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¿QUÉ ES LA CULTURA?
La idea común y la noción científica de “cultura”
Si te preguntaran ¿qué es la cultura?, pensarías seguramente en la pintura, la escultura, la música, la
literatura, la arquitectura, la ciencia. Y si te agregaran ¿qué es un hombre culto?, dirías que es aquel que
posee conocimientos elevados sobre cada uno de esos aspectos de la actividad humana. De esta
manera, sacarías como conclusión que hay pueblos y personas “cultos” e “incultos”, de acuerdo al
grado de sus conocimientos.
Estas ideas comunes respecto de la cultura tienen un origen muy antiguo y son las más difundidas. Sin
embargo, no coinciden con el significado que otorgan hoy las ciencias sociales al término “cultura”.
Para la antropología cultural y la sociología no hay pueblos ni personas incultos, ya que cultura es todo
lo creado por los seres humanos. Esto incluye al conjunto de sus conocimientos, creencias, costumbres,
instituciones sociales, utensilios, instrumentos y todo tipo de objetos materiales; sin olvidarnos del
lenguaje, que cumple una función fundamental en la creación, transmisión y conservación de todo lo
anterior. Dentro de la cultura entran también la institución familiar, los juegos y entretenimientos, los
hábitos alimenticios, los mitos, leyendas y supersticiones…
Aunque varían de unos a otros, todos los pueblos (en cualquier tiempo y lugar) poseen estas
manifestaciones. Es decir: todos los pueblos tienen una cultura y las personas que pertenecen a ellos
son cultas.
Naturaleza y cultura
En el caso de los seres humanos, los científicos diferencian entre naturaleza y cultura. La primera son
las características psico-físicas de nuestra especie; la otra es resultado de la creación colectiva,
transmitida a través del tiempo, del pueblo al que pertenecemos. Ambas constituyen herencias.
La herencia biológica se transmite genéticamente, a través de la reproducción. De esta manera, cada
uno de nosotros recibe las características generales de la especie humana, y los rasgos propios de un
determinado grupo racial o los más singulares de nuestra familia, a la que “nos parecemos”. En el acto
de la concepción, nuestros padres nos dejan este legado, que nosotros transmitimos a nuestros hijos y
así sucesivamente.
La herencia social es la cultura del pueblo en el que nacemos. En este caso, el mecanismo de
transmisión es la convivencia con otras personas, a través de la cual nos socializamos, es decir,
incorporamos el lenguaje, las ideas religiosas y políticas, las costumbres, los conocimientos… todos los
rasgos propios de ese grupo humano. De esta manera, nos convertimos en miembros de una cultura
determinada.
El contacto con otras personas es imprescindible para adquirir la cultura. Tal vez hayas escuchado de
algunos casos de niños criados fuera de todo contacto con otros seres humanos y cuando fueron
encontrados no presentaban las características propias de las personas. Esos seres eran humanos desde
el punto de vista físico (habían recibido su “herencia biológica”), pero al no haberse relacionado con
sus semejantes no estaban socializados (carecían de su “herencia social”). Los mecanismos de
transmisión biológica los estudia la genética; los mecanismos más íntimos de la transmisión cultural
son estudiados por distintas ciencias sociales: la antropología cultural, la sociología y la psicología
social. En conjunto, estas disciplinas científicas nos permiten entender a la persona humana, que es un
complejo bio-psico-social.
¿Cómo surgieron las culturas?
Comencemos a hablar en plural: no hay una cultura, sino muchas, correspondientes a los diversos
pueblos que forman la humanidad. Cada una de ellas, a su vez, se modifica a lo largo del tiempo;
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además, las sociedades actuales son muy complejas y encierran en su interior considerables diferencias
culturales (es decir, están compuestas por distintos grupos que poseen características culturales
propias). La cultura es, entonces, un fenómeno múltiple, complejo y muy dinámico.
Cada cultura es el resultado de la relación de un grupo determinado de seres humanos entre sí y con la
naturaleza (su medio ambiente o hábitat). Ambas relaciones se dan conjuntamente: los hombres (y
mujeres, naturalmente) se vinculan para proveer a su subsistencia, obteniendo recursos naturales; para
ello desarrollan una tecnología (fabrican utensilios, armas e instrumentos) y realizan trabajos. El
trabajo es una relación de los hombres entre sí, para transformar la naturaleza y obtener los recursos
necesarios para su supervivencia.
A lo largo de los siglos y milenios, el trabajo ha variado, en su aspecto social y tecnológico.
Socialmente se ha pasado de comunidades primitivas, relativamente indiferencias e igualitarias, a otras
más complejas, en las cuales aparecen diferencias funcionales y jerárquicas entre las personas. La
tecnología también varía y con ello la eficacia del trabajo: piensa en el instrumental del hombre
prehistórico y en las complejas máquinas que poseemos actualmente; te darás cuenta que el esfuerzo
para obtener lo necesario para la vida era muy distinto en aquellos lejanos tiempos.
A medida que aumenta la tecnología, crece la complejidad de una cultura. En las comunidades más
simples, todos deben trabajar constantemente para subsistir; en estos casos, la división del trabajo entre
los miembros es mínima y se dá en base a criterios biológicos: la edad, el sexo, la fortaleza física. En
las más complejas, determinados grupos de personas pueden dedicarse a actividades especializadas
(administración, creación artística, prácticas religiosas, etc.) Con el crecimiento de la división del
trabajo, distintos grupos sociales pasan a ocuparse de tareas diferenciadas: agricultores, pastores,
artesanos, comerciantes; también surgen grupos que no realizan actividades productivas, al menos en
forma directa: son los que se ocupan del gobierno y del culto religioso. Vinculados a este sector están
los que se dedican a la creación artística o al aumento de los conocimientos, los que se desarrollan
gradualmente a lo largo del tiempo.
Cultura y estratificación social
Desde las primeras civilizaciones históricas (los primeros pueblos de los que tenemos conocimientos
más detallados, porque sabían escribir y nos han dejado testimonios escritos) encontramos sociedades
estratificadas. Es decir, grupos humanos en los cuales las personas se diferencian por su grado de
riqueza, de poder y de prestigio.
Así ocurría en los pueblos del Antiguo Oriente (en Egipto y en la Mesopotamia Asiática, por ejemplo),
o en la India o China, en el Lejano Oriente, desde unos cuatro o cinco milenos antes de Cristo. En todos
esos pueblos, una minoría de gobernantes, sacerdotes y guerreros, imponía su autoridad sobre la masa
de los trabajadores. La situación también se dio en Europa, durante toda la Antigüedad y la Edad
Media. La mayoría de las personas, dedicadas a las actividades productivas, trabajaba en condiciones
de esclavitud o servidumbre. En la América indígena (es decir, durante el periodo anterior a la llegada
de los conquistadores españoles) existió también una diferenciación semejante en los pueblos de
cultura más compleja (las llamadas “grandes culturas precolombinas”: los aztecas, mayas e incas)
En todos estos casos, la situación de cada uno de los grupos sociales era relativamente inmodificable y
hereditaria. Un buen ejemplo de ello es el de la Europa feudal (entre los siglos IX y XV de nuestra era),
con sus distintos estamentos sociales: los nobles o señores, dedicados al gobierno o a la guerra; los
sacerdotes, ocupados del culto religioso; los campesinos siervos, encargados de los trabajos agrícolas y
artesanales. En las sociedades de este tipo aparece la distinción, que todavía mantenemos, entre “lo
culto” y “lo “popular”: es decir, entre las creaciones más refinadas del espíritu humano, privilegio de
minorías, y otras manifestaciones más groseras, propias de “la gente común”. Este es el origen de la
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distinción entre “alta cultura” o “cultura de élites”, y “cultura popular”; ésta última, generalmente
menospreciada.
Un rasgo común a todas las sociedades estratificadas es el acceso diferencial a la educación: la
“aristocracia” es formada para el mando (gobierno, sacerdocio, control militar); el pueblo, en cambio,
es entrenado para la realización de actividades económicas concretas.
Cultura y discriminación
En aquellas sociedades en que las manifestaciones más elaboradas de la cultura son privilegio de
minorías, su posesión se convierte en un “signo de status” (es decir, son un elemento externo que
evidencia una cierta condición social). En estos casos, “ser culto” (es decir, “más preparado”, “más
instruido”) es ser superior, y ser “inculto” (es decir, tener menos educación formal) es un signo de
inferioridad.
En las sociedades democráticas de nuestra época se reconoce el acceso a la cultura (entendido como
posibilidad de cursar todos los niveles de educación formal) como un derecho de todas las personas.
Lamentablemente, esta aspiración está muy lejos de haberse concretado. En todo el mundo, las
desigualdades económicas se reflejan en las desiguales posibilidades de instrucción, por lo que “la
cultura” sigue siendo un privilegio de minorías.
Cultura y civilización
La palabra “civilización” deriva de “civitas”, otro término que significa “ciudad”. En consecuencia, una
civilización es el conjunto de manifestaciones características de una sociedad que ha alcanzado un
desarrollo urbano. En este caso las instituciones y los conocimientos tienen un grado mayor de
complejidad, en comparación con culturas más sencillas. La diferencia es muy notable, por ejemplo, en
el aspecto económico y tecnológico.
Las civilizaciones alcanzan el desarrollo agrícola, la domesticación de animales, y la práctica de
variadas v artesanías y del comercio; también lograron el conocimiento del hierro, lo que les permitió
una mayor eficacia productiva y les dio superioridad militar en la lucha con otros pueblos. Algunas
civilizaciones, como la del Antiguo Egipto, conocieron el hierro tardíamente; en el caso de las
civilizaciones indígenas americanas, no lo lograron hasta después de la llegada de los conquistadores.
No todos los pueblos lograron organizarse de esta manera. En el mundo mediterráneo, encontramos
civilizaciones desde 4 a 5000 años antes de Cristo. Primero estuvieron circunscriptas a ciertas regiones,
que ya hemos mencionado; después se generalizaron a toda Europa, las costas de Asia Menor y el norte
de África. La América indígena conoció las civilizaciones azteca, maya e inca, en tanto que el resto de
los pueblos americanos habían desarrollado culturas menos complejas.

Gagliardi, Ricardo (2012) “Culturas y estéticas contemporáneas” - 2° Edición - Ediciones del Aula Taller, (pag.
7-10)

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