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Grupos e instituciones / Terapia familiar

1. A. Dellarossa - Grupos de reflexión


2. J. Chazaud - Introducción a la terapéutica institucional
3. M. Grotjhan - El arte y la técnica de la terapia grupal analítica
4. W.R. Bion - Experiencias en grupos
5. R. de Board - El psicoanálisis de las organizaciones
6. F. Moccio - El taller de terapias expresivas
7. D. Anzieu - El psicodrama analítico en el niño y en el adolescente
8 .1.L. Luchina y col. - El grupo Balint. Hacia un modelo “clínico-situado-
nal"
9. S. Minuchin y H. Ch. Fishman - Técnicas de terapia familiar
10. M. Andolfi - Terapia familiar
11. B. Shertzer y otros - Manual para el asesoramiento psicológico
12. M. Andolfi e I. Zwerling - Dimensiones de la terapia familiar
13. S. Minuchin - Calidoscopio familiar
14. M. Selvini Palazzoli y otros - Al frente de la organización
15. A. Schlemenson - Análisis organizacional y empresa unipersonal
16. J.S. Bergman - Pescando barracudas. Pragmática de la terapia sistèmi­
ca breve
17. B.P. Keeney - Estética del cambio
18. S. de Shazer - Pautas de terapia familiar breve. Un enfoque ecosistémi-
co
19.1. Butelman - Psicopedagogia institucional. Una formulación analítica
20. P. Papp - El proceso de cambio
21. M. Selvini Palazzoli y otros - Paradoja y contraparadoja. Un nuevo
modelo en la terapia familiar con transacción esquizofrénica
22. B.P. Keeney y O. Silverstein - La voz terapéutica de Olga Silverstein
23. M. Andolfi y C. Angelo - Tiempo y mito en la psicoterapia familiar
24. J.L. Etkin y L. Schvarstein - Identidad de las organizaciones
25. W.H. O’Hanlon - Raíces profundas. Principios básicos de la terapia y
de la hipnosis de Milton Erickson
26. R. KSes y otros: La institución y las instituciones. Estudios psicoanalíti-
cos
21. H. Ch. Fishman: Tratamiento de adolescentes con problemas
28. M. Selvini Palazzoli y otros: Los juegos psicóticos en la familia
29. M. Goodrich y otros: Terapia familiar feminista
Bajo la dirección de

Alain Ackermans
y
Maurizio Andolfi

La creación
del sistema terapéutico
La escuela de Terapia Familiar de Roma

Maurizio Andolfi, Claudio Angelo, Katia Giacometti,


Paolo Menghi, Anna Maria Nicolò Corigliano,
Ruggero Piperno, Carmine Saccu

Prefacio de Alain Ackermans

PAIDOS
Buenos Aires - Barcelona - Mexico
Titulo original: L a création du système thérapeutique
Los Editions ESF, Paris
(5)1987, Les Editions ESF
ISBN 2-7101-0642-6

Traducción de Irene Agoff

Cubierta de Gustavo Macri

la. edición, 1990

Impreso en la Argentina _ Printed in Argentina


Queda hecho ei depósito que previene la ley 11.723

La reproducción total o p ardal de este libro, en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, escrita a máquina, po r
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derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

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Defensa 599, Buenos Aires
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Mariano Cubi 92, Barcelona
Editorial Paidós Mexicana S.A.
Guanajuato 202, México DF

ISBN 950-12-4631-0
IN D IC E

Prefacio de Alain Ackermans......................................................................... 9


Introducción. Todos los caminos conducen a Roma,
de Maurizio A n d o lfi............................................................................. 19

Primera parte
EL CONCEPTO DE PROVOCACION
1. La interacción en los sistemas rígidos: modelo de intervención
en la familia con paciente esquizofrénico, por Maurizio
Andolfi, Paolo Menghi, Anna Maria Nicolò y
Cannine Saccu ................................................................................. 31
Sistemas flexibles y sistemas rígidos .................................................. 31
Un modelo de intervención: desarrollo de una estrategia 33

2. La función de la provocación en el mantenimiento


homeostático de los sistemas rígidos, por
Ruggero Pipemo ............................................................................... 65
Sistemas rígidos y procesos de diferenciación.................................. 65
Hacia la individuación de las reglas en los
sistemas rígidos................................................................................. 68
Necesidad de una estructura interpretativa del
comportamiento sintomático ...................................................... 70
Función de la provocación en el interior de un
sistema familiar rígido.....................................................................71
Función de la provocación en el interior del
sistema terapéutico......................................................................... 73

3. La supervisión provocadora, por Maurizio Andolfi


y Paolo Mengjxi.................................................................................79
Objetivos de la supervisión................................................................ 81
Tiempo y espacio de la supervisión.................................................... 83
Conclusión............................................................................................... 98

Segunda parte
EL PROCESO DE METAFORIZACION
4. El empleo de la metáfora en terapia familiar,
por A M. Nicoló Corigliano ...................................................... 103
La metáfora......................................................................................... 106
Características de la metáfora ........................................................ 114
El objeto metafórico ......................................................................... 117
S INDICE

5. El empleo del objeto metafórico en terapia


familiar, por Claudio A n g elo ........................................................128
La terapia como tentativa de cambio de valores, formación y
utilización de un código de comunicación................................. 128
El objeto metafórico en sesión ......................................................... 134

Tercera parte
EL SISTEMA TERAPEUTICO
6. El terapeuta como director escénico del drama familiar,
por Maurizio Andolfi y Claudio A ngelo............... 147
Premisas ..............................................................................................147
La reedición del drama familiar en terapia..................................... 150
Conclusión............................................................................................162

7. El sistema terapéutico: el tercer planeta,


por Maurizio Andolfi y Claudio Angelo ..................................... 164
Interacción individuo-familia............................................................. 167
El terapeuta como vínculo relacional............................................... 171
La relación terapéutica: del individuo al sistem a........................... 176

8. Del mito de la certeza al sujeto de la experiencia,


por Paolo Menghi y Katia Giacometti......................................... 183
El dilema: pertenencia o separación................................................. 183
El terapeuta, sujeto de experiencia................................................... 188

Cuarta parte
FAMILIA E INDIVIDUO
9. El niño: de objeto de cuidados a instrumento de
formación relacional, por Carmine Saccu ................................. 197

10. La relación terapéutica en terapia familiar,


por A M. Nicoló Corigliano.........................................................205
El mito ................................................................................................. 207
La función del m ito............................................................................. 211
De la simplicidad a la complejidad. Hacia una comprensión
multidimensional del sistema terapéutico.................................212
La relación terapéutica con la familia y sus características...........217

11. Familia e individuo desde una perspectiva trigeneracional,


por Maurizio Andolfi y Claudio Angelo .....................................227
Estática y dinámica del mito familiar...............................................228
Las coordenadas familiares............................................................... 231
Pertenencia y separación................................................................... 236
PREFACIO

Alain Ackermans

Roma, 2.535.000 habitantes, capital de Italia, país de


57.140.000 habitantes cuya moneda nacional es la lira y donde
se habla italiano. Roma es también, para muchos de nosotros,
un instituto de terapia familiar. En la actualidad muchos
terapeutas de la familia manejan con soltura ciertos conceptos
clave salidos del “Instituto”. Esta obra se propone narrar la
historia de la evolución de un pensamiento.

El primer concepto clave es el de provocación. Pero provo­


cación en el sentido etimológico de provocare (sacar fuera de,
“llamar adelante”), y los propios autores van a aclarar sus
diferentes aplicaciones en los principales campos clínicos que
interesan a la práctica de la terapia familiar. ¿Cuáles, por tanto,
la función de esta provocación en el mantenimiento homeostá-
tico de los sistemas rígidos? ¿Se la puede discernir en la
interacción de estos sistemas rígidos con el terapeuta? ¿Hay
forma de elaborar un modelo de intervención con este tipo de
familias? ¿Este modelo de intervención puede ser teorizado en
el campo de la supervisión?
Pasando por la definición de sistemas flexibles y rígidos al
examinar la capacidad dinámica de toda familia para modificar
continuamente el equilibrio homeostasis-transformación en
cada etapa del ciclo vital, surge una especificidad de todos los
r
10 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

sistemas rígidos, los que al incorporar al terapeuta “neutrali­


zan” la intervención terapéutica. La tarea propuesta es descri­
bir un modelo original de estrategia terapéutica que atraviese
los diferentes settings. Los sistemas rígidos se expresan a través
de mensajes provocadores para el terapeuta (como para todos
los miembros de la familia entre sí). A su vez, el terapeuta
“llamado al frente”, provocado, deberá no escabullirse durante
el proceso terapéutico, que de este modo queda muy esquemá­
ticamente descrito en varias fases sucesivas: la de expectativas
que precede a la terapia, la de confrontación, la de descalifica­
ción estratégica de la mejoría, la de verificación de la nueva
estructura e incluso la de escisión del sistema terapéutico; y sin
embargo... se habla poco de escisión del sistema terapéutico en
terapia familiar.
El terapeuta provocado responde con un mensaje contra­
provocador. La provocación llama a la contra-provocación. La
historia de Giuseppe, paciente esquizofrénico que lleva a su
familia a terapia, sirve de ilustración y muestra poco a poco la
posición central del paciente en el sistema terapéutico acompa­
ñada por un movimiento paralelo de centralización del tera­
peuta, permitiendo así a Giuseppe cierta periferización. Tera­
peuta que toma entonces la posición de paciente identificado...
TERAPEUTA IDENTIFICADO.
Sí, la terapia familiar es coevolución.
A su turno, el terapeuta puede reforzar de este modo los
procesos de intercambio y comunicación y, al favorecer el
proceso de desprendimiento, descentrarse progresivamente.
Sí, la terapia familiar es movimiento: entrar, distribuir,
sostener, borrarse y salir... No basta sólo con prestar asistencia.
En cuanto a Ruggero Piperno, este autor aporta su notable
contribución al concepto de sistema interpersonal rígido y sitúa
sus características fundamentales. Por medio de ejemplos
sumamente ilustrativos, sale a la luz una secuencia interactiva
particular, secuencia presente en muchos sistemas rígidos
donde ciertas reglas se oponen a la autonomía de cada uno.
Aquí nace ya todo el interés de la “escuela romana” dirigido al
individuo dentro del sistema familiar. No basta con descubrir
el efecto pragmático de un comportamiento provocador; al
terapeuta también le hace falta una llave para entrar en este
PREFACIO 11

sistema. Esa llave es quizá poner la homeostasis al servicio de


la transformación.
He aquí la característica, por desgracia casi totalmente
desconocida, pero que es la más esencial del concepto de
provocación: “preguntarse sobre una función y sostener a la
persona”.
Provocar no es agredir. La provocación, garante de la
homeostasis, es definida como modalidad de comunicación en
la que las finalidades no son explícitas y son capaces por tanto
de influir sobre una persona hasta el punto de hacerle realizar
actos ajenos a su voluntad. Estamos aquí en terreno familiar. Y
aparece esta frase capital: “Si el otro acepta mi provocación, si
cede a mi atención, quiere decir que está lejos de poseer su
identidad como persona y yo puedo tranquilizarme: no podrá
separarse de mí antes de que yo me desprenda de él.” En Roma
se tiene mucho cuidado en confundir función con identidad.
A continuación, Paolo Menghi nos describe un modelo de
supervisión directo que él define como “provocador y que sólo
es comprensible si se efectúa este paralelismo siempre impor­
tante entre proceso terapéutico y proceso de supervisión. En
estas familias, incapaces de modular en el tiempo la relación
homeostasis-transformación, el objetivo principal del supervi­
sor es prevenir la formación de sistemas terapéuticos rígidos.
Esta vez la provocación es utilizada por el supervisor y toca al
sistema terapeuta-familia, pero sobre todo a la función que en
él asume nuestro terapeuta.
Función de provocación que ilumina la función del terapeu­
ta. El proceso de formación comprende siempre un aspecto a
la vez estratégico y didáctico, y el estrés inducido por la super­
visión tiene que ser modulado en la formación del terapeuta.
Nuevamente, ese respeto siempre presente por la persona.
Debemos lograr un terapeuta desembarazado de ciertos cli­
chés y capaz de imaginar libretos alternativos que lo obliguen
a utilizar aspectos cada vez más diferenciados de su personali­
dad.
Provocación utilizada para favorecer una individuación
progresiva tanto en el sistema de aprendizaje como en el
sistema terapéutico. Toda participación responde a una elec­
ción, no a necesidades, y éste es el paso capital que va de la
12 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

elección de la coexistencia como función a la elección de


coexistencia como persona. Modulada por la imprevisibilidad,
la dinámica supervisor-terapeuta integra de este modo la rela­
ción terapeuta-familia. SÍ, la' terapia familiar es movimiento y
coevolución porque las familias nos ayudan también a conocer­
nos mejor.
La coevolución va acompañada de una creación conjunta,
y son creativos estos italianos, sobre todo cuando se ponen a
hablar el lenguaje de las imágenes.
Roma es también la escuela de la “metáfora”.
Frente al pensamiento normal, ávido de sentido, el pensa­
miento patológico abunda en interpretaciones afectivas. La
terapia es vista como proceso de recodificación común efectua­
da por un terapeuta comprometido en un sistema familiar en
busca, como cualquier sujeto, de un nuevo código común: el
lenguaje terapéutico.
La metáfora crea entonces ese puente entre un símbolo
y un lenguaje común, y luego entre un miembro de un sistema,
entre un terapeuta y una familia. Si nos atrevemos, veremos a
Lucio, heredero del trono, rodeado por sus pajes. La familia es
libre de manifestar su empatia o su misterio más oscuro frente
a la metáfora; de todos modos la modalidad permite al terapeu­
ta destriangularse, y a la vez a todos exponerse más. Que los
terapeutas no detengan nunca este viaje común explicando el
sentido de una metáfora. No por tropezar nos caemos, y aquí
nos comprendemos sin explicarnos; en el proceso de metafori-
zación, nuestro astuto paciente es compinche y honesto perso­
naje.
ümágenes, cuánto nos hechizan! Hablar negando hacerlo
establece el marco paradójico que abre una vía hacia el cambio
y permite que cada cual se exponga sin temores. Con Claudio
Angelo ese objeto metafórico se instala en las transacciones
terapeuta-familia, y es imposible no pensar en ciertas
técnicas hipnóticas; pero la elección del objeto metafórico
sigue siendo un acto inventivo del terapeuta que introduce
este código nuevo en las definiciones e interpretaciones de
lo que ocurre, código al que vendrán a incorporarse sucesiva­
mente otras redefiniciones: esta vez, del sistema terapéutico
entero.
PREFACIO 13

El objeto metafórico es portador, pues, de toda la amplifi­


cación emocional de lo que los miembros de la familia
expresan. Ahí lo tenemos en las manos del terapeuta,
iluminando todas las modalidades de comunicación hasta
cambiar aveces sus reglas y solicitando continuamente, al final
de cada paréntesis interactivo, un retorno a la función por él
asumida. Lo que no se ha expresado reaparece en una envoltura
vacía que pasa por las manos de todos.
El terapeuta pone en escena el drama familiar, director que
debe reelaborar de continuo esta puesta en escena que los
miembros simplemente creían venir a recitar teniendo ya en la
mente un final preestablecido de la representación. Sólo que el
director quería otro libreto y, señalando a veces ciertos aspec­
tos que han pasado desapercibidos, relega otros a una posición
de decorado. Nuestra familia, enriquecida con todos estos ele­
mentos, ayudada también por ese terapeuta que verbaliza lo
que percibe en un nivel no verbal o asociativo, atraviesa
entonces las etapas que acompañan a la variación de intensidad
de esas reglas, así como la transformación de las funciones
asignadas a cada uno de los miembros. Después, mediante la
negación continua de la vestimenta que él mismo teje, el
terapeuta permanecerá siempre atento a que esta nueva cons­
trucción no se cristalice. Whitaker nos lo recordaba: el proceso
termina cuando las familias han aprendido a abandonar ciertos
libretos rígidos para integrar en sus reglas la imprevisibilidad;
se trata de “aprender a modificar reglas”.
Los elementos nodales constituirán entonces una grilla de
lectura diferente que, partiendo de viejos esquemas repetiti­
vos, tiende a exasperar ciertos elementos convirtiéndolos de
este modo en estructura portadora de un libreto alternativo. Y
no son los hechos los que cuentan, sino la interpretación que se
da de ellos. Frente al inmovilismo, he aquí lo imprevisible. El
terapeuta tendrá que dejar de considerarse como una figura
externa dotada de particulares poderes de control sobre el
desarrollo de la terapia, para formar parte entonces del sistema
terapéutico y someterse a las mismas regias.
En Roma se muestra prudencia ante las hipótesis paradó­
jicas que excluyen al terapeuta como sujeto interactuante:
tanto la negativa como la aceptación del terapeuta a escenificar
14 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

ciertos libretos, forman parte del movimiento de construcción


de un tercer planeta.
En Roma, el “no” se convierte en punto de salida de una
lenta y larga negociación en común. Porque detrás de este “no”
debemos captar ahora toda la diferencia entre el no defensivo
y el no decisional: “No”, no me hable de eso, o: “No”, he
decidido que sería no.
El individuo recupera un lugar en su familia y se convierte
entonces en mediador de mensajes relaciónales o triangulares,
en agente de cambio, en individuo redimensionado en todas sus
modalidades específicas con relación a su familia de origen.
Como nexo relacional, el terapeuta no evita entrar en ciertos
roles que la familia le asigna. No puede evitarlo porque evitar
entrar en ese rol parece de tan poca utilidad terapéutica como
entrar sin darse cuenta. Los vacíos reales y las plenitudes
ideales forman parte entonces del juego terapéutico, donde el
terapeuta asume el rol y lo interpreta a la vez, mientras se utiliza
a sí mismo como metáfora relacional a fin de captar mejor las
necesidades diferentes que cada cual espera satisfacer con él.
Pasa a ser de este modo un espejo para los demás, usando su
propia persona con su complejidad de ser pensante y afectivo
donde un puesto clave está ocupado por la creatividad. Entrar
en relación con el paciente identificado, enlazar sus problemas
afectivos con las funciones complementarias asumidas por
todos, es un movimiento capital en terapia familiar. Incluso si,
para realizarlo, el terapeuta privilegia cada vez a una sola
persona elegida como puerta de entrada al sistema.
Todo libreto esconde otro que podría esclarecerlo. Mauri-
zio Andolfi profundiza la perspectiva trigeneracional, así como
la riqueza de las múltiples articulaciones de este enfoque.
Paolo Menghi y Katia Giacometti van a recordar el dilema de
pertenencia y separación inherente a todo proceso. En cuanto
a Carmine Saccu, éste se detiene un instante con Sandro, y
Anna Maria Nicoló nos recuerda algunas características de la
relación terapéutica.
Sí, Carmine nos hace penetrar en el mundo de la infancia:
una vez morigerado su síndrome de Speedy González, Sandro
liberará toda su imaginación y concentrará su atención sólo en
la percepción de nexos relaciónales. Cuando lo falso ya no
PREFACIO 15

puede separarse de lo verdadero, pero también cuando el paso


del modo de ser en relación absoluta al modo de ser en relación
relativa se llama proceso... Imaginación, fantasías bien presen­
tes en todos estos niños reunidos en una habitación para jugar
de común acuerdo: “¿Quién tiene el Edipo más grande?” El
terapeuta, gracias a los pies de Sandro, puede tocar entonces
todo el espacio imaginario de la familia. La imprevisibilidad.
Lo has tocado donde él no lo esperaba...
Anna-Maria Nicoló llama nuestra atención sobre esa es­
tructura particular en toda familia que es el mito, el cual
condensa estos presupuestos haciendo desaparecer toda dife­
rencia individual.
Perpetuado en el curso de las generaciones, el mito consti­
tuye una cierta visión del mundo, pero sigue siendo también un
estado mental del sistema familiar; así cada cual acaba jugando
voluntariamente el juego del otro en una relación que lo
incluye. ¿La familia sana es la familia cuyo mito evoluciona? Va
tomando forma la relación terapéutica, relación bipolar y con-
ceptualizada como capaz de inducir una doble transformación,
la del terapeuta y la de la familia. El terapeuta debe utilizarse
para modular la tensión, contener la angustia y suscitar las
energías positivas apoyándose en los recursos familiares. De
este modo el sistema terapéutico se convierte en un sistema
creado ahora en conjunto, y las relaciones pasadas pueden
hacerse presentes en él, lo mismo que las posibilidades futuras
construirse en el hic et nunc. Flexibilidad, coherencia y evolu­
ción. Los niveles primitivos de ciertas familias pueden ser
alcanzados deteniéndose en las emociones del terapeuta, quien
pasa a ser agente terapéutico de emociones y pensamientos en
su globalidad: “Debe representar para todos ellos un lugar para
pensar”, nos recuerda Anna.
Paolo Menghi y Katia Giacometti hacen hincapié en el
dilema de pertenencia y separación. Cuando este síntoma, con
todas sus estructuras relaciónales, se organiza en torno de un
seudocontinente, no puede haber diálogo, porque no hay reco­
nocimiento de una diferencia ni de la dependencia que carac­
teriza a toda relación humana, portadora del aspecto paradó­
jico del proceso de individuación.
Para separarse es necesario poder vivir juntos, y para poder
4 N |J IH .4 flfte '«-.* LA 0MAOION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

vivir juntos es necesario permanecer separado. Doloroso pero


necesario compromiso en el reconocimiento de sí como miem­
bro de un sistema que es también fruto de una historia que lo
precede, y también en el reconocimiento de sí como ser singular
con su destino propio, y proceso de búsqueda en el que todos
estamos implicados, en el que somos guiados por las dudas, las
preguntas y la curiosidad, que reemplazan entonces a la certeza
absoluta. Le es preciso a este terapeuta, nos dicen, abandonar
un rol defensivo frente a la experiencia y asumir el riesgo de
iniciar una aventura en la que pueda reconocerse, por el
contrario, como sujeto de esa experiencia. La relación con el
otro se torna entonces paralela a la búsqueda de sí y, al no
adherir a la emoción, no se crea ninguna intensidad. Hay que
poder elegir entre pertenecer o separarse, porque saber iden­
tificarse no basta; hay que poder prescindir de una identifica­
ción con el otro y modular así la propia representación, lo que
introduce entonces nuevas visiones de la relación. Sólo esta
traducción posibilita la verdadera escucha que nos da la posi­
bilidad de comprender y que da a los otros la posibilidad de ser
comprendidos. Así se forma la personalidad de cada individuo,
forzado entonces a renegociar entre su propia necesidad de
pertenencia y su exigencia de separarse para alcanzar, simple­
mente, la autonomía.
Maurizio Andolfi añade: el trabajo de individuación es
también el de elaborar el mito familiar que da la posibilidad de
distanciarse de todo lo que está representado en él pero al
mismo tiempo de aceptarse y hacerlo suyo. La historia de un
individuo es el resultado de un relato basado en una memoria
colectiva. La familia psicológica sigue siendo una familia exten­
sa, pero en esta instancia es esencial que esa persona pueda
distinguir entre la demanda que la concierne directamente y
aquella de la que es simplemente portadora por estar inicial­
mente dirigida a otro: superposición de múltiples esquemas,
ambigüedad resultante de la presencia simultánea de estos dos
niveles que permitirá a cada cual reencontrar un espacio
personal.
Provocación, metáfora, relación terapéutica, individua­
ción... ¿ancora?
Ma silenzio.
PREFACIO 17

Quizá también para mí sea hora de detenerme y de invitar


al lector a una excursión por el país de la terapia familiar. Y
puesto que todos los caminos conducen a Roma...
Avanti, perfavore...
INTRODUCCION

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROM A..

Maurizio Andolfi

En 1972, después de varios años de trabajo pionero junto a


familias gravemente perturbadas, movido por un sólido entu­
siasmo pero igualmente por vacilaciones y una ignorancia
notoria, abandoné el primer grupo que se ocupaba de terapia
familiar en Roma y me dirigí a Estados Unidos, auténtica mina
de formación relacional y de experimentación clínica a comien­
zos de la década de 1960.
Al partir, me separaba por un tiempo de Carmine Saccu»
colega y amigo de larga data que, durante mi estancia en el
extranjero, iba a proseguir un trabajo ya comenzado entonces
y en definitiva bastante arduo, esto es, introducir un modelo
familiar en el tratamiento del niño en psiquiatría infantil.
No es casual, por lo tanto, que pocos años después, en 1975,
cuando regresé a Italia, naciera con Carmine Saccu el proyecto
de la “Via Reno”, proyecto al que vinieron a sumarse, al
principio, psiquiatras de niños deseosos de aprender y experi­
mentar un modelo de terapia aún fuertemente combatido en
los círculos universitarios.
Paolo Menghi y Anna María Nicoló son los primeros
alumnos y se convierten rápidamente en las personas que
compartirán, en los años siguientes, las opciones organizado-
nales y culturales del Instituto de Terapia Familiar de Roma.
Claudio Angelo, Iaia Berardi, Silvia Soccorsi, Rodolfo de
tAOMfcOlON N L 8I8TEMA TERAPEUTICO

fttlft Glacometti y Giovanna Montinari se unen muy


pronto al grupo de base para constituir el esqueleto clínico y
didáctico del ITF, conocido a veces con el nombre de “Escuela
de Roma”. Durante la década de 1980 la Escuela de Roma
comienza a difundir su pensamiento por el extranjero merced
a sus publicaciones, a sus numerosos intercambios científicos,
y a sus programas de formación destinados a los países angló-
fonos y francófonos. Así se originó un intenso trabajo de
reflexión y de análisis transcultural.
Pero, antes de entrar en la historia, retomada por este libro,
del desarrollo del grupo romano y de su pensamiento, es útil
ofrecer al lector un sucinto panorama histórico que permita
comprender su evolución en el interior del movimiento de con­
junto de las teorías sistémicas y de la terapia familiar, durante
los últimos quince años, en Estados Unidos y en Europa.
La terapia familiar nace de la culminación del trabajo de
revisión de los presupuestos teóricos y técnicos de la asistencia
psiquiátrica, efectuado en Estados Unidos en la década de 1950
y cuyo punto culminante será la creación, en 1963, de los
“Community Mental Health Centers”.
El reconocimiento del papel que cumplen los factores
sociales, económicos, culturales e interpersonales en la forma­
ción y perduración del trastorno psiquiátrico, representa lo que
Rush define como “tercera revolución psiquiátrica” y conduce
a la necesidad de insertar el tratamiento en el contexto en el
que tomó desarrollo. Así pues, el terapeuta se ve llevado a
intervenir dentro de una realidad completamente nueva que ya
no es el despacho o el departamento del hospital psiquiátrico,
sino las diferentes formas de organización o “sistemas” en los
que el individuo crece y actúa: en primer lugar la familia y luego
el lugar de trabajo, el barrio, la escuela...
Durante esos mismos años, surge más claramente en el
campo de la psiquiatría un creciente malestar ante la impoten­
cia de las terapias y técnicas tradicionales, incluido el psicoaná­
lisis, frente a las psicosis. Precisamente a partir de las investi­
gaciones sobre la esquizofrenia iniciadas a mediados de la
década de 1950 en grupos diferentes y de manera independien­
te, brotará toda una serie de observaciones comunes que
constituirán el impulso necesario para desplazar la atención de
INTRODUCCION 21

los investigadores y clínicos, llevándola del individuo a sus


relaciones y al contexto en que vive.
Veamos ahora en qué forma se traduce este desarrollo en
el plano de la enseñanza. Admitiendo que sólo a finales de la
década de 1960 y a comienzos de la siguiente se asiste a la
constitución de grupos e instituciones dedicados de manera
específica a la enseñanza de la terapia familiar, hay que esperar
a las postrimerías de 1972 para asistir a la primera conferencia
nacional sobre el tema de “Training en terapia familiar” bajo la
égida de la Child Guidance Clinic, cuyo inspirador había sido
Salvador Minuchin.
La enseñanza de esos años, estrechamente ligada al clima
cultural de la época, se basaba en un trabajo de equipo y en una
cultura que venía madurando en el interior de las instituciones
psiquiátricas. La labor de enseñanza incluía como elemento
importante al personal paramèdico, que presenta la alianza
entre el saber psicoterapèutico y las realidades locales, con una
peculiar atención hacia las diversas tradiciones y culturas
étnicas.
Paralelamente a esta importancia concedida a lo social, se
perfila un interés creciente por la persona del terapeuta y sus
procesos de maduración en el seno de su grupo de pertenencia.
Esta doble orientación se refleja también en la literatura de
la época: Families o f the slums, libro escrito por Minuchin,
Montalvo y coautores (1967), es un ejemplo del trabajo de
investigación clínica centrado en las capas sociales desfavore­
cidas.
En los años que siguen aparecen en Family Process nume­
rosos artículos sobre temas como la intervención en las crisis,
las visitas a domicilio, las terapias familiares con pacientes
hospitalizados, o referidos a temas como la dimisión de los
padres, la delincuencia juvenil y la problemática escolar. En
esa época se publican igualmente muchos artículos sobre la
familia de origen del terapeuta y sobre su proceso de diferen:
ciación, artículos inspirados sobre todo en las enseñanzas de
Murray Bowen. En abril de 1967 se lleva a cabo una conferencia
sobre el tema de la investigación familiar, y Bowen, en lugar de
presentar su comunicación oficial, presenta su famoso trabajo
“anónimo”, introduciendo en la terapia el debate sobre la
( ji LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

propia familia del terapeuta. El trabajo con los genogramas, la


presentación y configuración de la familia del terapeuta en
formación son sumamente indicativos de la atención prestada
al estudiante desde una perspectiva de maduración.
En 1974 se organiza en el Bronx State Hospital un impor­
tante congreso sobre “Family therapy in the urban ghetto”,
importante porque representa la reunión de múltiples expe­
riencias diferentes en situaciones de disgregación social, y
porque representa también un momento de contribución de
Europa al debate terapéutico sobre las problemáticas suscita­
das por los individuos, las familias y las instancias sociales. El
polo de atracción comienza a desplazarse de América a Euro­
pa, y precisamente a partir de este congreso, en el que partici­
paron Jervis, Guattari y Castel, así como Elka'ím, que fue junto
conmigo su organizador, se constituirá esa red internacional
que, al mismo tiempo que el movimiento de Basaglia, pasará a
ser el esqueleto principal de la antipsiquiatría.
Es paradójico que en Estados Unidos este congreso marca­
ra el comienzo de la declinación de diez años de trabajo e
investigación en los que la terapia constituyó la mejor expresión
de esa “Social Community Psychiatry” cuya atención central se
había volcado en el contexto social y en el potencial creativo de
la comunidad. Los diez años siguientes, es decir de 1974 a
nuestros días, se caracterizan por la difusión creciente de la
terapia familiar y la proliferación de programas de formación.
Cada vez más “técnicos” ofrecen informaciones de creciente
sofisticación, pero igualmente fragmentarias, a un público cuyo
número va en aumento; público formado por profesionales
ávidos de técnicas pero mucho menos dispuestos a exponerse
en un plano personal.
Dejemos ahora Estados Unidos y veamos sobre qué bases
nace en Italia la terapia familiar y de qué modo se articula su
desarrollo.
La terapia familiar en Italia se arraiga también en un clima
general de renovación de la psiquiatría, iniciado en la década
de 1960 con la creación de centros de higiene mental. Allí, sin
embargo, y a diferencia de Estados Unidos, podemos decir que
su desarrollo es más discreto y en apariencia ajeno a los medios
universitarios y a la vanguardia política. Por otro lado, paradó­
INTRODUCCION 23

jicamente, la terapia familiar encuentra su terreno de afirma­


ción justamente en las contradicciones no resueltas y a menudo
incluso engendradas por las características de la antipsiquia­
tría. Ésta, privilegiando un análisis político, acaba por abando­
nar los problemas ligados al descubrimiento de nuevos instru­
mentos y técnicas de intervención coherentes, en provecho de
la excluyente afirmación de los orígenes sociales del trastorno
psiquiátrico.
Aboquémonos ahora a la descripción de la geografía de la
terapia familiar en sus primeros estadios. Hasta 1967-1968 la
terapia familiar, como método de tratamiento específico, es
totalmente inexistente. En 1967, Mara Selvini Palazzoli abre el
Centro para el Estudio de la Familia en Milán. En 1970, pasa
de las teorías psicoanalíticas a la teoría de la comunicación y a
la teoría general de sistemas. De 1972 a 1979 participa con
Boscolo, Cecchin y Prata en un trabajo de investigación sobre
familias que culmina en el libro Paradoja y contraparadoja;l
paralelamente, sustituye sus cursos psicoanalíticos en la univer­
sidad católica por trabajos sobre los macrosistemas. A partir de
1980 se separa, junto con Prata, del grupo original de los cuatro,
y se dedica a profundizar la investigación, mientras que Boscolo
y Cecchin se consagran más exclusivamente, desde esa fecha, a
la formación.
En Roma, el inicio de la terapia familiar obedece un tanto
y toma su punto de partida en una matriz más sociopolítica. El
comienzo, que data de los años 1969-1970, se ve favorecido por
una investigación sobre los factores familiares y sociocultura-
les de la toxicomanía en los adolescentes, investigación finan­
ciada por la fundación Agnelli y coordinada por Luigi Cancri-
ni.
De este estudio nace el primer grupo romano de terapia
familiar que, impugnando la práctica psiquiátrica tradicional,
busca nuevas alternativas de intervención. Son años difíciles
pero entusiastas, caracterizados por una fuerte cohesión del
grupo y por la ausencia de verdaderos maestros. La opinión
pública ignora aún todo esto y permanece escéptica en cuanto

1. M. Selvini Palazzoli, L. Boscolo, G. Cecchin, G. Pratta, Paradoja y


contraparadoja (Barcelona, Paidós, 1988).
24 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

a unos saberes que “desacralizan” la integridad de la familia.


El mundo académico y profesional en general se mantiene
decididamente hostil a estas experiencias todavía no reco­
nocidas pero que trastornan los equilibrios del saber psi­
quiátrico.
En 1971-1972, tras unos años de trabajo clínico en grupo,
principalmente centrados en los problemas de la esquizofrenia
grave, tiene lugar una primera separación, motivada a mi juicio
por el problema crucial de la formación.
¿Cuándo se comienza a aprender?
¿Cuándo se comienza a enseñar?
¿Dónde se sitúa la práctica en relación con el aprendizaje?
La mayoría se declara dispuesta a enseñar, y una minoría,
en la que me cuento, sale del grupo y se hace finalmente
estudiante.
De 1972 a 1974 emigro a Estados Unidos: hasta entonces
estaba profundamente convencido de que para trabajar con
familias no bastaba con formarse en institutos de la familia,
prestigiosos en esa época, como los de Ackermans, Minuchin,
Haley, Bowen, Zwerling, La Perrière -por citar tan sólo
aquellos que en este período influyeron principalmente sobre
mi formación-, sino era necesario conectar la observación y la
intervención en la familia con el tejido social en que ésta se
insertaba. En este sentido mi residencia en el Social and
Community Psychiatry Center del Bronx State Hospital, la
pertenencia a un equipo estable de intervención domiciliaria
en casos de crisis y el estudio sistémico del comportamiento
delictivo de los jóvenes negros y portorriqueños en una escuela
secundaria del South Bronx, fueron para mí una escuela de vida
al mismo tiempo que un laboratorio de investigación. Mi
análisis personal y el trabajo clínico centrado en el individuo,
efectuado en la clínica del Karen Horney, me ayudaron a
pensar que era posible ver al individuo a través del filtro de la
familia y viceversa.
De este modo, buscar siempre una relación dinámica entre
el individuo, la familia y la comunidad pasó a ser un objetivo
personal e impregnó toda mi enseñanza en los años siguientes,
tanto en Italia como en el extranjero, y creo que resultó
finalmente el pivote sobre el que se ordenó el trabajo clínico y
INTRODUCCION 25

didáctico del equipo del Instituto de Terapia Familiar “Via


Reno”, de Roma, desde sus inicios hasta hoy.
Este libro reúne los artículos más significativos elaborados
por el grupo romano y publicados en gran parte en la re­
vista italiana Terapia Familiare, desde 1977 hasta la actua­
lidad.
No cabe ninguna duda de que un elemento constante
inspira todos los trabajos publicados en esta compilación: la
convicción radical de que la familia en cuanto sistema comple­
jo y dinámico posee los recursos necesarios para asegurar la
pertenencia y autonomía progresiva de cada uno de los miem­
bros que la componen.
Partiendo de tales premisas, el terapeuta podrá solicitar,
activar, redescubrir, canalizar estos recursos, pero no, cierta­
mente, introducirlos desde el exterior o buscarlos fuera, con el
pretexto de que el grupo familiar carece de ellos. Desde esta
perspectiva, la aparición de la patología es considerada como
un momento crítico en la evolución de un grupo que aparece
como incapaz de utilizar sus propios recursos en un estadio
particular de su desarrollo. Esta incapacidad, si se prolonga en
el tiempo, puede demandarle un esfuerzo excesivo y desorde­
nado o producir un real bloqueo de la evolución. Precisamente,
el hecho de haber resituado el trastorno mental desde una
perspectiva evolutiva fue nuestro mayor estímulo en el desarro­
llo de nuestras reflexiones durante estos años.
Otra constante que guió nuestro trabajo clínico y didáctico
y que podemos descubrir en diferentes niveles a lo largo de
estos artículos, es la que se refiere a la posición del terapeuta
dentro del sistema terapéutico.
Se le demanda a éste servirse de sí mismo en su complejidad
de ser pensante y emocional, o bien asumir riesgos equivalentes
a los que él demanda asumir a la familia.
Por ejemplo, si quiere que la familia “se mueva” y supere sus
resistencias para restablecer una autenticidad mayor, no puede
contentarse con mirar sin exponerse personalmente.
Es indudable que los primeros artículos publicados dejan
traslucir un cierto tecnicismo destinado a reducir el campo de
intervención y a suministrar una estructura terapéutica que
sigue paso a paso el cambio de la familia (véase, por ejemplo,
89 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

el capítulo 1, “La interacción en los sistemas rígidos”, así como


los siguientes).
El terapeuta se mueve en el interior de una suerte de teoría
de las técnicas, bastante difundida en la década de 1960 y
basada en criterios de eficacia y resolución estratégica de los
síntomas. Seguidamente, se pasa a la investigación y a la
experimentación de una relación terapéutica compleja que
permite, por ejemplo, sostener al individuo al tiempo que se
“provoca” al sistema. La provocación como modalidad de
intervención de los sistemas rígidos se convierte en una suerte
de modelo para el Instituto de Terapia Familiar de Roma, que
se ocupa, desde hace varios años, de familias con pacientes
psicóticos intentando responder a demandas apremiantes de
psicoterapia y ello entroncándose directamente con el proceso
de desinstitucionalización comenzado en Italia después de
1978.
Pasan aún varios años en que el terapeuta es concebido
como protagonista de la experiencia terapéutica (véase el
capítulo 6, “El terapeuta como director escénico del drama
familiar”), sin olvidar por ello el esfuerzo de una mayor
elaboración en el nivel teórico, particularmente en el de la
definición del sistema terapéutico.
Sólo más tarde, determinando la posición del sujeto desde
una perspectiva sistèmica y considerando el tiempo como
parámetro fundamental para la evaluación del cambio, se
podrá definir mejor la función del terapeuta en el proceso
terapéutico (véase el capítulo 7, de Andolfi y Angelo “El
sistema terapéutico: el tercer planeta”, y el 10, de Anna Maria
Nicoló “La relación terapéutica”).
El individuo y su proceso de desarrollo en el seno de la
familia, tanto en las fases de normalización como en las
patológicas, se convierten en un estimulante centro de interés
rico en interrogantes para los autores de esta obra y para el
desarrollo de “Via Reno” en general. En lo que atañe a la
compleja relación familia-individuo, se abren importantes
debates tanto en el interior como en el exterior del Instituto de
Terapia Familiar, debates cuyos resultados fueron reunidos en
un número especial, “Familia e Individuo”, de la revista
Terapia Familiare (de 1985), que testimonia la exigencia de
INTRODUCCION 27

profundizar un tema que interesa tanto a los terapeutas


individuales como a los de familias.
Según la forma de observar al individuo y de reconsiderarlo
en relación con la familia, se arriba a una primera “diversifica­
ción” de los terapeutas de “Via Reno”; ella permite a cada cual
experimentar sobre el terreno aquello que siente como más
cercano a su curiosidad intelectual y a su sensibilidad terapéu­
tica. Algunos optan por el concepto de matriz grupal, otros
tienen un pensamiento más decididamente kleiniano, y otros
aun se pronuncian por una óptica evolutiva que encuadra al
individuo dentro de su dimensión trigeneracional.
Esto es lo que ponen de manifiesto, quince años después, los
últimos artículos del volumen ofreciendo un panorama general
de la evolución y el desarrollo de un pensamiento a todos los
lectores que, en estos últimos años, se interesaron activamente,
y en número creciente, en los debates relativos a la teoría
sistèmica y a la terapia familiar.
Primera parte

EL CONCEPTO DE PROVOCACION
Capítulo 1

LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS:


MODELO DE INTERVENCION EN LA FAMILIA
CON PACIENTE ESQUIZOFRENICO

Maurizio Andolfi, Paolo Menghi,


Anna Maria Nicolo, Carmine Saccu

Este texto constituye la primera elaboración de conjunto de


un complejo proyecto de estudios referido a la intervención en
sistemas rígidos y particularmente en familias con pacientes
esquizofrénicos.

SISTEMAS FLEXIBLES Y SISTEMAS RIGIDOS

Nuestras hipótesis presuponen la consideración del grupo


familiar como sistema relacional abierto en interacción dialéc­
tica con otros sistemas (6)*. Al igual que en todo organismo
activo, los procesos vitales de la familia pueden modificarse, lo
que permite a ésta autogobernarse merced a reglas específicas
que se desarrollan y modifican en el tiempo, y adaptarse a las
exigencias de los diferentes estadios de su propio desarrollo
(63). El doble proceso de continuidad y crecimiento se asienta
en el equilibrio dinámico entre dos funciones particulares de
cada sistema: la tendencia a la homeostasis (H) y la capacidad
de transformación (T).
Así pues, para modificarse, el grupo familiar debe cambiar
la relación existente entre la homeostasis y la transformación,
* Las cifras entre paréntesis remiten a la bibliografía del final del volumen.
32 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

en favor de la segunda. Para estabilizar y mantener esta nueva


estructura la familia deberá desequilibrar la relación H /T en
favor de la homeostasis. Por lo tanto, todo cambio y todo nuevo
equilibrio del sistema estarán siempre precedidos por un
desequilibrio temporario de la relación H /T . Este desequili­
brio será tanto más considerable cuanto más significativos
hayan resultado el cambio y la estabilización de él emergentes.
La posibilidad de cambiaren el tiempo el equilibrio existen­
te entre la homeostasis y la transformación varía según los
l sistemas y es, por tanto, objetivamente cuantificable. Es decir
que existen sistemas en los cuales las capacidades de cambio y
de estabilización se alternan con facilidad, y otros en los que
' esta alternancia es particularmente difícil. Podemos distinguir
1 entonces entre sistemas familiares flexibles y sistemas familia-
| res rígidos, situándolos eñTos extremos de una escala que va de
i un máximo a un mínimo de flexibilidad.
Concretamente, un sistema familiar es rígido cuando es
incapaz de encontrar nuevos equilibrios ante la variación de su
ciclo vital. Los puntos de ruptura potenciales del equilibrio
preexistente coinciden con los procesos normales de desarrollo
del sistema familiar: crecimiento individual, formación de
parejas, nacimiento, envejecimiento, muerte, etc. Por lo tanto,
l a flexibilidad o rigidez de un sistema no son características
intrínsecas de su estructura; en rigor, se muestran ligadas a la
dinámica y variaciones de estado del sistema en un espacio y un
tiempo definidos. Un sistema flexible en el estadio A puede
hacerse rígido en el estadio B, etcétera.
Mientras que el parámetro temporal nos informa sobre el
ciclo de desarrollo del sistema y por lo tanto sobre su evolución
histórica, el parámetro espacial nos proporciona elementos
para evaluar en el “aquí y ahora” las relaciones existentes entre
los diferentes miembros de la familia, así como su nivel de
crecimiento y de diferenciación individual. Así pues, la familia
debe ser capaz de cambiar en el tiempo los equilibrios entre las
funciones asumidas por sus miembros (estado de cohesión) y el
crecimiento de cada uno de ellos (estado de diferenciación).
Un sistema familiar se vuelve rígido cuando sobre las
necesidades de diferenciación de sus miembros pesan una
acumulación de funciones o la incapacidad de modificar sus
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 33

funciones en el tiempo. La creciente presión de los niveles de


función acarrea una reducción de la expresión de sí a partir de
la cual se estructuran relaciones rígidas. Estas conducen a una
compresión progresiva de las energías disponibles y a un
empobrecimiento de las comunicaciones con el exterior.
Se instaura así en el interior del grupo familiar una red
complicada de funciones que se refuerzan recíprocamente y
que cristalizan las relaciones en roles estereotipados, y ello en
detrimento de experiencias e informaciones nuevas y diferen­
ciadas vividas como demasiado amenazadoras para el equili­
brio familiar. Esto deriva, para cada uno de los miembros, en
una confusión creciente entre el espacio personal, lugar de
definición de cada uno en el interior de sí, y el espacio
interactivo, lugar de los intercambios negociados con el exte­
rior. Por lo general, esta confusión es atribuida exclusivamente
al portador del trastorno mental. En realidad, una patología
psiquiátrica grave permite a cada cual invadir el espacio perso­
nal del otro con fines “altruistas”, cuando no incluso “terapéu­
ticos”, con la consecuencia última de un vacío creciente,
constantemente negado, del espacio personal de cada uno, así
como una disminución masiva de los intercambios libres (no
inducidos por el comportamiento “loco” de un miembro). Este
vacío se agranda poco a poco con el correr del tiempo, permi­
tiendo que contenidos y necesidades funcionales reemplacen
progresivamente a los de los miembros de la familia. El vacío
personal es colmado entonces, en un círculo vicioso, por un rol
determinado a su vez por la imagen familiar de la función de
cada uno. El espacio personal se reduce y el espacio interaccio-
nal se torna rígido. En familias que incluyen un paciente
calificado de esquizofrénico parece singularmente evidente
ese tipo de situación, donde los límites de flexibilidad descritos
se manifiestan con claridad.

UN MODELO DE INTERVENCION:
DESARROLLO DE UNA ESTRATEGIA

La intención de diferenciar los sistemas familiares en


sistemas flexibles y sistemas rígidos nace de una exigencia
34 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

terapéutica y de la hipótesis que considera a la rigidez como un


componente patológico más y como un obstáculo para la
intervención. Es necesario, pues, definir de qué modo, concre­
tamente, se manifiesta esa rigidez durante la terapia.
Diremos primeramente que el sistema sobre el que recae la
observación no es el sistema familiar en sí sino más bien el
sistema en interacción con el terapeuta. Al sistema que así se
forma lo llamaremos “sistema terapéutico”. Este nuevo siste­
ma está en vías de formación y se procurará dinámicamente una
estructura cuyas reglas se definirán en el curso de la terapia. En
nuestro trabajo hemos observado que ciertas familias interac-
túan con el terapeuta en forma tal que lo aprisionan en la lógica
de sus relaciones y esto de manera más intensa que otras.
Asistimos entonces a la formación de sistemas terapéuticos
tanto más rígidos cuanto que son incapaces de modificar la
relación H /T y, en consecuencia, de cambiar sus equilibrios
durante la terapia. Nuestro objetivo será, pues, evitar su forma­
ción. Si el terapeuta interviene en una familia cuya capacidad
de transformación está ya libre y disponible, y donde por
consiguiente la tendencia a la rigidez homeostática no es
preponderante, la “transformación” de la familia y la “transfor­
mación” del terapeuta se integran fácilmente y se refuerzan
mutuamente permitiendo una solución rápida del problema. Si,
por el contrario, la “transformación” del terapeuta actúa sobre
un sistema familiar cuya “transformación” se ve sofocada por
reglas internas rígidas, la “transformación” terapéutica será
experimentada como una grave amenaza y acabará por quedar
aprisionada en la homeostasis familiar (6). Cuanto más intente
el terapeuta contradecirla abiertamente, más reaccionará el
sistema familiar para reforzar su estabilidad. Estabilidad feroz­
mente defendida, aun cuando el sistema sufra por su causa, en
la medida en que permite conservar las únicas soluciones
interactivas que se juzgan posibles, las mejores que los miem­
bros de la familia hayan podido obtener después de años de
transacciones, seleccionadas a través de un largo proceso de
ensayos y errores. En este caso, el terapeuta puede favorecer el
cambio, es decir, utilizar su “transformación”, disfrazándola de
“homeostasis”. Secundará así la “homeostasis” del sistema
familiar hasta el punto de prescribirla (3) e incluso de sugerir
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 35

su refuerzo. Puesto que la familia no puede oponerse a la


“transformación” del terapeuta, sintónica ahora con la
“homeostasis” familiar, se verá obligada al cambio, liberando
su propia “transformación” para demostrarle al terapeuta su
error de confirmar la tendencia al no cambio.

Este esquema pone en evidencia lo que sucede entre la tendencia homeostá-


tica (H) y la tendencia a la transformación (T) en la relación familia-terapeuta
durante el proceso terapéutico, proceso que hemos resumido en cinco fases.
La primera de ellas no forma parte de la terapia propiamente dicha sino que
la precede y tiende a representar la actitud del sistema familiar en función de
la intervención futura.
36 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Hemos intentado utilizar este método de intervención en


nuestro estudio. Se articula en cuatro fases fundamentales que
sintetizamos en el esquema siguiente. Después de cada fase,
insertaremos, a título de ejemplo, algunos fragmentos de sesión
con un sistema familiar rígido (en cuyo seno se había emitido
el diagnóstico de esquizofrenia para el paciente designado),
observando su evolución en el tiempo.

La demanda de terapia proveniente de una familia con un


paciente esquizofrénico corresponde por lo general a un
momento de crisis en el que la familia se siente amenazada por
un cambio de su equilibrio. El peligro de una modificación
descontrolada de su estado corresponde a la previsión de un
cambio en lo real que, sin dejar de deseárselo, es frenado por
todos, por cuanto se lo vive como excesivamente amenazador.
La terapia representa entonces el mismo peligro que los
momentos potenciales de ruptura de los equilibrios que el
sistema encuentra durante un ciclo vital.
Así pues, la familia intentará reconsolidar la estabilidad del
sistema con la ayuda del terapeuta. Acude a la terapia
consciente de la disminución de su estabilidad, y por lo tanto
resuelta a mantenerla. En consecuencia, al producirse la
demanda terapéutica, la familia se muestra más rígida que en
tiempo normal. Demanda al terapeuta una labor imposible:
hacer que cambie una situación en el interior de reglas que la
han mantenido en el tiempo. La experiencia clínica nos de­
muestra que esta doble expectativa de la familia está destinada
a empujar al terapeuta a laborar por la curación de un grupo
que, unido, buscará demostrarle la inutilidad de sus esfuerzos.
Se llegará así a la formación de un sistema terapéutico rígido
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 37

donde la dinámica de la interacción entre el terapeuta y los


miembros de la familia se coagulará en roles y funciones cada
vez más estáticos y previsibles.

Provocación

‘‘Ayúdanos aunque no puedas ayudarnos porque es impo­


sible.”
La familia pide la ayuda del terapeuta para cambiar al
paciente designado que, según opinión de todos (paciente
incluido), es incapaz, como loco, de cambiar, como lo prueban
todas las tentativas hasta ahora fracasadas.

Contra-provocación

“Sí, los ayudo no ayudándolos.”


El terapeuta se muestra dispuesto a comenzar la terapia al
mismo tiempo que se invalida como agente de cambio. Declara
con la familia que el cambio es imposible. Además, subraya la
necesidad de mantener el statu quo.
El terapeuta provoca al sistema familiar a nivel de la
homeostasis, redefiniendo positivamente y reforzando la fun­
ción del síntoma actuado por el paciente designado.
La unanimidad que habitualmente enmascara en estas
familias cualquier divergencia se construye sobre la idea de que
38 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

el enfermo, la persona a atender, es solamente el paciente


designado. Fue traído a la terapia porque no se le reconoce, en
tanto loco, ningún poder de decisión. Por otra parte, él mismo
no reivindica ninguno. Su comportamiento en sesión parece re­
forzar tres aspectos fundamentales que la familia entera
muestra al terapeuta: la posición absolutamente central de los
síntomas del paciente en el universo de la familia, la imprevi-
sibilidad de todas sus formas de comunicación (incluso las más
banalmente congruentes) y la inutilidad que deriva de cual­
quier tentativa efectuada en el interior, así como en el exterior
de la familia, por modificar su comportamiento.
Sobre esta base, el sistema familiar demanda: “Ayúdenos a
curarlo indicándonos lo que debemos hacer para volverlo
normal.” Ignorar la incongruencia existente entre una deman­
da de curación y una definición más o menos explícita de
incurabilidad significaría caer en el juego homeostático que
determina el mantenimiento del paciente designado en su
función de enfermo, tan central como pasiva, tan importante
como imprevisible. En efecto, ¿cómo curar a una persona
definida unánimemente como incurable?
Si dejando de lado la paradójica comunicación que se nos
envía aceptáramos abiertamente un rol terapéutico, tarde o
temprano la cronicización del paciente se convertiría en el
punto de fricción entre las dos facciones: de un lado el terapeuta
procurando impulsar el sistema hacia un cambio real y, del otro,
el resto de la familia intentando demostrar su buena voluntad
y el fracaso del terapeuta. Todo ello excluyendo al paciente
designado y confirmando su radical diferencia.
Intentamos considerar entonces que el mensaje enviado
por el sistema familiar es provocador, e imaginar una interven­
ción estratégica como respuesta. La primera respuesta de
contra-provocación consiste en utilizar, como blanco del siste­
ma, al propio paciente designado, quien resulta ser entonces
una puerta de entrada a la familia. El terapeuta afronta de este
modo a quien es incapaz, por definición, de tener activamente
un comportamiento adaptado y autónomo, y lo hace en un
desafío abierto y basado en la negación estratégica de su
conducta anormal. Si el terapeuta consigue crear un contexto
en el que un comportamiento ilógico e involuntario cobra un
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 39

sentido lógico y voluntario, el sistema familiar comenzará a


desequilibrarse, reduciendo así su rigidez. Para lograr este
resultado el terapeuta deberá, al comienzo, sofocar y banalizar
todas las tentativas en las que el sistema presenta la situación
como gravemente patológica. La enfermedad es el regulador
del sistema rígido a cuyo alrededor giran y se integran perfec­
tamente los roles y funciones de la familia. Por eso se la negará,
y entonces el cambio deberá ser presentado por el terapeuta
como una situación de temer. En ese momento la confronta­
ción se tornará inevitable, y el terapeuta, paradójicamente,
adoptará una posición más rígida que la familia, con lo que el
. estilo transaccional de ésta entrará en crisis (72).
En esta primera fase, el abordaje del sistema consiste en
quitar al paciente el control que ejerce habitualmente sobre
todas las relaciones familiares a través de su comportamiento
loco. Esto pasa por la redefinición (5). El comportamiento
sintomático, que habitualmente se considera como la expresión
del sufrimiento del individuo y del resto del sistema familiar,
presenta también innegables ventajas para uno y otro. Un error
que se suele cometer consiste en subestimar la enorme poten­
cialidad del síntoma, el que, con su carácter involuntario,
permite a quien lo presenta definir y controlar la relación con
el otro. Como vemos, el síntoma es, a un tiempo, prisión e
instrumento de poder. Al considerarlo como un comporta­
miento lógico y voluntario, si al mismo tiempo se sostiene la
función de controlador oficial de la familia ejercida por el
paciente designado (ninguna otra persona de la familia podría
desempeñarla tan bien) como una función indispensable e
irreemplazable, veremos entonces que el sistema queda
privado de una coartada destinada a perpetuar un juego
relacional que exige un chivo emisario evitando así el conflicto.
Por una parte, esta provocación priva al paciente del poder
de cumplir el rol de centinela oficial del sistema; por la otra, lo
revaloriza en tanto persona capaz de autodeterminarse. La
simultaneidad del ataque a nivel de la función y el sostén a nivel
de la persona permite que el paciente acepte la provocación del
terapeuta por vivirla como una incitación a situarse de una
manera más auténtica en el interior de la familia. Al redefinir
positivamente la locura, el terapeuta niega estratégicamente la
40 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

terapia, demasiado peligrosa para un equilibrio familiar tan


bien consolidado con el transcurso del tiempo. El refuerzo
homeostático - “es mejor no cambiar”- se torna imprevisible e
inesperado para quien contaba con hallar un terapeuta dis­
puesto a hacer todo lo posible por obtener lo imposible. De ahí
las primeras retroacciones de la familia, tendientes a demostrar
al terapeuta que se equivoca si piensa que el paciente designa­
do puede conducirse en forma lógica, voluntaria y útil a la
familia. La agravación manifiesta que de ello se sigue lo
probaría. Si en este momento el terapeuta permanece coheren­
te con su línea estratégica redefiniendo esta agravación como
una confirmación del comportamiento lógico, voluntario y
necesario del paciente, tendrá acceso al sistema familiar y
desde ahí le será posible explorar nuevos espacios y nuevas
funciones.
Trataremos de ilustrar lo expuesto con sesiones de terapia
efectuadas con una familia cuyo paciente designado es esqui­
zofrénico. La intervención abarcó veintitrés sesiones, primero
semanales y luego bimensuales, conducidas por un equipo
compuesto por los cuatro autores. Uno de ellos estaba en la
sesión y los otros tres observaban tras un espejo sin azogue. Las
sesiones fueron grabadas en videotape.
La familia Fraioli acude a nosotros después de años de
infructuosas intervenciones efectuadas repetidas veces y con
distintos modos de enfoque. Viven en una pequeña ciudad del
norte de Italia. Su nivel sociocultural la sitúa en la burguesía
media. El padre, médico, es un hombre severo que recibió una
educación católica rígida y particularmente represiva en el
orden sexual. La madre, ama de casa por deber y convención,
desempeña secretamente el rol dominante en la organización
de la vida familiar. Existe entre los padres, y entre éstos y los
cuatro hijos, una gran diferencia de edad. Hay tres varones y
una mujer, la menor. Sólo Giuseppe, el tercero, el paciente de­
signado, vive con los padres. Giuseppe tiene 28 años. Ya hace
unos cuantos que tiende al aislamiento; actualmente ya no sale
de su casa. La progresiva desinvestidura de la realidad exterior,
la depresión, la agresividad manifestada en el hogar son consi­
derables y culminan en inquietantes crisis de agitación psico-
motrizy a veces en graves tentativas de suicidio. El muchacho
f

LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 41

ha abandonado toda esperanza de trabajar, a pesar de haber


obtenido una brillante licenciatura en derecho. Pasa todo el
tiempo en su cuarto o deambula por la casa, perseguido por
fantasías sexuales o mórbidas. Se masturba ostensiblemente
con la ropa interior de su madre, a quien ha expresado el deseo
de tener relaciones sexuales. La vida familiar está dominada
por la enfermedad de Giuseppe.
La primera sesión ha comenzado hace diez minutos. Partici­
pan el padre, la madre y el paciente designado.
Giuseppe, sentado entre los padres, parece muy tenso;
mientras sus padres hablan de él, clava la vista en el suelo con
mirada carente de expresión.

TERAPEUTA (alpadre). -Quisiera comprender lo que sucede


dentro de Giuseppe, porque en su lugar yo me sentiría incómo­
do.

El terapeuta interpreta y explícita los mensajes no verbales


emitidos por Giuseppe. Su actitud, incongruente en otros
contextos, es vista por el terapeuta como manifestación de un
estado anímico plausible. El terapeuta muestra interesarse por
el paciente como persona, por sus sentimientos, y por lo que
expresa más allá del síntoma.

GIUSEPPE. -No me siento incómodo en absoluto.


TERAPEUTA. -D e momento pareces muy incómodo... incluso
por la forma en que te pones.
GIUSEPPE. -Ahora, estoy harto.
TERAPEUTA. -iMmm...! ¿Estás harto de estar aquí?
GIUSEPPE (con tono más resuelto). -No, estoy harto porque
mis cosas son unas putas cosas, no necesito que nadie se
compadezca de mis putas cosas, puedo arreglármelas muy bien
solo...

El paciente responde al terapeuta de manera provocadora,


mientras que los padres adoptan la actitud inquieta, dolorosa y
resignada de quienes tienen un hijo enfermo mental.

TERAPEUTA. -Dame un ejemplo de puta cosa; tal vez esta


42 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

palabra se utilice en Roma de una manera diferente que en tu


ciudad... tal vez hablas de cosas diferentes de las que yo
imagino.

El terapeuta no se retira ante el lenguaje provocador de


Giuseppe; por el contrario, se detiene en él y lo repropone. La
tranquilidad con que se retoma y analiza la frase del muchacho
da a su conducta una connotación de normalidad.

GIUSEPPE (con aire provocador). -Quisiera darles por el culo


a las mujeres pero nunca hice nada.
TERAPEUTA. -¿Quisieras?
GIUSEPPE. -Darles por el culo... pero nunca hice nada...
TERAPEUTA. -¿Quieres decir que nunca le diste a una por el
culo o que nunca tuviste relaciones sexuales?

El terapeuta insiste en obtener respuestas precisas y concre­


tas. De este modo hace que el comportamiento de Giuseppe
resulte menos “originar’, con lo cual quita poder al paciente
designado y desdramatiza el contexto.

GIUSEPPE. -Tuve a veces relaciones sexuales... pero única­


mente con ciertos métodos... y siempre con prostitutas.
TERAPEUTA. -Pues bien, ellas están más disponibles, ¿no?
¿Dónde está el problema? Me refiero a darles por el culo...
GIUSEPPE (sorprendido). -¿Q ué quiere decir?
TERAPEUTA. -Quiero decir que en la práctica están más
disponibles, ¿no? En el fondo perciben su cuerpo de una
manera más suelta... ¿has tenido problemas en este caso?
GIUSEPPE. -No.

La redefinición implícita de la conducta incongruente que


se acepta como normal constituye una contra-provocación
respecto del paciente designado y de su familia. Giuseppe
responde con su sorpresa.

TERAPEUTA. -No entendí dónde está la puta cosa, salvo en el


sentido literal de andar con putas, pero no entendí lo que
querías decir con eso... ¿Podrías explicármelo un poco más?
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 43

GIUSEPPE. -Siento una vergüenza que me bloquea, siempre


me bloqueo...
TERAPEUTA. -No veo con claridad si te bloqueas en el deseo
de darle por el culo a una mujer o en el de tener relaciones
sexuales.
GIUSEPPE. -Este año, así como el año pasado, hice proposi­
ciones directas a algunas mujeres pero siempre con resultado
negativo.
TERAPEUTA. -D e acuerdo, pero ¿dónde están las putas co­
sas? iNo está claro!
MADRE (con voz persuasiva). -Y o puedo...
TERAPEUTA (a Giuseppe). -M e dijiste que estabas harto a
causa de tus putas cosas... Creo que una infinidad de jóvenes de
tu edad desean darles por el culo a las mujeres, no veo en qué
ni por qué eres tú tan especial, ¡salvo que lo que pretendas sea
un super dar por el culo... algo muy, muy especial!... Tal vez sea
eso lo que te hace sentir mal...

Al privar a Giuseppe de la ayuda de su familia se le permite


confrontarse directamente y explorar nuevos espacios perso­
nales. Desde ahora la iniciativa está sólidamente en manos del
terapeuta, quien incita al paciente a una confrontación directa.

GIUSEPPE. -Pienso que es algo que nunca podría conseguir...


TERAPEUTA. -¿D e ti mismo o de las mujeres?
GIUSEPPE. -¿Cómo?
TERAPEUTA. -¿D e ti mismo o de las mujeres?

Ahora el contexto es absolutamente adecuado: el contraste


entre la persona diferente y los otros va perdiendo consistencia
progresivamente.

GIUSEPPE. -D e las mujeres.


TERAPEUTA. -¿Estás realmente seguro?
GIUSEPPE. -Creo que sí.
TERAPEUTA. -Porque, por tu manera de hablar, me parece
que tienes problemas contigo mismo.

Después de la intervención del padre y de la madre dirigida


44 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

a subrayar la gravedad de las conductas de Giuseppe, el te­


rapeuta comenta:

TERAPEUTA. -No alcanzo a comprender, hicieron ustedes un


larguísimo viaje en tren, tuvieron que pasar la noche en Roma
para venir aquí... Si el problema es darle a las mujeres por el
culo, la gravedad de la situación se me escapa.

El terapeuta niega explícitamente la enfermedad.

PADRE. -Es que a causa de ese problema llegó al suicidio.


TERAPEUTA. -D e acuerdo, pero por el momento faltan
algunos pedazos, no me parece un problema digno de tanta
atención, de tantos profesores...

Los padres comienzan a relatar numerosos episodios para


ilustrar el discurso de la locura de Giuseppe. El terapeuta
interrumpe y reinicia la provocación en dirección al muchacho.

TERAPEUTA. -U n momento, señora, porque Giuseppe se


siente harto y yo no puedo trabajar con una familia en la que hay
un hijo de... ¿qué edad? (dirigiéndose a Giuseppe).

El terapeuta impide a la familia reinsertar a Giuseppe en el


rol de paciente. Ha delimitado su blanco y concentrado su tiro
sobre el joven.

GIUSEPPE. -Veintiocho años.


TERAPEUTA. -Veintiocho años. Si tuvieras diez, podría acep­
tar que sigas aquí con aire fastidiado mientras tus padres hablan
de ti; pero, dado que tienes veintiocho, no puedo aceptarlo; por
lo tanto interrumpimos la sesión, o bien debemos hablar de la
razón por la que estás harto.

No aceptar que se mantenga al paciente en el rol específico


del enfermo al que hay que proteger significa no aceptar
tampoco su silencio. El terapeuta define entonces el silencio de
Giuseppe como voluntario, de la misma manera que cada uno
de sus niveles de participación en la sesión. El esquema: ataque
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 45

del síntoma, sostén a la persona será constante durante toda la


terapia.

GIUSEPPE. -M i estado emocional depende...


TERAPEUTA. -A lo mejor tengo que explicarte más: alguien
puede estar deprimido, inquieto, triste, pero si está harto, no
colabora. ¿Comprendes lo que quiero decir? Eso es lo que me
inquieta; si estás harto, no puedes ayudarnos. Si papá, mamá,
yo... cualquiera de nosotros estuviera harto, no podría ayudar­
nos... Si no afrontamos el problema de estar “hasta la coroni­
lla”, no podremos avanzar. Yo mismo tuve que interrumpir a tu
mamá que me hablaba de lo que pasó en 1972... A lo mejor soy
yo el que te joroba.

Se trata de un mensaje preciso dirigido a Giuseppe y al resto


de la familia: “Necesito la colaboración de todos.”

GIUSEPPE (con tono animado). -Sí, en efecto, mientras espe­


raba para venir a su consultorio me decía: “Ahora tengo que ir
a ver a ese cargoso.”

Giuseppe reanuda la provocación...

TERAPEUTA. -M e alegra que digas las cosas con las palabras


que se debe, ¡eres franco!

... y el terapeuta la redefine positivamente.

GIUSEPPE. -Pues sí, de todas maneras...


TERAPEUTA. -Aunque yo quisiera entender una cosita... ¿por
qué estás harto hoy?
GIUSEPPE. -¿Por qué estoy harto?
TERAPEUTA. -Sí, eso mismo.

El terapeuta apela de nuevo a la confrontación directa y


concreta con el paciente designado.

GIUSEPPE. -Porque ahora esta situación es un peso, un peso


terrible, estoy harto, me cago como una bestia porque... por
46 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

ejemplo yo jorobo a mis padres todos los días... lo que por


supuesto no hago con mis hermanos y mi hermana porque,
claro, tengo miedo de que me tomen por un idiota... entonces
me abstengo...
TERAPEUTA. -U n momento, hasta cierto punto había com­
prendido todo... después no comprendo más porque en mi
opinión, ino te tomarían por un idiota sino que te mandarían
al diablo!

El terapeuta va más allá del lenguaje del paciente,


cuya conducta se redefine así implícitamente como ade­
cuada.
Aquí comienza la diferenciación entre el comportamiento
protector de los padres, que suponen la existencia de un en­
fermo, y el comportamiento reactivo de los hermanos, que
suponen que lo que Giuseppe hace y dice es voluntario y que
es responsable de lo que hace y dice.

GIUSEPPE. -Sí.
TERAPEUTA. -No es lo mismo que tomarte por un idiota.
GIUSEPPE. -Por un idiota, me mandarían al diablo.

Es interesante observar de qué modo Giuseppe tiende a


cargar con una definición patológica.

TERAPEUTA. -No, yo pienso que te mandarían al diablo


porque no tienen ganas de considerarte como un idiota. Hay
una gran diferencia con tus padres, que te protegen porque
están preocupados y temen que seas un idiota, y entonces no
pueden mandarte al diablo.
GIUSEPPE. -¿Q ué dijo usted, recién, que mis padres me
temen.,.?
TERAPEUTA. -E n el fondo, tus padres están preocupados
porque no eres capaz de ser adulto, autónomo, y piensan que
si te mandan al diablo empeorarás.

El terapeuta no ataca directamente a los padres: señala de


qué manera su actitud protectora, su estigmatización de Giu­
seppe como paciente designado, nace del amor y de la preocu­
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 47

pación. Transcribimos ahora algunos pasajes de la sesión


siguiente destinados a informarnos de las retroacciones fa­
miliares.

MADRE. -Posiblemente usted no esté informado, pero desde


que vinimos aquí el martes pasado, durante los días que
siguieron... miércoles, jueves, viernes, Giuseppe estuvo peor
que antes, mal dispuesto... encerrado en su habitación...

La familia exterioriza, como cabía prever, un agravamiento


considerable atribuido a la sesión precedente. El mensaje es
claro: “Esta terapia no sirve para nada, es nociva... pero... de
todos modos ayúdenos.”

PADRE. -Aislado... Qué nos dice usted...


MADRE. -Permanecía todo el tiempo en casa, tirado en la
cama... Todos estábamos alarmados... Hablamos con el profe­
sor X... de la posibilidad de enviarlo a su clínica... por un
tiempo...
GIUSEPPE. -A la clínica llevé conmigo el código, el manual de
procedimiento penal, para tratar de estudiar un poco porque a
fines de octubre debía jurar como abogado... y en esa época
pensaba por supuesto seguir trabajando con mi hermano que es
abogado.

Al mismo tiempo aparece en Giuseppe un comportamiento


verdaderamente autónomo: pensar en los exámenes, en su
futuro como abogado. Giuseppe subraya el absurdo evidente
de una hospitalización que él ha planificado igual que un
período de estudios normal.

TERAPEUTA. -No he comprendido quién piensa que en esta


situación estás mejor en una clínica.
GIUSEPPE. -¿Se está dirigiendo a mí?
TERAPEUTA. -Sí, porque tengo la impresión de que quisieras
dar a entender que es tu familia la que se complace desemba­
razándose de ti, y en cambio me parece más bien una manera
de llevarte una victoria a la Pirro...
48 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

El terapeuta vuelve a concentrar la atención sobre el pa­


ciente designado.

GIUSEPPE. -¿E n qué sentido?


TERAPEUTA. -Arm ar jaleo, querer entrar en la clínica para
armar jaleo: está claro, ¿no?

El terapeuta enfatiza el aspecto voluntario de la hospitali­


zación de Giuseppe. Es Giuseppe el que eligió entrar en la
clínica, no porque está enfermo sino para catalizar sobre él la
atención de los demás.

GIUSEPPE. -¿Cómo jaleo?


TERAPEUTA. -Jaleo en el sentido de que tus padres tienen
que ir, telefonear, ocuparse de un montón de cosas... Estar
siempre alrededor de ti...
GIUSEPPE. -Pero yo pienso que cuando estoy en casa también
se preocupan, además varias veces...
TERAPEUTA. -No desvíes la conversación sobre ellos.

El terapeuta continúa con su táctica destinada a quitar al


paciente el control de las relaciones familiares y a impedir que
la familia invada los espacios del paciente.

GIUSEPPE. -M i madre me dijo varias veces que esta situación


era insoportable.
TERAPEUTA. -No lleves mi atención hacia tu mamá... Eres tú
quien eligió ir a la clínica.

Se insiste sobre el hecho de que el comportamiento de


Giuseppe es voluntario.

GIUSEPPE. -Yo no elegí, en realidad no quería ir, pero a


fuerza de jorobarme mi hermano y mi primo me hicieron
entrar.
TERAPEUTA. -Mira, estoy dispuesto a aceptar tu no colabo­
ración, tomo nota de eso, pero la vez pasada me parecías más
sincero...
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 49

GIUSEPPE. -¿E n qué sentido está dispuesto a aceptar mi no


colaboración?
TERAPEUTA. -E n el sentido de que tú cumples el rol del
que tiene que ser sostenido con muletas y de que haces
jugar a tus padres el de los que deben convencerte de que
seas bueno... Incluso quieres insinuar que ellos deben
sentirse culpables de tu comportamiento. En este momen­
to ustedes (a los padres) me parecen muy inquietos por
el chantaje de Giuseppe, que intenta matarse si no lo rodean
lo suficiente. Así que no creo posible comenzar una tera­
pia familiar, salvo que no modifiquen en nada una situa­
ción tan puesta a punto y con la que están los tres de
acuerdo.

En definitiva, el terapeuta afirma que, igual que en un


libreto, cada miembro de la familia tiene un rol y una función
que se integran y completan recíprocamente. Por eso el temor
al cambio: la terapia puede ser muy peligrosa, a menos que
juegue en favor de la homeostasis del sistema. Lo cual equivale
a una paradójica negación de la terapia: “Hago terapia no
haciéndola.”
El terapeuta, impidiendo todo intento de respuesta, se
levanta, saluda a la familia y pone punto final a la sesión.

El paciente designado presenta visibles mejorías que la


familia niega o define como agravación. La disponibilidad para
50 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

una intervención muestra ser mayor aunque se la defina por no


aportar nada.
El terapeuta observa la mejoría y declara que la situación
se ha degradado considerablemente, lo cual confirma su tesis
de que nada puede ni debe cambiar. Pide un esfuerzo para man­
tener la estabilidad de la situación prescribiendo, paradójica­
mente, las reglas disfuncionales de la familia.
La confrontación en el interior del sistema terapéutico
asume en esta fase unas características diferentes de la fase
precedente. La familia pone en acto, durante la sesión, una
nueva incongruencia. Ya no presenta un frente unido pues el
paciente manifiesta sensibles mejorías, negadas por los otros
miembros de la familia; éstos señalan, por el contrario, la
existencia de un agravamiento, en claro contraste con los
hechos. De un lado la familia señala, por el canal de su portavoz
oficial, que hay progresos, pero del otro se encuentra en la
imposibilidad de definir abiertamente esta mejoría. La prose­
cución de la terapia es implícitamente alentada por los miem­
bros de la familia y en particular por los padres; en efecto,
sienten que el terapeuta, en tanto exterior al sistema, puede
tener una confrontación directa y explícita con el paciente
designado. Esto parece vedado en el seno de la familia por lo
mismo que exigiría nuevas confrontaciones y la modificación
de reglas que, aunque en cierto nivel sean disfuncionales, en
otro constituyen también una protección para la integridad de
la familia.
Sobre la base de estas constataciones se desprende una
estrategia terapéutica tendiente a reforzar pragmáticamente la
mejoría mediante su descalificación: se redefine lo que sucede
como un agravamiento, confirmando así la tesis según la cual
es preferible no cambiar nada.
Siempre en esta línea, la provocación terapéutica consiste
en pedir a la familia que mantenga la situación estable y ello en
el mismo momento en que se están produciendo ciertos cam­
bios. Se podrá justificar esto haciendo entrever los peligros
inherentes al cambio. La entrada en el sistema se efectúa
de nuevo a través del paciente designado, desafiado en su
mejoría.
El efecto de este desafío es, paradójicamente, reforzar la
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 51

tendencia al cambio del sistema. Esto se lleva a cabo, concre­


tamente, mediante tres intervenciones sucesivas:

a) La negativa del terapeuta a aceptar oficialmente la


mejoría. Al comienzo, se mostrará completamente insensible a
los primeros signos de cambio.
b) La redefinición de la mejoría como peligrosa. Hablar de
los riesgos inherentes al cambio y favorecer en sesión la expre­
sión de las fantasías y temores a ellos asociados permite prever­
los y hacerles perder su carácter destructor, al tiempo que se
favorece el cambio ulterior.
c) La prescripción de no cambio. Se formula la prescrip­
ción bien precisa de comportamientos destinados a reforzar las
reglas disfuncionales del sistema como precaución necesaria
para evitar un cambio demasiado peligroso (69). De esta
manera se sostiene, paradójicamente, la mejoría ya en curso, y
se activa una nueva cohesión en el seno del sistema familiar.
Ahora la familia debe pelear para probar en los hechos que es
capaz de cambiar.

Giuseppe muestra una actitud más activa en sesión y participa


más que de costumbre.

TERAPEUTA (pocos minutos después de iniciada la sesión).


-Giuseppe, ahora quisiera preguntarte si hubo problemas esta
semana. En tu cara veo que estás... menos vigilante que de
costumbre.

El terapeuta toma de entrada la iniciativa descalificando la


mejoría evidente.

GIUSEPPE. -¿Q ué quiere decir?


TERAPEUTA. -Menos vigilante, ¿qué hubo de nuevo?
GIUSEPPE. -U n poco de jaleo.
TERAPEUTA. -No, las cosas normales no me interesan, me
refiero a problemas gordos, sucesos fuera de lo común.

Quiere ir más allá de lo que la familia invoca como más


negativo. Independientemente de lo que diga la familia a pro­
52 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

pósito de un agravamiento, siempre estará más acá de las


previsiones del terapeuta.

GIUSEPPE (sorprendido). -No, problemas gordos no.


TERAPEUTA. -Entonces me equivoqué, pero...
PADRE. -Nos costó mucho traerlo aquí porque esta misma
mañana...
TERAPEUTA. -Bien, esto entra en las dificultades normales...
Tengo como la sensación de que tú, Giuseppe, estás menos
vigilante.
GIUSEPPE. -N o comprendo lo que quiere decir.
MADRE. -M e permito intervenir, el doctor se refiere quizás al
hecho de que has tenido algunas actividades fuera de las
previstas, ¿no es así, doctor?
TERAPEUTA. -Tiene usted un sexto sentido, señora.
MADRE (a Giuseppe). -Al respecto deberías decir que pudiste
sentarte a tu mesa, dos, tres veces...
TERAPEUTA. -Eso es, justamente en eso te siento menos
vigilante.

El terapeuta sigue redefiniendo la mejoría en términos


negativos.

PADRE. -Aunque después haya dicho que todo es inútil, que


de todos modos no sirve de nada... ¿Lo dijiste inmediatamente
después, no? Que ibas a cometer un acto autodestructivo...
GIUSEPPE. -Sé muy bien que si un día me pusiera a hacer lo
que hacen mis hermanos, lo lograría perfectamente, pero
debería renunciar a...
TERAPEUTA. -A tu función.
GIUSEPPE. -No sé a qué... Debería renunciar a un mundo
fantástico...
TERAPEUTA. -A tu función, y creo que eres muy ingenuo al
comportarte de otro modo. Ingenuo, porque imaginas que
alguno puede o quiere cumplir la función que tú asumes...
quizás incluso mejor que tú... ¿Puedes proponer un nombre?

El terapeuta, por último, se explica. Pone en guardia a


Giuseppe contra la posibilidad de perder su función dentro de
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 53

la familia. En efecto, estar menos vigilante significa abandonar


la vigilancia que el paciente ejerce, como un centinela, sobre el
sistema. El aspecto provocador del mensaje terapéutico es
evidente.

GIUSEPPE. -¿Q ué ha dicho? No entendí.


TERAPEUTA. -Puedes proponer un nombre... ¿Alguien que
podría ocupar tu lugar en la casa y asumirlo con la misma
atención que tú?

El terapeuta continúa redefiniendo como inoportuno y


peligroso para la estabilidad de la familia el cambio de actitud
deGiuseppe. Termina la sesión con una prescripción tendiente
a reforzar, de manera provocadora, las reglas disfuncionales
del sistema:

-Los padres deben considerar con atención extrema cual­


quier comportamiento anormal que haya tenido Giuseppe
durante el día. Esa noche deben discutirlo juntos y describirlo
minuciosamente en un cuaderno.
-E n las dos semanas siguientes Giuseppe deberá permane­
cer todo el tiempo en su casa, sin introducir el menor cambio
en su conducta habitual. Todo comportamiento adulto, volun­
tario o suscitado por los padres, debe considerarse inadecuado,
pues representaría una tentativa de Giuseppe por escapar a su
“función” esencial en la familia.
-Giuseppe y sus padres, cada uno por su lado, deben
garantizar el correcto cumplimiento de la tarea, consignando
por escrito cualquier error eventual.
-L a sesión siguiente no se llevará a cabo sino a condición de
que cada cual presente el material escrito demandado.

La redefinición de las actitudes autónomas de Giuseppe


como incorrectas con respecto a la función que cumple en su
familia, reafirma la alianza del terapeuta con la tendencia
homeostática del sistemay le permite reformularla mediante la
prescripción del comportamiento sintomático del muchacho y
de ciertas reglas familiares. Estas reglas están representadas
54 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

por el control exacerbado y recíproco de toda evolución indi­


vidual ejercida a la vez por Giuseppe y sus padres.
En esta forma el terapeuta se propone hacer explícita la
situación de la familia, sin amenazarla, y distribuir su peso
sobre cada uno de los miembros. Esta línea de intervención
tiende a favorecer una mayor separación de los espacios
generacionales y a permitir una extensión de la autonomía
individual.
Los padres y Giuseppe se presentan a la sesión siguiente con
una serie de notas escritas donde expresan de diferentes
maneras su desacuerdo con el terapeuta en lo referido a la
importancia de la “función” de Giuseppe. Por otra parte, el
muchacho visitó unas cuantas veces a un amigo y declara estar
harto del miedo constante de sus padres.
El terapeuta afirma su decepción por la escasa colabora­
ción a la terapia y por la ligereza con que Giuseppe afloja su
vigilancia.

La familia impugna la definición del terapeuta: “Las cosas


están peor y nada debe cambiar”, reivindicando activamente la
mejoría. Esta no concierne sólo a la conducta del paciente
designado sino a la interacción del conjunto del grupo familiar.
El terapeuta se muestra incrédulo ante los cambios estruc­
turales operados por la familia. Prevé los riesgos inherentes a
la mejoría y se declara pronto para aceptarlos, pero únicamente
después de haberse verificado la existencia de nuevas reali­
dades en las relaciones entre los subsistemas.
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 55

En este estadio, la estructura familiar, disimulada ante­


riormente por conductas embusteras, aparece en forma más
evidente: existe en efecto una mayor disponibilidad del sistema
a manifestarse en su realidad relacional y a descubrir sus
tensiones internas. Es más fácil entonces verificar las hipótesis
formuladas precedentemente sobre el funcionamiento especí­
fico de la familia, la composición de los subsistemas, la diferen­
ciación entre las funciones de sus miembros y las característi­
cas de las fronteras que las definen (52). Sólo en esta etapa
comienza la diferenciación del paciente designado en el inte­
rior de los subsistemas, donde vivía una realidad debida casi ex­
clusivamente a su función de enfermo. La mejoría está ahora
más exteriorizada, tanto en el plano de la sintomatología del
paciente designado como en el de las modalidades interactivas
del conjunto del sistema (dos cosas inseparables: la mejoría de
los síntomas del paciente designado procede de los cambios en
las interacciones y, a su vez, los provoca y refuerza). En la
mayoría de los casos la familia reinvindica expresamente la
mejoría; ya no es tan sólo espectadora sino que se siente
activamente implicada en el movimiento negado por el te­
rapeuta en la fase de descalificación estratégica. El progreso es
evidente: se pasa del estadio de la mejoría efectiva pero negada,
al de la reivindicación de una participación directa en el
cambio. Aparecen igualmente la fragilidad y el estado provi­
sional de una situación donde esto no es posible sino en función
del terapeuta y del desafío abierto con él.
Nos hallamos en una fase de nueva anormalidad que
representa un paso adelante en la asunción autónoma de sus
propios trastornos por parte de la familia. El proceso inicial de
delegación de poder al terapeuta fue suplantado por una
participación activa de toda la familia, y ello se debió a que
ahora ésta tiene la posibilidad de desequilibrarse en favor de un
cambio, en muchos aspectos amenazador; la familia puede
“prestar” sus valencias homeostásicas al terapeuta, que ha
pasado a ser su responsable, aliviándola así de un enorme peso.
En esta etapa el terapeuta se muestra más dispuesto a aceptar
los movimientos del sistema familiar, pero subordina su acep­
tación a una verificación concreta: demanda un compromiso
que abre la posibilidad de que los cambios anunciados se
56 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

vuelvan tangibles. Esta verificación tiene comienzo en la sesión


y prosigue en el hogar. Se trata de un procedimiento que
refuerza en lo concreto la tendencia al cambio y apunta a
amplificar el proceso terapéutico más allá de la hora de
encuentro semanal. Si la familia es capaz de producir para el
terapeuta nuevos modos de comunicación, podrá experimentar
al mismo tiempo las ventajas de los cambios entre sus miembros
y aprender a funcionar de manera autónoma. En efecto,
demandas concretas y específicas permiten trabajar sobre las
dificultades y riesgos inherentes al cambio y conocer mejor los
procesos dinámicos de interacción, que pueden representar un
obstáculo ulterior al fin perseguido por la familia. A medida
que la estructura familiar se aclara, el terapeuta tiende a
mostrarse incrédulo frente a las demandas de cambio, subra­
yando las ventajas del inmovilismo y los riesgos de lo impre­
visto. Así pues, la intervención no contiene amenazas para la
homeostasis familiar; a lo sumo, representa un obstáculo a la
tendencia al cambio y sólo por el proceso de desmantelamiento
de estos obstáculos adquiere la familia progresivamente una
mayor autonomía, y ello a fin de demostrar al terapeuta que sus
temores son infundados.
Podemos utilizar, desde ese momento, un enfoque típica­
mente estructural que permita la intervención de nuevas con­
frontaciones entre los diferentes subsistemas y en el propio
seno de éstos (50). Este enfoque resulta ahora eficaz porque el
sistema familiar ha perdido una parte de su rigidez en beneficio
de una mayor flexibilidad.
Ilustraremos lo expuesto con extractos de la sesión décimo
tercera con los padres.

MADRE. -E n estos días me siento un poco fatigada, cansada,


usted comprende; así que, en la duda, me concedí un poco de
respiro...
PADRE. -Pero yo puedo hacerle la síntesis. Efectivamente, en
los últimos tiempos Giuseppe se ha estado moviendo. No se
quedaba en la cama... Fue algunas veces al palacio de Justicia
con su hermano, se puso a estudiar un poco... Lleva libros
consigo.
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 57

En esta fase de la terapia el padre está mucho más activo y


responsable.

TERAPEUTA. -¿Para niños?

La primera réplica del terapeuta es incrédula. El estilo es


siempre provocador.

PADRE. -No, libros de derecho... en efecto, hemos observado


una tentativa de inserción. Pero es verdad que, si usted se lo
pregunta, él dice: “Lo hago, pero estoy convencido de que para
mí todo terminó.” Antes era coherente con esta visión absolu­
tamente negativa de las cosas y se quedaba en casa, mientras
que ahora, si su hermano lo llama al palacio o al tribunal, va.
TERAPEUTA. -Desconfío. Me sorprende que después de
tantas experiencias negativas tengan ustedes una confianza tan
ciega.
PADRE. -Yo no tengo confianza, le explico, yo le cuento lo que
pasa...
TERAPEUTA. -Le digo que desconfío. No esperaba mejorías
para hoy. A lo sumo teatralizaciones... o sea, nada más peli­
groso para todos ustedes.
MADRE. -Para mí que Giuseppe está progresando...

Ahora los dos padres opinan explícitamente que hubo una


mejoría. Parecería que la incredulidad del terapeuta tiene el
efecto de reforzar su convicción.

PADRE. -¿Pero no ves que el doctor acaba de decir que todavía


no confía en esta tentativa de inserción? Lo está diciendo
claramente: “Yo no confío”, y quizá tenga sus razones; además,
el propio Giuseppe dice: “Debo comenzar a trabajar”, y des­
pués dice: “No lo consigo.”
MADRE. -A esto puedo contestar una cosa: del 15 al 26... lo
apunté aquí... esos días transcurrieron positivamente; con­
currió todas las mañanas al estudio de su hermano y se quedó
poco tiempo en casa.
PADRE. -Nosotros no podemos confiar en eso; de acuerdo, el
muchacho podría hacer mañana una tontería, pero sin em­
68 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

bargo... entre las otras cosas hubo también un hecho positivo:


Giuseppe ganó un juicio y nos enteramos por casualidad,
gracias a los diarios... ni siquiera sabíamos que estaba tra­
bajando tanto... En resumen, pienso que aunque no nos haga­
mos ilusiones, como usted decía, el mismo Franco (el hijo
mayor), siempre tan serio y que no se compromete nunca, le dijo
ayer a mi mujer...

En este momento parece que los padres intentan convencer


al terapeuta de la mejoría producida. Aceptar sus argumentos
podría poner un tope a este esfuerzo familiar colectivo hacia la
“curación”. La incredulidad del terapeuta es un punto fijo, un
momento tranquilizador que permite el desequilibramiento
del sistema en favor de cambios ulteriores.

MADRE. -E l notaba que Giuseppe se interesaba más en su


trabajo...
PADRE. -E l notaba que realmente ponía en eso cierto interés.
TERAPEUTA. -Desconfío de todo esto, es demasiado peligro­
so... Giuseppe no puede abandonar así su función. No me han
dado ustedes garantías suficientes.

El terapeuta da a entender que sus reservas podrían desa­


parecer sólo si se manifestaran cambios sustanciales.
Aunque el terapeuta haya abierto por un instante la posibi­
lidad de cambios ulteriores, dedica el resto de la sesión a
reproponer la inmutabilidad de las modalidades relaciónales
puestas en evidencia durante las sesiones precedentes.
Giuseppe, en particular, es firmemente invitado a conservar su
rol de “centinela”, tan útil para todos y asumido con tanta ab­
negación. Esto incrementa lo que el sistema expresa a través de
Giuseppe durante la sesión décimo cuarta. Comunicamos aquí
la explosión final, a la que sucederá la ausencia constante del
muchacho a las sesiones siguientes.

GIUSEPPE. -E sa ambivalencia esencial de querer ir todo el


tiempo al psiquiatra y contarle sus ensaladas. ¡No! En este
punto, váyanse todos al diablo, yo acepto mi vida como es y no
me joroben más: a fin de cuentas, maldito sea, yo no jorobo a
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 59

los demás; pues bien, que los demás tampoco me joroben. ¡Y


estaremos a mano!
TERAPEUTA. -Creo que Giuseppe nos dice a su manera que
esta tarde no tiene ganas de lloriquear. No lo esperaba.

La ausencia física de Giuseppe en la continuación de la


terapia es considerada por el equipo terapéutico como un
hecho positivo, pues ratifica concretamente un cambio consi­
derable en la estructura familiar. Antes, las distancias significa­
tivas entre Giuseppe y sus padres, y sobre todo entre él y su
madre eran insoportables. Ahora, la constante participación de
la pareja parental en la terapia es el signo de una modificación
importante. Al mismo tiempo nos informamos de que Giuse­
ppe logra una autonomía cada vez mayor. Después de algunas
sesiones utilizadas principalmente en consolidar las distancias
conseguidas, el terapeuta envía una carta a Giuseppe a través
de sus padres. Mediante esta comunicación al paciente desig­
nado se intenta:

a) reconocer el esfuerzo hecho por Giuseppe para consoli­


dar su autonomía;
b) rehacer una prescripción del síntoma según el modo de
la provocación;
c) reforzar la división clara entre el subsistema de la pareja
y el hijo;
d) poner en relación la autonomía de Giuseppe y la de sus
padres.

Transcribimos ahora el texto íntegro de la carta:

Querido Giuseppe,
Tomo nota de los esfuerzos que despliegas últimamente por
hacer más productiva tu participación en la terapiafamiliar. Más
productiva aun por obrar a distancia, sin riesgo de verte asumir
actitudes dependientes y pasivas. Te invito a no renunciar a la
creatividad inherente a tus comportamientos habituales (como
quedarte mucho tiempo en la cama, masturbarte en forma
repetida, molestara los demás, amenazarlos con hacerte daño, no
trabajar) hasta que estés perfectamente seguro de que tus padres
60 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

son capaces de caminar solos, sin necesidad de tu función.

Junto con la carta, se imparte a los padres las siguientes


instrucciones:
-L a carta deberá ser leída todos los días en voz alta por el
padre o la madre en presencia de los otros dos miembros.
-Cada lectura deberá ser seguida de una discusión sobre las
reflexiones provocadas en cada uno por la carta.
-Si en algún caso Giuseppe se negara a participar, la lectura
deberá ser hecha por los padres solos a la hora prevista, en otro
lugar o fuera de la casa.
-L a sesión siguiente sólo tendrá lugar si se ha observado
esta prescripción.

La carta refuerza y sanciona la línea estratégica de esta


etapa. Redefine el comportamiento de Giuseppe como crea­
tivo y saca a la luz, prescribiéndolas, las características funcio­
nales del sistema familiar. Pero la carta se dirige a Giuseppe
sólo por la forma: el verdadero destinatario es el conjunto del
sistema familiar. Y, de hecho, el conjunto del sistema reac­
ciona. La tercera condición, que prevé que en ausencia de
Giuseppe la lectura deberá ser efectuada por los padres fuera
de la casa, constituye para el padre y la madre una nueva
ocasión de confrontarse y de reforzar su espacio de pareja,
escapando en cierto sentido a su hijo. La participación exclusiva
de los padres en la terapia ya había dado origen a la línea de
acción que caracteriza a estos últimos objetivos terapéuticos: la
línea de la autonomía de los padres con respecto al hijo. Una
de las reseñas de las sesiones que siguieron a la lectura de la
carta muestra que los padres estaban adquiriendo una com­
prensión mayory más objetiva. En efecto, la madre dice: “... De
esto se podría deducir que somos nosotros, los padres, los que
aprovechamos la función de Giuseppe para caminar solos. Pero
sin embargo me parece que estamos implicados y condiciona­
dos por nuestro hijo, y este condicionamiento dejaría de existir
si él asumiera actitudes adultas y lógicas. De todos modos, yo,
la madre, deduzco concretamente que nosotros, los padres,
debemos esforzarnos para que su función no nos condicione.”
Parecería que los padres han llegado aquí a la valiente y
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 61

extrema determinación de luchar, con ayuda del terapeuta,


contra la necesidad de esa función.

La familia ya no utiliza al paciente designado, quien ha


perdido su posición central. Las zonas de autonomía de cada
uno, tanto en el interior de los subsistemas como en el exterior
del grupo, se han ensanchado.
La formación de una nueva cohesión familiar permite la
escisión del sistema terapéutico.
El terapeuta se congratula por los cambios reales de la
familia. Al descentrarse en forma progresiva, favorece el des­
pego de la familia y refuerza el proceso de autonomización en
curso.
En esta fase final de la terapia los resultados del trabajo
realizado son fáciles de evaluar pues desde ahora hay tan sólo
escasas diferencias entre la manera de aparecer el sistema en
la terapia y en la realidad cotidiana. Esto nos confirma que la
homogeneidad del sistema terapéutico está reconocida en lo
sucesivo y que las defensas de la familia van mermando. No es
difícil, por tanto, trazar un mapa detallado de la situación
donde sorprende comprobar hasta qué punto la propia familia
es a menudo capaz de efectuar evaluaciones en este sentido con
un lenguaje que, aun no siendo sistémico, reproduce el sentido
global de éste. Es llamativa la reducción y descentramiento del
rol del paciente designado; ahora ocupa una posición menos
62 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

singular y más personalizada: no sólo experimenta una fase de


gestión autónoma de sus recursos más auténticos, con todas las
dificultades que esto conlleva, sino que lo hace sin llamar
constantemente la atención de los otros. En el presente, éstos
consideran que les está permitido vivir por sí mismos las
dificultades y satisfacciones de su situación existencial respec­
tiva. Es evidente que en este momento un sistema “sano”
experimentará la necesidad de poner a prueba su autonomía
con independencia de la ayuda terapéutica. La fase precedente
de “nueva anormalidad” en la que no podía tener lugar ningún
progreso como no fuera en función del terapeuta, está a punto
de ser superada, pero, como sucede en toda fase de transición,
el miedo a lo desconocido puede favorecer el retorno a situa­
ciones precedentes. Esto es lo que el terapeuta debe evitar. Se
propone, pues, tranquilizar a la familia respecto de las posi­
ciones adquiridas, favoreciendo una visión más clara del proce­
so de cambio. De este modo se alentará a cada miembro de la
familia a reconocer y expresar los progresos obtenidos merced
al esfuerzo colectivo. Ahora el terapeuta puede declararse
abiertamente favorable al cambio producido, y congratularse
explícitamente, junto con los miembros de la familia, por los
esfuerzos cumplidos y los resultados logrados. La planificación
autónoma de programas diferenciados debe suceder a la eva­
luación común de la situación actual; el terapeuta estimulará la
creatividad de cada uno para descubrir soluciones futuras
realizables de manera concreta. Se situará como punto de
referencia para una verificación periódica de lo que se haya
acordado. La aparente simplicidad de la estrategia terapéutica
y la inteligibilidad de las intervenciones propias de esta fase
podrían llevar a subestimar su importancia y conducir a errores
debidos al apresuramiento o a una visión superficial. En efecto,
el terapeuta debe obrar ahora para deshacerse progresiva­
mente de su posición central y del poder que antes constitu­
yeran el elemento esencial de la intervención. Si el terapeuta,
llegada esta fase final, permaneciera ocupando la posición
central, bloquearía el proceso de autonomización en curso. En
las familias con paciente esquizofrénico, el retraso que es
preciso llenar para alcanzar cierta igualdad entre el terapeuta
y los miembros de la familia, es mayor que en otras; hace falta,
LA INTERACCION DE LOS SISTEMAS RIGIDOS 63

pues, tiempo y clarividencia para que la separación no sea


demasiado brutal. Sinteticemos ahora los movimientos habi­
dos en la familia Fraioli durante esta última fase.
Referimos aquí el desenlace concreto de un programa
laboriosamente puesto a punto durante las últimas sesiones.
Giuseppe ofrece continuas noticias de sus progresos y
define su conducta como “ahora normal”. Los síntomas pre­
cedentes no han vuelto a aparecer, aunque él afirme que aún no
ha resuelto por completo sus problemas. Añade que no recu­
rrirá por ello a actos autodestructivos. Aveces manifiesta cierta
inquietud por el futuro, pero en lugar de replegarse en sus
conductas regresivas habituales, se compromete activamente.
Ha ganado un importante concurso profesional y colabora en
la gestión del estudio de su hermano. Además, estudia para
mantenerse al día en su profesión. Hizo algunos viajes durante
las vacaciones, con amigos, y se declara satisfecho de la nueva
experiencia. Ha entablado amistad con un muchacho de su
edad con quien pasa una parte de su tiempo libre. En ocasiones
visita a su hermano mayor, que vive en una ciudad vecina, con
el que estableció otra relación significativa. Ha hecho planes de
vacaciones para el año próximo y prepara, con minuciosidad y
entusiasmo, un viaje al Lacio y a Umbría.
En un primer tiempo, los padres comenzaron a pasar solos,
en Roma, unos días más aparte del de la sesión. Luego, por
primera vez en su vida, organizaron y se tomaron vacaciones sin
ninguno de sus hijos. Notaron con asombro y satisfacción que
habían llegado a no hablar de Giuseppe y a no sentirse culpa-
bilizados por su causa; quedaron azorados ante el hecho de que
Giuseppe se hubiese “desenganchado” de ellos partiendo a
Asís unos días antes de que salieran de viaje, y dicen haber
sentido que “los dejó atrás”.
Simultáneamente aparecieron tensiones debidas a sus
“temperamentos tan diferentes”, pero aseguran que estas
discusiones les sirvieron de estímulo. El padre declara haber
“redescubierto” a Giovanna, su hija adolescente, y recuperado
con ella una relación que, sin quererlo ni darse cuenta, estaba
prácticamente perdida.
El desprendimiento progresivo de la terapia redunda en
una mayor independencia de cada miembro de la familia
64 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Fraioli y los coloca ante la necesidad de aceptar los cambios


producidos y de asumirlos con plena conciencia. Para cada cual
nacen espacios más vinculados con la persona que con la
función. En este sentido, cada uno hace su balance.
Capítulo 2

LA FUNCION DE LA PROVOCACION
EN EL MANTENIMIENTO HOMEOSTATICO
DE LOS SISTEMAS RIGIDOS*

Ruggero Pipemo

Este texto se propone elaborar la hipótesis según la cual, en


las familias con un paciente esquizofrénico, es posible encon­
trar una forma particular de redundancia de comunicación
cuya función es el mantenimiento homeostático del sistema.
Definimos aquí esa redundancia con el término “provocación”.

SISTEMAS RIGIDOS Y PROCESOS


DE DIFERENCIACION

La utilización del concepto de sistema rígido para describir


a una familia con un paciente psicótico deja espacio aún a
diferentes interpretaciones. Antes de analizar la función de la
provocación nos parece indispensable clarificar aquella que, a
nuestro entender, es característica de un sistema interpersonal
rígido. Nos serviremos para ello de ciertos conceptos tomados
de la fenomenología antropológica y, en particular, del
pensamiento de Ludwig Binswanger (26).
En su intento por comprender mejor la significación de “la

* Este texto se inserta en el proyecto de investigación de la Sociedad Italiana


de Terapia Familiar que conduce un estudio de las modalidades de interven­
ción sobre sistemas rígidos.
66 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

presencia humana”, Binswanger, inspirado en la frase de


Heidegger “la presencia es siempre copresencia”, procuró
clarificarlas diferentes modalidades de ser, es decirlas diferen­
tes posibilidades de existencia conforme a una escala de enri­
quecimiento.
La mayor o menor riqueza de una modalidad de existencia
depende de que consiga expresarse de manera auténtica, pero
esta posibilidad de autenticidad de ser uno mismo no puede
verificarse sino en el interior de una coexistencia. Por consi­
guiente, el criterio de clasificación debe guardar una necesaria
correlación con la mayor o menor “libertad” existente en el
interior de la relación interpersonal. En otros términos, las
diferentes maneras de ser pueden clasificarse como:

-posibilidad de ser (yo puedo ser libremente pues estoy


sustraído al máximo a los condicionamientos de otro);
-permiso de ser (puedo ser yo mismo, pero sólo en el rol que
me está permitido);
-coacción de ser (no puedo ser sino en función de una
imposición de otro).

Está claro pues que, en cierto modo, la descripción antro-


po-fenomenológica, cuando habla de una presencia, habla al
mismo tiempo de una alteridad en copresencia, articulando así
estos dos conceptos con el hecho de ser en el mundo (26). En
la evolución normal ontogenética regida por el equilibrio entre
homeostasis y transformación, teniendo siempre presente la
dinámica funcional de los momentos biológicos y contextúales,
se puede ver de nuevo el paso gradual de los tres estadios:
posibilidad, permiso y coacción de ser.
He introducido estos conceptos porque me parecen expre­
sar en forma extremadamente precisa lo que considero como
la característica fundamental de un sistema interpersonal rígi­
do: la permanencia en el tiempo de una obligación recíproca de
ser obligado a ser, que torna difícil cualquier permiso de ser por
parte de cada uno de los miembros del sistema. De hecho, el
desarrollo psicológico del ser humano comporta la progresión
gradual de un estadio simbiótico a un estadio de autonomía
cada vez mayor. Hoy en día sabemos que este camino está
LA FUNCION DE LA PROVOCACION 67

determinado no sólo por el desarrollo biológico sino también


por el conjunto de los procesos de interacción en el interior de
un sistema de referencia significativo. Recientemente, el pre­
dominio de una epistemología circular basada en la informa­
ción con respecto a una epistemología lineal basada en la cau­
salidad, permitió no obstante comenzar a considerar procesos
de desarrollo no ya en términos individuales sino más bien en
términos de adaptación dinámica y progresiva de un sistema
entero. A través de un intercambio continuo y recíproco de
comportamiento e informaciones, los componentes de un sis­
tema adquieren progresivamente una imagen más precisa de
ellos mismos y de los otros, y de ellos mismos en relación con
los otros, logrando así definir, de manera cada vez más clara,
una suerte de frontera entre el propio sí-mismo y el de otras
personas significativas. La analogía de las fronteras (52) puede
ser utilizada para hacer más inmediatamente comprensible la
cualidad de las relaciones interpersonales. Las modalidades
del permiso de ser se expresan a través de fronteras interper­
sonales claras en las que cada cual tiene la posibilidad de
aceptar y controlar al mismo tiempo las situaciones de acerca­
miento (intimidad) y las situaciones de alejamiento (separa­
ción). A la inversa, las modalidades de la coacción de ser hablan
de la dificultad de afirmar una identidad recíproca y se mani­
fiestan ya sea por una tendencia a vivir en el interior de
relaciones de fusión y entorpecimiento recíproco, ya sea por la
obligación de mantener una distancia de seguridad mediante
un rompimiento afectivo. Sea como fuere, encontramos que
ambas modalidades se vinculan con una falta de claridad en
cuanto a los límites interpersonales. La capacidad de vivir en el
interior de un sistema interpersonal, logrando instalar fronte­
ras precisas, puede ser considerada entonces como una defini­
ción de salud mental. En estas condiciones, cada miembro del
grupo está capacitado para proponer el fin o el comienzo de un
juego relacional (16) y ello a los otros miembros, capacitados
a su vez para aceptar o rechazar.
Podemos llamar a esta manera de ser en el grupo “existir
juntos a nivel personal”, por lo mismo que todo se presenta
como si el espacio personal de cada uno pudiera coexistir con
el de los otros y no por el de los otros. Esta evolución óptima no
68 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

siempre se verifica. Puede suceder de hecho, por motivos a


veces difíciles de determinar, que un sistema esté regido por
reglas que excluyen la diferenciación y la individuación de los
miembros (límites personales claros logrados) replanteando
constantemente un equilibrio alcanzado en detrimento de la
autonomía del “sí-mismo” de cada uno. Precisamente esta falta
de autonomía, esta imposibilidad de existir con un espacio
personal propio impulsa a buscar compañeros de juego con
quienes compartir la confusión del “ser para mí” y del “ser para
el otro”. La intrusión en el espacio personal de otro gracias a
la pérdida del espacio personal propio se transforma en la única
posibilidad de coexistencia. De este modo, la protección, la
indiferencia, el rechazo, la victimizacióny la locura pasan de la
condición de funciones individuales a la de roles en un libreto
rígido. Los límites de interacción son sustituidos por límites
borrosos, la manera de ser en el grupo puede definirse entonces
como “coexistencia funcional”, con lo que se puede alcanzar un
nuevo equilibrio. Ante la imposibilidad de coexistir como
“persona”, se hace concebible entonces vivir en una suerte de
función recíproca el uno para el otro. El sistema se torna tanto
más rígido cuanto que esta modalidad es la única posible; por
lo demás, que la necesidad vital de vivir en función recíproca no
permite, de hecho, modular según los acontecimientos la
mayor o menor permeabilidad de las fronteras recíprocas. La
analogía pertinente sería la de dos o varios cubos, cuyas
superficies presentan soluciones de continuidad, sumergidos
en un líquido: sólo pueden flotar si permanecen soldados uno
al otro a través de su solución de continuidad (fig. 1).

HACIA LA INDIVIDUACION DE LAS REGLAS


EN LOS SISTEMAS RIGIDOS

Resulta del análisis de los modelos interactivos de las


familias de pacientes esquizofrénicos que una de las caracterís­
ticas más frecuentes es la de funcionar según las reglas de los
sistemas rígidos (26, 63).
LA FUNCION DE LA PROVOCACION 69

Volviendo al modelo analógico que utilizamos precedente­


mente, si imaginamos que cada cubo podría desprenderse de
los otros, nos damos cuenta de que en el momento en que lo
hace, es decir, en el momento en que logra constituir sus
propios límites de manera clara, si los límites de los otros no se
constituyen al mismo tiempo, todos corren el riesgo de hundir­
se.

Figura 2

En estas condiciones, lo más grave no es tanto el despren­


dimiento (proyecto que era ya demasiado ambicioso) como el
peligro de que otro alcance su autonomía propia antes de que
70 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

yo esté en condiciones de constituir la mía. Está claro entonces


que la regla fundamental en un sistema donde prevalecen estos
niveles de funcionamiento es la imposibilidad de “escaparse”
(63). De aquí deriva la necesidad de controlar continuamente
que nadie logre definirse con claridad, pues se lo sentiría como
una declaración de independencia y por consiguiente de trai­
ción. Una vez aprendidas las reglas del juego surge la necesidad
vital de no cambiarlas. No está dicho, por el contrario, que los
jugadores no puedan ser intercambiables, lo mismo que sus
roles. Esta última posibilidad se verifica a menudo cuando un
sistema es obligado a cambiar de paciente designado. Por lo
que respecta a este cambio de jugador, tiene lugar cuando se
intenta reproducir, en un sistema recientemente formado,
reglas aprendidas en un sistema significativo anterior, como
por ejemplo al formarse una pareja o un sistema terapéutico.
Esto implica que aun en la elección de los nuevos componentes
de un sistema, por ejemplo un amigo o un cónyuge, se privile­
giará a personajes que den en cierto modo garantías de poder
perpetuar los juegos aprendidos anteriormente, y en cambio se
excluirá a aquellos personajes que no puedan proporcionar
estas mismas garantías. Este comportamiento selectivo tende­
rá a implicar también al terapeuta que entra en el sistema
terapéutico y, cuanto más rígido haya sido el sistema significa­
tivo de aprendizaje, más dominante será el comportamiento
selectivo. Se entiende por sistema significativo de aprendizaje
aquel sistema que asume la función de sistema de referencia
significativo en el período de mayor plasticidad evolutiva (48).

NECESIDAD DE UNA ESTRUCTURA INTERPRETATIVA


DEL COMPORTAMIENTO SINTOMATICO

La posibilidad de un enfoque operacional correcto se basa


en la existencia y coherencia de una estructura conceptual que
permita una lectura de los comportamientos sintomáticos y de
los fenómenos a ellos enlazados. En realidad, el comporta­
miento sintomático puede considerarse como un conjunto de
signos intencionales y no intencionales que sólo adquieren
significación a través de un intérprete (29). De este modo, la
LA FUNCION DE LA PROVOCACION 71

estructura conceptual interpretativa del terapeuta constituirá


el código de lectura del comportamiento sintomático. En el
interior del sistema familiar, la presencia de comportamientos
definidos como “locos” hace suponer la dificultad de hallar un
código de interpretación que sea común a los diferentes miem­
bros de la familia. De todas formas, así como es posible que el
emisor no sea consciente de lo que su propio comportamiento
puede revelar, lo mismo puede sucederle al intérprete; sin
embargo, esta circunstancia no obsta a la posibilidad de que la
comunicación influya sobre ellos. Emisor y receptor quedan
ligados entonces por conductas que tienen lugar dentro de un
contexto para ambos significativo y que constituyen signos
intencionales y no intencionales por los que se influyen recípro­
camente. Se puede enunciar la hipótesis de que, en su sistema
rígido, la comunicación a través de signos no intencionales
puede adquirir la forma de una provocación y de que ésta
cumple la función de preservar la homeostasis.

FUNCION DE LA PROVOCACION EN EL INTERIOR


DE UN SISTEMA FAMILIAR RIGIDO

En el lenguaje usual, el término provocación se utiliza para


definir un acto que conduce a una persona a emociones
intensas, en general de ira, y que se manifiesta por comporta­
mientos a menudo violentos. Puede ser interesante observar
que, jurídicamente, el que reacciona a una provocación no es
considerado plenamente responsable de sus propios actos,
hasta el punto de que podrán obrar a su favor circunstancias
atenuantes específicas. Así pues, se puede definir la provoca­
ción como una comunicación cuyas finalidades no son explíci­
tas y capaces de influir sobre una persona hasta el punto de
hacerle realizar actos ajenos a su voluntad. Ciertos autores han
hallado características similares en el comportamiento sinto­
mático (38).
Advertimos entonces qué función puede cumplir la provo­
cación en el seno de un sistema rígido. Habíamos emitido la
hipótesis de que, en un sistema interpersonal rígido, la tenden­
cia a actualizar una separación por intermedio de una indivi­
72 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

duación era reemplazada por la necesidad de controlar el


estadio de autonomía del otro ante la amenaza de que pueda
emanciparse antes que yo. Todo se presenta como si la provo­
cación tuviera el objetivo de evitar esta eventualidad, minando
el estado de autonomía del otro. “Si el otro acepta mi provoca­
ción, si cede a mi intención, quiere decir que está lejos de poseer
una identidad como persona, y por lo tanto puedo estar seguro
de que no podrá separarse de mí antes de que yo me desprenda
de él.” Por otra parte, aceptar la provocación significa reafir­
mar el propio nivel de función, la propia necesidad de vivir en
función del otro, y ello de manera agresiva o protectora; pero
sería errado suponer que el que acepta la provocación es el
único que muestra sus propios límites; precisamente, la nece­
sidad de provocar al otro es síntoma de una frontera mal
definida.
De cada lado hay, pues, tentativa de tranquilizarse frente a
un alejamiento recíproco, pero este reaseguro será eternamen­
te frágil, pues se efectúa a través de una modalidad que vuelve
a poner en juego, en forma constante, la falta de fronteras
interpersonales claras. Caer en la provocación significa confir­
mar al provocador su falta de libertad y su posibilidad de existir
únicamente en el interior de una coacción, y adquiere, pues,
una significación de provocación que engendra a su vez la
necesidad de una verificación continua. Analicemos los ejem­
plos siguientes:

1. Pedro, un joven de 23 años, sostiene todavía que su


madre le robó el corazón y la amenaza inclusive con un cuchillo
si no se lo devuelve. Los padres intentan explicarle, utilizando
una lógica habitual, la imposibilidad de vivir sin corazón. Pero
esta explicación no produce ningún efecto tranquilizador y
Pedro será arrestado por la policía y hospitalizado de urgen­
cia.
2. Ana es una mujer soltera de 36 años que padece estados
confusionales y sumamente regresivos durante los cuales obli­
ga a su madre a acompañarla al baño y dormir con ella. La
madre consiente en todo, quejándose del extremado fastidio
que ello le produce.
3. Juan Carlos es considerado como un muchacho enfer­
LA FUNCION DE LA PROVOCACION 73

mizo. La madre atiende solícitamente cada uno de sus


malestares, y ello hasta la edad de 26 años. Para dejar su papel
de enfermo se ve forzado a cometer una tentativa de suicidio
que, al fracasar, lo confirmará más aun en ese rol.
4. Sergio es un psicótico de 25 años que ha sufrido varias
hospitalizaciones; manifiesta una conducta agresiva para con
su madre, a la que obliga a desvestirse en su presencia. La
respuesta de la madre es doble: o cede a sus demandas o se va
a dormir a casa de una amiga, confirmando de ambas formas el
poder de su hijo. Pero como la reconfirmación de este poder,
que se verifica también en los casos precedentes, está ligada al
mismo tiempo a la reconfirmación de la locura, ni la madre ni
Sergio logran abandonar este juego hasta que Sergio es admi­
tido en un hospital psiquiátrico de tipo judicial.

Hay en estos ejemplos, por supuesto, una clara simplifica­


ción, ya que los juegos relaciónales involucran en general a más
de dos personas (16). Su característica común es poseer una
estructura interactiva que se autosustenta en el tiempo a través
del esquema siguiente: A hace algo que B vive como una
provocación y que induce a B a hacer algo que A vive como una
provocación que induce a A a hacer algo que B vive... y que les
permite permanecer prácticamente invariables en el tiempo.
Los mensajes provocadores pueden ser indiferentemente
vehiculizados por conductas protectoras o agresivas: A y B se
encuentran en la imposibilidad de renunciar a su juego de
provocación y contra-provocación porque, a pesar del desagra­
do, el equilibrio obtenido resulta más tranquilizador.

FUNCION DE LA PROVOCACION
EN EL INTERIOR DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Veamos ahora lo que sucede cuando un sistema rígido (ya


se trate del individuo constituido por aspectos parciales inter-
actuantes o de la familia constituida por miembros interactuan-
tes, nosotros los unificamos bajo el concepto de sistema y por
lo tanto los utilizaremos como si fueran intercambiables) entra
en contacto con un terapeuta cuya meta declarada es obtener
74 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

un cambio. En el encuentro con el terapeuta, la familia o el


paciente no pueden omitir una comunicación que contiene dos
mensajes implícitos: “Ayúdenos a cambiar respetando las
únicas defensas que conocemos, es decir, las viejas reglas.” En
rigor, esta comunicación se compone de dos partes: “Ayúdenos
a cambiar”, que expresa la tendencia a la Transformación (T),
y “respetando las viejas reglas”, que expresa la tendencia a la
Homeostasis (H) (7). En nuestra opinión, cada vez que un
paciente o una familia establecen una relación significativa con
el terapeuta, aunque no lo hagan voluntariamente en los
mensajes que envían, estos dos aspectos del mensaje están
siempre presentes. Lo que cambia es la relación entre H y T.
Puede ocurrir, de hecho, que una de las dos partes, o bien H o
bien T, tienda en cierto modo a fundirse con la otra hasta que
ésta ya no pueda ser reconocida por el terapeuta. La provoca­
ción es, en general, la manera en que se expresa la tendencia a
la homeostasis, pero precisamente porque siempre existe el
otro nivel del mensaje, que expresa, por su parte, la tendencia
a la transformación. Es como si los miembros del sistema
guardaran la secreta esperanza de que el terapeuta, contraria­
mente a los miembros de la familia, logrará finalmente no caer
en la provocación y permitirá, pues, que cada cual se libere del
juego. Es necesario analizar entonces el efecto pragmático
del comportamiento provocador en el interior del propio en­
cuentro con el terapeuta y las respuestas que éste puede dar
para alcanzar el doble objetivo de no quedar aprisionado
en el juego familiar y de ser aceptado al mismo tiempo como
jugador.
Nos parece haber localizado al menos dos “trampas” que el
paciente o la familia pueden tender al terapeuta. La primera
predomina en aquellos sistemas en que la expresión dramati­
zada de los comportamientos sintomáticos consigue influir de
tal manera al terapeuta que lo lleva a considerar inexistente la
tendencia al cambio. En esta situación, el terapeuta, empujado
por el efecto mismo de la provocación, tenderá a transformar
su propia tendencia al cambio, en control y mantenimiento de
la situación, cayendo así bajo el yugo de la provocación y
avalando la idea de la falta de salida. La segunda trampa se
presenta cuando el paciente o la familia muestran niveles de
LA FUNCION DE LA PROVOCACION 75

colaboración que inducen al terapeuta a desconocer la parte


homeostática y, por ende, a subestimarla, no tomarla en cuenta
e intentar aliarse directamente con la parte que tiende a la
transformación. En general, los efectos pragmáticos de esta
actitud son sumamente decepcionantes, y ello por la simple
razón de que si la parte T pudiera ahorrarse la parte H;
no habría por qué dirigirse a un terapeuta. Lo más probable
es que, en estos singulares momentos, la parte T de la familia
no pueda hacer a un lado la parte H; si se finge ignorarla,
se movilizará activamente para asegurar su función de
protección.
Si el terapeuta cae en estas dos trampas, es decir, si
reconoce solamente una de las tendencias H y T que coexisten
de manera constante y recíproca, acabará reproduciendo él
mismo modelos que el sistema utiliza para evitar un cambio, y
entonces todo indicará que la homeostasis del terapeuta ha
venido a ponerse al servicio de la homeostasis de la familia. El
dilema del terapeuta será entonces el siguiente: cómo hacer
para enviar un mensaje que en cierto modo sostenga a T sin
frenar a H o, mejor dicho, sin que T tenga la impresión de que
H está frenado y, en todo caso, sin que T deba renunciar a H.
La dificultad y al mismo tiempo la eficacia consisten en lograr
amplificar a H utilizándola no ya como opuesta a T sino como
aliada. Examinemos algunos ejemplos:

1. Toda la familia se atiende desde hace varios meses y la


madre llama por teléfono; la secretaria del Centro contesta y
pasa la comunicación al médico responsable de la terapia. Las
primeras palabras que éste escucha son:“¡Hola! Soy la señora
Bianchi, ¿habla el doctor...? Discúlpeme doctor, siempre
olvido su nombre.” Sucediendo a una intervención semejante
el terapeuta podría dardos respuestas “lógicas”. Poruña parte,
al sentirse descalificado, podría no responder o hacerlo con
irritación (responder a la provocación con el ataque). Por la
otra, podría prestar ayuda a la señora recordándole su nombre
(responder a la provocación con la defensa). En ambos casos,
dejarse arrastrar justamente por la provocación implica reco­
nocer solamente la parte que tiende a la homeostasis. Esta se
expresa a través del ataque al terapeuta, quien en este momen­
76 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

to representa la tendencia al cambio. Me parece que se puede


evitar esta trampa empleando la respuesta siguiente: “Es más
que comprensible que haya olvidado usted mi nombre después
de la última sesión; en su lugar, yo hubiera olvidado no sólo el
nombre de mi terapeuta sino también su sexo, dirección y
número de teléfono.” Esta forma de respuesta presenta ciertas
características que tomaremos seguidamente en considera­
ción:

a) El terapeuta no se opone directamente a la provocación


sino que, por el contrario, la toma en cuenta y la amplifica.
b) En el momento mismo de amplificársela, la provoca­
ción pierde su impacto antiterapéutico y por lo tanto anti-T, y
es como si se lograra utilizar la homeostasis al servicio de la
transformación.
c) En esta transacción de provocación y contra-provoca­
ción se explícita la lucha por el control de la relación entre el
paciente y el terapeuta o, mejor dicho, entre la alianza de los H
y los T respectivos. Esto significa reconocer importancia a la
capacidad del terapeuta para mantener el control de la rela­
ción, pues permite que la parte T mantenga el control sobre la
parte H creando así una dinámica favorable al cambio.

2. La familia Rossi, padre, madre y dos hijos de 5 y 2 años,


se presenta a la quinta sesión declarando no haber comprendi­
do nada en las sesiones precedentes y dando muestras de una
visible insatisfacción. Hay una acusación manifiesta al terapeu­
ta por parte de los padres: no ha hecho ni dado lo suficiente. Si
aceptamos considerar esta conducta como provocadora y, por
tanto, como expresión de la tendencia homeostática, existe
para el terapeuta el riesgo de caer en la trampa ya sea por un
contraataque del tipo: “Si no están en condiciones de utilizar
esta terapia, entonces es inútil que sigan viniendo pues nada
podemos hacer por ustedes”, ya sea a través de un comporta­
miento que, movido por sus propios sentimientos de culpa e
incapacidad, intentara asumir una connotación protectora
debatiéndose para probar lo contrario. En ambos casos, res­
ponder a la provocación significaría reforzar la tendencia
homeostática. Esta trampa podría ser evitada con la siguiente
LA FUNCION DE LA PROVOCACION 77

respuesta: “Comprendo lo que sienten, pero la razón está en


que hemos ido demasiado rápido y hemos hecho demasiadas
cosas, anticipándonos así al ritmo de ustedes; es necesario,
pues, que se tomen un descanso jugando con sus hijos, y de ese
modo, en poco tiempo podrán alcanzar el punto al que había­
mos llegado.” Una vez más, el terapeuta consigue utilizar la
provocación (es decir, el aspecto homeostático) para incre­
mentar y sostener la parte ligada a una posibilidad de cambio.
Si la familia reconfirma como desafío provocador su incapaci­
dad para entender, ello la obliga tanto más a recuperar el
espacio impuesto por el terapeuta, haciendo prevalecer la
alianza terapéutica. Los comportamientos provocadores y
contra-provocadores no son nunca ataques frontales ni decisi­
vos sino pequeñas escaramuzas continuas que sirven para
tantear el terreno.
Los ejemplos de interacción que acabamos de comunicar
no constituyen estrategias fundamentales con las que se obten­
drá una victoria, señalada por cambios hacia una mayor auto­
nomía de los diferentes miembros del sistema, sino ladrillos de
un edificio que puede construirse mediante la utilización
continua de la amplificación contra-provocadora en respuesta
a las provocaciones, sosteniendo la parte de sí que más tiende
a la transformación. En la capacidad de reformular de manera
coherente y continua este modelo de interacción hallamos una
posibilidad de desactivar el juego de la “provocación”, uno de
los juegos favoritos de los sistemas rígidos que aprisiona a sus
miembros en juegos cansadores y repetitivos que a veces no
dejan ninguna posibilidad de “salida” espontánea, como no sea
la muerte o la internación institucional.
En definitiva, hemos procurado aportar una contribución al
concepto de sistema interpersonal rígido intentado aclarar
algunas de sus características esenciales. Se toma así como
objeto de consideración una secuencia de interacción particu­
lar definida como “provocación”. La función que asume en los
sistemas familiares cuyas reglas analizamos se opone a la
autonomía de sus miembros. Se estudia el efecto pragmático
que un comportamiento provocador por parte del subsistema
familiar puede inducir en el terapeuta en el interior de un
sistema terapéutico más vasto. Se elaboran, por último, ciertas
78 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

respuestas que puede dar el terapeuta para eludir la provoca­


ción, considerada como expresión de la tendencia a la homeos­
tasis, y para sostener así aquella parte del sistema que tiende
principalmente a la transformación.
Capítulo 3

LA SUPERVISION PROVOCADORA

Maurizio Andolfi
Paolo Menghi

Describimos en este texto un modelo de supervisión directa


que hemos denominado provocadora. Su misión es tornar más
incisiva la estrategia definida por el equipo terapéutico.
En particular, esta supervisión afianza la continuidad y
congruencia de los modelos de intervención elegidos, corri­
giendo los desvíos eventuales. Por lo tanto, el sentido de una
supervisión provocadora sólo resulta comprensible si se atien­
de al paralelismo con el proceso terapéutico que ella pone en
evidencia. El modelo de intervención que hemos elaborado se
dirige sobre todo a los sistemas familiares rígidos, es decir a
aquellos sistemas que interactúan con el terapeuta en forma tal
que lo complican en una lógica de relaciones fuertemente
contradictorias, y con más intensidad que en otras situaciones.
Estas familias entran en terapia con la esperanza de que el
terapeuta las ayudará a reconsolidar la estabilidad anterior del
sistema.
Fundamentalmente, la familia demanda al terapeuta lo
imposible: modificar una situación en el propio interior de
reglas de relaciones que la han preservado en el tiempo (7).
La experiencia clínica nos demuestra que esta doble expec­
tativa de la familia está dirigida a empujar al terapeuta al
trabajo de curación de un grupo que, por su parte, obra
concertadamente para demostrar su inutilidad. Se formará en
80 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

consecuencia un sistema terapéutico rígido en el cual la diná­


mica interactiva terapeuta-miembros de la familia se estabili­
zará en roles y funciones cada vez más estáticos y previsibles (7).
El equipo terapéutico está compuesto por el tándem super-
visor-terapeuta directamente responsable del desenvolvimien­
to de la terapia. A este cuadro se suma en general un observador
y a veces incluso dos, cuya función es controlar el sistema
terapéutico entero. Se encuentra en fase de elaboración un
estudio sobre las funciones del observador en nuestro modelo
de supervisión provocadora.
El acuerdo esencial que habitualmente disimula cualquier
divergencia en el seno de estas familias es que el enfermo, la
persona a atender, y sólo él, es el paciente designado. Su
conducta en sesión parece constantemente dirigida a reforzar
tres aspectos fundamentales que toda la familia muestra al
terapeuta: la centralidad absoluta de la sintomatología del
paciente, que ocupa todo el espacio, la imprevisibilidad de
todas sus comunicaciones incluyendo las más banales y, por
consiguiente, la inutilidad de los esfuerzos, tanto los realizados
en el interior de la familia como en el exterior, para modificar
su comportamiento. Sobre la base de esta situación, el sistema
familiar enuncia su propio requerimiento: “Ayúdenos a curarlo
indicándonos lo que debemos hacer para volverlo normal.” No
advertir la incongruencia entre una demanda de curación y una
definición más o menos explícita de irrecuperabilidad significa­
ría caer en el juego homeostático que determina el manteni­
miento del paciente designado en su función de enfermo,
función tan central como pasiva, tan importante como impre­
visible. Si ignorando las comunicaciones paradójicas que se nos
transmite aceptamos abiertamente un rol terapéutico, tarde o
temprano la irrecuperabilidad del paciente pasará a ser punto
de litigio entre dos facciones: por un lado el terapeuta incitado
a impulsar el sistema hacia un cambio real; por el otro el resto
de la familia pretendiendo demostrar su buena voluntad y el
fracaso del terapeuta. Todo lo cual excluye al paciente designa­
do y confirma, por ello mismo, su diferencia. En el modelo que
elaboramos durante los últimos seis años en el Instituto de
Terapia Familiar de Roma, consideramos el mensaje transmi­
tido por la familia como una provocación y buscamos formular
LA SUPERVISION PROVOCADORA 81

una estrategia terapéutica que consista en una contra-provoca­


ción como respuesta a este mensaje. Según Stanton (65), se
trata de un modelo de contrastes relativos divididos en fase en
que el terapeuta procura, indefinidamente, situarse un escalón
más arriba que la familia. Este comportamiento da lugar casi
invariablemente a una homeostasis aun mayor que la presen-
tadapor la propia familia. En cierto sentido, el terapeuta asume
con relación a ésta una posición one-up y, sin dejar de resistir
a sus directivas, la familia comienza a cambiar en dirección
opuesta.

OBJETIVOS DE LA SUPERVISION

La hipótesis de la necesidad de una supervisión provocado­


ra parte de la constatación de que ciertas familias fagocitan al
terapeuta dentro de sus modelos habituales de interacción,
impidiéndole obrar por el cambio. Estas familias rápidamente
intentan formar sistemas terapéuticos rígidos en la interacción
con el terapeuta, pues son incapaces de modular en el tiempo
la relación homeostasis-transformación ni modificar sus pro­
pios equilibrios durante la terapia (7). El terapeuta puede
acabar entonces reforzando las mismas modalidades transac­
cionales que trajeron a la familia a la terapia. Si con esta clase
de familias se presenta abiertamente como alguien que quiere
obrar por el cambio, terminará siendo fácilmente previsible, e
inútiles serán sus esfuerzos por controlar la relación y el
contexto terapéutico, control indispensable para abrir algunas
brechas en sistemas que con el correr del tiempo se han
convertido en rígidos. El objetivo prioritario de nuestra inter­
vención es prevenir la formación de sistemas terapéuticos
rígidos. Es cierto, por un lado, que este riesgo es muy frecuente
al comienzo de una terapia, pero también lo es que, en las fases
siguientes, el terapeuta corre igualmente el de volverse previ­
sible, aunque sólo fuese mostrándose más interesado que la
familia en superar una dificultad interactiva.
La supervisión provocadora está destinada a “modular en
el tiempo el nivel de imprevisibilidad del terapeuta”, es decir,
a mantener el control de la relación durante toda la duración
82 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

de la terapia. El supervisor debe implicarse con el terapeuta de


la misma manera en que el terapeuta interviene sobre el
equilibrio entre las tendencias de homeostasis y transforma­
ción de la familia. Se llega entonces a crear un paralelismo
entre la relación TF y ST (T = Terapeuta, F = Familia, S =
Supervisor). Del funcionamiento de esta relación depende el
desarrollo de todo el proceso. Así pues, si el terapeuta se
muestra incapaz de efectuar intervenciones eficaces por estar
demasiado implicado con la familia, el supervisor puede
utilizar la provocación, cuya finalidad última es siempre el
sistema terapeuta-familia, para atacar directamente la función
que el terapeuta asume. Interrumpir la acción del terapeuta
significa bloquear una modalidad de interacción y ciertamente
no agredirlo, con la ventaja de tornar cada vez menos dominan­
tes las funciones complementarias asumidas por los miembros
de la familia.
Procuremos explicarnos con ayuda de un ejemplo.
Si S dice a T que es mejor interrumpir la terapia antes que
continuar “yendo a la cama” con la señora Rossi para que
Robertino no sienta tanto la falta de su padre, S comunica en
diferentes niveles. Por una parte, pone en guardia a T contra el
peligro de jugar funciones sustitutivas y confundir la necesidad
de la madre con las del hijo. Al mismo tiempo, impide que la
señora Rossi llene sus vacíos personales con funciones sobre­
añadidas, ofrecidas generosamente por T.
A pesar de la experiencia del terapeuta, es posible que en
el momento de experimentar necesidad de ayuda para llevar a
niveles adecuados laimprevisibilidad de su intervención, dirija
al supervisor determinadas demandas que tornan previsible la
intervención de éste y, con ello, fácilmente neutralizable. Esto
resulta directamente de las hipótesis que ven en el encuentro
terapeuta-familia la formación de un “nuevo sistema” estruc­
turado según nuevas reglas por medio de un proceso de
acomodación recíproca. Cuanto más rígido sea el sistema
familiar, más difícil le será al terapeuta evitar ser absorbido por
las reglas preexistentes de la familia. Como ella, puede hacer
entonces demandas contradictorias al supervisor, traducibles
en la siguiente forma: “Ayúdame a favorecer la individuación
de cada uno (demanda explícita) protegiendo la necesidad de
LA SUPERVISION PROVOCADORA 83

cohesión de todos (demanda implícita)” o bien: “Ayúdame a


separarme de la familia (demanda explícita) manteniéndola
dependiente de mí (demanda implícita).” En estos casos el
supervisor deberá ligar las demandas implícitas con las explíci­
tas y exacerbar su aspecto contradictorio.
En otros casos, como veremos en los respectivos ejemplos,
la provocación al sistema TF tiene a la familia como blanco
directo, pero el resultado final es idéntico. Fuera de ello, la
supervisión debe controlar el equilibrio dinámico entre parti­
cipación y separación a fin de favorecer la individuación
progresiva de cada miembro de la familia. De ahí que en el
curso de la terapia la utilización y modificación del espacio
guarden una importancia fundamental. Mientras que un espa­
cio estático favorecería, a la larga, el estancamiento paralelo
del sistema terapéutico, la utilización dinámica del espacio sub­
raya y amplifica los procesos de participación y separación, y
ello en provecho de una diferenciación progresiva tanto de los
miembros de la familia como del equipo terapéutico.

TIEMPO Y ESPACIO DE LA SUPERVISION

La relación terapéutica en el curso de la intervención pasa


por diferentes fases: comienzo, evolución y desenlace. Al
producirse el tránsito de una fase a otra, el proceso de super­
visión debe hacer variar estratégicamente la dinámica de esa
relación, desde la formación del sistema terapéutico -cuando
F y T se encuentran-, pasando por las variaciones de esta
relación en el tiempo, hasta la escisión -cuando F y T se
separan- Los momentos fundamentales de la intervención se
articulan de manera dinámica en el interior de un espacio en el
que los miembros del sistema terapéutico interactúan. En este
espacio el terapeuta se presenta como un intermediario que se
comunica con dos unidades separadas por el espejo unidirec­
cional: el supervisor de un lado y la familia del otro. Durante las
sesiones, el supervisor puede dirigirse al terapeuta a través de
un intercomunicador y darle consejos en forma inmediata (fig.
1), o bien el terapeuta puede salir -por propia iniciativa o a
petición del supervisor- de la sala de terapia para un cambio de
84 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

informaciones, para interrumpir una fase improductiva o para


poner a punto una intervención estratégica (fig. 2). En otros
casos, el supervisor puede verse inducido a dejar momentánea­
mente la sala de observación para entrar en el sistema
terapeuta-familia y provocar un cambio de contexto (fig. 3a,
3b). La familia también puede estar implicada en estos despla­
zamientos de un sitio a otro. Por ejemplo, puede invitarse a uno
o a varios miembros de la familia a unirse al supervisor detrás
del espejo (fig. 4). El ritmo que modula estas diferentes
divisiones espaciales es muy importante. El supervisor debe
tratar de determinar una frecuencia óptima para el intercomu-
nicador, las salidas del terapeuta, sus entradas en la sala de
terapia y las divisiones del sistema familiar. Un ritmo acelera­
do fragmenta la continuidad de la intervención; un ritmo lento
permite que se cristalicen situaciones improductivas. Es tarea
del supervisor calibrar este ritmo en función de las exigencias
terapéuticas.
Cada uno de los esquemas espaciales descritos tiene el
objetivo de interrumpir un contexto improductivo y/o dinami-
zar la estrategia terapéutica. Si se elige una fórmula con
preferencia a otra será porque garantiza mejor el restableci­
miento del nivel de imprevisibilidad exigido por el momento
terapéutico.

En esta disposición espacial, la relación S - T se establece


por medio del intercomunicador. S puede sugerir intervencio-
LA SUPERVISION PROVOCADORA 85

nes inmediatas y al mismo tiempo transmitir la cualidad


emotiva más apropiada: dramatización, agresividad, fastidio,
calor, etc. La ubicación del intercomunicador, lejos del tera­
peuta, lo obliga a levantarse para responder, cambiando e
interrumpiendo así de manera temporaria la secuencia de
comunicaciones en curso. Dado que los contenidos y objetivos
de la intervención telefónica no son previsibles para la familia,
se crea un contexto de espera en el que el estrés aumenta. Es
tarea del terapeuta utilizarla por mediación de una interpreta­
ción personal del consejo recibido.
La salida del terapeuta (T) de la sala de terapia para
dirigirse a la sala de supervisión puede ser espontánea o
responder a la demanda telefónica de S. En ambos casos,
obedece a la necesidad de reactivar la imprevisibilidad en un
contexto que se ha hecho demasiado previsible a causa de
haberse complicado el terapeuta en la lógica familiar, o del
débil alcance de la intervención. Si la salida es espontánea, el
objetivo es brindar a T un respiro. En el segundo caso se trata
de programar con él una estrategia más eficaz. La salida física
de la sala permite a T una salida igualmente emocional de su
implicación con la familia. De esta manera, la unidad del
equipo terapéutico se recompone temporariamente, reasegu­
rando al terapeuta, quitándole el temor de sentirse abandona­
do o juzgado por el supervisor. Observar juntos a la familia
constituye ya un propósito común y recrea un vínculo emocio­
nal entre los dos protagonistas; la familia queda entonces sola
r
86 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

y reconquista una mayor cohesión. Puede reorganizar sus filas


para el próximo input terapéutico que la amenaza, dado el
carácter imprevisible del contexto. Si T representa para la
familia un elemento de continuidad que le permite desplegar
en profundidad una relación, por el mismo motivo T corre el
riesgo de quedar aprisionado en las reglas de la familia.
S, por el contrario, por la lógica de su función de refuerzo
de la imprevisibilidad de T y por su invisibilidad, es visto por F
como quien más puede mantener el control de la relación. Su
entrada en la sala de terapia produce en sí un efecto estresante.
La unificación espacial de todo el sistema terapéutico hace que
cada confrontación entre dos subunidades se realice en presen­
cia de la tercera. Esto provoca una confrontación especialmen­
te intensa para el terapeuta que, en relación con S, alimenta
demandas contradictorias. Por una parte desea su ayuda, y por
otra teme que esto acentúe a los ojos de la familia el atolladero
en que se encuentra. Por esta razón, S debe preocuparse por
revalorizar el poder de T antes de dejar la habitación.
Para que esta disposición espacial conserve su eficacia,
debe ser utilizada con parsimonia en el curso de la terapia. De
lo contrario, poco a poco perderá sus efectos y la intervención
se transformará en una especie de coterapia mal definida. Este
esquema propone dos variantes que se pueden utilizar en
momentos diferentes o dentro de una misma intervención. Las
dos permiten a T y F observar con mayor objetividad las
funciones respectivas creadas y puestas en acción durante el
proceso terapéutico.
LA SUPERVISION PROVOCADORA 87

S interactúa en forma privilegiada con F sustituyendo pro­


gresivamente a T. Esto permite que T observe directamente a
F en su interacción con otro terapeuta. Su presencia durante
este cambio da a T la posibilidad de interactuar a su vez con S
o con F en presencia de este último.

En este caso, la provocación se dirige a F, pasa por T y ello


en presencia de la propia familia. Dar el ejemplo de una
confrontación directa aumentaría ulteriormente el estrés para
el sistema terapéutico entero.

Esta es la única disposición espacial en que la familia se


divide durante las sesiones y en la que una parte de ella puede
observar las maniobras de los otros desde la sala de supervisión.
El supervisor puede interactuar también más directamente con
una parte de la familia demandándole una observación, una
participación en las modalidades interactivas de subunidades
específicas entre ellas mismas y/o con el terapeuta.
88 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Observar y ser observado es una experiencia insólita que


ofrece a la familia y al equipo terapéutico la posibilidad de vivir
relaciones diferentes. Aunque éstas sean estresantes, pueden
favorecer el aprendizaje de nuevos equilibrios entre la necesi­
dad de cohesión y la capacidad para diferenciarse.

Ejemplo: Los padres de Cristina, paciente designada de 8


años, son invitados a la sexta sesión sin su hija. El equipo
terapéutico se ha propuesto desplazar el acento del juego de
intervención, de la paciente designada a los padres tomados
como individuos, evitando toda referencia explícita a la rela­
ción de pareja. Poner en discusión una relación que por el
momento parece corresponder a una no definición de los
cónyuges, despertará en éstos un sentimiento de gran amena­
za. Sin embargo, al producir una intervención explícita precoz
sobre la pareja, el equipo no olvida que se puede actuar sobre
ella en forma indirecta trabajando sobre uno de sus miembros
en presencia del otro. El cuestionamiento emocional de un
esposo en presencia del otro, simultáneo a la prohibición de
interactuar en sesión, debería estimular una confrontación
ulterior entre ellos basada en una más clara individuación
recíproca y esto sin pasar por la paciente designada.
El ejemplo que sigue presenta una serie de sugerencias
concisas y concretas transmitidas por S a T a través del
intercomunicador (fig. 1). Aunque el ritmo de las llamadas sea
menos frecuente que en este ejemplo sintético, este mismo
ejemplo pone de manifiesto la forma en que se debe aumentar
la tensión en sesióny volver paulatinamente más apremiante la
lógica de la intervención preparada por el equipo terapéutico.
La pareja está hablando del último dibujo de Cristina. La
madre parece interesada en él y expresa con mímicas su
decepción ante las respuestas de su marido. El supervisor llama
al terapeuta por el intercomunicador.

Supervisor. -Pide al marido y después a la mujer que dibujen


en la pizarra el dibujo que hizo Cristina en casa.

Si es verdad que la función de Cristina es servir de exutorio


a densos conflictos entre los miembros de la pareja, pedir a
LA SUPERVISION PROVOCADORA 89

éstos que reproduzcan lo expresado por la niña representa una


manera de comenzar a explorar la individualidad de cada uno
sin privarlo demasiado bruscamente del escudo que ofrece la
posibilidad de hablar de sí a través de Cristina; un primer paso,
pues, hacia la individuación.

TERAPEUTA (ofreciendo una tiza al marido). -Hágame el


dibujo de Cristina. Ocupe sólo la mitad de la pizarra, así su
mujer podrá intentarlo después. (El marido, después de exterio­
rizar ciertas reticencias, se pone a trabajar comentando el dibujo
mientras lo realiza. Simultáneamente, el terapeuta le dirige pre­
guntas destinadas afavorecer definicionespersonales más claras.)

Llamada del supervisor. -Pide ahora al padre que interpre­


te el dibujo de Cristina (primero hacer el dibujo de la hija,
después interpretarlo: dos pasos hacia un progresivo desnuda­
miento emocional).

TERAPEUTA (vuelto hacia elpadre). -¿Q ué le dice el dibujo de


su hija?
MARIDO. -Para mí es difícil comprender a Cristina, aunque se
me parezca.

Llamada del supervisor. -Pregúntaselo de otra manera:


¿qué piensa que su hija puede haberle comunicado como padre
a través de su dibujo?

S ha intervenido inmediatamente para prevenir una


eventual fuga del padre ante una demanda demasiado “abier­
ta”. No se trata de lo que él piensa sobre el dibujo, sino de lo que
él piensa que su hija le ha comunicado.

TERAPEUTA. -Justamente porque su hija se le parece, usted


es la persona más indicada para ayudarme a comprenderla
mejor. ¿Qué le habrá querido decir Cristina con ese dibujo?
MARIDO. -Pues bien, a lo mejor buscaba más atención de mi
parte... más tolerancia para con ella... algo de ese tipo.
Efectivamente, es una niña muy sola. A menudo no consigo
entenderla, hablarle, tal vez... a su edad sea normal. No sé.
90 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Llamada del supervisor. -Pide al marido que haga el dibujo


como lo habría hecho él a los 8 años.

La demanda, si bien hace referencia al dibujo de Cristina,


toca a las emociones del padre.
T reformula al marido la sugerencia de S. El marido
comienza a dibujar pero al cabo de unos trazos se interrumpe,
deja el dibujo y se pone a hablar, presa de una fuerte emoción.

MARIDO. -Estaba solo en el colegio, tenía apenas 8 años y me


sentía huérfano. Mis padres me habían puesto ahí esperando
sacarse un problema de encima, y también pensando ahorrar­
se un poco de su puerca pasta. Yo tenía la impresión de que
nadie se interesaba por mí. A medida que crecía, mis zapatos
iban quedándome estrechos. Uno tenía un clavo, siempre ese
clavo, y nadie se ocupó nunca de arreglarme el calzado. Yo
estaba siempre con ese fardo.

La esposa da muestras de una participación intensa y parece


conmovida al ver que su marido manifiesta tan abiertamente
unas emociones que no había expresado nunca, ni siquiera en
la intimidad. Después le resultó más fácil hablar de sus propias
emociones ante el dibujo de su hija. El objetivo de la sesión
comienza a cumplirse. Las intervenciones del supervisor per­
mitieron pasar a la acción y no seguir girando en redondo, y ello
a través del dibujo. En lugar de utilizar a Cristina para hablar
de uno mismo, se puede hablar de uno mismo directamente.
El ejemplo que sigue ilustra la forma en que la entrada del
supervisor puede transformar un contexto general de impoten­
cia en una situación relacional en la que la función sintomática
del paciente designado, un heroinómano, está ligada a la
asumida por los otros miembros de la familia.
El supervisor provoca directamente al paciente trayendo a
sesión un objeto metafórico (12): la jeringa. Este objeto repre­
senta en la sesión el pivote de las comunicaciones en cuyo
derredor gira todo el sistema.
El paciente designado, Alberto, ha permanecido silencioso
una buena mitad de la sesión, con expresión de culpa y vergüen­
za e impidiendo así que los padres y la hermana mayor aparten
LA SUPERVISION PROVOCADORA 91

en lo más mínimo su atención, centrada en él. Todos están


influidos y paralizados por su actitud, terapeuta incluido.
Después de pedir permiso al terapeuta y a la familia por el
intercomunicador, el supervisor ingresa con la idea de desblo­
quear un contexto totalmente improductivo (fig. 3a).

SUPERVISOR (se acerca a Alberto mostrándole la jeringa).


-¿D e quién estás más cerca con esto?
ALBERTO (tras un largo silencio). -N o comprendo.
SUPERVISOR (poniéndole la jeringa en la mano). -¿D e quién
estás más cerca con esto?

Se sienta al lado del terapeuta. Se instala un pesado silencio


de varios minutos.

ALBERTO. -D e mi padre.
PADRE. -Así me ayudarías a mí...
SUPERVISOR (tomando la jeringa de las manos de Alberto y
dándosela al padre). -¿Cómo?
PADRE (airado). -¿Cómo qué cosa?
SUPERVISOR -Su hijo ha dicho que quería ayudarlo. ¿Cómo
piensa que su hijo querría ayudarlo?
PADRE. - En realidad, no creo necesitar su ayuda.
SUPERVISOR (dando la jeringa a la madre). -Puede ser que su
marido me tenga inquina. No muestra ninguna intención de
ayudarme a comprender.
PADRE. - Pero... todo lo contrario.
SUPERVISOR (interrumpiéndolo). -Su turno terminó, escu­
chemos a su mujer.
MADRE. - A lo mejor Alberto piensa en mi marido, porque
usted sabe, en casa siempre tuve que hacer frente a todo. El
nunca me comprendió, ni siquiera cuando necesité de él.
(Comienza a llorar.)
SUPERVISOR (tendiendo la jeringa a la hermana). -T e
escuchamos.
HERMANA (agitando la jeringa hacia arriba). -E n primer
lugar, él ayuda a mi padre haciéndole entender que, cuando usa
esto, es lo mismo que con la bebida de mi padre.
92 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

El ejemplo siguiente se compone de dos partes sucesivas. El


primer fragmento ilustra el modo en que, a través de una
provocación directa del terapeuta frente a la familia, puede
desbloquearse un contexto improductivo. Los efectos pragmá­
ticos de esta estrategia son bien visibles en el segundo fragmen­
to donde, con pocas sesiones de distancia, el terapeuta recupera
el pleno control de la relación terapéutica y queda en condicio­
nes de llevar al acto, con creatividad y seguridad, la estrategia
elaborada con el supervisor en un contexto radicalmente trans­
formado donde se requiere de todos la puesta en juego del
drama familiar.
El matrimonio Calo disputa abiertamente en sesión. El
motivo de su disputa es Marco, el hijo mayor, de 5 años, que
presenta desde hace ya uno un insólito comportamiento:
pretende ponerse, alternativamente, polleras y pantalones.
Juega con muñecas y gusta de irse a dormir con el pijama de
mamá.
¿Culpa de la madre o culpa del padre? Esta es la lógica que
esgrimen intrépidamente los dos esposos y en la que parecen
inexorablemente encerrados, tal vez para no afrontar una
reflexión sin duda más amenazadora: ¿qué función cumple el
síntoma de Marco en sus relaciones y en la identidad que cada
uno se construyó durante su propia existencia?
En una vana tentativa de escapar a su demanda de arbitra­
je, la terapeuta acaba por entrar en el juego de la baby-sitter que
se ocupa de los niños, mientras la pareja continúa su disputa.
Quince minutos de gritos e insultos no le han bastado para
advertir que la aparente neutralidad refuerza esta reyerta. La
centralidad que asume en esta primera sesión la coloca de
hecho en el lugar del paciente designado en el rol que éste
acepta con regularidad para proteger la conducta habitual de
los padres entre sí.
La prudente intención de no sellar una alianza con uno
u otro le oculta la complicidad de la pareja, que evita
cualquier confrontación real. Miradas interrogativas y pe­
queñas sonrisas en dirección de la terapeuta parecen expresar:
“¿Qué estamos haciendo aquí? Esta mujer no sabe hacer otra
cosa que jugar con niños.” El supervisor se presenta sin avisar
en la sala de terapia, saluda rápidamente al matrimonio y
LA SUPERVISION PROVOCADORA 93

se sienta frente a la terapeuta. Las miradas y las mímicas


se vuelven únicamente hacia ella excluyendo a los esposos
(fig. 3b).

SUPERVISOR. -M e causa irritación aceptar la idea de que


éstos (señala a la pareja, manteniendo su mirada fija en la
terapeuta) están aquí porque no se entienden. Pero el proble­
ma no son ellos, sino tú que aceptas esta definición sin reaccio­
nar. El problema no es el desacuerdo sino el uso que el
matrimonio hace de él para esconder su necesidad de protec­
ción y dependencia recíprocas.

El mensaje se dirige a los esposos pero es comunicado a la


terapeuta, que pasa a ser “la puerta de entrada” del diálogo
marido-mujer. El supervisor ataca el refuerzo que la terapeuta
aporta, con sus intentos de mediación neutral, a la definición
del problema.

MARIDO. -Pero nosotros...


SUPERVISOR. -No quiero hablar con usted. Quiero hablar
con la doctora C.

A continuación, temporariamente excluidos, los esposos


intentarán bloquear cualquier discusión solicitando de manera
implícita una participación de los dos intervinientes en otros
niveles.

TERAPEUTA. -Estoy de acuerdo contigo, pero es muy difícil...


SUPERVISOR. -¡Tú no estás de acuerdo conmigo! De otro
modo no aceptarías que ellos (señala a la pareja) inunden la sala
con sentimientos de ira y rencor y que se lancen como búmeran.

La línea estratégica es reforzada por el desacuerdo entre el


supervisor y la terapeuta, tanto más eficaz cuanto que imprevis­
to.

TERAPEUTA. -M e parecía que había ahí una posibilidad... de


hablar de otra manera.
S UPER VISOR -Y a ves, no estás de acuerdo en nada. Yo, hasta
04 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

ahora, no percibí ninguna salida, quizá porque hay demasiado


jaleo en esta habitación.
TERAPEUTA (dirigiéndose al supervisor). -¿Cómo puedo
evitar que suceda?
SUPERVISOR. -Cambia de registro y observa si logras hallar
un motivo por el cual sería útil para ellos volver aquí en lugar
de perder su tiempo en discusiones interminables.

Se pasa de la provocación a la oferta de una alternativa. La


terapeuta debe ahora canalizar la agresividad acumulada res­
pecto del supervisor, que ha interrumpido secuencias tan
teatrales como inútiles.

TERAPEUTA (señalando a la pareja). -Pero ellos asocian sus


dificultades con problemas contingentes, por eso es difícil.
SUPERVISOR. -Bien. En ellos es comprensible. ¿Cuántos
años hace que se casaron?
MUJER. -Siete.
SUPERVISOR. -Siete años. Hace siete años que juegan este
juego y tienen por ende todos los derechos. Lo que yo no puedo
aprobar es que tú lo aceptes. Ellos tienen el derecho de denegar
las cosas si les viene bien, tú no. (Se levanta y sale de la
habitación.)

La aceptación aparente de los derechos de la pareja es


fuertemente provocadora, más aun cuando hay un rechazo de
los derechos de la terapeuta. La entrada del supervisor de
improviso y el aparente desacuerdo con la terapeuta, produci­
do delante del matrimonio, provoca un brusco cambio del
contexto que fuerza a un tiempo a la terapeuta y a los esposos
a ponerse a descubierto. La primera se ve obligada a posicio-
narse como elemento de ruptura del circuito protector de la
pareja (disputas) más bien que como elemento de refuerzo; los
segundos deben interrumpir su juego inútil y presentar deman­
das de cambio más explícitas. Aquí, para tocar a la familia, la
provocación tiene como blanco intermediario a la terapeuta,
ya que ésta no parece capaz de sacudir las defensas de la
familia desde el momento en que les ha sumado las propias.
El supervisor procura romper las defensas de la terapeuta
LA SUPERVISION PROVOCADORA 95

para permitirle empezar a romper las de la familia en una


suerte de reacción en cadena. Los inputs enviados a la
terapeuta tienen en realidad la misma lógica que los que ella
debería transmitir a la familia. El supervisor, la terapeuta y la
familia son como tres eslabones de una misma cadena
comunicativa.
Lo que habría podido parecer inapropiado para una tera­
peuta debutante resulta aquí sumamente eficaz para una
terapeuta experta, capaz de tornar productivo el estrés provo­
cado por el desafío del supervisor.
Por último, lo que resulta evidente en este ejemplo es la
estrecha dependencia entre la eficacia terapéutica y un progre­
so ulterior de la terapeuta que experimenta esta eficacia.
Unas sesiones después, el matrimonio C muestra una indu­
dable mejoría en su relación con la terapeuta, quien tiene ahora
el control constante de la sesión.
En el ejemplo que sigue, la salida de la terapeuta de la sala
(fig. 2) tiene la finalidad de construir con el supervisor una
estrategia destinada a provocar al sistema familiar precisamen­
te en el nivel de una complementariedad recíproca que parece
sostener el síntoma del hijo. El supervisor y la terapeuta
convienen en invitar a toda la familia para que cuente una
fábula que habla de un niño que no sabe dar respuesta a esta
pregunta: “¿Quién tiene el pene en la familia, el papá o la
mamá?” El objetivo consiste en hacer explícita la relación entre
la función del síntoma de Marco y las funciones de los padres,
en un clima donde éstos pueden expresar su conflicto en cuanto
a su propia sexualidad. La terapeuta entra en la sesión:

TERAPEUTA. -Ahora me gustaría jugar con ustedes. Debe­


mos quitar las sillas y sentarnos en el suelo. (Todos se sientan en
el suelo riendo.) Juguemos a esto: los grandes cuentan una
historia a los chicos... Yo empiezo.
MADRE. -¿Y después quién sigue?
TERAPEUTA. -Elijan, ustedes... Así que... había una vez un
niño que no sabía bien si su papá tema el pitito o si lo tenía la
mamá. ¿Quién sigue, papá o mamá? -
MADRE. -Marco, debes escuchar.
PADRE (vuelto hacia Marco). -Entonces, este niño que no
96 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

sabía si el papá tenía un pitito o una caracolita, ¿qué hace para


saber lo que tiene su papá? Dice: “Si cuando papá se desviste
lo miro, comprenderé, y si quiero saber sin verlo desvestido,
¿qué hago?”
TERAPEUTA. -¿Ahora continúa la mamá?
MARCO. -Continúo yo, ya sé, es el pitito. .
MADRE. -¿Y quién lo tiene?
MARCO. -Papá.
MADRE. -Entonces, este niño lleno de dudas toma y se pone
ropas de mamá y de papá. Pero las ropas de papá se las pone
debajo y las de mamá encima.
MARCO. -¡No!
TERAPEUTA. -Y es tan hábil para ponerse las prendas de
mamá arriba y las de papá abajo, que logra confundir a todo el
mundo. El sabe que si uno quiere tranquilizar a todo el mundo
es mucho mejor llevar la pollera y el pantalón.
PADRE. -No sé, pero como lleva la pollera y el pantalón, hace
de hombre o de mujer cuando le conviene.
MARCO. -¡Pues sí!

El ejemplo siguiente ilustra la utilidad de dividir a la familia


en sesión. El espejo unidireccional es un diafragma ideal que
favorece las interacciones previstas sin riesgo de interacción y
de interrupción inoportuna. Aparte de que permite al terapeu­
ta explorar secuencias específicas en un nivel subsistémico y
bloquear interacciones inoportunas por parte de ciertos miem­
bros de la familia, ofrece a éstos la posibilidad de escuchar en
vez de negar las necesidades de diferenciación del otro. En el
fragmento comunicado, la propuesta de un juego para repre­
sentarlo en sesión permite una suerte de reestructuración
del sistema terapéutico: una parte de la familia queda im­
plicada en el juego con el terapeuta mientras la otra se confina
en una posición inhabitual de observación con el supervisor
(fíg- 4).
Parece una reestructuración sencilla porque su motivo es la
propuesta de un juego, pero esconde un alto grado de provoca­
ción precisamente porque desafía la credibilidad de las defini­
ciones presentadas por los miembros de la familia.
Ana Lisa, una niña de 10 años, es traída a terapia por
LA SUPERVISION PROVOCADORA 97

habérsela sorprendido, en los últimos meses, robando en una


gran tienda. Ya en la primera sesión los padres muestran puntos
de vista dispares frente al problema. Mientras que el padre
tiende a exagerar su alcance, la madre justifica a la pequeña en
todo. En poco tiempo aparece la red relacional siguiente: la
madre se siente poco segura en sus funciones educativas e
incapaz de enfrentar al marido, cuyas interferencias y críticas
recibe sin chistar. En cambio, la seguridad del marido crece en
la medida en que niega a su esposa toda capacidad. Por esto,
prevé un futuro lleno de incertidumbres para su hija, cuya
sintomatología parece destinada a mantener estables las dos
posiciones. El supervisor y la terapeuta convienen en atacar a
la vez la función de incompetencia del uno y de intrusividad del
otro, suscitando al mismo tiempo una conducta normal en
sesión por parte de la niña.
Se divide a la familia. En la sala de terapia, la mamá, Ana
Lisa y el hermano Ruggero de 6 años organizarán un juego
colectivo. En la de supervisión, el padre deberá observar a su
mujer en su relación con los niños a fin de poder comunicar, con
detalles, sus características. Afirma estar muy contento de
“descubrirlo”.
Excitados por la propuesta, los niños inventan sin demora
un juego. La madre y la terapeuta son dos clientes almorzando
en un restaurante. Los niños, que hacen de camareros, organi­
zarán un espectáculo de baile y canto para los clientes.
Se divierten muchísimo y la madre parece radiante. El
marido, obligado por la situación a frenar las críticas referidas
a la desenvoltura e incompetencia de su esposa, masculla frases
de sorpresa detrás del espejo.
Terapeuta y supervisor han vuelto más incisiva la división
espacial. El primero alienta a la madre a actuar libremente sin
temor a la mirada crítica del marido; el supervisor, atento al
juego, da importancia a la observación y provoca al marido
felicitándolo por haber elegido una mujer tan capaz y espontá­
nea. Al continuar la sesión, con la familia nuevamente reunida,
el contexto presenta un cambio radical. La mujer ha adoptado
un comportamiento menos sometido al marido, obligado ahora
a definirse a sí mismo en vez de refugiarse en sus estériles
críticas.
98 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

El juego permitió a la esposa reasumir un sentimiento de


competencia y empezar a rechazar un papel secundario y
dimisionario que había servido hasta entonces para reforzar la
necesidad de control del marido perpetuando así un verdadero
círculo vicioso.

CONCLUSION

Según que nuestro interés se oriente hacia el proceso de


formación del terapeuta familiar o hacia la eficacia de la
estrategia terapéutica, podríamos calificar a la supervisión de
provocadora y didáctica en el primer caso y de estratégica
en el segundo. Pensamos no obstante que las dos finalidades
no pueden estar disociadas, pues coexisten en la realidad
aunque en proporciones diferentes: una supervisión didác­
tica es también estratégica y ésta es al mismo tiempo
formativa.
Evidentemente, el nivel de estrés provocado por la super­
visión puede ser regulado según el grado de formación del
terapeuta. El estrés y la confusión generados por las interven­
ciones del supervisor son etapas necesarias para que el sistema
terapéutico pueda pasar, por diferenciación progresiva de los
individuos, de un nivel de integración al siguiente. Esto sólo
puede ser plenamente aceptado y comprendido si el terapeuta
se ha desprendido de numerosos condicionamientos debidos a
toda una serie de clichés acerca de las relaciones profesionales.
En efecto, un terapeuta que hace sus primeras armas se
muestra generalmente poco inclinado a aceptar realmente
estas intervenciones tendientes a utilizar sus potencialidades
aún inexpresadas. Recurre más bien a repertorios conoci­
dos que sólo limitadamente lo exponen a situaciones incó­
modas.
Por el contrario, un terapeuta experimentado es capaz de
utilizar en su provecho el estrés producido por inputs imprevis­
tos; en lugar de percibirlos como signo de un juicio de incapa­
cidad, consigue insertarlos en la lógica de la intervención
poniendo así de relieve la posibilidad de aprender directamen­
LA SUPERVISION PROVOCADORA 99

te sobre el terreno una manera de utilizar aspectos nuevos y


cada vez más diferenciados de su personalidad.
El aprendizaje del enfoque provocador representa uno de
los principales objetivos didácticos. En una primera fase, este
enfoque es transmitido al estudiante merced a un trabajo
teórico y práctico con el grupo donde el formador, sin dejar de
cumplir plenamente su rol de sostén a la persona, asume una
posición fuertemente provocadora. En lugar de proteger el
engorro del estudiante que experimenta dificultades para
individualizarse dentro del grupo, amplifica su expresión
mediante diferentes técnicas de activación (8).
En una segunda fase, el enfoque provocador, ya experimen­
tado personalmente en el interior de relaciones de grupo para
analizar su significación sistèmica, es propuesto de nuevo,
como ilustramos en este texto, en el proceso de supervisión. En
ambos casos la provocación está destinada a favorecer una
individuación progresiva del terapeuta, primero en el interior
del sistema de aprendizaje y luego en el del sistema terapéutico.
En este último caso, el supervisor, el terapeuta y los miembros
de la familia han de poder experimentar nuevos grados de
participación, más integrados, fundados más en elecciones que
en necesidades. En el interior de una evolución regida por el
equilibrio entre homeostasis y transformación, cada individuo
debe pasar gradualmente de la condición de coacción de ser (no
puedo ser sino por orden de otro) a la del permiso de ser (puedo
ser yo mismo pero sólo en el rol que se me otorga), hasta llegar
a la posibilidad de ser (puedo ser libremente y sustraerme a los
condicionamientos de otro). Es el paso de la coexistencia en
tanto función a la elección de coexistencia en tanto persona
(57). Así, pues, la conclusión de una terapia puede evaluarse
en función de la formación eventual de sistemas terapéuticos
vivos, es decir, no condicionada por libretos fijos y sobre todo
en función de la manera en que el sistema terapéutico se
escinde. El supervisor, el terapeuta y los miembros de la familia
deben llegar juntos a la posibilidad real de elegir la separación.
Es posible que en el decurso de la terapia se haya creado entre
los componentes del sistema terapéutico una necesidad de
relación recíproca estable. Este nuevo sistema puede haber
imaginado, en forma más o menos consciente, un proyecto de
100 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

continuidad para sí mismo donde cada elemento debe asumir


otra vez funciones demasiado rígidas, y esto por demasiado
indispensables.
Por consiguiente, supervisor y terapeuta deben ser los
primeros en percibirse como entidades bien distintas que se
bastan a sí mismas, capaces de cambiar su propia dinámica
relacional en el transcurso de la terapia. La posibilidad de que
los miembros de la familia se individualicen entre sí y se
separen del terapeuta es directamente proporcional a la capa­
cidad de éste para cambiar. Esta capacidad se convierte en la
metáfora operacional que mejor ayudará a la familia a arries­
garse a búsquedas análogas.
Segunda parte

EL PROCESO DE METAFORIZACION
Capítulo 4

EL EMPLEO DE LA METAFORA
EN TERAPIA FAMILIAR

A. M. Nicolo Corigliano

Una de las preguntas que tarde o temprano se imponen al


terapeuta, y ello independientemente de la técnica que lo
inspire, es la que concierne a la naturaleza y significación del
proceso terapéutico. La función terapéutica existió siempre, en
todas las épocas y en todas las formas de organización humana.
En las sociedades primitivas estaba a cargo del chamán, quien
ejercía una mediación particular entre el paciente y el grupo, y
entre las necesidades individuales expresadas por la persona y
las exigencias colectivas del grupo. En estas sociedades, “estar
enfermo” significaba “ser objeto de un maleficio” echado por
una divinidad o por otro miembro del grupo; dada la estrecha
relación entre psique y soma, entre fenómenos psíquicos y
fenómenos somáticos, no había motivo alguno para dudar de la
eficacia de las prácticas chamánicas. Tal vez la mediación más
importante ejercida por el chamán era la que operaba entre
pensamiento patológico y pensamiento normal. En efecto, sólo
cuando aparece la óptica científica dejan de completarse
mutuamente el pensamiento patológico y el pensamiento
normal; en cambio, pasan a oponerse. La explicación científica
de una medicina oficial asociará los estados confusos y desor­
denados a una causa objetiva (herencia, virus o traumatismo
psíquico). Se intentará dar una significación a experiencias que,
aunque aparentemente desprovistas de sentido, son no obstan­
104 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

te ricas en contenido. “Mientras que el pensamiento normal,


enfrentado a un universo al que está ávido de comprender pero
cuyos mecanismos no logra dominar, reclama incesantemente
a las cosas un sentido que éstas le niegan, el denominado
pensamiento patológico, por el contrario, abunda en interpre­
taciones y resonancias afectivas. Adoptando el lenguaje de los
lingüistas, diremos que el pensamiento normal sufre perma­
nentemente de un déficit de significados, mientras que el deno­
minado pensamiento patológico dispone de una plétora de sig­
nificantes.” (45) Entre estas dos actitudes complementarias,
el chamán ejercía un arbitraje. A nuestro entender, en esta
zona de mediación se instala todo un proceso psicoterapéu-
tico.
Cabría interrogarse sobre el lugar del significante en el
pensamiento normal y en el pensamiento patológico, y lo que se
entiende por referente del pensamiento.
Para la teoría psicoanalítica, la primera aprehensión de la
realidad está íntimamente ligada al proceso de formación del
símbolo, sobre el cual se forja la relación del sujeto con el mundo
exterior y con la realidad. Pero, más allá de la importancia que
reviste para las funciones del yo, el proceso de simbolización
representa un punto crucial que marca el paso entre naturaleza
y cultura en la evolución humana. Como recuerda Fornari, para
la teoría psicoanalítica el símbolo nace con el fin de resolver este
problema imposible: conservar lo que se pierde, reencontrar
algo perdido, reapropiarse de algo que ya no es de uno. El
símbolo posibilita el paso de la experiencia psíquica (tanto real
como fantasmática) de objetos, acontecimientos, relaciones,
conductas, a la experiencia psíquica de una representación de
éstos (34), a los que ahora definimos como referentes internos
o externos. El proceso de formación del símbolo nunca tiene fin
o, mejor dicho, sólo se detiene, en cada individuo, con su propia
muerte. Hay en efecto una reestructuración constante de los
componentes que lo definen, debida al flujo de datos de la
experiencia y al continuo cambio de los contextos en los que el
individuo se sitúa. No se trata, pues, de un dato adquirido y
estable, sino que hallamos un equilibrio dinámico entre factores
internos y externos que lo influyen.
Así pues, el significante del pensamiento al que acabamos de
EL EMPLEO DE LA METAFORA 105

referirnos puede remitir a varios significados según nuestra


aptitud para responder a él sobre la base de un código que, en
definitiva, es “un conjunto de señales de mensajes estructura­
dos de acuerdo con una convención común” (29). Para el
análisis semiótico, este código (nuestra lengua, por ejemplo),
salido de un acuerdo común, establece una relación de equiva­
lencia entre los elementos de un sistema de significantes y los
elementos de un sistema de significados y constituye la clave de
lectura de numerosos signos (o significantes en sentido lingüís­
tico). Según los contextos o dependiendo de los diferentes
individuos en los que opera, se transforma incansablemente.
En la práctica cotidiana cada uno de nosotros utiliza tan sólo
una parte del código o algunos de sus elementos, descuidando
otros en la tentativa necesaria, aunque se revele artificial, de
volver estática y repetitiva la realidad y ello con el fin de
identificarla mejor.
- Tratemos ahora de aplicar esta exposición general a un
fenómeno particular: los síntomas. Los síntomas de los que se
quejan los pacientes son representaciones simbólicas de un
conflicto o de un problema; son, pues, señales mediante las
cuales el individuo expresa un estado de malestar. Sin embargo,
habida cuenta de que cada vez que una persona elabora un
signo necesita el asentimiento de otro, observamos que este
síntoma expresa en realidad mucho más que un problema
privado e individual perteneciente a quien lo manifiesta, y que
constituye una representación simbólica que tanto en su origen
como en su manifestación es el fruto de una interacción entre
este individuo y los miembros del sistema que lo rodea. Así, en
ciertos casos, el desacuerdo de un paciente con su cónyuge se
manifestará en un vómito irrefrenable que nos comunica que
“ya no se traga más” sus dificultades relaciónales; sin embargo,
la comprensión completa de este símbolo nos remite necesaria­
mente aúna cadena de significantes asociados que nos conduce
al significado originario de otro conflicto interactivo, situado en
un pasado mucho más lejano. Por su aspecto particular y por su
actualización en este momento preciso, esta señal nos remite a
una realidad tridimensional que es a la vez inter e intraperso-
nal. Por consiguiente, resulta no sólo revolucionario sino
también rico en consecuencias considerar el procedimiento
106 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

terapéutico como un proceso de recodificación común efectua­


do por el terapeuta en el interior del sistema familiar. Así como
el chamán ejercía una mediación ritual entre el individuo por­
tador del malestar y el grupo, el terapeuta de hoy teje de nuevo,
desde cierto punto de vista, la trama interrumpida entre signi­
ficante y significado, tanto a nivel de las personas consideradas
como individuos, como a nivel del grupo familiar. El símbolo
personal del paciente designado se constituye en la ocasión de
crear un nuevo código de ese grupo familiar donde el significan­
te, pero también un significado específico de cada uno, encuen­
tra un lugar.

LA METAFORA

En el curso de nuestro trabajo de terapia familiar hemos


notado que con frecuencia, y sin ser verdaderamente conscien­
tes de ello, escuchábamos y se nos requería utilizar un lenguaje
particular con expresiones, imágenes y contenidos metafóricos.
Reparamos en que cada vez que esto se producía, toda la
familia se movilizaba y todo lo hasta entonces desconocido y
oculto podría hacerse manifiesto permitiendo confrontaciones
no realizadas nunca antes entre las personas. Eran numerosos
los efectos que se producían a distancia. La costumbre de
emplear la metáfora fue poco a poco extendiéndose y nos
preguntamos qué era lo que entonces se producía. Comenza­
mos así a examinar desde un ángulo muy diferente el relato de
Lucio, paciente designado como psicòtico de otro universo, de
otro mundo, perdido en la galaxia. Se precipitó en ella una
mañana, súbitamente. Pero en su mundo todo estaba desierto
y no había nadie más que él, porque todo, así como toda la
gente, había sido destruido, no quedando más que piedras y
pequeños montículos. Cada uno de éstos era diferente de los
demás, cada árbol estaba seco y petrificado. Sesión tras sesión,
Lucio proseguía paso a paso su historia. Comenzamos a entrar
en su lenguaje, a hacer nuestro lo que Lucio nos comunicaba y
a extenderlo a su familia. Poco a poco, cada miembro de la
familia, solicitado primero por nosotros, comenzó a ser un
montículo, una piedra o un árbol. Existía entre ellos una trama
EL EMPLEO DE LA METAFORA 107

de relaciones a la que cada cual aportaba algo de sí y de su


manera de vivir la relación con el otro. Es ciertamente inexacto
decir que eran un montículo, una piedra o un árbol; era más
bien “como si” fueran todas esas cosas, en ese espacio, en ese
momento, en esa historia. Se hizo entonces evidente que el
trabajo que estábamos realizando era precisamente esa reco­
dificación de la que hablábamos hace un momento, es decir,
una operación de transposición del símbolo, tal como era
presentado por Lucio y su familia, en un nuevo código nacido
dentro del marco del sistema terapéutico y por el cual se
construía una trama de comunicación interrumpida en todos y
en la que todos teman un lugar.
Se producía, pues, un proceso que podríamos llamar de
metaforización, por medio del cual buscábamos ejercer una
mediación entre el contenido simbólico del mensaje que el
paciente nos enviaba y el código del lenguaje común. El agente
de esta transposición era precisamente la metáfora y, en efecto
visto desde este ángulo, el relato de Lucio podía aparecer como
la expresión de su incapacidad para reconocer la naturaleza
metafórica de sus ensueños. El nos los comunicaba en directo;
eran para él una realidad. A nuestros ojos, en cambio, Lucio
olvidaba ese marco metacomunicativo gracias al cual nosotros
hablamos en general de nuestras ensoñaciones: “el como si”.
Para Lucio, “el venía de otro mundo”; para nosotros era “como
si viniese de otro mundo”. Por intermedio de la metáfora,
buscábamos reconstruir ese marco y a través de éste se daba
nacimiento al nuevo código formado por el lenguaje terapéu­
tico.
Al apropiarnos del contenido simbólico que Lucio nos
comunicaba y al trasladarlo a una de esas ensoñaciones meta­
fóricas que todos teníamos en común, no sólo edificamos el
marco metacomunicativo que precisamente faltaba, sino que
creamos también una situación paradójica donde los símbolos
eran y no eran a la vez. La ensoñación que de ese modo
podíamos desplegar contenía un mensaje implícito que hacía
que todo lo que se decía fuera a la vez “verdadero” y “no
verdadero”, y ello precisamente a causa del contexto que
habíamos creado. En este contexto se podía enviar un mensaje
simbólico como si fuera real y se provocaba así una situación
108 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

paradójica donde estaba permitido afirmar y negar algo al


mismo tiempo. La metáfora misma, pues, nacida de nuestra
relación con esta familia y este paciente, contribuía a crear un
contexto terapéutico capaz de redefinir lo que aparecía como
objeto de incomprensión y de exclusión en algo comprensible
y común a todos; asimismo, la metáfora era capaz de dar un
sentido a lo que antes parecía ilógico. Además, por su natura­
leza misma, la metáfora nos ofrecía igualmente la posibilidad
de explorar la “ensoñación” con la que se presentaba ante
nosotros la familia. Todos participaban en ella, todos contri­
buían a construirla. De esta manera exploramos su mundo
fantástico antes desconocido y sin que esto significara una
amenaza. Cada cual había elegido su rol y encontrado su lugar
en ese mundo, constituyendo así un mosaico donde cada cual
era una piedra perfectamente encastrada. Pero, ¿cómo se
explica esto? ¿Por qué permite la metáfora cosas que son
inexistentes tanto para el lenguaje común como para el símbo­
lo? Si escuchamos las sugerencias que nos hacen llegar los
especialistas en semiótica, hallamos esta respuesta: la metáfora
se diferencia del símbolo, aunque semióticamente guarden un
parentesco estrecho por pertenecer ambos a la clase de los
signos. En efecto, el símbolo es un signo vago que remite a un
significado para el sujeto (29). Es, de manera dinámica, la
representación de algo que se ha perdido y que uno intenta
reencontrar, pero es también “lo que nunca se percibe por sí
mismo, pero más allá del cual la mirada se dirige siempre” (61);
la metáfora, por el contrario, es un signo plurívoco que remite
a varios significados (29), que opera una transposición a partir
de un referente que puede ser el propio símbolo presente en el
contexto. Se la puede homologar aúna comunicación analógica
que busca acercarse al símbolo por similitud (y en este caso el
símbolo es el referente de la metáfora) para intentar evocar su
imagen al destinatario del mensaje. Es por esta razón por lo que
cada cual puede hallar en ella sus propios símbolos, ya que ella
no es más que un agente modelándose según las diferentes
exigencias. Así, exactamente cuando el símbolo es demasiado
específico y cuando el lenguaje común ha dejado un hiato y ha
creado una ruptura, la metáfora crea un puente entre el
símbolo y el lenguaje común, entre un miembro y los otros
EL EMPLEO DE LA METAFORA 109

miembros de un sistema, entre el terapeuta y la familia. Aquí


reside su gran utilidad. Veamos ahora una aplicación concreta
en sesión.
La familia Rossolini, del norte de Italia, llega a la terapia a
causa de los problemas de Lucio. Inteligente y atractivo mucha­
cho de 21 años, Lucio presenta, desde hace un año y medio, una
sintomatología delirante que condiciona toda la vida de la
familia. Como es lógico, la perspectiva de que haga el servicio
militar ha quedado en la nada y se abre entonces la eventuali­
dad de una hospitalización en una clínica privada. Desde el
comienzo de la enfermedad de Lucio, la familia, compuesta
por el padre, la madre, una hermana mayor casada y un
cuñado, recuperó una nueva unidad y se integraron nuevos
miembros.
Dadas las circunstancias, las hermanas del padre y sus
maridos respectivos, con quienes los Rossolini habían
espaciado sus relaciones quince años atrás, se acercaron
nuevamente a ellos ofreciéndoles sostén moral y material.
Ninguna de las dos tías paternas ha tenido hijos y, si no fuera por
el episodio delirante de Lucio, estarían desocupadas. Al
comenzar la sesión, la madre y Sandra, la hermana obesa,
parecen deprimidas y un tanto asustadas; Lucio, muy ansioso,
pidió ir al baño varias veces y anda inquieto por la habitación.

TERAPEUTA (a la familia). -¿Quién de ustedes puede


tranquilizar a Lucio? ¿En quién confía más?
HERMANA. -E n los hombres, creo.
TERAPEUTA. -¿O sea?
HERMANA. -Papá, el tío, mi marido.
TERAPEUTA. -Entonces cámbiense de lugar y pónganse
donde Lucio les indique.

(Lucio, con voz lenta, casi condescendiente, ubica a su padre


a su derecha y a su tío a su izquierda. Invitado a designarle también
un lugar a su cuñado, lo sienta en la silla que tiene delante.)

TERAPEUTA (a Lucio). -A hora está usted bien protegido por


todos estos hombres. Las mujeres están lejos.
LUCIO (con expresión irónica). -¡Exacto!
110 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

TIO. -Pero hay otros hombres, otros tíos que usted no conoce
y a lo mejor más importantes que nosotros.
TERAPEUTA. -¿Ah, sí? De veras que es muy curioso, ustedes
son como una familia patriarcal. Yo pensaba que sólo en el sur
seguía habiendo esas familias.
TIO, -No, no sólo... Pero cada uno de nosotros lleva su propia
vida, por supuesto. A mi sobrino prácticamente lo conozco
desde que está enfermo. No somos más que una parte del clan...
TERAPEUTA. -¿Quiénes son los otros tíos?
TIO. -Hay una tía, una hermana de Franco (el padre) que se
casó...
LUCIO (interrumpiéndolo). -¡A mí el patriarcado no me gusta!
TERAPEUTA. -Sin embargo, parece que se hace proteger por
él.
TODOS (en coro). -Sí, sí, es verdad.
LUCIO. -iPero quiero abandonarlo!
TERAPEUTA. -Además, ¡usted es el único hijo varón! ¿Alguno
aquí es monárquico? ¿Nunca se interesaron por los grandes
reinos? Me parece que sólo en Inglaterra rige la ley sálica que
permite la transmisión de un reino también a las mujeres. En
todos los demás países eso no sucede.
TIO. -E n Holanda también.
HERMANA. -Pero nosotros estamos en Italia.
TERAPEUTA. -Creo que la casa de Saboya transmitía el
trono...
HERMANA, -.„de varón a varón.
TERAPEUTA (a la hermana). -¿A usted le gustaría ser
heredera del trono?
HERMANA. -No. Mire, eso no me interesa.
TERAPEUTA. -¿Entonces qué lugar tuvo usted?
HERMANA. -No sé, tal vez, antes de que naciera Lucio.
PADRE. -Pero hijita... ¡nosotros no somos una familia real!
HERMANA. -Claro, no sé, ¿qué es ese lugar?
TERAPEUTA (a los otros miembros). -Nada que decir: un bello
reino, como en los cuentos. ¿Qué les parece?
TIA. -Yo siempre me sentí bien. Siempre nos hemos reunido.
No muy a menudo, para Navidad, Reyes, Semana Santa.
TERAPEUTA (a la tía). -¿U sted es la mujer de un heredero del
trono?
EL EMPLEO DE LA METAFORA 111

TÍA. -¡Ah! en cuanto a mí...


TIO. -Y o no aspiro a nada, yo no soy un heredero, le aclaro que
soy el marido de una heredera.
TERAPEUTA (al tío). -Entonces debería preguntarle a Lucio
por qué lo puso al lado de él.
TIO. -Como le decía, hace poco que conozco a Lucio...
TIA. -Pero siempre hemos pensado en él. Como no tenemos
hijos, en casa por la noche siempre nos preguntábamos:
¿llegaron los sobrinos?
LUCIO (comenzando a agitarse). -Estoy emocionado. El
corazón me late muy fuerte.
HERMANA. -Todos ellos dicen: nosotros no somos una familia
patriarcal porque nos vemos sólo en las fiestas. Pero yo creo que
la idea es correcta. Cuando alguno anda mal, la noticia corre de
inmediato y todo el mundo aparece. Por ejemplo, un hecho
común: cuando me operé de las amígdalas, mi abuela vivía en
su casa... ¿no?... Fui a anunciárselo a mi abuela. Pues bien, ¡ella
ya lo sabía!
TERAPEUTA (a todos). -Según ustedes, ¿de qué personas
debe rodearse un rey?
LUCIO. -D e consejeros... Mi tío me ha dado buenos consejos.
TERAPEUTA (a Lucio). -¿E s usted el rey de esta familia?
Entonces necesita un paje, ¿quién de ustedes es el paje?

(Todo el mundo echa a reír; el cuñado sentado delante de


Lucio se remueve en su silla.)

CUÑADO (a la terapeuta). -¿Q ué quiere usted decir?


TERAPEUTA. -¿U sted mismo se toma por un paje?
CUÑADO. -N o sé si soy un paje.

(En este momento Lucio, riéndose, coloca sus pies sobre las
piernas de su cuñado sentado frente a él.. Todo el mundo ríe.)

TERAPEUTA. -Las mujeres de las familias reales son tenidas


lejos del poder, a lo mejor se sienten solas. Aunque no sé,
Margarita de Inglaterra hacía viajes. ¿Qué hacen las mujeres de
las familias reales?
MADRE (echándose a llorar). -N o entiendo lo que quiere decir.
112 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Discúlpeme, soy una llorona (se enjuga las lágrimas).


LUCIO. -¡Aire!
TERAPEUTA (ala hermana). -¿Y usted?
HERMANA. -Yo me siento sola, pero siempre estuve en esa
situación. En la familia, papá siempre estuvo más cerca de sus
hermanas que de mamá. Las hermanas de papá siempre
tuvieron un carácter fuerte, mamá no.
TERAPEUTA (ala hermana). -¿No cree que Margarita tiene
ventajas?
HERMANA. -Yo procuro tomar decisiones de la manera más
libre posible. Viajo con mi marido.
LUCIO (a la terapeuta). -¿Usted es italiana? Tiene un acento
raro.
TERAPEUTA. -Vengo del sur. En el Mediodía existen familias
patriarcales, pero ya hace mucho tiempo que no hay familias
reales. En cierto modo usted me ha hecho comprender que era
el rey de esta familia. ¿Está tomando el trono de su padre?

(Silencio)

TERAPEUTA (a todos). -¿Está él tomando el trono de su


padre?
HERMANA. -Vea usted, cuando mi abuelo vivía él ocupaba el
lugar de Lucio, y en el lugar de mi padre estaba su padre. Lucio
estaba del otro lado. Ahora cambiaron de nuevo.
TERAPEUTA. -E l rey cede el trono a su hijo, ¡aunque sea
pesado!
LUCIO. -¿Pesado?
TERAPEUTA. -Muy pesado, pero el príncipe no puede sino
aceptarlo. Es tan hermoso...
LUCIO. -Y o también lo pienso. ¡Sin embargo, esto tendrá que
terminar!
TERAPEUTA. -Realmente, lo felicito; no hay muchas perso­
nas que...
LUCIO, -...lo consigan.
TERAPEUTA, -¡...que estén dispuestas a dar tanta libertad a
las mujeres!
LUCIO. -¡Alguna vez, ese reino deberá terminar!
TERAPEUTA. -Eso no es posible. ¿Quién ocupará su lugar?
EL EMPLEO DE LA METAFORA 113

LUCIO. -D eberá terminar. Porque... ellos se sentirán muy


solos. Es un destino...
TERAPEUTA. -E l destino de tomar una corona. El último de
la casa de Saboya no lo quería en absoluto...
LUCIO. -Justamente. Me siento de la sangre de un artesano.
Yo soy hijo de un artesano. Pero yo también debería madurar...
TERAPEUTA. -¿Por qué dice madurar? ¿Piensa que para
conservar el trono debe hacer de rey-niño? ¿No es posible
madurar? ¿Quién reinará en su lugar en el trono?
LUCIO. -¡El templo!
TERAPEUTA. -¡En el templo tiene que haber un rey y un
sacerdote! Entonces, ¿quién reinará en su lugar? ¿Sandra?
LUCIO. -Eso es imposible.
TERAPEUTA. -¡Es una mujer! ¿O usted puede adoptar a
alguien para que reine en su lugar?
MADRE. -E s lo que está haciendo.
TERAPEUTA. -¿E stá adoptando a alguien?
MADRE. -Siempre está con un amigo.
TERAPEUTA. -¿H ay todavía personas que actualmente crean
en la monarquía?
LUCIO. -Hay personas que se creen superiores, pero eso no
existe... este amigo se considera superior...
TERAPEUTA (incrédula). -¿Podría él tomar el trono en su
lugar?
PADRE. -Lo iba a decir. Yo no acepto otros herederos, ni
siquiera con el pensamiento.
TIO. -Y si además es el amigo del que está hablando... tiene
tanta confianza en él. Yo no lo conozco personalmente, pero...
TERAPEUTA (a los otros miembros de la familia). -¿Acepta­
rían?
TODOS. -No, no.
TERAPEUTA. -¡Como ven, no hay ninguna otra posibilidad!
¿Un rey trabaja?
TIO. -No, no trabaja.
LUCIO (continuando la discusión anterior), -...con voluntad...
TERAPEUTA. -¿L e hacen la cama?
PADRE. -Sí, sí. ¡También le sirven el desayuno en la cama!
TERAPEUTA. -¿U n rey puede casarse con quien quiere?
PADRE. -No, no.
114 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

LUCIO (interrumpiendo). -Puede sentirse muy solo, un rey, y


sin embargo...
TERAPEUTA (a Lucio). -Cuando quiere y con quien quiere.
MADRE. -No, no. Un rey lleva una vida muy retirada.
PADRE. -No, no. Es una prisión dorada, pero prisión al fin.
TERAPEUTA. -U n rey es un símbolo, solamente un símbolo.
PADRE. -¡Y nada más!
TERAPEUTA. -Si el rey se marchara, eso se convertiría en una
república. Esto no es posible. Pero, en cambio, he aquí un reino
seguro. Hoy en día hay pocos reinos seguros. (Poniendo la boina
vasca sobre la cabeza de Lucio.) ¡Esta es su corona! Usted no
puede abandonar un reino como éste. Además, tiene sus
consejeros, sus pajes, sus mujeres que lo ayudarán a
conservarlo.

(Lucio arroja la boina vasca y se sienta en el suelo, diciendo


que tendrá que llegar el momento en que esto termine.)

La metáfora que dio inicio a la sesión fue ampliamente


desplegada y utilizada en las sesiones siguientes. Los miembros
de la familia aludían a ellaunas veces con ira, otras con empatia,
otras pareciendo comprenderla muy bien, mucho mejor que la
terapeuta, y otras refiriéndose a ella como si se tratara del más
oscuro de los misterios.

CARACTERISTICAS
DE LA METAFORA

Elegí el pasaje que acabamos de leer por su extrema


simplicidad y porque me pareció que ilustraba numerosas
características de la metáfora y que mostraba además las ven­
tajas de su utilización.
En éste y otros casos, hablar por intermedio de la metáfora
resultó un medio eficaz para recoger ciertas informaciones
difíciles de obtener por otras vías. Aunque la introducción del
tema provocara un brusco aumento de la tensión, el desplaza­
miento de la discusión a un nivel imaginario permitió a cada
cual exponerse más.
EL EMPLEO DE LA METAFORA 115

En efecto, es más fácil hablar de uno mismo al tiempo que


se niega hacerlo. La terapeuta y la familia contribuyen poco a
poco a la elaboración de un contenido nuevo que se va
precisando gradualmente. Ni la terapeuta ni los otros saben lo
que va a salir de este trabajo, pero por otro lado el trabajo
colectivo, creando un código común, unifica fuertemente;
además la exploración colectiva de algo nuevo permite definir
mejor una realidad que de lo contrario permanecería confusa,
dando una posibilidad de separación más precisa a unos
miembros respecto de los otros, a un subsistema respecto de
otro, a los espacios personales respecto de los espacios interac­
tivos. En efecto, a un adulto joven a punto de abandonar su
medio familiar le es más fácil hablar de las dificultades que
encuentra un joven rey para salir de su jaula, que decir
directamente a su madre o su padre que la vida en la familia lo
hace sentir como en una prisión.
En éste y en otros casos, la metáfora, que se ha definido y
enriquecido gradualmente merced a la participación de los
miembros del sistema, tuvo igualmente un sentido provocador
muy poderoso al que el paciente intentó en vano escapar
durante la sesión. También estuvo sometida, en cierto sentido,
a la regla estratégica consistente en atacar la función sintomá­
tica del paciente y en prescribir las funciones conexas (7) que
cumplían todos los demás. Fueron los propios miembros de la
familia quienes, gracias al empleo de la metáfora, delimitaron
el contorno de sus funciones (en relación con el sistema entero
y con el paciente) confiriéndoles incluso un aspecto irreal que
llegaba a transformarlas en caricaturas y volviéndolas, a la
larga, insostenibles (consejeros, pajes, aspirantes al trono...).
Además, durante la sesión, no era la terapeuta quien daba
definiciones pesadas, que cada uno de los miembros habría
podido rechazar cómodamente, sino que en el marco del
“reino” cada uno de ellos se las atribuía mutuamente. De ese
modo la metáfora pasaba a ser “la túnica de Nessus” de todo el
mundo: todos se la habían puesto y ahora quemaba. Con el
procedimiento de construcción de la metáfora se produjo
también otra cosa. La familia había llegado más allá del marco
estrecho que delimitaba al síntoma “delirio-confusión-locura”
y en el que se habría mantenido fácilmente un contexto
116 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

acusador y psiquiatrizante. En el presente, cada cual hablaba


de sí mismo más directamente.
En cierto sentido podemos considerar el proceso de meta-
forización como un proceso análogo al empleado por el siste­
ma familiar para atraer la atención del terapeuta sobre los
síntomas. Si resituamos la comunicación de los sistemas en la
unidad espacio-tiempo constituida por la sesión, advertimos
que la familia tiende a menudo a conferir una prioridad
específica a los mensajes que enfatizan y ponen en evidencia el
problema, el síntoma, la enfermedad. Muchos terapeutas de
familia combatieron directa o indirectamente (ligazones,
redefiniciones, etc.) esta tendencia, y su atención se focalizó
por tanto en una redefinición del contexto creado anteriormen­
te por la familia. Por ello, la observación de Claudio Angelo me
parece particularmente justificada: “no hay metáfora que
exista sino parcialmente empujada a su vez a connotar el
contexto, introduciendo en él todos los valores que forman
parte de su historia.” (12)
Así pues, por mediación de la metáfora, el terapeuta logra
definir el contexto, lo cual le permite adquirir y conservar el
poder en la relación, dado que el terapeuta, y solamente él,
dirige la metáfora, la profundiza, le da una dirección. Se crea
de este modo un esquema semejante al que sigue:

donde el terapeuta, utilizando en cada ocasión la metáfora,


consigue triangular a la familia impulsándola gradualmente a
descubrimientos, definiciones y cambios nuevos, sin correr el
rápido riesgo de ser cazado, como sí podría ocurrir en otros
casos. Por lo demás, la elección de la metáfora no fue ni
imparcial ni aséptica. La terapeuta, al descubrirla (porque en
EL EMPLEO DE LA METAFORA 117

ese momento se trata efectivamente de un descubrimiento),


utilizó partes importantes de ella misma. En cierto sentido, sin
darse cuenta, fue impresionada, como es impresionada una
placa fotográfica, por esa imagen que la familia le devolvió en
un nivel más subterráneo que manifiesto. Modificada, la
reformuló luego a la familia a la manera de esas fotografías
donde la intervención del artista ha creado un juego de luces,
sombras, colores, distancias, espacios. Son precisamente el
origen y las características particulares de la metáfora los que
permiten al terapeuta, cuando esto se demuestra necesario,
participar en este sistema emocional y separarse de él, “des­
triangulándose”, cuando se presenta el riesgo de quedar ence­
rrado en su interior.
Otra de las múltiples ventajas de la metáfora se debe a su
naturaleza de mensaje primario y analógico. A esto se añade su
mayor capacidad para impulsar al cambio y la ausencia de toda
intelectualización. No se favorecen demasiado las racionaliza­
ciones surgidas del uso defensivo de las palabras. Además, la
explicación racional de la propia metáfora es inútil, a veces
ridicula y en general dañina. Erickson y Whitaker, que emplean
la metáfora mucho más que los otros terapeutas, jamás
interpretan su sentido, juzgando que la traducción de un
mensaje inconsciente en un mensaje consciente es lisa y
llanamente dañina.

EL OBJETO METAFORICO

Una manera especial de emplear la metáfora consiste en


recurrir a un objeto metafórico. A los valores de la metáfora, el
objeto metafórico les agrega un aspecto que lo torna
particularmente original: su presencia material durante la
sesión. Según la definición de Claudio Angelo, “el objeto
metafórico es un medio de comunicación que vehiculiza, en
cuanto tal, innumerables mensajes ligados a las características
de su estructura y, lo que es aun más importante, a los
significados que la familia y el terapeuta le van atribuyendo
progresivamente” (12). Las más de las veces, el objeto metafó­
rico es la explicación material, dada en sesión por el terapeuta,
118 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

de una metáfora verbal. Consiste en un objeto concreto que el


terapeuta elige durante la sesión para que represente de mane­
ra visible y concreta relaciones, reglas, conductas de la familia
o de uno de sus miembros. Al igual que la metáfora, el objeto
metafórico nace de la relación terapeuta-familia, por lo que
sólo toma su sentido en el interior de esta relación. Pertenece
en cierto modo al mundo de la familia, pero también a ese
mundo recientemente creado que el terapeuta comparte con
ella. Por esta razón, el objeto metafórico expresa y refuerza de
manera tangible el vínculo terapéutico. La elección del objeto,
el espacio y el tiempo, en los que colocarlo dentro del marco de
una sesión en estrecha ligazón con objetivos prefijados tiene
una enorme importancia. Su utilización en forma mecánica se
traduce por un fracaso de esta técnica, así como por un fracaso
de la terapia misma.
Así como el hipnotizador se sirve de un objeto para
provocar un estado de trance, el terapeuta se sirve del objeto
metafórico para provocar un estado de curiosidad y de tensión
creciente en el interior del sistema. La atención se concentra en
el objeto metafórico, permitiendo el descentramiento del
terapeuta.
Retomando el esquema ya expuesto para la metáfora, el
objeto metafórico (OM) da al terapeuta la posibilidad de
ubicar su discurso en un esquema triàdico de comunicación:

en el cual el terapeuta se apropia poco a poco de las significa­


ciones atribuidas al objeto y las reutiliza en las confrontaciones
surgidas en la familia, pero manteniéndose aparte. En efecto,
el objeto metafórico permite al terapeuta que lo controla no ser
encerrado por la familia en una situación difícil y confusa, sino
EL EMPLEO DE LA METAFORA 119

permanecer en el exterior de un proceso que implica al objeto


metafórico y a la familia. Por último, al aparecer el objeto
metafórico como la explicitación visible y concreta de una
actitud, de un comportamiento o, mejor aún, de una función
particular ejercida en un momento dado por determinada
persona de esa familia en especial, permite fácilmente al
terapeuta (precisamente porque el objeto exterioriza y repre­
senta esa función) provocarla y atacarla; por el contrario, se
sostienen así más fácilmente los valores positivos y creativos de
la persona real de la familia. De este modo, el propio paciente
ve ante sí su propia imagen reflejada y deformada, tal como él
mismo la deforma todos los días a causa de la rigidez de su
función. Al mismo tiempo, sentirá que gracias al terapeuta su
persona queda salvaguardada y sostenida. El objeto metafórico
es, por lo tanto, un poderoso medio de control, pero sobre todo
de provocación del paciente, puesto que vuelve a hacer circular,
tras haberlas reamplificado, todas las definiciones y sensacio­
nes experimentadas por el terapeuta, la familia y el paciente.
Favorece además la diferenciación de los miembros de la
familia entre sí y en relación con el problema, y del paciente en
relación con otra parte de él mismo y frente al terapeuta.
Veamos ahora concretamente el modo en que suceden las
cosas.
El matrimonio al que se refiere este fragmento de sesión, J.
(marido) y M. (mujer), pidió una intervención psicoterapéutica
después de haber realizado numerosos tratamientos quimiote-
rapéuticos, inútiles y repetidos. La joven mujer se queja de una
sintomatología grave: “fobia a la suciedad y enfermedades
(especialmente cáncer), agorafobia y rituales obsesivos” (para
emplear una terminología tradicional); los problemas se pre­
sentaron unos años antes cuando, a raíz del trabajo del marido,
la pareja se vio obligada a establecerse en una ciudad del Norte
de Italia. Pasado un breve período (un año), y en vista de los
trastornos, volvieron a su región de origeny residen actualmen­
te en un departamento situado encima del de los padres de la
mujer. La pareja riñe con frecuencia y el marido pega a su
compañera. Tres meses de terapia (una sesión cada dos sema­
nas) ya han comenzado a dar frutos, pero esta sesión representa
una etapa crucial del trabajo. La labor se complica por la
120 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

persistencia residual de algunas viejas reglas de relación, la


imposibilidad de metacomunicarse en cuanto a estas reglas y la
actitud protectora de cada uno de los miembros. Se discuten
ahora roles y funciones vitales para la vida de la pareja. El
sistema podría consolidar un cambio ya parcialmente obtenido
y eventualmente progresar hacia una transformación estable,
pero también retroactuar dando rigidez a las viejas reglas. La
terapeuta pone entonces en práctica la estrategia de negar la
mejoría obtenida redefiniéndola como peligrosa, y utiliza el
objeto metafórico.

TERAPEUTA. -¿Por qué sigue hablándome de su marido y no


me habla de usted misma?
Af. -Porque... mire, antes me sentía mal y lo obligaba a lavarse,
ahora eso no me sucede...
TERAPEUTA. -¡Pero la situación ha empeorado!
M. -Desde cierto punto de vista mi situación empeoró porque
hace unos días, en el coche, él estuvo cinco minutos diciéndo-
me que yo era un gusano; después me preguntó quién era y me
besó; en otras circunstancias me hubiera torcido el brazo y me
hubiera hecho daño. ¿Quién era yo en ese momento?
TERAPEUTA. -U n gusano, señora.
M. -Sin embargo yo no podía oponerme a que él dijera que era
un gusano... En el fondo él tiene razón, mientras haga todo lo
que él dice soy un gusano.
TERAPEUTA. -¿H a hecho usted todos esos kilómetros para
decirme solamente eso? Pero (dirigiéndose a J.) explíqueme un
poco, usted, su punto de vista.
J. -No podía más, no la soportaba más, estaba decidido a
terminar en el verdadero sentido del término; ese día fue la
clásica gota de agua que desborda el vaso, ella seguía insistien­
do, siempre lavarse...
TERAPEUTA. -También usted me habla de su mujer, hábleme
de usted.
/. -... no podía más, ya no tenía ganas de pelear, para mí ella era
un gusano porque se aprovechaba de esa enfermedad que se
había creado...
TERAPEUTA. -Hábleme de usted... porque ese día estuvo
valiente, pero no se las arregló, se dejó ganar por el miedo.
EL EMPLEO DE LA METAFORA 121

J. -Tuve miedo de dejarla, esta situación nos ata.


TERAPEUTA. -Justamente, ¿tiene puesto un cinturón? Deme
su cinturón... (sosteniéndolo en la mano) (a la pareja) ¿Qué
representa esto para ustedes?

La terapeuta utiliza la imagen ofrecida por el paciente,


“atar”, y la traslada inmediatamente al contexto.

M. (con expresión interrogativa). -¡Es el cinturón de mi marido!


TERAPEUTA. -¿Y qué más?
M. -N o entiendo lo que quiere decir, ¡es un cinturón normal!
/. (riendo). -¡Entre otras cosas, está el peligro de que se me caiga
el pantalón!
TERAPEUTA. -¿Q ué hace usted, señora, cuando su marido se
queda sin cinturón?
M. -Vea, ¡me importa bastante poco!
TERAPEUTA (a la pareja). -N o me cuenten historias, ¡este
cinturón es muy importante para ustedes!

La terapeuta afirma su certeza sobre el hecho de que


el cinturón tiene indudablemente una significación importan­
te.

J. (continuando con su broma). -¡Puede ser que si se me cae el


pantalón me encuentre en apuros!
TERAPEUTA (a la pareja). -¿Dónde pondrían el cinturón?
¿Por ejemplo usted, señora?
M. -¡Vea, esta situación me hace sentir realmente asfixiada!
TERAPEUTA (aJ.). -Entonces, páselo alrededor del cuello de
su mujer.

La terapeuta continúa dando un cuerpo concreto a la


imagen abstracta que los pacientes le ofrecen. Si la mujer se
siente asfixiada, entonces el cinturón tendrá que envolverle el
cuello.

M. -No, de veras, y además, hoy me duele el cuello.


TERAPEUTA. -Es lo que pasa siempre... ¡Hágalo! Visualice­
mos bien.
122 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

M, -Yo me podría negar.


TERAPEUTA. -Pues no lo hace nunca, señora, por consiguien­
te...
M. -Podría empezar ahora, ya que no puedo más.
TERAPEUTA. -Ninguno de ustedes dos ha visto nunca
exactamente cómo es eso... (aJ.) Póngaselo, esto es lo que,
según su mujer, usted hace siempre. (El marido pone el cinturón
alrededor del cuello de su mujer.)
TERAPEUTA (a M.). -¿Cómo cree que está su marido en
general? ¿Con las dos manos atadas o con una sola?
M. -A mi juicio no tiene atada ninguna mano. El sostiene el
cinturón.
TERAPEUTA (aJ.). -¿Y usted cómo se ve? ¿Con las dos manos
atadas...?
J. -Sí, con las dos.
TERAPEUTA. -Entonces, señora, átelas bien, no quisiera que
su marido se libere. (La mujer ata las manos del marido.)
TERAPEUTA. -Ahora, intenten moverse.
M. -Si él se mueve, yo me estrangulo...
J. -E n el fondo, nuestra vida es así. Estamos atados, pero tú
tienes las manos libres...

(El marido empieza a comprender.)

TERAPEUTA (ala pareja). -Se hallan ustedes en una situación


en la que les es imposible moverse, ahora piensen en lo que
tendrían que hacer para liberarse. ¡Metafóricamente, por
supuesto!
M. -¿U na manera de liberarnos? Yo tengo que desatarte, yo de
ti y tú de mí.
/. -¡Desatarnos no tiene nada que ver en esto, es una cosa
simbólica! Digamos que, en desatarme, pensé el día de Pascua,
y después no fui capaz... Era un medio para liberarnos, pero
hace falta otra cosa porque este cinturón es sólido... ¿Qué es lo
que nos tiene atados?
M. -E l cariño, ¿qué otra cosa puede ser?
J. -Debemos comprender lo que nos tiene atados...
M. -Por mi parte el amor que te profeso, eso pienso que está
claro...
EL EMPLEO DE LA METAFORA 123

J. -¿Cómo hacer para liberarnos?


M. -D el amor es imposible, me parece. Habría que soltar un
poco el lastre de los dos lados, ¡eso sí!
J. -Entonces, por qué este acuerdo que hemos sellado. ¿Tú lo
respetaste alguna vez?
M. -¡Eres tú el que no lo respetó nunca, no yo! Yo dejé de
decirte que te lavaras...
/. -Este lazo que me ata, a pesar de ese día, existió siempre...
M. -¡Pero mi situación empeoró porque, si te mueves, me
estrangulo!
J. -E n compensación, tienes las manos libres para hacer lo que
se te antoje.

La terapeuta interrumpe la conversación y vuelve a llevar


la atención al cinturón: “No podré hacer mucho si no consigo
entender lo que representa para ustedes este cinturón.” Así
pues, los invita a enumerar las significaciones posibles y sale de
la habitación para pasar detrás del espejo. La pareja reinicia el
trabajo; aparecen así diferentes motivos posibles: el departa­
mento, la madre, la imposibilidad de hallar otro compañe­
ro, el miedo que los rodea, la cobardía, el cariño, el
aburrimiento.
La terapeuta vuelve a la sala e invita a la pareja a efectuar,
cada uno de ellos, una clasificación personal de estos motivos
en orden de importancia. Los dos, el marido y la mujer, ponen
a la cabeza el afecto y luego se diferencian ligeramente respecto
de los otros conceptos, pero concuerdan en situar en último
puesto la imposibilidad de hallar otro compañero. Vuelven
a discutir y la mujer subraya la imposibilidad de seguir atada así.
Pero la terapeuta responde.

TERAPEUTA. -¿Cómo hace usted, señora, para vivir sin


cinturón?
M .-E s difícil.
TERAPEUTA. -Seguro. ¿Quién tenía antes este cinturón por
la punta?
Af. -M i madre.
TERAPEUTA. -E s verdad, usted no está habituada a pasearse
sin cinturón. Se perdería.
124 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

M. -No, no puedo más, no quiero seguir así.


TERAPEUTA, -iSi intenta tirar, mire lo que pasa!

(La mujer, intentando estirar el cinturón que le aprieta el


cuello, acerca inevitablemente su cara a las manos de su mari­
do.)

TERAPEUTA. -¿Q ué sucede?


M. -E l se acerca.
TERAPEUTA. -¿Y usted no desea eso?
M. -Entonces no hay solución.
TERAPEUTA. -Parece que no.
M. -Sin embargo no es posible que no haya solución... ¿Y si
consiguiera hacer así? (Hace el gesto de quitar el cinturón de su
cuello.)
TERAPEUTA. -Señora, ¡usted siempre tuvo un collar toda su
vida! ¿No le gustan las manos de su marido? (La terapeuta
hostiga.)
M. -E n ciertas circunstancias me gustan... es decir... me gusta
su manera de acercarse...
TERAPEUTA. -Veamos. ¡Afloje el cinturón! (Lamujerlohace
y las manos del marido se acercan.)
M. -¿Y esto qué tiene que ver? ¡Qué calor hace ahora con sus
manos sobre mi cara! Este cinturón me molesta.
TERAPEUTA. -Señora, ¿el cinturón o las manos?
M. -Quiero decir que no quisiera estar oprimida, ¡eso es! En
efecto, ese día... los primeros días, después de las sesiones,
cuando nos volvíamos aponer juntos, digamos que... estábamos
mucho más cerca el uno del otro y yo sentía menos necesidad
de jorobarlo... eso lo comprobé. Después yo volvía a empezar
con mis conductas.

La terapeuta evita entrar en las explicaciones que da la


mujer, no es importante señalarlas explicaciones obtenidas en
este nivel. Mantenerla tensión en un nivel elevado es por ahora
un objetivo. El objeto metafórico no ha terminado de producir
aún todos sus efectos. Esta es la razón por la que invita una vez
más a la paciente a aflojar el cinturón para tratar de ponerse
más cómoda.
EL EMPLEO DE LA METAFORA 125

M. -No hay duda, ¡estoy más cómoda que cuando él me


estrangula! Pero él no está cómodo... (a J.) ¿Estás bien así?
J. -No, lo cierto es que así estoy prisionero. Sí, ¡a lo mejor este
lazo (indica el cinturón) sea lo único que nos ata!
TERAPEUTA. -Por eso tengo dudas de que ló que los ata sea
el cariño. A mi entender, la clasificación que hicieron debía
leerse exactamente al revés, es decir que lo más importante es
la imposibilidad de encontrar otra persona.
J.yM. (al mismo tiempo). -Pienso que no.
TERAPEUTA. -Después tenemos el departamento, la madre,
etc.
M. -Por mi lado no es así... vista la imposibilidad de encontrar
otra persona, si nosotros dos nos dejáramos ya no habría vida
posible... yo tendría la impresión... (cada vez más vacilante), de
volver a empezar por el principio, ¡y es difícil! ¿Comprende?
Porque he hecho una mala experiencia... No por las dificultades
para hallar otra persona, debido a los complejos... no, sino que
para el medio que me rodea cualquier cosa que yo pueda
hacer...
TERAPEUTA. -¡Seguro que no les conviene dejar esta
situación, porque su madre, cuando tiene la correa, no es tan
buena como su marido!
M. -Pero entonces soy yo la que acerca las manos de mi marido
a mí... (emocionada y confusa).
TERAPEUTA. -Pregúntele si es así. (La terapeuta se separa e
impulsa a la paciente a hacer demandas directas.)
M. -Quedémonos así: si tú tiras yo me estrangulo, así que no
tires para no estrangularme; te quedarías en esta posición
durante años; tú te quedas de tu lado, no tienes ganas de acercar
tus manos a mí si yo no te obligo aflojando el cinturón... Así que
podrías seguir cómodamente así: yo no me estrangulo y tú
tienes las manos atadas.
J. -No entiendo, ¿qué quieres decir?
M.-¿Acercarías tus manos a mí sin que yo tire del cinturón?
J. (muy vacilante). -Podría hacerlo si...
M. -¿Pero te lo tengo que pedir yo?
J. -Si no existiera esta cosa que nos ata, yo podría ir espontánea­
mente hacia ti y expresarte cariño... De esta manera, finalmente
116 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

estoy atado. ¡Si no tuviera ese algo que, en cierto sentido ahora,
me obliga a ello!

Observen los niveles real y metafórico de la conversación.


(La mujer desata las manos de su marido diciendo que no
quiere tenerlo atado.)

TERAPEUTA. -¿Quién tendrá después su correa si libera


usted a su marido?
M. -¿M i madre? Mi madre. ¡Sí, será ella!
J. -Liberarme de este lazo significa para mí no atarme de
nuevo...
TERAPEUTA. -¿Y cómo hará? ¿Quiere hacerme creer que
mientras tanto ha madurado hasta tal punto que puede seguir
con una mujer que no lo ata? (a la mujer) ¿Usted lo cree?
M. (cada vez más tensa y al borde de las lágrimas). -Escuche,
¡quiero liberarme!
TERAPEUTA. -¡No puede hacerlo, nunca lo hizo! Nuestra
preocupación es ahora entender a dónde van las manos de su
marido; si logramos entender eso, ¡entonces sabremos a dónde
irá su correa, señora!

La terapeuta continúa su provocación, imperturbable,


negando toda posibilidad de cambio y reforzando así la capa­
cidad de transformación del sistema. Al final, la mujer estalla
en lágrimas y se aleja bruscamente; al levantarse afirma que,
aunque sea difícil, intentará no atar a nadie y menos aún a ella
misma. Siente que necesita mucho valor, pero finalmente tiene
que conseguir ser una mujer adulta sin que ni su madre ni su
marido la tengan amarrada.
Gracias al empleo del cinturón, la terapeuta logró trastro­
car la imagen que en cierto modo los pacientes daban de sí
mismos: la terapeuta eligió, entre varias, una definición dada
por J., “me siento atado”. La dramatizó y poco a poco logró que
se hiciera insostenible continuar atrincherándose detrás de
ella. Esto redefinió de hecho las relaciones de los miembros de
la familia. A diferencia de la simple dramatización, que consis­
te en amplificar contenidos verbales o analógicos ya conocidos
por los pacientes, en este caso, como en los otros, el objeto
EL EMPLEO DE LA METAFORA 127

metafórico (y más generalmente la metáfora) tuvo un carácter


innovador. Su significación es al principio misteriosa; se aclara
a medida que los propios pacientes, y el terapeuta con ellos, le
dan sentido y valor. En el caso presente, para emplear las
expresiones de nuestra pareja, el cinturón es “su vida, en el
fondo”, “la imposibilidad de encontrar otro compañero, el
departamento, la madre”; es igualmente el lazo forzado que los
obliga a seguir juntos sin saber si lo quieren realmente. Intro­
ducido en el contexto terapéutico, el objeto metafórico “cintu­
rón” es inesperado y parece de por sí incongruente. A la pareja
le cuesta comprender la relación del cinturón con la sesión. De
ahí que otro efecto del cinturón sea introducir un elemento de
confusión. Pero son precisamente la no claridad y la desestabi­
lización de las viejas definiciones y de las expectativas comunes
que los pacientes tienen, los que abren una posibilidad de
cambio. La terapeuta introduce siempre, hasta en la conduc­
ción de la discusión, la referencia al objeto metafórico. A lo
largo de una conversación secuencial y narrativa como la de los
pacientes, la remisión constante al objeto metafórico parece
ilógica, inoportuna y carente de relación con el contexto. Por
consiguiente, crea una confusión y un asombro que frustran
progresivamente a las personas sometidas a ellos (en este caso
los pacientes) y los impulsan a buscar, de manera más y más
intensa, una respuesta completa y exhaustiva a sus preguntas.
Son por lo tanto los propios pacientes los que dan gradualmente
las respuestas, mientras que la presencia concreta del objeto en
la sesión y la manera en que el terapeuta se refiere a él a cada
instante mantiene y sostiene el proceso. Fuera de ello, coexis­
ten dos posibilidades de comunicación: los pacientes deben
comunicarse por mediación del objeto y sobre el objeto, pero
al mismo tiempo esta comunicación puede ser permanente­
mente negada.
En el caso de nuestro ejemplo, ¿hablan los pacientes de su
situación conyugal o del cinturón del pantalón que en ese
momento los tiene atados?
Hablar negando que se habla, actuar negando que se actúa,
facilita la transmisión de contenidos que de lo contrario resul­
tan difícilmente comunicables y establece el marco paradójico
que abre una vía al cambio.
Capítulo 5

EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO


EN TERAPIA FAMILIAR

Claudio Angelo

Antes de definir lo que designamos como objeto metafórico


y su empleo en sesión, parece necesario empezar por algunas
consideraciones sobre la significación de los términos “tera­
pia” y “objetos”.
El objeto metafórico es un medio de comunicación que
transmite como tal un sinnúmero de mensajes ligados a las
características de su estructura y, de manera más amplia aun,
a las significaciones que le atribuyen, en el camino, la familia
y el terapeuta. Es necesario, pues, antes de describir su uso,
presentar un breve análisis de las finalidades terapéuticas en las
que se sitúa y de las modalidades de construcción de valores que
lo caracterizan, así como de las que él pretende modificar en el
sistema.

LA TERAPIA COMO TENTATIVA DE CAMBIO DE VALORES,


FORMACION Y UTILIZACION
DE UN CODIGO DE COMUNICACION

Una de las cuestiones que se le plantean tarde o temprano


a cada terapeuta, más allá de la teoría que lo inspire, frente a
sus éxitos y fracasos terapéuticos, es la referida a los presupues­
tos de base y a los factores de cambio. Ello se confirma tanto
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 129

más cuanto que, al cabo de su reflexión, se ve forzado a


constatar que los resultados terapéuticos no pueden ser
confundidos con el modelo terapéutico seguido.
Sin embargo, probablemente todos los terapeutas estarán
de acuerdo con la siguiente afirmación: toda terapia presupone
una reestructuración al menos parcial de una serie de valores
y juicios tanto sobre nosotros mismos como sobre la realidad
que nos rodea, y de las relaciones que en ella nos vinculan.
Watzlawick nos dice también, en términos abstractos, que
reestructurar significa cambiar la idea de que “un objeto
inventariado pertenece a una clase”, por otra igualmente válida
según la cual ese objeto pertenece a una clase diferente, y que
reestructurar es, sobre todo, hacer aceptar por la totalidad de
los interesados la idea de esta pertenencia del objeto a la nueva
clase (70).
Más adelante, Watzlawick añade: “...la pertenencia de un
objeto cualquiera a otras clases está determinada por las ideas
que tenemos de él, es decir, por la significación y el valor que
le hemos atribuido” (70).
Podemos agregar que la atribución de significaciones y
valores depende también del contexto en el que el objeto es
situado. Así pues, para que una reestructuración resulte opera­
tiva, es necesario colocar el objeto en un contexto diferente,
“modificando el tiempo, el lugar y la posición de los elementos
interactuantes o cambiando sus cualidades”, modificando, en
consecuencia, su valor.
Esta simbolización se obtiene a través de conceptos que
representan la elaboración final de los procesos perceptivos y
de una serie de rendimientos motores (basta pensar en los actos
ritualizados con función de comunicación en los animales y el
hombre) o según el caso a través de una serie de interacciones
repetitivas, es decir, a través de ciertas redundancias observa­
bles tanto en el plano individual como en las interacciones
sistémicas.
La escuela de Piaget nos demostró fehacientemente el
modo en que la actividad motora del individuo era un compo­
nente indispensable para la interiorización de cualquier forma
de experiencia, y el modo en que ésta precedía cronológicamen­
te a las operaciones de simbolización y abstracción.
110 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Desde este ángulo, el “objeto” es el vehículo de un número


indeterminado de signos articulados entre sí, con sus propias
connotaciones y denotaciones, formando un código que cons­
tituye su clave de lectura (29).
En cada cultura, una “unidad cultural” es simplemente una
entidad definida como unidad particular diferente de las otras,
y puede ser por lo tanto una persona, una localidad geográfica,
una cosa, un sentimiento, una esperanza, una idea, una aluci­
nación. Cuando un código asocia los elementos de un sistema
transmisor a los elementos de un sistema transmitido, el
primero pasa a ser expresión del segundo, el cual se convierte
a su vez en el contenido del primero; hay una función de signo
cuando una expresión se coordina con un contenido y ambos se
tornan elementos de la correlación, pero el mismo elemento
puede entrar también en correlación con otros, transformán­
dose así en un elemento diferente que da nacimiento a otra
función de signo.
Podemos colegir, pues, que el proceso de formación del
símbolo o del “objeto” no tiene fin, o mejor dicho, que para
cada individuo acaba con su muerte, por lo mismo que hay
un constante reacondicionamiento de los signos que lo
definen en el flujo de datos de la experiencia, y un con­
tinuo cambio de los contextos en los que el objeto se in­
serta.
La impresión subjetiva es que este objeto es un dato adqui­
rido y estable, cuando en realidad se encuentra situado en una
especie de equilibrio dinámico entre factores externos e inter­
nos que influyen perpetuamente sobre él, aun si entre los
diversos objetos existen diferentes niveles de frecuencia y de
rapidez de cambio de sus connotaciones. Al final del análisis,
algunos serán más estables que otros. Sin embargo, cada
individuo utiliza en la práctica solamente algunos de los
elementos del código, descuidando otros, como si para contro­
lar la realidad fuese necesario cortar su flujo perpetuo, sus
procesos dinámicos, sus cambios continuos, en tal forma que se
tengan regularmente de ellos representaciones estáticas o lo
suficientemente repetitivas como para que puedan formarse
juicios de valor. Esto resulta particularmente evidente en el
lenguaje, que no sólo cumple una función de comunicación,
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 131

sino también de objetivación y etiquetado de la realidad y la ex­


periencia.
El empleo de sustantivos para indicar situaciones que son
en realidad procesos en curso, representa una manifestación
peculiar de ello. Lo mismo se puede decir de la metáfora, dado
que ésta sustituye el objeto por similitud, expresando algunas
de sus denotaciones y connotaciones universalmente reconoci­
das. Aunque la metáfora sea muy utilizada por el terapeuta, a
menudo no se aprecia adecuadamente su importancia o bien no
se encara el análisis de la significación que transmite ni de su
estructura de comunicación.
Si examinamos las cosas con más detenimiento, advertimos
que la mayor parte de los síntomas aducidos por los pacientes
y que se definen como “representaciones simbólicas de un
determinado problema vivido por ellos”, son en realidad repre­
sentaciones metafóricas. Por ejemplo, si un desacuerdo entre el
paciente y su cónyuge se expresa en náuseas incontenibles,
razón tenemos para afirmar que su síntoma representa meta­
fóricamente el problema, al hacer saber que el paciente “ya no
puede tragar” sus propias dificultades de relación. Otro habría
sido el cantar si frente al mismo tipo de dificultades hubiera
manifestado una súbita agorafobia, ya que este último síntoma
no expresaría de manera análoga el problema de base, y su
simbolismo necesitaría de una cadena de significantes asocia­
tivos que lo recondujera a los significados originarios.
Aun cuando, en un análisis más profundo, el discurso es
indudablemente más complejo, semejante distinción no es la
búsqueda sofisticada de una sutil precisión lingüística, pues
ésta supone una estructura diferente del mensaje que el pacien­
te comunica y por lo tanto una elección de su parte de un medio
específico para transmitirlo.
El lenguaje simbólico no es necesariamente metafórico; si
comparamos al segundo con una comunicación analógica,
podemos decir que intenta reproducir “el objeto” en forma de
imágenes o de una serie de imágenes evocadas en las que se
recibe el mensaje de la manera más cercana posible al original;
por el contrario, y como vimos precedentemente, el lenguaje
simbólico puede ser comparado con una comunicación digital
en la cual el encuentro significante-significado utiliza signos
188 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

privados de cualquier nexo de semejanza con el objeto repre­


sentado y por lo tanto arbitrario (30), al menos en apariencia.
Podemos verificar en qué forma una clave de lectura metafó­
rica nos permite distinguir bajo otra luz a las manifestaciones
sintomáticas, y compararlas precisamente con metacomunica-
ciones analógicas del problema del paciente, en forma de
imágenes y conductas o de interacciones repetitivas, o sea todas
esas formas que, por convención, reuníamos más arriba en la
clase objeto.
Indudablemente, Milton Erickson apreció, más que cual­
quier otro terapeuta, la significación metafórica de los síntomas
como modalidad particular de comunicación entre el paciente
y el terapeuta, y utilizó a su vez este lenguaje analógico en el
proceso terapéutico. Cuando imparte al paciente una indica­
ción de conducta, ésta, en general, se sitúa en el mismo nivel de
lenguaje sintomático en que el paciente expresa su comporta­
miento, obligándolo a confrontarse con los elementos más
significativos de su estructura, a fin de modificarlos.
En este aspecto, es de destacar el ejemplo proporcionado
por Haley (39). Erickson debió ocuparse, en el hospital, de un
conocido industrial que había perdido toda su fortuna y que
atravesaba una depresión, llorando todo el tiempo y deslizando
continuamente los brazos de adelante hacia atrás sobre el
pecho. Erickson le dijo entones: “Usted es un hombre que ha
tenido altos y bajos”, y le indicó que modificara su ademán,
desplazando las manos de arriba abajo y no de adelante hacia
atrás. Lo llevó después a un terapeuta ocupacional pidiendo a
éste que colaborara con él. Resaltando el movimiento de arriba
abajo, sugirió: “Ponle un pedazo de papel de lija en cada mano
y coloca entre ellas una tabla rugosa, así él podrá pulir y sacar
brillo a los muebles antiguos.” De este modo, el hombre pudo
comenzar algo productivo y dejó de llorar. A renglón seguido
comenzó a trabajar la madera: tallaba piezas de ajedrez y las
vendía. Anduvo tan bien que pudo volver a su casa de visita, en
tren de prueba y, un año después de salir, había acumulado
bienes inmuebles por una suma relativamente importante. Es
evidente que en este caso el terapeuta captó la significación
metafórica de un comportamiento determinado (la oscilación
de los brazos) que se utilizó, transformándolo y dándole una
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 133

finalidad, para entablar un diálogo del mismo nivel con el


paciente y lograr que hallara éste una respuesta al problema
existencial que en ese momento afrontaba. Los síntomas que
concurren a la determinación del cuadro depresivo del pacien­
te deben ser en cierto modo jerarquizados por el terapeuta, y
una estereotipia gestual más bien limitada es utilizada para
representarlos, estereotipia cargada a su vez de connotaciones
referidas a los únicos aspectos de su problemática existencial
que sufren un proceso que los semiólogos definen como proce­
so de hipercodificación. Se trata, prácticamente, del reflejo de
lo que sucede en la existencia de cada cual, ya que secuencias
enteras de conducta o más aun la existencia toda, si se las
somete a un análisis interpretativo, cobran una significación
metafórica que busca en la repetición continua de una serie de
acciones y de interacciones la solución a problemas individua­
les específicos. En este sentido, cada metáfora, cada “objeto”
se sitúa solamente por una parte en un contexto peculiar y es,
así, connotado por éste; de hecho, en su mayor parte, tanto el
objeto como la metáfora concurren a connotar a su vez el
contexto, introduciendo en él todos los valores que integran su
historia. Así pues, en cada comunicación metafórica debemos
considerar la dimensión espacial y temporal a la que se refiere.
La respuesta a ésta y a los interrogantes que ella despierta im­
plícitamente puede ser facilitada por una metáfora que
restringe y precisa espacial o temporalmente los términos del
problema.
Al admitir una jerarquía de valor en los elementos de
comunicación que expresan el problema se llega así a un
proceso de condensación y de hipercodificación de algunos de
ellos; como hemos visto, es primordial, en la respuesta a dar,
partir de un proceso análogo. Basta pensar al respecto en la
significación que toman por ejemplo la prescripciones rituali-
zadas que M. Selvini y sus colaboradores utilizan tan a menudo
en terapia familiar.
Hasta ahora no hemos considerado más que situaciones en
las que el terapeuta se sirve de la metáfora para impartir
prescripciones de conducta, pero lo más común es que se la
utilice como función reestructurante en forma de interpreta­
ción (por ejemplo: “hay en usted un niño que busca a su mamá...
184 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

o que grita de miedo”), a partir de la cual se puede iniciar toda


una serie de exploraciones que cambian las precedentes defi­
niciones de valor de una situación o de un comportamiento,
restableciendo un proceso en lo que se representaba como dato
estático de la realidad. Si observamos bien, en todas estas
circunstancias el método empleado no parte de una tentativa
de reconstrucción de los procesos que condujeron a la forma­
ción del “objeto”, en el primer sentido indicado. El objeto
originario es sustituido, por el contrario, por otro “objeto”
(elegido según criterios de similitud) que se utiliza para
exploraciones sucesivas y que se presta mejor a este fin en la
medida en que su significación es más incisiva en cuanto a los
elementos, y en que es portador de una escala de valor
alternativa.

EL OBJETO METAFORICO EN SESION

Sobre la base de estas consideraciones (que merecerían un


desarrollo más profundo), veamos ahora lo que se entiende por
objeto metafórico y de qué modo se lo utiliza en las sesiones
terapéuticas cuando se lo inserta en un contexto de comunica­
ción. Se trata de objetos materiales que el terapeuta escoge
durante la sesión entre aquellos que le parecen más adecuados
para representar las conductas, las relaciones, las interacciones
en curso, o las reglas de la familia sometida a tratamiento. La
introducción del objeto puede ser facilitada por una metáfora
verbal del propio paciente o de los otros miembros de la familia,
y puede servir para concretarla (del mismo modo en que se
puede concretar una metáfora verbal del terapeuta amplificán­
dola y virtualizándola). El objeto se inserta, pues, en el contexto
más amplio de las interacciones familia-terapeuta y, por lo
tanto, de los “objetos” que se destacan en estas interacciones
comunicativas en forma de redundancia, interacciones en las
que el terapeuta mismo se ve insertado con su particular
manera de ser, su personalidad y sus vivencias emocionales. Así
pues, la elección del objeto metafórico es un acto inventivo del
terapeuta mediante el cual éste introduce un código nuevo en
la definición e interpretación de lo que ocurre, código sobre
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 135

cuya base se expresarán toda una serie de procesos de redefi­


nición entre los diferentes miembros de la familia y entre éstos
y el terapeuta.
Para que se comprenda mejor la forma de presentarse esto
en la práctica echaremos mano a la transcripción del extracto
de una primera sesión en la que se utilizó un objeto metafó­
rico.
La familia está compuesta por el padre, la madre y el hijo
adoptivo de 18 años. Los padres y el hijo acuden, al parecer, con
objetivos terapéuticos diferentes (los padres por la homosexua­
lidad del hijo, el hijo para conseguir una mayor autonomía).
Inmediatamente antes de la sesión, la madre llevó aparte por
un instante a un miembro del equipo terapéutico y le contó que
el hijo es adoptado pero que ella no tiene la menor intención
de tocar el tema si su hijo no lo hace primero. Antes de
comenzar la sesión, el equipo convino en que el terapeuta
llevaría un sobre abierto conteniendo una hoja en blanco, para
hablar en el momento oportuno del secreto de la familia.
El comienzo de la transcripción se refiere al momento en
que, al cabo de unos quince minutos, los diferentes miembros
quedan frente a frente en cuanto a su motivación respectiva; el
terapeuta decide ir al grano e intentar traspasar las resistencias
del sistema; en éste, en efecto, es evidente que más allá de las
aparentes posiciones antagónicas, padres e hijo colaboran
activamente a mantener la situación en una fase de estanca­
miento, evitando hablar de lo que más los afecta.

TERAPEUTA (dirigiéndose al hijo, mirándolo con fijeza y


tendiéndole resueltamente el sobre). -Oye, quisiera que dejases
de hablar de neurosis y bisexualidad y que empezaras a hablar
del problema que hay aquí dentro (mostrando el sobre).
HIJO (toma el sobre, lo mira, lo abreysaca la hoja de papel). -LO
sea?
TERAPEUTA. -O sea del problema que hay aquí dentro
(mostrando el sobre) que no es ni un problema de bisexualidad
ni de neurosis sino un problema de otro tipo.
HIJO. -P ara mí el problema es...
PADRE (interrumpiendo). -¿D e impotencia?
HIJO. -¿Impotencia de qué clase?
136 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

PADRE. -Impotencia en tu relación con las mujeres (elpadre


continúa hablando sobre este tema buscando explicarse).
TERAPEUTA (interrumpiendo). -L a pregunta se la hice a su
hijo.
PADRE. -Ah, sí, discúlpeme.
HIJO. -E l vacío, es decir, el blanco representa para mí el vacío,
el hecho de tener que afrontar (mira dentro del sobre) algo solo
sin la ayuda de nadie.
TERAPEUTA. -Escucha, quisiera que me hables de lo que hay
aquí dentro (mostrando el sobre) y de lo que te concierne no sólo
a ti sino también a tus padres.
HIJO. -E n cuanto a mí, yo me siento libre, no tengo problemas,
es decir... tengo problemas de relación con ellos (volviéndose
hacia los padres).

(Tras cruzar unas palabras con el terapeuta, el hijo es invitado


a dar el sobre al padre.)

TERAPEUTA (dirigiéndose al padre). -¿Por qué no intenta


ayudar a su hijo a decir lo que hay en el interior del sobre?
PADRE. -¿O sea lo que yo pienso de él?
TERAPEUTA. -No, lo que hay en este sobre, la misma
pregunta que le hice a su hijo se la hago ahora a usted.

El padre dice no comprender al constatar que la hoja está


en blanco, el terapeuta insiste con voz decidida y repite la
pregunta hecha ya al hijo; el padre se distancia en un monólogo
donde describe las conductas de su hijo y su homosexualidad;
al final, se habla del problema de la adopción, de la que el hijo
se enteró leyendo unos documentos que le concernían y que
determinaron en parte su comportamiento. Pero la discusión se
torna confusa, todos hablan juntos, introduciendo otros
problemas. El terapeuta interrumpe las interacciones, toma el
sobre de manos del padre y lo pasa a la madre.

TERAPEUTA. -Señora, discúlpeme (mostrando el sobre),


según usted, ¿qué hay aquí dentro?
MADRE (suspira). -Hay que él me confesó que quería irse de
casa y eso yo no lo acepto... (se zafa).
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 137

TERAPEUTA. -Discúlpeme, pero no me ha contestado. Le


pregunté lo que primero le pregunté a S y a su marido; según
usted, ¿qué hay aquí dentro?

(La madre intenta zafarse otra vez y luego se refiere al


documento al que antes había aludido el hijo; alfinal se queda en
silencio, confundida. El terapeuta bloquea las tentativas de
intervención del padre y del hijo.)

TERAPEUTA. -Señora, vea usted, por lo que yo entendí de


todo esto (toma el sobre y lo muestra, mirando altemativamete a
los demás), una cosa me parece muy importante: que todos
ustedes están preocupados los unos por los otros (elpadre ríe,
incómodo; la madre hace intentos de intervenir) e implicados por
algo que hay aquí, en el interior (abre lentamente el sobre) y
todos tienen miedo de que este sobre sea abierto, cuando en
realidad...
PADRE. -A lo mejor es que...
TERAPEUTA. -Cuando en realidad es un sobre ya abierto
(abre lentamente el sobre) cuyo secreto (extrae la hoja en blanco)
todos ustedes ya conocen (vuelve a dar el sobre a la madre). Así
que, señora, ¿cuál es el problema de los documentos?

En este extracto de sesión, el objeto metafórico permite al


terapeuta transmitir a la familia mensajes de índole variada y
establecer un contexto más acorde con la prosecución de los
objetivos siguientes:

a) La presentación del sobre hace posible interrumpir una


discusión estéril en la que todos, con motivaciones personales
distintas, evitan establecer una meta terapéutica común y
hablar de un problema (la adopción) que los implica emocio­
nalmente. El sobre con la hoja en blanco en el interior repre­
senta metafóricamente aquello que cuidadosamente evitaron
en la discusión, no precisándolo, en forma tal que cada uno se
vea convocado a afrontar el problema aunque éste no sea
mencionado nunca inicialmente por el terapeuta.
b) El terapeuta impone a la familia seguir la dirección que
él pretende, aunque en apariencia niegue actuar de esa manera,
138 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

desechando todos los argumentos que no sean pertinentes para


el objetivo propuesto; cuando un miembro de la familia no
logra continuar o se resiste, el objeto es pasado a otro para
ayudar al primero.
c) El objeto metafórico constituye un poderoso medio de
control, una manera para que el terapeuta pueda retirarse del
juego cuando la situación se torna peligrosa o surge un punto
sin salida, volviendo a lanzar la pelota al campo familiar y
verificando lo que sucede desde el exterior. Al mismo tiempo,
es para él un punto de referencia cuando decide intervenir, por
lo mismo que el tema de la sesión gira siempre alrededor de ese
punto.
d) Queda así puesta en evidencia otra función del objeto
metafórico, precisamente la de eliminar los factores de inter­
ferencia en la línea de intervención programada, y fomentar un
retorno a ésta al final de cada paréntesis interactivo.

En este aspecto puede ser útil realizar una comparación con


lo que sucede en el desarrollo cognitivo del recién nacido.
Bruner (23) observa que “...antes de los 4 meses... el niño parece
capaz de succionar y mirar al mismo tiempo”. Si examinamos
el registro gráfico de la succión, veremos que no es así: en
realidad, el acto de mirar inhibe la succión negativa o aspira­
ción, mientras que la presión de la boca o succión positiva
continúa, aunque con amplitud reducida. Este fenómeno nos
movió a pensar en una forma exteriorizada de persistencia en
la iniciativa que llamaremos, por el momento, acto de “mante­
nimiento”. De hecho, al mantener en función un aspecto
significativo de una operación en curso, siendo que al mismo
tiempo se efectúa otra actividad (casi entre paréntesis, por
decirlo así), recordamos que es preciso volver a la operación
inicial. Y esto es precisamente lo que sucede con el objeto
metafórico, que se posiciona para la familia y para el terapeuta
como punto de referencia del que hay que partir y al que
siempre hay que volver en un movimiento de descodificación
continua de la metáfora. Sobre el plano no verbal, hallamos
esta correspondencia en las miradas continuas que lanzan los
participantes mientras hablan, en dirección al objeto, y en el
movimiento de las manos, por el que el objeto es constantemen­
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 139

te arrugado, sopesado, palpado, como si de su exploración


sensorial se pudiesen extraer informaciones ulteriores. Esto
polariza la atención de los miembros de la familia y del
terapeuta con un efecto casi fascinante. La tarea implícita
parece ser definir el objeto y definirse con relación a él,
distrayendo la atención del terapeuta y dejándolo más libre de
su movimiento, para transmitir a través de él sus prescripciones
reestructurantes. Esta maniobra presenta una clara analogía
con la hipnosis, cuando se utiliza un objeto para inducir un
estado de trance y como catalizador de toda una serie de
sensaciones sugeridas al paciente; ello a través de una opera­
ción en la que sus sensaciones han de ser puestas en correlación
con el efecto del objeto y no tanto con el del terapeuta. Final­
mente, el terapeuta parte del objeto metafórico para reforzar
el efecto de su comentario y de su interpretación, transfiriéndo­
lo al plano visual (y por lo tanto aumentando su impacto
sensorial por la utilización de un segundo canal de comunica­
ción) y condensándolo en un soporte material que puede
representarlo eficazmente sobre la base de las significaciones
que se han superpuesto en el curso de las interacciones prece­
dentes. Así, pues, el objeto metafórico se enriquece con toda
una serie de denotaciones y connotaciones derivadas de la
articulación de las significaciones que cada cual, terapeuta
incluido, le atribuye. El objeto metafórico puede servirnos no
sólo para ampliar comentarios, representar relaciones, trans­
mitir significaciones de manera estática, sino también para
dramatizar aspectos parciales de una relación de tal modo que
quede manifiesta una contradicción, como podrá verse en el
fragmento que sigue.
Se trata de la misma familia en una sesión ulterior; el
comportamiento del paciente, quien se sirve de un discurso
sumamente abstracto para enfatizar su autonomía en sus
elecciones sexuales, ha sido redefinido por el terapeuta como
síntoma de su infantilismo, demostrando su dependencia
respecto de su familia y su fuerte apego a la madre, En
consecuencia, continuando con la estrategia, el terapeuta se
muestra muy sorprendido de que la madre afirme ahora estar
más tranquila porque su hijo aludió, en los últimos días, a la
posibilidad de casarse como lo hacen los otros varones; para
140 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

subrayar la incongruencia de las declaraciones de la madre, el


terapeuta se sirve entonces de una muñeca de trapo ya utilizada
antes para representar los aspectos infantiles del paciente.

TERAPEUTA (entrando en la sala con la muñeca y presentán­


dola a la madre). -¿Se acuerda de esta muñeca?
MADRE. -¡Sí!
TERAPEUTA. -Tómela (la madre la toma, con aire perplejo).
Repítale lo que acaba de decir.
MADRE. -E l me dijo esto: ¿eso es lo que esperas? En otoño me
caso.
TERAPEUTA. -No, no, repítale lo que dijo usted.
MADRE (intenta zafarse).
TERAPEUTA. -No, no, lo que usted dijo a propósito del
casamiento de S.
MADRE. -Dije que, si se produce, estaré muy feliz de que él se
case.
TERAPEUTA. -Dígaselo (mostrando la muñeca).
MADRE (mira a la muñeca, manifiestamente incómoda). -A
ella, no, no se le puede decir.
TERAPEUTA. -Dígaselo, señora.
MADRE (silencio). -Pues no (pausa)... todo depende de esto...
así que... no sé, no comprendo.
TERAPEUTA. -Señora, dígaselo.
MADRE. -A un niño tan pequeño, no se le puede decir
(silencio).
TERAPEUTA. -Usted piensa que una madre puede decirle a
su hijo...
MADRE (interrumpiéndolo). -No, yo no digo: cásate, sino que
me parece normal que tarde o temprano uno se case... (se
explaya sobre este concepto).
TERAPEUTA. -Señora, quisiera que le dijese a este niño
(mostrando la muñeca): estoy muy contenta de que te vayas de
casa y te cases.
MADRE. -No, estoy muy contenta... si pudiera ser así (miran*i
do al terapeuta)... >
TERAPEUTA. -¡Pero no me mire a mí! i
MADRE. -No, no (mirando a la muñeca), estoy muy contentai
de que él se case y se vaya de casa... ¡
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 141

TERAPEUTA (volviéndose hacia el padre). -¿U sted lo cree?


PADRE. -No del todo (menciona el vacío que dejaría en la
familia la partida del hijo).

Podemos notar de qué modo, al introducir la muñeca, el


terapeuta renuncia a interpretar verbalmente las afirmaciones
de la madre. La maniobra suele tener efectos exactamente
opuestos a las intenciones terapéuticas, ya que es contrarresta­
da por toda una serie de racionalizaciones defensivas. El
terapeuta utiliza el objeto metafórico, por el contrario, dando
por establecido un hecho que ha podido observar; gracias a él,
perseguirá a la madre para que se defina frente a éste. Está
claro que para que la maniobra resulte exitosa será muy
importante el timing, es decir, el momento en que se efectúa la
intervención. Como en el caso del sobre en el ejemplo prece­
dente, aquí también se suministra un elemento de confusión, ya
que se introduce en el contexto un objeto no explícitamente
congruente con él. El procedimiento tiene puntos comunes con
la técnica de confusión descrita por Erickson, por inducción de
hipnosis, donde el objetivo principal es impedir que el sujeto,
a raíz de una intervención desestabilizadora del terapeuta,
consiga reorganizar sus propios datos perceptivos en un sistema
de referencia nuevo y comprensible. Erickson dice: “...el ele­
mento sucesivo en la técnica de confusión es la inserción en el
discurso de elementos no pertinentes y el uso de Non sequitur”\
cada uno de éstos, extraídos del contexto, aparece como una
comunicación lógica y sensata, pero en el contexto crean
confusión, distraen, inhiben y llevan progresivamente al sujeto
a un deseo poderoso y a una real necesidad, dado su estado de
creciente frustración, de recibir una comunicación cualquiera
que sea posible comprender y a la que se pueda dar una
respuesta rápida.
Una consideración de primera importancia en el uso de una
técnica de confusión es mantener en forma estable un
comportamiento general impreciso pero claramente interesa­
do, hablar con tono grave, serio, intenso, que exprese la
expectativa segura y total de que el sujeto comprenderá lo que
se dice o hace. El sujeto está así casi obligado a elaborar una
respuesta y, frustrado en esta elaboración por la presentación
142 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

sucesiva de otra idea donde se repite el proceso entero, se


desarrolla sin pausas un estado de inhibición que lleva a la
confusión y aúna necesidad creciente de recibir una comunica­
ción clara y comprensible a la que poder dar una respuesta
pronta y completa (30).
Si analizamos lo que sucede en las sesiones comentadas,
vemos que la introducción de objetos como el sobre y la muñeca
es efectivamente una maniobra creadora de confusión, porque
la acción no está secundada por ninguna explicación que pueda
ayudar a las personas involucradas a situar el nuevo elemento
enun contexto congruente. Estas necesitan recibir de una u otra
manera una explicación que permita enlazar fácilmente el
significado de lo que ocurre al contenido de sus discursos. Muy
lejos estamos de eso, aunque sólo fuese por la manera en que
el terapeuta formula preguntas que exigen una comprensión
inmediata, en un contexto donde los datos de información son
absolutamente insuficientes para los destinatarios, y por la
manera en que aparece una muñeca en un contexto donde las
personas interactúan verbalmente de adultos a adultos. Entre
adultos, normalmente, no se emplean muñecas para comuni­
carse, y sobre todo no se le pide a un adulto que hable con una
muñeca.
A ello se suma otro factor de desorientación; prácticamente
se ha exigido a la madre colocarse en dos niveles de comunica­
ción, y ésta se ve obligada a comunicarse de manera indirecta
a través del objeto, con el terapeuta, pero también con el hijo
y el marido, ai tiempo que esto es negado puesto que el diálogo
se entabla con una muñeca. Por otra parte, esta muñeca no es
solamente una muñeca, ya que reemplaza al hijo hasta confun­
dirlo con un niño para el que hay que encontrar un lenguaje
adecuado. El objeto metafórico pasa a ser una marca connota-
tiva de la interacción, una manera de interpretar, y ello a causa
de la naturaleza misma del objeto, que define sin discusión, sin
posibilidad de comentarios ulteriores, el sentido que hay que
atribuirle. Todo ello, manteniendo con más esmero aun la
ambigüedad de la demanda dirigida a la madre, porque en la
invitación nunca está perfectamente claro si el terapeuta se
refiere al objeto en sí mismo o a lo que éste puede representar.
No debemos descuidar, por último, el efecto provocador que,
EL EMPLEO DEL OBJETO METAFORICO 143

a través del diálogo, se puede obtener frente al sistema y en


última instancia frente a sus modalidades redundantes de
relación; esto constituye por lo demás uno de los objetivos
principales de nuestra intervención, según el esquema pro­
puesto por Andolfi y colaboradores (7); así como la muñeca
representa una parte del sujeto o el cónyuge o el hijo o una
persona ausente cualquiera, así la dramatización no sirve
únicamente para poner en evidencia distorsiones particu­
lares de comunicación de una diada determinada (muñeca-
sujeto), sino que implica a todos los otros miembros que
condicionan la relación y que son, a su vez, condiciona­
dos por ella. El lazo de dependencia recíproca entre la
madre y el hijo era evidente, así como la marginación del
padre, quien, a su vez, contribuía a mantener esta dia­
da.
El diálogo con el objeto se convierte así en una provocación
y un estimulante para los demás miembros de la familia, y
especialmente para el hijo, quien sin embargo está obligado a
callarse, pues su madre no le habla a él sino a la muñeca que lo
representa. Sólo en un momento ulterior, si el terapeuta los
invita a ello, podrán participar en la interacción con sus co­
mentarios, mientras que el material que haya surgido será re-
definido en términos sistémicos, con los efectos pragmáticos
consiguientes, y sobre todo si, como hemos visto, ese material
encuentra una amplificación emocional en lo que los miembros
de la familia expresan. El efecto de la dramatización podrá
ser eventualmente amplificado después indicándose a la
familia su repetición o ritualización en el intervalo que
separa una sesión de otra. Las observaciones anexas podrán
extender el área de discusión a las diferentes formas de
dramatización utilizables en terapia familiar (en particular,
la escultura familiar) sobre todo en lo que atañe al impacto
emocional de unas modalidades de comunicación inhabituales
en las que se privilegian canales de comunicación kinestésicos
y visuales. El tema exigiría un tratamiento específico que, por
su amplitud, excedería el marco de nuestros objetivos inmedia­
tos de trabajo.
Volvamos, para concluir, al objeto metafórico: lo impor­
tante es que éste puede revelarse como un instrumento útil en
144 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

manos del terapeuta, ya sea para aclarar modalidades particu­


lares de comunicación o para cambiar las reglas sobre las que
ellas se fundan, teniéndose en cuenta que ambos aspectos no se
excluyen sino que, por el contrario, guardan a menudo una
estrecha relación.
Tercera parte

EL SISTEMA TERAPEUTICO
Capítulo 6

EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO


DEL DRAMA FAMILIAR

Maurizio Andolfl y Claudio Angelo

El director de la compañía: “¿Quiénes son ustedes? ¿Qué desean?”


El padre: “Hemos venido aquí en busca de un autor.*’

El director: “¿Dónde tienen el manuscrito ?”


El padre: “Está en nosotros, señor. El drama está en nosotros y
estamos impacientespor representarlo, nos empuja a ello lapasión que
hay en nosotros.”

L. PIRANDELLO

PREMISAS

La psicoterapia ha sido definida de varias maneras que


corresponden a métodos de intervención basados en percep­
ciones diferentes del individuo y de sus relaciones significati­
vas. De ello emanan interpretaciones diferentes de los trastor­
nos mentales, que influyen sobre la elección de los objetivos y
de los métodos más adecuados para alcanzarlos.
La elección del método terapéutico y el valor que se le
atribuye varían en función de la filosofía de cambio que lo
inspira y de la definición de la relación terapéutica. Incluso
cuando se emplean las mismas herramientas terapéuticas, el
148 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

modo de utilizarlas diferirá según los aspectos de estas herra­


mientas a los que se otorgue más relieve. ¿Qué significaciones
les atribuirán el terapeuta y el paciente en el interior de una
relación específica, en un contexto terapéutico dado?
Aunque nadie, hasta el presente, haya logrado dar una
explicación exhaustiva de lo que es la psicoterapia, nosotros
pensamos que el aprendizaje constituye una parte importante
de ella. Como en toda experiencia humana, en terapia se
aprende y, por lo tanto, también modifica uno sus propios
modelos perceptivos.
Intentaremos describir aquí una modalidad de aprendi­
zaje por la que, en el libreto terapéutico, el terapeuta y la
familia son los protagonistas de una suerte de reedición del
drama familiar.
Antes de entrar en el meollo del tema nos parece útil
recordar algunas de nuestras premisas.
El funcionamiento de una familia está sostenido por un
equilibrio dinámico alcanzado merced a una serie de interac­
ciones repetitivas (convertidas en reglas de relación) que
permiten a cada cual asumir funciones específicas que definen
la identidad de unos y otros. Esta condición asegura al sistema
su continuidad en el tiempo. Sin embargo, para favorecer la
diferenciación progresiva de sus miembros (y en consecuencia
para cambiar), cada familia debe tolerar las fases de desorga­
nización necesarias para la modificación del equilibrio funcio­
nal característico de un estadio de desarrollo, y para el acceso
a otro equilibrio más adecuado en el estadio siguiente (41).
La capacidad de modular en el tiempo las exigencias
complementarias de continuidad en la relación y de individua­
ción del sí-mismo, permite aprender nuevas maneras de ser y
de expresarse en la relación, proporcionales al nivel de diferen­
ciación alcanzado por cada uno de los miembros y por la familia
en su conjunto.
En ciertas familias, los cambios de relación necesarios para
el proceso de desarrollo son vividos como amenazas. En estos
casos, los esquemas interactivos y las funciones asumidas por
cada uno de los miembros se tornan cada vez más rígidos y
culminan en la expresión de una patología individual. A medida
que la necesidad de estabilidad del conjunto del sistema se vaya
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 149

haciendo indispensable, esa patología ganará en magnitud y la


posibilidad de reversión irá disminuyendo.
La patología mental representa entonces una suerte de
metáfora del dilema de una familia, que desearía avanzar pero
permaneciendo inmóvil (12). La demanda de terapia parece
provenir también de este dilema, con el agregado de una nueva
entidad, el terapeuta, que debería hacer suya la contradicción
presentada por la familia y ayudarla por lo tanto a avanzar
haciéndola quedarse en su sitio.
Se esboza así una relación donde habrá un implícito
acuerdo en desempeñar roles complementarios; al terapeuta
se le asignará el rol de juez, de salvador o de experto; al paciente
designado, el de incompetente, el de enfermo, o bien otro más
complejo: el de portador de lo irracional. Los miembros de la
familia podrán tomar partido por uno u otro en función de
criterios específicos ligados a la edad, el sexo, la profesión o las
exigencias de la situación.
Si la familia teme verdaderamente el cambio y no lo inverso,
el paciente y la familia propondrán al unísono un programa de
trabajo que nada modificará en los equilibrios conquistados. Si
el terapeuta acepta esto o se deja implicar, acabará convirtién­
dose él mismo en un elemento suplementario para el refuerzo
del inmovilismo patológico de la familia. De esta manera, la
familia no aprende nada verdaderamente nuevo; sólo utiliza de
manera más refinada sus esquemas disfuncionales, mantenien­
do intactos los roles atribuidos a cada cual. Esto se lleva a cabo
a expensas de la identidad personal, que se confunde cada vez
más en funciones repetitivas altamente previsibles (57). En un
contexto semejante, si el terapeuta tiene miedo al cambio o al
descubrimiento de nuevas partes de sí mismo que deba poner
en juego en su relación con el otro, su rol será altamente
previsible y repetitivo.
Por el contrario, la intervención será contemplada bajo una
luz absolutamente distinta si aceptamos la hipótesis siguiente:
el encuentro terapéutico pu^deprovocar un cambio de valores,
es decir, de la suma de las significaciones cognitivas y
emocionales atribuidas por la familia a la realidad que vive. El
problema será entonces cómo modificar esas significaciones,
que parecen exigir la formación y la preservación temporal de
150 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

conductas patológicas. Estas comprenden, tanto la patología


mental expresada por uno de los miembros de la familia, como
los comportamientos “obligados” actuados por los otros.

LA REEDICION DEL DRAMA FAMILIAR EN TERAPIA

El drama es un juego de alto contenido emocional cuya


trama progresa hacia un destino previsible, generalmente des­
dichado. Los personajes que lo interpretan tienen pocas posi­
bilidades de escapar a las designaciones rígidas que sus roles
implican. Contrariamente a otros tipos de juego como la come­
dia, los actores no tienen la posibilidad de reírse buenamente
de sí mismos y de los otros, de tomar a broma los acontecimien­
tos de la vida aceptando inevitables contradicciones y sentando
jalones para la superación de cualquier esquematización rígida
de sus relaciones.
Es difícil decir hasta qué punto es importante el juego para
cada uno de nosotros. Es verdad que en el curso de nuestra vida
pasamos continuamente por un “juego” para alcanzar el equi­
librio en nuestras relaciones con la realidad exterior y con las
personas que nos rodean. El niño juega con sus títeres y con sus
pares, reproduciendo situaciones de la vida cotidiana o buscan­
do interpretar roles que se correspondan con los ideales que los
adultos le transmiten. A través del juego, hace la experiencia de
la realidad por una vía paradójica: presenta actos reales en un
contexto que no obstante niega su realidad, mientras que los
objetos mismos que utiliza en este contexto cobran aspectos
múltiples, puesto que son, y al mismo tiempo no son, lo que
supuestamente representan.
Estas situaciones se repiten constantemente, incluso en las
relaciones cotidianas de la vida adulta: el sentido de lo que se
dice o se hace no siempre es explícito; a menudo se lo mantiene
en un nivel implícito o francamente negado: si queremos
darnos cuenta de la posición u opinión de nuestro interlocutor
a propósito de un tema que nos interesa particularmente, po­
demos adoptar una actitud bromista, dejar caer un comentario
y esperar una reacción eventual antes de decidir en qué
dirección continuar, si proceder por alusión o con tono serio, si
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 151

negar lo que se acaba de decir afirmando: “Estaba bromean­


do”, o admitir las propias intenciones y los sentimientos rea­
les... Así, con nuestro interlocutor, construimos un juego en el
que irán a delimitarse roles precisos que constituirán puntos de
referencia para la prosecución de la exploración.
Si los roles se esclerosan y se repiten, fijando la realidad en
certezas cristalizadas y unívocas, sin posibilidad de cambio, el
proceso de desarrollo se detiene. A la larga, esto puede aca­
rrear la muerte psicológica de la persona. El juego repetitivo
deja de ser un juego, ha perdido su creatividad y se ha
convertido en un monótono estereotipo.
La familia es ese lugar privilegiado en que el juego comien­
za y se construye a través de las relaciones entre esposos, padres
e hijos. A medida que las exigencias afectivas de cada uno
imponen una distribución de roles rígidos y complementarios,
el juego se esteriliza y los intercambios pierden su potencial de
información. El espacio personal de cada uno (es decir, aquel
donde todavía no existen atributos y reglas fijos), ese espacio en
el que se elaboran los intercambios actuados en la interacción
con el otro, se reduce, pues se ve cada vez más ocupado por
necesidades funcionales (7). Cada cual se adapta entonces a
una visión de la realidad que es complementaria a la del otro:
habrá un enfermo y un sano, un agresor y una víctima, un cauto
y un inconsciente, tornándose cada vez más rígidos los momen­
tos en que los lugares y las funciones respectivas deban actua­
lizarse en la propia relación. Como ha hecho notar Bowen, el
valor funcional del comportamiento de los miembros de la
familia aumenta junto a su grado de simbiosis y de indiferencia-
ción (22). El juego se hace más y más repetitivo y constituye el
boceto de un drama que adhiere progresivamente al mito
familiar (33), mientras los esfuerzos de diferenciación de cada
cual fracasan, intensificando al mismo tiempo la culpa.
Cuando un terapeuta, por primera vez, entra en contacto
con una familia de interacción rígida, ésta ha perdido la posi­
bilidad de jugar de manera creativa, y ello desde largo tiempo
atrás. Al igual que en el drama antiguo, cada personaje se
presenta con la máscara que mejor expresa su función. Las
expectativas ligadas a esta situación son ahora nulas. Cada cual
prevé los acontecimientos futuros, el comportamiento de los
150 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

conductas patológicas. Estas comprenden, tanto la patología


mental expresada por uno de los miembros de la familia, como
los comportamientos “obligados” actuados por los otros.

LA REEDICION DEL DRAMA FAMILIAR EN TERAPIA

El drama es un juego de alto contenido emocional cuya


trama progresa hacia un destino previsible, generalmente des­
dichado. Los personajes que lo interpretan tienen pocas posi­
bilidades de escapar a las designaciones rígidas que sus roles
implican. Contrariamente a otros tipos de juego como la come­
dia, los actores no tienen la posibilidad de reírse buenamente
de sí mismos y de los otros, de tomar a broma los acontecimien­
tos de la vida aceptando inevitables contradicciones y sentando
jalones para la superación de cualquier esquematización rígida
de sus relaciones.
Es difícil decir hasta qué punto es importante el juego para
cada uno de nosotros. Es verdad que en el curso de nuestra vida
pasamos continuamente por un “juego” para alcanzar el equi­
librio en nuestras relaciones con la realidad exterior y con las
personas que nos rodean. El niño juega con sus títeres y con sus
pares, reproduciendo situaciones de la vida cotidiana o buscan­
do interpretar roles que se correspondan con los ideales que los
adultos le transmiten. A través del juego, hace la experiencia de
la realidad por una vía paradójica: presenta actos reales en un
contexto que no obstante niega su realidad, mientras que los
objetos mismos que utiliza en este contexto cobran aspectos
múltiples, puesto que son, y al mismo tiempo no son, lo que
supuestamente representan.
Estas situaciones se repiten constantemente, incluso en las
relaciones cotidianas de la vida adulta: el sentido de lo que se
dice o se hace no siempre es explícito; a menudo se lo mantiene
en un nivel implícito o francamente negado: si queremos
darnos cuenta de la posición u opinión de nuestro interlocutor
a propósito de un tema que nos interesa particularmente, po­
demos adoptar una actitud bromista, dejar caer un comentario
y esperar una reacción eventual antes de decidir en qué
dirección continuar, si proceder por alusión o con tono serio, si
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 151

negar lo que se acaba de decir afirmando: “Estaba bromean­


do”, o admitir las propias intenciones y los sentimientos rea­
les.., Así, con nuestro interlocutor, construimos un juego en el
que irán a delimitarse roles precisos que constituirán puntos de
referencia para la prosecución de la exploración.
Si los roles se esclerosan y se repiten, fijando la realidad en
certezas cristalizadas y unívocas, sin posibilidad de cambio, el
proceso de desarrollo se detiene. A la larga, esto puede aca­
rrear la muerte psicológica de la persona. El juego repetitivo
deja de ser un juego, ha perdido su creatividad y se ha
convertido en un monótono estereotipo.
La familia es ese lugar privilegiado en que el juego comien­
za y se construye a través de las relaciones entre esposos, padres
e hijos. A medida que las exigencias afectivas de cada uno
imponen una distribución de roles rígidos y complementarios,
el juego se esteriliza y los intercambios pierden su potencial de
información. El espacio personal de cada uno (es decir, aquel
donde todavía no existen atributos y reglas fijos), ese espacio en
el que se elaboran los intercambios actuados en la interacción
con el otro, se reduce, pues se ve cada vez más ocupado por
necesidades funcionales (7). Cada cual se adapta entonces a
una visión de la realidad que es complementaria a la del otro:
habrá un enfermo y un sano, un agresor y una víctima, un cauto
y un inconsciente, tornándose cada vez más rígidos los momen­
tos en que los lugares y las funciones respectivas deban actua­
lizarse en la propia relación. Como ha hecho notar Bowen, el
valor funcional del comportamiento de los miembros de la
familia aumenta junto a su grado de simbiosis y de indiferencia-
ción (22). El juego se hace más y más repetitivo y constituye el
boceto de un drama que adhiere progresivamente ai mito
familiar (33), mientras los esfuerzos de diferenciación de cada
cual fracasan, intensificando al mismo tiempo la culpa.
Cuando un terapeuta, por primera vez, entra en contacto
con una familia de interacción rígida, ésta ha perdido la posi­
bilidad de jugar de manera creativa, y ello desde largo tiempo
atrás. Al igual que en el drama antiguo, cada personaje se
presenta con la máscara que mejor expresa su función. Las
expectativas ligadas a esta situación son ahora nulas. Cada cual
prevé los acontecimientos futuros, el comportamiento de los
162 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

otros y hasta el lugar y la función del terapeuta. El libreto debe


progresar según secuencias previsibles que se articulan entre sí
para representar la obra y llevarla a su conclusión, aunque la
familia pida ayuda para cambiar el desenlace.
La diferencia entre la situación terapéutica y la vivencia
cotidiana está en que se agrega, a la representación, la figura del
terapeuta. Esto conduce inevitablemente a una redistribución
de funciones y a la creación de una nueva entidad: el sistema
terapéutico. Algunas de las funciones que aparecían como
“atribuidas” en el interior del sistema familiar son “proyecta­
das” sobre el terapeuta (por ejemplo, la de juez, sabio, salvador,
etc.). La representación a que se asiste no es, por tanto, la
misma que hubiéramos visto si la familia hubiese actuado sólo
para sus miembros. Además, el contexto terapéutico, como
sucede en un teatro o en un juego, es un lugar donde se
manifiestan accionesy sentimientos que, por definición, no son
los de la realidad, pero que aparecen expresados como si lo
fueran. Se los experimenta de una manera tal que las fronteras
entre “actores” y “observadores” se ven continuamente defini­
das y disueltas. La relación terapéutica no es una relación
“real”, pero pasa a serlo de hecho a causa de la sucesión de in­
teracciones en el seno del sistema paciente-terapeuta. Precisa­
mente en este juego reanuda la realidad cristalizada su movi­
miento esencial hacia el desarrollo de un proceso vital.
Como en el drama de Pirandello, Seispersonajes en buscade
un autor (58), donde cada cual parece estar prisionero de su rol
y pide al director de escena que tan sólo lo ayude a expresarlo
mejor, la familia acude al terapeuta aparentemente para que la
ayude a representar mejor su drama, de ser posible sin tener
que cambiar el libreto, cuando en realidad el libreto ha
cambiado ya por la mera participación del nuevo personaje. Si
el terapeuta no quiere quedar inmovilizado, como el director
de Pirandello, en un rol donde aceptaría pasivamente las
funciones que se le asignan, y si se niega a entrar en un libreto
de final previsible, entonces debe ser capaz de tomar parte en
la acción. Para eso, cambiará la definición del rol de cada uno
(y por tanto también el propio) así como el tiempo y ritmo de
las secuencias, introduciendo sus propios elementos de jue-
go (5).
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 153

Nuestra experiencia nos indica que esto es realizable si el


terapeuta propone rápidamente una lectura diferente del
“boceto” presentado por la familia, cambiando o amplificando
el sentido de diferentes funciones. Su puesta en escena será
eficazy logrará la aceptación del grupo familiar, si puede captar
en la situación que se le propone los elementos nodales que le
permitirán presentar una estructura alternativa. Encontrará
estos elementos en los datos más significativos de la trama
funcional del sistema y de la relación que cada cual intenta
entablar con el terapeuta. Sólo en un segundo tiempo se
enriquecerán estos datos con un contenido “histórico”, me­
diante la búsqueda de su significación en el curso del desarrollo
de la familia. No será fácil esta exploración, pues la familia
subrayará las informaciones más previsibles y sugerirá vínculos
que eviten la implicación personal. En esta exacerbada necesi­
dad de presentarse como una unidad sumamente estable, es
posible entrever elementos de inestabilidad potencial. Una vez
identificados, se los podrá articular con otros elementos surgi­
dos de la imaginación del terapeuta y de su pertenencia al
sistema terapéutico, para formar una “diferente grilla de lectu­
ra” del problema. La adición de nuevas piezas al conjunto
permite insertar otras, como en un mosaico. De este modo, en
el libreto terapéutico, los actores se verán impulsados a poner
enjuego precisamente aquellas partes de sí mismos que pensa­
ban ocultar porque los implicaban emocionalmente demasia­
do.
Para que este juego de ensamblado sea posible, también el
terapeuta debe asumir riesgos, poniendo enjuego su imagina­
ción: él replantea los elementos que la familia le suministró,
pero en forma de imágenes, acciones o escenas, e incita a los
miembros a dar nuevas informaciones o a efectuar asociaciones
en un proceso circular. Esto da lugar a una intensificación de la
relación terapéutica. En efecto, los elementos nodales de la
“trama” de la familia son localizados y organizados por las
sugerencias del terapeuta y determinan la creación de un
sistema más vasto.
He aquí un ejemplo tomado del comienzo de una primera
sesión. Comprobamos en él la importancia de distinguir desde
unprincipio las tentativas de la familia de imponer su “boceto”.
154 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

La paciente designada, Tiziana, mujer de 50 años y casada por


segunda vez, telefonea para establecer una cita. Pide una
psicoterapia a fin de tratarse una depresión que la aqueja desde
ya hace veinte años y a pesar de numerosas tentativas de
tratamientos psicoterapéuticos y otros que no resultaron efica­
ces. Con tono triste y teatral y sollozos entrecortados, describe
su vida de “reclusa”, pues hace diez años que se niega a tener
cualquier contacto con el exterior y ha perdido todo interés por
la vida... Todos los intentos de su familia o amigos por sacarla
de su apatía fracasaron, pero la paciente insiste en que el único
que la puede salvar es el terapeuta, aunque no se trate más que
del primer contacto telefónico que tiene con él. La impresión
es que las mágicas expectativas de la paciente encubren en
realidad la tentativa de hacer entrar al terapeuta en el rol del
héroe impotente, como sucedió con todos los otros psiquiatras
y probablemente con todos los hombres de su vida, y ello
mediante un mensaje del tipo siguiente: “Hazlo tú en mi lugar
pues yo misma no puedo.” Lo primero que hace el terapeuta es
recoger algunas informaciones sobre la familia actual y la
precedente. Después comunica a la paciente que, dado que ya
no se puede hacer nada por ella, acepta recibirla pero con una
condición: que venga con los miembros de su familia a fin de
liberarlos un poco del peso de su depresión. Aunque Tiziana
pretende no tener más energías para vivir, el terapeuta la
impulsa a encontrar energías para traer a los miembros de su
familia, a fin de que éstos puedan liberarse de ella, anticipando
el boceto de la sesión y empujándola así a movilizar recursos
inexpresados e imprevistos.
El día señalado, la paciente acude acompañada por su
familia: su marido actual, el marido anterior, que sigue admi­
nistrando los bienes de la casa, y las hijas habidas de ambos
matrimonios. Es una mujer todavía atractiva a pesar de su edad,
bien vestida y cuidadosamente maquillada a pesar de su
“depresión”, y que en su modo de andar y expresarse muestra
tendencia a adoptar una posición central con respecto a los
demás. Un sombrero en forma de turbante y una larga boquilla
añaden un último toque a su imagen de mujer fatal. Los dos
maridos muestran una expresión resignada y ausente, como si
estuviesen ahí por casualidad; las hijas parecen unas pobres
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 155

huérfanas buscando un punto de referencia. La atmósfera


general es la de un grupo aplastado por el perverso hechizo de
un “hada malévola”.

TERAPEUTA (entrando, caites de sentarse). -¿Podrían dejar un


sillón libre para mamá? (Mostrando dos sillones en el que se han
apilado efectos personales. A la paciente.) Señora, ¿se instalaría
usted ahí? (A los otros.) ¿Podrían ustedes cerrar el círculo y
desinteresarse de Tiziana? Ya saben que por ese lado no hay
ninguna esperanza. (Señala a Tiziana, sentada en el sillón.) Si
este encuentro tuviera que servir de algo, sería para que vieran
quién de ustedes conseguirá librarse del maleficio... ¿O es que
ya renunciaron todos?
PRIMER MARIDO (con aire sorprendido). -N o entendí.
TERAPEUTA. -Si hay esperanza para ustedes, ¿para quién hay
más?, ¿para quién hay menos?
GIULIA (27 años, hija mayor del primer matrimonio, con tono
fúnebre). -Yo pienso que cada uno de nosotros busca trazarse
un camino para vivir mejor.
TERAPEUTA. -Sí, puedo entender que alguien busque, pero lo
que alguien posee... es otra cosa...
GIULIA. -Pienso que cada uno de nosotros vive en un nivel de
búsqueda...
TERAPEUTA. -Usted, por ejemplo, ¿se libró del maleficio?
GIULIA. -¿Q ué entiende usted por maleficio? Ese... ese
malestar a causa de ciertos hechos de índole familiar... No, yo
no me libré, sinceramente no...
TERAPEUTA. -¿Usted es sobre quien más pesa?
GIULIA. -Indudablemente lo vivo muy mal. Hay cosas que
podrían suceder ahora y tener consecuencias después. Por
ejemplo, ella es la más pequeña (mira a Sabina, su hermanitade
11 años).
TERAPEUTA. -¿E s decir que el maleficio podría producir
efectos a distancia?
GIULIA. -N o sé, probablemente ya los hay, pero después
podría ser peor. Además, en cierto sentido me siento también
responsable de ella... Es una criatura...
TERAPEUTA. -¿Q ue usted le haga de mamá a Sabina forma
parte del maleficio?
156 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

GIUL1A. -Yo no le hago de mamá... a veces me alarmo por


montones de cosas que le suceden, además de lo que pesa sobre
mí.
TERAPEUTA. -¿Usted no tiene hijos?
G/ULIA. -No, no los tengo... Creo que no quiero tenerlos
porque no soy capaz... de... no estaría tranquila, no podría
darles nada bueno a los niños, creo...
TERAPEUTA. -Por lo tanto, el maleficio afectó también su
útero. (Dirigiéndose a Grazia, la mayor del segundo matrimonio.)
¿Y tú cómo estás? ¿Tienes una pequeña esperanza de librarte
del maleficio?
GRAZIA. -Más o menos, como ella (volviéndose a Giulia).
TERAPEUTA. -¿Así que tú tampoco vas a tener hijos?
GRAZIA. -¡Eso, seguro!
TERAPEUTA. -¿Cuánto tiempo hace que el maleficio actúa en
ti?
GRAZIA (rabiosay resignada a la vez). -¡Oh!, creo que desde
siempre, o casi, no lo sé con exactitud.
SABINA (interrumpiendo, con expresión de quien no cuenta
menos que las otras). -A mí los niños no me gustan. Aguan­
to como máximo quince minutos, después pierdo la pacien­
cia...
TERAPEUTA (a los dos hombres sentados frente afrente, un
poco a distancia de las mujeres). -¿Cómo le va al sector
masculino en esta situación?
PRIMER MARIDO. -Creo de veras estar fuera del maleficio.
Lo sufro por lo que afecta aTiziana, mi mujer, a la que quiero
como a u na hermana, y naturalmente me aflijo por mi hija... que
sufre indirectamente la situación, pero personalmente estoy
afuera.
TERAPEUTA. -Explíqueme una cosa: ¿uno de los efectos del
maleficio es que usted se podría salvar y su hija no? ¿Nunca
pensó que si su hija hubiera vivido con usted habría escapado
al maleficio?
PRIMER MARIDO. -¡Oh!, nunca lo pensé, tal vez porque en el
fondo sea egoísta... en fin, yo me siento autónomo.
TERAPEUTA (almarido actual). -¿Cómo le va a usted, a usted
que recogió, cómo decirlo...?
SEGUNDO MARIDO, -¿...la antorcha? Aparte de que hay
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 157

aspectos que personalmente me hacen sufrir, he logrado con­


templar lo que pasa sin preocuparme.
TERAPEUTA. -Si me tengo que basar en lo que ustedes me
dicen... él (indicando al primer marido) ha salido indemne, lo
felicito... es egoísta, pero también autónomo. En cambio, estas
tres personas tan jóvenes parecen encerradas en una prisión.
Ustedes dos (señalando a los dos maridos) se han dado una
inyección de egoísmo. Usted, cuando se fue, le dijo: Escucha, lo
único que te puede salvar es ser egoísta, ignorar lo que les pasa
a todas esas mujeres, de lo contrario el maleficio también te
alcanzará...

Como lo muestra este extracto de sesión, el terapeuta no


utiliza más que una parte de los elementos proporcionados por
la familia, exasperándolos hasta convertirlos en una estructura
portadora de un libreto alternativo. Se resaltan especialmente
aquellas funciones de los diferentes miembros que se perciben
en la comunicación no verbal: actitud, características físicas,
ubicación de la paciente y los miembros de la familia en el
espacio. Los elementos “históricos” y “emocionales” que ca­
racterizan a las diversas funciones en esta situación específica,
se van agregando a medida que el terapeuta los subraya para
provocar en cada interlocutor unas respuestas referidas a su
contenido específico.
Por lo tanto, la familia suministra el material y el terapeuta
efectúa el trazado en el curso de las asociaciones. Esto explica
por qué, antes que recoger frías informaciones en función de
una anamnesis, hemos hallado mucho más eficaz tomar algu­
nos elementos históricos en las fases iniciales de la sesión y en­
sanchar o modificar en sesión su resonancia emocional hasta
encontrarles un punto nodal en el despliegue del proceso
terapéutico. Lo que importa no son los hechos en sí sino la
interpretación personal de la historia y la manera en que cada
persona establece un nexo entre sus necesidades, las funciones
que cumple en la relación, y los acontecimientos familiares
significativos.
Al respecto, veamos un ejemplo tomadb de una primera
sesión con la familia de Giorgio, un paciente psicòtico de 26
años.
166 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Su padre, de 72 años, lo acompaña. Lleva ostensiblemente


un audífono y se sienta claramente aparte, encorvado, con la
expresión de un hombre que ha muerto hace ya muchos años y
que es reemplazado por su fantasma. La madre está sentada
cerca del paciente y muestra una expresión afligida; el herma­
no mayor y su mujer se encargan de describir la historia de la
“enfermedad”. Se explícita su aspecto orgánico y se circunscri­
ben las primeras manifestaciones al período que siguió a un
accidente en carretera que provocó un traumatismo craneano.
Con solvencia, empleando un lenguaje ricamente coloreado
con términos psiquiátricos (síndrome de disociación, temas
paranoides, etc.), el hermano describe el diagnóstico que se
estableció y la medicación prescrita. En varias ocasiones, él y su
madre preguntan cuál es el medicamento que más conviene al
paciente. Se dibuja un contexto cada vez más medicalizado, con
una connotación orgánica de los síntomas. En ese momento el
terapeuta interrumpe la secuencia introduciendo una pregunta
dirigida a trastornar el libreto del encuentro propuesto por la
familia. En esta tentativa de redefinición el lenguaje cumple un
papel fundamental: a través de él, el terapeuta realiza un
trabajo de traducción e integración de los elementos nodales,
anticipando nexos que la familia no había establecido aún y a
partir de los cuales se ve forzada a proporcionar nuevas
informaciones. En el momento de producirse esto, la familia
debe hacerlos suyos y sentar jalones en dirección a un cambio.

TERAPEUTA (a Giorgio, quien hasta ahora se ha mostrado con


expresión de disgusto) -¿Desde cuándo está muerto tu padre,
desde antes o después que empezara tu enfermedad?
GIORGIO (manifiestamente perplejo, titubea, pide aclaracio­
nes; al final dice, suspirando). -M e pone en un aprieto...
realmente en un aprieto, sí, porque... (silencio). Discúlpeme,
tendría que ir un momento al baño.
MADRE. -Sí, ve, hace un rato que tenías que ir...
TERAPEUTA. -Pero yo pienso que puedes contestar antes de
ir.
GIORGIO. -Sí, puedo decir esto... (divaga).
TERAPEUTA. -¿Antes o después?
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 159

GIORGIO. -Pues bien, murió después de que yo me enfer­


mara.

(Se formula la pregunta al resto de la familia.)

HERMANO. -L a cuestión es, creo yo, que él dejó de conside­


rar a mi padre como una persona a la cual...
TERAPEUTA. -Yo no hablo de Giorgio, sino que procuro
entender desde cuándo está muerto papá.
HERMANO (lamadre interviene:hace cuatro añosquenopuede
más, los problemas...). -Desde hace más o menos un año,
digamos, desde que perdió casi por completo el oído.
TERAPEUTA. -¿Entonces fue después?
HERMANO. -Sí, sí.
MADRE. -Después (silencio).
TERAPEUTA. -¿Murió de tristeza?
MADRE. -Oh, claro... después, usted me entiende, de a
poquito.
TERAPEUTA. -¿Tienen ahora un nuevo cabeza de familia?
MADRE. -Oh, justamente no sabemos qué hacer. Hay que
encontrar un medicamento. (Habla de sus dificultades para
tolerar la situación.)
TERAPEUTA. -No consigo entender si se trata de un medica­
mento para un loco que de golpe pensó que tenía que ocupar
el lugar de su padre, o de un medicamento para un loco que
deliberadamente hace morir a su padre para ocupar su lugar.
Creo que es un problema, y no podremos avanzar mientras no
lo aclaremos.

Al igual que en el caso precedente, podemos ver en qué


forma selecciona la familia los elementos de su historia,
precisamente aquellos que más convienen a su libreto, que son
el armazón de ese libreto: el diagnóstico, el medicamento, el
traumatismo craneano, etc. Por su lado, el terapeuta intenta
cambiar su significación y proponer otros elementos que
modifiquen la estructura inicial, definiendo las funciones de
cada cual en el interior del sistema. ¿Cómo hace para captar
rápidamente las características y distribución de las funciones
recíprocas? En el primer contacto y durante la primera entre­
160 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

vista, puede percibir cantidades de elementos provenientes de


actitudes verbales y no verbales y de redundancias relaciónales
en el interior del sistema. Esto le proporciona la imagen de una
“Gestalt” compleja, a la que hará referencia al efectuar su labor
de redefinición. En el caso que nos ocupa, la actitud y ubicación
espacial del padre, el comportamiento del hermano mayor, la
proximidad del paciente y su madre, así como la expresión
obcecada que muestra, y como también la situación física de la
madre entre sus dos hijos, sugieren que hace mucho tiempo que
el padre perdió su lugar en la familia. Los dos hijos fueron
encargados de ocuparlo, con las funciones inversas del “cuer­
do” y del “loco”. El terapeuta ordena activamente los elemen­
tos porporcionados por la familia y traza el esbozo de un
modelo que se irá enriqueciendo en el curso de la sesión, hasta
convertirse en la armadura de ésta.
En última instancia, es como si en el material presentado
por la familia existieran elementos particularmente dominan­
tes para la definición de las relaciones actuales entre los
miembros. A estos elementos los hemos denominado “puntos
nodales”; ellos representan la intersección de las diferentes
escenificaciones, mutuamente excluyentes, que el terapeuta
por un lado y la familia por el otro intentarán montar. Aquí
toman su sentido los datos “históricos”. Podemos representar
lo expresado mediante la figura siguiente.
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 161

En un espacio claramente delimitado se representan dos


modelos distintos de vestimenta. Podemos imaginar que el
círculo que lo rodea representa todos los datos disponibles de
la historia familiar.
Supongamos que el modelo suministrado por la familia
corresponda al vestido delimitado por los redondeles negros y
las líneas continuas, mientras que el construido por el terapeuta
corresponde a la vestimenta compuesta de camiseta y pantalón
representada por los redondeles negros, los redondeles blancos
y las líneas punteadas. Vemos que basta con introducir algunos
puntos “nodales” suplementarios (aquí, los redondeles blan­
cos) para trazar contornos que cambian la Gestalt y el sentido
global del dibujo.
Sirviéndose de los puntos nodales como elementos estruc­
turantes, la familia tratará de proponer su vestimenta. La
describirá en sus menores detalles, pidiéndole al terapeuta que
la siga en este marco de referencia. Si el terapeuta se deja
implicar por esta operación, corre el riesgo de adoptar él mismo
el modelo propuesto, ya que lo avala en los hechos, no sólo a
nivel verbal, sino mediante toda una serie de comportamientos
accesorios que inevitablemente acompañan y definen las tran­
sacciones en el seno del sistema terapeuta-familia. Si, por
ejemplo, en el transcurso de la sesión que hemos referido, se
hubiese detenido a pedir informaciones sobre los exámenes
que se habían practicado al paciente, no hubiese hecho más que
reforzar la imagen de “enfermedad” de esos exámenes, así
como la de las funciones correlativas de los demás miembros de
la familia.
Es crucial, por lo tanto, que el terapeuta capte rápidamente,
dentro del marco que se le propone, los elementos significati­
vos, y que organice con ellos una trama alternativa. Del éxito de
esta operación depende no sólo el control del proceso terapéu­
tico sino también la posibilidad de crear un desequilibrio
imprevisto en la definición rígida de las funciones asignadas a
cada uno, y de dificultar así cualquier intento de reinstaurar una
homeostasis.
162 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

CONCLUSION

Esta exposición podría prestarse a ciertos equívocos. En


efecto, se podría sospechar que el terapeuta procura imponer
a la familia una realidad que le pertenece a él, totalmente
arbitrariay carente de relación con los problemas que la familia
presenta. Esta sospecha quedaría reforzada por el hecho de que
su comportamiento, singularmente activo, puede parecer
manipulador.
En nuestra opinión, el terapeuta no introduce ningún
elemento ajeno a la historia que se dramatiza en el encuentro
con la familia. Todo lo que el terapeuta dice o hace en sesión
proviene de los intercambios interactivos. El terapeuta se
limita a poner de relieve los elementos propuestos, subrayando
algunos de ellos que hasta ese momento habían pasado desa­
percibidos, relegando elementos de primer plano a la condi­
ción de decorados, y cambiando las secuencias en las que se
insertan. La estructura alternativa toma cuerpo a partir de unas
imágenes aisladas o poco definidas que brindan estímulo a
nuevas precisiones por parte de la familia. Poco a poco se
constituye una suerte de “armadura”, que sólo va a tomar forma
cuando la familia la rellene, enriqueciéndola con nuevos ele­
mentos. Las informaciones dejan de ser datos estáticos, conge­
lados, para convertirse en informaciones interactivas. La utili­
zación de datos ya presentes en la historia familiar es precisa­
mente lo que permite la formación de un lazo asociativo
particularmente estrecho entre el terapeuta y los pacientes, y
sin el cual la terapia no podría continuar. Ciertas intervencio­
nes que parecen totalmente arbitrarías y que rompen las
secuencias de interacción no hacen otra cosa, en realidad, que
traducir en un plano verbal lo que el terapeuta ha percibido en
un nivel no verbal o asociativo. Ello, aun cuando sea evidente
que la organización del material es un proceso activo del
terapeuta, influido por su historia personal.
En este sentido, podemos decir que su personalidad y su
manera de ver la realidad son elementos exteriores introduci­
dos dentro del sistema. Si nos preguntamos cuál es el objetivo
que el terapeuta busca alcanzar, la respuesta que surge de
inmediato es que él intenta cambiar las reglas de la familia.
EL TERAPEUTA COMO DIRECTOR ESCENICO 163

Quien tenga una experiencia terapéutica de los sistemas ríg idos


sabe lo difícil que resulta descubrir esto en el curso de la tera pia.
A lo sumo se observa una variación en la intensidad con que
actúan las reglas y, sobre todo, una transformación de las
funciones asignadas a cada uno de los miembros. Si la terapia
tiene éxito, a la rigidez inicial de la trama de funciones
familiares le sucede poco a poco una mayor elasticidad en la
atribución. Por otra parte, la solidez con que el terapeuta puede
trastornar el boceto propuesto por la familia y su disponibilidad
para entrar en los mitos y fantasías familiares (aun los más
secretos) suministran una estructura de “continente” en cuyo
interior cada cual puede jugar con los otros los viejos libretos
o experimentar nuevos roles. Con la negación constante de la
importancia de la “vestimenta” que él acaba de construir, no
bien advierte que la familia la acepta como propia, el terapeuta
logrará que un elemento de cambio no se transforme en una
nueva realidad cristalizada. En el lugar de una estructura
familiar demasiado estable se ha constituido una nueva
organización terapéutica, inestable y provisional. El proceso
termina cuando los miembros de la familia han aprendido a
realizar sus elecciones fuera de modelos demasiado rígidos, es
decir, cuando pueden aceptar “lo imprevisible” y esto se hace
parte de sus reglas. Para llegar a ello, deben aprender a
aprender, y modificar los esquemas que organizaban hasta
entonces la elaboración de sus experiencias. Una amenaza tan
intensa dirigida al aspecto primordial del sentido de identidad
de cada uno, justifica las resistencias puestas en marcha.
Capítulo 7

EL SISTEMA TERAPEUTICO:
EL TERCER PLANETA

Maurizio Andolfi y Claudio Angelo

La experiencia de trabajo de los últimos cinco años, y los


cambios teóricos resultantes, aportaron modificaciones inevi­
tables en el plano terapéutico y nos indujeron a revisar lo que
habíamos expuesto en trabajos anteriores (10,11). Habíamos
destacado en ellos, entre otras cosas, de qué modo el dilema
terapéutico de la familia se caracterizaba principalmente por
su incapacidad para tolerar fases de desorganización, necesa­
rias precisamente a la modificación del equilibrio funcional
propio del estadio de desarrollo, y ello con vistas a la adquisi­
ción de un nuevo equilibrio, más apropiado, en lafase siguiente.
Señalábamos de qué modo se expresaba todo esto en la
demanda de la familia, demanda de que se la ayudara a moverse
pero permaneciendo ella inmóvil.
En esta situación contradictoria la familia intentaba hacer
dese mpeñar al terapeuta los roles y libretos que le parecían más
adecuados para conservar el statu quo. A nuestro juicio, este
comportamiento familiar era una resistencia al cambio, y como
sentíamos que era una resistencia improductiva, pensábamos
que había que desalentar enérgicamente su aplicación y opo­
nerse a ella por todos los medios. En realidad, en un nivel más
subjetivo, el terapeuta la percibía como un rechazo real, de él
mismo y de la terapia. La sensación de rechazo y de inutilidad
empujaba frecuentemente al terapeuta a cuestionar la imagen
EL SISTEMA TERAPEUTICO 165

de sí que la familia presentaba. Se oponía de este modo a las


tentativas emprendidas por ésta en el sentido de implicarlo en
un juego desprovisto al parecer de futuro. Ignorábamos que, en
el acto mismo de oponernos al juego familiar, nuestra partici­
pación y nuestra implicación estaban ya implícitas. Dado que
en la práctica era imposible mantener una posición externa de
observador neutro, hubiese sido mucho más útil para nosotros
reforzar el juego de la familia y, gracias a esta nueva configu­
ración de relaciones, construir el juego terapéutico.
Esto significaba renunciar a las exigencias teóricas y a las
estrategias de intervención paradójica (40,63,64,70), dirigidas
a reducir el campo de acción. Significaba también renunciar a
formular hipótesis sobre el funcionamiento de la familia que
excluyeran al terapeuta como sujeto interactuante así como al
contexto terapéutico en tanto lugar de elaboración y verifica­
ción de éstas. Precisamente esta atención prestada ahora al
sujeto, a la persona del terapeuta en sus componentes cogniti-
vos y emocionales, nos distanció de las concepciones suprain-
dividuales1 demasiado rígidas y nos impulsó a estudiar el
contexto terapéutico como lugar de encuentro y elaboración
de nuevas elecciones y de proyectos existenciales. Esto ya
fue ampliamente descrito por otros autores (1,21,22,36,52,
60, 74).
Desde esta perspectiva, tanto el rechazo como la acepta­
ción por el terapeuta de las atribuciones funcionales que la
familia le propone, forman parte integrante del movimiento de
construcción del nuevo sistema, el sistema terapéutico, y esto,
lo quiera él o no. Eso no significa que las acciones del terapeuta
carezcan de efectos, sino que éste no puede prever de antemano
los que se producirán sobre la familia, salvo en un sentido muy
general, así como tampoco puede prever cuál será el efecto
que sobre él mismo acarrearán las intervenciones de la fami­
lia.
La única consecuencia que el terapeuta puede anticipar de
manera razonable, es que cada una de sus tentativas de cambiar
1. Este concepto se refiere a la posición de aquellos que eligen como objeto
de análisis y de intervención a la familia considerada como un sistema de
interacciones, abandonando toda conceptualización del individuo salvo en
términos de mlembro de un sistema (53).
166 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

los valores2 y las reglas que mantienen los equilibrios del


sistema, producirán en cierta medida movimientos de sentido
contrario, destinados a contrabalancear los desequilibrios
imprevistos. Es útil, pues, focalizar la atención en el hecho de
que sería más correcto que la eficacia terapéutica de las inter­
venciones fuese atribuida a la capacidad del terapeuta de
mantener una coherencia en su propia actitud y en los valores
propuestos y elaborados paulatinamente con la familia. En
otros términos, gracias a su capacidad para mantener una
coherencia, el terapeuta traza límites personales bastante pre­
cisos que pueden servir de modelos a los componentes del
sistema durante la elaboración del proceso de individuación y
por lo tanto en el cambio de las reglas de relación (véase el
modeling de Minuchin) (52). Si, por una parte, podemos esperar
que el terapeuta asumirá su propia coherencia interna, su “I
position” (para retomar la expresión de Bowen), por la otra es
necesario que el terapeuta establish a useful atmosphere of
rapport} a touching quality o f contact (l).3Ya en 1966, subraya­
ba Ackermans la necesidad de move directly into the stream o f
family conflict, to energize and influence interactional processes.4
Pero, al mismo tiempo, aludía a la necesidad de saber
desprenderse y de adquirir un “yo observador”. He withdraws
to objectify his experience to survey and assess significant events
and then move back in agairus
Pero esta facultad de pasar al interior y al exterior “set”
weighing and balancing the sick and helping emotional forces6
exige a flexible, open and undefensive use o f self por parte del

2. Entendemos aquí por "valores" la suma de las significaciones cognitivas y


emocionales que la familia atribuye a la realidad en que vive.
3. "Establezca una atmósfera relacional utilizable, una cualidad emotiva de
contacto".
4. "Entrar directamente en el flujo del conflicto familiar, a fin de activar e
influir sobre los procesos interactivos".
5. "Se repliega a fin de objetivar su experiencia para observar y evaluar los
acontecimientos significativos, y luego retorna al interior."
6. "Sopesando y equilibrando lo enfermo y ayudando a las fuerzas
emocionales".
7. "Un empleo flexible, abierto y disponible del sí-mismo".
EL SISTEMA TERAPEUTICO 167

terapeuta. En rigor, el valor que adquiere el sí-mismo del


terapeuta en el seno de la relación, y el hecho de que sus
intervenciones, en la mayoría de los casos, pasan por el atajo de
una relación personal con el paciente designado o con los otros
miembros de la familia, suscitan las cuestiones siguientes:

a) ¿Cómo se debe considerar al individuo en el contexto


sistémico?
b) ¿Cuál es la posición del terapeuta en el proceso terapéu­
tico?
c) ¿Cómo definir la estructura de la relación terapéutica?

INTERACCION INDIVIDUO-FAMILIA

Nuestro interés creciente en lo que respecta a la importan­


cia que se debe atribuir al individuo en cualquier sistema del
que participe y, en particular, en el de su familia, es la
consecuencia de un desarrollo natural de nuestro enfoque
relacional, el cual cumple un trayecto análogo al que se cumple
al examinar los procesos perceptivos. En éstos, se consideró
inicialmente al individuo como un elemento completamente
pasivo modelado en sus estructuras cognitivas por “impresio­
nes” procedentes del exterior, y sin ninguna participación
activa en la percepción de la realidad ambiental. Cuando se
descubrió que los procesos perceptivos eran “modulados” ac­
tivamente por el sujeto, el mundo exterior cesó de ser un dato
objetivo para convertirse en un producto de interacción entre
los elementos de que está compuesto y la actividad perceptiva
de la persona (24,53). Esta actividad se estructura poco a poco
en el tiempo bajo la influencia de los procesos de aprendizaje;
los datos de la historia individual, así como la vivencia emocio­
nal, cobran entonces un relieve particular vinculado con ellos,
al igual que el mundo de las emociones en general.
Si se aplica todo esto a la situación familiar, resultará que
los individuos que participan en ella no son productos entera­
mente determinados por su sistema de pertenencia, sino que
concurren activamente a definir sus características y equili­
brios. Por sí solo, el individuo constituye así un elemento
168 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

potencial de entrada de estímulos ignorados por el sistema.


Esto nos conduce en cierto modo a emitir la hipótesis de un
movimiento circular continuo de intercambio, entre una es­
tructura familiar y una estructura individual superpuesta de
manera jerárquica, y cuyos contenidos se influyen recíproca­
mente. Aunque numerosos autores hayan formulado ya hipó­
tesis triangulares de relación (y encontramos esto brillante­
mente resumido en el trabajo de Hoffman) (42), lo que nos
interesa aquí es explorar un aspecto particular de aquéllas,
vinculado con el management o f conflict6 en el interior de los
triángulos.
En efecto, si situamos las relaciones triangulares en una
dimensión trigeneracional podemos recoger aspectos aún
inobservados en las relaciones actuales. Los individuos impli­
cados en ellas son redimensionados en la modalidad específica
con que establecen una relación en su familia trigeneracional.
Aparecen entonces como entidades complejas plenas de con­
tradicciones y conflictos, que no obstante pasan a ser elementos
que permiten comprender su mundo interno; esto sucede en
presencia de un observador habituado a localizar los nexos
implícitos entre los comportamientos y las experiencias actua­
les, y por otra parte entre ellos y sensaciones más antiguas,
denunciadas además como frustrantes (9). Intentemos explicar
mejor nuestro punto de vista valiéndonos de un ejemplo.
El presente diagrama nos ayudará a aclararlo. Si nos refe­
rimos a la pareja Mu y Ma (mujer y marido), donde H represen­
ta a la hija, y M y P a la madre y el padre de la esposa, podemos
observar que esta última se encuentra en el cruce de dos
dimensiones; una, vertical, debida a su posición en el interior
de una jerarquía de generaciones, y otra, horizontal, constitui­
da por el lazo conyugal y otros lazos eventuales (con hermanos
y hermanas, por ejemplo), que para la simplicidad y claridad de
la exposición no han sido representados aquí. La red de
relaciones que así se despliega puede ser descompuesta en
otros tantos triángulos cuyos vértices pueden estar ocupados
cada vez por personas diferentes. En las relaciones que los
componen, se manifiesta toda una serie de demandas que, aun
8. "Gestión del conflicto".
EL SISTEMA TERAPEUTICO 169

teniendo su origen en el interior mismo de las relaciones


individuales, buscan una respuesta, al no ser satisfechas estas
demandas inicialmente, en vínculos muy distantes del origiria-
rio. Así pues, en el ejemplo precedente, si la esposa tiene una
relación difícil con su madre o con su marido, es probable que
las demandas hechas a su respecto, al no obtener respuesta,
sean transferidas a la hija. En efecto, en cada estructura
triangular, el tercer elemento resulta inevitablemente portador
de las expectativas insatisfechas de los otros dos, ya que debe
reemplazar aquello que faltó en su relación. El vínculo entre la
hija y la madre se complica por la superposición de dos
componentes: el primero, relativo a la parte que implica
directamente a la hija, y el segundo, a la parte en la que ésta se
convierte en simple mediadora de una demanda originaria­
mente dirigida a otro (la abuela materna o el marido, si nos
limitamos solamente a dos triángulos). No obstante, la madre
deberá lograr resolver la ambigüedad que deriva de la presen­
cia simultánea de estos dos niveles, así como el dilema referido
a la relación entre las personas situadas en los otros vértices del
triángulo en que se encuentra, si quiere liberarse de ellos al
menos en forma parcial.
La comprensión del individuo y de sus procesos de desarro­
llo parece favorecerse con la construcción de un esquema de
170 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

observación que permite entender los comportamientos actua­


les de una persona como metáforas relaciónales o como señales
indirectas de necesidades e implicaciones emocionales del
pasado, que encuentran un espacio y un tiempo para manifes­
tarse en forma concreta en las relaciones presentes. Se vuelve
a plantear así el problema inicial de saber de qué modo cada
uno hace “suyas” necesidades inexpresadas de los otros, y busca
no sólo definir sus caracteres sino también hacerse agente de su
satisfacción.
Ilustremos lo que precede con el caso de Lise, una mujer de
50 años, casada hace veinticinco, que padece crisis depresivas
desde hace un tiempo. Hija única, ella y su marido, cuatro años
mayor, tuvieron en sus familias de origen una educación que
desalentaba la expresión de los sentimientos afectuosos; el
marido, “porque había cosas más importantes que hacer” -la
lucha para vencer las dificultades cotidianas, por ejemplo-,
Lise, porque su madre tenía un carácter rígido e introvertido y
le había enseñado que la expresión de los sentimientos era
signo de debilidad. Actitudes de esta índole, por lo demás
remiten a las percepciones que los padres habían recibido con
los suyos propios en la relación de pareja de éstos. A su turno,
marido y mujer reprodujeron fielmente estas conductas en su
propia familia. Lise, en particular, estaba convencida de que el
fracaso de su matrimonio se debía en parte a su incapacidad
para mostrarse cariñosa, como su marido solía reprocharle;
Uno y otro se sentían incomprendidos y rechazados por su
compañero, pero habían mantenido expectativas de compensa­
ción tendientes a una satisfacción futura de necesidades inex­
presadas. De su unión nació una hija, de 24 años. Lise, que
siempre ha sido una madre más bien fría y autoritaria, expresa
ahora a su respecto una demanda de afecto que no pudo
manifestarse en su familia de origen. Espera de su hija lo que
ella misma no pudo recibir de su madre o de su marido. En
efecto, la hija la escucha con atención cuando ella se queja de
sus dificultades conyugales, intenta consolarla y la invita a ser
paciente, sin dejar de mantener con ella una relación conflicti­
va. A su vez, la hija, aunque ha tenido varios compañeros, no
consiguió ligarse con ninguno de manera estable, siendo inca­
paz de hallar en sí misma el afecto que le fue negado. Se
EL SISTEMA TERAPEUTICO 171

encuentra en una situación paradójica frente a su madre:


quisiera poder depender de ésta en el mismo momento en que
ésta se lo pide a ella. La tentativa de Lise de expresar su propio
vacío afectivo (y la depresión representa el fracaso de esta
tentativa) se repite en un proceso de delegación que, de
generación en generación, perpetúa la búsqueda de satisfac­
ción de necesidades originales (Stierlin) (67).

EL TERAPEUTA COMO VINCULO RELACIONAL

Hemos dicho ya que la familia podía hacer desempeñar al


terapeuta roles preestablecidos durante la repetición del dra­
ma familiar, en sesión, de manera tal que los equilibrios con­
quistados se mantuviesen, transfiriendo sobre él demandas
dirigidas en un comienzo a otro miembro del sistema. Por
ejemplo, el esquema familiar puede prever la presencia de un
padre más cariñoso, de un compañero más maduro o más
responsable (el más hace directa referencia, implícitamente, al
menos de los padres o compañeros reales). El terapeuta puede
ser llamado a cumplir una de estas funciones, precisamente
porque en el propio seno de la familia no parece haber otros
actores capaces de hacerlo. Evitar entrar en este rol asignado
parece de escasa utilidad terapéutica, así como entrar en él sin
percatarse. Si por el contrario, respondiendo a la invitación, el
terapeuta asume este rol y lo interpreta, podrá percibir “a nivel
de piel” lo que cada cual espera de un padre cariñoso o de un
compañero responsable; precisamente, al llenar estos impor­
tantes vacíos, el terapeuta podrá recoger informaciones vitales
sobre la significación de estos vacíos para sus interlocutores.
Los vacíos reales y los llenos ideales pasan a formar parte
entonces del juego terapéutico. Cuando se demande al tera­
peuta cumplir funciones más mágicas todavía, como la de
representar a Dios, puede ser más útil para él personificar al
Todopoderoso antes que salirse del juego. Si el terapeuta
puede utilizarse como imagen de Dios el tiempo necesario para
que esta imagen se convierta en una metáfora relacional, tal vez
podrá captar la necesidad diferente de ser un dios, respectiva­
mente para Ay B. Inmediatamente después, la exigencia de un
172 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

dios podrá ser ligada a la ausencia de un progenitor importante


para A o de un guía de la pareja para B; de este modo,
desarrollando y ampliando las significaciones posibles atribui­
das a Dios, se podrán destacar las diferencias y complementa-
riedades entre las necesidades de A y de B. Ésto permitirá a
cada cual, terapeuta incluido, operar la triangulación necesaria
para orientarse en el problema planteado.
Desde esta perspectiva, el terapeuta se ubica constante­
mente en uno de los vértices del triángulo. A veces se sitúa como
activador y observador externo de los procesos interactivos; a
veces él mismo se convierte en espejo o modelo para los otros
en el curso de las interacciones. Él terapeuta establece conti­
nuamente una relación individual con la mayoría de los miem­
bros de la familia en esta operación de recolección de informa­
ciones. Aunque tal relación exista, no parecemos menos sisté­
micos que muchos teóricos y clínicos en terapia familiar, como
Selvini y sus colaboradores (64), que exigen al terapeuta una
posición neutra. Para nosotros, el terapeuta no tiene por qué
renunciar a usar de su propia persona en su complejidad de ser
pensante y afectivo, en tanto encrucijada principal de la reco­
lección de informaciones, a fín de mantenerse constantemente
en un metanivel. Si la información consiste en una diferencia y
un cambio, y si la diferencia es una relación (Bateson) ( 14), nos
parece inevitable que el primer elemento de diversificación sea
el terapeuta mismo, no bien se suma como tercero a una
relación diàdica. En nuestra opinión, uno de los elementos
estructurales de la terapia reside precisamente en la posibili­
dad de ocupar alternativamente una posición de observador de
lo que acontece en la relación, y de establecer relaciones
diádicas tan pronto con uno, tan pronto con otro de los
participantes, colocando a su vez al tercero en una posición de
observador de lo que sucede. Insistimos en referirnos a la
estructura triangular, la única que permite a cada cual entrar y
salir de una relación, poner la distancia necesaria para com­
prender lo que ocurre y crearse modelos de aprendizaje.
Así como el terapeuta aprende, no bien se sitúa como
observador, las reglas y modalidades relaciónales de las dife­
rentes diadas (que él activa), a su vez los que asisten a las
interacciones entre el terapeuta y otro miembro de la diada
EL SISTEMA TERAPEUTICO 173

aprenden nuevas maneras de “estar en relación”, condiciona­


das en parte por la acción del terapeuta cuando éste responde
a demandas funcionales precisas. Según el caso, puede ser una
persona indiferente, autoritaria o agresiva, o un sostén para las
fantasías de los otros miembros; él sabe cómo entrar en
relación y cómo salir; constituye, pues, un modelo y un punto de
referencia. Al entrar como tercer polo en diferentes triángulos,
al activar desde el exterior nuevas dimensiones estratégicas, el
terapeuta construye en el seno del contexto terapéutico una
relación compleja. En lugar de reducir los términos de una
realidad ya empobrecida, tiende más bien a acentuar sus ele­
mentos de diversificación y especificidad. La recolección de
informaciones estereotipadas sobre hechos conocidos y previ­
sibles se transformará en una búsqueda de lazos diferentes
entre las personas y su visión de la realidad. Crear en forma
continua nuevas relaciones triangulares e intentar ligar entre sí
los diferentes triángulos, constituye una de las tareas esenciales
del terapeuta, no bien se sitúa como activador de las diferentes
relaciones. Individualizar los patrones, seleccionar aquéllos
que poco a poco van siendo los más significativos y proponer
otros nuevos mediante la amplificación de los ya conocidos,
constituye para nosotros la manera clave de entrar en relación
con el organismo familiar y de introducir en sesión un método
de trabajo. Cuanto más pueda el terapeuta anudar, desanudar,
estructurar, reestructurar los lazos, más podrá cada uno, tera­
peuta incluido, experimentar nuevas posiciones relaciónales y,
en consecuencia, aprender nuevas maneras de ser y de situarse
con relación a los demás.
Tratemos de ilustrar todo esto con la familia Penna. Está
formada por la madre, viuda desde hace quince años, y ocho
hijos, dos mujeres y seis varones, teniendo el menor 17 años. La
familia se presenta de entrada en la terapia con una fachada de
honorabilidad y honestidad que parece ser emanación directa
de la imagen del padre difunto, un hombre bueno y magnánimo
que dejó en todos un vacío imposible de colmar. Dado su
deceso, su importancia y su grandeza no tienen más parangón
que su inaccesibilidad; una serie de padres vicariantes intentan
llenar el vacío que él dejó. Dino, 22 años, paciente designado,
alterna períodos de gran pasividad (quedándose días enteros
174 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

en casa sin hacer nada), salpicados por breves fugas que


terminan generalmente con la intervención de la policía local
y con la vuelta a casa del hijo pródigo. Consideraremos una
breve secuencia que nos parece significativa por ilustrar de qué
modo se instaura una relación terapéutica a partir de la
utilización por el terapeuta de una de sus percepciones.

TERAPEUTA (a la familia alineada en círculo en la sala de


terapia, dando una imagendemasacompactaydeesperapasiva).
-¡Parecen todos un pelotón compacto!
TERAPEUTA (volviéndose a Lucio, quien se ha sentado al lado
de su madre). -¿Es usted el padre?
L U C IO .- No.
TERAPEUTA. -¿E l que hace sus veces? (dirigiéndose a los
otros)... y los más jóvenes, ¿dónde están?
MADRE (señalando a un muchachón a su izquierda). -Este...
Giorgio... es el más joven.
TERAPEUTA (dirigiéndose siempre a Lucio). -P or teléfono
usted me habló de dos jóvenes, no retuve la edad.
LUCIO. -¡Los pequeños de la familia!
TERAPEUTA (dirigiéndose a Giorgio). -¿U sted es el más
joven? ¡Levántese un momento! (Giorgio se levanta, con expre­
sión de perplejidad.)
TERAPEUTA. -¿Q uién juega el rol de madre?
MADRE (con firmeza). -¡La mamá, soy yo!
TERAPEUTA, -¿Hay hijos casados?
FABIO (levantándose). -Yo, soy el mayor.
FLAVIA. -Somos tres los casados, y Carmela está a punto de
hacerlo.
TERAPEUTA. -Entonces, el que hace de padre se ocupará sólo
de los más jóvenes...
LUCIO. -U n poco de todo, yo me ocupo un poco de todo.
MADRE. - El se ocupa un poco de todo.
FLAVIA. -D e todo lo que concierne a una familia.
TERAPEUTA (vuelto hacia Fabio). -N o entiendo por qué no se
encargó usted del asunto. ¿No ofrecía garantías suficientes?
FABIO (con voz turbada). -E s mi madre la que debería
contestar esa pregunta.
TERAPEUTA. -¡Lucio no puede abandonar a la familia!
EL SISTEMA TERAPEUTICO 175

(Interrumpiéndose de improviso y volviéndose hacia Dino.) Un


momento... ¿y usted, quién es usted?
MADRE. -Dino.
TERAPEUTA. -T ú no estás ni entre los casados ni entre los más
jóvenes. Entonces, ¿quién eres?
DIÑO. -Soy un miembro de la familia como los demás.
TERAPEUTA. -¿T e quedas en casa más que los otros para
controlar cómo hace Lucio de papá? ¿Entonces la familia vino
por ti? ¿Cómo te anunciaron esto?
DIÑO. -Q ue íbamos a visitar a un señor... eso.
TERAPEUTA. -¿D e un modo tan ambiguo? ¿Por qué?
DIÑO. -N o lo sé.
TERAPEUTA. -¿Por qué te tienen que decir las cosas de una
manera tan equívoca?
DIÑO. -Ah, no sé, nunca supe por qué.
TERAPEUTA. -¿D e veras que te dijeron “señor”?
DIÑO (con aire irritado). -Sí, sí.
TERAPEUTA. -Por momentos, Giorgio parecía un poco
molesto de que lo consideraran como un pequeño, pero
entonces tú eres el más pequeño de los pequeños... si te tienen
que contar historias (siempre vuelto hacia Dino). ¿Hay alguno
que crea que eres más grande que los pequeños?
FRANCO. -Yo, yo lo creo.
TERAPEUTA (a Dino). -A lo mejor eres tú el que no lo cree,
los pequeños nunca saben... juegan, pero tú, ¿por qué viniste?
DIÑO. -N o sé, no lo pensé.
TERAPEUTA. -¿Quién te enseñó a no saber? ¿Papá sabía?

Lo que nos importa subrayar principalmente en el encuen­


tro familia-terapeuta, es el hecho de que para este último la
sesión va estructurándose sobre la base de una percepción de
las relaciones que contrasta con la presentación “oficial” de la
familia. Lucio, por evidentes motivos de edad, no puede ser el
padre. El terapeuta, al formular la pregunta inicial de una
manera coherente con la imagen proporcionada por la familia
en la conversación telefónica que precedió al encuentro, crea
una paradoja implícita sobre la cual se elabora una alternativa.
De hecho, todas las intervenciones sucesivas están destinadas
a extender la definición inicial por medio de observaciones re­
176 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

petidas y de preguntas relativas a los “grandes” y los “peque­


ños”. A medida que se va haciendo más explícita, esta defini­
ción crea un contraste cada vez más marcado con los otros datos
de la observación. Cuanto más presenta y describe Lucio los
problemas de la familia como si fuera el padre, menos plausible
resulta este rol, vista su edad.
A esto hay que añadirle que la impropia etiqueta de “pe­
queño” engendra una situación paradójica inversa en lo que
concierne a los otros hermanos varones, principalmente el
mayor, quien expresa su disgusto ante la situación así creada (es
mi madre la que debería contestar esa pregunta). Dino, el
paciente designado, pasa a ser el mediador del malestar produ­
cido por la rigidez de las atribuciones funcionales, no sólo a
través de sus trastornos de conducta sino también de la posición
de “el que no sabe”, equivalente, podríamos decir, a la de la
familia en su conjunto. La manera de “ser diferente” de Dino
se desplaza del plano sintomático al de su espacio generacional.
La ambigüedad manifestada por la familia a su respecto se
expresa en el hecho de colocarlo en el último escalón de la
jerarquía, donde, sin embargo, la inmadurez atribuida inicial­
mente a su persona y expresada en la idea de “aquel a quien se
cuentan historias” se desplaza al plano de los modelos de
relación interpersonal. El terapeuta propone a la familia su
propio boceto, al mismo tiempo que construye la trama partien­
do de las percepciones iniciales y englobando en ella' las
respuestas que obtiene de cada uno a sus redefiniciones.
Es importante señalar de qué modo esta trama alternativa
se presenta como un objeto intermediario con respecto al cual
todos se confrontan. Esa trama adquiere, pues, una autonomía
propia, semejante a la de un objeto real, y se convierte en el
tercer vértice de un triángulo donde los otros dos están ocupa­
dos respectivamente por la familia y el terapeuta.

LA RELACION TERAPEUTICA:
DEL INDIVIDUO AL SISTEMA

Ya hemos visto que el terapeuta, por el hecho de crear lazos


nuevos, temporarios y altamente significativos, se constituye en
EL SISTEMA TERAPEUTICO 177

un primer elemento de modificación de la trama familiar.


Dadas estas premisas y la imposibilidad para el terapeuta de
“entrar hoy en la historia vivida anteriormente por la familia”,
le es posible construir una historia con la familia en el contexto
de la terapia.
En esta historia, temporaria y artificial, podemos aprender
cómo buscar significaciones diferentes a los sucesos y conduc­
tas recíprocas y experimentar lazos nuevos en el seno de esta
área existencial específica. Durante la construcción de esta
historia terapéutica, el terapeuta se hace parte integrante de la
familia, así como del equipo terapéutico, por lo mismo que una
y otro desaparecen como entidades diferenciadas para encon­
trarse en un espacio y un tiempo distintos: el sistema terapéu­
tico o tercer planeta. En cierto sentido, el cambio, al igual que
su verificación, desbordan el contexto terapéutico; conciernen
a la familia, que lo persigue fuera de la terapia en la medida en
que gracias a ésta aprende a establecer lazos diferentes entre
sus conflictos y conflictualidades individuales. La familia a -
prende sobre todo un método de trabajo, mucho más que
contenidos específicos con los que sustituir los precedentes. Al
igual que el terapeuta, que aprende un método y puede aplicar­
lo a infinidad de situaciones diferentes de relación terapéutica,
la familia puede aplicar lo que aprende a futuras exigencias,
cuando el futuro requiera nuevas adaptaciones personales y
una integración diferente entre la existencia de cada uno y la
pertenencia de todos a la misma historia evolutiva.
El terapeuta interviene justamente sobre el equilibrio
dinámico entre la existencia individual y la pertenencia al
grupo, operando un movimiento continuo pendular del indivi­
duo a la familia. Esto acontece en el momento en que hace
circular lo que emerge de su relación con cada persona y las
relaciones de ésta con los demás miembros del sistema. Esta
“entrada en relación” no tiene, a nuestro juicio, el aspecto de
un intercambio temporario de dos, y menos aún el de definición
de una relación confidencial y estable en el tiempo, como
sucede en la psicoterapia individual. Representa más bien la
situación que se crea cuando el terapeuta logra hablar con la
familia a través de las emociones, los sentimientos, los silencios
de uno de sus miembros, a través del relato de sus dificultades
178 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

personales, que pueden representar ciertas viviencias compar­


tidas con los otros miembros del sistema. Esta doble acción de
poder entrar en contacto con uno y separarse de él a renglón
seguido para ligarlo al conjunto de la familia, nos parece
comparable al mecanismo respiratorio, donde inspiración y
espiración son ambas fundamentales y complementarias. Si el
terapeuta se asegura un punto de referencia sobre cuya base
pueda verificar su propia orientación durante el desarrollo de
la terapia, poco a poco podrá poner en juego elementos
afectivos personales. Estos contribuyen a la instauración y
evolución del proceso terapéutico en forma de imágenes,
estados de ánimo, elementos simbólicos. Las observaciones, las
intuiciones del terapeuta pasan a ser entonces actividad de
intercambio y producción constante de informaciones, donde
la imaginación creadora asume un papel central (43).
Al respecto, veamos otro fragmento de la terapia de la
familia Penna, seis meses después. En la sesión precedente el
terapeuta les pidió que trajeran fotografías donde apareciera el
padre, pero la familia, pretextando un malentendido, no trajo
sino fotografías en las que aparecía sobre todo el paciente
(quien pasa a ser el objeto de los comentarios del grupo) y, sólo
con carácter accesorio, de los otros integrantes.

LUCIO. -H ace dos días, pensé que papá no estaba nunca con
nosotros en una fotografía de familia.
TERAPEUTA. -¿Y a estaba muerto?
MADRE. -No, es que nunca se fotografiaba con nosotros.
TERAPEUTA. -Pues se me ocurrió que, tal vez, murió antes de
morirse..., se habla de él como de un fantasma, a tal punto que
se me cruzó la idea de que había muerto antes. ¿Quién era,
entonces, ese hombre?
MADRE. -E ra un trabajador. No tenía defectos. Quizás uno
solo: no se podía contener de comprar algo, aunque no tuvie­
ra los medios; echaba firmas con facilidad y a veces reñíamos.
TERAPEUTA. -¿Q ué clase de riñas? ¿Tal vez, antes de Dino,
el hombre fallido de la familia era él?
LUCIO. -E s posible, porque a mi padre no le gustaba el
trabajo..., además, dejó el suyo.
DIÑO. -Y o me acuerdo cuando mi padre y mi madre disputa­
EL SISTEMA TERAPEUTICO 179

ban... pudiera ser que en mi mente, por mi angustia, esto haya


tenido mucha influencia.
TERAPEUTA, -T ú hablas de un fracaso distinto, porque Lucio,
por su parte, me habló de un fracaso laboral. Pero en casa, la
idea de que papá era un hombre fallido, ¿era algo que se negaba
o de lo que se podía hablar?
DIÑO. -No lo sé. Desde que murió, de eso no se habla más.
TERAPEUTA. -Por lo tanto, para ti también siguió siendo un
poco como un fantasma.
DIÑO. -E s un vacío en mi vida, un fantasma, una cosa que no
existe y que sin embargo influye sobre un montón de cosas.
TERAPEUTA. -¿Tú piensas que la relación entre papáy mamá
ya estaba muerta antes?
LUCIO (interrumpiéndolo). -Pues bien, la respuesta es quizá sí,
ya estaba muerta hacía mucho.
TERAPEUTA. -Entonces, los hijos que nacían eran hijos
hechos en el cementerio. (Vuelto hacia la madre.) Señora,
¿toqué aquí un tema demasiado penoso?
MADRE. -No, continúe, porque mi marido siempre se portó
bien conmigo. Su único defecto era que echaba firmas con
facilidad. ¡Esa manía de comprarse hasta lo que no podía
pagar!
TERAPEUTA. -Pero, entonces, usted siempre prefirió salvar
las apariencias y guardar para sus adentros todos estos
problemas reales. ¿Qué pasó con sus desilusiones, su soledad,
sus rencores, el vacío de su vida... cuando la relación murió?
MADRE. -Dos años después de nuestro casamiento... las
peleas empezaron enseguida, él sabía mentir, sabía hablar, en
eso era perfecto y además se burlaba de todo. Pero él sí quería
tener hijos, porque era hijo único, y no quería que sus hijos
fuesen hijos únicos y que estuviesen solos en el mundo como lo
había estado él. Yo en cambio venía de una familia numerosa,
no los quería y sin embargo... tuve ocho y otros tantos abortos.

Se vuelve a pensar en el padre del comienzo de la terapia


(tan inaccesible en su grandeza de difunto) y se lo reformula a
seis meses de distancia como figura completamente marginal y
descalificada. Al recoger elementos perceptivos aparentemen­
te secundarios (la ausencia casi total del padre en las fotos que
180 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

la familia elige mostrar), el terapeuta está en condiciones de


reorganizar la visión misma del drama terapéutico y por lo
tanto de su función propia en el interior de éste. Al tomar como
punto nodal la muerte del padre, reestructura su importancia
y su significación a través de una progresión (ya estaba muerto...
muerto antes de haber sucumbido... padre fallido... padre
fantasma... muerte de las relaciones... hijos del cementerio),
progresión que hace posible para cada uno de los miembros de
la familia el paso de la imagen de un padre idealizado-fantasma
a la sensación de un vacío, de una ausencia tanto más importan­
te cuanto que es negada en el tiempo. El tema del fracaso,
centrado al correr de los años en los comportamientos sintomá­
ticos de Dino, surge como una mancha de aceite. Se puede
observar durante todo el diálogo el trabajo de vaivén entre cada
individuo y la familia. El punto de partida es siempre la persona
con sus atribuciones funcionales y sus sentimientos, que sin
embargo son adjudicados, acto seguido, al resto del grupo, en
la búsqueda de una significación colectiva. Este movimiento se
impondrá tanto más cuanto que logre pesar como elemento
fronterizo o intermediario entre los tres componentes del
sistema terapéutico: el individuo, la familia y el terapeuta.
Tenemos un ejemplo en la insistencia con que éste subraya el
vacío que existe en la familia desde siempre, vacío simbolizado
por la muerte metafórica del padre, que precedió a su muerte
real. La imagen del fantasma revela ser significativa para Dino,
quien, en oportunidad de hablar de sus propias lagunas, les
suministra un símbolo de múltiples facetas donde sus carencias
se identifican con las del padre. Lo es también para el resto de
la familia, que describe de manera tan diferente el duelo que
caracteriza al mito familiar, a través de una imagen del padre
diferente de la imagen oficial que se transmitió. Por último,
revela ser significativa para el terapeuta, quien introduce su
propia versión. El la extrae de su participación en el sistema
terapéutico y de su experiencia personal, como respuesta
creativa al estímulo surgido de las interacciones familiares.
Precisamente, en el momento de traducir el sentido del vacío
que ha percibido y de darle un nombre (fantasma, muerto,
cementerio), puede percatarse de que la familia le pide implí­
citamente ser un padre sustituto y de que él puede decidir en
EL SISTEMA TERAPEUTICO 181

qué forma responder a ello. En el momento en que da su


respuesta, en la que él reconoce el vacío. la necesidad de cada
uno, acepta ser el padre temporario de la familia, ofreciendo así
a sus integrantes la ocasión de despojarse de la función que
hasta entonces tenían atribuida. Aparte de esto, los múltiples
aspectos de “la muerte relacional y existencial” que esta familia
asume permiten distinguir, entre ellos, los que conciernen al
individuo en sus relaciones personales, de los que representan,
por el contrario, un enigma de otras relaciones, del que es
portador involuntario, como antes señaláramos. La ausencia o
la magra validez de la figura paterna, enmascarada por una
definición oficial de persona recta y bondadosa, es un problema
que el paciente tuvo y tiene que seguir enfrentando continua­
mente, buscando a alguien que le permita reformular su de­
manda inicial de dependencia, de guía, y de hallar así respues­
tas alternativas.
Sin embargo, no logra confrontarse con el vacío relacional
creado por la pareja parental desde los primeros meses de
existencia. Esta experiencia no le pertenece y por lo tanto no
puede ser simbolizada: en el “modelo relacional” que él inte­
riorizó, la relación entre los padres sigue siendo un enigma,
como sigue siéndolo también el de la relación entre aspectos
personales suyos que se identificaron con aquel modelo. Apar­
te de esto, el paciente es para la madre un producto de esa
relación, resultando portador de toda una serie de significacio­
nes que, a través de su fracaso personal, evocan-ertracaso
inicial. Sólo en la medida en que el terapeuta reconduzca estas
significaciones a su contexto inicial, haciendo expresar a la
madre toda la amargura y la desilusión que alimentó durante
largos años, puede el paciente ver por vez primera, desde el
exterior y en su justa atribución, los elementos de que es
portador.9En este sentido, una nueva historia se construye en

9. Hemos hablado de la situación del paciente para ilustrar de qué modo se


puede entrar en relación con el individuo y sus problemas afectivos, y
enlazarlos inmediatamente con las relaciones familiares y con la significación
que ellas vienen a asumir en este contexo. Lo mismo se hubiese podido hacer
con cualquier otro miembro de la familia, como se verifica además en el curso
de la terapia aun si, en cada ocasión, se privilegia a una sola persona elegida
como puerta de entrada al sistema.
182 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

terapia. En ella se propone un mapa diferente de las fronteras


individuales, por el sesgo de una tentativa de redefinición de
las funciones respectivas y de los espacios individuales. El
terapeuta representa el nuevo vínculo que, a través de sus
imágenes, sirve de catalizador a la búsqueda de nuevos recorri­
dos relaciónales, y ello para dar un sentido diferente a la
historia familiar en su conjunto.
Capítulo 8

DEL MITO DE LA CERTEZA


AL SUJETO DE LA EXPERIENCIA

Paolo Menghi y Katia Giacometti

El amor por la verdad


no debe cambiarse en odio por el error.

EL DILEMA: PERTENENCIA O SEPARACION

Si consideramos la familia y el sistema terapéutico desde el


punto de vista del individuo, podemos decir que ambos son
contextos instrumentales que promueven el nacimiento y el
crecimiento. Pero nacimiento y crecimiento no se adquieren de
una vez para siempre si los entendemos como nacimiento y
crecimiento de un individuo capaz de hacer experiencias. Por
el contrario, tener y mantener este proceso implicá precisa­
mente abandonar una certeza pasando por el descubrimiento
de la diferencia, de la falta y de la ambivalencia que abren el
camino a la duda, a la búsqueda y al nacimiento de un espacio
de comunicación. Renunciar a todo poder y a todo saber
constituye así el presupuesto para alcanzar una dimensión
intersubjetiva. Pero con la aparición de esta nueva dimensión,
la certeza de sí, del otro y de la relación sufre un importante
menoscabo. Aceptar la diferencia en el interior y en el exterior
de uno mismo significa ante todo tolerar el conflicto y la
ambivalencia. La separación reintroduce, con la posibilidad de
elección, el poder ser y la no imposición, la fantasía de la
184 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

pérdida. ¿Es posible separarse, reconocerse como sujeto y


continuar perteneciendo? ¿Es posible separarse de una repre­
sentación de sí, del otro, de la relación, para aceptar otra sin
perder por ello la propia identidad? A la certeza de una
realidad interna y externa uniforme e indivisible se le opone la
duda de una realidad internay externa compleja y heterogénea.
Las relaciones familiares son el continente de esta tensión, y el
surgimiento de un síntoma señala la dramática tentativa de
resolver, anulándolo, este conflicto, sin pasar por un doloroso
proceso de reconocimiento e integración de las diferencias, el
único que garantiza al individuo el seguir reconociéndose como
sujeto de experiencia. En realidad, el síntoma señala, tanto
para el individuo como para el sistema familiar entero, una
dinámica integración-diferenciación que se ha interrumpido.
La familia aparece entonces como un solo gran continente,
como una sola gran piel que protege a cada uno de sus
miembros de la ausencia de un continente interno bien trazado
y permeable, y de la ausencia de un espacio donde él pueda
dialogar bajo el manto de disfraces distintos y a veces contra­
dictorios.
El síntoma y las relaciones estereotipadas que se estabiliza­
ron en su derredor aparecen entonces como un “seudoconti-
nente” frente al miedo de una pérdida por un lado, y frente al
miedo de una anulación por el otro.
El problema es claramente planteado por el psicòtico: su
espacio está salvaguardado por el lenguaje personal del delirio
allí donde, por el contrario, compartir significa una total
transparencia, e ilustra la imposibilidad de un espacio donde
ser sujeto y comunicarse. En este caso, la disociación crea la
ilusión de anular el conflicto. En realidad, el psicòtico lo señala
de manera dramática en su imposibilidad de elegir pertenecer
o desprenderse, allí donde pertenecer toma el sentido de
perder los propios límites y, separarse, quedar fuera de la
relación.
Resolver este conflicto es a menudo también la tentación
del terapeuta familiar, quien, sobre todo con el redescubri­
miento del individuo, fue movido a amplificar temas como la
diferenciación y la autonomía, considerando frecuentemente
los vínculos con la familia como “huellas y residuos”, en la fase
DEL MITO DE LA CERTEZA AL SUJETO DE LA EXPERIENCIA 185

adulta de la dependencia y la simbiosis infantil. Pero hacer esto


es reformular una lògica dicotòmica en la cual se corre el riesgo
de afirmar como incompatibles la subjetividad y la pertenencia,
la necesidad de autonomía y la de intimidad, el tratamiento y
el sostén (28). Sin embargo, podemos decir que justamente la
asunción de esta ambivalencia continua garantiza el desarrollo
y preservación de una autonomía intrapsíquica e interpersonal.
Sólo reconociendo, acogiendo e integrando una constela-
. ción compleja de experiencias emocionales, de imágenes de
relación y de representaciones de sí y del otro -incluso contra­
dictorias- puede el individuo mantener vivo su proceso de
individuación, entendido como la superación de una identifica­
ción rígida con partes de sí limitadas. Anular las tensiones, la
ambivalencia, el conflicto, disminuyendo las diferencias y las
contradicciones, impide nacer un espacio de comunicación
intrapsíquica e interpersonal. No puede haber diálogo sin
reconocimiento de una diferencia ni sin el reconocimiento de la
dependencia recíproca que caracteriza a cada relación humana.
El mantenimiento de esta comunicación intra e intersubjetiva
marca la necesidad de la presencia simultánea de dos fuerzas
opuestas: una que unifica y otra que distancia. Gracias al
principio del amor recíproco, los hombres están destinados a
acercarse continuamente unos a otros y, gracias al respeto, a
mantener cierta distancia entre sí (2). El lenguaje privado del
psicòtico nos muestra, por el contrario, la imposibilidad de esa
presencia simultánea, la contradicción no integrada entre
significación personal y significación compartida, entre pensa­
miento autónomo y representaciones comunes. /
Como describió eficazmente Aulagnier, “no hay ninguna
semejanza entre lo que puede representar para cada cual un
paseo solitario antes de desembocar en una calle frecuentada,
y lo que representa ese mismo paseo para un prisionero que no
cuenta más que con este medio para verificar que aún puede
mover su cuerpo y medir el espacio invariable y desierto de su
celda”(13). Esta imagen nos replantea la complejidad o, si así
lo prefiere el lector, el aspecto paradójico del proceso de
individuación: para separarse, es necesario poder vivir juntos;
para poder vivir juntos, es necesario saber estar separados.
La introducción de una dimensión temporal que el síntoma
180 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

parece querer negar nos permite comprender mejor la dinámi­


ca de este proceso.
En el nacimiento, que representa la primera experiencia de
separación, el pequeño encuentra ya un lugar y un sentido para
su presencia en el espacio familiar (9). La matriz familiar, con
sus valores, sus roles, sus funciones y sus mitos, es lo que permite
existir al sujeto y lo que le garantiza el acceso a lo simbólico. La
dependencia afectiva al universo familiar pasa a ser la condi­
ción y también el obstáculo a su propio proceso de separación
intra e intersubjetivo.
La atención de los padres sobre el niño, y, a través de ellos,
de la familia ampliada (9), la interpretación que dan todos a sus
primeras señales, le permiten tener informaciones sobre sí y
sobre el mundo exterior, pero al mismo tiempo le indican que
su existencia está ligada al reconocimiento que el otro opera a
su respecto.
Esta relación de total dependencia afectiva en la que el
sujeto se confía a las expectativas y significaciones preexisten­
tes del universo psicológico familiar, parece ofrecer en un
primer tiempo la protección y la seguridad necesarias para
continuar el proceso de separación iniciado en el nacimiento.
Después, en las fases siguientes del ciclo vital, el contexto
inmodificado pasa a ser un obstáculo a este mismo proceso,
puesto que niega la posibilidad de definirse y de reconocerse
como “sujeto capaz de dar un orden y una significación a su
propio comportamiento según un plan y un proyecto de existen­
cia” (17).
Se sacrifican entonces la capacidad reflexiva y la capacidad
simbólica, en nombre de una certeza afectiva que parece
depender de la negación y, seguidamente, de una verdadera
escotomización de toda contradicción, de toda duda, de toda
falla en las informaciones, fuera de sí y en sí. En presencia de
un desarrollo normal, el crecimiento aparece como un lento,
doloroso pero necesario compromiso entre el reconocimiento
de sí como miembro de un sistema, que es también el fruto de
la historia que lo precede, y de sí como ser singular, autor de una
historia personal que tiene derecho a postularse como punto de
partida posible de una nueva aventura, de un destino descono­
cido e imprevisible (13). Pero frente al malestar que nace del
DEL MITO DE LA CERTEZA AL SUJETO DE LA EXPERIENCIA 187

encuentro con lo imprevisible y con lo no familiar, surge a cada


instante la certeza de los roles y funciones que el sistema
familiar asigna en su propio seno. Si el malestar que caracteriza
a toda evolución, en vez de ser asumido como un mensaje a
descifrar, es anulado, se hace entonces posible no afrontar el
sentido de la pérdida que acompaña a la superación de cada
fase del ciclo vital. Por otra parte, es justamente la experiencia
de la separación, introducida por el reconocimiento de la
carencia y de la pérdida, lo que permite el despliegue de esa
actividad simbólica de la que depende la posibilidad, para el
sujeto, de una reapropiación creativa de la experiencia dentro
de su propio espacio personal.
Si la necesidad de certeza priva sobre la experiencia, la
identidad de cada cual corre el riesgo de confundirse rígida­
mente con un rol y una función, y cada variación posible de este
contrato entre el individuo y el grupo peligra de ser vivida como
una amenaza a su propia identidad.
La relación se configura entonces como relación de igual­
dad y no de analogía; esta última implicaría de hecho el empleo
del giro “como si” y la referencia a algo igual y diferente a la vez.
En la relación de igualdad, por el contrario, el lenguaje pierde
su valor de puente entre uno mismo y el otro, porque no hay
ningún espacio que llenar. La palabra se reifica y pierde su
sentido de lazo, de recuperación creativa de una ausencia. La
palabra “madre” indica una conexión, una posibilidad de rela­
ción con el otro que no está ligada a la presencia del objeto
concreto ni necesariamente a esa relación real madre-hijo.
Este esquema de relación puede estar presente incluso en
una pareja, y el rol de madre e hijo parece ser una forma de
contrato “como si” entre dos individuos, una de las formas
posibles de este contrato.
El reconocimiento de que roles y funciones corresponden a
partes de sí, diferentes del sí-mismo, representa un primer
esbozo de integración que hace posible asumir roles y funciones
significativos sin sentir que lo uno excluye lo otro. De esta
compleja articulación interna nacen posibilidades de relacio­
nes diferentes con el otro y viceversa. El mantenimiento de la
propia continuidad con ropajes diferentes depende de que haya
nacido un “yo observador” que reconozca como suya una
188 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

emoción, un rol, una función, sin identificarse por entero con


ésta. En el caso de faltar ese continente personal de la experien­
cia, completo pero flexible, la continuidad es mantenida por la
ideología familiar, que funciona como un sistema de represen­
taciones de carácter imaginario que distribuye a cada uno un rol
en el interior de un mito, garantizando su continuidad inaltera­
ble.
En un tiempo y un espacio comunicativo coagulado, el
proceso de pertenencia-separación, dependencia-autonomía,
proximidad-distancia, parece paralizado. Si es imposible reco­
nocer la propia necesidad de autonomía, de estar separado, por
miedo a perder la propia identidad, es igualmente imposible
reconocer la propia necesidad de dependencia, por miedo a la
aniquilación. La seguridad que este continente rígido propor­
ciona conlleva entonces una práctica de la repetición, una
nivelación de los símbolos del sistema de comunicación, el
reemplazo de la experiencia por estrategias de control, y la
anulación de todo proceso de búsqueda guiado por dudas,
preguntas y curiosidad, sustituyéndolo por una certeza fría y
una armonía abstracta.

EL TERAPEUTA, SUJETO DE EXPERIENCIA

El terapeuta se ve confrontado con un sistema de relacio­


nes que, en el curso de su historia, desarrolló un modelo de
realidad al que él dio valor de certeza. Al encontrarse con él, la
familia hace una demanda coherente: anular los sinsabores que
todo cambio implica, mediante nuevas certezas llamadas a
cumplir el mismo papel que las precedentes, es decir, un papel
defensivo frente a la experiencia.
En este sentido, el mensaje lanzado por la familia al
terapeuta es un desafío de provocación. Evoca y renueva para
él el problema de elegir entre la certeza de un supuesto saber y el
riesgo de emprender una aventura en la que pueda llegar a
reconocerse como sujeto de experiencia. En este segundo caso, lo
que está enjuego no es tanto el saber y el saber hacer, como el
seren el saber, es decir, percibirse con uno mismo y con los otros.
El primer problema que se plantea entonces al terapeuta es
DEL MITO DE LA CERTEZA AL SUJETO DE LA EXPERIENCIA 189

la coherencia con lo qué él sostiene como objetivo de la terapia.


Es decir, mantener vivo ese doloroso proceso de reconoci­
miento de integración de diferencias en un contexto intenso de
grupo que garantice la presencia y la evolución del individuo,
de un ser no dividido que viva en una dimensión intersubjetiva.
No se trata, pues, de adquirir nuevas certezas que suplanten a
las antiguas, sino de adquirir, a través de la experiencia, una
nueva manera de entrar en relación con la realidad y cuyo
presupuesto es el principio de alteridad e interdependencia.
Aceptar el desafio de la familia en cuanto a la posibilidad
de llegar a reconocerse como sujeto de experiencia significa,
ante todo, aceptar el malestar, no intentar resolverlo, para
comenzar un proceso de búsqueda en cuanto a las significacio­
nes de la experiencia; significa entonces poder tolerar la propia
impotencia, la propia incomprensión, buscar juntos una res­
puesta sobre un terreno que hace de la relación con el otro una
búsqueda para sí. De esta manera, el terapeuta pasa ya, de un
modelo de relación con expectativas y esquemas previsibles, a
una curiosidad que nace de haber experimentado la posibilidad
de que el vínculo entre las diferencias pueda dar vida a una
cualidad emergente.
Pero, para poder tolerar este proceso de búsqueda, que
entraña la interrupción de un circuito de reacción estímulo-
respuesta, para poder tolerar la reactivación de la fantasía de
pérdiday anulación que acompaña ala introducción de diferen­
cias, es necesario que el seudocontinente familiar sea sustitui­
do desde el principio por un nuevo continente efectivo: la
relación terapéutica, que caracterizaremos como una relación
parental intensa, flexible y coherente.
Al asumir una función parental, el terapeuta se propone
como polo de referencia de una relación de dependencia,
“nutritiva”, que no reclama el premio de una anulación de
contradicciones y ambivalencias, un desconocimiento de ca­
rencias y vacíos sino, por el contrario, los acoge como señales
de la aparición de una realidad interna y externa más compleja,
tal vez conflictiva y, por esta razón, más dinámica. Al establecer
esta relación generacional, el terapeuta introduce al mismo
tiempo un “como si”. Introduce la relatividad de roles y
funciones en tanto definiciones ce sí ligadas a un contexto
190 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

relacional y no como características y atribuciones del yo (15).


Si el terapeuta consigue asumir este rol y esta función, vivirlos
a fondo y separarse de ellos, los miembros de la familia podrán
hacer otro tanto. Si el terapeuta no se deja seducir por la
tentación de proponerse como sujeto depositario del saber,
podrá hacer vivir a la familia la experiencia de una relación
parental de dependencia que puede progresar hacíala separa­
ción y la interdependencia, en cuyo interior es posible hallar un
espacio de palabra personal e individualizada. La inevitable
reactivación del conflicto que el síntoma procuraba anular,
hace renacer, junto con los deseos adormecidos detrás de la
patología, tensiones y miedos, y reactualiza en el aquí y ahora
la historia familiar, con sus mitos, sus mandatos, sus expectati­
vas y sus duelos jamás elaborados.
En este momento, el recurso a la respuesta técnica prefabri­
cada, síntoma del terapeuta, aparece como un escudo frente al
miedo del contacto, que remite a la familia al carácter incon­
ciliable de la pertenencia y la separación.
Así pues, también para el terapeuta, la capacidad de indi­
vidualizarse pasa a ser garantía de poder entrar en los espacios
de otro sin amenaza de fusión, y de poder salir de ellos sin
amenaza de perder su propia identidad. De hecho, la posibili­
dad de contener la angustia concomitante a situaciones en que
los límites del propio yo se anulan temporariamente, depende
de una buena capacidad de diferenciación, simbolización e
integración de diferentes partes de sí en el propio espacio
interno. Con esta condición solamente, el terapeuta puede
sustituir al paciente designado, sin exponerse como éste a pasar
al rol de guardián de la ideología familiar.
Puede ofrecer entonces a la familia una manera de ponerse
en relación que no significa volver a introducir mecanismos de
escisión y negación. Como sucede con los miembros de la
familia, también para el terapeuta la incapacidad de sostener
y utilizar una sensación de tensión, malestar y dificultad, nacida
del encuentro como señal de diferencia, y por lo tanto como
información, puede traducirse en la apelación a un saber
(teoría-dogma) y a un saber hacer (técnica).
En este caso, la teoría y la técnica aparecen como certezas
a las que aferrarse frente a la tensión nacida de la duda y del
DEL MITO DE LA CERTEZA AL SUJETO DE LA EXPERIENCIA 191

miedo enlazado al ser. Si esto sucede, “sentir” y “pensar” se


separan, dando lugar a un actuar reactivo y a una racionaliza­
ción que no se percibe como contraria a la experiencia vivida
(59). Cuando el terapeuta entra en contacto con la masa
indiferenciada del yo familiar y habla de sistema rígido y
compacto, expresa de este modo una emoción personal frente
a una familia estereotipada, incapaz de modificarse en el
tiempo; expresa sobre todo su dificultad para concebir a cada
individuo como separado de la matriz del grupo, dificultad de
pasarde un sentir indiferenciado al reconocimiento de emociones,
imágenes y asociaciones que representan un vínculo entre partes
de sí y partes del otro.
De todas formas, si esa emoción de indiferenciación es
tomada como una información y no se la reduce a una atribu­
ción al sistema familiar, esto permite al terapeuta comprender
las ansiedades y miedos que pueden experimentar los miem­
bros de la familia frente a estímulos y demandas que introducen
la fantasía de la separación. En esta situación, diferenciar
constituiría un ejercicio técnico vacuo en el que un razonamien­
to sistémico claro sirve para tapar un sentir lineal confuso y
limitado. La relación perderá entonces su intensidad, convir­
tiéndose en un patético monólogo sistémico-circular-relacio-
nal.
Los mensajes del terapeuta, así como los de los miembros
de la familia, parecerán incoherentes y repetitivos. El nexo es
entonces evidente: para establecer con la familia una relación
parental intensa, flexible y coherente, el terapeuta tiene que
poder reafirmarse a cada instante como sujeto capaz de hacer
experiencias, manteniendo vivo en el interior de él misih^ este
proceso de diferenciación e integración que garantiza el avance
del sistema terapéutico. Podrá entonces hacer vivir a los
miembros de la familia la misma experiencia, haciéndolos
pasar de una fase de malestar indiferenciado al reconocimiento
de una experiencia emocional diferenciada que permite reasu­
mir en el propio espacio personal tensiones, conflictos, contra­
dicciones, dudas, tolerarlos sin achacarlos a una causa externa,
y perseguir en ellos una significación personal. Es decir que es
capaz de permitir a cada cual la realización de ese paseo
solitario que no se contradice con la senda tomada por todos,
192 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

con la exigencia de una dirección común: la posibilidad de


comunicarse no sólo se mantiene aún, sino que se ve favorecida
por estos momentos de tregua, ensueño, creación (13).
La relación con el otro se pone entonces paralela a la
búsqueda de sí; su intensidad, su flexibilidad, su coherencia se
convierten en espejos de las propias relaciones internas.
Esta capacidad de utilizar intensamente flexibilidad y
coherencia de partes diferentes de sí para entrar en relación
con el otro, y sobre todo elegir hacerlo, garantiza la evolución
de las relaciones en un movimiento plástico de entrada y salida
entre el espacio personal y el espacio interactivo. Entendemos
por intensidad, la capacidad de enlazar con el otro partes
diferentes de sí, sin perder las propias fronteras, y de identifi­
carse con el otro mediante algo personal y mantener esta
relación en el tiempo. Como vemos, el reconocimiento de un
estado emocional y la intensidad están íntimamente ligados. Si
no se adhiere a la emoción, no se crea intensidad. Entendemos
por flexibilidad, la posibilidad de elegir entre diversas partes de
sí y de variar su relación en el tiempo, pudiendo elegir pertene­
cer o separarse.
Saber identificarse no basta. Es necesario saber abandonar
una identificación para pasar a otra en un movimiento continuo
que liga las imágenes del otro a las propias, introduciendo así
nuevas visiones de la relación.
Finalmente, entendemos por coherencia la capacidad de
integrar\ en presencia de un observador interior, estas partes
diferentes en esa totalidad compleja y heterogénea que defini­
mos como identidad. A menudo, sólo poniendo entre parénte­
sis el accionar y el saber preestablecido puede surgir un
observador interno capaz de interrogarse y de sentir curiosidad
con respecto al otro. La curiosidad es tan importante como la
duda, pues no puede brotar por decreto sino que nace de la
evocación de mi deseo sincero de saber más a su respecto.
En lo que concierne al terapeuta, sujeto de experiencia, la
teoría y la técnica relacional son entonces únicamente, como
para la familia, estructuras que contienen la ansiedad y la
confusión que acompañan al cuestionamiento de antiguas
certezas. No se trata de certezas nuevas, el objetivo no es la
sustitución de una definición por otra, de una visión sistèmica
DEL MITO DE LA CERTEZA AL SUJETO DE LA EXPERIENCIA 193

por otra, sino la adquisición, a través de la experiencia, de la


capacidad de utilizarla como metodología para entrar en un
contacto mayor consigo mismo y con el otro. Sólo con esta
condición podrá establecer el terapeuta con la familia una
relación parental intensa, flexible y coherente, relación que
permitirá experimentar a cada uno de sus integrantes de qué
modo posibilidades nuevas de relación pueden nacer de una
escucha interna, de qué modo una relación de dependencia
recíproca puede dar a cada cual respuestas diferenciadas, de
qué modo la entrada de experiencias emotivas personales en el
espacio interaccional compartido posibilita un enriquecimien­
to de las significaciones posibles: de qué, pues, una visión no
reductora y no paralizante de la realidad puede nacer de la
percepción y la tolerancia de las diferencias dentro y fuera de
uno mismo. Es ilusorio pensar que un saber (teoría) y un saber
hacer (técnica), que no tengan como meta el reconocimiento de
sí como sujeto de experiencia, pueden dar respuestas terapéu­
ticas y formativas, ya sea en terapia o en formación.1 Los
tiempos son los tiempos pautados por los procesos de diferen­
ciación y de integración cognitivo-emocionales de los que
depende la posibilidad de individualizarse y de entrar en una
relación intensa, flexible y coherente con el otro.
Nosotros, los terapeutas, cuando intentábamos librarnos
del miedo a ser impotentes, con frecuencia nos exponíamos a
caer en la hiperactividad o a considerarnos detentadores de
certezas que introdujeran cierta cohesión, pues en la búsqueda
de una identidad profesional hacer algo a cualquier precio o
seguir ciegamente una teoría puede ser mucho más^caltante y
tranquilizador. A menudo corrimos el riesgo de privilegiar un
activismo forzado o una adhesión a determinada ideología,
impidiéndonos así una verdadera escucha y la posibilidad para
nosotros de comprender,; y para los otros de ser comprendidos.

1. Utilizamos el término formación para distinguirlo de aprendizaje, "porque,


mientras que los aprendizajes se sitúan a nivel de un saber y de un saber hacer,
la formación concierne al sujeto a nivel de su ser en el saber" (51).
194 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Treinta rayos se cruzan en el cubo de una rueda


y de lo que es su vacío
nace el uso de la rueda.
Se trabaja la arcilla y se la moldea en un vaso
Y de lo que es su vacío
nace el uso del vaso.
Se horadan puertas y ventanas para hacer una casa
Y de lo que es su vacío
nace el uso de la casa.
Y es así como del saber y del hacer
nace la posesión.
Pero sólo del ser nace lo posible.
Cuarta parte

FAMILIA E INDIVIDUO
Capítulo 9

EL NIÑO: DE OBJETO DE CUIDADOS


A INSTRUMENTO DE FORMACION RELACIONAL

Carmine Saccu

Entré. Nos reconocimos de inmediato. Su sonrisa me lo dio


a entender, pero no hablamos de ello. Ha tok se llamaba, era
un chico maya de 13 años. En Tulun, yo había podido hacer
renacer en sus ojos los antiguos vestigios mayas dispersos por
el Yucatán. La fuerza de su lenguaje era tal queme era posible
ver a los indios yendo y viniendo por los mercados. Los veía
amontonarse ante el Zenote para asistir al sacrificio ofrecido
por los sacerdotes en la cima de las pirámides. Oía sus gritos
desgarradores y asistía así a la horrenda masacre perpetrada
por los españoles, los hombres de Cortés. Fue el fin de una
cultura.
Lo seguí hasta la gran plaza, atestada de una multitud de
niños alborozados; en el centro se elevaba una pirámide con el
calendario maya impreso en un grueso disco de piedra; si se
respetaba el calendario, cada cual podía sentarse en diferentes
niveles sobre las gradas de la pirámide.
Ha tok me explicó de qué modo, en el tiempo que pasa, la
vivencia subjetiva determina una posición en el espacio. Por
eso, añadió, en la cima de la pirámide se sientan aquellos para
quienes el tiempo se ha detenido, y más abajo aquellos que
intentan detenerlo y así siguiendo, hasta aquellos que lo toleran
y aquellos que lo quieren más rápido. Todo esto tiene un
sentido porque cada cual persigue un fin.
198 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Alcé los ojos hacia la cúspide, intrigado por los gestos


singulares que hacía cada uno de ellos. Se me figuraban ritos
propiciatorios de una religión ignorada; miraban a menudo
hacia el costado, torciendo el cuello, la saliva fluía sobre la
túnicay las manos se agitaban a la altura del busto, como las alas
de una mariposa; los dedos se cruzaban con frecuencia forman­
do extraños signos, como bailarinas tailandesas depositarías de
un lenguaje milenario. A veces se llevaban el dorso de la mano
a la boca, mordiendo hasta echar sangre; con suma rapidez, las
manos tocaban el rostro y dedos expertos arrancaban uno por
uno los cabellos hasta formar enormes placas blancas. El
cuerpo se balanceaba con ritmo constante al son de notas que
me eran desconocidas y, aveces, la frente se apoyaba con fuerza
sobre la piedra desnuda, dejando huellas de sangre. La cara, en
una suerte de fijeza movediza, estaba pintada con pavorosos
colores, y sonrisas etéreas, de una belleza fuera de lo común, se
dibujaban en ella. De improviso brotaba un aullido poderoso;
la voz inarticulada lanzaba sonidos de significaciones descono­
cidas. Estos sacerdotes son los más altos de la escala, me dijo
Ha Tok, están en el eterno, en lo absoluto, únicos que viven el
vacío infinito hasta negar la existencia, yjamás ninguno de éstos
podrá nombrarse a sí mismo “yo”, mientras sean los más
grandes.
Ven sin mirar, oyen sin escuchar, perciben sin tocar; invisi­
bles, sus sensaciones penetran en nosotros, en nuestros espa­
cios más profundos, como tentáculos aparentemente fragmen­
tados. Hacen suyos y llevan consigo nuestro llanto, nuestros
vacíos, nuestras fantasías, como poetas sin palabra; omnipre­
sentes y omnipotentes, ellos dan cuerpo al llanto del mundo y
de la especie, viven en un tiempo sin tiempo donde el movi­
miento niega el cambio. Aquí nació el principio de relacionali-
dad absoluta.
Ha tok, percibiendo mi confusión, me ayudó a comprender
mejor: según el principio de la relacionalidad absoluta, si uno se
confunde con las fuerzas conservadoras del universo, con sus
fuerzas fusiónales, es garante de la unidad (22).
Siendo éste un fin primordial, cada uno de ellos está dotado
de una capacidad de concentración destinada a recoger única­
mente los aspectos relaciónales. La manera en que explican
EL NIÑO COMO INSTRUMENTO DE FORMACION RELACIONAL 189

una función semejante presupone un control absoluto en la


negación de cada significación y de cada finalidad, implícitas,
por el contrario, en una lógica evolutiva. No hay espacio para
aprender, no hay espacio para ser. Paradójicamente, al negar
una existencia finalizada, permiten existir a los otros: “Mira
-añ ad e- sus manos vacías aleteando como mariposas, manos
de objetos inanimados que giran, giran hasta perder el sentido
del movimiento. Rítmico, obsesionante, el movimiento irrita al
sonido en su surgimiento, cada uno de ellos puntual como en un
rito.”
Me costaba apartar la vista de sus manos y dejar caer mi
mirada sobre sus pies. Entonces tuve un sobresalto. Eran los
pies de Sandro.
Lo vi por primera vez cuando tenía 11 años, como sacerdo­
te; había empezado muy pronto. Durante los seis primeros años
de su vida procuró atraer sobre sí las tensiones de los miembros
de su familia, después de la larga leucemia y la muerte de su
padre. Era una gran familia, más unida todavía tras la muerte
sucesiva del abuelo. Vivían todos en una gran casa con una reja
que Sandro no podía atravesar nunca sin que se movilizaran las
mujeres, los hombres, los niños del barrio, rodeados de primos,
hijos de los hermanos y hermanas de la madre. Decían que era
peligroso.
El subía y bajaba de manera obsesiva las escaleras hasta el
último piso, chocando con las puertas cerradas, esos mismos
peldaños que subía y bajaba la abuela cuando, por la noche, se
cercioraba de que todos hubiesen vuelto, rito familiar que todos
conocían.
Comencé a trabajar con la familia entera con una mezcla de
juicios, opiniones y resoluciones que me daban la sensación de
hallarme en medio de una Torre de Babel. Es la misma
sensación que encontré entre los enseñantes cuando abordé el
problema escolar del niño.
Había llegado a los pies de Sandro con un intenso deseo de
sustraerme a esa sensación angustiante de sofocación mezcla­
da con la impotencia que me provocaba el relato de millares de
comportamientos que parecían destinados a confirmar una
evidencia que Sandro, en sesión, no se dejaba reformular.
Imprevisibilidad, desesperación, irrecuperabilidad, todo me
200 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

empuja a no ver otra cosa que su cabeza. Yo era, por lo tanto,


igual que todos los demás.
Fue en ese momento cuando tomé sus pies, los descalcé y los
manipulé enérgicamente. Los apreté entre mis piernas y fue
entonces cuando asistí a ese rito sacerdotal extraño destinado
a detener el tiempo y a negar toda significación al movimiento,
aullidos inhumanos, gritos desesperados, invocaciones. Los
primos más pequeños se detuvieron, perdidos, volviéndose
hacia su madre, y yo vi todos esos rostros tensos, contraídos,
estupefactos, transformados por la conducta sutil e invisible de
Sandro, el más grande conocedor de los meandros emocionales
de cada uno, de sus reacciones, y de la trama relacional que
daba sentido a su historia. Y fue, una vez más, la Torre de Babel.
Resistí un buen rato y, cuando Sandro jugó su última carta
gritando “mi padre ha muerto”, le grité una vez más que él
había focalizado la mirada de todos sobre su cabeza, pero no la
mía. Pues, de ahora en adelante, yo conocía su ritual y la manera
en que cada cual participaba en él, y le pedía por tanto que lo
repitiera indefinidamente hasta que nadie dudara ya de su
irrecuperabilidad. “La rigidez está en la previsibilidad y repe­
tición de las respuestas, y ellos lo saben”, decía Ha tok, como
si hubiese leído en mis recuerdos. “Tú lo tocaste de una manera
diferente, de una manera que para él era imprevisible, y fue un
descubrimiento también para ti.” En realidad, la tarea de ellos
es permitir que cada uno se descubra a sí mismo, y esto a través
de una provocación negada en forma coherente. El reconoci­
miento de la complicidad de la respuesta vuelve voluntaria la
elección, y esto es todavía más insoportable. Un trabajo bien
hecho, destinado a parar el tiempo, debe dar nacimiento a mo­
vimientos repetitivos, con ilusión y desilusión en cuanto al
cambio. La habilidad está en tornar imposible una distinción
entre realidad y fantasía. La presencia de lo real debe ocupar
todos los espacios de la mente, bajo el empuje de una necesidad,
en una lógica donde la inmanencia está implícita. Entonces,
grande es el espacio para el sufrimiento, porque éste nos hace
sentir que uno existe con una meta. Ocurre no obstante que esté
centrada en los otros y para los otros. Cuando, gracias a sus pies,
Sandro permitió que cada cual pudiera tocar su propio espacio
fantasmático, espacio que ellos imaginaban atrofiado, enton­
EL NIÑO COMO INSTRUMENTO DE FORMACION RELACIONAL 201

ces tú pudiste palpar los monstruos que lo habían inva­


dido.
Es el espacio real de cada uno, inmóvil en un tiempo que se
ha detenido. Tú saliste, dejándolos entonces fantasear sobre
los pies de Sandro, y recordaste la carta que había escrito la
madre: “pies de un hombre que tiene piernas torneadas, tiene
un bello andar, bellos hombros de atleta pero un poco encor­
vados, no es una belleza afeminada, es un hombre... tiene una
expresión dulce, son unos pies que marchan sobre la arena,
pero no se acercan a mí, se alejan y entran en el agua”. Comencé
a preguntarme qué más me había enseñado Sandro, si era
verdad que, sobre este tema, él había determinado toda mi
relación con los enseñantes de la escuela. Sandro era ahora
profesor de universidad, fue él quien permitió descubrir a los
enseñantes sus exigencias de control, conectarlos con su mundo
interno, con el miedo a lo irracional, trabajar en el descubri­
miento de la imprevisibilidad liberando su creatividad. Me
acordé de cuando, cómplices, los alumnos hicieron como si
Sandro hubiese desaparecido en la nada. Viéndolo ir y venir
después por el aula gritando: “Estoy aquí, aquí me tienen”,
buscando la mirada de cada uno para que creyeran en la
evidencia. Qué absurdo ver a quienes yo llamaba ahora profe­
sores especialistas, descubrir que ya albergaban en sí posibili­
dades infinitas de respuesta.
En cierto modo Sandro liberó también mi imaginación: en
qué forma tocar la realidad de las fantasías catastróficas de los
miembros de la familia, de modo tal que reconozcan su existen­
cia y que puedan expresarlas pero expurgadas de sus aspectos
amenazadores.
“Cuando lo falso ya no puede separarse de lo verdadero”,
comentaba Ha tok.
A Sandro le ha entrado una idea loca, dije, ésa es su locura,
ustedes tienen que ayudarme a descubrirla porque él no me lo
dirá jamás; si de hecho persiste con tanta seriedad en la tarea,
es porque piensa que es la única manera de poder protegerlos.
¿Por qué protegerlos? ¿Y a quién proteger más? Tenemos que
descubrirlo.
Pedí, pues, que cada cual me diera una idea loca, la idea más
loca que pudiera tener, y me proporcionara así una noción de
202 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

lo que Sandro podía tener en su cabeza, aunque más no fuese


un pálido reflejo. Una vez más pude comprobar hasta qué
punto estaba reducido el espacio entre la realidad y la imagina­
ción y de qué modo esto resultó posible en el seno de una misma
ficción. Pasaron cosas extrañas: la abuela volvió con un brazo
paralizado por una descarga eléctrica, un tío entró en el
hospital por una enfermedad cardíaca, otro escapó por milagro
a un accidente de coche.
¿Cómo no estar confundido? ¿Qué otra cosa habría podido
aprender en el curso de la terapia?
Al paso del modo de ser en relación absoluto al modo de ser
en relación relativo se le llama “proceso”.
Pensé en Sara, que había empezado como gran sacerdotisa.
Ahora estaba sentada más cerca de la base de la pirámide.
Habían pasado dos años y sabíamos que tendríamos que vernos
de nuevo.
A la edad de tres, ya era capaz de no cruzar las miradas, de
persistir en un mutismo obstinado, de quedarse sola en un
rincón empaquetando con frenesí y obsesividad, en hojas de
papel, todos los objetos que caían en sus manos. Jamás respon­
día a ninguna pregunta. ¡Su especialidad! Una respiración
intermitente e hiperventilada, la boca entreabierta, la lengua
ligeramente salida. Me sugería la imagen de un perro en
verano. Por esa razón pedí a los padres que hicieran de perros
en el suelo, hiperventilando y ladrando hasta cansarse. En ese
momento fui testigo de un suceso extraño. Sara, que cual una
esfinge había resistido a todas las tentativas de implicación de
los “padres perros”, cuando éstos se pusieron a jugar aparte,
divirtiéndosey encantados con el insólito juego, se puso a correr
sonriente y agitada y se unió a ellos, saltando a horcajadas sobre
uno u otro. Y aunque no hubiese perdido la seriedad que
volcaba en su tarea, ese día, a causa de su distracción, descendió
una grada en la pirámide. Yo había llamado Muro de Berlín a
esa línea, trazada con tiza en el suelo. Ella separaba a las dos
familias de origen con un silencio glacial, que me hacía pensar
en el mutismo de Sara, por una historia de potra robada.
“Tú y tu hijo me han robado la potra, decía el abuelo
materno. Malditos sean”, y para mí estaba claro que hablaba de
la hija; así pues, Sara me arrastró lentamente a los caminos de
EL NIÑO COMO INSTRUMENTO DE FORMACION RELACIONAL 208

lo simbólico. Y ahora que miraba a los ojos, que ya no le tenía


miedo al agua, que abrazaba a su madre tocándola, que con
esfuerzo comenzaba a pronunciar mamá, he aquí que aparecía
esa historia de vivencias hipocondríacas del padre y de lágrimas
imprevisibles e inmotivadas de la madre, al igual que emocio­
nes lejanas y contenidas. Empaquetadas, como los objetos que
Sara embalaba. La desaparición progresiva de este ritual
marcaba el tiempo de las cosas posibles; el movimiento se
reanuda en un revoltijo fusional donde las emociones, las
penas, las monstruosidades, los instintos, la irracionalidad se
instalan ahora en las fantasías y los sueños.
“Fíjate, dice Ha tok, qué importante es desacelerar el
tiempo. En la Amazonia se encuentran dos ríos de color y
temperatura diferentes; corren juntos durante 15 millas con­
servando cada uno su color, y sólo se mezclan después.” Es el
tiempo necesario para integrar de manera coherente dos
vivencias de experiencias distintas, porque distintos son sus ríos
epistemológicos.
Acercándome cada vez más a la pirámide, los vi a todos,
incluso a aquellos de cuyo nombre ya no me acordaba, sólo que
habíamos tenido un encuentro. Pedro con el lenguaje de los
peces y los números, Danielay sus tics de bailarina, Roberta con
su epilepsia como único medio de fuga, Maurizio y la táctica de
César, Franco y Giuseppe con el síndrome del escualo y la
barbada.
Lo maravilloso que tienen los niños, decía H a tok, es que
pueden enseñarte solamente un lenguaje de imágenes; Mauri­
zio, Assunta y Fabrizio, que ves ahí de costado, son los que,
gracias a la Santa Alianza, te enseñaron todavía más. En tus
comienzos, cuando te animaba el entusiasmo de la novedad, y
por un virus de omnipotencia, todos pusieron en cuestión tu
síndrome de Speedy González, o, como entonces lo llamabas,
el síndrome de las terapias breves.
Empezando por Maurizio, cuando tenía 11 años, con sus
fobias y sus temores nocturnos. Era experto en hacerte creer
que habías triunfado como un mago, y de hecho no volviste a
verlo durante un tiempo. Volvió cinco años después, tenía V
cara llena de granos. Te hizo comprender sin decírtelo que
había llegado el tiempo del “boliche”. Luego fue el turno de
204 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Assunta, la apacible muñequita que se libró de una enuresis con


una caída del cabello. Después Fabrizio que, con su asma, afir­
maba haber cumplido bien su trabajo de guarda nocturno, visto
que sus padres dormían siempre en camas separadas.
He aquí por qué se pusieron de acuerdo para reunirse en
una habitación y escribirte el libro de sus fantasías. Fantasías
que ya no lo eran. Ellos las habían creado de muy pequeños,
cuando también ellos estaban encerrados en una habitación
distinta. Al oír disputar a sus padres con frecuencia, imagina­
ron que el padre mataba a la madre. El juego malabar del que
nació la Santa Alianza consistió, pues, en personificar, bajo
rasgos diferentes, estas diversas fantasías; mientras los padres
se arreglaban, ellos habían podido, de común acuerdo, jugar “a
quién tenía el Edipo más grande”.
Pero ahora que renunciaban a este juego el padre había
podido, de manera dramática, exteriorizar sus vacíos depresi­
vos, y la madre, llamada la Santa, había comenzado el lento y
doloroso proceso de volver a ser mortal. Un año después, te
pidieron que intervinieras de esa extraña manera que es la
psicoterapia familiar individual.
“El tiempo es la filosofía del cambio”, esto es lo que yo me
repetía al fijar mi mirada en el calendario maya. Luego, Ha tok
se me acercó, cuando todos se levantaban y, con aire solemne,
me dio una tablilla y un cinturón blanco. En la tablilla, una
inscripción: Terapeuta familiar y destacado didacta.
Me puse el cinturón blanco, y sólo cuando levanté la vista
descubrí que todos llevaban un cinturón negro.
Capítulo 10

LA RELACION TERAPEUTICA
EN TERAPIA FAMILIAR*

A. M. Nicoló Corigliano

.. En el curso de los años 1974 a 1982, en el Instituto de


Terapia Familiar de Roma, nos abocamos a la discusión de
algunos de los temas que constituyen uno de los debates
actuales en el ámbito de la terapia familiar; aunque hayamos
tomado posiciones diferentes y contrapuestas, estuvimos de
acuerdo en las conclusiones, como se puede comprobar en los
primeros capítulos del libro La forteresse familiale (11). A sa­
ber, que la familia es un sistema relacional que desborda y
articula sus diferentes componentes individuales, aun si el
punto central del estudio de la familia es el individuo y su
proceso de diferenciación, como postulan Bowen, Whitaker,
Malone y Searles.
Durante el congreso interno que el Instituto de Terapia
Familiar de Roma decidió organizar en Arcinazzo en 1982,
Claudio Angelo, Katia Giacometti y yo misma presentamos
una comunicación (54) en la que criticábamos la epistemología
tradicional, con sus pretensiones de objetividad. Después de

* Conferencia pronunciada en el Tercer Congreso Argentino de la


Federación Argentina de Terapia Sistémica realizado en Buenos Aires los
días 14,15 y 16 de agosto de 1986. Este artículo es la traducción reducida y
modificada del artículo publicado en la revista argentina Sistemas Familiares,
de ASIBA.
206 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

retomar el principio de indeterminación de Heizenberg,


afirmábamos que el observador es a la vez espectador y actor,
y que introduce una complejidad en la realidad que así conoce,
transformándola en un mundo dotado de una significación que
siempre estará referida a ese sujeto, a ese contexto y a ese
proceso en curso. Lo que el observador observa es el fruto de
su percepción en un mundo en el que está inmerso y del que
forma parte; “la observación, sin embargo -decíamos textual­
mente-, debe incluir la modalidad de relación del observador”.
En esa misma ponencia, buscando profundizar la compren­
sión del modo de funcionamiento de la familia, retomamos los
conceptos de integración y diferenciación, especificando que
estos procesos se desarrollan no sólo entre el sí mismo y el
mundo exterior, el yo y los otros, sino también entre la signifi­
cación personal que cada miembro de la familia se crea a partir
de la realidad, y la significación compartida por los miembros
del sistema. En aquellos casos en que la organización sistèmica
podía ser considerada por el observador como “patológica”, se
podía enunciar la hipótesis de que la familia tenía tendencia a
transformar el potencial de informaciones llegadas del exte­
rior, en una gama restringida de señales orientadas a la conser­
vación del modo de funcionamiento preexistente y a la conser­
vación del mapa cognitivo del sistema. Con la repetición de este
proceso se instaura una forma de doble aprendizaje, en el
sentido de Bateson, es decir, de construcción de las reglas de
aprendizaje de la secuencia-señal, cada vez más rígida y crista­
lizada (49).
Este proceso pasa a ser una barrera para toda nueva
experiencia, y las nuevas informaciones se descodifican según
un esquema rígido y fijado previamente. Significaciones perso­
nales y diferenciadas no pueden nacer entonces en el interior
de una significación común compartida por los miembros del
sistema. El esquema fijado de antemano puede llegar a ser
tenido por una característica del yo, y quien lo expresa es la
familia del paciente designado, quien de este modo, con sus
síntomas y manifestaciones, se convierte en metáfora de las
relaciones familiares. Tomemos el ejemplo del paranoico que
selecciona, entre tantas informaciones, sólo aquellas que con­
firman su visión del mundo, y que entre tantas significaciones
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR gff
posibles de atribuir a un suceso, elige sólo aquellas que confir­
man su delirio. Pero esto sucede igualmente en el sistema del
que el paranoico forma parte, sistema que continuará descodi­
ficando sus comportamientos como delirantes y patológicos,
aun cuando puedan dar lugar a interpretaciones diferentes.
Cada cual, como dice Einstein, encuentra lo que busca. La
entrada de información permitida por el sistema disminuye en
proporción a la rigidez de los presupuestos implícitos que cada
miembro se forja en el curso de la historia familiar, pues la
organización de esos presupuestos constituye una suerte de
grilla perceptiva que permite el paso de ciertas señales y no de
otras. En aquel trabajo de Arcinazzo, Angelo, Giacometti y yo
supusimos que muchasfamilias presentan una estructuraparticu-
larque ilustra estos aspectos, mostrando claramente al observador
los efectos de este esquema de relaciones preestablecidas. Esta
estructura es el “mito” de la familia, que condensa dichos
presupuestos en forma tal que las diferencias individuales tienden
a desaparecer (54). Más tarde, Andolfi y Angelo desarrollaron
principalmente este concepto en su artículo publicado en la
revista Terapia Familiare (9).

EL MITO

Quienes en general se han interesado en los mitos son los


antropólogos. Las investigaciones antropológicas realizadas a
finales del decenio de 1950 se basaban en la convicción de que
éste no puede ser comprendido cuando se lo considera fuera del
papel que desempeña en el interior de la comunidad social. El
mito, para Malinowski, expresa los principios fundamentales
de la organización social, y podemos decir que representa la
carta constitucional de la comunidad (31).
Al sacar a luz el valor social del mito y al arraigarlo en lo
concreto de la realidad cotidiana, Malinowski afirma que el
deber del mito es conservar la tradición en una sociedad donde
el pasado es más importante que el presente, y constijáye un
modelo donde el presente no puede ser sino una repetición.
Observa igualmente que el mito asume su propia función allí
donde se concretan fuertes tensiones. Pero es a Ferreira a quien
208 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

le debemos la primera definición del mito familiar como


fenómeno sistémico. Por mito familiar -decía Ferreira (32)-
entendemos una serie de creencias sólidamente integradas y
compartidas por todos los miembros de la familia, que concier­
nen a los individuos y a su relación recíproca. Estas creencias
no son negadas por ninguno de los implicados en ellas, incluso
si la existencia de tales mitos exige a menudo gruesas distorsio­
nes de la realidad. El mito difiere de la imagen que la familia
como grupo intenta ofrecer a los extraños, pero en realidad es,
siempre utilizando los términos de Ferreira, una parte de la
imagen interna del grupo a la que todos contribuyen y que se
esfuerzan en conservar. El mito describe los roles y atribucio­
nes de los miembros en sus transacciones recíprocas y, “aun­
que falsos e ilusorios, son aceptados por cada cual sin que nadie
ose desafiarlos o ponerlos en entredicho”. Aun cuando una
gran parte de esta representación sea falsa y se la reconozca
como tal, cada uno de los miembros del sistema la guardará
para sus adentros y la ocultará hasta el punto de oponerse a su
exteriorización. Así pues, el mito explica el comportamiento de
los individuos en la familia, pero esconde sus motivos (32).
Muchos otros autores hablan del mito familiar (Nagy,
Stierlin, Byng Hail, Caillé, Andolfi). Incluso Withaker hace
referencia a la existencia de mitos familiares, pero marcando
no obstante una distinción entre los mitos de familias disfuncio­
nales y los mitos de familias sanas. En las primeras, efectiva­
mente, el mito se presenta con todos sus aspectos de inmutabi­
lidad y estabilidad, mientras que en la familia sana hay un mito
que evoluciona y que permite pasar a sus miembros a través de
fases de regresión y reintegración. Hasta Wilfred Bion, entre
los psicoanalistas,1le otorgó un lugar de gran importancia (18,
19), pero debe recordarse también que la significación que le
atribuye difiere de la que los terapeutas familiares estudian en

1. En la época en que escribí este trabajo no había leído aún los escritos del
doctor Meltzer acerca del mito. En este trabajo el psicoanalista kleiniano
afirma que el mito puede hallar una correspondencia en el mito de los otros
individuos, grupo o comunidad (constituye así el fundamento del lazo social
y, a su vez, este lazo constituye un sistema extremo de seguridad, cuando se
ve confrontado con la angustia catastrófica...)-
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 209

general. Cuando habla de este tema, Bion distingue entre los


mitos privados y personales y los mitos públicos. Entre los mitos
públicos, cita el de Edipo, el del Edén, el de la Torre de Babel,
por ejemplo. Pero también afirma que el mito está siempre
presente en una versión personal.
El analista debe considerar, según Bion, “el mito como
objeto (de indagación) del análisis por lo mismo que forma
parte del aparato primitivo de los instrumentos de aprendizaje
de que dispone el individuo” (19). En esta dimensión, no parece
tomar en cuenta el mito familiar como estructura compartida
por los miembros de un mismo grupo pero que difiere en todo
o en parte de la de otros grupos.
Sin entrar en la complejidad del pensamiento de este autor,
me parece importante resaltar ciertos puntos. Para Bion, el
mito es una forma primitiva de preconcepción en su fase de
publicación, es decir, de comunicación, por parte de un indivi­
duo, de su conocimiento privado al grupo.
En esta misma óptica que entiende el mito como una forma
primitiva de preconcepción, el autor saca también a luz los
aspectos estructurantes del aprendizaje de la realidad.
Muchas novelas nos hablan del mito de Giovanni Verga,2el
mayor exponente del verismo italiano; en su libro La malavo-
glia (68) habla del mito del “hogar doméstico”, que está
presente en toda su obra y especialmente en esta novela.
Cuenta en ella la historia de una familia de pescadores unidos
en la religión de la familia y del hogar doméstico. La familia se
compone del abuelo Padrón ‘Ntoni, hombre honesto, trabaja­
dor, símbolo y artesano de la cohesión familiar; del hijo, de la
nuera, la Longa, y de los sobrinos, Toni, Luca, Mena, Alessi y
Lia.
Los protagonistas luchan con su trabajo cotidiano contra el
mundo exterior. La pobreza y la mala suerte amenazan la
cohesión familiar y el mito del hogar doméstico. Como sucede
en todos los mitos, hasta los personajes de mala voluntad
asumen roles y se ajustan a funciones precisas para perpetuarlo,

2. Agradezco a la doctora Anna-Maria Staiano quien, en el curso de un grupo


de formación, me sugirió el tema de "malavoglia" como ejemplo de un mito
literario, y me hizo llegar su argumento.
210 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

y el mito pasa a ser razón y fuente de motivaciones vitales para


la supervivencia. Padrón ‘Ntoni, en nombre del mito familiar,
decide el compromiso de Mena con Brasi Cipolla, hombre rico
pero a quien la muchacha no ama. Se resigna ella, no obstante,
a no casarse con Compar Alfio, de quien está enamorada.
Finalmente, y para colmo de males, hasta la casa de la familia,
“la casa del Níspero”, donde el mito encuentra raíz y vida, debe
ser vendida, y los sobrevivientes, sostenidos por el mito fami­
liar, trabajan duramente para recuperarla.
Pero ‘Ntoni se rebela contra la miseria y, desafiando el
dictado del mito que impone honestidad, justicia y rectitud, se
dedica al contrabando y acaba en la cárcel por haber apuñalado
a un gendarme. Lia, fuertemente afectada, huye y se pierde en
la ciudad.
La desgracia no incrimina ni desestabiliza el mito, sino que
lo refuerza, siendo la prueba de que la vida fuera de él y sin él
sólo está llena de humillaciones. La miseria es más negra y más
dura cuando existe el remordimiento de la transgresión. El mito
de los Malavoglia es, pues, esencial a su supervivencia, justa­
mente a causa de su inmutabilidad y de su incapacidad para
evolucionar, pero al mismo tiempo se convierte en su condena
perpetua al infortunio. Muerto Padrón ‘Ntoni en el hospital,
Alessi recoge su herencia moral y pasa a ser el artesano y el
vehículo de transmisión del mito. Vuelve a comprar la casa y
reconstruye la familia junto con su mujer, Nunziata, mujer
honesta, trabajadora y de sanos principios, y con la hermana
Mena, quien por el mito ha renunciado al amor y a una vida
personal. Hasta ‘Ntoni vuelve arrepentido, esperando poder
hallar la felicidad en el pasado y en la familia bajo la protección
de la casa del Níspero, pero el mito le ordena alejarse, oprimido
por la pena de la falta cometida. La novela termina en una
atmósfera semirreligiosa con la partida de ‘Ntoni al exilio
voluntario para expiar la profanación del mito del hogar. La
familia, aunque lo ama, no puede conservarlo, pues precisa­
mente, con arreglo al mito y para su supervivencia, el deber de
‘Ntoni es marcharse para permitir que el mito continúe vivo.
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 211

LA FUNCION DEL MITO

Al analizar estos mitos nos percatamos de que la situación


es más compleja de lo que decían Malinowski por una parte y,
por la otra Ferreira en el campo de la terapia familiar.
El mito no constituye solamente un modelo de comporta­
miento. Esta definición pragmática no nos posibilitaría una
interpretación simbólica del mito. En realidad, el mito no
cuenta simplemente algo, sino que habla más bien a través de
lo que cuenta (45,46). El material narrativo que lo compone es
el instrumento mediante el cual se comunica. Llegamos así a
una concepción diferente del mito, que fue observado por
primera vez con Lévi-Strauss como un objeto semiótico, como
un lenguaje en el cual “cierto material significante (el relato)
tiene la función de transmitir cierto significado”; a causa de
esto, el mito enlaza diferentes niveles de la realidad, y es
extremadamente reductor leerlo sólo desde un punto de vista
psicoanalítico o sociológico. Su gran importancia nace de su
facultad de ser un verdadero intercódigo, justamente por las
relaciones que instaura entre los diferentes niveles de la reali­
dad. El mito, que parece describir la realidad, enseña más bien
de qué modo ha de leérsela. En el caso de la familia Malavoglia,
por ejemplo, no puede haber felicidad ni libertad como no sea
dentro de la casa del Níspero, y esto acontece así no sólo en las
expectativas sino también en los hechos. Como una predicción
que se verifica, el mito está organizado de tal modo que en sí
mismo ofrece una verificación empírica. Funciona de manera
prescriptiva, porque organiza conocimientos y les atribuye un
orden que, siendo de naturaleza simbólica, va más allá de los
conocimientos individuales. Debido a que un intercódigo pro­
duce una unificación de la experiencia y funda la racionalidad
de lo real al afirmar que cualquier otro universo sería loco o
corruptor, ‘Ntoni mata y va a la cárcel. Lia acaba como
prostituta porque ellos creyeron poder sustraerse al mito, pero
la paradoja está justamente aquí. Quien infringe el mito está él
mismo en el interior del mito, y es el primero en creer en él y
en conservarlo. Así pues, la infracción pasa a formar parte del
mito, y el código de éste se califica como instrumento de
conocimiento y como código ético. De este modo, un sistema de
212 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

representaciones se convierte en un sistema prescriptivo que


ocupa, sin duda alguna, el nivel de la acción. Todos los niveles
están presentes. El mito nos dice cómo está hecha la realidad,
cómo está pensada, pero también cómo es percibida.
De ahí que, en verdad, podamos incluir otra de las funciones
más importantes del mito y afirmar que éste existe en la
estructura familiar al servicio del yo. En una familia semejante,
cuando el yo de cada uno de sus miembros, entendido como lazo
con la realidad', presenta aspectos frágiles o débiles, el mito
familiar cumple una función en parte sustitutiva del yo a nivel del
grupo, y por eso éste puede resultar difícilmente modificable en el
tiempo.

DE LA SIMPLICIDAD A LA COMPLEJIDAD.
HACIA UNA COMPRENSION MULTIDIMENSIONAL
DEL SISTEMA TERAPEUTICO

El mito es una estructura multidimensional y está produci­


do por la misma organización sistèmica que lo perpetúa en el
curso de las generaciones. Además, vincula varias dimensiones
entre sí y, en el caso de mitos rígidos como los que hallamos en
las familias disfuncionales, prescribe conductas, enseña a leer
los acontecimientos, contribuye a definir roles y vínculos,
codifica las emociones y puede predeterminar las acciones. Los
terapeutas de familia olvidaron con frecuencia el aspecto
multidimensional en la observación de la realidad. Ello se debe
al carácter revolucionario que tuvo la terapia familiar en sus
comienzos. Por el contrario, ciertas conceptualizaciones actua­
les de la segunda cibernética parecen reflejar esta exigencia. En
particular, los estudios sobre la complejidad redescubren las
estrategias de un pensamiento multidimensional.
Edgar Morin, a quien hallamos en el libro La sfida de la
complessità (20), afirma que “la realidad antroposocial es
multidimensional, implica siempre una dimensión individual,
social y biológica”. Lo complejo es lo que fue tejido en conjunto,
y el tejido deriva de hilos diferentes y forma, afirma este autor,
uno; por eso debemos hallar un diálogo con la contradicción y
asimismo el camino de un pensamiento dialógico. Hay que
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 213

“aceptar el trauma de la desmonopolarización, lo que significa


reconocer la vicariancia y la simetría de los múltiples puntos de
vista. Pero esto significa también colocarse en el lugar del otro
sin reducir la lógica del otro a la propia y dejar que el otro
cumpla una operación análoga a nuestro respecto”.
Pero esta operación es sumamente difícil, y lo que ocurre en
la actualidad con los recientes desarrollos de la teoría de
sistemas nos recuerda en cierto modo lo que le pasó a Bateson,
de quien sólo se tomaron en cuenta algunos puntos de vista,
dejándose otros de lado. Por ejemplo, en lo atinente a los
trabajos sobre el doble vínculo, se descuidó la gran importancia
que Bateson atribuía a las emociones. El afirmaba que la
tentativa de separar el intelecto de las emociones es tan
monstruosa como la de separar el espíritu del cuerpo o el
espíritu interno del espíritu externo, y recordaba que los
“razonamientos del corazón” conciernen a cuestiones vitales
porque éstas son cuestiones de relación, como el amor, el odio,
el respeto, la dependencia, etc. (15).
El problema es que, aún hoy, estamos muy lejos de superar
la dicotomía comportamiento-emoción, o intelecto-emoción.
La tentativa actual de muchos terapeutas familiares de recon-
ceptualizar al individuo en el seno del sistema, no los hace
avanzar mucho. Hemos pasado de una concepción en la que el
individuo era una caja negra y donde la metáfora de todas las
relaciones era el poder, a una situación en que el individuo sigue
siendo una caja negra aun cuando se comience a hablar de sus
emociones en términos de estrategia y de juegos relaciónales,
pero la metáfora de cualquier relación es siempre el poder.
Lo que no cambió en absoluto es la significación de la
relación terapéutica, de la posición del terapeuta, y la significa­
ción que se atribuye a las acciones humanas. Estas emociones
constituyen precisamente el costado frágil, pero también la
fuerza de cada familia y de todo sistema terapéutico.
Sin embargo, la particularidad del terapeuta relacional
debe ser la de un ser relacional, tener como terreno de observa­
ción la relación, la relación entre los miembros de un sistema,
el individuo y la familia, el terapeuta y el sistema, los diferentes
niveles de un sistema. Pero esta particularidad no reside sola­
mente en la observación de las relaciones de simetría y comple-
214 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

mentariedad, de los niveles de comunicación, de las situaciones


de desviación del conflicto. Debemos comenzar a especificar el
tipo de conflicto que se quiere evitar, definir la cualidad de los
lazos de relación entre las personas y especificar la organiza­
ción de sus necesidades relaciónales recíprocas. Estoy hablan­
do, en efecto, de organización política y económica de un
sistema, y entiendo por tal un conjunto estructurado y organiza­
do en el que participan todos los miembros, hecho de conductas,
conocimientos, decisiones, relaciones, estados mentales y emo­
cionales ligados entre sí, como es el caso de una sociedad o un
Estado que sanciona ciertos estatutos, contrae ciertas deudas,
acepta la existencia de ciertas categorías a riesgo, mejora la salud
pública, pero decide, por ejemplo, no ocuparse de la defensa
ecológica determinada de un medio, etcétera
Todo esto está ligado y corresponde a una determinada
visión del mundo, a un determinado ordenamiento político,
económico, que constituye para el sistema familiar su estado
mental.
Para dar un ejemplo, podría recordar de qué modo la
mayoría de las familias esquizofrénicas, a mi juicio, funcionan
de manera antidepresiva. Todo lo que puede suponer la
aparición de sentimientos como el dolor, la depresión, la
soledad, vinculada en general con experiencias de separación,
es evitado, combatido, negado, desviado, cuando ello es posi­
ble. No sólo se trata de la separación en el vínculo físico con un
familiar determinado, por ejemplo cuando el hijo se casa o
cuando entra en el servicio militar, sino también de todas las
otras separaciones, desde las más antiguas hasta las más
cotidianas, que caracterizan a cada momento de la vida de
todos los miembros de la familia. Del primer día de escuela a
la interrupción del proceso terapéutico, de las separaciones
conyugales a las muertes, etc. Pero yo creo que el aspecto más
interesante es observar el paralelo que siempre podemos hallar
entre la organización política del sistemay la del individuo, que
participa en el sistema y contribuye a formarlo.
Pienso que R. Laing, al elaborar el concepto de colusión,
intentó profundizar estos mecanismos. Laing entendía por
colusión esa especie de encajadura de las necesidades recípro­
cas que existe en una pareja cuando cada uno de sus miembros
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 810

es la encarnación de ciertos aspectos, de ciertas necesidades, de


ciertas partes del otro. Cada cual juega así, voluntariamente, el
juego del otro en una relación que lo incluye.
Viene a mi memoria una sesión con una familia que tenía
problemas de toxicomanía, en una fase avanzada del proceso
terapéutico. El padre y la madre se hallaban separados desde
hacía un tiempo, aunque todavía no se habían divorciado, y el
padre seguía teniendo en la casa muchos muebles, ropa y
adornos que le pertenecían. Cada uno de ellos estaba en
relación con otra pareja. La familia estaba compuesta de una
hija mayor que se había desprendido de ella tempranamente,
a los 18 años, para casarse con un hombre de más edad; del
segundo hijo, heroinómano, que había dejado sus estudios y
vivía a cargo de la madre, y de los dos menores, un par de
mellizos de 12 años.
En el transcurso de una sesión, comentando con rabia y
frustración lo difícil que le resultaba a la madre superar, aunque
fuese un poco, sus conductas sacrificadas y depresivas, estallé
y le dije que parecía una viuda de guerra (mi expresión
retomaba temas comunicados largo tiempo atrás por la familia
en sesiones anteriores). Mi réplica fue recibida con una carca­
jada y con una sensación de liberación. Viéndome sorprendida
e intrigada, la familia se puso a contarme una historia jamás
revelada antes y que, como sucede con la respuesta a un enigma,
recomponía todos los acontecimientos y le daba un sentido
acabado. La abuela materna, fallecida hacía unos años, era en
realidad una viuda de guerra (¡y qué viuda!). Procedente de una
familia rica, se casó, contra los deseos de sus padres, con un
joven agraciado y valeroso. El marido, auténtico héroe de
guerra, pereció a bordo de uno de los primeros aviones utiliza­
dos en combate, tras dar muerte a numerosos enemigos. El
matrimonio había durado unos meses, justo el tiempo para
concebir una hija (la madre de nuestro toxicómano), que nació
huérfana pero con la desgracia aun mayor de tener que vivir en
el permanente recuerdo de un padre así, por el que la familia
llevaba luto permanente. En la mesa siempre dejaban un lugar
libre para él. La sombra de este padre pesaba igualmente sobre
la nueva familia, en los recuerdos, los relatos, las conmemora­
ciones públicas o privadas. Pero lo peor era que la hija, aunque
216 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

nunca lo había conocido, vivía a la sombra de este padre,


persiguiendo también ella un amor ideal e imposible. Se casó
con un hombre del que se liberó rápidamente, pues no lo
encontraba a la altura de sus grandiosas expectativas. Incluso
Ricardo (el paciente designado), de una humanidad y una
inteligencia notables, debió confrontarse desde la infancia con
la imagen de un abuelo jamás conocido e inaccesible. La
hermana había abandonado a su marido para ir detrás de un
personaje errabundo cuyo proyecto era dar la vuelta al mundo
en barco.
Sobre Ricardo, el primer hijo varón, se habían depositado
todas las expectativas idealizadas de la madre y la familia.
Cualquier trabajo que emprendiera debía ser, por fuerza, de
calidad superior. Por ejemplo: si probaba escribir para un
periódico, ningún artículo era lo suficientemente bueno y
ningún periódico era merecedor de sus artículos. Cualquier
nimiedad le atraía las observaciones del cuñado, quien le decía
que hasta los más grandes periodistas habían hecho policiales.
El padre, por su parte, teorizaba sobre su fracaso como abuelo,
como profesional y como padre. Su cinismo representaba y
personificaba el cinismo de toda la familia. Nada tenía sentido
o significación para él, que hasta se había hecho excluir del
registro profesional y a quien su segunda mujer prácticamente
mantenía. Este cinismo se expresaba también en la falta de
esperanzas de cambio y era comunicado con altivez, desprecio
y un sentimiento de superioridad. Este extremo negativismo
era de una omnipotencia que lo destruía todo, pero que lo
miraba todo desde arriba.
Todavía existía rencor en la pareja, incluso por parte del
marido, quien jamás se había sentido estimado o valorizado. Su
ex mujer despreciaba sus iniciativas pero se sentía igualmente
subestimada por su esposo, quien, por reacción, la engañaba
continuamente. Fue en medio de este clima como surgió la
toxicomanía de Ricardo, al comienzo como protesta y luego
como afirmación de una destructividad omnipotente que ya no
puede aceptar ninguna situación de dependencia de nadie,
pues hacerlo es humillante de por sí y en todo caso nadie puede
aceptar y comprender el error, la incapacidad.
Dos años después de terminada la terapia, la madre me
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 217

telefoneó para pedirme una entrevista. Dudé mucho, pero las


cosas andaban bien para Ricardo, quien parecía fuera de
peligro desde hacía un tiempo. Decidí, pues, conceder la sesión;
no había motivos urgentes que justificaran la entrevista, aparte
del agradecimiento. Elena quería pedirme consejo (o infor­
marme), pues había decidido y logrado trasladar los despojos
del padre del monumental cementerio militar en que se halla­
ban, a la tumba de la familia, de dimensiones más simples pero
más familiar, cerca de su madre y sobre todo de la ciudad en la
que ella vivía.
Con este caso he procurado tratar dos puntos importantes.
El primero es la conservación, a través de varias generaciones,
de una construcción mítica compleja que encontraba su perso­
nificación en el abuelo heroico e idealizado, y que era compar­
tida por todos los miembros de las diferentes generaciones.
El segundo punto es también importante. Intenté ilustrar,
aunque en forma sumaria, el juego de espejos entre la organi­
zación toxicómana de Ricardo, que buscaba conservar en el
tiempo una omnipotencia autodestructiva, su rechazo de cual­
quier dependencia, y una organización análoga en la familia.

LA RELACION TERAPEUTICA CON LA FAMILIA


Y SUS CARACTERISTICAS

Después de lo que se acaba de decir, las concepciones


referidas a la relación terapéutica deben modificarse necesa­
riamente. Resumiendo trabajos precedentes (55,56), intentaré
ilustrar esto en cinco puntos.

1. La relación terapéutica está situada en un espacio metafórico

Muchos autores, entre los que se cuenta el propio Bateson,


identifican la relación terapéutica con un fenómeno de juego
(15). Ambos transcurren en un marco psicológico limitado por
el espacio, el tiempo y una definición inicial. En el caso del
juego, la definición “esto es un juego” determina el sentido de
todos los mensajes interactivos que en él se intercambian. Estos
dos fenómenos, juego y psicoterapia, se encuentran en una
218 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

relación especial con la realidad concreta. El marco delimitado


del “como si” (como si fuera una batalla, como si fuera amor,
como si fuera odio) permite la puesta en acto de un aconteci­
miento relacional en un contexto que, al mismo tiempo, lo
define como real y como no real. Este marco de metacomuni-
cación delimitado por el “como si”, crea un contexto que
posibilita todas las otras intervenciones terapéuticas.
Por ejemplo, Catherine, una paciente, se presenta deliran­
do a la primera sesión y, frente a la mirada inexpresiva de los
padres, afirma que “su madre ha muerto” -aseveración
manifiestamente falsa- y que ella no se llama Catherine sino
Ersilia. Desde el comienzo, a causa de las intervenciones del
terapeuta y de su inserción en un contexto particular, esas
palabras manifiestamente falsas adquieren un sentido distinto,
y son incluso una búsqueda de sentido. No es que no tengan
sentido para Catherine; al contrario, a veces hasta lo tienen. A
los otros, que escuchan esas manifestaciones, les parecen
ilógicas, incomprensibles, y hoy, como hace mil años, se las
considera inspiradas por el contrasentido, obra del diablo,
locura.
Tomemos un ejemplo. En la primera sesión, el terapeuta
pide informaciones sobre la ausencia de la madre de la pacien­
te. En cambio, está presente la segunda esposa del padre.

TERAPEUTA. -Catherine, ¿su madre no vino a causa de la


señora?
CATHERINE. -M i madre es la segunda madre.
TERAPEUTA. -¿Y quién es la primera?
CATHERINE. -M i primera madre ahora está muerta. Ya no
está.
TERAPEUTA. -Y a no está. Sin embargo, mi pregunta era otra.
Pregunto si la señora es una rival para su madre, desde su punto
de vista, no sólo con relación a su padre.
CATHERINE. -Sí.
TEREAPEUTA. -¿Incluso para usted?
CATHERINE. -Sí.
TERAPEUTA. -¿Hay un lazo afectivo intenso entre usted y la
señora?
CATHERINE. -Aveces, no siempre, durante breves períodos.
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 810

TERAPEUTA . -¿Ha convivido usted con la señora?


CATHERINE. -No.
ERSILIA. -Un período muy corto.
CATHERINE. -Dos días.
PADRE. -Sí, unos días. Normalmente, dos o tres.
ERSILIA. -A veces hasta seis o siete.
CATHERINE. -¡Ah!, cinco días.
ERSILIA. -Yo no los conté.
PADRE. -Sí, cinco, seis días seguidos. Es lo máximo.
TERAPEUTA. -Después de seis días, las cosas no andan, ¿y por
qué dejan de andar después de seis días?
CATHERINE. -Porque debo quedarme un poco... porque
Ersilia es tipo “troubled”. Teme que me entere de sus secretos.
No quiere mostrarme las fotos porque son fotos personales.
TERAPEUTA. -Yo tengo la impresión de que usted se siente
muy sola y de que no sabe hacia quién volverse.
CATHERINE. -Estoy muy sola.
TERAPEUTA. -Tengo la impresión de que siente que hay que
pertenecer a una parte de la familia. Sin embargo, si lo hace,
traiciona a la otra. Pero si pertenece a la otra, traiciona a la
primera. Parecería que, curiosamente, su actitud de hoy, que
excluye a una parte de la familia, confirma esta idea.
PADRE. -Sí, sí, sí.
ERSILIA. -De eso somos perfectamente conscientes. Yo lo
vivo con intensidad porque quiero a mi marido, sin embargo la
gente dice que... no, él es esto o aquello, y además que no quiero
a mi marido porque quiero mucho a mi padre o a mi madre y
no quiero a mi marido y entonces mi marido...
TERAPEUTA. -Pero, usted misma, ¿se quiere?
CATHERINE. -Poco.
TERAPEUTA. -¿Y eso por qué?
CATHERINE. -Nunca me quise.
TERAPEUTA. -¿Y por qué?
CATHERINE. -Porque todos dicen, has tenido tanto de la vida,
has tenido suerte. Hasta mi tío me lo dice.
TERAPEUTA. -¿Pero, si esa madre hubiera vivido?
CATHERINE. -Sí, porque si esa mamá hubiese vivido...
TERAPEUTA. -Se habría querido.
CATHERINE (sollozando). -Ellos me la quitaron. Me quitaron
220 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

a mi madre. Me quitaron a mi madre.


TERAPEUTA. -¿Pero uno no puede reencontrar a una mamá?
O en tal caso se puede reencontrar a Catherine. ¿Se la puede
reencontrar, a Catherine?
CATHERINE. -Aquí, hay una Catherine. Yo no me llamo
Catherine.
TERAPEUTA. -¿Cómo se llama usted?
CATHERINE. -M e llamo Ersilia.
TERAPEUTA. -¿Se llama Ersilia?
CATHERINE. -Sí.
TERAPEUTA. -Creo que usted se llama Catherine y que
Ersilia está ahí.
PADRE. -Evidentemente.
TERAPEUTA. -¿Nadie le pide que se llame Ersilia, no?
CATHERINE. -No, pero varias veces alguien me lo dijo.
TERAPEUTA. -¿Qué significa llamarse Ersilia?
CATHERINE. -Tener otro nombre que...
TERAPEUTA. -¿Y esa nueva identidad, qué es lo que hace?
CATHERINE. -Destruye.
TERAPEUTA. -Destruye a la anterior. ¿Pero qué hace Ersilia
que no hacía Catherine?
CATHERINE. -Ersilia hacía lo que yo hacía en Luxemburgo.
PADRE. -Ersilia es una mujer segura de sí misma, que sabe
moverse en sociedad, que tiene un marido y sabe conservarlo.
TERAPEUTA. -Eso es lo que hacía Ersilia.
CATHERINE. -Sí.
TERAPEUTA. -Por lo tanto, Ersilia era una mujer que, en el
fondo, ganaba.
CATHERINE. -Sí, pero no siempre.
TERAPEUTA. -Sí, nadie puede ganar siempre. Ahora bien,
fundamentalmente, ¿Ersilia era una triunfadora, o no?
CATHERINE. -Sí, ganaba a menudo.
TERAPEUTA. -¿G ana a menudo y no pierde nunca, Ersilia?
CATHERINE. -Casi nunca.

(Ersilia está muy triste y conmovida.)

TERAPEUTA. -¿Nunca le preguntó a Ersilia cuántas veces


perdió?
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 221

En ese momento, a través de un diálogo privilegiado con la


paciente, el terapeuta procura trabajar también con los otros
miembros y con sus funciones y relaciones recíprocas. Es un
deber del terapeuta volver a hallar un sentido que no sea
solamente un sentido para el sujeto sino que enlace al individuo
con su grupo de relación; es un deber del terapeuta volver a
tejer un lenguaje común enlazando a esapalabra (que funciona
como un significante) una de las múltiples significaciones
posibles de la relación. De este modo, en ese espacio en que las
cosas existen, en un tiempo real o no, el proceso terapéutico
entendido como proceso de recodificación común efectuado
por el terapeuta sobre el grupo familiar, puede nacer. Del
mismo modo que el chamán de antaño ejercía su meditación
ritual entre el individuo portador de un maleficio y el grupo, el
terapeuta de hoy vuelve a tejer la trama interrumpida entre el
significante (el síntoma) y el significado, entre el individuo
y el grupo de pertenencia. El síntoma del paciente desig­
nado se convierte así en ocasión para reescribir un nuevo
código del grupo familiar, en forma tal que el significante
particular de cada uno encuentre un lugar, pero también un
sentido (55).

2. La relación terapéutica es
una relación de transformación

La relación terapéutica debe ser contemplada, cuando es


eficaz, como una relación de dos polos, capaz por ello de
inducir una doble transformación: de la familia y del terapeuta.
Argüir la imposibilidad del terapeuta de mantener una posi­
ción objetiva o externa al sistema, no significa negar la natura­
leza asimétrica de la relación terapéutica. Es como si el
terapeuta debiera ejercitarse durante un tiempo en una posi­
ción “neutra” con relación al sistema, conservando la posibili­
dad de ser, en el interior, uno de los miembros que en él
interactúan. Este estar dentro y estar fuera, participar y sepa­
rarse, ofrecen a la familia la posibilidad de experimentar
nuevos modos de funcionamiento en la relación. Por lo tanto,
no se trata de estimular la comprensión cognitiva de algo, sinp
222 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

de permitir que los miembros se toleren, insertados en moda­


lidades nuevas y distintas de las que se acostumbraron a
compartir a lo largo de los años. Naturalmente, todo esto no va
sin dificultades, pero a menudo se acompaña de una gran
tensión que se redistribuye entre todos los miembros de la
familia librando de ella al paciente que antes era su único
receptáculo.
Se pasa de este modo de la tensión sobre el síntoma a la
tensión sobre el sistema. Este trabajo produce el efecto de
favorecer una confrontación de cada cual consigo mismo, con
las funciones que él asume en el interior del sistema y con las
partes de sí que cada cual proyecta sobre el otro. En el fondo,
esto se traduce en una operación que pone al descubierto los
recursos de cada uno y su capacidad para progresar y transfor­
marse, pero para ello el terapeuta debe utilizar su capacidad de
modular la tensión. Esta tensión que se puede observar en la
familia es puesta en evidencia por las intervenciones de los
terapeutas, y podría reflejarse y ampliarse al sistema terapéu­
tico.
Al comienzo de nuestro trabajo, llevados por el entusiasmo
de los debutantes y faltos de experiencia en nuestra técnica,
utilizábamos todo esto sin indulgencia y éramos exigentes para
con el sistema y para con nosotros mismos, esperando cambios
rápidos y súbitos.
La experiencia que adquirí en esos años en el trabajo con
familias que presentaban patologías serias -en especial de
naturaleza psicòtica-, me enseñó a reconsiderar el valor y la
significación del tiempo y a juzgar menos severamente a las
familias, con las resistencias que presentaban.
En un gran porcentaje de los casos más graves, el cambio
real venía precedido por situaciones de crisis; las crisis, como
todo el mundo sabe, son situaciones de ruptura pero también
de decisión y de evolución. Si la relación terapéutica está
suficientemente instalada y si el terapeuta es capaz de seguir
controlando esas situaciones, la familia progresará hacia una
nueva fase del ciclo vital y la crisis revelará ser ocasión de
crecimiento.
Para que esto suceda, es necesario:
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 223

a) una relación terapéutica estable capaz de contener la


angustia que este tipo de situaciones suscita;
b) capacidad del terapeuta para modular la crisis en el
tiempo, manteniendo la continuidad de la relación y del trabajo
terapéutico, anticipándose a la crisis, participando en ella y
trabajando después sobre lo que ella dejó;
c) la puesta al descubierto de todas las energías y recursos
positivos de la familia. Este punto es particularmente impor­
tante porque no implica sólo una redefinición positiva entendi­
da como táctica terapéutica, sino una convicción profunda y
capacidad del terapeuta para redescubrir las reales energías
efectivas de cada uno en particular y del sistema en su totalidad.
Esto lleva progresivamente a la familia a transformarse en
coterapeuta, precisamente porque todos han aprendido que el
terapeuta reconoce y deposita confianza en lo que cada uno es
y en lo que cada uno puede dar.

3. El sistema terapéutico es un sistema nuevamente


formado y creado en conjunto

La situación que se crea de este modo es una situación


totalmente nueva, vivida, verdadera y, sólo en cuanto tal,
imprevisible y transformable. El sistema terapéutico es nueva­
mente formado por el encuentro familia/terapeuta.

S+T ST

En esta dimensión, el pasado y el futuro no son importan­


tes, sólo lo es el “aquí y ahora”, ya que en él la historia de las
relaciones pasadas puede hacerse presente, y construirse posi­
bilidades futuras. Este sistema creado por todos los miembros
en interacción tiene modalidades nuevas y propias de funciona­
miento, modalidades que el terapeuta conocerá sobre todo
experimentando y elaborando paralelamente las dificultades
de su propia relación con la familia. Pero, ¿qué es lo que este
encuentro pone en juego? Una de las tareas más importantes
que tiene que cumplir el terapeuta al comienzo de su trabajo es
conocer cuál es el rolfuncional que la familia pretende atribuir­
224 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

le, y cuál es el espacio que se espera que él ocupe en la geografía


de las funciones interconectadas. Para ilustrar esto de manera
simple podríamos decir que la familia tal vez espere que el
terapeuta sea un árbitro capaz de dar la razón a uno u a otro,
que sea un nuevo hijo inofensivo que la familia pueda adoptar,
que pueda ser un progenitor idealizado o rechazado. Es impor­
tante que el terapeuta descodifique estas expectativas, o al
menos tome conciencia de ellas. Pero si se examina la relación
terapéutica más detenidamente y se la considera como una
situación verdadera y vivida, el terapeuta responde de manera
más o menos colusiva a las expectativas de la familia de instalar
una relación de tipo particular. La cualidad y rigidez de esta
colusión varían según sus necesidades y sus deseos, su forma­
ción personal, su capacidad para no entrar en el juego de la
familia actuando inconscientemente sus emociones. Todo lo
que su persona haga contribuirá a configurar el nuevo vínculo.
La cualidad de este vínculo y sus dificultades en la confronta­
ción recíproca entre los dos participantes, familia y terapeuta,
pueden ser analizadas como la imagen en espejo del vínculo
existente entre los miembros en el seno de la familia.
Veamos un ejemplo. Hace poco comencé la terapia de una
familia rica gravemente perturbada. La paciente, que llevaba
muchos años de tratamiento con un psiquiatra, me fue enviada
por éste pues estaba cansado de las dificultades que le oponía
el sistema familiar. La paciente, después de fijar conmigo su
primera cita (le dije que podía llamarme después de las 21 h),
me vuelve a llamar al día siguiente a la 1 de la madrugada y me
pide que adelante la sesión una semana. Debo confesar que
esta llamada telefónica a la 1 de la madrugada me enfureció,
pues significó una molestia para mí y para mi familia. Pensé a
continuación que los mensajes que la paciente me enviaba eran
numerosos. Al reaccionar en esa forma, ella quería probar
ciertas cosas: 1) si yo también, como sus terapeutas anteriores,
estaba dispuesto a someterme a sus cambios de humor; 2) que,
por otra parte, debía de sentirse muy sola y desvalida por no
tener a nadie que contuviera su angustia, para telefonearme
así; 3) que quizá se preguntaba si yo podía casi adoptarla,
telefoneándome en un momento tan privado de mi vida; 4) que
en el mismo momento en que me hacía esa petición, ponía en
LA RELACION TERAPEUTICA EN TERAPIA FAMILIAR 226

acto un comportamiento irritante y para que yo la rechazara.


Ella tenía, pues, mucho miedo de sus demandas.
Cuando vi a esta familia descubrí que la paciente vivía desde
hacía unos años en compañía de una psicóloga designada para
permanecer en su casa. Los hijos, muy jóvenes, vivían en forma
independiente, lo mismo que el marido. Cada uno de ellos está
muy solo y busca una familia, familia que sin embargo no
consigue tener porque la agrede continuamente. Cada uno de
ellos tiene mucho miedo a la intensidad de las necesidades del
otro y de las propias. Nadie cree que los psicólogos y psiquiatras
puedan dar un afecto que se debe remunerar, pero sólo este
afecto remunerado es seguro. Creo que en una situación
terapéutica no se puede hacer otra cosa que entrar con partes
de uno mismo. Incluso la negativa aparente a hacerlo refleja
una parte de sí que rechaza. Pero, y sobre todo si la terapia es
un encuentro verdadero, inevitablemente partes de nosotros
mismos, de nuestra historia personal, de nuestra familia
interna, se ponen en acción, orientando así nuestra conducta,
contribuyendo a formar esa relación terapéutica particular en
la que se determina un encuentro de necesidades recíprocas en
evolución. ¿Cómo hacer entonces para descodificar, elaborar,
utilizar todo esto en un sentido terapéutico? Creo que un
camino que nos permitirá comprender la naturaleza y la cali­
dad del vínculo terapéutico es el de nuestros sentimientos.

4. La relación terapéutica es multidimensional

En la primera parte de este trabajo observábamos que el


mito presenta las características de un código que estructura
numerosos niveles. El mito, al operar esta estructuración,
incluye ciertos aspectos y excluye otros. Según Bateson, tam­
bién la terapia implica necesariamente una combinación de
tipos lógicos diferentes entre sí. Es precisamente esa combina­
ción la que hace que la terapia no sea un juego rígido, sino “un
sistema de interacciones que evoluciona”(15). Reducir y sim­
plificar esa complejidad es, prácticamente, la misma operación
que la de la familia psicòtica. Ella da rigidez y simplifica la
enorme gama de posibilidades relaciónales y emocionales con
226 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

las que es preciso vivir, y las convierte en unas pocas posibilida­


des siempre repetitivas. De este modo, empobrece progresiva­
mente tanto su mundo emocional como sus interacciones. El
terapeuta enlaza múltiples relaciones en su función de media­
dor, por ejemplo: él mismo con el sistema familiar, la familia
nuclear con la familia ampliada, el individuo con el sistema
familiar, el nivel emocional con el de la cognición y el compor­
tamiento. Cuando el terapeuta se encuentra ante una familia,
no se encuentra solamente ante un sistema dotado de reglas de
funcionamiento y de conductas ligadas entre sí, sino que está
apresado y atado a una red de relaciones emocionales. Algunas
están más diferenciadas, otras son más primitivas y funcionales;
algunas están más integradas y otras no lo están. Estos niveles
primitivos no se expresan verbalmente sino que utilizan canales
no verbales que se pueden comprender principalmente estu­
diando las emociones del terapeuta.

5. El terapeuta se utiliza a sí mismo


como instrumento terapéutico

Sin embargo, todo lo que hemos dicho no podrá producirse


si el terapeuta no acepta ser él mismo un instrumento terapéu­
tico en su globalidad de pensamiento, atención y emoción. Su
presencia completa, aunque limitada al contexto terapéutico,
garantiza la posibilidad de que lo que se dijo antes se verifique,
y de que una relación terapéutica se establezca. La evolución de
las vicisitudes de esta relación es el instrumento más importan­
te tanto para conocer el sistema terapéutico como para modi­
ficarlo. La capacidad de ser al mismo tiempo observador y actor
de lo que sucede es un instrumento poderoso, ya que abre el
camino, en el sistema terapéutico nuevamente formado, a la
creación de un espacio para reflexionar sobre lo que ocurre.
Tal vez sea ambicioso esperar que, gracias a nuestra terapia,
se abrirá para los miembros de la familia la posibilidad de
pensar y elaborar. Pero el terapeuta, al menos, debe ofrecerse
a sí mismo y representar para la familia el momento de una
reflexión.
Capítulo 11

FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA


PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL

Maurizio Andolfi y Claudio Angelo

Hemos dicho que la familia puede ser considerada como un


sistema en constante transformación, esto es, como una totali­
dad dinámica (62) que progresa en función de las interacciones
de sus miembros entre sí y con el mundo exterior. El funciona­
miento organizativo de la familia está basado en reglas y roles
que se desarrollan y se modifican en el tiempo y que le permiten
afrontar fases de desorganización necesarias para que se
modifique el equilibrio de un estadio específico de su ciclo vital,
para alcanzar así otro estadio más adaptado a circunstancias
nuevas. El ciclo vital de la familia representa entonces el
modelo de evolución de un sistema que tiene capacidad para
modificarse conservando al mismo tiempo su integridad, en tal
forma que los miembros que lo componen tengan asegurados
el crecimiento por una parte y la continuidad por la otra.
Precisamente en el interior de este doble proceso de continui­
dad y crecimiento se forja la personalidad de cada individuo,
quien de este modo se ve obligado a renegociar constantemente
su propia necesidad de pertenencia con la exigencia de separar­
se y hacerse autónomo.
228 U\ CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

ESTATICA Y DINAMICA DEL MITO FAMILIAR

Entre los diferentes problemas que se nos plantearon con


respecto a los elementos que pueden sostener este proceso sin
dejar por ello de cuestionarlo hubo uno que retuvo especial­
mente nuestra atención: el referido a la importancia que
corresponde atribuir a los mitos familiares, elementos de
mediación e intercambio entre la familia y el individuo. A
propósito de los mitos en general, Lévi-Strauss formuló la tesis
siguiente: “La mitología ya no debe ser considerada solamente
como un hecho social organizado sobre la base de un código,
sino como un efecto semiótico, como un mensaje construido
precisamente según las reglas de un lenguaje particular en cuyo
seno los cuentos míticos, ese material significante, cumplen la
función esencial de transmitir determinada significación.”(44)
Fuera de ello, hace poco se hizo notar que el mito ofrece del
mundo no una imagen (al menos en el sentido reductor) sino un
modelo de valores y funciones prescriptivas, dado que a través
del mito se despliegan los mecanismos de lectura, clasificación
e interpretación de la realidad; desde este punto de vista, el
mito transmite un código que permite producir un saber
general a partir de la observación e interpretación de lo real
(25), más que un saber concreto. El mito pasa a ser entonces una
matriz de conocimiento y representa un elemento de unión y un
factor de cohesión para quienes creen en su verdad.
Si se acepta esto, se puede comprender la importancia que
reviste el mito familiar tanto para la familia como para el
individuo, en una dimensión vertical (transgeneracional) y en
una dimensión horizontal (es decir, en las relaciones entre los
diferentes miembros de la familia en formación). De hecho,
podemos decir que igualmente en este caso se transmite un
modelo de valor con función prescriptiva, modelo que todos
deben observar y al que todos deben ajustarse, dada la presión
de las deudas morales y de los vínculos de lealtad con respecto
al grupo; este modelo se convierte en estructura de referencia
en la construcción de una identidad personal, por cuanto cada
uno se remite a él más o menos conscientemente. Esto acontece
cuando la atribución de significación a las relaciones se torna
necesaria, tanto para el propio comportamiento como para el
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 228

de los demás. La emancipación de los hijos, por ejemplo,


adquiere un valor diferente según los efectos atribuidos a los
padres y a la familia: si esta emancipación es vivida como
creación de un vacío que no será posible llenar, que empujará
a la desesperación a los que quedan, se convertirá en una
perspectiva a evitar, y de todos modos cargada de culpa. Si, por
el contrario, se la vive como ocasión para la evolución y
perpetuación de la familia, se enriquecerá con connotaciones
positivas. Podemos preguntarnos, pues, si la manera en que
cada cual es capaz de modificarse en el correr del tiempo no
está estrechamente ligado al margen de libertad que el mito
familiar le concede y, por lo tanto, a las características más
rígidas o menos rígidas de los roles y funciones que el sujeto
asume en el seno del mito.1Desde esta perspectiva, el desarro­
llo del individuo podría estar íntimamente ligado a la reestruc­
turación de los valores que él mismo se atribuyó a causa de su
posición en el mito familiar.
Cabe preguntarse también qué relaciones existen entre “el
gel histórico” determinado por el mito y “la intencionalidad
manifiesta” de su significación con respecto a los problemas de
separación, individuación, pérdida, ligazón, duelo (47). De
hecho, para el individuo, elaborar el mito familiar es algo que
le permite distanciarse, “separarse” de todo lo que en él se
representa, pero también, al mismo tiempo, aceptarlo y apro­
piárselo en todos los elementos que no se oponen a la búsque­
da de una identidad autónoma. Se alude aquí a todas las
dificultades de unión-separación que ligan a los individuos con
los demás integrantes de la familia y que se repiten en el tiempo
en una suerte de movimiento continuoy circular. Reconocemos
aquí el problema de ligazón y separación que ocupó amplia­
mente a Bowlby y en el cual están implicados todos los miem­

1. Entendemos:
1) por rol, toda una serie de comportamientos que representan una función
particular (el padre, la madre, el fuerte, el débil, etc.) socialmente codificados
y reconocidos;
2) por función, una serie de comportamientos análogos al primero pero que
están parcialmente superpuestos a ellos, y que son demandados en el interior
de una familia concreta para satisfacer las necesidades complementarias de
sus miembros.
230 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

bros de la familia, en la medida en que pretenden elaborar o


negar el problema de la separación. Por ejemplo, la capacidad
de un padre para aceptar lapérdida de un miembro de la familia
y por tanto de elaborar su duelo, determina la posibilidad para
los otros de separarse de él, evitando contribuir así a la
conservación de una imagen detenida en el tiempo.
La familia representa para el individuo un laboratorio
inagotable de búsquedasy conocimientos dinámicos de sí; en su
seno, cada cual puede atravesar fases de regresión y de
reintegración.
Esta “salida” y “entrada” de pertenencia y separación
representa una suerte de gimnasia que permite a cada uno
afirmar su propia individualidad (adquiriendo cada vez más
una posición “YO” con relación al sistema de valor de la
familia) pero, al mismo tiempo, de sentirse libre de reintegrar
el grupo sin sentimiento de culpa o de traición de su parte y sin
que el resto de la familia pueda rechazarlo por diferente.
Como factor favorecedor, destacamos que la familia posee
una arquitectura temporal sumamente sólida, con numerosos
niveles de interacción integrados unos con otros, y en los cuales
podemos identificar un eje horizontal (fase del ciclo de vida) y
un eje vertical (lazos intergeneracionales).
Todo esto se refiere sin embargo a una historia familiar en
movimiento, es decir, a la dimensión del tiempo vivido, que no
se limita a resituar los hechos y acontecimientos en base a su
cronología sino que más bien propone destacar los elementos
subjetivos (expectativas, recuerdos, etc.) que, aunque puedan
deformar la significación de los sucesos pasados, vuelven no
obstante indispensable la consideración de la dimensión vivida
del tiempo.
La historia es, pues, el resultado de un relato sobre la base
de una memoria colectiva pautada por intervalos heterogéneos
y desiguales, ligados éstos, en el interior, a puntos nodales: los
recuerdos de los antepasados, los sitios donde se vivió, las
imágenes, los objetos marcados por el desgaste pero cargados
de historia emotiva. Un tiempo pautado desde hace mucho por
el hilo de los años pero también por la corriente de las
generaciones que dan nacimiento a la arquitectura temporal
familiar. Al percibir la interdependencia de las historias perso­
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 831

nales, los vínculos intergeneracionales y las experiencias com­


partidas, se puede comprender mejor el aspecto histórico
evolutivo de la familia, que no es una unidad bidimensional
simple, sino más bien una entidad tridimensional compuesta en
la que la historia de las relaciones pretéritas se concreta en el
presente a fin de poder desarrollarse en el futuro.
Estamos de acuerdo con Cárter y Mac Goldrick (27) cuando
afirman que la familia puede ser considerada como un sistema
emocional que comprende por lo menos tres generaciones, es
decir, una totalidad integrada longitudinalmente, compuesta
de subsistemas y de individuos que, según Whitaker y Keith
(73), se encuentran en relación dinámica con la “familia intrap-
síquica”, una suerte de “ethos”histórico. Hallamos igualmente
en Scabini (62) afirmaciones semejantes, cuando subraya que
la familia psicológica es siempre una familia ampliada.
En los últimos decenios, la psicología relacional, y en
particular los autores de orientación psicodinámica (21,22,66)
desarrollaron los conceptos de mito familiar, lealtades invisi­
bles, deudas y créditos multigeneracionales, proyecciones
familiares intergeneracionales, delegación familiar. Quisieron
aludir no tanto a la influencia concreta de la familia de origen
sobre los núcleos más recientes, cuanto a una influencia activa,
en el presente, de conductas, reglas, expectativas y prohibicio­
nes aprendidos en otro lugar y transmitidos en parte incons­
cientemente por las generaciones (62, 75,35).
A causa de estas modalidades específicas de relación con la
propia familia trigeneracional, el individuo pasa a ser una
unidad compleja llena de contradicciones y conflictos, que
aparecen empero como elementos de comprensión de ese
mundo interno para un observador habituado a tender puentes
implícitos entre los comportamientos, las vivencias actuales y
las sensaciones antiguas, las cuales, de lo contrario, resultarían
fragmentarias y desconectadas.

LAS COORDENADAS FAMILIARES

La comprensión del individuo y de sus procesos de desarro­


llo parece favorecerse con la construcción de un esquema de
232 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

observación que permita “ver” los comportamientos actuales


de una persona como metáforas relaciónales o como señales
indirectas de necesidades e implicaciones emotivas del pasado,
que encuentran en las relaciones presentes el espacio y el
tiempo para manifestarse de un modo concreto.
Así pues, una información, sea verbal o analógica, sobre “lo
que expresan hoy las relaciones entre un padre y su hijo” (que
nosotros identificaremos como segunda y tercera generación),
contiene un aspecto implícito y complementario; éste nos
informa también sobre la manera en que un progenitor percibe
en la actualidad la relación pretérita entre él y su propio padre,
desplazando así el contenido emotivo de la información a un
nivel superior (entre la segunda y la primera generación).
La complejidad aumenta si se conecta la totalidad con esas
imágenes más abstractas e ideales de “la manera de ser padre
e hijo” que cada cual ha incorporado con mayor o menor
intensidad en el interior de su propio contexto familiar y
cultural. Como tales, ellas asumen el valor de códigos verdade-
rosy específicos de comportamiento. Intentaremos explicarnos
mejor con ayuda de un ejemplo clínico.
El señor V. habla en sesión de su extrema dificultad para
interesar a su hijo único Marco, de 11 años, hasta el punto de
temer que no necesite más de él: “siempre está jugando con sus
amigos a los videojuegos, o bien se queda horas enteras, solo,
con su pequeña computadora (¡ésta es un regalo del padre!)...”
Este tipo de dificultades parecen remitir a las de Marco,
quien “lleva” a sesión un walkman (con el que se excluye en los
momentos de mayor intensidad emotiva) y que por su parte
describe al padre como un personaje que “nunca está disponi­
ble” para jugar con él.
Ambos presentan la situación con total desconfianza res­
pecto de una posibilidad de cambio, desconfianza mezclada
con la profunda amargura de tener que renunciar a una relación
tan importante. El padre, sobre todo por la mirada, da muestras
de un notable azoro, de una especie de “parálisis” en lo que se
refiere a tocar a su hijo, parálisis que parece expresar mucho
más, y en niveles diferentes, que la mera dificultad de sentirse
padre de un hijo de 11 años. Quizá sólo poniendo en evidencia
los elementos reales y concretos de relación entre ambos,
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 233

podamos visualizar un juego de exclusión y de hiperinclusión


relacional mucho más complejo, y articularlo así con algo que
asciende y desciende de una generación a otra. Procuremos
entonces entrar en esta parálisis del padre y descomponerla en
sus diferentes elementos.
Comencemos por el niño; éste intenta incluir al padre en sus
juegos y la conclusión parece ser siempre la misma: él mismo
abandona el terreno, no bien ve al padre aburrido o desenten­
dido, y deja la habitación.
En toda la sesión, y de manera más general en el curso de
todos los encuentros, el niño parece pedir con vehemencia e
implorando el reaseguro de la mirada de su madre, de la que no
puede desprenderse.
En forma idéntica, durante otra sesión en la que está
presente el abuelo paterno, un anciano de 85 años, el padre
afirma haber sufrido siempre la influencia de su padre, con el
que no era posible jugar ni tener un diálogo, y haberse refugiado
siempre en su madre. Estas declaraciones parecen exigir un
esfuerzo enorme al señor V., quien, al hablar de sí mismo
cuando tenía 11 años, se pone a tartamudear. A su vez, el abuelo
paterno parece irritado por la “búsqueda de tantos detalles
inútiles cuando la vida es la misma para todos. De seguro que
éstos no son los verdaderos problemas de la existencia, pues el
único problema verdadero es la salud”. En el transcurso de la
entrevista surgirá el dato que su esposa permaneció inválida en
un lecho durante veinticinco años, antes de morir. El negocio
que el abuelo dirige hasta hoy mismo y en el cual trabajan sus
cuatro hijos, incluido el señor V., siempre fue un punto de
referencia esencial para esta familia (la salud está en el trabajo,
la enfermedad en casa), asumiendo para éstos toda suerte de
funciones compensatorias según las exigencias afectivas de
cada uno y en momentos evolutivos diferentes. Estas funciones
son tan importantes que nadie, empezando por el abuelo,
parece capaz de liberarse de este peso, tanto más gravoso
cuanto que es esencial.
No incluir “el negocio” en la “parálisis” del padre, y de
manera más general, en la construcción de la realidad, como
guía de la existencia de la familia V., sería desdeñar una parte
importante del mosaico relacional de este grupo.
234 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Hasta el presente, sólo hemos hablado de relaciones que


ascienden y descienden sobre un eje vertical.
Veamos ahora lo que sucede cuando el eje vertical, que
podemos definir como parental, se encuentra con el eje hori­
zontal, que llamamos conyugal. En otros términos, nuestro
horizonte relacional se extiende y amplía si insertamos el
espacio de la pareja en una suerte de territorio más vasto, donde
las relaciones conyugales se convierten en punto de encuentro
y de síntesis de dos historias familiares diferentes. En cierto
sentido, pensamos que la nueva pareja se inserta en un flujo
temporal muy rico en el que ya están parcialmente trazadas las
líneas del presente y del futuro, y ello sobre la base de las
ilusiones y expectativas de las generaciones precedentes. Pode­
mos observar de este modo las condiciones y medios por los
cuales una persona estimula y busca en el compañero aspectos
adultos a fin de establecer una relación mutua, y por lo tanto de
qué manera se incorporan, sobre el nivel horizontal, funciones
compensatorias, parentales y/o filiales que, por su parte, no
están desarrolladas armoniosamente en el plano vertical.
En esta segunda eventualidad, refiriéndonos al modelo
complementario de las necesidades insatisfechas que influyen
en la elección del cónyuge según Nagy y Spark (21), podemos
ver la recuperación del propio espacio generacional como un
redescubrimiento de sí en cuanto individuo.
Volviendo al caso de la familia podemos preguntarnos, por
ejemplo, qué fue lo que impulsó a esta mujer a casarse con un
hombre quince años mayor que ella, siendo que en su familia
de origen el padre abandonó a su esposa (la madre) para
casarse con una mujer mucho más joven y emigrar al extranjero,
rompiendo así toda relación con sus hijos. De la misma manera,
podemos preguntarnos qué fue lo que impulsó al señor V. a
“volver a jugar” esa relación existente entre su mujer y el padre
de ésta, al extremo de establecer con él una relación de amis­
tad, siendo que él mismo parece haber sido totalmente incapaz
de restablecer contacto con su propio padre, quien permanece
identificado para siempre con las paredes de su empresa.
Si aceptamos, con Whitaker y Keith (73), que la familia sana
es una unidad subcultural que se ha estructurado a lo largo de
muchas generaciones mediante cambios de rol y funciones en
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 288

el tiempo, con las crisis de identidad consiguiente, podremos


pensar que los problemas surgen y se estructuran como relacio­
nes patológicas cuando estos cambios no están permitidos y
cuando la asignación de roles y funciones se hace rígida,
tornándose irreversible. Esto contrasta totalmente con la asig­
nación biológica; así sucede, por ejemplo, cuando la función
paterna aparece delegada en un hijo y no en un padre.
Un individuo puede ser examinado solo o con su cónyuge,
o con éste y sus hijos, o bien incluyendo a la familia ampliada,
en un solo y único acto de observación que abarca los “vacíos
importantes” dejados por padres o hermanos muertos o distan­
tes, quienes, por lo demás, están presentes en la medida en que
el espacio físico es utilizado como “continente” del espacio
metafórico de la familia ampliada. Este espacio metafórico
parece susceptible de resumirse en estructuras elementales
triangulares de las relaciones, incluso en aquellas donde, en
apariencia, sólo están implicadas dos personas. Aunque pase
desapercibida, la imagen de una tercera persona aparece cons­
tantemente, persona esencial a lo que les sucede a las otras dos,
por lo mismo que se hace implícita referencia a ella en la
relación.
Por lo que respecta a los esposos V., por ejemplo, entre éstos
y su hijo se introducen respectivamente elementos del vínculo
de cada progenitor con su propia familia de origen y con el
compañero. De estos elementos surgen las expectativas origi­
narias frente a la relación actual con el cónyuge o con el hijo.
En cada relación tiene que haber confrontación de dos deman­
das superpuestas; se hace esencial para el señor V. distinguir
aquella que lo involucra directamente de aquella de la que él
es mero portador, por cuanto se dirige inicialmente a otro. Esto
puede tener consecuencias importantes en el plano del desa­
rrollo individual, si la relación actual está fuertemente condi­
cionada por esas superposiciones, y sobre todo cuando el mito
familiar ha instaurado esta delegación destinada a “responder
en el lugar del otro”. Es preciso, pues, que la persona logre
resolver la ambigüedad derivada de la presencia simultánea de
estos dos niveles, así como el dilema suscitado por la relación
entre los otros dos polos del triángulo en que la persona está
inserta sin saberlo. Esto debe efectuarse paradla parte de ella
236 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

que la implica, si al menos quiere liberarse parcialmente y


modificar así las funciones que asume en el interior de los
subsistemas y que desarrollan esa organización cognitivo-
conductal que, con Liotti (47), podemos llamar sistema del sí-
mismo. Si la estructura básica es el triángulo, también es cierto
que modificar las configuraciones triangulares nos permite
recoger informaciones cada vez más complejas y ampliar la
construcción de nuestra realidad terapéutica. Hacer y deshacer
hipótesis en la elaboración de nuestra relación con las familias
es revivificar procesos de elección que parecen haberse coagu­
lado en los grupos familiares rígidos, donde el tiempo está como
detenido.

PERTENENCIA Y SEPARACION

Si todo lo que hemos dicho hasta ahora plantea el problema


de una investigación que pueda ensanchar el contexto inmedia­
to de la observación del síntoma, y extender la imagen de la
persona portadora de éste a todas sus relaciones significativas,
nuevas cuestiones surgen: por ejemplo, las que se refieren a los
elementos que garantizan la conservación y evolución de tales
relaciones y las que se refieren a la construcción de las signifi­
caciones que se les atribuyen. La pertenencia y la separación
son problemas que acompañan a todos los hombres en el curso
de su existencia. Unión y separación parecen ir a la par y
desenvolverse en un proceso circular. Uno se separa con la
esperanza de nuevas uniones, y a lo largo de una historia en
cuyo transcurso cada unión y cada separación sucesiva deberán
estar más diferenciadas con respecto a las precedentes. Uno no
puede unirse en forma más satisfactoria si no se ha separado de
un esquema de relaciones en el cual cada participante es capaz
de reconocer su propio espacio personal (Whitaker y Keith,
1982).
En realidad, la separación es un proceso que puede durar
una gran parte de la vida, incluso toda una vida, y que no acaba
nunca.
No es raro que, en terapia, el comportamiento de un padre
o de una madre puestos en presencia de uno de sus padres se
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 237

transformen radicalmente, pues de pronto ese comportamien­


to revela ser inadecuado. Poco más arriba tuvimos un ejemplo
con el señor V., quien se ponía a tartamudear ante su padre
acordándose de sus 11 años, proponiendo entonces en un plano
vertical el mismo tipo de dificultades y embarazos que existía
entre él y su hijo. La no resolución de su propia parálisis en la
relación con su padre es el vínculo que impide al señor V. ser
a su vez un padre espontáneo. Cuanto más exigida está una
relación de satisfacer reclamos fundamentales de protección y
seguridad, más fuerte es el vínculo que se establece y mayor la
amenaza potencial de toda situación, sea cual fuere, que
pudiese ponerla en entredicho.2
Se tiende entonces a reaccionar primero agresivamente
frente a las personas que ponen en peligro la relación, o a
reaccionar con vistas a protegerla. Y mientras que todo esto es
harto claro en lo que respecta a la relación de dos, mucho menos
evidente es cuando se trata de una relación más amplia, como
la de la familia, por ejemplo. En realidad, podemos decir que
incluso en una relación diádica por excelencia como la de una
madre y su hijo, un tercer elemento se halla siempre presente,
ya sea en una dimensión de realidad “transversal”, por la
existencia de una relación con el padre o con otras figuras
familiares, ya sea en una dimensión longitudinal, por la existen­
cia de una relación entre la madre y su propia familia de origen.
Los contenidos del vínculo de dos se fundan sobre la base de
otros vínculos relaciónales, a menudo ocultos, y sobre la base de
sus dificultades en el tiempo. Ellos definen las expectativas que
deberán hallar una respuesta en el interior de la relación.

2. Bowlby (1969-1973-1980) dedicó la mayor parte de sus investigaciones al


estudio del instinto de ligazón del niño a la madre, y describió ampliamente
lo que sucede cuando este vínculo es puesto en peligro por períodos de
separación más o menos prolongados o se ve interrumpido por episodios de
duelo. Su indagación tomó últimamente en consideración no sólo los prime­
ros años de la vida sino también la edad adulta, describiendo fases muy
precisas relacionadas con el proceso de duelo consecutivo a la pérdida de una
persona querida (Bowlby, J., 1969: Attachment and loss: Attachment • 1973.
Separation: anxiety and anger - 1980: Sadness and depression, Hogarth Press,
Londres) [vers. cast.: El vínculo afectivo; La separación afectiva y La pérdida
afectiva, Buenos Aires, Paidós, 1976,1977,1983, respectivamente).
238 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

Esto explica por qué razón cuanto más sobrevive un vínculo


significativo (por ejemplo el de padres-hijos) sobre la base de
necesidades en parte no satisfechas, más tiende a repetirse de
manera inmutable con nuevas figuras de referencia (cónyuges,
por ejemplo).
El señor F., hombre de 50 años que ocupa una función
importante en una industria, está casado con una mujer algo
más joven y aún atractiva, con la cual ha tenido tres hijas. La
mayor, que padece un grave trastorno fóbico obsesivo que la
obliga a permanecer en su casa, es atendida por su madre, quien
la sirve como una esclava y satisface sus menores deseos,
renunciando así a una vida social personal.
El síntoma de la paciente hizo que se aflojara la muy
estrecha relación que unía a su padre con la abuela paterna.
Esta, mujer más bien autoritaria, interrumpió sus visitas coti­
dianas a la casa de su hijo, pues no podía soportar los rituales
de su nieta. Esto oficializó, de hecho, una separación entre la
abuela y la familia de la paciente, procurando de ese modo un
alivio parcial a la madre, quien, hasta entonces, se sentía
invadida por su suegra hasta en la realización de las tareas
domésticas. Por lo demás, el padre siguió muy ligado a su
madre, a quien venera como ser superior y a quien visita con
mucha frecuencia.
En la secuencia siguiente, tomada de una segunda sesión de
terapia, se explora justamente la relación del padre con su
propia madre, así como con su mujer y sus hijas.

TERAPEUTA (dirigiéndose al padre). -Usted siempre estuvo


fascinado con la autoridad de su madre. Me habla de ella con
inmensa adoración.
PADRE. -¡Por supuesto! Porque mantuvo en pie a la familia.
Mi padre era un gran tipo, sin duda, pero mi madre era
claramente superior a él.
TERAPEUTA. -¿Está ella al tanto de la vida de su esposa, que
siempre fue muy difícil?
PADRE. -Sí.
TERAPEUTA. -¿Usted pensó que con el tiempo las cosas
mejorarían, o estaba seguro de que no podían cambiar?
PADRE. -Pues... yo decía... “Es el tierno amor que una madre
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 238

puede sentir por su hijo.” Pensaba que todo lo que mi mujer


pudiese hacer por mi madre no tendría éxito, porque yo
siempre discriminé bien entre lo que venía de mi esposa y lo que
venía de mi madre.
TERAPEUTA (indicando el cuerpo del padre). -¿Cuál era la
parte atribuida a su mujer, la derecha o la izquierda? ¿La
superior o la inferior? ¿La de encima o la de abajo?
PADRE. -Digamos que la izquierda, la parte del corazón,
porque estuvimos de novios seis años y ya hace veinte que nos
casamos. ¡La he querido, ¿no?!
TERAPEUTA. -¿Y entonces, qué le reservó a su madre, si el
afecto lo puso aquí (indicando a la esposa)?
PADRE. -Pues bien, si el afecto lo puse aquí, a mi madre le di
mi brazo derecho, porque si hoy mi madre tiene necesidad de
mí, me llama y voy. Sí, yo la sostengo con el brazo derecho, es
decir, desde cierto punto de vista (aprieta el puño y tiende los
músculos del brazo derecho en un ademándepotencia)... porque
mi madre me lo dio todo.
TERAPEUTA (vuelto hacia la madre). -Entonces, entre
quienes quedaron en la familia, ¿quién reemplazó a esa parte
derecha de su marido para usted?
MADRE. -E n parte... mis tres hijas.
TERAPEUTA. -¿Pero quién se entregó más a esa tarea?
MADRE. -Ornella (lapaciente)... Ella fue la que sintió más la
situación.

Es precisamente el aspecto relacional que une al padre con


sus tres figuras y a éstas entre sí el que nos hace comprender de
qué modo el vínculo no se limita a dos personas cada vez
(marido-madre, marido-mujer, mujer-hija) sino que incluye al
mismo tiempo otros triángulos. En cada subsistema de esta
familia podemos ver de qué modo una relación con contenidos
específicos acaba siendo potencialmente amenazada en la
medida en que existen fuertes tensiones entre uno de estos
componentes y otro miembro de la familia. Así pues, el esfuerzo
por conservar un vínculo se convierte inevitablemente en
esfuerzo por conservar unido el sistema entero, a través de una
tentativa de contener estas tensiones.
Al tomar al padre como elemento central de la observación,
240 LA CREACION DEL SISTEMA TERAPEUTICO

podemos ver de qué modo permanecer unido a la madre quiere


decir para él no sólo hacer frente a obligaciones morales de
reconocimiento (Boszormenyi-Nagy y Spark, 1973) a su respec­
to, e intentar suplantar lo que le falta (un hombre fuerte y
protector), sino también conservar un modelo de relación
sobre el cual él ha construido su propio sentimiento de seguri­
dad y sus propias relaciones afectivas con las figuras femeninas.
Y la esposa tuvo que enfrentarse desde el comienzo con esa
marca de la necesidad3del compañero, marca tanto más rígida
cuanto que las deudas afectivas y las experiencias negativas de
separación y pérdida (por ejemplo, la muerte prematura del
padre) les hicieron vivir como una amenaza, a él y a su madre,
cualquier perspectiva de cambio y de autonomía.
Por otra parte, el padre, al satisfacer las exigencias norma­
les de una mayor independenciay de una familia propia, intentó
alcanzar un compromiso entre exigencias contradictorias.
Optó por la solución más evidente y más ampliamente utiliza­
da, la de sentarse entre dos sillas esforzándose en conciliar la
relación gratificante y la tranquilizadora de manera comple­
mentaria. Se le hizó así indispensable luchar por unir vínculos
en apariencia inconciliables: el que lo ligaba a su madre y el que
lo ligaba a su mujer. Pero de esta manera se hace cada vez más
compleja la marca de la necesidad, es decir, el elemento de
referencia sobre cuya base es necesario evaluar qué comporta­
miento será capaz de satisfacer determinado tipo de demanda
o a través de qué canal podrá ser ésta constantemente replan­
teada.
El mismo tipo de problema es observable en la paciente, la
cual logra empero, con su conducta, hacerse “mediadora y
argamasa” entre el padre, la madre y la abuela, siendo que,
paradójicamente, hace lo necesario para mantener alejada a
ésta del círculo familiar. El interrogante que surge en este
momento es el siguiente: ¿de qué instrumento dispone el
terapeuta para facilitar un movimiento evolutivo de la familia?
3. Entendemos por marca de la necesidad la forma específica que asume en
cada cual la insatisfacción de ciertas necesidades de relación con las figuras
familiares más significativas. Ello hace que la demanda conserve permanente
actualidad e intente replantearse continuamente en forma de relaciones
compensatorias a esa "carencia" originaria.
FAMILIA E INDIVIDUO DESDE UNA PERSPECTIVA TRIGENERACIONAL 241

¿Y cuál es su posición en la red relacional de ésta? Es indudable


que toda una serie de elementos colocan al terapeuta en un
contexto diferente con respecto al primero. Uno de los más
importantes, incluso si es evidente, es la distinta atribución de
autoridad y poder. Parece no obstante que las operaciones que
el terapeuta efectúa se pueden superponer en gran parte a las
que, en los triángulos, asumen los diferentes miembros. Lo
hemos descrito más arriba.
Es decir; en la medida en que delimite una y otra vez triángulos
familiares diferentes, insertándose como tercer elemento de éstos
o poniendo en posición de observador a uno u otro de esos
componentes, en busca de elementos de mediacióny de una trama
alternativa.
De todas formas, al hacerlo, se encuentra en una posición
de mayor libertad con respecto a los otros miembros, ya que él
proviene de una historia familiar diferente y es portador de una
marca diferente de necesidad, es decir que no debe sostener o
proteger necesariamente a tal o cual miembro de la familia ni
salvar vínculos a cualquier precio con tal de conservar una
identidad propia. Y cuando su propia historia se superpone en
gran parte a la de los pacientes, suponemos que ya ha encontra­
do, en lo que le atañe, vías diferentes de salida.4

4. La ventaja del trabajo en equipo consiste justam ente en la posibilidad, para


el grupo que se halla detrás del espejo, de orientar al terapeuta frente a "su
posición" y a la coherencia de sus intervenciones, y de "sacarlo" de situaciones
emocionales que puedan involucrarlo demasiado.
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Este libro se terminó de imprimir
en el mes de abril de 1990
los TALLERES GRAFICOS LITODAR,
Viel 1444 — Capital Federal