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Las noticias internacionales dan cuenta de que Colombia es el segundo país con

mayor número de desplazados del mundo, en una proporción incomparable con la


de cualquier otra nación, y superado solo por la catástrofe humanitaria que
representa la guerra en Siria.

Esta información, conocida y repetida hasta la saciedad entre nosotros, aparece


solo marginalmente destacada en los medios nacionales: no se sabe qué es más
preocupante, si pensar que no entienden lo que significa, o no les importa, o si
pensar que para ellos no es noticia lo grave del desplazamiento mismo y solo
aparece en el momento que el mundo se escandaliza con ello.

Hasta ahora el énfasis alrededor del tema era la situación de vida que se les
generaba y las dificultades que pasaban los afectados; el drama que se ilustraba
con algunos casos era la razón suficiente para ‘venderlo’ como noticia o como
denuncia.

Pero el caso es que Colombia, a pesar del crecimiento del PIB o de lo que podrían
parecer buenos indicadores macroeconómicos, se mantiene como el más alto en
índices de desigualdad, tanto de riqueza como de ingreso. Lo que también se
refleja en la concentración de la propiedad de la tierra, al punto que también el
Indicador Gini respectivo supera de lejos y casi dobla el de cualquier país de las
mismas condiciones (supera el 85%), generando así el desplazamiento que
permite esa acumulación dejándola en manos de quienes lo aprovechan (o
instigan) para acapararlas.

Pero, paradójicamente, ese desplazamiento lo que genera es la inserción de esas


personas al mundo del consumo masivo –cuando antes eran casi autosuficientes–
y es lo que ha propulsado el crecimiento de la demanda interna: esos mismos
desplazados son el primer motor de nuestro desarrollo y probablemente la
principal explicación de por qué la economía se ha salvado de caer en una crisis
de ‘enfermedad holandesa’. Se confirma por lo demás la visión keynesiana de que
es la demanda la que determina el desarrollo económico al propiciar las
condiciones para el crecimiento de la oferta; o sea, el estímulo para el incremento
de la producción. En otras palabras, si Colombia en esta década ha sido
afortunada en conservar niveles de aumento de su PIB no es por los mercados
conseguidos por los TLC –los cuales o han sido marginales o ahora negativos–
sino por el crecimiento de esa demanda interna.

Esa especie de ‘reinserción’ se refleja en una forma de ‘movilidad social forzada’


en la que los recién llegados al requerir bienes y servicios empujan a los estratos
antes más bajos a suministrárselos, pasando a engrosar una nueva clase media.
La nueva tienda del barrio o la casita convertida en inquilinato son características
de unas actividades de un nuevo ordenamiento y de unas nuevas ‘clases sociales’
(como en el fondo también acaban siéndolo los excluidos de esos procesos que
multiplican la delincuencia).

Y en relación al tema, se deben tener en cuenta a los emigrantes –¿o exiliados?–,


rubro en el cual estamos a la cabeza de nuestros vecinos, con una cantidad
similar a la de desplazados internos. Estos, a su turno, se convirtieron durante por
lo menos un par de lustros en la principal fuente de divisas con las remesas de sus
salarios en el extranjero, las que aumentaban a su turno la capacidad adquisitiva
de sus familiares. Es decir, también alcanzaron a ser durante un buen periodo los
impulsadores de la demanda, cuando internamente la participación del sector
laboral disminuía ante el crecimiento del capital inversionista y el desempleo se
mantenía –y mantiene– como el más alto del continente.

Esa tendencia acabó consolidándose y los capitales extranjeros en minería y


petróleo se convirtieron en la principal fuente de entradas a la balanza cambiaria,
pero eso se compensa con los giros que por dividendos se generan hacia el
exterior. Así, siguen siendo los dineros enviados por esos desplazados desde el
extranjero, ya no solo un pilar de la estabilidad cambiaría, sino por un componente
esencial de la demanda interna.

En últimas, al modelo de subdesarrollo consistente en acabar los recursos


naturales no renovables para revaluar e importar a bajos precios –acabando con la
industria y la agricultura nacionales–, se le debe agregar que depende además de
la tragedia social que significa que un total de casi 20% de la población (del orden
de 10 millones, mitad desplazados internos, mitad emigrantes) ha tenido que
renunciar a su modo de vida para sobrevivir del rebusque aquí o en el extranjero.