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Colombia: ¿Una voluntad de guerra?

Colombia posterior a la firma a los acuerdos de Paz en La Habana, Cuba, ha experimentado


de manera constante un clima de polarización acerca de todo lo que implica la finalización
de un conflicto armado que afecto al país durante casi más de cincuenta años. Una de las
principales manzanas de la de la discordia es la justicia y el esclarecimiento de la verdad a
través de la Justicia Especial para la Paz (JEP) la cual ha sido uno de los blasones del
gobierno Santos a la hora de articular y dejar la paz “ensamblada” al entrante gobierno de
Duque. Esta justicia especial, no solo cuenta con todo un recorrido, trágico por momento,
en las ágoras de las leyes colombiana, sino que también han generado una zozobra
constantes en los estados garantes del proceso de paz, los cuales no han hecho más que
pedirle al Estado colombiano que implemente dicho modelo, el cual cuenta no solo con las
garantías, sino que con la veeduría de los diversos estatutos que conforman el derecho
penal internacional.

Esta discusión, que más parece una crónica de la clase política colombiana desde su
fundación como república, se dilata constantemente y apela a las decisiones y los juicios
críticos de bancadas, partidos y sectores sociales que se dan golpes de pecho, y se dedican a
desconocer la viabilidad de un proceso de paz, con su justicia transicional ensamblada y su
proceso de reintegración comprometido para la no repetición del conflicto; siendo este
último punto el que parece disonar en mucho entre los sectores más férreos a la oposición
de un país que parece caminar sobre la cuerda floja entre la inestabilidad de seguridad
social y política, y un proyecto que impulse a solucionar conflictos internos que parecen
beneficiar más a algunas clases políticas que a otras.

Desde el referendo de los acuerdos de Paz, el país, el senado, las cúpulas, los partidos
políticos, los sectores sociales y hasta las familias se han encarnizado en tomar partido en
dos bandos: los amigos de la paz y los enemigos de la paz (que se declaran amigos de la
paz, pero no así). Apelando muchas veces a la ignorancia que se padece en el país y en el
odio irracional que vive en personas, que en muchas de las ocasiones no tuvieron lugar en
la atroz experiencia del conflicto armado en Colombia. Hoy, después del turbulento camino
que tuvieron que atravesar los diferentes puntos del acuerdo, sumado a la constante mala
prensa de los sectores opositores y del entorpecimiento al estatuto que regulará la JEP; los
acuerdos salieron a flote, dando durante casi dos años desde la finalización de las
negociaciones programas de reinserción a la sociedad, planes sociales, esclarecimiento de
acontecimientos de guerra, sanciones y amnistías a declarantes ante los magistrados que
conforman la justicia especial, e incluso la participación política del partido de las FARC
en el legislativo, haciendo no solo parte de una construcción de una nueva sociedad, sino
que a su vez diversificando los escenarios de representación política en un país que parece
atrapado en la mermelada y la política tradicional de tamales y cincuenta mil pesos por el
voto.

Visto de alguna u otra manera, Colombia ha demostrado que no estaba lista para el gran
paso que representaba un proceso de reinserción social y un postconflicto, que no solo tuvo
la veeduría internacional suficiente, sino que a su vez contó con el antecedente de otros
procesos de paz que cimentaron el renacer de países que hoy gozan de una estabilidad
social satisfactoria; gran parte de la culpa fue el clima político al cual fue sometido el
proceso de paz, donde la principal herramienta que tuvo el sector opositor a mano fue el
odio irracional con el que convive un gran sector de la población que no parece ni doliente
ni consiente de lo que implicó y sigue implicando hoy el conflicto armado en Colombia,
que de plano en mucho de los caso no lo enfrentaron de alguna manera. El guerrerismo, que
muchas veces se ve provocado por la ignorancia y el desconocimiento de los efecto de los
diversos conflictos que ha tenido el Estado colombiano con grupos alzados en armas de
diversas índoles, sumado a la idolatría política (muchas veces acompañada de un
analfabetismo político y democrático), nos hacen visualizar, que en Colombia se romantizó
la impunidad de una manera tal, que el conflicto se ha convertido en nuestro haber.

Si bien esto último se puede tomar como que la guerra para cierto sector político del país es
un negocio y una fuerte herramienta de convencimiento a la hora de ir a las urnas, también
se debe tener en cuenta que parte del conflicto armado aún se encuentra sin esclarecer,
dicho de algún modo, esto podría resultar perjudicial a sectores políticos y sociales que
participaron activamente de actos ilícitos o abuso de poderes durante el conflicto armado,
demostrando así en primera medida si no interés por la solución de las situaciones
beligerante que han desangrado el país y en segunda medida se daría fin a una de las
maquinarias políticas que tanto ha dado resultado en un país con un largo historial de
injusticias sociales y masacres sistemáticas a dedo, el temor al cambio de las clases
políticas y el dominio de la oligarquía, buscando no el beneficio de una sola clase social,
sino el progreso en general de un país que pare estar sumido en una de las desigualdades
sociales más marcadas de hemisferio y del mundo.

De esto último y manera de conclusión se puede afirmar que este entorpecimiento viene a
un deseo de perpetuar un conflicto constante, que llene las necesidades de un electorado de
base y una comunidad de a pie que parece ser movida por un sentido patriótico hacia el
conflicto y la defensa de intereses que para nada van acordes a la construcción de un país
equitativo, estable y en paz. Esto, afirmando también, que el factor violencia parece estar
cada vez más emparentado con nuestras comunidades y dirigencias políticas al punto de
naturalizarnos con los asesinatos y las injusticias sociales, dando a entender por otro lado
que hay un gran sector social y político que quiere hacerle contra peso al conflicto, siendo
un agente constructo y de cambio; pero sobretodo un agente que combata el odio y
socialice de tal manera que puede tomarse como bandera la esperanza para la construcción
de una nueva sociedad, en la que la voluntad de guerra no sea una opción.