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Revisado-30-08-2009.

DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI.

Perspectiva desde la antropología crítica

Mario Sanoja Obediente

Caracas. 2009
A Iraida, mi compañera de vida y de lucha
Índice

PREÁMBULO……………………………………………………………7

PARTE 1:

CRITICA DEL PARADIGMA OCCIDENTAL DEL PROGRESO.

CAPÍTULO 1. El ideal del progreso y la civilización


occidental…………24

CAPÍTULO 2. Civilización y Procesos


Civilizadores……………………..33

Evolución Cultural, Progreso y


Civilización ............................................36

El Paradigma Civilizador de Occidente y las Raíces del


Capitalismo… 38

El Capitalismo Mercantil …………………………………………… …


56

CAPITULO 3. El Materialismo Histórico y el Paradigma


Occidental del
Progreso.....................................................................................
......................64

El Modo de Producción Asiático: otra expresión del clasismo


inicial.......... 71
La diversidad cultural de las sociedades clasistas iniciales o
asiáticas y las vías hacia el capitalismo y el
socialismo.................................................................74

De los pueblos pastores de Eurasia a la Revolución


Soviética....................... 74

Mesopotamia, Irak,
Turquía.............................................................................79

Egipto y el Mahgreb, las sociedades africanas y el


Islam................................82

La India y
Pakistan.....................................................................................
......87

China..........................................................................................
......................90

Japón..........................................................................................
......................93

PARTE 2: CRÍTICA DEL PARADIGMA CIVILIZADOR Y DE LOS


PROCESOS CIVILIZADORES AMERICANOS.
CAPÍTULO 4. El paradigma civilizador americano y la
Arqueología Social

La civilización suramericana caribeña: procesos civilizadores


del Atlántico y el
Pacífico.......................................................................................
.......93.

El proceso civilizador clasista andino-


pacífico.........................................94

El proceso civilizador amazónico- orinoquense.…………………..


…….95

El proceso civilizador
caribeño…………… ...........................................101

La civilización norteamericana.

El proceso civilizador clasista mesoamericano…..


……………………...102

El proceso civilizador de la costa este de Estados


Unidos........................105

El proceso civilizador del suroeste de los Estados


Unidos.......................107

El proceso civilizador de la costa noroeste de los Estados


Unidos y Canadá

...................................................................................................
.................107

¿Centroamérica, proceso civilizador


autónomo?...........................................108

La imposición forzada del capitalismo……………………………..


……109

La Civilización Latinoamericana o Nuestra


América...............................111

¿Feudalismo en
América?..........................................................................113

El pasado y la interpretación revolucionaria del presente: la


arqueología
social………................................................................................
..........…117

PARTE 3:

PRÁCTICA PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL MODO DE VIDA


SOCIALISTA.

CAPÍTULO 5. Estrategia para llegar al


Socialismo.....................................128

La abolición de la propiedad
burguesa…......................................................134

CAPÍTULO 6. El método nacionalista revolucionario para


construir el socialismo
El Estado como práctica
socialista.................................................................140

Definición del modelo nacionalista


revolucionario…………………….......151

La política cultura socialista: método ideológico para el


cambio
revolucionario............................................................................
....................152

El Estad como praxis antiimperialista: motor del desarrollo


revolucionario.157

Los estados nacionales de nuevo


tipo............................................................158

CAPÍTULO 7. El Neoevolucionismo y la energía: legitimación


ideológica del
colonialismo...............................................................................
....................165

CAPITULO 8.Desarrollo socialista vs. Subdesarrollo


Capitalista………....169

CAPÍTULO 9. Condiciones necesarias para construir la


democracia socialista

La crisis del marxismo en Europa……………………............


……………..177
La emergencia del marxismo en Nuestra
América…………………............185

BIBLIOGRAFÍA CITADA……………………………………...........……
195

Ilustraciones.

Fig 1: Posible moneda en bronce en forma de piel de ganado,


2000 a.C........62

Fig. 2. Cuadro cronológico comprarativo; orígen del calcolítico


en la región atlantico.mediterranea
(Andalusia)..................................................................62

Fig. 3: bases de la formación mercantil


europea.............................................64

Fig.4: Juguetes medoamericanos con


ruedas............................................... 109

Fig. 5:expansión del capitalismo mercantil hacia America.


Siglo XVI.........148

Fig.6: El Imperio Capitalista: siglo


XXI........................................................199

Fig.7: el antiimperio: alianzas energéticas del siglo


XXI..............................200
PREÁMBULO

El desarrollo histórico de los países de Nuestra América


refleja los procesos socioculturales generales que han
afectado y afectan el desarrollo general de la sociedad
humana. La expresión de los mismos, sin embargo, asume
formas particulares que reflejan la diversidad histórica de la
región. Por esa razón, cuando queremos analizar como ahora
las transiciones del capitalismo al socialismo del siglo XXI,
consideramos necesario desarrollar, desde la perspectiva de
la antropología crítica, una comprensión teóricamente bien
informada sobre los procesos históricos particulares que
determinaron la formación de la cultura de los pueblos y las
naciones en el Viejo Mundo y en Nuestra América.

Como ya ha sido expuesto en torno a este tópico por el


filósofo Vega Cantor (2007: 13):

“…pretender analizar los fenómenos culturales como si no


tuvieran nexos materiales es una quimera reaccionaria, y más
en un continente como el latinoamericano tan lleno de
problemas y dificultades de tipo material, como la pobreza, la
desnutrición, la enfermedad y el desempleo...”

Esta exigencia tiene muchas implicaciones importantes para


la antropología crìtica: la necesidad de desmontar los mitos
construidos por el positivismo y el neopositivismo sobre la
historia de la humanidad, el origen de la cultura y los procesos
culturales e históricos de la llamada civilización occidental,
entre ellos el llamado eurocentrismo, los cuales no han
servido sino para encubrir la acción genocida y rapaz del
capitalismo. Este sistema económico ha sido útil para tratar
de consolidar la hegemonía mundial de las naciones de
Europa Occidental y los Estados Unido, así como la de Japón y
ahora la de Israel, a costa de la pobreza y la miseria de los
paises y sociedades que -hasta ahora- hemos estado
sometidos a su violencia cultural, económica, mediática y
militar (Patterson, 1997; Amín, 1989).

El discurso de la globalización que enmascara esta nueva fase


colonial del capitalismo occidental, atenta contra la viabilidad
de las naciones y el nacionalismo, contra las culturas
nacionales y particularmente contra los esfuerzos de las
mismas, como es el caso de UNASUR y el Banco del Sur, para
constituirse en bloques de poder alternativos al Grupo de los
Ocho países capitalistas centrales. Es preciso, por tanto, que
reivindiquemos el nacionalismo de izquierda como estrategia
de resistencia y como arma ideológica revolucionaria para
nuestras luchas nacionales e antiimperialistas a partir de
territorios claramente definidos (Vargas Arenas y Sanoja,
2005; Sanoja y Vargas Arenas, 2005ª, 2008; Vargas Arenas,
2007a; Vega Cantor, 2008: 203).

Para contribuir al logro de aquellos objetivos, los análisis


arqueológicos y antropológicos críticos deben tener como
referencia espacial, no solamente los límites de los actuales
Estados nacionales, sino la latitud de las regiones
geohistóricas que se han venido estructurando desde hace
milenios y han culminado, en unestro caso particular, con la
formación de bloques políticos y económicos concretos en
Suramérica, el Caribe y Centroamérica. Con base a estos
estudios, la comprensión tanto de los procesos
sociohistóricos originarios que han llevado a la formación de
nuestras civilizaciones y procesos civilizadores como a las
naciones y las modernas comunidades de Estados nacionales
en proceso deberían ser el referente para investigar los
procesos políticos contemporáneos

Como explicaremos en el curso de la presente obra, nuestra


propuesta se apoya en la idea de los clásicos del marxismo
de considerar el socialismo como una formación social cuyo
sistema económico y social se concreta con la creación de
una cultura de la solidaridad social en los pueblos. Ésta
tendría como meta la eliminación de su opuesto, la cultura de
la injusticia, la pobreza y la desigualdad social que
caracteriza el sistema económico social de la formación
capitalista. Desarrollaremos también el tema de los orígenes
remotos del capitalismo cuyas raíces históricas, de acuerdo
con los estudios de la arqueología y la etnología se hallarían
en Europa occidental, representados por diversos procesos
culturales civilizadores originarios que dieron nacimiento a la
llamada civilización occidental y a su expresión
socioeconómica: el capitalismo. De la misma manera,
analizaremos los diversos procesos culturales civilizadores y
los modos de vida originarios de la civilización suramericana
caribeña que continúan influyendo en los procesos históricos
actuales de los pueblos o grupos de ellos que la integran, los
cuales serían el fundamento histórico y cultural del socialismo
del siglo XXI.

Siguiendo esta línea de pensamiento, trataremos también de


sistematizar, desde la perspectiva de la antropológica crítica,
la explicación de otro paradigma del desarrollo social
alternativo al de la civilización occidental, el denominado por
Marx como modo de producción asiático, para que dicha
discusión nos ayude a entender el surgimiento de los
socialismos del siglo XXI en Nuestra América y a sustentar
una propuesta teórico-metodológica particular para la
construcción de un modo de vida socialista venezolano. Dicho
modo de vida debería representar la transformación
revolucionaria de las condiciones de dependencia económica
y política, y la ruptura definitiva con la desigualdad y la
injusticia social de cinco siglos de dominio colonial y
neocolonial del imperio que es expresión de la civilización
occidental europea y estadounidense.

La fuente de nuestra inspiración son los logros de la


revolución bolivariana misma, la realización concreta de los
objetivos sociales y políticos que se llevan a cabo en
Venezuela bajo la dirección de nuestro Presidente Hugo
Chávez Frías. Analizados desde nuestra perspectiva y de
nuestra experiencia como investigador en antropología, no
podemos menos que hacer honor al pensamiento
revolucionario y la voluntad nacionalista del actual líder
venezolano, carismático y brillante, quien ha logrado
enrumbar nuestro pueblo hacia un destino soberano,
socialista, democrático y participativo.

II

El interés por escribir este ensayo comenzó en Julio de 2007.


La Universidad de los Andes, Venezuela, me invitó en aquella
fecha para dar la clase magistral inaugural del curso de
Doctorado en Antropología, del cual he sido también profesor,
por lo cual me pareció importante dar a los estudiantes mi
visión como antropólogo del interesante proceso de liberación
nacional que vive hoy nuestro país y en general casi todos los
países de Nuestra América, como nos denominó José Martí, el
apóstol bolivariano de la independencia de Cuba.

Ya habíamos escrito en años anteriores un trabajo académico


sobre el tema del evolucionismo y el neo-evolucionismo
(Sanoja, 1987), pero no fue sino a partir de nuestras
reflexiones conjuntas con Iraida Vargas-Arenas sobre el tema
de la Revolución Bolivariana y el Humanismo Socialista del
Siglo XXI, (Sanoja y Vargas-Arenas 2008), cuando consideré
armar una propuesta teórica que permitiese ubicar nuestra
experiencia revolucionaria venezolana dentro del ámbito de la
historia de las ideas y –sobre todo- resaltar su importancia
como referencia para los procesos de liberación nacional
emprendidos por otros pueblos de Nuestra América.

Aquella reflexión cobraba particular importancia en este


momento cuando los pueblos de la América Meridional, como
los llamó Simón Bolívar, estamos viviendo uno de los
momentos más trascendentes de nuestra historia, librando el
combate por obtener nuestra definitiva independencia
política, cultural y económica del Imperio Angloamericano que
hoy, Enero de 2009, parece vivir su fase terminal. Por esa
razón, creimos necesario ampliar dicho texto y escribir este
ensayo. En él comenzamos por este preámbulo que recoge la
propuesta general y -como exponemos en los capítulos 1 y 2-
continuamos haciendo la crítica del concepto del Progreso y
analizando las raíces remotas del capitalismo, partiendo del
conjunto de proceso civilizadores culturales originarios de la
cultura neolítica europea una civilización, sobre cuyos
hombros surgió finalmente en el siglo XVI una formación
capitalista, cuyo sistema económico-social se impuso a la
fuerza -a partir de entonces- sobre las civilizaciones
originarias americanas, asiaticas y africanas. Desde ese
momento comienza a forjarse la relación de dependencia –
cultural, política, económica, y tecnológica- de los pueblos de
Nuestra América con el llamado Primer Mundo, lo que
denomina Dussel (1998)el segundo paradigma de la
modernidad, por lo cual creemos necesario hacer la crítica
histórica de la teoría de la Evolución Cultural y del Progreso
que son la justificación ideológica del proyecto mundial de
dominación hegemónico capitalista, tema que ha sido
analizado in extenso por el antropólogo mexicano Héctor Díaz
Polanco (1989).

Nuestra toma de posición teórica alude igualmente al debate


existente entre los antropólog@s e historiador@s
modernistas formalistas quienes sostienen que los análisis
económicos modernos son aplicables a la economía antigua, y
los llamados primitivistas sustantivistas, quienes niegan la
importancia de las relaciones de mercado, la acumulación
orginaria de capitales y el comercio a larga distancia en el
mundo antiguo ( Burling, 1976; Polanyi 1976; Kaplan 1976;
Godelier 1976; Eden y Kohl, 1993; Frank, 1993: 385). Como
veremos en el desarrollo de nuestra propuesta en los
capítulos que siguen, nuestra posición como antropólogo
marxista o que pretende serlo, se apoya en los conceptos
elaborados por Marx, todavia en proceso de desarrollo, de
modo de producción y formación económica y social, así como
en los de modo de vida y modo de trabajo propuestos por
Vargas-Arenas (1990). Como hemos analizado en trabajos
precedentes (Sanoja y Vargas-Arenas, 2000), existe
abundante evidencia publicada sobre la acumulación
originaria tanto de capital expresado en fuerza de trabajo
como de capital expresado en bienes materiales en las
sociedades precapitalistas de Nuestra América que permiten
substanciar el debate científico al respecto.

III

Hacer la crítica de la teoría del Evolucionismo Cultural, implica


también hacer la crítica de los conceptos fundamentales que
soportan el paradigma de la modernidad: el Progreso y la
Civilización. Hemos creído relevante discutir el tema de las
civilizaciones originarias americanas, ya que no podemos
hablar de la soberanía de nuestros pueblos si no damos
cuenta primero de las causas de su singularidad histórica.
Hemos utilizado igualmente el concepto de proceso
civilizador, emitido originalmente por el famoso antropólogo
brasileño Darcy Ribeiro, porque permite establecer el flujo
dialéctico de los procesos originarios tanto culturales
identitarios como nacionales que confluyen para constituir la
especificidad de los pueblos de Nuestra América, frente a las
tendencias globalizadoras neoliberales que intentan
desdibujar nuestra presencia en el escenario mundial.

No es nuestra intención introducirnos en un debate profundo


sobre las tesis de la dependencia y el subdesarrollo en
Nuestra América. Para los fines de la presente discusión,
tratamos de centrarnos en el concepto de relación centro-
periferia existente entre el núcleo de países capitalistas
desarrollados y los menos desarrollados, sujeto que ha sido
debatido y analizado in extenso –a nuestro juicio- en obras
capitales como The Modern World System: Capitalist
Agriculture and the Origins of the European World Economy in
the Sixteenth Century, por Immanuel Wallerstein (1974), y
Civilization & Capitalism. 15th-18th Century, por Fernand
Braudel (1992). De la misma manera tratamos de analizar la
terrible consecuencia que ha tenido y tiene dicha relación
centro-periferia apoyándonos en las numerosas y profundas
reflexiones que sobre el tema han elaborado divers@s
científic@s sociales en muchas partes del mundo entre los
cuales destacamos particularmente dos extraordinarios
ensayos seminales: Las Venas Abiertas de América Latina
(1973) de Eduardo Galeano, libro que sacudió la conciencia de
nuestra generación al demostrar como Nuestra América era
para el capitalismo simplemente el objeto de la explotación, el
medio de producción y reproducción del sistema, y América
Nuestra, Integración y Revolución (2007) de Luís Britto García,
uno de los análisis más sólidos sobre la realidad
contemporánea de Nuestramérica y el Caribe.

Nuestro ensayo, de manera muy modesta, intenta --en su


primera parte-- discutir la forma cómo una escuela de
pensamiento sobre la naturaleza y origen de la Cultura, el
Evolucionismo Cultural, representa en verdad la ideología de
la modernidad que ha intentado legitimar la relación
desigual, colonial existente entre el núcleo de países
desarrollados y los nuestros. En el siglo XVI, según Stern
(1988), Europa resolvió la crisis general causada por el
colapso del Feudalismo gracias particularmente a su
expansión colonial hacia Nuestra América, lo cual le permitió
constituir una economía mundo capitalista y consolidar el
núcleo duro de la misma: un sistema político absolutista, un
sistema productivo empresarial y una fuerza de trabajo
asalariada local, hiper explotada, en los campos de la
agricultura, la ganadería y la industria, mientras que
explotaba también los pueblos de la periferia, Nuestra
América y Europa Oriental mediante procesos de trabajo
esclavistas o serviles –cuya eficacia había sido probada en
Europa Occidental desde la Antigüedad Clásica- para
aumentar la producción de tejidos de lana y algodón, bienes
de consumo directo, cereales, azúcar, café, cacao, maderas,
hierro, carbón, metales preciosos, etc. España y Portugal en
particular, fungían como un eslabón intermedio para
succionar los recursos primarios producidos en las regiones de
Nuestra América, Asia y África para enviarlos luego al resto de
Europa.

Aquella relación comercial parasitaria de las metrópolis con


sus satélites de la periferia meridional, y con la periferia
nuestramericana, asiática y africana, permitió a los imperios
europeos extraer de nuestros pueblos todas las riquezas y
recursos posibles:

“...Solamente entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de San


Lúcar de Barrameda 185.000 kilos de oro y 16 millones de
kilos de plata. La plata transportada a España en poco más
de siglo y medio, excedía tres veces las reservas europeas...
Con estas magnitudes colosales arranca la acumulación
primitiva de capital en Europa... Al nuevo Mundo solo le
quedan socavones de minas vacías, osamentas de millones
de seres sacrificados a la minería y a la agricultura de
plantación... Medio milenio después, todavía la producción
esencial de América es de “materias primas”...” (Britto
García, 2007: 77).

Gracias a esta explotación inmisericorde de nuestros recursos


logró Europa, pues, consolidar un proceso regional de
acumulación originaria de capitales, el cual le facultó -en
términos de cultura, ciencia y tecnología- para ponerse a la
cabeza del resto de los pueblos que colonizaban y
expoliaban. En el caso particular de Nuestra América, los
enclaves coloniales locales constituidos por las oligarquías
criollas mercantilistas se modernizaron también cultural,
tecnológica y económicamente, según los valores capitalistas
europeos, para dirigir y apropiar su parte del proceso de
explotación de las clases medias y las mayorías pobres de
Nuestra América. Estas oligarquías siguen conformando hoy
día la principal causa histórica del atraso y la pobreza de
Nuestra América, en lo que diversos autores han
denominado como “relaciones de producción feudales”
(Laclau, 1971).
A diferencia de la colonización española y portuguesa de
Nuestra América, llevada a cabo mayormente por individuos
aislados, la colonización inglesa y europea en general de los
actuales Estados Unidos significó, no solamente una
transferencia organizada de poblaciones completas, sino
también de tecnologías productivas industrialistas y agrarias
que eran entonces de última generación. Estas poblaciones
europeas transplantadas exterminaron casi completamente a
los pueblos americanos originarios e introdujeron una masa
considerable de esclavos africanos (al igual que hacen hoy día
con los inmigrantes llamados hispanos) para llevar a cabo los
trabajos serviles, sobre todo en la agroindustria del algodón,
que la sociedad capitalista angloamericana necesitaba para
proyectar su desarrollo como potencia capitalista. Ello produjo
la formación de un nuevo proceso civilizador capitalista más
dinámico y moderno el cual, en el siglo XIX, comenzó a
competir con el proceso civilizador capitalista europeo
originario hasta finalmente dominarlo y absorberlo en el siglo
XX, conformando así la fase hegemónica mundial del llamado
Imperio o Civilización Occidental (Sanoja y Vargas-Arenas,
2005: 19-25).

Recapitulando sobre lo anterior vemos, a partir del siglo XVI,


que la expansión geográfica del capitalismo mercantil fuera
de Europa Occidental se tradujo en la conquista,
subordinación y sojuzgamiento de poblaciones humanas que
habían vivido por milenios, libres y autónomas. La expansión
de la formación capitalista determinó la instauración de una
compleja relación colonial entre los nuevos imperios que se
estaban formando en Europa Occidental tras el colapso de la
sociedad feudal y su novedosa e inmensa periferia integrada
por América, Asia, África y Oceanía.

Los pueblos americanos colonizados, particularmente los de


Mesoamérica, Suramérica y el Caribe, proporcionaron a
aquellos imperios materias primas que los europeos e incluso
los asiáticos no poseían o no poseían en cantidad suficiente.
Entre estos últimos se cuentan los metales preciosos como el
oro y la plata, las piedras preciosas y las perlas, recursos
sobre los cuales se construyó posteriormente la riqueza de las
naciones e imperios de Europa e incluso de Asia.

La adopción y utilización por la población europea de


cultígenos americanos tales como el maíz (Zea mays), la papa
(Solanum tuberosa), el tomate (Lycopersicum esculentum), el
cacao (Theobroma cacao), el algodón (Gossypium
barbadensis), el tabaco (Nicotiana tabacum) contribuyeron a
mejorar la calidad de vida de los pueblos de Europa y Asia
azotados secularmente -hasta entonces- por hambrunas
cíclicas. Por otra parte, aquellos productos no perecederos
que no podían ser cultivados en Europa tales como el cacao,
el tabaco, el café, el algodón, etc., y derivados de las mismos
como las melazas, el azúcar y otros, se convirtieron en
commodities, materias primas de uso comercial que
estimularon el surgimiento de bolsas de comercio para la
especulación comercial con productos de ultramar (Braudel,
1992-I: 1, 2 y 3; Sanoja y Vargas, 2005: 13-15). Hoy día
proveemos a Estados Unidos, a Europa y el mundo entero con
mineral de hierro, carbón, salitre, petróleo, gas, uranio,
titanio, tungsteno, níquel, germanio, etc., para su posterior
reelaboración como bienes manufacturados que importamos a
un costo superior al de nuestras materias primas (Britto
Garcia, 2007: 77).

A partir del siglo XVIII en Europa occidental, con el triunfo


definitivo de la burguesía, la asimetría en el desarrollo
histórico existente entre las metrópolis y su periferia colonial
comenzó a ser racionalizada por las elites burguesas como el
producto de una superioridad innata de los pueblos y la
civilización europea sobre los pueblos periféricos,
particularmente los pueblos indígenas y mestizos que
conformaban el dominio colonial español en América. A este
respecto, Hegel (1978; 192) escribió que en los Estados
Norteamericanos (Estados Unidos de inicios del siglo XIX),
enteramente colonizados por europeos industriosos, el Estado
era una institución meramente externa cuyo fin era proteger
la propiedad privada. Los españoles, por el contrario,
conquistaron y tomaron posesión de Suramérica ocupando
posiciones políticas vía la rapiña. La inferioridad de los
aborígenes que constituyen la mayoría de la población –decía
aquel autor- era manifiesta (Hegel 1978: 191).
Con el surgimiento en Europa occidental del pensamiento
antropológico y la creación de la escuela de la Evolución
Cultural en el siglo XIX, se trató de dar una explicación
científica a la supremacía material, intelectual y política
alcanzada por la civilización occidental, proponiendo para ello
la existencia de un paradigma del progreso universal
inspirado en la historia de Europa, proceso evolutivo por el
cual tendrían que pasar todos los otros del mundo para
igualar el nivel de desarrollo material e intelectual alcanzado
por los europeos y angloamericanos. Dicho paradigma del
progreso alentó y legitimó una nueva expansión colonial
capitalista de Europa hacia África y Asia y de Estados Unidos
hacia su periferia nuestramericana y las islas del Pacífico Sur.

Pensadores anticapitalistas como Carlos Marx y Federico


Engels también aceptaron la validez de aquel paradigma
civilizador occidental, aunque proponiendo para el mismo la
existencia de una nueva etapa en el desarrollo de la sociedad,
el Comunismo, la cual significaba la abolición de la propiedad
burguesa. El comunismo, fase final y superior del progreso de
la humanidad, surgiría en un tiempo futuro como
consecuencia del desarrollo máximo de las fuerzas
productivas del capitalismo y el predominio de la clase
trabajadora sobre la burguesía (Marx y Engels, 2008).

IV

El tiempo es el modo de existencia de la materia. Tiempo y


movimiento, unidad fundamental de la dialectica de los
contrarios, son conceptos inseparables que solamente se
explican dentro del espacio, el cual a su vez indica también
cambios de posición ya que la materia se mueve a través del
espacio. La cantidad de maneras como el movimiento que es
el socialismo puede suceder es infinita: el movimiento de la
materia en el espacio, como hemos visto en el caso de la
antigua Unión Sovietica, es reversible en tanto que su
movimiento en el tiempo es irreversible. El tiempo constituye,
pues, un proceso permanente de autocreación y auto
reproducción mediante el cual la materia se transforma en un
número infinito de formas. Cuando esta concepción del
tiempo irreversible y de cambio penetra en la conciencia
humana, nos damos cuenta que dialécticamente la vida surge
de la muerte, el orden del caos. Asi pues vemos que el
marxismo al aplicarse al más complejo de los sistemas no
lineales que es la sociedad humana nos revela por
contradicción, como expondremos en los capitulos 2,3 y 4,
que la diversidad de formas y posibilidades que es capaz de
crear la naturaleza humana es la palanca fundamental del
progreso intelectual y social que se resuelve en la
transformación diaria y constante de la humanidad, mediante
la cual llegaremos quizàs, algún día, a concretar vía el
socialismo, la utopía del comunismo (Woods y Grant, 139-162;
395).

Como respuesta a aquellas inquietudes, desde nuestra


perspectiva como antropólogo intentamos discutir en este
ensayo -en líneas generales- el desarrollo de conceptos como
Civilización y Progreso a partir del siglo XVIII como parte de la
teoría evolucionista de la Cultura, teoría que ha servido a los
países del núcleo capitalista desarrollado como justificación y
coartada de su política de dominación imperial mundial. En el
capítulo 4 hacemos una crítica científica al paradigma
civilizador occidental, el cual sirvió de fundamento a la tesis
de Marx y Engels sobre el desarrollo de los modos de
producción precapitalistas (Marx y Hobsbawn, 1971; Engels,
sf.) Compartimos plenamente la idea de que el socialismo es
la solución para los problemas del subdesarrollo o el no-
desarrollo capitalista que existen en Nuestra América, pero
pensamos así mismo, como explicamos en el capítulo 6, que
surgirá por razones históricas diferentes a las propuestas para
el paradigma civilizador europeo.

La discusión planteada en este ensayo intenta también


demostrar, como se expone en los capítulos 5 a 7, que la
construcción del socialismo debe fundamentarse en el
conocimiento y el estudio crítico de los diferentes procesos
históricos que han vivido los pueblos en los diversos
continentes a los cuales también, en un cierto momento, el
colonialismo europeo impuso el sistema capitalista. Aunque
pueda parecer excesivamente académico, este conocimiento
es necesario para construir una teoría general del desarrollo
de las sociedades regionales partiendo desde las sociedades
originarias hasta las del presente, con base al materialismo
histórico comparado. La historia marxista –dijo Vere Gordon
Childe- “es materialista porque considera un hecho biológico,
material, como la principal clave para descubrir el patrón
general que subyace a un aparente caos de hechos
superficiales sin relación alguna entre sí” (1981: 364). El
método materialista histórico sigue siendo, en nuestra
opinión, el único paradigma intelectual lo suficientemente
amplio como para vincular en una misma teoría la dialéctica
del desarrollo social, el ideal socialista, las contradicciones y
movimientos sociales del presente y la influencia que ejercen
sobre el mismo las estructuras del pasado.

Compartimos la propuesta esbozada inicialmente por los


maestros venezolanos Domingo F. Maza Zavala y Ramón
Losada Aldana en la década de los años sesenta del pasado
siglo, de formular una estrategia concreta para la transición y
un método para alcanzar la meta del socialismo. Dicha
estrategia o habilidad para dirigir el proceso socialista pasa
por el método del nacionalismo revolucionario, el cual permite
a los pueblos profundizar sus propios procesos de
acumulación de capitales que le den base material a sus
luchas por lograr la soberanía política, social, económica y
cultural. De acuerdo con dicha estrategia, la lucha por la
liberación nacional debe comenzar con el desmontaje de los
enclaves imperiales y oligárquicos y el desarrollo de un sector
económico público dominante para lograr nuestra plena
soberanía política y económica, etapa imprescindible para
lograr la transformación de nuestro pueblo en una nueva
calidad histórica como es el socialismo.

La lucha por la liberación nacional de los pueblos de


Venezuela y Nuestra América en general, adquiere relevancia
en momentos como el actual cuando el Imperialismo
Occidental y el neocolonialismo español en particular tratan
de construir un bloque ideológico prooccidental capitaneado
por la llamada Fundación para el Análisis y los Estudios
Sociales (FAES) dirigida por el líder del neofascista Partido
Popular español José María Aznar. El argumento primordial de
la FAES, contrariamente a lo que queremos demostrar en este
ensayo, es que Nuestra América es parte sustancial de
Occidente, el cual no sería un concepto geográfico sino un
sistema universal de valores. En tal sentido, esta
argumentación considera, que existiría una izquierda “buena”
que se ajusta al socialismo neoliberal europeo (el socialismo
chileno de Bachelet y el socialismo brasileño de Lula da Silva,
por ejemplo) y una izquierda “mala” antioccidental que trata
de implantar el Socialismo del Siglo XXI, de raigambre
histórica indoamericana, cuyos exponentes más malévolos
serían Fidel Castro y Hugo Chávez (Roitman, 2008).

En una entrevista concedida recientemente al diario español


La Vanguardia el 23-02-2008, en la cual el Maestro Maza
Zavala expresó también opiniones adversas al proceso de
bolivariano de liberación nacional, éste tuvo sin embargo la
honestidad de reconocer que:

“…En Venezuela la existencia de un importante sector público


de la economía –que comprende las fuentes principales de
ingreso nacional en el presente y el futuro previsible- puede
considerarse como una circunstancia que facilita la transición
al socialismo. El financiamiento más importante de la gestión
pública procede de la explotación de un patrimonio nacional y
ello da vigencia al concepto de propiedad social y, por tanto,
a la posibilidad de un sistema de relaciones sociales de
propiedad y producción que sustituya al sistema de relaciones
privadas en vigencia".

Las ideas que habían sido sostenidas por Maza Zavala hasta
las últimas décadas del pasado siglo, se convirtieron
entonces en un patrimonio intelectual compartido por muchos
pensadores de izquierda profundamente preocupados por
lograr finalmente una patria socialista, independiente y
soberana. Por estas razones, reivindicamos hoy las ideas
expuestas por Maza Zavala cuando era nuestro maestro
progresista y revolucionario.

¿Cómo llegaremos al socialismo?, ¿Existen diversas vías hacia


el socialismo?, ¿Cómo será definitivamente el socialismo en
Nuestra América? Esas preguntas las están respondiendo
nuestros pueblos. Nosotros solamente intentamos aportar
argumentos para la discusión que se plantean los ciudadanos
y ciudadanas de a pié.

No queremos finalizar este preámbulo sin hacer referencia a


la necesidad que tenemos de desarrollar una actitud crítica y
autocrítica sobre nuestra labor como antropólogos en los
movimientos sociales revolucionarios, única garantía de poder
acceder a un cambio histórico verdadero y permanente. En tal
sentido, es relevante aludir a al pensamiento de Carlos Marx
cuando, al analizar en su obra El 18 Brumario de Luis
Bonaparte (1971:16) los eventos sociales que culminaron en
1848 con la restauración de la dinastía napoleónica en
Francia, describe la autocrítica como un proceso que
necesariamente tiene que cumplirse en el seno de todas las
revoluciones proletarias, las cuales interrumpen su marcha,
vuelven a cuestionar lo que parecía ya terminado para
iniciarlo de nuevo desde el principio, critican sus errores
iniciales y pareciera que le dan armas a los adversarios para
que ataquen más fuerte. Sólo de esta manera pueden las
revoluciones generar una teoría autocrítica capaz de explicar
su génesis y transformación. En ese espíritu creemos
necesario revisar el alcance teórico de los contenidos del
paradigma de desarrollo de la humanidad expuesto
inicialmente por el materialismo histórico, ya que con base a
él se han construido y se construyen estrategias para acceder
al modo de vida socialista tanto en Venezuela como en el
resto del mundo.
Para plantearnos el objeto del presente ensayo, nos
inspiramos también en el pensamiento de Antonio Gramsci
cuando nos dice que la vida se desarrolla por avances
parciales, es decir a través de las diferentes líneas de acción
humana que se expresan en procesos civilizadores y modos
de vida muchos de los cuales, a pesar de haberse
transformado en un obstáculo para el avance de la
humanidad es necesario estudiar para preguntarse si en cada
proceso o modo de vida particular, existen todavía las
condiciones sobre las cuales se fundamentaba la racionalidad
de la existencia de los mismos. Precisamente porque los
modos de vida y procesos civilizadores se representan como
si fuesen naturales, absolutos a quienes los viven, es muy
importante demostrar su historicidad, demostrar que aquéllos
solo se justificaban cuando existen ciertas condiciones
históricas y para lograr determinados objetivos. Por tanto,
nos dice Gramsci:

“es objeto del moralista y del creador de costumbres, el


análisis de los modos de ser y de vivir y criticarlos, separando
lo permanente, lo útil, lo racional, lo conforme a su finalidad,
de lo accidental, de lo superficial, de lo simiesco…” (1977:
218-219),

Tal como hemos expuesto en la mayoría de nuestros últimos


libros o ensayos, nuestro interés primordial en esta nueva
etapa de nuestra carrera intelectual, es producir textos que
provoquen en el lector y la lectora, el interés por la reflexión
sobre el futuro de nuestra sociedad, sobre la responsabilidad
de los colectivos y de las personas en la construcción del
socialismo.
PARTE 1: CRÍTICA DEL PARADIGMA OCCIDENTAL DEL
PROGRESO

CAPÍTULO 1.

El ideal del progreso y la civilización occidental

La división de la humanidad entre pueblos civilizados y los


llamados bárbaros se remonta a la antigüedad europea
clásica. Ya en aquella época, los habitantes de las ciudades
griegas y romanas se consideraban a sí mismos como el todo
culturalmente más desarrollado y civilizado de la humanidad
de su tiempo. Dichos focos de civilización se hallaban
rodeados por otros que los romanos y griegos consideraban
pueblos atrasados, salvajes, a los cuales denominaban
bárbaros, los cuales no habían llegado a construir Estados ni
ciudades, ni un nivel de cultura y educación similar al que
ellos habían logrado acceder.

La conciencia de esta separación de la humanidad entre


pueblos civilizados y bárbaros permaneció siempre en el
imaginario de los pensadores “civilizados”: historiadores,
filósofos, literatos, artistas, políticos, clérigos, etc. La
necesidad de explicar la historicidad de esas diferencias
comenzó a manifestarse a partir de la conquista de América,
Oceanía y Australia entre los siglos XVI y XVII, hecho que puso
de relieve la existencia de pueblos que, aunque coexistiendo
con los europeos de la época, vivían de maneras totalmente
diferentes.

Los estudiosos de la época pudieron apreciar que los


componentes de la cultura material de aquellas sociedades
originarias que vivían en la periferia de la Europa occidental
de entonces, eran semejantes a los poseídos por los pueblos
bárbaros descritos por los historiadores de la antigüedad
clásica. Sin embargo, el obstáculo que representaban las
religiones cristianas y el dogma creacionista bíblico sobre el
origen de la humanidad para el desarrollo de la ciencia,
coartaba la posibilidad de considerar, científica y
racionalmente, si aquellas formas sociales podrían ser el
antecedente de los pueblos europeos de entonces. Pero era
evidente que la división entre los pueblos europeos
“civilizados” y los salvajes o bárbaros de la periferia era una
realidad, por lo cual, actuando de acuerdo con la tesis
redencionista cristiana, las burguesías europeas consideraron
como un deber ético llevar la salvación, la fe y el progreso a
los salvajes para rescatarlos de su supuesta “ignorancia”. La
conquista y la colonización de los pueblos que no estaban
sometidos a la civilización occidental y cristiana se convirtió
entonces para la generalidad de españoles, ingleses,
franceses y holandeses de la época, en una especie de nueva
cruzada para redimir la humanidad salvaje y legitimar así su
expansión colonialista.
El siglo XVIII aportó importantes cambios en la percepción de
la historia de la naturaleza y la humanidad. El pensamiento
positivo que comenzó a consolidarse a partir de la Revolución
Francesa y el triunfo de la burguesía, llevó a los filósofos de
la naturaleza, la economía y la sociedad a pensar
científicamente el origen de las cosas, sobre todo a
racionalizar históricamente el triunfo histórico de aquella clase
social. David Hume, James Steuart y Adam Smith comenzaron
a pensar la historia de la sociedad burguesa en términos de la
economía y la política, de la formación del Estado como un
elemento regulador de las relaciones económicas entre las
personas y entre los Estados, considerando el comercio como
el instrumento para incrementar la riqueza de las naciones
(Smith, 1981).

A mediados del siglo XVIII, particularmente después de la


publicación de El Contrato Social y el Emilio, obras clásicas de
Jean Jacques Rousseau, se puso en boga el término
civilización, entendido como el estado superior que alcanzaba
la sociedad civil y educada mediante la observancia de las
leyes, el orden social, la buena educación, la acumulación de
conocimientos y la práctica de la industria y el libre comercio.

La estructuración de la escala temporal que legitimaba


empíricamente el proceso de la evolución cultural, la
civilización y el progreso, se inició en 1812 con la propuesta
del arqueólogo danés Vedel–Simonsen sobre la existencia de
tres edades tecnológicas en la historia de la Humanidad: la
Edad de Piedra, la Edad del Cobre o el Bronce y la Edad del
Hierro. Posteriormente, la tesis del progreso y la evolución
llegó a alcanzar rango científico hacia mediados del siglo XIX
con los trabajos del naturalista francés Jacques de
Crèvecoueur Boucher de Perthes, quien demostró que las
evidencias materiales más antiguas de la cultura humana
conocidas entonces en Europa, se hallaban asociadas con las
antiguas capas geológicas del período pleistoceno. De esta
manera, los filósofos, historiadores e intelectuales del siglo
XVIII comenzaron a darse cuenta que la sociedad que ellos
conocían era solamente el acto final de un largo drama vivido
por la humanidad, el Progreso, el cual debía ser explicado y
reconstruido por la antropología (Lowie, 1946: 34).

Los antropólogos ingleses de la era victoriana, tales como Pitt-


Rivers, Lubbock y Tylor, sentaron las bases filosóficas y
empíricas de lo que vendría a ser la Teoría Evolucionista de la
Cultura. Dichos autores expusieron que la nota dominante de
la historia de la especie humana era el movimiento
ascendente desde las formas sociales más simples hasta las
más complejas, representada esta última por la sociedad
británica de la época. Todas las civilizaciones del pasado o el
presente –según dicha teoría- habían partido de una infancia
bárbara o salvaje, muestra de lo cual eran las razas primitivas
que habían sido conocidas entre el siglo XVI y el siglo XIX.
Frente a estas afirmaciones, pensamos que si bien el
concepto de la evolución histórica de la humanidad es un
hecho, no sucede lo mismo con la explicación ideológica de
cómo se llevó a cabo esa evolución, objeto de la teoría
evolucionista cultural, la cual se transformó posteriormente en
la legitimación histórica del colonialismo europeo y del
estadounidense.

A partir del siglo XIX, el grupo de ocho países capitalistas más


desarrollados impuso el Progreso al estilo de occidente a las
elites sociales de aquellos países atrasados que no les
habían abierto sus economías, utilizando la fuerza militar, la
presión política y económica y la corrupción. El concepto de
Progreso perdió su inocencia en el siglo XX y se convirtió no
solo en ”la explicación” de la historia de la humanidad, en la
racionalidad subyacente a todas las políticas colonialistas de
los países capitalistas desarrollados, sino también de toda la
ciencia social aplicada al desarrollo social, particularmente en
los países subdesarrollados (Wallerstein, 2001: 200-201). Hoy
día la acción del capitalismo depredador se presenta como la
teoría económica del neoliberalismo, con su estrategia
cultural denominada globalización y su expresión instrumental
conocida como Tratados de Libre Comercio.

Simultáneamente con la Teoría Evolucionista surgieron


también otras teorías como las difusionistas, las cuales,
contrariamente a aquella, sostenían que la historia de la
cultura humana no podía considerarse como un progreso
unitario, que todas las sociedades no atravesaban
necesariamente por las mismas etapas. Por el contrario,
argumentaban que existían en Asia y en África múltiples
centros originarios a partir de los cuales se habían difundido
hacia el resto de los continentes y en diferentes épocas, los
diversos componentes de la Cultura (Herskowitz, 1952: 546-
564).

Los procesos de evolución y la difusión de la cultura, como ha


sido comprobado por las investigaciones científicas ulteriores,
no constituyen propuestas antagónicas sino complementarias
para explicar el desarrollo de la humanidad. La versión, o más
bien la visión de los evolucionistas culturales sobre la historia
de la cultura universal, por su parte, tiende a presentar el
concepto de sociedad clasista jerárquica burguesa como
representación de la civilización occidental. La escuela de la
difusión cultural pareciera explicar y legitimar la expansión de
las “culturas madres” a partir de ciertas regiones privilegiadas
del planeta, lo cual es también una manera de fundamentar
científicamente los procesos coloniales iniciados por Europa y
Estados Unidos en el siglo XIX y el XX y subsecuentemente la
supuesta globalización indetenible de los valores de la
civilización occidental.

En el siglo XIX, el estudio de la evolución social, el progreso y


la civilización no se limitó solamente a las evidencias
materiales y a la tecnología, sino que también se extendió al
estudio comparado de la evolución de las instituciones
sociales tales como el Estado, la familia y las costumbres
sociales, el derecho, la religión, la economía, los procesos
mentales, el arte, etc. (Lowie, 1946; Díaz Polanco, 1989).
Trabajos como los de Morgan (1877), entre otros,
contribuyeron a consolidar el Evolucionismo como una teoría
sobre la evolución de la sociedad y la cultura, la cual dividía la
historia de la humanidad en tres etapas principales:
salvajismo, barbarie y civilización, correlacionadas cada una
de ellas con determinados adelantos sociales, económicos e
intelectuales. El Salvajismo es la etapa anterior al uso de la
cerámica; la barbarie es la edad de la alfarería; la civilización
comienza con la invención de la escritura.

Mientras la burguesía era todavía una clase social en ascenso,


estuvo obligada a disputar su hegemonía política sobre la
sociedad europea, por una parte, con los rezagos del orden
feudal; para ello blandía la bandera del progreso como
emblema del triunfo seguro sobre las estructuras arcaicas de
la monarquía absoluta; por la otra agitaba la consigna del
orden para contener el ascenso social y las reivindicaciones
políticas de la clase trabajadora que había comenzado a
desarrollarse con el industrialismo a partir de finales del siglo
XVIII.

Aquellos conceptos se encuentran desarrollados en la obra de


Auguste Comte (1980) Discurso sobre el Método Positivo,
padre de la filosofía positivista, quien sostenía que el
desarrollo de la civilización debía estar basado en la noción de
progreso, concebido éste como la expansión del orden social.
Para que ocurriese el progreso y se consolidase la sociedad
que lo producía, era necesaria la existencia del orden social
representado por la burguesía. Las clases inferiores de Europa
Occidental tendrían, pues, necesariamente que aceptar la
subordinación social a la clase burguesa, condición natural
que implicaba reconocer la superioridad de sus gobernantes
(Patterson, 1997: 44; Díaz Polanco, 1989: 37-41).

La tesis expuesta por Comte proponía igualmente una ley de


la evolución de la sociedad, conformada por tres estados
teóricos, tres métodos, tres clases de filosofía para explicar
los fenómenos sociales, vinculados cada uno de ellos a la
existencia de tipos particulares de sociedad:

a) el teológico, que explica los fenómenos como productos de


agentes sobrenaturales y se relaciona con un sistema
militar.

b) el metafísico, donde los agentes sobrenaturales son


sustituidos por fuerzas o entidades abstractas que se
asocian con una sociedad transitoria.

c) el científico o positivo donde el espíritu humano se aboca a


la tarea de descubrir las leyes o relaciones invariables entre
los fenómenos sociales e impulsa la creación de una
sociedad industrial, la sociedad burguesa europea u
occidental que constituye el ápice del progreso social.

Una vez que la burguesía consolidó su poder hacia finales del


siglo XIX y consideró realizado en Europa su ideal del
progreso, la historia y el evolucionismo dejaron de ser,
oficialmente, el interés fundamental de los pensadores
burgueses. En su lugar, lo relevante pasó a estar constituido
por el estudio sincrónico y la comprensión de los factores que
conforman el orden social para detectar los fenómenos
patológicos, como por ejemplo la insurgencia de la clase
trabajadora que amenaza la integridad del orden constituido.

Aquella tendencia que experimentó la burguesía, se ilustra en


la conocida obra del sociólogo francés del siglo XIX, Emile
Durkheim (1956) intitulada Les règles de la Methode
Sociologique. En la misma se resume la tradición empirista
occidental que se esforzaba sistemáticamente en conformar
una ciencia que estudiase la causalidad de las formas de
relación social que establecen los individuos entre sí,
buscando las determinantes de un hecho social específico en
otros hechos sociales antecedentes. Dicha ciencia –la
sociología- se fundamentaría en la regularidad con la cual se
producen los hechos sociales y en la existencia de un proceso
histórico progresista por el cual atraviesan las sociedades, de
manera similar al proceso de evolución lineal presentado en
las obras de Herbert Spencer y Auguste Comte. Para
Durkheim no existía una sociedad única, sino una serie de
tipos sociales y culturales cualitativamente distintos que no
podían ser juntados todos, de manera continua, en una misma
secuencia histórica (1956: 76-88).

La influencia del pensamiento de Durkheim se reflejó en la


obra de algunos de sus seguidores como Marcel Mauss y Vidal
de La Blache, quienes introdujeron en la etnología y en la
geografía humana francesas los conceptos de modo de vida o
estilo de vida. Dichos conceptos aludían a la existencia de
complejos de actividades habituales que caracterizan la
existencia de los grupos humanos. Los elementos materiales y
espirituales de la cultura eran vistos como las técnicas y
hábitos transmitidos por la tradición que capacitaban a dichos
grupos humanos para vivir en ambientes particulares. La
persistencia de los mismos estaba asegurada no sólo por las
instituciones que mantenían su cohesión, sino también por
las tecnologías e implementos para la utilización de las
fuentes de energía y las materias primas. La transformación
de las sociedades a partir de los modos más arcaicos, los
recolectores-cazadores, ocurría como un flujo de procesos de
cambio que surgían progresivamente dentro de cada grupo
humano, por modificaciones en las condiciones ambientales o
en las relaciones entre grupos humanos, cuando se producían
entre ellos asimetrías en la estructura (tecnoeconomía), las
relaciones sociales o la ideología (Max Sorre, 1962: 393-415).
Este tipo de reflexión podría haber influido también en la
formulación de la tesis relativista del neoevolucionismo o de
la evolución multilineal de los tipos culturales propuesta por la
escuela estadounidense, particularmente por Leslie White y
Julian Steward, quienes enfatizaban el estudio de las
regularidades interculturales a partir de un concepto de
sociedad estratificada sobre una base estructural (tecnologías
de subsistencia), a la cual se sobreponían la estructura social
y la cultural (ideología) que determinaban el perfil
sociocultural de los grupos humanos (Patterson, 2001: 110-
112; Sahlins y Service, 1961: 53; Friedman, 1983: 40).

La idea de la civilización y el progreso así como las tesis tanto


del evolucionismo clásico como del neo-evolucionismo que
surgirán posteriormente en los Estados Unidos, aunque
desplazadas académica y epistemológicamente en Europa y
Estados Unidos por nuevas teorías sobre la cultura y la
sociedad, siguen siendo utilizadas por los gobiernos de los
países capitalistas desarrollados para explicar y legitimar la
dominación que ejercen dichos países sobre sus colonias en
África, Asia, México. América Central, Suramérica y el Caribe,
y llevar a cabo lo que consideran como la misión civilizadora
del Occidente capitalista.
CAPÍTULO 2.

Civilización y Procesos Civilizadores

En su acepción general, la palabra civilización se asocia con la


existencia de determinados pueblos que son considerados –
valga la redundancia- civilizados, donde el saber, la ciencia,
la tecnología y las virtudes humanas alcanzan su mayor nivel
de desarrollo. El concepto de civilización implica que en
torno a los pueblos altamente civilizados existen otros que no
lo son, considerados éstos como bárbaros. A estos pueblos
bárbaros, los civilizados tratan de convencerlos de que nunca
llegarán a ser civilizados a menos que se sometan a la
voluntad de los pueblos superiores. Considerada desde este
punto de vista, la idea de la civilización implica también la
existencia de jerarquías de clases sociales, culturas y razas.

En el plano singular, el concepto de civilizaciones específicas


se puede definir también como la construcción de identidades
culturales bajo particulares circunstancias históricas y
sociales, determinadas por un espacio y una cultura particular
(Braudel, 1980: 177-198), las cuales están a su vez
históricamente contenidas y representadas dentro una
Formación Socioeconómica determinada. Tanto la civilización
como la cultura aluden igualmente a los modos de vida
generales de los pueblos, incluyendo por tanto los valores, las
normas, las instituciones y los modos de pensar que han
caracterizan en el tiempo el modo de existencia de diversas
generaciones (Huntington, 1997: 41).

En el caso de la denominada Civilización Occidental, la


pertenencia a la misma está determinada por la aceptación
de valores sociales y culturales como el individualismo, el
liberalismo, el constitucionalismo, los derechos humanos, el
gobierno de las leyes, el libre mercado, la separación de la
Iglesia y el Estado. Estos valores fueron proclamados como
universales de la cultura a partir del triunfo de la Revolución
Francesa o Burguesa, fase de la modernidad que se inició en
1783 (Patterson, 1997: 34-55). Según los que mantienen esta
tesis, esos valores sólo podrían existir dentro del sistema
capitalista, considerado este sistema como el fundamento de
la democracia burguesa. Por esta razón, dicha forma de
democracia y el american way of life de la sociedad
estadounidense o el european way of life de las monarquías y
democracias burguesas parlamentarias de Europa, son
consideradas por las elites dominantes de los países
capitalistas desarrollados como paradigmáticas para el resto
de la humanidad.

Desde el punto de vista heurístico que nosotros sostenemos,


una civilización puede definirse también como una
construcción histórica y territorial que incluye la cultura, los
valores, los ideales, los conceptos sobre la organización
social, los factores materiales tecnológicos y económicos. En
tal sentido, la civilización es una entidad cultural que como tal
persiste, se transforma, se divide o se integra en nuevos
conjuntos. Una civilización puede como tal contener Imperios,
Ciudades-Estados, Estados nacionales singulares,
Federaciones y Confederaciones de Estados nacionales, y
llegar a coincidir con una entidad política determinada. Una
civilización implica igualmente procesos culturales
civilizadores mediante los cuales se reconoce la identidad
histórica y cultural, la conciencia de poseer una comunidad
de orígenes y de destinos compartidos por todos los pueblos
que la integran (Sanoja, 2006: 45).

Una civilización definida de esta manera, se concibe


asimismo como un sistema total que se expresa en diversos
procesos culturales particulares, los procesos civilizadores
cuya existencia –en nuestra opinión- está determinada por la
contingencia histórica, cultural y ambiental y el nivel de
desarrollo de las fuerzas productivas alcanzados por los
pueblos de una región particular, en un momento histórico
determinado. Según nuestra posición teórica, este concepto
aludiría también a la diversidad de líneas de desarrollo
histórico que caracterizan la construcción de las sociedades,
consideradas éstas como producto de la dinámica y las
tradiciones culturales singulares que configuran las mismas
en el seno de una civilización, las cuales corresponden con
secuencias históricas concretas que denomina Darcy Ribeiro
procesos civilizadores específicos. Según este autor, los
mismos son el vehiculo de propagación de las revoluciones
tecnológicas que conducen hacia la actualización histórica de
los pueblos (Ribeiro, 1992: 24-25, 36).

La categoría histórica Modo de Vida tal como fue formulada y


desarrollada por Vargas-Arenas alude también a líneas de
desarrollo histórico concreto que existen al interior de las
formaciones sociales. Dichas líneas se manifiestan como
particulares y son explicadas por las leyes generales que no
solo gobiernan sus procesos y su desenvolvimiento como
conjunto sino también en sus etapas, aunque pueden existir
otras que tienen vigencia para determinados sistemas
sociales. Siendo cada formación económico social un sistema
social dado, la categoría Modo de Vida permite entender cómo
se cumplen en cada caso las leyes sociales generales y cómo
operan y se transforman las leyes específicas hasta el
surgimiento de las nuevas. La transformación de las leyes
sociales particulares no es azarosa sino el resultado de la
actividad humana, ya que son los hombres y mujeres quienes
conscientemente permiten el fin o el surgimiento de nuevos
sistemas sociales. En este sentido, la categoría modo de vida
permite reconocer la existencia de ciertas maneras
particulares de la organización de la actividad humana, de
ciertos ritmos de estructuración social, de ciertas formas de
darse las praxis particulares de una formación social que
dinamizan su dialéctica, que nos permiten saber cuándo y
cómo pierden vigencia las leyes específicas de una formación
social para dar paso a nuevas formas de organización social
(Vargas Arenas, 1990: 63-67).

En el caso concreto de la Civilización Occidental, la lógica de


considerar los modos de vida europeos como un paradigma
civilizador equivalente a un universal de la cultura, sirvió para
legitimar el proceso de “actualización” histórica de los
pueblos que habitan en regiones como Europa Occidental y
Estados Unidos, el cual culminó con la segunda revolución
industrial en la segunda mitad del siglo XIX; por el contrario,
en otras regiones donde los pueblos no siguieron las mismas
líneas del proceso histórico, la concepción civilizadora
occidental hizo que éstos pareciesen condenados -en
consecuencia- a experimentar solo los efectos reflejos de
dicho proceso de “actualización” histórica.

Desde el punto de vista del concepto de civilización sobre el


cual se apoya la teoría clásica de la evolución social, los
pueblos capitalistas históricamente “actualizados”
conformarían el núcleo de pueblos avanzados, civilizados,
representados hoy día, como ya dijimos, en el llamado Grupo
de los Ocho. Según dicha definición, los otros, nosotros, la
periferia de dicho grupo de naciones, solo seríamos supuestos
pueblos atrasados en la historia, subdesarrollados, coetáneos
del todo capitalista más desarrollado.
Evolución Cultural, Progreso y Civilización

Los evolucionistas sociales clásicos del siglo XIX consideraban


que tanto el mundo natural como la sociedad humana
estaban sujetos a las leyes inmutables de la evolución. Esa
condición histórica se manifestaba en la Ley del Progreso,
considerada como la expresión de un cambio direccional que
se desarrollaba en una escala global. El cambio social se
revelaba en diversas velocidades dependiendo de las etapas
en la cual se encontraran los distintos pueblos y de su grado
de desarrollo evolutivo. Lo que distinguía a los pueblos
civilizados era la existencia de instituciones estatales y
estructuras de clase enmarcadas dentro de un contexto de
ley, orden y progreso, aseveración que justificaba la
existencia de una jerarquía social, cultural y racial entre los
pueblos, a la cabeza de la cual se hallaban los países
industrializados de Europa, Estados Unidos y Canadá.

Con base a aquel conjunto originario de ideas, se conformó el


Darwinismo Social (Patterson, 1997: 47-49), tesis según la
cual todas las sociedades humanas progresaban naturalmente
desde las formas menos desarrolladas hacia las más
desarrolladas. Las formas más adaptadas se hallaban
ubicadas en el sector más elevado de esa jerarquía debido a
que eran las más perfeccionadas, las que habían avanzado
más en la escala del progreso, lo cual les permitía arrogarse
por tanto el derecho a dominar y explotar a las sociedades
inferiores. Ello ha servido no solamente para legitimar las
políticas coloniales, neocoloniales e imperialistas del siglo XIX
y las del actual Grupo de los Ocho, países que se consideran
ser los más desarrollados del mundo, sino también las
jerarquías de clase y las políticas racistas que promueven los
enclaves sociales oligárquicos propiciados por el imperio en
los países de su periferia, conformados particularmente por
sectores de la clase media y la alta burguesía, empresarios y
jerarcas de la Iglesia Católica.

Cualesquiera otros sistemas políticos revolucionarios, sean


socialistas, capitalistas o nacionalistas, que reclamen para su
pueblo un estatus soberano frente a la dictadura mundial que
ejerce el Grupo de los Ocho, son considerados Estados
hostiles, parias y malvados, sobre los cuales aquéllos
consideran es necesario y legal ejercer acciones mediáticas y
policiales para eliminar los supuestos delincuentes opuestos
al gobierno imperial de los llamados pueblos civilizados.

El Paradigma Civilizador de Occidente y las Raíces del


Capitalismo

Para entender cómo se estructuró el paradigma civilizador


capitalista occidental, es importante exponer aunque sea de
manera muy sucinta sus orígenes históricos. No debemos
olvidar señalar que la civilización neolítica originaria que
antecedió en Asia Menor el surgimiento de la civilización de
Europa Occidental, estuvo caracterizada por la domesticación
de los cereales, la invención de los sistemas de regadío, la
domesticación del ganado, la invención de la cerámica, de la
rueda, la invención del alfabeto, la escritura y,
particularmente, el desarrollo de los espacios urbanos y del
Estado, rasgos que se originaron en el Asia Menor y en la
región mediterránea del continente africano, las cuales
después serían llamadas sociedades despóticas por los
apologistas de la civilización occidental. Como expuso Gordon
Childe (1958: 2): ¨…The prehistoric and protohistoric
archeology of the Ancient East is therefore an indispensable
prelude to the true appreciation of European Prehistory…”
(Childe 1958: 2 (La arqueología prehistórica y protohistórica
del Oriente Antiguo es por tanto el preludio indispensable de
una verdadera apreciación de la Prehistoria Europea.
Traducción nuestra).

Lo anterior demuestra, como ya tod@s sabemos, que la cuna


y los orígenes de la civilización humana no se encontraban
originariamente en Europa Occidental sino en el Asia Menor y
en el norte de África. Como evidencia de lo anterior podemos
mencionar, como plantea el historiador y filósofo Martín
Bernal, que ya desde 1720 años antes de Cristo, la antigua
cultura egipcia había influido grandemente en el surgimiento
de la cultura clásica griega seguida posteriormente –hacia
1200 antes de Cristo- por las migraciones de pueblos
indoeuropeos hacia la península griega (Bernal, 1987: 20-21).
Las investigaciones arqueológicas y filológicas sobre las
llamadas altas culturas neolíticas del Asia Menor, han
mostrado fehacientemente que los focos de mayor intensidad
cultural se localizan principalmente tanto en Irán como en el
actual Irak. En la aldea neolítica de Al’Ubaid, localizada en las
orillas del río Eúfrates, Irak, las investigaciones arqueológicas
permitieron localizar las primeras evidencias de la metalurgia
del cobre hacia el año 5000 antes de Cristo.

Para el año 3000 a.C., durante la fase dinástica Temprana,


los Sumerios ya habían comenzado a producir instrumentos
tanto de cobre como de bronce, tecnología que se expandió a
través de los Balcanes hasta el Mediterráneo oriental (Clark,
1977: 75-94). De la misma manera, otras investigaciones
arqueológicas y filológicas sobre las altas culturas neolíticas
del Asia Menor, cuyos focos se localizan en los actuales Irán,
Irak, Siria y Turquía revelan cómo, entre 5000 y 4500 años
antes de Cristo (Ehrich, 1971: 344-347), aquéllas se
expandieron a lo largo del valle del Danubio y la costa
mediterránea hacia Europa Occidental, habitada por antiguas
poblaciones mesolíticas nórdicas como las ertebollienses y
campiñenses (Childe, 1949: 206-212; Pittioni, 1949: 35-41).
Las poblaciones provenientes del Medio Oriente llevaron
consigo hacia el occidente de Europa las semillas de la
civilización neolítica originada en el Asia Menor dando origen
a lo que Gordon Childe denominó como Cultura Danubiense,
la cual constituye a su vez el fundamento de la sociedad
neolítica del centro y el norte de Europa (Childe ,1949; Ehrich,
1971: 364-365; Cavalli Sforza, 2000: 104-105).

Las investigaciones llevadas a cabo por Arteaga y sus


colaboradores en Andalucía han mostrado -con sus proyectos
de investigación regional, enfocados desde el punto de vista
de la Arqueología Social- la existencia de un proceso
civilizador originario de neolitización aldeana en la región
atlántica mediterránea de aquella región, el cual habría
comenzado posiblemente entre 10000 y 8000 años antes del
presente, donde el cultivo de plantas se habría desarrollado
en los antiguos rebordes litorales de las zonas gaditanas,
sevillanas y onubenses, así como alrededor de los antiguos
humedales contemporáneos del estuario boreal del Bajo
Guadalquivir. Dicho proceso habría generado un modo de vida
calcolítico (agrícola-ganadero-minero-metalúrgico) que
culminó posteriormente en la formación de Estados Clasistas
Iniciales en dicha región. Este desarrollo de las fuerzas
productivas se tradujo en una considerable modificación
antrópica del paisaje, coincidente con la consolidación
temprana de la minería del cobre y la metalurgia (Arteaga y
Hoffman, 1999: 61-67). Esta propuesta geoarqueológica,
ambientada desde el punto de vista materialista dialéctico,
recoge la importancia que tiene el crecimiento de las fuerzas
productivas para impulsar el desarrollo del nivel sociohistórico
de los pueblos, pero advierte también sobre la degradación
ambiental que puede producir dicho desarrollo, incluso en
períodos tan tempranos de la historia de la sociedad europea
mediterránea.

La posición de la Arqueología Social Ibero-Latinoamericana


permite mostrar, con base a las investigaciones de Arteaga y
sus colaboradores, un proceso civilizador estatal atlántico-
mediterráneo, con una dimensión histórica euroafricana.
(Arteaga, 2000: 6) que habría tenido como centro la región
meridional de la península Ibérica a partir del Neolítico Final,
durante el V- IV milenio antes de Cristo. De la misma manera,
las elaboradas series de dataciones radiocarbónicas obtenidas
y elaboradas con base a las investigaciones de Castro, Lull y
Micó (1996: 233-254) corroboran el carácter temprano del
aquel proceso en relación con otras regiones de Europa
Occidental y de la región mediterránea en general (Fig.1). Un
indicador arqueológico tal como la metalurgia del cobre
arsenicado, marcaría la existencia de la desigualdad social,
evidencia de una sociedad clasista inicial en formación sobre
la cual emergería posteriormente el Estado (Bate, 1984,
Arteaga y Nocete, 1996).

Podríamos considerar que las raíces de la actual civilización


europea, los procesos civilizadores mediterráneo y nórdico
propiamente dichos se hallaban consolidados en los inicios de
la llamada Edad del Bronce (ca. 4000 años a.p.), cuando el
marco organizativo de dicha sociedad ya operaba dentro de
un cuadro cultural bien definido a nivel local y regional donde
se afirmaban sus tradiciones culturales regionales: la nórdica,
la atlántica, la mediterránea andaluza, y las alianzas políticas
entre las mismas (Kristiansen, 1998).

El bronce fue una innovación tecnológica que permitió


reemplazar los antiguos instrumentos de piedra, madera y
hueso por nuevas herramientas cortantes así como por armas
más eficientes. Como explicaremos en capítulos posteriores,
las bases de la industria moderna fundamentada en el
desarrollo del movimiento circular comenzaron a consolidarse
en esa época con la fabricación de sierras, taladros y similares
en metal, herramientas que permitieron importantes avances
en el trabajo de la piedra, la madera, el hueso y la concha. El
descubrimiento de la reducción y fundición de los minerales
utilizando el carbón como combustible, significó el inicio de la
teoría científica en la física y la química.

Los artesan@s de la minería y la metalurgia formaban


posiblemente comunidades de trabajador@s y comerciantes
libres, vinculad@s quizás por intereses tecnológicos y
mercantiles, que no producían su propio alimento, sino que
dependían en buena parte de los excedentes intercambiados
con otras comunidades cuya economía era fundamentalmente
agro-pastoril y cuyas relaciones sociales se basaban
posiblemente en el parentesco, hecho que facilitó tal vez la
concentración de la riqueza en aquella especie de sociedad
temprana de empresarios. Puesto que inicialmente los
artesanos del bronce eran quizás extraños en una sociedad
consanguínea, posiblemente desposeídos de tierras, es
posible que ellos y sus mujeres tuviesen una especie de
estatus intertribal que les permitía ejercer sus oficios y
ganarse la vida en diferentes pueblos y regiones. No sólo
manufacturaban y vendían sus productos de bronce, sino que
por su capacidad de viajar sobre largas distancias también
explotaban y vendían ámbar, alfarería y diversidad de otros
bienes destinados al comercio intertribal (Childe, 2004: 185-
186).

Quizás como refuerzo de esta aseveración, podemos mostrar


la amplia distribución espacial de lingotes metálicos en
forma de pieles de buey o de ovejas (Fig. 1.A) utilizados
quizás como moneda en ciertas regiones del norte de Europa
occidental (Kristiansen, 2001: 498-499, Fig. 192;
Demakopoulou, 1999: 37). Ello sugiere que las comunidades
vinculadas a la metalurgia del bronce pudieron haber jugado
también un papel importante tanto en la ganadería y el
pastoreo (género de vida transhumante) como en los circuitos
de intercambio comercial entre los pueblos del Mediterráneo
Occidental y el noroeste de Europa.

La existencia de estas formas precapitalistas de acumulación


de fuerza de trabajo, de bienes suntuarios o de ambos han
sido igualmente analizadas por varios autores como
indicativas de procesos productivos y mercantiles que
caracterizaron también algunas sociedades estratificadas o
clasistas iniciales originarias de Asia y América (Ekholm y
Friedman, 1979; Sanoja y Vargas Arenas, 2000).

El cobre y el estaño, materias primas necesarias para producir


la aleación que se denomina bronce, no son elementos muy
comunes; las minas de dichos materiales se encuentran
generalmente en terrenos montañosos o desérticos distintos
a las planicies fértiles preferidas generalmente por los
agricultores neolíticos. Por estas razones, para satisfacer la
demanda de materias primas, la metalurgia tenía que ser
llevada a cabo por una comunidad de especialistas a tiempo
completo en la minería, el transporte, el procesamiento de los
minerales, la manufactura y la distribución y el mercadeo de
los objetos de bronce que, generalmente, eran insumos de
lujo y de prestigio, por lo cual la dicha comunidad mantenía
una relación simbiótica con las comunidades a las cuales
servían.

El proceso de trabajo de la minería estuvo quizás vinculado


también con el panteón de las antiguas religiones
indoeuropeas; los minerales moraban en el seno de la tierra,
protegidos o asociados posiblemente con divinidades o ninfas
del género femenino: el cobre deriva su nombre de la
divinidad conocida como Chalcis, y el hierro de la diosa o ninfa
Sidérea, por lo cual es muy posible que las mujeres tuvieran
una importante participación en la invención de los rituales y
asimismo en los métodos para extraer y tratar los minerales.
La transformación de los metales en armas para la guerra, el
uso del fuego, del martillo y la fragua para moldear los
metales podría estar sin duda relacionada -en el caso
particular de las sociedades germánicas y nórdicas- con las
divinidades del fuego, el trueno y la guerra como Thor y Odín.
Esta posible asociación de las artes del fuego tales como la
alfarería, la minería y la metalurgia con las divinidades del
género femenino del inframundo y las divinidades del género
masculino que habitaban el Walhalla, el Olimpo germano, con
la forja de armas y herramientas, rodeaba quizás a las
comunidades de mujeres y hombres vinculados a la
fabricación de un cierto tipo de alfarería -el vaso
campaniforme entre otros- y al proceso de trabajo de la
minería, de la metalurgia y a la comercialización de sus
productos, con una subjetividad particular asociada con la
magia que los mantenía -de cierta manera- alejad@s de las
actividades cotidianas de las comunidades agropastoriles. De
igual manera, podría haber influido en la constitución de la
ideología de las elites y dinastías guerreras clasistas iniciales
vinculadas a la metalurgia del bronce y el hierro que llegaron
a dominar todo el ámbito europeo, estableciendo así una
diferencia ontológica con el surgimiento de las sociedades
clasistas iniciales orientales subsumidas en el llamado Modo
de Producción Asiático, y las americanas. Quizás por aquellas
razones, la reproducción de las comunidades de las y los
especialistas en minería, metalurgia y forja de metales, si bien
dependía de los excedentes agropecuarios producidos por las
diversas comunidades de campesin@s, pastor@s y artesan@s
que vivían en sus áreas de influencia, facilitaba quizás así su
capacidad de intercambio comercial y político con aquéllas y
al mismo tiempo dominarlas vía el control de la producción y
la distribución de los bienes materiales (Childe, 2004: 177-
189).

Las sociedades de la Edad del Bronce, en general, podrían


haber representado el proceso de transición de
organizaciones sociales de tipo tribal hacia una clasista inicial
de tipo estatal, caracterizada por una acentuada división
social y económica basada en el territorio. En la región
atlántico-mediterránea de Andalucía, las primeras
manifestaciones de la sociedad clasista inicial del Cobre y el
Bronce son conocidas, respectivamente, como “Cultura de Los
Millares” y “Cultura del Argar” (Arteaga, 1992b,). La Cultura
de Los Millares supone no solamente la expansión e
intensificación de la agricultura y la ganadería, sino también
de la metalurgia del cobre (Arteaga y Hoffman, 1999: 67-68,
72-73).

Otros autores como Christiansen sostienen, por el contrario, la


existencia final en Europa Occidental, la Oriental y la Nórdica
de sociedades tipo Estado, pero sin instituciones burocráticas
desarrolladas, correspondiente al tipo denominado sociedad
estratificada (Christiansen, 1998: 76, 91). La estructura social
de los pueblos de la Edad del Bronce Tardío y la Edad del
Hierro del norte de Europa parece –según esta tesis- haber
estado constituida por confederaciones de cacicazgos o
Jefaturas y Señoríos, gobernadas cada una por un jefe
principal o rey. Cada lugar central de los mismos era a su vez
el espacio donde se fabricaban o se acopiaban los bienes de
prestigio así como las materias primas obtenidas por
intercambio comercial. Los vasallos y subjefes que habitaban
alrededor de cada centro, pagaban a su Señor tributos en
esclavos, hierro, oro, materias primas diversas y bienes
terminados. Cada centro subsidiario del lugar central
producía igualmente bienes de prestigio para la distribución
local y para el comercio regional. Es probable, pensamos, que
este rasgo constituya un antecedente remoto de la separación
entre ciudad y campo, entre la producción artesanal y
comercial burguesa y la producción agropecuaria campesina
que distinguen posteriormente la formación esclavista y la
formación feudal.

Considerando las posiciones teóricas enunciadas, creemos


que durante la llamada Edad del Bronce se habría formado en
Europa un tipo de sociedad estatal donde la metalurgia se
convirtió -al parecer- en la actividad principal de grupos de
especialistas, cuyo poder social y político parece haberse
basado en una comunidad dominante de intereses tecno-
económicos y comerciales para el control y la distribución de
la producción más que en las relaciones de parentesco que
habían caracterizado a las antiguas sociedades igualitarias de
la comunidad primitiva. Como evidencia de ello se desarrolló
en la región atlántica-mediterránea de la península ibérica,
un proceso de estratificación social que implicaba
desigualdad social en relación a la apropiación de los bienes
materiales producidos en aquellos espacios sociales. En dicha
región donde ya existían evidencias de un Estado colectivista
en el cual se observaban formas de coerción social y
ordenamiento territorial, se nota así mismo una creciente
proyección estratégica territorial jerarquizada en aldeas
fortificadas construidas sobre cerros amesetados,
explotaciones mineras, talleres de metalurgia, campos
funerarios, etc., rodeados por asentamientos campesinos. El
desarrollo de las fuerzas productivas se refleja en la intensa
modificación antrópica del paisaje debido a la deforestación,
hecho que se evidencia en el aumento de la deposición de
limos aluviales tanto en la desembocadura de los ríos como
en las bahías litorales (Arteaga y Hoffman, 1999).

En el sur de la península ibérica, el desarrollo de la sociedad


clasista inicial de Los Millares estimuló a su vez el de un
sistema productivo agrícola, ganadero, minero y metalúrgico
que hizo posible la especialización tecnológica de la llamada
Cultura de El Argar, una de las más destacadas del
Mediterráneo y del Occidente de Europa, de la cual surge el
Estado centralizado Argárico (Arteaga y Hoffman, 1999: 73;
Artega, 2000: 33; Llul, 1983; Llul y Estévez, 1986; Castro, Lull
y Micó, 1996: 238-242). La sociedad clasista inicial de El
Argar, sin tener que construir enormes obras hidráulicas como
en el Oriente, pudo de esta manera intensificar el desarrollo
de las fuerzas productivas mediante la coerción de los sujetos
dominados gracias a la administración controlada de los
bienes materiales básicos para la reproducción social,
particularmente los alimentos (Gilman 1981: 8; Arteaga, 2000:
36-37).

Un proceso similar también se evidencia en el surgimiento


durante la Edad del Bronce Tardío en Europa Occidental,
Nórdica y Oriental (mapa 1), de los llamados “campos de
urnas”, necrópolis o grandes cementerios que se asocian con
una vasta red comercial apoyada en pueblos que practicaban
la minería y metalurgia del bronce, especialistas en diversas
ramas de la producción, incluso en la manufactura vasijas
campaniformes asociadas al parecer con la fabricación de
cierto tipo de cerveza, red que se extendía desde la región
mediterránea de la península ibérica hasta la Europa Central y
la Oriental y hasta las islas británicas y desde el norte de
Europa hasta el Mediterráneo (Childe, 1949; Clark, 1977 181-
198; Martínez Navarrete, 1989:372-387; Christiansen, 1998:
15-18 y 354-400; Martínez, Lull y Micó, 1996; Castro Martínez,
1994; Arteaga, 2000:13 y 26). Según Arteaga (2000), el auge
de la Tradición del Vaso Campaniforme, originario de Portugal
y Andalucía, asociado con el apogeo de la metalurgia del
cobre y el bronce podría representar la proyección estatal del
proceso civilizador atlántico-mediterráneo.

Durante el período del Bronce Antiguo, así como en el Bronce


Final (siglo VIII a.C.), la presencia de hoces en tumbas y
depósitos relacionados con enterramientos de mujeres de
bajo rango podría indicar el papel que éstas jugaban en el
cultivo y la cosecha de granos como la cebada, insumos que
eventualmente podrían ser utilizados para fabricar las bebidas
fermentadas (Christiansen, 1998: 258). Salvando las
distancias territoriales y cronológicas, podemos observar que
también en las culturas originarias suramericanas y caribeñas
las mujeres desempeñaban un papel similar en el cultivo y la
cosecha de granos y raíces utilizadas en la alimentación
cotidiana y en la preparación de bebidas fermentadas como la
chicha, fabricada a partir del maíz (Zea mayz) o del jugo
extraído del prensado de la harina de yuca (Manihot sculenta).
Dichas bebidas eran consumidas -particularmente- como
parte de los rituales colectivos que se observaban en las
ceremonias públicas (Sanoja, 1997: 105-129).

Hace unos 4000 años, como ya se expuso, poblaciones


conocidas como mercaderes de los “beakers”, el vaso
campaniforme, fueron también constructoras de las famosas
estructuras megalíticas europeas y quienes abrieron las
comunicaciones y rutas comerciales que permitieron la
difusión de la metalurgia. Se trataba posiblemente -como dice
Childe (1949: 248)- de bandas de mercaderes armados de las
cuales formaban parte artesan@s que se desplazaban entre la
España meridional y el Mediterráneo hasta las islas británicas,
la Europa occidental, la central y la oriental hasta el río
Vístula. Es interesante preguntarse si la alfarería que
alimentaba esta red paneuropea de comercio y artesanía, no
era fabricada por las mujeres casadas con los acaudalados
comerciantes quienes, a su vez, eran guerreros e
intermediarios en la fabricación, el transporte y distribución
de los objetos metálicos (Childe, 1949: 247-254; Braidwood,
1967:155-157). Los portadores de los llamados “ajuares
campaniformes” estaban adscritos a los grupos dominantes,
actuando como intermediarios y agentes de sus respectivas
organizaciones que tenían a cargo el desarrollo de las
actividades comerciales. Los ajuares campaniformes aparecen
tanto en sepulturas individuales como colectivas (Arteaga,
2000: 26).

De manera concurrente, las diferencias regionales expresadas


en los diversos modos de vida y niveles de desarrollo en las
fuerzas productivas existente entre los pueblos de la Iberia
mediterránea, Europa occidental y central, históricamente
arraigadas, determinaron la importancia que adquirió el
intercambio comercial. Ello determinó luego en gran medida
el carácter costero de la civilización clásica y la génesis y
ulterior expansión de la civilización griega y del Imperio
Romano hacia el este y el oeste.
El comercio marítimo era el único medio viable de intercambio
mercantil para distancias medias o largas, por lo cual el
Mediterráneo, el único gran mar interior en toda la
circunferencia de la Tierra, se convirtió en el privilegio físico
de la civilización antigua. Esta característica mediterránea
devino en el fundamento del proceso de cambio histórico que
culminó con una fase de expansión urbano-imperial durante la
cual se desplazó el centro de gravedad del mundo antiguo
hacia la península itálica (Sereni 1982: 63-87). Ello le imprimió
al modo de producción esclavista iniciado en Grecia un mayor
dinamismo que determinó el surgimiento en la península
itálica de la República y posteriormente del Imperio Romano.

Los griegos y los etruscos también se insertaron


posteriormente en aquellas estructuras regionales de poder,
contribuyendo al desarrollo de las redes comerciales
mediterráneas y al mismo tiempo a la consolidación de su
propio poder político (Castro, 1994: 172). Si la posterior
popularización de la metalurgia del hierro jugó un papel
importante en la colonización de Europa por parte de los
griegos y los fenicios, la adopción y la adaptación que hicieron
los pueblos de Europa Central y occidental del alfabeto fenicio
alrededor del siglo 8 antes de Cristo hizo posible la creación
de un vehículo para el pensamiento abstracto y la literatura
que, conjuntamente con las artes visuales, constituyeron un
aporte capital a la herencia cultural de la humanidad (Clark,
1977: 187).
Durante el Bronce Final de la Iberia mediterránea, siglos X a
IX antes de Cristo, las formaciones sociales se consolidaron
en una estructura aristocrática con base a la propiedad
privada de las tierras, ganados y minas por parte de la clase
dominante que se benefició de los medios de producción que
se hallaban bajo su control, dando nacimiento al Estado
Tartesio. Aquella región, por sus grandes riquezas
productivas, se convirtió en un polo de atracción centrado
alrededor del estrecho de Gibraltar. Los centros urbanos
tartesios, ahora asociados con el poblamiento fenicio, se
convirtieron en verdaderas poleis, impactando en la
transformación física del paisaje pre-romano (Arteaga y
Hoffman, 1999: 76-80). De la misma manera, el surgimiento
temprano de estas sociedades estatales urbanas en la
Andalucía Mediterránea, habría facilitado la colonización del
oecumene mediterráneo occidental por las culturas clásicas
(Kristiansen, 1998: fig.63).

La etnicidad y la identificación cultural fueron procesos que se


aceleraron en Europa a partir del año 2000 a.C., ya que los
modos de vida de los diferentes pueblos gravitaban en torno a
un acervo común de conocimientos metalúrgicos y de
tradiciones compartidas en materia de sistemas de valores
sociales y religiosos asociados al flujo comercial del bronce.
Debido a la naturaleza misma de la tecnología para obtener y
procesar dicho metal, se creó una dependencia en cuanto a
suministros de metales y conocimientos entre las diferentes
regiones, desde la Andalucía mediterránea, la Europa nórdica,
la Central y la Occidental hasta las islas británicas, lo cual
aportó una dimensión extraordinaria a la sincronía de los
cambios culturales y sociales y de las tradiciones tecnológicas
(mapa 1).

Para el siglo VII antes de Cristo, toda la región del


Mediterráneo occidental se encontraba bajo el dominio de
cuatro pueblos que constituían poderes políticos y
comerciales: los tartesos, los griegos, los etruscos y fenicio-
cartagineses. Los tartesos, los fenícios-cartagineses y los
griegos dominaron el comercio marítimo del litoral andaluz y
las costas occidental del sur de Francia, en tanto los etruscos
y los fenicio-cartagineses, que ya constituían un importante
poder económico y político, controlaban el comercio terrestre
hacia los Alpes y los Balcanes, utilizando para el transporte
de mercancías y la protección de sus líneas de comunicación,
una importante flota de naves de guerra y naves mercantes
(Kristiansen, 1998: 181-196, 352;Warmington 1983:449-473).

A partir de 600 a.C. ya se había conformado en el


Mediterráneo una rica clase media de comerciantes y
terratenientes, donde florecieron las artes y los oficios y
destacaban los artesan@s especializad@s y comerciantes. La
producción artesanal y artística se preservó en la riqueza
funeraria presente como ofrendas en las tumbas familiares.
Esta tendencia se proyectó también hacia el norte de Europa,
hacia las sociedades estatales guerreras como la llamada
cultura Hallstat occidental y la de los pueblos célticos
conocida como Cultura de La Tène, las cuales caracterizan el
modo de vida de las poblaciones europeas de la temprana
Edad del Hierro.

Aquel fue el momento cuando tanto el hierro -más abundante


y barato- como también el acero comenzaron a reemplazar al
bronce y cuando ya aparecen túmulos funerarios donde se
enterraban los cadáveres de los personajes de alto estatus
social acompañados con una profusa parafernalia ritual. Ello
indicaría la existencia de una importante acumulación,
comercio y consumo no-reproductivo de la producción
excedentaria de carros de guerra, armas, bienes de prestigio
de origen foráneo y eventualmente objetos de oro para fines
ceremoniales los cuales representaban también una
acumulación de valores esenciales para el comercio suntuario
entre las diversas elites dominantes (Frank, 1993: 388). De
igual manera los centros habitados fortificados, de los cuales
son ejemplo los de la llamada cultura Hallstatt, comienzan
también a aparecer localizados en áreas estratégicas
atravesadas por las antiguas rutas de comunicación del
suroeste de Europa. Ello nos revela la naturaleza de las
contradicciones que surgen posteriormente entre ciudades
como Roma y Cartago o Kart Hadasht (en fenicio: ciudad
nueva), ubicada esta última en el golfo de Túnez, Africa del
Norte, por el control de los yacimientos de materias primas
como el cobre, el estaño, el hierro, el oro, el trigo, etc. (mapa
1), y la apropiación de fuerza de trabajo esclava necesaria
para desarrollar las fuerzas productivas de aquellas primeras
Ciudades-Estados del Mediterráneo occidental. (Warmington
1983: 451; 457-458)

Lo anterior también nos revela cómo, a diferencia de las


sociedades precapitalistas, clasistas e igualitarias americanas
--las cuales convivieron en un relativo aislamiento geográfico,
cultural y tecnológico-- las sociedades tribales igualitarias y
los Estados arcaicos europeos se desarrollaron desde la Edad
del Bronce dentro de una extensa red regional de comercio,
alianzas políticas e intercambio de tecnologías de punta para
la época, que conectaba la Europa occidental y la central con
los Estados del Mediterráneo oriental y del Próximo Oriente
desde los inicios del segundo milenio a.C.

Las formaciones sociales europeas no siguieron el camino que


las habría llevado a la constitución de las sociedades clasistas
iniciales similares a las de los llamados Estados despóticos
que caracterizaban a las civilizaciones orientales, los cuales se
desarrollaron mediante la extracción de la renta de la tierra
obtenida por la sobreexplotación de la fuerza productiva
constituida por el trabajo humano (Gándara, 1983). En su
lugar, a partir de la Edad del Bronce y luego en la Edad del
Hierro, las clases dominantes comenzaron a desarrollar una
tradición europea de tipo empresarial basada en un desarrollo
de las fuerzas productivas, encarnado en un control más
refinado de los medios de producción y distribución de bienes
materiales y la explotación de una fuerza de trabajo
perfectamente condicionada para servir a sus fines, así como
a la existencia de condiciones naturales favorables a dicho
proceso (Bartra, 1969:16). El mismo se fundamentó
inicialmente en la existencia de importantes yacimientos de
estaño, cobre y hierro, el flujo comercial de la metalurgia y el
ámbar, así como la difusión comercial de tradiciones alfareras
de manufactura y decoración como la representada en las
vasijas cónicas llamadas “beakers” que se encuentran
diseminadas por toda la Europa occidental y central.

Como podemos observar, resumiendo, en Europa Occidental


el proceso de desarrollo histórico de la civilización atravesó
por varias crisis de crecimiento. A partir de la Edad del
Bronce, como se denominó en el esquema evolucionista de
las edades tecnológicas sucesivas propuesto por los
arqueólogos Vedel Simonsen y Thomsen en el siglo XIX: Edad
de Piedra, Edad del Cobre y el Bronce y Edad del Hierro, las
sociedades clasistas iniciales, surgidas de la denominada
barbarie neolítica cuya economía descansaba en la
agricultura, el pastoreo y la utilización de la energía animal,
adoptaron formas de organización clasistas iniciales
gobernadas por un poder centralizado en elites nobiliarias,
pero sin la estructura burocrática de los llamados Estados
despóticos originarios que existían en el Asia Menor y en
Egipto. Es necesario aclarar que el término despótico es
despectivo para sugerir que los pueblos asiáticos que dieron
origen a las primeras formas sociales civilizadas, no pueden
ser considerados como similares a los de la llamada
civilización occidental.

El crecimiento de aquellas formas estatales originarias se


llevó a cabo en Europa vía la expansión territorial y la
apropiación y acumulación cada vez mayor de la fuerza de
trabajo de las poblaciones periféricas más débiles; a éstas sí
se les dominó y explotó mediante el sistema de esclavitud
generalizada de grandes contingentes humanos, como
ocurriría muchos siglos después con las poblaciones
originarias americanas; ello fue denominado por Marx, el
Modo de Producción Esclavista (Clark, 1977: 151-188;
Christiansen, 1998: 101-164).

En el caso de Europa occidental, ciertas sociedades clasistas


iniciales o estatales de la Edad del Hierro se transformaron,
como sucedió con Roma, en Ciudades-Estado convertidas en
res publica, repúblicas patricias gobernadas por una
asamblea (o Senado) de representantes de los diversos clanes
o linajes dominantes, lo que se extendió sobre un territorio
que englobaba todo el Mediterráneo, Egipto, buena parte del
Suroeste de Asia, la Europa temperada y las islas británicas
ocupadas por pueblos celtas (Sereni 1982: 89-128; Clark,
1997: 199). Cuando el ritmo y el costo social y económico de
la reproducción de las res publica ya no pudo mantenerse
con sus propios recursos, el gobierno republicano tuvo que
apropiarse de materias primas como el oro y plata, prisioneros
de guerra y esclav@s, expoliando pueblos y territorios cada
vez más lejanos, aumentando de manera desproporcionada la
inversión en gastos militares no reproductivos. Ello determinó
el fin del gobierno civil del Senado y la instauración de un
Estado imperial gobernado por un César o emperador
apoyado en el poder militar de las legiones romanas.

Bajo este modo de producción, la utilización masiva de la


mano de obra esclava como sustitución de la inventiva
tecnológica que habría podido potenciar la producción
agropecuaria y la artesanal produjo, por el contrario, un
estancamiento del nivel de desarrollo de las fuerzas
productivas, por lo cual el Imperio Romano pasó a depender
en buena parte de la productividad de la fuerza de trabajo de
los pueblos periféricos o “bárbaros”, hasta su colapso
definitivo en el siglo VI de la era.

El concepto de Modo de Producción Germánico fue


desarrollado por Marx para describir a los pueblos autónomos
europeos que habitaban la frontera norte del Imperio Romano.
Según autores como Gailey y Patterson (1995: 81-82), tras la
caída del imperio los pueblos germánicos heredaron los
espacios que antiguamente habían sido conquistados y
colonizados por Roma en la Europa occidental, originando un
proceso de mestizaje étnico y cultural con otros pueblos
“bárbaros” que habitaban la periferia del imperio, el cual
habría tenido como resultado el desarrollo de la Formación
Feudal.

La Formación Feudal que reemplazó al Imperio Romano


aparece como “...una evolución alternativa del comunalismo
primitivo germánico, en condiciones de ausencia de desarrollo
urbano debido a la baja densidad de población en una
extensa región...” (Marx y Hobsbawn, 1972: 19), resultado de
la repartición del botín territorial entre los numerosos jefes
tribales de la barbarie europea que habían apresurado el
colapso de dicho imperio. La consolidación de las nuevas
relaciones de producción transformó a las poblaciones de
campesin@s y pastor@s en sierv@s del Señor feudal. Las
nuevas formas de propiedad territorial permitieron la
introducción de importantes innovaciones en la tecnología
agraria, tales como el arado con hoja de hierro, nuevos
sistemas de arneses para mejorar la tracción animal, el uso de
molinos de viento para producir energía mecánica, el uso
sistemático de abonos para mejorar la calidad de los suelos y
la rotación trienal de los campos de cultivo, lo que se
manifestó en la producción de excedentes agrarios, una
mejoría de los niveles de vida y el crecimiento de la población,
particularmente la población urbana o burguesa donde se
había refugiado la producción artesanal y la actividad
comercial que servirían de palanca al desarrollo de formas
tempranas de capitalismo mercantil hacia el siglo XII de la era
cristiana (Pirenne, 1963; Anderson, 1979: 147-200; Braudel,
1992-II: 26-80).

El Capitalismo Mercantil

Durante la Alta Edad Media, los excedentes de producción


engrosaron los rústicos centros urbanos o burgos, los cuales
se convirtieron en lugares centrales de los mercados
regionales y centros de manufacturas artesanales. Dichos
excedentes se cambiaban por la mercancía denominada
dinero que circulaba sobre grandes extensiones territoriales,
generando un proceso de acumulación monetaria burguesa
distinto a la acumulación de mano de obra servil o esclava y
de productos básicos que generaba la propiedad agraria. En
las ciudades crecieron oligarquías de mercaderes y artesan@s
que asumieron el control de la producción, del intercambio
comercial y monetario, proceso que hacia el siglo XII de la era
había ya generado una acumulación considerable de capital
mercantil (Pirenne, 1963: 151-159; Braudel, 1992 II: 201). En
su obra más reciente el filósofo marxista Istvan Mészáros
(2009:83), reconoce también este hecho cuando asienta:

"… El capital ha estado con nosotros por un tiempo muy largo


en una forma u otra; en verdad, en algunas de sus formas
limitadas, durante miles de años. Sin embargo, solo en los
últimos trescientos o cuatrocientos años bajo la forma de un
capitalismo que pudiese llevar a cabo la lógica
autoexpansionista del capital, sin imprtar lo devastadoras de
las consecuencias para la supervivencia misma de la
humanidad…"

El mantenimiento de aquella nueva forma de economía


burguesa requería el mejoramiento los medios de transporte
para comerciar con territorios y pueblos cada vez más lejanos,
ubicados incluso en los más remotos confines de Asia. Esta
actividad produjo un considerable desarrollo material y social,
particularmente de los conocimientos y técnicas relacionadas
con la navegación de alta mar.

La expansión mercantil de la sociedad feudal determinó una


excesiva deforestación de los bosques y una sobreexplotación
de los suelos agrícolas. En consecuencia, descendieron los
rendimientos agropecuarios, al mismo tiempo que aumentó la
demanda de insumos derivados de dicha producción: lana,
tejidos, vinos, granos, carnes ahumadas, etc.; aumentó la
natalidad y –al igual que en Roma- la dependencia hacia el
trigo importado de Europa Oriental. La producción minera de
plata y oro se paralizó por el agotamiento de las vetas o por la
incapacidad técnica para explotar nuevos yacimientos y para
refinar mejor dichos metales.

Como consecuencia de lo anterior, se produjo una crisis social


y económica generalizada en Europa Occidental,
caracterizada por el abandono de las tierras cultivadas,
guerras y sublevaciones de campesin@s y artesan@s, guerras
internacionales, aumento del precio del dinero y de las
manufacturas, pandemias como la viruela, la sífilis, y
hambrunas que arrasaron con centenares de miles de vidas
humanas.

Para finales del siglo XV, el modo de producción feudal había


llegado a su fin. El Imperio Mongol había cortado todas las
rutas comerciales terrestres entre Europa y Asia, de manera
que ciertos reinos como Portugal y luego España comenzaron
a explorar rutas marítimas para acceder a Cathay o China y a
la India, proceso que terminó con el viaje trasatlántico de
Cristóbal Colón hacia las tierras americanas que él suponía
eran la India (Sanoja, 1992: 9-10), el cual curiosamente zarpó
–como dice la historia oficial- del puerto de Palos de Moguer
en el litoral atlántico mediterráneo español (mapa 2).

A partir de aquel momento comenzó la gran expansión


colonial del capitalismo mercantil hacia el mundo periférico.
Dicho en en palabras de Dussel:

"... la centralidad de Europa en el “sistema mundo” no es


fruto sólo de una superioridad interna acumulada en la Edad
Media europea sobre las otras culturas, sino también el efecto
del simple hecho del descubrimiento, conquista, colonización
e integración (subsunción) de Amerindia (fundamentalmente),
que le dará a Europa la ventaja comparativa determinante
sobre el mundo otomano-musulmán, la India o la China. La
modernidad es el fruto de este acontecimiento y no su
causa…Aún el capitalismo es el fruto, y no la causa de esta
coyuntura de mundialización y centralidad europea en el
“sistema mundo”. La experiencia humana de 4500 años de
relaciones políticas, económicas, tecnológicas, culturales del
“sistema interregional”, será ahora hegemonizada por
Europa, que nunca había sido “centro”, y que en sus mejores
tiempos sólo llegó a ser periferia…” (1998: 51-52).

El hallazgo en Suramérica y Mesoamérica de enormes


riquezas de oro, plata y piedras preciosas, potenciaron el
decaído proceso de acumulación capitalista europeo e incluso
el asiático. La apropiación de recursos naturales como el
maíz, planta americana que era cultivada y consumida por
todas las poblaciones originarias americanas, hizo posible su
utilización como alimento para los animales: ganado vacuno,
caballar, porcino, aves de corral, etc. Este hecho propició la
expansión de la ganadería y el consumo de carne por parte de
la población y liberó una parte importante de la producción de
trigo que se utilizaba como alimento para el ganado, para ser
destinado preferentemente a la alimentación de la sociedad
burguesa. La apropiación de otros cultivos americanos como
los de la papa y el tomate pusieron al alcance de las
poblaciones europeas empobrecidas alimentos baratos y
abundantes que terminaron con las hambrunas cíclicas que
azotaban la fuerza de trabajo europea, determinando una
mejoría sensible en su calidad de vida (Sanoja, 1997: 195-
202; Braudel, 1992:- I: 104-172).

La importación desde Nuestra América hacia Europa


Occidental de mercancías tales como café, cacao, algodón,
melazas de caña de azúcar, maderas preciosas, vainilla,
zarzaparrilla, etc., y la exportación hacia América de loza
doméstica, objetos de vidrio, licores, quesos, jamones, telas,
velas de cera, clavos, etc. generó, particularmente entre
Europa occidental, el Caribe y la región noreste de Suramérica
vastas redes de intercambio mercantil, consolidando la
importancia del crédito y el comercio a larga distancia. Para
fortalecer dicho proceso, se perfeccionaron instrumentos de
cambio tales como los giros o letras de cambio y se
establecieron bolsas de comercio en Londres, Ámsterdam,
París, Sevilla, etc., para especular con los precios de las
mercancías no perecederas (Braudel, 1992; II: 81-114; Sanoja
y Vargas-Arenas, 2005: 300-306).

A partir del siglo XVI, la sociedad capitalista mercantil de


Europa occidental, gracias a su expansión colonial, entró en
una fase de acumulación y concentración de capitales que
culminó en el siglo XVIII con el despegue del capitalismo
industrial y la disolución definitiva de la Formación
Socioeconómica Feudal. Con la toma del poder por parte de la
clase burguesa hacia finales del siglo XVIII, el paradigma
histórico que legitimó el triunfo de la Revolución Francesa, la
noción de progreso convirtió a la Europa capitalista en el
paradigma dominante del proceso civilizador occidental, en la
conciencia reflexiva, la filosofía moderna de la historia
universal, de los valores, invenciones, descubrimientos,
instituciones políticas, etc., que se atribuye a si misma como
su producción (Dussel 1998: 52). Por esta razón, los
conceptos de dinamismo y cambio social adquirieron -desde
el siglo XVIII- mayor preeminencia en el pensamiento
histórico, político y filosófico mundial de la de la sociedad
burguesa que el concepto de estabilidad.

A la par que la noción de progreso, la noción de espacio se


había convertido en un elemento importante para el
pensamiento de los filósofos del Romanticismo, ya que el
suelo, el territorio era esencial para explicar la formación de
las naciones, pueblos y razas cuya existencia sustentaba la
existencia misma de los pueblos europeos, elegidos por la
historia. Una raza podía atravesar diferentes edades, pero
retenía siempre una inmutable esencia individual que se
transmitía a través de los lazos de sangre y la formación de
una herencia cultural común. Por eso el mestizaje, la mezcla
de razas era considerada por la filosofía del movimiento
romántico europeo como desastrosa: para ser creativa, una
civilización debía ser racialmente pura, tal como sostenían
etnólogos y arqueólogos racistas europeos como Gobineau
(Trigger, 1978:65) y Kosinna (Trigger, 1978: 81-82). Por tal
razón, afirmaban, Grecia y Roma, consideradas como el
epítome, la infancia de Europa, no podían ser vistas como
fruto del mestizaje y la colonización de los pueblos originarios
europeos con los africanos y los semitas provenientes del
Medio Oriente y el Asia Menor, como efectivamente hemos
visto que ocurrió. De ese contexto ideológico derivaron
posteriormente las ideas racistas del nazismo, del antiguo
apartheid surafricano, del sionismo, y en general todas las
tesis discriminatorias y racistas que fundamentan el discurso
ideológico de la mayor parte de las clases medias y las
burguesías, particularmente de las latinoamericanas.

Fig. 1. Posible moneda de bronze en forma de piel de ganado

Fig. 2. Cuadro cronológico tomado de Castro, Lull y Micó


(1996: 233-254). Colocar en pag. 38.
Capítulo 3.

El Materialismo Histórico y el paradigma del Progreso

Entre mediados y finales del siglo XIX, auge de la época


victoriana en Inglaterra, momento cuando Marx escribió sus
obras Los Grundrisse y El Capital, Engels su libro sobre El
Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, y
Morgan sus libros La Sociedad Antigua y Houses and House-
life of the American Aborigines, el capitalismo industrial
estaba entrando, tanto en Europa como en los Estados Unidos
en una fase de intensificación, expresada en el auge de la
construcción de fábricas y máquinas que servirían para
construir nuevas fábricas y máquinas. Los altos costos que
implicaba el desarrollo de esta nueva fase del capitalismo no
podían ser financiados solamente con los beneficios
obtenidos de la explotación despiadada a la que estaba
sometida para entonces la fuerza de trabajo y los recursos
naturales con que contaban las naciones de Europa y los
Estados Unidos. La solución fue iniciar un nuevo y sangriento
período de expansión colonial. Estados Unidos se anexaron los
territorios del norte de México, país que perdió casi la mitad
de su territorio nacional. Inglaterra se apoderó de la India,
parte de África, de China y de Oceanía; Francia, Holanda,
Austria, Alemania, Bélgica e Italia se apropiaron de todo el
resto de África, del Sureste de Asia, de Oceanía, colonizaron
la Europa Central y los Balcanes y casi se apoderan de
Nuestra América. Por desgracia para los europeos (y para
nosotros también), Estados Unidos, siguiendo su dogma del
destino manifiesto, ya había decidido y hecho saber a las
potencias europeas a través de la Doctrina Monroe, que
Nuestra América -y Venezuela en particular- era de su
propiedad exclusiva.

Casi simultáneamente con las obras de Marx, Engels y


Morgan, apareció en 1859 la de Charles Darwin, Origen de
las Especies, donde este autor expuso sus ideas sobre las
leyes de la evolución biológica y de la selección natural del
más fuerte. En palabras del mismo Darwin:

“…La selección natural tiende a hacer cada ser orgánico tan


perfecto como, o ligeramente más perfecto que los otros
habitantes del mismo país con los cuales compite. Podemos
ver que ésta es la medida de la perfección que se puede
alcanzar en la naturaleza…” (1909, vol.11: 213) “…Yo pienso
que es inevitable que en el curso del tiempo se formen
nuevas especies a través de la selección natural y que las
otras se hagan cada vez más raras hasta que se extingan
definitivamente…” (1909, vol.11: 121). “…La selección
natural actúa mediante la vida y la muerte determinando la
supervivencia del mejor adaptado y la destrucción de los
individuos menos adaptados…” (1909. vol.11: 206).
(Traducción nuestra).

La utilización tendenciosa del concepto de la selección natural


aplicada a la sociedad, contribuyó a consolidar las ideas sobre
el carácter direccional del progreso social, la evolución de la
cultura y la sociedad como la justificación ideológica del
colonialismo y de la explotación capitalista de los pueblos
“inferiores” por parte de los pueblos escogidos para liderar la
marcha del progreso.

Los principales filósofos e intelectuales europeos de la época,


Marx y Engels incluidos, así como también numerosos teóricos
de la Segunda Internacional, no pudieron escapar a las
determinaciones ideológicas que imponía la tesis positivista
en boga para la época en relación a la evolución de la Cultura
y el Progreso Social, “…de las fases necesarias e
insorteables por las que tenían que atravesar las sociedades
en el curso de su evolución para acceder al estadio de la
civilización plena” (Díaz Polanco, 1989:83-84). De una manera
europocéntrica, la línea evolutiva que habían seguido los
pueblos de Europa Occidental desde la prehistoria, fue
extrapolada por los filósofos positivistas como el paradigma
del progreso de la humanidad.

Con base al paradigma occidental de la evolución de la


cultura, expresaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista
(2007) la teoría del materialismo histórico sobre el desarrollo
histórico de la sociedad. La historia de la humanidad
modelada sobre la modernidad burguesa, consideraba el
capitalismo como el triunfo final de la burguesía, la etapa
superior de la evolución de dicha sociedad. Marx y Engels
consideraban que el triunfo de la burguesía europea, cuya
condición esencial de existencia era la acumulación de
riqueza, sacudiría los cimientos del viejo orden señorial
feudal y llevaría a su más alto nivel el desarrollo de las
fuerzas productivas. Aunque nunca expusieron
detalladamente como serìa la futura alternativa a la
civilización capitalista, a diferencia de los historiadores
burgueses de su època ambos filósofos consideraban que el
socialismo y el comunismo serían la fase final de dicho
proceso evolutivo, período en el cual se sentarían las bases
para dar el salto revolucionario hacia la sociedad ideal. El
paso al socialismo se haría en aquellos países europeos como
Alemania, donde en el siglo XIX existían las que se
consideraban las más avanzadas condiciones de civilización.

En el siglo XIX, la mayor parte de los pensadores y filósofos y


particularmente toda la burguesía europea y estadounidense,
estaban imbuidos con las tesis del evolucionismo cultural, con
la idea del progreso lineal que legitimaba la preeminencia de
la sociedad europea, particularmente la occidental y la
nórdica, paradigma de la civilización occidental, sobre todos
los otros pueblos del mundo. Las propuestas filosóficas de
Marx y Engels, como vemos, no escaparon a esa coyuntura
ideológica, por lo cual el proceso evolutivo que condujo a la
sociedad Europea Occidental desde la Comunidad Primitiva
hasta el Capitalismo llegó a ser considerado –incluso por los
mismos pensadores marxistas- como un universal de la
cultura humana.

Dialécticamente, según el paradigma europeo del progreso


que animaba el pensamiento de Marx y Engels, el desarrollo
burgués de las fuerzas productivas fortalecería a su vez el
poder de la verdadera clase revolucionaria, el proletariado;
llegado el momento, la revolución triunfante aboliría la
sociedad burguesa para constituir finalmente en Europa una
sociedad libre, sin clases, sin propiedad y sin explotación del
trabajo de los proletarios; la sociedad comunista sería la fase
final de la perfección humana, de la civilización. De esta
manera, el pasado quedaría integrado en una línea continua
de evolución con el presente, dominado por la civilización
occidental capitalista, cuya plena realización produciría, por
negación dialéctica, el triunfo de la clase trabajadora, la
derrota de la burguesía, el advenimiento de la futura sociedad
socialista y finalmente la utopía de la Sociedad Comunista.

Según Palerm (1986: 50), Marx no proponía una secuencia


evolutiva lineal, sino un proceso histórico abstracto deducido
no directamente de la historia concreta, sino de las exigencias
estructural-funcionales del capitalismo de su tiempo
proyectadas hacia el pasado como posibilidad de explicación
del presente. Su obra El Capital –dice el autor- constituye un
análisis casi exclusivamente económico de una estructura
social cuyos elementos constitutivos responden a una
situación de mercado.

Según el análisis que hizo Rosa Luxemburgo, El Capital


muestra la existencia de un proceso expansivo constante del
modo de producción capitalista asumiendo, por razones
metodológicas, que no existen en el mundo más que dos
clases: capitalistas y obreros. Sin embargo, decía
Luxemburgo, la condición colonial no estaba presente en el
modelo analítico de Marx, aunque las guerras coloniales son
indispensables para que se cumpla el ciclo de reproducción
ampliada del capital. Para su existencia y desarrollo, el
capitalismo necesita estar rodeado de formas de producción
no capitalistas y apropiarse violentamente de los medios de
producción más importantes de los países colonizados, lo cual
implica la participación en dichos procesos de otros actores
sociales como los campesino@s y pastor@s, grupos
aborígenes, etc., que no son ni obreros industriales ni
capitalistas (Luxemburgo, 1967).

Afirmando lo expuesto por Rosa Luxemburgo, podemos


observar que el desarrollo mercantil de la economía colonial
en Venezuela así como en otros países de la vertiente
atlántica de Suramérica y del Caribe, se sustentó en la
creación de enclaves mono-productivos dominados por el
sistema de trabajo esclavista de la plantación, lo cual permitió
concentrar la acumulación de tecnología y de capitales para
producir bienes de consumo (café, cacao, melazas, tabaco,
etc.) cuya distribución era negociada finalmente a través de
las bolsas de comercio de Ámsterdam, Londres, París y otras
de su género. Las plantaciones habrían equivalido, de cierta
manera, a las actuales maquilas implantadas por el
neoliberalismo en el Tercer Mundo, donde se utiliza mano de
obra nativa sub-pagada, explotada y neo-esclavizada, formas
socioeconómicas características del capitalismo periférico. Lo
anterior nos indica que la creación de una economía de
mercado fue en el siglo XVIII una condición necesaria, pero no
suficiente para la formación del proceso capitalista en aquella
región (OEA, 1960; Sanoja y Vargas-Arenas, 2005:125- 127;
Mintz, 1971).

Fuera de las plantaciones, la mayoría campesina de la


población continuó viviendo y practicando hasta las primeras
décadas del siglo XX, formas culturales y socioeconómicas
que representaban procesos alternativos al capitalismo
mercantil imperante, hecho que los pensadores marxistas de
la década de los años sesenta y setenta del pasado siglo
denominaban como sistemas sociales duales, los cuales
contrariaban la ortodoxia de la teoría de los modos de
producción imperantes para la época. Lo que señalan en
verdad dichos procesos, es la necesidad de desarrollar una
teoría específica de las formaciones y modos de producción
nuestramericanos y de los venezolanos en particular (Sanoja y
Vargas-Arenas, 1992; Amin, 1997-1998; Vargas-Arenas,
2007a).

Lumbreras (2005: 263-264) aporta también interesantes


elementos para el análisis de la polémica sobre la existencia
de diversas líneas de evolución de la sociedad, lo que
nosotros llamaríamos procesos civilizadores. De acuerdo con
la posición teórica marxista -dice- “…el paradigma unilineal de
la historia que partiendo de la comunidad primitiva se
estructura en formas progresivamente más complejas de
sociedades clasistas (esclavismo, feudalismo y capitalismo)
hasta desembocar finalmente en el socialismo como fase
previa a la sociedad comunista sería un camino universal de
la historia humana que debería poder aplicarse con carácter
de ley en el análisis de la historia particular de los pueblos
para explicar las circunstancias concretas de su existencia y
poder aplicar el valor predictivo de la ley científica en el
diseño de una estrategia hacia el futuro” (Énfasis nuestro). Sin
embargo, sigue la polémica. Marx (1972) en sus notas sobre
las “Formas que preceden a la formación capitalista” dejó
planteada la existencia de varios modos de producción
distintos al esclavismo para acceder a la sociedad de clases,
entre los cuales destacaba el modo de producción asiático,
modos que diferían entre sí por las condiciones de
organización de las relaciones sociales de producción, lo que a
su vez se traducía en una explicación multilineal de la historia
de la humanidad. En términos de la estrategia política, ello
significa que existirían diversos caminos para llegar al
socialismo, no necesariamente siguiendo la vía de la
“dictadura del proletariado” enunciada originariamente por
Marx, Engels y Lenin.

Podríamos preguntarnos como corolario de esta discusión: ¿Se


podría justificadamente utilizar de manera acrítica este
paradigma evolutivo del progreso para explicar
históricamente el surgimiento del socialismo en Nuestra
América? La respuesta sería no, ya que dicho paradigma –
como hemos visto- no constituye un universal de la cultura de
la humanidad, sino uno de los diversos procesos civilizadores
que asume el desarrollo de la humanidad dentro de un
conjunto de diversas relaciones sociales históricamente
concretas y determinadas. La sucesión de modos de
producción señalados por Marx y Engels describe
acertadamente la línea particular de desarrollo del proceso
civilizador europeo, y mediterráneo en particular, cuyos
componentes, como hemos mostrado en el capítulo anterior,
difícilmente pueden ser duplicados en otra situación. Sin
embargo, como afirmara Chesneaux (1969: 116-118),si
entendemos que el marxismo y el materialismo histórico
pueden efectivamente propiciar investigaciones científicas, no
se trata entonces de sustituir el dogmatismo de la
universalidad del esclavismo y del feudalismo por un
neodogmatismo del modo de producción asiático ignorando
las cuestiones fundamentales que se plantean en Asia, Africa
y América, sino de alcanzar un conocimiento de la historia de
esos pueblos que permita una práxis revolucionaria más justa
y eficaz que oriente adecuadamente la construcción de los
nuevos socialismos del siglo XXI. Como analizaremos en las
páginas subsiguientes, por lo menos hasta el siglo XVI de la
Era Cristiana, el proceso civilizador capitalista europeo-
mediterráneo representaba aproximadamente a un tercio de
la sociedad mundial. El restante setenta y cinco por ciento
de dicha sociedad mundial, como ya sabemos, estaba
representado por sociedades mercantiles o no capitalistas que
podrían asimilarse grosso modo con el denominado" modo de
producción asiático" o sociades clasistas iniciales..

Como corolario podríamos dejar establecido que si bien existe


una teoría general de los modos de producción capaz de
explicar dialécticamente la historia de la Sociedad en su
conjunto, dicha explicación debe ser validada mediante la
formulación de teorías particulares que contribuyan a explicar
la diversidad de procesos culturales civilizadores que
conforman la realidad concreta entendiendo -como dijo Marx
en el volumen I de los Grudrisse (1967: 30)- que “…Le concret
est le concret parce qu’il es la synthèse de nombreuses
deterninations, c’est l’unité de la diversité…” (Lo concreto es
lo concreto porque es la síntesis de muchas determinaciones,
es la unidad de la diversidad…”. Traducción nuestra).
Lo anterior se refleja concretamente en el desarrollo de las
diversas propuestas particulares y concretas de construcción
socialista que están tomando cuerpo en distintas naciones de
Suramérica y el Caribe, las cuales nos indican que es
necesario reevaluar la explicación teórica de la evolución de
la humanidad enunciada por el materialismo histórico. Ya no
se trata, en el presente caso, de dilucidar una discusión
académica pasada de moda que tuvo lugar en las décadas de
los años sesenta y setenta del pasado siglo sino, como nos
muestra Vargas-Arenas (2007), de clarificar una teoría social
particular que fundamente el diseño de una estrategia
concreta para construir la sociedad socialista en Nuestra
América.

Para elaborar nuevas tesis teóricas que permitan analizar


prospectivamente la historia de la sociedad
nuestroamericana, es necesario que exploremos el potencial
transformador de otras líneas de desarrollo histórico que no
surgen directamente del paradigma civilizador capitalista
europeo, como son las que se desprenden de un paradigma
civilizador alternativo como el llamado "Modo de Producción
Asiático o "Despótico" Consideramos particularmente
importante analizar su concreción histórica nuestroamericana,
ya que los actores políticos y sociales llamados a conformar el
sujeto histórico de nuestra revolución –como señalábamos
anteriormente a propósito del pensamiento de Rosa
Luxemburgo- representa una extraordinaria diversidad
cultural y étnica. La diversidad y sus consecuencias no son
fenómenos pasajeros, son una constante histórica; no
podemos prescindir de ellos a voluntad, como quien deja de
lado unos detalles sin importancia. Cada vez que ello se ha
intentado, se han tenido que pagar altos costos sociales y
políticos (Díaz Polanco y Sánchez, 2002: 29).

El Modo de producción Asiático: una expresión del


clasismo inicial

El concepto de despotismo oriental comenzó a ser


desarrollado originalmente por Aristóteles. Para este autor,
dicho concepto aludía a la existencia de reinos o gobiernos
tiránicos y de pueblos que tenían tendencia a la servidumbre,
sometidos al yugo del despotismo de los gobernantes. Este
carácter despótico –decía Aristóteles- era más acentuado en
los pueblos asiáticos que en los de la Europa clásica.
Posteriormente y de distintas maneras, el concepto de
despotismo oriental fue desarrollado también por pensadores
como Maquiavelo, Hobbes, Montequieu y Stuart Mill y
finalmente Hegel (1978: 207-209). Este último contemplaba
la existencia de tres formas de despotismo asiático: a) El
Despotismo Teocrático o Estado Patriarcal, ejemplificado en
los imperios chino y mongol, b) La Aristocracia Teocrática,
ejemplificada por el sistema de castas de La India y c) La
Monarquía Teocrática ejemplificada por el régimen
monárquico de Persia.
De aquellas fuentes abrevaron también Marx y Engels para
definir la categoría de Modo de Producción Asiático, con la
cual trataron de explicar científicamente las causas del
“atraso” de los pueblos que no habían podido llegar al nivel
de progreso alcanzado por los europeos. Se trataba al parecer
de otra u otras formaciones sociales con un modo de
producción genérico apoyado en la superexplotación masiva
de la fuerza de trabajo, caréntes de desarrollo tecnológico y
con una división del trabajo poco compleja. La célula básica
de la sociedad estaba constituida por la organización aldeana
basada en el parentesco, reservando para el Estado la
facultad de acometer las obras públicas utilizando el tributo
en trabajo con el que debía contribuir la población de las
aldeas

El concepto modo de producción asiático o despótico


caracterizado por la existencia de una sociedad clasista
inicial, una forma de gobierno despótico y la ausencia de
propiedad privada de la tierra fue -hacia a mediados y finales
del pasado siglo- objeto de un intenso debate teórico entre
economistas e historiadores, tanto marxistas como burgueses
(Varga 1969; Godelier 1969: 13-67; Bartra 1969; Wittfogel
1981). Resumiendo los rasgos institucionales que definirían
una sociedad “oriental” o hidráulica, Manzanilla (1986: 246)
señala: 1) la capacidad de debilitar la propiedad privada de la
tierra, la existencia de una burocracia monopolista como tipo
específico de clase gobernante; 2) la incorporación de la
religión (¿o ideología?) dominante dentro de su estructura,
donde los funcionarios o sacerdotes de dicha religión
actuarían como oficiales del gobierno en tanto que éste sería
el administrador de sus propiedades; 3) el Estado sería la
entidad que aglutinaría los principales logros constructivos, de
organización -es decir, mantenimiento y administración- y
adquisitivos: control del trabajo y de los frutos del mismo. La
sociedad hidráulica tendería a constituirse como Estado,
constituyendo el sistema político más eficiente para integrar
los patrones formales de autoridad, permitiendo una
utilización más adecuada del agua y la tierra y proveyendo
ventajas económicas y de funcionamiento frente a grupos
externos.

La diversidad cultural de las sociedades clasistas


iniciales o "asiaticas" y las vías hacia el capitalismo y
el socialismo.

El conocimiento es histórico. El pensamiento de los cientificos


y en particular de los científicos sociales, esta determinada
por el nivel de conocimientos que se tienen en un
determinado momento sobre la historia de la humanidad. En
este sentido, la categoría Modo de Producción Asiático fue
formulada por Marx y Engels hacia mediados del siglo XIX,
cuando no había sido creado todavía el extenso corpus de
conocimiento científico que han producido la arqueología, la
paleobotánicia, la paleozoología, la paleoecología, la filología,
el urbanismo y otras ciencias auxiliares. En el caso particular
del Modo de Producción Asiático, para el marxismo
actualmente lo relevante no es tratar de definir el orígen del
Estado arcaico sino el surgimiento originario de la sociedad de
clases, el clasismo inicial (Bate 2008: 43-45; Gandara 2008:
208). Ello se pone de relieve cuando analizamos
comparativamente la diversidad de procesos históricos que
han seguido las sociedades consideradas como
paradigmáticas para describir el Modo de Producción Asiático,
desde las formas más antiguas hasta su culminación moderna
en diversas formas de sociedades capitalistas, capitalistas de
estado o ex socialistas. Dicho bloque histórico, considerado
por la cosmovisión eurocentrica como un residuo atrásado de
la historia de la Humanidad, representa por el contrario
procesos muy dinámicos de cambio social que hoy día son
críticos para la supervivencia del sistema capitalista mundial.

De los pueblos pastores de Eurasia a la revolución soviética.

Desde el IV milenio antes de Cristo, los pueblos pastores de la


estepa asíatica y particularmente la euroasiática, ya habían
comenzado a domesticar el caballo, el cual se utilizaba como
proveedor de carne, animal de tracción y para montar. Para
inicios del Período del Bronce Antiguo, alrededor de 2000 años
a.C., coexistían entre dichos pueblos dos formas
socioeconómicas complementarias: el pastoreo, la ganaderia
y la agricultura, las cuales constituian la base material de una
sociedad jerarquica guerrera. Entre los siglos IX y VII antes de
Cristo, comenzaron a hacerse presente otros pueblos pastores
que, a diferencia de los anteriores, utilizaban el hierro para
fabricar sus armas. Ya para el siglo VII antes de Cristo se
habia formado estados o imperios arcaicos nómadas clasistas
donde interactuaban los pueblos agricultores ganaderos y los
pueblos pastores, por una parte, y las comunidades
sedentarias de la Edad del Bronce Final (Harmatta 1982: 137-
148; Kristiansen 1998: 260-751).

A diferencia de aquellas formaciones sociales euroasiaticas


que vivían en las dilatadas llanuras que se extienden desde el
rio Elba hasta el Don, el territorio europeo occidental
albergaba para incios de la Era Cristiana un modo de
producción tribal-comunal basado en la agricultura, la
ganadería y la metalurgia, dominado por aristrocracias
guerreras, el modo de producción germánico, en simbiosis con
un modo de producción que utilizaba procesos de trabajo
esclavista dominado por el sistema de Estado Imperial
Romano, con amplias estructuras urbanas, vastos latifundios
agropecuarios, producción semi-industrial de bienes de
consumo y una extensa red de intercambio mercantil a larga
distancia. Este hecho fue determinante del desarrollo
desigual entre los pueblos del occidente y del oriente de
Eurasia, ya que estos últimos, a diferencia de los germanicos,
nunca llegaron a integrarse con el sistema imperial de Roma
(Anderson 1979: 219).

A partir del colapso del Imperio Romano, entre los siglos V-VI
de la era cristiana, las tribus germánicas que habitaban al
este del Danubio, comenzaron a abandonar sus antiguos
territorios para dirigirse hacia el sur y el oeste de Europa,
dejando el espacio libre para los pueblos agrícolas eslavos. El
modo de producción de los eslavos se carácterizaba por
confederaciones tribales agropastoriles de aldeas nucleares
gobernadas por aristocracias guerreras; estas derivaron
posteriormente hacia una clase dominante conformada por
clanes de terratenientes con una jerarquía social hereditaria,
los cuales explotaban al campesinado y a un sector de
esclavos domesticos conformado por prisioneros de guerra
(Marx y Hobsbawn 1972: 17; Anderson 1979: 219-220;
Harmatta 1982: 129-176). Con base a este modo de
producción se conformó en siglos posteriores lo que denomina
Braudel (1992,III: 441) "...the remote and marginal world of
Muscovy..." ( el mundo marginal y remoto de
Moscovia.Traducción nuestra) en el siglo XV de la era
cristiana, cuando Ivan El Terrible, principe de Moscú, apoyado
por la jerarquía nobiliaria moscovita, la jerarquía de la Iglesia
Ortdoxa y sus aliados comerciales y políticos, derrotaron el
Estado nomádico mongol, denominado la Horda de Oro,
emergiendo la Rus de Moscu como líder del territorio de la
Gran Rusia. En 1547 Ivan IV fue coronad oficialmente como
primer Tsar de todas las Rusias.
Para el siglo XVI, la Rusia de Moscovia se carácterizaba por
tener un Estado omnipotente que era propietario de la tierra
(Varga 1969: 77), bajo la autoridad autocrática del Tsar
apoyado en la Iglesia Ortodoxa y en una clase nobiliaria, los
boyardos y los kulaks, quienes explotaban una vasta clase de
trabajadores y campesinos sometidos a un régimen de trabajo
servil. El Tsar tenía el monopolio de toda la producción y el
comercio de bienes manufacturados. La apertura de Rusia a la
tecnología del capitalismo industrial de Europa occidental se
aceleró bajo el reinado de Pedro El Grande (1689-1725),
aunque su orientación principal se volcaba hacia el mundo
asiático (Braudel 1992 III: 441-466).

Hacia mediados del siglo XIX, la Liga de los comunistas


consideraba que existían condiciones para una revolución
proletaria en paises que formaban parte del mundo industrial
desarrollado de la época, como Estados Unidos, Inglaterra,
Alemania, Suiza y Polonia. Pero la crísis del capitalismo que
precipitó la Primera Guerra Mundial, determinó que la primera
revolución proletaria tuviese lugar en la Rusia Zarista, con un
territorio enorme donde coexistían diversos tiempos
históricos, modos de vida de vida que iban desde los
recolectores pescadores siberianos, los pastores mongoles y
el servaje campesino hasta los trabajadores industriales, pero
uno entre los países tecnológica y socialmente más atrásados
de la Europa de entonces. La tarea que debían enfrentar los
movimientos revolucionarios rusos no era sencilla: llevar
todos esos diversos pueblos hacia el socialismo. Dicha tarea
se dificultaba aún más debido, por una parte, a la atomización
ideológica y de objetivos prácticos de dichos movimientos
(Reed 2007 y, por la otra, a que debían afrontar la
construcción del socialismo, no sobre las bases del progreso
organizativo que debía haber alcanzado la clase proletaria en
su victoria sobre la burguesía capitalista, según el paradigma
del progreso de la civilización occidental, sino sobre los
despojos de un sistema político despótico e historicamente
atrásado (Sanoja y Vargas-Arenas 2008: 294).

La Revolución Rusa de 1917 y la instauración del primer


Estado Socialista del mundo, fue la culminanción de una serie
de luchas y movimientos sociales que desde el siglo XIX
habían tratado de derrocar el regimen tsarista, lo cual
lograron finalmente bajo la inspiración y la dirección de
Vladimir Ilitch Lenin. Este sostenia la tésis del partido como
vanguardia del proletariado para mostrar al proletariado
donde estan sus verdaderos intereses de clase y la
instauración de una dictadura democrática de los trabajadores
y campesinos para garantizar la necesaria derrota de la
burguesía y el triunfo de la revolución. El leninismo, según
Stalin, "...es la teoría y la práctica de la revolución proletaria
en general y la táctica de la dictadura del proletariado en
particular...". Gracias a la aplicación de dicha teoría y su
táctica corespondiente, según Trostky:
"...Rusia entró en el camino de la revolución proletaria, no
porque su economía fuese la más madura para la
transformación socialista, sino porque esta economía ya no
podía desarrollarse sobre bases capitalistas... la revolución
proletaria fue lo unico que permitió a un país atrásado
obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes
en la historia...." (Trostky 1963a: 17, 15).

Algunos adversarios ideológicos de la Unión Soviética, tales


como Karl Wittfogel (1981: 438-440), sostenían que la
naturaleza represiva del Estado y el socialismo soviético (el
cual Wittfogel consideraba como la Restauración Asiática de
Rusia) derivaba directamente de la supuesta condición semi-
asiática que –según el autor- caracterizaba el anterior
régimen de la Rusia zarista y de la nueva burocracia partidista
que estaba conduciendo a Rusia hacia una restauración
Asiática. En este sentido, según explica Gándara (2008: 212)
en relación a la llamada sociedad asiatica, la hipótesis sostenida
por Wittfogel no esta referidaa cualquier tipo de sociedades ni a cualquier
tipo de irrigación, sino que alude claramente a la relación entre un cierto tipo
de Estado arcaico y el control de la irrigación compleja. Es una hipótesis
destinada originalmente a explicar, en términos evolutivos, el surgimiento del
Estado despótico.

En 1993 colapsaron la Unión Sovietica y el bloque socialista.


Quince años más tarde el sistema capitalista mundial entra
igualmente en una aguda crísis que amenaza con llevarlo al
colapso total. El problema, como podemos ver, es de
naturaleza eminentemente social. Por tanto, nuestro interés
en el presente caso no es tanto discutir con datos empíricos la
validez actual del Modo de Producción Asiático referida a una
formación social concreta, sino resumir ciertas características
de dicho modo de producción precapitalista o no capitalista
que puedan servirnos para esclarecer la importancia que tiene
el estudio de esta línea histórica originaria de la sociedad
clasista inicial, para la búsqueda de nuevas alternativas que
expliquen la factibilidad de otros desarrollos socio-históricos
como el socialismo, diferentes al capitalismo empresarial
burgués occidental (Godelier 1969: 60-63).

Mesopotamia: Irak, Iran, Turquía.

Las investigaciones arqueológicas practicadas en vasta la


región del Asia Occidental y el norte de Africa en los últimos
40 años, nos permiten hoy día fijar los orígenes de la vida
social organizada en 12.000 años antes del presente y
observar los desarrollos culturales posteriores en toda su
diversidad y sincronía (Mellaart 1994: 425-426). Podríamos
posiblemente sostener, con base a estos conocimientos, que
el Asia Occidental habría formado una civilización singular
expresada en diversos procesos civilizadores que se
prolongan hasta nuestros días, vinculados en diversos
momentos cruciales de su historia moderna con los de la
civilización occidental (Europa-Estados Unidos).
Al analizar comprarativamente la diversidad de procesos
sociohistóricos que condujeron a la formación de las
sociedades complejas en los diversos continentes, podemos
observar que el surgimiento de las sociedades clasistas
iniciales no siguió -como bien sabemos- un patrón definido en
todas partes del mundo (Utchenko y Diakonoff 1982: 7-22). A
diferencia de lo ocurrido en los pueblos agropastoriles de
Eurasia, ya analizados, en Asia el norte de Africa, el Medio
Oriente y América, los grandes sistemas de regadío, muchas
veces asociados con el surgimiento de las sociedades
clasistas, parecen haber constituido uno de los elementos
originarios para la integración y cohesión de la población,
controlados por dinastías despóticas, las cuales se
apropiaban de buena parte del excedente producido por la
población de las diferentes aldeas sometidas al gobierno de la
autoridad central(Childe 1958; Diakonoff: 1982: 23-50; Bate:
1984; UNAM: 1988.).

En Mesopotamia-(Irak-Turquia), el modo de vida sedentario


-ejemplificado por sitios arqueológicos como Hassuna y
Hacilar- esta presente desde el 6° o 5° milenio a.C,
apareciendo evidencias tempranas de urbanismo, aldeas
amuralladas donde se cultivaban cereales y se domesticaban
cabras, ovejas y cerdos. Hacia 4000-3000 a.C estan
presentes agrupaciones urbanas clasistas iniciales como Uruk
y Eridu con templos, residencias palaciegas, agricultura con
regadío, especialistas artesanales e industriales y utilización
de las escritura sobre tabletas de barro. Ya desde el período
dinástico, IV milenio antes de Cristo, puede rastrearse un
gobierno centralizado, evidencia de una civilización hidraulica
centrada en el Estado (Manzanilla 1986: 247-259; Mellaart
1970; Braidwood 1967: 118-124; Childe 1958: 168; Ehrich
1954: 61)

La contribución mas resaltante de la sociedada dinástica


temprana de Mesopotamia se ubica en el dominio de la
metalurgia del cobre y el bronce , orientada mayoritariamente
hacia la fabricación de armas u objetos suntuarios cuyo
consumo estaba dirigido mayormente a los gobernantes y los
guerreros, al servicio de los templos y de los ciudadnos
prosperos (Childe 1958: 156-171.

En la meseta irani, por otra parte, el inicio del modo de vida


sedentario está ejemplificado entre el 8° y el 7° milenio antes
de Cristo por aldeas agrícolas como Ali Kosh, Bus Mordeh,
Jarmo, Güra etc., (Hole et alíi 1969) el cual se extendió hacia
regionaes vecinas como Afghanistan, Baluchistan, Asia
Central (Rusia) y Mesopotamia, relacionandose también con
otros sitios similares en el valle del Indus a través del
comercio a larga distancia de materias exóticas como el lápiz-
lazuli, la esteatita y el cobre.

La sociedad dinástica temprana o clasista inicial se consolidó


hacia 2700 antes de Cristo, carácterizada por formaciones
urbanas amuralladas cuya densidad de población alcanzaba
un promedio de 400 habitantes por hectarea, apoyadas en un
en una economía agraria con irrigación, estratificación social y
artesanos especialistas (Adams 1962: 114-115). La sociedad
estaba estructurada por tres clases sociales principales:
aristocracia guerrera, sacerdotes y campesinos pastores
enmarcadas dentro de una estructura social patrilineal cuyo
rey era elegido del seno de una familia o linaje particular de la
aristocracia guerrera y rodeado de terratenientes guerreros
hereditarios o satrapas, que eran señores tributarios del rey y
actuaban como intermediarios para la recolección de los
tributos que pagaba la gente del común.

El primer contacto efectivo de estas sociedades orientales


con las sociedades esclavistas de Grecia y Roma ocurrió con
la invasión de Alejandro Magno y sus ejercito macedonio entre
336 y 330 antes de Cristo y posteriormente con la invasión de
las legiones romanas de Lucullus en 69 antes de Cristo.
Posteriormente hacia 630 de la era cristiana cayeron bajo el
dominio de los pueblos arabes y turcos en la expansión del
Islam desde el sur de Arabia, sopotando igualmente las
invasiones de los pueblos mongoles del Asia Central en 1220.

La modificación sustancial de la sociedad clasista oriental


comenzó con las invasiones propiciadas por la expansión
colonial europea, particularmente británica y francesa, a
partir de finales del siglo XVIII. quienes de manera paulatina
comenzaron a introducir en aquella formas comerciales
capitalistas que posteriormente fueron el prolegómeno de la
dominación colonial.

En Irán, la penetración capitalista franco-británica y rusa


comenzó entre 1797 y 1834, dando orígen al desarrollo de
una clase mercantil poderosa que ya existía en 1890. Sobre
esta base, los británicos impusieron en 1925 un gobernante o
emperador que les era afecto, el Shah Rehza Palevi, cuya
dinastía gobernó al pueblo irani con puño de hierro hastaa
1979, cuando fue derrocada por el Imam Khomeini
instituyendose una República Islámica, un regimen
nacionalista, capitalista de Estado, que nacionalizó los
principales medios de producción, particularmente el petróleo,
el acero, la petroquímica, las comunicaciónes, etc.,
democratizó la tenencia de la tierra y propició un importante
desarrollo autonomo de la educación, la ciencia, la tecnología
y la industria.

En el caso de la región Mesopotamica, la primera intervención


militar colonial del ejercito británico se produjo en 1914.
Posteriormente a la finalización de la Primera Guerra Mundial
el Colonial Office formalizó el control colonial del territorio
irakí, instalando en él monarcas que preservasen sus
intereses petroleros (Iraq Petroleum Company), económicos y
políticos. A partir de 1958, surgió un movimiento de jovenes
militares, intelectuales y obreros que abrazaron la causa del
nacionalismo y el socialismo arabe reprersentado en el
partido Baas, el cual tenía como paradigma el movimiento
socialista militar iniciado en la Republica Arabe Unida (Egipto)
por el coronel Gamal Abdel Nasser. El partido socialista Baas
gobernó Irak hasta 1983, cuando la salvaje invasión militar del
ejercito de los Estados Unidos, ordenada por George Bush
derrocó el gobierno de Sadam Hussein, destruyendo los
fundamentos materiales y culturales de la Nación Iraquí e
imponiendo al pueblo - a sangre y fuego-el remedo del modo
de vida capitalista estadounidense.

Egipto, las sociedades africanas y el Islam

Continuando con el análisis histórico de la diversas sociades


antiguas y su proyección hacia el presente, podemos apreciar
que en en Egipto, el proceso civilizador estuvo directamente
estimulado por las extraordinarias condiciones para producir
riqueza que ofrecían las inudaciones períódicas del rio Nilo y
los sistemas de irrigación para canalizar sus aguas, así como
por la cercanía a los centros asiáticos y mediterráneos de
alta cultura. Si bien el río era el medio natural que
representaba la unidad del Imperio, a pesar de la rivalidad
que existía entre las poblaciones del Alto y el Bajo Egipto, el
carácter divino del faraón garantizaba dicha unidad,
simbolizaba la soberanía, la estabilidad y la confianza en el
gobierno del Imperio. La administración del gobierno la
llevaba a cabo una burocracia delegada, cuya principal
dedicación era canalizar los excedentes de producción hacia
el gobernante y la elite que lo rodeaba.

Como refuerzo de la soberanía y la administración


centralizada de la producción, los faraones y los reyes en
diferentes regiones, desarrollaron religiones oficiales. En el
caso de Egipto, la creencia básica era que el espíritu podría
sobrevivir solamente si el cuerpo era debidamente preservado
y provisto con los bienes que le permitirían disfrutar la
existencia en el más allá. Por tal razón, entre 2132 y 1777
a.C., las tumbas de los miembros más importantes de la
comunidad asumieron formas monumentales donde destacan
las pirámides, provistas con un lujoso mobiliario, pinturas y
grabados murales (Clark, 1977: 238-239; Abu Bakr: 75-101).

Al igual que en las otras sociedades orientales, el contacto


con la sociedad esclavista griega ocurrió entre 332 y 308
antes de Cristo cuando Alejandro Magno y sus ejercitos
macedonios conquistaron el Antiguo Egipto, hecho del cual
surgio la Dinastía Ptolemaica que transformó dicho país en
parte del mundo cultural helénico (Riad 1983 II:183-206). Las
luchas intestinas al interior de la Dinastía Ptolemaica
determinaron entre 145 y 52 antes de Cristo. la intervención
militar por parte de la República Romana. Al entrar en esta
orbita de influencia política, la sociedad egipcia se vio
envuelta igualmente en las guerras civiles intestinas por el
dominio del poder en Roma. El consul Julio César irrumpió en
Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo, a quien
derrotó, relacionandose luego con la Reina Cleopatra
(Donadoni 1983 II: 207-225).

El gobierno de los ptolomeo estaba fuertemente centralizado


en la figura del monarca, quien gobernaba a través de una
extensa y compleja burocracia. La economia del imperio era
una mezcla del control monopólico real y de la empresa
privada, la cual se hallaba bajo el control del modo de
producción mercantil que dominaba la sociedad romana (Riad
1983-II:183-206).

Luego de la caida del Imperio Romano los ejercitos persas de


la Dinatía Sasánida invadieron Egipto en 616 d.C. En 6229
d.C. el país paso a ser dominado por los arabes imponiendo
así el Islam bajo el gobierno del Califato de Bagdad. Bajo el
Islam, Posteriormente entre 1250 y 1800 d.C. Egipto vivió
bajo la infuencia del Imperio Otomano, expandiendo el control
egipcio sobre Nubia, al sur, Yemen y Aden sobre el Mar Rojo.

El Islam se extendió rapida y pacificamente hacia el interior


del continente africano, fundamentado en el comercio,
contribuyendo a la unidad de los pueblos del continente y
expandiendo los intercambios de materias primas, bienes
terminados y esclav@s con el Maghreb, Arabia y la India. El
Islam, por otra parte, fue el cemento que unificó la mayoría de
las sociedades africanas, particularmente El Mahgreb, Egipto
y las sociedades afroislámicas orientales (Niane 1984: 673-
686) El Arabico a la par del swahili y otras lenguas africanas
se convirtió en un medio de comunicación entre los hombres
de letras de las mezquitas y los mercaderes dando nacimiento
en el africa subsahariana a los testimonios de la historia
escrita (Mateveiv 1984 IV: 469). Desde los siglos X y XI
despues de Cristo, bajo el dominio de los Almorávidas ,en el
Mahgreb y el oeste de Andalusia se formaron importantes
centros de estudio para la difusión de la ciencia y la filosofía
hacia la Europa occidental, hecho que tuvo gran importancia
en el renacimiento cultural ocurrido al colapsar la sociedad
feudal europea (Niane 1984 IV: 1-14;Garcin 1984 IV:371-397 ).

Los contactos mercantiles africanos con la sociedad atlantica


mediterranea europea, el Medio Oriente y Asia se remontan
hasta el siglo XII de la era, culminando en el siglo XV con la
intensficación del tráfico de oro y esclavos negros,
principalmente através de mercaderes portugueses,
genoveses y catalanes.Los portugueses fueron los primeros
europeos en tomar contacto con importantes sociedades
estatales yorubas del Golfo de Guinea tal como el Reino de
Benin, pueblos que habian alcanzado un alto grado de
especialización económica y una gran excelencia en la
metalurgia del cobre y el bronce (Ryder 1984-IV: 339-370;
Devise y Labib 1984 IV: 635-672). El período colonial,
particularmente a partir del siglo XIX en adelante, debilitó el
poder de los antiguos reinos cuyas poblaciones cayeron bajo
la autoridad política de los diversos poderes coloniales
europeos. Bajo el proceso de descolonización que se inició
hacia mediados del siglo XX, los nuevos estados nación que
surgieron representaban divisiones etnicas artificiales,
sociedades clasista mayormente multribales con variadas
formas de gobierno basadas en el concepto occidental de
democracia, el Socialismo Africano o el gobierno militar.

En el Mahgreb, norte de Africa, los fenicios fundaron a partir


del siglo VIII a.C alrededor de 300 colonias en la costa de los
actuales estados de Argelia, Tunez y Marruecos. Entre los
siglos X y XII fue colonizado por las dinastías bereberes
arabizadas. Despues de la caida de la taifa de Sevilla,
España. en 1091 de la era y particularmente al finalizar los
reyes cristianos la reconquista de El Andalus, los reinos del
Mahgreb recibieron un importantes contingente de población
arábica y judia sefardí proveniente del sur de España, los
cuales aportaron importantes innovaciones en el campo de la
tecnología agrícola y la ciencia. Los reinos bereberes sufrieron
al igual que el Egipto la influencia turca y posteriormente, en
el siglo XIX, la conquista colonial por parte de diversos paises
capitalistas europeos occidentales. Entre 1830 y 1962 Argelia
se convirtió en protectorado y luego en un departamento de
la República Francesa, hasta conquistar su independencia en
1962 luego de una cruenta guerra de liberación. Con una
historia originaria muy similar, Tunez y Marruecos se
convirtieron en un protectorado de Francia entre 1881 y 1956
cuando obtuvieron su independencia. Hoy dia Argelia, uno de
los mas importantes productores de petroleo del mundo, y
Tunez , son repúblicas gobernadas por un sistema político
cercano a la social democracia. Marruecos es una monarquía
parlamentaria tiránica.

De manera muy similar al Mahgreb, en 1805 Egipto fue


ocupado por las tropas napoleonicas y en 1882 se convirtió en
protectorado británico bajo un gobierno monarquíco
parlamentario. En 1952 un grupo de jovenes oficiales
revolucionarios nacionalistas derrocó la monarquía egipcia,
declarando la existencia de la República Arabe Unida -cuyo
presidente fue el coronel Gamal Abdel Nasser- ambientada
dentro del socialismo arabe Baas, la cual se integró
temporalmente con Irak gobernada también por elites
militares que comprartían los ideales del socialismo
nacionalista arabe de Gamal Abdel Nasser. Las potencias
occidentales que representaban los intereses del capitalismo
occidental en Egipto, Africa del Norte y el Medio Oriente,
Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Israel, lograron
finalmente derrocar el gobierno socialista arabe e imponer el
actual regimen tiránico pro-estadounidense liderado por Hosni
Mubarak.

La India y-Pakistan

El desarrollo de la cultura moderna de la India, al igual que las


otras ya analizadas en el sur de Asia, es producto de una
sintesis de diversos componentes humanos y étnicos
aportados por las invasiones persas, particularmente la del
emperador persa Dario en 516 antes de Cristo, la griega al
mando de Alejandro el Grande en 327 antes de Cristo y la
conquista islámica emprendida por los pueblos Arabes y
Turcomongoles a partir del siglo VII de la Era Cristiana.

En el valle del río Indus ya existían entre el 4° y el 3° milenio


antes de Cristo una gran multitud de asentamientos
sedentarios que disfrutaban de las casi ilimitadas
posibilidades para el desarrollo agrícola y la concentración de
grandes poblaciones humanas que ofrecia esta extensa
planicie aluvial. Con base a estas condiciones, se
desarrollaron los primeros asentamientos urbanos que
carácterizan la denominada cultura o civilización Harappa
(1650 + 110 a.C). Esta representaba un perfecto ajuste de la
vida humana a un ambiente específico que constituye el
fundamento de la moderna cultura de la India. No obstante
sus nexos comerciales con otros procesos civilizadores
asiáticos de Mesopotamia, Persia, Egipto y China y
posteriormente con las sociedades urbanas de Grecia y Roma,
la India representa una cultura originaria y autónoma.

Los asentamientos urbanos de Harappa fluctúan entre


pequeñas aldeas y grandes centros urbanos construidos con
adobes y ladrillos, tales como Mohenho Daro, Harappä misma
y Kalibangan, levantadas en torno a ciudadelas fortificadas. El
cultivo de cereales como el trigo y la cebada, el arroz, el
sesamo, arvejas, datiles, y de plantas como el algodón estaba
asociado con el uso de la irrigación por iundación, asociado
con la ganadería de vacunos, bufalos, ovejas, cabras,
camellos, asnos, y animales domesticos como el gato y el
perro.

Los pueblos de la civilización del valle del Indus desarrollaron


la navegación fluvial, la manufactura de objetos de cobre y
bronce, de oro, plata y estaño y cobre arsenicado, la cerámica
fayence. Ciertos objetos exóticos en lapiz lazuli parecen haber
provenido de Iran y existen otras evidencias de relaciones
comerciales a larga distancia entre los mercaderes de
Harappa y Mohenho Daro con los de Mesopotamia y el Golfo
Persico, particularmente los de los puertos de Bahrain y
Failaka..

La sociedad Harappa desarrolló un alfabeto y un lenguaje


escrito, así como un complejo sistema de pesas y medidas. La
expresión artística carácterística eran las figurinas humanas
-mayormente femeninas- modeladas en terra-cotta, así como
mujeres con niños o representando actividades de la vida
cotidiana y representaciones zoomorfas variadas (tigres,
rinocerontes, vacas, elefantes, etc.).

La sociedad Harappa o Mohenho Daro, parece estar asociada


también con un tipo de sistema estatal clasista inicia,
despótico, administrado por un jefe tribal o rey que gobernaba
apoyado en un sistema feudal denominado samanta y
funcionarios reales como los mähädjadhiräja o maharaja
encargados de los gobiernos regionales.El gobierno se
fundamentaba en la ideología o religión que servía para
controlar la mente de los individuos, generando
particularmente el sistema de castas que ha permitido hasta
el presente la reproducción continuada y estable de las
jerarquías sociales de gobernantes, aristócratas y guerreros
(Ksatriyas), sacerdotes y filósofos (Brahmanes), artesanos
(Vaysas) y aquellos que se encuentran en la escala más baja
de la sociedad (Dasas) (Linton 1959: 507-519; Childe 1958:
172-206; Clark 1977: 268, 285).

Aparte de las invasiones persas y griegas que se produjeron


entre el 4 °y el 3° siglo antes de Cristo, las evidencias
arqueológica y literarias indican la existencia de una intensa
actividad mercantil posterior a dichas fechas con mercaderes
del Sur de Arabia que comerciaban bienes traidos de Egipto,
así como mercaderes chinos, griegos y romanos que
conectaban a la India con el ambito mediterráneo y el Asia
Central.

En 712 despues de Cristo, al igual que ocurió en el sur de Asia


y el cercano Oriente, el norte de Africa y el Mediterraneo
occidental, los pueblos arabes del Islam conquistaron
porciones importantes del subcontinente indio, seguidos
posteriormente por los invasores turco-mongoles que
fundaron en 1526 el Imperio Mogul en la India.. El choque
cultural entre el Islam y el hinduismo contribuyo a cristalizar
la estructura social y los valores culturales del pueblo indio y
en general el régimen despótico mercantil, clasista, no
capitalista que imperaba en la India (Linton 1959: 507-510).

La civilización occidental y el modo de vida capitalista


lograron obtener hacia mediados del siglo XVIII, el control
político y económico de la India, gobernada por el Imperio
Mighal, a través de la penetración comercial británica ejercida
por la East India Company, la cual se instaló en Bengala en
1765 (Wolf 1990: 239-252). Mediante las acciones
colonialistas de la misma desmantelaron la naciente
producción industrial del imperio de manera tal que, para el
1° de Noviembre de 1858 la Reina Victoria fue proclamada
por el gobierno británico como Emperatriz de La India. De esta
manera los colonizadores impusieron el dominio del
capitalismo industrial europeo, su sistema político, su lengua
y sus costumbres, tratando que la población nativa, hindues o
musulmanes, quedase confinada a desempeñar los oficios
auxiliares de la adinistración colonial. La sociedad india ya
había logrado para el siglo XVIII tener una importante elite
ilustrada con un alto nivel de desarrollo político, económico y
cultural, ejemplo de la cual serian posteriormente el
Mahatma Ghandi y Ali Jinnah padres -respectivamente- de la
India, hoy día una democracia social parlamentaria y de
Pakistan, hoy día un regimen militarista dominado por los
Estados Unidos, las cuales lograron su independencia del
Imperio Británico en 1947 (Sanoja y Vargas-Arenas 2008:
265).

China

En diversas regiones de China desde la llamada cultura Lung-


shan, a comienzos del segundo milenio a.C., comenzó a
desarrollarse una formación social caracterizada por una
combinación de vida urbana, metalurgia del bronce, la
escritura y una sociedad altamente estratificada (Chich
Chang, 1977: 217). De manera similar a las ya descritas, el
catalizador de los procesos históricos que llevaron a la
unificación de China y la formación del imperio Han, no parece
haberse debido exclusivamente a causas económicas sino
también al desarrollo y expansión de la ideología religiosa
institucionalizada. Desde la Dinastía Han (202 a.C.-200 d.C.),
los monjes budistas abrieron las rutas comerciales que
conducían hasta los más remotos lugares de Asia,
particularmente con las civilizaciones que florecían en la India
al mismo tiempo que propiciaban el comercio que fluía en
sentido contrario desde Siria, Iran, Egipto y Roma (Clark,
1977: 319). La fusión de las influencias emanadas tanto de la
Civilización China como de la India en el sureste de Asia,
estuvo mediada por los mercaderes de las sociedades tribales
de esta región, situación que estimuló el surgimiento de
nuevas sociedades clasistas iniciales como el llamado Reino
de Fou-Nan en el delta del rio Mekong, Camboya, en el siglo 3
de la era Cristiana (Clark 1977: 348).
Por las razones ya enumeradas y a diferencia de las
sociedades occidentales de la Edad del Bronce europeo –ya
analizadas- el desarrollo y el funcionamiento de la industria
(metalurgia, cerámica, tejidos, etc.) y el proceso de
acumulación de capitales se hallaba subsumido dentro del
control centralizado de las jerarquías gobernantes. Esta
carácterística, señalada generalmente como causa del atráso
histórico de las sociedades llamadas despóticas, produjo por
el contrario un proceso de desarrollo de las fuerzas
productivas que hizo del Imperio Chino la sociedad más
desarrollada del siglo XV de la era cristiana. A diferencia de
los reinos de Portugal y Castilla y Aragón, China renunció a ser
un imperio marítimo abandonando la intensa actividad naval y
el comercio marítimo a larga distancia que había tenido lugar
a inicios del siglo XV, concentrandose hasta el presente en su
desarrollo interior y en la expansión de sus fronteras
terrestres (Fernández Armesto: 1996: 142-145).

A partir del siglo XVII, bajo la dinastía Ch'i ng, el Estado


Manchu, basado en un sistema militarista, era una suerte de
transición del tribalismo hacia una autocracia monarquica. A
partir del siglo XVIII los grandes emprendimientos industriales
y mercantiles que comienzan a desarrollarse en China
estaban conectados directamente con la oligarquía dominante
y funcionaban con el apoyo gubernamental. Gracias a los
emprendimientos mercantiles de la East India Company,
entre 1719 y 1833, China obtuvo entre 306 y 330 millones de
piastras en plata, 1/5 de la plata producida en Mexico en ese
período, a cambio del té que aquella compraba a los
comerciantes chinos (Wolf. 1990:295). Como contraparte, en
1797 la East India Company logró el monopolio del tráfico del
opio (del narcotráfico), mediante el cual recuperaban parte de
la plata que pagaban a China por la venta de las hojas de té,
subvirtiendo así el orden social y la salud pública del pueblo
chino. El trafico de una droga dura, destructiva, como opi
representababa, por otra parte, una de las principales fuentes
de ingreso del Imperio Mughal de la India sometido a su vez al
dominio del Imperio Británico (Wolf 1990: 258).

A finales del siglo XIX la modernización de la economía china,


determinada por una mayor penetración de la tecnología y el
capital extranjero, se vió obstaculizada por la corrupción y la
incompetencia que existía en la oligarquía dominante. La
reacción nacionalista interna contra esta humillación de la
nación china, la llamada Rebelión de los Boxers ocurrida en
1900, fue finalmente derrotada por la intervención militar
extranjera que culminó con la ocupación de Peking (Beijing) la
capital del imperio. En 1911 comenzó una revolución
modernizadora republicana comandada por Sun Yat-sen, la
cual logró que en 1912 que la oligarquía manchú de la
Dinastía Ch'ing abdicase a favor de la República China. En
1921 comenzó una nueva revolución acaudillada por el
Partido Nacionalista (Kuomingtan) derechista, defensor del
capitalismo occidental, y el Partido Comunista Chino, también
nacionalista, pero que promovía la revolución social china. Las
posiciones ideologícas de ambos entraron posteriormente en
un conflicto que se convirtió en una guerra civil agravada por
la invasión japonesa en 1937. Finalizada la Segúnda Guerra
Mundial en 1954, en 1949 el Ejército Chino Popular de
Liberación derrotó finalmente a los nacionalistas apoyados por
los Estados Unidos y el 1 de Octubre del mismo año Mao
Tzedong proclamó en Peking (Beijing), el nacimiento de la
República Popular China, culminando el llamado paradigma
del Progreso de una manera histórica diferente al de la
Civilización Capitalista Occidental,.

Japón

Durante el siglo siete de la era cristiana, en Japón ya existía


una sociedad jerarquica gobernada por una clase de guerreros
controlada por una variante religiosa del Budismo, el
Shintoismo. Desde antes de esa época, en el período Yayoi
(300 años a.C.), el fundamento de la producción agraria era el
cultivo del arroz y la utilización de sistemas de regadío, la
pesca y la recolección marina, la metalurgia del bronce y en
cierta medida del hierro. Ya desde este perìodo se nota la
influencia de la Dinastìa Han en la tecnología de la metalurgia
del bronce. Posteriormen entre los siglos seis y siete de la era
cristiana, la influencia de la cultura china del período Tang se
manifestó en la aceptación del alfabeto, los textos budhistas y
confucionistas, las convenciones artísticas, los protocolos
burocráticos y cortesanos de la corte imperial establecida
primeramente en Nara y luego en Kyoto. El poder efectivo
vino a ser ejercido progesivamente por un funcionario,
designado jefe de todos los clanes, denominado Seii-Tai
Shogun. Sin embargo, el desarrollo cultural del pueblo
japonés tuvo características muy singulares, centradas en el
rechazo a las influencias extranjeras. En 1541 un junco chino
que llevaba pasajeros portugueses encalló en la isla Kyushu,
constituyendo así el primer contacto entre Japón y la cultura
europea que marcó el inicio de la absorción de la tecnología
occidental, más no del capitalismo mercantil de la època
(Clark, 1977: 320-337). A partir del siglo XVI y particularmente
como consecuencia de la Revolución Industrial, los paises
capitalistas centrales de Europa occidental, trataron --y
lograron finamente-- crear enclaves comerciales capitalistas
en el territorio asiático controlado por las antiguas sociedades
clasistas y dinastías. Los portugueses se asentaron en Goa,
India y en Macao, China. Los ingleses consiguieron la
concesión territorial de Hong-kong en China y se infiltraron en
la India destruyendo el imperio del Gran Mogul. De esta
manera, para mediados del siglo XVII, la Reina Victoria pudo
proclamarse emperatriz de La India, nombrando un virrey
como su reprsentante.

Los franceses pusieron pie en Indochina y se anexaron los


antiguos reinos que habían florecido en la cuenca de los
grandes rios como el Mekong: Thailandia, Camboya y Annam.
Estados Unidos, hacia finales del siglo XIX, con el poder de su
flota naval, obligó al Imperio Japonés a abrir sus puertos al
comercio capitalista. Como resultado, Japón se convirtió en
una potencia capitalista autónoma gobernada por una
agresiva casta militar, con una flota naval que rivalizaba con
las escuadras de los países capitalistas occidentales, la cual
fue capaz de conquistar durante la Segúnda Guerra Mundial el
Sureste de Asia, Korea, Manchuria, Formosa (Taiwan), buena
parte del territorio de China continental, Filipinas y la mayor
parte de las islas del Pacífico, poniendo en jaque el poder
militar y naval de los Estados Unidos.

El Imperio Japonés solo puedo ser vencido por un horroso


crimen de guerra que conmovió la Humanidad toda: las
bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y
Nagasaki en 1945 ocasionando centenares de miles de
victimas civiles, para renacer posteriormente como uno de los
paises economicamente más poderoso del G8, el núcleo duro
del capitalismo. China Popular es hoy dìa un país socialista, la
mayor potencia económica del mundo, después de triunfo de
la Revolución Comunista China en 1949 bajo la conducción del
Presidente Mao Zedong (Bettelheim, Rosanda y Karol: 1978).
Vietnam (el antiguo reino de Annam) es igualmente hoy día
un pais socialista desde 1972, después de haber derrotado
militarmente a los ejércitos imperialistas de Francia y Estados
Unidos. La India, después de su liberación y de su partición
en dos paises, India y Pakistan, es uno de los paises
capitalistas más avanzados del mundo y al mismo tiempo –
por contradicción- la sede los movimientos populares
anticapitalistas y maoístas más extensos del mundo
capitalista. El gobierno militarista de Pakistan ha terminado
por convertirse en un enclave del imperio estadounidense, al
mismo tiempo que de fuertes y organizados movimientos
fundamentalistas islámicos anticapitalistas y antiimperialistas.

Como podríamos concluir de la presentación anterior, el


capitalismo constituye hasta hoy la culminación del proceso
civilizador milenario que carácteriza particularmente la
historia de los pueblos de Europa Occidental .Hacia de 1000
d.C., Europa occidental bajo el Feudalismo era una región
marginal al Mediterraneo, el Cercano Oriente Islámico y el
Oriente (Wolf 1990:267). Su expansión fuera de ese núcleo
originariol fue consecuencia, como hemos visto, de la
conquista y la colonización armada de las sociedades no
capitalistas de su periferia., proceso que comienza en fuerza
en el siglo XVI y que hoy día se carácteriza por el intento de
neocolonizarlas destruyendo o fagocitando sus fuerzas
productivas, sus recursos humanos, sus materias primas, sus
capitales financieros, sus recursos naturales, su biodiversidad,
para tratar de darle un segúndo aire al imperialismo
hegemónico decadente de los Estados Unidos y Europa .Esta
expnsión fuera del núcleo originario del Capitalismo, que
podría entenderse también como la reestructuración de las
relaciones sociales y políticas dentro de las relaciones
capitalistas de producción de la región europea atlántica
mediterranea, parecería corresponder grosso modo con los
denominados ciclos largos de Kondratieff que habrian tenido
lugar entre 1450-1600 y 1750-1950 de nuestra era (Paynter
1988: 422).

El "Modo de Producción Asiatico" y el germen del socialismo

A partir de 1922, siguiendo la tésis de Stalin (1961), la


revolución sovietica escogió desarrollarse en un solo país
contrariamente a la de Trostky, la Revolución Permanente
(1963b: 31), la cual propiciaba la socialización de los medios
de producción de acuerdo con la ley del desarrollo combinado
de los países atrásados: "...La revolución socialista empieza
dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse
en ellas..." (Trotsky 1963: 33), ya que como vemos hoy día en
el caso de la Revolución Cubana, la Bolivariana, la Boliviana y
la Ecuatoriana, la única garantía de triunfo contra el Imperio y
contra la restauración de las relaciones sociales burguesas,
solo es posible en el plano internacional vía la victoría del
socialismo en varios países.

La mayoría de las sociedades que han sido consideradas de


alguna manera como representaciónes modernas del Modo
de Producción Asiatico, la actual Federación Rusa incluida,
constituyen hoy día el fermento de una nueva versión de
socialismo donde, de manera general, los principales medios
de producción han sido y son controlados de alguna manera
por el estado o estan socializados coexistiendo diversas
formas de propiedad estatal, social y privada, de forma que
las ganancias y las perdidas estan -en general- igualmente
socializadas. Este tipo de socialismo que podría corresponder
con lo que se denomina el socialismo del siglo XXI ha
comenzado a tejer redes de intercambio y cooperación
acordes con el desarrollo desigual y combinado que vinculan
hoy diversos países antes tan alejados política y
culturalmente como China, Rusia, Bielorusia, Vietnam, Iran,
Venezuela, Cuba, el Caricom, República Dominicana,
Nicaragua, Honduras, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil,
cuyas sociedades originales, de una manera u otra, se
fundamentaron también en diversos tipos de sociedades
jerarquicas o clasistas iniciales.

Vista la perspectiva histórica anterior podríamos decir


-resumiendo- que el llamado modo de producción asiático
alude, pues, a diversas formas originarias de la sociedad
clasista inicial que se definian fundamentalmente por la
manera cómo era apropiado el producto excedente, la cual
corresponde a una división social del trabajo entre
trabajador@s y no trabajador@s, y la ausencia de propiedad
privada de la tierra, donde los derechos de propiedad de la
tierra, principal medio de producción, recaían en el Estado
como representación del colectivo. Los impuestos por la
posesión y uso de la misma formaban la renta que aquél
percibía. La propiedad estatal de la tierra era una norma
jurídica que imponía el Estado a los productor@s directos
organizad@s en comunidades campesinas (Hindess y Hirst,
1979: 183-224).

El concepto de modo de producción asiático, como ha dicho


Gándara (1983), “…ha sido históricamente importante; su
discusión destruyó la lista “oficial” de modos de producción, y
abrió paso a líneas múltiples de desarrollo…sin embargo dista
de ser la explicación marxista del origen de las clases o del
estado…” Como ya explicamos, dicho concepto suscitó,
particularmente en los momentos más críticos de la Guerra
Fría, agudos debates entre intelectuales y científic@s de
izquierda y de derecha. A este respecto es necesario exponer
también que la concepción tan rígida de la evolución de la
humanidad planteada por la historiografía marxista clásica
convirtió en universal de la cultura una secuencia de etapas
se escalonaban mecánicamente desde la comunidad
primitiva, pasando por el esclavismo, el feudalismo, el
capitalismo hasta el socialismo. No todos los pueblos
siguieron esa línea evolutiva y no todos llegaron al nivel de
desarrollo material que caracteriza a la civilización europea,
cuyos logros materiales y culturales son considerados por la
ciencia social burguesa como paradigmáticos del progreso
social.

Las burguesías del núcleo capitalista central, racionalizando


para su beneficio esta característica del desarrollo desigual de
la sociedad, explicaron las causas de tal atraso material de los
pueblos de su periferia postulando que la incapacidad de esos
pueblos y sociedades para emular a la civilización europea
evidenciaba su condición de pueblos inferiores (Hegel, 1978:
191) por lo cual, para que pudiesen progresar tenían que ser
fustigados por el amo europeo (¿ahora estadounidense?). En
nuestra opinión, si aceptamos el razonamiento inverso de que
todos los pueblos son iguales, habría que buscar las causas de
dicho retraso en la extracción de plusvalía de los países de la
periferia vía la dominación colonial y neocolonial, proceso que
ha permitido el crecimiento de las sociedades capitalistas
nucleares, y en las estructuras socioeconómicas y las
particulares características del movimiento histórico que dicho
proceso de expoliación ha generado en las sociedades de la
periferia: las regresiones, el estancamiento y la lentitud de los
procesos de cambio (Bartra, 1969:12).

En momentos cuando se interrumpe el proceso de


expoliación ampliada de la plusvalía para beneficio de las
sociedades capitalistas nucleares, como ocurre en el actual,
debido al surgimiento de diversos procesos de acumulación
emergentes en las sociedades de la periferia, el capitalismo
central -en nuestra opinión- comenzará a languidecer si es
que carece efectivamente del vigor necesario para emprender
una recolonización violenta de dicha periferia.

Los modos de producción de las sociedades


americanas.

En el caso específico de las civilizaciones americanas, la


persistencia de las comunidades consanguíneas
características del llamado modo de producción de la
comunidad primitiva, es decir, el modo de producción de las
formaciones preclasistas, como estructura básica de la
sociedad clasista inicial, impidió ciertamente el crecimiento
cualitativo y cuantitativo de la sociedad más allá de un cierto
límite. Ésa parece haber sido una de las razones por la cual la
historia de las mismas se ha expresado en ciclos repetitivos:
cuando una formación social alcanzaba el límite de su
desarrollo material, colapsaba para ser reemplazada por otra
similar sin llegar a la disolución de las comunidades
consanguíneas y su reemplazo por comunidades seculares de
especialistas en la producción material que asumiesen la
dirección del proceso social. La acumulación era
fundamentalmente de fuerza de trabajo. Su valor se
expresaba en la cantidad de tributo extraído por la comunidad
de linajes dominantes organizada como el Estado y en las
obras públicas que servían de refuerzo al dominio que éste
ejercía sobre la población general (Sanoja y Vargas-Arenas
2000:61-84).

En las sociedades clasistas iniciales americanas los linajes


dominantes, que asumían la representación del Estado,
poseían la tierra y organizaban su usufructo personal en
nombre de la comunidad: controlaban la actividad y la
distribución de los productos de la agricultura, la caza, la
pesca, la producción artesanal y los procesos de intercambio
intra e intercomunitarios vía la aplicación del código de ley
consuetudinaria que constituían las relaciones de parentesco,
las relaciones sociales de producción y las sanciones y
restricciones que a nivel de la conciencia representaban los
medios imaginarios de producción: los mitos, las creencias y
los tabúes. Los y las especialistas en la producción de bienes
materiales, particularmente las mujeres, estaban subsumidas
dentro de la organización de las diversas unidades domésticas
consanguíneas que constituían el fundamento de la sociedad.
Dentro de la división social del trabajo, las mujeres aportaban
una proporción importante de la producción de bienes
materiales en la rama del cultivo, de la recolección de
alimentos y plantas medicinales así como la recolección
preparación de materias primas para la elaboración de
textiles, la manufactura de tejidos de telar, cestas,
preparación de los cueros y manufactura de artesanías,
elaboración de la alfarería, cuentas y pendientes de concha y
hueso, arte plumario, entre otras actividades.

Una parte de la producción femenina estaba destinada al


consumo directo, cotidiano, pero otra parte --no menos
importante-- se destinaba al consumo no reproductivo,
vinculado a fundamentar la acumulación de bienes intangibles
como el prestigio y el poder. Lo imperfecto de los sistemas de
intercambio a larga distancia de bienes terminados o materias
primas, limitó la posibilidad de crear y ampliar el sector de
producción artesanal especializado en la producción de dichos
bienes y de profundizar la división social del trabajo, dado el
bajo nivel de consumo individual de bienes no esenciales para
la reproducción cotidiana de la vida social. Ello determinó
también procesos de acumulación de fuerza de trabajo
femenina, mujeres jóvenes en la edad productiva y
reproductiva óptima, vía por ejemplo la poliginia, así como el
sacrificio ritual de mujeres jóvenes para disponer, también por
la vía ritual, de los excedentes de mano de obra femenina. De
esta manera, las trabajadoras, productoras y reproductoras
eran mantenidas bajo el control de la organización
consanguínea patriarcal, ideología que parece haber tenido
también un peso específico importante en la limitación
general del desarrollo de las fuerzas productivas (Sanoja y
Vargas-Arenas, 2000; Vargas Arenas 2006: 199-206).

De la misma manera, el medioambiente impuso a las


sociedades clasistas iniciales americanas serias limitaciones,
tales como ausencia de caballos y asnos, animales
domesticables de tiro y de carga, de ganado vacuno y de
bueyes para tirar las carretas y los arados, de ganado
caprino, lanar y ovino, de aves de corral, etc., carencias que
se sumaron a las limitaciones sociales que imponía la llamada
“esclavitud generalizada”. No obstante, las sociedades
originarias de los Andes Centrales, el sur de Suramérica, la
región amazónica-caribeña, Mesoamerica, Centroamérica y
Norteamérica ya habían comenzado desde 5000-4000 años
antes de Cristo, mucho antes de los inicios la Edad del Bronce
en Europa a desarrollar y planificar procesos civilizadores
caracterizados por la construcción de sitios urbanos con
arquitectura de piedra o bahareque desde 5000-4000 años
antes de Cristo, lo cual implicaba que poseían desde mucho
antes sólidos conocimientos de diseño estructural y espacial,
cálculo matemático de las cargas y su distribución en las
estructuras construidas, resistencia de suelos, resistencia de
materiales, sistemas mnemónicos o ideográficos para
codificación y archivo del tiempo social, escultura, frescos y
pinturas murales, textiles, alfarería metalurgia, modelado de
la piedra por percusión y abrasión, sistemas de escritura,
comunicación social, astronomía y sistemas calendáricos
complejos para el cálculo del tiempo, diseño de vías de
comunicación, diseño y construcción de embarcaciones para
la navegación fluvial y de altamar, sistemas hidráulicos,
regadío y diseño de estructuras agrarias, domesticación de
plantas y creación de nuevas especies de maíz y de yuca, etc.

Un elemento causal del rezago material de las sociedades


clasistas iniciales americanas en ciertas áreas de la tecnología
y la mecánica en particular, fue la ausencia de un concepto
para la utilización práctica de la rueda y el escaso desarrollo
del movimiento circular, salvo el alterno utilizado en los husos
para hilar el algodón o en los taladros para producir
perforaciones en sólidos estables como la piedra, la madera,
la concha y el hueso. Existen testimonios arqueológicos que
indican la existencia de juguetes o figurinas animales con
ruedas –posiblemente perros- provenientes de diferentes
sitios arqueológicos mexicanos como el de Pánuco, en la
Huasteca, y Tres Zapotes, Veracruz (Ekholm, 1964; 495,
Fig.2), aunque nunca desarrollaron, al parecer, el principio
para utilizar el movimiento circular para el transporte. En
términos tecnológicos, la ruptura con las fuerzas productivas
materiales de la comunidad primitiva se lograría solo cuando
el movimiento rectilíneo que ejercen naturalmente la fuerza
humana, los animales de tiro o de carga, el agua, el viento,
etc., se transformase en movimiento circular y a su vez éste,
amplificado, se convirtiese otra vez en movimiento rectilíneo,
adaptado a usos particulares que conforman el fundamento
de la llamada “mecánica primitiva”.

Es a partir de máquinas como la rueca para hilar el algodón, la


lana o la seda, del viento para mover la maquinaria del molino
o del agua para mover la rueda hidráulica, etc., que surgió en
la civilización capitalista occidental **l la invención del
movimiento circular en las máquinas de vapor y los motores
de explosión, así como otras tecnologías auxiliares como las
manivelas, los pedales, las correas de transmisión, los
engranajes, los volantes, en fin, la multiplicación de la fuerza
del movimiento circular en lineal que hizo posible la primera
revolución industrial (Leroy-Gourhan, 1943: 98-100).
La llamada “esclavitud generalizada”, es decir, el uso
extensivo y forzado de la energía humana, el crecimiento por
adición de fuerza de trabajo, ofrecía muy pocas posibilidades
para un crecimiento objetivo de la tecnología que permitiese
el ahorro en la utilización de la mano de obra por lo cual, en
todas las épocas y países donde predominó dicho modo de
trabajo, la expansión de la economía agrícola y el desarrollo
social en general se mantuvieron dentro de límites rígidos
(Anderson,1979: 76-77).

Esa situación es explicada por la tesis fundamental del


marxismo, la cual nos dice que los factores que determinan el
crecimiento social, son los cambios sociales revolucionarios.
Una revolución es un cambio fundamental y cualitativo
provocado en las relaciones de producción de una sociedad
dada, debido al desarrollo de las fuerzas productivas las
cuales, al llegar a un nivel cuantitativo determinado, entran
en contradicción con el orden sociopolítico existente. La
evolución y el cambio acelerado se deben a la misma presión
de las fuerzas productivas y relaciones de producción que
forman una unidad indisoluble. Es el ritmo de desarrollo de las
fuerzas productivas, lo que determinará que la evolución sea
lenta, que se produzca un cambio acelerado o un estallido
revolucionario. En el caso de las sociedades originarias
americanas, las condiciones objetivas materiales pusieron
límites para que se diera una línea de desarrollo de las fuerzas
productivas similar al de las sociedades del mismo tipo en
Europa, a un tipo de desarrollo de las fuerzas productivas que
aquéllas no pudieron llegar **sobrepasar o revolucionar antes
del siglo XVI de la era. Podríamos decir que por las razones
anteriormente expuestas, la línea general de desarrollo
histórico de nuestras sociedades originarias se constituyó
como una forma civilizadora alternativa a la europea, llegando
a superar sus logros en muchos aspectos.

Por tales razones, con el objeto de explicar el atraso y el


estancamiento de los pueblos asiáticos en relación a la
sociedad capitalista europea, Marx y Engels formularon, como
ya expusimos, la categoría de Modo de Producción Asiático
como constituido por comunidades aldeanas sometidas a un
régimen de “esclavitud generalizada”, controlado por un
gobierno despótico. A juicio de Bartra (1969:16), el grado de
retraso de las llamadas sociedades despóticas radicaba
fundamentalmente en el tipo de relación cualitativa existente
entre la fuerza de trabajo y los medios de producción. El
Estado tipo asiático o despótico -dice el autor- surgió
entonces como consecuencia del bajo nivel de desarrollo de
las fuerzas productivas. No destruyó el “régimen de
comunidad primitiva” existente en las aldeas, sino que lo
utilizó e incorporó a la sociedad clasista. El sistema de
explotación que ejercía el Estado no intervenía directamente
en el sostenimiento de la fuerza de trabajo, excepto en los
regímenes hidráulicos cuando se utilizaba el tributo en trabajo
para la construcción de canales, caminos y edificios, creando
una sociedad clasista inicial que tenía como base las unidades
sociales basadas en el parentesco características de la
formación social y el modo de producción de la anterior
comunidad primitiva (Bartra, 1969: 17; Godelier, 1969: 30).

La existencia de redes hidráulicas no puede considerarse


como el elemento causal del origen de la sociedad clasista y
del Estado, ya que aquéllas muchas veces anteceden su
aparición por milenios y centurias. La existencia originaria de
los sistemas de riego para la agricultura está demostrada en
diversos continentes y pueblos de la costa del Perú (Moseley,
1975: 50;), el Valle de México (MacNeish, 1967-I: 308. 3), y en
el Noroeste de Venezuela (Sanoja y Vargas-Arenas, 1999a:
44). Los sistemas hidráulicos comenzaron a existir como parte
de un complejo de técnicas de subsistencia y sistemas de
producción en aquellas antiguas sociedades aldeanas y
cacicales, muchas de las cuales no llegaron a alcanzar el
carácter de formación estatal (Manzanilla, 1988: 293-308).

Según Bate (1984: 47-86), la categoría Modo de Producción


Asiático constituye una formulación muy ambigua que no da
verdadera cuenta de la complejidad de procesos que
caracterizan a las sociedades incluidas bajo la misma. Bate
prefiere considerar la existencia de una Formación
Socioeconómica Clasista Inicial con su respectivo modo de
producción que caracteriza el paso de una sociedad no
clasista hacia una forma estatal clasista. A tal efecto dice:
“…el modo de producción de la sociedad clasista inicial puede
originarse como efecto del desarrollo histórico de cualquier
forma de comunidad primitiva, sea antigua, germánica,
eslava, “andina” u otras y que su origen en comunidades de
tipo oriental solo representaría una modalidad particular del
proceso histórico de génesis de sociedades clasistas
“primarias” o “secundarias” (Bate, 1984: 71).

La centralización de la fuerza de trabajo, como ocurrió en las


llamadas sociedades “prístinas” o “primarias” no sería, pues,
requisito universal y necesario para la ejecución y control de
un sistema de obras hidráulicas que condicionaría el
desarrollo de la estratificación de la sociedad en clases. En
muchos otros casos, la revolución clasista se produjo como un
proceso secundario o derivado de la relación de comunidades
primitivas con sociedades clasistas ya conformadas, como en
el caso de Vietnam ya mencionado, sea porque las
comunidades primitivas fueron incorporadas a nuevos
sistemas socioeconómicos clasistas por imposición colonial o
por conquista (Bate, 1984: 71).

A diferencia de los contenidos corporativos que se atribuyen


al llamado modo de producción asiático, el clasismo inicial de
tipo empresarial, como hemos discutido en páginas
anteriores, fue un fenómeno histórico característico de la
sociedad europea occidental desde la Edad del Bronce, que se
inició hace 4000 años antes de ahora. Aquella forma originaria
de organización de la producción metalúrgica y artesanal,
propició el desarrollo de la sociedad clasista inicial en Europa,
como lo evidencian las costumbres funerarias ejemplificadas
en los llamados campos o necrópolis de urnas que comienzan
a aparecer por toda la Europa Occidental y Central hacia el
año 1100 antes de Cristo. En estos campos de urnas, la
riqueza de la parafernalia ritual, particularmente objetos
metálicos: armas, joyas, vasijas, carros de guerra, etc.,
asociados con determinados enterramientos indica que ya
existían profundas diferencias de rango social entre los
pobladores de las diferentes aldeas. La pirámide social estaba
dominada por diversas comunidades superiores o estamentos
conformados por jefes rituales y guerreros. El factor básico
que mantenía cohesionado todo el sistema social era el don,
el bien como regalo entre las familias reales que mantenían
vínculos dinásticos. En líneas generales, la economía de
subsistencia de estas sociedades que se inician con la Edad
del Bronce se fundamentaba en la metalurgia, la ganadería, el
pastoralismo y la agricultura que constituían como especies
de empresas controladas, no por un Señor despótico, sino por
cada una de aquellas comunidades superiores (Christiansen,
1998: 258-267).

En el siglo XIX, la particularidad histórica de aquel paradigma


evolutivo del progreso que animó el desarrollo de la sociedad
europea, siguió gravitando en el aura de la visión eurocéntrica
que tenían los maestros del marxismo sobre la historia de la
humanidad, la misma que sustentaba también el darwinismo
social y la política colonial de los países capitalistas. En tal
sentido, pero con una intención humanitaria, aquéllos
consideraban necesario elevar al nivel de la civilización
occidental la cultura de aquellos pueblos que todavía
conservaban sus formas de vida originarias o la de aquéllos
que se consideraban sin historia por no poseer un nivel
organizativo del Estado y no tener, por tanto, capacidad para
hacer la revolución (Bartra, 1969: 32-39).

Como veremos en el siguiente capítulo, el análisis del


paradigma civilizador americano contrastado con el europeo
muestra que si bien existen principios generales y ciertas
determinaciones constantes comunes en ambos procesos de
desarrollo histórico, los contenidos particulares de cada uno
de ellos han determinado en ciertos momentos de la historia
universal la expresión de la forma de desarrollo desigual y
combinado que permiten y sustentan la expansión mundial
del sistema capitalista a partir de la Europa Occidental. **

Hacia comienzos del siglo XX, pensadores como Max Weber


expresaron igualmente que el capitalismo industrial era un
fenómeno social de raíces exclusivamente europeas, cuyo
desarrollo estaba influido por la ética de movimientos
religiosos tales como el calvinismo. (Weber, 1969). Gunder**
Frank, apoyándose en los conocimientos arqueológicos sobre
la Edad del Bronce, sostiene tambièn que:
“…We all agrèe, moreover, that there is an unbroken
historical continuity between the central civilization/World
system of the Bronze Age and our contemporary capitalist
World system…” (Gunder Frank 1993: 387) (Todos estamos
de acuerdo en general que existe una continuidad histórica
ininterrumpida entre la civilización central/sistema mundo de
la Edad del Bronce, y nuestro sistema mundial capitalista
contemporáneo. Traducción nuestra).

Figura 4. Juguetes mesoamericanos con ruedas


PARTE 2: CRÍTICA DEL PARADIGMA CIVILIZADOR Y DE
LOS PROCESOS CIVILIZADORES AMERICANOS

CAPÍTULO 4.

El paradigma civilizador americano y la Arqueología


Social

Las civilizaciones originarias de Nuestra América

Nuestra América o Nuestra América, como ha reconocido


Huntington (1997: 46), tiene una identidad diferente a la de la
llamada civilización occidental. En nuestra opinión, la causa
fundamental de su expresión particular, es que incorpora
procesos culturales civilizadores indígenas, originarios, que
no existieron ni en Europa, ni en Asia ni en África. A pesar de
la influencia depredadora del capitalismo, esos procesos
civilizadores postergados e ignorados durante cinco siglos por
las oligarquías nacionales hegemónicas, no sólo han vuelto a
cobrar una fuerza sorprendente sino que muchos antiguos
pueblos originarios están formado parte del sujeto histórico de
la revolución social que sacude los fundamentos del régimen
capitalista necolonial.

El carácter singular de las civilizaciones originarias


americanas fue reconocido en el siglo XIX por nuestro
Libertador Simón Bolivar, quien nos describió como un
pequeño genero humano: ni europeo, ni indígena ni africano.
La fundamentación de dicha singularidad ha sido expuesta y
analizada en extenso en multitud de obras enciclopédicas.
Entre ellas podemos destacar el Handbook of South American
Indians (1948?), el Handbook of North American Indias, La
Historia General de América, de la cual tuve el honor de
coordinar el Período Indígena y ser autor de uno de sus
volúmenes (Sanoja 1982), tratados como los escritos por
Gordon Willey (1966. 1971), James Ford (1969) Laurette
Sejournè (1971), Richard Konetske (1971), Darcy Ribeiro
(1973), entre muchos otr@s. En las mayoría de las obras que
extienden su análisis hasta la historia posterior al siglo XVI, la
mayoría de los autores exhiben, sin embargo un sesgo
eurocentrista que considera la cultura de nuestros pueblos
como parte de la cultura grecolatina y la civilización
occidental, por el simple hecho de hablar lenguas romances
como el castellano, el portugués y el francés, o lenguas
germánicas como el inglés y tener que aceptar una religión, la
católica, que nos impusieron por la fuerza de las armas. Sobre
este prejuicio eurocentrista nuestras oligarquías locales
construyeron historias nacionales oficiales donde se exalta la
visión hispanofascista de nuestra vinculación con la España
Imperial, el anticomunismo y el fanatismo oscurantista de la
derecha católica franquista, caldo de cultivo donde han
navegado a sus anchas tanto el imperialismo estadounidense
como el europeo (Vargas Arenas, 2007a).

En las civilizaciones originarias nuestramericanas, el


desarrollo de procesos territoriales particulares de desarrollo
sociocultural habría comenzado, en nuestra opinión, desde el
momento en que aparecieron las primeras formas de vida
sedentaria basadas en la agricultura, la caza, la pesca y la
recolección. Como hemos analizado en obras anteriores
(Sanoja, 2008. 49-54), con base a los hechos históricos
ocurridos en el territorio americano entre 5000 años antes de
ahora y el siglo XVI de la era cristiana, es posible plantear en
América la existencia de dos grandes civilizaciones
originarias: la norteamericana y la suramericana-caribeña,
cuyos todos más desarrollados culminaron en imperios o
sociedades estatales o clasistas iniciales. La primera tuvo su
área de influencia original en un territorio que abarcaba el
norte de Centroamérica (actuales Nicaragua, Salvador,
Honduras, Guatemala), México, el suroeste, el sureste y el
noroeste de Norteamérica. Esta civilización se expresó en, por
lo menos, cinco grandes procesos civilizadores: la Cultura
Olmeca, los imperios Maya y Azteca en Mesoamérica, la
Cultura Hohokam-Anasazi en el suroeste de los actuales
Estados Unidos y las diversas culturas originarias que se
integraron en las tradiciones arqueológicas Woodland y
Missisipi (mapa 3).
La diversidad de modos de vida y de niveles de desarrollo de
las fuerzas productivas que se manifiestaron en las
sociedades originarias de Suramérica, el Caribe, Mesoamérica
y la América Central, se presentaba, no como una estructura
piramidal en el vértice de la cual estaban los imperios
prístinos, sino como una extensa red transversal de pueblos y
procesos de desarrollo sociohistórico donde lo cultural y
socialmente simple se complementaba e interactuaba con lo
cultural y socialmente complejo. A diferencia de las
sociedades clasistas que caracterizan en Europa a la Edad del
Bronce, la célula fundamental de las sociedades clasistas
originarias americanas era la comunidad social consanguínea,
ejemplo de lo cual son el ayllu en los Andes Centrales o el
calpulli en Mesoamérica, los cuales servían de sustento a las
estructuras socialmente más complejas como linajes, tribus,
cacicazgos y señoríos que funcionaban en unos casos de
manera autónoma o en otros subsumidas en imperios como el
Inka y el Mexica (Sanoja, 2007: 46-51).

El desarrollo de las fuerzas productivas que tanto la sociedad


inka como la tecnochca habían alcanzado en el siglo XVI, se
vio limitado, no por la inferioridad física y mental de las
poblaciones originarias, sino por una serie de
condicionamientos y carencias materiales que no podían ser
resueltas en aquellas condiciones; por otra parte, cada una de
dichas sociedades representó la cúspide de un proceso
cultural civilizador que ocurrió en medio de enormes
extensiones territoriales, habitadas por pueblos cuyo nivel de
desarrollo de las fuerzas productivas estaba muy por debajo
del alcanzado por otras sociedades clasistas. Los procesos de
expansión militarista, si bien podían propiciar la conquista de
nuevos pueblos, territorios y recursos materiales, ello no
significaba la apropiación de nuevas y mejores tecnologías
que transformasen cualitativamente el estatus de las
sociedades expansionistas. La ausencia de ganado vacuno o
caprino, de animales de tiro, del conocimiento de la rueda, de
la metalurgia del hierro y el bronce, de los elementos básicos
de llamada “tecnología primitiva”, impidieron el desarrollo de
los medios e instrumentos de producción, de las tecnologías
y procesos de trabajo, que habrían permitido desarrollar al
máximo las fuerzas productivas de las sociedades inka y
tecnochca.

La civilización suramericana caribeña: procesos civilizadores


del Atlantico y el Pacífico-

La gran civilización suramericana-caribeña habría comenzado


a integrarse desde por lo menos el año 3000 antes de Cristo
(5000 años antes del presente). Dicha civilización estaría
conformada, en líneas generales, por dos grandes procesos
civilizadores: a) uno que se desarrolló a lo largo de la
vertiente pacífica de Suramérica, el cual podríamos
denominar grosso modo como andino, a lo largo de un eje
territorial y cultural que se extiende sobre las actuales
repúblicas de Costa Rica, Panamá, Ecuador, Perú, Bolivia, el
norte de Chile y Argentina. Su fase final, la más compleja
política y culturalmente, fue el Imperio Inka (Sanoja, 2007: 51-
52). b) Un proceso civilizador que ocurrió a lo largo de la
vertiente atlántica suramericana, región dominada por las
formaciones selváticas, sabaneras y montañosas que se
hallan en la cuenca del Orinoco, del Amazonas, la del
Paraguay-Uruguay, y las formaciones de pampas y sabanas
que se extienden desde Venezuela hasta Tierra del Fuego, el
cual culminó en diversas regiones, con la estructuración de
sociedades complejas, cacicales o señoríos tipo estado
(Sanoja, 2007: 53-54).

Los pueblos arawako y caribe que integraban el proceso


civilizador amazónico- orinoquense se difundieron hacia 2000
años a.C. hacia el norte, vía el arco antillano que comienza en
las islas de Margarita y Trinidad, Coche y Cubagua, masas
terrestres que estuvieron unidas al continente hasta finales
del Pleistoceno. Durante este período, cuando el nivel del mar
se encontraba unos ciento cincuenta metros bajo el actual, el
Caribe insular podría haber sido efectivamente una
prolongación territorial del continente suramericano,
permitiendo el desplazamiento de las antiguas bandas de
recolectores, cazadores tanto litorales como del interior, que
habitaban la ribera atlántica desde por lo menos 14000 años
antes del presente (Boomert, 2000; Veloz Maggiolo, 1991;
Sanoja, 2006: 53-54; Sanoja y Vargas Arenas, 1995: 95-103,
1999ª: 143-156; 1999b; 1999c ; 2006: 49-65; 2008: 9-33;
Sanoja, 2007: 54).

El proceso civilizador clasista andino-pacífico

Desde períodos tan tempranos como 8000 años antes del


presente, los pueblos recolectores, cazadores, pescadores del
litoral pacífico suramericano comenzaron a desarrollar
procesos de recolección y protocultivo de plantas útiles que
culminaron, hacia 5000-4000 años antes del presente, en
sociedades aldeanas agroalfareras. Estas transformaciones en
los modos de vida del proceso civilizador de la costa pacífica,
se dieron de manera concurrente con la llegada de nuevas
poblaciones humanas originarias braquicéfalas
neomongoloides, muy parecidas a las poblaciones modernas
del noreste de Asia que entraron a América por Alaska y ya,
para 9000-7000 años antes del presente, estaban colonizando
el litoral pacífico y la región andina desde la actual Colombia,
el litoral ecuatoriano ecuatoriano, el peruano hasta el norte de
Chile y Argentina, imponiéndose a las poblaciones humanas
que ya estaban asentadas en la región desde por lo menos
30.000 años antes del presente. Los descendientes de
aquellos últimos colonizadores son conocidos modernamente
como quechuas, aymaras, manteños, huancavilcas muiscas,
chibchas, arawak, entre muchas otras etnias (Sanoja, 2007:
30-36).
Despues de una larga ocupación por poblaciones
precerámicas y arcaicas que se inició entre 8800 y 5500 años
antes de Cristo (Sanoja y Vargas-Arenas 1999d: 208;
Lumbreras 1983: 26-28; Bischoff 2008: 40-66), desde 3370
años a.C., la aldea de Real Alto, Peninsula de Santa Helena,
Ecuador, revela ya la presencia de los primeros centros
ceremoniales o comunidades centrales donde existía división
social del trabajo, rodeados de otras comunidades
subsidiarias de agricultores, pescadores y recolectores
(Meggers, et alíi. 1965; Marcos 1998). El proceso de desarrollo
sociohistórico continuó con la aparición de modos de vida
cacicales jerarquicos entre 1500 antes de Cristo y 500
despues de Cristo, Fase Chorrera, período coincidente con la
aparición de modos de vida similares en el Valle del Cauca y
el Macizo Colombiano (Meggers 1966: 55-66; Rodríguez 2002:
61-166; Rodríguez 2005: 125-169), culminando con la
formación de Señoríos, sociedades jerarquizadas de tipo
clasista inicial, donde destaca la existencia de una casta
dirigente sacerdotal que tenía el poder y la capacidad para
apropiarse de la producción excedentaria de bienes
terminados y materias , un cambio sustantivo en la forma y el
contenido de la propiedad y el control de los medios de
producción y un control acentuado sobre la fuerza de trabajo.
La organización y el diseño del espacio territorial estan
dominados por los centros ceremoniales y administrativos de
importante magnitud donde resalta la construcción de
templos, edificios públicos y viviendas domésticas sobre
plataformas de tierra.

Sitios arqueológicos como Cochasquí (850-1560 d.C) son la evidencia


concreta del largo proceso urbano originario del Ecuador que –como hemos
dicho- comenzó desde hace por lo menos 4000 o 5000 años antes del presente,
como atestiguan los asentamiento de Real Alto y Valdivia sobre el litoral
pacífico(Meggers el alíi 1965;Meggers 1966: 142-148); Marcos 1988; Ortiz
2009; Museo Bco. Central 2008). Ello nos da una clara idea de lo que
representa el pueblo originario de la región ecuatoriana para entender la
historia social del norte de Suramérica, puesto que los procesos urbanos no
son solamente indicadores del desarrollo material y tecnológico sino,
principalmente, del desarrollo de sociedades complejas tipo estado.

Tanto en Cochasqui, señorio Cara, como en los señoríos de la


cultura Manteño del Ecuador destacan la mineria, la
metalurgia y la orfebrería utilizando técnicas de fusión,
laminación a martillo, cera perdida, repujado, soldado, etc.,
utilización de aleaciones de cobre y y de plata y oro para
dorar objetos de metal. Los señorios ecuatorianos
conservaron una vida independiente hasta el año 1438 de la
era, cuando fueron sometidos por los ejercitos incaicos e
incluidos en el Tahuantisuyu, la organización político territorial
del imperio de los Incas. (Sanoja y Vargas Arenas 1999d: 208-
213; Ortíz 2009: 124-125).

Según los datos arqueológicos (Lumbreras, 1990: 100;


Patterson, 1991: 20-26; Shady Solis, 2007), hacia 3000 años
antes de Cristo (5000 años antes del presente) los centros
ceremoniales que caracterizaban la estructura territorial de
los Andes Centrales durante el Período Formativo, albergaban
grupos de personas altamente especializadas, sacerdotes y
sus servidores, en la medición, el cálculo y la previsión del
tiempo, categoría abstracta cuyo conocimiento era
fundamental para controlar anualmente las estaciones de
lluvia y sequía, la capacidad de disponer de agua para los
sistemas de regadío y preparar los campos para el cultivo.

Los instrumentos de medición del tiempo para elaborar los


calendarios se hacían con base a los observatorios donde se
analizaban y codificaban los movimientos del sol, la luna y las
estrellas, los cuales se convirtieron en los parámetros
matemáticos de la temporalidad. Quienes controlaban dichos
conocimientos controlaban también el proceso productivo del
cual dependía la reproducción social del grupo humano. Por
esa razón, los sacerdotes y sus asistentes estaban
dispensados del trabajo directo. Tal fue el origen de las clases
sociales, de las nuevas formas de poder que pasaron del
control de la comunidad doméstica a las de una elite que
regulaba el crecimiento de las fuerzas productivas. Su poder
creció tanto que, hacia finales del Periodo Formativo, 500
años antes de la era cristiana, ya se había transformado en
una nueva formación social de carácter clasista, núcleo
originario de un poder o Estado teocrático andino (Lumbreras,
2005: 252). Sin embargo, el núcleo fundamental de la
sociedad incaica siempre fue y ha seguido siempre en general
el ayllu, lo cual determinó su carácter basicamente comunal y
autosuficiente considerado por algunos autores como
socialista (Baudin, 1961 : 103)

Al consolidarse la revolución urbana en los últimos siglos del


primer milenio antes de Cristo, el Estado teocrático y los
centros ceremoniales fueron reemplazados por un Estado
mercantil cuyo fundamento eran los pueblos y ciudades de
carácter administrativo que servían de asentamiento a los
funcionarios estatales como el curaca principal y tutricut
(gobernador puesto por el Inca) enviado y nombrado desde el
Cusco con grandes poderes legales, políticos, administrativos
y militares, encargados de la gerencia y planificación de las
actividades productivas agropecuarias y artesanales que
debían ser ejecutados por los mitmaes yuncas o mitimaes. Se
alude con este nombre a los enclaves o colonias de trabajo
colectivo obligatorio que debían los hombres y mujeres de los
diferentes ayllus en las tierras del Estado (Espinoza 1978:
299-328).

En la ciudad de Chan-chán, por ejemplo, capital de la sociedad


Chimú, en los llamados “barrios populares” constituidos por la
aglutinación de pequeños recintos de habitación, habitaba la
gente común: artesan@s, mercaderes y servidor@s de
diferentes oficios que no disfrutaban del nivel de vida de la
clase nobiliaria que habitaba en palacios construidos en el
centro del área urbana. Fuera de la ciudad vivían los
campesin@s, pescadores, trabajador@s no-urbanos e incluso
funcionarios de la burocracia estatal.

El proceso de trabajo metalúrgico se orientaba principalmente


hacia el cobre y la plata. Existían grupos de trabajador@s que
se ocupaban de explotar las minas de oro, plata y cobre y
fundir el mineral que era transformado en lingotes. Para
manufacturar los productos del cobre, la plata y sus
aleaciones se utilizaban técnicas complejas como la
soldadura, la cera perdida, el vaciado en moldes y el
enchapado, el estampado, el repujado, el dorado y el
plateado, productos que eran monopolizados por la elite
nobiliaria al igual que otros bienes exóticos como las
turquesas, los mantos de plumas, las maderas exóticas, etc.
(Lumbreras, 1999: 379-390). El bronce, la aleación de cobre y
estaño, aparece también en el altiplano andino asociado
inicialmente con las culturas Tiwanako y Chavín. El trabajo del
bronce se desarrolló técnicamente durante el Imperio Incaico,
esto es, a partir del siglo XII de la era cristiana, y se propagó
tardíamente sobre todos los territorios ocupados por el
mismo. Las técnicas metalúrgicas utilizadas fueron el
martillado, la fusión y el moldeado y el repujado, con las
cuales se fabricaron principalmente adornos, cuchillos en
forma de medialuna denominados “tumi”, agujas, anzuelos y
armas de guerra (Rivet y Arsandaux, 1946: 179).
En la fase de consolidación del proceso urbano, el estamento
de jefes político-militares desplazó a los especialistas en
controlar el tiempo poniendo fin a la teocracia. El Estado,
supremo conductor del proyecto de vida de los habitantes de
un territorio, convirtió el antiguo modo tributario en la renta
que el campo, los trabajador@s artesanales y sus señores
nobles debían pagar a las ciudades en nombre del rey o Inka.
El Estado centralizado del Imperio Incaico, que comenzó a
formarse en el siglo XII de la era cristiana, alcanzó su apogeo
alrededor del año 1430 de la Era, hasta colapsar
definitivamente hacia 1540 con la conquista española.

En la actual Colombia y en el noroeste de Venezuela la vida


sedentaria y la domesticación de plantas comenzó a darse
desde 4000-3000 años antes de Cristo. Para inicios de la era
cristiana ya existían complejas sociedades de linaje que, para
el siglo XVI, habían devenido de tipo Estado, pueblos que
habitaban aldeas de regular tamaño asociadas con regadío,
cultivo en terrazas, arquitectura en tierra o piedra. En los
casos colombiano y panameño la metalurgia del oro y la
tumbaga llegó a alcanzar altos niveles de excelencia
(Rodríguez 2002, 2005; Sanoja y Vargas-Arenas, 1999d: 201-
219).

Al sur del territorio ocupado por las sociedades clasistas


iniciales de los Andes Centrales, la extensa región bordeada
por el Pacífico y el Atlántico que se extiende hasta la Tierra
del Fuego, estaba habitada para el siglo XVI por una gran
diversidad de pueblos recolectores, cazadores y pescadores,
canoeros litorales y del interior y agricultores aldeanos,
muchos de los cuales estuvieron fuertemente influidos por las
culturas andinas centrales: guaraní, araucano, diaguita, ona,
yahgan, alakaluf, etc., que parecen haber conservado para la
época e incluso hasta el presente, rasgos culturales que
recuerdan a los de los pobladores ancestrales de la América
del Sur (Steward y Faron, 1959: 262-283; Estévez y Vila,
1996, 1998).

El proceso civilizador amazónico- orinoquense

Sobre la vertiente atlántica suramericana se desarrolló otro


proceso civilizador que podríamos llamar en líneas generales
como amazónico-orinoquense (Sanoja, 1982: 137-211, 2006:
53-54), cuyas influencias culturales irradiaron hacia las
Antillas Menores y Mayores. Hacia 4600 años antes del
presente (2600 años antes de Cristo), los pueblos arcaicos
litorales de la ribera atlántica, los pueblos litorales de cultura
tipo arcaico del golfo de Paria, Venezuela, y la costa noroeste
de la actual Guyana, parecen haber iniciado el proceso de
domesticación ciertas raíces y tubérculos tropicales como la
yuca (Manihot sculenta), el ocumo (Xanthosoma sagittifolium)
y el ñame (Dioscorea alata), entre otros, sobre los cuales se
fundamentó la formación de sociedades sedentarias
agricultoras en el noreste de Suramérica (Sanoja, 1997: 119-
126). Entre 1500 y 1000 años antes de Cristo hay evidencias
concretas de la migración de pueblos ligados a las culturas
formativas andinas de la vertiente amazónica y el altiplano,
particularmente Kotosh y Chavín, hacia el litoral atlántico del
noreste de Suramérica y el Bajo Orinoco que se hallaba para
entonces ocupado por grupos humanos recolectores
cazadores (Sanoja, 1979, 1982). La excelencia de la
manufactura ceramista del formativo andino, dio origen a
hermosas tradiciones culturales locales conocidas como
Tradición Barrancas (Sanoja, 1979:254-290; 1982: 166-170) y
Tradición Marajoara (Sanoja, 1982:149-154), entre otras, pero
que no reprodujeron en las extensas sabanas y selvas de
galería que bordeaban el cauce de grandes ríos como el
Orinoco y el Amazonas, las complejas pautas de la
organización social ni de la vida urbana de las sociedades
formativas andinas (Sanoja, 1979. 2006: 40-41). Sin embargo,
los pueblos y la cerámica barranqueña, de tradición andina,
se difundieron desde inicios de la Era Cristiana a lo largo del
arco antillano, constituyendo el fundamento de la Sociedad
Taína que se desarrolló posteriormente en las Grandes Antillas
(Sanoja, 1982: 217-238).

A diferencia del proceso civilizador andino, los pueblos


originarios de la ribera atlántica estaban organizados en una
diversidad de formas sociales: comunidades aldeanas
igualitarias, cacicazgos y señoríos, las cuales no se
transformaron en sociedades estatales o clasistas iniciales.
Los desarrollos culturales de los pueblos cultivadores arawak,
caribe, tupí y guaraní confluyeron para formar una macro-
región histórica que engloba el piedemonte andino
amazónico, la cuenca amazónica, la cuenca del Orinoco y el
litoral atlántico-caribe del noreste de Suramérica, región que
hoy corresponde grosso modo con el espacio geográfico del
MERCOSUR. Este hecho inhibió posteriormente la formación
de oligarquías coloniales cerradas similares a las del área
andina, que más tarde se transmutaron a partir del siglo XIX
en oligarquías republicanas, enclaves defensores de los
intereses económicos y de la cultura de dominación del
imperialismo y finalmente de los Tratados de Libre Comercio
con Estados Unidos. Por el contrario, las sociedades
igualitarias o las estratificadas características de la ribera
atlántica, propiciaron la posibilidad de constituir de
sociedades republicanas más igualitarias, más dinámicas y
revolucionarias que han podido en ciertos casos frenar el
poder de las oligarquías republicanas representantes del
poder imperial europeo y estadounidense (Sanoja, 2007: 55-
61).

El proceso civilizador caribeño

Los pueblos cazadores, recolectores y pescadores del noreste


de Suramérica comenzaron, desde 5000 años antes del
presente, a navegar las rutas oceánicas que llevaban desde el
continente suramericano hacia la región insular del caribe
oriental. Desde 2200 años antes del presente, los pueblos
arawakos y luego los caribes comenzaron a colonizar las
Pequeñas y Grandes Antillas absorbiendo las poblaciones
originarias de recolectores, pescadores cazadores,
determinando el surgimiento de un proceso civilizador
antillano donde confluyen también otras influencias culturales
emanadas del formativo originario mesoamericano (Sued
Badillo, 1978; Alegría, 1983). En las actuales islas de Puerto
Rico, Haití-República Dominicana y Cuba, las poblaciones
originarias de origen suramericano culminaron en sociedades
muy estratificadas como la Taina. Esas poblaciones se
mestizaron localmente con otras preexistentes o tuvieron
influencias emanadas de la cultura Maya u Olmeca (Veloz
Maggiolo, 1972; Cassá, 1974; Alegría, 1983: 149-156; García
Goyko, 1984), dando lugar a un proceso civilizador caribeño
donde tuvieron cabida, tanto las culturas arawakas y su
expresión en las Grandes Antillas, la Cultura Taína, como la
Cultura Caribe. Los tres procesos civilizadores, el andino, el
amazónico y el caribeño se desarrollaron a lo largo de cursos
históricos mayormente paralelos, aunque complementarios,
los cuales continúan influyendo en la moderna comunidad de
las actuales naciones suramericanas y caribeñas.

La Civilización Norteamericana

El proceso civilizador clasista mesoamericano

Los grupos humanos que habitaban las ciudades-Estado y/o


sujetas a la dominación de los imperios mesoamericanos,
estaban estratificadas en clases sociales y éstas a su vez en
unidades sociales organizadas de manera consanguínea, al
igual que en el Imperio Inka. La primera formación estatal
mesoamericana estuvo caracterizada por un desarrollo
simultáneo de diversos centros político-religiosos,
constantemente interconectados, los cuales aglutinaban en su
derredor diversas aldeas y poblados subordinados. Una
formación clasista originaria, la Olmeca, se concentró durante
el Período Preclásico Temprano y Medio en las tierras bajas
del sur de México que se extienden desde Veracruz hasta
Centroamérica, dominada posiblemente por estamentos de
guerreros y de mercaderes misioneros. Existe evidencia de
obras de drenaje en pantanos, de represamiento y
canalización de ríos, de redes de distribución de agua en las
ciudades o centros ceremoniales, y de edificaciones públicas y
religiosas cuya construcción debe haber requerido la
movilización de grandes contingentes humanos. En la opinión
de los arqueólog@s especialistas en el área olmeca, ésta no
se consideran propiamente como sociedad estatal, aunque es
en ella donde se encuentran las semillas de la formación
estatal mesoamericana (Piña Chan, 1967: 49-75).

Desde el Período Formativo se habría originado una teocracia


caracterizada por la presencia de centros ceremoniales y
grandes necrópolis, ejemplo de lo cual serían Teotihuacán,
Monte Albán, Kaminaljuyú y Tzakol. Ya en el Período Clásico,
existiría un urbanismo desarrollado y una sociedad
estratificada en una nobleza sacerdotal con sus servidores y
una masa de campesin@s aldean@s, cultivo intensivo
utilizando riego, terrazas y chinampas, la manufactura y
distribución comercial de bienes suntuarios. En Tikal,
Guatemala, durante el Período Clásico, las familias extendidas
basadas en el parentesco ya habían llegado a conformar
unidades de producción y consumo, rasgo bastante común
entre las clases productoras de la sociedad (Patterson, 1997:
186-196).

Hacia la cuarta y quinta centuria de la era cristiana, ya


existían en la ciudad de Teotihuacán, valle de México, áreas
de talleres donde se fabricaban diversos tipos de
herramientas de obsidiana y de piedra, de concha, cerámica,
cestas, petates, madera estucada, papel de amáte, tejidos,
arte plumario, etc., así como comunidades de albañiles,
estucadores, artistas muralistas, dibujantes de códices, etc.
Parte de dicha producción se dedicaba a satisfacer las
necesidades locales y regionales, en tanto que otro volumen
importante era distribuido a través de redes comerciales para
satisfacer las necesidades de unos cinco millones de
consumidor@s en toda Mesoamérica. Artefactos fabricados
con esta clase de obsidiana han sido hallados desde 1000
años antes de Cristo en el centro olmeca de San Lorenzo, sur
de Veracruz y en otros centros similares como La Venta. El
acceso de los trabajador@s a las minas de la valiosa obsidiana
verde, ubicadas en el actual Estado de Hidalgo, estaba
posiblemente bajo control estatal. Los talleres de producción y
los artesan@s mismos, organizados en barrios de
especialistas o localizados en los palacios de la elite, estaban
al parecer controlados por las unidades sociales que
integraban la clase nobiliaria y guerrera. Los mercaderes
estaban organizados de manera corporativa y actuaban como
agentes comerciales de los reyes o gobernantes,
particularmente cuando cumplían misiones comerciales ante
señores extranjeros. Los Señores obtenían como tributo la
mayor parte de los productos que luego se canalizaban a
través de las redes comerciales. Ello restringía el capital
disponible entre los mercaderes privados para la reinversión,
limitando así sus posibilidades de acumular riquezas
independientemente del Estado y de la clase nobiliaria (Millón,
1972: 230-235; Patterson, 1997a: 131-132 y 263-265;
Carrasco, 1976: 230-235).

En el Estado tecnochca que existía en el valle de México


durante el Postclásico Tardío, las antiguas instituciones
gentilicias de gobierno encarnadas en la antigua forma de
propiedad comunal representada por el calpulli, coexistían
también con la forma de propiedad nobiliaria y la
administración burocrática centralizada. Aparecen en el
segmento nobiliario y el burocrático, formas de acumulación
de riqueza particularmente vía la adscripción de tierras y la
apropiación, bajo la forma de tributos, de los excedentes de
producción obtenidos por las comunidades gentilicias.

La clase dominante de la sociedad tenochca asumió un


carácter de oligarquía militarista y teocrática bajo el poder
absoluto de un rey o emperador, el cual llegó a someter bajo
su autoridad, vía la conquista armada, la casi totalidad de los
otros pueblos mesoamericanos. Según las funciones que
desempeñaban, la sociedad tecnochca estaba estratificada
en: guerreros, sacerdotes y funcionarios que atendían la
organización administrativa de los templos o palacios y
aseguraban la apropiación de los excedentes de producción;
mercaderes o pochtecas que daban respuesta a la demanda
popular de bienes suntuarios y, finalmente, los productor@s
primarios como los artesan@s y campesin@s. Según la
condición social, existían personas privilegiadas, personas
libres, sierv@s agrari@s y esclav@s. Parte de los artesan@s
independientes agrupado@s en barrios y los campesino@s,
podían ofrecer libremente su producción de bienes
terminados y alimentos en los mercados (Olive Negrete, 1958:
116-117; Carrasco, 1982).

La propiedad y el control del agua así como de los sistemas


hidráulicos del valle de México tuvieron gran importancia en
las relaciones políticas y económicas y en la estrategia de
poder existente entre los distintos señoríos del valle de
México. Por otra parte, todo el sistema lacustre de la cuenca
del valle de México y las regiones colindantes constituía el
sustento material de una gran unidad geohistórica cuyo
funcionamiento estaba determinado por la fluidez del
transporte acuático (Rojas et alíi, 1974).

El proceso civilizador de la costa este de Estados


Unidos

En la costa sureste y noreste de los actuales Estados Unidos,


la civilización norteamericana se desarrolló a partir de un
largo y complejo proceso civilizador que arranca desde las
sociedades primordiales de recolectores-cazadores cuya
antigüedad parece remontarse por lo menos a 30.000 años
antes de ahora, a los pueblos arcaicos y a las tradiciones
culturales Adena y Hopewell y que finalmente desemboca en
las complejas sociedades posiblemente de tipo Estado como
las que se desarrollaron en la Cultura Missisipi y finalmente
diversos grupos tribales entre los cuales destacan los
conocidos Iroqueses (Willey, 1966: 310; Griffin, 1978: 256-
264, 272). No deja de llamar nuestra atención en esta hora
cuando el capitalismo está viviendo una de sus peores crisis
estructurales, quizás la final de dicho sistema, el hecho de
que haya sido precisamente a partir del estudio de la gens
iroquesa hecho por el antropólogo estadounidense Lewis H.
Morgan (1965), que se hayan sistematizado las características
generales del comunismo primitivo, de la utopia comunista.

Como resultado de la intensificación del cultivo en una de las


regiones con suelos que presentan el mayor potencial agrícola
de los actuales Estados Unidos y el desarrollo de un sector de
especialistas en la producción alfarera, así como del trabajo
de la concha y la piedra y la metalurgia del cobre martillado
hacia 500 años antes de Cristo (Willey, 1966: 292-294;
Fowler, 1988:105-107) se creó un sistema de ocupación
territorial fundamentado en la existencia de sitios de
habitación jerarquizados, siendo uno de ellos más grande y
más complejo que era la unidad de control de toda la unidad
política.

La comunidad más importante de cada una de aquellas


unidades, como son los casos de Cahokia y Moundville, entre
otras, podía ser un centro ceremonial ocupado cíclicamente o
un centro administrativo. Cada sistema regional comportaba
un centro fortificado dentro del cual se construían edificios
públicos, casas y un área de plaza. Estas comunidades
controlaban un número de asentamientos satélites más
pequeños que constituían centros de producción diseminados
en los campos vecinos. El gran centro administrativo de
Cahokia, Illinois, sugiere la existencia de una sociedad clasista
con acceso diferencial a la riqueza social, gobernada por un
Señor y una corporación de jefes menores (Fowler, 1988:231-
247).

Todos estos hechos sugieren la presencia de influencias


culturales mesoamericanas en las poblaciones originarias del
valle del Alto Missisipi (Willey, 1966: 293; Brennan, 1970:
321). De igual manera, otros autores como Riley, Eging y
Rosen (1990: 525-542) han planteado la posibilidad de que
ciertas especies de plantas tropicales tales como el maíz
(Zea mays), el tabaco (Nicotiana rústica), los frijoles
(Phaseolus vulgaris) y los quenopodios hubiesen podido
difundirse desde Sur América a través de las antillas
caribeñas. Ello es consistente con los movimientos tempranos
de poblaciones arcaicas paleoguarao que se produjeron
desde el noreste de Venezuela a lo largo de las islas del
Caribe oriental desde 6000-5000 años antes de Cristo
(Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 375-377). De la misma
manera, las evidencias linguísticas aportadas por Granberry
(1989) parecen indicar que ciertas lenguas habladas en la
península de la Florida como la timucua podría estar
relacionada con las lenguas andino ecuatoriales o de la phyla
macro-chibcha, en tanto que su estructura gramatical tiene
una base guaroide, afín con la lengua paleoguarao que
hablaban las antiguas poblaciones arcaicas del noreste de
Venezuela (Sanoja y Vargas-Arenas, 1995: 380).

El proceso civilizador del suroeste de Estados Unidos

En el suroeste de los actuales Estados Unidos, autores como


Di Peso (1983: 177-194) han planteado la existencia de una
macroregión geohistórica, la Gran Chichimeca, la cual se
constituyó originalmente sobre la base de desarrollos
culturales locales que fueron luego muy influidos por las
sociedades provenientes del actual México, como la huasteca
y la maya, cuyas poblaciones utilizaban el nahuatl como
lengua franca. Los datos arqueológicos y etnohistórico indican
que alrededor del año 1.060 despues de Cristo, grupos de
mercaderes mesoamericanos entraron al valle de Casas
Grandes e inspiraron a los nativos chichimeca la construcción
de la gran ciudad de Paquimé, un impórtante centro comercial
cuya influencia se hizo sentir hasta el Valle de México, dando
nacimiento a lo que posteriormente vendría a ser la cultura
Azteca del Valle de México (Di Peso 1974 II: 290,622). Entre la
diversidad de grupos humanos de la Gran Chichimeca
destacan, particularmente, los Anasazi, agricultores que
habitaban grandes pueblos construidos con adobe, y los
Apache, quienes hicieron una considerable oposición primero
a los españoles y luego a los colonizadores angloamericanos
del siglo XIX.

El proceso civilizador de la región noroeste de Estados


Unidos y Canadá.

En el momento de los primeros contactos con los europeos, la


regiones sub-ártica y ártica de Norteamérica eran el hogar de
pueblos adaptados a la dura existencia en las costas, bosques
y llanuras que permanecían heladas durante los largos
inviernos: Esquimales, Tlingit y Haida, Kwakiutl, Nootka y
otros, los cuales formaron parte -para ese momento- de la
llamada Cultura de la Costa Noroeste. Esta cultura se
caracterizó por su organización social en rangos, su énfasis
en la acumulación de propiedad personal y su especialización
en la explotación de los recursos marítimos o litorales.
(Jennings, 1978: 46).

¿Centroamérica, proceso civilizador autónomo?

Dentro de este breve panorama que hemos dibujado del


paradigma civilizador precapitalista sur-americano y
mesoamericano, el sur de la América Central podría ser
considerado como un proceso civilizador de naturaleza muy
sui géneris, ya que para el momento del contacto con los
europeos, las poblaciones originarias que habitaron el actual
territorio de las repúblicas de Panamá y Costa Rica parecen
haber constituido, de cierta manera, una extensión de
culturas como la Tairona del noroeste de Colombia. De la
misma manera, tuvieron posiblemente nexos muy estrechos
con la sociedad Olmeca, así como con las culturas Maya y
Mexíca del sur de mesoamérica que se desarrollaron en las
actuales repúblicas de Nicaragua, Salvador, Honduras y
Guatemala (Sanoja, 1982: 89-135). Por su posición geográfica,
la América Central es como un puente, no solamente
terrestre sino también cultural bordeado por los dos grandes
océanos, el Pacífico y el Atlántico, tendido entre la civilización
norteamericana y la suramericana-caribeña. Esa posición
particular geográfica y cultural, parece haberle conferido a
partir del siglo XIX características muy particulares a su
inestable desarrollo histórico como región, fuertemente
intervenida por los intereses políticos de México, Estados
Unidos y Europa (Sanoja, 1996. Vol. III: 582-586; Sanoja,
2007: 49).

La técnica de la metalurgia del oro y su aleación con el cobre


se extendió sobre una extensa región que comprende
principalmente el Ecuador, el litoral y el altiplano de Colombia,
Panamá y Costa Rica. Con la aleación denominada
“tumbaga”, fabricaban verdaderos objetos de prestigio de uso
ritual, funerario o ceremonial que podían adquirir la apariencia
y la inalterabilidad del oro puro, los cuales eran al parecer
distribuidos mediante intercambio sobre aquellas vastas
extensiones (Rivet y Arsandaux, 1946; Pérez de Barradas,
1966; Helms, 1979: 78-97; Legast, 1980; Rodríguez, 2002:
208-216, 330).

La imposición forzada del capitalismo

La imposición forzada del capitalismo y la religión, la católica


y la protestante, a las sociedades nuestramericanas por los
invasores europeos, interrumpió la concreción de los
diferentes procesos civilizadores originarios. Para inicios del
siglo XVI –como hemos expuesto- las sociedades urbanas
originarias de la vertiente pacífica, que poseían un alto nivel
de desarrollo de las fuerzas productivas, habían vivido
durante miles de años sujetas a un riguroso sistema de
dominación política, encuadradas dentro de procesos de
tributación cuyo producto era apropiado y redistribuido por la
autoridad central. Por estas razones, tanto el proceso
civilizador inka como el azteca, sirvieron de base para la
implantación de virreinatos coloniales, calco a su vez del
poder absolutista de la monarquía española. Los virreinatos
conservaron casi intactas las antiguas estructuras regionales
de poder y el funcionariado imperial, las cuales fueron
colocadas bajo el control del virrey y de la nueva nobleza o
burguesía colonial agraria y comercial.

En la ribera atlántica, los conquistadores y colonizadores


españoles tuvieron, por el contrario, que comenzar a construir
desde cero su sistema colonial, ya que el nivel de desarrollo
de las fuerzas productivas de las sociedades originarias,
organizadas en un complejo sistema social de bandas de
recolectores-cazadores, comunidades aldeanas, cacicazgos y
señoríos dispersos sobre tan extenso territorio (Sanoja, 1982;
Vargas 1990) impidió que los colonizadores se insertasen en
las sociedades originarias locales o que los indígenas se
incluyesen en el grupo colonizador, como ocurrió en las
sociedades clasistas originarias de la región pacífica (Sanoja,
2007: 57-58).

Las repúblicas que se constituyeron a partir de la Civilización


Suramericana- Caribeña y de la Civilización Norteamericana
sometidas al Imperio Español, a partir de su independencia de
la metrópoli, pasaron a ser controladas por las oligarquías
políticas heredadas de la colonia o de las guerras de
independencia como en Nuestra América, o controladas en el
caso de Norteamérica por grupos financieros o empresariales
europeos o estadounidenses, los cuales sustentaban
respectivamente su poder en la monoproducción y la
exportación de materias primas o bien en la producción y
exportación de bienes terminados. La tarea fundamental de
los ejércitos en las diferentes repúblicas latinoamericanas era
–y sigue siendo en muchos casos- mantener y defender el
régimen de explotación que garantizaba los privilegios
culturales, sociales, políticos y económicos de los
latifundistas, mineros y comerciantes locales y de sus amos
europeos o estadounidenses. Estas estructuras de poder, con
sus variantes y sus cambios formales, siguen todavía vigentes
en la mayoría de las repúblicas americanas hispanas.

En las regiones al norte de Norteamérica, los colonizadores


británicos, franceses y españoles construyeron desde inicios
del siglo XV diversos enclaves coloniales, con los cuales se
creó el Estado nacional estadounidense en 1783. A partir de
ese año, la comunidad originaria de angloamericanos recibió
el soporte de inmigrantes provenientes de las islas británicas,
la Europa central, la mediterránea y la escandinava, quienes
aportaron importantes conocimientos tecnológicos que
propulsaron la agricultura avanzada, la industria, la
navegación y el comercio internacional. Con ese apoyo, los
angloamericanos iniciaron la conquista de tan vasto
continente hasta entonces ocupado por los grupos originarios,
empresa que culminaría hacia finales del siglo XIX con la
creación de una formación capitalista industrial muy
avanzada, la eliminación casi total de las poblaciones
indígenas originarias y la consolidación de un proceso
civilizador capitalista autónomo, vinculado económica,
política y tecnológicamente con el europeo. La llamada
Conquista del Oeste permitió a Estados Unidos en 1848
-mediante la conquista armada- apoderarse de las antiguas
provincias mexicanas de Texas, Arizona, California, Colorado,
Nevada y Nuevo México, las cuales constituían más de la
mitad norteña de los Estados Unidos Mexicanos (Britto García,
2007: 51-52). Entre finales del siglo XX e inicios del siglo XXI,
a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(conocido por sus siglas TLCAN o NAFTA) y los TLC firmados
con las republicas centroamericanas, Estados Unidos se
anexó virtualmente todo el territorio meridional que quedaba
del antiguo Virreinato de la Nueva España, o de la antigua
civilización norteamericana que tuvo su epicentro en el Valle
de México.

La Civilización Latinoamericana o Nuestra América

Los procesos de conquista y colonización iniciados en el siglo


XVI por los europeos portadores de la civilización occidental,
alteraron las líneas históricas y las fronteras culturales que
permitían diferenciar las civilizaciones y los procesos
civilizadores originarios americanos. El territorio de
Norteamérica controlado principalmente por Inglaterra y
Francia, pasó a convertirse en una colonia de cultura
anglófona y francófona. El resto, Mesoamérica, América
Central, el Caribe y Sur América, exceptuando los posteriores
enclaves coloniales ingleses, franceses, holandeses y
daneses, devino en lo que el imperialismo ha dado por llamar
América Latina y que nosotros denominamos Nuestra
América. Ciertos pensadores liberales latinoamericanos
eurocentricos del siglo XIX también propiciaron la inmigración
europea como "medio de progreso y de cultura para la
América del Sur" (Alberdi 2005: 99-110). Los países del cono
sur, particularmente Argentina, recibieron grandes
contingentes de inmigrantes europeos de diversa
procedencia, hecho que impactó fuertemente el estatus
etnico, cultural, político, económico y tecnológico de los
países. Este proceso abrió una profunda brecha cultural entre
estos y los pueblos del norte de Suramérica y el Caribe, la
cual ha comenzado a ser reducida por el movimiento de
integración regional que comienza a despuntar en el siglo XXI.

Las sociedades de tradición igualitaria de la ribera atlántica


suramericana, que habían ocupado un lugar secundario en los
intereses estratégicos de los imperios español y portugués
hasta el siglo XIX se convirtieron, a mediados del siglo XX, en
componentes vitales para las transnacionales y el dominio
imperial sobre Nuestra America. La ribera atlántica es un
emporio de materias primas necesarias para el desarrollo de
las tecnologías de punta que han contribuido a potenciar el
desarrollo científico-técnico y la acumulación de capitales de
las transnacionales del Imperio. Si bien ésto sirvió para
enriquecer a las oligarquías locales y las corporaciones
transnacionales, no ha contribuido a resolver las condiciones
de injusticia social, pobreza y atraso en la cual viven todavía
millones de suramericanos y caribeños, al contrario las han
agravado. No nos queda, pues, otro camino que la revolución
social (Sanoja, 2006: 64).

Las luchas de resistencia de nuestros pueblos contra la


colonización ibera, española y portuguesa, y luego contra el
neocolonialismo estadounidense y europeo, nos están
volviendo a reunir como una sola y nueva civilización, cual un
nuevo género humano como decía Bolívar. A diferencia del
pasado, hoy día nuestros pueblos son cada vez más dueños
de sus enormes recursos naturales, particularmente los
hidrocarburos, los gasíferos, minerales, acuíferos y la rica
biodiversidad que existe en nuestros territorios; así mismo,
somos cada vez más dueños de nuestros recursos humanos,
tecnológicos y financieros, hecho que nos está convirtiendo
en un nuevo bloque de poder mundial. Como asentaba
Mariátegüi (1952: 375): “Por los caminos universales,
ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos
acercando cada vez más a nosotros mismos…”, a pesar de
que el Imperio tanto estadounidense como europeo está
enfrascado en una guerra de cuarta generación que tiene
como fin aniquilar nuestros procesos de liberación nacional y
mantenernos sumisos a sus designios. En esta guerra,
lamentablemente, también participan del lado del enemigo
latinoamericanos mentalmente disociados y alienados que
defienden su estatus colonial, patología alimentada y
mantenida por la campaña mediática que sostienen las
transnacionales de la comunicación aliadas al Imperio,
agrupadas en la denominada Sociedad Interamericana de
Prensa (SIP) que reúne a los empresarios apátridas y
colonialistas que conspiran contra la integración de nuestros
pueblos en la Patria Grande Latinoamericana.

¿Feudalismo en América?

Para responder esta pregunta es necesario tener en cuenta


aquellas características ya descritas del proceso histórico
precapitalista de Nuestra América. En las décadas finales del
siglo XX, uno de los temas sobre el cual debatieron científicos
sociales marxistas como Godelier, Bartra, Kossock, Gunder
Frank, Puigrós, Laclau, Cardoso, Dobbs, entre muchos otros,
trataba sobre la necesidad de clarificar si la secuencia
histórica europea: comunidad primitiva, sociedades
esclavistas o modo de producción asiático, formación
medieval y finalmente capitalismo, podría aplicarse a la
comprensión del origen del Estado y el desarrollo histórico de
las modernas sociedades iberoamericanas (Assadourian et
alíi: 1974). Tal discusión -se pensaba- era relevante para
dilucidar el tema de la dependencia y el subdesarrollo y la
posibilidad de llevar a cabo una revolución social en Nuestra
América que permitiese a nuestros pueblos nivelar su
desarrollo socioeconómico con el alcanzado por los países del
llamado Primer Mundo. Hoy día diversos autores concuerdan
en afirmar que el Feudalismo en tanto que Formación Social
-como expusimos en capítulos anteriores- es una etapa
histórica que en sentido específico está vinculada con el
desarrollo de la línea de civilización europea occidental
(Sahlins y Service, 1961: 31-32), en tantos que otros como
Braudel argumentan la utilización en América Latina de
modos o formas de trabajo de tipo feudal en explotaciones
agropecuarias como la encomienda, el hato y la plantación
(Braudel 1992-2: 272-280).

Diversos teóricos de la dependencia y el subdesarrollo se


apoyaron en tales discusiones para proponer, como hizo luego
la Comisión Económica para Nuestra América (CEPAL), la
necesidad de lograr un desarrollo capitalista endógeno o de
sustitución de importaciones junto con el fortalecimiento de
las burguesías nacionales para emular el desarrollo de los
países capitalistas más avanzados y superar la brecha
histórica existente entre dichos países y los llamados
subdesarrollados.
Para acortar la discusión, diremos que en Nuestra América,
desde nuestra perspectiva, no hubo feudalismo sino modos de
trabajo servil o esclavizado que fueron utilizados por el
capitalismo mercantil para explotar la fuerza de trabajo de los
indígenas, esclav@s negros y mulat@s, utilizando en ese caso
el concepto modo de trabajo tal como fue definido por Vargas-
Arenas (1990: 67).

Nunca podremos saber si aquellas sociedades imperiales


originarias tales como la Azteca, Maya e Inka hubiesen
podido por sí mismas devenir con el tiempo en capitalistas;
posiblemente no. Es probable que algunas de las sociedades
originarias, igualitarias o desiguales, que poblaban la mayor
parte de Centroamérica, Suramérica y el Caribe hubiesen
podido, con el tiempo, llegar a convertirse en Estados con una
estructura sociopolítica comunal-mercantilista, pero
difícilmente habrían llegado a ser capitalistas. La conquista
española cortó de raíz todas aquellas experiencias y sólo
conservó –como en el en el caso de Inkas y Tenochcas- la
infraestructura administrativa y las relaciones de explotación
que ya existían en las sociedades imperiales o complejas,
como basamento político de sus propios virreinatos y
Capitanías Generales.

Otro de los temas de debate, relacionado con el anterior, era


el de la existencia de sociedades duales en las naciones
modernas de Nuestra América, en las cuales los procesos de
trabajo característicos de las sociedades originarias
heredados por la sociedad criolla, formaban un tiempo
histórico distinto al del sector capitalista de la misma. Dichos
procesos de trabajo, según proclamaban ciertos teóricos
desarrollistas de izquierda, debían ser eliminados para dar
paso a relaciones de producción y formas culturales
plenamente capitalistas, para desterrar así el pasado y el
“atraso” y promover el “desarrollo”, nuevo eufemismo para
denominar el viejo concepto de progreso.

Es evidente que, contrariamente a los supuestos de la tesis


dualista, los conquistadores españoles o portugueses no sólo
asimilaron a la cultura mestiza los procesos de trabajo
precapitalistas que encontraron en nuestras sociedades
originarias o indohispana que se estaba construyendo en
Nuestra América dando orígen a la nueva estructura de clases
sociales, sino que aquellos fueron esenciales para consolidar
la presencia europea en nuestro continente. Es en este
sentido que escribimos uno de nuestros libros ya mencionado,
considerado por la crítica como seminal para entender aquel
tema, publicado por primera vez en 1974, intitulado Antiguas
Formaciones y Modos de Producción Venezolanos (Sanoja y
Vargas-Arenas, 1992). En el mismo tratamos de explicar
precisamente el proceso mediante el cual las culturas de las
sociedades originarias se fundieron progresivamente desde el
siglo XVI con la de los esclav@s negros venezolanos y con la
de los españoles, produciendo finalmente una sociedad nueva
que, como decía El Libertador Simón Bolívar, no es ni
indígena, ni africana ni europea sino un nuevo género
humano.

Al revisar comparativamente los procesos civilizadores de


Nuestra América, observamos profundas diferencias entre los
hechos que llevaron a la constitución de la sociedad de clases
y los Estados modernos en ella, y los que condujeron al
capitalismo, la sociedad de clases y los Estados nacionales de
Europa. En este sentido, como intelectuales del campo
revolucionario creemos necesario, como ya expusimos,
profundizar en la crítica del paradigma civilizador europeo en
la cual fundamentaron su análisis histórico Marx y Engels para
concluir en el capitalismo como paso necesario hacia el
socialismo y el comunismo.

Según Godelier (1969: 58), la línea de desarrollo histórico


europeo occidental constituiría un evento singular, ya que
solo ella ha desarrollado las formas más puras de lucha de
clases, así como las condiciones para su superación
-representadas por el socialismo- tanto para ella como para
las demás sociedades. Dicha línea ha dado -dice dicho autor-
la base práctica (economía industrial) y la concepción teórica
(socialismo) para salir de ella misma y hacer salir a las otras
sociedades de las formas más antiguas de dominación del
hombre por el hombre. Esta formulación de Godelier
obviamente no toma en cuenta que el fortalecimiento y la
expansión del sistema capitalista europeo u occidental a partir
del siglo XVI y hasta el presente, sólo ha sido posible gracias a
la expoliación del trabajo y las riquezas materiales del todo el
resto del mundo periférico para favorecer el bienestar del
núcleo de naciones capitalistas desarrolladas.

Hoy día podemos hablar de un proceso universal de desarrollo


de la humanidad en el cual el capitalismo, que culmina la
línea de desarrollo occidental como sistema socioeconómico,
corresponde sin duda a una era de importantes desarrollos
materiales e intelectuales. Sin embargo, la implantación,
expansión y desarrollo de los valores egoístas que sustentan y
justifican al sistema capitalista han llevado a determinados
gobiernos de países del primero, segundo, tercer y cuarto
mundo a actuar con tal grado de irracionalidad, que la
existencia y la reproducción ampliada del capitalismo está
poniendo en riesgo la supervivencia misma de la especie
humana.

El pasado y la interpretación revolucionaria del presente: la


arqueología social

El desarrollo histórico de los países nuestroamericanos refleja


la intersección de un conjunto de fuerzas que deben ser
comprendidas en términos de cómo éste afecta el desarrollo
de la sociedad humana en general, el desarrollo de la región
como una entidad históricamente constituida y el desarrollo
de cada país en particular. Por esa razón es esencial también
desarrollar una comprensión teóricamente bien informada de
los cambios sociales que subyacen la formación de la nación
misma y ponen en movimiento diversos proceso civilizatorios
nacionales únicos, históricamente contingentes que han
afectado, por ejemplo, a Venezuela de una manera y a México
o Perú de otra. Esta exigencia tiene muchas implicaciones
importantes para la ciencia, como por ejemplo que los análisis
arqueológicos y antropológicos deben tomar en cuenta los
procesos sociohistóricos que llevaron a la formación de las
naciones y Estados particulares en los nuevos contextos
regionales, cual es el objeto de estudio de la Arqueología
Social (Vargas-Arenas, 1995: 50-51; 2007b).

Los fundamentos teóricos y metodológicos de la Arqueología


Social comenzaron a esbozarse desde la década de los años
treinta del siglo pasado, cuando el discurso marxista se
trasladó a la reinterpretación de los orígenes de la sociedad,
de la cultura y de las civilizaciones tanto en Europa, como en
Asia, África, América y Oceanía. Los datos obtenidos por la
arqueología, la historia, la filología y otras ciencias que
estudian los pueblos del pasado, comenzaron a ser
interpretados como expresiones y símbolos del pensamiento y
la voluntad humana, de las ideas y propósitos que trascienden
no solo cada manifestación particular del dato sino también a
cada actor o pensador individual, puesto que son sociales
(Childe, 1981a: 349). Se comenzó a construir así una
historiografía marxista que tenía como fundamento analizar la
causalidad material del desarrollo social y cultural, extraña a
las teorías esencialistas y racistas que habían predominado en
la antropología y la arqueología hasta aquel momento. A
partir de la obra seminal del arqueólogo inglés Vere Gordon
Childe comenzó una reconsideración del estatus y la
significación global del pasado:

“…Una sociedad puede progresar, y por consiguiente


sobrevivir únicamente en la medida en que las relaciones de
producción –es decir, todo el sistema económico y político-
favorecen el desarrollo de la ciencia, el progreso de las
invenciones y la expansión de las fuerzas productivas…”
( Childe 1981b: 136).

A partir de aquel momento, la historia de las sociedades


antiguas dejó de ser considerada como parte de un proceso
diferenciado del presente o el futuro, para convertirse en un
nivel de explicación de toda la historia, del presente, de su
porvenir, de la vida cotidiana de los pueblos. Los
arqueólog@s, los antropólog@s y los historiador@s marxistas
comenzaron a darle preeminencia en sus análisis a cuestiones
que habían sido generalmente ignoradas hasta entonces,
tales como la economía, los procesos sociales, culturales y
políticos. De esta manera, la teoría social devino en historia
y, viceversa, la historia se transformó en teoría social. Para los
pueblos de la periferia del núcleo capitalista desarrollado,
considerados por éste como el Tercer Mundo, la historia y
particularmente la arqueología y la antropología en general,
se convirtieron en parte del pensamiento estratégico para
lograr la descolonización y la liberación nacional de los
pueblos colonizados o neocolonizados por el Imperio. Cuando
son los pueblos, no las elites ni los individuos, quienes
conforman el sujeto de estudio de aquellas disciplinas, sus
resultados pueden servir como base para una ideología de su
liberación, para la consolidación de su soberanía sobre los
recursos naturales y medios de producción de los cuales
depende su integridad como naciones (Vargas-Arenas y
Sanoja, 1999: 59-75).

Mientras en la década de los años 70 del pasado siglo –como


vimos en páginas anteriores- ya se hablaba en Europa
occidental de una crisis general del marxismo, en Nuestra
América por el contrario se iniciaba una discusión crítica del
paradigma de la evolución de modos de producción y,
consecuentemente, de la génesis de las sociedades modernas
de la región, de la pertinencia del capitalismo como solución
al problema de la pobreza y del denominado subdesarrollo de
los pueblos latinoamericanos sometidos a la explotación y la
dominación por las metrópolis coloniales de Estados Unidos y
Europa (Lorenzo, Pérez y García-Bárcenas, 1976).

El surgimiento de la corriente de pensamiento llamada


Arqueología Social Latinoamericana hacia la década de los
años setenta del pasado siglo tuvo como uno de sus objetivos
estratégicos esenciales explicar y demostrar cómo los pueblos
originarios y las sociedades mestizas surgidas a partir del
siglo XVI se convirtieron en el sujeto histórico de los procesos
nacionales y de la lucha de clases por el control político del
poder para deslegitimar el orden social burgués. Por esta
razón la Arqueología Social se transformó en un campo de
estudio donde convergen no solamente arqueólog@s, sino
también antropólog@s sociales, lingüistas, antropólog@s
físicos, historiador@s sociales, economistas, literat@s,
biólog@s, filósof@s, sociólog@s, etc., unidos no solamente por
interés académico de construir un episteme de la ciencia
social, sino también para la elaboración de una estrategia
común para hacer la Revolución Social partiendo del
Materialismo Histórico y del pensamiento crítico marxista
(Bate, 1998, 2008: 17-23; Vargas-Arenas, 1995, 2008b;
Vargas-Arenas y Sanoja, 1999: 59-75; Navarrete, 2007;
Gandara 2008).

Como parte de este movimiento, como ya explicamos, el año


de 1974 se publicó la primera edición de nuestra obra escrita
a cuatro manos con la Dra. Iraida Vargas: Antiguas
Formaciones y Modos de Producción Venezolanos (1992). Con
la misma intentamos hacer la crítica científica a la sucesión
histórica de los modos de producción enumerada por Marx
(1972), Engels (SF) y Morgan (1943) argumentando que si
bien aquella denota la existencia de procesos generales de
cambio de la historia de la humanidad, no podría considerarse
totalmente válida para expresar todas las particularidades
que afecta la misma en las diferentes sociedades y culturas
del mundo ni tampoco el actual surgimiento de los sujetos
históricos de la revolución social en Nuestra América.

Tal como expresamos al respecto en el prólogo a la segunda


edición de nuestra obra Antiguas Formaciones y Modos de
Producción Venezolanos:

“...Cuando Engels formuló sus estadios de desarrollo histórico


de la sociedad, se le criticó por presentar una imagen
parcializada de dicho proceso sin reparar en que él estaba
simplemente reconociendo empíricamente la existencia de
determinados momentos de clímax histórico y formulando
conceptos que, evidentemente, tenían carácter experimental.
Igual podríamos decir de Vere Gordon Childe, a quien no se le
recuerda por haber resuelto la problemática del estudio de la
historia de las sociedades precapitalistas antiguas del Viejo
Mundo, sino por haber formulado experimentalmente
categorías analíticas que tuvieron un gran impacto en el
proceso de exploración del conocimiento social. El mismo
Marx en El Capital, proporcionó un modelo de análisis del
desarrollo de las contradicciones partiendo del estudio de las
experiencias de una sociedad concreta. Haber olvidado estos
ejemplos, llevó al materialismo histórico a convertirse en
muchos casos en una especie de metafísica social divorciada
de la realidad sensible que nutrió su nacimiento...” (Sanoja y
Vargas, 1992: 21).

Aquella propuesta fue posteriormente re-estudiada y


reformulada por Iraida Vargas-Arenas en su obra –ya clásica-
Arqueología, Ciencia y Sociedad, fruto de las discusiones
teóricas estimuladas por nuestra propuesta de 1974 en el
Grupo Oaxtepec, las cuales Vargas-Arenas aplicó al estudio
concreto de las formaciones originarias venezolanas. Aquel
grupo transdiscplinario de arqueólog@s, antropólog@s
sociales, etnólog@s, historiador@s, economistas y
sociólog@s, cuyo núcleo duro lo conformaron para la época
notables científicos sociales como Agustín Cueva, Sergio de la
Peña, Felipe Bate, Manuel Gándara, Héctor Díaz Polanco, Luis
Lumbreras, Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Gándara, Iraida
Vargas y nosotros, se concentró en la tarea de elaborar los
fundamentos teóricos y metodológicos de la Arqueología
Social, con base a las propuestas filosóficas del marxismo y
del materialismo histórico. Posteriormente, Bate, en su obra El
Proceso de Investigación en Arqueología (1998) sistematizó y
elaboró científicamente la propuesta teórica metodológica
general de la Arqueología Social.

La creación en 1984 de otro grupo de estudios regionales en


la Fundación de Arqueología del Caribe auspiciado por Paul
Caron, la Dra. Betty Meggers y el Dr. Clifford Evans
(Smithsonian Institution, Washington D.C), permitió la
celebración de reuniones anuales, tres celebradas en la Isla
de Vieques, Puerto Rico y una en la ciudad de Rio Caribe,
Venezuela, de un grupo de arqueólogos sociales, profesores y
estudiantes, de universidades tanto de Venezuela, Colombia,
Panamá. Costa Rica, Honduras, Mexico, Luisiana (USA),
República Dominicana, Puerto Rico. Las ponencias
presentadas y las conclusiones de las mismas se resumieron
en tres volúmenes: Hacia Una Arqueología Social (1984),
Revisión Crítica de la Arqueología del Caribe (1985) y
Relaciones entre la Sociedad y el Ambiente (1986).

Una de las motivaciones políticas centrales de los


arqueolog@s sociales muestroamerican@s desde los inicios,
fue la de construir teorías, diseñar la estrategia y los métodos
para comprender críticamente y transformar la realidad social
en nuestros respectivos países, considerando la historia social
como un campo unificado de todas las acciones humanas
anteriores y posteriores a la inserción forzada del capitalismo
en las sociedades originarias de Abi Yala o Nuestra América.

Desde aquella época ya remota de finales del siglo pasado,


las discusiones teóricas sobre la proyección histórica de los
análisis de la Arqueología Social hacia la realidad
contemporánea de Nuestra América, se concentraron en el
potencial de cambio revolucionario que ofrecía la Revolución
Cubana, la Revolución Sandinista y movimientos como
Sendero Luminoso en el Perú. Nadie podía sospechar que la
historia de la Revolución Social en Nuestra América tomaría
un curso tan radicalmente diferente luego de la rebelión
popular venezolana contra el neoliberalismo ocurrida el 27 de
Febrero de 1989, seguida por la rebelión militar
antiimperialista liderada por el comandante Hugo Chávez que
estalló el 4 de Febrero de 1982; posteriormente, ocurrió
triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998. Esta victoria
electoral popular que fue seguida en 2002 por el fracasado
golpe de Estado pro-imperialista y posteriormente la
recuperación de Petróleos de Venezuela por la nación
venezolana, representaron la primera derrota del Imperio y
su representación local, la oligarquía partidista-empresarial
contrarrevolucionaria. Posteriormente a dicha derrota, los
movimientos sociales revolucionarios venezolanos
proclamaron luego de 2004 la necesidad de construir -por la
vía electoral y democrática- la sociedad socialista del siglo XXI
en Venezuela, camino que fue también seguido
posteriormente, por los movimientos sociales de otros países
como Bolivia y Ecuador (Sanoja y Vargas-Arenas, 2005a;
Sanoja, 2006: 63-74).

Para continuar este análisis de manera consecuente con


nuestra visión de la Historia, diremos que con la utilización en
este caso de conceptos tales como modo de vida, queremos
aludir antropológicamente a las categorías de formación
social y modo de producción tomando en cuenta la
importancia del espacio geográfico y todas sus
determinaciones, las relaciones sociales de producción y la
ideología (la cultura) mediante la cual el ser social se percibe
e interpreta tanto a si mismo como a los otros y a las
condiciones materiales donde se desenvuelve su existencia
cotidiana vía la cultura, proceso que legitima los sistemas de
valores que sustentan la conciencia social. En tal sentido, el
modo de producción viene a representar la forma de producir
y reproducir las condiciones materiales de la existencia de los
hombres y mujeres, dentro del conjunto de determinaciones
culturales o ideológicas –habituales y reflexivas- que
conforman su conciencia social y definen finalmente su modo
de vivir, su modo de vida.

Tenemos la opinión de que en Venezuela, una cierta


percepción del marxismo y del materialismo histórico -quizás
ortodoxa- dentro del proceso revolucionario bolivariano le
haya dado más peso al desarrollo de las condiciones
materiales que a la cultura y la ideología. Los resultados del
referendo del 2007 y de las elecciones del 2008, indican que
un alto porcentaje de venezolan@s no percibe como suficiente
las innegables mejoras del sistema de salud, de educación, de
vivienda, de trabajo, la recuperación de la soberanía nacional,
etc., porque su conciencia de clase, su conciencia social, a
falta de una verdadera política cultural revolucionaria, sigue
estando determinada y mediatizada por la ideología
dominante de la burguesía contrarrevolucionaria. A este
respecto es oportuno recordar a los maestros Marx y Engels
cuando nos dicen en su obra la Ideología Alemana:

“... la clase que ejerce el poder material dominante en la


sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual
dominante... Las ideas dominantes no son otra cosa que la
expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las
mismas relaciones materiales dominantes concebidas como
ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una
determinada clase la clase dominante son también las que
confieren el papel dominante a sus ideas. Los individuos que
forman la clase dominante... se comprende de suyo que lo
hagan en toda su extensión... como pensadores, como
productores de ideas, que regulen la producción y distribución
de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean, por ello
mismo, las ideas dominantes de su tiempo...” (Marx y Engels,
1982: 48-49).

Estamos convencidos que la construcción de los modos de


vida socialistas del siglo XXI en Nuestra América, debe ser
explicada y comprendida a la luz de la historia de las ideas y
de las prácticas que sustentan las tesis del marxismo, del
materialismo histórico y del materialismo dialéctico. Para
lograr tal objetivo, es necesario desarrollar propuestas
históricas, estrategias culturales o ideológicas concretas que
fundamenten ideológicamente tanto los movimientos sociales
de descolonización y liberación nacional como la creación de
sociedades socialistas del siglo XXI. En tal sentido es
imprescindible también conocer, estudiar y asumir como
referencias causales las propias experiencias históricas de
nuestros pueblos para diseñar la estrategia política, social y
cultural/ideológica y el método para la construcción concreta
del socialismo, en nuestro caso particular el proceso
civilizador socialista bolivariano, como ha mostrado Vargas-
Arenas en su estudio Resistencia y Participación. La saga del
pueblo venezolano (2007a) y Sanoja y Vargas-Arenas en
nuestra obra La Revolución Bolivariana. Historia, Cultura y
socialismo (2008).

Vargas-Arenas (2007a) analiza la manera como el pueblo


venezolano, desde el siglo XVI, fue construyendo un proyecto
de sociedad cuyas claves fundamentales eran la resistencia a
la opresión y la participación en los diversos movimientos
políticos que tenían como objetivo lograr un cambio
revolucionario en su condición de pueblo dominado por la
oligarquía mantuana representante de la metrópoli colonial.
La nueva oligarquía republicana que insurge en Venezuela
luego de su independencia de España y de la separación de
la Gran Colombia, se apoderó del mismo y lo convirtió en su
proyecto político, vaciándolo de todo contenido revolucionario
y sometiendolo a la dependencia del imperialismo
estadounidense. En palabras de Vargas-Arenas:

“...Como ocurrió con AD, la burguesía apeló a los símbolos


populistas o populacheros para significar ante las clases
populares una solidaridad, una identidad con los oprimidos
que ella misma produjo...” (AD=Partido Acción Democrática.
Aclaratoria nuestra)** El proyecto popular de resistencia y
participación, el poder constituyente, siguió adelante hasta
que el 27 de Febrero de 1989, la rebelión popular contra el
ajuste neoliberal que intentó imponer el gobierno de Acción
Democrática logró resquebrajar las bases del capitalismo
vernáculo construido por la burguesía venezolana
conjuntamente con sus partidos Acción Democrática y COPEI
abriendo así, con las elecciones celebradas en 1998, el
camino a la Revolución Bolivariana y la liberación nacional. De
esta manera nació un nuevo proyecto social de país, un
proyecto socialista, anticolonial, fundamentado en la
propiedad social de los medios básicos de producción y
motorizado por el poder constituyente

Con base a esta experiencia, discutiremos en el capítulo


siguiente por qué, como hemos venido discutiendo en las
páginas de este libro, la construcción de un modo de vida
socialista requiere conocer la teoría social, elaborar una teoría
sustantiva sobre la historia de la sociedad a intervenir y
desarrollar una estrategia, un método y una práctica concreta
para alcanzar la meta socialista.

Fig.5: expansion del capitalismo mercantil hacia américa.


Siglo XVI.
PARTE 3:

PRÁCTICA PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL MODO DE VIDA


SOCIALISTA

Capítulo 5.

La estrategia para llegar al Socialismo

Para avanzar en la formulación de una propuesta concreta


que nos lleve al socialismo, existe un supuesto que debería
ser teorizado y analizado para Nuestra América, y es que los
procesos socialistas no surgen siempre como consecuencia
del desarrollo pleno de las fuerzas productivas del capitalismo
al menos en los casos de Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia,
como esperaban Marx y Engels que sucediese en Alemania e
Inglaterra, sino precisamente por todo lo contrario, por el
atraso y la pobreza centenaria que indujeron en nuestros
pueblos, primero la depredación de nuestros recursos
naturales, humanos y financieros que han hecho el
colonialismo español y luego el neocolonialismo europeo y el
estadounidense. Como apuntaba el presidente Fidel Castro en
1984 en relación a la deuda externa impuesta a Nuestra
América por la comunidad de países industrializados:

“... A un continente cuya población se duplica prácticamente


cada 25 años, que tiene una cantidad colosal de problemas
sociales, educacionales, habitacionales, sanitarios, de empleo,
le están privando de 45.000 millones de dólares
ilegítimamente de un total de recursos emigrados, sumando
los intereses supuestamente normales, de más de 70.000
millones de dólares...” (Castro, 1985: 161).

En estas condiciones de sobreexplotación, la posibilidad real


de los desarrollos capitalistas nacionales dentro de la
economía mundo-capitalista, como dice Wallerstein (1998:
169), es una meta sencillamente imposible de lograr por
todos los Estados. Para que alguno de los países periféricos al
grupo hegemónico capitalista mundial llegase a alcanzar un
nivel suficiente de acumulación de capitales, sería necesario
que se convirtiese por ejemplo en la economía dominante de
un sistema jerárquico regional de Estados, donde la plusvalía
se distribuyese de manera desigual tanto en el espacio
geopolítico como entre las clases geográficas. Dentro del
sistema capitalista, incluso en la misma Nuestra América,
cualquier nivel preponderante de desarrollo que obtenga una
de las partes de la economía mundo es el reverso de un
proceso inverso, el llamado subdesarrollo, en la parte
contraria. De allí se deduce la importancia estratégica que
revisten mecanismos financieros solidarios y de cooperación
internacional tales como el ALBA (Alternativa Bolivariana para
las Américas), el Banco del Alba y el Banco del Sur,
promovidos por el gobierno bolivariano de Venezuela para
consolidar una futura unión de naciones suramericanas la cual
compense las asimetrías económicas y sociales entre los
diversos países.

En las condiciones ya enunciadas, es necesario exponer con


claridad que la solución a los problemas que plantea a
nuestros pueblos la pobreza, la injusticia y la marginación
social no pueden ser resueltos, como plantean los partidos
políticos de derecha con más capitalismo y más y mejor
mercado, situación que solo contribuirá a aumentar el
subdesarrollo y la dependencia, a ampliar la brecha entre las
minorías ricas y las mayorías desposeídas. Pero al mismo
tiempo es también necesario hacer entender que -como
hemos analizado en capítulos anteriores- el socialismo será
producto de una lucha larga, que no es simplemente el
estadio final de un proceso histórico al cual llegaremos por
inercia, una utopía que nos está esperando en el horizonte,
sino un campo de fuerzas culturales y políticas, un
movimiento ideal, pero también concreto de valores y
principios que tiene ya casi dos siglos de antigüedad el cual
requiere de una estrategia para lograr las condiciones
concretas de realización, que debe estar apuntalado y ser
socialmente construido a partir del debate activo y abierto de
las ideas, de la lucha ideológica, para que podamos
finalmente consolidar su existencia.

Para abrir el camino que nos lleve al socialismo del siglo XXI
es necesario también -como ya hemos tratado de exponer en
capítulos anteriores- sobrepasar la antigua discusión
académica y ortodoxa sobre la existencia a priori de una
línea universal del desarrollo histórico, y entender que si bien
hay principios y leyes generales de la historia, la concreción
del socialismo se lleva a cabo con base a gente que es
histórica y culturalmente diversa. No se trata de construir el
socialismo siguiendo todos la misma receta, traficando el
mismo camino; no se trata de construir un socialismo y una
libertad en abstracto, sino una libertad y un socialismo
histórico en concreto**:

Como nos dice una conocida antropóloga feminista inglesa

"... queramos o no, el pasado es siempre parte del momento


del presente"(Rowbotham 1981: 25, 35).

Para construir el socialismo del siglo XXI necesitamos, pues,


identificar nuestros sujetos del cambio histórico, estudiar y
entender la historia de los pueblos desde sus formaciones
sociales originarias, como método para conocer a esos
sujetos que desmontarán, en su momento, las estructuras
objetivas de dominación, para identificar los agentes sociales
determinados, enraizados en dichas formas históricas
específicas de producción que servirán de palanca para la
meta de crear los hombres nuevos y las mujeres nuevas, la
sociedad nueva (Sanoja y Vargas-Arenas, 1992, 2005, 2008;
Vargas-Arenas 2007ª, Vargas-Arenas y Sanoja, 2006).

Conscientes de la nueva correlación de fuerzas que se está


creando en la sociedad mundial y particularmente en Nuestra
América, los intelectuales orgánicos del imperio han
comenzado a maquillar y actualizar las viejas ideas sobre el
progreso y el desarrollo social bajo nuevos conceptos como
los de la globalización, la modernización y la convergencia.
Según Sanoja :

“…En esta nueva literatura, la globalización es entendida


como un conjunto de cambios en la economía internacional
que tiende a producir una economía global única para bienes
servicios, capital y trabajo que hace imposible entender los
determinantes de la política económica únicamente en el
ámbito doméstico… La hipótesis de trabajo de esta nueva
literatura es que, si los mecanismos de manejo de la
economía convergen, entonces los mecanismos políticos que
se enlazan con la economía (y posteriormente todos los
mecanismos políticos) tenderán a converger…” ( Sanoja,
Pedro 2007: 34)

La teoría de la Convergencia –según otros autores- permitiría


que políticas coloniales como la globalización puedan ser
utilizadas por los científicos sociales que integran los
enclaves del imperio en los países neo-colonizados, sin
sentirse señalados como antipatriotas. Como modernización
entienden los filósofos del imperio no solo la expansión del
capitalismo industrial sino también la transformación y el
reemplazo de las normas y prácticas tradicionales de las
sociedades consideradas periféricas o del Tercer Mundo. La
Teoría de la Convergencia, de la cual parecieran participar
algunos gobiernos suramericanos, plantea, por su parte, que
estructuras similares de la economía, la política y la cultura
pueden coexistir dentro de diferentes regímenes políticos y
culturales, siempre y cuando se puedan crear contextos
culturales dominados por la cultura y los valores capitalistas.
Para lograr estos objetivos, el imperio, los sectores de la clase
media y la gran burguesía de los países que le sirven cuentan
con el concurso activo de los medios de comunicación social,
la industria cultural y los organismos gubernamentales o
privados que formulan políticas culturales que les sirvan de
sustento (Patterson, 1997: 52-55)

Otra propuesta teórica que debería ser revisada desde la


perspectiva actual, es bueno insistir, es la llamada teoría de la
dependencia y el subdesarrollo de los pueblos de Nuestra
América la cual –según nuestra visión de antropólogo- se
apoya o se explica a su vez en la teoría evolucionista del
progreso social, versión del capitalismo desarrollado. Según
esa teoría, sería necesario consolidar el Estado nacional
liberal, promover en nuestros pueblos un crecimiento
cuantitativo de tipo capitalista que nos permita modernizar
nuestras estructuras económicas, para igualar el nivel de
desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por los países
capitalistas del Primer Mundo. Simultáneamente, habría que
reestructurar nuestra relación con el sistema capitalista
mundial para propiciar y estimular en los nuestros las
inversiones de sus compañías transnacionales (Ríos et alíi,
2002).

La tesis de la “modernización” que constituye la racionalidad


subyacente en esta propuesta implica –como ya dijimos en
páginas anteriores- el desarrollo de un proceso destinado a
disolver las bases socioeconómicas y los fundamentos
culturales y psicológicos de las sociedades tradicionales
(Patterson, 1999: 118-121), método aplicado en Venezuela
por el Imperio con el apoyo activo de las instituciones
educativas, culturales y económicas tanto privadas como las
de los gobiernos de la IV República. En el mismo sentido, el
control que ejercen las corporaciones transnacionales sobre
las tecnologías industriales y comerciales permitió y estimuló
que los industrialistas y empresarios locales -para poder
sobrevivir- tuviesen que pactar negocios conjuntos con las
transnacionales. El resultado de ese proceso fue la
desnacionalización de la industria y el comercio tanto en
Venezuela como en el resto de Nuestra América, la apertura
de los mercados nacionales a las mercancías extranjeras, la
alteración de la relación de fuerzas dentro de las clases
dominantes locales, el aumento de la exportación de capitales
hacia las economías dominantes, la disminución de capitales
locales disponibles para la inversión en las diversas
economías nacionales y el empobrecimiento general de las
sociedades (Patterson, 1999: 122; Lander, 2000: 91-128).
Refutando la tesis de la modernización, el economista
venezolano Ramón Losada Aldana (1967:105-106) observa
que -contrariamente a las propuestas de la modernización- el
capitalismo exterior se incorpora a las zonas subdesarrolladas
sólo para transformarlas en fuentes de superbeneficios, para
cuyo fin las transnacionales del Imperio necesitan mantener o
acentuar, que no superar, el atraso y el subdesarrollo, a fin de
fortalecer su posición monopolística y frenar el desarrollo de
las fuerzas productivas nacionales de nuestros países. Cuando
todavía en el siglo XVIII no estaba consolidado el
imperialismo mundial hegemónico, pudo quizás haber llegado
a existir algún tipo de desarrollo nacional independiente por la
vía capitalista en Nuestra América, como intentó lograr el
experimento social de las Misiones Capuchinas Catalanas de
Guayana, Venezuela, entre los siglos XVIII y XIX (Sanoja y
Vargas Arenas, 2005b: 295-306) o el proyecto agroindustrial
de la Argentina en las primeras décadas del siglo XX.

El estado de subordinación existente hoy día entre los países


periféricos y el núcleo de países capitalistas más
desarrollados, hace casi imposible el desarrollo de nuevos
procesos capitalistas autónomos y auténticos, antagónicos al
núcleo capitalista central. Ello demuestra una vez más la
razón por la cual es igualmente imposible conciliar los
intereses del imperialismo con un desarrollo soberano por la
vía burguesa. Por tanto, es necesario comenzar por proponer
una nueva estrategia política y económica que apunte hacia
la creación de una base social antiimperialista, soporte de los
movimientos de liberación nacional y descolonización. Es en
este sentido, que las políticas de Estado para combatir la
pobreza y el atraso que han emprendido países como
Venezuela, aunque moderadas, debilitan los mecanismos de
dominación que utiliza al Primer Mundo capitalista y facilitan,
por esa razón, la promoción de la vía hacia el socialismo. Por
razones opuestas, el imperio estadounidense y europeo y sus
oligarquías subordinadas tales como la colombiana y la
peruana tratan de destruir, detener o degradar los procesos
de liberación que avanzan los pueblos de Venezuela, Bolivia y
Ecuador.

La base para construir una sociedad socialista son los


colectivos sociales. Esta obviedad alude al hecho que dichos
colectivos tienen que estar en capacidad material e
intelectual para participar protagónica y conscientemente en
la construcción de dicha sociedad fundamentada en valores
básicos como la solidaridad y la reciprocidad social, el
respeto por los otros y otras, en una nueva cultura laboral
que asuma como valores la disciplina y la creatividad, el
estudio como un logro que contribuye a mejorar las
condiciones generales de vida de toda la sociedad y no
solamente las individuales. Para lograr esa meta, es necesario
plantearse una estrategia para vencer la pobreza, la
desigualdad y la injusticia social, el individualismo y el
egoísmo que son secuelas del capitalismo.
La abolición de la propiedad burguesa

El proceso de instauración de la propiedad social, elimina la


principal fuente de la desigualdad social: la explotación de los
trabajadores y trabajadoras por una minoría capitalista. Hay
quienes proponen que la primera decisión que se debe tomar
en el proceso de construcción el socialismo es la de abolir de
un plumazo la propiedad burguesa. Much@s de los
proponentes de dicha idea parecen creer que esa decisión
puede ejecutarse por decreto, sin haber creado antes las
condiciones no solo para establecer las nuevas relaciones de
propiedad, sino también para propiciar un modo de vida
socialista alternativo, una nueva cultura socialista. Para abolir
la propiedad burguesa, que no la personal, en las actuales
condiciones impuestas por la hegemonía mundial del Imperio,
es imperativo formar primero y consolidar en los colectivos
humanos, mediante políticas culturales y educativas
revolucionarias, la conciencia social y política de que el
socialismo es necesario, que la pobreza, la desigualdad y la
injusticia social son una condición social derivada del
capitalismo. Es preciso lograr que la burguesía acepte, como
nos dice Theotonio Dos Santos, que:

“...La socialización de la propiedad privada y del proceso de


trabajo es la única forma posible de persistencia de la
propiedad privada, colocada ante un proceso de producción
cada vez más socializado...” (Dos Santos 2007: 85)
La eliminación drástica de la propiedad burguesa fue posible
en las primeras revoluciones socialistas del siglo XX hasta el
fin de la Guerra Fría, incluida la Revolución Cubana, porque el
dominio mundial del imperialismo no era todavía totalmente
hegemónico y luego, como ocurrió en el caso cubano, debido
a la presencia protectora de la Unión Soviética y del antiguo
campo socialista. Por esa razón, las vanguardias
revolucionarias, después de derrotar a las burguesías
respectivas, pudieron asumir el poder, como fue el caso de la
antigua URSS, China o Vietnam, o luego de que la misma o
buena parte de ella huyese al exilio como en el caso cubano.
Una vez concretada la toma del poder, los revolucionari|@s
decretaron de una vez la abolición de la propiedad burguesa y
se dedicaron luego a mejorar las condiciones de vida de la
sociedad. Para poder defender la existencia de las respectivas
revoluciones del acoso bélico del imperialismo mundial, fue
entonces necesario imponer regímenes represivos que
controlasen tanto la contrarrevolución externa como la
interna. Pero una vez desaparecida la URSS, el imperialismo
hegemónico quedó en libertad de imponer a los países
periféricos condiciones y trabas en las luchas para llevar a
cabo sus procesos de liberación.

Para que los procesos de liberación nacional puedan tener


éxito dentro de la ética política democrática que reivindican
hoy los pueblos de Nuestra América y que los países puedan
garantizar su soberanía, es necesario contar primero con la
solidaridad, la fidelidad y la conciencia revolucionaria de los
colectivos sociales, es necesario diseñar políticas públicas
destinadas a mejorar el nivel de vida de la población en todos
los aspectos y a crear una cultura socialista que le sirva de
sustento. Simultáneamente, es necesario también romper la
hegemonía que ejerce la propiedad burguesa en las
relaciones de propiedad, creando otras formas alternativas: la
propiedad social, la propiedad comunitaria, la propiedad
cooperativa y cualquier otra, que acompañen a la propiedad
burguesa y la propiedad personal hasta crear nuevas
relaciones que garanticen la justicia social para todos los
ciudadan@s siguiendo el concepto universal de la unidad de
los contrarios, fuerza motríz de todo desarrollo y movimiento
en la naturaleza. El socialismo en sí mismo- como expresión
del movimiento del cambio universal de la sociedad- implica
una contradicción que es resultado de tendencias en conflicto:
las tensiones internas que la presente crísis esta generando
en el pasado y el presente capitalista y las tensiones internas
que la misma produce tanto en el presente como en el el
futuro socialista (Woods y Grant 1991: 64-68).

La coexistencia temporal de diferentes formas de propiedad


en un período pre-socialista o de transición al socialismo pleno
con predominio de la propiedad social, es coherente con la
propuesta que hace Marx en la Crítica de la Economía Política
cuando nos dice:
“En todas las formas de sociedad existe una determinada
forma de producción que asigna a todas las otras su rango e
importancia: las relaciones esenciales tienen una importancia
preponderante en las actividades que cada una de ellas
desempeña en función de las otras. Se obtiene así una
iluminación general en la que se bañan todos los colores y
que modifica las tonalidades particularidades de cada una de
aquellas. Es como un éter particular que determina el peso
específico de todas las formas de existencia que allí toman
vida” (Marx, 1967: 36.Traducción nuestra).

En una fase ulterior, plenamente socialista, aquella forma de


economía mixta se distinguiría del capitalismo monopólico de
Estado característico del antiguo Socialismo Real en el hecho
que no sería utilizado para beneficio del Estado mismo sino
para promover el desarrollo de las fuerzas productivas de una
nueva sociedad, donde el poder constituyente no debe
reposar en el Estado sino en los colectivos sociales (Vargas,
2007a: 275-295), lo que tambien denomina Giordani como
Modelo Productivo Socialista (Giordani 2009: 117-118). La
propiedad individual seguiría existiendo: las casas y su
mobiliario, las cuentas bancarias, etc., pero dejarían de ser el
privilegio de una clase social minoritaria para devenir un
rasgo general de la distribución justa de la riqueza en la
sociedad socialista venezolana del Siglo XXI. El desarrollo de
los medios colectivos de transporte: trenes eléctricos, metros,
aviones, autobuses, etc., haría superflua la posesión de
vehículos, considerados hoy día como un símbolo del estatus
social, facilitaría la redistribución demográfica y la
integración regional dentro de Venezuela, abarataría los
costos del transporte de personas y mercancías, y reduciría
los niveles de consumo de combustibles fósiles y de
contaminación ambiental (Sanoja, 2008).

Para preservar la existencia de los procesos revolucionarios,


es preciso contar también con la solidaridad de otros países
de la región o fuera de ella que compartan, por lo menos, una
posición antiimperialista como la de la ALBA, ya que el apoyo
que puedan brindar dichos países está determinado por
condiciones políticas internas y externas que median sus
niveles de compromiso con revoluciones radicales (Sanoja,
2008). Sin embargo, a pesar de aquel escenario difícil y
complicado, diferentes gobiernos progresistas de Suramérica
y el Caribe tales como Venezuel Cuba, Honduras y Nicaragua,
algunos países del Caricom, Ecuador y Bolivia, dentro de sus
condiciones sociohistóricas particulares, han tomado la vía de
la justicia social, de los movimientos de liberación nacional y
del socialismo del siglo XXI no como una utopía lejana, sino
como una posibilidad histórica concreta al alcance de
nuestros pueblos.
CAPÍTULO 6.

El método nacionalista revolucionario para construir el


socialismo

El capitalismo originario, como hemos discutido en páginas


anteriores, fue un fenómeno histórico prístino característico
de la sociedad europea occidental. No surgió en el resto de los
continentes como consecuencia del desarrollo histórico
autogestionado de los pueblos, sino que les fue impuesto por
la expansión colonial de las naciones europeas a partir de los
siglos XVI y XVII.

A los fines de entender y explicar las consecuencias que tuvo


la imposición del capitalismo sobre las sociedades
precapitalistas clasistas o igualitarias, creemos interesante
destacar la tesis de Wittfogel (1981: 434-449), quien
consideraba el capitalismo de Estado como una versión
moderna de las antiguas sociedades despóticas asiáticas.
Según dicho autor, el capitalismo de Estado, conocido
también como Socialismo Real, surgió en la Rusia zarista y en
China, por ejemplo, debido a la incapacidad del capitalismo
empresarial privado para promover el desarrollo soberano de
las fuerzas productivas de esos enormes países. Ello explicaría
–dice aquel autor- el carácter industrialista que asumen
ambas revoluciones bajo la dirección de líderes como Stalin y
Mao Ze-dong.
En otros países como La India, otro de los ejemplos
paradigmáticos del modo de producción asiático, la invasión
colonial inglesa instauró el capitalismo empresarial en el siglo
XIX. En la misma Inglaterra, según Wolf (1990: 266-267), el
paso definitivo del Capitalismo Mercantil al industrial se operó
en la segúnda mitad del siglo XVII, gracias al desarrollo de la
industria textil del algodón que tuvo inicialmente su centro en
Mombay, India. El centro de de manufactura del tejido fue
trasladadó posteriormente a Manchester, donde hacia
mediados del msmo siglo sirvió para consolidar la hegemonia
mundial, industrial y comercial del imperio británico,
fomentando asi mismo la formación de un importante sector
del proletariado industrial inglés..

No obstante los impresionantes logros tecnológicos y el


crecimiento económico actual del sector capitalista
(¿despótico?) de la sociedad hindú, la mayor parte de la
misma continúa sumida en la miseria, la pobreza y el atraso.
Igual podríamos decir de Pakistán, contraparte islámica de La
India, donde el éxito logrado por la comunidad capitalista
militarista gobernante al construir un arma nuclear, contrasta
con la profunda situación de injusticia social, dictadura y
despotismo que sufre la sociedad de dicho país.

El despotismo, como vemos, no es un método de dominación


y explotación de la fuerza de trabajo privativo de un sistema
político. En la época histórica contemporánea, tanto en Asia
como África y Nuestra América, el capitalismo europeo y
estadounidense ha intervenido e interviene para propiciar la
instauración de regímenes despóticos que defiendan las
inversiones de capital foráneo y desalienten el desarrollo de
formas productivas capitalistas nacionales salvo en el sector
comercial. Un ejemplo trágico de este proceso son la
Colombia y el Peru actual , donde las transnacionales
europeas y estadounidenses han implantado un sistema de
gobierno despótico que, mediante el terror militar y
paramilitar, está expulsando a los campesin@s e indigenas de
sus tierras para desposeerl@s e implantar complejos
agroindustriales para luego, mediante el llamado “Tratado de
Libre Comercio” con Estados Unidos, terminar de apoderarse
de todas inversiones y negocios locales. Estas acciones
responden a la definición de la llamada empresa privada
como núcleo del Estado capitalista neoliberal, cuyo
crecimiento y desarrollo se realiza mediante la apropiación de
las finanzas, la industria, el comercio, la cultura y los medios
de comunicación por el capitalismo de Estado transnacional
burgués que asume, a su vez, formas políticas despóticas en
los Estados más débiles.

El Estado como práctica socialista

Como consecuencia de la actual correlación de fuerzas que


domina actualmente el panorama internacional y de la
profunda crisis estructural que sacude los fundamentos del
capitalismo hegemónico del núcleo de países del primer
mundo, consideramos que el Estado nacional tendrá que
seguir existiendo todavía por mucho tiempo más. En los
países capitalistas desarrollados las elites gobernantes,
actuando de manera pragmática para capear la grave crisis
que sacude al sistema en el momento actual, han actualizado
las funciones del Estado interventor, autoritario, que surgió en
la sociedades mercantilistas del siglo XVI y dominó hasta bien
entrado el siglo XX (Dos Santos, 2004: 85-93) haciendo a un
lado la ortodoxia neoliberal del libre juego de mercado,
culminando en diversos casos con la nacionalización abierta o
velada de las instituciones bancarias o grandes corporaciones
industriales.

Los gobiernos del G8 han asomado como solución a la crisis


actual del capitalismo en sus países, apoderarse de los
recursos naturales y del capital financiero acumulado en los
países de la periferia y en particular de Nuestra América, para
inyectar liquidez en su sistema financiero y apropiarse así
mismo de los activos energéticos y otros minerales, de los
suelos agrícolas, de los alimentos, el agua y la biodiversidad;
intentan así reeditar lo que hicieron con nuestros pueblos las
mismas potencias coloniales en el siglo XV, para remontar la
crisis estructural de la sociedad feudal y fomentar el
desarrollo del capitalismo mercantil. Para ello necesitan
desestabilizar los gobiernos progresistas y nacionalistas que
se oponen al despojo de sus recursos y debilitar los Estados
nacionales.

Los países periféricos como Venezuela en la actualidad


resisten y se esfuerzan por independizarse de la tutela
colonial del imperio estadounidense y europeo occidental,
quienes intentan socavar la estabilidad del gobiernos
revolucionario. Es por ello que, por ahora, el reforzamiento de
nuestro Estado nacional es una garantía para la preservación
de nuestra soberanía.

En el caso venezolano no nos referimos al reforzamiento del


Estado burgués heredado de la IV República, el cual ha sido y
sigue siendo fuente de calamidades para nuestra sociedad:
nos referirnos al papel del Estado nacional como práctica
social de la resistencia antiimperialista, como un organo de
poder completamente subordinado a los intereses colectivos
de la sociedad socialista (Marx 1963: 241). En este sentido no
estamos aludiendo a su función como representante
hegemónico del capital monopolista, sino al “dispositivo
reputado como social o de interés general del Estado, que
supuestamente corresponde por excelencia a la socialización
de las fuerzas productivas...” como condición necesaria para
las intervenir la economía y en general las relaciones sociales
de producción, cuando un movimiento revolucionario
progresista y nacionalista –como sería el caso de nuestra
revolución bolivariana- acceda al poder (Pulantzas, 1980: 238,
231. Énfasis nuestro). El verdadero Estado socialista
revolucionario debe ser concebido entonces como una
práctica social “donde se sustituye una relación de sumisión
despótica por una relación entre personas con igual poder de
decidir, es decir, una relación que respete la soberanía de
todos los participantes” (Del Búfalo, 2005: 30), esto es, un
Estado que reconozca que el poder constituyente está en
manos de la gente, que es propiedad de los colectivos
sociales organizados tales como nuestros consejos
comunales, como garantía para superar las trabas que surgen
del tecno-burocratismo (Harnecker 2008). Como ha expresado
también Pérez Pirela (2008: 17,) “...ya no será el pueblo
quien transfiera su poder al estado, sino que el pueblo mismo
gestionará parte del poder a través de formas de
autogobierno... “ entendiendo como tal “... el pueblo político
como una figura de resistencia frente al poder instituido, sea
este Estado Central, Gobernación, Alcaldía, Banca, Religión,
Medios de Comunicación, Partido, Imperio, etcétera... quien
transfiere el poder a otro lo hace porque, en realidad, lo
tiene...”, A este respecto es oportuno y muy relevante citar
también el pensamiento de Samir Amìn (1989: 222) sobre la
construcción del socialismo en las sociedades perifèricas al
grupo de países capitalistas centrales, en las cuales existen
conglomerados humanos heterogéneos que han sido y son
victimas del capitalismo, capaces de rebelarse y resistir, pero
que necesitan actuar dentro de un espacio històrico propicio,
apoyadas por una fuerza social capaz de organizar a las
clases populares, que sirva como catalizador de un proyecto
social alternativo al capitalismo y dirija la acción
antiimperialista. Una propuesta similar es la de Vargas Arenas
(2007a: 287-295; 2007b), quien señala concretamente el
papel que juegan o deberían jugar en la experiencia
revolucionaria bolivariana los consejos comunales como un
proceso creativo de auto-organización popular, enraizado en
nuestras formas de organización comunal pre-colonial,
organizaciones populares a partir de las cuales se podrìa
construir, de abajo hacia arriba un tejido social, una
estructura de poder popular caracterizado por la emergencia
de nuevas subjetividades colectivas enfrentado al poder
constituido (Harnecker 2006). Un ejemplo concreto es la
victoria popular del Partido Socialista Unido Venezolano al
obtener en las elecciones de Diciembre 2008 el 77% de las
gobernaciones de estados y el 80% de las acaldías a nivel
nacional; esto último refleja, a nuestro juicio, que el poder
popular constituyente, representado en este caso por las
comunidades y consejos comunales, escoge mayoritariamente
a los candidatos socialistas para gestionar los asuntos que
estan más cerca de su vida cotidiana. Este hecho afirma la
opinión de Vargas Arenas según la cual, ésta sería la única
manera, como el pueblo venezolano podría romper con la
relación capitalista representada en el Estado burgués gestor
de dichas relaciones, creando así la nueva hegemonía cultural
–en el sentido gramsciano- que nos permita construir una
sociedad socialista. En este sentido, citando de nuevo a Samir
Amìn, podrìamos decir: que:

“…las revoluciones socialistas son, entonces, revoluciones


nacionales populares que han logrado su objetivo mediante
una desconexión basada en un poder no burgués, mientras
que los movimientos de liberación nacional, dado que han
quedado bajo a dirección de la burguesía, no han realizado
todavía su objetivo… La revolución nacional popular es por
ello una necesidad objetiva cada vez más importante y la
exclusión de la burguesía da una responsabilidad histórica
creciernte a las clases populares y a la inteliguentsia
susceptible de organizarla…” ( Amín 1989: 225, 227).

Los diversos procesos de descolonización y liberación nacional


que están teniendo lugar en diversos países de Suramérica
bajo el impulso de los movimientos sociales, muestran
claramente la veracidad de las propuestas anteriores, ya que
los Estados nacionales en dichos países están pasando y
deben pasar de ser un simple instrumento para la
reproducción del capitalismo, a devenir una práctica social
que representa los intereses de los diferentes colectivos
sociales que voluntariamente quieran participar en la
construcción de naciones soberanas, liberadas de la
dominación de las transnacionales y los gobiernos del
Imperio. Es oportuno recordar a este respecto que el
Libertador Simón Bolivar en su mensaje a los legisladores del
Congreso de Angostura en 1819, le señaló un nuevo rumbo
al Derecho Público Americano: no más imitaciones
subalternas de instituciones exóticas para la realidad del
Nuevo Mundo. Simón Bolivar ofrecía a la inteligencia
americana la oportunidad histórica de independizarse de la
inteligencia europea de la misma manera como se estaba
emancipando de su dominio político" "... las leyes deben ser
propias para el pueblo que se hacen..." "¡He aquí el código
que debíamos consultar y no el de Washington..." (Lievano
Aguirre 1988: 248)

Diversas opiniones expresadas tanto por sectores de la


“izquierda neoliberal” como de la derecha imperialista más
retardataria, han enfatizado el carácter negativo de las
supuestas tendencias neo-estatistas e intervencionistas. Sin
embargo, creemos necesario aclarar que el término
estatismo autoritario se ha empleado para aludir a la
confiscación estatal de todas las esferas de la vida económica
social articulada con la decadencia de las instituciones
democráticas, la libertad y los derechos humanos
correspondiente a la actual fase imperial del capitalismo
monopólico transnacional (Poulantzas, 1980: 248-249) tal
como ocurre en Estados Unidos, o en las sociedades
imperialistas delegadas actuales tales como Chile, Colombia,
Perú, entre otras. Dicho término no se corresponde con las
intervenciones en la economía que han tenido que asumir los
gobiernos revolucionarios de Venezuela, Bolivia y Ecuador,
frente a la ofensiva desestabilizadora emprendida por Estados
Unidos, la Comunidad Europea y el gobierno de Colombia,
las cuales no pueden compararse con las intervenciónes de la
burocracia política o político-empresarial, como fue el caso en
Venezuela durante la IV República, que tenían como fin
apropiarse de la plusvalía producida por las empresas del
Estado (Vargas-Arenas y Sanoja, 2006: 282-284).

La agenda de la Fundación para el Análisis y los Estudios


Sociales (FAES), ya mencionada (Roitman, 2008), sostiene
que “…el neoestatismo es una amenaza ideológica ya que
culpa al neoliberalismo de todos los males de la región…”
(nuestramericana), culpa que ha sido fehacientemente
establecida por el fracaso del proyecto neoliberal en promover
el bienestar de los pueblos, donde quiera que se haya
aplicado en Nuestra América. Sin embargo, se puede
constatar que el Estado, entendido esta vez como práctica
social de resistencia al imperialismo, está resurgiendo
igualmente en Suramérica y el Caribe como consecuencia del
fracaso histórico del capitalismo empresarial privado para
preservar la soberanía nacional, para dar solución a los
problemas de la pobreza y el subdesarrollo que creó su
imposición violenta y forzada a nuestros pueblos originarios.
El desarrollo autónomo de las fuerzas productivas en los
países subdesarrollados, sólo es posible vía el Estado cuando
éste se organiza como práctica social de resistencia al
imperialismo a través del método del nacionalismo
revolucionario que es, a nuestro juicio, la etapa inicial del
camino que nos llevaría hacia la sociedad socialista.

La urgencia de construir una sociedad socialista del siglo XXI


en Venezuela, como también en otros países de Suramérica,
se origina en un hecho incontrovertible: mientras los procesos
socialistas tienen como meta lograr el desarrollo pleno de los
hombres y mujeres como seres sociales, el capitalismo,
particularmente en su presente fase neoliberal, persigue un
objetivo contrario; al privilegiar la preeminencia del capital
sobre el trabajo ha degradado el medio ambiente, las
condiciones materiales del trabajo, provocando igualmente la
devaluación de las condiciones culturales y sociales de los
pueblos. Por las razones antes expuestas, el capitalismo
neoliberal dejó de ser un medio de desarrollo de las fuerzas
productivas para convertirse en un gigantesco freno al
desarrollo económico y social de los pueblos (Vargas-Arenas,
1999: 53).

El socialismo del siglo XXI es una fase histórica de transición


en el proceso de desarrollo democrático participativo de los
pueblos, de la construcción de una nueva Formación
Económico Social Socialista, caracterizada por la planificación,
el desarrollo orgánico de las fuerzas productivas, la
información sobre todas las necesidades de la sociedad
sistemáticamente investigadas y divulgadas, la satisfacción
de las necesidades colectivas elevada al rango de objetivo
esencial de la gestión pública, la administración de las cosas
al servicio de todo el pueblo, la desaparición o reducción en
intensidad de los antagonismos de clase, de la injusticia
social. Bajo el socialismo se puede orientar la espontaneidad
social hacia la reconstrucción de una democracia participativa
donde, sin aplastar la conciencia privada, domine la
conciencia pública y política, la conciencia de los ciudadan@s
integrad@s en colectivos que reflejen la voluntad
trasformadora del pueblo (Lefebvre, 1959: 47-51). En este
sentido, la democracia socialista sería diferente a la
democracia burguesa la cual fundamenta su existencia en la
desigualdad social, que trata no con colectivos sociales sino
con individuos aislados, explotados por leyes del mercado
controladas por una minoría de capitalistas. ¿Hacia dónde va
el socialismo del siglo XXI? Hacia una sociedad donde todos
los hombres y las mujeres alcancen la plena conciencia social,
la libertad de realizar el potencial de sus vidas (Sanoja, 2008).

Consideramos que el socialismo es la única alternativa que


garantiza la resolución definitiva del subdesarrollo; así mismo,
creemos que el socialismo es una construcción social que
necesita asentarse sobre bases sólidas si queremos que sea
históricamente viable. A este respecto, el maestro Maza
Zavala proclamaba en 1967 como condición imperativa para
llegar a un modelo de desarrollo socialista, la necesidad que
tenía Venezuela
“…de un nacionalismo revolucionario que apuntase hacia la
liquidación del enclave capitalista extranjero, la liquidación
del régimen agrario latifundista, la pérdida del poder de la
oligarquía interna, el desarrollo de un poderoso sector público
de economía básica, con el dominio de todos los mecanismos
estratégicos del proceso de distribución y la convivencia con
un sector privado limitado en cierta gama de actividades
productivas y de servicios, dentro de la esfera puramente
económica…” (1967: 29).

En una obra posterior, Maza Zavala concretó el desarrollo de


aquel concepto, que consideramos importante citarlo en su
extensión:

“En una época como la presente, tan conmovida por las


múltiples manifestaciones de la crisis que afecta a los
patrones esenciales del modo capitalista de producción y de
vida y por los procesos de renovación y crítica que toman
impulso en el mundo socialista, hasta el punto de que formas
y contenidos se confunden y se llega a poner en duda la
validez de las leyes históricas y del cambio del orden social,
se hace indispensable establecer prelativamente el principio
orientador de la crítica social y de las transformación
revolucionaria de la realidad: este principio, para nosotros
fuera de toda duda, es la democracia socialista. Perseguimos
la liquidación de la dependencia a que está sometida la
nación venezolana, del subdesarrollo que bloquea las fuerzas
del crecimiento orgánico de nuestra economía y del bienestar
social, de la alienación de nuestra cultura y de nuestra
identidad de pueblo; y porque perseguimos eso, planteamos
la exigencia de la liquidación del capitalismo que ha adquirido
en nuestro país sus características más negativas, más
deformantes, más destructivas, más desnacionalizadoras y
más destructoras de la calidad de vida… cuya característica
dominante es la expansión y la profundización del
supermonopolio, la concentración creciente del poder de
acumulación y de extracción de ganancias “ (Maza Zavala
1985: 70-71).

Consideramos necesario, desde este punto de vista,


profundizar el análisis de la función que cumpliría el Estado
como praxis de resistencia antiimperialista en la fase
nacionalista revolucionaria del proceso socialista, entendiendo
que se trata de una nueva forma de organización política,
económica, cultural y social que asumiría el Estado, en la fase
de transición hacia la construcción del socialismo,
particularmente en países periféricos al núcleo de países
desarrollados donde el modo de producción capitalista
dependiente se convierte en una traba para el desarrollo de
las fuerzas productivas. Ello es consistente con lo expuesto
por Borón sobre la naturaleza dialéctica del Estado el cual,
dice dicho autor:

“no es una entidad metafísica sino una criatura histórica,


continuamente formada y reformada por las luchas de clases,
sus formas difícilmente puedan ser interpretadas como
esencias inmanentes flotando por encima del proceso
histórico…” (Borón 2002: 108).

Para comprender más claramente la diferencia que


proponemos entre el Estado como práctica de resistencia
social y cultural en Nuestra América y sus otras
manifestaciones fenoménicas en la actualidad, tratamos en
este ensayo de establecer tentativamente, con vistas a una
discusión futura, tres tendencias históricas actuales del
Estado relacionadas con el antiguo socialismo real, la antigua
social-democracia latinoamericana (pre-neoliberal) y el
socialismo del siglo XXI:

A) Un tipo de capitalismo de Estado que podría definirse


como un sistema redistributivo centralizado de la plusvalía
socialmente producida, el cual tendría como característica
la reproducción de una sociedad jerárquica con una clase
política-burocrática dominante. Ejemplo de220la primera
serían la antigua URSS y la República Popular China que
podrían considerarse como expresión del socialismo
burocrático del siglo XX.

B) Un sistema capitalista centralizado, expropiador de la


plusvalía socialmente producida para redistribuirla
principalmente entre una clase política minoritaria
burocrática-empresarial dominante y, colateralmente con
la mayoría de la población, reproduciendo un Estado
opresor, socialmente injusto y proimperalista. Ejemplos
emblemáticos de esta alternativa en Nuestra América
serían el antiguo régimen del Partido Revolucionario
Institucional de México y, en Venezuela. la IV República o
régimen bipartidista de Acción Democrática y COPEI.

C) La existencia de un tipo de Estado socialista que podría


definirse como un sistema redistributivo-generativo,
participativo y descentralizado de la plusvalía socialmente
producida vía las instituciones de poder popular, como las
misiones, comunas y consejos comunales en el caso
venezolano, que apuntaría hacia la disolución de las
estructuras jerárquicas de la sociedad burguesa para crear
una sociedad igualitaria estructurada en redes sociales
solidarias transversales. Ejemplo de lo anterior serían el
modelo nacionalista revolucionario bolivariano considerado
como la fase inicial del socialismo venezolano del siglo XXI,
el modelo socialista desarrollado por la Revolución Cubana
y lo que podrían devenir los procesos revolucionarios de
Bolivia y Ecuador.

Para comprender a cabalidad la diferencia entre el Estado


como expresión del socialismo del siglo XXI y aquel que es
expresión de los intereses del capitalismo burgués, es
importante volver a citar Borón, quien nos ofrece una
acertada descripción de lo que consideramos el tipo 2 y las
políticas represivas que desarrolla el Estado nacional
capitalista dependiente en Nuestra América (e igualmente en
otras partes del mundo) para apuntalar la organización de
regimenes capitalistas cada vez más injustos y desiguales.
Dichos regímenes, que tienen como finalidad la reproducción
ampliada de la pobreza y la exclusión de la mayoría de las
poblaciones para enriquecer cada vez más las oligarquías
locales y a sus amos metropolitanos, estarían caracterizados
por un modelo de políticas regresivas y antipopulares que
podría caracterizarse por:

“concesión de subsidios directos a las empresas nacionales;


gigantescas operaciones de rescate de firmas y bancos
costeadas, en muchos casos, con impuestos aplicados a
trabajadores y consumidores; imposición de políticas de
austeridad fiscal y ajuste estructural encaminadas a
garantizar mayores tasas de ganancia de las empresas;
devaluar o apreciar la moneda local a fin de favorecer algunas
fracciones del capital en detrimento de otros sectores y
grupos sociales; políticas de desregulación de los mercados;
´reformas laborales´ orientadas a acentuar la sumisión de los
trabajadores al tiempo que se facilita la ilimitada movilidad
del capital; ´ley y orden´ garantizados en sociedades que
experimentan regresivos procesos sociales de
reconcentración de riqueza e ingresos y masivos procesos de
pauperización; la creación de un marco legal adecuado para
ratificar con todas la fuerza de la ley la favorable correlación
de fuerzas de que han gozado las empresas en la fase actual;
establecimiento de una legislación que ´legaliza´ en los
países de la periferia, la succión imperialista de plusvalía y
que permite que las superganancias de las firmas
transnacionales puedan ser libremente remitidas a sus casas
matrices…” (Borón 2002: 112). Cualquier lector avezado en
el estudio de nuestra historia contemporánea podría
identificar sin vacilación los gobiernos venezolanos de la IV
República entre 1958 y 1998 y el actual gobierno de Estados
Unidos de América.

Definición del método nacionalista revolucionario

En los países subdesarrollados y dependientes, las oligarquías


antipatriotas locales forman el núcleo duro de los enclaves
transnacionales que reproducen el atraso y la dependencia.
Para enfrentar esa situación, Losada Aldana (1967: 188-189)
propuso la formulación concreta del modelo llamado
revolucionario nacional, fase inicial de la sociedad socialista,
el cual correspondería con el tipo 3 o Estado socialista ya
mencionado, igualmente comprometido con los procesos
revolucionarios mundiales. Dicho modelo (o método según
nuestro razonamiento) se fundamentaría en la nacionalización
total o parcial de los medios básicos de producción,
particularmente los dedicados a la producción de energía, el
mantenimiento de la soberanía financiera, de la producción de
alimentos para sostener la soberanía alimenticia, a la
producción de servicios en el área de la comunicación, la
información, la cultura y la educación y, finalmente, en
nuestro caso particular, a la nacionalización del enclave
capitalista extranjero, excluido el capitalismo interno. Esta
última condición, que podría ser tachada de reformista, se
explica por el hecho que este método supone como condición
la existencia de una fase o frente político de lucha por la
liberación nacional dentro de la lucha de clases, donde
pueden tener cabida igualmente los capitalistas nacionales
patriotas y honestos, frentes que facilitaron la lucha por la
liberación nacional en países como Argelia, Vietnam, Iran,
Nepal, China, Nicaragua, EL Salvador, etc., entre otros. Los
movimientos sociales tienen que organizarse como clase en
su propio país ya que este es la palestra inmediata de sus
luchas, aunque esta lucha es nacional, no por su contenido,
sino por su forma (Marx 1963: 237).

De lo anterior se asume que la vía democrática hacia el


socialismo designa un proceso largo, cuya primera fase
implica la impugnación de la hegemonía del capital
monopolista, mas no la subversión radical de todo núcleo de
las relaciones de producción, a riesgo de que las oligarquías
subsidiadas por el imperialismo estadounidense puedan y
logren efectivamente sabotear los procesos revolucionarios
(Poulantzas, 1980: 242).

La política cultural socialista: método ideológico para el


cambio revolucionario

La condición esencial para garantizar la transición de esta


fase de nacionalismo revolucionario hacia la sociedad
socialista, es la formulación de un proyecto cultural educativo
destinado a formar los valores sociales y culturales, la
conciencia crítica y reflexiva que debe animar a los
ciudadan@s para que construyan y hagan crecer el
socialismo. Como hemos expuesto en otra de nuestras obras
dedicada a análizar los contenidos històricos, culturales y
sociales de la Revoución Bolivariana:

“… Todo Estado nacional incluye en su proyecto político,


pues, la producción y reproducción institucionalizada de una
cultura, lo que equvale decir, que todo proyecto político es en
sí mismo cultural y posee una expresión cultural. Una nación,
entonces, como proyecto político, es un hecho cultural…”
(Sanoja y Vargas-Arenas, 2008: 167).

La construcción del socialismo es parte consustancial de la


lucha de clases, de la movilización ideológica donde deben
prevalecer los sujetos políticos revolucionarios. Esta
movilización ideológica es condición necesaria para que el
pueblo pueda identificar aquel objetivo decisivo como una
conclusión que se impone racional y culturalmente a partir de
la educación, para que logre definir claramente lo que es
posible lograr en esta fase de la lucha y –particularmente-
cómo se podría dar la construcción del socialismo (Lenin
1976: 132).,

La ideología es el medio a través del cual opera la conciencia


del ser. La ideología incluye tanto la cultura como las
experiencias de la vida cotidiana, las doctrinas intelectuales,
la conciencia de los actores sociales, los sistemas de
pensamiento y los discursos institucionales de una sociedad
dada (Therborn, 1987: 2). Solo es posible crear una cultura de
la Revolución, si se crean los medios educativos para conocer
con precisión y objetividad el acervo de conocimientos
conquistados por la humanidad bajo el yugo de la sociedad
capitalista (Lenin 1976: 129). De alli se deduce, como hemos
señalado en otros trabajos (Vargas Arenas y Sanoja 2006:
185-2008) la importancia que tienen los Museos de Historia,
Ciencia y Tecnología para la formación de la conciencia
histórica en los colectivos sociales. La elaboración de políticas
culturales revolucionarias para ganar la mente y el corazón de
los ciudadan@s, distintas a las de la cultura burguesa, es el
componente más estratégico para la construcción del
socialismo. De ellas depende, “si se actúa con buena decisión
y dirección, que se logre humanizar los grupos de
venezolan@s e igualmente a los ciudadan@s de otros países
que han sido deshumanizad@s por el capital extranjero,
alejándolos simultáneamente de sus tradiciones, de su pasado
histórico y cultural, haciendo que su medio social y natural, su
lengua, sus costumbres, sus valores morales y sus ideales
sean extraños a esos pobres seres, cuya mente ha sido
disociada sicóticamente por las campañas mediáticas
traidoras para que acepten como suyos los del colonizador
extranjero” (Quintero, 1968:112).

Si esa condición no se cumple, el Estado como práctica social


de resistencia podría tornarse en una forma regresiva de
capitalismo despótico burgués del tipo 2 ya descrito. Las
movilizaciones ideológicas tienen un definido carácter
existencial que se apoya a su vez en la movilización de la
subjetividad individual de los hombres y mujeres
comprometid@s con el socialismo. El objetivo de una política
cultural revolucionaria es el de crear en los colectivos
sociales una ideología revolucionaria que se concrete a su vez
en una ideología de clase, sin la cual el asalariado se
deshumaniza, zozobra en el pragmatismo y pierde la
conciencia social y política sobre la necesidad de resolver los
problemas que retardan o impiden el desarrollo soberano de
su nación y de su clase social.

Como observó Engels (1975: 148-151), el mejoramiento y la


resolución definitiva de las carencias que limitan la calidad de
vida material, proceso que impacta las dimensiones
culturales que conforman la subjetividad humana, es una
condición necesaria para construir el socialismo, pero no es la
meta final del mismo. Ello cobra particular importancia en los
procesos revolucionarios que tienen como tarea -tal es el
caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador- resquebrajar regímenes
capitalistas que se encuentran en crisis. En estos casos, la
ejecución de acciones directas e inmediatas son las que
tienen mayor urgencia e importancia.

La movilización ideológica de la sociedad con base a las


experiencias, valores y símbolos del pasado, es un
componente de la movilización nacionalista entendida como
práctica social antiimperialista. Sin embargo, es igualmente
necesario movilizar el futuro contra el presente: el logro de
una sociedad justa como garantía de la victoria final sobre la
injusticia presente. El imperialismo, como hemos visto, adopta
también medidas preventivas contra el futuro utilizando el
miedo como mecanismo de dominación, lo que se denomina
movilización por miedo anticipado (Therborn, 1987: 99), tal
como ocurre en Venezuela con la ofensiva mediática externa
e interna, armada por las transnacionales de medios de
comunicación privados, contra el movimiento bolivariano que
lidera nuestro presidente Hugo Chávez.

El sistema ideológico de las sociedades nunca es estático,


sino que cambia constantemente según las prácticas y
condiciones históricas. Cuando aquel no constituye una
amenaza seria para el régimen dominante, puede derivar en
un simple cambio formal de los diferentes agentes políticos,
de las condiciones que inciden en la formación de las nuevas
generaciones, cosa que ocurriría, particularmente, en
aquellos regímenes muy condicionados todavía por
coyunturas dramáticas del pasado. Dichas coyunturas pueden
influir también en los nuevos agentes políticos
revolucionarios, desplazando el viejo discurso de los
dominadores, determinando una nueva correlación de fuerzas
diferente a la que existía en la sociedad anterior o en otras
sociedades que experimentan similares procesos de cambio
histórico. Esto puede llevar también –como en el caso de
nuestra revolución bolivariana- hacia un tipo de movilización
ideológica por el ejemplo que puede inspirar también contra-
ejemplos en el discurso de las antiguas clases dominantes del
propio u otros países, como es el caso en Bolivia y Ecuador en
relación al proceso bolivariano venezolano. Las ideologías son
un arma de doble filo, ya que así como pueden consolidar los
sistemas de poder, mal concebidas pueden ser también la
causa de su hundimiento y su desviación. Ésta es la tarea
teórica y políticamente decisiva… pero la tarea no ha hecho
más que comenzar (Therborn, 1987: 99-101).

El Estado como praxis antiimperialista: motor del


desarrollo revolucionario

Tanto el capital transnacional como el sector de la burguesía


que representa sus intereses en los países, como ya se dijo,
son parte orgánica de las estructuras del subdesarrollo y el
atraso, incluyendo la dependencia cultural de los centros
metropolitanos del Imperio. Para entender la razón de la fase
revolucionario nacionalista, como se ha explicado, baste
considerar la diferencia neta que existe generalmente entre el
bajo nivel de inversiones que hacen las transnacionales en los
países dependientes y subdesarrollados, el enorme volumen
de capitales repatriados hacia sus casas matrices en las
metrópolis imperiales, así como el fortalecimiento de las
diversas formas de dependencia y penetración cultural. Por el
contrario, corroborando la eficacia de la estrategia
revolucionaria nacionalista, podemos ver cómo se recuperan
las formas culturales de los pueblos y se intensifica y orienta
racionalmente el proceso nacional de acumulación de
capitales en los países que han nacionalizado todos o parte de
los medios básicos de producción, como es el caso de
Venezuela, Cuba, Bolivia y Ecuador. Como señaló el
antropólogo venezolano Rodolfo Quíntero (1968:112):

“… La liberación de las masas populares implica la liberación


de la personalidad. Las culturas nacionales, al abrir a todos
los venezolanos el camino hacia la ciencia, los conocimientos
y la actividad política, minan las bases del individualismo
fomentado por la colonización y sienta las bases de la
combinación orgánica de los intereses personales y los
colectivos, sin lo cual no es posible un desarrollo multilateral
de la personalidad…”

Este “mal ejemplo” es el que el Imperio se apresta a


obstaculizar y castigar para impedir que otros países lo
imiten, ya que la liberación de las masas populares para que
éstas se hagan dueñas efectivas de su riqueza nacional,
reduce el volumen de la renta imperial que los pueblos
dominados deben pagar anualmente a los bancos del Imperio
por concepto del pago del capital y los intereses de la deuda
externa para mantener la liquidez del sistema financiero
transnacional. Como estamos viendo en la coyuntura actual,
el proceso de gran acumulación de capitales existente en
Brasil, Argentina y Venezuela parece haber causado, en
buena parte, el descalabro de la banca imperial,
particularmente del Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial.

Puesto que el objeto del Estado como praxis de resistencia


antiimperialista es promover la acumulación de capitales
para la inversión productiva y la creación de una nueva
sociedad, de una nueva cultura que nos conduzca hacia la
independencia nacional, hacia el socialismo, el Estado debe
ser el factor más dinámico del desarrollo social, sustituyendo
en este caso el papel que cumple la burguesía en el modelo
capitalista “puro”. Esto se explica porque al controlar el flujo y
el proceso de acumulación de capitales y crear los nuevos
valores de la cultura socialista, se fortalece la soberanía
nacional frente a la voracidad del Imperio y sus
transnacionales; se explica igualmente porque, como
acotamos en párrafos anteriores, las revoluciones socialistas
ocurren en aquellos países dependientes de la periferia
capitalista donde las burguesías nacionales no son capaces de
superar el estancamiento del subdesarrollo, debido
fundamentalmente a la interferencia negativa de las
estructuras capitalistas externas o transnacionales que son
factores del subdesarrollo mismo. Si la nacionalización ha sido
parcial, como sería el caso actual de Venezuela, el método
nacionalista revolucionario debería tender a movilizar los
capitales privados hacia la inversión productiva que requiere
el desarrollo social nacional (Losada Aldana, 1967: 190).

Los Estados nacionales de nuevo tipo

Tal como podría ocurrir en Suramérica si se dan las


condiciones políticas adecuadas, las economías
revolucionarias nacionales podrían fusionarse o relacionarse
dentro de contextos regionales más amplios, en la medida
que ello suponga la creación de un Estado multinacional de
nuevo tipo, soportado en el modelo nacional revolucionario o
antiimperialista. Ello alude a un tipo de Estado multinacional,
desregulado en su interior, donde el actual Estado nacional no
desaparecería, sino que reconstituiría y generaría nuevas
formas de regulación orientadas hacia la lucha contra la
dependencia y la dominación neocolonial, en términos de
colectivos más amplios y organizados que los primigenios
Estados nacionales individuales, englobando mercados
solidarios más amplios y organizados, con mayor capacidad
de intercambio y consumo de bienes materiales y culturales
(Vargas, 2007a).
En el caso de Suramérica y el Caribe, es posible crear
estructuras, étnicas y culturales, así como de intereses
estratégicos económico-políticos y económico-sociales
comunes (Sanoja y Vargas-Arenas, 2005a:152). En este caso,
la lucha contra el subdesarrollo, la dependencia, la pobreza y
el atraso serían una meta común a lograr de manera conjunta
por los diferentes Estados asociados. Como ha dicho Lefebvre,
es el reflejo de aquellos problemas y necesidades en la vida
cotidiana, lo que determinará la formación de un vínculo
entres los miembros de aquellas sociedades:

“...Aquellas necesidades en la vida cotidiana son una fuerza


cohesionadota para la vida social, aún en la sociedad
burguesa y ellas, no la vida política, son el vínculo
real...”. (Lefebvre 1991: 91, enfasis nuestro).

De la misma manera, un proceso regional armónico de


acumulación de capitales, de desarrollo cultural socialista,
permitiría la conformación de un polo de desarrollo alternativo
al del Imperio, capaz de mantener relaciones de
complementariedad con otras formaciones nacionales
revolucionarias o no imperialistas que existen en otras partes
del mundo.

En los actuales momentos, 2009, el capitalismo está viviendo


una de sus crisis estructurales más severas, la cual puede
llegar a comprometer inclusive la hegemonía mundial que
detenta la cabeza del Imperio, Estados Unidos. Esta crisis
sistémica generalizada del capitalismo, podría acentuar aún
más el carácter belicista y colonialista del gobierno
transnacional estadounidense, ya que a la crisis financiera
especulativa se suma otra de mayores proporciones: el
deterioro de la economía productiva y el agotamiento de las
reservas petroleras mundiales. Como discutiremos más
adelante, en la actual coyuntura mundial las mayores
reservas mundiales de hidrocarburos líquidos o gaseosos no
se encuentran en el espacio territorial de los países
capitalistas desarrollados, sino precisamente en naciones que
forman parte de su periferia como Rusia, Arabia Saudita,
Venezuela, Bolivia e Irán, todos los cuales, excepto Arabia
Saudita, están enfrentados en mayor o menor grado al poder
hegemónico de Estados Unidos. Este hecho tiene una
relevancia especial para comprender el futuro y las
posibilidades de triunfar o permanecer que tienen los
movimientos socialistas de los países periféricos.

En el pasado, los movimientos socialistas exitosos


ciertamente no se produjeron como consecuencia de las crisis
productivas del capitalismo empresarial. Los bolcheviques
tomaron el poder en la extinta URSS; Mao y el Partido
Comunista triunfaron en China; los vietnamitas derrotaron a
Estados Unidos, y en Cuba triunfó la Revolución Cubana, todos
durante períodos de intenso crecimiento del núcleo
desarrollado de países capitalistas (Katz, 2007: 10). Estos
períodos de auge económico lo alcanzaron esos países
forzando un decrecimiento similar del desarrollo de las
fuerzas productivas de la periferia neocolonizada como fue el
caso particular de Venezuela, de Bolivia y Ecuador. En la
presente coyuntura mundial, el despertar del socialismo del
siglo XXI coincide con una severa crisis financiera y productiva
del sistema capitalista internacional. Ello podría llevarnos, en
el mejor de los casos, hacia una solución negociada de los
conflictos o a provocar una nueva escalada de violencia
militar contra los países petroleros con consecuencias
imprevisibles para la humanidad.

Para garantizar la fluidez de la expoliación de recursos, el


Imperio siempre ha tratado de destruir los movimientos
antiimperialistas de liberación nacional en Nuestra América
mediante invasiones militares, dictaduras militares o
dictaduras de partidos pseudo-democráticos que representan
los intereses de las oligarquías nacionales y transnacionales,
como es el caso concreto de Colombia, Perú y México, entre
otros. Pero es también posible que por la acción de diversos
factores que determinan la coyunturas histórica, la fuerza del
Imperio no logre derrotar los movimientos populares y pueda
triunfar el antiimperialismo de liberación nacional que han
conquistado el gobierno y buena parte del poder en Cuba,
Venezuela, Ecuador y Bolivia, apoyando su lucha para lograr
la soberanía plena de sus países en la propiedad estatal de los
principales medios de producción, particularmente el petróleo
y el gas.
Prueba evidente de la nueva correlación de fuerzas
antiimperialistas que se está creando en Nuestra América es
la condena contundente de la reciente agresión bélica lanzada
por el sector fascista del gobierno y el ejército colombiano
contra la República del Ecuador en Marzo del 2008, acción
destinada a torpedear el proceso de integración
nuestroamericana, gracias a la actitud coherente y valiente
que mostraron todos los presidentes nuestroamericanos que
integran el Grupo de Río el día 6 de Marzo de 2008, con la
excepción del de Colombia, Álvaro Uribe, quien representa los
intereses del Imperio. Otra demostración concreta de dicha
nueva correlación, es la inclusión en Diciembre de 2008, por
unanimidad, de Cuba Socialista en el Grupo de Río y en la
Comunidad de Naciones Suramericanas y Caribeñas, la
exclusión de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá y el
fortalecimiento de los vínculos entre Venezuela, Cuba, Brasil,
Bolivia, Ecuador y Argentina con Rusia y China. Finalmente, la
condena internacional al golpe oligarquico-militar contra el
gobierno democrático de Manuel Zelaya, Honduras ocurrido
en Junio de 2009, aún si el régimen de facto no entregase el
poder a las autoridades electas por el voto popular,,
representaria una victoria ideológica del nuevo proceso
civilizador que comienza a significar para nuestros pueblos el
modelo geoestratégico de la Alianza Bolivariana para América
Latina (ALBA). Esto constituye la demostración evidente de
nuestra argumentación en la presente obra: la única
posibilidad de lograr la verdadera liberación y la
independencia nacional en Nuestra América del coloniaje
estadounidense y europeo, es la conformación de nuevos
procesos civilizadores socialistas dentro de un bloque
histórico nuestroamericano independiente que diseñe su
propia meta y sus objetivos políticos, dentro del contexto
multipolar de bloques históricos que comienza a conformarse
en esta nueva era que vive la humanidad. Podríamos decir
que la antigua relación centro-periferia que expresa el
proceso histórico de dominación ejercido por el bloque de
países capitalistas desarrollados, la llamada civilización
occidental, sobre el resto del mundo, pudiera estar llegando a
su fin.

La alocución del presidente Hugo Chávez el 2 de Febrero de


2008 para presentar los logros de los primeros nueve años de
gobierno bolivariano, no deja duda sobre los resultados
positivos del método nacionalista revolucionario y del Estado
tipo 3, entendido éste como una práctica social para
promover el poder popular y la justicia social en democracia.
Todos los indicadores sociales y económicos: salud,
educación, vivienda, empleo, alimentación, precios, seguridad
social y personal, autoestima, soberanía y respecto
internacional, etc., indican de manera fehaciente que en el
breve lapso de nueve años se ha logrado corregir buena parte
de las distorsiones que introdujo el capitalismo en la sociedad
venezolana durante 500 años de dominio hegemónico. Falta
todavía profundizar la creación de la cultura revolucionaria
que sustente la sociedad socialista. Todo lo anterior ha sido
posible gracias a la nacionalización de los principales medios
de producción, particularmente el petróleo, el gas, la
petroquímica, las telecomunicaciones, parte de la banca y a la
creación de nuevas formas de propiedad no burguesa, la
lucha por la soberanía alimentaria y las políticas monetarias
que han racionalizado la exportación de capitales fuera de
Venezuela. Ello ha permitido profundizar el proceso interno de
acumulación de capitales, profundizar la inversión social
para mejorar la calidad de vida de todos los venezolan@s,
incluyendo aquellos que son enemigos de la Revolución
Bolivariana, y proponer a la comunidad de UNASUR la
creación de nuevas instituciones financieras internacionales
como el Banco del Sur y el Banco del Alba. Una nueva
estrategia económica y financiera planteada en la reunión de
presidentes del ALBA del 23 de Noviembre de 2008 por el
presidente del Ecuador Rafael Correa, es la creación de un
Fondo de Estabilización de de Intercambios Comerciales,
utilizando para ello una moneda contable que se denominaría
SUCRE (Sistema Unitario de Compensación Regional). Un
elemento importante es la posibilidad de que Rusia se una al
ALBA y al Fondo de Estabilización, lo cual permitiría la
transferencia de tecnologías de punta, mercancías y capitales
hacia los países del ALBA. La creación de estas instituciones
está diseñada para revertir las políticas intervencionistas
perversas del Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, cuyo único fin es mantener la hegemonía del mundo
capitalista desarrollado sobre los países de su periferia.

Iguales resultados se están obteniendo en países


suramericanos como Bolivia y Ecuador, donde en un tiempo
todavía menor la estrategia del Estado como práctica de
resistencia antiimperialista está resolviendo los problemas
seculares de la pobreza y la exclusión de la mayoría de la
población, acumulados también luego de 500 años de
capitalismo burgués, como manera de establecer la
condiciones fundamentales para construir el socialismo. .

Enfrentados a esta nueva –y quizás final- crisis sistémica del


capitalismo burgués, los paladines del neoliberalismo reunidos
en la última conferencia celebrada en Davos, Suiza, en 2008,
han caído finalmente en cuenta que el modelo de economía
neoliberal que proponen, solo los lleva al caos financiero.
Decía Adam Smith (1958: XXV-XXVI):

“…Los ricos escogen del montón sólo lo más preciado y


agradable. Consumen poco más que el pobre, y a pesar de su
egoísmo y rapacidad natural, y lo único que se proponen con
el trabajo de esos miles de hombres a los que dan empleo es
la satisfacción de sus vanos e insaciables deseos, dividen con
el pobre el producto de todos sus progresos. Son
conducidos por una mano invisible que los hace
distribuir las cosas necesarias de la vida…” (Énfasis
nuestro).

Los defensores a ultranza del neoliberalismo, enfrentados a


esta severa crisis financiera del capitalismo, habrán quizás
comprendido, amargamente, que aquella célebre frase de
Adam Smith era simplemente… una metáfora literaria, no un
principio económico…
CAPÍTULO 7.

La soberanía sobre los recursos naturales, es la puerta de


entrada al otro futuro

(Rayuela. Diario La Jornada. 24-08-2008 México)

El Neo-evolucionismo y la energía: legitimación


ideológica del neocolonialismo

Debido a causas naturales y geológicos lo que queda de los


principales recursos energéticos, materias primas y recursos
naturales que mueven y mantienen la vida del bloque de
dichos países se encuentran hoy día –con excepciones- fuera
del ámbito territorial del denominado Primer Mundo o
“civilizado”, en países donde vivimos los pueblos que aquéllos
consideran como “bárbaros”., recursos que se encuentran al
borde su agotamiento por la utilización irracional que han
hecho de ellos los países capitalistas desarrollados. Esto es
particularmente cierto con relación al petróleo y el gas, los
principales suelos agrícolas, el agua y la biodiversidad,
recursos energéticos y vitales que mueven y sostienen la
economía, la industria, las finanzas, la cultura y la calidad de
vida en general de la sociedad del Primer Mundo (Britto-
García, 2007: 79-105). Pensando en términos de futuro, las
fuentes de energía alternativa y el futuro sustento de la vida
los pueblos en la era pos-petrolera, el sol, el agua e incluso las
extensiones de tierra para producir eventualmente el etanol,
los fármacos que producen fabulosas ganancias a las
transnacionales farmacológicas, la mano de obra barata, etc.,
se hallan también en la región tropical del planeta habitada
por los pueblos denominados “bárbaros” o subdesarrollados.

Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, el mundo capitalista


desarrollado se autoabastecía en su territorio de los recursos
energéticos que necesitaba para su desarrollo industrialista.
Durante esa época, los extensos bosques de pinos, robles,
olmos, encinas, etc., que cubrían las llanuras y las montañas
de Europa Occidental y Oriental, proporcionaron primero la
madera para fabricar los barcos, la leña para alimentar los
hornos, calderas y motores movidos a vapor, las arcillas y los
minerales para la industria alfarera y la cerámica, la piedra, la
arena, los químicos y todos los materiales constructivos para
reconstruir las antiguas ciudades medievales y los enseres
mobiliarios para servir las viviendas, empresas, fabricas,
oficinas, etc., y las pieles, los cueros y la lana para uso
doméstico e industrial y otro, y luego, en la fase capitalista
industrial, el hierro y el carbón de hulla para la siderurgia y la
fabricación de maquinarias industriales. Ello determinó el
surgimiento de una clase trabajadora que se convirtió en la
contraparte histórica de la burguesía europea creando una
nueva forma de división del trabajo y de distribución desigual
del capital y de la renta del capital.

A partir del siglo XX, con el auge de los motores de explosión,


el petróleo y sus derivados comenzaron a desplazar la
utilización del carbón de hulla, gran parte de cuyos mayores
depósitos naturales se encuentra principalmente en
Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos y Rusia. De
manera concomitante, se crearon grandes corporaciones para
la explotación del petróleo, particularmente estadounidenses
y angloholandesas, cuyo desarrollo dio inicio a una nueva
expansión imperialista del mundo desarrollado que aumentó
los mecanismos del subdesarrollo, la pobreza y la dominación
de los pueblos periféricos al Primer Mundo.

La necesidad de controlar las fuentes de energía necesarias


para mantener el ritmo expansivo del sistema capitalista
occidental, determinó que a partir de los años treinta del
pasado siglo, ciertos grupos de antropólog@s y filósof@s
neoevolucionistas de la academia estadounidense
comenzasen a reformular el paradigma del progreso, del
evolucionismo y el darwinismo social para explicar y legitimar
esta nueva fase de la expansión colonial capitalista. Como lo
explicaba John D. Rockfeller, dueño de la Standard Oil Co.,
quien fue un convencido darwinista social, el crecimiento de
las grandes corporaciones o transnacionales se explicaba
como la supervivencia de los mejores, como lo mandan las
leyes naturales y la ley de Dios (Patterson, 1997a: 48). En
términos de la nueva versión elaborada por la escuela
culturológica estadounidense, la ideología del progreso pasó
de ser una cualidad etérea determinada por la excelencia
ética e intelectual de un pueblo escogido, a convertirse en
una calidad concreta y en una magnitud relacionada con la
capacidad que tenga un pueblo determinado para: a)
aumentar la energía (equivalente actualmente al petróleo)
controlada apropiada y consumida per capita y por año y b)
por el aumento de la eficiencia o la economía de los medios
para controlar la energía o ambos (White, 1959. 40, 56).

Según aquella propuesta, una sociedad (civilizada) progresa


en la medida que aumente su consumo de energía no humana
(petróleo, gas, agua, aire). En tal sentido, el grado de
progreso se evaluaría: a) como la relación existente entre el
producto y el trabajo humano invertido para lograrlo (costo
beneficio) y b) según como se incremente la cantidad de
bienes y servicios que sirven para satisfacer las necesidades,
producidas por o extraídas de cada unidad de trabajo
humano (mayor plusvalía). Dicho en otras palabras, lo que se
persigue es aumentar el nivel de explotación del trabajador y
la trabajadora. El progreso social se aceleraría, pues, en la
medida que, disminuyendo la cuantía del capital invertido, se
pueda incrementar la plusvalía extraída de cada trabajador o
trabajadora (White, 1959: 47).
Los teóricos de la escuela estadounidense de la Culturología
consideraban que el sistema cultural (Nación) que sea capaz
de explotar más efectivamente las fuentes de energía de un
ambiente determinado, tenderá a expandirse en dicho
ambiente a expensas de los sistemas menos efectivos
(Shalins y Service, 1961: 75). Según estos mismos autores, un
sistema cultural (nación) de carácter progresivo, en vez de
desarrollarse en profundidad, tenderá a expandirse
lateralmente hacia otros tipos de ambiente (op.cit: 70),
absorbiendo a los sistemas menos avanzados que resistan su
política de dominación (op.cit 88). La evolución cultural, según
estos autores, es considerada entonces como el proceso
mediante el cual la utilización de los recursos del planeta por
parte de la materia viviente tiende a hacerse más y más
eficiente, determinando que se produzca un flujo máximo de
la energía total (petróleo y gas, aire y agua) extraída del
ambiente, utilizando al máximo la capacidad de la fuerza de
trabajo.

Los teóricos modernos de la escuela culturalista expresaron


igualmente en 1961 que si bien la evolución de la materia y
del universo márchan hacia un aumento en la organización y
la concentración de la energía (hegemonía imperial), la
cultura y la vida se encaminan hacia una situación de
creciente heterogeneidad. Ello implicaría la posibilidad de que
llegue a desarrollarse a nivel mundial, no un sistema cultural
hegemónico, sino un conjunto de diversos sistemas sociales
no hegemónicos, tal como está ocurriendo actualmente.

Analistas internacionales como Alfredo Jaliffe-Rahme (2008),


han destacado que en la actualidad las transnacionales
petroleras privadas ocupan alrededor del 23% del negocio
petrolero mundial, mientras que Petrochina, Gazprom y las
otras empresas petroleras estatales –incluida nuestra PDVSA-
controlan el 70% de dicho negocio. Ello podría representar
en el mercado mundial una capitalización aproximada de
1.500 millones de millones de dólares. Este hecho se está
materializando efectivamente en la gestación de un mundo
multipolar cuya tendencia se intensificará en la medida que se
agrave la actual crisis financiera del capitalismo mundial
(mapa 3).

En el escenario inmediato que nos plantea este análisis, los


pueblos y países considerados subdesarrollados están más
que justificados para proteger su autonomía y su soberanía, a
promover políticas para nacionalizar sus principales medios
de producción, particularmente el petróleo, el gas, la
petroquímica, el hierro, el acero y el aluminio, los suelos
agrícolas, el agua, la electricidad, la energía atómica, la
producción de alimentos, la cultura, las comunicaciones y los
medios imaginarios de reproducción de la ideología. Esto,
para aquellos que son partidarios de la hegemonía mundial
del capitalismo del Grupo de los Ocho que podría ser
considerado como totalitarismo, es la única manera no sólo de
preservar la soberanía y la independencia de nuestros
pueblos, sino de crear y conservar una sociedad y una cultura
mundial diversa y democrática. En tal sentido, el modelo
revolucionario nacional viene a ser para nuestros pueblos y
particularmente para países como Venezuela, Ecuador y
Bolivia una necesidad estratégica para, vía nuestro desarrollo
independiente, superar el subdesarrollo que nos ha sido
inducido por el capitalismo europeo y el estadounidense.
Capitulo 8.

Desarrollo socialista vs. Subdesarrollo Capitalista

Los pueblos de Nuestra América que fuimos forzados a


incorporarnos dentro del sistema mundial capitalista
mercantil como consecuencia de la expansión colonial
europea que se inició en el siglo XVI, hemos sido considerados
en el imaginario del capitalismo como el segmento atrasado
de la civilización occidental, cuando en realidad las
condiciones de pobreza y el supuesto atraso de nuestros
pueblos fueron causados por las formas de explotación y
dominación impuestas por la estructura colonial capitalista
(mapa 4).

Como consecuencia de la expansión colonial del capitalismo,


en el seno de nuestras propias sociedades los sectores de la
clase media y la gran burguesía se han constituido como
enclaves dependientes del capitalismo desarrollado europeo
y estadounidense, participantes de la ideología de progreso,
desarrollo y discriminación social sostenida por las
oligarquías transnacionales de los países capitalistas
desarrollados (Vargas, 2007a). Debido a la crisis energética y
financiera que amenaza el futuro de los países capitalistas
más desarrollados, la conservación de los privilegios sociales,
culturales y económicos que garantizan la supervivencia del
modo de vida capitalista solo será posible si las oligarquías
transnacionales logran mantener marginada en la pobreza a
la mayoría de personas tanto de sus propios países como del
Tercer Mundo. Ello solamente podrá realizarse mediante la
instauración de Estados despóticos, policiales y represivos
como el que se está dando en Estados Unidos, o como los que
ya existen en México, la mayor parte de América Central,
Colombia, Perú y Chile.

Para poder sobrevivir, el Imperio tendrá que invertir cada vez


más en el desarrollo del complejo militar industrial y de
ejércitos privados para invadir y controlar a nivel mundial las
fuentes de energía fósil, los recursos hídricos, las fuentes de
minerales radioactivos, el comercio, la producción agrícola y
pecuaria, los medios de comunicación de todo tipo, la
industria cultural, la cultura, la historia y las relaciones
sociales de las poblaciones, en fin, para lograr la hegemonía
total, sin disidencias, sobre la vida de los pueblos del mundo.
Felizmente, el logro de ese objetivo totalitario del Imperio no
parece estar garantizado ni en el corto ni en el mediano plazo.

Cuando analizamos las relaciones existentes actualmente


entre los países capitalistas del Primer Mundo y los nuestros
que ellos consideran como su periferia, observamos que
contrariamente a lo que han sugerido las teorías, sobre todo
las de la dependencia y el subdesarrollo, no es cierto que
estemos viviendo una etapa anterior a la fase evolutiva de
los pueblos económicamente “más desarrollados”, sino que
hemos sido hasta el presente su contraparte, la condición
necesaria para que ellos puedan existir y evolucionar gracias
a la expoliación de nuestras riquezas.

Por esas mismas razones, nuestros pueblos


muestroamericanos, africanos o asiáticos han sido ubicados
por los historiadores y apologistas de la civilización occidental
en un estatus histórico, político y cultural que va del
colonialismo abierto hasta las formas más sutiles de
neocolonización. De allí se infiere que, debido a las carencias
educativas-culturales acumuladas gracias a la complicidad de
las elites políticas que nos han gobernado desde el inicio del
proceso de expansión colonial europea en el siglo XVI, los
pueblos periféricos, en particular los de Nuestra América,
difícilmente podrían absorber actualmente la tecnología
moderna en sus procesos productivos -aunque sea
parcialmente- lo cual les impide emular los modos de vida, los
procesos civilizadores de las naciones capitalistas
industrializadas.

Contrariamente a lo anterior, los componentes ideológicos


del Imperio se difunden con más facilidad y a mayor distancia
por medio de la industria cultural, los medios de comunicación
como la televisión y la radio, cuya función es la de prevenir o
retardar en lo posible el desarrollo industrial o de sistemas
políticos nacionalistas o socialistas que constituyan una
disidencia del pensamiento único neoliberal. El actual Imperio,
ningún imperio ha permitido a sus colonias el desarrollo libre
de la industria; por esa razón el componente ideológico que
maneja el núcleo capitalista de países desarrollados está
sólidamente atrincherado en las transnacionales de la
comunicación que controlan la televisión, la radio, la Internet
y la prensa escrita, tanto en las metrópolis como en su
periferia.

Por aquella circunstancia que ya expusimos, las elites sociales


de Nuestra América ubicadas hasta ahora en las clases
medias y las grandes burguesías de los respectivos países
solo pueden integrarse con las burguesías transnacionales de
las metrópolis, cuando logran constituirse como enclaves
neocoloniales de las transnacionales y adoptan la cultura del
dominador, en detrimento de las condiciones de pobreza y
exclusión que genera en nuestros pueblos el neoliberalismo.
Un ejemplo claro de esta mentalidad enajenada, es la manera
como las elites sociales neoliberales venezolanas apoyan hoy
día, Marzo de 2008, la transnacional Exxon Mobil que trata de
apoderarse de los bienes de nuestra empresa nacional
petrolera PDVSA que son propiedad de la nación venezolana.
Esta situación podría ser considerada por los teóricos del
subdesarrollo y del desarrollismo, como una secuela de
“nuestro atraso histórico”; por tanto, para explicarlo debemos
comenzar por definir lo que nosotros consideramos como
equivalente a “atraso histórico”. Atraso, porque debido a las
mismas razones antes enunciadas, nuestros procesos de
cambio internos no se pueden equiparar con los occidentales.
Histórico, en tanto se trata de procesos truncos, no
autónomos, que “detuvieron” a estas sociedades en una fase
de su propio devenir en el siglo XVI.

Dado que el término “atraso” connota al de desarrollo,


debemos concluir que en este caso la solución a los problema
derivados del colonialismo y del neocolonialismo sólo podrá
surgir no de la emulación de los procesos civilizadores del
mundo capitalista desarrollado, sino de la destrucción del
orden social neocolonial y la construcción de un orden de
justicia social que no podrá ser el capitalismo, ya que es éste
el que engendra la injusticia y la desigualdad que acogotan a
nuestros pueblos. La solución solo podría provenir del
socialismo y la justicia social. No se trata de repetir las
experiencias ya vividas por los llamados pueblos
desarrollados del Primer Mundo con sus consecuencias
traumáticas. Por el contrario, ello supone como condición
necesaria para el cambio una revolución social interna. Como
concluyó el economista estadounidense André Gunder Frank
en su obra Capitalism and Underdevelopement in Latin
America publicada en 1967:

¨…the only way out of Latin American underdevelopement is


armed revolution leading to socialist developement… (“…la
única manera como Nuestra América puede salir del
subdesarrollo, es mediante una revolución armada que la
conduzca al socialismo…” Traducción nuestra).

Aquel juicio de Gunder Frank es reflejo – en nuestra opinión-


del principio expuesto por Mao Ze-toung sobre la naturaleza
de las contradicciones específicas a cada uno de los grandes
sistemas de formas de movimiento de la materia y de la
esencia condicionada por esas contradicciones:

“…la contradicción entre el proletariado y la burguesía se


resuelve por el método de la revolución socialista… La
contradicción entre las colonias y el imperialismo se resuelve
por el método de la guerra revolucionaria nacional…” (Mao
Ze-toung 1959: 378. Traducción nuestra).

Ese cambio histórico significa la pérdida de los privilegios


tanto de las corporaciones transnacionales como de su
representación local, las oligarquías nacionales, privilegios
obtenidos y sostenidos con base a la profundización de
nuestra situación de desigualdad social. Ésta a su vez se
deriva de un proceso histórico interrumpido por la conquista y
la colonización ibera, situación que ha sido -por el contrario- el
motor del progreso cultural y social de los pueblos que
conforman el llamado Primer Mundo. Pero el Imperio
occidental, como ya estamos viendo en el drama que viven
los pueblos de Afghanistán e Irak, invadidos y humillados por
los ejércitos de Estados Unidos y la OTAN, no está dispuesto a
entregar sus privilegios
sin luchar, así les cueste la destrucción de su propia
civilización.

De mantenerse esas condiciones, podríamos concluir que la


confrontación definitiva entre los movimientos revolucionarios
de Nuestra América, Asia y el Oriente Medio y los imperios
anglo-norteamericano y europeo y sus enclaves sociales, las
oligarquías nacionales que representan sus intereses como
representantes locales de la civilización occidental ocurrirá
con seguridad más temprano que tarde si es que ya no ha
comenzado, como se puede entrever en la presente crisis
estructural que sacude los cimientos de los modos de vida
capitalistas.

Fig.6: El imperio capitalista.(Siglo XX).


Fig. 7: El anti-Imperio. Alianzas energéticas del siglo
XXI.
CAPÍTULO 9.

Condiciones necesarias para construir la democracia


socialista

La crisis del marxismo en Europa

A partir de las discusiones que hemos llevado a cabo en este


ensayo sobre la teoría de la evolución como estrategia
política del capitalismo, podemos concluir que si bien en el
campo epistemológico y académico surgieron nuevas
propuestas filosóficas que aparentemente derrotaron al
evolucionismo clásico, la ideología del progreso y la
civilización nunca fue abandonada por la elites intelectuales
que manejan las relaciones de los países capitalistas
desarrollados con los que ellos consideran su periferia.

Este hecho reviste mucha trascendencia, no sólo para la


historia de la cultura, sino también para el análisis de
procesos políticos, económicos y culturales que tratan de
destruir nuestras sociedades nacionales soberanas, tales
como el neoliberalismo y la globalización. Ambos procesos
coparon la escena mundial luego del colapso del llamado
socialismo real y de los partidos de izquierda en Europa,
abriendo el camino para la legitimación histórica y cultural de
la teoría del mundo unipolar.

La crisis de marxismo en Europa Occidental fue un tema fue


analizado por el filósofo e historiador Perry Anderson en su
obra Tras las Huellas del Materialimo Histórico (1986: 14). En
dicha obra, el autor sostiene que el discurso marxista decayó
por la incapacidad de sus teóricos para desarrollar una
estrategia política concreta que pudiese conducir la transición
de la democracia burguesa hacia una democracia socialista
realizable. En su lugar –dice- se instauró un discurso filosófico
post-moderno, centrado principalmente en problemas del
método, el cual era de carácter más epistemológico que
sustantivo. Corroborando la afirmación de Anderson podemos
citar como ejemplo el caso particular del actual Partido
Laborista inglés, donde encontramos igualmente una ausencia
de estrategia política para llevar adelante un verdadero
programa socialista revolucionario. Durante los últimos treinta
años la política de Estado laborista, si bien a veces de tipo
más intervencionista en la economía o animada de un criterio
más social, no se diferenciaba particularmente de la de los
otros gobiernos conservadores (Wainwrigth 1981:216, 223).
La racionalidad de dicho discurso se fundamentó en una
premisa según la cual:

“si el sistema parece no sólo inexpugnable sino también


opresivo, el abandono de una teorización “moderna” como la
marxista no deja otra escapatoria que recurrir a su negación
puramente imaginaria” (Borón, 2007: 138).

En el caso particular de Nuestra América, parte de las


discusiones teóricas sobre este tema se orientaron a
demostrar la validez histórica universal de la sucesión
evolutiva de los modos de producción europeos señalados por
Marx y Engels. Un gran espacio de debate fue dedicado a
analizar la naturaleza universal del modo de producción
asiático, a la supuesta existencia de modos de producción
esclavístas y feudales en Nuestra América. Esas discusiones y
reflexiones teóricas contribuyeron a profundizar la crítica
científica y a ampliar el alcance de la teoría que fundamenta
el desarrollo de la historia humana, el materialismo histórico,
opuesta a las concepciones idealistas que habían prevalecido
incontestadas desde el siglo XIX. De cierta manera, ello incidió
también en la gestación de una teoría revolucionaria
nuestroamericana.

Anderson plantea igualmente, en su obra ya mencionada, que


el discurso teórico del marxismo fue derrotado,
particularmente en Europa, por el del estructuralismo. En
nuestra opinión lo que sucedió realmente fue que los
estrategas del capitalismo descubrieron la manera de vitalizar
su viejo recurso de dominación del mundo reviviendo el
discurso victoriano del derecho de los autoproclamados como
“pueblos elegidos” a gobernar el planeta. Para ello
enmascararon sus designios bajo el eufemismo del Mundo
Unipolar concretado en instituciones como el Grupo de Los
Ocho, el Club de París, el Grupo de Davos, el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de
Comercio, el Tribunal Internacional de la Haya, los Tratados
de Libre Comercio, la deuda externa, el discurso antiterrorista
y otras tantas fachadas de su estrategia neocolonial.

Para consolidar y enmascarar su proyecto de mundo


hegemónico, utilizaron las teorías estructuralistas, post-
estructuralistas y post-modernistas sobre el papel del
lenguaje, los símbolos y los signos para la construcción de una
historia contingente, virtual; utilizaron así mismo el papel de
la lengua y la palabra para trazar las relaciones entre
estructura y sujeto, para subsumir la producción bajo una
rúbrica común derivada de la comunicación (Adorno, 1991;
Habermas, 1990). Estos elementos teóricos fueron utilizados
para fortalecer la estrategia mediática neocolonizadora que
sirve al Imperio de punta de lanza para las tácticas de
dominación mundial, soportadas en el fondo por las ideas
decimonónicas de la Civilización, el Progreso y el Darwinismo
Social.

No podemos dejar de mencionar también el vasto y costoso


programa secreto de propaganda cultural que desde 1947
llevó y sigue llevando adelante la Agencia Central de
Inteligencia, destinado a comprar las conciencias y las
lealtades de los intelectuales en Europa, Nuestra América,
África y Asia. Desde aquella fecha la “Compañía” comenzó a
invertir millardos de dólares en su campaña para apartar
sutilmente a la intelectualidad de su fascinación por el
marxismo y acercarla a considerar positivamente el punto de
vista de la cultura capitalista, la visión del mundo fomentada
por el gobierno y las transnacionales de Estados Unidos, para
facilitar el triunfo de los intereses de la política
estadounidense en el extranjero (Saunders, 2001:13-14). Ello
explicaría la voltereta ideológica derechista de conocidos
intelectuales como Mario Vargas Llosa, ahora defensor a
ultranza del neoliberalismo y Carlos Fuentes, famoso novelista
mexicano que terminó escribiendo la biografía del
archiempresario Gustavo Cisneros (Fuentes, 2004), socio del
ex-director de la CIA George Bush (padre) y villano que dirigió
en 2002 el fallido golpe de Estado contra nuestro Presidente
Hugo Chávez. Ello explicaría también los raudos cambios de
conciencia operados en antiguos intelectuales comunistas y
socialistas venezolanos desde 1968 hasta el presente,
quienes han terminado apoyando abierta o solapadamente las
políticas neoliberales y las políticas culturales que influyen
negativamente en el éxito de la revolución bolivariana.

La situación anterior puede ser también entendida dentro de


la coyuntura histórica que vivieron los pueblos de la Europa
Occidental una vez finalizada la contienda mundial, cuando
encontramos que la mayoría de ellos estaban gobernados por
partidos socialistas y laboristas (socialdemócratas) o por
alianzas políticas de socialistas, laboristas, comunistas y
democristianos.

Los gobiernos de países como Inglaterra, Francia, Holanda y


Bélgica que conservaban todavía un extenso sistema de
colonias en Asia y África, se vieron envueltos en guerras de
contrainsurgencia para eliminar los movimientos sociales que
pugnaban por la independencia en las antiguas colonias. En el
ámbito nacional, los gobiernos reformistas europeos entraron
en confrontación con poderosos movimientos sindicales
comunistas que demandaban la instauración de gobiernos de
izquierda o centro-izquierda con participación de los
trabajador@s

Ese proceso se desarrolló dentro del ámbito de la guerra fría


declarada entre la Unión Soviética, quien apoyaba y
financiaba los movimientos de independencia y
descolonización, y Estados Unidos cuyo gobierno, al mismo
tiempo que apoyaba y armaba los ejércitos coloniales,
financiaba y asesoraba la política anticomunista y
antisocialista de los gobiernos europeos y compraba la
conciencia de los intelectuales progresistas.

Los gobiernos socialistas se vieron obligados –de mal grado o


de buen grado- a financiar y tratar de ganar militarmente
dichas guerras para defender a las oligarquías dominantes en
sus países, sus propios intereses económicos y su presencia
política en las distintas colonias. Para defender los onerosos
presupuestos militares y el desgaste político de los partidos
socialistas o socialdemócratas en aquellas tambaleantes
democracias parlamentarias, la dirigencia de los partidos
socialistas o de izquierda tuvo que plegarse a la hegemonía
de Estados Unidos, a aliarse con la derecha para poder
conservar la estabilidad de sus respectivos gobiernos,
haciendo cada vez mayores concesiones, particularmente en
lo atinente a la privatización de las empresas del Estado, el
desmantelamiento del sector público de servicios y el recorte
de las políticas sociales en el campo de la salud y la
seguridad social.

Puesto que la descolonización era y es un proceso indetenible


que amenaza con derrumbar los modos de vida y la buena
marcha de las economías capitalistas nacionales, tanto
europeas como estadounidenses, construidas sobre la
explotación colonial de los pueblos sometidos, los gobiernos
socialistas “neoliberales” o socialdemócratas consideraron y
siguen considerando de manera egoísta que, para conservar
los privilegios de la legitimidad burguesa que ellos
representan, así como el poder y la preeminencia mundial de
su bloque de países capitalistas, era necesario lograr un
acuerdo con la derecha o subsumirse en ella. Para tal fin
remozaron las viejas ideas sobre el Progreso y la Civilización
que tan buenos resultados les habían producido desde el siglo
XIX, utilizando como plataforma los ajustes neoliberales y los
llamados “Tratados de Libre Comercio”. De esta manera, los
europeos y los angloamericanos nos impusieron otra vez sus
valores culturales y políticos –definidos otra vez como valores
universales- para afirmar su propia dominación y sus
intereses materiales sobre el resto del mundo.

La creación posterior de la Organización del Tratado del


Atlántico Norte (OTAN) y de la Comunidad Europea se
expresó en la aparición de grandes empresas transnacionales
asociadas con las estadounidenses, las cuales asumieron el
papel económico de la metrópoli colonial desempeñado
políticamente por los Estados nacionales europeos
occidentales y Estados Unidos. Sin embargo, la razón social de
las mismas continúa estando en Nueva York, París, Londres,
Madrid, Ámsterdam, Berlín, Bruselas, Roma, etc., contando
con el apoyo irrestricto de sus respetivos gobiernos
nacionales (Borón, 2006: 62-63).

Actuando como el componente ideológico y cultural de


aquella estrategia, las tesis del llamado Progreso Social, la
ideología neoliberal y de la globalización sirven como
instrumentos para orquestar el desmantelamiento tanto de las
estructuras económicas y tecnológicas nacionales como de los
movimientos de independencia nacional en el llamado Tercer
Mundo (Britto Garcia, 2007). De esta manera han logrado
inducir en muchos intelectuales, políticos y profesionales de
Nuestra América la ficción de una cultura universal cuyo
desarrollo sería ineluctable, cuando en verdad se trata
simplemente de eso, de una estrategia neocolonizadora del
Imperio desplegada a escala mundial. Dicha estrategia apunta
hacia la destrucción de los particularismos culturales
nacionales o a utilizarlos para destruir la unidad nacional de
los países que quieren dominar, como ocurrió con la extinta
Yugoslavia, como ocurre con la Federación Rusa, con Bolivia y
Palestina, como han intentado hacer también con Venezuela.

El método cultural de dicha estrategia política se expresa en


la creación de enclaves neocoloniales en los diferentes países
periféricos a los países capitalistas industrializados, utilizando
la ofensiva mediática para inducir en las culturas nacionales
valores consumistas que potencien los vínculos de lealtad con
las transnacionales productoras de mercancías y servicios.
Dichos enclaves neocoloniales se conforman utilizando las
clases medias y las altas burguesías de los países del Tercer
Mundo, sectores donde se concentra la mayor capacidad
adquisitiva, al mismo tiempo que, vía la educación privada y
religiosa, desnacionalizan la personalidad cultural de los
jóvenes de esas clases medias y les inyectan una ideología
patriarcal, machista, fascista y racista que desvaloriza
particularmente a las mujeres y hombres mulat@s, negr@s o
indígenas de la poblaciones pobres (Sanoja y Vargas-Arenas,
2005ª: 9-18; Vargas-Arenas, 2006: 249-271; 2007a:221-240).

Utilizando también dicha estrategia cultural, la burguesía


española --con su dirigente José Maria Aznar (España, país que
como consecuencia de la dictadura de Francisco Franco había
quedado a la zaga de Europa), aprovechó aquella coyuntura
para neocolonizar sus antiguas posesiones en Nuestra
América. El Partido Socialista Obrero Español, con base a sus
vínculos con los líderes corruptos de la socialdemocracia y la
democracia cristiana de Nuestra América promovió la captura
-por parte de los capitalistas españoles- de la mayoría de las
compañías nacionales de petróleo, electricidad, de las
comunicaciones, del agua, de los servicios de salud, del
sistema financiero de los países hispanoamericanos,
reviviendo la ideología colonial que comenzó a ser
desarrollada a partir del reinado de Carlos V en el siglo XVI,
ahora conducida por los líderes del PSOE y del actual
movimiento neofalangista: El Partido Popular. Estos ideólogos
neoliberales, muchos de ellos agrupados en la Fundación para
el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), como ya expusimos,
proclaman que el futuro de los países del Tercer Mundo está
hoy estrechamente amarrado a los Estados capitalistas
industriales del Primer Mundo que forman parte de la tradición
de valores políticos occidentales y europeos, particularmente.
Para dicho grupo, el objetivo es disolver cualquier alternativa
socialista viable tales como la cubana o la venezolana, y
lograr mediante la ofensiva mediática internacional, que el
potencial revolucionario representado por la vasta mayoría de
campesinos y pobres del Tercer Mundo no sea capaz de
organizar acciones políticas colectivas sino actos individuales
de resistencia contra el poder de las oligarquías nacionales,
reacias a concederles la mínima satisfacción de sus
necesidades para la supervivencia como seres humanos
(Patterson, 1999: 180).

Otra estrategia del capitalismo eurocéntrico es la de


promover la influencia del posmodernismo en la enseñanza de
las ciencias sociales en las universidades y centros de
formación de profesor@s para la enseñanza media de Nuestra
América, utilizando también la televisión, la radio y los medios
impresos para deformar la conciencia social de los pueblos. El
objetivo es presentar la historia de las sociedades como un
proceso contingente, indeterminado que engendra un estado
de escepticismo sobre la viabilidad de los cambios sociales,
sobre la coherencia de las identidades culturales y nacionales
de los pueblos, vaciando la realidad de sus contenidos,
convirtiendo todas las nociones fundamentales en meros
envoltorios formales. De esta manera se cuestiona la
posibilidad de que exista una vinculaciòn orgànica entre el
pasado y el presente, se anula la capacidad de un
determinado grupo social para comprender la causalidad de
las acciones del capitalismo, del imperialismo y de las
burguesìas nacionales subordinadas que inciden
negativamente sobre su vida en el momento actual (Dussel,
1998: 267: Vega Cantor, 2007: 398-429).

Las experiencias políticas, tanto del viejo socialismo real del


Bloque Soviético como del eurosocialismo neoliberal
culminaron, por las razones antes expuestas, cooptando este
sistema de ideas conservadoras, finamente construidas por
las antiguas elites progresistas para exaltar el neoliberalismo,
antítesis de todo verdadero progreso social.

La utilización del Darwinismo Social, del concepto de


Civilización Occidental y de pueblos elegidos como sinónimo
del régimen capitalista y del proceso de globalización como
un universal de la Cultura, constituye una puesta al día de la
estrategia de dominación colonial, elaborada y utilizada por
los países capitalistas desarrollados en el siglo XIX. Como
dijese el famoso intelectual ecuatoriano Agustín Cueva (1987),
el éxito del capitalismo europeo y el del estadounidense, así
como de la caricatura de socialismo que él mismo produjo:

“…no parecen pues traducirse por grandes logros económicos


de orden general, sino más bien por resonantes triunfos de la
burguesía como clase, tanto en el nivel propiamente político
como en el ideológico…¨

La resurgencia del marxismo en Nuestra América

En Nuestra América, desde 1945, el imperio colonial de


Estados Unidos se ha visto igualmente envuelto en diversos
conflictos originados por la descolonización y los procesos de
liberación nacional emprendidos por los pueblos de Brasil,
Argentina, México, Guatemala, Haití, Cuba, Nicaragua, Costa
Rica, El Salvador, Honduras, Guatemala, Panamá, Colombia,
Perú, Chile, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Bolivia y Ecuador.
En casi todos esos países, el Imperio estadounidense impuso a
los pueblos sanguinarias dictaduras militares, seguidas por los
llamados Tratados de Libre Comercio y los ajustes
neoliberales, que constituyen un verdadero instrumento de
intervención colonial, con la complicidad de los enclaves
racistas constituidos por los partidos políticos y los
empresarios, las clases medias, la mayoría de la oficialidad de
los ejércitos nacionales y los jerarcas de la Iglesia Católica.
Ello, ha permitido al Imperio contener, por ahora, el auge de
los movimientos sociales de resistencia en ciertos países,
contribuyendo también a la quiebra de los viejos partidos de
izquierda o de derecha.

En la actualidad, en ciertos países, los movimientos sociales


de resistencia han logrado conquistar los gobiernos, como es
el caso de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador; sin embargo,
en la mayoría de ellos buena parte del poder sigue todavía en
manos de las oligarquías neocoloniales. Para lograr el objetivo
de transformar dichos países en sociedades plenamente
soberanas, se están creando nuevas alianzas para la
cooperación entre Estados tales como el ALBA y el Banco del
ALBA y el previsto Banco del Sur, que promueven procesos
emergentes de acumulación de capitales en esta parte de la
periferia, le confieren carácter institucional a la nueva fase de
integración e independencia nacional que despunta en
Nuestra América.

Los casos de Nicaragua, Chile, Bolivia y Colombia nos ilustran


sobre cómo utiliza Estados Unidos y en general los 8 países
capitalistas más desarrollados, la tesis del progreso Cuando
ellos hablan del progreso se refieren solamente a su propio
progreso, el que beneficia a sus oligarquías financieras, no al
progreso de nuestros pueblos cuyo deber –según ellos- es
mantenerse sometidos a la dictadura de sus enclaves
neocoloniales nacionales, obedientes -a su vez- a las
transnacionales del Imperio.

En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional,


movimiento progresista dirigido originalmente por
intelectuales de la clase media y sectores progresistas de la
iglesia católica nicaragüense, con el apoyo mayoritario del
pueblo, logró derrocar en 1979 la sangrienta y larga
dictadura de Anastasio Somoza, impuesta por el gobierno de
Estados Unidos luego de la invasión a Nicaragua el año de
1926.

La estampida de buena parte de la clase media y la alta


burguesía nicaraguense hacia Miami, guarida de todos los
fascistas y genocidas escapados de Nuestra América, permitió
a la Revolución Sandinista organizar una estrategia para
recuperar la soberanía nacional y construir una sociedad que
tendía hacia la realización del ideal ético cristiano: confiscar
latifundios y empresas abandonadas por sus dueños para
confiarlas a cooperativas obreras y campesinas, lanzar
programas sociales de salud, alfabetización, educación y
reforma agraria, así como de reforma de la organización social
y política nicaragüense que apuntaban hacia la instauración
de una sociedad socialista cristiana.

A pesar del apoyo brindado a Nicaragua por el entonces


Bloque Socialista y por Cuba, así como por sectores católicos
y evangélicos de todo el mundo ligados a la Teología de la
Liberación, el Imperio de Estados Unidos logró aislar, bloquear
la empobrecida economía nicaragüense e imponerle, con el
apoyo activo de los otros gobiernos títeres centroamericanos
y suramericanos, una costosa guerra contra-revolucionaria
que determinó finalmente el colapso de la Revolución
Sandinista. El resultado fue la restauración del sistema
capitalista corrupto que, a partir de 1990, profundizó la
explotación y el sometimiento del pueblo nicaragüense,
condenado a una situación de miseria generalizada que sólo
puede compararse con la de Haití. Dicha situación de miseria
se agravó con la imposición, sin consulta popular, de un
Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que ha
terminado por arruinar a los pequeños productores y al pueblo
en general de ese país. La inclusión de Nicaragua en el ALBA y
el desarrollo de nuevos vínculos de cooperación con Irán,
China y Rusia, ayudarían a dicho país a romper con las
cadenas de dependencia y chantaje político con las cuales
intentan maniatarla los gobiernos de Estados Unidos y la
Unión Europea.

Al caso de Nicaragua podemos añadir el ya conocido del


derrocamiento del gobierno socialista de la Unidad Popular en
Chile para imponer un régimen neoliberal, planificado por la
Escuela de Chicago y apuntalado por la grotesca dictadura
militar de Pinochet, así como el grotesco golpe de Estado de
Junio 2009 en Honduras contra el gobierno democrático de
Manuel Zelaya promovido por la CIA y el Pentágono, el cual
tiene como objetivo controlar toda la región del Caribe que
hoy día los pueblos de la ALBA le disputan al imperialismo
estadounidense. De igual manera podemos agregar en esos
mismos terminos la imposición de un Tratado de Libre
comercio a Centroamérica y al pueblo peruano, de un plan de
intervención militar, un régimen neoliberal y un Tratado de
Libre Comercio a Colombia (¿reemplazado ahora por un
convenio financiero con China?), el cual está apuntalado con
la toma del poder por el régimen asesino y sanguinario de la
parapolítica y la narcopolítica colombiana. A esta cadena de
catástrofes sociales podemos agregar el colapso de la
agricultura y la alimentación de la mayoría pobre en México y
América Central provocada por la apertura comercial a la que
los obliga el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN). Todos ellos constituyen ejemplos patéticos de los
daños sociales, culturales, económicos y ambientales que
ocasiona la reversión de los procesos de descolonización y
liberación producida por las acciones contrarrevolucionarias
del imperio estadounidense, tal como ocurrió también en
diversos países africanos. Igual situación
contrarrevolucionaria está siendo promovida en este
momento por el imperio estadounidense en Bolivia para
derrocar el gobierno progresista de Evo Morales y
desestabilizar así los movimientos socialistas de liberación
nacional de Venezuela y Ecuador.

La estrategia política neocolonial, como observamos en el


caso de Venezuela, país cuya cultura está todavía altamente
intervenida por la ideología del american way of life, se facilita
por la existencia de un modo de vida consumista,
desnacionalizador, hecho que no ha sido enfrentado, todavía,
con una política cultural que de manera orgánica estimule el
surgimiento de un modo de vida humanitario y socialista.
Esta circunstancia facilita la penetración de los mensajes
transmitidos por la ofensiva mediática transnacional, dirigidos
a remachar en la población valores consumistas que
consolidan vínculos de lealtad con las transnacionales
productoras de mercancías y servicios (Vargas-Arenas, 2007a:
256-260). Dichos mensajes refuerzan la desnacionalización y
la disociación psicótica de la alta burguesía, la clase media y
las clases populares de los países del Tercer Mundo. Como ya
hemos dicho en páginas anteriores, la educación privada
totalmente controlada por la Iglesia Católica y el Opus Dei
actúan como el medio de reproducción de la ideología
neocolonial sobre la cual se sustenta la penetración política y
económica de las transnacionales(Vargas-Arenas, 2007ª).

Esa estrategia política neocolonial que está siendo aplicada


por el Imperio a los pueblos “…da lugar a transformaciones
vertiginosas, impide la estabilidad emocional y psicológica de
los venezolanos y produce buen número de desajustados. Con
estímulos que se hacen medios absolutos, sin fines colectivos
e integradores. La pugna de estilos de vida incide sobre los
individuos; crea ansiedades y conflictos. El choque exagera la
arbitrariedad en el uso de los poderes coercitivos para
imponer un estilo sobre otro… contribuye … a consolidar la
dependencia; descartar demandas de libertad y desarrollo
autónomo… cambia la manera de ser del hombre venezolano
y pone en entredicho la identidad y la libertad del pueblo, su
capacidad de poseerse a si mismo…” (Quintero, 1972: 208 y
220).

En el caso de Bolivia en 2008, por ejemplo, la utilización de la


misma estrategia del Imperio debe enfrentar problemas muy
complejos. Por una parte hallamos el carácter étnico
reivindicativo de la mayoría indígena aymara y quechua que
habita el altiplano boliviano y de la mayoría étnica guaraní
que habita el oriente boliviano, opuesta al proyecto de
apartheid fascista y racista que intenta consolidar la
burguesía de Santa Cruz con el apoyo abierto del gobierno de
Estados Unidos, y por el otro un ejército nacional que debe
estar profundamente dividido al igual que el resto del pueblo
boliviano. Estos son los componentes básicos que podrían
llegar a precipitar una sangrienta guerra civil como la que
campea en Colombia desde hace 60 años si el movimiento
revolucionario no derrota la burguesía fascista que domina las
provincias de la llamada Media Luna. La magnitud de este
hecho se vería agravada por las estrechas redes que vinculan
el movimiento étnico liberador boliviano con similares de
Perú, Ecuador, Colombia y particularmente el Movimiento de
los Sin Tierra de Brasil, quienes combaten el proyecto
imperialista neoliberal de apropiarse todas las tierras
agrícolas de Suramérica. Todos aquellos movimientos
sostienen como premisa común, no aceptar el papel
paternalista y tutelar que asumen las metrópolis imperiales
-con base al falaz discurso victoriano de los Pueblos Elegidos-
sobre la supuesta incapacidad natural de los pueblos
indígenas y mestizos de Nuestra América para gobernar sus
propios países.

Los contenidos políticos esenciales del neoliberalismo, la


globalización y sus instrumentos de intervención, los Tratados
de Libre Comercio, etc., se apoyan en aquellas premisas
neocoloniales que expresan la asimetría existente entre el
país dominante que se considera civilizado y el país que se
somete a la voluntad del dominador, considerado incivilizado.
Por esta razón colonialista, para poder firmar un Tratado de
Libre Comercio con Estados Unidos, el supuesto pueblo
incivilizado debe cambiar prácticamente su sistema
constitucional, jurídico, cultural, social y económico para
permitir la penetración del país dominante y convertirse en
una inerme marioneta del poder imperial.

Los tratados de libre comercio están diseñados para convertir


la brecha histórica existente entre los países que se
consideran desarrollados y los que éstos llaman
subdesarrollados, en un atraso estructural permanente que se
manifiesta en la proliferación creciente de las condiciones de
pobreza y marginación. Esta relación colonial se manifiesta
simétricamente al interior de los países neocolonizados,
donde existen también enclaves territoriales urbanos de
supuesto progreso material y cultural donde habitan las clases
medias y altas de Nuestra América, alienadas al american
way of life. Dichos enclaves, sean éstos los barrios de clase
media y clase media alta de Chacao, Baruta o Cumbres de
Curumo en Caracas, los estados Zulia, Carabobo, Táchira y
Nueva Esparta, Venezuela, las alcaldías de Santa Cruz en
Bolivia, de Guayaquil en Ecuador, por nombrar solamente
algunos, actúan como instrumentos delegados del Primer
Mundo, del Imperio, para la explotación de las mayorías
empobrecidas y apropiarse como han hecho tradicionalmente
de mayor cantidad de riqueza del PNB que producen las
poblaciones pobres de los barrios y regiones campesinas.

A los fines de poder comprender y transformar todas estas


condiciones de apartheid existentes al interior de nuestros
propios países, los antropólog@s y científic@s sociales
revolucionarios en general, debemos buscar, tratar de
encontrar en el materialismo histórico nuevas formas de
teorizar y explicar los procesos de transformación social que
plantea la transición hacia la democracia socialista que se
están produciendo actualmente en Nuestra América. Dichos
procesos de transición no son exactamente iguales. Las
circunstancias históricas, sociales y culturales que los
determinan, son muy variadas. La constante en todos los
casos es que la dirección de los procesos es asumida por los
movimientos sociales que actúan en sentido transversal
formando nodos de gran intensidad de tensión e interacción
social.

Ciertamente el crecimiento de aquellos nodos sociales va


desde sociedades menos organizadas hacia sociedades más
organizadas, pero la jerarquía entre los mismos debe estar
determinada por su capacidad para formar redes sociales, no
para constituir pirámides de poder cuyo vértice esté ocupado
por la elite dominante. Las diferencias y asimetrías en el
crecimiento social, cultural y tecnológico se llenan en este
caso por la colaboración solidaria entre pueblos tal como han
acordado Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia y
Ecuador entre 2004 y 2008, no por la imposición de modelos
de dominación (Sanoja, 2008; Sanoja y Vargas-Arenas, 2008;
Vargas Arenas, 2007a).
Tal como fue planteado en 2007 en Venezuela por el fallido
(¡por ahora¡) proyecto de reforma de la constitución
bolivariana, todo lo anterior nos conduce a la necesidad de
saber y establecer cuál debe ser la estructura política y social
de una democracia socialista; definir por ejemplo cuáles
deben ser las formas concretas de la representación y la
participación social de los consejos comunales en el gobierno
de la nación, la participación periódica en los referenda
electorales para la toma democrática de decisiones políticas
que articule los principios del centro de trabajo (empresas de
desarrollo endógeno, consejos obreros, consejos estudiantiles,
etc.,) con el de residencia (consejos comunales, mesas
técnicas, etc.), para que éstos influyan en la manera como el
poder ejecutivo debe gobernar obedeciendo al interés de las
mayorías.

Dentro de los problemas a enfrentar y resolver con carácter


de urgencia está el de la desigualdad y la marginación social
de las mujeres que constituyen en Venezuela y en la mayoría
de países de Nuestra América el motor del socialismo, y el de
normar la relación de las comunidades con el medio
ambiente, secularmente agredido y degradado por el
capitalismo, del cual depende la existencia del estilo de vida
de buena parte de las clases populares, particularmente las
mujeres (Vargas-Arenas, 2006: 259; 2007a: 213-220; Vargas-
Arenas, 2007b: 33-47; Sanoja, 2008).
Las tendencias del cambio social revolucionario que se
observan en Nuestra América deberían ser el objeto de
estudio primordial de las Ciencias Sociales. Se está
produciendo un fenómeno social y cultural inédito como es el
surgimiento de nuevas formas societarias y culturales, de
nuevas estrategias destinadas a hacer posible la construcción
de sociedades socialistas donde participe libremente la
mayoría del pueblo, no como sujeto paciente sino como sujeto
activo y protagónico que permanentemente imprime su sello
particular en la construcción del nuevo presente.

Para enfrentar la poderosa ofensiva intelectual y mediática


del neoliberalismo y la globalización es necesario revitalizar el
estudio del marxismo en Nuestra América, sistema de
pensamiento interesado en conocer y estudiar la naturaleza y
dirección de los procesos de cambio y transformación de la
sociedad en su conjunto. Ello tiene como finalidad crear un
paradigma científico que nos permita estudiar la historia de
los pueblos de Nuestra América como integrada por procesos
civilizadores socialistas que son factores determinantes tanto
del presente como del futuro de los mismos. Como asentaba
el antropólogo mexicano Héctor Díaz Polanco (en Vargas,
1990: XV):

”…no se puede postular (sin caer en el misticismo, en lo


religioso) que el marxismo es ni será eterno; aunque no
puede negarse que es una concepción transitoria en tanto es
histórica y que, por ello mismo, algún día dejará de ser
vigente y tendrá que ser superada; es indudable que en la
actual época histórica (o sea, mientras estén vigentes las
condiciones que lo hicieron posible) el marxismo es
insuperable…”

Para abrir el camino del Socialista del Siglo XXI como


estrategia del cambio histórico, es necesario sobrepasar la
discusión académica sobre la existencia de una línea
universal del desarrollo y el progreso de la humanidad. Es
necesario –como plantea la Arqueología Social- estudiar y
entender la historia de los pueblos desde sus formaciones
sociales originarias, como fundamento de la estrategia para
identificar los diversos agentes sociales y conocer cuáles son
los sujetos históricos, los agentes subjetivos que desmontarán
las estructuras objetivas de dominación, enraizados en dichas
formas históricas específicas de producción, que servirán de
palanca para crear la Humanidad Nueva, la Sociedad Nueva.

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