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Lima – Perú, 2019. 1


Alice Miller

LA RUPTURA DEL CÍRCULO DEL ABUSO


MEDIANTE EL ACCESO AL SABER PROSCRITO
Una nota autobiográfica, artículos y entrevistas

Ediciones Socialidad
"La experiencia nos enseña que, en la lucha contra las
enfermedades psíquicas, únicamente disponemos, a la
larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la
verdad de la historia única y singular de nuestra infancia".

Alice Miller

El drama del niño dotado. Editorial Tusquets.


Barcelona - España, p. 15

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ÍNDICE

Página
Introducción. Un breve perfil de la vida y obra de Alice 5
Miller.

1. El acceso al saber proscrito y la ruptura con el 13


movimiento psicoanalítico. Una nota autobiográfica.

2. La raíz de la violencia. 12 puntos. 17

3. La ceguera emocional. 21 puntos. 20

4. El círculo del abuso. El rol esencial de un testigo 22


iluminado en la sociedad.

5. Maltrato y perversión. 26

6. Decir la verdad a sus hijos. 30

7. No existe “la buena zurra”. 38

8. Rescatar al niño interior. 41

9. “Maltratar a los niños produce una sociedad perversa”. 46


Entrevistas con Alice Miller.

10. Entrevista de Diane Connors con Alice Miller. 54

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INTRODUCCIÓN

Un breve perfil de la vida y la obra de Alice Miller

La nota autobiográfica, artículos y entrevistas de Alice Miller que se


reúnen en el presente documento han sido tomados de diversas fuentes
que se especifican en el pie de página de cada uno de los títulos. El
objetivo es dar conocer, a través de estos textos breves, el pensamiento
de Alice Miller y los acontecimientos que marcaron su vida, que se
exponen en su nota autobiográfica. Los textos seleccionados, a nuestro
modo de ver, cumplen con este objetivo. Un desarrollo más detallado de
los temas, obviamente, requiere de la lectura de cada una de sus obras
que, además del francés y de nuestro idioma, se han publicado en
diversos idiomas del mundo. Brevemente, paso a describir la vida de Alice
Miller que, como veremos luego, tuvo una influencia decisiva en su obra
intelectual.

Alice Miller (1923 - 2019) nació en Piotrków, Polonia, en una familia de


origen judío. Cuando ella nació, sus padres la llamaron Alicija Englard.
Con ese nombre creció y vivió hasta sus años de adolescencia, Cuando
tenía nueve años se fue a vivir a Berlin, con su familia, pero tuvieron que
retornar a Polonia cuando Hitler llegó al poder. La Miller padeció la
violencia durante toda su vida. De niña, fue víctima de malos tratos por
parte de su madre y de un padre indiferente, permisivo a la violencia, al
que ella recordaba con cariño, pero que era incapaz de acudir en su
auxilio. Luego, entre 1939 y 1945, vino la guerra, la persecución a los judíos
y el confinamiento de ella y su familia en el gueto de Piotrków, del que
lograron huir para salvar sus vidas. Es en estas circunstancias que, para
eludir su identidad judía, cambio su identidad a Alice Rostovska. Fue con
esta identidad que logró sacar a su madre. Su padre decidió quedarse y
murió enfermo en el gueto de Piotrków.

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Terminada la guerra, se fue a estudiar filosofía, psicología y sociología en
la Universidad de Basilea, en Suiza, en la que se doctoró en 1953. Luego,
tras la obtención de su doctorado, se formó en Zurich como psicoanalista,
especialidad que ejerció durante treinta años. En 1949 contrajo
Matrimonio con Andreas (Andrzej) Miller, un profesor de sociología,
católico, autoritario y antisemita, también de origen polaco, que viajó
con ella cuando se fue a estudiar a Suiza. Fue en este país que nacieron
sus hijos, Martín y Julika. Andreas era una persona violenta, que tenía
traumas de guerra y golpeaba a su hijo permanentemente, sin que su
madre hiciera nada para protegerlo. Fue recién en 1974, tras separarse
de su marido y superar un cáncer, que Alice comenzó a escribir los libros
que, años más tarde, la hicieron famosa en todo el mundo. En 1979
publico El drama del niño dotado, su primer libro, y un años más tarde, en
1980, vio la luz Por tu propio bien. Luego, vinieron sus demás libros, que
suman más de una docena en lengua francesa.

En 1988, tras tres décadas de estar vinculada al movimiento


psicoanalítico, Alice Miller dejó de practicarlo e hizo publica sus
discrepancias con esta disciplina. Ese mismo año se desvinculó de la
Sociedad Suiza de Psicoanálisis. En su opinión, la teoría freudiana de las
pulsiones otorgaba el marco para que las experiencias traumáticas de la
infancia sean interpretadas como fantasías infantiles, que enmascaraban
la verdad, negando la realidad del abuso y del maltrato infantil, y no
permitían acceder al “saber proscrito” y, por tanto, romper con el círculo
del abuso. El psicoanálisis, lejos de liberarnos, refuerza la represión de los
hechos que nos marcaron en la infancia. Desde entonces, hasta el día
de su muerte, acaecida en abril de 2010, Alice Miller rechazo que se le
catalogara como psicoanalista y pedía que se la reconozca como
“investigadora de la infancia” (“kindheritsforscherin”), cuyo tema
principal de estudio es la negación del sufrimiento padecido durante la
infancia.

Es por la misma época que Alice Miller tomó plena conciencia del daño
que le había infligido a sus hijos, en especial a su hijo mayor, Martín, que
fue el que más padeció los malos tratos del padre. En El auténtico «drama
del niño dotado», libro escrito por su hijo Martin, éste publicó la carta que
su madre le escribió en 1987, en la que, entre otras cosas, reconoce que
vivió treinta años con un hombre que la manipuló y maltrato durante

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tanto tiempo a ella y a sus dos hijos, del que pudo salvarse ella y su hija
Julika, más no así su hijo, que tuvo que arrastrar con el trauma del maltrato
propinado por el padre. En este libro, Martín también cuenta los
problemas que tuvo que padecer su madre en su infancia, cuando
respondía al nombre de Alicija Englard, a causa de la violencia que
ejercía sobre ella su abuela, problemas que se profundizaron durante la
guerra, cuando respondía al nombre de Alice Rostovska, en la que tuvo
que eludir su identidad judía y sufrir amenazas y chantajes debido a ello.
El matrimonio con Andreas Miller, de acuerdo con lo ya señalado,
profundizo esta historia de malos tratos, que además se hizo extensiva
hacia su hijo Martín, en la que ella misma, por omisión o descuido, estuvo
implicada.

Su hijo Martín, en el libro que escribió después de la muerte de su madre,


se refería a ella en los siguientes términos: "No quiero cuestionar el valor
de los libros de mi madre ni la relevancia de sus teorías a través de su
comportamiento conmigo. Pero su obra no tenía nada que ver con la
vida real de Alice Miller, con la forma como se comportaba conmigo, su
hijo. No era agradable ser el hijo de Alice Miller. Muy al contrario. A pesar
de que mi madre fuese una gran especialista en el tema de la infancia".
El libro que escribió Martín lleva por título El auténtico «drama del niño
dotado», lo que no es gratuito. Es un reproche a la desatención que sufrió
por parte de su madre en su infancia. Él, como cualquier otro niño que
sufre malos tratos, necesitaba de un «testigo auxiliador» y, mejor aún, de
un «testigo conocedor», que podía haber sido su madre, pero no lo
encontró en ella.

Obviamente, no fue suficiente la autocrítica o el mea culpa que hizo Alce


Miller para revertir el daño a su hijo. Lo mejor que hizo, quizás, fue dejar
que la historia se conozca. Su hijo la publicó después de su fallecimiento.
Su libro incluye la última carta que le escribió su madre el 9 abril de 2010,
cinco días antes de que falleciera. Nada de lo ocurrido en su vida familiar,
sin embargo, borra el enorme aporte que hizo Alice Miller para dar a
conocer el problema de la violencia hacia los niños y niñas. A ella le costó
muchos años entender el problema. Su primer libro, El drama del niño
dotado, lo publicó cuando tenía 56 años y ya había terminado de educar
a sus hijos. Su ruptura con el movimiento psicoanalítico la hizo cuando
tenía 65 años. Fue un proceso lento. Le costó años desaprender todo lo
aprendido en una historia de violencia, tanto dentro como fuera de su

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familia y, en el camino, no pudo evitar dañar a su hijo mayor. Su obra, en
buena cuenta, es producto de ese desaprendizaje. Y así debe ser leída
para logar entenderla a plenitud.

En lo que sigue, brevemente, pasamos a reseñar, en orden cronológico,


de acuerdo con la fecha en que se dieron a conocer en el idioma
original, algunos de los libros de Alice Miller que se han publicado en
castellano.

EL DRAMA DEL NIÑO DOTADO

Una de las obras fundamentales de Alice Miller, publicada originalmente


en 1979, que aborda el drama de los niños que provienen de "buena
familia", que han crecido aparentemente sin mayores problemas, pero
que tienen que hacer un enorme esfuerzo para agradar a sus padres,
hacer lo que ellos quieren y satisfacer sus expectativas, para conseguir su
afecto, lo que conlleva una serie de problemas, tales como postergar o
reprimir sus deseos y sentimientos, lo que conduce a la perdida de la
identidad y de toda relación valiosa consigo mismo, con su «yo» interior,
con las consecuencias que ello tiene, que se expresa en una
personalidad depresiva o en comportamientos compulsivos que, entre
otras cosas, incluyen el uso de drogas y fármacos. En esta obra, la Miller
analiza las causas de la depresión afectiva, cualquiera que sea su origen,
pero explora también los caminos que conducen a la recuperación de
las personas que padecen estos problemas. En 1994, Alice Miller dio a
conocer una nueva edición de esta obra, revisada y ampliada, que es la
que se ha traducido al castellano.

POR TU PROPIO BIEN

Este es el libro más conocido de Alice Miller, publicado originalmente en


1980, que encuentra las raíces del nazismo y de Hitler en las viejas
prácticas de crianza descritas en el antiguo testamento y en la Alemania
decimonónica. No se trató solo de un fenómeno individual o del liderazgo
carismático de Hitler, sino de toda una sociedad que, disciplinadamente,
se encaminó hacia el holocausto, con las consecuencias que todos
conocemos. El libro, además de Hitler, aborda el caso de Jürgen Bartsch,
un asesino serial de niños, que pasó por el mismo proceso de crianza. Un
concepto clave para explicar este tipo de personalidades es el de

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“pedagogía negra”, que la autora introduce y desarrolla en este libro,
para dar cuenta de las viejas prácticas de crianza vinculadas al
surgimiento del nazismo. Este concepto, sin embargo, se ha mantenido a
lo largo de todas sus obras posteriores, para dar cuenta de las viejas
prácticas de crianza que existen en nuestras sociedades y que explican
la violencia de la que son víctimas nuestros niños y niñas.

LA LLAVE PÉRDIDA

En este libro, publicado en 1988, Alice Miller aborda los aspectos de la


infancia de Friedrich Nietzsche, Pablo Picasso, Käthe Kollwitz, Buster
Keaton, entre otros personajes, que no han sido debidamente valorados
por sus biógrafos y que, en su opinión, pueden rastrearse en sus obras y,
con frecuencia, constituyen el común denominador de su producción
intelectual y artística. A esto es lo que la Miller denomina como “la llave
perdida”, que abre las puertas que, en cada caso, desencadenaron el
genio artístico e intelectual que se vio reflejado en sus obras.

EL SABER PROSCRITO

En este libro, también publicado en 1988, además de confesar su propia


historia de maltrato en su infancia, Alice Miller introduce el concepto de
“testigo iniciado”, es decir, aquella persona capaz de escuchar y ayudar
a las personas y los niños que sufren de malos tratos. El “saber proscrito”
alude a aquellas experiencias vividas en la infancia, que son reprimidas o
enmascaradas, a las que no tenemos acceso sin la ayuda o el apoyo de
un analista o “testigo iniciado”. Esta obra, por otro lado, marco la ruptura
de Alice Miller con el psicoanálisis, cuyas teorías –como es el caso del
“complejo de Edipo” freudiano- tienden a enmascarar y proscribir la
verdad de la propia infancia y, lejos de liberar, refuerzan la represión de
los hechos que nos marcaron en la infancia.

EL ORIGEN DEL ODIO

En esta obra, publicada en 1998, Alice Miller desarrolla, a través de


diversos casos que se exponen al inicio del libro, el tema del odio y su
origen. El odio se reproduce a través de la crianza del niño, cuando se
insiste que tiene que ser obediente, “por su propio bien”. Nadie nace con
odio; pero, en nuestras sociedades, es lo primero que aprende el niño en

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su proceso de socialización. Golpear a los niños tiene consecuencias
negativas en nuestras sociedades y degrada no sólo a la víctima sino
también al verdugo. El odio, sin embargo, no tiene que ser un destino. Es
posible evitarlo si llegamos a comprender que nace de la humillación que
habitualmente sometemos a nuestros hijos durante su infancia. En la parte
final del libro Alice Miller llama la atención de que, en los últimos años, los
jóvenes se han manifestado en contra de la guerra, de la destrucción del
medioambiente y, sobre todo, en demanda de una mayor humanidad;
pero nadie lo ha hecho en favor del derecho del niño a no ser golpeados
por los adultos. No se comprende que “muchas manifestaciones de
violencia que deseamos combatir tienen su origen en la mismísima cuna,
y que solo rechazando esa primera y aniquiladora violencia al comienzo
de una vida humana podremos impedir otros actos de violencia”. El libro
concluye señalando que “el auténtico amor soporta la verdad”, que es
lo que la autora reclama para salir del odio.

LA MADUREZ DE EVA

En este libro, publicado en el 2001, Alice Miller ensaya una interpretación


de la ceguera emocional que hay en nuestras sociedades. El libro, como
la propia autora lo señala, no se dirige a especialistas sino a todas las
personas que sienten inquietud por sus vidas y están abiertas a recibir
sugerencias. La aurora repasa, en este caso, los conceptos de
«pedagogía negra», «testigo auxiliador» y «testigo conocedor». La
pedagogía negra apunta a doblegar la voluntad del niño y convertirlo
en un ser obediente, por medio del ejercicio del poder, la manipulación
y el chantaje, ocultos o manifiestos, que ejerce sobre él sus padres o
cuidadores. El testigo auxiliador, por su parte es la persona que ayuda al
niño maltratado, que le ofrece un punto de apoyo, un contrapeso, frente
a la crueldad que vive en su familia. El testigo conocedor, por último, es
la persona que conocer las consecuencias del desampara y de los malos
tratos en el niño y que esta dispuestos a socorrerlo. En base a estos
conceptos, y a otros que se desarrollan en el libro, la autora explora los
mecanismos de evasión y el rol de diversos actores (terapeutas, iglesia,
etc.) frente al problema del maltrato; pero también plantea algunas
soluciones, que tienen que ver con el diálogo, la superación de los
bloqueos mentales y el poder curativo de la verdad,

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EL CUERPO NUNCA MIENTE

En este libro, publicado en el 2004, Alice Miller insiste en un tema


recurrente en sus obras, esto es, la negación del sufrimiento vivido en la
infancia, incluso en aquellas personas que provienen de familias
acomodadas. Los mecanismos de negación son distintos, dependiendo
del origen social, pero siempre operan en un plano inconsciente. Las
huellas del sufrimiento, sin embargo, no desaparecen, quedan grabadas
en el cuerpo. El inconsciente, para Miller, alude a los elementos
reprimidos, negados o disociados, que incluyen recuerdos, emociones y
necesidades. Las emociones, por su parte, tienen que ver con la reacción
corporal, no siempre consiente, pero a menudo vital, a los
acontecimientos internos y externos que nos marcan la vida. Los
sentimientos, por último, hacen referencia a la percepción consciente de
nuestras emociones. A través de estos mecanismos opera la “memoria”
corporal que almacena los acontecimientos reprimidos en nuestra
infancia y que Alice Miller desarrolla con detalle en el libro.

SALVAR TU VIDA

Esta obra, publicada en el 2007, es una de las últimas que escribió Alice
Miller. En este libro, además de repasar las causas y consecuencias de la
violencia contra la infancia, la autora explora los mecanismos que
permiten la superación del maltrato. En este marco, plantea la necesidad
de que las personas que han sufrido malos tratos en su infancia, en lugar
de compadecer a sus padres o de intentar comprenderlos o culparse a
sí mismo, se pongan del lado del niño maltratado que una vez fueron. Ello
no sólo permite acceder al saber proscrito, reprimido, sino también
liberarse de los efectos que la represión produce en la vida del adulto y
de sus familias y comunidades en las que vive. El libro incluye una sección
de cartas de los lectores y las respuestas de Alice Miller, que ayudan a
ejemplificar no sólo los casos, sino también las soluciones o salidas que se
proponen.

En general, la obra de Miller plantea una serie de retos para nuestra


sociedad. El tema principal de sus libros es la negación del sufrimiento
padecido durante la infancia, que suele ser recurrente en nuestros países,
independientemente de la matriz cultural en la que estamos insertos. El
niño y la niña, de acuerdo con esta autora, requieren de cuidado,

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protección, seguridad, calor, contacto con la piel, tocar, acariciar,
sensibilidad, en síntesis, necesitan sentirse amados por sus padres o
cuidadores. Cuando se le niega este afecto, ya sea por abandono moral
o por violencia física o psicológica, comienza una historia de maltrato
que, en la mayoría de los casos, tiene efectos negativos de por vida y, en
casos extremos, llega a tener características psicopáticas y
autodestructivas. El problema, sin embargo, tiende a ser invisibilizado.
Incluso corrientes como el psicoanálisis, que aspira a ser “psicología
profunda” y hurga sobre nuestra infancia, enmascara el problema y lo
reduce a fantasías de los niños. La culpa es del niño; no de sus padres. El
adulto tiene que procesar la culpa que se desprende de sus fantasías
infantiles y superarlas, “La sociedad defiende al adulto y culpa al niño por
lo que se ha hecho con él”, nos dice la Miller. Es justo esa concepción
adulto-céntrica la que requiere ser cambiada, no sólo para proteger a
nuestros niños, sino también para prevenir y evitar todo tipo de violencia
y construir una verdadera sociedad democrática. Cabe precisar, sin
embargo, que más allá de que Alice Miller renunciara al movimiento
psicoanalítico, de inspiración freudiana, y que, en las dos últimas
décadas de su vida, prefería que se la reconozca como “investigadora
de la infancia”, lo suyo, por el método que usó siempre, sigue siendo
psicoanálisis, pero un psicoanálisis científico, renovado, desprendido de
toda fantasía erótica sobre la infancia, propia de la sociedad patriarcal,
con la que la escuela freudiana pretendía enmascarar los problemas de
la niñez. Le paso no solo a Alice Miller, sino también a Alfred Adler, Eric
Fromm, Bruno Bettelheim, Melanie Klein, Karen Horney, y tantos otros, que
disintieron de la ortodoxia freudiana y fueron “expulsados” del
movimiento psicoanalítico.

Arturo Manrique Guzmán

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1

EL ACCESO AL SABER PROSCRITO Y LA RUPTURA CON EL


MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO

Una nota autobiográfica*.

Es falso que los seres humanos estén obligados a continuar maltratando


compulsivamente a sus hijos, causándoles daños permanentes y
destruyendo así nuestro futuro. En 1979, cuando –todavía bajo la
influencia del pensamiento psicoanalítico- escribí El drama del niño
dotado, yo misma pensaba aún de esa manera. Pero ahora ya sé que
las cosas no tienen por qué seguir siendo así. Si se conoce el agente
patógeno de una enfermedad contagiosa, ésta no tiene por qué
extenderse. La victima puede recobrarse de sus heridas y evitar infligirlas
a sus propios hijos, siempre y cuando no las ignore. Es perfectamente
posible despertar de ese sueño. Y en ese estado de vigilia se abre un
espacio para los mensajes de nuestros hijos, de los cuales podemos
aprender todo lo que necesitamos para no volver nunca más a destruir
la vida, sino a protegerla y a dejarla desarrollarse.

No tomar en serio los propios sufrimientos, trivializarlos o incluso reírse es


algo que está bien visto en nuestra cultura. Es más, esa postura se
considera una virtud, y muchas personas, entre las cuales me contaba yo
antes, están orgullosas de su falta de sensibilidad hacia su propio destino
y sobre todo hacia su infancia. He intentado mostrar en mis libros por qué
la nefasta creencia en la idoneidad de semejante postura se ha
asentado tan firmemente entre nosotros y cuáles son las trágicas
realidades que ayuda a camuflar. Gentes de diversos países me
comunican una y otra vez, con gran alivio, que tras la lectura de El drama

*Extractode: Alice Miller. El saber proscrito. Ensayos Tusquets Editores. Barcelona –


España, 1990.

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del niño dotado han sentido por primera vez en sus vidas algo parecido
a compasión hacia el niño maltratado o incluso apaleado que fueron un
día. Me dicen que ahora se respetan a sí mismos más que antes y son
capaces de percibir mejor y con más exactitud sus necesidades y sus
sentimientos. Con frecuencia oigo cosas como: «Usted describe mi vida
en ese libro. ¿De dónde ha sacado todo eso?».

¿De dónde lo he sacado? Hoy ya no me resulta difícil responder a esa


pregunta. Hoy sé que no fueron los libros, ni mis profesores, ni mis estudios
de filosofía, ni mi formación como psicoanalista quienes me
proporcionaron ese saber. Todo lo contrario: sus conceptos mistificadores
y su distancia respecto a la realidad me impidieron durante largo tiempo
reconocer la verdad. Quien me proporcionó ese saber fue,
sorprendentemente, la niña que hay en mí, la niña en su día maltratada,
explotada, paralizada y condenada al silencio, y que por fin halló sus
sentimientos y con ellos las palabras necesarias, y entre dolores, me contó
su historia. Fu esa historia la que empecé a describir en El drama del niño
dotado, y numerosas personas reconocieron en ella su propia historia
como en una espejo.

En mi cuarto libro, Bilder einer Kindheit (1985), describí con más precisión
el modo en que se produjo mi encuentro con aquella criatura que acaba
de volver de su destierro, y cómo pude ofrecerle el amparo que
necesitaba para poder sentir sus dolores y hablar de ellos.

El descubrimiento de que fui una niña maltratada, de que desde el


principio de mi vida tuve que amoldarme a las necesidades y los
sentimientos de mi madre sin tener la menor oportunidad d sentir los míos,
fue una gran sorpresa para mí. El descubrimiento de mi total desamparo
en aquella época me mostro también la intensidad de la represión que
me mantuvo toda la vida alejada de la verdad, y la impotencia del
psicoanálisis, el cual, mediante sus engañosas teorías, había contribuido
a consolidar esa represión. En el marco de mi formación, yo me había
sometido a dos prácticas de análisis durante las cuales las analistas no
habían sido capaces de cuestionar mi versión de la infancia feliz que yo
supuestamente había tenido. Solo la dedicación espontánea a la
pintura, actividad que empecé en 1973, me facilitó por primera vez un
acceso no falseado a mi antigua realidad. Me enfrenté en mis cuadros al
terror ejercido por mi madre, al que estuve sometido durante años. Pues

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ninguna de las personas que me rodeaban, ni siquiera mi padre, un
hombre afectuoso, había podido jamás detectar y poner en tela de juicio
los atropellos a los que se me sometió bajo el pretexto de educarme.
Habría bastado con que una sola persona hubiera comprendido lo que
estaba sucediendo y me hubiera puesto bajo su protección, para que mi
vida entera hubiera transcurrido de otro forma. Esa persona podría
haberme ayudado a reconocer la crueldad y así yo hubiera evitado
arrostrarla durante decenas de años como algo normal y necesario, a
costa de mi propia vida.

Esa parte de mi historia, esa falta de testigos capaces de comprender es


posiblemente una de las causas de mi deseo de alcanzar con mis libros a
personas que potencialmente puedan salir en defensa de niños que
sufren. Me refiero a todos aquellos que no tienen reparos en tomar partido
claramente por el niño y protegerlo de los abusos de poder de los adultos.
En nuestra sociedad, hostil a los niños, esas personas son aún escasas,
pero su número está aumentando.

Mi dedicación espontanea a la pintura no solo me ayudo a descubrir mi


historia personal, sino también a liberarme de las ataduras mentales y de
los conceptos de mi educación y formación, que conseguí identificar
como falsos, engañosos y fatales. A medida que iba aprendiendo a
seguir mis impulsos jugando libremente con los colores y las formas, los
lazos que me ataban a las convenciones estéticas o de otra índole se
iban debilitando. Yo no pretendía pintar cuadros hermosos; ni siquiera me
importaba que fueran buenos o no. Lo único que pretendía era ayudar a
la verdad a abrase paso. Lo conseguí por fin a partir de 1983, con la
ayuda del método terapéutico de Konrad Stettbacher (…). Pero, antes
ya, yo había empezado a ver cada vez más claramente que los artificios
del psicoanálisis bloquean el acceso a la verdad. E intenté mostrar eso
en mis libros a fin de ayudar a las víctimas de ese bloqueo a abrir los ojos
y ahorrarles al menos el trabajoso camino que supuso mi propia
búsqueda. Ello me atrajo muchos odios, pero también mucha gratitud.

Entre tanto había ya comprendido que si se me había maltratado siendo


niña había sido porque mis padres, durante su infancia, habían
experimentado cosas semejantes y, al mismo tiempo, habían aprendido
a contemplar tales atropellos como educación pensada para su bien.
Dado que –como los analistas de mi formación- no estaban en

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condiciones de sentir, y por lo tanto tampoco de comprender lo que les
había sucedido a ellos mismo en su día, eran incapaces de reconocer los
malos tratos sufridos y, sin la menor traza de mala conciencia, me los
infligieron a mí a su vez.

Comprendí que no podía obrar la más mínima alteración en la historia de


mis padres y maestros, que los había hecho ciegos. Pero al mismo tiempo
supe que podía y debía intentar hacer conscientes a los actuales padres
jóvenes, y sobre todo a los del futuro, de los peligros del abuso de poder,
sensibilizarlos al respecto y abrirles los ojos a las señales emitidas por sus
hijos.

Puedo lograr esto ayudando a hablar al niño, a la víctima hasta ahora


condenada al silencio y carente de derechos, describiendo sus
sufrimientos desde su perspectiva, y no desde la del adulto. Pues fue
precisamente de ese niño de quien obtuve informaciones vitales,
respuestas a preguntas que habían quedado pendientes durante mis
estudios de filosofía y psicoanálisis, y que sin embargo habían seguido
persiguiéndome durante toda la vida. Hasta que no tuve claros en todo
su alcance los motivos reales de mis miedos y experiencias dolorosas
infantiles, no comprendí qué es lo que los adultos se ven obligados a
mantener lejos de sí durante toda su vida, y por qué en lugar de
enfrentarse a su propia verdad prefieren, por ejemplo, organizar una
gigantesca autodestrucción atómica, sin llegar a percibir lo absurdo de
tal cosa. No logré concebir la coaccionadora lógica de ese absurdo
hasta que, gracias a la terapia, pude poner en su sitio la pieza que faltaba
en el rompecabezas, el secreto, hasta entonces celosamente guardado,
de la infancia. Y es que cuando se consigue abrir los ojos a los sufrimientos
del niño, se comprende de repente que los adultos tenemos en nuestras
manos el hacer de nuestras criaturas, según el trato que les demos,
monstruos o personas capaces de sentir y, por lo tanto, responsables.

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2

LA RAÍZ DE LA VIOLENCIA

12 Puntos*

Hace ya varios años que está científicamente comprobado que los


efectos devastadores de los traumatismos infligidos a los niños repercuten
inevitablemente sobre la sociedad. Esta verdad concierne a cada
individuo por separado y debería –si fuese suficientemente conocida–
llevar a modificar fundamentalmente nuestra sociedad, y sobre todo a
liberarnos del crecimiento ciego de la violencia. Los puntos siguientes
ilustrarán esta tesis.

1) Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar,


expresar sus necesidades y sus sentimientos.

2) Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de


los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse.

3) Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de


adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos,
abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo
intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.

4) La reacción normal del niño a esta herida sería la cólera y el dolor.


Pero, en su soledad, la experiencia del dolor le sería insoportable, y la
cólera la tiene prohibida. No le queda otro remedio que el de
contener sus sentimientos, reprimir el recuerdo del traumatismo e

*Fuente:http://www.screamsfromchildhood.com/raiz_de_la_violencia.html. Año de
publicación: 2008.

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idealizar a sus agresores. Más tarde no le quedará ningún recuerdo de
lo que le han hecho.

5) Estos sentimientos de cólera, de impotencia, de desesperación, de


nostalgia, de angustia y de dolor, desconectados de su verdadero
origen, tratan por todos los medios de expresarse a través de actos
destructores, que se dirigirán contra otros (criminalidad, genocidio), o
contra sí mismo (toxicomanía, alcoholismo, prostitución, trastornos
psíquicos, suicidio).

6) Cuando nos hacemos padres, utilizamos a menudo a nuestros propios


hijos como víctimas propiciatorias: persecución, por otra parte,
totalmente legitimada por la sociedad, gozando incluso de un cierto
prestigio desde el momento en que se engalana con el título de
educación. El drama es que el padre o la madre maltratan a su hijo
para no sentir lo que le hicieron a ellos sus propios padres. Así se asienta
la raíz de la futura violencia.

7) Para que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal, ni en un


enfermo mental es necesario que encuentre, al menos una vez en su
vida, a alguien que sepa pertinentemente que no es él quien está
enfermo, sino las personas que lo rodean. Es únicamente de esta
forma que la lucidez o ausencia de lucidez por parte de la sociedad
puede ayudar a salvar la vida del niño o contribuir a destruirla. Esta es
la responsabilidad de las personas que trabajan en el terreno del
auxilio social, terapeutas, enseñantes, psiquiatras, médicos,
funcionarios, enfermeros.

8) Hasta ahora, la sociedad ha sostenido a los adultos y acusado a las


víctimas. Se ha reconfortado en su ceguera con teorías, que están
perfectamente de acuerdo con aquellas de la educación de nuestros
abuelos, y que ven en el niño a un ser falso, con malos instintos,
mentiroso, que agrede a sus inocentes padres o los desea
sexualmente. La verdad es que cada niño tiende a sentirse culpable
de la crueldad de sus padres. Y como, a pesar de todo, sigue
queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad.

9) Hace solamente unos años, se ha podido comprobar, gracias a


nuevos métodos terapéuticos, que las experiencias traumatizantes de

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Lima – Perú, 2019. 18
la infancia, reprimidas, están inscritas en el organismo y repercuten
inconscientemente durante toda la vida de la persona. Por otra parte,
los ordenadores que han grabado las reacciones del niño en el vientre
de su madre, han demostrado que el bebé siente y aprende desde el
principio de su vida la ternura, de la misma manera que puede
aprender la crueldad.

10)Con esta manera de ver, cada comportamiento absurdo revela su


lógica, hasta ahora ocultada, en el mismo instante en que las
experiencias traumatizantes salen a la luz.

11)Una vez conscientes de los traumatismos de la infancia y de sus


efectos podremos poner término a la perpetuación de la violencia de
generación en generación.

12)Los niños, cuya integridad no ha sido dañada, que han obtenido de


sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se
convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles,
comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir
en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse.
Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y
respetarán naturalmente a los más débiles y por consecuencia a sus
propios hijos porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de
este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad
el que estará grabado en ellos.

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Lima – Perú, 2019. 19
3

LA CEGUERA EMOCIONAL

21 Puntos*

1) El niño recién nacido siempre es inocente.

2) Cada niño necesita entre otras cosas: cuidado, protección,


seguridad, calor, contacto con la piel, tocar, acariciar, sensibilidad...

3) Estas necesidades rara vez son suficientemente satisfechas; de hecho,


a menudo los niños son explotados por los adultos para sus propios
fines (trauma de abuso infantil).

4) El abuso tiene efectos de por vida.

5) La sociedad defiende al adulto y culpa al niño por lo que se ha hecho


con él.

6) El maltrato infantil ha sido negado históricamente y sigue negándose


hoy en día.

7) Esta negación hace que la sociedad ignore sus efectos devastadores.

8) El niño, traicionado por la sociedad, no tiene otra opción que reprimir


el trauma e idealizar al abusador.

9) La represión conduce a la neurosis, a la psicosis, a los trastornos


psicosomáticos y a la delincuencia.

10)En la neurosis, las necesidades del niño han sido reprimidas o negadas;
en cambio, se experimentan sentimientos de culpa.

*Fuente: http://www.psicodinamicajlc.com/articulos/varios/alice_miller_2.html

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Lima – Perú, 2019. 20
11)En la psicosis, el maltrato se transforma en una versión ilusoria
disfrazada (locura).

12)En los trastornos psicosomáticos, se siente el dolor de los malos tratos


pero se ocultan los orígenes reales.

13)En la delincuencia, la confusión, la seducción y el maltrato infantil se


dirigen hacia fuera una y otra vez.

14)El proceso terapéutico sólo puede tener éxito si se basa en descubrir


la verdad sobre la infancia del paciente, en lugar de negarla.

15)La teoría psicoanalítica de la "sexualidad infantil" realmente protege


al padre y refuerza la ceguera de la sociedad.

16)Las fantasías siempre sirven para ocultar o minimizar la realidad de una


infancia insoportable, para que el niño pueda sobrevivir; por lo tanto,
el supuesto trauma inventado es siempre una versión menos dañina
que la real, que ha sido reprimida.

17)Las fantasías que se expresan en la literatura, en el arte, en los cuentos


de hadas y los sueños, a menudo transmiten inconscientemente
experiencias de la niñez temprana en forma simbólica.

18)Este testimonio simbólico es tolerado en nuestra cultura gracias a la


ignorancia crónica de la sociedad sobre la realidad de la infancia. Si
se entendiera la importancia de estas fantasías sería rechazadas.

19)Un delito pasado no se deshace por comprender la ceguera y las


necesidades no satisfechas de su autor.

20)Los nuevos delitos, sin embargo, sí pueden prevenirse, si las víctimas


empiezan a ver y a ser conscientes de lo que han hecho con ellos.

21)Por lo tanto, los relatos de las víctimas serán capaces, con el tiempo,
de lograr más conciencia y responsabilidad social.

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Lima – Perú, 2019. 21
4

EL CÍRCULO DEL ABUSO

El rol esencial de un testigo iluminado en la sociedad*

Desde la adolescencia siempre me he preguntado por qué la gente


parece encontrar placer en humillar a los otros. El hecho de que algunas
personas sean sensibles al sufrimiento de los otros, claramente prueba
que la necesidad destructiva no es un aspecto universal de la naturaleza
humana. Así que ¿por qué algunos tienden a resolver sus problemas
mediante la violencia mientras que otros no?

La Filosofía no pudo resolver mi pregunta y la teoría Freudiana del deseo


de muerte nunca me convenció. Era solamente al examinar de cerca las
historias de la infancia de los asesinos, especialmente los asesinos en
masa, que empecé a comprender las raíces del bien y el mal: no en los
genes, como comúnmente se cree, sino a menudo en los primeros días
de vida. Hoy para mí es inconcebible que un niño que viene al mundo
entre padres atentos, amorosos y protectores, se pueda convertir en un
monstruo predador. Y en las infancias de los asesinos que después se
convirtieron en dictadores, siempre he encontrado un horror de pesadilla,
un record de humillación y mentiras continuas, que cuando llegaron a ser
adultos los hacía cometer actos de venganza sin merced en la sociedad.
Estos actos de venganza siempre fueron sepultados en teorías hipócritas,
tratando de hacer suponer que el deseo exclusivo y más importante para
ellos era la felicidad de su propia gente. De esta manera, el dictador
inconscientemente emuló a sus propios padres que, en su infancia
también insistieron que los golpes que les dieron a sus hijos fueron por su

*Fuente: http://www.psicodinamicajlc.com/articulos/varios/alice_miller_5.html

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Lima – Perú, 2019. 22
propio bien. Esta creencia estaba ampliamente extendida hace un siglo,
particularmente en Alemania.

Encontré lógico que si a un niño se le golpeaba a menudo, rápidamente


aprendería el lenguaje de la violencia. Para el, éste lenguaje se convertía
en el único medio efectivo de comunicación disponible. Y lo que yo
encontré lógico, aparentemente no lo era para mucha gente. Cuando
empecé a ilustrar mi tesis al hablar de los ejemplos de Hitler y Stalin,
cuando traté de exponer las consecuencias sociales del abuso a los
menores, encontré feroz resistencia. Repetidamente se me dijo “yo,
también, fuí golpeado de niño, pero eso no me convirtió en criminal.”
Cuando les pregunté de los detalles de su infancia, siempre me
comentaron de alguna persona que los amaba pero que era incapaz de
protegerlos. A pesar de esto, esta persona, a través de su presencia, les
dio una noción de amor y confianza.

Les llamo a estas personas los testigos que ayudan. Dostoyevsky, por
ejemplo, tenía un padre muy brutal, pero una madre amorosa. Ella no era
lo suficientemente fuerte para protegerlo de su padre, pero le dio una
poderosa concepción acerca del amor, sin la cual sus novelas hubieran
sido inimaginables. Algunos también tuvieron la suficiente suerte de
encontrar testigos fuertes e iluminados, gentes que les ayudaron a
reconocer las injusticias que los hicieron sufrir, que los dejaron expresar sus
sentimientos de odio, dolor e indignación por lo que les había sucedido.
Estas personas nunca se convirtieron en criminales.

Cualquiera que aborde el problema del abuso hacia los niños, es común
que se encuentre algo muy raro: es muy frecuente observar que los
padres que abusan de sus hijos tienden a maltratarlos y no ocuparse de
ellos de maneras que se asemejan al tratamiento que recibieron cuando
niños, sin tener ninguna memoria consciente de sus propias experiencias.
Es bien sabido que los padres que molestan a sus hijos a través de abuso
sexual, a menudo no son conscientes que ellos mismos sufrieron el mismo
abuso. Es solo durante la terapia, aún ordenada por la corte, que ellos
descubren, estupefactos, su propia historia, y se dan cuenta de que por
años han actuado su propio escenario, solo para tratar de librase de el.

¿Cómo podemos explicar ésto? Después de estudiar el asunto por años,


me parece claro que la información de abuso inflingida durante la

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Lima – Perú, 2019. 23
infancia se graba en las células del cuerpo como una clase de memoria,
vinculada a la ansiedad reprimida. Si falta la ayuda de un testigo
iluminado, y estas memorias no llegan a la consciencia, a menudo
compelen a la persona a realizar actos violentos, que reproducen el
abuso sufrido en la infancia, que fue reprimido para poder sobrevivir. El
objetivo es evitar el miedo de impotencia ante un adulto cruel, éste
miedo se puede evitar momentáneamente al crear situaciones en las
cuales uno juega el rol activo, el rol del poderoso, hacia una persona sin
poder.

No es un camino fácil el librarse a uno mismo de miedos inconscientes. Es


esto es la razón por la cual la ofensa se repite incesantemente. Un flujo
constante de nuevas víctimas debe ser encontrado, como fue
recientemente demostrado por los escándalos de pedofilia en Bélgica.
Hasta el día de su muerte, Hitler estaba convencido que solo la muerte
de cada uno de los judíos podría protegerlo de la temible y diaria
memoria de su brutal padre. Ya que su padre era mitad judío, todas las
personas judías debían ser exterminadas. Sé que el no creer esta
interpretación del Holocausto es muy fácil, pero sinceramente no he
encontrado una mejor. Además, el caso de Hitler muestra que el odio y
el miedo no se pueden resolver a través del poder, aún el poder absoluto,
mientras que el odio se transfiera hacia los chivos expiatorios. Por el
contrario, si la causa verdadera del odio es identificada, es
experimentada con los sentimientos que acompañan a esta revelación,
el odio ciego de las víctimas inocentes se puede eliminar. Los criminales
sexuales terminan sus depredaciones si manejan su amnesia y hacen
duelo por su destino trágico, gracias a la empatía de los testigos
iluminados. Las viejas heridas pueden sanar si se exponen a la luz del día.
Pero no se pueden repudiar con la venganza.

Unos japoneses hicieron una filmación de trabajo terapéutico en una


prisión en Arizona, donde el método se basó en mis libros. Me enviaron el
video casete y encontré los resultados muy reveladores. Los presos
trabajaron en grupos, hablaron de sus infancias y algunos dijeron, “He
andado por todos lados, matando gente inocente para evitar los
sentimientos que tengo hoy. Pero sé que puedo soportar esos
sentimientos en el grupo, donde me siento seguro. Ya no tengo que correr
y matar, estoy en mi hogar y reconozco lo que sucedió. El pasado
retrocede y mi furia con él.”

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Para que este proceso tenga éxito, el adulto que ha crecido sin ayuda
de testigos en su infancia necesita el apoyo de testigos iluminados,
personas que han entendido y reconocido las consecuencias del abuso
infantiles. En una sociedad informada, los adolescentes pueden aprender
a verbalizar su verdad y a descubrirse a ellos mismos en su propia historia.
No tendrían la necesidad de vengarse violentamente por sus heridas, o
de envenenar sus sistemas con drogas, si tienen la suerte de hablar con
otros de sus experiencias tempranas, y tienen éxito de obtener la verdad
desnuda de sus propias tragedias. Para hacer esto necesitan la ayuda de
personas conscientes de las dinámicas del abuso infantil, que pueden
ayudarles a dirigir sus sentimientos seriamente, entenderlos e integrarlos
como parte de su historia, en vez de vengarse contra los inocentes.

Me han atribuido erróneamente la tesis de acuerdo a la que


inevitablemente cada víctima se convierte en perpetrador, una tesis que
encuentro totalmente falsa, de hecho absurda. Ya ha sido probado que
muchos adultos han tenido la buena suerte de romper el ciclo del abuso
a través del conocimiento de su pasado. También pude saber
ciertamente que nunca he encontrado perpetradores que no hayan sido
víctimas en su infancia, aunque muchos no lo saben porque sus
sentimientos están reprimidos. Mientras estos criminales conocen menos
de si mismos, más peligrosos son para la sociedad. Así que pienso que es
crucial para el terapeuta encontrar la diferencia entre el decir “cada
víctima se convierte en perpetrador,” la cual es falsa, y decir “cada
perpetrador fue una víctima en su infancia”, lo que considero cierto. El
problema es que si no siente nada, no recuerda nada, no se da cuenta
de nada, y es la razón por la que los estudios no siempre revelan la
verdad. Y la presencia de un testigo iluminado cálido, -un terapeuta,
trabajador social, abogado, juez- puede ayudar al criminal a
desbloquear sus sentimientos reprimidos y restaurar el flujo irrestricto de
consciencia. Esto puede iniciar el proceso de escape del círculo vicioso
de la amnesia y violencia.

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5

MALTRATO Y PERVERSIÓN*

La revelación de que soldados estadounidenses practicaron torturas de


manera sistemática a los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib
ha tenido repercusiones políticas para la Administración de George W.
Bush que son todavía difíciles de calibrar. Pero, además de los efectos del
escándalo provocado por las imágenes de esas prácticas aberrantes, sus
causas profundas -generalmente no visibles- remiten a esa zona gris en la
que se cultiva el odio y la deshumanización del enemigo. En esta página
se publican dos aproximaciones a los orígenes y finalidades de la tortura.

Son muchas las personas que afirman estar horrorizadas por los actos de
perversión cometidos por los soldados estadounidenses contra los
prisioneros iraquíes. Yo no he oído nunca que se haya producido una
reacción semejante en respuesta a los intentos esporádicos de denunciar
prácticas similares en las escuelas británicas y estadounidenses. Allí,
dichas prácticas se presentan bajo el membrete de "educación". Pero la
crueldad es la misma. El mundo parece estar estupefacto porque
semejante brutalidad haya asomado la cabeza entre las fuerzas
estadounidenses. Después de todo, Estados Unidos se presenta a sí mismo
ante la opinión pública internacional como el guardián de la paz
mundial.

Hay una explicación para todo esto, pero casi nadie quiere oírla.
Definitivamente, ha sido bueno que se haya arrojado luz sobre la
situación y que los medios de comunicación hayan desenmascarado
esta mentira tal y como es. Básicamente, la historia viene a ser la
siguiente: nosotros somos una nación civilizada y amante de la libertad y

*Este artículo apareció en la edición impresa de El País del 6 de junio de 2004.

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llevamos la libertad y la independencia al mundo entero. Siguiendo esta
consigna, los estadounidenses entraron por la fuerza en Irak, con
devastadores resultados, y siguen insistiendo en que están exportando
valores culturales. Pero ahora resulta que junto a sus bombas y misiles, los
soldados, bien entrenados y elegantemente vestidos, portan un enorme
arsenal de rabia acumulada, invisible desde el exterior, invisible para ellos
mismos, oculta en lo más profundo, pero inequívocamente peligrosa.

¿De dónde viene esa rabia reprimida, esta necesidad de atormentar,


humillar, escarnecer y maltratar a seres humanos indefensos (prisioneros y
niños por igual)? ¿De qué se están resarciendo estos soldados
aparentemente tan duros? Y ¿dónde han aprendido esta conducta?
Primero, cuando eran niños pequeños y se les enseñó obediencia por
medio del "correctivo" físico; después, en la escuela, donde fueron el
objeto indefenso del sadismo de algunos de sus maestros, y finalmente,
en su etapa de reclutas, en la que fueron tratados como basura por sus
superiores para que pudieran finalmente adquirir la muy dudosa
habilidad de aceptar cualquier cosa que se les imponga y dar la talla de
"duros". La sed de venganza no surge de la nada. Tiene una causa
claramente identificable. La sed de venganza tiene sus orígenes en la
infancia, cuando los niños se ven obligados a padecer en silencio y
soportar la crueldad que se les inflige en nombre de la educación.
Aprenden cómo atormentar a otros, primero de sus padres y después de
sus maestros y superiores. No es nada más que una instrucción sistemática
por medio del ejemplo sobre cómo destruir a otros. Y sin embargo hay
mucha gente que cree que eso no tiene consecuencias nocivas. Como
si un niño fuera un recipiente que se puede vaciar de vez en cuando.
Pero el cerebro humano no es un recipiente; las cosas que aprendemos
en las primeras etapas de nuestra vida permanecen con nosotros en la
edad adulta.

En mi último libro, The Body Never Lies, señalaba que en 22 Estados de


esta nación los niños y adolescentes pueden ser golpeados, humillados y,
a veces, estar sometidos al más claro sadismo sin que esto tenga ninguna
consecuencia legal. Un trato así es equivalente a la auténtica tortura.
Pero no se le llama así. Se conoce más bien con el nombre de educación,
disciplina, liderazgo. Estas prácticas son activamente respaldadas por la
mayoría de las religiones. No hay protestas contra ellas, excepto en
algunas páginas de Internet. Pero Internet también está llena de anuncios

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de látigos y otros artefactos para castigar a los niños pequeños y hacerlos
temerosos de Dios, para que Dios los apruebe y les conceda su amor. El
escándalo de Irak muestra qué es de esos niños cuando alcanzan la
edad adulta. Los soldados pervertidos son el fruto de una educación que
inculca activamente la violencia, la vileza y la perversión a los más
jóvenes. Los medios de comunicación citan a expertos en psicología que
sostienen que la brutalidad mostrada por los soldados es la consecuencia
del estrés causado por la guerra. Es cierto que la guerra desa-ta la
agresividad latente. Pero para poder desatarla es necesario que esté allí
previamente. A las personas que no han estado expuestas desde muy
temprana edad a la violencia, bien sea en casa o en la escuela, les
resultaría imposible maltratar y escarnecer a prisioneros indefensos.
Sencillamente no podrían hacerlo. Sabemos por la historia de la última
guerra mundial que muchos soldados fueron capaces de mostrar un
rostro humano, incluso en el estrés de la guerra, si se habían criado sin
contacto con la violencia. Muchos relatos de la guerra y de las
condiciones en los campos de concentración nos dicen que incluso las
situaciones más extremas de estrés no convierten necesariamente a los
adultos en seres pervertidos.

La perversión tiene una historia larga y oscura, invariablemente enraizada


en la infancia del individuo. No es sorprendente que estas historias se
oculten generalmente a los ojos de la sociedad. Las personas a las que
se enseñó a obedecer infligiéndoles violencia tienen buenas razones
para rehuir el recuerdo de los sufrimientos padecidos en la infancia y
tomar medidas de precaución para que los hechos suprimidos para
siempre no salgan jamás a la luz del día. Muchos prefieren someterse a
flagelaciones en clubes sadomasoquistas, de las que afirman disfrutar, en
vez de preguntarse a sí mismos por qué se entregan a tales perversiones.
En nuestra sociedad sigue predominando el culto al inconsciente. No es
cierto que todos llevemos dentro la "bestia", como afirman algunos
expertos en psicología. Solamente las personas que han recibido un trato
perverso, pero niegan este hecho, buscarán chivos expiatorios sobre los
que puedan descargar inconscientemente esta rabia, contando en las
entrevistas que lo hicieron "sólo por divertirse" (exactamente lo mismo que
podrían haber declarado los "inocentes" padres que los maltrataron). O
se destruyen a sí mismos tomando sustancias que alivien su dolor. Los
niños, naturalmente, son incapaces de soportar el dolor de verse
convertidos en víctimas ni de comprender que se está cometiendo un

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delito contra ellos. Pero cuando son adultos pueden aprender a
identificarse con el niño herido y, al hacerse conscientes, se pueden
liberar a sí mismos (y al mundo) de la "bestia" que llevan dentro.

Alice Miller, filósofa y psicóloga suiza, es autora, entre otros libros, de Por tu
propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño y El saber
proscrito (Tusquets Editores). Traducción de News Clips. © Alice Miller, 2004.

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6

DECIR LA VERDAD A SUS HIJOS*

A veces intento imaginarme cómo reaccionaría una persona que


hubiese crecido en otro planeta, en el cual a nadie se le hubiese ocurrido
pegar a los niños. Quizás algún día gracias al progreso espacial, se podrá
viajar de planeta a planeta y seres de costumbres completamente
diferentes llegarán a nuestra tierra. ¿Qué sentirán entonces en su mente
y en su corazón cuando vean a un adulto humano vigoroso precipitarse
sobre niños pequeños indefensos y pegarles en un arrebato de furor?

Hoy en día es todavía práctica corriente creer que los niños no están
dotados de sensibilidad y persuadirnos de que todos los sufrimientos que
les infligimos no tienen consecuencias o en todo caso de menor
importancia que en los adultos, precisamente porque son « todavía
niños ». Por esta misma razón, hasta hace poco tiempo las operaciones
sin anestesia estaban autorizadas en los niños. Peor aún, la circuncisión y
la extirpación se consideran en numerosos países como costumbres
tradicionales legítimas igual que los ritos de iniciación sádicos...

Pegar, golpear a un adulto se denomina tortura, pegar a los niños lo


llamamos educación. ¿Por qué no es esto suficiente para poner
claramente y netamente en evidencia la existencia de una anomalía
que perturba el cerebro de la mayoría de la gente, una « lesión », un
enorme vacío justamente ahí donde deberíamos sentir la empatía en
particular HACIA LOS NIÑOS? En el fondo esta observación es más que
suficiente para probar la exactitud de la tesis según la cual el cerebro de
todos los niños, a quienes se les ha pegado, conservan secuelas porque,

*Fuente: http://www.screamsfromchildhood.com/decir_la_verdad_a_sus_hijos.html
Fecha de publicación: 22 / 12 / 2007.

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¡prácticamente todos los adultos, son insensibles a la violencia que
infligimos a los niños!

Dado que las torturas que sufren los niños son negadas y rechazadas por
la mayor parte de la gente, se podría suponer que este mecanismo (de
protección) forma parte de la naturaleza humana, evita sufrimientos y
desempeña incluso un papel positivo en el ser humano. No obstante
existen al menos dos hechos que contradicen esta aserción. En primer
lugar es justamente cuando negamos los malos tratos sufridos que los
transmitimos a la siguiente generación, impidiendo así la interrupción de
la cadena de la violencia y en segundo lugar, el recordar lo que hemos
sufrido permite le desaparición de los síntomas de enfermedad.

Está demostrado hoy que el sacar a la luz los sufrimientos vividos en


nuestra infancia en presencia de un testigo compasivo conduce a la
anulación de los síntomas físicos y psíquicos (como la depresión); este
hecho nos obliga a tener que buscar nuevas formas de terapia, ya que
manteniéndonos en la negación de nuestra realidad no encontraremos
la liberación, sino más bien enfrentándonos a nuestra propia verdad con
todo lo que conlleva de doloroso.

A mi parecer, las mismas conclusiones se pueden aplicar en la terapia


con los niños. Durante mucho tiempo pensé, como la mayoría de la
gente, que los niños necesitaban de la ilusión y del engaño para poder
sobrevivir puesto que enfrentarlos a la realidad sería demasiado doloroso
para ellos. Sin embargo, hoy estoy convencida, de que lo que es válido
para los adultos los es también para los niños: quien conoce la verdad
sobre su historia está protegido de enfermedades o desórdenes de
cualquier tipo. Pero para ello, la ayuda de sus padres les es indispensable.

Numerosos son los niños que presentan problemas de comportamiento


en la actualidad y numerosas son también las proposiciones terapéuticas.
Desgraciadamente estas se apoyan en general en conceptos
pedagógicos según los cuales es posible y necesario inculcar adaptación
y sumisión con los niños « difíciles ». Se trata de la terapia conductista que
consiste en una cierta « reparación » del niño.

Todas ellas tienen en común el callar o ignorar el hecho de que cada


niño problemático expresa con su comportamiento la historia del no

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respeto de su integridad, que empieza en su más tierna edad como lo
muestran mis investigaciones (ver mi artículo del 2006 « La impotencia de
las estadísticas », todavía no traducido al español) entre 0 y 4 años,
momento en el que se está formando su cerebro. La mayoría de las veces
este momento de su historia cae en el olvido.

No obstante, no se puede verdaderamente ayudar a un ser lastimado a


curar sus heridas si nos negamos a verlas. Afortunadamente las
perspectivas de curación son mejores en un organismo joven y esto es
igualmente válido con los problemas psíquicos. El primer paso a dar sería
pues el de prepararse a mirar de frente sus propias heridas, tomarlas en
serio y cesar de negarlas. Esto no tiene nada que ver con una
« reparación de trastornos » en el niño, se trata más bien de curar sus
heridas por medio de la empatía y de una información justa y verdadera.

Para que el niño llegue a su pleno desarrollo emocional (su verdadera


madurez) necesita mucho más que el simple aprendizaje de adaptación
a la norma. Para que no desarrolle más tarde ni depresión ni desarreglos
alimenticios, ni caiga en la droga, necesita acceder a su historia. Pienso
que con los niños maltratados los esfuerzos educativos e incluso
terapéuticos, aún realizados con las mejores intenciones, están
condenados al fracaso si la humillación vivida no ha sido evocada nunca
o dicho de otra forma si el niño está solo con su vivencia. Para poder
quitar esta armadura que aísla (la soledad frente a su secreto) los padres
deberían encontrar el valor necesario para reconocer su culpa para con
el niño. Esto cambiaría completamente la situación. Podrían decirle por
ejemplo en el transcurso de una tranquila charla:

“Te pegábamos cuando eras todavía pequeño porque a nosotros nos


educaron así y pensamos que era de esta forma como había que
hacerlo”. Pero ahora sabemos que nunca deberíamos habernos
permitido pegarte y sentimos en el alma la humillación que te causamos
y el dolor que te hemos infligido, no lo volveremos a hacer nunca más. Y
si ves que lo olvidamos, te pedimos por favor que nos recuerdes la
promesa que te acabamos de hacer.

Existen ya 17 países en los cuales se penaliza el pegar a los niños porque


simplemente está prohibido hacerlo. Durante los últimos 10 años hay
cada vez más gente que comprende que un niño al que se le pega, vive

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asustado y crece con el temor del siguiente golpe, alterándose así
muchas de sus funciones normales. Entre otras, no será capaz más tarde
de defenderse si le atacan o el miedo le producirá un choque
desproporcionado. Un niño que vive bajo el temor puede difícilmente
concentrarse con sus deberes tanto en casa como en la escuela. Su
atención se centra más en el comportamiento de sus profesores o padres
que en lo que debe aprender, ya que nunca sabe cuándo «la mano se
va a escapar». El comportamiento de los adultos le es completamente
imprevisible y por ello está constantemente en estado de vigilia. El niño
pierde toda la confianza en sus padres que deberían, como todo
mamífero, protegerlo de las agresiones exteriores y en ningún caso
agredirlo. Desprovisto de esta confianza se siente inseguro y solo, porque
además toda la sociedad está del lado de los padres (adultos) y no de
los niños.

Estas informaciones no son una revelación para él, puesto que su cuerpo
lo sabe ya desde hace mucho tiempo. Pero la decisión de sus padres de
no huir ya delante de estos hechos, y el valor de reconocerlos produce
sin duda en él un efecto benéfico liberador y duradero. Nos
presentaremos así como un modelo hecho no solamente de palabras,
sino de la actitud, que se necesita para actuar tal como se piensa con el
respeto de la verdad y de la dignidad del niño y no con violencia y falta
de dominio de sí mismo. Como los niños aprenden de la actitud de sus
padres y no de sus palabras esta confesión será más que positiva. El
secreto con el que el niño vivía, ha sido por fin desvelado e integrado en
la relación que puede establecerse a partir de ahora, sobre una base de
respeto mutuo y no bajo el autoritarismo y el poder. Las heridas hasta
ahora ignoradas pueden curarse puesto que ya no se quedarán
almacenadas por más tiempo en el inconsciente. Cuando estos niños,
informados, se vuelven padres ya no corren el riesgo de reproducir de
forma compulsiva el comportamiento brutal o perverso de sus padres, ya
no son sus heridas reprimidas quienes los dirigen. La confesión de los
padres ha borrado la trágica historia quitándole su peligroso potencial.

El niño maltratado por sus padres ha aprendido de ellos a reaccionar con


violencia, esto es incontestable y cualquier enseñante puede confirmarlo
si no se niega a ver lo que tiene delante de sus ojos: El niño que recibe
golpes en casa pega a los más débiles tanto en la escuela como en su
familia. Se le castiga cuando zumba a su hermano pequeño y le resulta

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incomprensible el funcionamiento del mundo. ¿No es de sus padres de
quienes lo ha aprendido? Es así como aparece muy temprana la
confusión que se manifiesta como una « perturbación » y llevamos al niño
a hacer una terapia. Pero nadie o muy poca gente se atreve a atacar la
raíz de la violencia, algo que debería ser tan evidente.

La terapia a través del juego con terapeutas dotados de sensibilidad


puede evidentemente ayudar al niño a expresarse y a tener confianza
en él en ese entorno protegido. Pero como el terapeuta omite las heridas
ocasionadas en el pasado, el niño en general está solo de nuevo, con su
vivencia. Incluso los mejores terapeutas no pueden quitarle ese peso si la
preocupación de proteger a los padres les impide tener en cuenta las
heridas de los primeros años. Además no son ellos los que deberían hablar
con el niño puesto que esto suscitaría el temor de ser castigado por sus
padres. El terapeuta debe trabajar con los padres por separado y
explicarles como el hecho de hablar de ello con sus hijos puede ser
liberador para ellos mismos y para sus niños.

Está claro que todos los padres no van a estar de acuerdo con esta
proposición aun cuando el consejo proviene del propio terapeuta, cosa
que sería deseable. Algunos se burlarán incluso de esta idea y dirán que
el terapeuta es muy ingenuo, que no tiene ni la menor idea de cómo los
niños son manipuladores y seguramente abusarán de la gentileza de sus
padres. Estas reacciones no tienen nada de extraño puesto que la
mayoría de los padres ven en sus hijos a sus propios padres y temen
confesar sus faltas ya que antaño les castigaron severamente por ellas.
Se aferran a su idea de perfección y es muy probable que sean
incapaces de corregirse.

Quiero sin embargo creer que todos los padres no son incorregibles.
Pienso que a pesar del pánico hay muchos que desean renunciar a una
relación de poder, que quieren desde hace mucho tiempo ayudar a sus
hijos pero que hasta ahora no sabían cómo hacerlo ya que temían abrirse
sinceramente a ellos. Es cierto que esos padres podrán con más facilidad
imponerse una franca conversación sobre el « secreto » y que con la
reacción de sus hijos podrán ver los efectos positivos de la revelación de
la verdad. Constatarán entonces por ellos mismos que los valores que
intentamos transmitir por medio del autoritarismo son inútiles comparados
con la confesión sincera de sus errores, condición indispensable para que

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al adulto se le pueda otorgar la verdadera autoridad, porque es creíble.
Se cae de su peso que cada niño necesita de esa autoridad para
encontrar su camino en el mundo. Un niño a quien se le ha dicho la
verdad, a quien no se ha educado para que se acomode con mentiras
y atrocidades puede desarrollar todas sus potencialidades como una
planta que en buena tierra hace crecer sus raíces sin riesgo de ser
atacada por bichos perjudiciales (mentiras).

Intenté comprobar esta idea con amigos y pedí a los padres y también a
los niños su parecer. A menudo constaté que se me comprendía mal, mis
interlocutores interpretaban mis propósitos como si se tratara de pedir
excusas de parte de los padres. Los niños respondían que había que ser
capaz de perdonarlos, etc. Pero mi idea no corresponde en absoluto con
eso. Si los padres se disculpan los hijos pueden tener la impresión que se
espera de ellos el perdón para descargar a sus padres y liberarlos de sus
sentimientos de culpabilidad. Esto sería pedir demasiado a nuestros hijos.

Lo que pienso realmente es en dar una información que confirme lo que


el niño siente ya en su cuerpo y en acordar un lugar central a su vivencia.
Es el niño quien ocupa el primer plano con sus sentimientos y necesidades.
Cuando nuestro hijo ve que nos interesamos por lo que él siente cuando
nos excedemos con él vive un momento de gran alivio mezclado con
una confusa sensación de justicia... No se trata de perdonar sino de
evacuar los secretos que se paran. Se trata de construir una nueva
relación fundada en la confianza mutua, de suprimir la armadura que
aislaba hasta ahora al niño maltratado.

En cuanto los padres pueden reconocer el dolor que han causado a sus
hijos, muchos caminos hasta ahora cerrados, se abren en un proceso de
espontánea curación. Este es el resultado que esperamos de un
terapeuta pero sin la cooperación de los padres resulta imposible.

Si los padres nos dirigimos a nuestros hijos con respeto, atención y


benevolencia reconociendo sinceramente nuestras faltas sin decir: « es tu
comportamiento el que nos ha obligado a tratarte así », muchas cosas
cambian. El niño tiene así ante él un modelo que le permite encontrar su
camino, ya no intentamos evitar la realidad, ya no tratamos de «cambiar»
a nuestro hijo para que nos resulte más agradable, no, lo que hacemos
es mostrarle que decir la verdad tiene un gran poder curativo. Y sobre

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todo: ya no necesita sentirse culpable de las faltas de sus padres una vez
que estos han podido reconocer su culpabilidad. En los adultos, tales
sentimientos de culpabilidad son el origen de innumerables depresiones.

Los niños que han podido sentir a través de esas conversaciones que sus
padres han tomado en serio sus heridas y sentimientos y han sido
respetados en su dignidad, estarán igualmente mejor protegidos de los
efectos nocivos de la televisión que aquellos que siguen dominados por
el deseo de venganza reprimido contra sus padres y por esta razón se
identificarán con las escenas violentas que verán en la pequeña
pantalla. Y no es la prohibición, como preconizan los hombres políticos,
la que les impedirá « deleitarse » con lo que propone la televisión.

Por el contrario, los niños informados de las heridas sufridas en su más


tierna edad tendrán sin duda un espíritu crítico más desarrollado con
relación a este tipo de películas o se desinteresarán rápidamente por
ellas. Quizás incluso discernirán el sadismo subyacente de sus autores con
más facilidad que la mayoría de los adultos decididos a ignorar el dolor
del niño maltratado que fueron. Estos mismos adultos se dejan fascinar
por las escenas violentas sin darse cuenta de que son abusivamente
conducidos a consumir la basura emocional de una vida que el cineasta
presenta con el nombre de « arte » y que venderá a un buen precio,
ignorando que se trata de su propia historia.

Esto lo vi claramente al escuchar una entrevista a un famoso director de


cine americano que mostraba sin reparo en sus películas monstruos
horribles y prácticas sexuales brutales con flagelaciones. Añadió que
gracias a la técnica moderna, podía hacer comprender que el amor
tiene diversas facetas y que el azotarse era una forma de amor. ¿Dónde,
cuándo y quién le ha inculcado esta espantosa filosofía en su primera
infancia? Por lo visto no tiene ni la menor idea y probablemente
permanecerá en la ignorancia hasta el final de su vida. No obstante lo
que concibe como su arte le permite contar su historia trivializándola
totalmente en su memoria. Esta ceguera tiene evidentemente graves
consecuencias sociales.

La mejor edad para hablar con sus hijos de las heridas que se le ha
infligido, es sin duda entre cuatro y doce años o sea antes de la pubertad.
Pasada la adolescencia el interés por estos hechos probablemente va a

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disminuir. Las defensas contra el recuerdo de sus precoces sufrimientos
corren el riesgo de estar ya sólidamente edificadas, puesto que estos
jóvenes casi adultos se convertirán en padres y una vez en el lugar del
más fuerte olvidarán definitivamente su impotencia de antaño. Pero aquí
también hay excepciones y además ser adulto tiene consigo momentos
en los que a pesar de todos los logros obtenidos, contraer una
enfermedad puede obligarle a cuestionarse sobre su infancia.

No es raro que las personas que buscan respuesta a sus interrogantes


descubran su verdadero Ser, la historia del niño maltratado que fueron y
sus sufrimientos hasta ahora negados. Empiecen a vivir sus auténticos
sentimientos en lugar de rehuirlos y sorprenderse de encontrar por ese
camino la verdadera liberación. Dando así al niño que fueron lo que sus
padres no pudieron nunca darle: el permiso de conocer la verdad, de
vivir con ella, admitirla y cesar de huir. Como ahora conocen la verdad
sobre su historia ya no necesitan engañarse o anestesiarse por medio de
drogas, medicamentos, alcohol o teorías que suenan bien. Recuperan así
la energía que antes debieron utilizar para huir de ellos mismos.

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7

NO EXISTE “LA BUENA ZURRA”*

¿Por qué las zurras, las bofetadas e incluso los golpes aparentemente
anodinos, al igual que las palmadas sobre las manos de un bebé son
peligrosas?

1) Sólo le enseñan la violencia.

2) Destruyen la certeza sin falta de ser amado, como un bebé necesita.

3) Crean angustia: la angustia de la siguiente ruptura.

4) Llevan consigo la mentira: pretenden ser educativas, pero en realidad


sirven a los padres para descargar su cólera, y si pegan es porque a
ellos les pegaron siendo niños.

5) Incitan a la cólera y al deseo de venganza que permanece reprimido


y que saldrá más tarde.

6) Programan al niño a la aceptación de argumentos ilógicos (te hago


daño por tu bien) y los inscriben en su cuerpo.

7) Destruyen la sensibilidad y la compasión hacia los otros y hacia uno


mismo, limitando así sus capacidades de conocimiento.

¿Qué aprende el bebé de las zurras y otros golpes?

1) Que el niño no merece respeto.

*Fuente: http://www.screamsfromchildhood.com/no_existe_la_buena_zurra.html Año


de publicación: 2008.

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2) Que se puede aprender el bien por medio del castigo (lo que es falso,
en realidad el castigo enseña al niño solamente a querer castigar a su
turno).

3) Que no hay que sentir el dolor, que hay que ignorarlo, lo cual es
peligroso para nuestro sistema inmunitario.

4) Que la violencia forma parte del amor (lección que incita a la


perversión).

5) Que negar las emociones es saludable (sin tener en cuenta que será
el cuerpo el que pagará por este error, a menudo mucho más tarde).

6) Que uno no tiene derecho... a defenderse hasta que sea adulto.

Es el cuerpo el que guarda la memoria de todas las marcas nocivas de


las supuestas "buenas zurras".

¿Cómo podemos liberarnos de la cólera reprimida?

Durante la infancia y la adolescencia:

1) Burlándonos de los más débiles.

2) Pegando a los compañeros

3) Humillando a las chicas

4) Agrediendo a los profesores.

5) Viviendo las emociones prohibidas delante de la T.V. o los video-


juegos, identificándose con los héroes violentos (los niños a quien
nunca se les pegó, se interesan menos por las películas crueles y no
producirán escenas atroces, una vez adultos).

A la edad adulta:

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1) Perpetuando uno mismo la zurra como medio educativo eficaz, sin
darnos cuenta de que en realidad estamos vengándonos de nuestro
propio sufrimiento sobre la siguiente generación.

2) Negándonos (o siendo incapaces) a comprender la relación entre la


antigua violencia sufrida y la que se repite activamente en la
actualidad; entreteniendo así la ignorancia de la sociedad.

3) Alistándonos en actividades que exigen violencia.

4) Dejándonos influir fácilmente por los discursos de hombres políticos


que designan a víctimas propiciatorias en quien pueden depositar la
violencia acumulada y de la que se pueden deshacer por fin sin ser
castigados: razas "impuras", etnias "que limpiar minorías sociales
despreciadas.

5) Como obedecimos a la violencia siendo niños, estamos dispuestos a


obedecer a toda clase de autoridad que nos recuerde la de nuestros
padres, como los alemanes obedecieron a Hitler, los rusos a Stalin y los
serbios a Milosevic.

Inversamente, si tomamos conciencia de nuestros sentimientos reprimidos


e intentamos comprender cómo se transmite la violencia de padres a
hijos, cesaremos de pegar a los niños de cualquier edad. Es posible
(muchas personas lo han logrado), una vez que hayamos comprendido
que la única razón de dar golpes "educativos" se esconde en la historia
reprimida de nuestros padres.

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8

RESCATAR AL NIÑO INTERIOR*

La burla, la desatención, los cachetes, el abuso físico... En mayor o menor


medida, todos hemos sido víctimas de la violencia de los adultos cuando
éramos niños. Encontrar a alguien que nos escuche con empatía y admitir
que sufrimos ese maltrato sin sentirnos culpables permite sanar nuestra
infancia y nuestro presente, y evitar que se repita la historia.

Desde la publicación de mi libro El drama del niño dotado, en 1979, he


recibido con regularidad cartas de lectores que me cuentan la historia
de su infancia y me formulan muchas preguntas al respecto. A menudo
he sentido la necesidad de responder a estos valiosos relatos de vida y
he lamentado mucho no poder satisfacer esa necesidad, sobre todo por
limitaciones de tiempo.

También deseaba compartir estos testimonios, estos informes de víctimas


de abuso infantil, pero esa posibilidad me estaba vedada por el carácter
confidencial de esos textos. En 2005 empecé a publicar en mi web
(www.alice-miller.com) con permiso de los autores, las cartas de interés
general y mis respectivas respuestas. Estas cartas hablan de los
sufrimientos, a menudo inimaginables, de personas maltratadas en la
infancia que, a pesar de años de terapia, nunca fueron conscientes de
ese maltrato. Padecían numerosas enfermedades, se acusaban de la
crueldad que tenían que soportar y sólo cuando leyeron mis libros
pudieron sentir, con alivio y por primera vez, el sufrimiento de su infancia.
Algunas encontraron allí la clave para comprender toda su vida y con
ello dejar atrás sus pánicos, depresiones y adicciones.

*Fuente: www.screamsfromchildhood.com/rescatar_al_nino_interior.html

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Estas personas, como es comprensible, se encuentran ante muchas
preguntas que hasta ahora habían evitado. Mis respuestas a tales
preguntas tratan, en esta nueva situación, de ayudarles a hallar
orientación y a personas que, como testigos empáticos y con
conocimiento de causa, las asistan en la mejor utilización posible del
conocimiento que han adquirido sobre sí mismos.

Acompañarlos en el proceso

Los seres humanos que en su infancia fueron objeto de maltrato


encuentran así una tribuna que les permite expresarse libremente y,
juntos, buscar la manera de liberarse de las consecuencias de los abusos
padecidos. No podemos resolver los efectos del maltrato en terapias que
eluden los hechos y se limitan al análisis de las realidades psíquicas. Pero
podemos liberarnos de las consecuencias si estamos preparados para
afrontar emocionalmente la verdad de nuestra infancia, renunciar a la
negación de nuestro sufrimiento y desarrollar empatía con el niño que
fuimos y entender así las razones de nuestros miedos.

De esa manera, nos liberamos de los miedos y los sentimientos de culpa


con los que cargamos desde la más tierna infancia. Gracias al
conocimiento de nuestra historia y nuestros sentimientos, llegamos a
conocer a las personas que somos y aprendemos a darnos lo que
vitalmente necesitamos pero nunca recibimos de nuestros padres: amor
y respeto. Éste es el gran objetivo de la terapia de desvelamiento: las
heridas pueden cicatrizar si se les presta atención y se las toma en serio,
pero es preciso no negar la existencia de las cicatrices.

Lo que daba por supuesto cuando escribí mis libros posteriores se vio
completamente confirmado por las cartas de los lectores: no sólo un
grupo reducido de personas tiene el alma herida por vejaciones infantiles,
sino la mayoría de la población mundial. Sin embargo, únicamente unas
pocas de sean tomar conciencia de ello, porque el miedo a la antigua
impotencia del niño golpeado impide ese conocimiento. Por eso doy por
supuesto que a todos nosotros, con muy pocas excepciones, nos
castigaron en la infancia, y en muchos casos muy pronto, como expongo
en mi libro Por tu propio bien.

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Un niño al que se le ha pegado anticipa el castigo por cualquier expresión
de descontento o de malestar. Esta ansiedad puede permanecer
inconsciente (porque sus causas nunca fueron desveladas y procesadas),
pero operar de modo muy efectivo acompañando a los individuos
durante toda la vida y determinando todo su comportamiento.

La terapia que funciona

Digo que una terapia “desvela” cuando ayuda a los sujetos –con la
colaboración de los sentimientos de la vigilia y los sueños– a conocer su
dolorosa historia infantil reprimida para que no vuelvan a temer los
peligros que les acechaban de verdad durante la infancia y que ahora
ya no representan una amenaza. Entonces se acaba para los pacientes
la necesidad de temer y repetir inconscientemente lo que les ocurrió en
su más tierna infancia, porque ahora conocen la realidad de aquella
edad y pueden reaccionar a ella con rabia y con tristeza en presencia
del terapeuta como su testigo empático. Dejan de despreciarse, dejan
de acusarse y hacerse daño mediante todo tipo de adicciones, porque
son capaces de desarrollar empatía con el niño que sufrió gravemente a
causa de la conducta de sus padres. Si más tarde en la vida de estos
adultos se presentan peligros, estarán mejor preparados para afrontarlos
porque comprenderán mejor sus antiguos miedos.

Esta manera de proceder se diferencia de otras formas de tratamiento


que implican practicar una nueva conducta o mejorar el bienestar
personal (mediante yoga, meditación, pensamiento positivo). En estos
casos, se deja de lado el problema de la infancia.

A mi juicio, el miedo a este problema se remonta al miedo de los niños


que han sido castigados, al miedo al próximo golpe, si es que se atreven
a reconocer la crueldad de sus padres. Y este miedo es tan dominante
que mucha gente ha tenido que criarse soportando castigos
(psicológicos, pero sobre todo físicos, que aún se consideran inocuos y
necesarios) sin posibilidad de defenderse.

Descubrir la verdad

Esto también puede verse en el psicoanálisis, que hasta hoy elude los
abusos sufridos en la infancia, cierra los ojos ante ellos. Sus teorías se

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construyeron sobre la base de este miedo a los padres. Por eso, tanto los
pacientes como los analistas permanecen, a veces durante décadas,
atrapados en un laberinto de ideas y tienen sentimientos de culpa por
haber hecho supuestamente tan difícil a sus padres comprender al niño
“problemático” que fueron. A menudo no saben, y tal vez nunca lo
descubran, que fueron niños severamente maltratados.

Que un terapeuta haga posible este conocimiento depende de qué


sepa de su propia infancia.

Luz sobre el maltrato – A qué se considera maltrato

Las humillaciones, zurras en el culo, golpes, bofetadas, traiciones, abusos


sexuales, mofas, burlas, desatenciones... todas son formas de maltrato,
porque dañan la integridad y dignidad de un niño, aunque sus
consecuencias no sean visibles inmediatamente. Como adultos, la
mayoría de los niños maltratados sufrirán (y permitirán que otros sufran)
por estos daños.

Cómo afecta al cerebro

Casi todos los niños reciben algún cachete durante sus tres primeros años
de vida, cuando empiezan a caminar y a tocar objetos que no pueden
ser tocados. Esto sucede precisamente en un periodo en que el cerebro
humano construye su estructura y, por lo tanto, debería interiorizar
amabilidad, sinceridad y amor, pero en ningún caso crueldad y engaño.

Un círculo vicioso

Los niños maltratados asimilan muy rápidamente la violencia que


soportaron, y pueden incluso idealizarla y aplicarla después en su función
de padres al creer que merecían esos castigos y que fueron golpeados
por amor. No saben que la única razón para el maltrato que tuvieron que
soportar es que sus propios padres recibieron y aprendieron la violencia
sin ser capaces de ponerla en cuestión. Más adelante, los adultos que
fueron niños maltratados expresan violencia sobre sus hijos y sienten
gratitud hacia unos padres que los maltrataron cuando eran pequeños e
indefensos.

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Protegerse mediante el olvido

Esta inversión de papeles, idolatrar al maltratador y culpar a la víctima, se


ve reforzada por un mecanismo de defensa característico: el olvido. El
niño que crece en un entorno abusivo tiene prohibido expresarse a sí
mismo y expresar su rabia. Como soportar ese dolor a solas es demasiado
duro para él, se ve forzado a olvidar sus sentimientos, a reprimir los
recuerdos traumáticos y a idealizar a quienes son realmente los autores
de esos abusos. Aprenden a no recordar como medida de defensa.

Se almacena en el cuerpo

Las experiencias traumáticas que se reprimen encuentran su forma de


expresión en el cuerpo. De forma inconsciente, la tensión se acumula y
tarde o temprano sale a la luz en forma de angustia, ansiedad y de
enfermedades psicosomáticas. El cuerpo del adulto puede manifestar
ese episodio de violencia que sufrió de niño y que no ha sido capaz de
expresar de manera consciente porque no se atreve a acusar a sus
padres.

Encontrar ayuda

Para superar esta situación, el adulto que fue un niño maltratado debe
contar con la escucha empática de una persona que le ayude a tomar
conciencia de lo que su cuerpo ya sabe. Una persona que ya haya
tenido éxito en recorrer ese camino por sí misma porque ya tuvo la
oportunidad de encontrarse con alguien que le ayudara. La persona
maltratada tiene que saber que son los demás los que fallaron, y no ella.

Un cambio social

El hecho de que socialmente todavía sea tolerado el castigo infantil y la


violencia contra los niños, aunque sea en forma de “cachetes
disciplinarios” y bajo la excusa de que es “por su bien”, no hace más que
perpetuar la rueda de la violencia generación tras generación. El día en
que admitamos que cualquier forma de violencia es intolerable y la
sociedad deje de amparar a los adultos frente a los niños, se habrá
abierto un camino hacia la paz.

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9

“MALTRATAR A LOS NIÑOS PRODUCE UNA SOCIEDAD


PERVERSA”

Entrevistas con Alice Miller*

Alice Miller realizó sus estudios en Basilea, donde obtuvo en 1953 su


doctorado en filosofía. Ejerció su profesión de psicoanalista en Zurich pero
la abandonó para consagrarse por completo a la investigación sobre
la infancia.

Por medio de sus libros, artículos, folletos y entrevistas nos muestra


que maltratar a los niños no sólo produce niños maltratados,
desgraciados y perturbados, sino también una sociedad perturbada y
perversa. Durante los últimos años, Alice Miller ha desarrollado un
concepto de terapia que propone a las personas que sufren,
confrontarse con su pasado para encontrar la angustia del niño
maltratado que fueron, sentirla, y así liberarse. Es el miedo infantil hacia
los padres todopoderosos el que empuja al adulto a maltratar a los niños
o a aceptar vivir con graves enfermedades, minimizando totalmente la
crueldad de sus propios padres. Son numerosas las proposiciones
esotéricas y espirituales que prometen la curación pero en realidad, su
único objetivo es el de camuflar los terrores vividos durante la infancia.

Su percepción de la vivencia real del niño ya no está ligada con la del


psicoanálisis. A su manera de ver, éste permanece de acuerdo con la

*Fuente: https://www.terapiapsico-corporal.com/2010/06/entrevista-alice-miller.html En
base a extractos de las entrevistas publicadas en la sección de entrevistas de: Alice
Miller. Salvar tu vida. La superación del maltrato en la infancia. Ensayos Tusquets Editores.
Buenos Aires – Argentina, 2009.

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vieja tradición que acusa a los niños y protege a los padres, tanto en la
teoría como en la práctica. Por esta razón, entre otras, Miller ya no es
miembro de la Asociación Internacional de Psicoanálisis.

Aquí tenéis una entrevista que se le realizó y que personalmente he


seleccionado y sintetizado. En ella, se pone al descubierto la
responsabilidad que tienen los padres y madres en el crecimiento y
desarrollo del niño. Sin pelos en la lengua, nos habla desde su experiencia
psicoterapéutica como profesional e investigadora de la infancia.

¿Por qué muchos expertos rechazan lo que usted escribe?

Mis afirmaciones provocan miedo a algunas personas que las encuentran


peligrosas.

¿Qué es lo que les da tanto miedo?

Mis advertencias sobre el maltrato infantil y sus consecuencias. La rabia


del niño y otros sentimientos intensos, que debemos temer, son
reacciones al daño que nos causaron en la infancia. Hoy sabemos que
estas reacciones se producen con mucha frecuencia. El niño se ve
obligado a reprimir el recuerdo del daño sufrido, niega el dolor y los
hechos para poder sobrevivir, para no tener que morir por ello.

¿Cómo se enfrenta usted al dolor en el proceso terapéutico?

El dolor encierra el camino a la verdad. Si rehusamos aceptar que no nos


quisieron siendo niños, nos ahorramos mucho dolor, pero bloqueamos el
camino que nos lleva a la verdad. Como adultos, podemos aprender en
el marco de una terapia a querer a ese niño que un día fuimos. Si nos
liberamos de los sentimientos de culpa. El sentimiento de culpa nos
protege de la dolorosa verdad de que el destino nos dio una madre o un
padre incapaz de amar. Esto es más doloroso que pensar, bueno, era una
buena madre, el problema es que yo era malo. Es importante que el
paciente pueda experimentar sus sentimientos y expresarlos verbalmente
en el marco de la terapia. Si el paciente sufrió maltrato en la infancia y el
terapeuta no rehúsa a creerlo, se abrirán muchas posibilidad para el
paciente, siempre que el terapeuta no trate de convencerlo de que
debe perdonar. Si lo hace, la terapia será contraproducente. El cliente

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reprimirá e intentará expulsar su rabia y más adelante la descargará
contra sus propios hijos u otros cabezas de turco.

¿Cree usted que cuando nacemos somos como una hoja de papel
donde no hay nada escrito?

No, no lo creo. El niño llega al mundo con la historia que ha vivido en el


vientre de su madre. Sin embargo, cuando nace es inocente y está
dispuesto a amar. La capacidad de amar del niño es mucho mayor que
la de los adultos. Esta convicción mía provoca tanto rechazo porque
hemos aprendido a proteger a nuestros padres y a culparnos a nosotros
mismos de todo cuanto ellos han hecho.

¿De qué manera refleja su forma de escribir estos pensamientos?

Yo intento siempre llegar al niño que existe en el lector y posibilitarle el


camino a sus sentimientos. Le proporciono la llave. Quien quiera puede
cogerla y abrir una puerta en su interior. O puede decir, no quiero abrir
esa puerta; le devuelvo la llave. Cuando tenemos esta llave resulta más
sencillo llegar a ese niño que fuimos y aprender de él. Con este niño, la
persona aprenderá mucho más que conmigo, porque realmente sólo
podemos aprender de las propias experiencias.

¿La terapia puede producir cambios?

Sí, pero sólo cuando nos permite comprender y sentir el dolor que ha sido
bloqueado por los sentimientos de culpa. La idea de que "soy culpable
de lo que me sucedió" nos bloquea. Existen muchas técnicas
irresponsables y perjudiciales que hacen aflorar los sentimientos pero
impiden que nos enfrentemos de forma sistemática con el pasado.
Algunas técnicas dejan al paciente completamente sólo con ese
sentimiento de dolor que no es capaz de resolver. Y así, estos pacientes
que en la infancia fueron víctimas de abuso y maltrato en la infancia,
siguen siéndolo en la terapia. Intentan "ayudarse" a sí mismos tomando
drogas, acudiendo a sectas o a gurús o buscando otras formas de negar
la realidad y erradicar el dolor. La militancia política puede ser una de
estas formas, entre muchas otras.

¿Puede la sociedad aprender el lenguaje de los niños?

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Espero que sí. El lenguaje de los niños es realmente muy claro, pero no lo
escuchamos. En ocasiones, desde el primer minuto de vida sometemos a
los niños a torturas terribles, y no sólo a causa de la tecnología presente
en los hospitales. Este maltrato permanece almacenado en el cerebro y
puede mantenerse activo durante el resto de la vida. Un niño maltratado
por la técnica necesita muy pronto a una persona que lo tome de la
mano, lo consuele y le muestre que ya no necesita tener miedo. Sino,
podría darse el caso de que el adulto tema durante toda su vida que se
reproduzca ese maltrato y experimente el pánico en diversas situaciones
sin comprender bien por qué.

Esta persona ha aprendido desde el principio que cuando estaba en una


situación peligrosa, nadie se preocupó de su sufrimiento. Pero este destino
trágico puede evitarse fácilmente si tratamos al recién nacido como un
ser en extremo sensible que también es capaz de experimentar
emociones. A menudo, el niño llega al mundo después de una larga
lucha y no siempre nos damos cuenta de que lo que necesita con
urgencia son los brazos reconfortantes de la madre. En lugar de ello, le
damos medicamentos, inyecciones y cosas similares, y pensamos que
será bueno para él. Sólo porque hace muchos años nosotros
experimentamos lo mismo y consideramos que es lo "normal".

¿Qué opina de las formas de violencia más leves como los cachetes, los
gritos o la humillación verbal?

La tragedia es que las personas que no fueron maltratadas brutalmente


afirman una y otra vez que su educación "estricta" era necesaria.
Reclaman el derecho a hacer lo mismo con sus hijos y son
terminantemente contrarias a la prohibición de los azotes.

La ignorancia de nuestra sociedad es el resultado de la violencia. Nos


pegaron para que fuésemos ciegos. Ahora tenemos que recuperar la
capacidad de ver para darles a los niños la oportunidad de crecer con
mayor responsabilidad y mayor conocimiento.

¿Cree usted que existe algo denominado "naturaleza humana"? Y si es


así, ¿qué características tiene esta naturaleza en su opinión?

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Como ya he dicho, considero que todo discurso que se refiera al deseo
de muerte, a impulsos destructivos o a una maldad genéticamente
programada, constituye sólo una huida de los hechos, con lo cual
elegimos con absoluta libertad ser ignorantes. Las personas que prefieren
delegar su responsabilidad en una autoridad superior evitan dar
testimonios de estos hechos. Quieren que las dejen en paz. Atribuyen a
Dios toda virtud; y el mal, al demonio o a la malicia innata de sus hijos.
Creen también que se puede cambiar gracias a la disciplina o a la
violencia todo aquello que ellos consideran que ha sido predeterminado.
¿Cómo es posible? ¿Se ha visto alguna vez a alguien cuyo carácter
destructivo, supuestamente innato, se haya convertido en un carácter
bueno y positivo por medio de azotes u otras formas de maltrato?

A pesar de ello, los "científicos" se aferran todavía al mito del "mal innato"
y millones de padres siguen pegando a sus hijos convencidos de que les
inculcan la virtud a cada golpe. Y lo que están produciendo en su lugar
es un niño servil, que quizás no muestre hoy su rabia, más que justificada,
pero sin duda la descargará un día sin piedad en otros inocentes. Los
únicos que no se verán forzados a transmitir a otros esta herencia de
destructividad serán aquellos que ya en la infancia, o más adelante,
conozcan a un "testigo con conocimiento" que les ayude sentir la
crueldad a la que fueron sometidos, a reconocerla como la que fue y a
juzgarla con determinación.

El niño llega al mundo repleto de necesidades. Que estas necesidades se


vean satisfechas y que el niño pueda experimentar respeto, protección,
cuidados, amor y honestidad depende absolutamente de los padres. Si
estas necesidades no se satisfacen y por el contrario, el niño sufre abusos,
maltrato o abandono, es comprensible que se convierta en una persona
confusa, "mala" o enferma.

La educación religiosa nos enseña a perdonar a aquellos que nos


ofenden. ¿Debemos perdonarlos realmente?, ¿Es eso posible?

Es comprensible que queramos perdonar y olvidar para no tener que


sentir dolor, pero esta vía no funciona. Más pronto o más tarde nos damos
cuenta de que nos hemos equivocado de camino y de que así no
solucionaremos nada. Fíjese en la cantidad de sacerdotes pedófilos.
Perdonaron a sus padres los abusos sexuales y otros abusos de su

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autoridad. Y ¿qué hacen ahora? Repiten los "pecados" de sus padres,
precisamente porque se los han perdonado. Si hubiesen juzgado de
forma consciente los hechos reales, no se habrían visto forzados a
hacerles lo mismo a otros niños, abusando de ellos, confundiéndolos y
condenándolos al silencio. Las religiones tienen mucha influencia sobre
nuestra forma de pensar y pueden empujarnos al autoengaño de
muchas y diferentes maneras. Pero no tienen ninguna influencia sobre
nuestro cuerpo, que conoce con exactitud nuestras emociones más
intensas e insiste en que sean respetadas.

"Pensar en positivo" es tan perjudicial como los preceptos religiosos que


exigen de nosotros que perdonemos y queramos a aquellos que nos
odian. ¿Qué opina de estos consejos de autoayuda?

Tiene toda la razón. "Pensar en positivo" no es en modo alguno un


remedio, porque constituye una forma de autoengaño, una huida de la
verdad. No nos puede ayudar, porque nuestro cuerpo conoce mejor la
realidad.

Siempre que he querido hablar sobre aspectos espantosos de mi infancia,


me he topado con el rechazo de personas que me advertían que todo
tiene un lado bueno y un lado malo, que debería concentrarme en las
cosas bonitas de la vida y adoptar una actitud positiva. Tal
argumentación encuentra algo valioso incluso en el abuso. ¿Cómo
reacciona usted cuando alguien relativiza el tema de tal forma?

La mayoría de las veces, esta forma de pensar se aprende en la infancia,


cuando es necesaria porque forma parte de nuestra estrategia de
supervivencia. Todos los niños quieren vivir, incluso un niño que crece
junto a unos padres monstruosos, por eso tiene que creer a toda costa
que aquello que ha padecido no constituye toda la verdad. Y
naturalmente, hay momentos en los que su violento padre parece
cambiar, lo lleva de pesca, por ejemplo, y por unos momentos el niño se
siente querido. Cuando después lo maltrate tendrá, al fin y al cabo, un
buen recuerdo de cuando fueron a pescar. Logramos sobrevivir a nuestra
infancia de esta forma y la mayoría de personas intentan vivir sólo con
estos recuerdos "positivos", reprimiendo los negativos. Sin embargo, yo
creo que, como adultos, disponemos de la capacidad de valorar los
hechos con madurez y comprender que no nos enfrentamos ya a un

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peligro de muerte. Podemos permitirnos ser conscientes de que, por la
razón que fuese, nuestros padres no podían querernos si nos convertían
tan a menudo en víctimas, sin preocuparse de nuestros sentimientos, de
nuestro dolor o de nuestro futuro.

¿Cómo definiría usted el abuso?

Para mí abuso significa que una persona utilice a otra para todo cuanto
quiere de ella y de la manera que más le conviene. Le exige todo sin
pedirle su consentimiento, sin respetar su voluntad, su necesidad o sus
intereses. Es muy fácil hacer esto con los niños, porque los niños quieren y
necesitan a sus padres, confían en ellos y no pueden darse cuenta de
que alguien está abusando de ellos y aprovechándose de su amor.
Especialmente cuando se ven obligados desde el principio a ignorar sus
sentimientos. Así, una niña seguirá a su vecino, que le ha prometido darle
chocolate, al sótano, aunque quizás al hacerlo se sienta incómoda. Pero
si desde el principio de su vida ha aprendido que sus sentimientos no son
importantes y que tiene que obedecer a los adultos, aunque sienta algo
de resistencia por su parte, seguirá al vecino. Y quizás sufrirá toda su vida
en las relaciones con los hombres, porque no habrá llegado a ser
consciente de esta experiencia de su infancia. Si lo hace, correrá menos
riesgos de ser víctima de una violación o de otros abusos sexuales.

Generalmente las personas prefieren negar que han sufrido abusos.


¿Interpreta usted el asma, las tendencias suicidas, los trastornos
alimentarios, el alcoholismo, la drogodependencia o el consumo
exagerado de tabaco como pruebas indudables del abuso físico o
emocional en la infancia?

Sí, son pruebas de que la persona está negando aquello que ha


experimentado. Todas estas enfermedades o adicciones son gritos del
cuerpo, que quiere ser escuchado, y que requiere que prestemos
atención al padecimiento sufrido en los primeros años. En lugar de
escuchar a su cuerpo e intentar comprender sus gritos de socorro,
muchas personas huyen y se esconden, por ejemplo en la adicción.

¿Cómo podemos reconciliarnos con nuestro cuerpo, un cuerpo que


guarda a veces verdades extremadamente terribles en su interior?

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Para empezar debemos dejar de eludir la verdad. Tenemos que
comprobar que ser conscientes de la verdad no nos va a matar, sino que
es probable que nos proporcione un gran alivio. Si decide no tomar
pastillas para el dolor de cabeza, y en lugar de eso, trata de averiguar
cuándo tienen lugar estos dolores, qué ha sucedido justo antes, quizás
tenga suerte y comprenda por qué el cuerpo utiliza el dolor de cabeza
como su lenguaje silencioso. Si presta atención a estos sucesos,
comprenderá por qué se siente usted tan miserablemente mal. Puede ser
que haya aflorado una emoción dolorosa que desea que usted sea
consciente de su existencia. Es probable que reconozca así una solución
para su sufrimiento. Y de cualquier modo, comprobará a menudo que
para su sorpresa, el dolor de cabeza desaparece sin pastillas. Una vez
que haya experimentado un par de veces una similar desaparición
espontánea de un síntoma, nadie podrá convencerle ya de que los
dolores de cabeza deben combatirse a la fuerza con aspirina. La "droga"
impide que usted pueda comprenderse a sí mismo. Sin embargo,
comprender esta circunstancia puede tener una importancia
fundamental para su salud.

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10

ENTREVISTA DE DIANE CONNORS CON ALICE MILLER*

¿Cuándo te diste cuenta de que el respeto por el niño es tu foco central?

Lo vi desde el comienzo, creo que desde mi infancia, como respuesta a


por qué las personas se comportan de modo tan irracional. Siempre
necesité entender las cosas; no tuve mucha información de mi madre,
que solía decir: "Éste es el camino, es así y así y así." Nunca daba
explicaciones a mis preguntas. Yo estuve muy sola de niña. Quizá tendría
cinco años cuando vi por la calle a una mujer con una niña de tres o
cuatro. Ella cayó y se hirió. Su madre, que estaba hablando con otra
madre, abofeteó a la niña sólo porque la vio llorando con las rodillas
ensangrentadas. Recuerdo que mi pregunta fue entonces: "¿Este niña es
castigada dos veces, primero al caer y luego por la madre? ¿Por qué?
Ella no es culpable, sólo necesita la ayuda de su madre, no el castigo...".

¿Por qué niegan algunos profesionales lo que dices?

Debido a que no se les permite enfrentarse a la realidad. Ya sabes, esto


es interesante. La primera vez que hablé de estas ideas fue con unos
trescientos analistas, hablando sobre el narcisismo de los psicoanalistas.
Estaban sorprendidos, porque era muy raro escuchar a un colega
ponerse del lado del niño. Primero reaccionaron con naturalidad,
estaban agradecidos y no mostraron mucha resistencia a sus
sentimientos. Me dieron las gracias y dijeron: "Pero, ¿cómo sabes que era
mi vida la que has descrito?" Yo dije: "¡Fue mi propia vida la que expuse!".
Muchos hombres tenían lágrimas en los ojos. Entonces traté de publicar
ese artículo en una revista especializada alemana, pero los editores lo

*Fuente: www.psicodinamicajlc.com/articulos/varios/alice_miller_1.html

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rechazaron. La resistencia ya estaba en marcha. Se rechazó porque
tenían que verlo todo como Freud; lo contrario les resultaba aterrador o
peligroso. La Sociedad Analítica Internacional lo publicó en la Revista
Internacional de Psicoanálisis. Pero la revista alemana Psique no lo hizo.
Fue demasiado provocador para los alemanes.

¿Qué fue lo provocativo?

La neurosis y la psicosis son el resultado de sentimientos reprimidos, son


una reacción al trauma. El enojo del niño y todos los demás sentimientos
que no nos gustan son reacciones al abuso infantil. Hoy sabemos que
existe una gran cantidad de abusos infantiles. Se había silenciado antes.
El niño tiene que reprimir el recuerdo de ese abuso y negar el dolor para
sobrevivir; de lo contrario moriría.

¿Podría esto suceder tan temprano en su desarrollo como para carecer


de palabras, comprensión o permiso para expresar el dolor?

Las palabras tienen que encontrarse. Una buena terapia debe ayudar al
paciente a evolucionar desde el "niño en silencio" al "niño que habla". El
niño no pudo encontrar palabras si el trauma fue demasiado temprano o
el entorno demasiado hostil. Pero ahora, en la terapia, si tienes un
terapeuta que es realmente tu abogado, tu testigo consciente de tu
trauma, entonces, por primera vez, te convertirás en un niño que habla.
La terapia te ayuda a encontrar las palabras que decir a tu madre o tu
padre sobre cómo te sentiste en aquel momento, cuando te hacían
daño, o cómo te sentías cuando ni siquiera se podía hablar de nada.

¿Qué entiendes por "abogado"?

Es alguien que toma partido por el niño. Siempre. El terapeuta no debe


decir que los padres "estaban perturbados pero fueron
bienintencionados", porque entonces se pone del lado de los adultos. Si
el niño piensa que los padres que se comportaron de modo tan extraño
y lo humillaron fueron bienintencionados, entonces no podrá sentir su
dolor, y a su vez simpatizará con sus padres. Es un crimen para vencer al
niño, pues la paliza es un daño, y nunca se podrá cambiar esa realidad.
Un niño maltratado se siente humillado, confundido, aislado; y se le hace
sentir culpable porque se le dijo que él es malo. Tenemos miedo a decir

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que el maltrato infantil es un crimen, porque queremos proteger a los
padres de su culpabilidad. Pero no podemos realmente ayudarles si
apoyamos su ceguera, ya que entonces también traicionamos al niño.

¿Cómo lidiar con el dolor en el proceso de curación?

El dolor es el camino hacia la verdad. Al negar que no fuiste amado de


niño, te ahorras un poco de dolor, pero no conectas con tu verdad. Y
durante toda la vida sólo intentarás ganarte el amor. En terapia, evitar el
dolor causa obstrucción. Sin embargo, nadie puede sentirse desatendido
u odiado sin sentirse culpable. "Es mi culpa por lo que mi madre es cruel",
pensamos. "Hice enfadar a mi madre, ¿qué podría hacer para que me
quiera?" Así que sigues tratando de hacer que te quieran. El sentimiento
de culpa es realmente una defensa contra la terrible comprensión de que
estás destinado a tener una madre que no puede amar. Porque esta
comprensión es mucho más dolorosa que pensar "¡oh, ella es buena
madre, soy yo quien está mal!" Porque entonces crees que aún puedes
intentar algo para conseguir su amor. Pero no es cierto; no puede
ganarse el amor. Y, sintiéndote culpable por lo que te han hecho, sólo
admitirás tu ceguera y tu neurosis.

Hay algunos tratamientos donde los pacientes lloran mucho, sufren


realmente, pero no hablan. Vi un vídeo donde durante una hora un
paciente revive el dolor del nacimiento, pero no habla de ello. Sólo más
tarde informa de lo que había sentido. Pero, en mi opinión, es importante
que hable, que verbalice su experiencia del dolor. Incluso si el paciente
se sintiera como en el vientre materno, él debe procurar hablar con la
madre para decirle lo que siente. El vínculo entre los sentimientos y su
expresión verbal es crucial para el proceso de curación. Pero no puede
hacerse sin ayuda; el paciente necesita saber que hay alguien ahí capaz
de entender cómo se siente, y apoyarlo y confirmarlo. Si un niño ha sido
abusado sexualmente y el terapeuta no niega ese hecho, entonces
muchas cosas pueden abrirse en el paciente. El terapeuta no debe
predicar el perdón, o el paciente reprimirá su dolor. Entonces no
cambiará, y la rabia reprimida buscará un chivo expiatorio.

¿Crees que el niño no tiene historia, que nace como una página en
blanco donde la experiencia va escribiendo su personaje?

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No. El niño ya nace con su historia vivida en el seno materno. Pero no
viene con las proyecciones [de sus padres]. Nace inocente y dispuesto a
amar. Puede amar mucho más que los adultos. Esta idea del niño como
ser amoroso encuentra muchas resistencias porque aprendimos a
defender a nuestros padres y a culparnos a nosotros mismos por todo lo
que hicieron.

En "El drama..." se relaciona el sentimiento reprimido con la pérdida de


vitalidad. ¿Fue así tu experiencia?

Sí, experimentar el dolor de mi vida me devolvió la vitalidad. Primero el


dolor; después la vitalidad. El precio de la represión de los sentimientos es
la depresión. También tuve que soportar la educación convencional.... Si
te ves obligado a hacer las cosas, no puedes tener diversión. Y, para mí,
la diversión es la primera condición de la creatividad. Lo aprendí jugando
con el color. Leyendo las teorías de los libros me había resistido a aprender
sobre los colores... Creo que la pintura, el sueño y la escritura tienen algo
en común. Yo pinto como sueño. Tengo muchos impulsos y asociaciones.
Nunca tengo un plan, una idea de lo que quiero hacer. A veces tengo
algo, pero mientras pinto voy soñando otras cosas y lo olvido. Al principio
tenía una especie de estilo narrativo. Quería contar una historia, o una
historia en mí quería ser contada... Ahora es más como una necesidad
de este color, esa forma, esta línea... Es la improvisación. Yo diría que
pinto como un músico de jazz. No quiero hacer una obra maestra, o
incluso buenas fotos. Afortunadamente, no tengo que vender mis
cuadros. Sólo me siento obligada a trabajar más y más en lo que es
auténtico para mí... A veces destruyo mis pinturas. Cambio yo y entonces
las cambio, aunque puedan haber sido mejores antes... Al final estoy
contenta porque es lo que quería decir. No me importa si alguien dice si
la pintura es buena o no; me siento totalmente gratuita. Tengo mi paleta,
mi papel blanco, y nadie puede decirme lo que es correcto o incorrecto.

La respuesta a tu trabajo ¿difiere de un país a otro?

Sí. Los países escandinavos, Holanda y los Estados Unidos son más liberales
y abiertos. La mayoría de mis libros se venden en Alemania, pero muchos
alemanes están aún muy formados por la pedagogía negra. Los suizos
también. Así que a muchos de ellos no se les permite criticar a los padres,
o descubrir el veneno de su crianza. Estas personas dicen que mi trabajo

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describe la educación del siglo XIX. ¡No se dan cuenta de que todavía
viven de acuerdo a los valores del siglo XIX! Esta respuesta es también una
defensa contra la época de Hitler. La negación de Hitler es tan profunda
que el alemán no puede aprender de su historia. Cuando era niño, Hitler
no tuvo ningún testigo. Su padre destruyó todo lo que su hijo hizo. Nunca
pudo expresar a nadie el dolor que sufrió. En Suecia se hizo una obra, "La
infancia de Hitler," de un capítulo de mi libro. La historia muestra cómo
ese niño buscó contacto, anhelando ser visto, pero siempre fue tratado
como un perro.

Una reacción similar a la de Alemania viene también de Japón, aunque


de Japón llegan también reacciones de personas que ya han tomado
conciencia. Su conciencia no está dañada por teorías como la de las
pulsiones de Freud, por lo que estos japoneses pueden enfrentar mejor lo
que escribo, utilizarlo en su realidad. Pueden darse cuenta del siempre
presente abuso de menores, y que realmente pueden ayudar.

Detrás de cada acto de violencia hay una historia. Una historia de abuso,
y una historia de negación. La negación es la ley que nos rige, pero es
ignorada por la sociedad y aún no ha sido investigada por los
profesionales. La la negación es la clave de por qué ciertas tonterías
pueden ser aún estimadas en nuestra cultura, como la idea de Sigmund
Freud de que el niño inventa traumas.

¿Hay culturas que tengan alguna actitud diferente sobre la paternidad?

A pesar de las variaciones culturales, el abuso se encuentra en casi todo


el mundo. Aunque hay algunas que son diferentes. Por ejemplo, hay
gente en una isla de Malasia, llamados senoi, que tienen una cultura no
violenta. Hablan con sus hijos de sus sueños cada mañana. Nunca han
tenido guerras. Nuestra cultura es tan violenta porque de niños
aprendimos a no sentir.

¿Puede la terapia producir cambios?

Sí, pero sólo si la terapia viene del dolor, que está bloqueado por nuestros
sentimientos de culpa. La idea "yo soy culpable por lo que me pasó" es
un bloqueo. Desde que descubrí que la teoría freudiana de las pulsiones
oculta, no por casualidad sino necesariamente, la realidad del abuso

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infantil, he buscado alguna forma nueva de psicoterapia. Una terapia
eficaz debería basarse en todo lo que sabemos hoy sobre el abuso
infantil. Finalmente la encontré, y voy a describir ese concepto en mi
próximo libro. Esta terapia permite a paciente y terapeuta llegar
sistemáticamente a tomar contacto con los traumas y el dolor -paso a
paso, no bruscamente rompiendo defensas-, sin actitudes moralistas ni
pedagógicas. Y sin poner a la gente en estados peligrosos donde
experimenten quizá sentimientos caóticos donde puedan quedar
atascados.

Uno puede encontrar un montón de técnicas y mezclas de ellas que no


ofrecen una confrontación sistemática con el pasado, o que son
irresponsables y perjudiciales. Algunas dejan a las personas con diferentes
propuestas místicas o con un dolor sin resolver. Estos pacientes son
víctimas en primer lugar del abuso infantil, y más tarde del abuso de la
terapia. Y tratan entonces de "ayudarse" a sí mismos tomando drogas,
uniéndose a sectas o gurús, u otras formas de negar la realidad y matar
el dolor. La actividad política puede ser una de esas formas.

¿Qué consejo le darías hoy a un terapeuta en formación?

Primero, tratar de descubrir su propia infancia; a continuación, realizar su


trabajo en serio. Escuchar al paciente y no a ninguna teoría; con la teoría
no es libre para escuchar. Olvídelo. No analizar al paciente como un
objeto. Tratar de sentir y ayudar a que el paciente sienta, en vez de
hablarle de los sentimientos de los demás.... El niño necesita fantasías
para sobrevivir, para no sufrir. Que crea lo que el paciente le dice, y no
olvide que la realidad reprimida es siempre peor que una fantasía. Nadie
inventa traumas, porque no necesitamos traumas para sobrevivir. Pero
tampoco necesitamos su negación. Algunos de nosotros pagamos con
síntomas severos esta negación. Estudiar la historia de la infancia. La
terapia tiene que abrirle a usted, así como a su paciente, su sensibilidad
ante la vida. Tiene que despertarte de un sueño.

Es trágico ir a terapia y encontrar, en vez de ayuda, confusión. Tengo una


carta de una mujer de 79 años diciendo que "durante 40 años de mi vida
hice psicoanálisis. Vi a ocho analistas. Pero, por primera vez, después de
leer su libro, no me siento culpable de lo que me pasó. Siempre lo intenté,
y los analistas eran buena gente. Ellos querían ayudarme. Pero nunca

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dudaron de que mis padres fueron buenos para mí. Estoy tan agradecida
ahora que ya no me siento culpable desde que leí sus libros. Ahora veo
lo terriblemente que abusaron de mí. ¡Fueron, primero mis padres, y luego
mis analistas los que me hicieron sentir mal y culpable!" Esta idea vino de
una mujer de 79 años. Luego cita la última línea de "Por tu propio bien":
"Porque el espíritu humano es prácticamente indestructible, y su
capacidad para levantarse de las cenizas permanece mientras que el
cuerpo respire".

¿Afecta la violencia de la televisión a los niños?

Los niños que realmente han sido amados y protegidos no se interesan


por esas películas y programas, y no estarán en peligro. Pero el niño que
fue herido y humillado -tal vez en la escuela, no necesariamente por sus
padres- busca un objeto de odio y en quién tomar venganza. Por
supuesto que hay gente que hace negocio del sufrimiento de los niños.
Pero la violencia no viene de las películas de televisión. Sus fuentes son
más profundas. Los niños protegidos no pueden convertirse en asesinos.
Es imposible encontrar a una persona que, sin haber sido golpeada,
pueda golpear a un niño.

¿Por qué se engendra la violencia a través de las generaciones?

Si miras hacia atrás, puedes ver que el abusador siempre fue abusado.
Pero en la mayoría de casos no se oye hablar de él o de ella, porque hay
tanta negación. Si vas a una prisión y preguntas a un asesino "¿cómo fue
tu infancia?", te dirá: "¡oh, no fue tan mala! Mi padre era severo y me
castigó porque me portaba mal. Y mi madre era una mujer agradable."
Éste es el problema: no se puede encontrar la verdad, porque la persona,
el propio asesino, no puede ver su cruel infancia como lo que realmente
fue. Y, debido a que no puede soportar su dolor, en vez de sentir su
infancia, mata a personas inocentes.

¿Crees que un niño puede experimentar abusos en el propio seno


materno?

Por supuesto. Cada niño tiene su experiencia; a veces un verdadero


martirio. Hubo un niño que nació con tres úlceras. Murió. La madre tenía
quince años. Había sido golpeada durante el embarazo y tomaba

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drogas. Nadie sabe lo que un niño, incluso en el vientre materno, puede
llegar a sufrir. Somos tan ignorantes, y nos negamos a saber.

¿Has oído hablar de la Escuela McMartin, de Los Angeles? En ese centro


de día, se denunció que más de trescientos niños fueron sexualmente
abusados. Durante siete meses, los abogados interrogaron a los niños
sobre lo sucedido, lo que fue una tortura para ellos. Algunos informaron
que habían ayudado a matar a un bebé. Los adultos no lo creyeron, por
lo que llamaron mentirosos a los niños. Finalmente se retiraron los cargos
contra cinco de los siete acusados. Obviamente, todo esto era una
manera simbólica de decir: "Cuando asumí ser abusado sexualmente,
maté al niño en mí mismo."

Quiero mostrar cómo la sociedad reacciona a los informes de los niños.


Abuso significa matar el alma del niño. No entendemos su lenguaje
simbólico, por eso decimos tranquilamente que miente. Entonces los
maestros abusan con libertad y creemos que todo es jurídicamente
correcto. El problema es que los niños protegen al abusador. A veces se
cambia al abusador por otra persona en las declaraciones. Dicen quizá:
"Tengo miedo del cartero porque es malo para mí." Y los padres saben
que el cartero no tiene ningún contacto físico con el hijo. Pero detrás de
esta historia "inventada" se esconde un padre o un tío. La función de las
mentiras es proteger a la persona amada, al tiempo que expresan
ansiedades. Los adultos dicen que "se trata de niños que inventan
historias". Pero las historias no se inventan; son hechos que realmente
sucedieron.

¿Puede la sociedad aprender el lenguaje del niño?

¡Eso espero! De lo contrario, vamos a suicidarnos en masa con ayuda de


la tecnología. El lenguaje del niño es, a menudo, muy claro, pero nos
negamos a escucharlo. Los niños pueden sufrir terribles abusos y
crueldades incluso desde el primer momento de sus vidas, gracias a la
tecnología, en los hospitales. El abuso se almacena en su mente y puede
permanecer activo durante toda su vida. Por tanto, una madre que
maltrata a su bebé puede estar repitiendo exactamente lo que le pasó
a ella, sin ningún conocimiento, sin ningún recuerdo consciente de ello Y
los recuerdos almacenados en su cuerpo la obligan a repetir el mismo
trauma.

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A menos que un niño reciba los cálidos brazos de una persona que va a
consolarlo y demostrarle con ello que el trauma de su nacimiento ha
terminado, ese niño va a esperar durante toda su vida una repetición de
ese choque. Una de las primeras lecciones es que estás solo en un lugar
peligroso, y que nadie ve tu dolor. Pero esta situación puede cambiar
fácilmente cuando reconocemos al bebé como una persona con
sentimientos y muy sensible.

Muy a menudo, el niño entra en la vida después de una lucha, y no nos


damos cuenta de que necesita consuelo y los brazos de una madre. En
vez de eso, le damos medicación, hospitales, alta tecnología. Y creemos
que es bueno para él sólo porque nos hicieron lo mismo, y porque es lo
habitual. Lo que realmente sucede en la psique de un recién nacido no
es en absoluto interesante para la mayoría de gente. ¡Por eso estoy
dando esta entrevista!

¿Qué te gustaría hacer ahora?

Me gustaría apoyar a las personas que están enfrentando el abuso


infantil. Recibí una carta de un terapeuta infantil de California. Fue
consultor para una escuela. Una niña le contó historias sobre una "caja
caliente", un pequeño armario sin ventanas en el que los niños eran
encerrados como castigo. Él la creyó, investigó, y, cuando escribió un
informe al respecto, fue despedido. Pero siguió investigando y descubrió
esas "cajas calientes" en otras escuelas. Los periódicos informaron sobre
el caso, y su voz y experiencia se hicieron notar. Me dio las gracias porque
se sentía apoyado por mis libros. Esto demuestra que una persona puede
hacer que la gente tome conciencia de que métodos nunca antes
cuestionados son, de hecho, dañinos. Un único abogado de un niño
puede salvar una vida. Los defensores dicen que un crimen es un crimen;
no ocultan la verdad llamándolo "amor de padre ambivalente". Un
abogado puede ayudar a prevenir que un niño se convierta en criminal.
El niño aprende del testigo iluminado cómo reconocer la crueldad, para
rechazarla, para defenderse de ella, a fin de no perpetuarla. Los
experimentos han demostrado de manera concluyente que nadie
aprende nada por castigo. Lo que se aprende es cómo evitar el castigo
mediante mentiras, y cómo castigar a un niño veinte o treinta años

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después. La gente sigue creyendo, sin embargo, que el castigo puede
ser eficaz.

¿Puedes cambiar esa creencia?

Así lo espero, al menos en parte. Mi vida y mi trabajo se centran en el


problema del abuso de menores y cómo puedo transmitir lo que he
aprendido a los profesionales, los padres y los legisladores. No es fácil,
pues la mayoría de gente aprendió desde el comienzo de sus vidas que
el niño tiene que ser azotado a fin de llegar a ser tan "bueno, humano,
honesto, tolerante" con los maestros, padres, ministros y otros del entorno,
como ella cree ser.

En Inglaterra, donde he hecho algunos programas de radio, los


entrevistadores dicen a menudo: "Usted habla de las formas graves de
violencia y brutalidad en las familias, pero también hay otras formas:
palizas, azotes, gritos". Suelen decir que estas formas de poder son
inofensivas, no serias, y argumentan que, pese a que a menudo ellos
mismos fueron azotados de pequeños, no se convirtieron por ello en
Adolfo Hitler. Mi tarea es repetir que cualquier tipo de golpes, azotes y
nalgadas a un niño es una humillación y un daño grave para toda su vida.
Un niño puede evitar convertirse en criminal si tiene la oportunidad en su
infancia de hallar al menos una persona que no sea cruel con él, que tal
vez le guste o le entienda. La experiencia del amor, la compasión o
simpatía le ayudará a reconocer la crueldad tal como es. Los niños que
carecen de esta experiencia porque no hay ningún testigo consciente,
verán la crueldad como una forma normal de tratar a los niños y
continuarán con esa carga. Llegarán a ser como Hitler, Eichmann,
[Rudolf] Hoss y todos sus millones de seguidores, que nunca encontraron
nada en sus infancias, salvo crueldad.

¿Qué pasa con las formas más leves de crueldad, como nalgadas, gritos
y humillaciones verbales?

La tragedia es que las personas tratadas de esa manera, incluso si no


llegan a ser como Hitler, pretenderán que esa clase de tratamiento es
necesaria. Se reservarán el derecho de hacer lo mismo con sus hijos, y se
mostrarán reacias a aprobar leyes que prohíban los azotes. En Gran
Bretaña, una ley de ese tipo no se aprobó hasta 1986, y veo este retraso

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como uno de los efectos del abuso infantil allí. La ignorancia de nuestra
sociedad es el resultado del abuso infantil. Somos castigados para ser
ciegos como Edipo. Tenemos que recuperar la visión para dar a nuestros
hijos la oportunidad de crecer con más responsabilidad y más conciencia
de las que dispusimos en nuestra generación de bombas atómicas.

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