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TÍTULO : LA POLÍTICA Y LA FICCIÓN

AUTOR : CARLOS CASTILLO RAFAEL

Entre la política y la literatura pareciera interponerse un abismo insalvable debido al


modo como la vida se nos insinúa en cada caso: en su precaria realidad o en su
estimulante ficción. Pero ¿se puede distinguir con claridad las fronteras, esos límites
que separa y, ante todo, junta a la realidad y a la ficción? A veces –como diría Bretón-
vivimos en nuestra fantasía, cuando estamos en ella. Otras veces, en cambio, no
podemos más que reconocer que la realidad supera toda ficción.

Uno de los grandes temas o fuentes de inspiración borgiano es el sueño, ese producto
cotidiano de nuestra capacidad de hacer ficciones. El tratamiento que Borges hace del
sueño es comparable al que hace un iniciado en la Cábala: sirve para interpretar,
comprender de manera esencial la realidad que gusta escabullirse a nuestro
pensamiento, o que sólo el pensamiento puede asirla en cuanto de racional o razonable
tenga. El sueño atrapa y reproduce esa faceta de la realidad que hemos obviado. Esa
perfección que se nos resiste ser real, que escapa a nuestra comprensión y nos parece
absurda. En vigilia ya pocas cosas van siendo estimulantes, el hábito ha logrado
acostumbrarnos a todo, especialmente a no sorprendernos.

Acaso, eso nos seduce de Borges, el genio que tiene para sorprender a nuestra razón. O
nos muestra que la realidad en el fondo no es más que una ficción, o retrata la ficción
tan verosímil que lo real aparenta ser los simples contenidos de ese sueño dirigido
llamado por el propio Borges literatura. En todo caso el sueño, como cualquier otro
vástago de nuestra imaginación, es una especie de emancipación del conocimiento. Una
protesta contra la realidad que desconocemos por haberla subestimado.

Sin embargo, contra lo que se piensa, esa habilidad de captar el lado oscuro, tanto como
rico y vital, de lo real, no es exclusiva del artista. La sensibilidad que posibilita dicha
percepción es la misma que posee y permite reconocer a un político las expectativas de
su pueblo y los desafíos determinantes de su época. No podía ser de otra manera ya que
la política media entre un pesimismo de la realidad y un optimismo del ideal. Entre un
cuestionamiento de lo real y un desagravio de la ficción.

Como lo pensara Mariategui, la política se enfrenta a menudo a dos tendencias


representadas por la figura de los escépticos y los autodenominados realistas. Los
primeros, denuncian la irrealidad de las grandes ilusiones humanas. Los segundos, por
su parte, aceptan las utopías como males necesarios: aun cuando no son reales los
hombres tienen que creer en ellas como si lo fueran.

La política es pesimista en su condena del presente, pero optimista en la esperanza de


cambio que tiene como futuro. De ahí que se proponga corregir la realidad, esa realidad
que –para el Amauta- no es superficial sino profunda. Es la que se re-vela en las
injusticias y luchas sociales, en el drama de la historia y en el afán del progreso
humano. Con ayuda de la fantasía o la imaginación, accedemos a esa realidad sobre la
que se han superpuesto ideologías. Teorías generales sobre la realidad, pero no la
realidad misma.

Si, por ejemplo, nos resistimos a resignarnos ante la cruda y desesperanzadora realidad
no es porque huyamos de ella para ocultarnos o consolarnos en un mundo paralelo pero
irreal. Todo lo contrario. El deseo de transformar la realidad, social o política, es una
prueba de cuan profundamente estamos arraigados en esa realidad que buscamos
corregir. Incluso, aquello que nos sirve de guía para ese cambio y estimula las ansias de
transformación social, esto es el mito, nace de la entraña misma de la realidad.

La complejidad de este intento, las dificultades de esta práctica emancipatoria, nos


confunden tanto que llegamos a creer que la vida excede a la novela, (como en la obra
de Siegfried y el profesor Canella), o que tras nuestra banal realidad una ficción más
grave nos conmueve (como en el cuento Las ruinas circulares). Pero lo cierto es que
una dosis de fantasía no está reñida, gracias a Dios, con la realidad. Como tampoco la
ficción no es un mundo ajeno del real sino, tal vez, su producto más refinado y sutil.

En la política la imaginación creadora es la nodriza de los ideales por los que toda una
sociedad se moviliza. Ideales nacidos de la actitud crítica ante la propia realidad, y no
de una impostura de ella. Como un cuerpo sin espíritu, como algo real pero muerto, es
aquella política que suscribe alegremente la muerte de las utopías. Si la utopía muere,
empieza agonizar la realidad de la cual ella surgió. El horizonte humano se proyecta de
ese modo vasto pero estéril. Igual al horizonte en las que ve sepultado sus esperanzas
aquel que deambula en medio de un desierto.