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TREVISTA

«El TDAH no existe, y la medicación no es un tratamiento, sino un dopaje»


El catedrático Marino Pérez, autor de «Volviendo a la normalidad», asegura que no hay biomarcador cerebral que
justifique el Trastorno por Déficit de Atención

carlota fominaya@carlotafominayaActualizado:20/10/2014 03:31h

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«No existe. El TDAH es un diagnóstico que carece de entidad clínica, y la medicación, lejos

de ser propiamente un tratamiento es, en realidad, un dopaje». Esta es la sentencia de

Marino Pérez, especialista en Psicología Clínica y catedrático de Psicopatología y Técnicas

de Intervención en la Universidad de Oviedo, además de coautor, junto a Fernando García

de Vinuesa y Héctor González Pardo de «Volviendo a la normalidad», un libro donde

dedican 363 páginas a desmitificar de forma demoledora y con todo tipo de referencias

bibliográficas el Trastorno por Déficit de Atención con y sin hiperactividad y el Trastorno

Bipolar infantil. Lo que sí que existe, y es a su juicio muy preocupante, es el fenómeno de la


«patologización de problemas normales de la infancia, convertidos en supuestos

diagnósticos a medicar».

—En «Volviendo a la normalidad», ustedes ponen el dedo en la llaga, al asegurar que el

llamado Trastorno por Déficit de Atención, con o sin Hiperactividad (TDAH), no existe.

—El TDAH es un diagnóstico, cada vez más popularizado, que carece de entidad clínica.

Para empezar, no se establece sobre criterios objetivos que permitan diferenciar el

comportamiento normal del supuestamente patológico, sino que se basa en apreciaciones

subjetivas, en estimaciones de los padres del tipo de si «a menudo» el niño se distrae y se

mueve mucho. Más que nada, el diagnóstico es tautológico. Si un padre preguntara al clínico

por qué su hijo es tan desatento e inquieto, probablemente le respondería porque tiene

TDAH, y si le preguntara ahora cómo sabe que tiene TDAH, le diría porque es desatento e

inquieto. Por lo demás, insisto, no existe ninguna condición neurobiológica ni genética

indenficada, y sí muchasfamilias donde no se asume que la educación de los niños es más

difícil de lo que se pensaba.

—¿Quiere decir que no hay ninguna prueba médica que lo demuestre?


—No. No existen pruebas clínicas ni de neuroimagen (como TC, RM, PET, etc) ni

neurofisiológicas (EEG, ERP) o test psicológicos que de forma específica sirvan para el

diagnóstico. Lo que nosotros decimos en esta obra, con toda seguridad, es que no hay

ningún biomarcador que distinga a los niños TDAH. No se niega que tengan problemas,

pero son niños, que tienen curiosidad y quieren atender a lo que sea, moverse... A sentarse

es algo que hay que aprender. No existe ninguna alteración en el cerebro.

—Pero los expertos en TDAH afirman que este trastorno mental/psiquiátrico del

neurodesarrollo conlleva ciertas particularidades cerebrales, y niveles anormales de

sustancias neurotransmisoras...

—Pudiera haber diferencias en el cerebro, como es distinto el cerebro de un músico al de

otro que no lo es. Incluso el de un pianista a un violinista. Pero esa diferencia del cerebro no

es la causa. El cerebro es plástico y puede variar su estructura y su funcionamiento

dependiendo de las exigencias y condiciones de vida. Un ejemplo muy famoso es del

hipocampo cerebral de los taxistas de Londres. Cuantos más años de profesionalidad, más

alterada es esa estructura cerebral. ¿Por qué? Porque está relacionada con el recuerdo y la

memoria espacial, como es requerido para ser taxista en una ciudad de 25.000 calles como
Londres. Lo que se pueda observar diferencial en el cerebro de quien sea, en este caso de

niños a los que se diagnostica TDAH, no explica que esa sea la causa del supuesto trastorno,

si no que los niños sean más activos e inquietos. Pero algunos padres se agarran o podrían

estar interesados en encontrar una diferencia cerebral en los niños que les justifique o

exima de responsabilidad en lo que le pasa al niño. Insisto, no hay ningún clínico ni ninguna

prueba de neuroimagen que pueda validar un diagnóstico, como no hay evidencia que

demuestre que los niveles cerebrales de dopamina o noradrelina sean anormales en niños

con este diagnóstico.

—Ustedes también recogen en su obra que muchos clínicos, y hasta laboratorios

farmacéuticos, que reconocen que no hay biomarcadores específicos.

—Cualquiera que esté al tanto de las investigaciones no puede dejar de reconocer que en

realidad no hay biomarcadores específicos por los que se pueda diagnosticar ese TDAH

como una entidad clínica diferencia. En España hay multitud de expertos en el tema que

después de defender que es un trastorno bioneurológico, reconocen que no hay bases

neurológicas establecidas para el diagnóstico. Y sin embargo mantienen ese discurso.


Casualmente, suelen ser personas con conflictos de intereses reconocidos y declarados, que

han recibido y está recibiendo ayudas y subvenciones y todo tipo de privilegios de diversos

laboratorios. Es decir, muy a menudo los defensores del TDAH mantienen esa retórica a

pesar de que no hay evidencia, por un conflicto de intereses que les lleva a sesgar la

información por el lado de lo que desean que hubiera en base a los intereses de hacer pasar

el trastorno como si fuera una enfermedad que hubiera que medicar.

—La realidad es que el TDAH se acaba de reconocer en la flamente Ley orgánica para la

mejora educativa (LOMCE).

—Las instancias políticas, empezando por el Parlamento Europeo, con su «libro blanco»

sobre el TDAH, y terminando por su inclusión en la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad

Educativa (LOMCE), puede que estén dando carta de naturaleza a algo cuya naturaleza,

valga la redundancia, está por determinar y que, de hecho, es controvertida. Se está

reclamando que se hagan las dotaciones adecuadas que contempla la ley como son ayudas,

subvenciones, e incluso rebajas para la adquisición de los libros de texto, ventajas para

acceder a becas, quien sabe si hasta para acceder a la Universidad. Mientras, los lobbies de
la industria farmacéutica se estarán frotando las manos, viendo como los políticos

«trabajan» a su favor. Los políticos creerán que han hecho lo políticamente correcto pero,

de acuerdo con lo dicho, sería incorrecto científicamente.

—Usted augura que, a partir de este reconocimiento, habrá muchos interesados en que el

niño reciba un diagnostico formal de TDAH.

—Si. Esto mismo que ha pasado en España, de que la Ley otorgue cobertura legal al TDAH,

se vio con anterioridad en 1997 en Quebec (Canadá). Allí hicieron un estudio de seguimiento

de diagnósticos durante los 14 años siguientes y se encontró que en esa provincia

canadiense en concreto, y a diferencia del resto de Canadá, había aumentado

exponencialmente el número de niños medicados. Un crecimiento que no se observó en

otras enfermedades propiamente infantiles como el asma, donde el porcentaje se mantuvo el

resto del tiempo. Además, los niños que tomaban medicación de forma continuada tenían

un rendimiento más bajo a largo plazo. Y tenían a su vez otros comportamientos y otras

alteraciones como ansiedad y depresión.


—Los efectos secundarios de la medicación es algo que ustedes también citan en esta obra,

al señalar que los padres no son muy conscientes de los mismos.

—La utilidad de la medicación, hasta donde lo es, no se debe a que esté corrigiendo

supuestos desequilibrios neuroquímicos causantes del problema, como se da a entender,

sino a que el propio efecto psicoactivo de la droga estimulante puede aumentar la atención o

concentración, como también lo hacen el café o las bebidas tipo Red Bull. La medicación

para el TDAH no es, en rigor, un tratamiento específico, sino un dopaje: es la

administración de fármacos o sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el

rendimiento. En cuanto a la salud, estas anfetaminas lo que producen es un efecto

inmediato (si es continuado) de aumento de la presión sanguínea y cardiaca, que les puede

llevar a tener a la larga más riesgos cardiovasculares. Tampoco les debería sorprender su

efecto sobre el retraso del crecimiento. La cuestión es saber que pasa tras años de

medicación.

—Si el TDAH no es un cuadro clínico, pero sí un problema de conducta, ¿qué pueden hacer

los padres afectados?


—Lo dificil hoy en día es que los padres puedan tener una atención más continuada y

sosegada con los niños. Pero la atención y la actividad se pueden aprender, y mejorar. Hay

estudios hechos y publicados en la versión americana de Mente y Cerebro con niños

pequeños abocados o candidatos a recibir el diagnóstico. Se les enseñaba a los padres a

realizar diversas tareas con esos pequeños, con el objeto de educar la atención y su

impulsividad. Y se ha comprobado que con estas actividades consistentes en juegos tipo

«Simon dice», donde uno tiene que esperar a responder cuando se le pide algo, se ha

logrado que los niños mejoren y controlen la impulsividad o los comportamientos que les

abocaba al TDAH.

—Mientras tanto, usted señala que las asociaciones de afectados tienen publicidad en sus

webs de los laboratorios farmacéuticos implicados en la fabricación de los medicamentos.

—Si usted echa un vistazo a alguna de ellas lo podrá comprobar por usted misma. En mi

opinión, las asociaciones de padres y afectados por el TDAH, si no quieren hacerle el juego a

otros intereses, debieran tener prohibido en sus estatutos recibir financiación de los

fabricantes de medicación, y utilizar como divulgación sus explicaciones y panfletos. Es

como si ponemos al lobo a cuidar de las ovejas. Aunque los laboratorios reciban cuantiosas
multas por la inapropiada promoción de sus preparados y afirmaciones engañosas acerca de

su eficacia, como los 56.5 millones de dólares que tendrá que pagar el principal fabricante

de medicamentos para el TDAH, no será nada comparado con los 1.200 millones de dólares

que tiene previsto ganar en 2017 con uno de ellos. De estas cosas también hay que hablar

cuando se habla de TDAH.

—¿Recomendaría usted alguna lectura a padres preocupados?

—A los padres de niños diagnosticados con TDAH les aconsejaría, sobre todo, que no

aceptaran guías cuyos autores y asesores tengan conflictos de intereses con las industrias

farmacéuticas. Que busquen guías independientes que cuenten la verdad de lo que se sabe

del TDAH y de las implicaciones que tiene la medicación. En España el Boletín de

Información Farmacoterapéutica de Navarra ha editado una que se titula Atentos al Déficit

de Atención (TDAH) entre la naturaleza incierta y la prescripción hiperactiva. Es una guía

que puede ser muy útil para que los padres sepan a qué atenerse o que esperar de los

fármacos. Y que ellos decidan.

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Comentarios

El TDAH no existe y otras falsas creencias


CONOCER EL TDAH

Si hay una patología de la salud mental que soporta un gran número de prejuicios, esa es el trastorno por déficit
de atención e hiperactividad (TDAH). No es de extrañar, si tenemos en cuenta que, hasta no hace demasiado
tiempo, a los menores que no paraban quietos en las aulas se les “trataba” atándolos a la silla.
El TDAH no existe
Uno de los mitos más extendidos es que el TDAH no existe. Si bien es cierto que el concepto de TDAH es
relativamente novedoso (Lange et al., 2010), la existencia de niñ@s hiperactivos, impulsivos, y/o con problemas
de atención es trazable en la literatura científica desde el siglo XIX. Además, la similitud de las descripciones
“clásicas” con las de la actualidad sustenta la coherencia diagnóstica del TDAH. La primera descripción de un
cuadro que hoy diagnosticaríamos como un TDAH fue realizada por Sir Alexander Chrichton en 1798. Este autor
ya insistía en la falta de constancia e incapacidad para atender de los niñ@s que lo padecían. El “padre” del TDAH,
el pediatra británico Sir George Frederic Still (1868–1941) fue el primero en señalar la proporción 3:1
(hombres: mujeres) que seguimos observando hoy en día, a pesar de los cambios sociales y culturales acaecidos.
En 1932, Hans Pollnow (1902–1943) y Franz Kramer (1878–1967) realizaron descripciones de niños
“hiperquinéticos” similares a las de la actualidad (Lange et al., 2010). Por ejemplo, señalaban sus dificultades en
actividades que requieren de un esfuerzo sostenido, lo que limitaba su rendimiento académico y el potencial de
su inteligencia real. Pero también objetivaban que estos niños podían concentrarse en ocasiones en algunas
actividades de su interés. Es por ello que los menores con TDAH pueden pasarse horas jugando a la Play.
Finalmente, hay razones históricas que justifican que al TDAH no se le haya dado relevancia hasta hace
relativamente poco tiempo. Si uno piensa en cuales eran las condiciones de vida a finales del siglo XIX o
principios del XX, es razonable pensar que el hecho de que hubiera algunos chavales algo más inquietos no
captara la atención de los “padres” de lo que hoy llamamos Psiquiatría. Estaban, efectivamente, ocupados en
explicar desórdenes de salud mental de mayor gravedad que el TDAH, como la esquizofrenia o el trastorno
bipolar. Por lo tanto, el TDAH no es una enfermedad creada. Ni siquiera se trata de un proceso de medicalización.
Por otra parte, resulta cuanto menos curioso lo que sucede con un primo-hermano del TDAH, la
dislexia. ¿Alguien piensa que la dislexia no es una enfermedad? ¿Alguien piensa que las personas con dislexia
escriben un 5 cuando quieren escribir un 2 adrede? ¿Verdad que no? Pues lo mismo sucede con el TDAH. El niño
con TDAH no mueve las piernas o se contorsiona en el asiento o se muerde las uñas porque quiera hacerlo o
molestar a alguien. Lo hace, porque es lo que su cerebro le dice que haga. Nadie niega a la dislexia como entidad
clínica ni se cuestiona que su tratamiento de elección sea la logopedia. Sin embargo existe la creencia de que el
TDAH no existe. Pero, ¿por qué?
El TDAH es un problema de educación
Otro de los mitos más extendidos es que el TDAH es un problema de educación. Nada más lejos de la realidad. Los
menores con TDAH no se hacen, nacen: el TDAH se hereda. En consulta, los padres refieren que sus hijos con
TDAH siempre fueron “diferentes”. Nos cuentan que, eran niños que dormían peor, más irritables, y que parecían
despistados o tenían más rabietas “de lo normal”. En la guardería, esos niños tenían baja tolerancia a la
frustración y usaban la agresividad más frecuentemente con sus iguales para resolver los conflictos. En
ocasiones les costaba más aguantar el pis y también podían tener dificultades para leer y escribir. Otros tenían
tics. Otros eran oposicionistas y otros mostraban rasgos Asperger, y síntomas obsesivos. ¿Cómo explicar esta
elevada comorbilidad con trastornos de índole claramente biológico? ¿Acaso hay alguien que también piense
que el Asperger, la enuresis, la dislexia, o el trastorno obsesivo-compulsivo son producidos por una mala
educación? De hecho, los padres resumen habitualmente este componente hereditario con la siguiente frase
lapidaria: “yo era igual que él de pequeño”.
Así, si el TDAH es un trastorno básicamente heredado, como lo es el color de los ojos o la estatura, ¿qué pensarán
sus padres, cuando alguien les diga, que el TDAH es una invención? ¿Qué pensarán de aquellos profesionales que
les digan que lo que necesitan sus hijos es, simplemente, jugar más tiempo en los parques? A los padres, se les
suele culpabilizar –“no lo sabéis educar”- de manera gratuita demasiadas veces, bien en el entorno educativo,
bien en el familiar. Es cierto que los patrones desadaptativos educativos existen en numerosas ocasiones, pero
en la inmensa mayoría de los casos, estos patrones son secundarios al TDAH, no la causa. Además de ser injusto
y falso que el TDAH sea por un problema de educación, esta dinámica culpabilizadora sobre los padres no hace
sino agravar el problema, al retardarse la aplicación de un tratamiento correcto. Asimismo, siempre hay que
tener en mente que alguno de los padres podría también tener TDAH o síntomas residuales del mismo. De hecho,
muchos padres se “auto-diagnostican” en consulta. A algunos les ayuda a reconciliarse con algunos eventos de
sus propias vidas. Al menos, saben porqué eran incapaces –y muchas veces, siguen siendo incapaces- de leer el
periódico o una novela sin saltar de párrafo….. o por qué tenían tantas caídas cuando eran pequeños…. o porque
se portaban “mal” sin ser malos, simplemente “porque es lo que me dice mi cerebrito que haga”.
El TDAH está de moda
Otro de los prejuicios más extendidos es que el TDAH está de moda. Sin embargo, en un estudio que publicamos
en el 2013 (Garcia-Nieto et al., 2013), demostramos que en los últimos 20 años de asistencia psiquiátrica en la
Comunidad de Madrid (CAM), el porcentaje de menores que eran tratados por TDAH tanto por los psicólogos
clínicos como por los psiquiatras, era de un 2% aproximadamente, una cifra incluso alejada de la prevalencia del
5% a nivel mundial señalada en el metaanálisis de Polanczyk (Polanczyk et al., 2007). Es decir, los datos de la
CAM no sólo sugerían un sobrediagnóstico, sino todo lo contrario, el infradiagnóstico. En otras palabras, es
posible que muchos menores con TDAH aún sigan sin estar bien diagnosticados y, por lo tanto, adecuadamente
tratados.
Los niños con TDAH son vagos
Por otra parte, la inmensa mayoría de los niños con TDAH no son vagos. Para desmontar este prejuicio, quizás
sea más sencillo explicar lo que sucede con la dislexia. Parece obvio que, para las personas con dislexia, resulta
más difícil leer y escribir correctamente. Y así es. ¿Qué es lo esperable, respecto al estudio, que por definición
requiere de concentración y de atención, en una persona que tiene problemas precisamente en esas áreas? Pues
lo mismo. Los menores con TDAH no es que sean vagos. Simplemente, les cuesta o no pueden estudiar. Esos niños
“vagos”, cuando se les pone un tratamiento adecuado, que puede incluir el tratamiento farmacológico, la
psicoeducación, la psicoterapia, y la generación de unos mínimos hábitos de estudio, empiezan a sacar unas
notas académicas acorde a su potencial. Donde había un niño “vago”, muchas veces, lo que nos encontramos
entonces es, un niño de sobresaliente. De hecho, he tenido casos de niños suspendiendo 9 asignaturas que, dos
o tres meses después, con un correcto tratamiento, estaban sacando sólo notables y sobresalientes…. En muchos
casos son menores que simplemente no pueden desplegar todo su potencial cognitivo. Recuerdo el caso de un
niño al que, antes de iniciar el tratamiento se le había realizado un coeficiente intelectual (CI), y éste era de 92.
Se le repitió la prueba pocos meses después, estando correctamente tratado para su TDAH. Su CI real era de 138.
Era un niño superdotado que estaba suspendiendo varias asignaturas y graves dificultades de adaptación y
socialización en el medio escolar y en su barrio. A continuación, puede ver algunos mitos y realidades más del
TDAH.
Es una enfermedad “nueva” creada en los EE.UU (está de moda)

El TDAH afecta sólo a los hombres

La culpa es de los padres y/o de los profesores

El TDAH siempre mejora con la edad de manera espontánea

Es un trastorno leve sin consecuencias futuras

Siempre hay que usar medicación

Siempre es mejor empezar por tratamientos no farmacológicos: ¡Los fármacos son peligrosos!

Los medicamentos para el TDAH predisponen a futuras adicciones.

Me gustaría terminar diciendo que sí. Quizás tratar el TDAH es un lujo que nos podemos permitir en aquello que
llamamos Occidente. No lo desaprovechemos. Hoy sabemos que la mortalidad de los niños, adolescentes y adultos
con TDAH es aproximadamente el doble que el de la población general (Dalsgaard et al., 2015b). Y sabemos que
el riesgo de traumatismos y accidentes en los menores con TDAH, que es la principal causa de mortalidad en el
TDAH en los menores, se reduce casi a la mitad cuando estaban recibiendo tratamiento (Dalsgaard et al., 2015a).
Saquen sus propias conclusiones.
Referencias

TDAH: ¿mito o realidad?

El Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) viene predecido por una larga polémica

Rafael Narbona

Todos los años llegan a mis clases alumnos con diagnóstico de TDAH (trastorno por déficit de atención e
hiperactividad). Nunca advierto nada especial. Algunos se muestran pasivos e inseguros. La medicación les
mantiene levemente aturdidos y apenas se comunican con sus compañeros.

Si hablas con ellos, adviertes que su autoestima está por los suelos. Piensan que no son como los demás y parecen
resignados. Su presunto déficit de atención parece más bien apatía y escasa motivación.

Creo que algunos se perciben a sí mismos como material desechable. Sus notas suelen ser mediocres, quizás
porque no confían en sus posibilidades.

Otros son más inquietos y alborotan un poco, pero de una forma perfectamente comprensible a su edad. No
parecen enfermos, sino traviesos e inconstantes, como tantos otros chicos.

Por último, están los que aparentan haber roto los lazos con el exterior, recluyéndose en un mundo íntimo y
recóndito. Muchas veces he pensado que su mente ha quedado atrapada por sus fantasías y ensoñaciones, quizás
porque la realidad les resulta insoportable.
La historia de Iván

Iván pertenecía a ese grupo. Se sentaba al lado de la ventana y contemplaba el paisaje. Mientras yo explicaba algo
en la pizarra, su mente se escabullía como una cometa que aprovecha un golpe de viento. No tomaba apuntes.

Prefería dibujar o doblar un papel hasta convertirlo en un dragón o un unicornio. Le apasionaban la papiroflexia
y los bocetos de castillos medievales.

En las juntas de evaluación, los profesores solían comentar: “Iván siempre está en su mundo”. Yo me preguntaba
si su mundo no era más estimulante que el tedioso mundo de las programaciones oficiales.

Siempre me he sentido muy cerca de los “malos alumnos”, pues nunca logré adaptarme a la rutina del colegio. No
prestaba atención a los profesores, organizaba mal mis obligaciones académicas –mejor dicho, no organizaba
nada–, tendía a realizar varias actividades a la vez –aún lo hago–, buscaba sin descanso nuevos estímulos, me
saltaba las normas, me mostraba impaciente e impulsivo, era fantasioso y creativo, aceptaba de mala gana la
autoridad, a veces me enfadaba, tendía a evadirme con fantasías o hablaba sin parar.

Todos estos rasgos coinciden con los “síntomas” del TDAH. ¿Significa eso que yo era un niño con ese “trastorno”?
En los años sesenta, la psicología española se encontraba en el pleistoceno. El principal recurso pedagógico era
el jarabe de palo, que se administraba en forma de capones, bofetadas y castigos humillantes.

Si hubiera nacido treinta años más tarde, tal vez me habrían recetado psicofármacos...

Yo no fui capaz de ayudar a Iván, pues los profesores que ejercemos la docencia desde hace muchos años nos
formamos pensando que lo esencial era conocer la materia, no al alumno. Siempre he intentado destacar los
rasgos positivos de mis alumnos, alabar sus iniciativas y respetar sus opiniones.

Iván cambió de instituto después de suspender un montón de materias. Años más tarde, coincidí con él en el
centro de Madrid. No sin dificultades, había terminado el bachillerato y estudiaba diseño gráfico.

Su timidez se había convertido en una moderada sociabilidad. Hablamos unos minutos y nos separamos.

Le observé mientras se alejaba, pensando que detrás de cada caso de TDAH, late el fracaso de todos, pero con la
esperanza de que algún día padres, familias y alumnos logremos alumbrar un modelo educativo capaz de
integrar a todos los niños, transmitiéndoles que cada uno de ellos representa algo único, valioso e irrepetible.

El TDAH: ¿qué es y por qué genera polémica?

¿Cuál es la historia del TDAH? Antes de contestar, conviene relatar la creciente medicalización del
comportamiento humano a lo largo del siglo XX.

En 1952 apareció la primera edición del DSM, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (en
inglés, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), confeccionado por la Asociación Estadounidense
de Psiquiatría.

El propósito era elaborar una exhaustiva clasificación de los distintos trastornos mentales para facilitar el
diagnóstico y el tratamiento, sin mostrar preferencia por ninguna escuela, corriente o teoría psiquiátrica.

Desde entonces, han aparecido cinco ediciones que han ido sumando nuevas patologías o trastornos. La última
(DSM-V) se publicó el 18 de mayo de 2013.

Los grupos de trabajo que han participado en las sucesivas ediciones aseguran que nunca han pretendido
clasificar a las personas, sino clasificar los trastornos, pero han surgido muchas críticas denunciando que se
describen como patologías todas las conductas discordantes con el paradigma cultural predominante.

DSM: medicalizar las conductas de los niños

Por ejemplo, produce perplejidad que el DSM-IV transformara la rebeldía infantil y juvenil en una supuesta
enfermedad mental llamada “trastorno de negativismo desafiante”.
¿No es un rasgo habitual de los más jóvenes practicar la desobediencia y el inconformismo? Discutir
reiteradamente con los adultos y cuestionar sus órdenes no es un síntoma patológico que deba ser erradicado
mediante psicofármacos.

Yo siempre he pensado que la rebeldía es un signo de higiene mental. Es imposible construir la propia identidad
sin rebelarse contra los adultos, sometiendo sus valores a un examen crítico.

Sin esa confrontación, nunca se habría planteado la necesidad de abolir los castigos físicos, asumiendo que los
niños y las niñas deben crecer sin estar sometidos a ninguna forma de intimidación.

¿No se podría decir que en la psiquiatría actual hay un intento de reprimir y someter a los niños y adolescentes
menos sumisos? ¿Es aventurado afirmar que el DSM es un ejercicio de ingeniería social, una abusiva
medicalización de los comportamientos atípicos o considerados socialmente inadecuados?

Es frecuente leer que el TDAH fue descubierto por el psiquiatra Leon Eisenberg, pero en los años treinta ya se
hablaba de niños inquietos y con dificultad para concentrarse, apuntando que tal vez sufrían un síndrome
posencefálico.

Los investigadores descartaron la idea porque en la mayoría de los casos no había antecedentes de encefalitis, si
bien no dejaron de señalar la existencia de un trastorno que afectaba a la concentración, dificultando el
aprendizaje y el proceso de socialización.

En los sesenta, Eisenberg abordó la cuestión y, tras estudiar infinidad de casos, llegó a la conclusión de que estos
niños experimentaban una “reacción hipercinética”, por lo que debían ser tratados con dextroanfetaminta y
metilfenidato. En 1968, la “reacción hipercinética de la infancia” se incorporó al DSM, aunque con los años
cambió de nombre por el actual trastorno por déficit de atención e hiperactividad.

El abuso del diagnóstico del TDAH

El semanario alemán Der Spiegel publicó en 2012 unas declaraciones que Eisenberg había realizado antes de
morir. En ellas afirmaba que el TDAH era una “enfermedad ficticia”:

“El TDAH es un ejemplo de enfermedad sobrediagnosticada. La psiquiatría infantil debe determinar


detalladamente las razones psicosociales que pueden conducir a problemas de conducta. ¿Hay peleas con los
padres, la madre y el padre viven juntos, hay problemas en la familia? Estas preguntas son muy importantes,
pero lleva mucho tiempo responderlas. Es más rápido prescribir una píldora. La predisposición genética para el
TDAH está completamente sobrevalorada”.

Eisenberg no rectificó a última hora, presentándose como un impostor. Simplemente, señaló que se había
abusado del diagnóstico y se había enfatizado demasiado en la carga genética, recomendando que se aplazara la
receta de psicofármacos hasta comprobar que no existía un problema susceptible de ser resuelto mediante la
psicoterapia.

La medicación para los niños "trastornados"

Su advertencia no tuvo mucho éxito. En 1983, se vendieron en las farmacias alemanas 43 kg de metilfenidato. En
2011, la cantidad había subido hasta 1.760 kg, y la tendencia al alza continúa. En Estados Unidos, casi el 6% de
los niños menores de doce años han recibido un diagnóstico de TDAH y es tratado con psicofármacos.

Dentro de esa espiral, se ha establecido que el 60% de los afectados padece alguna patología asociada: ansiedad,
depresión, bipolaridad, síndrome de Tourette.

En menos de una década, se ha multiplicado por cuarenta el número de niños menores de diez años con diagnóstico
de TDAH y trastorno bipolar

A veces son niños de tres o cuatro años, medicados casi como adultos pese a que algunos estudios han alertado
de los peligros de los psicofármacos en menores, pues en no pocos casos inducen tendencias suicidas o
conductas violentas. Eric Harris y Dylan Klebol, autores de la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine en
1999, se hallaban en tratamiento por distintos trastornos de la personalidad y varios psiquiatras han señalado
que los psicofármacos quizás acentuaron sus comportamientos antisociales.
Sin diagnóstico: una enfermedad que es puro humo

No hay ninguna prueba diagnóstica que demuestre la existencia del TDAH. No hay marcadores cognitivos,
metabólicos o neurológicos que nos proporcionen datos contrastados.

Me parece que no se pueden considerar síntomas de un trastorno que un niño se aburra con las clases
magistrales, se resista a memorizar datos y fechas, se distraiga y juegue con sus compañeros, haga travesuras o
se desespere con la rutina de una pedagogía decimonónica, que obliga a los alumnos a no moverse de sus
pupitres durante seis interminables horas, a veces más.

La enseñanza oficial uniformiza, clasifica y excluye. Su objetivo no es educar, sino normalizar. Es decir, integrar
al alumno en un sistema económico y social, sin preguntarle si desea participar en él o prefiere permanecer al
margen.

No puedo creer que casi un 6% de los niños sufran TDAH y, en muchos casos, patologías asociadas. Creo que
muchos de esos niños podrían desplegar su potencial en un entorno menos opresivo, desarrollándose libre y
espontáneamente de acuerdo con sus inquietudes y creatividad.

Los objetivos pedagógicos de la enseñanza oficial son un eufemismo que encubre la intención –consciente o no–
de reducir al ser humano a una variable económica.

Ante una “etiqueta”de TDAH ¿qué podemos hacer?

Eisenberg no se equivocaba al afirmar que lo más rápido es recetar una pastilla y no dedicar un tiempo a explorar
el entorno ni las circunstancias que rodean a ese niño.

El déficit de atención y la hiperactividad no expresan una patología del cerebro, sino un conflicto adaptativo a
un sistema creado sin tener en cuenta las necesidades de los niños y los jóvenes.

1. Retrasar la escolarización

Podríamos preguntarnos si la principal causa de la falta de atención, la hiperactividad y los problemas de


aprendizaje no será la escolarización temprana y la educación excesivamente académica antes de tiempo.

Un estudio realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) concluye
que retrasar un año la entrada a la escolarización de los 5 a los 6 años reduce espectacularmente la incidencia
de TDAH: “

Comprobamos que retrasar un año la entrada reducía la falta de atención e hiperactividad en un 73% a la edad
de 11 años, y eliminaba prácticamente la probabilidad de tener un comportamiento inatento o hiperactivo
‘anormal’ o más alto de lo normal”.

2. Al aire libre en lugar de encerrados

Una vez escolarizados, hemos normalizado que los niños se pasen ocho horas en espacios artificiales. Pero la
ciencia nos demuestra que en entornos naturales nos sentimos más plenos y que en ellos es más sencillo
recuperar el equilibrio.

Favorecer el contacto regular con la tierra en lugar del asfalto, o del sol en lugar de las luces artificiales, puede
ser de gran ayuda para niños y jóvenes.

En Finlandia y países nórdicos los niños comienzan la escuela a los 7 años. Antes lo único que hacen es jugar, la
mayor parte del tiempo al aire libre.

3. Evitar actividades uniformizadoras

En España, los niños de 3-4 años están ya sentados frente a una mesa, coloreando fichas y aprendiendo a escribir
y a contar, muchísimo antes de estar mínimamente interesados o maduros para ello, y sacrificando lo más
importante que pueden hacer a esa edad: jugar libremente.
4. Flexibilidad para autorregularse

Los niños están rodeados de normas que creamos en su día los adultos porque nos ofrecen seguridad, nos hacen
creer –erróneamente– que tenemos más control de las situaciones que vivimos junto a ellos.

Convendría que las revisáramos para darles espacio y tiempo para aprender a cuidar de su propio bienestar:
poder beber, comer, moverse, descansar cuando cada uno lo necesite.

5. Observar la unicidad y necesidad de cada uno

A veces, sin darnos cuenta, promovemos desde casa o desde la escuela actividades “a granel”, iguales para todos,
sin pararnos a apreciar las verdaderas necesidades de cada niño o de cada miembro de la familia.

Estar abiertos a sus demandas, en lugar de rellenarles la agenda nosotros, puede ser un primer paso hacia su
propia autoescucha.

6. Etiquetas y comparaciones, fuera

El juicio solamente nos aleja, los encasilla y los deja atrapados en un rol del que se hace muy difícil
escapar.Sabemos que cada uno es único, pero cuántas veces nos pasamos el día haciendo comparaciones entre
los hermanos o con sus amigos.

7. Revisar los horarios según sus biorritmos

A cada edad los seres humanos tenemos unas necesidades diferentes. En la adolescencia, por ejemplo, los
biorritmos te llevan a estar más despierto mentalmente a partir de media mañana y no a primera hora. Dormir
hasta más tarde es lo natural y les permite realizar las sinapsis y conexiones cerebrales necesarias durante esta
etapa.

8. No a los premios ni a los castigos

Parecen efectivos, pero tan solo en lo superficial e inmediato, más no en lo profundo. Aparentemente logramos
modelar su conducta; aun así, existen otras maneras más empáticas de lograr unos vínculos más sanos basados
en la presencia del adulto que nutre, apacigua (da paz) y sostiene al niño que se muestra inquieto.

9. Evitar excitantes y tóxicos

Podemos revisar si su alimentación está favoreciendo en él el equilibrio y el bienestar. Sin embargo, en lugar de
prohibir los alimentos refinados y azucarados, podemos ofrecerle alimentos sanos, o dejarlos a su alcance, y
experiencias vitales que ayuden a su plenitud.

Es importante no exponer a los niños a los daños potenciales de un diagnóstico y uso de medicamentos
innecesarios. La edad relativa de los niños está influyendo en su diagnóstico y tratamiento para TDAH

Los investigadores están pidiendo que antes de llevar a cabo un diagnóstico de TDAH, los maestros, médicos y
padres lleven a cabo un monitoreo más detallado del comportamiento del niño tanto en el colegio como en el
hogar.

Los autores concluyen que "los daños potenciales de un diagnóstico o tratamiento innecesarios y la falta de una
prueba objetiva para TDAH sugiere claramente que se debe ser cauteloso al analizar a un niño para clasificar
este trastorno y ofrecerle un tratamiento".

El TDAH es uno de los problemas conductuales más comúnmente diagnosticados en los niños y el uso de
medicamentos para este trastorno puede tener un impacto negativo importante en su salud ya que sus efectos
secundarios incluyen problemas para dormir y de desarrollo.
Claves para evitar diagnosticar ‘falsos positivos’ del TDAH

• Por José Antonio Villén


• 9 10 2017

Este no va a ser un artículo al uso, en el que les describa en qué consiste el tratamiento farmacológico del TDAH,
o las bases genéticas y neuroanatómicas de esta condición. De eso ya hay más que suficiente, y ustedes saben
más que suficiente. Este artículo es una mirada crítica al TDAH, apoyada en datos objetivos, para suscitar la
reflexión en los profesionales del futuro que lidiarán en sus consultas con infinidad de pacientes que manifiesten
el trastorno que estamos tratando.

Algunos cambios en DSM-V

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad o TDAH consiste en “Un patrón persistente de inatención
y/o hiperactividad-impulsividad que interfiere con el funcionamiento o el desarrollo” y se caracteriza por la
presentación, durante más de seis meses, de algunos de los síntomas especificados en el manual de la American
Psychiatric Association. El trastorno puede presentarse de forma combinada (inatención e hiperactividad), con
un patrón más “inatento” o con un patrón más “hiperactivo”. Es interesante observar la diferencia del criterio
utilizado por la APA para diagnosticar TDAH, entre la versión anterior (DSM-IV-TR) y la actual (DMS-V). El DSM-
IV-TR exigía clara evidencia de disfunción clínicamente significativa en la esfera social, académica u ocupacional,
lo cual no ocurre en el DSM-5, en el que es suficiente que los síntomas interfieran en alguna de ellas o la reduzcan.
Teniendo en cuenta el viraje hacia unos criterios más “laxos”, es previsible un aumento del número de
diagnósticos de TDAH.

¿Qué sugiere la alta comorbilidad entre TDAH y otros trastornos?

La prevalencia de TDAH es de aproximadamente un 6,5% en niños y un 2,7% en adolescentes (5.3% de media),


pero en su gran mayoría el trastorno no se presenta de manera aislada o “pura”, llevando asociadas otras
patologías. Un estudio realizado en 2011 [1] encontró datos demoledores acerca de la comorbilidad entre TDAH
y otras patologías en niños entre 6 y 17 años: 33% tuvo al menos una comorbilidad, 16% tuvieron dos y 18%
tuvieron tres. Entre las patologías más asociadas al TDAH se encuentran los trastornos de ansiedad, la depresión,
trastornos de la conducta, etc. Aunque el que con más frecuencia se asocia es éste último.
En este sentido cabe preguntarse lo siguiente ¿Es el TDAH un trastorno independiente, con una sintomatología
bien diferenciada y propia, o podría tratarse de un conglomerado de síntomas que se explicarían mejor por la
presencia de otros desórdenes mentales? Todo apunta a que existen casos en los que el TDAH no puede
explicarse mejor que por una mutación genética que ha redundado en una desorganización neurosináptica en
determinadas zonas del cerebro. Sin embargo, no podemos desechar la posibilidad de que existan muchos casos
mal diagnosticados en los que la sintomatología de inatención o hiperactividad sea un síntoma más de un
trastorno más amplio. Futuras líneas de investigación deberían explorar la esencia de esta alta comorbilidad.

¿Qué sabemos sobre la terapia en TDAH?

Hablo de terapia, en general, porque más allá del modelo biológico, debemos atender a un modelo biopsicosocial,
que integre todas las posibles mejoras en el componente cognitivo, comportamental y social del niño (o adulto).
Está más que documentado que el tratamiento farmacológico en TDAH es muy eficaz a corto plazo. El más
comúnmente prescrito es el metilfenidato, cuyo mecanismo de acción aún no es claro, aunque se sospecha que
interrumpe la recaptación de dopamina y norepinefrina, permitiendo mayor disponibilidad de neurotransmisor
en el espacio sináptico.

No es suficiente observar un beneficio a corto plazo de los psicoestimulantes en el tratamiento de TDAH, es de


especial relevancia conocer los efectos a largo plazo, pues estamos ante un problema de salud pública que
presenta más del 5% de niños y adolescentes. Eso es precisamente a lo que instó la Comisión Europea que
destaca lo siguiente:

“El tratamiento con Metilfenidato no está indicado en todos los niños con TDAH y la decisión de usar este
medicamento debe estar basado en una minuciosa evaluación de la severidad y la cronicidad de los síntomas del
niño en relación a su edad”. [2]

Siguiendo las directrices de la Comisión, Inglis et al. [3] han publicado un protocolo para realizar un estudio con
el propósito de determinar los efectos físicos, cardiovasculares, neurológicos y psiquiátricos del metilfenidato a
largo plazo.

Algunas de las instancias que la comisión menciona en su documento y que merecen ser resaltadas son:

1. Un adecuado diagnóstico requiere el uso de recursos médicos, psicológicos, educativos y sociales.


2. Es esencial un ajuste educativo adecuado, y la intervención psicológica es generalmente necesaria.
3. La seguridad y eficacia del uso de metilfenidato a largo plazo no han sido sistemáticamente evaluadas
en ensayos controlados. El tratamiento con metilfenidato no debería ser indefinido.
4. El médico cuya elección de tratamiento es el uso de metilfenidato por períodos de más de 12 meses en
niños y adolescentes con TDAH deberían reevaluar la utilidad a largo plazo del medicamento en cada
paciente con períodos sin medicación, para así medir el funcionamiento del paciente sin tratamiento
psicofarmacológico.

A pesar de estas restricciones y la falta de datos sobre la seguridad y eficacia del metilfenidato a largo plazo, ha
demostrado ser un medicamento efectivo a corto plazo. Un meta-análisis que incluía más de 190 estudios y
26.114 pacientes [4] analizó la eficacia de los diferentes tratamientos en TDAH, dividiéndolos en tres grandes
bloques: tratamiento farmacológico y tratamiento no farmacológico. Entre los tratamientos no farmacológicos
se incluía la terapia psicológica (terapia conductual, terapia con neurofeedback, etc.) y terapias alternativas
(dietas, complementos alimenticios, homeopatía).

El único tratamiento no farmacológico significativamente efectivo fue la terapia conductual. Por otro lado,
tomando aisladamente la terapia farmacológica y la terapia conductual, la primera es más efectiva que la
segunda. Sin embargo, la combinación de estos dos tratamientos es más efectiva que la terapia
psicofarmacológica de forma aislada.

En resumen, el TDAH parece ser un trastorno identificable e independiente, pero es fundamental realizar un
correcto diagnóstico para evitar “falsos positivos” y aplicar un tratamiento que no es el adecuado. En cuanto a
ese tratamiento, la literatura científica ha revelado como el mejor tratamiento la combinación de terapia con
psicoestimulantes y terapia conductual.
No esta bien catalogar a los niños como hiperactivos y mas aun diagnosticarles medicamentos pues la decisión
de usar medicamentos debe estar basado en una minuciosa evaluación de la severidad y la cronicidad de los
síntomas del niño en relación a su edad ya que se puede confundir con inmadurez.