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SESIÓN 02

LA REFLEXIÓN SOBRE EL HOMBRE EN LA ETAPA


ANTROPOLÓGICA DE LA FILOSOFÍA GRIEGA

Por Yolvi Ocaña

Introducción

Los primeros filósofos, los jonios, eran principalmente cosmólogos, se


preocupaban por elemento originario, el movimiento. Más adelante durante el
siglo V a.c. el pensamiento adquirirá una orientación diferente: de las
especulaciones cosmológicas se pasara al tema del hombre. Son los sofistas
los primeros en preguntarse sobre el hombre y su papel en el mundo. Pero es
Sócrates quien revoluciona el pensamiento filosófico, Sócrates nos enseña en
que consiste vivir y cómo hacer para lograr una existencia feliz.

En este capítulo conoceremos el papel de los sofistas en el desarrollo del


pensamiento filosófico y la importancia de Sócrates como el primer gran
filósofo, en quien se fundían armoniosamente la vida y la doctrina.

Capacidad

Discrimina las tesis y los argumentos de los sofistas y Sócrates sobre el


hombre.
APOGEO DE LA FILOSOFÍA, LA SOFÍSTICA Y SÓCRATES.

“Solo hay un bien, el conocimiento


Solo hay un mal, la ignorancia”
Sócrates.

Desde el siglo V a.c. se inicia una fase nueva de la filosofía en Grecia, en este
periodo es el hombre el tema de debate principal. En esto influyeron algunas
razones ajenas a la filosofía: el predominio de Atenas después de las guerras
medicas contra los persas, el triunfo de la democracia, etcétera. Como señala
Julián Marías, “aparece en primer plano la figura del hombre que habla bien,
del ciudadano, y el interés del ateniense se vuelve a la realidad política, civil y,
por lo tanto, al hombre mismo” (Marías, 2007, p. 34).

Grecia cambia y este cambio se refleja en la filosofía, los intereses y


reflexiones ya no son la naturaleza, el movimiento o el elemento fundacional.
En el centro del pensamiento griego se encuentra ahora el ciudadano, en el
sentido del desarrollo de la esencia de la persona y la vida en sociedad. Así
describe Ortega y Gasset en el Espíritu de la letra la sociedad ateniense en el
siglo V a.c.:

Cada hombre se siente vitalmente ---no como nosotros, idealmente--- parte del cuerpo
público. No sabría vivir por sí y para sí. El griego de este tiempo hubiera sentido su
propia individualidad como una soledad trágica y violenta, como una amputación que
conlleva el dolor y la muerte (Ortega, 1985, p. 83).

Fruto de esta época es el movimiento sofístico, y frente a este surgirá la


trascendental figura de Sócrates.

LOS SOFISTAS
En su acepción actual, la palabra sofista, tiene una connotación muy
peyorativa, designa a un hombre que con igual facilidad puede probar la verdad
que la falsedad de la misma afirmación. Esta definición no vale, desde luego,
para los primeros sofistas. En la época de su emergencia sofista significaba
“sabio”. Durante el gobierno de Pericles1 hubo en Atenas y en otras ciudades

1
Gobernante de Atenas del siglo V a.c., (495 a. C.- 429 a. C.) llamado “el Olímpico” por sus conciudadanos, su época
de gobierno es considerada la más brillante de la Grecia clásica, y llamada el siglo de Pericles.
griegas profesores de filosofía que se apodaban ellos mismos sofistas. Carl
Grimberg afirma “la significación intelectual de los sofistas fue enorme; hicieron
posible en este tiempo que la ciencia se divulgara, enseñando a pensar al
pueblo. El nuevo período iniciado por ellos es una época de intensa vida
intelectual, semejante a la corriente cultural que hizo del siglo XVIII el siglo de
las luces” (Grimberg, 1967, p. 95).

Al contrario de los filósofos de la escuela jónica que, encerrados en su torre de


marfil, trataban de desentrañar los enigmas de la existencia, los sofistas
tendían a enseñar conocimientos y filosofía útiles para la vida. Estos
pensadores presentan, también, otras esenciales diferencias con respecto a
cualquier expresión filosófica anterior: son profesores ambulantes, que van de
ciudad en ciudad, enseñando a los jóvenes; y enseñan por dinero, mediante
una retribución, caso nuevo en Grecia y que sorprendió no poco. Tenían gran
brillantez y éxito social; eran oradores y retóricos, y fundamentalmente
pedagogos. Pretendían saber y enseñar todo, desde luego, cualquier cosa y su
contrario, la tesis y la antítesis. Tuvieron una gran influencia en la vida griega, y
fueron personajes importantes; algunos, de gran inteligencia. Para Julián
Marías, “el sofista parece filósofo, pero no lo es. Surgen entonces dos
problemas: 1) la filosofía que pueda haber en la sofística; 2) el problema
filosófico de la realidad del sofista” (Marías, 2007, p. 35).

Se mueve la sofistica en un ámbito de retórica. Se trata de decir las cosas de


modo que convenzan, de decirlas bien. No importa la verdad, y por eso es una
falsa filosofía. Frente a esto, Sócrates y Platón reclamarán el bien pensar, es
decir, la verdad.

Además, es algo público, dirigido al ciudadano; tiene, pues, una clara tendencia
política. Y, por último, es una peideía, una pedagogía, la primera que
propiamente existe.

Hubo muchos sofistas importantes. Varios de ellos nos son conocidos de un


modo vivo y penetrante por los diálogos de Platón y las comedias de
Aristófanes. Los de mayor importancia fueron Hipias, Pródico, Eutidemo y,
sobre todo, Protágoras y Gorgias.
PROTÁGORAS. Nació en Abdera el año 481 y murió el 411 a. c. Tuvo gran
influencia en Atenas, en tiempo de Pericles. Se ocupó de gramática y del
lenguaje, fue gran retorico y mostro gran escepticismo respecto a la posibilidad
del conocimiento, especialmente de los dioses. Pero su fama mayor procede
de una frase suya, transmitida por varios filósofos posteriores, que dice: “El
hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en tanto que son, y de
las que no son, en tanto que no son.” De esta frase se han dado numerosas
interpretaciones, que van desde el relativismo al subjetivismo.
Protágoras defendía el relativismo y el convencionalismo de las normas,
costumbres y creencias del hombre.

GORGIAS. Gorgias era de Leontinos, en Sicilia, vivió entre el 485 y el 380 a.


c. Fue embajador en Atenas en el 427 a.C. donde se radicó. Contemporáneo
de Protágoras. Fue uno de los grandes oradores griegos. Escribió un libro
titulado Del no ser, donde afirmaba que no existe ningún ente, que si existiera
no sería cognoscible para el hombre, y que si fuera cognoscible no sería
comunicable. La filosofía viene a perderse en retórica y en renuncia a la
verdad. Sostenía que para cada ocasión y para cada persona hace falta un
comportamiento distinto, y entonces la moral es un instinto y no un
conocimiento resumible en palabras y, por lo tanto, enseñable.

No obstante las críticas a los sofistas por su relativismo extremo, su


escepticismo, su poca valoración de la verdad y la excesiva importancia a la
retórica, tuvieron el mérito de provocar un constante avance en el conocimiento
del lenguaje y de los procesos mentales discursivos, avance que culminaría en
los primeros tratados sistemáticos de Aristóteles sobre el estilo literario,
oratoria y principalmente la lógica formal.

SÓCRATES, Sabio de la Antigüedad y maestro de los hombres.

Sócrates llena la segunda mitad del siglo V ateniense; murió a los setenta
años, en 399, al comenzar el siglo IV, que había de ser el de máxima plenitud
filosófica en Grecia. Era el hijo de un escultor y una comadrona. Es Sócrates
una de las personalidades más interesantes e inquietadoras de toda la historia
griega; apasiono a sus contemporáneos, hasta el extremo de costarle la vida.
Sócrates tuvo una actuación digna y valiente como ciudadano y soldado; pero,
sobre todo, fue el hombre del ágora2, el hombre de la calle y de la plaza, que
habla e inquieta a toda Atenas.

Al principio Sócrates pareció un sofista más, Aristófanes3 lo ridiculizó en su


obra Las nubes, solo más tarde se vio que no lo era, sino al contrario, que
justamente había venido al mundo para superar la sofistica y restablecer el
sentido de la verdad en el pensamiento griego. Tuvo pronto un núcleo de
discípulos atentos y entusiastas; lo mejor de la juventud ateniense, y aun de
otras ciudades de Grecia, quedó pendiente de las palabras de Sócrates;
Alcibíades4, Jenofonte, sobre todo Platón, se contaron entre sus apasionados
oyentes.
Sócrates afirmaba la presencia junto a él de un genio, cuya voz le aconsejaba
en los momentos capitales de su vida. Este daímon nunca lo movía a actuar,
sino que, en ocasiones, lo detenía y desviaba una acción. Era una inspiración
intima que se ha interpretado a veces como algo divino, como una voz de la
Divinidad, que nos advierte cuando obramos mal. Quien se acostumbra a
escuchar esta voz, obrará siempre bien y llegará a ser un hombre bueno. En
otras palabras: “Quien sabe lo que es el bien, hará igualmente el bien”. Y
¿Quién sabe lo que es el bien? Aquel que está tan acostumbrado a escuchar la
voz de su conciencia que no puede evitar el obedecerla.

La acción socrática era exasperante. El oráculo de Delfos había dicho que


nadie era más sabio que Sócrates; este modestamente, pretende demostrar lo
contrario; y para ello va a preguntar a sus conciudadanos, por las calles y
plazas, que son las cosas que el ignora; esta es la ironía socrática. El
gobernante, el zapatero, el militar, la cortesana, el sofista, todos reciben las
saetas de sus preguntas. ¿Qué es el valor, que es la justicia, que es la amistad,

2
Plaza de las ciudades-estado griegas (polis).
3
Famoso comediógrafo griego, (444 a. C. - 385 a. C.) principal exponente del género cómico ateniense.
4
Estadista, orador y general ateniense, (450 – 404 a. C.) tuvo un papel destacado en la segunda fase de la guerra del
Peloponeso.
que es la ciencia? Resulta que no lo saben tampoco; ni siquiera tienen, como
Sócrates, conciencia de su ignorancia, y a la postre resulta que el oráculo tiene
razón.

¿Qué sentido tiene esto? ¿Cómo pregunta Sócrates, y por qué no saben
responderle? La oposición mayor de Sócrates va contra de los sofistas; sus
esfuerzos máximos tienden a demostrar la inanidad de sus presunta ciencia;
por eso, frente a los retóricos discursos de los sofistas pone su diálogo cortado
de preguntas y respuestas.

Si nos preguntamos cuál es, en suma, la aportación socrática a la filosofía,


Julián Marías responde categóricamente que le debemos dos cosas: “los
razonamientos inductivos y la definición universal, ambas cosas se refieren al
principio de la ciencia” (Marías, 2007, p. 38). Cuando Sócrates pregunta,
pregunta que es, por ejemplo, la justicia, pide una definición. Definir es poner
límites a una cosa, y por ello, decir lo que algo es, su esencia; la definición nos
conduce a la esencia, y al saber entendido como un simple discernir o distinguir
sucede, por exigencia de Sócrates, un nuevo saber cómo definir, que nos lleva
a decir lo que las cosas son, a descubrir su esencia. De aquí arranca toda la
fecundidad del pensamiento socrático, vuelto a la verdad, centrado
nuevamente en el punto de vista del ser, de donde se había apartado la
sofistica. En Sócrates se trata de decir verdaderamente lo que las cosas son.

Sócrates no concebía el pensar como una actitud de aislamiento, el pensador


no debía mantenerse encerrado en su casa, en su gabinete. Él se crió en la
calle, en la plaza pública, y allí iba a encontrarse con la gente, compartir sus
desgracias y gozar con sus alegrías, en discusión, en confrontación de ideas,
en diálogo.

Sócrates aseguraba haber aprendido el oficio de pensar de su madre, que era


partera. El buen filósofo es como una partera que puede ayudar al otro a
extraer la verdad que guarda dentro de sí. ¿Cómo? A través del diálogo.
Porque el hombre más ignorante e inculto guarda en su interior la verdad, solo
hay que ayudarlo a darla a luz. Dialogando con él, conduciéndolo con
preguntas a la movilización, a la introspección, hasta que permanecía
adormecida en su interior. A este método él lo denominara mayéutica.

Esta y no otra es la idea básica de la educación: la función del maestro


consiste en ayudar al alumno a gestar la verdad, a producirla. Esta noción fue
luego retomada por su discípulo Platón.

Sócrates demuestra que pensar no es adoptar ideas ajenas, sino hacerlas


emerger desde nuestro interior, ayudados por algo o alguien. Sócrates confiaba
en este método, confiaba en el hombre y en su poder de pensar y alcanzar
ideas correctas siempre y cuando se tomara el camino adecuado.

Este método género la admiración de sus conciudadanos, sus discípulos lo


admiraban y seguían, muchos le debieron el llegar a ser hombres dignos, pero
los enemigos y envidiosos no eran menos.

Sócrates fue injustamente acusado por sus enemigos de introducir dioses


nuevos y extraños a la ciudad y por consiguiente de corruptor de la juventud.
Esta acusación era muy grave, la legislación ateniense castigaba estos delitos
con la pena de muerte..

Según los testimonios que fueron recogidos por Diógenes Laercio en su obra
Vidas de filósofos ilustres, la acusación fue presentada por Meleto, el discurso
fue redactado por Ánito, y todos los preparativos procesales corrieron a cargo
del demagogo Licón.

Platón, en su Apología de Sócrates, relata la acusación, el juicio y la condena


que llevó a la muerte a su maestro.
Sócrates se defendió de los cargos que se le hacían de un modo brillante,
haciendo gala de una lógica derrochadora contra sus acusadores, sin
humillarse ni tratando de despertar la compasión de nadie.
Sócrates en su defensa reafirmó la misión que él consideraba la fuera impuesta
por los dioses:
Y, por ende, ni aún en el caso de que vosotros me absolvieseis, desoyendo a Anito, el
hombre que dijo que o yo no deba en modo alguno comparecer aquí o, ya que
comparecí, no era posible dejar de condenarme a muerte, y afirmó ante vosotros que,
si yo salía absuelto, vuestros hijos se dedicarían en adelante a cultivar lo que Sócrates
enseña y todos por entero serían víctimas de la corrupción ; sí, con relación a esto, me
dijerais: “Sócrates, no vamos hacer caso a Anito, sino que te absolvemos, pero con
esta condición: con la condición de que dejes esos diálogos examinatorios y ese
filosofar; pero si eres sorprendido practicando eso todavía, morirás”, pues bien, si,
como decía, me absolvierais con esa condición, yo os respondería: “Agradezco
vuestras palabras y os estimo, atenienses, pero obedecerá al dios antes que a
vosotros y, mientras tenga aliento y pueda, no cesará de filosofar, de exhortarlos y de
hacer demostraciones a todo aquel de vosotros con quien tope con mi modo de hablar
acostumbrado, y, así, seguiré diciendo: “Hombre de Atenas, la ciudad de más
importancia y renombre en lo que atañe sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de
afanarte por aumentar tus riquezas todo lo posible, así como tu fama y honores, y, en
cambio, no cuidarte ni inquietarte por la sabiduría y la verdad, y porque tu alma sea lo
mejor posible?”, y si alguno de vosotros se muestra en desacuerdo conmigo y asegura
preocuparse, no lo dejaré marcharse al punto ni yo me alejará, sino que le hará
preguntas, lo examinaré, le pediré cuentas, y, sino me parece estar en posesión de la
virtud, aunque lo diga, le echaré en cara su poco aprecio de lo que más vale y que
estime en mas lo que es más vil. Este será mi modo de obrar con todo aquel con quién
yo tope, sea joven o viejo, extranjero o ateniense, pero preferentemente con estos
últimos, por cuanto que estas más cerca de mí por razón de nacimiento. Pues eso es
lo que ordena el dios, sabedlo bien, y yo considero que no habéis tenido en la ciudad
hasta la fecha un bien mayor que mi labor al servicio del dios. Efectivamente, yendo de
acá para allá, no hago otra cosa que tratar de convenceros, tanto a jóvenes como a
viejos, de que no debéis cuidaros de vuestros cuerpos ni de la fortuna antes ni con
tanta intensidad como de procurar que vuestra alma sea lo mejor posible (Platón, 1966,
pp. 42-43).

Considero indigno el buscar la compasión:


Bien, pues, atenienses: las razones que yo pueda alegar en mi defensa son estas, en
suma, y acaso otras semejantes. Tal vez algunos de vosotros se indigne al acordarse
de sí mismo, si, en tanto que él, envuelto en un proceso de menor importancia que
este, rogó y suplicó a los jueces con abundante lágrimas, no sin haber hecho
comparecer a sus hijos, para inspirar la mayor compasión posible, y muchos de sus
familiares y amigos, yo, en cambio, como veis, no voy hacer nada de esto, a pesar de
que corro, según parece, el mayor peligro.
Es probable, pues, que alguno, al pensar esto, se endurezca hacia mí y que, irritado
por esto mismo, emita su voto en estado de cólera. Pues bien, si en alguno de
vosotros se da esa circunstancia –no aseguró que se dé, pero admitamos esa
posibilidad-, me parece que yo le contestaría cabalmente diciéndole: “Amigo mío, yo
también tengo algunos familiares; también es válido para mi aquello que dice Homero,
y “ni una encina ni de una roca ha nacido”, sino de seres humanos, de suerte que tengo
parientes, y hasta hijos, ¡Oh atenienses!, tres, uno ya mozalbete, y dos pequeños: pero,
no obstante, a ninguno de ellos he hecho comparecer aquí, para pedir que votéis a
favor mío”. ¿Y por qué no voy a hacer nada de esto? No por presunción, atenienses,
ni por desprecio hacia vosotros. Omitamos, por otra parte, la consideración de que si
me encuentro animoso ante la muerte o no, mas, sea ello como fuere, por lo que hace
a la fama-la mía, la vuestra y la de la ciudad entera, no me parece decoroso que yo
haga nada de lo referido, tanto por la edad que tenga como por el juicio que acerca de
mi hay formado, el cual será verdadero o falso, pero lo cierto es que , según la opinión
general, Sócrates se diferencia en algo a la mayoría de los hombres. Si aquellos de
vosotros que tienen fama de sobresalir en sabiduría, valor, o en cualquier otra cosa
meritoria, se comportasen así, sería vergonzoso. Yo desde luego he visto más de una
vez escenas de ese tipo en juicios: hombres que pasaban por ser de cierto temple
observaban una conducta sorprendente; no parecía sino que pensaban que iban a
sufrir algún terrible mal, si morían, y que, en caso de que no lo condenaseis a muertes,
serían inmortales. Eso me parece que ocasionan a la ciudad una deshonra: cualquier
extranjero puede creer que los atenienses que sobresalen por sus méritos, aquellos a
quienes sus conciudadanos prefieren a la hora de elegir a los magistrados que les han
de gobernar o a quienes han de alcanzar honores, como no se diferencian en nada de
las mujeres. No adoptéis, atenienses, los que gozáis de algún renombre en lo que
quiera que sea, esa actitud suplicante cuando seáis juzgados, y, cuando, como ahora,
seáis jueces, si los acusados obramos así, no debéis permitirlo, sino hacer ver que
estáis mucha más dispuestos de votar en contra del que pone a escena tales dramas y
deja en ridículo a la ciudad, que del que sabe contenerse.
Y, dejando a un lado la consideración del buen nombre, tampoco me parece justo
suplicar al juez no salir absuelto merced a las súplicas, sino dar explicaciones y tratar
de convencer. Pues el juez no asiste a los procesos para sacrificar la justicia al deseo
de complacer, sino para juzgar lo que está en litigio, y no se ha comprometido mediante
juramento a agradara aquellos a quienes le parezca bien, sino a pronunciar sentencia
con arreglo a las leyes (Platón, 1966, pp. 52-54).

Luego de escuchada la acusación y la defensa, 281 votos se inclinaron por su


culpabilidad, 220 trataron de absolverle. En la segunda parte del proceso, los
acusadores solicitaron la pena de muerte; de acuerdo a los procedimientos
establecidos el acusado podría proponer una pena alternativa. Sócrates
propuso una que irritó tremendamente al jurado, dijo el maestro:
Pasemos a otra cuestión. Ese hombre propone contra mí la pena de muerte. Bien. Y
yo por mi parte, ¿qué pena voy a proponeros para mí? ¿Verdad que debo sugerir
aquella que merezco? Pues bien, ¿qué castigo debo sufrir o qué multa pagar por no
haber tenido en la vida punto de reposo, por haberme despreocupado de aquello que
constituye la preocupación de la mayor parte de los hombres, las ganancias, el
gobierno de la casa, el generalato, los discursos ante el pueblo, todos los cargos
públicos, las conjuraciones y las disensiones que en la ciudad vienen teniendo lugar,
por haber creído que yo era demasiado honrado para conservar la vida, si me dedicaba
a estas actividades, por no haber ido a aquellos lugares en lo que no había de reportar
utilidad alguna no a vosotros ni a mí mismo, y haber acudidos a donde os podía
ocasionar los mayores beneficios, como ya os he dicho, de manera privada: por
haberme esforzado, por convencer a cada uno de vosotros de que no debía cuidarse
de ninguna de sus cosas antes que de procurar ser lo mejor y lo más prudente posible,
ni de las cosas de la ciudad antes que de la propia ciudad, y así sucesivamente? ¿Qué
merezco que me ocurra, habiendo sido así? Algún bien, atenienses, al menos si en
verdad hay que hacer la estimación con arreglo a los merecimientos. Y lo que es más,
un bien de tal naturaleza que cuadre a mi persona. ¿Y qué premio cuadra a un hombre
pobre, a un bienhechor de la ciudad, que se ha visto obligado a desatender sus
intereses personales para dedicarse a instruirlos? No hay cosa más adecuada,
atenienses, que mantener a un hombre en el Pritaneo 5, con mucha más razón de que si
algunos de vosotros ha resultado vencedor en Olimpia 6 en las carreras de caballos, en
las de carros tirados por una pareja de corceles, o en la de cuadrigas. Pues ese hace
que vosotros creáis ser felices, y yo que lo seáis; él no tiene necesidad de
manutención, y yo sí. En resumen, pues, si debo estimar de acuerdo con la justicia la
pena que merezco, esa es mi estimación: la manutención en el Pritaneo (Platón, 1966,
pp. 56-57).

Consideró otras alternativas que desechó por considerarse inocente,


Persuadido pues de que a nadie hago daño, ni mucho menos voy a hacérmelo a mí
mismo diciendo que merezco algún mal y proponiendo para mí una tal cosa. ¿Qué
temor podría moverme a eso? ¿Tal vez el de sufrir aquello que Melito sugiere contra
mí, una cosa que, os lo repito, no sé si es un bien o un mal? ¿Debo preferir a eso
algunas de las cosas que sí sé que son males, proponiéndola como castigo para mí?
¿Tal vez la cárcel? Pero ¿Qué necesidad tengo yo de vivir en la cárcel, sometido
invariablemente a los magistrados de turno, a los Once de cada año? ¿O, tal vez,
deberé proponer una multa o quedar encarcelado, hasta que pague la última moneda?
Pero estamos en lo mismo, pues no cuento con ningún dinero con que pagar.
¿Propondré, entonces, el destierro? Pues seguramente me condenaríais a eso. Pero
muy grande en verdad sería, ateniense, mi apego a la vida, si fuera tan ciego que no

5
Edificio del estado, en el cual eran mantenidos a expensas del mismo determinados ciudadanos, verbigracia, los que
triunfaban en los juegos olímpicos.

6
Ciudad e la región de Elide, célebre por los juegos panhelénicos, que tenían lugar cada cuatro años.
pudiera advertir que, si vosotros, que sois conciudadanos míos, no fuisteis capaces de
soportar mis conversaciones y mis argumentaciones, sino que os han resultado
pesadas y odiosas hasta el extremo de libraros de ellas, ¿Cómo otros hombres las van
a soportar fácilmente? Claro están que no las soportarían, atenienses, Y bonita vida
sería la mía, saliendo a mis años de Atenas, yendo de ciudad en ciudad y arrojado de
todas partes (Platón, 1966, pp. 58-59).

Consideró la posibilidad de la multa,


Y por lo que toca al pago de una multa, si yo tuviera dinero, propondría el desembolso
de aquella cantidad que me encontrase en condiciones de abonar, pues ello no me
ocasionaría ningún daño; pero la verdad es que no es posible, a no ser que vosotros
me aceptéis la propuesta de pagar la pequeñísima cantidad de que yo podría
desprenderme. Tal vez podría entregaros una mina de plata. Y, de acuerdo con esto,
sugiero esa multa. Ahora bien, Platón, Critón Ctritóbulo y Apolodoro, asistentes a este
proceso, me instan a proponer una multa de treinta minas, y se ofrecen a salir fiadores;
de acuerdo con esto, sugiero tal pena, y estos, personas solventes, saldrán fiadores
ante vosotros (Platón, 1966, pp. 60-61).

Todo esto debe hacer sido tomado una burla por los jueces. Finalmente fue
condenado a muerte bebiendo cicuta7, por un jurado irritado con la lógica
demoledora de Sócrates.

En la parte final uno de sus discípulos se lamenta “Lo que más me duele es
que te condenen siendo inocente” le dice. Sócrates le contesta: “¿Acaso
querías que me condenen siendo culpable?”. Otros le proponen huir todo está
asegurado; incluso el mismo jurado estaba dispuesto a hacerse “de la vista
gorda”. Un imposible para Sócrates, el hombre que había vivido respetando la
ley y exigiendo que todos la cumplan no podía traicionarse a sí mismo. Dice el
maestro, “pues es mejor morir como hombre bueno que vivir como hombre
malo”. Su muerte sería, en efecto, la confirmación de cuanto afirmara durante
su vida. Platón pone en boca de Sócrates estas palabras finales, dirigidas a los
jueces: “Ha llegado el momento de partir, yo para morir y vosotros para vivir.
Pero sólo Dios sabe quién de vosotros se encamina hacia un destino mejor”
(Platón, 1966, p. 68). Corría el año de 399 a. c., posiblemente ninguno de los

7
Planta con flor herbácea de la familia de los opiáceos usada por los griegos para quitar la vida a los condenados a
pena de muerte.
presentes imagino el alcance y trascendencia que este juicio y su sentencia
tendría en la historia de la filosofía occidental.

Finalmente, entre lamentos de sus discípulos, Sócrates bebe serenamente la


cicuta, sus últimos momentos fueron descritos por Platón:
Él paseó, y cuando dijo que le pesaban las piernas, se tendió boca arriba, pues así se
lo había aconsejado el individuo. Y al mismo tiempo el que le había dado el veneno lo
examinaba cogiéndole de rato en rato los pies y las piernas, y luego, apretándole con
fuerza el pie, le preguntó si lo sentía, y él dijo que no. Y después de esto hizo lo mismo
con sus pantorrillas, y ascendiendo de este modo nos dijo que se iba quedando frío y
rígido. Mientras lo tanteaba nos dijo que, cuando eso le llegara al corazón, entonces se
extinguiría.
Ya estaba casi fría la zona del vientre, cuando descubriéndose, pues se había tapado,
nos dijo, y fue lo último que habló:
—Critón8, le debemos un gallo a Asclepio 9. Así que págaselo y no lo descuides.
—Así se hará, dijo Critón. Mira si quieres algo más.
Pero a esta pregunta ya no respondió, sino que al poco rato tuvo un estremecimiento, y
el hombre lo descubrió, y él tenía rígida la mirada. Al verlo, Critón le cerró la boca y los
ojos.
Este fue el fin, Equécrates10, que tuvo nuestro amigo, el mejor hombre, podemos decir
nosotros, de los que entonces conocimos, y, en modo muy destacado, el más
inteligente y el más justo (Platón, 2003, p. 117)

Así de este modo murió el más grande educador-filósofo que ha conocido la


humanidad, en mano de unos sujetos mediocres y envidiosos. Pero sus ideas y
su mensaje jamás murieron, en cualquier lugar donde se enseñe o se hable de
filosofía el nombre de Sócrates siempre estará presente como un modelo a
seguir, para todo aquel que busque la verdad y la virtud.

8
Discípulo de Sócrates, pertenecía a la aristocracia ateniense, se ofreció como fiador de la multa que Sócrates
propuso pagar al jurado.
9
Dios de la medicina griego, se le sacrificaba un gallo cada vez que ocurría una curación.
10
Discípulo de Sócrates a quién Platón colocó como uno de los dialogantes de su obra Fedón
ACTIVIDADES EN CLASE

Mediante un cuadro comparativo, elaboran tres criterios donde se distinga las


principales tesis de los sofistas y Sócrates.

Criterios Sofistas Sócrates


Identifique tres cambios y tres permanencias sociales entre la época de Sócrates y el
presente.

CAMBIOS PERMANENCIAS

Redacte un comentario, resaltando la importancia del pensamiento socrático en su


formación académico-profesional.

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ACTIVIDAD DE EXTENSIÓN

Revisen la fuente Apología de Sócrates de Platón, identifiquen cinco ideas claves y


elabore un artículo, relacionando esas ideas con el estilo de vida contemporáneo.