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Este cuerpo de agua era un nicho ecológico de la variedad

piscícola más importantes de los ecosistemas internos de la ciudad,


donde era fácil encontrar: chinos, jureles, sábalos, robalos, mojarras,
lebranches, meros y hasta tortugas. “Los últimos camarones fueron
extraído hace aproximadamente unos quince años”. Porque también era
fácil sacar camarones y jaibas de aquellas aguas, dónde el “verdín”, las
algas, eran abundante, lo cual era una muestra de la vida que allí se
mantenía.
Esta Laguna, también llamada del “Cabrero y Chambacú”, jamás tuvo la
abrupta contención del mangle, que hoy se torna amenazante, por el no
mantenimiento de éste, era abierta, dejando que la vista contemplara el
paisaje que brindan alcatraces, gaviotas y “patos buzos”, era
placentero observar la variedad de pescadores de atarraya, sobre las
aguas de esta despensa natural, que sólo brindaba beneficios a una
extensa población de Cartagena.
Llegaron los invasores de cuello blanco e iniciaron un burdo relleno con
desecho de toda clase de materiales, todo esto con el beneplácito de las
autoridades, poco a poco se fue estrechado el ancho de este Cuerpo de
Agua y hoy se muestra como un lánguido hilo acuático que agoniza ante la
mirada de todos, nosotros los cartageneros. El estado agónico de estas
aguas se inicia desde el momento en que construyen puentes en el Anillo
Vial, sin el debido espacio para el reflujo de las aguas, en el intercambio
con el Mar Caribe, el vertimiento de todos los desechos de la Zona
Industrial.
Hoy el Caño de Juan Angola, es una tristeza, es el baldón más grande que
lleva sobre su cabeza el cartagenero. Por la desidia de los gobernantes, con
cierta parte de los ciudadanos, las aguas se han secado, las agujetas, los
farolitos-medusas, los barbudos, los pipones, los guabinos, las anchovas,
los chorlitos, las tangas, los macabíes, los jureles y demás peces marinos.
¡Ya no están! Ahora sobrenadan en este residuo de agua, bolsas y botellas
plásticas, cajas de icopor y bostas fétidas que entorpecen el olor de las
algarrobas. Pero, hay esperanzas en la recuperación del Caño, por la
grandiosidad fecundante de la naturaleza y por la toma de conciencia del
gobernante, como ser racional y funcional para el bien de la sociedad.