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Ciencia
20 de junio de 2018

El especialista Fernando Alfón sostiene que al escribir una tesis no se pretende que sea
leída

Las tesis como escritura hermética

Fernando Alfón es doctor en Historia y docente de la UNLP, ensayista, sostiene que existe
un mecanismo de jerarquización que instala el criterio de que a la tesis cuanto más críptica
se la supone más científica.

Por Pablo Esteban

Fernando Alfón escribió Que nunca nos pase nada, Cuentos que caben en el umbral y La
razón del estilo.

Aunque el Estado se esfuerza en formar doctores, luego, se desentiende de las tesis, que
constituyen –tal vez– los productos más anhelados en el engranaje universitario. Bajo esta
premisa, la hipótesis es la siguiente: como las luces se estacionan en el método, se
reflexiona poco sobre el proceso de escritura. Así, los tesistas producen manuscritos que
“versan sobre temas intrascendentes, abruman por su volumen y repelen al lector por su
prosa”, señala Fernando Alfón.

Es doctor en Historia y docente de la Universidad Nacional de La Plata. Además, como


escritor y ensayista ha publicado novelas, entre las que se destaca: Que nunca nos pase
nada (2003); Cuentos que caben en el umbral (2013) y La razón del estilo (2017), una
selección y traducción de ensayos anglosajones. En esta oportunidad, explica por qué es
importante que los investigadores recuperen la figura del público al redactar sus tesis
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doctorales; describe por qué el ensayo puede funcionar como alternativa ante tanto texto
acartonado y de lenguaje encriptado; y, por último, desarma los mitos que definen al
volumen y la ilegibilidad de los manuscritos como pruebas irrefutables de verdad científica.

–¿Por qué no se leen las tesis doctorales en ciencias sociales?

–No se leen porque no están escritas para ser leídas; se desarrolla un conjunto de
prácticas que las conducen hacia su ilegibilidad. Me refiero a mitos que dominan el
escenario, imaginarios que afirman, por ejemplo, que cuanto más impermeable son
adquieren mayor cientificidad; que cuanto más complejo es su lenguaje y abultada su
forma, se revisten de mejor aspecto y validez. Como resultado se producen manuscritos
que alejan al lector, tanto al común y corriente como al universitario.

–En sus trabajos señala algo tan interesante como paradójico: el Estado se esfuerza
en formar doctores, pero se desentiende de las tesis como producto final. ¿Por qué?

–Cualquier tesista debe peregrinar por distintas editoriales, en muchos casos sin
demasiado éxito, para que sus ideas logren ser publicadas. La razón es clara: ninguna
editorial está dispuesta a invertir en un libro que no tendrá lectores. Por ello, la pregunta
que nos debemos hacer es: ¿por qué el Estado dispone su riqueza para formar
investigadores a los que luego, una vez que consiguen el objetivo, les da la espalda? La
respuesta es compleja aunque hay pistas para comenzar a pensar el asunto.

–Bueno, recién mencionaba a los mitos. El volumen de las tesis parece conferir
legitimidad al trabajo...

–Como jurado, he leído tesis que venían encuadernadas y superaban las mil páginas,
tanto que costaba levantarlas. El volumen presupone que hay un gran trabajo contenido en
el manuscrito –que sin duda lo hay– y comunicar de manera indirecta: “Esto resume
mucho esfuerzo, en efecto, hay que aprobarlo”. Ahora bien, sabemos que el volumen no
siempre va acompañado de intervenciones de calidad. Por otro lado, abundan las tesis
breves pero muy bien construidas estilísticamente: depuradas, legibles y amenas.

–El conflicto, quizás, esté en que no se reflexiona demasiado sobre la escritura


académica.

–Se cree que el proceso de conocimiento se agota con la investigación y la escritura es un


simple “volcado de ideas”, como si fuera una suerte de traducción que constituye un
momento anecdótico. Por el contrario, es un error pensarlo de ese modo porque las tesis
se completan a medida que se escriben. La escritura debería constituir la problemática
central de la tesis, ámbito que –por tradición– es protagonizado por el método.

–Es que si la escritura consigue más autonomía podría fomentar la emergencia de la


subjetividad del investigador, aspecto que la academia observa de reojo...

–Se concibe que la ciencia reside en el método y este puede prescindir del sujeto. Si
prescindimos del sujeto, a su vez, también lo hacemos respecto de sus estilos. Por tanto,
el exilio del autor, acompañado de una escritura de aspecto metódica, brinda la sensación
de fiabilidad. Estas ideas no son nuevas ni mucho menos; pueden fecharse con la
publicación de “Las reglas del método sociológico” de Émile Durkheim (1895). Un gran
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libro que, no obstante, deja una herencia desafortunada: convenció a los investigadores de
no estar presentes en sus tesis. En efecto, los tesistas resignan vocación persuasiva y sus
ganas de cosechar lectores.

–¿Cuál sería la estrategia, entonces, para que las tesis puedan ser más y mejor
leídas? ¿El ensayo?

–Si entendemos al ensayo como escritura estilística preocupada por aquello que se
comunica pero también por los propios procesos que conllevan la redacción, sin lugar a
dudas, podría funcionar como un buen modo de producir conocimiento. Los ensayistas
desarrollan una mayor vocación por conquistar a públicos más amplios. Aquí, también se
produce una confusión ya que la universidad observa con sospecha al mundo ensayístico;
lo piensa como género degenerado; como posible conspirador contra el “conocimiento
auténtico”.

–¿Qué ocurriría si se incentivara la producción de tesis con el estilo de la


divulgación?

–Se tiende a pensar a la escritura académica a partir de su hermetismo y acartonamiento;


mientras la divulgación ofrecería una comprensión llana y una lectura desprovista de
obstáculos. Mi postura no es tan dicotómica sino que se concentra en reflexionar acerca
de una “ciencia bien escrita”, esto es, un espacio donde la instancia de escritura no se
presente enemistada respecto de la escena de lectura. Desde aquí, la escritura hermética
no es garantía de cientificidad, mas bien, intenta intimidar al lector que, ante diversas
estrategias de avasallamiento, culmina por creer que se enfrenta a un pensamiento serio y
calificado. El propio Durkheim escribió textos extraordinarios sin un lenguaje tan cerrado.
Lo que sucede es que en el fondo, el hecho de encriptar el mensaje se vincula con
ostentar el poder.

–Sin ir más lejos, los médicos y sus recetas…

–No hay tan solo una cuota de desprolijidad: los médicos que hablan y escriben raro se
quedan con una cuota de poder enorme. Con las ciencias sociales ocurre lo mismo.

–El conflicto es que cuando los investigadores buscan innovar son desaprobados
por no cumplir con las pautas prexistentes. Las tesis de Foucault y Nietzsche fueron
rechazadas.

–El caso más paradigmático quizás sea “El origen de la tragedia” de Nietzsche. En 1871 su
tesis fue rechazada porque no tenía el lenguaje que se esperaba de un tratado científico
sobre la cultura griega. Observada a la distancia podremos coincidir en que es una gran
tesis, escrita de manera formidable, con una fuerte vocación de persuasión, que recurre a
formas metafóricas brillantes y que incorpora la presencia de su autor. La universidad
debería incentivar este tipo de trabajos, ya que no pierde absolutamente nada desde el
punto de vista científico sino todo lo contrario: se robustece.

–¿El problema es solo de forma o los contenidos también aportan poco?

–El primer consejo que brinda un director a un tesista es que especifique sus temas, “que
recorte el objeto”. Ello lo conduce hacia un camino de especificación tan grande que el
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tema despierta poco interés y resigna frescura. A excepción, claro, de que ese objeto
“ultra-recortado” tenga la capacidad de revelar algo más general, aunque ello es difícil de
hallar. El principal peligro es que se abordan temas que solo son importantes para el
tesista, o bien, para los especialistas del rubro que, en cualquier caso, representan un
puñado de personas.

–¿Será porque se cree que cuánto más específicas son más rigurosas?

–Es posible, sin embargo, existen muchísimas tesis que abordan grandes temas y no
resignan en nada su rigurosidad. Atravesamos un contexto que puede funcionar como una
buena plataforma para volver a pensar temas que despierten la atención del público, más
allá de los campos específicos. De lo contrario, los tesistas son condenados al ostracismo.

–De modo que las universidades deberían comenzar por enseñar a escribir.

–Sería un buen comienzo. En la actualidad, se dictan talleres y seminarios pero de manera


desconectada. Los jóvenes que saben escribir, por lo general, aprendieron por afuera ya
que la universidad no concibe a la escritura como un problema a resolver.

poesteban@gmail.com

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