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IX. ¿EXISTEN REGLAS MORALES ABSOLUTAS?

Y por qué no decir: ¿Hagamos males para que vengan


bienes?
San Pablo, Carta a los romanos 3:8
(ca. 50 d.C.)

9.1. Harry Truman y Elizabeth Anscombe

Harry Truman, el presidente número 33 de Estados


Unidos, será siempre recordado como el hombre que tomó
la decisión de tirar las bombas atómicas sobre Hiroshima y
Nagasaki. Al asumir la presidencia en 1945, tras la muerte
de Franklin D. Roosevelt, Truman no sabía nada del
desarrollo de la bomba; los asesores presidenciales
tuvieron que ponerlo al tanto. Los Aliados estaban
ganando la guerra en el Pacífico, dijeron, pero a un costo
terrible. Se habían hecho planes para una invasión de las
islas japonesas, que sería más sangrienta incluso que la
invasión de Normandía. Emplear la bomba atómica sobre
una o dos ciudades japonesas, en cambio, podría terminar
rápidamente con la guerra y haría innecesaria la invasión.
Al principio, Truman se mostró renuente a usar la nueva
arma. Lo malo era que cada bomba arrasaría una ciudad
entera, no sólo los blancos militares, sino también
hospitales, escuelas y casas de civiles. Mujeres, niños,
ancianos y otros no combatientes serían exterminados junto
con el personal militar. Aunque los Aliados ya habían
bombardeado ciudades, Truman sintió que la nueva arma
volvía la cuestión de los no combatientes incluso más grave.
Además, los Estados Unidos habían condenado
públicamente los ataques sobre blancos civiles. En 1939,
antes de que los Estados Unidos entrara en la guerra, el
presidente Roosevelt había mandado un mensaje a los
gobiernos de Francia, Alemania, Italia, Polonia e Inglaterra
denunciando el bombardeo de ciudades en los términos más
enérgicos. Lo había llamado una “barbarie inhumana”:
El implacable bombardeo a civiles desde el aire […] que
ha dejado lisiados y ha matado a miles de hombres,
mujeres y niños indefensos, ha indignado los corazones
de todos los hombres y mujeres civilizados, y ha
escandalizado profundamente la conciencia de la
humanidad. Si se recurre a esta forma de barbarie
inhumana durante el periodo de la trágica conflagración a
la que hoy se enfrenta el mundo, perderán la vida cientos
de miles de seres humanos inocentes sin ninguna
responsabilidad por las hostilidades que han estallado, y
que ni remotamente están participando en ellas.

Cuando decidió autorizar los bombardeos, Truman expresó


ideas similares. Escribió en su diario: “Le he dicho al
secretario de Guerra, Stimson, que la use de modo que el
blanco sean objetivos militares y los soldados y marinos, y
no mujeres y niños […] Él y yo estamos de acuerdo. El
objetivo será puramente militar”. Es difícil saber cómo
interpretar esto, pues Truman sabía que las bombas
destruirían ciudades enteras. No obstante, es claro que lo
preocupó la cuestión de los no combatientes. También es
claro que estaba convencido de estar haciendo lo correcto.
Le dijo a un
asesor que, después de firmar la orden, “durmió como un
bebé”.
Elizabeth Anscombe, que murió en 2001 a la edad de 81
años, era una estudiante de 20 años en la Universidad de
Oxford cuando comenzó la segunda Guerra Mundial. Ese
año ella escribió en coautoría un discutido folleto
argumentando que Gran Bretaña no debía entrar en la guerra
porque terminaría peleando con medios injustos, como
ataques contra civiles. “Miss Anscombe” —como siempre
se le conoció, a pesar de su matrimonio de más de 50 años y
sus siete hijos— llegaría a ser una de las figuras más
prominentes de la filosofía del siglo xx, y la más grande
filósofa de la historia.
Miss Anscombe era también católica, y su religión
ocupaba un lugar central en su vida. Sus opiniones éticas,
específicamente, reflejaban las enseñanzas católicas
tradicionales. En 1968 celebró la declaración del papa Paulo
VI en la que la Iglesia prohibió los anticonceptivos, y
escribió un folleto explicando por qué el control artificial de
la natalidad era ilícito. Hacia el fin de su vida fue detenida
por protestar frente a una clínica en que se practicaban
abortos. También aceptó las enseñanzas de la Iglesia acerca
de la conducta ética en la guerra, que la llevaron a un
conflicto con Truman.
Los caminos de Harry Truman y de Elizabeth Anscombe
se cruzaron cuando, en 1956, la Universidad de Oxford
otorgó a Truman un grado honorario. Ésta fue una forma de
agradecerle la ayuda de los Estados Unidos durante la
guerra. Quienes propusieron ese honor creyeron que no
causaría controversias, pero Anscombe y otros dos
profesores se opusieron a que se otorgara y, a pesar de que
perdieron, lograron que se sometiera a votación algo que de
otra manera habría sido aprobado de manera rutinaria.
Luego,mientras se confería ese honor, Anscombe se
arrodilló fuera del salón, rezando.
Anscombe escribió otro folleto, explicando esta vez que
Truman era un asesino porque había ordenado los
bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Por supuesto,
Truman creyó que los bombardeos se justificaban: habían
abreviado la guerra y salvado vidas. Para Anscombe, esto no
era bastante. “Que los hombres decidan matar inocentes
como medio para sus fines —escribió— siempre es un
asesinato.” Y contestó al argumento de que los bombardeos
habían salvado más vidas de las que suprimieron, diciendo:
“¡Vamos! Si tuvieras que elegir entre hervir a un bebé y
dejar que un desastre horroroso cayera sobre un millar de
personas —o un millón, si mil no te bastan—, ¿qué harías?”
La cuestión es que, según Anscombe, hay ciertas cosas
que no se deben hacer, pase lo que pase. No importa si
puedes lograr un gran bien hirviendo a un bebé; es algo que
simplemente no se debe hacer. (Considerando lo que
sucedió a los bebés en Hiroshima, “hervir a un bebé” no está
muy lejos.) Que no debemos matar intencionalmente a
personas inocentes es una regla inviolable, pero hay otras:
Ha sido característica de la ética [judeocristiana] enseñar
que hay ciertas cosas que están prohibidas cualesquiera
que sean las consecuencias que nos amenacen, tales
como: escoger matar a un inocente con cualquier
propósito, por bueno que sea; hacer pagar a justos por
pecadores; la traición (con lo que quiero decir ganarse la
confianza de un hombre acerca de algo importante con
promesas de amistad y luego traicionarlo a sus
enemigos); la idolatría; la sodomía; el adulterio; hacer
una falsa profesión de fe

Por supuesto, muchos filósofos no están de acuerdo;


insisten en que una regla se puede violar, si las
circunstancias así lo exigen. Anscombe dice de ellos:

Es digno de hacer notar que ninguno de estos filósofos


muestra tomar conciencia de que existe una ética así, que
están contradiciendo: se suele dar por obvio entre ellos
que una prohibición como la que hay sobre el asesinato
no es válida ante ciertas consecuencias. Pero, por
supuesto, lo estricto de la prohibición tiene como
propósito no sentirse tentado por el miedo o por la
esperanza de las consecuencias.

Anscombe y su esposo, Peter Geach, también un filósofo


distinguido, fueron durante el siglo xx los principales
paladines filosóficos de la doctrina de que las reglas morales
son absolutas.
9.2. El imperativo categórico

Es difícil defender la idea de que las reglas morales no


tienen excepciones. Es bastante fácil explicar por qué
debemos hacer una excepción a una regla; podemos
sencillamente señalar que, en algunas circunstancias, seguir
la regla tendría consecuencias atroces. Pero, ¿cómo
podemos explicar por qué no deberíamos hacer una
excepción a la regla en tales circunstancias? Es una tarea de
enormes proporciones. Una manera sería decir que las reglas
morales son inviolables mandamientos de Dios. Aparte de
eso, ¿qué se puede decir?
Antes del siglo xx, hubo un filósofo muy importante que
creyó que las reglas morales son absolutas, y ofreció un
célebre argumento en favor de esta opinión. Immanuel Kant
(1724-1804) fue una de las figuras fundamentales del
pensamiento moderno. Argumentó, para tomar un ejemplo,
que nunca es correcto mentir, cualesquiera que sean las
circunstancias. No apeló a consideraciones teológicas; en
cambio, sostuvo que la razón requiere que nunca mintamos.
Para ver cómo llegó a esta notable conclusión, empezaremos
con una breve mirada a su teoría general de la ética.
Kant observó que la palabra deber frecuentemente se
emplea de modo no moral. Por ejemplo,
1. Si quieres llegar a ser un mejor jugador de
ajedrez, debes estudiar las partidas de Gary
Kasparov.
2.Si quieres ingresar en la escuela de derecho, debes
anotarte para el examen de admisión.
Buena parte de nuestra conducta está gobernada por tales
“deberes”. La pauta es: tenemos un cierto deseo (llegar a ser
un mejor jugador de ajedrez, estudiar en la escuela de
derecho); reconocemos que un cierto curso de acción nos
ayudará a obtener lo que queremos (estudiar las partidas de
Kasparov, anotarse para el examen de admisión), y entonces
concluimos que debemos seguir el plan indicado.
Kant llamó “imperativos hipotéticos” a éstos porque nos
dicen qué hacer siempre y cuando tengamos los deseos
correspondientes. Una persona que no quiera mejorar su
ajedrez no tendría ninguna razón para estudiar las partidas
de Kasparov; alguien que no quisiera ir a la escuela de
derecho no tendría razón alguna para inscribirse en el
examen de admisión. Como la fuerza vinculante del “deber”
depende de que tengamos el deseo correspondiente,
podemos librarnos de su fuerza simplemente renunciando al
deseo. Así, si ya no quieres ir a la escuela de derecho,
puedes librarte de la obligación de tomar el examen.
Las obligaciones morales, por contraste, no dependen
de que tengamos deseos particulares. La forma de una
obligación moral no es “si quieres tal y cual, entonces debes
hacer esto y aquello”. En cambio, los requisitos morales son
categóricos: tienen la forma de “debes hacer esto y aquello,
punto”. La regla moral no es, por ejemplo, que debes ayudar
a la gente si te importa la gente o si tienes algún otro
propósito al ayudarla. En cambio, la regla es que debes
ayudar a la gente sin importar tus deseos particulares. Por
ello, a diferencia de los “deberes” hipotéticos, no se puede
escapar de los requisitos morales simplemente diciendo:
“Pero eso a mí no me importa”.

Los “deberes” hipotéticos son fáciles de entender.


Simplemente requieren que adoptemos los medios
necesarios para alcanzar los fines que perseguimos. Los
“deberes” categóricos, por otro lado, son misteriosos.
¿Cómo podemos estar obligados a comportarnos de cierta
manera sin importar los fines que queramos alcanzar? Buena
parte de la filosofía moral de Kant es un intento de explicar
cómo es esto posible.
Kant sostiene que, así como los “deberes” hipotéticos
son posibles porque tenemos deseos, los “deberes”
categóricos son posibles porque tenemos razón. Los
“deberes” categóricos obligan a los agentes racionales
simplemente porque son racionales. ¿Cómo es esto
posible? Lo es, dice Kant, porque los deberes
categóricos se derivan de un principio que debe aceptar
toda persona racional. El llama a este principio el
imperativo categórico. En su Fundamentación de la
metafísica de las costumbres (1785), expresa el
imperativo categórico del siguiente modo, es una regla
que dice:

Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al


mismo tiempo que se torne ley universal.
Este principio resume un procedimiento para decidir si un
acto es moralmente permisible. Cuando estés pensando en
hacer una acción particular, te vas a preguntar qué regla
estarías siguiendo si hicieras esa acción (ésta será la
“máxima” del acto). Entonces te vas a preguntar si estarías
dispuesto a aceptar que