones de orden político de sus
planteamientos antropológicos. En primer lugar, Blumenberg pone en duda que la
relación diferencial entre amigo y enemigo tenga un carácter esencial en la construcción
de la experiencia política. Para el filósofo alemán, esta relación tiene, más bien, un
fundamento en los procesos del automatismo de la razón. Para poder argumentar esto,
tuvo que recurrir a las teorías antropológicas que hacen énfasis en las relacionarse entre
la razón y el cuerpo mediante explicaciones funcionales en términos de compensación
frente a la carencia de las facultades en el desarrollo orgánico (Gehlen y Plessner). Así,
podemos ya señalar que la pregunta guía de la antropología de Blumenberg descansa
sobre la base de las posibilidades mediante las cuáles el ser humano pudo sobrevivir
como un ser improbable, frágil, que tuvo que erigir un proyecto de emergencia frente a
los peligros que supone la baja dotación biológica. Su pensamiento, gira entonces sobre
la órbita de la impropiedad, la instrumentalidad y alrededor de las influencias que la
razón ejerció sobre ese paso. En segundo lugar, Blumenberg es consciente de que la
antropología que tiene como centro seguro a la razón, que la concibe como un paso
necesario dentro del desarrollo a la razón, termina en la irreparable posibilidad de acción
sin responsabilidad sobre los acontecimientos y en la justificación de los procesos
barbáricos de civilización. Por tal motivo, la razón en Blumenberg no es ni sustancia, ni
se supera en la historia como proceso. En tercer lugar, podemos encontrar una tendencia
a generar relatos y teorías sobre la base de la contingencia, siempre en el orden de lo
posible, nunca en el reino de la necesidad. De ahí que la configuración de la

70
antropología funge como una hipótesis probable de la escena originaria que se erige
como un recurso frente a la ausencia de otro.

Improbabilidad y riesgo existencial

Para Blumenberg el ser humano es un ser improbable, frágil, cuyo desarrollo


orgánico siempre está en el borde del colapso biológico. Improbable aquí no quiere decir
otra cosa más que la cualidad de un ser cuya supervivencia no está para nada
garantizada. La improbabilidad sucede porque las prestaciones biológicas del ser
humano son siempre deficitarias. La ausencia de ambiente propio y el riesgo existencial
que supone tanto la posición erguida, como el lento desarrollo infantil, exigen que el ser
humano, en la escena originaria, tuviera que recurrir a medidas preventivas y proyectos
de emergencia para sobrevivir.

José Luis Villacañas, en el artículo Más allá de Schmitt: Amigo/enemigo en


Plessner y Blumenberg, luego de describir la antropología de Plessner, los mecanismos
de compensación y su hipótesis sobre la condición excéntrica del ser humano, señala lo
siguiente:

[para Blumenberg] el ser humano es un ser domesticado desde su origen porque


supone desactivada la evolución biológica para dar paso a una evolución
instrumental. De este modo, ha sugerido que la baja calidad biológica puede ser
compensada por una alta calidad moral, pero en modo alguno está garantizado que
así sea. Como es lógico, dentro de esta evolución instrumental está la formación de
la centralidad de las operaciones perceptivas conceptuales100.

En otras palabras, el modo de existencia específico del ser humano es instrumental, pues
frente al riesgo existencial que implicaba la baja dotación de las capacidades biológicas,
la falta de ambiente propio y el peligro del espacio abierto, el ser humano tuvo que
recurrir a un programa de emergencia, una compensación frente a la posibilidad de ser
visto sin ver. El ser humano en estado de emergencia tuvo que recurrir a medios
extraordinarios para ganar tiempo y reducir la posibilidad de enfrentarse al peligro de

100
José Luis Villacañas, Más allá de Schmitt: Amigo/enemigo en Plessner y Blumenberg, en
“Hans Blumenberg: historia inconceptual, antropología y modernidad. (Valencia: Pre-textos, 2015), 69.

71
manera inmediata, en una confrontación cuerpo a cuerpo. Así, el mecanismo específico
que tuvo que desarrollar consiste en la formación de conceptos que tienen como función
la síntesis de la diversidad y que logran romper con la dependencia del espacio en
términos de conciencia.

El efecto primordial del proceso de formación de los conceptos fue la ganancia


de tiempo, esto es, evitar la inmediatez por medio de la síntesis. Reducir la diversidad de
los datos y, con ello, generar medidas de anticipación contra al peligro que supone el
posible enfrentamiento con el otro en una relación inmediata. De este modo, junto con la
formación de conceptos, tuvo que procurar la formación del horizonte de expectativas
como una derivación de la ganancia de tiempo (metáfora que expresa la experiencia en
términos antropológicos y permite observar la primacía de la visión frente a otros
sentidos), lo cual acarrea la suma de disposiciones preventivas, la provisión y la
anticipación. El horizonte es un efecto del caminar erguido del ser humano, que le
permite observar con mayor amplitud. Con el caminar erguido, se desactivan las
funciones olfativas y se liberan las manos. Ahora bien, el modo erguido de andar del ser
humano implica poder ver en una sola dirección, pero poder ser observado desde todas.
Es aquí que surge la experiencia del miedo101.

En palabras de Villacañas

[la] desproporción de la condición óptica del humano, central en el ser en apuros en


que se convirtió al salir de la sabana: el sólo puede ver en una dirección, pero puede
ser visto desde todas las direcciones102.

De esta forma, el miedo se contrapone a la racionalidad, pues, por un lado, el miedo


consiste en la incapacidad para prevenir, es lo no visto, la negatividad. El miedo es la
emergencia de lo desconocido en el horizonte, es la irrupción de un agente extraño en la
formación de las capacidades preventivas del concepto. Por otro lado, la racionalidad es
prevención para todo lo posible dentro de un horizonte. Ambos son valores opuestos, el

101
El miedo, al igual que en Hobbes y Vico, es el origen del proceso de formación cultural y
político. Este dato es sumamente relevante en la medida en que si el origen del proceso de
condicionamiento cultural surge frente a la probabilidad de la muerte, de la aniquilación, queda un
residuo, una huella del trauma originario que supone la formación de los procesos instrumentales.
102
Villacañas, Más allá de Schmitt, 70.

72
par antitético por excelencia entre lo seguro y lo inseguro. La razón es, por consiguiente,
el logro de la prevención, la ampliación del horizonte de lo familiar; mientras que el
miedo es la aparición de lo desconocido, el fallo de la capacidad de ganancia de tiempo.
El modo de reforzar la prevención consiste en volver visible aquello que no es visible,
en generar las mediaciones suficientes para incorporarlo al horizonte de lo familiar. La
toma de distancia mediante la familiaridad, está en constante riesgo de interrupción en la
medida en que siempre habita, en esta escena originaria, bajo la posibilidad de que
irrumpa dentro del horizonte aquello que no es visible. La asimetría del ver y ser visto es
decisiva en la ganancia de tiempo y funda la relación recíproca de perspectivas. En
breve, el miedo es la incapacidad de prevenir, es lo no visto, la negatividad. Mientras
que la racionalidad es la prevención para todo lo posible en un horizonte.

“Entre el miedo y el logro de la razón, en esa antesala de los conceptos por venir,
lugar de los conceptos todavía no formados, se puede introducir una estructura
peculiar”103. Blumenberg indica esta relación de la siguiente manera: “[la brecha entre el
miedo y la razón] queda ocupada por primera vez por el más apresurado de todos los
prejuicios: la distinción y la polarización del amigo y enemigo”104. En esta cita podemos
observar como amigo/enemigo es el prejuicio o precipitación que significa el síntoma de
la pérdida de confianza en la racionalidad, en la racionalidad por venir o ya constituida.
Lo que se pone en juego con la aparición de la distinción amigo/enemigo es la
posibilidad de formar conceptos, es negar la capacidad que tienen de disminuir, si no es
que superar, el miedo frente a lo desconocido. A diferencia de los planteamientos de
Schmitt y Koselleck, en donde amigo y enemigo son conceptos, Blumenberg defiende
que la diferencia amigo/enemigo se forma por la precipitación del prejuicio. Con la
aparición de esta estructura, lo que se pone en juego es la posibilidad de retorno a
aquello que, por la mediación, el horizonte y la formación conceptual ya se había
superado: el terror originario.

El postulado blumenbergiano de la hipótesis de la escena originaria permite sostener


que la posición erguida implica una renuncia al estado de huida por medio de la solución

103
Villacañas, Más allá de Schmitt, 71.
104
Blumeberg, Descripción del ser humano, p 422.

73
instrumental. La reaparición del miedo como prejuicio es recuerdo del peligro originario
frente a lo desconocido. El surgimiento de la diferencia amigo/enemigo es un medio de
prevención que activa la dotación efectiva de lo negativo, de lo no visto. Cuando aparece
el miedo, se activan los mecanismos de lucha defensiva. Sin miedo, no hay activación de
la estructura de oposición.

Ahora bien, debido a que la escena originaria es la formación de un relato sobre el


acto dramático de un proceso milenario de cambios y minúsculas alteraciones
funcionales, ya no es posible ni la huida ni el combate cuerpo a cuerpo105. La
estructuración de la diferencia amigo/enemigo se da en una sola dirección y el proceso
de reducción del contacto con la realidad se fue disminuyendo en la medida en que las
herramientas biológicas se fueron reduciendo. El proceso de alteraciones y funciones
compensatorias, frente a la desactivación biológica de ciertas funciones de
supervivencia, generaron zonas de contacto con la realidad de manera neutral, a
distancia y con ello hubo una reducción significativa de aparición del miedo.

La pregunta, para motivos de este apartado, debería de ser sobre las


consecuencias de la escena originaria para repensar la diferencia amigo/enemigo.
Siguiendo la lectura de Villacañas:

[l]a respuesta de Blumenberg es sencilla y paradójica. Pues al separarse el ser


humano de la realidad y el dramatismo de la escena originaria, al entregarse al
horizonte ampliado del concepto como medio para tomar distancia y ganar tiempo,
la dimensión preventiva de la lucha aumentó las posibilidades de la hostilidad106.

Justamente por las disposiciones de ampliación de las medidas preventivas se


condiciona el ensanchamiento de las espaldas. A mayor eficiencia en la capacidad
óptica, mayor espalda. La hostilidad del enemigo surge justamente por la posibilidad de
aparición del cálculo, de un mostrarse y esconderse lúdico y voluntario sobre la base de
la actividad cultural. La optimización visual, en el juego entre mostrarse y esconderse,
tiene un punto ciego de peligro: los otros. Como consecuencia, para superar la asimetría

105
Villacañas, Más allá de Schmitt, 74.
106
Villacañas, Más allá de Schmitt, 75.

74
entre ver y ser visto se volvió necesario estructurar un horizonte. La reflexión, en esta
línea de pensamiento, no es una prestación o función originaria, sino que es un efecto de
la ampliación del reino óptico y la imposibilidad de ver de manera pasiva. La reflexión
juega un papel fundamental en el proceso de autoconservación, pues implica la
movilidad de la visión en el desdoblamiento de la óptica pasiva y unidireccional. La
reflexividad consiste justamente en poder mirar desde el lugar de lo negativo, en la
percepción o Gestalt, y por tanto implica una reestructuración en el proceso de
sedimentación de la diferencia amigo/enemigo. El prejuicio es cercano a una actitud
preventiva que está dirigido al espacio que no es visible. La mirada desde el no lugar,
desde lo no visto es el lugar desde el cual debo aprender a verme. En ese aprender a
verme es donde podemos encontrar la aparición del prejuicio. Aparece como orden
anterior al concepto pero que tiene la misma función que el concepto, pues opera sobre
la base de la reflexión y, en consecuencia, sobre la posibilidad del doble, de lo invisible
visualizado. La familiaridad y lo siniestro se juegan en la esfera de los medios de
prevención, en la formación de perspectiva en donde puede o no existir la aparición de
lo amenazante.

No hay dentro de los planteamientos de Blumenberg una pulsión a la agresión, ni


mucho menos activación de la diferencia política del enemigo como proyección de mi
propio problema de identidad (como sí habría en Schmitt). Más bien, la desconfianza y,
por tanto, la activación de la estructura como forma de reducción de la imprevisibilidad,
generan estrategias de ganancia de tiempo, formación de horizonte. La principal
implicación de esta tesis es que no hay posibilidad de un decisionismo político sobre el
cuál basar la demarcación de la diferencia. La decisión en este contexto tendría más que
ver con la posibilidad demarcar un espacio de referencia visible y cognoscible, más que
activación del mecanismo con la posibilidad de sustitución de orden. Toda decisión está
montada sobre la base del prejuicio y sólo porque hay prejuicio hay experiencia, que es
su contraparte. Frente a la decisión, debe encararse la experiencia como forma de
prevensión de la aparición de lo no visto. Esto supone una formación representativa de
agrupaciones que se diferencian y que sólo en su diferencia se pueden llegar a generar
como puntos de contacto. La a parición de lo desconocido en el horizonte de la
familiaridad ofrece la alternativa de generar las condiciones teóricas mediante las cuales

75
puedan existir estructuras de repetición, pero sin su carácter necesario. Aquí está el
punto de encuentro entre Koselleck y Blumenberg. La experiencia es el punto de
reconocimiento interpersonal, es el lugar en el que la memoria se sobrepone al relato, en
la que la frontalidad se impone como forma de comprobación, pero que sale de su
carácter genérico. El motivo de esto es que justamente en la medida en que el prejuicio
no basta para generar la decisión de administrar la diferencia entre amigo y enemigo. En
palabras de Blumenberg “la indeterminación amigo/enemigo, de la que se ha dicho que
es el núcleo de lo político, aunque lo fuera, es a la vez el punto de partida para el
comprender en el sustrato antropológico.”107 La posibilidad de desviación de la parición
de la hostilidad es al mismo tiempo la condición de posibilidad de la experiencia de
comprensión con el otro. No es que se sustituya la diferencia, sino que de la diferencia
surge otra posibilidad que la extrema de la guerra, pero sólo como algo que aparece a los
ojos como un posible punto de anclaje. Así, la vía de acción se divide en dos caminos de
reducción del antagonismo como lucha cuerpo a cuerpo, como posibilidad fáctica de la
aniquilación: 1) la comprensión, la diplomacia, la anticipación como forma de
comprensión de la experiencia en su diferencia y 2) la prevención sin experiencia, como
prejuicio.

107
Blumenberg, Descripción, 205.

76
Paradigmas para una metaforología

La pregunta de Hans Blumenberg en la introducción de Paradigmas para una


metaforología es ¿cuál es la legitimidad de las metáforas en el lenguaje filosófico? Para
responder esta pregunta Blumenberg elabora dos estrategias diferentes —que tienen que
ver con un compromiso, actitud o disposición teórica sin las cuales el estudio
metaforológico no tendría sentido—. En primer lugar, la metáfora no puede ser
comprendida como un ornamento. El mecanismo traslaticio de la metáfora ofrece un
rendimiento elocutivo que excede a la noción fuertemente inseminada del lenguaje
ornamental. La metáfora no es, por consiguiente, un apéndice de la verdad; mucho
menos, un medio para embellecer el discurso. En segundo lugar, el análisis
metaforológico debe preguntarse por los huecos semánticos o las carencias lógicas que
existen en los sistemas como para que las metáforas funcionen como un sustituto del
lenguaje conceptual. Esta consideración supone no sólo que el lenguaje conceptual es
limitado, sino también que el rendimiento conceptual es deficiente, lo cual permite que
las metáforas funcionen como sustituto del lenguaje conceptual. Así, bajo estas dos
consideraciones, las metáforas adquieren un nuevo topoi. El análisis de las metáforas
nos permite exceder a la ornamentación y mostrar que el uso de las metáforas revela el
fallo de la lógica en el proceso de la razón. Las pretensiones racionalistas, desde
Descartes, pasando por Port Royal, hasta Hegel, suponen que hubo un ocultamiento de
la metáfora. De la misma manera en que Benjamin describe a la teología en relación con
la historia mediante la fábula del enano que se esconde debajo de la mesa de ajedrez y
ayuda al operador a ganar todas las partidas, la metáfora ha sido ocultada y desdeñada
como un mecanismo inválido de la operación lógica de la razón, pero que ha sido
decisiva en el juego logicista de la razón. La metáfora ha sido tratada como un estado
provisional del pensamiento frente al fin de la razón conceptual. Por esa razón, la
aparición de las metáforas nos ofrece un momento de cultivo en el que nos muestra las
fallas del sueño de la razón en su vertiente logicista.

Hans Blumenberg, en su texto Paradigmas para una metaforología, después de


elaborar un experimento mental sobre el triunfo del proyecto científico cartesiano,
pregunta lo siguiente: “¿[b]ajo qué presupuestos pueden tener legitimidad las metáforas

77
en el lenguaje filosófico?”108 Esta pregunta carga la responsabilidad de reivindicar a las
metáforas como un topoi legítimo dentro de los estudios filosóficos. ¿qué elementos
hacen posible esa pregunta? En primer lugar, un desencanto de la razón, la suposición de
un fracaso en el proyecto filosófico. Ese proyecto, como puede saber quien está
familiarizado con la propuesta blumenbergiana, es el de la ilustración. El giro, como
bien señala Jorge Pérez en la introducción, no es preguntarse qué conocemos ni cómo lo
conocemos, más bien, qué esperábamos obtener con ese conocimiento. Este giro,
interpretativo es la condición que hace posible la pregunta respecto a la metáfora y su
rendimiento. En segundo lugar, tuvo que existir un desdén hacia la metáfora. La
metáfora ha sido comprendida como un elemento que presta auxilio a la verdad, como
producción de imágenes que impactan el ánimo. En este sentido, cuando la razón pierde
bajo este esquema, se recurre al lenguaje figurativo. No obstante, el planteamiento de
Blumenberg, intenta revirar esta condición del lenguaje y, en lugar de recurrir a las
rancias topografías de la metáfora, lanza el inquietante reto de las metáforas absolutas.

El planteamiento de la metaforología como proyecto filosófico, fue concebido como


una ciencia auxiliar a la historia conceptual. Sin embargo, y como se verá más adelante,
esta relación se convierte en una artimaña mediante la cual la metaforología se posiciona
como una noción irreductible que somete a la historia conceptual. ONCINAS DICE
QUE NO. AL MENOS NO PARA LA VERTIENTE KOSELLECKIANA. Para
Blumenberg la historia de los conceptos también debe habitarse por los elementos
ajenos, por los elementos que fueron considerados impropios o residuales. Justamente,
toda la historia de la constitución de un objeto implica, al mismo tiempo, la destitución
de otros, incluso si nunca ocuparon un lugar central o pilar dentro de la teoría. En esta
línea entra la metáfora.

Dentro del planteamiento de la metaforología, las metáforas tienen tres condiciones.


En primer lugar, las metáforas absolutas son objetos irreductibles al lenguaje conceptual.
La descarga de las metáforas, su sustitución, sólo puede darse por medio de otra
metáfora. En segundo lugar, y como consecuencia de la primera, muestran una
resistencia a la pretensión terminológica que no se resuelve en la conceptualidad. En

108
Paradigmas 44.

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tercer lugar, las metáforas absolutas tienen historia porque superponen en un primer
plano al movimiento de los horizontes y las formas de visualidad.

Ahora bien, ¿qué nos permitiría obtener el estudio histórico de las metáforas
absolutas? Hans Blumenberg sostiene que

la exhibición de metáforas absolutas debería permitirnos pensar de nuevo a fondo la


relación entre fantasía y lógos, y justamente en el sentido de tomar el ámbito de la
fantasía no sólo como sustrato para transformaciones en la esfera de lo conceptual109
La autonomía de la fantasía ofrece un rendimiento en la conformación de los conceptos,
pero no podría agotarse en el lenguaje conceptual. El criterio de sustitución dentro del
lenguaje de la metáfora no puede ser el lenguaje conceptual, como si el lenguaje
conceptual lograra evadir todo rasgo de dudas, sino que el criterio de operación de la
fantasía, aun cuando está enlazado al modo conceptual, tendría que recaer en la fantasía
misma. Sin embargo, en la relación entre fantasía y logos no prima una sobra la otra. El
mundo de lo conceptual adquiere en la fantasía y su forma metafórica, un plus, una
ganancia que no modifica ni agota la reserva metafórica y su trasfondo fundacional de
existencias110.

109
Paradigmas, 45
La cita de Vico en el apartado introductorio de Paradigmas para una metaforología no es un
asunto trivial. Fue el mismo Vico quien comparó el sistema de estudio de los antiguos con el de los
modernos y quien sentenciaba la desustancialización de la historia como una consecuencia de los
planteamientos cartesianos respecto a la ciencia. Lo que eventualmente lo llevaría a afirmar una lógica de
la fantasía.
110
Paradigmas, 45

79
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