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Antología poética

Literatura Española desde 1940


Grado en Español: Lengua y Literatura
Lucía Cotarelo Esteban

ANTOLOGÍA POÉTICA II

LITERATURA ESPAÑOLA DESDE 1940

CURSO 2018-2019

CLASE 14: LA PROMOCIÓN DEL 50

«[Siempre la claridad viene del cielo]», Claudio Rodríguez (Don de la ebriedad, 1953)
«Lo confieso», Gloria Fuertes (Aconsejo beber hilo, 1954)
«Mi propia profecía es mi memoria», J. M. Caballero Bonald (Memorias de poco tiempo, 1954)
«La rosa necesaria», Valente (A modo de esperanza, 1954)
«Patria, cuyo nombre no sé», José Ángel Valente (A modo de esperanza, 1955)
«Infancia y confesiones», J. Gil de Biedma (Compañeros de viaje, 1959)
«Primer poema», Valente (Poemas a Lázaro, 1960)
«Epitafio para una muchacha», María Victoria Atencia (Arte y parte, 1961)
«En el nombre de hoy», Jaime Gil de Biedma (Moralidades, 1966)
«Barcelona ja no es bona; o mi paseo solitario en primavera», J. Gil de Biedma (Moralidades, 1966)
«Ciudad cero», Ángel González (Tratado de urbanismo, 1967)
«No volveré a ser joven», J. Gil de Biedma (Poemas póstumos, 1968)
«Contra Jaime Gil de Biedma», J. Gil de Biedma (Poemas póstumos, 1968)
«Confesión en negro», Julia Uceda

CLASE 15: VANGUARDISMO DE POSGUERRA

A) Grupo Cántico
«Deseo pagano», Juan Bernier (Aquí en la tierra, 1948)
«Psalmo XVI», Ricardo Molina
«Tentación en el aire», Pablo García Baena (Rumor oculto, 1946)

b) El postismo
«El rey de las ruinas», Carlos Edmundo de Ory (La flauta prohibida, 1947)
«Momento novembrino», Miguel Labordeta (Transeúnte central, 1950)
«En un café», Carlos Edmundo de Ory (Poesía, 1945-1969)
Fragmentos de Homenaje a Bécquer, Juan Eduardo Cirlot (1954-1968)

c) Dau al set
«El nacimiento de Venus», Joan Brossa
«España», Joan Brossa

d) Los Novísimos
«El cine de los sábados», Antonio Martínez Sarrión (Teatro de operaciones, 1967)
«Cristalería de seda», José María Álvarez
«Oda a Venecia ante el mar de los teatros», Pere Gimferrer
«Discurso del método», Guillermo Carnero
«Un hombre triste su barco», Ana María Foix (Baladas del dulce Jim, 1969)

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Antología poética
Literatura Española desde 1940
Grado en Español: Lengua y Literatura
Lucía Cotarelo Esteban

CLASE 14: LA PROMOCIÓN DEL 50

1. Bousoño (Teoría de la expresión poética, 1952): «La poesía es así, en su primera etapa, un
acto de conocimiento (conocimiento de lo singular psíquico por medio de la fantasía) y en su
etapa postrera, un acto de comunicación, a través del cual ese conocimiento se manifiesta a
los demás hombres. Nosotros solo podemos iluminar científicamente ese segundo instante».

2. Carlos Barral («Poesía no es comunicación», Laye, 1953): «El poeta ignora el contenido
lírico del poema hasta que el poema existe».

3. Gil de Biedma (Función de la poesía y función de la crítica, 1955): «La comunicación es un


elemento de la poesía, pero no define la poesía; la actividad poética es una actividad formal,
pero nunca es pura y simple voluntad de forma. Hay un cierto grado de transmisión, de
comunicación en la poesía clásica; hay una mínima voluntad de forma –una voluntad de
orientación del poema– en el poeta superrealista. La poesía es muchas cosas; un poema puede
consistir simplemente en una exploración de las posibilidades concretas de las palabras»

4. Gil de Biedma (Compañeros de viaje, 1959): «Un libro de poemas no viene a ser otra cosa
que la historia del hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la
vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos de unos cuantos entre ello».

5. José Ángel Valente (revista El Ciervo, 1961): «Escribo poesía porque el acto poético me
ofrece una vía de acceso, para mí insustituible, a la realidad. Quizá no sea difícil desprender
de ahí que veo la poesía en primer término como conocimiento, y sólo en segundo lugar como
comunicación (…) en la medida en que la poesía conoce la realidad la ordena, y en la medida
en que la ordena, la justifica. En estos tres estados se inserta a mi modo de ver el triple
compromiso intelectual estético y moral de la poesía con la realidad (…) en este preciso
sentido y no en otro, creo también que todo gran arte es por naturaleza un arte realista»

6. José Ángel Valente («Conocimiento y comunicación», 1963): «El poeta no opera sobre un
conocimiento previo del material de la experiencia, sino que ese conocimiento se produce en
el mismo proceso creador y es, a mi modo de ver, el elemento en que consiste primariamente
lo que llamamos creación poética»; // «el acto de su expresión es el acto de su conocimiento.
Por eso todo momento creador es en principio un sondeo en lo oscuro… el único medio que
el poeta tiene para sondear ese material informe es el lenguaje… todo poema es, pues, una
exploración del material de la experiencia no previamente conocido que constituye su objeto.
La poesía aparece así, de modo primario, como revelación de un aspecto de la realidad para
el cual no hay más vía de acceso que el conocimiento poético».

7. Valente (en Antología de la nueva poesía española, 1968): «La poesía ha de restablecer desde
la órbita irrenunciable de la experiencia personal la validez de un lenguaje público corrupto
y falso. Pues la poesía, cuando es tal, restituye al lenguaje su verdad».

8. Brines (Selección propia, 1985): «Somos los confidentes de nuestra propia vida, y recogemos
la presencia de un extraño que nos borra y nos suplanta, desde su mentira, con más verdad
que la nuestra».

9. Claudio Rodríguez (Reflexiones sobre mi poesía, 1985): «Si la poesía, entre otras cosas,
como he escrito ya, es una búsqueda, una participación entre la realidad y la experiencia
poética de ella a través del lenguaje, claro está que cada poema es como una especie de acoso
para lograr dichos fines. [...] En el fondo, se trata de la aventura entre la intimidad y la
realidad».

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«[Siempre la claridad viene del cielo]», Claudio Rodríguez (Don de la ebriedad, 1953)

Siempre la claridad viene del cielo;


es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados


cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,


de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca


espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

«Lo confieso», Gloria Fuertes (Aconsejo beber hilo, 1954)

Es triste, y porque es triste, lo confieso;


aquí estoy yo y vengo voceando,
buceando, mejor, en la niebla;
ahorcándome la voz entre los álamos.
Ganándome el sudor con este pan,
ganándome la vida con las manos,
ganándome el dolor con el placer,
ganándome la envidia con el salmo.
Ganándome la muerte con la vida,
voy consiguiendo todo sin el llanto,
que soy la mujer fuerte que se viste
y medita mirando el calendario.
Es triste, y porque es triste, lo confieso,
cuesta mucho vencerse, sin embargo,
intenta dar un beso al enemigo
verás que sale luz de tu costado.

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«Mi propia profecía es mi memoria», J. M. Caballero Bonald (Memorias de poco tiempo,


1954)

Vuelvo a la habitación donde estoy solo


cada noche, almacén de los días
caídos ya en su espejo naufragable.
Allí, entre testimonios maniatados,
yace inmóvil mi vida: sus papeles
de tornadizo sueño. La madera,
el temblor de la lámpara, el cristal
visionario, los frágiles
oficios de los muebles, guardan
bajo sus apariencias el continuo
regresar de mis años, la espesura
tenaz de mi memoria, toda
la confluencia simultánea
de torrenciales cifras que me inundan.

Mundo recuperable, lo vivido


se congrega impregnando las paredes
donde de nuevo nace lo caduco.
Reconstruidas ráfagas de historia
juntan el porvenir que soy. Oh habitación
a oscuras, súbitamente diáfana
bajo el fanal del tiempo repetible.

Suenan rastros de luz allá en la noche.


Estoy solo y mis manos
ya denegadas, ya ofrecidas,
tocan papeles (este amor, aquel
sueño), olvidadas siluetas, vaticinios
perdidos. Allí mi vida a golpes
la memoria me orada cada día.

Imagen ya de mi exterminio,
se realiza de nuevo cuanto ha muerto.
Mi propia profecía es mi memoria:
mi esperanza de ser lo que ya he sido.

«La rosa necesaria» (Valente, A modo de esperanza, 1954)

La rosa no;
la rosa sólo
para ser entregada.

La rosa que se aísla


en una mano, no;
la rosa
connatural al aire
que es de todos.

La rosa no,

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ni la palabra sola.

La rosa que se da
de mano en mano,
que es necesario dar,
la rosa necesaria.
La compartida así,
la convivida,
la que no debe ser
salvada de la muerte,
la que debe morir
para ser nuestra,
para ser cierta.
Plaza,
estancia, casa
del hombre,
palabra natural,
habitada y usada
como el aire del mundo.

«Patria, cuyo nombre no sé», José Ángel Valente (A modo de esperanza, 1955)

Yo no sé si te miro
con amor o con odio
ni si eres más que tierra
para mí.
Pero contigo sólo,
a muerte, debo
levantarme y vivir.
(…)
Porque he venido ayer
y no sé aún quién eres,
aunque tal vez no seas
nada más verdadero
que esta ardiente pregunta
que clavo sobre ti.

Vine cuando la sangre


aún estaba en las puertas
y pregunté por qué.
Yo era hijo de ella
y tan sólo por eso
capaz de ser en ti.

Vine cuando los muertos


palpitaban aún próximos
al nivel de la vida
y pregunté por qué.
Yacían bajo tierra:
tú eras su verdad.

Caía el sol, caía

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inútilmente el pan,
caía entre la noche
y la sombra de nadie
derribada la fe.
Y sin embargo supe
que tú estabas allí.

Apenas, casi a solas,


entre el aire y la muerte,
un brote nuevo
se atrevía a pujar.
(…)
Debías protegerlo.
No lo hicisteis.
Temblad.
Porque debió crecer
para la luz, no para
la sombra, el odio, para
la negación.
La tierra había sido
removida y arada
con la sangre de todos.
Con la sangre. Era
difícil la alegría;
necesitábamos
primero la verdad.

Hemos venido. Estamos


solos. Pregunto,
¿quién tiene tu verdad?

Tú eres esa pregunta.

Oh patria y patria
y patria en pie
de vida, en pie
sobre la mutilada
blancura de la nieve,
¿quién tiene tu verdad?

«Infancia y confesiones», J. Gil de Biedma (Compañeros de viaje, 1959)

A Juan Goytisolo

Cuando yo era más joven


(bueno, en realidad, será mejor decir
muy joven)
algunos años antes
de conoceros y
recién llegado a la ciudad,
a menudo pensaba en la vida.
Mi familia

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era bastante rica y yo estudiante.

Mi infancia eran recuerdos de una casa


con escuela y despensa y llave en el ropero,
de cuando las familias
acomodadas,
como su nombre indica,
veraneaban infinitamente
en Villa Estefanía o en La Torre
del Mirador
y más allá continuaba el mundo
con senderos de grava y cenadores
rústicos, decorado de hortensias pomposas,
todo ligeramente egoísta y caduco.

Yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis.

La vida, sin embargo, tenía extraños límites


y lo que es más extraño: una cierta tendencia
retráctil.

Se contaban historias penosas,


inexplicables sucedidos
dónde no se sabía, caras tristes,
sótanos fríos como templos.
Algo sordo
perduraba a lo lejos
y era posible, lo decían en casa,
quedarse ciego de un escalofrío.

De mi pequeño reino afortunado


me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito.

«Primer poema», Valente (Poemas a Lázaro, 1960)

No debo
proclamar así mi dolor.
Estoy alegre o triste y ¿qué importa?
¿a quién ayudaré?
¿qué salvación podré engendrar con un lamento?

Y, sin embargo, cuento mi historia,


recaigo sobre mí, culpable
de las mismas palabras que combato.

Paso a paso me adentro,


preciosamente me examino,
uno a uno lamento mis cuidados
¿para quién,
qué pecho triste consolaré,

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qué ídolo caerá,


qué átomo del mundo moveré con justicia?
Remotamente quejumbroso,
remotamente aquejado de fútiles pesares,
poeta en el más venenoso sentido,
poeta con palabra terminada en un cero
odiosamente inútil,
cuento los caedizos latidos
de mi corazón y ¿qué importa?
¿qué sed o qué agobiante
vacío llenaré de un vacío más fiero?
(…)

«Epitafio para una muchacha», María Victoria Atencia (Arte y parte, 1961)

Porque te fue negado el tiempo de la dicha


tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente


-tal se entierra a un vencido al final del combate-,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,


que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido floral de primavera.

«En el nombre de hoy», Jaime Gil de Biedma (Moralidades, 1966)

En el nombre de hoy, veintiséis


de abril y mil novecientos
cincuenta y nueve, domingo
de nubes con sol, a las tres
-según sentencia del tiempo-
de la tarde en que doy principio
a este ejercicio en pronombre primero
del singular, indicativo,
y asimismo en el nombre del pájaro
y de la espuma del almendro,
del mundo, en fin, que habitamos,
voy a deciros lo que entiendo.
Pero antes de ir adelante
desde esta página quiero
enviar un saludo a mis padres,
que no me estarán leyendo.

Para ti, que no te nombro,


amor mío -y ahora hablo en serio-,

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para ti, sol de los días


y noches, maravilloso
gran premio de mi vida,
de toda la vida, qué puedo
decir, ni qué quieres que escriba
a la puerta de estos versos?

Finalmente a los amigos,


compañeros de viaje,
y sobre todos ellos
a vosotros, Carlos, Ángel,
Alfonso y Pepe, Gabriel
y Gabriel, Pepe (Caballero)
y a mi sobrino Miguel,
Joseagustín y Blas de Otero,

a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social,
dedico también un recuerdo,
y a la afición en general.

«Barcelona ja no es bona; o mi paseo solitario en primavera», J. Gil de Biedma


(Moralidades, 1966)

En los meses de aquella primavera


pasaron por aquí seguramente
más de una vez.
Entonces, los dos eran muy jóvenes
y tenían el Chrysler amarillo y negro.
Los imagino al mediodía, por la avenida de los tilos,
la capota del coche salpicada de sol,
(…)
Sólo por un instante
se destacan los dos a pleno sol
con los trajes que he visto en las fotografías:
él examina un coche muchísimo más caro
-un Duesemberg sport con doble parabrisas,
bello como una máquina de guerra-
y ella se vuelve a mí, quizá esperándome,
y el vaivén de las rosas de la pérgola
parpadea en la sombra
de sus pacientes ojos de embarazada.
Era en el año de la Exposición.
Así yo estuve aquí
dentro del vientre de mi madre,
y es verdad que algo oscuro, que algo anterior me trae
por estos sitios destartalados.
(…) yo busco en mis paseos los tristes edificios,

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las estatuas manchadas con lápiz de labios,


los rincones del parque pasados de moda
en donde, por la noche, se hacen el amor...
Y a la nostalgia de una edad feliz
y de dinero fácil, tal como la contaban,
se mezcla un sentimiento bien distinto
que aprendí de mayor,
este resentimiento
contra la clase en que nací,
y que se complace también al ver mordida,
ensuciada la feria de sus vanidades
por el tiempo y las manos del resto de los hombres.

Oh mundo de mi infancia, cuya mitología


se asocia -bien lo veo-
con el capitalismo de empresa familiar!
Era ya un poco tarde
incluso en Cataluña, pero la paz burguesa
reinaba en los hogares y en las fábricas,
sobre todo en las fábricas -Rusia estaba muy lejos
y muy lejos Detroit.
Algo de aquel momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.
Todo fue una ilusión, envejecida
como la maquinaria de sus fábricas,
o como la casa en Sitges, o en Caldetas,
heredada también por el hijo mayor.
Sólo montaña arriba, cerca ya del castillo,
de sus fosos quemados por los fusilamientos,
dan señales de vida los murcianos.
(…)
Sean ellos sin más preparación
que su instinto de vida
más fuertes al final que el patrón que les paga
y que el salta-taulells que les desprecia:
que la ciudad les pertenezca un día.
Como les pertenece esta montaña,
este despedazado anfiteatro
de las nostalgias de una burguesía.

«Ciudad cero», Ángel González (Tratado de urbanismo, 1967)

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años –que eran
la quinta parte de toda mi vida–,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:

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suspensión de las clases escolares,


Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos(…)
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.

«No volveré a ser joven», J. Gil de Biedma (Poemas póstumos, 1968)

Que la vida iba en serio


uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería


y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo


y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

«Contra Jaime Gil de Biedma», J. Gil de Biedma (Poemas póstumos, 1968)

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,


dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,

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poner visillos blancos


y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares


últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.


Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!


Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,


como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.

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Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,


y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

«Confesión en negro», Julia Uceda

Ahora puedo decir: esto era


la mayor parte de la vida. Lamento
sin embargo, aunque no
con excesiva pena,
no haber tenido nunca un dormitorio,
aunque por otra parte,
qué podía yo hacer con tantos muebles
y con tanta madera arrebatada
a aquellas tierras en donde nació...
Fue roja mi primera cama.
Tenía una plaquita, de San José y el Niño,
en el pequeño cabezal.
Recuerdo todavía
a los mayores discutiendo
que su compra era urgente pues la niña
no cabía en la cuna.
Fue peor
no acceder a los libros que, mudos, me llamaban
porque venían y se iban
más lejos cada vez. Igual que mis amigos,
que mis casas, que las viejas butacas,
que los paisajes encontrados.
Quién sabe todavía
en qué casa, en qué cuarto moriré.
Sin embargo, me alegro
de haber tenido, en USA, tres objetos: la boina
de hielo del dolor
de cabeza, el teléfono blanco
-en mi tierra eran negros-
de Mirna Loy, y haber averiguado
lo que desayunaban, en altas copas cristalinas,
las heroínas y los héroes
del cine. Eran pomelos: esa fruta
cuyo amargor no puedo soportar.

¿Y del amor? Punto y aparte.


Los quise. Me quisieron:
todos fueron mis gatos. Y hubo también tres perros.
Lo sé: no ha sido tan terrible.

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CLASE 15: VANGUARDISMO DE POSGUERRA

B) Grupo Cántico

«Deseo pagano», Juan Bernier (Aquí en la tierra, 1948)

Dioses innúmeros perdidos en los campos


entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los prados.
¡Oh dioses sin problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.
(…)
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!
Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
(…)
¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!

«Psalmo XVI», Ricardo Molina

Dilatarse en la sombra con la luna


donde cuerpos desnudos hacen manar las fuentes,
crisparse bajo la ciega violencia de las manos
soberbias de otros dioses (que no tienen nombre)
y sentir en la piel lisa y morena
abrasadoramente todo el bosque
o ir a través del sueño buscando todavía
aquel suave musgo que puso en nuestro cuerpo
inocencia de instantáneo paraíso,
no es amor, es rasgar
tu costado con un astro furioso,
es clavarte en la cruz intensa de nuestra carne,
ofrecer a tu sed nuestro sudor lascivo,
reír de tu agonía
tendidos y abrazados sobre el césped.

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«Tentación en el aire», Pablo García Baena (Rumor oculto, 1946)

Sabía que vendrías a hablarme


y no te huía
demonio, ángel mío, tentación en el aire.
(…)
Antes de verte, lejos, te adiviné en mi alma,
como algún fauno joven que con su flauta báquica
avivara en mi carne
un fuego leve, quieto,
amenazado casi de apagarse algún día,
rodeado de hielos, engaños de mí mismo.
(…)
En silencio, callado, yo te entregué mi alma,
aquella que había sido espada victoriosa,
que había decapitado todas las tentaciones
a ti, mi ángel malo, te la entregué sin lucha,
y tú con tu sonrisa, ¡oh tu risa que hiere!,
arrancaste de mí los altivos laureles
y casi sin mirarlos, despreciaste a aquel
que alargando la mano te los daba vencidos.
Por seguir tus caminos
dejé en un lado a Cristo,
tentación en el aire, ángel mío, demonio;
deserté de las blancas banderas del ensueño
para seguir, descalzo, tus huellas que manchaban.
(…)
Robaste de mi cielo las piadosas estrellas,
aquellas que eran tenue revuelo de cristales
caído del regazo virginal de la tarde,
y sólo me dejaste a la impúdica Venus,
brillante de lujuria, y al ciego Amor,
el falso, el inconstante, el loco,
el que adorna su frente, no con la eterna yedra
sino con la guirnalda de los mirtos lascivos
y las rosas de un día;
aquél que con sus risas ha trastornado el mundo
sin ver nunca si el dardo que alegremente arroja
hiere sólo la carne o llega al hondo espíritu
hasta hundirlo en la muerte o en la locura acaso.

Quisiera ser la rota columna decadente,


aquel ángel mancebo perfecto entre sus bucles,
o mejor, el Apolo que ayer recibió culto,
y que hoy sepultado bajo la tierra espera
el día de volver a las nubes olímpicas,
mientras que las raíces se enroscan a su cuerpo
-a la gracia del niño tan sólo comparable,
ya las sencillas flores de los valles idílicos-
como viejas y obscuras serpientes milenarias.

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c) El postismo

FRAGMENTOS DEL MANIFIESTO POSTISTA (Chicharro, 1945)

El Postismo es el resultado de un movimiento profundo y semiconfuso de resortes del


subconsciente tocados por nosotros en sincronía directa o indirecta (memoria) con elementos
sensoriales del mundo exterior, por cuya función o ejercicio de la imaginación, exaltada
automáticamente, pero siempre con alegría, queda captada para proporcionar la sensación de la
belleza o la belleza misma, contenida en normas técnicas rígidamente controladas y de índole
tal que ninguna clase de prejuicios o miramientos cívicos, históricos o académicos puedan
cohibir el impulso imaginativo.

La poesía puede ser la materia misma (naturaleza), pensamiento, y también material poético: lo
que no podrá ser nunca es sólo forma, que lo romántico, lo débil, lo enfermizo, lo rosa, lo íntimo,
lo secreto, lo doloroso, lo espantoso, lo tremendo, lo fuerte, lo sangriento, lo martirizante, lo
obsesionante, lo emotivo, lo heroico, lo lascivo, lo amado, lo ambicionado, lo perdido, lo dormido,
lo muerto, lo esotérico, lo anímico, lo profético, lo vago, así como el amor mismo, las flores, los
crepúsculos, el cielo y las niñas, no son de necesidad material poético; que hay palabras como
burro, churro y culo que pueden ser poéticas, entre otras cosas, porque son bellas
fonéticamente (…) que la poesía lo mismo nace de la idea que del sonido, de la imagen plástica
o de la palabra, y que la palabra, manejada sabiamente adquiere valores insospechables, aún no
estudiados; que el ritmo es inexcusable en las formas musicales, plásticas y poéticas; que uno
de los ejercicios puros en poesía es el metro, con su hermana la rima.

La lógica de lo absurdo; que la invención postista puede por medio de la imaginación recorrer
un ámbito tan dilatado que va de lo perfectamente normal a la locura; que de lo que más carece
el vulgo, además de educación y amor a prójimo, es de imaginación.

¡Es tan poco libre el hombre! Y, sin embargo, con una sensatez de vaca, el muy insensato anda
como con miedo de hacer uso libre de aquello en que precisamente es más libre, es completamente
libre el pobrete. ¡Rompe ya de una, descomunal y vulgarísmo antropiteco; rompe ya de una con
tus miramientos, tu idiotez congénita, e introduce las manos hasta los codos en el maravilloso
cesto y saca las palabras a puñados, las más bellas, las que más te agrade ensamblar, pero no para
decir cosas que, por lo general son tonterías o para emitir juicios profundos que no suelen
importarle a nadie, sino para gozar al oírte a ti mismo o para que te oigan HABLAR! aprovéchate
de ese cesto de juguetes e inúndate de alegría diciendo cosas hermosas, pobre renacuajo aplastado
de hombre que eres y no sabes divertirte más que con tu sucia sexualidad o con la torpe y pesada
noria de tu cerebro.

El postismo es, no esencialmente, sino especialmente un post-surrealismo, y en buena parte un


post-expresionismo. Pero es también un post-dadaísmo. En mínima parte un, un post-cubismo.
Mientras tan sólo históricamente es un post-ultraísmo, un post-futurismo, un post-realismo, etc.
Es, pues, por descendencia o por paralelismo o por oposición, o sencillamente por sucesión
histórica o cronológica un verdadero postismo.

¿qué es precisamente el “juego” en el Postismo? (…) determinados aspectos de relación y


determinada preferencia (cuya expresión se descubre en la repetición el insistir y la vuelta o
retorno) por formas ideológicas, lingüísticas de materiales o de objetos, así como una positiva
diferenciación en todos los elementos expresivos y expresables, hasta llegar a rozar el
monstruosismo, el desequilibrio y la desintegración, es del dominio del “juego”.

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«El rey de las ruinas», Carlos Edmundo de Ory (La flauta prohibida, 1947)

Estoy en la miseria Dios mío qué te importa


Ya mi casa es un dulce terraplén de locura
Un vuelo de lechuzas un río con el fondo
lacrados en mi semblante... ¡Dios mío que te importa!
Mi casa es un relincho de muerto monocromo
cuna de remembranza gran rincón de dolor
Allí ya no se duerme si no es para gritar
con una boca hambrienta de espesas esperanzas
Flores ayer y hoy sus faldas son escombros
Mi rostro de color negro aguanta la puerta
y al fin no sé qué hacer con tanta fotocopia
¡Estoy en la miseria! Se dice la miseria
y nada es la miseria... ¡Dios mío qué miseria!
Por el resuelto abismo subo las escaleras
del torreón oculto para pedir limosna
Entro llamo ay ay ¡Señorito! ¡Ay! ¡Ay!
No puede ser así usted no se parece
¡Aparición! ¿Quién soy? Te pido yo una cama
para abrigar mis labios con un sueño anticuado
No te pongas así no te asustes de mí
¡Ayaymiseñoritoustedyanoeselmismo!
Parece usted de veras un cansado harapiento
Me da pena su ombligo lleno de soledad
Ropa y candela diome y cené con la vieja
con la comadre atónita que mientras como reza
Riendo yo le explico «Soy el rey de las ruinas»
Y ella plasma un quejido «¿Qué es eso señorito?»

«Momento novembrino», Miguel Labordeta (Transeúnte central, 1950)

Largos versos escribo con mi pluma de ave.


Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto
en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.
No estoy triste ni alegre. Más bien un poco turbio,
un poco espada, un mucho vagabundo magnífico
profano de caricias.
(…)
Todo se ha vuelto claro. Nada tiene importancia.
Mi apellido no existe, pues todo fue quimera,
y mi nombre marchitó los espejos dentro de cinco siglos.
(…)
Rasgo todas mis máscaras con un signo de paz.
No quiero ya más templos donde roben mi vuelo,
sino intemperie pura que incendie mi caída.
No más engaños ya. Toda verdad es vana,
casi mentira sólo.
Tienen todos los labios un cárdeno regusto
a planeta perdido sin importarle cómo.

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Miradme. Estoy sin amo. Como un perro sarnoso.


Mi astrónomo amigo ha huido.
No acudió a la cita de la cena.
(…)
En la mágica caverna del cinema
cojo a mi amor la tierna mano fría:
Eres mi dulce odio, emboscada de instinto
hecho con látigo de hechizo tililante.
Mis lascivos propósitos riñe mi niña buena:
¿Por qué no acudes a misa de una y media,
sosito mío...?
¿Por qué no trabajas
como cualquier hombre decente
y ganas un sueldo honorable
con seguro de vida y una vejez tranquila?
¿Por qué escribes suciedades
que además nadie compra
si la vida es bonita? (…)
Fabrico espantapájaros. Al estío le sucede el otoño.
Doy clases de Historia a cretinos simpáticos.
Cada curso tengo un bolsillo menos y una calva más amplia.
A veces oigo música anónima y lloro como un tonto.
Ciertas tardes de fiesta me encierro con mi pena allá dentro.
Pero también acudo los domingos
a los campos de fútbol o a las plazas de toros,
y vislumbro en lo alto de las torres de anuncios
a la pálida doncella inexorable
sonriendo con su puñal de nube
a la ululante muchedumbre
de energúmenos en flor,
¡espléndida cosecha de calaveras para el año 2000!
(…)

«En un café», Carlos Edmundo de Ory (Poesía, 1945-1969)

He vuelto ahora sin saber por qué


a estar triste más triste que un tintero
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero
(…)
No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde

Fragmentos de Homenaje a Bécquer, Juan Eduardo Cirlot (1954-1968)

Y caer
Las oscuras aquellas, las tupidas
Como lágrimas.

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Y caer
Las ardientes, aquellas de rodillas.

Sus nidos como lágrimas del día.


Sus nidos. Sí, sus nidos.
*
De tu jardín absorto y de rodillas,
Las palabras que el vuelo refrenaban.

Pero aquellas oscuras madreselvas,


Pero aquellas tupidas golondrinas,
Pero aquellas cuajadas de rodío.
*
Volverán del amor a tus cristales
Aquellas como lágrimas del día
En tu jardín ardientes a sonar
(…)
Y caer, como lágrimas del día.
Pero aquellas ardientes de rocío
Nidos
Balcón
Jardín
Gotas
Tapias
Vuelo
Día.
*
(…)
En las tapias oscuras a sonar
Las ardientes tupidas.

De tu jardín las golondrinas como


Palabras a escalar
No volverán.

Pero Dios, mudo.


Y caer.

No volverán oscuras ni tupidas.


No volverán ardientes ni palabras.

c) Dau al set

«El nacimiento de Venus», Joan Brossa

Cortina azul. Entra la stripteasera por la mitad de la cortina. Tiene ojos muy expresivos. Va en
traje de calle oscuro. Al quitarse la chaqueta se empiezan a escuchar, lentas, las campanadas de
un reloj: las doce. Cuando suena la última, la chica aún no ha acabado de desnudarse; actúa
seria y vive íntimamente su número.
Cuando ha acabado dice:
«Me cachondeo de todos los dioses». (Recoge la ropa y sale por la derecha). Telón

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«España», Joan Brossa

No existe la censura:
lo que existe es un Servicio de Información Bibliográfica
para evitar posibles perjuicios económicos a los editores.

No hay gente que se muere de hambre:


hay personas que sufren insuficiencias tróficas
debidas a insuficiencias alimentarias.

No hay lucha de clases:


hay tensiones sociales polarizadas en torno a desiguales
repartos de la Renta Nacional.

No hay oposición episcopal:


no se trata de quitar al obispo sino de modificar
las estructuras jerárquicas que no son conscientes
del compromiso con las líneas posconciliares.

No hay partidos políticos:


hay articulación de contrastes de opiniones.

No hay subida de precios:


hay revisión de tarifas.

No hay derecho de huelga:


hay una manera de exteriorizar el conflicto directo.

No hay epidemia de cólera:


hay brotes de diarreas estivales.

No se habla de amnistía,
sino de condena de sanciones.

Etcétera.

d) Los Novísimos
Guillermo Carnero («El poeta es como un lince de Siberia», 1974): «Los teóricos del Arte han
oscilado entre asignarle una función teóricamente mesiánica (aunque el servilismo se disfrace de
«encargo social» como quería Maiakovski) o la abdicación de toda función, ese dignísimo
aislamiento que preconizó Mallarmé (…). Pertenezco a una promoción de poetas entre los que no
hay afinidad ni intercambio de ninguna clase. Una única característica común: el propósito de
restaurar la primacía del lenguaje. Me considero un miembro más de una colectividad, inmerso
con ella en un entorno (…) Expresando lo propiamente individual, intentando analizarlo, el poeta
habrá cumplido sin proponérselo una función social, si los demás sienten esa expresión como
respuesta a interrogantes suyos situados a nivel consciente o no. Milagro del individualismo,
válido para la expresión poética, inválido en otros contextos. (…) la finalidad del lenguaje poético
no es comunicar. La comunicación presupone utilizar signos de significado unívoco mediante los
cuales el escribiente codifica su mensaje, y el legente puede descodificarlo de modo que, por
medio del signo, se opera una transvasación de significado desde la mente del escribiente a la del

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legente. El significado, completo y sin alteraciones, se ve en la comunicación transplantado de


una mente a otra (…) La finalidad de la poesía, y su función en una sociedad que rebaja al nivel
de instrumentos lo que heredó como ideas, es luchar por devolver dignidad y libertad al signo
lingüístico. (…) Todo poema se encuentra en un lugar del continuum que va de la monosemia a
la polisemia ilimitada, con exclusión de esos dos extremos. Podemos dar una definición de poema:
un MENSAJE POLISÉMICO FINITO. La polisemia es susceptible de ser racionalmente
controlada en el momento de la escritura. La actitud poética no es un sacerdocio sino un
artesanado, y el prestigio de que ha disfrutado el poeta durante mucho tiempo por suponérselo
una especie de viajante de comercio centre este mundo y el otro (o cualquier otra trivialidad
semejante) será sustituido por la fascinación que producirá el funcionamiento matemático de las
reglas de cuantificación y control de la polisemia.

Pere Gimferrer (Itinerario de un escritor, 1989): «El primer impulso de escribir lo tuve hacia
los siete u ocho años, y consistió exactamente en novelar, con mayor o menor acierto, una película
de Far-West. Este hecho sólo es un indicio de la fascinación que ofrecía el mundo cinematográfico
para una persona de mi generación (…) El impulso inicial era escribir versos libres, porque se
veía que el verso libre era característico de nuestra poesía (…) [después] leo a Saint-John Perse,
un poco de Eliot (…) En aquel contexto, pues, hay un intento de hacer un tipo de literatura. ¿Qué
tipo de literatura? Una literatura lo más actual posible, lo más diferente posible de la impostura
que la rodeaba y, en consecuencia, lo más cosmopolita posible… una literatura que no iba
directamente contra el entorno social, sino que era una respuesta indirecta que no era política,
sino estética».

«El cine de los sábados», Antonio Martínez Sarrión (Teatro de operaciones, 1967)

maravillas del cine galerías


de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros.

«Cristalería de seda», José María Álvarez

Escucho el Trío nº 6 para piano violín


y violonchello en Si bemol mayor
de Beethoven Miro
los retratos de Borges y de Shakespeare
que me miran
Tengo en mis
manos una
pitillera de plata que compré
a un anticuario en Istanbul
su anagrama bellísimo
GL Quién y cuándo
con cuánto amor encargaría

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esta pieza (…)


Sé lo que nunca
he de tener La página
que nunca será escrita
La mujer que nunca será amada
Los afectos perdidos
Silencioso
afilo
una espada
que también la muerte detendrá
Al tiempo que ha pasado por mi cuerpo
madurándolo abriéndolo
a la sabiduría amor belleza
encomiendo esta hora
Acepto

«Oda a Venecia ante el mar de los teatros», Pere Gimferrer

Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.


Con qué trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Que pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces (…)

«Discurso del método», Guillermo Carnero

En este poema se evitará dentro de lo posible, teniendo en cuenta


las acreditadas nociones de «irracionalidad» y «espontaneidad»
consideradas propias de esta profesión,
usar o mencionar términos inmediatamente reconocibles
como pertenecientes al repertorio de la Lingüística; si se los usa será:
a) sujetándose a hacerlo de manera asistemática, lo que se justifica
en razón de que quien pueda leerlos en su verdadero sentido

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tendrá igualmente presente su contexto;


b) admitiendo que en su valor operativo para los efectos de este poema,
es fácil que tengan, en la Estética tradicional o en el habla común,
equivalentes adecuados
de este modo
se evitará la acusación de cientificismo y otras parecidas
y no resultará el texto mermado en su potencialidad poética
-aunque toda terminología especializada adquiere, por su sentido arcano
Y supuestamente preciso, un gran valor poético.

«Un hombre triste su barco», Ana María Foix (Baladas del dulce Jim, 1969)

Un hombre triste su barco: Alegre, ése fue Jim. Dulce conmigo, mas no risueño; qué corazón.
Jim en el parque, y sin sombrero. Ay dios, qué miedo si es un matón. Ay dios qué pena, si un
día parte como llegó.
Tiene los ojos rojos y on the sea mira como un traidor. ¿Serás payaso?, dije, y sobre el césped se
revolcó. Y eso que no soy niña que con desconocidos antes hablara yo.

Cortaste lirios en las praderas y a Johnny mataste en Nueva York. Fue por amor: bailaba en
Broadway Nancy Flor.

Ah, Dulce Jim qué consuelo cuando los adolescentes se enamoran y de esquina en esquina les
nace en el pecho un corazón.

Dulce Jim vendrá mañana


y nos trae la ilusión.

Un amor tiene cualquiera


pero Dulce Jim, no.

Una ilusión es la quimera de su roto corazón: que, con la primavera a puerto su barco arribará y,
en los parques de las ciudades, historias a las muchachas cantará: la del príncipe y la chica fea,
la flor de Nancy, la habanera, y Johnny el Prometedor.

Un amor tiene cualquiera


mas Dulce Jim, jamás.

¿Si muere Jim, llorarás tú? Va preguntando a las mujeres, arrabaleras, niñeras, quinceañeras.

Parte su barco, rojo por dentro, antes de oír el sí o el no. Ya las respuestas no Je interesan. Ya
nunca baila en Broadway Nancy Flor.

Es Dulce Jim un alma en pena,


mi gran amor,
es un farsante,
un caminante,
un peripuesto hablador,
un traficante de corazones,
un triste amante de Nancy Flor.

Y tiene un perro que ladra fuerte cuando regresa de madrugada al barco que fue de Johnny y de
su amor.

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