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A quién iremos?

27 de Octubre 1978. Conferencia de Área en Montevideo, Uruguay


por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Mis amados hermanos, es un placer poder estar con vosotros y me siento agradecido por la oportunidad de
estar aquí, en presencia del presidente Kimball, a quien apoyo como Profeta de Dios; y adhiero mi testimonio
al de vosotros de que, por intermedio de él, el Señor nos está haciendo saber Su voluntad.

En este momento, ruego tener la guía del Espíritu Santo, ya que mi único deseo es que mis palabras aumenten
vuestra fe y vuestra resolución de vivir el evangelio.

En mi vida he tenido la oportunidad de conocer a personas maravillosas, algunas de las cuales no he podido
olvidar. Entre ellas se encuentra un hombre de Asia, de un lugar tradicionalmente musulmano, donde se sabe
muy poco acerca del Señor Jesucristo; es una nación donde no se tolera el cristianismo.

Este hombre era un oficial naval de su nación, y había venido a los Estados Unidos para recibir una mayor
capacitación naval. Durante la misma, le llamó mucho la atención la manera de actuar de ciertos oficiales;
cuando les preguntó respecto a algunas de sus costumbres, éstos le dijeron que eran mormones. El demostró
interés en saber más, y los oficiales le hablaron acerca de nuestro Padre Celestial y del Señor Jesucristo; le
hablaron acerca del profeta José Smith y le dieron un Libro de Mormón para que leyera. El Señor, por medio
del Espíritu Santo tocó el corazón de este hombre, quien se bautizó en la Iglesia.

Cuando estaba por volver a su tierra natal, me lo presentaron y yo le dije: “¿Qué sucederá cuando usted
regrese a su país?… un cristiano y particularmente un cristiano mormón.” Con una mirada muy triste me
contestó: “Mis familiares me considerarán muerto, no querrán saber más nada conmigo, y creo que todas las
posibilidades de progreso en la Marina de mi país, estarán cerradas para mí.” Entonces le pregunté: “¿Está
usted dispuesto a pagar ese terrible precio por ser miembro de esta Iglesia?’ ’ Me miró muy intensamente, y
con lágrimas en los ojos me preguntó: “¿Es verdadera, no?” Me sentí avergonzado por haberle hecho tal
pregunta y le contesté: “Sí, es verdadera”. A lo que él respondió: “Entonces, ¿qué importa lo demás?”

Hermanos, en este día me gustaría dejaros este concepto: La Iglesia es verdadera, “entonces, ¿qué importa lo
demás?”

Hoy me he encontrado con personas maravillosas a quienes conozco desde hace varios años, pero extraño
algunos rostros que también conocía, y cuando pregunté acerca de ellos, me dijeron que se han inactivado; en
su camino hacia el progreso, han puesto en primer lugar las cosas de menor importancia.

Los requisitos de la Iglesia son muchos y a veces difíciles, y se espera que nosotros demos de nuestro tiempo,
nuestros talentos, nuestro dinero. El Señor ha dicho que éste es el día del sacrificio; y el sacrificio, mis
hermanos, es la esencia misma del Evangelio.

Dios, nuestro Padre Eterno, nos dio a su Hijo, y El dio su vida por nosotros; es imposible adorar a Dios
verdaderamente en espíritu y en verdad, a menos que demos de nosotros mismos. Cuando llegamos realmente a
saber que éste es el Evangelio verdadero, vemos que no hay nada más valioso; pero lo más maravilloso es esto:
recibimos más de lo que damos; mientras servimos., progresamos; mientras damos, más recibimos; y mientras
participamos, aumenta nuestro poder para actuar.
Recuerdo que durante la dedicación del Templo de Nueva Zelanda, en la sesión de testimonios que se llevó a
cabo con los santos del lugar, había un hombre que había ido con su esposa y sus hijos desde Australia, para lo
cual habían viajado alrededor de 8.000 kilómetros. Él dijo en esa ocasión: “Le dije a mi esposa: ‘Sería
hermoso ir, pero no podemos afrontar el gasto’. Pero, al mirar a mí amada compañera y a mis hermosos hijos,
me dije: Sin ellos, nada en el mundo tendrá valor. Vendimos el auto, los muebles y hasta la vajilla, y aquí
estamos”. Y entonces, llorando agregó: “Con las bendiciones del Señor, de alguna manera tendremos otra
vajilla, otros muebles y otro auto. Confiando en El, vinimos aquí”.

Nunca olvidaré su testimonio porque expresaba en toda su magnitud: “Es verdadera, ¿no? Entonces, ¿qué
importa lo demás?”

Para terminar, me gustaría rápidamente referirme a la ocasión en que el Señor alimentó a la multitud con pan
y pescado. Al día siguiente lo siguieron a Capernaun, para poder recibir más alimentos; pero en lugar de
darles pan y pescado, el Señor les enseñó la doctrina del reino de Dios, y entonces muchos dijeron:

“Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60.)

Más adelante leemos:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Él.

Dijo entonces Jesús a los Doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?

Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Juan 6:66-69.)

Mis hermanos, si alguna vez el hecho de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos
Días, os parece una carga pesada, os ruego que penséis en la declaración de mi amigo: “Es verdadera, ¿no?
Entonces, ¿qué importa lo demás?” Considerad también la declaración de Pedro:

“Señor, ¿a quién iremos? . . .hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

A esas palabras agrego mi testimonio de que esta obra es divina, y como siervo del Señor invoco sus
bendiciones sobre vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.