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Manuel Leguineche, vasco de Beléndiz-Gernika (1941), estudia Derecho y Fi­ losofía en Bilbao, Vailadoiid y Madrid. En 1956 publica sus primeros trabajos periodísticos. En 1958 trabaja en el semanario «Gran Vía» de Bilbao y dos años más tarde en el diario «El Norte de Castilla» de Vailadoiid, dirigido por Miguel Delibes. En 1960 comienza sus trabajos como enviado especial en acon­ tecimientos internacionales. Después lleva a cabo un viaje alrededor del mun­ do de más de dos años de duración, que da título a uno de sus libros de mayor éxito, El camino más corto (publicado por esta editorial). En 1965-66 es corres­ ponsal del desaparecido diario «Madrid» en Vietnam y el Sudeste asiático. Permanece en Asia y el Oriente Medio hasta 1967 y a la vuelta dirige el sema­ nario «Tele-Guía». Ha sido enviado especial para prensa, radio y televisión en los cinco continentes. Trabajó en los programas de TV «Estudio Abierto» e «Informe Semanal». Es comentarista de política internacional en la cadena SER. Durante doce años dirigió la Agencia Colpisa y en la actualidad es Direc­ tor de la agencia de Información LID (Línea Independiente para Diarios). En 1979 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Ha escrito, además de El cami­ no más corto, Los topos (en colaboración), una novela, La Tribu, El Estado del golpe (publicados por esta editorial), Portugal, la revolución rota, y es coautor de otros libros, entre ellos, Diez Alegría, jesuíta prohibido y Los palestinos atacan.

¿Fue la de Gandhi una victoria pírrica? ¿Qué se ha hecho de los ideales de aquel tozu­ do hombrecillo que, sin más armas que el ayuno y la meditación, logró despojar a la corona británica de su perla más preciosa? En realidad, el propio Mahatma tuvo tiem­ po, antes de morir a manos de un exaltado, para decepcionarse del rumbo que la inde­ pendencia de la India iba cobrando (la sepa­ ración del Pakistán, las latentes tendencias secesionistas de otras regiones, la consolida­ ción del poder en manos de la casta braha- mánica que, por cierto, ni siquiera el domi­ nio británico había erradicado). Deificado en vida, Gandhi es en la India de hoy una refe­ rencia abstracta, un mito que poco tiene que ver con las abrumadoras realidades del gi­

gantesco subcontinente, mosaico de abusos y pugnas, razas y religiones, milenarias rigide­ ces sociales y lacras que parecen invencibles.

Indira Gandhi — quien,

da tiene que ver con el Mahatma aunque se beneficia con la afortunada coincidencia— ha doblado el potencial eléctrico del país, po­ tenciado la industria, propiciado la creación de un arsenal atómico autónomo, pero, al

mismo tiempo, se ha enfrentado duramente con los estratos más desamparados del pue­ blo y ha reprimido sin escrúpulos la activi­ dad de sus opositores. Las aparentes contra­ dicciones han de verse en su genuino contex­ to, en su difícil complejidad: ¿acaso no fue el propio Mahatma, el apóstol y mártir de la no violencia, un duro déspota en su vida priva­ da, un hombre que su mujer e hijos a duras penas pudieron soportar? Manuel Leguine- che, testigo de excepción, conoce a fondo las condiciones reales de la India actual y pone en este vasto reportaje toda su experiencia de periodista de primera línea. El resultado es, en gran medida, una desmitificación, pero también, o acaso precisamente por eso, un precioso aporte para comprender y valorar en su justa medida los innumerables proble­ mas que aquel rincón del mundo padece y la naturaleza profunda de las tensiones de todo género que allí, como una ciega fuerza de la naturaleza, constantemente brotan y se mul­ tiplican con peligrosa violencia.

pese al apellido, na­

MANUEL

LEGUINECHE

La destrucción de Gandhi

EDITORIAL ARGOS VERGARA, S. A.

Prólogo

1. El fakir desnudo

ÍNDICE

2. La caricatura sagrada

3.

4.

La noche oscura La rosa

5. La cultura de guerra

6. Los tres ismos

7. Concierto de Bangladesh

8. El este y el oeste

9.

El ciclón

10. «La India puede con todos»

11 . Los

12. Los semidioses

disparos de la metralleta «Sten»

13.

La rueca

14. La pasión animal

15. El enigma

Glosario

Cronología

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Manuel Leguineche, 1983

Barcelona-13 (España)

Impreso en España - Printed in Spain

J.F. Horrabin ha descrito así su encuentro con Gandhi en el Palacio de Saint-James donde se celebraba la Conferencia de la Mesa Redonda de 1931: «Charlamos durante unos minutos en un pequeño vestíbulo. Después, al tropezar su mirada con un reloj recordó que tenía otra cita, se disculpó y se fue. Yo le vi desaparecer en uno de los largos pasillos de palacio con su túnica y sus sandalias que crujían mientras corría. ¿Me atrevería a de­ cirlo? —y estoy seguro de que ninguno de sus amigos se equivo­ cará sobre mis intenciones— : me recordaba de forma irresistible esas películas de Charlot donde se le ve alejarse rápidamente hacia el horizonte y desaparecer poco a poco». Esta observación no tiene nada de irreverente, al contrario pone el dedo sobre un secreto, explica el inmenso poder de Gandhi sobre sus compatriotas y el amor con que le distinguían. Charlot era el símbolo del hombrecillo del sombrero hongo en la sociedad industrializada de Occidente. Gandhi era el símbolo del hombrecillo en túnica de algodón de la India famélica. El Mahatma se daba perfectamente cuenta de ello. J. P. Patel le preguntó una vez qué había en él que suscitaba tal adulación. Gandhi respondió: «Cuando me ve el hombre de nuestro país se da cuenta de que vivo como él y que formo parte de él».

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Prólogo

Sobre el pecho de los generales, corre una ringlera de conde­ coraciones. Ha habido ya guerras suficientes, cuatro desde la in­ dependencia, para la generosa distribución de la quincalla. El día de la República, el 26 de enero, da lugar a una de las ceremo­ nias militares de mayor prestancia de todo el mundo. La India se incorpora así con sus desfiles de carros, el zumbido de los heli­ cópteros, la ruptura de la barrera del sonido de sus aviones y la marcialidad de sus soldados los lanceros bengalíes, los esbeltos siks, a la iconografía militar de los grandes. En el Memorial de Guerra hacia donde conduce el desfile desapareció la estatua del Emperador Jorge V y en su lugar colocaron la de un hombre cuya filosofía no tuvo nada que ver con el estrépito de los caño­ nes y las marchas militares, el Mahatma Gandhi. En realidad esa distorsión, la manipulación de los símbolos empezó el mismo día en que lo llevaron sobre un armón de artillería hasta las orillas del río sagrado, el Yamuna, donde su cadáver fue incinerado. Cuatro días antes de su muerte Gandhi manifestó su desilusión y su conciencia del fracaso. Era el día de la Independencia pero Pakistán y la India se habían dividido. «Ha sido un desgraciado asunto, afirmó el Mahatma; al menos yo estoy desilusionado.»

Pero no lo estaba solo por la partición del Imperio de la India en base a criterios de religión, hindúes por un lado y musulmanes por otro, sino por la intuición de que la India independiente no acabaría con el contraste entre «los palacios de Nueva Delhi y las chozas miserables de los pobres». Los indios penetran en el mau­ soleo de Gandhi con los pies descalzos y colocan guirnaldas a su estatua como si fuera un dios más de la teogonia hindú. Pero su mensaje espiritual se ha disuelto en el mar con sus cenizas. «La no violencia de Gandhi, he leído en el libro Reflections on iridian polines de M.M. Sankhdher, sólo vale como modo de comportamiento en un mundo perfeccionista; ahora lo que cuenta es la fuerza.» Este libro cuenta las tensiones que el autor ha vivido en la India independiente. Las luchas por el poder, el despegue pri­ mario hacia el consumo, la corrupción y las luchas políticas que se tradujeron muy pronto en la desmitologización, en la destruc­ ción del espíritu de Gandhi. El lector hallará dos partes diferen­ ciadas. en la primera consta el testimonio de esas batallas victo­ riosas en las que Gandhi es sólo un instrumento, un punto de refere? :ia moral donde la realidad de los hechos, guerras, ane­ xione-, ambiciones territoriales, agresivos reflejos de autode­ fensa desmienten al apóstol de la no violencia. En la segunda se analizan algunas de las contradicciones del personaje, deificado en vida. Este libro testimonial, divulgador, es el eco de una expe­ riencia sobre el terreno, alejado al mismo tiempo de la hagiogra­ fía y la tesis doctoral. Es la tranformación de un país a las reali­ dades modernas que no son precisamente las que persiguió Gandhi en vida. La escala de valores se invirtió de tal modo que el reflejo de los públicos indios que pudieron ver la película Gandhi galardonada en 1983 con ocho Oscar de Hollywood demostró que estaba a veces más cerca de la violencia que de la «ahimsa», la doctrina del amor predicada por el hombre del tapa­ rrabos, las sandalias de peregrino, el libro sagrado de Bhagavad- Gita, las huelgas de hambre, la rueca como instrumento de eco­ nomía casera o la cabra de la que ordeñaba leche en los largos viajes por tren. En algunas salas cinematográficas el público aplaudía el asalto de los agitadores a las comisarías de policía y

permanecía impávido ante los ayunos de Gandhi para evitar este tipo de violencias. En 1983 la India de Indira Gandhi estaba en condiciones, tras el estallido de su primera bomba atómica en 1974, de fabricar sus propios misiles balísticos intercontinentales de alcance medio. En el plano de las guerras de liberación, Frantz Fanón, la violencia como vector de la revolución derrota a Gandhi y los «condenados de la tierra» a los campesinos pacíficos de la mar­ cha de la sal. La violencia como liberadora de los complejos co­ loniales de inferioridad sobre el ascetismo, el magnetismo espiri­ tual, las marchas pacifistas, el boicot económico, las huelgas de hambre, la desobediencia civil aprendida de Tolstoi. Pero hoy los defensores de los derechos humanos, los pacifistas reivindi­ can a un moralista y estratega político olvidado en su propio país que prefirió la rueda de Ashoka a la humilde rueca como sím­ bolo de la bandera nacional. Se venden en los bazares calenda­ rios del Mahatma y los ilustres visitantes extranjeros acuden con ramos de rosas al mausoleo de Rajpat donde Gandhi ardió en la pira funeraria, pero para la India inmediata el Mathama es un personaje excéntrico y arcaico cuya estrategia y disciplina no son aplicables al complejo mundo de hoy. Un personaje tan extrava­ gante como el Gandhi que se disfrazó de inglés en un acceso de occidentalismo durante su tiempo en Londres o el abogado que trabajó durante 22 años en Suráfrica para mejorar las condicio­ nes sociales de los indios instalados allí. En realidad Gandhi para decepción de muchos de sus partidarios pactó con la autoridad tanto en África del Sur como en la India. Supo crear, eso sí, la mala conciencia en el adversario y fue maestro en la dramatiza- ción de sus acciones, pero la independencia no trajo la revolu­ ción social y sí la petrificación del partido de la independencia, el del Congreso. Un día antes de que Naturam Godse lo asesinara, Gandhi pidió la liquidación del partido independentista como movimiento político para que sus militantes trabajaran en las al­ deas. El partido por el contrario, se transformó por pura elefan­ tiasis en una pesada máquina electoralista cada vez más corrom­ pida y oxidada. «Los grandes hombres como Gandhi, me decía su discípulo Vinoba Bhave en las afueras de Patna, influyen a

largo plazo y los veinte años que han pasado son poco tiempo para descubrir su influencia. Gandhi tendrá paciencia para esperar.» A pesar de todo hay que juzgar al personaje en sus dimensio­

nes reales y desmitificar algunas de sus costumbres. Por ejemplo, era un hombre que exigía demasiado de los demás, incapaz para la ternura con su propia familia, de la que había destruido la

su hijo menor, dijo una vez1 que vene­

raba a su padre, pero que «nunca había podido amarlo». Cuando le pidieron que se explicara eligió con cuidado las palabras:

«No es necesario tener una inteligencia extraordinaria para comprender que está a millas sobre el resto de los hombres, pero en lo que concierne a sus hijos, es como si no hubiese existido. No nos dio jamás ternura; sólo sermones sobre la necesidad de ser buenos y veraces. Personalmente, me siento cansado, muy cansado de ser una figura de vitral. Quiero ser yo mismo. Creo que mi padre cae en el mismo error en que cayó Jesucristo: que todos los hombres nacen para sacrificarse por los demás. Porque si esto es así, ¿quién puede vivir?» Era un padre implacable, caprichoso, ciego en sus métodos, obsesionado por ejemplo con sus remedios para curar con agua y fomentos de lodo. Un amigo inglés que le visitó en su casa lo des ribió así: «He visto con mis propios ojos el nacimiento del caos. Este señor Gandhi está decidido a reducirlo todo a agua y lodo. Y temo que lo consiga. Reducir lo complicado equivale a destruirlo». Se guiaba por las premoniciones y su testarudez, que le permitió grandes éxitos como estratega político, llevó también la incomodidad y el dolor al seno de su familia. Estaba lleno de manías. Su cuarto era un cajón de sastre de trastos inútiles, desde sobres viejos y tarros vacíos hasta cajas inservibles de cartón. Pero su corazón estaba limpio de egoísmo. Aquel hombre con cabeza y pelos de puercoespín malhumorado, que alguien defi­ nió como «el más feo del mundo», con orejas como abanicos y un color «de vasija de cobre», vivía en una cabaña de adobe, en un cuarto único: «El suelo se hallaba cubierto de hojas de pal-

espontaneidad. Devadas,

1. Ranjee Shahani, Gandhi, revolución sin violencia, Editorial Pomaire, Santiago de Chile, 1961.

mera, describe su secretario Mahaved Desai. A veces se veía allí un taburete para uso de los que no dominaran el arte de sentarse sobre las piernas cruzadas. En su manía de coleccionar cosas inú­ tiles tenía el cuarto lleno de clavos, periódicos viejos o sobres usados. A las once de la mañana la choza se transformaba en comedor. Gandhi en persona supervisaba la alimentación. Leía el «Pensamiento del Día» del «Times» indio. Después de despa­ char la correspondencia echaba la siesta. Más tarde concedía en­ trevistas, tendido de espaldas y con una cataplasma de lodo en el abdomen, su tratamiento contra la hipertensión arterial. En los meses calurosos adornaba su cabeza con un vendaje de lodo. Luego se dedicaba a la rueca. A las cinco se servía la última comida en la cabaña y después paseaba. Gandhi consideraba esta hora como la más agradable.» Sardar Patel llamó «zoos» a ios «ashrams» fundados por Gandhi y para otros estas comunas es­ pirituales eran «asilos de alienados». Pero Gandhi se escandali­ zaba con las prácticas de los «sadhus», los santones en quienes vio a charlatanes espirituales. «Vio a hombres que torturaban su cuerpo para delicia de la muchedumbre inculta, escribe Ranjee Shahani. Un hombre yacía casi desnudo sobre un lecho de púas; otro estaba de pie, con una pierna atada a las ramas de un árbol; un tercero permanecía sumergido en agua de la mañana a la no­ che, y sólo se veía su cabeza y otros se mortificaban de diferentes maneras. Gandhi vio que ninguno de ellos tenía serenidad en el rostro, era evidente que actuaban para la galería. Les faltaba por completo el sentido de la santidad.» Frente a la suciedad de muchos de aquellos santones, Gandhi se mantenía siempre limpio físicamente, hasta el escrúpulo. Además de su baño diario tomaba un baño de sol y le masajea­ ban durante una hora de la cabeza a los pies con óleos y zumo de limón. Pero es su familia la que sufre de sus arbitrariedades, saltos de humor y rarezas. Cuando vivía en el «ashram», Gandhi pidió a su esposa Kasturbai que tratara a una familia de intoca­ bles como si fuera la propia. La respuesta de Kasturbai fue rápida: «Ve y dile a “Bapuji” que trataré a esa familia con todas las consideraciones pero en cuanto a identificarla como la mía que lo haga él». Kasturbai se resignó a su suerte. Los primeros

años la había sometido a un exagerado cerco sexual; a partir de 1906 le impuso la continencia, quizá porque, como escribió Blake, «el camino hacia la moderación pasa por el exceso». En su lucha por aniquilar pasiones, inclinaciones, tentaciones con­ sumistas, impuso una dura ley de privaciones a los que le rodea­ ban. Una mujer europea que le conoció de cerca asegura: «En su presencia nadie actúa con naturalidad, todos tratan de parecer buenos. Algo espantoso. Gandhi fue un fracaso en su relación con sus hijos. Ante él se sentían horrorizados y se les trababa la lengua. Por alguna razón Gandhi se sentía culpable y quería ha­ cer aparecer culpables a los demás. En él estaba siempre la idea del pecado». Su mujer Kasturbai lloraba en silencio. La química del sexo preocupaba al Mahatma, le retorcía en inquietudes y sensaciones. «Sus cartas a una muchacha que había sido miem­ bro de uno de los “ashrams” son prueba fehaciente. En ellas aborda detalles que sólo puede permitirse a un médico de cabe­ cera o a un morboso. Su franqueza, cuenta un testigo, resulta perturbadora. Hubo quien le abandonó como protesta porque Gandhi dejaba que las mujeres se acercaran a él mientras el mé­ dico lo masajeaba totalmente desnudo. Aunque el médico se sentía escandalizado. Gandhi pasó por alto su objeción y conti­ nuó con esta práctica. Él, que quería ser el campeón del pudor, decepcionó a sus seguidores más puros. Si los alimentos y el sexo eran la obsesión de Gandhi, añade, no lo eran menos los ingleses

a ios que admiró hasta el fin.» Pero éste no es el Gandhi glorioso

y mitificado al que los defectos le hacen humano. Aunque las juventudes europeas o norteamericanas están más politizadas en su pacifismo, sensibles a la guerra y a la paz, a la contaminación, a los saqueos del Tercer Mundo, al hambre o a las desigualdades entre el Norte y el Sur que lo estaba Gandhi, el temor a la crisis nuclear y a la violencia han contribuido en gran medida a la recuperación de su figura. Ha influido sobre Martin Luther King, pero también sobre algunos gestos de los radicales italianos de Marco Pannella. Influye sobre los neogandhianos, que condenan el despilfarro de las sociedades industrializadas o robotizadas que eligen al ordenador portátil como «el hombre del año», y la obsesión por el consumo o el hedonismo de masas.

«Crear un número ilimitado de necesidades y satisfacerlas, escri­ bió Gandhi, me parece una ilusión y una insidia.» También en el aspecto de su visión de las aldeas, la potenciación del artesanado como ocupación de mano de obra sobre el gigantismo de los grandes complejos siderúrgicos gana terreno entre algunos eco­ nomistas enemigos de la economía salvaje y partidarios de una cierta civilización agraria y de las industrias pequeñas. Mientras tanto en la India, en el aniversario de Gandhi, los soldados dispa­ raban salvas; los millonarios enviaban unos millares de rupias a las asociaciones gandhianas para agradecer al apóstol de los po­ bres la bendición de su riqueza y durante unas horas hilaban en el artefacto del santo, la reliquia del Mahatma, y los defensores del control de natalidad dejaban por un día de regalar diafragmas

o condones en honor del hombre que en 1906 hizo voto perpe­

tuo de castidad. Hasta los intocables reciben ese día un respiro

al hostigamiento de las castas. Los que Gandhi llamó «harijans»,

hijos de Dios, no han mejorado sus condiciones de vida ni si­ quiera por la erosión a que el proceso industrializador ha some­ tido al sistema de castas, porque al cambiar algunas de las formas antiguas ha descubierto otras más ocultas pero quizá hasta más agresivas. Las formas se mantienen y pocos son los políticos que no visten el «khadi» aunque sea fabricado en Japón o utilizan su re­ cuerdo para las fortunas electorales. En esta relación Indira Gandhi es la que mejor suerte ha tenido, se llama como Gandhi sin tener ningún parentesco con el Mahatma. Todavía hoy hay

electores en la India que votan al partido del Congreso porque se creen que así votan por Mohandas Karamchand Gandhi. El ex primer ministro Morarji Desai, el mortal enemigo de Indira, deja que las vacas sagradas pasten en su elegante jardín y lo pongan perdido de boñiga para sentirse como en una aldea lo mismo que

el Ministro de Irrigación Rao acostumbraba a cultivar trigo en su

jardín. Todos estos y otros gestos son como si «Talleyrand hi­ ciera el signo de la cruz para demostrar que era obispo». Gandhi no ha tenido mejor suerte en la India de hoy según Muggeridge, que los partidos cristianos al trasladar a la práctica en occidente

las doctrinas de Cristo. Gandhi, convertido en museo como sus

libros el Gita, el Nuevo Testamento o el de Ruskin Hasta el final o El reino de los cielos está en ti de Tolstoi o su rueca o su dentadura postiza o su reloj inglés, es más cómodo como leyenda que como presencia viva. Su memoria lo permite todo, la conversión de los partidos en maquinarias de poder, la bomba atómica, las «guerras defensivas» una vez que sus cenizas se lan­ zaron al mar desde el vértice de la India en Cabo Comorin. Te­ nía razón, como escribió Nirad C. Chawudhuri, que no le había matado una sola persona «o una minoría reaccionaria de su pro­ pio pueblo sino un entorno geográfico, una sociedad, una tradi­ ción que actuó al unísono». Los que se decían herederos de Gandhi convirtieron el partido único en un aparato de ganar elecciones sin capacidad para gobernar al país. Un día en 1966 llegó Indira Gandhi y lo ocupó todo con mano de hierro. Desde entonces su carrera fue una sucesión de batallas contra el Parla­ mento, el Tribunal Supremo, el Pakistán, la vieja guardia del Congreso, la oposición, los periódicos hostiles, la rebelión maoísta de Bengala, las tentaciones secesionistas, los brotes de insurreción en Assam o el Panjab, las ambiciones, segadas en

flor, de los jóvenes turcos. Indira, agresiva e inquieta, padece un sent’ iiiento de inseguridad y de persecución que el 26 de junio de .975 le empuja a declarar el estado de excepción. En sus cartas desde la cárcel su padre el Pandit Nehru le puso en guardia contra los peligros del exceso de poder personal. Al citar una frase atribuida a Napoleón el Pandit Nehru escribía a su hija «amo el poder pero lo amo como artista, como un artista ama su violín del que extrae acordes y armonías». Al comentar la cita, el que fue colaborador de Gandhi y primer ministro de la India añadía: «El exceso de poder es peligroso porque antes o después hace que caigan los hombres y las naciones que lo han querido». Indira se decidió a interpretar a su modo estos con­ sejos postales de acuerdo con las circunstancias como le pedía su padre, o sea con la acumulación del poder o con la desconfianza hacia los demás de una brahmina de estirpe cachemir. Y West is West and East is East como escribía Kipling, rechaza los con­ sejos de las democracias occidentales y sólo cree en su idea de la

«Mi padre era un santo, yo no» ha

India; en su realpolitik

dicho Indira Gandhi alguna vez. Nehru y Gandhi hallaron en la cárcel y en las cartas de reflexión escritas desde la celda, como Boezio, la consolación de la filosofía. La cárcel, aunque breve fue también para Indira Gandhi en 1977 la señal del martirologio. «Me van a detener porque soy la defensora de los pobres» gri­ taba casi con desesperación en su recorrido de la India después de perder las elecciones. Merecía ser de nuevo la Diosa Durga a lomos de un tigre hasta que consiguió volver al poder. O yo o el caos. Esa filosofía le permitió detener de un golpe a 15.000 fe­ rroviarios o estallar la bomba atómica. La tentación nuclear es­ taba en el ánimo de los dirigentes políticos indios desde los años sesenta. Había que distraer unos cuantos miles de millones de la lucha contra la miseria para ingresar en el club nuclear, símbolo del prestigio internacional, el subimperialismo indio, la nueva muerte de Gandhi en el país de las 42 castas principales. A me­ diados de 1974 las radios y los periódicos hablaron con júbilo del genio indio capaz de fabricar y estallar la bomba atómica. La India, mortificada por las imágenes de miseria descubría en aque­ lla bomba diseñada por el doctor Bhaba y sus discípulos la ca­ tarsis de su redención no lejos del enemigo tradicional, el Pakis­ tán. Para que el Mahatma Gandhi no sufriera demasiado, a la bomba la llamaron «ingenio» y la explosión fue sólo subterránea, o sea poco peligrosa para la atmósfera. Pero como dijo Indira era un ingenio «con fines pacíficos». La idea final la había madurado un año inseguro, 1971, cuando el doctor Bhaba había ya muerto en un accidente de aviación y millones de personas comenzaban a desplazarse desde Bangladesh en dirección a la India. Pero después de la victoria de Bangladesh volvieron las dificultades, los caprichos del monzón, los problemas alimenticios, la huelga ferroviaria, el alza del coste de la vida. Aquella bomba del 19 de mayo de 1974 a las cinco y ocho minutos lo disolvió todo por un tiempo. Un ministro que trataba de hacer frente a la agitación social por la falta de comida exclamó aliviado «esta es la mejor noticia desde la Independencia». Los huelgistas en Bombay se abrazaron al conocer la noticia de la detonación de un ingenio atómico de potencia igual a la bomba arrojada sobre Nagasaki,

«una operación buena y limpia» a cien metros de profundidad en el Rajastán según la primera ministra. ¿Era la frustración de sen­ tirse mujer en una sociedad dominada por hombres la que le empujaba a declarar guerras, estallar «ingenios», encarcelar ad­ versarios o premiar a los secuestradores de aviones que protes­ taron contra los que llevaron ante los tribunales a su hijo Sanjay? Su padre Nehru gobernó el país en actitud contemplativa, con las dudas de un intelectual que fue capaz de escribir en un periódico de Calcuta y con seudónimo un artículo contra sí mismo y los peligros del cesarismo. Indira demostraba su espíritu pragmá­ tico, su idea de la Nueva India, su megalomanía, sus sueños de Juana de Arco, su predestinación, aquella obsesión por ser digna hija de Nehru que como él odiaba el ascetismo de Gandhi y la glorificación de la pobreza. Como Nehru su hija podría ser a lo sumo una aristócrata perfumada de socialismo que abolió los últimos privilegios de los marajás y nacionalizó los bancos, que condenó la intervención de los Estados Unidos en Vietnam pero no la de sus aliados soviéticos en Checoslovaquia. Un día Indira rompió con la clásica división de poderes y buscó un camino en la dirección opuesta a Gandhi, con el sentido de la jerarquía de una br-hmina encaramada al poder dispuesta a convertir aquel ama- rjo de castas, idiomas y dialectos, razas, confesiones religiosas en una potencia. No resultaba difícil descubrir al hablar con ella que el paternalismo y la piedad de Occidente hacia su país le hacían torcer el gesto. Ella hubiera quizá preferido mandar so­ bre el Japón pero a falta de un Imperio de gentes laboriosas, de políticos y funcionarios eficaces podía exhibir algunas de sus conquistas: en el momento de la independencia sólo cuatro mil pueblos y aldeas tenían electricidad, ahora más de 120.000 la te­ nían y la capacidad de kilowatios hora subió en un ciento por ciento. El mensaje de la planificación familiar Do ya teen bach- che, bas se abría paso para evitar la tentación de las familias numerosas a costa de la «bramacharya», la consigna de castidad del Mahatma Gandhi ¿Quién estaba al margen de un puñado de gandhianos utópicos a favor del sacrificio personal, médicos, maestros o ingenieros, del grave problema de la India, el aban­ dono tradicional de las aldeas? A pesar de todo la gran ciudad

era el «tótem» de las nuevas generaciones. La industria pesada, la tradición hindú, la comodidad del sistema de castas se impo­ nían al heroísmo del sacrificio. Era el signo de los tiempos.

M. L.

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El fakir desnudo

Todos los días, cuando vivía en Calcuta, al dirigirme hada los parques mi mirada se detenía en la estatua de bronce de Mohan- das Gandhi. Tenía la impresión de que la India, al cabo de los

años, había convertido en estatua de sal al hombre que el poeta bengalí Tagore, el amigo de Juan Ramón Jiménez, llamó «Mahatma», o sea, Alma Superior. Los cuervos, los inevitables cuervos de la India, se habían adueñado de la estatua de Gandhi

y se posaban sobre su cayado de bambú, sus gafas de montura de

acero, su espalda encorvada, su taparrabos, sus orejas salientes, sus rodillas esqueléticas, sus zuecos de madera, su cabeza ra­ pada. Calcuta, «la ciudad de todos mis dolores de cabeza», como la llamó Nehru, la metrópoli de todas las miserias, aparecía en­ vuelta en una intensa capa de contaminación. La estatua de Gandhi se cubría poco a poco de un baño de anhídrido carbónico

y la ciudad se movía en torno suyo con el delirio de la prisa, tranvías chirriantes que ding, ding, ding, atravesaban la

Chowringhee Street. A un tiro de piedra el titiritero hada saltar

a sus monos o el domador de serpientes ofreda el «increíble es­

pectáculo», el combate a muerte entre la mangosta y la cobra. Pobre Gandhi. La India tenía prisa en Calcuta. Los extremistas

naxalitas quemaban sus retratos allí donde los encontraban; In- dira Gandhi hizo estallar su primera bomba atómica en 1974, la fiesta duró más de una semana al cabo de la cual el pueblo pidió la de hidrógeno; los indios vendían su fecundidad por un transis­ tor, él que siempre combatió el diafragma, los anticonceptivos. Tres guerras estallaron entre los dos países que él nunca quiso separar, la India y el Pakistán. Los coches, los taxis conducidos por los barbudos siks, tan belicosos que pasaron a cuchillo en 1947 a trenes enteros, lanzaban de sus tubos de escape ráfagas de porquena sobre la estatua del «Bapu», el Padre «Gandhiji», que terminó por adquirir el color de los cuervos que la escoltaban. Por añadidura, los teóricos afirmaban que era el gran responsa­ ble de la crónica degradación de la India: había sacralizado la pobreza. Según George Orwell, Gandhi era «la aversión esté­ tica». El penúltimo virrey de la India, Lord Wavell, lo definía como «un viejo políticamente malévolo, astuto, obstinado, pre­ potente y en fin. con muy poca santidad dentro de sí». La figura del Mahatma, tan enemigo de la idolatría, sufrió tras su muerte en 1948 a disparos de la «Beretta» del extremista hindú Naturam Godse, la canonización de los retratos oficiales. Pero, cruel paradoja, las guerras contra Pakistán se habían he­ cho en su nombre y yo pude ver a los editorialistas de Nueva Delhi inflamados por la guerra contra Pakistán, expurgar sus es­ critos y elegir aquellas frases que más les convenían para conde­ nar al enemigo tradicional. En nombre de Gandhi, Indira, la primera ministra, justificó su tentación totalitaria y tan sólo los hippies, en su efímero reinado de las flores, y más tarde los paci­ fistas, los verdes, los ecologistas, los no violentos, los seguidores de Martin Luther King que se inspiraron en su doctrina, encen­ dían varillas en su honor y le decían «ñamaste», hola en diversos idiomas. La burguesía india perseguía con codicia, en las antípo­ das de Gandhi. los objetos de la pérdida de la identidad, los televisores japoneses en color, los videos, los tocadiscos perfec­ cionados, los coches de última hora. Raimundo Paniker denun­ ció años atrás desde su retiro en la Universidad de Varanasi la ola de materialismo que penetraba en la juventud india con la facilidad del cuchillo en una barra de mantequilla. Al mensaje de

Mohandas Karamchand Gandhi —el amor, la humildad, la «ahimsa», la no violencia— , la juventud india prefirió la rosa roja y agnóstica del Pandit Nehru, el intelectual educado en Ha- rrow y Cambridge. Si Gandhi viviera hoy, me dijo uno de sus discípulos, Jayaprakash Narayan «hubiera ayunado hasta la muerte contra la corrupción y la terrible decadencia de valores en nuestro comportamiento público y político». A pesar de la traición de un continente, la historia no podía volverse atrás sobre la bondad de sus resultados: la independen­ cia había llegado sin el baño de sangre generalizado que espera­ ban todos y que el asesinato del apóstol el 30 de enero de 1948 logró evitar en una paralización de las tensiones. Por todo el ancho mundo se extendían hasta hoy sus armas no violentas, la resistencia pasiva o activa, las movilizaciones pacíficas, la fuerza del ayuno, las huelgas de hambre, la irradiación del espíritu, la fuerza de una autoridad puramente moral. En la inmensa India había perseguido desde su mansión de Calcuta hasta el lugar de su nacimiento en el Gujarat en su tumba en Rajpat a orillas del río Yamuna en Nueva Delhi, en la Casa Birla en la que fue asesi­ nado quince años después el fantasma de aquel hombrecillo frágil, contradictorio, malicioso, caprichoso, lleno de achaques pero dotado también de una milagrosa fuerza de voluntad que buscaba la paz en medio del desorden. Si el mensaje que había transmitido hasta su muerte a los 78 años (Oh Dios mío, «He Rama», exclamó al morir) estaba en baja en medio del volcán que era el mundo, su prolongación en la vida se podía descubrir entre los que, ajenos al odio, vivían, aún sin conocerle, en las mismas condiciones de modestia y dignidad. A mi llegada a la India, por primera vez en 1965, en vísperas de una nueva desga­ rradura por Cachemira entre los dos países que vivieron en uno solo y en paz durante siglos, descubrí con relativa sorpresa que la doctrina de Gandhi había caído en saco roto. Coexistían en la India las dos corrientes, una siempre dispuesta a peregrinar a las fuentes como en el título de la obra de Lanza del Vasto y otra dispuesta a despedazarse, a pasarse a cuchillo por la religión o el dinero, arrogante, corrompida, que despreciaba a «Bapuji». Cuando llegué a la India, su primer ministro era Lal Bahadur

Shastri, un político de baja estatura, discípulo de Gandhi, que gustaba de vestir como él y seguía sus mismas o parecidas cos­ tumbres de frugalidad y hasta de ascetismo. Le llamaban «El Gorrión», y los espectadores se reían de él cuando aparecía en los noticiarios cinematográficos. Era la India que trataba de en­ gañarse a sí misma. Calcuta le había dado una respuesta a Gandhi por la otra vía, la ruda y tajante, la purificación por la violencia a finales de los años sesenta. Un día, en los muros del colegio Presidency, hogar de la joven intelligentsia bengalí, apa­ recieron pintadas de Mao Tse-tung. La consigna era aniquilar a los jefes de aldea y a los terratenientes, los «jotedars». Un viento de revolución cultural sopló desde las alturas de Naxalbari, en las sombras chinescas del Himalaya en el norte de Bengala. Un maestro de escuela llamado Charu Mazumdar conducía la re­ vuelta armada de los descamisados, de los campesinos sin tierra. La fragmentación de los comunistas en diecisiete partidos deci­ dió a Charu y a los suyos, armados de arcos y flechas, banderas rojas, azadas puntiagudas, cócteles Molotov, a acabar con el sis­ tema establecido, crear zonas liberadas, matar a los explotado­ res. El objetivo subliminal de los exaltados naxalitas o naxalba- ris, como les empezaba a llamar la prensa india y la policía local, era el Mahatma Gandhi. No lejos del Presidency, Sanyal había tomado al Mahatma como sus compañeros maoístas, como un muñeco del pim pam pum: «Es un anacronismo, un payaso, el hombre que más daño ha hecho a la India, me decía, el hombre que ha impedido la revolución». El furor iconoclasta se desató sobre los retratos del Mahatma y sus estatuas esparcidas por el Estado de Bengala. ^Admito, añadía Sanyal, que os parezca simpático, divertido, extravagante con sus lavativas de agua, sus cataplasmas de arcilla, sus ruecas de madera y sus pantorrillas desnudas, pero eso conduce de forma directa a la alienación del pueblo. A la hiena imperialista y capitalista se la combate con las mismas armas. ¿Cuál es el resultado de la obra de Gandhi? Mira esta ciudad a tus pies y míranos a nosotros: somos 65.000 los ingenieros en paro.» La joven burguesía bengalí, con mala conciencia sintió la lla­ mada del Robin Hood y el vocabulario de los estudiantes se po-

bló de «largas marchas», «tribunales populares», «aniquilación de las ratas latifundistas», «comunas de producción». De un len­ guaje entre Frantz Fanón y Mao Tse-tung y Lin Piao. Sanyal, el joven ingeniero burgués convertido al naxalismo, ya no hablaba de los horizontes laborales o de los métodos tradicionales de lu­ cha política o del cine de Satyajit Ray. Siguió el mismo camino que su correligionario, el poeta Samar Sen, que un día nos dijo:

«Mi poesía me aburre, no la escribo desde hace años y creo que no lo haré nunca más». Sanyal, de rostro muy moreno y pelo ensortijado con rastros de untuosa brillantina, no hablaba de un futuro de puentes o carreteras sino de la pura y simple revolu­ ción campesina de cuchillos largos, de bombas en el interior de las escuelas y de asaltos a las comisarías. La revuelta empezó el dos de marzo de 1967 aunque el partido comunista de la India (M de marxista) mandaba en Calcuta. En el curso de una mani­ festación pacífica de campesinos los soldados de la Eastem Fron- tier Rifles abrieron fuego a discreción: murieron once mujeres y niños, entre ellos un recién nacido. Por eso ahora Sanyal, que había estudiado en Londres, decidió volver a Calcuta para unirse al movimiento que convertiría al camarada Charu en el Gran Timonel de la India hasta poco antes de su muerte en 1973. Sa­ nyal era un criptonaxalita. Por las noches, armado de brocha y pintura desafiaba el «lati» de los policías para embadurnar las paredes de Calcuta con las frases escogidas del Libro Rojo. Bas­ taba según las consignas de Lin Piao, con liquidar a los jefes de las aldeas y a los enemigos de clase del proletariado rural para que los campesinos se apuntaran al partido. Fue un primavera de sangre. Después, la policía, la escisión de los naxalitas en cinco ramas, el esfuerzo del comisario jefe Ranjit Gupta aplaudido en el Calcuta Club, tan repleto de cabezas de tigres y búfalos, la entrega y colaboración de los «rojos» convencionales convirtió en historia aquella sangrienta y para algunos romántica aven­ tura. Las técnicas del Mahatma Gandhi se ponían aún en práctica en la turbulenta capital de Bengala en abierta contrapo­ sición a los métodos revolucionarios de los maoístas. Rara era la vez que al salir de mi casa y cerca de la estatua del Mahatma no arrancara alguna procesión no violenta con sus estaciones previs-

tas, sus gritos no demasiado acompasados, sus voces débiles y subalimentadas y sus pancartas chillonas. Había quienes vivían de engrosar manifestaciones a cambio de unas rupias y unas anas. El Maidan era el lugar de las concentraciones y la calle Nehru, que todos llamaban Chowringhee, el paseo de las Mani­ festaciones y las sentadas. El espíritu de la «satyagraha» —de «sat» verdad y «agraha», fuerza— en el manual de Gandhi movía con vigor aquellos cuerpos famélicos. Pero a fuerza de repetirse el procedimiento había perdido su eficacia. El «hartal» gandhiano, la huelga general, se había transformado en algo así como una curiosidad turística. Calcuta, no lejos de la mansión en la que Gandhi se refugiaba para ayunar, meditar, era como un directo en el estómago, una estampa del Bosco, repetida en las aceras. Calcuta es el desagua­ dero del hinterland rural. Sus luces, mortecinas, atraen a los de­ pauperados hacia ese descenso a los infiernos de las aceras y las calles de los slums llenas de lodo. Aquí los estadísticos afilan sus armas. En la India se vive con seis, siete pesetas per capita y día. con más de ochenta millones de intocables, 40 millones de miembros de las tribus llamadas salvajes, siete millones de men­ digos, un millón de ciegos, medio millón de sordomudos y dos­ cientos mil locos de remate. Es, a los treinta y cinco años de la muerte de Gandhi y a pesar de los progresos, una humanidad en los escombros, perseguida por la explosión demográfica, la pla­ nificación casi imposible, el mal aprovechamiento de las tierras. Los virus flotan en el aire y las ratas roen los cables de los teléfo­ nos. Los muertos se apilan en los descampados, carne de cañón para madre Teresa. Es la Calcuta «pestilente» de Kipling, llena de salivazos de betel y nuez de areca sobre medio metro de acera, que es todo lo que tienen en el mundo los que ocupan la ciudad hungry and angry, hambrienta y colérica. Pero Gandhi sigue allí, hecho estatua y en este caso no es cierto que «los san­ tos esculpidos influyen más en el mundo que los santos vivos», como escribía G.C. Lichtenberg. Calcuta, con 30.000 habitantes por kilómetro cuadrado, es el emblema de la India cancerígena, incapaz de controlar sus impulsos vitales, con sus campeones de polo y de golf y sus «marwavis» multimillonarios y sus mendican­

tes, sus palacios Victorianos carcomidos de la plaza Dalhousie, sus escuálidas mansiones, su olor a «charcoal», brasero de car­ bón, a hojaldre y pastel recién sacado del horno en los soportales de la Nehru Road. Los ejércitos de rickshaws sudorosos tiran de sus carros y tocan sus campanillas al pasar por la estatua del Mahatma. El setenta por ciento de las familias viven en una sola habitación. El agua del Ganges está racionada, media hora por día. Existe una mafia del subproletariado, prestamistas, usureros afganos, que domina en las aglomeraciones de los suburbios, y hasta un racket de las basuras. La falta de un adecuado drenaje inunda de agua y lodo los cinturones de miseria y sobre la dudad maldita flota una cortina de deno que es la condensación de to­ dos sus humores. Para obtener una plaza en un transporte pú­ blico hay que luchar a brazo partido. Los tranvías se bambolean en su recorrido y los pasajeros se encaraman donde pueden para llegar a su destino. Calcuta, privada de la capitalidad de la India en 1911 y del yute de Bangladesh tras el «reparto Raddiffe», saca fuerzas de su flaqueza y se resiste a morir. Es aún el agente de circulación de las exportaciones del té del Assam y del yute, pero pierde bancos y textiles frente a la ofensiva de Bombay. Los maoístas del Camarada Charu supieron elegir el momento de su asalto a la gran dudad pero aunque decrépita, fétida y agoni­ zante, Indira Gandhi no podía perder Calcuta y los «maruaris», sus cerebros económicos que hacen grandes fortunas para invertir­ las en otra parte, aún menos. Sus agentes se infiltraron en el mo­ vimiento revolucionario y aprovecharon la guerra con Pakistán (1970-71) para liquidar a sus dirigentes. Los izquierdistas de sa­ lón del colegio Presidency huyeron de nuevo hacia la Escuela de Economía de Londres. La policía arrancó de raíz la mala hierba naxalita y a Mao Tse-tung se le congeló la sonrisa en las paredes. El gran sueño del Camarada Charu, la fusión un día de la India y China, la hermana menor, la hermana mayor se quedó en uto­ pía, una más sobre la revolución en la India. Mohandas Gandhi era un campesino. Su visión de la India estaba más próxima a las 700.000 aldeas que a las grandes con­ centraciones urbanas: Calcuta, Madrás, Bombay o la artifidal y prefabricada Nueva Delhi, el paraíso de los chupatintas. Pero

también aquí su sueño había sido traicionado. El impulso y la alabanza de la aldea había sucumbido al éxodo rural, a los cantos de sirena de la corte. Todos los años, unos doscientos mil campe­ sinos marchan sobre las aceras de Calcuta. Es la gran mara- bunta. Rene Dumont cuenta1 por qué los campesinos prefieren abrirse camino en la gran metrópoli que pudrirse en sus aldeas. Ei campesino se instala en Calcuta, se hace peluquero pero no deja por ello de cultivar las tres hectáreas de terreno que deja en su aldea del Bihar en manos de sus jornaleros. Se lo puede per­ mitir porque gana diez rupias al día, cuatro veces más de lo que paga a sus obreros. Su mujer permanece con los hijos en la al­ dea. El peluquero vuelve con la cosecha, cuando el trabajo se paga más caro. ¿Por qué otros prefieren tirar de un carro de alquiler por ei que pagan cinco rupias diarias, correr bajo el monzón o quemarse las plantas de los pies en los días tórridos? Es la atracción de la gran ciudad. No importa que mueran a los treinta años de tuberculosis en alguno de los tres mil barrios de miseria de la capital de Bengala. A pesar de todo los sociólogos hablan de la vitalidad de Calcuta, de la «solidaridad de los po­ bres que la riqueza pervierte enseguida». Son tres las clases so­ ciales, los que comen una, dos o tres veces por día. Después de la oleada promaoísta las aguas regresaron a su cauce, al someti­ miento, a la resignación. Ni siquiera quedaba el poso de la re­ probación gandhiana. Indira Gandhi lanzaba en 1972 su cruzada del "Garibi Hatao», la lucha contra la pobreza; pero sin reforma agraria, la abolición de las formas más opresivas de la explota­ ción, y un reparto más equitativo de la renta, los 700 millones de indios no verían mejoradas sus condiciones de vida. Además, ■ como apunta Dumont, el ejército indio, más de un millón de hombres, es una formidable máquina de represión. No ha sido mejor la evolución de los intocables como segmento social: los que Gandhi llamó «harijans», o sea, hijos de Dios. Una vez más los políticos de los partidos dominantes se apropiaron de la mú­ sica y no de la letra de Gandhi . El Partido del Congreso se ocupó

1. René

1980.

Dumont,

Paysans

ecrasés,

ierres

massacrées,

Laffont,

París,

más de «honrar su memoria que de proseguir su labor»1. Los políticos han utilizado a Gandhi para justificar, en los medios rurales, en las aldeas perdidas, la opción de una India moderna que se aparta de su camino. Cuando el partido del Congreso se aferra al poder traiciona a Gandhi. Pero el Mahatma que no era un ingenuo, no se hizo demasiadas ilusiones al final de sus días, para que una vez lograda la independencia llegara la hora de la liberación de los hombres. Al fracasar su proyecto de un solo país y con la partición en dos del subcontinente, Pakistán y la

India, al ver crecer en torno suyo las ambiciones de los políticos

y la corrupción de los funcionarios y la violencia de los adminis­

trados, afirmó sin esperanza: «El orden social de nuestros sueños no llegará por medio del partido del Congreso». Porque Gandhi era con todas sus contradicciones, fijaciones y sus carencias, más un hombre práctico, un activista teórico que un filósofo: buscaba la verdad a través de la acción. «Juzgaba las teorías por los resul­ tados, escribe George Woodcock. Ponía a prueba sus ideas en la práctica y ésta le ayudaba a aclarar sus ideas hasta el punto que definía la vida como una serie de experimentos con la ver­ dad.»

¿Ha sido capaz el poder en la India, la «mayor democracia del mundo», como gustan de definirse los indios, de romper el tejido, el séptimo círculo del infierno de los intocables? Al mar­ gen de la política de gestos, una mala imitación de los impromtus de Gandhi y de una legislación desigual que no logra pasar de la teoría a la práctica, la posición de los intocables se ha movido poco. Aunque el Mahatma advirtió que el «gandhismo no existe

y no quiero dejar detrás de mí una especie de secta», los parias al

margen de las iniciativas oficiales han logrado en algunos casos,

aislados, organizarse por sí mismos con las técnicas de lucha de Gandhi, acciones de lucha de clases pero no violentas como las que relatan D. von der Weid y G. Poitevin en un estudio indica­ tivo sobre el problema2 de una comunidad de intocables, al sur

1. George Woodcock: Gandhi, Grijalbo, Barcelona. 1973.

2. Von der Weid y Poitevin: L'Inde, les parias de Vespoir, L'Harmattan

Editor, Parts, 1978.

de Madras, a través de un proceso de concienciación y moviliza­ ción inspirado en la obra del brasileño Paulo Freire. Pero el testimonio del Mahatma iba a quedar sobrepasado, como él mismo imaginó y a los treinta y cinco años de su muerte, por el recrudecimiento de las tensiones y los enfrentamientos comunales al norte de Calcuta en el Assam, donde se dieron miles de muertos mientras se proyectaba la película Gandhi. Para entonces había muerto también su amigo, aliado, y admira­ dor. lord Mountbatten, cuyo yate voló con la dinamita del Ejér­ cito Revolucionario Irlandés (IRA). La filosofía antibelicista del Mahatma no tuvo mejor suerte: en 1983, de los 164 países de la tierra 45 vivían conflictos armados o guerras civiles, en total cua­ tro millones de hombres permanecían en pie de guerra con va­ rios millones de muertos, entre uno y cinco millones de cadáve­ res y el triple de heridos en combate. En el Oriente Medio ardían diez conflictos, otros tantos en Asia y África y siete en Latinoa­ mérica. El tráfico internacional de armas pasó de 6.000 millones de dólares en 1970 a unos 50.000 millones en 1980. Los destina­ tarios teóricos de la enseñanza de Gandhi, los países del Tercer Mundo,1 empujados por los traficantes de la muerte firmaban contratos de armas por valor de 250.000 millones de dólares, que incluían la compra de 32.000 carros de combate, 55.000 piezas de artillería, 20.000 aviones, 1.200 navios de guerra y decenas de miles de misiles. Como triste paradoja, la teoría gandhiana era seguida con mayor rigor por las minorías occidentales en su lu- zhz contra el proceso de nuclearización, o por Lech Walesa, que afirmaba en Gdansk: «Para presionar a las autoridades me he basado en las prácticas de Gandhi cuya biografía he leído varias veces». Porque el inicio de los disturbios sangrientos en el Es­ tado de Assam, al norte de Bengala, hizo recordar a los observa­ dores que Mohandas Gandhi había muerto una vez más en la India. El Assarn es uno de los estados más pintorescos de la India, pero como escribió Sartre, «detrás de lo pintoresco está la vio­ lencia». Los demonios familiares se pusieron de nuevo a luchar y

1. C.R. Hensman: From Gandhi to Guevara, Alien Lañe, Londres, 1970.

los diarios indios recordaron los años aciagos, 1947-48, sólo que esta vez el hombrecillo de la rueca y el bastón de bambú no estaba allí para intentar que cesaran las luchas por medio de una huelga de hambre. Unas veinticinco tribus, muy distintas entre sí, habitan el Assam y a pesar de la fama que tienen los nagas de cortadores de cabezas y de la guerra constante que desencade­ nan a la autoridad central, los nagas y los mizos o los khasis son gentes, si se les sabe comprender, dóciles, inteligentes y hospita­ larias, como me aseguraban las misioneras españolas estableci­ das allí. Pero el Assam nunca había sido una región abierta y cómoda para Nueva Delhi. Para poder tomar el tren en la esta­ ción de Howrah en Calcuta, con dirección a Gauhati, Shiliong o Kohima se requiere cumplir numerosos trámites y pasar por su­ cesivos controles de identidad. Cuando por fin el permiso se obtiene, muchas veces con la ayuda del soborno, el tren o el avión nos conducen hacia la re­ serva natural de Kaziranga. Desde el bungalow nos llegan los aullidos de los animales en su caza nocturna, como Shere Kan, el tigre de Kipling, o los barritos de los elefantes en celo. La noche es larga en el Assam. De un momento a otro se espera la carga frontal de un rebaño de búfalos salvajes o el comienzo de una noche de cuchillos largos. Después de recorrer la jungla a lomos de elefante con ayuda del «mahut» y de atravesar los campos de té, el director de la reserva nos ofrece el libro de la selva, donde apuntamos el nú­ mero de los tigres, elefantes, leopardos, búfalos o rinocerontes que hemos visto a lo largo de la jomada. No lejos de allí está el valle de Cherrapunji, que da el índice más alto de lluvias de la tierra. Pero en la alta montaña alienta el virus de la vendetta racial, la insurrección de las tribus insumisas, la revuelta kabi- leña. Durante el período de emergencia de 1967-68 estas revuel­ tas kabileñas obligaron a Nueva Delhi a convertir las aldeas de los territorios nagas y mizos en auténticas prisiones militares. Desde la Bengala Oriental, la «Sonar Bangla» de Tagore, el Assam sufrió a partir de los años sesenta una nueva amenaza: los millones de refugiados que huían de la guerra. El eterno retomo de las reyertas comunales, la incapacidad de coexistencia entre

dos pueblos, el pakistaní y el indio, que el Mahatma, ante la intransigencia del elegante y fanático Ali Jinnah y el Pandit Nehru y los hombres del partido del Congreso, no había logrado convencer con sus métodos. En la guerra de Bangladesh, el Mahatma fue de nuevo asesinado y a través de aquel paisaje humano martirizado pude seguir el paso, desfalleciente, de mi­ llones de personas desde el Pakistán Oriental hacia la India en uno de los movimientos migratorios más aparatosos que re­ cuerda la historia. Los refugiados dormían en el interior de los tubos de uralita y no bastaba el ánimo de las monjas de la madre Teresa para aliviar el dolor de las víctimas del éxodo. Pasó el tiempo y muchos de los bengalíes del otro lado, a pesar de la independencia de Bangladesh, «Joy Bangla» gritaban eufóricos los guerrilleros que expulsaron a los militares pakistaníes, se quedaron en el Assam con la sana e imposible intención de inau­ gurar una nueva vida. La penuria de las dos Bengalas, tierras inundadas o resecas según los caprichos del monzón, hambru­ nas. epidemias, presión demográfica imparable, empujaron poco a poco hacia las alturas a las nuevas legiones de bengalíes. Para ellos el Assam era Eldorado y la fiebre del oro era susti­ tuida por la fiebre de las plantaciones de té, el olor del petróleo, los comercios prósperos. Los asameses vieron que aquella emi- gració::, propiciada por la autoridad central, podría desnaturali­ zar una cultura y una economía privilegiadas en comparación con el resto de la India. Esta masa de inmigrantes formaba tam­ bién una fuerza electoral. Los bengalíes, estómagos agradecidos al fin y al cabo, votaban por el partido de Indira Gandhi. En la frontera del Himalaya, unida a la Madre India por una estrecha franja de terreno a través del Bután, Bangladesh y Ne­ pal, en el paraíso de los animales salvajes y los naturalistas creció el descontento hacia los recién llegados. Estas tribus tienen fama de belicosas y arriscadas. Sus hombres, dicen, son capaces de besar en la boca a una cobra real. Durante siglos permanecieron por su situación geográfica y sus sistemas defensivos alejadas de la corriente de la historia de la India. Los ejércitos musulmanes trataron en vano de hacer pasar a las tribus bajo sus horcas cau- ainas y hasta el caudillo Aurangzeb sufrió en aquellos parajes su

Roncesvalles en 1662. Luego lograron abrirse paso los birmanos y en 1825 los ingleses. Con el Imperio llegaban el té a horas fijas, el cricket, el whisky y las legiones con sus gaitas escocesas. Si los ingleses se llevaron el mejor té cultivado en terrazas recibieron por añadidura en su lucha contra el nazismo un inesperado re­ galo de las tribus nagas: en 1944 detuvieron el avance japonés que apuntaba a Calcuta y más tarde ayudaron a los aliados en su guerra de guerrillas y en las operaciones logísticas con la China nacionalista contra el enemigo común, las tropas de Hiro Hito. Por aquellos paisajes, las bellas y sinuosas rutas de montaña, los atardeceres frente al Himalaya, las canciones corales de la cosecha del té, el templo de Pahdan, donde se supone que Buda alcanzó el nirvana, allí donde hemos visto a los jaintias bailar el «laho» al son de los tambores, se tiñeron de sangre. A pesar de la opinión y las tesis de Mohandas Gandhi, el imperio se dividía en tres con la independencia del Pakistán (partido en dos al este y al oeste) y la India. Las guerras de religión estallaron en todo su furor y el viajero escucha todavía hoy la narración en Shillong o Calcuta de aquellos episodios de odio y violencia que el Mahatma lograba detener en ocasiones. Con la docilidad del encantador de serpientes hipnotizaba con su flauta a la cobra real. Los hindúes arrojaban huesos de cerdo a las mezquitas y los musulmanes y los siks forzaban a sus víctimas hindúes a comer carne de vaca. Desde la colina del Nilachal la diosa Kali distribuía sus poderes y mandatos de destrucción más allá de su objetivo real, la exterminación del demonio, hasta al­ canzar el corazón de los hombres. En 1971, la guerra de Bangla­ desh trajo de nuevo el soplo de Kali al sur de estas regiones. Yo veía planear escuadrillas de buitres sobre los ríos cubiertos de cadáveres. Pero el final de esta guerra de secesión ganada por Indira Gandhi, a la que los diarios de Calcuta llamaban la «Juana de Arco asiática», no trajo la paz. Esta es la tierra del rinoce­ ronte de un solo cuerno, que pulverizado tiene, según dicen, propiedades afrodisíacas y que horrorizó a Marco Polo. Aquí nos adivinan el futuro rompiendo huevos. Se alaba a las mujeres no por la belleza de su rostro sino por el volumen de sus panto­ rrillas, donde los bailarines lanzados en frenesí a la pista imitan

en sus danzas a los animales salvajes. El viajero toma una infu­ sión del té local, variedad «tang» o bouquet servida con la son­ risa en los labios; pero las elecciones de 1983 trajeron la des­ trucción y la muerte ritual a bastonazos, golpe de azada con pun­ tas en forma de dientes de tigre, a orillas del Brahmaputra, el río del hijo de Brahma. Un periódico de Calcuta titulaba por aque­ llos sangrientos días de Assam: «¡ Vuelve Gandhiji!». Pero ¿qué puedo vo hacer? «Kya karun?» se preguntaría si volviera a la vida el hombrecillo místico y reformista al que Churchill llamaba con desprecio «Ese fakir medio desnudo».1Su presencia, mágica en Noalkali en medio de la agitación detuvo en el aire los cuchi­ llos. Después, el silencio, la peligrosa deificación, el mito, la apropiación indebida. «Lo único que queda de Gandhi en el par­ tido que gobierna es el nombre de la primera ministra», me dijo en su residencia de Delhi Krisna Menon. Una ironía más del que fue ministro de Defensa con Nehru porque, como es sabido, In- dira Gandhi, hija de Nehru, utilizaba el nombre de casada tras su matrimonio con Feroze Gandhi, del que más tarde se separó. ¿Era la bomba atómica la única solución para la India?, como expresaban con brutalidad en los cócteles de Nueva Delhi dise­ ñada por Sir Edward Lutyens las clases privilegiadas, insatisfe­ chas con su patria y dispuestas a abandonarla como las ratas de un barco a punto de hundirse. O el estereotipo del diplomático norteamericano que Ved Mehta cita en su libro The new India2, que afirmaba sin rubor: «Si el indio medio tuviera que escoger entre el hambre y que su país no tenga armas nucleares escogería las bombas». Los intocables habían colocado a Jagjivan Ram en el gobierno pero no por ello dejan de ser agredidos, insultados en público, lapidados, sus mujeres violadas, mutilados sus hijos, incendiadas sus chozas, ocupadas ilegalmente sus tierras, des­ truidos sus pozos de agua, condenados a enviar a sus mujeres e hijas a los burdeles de Bombay y a trabajar dieciséis horas al día para pagar de por vida una deuda contraída en período de malas

1. En realidad lo que dijo fue: «Ese abogado sedicioso que ahora posa

de fakir».

2. Ved Mehta: The new India, Penguin, Nueva York, 1977.

cosechas. «La única respuesta posible, afirmaba un indio occi- dentalizado, «es salir a la calle con un Martini en una mano y una granada en la otra.» Pero la India, como Calcuta, es, en palabras del que fue em­ bajador de Kennedy en Nueva Delhi, John Kenneth Galbraith, «una anarquía que funciona». El propio Gandhi había definido a su país como a country o f nonsense. ¿Qué había sido de su testa­ mento al cabo de los años? Sus discípulos recorrían sus caminos y predicaban su evangelio. Por eso un día tomé el primer tren en la estación de Calcuta abriéndome paso entre vendedores de «cha- pattis», dulces apergaminados y plátanos a la plancha y me dirigí a una región que había conocido y recorrido bajo la calcinación y el hambre, el Bihar. Allí estaba un hombre de barba blanca, anciano y descalzo, llamado Vinoba Bhave, el representante vivo del «Bapu» en la tierra.

2

La caricatura sagrada

El Bihar es un estado sin redención posible, un mito de Sísifo convertido en tierra. Desde el tren, mientras leía a ratos el Bha- gavad-Gita, el libro predilecto de Gandhi, pensaba al contrastar los textos sagrados con el paisaje gris polvoriento del Bihar (de vihara, monasterio budista) la distancia entre la épica de los li­ bros sagrados del pasado imperial de Madasha, una epopeya ba­ rroca y la realidad de aquellos campos agostados, donde en épo­ cas de hambre los niños comen la tierra (Josué de Castro) para buscar las vitaminas necesarias. El venerable del Gita desgra­ naba sus pensamientos: «Esta es la ciencia suprema, el misterio supremo, el sacrificio más elevado, fácil de comprender, reli­ gioso, muy fácil de practicar y eterno. Los hombres que no tie­ nen fe en esta religión, joh tormento de tus enemigos!, retroce­ den sin poder alcanzarme y continúan dando vueltas en el mundo de la muerte. En mí están todos los seres».1El panteísmo del libro sagrado invade al viajero, sin embargo el paisaje que contempla a la luz cruda del mediodía al paso del tren le de-

1. Anónimo:

Bhagavad-Gita,

Poema sagrado o Canto del Bienaventu­

rado, Biblioteca Edaf, Madrid, 1978.

vuelve a la realidad y al presente. El canto del Bienaventurado, el Bhagavad-Gita es una parte de la epopeya del Mahabarata, su libro sexto, setecientas estrofas. El príncipe Arjuna y Krisna, el octavo avatar de Visnú, dialogan sobre el mismo campo de bata­ lla. Para unos es un tratado de la violencia, para otros incluido Gandhi. un canto a la reflexión sobre la paz y la inmortalidad del alma. El príncipe desfallece sobre su carro de guerra pero sigue los consejos de Krisna y regresa al campo de batalla. Un teoría de casuchas de adobe desfila a nuestro paso. En las paredes los campesinos despliegan la etiqueta de su miseria, la bosta, el ex­ cremento del ganado pegado a las paredes de forma simétrica. Es el combustible de la India, la etiqueta del Bihar que Vinoba recorre desde hace muchos años. El espejismo de la religión manda sobre todas las demás circunstancias del hombre, apaga sus pasiones. Cree en los dioses del cine y en Krisna que es el justiciero, el dios bueno que habla a través del Gita: «Cuando se produce la decadencia de lo justo y se exalta lo injusto, entonces aparezco yo para proteger a los buenos, destruir a los malvados y restablecer la justicia, para eso y para nada más regreso al mundo de cuando en cuando». Gandhi y Vinoba son los repre­ sen tantes de Krisna. Vinoba fue elegido por Gandhi en plena campaña de desobediencia civil como el «“satyagrahi” número uno». Era un peripatético, el protagonista, con el Mahatma, de una larga marcha no violenta a pie y de aldea en aldea. A su paso ios intocables le reclamaban tierras. Vinoba se las daría a través de su movimiento, el «Bhoodan», la donación de tierras. En sus discursos de las aldeas el discípulo de Gandhi se dirigía a los terratenientes y recaudadores de impuestos, a los «zamindaris»:

«Si tuviérais cuatro hijos y viniera al mundo el quinto, no vacila­ ríais en darle a éste su parte. Pues bien, consideradme como ese quinto hijo y dadme mi parte». Así distribuyó veinticuatro mil hectáreas en Hyderabad. La agitación comunista en Telingana cesó ante Vinoba. El primer ministro Nehru llamó a consulta al apóstol de los sin tierra y le envió su avión. Pero Vinoba tenía otras ideas al respecto: «Iré pero por mis propios medios». Cu­ brió a pie los mil quinientos kilómetros del trayecto hasta Nueva Deíhi. Se instaló en una choza de bambú no lejos de Rajpat

donde incineraron el cadáver de Gandhi. Vinoba tenía entonces cincuenta y siete años y pesaba cuarenta y cinco kilos, la barba entrecana y anteojos Gandhi. Poco después Vinoba volvió a los caminos entre canciones y toques de tambor. Era el tam tam del Bihar. «Ha venido el dios que reparte tierras.» Sus palabras te­ nían el tono del ideario y los aforismos de Gandhi. «Un sediento que tiene ante sí un vaso de agua clara no beberá de la turbia. Los comunistas empiezan por matar a la gente para luego dictar leyes draconianas, pero yo quiero empezar por la misericordia. Yo quiero provocar una revolución en tres etapas. Primera, esti­ mular los sentimientos del pueblo, segunda, cambiar sus modos de vida y por último, modificar las estructuras sociales de nues­ tro país.» Eran muchos los que le invitaban a la acción directa desde el gobierno. Pero como Gandhi, su discípulo rechazaba la vía polí­ tica: «Si hay ya dos bueyes uncidos al mismo yugo, ¿por qué uncir un tercero? Yo puedo ser de más utilidad preparando el camino para que la carreta pueda avanzar en la dirección co­ rrecta». El recién llegado embajador norteamericano Chester Bowles aplaudía con entusiasmo el trabajo y las rutas morales de este «esmirriado activista no violento», que con sus ejércitos agrarios de tres en fondo irrumpía en los campos recuperados a los señores feudales precedido de una yunta de bueyes engalana­ dos con guirnaldas de flores y uncidos a un arado para abrir sur­ cos en la tierra. Una joven india de dieciocho años envía una carta a su madre, amiga del embajador de los Estados Unidos, desde las filas de Vinoba: «Madre, me considero muy afortunada por haber venido a este mundo en la India. Feliz nuestra patria que cuenta con tantos santos y ascetas insignes que se suceden como las cuentas de un rosario. Ríos de sangre solían correr por la disputa de un palmo de tierra pero ahora esa misma tierra se entrega a Dios que habita entre los pobres».1 A pesar de todo, Vinoba al final de sus días había logrado tocar con los dedos de sus pies caminantes tan solo 1.500 de las

1. Chester Bowles, Crónicas de un embajador, Editorial Kraft, Buenos Aires, 1955.

setecientas mil aldeas indias. Los paseos de Vinoba, como los de Gandhi, se convertían de esta manera en sucedáneos de la au­ téntica revolución verde, de una reforma agraria en profundi­ dad. La India, como el Bihar, era más que nunca un país rico en recursos habitado por pobres de solemnidad. Las vacas sagradas, 67 millones, apenas daban 365 litros por año, menos que el pro­ medio español. Los problemas de irrigación, de fertilizantes, de productividad por hectárea, el paro, la desnutrición, no los re­ solvía Vinoba con sus incursiones en el Bihar. De las 800.000 hectáreas que le habían prometido sólo logró distribuir 56.000 en pleno clímax de su campaña, 1954-56, y gran parte de ellas po­ bres, arenosas. La campaña de Vinoba no era un remedio y la solución estaba, como siempre, en manos de Dios, de la oligar­ quía rural y de los usureros: la población sólo comía regular­ mente a lo largo de cuatro meses por año. Era, por lo demás, la perpetua carrera en la llanura indogangética de la producción contra la explosión demográfica, del hambre y la usura contra la supervivencia. Mi entrevista con el discípulo de Gandhi, Vinoba Bhave, cerca de Patna y a orillas del Ganges, adonde me llevó un pai­ sano jesuita, el hermano Uñarte, no arrojó demasiadas luces so­ bre la eficacia de estos métodos de redención y justicia. El perso­ naje, rodeado de acólitos arrogantes, carecía del sentido del hu­ mor y el carisma de Gandhi. Era su repetición mala, su calco en serie. letanía sin fuerza. La India se sometía a sus mitos y a los fenómenos naturales, que le habían apartado, según René Grousset,1de la lucha contra las tiranías confesionales y sociales, «se ha desinteresado de los reinos de este mundo en beneficio de la superstición o el rito». Al llegar a su choza Vinoba repetía las posturas, la imaginería de Gandhi. Su éxito dependía en gran medida de la sabia repetición de sus gestos y metáforas. Lo vi, nada más entrar, sentado en cuclillas con una gorra de visera de color verde y gafas oscuras. Su voz era mansa pero neutra, im­ personal, repetitiva:

«Recorro la India de pueblo en pueblo, me dijo, y lo hago

1. René Grousset: La face de l’Asie, Payot, París, 1955.

desde 1951 a razón de unos veinte kilómetros diarios para pedir a los que más tienen que se desprendan de lo que les sobra, de lo superfluo. Yo soy partidario, como usted sabe, de la “ahimsa”,

de la no violencia y lo que he obtenido por medios pacíficos ha

sido, con mucho, muy superior a los esfuerzos que he desarro­ llado y por los que Dios me ha recompensado ya con abundan­ cia.» El santón errabundo se dirige luego a los modestos propie­ tarios de tierras, más generosos que los «zamindaris», para de­ cirles: «He venido a robaros con amor. Quiero ablandaros el corazón para que cedáis las tierras que os sobran a aquellos que

no tienen nada». A los jóvenes simpatizantes de los naxalitas de la Universi­ dad de Calcuta esta música les sonaba a puro patemalismo. «A Vinoba Bhave, me decían, sólo le han regalado tierras impro­ ductivas y así los latifundistas han hecho méritos ante el Go­ bierno y ante su reencarnación y de paso han tranquilizado su mala conciencia.» Vinoba es ajeno a las críticas. Parecía por en­ cima de lo divino y de lo mundano. «Me levanto a las cuatro de la mañana, me decía. Dedico las primeras horas a mis rezos y

después leo o medito y recibo visitas, dialogo con los pobres y los campesinos hasta las seis de la tarde. Almuerzo hacia el medio­ día, fruta, papaya con azúcar sin refinar y leche cuajada. Ese es

mi menú del día.» El mismo más o menos que el de Gandhi. Al

igual que el Mahatma su discípulo parecía un hombre más de obsesiones que de ideas. Su misión en la tierra era la de devolver

a los hombres a las llanuras, a la religión «del polvo y la po­ breza». Vinoba se había convertido en la caricatura santa de Gandhi, en el objeto de una «piedad competitiva», como ha es­ crito V.S. Naipaul.1 Pero no tiene el vuelo metafísico del Mahatma, el sincretismo de sus reflexiones sobre la obra de Tho- reau, Tolstoi o Ruskin. Es el apóstol que ha convertido el kilo­

metraje y la fatiga, el jogging espiritual en una devoción y en un

fin bienintencionado en sí mismo. Es dudoso el objetivo de su

peregrinación, de su abstinencia producto de la «bramacharya»,

1. V. S. Naipaul: India a wounded civüization, Vintage Books, Nueva York, 1976.

el voto de castidad y el celibato. Limpiaba las letrinas como Gandhi y se dejaba tocar por los parias; pero, sin dudar de su sinceridad o de la de los que le seguían, sus prédicas sonaban a indulgencia y exotismo espiritual. Una de las discípulas de Vi­ nova. que le había hecho entrega de su fortuna y caminaba con él por los senderos del Bihar. se quejaba a Ved Mehta porque se veía obligada a preparar su propia comida todos los días: «Todos saben, decía, que los musulmanes y los “harijans” (intocables) son sucios y tienen malas costumbres». Es el esnobismo espiri­ tual en movimiento, el éxtasis de la identidad religiosa en dos vertientes: el Gram-Raj, el autogobierno de la aldea, y el Ram-Raj, el nirvana, el reino de Dios alejado de las disputas y ambiciones terrenales. ¿Cuánto tenían los apóstoles de Gandhi de la definición que Cioran da de la santidad en sus «Aforismos de la amargura»? «Esa santidad que me escalofría, esa injerencia en los males y dolores de los demás, esa barbarie de la caridad, esa piedad sin escrúpulos » Después de su almuerzo frugal y de su diálogo con los «ha­ rijans», el profeta del Ganges reemprendió su camino hacia otra aldea vecina. Su paso era a ratos vacilante, de un calculado des­ mayo. Es cierto que parece más una mascota que un mahatma. Un símbolo anacrónico más que una ideología o un programa personal. Su carisma, su defensa dialéctica era su ancianidad. Los viernes guarda silencio como el Mahatma, pero el sábado lo rompe para apoyar la suspensión de la Constitución y la declara­ ción por parte de Indira Gandhi del estado de emergencia. Los amigos de su padre Nehru van a dar con sus huesos en la cárcel. Mientras tanto, Indira enviaba sus doctores para que cuidaran de Vinoba enfermo a poco de cumplir los ochenta años. Le sirve como muñeco espiritual, como referencia moral. Tiene cierta ra­ zón xNaipaul cuando escribe que este asceta, la versión autori­ zada de Gandhi, un personaje medieval, encuentra la salvación «en la simple obediencia». Al apoyar las leyes totalitarias de In- dira Gandhi, el discípulo deJ Mahatma sustituye la espiritualidad por la maquinaria del Estado. ¿Qué poso profundo puede dejar ese peregrinaje sin fin, esa atmósfera circense de aldea en aldea que Lanza del Vasto recoge sin poder evitarlo en su aproxima­

ción a la figura de Bhave, el saltimbanqui de Dios? El ruido, la distracción de las masas que apenas escuchan al apóstol pertur­ badas por el mito, las malas comidas, la improvisación, el guiri­ gay. Es más un maratón olímpico, una «perversión del “dhar- ma”», sin contenido espiritual que un testimonio fecundo y —lo que era más necesario antes de su muerte a los 88 años o su aban­ dono de la carretera— una visión práctica, duradera, eficaz. Es una parodia de Gandhi. Usa de sus mismas técnicas de lucha pero ha olvidado el sentido último de las huelgas de ham­ bre o de los obligados silencios del Mahatma, que en 1947 iba de conflicto en conflicto como un bombero de la fe para apagar todos los incendios de las guerras de religión entre hindúes y musulmanes. La última huelga de hambre de Vinoba Bhave en 1976 tenía una razón bastante menos metafísica , simplemente protestaba porque los carnívoros mataran las vacas sagradas para comérselas. En eso había quedado la filosofía del primer discípulo de Gandhi mientras Indira («Indira es la India, la India es Indira», gritaban los partidarios de la hija de Nehru), encarce­ laba a la oposición, cerraba periódicos, amordazaba periodistas, incendiaba suburbios como si la simple eliminación formal de la miseria acabara con sus raíces. Indira quería entender la pobreza como «maya», o sea ilusión. Con la ayuda de su hijo primogénito Sanjay, «el príncipe heredero», emprendió una violenta cam­ paña para recuperar el tiempo perdido y sacar al indio de su «mundo interior», de las pasiones de la especulación, de los uni­ versos metafísicos. En el otoño de 1975, la India se disponía a poner un cohete en órbita, pero era incapaz de producir unas pocas toneladas de arroz más al año. Su futuro dependía de las cosechas. Indira Gandhi había decretado el estado de excepción el 26 de junio. La India estaba estremecida, dividida. «Paga tus impuestos», «La pobreza no se resuelve a través de la magia sino trabajando duro» eran los carteles que podían verse por las calles de la capital, con una filosofía muy en la línea agnóstica y positi­ vista de Nehru. Desde el Himalaya a Cabo Comorin la Dama de Hierro decía: «El estado de excepción nos brinda una nueva oportunidad para llevar adelante nuestras tareas económicas». En los parques de Nueva Delhi, en los 3.000 suburbios de Cal­

cuta, en las playas de Kerala, en la Marine Drive de Bombay, Indira recordaba a su pueblo cómo debía comportarse por medio

de estas lecciones, breves epístolas morales. La primera ministra

utilizaba a todos los monstruos sagrados de la revolución, in­ cluido Gandhi, para justificar su «golpe de estado» de junio. Hasta Vinoba Bhave vino en su ayuda: el estado de excepción, la

suspensión de la Constitución sólo podían interpretarse, según el heredero espiritual de Gandhi, como una «era de la disciplina».

A lo que un ciudadano indio respondía desde Europa en una

carta enviada a un periódico: «¿No justificó Adolfo Hitler su política diciendo al mundo que Alemania necesitaba una buena dosis de disciplina?» La oposición, paralizada, respondió con ti­ ros por elevación, entre ellos los poemas sobre la libertad de Tagore, «el de inmenso corazón», como le llamaba Juan Ramón Jiménez. De los 580 millones de habitantes que entonces tiene la

India sólo ocho o diez participan de las preocupaciones políticas.

El resto votan en las elecciones de acuerdo con las recomenda­

ciones de los «zamindaris», los terratenientes, o a cambio de unas rupias de los agentes de los partidos. Era inútil, por tanto, preguntar a estos ciudadanos indios su opinión sobre el MISA (Mantenimiento de la Seguridad Interior), que envió a la cárcel a miles de personas. Yo no lograba detectar en los grandes núcleos urbanos aquella pasión por el debate en la calle o las salvajes polémicas entre los editorialistas. Ni las manifestaciones tradi­ cionales. La burguesía vivía amedrentada, con miedo a exhibir

sus riquezas. La majarani de Jaipur seguía en la cárcel, aunque fuera en una celda de cinco estrellas, por evasión de impuestos. Para los marajás el ocaso de las Mil y Una Noches había comen­

zado tiempo atrás. Pero algunos de ellos vivían su propia leyenda

en palacios en los que el oro, las piedras preciosas (su gran pa­

sión, su furor de coleccionistas), el agua, los sirvientes, los ele­

fantes se unían todavía para alimentar un mito que se resiste a morir. La majarani de Jaipur, Gayatri Devi, que fue embajadora en Madrid, amiga personal de la Reina de Inglaterra, vivía en su Estado aquella ficción feudal de súbditos arrodillados a su paso, elefantes pintados de flores, joyas fabulosas. Jugaba al tenis en

las canchas de palacio y luego tomaba su avión personal hacia Nueva Delhi para intervenir en un debate parlamentario. Era diputada por el partido conservador Swatantra. —¿Sabe cómo la llamaban los periódicos ingleses? —me de­ cía el marajá en su gabinete privado de Jaipur—: «La mujer que se atrevió a desafiar a Nehru». La hija de Nehru la envió a la cárcel y ese día murieron un poco más los privilegios de los marajás. Gayatri fue detenida en 1975 acusada al parecer sin pruebas de tráfico de divisas. La be­ lla mujer cuyos perros bebían agua de Evian entró a los 60 años en una cárcel junto a ladrones y prostitutas. «Es un error, permí­ tanme llamar a mi abogado» dijo cuando la detuvieron. No hubo permiso. Ingresó en la cárcel como prisionera de la clase C. Más tarde pasó a la clase A, era un privilegio, compartía la celda con solo un prisionero y pudo utilizar el W .C., reservado a ios con­ denados a la horca. La majarani cayó enferma pero Indira no permitió que los médicos la visitaran hasta que firmó un docu­ mento según el cual apoyaba el programa de 20 puntos de la primera ministra. Gayatri cree que se trató de una venganza per­ sonal. —No quiero ser primera ministra de la India —me decía la majarani— . A lo que aspiro es a demostrar desde la oposición que los métodos de los Nehru son los del socialismo de la miseria. La majarani formaba, como los «sadhus», los dioses vengado­ res, el Ramayana o el Gita, los naxalitas, Gandhi o Nehru, parte de la India. Los rusos blancos huidos del Palacio de Invierno conducían taxis en las capitales de Europa o se ganaban la vida como maitres o croupiers en los restaurantes y casinos de Fran­ cia. Era el signo de los tiempos. Los marajás de la India, venidos a menos, no conducían taxis en las calles atestadas de Calcuta o Bombay. Aún no han caído tan bajo, pero en el ciclo infernal de las reencarnaciones sociales y económicas, ahora les toca dirigir un hotel o prestar su ilustre apellido a una oficina de relaciones públicas. Quedan los residuos de aquel antiguo esplendor, cuando el marajá de Dewas, Tukoji Rao, era recibido con júbilo por los niños de las escuelas a su regreso de un viaje a la inmorta­ lidad en Benarés.

«Aplaudamos y cantemos formemos un alegre círculo. Dios nos ha traído sano y salvo a nuestro dueño con preciosas lecciones aprendidas.»

Según E.M. Forster, que fue su secretario particular, el ma- rajá de Dewas era un santo varón se le mirara por donde se le mirara. Demasiado santo para gobernar aquella tierra en la que los brahmanes despreciaban al príncipe porque su madre ardiera en la hoguera del «sati», en la pira funeraria de las viudas. En la memoria de Forster «era una tierra de mezquinas traiciones y de reptiles que se mueven con excesiva cautela para hacerse daño mutuamente». Mientras Dewas se empobrece y la corrupción se extiende sin remedio, el marajá Rao, como un «Gatopardo» hindú reflexiona sobre la inevitabilidad del cambio. Era un prín­ cipe deseoso de afecto, pero al mismo tiempo demasiado orgu­ lloso para pedirlo. El ateo primer ministro Nehru había dicho en alguna ocasión que el peligro de la India era la deificación de la pobreza. Y la sacralización de Gandhi. El Mahatma logró convertir en sagrada la pobreza, «en la base de toda la verdad, en la única propiedad de la India», como escribe V.S. Naipaul, el indio de Trinidad- Tobago. Junto a este culto ininterrumpido a la pobreza subsistía la India impúdica de los marajás, muchos de ellos reducidos al avatar» de simples y dolientes hidalgos cuando el Gobierno central les retiró los subsidios o los castigó con el rejón de los fuertes impuestos. Hoy se les puede encontrar en los salones de la high. society con un traje cortado por un sastre cristiano de Calcuta para que parezca puro Bond Street y con los dedos a la altura reglamentaria del vaso de whisky. Por lo general saben llevar con dignidad su desgracia. Quedan los signos externos, la elegancia de los gestos, el inglés exquisito. En los años 70 perdie­ ron sus últimos privilegios, son simples ciudadanos en la India de Indira aunque algunos conserven sus palacios de oro o sus reba­ ños de elefantes. En 1947, el año de la independencia, había en la India 624 marajás que reinaban sobre territorios tan grandes como la mi­

tad de España o tan diminutos como San Marino. Eran, según el tamaño de sus posesiones o el origen de su casta, marajá (gran

rey), nizam (organizador), nabab (gobernador), rajá (jefe de Es­ tado), rado (duque soberano), sirdar (conde o barón), takjur (señor del feudo hereditario). Los ingleses los clasificaron en una estricta jerarquía y disponían de más o menos salvas de cañón según su rango, entre nueve los más bajos y veintiuna los de mayor alcurnia. A cambio de la cesión del poder absoluto en sus regiones, los marajás fueron aliados fieles de los ingleses. Esto no impidió que el marajá de Dewas dijera un día a sir Malcolm Darling, su tutor: «Tenemos la impresión de que los ingleses que viven en este país no pertenecen a la clase más aristocrática».

A pesar de todo, el marajá de Baroda Sajaivi Rao, que leía a

Platón en griego, saludó al príncipe de Gales con disparos de un cañón de oro macizo que pesaba 126 kilos, antes de alzarlo a la «howda», el palanquín también de oro, a lomos de un elefante alimentado con caña de azúcar y una pinta de jerez al día. Su palacio de Lamski era inglés desde la decoración hasta el último mayordomo, salvo el chef, que era francés y los conductores, que

eran italianos. Los ingleses adiestraban a su ejército y la lencería

de mesa se fabricaba en Belfast. El marajá de Baroda sabía unir

la cultura y el lujo al sentido de la caridad, un comentario inteli­ gente sobre Jeremy Bentham con su amor obsceno por las pie­

dras preciosas. Cuando alabé al difunto marajá de Jaipur el número y la prestancia de sus elefantes me respondió, con esa calculada mo­ destia de los aristócratas que restan importancia al volumen de sus riquezas: «Baroda o Mysore tienen más elefantes que yo, muchos más » La India racionalista con la que soñó Nehru, o la India me­

nestral, bucólica, pastoril, hecha de sudor y ruecas, del «khadi»,

la manufactura del algodón, artesana y rural por la que trabajó

Gandhi era incompatible con la supervivencia de esos semidioses cuyos cientos o miles de criados se retiraban de su presencia mi­ rando hacia atrás. Durante más de un siglo los ingleses les habían

mantenido sus prerrogativas y monopolios, hasta veintitrés, desde el uso de la bandera, la exención de impuestos, la inmuni­

dad, los ejércitos privados para asegurarse la estabilidad del im­ perio. Lord Mountbatten, virrey de las Indias, les convenció para que fundieran sus estados con las nuevas naciones indepen­ dientes, la India y el Pakistán, para conservar así una parcela de su autonomía local. Llegaban tiempos duros y el nuevo orden político impuso el olvido de las extravagancias y los derroches del pasado. Los príncipes se presentaban sin rubor a las eleccio­ nes de la India democrática. El inmenso electorado indio era poco permeable a las ideas y a las técnicas de la democracia. El marajá de Cachemira, Singh, llegó a ser ministro y otros veinti­ cinco accedieron al Parlamento. El marajá de Bikaner, diputado a la Cámara Baja, afirmó, con la conciencia de que los tiempos habían cambiado: «Soy un indio más». Los maraiás habían mandado como señores absolutos, con sus soldados propios, sus orquestas propias, sus tribunales pro­ pios. Un marajá ordenó a su orquesta que tocara todas las no­ ches sin parar porque esta explosión sinfónica era la única ma­ nera que había de serenar su sistema nervioso. Fueron perso­ najes caprichosos y excéntricos aunque leyeran a Platón en griego. El de Patiala coleccionaba coches y compró 32 Rolls Royce. El de Baraptur se bañaba en su piscina con cuarenta chi­ cas desnudas provistas de velas: la que lograba que su vela no se apagara compartía esa noche la cama del príncipe. Tenía una inmoderada pasión por la caza. El de Bikaner disparó 11.000 cartuchos en una cacería que duró varias horas. El príncipe per­ seguía al antílope negro desde uno de sus Rolls descapotables, escopeta «Purdey» al hombro. Los había que no sabían leer ni escribir y otros que fueron los primeros de clase en Oxford. Refinados o brutos, humanistas o sádicos, criminales, playboys despilfarradores o sensatos admi­ nistradores, su número y su condición daban para todo. Su obse­ sión era el vigor sexual y eran capaces de merendarse brillantes pulverizados o excrementos de murciélago para aumentarlo. Reinaban sobre poblados harenes de hasta más de 350 esposas y cuando el príncipe entraba en ellos se interrumpía la administra­ ción del Estado. «Un cálculo permitiría establecer que cada uno poseía una media de once títulos, 5,8 mujeres, 12,6 hijos, 9,2

elefantes, 2,8 vagones de ferrocarril privado, 3,4 Rolls Royce y un palmarés de 22,9 tigres abatidos.»1Las intrigas entre las favo­ ritas causaron catástrofes financieras, reveses políticos y la neu­ rosis profunda de más de un marajá. La única que burló las re­ glas de palacio y dominó a las demás favoritas fue, como cabría esperar, una española, Anita Delgado, bailarina malagueña amiga de Valle Inclán, casada con el marajá de Kapurtala, el dueño del topacio más grande del mundo. Cuando el autor de Divinas palabras trata de convencer a la madre de la bailaora de que le deje marchar a la India ésta le responde: «Zí, señó, tanto dinero como ofrece ese rey moro por mi Anita no deja de ser una tentasión. Pero, ¿y la jonra?». Se habían conocido en un frontón de Madrid. La boda se celebró en Kapurtala y vivieron felices dieciocho años hasta que Anita, según cuenta en su libro Jack Lord, se la pegó con el nizam de Hyderabad. Aunque muchos de los príncipes esperan todavía el visto bueno del astrólogo para entrar con bien en palacio, la nueva India les ha exigido una urgente adaptación a las circunstancias. Hoy los semidioses son plebeyos, ministros o diputados, han convertido en taxis sus «Rolls». Son industriales, militares, granjeros, cazadores profe­ sionales, productores de cine o viven del turismo, de su apellido, de los ritos de palacio, de una leyenda cuantificada en citas para cicerones. Han vendido, por unas rupias, entradas para visitar sus palacios, y el guía desgrana las estadísticas (en la India la estadística es la medida de todas las cosas) de la pasada opulen­ cia, miles de tigres muertos en cacerías, kilos de jarrones de Sé- vres, diamantes, legiones de criados, frufrús de odaliscas, póci­ mas afrodisíacas, milagros de la corte y venenos florentinos cuando eran señores de la vida y de la muerte. Los marajás rei­ naban, sádicos o paternalistas, sobre la miseria de los súbditos. Pero ahora, sin listas civiles, los semidioses acuden a las garden parties de los nuevos ricos y se codean sin pudor con la aristocra­ cia del dinero. Los dioses han bajado a la cocina para olfatear los guisos. Los venidos a menos adornan con su presencia los despa-

1. Esta noche la libertad, de Dominique Lapierre y Larry Collins, Pla­ za & Janés, Barcelona, 1975.

chos de las oficinas de los grandes industriales como los de Tata o los Birla. «No se puede luchar con éxito contra las nuevas fuer­ zas si se imita al avestruz», había dicho sir Mirza Ismail, primer ministro de Mysore antes de la independencia. Tardaron años en hacerle caso. La majarani de Jaipur escribió en la cárcel de Tihar sus memorias. La prisión se convertía de nuevo y en sentido con­ trario al de Gandhi —pasó seis años de prisión, Nehru más de diez años entre rejas— en el símbolo de una clase social. La altiva hija de Nehru pasaba así la factura a los semidioses y con­ vertía en ministros a los que habían aceptado el cambio. El Mahatma Gandhi, con su culto a la pobreza, sus pies desnudos, su «dothi», el taparrabos de algodón y su horror al lujo, los había condenado a muerte.

3

La noche oscura

Hay una fotografía para la historia de una niña de ojos gran­ des y oscuros, pelo lacio y nariz larga y fina al pie de la cama de Gandhi. Es Indira a los nueve años. Con el tiempo la hija única de Nehru intentaría romper con los beneficios-maleficios, sobre­ naturales y humanos del fakir semidesnudo envuelto en una tú­ nica de algodón. Su irresistible ascensión comenzó como minis­ tra en la guerra entre India y Pakistán de 1965. —Yo he tratado de seguir, me decía en un palacio de Cache­ mira, los consejos de mi padre, el ejemplo de Gandhi adecuado a mi personalidad, a mi realidad política. Mi padre, en sus cartas desde la cárcel, me recordaba siempre un deseo de emulación que sentí desde muy niña: parecerme a Juana de Arco; algo ha­ bía ya en mí que me predestinaba hacia una dedicación a mi país a costa de los sacrificios que fueran necesarios. Mi padre me decía: «Siempre que dudes deberás actuar de frente, sincera y abiertamente. Nunca hagas nada en secreto. El miedo es mal consejero, indigno de ti. Sé valiente y todo lo demás te será dado por añadidura». He quemado muñecas inglesas, he pasado por la cárcel de los ingleses, he luchado contra ellos cuando todavía era una niña, he visto a toda mi familia en prisión. Estas experien-

cias marcan y soy sin duda hija de ellas. Sí, soy organizada y

voluntariosa pero no orgullosa ni atea, ni fría como un tém­ pano, como dicen algunos. Que no me guste visitar los templos para rezar en ellos no significa que no tenga una idea propia de lo que es la religión. ¿Orgullosa? Esa es una acusación que también recayó en mi padre. Yo he seguido siempre mi camino

y mantenido mis decisiones cuando Feroze Gandhi y yo nos

casamos en 1942. Cuando anuncié mi boda rompí con todas las reglas del hinduismo, de la tradición social. El consejo paterno, «sé valiente», la condujo hasta los días

gloriosos de la batalla de Bangladesh. Más tarde, al ingreso en

el club nuclear en mayo de 1974, cuando sus sabios de Trombay

hicieron estallar la primera bomba atómica india en algún lugar del desierto del Rajastán. Era la bomba de los pobres en uno de los períodos más sombríos de la historia de la India, en plena alarma roja de la crisis alimenticia. Indira se había gas­

tado 173 millones de dólares en el desarrollo nuclear, nueve billones de dólares en defensa, doscientos millones de dólares tan sólo en el programa de viviendas. Prefería la ciencia nuclear d ia ciencia de la paz del Mahatma Gandhi, el futuro nuclear a

la revolución agraria, a la utopía de la aldea del Mahatma. La

explosión de aquel ingenio nuclear revolvió el corazón de los gandhianos puros. Ved Mehta recoge en su libro la protesta de un funcionario retirado, M.C. Chagla, que habló en Ahmeda- bad: «Amigos, vivimos en un país al que llaman la tierra de üaiidhi. Gandhiji logró no sólo nuestra liberación del Impe­

rio oritánico sino también la libertad de la tiranía, la opresión y las injusticias de toda clase. Hay una frase en inglés que dice que cuando la noche es oscura el final no está lejano. Y yo veo una noche muy oscura». Indira negaba con apasionamiento que hubiera traicionado el testamento del Mahatma. Para ella, más

o menos, el fin justificaba los medios. Se negaba a admitir que

«Gandhiji/> y ella tuvieran dos diferentes visiones del mundo y de la vida, simplemente los métodos eran distintos. En realidad los temores de Gandhi se cumplían en la práctica, el Estado todo­ poderoso, el «derecho divino de los reyes» se impone en la que algunos llaman «la Emperatriz», al paraíso natural y espontá­

neo, basado en las reglas de la antigua convivencia de los asce­ tas de la revolución. Indira Gandhi, acosada desde los editoriales de los periódi­ cos y la intelligentsia liberal, decide un día de 1975 que las liber­ tades de pensar y expresarse son lujos burgueses para un país tan pobre. De acuerdo con esta manera de pensar, cierra periódicos y revistas, implanta la censura y se abre así para la India un túnel del tiempo orwelliano que duró diecinueve meses. La Empera­ triz se quedó sola, mal aconsejada, hasta que cometió el último e imperdonable error atribuible a su debilidad de madre: creyó que su hijo Sanjay, fracasado constructor de coches utilitarios, marca Maruti, según el nombre del dios del viento, serviría para prolongar la dinastía de los Nehru. Sanjay trató de cambiar com­ pulsivamente el mapa social de la India con la destrucción física del chabolismo, sin viviendas de repuesto, las esterilizaciones obligatorias y masivas, «más árboles y menos niños», mientras que su madre, que mantenía muy firmes sus pasiones políticas, dirigía los pasos de su audaz heredero con el mismo cuidado con que Nehru había dirigido los suyos. En pleno estado de emer­ gencia mis crónicas desde la India debieron pasar los filtros de la censura y se me obligó a firmar un documento por el que me comprometía a no burlar las medidas de los censores. Nirmal Verma, un discípulo de Gandhi, escribió en el último número de la revista «Seminar», cerrada por el gobierno: «Durante las dos o tres últimas décadas, los que controlan los medios de informa­ ción no han conocido la experiencia del sufrimiento de los cam­ pesinos. Los que realmente sufren no tienen medios para expre­ sarse. A pesar del ruido que armábamos en la prensa y en el Parlamento, la India seguía siendo el continente del silencio. El compromiso con la libertad de expresión se convierte en formal y decorativo a menos que se transforme en preocupación moral para la total articulación de la experiencia humana. Que esta preocupación se hallaba ausente de nuestra intelligentsia quedó al descubierto cuando supo ajustarse tan suavemente a las nue­

vas circunstancias después del estado de excepción

ner a partir de eso, como hacen nuestros actuales dirigentes y algunos marxistas, que la libertad de expresión, la libertad de

Pero supo­

prensa y los derechos básicos del ciudadano de tener libre acceso a todas las fuentes de información son simples “valores burgue­ ses" que pueden sacrificarse en beneficio de algunos míticos pro­ gresos, significa caer en otra forma de error, de engaño. Todos los proyectos de “reforma revolucionaria” se convierten en ins­ trumentos de opresión si al pueblo para el que están diseñados se le priva del derecho a juzgar o comentar en base a su experien­ cia. Lo que hay de común entre las sociedades evolucionadas de Occidente y los países pobres del Tercer Mundo es el supremo valor que conceden a la conciencia que el hombre tiene de sí mismo. No se podrá legitimar ninguna decisión del poder estatal que viole la realidad de esta conciencia, forzando al hombre a vivir en la realidad de los demás, una realidad censurada». La India con que me encontré en el estado de excepción de 1975 era dual, contradictoria. Para unos la medida de Indira era ia única respuesta para salir del oscurantismo y la corrupción, para otros una pura y simple dictadura, una traición más al espí­ ritu del Mahatma. «Conozco la India bien, me decía un amigo extranjero instalado en Nueva Delhi, y el país que yo amaba se desmorona por momentos. Yo creo, añadía, que la lucha contra la corrupción está bien y es aquí más necesaria que en otros luga­ res; pero no a costa de las libertades individuales, de la rígida censura de prensa, de los encarcelamientos, de la creación de un clima de terror psicológico. Nehru era un hombre autoritario y desdeñoso pero al menos guardaba las formas.» Otro interlocu­ tor respondía: «Pero Indira tiene razón, no se puede usar la de­ mocracia para destruirla, permitir los secesionismos, la violencia política, sobre todo en un país tan frágil como éste. Indira tiene razón cuando se queja de las lecciones de democracia que a estas alturas quieren darle los corresponsales de los periódicos ingle­ ses y norteamericanos. La democracia no significa lo mismo para todos y estamos ya hartos de que los occidentales nos expliquen cómo debemos aplicarla aquí. Yo estoy de acuerdo con Frank Moraes: Indira es el único hombre en el Gobierno indio » Desde la otra trinchera la réplica era inmediata: «Este país ha perdido, a pesar de todas sus lacras y miserias, una de las cosas más positivas que tenía: el derecho a no estar de acuerdo con el

Gobierno y a decirlo públicamente. En cambio ahora la Gandhi nos somete a todos a un lavado de cerebro, registra nuestras casas, nos obliga al silencio, a las sospechas mutuas. Ahora abres la radio y te enteras de las manifestaciones de apoyo al estado de excepción para hacer ver que toda la India está con ella, de la higiénica campaña que lleva adelante para combatir la corrup­ ción, de los proyectos de su hijo Sanjay para esterilizarnos a to­ dos, los quintales de arroz que han decomisado a los contraban­ distas de Goa, la lucha contra la inflación, cuánto ha bajado en el bazar el papel higiénico de color rosa. Te deprimes cuando pien­ sas en los periódicos que hemos tenido en este país. Indira y los suyos dicen que es la CIA la que lo revuelve todo. Pero yo la he oído estos últimos años, desde que en 1969 rompió con los caci­ ques del partido del Congreso, acusar a la CLA de haber provo­ cado un ciclón en Bengala, una nueva epidemia de hambre en el Bihar, las inundaciones en Maharatstra y hasta de haber pin­ chado los preservativos que por aquí se reparten gratis y que dieron al traste por un tiempo con su programa de control de la natalidad». Los seguidores de Gandhi, como Narayan o Desai, estaban en la cárcel. El Tribunal Supremo revisaba por aquellos días la causa que se seguía contra Indira por delitos electorales. Mien­ tras tanto, la prensa oficial fabricaba con mimo, adjetivos elogio­ sos, horóscopos favorables la imagen del heredero, Sanjay Gandhi. Se le comparaba con el sol y la luna y sus partidarios del estado de Uttar Pradesh le colocaba a su llegada guirnaldas en torno al cuello al grito de «Mesias Gandhi». Era la India sedienta de actores de cine fantástico y políticos carismáticos. El culto a la personalidad de la madre y el hijo se prolongó durante meses. Sólo los corresponsales extranjeros, muchos de ellos expulsados por su atrevimiento apuntaban que no todo eran rosas y cariños en las relaciones materno filiales: Sanjay influía sobre su madre como Rasputín sobre Nicolás II y la zarina. A veces, decían, hasta abofeteaba a Indira Gandhi para luego llorar en su regazo como un niño travieso y arrepentido. Los horóscopos al uso presentaban el futuro de Sanjay exci­ tante y poblado de éxitos: llegaría a ser el primer ministro de la

India, le asediarían peligrosas mujeres (nadie ocultaba su gua­ peza y su atractivo) y terminaría sus días ascéticamente, en el retiro. Todas esas previsiones de color de rosa se truncaron con su muerte en un accidente de aviación que sirvió para que Indira buscara refugio en su hijo mayor, el piloto de Air India, Rajiv. Mi entrevista con Sanjay fue tan breve como gris. En su des­ pacho de las juventudes del partido del Congreso, el hijo de In- dira adornaba con fruición los perfiles de sus cuatro puntos que cambiarían en poco tiempo, según él, la faz y la piel de la India. Si su madre tenía un programa de veinte puntos, Sanjay los ha­ bía reducido a cuatro. Por lo demás, la introspección en el perso­ naje. ideas, opiniones, experiencias chocaba con sus monosíla­ bos y su amor a la simplificación. El temible y energético boy (así le llamaban algunos irónicamente) ni sentía ni padecía. Pero al hablar de los cuatro puntos en cuestión era otro hombre, se transfiguraba. Era imposible saber cuáles eran sus lecturas, sus influencias, sus pasiones y todo él exhalaba una «suficiencia Gandhi». pero sin la sabiduría de su bisabuelo Motilal, la expe­ riencia y el charme de su abuelo Nehru, la rebeldía simpática de su padre Feroze o las agallas y el estilo de su madre. Había sido un mal estudiante. Trabajó en Inglaterra para la Rolls Royce y regresó a la India con el sueño de dotar a los indios del equiva­ lente a un «600». El sueño de una India sin el pelo de la dehesa, indogangética, moderna a la fuerza, esterilizada y de clase me­ dia. De modo que ante la imposibilidad de extraer algo nuevo, noticioso, útil o interesante de su introversión o de su defensiva ausencia de pensamiento cedí el paso a su glorificación ins­ tantánea de los cuatro puntos de su revolución para la India:

planificación familiar, lucha contra el analfabetismo, forestación y prohibición de la dote: «Yo invito a todos a que planten árbo­ les, me dijo, y que se acabe con la dote. Para mí uno de los más graves peligros sociales es la costumbre de los padres de gastar sumas enormes en dotar a sus hijas a riesgo de empobrecerse ellos por el resto de sus días. Hay que abolir también el sistema de castas y controlar la natalidad y acabar con el analfabetismo. Tan sólo el treinta por ciento de la población india sabe leer y escribir. Yo pido a los estudiantes que emprendan una campaña

de alfabetización, que se instalen en las aldeas y contribuyan a educar a sus conciudadanos». Esta era en síntesis la revolución cultural de Sanjay, juventud y egolatría, puesta en práctica a través de los bulldozers y las clínicas ambulantes de esterilización, la demolición de las chabo­ las y la vasectomía. La sección quirúrgica de los conductos defe­ rentes. Los funcionarios debían dejarse esterilizar porque corrió la voz en las oficinas de Nueva Delhi que de no hacerlo y de tener más de tres hijos perderían sus seguros sociales. Los volun­ tarios de Sanjay se desplegaron por la India con sus tiendas de colores. La vasectomía era una operación breve e indolora, cinco minutos. A cambio se recibía entre ochocientas y dos mil pese­ tas, además de una botella de aceite o un reloj. El transistor, el regalo de las anteriores campañas era ya un objeto de consumo más o menos al alcance de todos los bolsillos. Los gandhianos, al menos algunos de ellos, desde la cárcel o desde fuera de ella elevaron sus voces contra estas prácticas. El único control de la natalidad que Gandhiji admitía era la absti­ nencia sexual. De esta manera Sanjay, convertido en el ángel exterminador de la fecundación (los musulmanes llegaron a creer que la operación les dejaría impotentes), logró entre marzo y septiembre de 1976 esterilizar a dos millones de personas. La India vasectomizada estaba formada ya tras las campañas de los últimos veinte años por 18 millones de personas. Pero la pobla­ ción crecía a un ritmo anual de quince millones de personas. En la dictadura constitucional y esterilizada de Indira Gandhi quedaba poco espacio para los derechos humanos. La policía se lanzó a llenar las cárceles de «chorizos y macarras», pero tam­ bién de hijos ilustres de la patria. La oposición se cobraría con el tiempo estas humillaciones y abusos y no dudó en enviar a la cárcel a Indira y a su hijo. Pero desde el poder total, aislada y acosada, la primera ministra necesitaba legitimar su dictadura. La única solución era unas elecciones generales. La India se be­ neficiaba de una de las mejores cosechas del siglo, la inflación se había frenado, la reserva de divisas era favorable. Pero faltaba el veredicto del astrólogo. Indira no daba un paso sin consultar a su astrólogo. Necesitaba la luz verde de astros y planetas. Los as-

trólogos de Chadni Chowk, en la parte vieja de Delhi, consulta­ ron el signo de la India, que es Capricornio, y el de Indira Gandhi, Escorpión, fuerza, capacidad de trabajo, sentido del poder. Marco Polo cuenta que le sorprendió hallar 5.000 astrólo­ gos en la corte del rey de China. Desde Babilonia y los romanos, el astra ¿nclinant, el dictado astrológico ha influido en los com­ portamientos de millones de personas. En las casas indias la vi­ sita del astrólogo o el palmista es a veces más frecuente que la del médico. Los astrólogos indios son buenos profesionales. Sus antepasados figuran en la epopeya nacional, el Mahabarata. A la emperatriz Indira los astros y las predicciones de su yogi al que llamaban «Rasputín» le fueron favorables en el curso de la guerra de Bangladesh, como también lo fueron el 19 de enero de 1969, cuando frenó en seco las aspiraciones de su rival en el par­ tido del Congreso, el puritano Morarji Desai. Nada se concierta en la India (un matrimonio, un negocio, un viaje y hasta una decisión a nivel político) sin el visto bueno del palmista, el astró­ logo. el escudriñador de naipes, el adivinador del porvenir. Mientras nos tomábamos una copa en el Gymkama Club, pre­ guntaba a Malhotra si esta confianza en la conjunción de los as­ tros no estaba en contradicción con el empirismo de los dirigen­ tes indios. —Nehru era racionalista por educación, por vocación, me respondió, pero contaba con el movimiento de los astros para decidir en política y su hija Indira es el primer cliente de los astrólogos de Chadni Chowk. Ustedes los occidentales creen que esta inclinación nuestra es producto del subdesarrollo y la su­ perstición, pero gente como Miller, Lawrence y hasta Cari Jung han estudiado los signos del zodíaco. Esta vez, 1977, los astros se equivocaron. Indira Gandhi su­ frió el más serio revés de su carrera política. Al anunciar, por sorpresa, elecciones generales la primera ministra afirmó: «Las elecciones son un acto de fe. Es una oportunidad para limpiar las confusiones de la vida pública. O sea que acudamos a las urnas para reafirmar el poder popular». Las cárceles se abrieron y la {ndia entró en fecundo período de agitación preelectoral. Los observadores no salían de su asombro. Indira hacía un alto en su

camino hacia Juana de Arco y convocaba elecciones generales. ¿Por qué? ¿Rumor de botas? ¿Temor a una insurrección de la burguesía o de los barones de su partido? Cuando llegué a Delhi la capital hervía en un clima de «todos contra Indira». A toda prisa la oposición había fortalecido un partido-paraguas, el Janata, el «partido del pueblo». Mítines, coches con altavoces, «namastes», saludos de bienvenida, dis­ cursos incendiarios, guirnaldas de flores, duros ataques persona­ les. Este era el espectáculo. Los observadores de la Caja de Pan­ dora que era la India vieron en la decisión de Indira de disolver el Parlamento y llamar a elecciones una nueva muestra de su sentido de la oportunidad. A la hija de Nehru sólo le quedaban dos opciones: o extremar las medidas de excepción y aumentar su poder personal o hacer concesiones, calmar a los críticos, que desde todos los rincones del mundo la acusaban de instalar en la «democracia más grande del mundo» una dictadur? y convocar a elecciones para el Lok Sahba, la Cámara Baja del Parlamento. Ni siquiera se permitió un tiempo de transición para despejar las malas vibraciones de sus casi dos años de ordeno y mando. La oxidada maquinaria de la democracia se ponía de nuevo en mar­ cha. La oficina de propaganda del «príncipe heredero» exhibió el catálogo de sus éxitos: la disciplina frente a una burocracia galo­ pante, la ley y el orden, el control de las peligrosas ambiciones de politicastros y especuladores, el avance en la lucha contra la inflación, el analfabetismo y la explosión demográfica. Pero el Gran Esterilizador era el blanco fácil de los que saben que el pueblo, al menos en las grandes concentraciones, es más sensible a las anécdotas y al chismorreo que a las abstracciones parlamen­ tarias. Los viejos símbolos electorales, la vaca sagrada y el ter­ nero, el huso, la espiga, la pareja de bueyes volvieron a las pare­ des. La oposición enardecida atacó la concepción dinástica que Indira tenía del poder. «Porque su abuelo y su padre fueron líde­ res políticos ¿nos veremos obligados a soportar a su familia para siempre?», clamaba junto a mí un conocido candidato del Ja- nata. Hasta la familia se había puesto en contra. La tía de la primera ministra, hermana de Nehru, Vijaya Laksmi Pandit, re­ currió al recuerdo del Mahatma para atacar a Indira: «Cuando el

estado de excepción es la ley del país y una a una se sofocan las libertades consideradas como esenciales para el desarrollo de la democracia, pienso que estaré en paz conmigo misma si denun­

, tengo setenta v seis años. Recuerdo cuando Mahatma Gandhi tomó al pueblo de la India en sus manos, entonces éramos menos

esos gigantes

han sido de nuevo reducidos a pigmeos». La oposición, mal organizada, amalgamada a toda prisa en un bloque en el que se unían de forma confusa la izquierda y la derecha más nacionalista, volvió al ritornello de las críticas a la dictadura: «Queremos la restauración total de los derechos indi­ viduales y de las libertades públicas». Por fin, el día 21 de marzo de 1977 Indira lo perdió todo tras once años en el poder: la mayoría de su partido en el Parlamento, su escaño de Rae Bareli por más de 55.000 votos. Sanjay perdió estrepitosamente en Amethi. Corría la cerveza en las redacciones de los periódicos de Nueva Delhi y los militantes de la oposición, en pleno ataque de alegría colectiva recorrían las calles de la capital para dar rienda

con lo poco que pueda hacer a mi edad,

cio esta situación

que los pigmeos e hizo de nosotros unos gigantes

suelta a sus emociones. Por la mañana, en la residencia de In- dira. donde decenas de policías vigilaban entre las buganvilias, pude ver cómo tan sólo un reducido grupo de incondicionales dialogaba entre lágrimas. Pero la Emperatriz seguía, después de la dura campaña electoral, encastillada en su residencia del cen­ tro de Delhi. El partido del campesino con el arado al hombro, e) Janata, se preparaba para desmantelar la infraestructura legis­ lativa, ejecutiva y judicial puesta en pie por la primera ministra al amparo del estado de excepción. Las primeras ediciones de los diarios describían «la extremada palidez del rostro de Sanjay Gandhi a medida que se conocían los resultados». El brillante analista Kuldip Nayar, encarcelado por Indira, escribía en el «índian Express»: «Los resultados indican el veredicto del pue­ blo contra el estado de excepción, y todo lo que se hizo en su nombre». La carta de dimisión de la primera ministra estaba escrita en el mejor estilo de los Nehru: «El juicio colectivo del pueblo, escribía, debe ser respetado. Mis colegas y yo aceptamos la deci*

sión sin reservas y con espíritu de humildad. Las elecciones for­ man parte del proceso democrático al que estamos profunda­ mente entregados. Siempre he dicho que ganar o perder unas elecciones es menos importante que fortalecer nuestro país y asegurar una vida mejor para nuestro pueblo». Al saludár al nuevo gobierno del partido Janata, Indira tiene la esperanza de que «las bases de la India secular, socialista y democrática se refuercen. El partido del Congreso y yo estamos preparados para ayudar constructivamente en los comunes objetivos de la nación. Estamos orgullosos de nuestro país». Al despedirse de los millones de personas que le apoyaron durante estos años ha­ bía una constante referencia a la predestinación, a su «karma», a su destino histórico: «Desde la niñez ha sido mi deseo servir al pueblo hasta el límite de mis posibilidades. Seguiré haciéndolo». Corto y cambio. Al leer su carta por la televisión, Indira Gandhi, a sus 59 años, con su sonrisa triste y su dulzura engañosa, no había, lejos de mí ese cáliz, cerrado la última página de su bio­ grafía política. El primer acto de la oposición vencedora fue reunirse sobre la tumba del Mahatma Gandhi en el mausoleo de Rajpat y depo­ sitar las flores de la victoria. El anciano Morarji Desai juró su cargo de primer ministro y al solicitarle una entrevista personal, aquel anciano de 82 años, que a mediados de los años cincuenta fue llamado de Bombay a Delhi por el Pandit Nehru para que formara parte de su gobierno, me convocó a las cuatro y media de la mañana, una hora gandhiana, en su residencia de Duplix Road. Cuando llegué allí a hora tan temprana sus partidarios le besaban ya los pies y le sepultaban bajo pétalos y guirnaldas. Morarji rechazaba las flores con un rictus de desagrado. Era un hombre autoritario, inflexible, cáustico, austero hasta la exage­ ración. Se bebía su propia orina. Pasó de la cárcel al poder. —Lo más importante ahora es que nos liberemos del miedo, me dijo. —Usted ha hablado a lo largo de la campaña de la necesidad de «una alternativa gandhiana» a la dictadura —Hay que elegir entre la doctrina de Gandhi y la dictadura. Todo está en nuestro padre Gandhi. El partido se mueve en

torno a los ideales del Mahatma que son los mismos que nos llevaron hasta la independencia. Nosotros somos hijos de Gandhi. A él se lo debemos todo. —Su partido, el Janata, está formado por el Congreso, el partido que usted fundó como una escisión del bloque original, por el ultraderechista Jana Sangh, por el socialista, por el BDL, además del resto de los aliados. ¿No cree que les separan dema­ siadas cosas filosófica y políticamente como para que ese go­ bierno tan heterogéneo pueda funcionar con una mínima armo­ nía? Morarji me fulminó con la mirada. Tiene menos sentido del humor que su amigo el Mahatma. —Ya estamos con la misma canción. Si en un primer mo­ mento éramos gente que pensaba de manera distinta, ahora so­ mos una misma cosa. Al hablar de divergencias y disparidades en nuestro partido ustedes hacen el juego a la dictadura. Dígame usted ¿el partido del Congreso le parece homogéneo? Indira Gandhi logró mantener la unidad a base del terror y ya ve usted los resultados que ha obtenido. Morarji vivía rodeado de fotografías del Mahatma. Hacía yoga y rechazaba como Gandhi la medicina convencional. Se ha­ blaba de su mala salud de hierro —Ya estamos otra vez con la salud, la salud. ¿Puedo yo pre­ guntarle por la suya? Me levanto a las cuatro y media de la ma­ cana, hago las abluciones, los rezos, desayuno con verduras, hago yoga y leo o trabajo en la rueca de Gandhi. Después recibo al pueblo y mantengo reuniones políticas. Me acuesto hacia las doce de la noche. Estoy seguro de que es una vida más racional que la suya. Reconocí que sí, que lo era. El hombre que derrotó a Indira en su distrito de Rae Bareli era un abogado de sesenta años, socialista, de barba blanca y pañuelo verde en la cabeza. Un oscuro político casi desconocido en Delhi, el mismo que acusó a la primera ministra de fraude electoral en 1971. El Tribunal Supremo le dio la razón: «Pero ella, me decía Raj, cambió las leyes para mantenerse en el po­ der».

Raj Narain basó su campaña en uno de los errores del estado de excepción, la esterilización obligatoria, el «nasbandí». Raj llegó a ver cómo los campesinos corrían (protegiendo el pene con las manos) a la llegada de los agentes castradores del hijo de In- dira. —Yo tengo la lista, me decía Raj, de una docena de dioses y diosas de la teogonia hindú que al parecer defendían la planifica­ ción familiar pero sin las violencias de este gobierno de Satán. —¿Por qué sucumbió Indira a la tentación totalitaria? —La lleva en la sangre, me respondió. Ella creyó de pequeña que la India era el país de su abuelo, de su padre y luego por he­ rencia el suyo propio. Pero resulta, como se acaba de comprobar, que éste es el país de Krisna, Buda, Cristo, Mahoma y Gandhi. Indira pasó a la reserva. «La han comparado con Hitler y Mus- solini, me decía un conocido escritor, pero ninguno de los dos convocó nunca unas elecciones libres a riesgo de perderlas. Eso hay que reconocérselo.» De los ciento noventa y cuatro millones de personas que vota­ ron (el sesenta por ciento del electorado) con un signo de tinta in­ deleble en la raíz de la uña para evitar el doble o triple paso por las urnas, el cuarenta y tres por ciento lo hicieron para el Janata, el labrador con el arado al hombro, y el resto al Congreso de Indira, la vaca y el ternero, el símbolo de su papeleta de voto, el treinta y cinco por ciento. Un resultado que era más un voto de castigo a Indira que un cheque en blanco a la heterogénea oposición que no tardaría en despedazarse. Indira se retiró al Aventino antes de pa­ sar por la cárcel un martirologio que en la India beneficia a los políticos desde los tiempos del R aj, el Imperio británico. Un Neh­ ru no se rinde. La obstinada Indira cumplió una breve travesía del desierto para recomenzar su carrera política desde cero. Un año después de haberlo perdido todo, su partido ganaba las elec­ ciones parciales en algunos estados. Ella volvió a sus conocidos argumentos, al toque providencialista, a la inseparabilidad de su destino y el de la India, a su camino hacia Juana de Arco, la histo­ ria de los Nehru, una gesta de la predestinación. Indira consultó a su astrólogo y recibió esta respuesta: «Espera y trabaja, vol­ verás».

Su padre Jawaharlal Nehru fue también, a poco de nacer, bendecido por los astros. Un adivinador del porvenir le había vaticinado a Swarup Rani Nehru que su hijo llegaría con el tiempo al vértice del poder en la India. La señora Rani, famosa por su belleza en toda la provincia de Cachemira —se había ca­ sado a los 13 años de edad con un conocido abogado— sonrió ante la profecía. El futuro de aquel hijo educado a la europea y al que adoraba estaba asegurado. Era su primer hijo. Le llama­ ban Jawahar y pasó la infancia rodeado de institutrices inglesas, entre la severidad de su padre y la condescendencia de Swarup Rani. Los antepasados de la familia, servidores de los mogoles, pertenecían a la casta superior de los brahmanes. Su primer nombre no había sido Nehru sino Kaul. El emperador mogol concedió a la familia en pago a sus desvelos, una residencia seño­ rial junto a los canales, los «nahar» de Cachemira. Por eso en adelante se les llamaría «Kaul Nadar» y más tarde Kaul Nehru. Con el paso del tiempo desapareció el primer nombre para que­ dar en Nehru. Este fue el apellido que heredó aquel muchacho testarudo y algo distraído. Tenía once años cuando nació su her­ mana. Era lo que había deseado en secreto: «Hacía mucho tiempo que sentía una tristeza íntima por el hecho de no tener hermanos, cuando a mi alrededor todo el mundo los tenía». El hijo del acaudalado abogado cachemir no podía por me­ nos de estudiar en la metrópoli. Ingresó en Harrow. El joven Nehru había desembarcado en Inglaterra con algunos estudios primarios realizados en Allahabad. Pero antes pasó por una esti­ mulante experiencia personal: conoció a Annie Besant, la teó* sofá. Nehru ingresó en la secta en una ceremonia que predica la intuición directa de Dios y la iluminación a través de la alquimia, las visiones, el trance, la naturaleza, en una ceremonia llena de color. Nehru admiraba la serenidad y la fortaleza de ánimo de aquella señora que los ingleses encarcelaron por su compromiso con la lucha por la independencia india. Sobre la India comen­ zaba a descargar el monzón de la revuelta. Después de los cursos en Harrow el joven Nehru se matriculó en Cambridge. Sus notas fueron más bien corrientes. En Lon­ dres obtuvo, en 1912, el título de abogado. Pasó el invierno en

París mientras su padre elegía para él a una muchacha de la casta brahmánica, Kamala. Se casaron en 1916 en Delhi. Una boda fas­ tuosa. Jawahar se entregó a su profesión de abogado. Era ele­ gante, occidentalizado, hasta que encontró su camino de Da­ masco. Visitaba una aldea próxima a la Allahabad cuando com­ probó la miseria en que vivían en la India las castas inferiores. Nehru describiría más tarde en sus memorias escritas en la cárcel1:

«Me sentí avergonzado de mi vida confortable y fácil y de los poli­ ticastros de la ciudad que ignoraban a esta multitud de hijos e hijas de la India que vivían semidesnudos. Sentí también una inmensa pena por la degradación y la pobreza desoladora de la India». Por aquellos años conoció (navidad de 1916) a Gandhi. «To­ dos nosotros, escribe Nehru, le admirábamos por su heroica lu­ cha en Suráfrica; pero nos pareció distante, diferente, despoliti­ zado. Rehusó tomar parte en la política nacional para concen­ trarse en la cuestión indoafricana. Pero sus marchas y sus victo­ rias de la no violencia en Champarán nos llenaron de entu­ siasmo. Nos dimos cuenta de que se preparaba para aplicar sus métodos en la India y de que lo haría con éxito.» Metido ya de lleno en el ardor de la insurrección, no echó de menos los años tranquilos en Cambridge. Como el mismo Gandhi, Nehru era hijo de las universidades inglesas y de los pensadores occidenta­ les. Desde el punto de vista familiar, fueron años de prueba. En un principio su madre reprobó la actividad política de Jawahar, que empezaba a conocer las prisiones británicas. Poco después, el viejo abogado Motilal estaba junto a su hijo tras abandonar el bufete. Así por espacio de nueve años, hasta que el anciano quedó inválido. Otro motivo de disgusto para Nehru era la es­ casa simpatía que la señora Pandit, su hermana, sintió por su esposa, la dulce Kamala, que había estado durante dos años in­ ternada en un sanatorio antituberculoso de Suiza. Cuando pare­ cía haber curado y acompañada, de su esposo recorría las aldeas de la India tras las huellas del Mahatma, Kamala empezó a sufrir de nuevo. Nehru escribió por entonces:

1 Jawaharlal Nehru, An aitíobiography, Allied Publishers Prívate Limi­ ted, Bombay, 1962.

«Kamala había conservado su aniñada y virginal apariencia. Casi podría haber sido la novia que vino a nuestra casa un día, hace ya tanto tiempo.» Al morir sus padres, Kamala enferma; sus dos hermanas y su hija Indira eran va su única familia. «Kamala, añade Nehru, era la dulce muchachita de siempre, nada influida por las costumbres mundanas. Casi no me di cuenta de que aquel delicado espíritu se estaba abriendo como una flor y necesitaba delicadas atencio­ nes. La convicción de que ahora había de abandonarme inevita­ blemente se convirtió en una intolerable tortura.» Kamala murió en 1936 en brazos de Nehru, en un sanatorio alemán. «A pri­ mera hora de la mañana del 25 de febrero su corazón dejó de latir. La llevaron al crematorio. A los pocos minutos, aquel deli­ cado cuerpo, aquel bello rostro de niña estaban reducidos a ceni­ zas.» Dejó a su hija Indira, que tenía ya 19 años, en un colegio suizo y volvió a la lucha al lado de Gandhi. Se puso como él un gorro blanco, dicen las malas lenguas que cortado en los mejores sastres de Savile Road, en Londres. Fue nueve veces encarce­ lado y cumplió en total una condena de más de diez años. Estuvo en las barricadas de Barcelona para recibir a las Brigadas Inter­ nacionales. También Indira viajó hasta Barcelona. Nehru se siente fuertemente afectado por la experiencia de la República española y la revolución rusa, que descubre en un viaje a Moscú, !a emergencia de los fascismos en Europa, el poso ideológico del socialismo fabiano, sus lecturas sobre Garibaldi. «Las visiones de una hazaña parecida a la de Garibaldi en la India acudieron al principio a mi pensamiento como una valerosa lucha por la liber­ tad, y en mi cerebro la India e Italia estaban singularmente uni­ das.» Leyó a Nietzsche y a Bernard Shaw, visitó Irlanda, trabó amistad con los laboristas y perfeccionó su inglés de tal manera que al volver a la India después de treinta años había como quien dice olvidado el urdu y el hindi. Pero el inglés era por entonces el idioma oficial del movimiento. No hay que olvidar que el con­ greso del partido independentista se abrió con tres vivas a la reina Victoria. Jawahar se sumerge en el partido del Congreso. «Abandoné, escribe en 1921, las demás asociaciones y contactos, los viejos

amigos, los libros, incluso los periódicos, excepto cuando se re­ ferían al trabajo que nos ocupaba. Antes leía algún libro recién editado, pero ahora no había tiempo para eso.» Gandhi lo domi­ naba todo y Nehru era su profeta.

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La rosa

El agnosticismo de Pandit Nehru tenia poco que ver con el misticismo activo de Gandhi, pero se necesitaban, se querían. «Teníamos, confiesa a Tibor Mende1, una fe total en Gandhi y sus métodos. Sabíamos que teníamos razón y que estábamos en la buena vía. Además, el hecho de que nos encarcelaran nos permitió discutir entre nosotros y leer libros. Gandhi nos ha­ blaba constantemente de los oprimidos. Lo hacía, no a la manera socialista, no desde las perspectivas de la lucha de clases, pero hablaba de la opresión en que vivían los campesinos indios. Nos preocupaba la cuestión social pero el ejemplo ruso no era para nosotros. Nos ayudó a pensar.» El paso de la URSS a este dis- tanciamiento se destacó en los virulentos ataques de «Pravda» en los años 1947-48 a Gandhi (un «reaccionario inconsciente») y a Nehru (un «lebrel del imperialismo»). El Nehru que simpatiza con los socialistas utópicos, desen­ cantado ya de sus residuos teosóficos, tiene sus dudas sobre la eficacia de la estrategia de Gandhi en el aspecto social. «Yo no estaba absolutamente seguro de que nuestros compañeros en el

1. Tibor Mende, Conversations avec Nehru . Du Seuil. París, 1956.

movimiento eran plenamente conscientes de la importancia de la cuestión social y deseaban tanto como yo los cambios sociales que yo hubiera querido. Y al decir esto no pienso en Gandhi, que era el que en medio de algunas divergencias mantenía la unidad de nuestro movimiento.» Los historiadores han analizado a fondo las relaciones de es­ tos dos hombres tan distintos, Gandhi y Nehru. En las últimas páginas de la autobiografía de Nehru se aprecian algunas gotas de amargura, una zona de sombras en las relaciones entre am­ bos. El cariño y el respeto por el personaje de «Gandhiji» no es incompatible con una crítica a sus ideas. «Gandhi, opina Nehru, tenía una asombrosa capacidad para reducir y vencer por medio de la suavidad. Nunca cedió en el fondo pero hacía concesiones en puntos sin importancia. Era un hombre admirable, pero tam­ bién un hombre eficaz. Mi primera experiencia de colaboración con el Mahatma fue durante las leyes marciales de Panjab. Yo hacía en cierto modo de secretario de Gandhi. Siempre me sor­ prendía por su manera de analizar la situación. Sabía lo que ha­ bía que hacer porque se identificaba con las masas indias.» Esta admiración no impidió que Nehru siguiera sus propios pasos como primer ministro. Al inaugurar el pantano del valle de Lamonar, Nehru pronuncia una frase que está en las antípodas de Gandhi: «Estos son nuestros templos». La filosofía del Mahatma le parecía viable en un tiempo de lucha pero no com­ prendía por ejemplo su actitud ante la máquina, la industria, producto, según dicen algunos especialistas, de su visión de las inhumanas fábricas europeas de comienzos de siglo. El Pandit confiesa que sus puntos de vista diferían por completo en esta cuestión: «Yo, al contrario que Gandhi, estaba a favor de la in­ dustrialización y no comprendía la importancia que daba a las cottage industries, el pequeño artesanado local». La doctrina de Gandhi tenía una naturaleza anticientífica que chocaba de entrada con la visión del futuro primer ministro. La intuición del Mahatma, su instinto de las masas fueron esenciales para el movimiento de liberación. Pero en el aspecto doctrinal se advierte un peso excesivo de lo negativo. El gandhismo es la causa dei «noble esclavo». Tibor Mende aborda con Nehru este

aspecto de negativismo de la filosofía gandhiana que le ha res­ tado aliento creador. Pero tenía a cambio el genio de descubrir el denominador común, de hallar el punto flaco, el nudo gordiano. «Sabía atacar al enemigo, añade Nehru, en su flanco débil y rompía el frente. Su método no consistía en irritar a las masas en sus convicciones más profundas. Aceptaba en gran medida esas convicciones, en parte porque las compartía. Pero cuando decide concentrar su ataque en un punto preciso su forma de pensar alcanza a todos los frentes. La mayor parte de sus discursos no estaban destinados a los intelectuales. Pensaba sobre todo en la reacción de las masas indias, a las que daba temas de reflexión sin por ello desanimarlas. Por eso utilizaba también expresiones simples y comparaciones familiares. Hablaba sobre todo de Ram Radja. Rama es el héroe de la mitología hindú, Ram Radja sig­ nifica el reino de Rama, una especie de Estado providencial. Para mí eso podría significar un regreso al estado primitivo, pero era algo que comprendían enseguida todos los campesinos.» Gandhi es el maestro en la lenta preparación de los espíritus, en la espiritualización de las masas. En el plano personal, Jawaharlal Nehru confiesa, en sus libros y en sus declaraciones, que Gandhi le ayudó a simplificar su vida. Se convierte al vege­ tarianismo y deja de fumar, pero sin ese afán dogmático, demos­ trativo o exhibicionista de muchos de los discípulos de Gandhi. «El hecho de que yo dejara de comer carne, cuenta Nehru, no tenía nada que ver con la filosofía. Simplemente ese hecho sim­ plificaba mi existencia. Gandhi cambió por completo nuestro modo de vivir.» El primer ministro rehuyó el universo de los libros sagrados y la jerga sacramental. Confiesa que ha leído el Gita porque Gandhi se lo ha recomendado, pero no por razones teológicas, sino porque «me gustaba. Yo aprendí además de aquel libro co­ sas beneficiosas, por ejemplo cuando se dice que si se hace lo que se debe se obtendrán los resultados que se desean. Yo refle­ xioné luego sobre esa cuestión de forma científica». Nehru reco­ noce otros efectos positivos de las enseñanzas de Gandhi, entre ellas la disciplina. «Lina disciplina, confiesa, que no existía antes en la India porque éramos muy individualistas, lo éramos hasta

la anarquía. Cada uno tiraba por su lado. Porque la India es el re­ flejo de una rigurosa obediencia social basada en las castas y de una anarquía intelectual. Pero Gandhi nos enseñó el valor de la disciplina e influyó poderosamente en nosotros durante más de medio siglo. No sólo con su personalidad, sino como hombre de acción que traducía sus teorías en actos, que ayudó a los demás en los éxitos y en los fracasos y los condujo al éxito. Él concebía la revolución en términos de continuidad, no de ruptura. Fue en este sentido un enorme factor de estabilización, al crear lazos estre­ chos entre los elementos en conflicto. Luchaba contra los ingleses pero se mostró siempre amistoso con ellos. Nosotros los indios no podemos comprender la mentalidad de la guerra fría, añade Neh­ ru. Gandhi nunca se detiene en los detalles, permanece fiel sobre la cuestión de principio, pero hace concesiones sobre lo accesorio, mientras trata amistosamente al adversario.» Jawaharlal Nehru cree que la fuerza del Mahatma procede del hecho de que «sabotea a sus adversarios, psicológicamente ha­ blando. al tratarlos como amigos. La agresividad del adversario se derrumba ante él. Al principio nosotros pensamos, como en todos los movimientos nacionalistas, utilizar el lenguaje fuerte. Pero llegó Gandhi y hablaba con suavidad. Nuestra primera reacción

fue ésta: Gandhi es un débil y un abandonista. Pero poco a poco

nos dimos cuenta de que era de acero». Como buen lector del Gita, Nehru sabe que los resultados son importantes pero no a costa de una sacudida interior, de una con­ vulsión, de un tramua. O sea, es preferible conservar un cierto distanciamiento, incluso en la acción. Tras el asesinato de Gandhi, sociólogos y teólogos polemizan sobre las traiciones que la praxis política y económica y social somete a las enseñanzas del Mahatma. Sólo en el «ashram», en el templo de los castos, los vege­ tarianos y los puros cumplían al pie de la letra sus mandamientos y las reglas de su misticismo. Los demás le aceptaban como figura histórica, se servían de él pero le traicionaban cada día. Sarojini Naidu, oradora y poeta, le siguió en la lucha pero se negó a acep­ tar todas sus disciplinas. Cuando Vincent Sheean le pregunta1 si

1 Vincent Sheean: Nehru, Plaza & Janés, Barcelona, 1961).

había intentado alguna vez imitar la dieta de Gandhi (requesón, leche cuajada), responde riendo:

—¡Santo cielo! ¿Alimentarme de hierbas y de leche de ca­ bra? ¡Nunca, nunca!

La India no fue del todo gandhiana. Era útil y necesario se­ guirle, escuchar sus discursos transmitidos por radio pero su ca­ suística valió en una época y una circunstancia. No tiene aplica­ ción universal. Después sus razonamientos, sus máximas resulta­ ban inservibles aunque algunos ministros afírmen que la «voz interior» del Mahatma guía sus pasos. Al recorrer Sheean el iti­ nerario de Gandhi, doce años después de su muerte, se ve obli­ gado a escribir: «Su extraordinario magnetismo, su habilidad para convencer o seducir incluso a sus adversarios, el extraño éxtasis en que sumía a las vastas multitudes, la devoción que

todo eso se alejó con su vida. No obs­

tante, asombra un poco que en la vida cotidiana se le olvide por completo. Sólo es universalmente recordado en este día, el treinta de enero, Día de los Mártires, aniversario de su asesi­ nato, cuando la India rememora y medita». El Mahatma, según el hombre que lo trató, no pidió sin embargo a Nehru que cum­ pliese sus deseos y «menos que los adivinase después», y por lo tanto el laico Nehru hizo siempre lo que consideró justo. Dicen que era uno de los pocos indios capaces de sostener una conver­ sación de tres horas sin citar libros religiosos o textos sagrados. Al llegar al poder, desintoxica a la India del largo período de santificación y liturgias. Su hija Indira le ha seguido la costumbre aunque reconoce la diferencia: «Mi padre era un estadista, yo soy un político». Pero si bien no se produce de maestro a discípulo una trans­ misión del pensamiento gandhiano, la India, salvo la hostil reac­ ción de los partidos hinduistas, reconoció en Nehru ya que no al alma superior (mahatma), sí al hombre superior, tolerante a pe­ sar de sus rápidas explosiones de ira. Es más el hombre del socia­ lismo utópico que el homo philosophus tradicional. El equilibrio de la India con sus centenares de razas, idiomas, credos, cuelga de un hilo. Su reflejo de Pavlov es la necesidad de los hombres superiores, de los líderes carismáticos, el síndrome de Gandhi.

excitaba su presencia

Por eso, cuando a comienzos de los sesenta se habla de la mala salud del Pandit, los diarios se preguntan soterradamente «After Nehru what?» (Después de Nehru, ¿qué?). La obsesión de In- dira Gandhi fue llenar ese vacío. A la elevación del alma de Gandhi, Nehru responde con pla­ nes quinquenales. Habían discutido con crudeza, sobre todo a caballo de la segunda guerra mundial. Los dos estaban del lado aliado pero diferían en la táctica. Según Gandhi, la India se vería envuelta en la guerra. «Algunos han sugerido, escribe Gandhi, que Jawaharlal y yo estamos distanciados. Serían precisas mu­ chas cosas más que las diferencias de opinión para que nos dis­ gustáramos. Hemos diferido en muchas cosas desde que empe­ zamos a colaborar y sin embargo he dicho desde hace años, y lo repito ahora, que no Rajaji1sino Jawaharlal será mi sucesor. Él dice que no comprende mi lenguaje; por otra parte sus palabras también me resultan extrañas a mí. Esto puede ser cierto o no serlo. Pero el lenguaje no es el lazo de unión de los corazones. Y lo que yo sé es que cuando me haya ido él hablará mi lenguaje.» Sólo lo hizo a medias. Había dejado de fumar, prohibió a los ministros que vivieran en el lujo y desplegaran banderas en los coches oficiales, no volvió a comer carne pero respondió a golpe de planificación y vagos programas socializadores. El partido del Congreso guiado por él logró la victoria abso­ luta en las primeras elecciones generales de la historia de la India en ei invierno de 1951-52. El partido que había llevado a la India a la independencia y a una transición del Imperio a la democra­ cia sin excesivos sobresaltos sufrió luego la erosión del poder, el virus de la corrupción, las ambiciones y el clientelismo. El ligero barniz socializante que Nehru aplicó al partido se disolvió con el tiempo en el magma y en las contradicciones indias. No podía ocurrir de otra forma Nunca un partido como el Congreso Na­ cional Indio llegó al poder con más expectativas de cambio. Pero la estructura social, rural y agrícola, feudalizada, y el despegue

1. C. Rajagopalachari, ex gobernador general, colaborador de Gandhi y tras la independencia, uno de los fundadores del partido conservador Swatan- tra.

de la industrialización en manos del gran capital (Tata, Birla, etc.) no daba para demasiadas aperturas al reformismo de iz­ quierda. Gandhi, que íntuía este peligro, defendió en vano la disolución del partido nacional, el Congreso, en beneficio de otras formaciones nuevas y la transformación del partido en una organización «servidora del pueblo». El programa del partido independentista recoge con Nehru algunas de sus preocupacio­ nes, reforma agraria, extensión del sector público industrial, pla­ nificación de la economía con el «socialismo» (socialíst pattem) como un nebuloso objetivo final. He aquí el equívoco, analiza Charles Bettelheim,1 que ha conducido a un buen número de observadores a considerar al Congreso como una especie de «partido socialista» o «progresista» adaptado a las condiciones indias. «Esta apreciación, escribe Bettelheim, no es aceptable desde el momento en que para evaluar la orientación de un par­ tido político no basta con leer sus declaraciones sino analizar sus acciones y buscar cuáles son las fuerzas sociales que más activa­ mente sostienen a ese partido y que más se benefician de las decisiones que toma cuando gobierna. En este sentido, el Con­ greso es el único gran partido de la burguesía india.» Esta depen­ dencia financiera del Congreso con respecto a la hábil burguesía india, que el profesor Bettelheim considera como una de las más inteligentes del mundo, hace que no tema aceptar, al menos en el terreno de las palabras, los métodos del capitalismo de Estado para defender a los suyos. El profesor recoge las declaraciones «gauchistas» del gran industrial Birla, que en 1956 no duda en afirmar que acata la concepción «socialista» del Congreso. Jawaharlal Nehru gobierna con la comprensión, el encanto, aunque no es un gran orador al estilo clásico en el contacto con las masas. Le echan en cara que inaugura demasiadas exposicio­ nes, besa a demasiados niños y acude en exceso a las plazas pú­ blicas. Pero este hábito resulta necesario en un país como la In­ dia, que necesita ver y tocar. Por eso Mister Neutral, como le llamaban los norteamericanos, repite «Conozco a mi pueblo».

rís,

1.

1971.

Charles

Bettelheim,

L'lnde

indépendante,

Librairie

Maspéro,

Pa­

Prefería los paseos por las aldeas y el baño de multitudes a las reverencias del protocolo de Estado. Nació habituado a ellas y en ese sentido se había curado pronto de vanidades. Mantenía, eso sí, en sus gestos mesurados, en su sonrisa serena, el estilo de los Nehru; pero no le gustaba que se acercaran a él para besarle los pies o tocar su túnica. En realidad prefería ser respetado a ser amado. Vistió siempre del mismo modo, para diferenciarse de Gandhi, una levita abotonada, un pantalón ceñido «jodpur» y el gorro Gandhi. Su gesto más corriente era el tradicional saludo indio, las manos juntas a la altura de la frente con una leve incli­ nación de cabeza. No faltaba su toque de distinción, una rosa en el ojal. Los estudiosos de Nehru no han sabido interpretar el signifi­ cado de esta rosa de Nehru. Uno de ellos me contó una vez que una joven desconocida se asomaba todas las mañanas al jardín de su casa para poder verle. Cuando al fin lo consiguió le entregó una rosa. Nehru tomó la flor, subió a su coche oficial y desapare­ ció. Después, durante semanas la muchacha siguió montando guardia con una rosa en la mano. ¿Razones del corazón? En todo caso no hay que caer en la tentación de tratar de compren­ der la India. En un principio, al primer ministro le molestó aquel asedio, pero más tarde terminó por deslizar la flor en el ojal de su levita. A partir de aquel día la joven desconocida dejó de acudir a la cita. Desde entonces Nehru dio la orden a su jardi­ nero de que cada mañana le llevara con los copos de avena, los huevos, el pan tostado, el café o el té de su desayuno una rosa fragante, recién cortada. Se levantaba muy pronto a las seis de la mañana, como es costumbre en la India, tanto en las aldeas per­ didas como en las grandes ciudades. Dedicaba media hora a los ejercicios del yoga, el hatta yoga, que había descubierto en un manual que cayó en sus manos cuando estaba en la cárcel. Todas las mañanas se ponía cabeza abajo con los pies hacia el techo. «Es imposible, dijo en alguna ocasión, tomar en serio al mundo cuando se le mira al revés.» Sus aficiones eran sobre todo la equitación, la montaña. Trabajó mucho en su oficina del edificio de ladrillos rojos, del que Georges Clemenceau dijo una vez que con el tiempo «sería una ruina magnífica». Concedió poca iffl"

portancia al dinero y no supo qué responder cuando un perio­ dista le preguntó cuánto ganaba, su sueldo como primer minis­ tro. Nehru no lo sabía. Nunca fue un orador efectista. Aprendió de Gandhi la efica­ cia del lenguaje sencillo, el alcance de las masas campesinas o del subproletariado industrial de Calcuta o Bombay, pero rehuyó las grandes frases, los adornos retóricos. Los especialistas recuerdan que sólo en contadas ocasiones recurría al énfasis de las frases históricas. Una de ellas al proclamarse la independencia en 1947, cuando afirmó: «Tenemos una cita con el destino», y otra, al morir Gandhi: «Se ha apagado la luz de nuestras vidas». El primer ministro anunció repetidas veces su «definitiva» re­ tirada de la política activa. Lo hizo al cumplir los 65 años, edad en la que el brahmán por costumbre se retira de los quehaceres diarios para dedicarse a la contemplación y a la educación o a aconsejar a los jóvenes. Pero quizá porque había desprendido el Cordón Sagrado de los brahmanes se volvió atrás de su d&ásión. Le irritaba que le preguntaran «Después de Nehru, ¿qué?» «Esta pregunta, afirmó, se ha convertido en un desafio para mí y para la nación entera. Es absurdo pensar que un gran país de­ pende de una o dos personas nada más.» En el fondo le gustaba esa dependencia a pesar de que en los últimos años, una cierta fatiga, las dificultades de la política diaria, de la tarea de gober­ nar, hicieron que perdiera ej pulso. Gandhi había pasado a la historia y la era Nehru terminó el mismo día de octubre de 1962 en que las tropas chinas invadieron las fronteras del Himalaya. El ejército indio no se preparó para ese ataque. La «ahimsa» de Gandhi, la confianza en el no alineamiento, dejaron libre el paso a las legiones de Mao Tse-tung. Los soldados indios se helaron de frío en los glaciares y al llegar a Calcuta dos años y medio después me contaron el pánico que desencadenó la invasión. Po­ cos meses antes, en junio de 1962, en el Congreso de la Funda­ ción Gandhi para la Paz, mientras los hombres de negocios de Bombay reclamaban las siete llaves al sepulcro del Mahatma, el rearme masivo y la ampliación del reclutamiento en las fuerzas armadas, dos ardientes gandhianos, Kripalani y Rajagopala- chari, hicieron un llamamiento para el desarme unilateral de la

India. Al producirse el ataque de las fuerzas chinas, los dos polí­ ticos acusaron al gobierno de Nehru de negligencia al no haber organizado los preparativos militares necesarios para hacer frente a la amenaza china.1 Después de aquella humillación, que los militaristas achaca­ ron a las secuelas del pacifismo de Gandhi, inadecuado para los nuevos tiempos, Nehru se convirtió en una sombra del político saludable v dinámico. Vivió todavía dieciocho meses pero sólo una existencia física. «Ya no estaba allí para conducir al país», escribe Kuldip Nayar.2 Se dormía en las reuniones del Consejo de ministros. El presidente Kennedy afirmó en Nueva York, tras su entrevista, que Nehru era un hombre que había vivido dema­ siado. ¿Corría peligro la democracia más grande del mundo? ¿Caería en manos de los militares, como había sucedido en Pa­ kistán? El ejército indio soportó con estoicismo la humillación china y el ministro de Defensa Menon me desmentía algún tiempo después su responsabilidad personal en aquella derrota. Él fue uno de los defensores del rearme de la India como había hecho según me recordó con las fábricas de armas de Bangalore. El Pandit Nehru, por su parte, no veía en el horizonte de los gobiernos indios sables o botas, porque al margen de la gran extensión del país el ejército estaba dividido en «castas y clanes». Nehru planteó su retirada de la política en 1954, cansado más «mental que físicamente». Pero al fin el hombre que trató de dirigir a su país desde la rueca y el mundo artesanal de Gandhi hacia el sigio x a sucumbió en Nueva Delhi. No quiso nombrar un sucesor. Seis días antes de su muerte afirmó en una conferencia de prensa que aún le quedaba «cuerda para rato». En una oca­ sión manifestó: «Si elijo a alguien es la mejor manera de que no se convierta en mi sucesor. Winston Churchill, eligió a Anthony Edén y Edén no duró mucho». En la línea de sucesión figuraban Morarji Desai, el candidato conservador, Gulzariral Nanda, que en la guerra India-Pakistán de 1965 me sacaría, como ministro

1 Ronald Segal, The crisis of India, Penguin Books, Londres, 1965.

2. Kuldip Nayar, India,

Delhi, 1975.

after Nehru,

Vikas Publishing House, Nueva

del Interior, de la cárcel de Jullundur, donde me habían inter­ nado a la espera de un juicio, Lal Bahadur Shastri, el candidato de la conciliación, e Indira Gandhi. El sucesor natural era Shas­ tri, capaz de seguir la política trazada por Nehru frente a un Desai que haría todo lo posible por destruirla. Morarji le recor­ daba demasiado a su rival eterno, Sardar Patel. que tiraba de las riendas del Congreso hacia la derecha mientras Nehru buscaba el centro izquierda. Después de los constantes enfrentamientos en­ tre los dos hombres, Gandhi evitó al superar uno de sus ayunos, la ruptura final. Morarji era el hombre, como Patel, del big busi- ness, y, como se decía por entonces, de los norteamericanos. Quedaba Indira Gandhi. Las opiniones se dividen sobre el papel que le asignaba Nheru. Días antes de morir el Pandit, afirmaba en una entrevista televisiva como «muy poco probable que hija le sucediera y desde luego no la estaba preparando para nada.» Las relaciones entre los candidatos eran por lo general malas, sobre todo entre Indira y Shastri. La hija del Pandit tenía en poco a aquel político de baja estatura y aspecto gandhiano. «No le gusto nada», repetía Shastri cuando le preguntaban por sus relaciones con Indira. A Shastri, por su parte, la hija de Neh­ ru le parecía demasiado «moderna y sofisticada». Había un out- sider, el socialista gandhiano Jayaprakash Narayan, pero renun­ ció a las pompas y vanidades de la política activa. En la lucha por el poder Morarji y Shastri rechazaron a Indira. La saüda se des­ pejaba hacia el hombre en apariencia más débil y manejable, menos polémico también, Lal Bahadur Shastri. El llamado «sin­ dicato», el aparato del partido del Congreso prefería por estas razones al humilde Shastri, que permitiría el funcionamiento de «una especie de politburó en un país democrático». La pobreza le había mostrado a Shastri el camino de la humildad. El hombre que en 1942 perdió a su hija porque no podía comprar medicinas para curarla, y que comía una sola vez al día, se convirtió así en el primer ministro de la India. A la era de la personalidad, de la modernización le sucedió un período de humildad y recogi­ miento, el de la India agraria, que le hizo exclamar a Gandhi: «Si Dios apareciera en la India, lo haría en forma de una hogaza de pan». Si Nehru es un maquinista, Shastri idealiza la pobreza.

Antes de jurar el cargo de primer ministro, Lal Bahadur Shas- tri acude al templo a rezar y recibe en la frente el «tika», la marca color azafrán. Sus primeras declaraciones son emblemáticas:

«Soy un hombre pequeño, creo en los pequeños proyectos con po­ cos gastos que permitan rápidos resultados». Algo distinto al proyecto de Nehru: «Invertir en máquinas para hacer máquinas». Este era el hombre que en la reunión de los no alienados en el Cairo se preparaba sus comidas vegetarianas en la habitación del hotel Hilton, tras lo cual la dirección del hotel le exigió una in­ demnización para pintarla de nuevo. Shastri incluyó en su gabi­ nete como ministra de Información y Radio a Indira Gandhi. No era el desiderátum de Indira, pero tanto ella como su equipo pen­ saban que lo esencial era poner un pie en el gobierno. Ya llegarían tiempos mejores. Ella era la que había cambiado las previsiones del testamento de su padre para organizar una grandiosa esceno­ grafía, un funeral vistoso, una despedida histórica llena de «man- tras» cantadas por los sacerdotes del templo de Kashi y madera de sándalo para la cremación a orillas del Yamuna, a 300 metros de la tumba donde Gandhi había sido enterrado 16 años antes. Indira, que cambió los últimos deseos de su padre, decidió el día del fune­ ral, de acuerdo con las previsiones de su astrólogo. Sanjay, el fu­ turo príncipe heredero, malogrado en el accidente del 23 de junio de 1980. fue el encargado de prender fuego a la pira funeraria. Era el 27 de mayo de 1964. La última voluntad de Nehru había sido:

«No quiero de ningún modo que se celebren ceremonias religiosas después de mi muerte. No creo en la ceremonia de la muerte y permitirla, aún formalmente, sería hipócrita y decepcionante para todos nosotros y para los demás». Pero Indira Gandhi deci­ dió otra cosa. «Para una persona, escribe Nayar, que no creía en ritos o en liturgias, que en 1954 se negó a entrar en un templo del sur porque los sacerdotes le obligaban a quitarse la camisa, tuvo un funeral de alta casta hindú; él, que había consagrado el lai­ cismo en la Constitución india, tuvo una cremación sectaria, él, que fue siempre un agnóstico,1recibió un adiós religioso.» Con la ayuda de las leyes hindúes, Indira eligió a su hijo Sanjay de forma

1. En todo caso fue simpatizante del budismo.

simbólica como el encargado de dar fuego a la madera de sándalo sobre la que ardió Nehru, y esparcir sus cenizas. El juicio que la historia reserva a Nehru, entre las definicio­ nes de la derecha (era un ateo) y la izquierda (era un burgués), incide en su idealismo socialista, de corte occidental en la forma pero de un sentimiento muy indio. «Nehru, escribe Michael Edwardes,1 buscó la modernización de la economía, el manteni­ miento de una administración secular dentro de la democracia, de la reforma social dirigida hacia las discriminaciones religiosas y la pobreza, las técnicas de la producción en masa, flexible en las ideas, partidario de la economía mixta.» Dadas las circuns­ tancias y la tradición, el determinismo de unas estructuras basa­ das en los cuatro principios del hinduismo —el «dharma» (el de­ ber), el «karma» (la acción), las castas («vama») y las responsa­ bilidades de casta («vamashrama dharma»)— fue una adminis­ tración con luces y sombras, bienintencionada. André Mairaux2 le recuerda, al lado de su rosa con «aquel rostro de romano o jefe del maquis, con una cierta pesantez en su labio inferior que le daba a su en apariencia prefabricada sonrisa la seducción y la insinuación de inocencia que corresponden a un gran hombre». Mairaux recuerda la frase de Gandhi: «Es el coraje en persona.» Había creído que la modernización de la India, tras el asesinato de Gandhi a manos de la extrema derecha hindú, que no le per­ donó su abominación de las castas y su mano tendida al Pakistán, pasaba por la asociación de la humildad con la épica. «La India, escribió, debe activarse por sí misma, no por las órdenes del go­ bierno.» André Mairaux, enviado por De Gaulle, le había pre­ guntado:

—¿Cuál ha sido la mayor dificultad que ha tenido para go­ bernar desde la independencia? Nehru respondió: «La creación de un Estado justo por me­ dios justos y quizá también la creación de un estado laico en una nación religiosa». Su vida había sido, con todo el respeto para

1. Michael Edwardes, A history of India, Thames & Hudson, Londres,

1961.

2. André Mairaux, Antimemoirs. Hamish Hamilton, Londres, 1967.

Gandhi, una crítica de la religión y su influencia en la política. Para él la palabra religión significaba ceguera de pensamiento, superstición, oscurantismo. «Mire, por ejemplo, señala, nuestro respeto por los animales. Usted sabe que no hay vacas sagradas:

todas las vacas son sagradas. ¡Y ya ve cómo las tratan! ¿Y los monos? Si tuviéramos la suerte de que todos los monos se larga­

Pesan sobre la India más que la

pobreza. ¿Ha visto el templo de los monos de Benarés?» En una cosa estaban por completo de acuerdo Gandhi y Nehru: en su aversión a la ciudad santa de Benarés, el trampolín hindú hacia la inmortalidad. «Me temo que la rueca de Gandhi, añadió en otra ocasión, no es tan fuerte como la máquina.» Después de diecisiete años de maqumismo, la rueca de Gandhi, que figura en la bandera nacional, volvía con Shastri al poder. Sin embargo, por esas frecuentes paradojas de la historia, el diminuto, pru­ dente, afable y recatado Lal Bahadur Shastri, en quien algunos veían el avatar, la reencarnación del Mahatma, fue el encargado de desatar los perros de la guerra contra el Pakistán. Esa era la India belicista que yo conocí a mi llegada en 1965. Después de cruzar el paso del Kyber, pude ver cómo los convoyes pakista- níes se precipitaban hacia Cachemira. Los militares indios se fro­ taban las manos.

ran a China en una noche

5

La cultura de guerra

Era la guerra, la cultura de guerra, la pasión por la discordia. El primer ministro se convirtió de bufón, de epígono del gand- hismo, en un héroe nacional. El tímido, frágil, humilde Shastri sabía hacer la guerra y ganarla. Una tarde en Calcuta, por aque­ llos días, pregunté a Shastri si la explosión de agresividad nado- nal, de patriotismo violento y de sumisión a la guerra no estaba reñida con el espíritu de Gandhi, por su culto a la no violencia. El Mahatma había dicho que si alguna sangre tenía que correr que «fuera la nuestra. Cultivad el ánimo silencioso de los que mueren sin matar. El hombre sólo puede vivir en libertad por su disposición a morir, si es necesario a manos de su hermano. La India deberá conquistar a sus agresores con el amor. Para noso­ tros el patriotismo significa lo mismo que el amor a la humani­ dad». Shastri me miró con una leve y sólo apuntada sonrisa. Tenía la respuesta preparada. —La no violencia de Gandhi no significa, me dijo, la exalta­ ción de la cobardía, al contrario. La «ahimsa» no permite la eva­ sión del peligro. Y si usted ha leído las «sutras» sabrá que el Mahatma prefirió siempre la violencia necesaria a la cobardía.

Al paso de mi tren hacia el frente, entre las charcas y los rebaños de búfalos bajo el obsesivo graznido de los cuervos, las muchachas de saris verdes y azul celeste, las madrinas de guerra se movilizaban para llevar té y «pañi» (agua) a los «jawans», a los gloriosos soldados del general Chawduri. Sonaban los gritos de «Jai Hind» (Viva la India) y «Shastri Zindabab», y los carteles de los andenes ponían en guardia a la población. El enemigo muy bien podía estar dentro. Los sesenta millones de musulmanes se atrincheraban en sus casas con temor a que se repitiera la danza macabra de 1947. Los antiaéreos asomaban sus cañones entre los búfalos. Junto a las tiendas de campaña los soldados escribían a sus fami­ lias. El paisaje del Panjab había visto la brusca irrupción de las máquinas de guerra, de los carros de combate, de los campa­ mentos provisionales, de las sirenas de alarma aérea. Las ambu­ lancias cruzaban a toda velocidad posible sorteando animales, el zoo indio de la carretera nacional, la Grand Trunk Road, can­ tada por Rudyard Kipling. Como decía el geógrafo Halford Mackinder, «la India está gobernada por los monzones». El ciclo de las sequías y las inundaciones se repite como el ciclo infernal de las reencarnaciones, de la contaminación a las purificaciones. La India recibió a Shastri con una de las peores cosechas de los últimos años. En las aldeas camino de la guerra se percibía, en medio de las dificultades, la exaltación del conflicto, la necesidad física de una victoria. Entre las cabañas de adobe, la bosta ama­ sada para secar, los carros de dos ruedas, una mujer ajena a la excitación de los «jawans» y sus uniformes verde olivo, sus fusiles coronados por un pañuelo rojo, preparaba sobre un recipiente de barro el «ghee», la manteca, con el mismo procedimiento que sus antepasados mil años atrás. El hombre trabajaba en el campo por un magro salario, una rupia diaria. Los campos aparecían agrietados, cenicientos, yermos. Faltaban los pozos, las canaliza­ ciones, y una rupia daba para muy poco, ni siquiera para un «seer» (novecientos gramos) de arroz. El trigo podía rebosar en los silos del pueblo vecino, pero no había dinero para comprarlo, antes bien era alimento de las ratas y los cuervos. Las tierras fértiles se reducían ante la erosión. En estas regiones del Panjab

la intensa irrigación artificial a partir de los ríos provocó la su­ bida hasta dos metros del nivel de las aguas subterráneas. Ante la fuerza del sol, la humedad se evaporaba a través de las capas de tierra y se formaba una costra de sal en la superficie. Los agrónomos hablaban de un desierto de sal antes de medio siglo. Pero a los azares de la naturaleza había que unir, en las condicio­ nes de vida de las aldeas, los parásitos, las enfermedades, las bacterias, el cólera, la hepatitis, la transmisión de la tuberculosis por las vacas. El Mahatma se rompió los pies en sus peregrina­ ciones por los pueblos para enseñar los rudimentos de la higiene, el valor de la limpieza. Los niños mostraban sus tripas hincha­ das, los mayores los rastros de la viruela. El dolor, la enferme­ dad eran la obra del destino. Sólo un baño en el Ganges podría curarles. La mujer se veía relegada, segregada a la hora del parto. Sólo después de la cuarentena podría volver a la vida normal en el seno de la familia. El alumbramiento debía tener lugar en una cabaña especial, más pobre y estrecha que la normal. Es muy importante que el niño nazca sobre la tierra, el contacto desde el primer momento con ella. El cordón umbilical se cortaba con una hoz y en los períodos del monzón la parturienta se estreme­ cía bajo las goteras, sobre el fango. Por aquellos años, el men­ saje del control de natalidad apenas penetraba en las aldeas. El hijo constituía muchas veces la única riqueza del pobre, para la familia equivalía a un par de brazos, el seguro para la vejez. Muchas veces la camioneta de la planificación familiar, que cru­ zaba la región una vez al año, pasaba de largo. La información era escasa si no inexistente. En miles de aldeas indias no se ten­ dría nunca noticia de que la guerra había estallado. Tan sólo el director del Panchayat tenía un transistor. El usurero, el «bania», era el auténtico rey de las aldeas. Na­ die se rebelaba contra su dictadura. La gran debilidad de la de­ mocracia india es la ausencia de presión, de protesta, de reivin­ dicación de las capas sociales inferiores. Las masas no exigen. «El peligro de la India no es el comunismo, ha dicho Myrdal, sino la apatía.» Esta pasividad explicable en parte por las creen­ cias religiosas es el opio del pueblo y al mismo tiempo su ana­

tema. De vez en cuando, las masas indias salen de su letargo, de su aceptación de las cosas por decreto divino y estallan de forma incontrolable. No es cierto que el indio sea menos agresivo que el resto de los pueblos. Muchas veces su calma es consecuencia de la opresión, de la subalimentación. El agua se pierde. Cuando llegan las bombas de agua no hay electricidad para bombearla. Cuando se logra una buena cosecha va a parar en parte (arroz, trigo, fruta, legumbres, flores) a la *puja», la ofrenda a los dioses. Son los dioses mejor alimentados del mundo en el infierno de los «harijans», los intocables. Du­ rante las épocas de escasez, como la de 1965, la de 1967, los campesinos se comieron las simientes. El «tari», el alcohol de pal­ ma, les ayudaba a olvidar, hasta que el «zamindari», el señor de las tierras, les llamaba a los arrozales. Su existencia dependía del monzón y del landlord, el terrateniente. Mientras tanto los hom­ bres mastican raíces. El terrateniente no trabaja. Para su casta el trabajo manual con las manos es degradante. No hay posibilidad de huir de la aldea, tan sólo a veces aparejar los bueyes y mar­ char hacia el bosque para recoger leña. «Si cambiáis de vida en este mundo, amenazan los señores feudales, no seréis reencarna­ dos en el otro.» Sólo en períodos electorales interesaban estas criaturas con derecho a voto. Los agentes electorales llegaban hasta el «zamindar» con sus papeletas y sus símbolos y su puñado de rupias. A lo largo de las estaciones los campesinos acudían para el reclutamiento, las mujeres con lo poco que tenía, el agua, el té, un manojo de legumbres, una flor. En las grandes ciudades, con las medidas de oscurecimiento, la improbable amenaza de un raid aéreo del enemigo, el desfile de los soldados, la guerra sacudió a los indios. Habían perdido su cachaza habitual y los encontraba asustadizos, hipersensibles, nerviosos o agresivos. En Nueva Delhi, con la ciudad apagada, el caos era de imaginar. Las brigadas de voluntarios, encargados de vigilar el black out, rompían a gritos el silencio de la noche y los coches con los faros apagados embestían a las vacas sagradas. Era como si de pronto todos hubieran perdido el sentido de la orientación. Por la mañana, los carteles pegados en las paredes nos declaraban la guerra a los corresponsales de guerra. En las

ciudades del Oeste encendidas por el fanatismo se quemaban los semanarios norteamericanos. La vida en Delhi, tan llena de sos­ pechas y restricciones, se tornó inaguantable. Todo el mundo estaba de un humor de perros. La consigna a voces era «Crush Pakistan» (Aplastar Pakistán) y Gandhi el santo, el último ava- tar de Visnú, una estatua de bronce en Calcuta. Ya en diciembre de 1961 Nehru ocupó manu militari los enclaves portugueses de Goa, Diu y Damao. Después, la revuelta tibetana, fomentada al menos en parte por la India, desencadena una oleada de senti­ miento antichino que le hace escribir a Tibor Mende1: «Era pa­ radójico y triste observar que ningún grupo llamaba con más en­ carnizamiento a la guerra contra China en aquellas regiones leja­ nas y casi inaccesibles que ciertos antiguos discípulos de Gandhi. De manera más o menos perceptible, la indignación justificada contra China se identificaba con la oposición a la coexistencia, a la neutralidad, a los conceptos socialistas de ia planificación in­ dia, en una palabra a todo lo que se asociaba al nombre y a la política de Nehru». En plena campaña electoral de 1962 los manifestantes exigían la defensa de las fronteras, el reconocimiento chino de la línea Mac-Mahon, la protección del «sagrado suelo» de la India. «Vo­ ces furiosas estigmatizaban toda tentativa de negociación si las reivindicaciones de la India no eran satisfechas de antemano.» Pero el abrazo de Nehru y Chu En-lai en Bandung pertenecía al pasado. La delimitación de una frontera de 3.700 kilómetros, con argumentos legales válidos de un lado y otro, debía traer abundantes motivos de controversia. China declaró ilegal la lla­ mada línea Mac-Mahon. De esta forma empezó a deteriorarse el «panch sila», los cinco puntos de la coexistencia pacífica. Las relaciones comenzaron a enfriarse en 1957 después de la insu­ rrección de los Khampas tibetanos. La India jugaba con fuego. El ejército estaba drenado por las consignas neutralistas de Nehru. En 1959 empeoraron las relaciones entre los dos países cuando el Dalai Lama huye a lomos de yak de la ciudad santa de

1. Tibor Mende, Un mundo posible, Fondo de Cultura Económica, Mé­ xico, 1966.

Lasa, para instalarse en Nueva Delhi entre el entusiasmo de las masas indias, que le recibieron en triunfo. En agosto de 1959, un soldado indio de la guarnición de Longju, en la línea Mac- Mahon, murió en el curso de una escaramuza. Después, diez soldados indios, que patrullaban por la zona desarmados, murie­ ron en el territorio en disputa de Ladak, a disparos de los guar­ dias chinos. La ruta estratégica a través de Aksai Chin, cons­ truida por Pekín, es un hecho. Nueva Delhi insiste en que el ejército popular chino quiere franquear la línea Mac-Mahon, la frontera «colonial» de la India, y que despliega un formidable dispositivo militar frente a unas humildes unidades inedias de vi­ gilancia de fronteras. El Estado Mayor indio concentra cinco di­ visiones de montaña, pero la conciencia de superioridad del mi­ nistro de Defensa Menon es tal que mantiene el ochenta por ciento de sus tropas en el frente del Pakistán. A la hora de la verdad, el 20 de octubre de 1962, una fecha negra en la historia de la India independiente, al producirse los combates, las divisiones de montaña de Nehru se derrumban. En Calcuta cunde el pánico, el flap, como en El Cairo ante la lle­ gada de los carros de Rommel durante la segunda guerra mun­ dial. La India es vulnerable. La ambigüedad de la coexistencia y el rearme, entre la rueca de Gandhi y el cañón, se extingue en la guerra de 1965. Ese será hasta el conflicto por Bangladesh el papel de la hija de Nehru. En el Himalaya las tropas indias se baien en retirada. Todos temen que Pekín prosiga su ofensiva y que Pakistán aproveche la ocasión. Nehru lanza un SOS a Was­ hington y a Moscú. Los rusos envían material, aviones Mig 21, y Estados Unidos presiona sobre el mariscal pakistaní Ayub Khan para que no saque provecho de esta inesperada oportunidad. El mariscal pakistaní no se mueve, «y pierde la oportunidad histó­ rica de entrar en Cachemira».1 De pronto los chinos detienen su ofensiva el 22 de noviembre de 1962. Su advertencia había bastado. No albergaban propósi­ tos anexionistas. Además, la rápida ayuda de Moscú a la India

1 Fran^ois Massa, Bengale, histoire d ’un conflit, Editions Alain Moreau,

París, 1972.

fue suficiente para que Pekín considerara como cumplidos sus objetivos. En la India las calles hervían de indignación. Había que buscar un chivo expiatorio y muy a pesar suyo Nehru lo tenía a mano. El ministro de Defensa Menon cesó en octubre. La In­ dia, que ha jugado el papel de gran potencia, que extiende su autoridad moral por el Tercer Mundo en base a la coexistencia y a las difusas doctrinas de Gandhi, ve humillado a su ejército, permeables sus fronteras del nordeste. En la derrota no le falta­ ron a la India las voces de ánimo. La Reina de Inglaterra quizá aconsejada por lord Mountbatten, el ex virrey de la India, dice en su discurso del trono: «Mi gobierno ha visto con indignación el asalto de las tropas chinas sobre territorio indio y apoya total­ mente la decisión de la India de defender sus fronteras*. El con­ servador «Daily Telegraph» titula: «El enemigo de la India es nuestro enemigo». Los chinos evacúan las posiciones conquista­ das. El monzón se acerca, registran fallos en sus líneas de aprovi­ sionamiento de larga distancia, temen la intemacionalización del conflicto y se retiran. Para la India comienza un doloroso exa­ men de conciencia. Hay que elegir entre el «panch sila», la coe­ xistencia, y el rearme, entre los cañones y el arroz. Un pacifista, el sucesor de Nehru, elige los cañones. La prueba de fuego fue la guerra de 1965. En las estaciones, en las cantinas con té, pastas gratis y la «vara», una especie de buñuelo relleno de salsa de tomate, para los «jawans» las enormes teteras soltaban vapor como las propias locomotoras. Las tropas de refresco esperaban la salida en los vagones de tercera. La llamada a la fraternidad entre hindúes y musulmanes por parte de Gandhi se saldó con el fracaso y fue víctima también de un editor extremista, hindú y brahmán como él. Pero se observaban en 1965 otros síntomas irreversibles. El gandhismo, movimiento básicamente antiintelectual, natura­ lista, moralizante, que pedía una vuelta a las raíces rurales y campesinas, a la rueca, la alimentación con leche de cabra y el desdén por las cosas materiales vivía el tímido asalto de las socie­ dades de consumo aunque en la inmensa India esta penetración es más difícil de advertir. Ahora lo que veía ante mí era la fasci­ nación por los bienes terrenales, un coche «Ambassador», un

electrodoméstico, un reloj, un transistor y la euforia de la gue­ rra. «Me gustaría repetir sin cesar, dijo Gandhi en 1931, que no compraré la libertad de mi país al precio de la violencia. Mi unión a la “ahimsa” es hasta tal punto absoluta que preferiría suicidarme antes que cambiar de opinión sobre esta materia.» Las hostilidades se abrieron en el desierto de Rann del Kuch y en agosto de 1965 el entonces ministro pakistaní de Asuntos Exteriores, Bhuto, infiltró a sus comandos, «mujahids», en Ca­ chemira. Bhuto esperaba que su sola presencia en la Cachemira de mayoría musulmana provocaría una insurrección general. La operación se llamó «Gibraltar», pero en Cachemira no se movió un alma. Es gente más bien pacífica que prefiere vender pañue­ los que pasan por un anillo, alfombras, manteles, bufandas o recibir a los turistas que visitan el lago de Navin y sus casas flo­ tantes. Una mañana, sobre una «tonga», los agentes secretos del Frente del Plebiscito me llevaron con sigilo y unas excepcionales precauciones propias de una película de misterio hasta su diri­ gente el señor Hamadi. Me vendaron los ojos y pocos minutos después me encontré frente al Abd el-Krim asiático que, sentado en un jardín, fumaba el narguilé. —Cachemira es y ha sido siempre musulmana, me dijo. Si la India está tan segura de que este pueblo le sigue, debe permitir un referéndum supervisado por las Naciones Unidas. —La India, señor Hamadi, ha estallado, advertí, por la pene­ tración de comandos pakistaníes que llegaban a liberar desde el Pakistán este territorio. Ha sido un casus belli para la India, que invoca ahora argumentos de defensa propia. —Esta frontera, respondió, es artificial: si vienen del otro lado es porque son nuestros hermanos, pueden hacerlo cuando les apetezca. Las familias están repartidas, unos aquí y otros allí. En cuanto a esos comandos, nosotros no los hemos visto. ¿Los ha visto usted, acaso? El gobierno indio está arruinando nuestro comercio, no vendemos chales ni vienen ya los turistas, sólo sol­ dados y más soldados. Lo que ocurre es que los Nehru, que son de aquí, no quieren ceder Cachemira. El secreto se acabó cuando los bravos guerreros que me re-

clutaron en una peluquería y me llevaron hasta allí se trocaron en hábiles comerciantes. Con el mismo ardor que defendían la Cachemira autónoma o pakistaní pasaron a ofrecerme el ca­ tálogo de sus chales y alfombras. —Le haremos un precio especial, ya que usted se interesa por nuestra causa. Al envío de los comandos siguió un ataque masivo en el sec­ tor de Jammu. A la operación Gibraltar de los «paks», Shastri respondió con la Operación Riddle. El Estado Mayor indio no tenía otra opción que reocupar el paso de Haji Pir, al que llegué con las primeras columnas de refuerzo, después de que me pu­ sieran en libertad en Jullundur. ¿De quién fue la orden de ata­ que al Pakistán en septiembre de 1965? Se dice en la India, y Kuldip Nayar recoge esta impresión, en su libro, que Shastri, el primer ministro del que los indios se reían en los noticiarios cine­ matográficos, necesitaba una prueba de fuego para demostrar su determinación y su coraje. ¿Por qué de Nehru nunca se reía na­ die? Shastri buscaba el «darsham» de Nehru, la comunión espiri­ tual con las masas, el flechazo del carisma, la fascinación de la mirada. El periodista Robert Trumbull, que vivió siete años en la India y siguió al Pandit en sus baños de multitud, nos cuenta las características del «darsham», del magnetismo de Nehru:

«He observado a docenas de personas, todas harapientas, mien­ tras miraban fijamente a Nehru, durante más de una hora, sin apartar los ojos de su rostro ni un solo instante, sin apenas mo­ verse mientras le escuchaban, pronunciando un discurso en un idioma que muy pocos podían entender». Shastri buscaba el «darsham» de Nehru. La guerra era su oportunidad. Cuando or­ denó al general Chawduri que los blindados marcharan hacia Lahore los indios dejaron de reírse de Shastri. El gorrión tenía agallas. La paloma se convertía en halcón. Ahora la India se preguntaba qué hubieran hecho Gandhi o Nehru en su lugar. Indira Gandhi respondió a esta pregunta afirmativamente: «Hu­ bieran hecho lo mismo que Shastri, obedecer el criterio de los jefes militares».1 Pero otras voces disentían de esta impresión.

1. Kuldip Nayar, India after Nehru, Vikas, Nueva Delhi, 1975.

Nehru era partidario de mantener la pólvora seca con Pakistán. Una guerra hubiera traído la ruina a todo el subcontinente y complicado sobremanera los problemas internos en el frente in­ terno indomusulmán. La guerra de los pobres duró poco tiempo y no dejó de ser una escaramuza de fronteras. Ninguna de las dos partes logró penetrar más allá de cinco o seis kilómetros en territorio ene­ migo. Las incursiones aéreas cesaron pronto a falta de combusti­ ble y repuestos. La guerra duró 21 días. Los estrategas sabían que una guerra entre los dos países vecinos no podría prolon­ garse más allá del radio de acción de veinticinco o treinta kiló­ metros; pero el conflicto de 1965 demostró que para la India, Cachemira no era negociable. Las dos partes clamaron por la victoria. La India había dado el primer paso para quebrar la amenaza del Pakistán, que sentía desde el mismo día de la parti­ ción, cuando Ali Jinnah, el huesudo padre de la patria pakistaní, dijo: «Los hindúes adoran a las vacas, yo me las como». Indira Gandhi completó aquel primer paso al ordenar a sus legiones en 1971 que entraran en Bangladesh. Junto a los campesinos de la región había soldados con perros lobos para detectar paracaidistas enemigos. En Patankot tomé un autobús hacia Srinagar, la capital de Cachemira. Mi compa­ ñero de asiento, vestido como «Gunga Din», llevaba dos zorros disecados en una cesta y una escopeta de doce milímetros. Otros cañones de escopetas de caza asomaban también en el resto de los asientos. «Las escopetas sirven habitualmente para cazar el zorro, muy abundante en estas regiones, me dijo mi compañero de viaje, pero ahora vale también para cazar infiltrados y para­ caidistas.» En varios puntos la carretera estaba cortada por los efectos del bombardeo pakistaní. Varios carros de combate y una do­ cena de camiones militares aparecían incendiados en la cuneta. Al día siguiente, los militares se paseaban por el sector de Sial* kot, convertido en cementerio de tanques. El jefe de las fuerzas armadas indias, Chawduri, afirmaba con orgullo que la India ha- bía destruido 471 carros enemigos. «Y querían llegar en cuatro

días a Delhi

»,

afirmaba con sorna. Los tanques Patton de

48 toneladas yacían con sus torretas desmochadas t o ­ zales. «Los pakistaníes no han aprendido a manejar los sofistica­ dos Patton. Son como analfabetos ante una edición de lujo de la Divina Comedia», me decía un experto indio en cuestiones de defensa. Pero otro tanto podía decirse de los militares indios. El nivel técnico de las dos fuerzas, surgidas del Ejército de las In­ dias y que seguían con fidelidad las tradiciones militares británi­ cas, era parecido, pero ambas tenían dificultades para emplear bien el material moderno a su alcance. Al recorrer las trincheras comprobé que la moral de las tropas indias mejoró sobre las que huyeron ante el ataque chino en la NEFA. Si Pakistán reclutaba a sus hombres para la primera línea de fuego entre los feroces guerreros baluchis, patanes o panjabíes orientales, la India los buscaba entre los rajputs, los siks, los panjabíes occidentales. La potencia de fuego era sin embargo superior en el lado indio. El ministro de Defensa Chavan decidió olvidarse de las reservas mentales de los gandhianos más fieles para construir un pode­ roso ejército. El presupuesto anual de defensa era de 220 millo­ nes de dólares. La guerra de 1965 puso en pie de guerra 830.000 hombres, a los que había que añadir 50.000 reservistas y otras fuerzas paramilitares, 40.000 territoriales y 100.000 del Cuerpo de Seguridad de las Fronteras. La gran batalla de carros se dio en Sialkot, considerada hasta entonces como la más salvaje desde El Alamein. La suerte de la guerra era ligeramente favorable a los pakistaníes, en especial si tenemos en cuenta que estaban peor armados, contaban con menos municionamiento, carbu­ rante y piezas de recambio. Rechazaron la ofensiva india sobre Lahore, contuvieron la de Sialkot y mantuvieron los avances en Cachemira logrados en los primeros días. Pero por ninguno de los dos lados las ventajas fueron sustanciales. Para mí la sorpresa fue comprobar la facilidad de la penetración de la cultura de guerra en el país de Mahatma Gandhi. En poco tiempo la India se movilizó para descubrir enemigos debajo de los «charpoys», las camas de cuerda de yute, y contribuir al esfuerzo de guerra. Los pobres fueron los más generosos. Los diarios se poblaron de la histeria y el lenguaje de la guerra, objetivos estratégicos, bol­ sas de resistencia, aviones Sabré, tanques Sherman, cobertura

aérea, divisiones blindadas y motorizadas, ofensivas y contrao­ fensivas. pérdidas irreparables del enemigo, cañones de 150, de­ fensas anticarro y toda la jerga bélica desconocida hasta enton­ ces. Pero aunque los periódicos no lo cuentan, la guerra de 1965 fue una nueva lección para las fuerzas armadas indias.-Se come­ tieron errores de táctica y estrategia. Un general sufre consejo de guerra por la destrucción del puente de Dera Baba Naval, Dunn será relevado del mando por su fracaso en Sialkot y el Jefe del Estado Mayor Chawduri no permanecerá mucho tiempo más en el mando. Decenas de oficiales son pasados a la reserva y en el momento de hacer un balance de las operaciones, el Estado Mayor indio comprueba que el general Ayub Khan podría haber lanzado a sus tropas al asalto de Cachemira o a sus blindados por la Grand Trunk Road hacia Delhi de no haber faltado los suminis­

tros. El Ejército indio hará que estas lagunas y debilidades no se repitan para poner en pie un ejército potente y moderno. «La ola de nacionalismo que descarga sobre la India, escribe Fran§ois Massa, exasperada por dos derrotas sucesivas, va a proporcio­ narle los medios financieros y políticos para esa transfor­ mación.» Aunque la derrota parcial no fue tan evidente para las masas, distraídas por la propaganda, el ejército extrajo sus consecuencias. Las pérdidas no habían sido cuantiosas en hom­ bres. Russell Brines cita fuentes norteamericanas y habla, en su

200 carros de combate destruidos, 150

dañados y averiados por parte pakistaní; o sea un tercio de su potencial blindado, y 20 aviones destruidos, para la India, entre 175 y 190 tanques destruidos, 200 más o menos fuera de com­ bate, entre 65 y 70 aviones perdidos. En cuanto a las bajas en vidas humanas, las fija en 4.000 muertos entre las filas indias y 1.800 en el Pakistán. La rápida destrucción de la maquinaria de guerra explica el éxito casi inmediato de las Naciones Unidas y de las potencias mediadoras para la firma del alto el fuego. Lal Bahadur Shastri era recibido en triunfo. «Jai Jawan, Kisan», con vivas al soldado y al campesino. Sus dos próximos objetivos estaban claros, la consolidación del ejército y la fabo-

libro sobre la guerra,1 de

1. Russell Brines: The Indian-Pakistan conflict, Pall Malí Press, Londres, 1968-

cación de la bomba atómica, la forcé de frappe india. La bomba no entraría en los proyectos de Gandhi pero tampoco en los de Nehru. Después de la guerra con Pakistán, el primer ministro pregunta a la Comisión de Energía Atómica por el plazo máximo para la construcción de la bomba. «Cuando supe, afirmó Gandhi, que la ciudad de Hiroshima había quedado aniquilada por una bomba atómica, no dejé que se transparentara en mí ninguna emoción. Dije sencillamente: “La humanidad corre ha­ cia el suicidio si el mundo no adopta la no violencia”.»1 En un documento que escribió y difundió clandestinamente «para guía de amigos y seguidores», el Pandit Nehru expuso también sus puntos de vista sobre la carrera nuclear: «Esta es la trágica para­ doja de esta era atómica y de los sputniks. El hecho de que sigan haciéndose pruebas nucleares, aún sabiendo los grandes daños que causan en el presente y los que causarán en el futuro; el hecho de que se fabriquen y se almacenen armas de todas clases para producir la destrucción en masa, sabiendo que, utilizándo­ las, se podría llegar al exterminio de la raza humana, pone a la luz esta paradoja con aterradora claridad. Las ciencias adelan­ tan, añadía Nehru, mucho más allá de la comprensión de una parte muy grande del género humano, y plantean problemas que muchos de nosotros no somos capaces de entender y menos aún de resolver. En esto radica la lucha y la conmoción internas de

Por una parte se manifiesta este grande y predo­

nuestro tiempo.

minante progreso de la ciencia, de la tecnología y de las múlti­ ples consecuencias de ambas, y por otra, un cierto agotamiento mental de la civilización misma». La respuesta del sabio atómico indio doctor Homi Bhaba no se hizo esperar desde Trombay. La India volvió por poco tiempo a preguntarse si Nehru hubiera hecho explosionar la bomba. Es­ taba en contra de todas las pruebas de superficie y subterráneas pero no del uso nuclear para fines pacíficos. Si China tenía su bomba desde octubre de 1964, no había razón alguna para que la India no desarrollara la suya. De esta manera, uno de los países

1 Pyarelah Mahatma Gandhi. the lastphase, Navajivan PublishingHouse, Ahmcdabad, 1956.

más pobres del mundo ingresó con el número seis en el privile­ giado club de los nucleares. Hubo alguna tímida y pronto olvi­ dada protesta. La India entró en el club sin mala conciencia. Todos los ministros estaban a favor de la bomba y nadie se atre­ vió a esgrimir la carta que Nehru envió en mayo de 1957: «Bajo ninguna circunstancia construiremos la bomba. Es increíble que mientras todo el mundo está de acuerdo en que una guerra en la que se utilicen armas termonucleares será fatal para la humani­ dad, las grandes potencias continúan con sus pruebas y almace­ nan sus bombas atómicas y de hidrógeno. La Unión Soviética ha pedido que cesen las pruebas y que se destierre la posibilidad de una guerra nuclear y hace muy pocos días ha llevado a cabo nue­ vos experimentos en su territorio. Los Estados Unidos anuncian también una serie de pruebas y la Gran Bretaña hará estallar una bomba de hidrógeno cerca de las islas Marshall a pesar de las protestas generalizadas. Parece que no hay lógica ni razón en todo esto, sólo miedo, sospecha y odio. El mundo no resolverá sus problemas si estos criterios son los que mueven a los gobier­ nos o a los pueblos. Einstein, que comenzó el desarrollo de la ciencia que condujo hasta la bomba de hidrógeno, dijo una vez que el único camino para controlar la fuerza nuclear era contro­ lar la mente y el corazón del hombre». Pero Shastri, en su papel recién estrenado de San Jorge que terminaría por vencer al dra­ gón chino y al pakistaní, hizo tabla rasa de las teorías de Nehru y ordenó que le fabricaran una bomba, de igual fuerza que la que Estados Unidos lanzó sobre Nagasaki. No tuvo el placer de dis­ frutarla. Murió en la noche del diez al once de enero de un ata­ que al corazón, en la ciudad rusa de Tashkent, adonde le habían llevado, junto con el mariscal Ayub Khan, los buenos oficios de Kosygin. Después de intensas y duras negociaciones se llegó ala Declaración que no al Acuerdo de Tashkent. Shastri, que sufría del corazón, no pudo resistir las emociones de aquellos días en los que Pakistán deseaba revisar el caso de Cachemira y la India sólo estaba dispuesta a negociar la retirada del paso de Haji Pir y Tithwal y a firmar un pacto mutuo de no agresión. El hombre de apariencia débil, que afirmó en una ocasión «Nadie puede suce- der a Nehru, sólo nos queda seguir sus pasos y trabajar humilde*

Mohandas Gandhi y su hermano Laxmidas en 1886. Fue un estu­ diante tímido y apocado hasta que viajó a Londres para estudiar Derecho.

Después de haber intentado durante su estancia en Londres convertirse en un dandy el Mahatma se vistió como los in­ dios y apareció así ante el rey de Inglaterra en Buckingham. "El viste por los dos», afirmó Gandhi.

El «darshan» de Gandhi. Las masas necesitaban verle y tocarle como a un sarito para su purificación, pero el último año de su vida se sintió decepcionado. Ha­ bía predicado en el desierto.

A pie o en tren, en tercera, Gandhi recorrió miles de kilómetros de la India que él quería. Se propuso resucitar las aldeas.

Los dos Gandhi. Indira sentada al pie de la ca­ ma del Mahatma en uno de sus periódicos ayunos. Como primera ministra Indira rompe­ rá con las enseñanzas del Mahatma aunque se servirá de ellas cuando lo necesite.

Todo lo que el Mahatma Gandhi dejó al morir asesinado por un fanático hindú en 1948. Los tres monitos, para alcanzar la felicidad no hay que ver nada, decir nada, oír nada, el libro sagrado, el G ita , el reloj inglés, las gafas de montura de metal, las sandalias del caminante, la aguja de la rueca

Un día, al inaugurar un pantano afirmó: «Estos son nuestros templos». Nacía una nueva India.

Indira Gandhi y Gamal Abdel Nasser, el espíritu de Bandung. Indira llegó al poder en 1966 y pronto gobernó el país con mano de hierro. Ella quería ser Juana de Arco.

La India para los turistas: el encantador de serpientes. El Maidan de Calcuta, la atracción de los viandantes los días en que no hay «hartal», huelga, o manifestación política.

Millones de carabaos y vacas sagradas. La India de las 700.000 aldeas apenas si ha cambiado la piel.

La India es la décima potencia industrial del mundo pero su destino se juega en las aldeas, a ardías de los grandes ríos, en una economía de subsistencia.

Estaciones de la India. Indira Gandhi desató el «Garibi Hatao». la lucha por la abolición de la pobreza, pero el espectáculo no cambió en las aceras.

La cremación de un cadáver a orillas del río sagrado.

El autor cerca del Kyber Pass, entrada a la India de todas las invasiones histó­

ricas.

Las represalias en Bangladesh, 1971. Uno de los biharis colaboracionistas con el régimen militar del Pakistán es «cazado» en la selva y torturado en la ciudad de Kulna.

La guerra entre la India y Pakistán de 1965 sorprendió al autor Manuel Leguineche en Calcuta. Desde allí se trasladó al frente de Haji Pir en las posiciones reconquistadas por los soldados indios.

El consultorio de control de natalidad, se hizo siempre de forma

hasta que apareció el hijo de Indira Gandhi, Sanjay, con sus métodos de esterili­

voluntaria

zación.

El marajá de Jai- pur con Jacqueline K ennedy. IndifO Gandhi acabó con los últim os restos de poder de los to­ dopoderosos rua­

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mente», se había convertido en un hábil e inflexible negociador. Ahora, su cuerpo, más empequeñecido que nunca, estaba en una dacha de Tashkent sobre una inmensa cama. Los enviados especiales de los diarios indios vaciaron los búcaros de flores y las desparramaron sobre el cadáver de su primer ministro. Allí estaba, sobre el aparador, el termo de agua que había intentado abrir cuando sufrió el infarto, los platos de espinacas y patatas que apenas había probado. Nayar cuenta que nada más firmar la Declaración reunió a los periodistas indios para decirles: «Estoy en sus manos. Si escriben a favor, el país aceptará la Declara­ ción». Después pidió que le pusieran con su familia en Delhi. La reacción de ésta ante la firma era negativa. Su yerno habló poco, su hija Kusam respondió lacónicamente: «No nos has gustado». Lalita, su esposa, ni siquiera quiso ponerse al teléfono. «Ni a mi familia le ha gustado. ¿Qué dirán los demás?» La familia de Shastri todavía cree que fue envenenado. Ahora los políticos in­ dios se preguntaban «Y después de Shastri, ¿quién?» La lucha por el poder había comenzado de nuevo.

6

Los tres ismos

La batalla par la sucesión se planteó con crudeza y nudas artes. El debate ideológico tenía a Morarji Desai a la derecfea, Indira, la hija de Nehru, a la izquierda, en tm choque de perso­ nas y personalidades en el que intervino el tráfico de influencias. En esta batalla encubierta estaba permitido todo, intrigas de pa­ sillos. promesas de doble filo, pactos contra natura. Indira Gandhi luchaba con el viento a favor. En el encarnizado cuerpo a cuerpo entre Indira y Morarji, hubo un personaje, Kamaraj, que no hablaba ni el inglés ni el hindi, que hizo el trabajo sudo para la hija de Nehru. Más tarde se arrepintió por la afición que Indira le tenía al poder absoluto y su cicatería en las recompen­ sas. Pero hizo una astuta exposición de su programa de gobierno con atendón a todos los tópicos al uso, Mahatma Gandhi, Neh- ni, Shastri, en una correcdón populista hada la izquierda del primer ministro fallecido en la capital del Turkestán. El con­ senso se reveló imposible y por primera vez en el Congreso hubo que recurrir a la votación para elegir al primer ministro. Indira Gandhi obtuvo 355 votos. Morarji Desai 169. Así empezaba la irresistible ascensión de la mujer que admiraba a Juana de Arco. Al pueblo le paredó una elecdón natural, la herenda del presti-

gio de Nehru, la continuidad en el cambio. Los partidos políticos se dividieron. Para la derecha hinduista del Jan Sangh o el par­ tido de la patronal, el Swatantra, se había elegido a una peligrosa simpatizante de Moscú. La izquierda la prefería al «dinosaurio» Morarji Desai. El partido del Congreso no se recuperaría del efecto de esas escaramuzas. Algunos partidarios de Gandhi interpretaban criti­ camente las peleas por el poder y la codicia de los ministros que solicitaban coches de importación y ocupaban los mejores pala­ cios. Los problemas de la India seguían intactos, la economía, el secesiónismo, el galimatías lingüístico, la agitación entre hindúes y musulmanes, el desempleo, el déficit del comercio exterior. La primera fase de Indira en el control del poder fue dubitativa, vacilante, como si el poder y el conjunto de los problemas la desbordaran. Después se afianzó con mano dura, una dosis fuerte de pragmatismo. En esto llegaron las elecciones genera­ les. El invierno de 1967 acaba de pasar sobre Nueva Delhi. En el Parque Central, a la sombra del monumento a Sardar Patel, el político conservador adversario de Nehru que hubiera juzgado con disgusto las veleidades izquierdistas de Indira Gandhi, o so­ bre el campus de la plaza Connaught, los burócratas de la capital echan la siesta, juegan a los naipes, escuchan la radio, pero sobre todo discuten de política. Congreso sí, Congreso no, Indira sí, Indira no. Muy al estilo Hyde Park, tumbados sobre el césped mastican el «pan», la hoja de betel con nuez de areca mientras hacen tiempo hasta que se abran las oficinas. Esta es la mejor época del año cuando los vientos fríos, cortantes del Himalaya dejan de barrer la ciudad de punta a punta. Se habla del tiempo bonancible. Se habla del último suicidio espectacular: seis niñas de la escuela de Kalupati, atadas unas a otras por las trenzas, se han suicidado arrojándose a un pozo. Habían obtenido malas notas en los últimos exámenes. Una sociedad cada vez menos gandhiana y más competitiva redobla sus exigencias. Por lo que observo se habla también en los parques de Nueva Delhi de la pedrada en pleno rostro contra Indira Gandhi, de la campaña electoral en Bubaneswar, la capital de Orisa, el estado de Jos tigres antropófagos, de los templos de hace mil años, los

montes azules, las playas tranquilas. Son las cuartas elecciones en la historia de la India independiente. El juego limpio se ha acabado. Ahora mandan la pedrada y el ladrillazo. Las bandas extremistas del Jan Sangh apedrearon a las del Congreso cerca de la estación de Howra, en la margen derecha del río Hoogly, y los comunistas de izquierda lapidaron a los comunistas de dere­ cha en el estado de Andra Pradesh. En medio del furor no se libraron de las piedras ni los ministros, los candidatos, las cara­ vanas de los candidatos, ni el rostro de la futura primera minis­ tra, alcanzada en la plataforma electoral en Bubaneswar, la me­ trópoli de los templos. A nadie se le hubiera ocurrido en 1962 lanzar una piedra contra Nehru o Shastri, que hasta la guerra contra el Pakistán era más capaz de inspirar la compasión que la ira de su pueblo. Pero Indira heredó un país de 500 millones de habitantes en estado comatoso y un partido desgastado por la rutina y la corrupción, fragmentado e incapaz. En su campaña electoral, la hija única de Nehru repitió su argumento favorito:

«O yo o el caos». El totum revolutum de la oposición, tan frac­ cionada o más que el Congreso, favorecería otra vez el triunfo del partido de la Independencia. Los jerarcas del partido (aun­ que dislocado por las luchas intestinas, era el mejor organizado) todavía discutían sobre Indira Gandhi. En los siete días que du­ raron las elecciones nacieron en la India 245.000 personas. A las zonas rústicas menos accesibles, los partidos, con una maquina­ ria electoral suficiente, llegaban con sus banderas, sus símbolos y sus rudimentarios métodos audiovisuales en petición de votos. El 95 por ciento son analfabetos. Una vez cada cinco años se sienten gente importante, escuchan las argumentaciones de los candidatos y exclaman con orgullo: «Queremos escuchar a todos antes de decidir a quién votamos». Después, muchos de ellos venden su voto al que paga mejor. Entre las masas subproleta- rias de Bombay, Madrás, Calcuta, los partidos presionan para lograr el compromiso, la toma de conciencia. Desde las orillas del río sagrado, el Brahmaputra, o el Ganges, hasta el cabo Co- morin, en el vértice de la cuña india, se extiende la protesta so­ cial. En Kerala, el estado más católico y al mismo tiempo el más comunistizado de la India, el PCI volverá a ganar. Su líder, Ra-

mamurty, clama desde Trivandrum, el paraíso tropical de las 600 clases de árboles, por-una «revolución cultural que transforme la India». Kerala, el primer lugar en el mundo donde los comunis- tas llegaron al poder en unas elecciones democráticas, es el es­ tado más alfabetizado de la India. El partido del Congreso volvió a ganar con 281 votos, mayo­ ría por 21 en la Cámara Baja del Parlamento, el Lok Sabha, frente a los 364 obtenidos en 1962. El partido perdió la mayoría en ocho estados. De nuevo se planteó la lucha por el poder y de nuevo fue Indira Gandhi la vencedora frente a un irreductible Morarji Desai. En su discurso de toma de posesión, Indira trazó un cuadro más bien nebuloso de su programa de gobierno, de­ mocracia, libertad, igualdad de oportunidades, laicismo, justicia social. Pronto acuñaría su emblema del «Garibi Hatao», la lucha contra la pobreza, que sus enemigos transformaron más tarde en «Indira Hatao», acabar con Indira. Los cronistas políticos de Delhi observan que la palabra mágica «socialismo» ha desapare­ cido de su discurso. Su segundo mandato se abre con la agitación en las calles de la derecha religiosa que protesta contra el sacrifi­ cio de vacas, toros y búfalos. Los «sudras», los artesanos, los «ha- rijans» del Mahatma Gandhi, los intocables sufren el asalto de las tres castas dominantes, los brahmanes, los guerreros «kashtriyas» y los comerciantes, los «vaisias». Su gestión está plagada de barre­ ras y sustos. Los naxalitas alzan bandera revolucionaria al norte de Bengala. «El poder, dicen como Mao Tse-tung, está en la punta de la boca del cañón y no en la papeleta del voto.» Pero Indira, como hizo su padre con la rebelión comunista de Telengana, adonde no dudó en enviar el ejército, ahoga en sangre ese levan­ tamiento maoísta. Si el partido comunista argentino o boliviano no secundaron el intento de «Che» Guevara de crear «muchos Vietnam» desde las montañas de Bolivia, lo mismo hizo el par­ tido comunista ortodoxo de Jyoti Basu desde Calcuta. La res­ puesta del gobierno no es precisamente la «ahimsa», la no vio­ lencia. Las organizaciones internacionales de defensa de los de­ rechos humanos denuncian los excesos que se cometen en las cárceles de Bengala. La primera ministra quiere situarse en el centro, lejos de la extrema derecha hinduista y el aventurism o de

izquierda; pero los empresarios y las grandes firmas industriales le acusan de que los trata «como leprosos». Por otro lado, las huelgas se multiplican. El partido del Congreso se agrieta en dos, derecha e izquierda. Para la derecha, Indira Gandhi se des­ plaza, con la ayuda de sus «consejeros rojos», hacia el comu­ nismo. Los jóvenes turcos apoyan a la primera ministra y Mo­ rarji Desai es su enemigo. Este es el esquema del gobierno de Indira Gandhi, las dificul­ tades propias del inmenso país de los quinientos idiomas distin­ tos y las sacudidas en el interior del viejo partido. Para colmo de males la muerte del presidente de la India, Zakir Husain, preci­ pita una nueva lucha por el poder. En el país de los 500 millones de habitantes con que cuenta la India a finales de los años se­ senta las luchas políticas se centran siempre en los mismos hom­ bres. Morarji Desai quiere ahora ser el presidente pero Indira patrocina a su leal Jagjivan Ram, el intocable, al que con el tiempo, antes de su defección de 1977, le perdonará incluso que olvide durante tantos años pagar sus impuestos. Las consignas éticas del Mahatma, traicionadas de la A a la Z, se convierten ahora en combinaciones del poder, querellas intestinas de las que el candidato final de Indira V.V. Giri es el vencedor por un estrecho margen de votos. La alta tensión en el partido del gobierno se zanjó con la división en dos, por un lado la vieja guardia, el aparato del Con­ greso, el Sindicato, que pasó a llamarse Congreso (O) de Orga­ nización y el Congreso de Indira Gandhi, bautizado como Con­ greso (R) de Ruling, Gobernante. La polarización conduce a una desenfrenada caza de alianzas, con el Congreso (O) en tra­ tos electorales con la extrema derecha hindú del Jan Sangh y la derecha capitalista de la patronal, el Swatantra. Indira elige por la izquierda. Las quintas elecciones se convierten en un campo de Agramante. De punta a punta del subcontinente abundan los incidentes, los atentados, los asesinatos políticos. La India es así la democracia más grande del mundo pero también la más san­ grienta. El 10 de marzo de 1971, el día E, los periódicos recogen •a estadística de la discordia electoral. A pesar de la intervención del ejército, la policía y las fuerzas paramilitares con más de cien

mil hombres, se registran centenares de muertos y heridos. Tan sólo en Bengala occidental se producen 200 muertos y 630 heri­ dos. La escisión en el Congreso benefició a Indira Gandhi. Su vic­ toria fue aplastante, con una mayoría de dos tercios. El Con­ greso (R) de la primera ministra obtuvo 350 escaños. Los 230 millones de votantes decidieron un plebiscito para la hija de Neh­ ru. El Congreso se convirtió así, diezmado el Sindicato, casti­ gado por las urnas, en el Congreso de Indira. En medio del te­ rremoto postelectoral la derecha clamó al fraude: Moscú habría enviado miles de litros de tinta simpática que impediría la lectura de las papeletas de voto desde el instante de votar hasta el escru­ tinio durante siete días y otro tipo de tinta invisible que después de marcar el voto desaparecería en el momento de abrir las urnas para el recuento. La Junta Electoral Central rechazó estas acusa­ ciones. La victoria de Indira era limpia, sin mácula. Ahora la hija de Nehru tenía todo el poder en sus manos, legitimada por las elecciones. Necesitaba una guerra santa con­ tra el Pakistán para que su popularidad alcanzara el clímax. Por fin sería la Juana de Arco con la que soñó en su infancia. Esa oportunidad histórica se la dio una fulminante revuelta separa­ tista en el Pakistán Oriental contra el poder central instalado en RawaJpindi-Islamabad-Karachi, a mil seiscientos kilómetros de la capital Oriental, Dacca. Era la segunda guerra entra las dos naciones a menos de veinticinco años de la separación. Al llegar a Calcuta, uno de los cuarteles generales de la insurrección con­ tra el régimen militar del Pakistán, un veterano político indio próximo a las enseñanzas de Gandhi me dijo con alborozo: «Por fin ha llegado el momento; le arrancaremos la oreja izquierda al Pakistán». Con la ayuda y la intervención de las tropas indias, ya modernizadas, fogueadas, nació un nuevo Estado indepen­ diente, Bangladesh. Junto a la estatua de Gandhi alguien había colocado una pancarta con esta leyenda: «Crush Pakistán» (Aplastar al Pakistán). Una vez más los diarios justificaban aquel delirio de los is- mos, nacionalismo, belicismo, fanatismo, con las teorías del Mahatma sobre la cobardía y la violencia. Recordé así, en el

mismo lugar, las palabras que me dirigió Lal Bahadur Shastri cinco años antes: «Gandhi prefería la violencia a la cobardía». Nadie recordó que también dijo: «Como me opongo con firmeza a la guerra, nunca he manejado un arma. Resulta fácil enunciar los nobles principios de la “ahimsa”, la no violencia. La dificul­ tad reside en comprenderla y practicarla en un mundo sujeto a las pasiones, a la violencia y al odio. No valdría la pena vivir la vida si la no violencia no fuera más que una palabra vacía». Na­ die se atrevió a recordarlo. Como tampoco nadie lo hizo en 1974 cuando la anexión del Principado de Sikim en el Himalaya. Na­ die inició una huelga de hambre.

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Concierto de Bangladesh

«Sonar Bangla, ami tomay bhalabashi» (Bengala dorada, te quiero) era el himno nacional, la Marsellesa de Bangladesh desde aquel día negro de 1971, el 25 de marzo. Al poema del bengalí Rabindranath Tagore le habían puesto música a toda prisa. Las legiones necesitaban una marcha triunfal. Amar «Sonar Bangla», te amo, mi Bengala de oro.

«Tus cielos y tus vientos son la música de mi vida. ¡Oh, madre! En la primavera, el perfume de tus bosquecillos de mangos vuelve a mi corazón loco de gozo. ¡Oh madre! En el otoño, en tus campos floridos, he oído el rum or de tu risa llena de dulzura. Qué belleza, qué amor, qué afecto he hallado a la sombra de los bananos y al otro lado de las márgenes del río que huye.»

Ahora los ríos de Tagore bajaban turbios de sangre. Los afluentes del Ganges y del Brahm aputra, los canales interiores

arrastraban millares de cadáveres de bengalíes. Las aves de presa («¡Ya suena el grito! ¡Caza abundante!», decía el Libro de la Selva de Kipling) se lanzaban en flecha sobre los ríos. Tenían carne en abundancia. Los perros hozaban entre los cadáveres. Sobre el medio millón, el millón o los dos millones de cadáveres surgió una nación, Bangladesh. Era la gran tragedia de los últi­ mos años por encima incluso de otras como Vietnam, Oriente Medio, Biafra. En Nueva York, los Beatles compusieron la can­ ción del genocidio «Concierto de Bangladesh» y la población de Bengala, como la de Indonesia tras la represión de Suharto, se negaba a comer pescado de río. La guerra de independencia fue tan rápida que al pueblo, creo vo, le costaba tomar conciencia de su libertad recién ganada sobre la pirámide de muertos. —Somos libres, somos libres, les oía gritar desde los autobu­ ses de la carretera de Jessore a Daca. La nación de Bengala, eso significa Bangladesh, surgió a la sombra de Mujibur Rahmán, pero nadie hubiera dicho que la libertad, la catarsis de la independencia, llegaría después de ca­ torce días tan sólo. Para sentir que eran libres necesitaban gritár­ selo unos a otros. «Joi Bangla», «Joi Bangla», Viva Bengala. Veían también una necesidad de ajustar las cuentas, de vísperas sicilianas, de purificarse a través de la venganza. —Ahora nos toca a nosotros («ít is our turn»), me decía en Jessore el 18 de diciembre de 1971 un guerrillero de liberación, un Mukti Bahini. La urgencia por vengar a sus muertos era el primer movi­ miento, el primer reflejo de Bangladesh como nación libre sepa­ rada para siempre del Pakistán Occidental. Desde qüe entré en territorio bengalí por Bangaon, el relato de los horrores pasados presidía todos los diálogos. Casi todos mis interlocutores habían perdido a un familiar o a un amigo. Como si todo el país, el de los campos de yute, los bosquecillos de mangos, los arrozales, fuera un inmenso Dachau, los Mukti Bahini nos llevaban hasta las fosas comunes, abiertas entre los líricos campos de Tagore. para mostrarnos el resultado de los nueve meses de genocidio desencadenados por el presidente del Pakistán, el general Yahia

Khan. Esqueletos, cuerpos mal enterrados y en descomposición. Era un país descuartizado.

Las represalias no se hicieron esperar. Pronto se vieron en las calles, en los bosques, las primeras víctimas de entre los verdu­ gos, los biharis, que cobraban veinte rupias, unas 200 pesetas y una botella de licor por la entrega de cada bengalí muerto. Como en el Kaputt de Malaparte, los colaboracionistas del régimen del Pakistán Oriental que se resistían a la independencia de Bangla­ desh guardaban en sus chozas sacos con ojos, orejas y pechos. Estos musulmanes llegados del Bihar indio y de otros puntos del subcontinente hicieron, muchos de ellos, causa común con el Ejército pakistaní desde la partición en 1947. De estos grupos se nutrían también las filas de los «razakars», voluntarios para la re­ presión. La venganza de los Mukti Bahini y la población cayó ahora sin freno sobre soldados del Pakistán, biharis y «razakars». Una revancha más sangrienta de lo que Indira Gandhi nos quería hacer ver. Desde la rendición de las tropas del general pakistaní Niazi murieron muchas más de las veinte personas que la Gandhi nos anunciaba a los corresponsales en Nueva Delhi. La revancha de sangre era abierta. En ella tomaban parte hasta los niños. He visto en Kulna cómo despedazaban a docenas de biharis. Sin afán de justificar estas muertes, hay que pensar, sin embargo, que, según cifras dignas de fe, la población de Kulna quedó diezmada en un treinta por ciento en la matanza pakistaní. En la jungla se cazó a los colaboracionistas como se caza al tigre. Después los guerrilleros pasearon los cadáveres de sus víctimas por las ciudades para arrojarlos a los ríos o a las acequias. En aquella furia de sangre yo veía, al cruzar por las aldeas, cómo los «razakars» (milicianos) y los biharis, atados a los camiones y arrastrados, dejaban tras de sí tiras de piel, san­ gre, visceras. Eran masas sanguinolentas después de aquel carru­ sel de violencia. En el centro de Kulna, junto al parque central, la presencia de los corros de gente denotaba la captura de un colaboracio­ nista. En el centro, con la mirada perdida al cielo, con múltiples heridas en todo el cuerpo, entre ligeros espasmos, la víctima ves­ tida con el «longhi», la falda de algodón, sufría el último supii-

ció. Era la hora de los niños. Con punzones, clavos, palos finos de bambú los niños remataban la obra de los mayores, y anima­ dos por ellos perforaban los oídos, la boca, el ano de los biha­ ris. Nadie pudo detener las represalias. De inmediato surgía la relación de los horrores pasados, la defensa de la ley del Talión:

—Este mismo que ve aquí, me decía un campesino de Kulna, es el responsable de la muerte de todos mis herm anos Mientras el gobierno de Bangladesh, gobierno todavía provi­ sional puesto que el jeque Mujibur continuaba preso cerca de Islamabad, preparaba sus maletas en Calcuta para regresar a Dacca, los Mukti Bahini campaban a sus anchas en Bengala. Las tropas indias habían cubierto sus objetivos. La hija de Nehru hizo suyo, ya que no el auto de fe, el romanticismo de la victoria. En la India se hablaba estos días más de Bengala y del papel del ejército indio que de los problemas domésticos y de las parcas cosechas. Indira era por fin Juana de Arco, la Pasionaria. Ella, que cuando estudiaba en Londres, y era miembro del Comité de Ayuda a la España republicana, supo que llegaba la Pasionaria, esperó horas y horas bajo una lluvia cerrada el paso de Dolores Ibárruri. Antes había pronunciado discursos y vendido sus joyas para la causa republicana. Ahora las masas indias la esperaban a ella. Indira actuó en Bangladesh sin contemplaciones y según los últimos gandhianos, sin escrúpulos. No tenía las dudas metódi­ cas de su padre, aquella lentitud reflexiva en llegar hasta el final. Nehru era como ha escrito Percival Spear,1 demasiado «impa­ ciente para los detalles como para ser un buen administrador y un carácter demasiado dominante para delegar la autoridad, para trabajar en equipo, para atraer a una escuela de seguido­ res». Indira Gandhi era el poder, la decisión del principio al fin. Ofreció el Pakistán Oriental como la cabeza del Bautista a los militares deseosos de acción y gloria. Nehru, por el contrario, con sus soliloquios y especulaciones, su cultura de Harrow, su racionalismo, sus dudas, su diletantismo literario, era «la delicia

1. Percival Spear, India, Pakistan and the West, Oxford University Press> Nueva York, 1958.

de los intelectuales», pero la vacilación ante los problemas. El perpetuo Hamlet del «ser o no ser». Indira Gandhi dudó muy poco antes de empujar a sus «jawans» hacia la saga de Bangladesh. El flujo de los millones de refugiados que escapaban del hambre y la represión del otro lado le sirvió de casus belli. Eran ya diez, doce millones. Además, su ministro de Asuntos Exteriores lo había dicho sin ambages, «una guerra nos costará más barata que mantener durante meses a diez millones de refugiados». Pese a sus incertidumbres, el Pan­ dit Nehru había sido el primero en romper con la tradición paci­ fista de la India para realizar su unidad geográfica aún a costa de las leyes internacionales. En 1961 se anexionó Goa, Diu y Da- mao, los últimos enclaves portugueses en territorio indio. Era el mismo Nehru que había dicho: «La guerra es el asesinato de la verdad y de la humanidad». La ayuda humanitaria a los refugia­ dos le sirvió a su hija de cobertura moral para el asalto de las fronteras. Por ello contó con la comprensión de hombres como Malraux o Pierre Mendés France. Este último, que visita a In- dira Gandhi después del conflicto, describe su estado de ánimo

en su libro Dialogues avec VAsie d’aujourd’hui1: «En el fondo

sigue destrozada por el abandono en el que se encontró en las horas sombrías de la crisis y del genocidio pakistaní, con sus tres millones de asesinatos, cuando en la India la cólera, los rencores, el resentimiento del ejército, las fuerzas centrífugas de todo tipo empujaban al país hacia la desesperación y el caos. Sus gritos de alarma y sus llamamientos a lo largo de 1971 no recibieron res­ puesta; visitó a los jefes de Estado occidentales. En todas partes fue cordialmente recibida pero nadie la escuchó, nadie quiso co­ nocer las atrocidades que se llevaban a cabo en el Pakistán Orien­ tal, nadie se preocupaba de esos millones de refugiados en la humillación y la miseria». Según Méndes France, exégeta de Indira Gandhi en esas ho­ ras de la resaca de Bangladesh, «deberían haber intervenido las Naciones Unidas para imponer al Pakistán una política más hu­

1 Fierre Mendés France, Dialogues avec l’Asie d ’aujourd'hui, Gallimard,

París, 1972.

mana. Nada de eso ocurrió, los buenos principios se habían olvi­ dado. Hoy se permiten reprochar a la hija de Nehru su interven­ ción en favor de un pueblo asesinado en masa que pedía socorro; y la ONU se ha atrevido a condenar a la India. Indira está muy afectada. Si las grandes potencias, si las Naciones Unidas hubie­ ran cumplido con su deber, hubieran podido salvarse millones de vidas humanas. Porque todos sabemos que ha habido tres millo­ nes de muertos civiles en Bangladesh. Todos estos recuerdos, concluye Mendés France, no incitan desde luego a la primera ministra al esfuerzo de tregua y apaciguamiento que yo le acon­ sejo y deseo». La impresión que Mendés France obtiene sobre el terreno es la correcta. Indira Gandhi se halla en el cénit de su prestigio. Tiene el apoyo de los jóvenes y de los miembros más avanzados del partido. Ha ganado y conservado la mayoría por el carácter demostrado en los momentos más difíciles y por su tenacidad siempre que ha debido combatir para alcanzar los objetivos so­ bre los cuales moviliza a la opinión pública. «Se ha convertido, escribe el ex primer ministro francés, en el líder radical en lucha contra las fuerzas reaccionarias y conservadoras.» Su populari­ dad crece como el curso del Ganges bajo el monzón, tras la vic­ toria de Bangladesh, «cuando en medio de un callejón sin salida dio a todo el país la impresión de que lo había liberado por fin de la amenaza pakistaní». Era una hazaña que no estaba exenta de críticas: al impulsar y ayudar al separatismo de Bangladesh la primera ministra olvidaba las tensiones secesionistas en su pro­ pio país. ¿Por qué Bangladesh sí y nosotros no?, podían pregun­ tarse los nagas, los mizos, los tamiles, los siks del Akali Dal. Pero sus súbditos pusieron guirnaldas en las bocas de los cañones que se dirigían hacia el frente por la carretera de Calcuta a Dacca. Indira ataca a la yugular dei Pakistán. En el número 9 de la Cir- cus Avenue de Calcuta, el alto comisario de Bangladesh erígela bandera en un edificio mitad mogol mitad Victoriano. La ban­ dera es verde con un círculo rojo en el centro y un mapa del país de color amarillo. Hussein Alí explica así los símbolos: «El verde, porque Bengala es el país más verde del mundo; el roj° evoca el sol naciente y la sangre vertida en abundancia por núes-

tro pueblo en el comienzo de su liberación; el amarillo, porque es el color de las dos grandes riquezas de nuestra tierra, el arroz y el yute». La capital del Pakistán Oriental, Dacca, ardía por los cuatro costados cuando un comando de la resistencia ocupa una emi­ sora y lanza su proclama de la independencia: es el 26 de marzo de 1971. «Hoy, Bangladesh es un estado soberano e indepen­ diente. En la noche del jueves, las fuerzas armadas del Pakistán Occidental han atacado los locales de la policía de Rajabargh y el cuartel general de los East Pakistan Rifles en Peeikhana, en Dacca. Muchos inocentes y civiles sin armas han resultado muer­ tos en la capital y en otras ciudades de Bangladesh. Los East Pakistan Rifles sostienen violentos combates contra las fuerzas armadas de Rawalpindi. Los bengalíes combaten al enemigo con gran valor por la independencia de su patria. Resistid al ene­ migo, que está al acecho en todos los rincones. Que Dios nos ayude en nuestro combate por la libertad. Joi Bangla.»1 Después todo sucede con la fatalidad de una tragedia griega.

1 Citado por Paul Dreyfus, Del Pakistán al Bangladesh. Aymá. S. A. Edi- u»a, Barcelona, 1972.

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El este y el oeste

Las imágenes de violencia de Bangladesh permanecen aún vivas en mi memoria y se entrecruzan en los sueños por encima de otras tragedias vividas. La revancha civil es a veces peor que la guerra. Ante aquella sucesión de biharis apaleados hasta la muerte, arrastrados en camiones, cazados en la jungla para el suplicio, podía imaginar con fidelidad lo que fue la separación de la India y el Pakistán a la que con tanto ardor se había opuesto el Mahatma Gandhi. ¿Resultó mejor el remedio de la partición que la enfermedad de la tensa convivencia, de los enfrentamientos entre las comunidades hindúes y las musulmanas? En todo caso, el virrey Mountbatten, primer gobernador general de la India independiente, presidía el quince de agosto de 1947 en el salón del trono de Nueva Delhi la ceremonia de la separación. No ha­ bía visto otra solución para el Imperio que la división. Allí, es­ taba como lo describe Max Olivier-Lacamp, bajo la cúpula de gres recalentada por el sol del verano indio, vestido con su uni­ forme de almirante, «y la parte izquierda de su tórax cubierta de medallas desde el hombro a la cadera, medallas y estrellas de diamante refulgiendo en sus costados, cordones cruzando su pecho, encomiendas pendiendo de su cuello. En su brazo iz-

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quierdo, un bicornio a lo Nelson, con penacho de plumas de avestruz y, al estilo de la Marina británica, suspendido de su doble portaariete, el sable curvo, en la vaina de cuero charo­

lado.»1

Ahora veía yo en los campos de Bengala la repetición de aquel conflicto salvaje y cruel de 1947, que el Mahatma Gandhi detenía a duras penas a golpe de ayunos y el silencio absoluto de los viernes. Los jefes militares del Pakistán dieron la orden de matar bengalíes a discreción, en una campaña de terrorismo ofi­ cial sin freno que hizo huir a diez, doce millones de personas, bajo el sol del verano de 1971, veinticuatro años después de la partición, hacia el refugio de los campos de sal en Bengala. Lord Mountbatten dijo de la India en 1947 que era «como un barco incendiado en medio del océano, con dinamita en la bodega». El gobierno socialista de Londres pensó que lo mejor sería abando­ narlo pronto y dividirlo. El Pakistán nació como un absurdo car­ tográfico al este y al oeste en base a una separación por razones religiosas. Los hindúes sobrepasaban en una proporción de tres a uno a los musulmanes. Había que salvar a éstos y concederles una patria. El Islam, como el hinduismo, es algo más que una religión, una conducta, una condición, un modo de vida, una cultura, una pauta de comportamiento. Sería difícil hallar dos concepciones tan opuestas del mundo y de la vida entre el mono­ teísmo austero del Corán, la igualdad de los hombres ante las leyes y ante el dios del Islam y la miríada de dioses, el concepto flexible del dios del hinduismo, cuyo soporte social es el sistema ¡ de castas. Pero el Islam penetró en la India del Ramayana y del Gita seiscientos años antes. Como la coexistencia era imposible, lord Mountbatten recomendó la división. Los jefes indios, salvo Gandhi y Nehru, al principio estaban de acuerdo. El padre déla patria pakistaní, el elegante y huraño Ali Jinnah, también. Era el final de una era, del Imperio de Kipling que Henry James había definido como «el de la magia irresistible de los soles tórridos, de los imperios sometidos, de las religiones salvajes y de las guarni­ ciones inquietas».

1. Max Olivier-Lacamp: Impasse indienne, Flammarion, París, 1963.

«Somos el país musulmán más grande de la tierra», me de­ cían cuando pasé por Pakistán en 1965. Sobre ese sueño se cons­ truye el «país de los puros», que eso significa en urdu Pakistán. Es al mismo tiempo el anagrama de Panjab, Afghania, Kashmir, Irán, Sind, Turkaristán, Afganistán y Baluchistán. Los estudian­ tes musulmanes de Cambridge lo bautizaron así en los años treinta. Pero si la India logró mantener su democracia en medio de todos los vaivenes, Pakistán cayó muy pronto bajo la bota militar. Su primer hombre fuerte, Ayub Khan, creía que el ejér­ cito era el único que podía salvar al Pakistán de la desintegra­ ción. El dictador afirmó una vez que la democracia era incompa­

tible con los climas cálidos («.Democracy cannot work in a hot

climate»). Y menos en un país partido en dos y separado por más

de mil quinientos kilómetros. Las recomendaciones del Mahatma cayeron en saco roto: «Estoy en contra de la partición, recogió en su Autobiografía. Vais a hacer jirones el país. Vais a instalar a un hermano enemigo a nuestras puertas. Es preciso que permanezcamos unidos entre nosotros. La India tiene nece­ sidad de todos sus hijos, tanto hindúes como musulmanes. Cons­

truyamos un Estado fraternal

1947-48 m urieron a cuchillo alrededor de medio millón de perso­ nas y otros catorce millones se transformaron en refugiados. El Pakistán Occidental y el Oriental podían parecerse tanto como las Hurdes y las Rías Bajas de Galicia. El oeste árido, de colinas peladas, poco habitado; el este, verde, cruzado por ríos y cana­ les, muy poblado, con el mayor índice de concentración de po­ blación rural de toda la tierra. Los pakistaníes orientales eran de baja estatura, cetrinos; los del oeste altos y de piel más blanca. Nada tenían en común excepto el Islam. Los del oeste eran beli­ cosos; los del este, algo pasivos y poetas. En la división de 1947, la India se llevó la parte del león, las zonas de yacimientos minerales, los grandes puertos, Calcuta, Bombay, M adrás, y aunque el yute crecía en el Pakistán Orien­ tal, las fábricas quedaron al otro lado. Esta sensación de inferio­ ridad económica, de amputación geográfica y de amenaza de la India, se tradujeron en términos de modelo de gobierno. La de-

a c racia parlam entaria estilo Westminster como en la India era

»

Pero en el holocausto de

imposible. Fracasó en medio de la agitación y la crisis econó­ mica, entre el caos social y la bancarrota. Los militares educados en Sandhurst, llamaban a las puertas del Congreso. En 1958, el golpe de estado del general Ayub Khan impuso, con el parla­ mento disuelto y abrogada la Constitución, la ley marcial. Como en tantos otros países del mundo, los militares en el poder sólo hicieron más agudas las crisis y no fueron capaces de evitar la desintegración por la que prometieron luchar. El círculo de la represión se cerró sobre los dos Pakistanes. «Ali Jinnah no lo hubiera permitido», comentaban los estudiantes de la Universi­ dad de Karachi. El mariscal Ayub mide casi dos metros, se levanta a las seis y se acuesta a las once. No para de trabajar. Cultiva su jardín, hace deporte. Es un apasionado de los libros de historia de las religiones. Ha sido el organizador del ejército pakistaní con este axioma: «La máxima austeridad con la mayor eficacia». Este mi­ litar elegante, britanizado, de ojos grises, mirada penetrante, se inventa toda una filosofía y una práctica de la política, la «demo­ cracia básica», que divide el país en miles de circunscripciones electorales. Pero esa democracia no incluye la libertad de expre­ sión ni siquiera un reformismo que distribuya mejor la riqueza en manos de las 22 familias del oeste. El virus de la corrupción penetraba en todos los segmentos de la sociedad. La protesta comenzó, como es natural, en los campus universitarios. Hasta un mariscal del aire entró en la arena política para competir con Ayub con estas palabras que no dejaban dudas sobre la natura­ leza del régimen: «Los chanchullos, el nepotismo, la corrupción, la incompetencia administrativa afectan a la vida y a la felicidad de millones de personas. La desigualdad social y las disparidades económicas aumentan. Los teléfonos están intervenidos, la opi­ nión amordazada, la oposición en la cárcel». La agitación no tardó en estallar de este a oeste. Ayub se vio contra las cuerdas. Se vio forzado a negociar, a ceder. Ordenóla puesta en libertad del que había sido su primer ministro, el hábil Ali Bhutto, ejecutado años más tarde por el régimen militar de Zia U1 Hak, y entre otros detenidos, del jeque Mujibur Rah' man, que pasó nueve años de su vida en la cárcel como caudillo

del independentismo bengalí y jefe de la liga Awami. Estas me­ didas de gracia llegan tarde, con el país estremecido por las huel­ gas generales y las manifestaciones. Sólo hay una salida, la que pide la calle, la retirada de Ayub. El ejército piensa que antes de que la situación se deteriore aún más debe proceder al cambio de nombres para salvar su permanencia en el poder. Es por lo tanto necesario el sacrificio de Ayub. En marzo de 1969 entraba en escena otro general discípulo de Ayub, Yahia Khan. Pero el nuevo strong man, hombre fuerte, fue incapaz de hacer de dos naciones separadas una sola. Las desigualdades, el trato de favor al oeste sobre el este, el abandono de los bengalíes siguen en pie. «A pesar de las buenas intenciones de Yahia Khan, la misma catástrofe se repite con él, escribe David Loshak1, sólo que por razones de psicopatología en un proceso más rápido y cruel.» La explosión demográfica del este no era ajena a la profundización de la crisis. En el momento de la partición contaba con 40 millo­ nes de habitantes, ahora con 18 más. 250.000 personas más al mes en un área la mitad que Inglaterra. Aquí se cumplían las previsiones de Malthus: el crecimiento de la población saltaría por encima de la posibilidad de alimentarla. Había otros elementos de discriminación del oeste con res­ pecto al este, en el seno del ejército, de la administración, de los poderes legislativo y judicial. Las grandes inversiones se reserva­ ban para el oeste. De esta manera, el Pakistán Oriental se con­ virtió en colonia del Occidental, en zona de explotación al al­ cance de las 22 familias, los Saigols y los Valikas (industrias quí­ micas y textiles), los Habibs, Hyssons, Dawwodos. Francys, los Adamjees (yute y textiles), los Haarons (prensa y fabricación de automóviles), que controlan, según Loshak, dos tercios de la es­ tructura industrial del país y cuatro quintas partes del sector ban- cario y de las compañías aseguradoras. En este panorama, el jefe del movimiento bengalí, Mujibur Rahman, Mujib para sus partidarios, envía un torpedo a la línea de flotación del régimen militar, su programa de reivindicaciones en seis puntos. El novelista bengalí Seyd Waliullah, en su novela

' David Loshak, Pakistan Crisis, Heinemann, Londres. 1971.

Lal Shalu, describe la frustración del este1: «Que nadie se asom­ bre al ver tanta agitación entre aquellos que, aunque arrancan cuanto pueden a la tierra, se ven acosados por el hambre. En esta región superpoblada donde el cielo es tan azul y los campos tan verdes, donde no hay rocas, ni piedras, ni arena, ni polvo, la insatisfacción es perpetua, la agitación intensa. Si no logran huir, sólo les queda luchar. La tierra no conoce reposo; exhausta, no recibe nada de los seres rapaces que le chupan la sangre. Son demasiado numerosos en este suelo violado, asolado, oprimido, que no puede producir ni dar nada más». El jeque Mujibur Rahman interpreta en el plano político la angustia y la amargura de los bengalíes: «Para superar la crisis por la que atraviesa la nación es preciso ante todo buscar las causas. Estas causas son tres: la privación de la libertad política; el sentimiento de injusticia social experimentado por las muche­ dumbres de nuestro pueblo; el profundo descontento creado por las disparidades económicas cada vez mayores entre las regio­ nes». Así ofrece su plan de seis puntos: estado federal y parla­ mentario; el gobierno federal controlará sólo los asuntos de de­ fensa y de exteriores; elección entre dos monedas o una sola, pero con una política fiscal separada que evite la evasión de capi­ tales del este hacia el oeste; el gobierno federal no marcará la política impositiva; cada uno de los estados federados podrá lle­ gar a acuerdos comerciales con terceros países; los estados podrán encuadrar sus fuerzas militares y paramilitares propias. A este plan Mujibur lo llama «nuestro derecho a la existencia». Las elecciones recientes, con la victoria en toda la línea de la Liga Awami, le permiten jugar fuerte. Mujib tiene todas las con­ diciones para arrastrar a las masas, es un orador percútante, sen­ cillo en la argumentación, sólido en la exposición, atractivo, magnético. Ha sido un mal estudiante, en el Colegio Islamiade Calcuta, pero un implacable organizador, un líder universitario en Dacca, donde estudia derecho y galvaniza a los estudiantes. Ha convertido con el tiempo a la Liga Awami en una temible ‘fuerza política. Fumador inveterado de pipa, es alto y corpu­

1. Seyd Waliullah, L'arbre sans racines, Le Seuil, París, 1963.

lento, la contrafigura de un Gandhi, con mostacho poblado, gruesas gafas de concha. Ha pasado diez años en la cárcel, «su segunda casa», como él la llama. Es maximalista en las formas pero moderado en la negociación, un conservador. El régimen militar hace lo que puede para desacreditarle, para destruir su carrera política, y lo mezcla en una conspiración inexistente en combinación con la India, el «complot de Agartala». Mientras tanto, el ejército del este recibía del oeste la licencia para matar, para ahogar en sangre la protesta. Los tribunales populares de la democracia básica quemaron vivos a cientos de condenados, los pasaron a cuchillo, decapitaron y crucificaron. El general Yahia Khan es un soldado que ha combatido con los aliados. No tiene experiencia política y conduce al país con su bastón de empuñadura de plata. Es bebedor y mujeriego. La gravedad de la situación le dicta la iniciativa: se entrevistará en Dacca con Mujibur Rahman. Otro tanto hará Zulfíkar Ali Bhutto, fundador del PPP, Partido Popular Pakistaní, el único líder político pakistaní de talla nacional. El objetivo es el mismo:

descubrir una salida al irredentismo del este. Bhutto será el hombre que reemplace a los militares, la pieza de recambio civil, tras la derrota de Bangladesh. La entrevista de Yahia Khan con Mujibur estimuló algunas esperanzas. El nuevo presidente afirmaba que el ejército no te­ nía ambiciones políticas. Volvería pronto a los cuarteles. Nom­ bró un gobierno en el que figuraban cinco bengalíes y prometió elecciones generales en el plazo de dieciocho meses. El presi­ dente se permite en este clima de pacificación dar un consejo a Mujib: «Póngase de acuerdo con el Partido Popular Pakistaní de Ali Bhutto». Según algunos testigos, al terminar su entrevista y en el momento de la despedida dice, señalando al dirigente de la Liga Awami: «He aquí a mi futuro primer ministro».1 Por su parte Bhutto viaja a Dacca el 17 de enero. Las pers­ pectivas son óptimas. Mujib le ha enviado un mensaje verbal:

«Es necesario que nos ayudemos mutuamente para eliminar al ejército de la política y enviarlo a sus cuarteles». Pero ese clima

1- Paul Dreyfus, op. cit.

de entendimiento está lejos de confirmarse en la realidad. Según algunos, Bhutto teme la «bengalización» del Pakistán; según otros se produce algo más simple, el choque de dos polos opues­ tos, el progresista Bhutto y el conservador liberal Mujib. Esta es una hipótesis convincente. Ali Buttho no desea rivales. Conocí a Bhutto en Lahore, la ciudad de Kipling, la de am­ plias avenidas y edificios coloniales de ladrillo rojo, donde trece años después le condenaron a muerte. Odiaba a los militares, que le descabalgaron del poder, le acusaron, sin pruebas, de in­ tento de asesinato de un adversario político y por fin, después de desafiar las peticiones de clemencia de todo el mundo, el general Zia lo mandó a la horca. Zulfikar Ali Bhutto era un «animal político» contradictorio. Quizá por eso nos atraía tanto a los periodistas que le conoci­

mos

y de

mujeres y los golpes de efecto y como al segundo los gestos po­

Tenía fuerza. Era brillante, de la estirpe de los Sukarno

los

Sihanuk.

Como al prim ero, le gustaban mucho las

pulistas, los viajes en helicóptero a las regiones devastadas para regalar juguetes a los niños. Y como ambos, siempre fue amigo de los discursos, largos, vibrantes, melodramáticos, de los ba­ ños de multitudes. Era listo, arrogante, arbitrario, astuto, im­ previsible. «Ha nacido para convencer, engañar y está nutrido

al mismo tiempo de olfato, de memoria y de un gran señorío»,

escribió Oriana Fallad en su Entrevista con la historia} Fasci­ naba a las periodistas occidentales. Había empezado su carrera

política muy pronto, a los treinta años, como ministro de Ayub Khan. E ra nacionalista y partidario de un socialismo muy sui

generis.

Le han com parado con el reformismo de Léon Blum.

Se opone a la Declaración de Tashkent, que define como una «capitulación vergonzosa». Habla un inglés refinado, bebe

whisky

H abría que añadir a todos estos datos externos su ambición sin respiro, sus zigs zags proverbiales, sus maquiavelismos, sus sal­

tos de hum or,

creído

con generosidad y juega al golf m ejor que James Bond.

sus legendarios accesos de cólera. Siempre he

la India

odiaban

a este

hijo

de

t e r r a t e n i e n t e s

que

en

1. Oriana Fallad, Entrevista con la historia, Noguer, Barcelona, 1975.

pero le temían, le admiraban en secreto. No es extraño por lo tanto que Indira Gandhi le hubiera llorado a la hora de una muerte tan cruel como injusta. El único político al que se le podía comparar es a Ah Jinah, muerto de tuberculosis después de la independencia. Bhutto despreciaba a los militares. No se lo perdonarían nunca. Era el único capaz de hacerles sombra. No era un político coherente y sabía organizar el «pucherazo» en unas elecciones, pero él mismo había dicho alguna vez, citando a John Locke, «la cohe­ rencia es una virtud de las mentes pequeñas». Era elástico, mó­ vil. «Ahora caliente, ahora frío», acostumbraba a decir. A pesar de sus evidentes defectos, sorprendía por su rapidez de reflejos, la seguridad en sí mismo, sus citas de Shakespeare. El ex vice­ presidente norteamericano Rockefeller dijo de él, tras acompa­ ñarle en uno de sus baños de popularidad y baby kissing: «No me gustaría tenerlo enfrente en unas elecciones». Bhutto admiraba a Genghis Khan y a Napoleón, pero al mismo tiempo se conside­ raba socialista, un materialista dialéctico, un marxista en lo eco­ nómico. Su campaña en las elecciones de 1970 que le dieron el triunfo (congelado por los militares), se hizo sobre la base de este slogan: «Pan, casa, ropa». Una vez en el poder, puso en marcha un programa de redistribución de tierras, salario mí­ nimo, seguridad social que asustó a los burócratas del Pakistan Civil Service, y a la clase dominante de las 22 familias que con­ trolan el aparato industrial. Se apoyó en los universitarios, los intelectuales, los campesinos y el lumpen de los trabajadores de las grandes ciudades. Su programa produjo en las masas un efecto de dignidad y de impaciencia por la redención. Sorprendía que toda esa ola de reformas procediera de un hijo de la oligar­ quía educado en Berkeley y luego en Oxford. Le faltó coraje para rematar su programa, autocrítica, resistencia a la adulación y a la corrupción de algunos de sus colaboradores. Tres políticos de Asia, Bhutto, Indira Gandhi y Sirimavo Bandaranaike, de Sri Lanka, eran de tendencia populista, procedían de la aristocracia. Los tres vacilaron entre la ruptura económica y el compromiso con los poderes fácticos. Los tres, también, cometieron abusos de poder.

Zulfikar Ali Bhutto murió en la horca como había vivido, con orgullo. No solicitó clemencia. Después de su entrevista en Dacca con Mujibur afirmó crípti­ camente: «No se pueden resolver en tres días los problemas de veinte años». Mientras tanto, un nuevo instrumento de aniquila­ ción se abate sobre el Pakistán Oriental, es el monzón en toda su furia. Los ríos se hinchan y arremeten como bestias heridas. Se llevan todo a su paso. El ciclón sobre Bengala es un jinete del Apocalipsis.

9

El ciclón

Descubrí el monzón en Lahore. «Las nubes, escribió el poeta hindú Kalidasa, avanzan como reyes entre tumultuosos ejérci­ tos; sus estandartes son los relámpagos y los truenos, sus tambo­ res.» La atmósfera se cargó electromagnéticamente en cuestión de segundos, los árboles se combaron ante la embestida del viento y todo el polvo del mundo se adueñó de la ciudad. Vola­ ban las basuras, se arremolinaban los papeles, se desgañifaban los gorriones y ladraban de pánico los perros. Se hizo la noche de golpe. Los coches, bajo la barrera de agua encendían sus faros mientras se cortaba la luz ante el aparato de la tormenta. El délo tembló como si lo cruzaran dos mil aviones a reacdón. Llovía apasionadamente y las gotas eran gruesas como cacahuetes. Las lluvias del monzón son tan breves como intensas. La tierra está ahita de agua. Cuando la lluvia cesa del todo vuelve a escucharse con claridad el graznido de los cuervos. Después de tantos meses de sequía el monzón vino a restituir el equilibrio cíclico. Era el comienzo de la estadón de las lluvias y los niños palmoteaban felices sobre los charcos. Pero aquellos monzones que devolvían la vida a los campos resecos, agrieta­ dos, podían también, en su exceso, traer la ruina y la desolación.

«En el extremo sur, escribe Sayed, son los grandes y profundos ríos los que dictan la ley. Los campos no aprisionan su lecho, como ocurre en el norte, donde la tierra es la reina y los ríos son esclavos. Los poderosos ríos del sur no admiten barrera alguna, ni siguen ningún curso definido. Durante la breve estación seca, apenas revelan sus contornos; es como si se negasen a admitir sus límites. Con la llegada del monzón recuperan toda su fuerza, toda su violencia. Crecen y hacen ostentación de sí mismos, se­ m ejantes a un ejército de conquistadores, devastando llanuras enteras, que parecen batirse en retirada ante el avance de las aguas.» La noche del 12 al 13 de noviembre de 1970 el ciclón cayó en trom ba sobre el sur de Bengala. Era el mayor desastre sufrido por la humanidad desde la segunda guerra mundial. El dios de la fertilidad trae ahora la muerte. En menos de seis ho­ ras el ciclón se tragó a medio millón de personas. Según otras estimaciones a un millón. Los cadáveres recuperados fueron 277.000, pero no se sabe lo que el agua se llevó hacia el golfo de Bengala. Los vientos soplaron a 170 kilómetros por hora y a lo largo de la costa nada pudo resistirles, las chozas de bambú, los puentes más frágiles, los hombres, las bestias. El ciclón puso al descu­ bierto una vez más la vulnerabilidad, el abandono del Pakistán oriental, su indefensión ante la naturaleza. Los satélites meteo­ rológicos advirtieron que el huracán se desplazaba hacia el nor­ oeste pero en Bengala nadie movió un dedo. Para un pueblo tan castigado era como una nueva e inevitable maldición del cielo. Sin refugios, equipos de rescate, sin comunicación por ra­ dio, sin embarcaciones suficientes para evacuar a los campesinos sorprendidos en el delta del Ganges en plena cosecha, se elevó en pocas horas a centenares de miles el número de las víctimas. El gobierno de Islamabad se cruzó de brazos. Bengala no se lo per­ donaría nunca: el tornado con su intensidad y el volumen de su

furia se convirtió en el argumento

final para la lucha por la inde­

pendencia. El golpe del ciclón fue de tal impetuosidad que hasta los buitres se retiraron de las bocas del Ganges. El gobierno mil'* tar no las declaró zona catastrófica. Todo el esfuerzo se concen tró en ocultar de forma vergonzante la dimensión de aquella ca

t

lamidad. El furor y el resentimiento crecieron en todos los corazones de Bengala con la intensidad del huracán. El presi­ dente Yahia Khan, que se encontraba de visita oficial en Pekín, hizo un alto en Dacca para sobrevolar en helicóptero las áreas afectadas. Lo que vio desde arriba apenas le impresionó. Su comentario ilustra la insensibilidad de los políticos del Pakistán Occidental para comprender el alcance de aquel calvario: «No ha sido tanto como me habían dicho». Con los equipos de rescate paralizados, con un solo helicóptero para cubrir una tragedia tan extensa, Mujibur Rahman guardó un cauto y doloroso silencio durante unos días. Por fin estalló sin límites toda su indignación moral. Acusó al Gobierno de negligencia criminal. «Ellos, afirmó, son los responsables de un asesinato a sangre fría y merecen por ello el más severo de los castigos. Han sido lentos e insensibles. Los millonarios de la industria textil no nos han dado ni un metro de tela para nuestras mortajas. Tienen un ejército numeroso pero han dejado que los marines británicos, llegados de Singapur, enterraran a nuestros muertos.» Al caer sobre Bengala el primer monzón que precedió al gran huracán, el presidente decidió retrasar las elecciones. Esta vez Mujibur amenazó con una guerra civil si el desastre natural daba pie a un nuevo aplazamiento. Después pronunció unas proféticas palabras: «Si el millón de muertos bajo el ciclón no basta, sacrificaremos otro millón para que Bangladesh sea libre».1 En Dacca, el presidente Khan convocó a los periodistas: «Mi go­ bierno dijo, no es un gobierno de ángeles pero hemos hecho lo que hemor nodido». Mientras los funcionarios vendían en las aldeas devastabas los víveres enviados por las ayudas internacio­ nales, el Papa Pablo VI hizo un alto en Dacca camino de Filipi­ nas. Cuando las nubes se despejaron, cuando las aguas se calma­ ron entre el verde de los arrozales y los campos de yute, entre el bálago, las palmeras, los cocoteros, el bambú, los tamarindos, los banianos derribados, apareció sobre el fango el resultado final del cataclismo: cadáveres hinchados, búfalos y animales

'

David Loshak, Pakistan crisis, Heinemann, Londres, 1971.

muertos, granjas destrozadas, postes caídos y algunos supervi­ vientes a la deriva agarrados a los búfalos hinchados. Las elecciones se celebraron en diciembre, a un mes del ciclón. El índice de participación fue muy alto, 40 millones, y los resulta­ dos no sorprendieron a nadie. Mujibur Rahman y su Liga Awami ganaron 151 de los 153 escaños en disputa y en el oeste Zulfikar Ali Bhutto y su Partido Popular obtuvieron 81 de los 138 escaños. Sin embargo, la falta de entendimiento entre los dos vencedores decide al general Khan a aplazar la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Su declaración por radio cae como una bomba en el Pakistán Oriental: «Hoy el Pakistán se encuentra, dice el 1 de marzo de 1971, ante su mayor crisis política. La confrontación política entre los jefes del Pakistán Oriental (Mujibur) y el Pa­ kistán Occidental (Bhutto) ha proyectado una sombra de tristeza sobre toda la nación. He decidido trasladar a una fecha posterior la convocatoria de la Asamblea Constituyente». La muchedumbre, armada de varas de bambú, palos de hoc­ key, acude en Dacca al parque de Paitan. Acaba de escuchar el discurso del general. De pronto alguien grita «Joi Bangla» y en un efecto multiplicador de voces y espíritus la capital estalla bajo el grito nacional, «Viva Bengala». Se queman banderas pakista­ níes, se incendian comercios, se saquean almacenes. Mujibur, que ha estado reunido con sus consejeros, proclama la huelga general para el día siguiente. Es la revuelta institucionalizada. El presidente Khan lo sabe y prepara a su ejército para lo peor. Acaba de nacer Bangladesh. Es el caos. Los voluntarios del ser­ vicio de orden de la Liga Awami se muestran impotentes para contener a los agitadores. Ahora, en medio del colapso del país, Mujib utiliza las armas de Gandhi, la no violencia, la desobe­ diencia civil, la resistencia pasiva. La vida del Pakistán Oriental, que todos llaman ya sin temor Bangladesh, se paraliza. A pesar de todo, las consignas de no violencia se convierten en días de terror, de xenofobia. Es la semana trágica. El ejército se man­ tiene en sus acuartelamientos. Espera órdenes. El general Khan lanza una descompasada advertencia: «Ocurra lo que ocurra, mientras yo esté en el mando mantendré la integridad absoluta del Pakistán».

Los soldados engrasan sus fusiles. La carnicería se acerca. Los aviones comerciales de Karachi con dirección a Dacca hace semanas que salen llenos. Son soldados disfrazados de civiles. Así, con este puente aéreo intensivo el ejército de ocupación del Pakistán Oriental pasa de los 40.000 a los 60.000 hombres. El sábado, cuando el presidente pakistaní pronuncia su discurso de apercibimiento, un hombre, rodeado de sus consejeros, lo escu­ cha con suma atención en su casa de Dacca. Era Mujib, que al día siguiente había convocado a su pueblo en el hipódromo. To­ dos, incluido el ejército pakistaní, esperaban la declaración de independencia de Bangladesh y por lo tanto el comienzo de una sangrienta guerra civil. Había que elegir entre la prudencia y la violencia. Mujibur eligió la primera. El día siete, a la hora pre­ vista, el hipódromo, enclavado en la zona residencial, está cu­ bierto de cientos de miles de militantes de la Liga Awami. «Esta es nuestra lucha de liberación», autonomía en lugar de abierta independencia. Mujib teme las consecuencias de un llamamiento inmediato a la sedición, el baño de sangre, la anarquía. En su petición de cinco puntos insiste en la abolición de la ley marcial, el regreso de los soldados a sus cusírteles, una investigación sobre los actos de represión del ejército y el cese del envío de unidades desde el otro lado del Pakistán. Mientras tanto decreta la cam­ paña de desobediencia civil, la huelga general a cambio de una alternativa, eso sí, cada vez más estrecha, para la negociación con el Gobierno central. Las órdenes de Mujib se cumplen a rajatabla. La vida del país se inmoviliza, se detiene. Los ex­ tranjeros comienzan a evacuar en masa. Todos los elementos en juego, políticos, psicológicos, socia­ les, empujan hacia la revuelta. «Cada vez quedaba menos espa­ cio para el compromiso», me contaba el capitán Mansur de los Mukti Bahini, al analizar la evolución de los acontecimientos. ¿Creía aún el líder de la Liga Awami en la posibilidad de un arreglo pacífico? Lo cierto es que el presidente Khan hizo un nuevo esfuerzo para detener lo inevitable y acudió a Dacca para mantener una nueva entrevista con el padre de la patria, presio­ nado por sus consejeros más fogosos, para dar el paso final, la solución militar y revolucionaria. Mujib negocia con una mano y

con la otra calma a sus partidarios cuando el presidente Khan llama a Bhutto para que se una a las negociaciones. Dacca está llena de banderas de Bangladesh. El 22 de marzo la baraja se rompe y sin más dilación, sin explicaciones, sin discursos de des­ pedida, el general presidente y Ali Bhutto regresan a Karachi. Los soldados cargan ahora sus fusiles y Mujib prepara a los suyos para el sacrificio final. La última oportunidad de un acuerdóse había perdido. «Después, resignado, escribe Losak, se encerró en su casa para esperar lo inevitable. La mayor parte de sus con­ sejeros que no tenían madera de mártires corrieron hacia la fron­ tera para refugiarse en el santuario indio.» Esa noche comenzó el holocausto. Los generales, reunidos en cónclave al oeste, partidarios de la represión para acabar con el secesionismo bengalí, dieron esa misma noche la orden de matar. Pero antes tomaron las precau­ ciones suficientes para eliminar a los testigos. En la víspera sici­ liana ocuparon el hotel Intercontinental de Dacca y pusieron en un avión a todos los periodistas. Pero dos de ellos burlaron a la policía. Uno de ellos era un buen amigo, el fotógrafo francés Michel Laurent, al que vi por última vez en Saigón pocos días antes de su muerte en la batalla de 1975. El general Yakub, hasta entonces gobernador general de la Bengala Oriental, cesa en el cargo, por su voluntad de negociar, por su indulgencia, y los generales envían al más duro de los suyos. Le llaman el verdugo de Beluchistán. Es Tikka Khan. «Déme las tropas suficientes, pide al presidente, y aplastaré a estos separatistas bengalíes en menos de cuarenta y ocho horas.» Los carros de combate penetraron en Dacca. Conozco a tra­ vés de la narración que me hizo Michel Laurent lo que sucedió esa noche. El primer objetivo del ejército se cumplió en la Uni­ versidad y en el sindicato estudiantil, la punta de diamante déla oposición al régimen militar. Trescientos estudiantes y profeso­ res fueron pasados por las armas en el primer asalto. Sus cuerpos fueron quemados o arrojados a un lago próximo. Tres batallo* nes, artillería, motorizada e infantería prosiguieron su «trabajo» en las calles. Prendieron fuego a la sede de la Liga Awami* que* marón los edificios de los periódicos. En el barrio hindú sacaron

no

a la calle a sus habitantes y los ejecutaron en masa a las puertas tic sus casas. Pero el corresponsal del «Daily Telegraph», que se encontraba junto a Laurent, cuenta que lo peor está por venir. «Poco antes de ocultarse el sol, escribe, el tiroteo se paró y un horrible silencio se apoderó de la ciudad. Al mediodía, de nuevo sin aviso previo columnas de tropas entraron en la parte vieja de la ciudad y durante las once horas siguientes procedieron a des­ truirla de forma sistemática a sangre y fuego. Era allí donde el jeque Mujibur Rahman tenía la más firme base de apoyo. Fusila­ mientos, incendios, violaciones. Durante dos días continuó el pogrom extendido a todo el país.» Michel Laurent calculaba que unas siete mil personas fueron exterminadas en esos dos días de terror. Mientras continuaban las e jecuciones, indiscriminadas o selectivas de la intelectualidad bengalí, el ejército hizo público un comunicado: «Dacca vuelve a la normalidad». La respuesta de la resistencia no se hizo esperar:

«El Movimiento Nacional de Liberación de Bengala Oriental, se lee en una de las proclamas, ha comenzado. Propagad por todas estas partes esta buena nueva. Patriotas, revolucionarios, tomad las armas. Defensores, proveeros de las armas adecuadas para detener al enemigo. Cortad los caminos, puentes, vías férreas. Preparad bombas, cócteles Molotov en todas las casas. Recor­ dad que el combate será encarnizado. Sin las tácticas de la guerra de guerrillas no podremos derrotar al enemigo. La victoria de Bangladesh es irreversible. Nos hemos quitado de encima el yugo del colonialismo pakistaní. ¡Joi Bangla!» Hacia la una y media de la mañana, un pelotón de soldados llamó a la puerta de la casa de Mujibur en el número 32 de Dhanmandhi Lañe. Al llegar dispararon al aire y sobre la casa. —Señor, le esperamos abajo, dijo el oficial. —Sí, estoy preparado, respondió Mujib con sangre fría, pero no es necesario que disparen. Todo lo que tenían que haber he­ cho era llamarme por teléfono y hubiera acudido. Allí se perdió su pista. Durante meses se especuló con que había muerto, pero en junio el general Yahia Khan anunció que tenía prisionero en un lugar remoto del Pakistán Occidental y l|ue sería sometido a juicio sumarísimo por «alta traición». Des-

pues, los soldados de Tikka Khan continuaron con el uso de la fuerza y el terror. «Se ove primero el crepitar de las ráfagas de ametralladora, a las que responde el castañeteo seco de los dis­ paros de fusil, atestigua Dreyfus. Suenan luego las ametrallado­ ras ligeras, seguidas muy pronto por el lento y continuo tic-tac de las ametralladoras pesadas, instaladas en los vehículos. Final­ mente varias explosiones conmueven los barrios, mientras los incendios taladran las tinieblas. Luego se escucha el chirrido de las orugas y el motor diesel de los blindados. Los tanques acaban de entrar en acción.» Para la represión, la demolición de las pri­ meras barricadas, todas las armas son buenas: lanzallamas, lan- zagranadas, artillería antiaérea. Los militares pasean a Ali Bhutto, que se encuentra en Dacca, por la ciudad despedazada. «Gracias a Dios, afirma al llegar a Karachi, la unidad e integri­ dad del Pakistán se han salvado de milagro.» Simón Dring trans­ mite a su periódico: «En nombre de Alá y de un Pakistán unido, la ciudad de Dacca está siendo aplastada en el terror». Es la paz de los cementerios. «La Gestapo entra en Dacca», titula su des­ pacho un corresponsal. Los refugiados que llegan a la frontera india no ahorran detalles sobre el horror de lo que han visto. Sólo el genocidio de Pol Pot en Camboya es comparable cinco años después al drama pakistaní. El cuadro de las atrocidades cometidas por unidades del ejército no parece tener fin: «Casas incendiadas, pueblos aniquilados por los lanzallamas, niños de­ gollados, mujeres con las entrañas al aire, muchachas con los senos cortados, hombres castrados, rehenes con los ojos vacia­ dos, prisioneros muertos a golpes, rebeldes quemados vivos en sus jergones o ahogados en sus pozos». Cuando llegué a Calcuta, la resistencia estaba organizada, armada y encuadrada por los oficiales indios. No tardaría todo el mundo en quitarse la careta. ¿Se había convertido la India de Gandhi en una potencia imperialista, como asegura en su libro Bernard-Henri Levy? El hecho es que la India era el primer fa­ bricante y exportador de armas del Tercer Mundo. Escribe Ber- nard-Henri Levy: «Pakistán está condenado por las grandes po­ tencias, que necesitan un ejecutor para que el país bengalí se convierta en un monstruoso aborto nacido sobre el cadáver de la

revolución». ¿Por qué la India?, se pregunta el que luego for­ mará parte de los «nuevos filósofos» franceses. «Porque tiene viejas cuentas que arreglar con Pakistán, porque el ejército arde en deseos de entrar en acción, porque la opinión presiona sobre el gobierno para que intervenga, porque el país se viene abajo con la presencia de los refugiados y porque la vieja querella de Cachemira, caliente todavía, puede reanimarse, se necesita un

Pero ¿por qué diablos la India se prestó tan fácil­

casus belli

mente al juego? O mejor dicho ¿cómo la India de la no violencia y del respeto a la verdad y a la vida del Mahatma Gandhi pudo contradecir tan crudamente sus principios sacrosantos?»1 La India consagra ya al presupuesto de Defensa un tercio del presupuesto nacional. El hinduismo deja de ser aquí la religión del amor. Predica la resignación sólo a los débiles y a los oprimi­ dos. Para los demás, «las almas bien nacidas, brahmines y otros, aparece más bien como una doctrina de la dominación y una “exaltación de la voluntad de poder”».2 En esta frenética des­ trucción de mitos, la India militarista, que aprovecha la coartada para debilitar al Pakistán para siempre, romper el equilibrio de fuerzas en el subcontinente y resolver la cuestión de Cachemira, cuando la India, incluido Nehru, había aceptado un plebiscito bajo la supervisión de las Naciones Unidas, hay otro aspecto que aparece al hilo de los acontecimientos. El pueblo bengalí, ves­ tido de «dothi», de apariencia indolente y pacífica, demuestra una preparación inusitada para la crueldad. Para Indira Gandhi, el conflicto por Bangladesh tiene una virtud suplementaria: le permite llevar a cabo una operación de limpieza de la extrema izquierda, los naxalitas, los maoístas, en suma, los anti social elements. Rastrea los barrios subversivos, detiene y ejecuta. En septiembre, o sea tres meses antes de la batalla final de Bangla­ desh, no queda un solo naxalita en la superficie.

Al comienzo de la guerra, los insurgentes de Bangladesh for­ man un conjunto heteróclito, en su mayoría desertores del East

1 Bcrnard-Henri Levy, Bangla

Desh,

nationalisme dans la révolution,

Maspcro, París, 1973. Philippe Gavi, Le Triangle indien, Du Seuil, París, 1972.

Pakistan Rifles y el East Bengala Regiment. El resto son estu­ diantes y campesinos con armas antediluvianas. La India y el llamado «gobierno provisional de Bangladesh», instalado en Calcuta, se encargará de encuadrar y adiestrar a la guerrilla de los Mukti Bahini, a los que entregan armas modernas, y hacen operacional ya que no regular ese ejército. Las emisoras clandes­ tinas funcionan también desde la India. La India tiene sumo cui­ dado en evitar la instalación de un caballo de Troya comunista o maoísta en Bangladesh. Este encuadramiento es el primer paso para una intervención directa, física, del ejército indio en Ban­ gladesh, que el anciano líder maoísta Basani quiso convertir en un Vietnam. Pero desde el terreno comprobamos que los ins­ tructores indios estaban al otro lado desde agosto, en la organi­ zación de la guerra de guerrillas, fácil en un terreno con tantas defensas naturales, corrientes de agua, jungla, pantanos, y sobre todo en las operaciones de sabotaje. De esta manera, la India organiza todo un cinturón de seguridad sobre la frontera con Pakistán Oriental, una franja propia, una zona liberada que con­ vierte en santuario y rampa de lanzamiento de sus operaciones. Hasta que los carros de combate dejan atrás a los guerrilleros y el general Aurora avanza sobre Dacca y la libera el 16 de diciem­ bre de 1971. En junio, el paso hacia la organización de la guerrilla se ha dado desde los Mukti Fuj a los Mukti Bahini. Es una situación nueva, más popular que militar, «más una guerrilla que una gue­ rra». La India hará todo lo posible para que esta organización armada adquiera a los ojos de los corresponsales de guerra unas características propias, autónomas: un movimiento de liberación más que una sucursal del ejército indio. Pero no había que lla­ marse a engaño: la sede del gobierno de Bangladesh, situada en clave en la ficción en Mujibnagar, estaba en realidad en Calcuta, lo mismo que sus emisoras clandestinas que transmitían desde este lado de las líneas pakistaníes. La eficacia de la guerrilla ben­ galí se medía más en términos logísticos y de soporte que opera­ ción ales. El derrumbamiento del ejército pakistaní, buen com­ batiente y armado, sólo se consumó al acabársele las municio­ nes, al fallar las líneas del aprovisionamiento y sobre todo con la j

penetración de los blindados del general Aurora y el estallido de la guerra en el frente del Oeste. Cuando entré con los Mukti Bahini en Bangladesh, pude comprobar su grado de entrena­ miento y la utilidad de su armamento. Eran la comparsa de los carros indios. Su labor era muy útil en el hostigamiento y en la diversión de las fuerzas enemigas, pero no en el K.O. final. En los campos indios de adiestramiento aprendieron los rudimentos del oficio guerrillero. Muchos de ellos conocen la complicada geografía del país y guiarán a las unidades indias a través de los riachuelos y los puntos más frondosos de la selva virgen. El com andante en jefe de la guerrilla bengalí, Mohamed Os- mandy, me explicó así el nacimiento de los Mukti Bahini: «Antes del 25 y 26 de marzo de 1971 no teníamos intención de poner en pie un ejército. Surgió aquella noche trágica en que el ejército pakistaní lanzó su campaña para exterminar a ios que conside­ raba responsables del movimiento secesionista bengalí». Pregunté al coronel Osmandy por su ideología. —Yo soy un soldado profesional, respondió, educado en la tradición de que el soldado no debe intervenir en política. El diecinueve de marzo, cuando comenzaron a extenderse los ru­

mores en torno a la intervención del ejército pakistaní, el jeque Mujibur me pidió que reclutara a los veteranos oficiales benga- líes. Les hice llegar una circular clandestina con tres puntos: olví­ dense de la política, eviten que los desarmen y en caso de repre­ sión o ataque respondan con la mayor rapidez posible. Mi impre­ sión es que si los pakistaníes hubieran limitado su acción contra determinados políticos, los bengalíes del ejército y la policía se hubieran mantenido neutrales. Sólo cuando comenzó el genoci­ dio, cuando recibimos información de que el ejército pakistaní se

preparaba para m atar

res, médicos, abogados, nos levantamos en armas como un solo hombre. Así, el ejército pakistaní creó de la noche a la mañana y sin pretenderlo a los Mukti Bahini, que yo prefiero llamar Gono Bahini o sea guerrilleros del pueblo. Al principio, después de la represión pakistaní, este ejército estaba formado jíor bandas de desesperados, armados de lanzas de bambú y mucha retórica hafcta que Radio Bangladesh les

a nuestros intelectuales, nuestros profeso­

transmitió el 25 de marzo el mensaje grabado de Mujibur, encar­ celado. El Pakistán Oriental se convirtió en la República Popu­ lar de Bangladesh. La orden era reorganizarse y atacar a los «in­ vasores». La tarea de los corresponsales de guerra se convirtió, con breves incursiones en Bangladesh para regresar a Calcuta, en un esfuerzo cotidiano por mantener la cabeza fría. La intoxicación de la prensa india era tal que algún periódico daba la cifra de 25.(XX) bajas enemigas por día. La realidad era bien distinta. El ejército pakistaní mantenía el control de las grandes ciudades y lo cedía en regiones de es­ casa o nula utilidad táctica y estratégica. Por medio del terror ha­ bía desalojado de los arrozales a la población civil que huía des­ pavorida hacia la India. En abril los refugiados eran ya más de un millón. El presidente Yahia Khan, consciente de la moral de sus fuerzas, arenga a los soldados y les dice: «La nación está or­ gullosa de las Fuerzas Armadas, a las que quiere y admira. Incli­ nemos nuestras cabezas en señal de gratitud a Alá todopode­ roso». En agosto los refugiados en camino desesperado hacia la India eran nueve o diez millones. El ejército pakistaní está mandado por hombres cuya inteli­ gencia no convenía subestimar pero al mismo tiempo daban muestras de rudeza, de autosuficiencia, con el falso convenci­ miento de que representaban el espíritu nacional y el del Islam, todo ello traducido en un «militarismo agresivo». Pero su error más grave fue la ignorancia y su incapacidad de comprender al país, de entender la situación del Pakistán Oriental. Su error fue también creer que podría salvar al Pakistán con la exterminación sistemática de los cuadros administrativos y la intelectualidad bengalíes. Por último se equivocaron en su propio terreno al creer que las tensiones secesionistas se resolverían por la vía mi­ litar. Los generales más sensatos quedaron en minoría frente al Estado Mayor agresivo, que apostó por la solución final. Cuando el periodista pakistaní Anthony Mascarenhas pregunta a un ofi­ cial por qué acaba de matar a un muchacho pakistaní de 24 años llamado Abdul Bari, cuyo único pecado era mirar, sentado bajo un mango, el paso de una patrulla, le responde: «Porque es pos*'

ble que fuera un hindú o un rebelde».1 De norte a sur,

enteros del ejército transportaban cadáveres de civiles bengalíes para arrojarlos a los ríos o enterrarlos en fosas comunes. El en­ tretenimiento de algunos soldados consistía en lanzar a los niños recién nacidos al aire y ensartarlos con las bayonetas y matar a las niñas hundiendo sus bayonetas en las vaginas. «Durante seis días dedicados a recorrer el Pakistán Oriental con los oficiales de la novena división, he podido comprobar de cerca, escribe Mas- carenhas, la extensión de la matanza. He visto hindúes persegui­ dos de pueblo en pueblo, de casa en casa, y asesinados al fin después de haber sido obligados a desnudarse para ver si estaban circuncidados, como lo están los musulmanes. He oído los gritos de dolor de aquellos a quienes se mataba a garrotazos en la co­ misaría de Comilla. He visto salir discretamente durante la no­ che, después del toque de queda, camiones cargados de cadáve­ res. Por la noche, en el bar de los oficiales, he oído con increduli­ dad a hombres, por lo demás decentes y honorables, alardear de

camiones

su lista de víctimas del día. —Vamos, dilo ¿cuántos hoy? ¿Cuántos cerdos has matado?, pregunta el comandante Rathore. —Sólo doce. Al día siguiente, el comandante Iftikar me confía apesadum­ brado:

—Sólo he podido incendiar sesenta casas. De no ser por la lluvia hubiera prendido fuego a todo el barrio. Esta es su «jihad», su guerra santa.

1 Anthony Mascarenhas, The rape o f Bangla Desh, Delhi, 1971,

10

«La India puede con todos»

«¿Adonde le llevo?, me preguntó el taxista sik de Calcuta con su redecilla en permanente en la poblada barba, las fotografías de Guru Nanak sobre el parabrisas y el «kirpan», el cuchillo, escon­ dido en el salpicadero. --Al campamento de refugiados de Salt Lake City. El terror desencadenado por el ejército pakistaní provocó el movimiento de población más amplio de los tiempos modernos. Muchos de ellos se concentraron en el campo de Salt Lake cercano

de sal», llamado así por la sedimentación de sal

a Calcuta, «el lago

consecuencia de las inundaciones periódicas en la boca del Ganges, ti señor Madurai, director del campamento, hubo de hacer frente a graves problemas, desde que llegaron a Salt Lake los primeros refugiados huidos de las bayonetas del general Tikka Khan. —Hay refugiados que no se moverán nunca de aquí o que no volverán a su país o que subirán hacía el Assam, de eso estoy se­ guro. Se han habituado a vivir aquí, pero el gobierno indio no puede alimentarlos de por vida ni pagar las 2,77 rupias por cabeza. Cuando termine la guerra tendremos que garantizarles un regreso feliz y entregarles unas rupias para que se decidan a marchar. En el campo desolado, sin una brizna de hierba, detrás de las

alambradas de espino, los refugiados, con el susto todavía mar­ cado en la pupila, esperaban entre los equipos de desinfección su taza de leche. Comprobé en el campo de refugiados hasta qué punto el instinto comercial del hombre se desarrolla incluso en la adversidad: había refugiados que trataban de vender su tazón de leche o su ración de maíz y soja por unas «anas» (céntimos) o cambiarla por algún objeto útil. Esto había obligado a la Cruz Roja India a situar vigilantes en las cantinas con objeto de evitar este insólito tráfico. Los aviones que despegaban del aeropuerto de Dum Dum (donde se fabricaron por primera vez las balas rompedoras del mismo nombre) tenían su pasillo aéreo sobre Salt Lake. Los niños de diez años que aparentaban cuatro se entretenían en apuntar con un trozo de bambú sobre la costra de sal el número de aparatos que salían. Otros pintaban grotescos soldados armados de bayonetas. Otros, en fin, sus poblados in­ cendiados. Los bengalíes, en un auténtico hormiguero humano, se acercaban a mí con timidez. «Pregúntele al extranjero, decían a mi intérprete, si la guerra ha terminado, si ha pasado por nues­ tra aldea y si está destruida.» Les respondí que la liberación de Bangladesh estaba próxima. No me atreví a confesarles que ha­ bían sido destruidas seis millones de casas, que sus tierras podían haber sido ocupadas por la ley del abandono de propiedad, que Jos pakistaníes acabaron con miles de cabezas de ganado, que los puentes estaban dinamitados, las granjas incendiadas. «Dono- bad» respondían, gracias, gracias. Para entonces Bangladesh se había convertido en una canción del beatle George Harrison. —El concierto de Bangladesh de George Harrison ha en­ trado en la lista de discos más vendidos, me dijo Michel Laurent al regresar al hotel en Calcuta. Como el poema «Sonar Bangla», escrito cincuenta años antes por Tagore, la canción de Harrison se convirtió en el himno del holocauso bengalí. «Sonar Bangla ami tomay bhalabashi.» Pakistán impuso a la Bengala oriental el empleo de un idioma extranjerro, el urdu de los panjabíes, de raíces arábigas. La batalla por la lengua bengalí, de raíces sánscritas, fue el primer paso hacia el movimiento nacionalista Los jóvenes estudiantes de D acca y sus profesores (Mujibur Rahman entre ellos) se aprestaron a defender su idioma. Era e

año 1948. El inspirador de la idea de los dos Pakistanes y de la partición, junto con el estudiante de Cambridge Rahmat Ali, fundador también de la Liga musulmana, Mohamed Ali Jinnah, habló en Dacca el 21 de marzo de aquel año de 1948. Y dijo en su estilo seco, suficiente, algo que decepcionó sobremanera a los pakistaníes del Este: «El urdu será en adelante la lingua franca del país. El que diga lo contrario será considerado como ene­ migo del Pakistán». Para Ali Jinnah, el hombre del monóculo, dos metros de estatura, setenta kilos de peso, el tuberculoso ob­ sesionado con el aseo, la elegancia en el vestir, y contra todas las reglas de la religión, del vino de Burdeos y la carne de cerdo, creía que la lengua era la compañera del Imperio. El elegante abogado que calificaba a Gandhi, su polo opuesto, de «zorro, algo así como un evangelista hindú», tenía horror a las masas pero respetaba las formas de la democracia parlamentaria. Los primeros disturbios estudiantiles comenzaron en Dacca a raíz de aquel desafortunado discurso de Ali Jinnah. Los que hoy se aprestaban para la lucha con Mujibur, encerrado en la prisión pakistaní de Liallpur, estaban ya por entonces con él en las re­ vueltas callejeras. Mujib fue detenido y condenado como agita­ dor. Puede decirse que en la defensa del idioma está la génesis del nacionalismo bengalí. Un tipo de nacionalismo que los mar- xistas llaman «burgués», surgido de las aulas de la universidad de Dacca como sus propios jefes. Un movimiento, la Liga Awami, idealista como el partido del Congreso indio que carecía de una ideología apropiada para sostener una prolongada guerra de guerrillas. Cuanto más dura es una guerra de guerrillas más se radicaliza por el sufrimiento, por las condiciones de vida de sus hombres, por la autoridad de los más fuertes ideológicamente sobre los más confusos y débiles. Ha ocurrido desde el Vietnam hasta el sandinismo nicaragüense. Mujibur opuso su carisma frente a la ideologización, el peligro del maoísmo, el contagio del naxalismo. Había pasado diez años de su vida en la cárcel. Como otros padres de la patria Nehru, Burguiba, Mohamed V, Nkru- mah. el tiempo pasado en la prisión no hizo sino acrecentar su prestigio entre las masas. Manejaba un lenguaje llano sin desde­ ñar el toque demagógico. Aquel abogado de 51 años, de pelo y

bigote encanecidos, de frente despejada, mofletudo, de doble papada y dientes blanquísimos, decía a su pueblo frases sonoras v fácilmente asimilables: «Ellos tienen las armas. Pueden ma­ tarme. Pero que sepan que no pueden matar el espíritu de se­ tenta y cinco millones de bengalíes». Para los generales pakista- níes era el «enviado del diablo», el «traidor a la patria». Pero a través de la ordalía bengalí, el Pakistán que nació en palabras de Ali Jinnah «mutilado, truncado y con la boca comida» terminaría así hasta que el general Zia restableció el orden con los viejos códigos, horca, cárcel y la mano cortada a los revoltosos en nom­ bre del Islam. Después, como Indira Gandhi, haría lo posible para fabricar la bomba atómica. Mujib es elegido, en ausencia, presidente de Bangladesh. «Nosotros, los representantes elegidos del pueblo de Bangladesh, unidos en nuestro honor por el mandato que nos ha sido confiado por el pueblo, cuya voluntad es soberana, encontrándonos debi­ damente reunidos en Asamblea Constituyente y habiendo cele­ brado consultas mutuas, para poder asegurar al pueblo de Ban- glacesh la Igualdad, la Dignidad humana y la Justicia Social, de­ claramos y constituimos la República de Bangladesh como pueblo soberano y confirmamos así la declaración de independencia, he­ cha ya por el jeque Mujibur Rahman.» La guerra abierta entre la India y Pakistán estalló en octubre. Los incidentes fronterizos se convirtieron en duelos de artillería y éstos en la guerra total. El clima de cruzada que se vivía en la India me convenció de que la guerra de 1965 no era un azar según el esquema de Jac- ques Monod, sino una necesidad, una urgencia física. El golpe de gracia al gandhismo. De mi cuaderno de notas entresaco algu­ nas de las frases pronunciadas por Indira Gandhi y sus ministros en medio de la presión y la hostilidad de los nacionalistas. Indira Gandhi: «La India está absolutamente preparada para comba­ tir», «la India no será sólo un espectador silencioso de los acon­ tecimientos de Bangladesh», «El que se dijo que era un pro­ blema interno del Pakistán se ha convertido en un problema in­ terno de la India». El intocable Jagjivan Ram, ministro de De­ fensa, afirma: «Bangladesh debe convertirse en una realidad y eso se hará», «La solución política pensada para Bangladesh no

es otra que la independencia». En cuanto al ministro del Inte­ rior, Mirdha, asegura ante el Parlamento: «El ejército indio está preparado y alerta para ponerse en marcha». El problema de los refugiados se convierte en el argumento supremo para justificar la necesidad de la guerra: «Si no se logra una solución al problema de los refugiados, estará totalmente justificado que la India tome todas las medidas para garantizar su seguridad y salvaguardar su vida social y económica». Como es natural, la oposición hinduista y conservadora adopta posicio­ nes aún más ultranacionalistas. La guerra con el Pakistán es ine­ vitable. El presidente del partido de ultraderecha, Jan Sangh,

Atal Bihari Vajpayee, ataca, según compruebo en mis notas, la política demasiado «tímida» del gobierno de Indira Gandhi al hacer frente a la crisis. He aquí lo que afirma: «La partición de la India ha sido un desastroso fracaso de nuestro movimiento na­ cional, pero la rueda del destino ha dado ahora la vuelta com­ pleta. Se nos presenta una ocasión de transformar el desastre de

la partición

historia no se presenta a menudo». No es menos agresiva la de­ claración del director del Instituto de Estudios Estratégicos K. Subramanian, consejero del Gobierno en materia de política ex­ terior: «Lo que la India debe comprender es que le interesa el estallido del Pakistán y una ocasión así no se volverá a presentar jamás». Registro algunos ejemplos aislados de resistencia al chauvinismo y el patriotismo provocador. Por ejemplo, una pu­ blicación, «The Radical Humanist», se opone a la intervención armada. Pero de todas las anotaciones hay una que sobrepasa a las demás y que al reunir la documentación para escribir este libro me llena de estupor. Al lado de una nueva declaración de Vajpayee el 4 de julio («Aunque Mujibur Rahman fue miembro de la Liga Musulmana ahora hay que ayudarle a que cumpla su objetivo, la desintegración del Pakistán»), hay una frase del pre­ sidente de la Oficina de la Reconciliación Indo-Pakistaní (!) el pacifista y colaborador de Gandhi, Jayaprakash Narayan. que se suma a la solución armada en estos términos: «El país, el go­ bierno y el pueblo estarían locos si no se prepararan para la gue­ rra». Lo increíble había sucedido: los simpatizantes del hombre

Una oportunidad así de cambiar el curso de la

que asesinó a Gandhi, el editor ultranacionalista Naturam Godse, y uno de los herederos del Mahatma, se habían puesto de acuerdo. Sólo faltaba la bendición del aliado soviético. El ministro de Asuntos Exteriores Swaran Sing se entrevistó con Kosiguin en Moscú y le arrancó la promesa de un aumento sustancial de la ayuda militar a la India. Esa ayuda comienza a llegar secreta­ mente, aviones, carros, vehículos blindados, cohetes antiaéreos, piezas de recambio. Es más, el 9 de julio se firma la alianza entre Moscú y Nueva Delhi, que los observadores interpretan como «el final de la política de no alineamiento de la India».1 Por fin llegó el deseado día de la guerra. «Fitiish Pakistan» proclaman los graffiti en las paredes. A los incidentes fronteri­ zos, a las provocaciones sucede el enfrentamiento. El tres de diciembre, la aviación pakistaní bombardeaba en el oeste siete aeropuertos militares indios desde Agrá a Srinagar. Radio Delhi comenzó a emitir marchas militares. Después, el llamamiento dirigido a toda la nación: «El Pakistán ha iniciado una guerra total contra nosotros. No tenemos otra elección que la de poner a nuestro país en pie de guerra». Al día siguiente, Indira Gandhi se dirige al Parlamento: «El Gobierno del Pakistán ha declarado la guerra a la India». La superioridad de la maquinaria de guerra India, 1.656 millones de dólares gastados en armas ese año, 24 divisiones en pie, es tal que el optimismo del general Yahia Khan se convierte en pocos días en un tigre de papel. «Ante los ojos de los juristas, escribe Dreyfus, el Pakistán es el agresor, pero ¿quién si no la India fue el agresor? En esta guerra que comienza la India lleva al frente fuerzas tres veces superiores a las de su adversario. En Bangladesh la estadística le era aún más desfavo­ rable al Pakistán. Los soldados de Niazi eran 1 contra 5 por la India, 1 contra 7 en carros, 1 contra 8 en aviones, 1 contra 10 en piezas de artillería. «Indira puede con todos», como afirma un cartel. La guerra como taller de unificación. «La unidad es el triunfo de la patria», reza otra inscripción oficial en las calcoma-

1. Franqois Massa: Bengale, histoire d ’un conflit, Éditions Alain Moreau,

París, 1973.

nías pegadas del taxi que en catorce horas, tantas como días duró la guerra, me llevaba desde Nueva Delhi a la guerra en Cache­ mira sorteando búfalos, camellos, pavos reales, algún elefante, cu ervos, buitres, monos descendientes del Hanuman del R a- m a ya n a , vacas sagradas, pero sobre todo búfalos de mirada m iope y andar perezoso.

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Los disparos de la metralleta «Sten»

Por la carretera nacional número uno hay una soldadura, una conurbación de pueblos y aldeas con miles de personas en movi­ miento. Las carretas de bueyes hacen sonar los ejes como en la canción de Yupanqui. Hileras de madrugadores se dirigen hacia los ríos armados del «Iota», el recipiente de cobre o de latón en el que recogen agua para el aseo personal y la limpieza después de las necesidades. Lo hacen con la mano izquierda, la mano impura. Por eso, mientras comen el pan ácimo, en forma de torta, el «chapatti», los «dal», las lentejas o el arroz con curry, es sólo la mano derecha la que funciona, mientras la izquierda per­ manece en suspenso, como muerta. A esta hora de la mañana, las cinco, los indios se restregan los dientes con hierbas «inim» o con raíces. Búfalos y ciclistas flanquean ambos lados de la carre­ tera junto con las «tongas», los rikshaws, las mototaxis, las bici- taxis. Y miles de bicicletas. La India ha iniciado ya la escalada del transistor y la bicicleta. —Mire, me dice Jatgar el conductor, a esos dos que van en la bicicleta en viaje de novios. La recién casada lleva un vestido r°jo con pespuntes dorados. Debe ir vestida así los primeros siete días después del casamiento.

Jansanth, el copiloto, me anuncia su boda para dentro de tres meses. —No conozco a mi mujer. Sólo sé que tiene quince años. —¿Cuándo cambiará esa costumbre de que los padres elijan la novia o el novio de los hijos?, pregunto ingenuamente. —¿Quién ha dicho que sea necesario cambiar?, contesta rápido Jatgar. A mí el matrimonio me va muy bien y no conocía a mi esposa hasta el momento de la ceremonia. Además, debe­ mos respeto a nuestros padres. Ellos saben mejor que nosotros lo que nos conviene. ¿O piensa usted de verdad que el sistema de occidente funciona mejor que el nuestro? Hay más divorcios en los Estados Unidos que en la India y somos muchos más habitan­ tes.

Sin embargo, esta clase de diálogo era una excepción, una fuga de la realidad. El temblor de la guerra es tan próximo, tan evidente que volvemos a los aviones, a la artillería, a los motivos de la cruzada, a la imaginería de los combates. Nadie puede sus­ traerse al influjo de la cultura de guerra. Esta es la gran ocasión de sacudirse el complejo, la humillación de 1962. Desde enton­ ces, la India emprendería una carrera hacia el rearme con la ayuda de la URSS y en menor medida de los Estados Unidos, john Kenneth Galbraith, embajador de Kennedy, tiene páginas deliciosas sobre el take offy el despegue militar indio, el paso de la rueca de Gandhi o la espada mogol a la bomba atómica del doctor Homi Bhaba en Trombay. Pero cuando China estornuda la India se constipa. Desde que Pekín hizo estallar su bomba atómica, el 16 de octubre de 1964, la India no duerme tranquila. Desea elevarse al rango de potencia nuclear. Los soldados de Mao se detuvieron a pocos kilómetros del Brahmaputra pero no por la voluntad de resistencia del ejército indio. A lo largo de esos días de lucha un escalofrío de angustia recorrió toda la In­ dia: el impenetrable Himalaya se vino abajo de pronto con la facilidad de una mampara de bambú y los indios se veían ya inva­ didos por una masa imparable de dos millones y medio de sóida dos de infantería chinos. ¿Por qué entonces, argumentaba * gar, no tendría la India todo el derecho de fabricar su boro atómica?

\AV

Cuando en el mes de junio de 1958 el presidente de la Acade­ mia China de Ciencias anunció en Pekín que su país se disponía a entrar en la era atómica, el Pandit Nehru respondió desde Nueva Delhi: «La India acaba de entrar en la era de la bicicleta». La respuesta era de un puro humor gandhiano. Cuando de visita en la central de Trombay pregunté al doctor Bhaba: «¿Para cuándo la bomba?», me respondió sin dudar: «Nunca». Pero tenía todos los medios a su alcance, como luego se vio. «Nosotros tenemos plutonio y uranio 235 en abundancia», añadió. Pero antes había que ganar esta guerra. La guerra como opio del pueblo y como evasión de otras frustraciones y complejos. Y está el pueblo que vive en un «océano de emotividad», en un mundo de experien­ cias casi irracionales y que no sabe lo que es una guerra. Aquí en el Oeste la guerra era de contención. Los objetivos reales estaban al otro lado, en Bangladesh. Por fin, el camión del ejército tomó la carretera hacia Jammu, la línea de defensa del

frente indio. No se despejaba la neblina extendida sobre el valle.

india saludaban militarmente el paso

Un grupo de niñas en fila

de los convoyes. Al llegar a Jammu se advertía el reflujo de los refugiados desde la zona de operaciones. Estaban alojados bajo los árboles. Algunos de ellos llevaban consigo a sus rebaños de cabras. Entramos pronto en un paisaje de aves carroñeras, de huesos de búfalo y vegetación dispersa. Este era el escenario de la guerra del Oeste, como el de El Alamein en su desnudez, ideal para un combate de carros. Sobre el terreno pardo y el verde descolorido propio de la estación seca brillaba de vez en cuando algún templo minúsculo y blanco con las banderas de la plegaria al viento. Los refugiados, al cruzar por la cañada en dirección a la retaguardia, traen consigo lo más indispensable, el «charpoy».

Es el objeto esencial de la vida india. La cama de patas de ma­ dera con un somier de cuerdas de yute tensadas. Nos aproximá­ bamos al puente de Aknur, de estructura metálica, defendido por armas antiaéreas. Este fue uno de los objetivos de las tropas pakistaníes cuando en 1965 rompieron las defensas indias en el sector de Chamb. El río Chenab es navegable y vemos al paso cómo las barcazas repletas de pasajeros se deslizan río abajo. Después de cuatro horas de viaje alcanzamos el campamento

donde vivaqueaban las fuerzas de refresco. Todo el perímetro estaba ocupado por soldados con sus uniformes verdes de cam­ paña. Era la hora del rancho. Los reactores de las fuerzas aéreas indias hicieron varias pasadas sobre nosotros con ese énfasis que ponen los pilotos para «epatar» periodistas. El coronel nos invitó a compartir el arroz, los «chapattis» y el «dal» con los soldados. La ración era abundante. Poco después proseguíamos la marcha. Atravesamos aldeas abandonadas. El ganado vagaba por entre las piezas de artillería y las trincheras. El fuego de las baterías de 120 mm era ahora intermitente pero el frente parecía estabili­ zado. Al llegar al próximo campamento, el helicóptero de sani­ dad se disponía a evacuar a los heridos. Había una paz extraña en el ambiente. Nada de evacuaciones nerviosas como en el Vietnam. Aquí todo se hacía en calma chicha. Me acerco a las trincheras protegidas por redes de enmasca­ ramiento. En el fondo del pozo de tirador, hecho un ovillo, duerme un soldado mezclado con el polvo. Suena del fondo de la trinchera una música de sitar y tabla. Puede ser el virtuoso Ali Akthar. También por estos contornos suena el transistor y los soldados hacen la guerra con música. El ametrallador se llama Thangavelu y es de Madrás, 22 años. —Llevamos cuatro días y cuatro noches sin dormir. La bata­ lla ha sido muy dura pero menos mal que los hemos echado al otro lado del río y ahora todo está más o menos en calma. Añade con nostalgia que se casó hace cinco meses. —Mi luna de miel es esta guerra. Lo único que deseo es vol­ ver a Madrás cuanto antes. ¿Qué noticias tiene usted de la gue­ rra? ¿Vamos de verdad tan bien como dicen nuestros jefes? ¿Cree que acabará pronto? El soldado hace la guerra a ciegas. Sólo sabe que una ofen­ siva a bayoneta calada le hace retroceder o le permite avanzar, pero no tiene una idea de conjunto. Ahora sabe algo más porque hace la guerra con la compañía del transistor, pero se fían poco, las victorias de que hablan los jefes y oficiales se transforman en epopeya a través de la radio. —Estamos en las manos de Dios, me dice Thangavelu en su bautismo de fuego.

Quinientos metros más lejos me detengo junto al parapeto. El soldado Probahkaram de Kerala yace tumbado con la cabeza apoyada en una caja de munición. El peine de la ametralladora pesada llega hasta él y se le enrosca como una serpiente. Latas vacías de pescado, vendas, algodones, botellas y cajetillas de ta­ baco aparecen desparramadas en la zanja. Probahkaram tiene unas marcadas ojeras. La tensión y la vigilia de estos últimos días sin duda han sido terribles. La trinchera con su nerviosa vigilan­ cia, la atención al menor ruido, el espanto del tiro de mortero, la falta de sueño, el temor a un asalto cuerpo a cuerpo desgastan al soldado. El rostro, el uniforme están cubiertos de una capa es­ pesa de polvo. Es el polvo fino como el talco de la meseta del Panjab, la de «los cinco ríos», que penetra en el cuerpo y ensucia la ropa en cuestión de segundos. Cada disparo de cañón levanta nubes de polvo. «Polvo que se alza sobre el polvo», como decía Kipling. —¿Cree que va a terminar pronto?, me pregunta en un inglés rudimentario con esas curiosas oscilaciones fonéticas con que ha­ blan el inglés los indios. El soldado de Kerala es un veterano, trece años en el ejército. La paga no es excesiva pero está al margen de los peligros del mercado de trabajo. Está casado y es padre de tres hijos. Las referencias a la familia son constantes. Me cuenta su último sobresalto. —A las cuatro y media de la mañana ha pasado a pocos me­ tros de mí un reactor pakistaní, pensé que me quedaba sin la cabeza. Yo estaba seguro de que arrojaría una bomba, pero en segundos ha pasado de largo. —¿Estáis ganando la guerra? —Yo soy un veterano y algo entiendo de esto. Se nota en la expresión de nuestros jefes. Pero es mi última guerra, ya no sigo. Después, como si fuera una estrella de Hollywood aquejada por el stress y el cariño materno, concluye: «De ahora en ade­ lante pienso dedicarme a mi familia. Es lo único que merece la pena». Es muy posible que la vida civil, la competencia por un puesto de trabajo, la inseguridad, no le fuera tan cómoda como la militar a pesar de ía soldada, unas 200 rupias al mes (10 rupias

eran por entonces algo más de cien pesetas). El general Jaswant Singh nos esperaba en el cuartel general, en el umbral de su bunker. Estaba al mando del 10° de Infantería. Es un típico ge­ neral sik, fornido, alto, barba muy oscura y cuidada. Le rodean sus asistentes. Uno de ellos mastica granos de anís mientras sos­ tiene el mapa del sector. —La guerra, dice, empezó el día 3 con un denso fuego de artillería desde el otro lado. El enemigo ha concentrado su ofen­ siva en este área con una intensidad no igualada en ningún otro sector del frente. Hemos resistido con firmeza y el enemigo ha dejado cientos de muertos sobre el terreno. Las escuadrillas enviadas por el mariscal del aire pakistaní Rahim Khan se encontraron con las baterías de SA-2 y SA-3. Su Pearl Harbour falló y también la «jihad» contra los infieles. La aviación india pasó al ataque y los carros tomaron de nuevo el camino de Lahore. Pero las dos fuerzas aéreas estaban mal pre­ paradas para combinar sus operaciones con las tropas de tierra. El general Singh nos concedió un salvoconducto para llegar hasta la línea de fuego a poca distancia del río Tavi. El enemigo, después de fracasar en su ofensiva, se reorganizaba al otro lado del río. A izquierda y derecha del sendero yacían algunos carros M 41 y M 24 del Pakistán, inferiores a los «Vijayanta» indios. Cientos de vacas, búfalos, cabras, ovejas y perros abandonados continuaban en el campo de batalla ajenos al zumbido de los aviones y a los impactos de los proyectiles de obús. Este era un terreno de arbolado disperso y cañaveral, óptimo para el enfren­ tamiento de carros. Unos cuantos kilómetros más y el jeep alcanzaba la primera línea. La ruta no había sufrido daños apa­ rentes y los zapadores reparaban con éxito los pocos pasos hun­ didos por el tonelaje de los vehículos. Estábamos sobre el río Tavi, donde el Estado Mayor pakis­ taní había tendido una cabeza de puente. Le duró poco. Si la logística india hasta el frente permitió un rápido aprovisiona­ miento de armas, municiones y soldados, no era menos cierto que la defensa a lo largo del río Tavi aparecía sólidamente mon­ tada. Los generales siks, con sus varitas de mando muy british, sabían hacer la guerra. Carros de combate, lanzagranadas, ame-

tralladoras pesadas, obuses y artillería, antitanques, componían bajo las lonas de camuñaje un inexpugnable dispositivo adap­ tado a la defensa estática. Al acercarme al parapeto con el cuerp o al ras del suelo silbaron los proyectiles. —¡Shelling!, ¡shelling! gritaba el oficial de enlace, ¡cuerpo a tierra, disparan! La artillería india inició el fuego a nuestras espaldas. El ca­ pitán Sartaj me tendió los prismáticos. Al otro lado todo era una vorágine de polvo y fuego y a duras penas logré distinguir a los artilleros pakistaníes entre las baterías y algunos viejos carros Sherman. Su ofensiva careció de mordiente. La superioridad de la India en efectivos y material era evidente.

Media hora después de su comienzo el duelo artillero ter­ minó y sobre la llanura se instaló un extraño silencio. De cuclillas los soldados comían el rancho, arroz con cordero y «chapattis». De vuelta cruzamos por el poblado de Palanwala. En el frontis­ picio de la escuela en gruesas letras estaba escrito: «La disciplina es carácter». Un soldado sentado a la orilla de la carretera acari­ ciaba a dos cachorros de podenco, mascotas de aquella guerra. Había caído la noche sobre el frente. Cuando el camión militar que nos llevaba se detuvo en Jammu, la oscuridad era total. En

el campamento base, el centinela, sorprendido por nuestra lle­

gada, nos dio el alto con un grito que cortaba la respiración. El conductor dio el santo y seña. Me dormí entre el llanto de las

hienas y el ladrido de los perros en la inmensa llanura donde vigilaba el soldado en su trinchera. Regresé al otro lado. En

Bangladesh, las tropas del general Aurora vencieron las dificul­ tades del terreno, brazos de agua, canales y arrozales para hacer progresar sus blindados. El material soviético, las piezas prefa­ bricadas que sustituían a los puentes destruidos, les permitieron colocarse en torno a las grandes ciudades desde Jessore a Dacca.

A los pakistaníes sólo les quedaba esperar la intervención china.

Creyeron en ella hasta el final. Los más violentos combates se libraron en torno a Jessore y Kulna. En su conferencia de prensa en Calcuta, el general Aurora Singh nos explicó que la táctica del

ejército indio consistiría en evitar las ciudades y las fortalezas enemigas, plantearle una guerra de nervios, someterle al fuego

graneado de la artillería para socavar la moral de las tropas del general Niazi Khan. La aviación hizo el resto. Cerca de Jessore me llevaron hasta las fosas comunes donde yacían cientos de cadáveres en descomposición. Las aldeas ar­ dían como la tea y me decían los guerrilleros que durante la no­ che se escuchaban a la otra orilla del río los alaridos de las muje­ res raptadas. Después de forzarlas las pasaban a cuchillo y las arrojaban a la corriente o se las dejaban a los buitres para el breakfast, el gran festín del amanecer. Eran las últimas horas antes de la rendición del general Niazi, la hora del ajuste de cuentas en aquel campo de exterminio. Los campesinos, que es­ peraban el final de la carnicería para volver a sus paddys de arroz, ponían guirnaldas de caléndulas al cuello de sus libertado­ res. Les vi besar las bocas de los cañones y gritar luego «Joi Bangla». Cuando cruzaba los pontones que sustituían a los puen­ tes derribados, aturdido por los gritos sabía que la estadística de la muerte y la destrucción de Bangladesh sería espeluznante. Las primeras víctimas las vimos cerca de Jessore. Los cuerpos de los paramilitares aparecían colgados de los postes. Vi otros cadáve­ res alineados en los canales con las cabezas cortadas y las entra­ ñas esparcidas. Nubes de moscas zumbaban en torno a los cuer­ pos y algo más lejos, en las aldeas, formaciones de buitres revo­ loteaban sobre el río de los despojos. En mi bloc de notas escribí en un alto en el camino: «Estamos en la hora de los buitres. Veo

a las bandadas de pájaros planear sobre los ríos, sobre los cam­

pos, sobre los arrozales. Hombres ahorcados y buitres, hombres degollados y buitres, hombres martirizados y buitres. Los que no son bengalíes tiemblan aterrorizados por la matanza que les ace­ cha. Cada vez que contemplo estas imágenes de desolación y de horror, de venganza y crueldad, pienso en lo dolorosa que va a

ser la recuperación de este nuevo y atribulado país».

Era intenso el olor a cadaverina. Bangladesh era la nación de

la euforia y de la muerte. En los campos, entre los búfalos muer­

tos por el fuego cruzado y con los vientres hinchados, el arroz

estaba engavillado. La acción pakistaní de tierra quemada de­ tuvo las faenas agrícolas. Los niños volvían a hacer volar sus cometas sobre los palmerales. Los soldados llevaban flores de

«franchipani» en los cascos. Los Mukti Bahini, los guerrilleros de la libertad bengalí, están aún en la «fase nómada» de que habla «Che» Guevara en su libro sobre la guerra de guerrillas. Al llegar a Nihaya, los guerrilleros y las fuerzas vivas de la localidad llevan a los «razakars» y a los biharis a culatazos hacia el río para rematarlos allí. Algunos, arrastrados por cables, son masas san­ guinolentas, de polvo y carne viva. Los han cazado en la selva y descargan sobre la cuerda de presos sus varas de bambú. Van inmovilizados, con cuerdas de yute en el antebrazo. Los piso­ tean, los golpean, los ponen de nuevo en pie para que reanuden el camino. «Bihari, bihari», oigo que gritan. Muchos de ellos mueren en las acequias antes de alcanzar el río y quedan allí mutilados, degollados, con los ojos abiertos. La tarde del 16 de diciembre, una columna motorizada india entraba en la capital, Dacca. Por la mañana, los generales pakis­ taníes negociaban la capitulación tras la guerra de los catorce días. En las calles, la población ofrecía flores a los soldados de Indira Gandhi. El acta de rendición se firmó en el hipódromo. Los generales Aurora y Niazi llegaron en el mismo vehículo. La ceremonia fue breve. El general Niazi Khan se arrancó la charre­ tera de la manga derecha, vació el cargador de su revólver y entregó los cartuchos al vencedor. Se firmó el acta: «Niazi con una letra vacilante, Aurora con trazo rápido y voluntarioso». Al otro lado, Zulfikar Ali Bhutto llegó al poder y puso en libertad a Mujibur Rahman. Su regreso a Dacca en un avión de la RAF, ya que se había detenido en Londres y más tarde en Nueva Delhi, para dar las gracias a Indira Gandhi, se hizo en uno de los más multitudinarios recibimientos que recuerda el mundo. Mujib, el «Bangla Bandu», el amigo de Bengala, estaba tan emocionado que apenas pudo en el hipódromo pronunciar su discurso: «Yo digo al pueblo del Pakistán, sentios felices. Voso­ tros no sois los responsables de lo que el ejército ha hecho en mi país. Pero lamento que no sea posible desde ahora para Bangla­ desh, continuar junto al Pakistán. Los lazos de unión se han roto. Yo digo al señor Bhutto: Vivid en paz y dejadnos vivir en paz». Bangladesh no pudo vivir en paz. Mujibur, el adorado

Mujib, fue asesinado en agosto de 1975. Esperé en vano desde Calcuta la posibilidad de viajar a Dacca. Mujib se había conver­ tido en un aprendiz de brujo y los años desde la independencia y la secesión demostraron que era el líder válido para una etapa de la historia pero incapaz de ordenar, administrar y reorganizar el país. El «Bangla Bandu» cayó en los mismos vicios que años antes había denunciado en los administradores de la ley marcial pakis­ taní. Terminó por convertirse en un dictador y como el poder absoluto corrompe absolutamente, pervirtió los viejos y difusos ideales de la Liga Awami para instalar un poder personal apoyado en una claque paramilitar. Los primeros pasos que dio Mujib no pudieron ser más alentadores: abrió de par en par las puertas de su casa y escuchó las quejas, las palabras de aliento, las recomendaciones, las peticiones de ayuda. Después las puer­ tas se cerraron para siempre y Mujib, el primer ministro de Ban­ gladesh, se enclaustró protegido por su ejército privado de los Jatyo Raki Bahini, una Guardia Nacional al estilo de la de So- moza. Poco a poco su régimen cayó en la corrupción y el nepo­ tismo. En 1974 se hizo con todos los poderes, declaró el estado de excepción y suspendió las libertades civiles. La influencia cre­ ciente de aquel ejército feudal al servicio de Mujibur molestó al ejército y a los jóvenes oficiales. Primero fueron las inundacio­ nes de 1971, después el ciclón devastador, más tarde el genoci­ dio. ia epidemia de hambre de 1974 y por fin la traición de Mujib a los ideales de la independencia. Alguien comentó en Dacca:

«Dios ha dado la espalda a nuestro país». El descontento, el caos, se tradujeron pronto en conspira­ ción. Se calcula que entre marzo de 1972 y mayo de 1974, 4.925 personas murieron en medio de la violencia política. Durante la epidemia de hambre de 1974 un promedio de 70 a 100 personas morían de hambre sólo en Dacca. El fantasma de la hambruna de 1943, con sus seis millones de víctimas por inanición, estaba de nuevo sobre las dos Bengalas. La ayuda extranjera fue como tantas veces a parar a manos de los hijos y sobrinos, la camarilla familiar de Mujibur. La conspiración se tejió en tomo al coman­ dante Dalim. Los jóvenes oficiales eligieron el 15 de agosto como la fecha del golpe de Estado por razones simbólicas: era el

28 aniversario del día en que los ingleses abandonaron su Impe­ rio de la India. Fue un cuartelazo bañado en sangre. Los insu­ rrectos rodearon con sus tanques la residencia de Mujib y cerca­ ron a los Raki Bahini, el ejército dentro del ejército. La «se­ gunda revolución» de Mujib, la «democracia de los oprimidos», tocaba a su fin. Permitió al hermano del primer ministro Nazir controlar las redes de contrabando del sur, a su mujer quedarse con parte de la ayuda del Banco Mundial, a su hijo Ramal dirigir a la mafia y a su sobrino acumular poder y fortuna. El golpe duró m enos de veinte minutos. Poco después de sonar el primer dis­ paro, el comandante Dalim se dirigió por la Radio Nacional al país: «Soy el comandante Dalim. Hemos matado a Mujib. He­ mos declarado la ley marcial y las fuerzas armadas han tomado el poder b a jo la dirección de Kondakar Mustaq Ahmed». Bastaron

500 so ld a d o s, 13 tanques y piezas de artillería que no regresaron