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Festividad de la Ascensión

2 junio 2019

Lc 24, 46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así estaba escrito: el Mesías
padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se
predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos,
comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo
que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os
revistáis de la fuerza de lo alto”. Después los sacó hacia Betania y, levantando
las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo
hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran
alegría; y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.

LO QUE SOMOS TRANSCIENDE EL ESPACIO

Con ese texto concluye Lucas su evangelio (como es sabido, su


relato continuará en la segunda parte de su obra, el libro de Los Hechos
de los Apóstoles). Este final constituye un “cierre catequético”, que
subraya algunas cuestiones que resultaban prioritarias para las
primeras comunidades de discípulos.

Por un lado, necesitaban entender el significado de la muerte


de Jesús que, para ellos, había supuesto, no solo una decepción
dolorosa, sino un auténtico escándalo: ¿Cómo Dios había podido
permitir la muerte de su Ungido? Lucas responde: “Estaba escrito” (en
la Torá o libro sagrado del judaísmo). Como si quisiera decirles: no
dudéis; todo obedecía a un plan divino.

Una segunda prioridad era la “misión” que debían asumir. Los


discípulos son reconocidos como “testigos” y llamados a proclamar el
anuncio del evangelio, comenzando –subraya expresamente Lucas–
por “Jerusalén”, es decir, manteniendo las raíces del judaísmo de
donde provenían.

En tercer lugar, les asegura la fuerza divina (“de lo alto”) que,


en el libro de Los Hechos, personificará en la figura del Espíritu y
escenificará con el relato de Pentecostés (Hech 2,1-13).

En cuarto lugar, alude a la “ascensión” (o “subida al cielo”), en


un lenguaje mítico, que podía casar bien con la cosmovisión de la época
que daba por sentado la existencia de tres planos o niveles en el
espacio, pero que resulta inasumible con la cosmovisión
contemporánea. Entre otras cosas, tal como es el universo, ¿dónde es
“arriba” y dónde sería “abajo”?

Finalmente, el texto concluye subrayando dos actitudes


típicamente lucanas: la alegría y la oración en el Templo.

Para advertir que se trata de un texto catequético es suficiente


notar que el propio Lucas no tiene ningún reparo en contradecirse a sí
mismo. Si hubiera tenido la pretensión de que el texto se hubiera
aceptado en su literalidad, habría cuidado la contradicción manifiesta.
Porque, mientras en el evangelio afirma que Jesús “sube al cielo” el
mismo día de la resurrección (“el primer día de la semana”: Lc 24,1),
en el comienzo del Libro de los Hechos escribe que Jesús se les apareció
durante cuarenta días (Hech 1,3) hasta que “lo vieron elevarse” (Hech
1,9).

La imagen de la ascensión o “subida al cielo” es una metáfora


para referirse a la glorificación de Jesús. El crucificado ha sido exaltado,
el aparente fracaso era en realidad triunfo, la Vida ocupa el universo
entero, transciende el espacio y el tiempo.

En ese sentido, la fiesta de la “ascensión” constituye la celebración


de la Vida una, que el relato evangélico personaliza en Jesús de Nazaret
pero que, en realidad, constituye una metáfora que nos alcanza a
todos. Más allá de todas las circunstancias que acontezcan, la Vida se
halla a salvo. Hay motivo para la alegría.

¿Me abro conscientemente a la Vida en mí y en todo lo que me rodea?