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TEORIA

DE LOS GÉNEROS LITERARIOS

T Todorov; Ch. Brooke-Rose, P. Hernadi, A. Fowler,


B. E. Rollin, J. M. Schaeffer, G. Genette, W. D. Stempel,
M. L. Ryan, W. Raíble, N. Salvador Mi guel

COMPILACIÓN DE TEXTOS Y BIBLIOGRAFÍA


Mi guel A. Gar r ido Gallardo

ARCO/ UBROS,SA.
Colección: Bibliotheca PhiloÍagica. Serie Lecturas.
Dirección: Lidio Nieto Jiménez.

© 1933 by ARCO/LIBROS, S. A.
Juan Bautista de Toledo, 28. 28002 Madrid.
ISBN: 84-7635,033-.'l
Depósito Leg-al: M.5835.1988
Librograf, S.A. - Molina Seca, 13 - Fuenlabrada (Madrid)
ÍNDICE

I
ESTUDIO P RELIMINAR
MIG UEL A. GARRIDO GALLARDO: Una vastn paráfrasis de
Aristóteles . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Pág. 9

II
HISTORIA E INSTITUCIÓN
TZVETAN TODOROV: El origen de los géneros . .•. . . . . . . . . . 31
CHRISTINE BROOKE-ROSE: Géneros históricos/Géneros teóricos.
Reflexiones sobre el concepto de lo Fantástico en Todorov . . . . 49
PAUL HERNADI: Orden sin fronteras: últimas contribuciones á la
teoría del género en los países de habú:z inglesa . . . . . . . . . . . 73
ALAS'D\IR FOWLER: Género y canon literario . . . . . . . . . . . . . 95
BERNARD E. ROLLING: Naturaleza, corwención y teoría del género 129
JEAN-MARIE SCHAEFFER: Del t.exto al género. Notas sobre ú:z pro-
blemática genérica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 155

III
LINGÜÍSTICA Y SEMIÓTICA
GÉRARD GENETTE: Géneros, "tipos», rrwdos . . . . . . . . . . . . . 183
WOLF-DIETER STEMPEL: Aspectos genéricos de /.a recepción ·. . 235
MARIE-LAURE RYAN: Hr1áa una teoría de /.a competenáa genérica 253
WOLFGANG RAIBLE: ¿Qué son los géneros? Una respuesto, desde el
punto de vista semiótico y de !.a lingüística textual . . . . . . . . . 303

IV
UN EJEMPLO
NICASIO SALVADOR MIGUEL: "Mester de Clerecía», marbete ca-
mcterizador de u n género literario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 343

V
SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA
SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA: Miguel A Garrido Gallardo 375
I
ESTUDIO PRELIMINAR
UNA VASTA PARÁFRASIS DE ARISTÓTELES
MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO
C. S.f. C. Madrid

A pesar de su redacción provisional y su carácter in­


completo, la Poétira de Aristóteles se ha tenido por la pri­
mera gran Teoría de los géneros literarios, hasta tal punto
que se podría decir que la historia de la teoría genérica
occidental no es, en lo sustancial, más que una vasta pará­
frasis de ella sin que olvidemos la horaciana Epístola a los
Pisones. D esde luego, la afirmación precedente es incontes­
table por lo que hace a la investigación actual.
Aristóteles se enfrenta con los géneros como divisiones
empíricas de las obras que se dan en su tiempo y procede
delimitando las obras de arte literario de las demás artes.
En efecto, serán génel'bs literarios los que utilizan sólo la
lengua natural, es decir, ias diferentes partes de un conjunto
que hasta su momento no tenía nombre y que hoy ·llama­
mos «Literatura» 1•
En la época de Aristóteles un síntoma de que un texto
era literario en otro sentido (de creación) es el hecho de que
haya sido sometido a reglas adicionales de una matriz rít­
mica; dicho brevemente, de que esté en verso. No cabe duda
de que las reglas métricas son un cierto paradigma de to­
da convención («convención» se opone aquí a «necesidad»)
y que lo que caracteriza toda obra de creación es, en prin­
cipio, el arti:,,·io por el que hace caer en la cuenta al re­
ceptor (lector, espectador) de que se encuentra frente a un
tipo especial de «ficción». Pero el verso, advierte Aristóte­
les, no es sinónimo de Literatura, porque puede haber quie­
nes expongan en verso algún tema «de Medicina o de Físi-

1 Cfr. ARISTÓTELES, Poéiúa, 1447 b. Citamos por la ed. nrilingüe de


Valentín García Yedra, Madrid, Gredos, 1974.
10 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

ca» y no por eso son poetas ( creadores, literatos) 2• Como


hay de hecho creadores literarios que no componen en verso,
lo cual no quiere decir que de ningún modo, consciente o
inconsciente, se sometan a convención.
Si la literatura se diferencia de las otras artes por su «me­
dio de imitación» que es la palabra, las obras que la inte­
gran se diferencian entre sí ya por sus registros («objetos imi­
tados,, en Aristóteles) que dan lugar ·ª producciones de
tono alto, medio o elevado, ya por sus géneros («modos de
imitar» en Aristóteles). Detengámonos un momento en este
punto.
Prescindiendo en este capítulo del análisis del concepto
de «imitación» (µiµ71ai�) aristotélico, nos encontramos con
que, según Aristóteles, es posible imitar unas veces narran­
do... o bien presentando a todos los imitados como operantes
o actuantes. Además, la narración puede ser «ya convirtién­
dose (el autor) hasta cierto punto en otro(...), ya como uno
mismo y sin cambiar» 1, apreciación que se inspira en la
doctrina platónica.
En efecto, Platón + había visto la diferenciación entre
la narración simple, la de primera persona (en que se ha­
bla «con uno mismo y sin cambiar» en la expresión aristo­
télica); y la narración imitativa 5, «la que convierte al
autor en otro», y había señalado el hecho frecuente de la
mezcla de una y otra modalidad de discurso. Si no se re­
fiere a la «actuación» puede ser porqúe, desde el punto de
vista del discurso, no hay muchas diferencias aparentes entre
el diálogo del relato y el diálogo teatral.
El caso es que Aristóteles diferencia por el «rrwdo de imi­
tar,, dos apartados: la narración y el drama, y en cada uno
de ellos establece subdivisiones o registros de contenido que
diferencian la «alta literatura»(Sófocles sería similar a Ho­
mero, pues ambos imitan personas esforzadas, aunque el

2 Id., 1447 b.
3
Id., 1448 a.
+ PLATÓN, La República, 392 d. Hemos utilizado la edición bilingue
de J M. Pabón y M. Fernández Galiana, Madrid, Instituto de Estu­
dios Políticos, 1949.
5 Como es obvio, el término mimesis (imitación) está empleado por
Platón en un sentido distinto del que le da Aristóteles.
UNA VASTA PARÁFRASIS DE ARISTÓTELES 11
primero sea dramaturgo y el segundo poeta épico) de la li-
teratura «baja».
A un lector moderno puede extrañar el que nada se ha­
ble de la lírica 6, pero habiendo tornado corno objeto de su
estudio la imitación de acciones sólo con el lenguaje, no se
detiene en las que son fruto de combinación de ritmo y ar­
monía como la «aulética» y la «citarística», ni en las que
-aunque usen la palabra- no consisten en «imitación» o
traslación de acciones.
Se advierte enseguida qu� Aristóteles en su Poética pre­
tende más ,bien realizar una clasificación de las obras para
ejercer la crítica literaria y no tanto proponer un esquema
de las posibilidades de creación. La épica y la dramática
son las dos fórmulas fundamentales del arte «hecho con pa­
labras» en su momento y a ellas se atiene. Que esto es así
se demuestra por el carácter de concreción histórica que da
a estos géneros tanto en sus diversas formulaciones cuanto
en el establecimiento de sus orígenes. Es verdad también,
sin embargo, que considera la Tragedia como el género «ma­
duro» de su tiempo, pues «habiendo nacido al principio co­
mo improvisación -tanto ella como la comedia(... )- fue
tomando cuerpo, al desarrollar sus cultivadores todo lo que
de ella iba apareciendo, y, después de sufrir muchos cam-
bios, la tragedia se detuvo, una vez que alcanzó su propia
natural.eza>, 7• Por otra parte, el hecho de aceptar que un gé­
nero llegue a desarrollar «su propia naturaleza» implica una
concepción orgánica según la cual se llega a un momento
en que una determinada estructura haya ·dado el máximo
rendimiento. Después, no es posible sino que los autores
sepan la fórmula o -hay que pensarlo- que dicha fórmula
desaparezca. Esto es así, aunque quizás sea ir demasiado
lejos en la paráfrasis de Aristóteles.

6 IRENE BEHRENS en su Die Lehre van der Einteilung der Dú:hikunst (Ha­
lle, Beihejte zur Zeitschrijt für romanische Philologie, XCII, 1940) atribuye esta
omisión al carácter eminentemente «musical» de la lírica. Aunque tal
apreciación se ha difundido ( cfr., por ejemplo, J C. GHIANO, Los géne­
ros literarios, Buenos Aires, Nova, 1961) y no cae en el tradicional error
histórico de atribuir la tripartición genérica a Aristóteles, no parece con­
cordar con la realidad. Como dice Gérard Gene1.ie (Introduction a l'archi­
texte, Paris, Seuil, 1979, pág. 8), la tragedia estaba tan ligada a la músi­
ca o más y es objeto de tratamiento extenso en la Poética.
7 ARISTÓT ELES, op. cit., 1449 a.
12 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

En todo caso, podemos hablar de que en la Poética aris­


totélica se toman en consideración dos géneros fundamen­
tales y tres registros o estilos posibles en. cada uno: el alto, el
medio y el bajo, que dan lugar a seis subgéneros de los que
no siempre se pueden aducir muestras copiosas concreta­
das en géneros históricos, pero que resultan evidentes por
deducción. En suma, se trata del si guiente esquema:

Géneros fundamentales
(«modos de imitar»)

Poesía (Creación) Poesía (Creación)


épica dramática

bajo bajo
Estilo o registro («ob- l ·
me¿10 medio ) Subgéneros
jetos imitados»)
alto (Epopeya) alto (Tragedia)

Aristóteles no admite la posible mezcla de los estilos en


virtud de la concepción de la antigüedad clásica sobre la

duda, como advierte Auerbach 8 una estructura social


unidad y rotundidad del mundo. Esta concepción subraya, sin

fuertemente diferenciada y aceptada como inamovible. El


dios mitológico, el héroe, el rey están en una esfera propia
que !1º es pensable «mezclar» eón la esfera de lo bajo, que
-en todo caso- hará un papel risible cuando sea objeto
de tratamien to.
Todos los autores han observado el hecho de que, tras
la introducción, la Poética se consagra casi totalmente sólo
a dos géneros históricos:. la Tragedia (que lleva la parte del
león) y la Epopeya. Si no se debe a que el original se nos
haya transmitido incompleto, podríamos pensar que esto es
coherente con la visión a que venimos aludiendo. Sólo los
géneros literarios pertenecientes al registro «alto» merecen
una crítica detenida. De alguna manera, se produce un es­
quema de la institución literaria que tiene vigencia en nues-

8 E. AUERBACH, lvfirr,esis. Darge;tellte Werlichkeit in der Abendliindischen Li­


teratur, Berna, Franke, 1942. Cfr. págs. 9-54 de la traducción castellana
(México, F.C. K, 1950).
UNA VASTA PARÁFRASIS DE AR.ISTITTELES 13
tra actualidad. La literatura consagrada por la tradición aca­
démica es objeto de estudio y de una cierta veneración,
mientras que existen otras obras, calificadas también en las . ·
bibliotecas bajo el epí grafe «literatura», que no son di gnas
de ser consideradas sino como «cultura de masas». Claro
que la homología no es absoluta. Si dentro del concepto «li­
teratura» caben, en el estudio de nuestra h.istoria literaria,
tanto el auto sacramenta,! como la comedia de capa y espada, en
un recorrido tan amplio como el que va de la tragedia a la
comedia aristotélica; ahora el epígrafe soporta una c:arga que
va, por ejemplo, desde las grandes novelas contemporáneas
a las fotonovelas o novelas del corazón, novelas de espio­
naje, etc.
Digamos también que si bien Aristóteles no escribe so­
bre la posibilidad de la existencia histórica de otros géne­
ros fuera de los previstos en su Poética, tampoco la niega.
· Lo del dasicisrrw es muy posterior.
Los criterios aristotélicos para clasificar los g€:neros li­
terarios son fundamentalmente de tres tipos: de contenido,
formales y discursivos.
En cuanto al contenido, ya hemos visto la clasificación
por registros que da lugar a subgéneros, según se imite a
«hombres mejores, semejantes o peores». La división «por
el modo» comprende tanto problemas de forma (metro)
cuanto de estructura discursiva.
Aristóteles, al no haber sometido a observación obras
como la poesfalírica o el ensayo literario, entiende por con­
tenido realidades de tipo referencial, mientras que ·-en la
actualidad- en contenido podemos incluir tanto lo refe­
rencial como el discurso abstracto.
Se sugiere también con sagacidad en la Poética la nece­
sidad de una cierta congruencia entre metro y estructura.
Así, «al principio, en efecto, usaban tetrámetro porque la
poesía era satírica y más acomodada a la danza; pero de­
sarrollado el diálogo, la naturaleza misma halló el metro
aprópiado (para la Tragedia); pues el yámbico es el más apto
de los metros para conversar; pero hexámetros 9, pocas ve­
ces y saliéndonos del tono de la conversación» :ri.

9 Recuérdese que el hexámetro es el metro de la Epopeya.


10 ARISTÓTELES, op. cit., 1449 a.
14 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

Sin embargo, la clasificación de los arquetipos o géne­


ros fundamentales es sin duda _discursiva. Cómo advierte
Aristóteles, a un mismo contenido («imitación de hombre
esforzado y con argu mento») responden diferentes géneros
como la Tragedia (actuación de los personajes y variació­
nes de metro) y la Epopeya (relato y metro uniforme), con­
creciones respectivamente de la poesía dramática y la poe­
sía épica.
También el receptor es tenido en cuenta en este proce­
so de comunicación cuyos mensajes se están clasificando.
De la Tragedia se indica, (además de que es «imitación de
una acción esforzada y completa» y que «es áctuación y no
relato») que «mediante compasión y temor lleva a la pur­
gación de tales afecciones» 11•
Detengámonos ahora sobre la sugerencia que se halla
implícita en aquello que en los clasicismos llegó a ser la fa­
mosa unidad de tiempo (la tragedia frente a la epopeya, «se
esfuerza lo más posible por atenerse a una revolución del
sol o excederla poco»). Aunque aquí también el punto de
referencia es meramente descriptivo, de una situación tal
corno se da en un momento y sin intención de elevarla a
principio 12, puede deducirse la posibilidad de diferencia­
ción entre el diálogo de la Epopeya y el diálogo dramático
(para el teatro). El hecho de que en la Epopeya pueda ha­
ber también diálogos y, por consi gu iente, no sólo sean dia­
lóguos los textos que se construyen para la representación,
no demuestra sin más que los pasajes dialogados sean iguales
en ambos géneros y que la actuación a la que están desti­
nados sea algo externo sin repercusión en �l texto dramá­
tico mismo. Al contrario, tendremos que preguntarnos si
el diálogo incluido en el contexto del relato responde a un
principio constructivo distinto (por las referencias intratex­
tuales, por ejemplo) al de la obra dramática que ha de in­
cluir todo el contenido semántico en el texto dialogado mis­
mo ( con todos los apartes, voces en off, etc. que se quieran).

11
Id., !�49 b. Es�a afirmac!ón respecto de la finalidad, implica un
rn sgo tematrco del genero lnstonco «tragedia» («lo trágico") que nada
tiene que ver con el aspecto discursivo del arquetipo.
12
En efecto, Aristóteles dice: «aunque, al principio, lo mismo ha­
cían esto (el no poner límites al tiempo) en las tragedias que en los poe­
mas épicos» (!bid., 1449 b.).
UNA VAS'D\ PARÁFRASIS DE ARISTÓTELES 15
Según esto, no sólo hemos de intentar oponer relato y
diálogo -lo que es evidente-, sino también habría que in­
vestigar si hay diferencias entre diálogo para el relato y diá­
logo para la representación. Como veremos ense gu ida, la
falta de una teorización aristotélica sobre el teatro como es­
pectáculo, además de texto dramático y en relación con él,
deja incompleta la distinción de estos dos géneros tal como
están descritos en la Poética.
Según Aristóteles, las partes de la tragedia son seis: «la
fábula, los caracteres, la elocución, el pensamiento, el es­
pectáculo y la melopeya» 13• El más importante de estos
elementos -si gue diciendo- es la fábula, ya que la Tra­
gedia «es, en efecto, imitación de una accción, y, a causa
de ésta, sobre todo, de los que actúan» ( ... ); el espectáculo,
en cambio, es cosa seductora, pero muy ajena al arte y la
menos propia de la poética, pues la fuerza· de la tragedia
existe también sin representación y sin actores. Además, pa­
ra el montaje de los espectáculos es más valioso el arte del
que fabrica los trastos que el de los poetas» 14•
Sin duda, estarnos aquí de nuevo ante la descripción de
una realidad meramente histórica. El teatro anterior al que
nos describe en la Poética tenía un carácter muy distinto. al
de la representación de un texto fijo 15, el teatro moderno,
en una gran medida, otorga una importancia secundaria
al texto dramático para subrayar }a importancia decisiva del
«texto teatral» 16, ese que se realiza a lo largo de cada re­
presentación y que convertirá a cada una de las represen -
taciones en algo único.
Hoy no se está de acuerdo sin más con Aristóteles en
que la puesta en escena teatral se refiera fundamentalmente
a una cuestión externa, de tecnología («el arte del que fabri­
ca los trastos"), porque en la historia del teatro las diversas
posibilidades de representación han tenido que influir -ya
lo hemos dicho- en la elaboración del texto dramático que

13 Id., 1450 a.
14
Id., 14.�0 b.
15
Cfr. Id. 1449 a.
a un lúcido planteamiento de ese problema en J. L. GARCÍA
16 H y

BARRIENTOS, «Escritural&tuación. Para una teoría del teatro», Segismun­


do, 33/34, 1981, págs. 9-50.
16 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

es sólo una pieza de la_ información que va a recibir el


espectador..
Sí se podría estar de acuerdo en que los problemas de
«teatro» son «los menos propios de la poética»: en efecto,
si concebimos la poética como teoría de los géneros litera­
rios y la literatura es el conjunto de textos «hechos con pa­
labras», aquélla sólo debe ocuparse del texto dramático que
se actúa o -en el límite- del texto dramático que resulta
de la iniciativa más o menos libre de los actores: en todo
caso, de un texto lingüístico previsto para su «actuación»
o un texto lingüístico resultado de ella. Desde este punto
de vista el texto dramático condiciorzado por la actuación -y
sólo él- debe ser objeto de la Poética del teatro, aunque no
se puedan desconocer los condicionantes.
En el resto de la Poética se nos habla de las característi­
cas (preceptivas) de cada género, se nos ofrece un conjun­
to de normas del uso literario del len guaje (gramaticales y
retóricas) y se termina señalando la superioridad, en opi­
nión de Aristóteles, de la Tragedia sobre la Epopeya.
No nos interesa aquí entrar en el pormenor de cada gé­
nero en particular, ni tocar temas, como las partes de la
oración, tan alejados hoy de los estudios sobre los géneros.
Es necesario, en cambio, recoger al guna observación sobre
el carácter «literario» de los géneros frente a los «géneros»
no literarios.
Aristóteles diferencia la poesía (obra de creación) y la
historia por el hecho de «que no corresponde al poeta de­
cir lo que ha sucedido sino lo que podría suceder, esto es,
lo posible según la verosimilitud o la necesidad» 17• El
autor de la Poética insiste en este lugar sobre la irrelevancia
de la oposición entre verso y prosa («pues sería posible ver­
sificar las obras de Herodoto, y no serían menos historia
en verso que en prosa»).
Como hemos dicho en otra parte, el verso puede ser uno
de los síntomas de que la obra esté codificada como «obra
literaria». En todo caso, la 0bra literaria se distin gue por
un carácter cuyas marcas son sintomáticas y cuya confir­
mación corresponde -se diría hoy- a una situación prag­
mática. Es lo que la Poética sugiere en un comentado pasa,

17
ARISTÓTELES, op. cit., 1451 a.
UNA VASTA P1'RÁFRASIS DE ARISTÓTELES 17
je: «( ...) la poesía dice más bien lo general, y la historia,
lo particular. Es general a qué tipo de hombres les ocurre.·
decir o hacer tales o cuales cosas verosímil o necesariamente,
que es a lo que tiende la poesía» 1ª. Se trata de los proble­
mas imbricados de lo «ficcional» y lo «literario» 19•
Carece de importancia el hecho histórico concreto, que
se comenta, de que la tragedia de su tiempo, a diferencia
de la comedia, se atenía a nombres que habían existido, en-
tendiendo, claro es, por existencia histórica algo muy dis­
tinto de lo que entendería un historiador actual.
Tampoco se deben confundir los efectos producidos por
factores ajenos al texto y los que produce el texto mismo,
pues -en el teatro- «el temor y la compasión pueden na- ·
cer del espectáculo, pero también de fa estructura misma
de los hechos, lo cual es mejor para el poeta» 2º. Prescin­
diendo ahora de la observación práctica de Aristóteles (de­
jar los efectos al montaje «produce gastos»), lo reseñable es
cómo se insiste aquí en el carácter lingüístico textual de los
objetos de la Poética.
Las recomendaciones concretas que luego se añaden pa­
ra la composición de la fábula pertenecen ya a un nivel teó­
rico distinto. La historia ha demostrado hasta qué punto
resulta falso considerar una obra o un conjunto de obras
cualesquiera como modelo intangible. Sin embargo, dichas
recomendaciones ilustran otro hecho ya mencionado, la con­
ciencia de que el género se propaga y consolida mediante
la recreación por parte de otros autores de un hallazgo con
éxito de un autor anterior cuya fórmula tiene una vigencia
d_e mayor o menor duración, pero que �en la medida de
que no sea un hecho aislado- en todo caso es registrada
como «género» por la historia de la literatura.
Otra indicación reseñable por la actual teoría de los gé­
neros se encuentra en el hecho de que Aristóteles pueda enu­
merar cuatro clases de tragedias, según el elemento -de
entre los que él distingue- que predomine. Así, los géne­
ros O· divisiones de los textos literarios son multiplicables ad

18 Id., 1451 b.
19
Vid. W. MIGNOLO, Teoría del texto e interpretación de textos, México,
U.N.A.M., 1986, págs. 64-68.
2
º Id. ARISTÓTELES, op. cit., 1453 b.
18 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

infinitum: en nuestro cuadro antes aducido, encontraríamos


dos géneros fundamentales o tipos, por tres subgéneros o
registros por ( en cada caso) n géneros históricos según ca­
racterizaciones comunes a varias obras que pueden formar
subgrupos de subgéneros observables en un corpus dado.
La digresión aristotélica sobre elocución, por otra par­
te ' además de ser síntoma de una cierta indiferenciación
de los saberes al incluir problemas meramente gramatica-
les en la Poética, es también indicio de una a gu da obser­
vación en la línea de que las obras literarias «se fabrican»
con las lenguas naturales.
Segu ramente pertenece a la certera intuición, hoy muy
en entredicho, pero que ha hecho correr ríos de tinta, de
que los géneros son «literarios» cuando participan de la «len­
gu a literaria» o modo de codificar que se aparta de la len­
gu a estándar, lo que en palabras de Aristóteles se traduce
en que «la excelencia de la elocución consiste en que sea
clara sin ser baja» 21• Las «figuras» y las «licencias» son ca­
racterísticas del subsistema literario que, en el límite, tien­
de a constituirse como un código totalmente aparte del de
la lengu a común.
No se le escapa a Aristóteles, sin embargo, la dificultad
que puede haber en la construcción de una lengua total­
mente «extraña»:

También contribuyen mucho a la claridad de la elocu­


ción y a evitar su vulgaridad los alargamientos, apócopes
y alteraciones de los vocablos; pues por no ser como el
usual, apartándose de lo corriente, evitará la vulgaridad,
y, por participar de lo corriente, habrá claridad 22•

El discurso debe resolverse en una sabia combinación


de redundancia e información; ésta sería la fórmula, en clave
de Teoría de la información, que traduciría hoy a la letra
la a guda observación aristotélica.
Sin duda, las desviaciones del subcódigo literario están
sometidas a reglas, de forma que no es posible su uso in­
discriminado. Ni es literario un texto porque se usen esas
fórmulas, ni pueden usarse sin ninguna limitación: «en efec-

21 Id., 1458 a.
22 Id., 1458 b.
UNA vASTA PARÁFRASIS DE ARISTárELES 19
to, quien use metáforas, palabra extrañas y demás figuras
sin venir a cuento, conseguirá lo mismo que si buscase adre­
de un efecto ridículo» 23• No dice Aristóteles, ni podemos
decir nosotros muchos siglos después, cuántas y cuáles son
las reglas que hacen que «vengan a cuento» en unos mo­
m�ntos sí y en otros no los «extrañamientos», éstos sí, co­
dificados desde la antigua Retórica en un sistma que viene
a ser aproximadamente el mismo que puede ofrecerse hoy
con los actuales instrumentos de análisis lingüísticos 24•
Hay, sin embargo, una advertencia, en relación con la
métrica, digna de atención. Aristóteles afirma que «en los
versos heroicos pueden usarse todos los recursos mencio­
nados, pero en los yámbicos, por ser los que más imitan
el lenguaje ordinário,. son adecuados los vocablos que uno
usaría también en prosa» 25• Verso y registro aparecen así,
como restricciones claras para determinar la adecuación o
no de los recursos literarios empleados.
Dejemos, sin embargo, esta importante cuestión que
afecta a un planteamiento general de la teoría literaria más
que a la teoría de los géneros mismos. Por lo demás, el resto
de los temas de la Poética son menos pertinentes aún, pues
o bien pertenecen a cuestiones de los dos géneros concre­
tos tratados in ex-tenso, o bien se refieren al carácter norma­
tivo �de preceptiva- que, como hemos dicho, tenía en la
mente aristotélica los mejores desarrollos de los géneros his­
tóricamente existentes en su momento.
Llaman la atención, sin embargo, muchos aspectos que
aquí no desarrollamos. La preponderancia que se otorga
a la fabula o estructura del relato que sólo muy reciente­
mente ha conseguido una atención preferente en la crítica
occidental, la aludida consideración del efecto sobre el re­
ceptor como una posibilidad de caracterizar los géneros li­
terarios, que se halla implícita en la doctrina de la catarsis,
la comparación entre obras y géneros concretos como fuente
de su teoría y el continuo movimiento dialéctico entre teo­
ría y género concreto, género concreto y teoría, etc.

2:1 Ibzd.
J.
'14 Cfr., para ejemplo, DUBOIS y otros, Rhétorique de /.a poésie, Bru­
selas, Complexe, 1977.
25 ARISTITTELES, op. cit., 1459 a.
20 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

Insistamos, en fin; en que a pesar de la larga historia


de reflexión sobre el monumento aristotélico, la Poética si­
gue siendo la gran obra de referencia sobre los géneros li­
terarios. La intuición. aristotélica que separa la «ficción» (re­
lato contado o representado) de los géneros no miméticos
y las diferenciaciones .entre poesía épica y poesía dramáti­
ca, más todo lo dicho, no son cuestiones muy diferentes de
las que abordan los críticos contemporáneos.

·n
Después de todos estos siglos, los géneros sigu en sien­
do una cuestión fundamental de la Teoría de la literatur;i.
Superando los extremos de las adopciones rígidamente pre­
ceptivas de la doctrina aristotélica en las estétic�s clasicis­
tas y el embate idealista del siglo pasado que negó pura­
mente su existencia (Croce dixit), el género se nos presenta
como un horizonte de expectativas para el autor, que siem­
pre escribe en los moldes de esta institución literaria aun­
que sea para negarla; es una marca para el lector que ob-
. tiene así una idea previa de lo que va a encontrar cuando
abre lo que se llama una novela o un poema; y es una se­
ñal para la sociedad que caracteriza como literario un tex­
to que tal vez podría ser circulado sin prestar atención a
su condición de artístico 26•
La usual mención del género literario a que pertenece
el libro impresa en la propia obra o expresada implícita­
mente mediante su adscripción a una colección, supone, co­
mo acabamos de decir, una orientación para el lector y para
el público en general. La información, sin embargo, es más
o menos amplia. El rótulo «Colección de poesía» escrito en
algún sitio de un libro contemporáneo nos da a conocer que
se trata: a) de una obra literaria, b) en verso o en prosa
poética, c) probablemente lírica (un relato o un drama en
verso se clasificaría como novela, novela corta, cuento, etc.,
y teatro, respectivamente). Si el libro añade «sonetos», sa­
bemos ya que nos las hemos de haber con una forma mé-

26
Así lo sostengo en mis Estudios de semiótica literaria, :Madrid,
C.S.I.C., 1982, pág. 83 y SS.
UNA VASTA PARÁFRASIS DE ARISTárELES 21
trica concreta y -según nuestros conocimientos- podemos
prever una gama de posibilidades en cuanto a contenido.
Si, además, podemos leer «soneto amoroso», es mucho lo
que sabemos antes de ponernos a la lectura.
Claro que la misma orientación puede haber sido utili­
zada por el autor como factor sorpresa y resulta que en la
«novela» qúe abrimos no se encuentra ningún relato o que
la columna de periódico que leemos -adscrita, en princi­
pio, a un «género no literario»- sea, en realidad, un poe­
ma perfectamente metrificado en lo que lo único que se ha
transgredido es la convención de los renglones cortos, en
vez de los cuales se han colocado los versos uno detrás de
otro en disposición de prosa. En todo caso, si procedimientos
extremos corno éstos llaman la atención, es indudable que
la convención genérica existe. Si no, el lector no se daría
cuenta de que está ante un «extrañamiento».
Hemos dicho que el modelo de la Poética aristotélica es·
un modelo histórico. Tenemos que subrayarlo ante las rei­
teraciones pretéricas de los inténtos clasicistas y las tenden­
cias actuales de otorgar una intemporalidad no matizada
a sus princ1p10s.
Sin duda, la clasificación por géneros literarios va uni­
da indisolublemente a la historia de las series de modelos
estilísticos que han tenido una vigencia y que han desapa­
recido o pueden desaparecer. Difícilmente hoy nadie escri­
biría una Epopeya como la !liada ni un poema épico como
La Araucana. La novela como haz de rasgos 27 estilísticos tie­
ne ya una vigencia de varios siglos, pero no tiene garanti­
zada la eternidad de su permanencia. Es más, dicha vigencia
aparece como probleraática en cuanto nos damos cuenta,
por ejemplo, de que bajo el mismo rótulo de «novela» se
clasifican El Qu&ote, Ulises o Rayuela.
Los géneros, pues, remiten a coordenadas espacio-tem­
porales. Son, sí, manifestación de las posibilidades creado­
ras del hombre, pero también de la temporalidad de todo
quehacer humano. ¿Oué tiene que ver la especificación

27 Cfr. B. TOMACHEVSKI, «Thémaóque», en T. Todorov ( compila­

dor y traductor), Théorie de !a littérature. Textes des jormalistes russes. Paris,


Seuil, 1965. Traducción castellana. Buenos Aires, Si gno, 1970, págs.
199-232. Vid. especialmente págs. 228-232.
22 MlGUEL A. GARRIDO GALLARDO

-probablemente genenca- del Mest,er de Cwrecía 28 con la


división entre novelas, poesías y obras de teatro en que ca­
si se agota la escritura de creación contemporánea si no en­
tramos en problemas de géneros fronterizos como el ensa­
yo o determinados tratamientos de géneros periodísticos?
Géneros y diacronía están, pues, inextricablemente re­
lacionados. En cada época histórico-literaria un autor ha
producido un hallazgo ( ese haz estilístico a que antes nos
referíamos) y otros muchos autores han segu ido la fórmu­
la como una receta, imitándola sin conseguirla o superando
. sus resultados. Esto no es exclusivo de las épocas rlásicas,
que reconocían como finalidad la imitación de un mo­
delo. Toda la Literatura -como institución social- fun­
ciona así.
El género, como forma histórica, ha nacido en un mo­
mento dado, sin duda casi siempre como una fórmula límite
de otro género preexistente 29• No es aventurado suponer
que El Qujot,e fue sentido en su tiempo como una novedosa
novela paródica de caballerías. En ese momento inicial, no
tenemos «novela moderna» o «novela existencial». Pero en
cuanto otros autores han se guido por ese mismo camino
conscientemente y los lectores pueden «reconocer» un con­
junto que nada tiene que ver con las novelas de caballe­
rías, pero sí con El Qu&"ot,e, estamos ante un género, cauce
para el autor y síntoma para el lector. Y es entonces cuan­
do los teóricos se afanarán en definir los rasgos «propios»
del género o intentarán explicar ese producto histórico en
función de las teorizaciones generales que englobaban a los
géneros históricos conocidos con anterioridad.
Quede claro, sin embargo, que no se ha querido decir
aquí que El Qujot,e -ni nin guna otra obra� funde un gé­
nero en sentido radical. El paso de una tradición estilística
a otra se debe producir como fenómeno de alteración dia­
lectal con inicios simultáneos, titubeos, líneas de fluctua-

28 Cfr. N. SALVADOR MIGUEL, «Meter de Clerecía, marbete caracte-


rizador de un género literario», Revista de Literatura' XLI ' 82 ' 1979 '
págs. 5-30.
-'9 \'l
'"d· �"'· L,
AZARO G�ARRETER, «Sobre
el género literario», Boletín
de � Academza Puertomqueña, de la Lengua Española, II, 1974. Ahora en Es­
,
tudios de Poetua, _
Madnd, Taurus, 1976, págs. 113-120. Para la cuestión
señalada, págs. 117-118.
UNA VASTA PARÁFRASIS DE ARISTÓTELES 23
ción, etc. hasta llegar a la forma triunfante. Nótese que si
no. es posible hoy hablar de Ley Fonética en sentido estric­
to, mucho menos será posible hablar de Ley Literaria. Lo
que entra en juego en ella afecta tan de lleno al nivel se­
mántico del lenguaje que se ha de suponer que su evolu­
ción histórica atañe a un número mucho mayor de unida­
des y, por consi guiente, no goza de prácticamente nin gu na
previsibilidad 30•
Pasemos al otro extremo. Se ha dicho ya muchas veces
que la pretensión de la lingüística idealista, es ri gurosamente
contradictoria con la noción de Ciencia._ Esta trata, por de­
finición, de lo general: por ello la clasificación genérica es
de orden científico. Pero si, como preconiza la escuela idea­
lista, cada acto de la palabra fuera genial: único, irrepeti­
ble, radicalmente original y sin posible parentescÓ con otro,
sin duda cada obra constituiría un género distinto o, dicho
de otro modo, no habría géneros. La experiencia está del
lado de la posibilidad de observar afinidades entre obras
y no del de la absoluta originalidad. Por otra parte, el fun­
dador de un género puede ser un artista mediocre y un con­
tinuador puede llegar a ser genial. La oposición de que ve­
nimos tratando es más que ingenua: se trata de un falso
problema.
En efecto, el autor que no sigue las reglas del género
en cuya adscripción estamos tentados de amparar su obra,
puede hacerlo por dos motivos: por incompetencia o por­
que está roturando nuevos caminos. La línea divisoria
entre el se gu idor torpe y el inventor genial no es tan, grue­
sa como para ser divisada inequívocamente en todos los
casos. Si, como hemos dicho, el género es una «institu­
ción»,

es lógico que en ella se den, además del fundador que


trace una primera obra modélica o programática, afiliados
que sigan a la letra y escrupulosamente a ese fundador co­
mo modelo, perezosos que lo olviden, reformadores que lo
pongan de nuevo en vigor o lo adapten a circunstáncias

3° Cfr. W. NÓTH, «Homeostasis and equilibrium in Linguistics and


Text Analysis», Semiotica, XIV, 3, 1975, págs. 222-244. Vid. M. L.
RYAN, «Toward a competence theory of genre», Poetics, VIII, 3, 1979,
págs. 307-337.
24 MIGUEL A. GARRIDO GAi.LARDO

históricas nuevas, detractores que lo critiquén, contradigan


Oparodien, buscando sus limitaciones; teóricos que en ca­
da momento traten de fijar, a veces pedantemente, sus
caracteres; aniquiladores que lo combatan y lo acaben, des�
truyéndolo o agotándolo; continuadores qué recojan elpres­
tigio de su nombre para nuevas realidades por ellos fun­
dadas o que en época distinta pongan nuevos nombres a
cosas que en fin de cuentas resultan tan semejantes
31
quepo­
drían ser llamadas con i gual denominación •

P ero los géneros tampoco son un producto meramente


hi tórico-social o fruto de una evolución necesaria, como
s
pudo sostenerse por los cientifistas del siglo XIX, q:1� qu �­
rían reducir todo a una suerte de esquema darwmista
3

Dependen d e las posibilidades creadoras del hombre y es­


tán limitados por las reglas de funcionamiento del len gua­
je. Contra lo que hemos dicho antes, hoy al guien podría
empeñars� en escrib�r una epopeya (ot�a cosa es la reper­
cusión social que tuviera), pero no podna ser autor de una
fórmula nueva -evolución incluso de otra actual- rigu­
rosamente ininteligible. Los poemas :realizados puramente
con sonidos sin la codificación de lengua natural alguna per­
tenecen -por definición- a otra esfera del arte (¿la mú-
sica?), pero no a la literatura.
En cua....11to al problema de confrontación del marbete
genérico y la singularidad de la obra, hay que tener en cuen­
ta además de lo dicho a propósito de la genialidad del autor,
la' identidad -aunque sea sólo de registros lingüísticos­
que subyace en obras aparentemente muy distintas. Los for­
malistas rusos pusieron ya de relieve a principios de siglo
la importancia, en este aspecto, de la subliteratura, y en
la década de los 60 y los 70 los. abundantes estudios sobre
estructura de la comunicación narrativa han demostrado que
el esquema básico del relato y las variantes combinatorias
posibles son las mismas en la elocución sin intencionalidad

31 . M. DÍEZ TABOADA, «Notas sobre un planteamiento moderno


J
de Ja Teoría de los géneros literarios», Homenajes. Estudios de Filología Es­
pañola ]] Madrid, 1965, pág. 15.
32 Cfr. BRUNETIERE, L'evolution des genres dans l'histoire de !,a littérature
.fraTlfaÍSe. Jntroduction. L'éuolution de la critique depuis la Renaissance jusqu 'a nos
Jours, París, Hachette, 1890.
UNA VASTA PARÁFRASIS DE ARISTÓTELES 25
artística, en la de productos de la cultura de masas y en
la alta literatura 33•
Tienen sentido, en consecuencia, las agrupaciones que
llamamos «género», pues, sin despreciar la capacidad .crea­
dora de cada autor genial, éste no ha podido ir nunca más
allá de la posibilidades de juego que le ofrece la lengua na­
tural de que se trate. La riqueza de contenido, la perfec­
ción de la expresión y la adecuada relación entre conteni­
do y expresión (esto es, las formas estilísticas del género)
serán las bases de la calificación del valor estético de la obra,
de la consideración del genio.
La genialidad puede radicar también en forzar al códi­
go a nuevos mensajes no previstos hasta el momento, lo que,
como hemos dicho, será sentido por el receptor como una
desviación con respecto a la institución que él esperaba, aun­
que históricamente puede revelarse como la eclosión de un
género distinto.
¿Cuál es la importancia de la categoría «género» en los
estudios literarios?
Dado que todo estudio científico, antes o después, tie­
ne que clasificar los objetos de su interés, la división por
géneros es, como sigue. diciendo Díez Taboada, la más in -
trínseca de cuantas sé pueden establecer en la Literatu­
ra 34• Las clasificaciones por escuelas, generaciones, movi­
mientos, épocas, etc., están ligadas con el objeto literario,
pero precisamente lo están -como hemos expuesto- a tra­
vés de la institución del género.
El género, en efecto, por una parte, es estructura de la
obra misma y, por otra, vehículo de comparación con las
demás de su época y de toda la historia. La peculiaridad
estilística de un producto resaltará sin duda más, puesto en
relación con todos los que comparten esa estructura común
que se llama género.
Por otra parte, el género, al situarse en una zona inter­
media entre la obra individual y la literatura toda como
institución, nos permite indagar las relaciones entre estruc­
tura y temática, forma (del contenido y de la expresión) e
historia. ¿Cuáles son las realidades sociales que en un mo-
33 Cfr. Commu.nications, IV, 1964 y VIII, 1966. Existe traducción cas­
tellana en la ed. de Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo.
34 J. M. DÍEZ TABOADA, op. cit., pág. 19.
26 MIGUEL A. GARRIDO GALLARDO

mento dado invitan a unas formas y prohfben otras? ¿Cuáles


son los temas que pueden ser tratados en una determina­
da estructura o cuáles aquellos que, de hecho, no se han
intentado nunca o sus intentos han resultado fallidos?
Además, si la obra es colaboración del hombre con el
len guaje, ¿qué posibilidades y qué límites ofrece éste a juz­
gar por los géneros en que se manifiesta?
Parece que no debe caber duda acerca de que el estu­
dio de los géneros liter�rios es una encrucijada privilegia­
da para otear los principales problemas de la teoría de la
literatura atendiendo a la vez a la creación individual, al
componente lingüístico y al factor social.
Cuanto acabamos de decir deja apuntada la compleji­
dad de la cuestión cuya teoría hemos pretendido compen­
diar en los trabajos que ofrecemos aquí.
De lo dicho podemos deducir también que género lite­
rario es cada uno de los apartados en que se divide el con­
junto de las obras literarias, pero, como señala Todorov 35,
eso no sería más que un juego metalingüístico que nada
aclara. En efecto, el género consiste en una división de la
literatura, pero ¿en qué consiste esa división?
En cuanto a la vieja cuestión del número, intuimos una
doble vía, la que nos lleva a recordar la clasificación sabi­
da desde la escuela, que habla de Épica, Lírica, Drarna y
quizá algún género más variable de unos autores a otros
y la gran multiplicidad de ellos que ofrecen las historias de
la literatura. Espontáneamente estamos tentados de pensar
que existen unos grandes géneros que engloban a los de­
más como subdivisiones. Sobre esto también encontrará el
lector páginas iluminadoras.

III

Los trabajos escogidos en esta antología responden a los


topoi «aristotélicos» que acabamos de plantear. Hemos he­
cho un gran esfuerzo para que la selección fuera lo más bre­
ve posible sin dejar por ello de tocar ningún tema impor-

35 T. TODOROV, «L'origine des genres», en Les genres du discours, Pa­

ris, Seuil, 1978, pág. 47.


UNA VASTA PARÁFRASIS DE ARISTÓTELES 27
tante. Con este volumen, hemos pretendido conseguir a la
vez un resumen de los puntos tratados en los libros más sol­
ventes de la última Teoría de los géneros, como los de
P. Hernadi 36--, W. Hempfer 37 o G. Genette � y una pues­
ta al día ri gurosa de las cuestiones en discusión durante la
última década.
En cuanto a su- ordenación, responde a las característi­
cas de los géneros que hemos visto: institución, hecho his­
tórico, hecho de lenguaje. Pero como est,;ts cualidades se pre­
sentan, según hemos estudiado, inextricablemente unidas,
la división en apartados pretende señalar acaso insistencias,
pero no deja de ser arbitraria. El ejemplo es un botón de
muestra de posibles aplicaciones al corpus literario en es­
pañol.
Lo dicho. He aquí un compendio de una modernísima
teoría inventada por un tal Aristóteles hace tan sólo casi
veinticuatro siglos.
Madrid, diciembre de 1987

P .S. Como es natural, cada traductor es totalmente res­


ponsable de su trabajo. Por mi parte, me he limitado a ha­
cerles dos indicaciones: el término inglés romance, que equi­
vale aproximadamente a la expresión «relato fantástico» o
«relato idealizado», no tiene traducción en la tabla genéri­
ca del castellano, por lo que me parece lo mejor dejarlo,
como tal, en cursiva.
La expresión inglesa Speech Act (y la francesa acte. de 1a
parole, cuando es traducción de aquélla), se ha traducido co­
mo acto de lenguaje, ya que los castellanos fcnguay'elfcngualhahfa
se reparten el espacio semántico del inglés 1anguagelspeech y,
en la teoría de referencia, el acto comunicativo que se pre­
tende describir no es pura «habla», aunque mucho menos
es pura «lengua».

:l6 P. HERNADI, Beyond genre. New directions in literary classificatión. Itha­


ca y Londres. Cornell Univ. Press, 1972. Existe una deficiente traduc­
ción castellana (Barcelona, Bosch, 1978).
ll W. HEMPFER, Gattungstheorie, Munich, Fínk, 1973.
38 G. GENETTE, Introduction a l'architexte. París, Seuil, 1979.
II
HISTORIA E INSTITUCIÓN
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS
TZVETAN TODOROV
C.N.R.S. París

I
Se guir ocupándose de los géneros puede parecer en
nuestros días un pasatiempo ocioso además de anacróni­
co. Todos saben que existían -baladas, odas y sonetos,
tragedias y comedias- en tiempos de los clásicos, pero,
¿hoy? Incluso los géneros del siglo xrx, que, 8in embar­
go, no son para nosotros géneros de un modo absoluto
-poesía, novela-, parece que se disgreguen, por lo menos
en la literatura «que cuenta». Como escribía Mauric� Blan­
chot de un escritor moderno, Hermann Broch: «Ha sufri­
do, como otros muchos escritores de nuestro tiempo, esa
presión impetuosa de la literatura que no soporta ya la dis­
tinción de los géneros y necesita romper los límites».
Incluso sería un si gno de auténtica modernidad en un
escritor no someterse ya a la separación en géneros. Esta
idea, a cuyas transformaciones podemos asistir desde prin­
cipios del siglo XIX ( aunque los Románticos alemanes, en
particular, fueron grandes constructores de sistemas gené­
ricos), ha tenido en nuestros días uno de sus más brillan­
tes portavoces en la persona de Maurice Blanchot. Con más
rotundidad que nadie, Blanchot ha dicho lo que otros no
osaban pensar o no sabían formular: no existe hoy ningún
intermediario entre la obra sin gular y concreta, y la litera­
tura entera, género último; no existe, porque la evolución
de la literatura moderna consiste precisamente en hacer de
cada obra una interrogación sobre el ser mismo de la lite-

Título original: «L'origine des genres», publicado en T. TODOROV,


La rwtion de littérature et autres essais, París, Seuil, 1987, págs. 27-46. Nueva
versión del trabajo publicado previamente en inglés «The origin of Gen­
res», New Líterary History VIII, 1, 1976, págs. 145-158 y, en francés, en
el libro del autor Les genres du discours, París, Seuil, 1978, págs. 44-66.
Traducción de Antonio Fernández Ferrer. Texto traducido y reproduci­
do con autorización del autor y del editor.
32 TZVETAN TODOROV

ratura. Releamos esas elocuentes líneas: «Sólo importa el .


libro, tal cual es, apane de los géneros, fuera de las clasi­
ficaciones �prosa, poesía, novela, testimonio- en las que
rehúsa incluirse y a las que niega el poder de fijar su lugar
y de determinar su forma. Un libro ya no pertenece a un
género, todo libro remite únicamente a la literatura, como
si ésta contuviese de antemano, en su generalidad, los úni­
cos secretos y fórmulas que permiten dar a lo que se escri­
be realidad de libro. Todo ocurriría, pues, como si, habién­
dose disipado los géneros, la literatura se consolidase sola,
como si brillase sola en la misteriosa claridad que propaga
y que cada creación literaria le devuelve multiplicándola,
-como si existiera, por lo tanto, una "esencia" de la
literatura-» (Le livre a venir, 1959). Y más aún: «El hecho
de que las formas, los géneros, no tengan verdadera signi­
ficación, de que sería absurdo preguntarse, por ejemplo, si
Finnegan 's Wake pertenece o no a la prosa y a un arte que
se llama novelesco, dénota ese profundo esfuerzo de la li­
teratura por tratar de afirmarse en su esencia, arrasando
las distinciones y los límites» (L'espace littéraire, 1955).
Las frases de Blanchot parecen tener por sí mismas la
fuerza de la evidencia. Sólo un aspecto.de la argumenta­
ción nos inquieta: el privilegio otorgado a nuestro ahora.
Sabemos que toda interpretación de la. historia se hace par­
tiendo del momento presente, lo mismo que la del espacio
se construye partiendo de aquí, y la del otro partiendo del
yo. Sin embargo, cuando a la constelación del yo-aquí-ahora
se le atribuye un lugar tan excepcional -punto final de la
historia entera-, podemos preguntarnos si la ilusión ego­
céntrica no tiene nada que ver con ello (engaño comple­
mentario, en suma, de lo que Paulhan llamaba ,,ilusión del
explorador»).
Por otra parte, si leemos los mismos escritos de Blan­
chot en que se demuestra esa desaparición de los géneros,
aparecen, de hecho, categorías cuya semejanza con las dis­
tinciones genéricas es difícil negar. Así, un capítulo de Le
lz"vre a venz'r está dedicado al diario íntimo; Qtro, al lenguaje
profético. Al hablar del mismo Broch («que no soporta ya
la distinción de géneros»), Blanchot nos dice que «se en­
trega a todos los modos de expresión -narrativos, líricos
y discursivos-». Más importante aún: todo su libro se basa
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 33
enteramente en la distinción entre dos no géneros tal vez,
pero sí modos fundamentales: el relato y la novela, carac­
teritándose aquél por la búsqueda obstinada de su propio
lugar de origen, que ésta borra y oculta. No son, pues, «los»
géneros los que han desaparecido, sino los géneros-del­
pasado, y han sido reemplazados por otros. Ya no se ha­
bla de poesía y prosa, de testimonio y de ficción, sino de
novela y de relato, de lo narrativo y de lo discursivo, del
diálogo y del diario.
Que la obra «desobedezca» a su género no lo vuelve ine­
xistente; tenemos la tentación de decir: al contrario. Y eso
por una doble razón. En principio, porque la transgresión,
para existir, necesita una ley, precisamente la que será
transgredida. Podríamos ir más lejos: la norma no es visi­
ble -no vive- sino gracias a sus transgresiones. Por lo
demás, es justamente eso lo que escribe el propio Blanchot:
«Si es cierto que J oyce quiebra la forma novelesca volvién­
dola aberrante, también hace presentir que ésta sólo vive
quizás gracias a sus alteraciones. Se desarrollaría, no en­
gendrando monstruos, obras informes, sin Jey ni rigor, si­
no provocando únicamente excepciones a sí misma, que
constituyen ley y, al mismo tiempo, la suprimen. ( ... ) Hay
que pensar que, cada vez, en aquellas obras excepcionales
en las que se alcanza un límite, es sólo la excepción la que
nos revela la «ley», de la cual constituye también la insóli­
ta y necesaria desviación. Todo ocurriría, por tanto, co­
mo si en la literatura novelesca, y quizás en toda literatu­
ra, nunca pudiéramos reconocer la regla nada más que por
la excepción que la deroga: la regla o más exactamente el
centro del cual la obra estable es la afirmación inestable,
la manifestación ya destructora, la presencia momentánea
y al punto negativa» (Le lz"vre a venz'r).
Pero hay más. No es sólo que, por ser una excepción,
la obra presupone necesariamente una regla; sino también
que, apenas admitida en su estatuto excepcional, la obra
se convierte, a su vez, gracias al éxito editorial y a la aten­
ción de los críticos, en una regla. Los poemas en prosa so­
lían parecer una excepción en tiempos de A1oysius Bertrand
y de Baudelaire; pero, ¿quién se atrevería a escribir hoy
todavía un poema en alejandrinos, con versos rimados, a
menos que no se tratara de una nueva transgresión de una
34 TZVETAN TODOROV

nueva norma? Los excepcionales juegos de palabras de Joy­


ce, ¿no se .han convertido en la regla de una cierta litera­
tura moderna? ¿No si gue ejerciendo la novela, por muy
«nueva novela» que sea, su presión sobre las obras que se
escriben?
Si volvemos nuestra atención a los Románticos alema­
nes, y a Friedrich Schlegel en particular, encontraremos en
sus escritos, junto a ciertas afirmaciones croceanas («cada
poema, un género en sí»), frases que van en sentido opuesto
y que establecen una ecuación entre la poesía y sus géneros.
La poesía comparte con las demás artes la representación,
la expresión, la acción sobre el receptor. Tiene en común
con el discurso cotidiano o erudito el uso del len gu aje. Só­
lo los géneros le son exclusivamente propios. «La teoría de
las especies poéticas sería la doctrina de arte específica de
la poesía». «Las especies de poesía son propiamente la poesía
misma» (Conversación sobre la poesía). La poesía es la poética,
los géneros, la teoría de los géneros.
Al abogar por la legitimidad de un estudio de los géne­
ros, nos encontramos, de pasada, con una respuesta a la
pre gu nta implícitamente suscitada por el título el origen de
los géneros. ¿De dónde vienen lós géneros? Pues bien, muy
sencillamente, de otros géneros. Un nuevo género es siem­
pre la transformación de uno o de varios géneros anti gu os:
por inversión, por desplazamiento, por combinación. Un
«texto» de hoy ( esta palabra designa también un género,
en uno de sus sentidos) debe tanto a la «poesía» como a
la «novela» del siglo XIX, lo mismo que la «comedia lacri­
mógena» combinaba rasgos de la comedia y de la tragedia
del siglo precedente. No ha habido nunca literatura sin gé­
neros, es un sistema en continua transformación, y la cues­
tión de los orígenes no puede abandonar, históricamente,
el terreno de los propios géneros: cronológicamente hablan­
do, no hay un «antes» de los géneros. Saussure decía en
un caso comparable: «El problema del origen del lenguaje
no es otro que el de sus transformaciones». Y ya Humboldt:
«No llamamos a una lengua original sino porque ignoramos
los estados anteriores de sus elementos constitutivos».
La pregunta que quisiera formular sobre el origen, sin
embargo, no es de naturaleza histórica, sino sistemática;
una y otra me parecen tan legítimas como necesarias. No
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 35
se trata de: ¿qué es lo que ha precedido antaño a los géne­
ros? Sino: ¿qué es lo que determina siempre el nacimiento
de un género? Más exactamente: ¿existen, en el lenguaje
(pues se trata aquí de los géneros del discurso), formas que,
aunque anuncien los géneros, no lo sean todavía? Y en el
caso de que sí, ¿como se produce el paso de las unas a los
otros? Pero, para intentar responder a estas pre guntas, hay
que pre guntarse primero: ¿qué es, en el fondo, un género?

II

A primera vista, la respuesta parece evidente: los gé­


neros son clases de textos. Pero tal defiriición disimula mal,
tras la pluralidad de los términos puestos en juego, su ca­
rácter tautológico: los géneros son clases, lo· literario es lo
textual. En vez de multiplicar las denominaciones, tendría­
mos que pre gu ntarnos por el contenido de esos conceptos.
Y, en primer lugar, por el de texto o -propongamos
de nuevo un sinónimo- por el de discurso. Este es, se nos
dirá, una serie de frases. Y aquí es donde empieza un pri­
mer malentendido.
Se olvida demasiado a menudo una verdad elemental
de· toda actividad de conocimiento: q�e el punto de vista
elegido por el observador redelimita y redefine su objeto.
Así en el len gu aje: el punto de vista del lingüista modela,
en el seno de la materia idiomática, un objeto que le es pro­
pio; objeto que no será el mismo si se cambia de punto de
vista, aun en el caso de que la materia siga siendo la misma.
La frase es una entidad de lengu a, y de lingüista. La
frase es una combinación de palabras posible, no una enun­
ciación concreta. La misma frase puede ser enunciada en
circunstancias diferentes; para el lingüista no cambiará de
identidad, incluso aunque, debido a esa diferencia de cir­
cunstancias, cambie de sentido.
Un discurso no está hecho de frases, sino de frases enun­
ciadas, o, por decirlo más brevemente, de enunciados. Aho­
ra bien, la interpretación del enunciado está determinada,
por una parte, por la frase que se enuncia; y, por otra, por
su misma enunciación. Esta enunciación incluye un locu­
tor que enuncia, un destinatario a quien dirigirse, un tiem-
36 TZVETI\N TODOROV

po y un lugar, un dis�urso que precede y que continúa;


en ·suma, un contexto de enunciación. En fin, con otras pa­
labras, un discurso es siempre y necesariamente un acto
de lenguaje.
Pasemos ahora al otro término de la expresión «clase
de textos»: clase. El único problema que plantea es el de
su sencillez: se puede encontrar siempre una propiedad co­
mún a dos textos y, en consecuencia, agruparlos en una
clase. ¿Tiene interés que le llamemos «género» al resulta­
do de tal agrupación? Creo que estaríamos de acuerdo con
el uso corriente de la palabra y que, al mismo tiempo, dis­
pondríamos de una noción cómoda y operativa, si se con­
viniera en llamar géneros únicamente a las clases de textos
que han sido percibidas como tales en el curso de la histo­
ria. Los testimonios de esa percepción se encuentran, ante
todo, en el discurso sobre los géneros (discurso metadiscur­
sivo) y, esporádicamente, en los propios textos.
La existencia histórz"ca de los géneros está marcada por
el discurso sobre los géneros; lo cual no quiere decir, sin
embargo, que los géneros sean sólo nociones metadiscur­
sivas, pero tampoco discursivas. Constatamos la existen­
cia histórica del género «tragedia» en Francia en el siglo
XVII gracias al discurso sobre la tragedia (que comienza
por la existencia de esta misma palabra); pero ello no sig­
nifica que en sí las tragedias no tengan rasgos comunes y
que, por lo tanto, no sería posible hacer una descripción
de ellas distinta de la histórica. Como sabemos, toda clase
de objeto puede convertirse, por un paso de la extensión
a la comprensión, en una serie de propiedades. El estudio
de los géneros, que tiene como punto de partida los testi­
monios acerca de la existencia de los géneros, debe tener
preósamente como objetivo último el establecimiento de
esas propiedades.
Los géneros son, pues, unidades que pueden describirse
desde dos puntos de vista diferentes, el de la observación
empírica y el del análisis abstracto. En una sociedad se ins­
titucionaliza la recurrencia de ciertas propiedades discur­
sivas, y los textos individuales son producidos y percibidos
en relación con la norma que constituye esa codificación.
Un género, literario o no, no es otra cosa que esa codifi­
cación de propiedades discursivas.
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 37
Tal definición exige, a su vez, ser explícita por los dos
términos que la componen: el de propiedad discursiva, y
el de codificación.
«Propiedad discursiva,, es una expresión que yo entiendo
en un sentido inclusivo. Sabemos que, aun ateniéndonos
únicamente. a los géneros literarios, cualquier aspecto del dis­
curso puede convertirse en obligatorio. La éanción se opo­
ne al poema por los rasgos fonéticos; el soneto es diferente
de la balada en su fonología; la tragedia se opone a la co­
media por los elementos temáticos; el relato de suspense
difiere de la novela policiaca clásica en la disposición de
su intriga; por último, la autobiografía se distingue de la
novela en que el autor pretende referir hechos y no cons­
truir ficciones. Podría utilizarse, para reagrupar estas cla­
ses de propiedades (aunque esta clasificación no tiene mucha
importancia para mi propósito), la terminología del semió­
tico Charles Morris, adaptándola a nuestro tema: estas pro­
piedades remiten ya al aspecto semántico del texto, ya a
su aspecto sintáctico (la relación de las partes entre sí), ya
al pragmático (relación entre usuarios), ya, por último, al
verbal (término ausente en Morris que podría servimos para
englobar :odo lo que atañe a la materialidad misma de los
signos).
La diferencia entre un acto de lenguaje y otro, y, tam­
bién entre un género y otro, puede situarse en cualquiera
de estos niveles del discurso.
En el pasado, se ha podido buscar la distinción e in­
cluso la oposición entre las formas «naturales» de la poesía
(por ejemplo, lo lírico, lo épico, lo dramático) y sus for­
mas convencionales, como el soneto, la balada o la oda.
Hay que tratar de ver en qué nivel cobra sentido tal afir­
mación. O bien lo lírico, lo épico, etc., son categorías uni­
versales, y por lo tanto del discurso (lo que no excluye que
sean complejas; por ejemplo, semánticas, pragmáticas, ver­
bales, al mismo tiempo); pero entonces pertenecen a la poé­
tica general, y no (específicamente) a la teoría de los géne­
ros: carácterizan las manifestaciones posibles del discurso,
y no las manifestaciones reales de los discursos. O bien es
en los fenómenos históricos en lo que se piensa al emplear
tales términos; así, la epopeya es lo que encarna la Ilíada
de Homero. En este caso, se trata ciertamente de géneros,
38 TZVE1)'.N TODOROV

pero, en el nivel discui;sivo, éstos no son cualitativamente


diferentes de un género como el soneto -basado, también,
en constricciones temáticas, verbales, etc.-. Lo más que
puede decirse es que ciertas propiedades discursivas son más
interesantes que otras: por mi parte, me intrigan mucho más
las constricciones que atañen al aspecto pragmático de los
textos que las que reglamentan su estructura fonológica.
Por el hecho de que los géneros existen como una ins­
titución es por lo que funcionan como «horizontes de ex­
pectativa» para los lectores, como «modelos de escritura»
para los autores. Esos son, efectivamente, los dos aspectos
de la existencia histórica de los géneros (o, si se prefiere,
del discurso metadiscursivo que toma los géneros por ob­
jeto). Por una parte, los autores escriben en función del (lo
que no quiere decir de acuerdo con el) sistema genérico exis­
tente, de lo que pueden manifestar tanto en el texto como
fuera de él, o, incluso, en cierto modo, ni una cosa ni otra:
en la cubierta del libro; esta manifestación no es, claro es­
tá, el único modo de demostrar la existencia de los modelos
de escritura. Por otra parte, los lectores leen en función del
sistema genérico, que conocen por la crítica, la escuela, el
sistema de difusión del libro o simplemente de oídas; aun­
que no es preciso que sean conscientes de ese sistema.
A través de la institucionalización, los géneros comu­
nican con la sociedad en la que están vigentes. Es también
por este aspecto por lo cual interesarán más al etnólogo o
al historiador. Así, el primero seleccionará, ante todo, de
un sistema de géneros, las categorías que lo diferencien del
de los pueblos vecinos, poniendo en correlación esas cate­
gorías con los demás elementos de la misma cultura. Lo
mismo hará el historiador: cada época tiene su propio
sistema de géneros, que está en relación con la ideología
dominante. Como cualquier institución, los géneros eviden­
cian los rasgos constitutivos de la sociedad a la que per­
tenecen.
La necesidad de la institucionalización permite responder
a otra pregunta que resulta tentador formular: aún admi­
tiendo que todos los géneros provienen de actos de lenguaje,
¿ cómo explicarse que todos los actos de habla no produz­
can géneros literarios? La respuesta es ésta: una sociedad
elige y codifica los actos que corresponden más exactamente
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 39
a su ideología;. por lo que tanto la existencia de ciertos gé­
neros en una sociedad, como su ausencia en otra, son re­
veladoras de esa ideología y nos permiten precisarla con
mayor o menor exactitud. No es una casualidad que la epo­
peya sea posible en una época y la novela en otra, ni que
el héroe irn;:lividual de ésta se oponga al héroe colectivo de
aquélla: cada una de estas opciones depende del marco ideo­
lógico en el seno del cual se opera.
Podría precisarse más el lugar de la noción de género
mediante dos distinciones simétricas. Dado que el género
es la codificación históricamente constatada de propieda­
des discursivas, es fácil concebir la ausencia de cada. uno
de los dos componentes de esta definición: la realidad his­
tórica y la realidad discursiva. En el primer caso, estaríamos
en relación con aquellas categorías de la poética general que,
según los niveles del texto, se llaman modos," registros, es­
tilos o, incluso, formas, maneras, etc. El «estilo noble» o
la «narración en primera persona» son ciertamente reali­
dades discursivas; pero no podemos fijarlas en un único mo­
mento del tiempo: son siempre posibles. Recíprocamente,
en el segundo caso, se trataría de nociones que pertenecen
a la historia literaria entendida en sentido amplio, tales co­
mo corriente, escuela, movimiento o, en otro sentido de
la palabra, «estilo». Ciertamente, el movimiento literario
del simbolismo existió históricamente, pero ello no supone
que las obras de los autores que se consideraban miembros
suyos tengan en común propiedades discursivas ( que no
sean triviales); la unidad puede establecerse sin más en torno
a amistades, manifestaciones comunes, etc. El género es el
lugar de encuentro de la poética general y de la historia
literaria; por esa razón es un objeto privilegiado, lo cual
podría concederle muy bien el honor de convertirse en el
personaje principal de los estudios literarios.
Tal es el marco global de un estudio de los géneros.
Nuestras descripciones actuales de los géneros son tal vez
insuficientes: lo cual no supone la imposibilidad de una teo­
ría de los géneros: las proposiciones que preceden vendrían
a ser los preliminares de tal teoría. Quisiera, al respecto,
recordar otro fragmento de Friedrich Schlegel en el que in­
tenta formular una opinión equilibrada sobre la cuestión
y se pregunta si la impresión negativa que tiene cuando
40 TZVE'J:A.N TODOROV

se toma conciencia de !as distinciones genéricas, no es de-·


bida sencillamente a la imperfección de los sistemas pro­
puestos por el pasado: «¿Debe ser dividida la poesía, pura
y simplemente»? ¿o debe considerarse una e indivisible? ¿o
pasar alternativamente de la división a la unión? Las re­
presentaciones del sistema poético universal son aún en su
mayor parte tan toscas y pueriles como las del sistema as­
tronómico antes de Copérnico. Las divisiones usuales de
la poesía no son nada más que compartimentación muerta
para un horizonte limitado. La opinión vulgar, o lo que
se acepta sin más, o sea, la tierra como centro inmóvil.
«Ahora bien, en el universo de la poesía nada está en
reposo, todo cambia y se transforma y se mú:eve armonio­
samente; y los mismos cometas tienen fijada su trayecto­
ria por reglas inmutables. Pero, lo mismo que no se pue­
de calcular el recorrido de las estrellas, ni prever su curso,
el verdadero sistema cósmico de la poesía no está claro»
(Athenaeum, 434). Los cometas, también ellos, obedecen a le­
yes inmutables... Los viejos sistemas sólo describían el re­
sultado muerto; hay que aprender a presentar los géneros
como principios dinámicos de producción, so pena de no
comprender jamás el verdadero sistema de la poesía. Qui­
zás ha llegado el momento de poner en práctica el progra­
ma de Friedrich Schlegel.
Es necesario volver a la pregunta inicial, concerniente
al origen sistemático de los géneros. Ya ha tenido, en cier­
to sentido, respuesta, ·porque, como hemos dicho, los gé­
neros proceden, como cualquier acto de len guaje, de la co­
dificación de propiedades discursivas. Sería necesario, pues,
reformular nuestra pregunta así: ¿hay al guna diferencia en­
tre los géneros (literarios) y los demás actos de len guaje?
Rezar es un acto de habla; la plegaria es un género (que
puede ser o no literario): la diferencia es mínima. Pero, por
poner otro ejemplo: narrar es un acto de lenguaje, y la no­
vela, un género donde evidentemente se narra algo; sin em­
bargo, la distancia es grande. Tercer caso: el soneto es sin
duda un género literario, pero no existe la actividad ver­
bal «sonetear»; por lo tanto, hay géneros que no proceden
de un acto de len guaje más simple.
En suma, pueden concebirse tres posibilidades: o el gé­
nero, como el soneto, codifica propiedades discursivas co-
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 41
mo lo haría cualquier acto de lenguaje; o el género coincide
con un acto de len gu aje que tiene también una existencia
no literaria, como la plegaria; o, por último, procede de ·
un acto de len gu aje mediante un cierto número de trans­
formaciones o amplificaciones: ése sería el caso de la no­
vela, a pa�tir de la acción de narrar. Sólo este tercer caso
presenta de hecho una situación nueva: en los dos prime­
ros, el género no es en nada distinto de los demás actos.
Aquí, en compensación, no se parte directamente de pro­
piedades discursivas sino de otros actos de lenguaje ya cons­
tituidos; se pasa de un acto simple a un acto complejo. Es
también el único que merece un tratamiento aparte de las
demás acciones verbales. Nuestra pre gunta acerca del ori­
gen de los géneros se convierte, por tanto, en: ¿cuáles son
las transformaciones que sufren al gunos actos de len guaje
para producir al gunos géneros líterarios?

III
Trataré ·de responder a ello examinando algunos casos
concretos. Esta clase de procedimiento implica de entrada
que, como el género tampoco es en sí mismo ni puramen­
te discursivo ni puramente histórico, la cuestión del origen
sistemático de los géneros no puede mantenerse en la pura
abstracción. Incluso si el orden de la exposición nos lleva,
por razones de claridad, de lo simple a lo complejo, el or­
den de la investigación sigue, por su parte, el camino in­
verso: partiendo de los géneros observados, se trata de ha­
llar su germen discursivo.
Tomaré mi primer ejemplo de una cultura diferente de
la mía: la de los Lubas, habitantes del Zaire; lo escojo por
su relativa simplicidad 1• «Invitar» es un acto de habla de
los más comunes. Podría limitarse el número de fórmulas
utilizadas y obtenerse de tal forma una invitación ritual,
como la que se practica entre nosotros en al gunos casos so­
lemnes. Pero entre los Lubas existe además un género li­
terario menor, proviniente de la invitación, que se practi-

I
Debo todas las informaciones concernientes a los géneros litera­
rios de los Lubas y su contexto verbal a la amabilidad de la señora Clé­
mentine Fa1k-Nzuji.
42 TZVETAN TODOROV

ca incluso fuera de su contexto de origen. Por ejemplo, «yo»


invita a su cuñado a e�trar en· su casa. Esta forma explícita
sólo aparece, sin embargo, en los últimos versos de la in­
vitación (29-33; se trata de un texto rimado). Los veintio­
cho versos precedentes contienen un relato, en el que «yo»
se dirige a casa de su cuñado, y éste es quien lo invita. Vea­
mos el principio del relato:

Yo fui a. casa de mi cuñado,


Mi cuñado dice: buenos días,
Y yo le digo: buenos días tengas.
Momentos después, él dice:
5 Entra en casa, etc.

El relato no se acaba aquí; nos lleva a un nuevo episo­


dio en el que «yo» pide que algu ien le acompañe a comer;
el episodio se repite dos veces:
Yo digo: cuñado mío,
10 Llama a tus niños,
Que coman conmigo esta pasta.
Cuñado dice: ¡bueno!
Los niños han comido ya,
Ya se han ido a dormir.
15 Yo digo: bueno,
¡También estás tú, cuñado!
Llama a tu gran perro.
Cuñado dice: ¡bueno!
El perro ha comido ya,
20 Ya se ha ido a dormir, etc.

Si gue una transición compuesta de algunos proverbios,


y al final se llega a la invitación directa, dirigida esta vez
por «yo» a su cuñado.
Sin tan siquiera entrar en detalles, podemos constatar
que entre el acto verbal de invitación y el género literario
«invitación» del cual es un ejemplo el texto precedente, tie­
nen lugar varias transformaciones:
1) una inversión de los papeles de locutor y destinata­
rio: «yo» invita al cuñado, el cuñado invita a «yo»;
2) una narrativización, o, más exactamente, la inserción
del acto verbal de invitar en el de relatar; obtenemos, en
lugar de una invitación, el relato de una invitación;
3) una especificación: no sólo se es invitado sin más, sino
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 43
también a comer una pasta; no sólo se acepta la invitación,
sino que se desea estar acompañado;
4) una repetición de la misma situación narrativa, pe­
ro que comporta:
5) una valoración en los actores que asumen el mismo
papel: primero los niños, después el perro.
Esta enUmeración, por supuesto, no es exhaustiva, pe­
ro puede darnos una idea de la naturaleza de las transfor­
maciones que sufre el acto de len guaje. Se dividen en dos
grupos que podrían llamarse: a) internas, en las que la
derivación se produce en el interior mismo del acto de len­
guaje inicial; es el caso de las transformaciones 1 y 3 en
5; y b) externas, en las que el primer acto de habla se
combina con un se gundo acto, según una u otra relación
jerárquica; es el caso de la transformación 2, en la que «in­
vitar» se inserta en «relatar».
Tomemos ahora un se gu ndo ejemplo, también de la
misma cultura luba. Partiremos de un acto de habla más
esencial aún: nombrar, atribuir un nombre. En Francia,
la significación de los antropónimos se olvida siempre; los
nombres propios si gnifican por evocación de un contexto
o por asociación, no gracias al significado de los morfemas
que los componen. Este caso es posible entre los Lubas,
pero al lado de esos nombres desprovistos de significado
se encuentran otros cuyo significado es completamente ac­
tual y cuya atribución está, además, motivada por ese sig­
nificado. Por ejemplo (no señalo los tonos):
LonJi significa «Ferocidad»
1\1ukunza significa «Claro de piel»
Ngenyi si gnifica «Inteligencia»
Aparte de estos nombres en cierto modo oficiales, un
individuo puede tener motes, más o menos estables, cuya
función puede ser el elogio o simplemente la identificación
a través de los rasgos del individuo, como, por ejemplo,
su profesión. La elaboración de esos motes los acerca ya
a formas literarias. Veamos algunos ejemplos de una de las
formas de esos motes, los makumbu, o nombres de elogio:
Cipanda wa nshindumeenu, viga en la que uno se apoya.
DileJi dya kwikisha munnuya, sombra bajo la cual uno se re­
fugia.
44 TZVETA!\ TODOROV

Kasunyi kaciinyi nkeLende, hacha que no. t�me los espinos.

· Vemos que los motes pueden considerarse como una


expansión de los nombres. En uno y otro caso se descri­
ben los seres tal cual son o tal cual debieran ser. Desde el
punto de vista sintáctico, se pasa del nombre aislado (subs­
tantivo o adjetivo substantivado) al sintagma compuesto de
un nombre más una relativa que lo califica. Semánticamen­
te, se pasa de las palabras tomadas en un sentido literal
a las metáforas. Estos motes, al igual que los nombres mis­
mos, también pueden aludir a proverbios o refranes co­
rrientes.
Por último, existe entre los Lubas un género literario
muy fijado -y muy estudiado- que se llama el kasala. Son
cantos de dimensiones variables (que pueden sobrepasar los
ochocientos versos), que «evocan las diferentes personas y
acontecimientos de un clan, exaltan con grandes alaban­
zas a sus miembros difuntos y/o vivos y declaman sus ha­
zañas y proezas» (Nzuji). Se trata otra vez de una mezcla
de características y de elogios: se indica, por una parte, la
genealogía de los personajes, situando a unos con respecto
a los demás; por otra, se les atribuyen cualidades destaca­
das; estas atribuciones incluyen frecuentemente motes co­
mo los que acabamos de ver. Además, el bardo interpela
a los personajes y les conmina a comportarse de manera
admirable. Como puede verse, todos los rasgos caracterís­
ticos del kasala estaban contenidos én potencia en el nom­
bre propio, y aún más en esa forma intermedia que supo­
ne el mote.
Volvamos ahora al terreno más familiar de los géneros
de la literatura occidental para intentar saber si pueden ob­
servarse en ellos transformaciones parecidas a las que ca­
racterizan a los géneros lubas.
Tomaré como primer ejemplo el género que yo mismo
he tenido que describir en Introducción a la literatura fantásti­
ca. Si mi descripción es correcta, este género se caracteri­
za por la indecisión que debe experimentar el lector acer­
ca de la explicación natural o sobrenatural de los sucesos
mencionados. Más exactamente, el mundo que se descri­
be es, por supuesto, el nuestro, con sus leyes naturales (no
estamos en lo maravilloso), pero en el seno de este univer-
EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS 45
so se produce un acontecimiento al cual cuesta trabajo ha­
llarle una explicación natural. Lo que codifica el género es
una propiedad pragmática de la situación discursiva: la ac-
titud del lector, tal y como el libro la prescribe (y que el
lector individual puede adoptar o no). Este papel del lec­
tor no está implícito la mayoría de las veces, sino que está
representado en el texto mismo por los rasgos de un per­
sonaje-testigo; la identificación de uno con otro se facilita
por la atribución a este personaje de la función de narra­
dor: el empleo del pronombre de primera persona «yo» per­
mite al lectoridentificarse con el narrador, y también con
el. personaje-testigo que duda acerca de la explicación que
ha de dar a los sucesos ocurridos.
Dejemos de lado, para simplificar, esta triple identifi­
cación entre lector implícito, narrador y personaje-testigo;
admitamos que se trata de una actitud del p.arrador repre­
sentado. Una frase que se encuentra en una de las novelas
fantásticas más representativas, el Manuscrito encontrado en
Zaragoza de Potocki, resume emblemáticamente la situación:
«Llegu é casi a creer que U:nos demonios habían animado,
para engañarme, los cuerpos de los ahorcados». Se nota la
ambigüedad de la situación: el acontecimiento sobrenatu­
ral es designado por la proposición subordinada; la princi­
pal expresa la adhesión del narrador, pero una adhesión
modulada por la aproximación. La proposición principal
implica, por tanto, la inverosimilitud intrínseca de lo que
si gue, y constituye, por eso mismo, el marco «natural» y
«razonable» en que el narrador quiere mantenerse (y, por
supuesto, mantenernos.).
El acto de len guaje que se halla en el origen de lo fan­
tástico es, por consi guiente, simplificando incluso un poco
la situación, un acto complejo. Podría reescribirse así su
fórmula: «Yo» (pronombre cuya función se ha explica­
do) + verbo de actitud ( como «creer», «pensar»,
etc.) + modalización de este verbo en el sentido de la in­
certidumbre (modalización que si gu e dos caminos princi­
pales: el tiempo del verbo, que será el pasado, permitiendo
así la instauración de una distancia entre narrador y per­
sonaje; y los adve::)ios de modo, como «casi» y «quizás»,
«sin duda», etc.) + proposición subordinada describiendo
un suceso natural.
46 TZVF:I;>.N TODOROV

Con esta forma abstracta y reducida, el acto de lenguaje


«fantástico» puede encontrarse, por supuesto, fuera de la
literatura: será el de una persona que refiere un suceso que
se sale del marco de las explicaciones naturales, cuando,
pese a todo, esa persona no quiere �enunciar ª ese 1::ismo
.
marco, y nos da a conocer su incertidumbre (situac10n tal
vez rara en nuestros días, pero en cualquier casó perfecta­
mente real). La identidad°
del género está absolutam�nte
determinada por la del acto de len guaje; lo cual no qmere
decir, sin embargo, que ambos sean idénticos. Ese núcleo
.
se enriquece con una serie de amplificaciones, en el sent�­
do retórico: 1) una narrativización: hay que crear una si­
tuación en la que el narrador acabará formulando nuestra
frase emblema, o uno de sus sinónimos; 2) una gradación,
o al menos una irreversibilidad en la aparición de lo so­
brenatural; 3) una proliferación temática: ciertos temas, co­
mo las perversiones sexuales o los estados próximos a la
locura, serán preferidos a los demás; 4) una representación
que, por ejemplo, aprovechará l� inc�rtidumbre que uno
.
puede tener al elegir entre el sentido literal y el sentido fi­
gu rado de una expresión. Todos estos son temas y proce­
dimientos que he intentado describir en mi libro.
No hay, pues, desde el punto de vista del origen, nin­
gu na diferencia de naturaleza entre el género fantá�ti�o y
los que veíamos en la literatura oral luba, aun subsi�tien­
.
do diferencias de grado, o lo que es igu al, de compleJidad.
El acto verbal que expresa la duda «fantástica» es menos
común que el que consiste en nombrar o invitar; pero no
deja de ser, por ello, un acto verbal como los de�ás. L�s
transformaciones que experimenta hasta llegar a genero li­
terario son tal vez más numerosas y variadas que aquellas
con las que nos familiarizaba la literatura luba, pero son,
también, de la misma naturaleza.
La autobiografía es otro género propio de nuestra so­
ciedad que se ha descrito con tanta precisión como para
que podamos investigarlo desde nuestra perspectiva ac­
tual\ En dos palabras, la autobiografía se define por dos
identidades: la del autor con el narrador, y la del narra­
dor con el personaje principal. Esta se gunda identidad re-

" Concretamente, piens0 en los estudios de Philippe Lejeune.


EL ORIGEN DE LOS GÉNEROS
. 47
sulta evidente: es la que resume el prefijo «auto-», y que
permite distin gu ir la autobiografía_ de la biografía o ?e las
Memorias. La primera es más sutil: separa la autob10gra­
fía (exactamente i gu al que la biografía y las Memorias) de
la novela, pues ésta estaría impregnada de elementos to­
mados de la vida del autor. Esta identidad distingue, en
suma, los géneros «referenciales» o «históricos» de los gé­
neros «ficcionales»: la realidad del referente está claramente
indicada, puesto que se trata del autor mismo del libro, per­
sona inscrita en el registro civil de su ciudad natal.
Así pues, tenemos que vérnoslas con un acto de len­
gu aje que codifica a la vez propiedad�s semánticas (lo que
implica la identidad narrador-personaJe: hay que habl�r de
sí mismo) y propiedades pragmáticas (en cuanto a la iden­
tidad autor-narrador, se pretende decir la verdad y no una
ficción). Con esta forma, este act? de lenguaje est� extre­
madamente difundido fuera de la literatura: se practica cada
vez que se narra. Es curioso advertir que los estudios de 1;,e­
jeune en los cuales me baso aquí, so capa de una de�cnp­
ción del género, de hecho, han fijado, sobre el particular
la identidad del acto de len gu aje, pese a ser únicamente
su núcleo. Este deslizamiento de objeto es revelador: la iden­
tidad del género le viene dada por el acto de len gu aje que
está en su origen, relatarse; lo cual no impide que, para
convertirse en género literario, este contrato inicial tenga
que experimentar numerosas transformaciones (que no nos
preocupan en este momento).
¿Qué ocurriría con los géneros aún más complejos to­
davía como la novela? No me atrevo a lanzarme a la for­
mula�ión de la serie de transformaciones que presiden su
nacimiento: pero, pecando sin duda de optimismo, diré que,
aquí también, el proceso no parece que sea cualitativamente
distinto. La dificultad de estudio del «origen de la nove­
la», desde este punto de vista, radicaría en el infinito en­
cajonamiento de actos de lengu aje unos dentro de �tros.
Arriba del todo de la pirámide estaría el contrato ficcional
(es decir, la codificación de una propiedad pragrnátic�), que
.
exigiría a su vez la alternancia de elementos descnpti':os
y narrativos, o, lo que es igu al, describiría los :stados n�­
móviles y las acciones que se desarrollan en el tiempo (no­
tese que estos dos actos de habla están coordinados entre
48 TZ_'IETAN TODOROV

sí y de ninguna maner9- encajados como en-los casos pre­


cedentes). Se sumarían a ello constricciones concernientes
al aspecto verbal -del texto (la alternancia del discurso del
narrador y del de los personajes) y su aspecto semántico
(la vida personal con preferencia a los grandes frescos de
época), y así sucesivamente...
La rápida enumeración que acabo de hacer no parece,
por lo demás, en nada diferente, a no ser por su brevedad
y esquematismo, de los estudios que se han consagrado ya
a este género. Y, pese a todo, no es así: faltaba esta pers­
pectiva -¿desplazamiento ínfimo?, ¿tal vez ilusión ópti­
ca?- que permite ver que no existe un abismo entre la li­
teratura y lo que no lo es, que los géneros literarios tienen
su orígen, lisa y llanamente, en el discurso humano.
GÉNEROS HISTÓRICOS I GÉNEROS TEÓRICOS.
REFLEXIONES SOBRE EL CONCEPTO DE
LO FANTÁSTICO EN TODOROV
CHRISTINE BROOKE-ROSE
Uniumidad de París VIII (Vincennes)

En su obra sobre literatura fantástica (1970) Tzvetan


Todorov plantea el tema de la oposición existente entre gé­
neros literarios teóricos y géneros literarios históricos. Lo
plantea en primer lugar como caso concreto, a través de
una crítica de los modos de Frye, y más tarde, desde un
punto de vista general, como parte de una dicotomía más
amplia entre teoría (o Poética) y la más empírica tradición
de la crítica. Me ocuparé primero de estos dos aspectos y
posteriormente de otros más concretos, aunque menos im­
portantes, relacionados con la actividad teórica de Todorov.

l. MODOS DE FRYE

A Northrop Frye se le tiene generalmente por un teó­


rico, y como tal probablemente se vea él a sí mismo. Sin
duda su Anatomy of Criticism (1957) resultó innovadora y
constituyó uno de los primeros estudios ingleses que insis­
tieron, en primer lugar, en la literalidad del texto (que a
veces también se ha llamado «literariedad» para evitar po­
sibles confusiones con el otro sentido del térmi11!;>: «literal»),
y que equivale a lo que J akobson llama funéí:6n poética,

T ítulo original: «Historical genres/theoretical g�b: Todorov on the


fantastic», publicado como capítulo 3 del libro A Rhetoric of the UnreaL.
Studies in narrative and strw:ture, especially of the Fantastic, Cambridge, Cambridge
U niversity Press, 1981, págs. 55-71. Se trata de una nueva versión del
artículo aparecido en New Literary History VIII, 1, 1976, págs. 145-158.
Traducción de Paloma Tejada. Texto traducido y reproducido con auto­
rización del editor.
50 CHRISTINE BROOKE-ROSE

en oposic10n a la referencial; y, en se gundo lugar, en un


tipo de análisis que describe y explica, sin valorar ni en­
juiciar nada, lo que supone ejercer la crítica literaria.
Con todo, Frye piensa más como crítico -y muy bri­
llante- que como teórico. Todorov cita varios ejemplos,
de los cuales yo discutiré aquí dos con más detalle que él,
para mostrar exactamente en qué radica la diferencia.
El primero aparece en el cuarto ensayo de Frye, «Theory
of Genres», donde el autor aborda la diferencia existente
entre novela y romance y establece que, aunque ambos son
géneros «personales», la novela es un género extravertido y
el romance un género introvertido. Esto puede parecer arbi­
trario, ya que F rye acaba de demostrar que los personajes
del romance son arquetipos (y, por tanto, generales), no in­
dividuos. Este tipo de decisiones ar1::>itrarias, sin embargo,
son parte del razonamiento teórico:/uno postula una hipó­
tesis y después comprueba cómo se resuelve. Si suponemos
que con «arquetipo» Frye está refiriéndose a los movimientos
psíquicos fundamentales ( colectivos e individuales), pode­
mos aceptar, por ahora y con reservas, la hipótesis de que
el romance es personal e introvertido y la novela personal
y extravertida.
Frye aborda después la «confesión» o autobiografía
(S. A gustín, Rousseau), y llega a la conclusión, empírica­
mente, de que este género «casi siempre» tiene un interés
predominante teórico e intelectual. Por tanto, lo denomi­
na intelectual.
Así, de un modo discursivo, Frye desemboca en cua­
tro categorías: personal, extravertido, introvertido e intelectual. Las
tres primeras corresponden a la novela y el romance (ambos
personales, una extravertida y otro introvertido), y sólo la
última a la confesión. Y es aquí donde observamos que Frye
utiliza un razonamiento verdaderamente teórico: si hay cua­
tro categorías, debe haber un cuarto género literario, y lo
encuentra en la sátira menipea, que él prefiere llamar «ana­
tomía». Así, la confesión y la anatomía son ambas inte­
lectuales, pero la primera es introvertida y la segunda ex­
travertida; con ello se logra equilibrar perfectamente los
niveles de categorías atribuidos a la novela y el romance.
Todorov nou critica realmente este párrafo. Únicamen­
te lo resume y añade un diagrama sin comentar nada más.
(;ÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEC)R!COS 51
Pero el diagrama pone de manifiesto la falta de lógica y
el enredo discursivo en que ha caído Fry e:

PERSONAL INTELECTUAL

INTROVERTIDO romance confesión


EXTRAVERTIDO novela anatomía

Intrnvertido/exttavertido es una oposición lógica, pero


personal/intelectual no lo es. Lo que se opone a personal es
o bien no personal, o bien impersonal (contradictorio y con­
trario, respectivamente, o siguiendo el mismo eje sémico,
lo contrario podría ser universa( general, multitud, etc.). Lo
que se opone a intelectual es, por el lado contradictorio, no
_
intelectual, y por el contrario, según el eje sé.mico elegido,
corporal, emotivo, psiquzco, practico , etc.
J • I • I ' l

El resultado es que el único género establecido sin nin­


guna ambigüedad es el último, la anatomía, al que �rye lle­
ga por la vía teórica, aunque basándose en premisas en-

l En el rectángulo lógico (usado por GREIMAS en relación al nivel


más profundo de su «gramática» narrativa -1970: 135-55 y 1976 ,
-:
y llamada les structures élémentaires de la signification), un sigmficado S l (di­
gamos blanco) tiene un contrario S 2 (digamos negro, aunque en un eJe
sémico distinto, el contrario podría ser TOJO, por eiemplo); cada s1gmfi­
cado tiene además su contradictorio (no-S l o S l ; no-S 2 o S2 ), que a di­
ferencia de blanco/negro, es siempre su negación pura y simple: no-blanco,
no-negro. Por tanto, las dos rel�cion es verticales (descendentes) �on re­
_
laciones de implicación (negro implica no-blanco, pero no al reves):

CONTRARIO
S1
1
1
1
1
1
! 1
!
1
1 1
,¡, .¡..
Sz S1

v. también GREIMAS (1976) para la aplicación práctica al relato de


IVIaupassant Deux amis.
52 CHRISTINE BROOKE-RO.�I·:

debles; de manera inversa, la confesión es por definición


,;personal», incluso aunque en los casos históricos citados
(y quizá en todos los casos históricos) resulte además ideo­
lógica, intelectual. Teóricamente, según esta oposición tan
peculiar, la confesión debería ser personal; históricamen­
te, según los ejemplos elegidos, se vuelve contra el género
literario teórico y es intelectual, aunque sin duda podrían
encontrarse otros ejemplos que fueran puramente persona­
les. De hecho, la lógica del esquema es incorrecta.
Otro ejemplo, más de acuerdo con el objetivo de este
artículo, es la crítica que hace Todorov de la «Teoría de
los modos» de Frye. La teoría asume como criterio el po­
der de acción del héroe que puede ser superior, inferior o
i gu al en grado y carácter al poder humano o al de la Na­
turaleza. Partiendo de estas categorías ya podemos pronos­
ticar una cierta complejidad, pero Fry e de hecho no las
plantea así; él presenta cinco modos sucesivos, seleccionando
determinadas categorías para cada uno de ellos de manera
razonada y, por supuesto, muy convincente.
Todorov señala en primer lugar que una unidad, el hé­
roe (que no se define en ningún momento), se compara con
otras dos: la Naturaleza y el lector (en un texto «la gente»
sólo podemos ser nosotros). Tenemos, por tanto, dos po­
los desiguales: héroe (es decir, hombre, superhombre o dios)
frente a Naturaleza; héroe frente a lector. En segundo lu­
gar, la relación superior/inferior se divide en dos: cualita­
tiva (carácter), y cuantitativa (grado). Semejante compli­
cación no tendría importancia si se utilizara correctamente
desde un punto de vista teórico.
La crítica más pertinente de Todorov corresponde, pre­
cisamente, a la noción de géneros históricos y teóricos. Ha­
biendo postulado estas categorías, Fry e no agota de hecho
todas las posibilidades. La categoría «carácter» se aplica una
sola vez, lo mismo que la categoría «inferior». De las pre­
misas dadas surgen realmente trece posibilidades, y no cin­
co. Todorov no las da, pero para la presente argumenta­
ción es fácil recomponerlas en forma de tabla («hombre»
no es permutable, ya que el lector está siempre presente,
e «igual» puede eliminarse, ya que es equivalente a «ni su­
perior ni inferior», lugar en el que Frye sitúa lo bajo­
mimético):
GÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 53

TABLA 1

SUPERIOR INFERIOR

en respecto a en respecto a 1

carác. grado hombre Natur. Carác. grado hombre Natur.


1
Mito + + + + (+ + + + 0
Romance - + + + (- + + + 0
Altomimético - 1
+ + - - + + - Irónico

Bajomimético - - + - - - + - Bajomímético

0 + + + -) (+ + + - 0.
0 + - + +) (+
- + + 0
- 1 - + - 0
0 + + -) (+
1

Siete a cada lado, de las cuales dos son equivalentes,


por lo que se obtiene un total de trece. El gráfico revela
incidentalmente el vínculo que existe de manera intrínse­
ca en el lado superior entre lo alto-mimético y lo irónico,
siendo este último el único género situado en el lado «infe­
rior», pero con idénticas subcategorías. Más de acuerdo con
mi argumentación, dicho cuadro muestra que todas las per­
mutaciones que aparecen entre paréntesis son géneros po­
sibles desde el punto de vista teórico y basados en los cri­
terios elegidos. Por ejemplo, en ciencia ficción el poder del
héroe (si el héroe no es un hombre de carne y hueso) po­
dría ser de carácter superior únicamente respecto al poder
del hombre, pero no respecto al de la Naturaleza, o de ca­
rácter y grado superior (o inferior) respecto al del hombre,
pero no respecto al de la Naturaleza; tomemos como ejem­
plo, aunque no sean héroes, los gollum, los orcos y los enanos
de Tolkien, pero no los elfos ni los hechiceros, que perte­
necen propiamente al romance. Al menos es posible conce­
bir un héroe de tales características. El héroe de Plus de
McElroy, pongamos por caso, es un cerebro humano en
órbita que empieza a desarrollar miembros, pero al final
muere al caer atraído por el Suelo. Por ello, podríamos con�
54 CHRlSTINE BROOKL·IZ( >SJ,:

siderarlo en lo que al grado -no al carácter- se· refiere.


inferior al hombre y a la Naturaleza, con lo que Plus se
situaría en la (inexistente) categoría que se opone al roman­
ce bajo el epígrafe «inferior», y así, el resto de las combi­
naciones son todas posibles, de acuerdo con los criterios de
Frye.
Para ilustrar con ejemplos la noción de los criterios teó­
ricos, Todorov cita a Platón, que divide la narrativa en tres
tipos: a) aquella en la que habla el narrador; b) aquella en
la que hablan los personajes, y c) una tercera, mixta. La
división que Platón lleva a cabo no se basa realmente en
géneros con existencia histórica, sino en el supuesto teóri­
co de que el acto que habla es central para la narrativa,
de la misma manera que la teoría de Frye está basada en
el supuesto teórico de que el poder del héroe es central pa­
ra la ficción.
Lo que Todorov reprocha a Frye es que base su teoría
sobre criterios que después no aplica correctamente. Es co­
mo si hubiera empezado, por el contrario, con cinco mo­
dos existentes, a los que habría llegado empíricamente, y
después hubiera aplicado empíricamente los criterios, a los
que también habría accedido por esta misma vía.
En cierto sentido es absurdo reprochar a Frye, hombre
de inmensa sabiduría y alcance, que no haya tenido en
cuenta ejemplos inexistentes. Ni esto tampoco constituye
un reproche, sino más bien una observación relativa al ra­
zonamiento teórico frente al crítico. La teoría de los mo­
dos de Frye es una teoría de modos históricos, no teóricos.
Desde el momento en que Frye nos dice explícitamente que
su teoría es histórica (e incluso cíclica), la crítica de To­
dorov queda injustificada. Desde el momento en que Frye
define su obra crítica con el apelativo de teórica, Todorov,
en un sentido estricto, tiene razón. Frye es un crítico de
teorías brillantes, pero no el teórico por el que con frecuen­
cia se le toma, y sin duda podemos sentirnos satisfechos,
ya que ello evidentemente no resta ningún valor a su apor­
tación, consistente en orientar la crítica hacia aspectos más
«teóricos», tal y como lo definíamos en las líneas iniciales
de est� ensayo. El avance fue enormemente importante, pe­
ro quizá no lo bastante coherente. Las diferentes teorías que
sostiene, como ha señalado vV. K. Wimsatt, son imposi-
GÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 55
bles de coordinar, ya que se basan en distintos tipos de pre­
misas, detrás de fas cuales -insiste Todorov- se esconde
otro postulado, concretamente que:

Las estructuras formadas por fenómenos literarios se ma­


nifiestan al mismo nivel que estos fenómenos -es decir, que es­
tas estructuras son directamente observables-. Lévi-Strauss
sostiene, por el contrario, que: «el principio fundamental
lo constituye el hecho de que la noción de estructura so­
cial no está relacionada con la realidad empírica, sino con
el modelo constituido de acuerdo con dicha. realidad». Pa­
ra simplificar, podríamos decir que para Frye el bosque
v el mar forman una estructura básica; para un estructu­
¡.alista, por el contrario, estos dos fenómenos manifiestan
una estructura abstracta que es una· construcción mental
y que dispone en polos opuestos, digamos, lo estático y lo
dinámico... El bosque y el mar pueden ver.se con frecuen­
cia como polos opuestos y, por tanto, formando una «es­
tructura», pero no tienen por qué; mientras que lo estático
y lo dinámico forman necesariamente una oposición que
puede manifestarse en la del bosque y el mar»

Este tipo de confusión lleva a Frye a otras categorías,


como las cuatro estaciones del año, las cuatro partes del
día los cuatro elementos, etc., cuya manipulación ( qué tex­
tos'representan qué estación) resulta subjetiva e impresio­
nista.
Otra inconsistencia observable en la aplicación teórica,
que no apunta Todorov, es la de la oposición entre «na�f»
_
y «sofisticado». El loable afán de Frye por rechazar ms1s­
tentemente cualquier valoración le conduce a establecer esta
distinción para el romance, aún sin definir los términos; el
"romance naif» revela las estructuras de una manera más cla­
ra. Esta noción se halla en la base del movimiento forma­
lista ruso (v. Propp, sobre el cuento ruso) y del movimiento
Estructuralista (v. Eco, sobre los relatos de ] ames Bond).

2 The Jantastic, págs. 1 7-18. La cita tomada de LEVI-STRA uss ( en


la versión de R. HOWARD, traducida directamente de Todorov con to­
da probabiliJad) procede de Structural Anthropology, trad. de Claire J a­
cobson y Brooke Grundfest Schoepf (Garden City, N. York, 1967),
pág. 271: «El término "estructura social" no tiene nada que ver con
la realidad empírica, sino con los modelos que se construyen a partir
de la misma".
56 CHRISTINE BROOKE-ROSE

Pero Frye abandona el principio cuando se trata de mo­


dos distintos a éste, probablemente porque en el corpus uti­
lizado encontró «romances naif», pero no «tragedias naif».
Su siguiente libro constituye de hecho un desarrollo com­
pleto de esta oposición. Ambas obras no� presentan teorías
históricas. de lo que realmente ocurrió. Esta concretamen­
te es una teoría cíclica y ·como teoría histórica cíclica «fun­
ciona». Frye dice, por. ejemplo, que después del modo iró­
nico se retorna inevitablemente (por razones existenciales,
explica) al modo mítico Goyce, Pound, etc.), y el ciclo vuel­
ve a empezar. Y, efectivamente, hoy en día estamos obser­
vando una vuelta al modo romance, en el sentido no de que
éste hubiera dejado de existir, sino de que los escritores «se­
rios» vuelven a él y que los críticos reconocen «seriamen­
te» su importancia, tal y como Frye lo describe en The se­
cular Scripture (1976). En esta obra, Frye establece otra di­
visión entre lo mítico y lo legendario o fabuloso; lo mítico
representa «el principal grupo de historias que se encuen­
tra en el centro de la cultura verbal de una sociedad», y
lo fabuloso («es difícil hacer derivar un adjetivo de la pala­
bra "cuento"») representa «el grupo periférico, considerado
por la propia sociedad en la que surge -no necesariamente
por nosotros- como menos importante». La épica, la tra­
gedia y la Biblia, por ejemplo, conforman «áreas míticas
centrales» para la civilización griega o judea-cristiana, mien­
tras que los cuentos, las leyendas y el romance, aunque no
constituyen un modelo central totalizador en este sentido,
crean una tradición periférica de historias interconectadas
que reproducen, de formas diversas y originales, un nú­
mero limitado de modelos que representan el núcleo de fic­
ción. A esto Frye le da el nombre de literatura «secular»
y lo distingue del grupo central mediante una fórmula muy
sencilla (quizá excesivamente sencilla): el romance utiliza la
narrativa del «y entonces», mientras que la tradición cen­
tral (mítica) -tragedia, épica y su avatar, la novela- uti­
liza la narrativa del «de ahí que»; es decir, intenta ocultar
su naturaleza arquetípica presentando una acción como un
complejo de causa y efecto.
Siempre que las convenciones desarrolladas por la lite­
ratura elitista, compleja, central se agotan, se produce una
vuelta a las formas y los temas más sencillos de la literatu-
(;Í,'.NF.ROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 57
ra popular, con sus ar gu mentos sentimentales y sus histo­
rias de aventuras. «Esto ocurrió con la literatura griega
después de la Comedia Nueva, cuando surgió el romance
griego; ocurrió a finales del siglo XVIII en Inglaterra, cu�­
do surgió la literatura gótica; y está empezando a ocurnr
ahora tras el declive de la ficción realista». Frye se mani­
fiesta aquí tímidamente, ya que el fenómeno había empe­
zado a ocurrir antes de su «ahora» y precisamente sus teo­
rías anteriores abordan el tema de manera implícita. La
explicación que ofrece no es cíclica en este caso, sino pen­
duiar.
Podría añadir que esta teoría expone una visión dia­
metralmente opuesta a la de algunos escritores, por ejem­
plo Nathalie Sarraute (1956), para quien los verdaderos rea­
listas son los llamados formalistas, que intentan por todos
los medios ver la realidad de una forma nueva y hacer surgir
formas nuevas que capten esa realidad nueva y poco fami­
liar. Mientras que los llamados realistas son, de hecho, for­
malistas, en el sentido de que son esencialmente cronistas,
más o menos perspicaces, que buscan con tesón, pero que
ven lo que toda persona inteligente vería y que, en aras
de una fácil comprensión, vierten la realidad exterior en
formas que ahora nos resultan familiares, surgidas de los
escritores experimentales de la generación anterior; en ver­
dad podría decirse que su propia visión está condicionada
por formas que hoy en día resultan diluidas y estereotipa­
das. Evidentemente esto puede comprobarse con toda cla­
ridad (dada la rapidez con que se produce) en el cine y la
televisión, donde las bromas poco naturales de los llama­
dos escritores experimentales pronto quedan convertidas en
clichés. De ahí que sean escritores experimentales y no for­
mas populares las que regalvanizan las formas que Sarraute
considera «agotadas». Sin embargo, la propia teoría de Sa­
rraute se puede incluir en la tradición «elitista, mítica y cen­
tral» de F rye que, a su vez, está sin lugar a dudas agota­
da, de modo que estamos asistiendo a una vuelta al roman­
ce por parte de la crítica seria: la ciencia ficción -que es
una forma de romance-, y el esfuerzo más nai:f de Tol-
. kien por hacer revivir el romance, Lovecraft y otros, los co­
mics, el retorno al género gótico de los medios de comuni­
cación, etc.
58 CHRISTINE llROOKF.-ROSI·:

Queda por ver si esto tendrá el efecto gal-vanizador que


anunciaba Frye. Según su teoría anterior, a esta fase de
romance debería seguir una vuelta a lo alto-mimético, a pe­
sar de la «muerte de la tragedia».

II. CRÍTICA A LA NOCIÓN DE «GÉNEROS TEÓRICOS»

Stanislas Lem -éi mismo escritor de ciencia ficción­


adopta la crítica de Todorov para criticarla, a su vez, des­
de un punto de vista tradicional, y para ello aduce que la
consideración de géneros teóricamente posibles constitui­
ría una historia de la humanidad apriorística, imposible de
verificar empíricamente 3• Lem señala que Todorov desco­
noce la distinción entre taxonomías naturales y culturales.
Las clasificaciones de la Naturaleza -dice- no exigen una
reacción por parte de los objetos ( animales y plantas) cla­
sificados, mientras que las clasificaciones culturales se vuel­
ven_ sobre los fenómenos clasificados, actúan como catali­
zadores, de manera que, por ejemplo, una relación finita
de géneros incitará a la rebelión y a partir de ahí a la alte­
ración de los géneros existentes o a la creación de géneros
nuevos. Es, por tanto, un pronóstico autodestructivo, y el
autor de dicha lista puede convertirse ( quizá inconsciente­
mente) en coautor de mutaciones creativas.
Este argumento empírico contra la defensa de géneros
teóricos es algo extraño y puede que, incluso, contradicto­
rio en sí mismo. Es extraño porque implica que una lista
de todas las posibilidades teóricas derivadas de unos crite­
rios dados, podría detener la creación o disuadir de ella,
y que la creación de nuevos géneros sólo puede darse me­
diante la_ rebelión contra los ya existentes (e indirectamente
mediante la publicación de una lista finita); es en sí mis­
mo contradictorio, porque la mera mención de los géne­
ros nuevos que habrán de crearse por rebeldía admite las
posibilidades teóricas. Y éstas, aunque aparentemente im-

3 STANISLAS LEM, «Tzvetana Todorova fantastycna teoría litera­


tury» (La fantástica teoría de la literatura de T. Todorov), Teksty, 5,
n. 0 11, 1973. Estoy muy agradecida a mi colega Oiga Scherer-Virski
que llevó a cabo una crítica de este artículo en el seminario que reali­
zamos juntas en la Universidad de París VIII
c;F.NEROS HISTÓRICOS/GF.NEROS TEÓRICOS 59
posibles de prever de acuerdo con Lem y sin duda con otros
críticos tradicionales (y, por tanto, rechazadas o malinter­
pretadas), pueden, sin embargo, verse contempladas des­
de el punto de vista teórico, según unos criterios dados
cualesquiera.
De hecho, Lem en un nivel más general no establece
-como tampoco lo hace Frye- la propia distinción que
Todorov resaltó ton tanto énfasis entre estructura abstrac­
ta y manifestación, una distinción fundamental en lingüís­
tica entre lengua y habla (languelparole).
Realmente, las restantes críticas de Lem nos hacen po­
ner en duda que él mismo haya entendido los principios
teóricos: por ejemplo, se define contrario a las categorías
binarias mutuamente excluyentes de Todorov, tales como
natural/sobrenatural; racional/irracional y (sic) lectura poética/lec­
tura alegórica. Dejando a un lado la cuestión más general de
las oposiciones binarias y su validez, el atribuir a Todorov
lectura poética/lectura alegórica como términos excluyen­
tes entre sí demuestra, de hecho, la mala interpretación de
Lem. Todorov no establece una oposición entre una y otra
lectura (como estructuralista no podría), sino que las une
como agentes destructores de lo «fantástico puro», según
su propia definición (v. infra). Las oposiciones que cita son:
poético frente a fictivo (lo cual incluye lo fantástico), y ale­
górico frente a literal (lo cual incluye lo fantástico).

III. LO FANTÁSTICO COMO GÉNERO TEÓRICO:


LOS TRES REQUISITOS

Pretendo ahora hacer mi propia crítica a la postura de


Todorov, o mejor, puesto que «crítica» es una palabra de­
masiado fuerte para un autor al que admiro, exponer al­
gunos problemas que esta obra me ha planteado, al me­
nos, como meros interrogantes. El primero no reviste im­
portancia, pero al estar relacionado con otros problemas que
voy a tratar, lo planteo al principio.
Lem, que se ha opuesto a los géneros teóricos, calla �a­
turalmente ante esta leve contradicción de Todorov, qmen
habiendo postulado las posibilidades teóricas como concepto,
en la práctica se apoya completamente en los géneros his-
60 CHRlSTINE BROOKE-ROSE

tóricos para elaborar su _propia teoría sobre literatura fan- ·


tástica. Y lo fantástico, según sú restr.ingida definición, re­
sulta haber existido en un período histórico relativamente
restringido, el de la novela gótica y las breves secuelas que
ésta haya podido tener, por razones que Todorov explica:
a) en términos sociológicos (tabúes decimonónicos) y b) en
términos históricos (los temas de la literatura fantástica son
absorbidos en general por el psicoanálisis). La única obje­
ción de Lem aquí no se refiere a la confianza depositada
en los géneros históricos, sino a lo reducido del período,
y cita a Sade quien, a pesar de la libertad existente en el
siglo XVIII para expresar perversiones sexuales, utiliza sin
embargo la vía alternativa de lo fantástico (aunque -debe
decirse- no en el sentido en que lo define Todorov, he-
cho, al parecer, ignorado por Lem):
Volveré a la cuestión de la brevedad del período más
adelante; ahora trataré lo fantástico, tal como lo definió To­
dorov (1970, trad. 1975). Este autor postula tres requisi­
tos para lo que denomina «fantástico puro»: 1) se debe man­
tener ha�ta el final la incertidumbre del lector (producida,
desde luego, por la ambigüedad del texto) en lo que res­
pecta a las explicaciones naturales y sobrenaturales de su­
cesos aparentemente sobrenaturales; 2) el personaje prin­
cipal puede compartir también dicha incertidumbre, es
decir, ésta puede verse «representada», convertida en-uno
de los temas; el lector, al menos el lector naff, se identifica
en ese caso con el personaje principal; y 3) el lector debe
adoptar una cierta actitud frente al texto; debe rechazar tan­
to una lectura poética como una lectura alegórica, que des­
truyen lo fantástico puro (es decir, la incertidumbre). Es­
tos tres requisitos no tienen igual valor, como dice Todo­
rov: el primero y el tercero constituyen el género, mien­
tras que el segundo puede no cumplirse, aunque «la ma­
yoría de los ejemplos» satisfacen las tres condiciones.
De hecho, tanto 2) como 3) dependen de 1) y, por con­
si gu iente, no se encuentran en el mismo nivel de abstrac­
ción. Así, la base de lo fantástico es la incertidumbre del
lector respecto de si lo que sucede de manera extraña es
sobrenatural o no. El mer� hecho de lo sobrenatural no bas­
ta; como señala Todorov, puede aparecer en la épica y en
la tragedia, pero en e1las no provoca incertidumbre.
GÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS

Tal incertidumbre del lector, codificada en el texto, pue­


de resolverse a través de una explicación natural (un sue­
ño, drogas, superchería, etc.); en ese caso ya no estamos
en lo fantástico puro, sino en lo misterioso (l,étrange). Como
alternativa, es posible que tengamos que aceptar una ex­
plicación sobrenatural o que lo sobrenatural sea aceptado
como tal de principio a fin (poderes mágicos y auxiliares);
en tal caso, no estamos en lo fantástico, sino en lo maravi­
lloso (por ejemplo, aquellos elementos de lo sobrenatural
aceptado que encontramos en la épica y en la tragedia co­
rresponderían a lo maravilloso).
El propio Todorov plantea una posible objeción a la idea
de que con tan sólo una explicación en el último momento
del tipo «se despertó», se puede alterar el g6nero de un texto,
pero la rebate utilizando una analogía gramatical: lo fan­
tástico puro es un género evanescente, como el tiempo pre­
sente, mientras que lo misterioso ( que nos devuelve_ a lo
familiar) es como el pasado, y lo maravilloso ( que presen­
ta fenómenos desconocidos) es como el futuro.
Es cierto que incluso cuando parece que lo maravilloso
nos está contando una historia de un pasado lejano, suele
existir un elemento visionario (incluso moralista), un tono
que implica una verdad que se perdió, pero que volverá
(por ejemplo, Lovecraft, Tolkien). No estoy se gura, con to­
do, de que esta analogía nos lleve lejos como postulado teó­
rico, quiero decir, de que se.a utilizable, una hipótesis fuerte,
como dirían los gramáticos generativos.
Lo que significa, de hecho, es que lo fantástico puro
no es tanto un género evanescente, sino un elemento evanes­
cente; la incertidumbre frente a lo sobrenatural puede
durar un período largo o breve y desaparecer con una ex­
plicación. Y aunque Todorov diga que sería erróneo sos­
tener que lo fantástico puede existir únicamente como parte
de una obra, porque hay textos que mantienen la ambi­
güedad justo hasta el último momento (es decir, más allá
de la narración), él sólo aporta dos ejemplos: The Turn of
the Screw de H. James y La Venus d,Ille de Merimée. Perso­
nalmente no creo que una explicación natural tenga final­
mente el mismo peso que otra sobrenatural, como ocurre
en The Turn of the Screw, pero si admitimos la ambigüedad,
nos quedamos con sólo dos ejemplos claros (o con uno y
62 C HRISTINE BROOK!·>ROSE

medio) (v. la explicacióp que doy a «The BlaEk Cat» de Poe,


en mi libro -1981--).
Evidentemente, el dar unos cuantos ejemplos no es más
que el resultado fortuito de un trabajo realizado sobre un
corpus determinado, y no excluye la existencia de otros
ejemplos históricos. Volveré sobre los aspectos teóricos de
esta cuestión en un momento. Pero parece que a Todorov
le preocupa la escasez de ejemplos aportados, ya que tam­
bién menciona que «si decidimos se gu ir con el examen de
determinadas partes del trabajo, tomadas individualmen­
te, vemos que omitiendo el final de la narración por de­
terminado espacio de tiempo, podemos incluir un número
mucJ10 mayor de textos dentro del género de lo fantástico,
tales como Saragossa 1Wanuscript de Potocki, que resuelve la
incertidumbre únicamente al final, o Ines de las Sierras de
Nodier, donde el final de la primera parte provoca perple­
jidad en el lector, ya que el narrador realmente titubea ante
dos posibles procedimientos: cortar la narración (y quedarse
en lo fantástico) o continuar (y abandonar lo fantástico).
Más adelante Todorov apunta que las explicaciones ofre­
cidas suelen ser (como en estos dos textos) tan poco plau­
sibles que resultaría más convincente otra de carácter so­
brenatural, de manera que seguimos, como si fuera de un
modo retrospectivq, en lo fantástico. Sin embargo, yo creo
que el procedimiento de «omitir el final por determinado
espacio de tiempo» resulta un tanto discutible, más discu­
tible en cualquier caso que el de creer que una expresión
del tipo «me desperté» (u otra equivalente más extensa) al­
tera el género.
Todorov posteriormente elabora dos categorías transi­
torias o subgéneros, de acuerdo con la explicación que se
reciba, o mejor aún, de acuerdo con el momento en que se
reciba la explicación, es decir, de la duración de la incerti­
dumbre. El esquema es el si guiente:

misterioso/fantástico-misterioso/
/fantástico-maravilloso/maravilloso

Lo fantástico puro queda representado por la línea cen­


tral, fronteriza entre dos ámbitos adyacentes. Si lo sobre­
natural finalmente recibe una explicación natural, nos en-
CÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 63
contramos en lo fantástico-misterioso; si los hechos no son
sobrenaturales, sino extraños, horribles, increíb.les, estamos
en lo misterioso (con el énfasis depositado en el miedo del
lector, no en su incertidumbre). En el polo contrario, si lo
sobrenatural tiene que aceptarse fi:nalmente como tal, esta­
mos en lo fantástico-maravilloso; si se acepta como sobre­
natural de manera inmediata, estamos en lo maravilloso
(con el énfasis puesto en el asombro). Probablemente, pues,
a la izquierda de la línea, en lo fantástico-misterioso, no
sólo se resuelve la incertidumbre del lector, sino que se des­
hacen sus miedos, mientras que a la derecha de la línea,
en lo fantástico-maravilloso, el miedo se vuelve asombro.
Con todo, hay un punto básicamente poco satisfacto­
rio desde el punto de vista práctico y no teórico, relativo
a esta línea tan estrecha, a este género o, de hecho, a este
elemento evanescente. Todorov, por ejemplo, no se mues­
tra muy se guro sobre el lugar que debe ocupar «The Black
Cat» de Poe, que él menciona dentro de lo fantástico­
misterioso como posible excepción («quizá») a su argumento
de que los relatos de Poe pertenecen a lo misterioso y no
a lo fantástico. De hecho resulta completamente ambi guo,
lo mismo que ocurre con «The Sandman» de Hoffmann.
Existe otro aspecto de lo fantástico puro que Todorov
no señala, y es que si el principal rasgo constituyente de
este género es la ambigüedad total entre dos interpretacio­
nes posibles, éste es un rasgo que comparte con los textos
no-fantásticos. El propio James escribió otros textos ambi­
guos, aparte de The Turn oj the Screw; son textos en los que
la ambigüedad interpretativa no se da entre una explica­
ción sobrenatural y otra natural (The Lesson aj the Master,
The Figure in the Carpet y, posiblemente, The Sacred Fount,'
en estas obras la interpretación «sobrenatural» no está re­
ferida a espíritus, sino a una transferencia psíquica de ener­
gía, es decir, algo no necesariamente sobrenatural, sino psí­
quicamente posible para al gunos, v. Rimmon, 1977 para
un análisis de estas obras). La ficción moderna también ex­
plota la ambigüedad total: en las novelas de Robe - Grillet,
por ejemplo, normalmente resulta imposible decidir entre
diversas interpretaciones.
Si el único-i'asgo que distin gue lo fantástico puro de lo
misterioso y lo maravilloso es la ambigüedad que, a su vez,
64 CHR!STINE BROOKE-RüSE

comparte cierto seé�or de la literatura no-fantástica debe­


. mos o bien hacer hincapié ( comq Todorov) en que tal am­
bigüedad se refiere sólo a lo sobrenatural (con lo que, por
tanto • volvemos a caer en la consideración de lo sobrena-
tural como elemento básico), o bien tratar los demás tex-
tos no-fantásticos como formas desplazadas de lo fantásti­
co, que es lo que yo defiendo en mi libro (1981).
Volviendo al tema de los pocos ejemplos que se ofre­
cen de lo fantástico puro, de este elemento evanescente de
la línea central, no existe evidentemente razón teórica al­
guna por la que un género histórico no pueda adqui_rir
validez histórica a través de un único texto. ¿Dónde se m­
cluían Rabelais o Swift antes de que se redescubriera el tér­
mino de sátira menipea? ¿O Cervantes, antes de que se pu­
siera de moda en los años cincuenta el término «anti-novela»
(que data realmente del siglo xvn)? Estos interrogantes
apoyan el ar gu mento de Todorov a favor de géneros teó­
ricos, ya que un género teórico no necesita verse ejempli­
ficado en un texto existente. Por el contrario, si un género
no encaja en ninguna categoría ya existente, debe consti­
tuir lógicamente un género nuevo (hasta ahora inexisten­
te) y, por tanto, un género que habría sido «teórico», si
al guien hubiera establecido la distinción propuesta por To­
dorov antes de que, digamos, Merimée, H. James o Poe
escribieran. Como, no obstante, Nlerimée, Poe y] ames es­
cribieron sus obras con anterioridad, la situación histórica
se parece más a la descrita por Lem (u otro crítico históri­
co), aunque la situación teórica actual (para textos futu­
ros) está del lado de Todorov.
En otras palabras, creo que hay dos razones para pos­
tular géneros teóricos. En primer lugar, para distingu ir en
todo género lo que es «puro» de lo que no lo es (de acuer­
do con los criterios que se hayan establecido); el géhero puro
puede que no exista, sino que represente un modelo abs­
tracto, con mayor o menor predominio, según los casos;
tratándose de lo fantástico, la distinción se haría entre un
texto (existente o inexistente) en el que la incertidumbre
se mantiene hasta el final, y los demás. En segundo lugar,
para poder predecir, según dichos criterios, cualquier po­
sible desarrollo (futuro o ya existente, pero desconocido),
de i gual modo que una gramática, por simple que sea, pue-
c;(:NEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 65
de predecir todas las oraciones que se pueden generar a par­
tir de ella.
Es en esta se gunda función donde creo que falla la teo­
ría de Todorov. Esto puede comprobarse en el tratamien­
to que da a la Metamorfosis de Kafka (1970, 1975: 171-5)
e indirectamente aNose de Gogol (1970, 1975: 171-3). To­
dorov las sitúa como en un mundo aparte y al final propo­
ne una nueva categoría. Estamos en lo maravilloso, ya que
al principio se introduce un hecho sobrenatural, pero que
se ve aceptado inmediatamente y no provoca incertidum­
bre al gu na. El hecho, sin embargo, resulta aterrador, im­
posible, aunque se vuelva posible paradójicamente, de modo
que en este sentido estamos en lo misterioso. Y Todorov
concluye simplemente que las narraciones de Kafka «tie­
nen relación tanto con lo maravilloso como con lo miste­
rioso; constituyen el punto de encuentro de dos géneros apa­
rentemente. incompatibles».
Esto es muy distinto de lo que ocurre con The Turn of
the Screw, lo cual sí podría haberse postulado de acuerdo con
la teoría de Todorov. Estamos de nuevo ante una obra que
no encaja en una teoría de géneros y que, por tanto, en
principio habría sido un género «teóricamente posible» antes
de que apareciera, de haber sido postulado. La diferencia
radica en que la teoría de Todorov, si hubiera existido
antes de Kafka (o de Gogol), no habría podido postular di­
cho género, porque habría resultado lógicamente imposi­
ble dentro de un esquema concreto. Es como si su «gra­
mática» (aunque él nunca habría dicho esto de su. teoría)
fuera inadecuada.
Por el tratamiento que da a Kafka precisamente es por
lo que entendemos que Todorov se apoye en los géneros
históricos, a pesar de su alegato teórico y a pesar de que
aparentemente siga procedimientos de esta naturaleza. En
lo fantástico -nos dice- el hecho sobrenatural o extraño
se percibía por oposición a un entorno natural o normal,
pero en Kafka no provoca nin guna incertidumbre, ya que
todo es anormal y excéntrico. Incluso si d lector alberga
algún tipo de incertidumbre, ésta no afecta al personaje y
ya no hay identificación posible. Se ha abandonado la se­
gunda condición propia de lo fantástico (aunque esta se­
gunda condición, no obstante, era un requisito opcional y
66 CHRISTlNE llROOKE-ROSE

la identificación quedaba atribuida al lector nai:f). Dic�o


de otra forma, su teoría ya no cubre (por las razones �is­
tóricas y sociales que aporta) un determinado género de vida
breve y, por tanto, podrá aplicarse únicamente a los tex­
tos estudiados del siglo XIX.
Y, estrictamente, esto es todo lo que Todorov se pro­
ponía estudiar, con toda se gu ridad: el títul� de su obra en
inglés es The Fantastic -An Approach to � Liter�ry Genre [Lo
Fantástico; aproxímación a un género hterano], (en fran­
cés Introduction d la Littérature fantastique, la obra parece te­
ne/ en principio objetivos más amplios, ide� �ue desapa­
rece cuando llegamos a la restringida defimc10n que nos
ofrece). Pero, en vista de las críticas que hace recaer sobre
F ry e y del hincapié realizado sobre �a teoría, sorprend� que
su propio modelo resultara al final mcapaz de pred�cir ?,º­
sibles desarrollos teóricos. La teoría no da una exphcacion
lógica de Kafka ( salvo para decir que lo fantástico se de­
tiene antes de tal autor), ni podría postular sobre una ba­
se lógica una obra en la que (por ejemplo) el área sobre la
.
que se extiende lo misterioso puro (es decir, to?as las �o­
velas ligeramente extrañas, pero realistas) pudiera «com­
cidir» con lo puramente maravilloso. Y, no ?bst�nte, :P?­
dría decirse que gran parte de la «nueva» ciencia-ficc10n
( claramente The Sirens aj Titan de :Vonnegut, y de un mo­
do menos visible, Slaughterhouse Five, o Plus de McElroy),
así como, aunque de manera distinta, algunas nouveaux ro­
mans, es esto lo que constituyen exactamente.
Aunque su modelo es, en cierto sentido, un modelo ge­
nerativo, puede que Todorov no estuviera de �cue�d? en
_
afirmar que la función de una teoría es predecir historica­
mente, es decir, que no estuviera de acuerdo con la �e�n­
da función que yo he dado para postular géneros t:oncos.
Con todo, yo defendería su noción de géneros teóricos por
ambas razones y llegaría a decir que si ambas no están con­
templadas, la primera razón sola resulta ins1'.-ficiente. �a
noción de géneros teóricos, pues, queda reducida � un me­
, .
todo para determinar (e incluso valorar) textos hist�nco�,
aunque esto revista ya suficiente importancia. Al discutir
este punto con Todorov, me dijo que éste era realmente
su punto de vista actual, lo cual se percibía sólo lig�ramente
en su libro. Dicho de otra forma, él ha retrocedido y ha
c;ÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 67
vuelto a los géneros históricos frente a los teóricos. Yo le
dije que era una pena 4• Después de todo, la teoría de los
modos de F ry e, por muy débil que fuera desde el punto
de vista teórico, cumple de hecho como teoría histórica am-
bas funciones: nos permite determinar distintos predomi-
nios en cualquier texto histórico y es capaz de hacer pre-

IV. EL TERCER REQUISITO

El tercer requisito que debe cumplir lo fantástico tal y


como lo define Todorov ( es decir, el rechazo tanto de una
lectura poética como de una lectura alegórica, v. 197 5:
58-7 4) plantea un problema de distinto orden., al menos er
lo que se refiere a las constricciones impuestas sobre un;;
lectura alegórica, que a mi juicio resultan demasiado rigu ·
rosas, aunque creo que esto es una cuestión de matiz.
Estoy de acuerdo en lo relativo a la lectura «poética»,
en el sentido claramente definido por Todorov: un texto
fantástico debe leerse como ficción (independientemente de
los recursos retóricos que se utilicen, bien en lenguaje fi­
gurativo o en paralelismos estructurales, inversiones y re­
peticiones), y si lo leemos como poema, es decir, como texto
que únicamente puede leerse así (lo cual explóta la función
poética al máximo y descarta la función referencial), no po­
demos leerlo como ficción y evidentemente destruimos el
elemento fantástico que la ficción contiene 5•
Sin embargo, no me satisfacen tanto las constricciones
impuestas sobre la lectura «alegórica». La opinión de To­
dorov es que una lectura alegórica destruye la «verdad» de
la historia como tal. Por lectura alegórica él no entiende
una lectura alegórica subjetiva, tal y como la que pueda
hacer cualquiera de cualquier texto, sino una alegoría que

4
Cf. «The Origin of Genres» de TODOROV, en New Literary History
8.1 (Auntumn, 1976), y en francés en Les genres du discours (París, 1978).
5 Cf. la lectura poética que yo hago de The Tum ofthe Screw (1981),
estudio de recursos retóricos estructurales que funcionan en ambas hi­
pótesis (fastasmas o alucinaciones) y que, por tanto, mantienen la in­
certidumbre. Este tipo de lectura poética no destruye lo fantástico ni
representa lo que Todorov considera lectura poética.
68 CHRISTINE BROOKE-ROSE

podamos encontrar codificada en el texto. La «verdad» (fic�


tiva) de la historia constituiría en ese caso el nivel «literal»
en la alegoría ( «literal» tomado en el sentido tradicional de
la historia, que se opone a su significado alegórico, no en
el sentido de literalidad o literariedad que definimos al co­
mienzo de este ensayo), y este sentido literal tiende a de­
saparecer destruido por el significado alegórico. Todorov
pone como ejemplo·:la fábula, donde el elemento «fantásti­
co» -animales que hablan- queda eliminado por el moral.
Hasta aquí, bien. Sin embargo, Todorov, de acuerdo
con sus propios principios, argumentaría que el viaje de
ficción de Dante no es ficción propiamente dicha, por es­
tar al servicio de la alegoría. Y, con todo, estrictamente ha­
blando, el «yo» de Dante no apunta en ningún momento
al hecho de estar soñando ( como lo hace Will * de Lan­
gland en The Vision Concemin,g Piers Plowman 1), si nos dice tam­
poco cómo regresó para escribir el poema; al final permanece
clavado al círculo de la luz y nos deja que deduzcamos, con
la debida incertidumbre, si todo ha sido un sueño (el sue­
ño visionario medieval, un género en sí mismo, con el des­
pertar final truncado, en este caso justamente como Todorov
proponía para ciertos tipos de lo fantástico-misterioso), o
bien si todo ha ocurrido como hecho sobrenatural; «Dan­
te» es un ser privilegiado de manera muy similar a como
lo es el ama de llaves de James o cualquier otro personaje
dotado de un poder visionario especial, que aquí se dra­
matiza en forma de viaje guiado.
Todorov alegaría, sin duda, que estoy invirtiendo las
constricciones que él impone, y llevando a cabo una lectu­
ra referencial de un texto que sólo puede leerse éomo ale­
goría (y como poema, por supuesto, con el círculo de luz
como imagen poética), y evidentemente tendría razón.
Pero ya el mero hecho de que yo pueda hacer esa lec­
tura debe querer decir también seguramente que su géne­
ro fantástico ( elemento evanescente) existe como elemento
fuera del restringido período histórico al que queda asig­
nado.

* Mantenernos el nombre Will por la ambigüedad que encierra. vVill


significa voluntad y, al tiempo, hace referencia al nombre propio del autor
-William Langland- (v. infra) (N. de la T.).
GÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 69
De manera inversa y sobre la propia base de Todorov,
si se cumple verdaderamente su primera condición (la in­
certidumbre continua del lector), ¿no se produce de forma
automática un texto con dos significados ( al menos), dos
niveles, presentes en todo momento? En el caso de The Turn
of the Screw ambas interpretaciones son posibles permanen­
temente; no hay escena o frase que no sea del todo ambi­
gua. Así, la explicación natural (alucinaciones) equivaldría
al nivel «literal» en la alegoría, con un toque del nivel «mo­
ral», y la explicación sobrenatural (fantasmas) equivaldría
a los niveles «alegórico»; «moral» y «anagógico», según la
riqueza que presente la lectura (Todorov simplifica consi­
derablemente su definición de alegoría y la reduce a dos
únicos niveles, el literal y el alegórico, fundiendo de hecho
en la fábula el alegórico y el moral).·
Las diferencias más significativas serían: primero, la fal­
ta de jerarquía, el constante equilibrio de peso que· se pro­
duce entre una y otra interpretación dentro de lo fantásti­
co puro (aunque lo sobrenatural pudiera, de forma subje­
tiva en la mente del lector, sentirse como «superior>;, por
ser sobrenatural, o por el contrario, «inferior», por perte­
necer al campo de la superstición o, en un nivel literal, al
relato de fantasmas, género «inferior»); y, segundo, el he­
cho de que los dos niveles se excluyan mutuamente -aun­
que dentro de lo fantástico puro-, de que no puedan re­
solverse y se mantengan constantemente en la tensión de
la paradoja.
Sobre esta segunda diferencia, sin embargo, debe de­
cirse que el elemento paradójico es en gran medida parte
de la alegoría medieval en su forma más compleja, como
es también parte de lo fantástico «puro» ( es decir, compli­
cado). En Piers Plowman, por ejemplo, los niveles (analiza­
dos años atrás por Nevil Coghill, 1974) son:
Sensus litera/is S. allegoricus s. moralis S. anagogicus

Píer, granjero los seglares actúa bien Dios Padre


Pier, profesor,
sanador, sufridor el clero actúa mejor Dios Hijo
Pier, constructor
del granero el episcopado actúa de manera Dios Espíritu
Óptima Santo
70 CHR!ST,NE BRQOKE-ROSE

Sólo en un nivel puramente abstracto (y en un sentido


perfeccionista) podemos equiparar los tres elementos del sen­
sus allegoricus con los del sensus anagogicus; en los niveles
referenciales y fictivos Langland dispara de manera ful­
minante contra los pecados de los seglares, el clero y el
episcopado, de modo que se mantiene la tensión de la pa­
radoja. Se podría aplicar un esquema similar a Dante. La
segu nda columna podría ser :más política; en la cuarta po­
drían fi gurar Inferno, Purgatorio, Paradiso,· la tercera sería:
«hombre que actúa bien, mejor, de manera óptima», en lu­
gar de personajes de ficción, aunque cada uno de ellos es­
taría representado por las distintas personas que Dante va
encontrando en su viaje. De manera radical cambiaría úni­
camente la primera columna (la historia): Dante, el viaje­
ro (y Virgilio, compañero de viaje; Beatrice, como insti­
gadora del mismo); Dante, que ve sufrir y sufre, consuela,
informa y aprende (Virgilio, como gu ía e instructor; Bea­
trice, infundiendo ánimos); Dante el poeta, que construye
su poema de amor y belleza y que salva su alma (y Beatri­
ce como redentora, visión de perfección). La tensión pa­
radójica de los paralelismos es aún más fuerte en Dante,
ya que aquéllos se manifiestan no sólo eh las aparentes con­
tradicciones de la se gunda y cuarta columna (como en Lan­
gland), sino también en las de la primera y cuarta: Dante
como protagonista ,,autobiográfico» = Inferno, etc., mien­
tras que en Langland «el que sueña» es Wíll (Will-William
Langland), pero el sensus literalis se aplica a Piers Plowman
como personaje «bueno» y misterioso dentro de la ficción.
En otras palabras, ¿no es lo fantástico tal y como lo de­
fine Todorov un desarrollo moderno (niveles no jerarqui­
zados, paradoja más intensa) de la alegoría medieval -dos
formas de entre todas las que existen de escribir metafóri­
camente, a varios niveles o de una forma paradi gmática-,
i gu al que lo maravilloso es una versión del modo romance
de Frye? Digo «tal como lo define Todorov» porque las
constricciones que impone atañen clara y únicamente a lo
fantástico puro: lo maravilloso, incluyendo le merveilleux scien­
tifique (ciencia ficción) puede tender ,fácilmente hacia la ale­
goría codificada, i gu al que lo misterioso, y realmente toda
la ficción «extraña» a la que se abre lo misterioso, tiende
hacia un si gnificado moral, al menos.
GÉNEROS HISTÓRICOS/GÉNEROS TEÓRICOS 71
Generalizando, ¿no es lo fantástico puro con su ambi­
güedad absoluta una prefi guración (histórica) de muchos
textos modernos (no-fantásticos), que pueden leerse a dis­
tintos niveles, con frecuencia además paradójicamente con­
tradictorios, y que, por tanto, serían todos desarrollos mo­
dernos de la alegoría �edieval?
¿ No es la propia condición que define el género puro
(o elemento evanescente) una mera manifestación particu­
lar (histórica) de un rasgo más general (al menos dos lec­
turas contradictorias) que puede y quizá deba encontrarse
en toda narración sofisticada (compleja) en cualquier mo­
mento, con distinto grado de predominio y distintos tipos
de manifestación según el período de que se trate?
Esto, como digo, es una cuestión de matiz respecto a
las constricciones postuladas por Todorov y no un punto
de desacuerdo. Apruebo las definiciones de género, por muy
teóricas que sean, que excluyen aparentemente toda idea
de contaminación o, para usar un término menos peyora­
tivo, de flexibilidad. Pero en esto creo que estaría de acuer­
do Todorov en líneas generales, sobre todo porque no existe
esa exclusión aparente en su definición básica del género:
lo fantástico puro que él propone es un modelo teórico que
se encuentra con mayor o menor predominio en un con­
junto determinado de géneros histó1·icos.

V. CONCLUSIÓN GENERAL

Cualquiera que sea el válor de estas observaciones, la


aportación de Todorov es importante precisamente porque
plantea, de manera urgente y clara, la diferencia radical
que existe entre teoría y crítica. El hecho de que la poética
moderna pretenda ser o llegar a convertirse en una cien­
cia, aunque maneje productos culturales, no invalida la dis­
tinción. Ha resultado importante invertir el proceso tradi­
cional no científico que consiste en ir acumulando hechos
a la espera de que surja algún principio general -que, con
frecuencia en crítica literaria, sólo es válido para un texto
concreto; ha resultado importante adoptar el método cien­
tífico de postular primero una hipóstesis, un punto de vis­
ta (un modelo), a través del cual puedan observarse los fe-
CHR!ST!NE BROOKE-ROSE

nómenos. Y si la dificultad radica en el hecho de que, por


importante que sea el �odelo, siempre debe quedar en
nuestras mentes la absoluta flexibilidad de los fenómenos
(sobre todo los fenómenos culturales), esta flexibilidad no
puede, sin embargo, confundirnos respecto a la naturale­
za abstracta del modelo. La postura de Todorov, y la de
muchos estructuralistas, consiste en postular y defender el
modelo como tal; cada fenómeno histórico representa así
una versión en la que se manifiesi:a el modelo, con diver­
gencias particulares que podríamos denominar mezclas de
categorías, una cuestión de predominios. Al teórico le co­
rresponde la tarea de elaborar los modelos. Al crítico la de
analizar las divergencias y los predominios. El hecho de que
a veces ambos sean, como Todorov, una misma y única
persona hace que la empresa resulte difícil, aunque no im­
posible, a la hora de desenredar uno y otro aspecto. El he­
cho contrario, que se trate de. personas muy diferentes, el
crítico negándose a entender la teoría y el teórico recha­
zando el análisis empírico, es mucho más grave.

REFERENCIAS

BROOKE-ROSE, C. (1981), A Rhetoric of the Unreal, Cambridge,


Cambridge University Press.
COGHIL, Nevil (1944), «The Pardon of Piess Ploroman», The
Brithish Academy Lecture. Proceeding of The British Academy.
FRYE, N. (1957), Anatomy of Criticism. Four Essays, Princeton
Univ. Press. Trad. esp.: Anatomía de la Crítica, Caracas, Mon­
te Ávila.
GREIMAS, A. J. (1970), Du Sens, París, Seuil, T rad. esp.: Sobre
el sentido, Madrid, Fragua.
LEVI-STRAUSS, C. (1967), Structural Anthropology, Garden City
(N.Y), Trad. del francés Anthropologz'e structurele, París, Plon,
1958. Trad. cast.: Antropología estructural, México, FCE.
RIMMON, S. (1977), The concept of ambiguity-the exemple of James,
Chicago, Chicago University Press.
SARRAUTE, N. (1956), L'Ere du soupr;on, París, Gallimard. Trad.
ingl: Tropisms and íhe age of suspicion, Londres, 1963.
TODOROV, T. (1970), Introduction a la littérature fantastique, París,
Seuil. Trad. ingl.: The fantastic. A structural approach to a lite­
rary genre, Press of the Case Western Reserve University,
1973; 1975 en Cornell Paperback. Trad. esp.: Introducción a la
literatura fantástica, Barcelona, Buenns Aires edit.
ORDEN SIN FRONTERAS: ÚLTIMAS
CONTRIBUCIONES A LA TEORÍA DEL GÉNERO
EN LOS PAÍSES DE HABLA INGLESA
PAUL HERNADI
Universidad de Santa Bárbara (California)

Pace Croce, toda crítica literaria lleva consigo alguna


consideración de género. Hay, desde luego, formas más o
menos explícitas de generizar acerca de los textos indivi­
duales. El amigo abogado que me dijo la otra noche que
le había gu stado más una novela de éxito, ligeramente ro­
sa, que un volumen anterior de pbemas humorísticos del
mismo autor, difícilmente se consideraría a sí mismo un
crítico del género. Con todo, su comentario casual sirvió
para dar fe de la utilidad para su disertación de conceptos
genéricos tales como novela, poema, rosa, humorístico, qui­
zá incluso de éxito, y sus distintas j:ombinaciones. En efec­
to, tengo serias dudas de si el más firme creyente en la uni­
cidad de al gunas o de todas las obras de literatura podría
probar su ar gumentación sin refutarla simultáneamente.
Después de todo, tendría que describir las características
de aquellos textos supuestamente inclasificables indicando
por ello lo que, como clase, tienen en común. Siendo éste
el caso, la pregunta fundamental no es si se pueden clasi­
ficar las obras literarias, sino si se deben clasificar (y si es
así, con qué finalidad).
Muchos críticos del siglo XX parecen convencidos de
que el estudio de los géneros es útil principalmente como
ayuda para entender cómo las obras concretas llegan a es­
cribirse y tienden a leerse por parte de escritores y lectores

Título original: «Order without Borders: Recent genre theory in the


English-speaking countries», enjOSEPH P. STRELKA (ed.), Theories of Li­
tera�y Genre, University Park and London, The Pennsylvania State Uni­
vcr�ity P ress, 1978, págs. 192-208. Traducción de E_ugenio Contreras.
Texto traducido y reproducido con autorización del autor y del editor.
74 PAUL. HERNADI

concretos 1• Pero a la hora de presentar los resultados de


determinadas observac,iones genéricas, es probable que to­
dos los críticos libremente desarrollen nuevos o acepten vie­
jos conceptos de literatura. La rápida exposición de la re­
ciente crítica del género en los países de habla inglesa que
si gu e a continuación se centra en las teorías que aportan
nuevas formas de examinar la totalidad del ámbito de la
literatura imaginativa, o que modifican considerablemen­
te al gu nas de esas formas ya establecidas 2• Como el inte­
rés principal de dichas teorías es el orden del arte verbal
más que las fronteras entre géneros individuales, muchas
de ellas apuntan más allá de los textos -el área central del
estudio literario- hacia «contextos» de la literatura tales
como el psicológico, sociológico, antropológico y otros 3.

1 Los siguientes críticos resaltan la importancia de los géneros co­


mo marcos flexibles y cu,1si-institucionales para los escritores: HAROLD
ELMERZ MANTZ, «Types in Literature», Modern Language Review 12
(1917); NORMAL H. PEARSON, «Literary Forms and Types», English lns­
titui,e Annual, 194.0 (Nueva York, 1941); George Watson, The Study of Lzle­
rature (Nueva York 1969), Cap. 5; ALISTAIR FOWLER, «T he Life and
Death of Literary Forms», New Literary History 2 (1971). Como todo lo
contenido en este panorama, esta relación es muy selectiva. Los argu­
mentos que resaltan la función de los conceptos genéricos como herra­
mientas para los lectores comprenden CHARLES E. WHITMORE, «The
Validity of Literary Definitions», PML4 39 (1924); E. D. HIRSCH jr., Uz­
lidity in Interprewcion (New Haven, Connecticut, 1967), Cap. 3; ELISEO
VIVAS, «Literary Classes: Sorne P roblems», Genre 1 (1968); ALLAN ROD­
WAY, «Generic Criticism: T he Approach T hrough Type, Mode and
Kind», en Conlemporary Criticism, eds. Malcolm Bradbury y David Pal­
mer, Stratford-upon-Avon Studies, N.0 12 (Londres, 1970). Para una con­
sulta de las nociones genéricas comúnmente empleadas en la actualidad,
véase ALLAN RODWAY y BRIAN LEE, «Coming to Terms», Essays in Cri­
ticism 14 (1964 ).
2 En Beyond Genre: New Directions in Lilerary Classification (Ithaca, N. Y.,
1972) traté de situar un mayor número de teorías británicas y america­
nas en un contexto internacional. El primer y último capítulo de dicho
libro presentan mi propta visión sobre el 1ema.
:i RENE W ELLEK, probablemente el representante más respetado del

enfoque intrínseco, corroboró recientemente un interés con reservas hacia


los contextos de los textos: «No se puede debatir la naturaleza de la tra­
gedia sin hacer referencia a la religión y al ritual, o aislar la historia
de las formas fictivas de cuestiones tales como el status del narrador del
cuento o la composición del al.!ditorio al que éste se dirige en un mo­
mento histórico determinado. He... hecho una distinción quizá dema­
siado marcada entre el enfoque 'extrínseco' y el 'intrínseco' de la lite-
ORDEN SIN FRONTERAS 75
Dos importantes escritores creativos del siglo XX, Ja­
mes J oyce y T. S. Eliot, imprimieron nu�vas orientacio­
nes a la antigua tripartición griega del estilo de presenta­
ción en len gu aje de autor, fi gu rado y mi.xto. Platón (y m�s
tarde Aristóteles) había restringido la validez de esta se�1e
de distinciones al «modo» -distinto del «asunto»- del dis­
curso poético 4• Pero para los hombres de letras post-rena­
centistas, literatura «lírica», «dramática» y «épica» poco a
poco llegó a hacer referencia a géneros más que a modos
de discurso. Por último, alrededor de 1800, los Schlegel,
Schelling, Goethe, Jean Paul Richter, Hegel y otros escri­
tores y filósofos alemanes establecieron algo parecido a una
doctrina de la Santísima Trinidad en la moderna crítica del
género 5• Al ofrecer el conocido t_río de cursos sobre Poe­
sía Drama y Ficción en len gu a mglesa, los planes de es­
tudio de muchos colleges y universidades americanas atesti­
guan la supervivencia de la anti gua fe sometida a ataques
cada vez más fuertes.
Joyce incorporó su esbozo parisino de 1903 de una teoría
de los géneros en las observaciones de Stephen Dedalus re­
lativas al arte en general 6• El joven Stephen sostiene que
la imagen siempre debe situarse entre el artista y otros en
una de las tres formas si gu ientes: la lírica («en donde el ar­
tista presenta su imagen en relación inmediata consigo mis­
mo»), la épica («en donde presenta su imagen en relación
consigo mismo y con otros») o la dramática («en donde pre­
sen ta su imagen en relación inmediata con otros»). No se
nos dice cómo podrían distin gu irse los tres modos de pre­
sentación en otras artes probablemente porque, como de­
plora el purista Stephen, «incluso en literatura, el arte más
elevado y espiritual, las formas son a menudo confusas».

ratura». Discríminations: Further Concepts of Literature (New Haven, Con­


nenicut, 1 970), pág. 335.
, ,
+ PLATÓN, La Republica, Libro 3 (392c a 394c) y ARISTOT ELES, Poe­
tica, Cap . 3 (1448a).
, Cf. IRENE BEHRENS, Die Lehre von der Einleilung der Dichtkunst (Ha­
lle, 1940).
6 A Portrait of the Artist As a Young Man (Londres, 1 916),. Cap. 5. Cf.
también JAMES JüYCE, Critica! Writings, eds. Ellsworth Masan y Ri­
chard Ellmann (Nueva Y ork, 1959), pág. 145 para la idea básica de es­
ta tripartición y pág·s. 143 ss. sobre la tragedia y la comedia.
76 PAUL HERNADI

Aceptara o no aceptara el autor de A Portrai� y de las obras


posteriores de J oyce lás si guientes distinciones imaginati­
vas, a su más joven ego se le permite presentarlas con con­
siderable detalle.

La forma lírica es de hecho el gesto verbal más simple


de un instante de emoción... El que lo enuncia es más
consciente del instante de emoción que de sí mismo como
emoción de los sentimientos... La narrativa ya no es pu­
ramente personal. La personalidad del artista se introduce
en la narración misma, fluyendo en torno a las personas
y a la acción como un mar vital ... La forma dramática se
alcanza cuando la vitalidad que ha fluido y se ha arremoli­
nado en torno a cada persona llena a todas las personas de
tal fuerza vital que él o ella cobran una vida estética pro­
pia e intangible. La personalidad de artista... por último...
lo impersonaliza, por decirlo así... El artista, como el Dios
de la creación, permanece ... invisible, más allá de la exis­
tencia, indiferente, arreglándose las uñas (págs. 250 ss. ).

Lejos de rehuir la interacción genérica, T. S. Eliot pos­


tula su necesidad en una conferencia publicada sobre The
Three Voices of Poetry 7• Sin hacer referencia explícita a John
Stuart Mill, Eliot recupera el concepto de Mill de poesía
lírica 8 como «soliloquio oído accidentalmente» y sostiene
que parte de nuestro disfrute de la gran literatura es resul­
tado de nuestra «audición accidental» de las palabras que
el poeta, en la voz lírica, se dirige a sí mismo. Por supues­
to, «si el poema fuera exclusivamente para el autor, esta­
ría en un len guaje privado y desconocido» y, por tanto, no
sería un poema en absoluto. De acuerdo con esto, Eliot está
convencido de que en todos los poemas líricos debe oírse
al menos una de las otras dos voces. Con todo, la voz líri­
ca tampoco debe guardar completo silencio en las obras es­
critas para la se gunda o la tercera voz: «Si el autor nunca
hablara consigo mismo, el resultado no sería poesía, aun­
que pudiera tratarse de una magnífica retórica». De ma­
nera muy convencional, la se gunda voz se describe desde

7 Nueva York, 1954.


8
«What is Poetry?» (1833), Dissertations and Discussions, 2. ª ed.
(Londres, 1867), 1: 71 s.
ORDEN SIN FRONTERAS 77
el punto de vista narrativo y la tercera co�o vehículo ?el
_
drama: aquélla relata un cuento, y ésta exhibe una �cc10n,
a un auditorio. Con todo, el concepto de «voz» de Ehot nos
incita a plantearnos la sugerente pre gu nta de si el discur­
so dé Macbeth que empieza «mañana, y mañana, y ma­
ñana» nos conmueve especialmente porque «Shakespeare
y Macbeth están pronunciando las palabras al uníso�o»
(págs. 53 ss.). Y la misma metáfora vocal resulta apropia­
da para expresar la preferencia de Eliot, co�partida por
Joyce en la práctica, si no en la teoría,_ por la literatura ge­
néricamente compleja: «Todo lo que importa es que al fi­
nal las voces deben oírse en armonía; dudo de si en cual­
quier poema verdadero sólo es audible una sola voz» (pág.
37).
El primer J oyce y hasta cierto punto incluso el últi º
:11.
Eliot funden la inquietud por el «asunto» y «modo» poeti­
cos. Por el contrario, Albert Guérard los distingue y los
interrelaciona 9• Con las debidas excusas por la «terrible
simetría» de su provisional· clasificación en nueve aparta­
dos Guérard indica que «el espíritu lírico, el épico y el dra­
má�ico, individualmente, pueden revestirse de forma líri­
ca, épica y dr¡imática». Los ejemplos que presenta para los
géneros respectivos comprenden (págs. 197 ss.) «W�de­
rers Nachtlied» de Goethe (lírica lírica), «Bailad of Su Pa­
trick Spence» (épica lírica o narrativa) y los monólogos dra­
máticos de Robert Browning (lírica dramática); Don Juan
de Byron (épica lírica), La !liada (épica narrativa) y 1 Tale
.
of Two Cities (épica dramática); The Tempest (drama lmco�,
Prometeo Liberado (drama épico) y las «obras eficaces» de Scn­
be y Dumas hijo (drama dramático). Las observaciones ge­
néricas de Guérard evitan el dogmatismo de muchos crí­
ticos que dejan de distinguir «for�a» de «espíritu,� �el
modo de evocación literaria a partir de las caractensticas
del mundo evocado- y prefieren lo que en ellos consideran
géneros puros (la lírica lírica de Guérard, por ejemplo) a
otros tipos de literatura i gualmente respetables. Pero su
adhesión, no revocada, si bien escéptica, a un sistema de
clasificación en tres apartados impide a Guérard unificar sus
especulaciones relativas a los proverbios, máximas, precep-

9
Preface to World Literature (Nueva York, Í 940).
78 PAUL HERNADI

tos, �efranes PºP;:lares (pág. 203), poemas .descriptivos y


,
fi�osoficos (pag. 2L8), ensayos personales, narrativas auto­
bi�gráficas, crítica impresionista (págs. 261 ss.) y oratoria
(pag�. 302-,3) en el conce_rto de un cuarto género o, en su
termmologia, un cua1to tipo de forma y espíritu genéricos.
· ,
Tal genero surge del restablecimiento de la categoría
prerromántica de literatura didáctica por los críticos neoa­
ristotélicos de Chicago. La protesta en contra de Ronald
S . e rane 10 ' :1 co1:c�pto de la escuela de Chicago de lite-
. ,
ratura didactica (distmta a la filosofía y otras formas de dis­
c:1r�o �severativo), no es muy aristotélica: mientras que las
distmoones d�l filósofo griego según objetos, medios y mo­
,
dos de mimesis afectan a la totalidad de la literatura imagi­
_
nativa como arte mimético, la clasificación más general pro­
puesta por los críticos de Chicago divide a la literatura en
un género mimético y en un género didáctico. En una obra
d�dáctica, a�rma Elder Olson, todo «existe y tiene su ca­
racter peculiar para que se cumpla la doctr'ina» 11• Aun
cuando la acción metafórica de las alegorías didácticas
«guarda, superficialmente, una gran semejanza con un ar­
gu mento», en esta clase de poesía «los personajes represen­
tan de 1:1-odo muy general a los sujetos, y los incidentes a
los predicados, de la proposición doctrinal». Las obras mi­
méticas, por el contrario, están «dispuestas con arreglo a
un argu ��nto»: un . sistema de incidentes que «no es, co­
,
mo la acc10n alegonca, completo porque exprese comple­
tamente una doctrina dada, sino porque, como la acción,
resuelve aquellos problemas a partir de los cuales se ha
i�iciado». Olson insiste en que el lenguaje está dotado de
_
sigmficado (lexis) principalmente en las obras didácticas
mientras que la literatura mimética lo emplea como acció�
(praxis). «Lo que el personaje poético dice en el poema mi­
mético es lengu aje y tiene si grrificado; su decirlo es acción,
un acto de persuasión, confesión, mandato, información,
tort�ra o qué no - Su dicción puede explicarse desde el punto
_ _
de vista gramatical y lexicográfico; no así su acción». Co-

'" T�e Languages of Criticism and the Structure of Poetry (Toronto, 1953),
,
pags. 41, 156 ss., 197 n. 57.
" «William Epson, Contemporary Griticism, and Poetic Diction"
.
(1950), en Cntzcs and Criticism, ed. R. S. Grane (Ghicago, 1952).
ORDEN SIN FRONTERAS 79
mo resultado, la mayor parte de io que se ha, interpretado
como .significado en las obras miméticas debe considerarse
como «no sigrrificado en absoluto, sino implicaciones de ca­
rácter,, pasión y fortuna derivadas de la interpretación .del
lenguaje y de la acción» (págs. 54, 65 ss., 71). No alcanzo
a comprender por qué tales formulaciones han de definir
el lenguaje del narrador o de un personaje de La Iliada con
más precisión que en la Divina Comedia, principales ejem­
plos de Olson para la literatura mimética y didáctica, res­
pectivamente. Por más que el significado de cualquier co­
municación depende en parte del contexto derivado de la
situación, el si grrificado poético y el argumento -la dimen­
sión temática y la mimética- son aspectos interdependien­
tes más que ingredientes rivales e incompatibles de las obras
literarias.
El análisis de Tom]ones, realizado por Crane, como no­
vela de ar gumento cómico 12 es una contribución más
«aristotélica» a la moderna crítica del género. En el texto
conservado de Poética, sólo el drama trágico es objeto de
atención detallada, y, sin embargo, el modelo de Aristóteles
invita a la aplicación de al gunos de los mismos principios
también a las obras cómicas de la literatura no dramática.
Aceptando la invitación, el artículo de Crane interrelacio­
na implícitamente los comentarios de Aristóteles sobre los
objetos de mímesis, estructura argumental y las «partes cua­
litativas» de la tragedia. Si recordamos que Aristóteles exigía
de la tragedia «perfecta» que tuviera 1) un hombre funda­
mentalmente bueno 2) pasar de la felicidad a la miseria 3)
como consecuencia de algún grave error por su parte, es
probable que estemos de acuerdo en que las «tres variables»
según las cuales clasifica Crane los argumentos son, en efec­
to, muy aristotélicas. Estas variables son: la estima gene­
ral que se nos induce a formar del carácter moral del héroe,
como resultado de la cual le deseamos buena o mala fortu­
na al final; los placenteros o d9lorosos acontecimientos que
suceden o es probable que sucedan al héroe; y el grado de
su m-ponsabilidad por lo que le ocurre. Indudablemente,
este aparato conceptual es mucho más sofisticado que 1a idea

'" R. S. GRANE, «The Goncept of Plot and the Plot of Tom Janes,,
(1950), en Critics and Criticism (Ghicago, 1952).
80 PAUL HERNADl

determinada que procura establecer, a saber, que «el ar­


gumento de Tom Jones tiene una forma globalmente cómica»
(págs. 620 ss., 632-33). Con todo, no combina la retros­
pección de un lector del siglo XX con las consideraciones
de Platón y Aristóteles respecto del «asunto» del discurso
poético tanto como sería de desear y como otros críticos que
tratan de la dicotomía trágico-cómica han conseguido com­
binar.
El título mismo The Dark Voyage and the Golden Mean: A
Philosophy of Comedy *, de Albert Cook, indica el marco bi­
polar en el cual, como queda especificado en el subtítulo,
se ha situado el tema central del libro 13• En opinión de
Cook, sugerentemente razonada, la tragedia y la comedia
muestran el mundo bajo los aspectos opuestos de lo Mara­
villoso y lo Probable, respectivamente. Sin mucha necesi­
dad de ser demasiado selectivo en lo relativo a los temas
apropiados, cada uno consigue su objetivo contrariamente
a las expectativas: «Donde la comedia dice 'incluso en lo
no probable tiene lugar lo predecible', la tragedia dice 'in­
cluso en lo probable se revela lo maravilloso'» (pág. 44).
Cook se forma un amplio concepto de los dos géneros. Co­
mo el Monje de Chaucer y Fielding (en el Prólogo a Jo­
seph Andrews) mucho antes que él, da por supuesto que las
obras trágicas y cómicas no están necesariamente escritas
en la forma dialogal del drama: La Odisea, Don Quy.ote, Tom
Jones y Finnegam Wake se encuentran entre sus muestras
comentadas de comedia. Ni tampoco acepta el desenlace
feliz o desgraciado de un argumento como· base de la cla­
sificación genérica: «Tanto Filotectes como The Tempest son
profundas, y las dos tienen un final feliz; una es una tra­
gedia, la otra una comedia» (pág. 32). ¿Qué es lo que mar­
ca, entonces, la diferencia? De acuerdo con su dicotomía
, maravilloso-probable, Cook contrapone la dependencia en
la tragedia de los valores fundamentales (el bien y el mal)
a la preocupación de la comedia por las buenas o malas
costumbres, la exploración en la tragedia de las almas in­
dividuales al interés de la comedia por los contextos socia­
les (la generación, la familia), el énfasis de la tragedia en

t:i Cambridge, Massachusetts, 1949.


* La oscura travesía y elJusto medio: Filosofía de la comedia. (N. del T.),
ORDEN S[N FRONTERAS 81

lo divino que hay en el hombre a 'la insistencia de la co­


media en las cualidades que los hombres comparten con
las bestias y las máquinas. En el terreno de las convencio­
nes teatrales, el soliloquio tragico (el personaje dirigiéndo­
se a su alma) se corresponde netamente con el aparte có­
mico (el personaje dirigiéndose al auditorio). Pero Cook
también señala que los apartes de las obras teatrales ma­
nifiestan una tendencia general inherente a las obras có­
micas de ficción así como al drama: la ruptura deliberada
de la ilusión del lector o espectador respecto de la realidad
del mundo imaginativo que está invitado a contemplar. Las
obras trágicas, por el contrario, exigen de nosotros que las
tomemos «en serio» para que nos «identifiquemos nosotros
mismos como individuos con el protagonista, y de ahí nues­
tra pena y terror» (págs. 33 ss., 45 ss.) ..
Recuperando dos tradicionales antinomias de la crítica
dramática (fracaso-triunfo, aristócrata-burgués), Cook in­
siste en que el dolor no correspondido y el fracaso definiti­
vo en nuestro mundo probable son esenciáles para la dig­
nidad del héroe trágico. La «hybris activa» de un Edipo,
Bruto, Lear u Otelo consiste en negar las limitaciones hu­
manas, cada uno de ellos experimenta que su individuali­
dad no puede ser conquistada y que por tanto, como un
dios, «él puede querer la perfección de su propia acción».
Con todo, el maravilloso intento de alcanzar la divinidad
es «un intento en el que el hombre siempre ha de fraca­
sar», y la hybris activa del héroe aristocrático pronto tendrá
que ser «curada» -expiada- por el sufrimiento pasivo; La
«hybris pasiva» del héroe cómico, que. es un bur gués en es­
píritu (si no en status social también), es diferente: «Quie­
re asegurarse de que cuando introduce una moneda en la
máquina del cosmps obtendrá el valor exacto de la mone­
da, aunque tenga que aporrear violentamente la máquina».
Cook nos previene contra la confusión del «aporreamiento
de la máquina» con la hybris activa. Mientras que el hé­
roe clásico «crea activamente su destino», el héroe burgués
con hybris pasiva deforma su personalidad «por la equidad
en los intercambios materiales» (págs. 87 ss. ). A la vista
de esta aguda observación, a uno le viene el deseo de sa­
ber por qué los héroes de Ibsen y Strindberg, a los que Cook
declara culpables de hybris pasiva más aue activa, han de
82 PAUL HERNADI

llegar a considerarse héroes de la tragedia. A algunos de


ellos (y a otros muchos perso�ajes literarios más recientes)
se les puede conceptuar mejor como «héroes deformados»
de obras que son sólo parcialmente trágicas por;i�e, h�s�a
un límite considerable, son también melodramat1cas, 1ro­
nicas, satíricas o tragicómicas.
Una reducción similar de los variados fenómenos den­
tro del tradicional sistema bipolar de tragedia y comedia
desvirtúa los pertinentes comentarios de Susanne K.
Langer 14• En Philosophy in a New Key, Langer vinculaba el
«contenido emotivo» de las obras de arte en general con algo
«prerracional y vital. algo de los ritmos vitales que com­
partimos con todas las criaturas que crecen, tienen. ham­
bre, se mueven y tienen miedo» (pág. 211). E :1 Feelzng �nd
Form considera las dos «grandes formas. dramáticas» no solo
}
,
bajo las denominaciones más convenc10nales de «tema tra-
gico» ( culpabilidad que origina expiación) y «tema cómi­
�o» (vanidad que origina desenmascaramiento). Aparte de
esto, Langer ar gumenta de modo muy persuasivo que las
obras trágicas y cómicas llevan las marcas de uno de los
dos «ritmos» fundamentales de la vida; contraponen la cons­
ciencia humana de la individuación y la muerte con la in­
mortalidad, por decirlo así, de las especies como tales y de
los protozoos. Mientras que la comedia exhibe el ritmo vi­
tal de autoconservación de la naturaleza, la tragedia abs­
trae el ritmo de autoconsumación a partir de las fases irre­
versibles de la vida pluricelular: crecimiento, madurez y
decadencia. Nin gu no de los dos géneros está, por supues­
to, restringido a tratar su prototipo en un sentido literal;
la tragedia, por ejemplo, tiende a imprimir el ritmo de
«avance hacia la muerte» como forma perceptible de un
asunto que implica un lapso de tiempo de días u horas en
lugar de las «décadas de consumación biológica» (págs. 327,
350 s., 360-61). Esta teoría evita el prejuicio que con fre­
cuencia se encuentra en los críticos con inclinaciones filo­
sóficas que abordan los dos géneros con un modelo pre­
concebido del mundo: Langer no tiene que interpretar la
visión trágica de la vida como una «lectura transitoria» de

Philosophy in a New Key (1942), 6. ª ed. rústica (Nueva York,


14

1954); Feeling and Form (Nueva York, 1953).


ORDF,N SIN FRONTERAS 83
un universo no definitivamente- trágico; ni tampoco le ha­
ce falta exigir a la comedia que trace un «círculo mágico»
más allá del cual el lector no pueda pisar a menos que «la
concepción más amplia y profunda» de la esencialmente trá­
gica existencia humana destruya las pautas del mundo
cómico 15• Su concepción global de la existencia individual
ligada a la muerte dentro del curso ininterrumpido de la
vida autoperturbadora favorece la presentación poética de
cualquiera de los dos «ritmos». Pero al gunos de los comen­
tarios de Langer sobre obras concretas -particularmente
su propuesta de consideración de las obras de Corneille y
Racine como «comedias heroicas», más que como tragedias
(pág. 337)- revelan algo de rigidez potencialmente enga­
ñosa en su sugerente sistema.
Eric Bentley, en su discusión de una mayor variedad
de géneros en The Lije aj the Drama, ejemplifica sus conceptos
de melodrama, farsa, tragedia, comedia y tragicomedia con
frecuentes alusiones a novelas, óperas y películas, así como
a obras teatrales 16• Esto no es sorprendente; la concepción
del drama de Bentley como imitación de los conflictos cons­
cientes e inconscientes está en deuda con pensadores tales
como Platón, Aristóteles, Schopenhauer, Nietzsche, Berg­
son y Freud, cuyas respectivas formulaciones al respecto
cuentan con una base empírica más amplia que el escena­
rio del actor. Bentley define el melodrama y la farsa como
«desinhibidos». Mientras que el melodrama deriva su fór­
mula básica inocencia rodeada de malevolencia, de «fan­
tasías más ; menos paranoides», la farsa revela el brutal
placer de la agresión con el cual la «inocencia» toma sus
represalias. Desde una perspectiva «adulta, civilizada, sa­
na», ambos géneros parecen «pueriles, salvajes, enfermos».
Con todo, emplean el desenfrenado «naturalismo de la
vida onírica»: sus características, semejantes a las de los
cuentos de hadas -indulgencia en la violencia física, yux­
taposición ingenua de héroes perfectos y despreciables
villanos- reflejan un cierto tipo de realidad, a saber, la

15 Las expresiones citadas proceden de dos obras por lo demás muy


penetrantes y juiciosas: Una ELLIS-FERMOR, The Frontiers of Drama, 2.ª
ed. (Londres, 1964), pag. 147; y DAVID DAICHES, Critica! Approaches to
Literature (Englewood C!iffs, Nueva Jersey, 1956), pag. 238.
16 :'.\íueva York, 1964.
84 PAUL HERNADI

realidad de los viajes inconscientes. Según_Bentley, las pa­


l.abras que pertenecen ·a estas «formas inferiores» tienden
a tener Ún saludable efecto «catártico» en los lectores y es­
pectadores en la medida en que contribuye a liberar temo­
res y deseos reprimidos mediante el cauce de las respues­
tas estécicas inocuas (págs. 203 ss., 216-17, 246, 255 ss.).
La tragedia y la comedia son «formas superiores» pre­
cisamente porque, en lugar de simplemente rechazarlos, in­
corporan importantes aspectos del melodrama y la farsa,
respectivamente. Ciertamente, los héroes y villanos de la
tragedia y los bufones y bribones de la comedia son más
complejos que los personajes-tipo del melodrama y la far­
sa. Con todo, no es la verosimilitud sino la sutil distribu­
ción de responsabilidades la que hace a una obra como Otelo
trágica más que melodramática. «Yago instiga; Otelo es sus­
ceptible. Entre los dos, Yago y Otelo combinan los vicios
de la civilización con los de la barbarie». La tragedia tras­
ciende el melodrama como la justicia trasciende la vengan­
za: en el melodrama, el héroe inocente puede correspon­
der al sufrimiento; en la tragedia, el héroe culpable debe
soportarlo (págs. 257, 267-68, 288 ss.). Como la tragedia
frustra nuestro impulso de identificación con la inocencia
e impone la identificación con la culpabilidad, estimula el
autoconocimiento en lugar de la deseosa gratificación del
ego en el caso del melodrama. La comedia estimula el auto­
conocimiento en un estilo diferente; a diferencia de la far­
sa, se enfrenta a la miseria de la condición humana antes
de decidirse a «mirar al otro lado». Todo esto se puede ad­
mitir perfectamente, si bien Bentley se excede cuando in­
terpreta el «No hablemos de eso» de la comedia como «De
eso no se puede hablar»: una actitud de «pesimismo más
negro que el de la tragedia, pues la tragedia presupone que
puede hablarse de todo» (págs. 260 ss., 298-99).
En opinión de Bentley, la tragedia, al igual que la co­
media, aporta la «prueba terriblemente concluyente de que
la vida no merece la pena vivirse», si bien ambos géneros
afirman en el fondo el valor de la existencia humana «de­
safiando los hechos establecidos». Como implica el capítu­
lo que da fin a The Lije of the Drama, esta paradoja queda
mitigada en un tipo de tragicomedia y resaltada en otro.
Bentley distingu e aquellas obras en las que la tragedia se
ORDEN SIN FRONTERAS 85
encuentra y trasciende de aquellas otras obras en las que
el penetrante ojo de la comedi é¡i se niega a «mirar al otro
lado». La «tragedia con desenlace cómico» alarga el mo­
mento final de reconciliación, que es breve, si es que llega
a haberlo, en la tragedia genuina. Measure far Measure de
Shakespeare, Prinz van Hamburg de Kleist, Iji_genia y Fausto
de Goethe son tragicomedias en este sentido de la palabra;
celebran el perdón en oposición a la <�usticia», esa forma
más elevada de venganza (págs. 308-9, 316 ss., 319, 331).
El otro tipo de tragicomedia, más sombrío y más moder­
no, podría definirse como «comedia con desenlace trágico»,
salvo que la propensión al final desgraciado tiende a pro­
yectar su sombra en todas las obras pertenecientes a este
género. El pato salvaje de Ibsen, Huerto de cerezas de Chejov,
Santa Juana de Sháw, Seis Personajes de Pirandello y Maha­
goni de Brecht fi guran entre los ejemplos relativamente
tempranos de Bentley; y estas obras en cierto modo han
preparado el camino para expresiones más marcadas de de­
sesperanza tragicómica como Godot de Beckett, Las sillas de
Ionesco y otros representantes del Teatro del Absurdo. Ben­
tley sabe, por supuesto, que los efectos cómicos con frecuen­
cia intensifican, más que alivian, la tristeza que irripregna
este tipo de drama moderno. Pero también insiste en que
«hasta el humor negro es humor», y que un hombre que
de verdad hubiera perdido la esperanza «no habría estado
dispuesto a decirlo así», y menos en la elaborada forma de
una obra de arte (págs. 319-20, 334-35, 345, 350, 352).
En la obra de los dos críticos norteamericanos .más ori­
ginales, la tragedia y la comedia se funden en el esquema
más amplio de la literatura si guiendo estilos fascinantemente
dispares. En Attitudes toward History, Kenneth Burke se ocupa
de los géneros literarios a la luz de su teoría particular de
la conducta colectiva e individual, una mezcla muy poco
dogmática de sociología (en su mayor parte marxista) y psi­
cología de lo inconsciente ( en su mayor parte freudia­
na) 17• Burke considera «el Sí, el No y el reino intermedio
del Quizá» como las actitudes básicas de la formación y
reorganización de las congregaciones humanas, y las «for-.
mas expresivas» de los géneros literarios representan para

17 Ed. rústica (Eoston, 1961), reimpresión de la edición de 1937.


86 PAUL HERNA!Jl

él «distintos modos en los cuales estas actitudes se simboli�


zan de forma sutil y sublime» (pág. 1). El gr� poema épico,
la tragedia, la comedia, un géneró denominado humor y
el tipo carpe diem de la poesía lírica proporcionan «marcos
de aceptación». El poema épico hace que la humildad y la
autoglorificación «colaboren» agrandando al personaje del
héroe guerrero de acuerdo con las exigencias de la situa­
ción a la que se enfrenta; contemplando las hazañas del hé­
roe, uno adquiere un sentido realista de las propias limita­
ciones, pero también obtiene, mediante una identificación
parcial con el héroe, «la distinción necesaria para las nece­
_
s1d�;1es de la autojustificación». El humor favorece la acep­
tac10n de una manera opuesta; «empequeñece la situación»
con una actitud de «feliz estupidez», por la cual «la grave­
dad de la vida sencillamente no llega a manifestarse». Tanto
la �ragedia como la comedia repudian el orgullo y, en su
cali�a� de marcos de aceptación, abogan por la ventaja de
.
las hm1tac10nes del hombre medio. La diferencia radica en
esto: mientras que la tragedia exalta la hybris como el ori­
gen de sobrecogedores crímenes, la comedia la desecha co­
mo error ridículo . Burke indica que «el nacimiento del in­
dividualism? comercial» en la Atenas de Pericles «agudizó
.
la consciencia de la ambición personal como motivo de los
actos humanos» y atribuye a los tres grandes trágicos una
«actitud pía, ortodoxa, conservadora, 'reaccionaria',» ha­
cia esta clase de hybris (pág. 39) .
Los comentario:; de Burke sobre los géneros que ofre­
cen «marcos de rechazo» tienen una conexión más fuerte
si bien menos directa, con la tragedia y la comedia. Cons�
ciente de que la aceptación de A puede suponer el rechazo
de no A, Burke no contrapone la aceptación al rechazo co­
mo mutuamente excluyentes (pág. 57). Es por tanto en un
s�ntido dial�cticamente cualificado en el que la elegía, la
satir� y el genero
. burlesco rechazan. La elegía lo hace por
med10 de la mversión de la estrategia del humor: «Expan­
de la despr��orción entre la debilidad del yo y la magnitud
.
de la s1tuac10n» . Pero hay también un elemento de acepta­
_,
cion en la elegía, �a que una persona con una técnica per­
.
fe�cwnada de quep no eludirá las situaciones que le per­
mitan usar tal herramienta. La elegía procura mostrar
.
tolerancia ante los golpes de gran infortunio administrán-
ORDEN SIN FRONTERAS 87
dolo estilísticamente en pequeñas dosis; esta estrategia «ho­
meopática» no es, sin embargo, la mejor en situaciones en
dond� los_ g?}pes podrían .haberse esquivado por completo.
En mi opm10n, Burke podría haber hecho afirmaciones si­
milares también sobre la tragedia, y sus observaciones re­
lativas a la. sátira y al género burlesco también se aplican
a determinados tipos de comedia. La sátirá ataca en otros
la debilidad y las tentaciones que afligen al propio escritor
satírico; se trata de «un planteamiento dPsde fuera de algo
que surge desde dentro». En el género burlesco y sus formas
relacionadas (polémica, caricatura), no hay ningún inten­
to de penetrar en la psiquis de la víctima, y la prejuzgada
selección de factores externos de la conducta alcanza su
«conclusión lógica» con la «reducción al absurdo» que tie­
ne por objetivo (págs. 44 ss.).
Aunque nunca se explica claramente por qué el géne­
ro grotesco y el didáctico pertenecen a los «reinos interme­
dios del Quizá», Burke parece considerarlos como mani­
festaciones de ese tercer tipo de «actitud hacia la historia».
Por otra parte, al considerar abiertamente los génerüs co­
mo «grabaciones en directo», no tendríamos por qué echarle
en cara su tendencia a considerar su producción en térmi­
nos no literarios. Con todo, sus diversas disertaciones so­
bre el género grotesco (sugerentemente definido como «el
culto a la incongruencia sin la risa») y el didáctico («hoy
normalmente llamado propaganda») están sociológicamente
orientadas hasta el extremo de plantear la duda de si Bur­
ke llega a considerar estos dos géneros, «predominantemente
de transición», como géneros de literatura imaginativa
(págs. 57 ss.).
Desde luego, la gran influencia de Kenneth Burke en
sus contemporáneos y en los críticos más jóvenes apenas
se apoya en sus conceptos del género literario. Por el con­
trario, gran parte de la aún mayor influencia de Northrop
Frye se basa en Anatomy aj Critz'cism, que ofrece una de
las teorías de clasificación literaria más ambiciosas jamás
concebidas 18• Frye sabe, por supuesto, que «la finalidad
de la crítica por géneros no consiste tanto en clasificar
como en aclarar tradiciones y afinidades, sacando con ello

18 Prínceton, 1957.
88 PAUL HERNAD!

a relucir relaciones literarias que pasarían inadvertidas


mientras. no hubiera un contexto. establecido oara ellas»
(págs. 247-48). Por consi guiente, emplea difer�ntes prin­
cipios de clasificación genérica en lugar de preferir o su­
bordinar, por ejemplo, un concepto de tragedia a un con­
cepto de drama o viceversa. Los conceptos de Frye de
mythoi, modos y radicales de presentación, no muy diferentes
a las distinciones coordinadas de Aristóteles según los me­
dios, objetos y modos de mímesis, nos ayudan a examinar
las obras literarias desde un esquema policéntrico.
En el tercer ensayo de la Anatomy, Frye postula la exis­
tencia de cuatro «categorías narrativas de la literatura más
amplias que los géneros literarios, o lógicamente anterio­
res a ellos» e intenta situar todas las historias que pueden
relatarse en un gigantesco mapa conceptual con lo «román­
tico», lo «trágico», lo «cómico» y lo «irónico» (o «satírico»)
como puntos cardinales. Los cuatro «ar gumentos genéri­
cos» o mythoi se revelan como movimientos dentro de un
mundo muy deseable (romance), dentro de un mundo dolo­
rosamente defectuoso (ironía y sátira), en sentido descen­
dente desde la inocencia pasando por la hamartia hasta la
catástrofe (tragedia), o en sentido ascendente desde el mun­
do perdido de la experiencia pasando por complicaciones
amenazadoras hasta llegar a «una presunción general de
inocencia retrospectiva en la cual todos viven felices desde
entonces» (comedia) (pág. 162). El tratamiento que Frye
hace de la tragedia y la comedia pone en relación aspectos
de semejanza y diferencia de una manera especialmente es­
timulante. Comentando las palabras de Dios acerca del
hombre en El Paraíso Perdido -«Capaz de er guirse, más li­
bre para caer» (m, 99)- Frye indica que Adán pierde la
libertad por su uso mismo de la libertad «del mismo modo
en que, para el hombre que se arroja por un precipicio,
la ley de la gravedad actúa como destino del breve resto
que le queda de vida». En la concepción de Frye de la tra­
gedia, el mismo acto de «sometimiento de una vida relati­
vamente libre a un proceso de causalidad» es realizado por
Macbeth cuando acepta la lógica de la usurpación, por
Hamlet cuando acepta la lógica de la venganza y por Lear
cuando acepta la lógica de la abdicación (págs. 211-12). La
estructura ar gumental de la comedia invierte el proceso y
ORDEN SIN FRONTERAS 89
libera al hombre de la esclavitud para conducirlo a un «or­
den estático y armonioso» el cual, al final de la mayor parte
de las obras cómicas, resulta haber sido sólo temporalmente
«trastornado por locura, obsesión, olvido, 'or gullo y pre­
juicio'» (pág. 17). Sin hacer referencia expícita al artícu -
lo de Ludwig Jekels, «On the Psychology of Comedy» 19,
Frye propone una interpretación freudiana parecida: «Lo
que normalmente ocurre es que un hombre joven desea a
una mujer joven, que su deseo se ve refrenado por una opo­
sición, normalmente paterna, y que cerca del final de la
obra algún giro en el ar gumento permite al héroe cumplir
su voluntad». Dicho todo esto, Frye ha preparado a su lector
para que considere. como característica de la comedia «una
especie de situación edípica cómica en la cual el héroe sus­
tituye al padre en el papel de amante». En al gunos casos
raros, aunque reveladores, incluso puede da:rse el «temor
a violar a una madre» en obras por lo demás cómicas co­
mo Las bodas de Fígaro o Tomjones. Con mayor frecuencia,
sólo la «alianza psicológica» vincula a la novia del héroe
con la madre (o madrastra) de él o de ella (págs. 180-81).
Asimismo, el camino del héroe hacia la felicidad no tiene
por qué verse obstruido por su propio padre (que puede
ser o no su rival en el amor de la heroína). Las dificulta­
des proceden a menudo de «sustitutos del padre» tales co­
mo el padre de la chica, su guardián o un pretendiente que
es más viejo y acaudalado que el héroe y que por tanto «par­
ticipa de la más estrecha relación que el padre tiene con
la sociedad establecida». Con esta indicación sociológica,
Frye toma el relevo a Jekels, quien simplemente afirmaba
que la comedia �leva nuestros espíritus reemplazando la cul­
pabilidad edípica y el castigo correspondiente del hijo al pa­
dre. Frye a su vez señala la frecuencia con que las obras
cómicas agregan crítica social al ataque hacia aquellos que
ejercen la autoridad paterna sobre los amantes jóvenes; po­
demos encontrar «al guna agu da observación sobre el cre­
ciente poder del dinero y el tipo de clase gobernante que
está fomentando» ya en los dramaturgos del Renacimien­
to, incluyendo a Ben Jonson (págs. 163 ss.).

19
En Selected Papers (Nueva York, 1952). «On the Psychology of
Comedy» fue publicada originalmente en alemán en 1926.
90 l'AUL HERNADI

En conjunto, por supuesto, la concepción de Frye de


los cuatro mythoi está mucho menos en deuda con Freud,
Marx y sus respectivos seguidores que con los escritos de
Sir James Frazer y Karl Gustav Jung sobre mitología. Con­
sidera los cuatro argumentos genéricos como cuatro fases
en los mitos más universales de la humanidad. Corres­
pondiendo con las cuatro fases dd «ciclo natural» del día
(amanecer, cénit, ocaso, oscuridad) y del año (primavera,
verano, otoño, invierno), la Comedia, el Romance, la Tra­
gedia y la Ironía (o Sátira) se revelan en el tercer ensayo
como cuatro modelos básicos de la imaginación humana.
En el primer ensayo, Frye sostiene que todos estos mode­
los se manifiestan de forma especialmente clara en los mi­
tos: puesto que los dioses poseen el mayor poder de acción
posible, las historias sobre ellos «operan en el plano más
alto del deseo humano». Mientras que el héroe de un mito
genuino es un ser divino y por tanto superior en género
tanto a los hombres como a su entorno natural, el héroe
típico del romance, leyenda y marchen es superior a otros hom­
bres no en género sino sólo en rango, aun cuando, en el
mundo evocado por este grupo de obras, las leyes ordina­
rias de la naturaleza quedan «ligeramente suspendidas». Su­
perior en rango, pero sujeto a su entorno natural, es el hé­
roe de la mayor parte de la épica y la tragedia: el caudillo.
Aproximadamente i gual a otros miembros de su misma
sociedad, el «héroe» de la mayor parte de la comedia y la
ficción realista es «uno de nosotros». Al mito, romance, «alto­
mimético» aristocrático y «bajo-mimético» realista, Frye aña­
de la ironía como quinto modo. Dejando aparte el asunto
de la verosimilitud b::�o-mimética, este modo -que no hay
que confundir con el mythos de la ironía, ya mencionado­
nos muestra personajes «inferiores en poder o inteligencia
a nosotros mismos, para que tengamos la sensación de do­
minar un panorama de esclavitud, frustración o absurdo».
Con obras «irónicas» tales como El Proceso de Kafka, la li­
teratura moderna retrocede, por así derir, ante el reino de
la plausibilidad hacia el modo del mito, pues «los confusos
contornos de los rituales de sacrificio y de dioses agonizantes
comienzan a reaparecer en él» (págs. 33-34, 42). Esta re­
ferencia a la realidad mítica de los dioses agonizantes in-
dica que Frye es implícitamente consciente del hecho de que
ORDEN SIN FRONTERAS 91
los mitos pueden ser proyecciones de los temores humanos
así como de las aspiraciones humanas. Además, Frye atri­
buye gran parte de la sutileza de la gran literatura al «con­
trapunto modal». La «tonalidad» de Antony and Cleopatra de
Shakespeare, por ejemplo, es alto-mimética, pero podemos
contemplar al gran caudillo Marco Antonio «irónicamen­
te, como un hombre esclavizado por la pasión» (págs.
50-51). A pesar de la posibilidad de tal interacción entre
modos diferentes, F rye parece tener justificación al postu­
lar una tendencia creciente a disminuir el poder de acción
del héroe tanto en la antigüedad clásica como en la tradi­
ción occidental desde comienzos de la Edad Media.
La explicación histórica de Frye de los «temas» de la
literatura como versiones similarmente desplazadas de sus
arquetipos es menos convincente. Con todo, sus comenta­
rios sobre el tema -término de Frye para la dianoia de Aris­
tóteles, norma]mente traducida como «pensamiento» -son
muy estimulantes. Frye sostiene que mientras que el ar­
gmn,�nto o mythos determina la forma temporal de una obra
como una secuencia de acontecimientos hipotéticos, el te­
ma o dianoia mantiene la unidad de la obra bajo un esque­
ma simultáneo y cuasi-espacial de significado. El mythos y
la dianoia se revelan así como aspectos complementarios de
toda la literatura: «el mythos es la dianoia en movimiento,
la dianoia es el mythos en stasis,,. Su relativo predominio ha­
rá que al gunas obras sean principalmente «fictivas», otras
principalmente «temáticas»; las obras predominantemente
fictivas se centrarán en la «ficción interna del héroe y su
sociedad», las obras predominantemente temáticas estable­
cen a su vez una especie de «ficción externa» resaltando la
relación contemporánea o póstuma entre el escritor y su so­
ciedad: el público lector potencial (págs. 52-53, 83).
La relativa proximidad de las obras al extremo fictivo
o al extremo temático de la literatura es uno de los aspec­
tos abordados por Frye en el cuarto ensayo de la Anaiomy.
Aquí Frye sugiere que las obras literarias constan de lo que
idealmente son estructuras verbales habladas, impresas, en­
tonadas e interpretadas (págs. 246-4 7). Las obras en las que
el poeta se dirige a un auditorio pertenecen al género epas
-se nos recuerda que los griegos se referían con ta epe a
aquellos poemas que habían de ser recitados- mientras que
92 PAUL HERNADI

lajicción, un tipo de fiteratura mucho menos palpablemen­


te de J.Utor, parece destinada a la página iinpresa. El «can­
tante» de poemas líricos simula estar en comunión consigo
mismo o, en cualquier caso, con alguien distinto a su oyente
o lector real quien, en expresión de] ohn Stuart Mill, «oye
accidentalmente» los enunciados líricos. Por último, y más
convencionalmente, la presencia sin mediación de las fi guras
hipotéticas apunta a la interpretación como el «radical de
presentación» característico del drama. Aunque todos los gé­
neros pueden aparecer (y desde la invención de la impren­
ta de hecho aparecen cada vez más) en forma escrita, el
concepto de F rye de «radical de presentación» como crite­
rio para las distinciones genéricas parece convincente a la
luz de su ingeniosa analogía del piano. «Así como es posi­
ble distinguir la música expresamente escrita para piano
de la partitura arreglada para piano de una opereta o una
sinfonía, del mismo modo podemos distinguir la 'literatu­
ra de libro' de los libros que contienen las partituras tex­
tuales reducidas de piezas recitadas ü representadas». Así,
por ejemplo, hasta el drama de salón menos apropiado para
el escenario puede considerarse como «relacionado con al­
gún tipo anterior de teatro, por muy hipotético que fue­
ra», y en las novelas de Joseph Conrad «el género de la
palabra escrita está siendo asimilado al de la palabra ha­
blada» mediante la introducción de narradores internos
(págs. 247-48).
En su extremo más puro, los radicales individuales exi­
gen que el poeta (drama), o bien las figuras hipotéticas (epas)
o bien tanto el poeta como las figu ras hipotéticas (ficción)
queden «ocultos» al auditorio, o bien que el auditorio «quede
oculto al poeta» (lírica). La renuncia ocasional de un tipo
dado de «ocultación» dará, por supuesto, como resulta­
do distintas combinaciones de dos o más «ritmos» genéri­
cos, y la asignación que hace Frye de un tipo especial de
dicción a cada uno de los cuatro «radicales» articula con
más detall� las posibilidades de interpenetración genérica
(págs. 248 ss.).La Anatomy relaciona el verso esquematiza­
do regularmeme con el epas, la prosa lógicamente trans­
parente con la ficción, la verbalización de una corriente de
conciencia con la lírica y la permanente adaptación del es­
tilo a los personajes y a las situaciones de la «ficción inter-
ORDEN SIN FRONTERAS 93
na» con el drama. Pero los respectivos «ritmos» de recu­
rrencia, continuidad, asociación y decoro están pensados
con el evidente fin de .ser lo más apropiados posible (más ·
que constituyentes exclusivos) para uno de los cuatro gé­
neros. A partir de la compleja interacción entre escritor,
héroe y sus respectivas «sociedades», la lírica y el epas se
revelan como predominantemente temáticos con una im­
portante diferencia entre ellos. Mientras que el poeta líri­
co tiende a escribir «como individuo, acentuando la sepa­
ración de su personalidad y la peculiaridad de s� visión»,
el escritor que trabaja en la forma epas (que incluye la prosa
oratoria) se dedica a ser un portavoz de su comunidad: «En
él se llega a la articulación de �n conocimiento poético y
un póder expresivo que está latente o ausente en su comu­
nidad» (pág. 54). La ficción y el drama se alían a su vez
en su relativa negligencia en la relación temática entre es­
critor y lector. El principal vehículo verbal de la ficción es
un tipo de prosa que tiende a ser un «medio transparente»
que presenta su contenido como «la luna de un escapara­
te» presenta lo que hay detrás de ella, y el ritmo genérico
del drama puede definirse como «epas o ficción absorbida
por el decoro»: una diversidad de ritmos de len guaje apro­
piados a los hablantes individuales en situaciones diferen­
tes (págs. 265, 268-69).
En la exposición de los conceptos de Frye que antece­
de me he abstenido de comentar contradicciones termino­
lógicas y discrepancias conceptuales que, en algunas de las
muchas declaraciones hechas sobre Northrop Frye han si­
do debidamente censuradas 20• A pesar de toda esta críti­
ca, su manera de enfocar la literatura continúa teniendo
un gran impacto en un gran número de críticos. Hay cien­
tos, si no miles, de valiosos intentos de aplicación de los
conceptos de Frye ·a tareas tan concretas como la interpre­
tación de una obra determinada o la delineación histórica

2º Cf. especialmente W. K. WIMSATI, «Northrop F e: Criticism as


ry
Myth» y GEOFFREY H. HARTMAN, «Ghostlier Demarcations», en Nor­
throp Frye in Modern Criticism, ed. Murrey Krieger (Nueva York, 1966) con
una bibliograffa de y sobre· Frye. Para una extensa crítica estructuralis­
ta, cf. TZVETAN TODOROV, Introduction a fa littérature fantastique (Paris1
1970), págs. 15 SS.
94 PAUL HERNADI

de una tradición genérica más o menos autopropulsada 21•


Además, es probable que se· dedique un esfuerzo conside­
rable en la teoría literaria de las próximas décadas a la co­
rrelación de al gunos de sus conceptos del género con los
de otros importantes críticos, antigu os y modernos. Una
importante razón para esto estriba, creo yo, en la frecuen­
cia con que Frye consigu e hacernos ver las tradiciones y
afinidades genéricas como fuerzas interdependientes en lo
que a él le gu sta llamar el «universo literario» (pág. 122).

11
Dos ejemplos bastan: GRAHAM G. HOUGH, A Preface to the Faene
Queene (Londres, 1962) y RoBEKr SCHOLES, «Towards a Poetics of Fic­
tion: An Approciü1 1hrough Genre», Novela 2 (1969). El atractivo de los
conceptos genéricos de Frye fuera de los límites de la crítica literaria viene
demostrado de modo persuasivo en HAYDEN WHITE, 1\1etahistory (Balti­
more, 1973).
GÉNERO Y CANON LITERARIO
ALASTAIR FOWLER
_Universidad de Edimburgo

I. CANONES DE LITERATURA

La literatura sobre la que ejercemos la crítica y sobre la


que teorizamos no es nunca la totalidad. Todo lo más, ha­
blamos sobre subconjuntos considerables de escritores y es­
critos del pasado. Este campo limitado es el canon litera­
rio generalmente aceptarlo. Al guien ha argüido que, en gran
medida, sucede lo mismo con las obras individuales: que
una cierta elasticidad én el modelo literario nos permite,
bien atender pequeñas muestras, bien a más amplias tra­
diciones y agrupamientos, en los cuales la obra en su sen­
tido unitario no pasa de ser un mero constituyente. Esto
puede ser cierto en parte, si bien queda mucho por decir
con respecto a la integridad del modelo en sí. Pero, aun­
que ello es posible, pocos discutirán la elasticidad de la li­
teratv.ra. El canon literario varía obviamente -y también
de manera no tan obvia- de época en época y de un lec­
tor a otro. La Dama :Mudanza que produce estos cambios
maravillosos ha sido identificada a menudo con la moda.
Isaac D'Isradi, uno de los primeros en proponer esta pers­
pectiva, aducía que «Prosa y verso se han regido p;r el
mismo capricho que corta nuestros trajes y ladea nuestros
sombreros», y concluyó su ensayo sobre las modas litera­
rias afirmando que «tiempos distintos, pues, se rigen por
gustos diferentes. Lo que causa una fuerte impresión al pú­
blico en un momento, deja de interesarle en otro... y cada
época, en literatura moderna, podría, quizás, admitir una
nueva calificación, dividiéndola en sus períodos de litera- ·

Título original: «Genre and the Litera ry Canon», publicado en New


Litera�y History, XI, 1, 1979, págs. 97-119. Traducción de José Simón.
Texto traducido y reproducido con autorización del editor.
96 ALASTAIR FOWLER

tur a de moda» 1• Ahora bien, la afirmación de que es la


moda quien rige, no se puede contrade<_:ir fácilment�. Un
:::ierto deseo de novedad, que no debenamos su�estm: ar,
tiene mucho que ver con el gusto por las formas hteranas,
No obstante, el «gusto» es algo más que un a mo�a Y no
debería subordinarse a leyes triviales de circunstancias. Pe­
ro, para reconocer el gusto por lo que es, ne_cesit amos al
menos entrever su implicación en procesos diversos, mu­
chos de ellos aparentemente desconectados por co�pleto de
la literatura. Su variedad, que es el tema del estimulante
ensayo de Kellett The Whirligig of Taste [Lo s vaive�es del gus ­
to], exige un estudio detallado. E.n el present: art1eulo con-
sideraré únicamente un determmante, el genero.
Tan pronto como se piensa en el género en relación con
el gusto, uno se sorprende � ver cuántos c asos de _ modas
. ,
caducas, citados po r D'lsr aeh, se descnben en termm�s de
género o de modo: «la brillante era de los te1?as epigra­
,
máticos», «otra época fue inund ad a por un � illo1:1.�e so­
netos», «una era de épica », «sueño» (es decir_, vision en
sueños)» «sátiras» «novela» «tragedias», «comedias». De he­
cho los 'cambios �n el canon literario se pueden referir, a
me�udo, a la revalorización o devalu ación de los géneros
que representan l as obras canónicas. .
Sin embargo, a menudo se dice del c anon oficial _que
es bastante est able, si no «totalmente coherente» . Y la idea
de canon ciertamente implica una . colección de obras que
se an consideradas en exclusiva como el «completo» (al me-'
nos durante un tiempo). Con todo, ni siquiera al canon bí­
blico se llegó, sino tras muchas vicisitudes y a l� largo de
un período de muchos siglos. En cada etapa se fiJ aba cate­
góricamente (si bien sujeto a cambiantes sub�ayados, pro­
venientes de los concilios, l as distint as confes10nes, la � sec­
tas o los individuos); y cuando se amplió o se redujo, el
nuevo can on fue, también, definitivo. Por otra parte, los
libros canónicos de las Escrituras no son meramente autén­
ticos sino también dotados de autoridad. Este sentido nor­
mati�o ha incitado una extensión del término a la literatura
secular. Así, Curtius nos habla de «la formación del canon

1 ISAAC D'ISRAELI, «Literary Fashions», Curiosities of Literature


(London, 1971).
GÉNERO Y CANON LITERARIO 97
en literatura [que] debe siempre proceder a un a selección
de clásicos» y que ella misma se encarn a en listas de a uto­
res, elencos de obras, historias de la literatur a, y cánones
del gusto.
El canon vigente establece límites fijos para nuestra com­
prensión de l a literatura, en varios sentidos. El CANON OFI­
CIAL se institucionaliz a medi ante l a educación, el p atroci­
nio, y el periodismo. Pero c ada individuo tiene también
su CANON PERSONAL, obras que ha tenido ocasión de co­
nocer y valorar. Estos dos conjuntos no mantienen un a sim­
ple .relación de inclusión. L a m ayoría de nosotros fr acasa
en su respuesta a algunos clásicos oficiales: por otra p arte,
a c aus a de un juicio superior o como beneficio del s aber,
tenemos la facultad de extender provechosamente el c anon
soci.almente determin ado. Podemos partir de él, es decir,
seguir cauces que no sean meramente excéntricºos: bien se a
nall ando mérito en un a obra experimental o revalorizan­
do un a ignor ada. En este punto, l as traducciones de obras
tempranas de literaturas de otros pueblos éjercen, obvia­
mente, una función considerable (las de Petrarca por Wyatt,
Ch aucer por Dryden, D ante por C ary). L a introducción
de elementos del arte popular ejerce también un a influen­
cia vital . De esta m anera, l a bal ada narrativa, tras siglos
de firme pertenencia al canon popular y de exclusión del
canon literario, atrajo el interés del imparcial Gray y ob­
tuvo tratamiento de arte de l a mano de W ordsworth y Co­
leridge.
El canon literario, en su más amplio sentido, comprende
el corpus escrito en su totalid ad, junto a la literatura oral
que aún pervive. Pero gran parte de este CANON POTENCIAL
permanece inaccesible, debido, por ejemplo, a la escasez
de documentos, que sólo se pueden hallar confinados en
grandes bibliotecas. Hay, pues, un CANON ACCESIBLE más
limitado. Este es mucho más reducido de lo que l a New
Cambridge Bibliography of English Literature [Nueva Bibliografía
de C ambridge de Literatur a Inglesa] podría sugerir 2•

2 B. FABIAN y SIEGFRIED J. SCHMIDT llaman la atenCÍÓf,f acerta­


damente, sobre el «efecto eminentemente canónico» de las Bibliografías
de Cambridge: vid. «Problems of Empírica] Research in Literary His­
tory» de Schmidt, traducido por Peter Heath, New Literary History, 8,
98 ALASTAIR FOWLER

Ciertas limitacion_es pr ácticas actúan de dive�sas mane­


ras , pudi en do pote nciarse m utuam ente . L as mas direc��s
so n los límites a l a publicación: Trah erne (1637-74) d 1fi­
cilm ente p udo conv ertirse en c anon has ta � ue s_u s ob ras
principales fu eron «d esc ubiertas» ( 1 �96-97) e im�resas
(1903, 1908). E incluso para un nove li sta co n un n��ero
tan amplio de le c to res c o mo Tro llop e , las ob ras can�mca

(en el senti do expresado) no pueden ext enderse mas alla
_
de aquellas que han si do recientemente re impresas .
.
J:?;
ma­
nera similar , div er sas con tingencias en la transm�si �n de
.
manuscrit os han pe rfilado el cano n me?i�val: !ª edi_cion en
rústica y la recopilación en antologí as l� mita aun mas el c�­
non accesible para algunos grup os social es : Y el c�non b i­
blio fílico influy e , de forma inso�pechada , en la h teratur�
i
disponible incluso p ara los estudw sos . En las artes re:pre
_ _
sentabl es , la acces ibili dad es p artic ul arme nte restringida .
¿Quién puede de ci rno s cuántas piezas J acobeas no sean ,
_
tal v ez, m ejores qu e las poc as q ue han � i�� p uestas e n es­
c ena ? Revivi r pi ezas olvidadas es tan dificil Y c ost�s� que
incluso tentativas de «censura inversa» con patro� i�10 es­
tat al no han servido par a contrarrestar la :o mpetltP:ª re­
ducción de l a tradición teatral a u n repertorio de me dia do­
cena de géneros. Al ig ual que la cens ura n'. strictiva , que
_
ha limitado, a vec es drástica.rnente, el canon hterano -has­
ta el p unt o . de pro hibir al menos los ej��pl res c ontempo­
;-
ráneos d e gén eros e nteros, c o mo la s�tir� -.
Sobre este canon acc esible se han eJ ercido con frecue n-

N o. 2 (1977), 218. Pero es difícil saber qu é otra cosa p od:ían haber es­
_
perado : cualquier bibli ografía está suJeta a eJercer tal mfluenc1a por el
mero hecho de existi r.
I Vid. J. CARTER, Tasie and Technique in Book Collecting (Cambr id-

ge, 1948), págs. 60 y ss. sobre el efecto de la �ibliofilia. CLAUDlO G:I I ­


LLEN, Literature as System (Pnn ceton, 1971), pags. �98-9�, aborda la m­
_
fluencia de las antologías, un tema sobre el que aún esta por esc nbirse
una ob ra fü ndamental.
+ Para el período anterior, vid. F. S. SIEBERT, Freedom of the P�ess
.
in England, 1476-1776 (Urbana, Illinois, 1952), y (sob re la In qu1S1c10n)
Erasmus Newsletter, 8 (1976), 5; para el más m oderno, SAMUEL HYNES,
The Edwardian Turn of Mind (Princeton, 1968), y DONALD THOMAS, A
J,ong Time Burning (New York, 1?69). Hay un ataqu e p re�z a la cen ­
sura e n los puestos de venta de libros en A. T. QUILLER-GOUCH, Ad­
ventures in Criticism (New York, 1896), págs. 279 y ss.
:;ÉNERO Y CANON LITERARIO
99
cia nuevas prefere ncias si stemá tica s, cond uc entes a CÁNO­
NES SELECTIVOS. Los cáno nes sel ectivos c on mayor fu erza
institucional son los elencos formales, cuya infl uencia ha sido
rec onocida por largo tie mpo, y tratada en estudios tales co­
mo e l de R. R. B olgar The Classical Heriwge and Its Beneficia­
ries [El Legado Clásic o y sus B eneficiari os]. Pero, la reac­
ción contra un elenco oficial puede desembocar en un elenco
« al te rnativo», igu almente estricto, pero menos examinado
por los historiado res literari os hasta poco antes . Y si.e mpre
hay un ele nco más breve, q ue cambi a má s rápidamente,
q ue pasa casi inadverti do y q ue consta de pa saj es que son
familiares, inte resantes y acc esibles en el más ampli o sen­
tido . Tales selecciones respond en, d e una u otra manera,
al CANON CRÍTICO. Pero é ste es sor prend enteme nte redu­
cido. Para la mayoría de los crí tic os, sin duda, la lite ratura
a l a q ue se refi eren e n su s ob ras no e s l a qu e ap ar e ce en
las listas bibliográficas, sino las ár eas de interé s mucho más
limitadas, marcadas por reiteradas di scusi ones en los pe­
riódicos -partic ularmente aq uellos qu e, como &rutiny, co­
bran influ encia-. De este cano n q uedan excluidos innu­
me rables au tores dignos de consi deración. Por ej e mplo, los
q uinc e primeros volúmen es anual es de Essays in Criticism
(1950-65) no contení an un sólo artículo sobre Vaughan, Tra­
herne, Cotton, Diaper, Smart, Clare o De la Mare. D e he­
cho, el NCBEL (New Cambridge Bibliography ef English Literatu­
re) no regi sta crí tica al guna sob re C otton desde 1938. E
incluso con respecto a l os escrito res canónicos, los crít.icos
c onvienen tácitamente en oper ar, por lo ge ner al, sobre un
camino trillado -Piers Plowman 18, Bower aj Bliss de Spen­
ser, Aclzitophel de D ryden y simil ares - los mej ores pasajes ,
po r supuesto.
I nevitablemente , las elecciones individual es sub si guien­
tes a toda s estas sele cciones incluyen muy pocos escritos ,
aun q ue p ueden e xtende rse . por capricho del gusto per so­
nal, a marginados de poco tono como De la Mare . Debe ­
mos c onsiderar afortunad o el hech o de qu e la naturaleza
gené rica de la liter atur a sea tal, qu e permita el que las
muestras so porten agrupamientos mucho má s amplios , sin
más que incorporar al canon los nuev os tipos qu� se pre­
sentan . Y ello por que sería difícil exagerar la r elevancia del
canon literario . Ap arte de sus obvias exclusi o nes y limita-
ALASTAIR FüvVLER
100
ciones, ejerce una influencia. positiva fundamental en vir­
tud de su variedad y proporciones. Alcanzado a través de
la interacción de muchas generaciones de lectores, const i­
tuye una imagen imp ort ante de integ ridad.
De los muchos factores que determinan nuestro canon
literario, el género se encuentra sin duda en tre los más de­
cisivos. No sólo hay ciertos géneros que, a pr imera vista,
se consideran más canónicos que otros, sino que obras o
pasajes individuales pueden ser estimados en may or o me­
nor grado de acuerd o con la categoría de su género.

Il. JERARQUÍA GENÉRICA

Los géneros pueden mantener . relaciones mu tuas de cla­


ses diversas, tales como inclusión, combinación ( tragicome­
dia), inversión (caballeresca y picaresca), contraste (s one­
to y epigrama). Una de las más activas es la jer árquica:
relación co n respecto a la altu ra del género. De es ta ma­
nera, los c ríticos neoclásicos contemplaban la épica como
más elevada que la pastoral. Cuando ambos géner os lle­
gaban a yuxt aponerse, como en las geórgicas formales, la
altura del estilo cambiaba en consonancia. No obstante, la
altura era alg o más que una cualidad retór ica: su fuerza
normativa es inequívoca. Desde finales del siglo dieciséis
hasta principios del dieciocho, la épica imper ó, no sólo co­
mo el más alto, sino como el mej or de todos los géneros:
Webbe le deno mina: «aquella parte pr incipesca de la poe­
sía»; Sidney, «la mejor y más consumada clase de poesía»;
Mulgrave, «la obra más notable de la in teligencia huma­
na» y Dryden, sigu iendo a B oileau, nos dice que en la
épica «la imaginación debe poner en juego su suprema gra­
cia» 5• En el extremo opuesto, la poesía amorosa y, en ge­
neral, los poemas co rtos ligeros, er an considerados como
bajos. Defendiendo la poesía contra «la ligereza y la vo-

5 Elizabethan Critica! Essays, ed. G. G. Srnith (London, 1904), I,


255; Miscellaneous Prose aj Sir Phil(b Sidney, ed. K. Duncan-Jones y].
Van Dorsten (Oxford, 1973, pág. 98, de·ahora en adelante citado co­
mo Dejence oj PoeJJ,' Critica! Essays aj thf' Seventeenth Century, ed. J. E. Spin­
garn (Oxford, 1908-9), II, 295; jOHN DRYDEN, The Art aj Poetry, 1,
590, en The Poerns aj john Dryden, ed. James Kinsley (Oxford, 1958),
I, 348.
GÉNERO Y CANON LITERARIO 101
luptuosidad», H�rrington esc ribe que «de todas las clases
de poesía, la hero ica es la menos infectada por ellas». Pe ro
no podía deci r lo mismo de «la pas toril con el soneto o el ·
epigrama» 6• Sin duda, «sonetist a» había de convert irse en
un término de menosprecio aplicable a poetas meno re;
-como en «algún sonetista de Hackny* muerto de ham­
bre», de Pope 1-. A finales del siglo diecisie te, el epigra­
ma llegó a ser el más bajo de todos: «el desecho de la
poesía» 8• Dryden critica a Tasso por inch... ir «toques de
_
ep1grama» en su Gerusakmme Libera-ta, «que no sólo es tán por
_
deb�JO de la dignidad del verso heroico, sino que s on con­
tr anos a su natu r aleza: Virgili o y H ome ro no tienen uno
solo. Y a9uellos que .son culpables de tan pueril ambición
en matena tan grave, están tan lejos de ser considerados
como poetas heroicos que deben ser rebajados desde Ho­
mero hasta la Anthologia, desde Virgilio a los· Epigramas de.
.
Marcial y Owen, y desde Spencer has ta Flecknoe· es de­
cir, de la cumb re a lo más bajo de la poesía» 9 • • '
De tal:s afir maciones, ha concluido Ralph C ohen que
.
la _Jerarqma de los géneros «puede ser interpre tada en té r­
�mos de la i:r:1clusión de formas inferiores en o tras supe­
nores ,-:el epigrama en la sáti ra, geórgica, épica; la oda
en la ep1ca; el soneto en el drama; el proverbio en todas
�as fo r�as preceptivas»
10-.
Y, ciertamente, el principio de
mclus1, �n fue muy debatido por los c ríticos renacen t istas y
neoclas1cos. Se decía que la épica, el género más elevado,
y, a la vez, norma para los demás, era también el más com­
prehensivo. Así, Escalígero escribe:

En cada esfera, hay un cierto objeto oportuno y pree­


.
mmente, que puede servir de patrón para los demás; de
modo qu� todos los restantes puedan referirse a él. Así,
en el conJunto de la poesía, el género épico, en el que se

6 Elizabethan Critica! Essays, ed. S rnith, II, 209.


; ALEXANDER POPE, A�d Essay_ on Criticisrn, 1, 419.
EDWARD PHILLIPS . Vid. Crztzcal Essays, ed. Spingarn, II, 266.
_
9 A Discourse Concernzng _
Satzre, en «Oj Drarnatic Poesy" and Other Cri-
,iz. cal Essays, ed. George atson (�ondon, 1962), II, 82.

10
«On the Interrel�t101cs of E1gtheenth-Century Literary Forros»,
e:1 New Approaches to Ezgteenth-Century Literature, ed. Philip Harth (New
York, 1974), págs. 35-36.
* Suburbio de Londres. [N. del T. J.
ALASTAIR FOWLER
102
relatan la naturaleza, vida y acciones de los héroes, pare­
ce ser el principal. Las restantes partes de la poesía se � i­
o-en de acuerdo con sus reglas. Puesto que estas partes· ex1s­
;en en gran variedad... deberemos tomar de la majestad
de la épica leyes elevadas y universales, de modo que su
contenido pueda acom,Jdarse, en consonancia con las na­
turalezas de las diferentes formas de cada una i i.

e p rinci p io a ot ros
Sin embargo, se ría difícil aplicar est
niv ersalmente a todas
tipos comprehensivos, o extenderlo u
s n sone to o dos en
las formas co rtas. Podrían encontrar e u

e ro no h ay t ría q ue se p ueda
una c omedia, aq uí y allá, p
eo
nal s. La doctrina r e­
haber basado en casos tan excepcio
e
, h echo, por com­
nacentista de la inclusión se vió acosada
de
h n remonta la idea
plicaciones que es preciso desentrañar. C o e

una disc usión sobr e si la ép ica


ac ert ada me nte a Poétfra 26,
ás elevada de i m tació n. Pero
o la tragedia es la fo rma m
i
a) p r ncl uir el e ­
Aristóteles prefirió la tragedia (no la épic
o i
s lemen­
mentos de otra clase diferente : a saber, el
u o de e

lo y mús ic a. N o
tos adicionales de representación, espectácu
ue la tragedia p i se cont ener
dijo na da q ue implicase q
ud e

el ement os ép i cos inserto s.


con fre­
En la te oría épica renancentista, siri embargo,
insertas; y,
c uencia p ar ecen estarse debatiendo estr uct uras
n er fo rmas
a veces, así es. La épic a p uede realmente conte
usión de tér­
insertas. Pero, incl uso en este extremo, la conf
llama al epi ­
minos p uede engañ arnos. Cu ando Mint urno
ada q ue v er
grama «particella delt'Epica Poesía», no tiene n
uí épica se
con la incl usión de epigramas en la épica ti. Aq
esentación:
r efiere a uno de los tres amplios modos de pr
11 . C. ESCALÍGERO, Poetices libri septem (Lyons, 15 61), 14�. la.
J
Guillén (pág. 404) es extremadamente injusto con Escalígero, al co m­
.
pararle desfav o rablemente con Minturno, y negando que h1c1 ese nm­
gún «intento de ajustar los sistemas tradicio Hales a las obras maestras
de su propia época». De he cho, aunque Escalígero está interesado prin ­
cipalmente en l os antiguos autores paradigmáticos, siente también un
vivo interés p o r las nuevas formas genéricas. Así, por ejempl o, atrae
la atenc ión hac ia ]os lo gros de «magnus vis Sanazarus» a este respecto

(150. la), y puede pretender con justicia haber ampliado la temática


de la poesía pastoril .
� Como que da claro en l o que sigue: «Epica Poesía, a cuí non fa
1

mestiere ne canto, ne rappresentatione». Vid. ANTONIO SEBASTIANO


MINTURNO, L'Arte Poeflca (Venecia, 1564), pág. 231.
GÉNERO Y CANON LITERARIO 103

«¿Cuántas partes, p ues, tiene la poesía ? -Hablando en g e­


n eral, tres: uno llamado épica, el se ndo dramático [sceni­
gu

ca], y el tercero mélico o lírico, como se prefiera» 13. Las


pa;t'.. -- ese término q ue aba�ca : aso�brosamente, todo pro­
. ,
poslto, y sm el c uál la te on a hterana renancentista habría
sido imposible-:- de Mint urno, significan aquí algo ri ­ gu

ros am ente eqmvalente a «categorías de representación» o


divisiones de acuerdo con el modo de presentación. En c;al­
q uier otro l ugar, sin emba rgo, como en la Defe�ce de Sid­
n ey, «partes» puede referirse a géneros, ya sean tipos o
m odos: «partes, tipos, o especies (como se q uieran califi­
car)» 14• La teoría italiana puede haber sido malinterpreta­
da por una confusión de términos. En c ualquier caso, er a
per focta1? ente comprensible el considerar a los epigramas
laudatonos elevados como heroicos, en lo q1.1 e se refiere al
modo . Pero, ¿qué debemos pensar cwmdo Dryden, que co­
nocía tan bien c omo Her rick q ue Cooper's Hill era un poe­
m a prospectivo, geórgico o descriptivo, escribe «Esta dul­
z ura de la poesía líri ca de Mr. Waller se contin uó después
en la épica por Sir J ohn Denham, en s u Cooper's Hill, un
poem a q ue, s u Señ oría lo sabe, po r la maj estad de su esti­
lo es, y será siempr e, el modelo exacto de la obr a bien
h :cha »? 15• El sent ido prim ordial de «épica» aquí (confun­
�ido por los com entadores y n o incluido en el OED*) es
simpl emente genus mixtum, es decir, ni p ura narración ni
16

:in
diálogo, ni lírica ni dram a • P ero un senti do secundario
de modo, d uda da color al pasaj e, como s ugiere el tér­
.
mmo «maJ estad». De man era similar, cuando Dry den ha­
bla de «poesía h eroica ... de la q ue la sátira es, sin duda,
un a esp ecie », el contexto, en una disc usión de Geórgicas 4
nos in di�ª q ue se refiere a un a mezcla de modos 17• El pa­
. . .
saJ e virgili ano muestra un tinte heroico loc al: «he aquí la
maj est�d de lo heroico». Dryden no q uiere decir q ue la épica
.
como tipo «mcluya" el tipo satíric o . Quizá po rq ue «los tér -

13
lb z·d- , pag.
, e
3 . on respect o a la épica en el sentido de genus mix-
.,
tum cf. la clas1ficac10n de D10medes, más adelante pág. 106.
14
Defence of Poesy, pág. 94.
15 Critica! Essays, ed. Watson, I, 7.
16
La clasificación popularizada por Diomedes.
17
Critica! Essays, ed. Watson, II, 149.
* Oxford English Dictionary [N del T].
ALAS lA!R FOWLER
º
104
mi.nos "ti pos", "especies", "formas" y '.'géneros" se usan
neoclá­
indistintamente» en el artículo de Cohen, la teoría
sica de los géneros resulta aparentemente más contradic­
ello
toria, de lo que en realidad era; aunque, c iertamente,
sería di fícil •
18

Hallando una contradicción entre su principio de Ín­


se ve
clusión y «el carácter. distintivo de los tipos», Cohen
er­
abocado a negar el último (pág. 35). Ahora bien, sería ci
los
tamente difícil perfilar un código que comprendiera
neo­
géneros de modo que todos los críticos renacentistas y
géne­
clásicos lo hubiesen admitido. Pero el teórico de los
obl gado a produ c r ningú n s i stema
ros mutables no está i i
i e­
de este tipo. Y si los primeros críticos del género estuv
nd dos al formu lar conce ptos de modo ,
ron a veces confu i
nb
lo que surgió por primera vez en el Renacimiento, ello
de la existe ncia de repert orios distin ­
es razón para dudar
tivos de géneros. Estos repert orios podría n ser poco com­
prendidos, y aun así, funcionar lo suficientemente bien
como para que los géneros sean reconoci dos adecuadamen­
te. Deberíamos. contemplar, con visión retrospectiva, el mo­
mento en que las «especies» fueron desconcertantemente in­
cluidas dentro de especies, como una tentativa prometedora
de organizar los ti pos en ·relac ión a los modos princ ipales.
Cohen ti ene se gu ramente razón al llamar la atención so­
bre la organización de estos modos en una jerarquía «inte­
rrelacionada» conforme a su altura: Incluso en este domi­
nio li mitado, sería difícil sostener que siempre existió una
sola jerarquía. Pero muchas relaci ones de altura habrían
si do admi tidas. De la mi sma manera que diversos obser­
vadores del arco iris pueden coincidir en que rojo y viole­
el
ta (o colores como estos) son opuestos, aunque dividan
espectro de diferente manera
19

Al consi derar teorías primitivas del género, hemos de


distinguir entre extensas relaciones sistemáticas y breves pa­
norámicas. Escalígero, Ni inturno, y otros, describen cien­
tos de géneros y subgéneros, algunos de ellos conocidos tan

COHEN," «On the InterrelalÍons», pág. 37, n. 12.


18

Sobre la jerarquía de los géneros en las artes visu ales, vid. l'Vll­
111
6,
CHAEL FRIED, «Toward a Supreme Fiction», New Literary Hisiory,
No. 3 (1975), 543-85.
GÉNERO Y CANON LITERARIO 105
sólo por los teóri cos del género: En camb io con frecuen­
cia ;elacionan ta�bién unos pocos géneros pri�cipales. Estos
cat�ogos sumarios se refieren en su mayoría a géneros sus­
ceptibles de extens ión más allá de sus formas externas ori­
ginarias: aquellos géneros, de hecho, que dieron ori gen a
_
lo que deberíamos Damar modos: gGneros famili ares, rápi­
_
damente reconocidos al leer, mencionados ·con frecuenc ia
por la _crít ica. En cuanto géneros valorados con mayor fre­
cuencia, pueden estar ordenados, en parte, por categoría,
�e acuerdo c�n su valor. Un ejemplo típico, con la épica
situada en _pnmer lugar, es la relación propuesta por Ed­
·
ward PLilhps
¡, (1675) de categorías (o «tipos») «en al gu na
de las cuales toda la variedad de estilos poéticos está incluida
de un� u otra 1:1�nera»: épica, dramática, .lfrica, elegíaca,
_
epoenetica, bucohca, epigrama. L:.i. frase «de una u otra for­
ma» refle�a la conc�e�cia de Phi llips de la heterogeneidad
del paradigma tradicional, en el cual «lírica», «enoenética»
( es decir, epiónica) y «elegíaca» no tenían ·fuerza de
modos 20• El paradigma dúi vó fundamentalmente de las
ant i guas autori dades, particularmente Cicerón Horacio
Quintiliano, y el gramático del siglo cuarto, Diomedes 21 '.
Po�emos comprenderlo mejor comparando alguna de las
vana1;t:s ampliamente difundi das por la crítica antigua y
,.
neoclasica (ver Tabla) ·2•

20 P refacio a Theatrum Poetarum, en Critica! Essays, ed. Spingarn, II,


_
266; d1sc1;-t1do er.i COHEN, «On the Interrelations», pág. 36. Sobre el
verso ep1omco vid. Escalígero pág. 67.
,
-''1 v1·d · G UILLEN, págs. 403 y ss.; E. R. CURTIUS, Eurobean Lite-
rature and the La:in Middle Ages, traducido por Willard R. Tr�sk (New
York, 1953), pags. 440 y ss.; CHARLES TRINKAUS, « The Unknown
Quattrocento Poetlcs of Bartolmnmeo della Fonte», Studies ín the Renais­
sance, 13 (1966), 87.
22 CICERÓN, De opt. gen. oral., 1. 1. HORACIO, Ars Poetica, 73-98;
_
do?de la secuencia p:1ede estar determinada por consideraciones métricas
as que por cualquier principio jerárquico de ordenación. QUINTILIA­
� _
NO, lnstztutzo oratoria, 10. 1. 46-100; la secuencia usada al considerar
autores griegos. La se·ri� lat�na invierte el orden de tragedia y comedia,
_
Y omite la pastoral. Qumt1hano o.bserva ya un cambio en el yámbico,
_
ª'.que no sigue con_s;derando como una forma completamente indepen­
diente de compos1c10n (para más detalles vid. Guillén, págs. 399 y ss.).
Puesto que Qumt1hano cambia inmediatamente de parecer para consi­
derar autor;s de h1stona y otros géneros «extraliterarios», el paradigma
no es para el un canon cerrado. La misma observación se podría hacer
106 ALASTAIR FOWLER

Paradigma de los principales géneros*

CICERÓN: tragedia, come dia, épica, mélica, ditirám­


bica.
HORACIO: heroica, elegíaca, yámbica, lírica, cómica y
trágica (satírica).
QUINTILIANO: épica, past oril, elegía, sátira, yámbica, lí-
rica, c omedia, traged ia.
DIOMEDES: genus commune: heroica, lírica; genus ennarrati-
vum: prece pt iva, histórica, didáctica; genus dramaticum: tragi­
ca, cómica, satírica, mímica.
SIDNEY (1583): hero ica, lírica, trágica, cómica, satírica,
yámbica, el e gíaca, past oril.
HARINGTON (1591): her oica, trágica, cómica, satírica,
elegíaca, amat oria (past oril, s one to, e pigrama).
MERES (1598): heroica, lírica, trágica, cómica, satírica,
yámbica, ele gíaca, past oril (epigrama).
PHILLIPS (1675): épica, dramática, lírica, elegíaca, epoe-
nética bucólica, epigrama.
EL BOILEAU DE DRYDEN ([1674] 1683): épica, trage dia,
sátira, epi grama, o da, ele gía, past oril.

de Dionys ius Halicarnassus, po r ej e mplo, Dio medes (ver más a fondo


en Curtius, pág. 440) relacio na las siguie ntes especies de genus enarrati­
vum (exegetikon vel apangeltikon, es de cir, i nte rpretativo, de scriptivo o
narrativo): angeltike (prec eptiv o ); historike (narrativo, ge nealógico, etc.);
didascalike (di dácti co). Al igual que en Aristóteles, el genus commune (koi­
non vel mikton) es el modo de presentación e n el que ambo s, poe ta y per­
so najes, h ablan. Defence of Poesy, pág. 8 1: «Los más notable s so n el he ­
roic o, lírico, trágico, cómico, satírico, yámbico, elegíaco, pastoral, y otros
varios, de los cuale s algun os se califi can de ac uerdo con el asumo del
que tratan, otros por el tipo de verso en el que prefiere n escribir». Co n­
form e a la r evisión más amplia de «los tipos especiale s» de po esía en
las páginas 94 y ss., queda claro que po r «e legía" Sidney entie nde «e le ­
gía de lame ntación». HARINGTON, A Brief Apology, en Elizabethan Criti­
ca! Essays, ed. Smith, 11, 209-1 O, do nde el deseo de de fenderse co nt ra
la a cusación de obs c enidad pu ede haber influido en la ordenación de
los género s. «Ele gía de luto» nos de mue stra que elegía se usa de form a
s imilar a su sentid o p osterio r, más que referir se. a un metro e legíaco o,"
incluir l a elegía amatona. MERES, Palladis Tamia, en Elizabethan Criti­
ca! Essays, ed. Smith, II, 319. PHlLLIPS prefac io a Theatrum Poetarum,
e n Critica! Essays, ed. Spingarn, II, 266; DRYDEN, The Art of Poetry, en
The Poems of John Dryden. I, 332-61.
* Por comodidad de co mparación, la secuenci a (explícita o implíci­
ta) es , en al gu nos ej emplos, exactamente la inversa de la original.
GÉNERO Y CANON LITERARIO 107
Las listas de géne ro s están orde nadas conform e a di­
versos principios de articulación. Uno, particularmente clar o
en la influyente obra de Diome de s, dispone l o s géneros d e
acuerdo con el modo de presentarlos. En razón dé este prin­
cipi o aristotélico , son, bie n dramáticos (el autor n o habla
directamente), bien narrativos (sólo habla el autor), o mixtos
(amb os, autor y pe rsonaj es, hablan). Aunque se trata d e
un esque ma analítico, los géneros, dentro de cada .categoría
. conforme a su pre sentación, p odrían ordenarse fácilmente
p or su valo r (ej.: trágica, cómica). El esqu e ma arist otélico
da cuenta de la secue ncia ininte rrumpida trágico/cómico/sa­
tírico en Horacio, Haringt on y M e re s. E xplica la pecu­
liar introducción de «dramático» en Phillips. Y, por supues­
to , fundame nta las divisiones triparti das de la literatura en
Milton y muchos otros críticos 23•
C onforme a otro principi o , se ord enar on l os géne ros
p oéticos de acue rdo con sus formas d e versificación. Este
e squ e ma, adoptad o po r Qu intilian o y Ho raci o (cuy o t ema
ostensible en Ars Poetica, 1 1 , 73-89 es la idone idad de for­
mas concre tas de ve rso para temas diversos), e xplica el gé­
nero yámbico e n M eres. P ero, haci a 1598, la diferencia­
ción métrica estaba en gran parte obsoleta, de modo que
sus únicos ej e mplo s son Harvey y Stanyhurst. Anál oga­
me nte, «lírica», que n o de be confundirse con la acepción
mod�rna del término , podía referirse a géneros que e mplea­
sen oertas formas de verso o música (excluyendo así la poe­
sía elegíaca, escrita para la flauta). Pero podía implicar tam­
bién un principio de valoración, p o r el cual se prefería a
l os poetas lírico s frente a los poetas mélicos 24. La alta va­
loración de la lírica pe rsistió en la supre macía de la oda
durante el siglo diecisie te : así, Charles Cott on, en una epís­
tola en verso a Brome , lamenta se r incapaz de componer
una oda. El términ o elegíaco, de nuevo, fue tremendamen-

2·;· R eason of Church-Government,


e n las Complete Prose Works de Mil-
ton (New Have n, 1953-), I, 813-16 . No as í, el esqc1ema dif rente
e de
]ACOPO MAZZONI en Della defesa della «Commedia11 di Dante: vid. Literary
Crztzczsm: Pla o to Dryden, ed. A. H. Gilbe rt (New York, Cincinnatí, tc.,
: e
1�40), pa, g. 382. Sobre el orde n tripartido de los gén ros vid. Guillén,
e
pags. 390-419.
24 Vid. GUILLÉN, págs. 400-401, y CF. CURTIUS,
pág. 441, sobre las
seis qualitates carminum de Dio medes.
108 ALASTAIR FOWLER

te ambiguo en el Ren9-cimiento, significando «elegía del


duelo» (Harington), elegía aniorosa., o verso elegíaco. De
este modo, lírica, epoenética y elegíaca pueden ser catego­
rías métricas para Phillips.
La combinación de diferentes principios de ordenación
contribuyó a la flexibilidad y permitió una sorprendente
amplitud de desarrollo. Sin embargo, pese al ingenioso con­
servadurismo de algunos como Meres, un cambio más ra­
dical era inevitable. Y cuando el paradigma que tanto tiem­
po había perdurado llegó a los comienzos del siglo dieciocho,
se produjo una manifiesrn confusión. Un historiador ha ha­
blado de «colapso en todas las estructuras literarias conven­
cionales». Pero la exageración de este aserto se hace patente
en lo que sigu e: «todos los tipos literarios menores inclui­
dos comenzaron a desaparecer o a sufrir mutación hacia
sus posibilidades más deformadas» 25• De hecho, el soneto
había dado paso al epigrama mucho antes. Cada género
había estado experimentando mutación constantemente: tal
cambio es continuo.
Esta mutabilidad normal nos indica que no deberíamos
albergar la esperanza de comprender las variantes del pa­
radigm·a modal en términos sincrónicos, sino únicamente
en el contexto dinámico del desarrollo histórico-literario.

Ill. CAMBIOS EN LA JERARQUÍA.DE LOS GÉNEROS

La categoría asignada a la poesía pastoril ha sido cues­


tionable por mucho tiempo. Desde que alcanzó un nuevo
status con Virgilio, su emplazamiento· se hizo problemáti­
co. Diomedes quizá trató de establecer un compromiso con­
siderando las Églogas 1 y 9 como genus dramaticum: a las de­
más las consideró, presumiblemente, como genus commune,
la forma de presentación compuesta. Pero la poesía pasto­
ril siguió siendo difícil de valorar, puesto que conforme al
criterio métrico iba bien con la épica, mientras que en la
rota virgiliana ( que, a pesar de su nombre, se concibe nor­
malmente como una jerarquía vertical) se estimaba como

25 PETER HUGHES, «Restructuring Literary History: Implications


for the Eighteenth Century», New Literary Histor_.v, 8, No. 2 (1977), 265.
CÉNERO Y CANON LITERARIO 109
baja. En el Renacimiento, la poesía pastoril reclamó un lu­
gar entre los ocho géneros paradigmáticos, como lo ilus­
tran las listas de Sidney, Meres y Boileau. (También Ha­
rington incluye la pastoral con otras formas «amatorias»
nuevas en su paradigma de seis géneros.) La pastoral era
entonces una clase seria, susceptible de significado encu­
bierto, que «podía incluir cualquier consideración sobre el
·
ma1 y 1 a pac1enoa»· 26 . p ero, como ha señalado Cohen, el
alcance de la pastoral se redujo posteriormente y su status
descendió, hasta que las famosas observaciones de J ohn­
son nos la muestran ya acabada, objeto de desprecio y
• .,,
avers10n '27
La apreciación del epigrama es aún más variable. En
las listas más antigu as, no aparece independiente, si bien,
epigramas satíricos, como los de Arquíloco, nos habrían lle­
gado bajo forma yámbica 28• Harington, que también lo
compuso personalmente, sitúa el epigrama en su más baja
categoría amatoria: «la pastoral con el soneto y el epigra­
ma». Meres no puede dejar de considerarlo. Relaciona y
ejemplifica las «ocho clases notables de poetas» tradiciona­
les, añadiendo después un párrafo sobre el epigrama, en
relación indeterminada con el resto. Phillips, de nuevo, re­
duce los géneros dramáticos a uno, en el que, notablemente,
encuentra hueco para el epi grama. En Boileau y Dryden,
el epigrama asciende al cuarto lugar. Tales promociones
no fueron sino mero reconocimiento de los hechos, pues,
a principios del siglo diecisiete, se presenció una notable
elevación del epigrama al status de forma dominante. Ro­
semond Tuve estableció una relación entre el elevado nú­
mero de poemas cortos del siglo dieciséis que no eran can­
ciones y «el lento establecimiento de un público lector, más

zr; Defence of Poesy, pág. 95. Cf. PUTTENHAM, citado por; COHEN,
«On the Interrelations», pág. 39.
? . Además del notorio rechazo de la poesía pastoril en conexión con
7

«Lycidas» (SAMUEL jOHNSON, Lives of the Engtish Poets, ed. G. B. Hill


(Oxford, 1905), I, 163-64), vid. Indice de Hill s. v. Pastoral poetry: John­
ron 's contempt far it. Las formas salientes son tratadas a menudo con acri­
J
tud: se podría comparar con las opiniones del propio ohnson sobre la
aliteración.
ZB
Cuando S!DNEY (Defence of Poesy, pág. 95) se refiere a la poesía
yámbica como amarga más que satírica, puede aludir a la inclusión de
epigramas del tipo Je! (amargo).
110 ALASTAIR FOWLER

que oyente , a lo largo _de cien años de imprenta» 29• Se po­


dría menc io nar también el uso g eneralizado de la compo­
sició n de epigramas en la ens eñanza del latín. Etienne ha­
bía publica do la Anacreontea en 1554 y la Antología Planúdea
e n 1556; b aj o su influencia, e l ep ig rama neo-latino se si­
tuó a la altura de la perfección y la brillantez, a comien zos
del sig lo diecisiete, cu a ndo se hizo accesible la gran p rofu­
sió n de epigramas de la Antología Grieg a, mediante la
copia d e l m anu scrito P a latin o y la pu blicació n de la tra­
ducció n latina de la Antología P lanú dea, rea lizada por
G rocio, en la coyu ntura precisa p ara ej ercer la máxima in­
fluencia sobre la poesía vernácula. O ui zá la brevedad y. la
relativa libertad temática fueron ap ropiadas para un período
de cambio r ápi do. En todo cas o, el epig rama desp lazó de
inmediato a ot ras formas bre ves. (De ha be r v iv ido W al ler ,
Herr ick y otros epigramáticos, algunas décadas antes, muy
bien podr ían ha be r sido sonetistas.) Ade más, el epigrama
eje rció u na influe ncia forma l profunda en otros tipos de
composic iones. La s t ransformó en el modo para producir
nue v as formas, como la ingen iosa y mordaz elegía amoro­
sa que conocemos como Lírica M etafísica. Tuvo mu cho que
ver con e l cultiv o de los efectos de cierre en las seri es de
parea dos con pau sa iínal. Y sirv e de base, parcialmente,
par a la nue v a concep ció n de los p ro cesos poéti cos en tér­
minos de ingenio .
Esta influe ncia modal ta l vez sea la mej or g arantía de
su nuev a situación en el paradigma de los géneros. Eso pa­
rece su gerir B oileau en su despecti v o comentario (traduci­
do fie lme nte por D ryde n) s obre «The epigram, wi th little
art compose d» [«E l ep igrama, c on poc o arte compuesto,,].
S e muestra crítico respecto a la «g racia» y se asusta de su
popu laridad que amenaz a una regla dictatorial (u no sos­
pec ha, sin temor a du das, q ue sitúa al epigrama el cuarto
de siete géneros, e n el puesto central, par a su bray ar for­
malmente su «soberanía»);

They overwhelmed Parnassus with their tide.


The madrigal at first was overcome,

29 ROSEMOND TUVE, EZisabethan and lvfetaphysical Imagery (Chicago.


1947), pág. 242.
c;ÉNERO Y CANON LITERARIO 111
And the proud sonnet fell by the same doom;
With these grave tragedy adorned her flights,
And mournful elegy her funé;ral rites:
A hero never failed'em on the stage,
Without his point a lover durst not rage;
The amorous shepherds took more care to prove
True to their point, than faithful to their love.
Each word, like J anus, had a double face:
And prose, as well as verse allowed it place* 30

B oileau y Dry den escrib en contra e l recientemente e le­


vado status del epi ama, intentando, con el apoyo de fuen­
gr

tes h istóricas seleccionadas, resta urar lo que ellos v en como


au ténti co s entido de la p roporció n: «L a Razón afre ntada,,;
pretenden, esperanza d os, expu lsar al fin la s gracias de los
temas serios: «nadie debería usarlas sin pudór, / Exceptuan -
do el caso de su dispersi ó n en el epigrama,1. Es u n inten -
to, típico del neoclasicismo, de contener la transformació n
de los géneros a base de afianzar los límites. Retrospecti­
vamente, este intento se nos muestra como una aberració n
temporal de la crítica : las transformaciones, lej os de con­
fundir l a literatura, o d e ser signos d e ruptura , fueron al­
go no rmal.
En este mismo período, se pusieron de manifiesto otros
cambios en el status de los géneros, inclu yendo algunos
ause ntes de l parad igma mo dal . Donne y otros ele v aron la
elegía am atoria a una a ltura sin precedentes. Y en las pos­
trimerías del siglo diecisiete, la sátira ascen dió p or encima
de l a posición central que había mantenido (con breves fluc­
tuaciones) durante un siglo : Dryden, P ope, Swift y otros
la consideraron apr opiada para al gu nos de sus es critos más
serios y ambic iosos. S i la transformació n h eroica de la sá-

rn DRYDEN, The Art of Poetry, 11, 336-46, en The Poems of John


Dryden, I, 341.
* Inundaron el Parnaso con su marea. / El madrigal fue, al princi­
_
p10, bienvemdo, I Y el orgulloso soneto cayó por el mismo sino; / con
ellos la grave tragedia adornó sus vuelos, / y la lúgubre elegía sus fu­
nestos ritos: I Un héroe nunca les falló en la escena, / Sin su gracia,
amante alguno osó enfurecerse; / Los amorosos pastores más se cuida­
ron de mostrarse I leales a su gracia, que fieles a su amor. / Cada pala­
bra, cual Jano, tenía doble faz: / Y la prosa y el verso le cedieron lu··
gar. [N. del T].
112 ALASTAIR FOWLER

tira en Absalom and Achitophel no lo prueba por completo,


la posibilidad de un póema épico sadrico tal como el Dun­
ciad sin duda lo hace. Poco más tarde, según J oseph War­
ton, se leían mucho más las sátiras de Ariosto que el .Or­
lando Furioso, y Churchill estaba mucho más en boga que
Gray 31•
El caso de las geórgicas es aún más sorprendente. Etien­
ne y Sidney, quien compara a los escritores didácticos a
«los pintores de inferior categoría», que «reproducen tan
sólo las caras dispuestas ante ellos» y carecen de inventiva
propia, habían dudado incluso de su derecho a algún sta­
tus poético. A comienzos del siglo dieciocho, los críticos ha­
blaban de la poesía didáctica como «inferior, únicamente,
a la épica» si no igual a ella 32• John Chalker ha escrito
una historia de la geórgica formal inglesa instructiva y de­
liciosa, que no es preciso repetir aquí. Pero el cambio ope­
rado en la estima de la geórgica se incluye en un desarro­
llo más amplio de la literatura didáctica. Sidney se refirió
generalmente a los escritores didácticos como: todos «los
que tratan temas filosóficos, o morales, como Tirteo, Fo­
cílides, Catón, o naturales, como Lucrecio... o astronómi­
cos como Manilio y Pontana; o históricos, como Lucano»;
el tipo de los que «no siguen el curso de propia inven­
ción» 33• Aunque sus categorías rompen por completo con
los límites entre verso y prosa, el pasaje sirve para recor­
darnos que el paradigma de los géneros se había converti­
do en efecto en un paradigma de los modos poéticos. Sin
duda, la defensa· de la literatura, en el período isabelino,
fue, ante todo, una defensa de la literatura imaginativa o
«poesía». Pero durante el siglo diecisiete, Bacon, Browne,
y otros, desarrollaron de tal modo el ensayo y los tratados
a modo de ensayo, que devolvieron los escritos sobre ar­
queología, geografía e hü¡toria al status que gozaron con an-

:n An Essay an the Geniu.s and Writíngs aj Pape, en Ezihteenth-Centu.ry


Critica! Essays, ed. S. Elledge (Ithaca, 1961). II, 718, 763. Sobre el Dun­
ciad como auténtica épica, vid. AUBREY WILLIAMS, Pape's uDu.nciad»:
A StudJ> aj its Meaning (Batan Rouge, 1955), págs. 131 y ss.
::1 Vid. CüHEN, «On the Interrelations», págs. 39-40, en las que se
cita a Addison y Tickell.
,:J Dejen ce aj Poesy, pág. 80.
GÉNERO Y CANON LITERARIO 113
terioridad, durante el Renacimiento 14• En la revaloriza­
ción consigu iente, la geórgica y otras poesías didácticas as­
cendieron al más alto nivel de estimación. Hacia finales del
siglo dieciocho, los modos didácticos no se encontraban ya
realmente en esta posición. En su An Essay on the Genius and
Writings of Pope [Ensayo sobre el genio y los escritos de Po­
pe] ( 1756, 1782), Joseph Warton divide a los poetas ingle­
ses en «cuatro clases o grados diferentes»: ( 1) «los sublimes
y patéticos»; (2) «aquellos que poseyeron el auténtico ge­
nio poético en un grado más reducido, pero con un mag­
nífico talento para la poesía moral, ética y panegírica»; (3)
«hombres de ingenio, de gusto elegante, y viva imaginación
para describir la vida familiar, pero no así las escenas poé­
ticas. más altas»; (4) meros versificadores, que incluyen, sin
embargo, algunos como Sandys y Fairfax. Tras haber exa­
minado detenidamente las obras de Pope, Warton concluye
que «la mayor parte de ellas son de tipo didáctico, satírico
o moral, y, en consecuencia, no de la especie más poética
de poesía; ... la imaginación no era su talento predominan­
te». Puede parecernos que esto es algo grotescamente pre­
decible y que demuestra los límites de la evaluación me­
diante clasificación :i.o. Pero el propósito de Warton, más
sutil, era descubrir lo que de auténtica poesía (imaginación)
podría haber en las mejores obras didácticas y satíricas de
un escritor al que admiraba sinceramente. Y, en la difícil
tarea de valorar la principal realización del pasado recien­
te, acierta plenamente; Pope queda situado <0unto a Mil­
ton y justo por encima de D ryden» :H;. Johnson puede dar
la impresión de haber rebajado a Warton cuando escribió:
«Limitar la poesía por una definición nos mostrará única­
mente la estrechez del que define, aunque una definición
que excluya a Pope r.o se hará con facilidad» 37• Pero la

·;., CL RosALIE L. CüLIE, The Resou.rces aj Kind: Genre-Theory in the


Renaissance, ed. Barbara K. Lewalski (Berkeley, Los Angeles, y Lon­
dres, 1973), págs. 86-87.
·;a Este enfoque es adoptado por Lawrence Lípkíng en un importan­
te estudio, The Ordering of the Arts in Eighteenth-Centu.ry Engiand (Prince­
ton, 1970), págs. 365-66. Para el pasaje de Warton, vid. Elledge, II,
719-20.
"' Ez1;hteenth-Centu.ry Critica/ Essays, ed. Elledge, II, 762.
17 Lives, ed. Hill, III, 251.
114 ALASTAIR FOWLER

baja en la reputación de Pope continuó. Además, la pro­


pia estimación de la líteratura didáctica, por parte de John­
son, parece poco diferente: «En un poema didáctico, sólo
cabe esperar novedad en los ornamentos e ilustraciones».
Admira los adornos del Essay on Man [Ensayo sobre el hom­
bre], pero considera la moralidad metafísica como tema
«quizá no muy apropiado para la poesía». En cuanto al en­
sayo, lo sitúa por debajo de lo que cabría esperar de un
ensayista -«una pieza irre gular y confusa; no una com­
posición uniforme y ordenada» 38 - • Esto, después de la
publicación de los Essays de Hume.
El influyente Hugh Blair adoptó una visión restrictiva
similar respecto a la literatura didáctica. Encuentra en Ad­
dison numerosos ejemplos de «el grado más alto, correcto
y ornamentado del modo llano». Sin embargo, a pesar de
ser «el ejei;nplo más perfecto en inglés», carece de «fuerza
y precisión, lo que hace que su modo, aunque perfectamente
oportuno para ensayos tales como los que escribe en el Spec­
tator, no sea del todo un modelo apropiado para cualquie­
ra de los tipos de composición más altos y elaborados» 39•
Las epístolas didácticas «rara vez admiten gran elevación»;
y la poesía didáctica, sin el sustento de «las elevadas belle­
zas de la descripción y el lenguaje poético», agrada por la
vigorosa concisión y el vivo ingenio, que «las más eleva­
das especies de poesía» escasamente admiten. Aquí, los ni­
veles de estilo y valor están íntimamente asociados: sin du­
da, Blair considera que, en el entusiasmo, el ardor, la fuerza
y la profusión de genio poético, Dryden, aunque mucho
menos correcto como escritor [ que Pope], parece haber si­
do superior a él» 40• Pope era menos eminente en «las par­
tes más sublimes de la poesía». El nuevo valor atribuido
a la descripción es bastante sorprendente.
En su Preface de 1815, Wordsworth relaciona seis mo­
dos «en el siguiente orden": narrativo, dramático, lírico,
idyllium, didáctico, y sátira filosófica. Es un esquema que
nos muestra perspectiva y discernimiento de las formas

JH lbid., II, 295; III, 242; Dictianary; Rambler. No. 158.

:;¡, HUGH BLAIR, Lectures on Retharic cmd Belles Lettres (London y


Edinburgh, 1783), Lección 19: "General Characters of Styie. "
+o ]bid., Lección 40: "Didactic Poetry-Descriptive Poetry».
GÉi\ERO Y CANON LITERARIO 115
emergentes. Mientras la geórgica formal cae dentro de la
categoría didáctica, la poesía descriptiva presenta un nue­
vo, amplio modo, el idyllium «descriptivo ante todo, bien
de los procesos y apariencias de la naturaleza externa, co­
mo las Seasons de Thomson; o de caracteres, modales y sen -
timientos». La «epístola apasionada» se considera ahora co­
mo «una especie de monodrama», como en anticipación al
desarrollo de la lírica dramática.
Las numerosas y complejas transformaciones de los gé­
neros a lo largo del siglo diecinueve no se prestan a un
tratamiento breve y esquemático. Pero algunas líneas prin­
cipales se destacan, incluso en ese período. Cuando Words­
worth incluyó en su modo narrativo «esa estimada produc­
ción de nuestros días, la novela métrica» -aludiendo tal
vez a Crabbe o a Scott 41 -difícilmente podía haber pre­
�isto por completo cuán lejos habría de transmutar la lite­
ratura las formas novelísticas durante el siglo siguiente. En
esa época, de la que estamos adquiriendo conciencia his­
tórica en nuestros días, varios tipos de novelas llegaron a
acaparar progresivamente el interés de los críticos y la ex­
pectación de los lectores. El modo novelístico se abrió ca­
mino, de hecho, hasta la posición más alta en la jerarquía
de los géneros. Sería, por supuesto, difícil construir un pa­
radi gma sencillo de los géneros para una literatura tan pro­
fusamente inventiva. Pero ello no es debido a la falta de
certeza respecto a los modos dominantes. Esto se nos mues­
tra con claridad, cuando se aplican los criterios de la no­
vela naturalista a juicios de valor. Así Ruskin. encontró
dificultades al opinar sobre Dickens: le consideraba admi­
rable, si bien «en tanto que caricaturista... se excluyó él
mismo del círculo de los grandes autores» 42• No es preciso
demostrar aquí el status creciente de los tipos novelísticos.
Henry James podía afirmar, sin asomo de extravagancia,
que «la novela si gu e siendo, según la opinión correcta, la
más independiente, más elástica y más prodigiosa de las
formas literarias», y hacia 1975, Frank Kermode se per­
mitió tratar como clásicos las novelas en el mismo volumen,

41 Wordsworth's Literary Criticism, ed. W. J. B. Owen (London y


Boston, 1974), pág. 177.
42
Praeterita (Orp ington, Inglaterra, 1887), II, cap. 4.
116 ALAS'J:<\lR FOWLER

si rio totalmente en el mismo sentido, que la Eneida de


Virgilio 43 •.
Por supuesto, dentro de la novela se establecen, correcta
o incorrectamente, diversos niv.eles. Así pues, existe una
distinción relativamente estable entre los tipos de novela
verosímil y varios otros géneros, particularmente formula­
rios, como las novelas de suspense, del oeste y fantásticas.
Esto no se puede admitir abiertamente como una distin­
ción jerárquica. Pero las bibliotecas y las librerías segre­
gan los géneros serios y no serios más o menos estrictamen­
te. La ciencia-ficción se vendía, hasta hace muy poco, junto
a la pornografía.

IV. GÉNEROS DISPONIBLES

El cambio genérico se ramifica en formas que tienen


extensas implicaciones en una crítica imparcial. No es só­
lo cuestión de establecer una tabla de relaciones dentro de
cada género: de meras fluctuaciones en aquella «imagina­
ria bolsa de cambio» proscrita por Northrop Frye como
asunto serio 44. Más bien debemos pensar en cambios en
gran escala en la interrelación de géneros completos, y en
la distribución de la literatura entre ellos -cambios que,
incluso un paradigma tan innovador como el de Words­
worth, apenas llega a insinuar-. Por encima de todo, he­
mos de reconocer que la gama completa de los géneros no
ha estado igualmente, ni mucho menos completamente, dis­
ponible en un período cualquiera. Cada época parece con­
tar con un repertorio relativamente reducido de géneros a
los que lectores y críticos pueden responder con entusias­
mo. Y ·el repertorio disponible de sus escritores es, posi­
blemente, aún menor: el canon temporal está cerrado de
antemano para todos los escritores, si exceptuamos a «los
mejores», «los más firmes», o «los más arcanos».
Además, cada época supone nuevas omisiones en el re­
pertorio potencial. En sentido amplio, todos los géneros pue-

4'1 Prefacio a The Amhassadors, Edición de Nueva York (New York,


1909), XXI, XXIII.
44 NüRTHROP FRYE, Anatomy oj Criticism (Princeton, 1957), pág. 18.
GÉNERO Y CANON LITERARIO 117
den haber existido en todas las épocas, vagamente mate­
rializados en estrafalarias y monstruosas manifestaciones
individuales. (U na historia del futuro apareció publicada
en fecha tan prematura como 1790: el anónimo Reign aj
George VI). Pero el repertorio de géneros activos ha sido
siempre reducido y ha estado sometido a adiciones y su­
presiones proporcionalmente significativas. A principios del
siglo dieciocho, por ejemplo, s.e extendió ampliamente la
novela, la sátira y la geórgica, mientras que se suprimió,
de hecho, la épica. Sin duda, será preciso perfilar esta tos­
ca generalización. Podríamos sentir deseos de precisar su
última parte tomando en consideración transformaciones
del héroe, como en la épica burlesca, traducciones, críti­
cas de la épica anterior, y quizá el desconcertante atisbo
de calidad que percibe Johnson en Blackmore. Pero la ob­
servación general se mantiene, y podría adoptarse, junto
a otras como ella, para insinuar un sistema de géneros tal,
que cualquier supresión repercuta en los géneros adyacen­
tes. Al declinar la épica (podría proseguir el argumento),
sus funciones fueron asumidas por los géneros novelístico
y geórgico, que, consecuentemente, ascendieron hasta ocu­
par su espacio en la ficción. Así, por ejemplo, el héroe épico
se convirtió en el héroe de la prosa de ficción o de la bio­
grafía. Análogamente, en nuestra época, un declive en la
novela verosímil se podría considerar compensado por el
auge de la biografía (a menudo semificticia) para cubrir la
necesidad de caracteres «sólidos», faltos de fabulación. Se
podrían aducir otras compensaciones en conexión con di­
versos géneros de memorias autobiográficas e historia, o
el olvidado ensayo familiar y el ensayo crítico que tanto
prolifera 45• Hay quienes han sentido la tentación de con­
cebir un sistema de los géneros prácticamente basado en
un modelo hidrostático, como si la substancia total perma­
neciese constante, aunque sujeta a redistribución.
Pero, por el momento, carecemos de base firme para
tales especulaciones, y es mejor tratar las relaciones entre
los géneros de manera sencilla, en términos de opciones es­
téticas reales. Así, la supresión de la épica planteó un pro­
blema al escritor de aventuras serio. No podía sino volverse

45 Vid. COLIE, The Resources oj Kind, págs. 92, 98-99.


118 ALAS'lAlR FOWLER

hacia el si gu iente género «más elevado», lo_ que, en el caso


de la poesía, significaba probablemente la geórgica (pues­
to que, en la geórgica virgiliana, los pasajes heroicos ele­
vados desempeñaron un papel importante). Posteriormente,
la descripción fue su recurso naturaL Así mismo, en pro­
sa, los escritores serios adoptaron el ensayo, la historia re­
ferente a algu na acción nacional destacada, la novela mo­
ral, u otras formas cuyas cumbres no se vieron ya más
sobrepasadas por la· épica 46• Montaigne exploró el nuevo
tema de la identidad individual en un género extracanóni­
co de status bajo o indeterminado (lo que puede haber �on­
tribuido a hacerle merecedor del apodo de «atrevido igno­
rante»); pero Carlyle, persi gu iendo un objetivo similar en
Sartor, orientó sus escritos a modo de ensayo hacia unos ob­
jetivos estéticos mucho más elevados, desde las plataformas
de sus visibles vehículos, el tratado y la biografía.

V. VALORACIONES

El repertorio real de géneros, a consecuencia de sus li­


mitaciones y cambios, influye de manera decisiva en el ca­
non crítico. El caso de Scott y Austen es esclarecedor -la
anomalía de que Scott gozase de reputación internacional
mientras que Austen permanecía virtualmente desconoci­
da-. Esto sólo se puede explicar, en parte, por la apari­
ción de vVaverley en 1814, cuando Scott era ya un hombre
de letras consagrado. Debe ser atribuido también a la fa­
cilidad con que la obra de Scott podía relacionarse con los
géneros existentes, como la novela regional, que prestigió
l\llaría Edgeworth. Las novelas de Edgeworth, que también
disfrutaron de reputación continental, fueron a menudo tra­
tadas por los críticos co�o el contexto literario de las pri­
meras novelas de Scott. El mismo se mostraba deseoso de
atraer la atención hacia su combinación individual de his­
toria y aventuras en Waverley_ Multiplicó sus alusiones a
antecedentes serios de novela de aventuras, introdujo poe-

+ci Vid_ p. e. el esclarecedor estudio de ELIZABETH W_ BRUSS. Auto­


hiographical Acts.- The Chan.�ing Situation aj a Literary·. Genre (Balti�orc >
London, 1976).
GÉNERO Y CANON LITERARIO 119
mas románticos y canciones, con un doble cometido, como
citas y como elementos intra-novelescos, si gu ió explícita­
mente un método narrativo car.gado de ambages, y enfati­
zó continuamente el carácter romántico de los paisajes («esta
angosta cañada ... parecía abrirse a la tierra del romance»).
Por otra parte, no deja de referirse a «mí historia», distin­
guiendo entre la frívola novela de aventuras y la auténtica
narración de una historia, o de recordar la perspectiva his­
tórica de «sesenta años después». Pero, a pesar de todo es­
to, Croker y otros valoraron las novelas de Waverley en
el contexto genérico de los cuentos irlandeses de Edgeworth
(cuya influencia se admite con sincera deferencia en la no­
ta final de Scott al Waverley). Suya era la norma: como nos
indica su bióo-rafo
::, ' «Los críticos comienzan a bosquejar in-
formalmente sus reglas durante el período en el que Ma-
ría Edgeworth escribe, directamente estimulados, con fre­
cuencia, por sus cuentos» 47• De ello se f3¡_yorecieron las
novelas de Scott, débilmente articuladas. El podía ofrecer
gran cantidad de detalles de la vida diaria, personajes plau­
sibles como miembros de una sociedad en la vida real, y
episodios tan coherentes como los de ella. La superioridad
de Austen (en la construcción, por ejemplo) era menos ob­
via. Y sus novelas se asociaban, inevitablemente, con los
elementos «inferiores», domésticos y femeninos, de la obra
de Edgeworth.
Cuando un género desaparece del repertorio en su con­
junto, las valoraciones pueden verse seriamente afectadas.
En el momento actual, la épica breve, no sólo no se prac­
tica (como la épica clásica), sino que no está representada
por ejemplos en len gu a vernácula accesibles a la crítica
-excepto El Paraíso Recobrado-. En consecuencia, la acogi­
da de este superviviente solitario es comprometida e incierta.
Nuestra dificultad no es meramente ignorancia sobre si Pa­
radise Regained sobrepasa, o no, a otros especímenes de su
género. (Muchos críticos podrían estar dispuestos a hacer
tal concesión -admitir que los demás son especímenes de
escaso valor-). Se trata más bien de la dificultad para apre­
ciar dónde radican los logros especiales de Milton. ¿Con­
sistió uno de ellos en el desarrollo experimental de una épica

+7 MARILYN BÚTLER, kfaria Edgeworth (Oxford, 1972), págs_ 347-48_


120 ALASTAIR FOWLER

stylus humilis? Cuando apareció el poema, la opinión -para


an gustia de Milton-· estaba 'dividida. Edward Phillips nos
refiere q{ie era «generalmente reputada corno inferior a la
otra (a saber, El Paraíso Perdido)», pero que «está conside­
rada, por los más juiciosos, corno poco o nada inferior a
éste en cuanto a estilo y propiedad,, 48, Significativamente,
no obstante, el más virulento de los ataques recientes a El
Paraíso Recobrado se c�ba en el estilo. Se podría intentar una
defensa contra la acusación de falta de colorido estilístico
que hace Wallace Robson. Al gu na conclusión se podría ex­
traer, por ejemplo, de la asombrosa acumulación de alter­
nativas por parte de Milton: un rasgo desestimado por
Broadbent por su incompetencia para la realización sen­
sual, pero que, aunque de modo dudoso, imita el acto de
elección, de forma que aproxima al lector a la predicación
de Cristo. Una línea tal de defensa, tan relativamente com­
plicada, tendría que contar con una amplia base de fami­
liaridad con la forma épica breve. Y esto ya no es factible.
Lewalski tuvo que escribir un libro simplemente para pro­
bar que el género existió: JiVilkes, un artículo para establecer
una de sus convenciones rudimentarias (el uso de posicio­
nes establecidas) 49• Nadíe debería sorprenderse, pues, de
que El Paraíso Recobrado goce de la ínfima reputación en el
canon de Niilton.
De distinta manera, la reputación de Robert Herrick
ha sufrido las consecuencias de la alteración de los géne­
ros, más que de su supresión. En 1648 apareció su Hespé­
rz'des, en un momento desafortunado, desde una perspectiva
política. Posteriormente, durante el tiempo en que el mo­
do satírico ocupaba el lugar del epigramático, recibió es­
casa atención: incluido al principio, de manera anónima,
en las antologías, fue casi desconocido durante el siglo si­
gu iente. Esta discontinuidad en la tradición crítica resultó

48 The Lije of kfr. John j\;filton, en Milton: The Critica! Heritage, ed.
J. T. Shawcross (New York, 1970), pág. 104. Paradise Regained fue la
segunda obra de &filton que recibió tratamiento crítico extec1so (R. Mea­
dowcourt, 1732).
4'' B. K. LEWALSKI, Milton's BriefEpic: The Genre, 1\1eaning, and Art
of «Paradise Regainedn (Providence, R. I., y London, 1966); G. A. WIL­
KES, «Paradise Regained and the Conventions of the Sacred Epic", En­
glish Studies, 44 (1963).
(;ÉNERO Y CANON LITERARIO 121
fatal para una apreciación correcta de Hespérides. Cuando
fue redescubierta, en el siglo diecinueve, varios de los sub­
géneros empleados (especialmente aquellos caracterizados
corno foetidus y fil [fetidÓ y amargo]) estaban tan fuera de
uso como para resultar ininteligibles. Los lectores del pe­
ríodo victoriano perdieron, por lo tanto, gran parte de su
compleja variedad y equilibrio, rasgos por los que sus cin­
co tipos de epigramas se compensan y corresponden uno
con otro. Su arrolladora preferencia por los mel [miel], o
epigramas dulces, les indujo a centrarse en un único ele­
mento de la obra de Herrick. Sus poemas florales y epi­
gramas eróticos fueron casi los únicos que se incluyeron en
las antologfas. Sobre esta base tan inadecuada se erigió una
desmedida reputación -Swirnburne llegó a llamarle «el más
excelso escritor de canciones... jamás nacido de la raza in­
glesa,,-. Pero una pretensión tan inconsistente, apenas po­
día sostenerse por mucho tiempo. T. S. Eliot pareció casi
restaurar la sensatez en e' Qué es la poesia menor.) N ecesa­
riarnente, había de preferir al poeta «mayor», metafísico,
Herbert, pero hizo un interesante alegato, aparentemente
equilibrado, en favor de Herrick corno un clásico menor,
digno de ser leído in extenso en virtud de un «algo" que se
encuentra «más en el todo que en las partes". Eliot, sin ern·
bargo, no supo o no quiso encontrar una unidad en Hespé­
rides: echó en falta «la continuidad de un propósito consciente
en los poemas de Herrick". Mi intención, en estos rnornen·
tos, no es tanto criticar su opinión a este respecto (si bien,
«sincera ordinariez» no es una de las frases que acuden a
mi mente cuando pienso en Herrick), corno atraer la aten­
ción sobre el peso de los géneros alterados que contribuye­
ron a limitar la opinión de Eliot sobre el auténtico alcance
y estatura del autor de epigramas heroicos.
Al perfilarnos su distinción entre clásicos mayores y me­
nores, Eliot insistió en el hecho de que géneros diferentes
podrían ofrecer ejemplos de ambos -como fue, sin duda,
el caso de Herbert y Herrick-. Pero la idea de la existencia
de géneros inherentemente mayores o menores también se
ha visto sometida a discusión. Dame Helen Gardner pu­
blica unas consideraciones sobre la diferencia entre un poeta
mayor y uno que es simplemente muy bueno, en términos
que la dejan perfectamente clara. Establece una serie de
122 ALASTA!R FOWLER

implicaciones, con respecto al género, que,·por comodidad,


no se suelen poner de relieve: «La obra del poeta mayor
debe tener magnitud: debe intentar con éxito una u otra
de las formas poéticas más eminentes, que ponga a prue­
ba sus dotes de invención y variación: no puede aspirar al
título por un simple puñado de versos por exquisitos que
sean» 50. Sería difícil disentir de esa proposición; sin em­
bargo, supone una jerarquía de géneros, con la lírica aba­
jo y las «formas poéticas más eminentes» arriba. Por su­
puesto, la jerarquía no tiene por qué ser rígida. Podemos
preguntar, por ejemplo, qué extensión debería tener un pu­
ñado de verso� para conseguir mayoría (¿los mil cuatro­
cientos de Herrick?), o si las formas líricas podrían com­
binarse para constituir una obra compuesta mayor (¿el
Notebook de Lowell?), o si la propia lírica no podría tene1
distintos si gn ificados en épocas diversas.

VI. CÁNONES Y GRANDES TRADICIONES

La sección precedente nos lleva a concluir que los cam­


bios genéricos contribuyen a perfilar los cánones del gus­
to, y, en consecuencia, de lo que es asequible 51. Esto se
podría poner de manifiesto comparando, por ejemplo, los
cánones poéticos renacentistas trazados por varios críticos
y autores de antologías. Los autores del siglo diecisiete que
Johnson recogió en sus Lives* fueron Cowley, Denham,
Milton, Butler, Rochester, Roscommon, Otway, Waller,
Pomfret, Dorset, Stepney, J ohn Philips, Walsh y Dryden.

'º DAME HELEN GARDNER, The Art aj T. S. Eliat (London, 1949),


pág. 3.
51 Estudios de otras influencias sobre el gusto aparecen en ]:,_ E.
KELLETT, The Whirligig aj Taste (London, 1929), y en B. S. ALLEN,
Tides in English Taste 1619-1800: A Background far the Study oj Literature
(New York, 1958). Pero aún faltan historias de la aceprnción y valora­
ción en la literatura inglesa para la mayoría de los períodos.
* El título completo es The Lives a/ the Poets, colección de prefacios
biográficos a otras tantas ediciones, publicados independientemente en
1781. Al parecer la selección de autores y textos no fue realizada por
Johnson; se trató de una imposición de los editores. Con todo, público
y crítica hablaban de «los poetas de Johnson», como si hubiesen sido
elegidos por él. [N del T].
GÉNERO Y CANON LITERARIO 123
La inclusión de Philips puede relacionarse con la reciente
promoción de la geórgica; y si nos sorprende la de Ros­
common, no tenemos más que recordar que Pope «lo ala­
baba como el único escritor moralista durante el reinado
del rey Charles» 52. A la inversa, el hecho de que en el pe­
ríodo Augusto* se restringiese el modo epigramático y se
rechazase el conceptismo da cuenta de la ausencia de nom­
bres esperables.
Basándonos en influyentes antologías, como el Golden
Treasury 53 de Francis Turner Palgrave, se pueden ejempli­
ficar cambios posteriores en el canon. Tantas generaciones
de jóvenes lectores forjaron sus ideas sobre la poesía a partir
de esta notable obra, que durante mucho tiempo fue con­
siderada como una institución literaria. Sus preferencias res­
pecto al género se pueden entrever ya desde el título: The
Golden Treasur_y of the ,Eest Songs and Lyrical Po'ems in the En­
glish Language [ Tesoro Aureo de las lvfejores Canciones y Poemas Lí­
ricos en Lengua Inglesa]. Omitiendo a los autores representa­
dos por uno o dos ejemplos, excepto aquellos de los que se
incluye un texrn muy largo, el canon de 1861 comprendía
a Drummond (siete textos), Dryden (dos), Herrick (sie­
te), Jonson (tres)* *, Lovelace (tres), Marvell (tres), Mil­
ton (once), Shakespeare ( treinta y dos), Spenser (uno). La
segunda edición de 1891 añadió a Campion (diez), Sidney
(cinco), y Vaughan (tres), al tiempo que aumentaba la re­
presentación de Herrick (ocho), Marvell (cinco) y Shakes­
peare (treinta y cuatro).
The Oxford Book of English Verse (1915), antología de
Quiller-Couch, estaba realizada a una escala tres veces ma­
yor: pero retrocedió y avanzó más en el tiempo, añadió mu­
chas muestras individuales menores y trató sabiamente de
hacer al gunas interesantes promociones, como la de Wi­
lliam Browne (siete) y Cartwright (cuatro). Teniendo esto

52 jOHNSON, Lives, ed. Hill, I, 235.


s:i 1861, más de veinte impresiones; 1891, más de veinte impresio­
nes; etc.
* Augustan es el nombre con que se denomina al período dorado de
las letras inglesas en el que se incluyen Dryden y Pope. llv'. del T].
** Se refiere a Ben (Benjamín) Jonson (1572?-1637); no confundir
con Samuel Johnson (1709-84), autor de The Lives of the Poets, menciona­
do anteriormente. [N del T].
124 ALAS"i/\.!R FOWLER

en cuenta, los cambios más importantes fueron una reduc­


ción en Campion (ocho) e incrementos en Carew (seis),
Donne (ocho), Dryden (cinco), Dunbar (cuatro), Herbert
(seis), Herrick (no menos de veintinueve), Raleigh (cinco),
Jonson (once), Surrey (tres), King (tres), Spenser (siete).
En el popular y conservador The Penguin Book of English Verse
de J ohn Hayward, las alteraciones del canon de Quiller­
Couch son sorprendentemente escasas 54• Guardando las
propociones, sólo hay cortes en Carew (dos), Cowley (uno),
Milton (seis), Sidney (tres) y Spenser (tres), mientras que
Dunbar y Greene desaparecen por completo.
Desde nuestra perspectiva actual, al gu nos de estos cam­
bios son fácilmente explicables -al menos hasta donde al­
canza una explicación en términos de género-. No parecen
expresiones arbitrarias del gusto (particularmente cuando
consideramos la selección de ejemplos particulares), ni mo­
vimientos aleatorios de la moda. Observamos, en primer
lugar, el valor en declive de la canción, después de un mo­
mento culminante en torno al cambio de siglo. Y lo mis­
mo sucedió con otros géneros líricos no dramáticos o «im­
personales»: de ahí, el ascenso y caída de Herrick, Cowley
y Wotton. Excepcionalmente, la representación del Cam­
pion no disminuyó mucho -quizá como consecuencia de
un aparente «imagismo»*-. En segundo lugar, durante el
mismo período, la lírica dramática se vio progresivamente
favorecida (lo que no nos sorprende, considerando la rela­
ción de Browning con el modernismo). Así, las represen­
taciones de Wyatt y Donne crecieron; se incluyeron al gunos
ejemplos más de Sidney, extraídos de Astrophel and Stella;
y Herbert, como ya hemos visto, asumió status de poeta ma­
yor .. La revalorización consiguiente de los estilos llano y ha­
blado se puso de manifiesto tamo en el Oxford Book de 1915
como en Hayward (con adiciones a Wyatt, J onson y
Dryden), si bien nadie llegó a los extremos de Yvor Win­
ters en este sentido. Un tercer cambio de vó el 6énero que

54 Harmondsworth, 1956, con once reimpresiones en 1971.


* Imagism, movimiento poético que ±1oreció en Inglaterra y Améri­
ca entre 1910 y 1918, como oposición al Romanticismo, buscando clari­
dad de expresión por medio de imágenes precisas: de ahí su nombre.
[N del T].
GÉNERO Y CANON LITERARIO 125
dio en ser llamado «lírica metafísica» (adiciones a Donne,
Herbert, Traherne y Vaughan). Finalmente, críticos de
Cambridge y otros pertenecientes a la escuela de New Cri­
ticism coincidieron, poco más tarde, al preferir formas cor­
tas: Milton, que había alcanzado una especie de apogeo en
1915, fue eliminado; Cartwright y Browne of Tavistock ig­
norados de nuevo; y Drayton, Fanshawe y Cowley recor­
tados.
Estos movimientos encuentran naturalmente sus refle­
jos en el canon de la crítica formal. Se les podría hallar en
The .il!Íarch of Literature (1938) [El Progreso de la Literatu­
ra] de Ford Madox Ford, espléndidamente individual; en
las colecciones casi institucionalizadas de Boris Ford en la
Cuide de Pelican (1954-56), y en el relevante volumen de
Sphere (1970). En la Cuide, los ensayos sobre escritores in­
dividuales, o dominados por un-escritor en particular, pre­
suponen un canon sorprendentemente metafísico: Donne,
Herbert, Marvell, e incluso Cowley. La History de Sphere
confirma este movimiento, e incluso lo lleva más lejos, con­
densando a Jonson y los Líricos Galantes* en un simple
capítulo. Después de treinta años, los críticos de la Sphere
si guen aún la pauta marcada por Ford Madox Ford, para
quien Donne era «sumamente eminente», mientras Herricb
era «mero Herrick». El último obtiene ahora siete páginas,
no obstante, en tanto que Surrey y Sidney reaparecen. Ade­
más, las formas largas comienzan de nuevo a despertar in­
terés: Spenser resucita en su transatlántico jardín de Ado­
nis; Milton recibe una atención favorable; hay un capítulc
sobre el epyllion; y Drayton consigue efectivamente varias
menciones dispersas.
El canon de la ficción en prosa opera con más rigo,.- dÚn,
estando menos limitado por los efectos de la publicación
en antologías y la ejecución oral. En él también, el género
ejerce una poderosa influencia. Pero es una influencia me­
nos consciente, puesto que muchos géneros en prosa per­
manecen sin etiquetar. La Short History of English Literature
(1898) de Saintsbury acumula, juntas, las novelas verosí-

* Cavalier Lyricists en el original. Este término se aplica a la lírica


de tono cortesano que tuvo su máximo esplendor durante el reinado de
Charles I (1625-1649) [N del T].
126 ALASTAIR FOWLER

miles, y las histórica�, góticas y otras novelas más o me­


nos f antásticas. Todas son «novelas». Así, Reade y Peacock
son incluidos en la categoría sin discusión; y Stevenson es
el último «gran novelista» del siglo diecinueve. En la críti­
ca posterior, sin embargo, el canon de la ficción de autén­
tico valor se ha reducido eficazmente a un género, la no­
vela naturalista. En esta restricción, más que cualquier
deficiencia encontrada en las obras de Stevenson, lo que
explica que apenas se le haya mencionado en la Guide de
F ord, y que se le haya excluido por compleo de las edicio­
nes anteriores de Victorian Fiction: A Cuide to Research ( 1964)
[Ficción de la época Victoriana: Guía para la Investigación]
de Lionel Stevenson Por razones similares, Stevenson y Pea­
cock reciben tan sólo la más breve de las menciones en la
History de Sphere, y De la Mare, nin guna en absoluto. En
cuanto a la influyente «magnífica tradición»* de F. R. Lea­
vis -Austen, Eliot, James y Conrad-, muchos han for­
mulado objeciones a su carácter tremendamente restricti­
vo en el caso de Dickens, cuya única obra consecuentemente
seria, de acuerdo con el más joven Leavis, sería Hard Times
[ Tiempos Difú:iles]. Pero a Leavis se le justificaba, en cierto
modo, por ser uno de los pocos que aplicaban el canon de
géneros de su tiempo con una consciencia intencionadamen­
te sostenida. E incluso en nuestros días, no es frecuente in­
terpretar que The Great Tradition establece límites firmes en­
tre los géneros. La forma de obra-en-curso de Sterne la
novela de aventuras histórica de Scott, las alegorías de Dic­
kens: todas están fuera de los límites.
Incluso nosotros mismos, los más dados a la teoría, ¿es­
tamos, acaso, libres de prejuicios respecto a los géneros? Se­
ría agradable pensar que sí. Pero la narración breve reco­
bra en nuestra época el favor popular, y otro tanto ocurre
con los romances. (T+úthering Heights [ Cumbres BorrascosasJ, ape­
nas mencionada por Saintsbury, es un clásico para Kermo­
de). Y una nueva gran tradición -en la que fi guran Dic­
kens y Joyce-- ha desplazado a la anti gua. Realmente, junto
al canon más reciente, que incluye a Hawthorne, Melville,

* Great trai.ition en el original. Corresponde al título de un artículo


de Leavis aparecido en 1948 «The Great Tradition: George Eliot, James
and Conrad» [N ckl T].
GÉNERO Y CANON LITERARIO 127
James y Cansad (en diferentes aspectos), vVoolf y Beckett,
vislumbramos ya nuevas «tradiciones alternativas basadas
en géneros emergentes o no. canónicos con anterioridad: la
fantasía urbana anti-utópica (Pynchon, Vonnegut); la fa­
bulación (Barth, Barthelme); la obra-en-curso (The Golden
Notebook [El Cuaderno Dorado]); y la novela histórica de ideas
(The French Lieutenant's vv&man [La Mujer del Teniente Francés]).
Por lo que se refiere a la literatura más antigua, nuestras
más esmeradas revalorizaciones, incluso ac¡uellas que pa­
recen más inspiradas por valores instrumentales que lite­
rarios, pueden también brotar de influencias, ya enterra­
das, de los géneros. Quizá, las revaluaciones individuales
sólo pueden teneréxito, de hecho, en tanto estén de acuer­
do con las leyes que rigen los géneros, tales como la alter­
nancia compensatoria de una preferencia por formas breves
o largas, bien sea entre poesía y prosa, o, aisladamente, den­
tro de cada una de ellas 55• Actualmente se está redescu -
briendo Aurora Leigh, no solamente porque es un buen poe­
ma, o un buen poema escrito por una mujer, sino por ser
un buen poema extenso.

;s En la ficción en prosa, la longitud que hay que tener en cuenta


no es sólo la de la obra completa, sino la de sus partes integrantes: la
obra-en-curso, por ejemplo, emplea numerosas divisiones en capítulos
cortos.
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL
GÉNERO*
BERNARD E. ROLLIN
Universidad del Estado d,e Colorado

Pocas veces se ha observado que la noción de «teoría


del género» entraña una ambigüedad fundamental, ambi­
güedad que, cuando se ignora, debe .inevitablemente de­
sembocar en dificultades de tipo lógico. En ·primer lugar,
«teoría del género» puede referirse a la elaboración o pos­
tulación de categorías según las cuales pueden clasificarse
las obras de literatura, o más fundamentalmente, según las
cuales una serie de enunciados o inscripciones pueden o no
identificarse como literarios. E,, este sentido, la teoría del
género debe presumiblemente contener descripciones o ex­
plicaciones de las categorías postuladas de modo lo suficien­
temente claro y explícito como para hacerlas capaces de ser
aplicadas de manera coherente y ( en la medida de lo posi­
ble) sin ambigüedades a los textos objeto de clasificación.
Es esta actividad la que ha ocupado la atención de un ex­
traordinario número de críticos, los cuales han formulado
categorías tales como lírica, épica y drama, y han intenta­
do explicar las características que las definen por innume­
rables y tortuosos caminos (Hernadi 1972): la lírica opera
entre la fe y la desesperanza, la épica entre la acción y la
pasión, el drama entre la crisis y la serenidad (Bovet; véa­
se Hernadi 1972), la lírica ve el mundo desde el interior

Título original: «Nature, Convention, and Genre Theory», publi­


cado en Poetics 10, 1981, págs. 127-143. Traducción de Eugenio Con­
treras. Texto traducido y reproducido con autorización del autor.
* Quiero expresar mi agradecimiento a Carol Cantrell; Doug Co­
llins, Lynne Kesel, Morris Nellermoe, Jacques Rieux, Linda Rollin,
Maria-Laure Ryan y Howard Smokler por los diálogos mantenidos con
ellos acerca de algunas de las cuestiones tratadas en este trabajo.
BERNARD E. ROLLIN
130
e el ext erior ; el drama
de un individuo; la ép ica lo v e desd a­
uos (H irt; véase H ern
desde el inte rior de varios indivi d
�am. Otros críticos re ­
di 1972); etc., ad infinitum y ad naus
icional y ofrecen otras
categorías; por
chazan esta tríada tra d
d s g s categóricas
eje mplo sátira , histor
ia y romance, e i naci one
d t t ura descri­
que se basan en el he cho de si la ob
ra e li era

m d d l xperiencia,
b e u n mundo que es peor que el
un o e a e

1974 ). Tal ejemplos


e é l (Scholes
igual a él o mejo r qu
es

pa t d l b bl iog rafía
proliferan con facilidad: la may or
r e e a i

consiste en l l g t mina­
sob re teor ía del géne ro
a a e re e in er

b le formulación de tales teorías .


tante de estos es­
Es precisamente la cantidad desconcer
llev ar al individuo re­
quemas categóricos lo que deberí a
ental sentido de «teo­
flex ivo a un segundo y más fun dam o no es
sent ido, la t eorí a del g éner
ría del género». E n este
o la investigación de
la elabo ración de clasificaciones , sin tividad
ones; se trat a de una ac
la lógica de tales cla s ificaci
de r a p reguntas tales
metodológica que se ocupa de respon
cacione s de
sidad de el aborar clasifi
como por qué ha y nece
o se elabor an dichas cla
sificaciones,
las obras literarias, c óm
iste mas de clasificación
alternativ os
c ómo se de cide entre s
que se propone. Desde
y cómo se pone a prn eba un sistema
un punto de vista fil o só
fico, este segun do sentido de teoría
eresante que el p rime ­
del género es infinitam ente más int
preguntas son lógica­
ro, puesto que las respuestas a e stas
d ap arato s categ óricos,
mente anteriores a la elaboraci ón e
rmino enfrentarse a
y cada elabo ración debe en último té
e dida q e un sistema de clasi­
estas preguntas . E n la m
en u
o e, explí cita o impl íci­
ficación no presuponga o propo rc i n
s, tal sistema hab rá
tamente, respuest as a estos problem
a
h ho de que es in ­
demostrado su falta de interés, por el ec

ha de p ref s a la mez colanz a


capaz de explicar por qué
erir e
s h prop uesto .
de los otros sistemas que también e an

lógica de nu es­
Por consi iente, ab ogo por la primacía
nero, para el cu al re­
gu

tro segun do sentido de teoría del gé


de «teoría del gé­
serv aremos a partir de ahora el término
er sentido , que a part ir
de ahora
nero», sobre nuestro prim
Esta distinción que
llamaremos «cla sificación de géneros».
distinción similar
hemos estab lecido corre pareja con una
t d li inar las ambigüe­
que debe establecerse con obj e o e e m
ía en la ciencia bio-
dades inherentes al concepto de taxon om
\/ATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 131
lógi��' concepto que utilizaremos en el curso de nuestra dis­
_
cu s10 n pa�a arropr luz al p rob lema del género l iterario.
Tax?n01_nia, com o ha señalado G. G. Simps on (1961), e s
un t ermmo que se ha u sa do para re ferirse ta nto al s istema
qw� emple arnos para clasificar organism os como a los prin­
_
c:�10s qu : fun�amentan, expli can y justifican nuestra elec­
c1011: de dicho sistem a. De esta manera los animales podrían
cl a sificarse como v oladores, nadadores , r epta ntes O c orre ­
dores; o po dr�an clasificarse en fu nción de sus p redileccio­
_
nes ahmentanas, com o h erbívoros, carnívoros omn ívoros
e tc -; o p odr ía n clas ifi carse e n función de l háb itat, distin �
_
guiendo �ntre 1os que establecen su morada en los pantanos,
en d d�sierto, en el agu a, etc.; o bien podr ían clasificarse
,
e n _ f u nc10 n de sus cap aci dades rep ro du ctoras y ori gen evo­
hpiv o . A esta activ idad Simpson la llama « clasificación»
El reserv a el término «taxonomía» para el estudio de la ló�
_
gzca de la clasificación.
Hay aquí, no obstante, una ambigü edad que hay que
re�olver . No queda claro en la formulación de Sim pson si
e-:'i st e u n a tax_ono�ía p ara t oda s las clasificaciones O si las
diterentes clas1�c �oones se basan en diferentes taxon omías.
C?iertamente, distmtos sistemas de clasificación tendrán dis­
tn�t?s p resupuestos lógicos y metodológicos, implícitos O ex­
photos. P e�o, probable mente también, se puede identifi­
car un a � en e de preguntas y p roblemas que se apl icarán
_
a cu alqm er sistema de clasificaci ón además de a sus pr o­
.
p�os prob�emas met odológ icos : Dichas pr eguntas son, por
eJ emplo, estas: ¿De pende toda clasifica ción de una teoría ?
¿S�11: t oda � l_a� cla sifica�iones igualmente válidas? ¿Cómo
emitir 1:1- n JU�oo entre diferentes clasificacio nes ? ¿Admiten
las clasifica oones la prueba de falsedad? De este mo · d o, se
.
pueden d"istmgui · r tres estrat os en est e terreno :

( 1) Un siste�a de clasificaci ón, esto es, la manera de


orden �.r los orgamsmos (y el hec ho en sí de clasificar los
org amsmos);

(2) �ª-
taxonomía de ese sistema, esto es, los presu­
puestos logicos y metodológicos inherentes al sistema con­
cret o de clasificación; y

(3) �os problemas metodológicos que se da n dentro


de cada sistema y entre todos los sistemas de clasifi cación.
BERNARD- E. ROLLIN
132
s p rofundamente
E s la cat egoría 3, desde lueg o , l a má
filosófica .
, podemos afinar más
Volviendo al problem a del género s de
nuestro ant eri or anál
isis y distinguir las cl asificacione
tod ológi cos de estas cla ­
gén eros, los aspectos lógi cos y me
emo s llama o teorí a del
d g énero , esto
sificaciones , y lo que h
t q pli can ª todas
es, el estudio de aqu el
l as pregun as ue se a
.
d · g y q pu e d en p roporc10nar­
l as clasifi caci ones e éne ros ue

juici amiento entre clasificaciones d


e
nos los principios de en
ió fu d m t d ló­
géneros, o bi en d arnos u na expli cac
n n a en a a

mie nto es imposible .


gicam ente de por q ué t al enjuicia

II
De acu erdo con lo q ue llevamos discutido h ast a ah ora ,
es evidente que todas las clasificaciones d e g éneros deben
vincularse lógicamente a algún compromiso de teorí a del
género, t anto si es implícita com o explícitamente . Y a q ue,
.
históricamente, la ab madora mayoría de los clasificadores
ru

de géneros no h an h ech o explícitos sus compromiso s filo­


sóficos y metodo lógicos, se debe intentar una reelaboración
racional de sus posi bles soportes conceptuales . E l hech o mis­
mo de que los c lasificadores h ayan ignorado la teoría por
completo nos da una pista del esqu ema conceptual que de ­
ben ha ber ac ogido y asumido . Sólo hay, m e parece a mí,
uná posibilidad que p uede servir éomo sop orte teórico p a­
ra las clasifica ci ones tra dicionales , mientras que t am bi én
explica el h echo de que c asi n inguno de los clasificador , �s
adoptara explícit am ente u na metodologí a o postura teon­
ca. L a expl icación de be se r que dich os teóricos h an da do
por supuesto implícit amente el dualismo clásic� entre no­
mos y physis, entre lo que es natu ral y convencional, re al
y arbitrario , de Jacto y de jure. Si los clasificadores de los fe­
nómenos lit erarios no se remiten en ab sol uto a las pregun­
tas de la teo ría del géner o deb e ser a causa de este implíci­
to compromiso metafísi co/epistemológico .
¿Qué fundamento existe para afirmación tan audaz? De
nuevo la historia de la clasificació n biológica nos prop or­
ciona una pista . La c lasificación biológi ca t radicio nal , ca.­
roo la clasificación literaria tradicional, com ienza con Aris­
tóte les . Aristóteles elabor ó un sistema de clasificación para
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TÉORÍA DEL GÉNERO 133
los ani ales :n sus obra � biológicas , así como un sistem a
i:n .
de clasificaci ?n p ara la literatura en sus di sertaciones so-,·
7
bre la trag edi a la com edia . Aristótel es, de hech o, ap ortó
un m arco filosofi co p ara el ord enami ento de todo lo exis ­
tente e n la n aturale za, con su compromiso m etafísico haci a
las clases na turales, las esencias y las definiciones reales
Según
.
!� corrient� más infl uyente dentro del pensamie nt�
anst otehco, qu e s��ue a P l tón, el mundo se org ani za na ­
. _a
turalmente en div1S1o nes, si endo la lab or del sabio articular
estas divisiones lingüísti cam ent e d e un m od o sistemátic o
L os páj aros, los peces y las tragedi as son tipos determi na �
dos d e co� as po� naturaleza , tienen esencias, y el h omb re ,
com o sa b10, esta h ech o de tal modo q ue es natú ralme nt e
cap a z de captar estas esencias . De es te mod o , como s e h a
observ ad? c?n frecuenci a , para A ristóteles no h a y problema
de con ocm:iento : el m undo ex ist e para ser conocido y el
h omb re ex1st� p�ra conocerlo. E l vehículo d efinitivo p ara
o�tener cono Cimiento es, la percep ción ; mediante la percep­
. .
Cion refina?ª por la dialectica uno pasa desde la cons<::iencia
de los p articul�re s a la captación intuitiva de sus rasgos co­
munes y esenciales y d e ahí a la articulación lingüística d e
éstos . Lo fu ndamental es que las cosas perten ec en a clases
por naturaleza , no por convención o artificio ' y conocemos
esta � cla � s por ? atu�al eza, p or signifi cación n atural, no por
?
teonzac10n arbitraria. Desde los m ism os com ien zos d e la
filosofí a grieg a, con los sofistas y los physikoz� el dualism o
entre lo que era verdad p or natur ale za y lo que era verd ad
por conv ención h abía sido i ntermin ablem ente debatido
acept ando tod os los participant es el h ech o d e un d ualism�
y ex�resando sola1:1ente su desacuerdo acerca de lo que ha ­
,
b1a ae ser entendido com o natural y lo que h abía de ser
_
entendid o com o convencion al .

Ésta, por tanto , represent a una fu ndamentación meta ­


física y epist em ol ógica plausible para los clasificad ores de
géneros que no adoptan una teoría del e:ériero. S i todo lo
que h ay e? el universo ( un universo helaudo , estático y que
no evoluc10na) -obras de literatura incluidas- p ertenece
r e�m ente a alg una clase natu ral, clase que puede ser cap­
t ada por el nous, por una captación intuitiva basada en la
o b se�vación y en la in du cción, todo lo que sup one el de ­
termmar las clases es observar un número suficie nte de
134 BERNARD E .. ROLUN

individuos y captar y articular sus rasgos comunes. La teoría


del género desde esta perspe ctiva n o· necesita anteponerse
a la clasificación porq ue la clasificación es fundamentalmen­
te un proceso natu ral. la única teoría del géner o que se
requier e es la metafísica y la episte mología aristotélica s.
(¡Co nsidé rese el rechazo de Aristótel es de la evolución con
el argumento de qu e el conocimien to resultarí a imposible!).

Podemos, por tantci, sugerir que la teoría implícita aco­


gida por un a gran ca ntida d d e te óricos del género es un
realismo aristotélico, una creencia de que están vien do y
registr ando lo que re almen te e xis te y, en correspon den cia,
lo que debe existir . As í como al observar a los ani,males
reco noce mos sus a fin idad es n aturales con otro s del mismo
tipo has ta que, habiendo observado un número suficiente,
identificamos los gén eros y especies, del mismo modo pro ­
cede remos con las obras de literatura. El teórico de la lite ­
ratura resulta entonces ser más bien un naturalista lite­
rario, u na persona qu e ha penetrado en much as obra s de
liter atu ra, y que por tanto ha capta dc sus rasgos esen cia­
les, y puede articular sus clases, como hizo Aristóteles con
la tragedia . Estas clases también proporcionan normas para
el juicio cualitativo de una obr a de arte , puesto qu e el é xi­
to de una obra puede me dirse por su aproximación a la
esen cia en cuestió n .

El problema con este planteamiento natu ralista del gé ­


ner o es eviden te. Ca da individu o, al enfrentarse al mundo
de los objetos, literarws o de otro tipo, puede partir de u n
conjun to diferente de cate gorías, como la historia de la crí­
tica demuestra claramente. La inducción aristotélica parece
ven irse abajo, pues v arios individuos diferentes que abor­
den los mismos datos no captan el mismo conj unto de prin­
cipios universales o archai, y ven diferentes esencias es­
co ndidas en lo que viene da do. Del pluralismo proviene el
esc epticismo, como los sofistas y los pirr ónico s defen dían
en la antigüedad; una sensación de que quizá no todos com­
partimos el mismo mun do, y de que las esencias que de s­
cubrimos se encuentran más en nosotros que en la natura­
leza. Así, la base teó rica de la clasificación aristoté lica se
tambalea como consecuencia del in cumplimiento de su re­
su ltado predicho: el acuerdo entre los observadores racio­
nales res pecto del o::-den de las cosas.
NATüRALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO
135
El problema e� más pro fundo que la simp
le falta de
acue�do, pues es cierto que el pluralismo po
r sí solo no es
suficiente p�ra aportar un a fundamen tación
_ adecua da pa­
r
� el escepticismo. S� yo_ v�o el mundo de una manera y
tu de otra, est� en si mismo n o quiere de ci
r que los dos
este mos en lo cierto o que ni
ngu no de los dos lo esté. De ­
fen de r es te p�nto de vista es cometer un cras
o erro r lógi­
co. � ero l a d�ficultad fun damental es que el
natur alismo
�:l tipo des�r\t� n o aporta ningún procedimien to de deci­
s10n para enJ1.uoar y resolver dichos desacuerdo
s. Si se pue­
de de�ostrar que no hay y que n o puede haber
ningún mo­
do rac10nal para resolver n uestros desacuerdos
, entonces
caemos de lle:-10 en el escepticismo . Se supon e q
ue, enfren­
tados a l? s mismos datos, debemos captar la mism
� a estruc­
tur:1 bas:ca del mundo. Si no lo hac emos, d
ebemos con ­
c�mr o bien que nuestras percepciones so n tan· radica
lmente
d�ferentes que se v�elven in conmensurables («de gustib
us non
dzsputandum est») o bien, �e manera i ualmen te
_ g n ihilista , que
no h ay tal estructura basica q
ue captar.
Con el fracas o � l n aturalismo como soporte m
. � etafísi­
co para la clasific a c10 n s ur ge un in evitabl e vira
je hacia el
polo _ opuesto. Si algo no es natural, es que debe
ser con­
v?nc10 nal, artificial, arbitra rio. No hay terreno in
_ ter medio.
Si n o physis, nomos. No hay captación universal
de las cla­
ses naturales entre los observado res racionales
porque no
ha_ )'." clase s naturales que captar, sólo hay en el m,.mdo in ­
dividuos �udables que son orden ados de difere
n tes mane­
r as por dife re 1tes s abios, sin ser
: nin gun a cla sificació n más
c?rrecta -o mc�rrecta- que o tra. El co nocer
-y el cla­
sificar-- se con vierte en una f
un ción no del modo en que
so n l:s cos as, sin o del modo en que las hacemos.
«Por con­
�ención (nomos) existe lo dulce y lo amargo, lo frío y lo ca­
liente, por conven ción existe el color», co ncluy
e De mócri­
to en una de sus más tempranas y sucintas for
mula ciones
de su postur a meta física (Kirk y Raven 1964:
422). Una
manzana que para mí es dulce para ti es amarga -
·quién
pue de decir cuál de los dos está en lo cierto? -
no¿ existe
un �odo en que las cosas son, sólo existe el mod
o en que
ele gu13:os h acerlas, bien co mo
.'
culturas, bien como s ocieda­
des, bien como in dividuos dependiendo del
momen to...
136 BERNARD E. ROLLIN

III

El desarrol lo his tórico clasificación bioló�i ca do�


de la
cumenta eloc uentemente la os cilación del naturali�mo al
convenc io nalismo. D esde la antigüed ad h asta el S iglo de
las Luce s la clasificación estu vo dominada por el enfoq ue
_
n aturalista de A ristótd es y Teofrasto . E l mo mento cu�mi­
nante de la historia del naturalismo aristo télico es el siste­
ma de c lasificac ión de C arlos Linneo, el Systema l'!atur�e,
pub licado en 1758, que clasificó una naturalez a fip e m­
_
mutable creada por Dios desde el punto de vista de las �sen­
c ias aristotéli cas. Aunq ue el mismo Linneo era cons c ient e
de que gran p arte de su sistema implic �b_a valerse de ca­
racteríst icas «artific iales » de las co sas vi°"." ientes con 1 �n
_ :
de p rop orc io nar un método !?ª�ª
la ;las�ficac10n practic�
de los org anismos, lo que en ul timo t� rmmo ha ?:/ reten
ders e con el «métod o natural» ( que Lmneo admmo 1:? ha­
ber con se gu ido todavía por completo) es una captaoon de
las esen cias que se encuen tr an realmente e1:1 el �undo.
En el siglo xvm, donde el rechazo al anstotehsmo no
sólo se aceptaba sino que además estaba de moda, las ob­
_
j eciones c onvencionalistas a Linneo en pa�ticula� Y al n�­
turalismo en general se aprestaban a_ sur gi r. ¿C omo deci­
,
de uno cu ánd o ha capt ado las esencias? ¿Como se p uede
emitir un ju i cio entre sistemas alternativos que retenda, n
. �_
aportar codificaciones de esen cias? Uno de los cnti cos mas
elocuentes de Linneo fu e B uffon, cuyo rechazo de l �s es n­

cias le llevó (al menos en un a etapa de su p�nsamie�to j a
re chazar las clasificaciones de género y esp� cie �orno_ irrea­
les, como constructos conv en cio ales y arbi trarios sm ma­
1: :
yor corresp ondencia con la real1dad qu, e la que tienen la�
líneas longitudi nales en un mapa. S� gun ��ffo n, que de
dic ó una p arte considerab le de �u � isertac ion a este t_:::ma
en las primer as páginas de su/·Izs: orza Natural en el ca it� lo
. �
titulado «De la Maniere D'E tudier Et de Traiter L His­
toire Natu relle » , cualq uier intento de encontrar una defi­
nición «natu ral» de esp ecie representa «un erro r de meta-
física» (Bu ffon 1749).
Resu lta iróni co que la rectificación de B uffon de es te
_
«error » radique en su adhesión a la tradición que también
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEÓRÍA DEL GÉNERO
137
tiene sus raí ces en A ristóteles, en lo qu e Arth ur O. Lov e­
joy ha den ominado « el principio de continu idad». A pesar
del comp romiso de Aristó teles respe cto d e las clases natu ­
rales, B u ffon ta mbién p rop uso en sus escrito s una w eltans­
chauung dramáticamente opuesta ; por la cual el universo de­
bería considerarse, en la afortunada exp resión de Lo vej oy,

como una «Gran Cadena del Ser», compuesta de ... un


infinito número de eslabones alineándose en orden jerár­
quico desde la clase más diminuta de seres existentes, que
apenas se libran de la no existencia, pasando por «todos
los posibles» grados hasta alcanzar el ens peifectissimu.m (Lo­
vejoy 1936:59).

Fue e l esencialismo aristoté li co el que dominó el pen­


samiento y la clasificación en biología d esde Teofrasto hasta
Linneo, m uy probablemen te debido a que parecía ser el
que se mostraba más en consonancia con el sentido común
y la observación, pero, como h a señalado Lovej oy, la tra­
dición de la continuidad persiste como tenia durante el pen­
samiento me dieval. S e manifi esta en biolo gía como una
creen ci a en una g radación infini ta de los org anismos indi­
vidu al es en B uffon, p rob ablemen te en parte debido a que
Buffon había traducido las Fluxiones de Newton, era un new­
toniano n eto y por ello estaba sin d ud a comprometi do con
la continu idad en la n aturalez a . Otro origen de est a idea
era muy p rob able mente la des confianza metafísica de los
empíricos del siglo xvm respecto de los universale s y, en
correspondencia, respecto de las especies. En cualquier caso ,
para B uffon, cualquier intento de imp oner un orden taxo­
nómico a un continuo es «arbit rario», «relativo» , una «abs­
t racción» , si bien es un a fi cción ú til que nos ayuda a estu­
diar la naturalez a .
La sustitución efectuada por B uffon del naturalismo por
el convencionalismo en el terreno de l a clasifi cación se re ­
flejó en otros biólo gicos del siglo xvrn y de comienzos del
XIX, incluyendo a Charles B onnet y a j. B. L amarck. P ara
Lamarck, al i gual que para B uffon, lo úni co que es real
son los individuos, y la clasifi cación es artificial y arbit raria :

Los agrupamientos ... tan alegremente establecidos por


los naturalistas, son completamente artificiales, como tam-
BERNARD E.. ROLLIN
138
ofre cen. Per­
bién lo son l as divisiones y sub divisiones que
ncu ntr n l natu raleza nada
mít aseme repetir que no se e e a e a

por t nto, t ner la s e gu ndad de


por el estilo ... Pod emos, a e
º ha form ado
que entre sus producciones l a natur_ale z a 1:
m sp o e s constante s,
clas es, órdenes, familia s, géneros, e e

suce n unos otros Y que


sino sólo individuos que s e de a

con qu llos d los qu e proc eden (L a ­


guardan semej anzas a e e

marck 1963:20-2) ..
ca h a_sta
En resumen: la historia de la clasificación biológi _
l í ci ta (y a me n ud o exp lici­
1800 rev ela una aceptación imp
ión . El p en­
ta) de un dualismo entre naturaleza y con�énc
p olos : la 1 d ea de las clases
samiento biológi co oscila entre d
os

naturales o esenciales que han d e ser ca pt a d � _o � la m� n­


s p
te investigador a, y la idea de un mun d o d e md1v1?uos .1.?­
ami e nt o o clas1ficac10n
diferenciados , donde cualquier agrup
tifi cial. M e r ece la pena re ­
es arbitrari o convencion al y ar
saltar que es{e cisma reflej a un duali
sm o m eta físi :o : las co�as
no h a y te rre n o mt ermed10.
son d e una m anera o d e otr a ,
E s más, la disputa entre naturalis tas y co nv e n c io 1; istas no

am e n te em p 1nco , p�es
p uede resolverse de ningún modo pu r

cia deci siva te nd rían los d a t os u obse rvac10-


c· qué imp ortan .
1 os ?. -L os
1
d e estos p o
nes a favor o en con tra de uno u otro
casos fron terizos qu e' no enc aj an
fácilmente en algún s�s te­
compatibles
ma de clasifi cación ac eptado, por ej emplo , son
ralismo s ó lo ti ene que de­
con el natura lismo , pue s el na tu
, no que n o h a clase s na­
cir que el s is tema es imperfecto y
co mp at ibl es con el
tu rales. Dichos casos son desde luego
convencio nali st a p ue d e s os ­
convencionalismo , puesto que el
t s casos , p or
tene r que ha b rá y que siempre debe hab_er ��
Y de este
muy refinado que sea el esquema de clas1ficaoón.
e .
modo la disput a no puede sino desencadenars

IV
­
P odemos ahora volver a la cuestión del género litera
e di sertación sobre la
ri o , teniendo p resent e nuestr a b ev
r
d os te m as es tán, por sup uesto ,
taxonomía biológica Los
. L a b i olo gí a s iempre fu e l a me­
históri cam en te conectado s
to ari s to télic o. Así como la teoría
táfora básica del pensamien
e nte d ominada por el rea -
biológica ha estado tradici onalm
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 139
lismo naturalista aristotéli co, lo mismo podemos afirmar de
la teoría del género (Wimsatt y B rooks 1964). E n efecto,
como han señalad o Wellek y Warren (1956:219), la pala ­
bra «género» de ntro del es tudio li terario sólo se imp one en
el sig lo xrx; en el siglo XVIII el término c omúnmente em­
pleado fue el té rmino biológico ... ¡«especie»! Pero, como
hemos indicado antes, el natu ralismo del tipo aristotélico
es tá p lag ado d e dificu lta d es y nos lleva al escepti cismo y
a disputas irresol ubles, tan to en la t eoría literari a como en
la teoría biológica . E n litera tur a, d e hech o, h ay un ge rmen
añadido d e e sceptici smo que no se manifiesta con tanta cla ­
rid ad en el reino d e los seres vivientes. Mientras que el or­
den de la vida pare ce primafacie fij o y estable ( aunque, por
sup ues to, la biolo gía h a invalid ado esta intuic ió n), el r_ei­
no del arte parece menos rígid ament e determinad o. E l
arte, d esp ués d e tod o, es resultad o de la cre atividad hu­
mana, que es p or na turaleza innova dora y espo ntánea .
Nuevas formas son constantemente creadas, y desde el pun­
to d e vista his tórico, se h ace ca da v ez má s difícil acomo ­
d ar , sin artificial idad, t od as las obras de li teratura en los
si stemas existentes de clasifi cación. ¿Dónd e, por ej emp lo ,
ha bía de clasificarse la novela cuando nació? No es ni líri­
ca, ni épica , ni drama . E s imp ortante percatar se d e que,
mientras el nacimiento de nuevas formas es compatible des­
de el p unto de vista lógico con el natur alismo , al menos con
el naturalismo aristotélico de las versiones platónicas, pues
siempre p uede uno defend er la eternidad de los géner os aun
cu ando sus p rimeras manifestaci ones se p roduzcan en al­
gún pun to concreto del tiempo histórico, desde el punto de
vista psicológico este hecho es catastrófico para la plausibili­
da d del natur alismo . E sto indica que los géneros han sido
normas artifi ciales y p r escrip ciones p ara el terreno li t era ­
rio , no descrip ciones esenciales de su natural eza intrínse­
ca . Indi ca qu e si hay géneros, éstos son reglas he ch as po r
nosotros en momentos esp ecíficos del tiempo, suscep tibles
de cambio y sustit ución. Indica que si hay géner os , éstos
son convenciones que cr ean sus p ropios casos, no co difica ­
ciones d e la manera en que las cosas deben ser, o, lo qu e
igualmente reviste crucial importancia , de la manera en que
las cos as deberían ser.
De este modo, no sorprende el hecho de que se pue-
140 HERNARD E. ROLLIN

dan encontrar e� la historia de la teoría literaria analogías


precisas del convencionalismo, ·que hemos visto que surge·
en biología como reacción al naturalismo. Un rechazo de
las clases naturales hace oscilar el péndulo hacia el otro polo
del dualismo, hacia un convencionalismo y nominalismú
extremos que reconoce sólo la realidad de los individuos,
y considera las «clases», «especies» y «géneros», en el me­
jor de los casos, como_ ficciones útiles, y en el peor de los
casos, como traviesas quimeras. Se puede encontrar, por
ejemplo, la denuncia de Giordano Bruno respecto de la
aceptación de la realidad de los géneros cuando declara que

Las reglas no son el origen de la poesía, sino la poesía


es el origen de las reglas, y hay tantas reglas como poetas
auténticos (Sparshott 1963:171).
Pero el locus classicus para un nominalismo literario que
considera los géneros corr¡o elaboraciones artificiales per­
niciosas es la Estética de Croce:

U na clasificación de expresiones de la intuición... no


es filosófica: los hechos expresivos individuales no son más
que individuos, ninguno de los cuales es intercambiable con
otro (1939:68).

Según Croce, uno de los errores fundamentales al abor­


dar el estudio del arte es tratarlo como ciencia, buscar uni­
versales en los particulares, para intentar «hacer que b.
especie resplandezca en el individuo» (1939:33). Esta es la
intrusión más perniciosa del intelectual en lo estético:

El mayor triunfo del error intelectualista reside en la


teoría de las clases artísticas y literarias, que todavía está
de moda en los tratados literarios y perturba a los críticos
y a los historiadores del arte (1939:35).

El vacío existente entre la expresión individual que se


manifiesta en la obra de arte y las nociones universales es
de índole lógica, vacío que no puede llenarse. Además, en
la medida en que las clases taxonómicas sirven de ideales
críticos, constriñen la expresión artística y dan como re­
sultado la condena de las obras de arte que no encajan en
estos moldes arbitrarios.
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 141
De la teoría de las clases .artísticas y literarias se deri­
van esos erróneos procedimientos de juicio y crítica, gra­
cias a los cuales, en lugar de preguntar frente a una obra
de arte si es expresiva y qué es lo que expresa, si habla,
o tartamudea, o si está en completo silencio, preguntan si
obedece las leyes de la épica o la tragedia... Aunque ver­
balmente simulan estar de acuerdo o rendir una fingida
obediencia, sin embargo, los artistas en realidad siempre
han hecho caso omiso de las leyes de las clases, Toda
auténtica obra de arte ha vÍolado alguna clase establecida
y ha desconcertado a los críticos, quienes se han visto de
este modo obligados a ampliar las clases, hasta que final­
mente incluso la clase ampliada ha demostrado ser dema­
siado limitada, debido a la aparición de nuevas obras de
arte, segu idas naturalmente de nuevos escándalos, nuevos
desconciertos y nuevas ampliaciones (1939:36-37).

Un planteamiento similar viene expresado en los escri­


tos de muchos de los teóricos del siglo xx conocidos como ·
los «Nuevos Críticos», cuyo interés vuelve a ser nomina­
lista, interés consistente en examinar la obra de literatura
en su particularidad, no en sus aspectos genéricos o uni­
versales. Reaccionando en parte en contra de la excesiva
intelectualización de las obras de arte, estos críticos consi­
deran las clasificaciones de géneros como convenciones . úti-
.
les. Así, Richard McKeon afirma que

la definición de... tragedia [no es una] formulación de


la esencia de [una] «cosa natural», sino más bien de la for­
mación de [una] cosa que puede cambiarse por decisión
y elección humanas (McKeon 1952:219).

Y William Wimsatt, identificado específicamente con


la tradición convencionalista y nominalista de Guillermo
de Occam, con respecto a las entidades literarias:

Que no se multipliquen las categorías; definiremos el


concepto esencial de poema, una obra de arte verbal, e in­
sistiremos en que se aplica de manera siempre diferente
a un número indeterminado de casos individuales. Los
nombres de las especies (trágico, cómico, lírico) serán tér­
minos descriptivos neutrales de gran utilidad, pero no esen­
cias estéticas distintas ni tampoco puntos de referencia para
distintos conjuntos de reglas definibles (Wimsatt 1 954:54).
142 BERNARD E. ROLLIN

Vemos, por tanto, que en la teoría del género, como


en biología, hay una dialéctica histórica y conceptual de na­
turaleza y convención basada en un dualismo entre nomos
y physis que ha permanecido virtualmente indiscutida des­
de los presocráticos hasta nuestros días (Rollin 1976a, b).
Las cosas son o naturales o convencionales, siendo estas dos
categorías universalmente abarcadoras de todas las posibi­
lidades, a la vez que mutuamente excluyentes. Dado este
presupuesto dualista, no es difícil experimentar la atracción
de ambos polos en la dasificación biológica y en la litera­
ria. El sentido común, la experiencia compartida, el Rea­
lismo Ingenuo, la creencia instintiva de que vivimos en un
mundo parte de cuyos ingredientes son los perros y los ga­
tos y las tragedias y las comedias, atraen hacia el natura­
lismo. Por otro lado, la relatividad de la percepción, las
diferencias socioculturales relativas al lenguaje y a la con­
cepción del mundo, el fracaso en alcanzar un acuerdo por
parte de los clasificadores racionales y la ausencia de un
procedimiento de decisión para resolver el desacuerdo, y
la desconfianza hacia los entes abstractos atraen hacia el
convencionalismo. ¿Está, por consi guiente, el problema del
género destinado a sufrir un perpetuo vaivén entre estos
dos polos? Sí, siempre y cuando el dualismo naturaleza­
convención permanezca firmemente instalado en nuestro
aparato categórico.
En otros trabajos (Rollin 1976a), he dedicado gran
,atención a negar la validez del dualismo de naturaleza y
convención, centrándome primero en el supuesto dualis­
mo de significado natural y convencional, y luego generali­
zando los resultados fuera del terreno del si gnificado. He
tratado de demostrar que mientras que se puede en efecto
establecer una distinción entre naturaleza y convención, esta
distinción no es un dualismo. La diferencia es ésta: un dua­
lismo proporciona dos categorías tales que todas las enti­
dades del mundo, o de algún ámbito del mundo, deben
encajar plenamente en una o en otra. Como ejemplo tene­
mos el tradicional dualismo cartesiano de mente y mate­
ria. Otros dualismos son la bifurcación de juicios entre he-
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 143
cho y valor o a priori y a posteriori, la escisión religiosa en­
tre lo sagrado y lo profano, etc. No hay casos fronterizos
entre los términos de un dualismo y puede darse un criterio
claro para distinguir lo que cae dentro de cada categoría.
Por otro lado, una distinción no establece una bifurcación
en un terreno dado; prevé un. número indeterminado de
puntos intermedios entre los dos extremos, y se pueden
encontrar numerosos casos que muestran elementos de am -
bos extremos, o que no muestran una clara afinidad a nin­
guno de ellos. Un ejemplo simple es, claro está, frío y ca­
lor. Mientras que los dualismos establecen una diferencia
metafísica, o una diferencia de clase, las distinciones pue­
den ordenarse gradualmente.
En cualquier caso, lo primero que he señalado es que
no se pueden aportar pruebas para justificar un dualismo
entre naturaleza y convención. Si, por ejemplo, se afirma,
como se ha hecho, que lo que es convencional es lo que
puede alterarse por voluntad humana y lo que es natural
no puede tener este mismo tipo de alteración, es fácil com­
probar que esto da origen a absurdos, pues con esta defi­
nición la altura del Everest es convencional. También he
señalado que otros intentos más sofisticados de especificar
los fundamentos del dualismo acaban por presuponer el
dualismo en cuestión, o por usar un polo para definir el
otro. Por último, he mencionado varios casos fronterizos
que no encajan plenamente en el dualismo tradicional de
naturaleza y convención, donde el fenómeno en cuestión
muestra ele�entos tanto de naturaleza como de convención,
demostrando que el supuesto dualismo no funciona intui­
tivamente para dividir el mundo en dos de una manera pre.�
cisa, aun pasando por alto nuestra incapacidad para pro­
porcionar una relación detallada de los criterios para el
dualismo.
La gran variedad de procedimientos tradicionales para
intentar delimitar el dualismo -convencional es aquello que
puede alterarse por voluntad humana, no así lo que es na­
tural; convencional es aquello que implica intencionalidad
o acuerdo humanos, no así lo que es natural; lo que es na­
tural implica relaciones o procesos causales, no así lo que
es convencional; lo que es convencional es un producto so­
cial o un producto cultural, lo que es natural no lo es; lo
144 BERNARD E. ROLLIN

que es convencional varía de grupo a grupo, no así lo que


es natural- sirven de vectores para decidir dónde situar .
algo en eí espectro natural-convencional, pero no sirven co­
mo argumentos concluyentes y bifurcadores para un dua­
lismo. No sorprende el hecho de que muchos fenómenos
significativos, que tradicionalmente se han conceptuado en
términos dualistas como naturales o convencionales, se con­
sidere ahora que implican una mezcla de ambos. Así, por
ejemplo, he señalado que el fenómeno de la enfermedad,
considerado en la actualidad paradigmáticamente natural
por la ciencia biomédica y por la sociedad en general, en­
cierra en realidad muchas dimensiones convencionales,
muchas diferencias culturales y valorativas. De hecho, el
concepto de salud (y por consi guiente el concepto de en­
fermedad) es en sí mismo valorativo y variable culturalmen­
te, sin que haya un único concepto de salud empíricamente
demostrable como correcto (Rollin 1980 ). Para mencionar
un ejemplo simple, si una sociedad considera las verrugas
como una enfermedad que hay que tratar, mientras que
otra las considera como propiedades estéticas deseables,
¿ cuál de las dos está en lo cierto? La perniciosa influencia
del dualismo naturaleza/convención ha hecho que conside­
remos cualquier cosa biológica como natural, y que pase­
mos por alto las dimensiones socio-culturales de la enfer­
medad, con trágicas consecuencias. En correspondencia, he
señalado que la misma ciencia biológica, considerada en
la actualidad como paradigmáticamente natural, se apoya
en supuestos que sólo pueden llamarse convencionales y,
por ello, también constituye un fenómeno mixto (Rollin
1981). Existen conclusiones sorprendentes para aquellos que
permanecen aferrados a la ideología del dualismo.

VI

Si el dualismo natural-convencional representa una di­


cotomía insostenible, ¿qué relación guarda esto con el pro­
blema del género literario? Para contestar a esta pregunta
debemos volver de nuevo a la cuestión de la clasificación
biológica que, como hemos visto, ha vacilado a lo largo de
la historia entre el polo naturalista y el convencionalista.
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 145
No deja de ser interesante que dicha vacilación haya deja:..
do de estar a la orden del día, pues en el curso de los últi­
mos cien años aproximadamente, el problema se ha resuelto
debido al triunfo de la teoría evolutiva. Ahora es axiomá­
tico que la llamada teoría sintética de la evolución, la teo­
ría neodarwiniana emparejada con los avances producidos
en la teoría genética constituyen la piedra angular de labio­
logía moderna. No hay rama de la ciencia biológica a la
que esta teoría no afecte, y la taxonomía no constituye una
excepción. Como señala una importante obra' de taxono­
mía botánica, «después de Darwin, la clasificación se vol­
vió manifiestamente evolutiva en su aspiración» (Davis y
Heywood 1963:31). Aunque todavía hay diferencias y de­
sacuerdos entre los taxonomistas -por ejemplo, sobre si
hay que dar prioridad a la genealogía o a las semejanzas
genéticas- todos están trabajando dentro de un marco teó­
rico filogenético (Mayr 1969; Simpson 1961). Y lo que es
más importante aún, todos los taxonomistas, con i..11depen­
dencia de aquello a lo que den prioridad, estando unidos
bajo un mismo marco teórico, aceptan la misma evidencia
empírica como argumento a favor o en contra de la clasi­
ficación de una especie dada en un lugar determinado den­
tro de la jerarquía taxonómica. Así pues, cada vez más,
todos los taxonomistas biológicos aceptan como evidencia
pertinente no sólo la evidencia fósil y la evidencia morfo­
lógica, sino también la evidencia serológica obtenida a partir
de la interacción proteica, el emparejamiento del ADN y
otras comprobaciones bioquímicas que demuestran afini­
dades filogenéticas (Mayr 1969:203). La clave es ésta: la
teoría evolutiva sirve para indicar al clasificador qué ca­
racterísticas (tanto si son directamente observables, como
en el caso de los rasgos morfológicos, como si no son di­
rectamente observables, como en el caso de los rasgos bio­
químicos) que son semejantes entre distintos organismos son
pertinentes para la clasificación. De este modo, para men­
cionar un ejemplo simple, la teoría evolutiva no tiene en
cuenta la capacidad de volar como semejanza pertinente
entre los murciélagos y las aves, o la forma del cuerpo
como semejanza pertinente entre los tiburones y las mar­
sopas. Como tod:Js los que están interesados en la clasifi­
cación de organismos están guiados por la misma teoría,
146 BERNARD E. ROLLIN

tienen (al menos en gr:an medida) que aceptar la misma


evidencia como pertinente.
¿Cómo se relaciona esto con el dualismo natural-con­
vencional? Muy simple, por el hecho de que la biología y
la clasificación biológica en esencia han resuelto el dilema
del naturalismo extremo y del convencionalismo extremo.
Por un lado, no podemos afirmar que la clasificación es pu­
ramente convencional; arbitraria y artificial, puesto que la
teoría evolutiva nos indica cuáles características han de con­
siderarse pertinentes y cuáles no. El mismo concepto de es­
pecie, como esencia no fija e inmutable, és consecuencia
directa de la teoría evolutiva. Hay millares de clasificacio­
nes que quedan excluidas debido simplemente al esquema
conceptual evolutivo que todos los clasificadores biológicos
aceptan. Por otro lado -y esto es quizá menos evidente­
la taxonomía evolutiva no es tampoco «natural» en el sen­
tido tradicional. Por una parte, no proporciona o postula
esencias fijas. Pero más importancia tiene el hecho de que
las clasificaciones esüin basadas en la teoría evolutiva, y las
teorías son al menos en parte lo que tradicionalmente se
denomina convencional. Las teorías no son parte de la na­
turaleza, son productos del ingenio humano destinados a
interpretar y explicar la naturaleza. Por su misma natura­
leza, las teorías hacen referencia a entidades y procesos que
no son «natural» y directamente observables, cosas que no­
sotros nunca incluiríamos en los ingredientes del universo,
por mucho cuidado que pusiéramos en catalogar el universo
observable, si no fuera por la elaboración de las distintas
teorías. Los electrones, las moléculas, las cargas y los genes
son ejemplos de tales entidades teóricas. No son descubiertas
por el sentido común ni forman parte de la experiencia con­
tidiana, sino que son postuladas a fin de explicar dicha ex­
periencia. Cualquier conjunto dado de datos o experiencias
observables puede ser explicado por un número indetermi­
nado de teorías, y la elección entre ellas no es un asunto
que dependa simplemente de la observación, sino que im­
plica toda suerte de criterios que han sido objeto de deci­
sión por parte de la comunidad científica y que, como la
historia de la ciencia demuestra suficientemente (Burtt 1954;
Feyerabend 1978; Kuhn 1959, 1970), están sujetos a la
aceptación, cambio y revisión con arreglo a una diversi-
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 147
dad de factores: al gu nos lógicos, �tras culturales otros es­
1

téticos (por eje�plo simplicidad y elegancia) y otros que


s�� consecuencia ?el curso que la ciencia ha se gu ido his­
toncamente (por eJemplo, la cuantificabilidad). Las teorías
son len gu ajes elaborados para explicar la realidad, len guajes
para los cuales existen o pueden imaginarse alternativas
Y en términos del dualismo tradicional las teorías com�
todos los len gu ajes, son, al menos en �arte, «con�encio­
nales».
Partiendo de nuestro ejemplo biológico, podemos aven­
turar al gu na especulación metafísica. El dualismo tradicio­
nal de naturaleza y convención nos fuerza a considerar el
mundo o bien como un ámbito de clases establecidas o bien
como un ámbito de partículas atomísticas arbitrari�mente
y, en último término, falsamente organizadas por nosotros
en categorías. La postura que he expuesto, como indica el
caso de la clasificación biológica, niega estos dos extremos
y adopta un terrero intermedio que podría denominarse
neokantiano, en el sentido de que nuestra comprensión sis­
temática y nuestra experiencia del mundo se convierte en
un producto tanto de lo que existe como de nuestro marco
teórico para asimilar lo que existe. Hay características pa­
ra todos los individuos del mundo, por un lado, y por otro
lado, estas características pueden agruparse mediante un
número indeterminado de procedimientos distintos. Por
eje�plo, es posible agrupar a los animales por el color, por
_
el habitat, por la conducta, por sus hábitos alimentarios,
o por su tamaño o su forma, pues ciertamente las caracte­
rísticas y las semejanzas existen para ser agrupadas. Por
otra p �rte, hace falta una teoría, un marco intelectual, pa­
ra elegir una de estas agrupaciones y para aplicarla de for­
ma coherente, e incluso los agr:upamientos reflejados en el
lengu aje corriente y los realizados por el sentido común con­
tienen al gu nos principios teóricos conductores implícitos,
que pue�en variar de cultura a cultura (Whorf 1969). Así,
:n e�encia, toda cognición (y por tanto toda clasificación)
�mphca _
algún compromiso teórico con el fin de permitir al
mvestlgador valerse de al gu nas características del mundo
e ignorar otras. Por otro lado, no todos los marcos teóri­
cos son i gu almente útiles y valiosos para hacer prediccio­
nes, para estudiar la naturaleza, para impetrar a Dios o
148 BERNARD E. ROLLIN

incluso para sobrevivir. El juicio entre esquemas teóricos.


alternativos vendrá dererminado por toda suerte de consi­
deraciones teóricas de rango füperior, por restriccione.s ló­
gicas, estéticas, religiosas, pragmáticas y prácticas, por
ejemplo.
Evidentemente, esta disertación metafísica es en cierto
modo inexcusable, pues origina una mezcolanza de temas
cuyo tratamiento por �eparado exigiría un tratado para cada
uno. Pero se nos perdonará que volvamos a poner los pies
en la tierra con unas cuantas intuiciones provechosas. Lo
importante que hemos de tener presente es que el caso his­
tórico de la clasificación y la taxonomía biológicas refuer­
za nuestro escepticismo acerca de una dicotomía naturaleza­
convención. Nos dice que la clasificación biológica es una
amalgama inseparable de naturaleza y convención. Dado
el esquema conceptual («convencional») teórico de la mo­
derna biología evolutiva, determinadas clasificaciones se
revelarán como «naturales», y podrán comprobarse las hi­
pótesis de clasificación con innumerables e ingeniosos mé­
todos empíricos «naturales» dictados por la teoría 1•
Podemos volver ahora a la cuestión de los géneros lite­
rarios. Si es correcto lo que hemos venido diciendo, ya no
hace falta tener la sensación de estar situados entre el Es­
cila del naturalismo y el Caribdis del convencionalismo,
pues la misma lógica que resolvió el problema de la clasi­
ficación en biología es aplicable, mutatis mutandis, a la lite­
ratura. Es de primordial importancia darse cuenta de que,
por un lado, el escepticismo total acerca de las clases lite­
rarias es infundado, pero, por otro lado, también lo es el
intento de realizar una lectura directa de estas clases a partir

1 Como comentario marginal, merece la pena observar que en la


bibliografia biológica se puede encontrar un uso del término clasifica­
ción «natural» y «artificial» distinto al empleado en este trabajo. Como
indican Davis y Heywood, con el término clasificaciones artifidales se
ha querido hacer referencia a veces a aquellas clasificaciones que em­
plean como criterios sólo unas pocas características, mientras que las
clasificaciones naturales son aquellas que clasifican partiendo de todas
las semejanzas que puedan encontrarse. Desde nuestro punto de vista,
las clasificaciones «naturales» en este sentido seguirían implicando un
compromiso teórico, ya que, evidentemente, no se consideran todas las
semejanzas existentes entre los organismos.
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 149
de la naturaleza. El error fundamental de la mayoría de
los teóricos del género ha sido el abordar las obras litera­
rias mediante inducciones simples y ponerse a la espera de los
rasgos pertinentes como si ellos mismos fueran a manifes­
tarse por sí solos para ser captados por la mente. Nuestra
conclusión es que la clasificación de los géneros sólo se da
cuando viene guiada por una teoría, teoría que quede por en­
cima de la escisión natural-convencional. En cuanto que
ha habido históricamente clasificaciones de géneros, los cla­
sificadores han tenido que gu iarse por al gu nos principios
teóricos implícitos, aunque sólo sea porque el valerse de
unas semejanzas e ignorar otras exige principios, del mis­
mo modo en que los biólogos pre-evolutivos (e incluso el
sentido común) han tenido que guiarse por principios ru­
dimentarios. Lo que es necesario para que la teoría del gé­
nero alcance su mayoría de edad, es que la tforía que esté
detrás de la clasificación se articule y se defienda, del mismo
modo en que la teoría evolutiva fue articulada y defendi­
da. Sin una teoría, la clasificación literaria es algo análogo,
en el mejor de los casos, a la historia natural en biología, el
reconocimiento al azar de semejanzas entre particulares.
(Hasta cierto punto, por supuesto, la teoría clásica del
género estaba basada en una teoría que no estaba bien
articulada y que no resultaba adecuada para examinar los
procesos literarios reales, esto es, las formas literarias enu­
meradas por Aristóteles, siguiendo presumiblemente su pro­
pio método inductivo).
Pero ¿cuál es el análogo literario de la teoría evolutiva?
¿No es utópico esperar que exista dicho análogo? Cuando
se de.sarrolló la teoría evolutiva ¿no había al menos crite­
rios meta-teóricos existentes para las ciencias, de manera
que uno era capaz de saber lo que se podía considerar una
buena teoría para la biología, qué condiciones tenía que
cumplir dicha teoría, qué cosas había que explicar, qué for­
mas tenían que adoptar las explicaciones para cortsiderar­
se explicaciones, etc.? En suma ¿no hay disparidades bási­
cas entre biología y literatura, pues al menos en el caso de
la biología sabíamos qué aspecto tendría una teoría, pues­
to que teníamos otras teorías científicas como modelos ' te-
níamos una lógica de las teorías o una teoría de las teo-
rías, mientras que en literatura no tenemos dicha lógica,
150 BERNARD E. RüLUN

no sabemos en realidad qué aspecto tendría una teoría li­


teraria?
Hav algo de justificación en esta postura escéptica, y
como t�do escepticismo extremo, es difícil de rebatir. Pe­
ro puede ciertamente matizarse. En primer lugar, como han
arrumentado los filósofos de la ciencia como Paul Feyera­
be�d (1978), es erróneo afirmar que tengamos una idea pre­
cisa de los criterios de las teorías científicas antes de que
estas teorías surjan r;�almente. Si se le pidiera a algu ien el
modelo meta-teórico de una teoría científica anterior a Dar­
win sin duda los ejemplos habrían provenido de la física
y d� la química: la mecánica de Newton o la teoría ciné_ti­
_
ca de los gases. Pero si éste fuera el caso, s1 estas teonas
hubieran efectivamente establecido la norma para las teo­
rías científicas ¡la evolución no se habría aceptado como
teoría científica! Pues hay al menos tres aspectos impor­
tantes en los cuales la teoría evolutiva es totalmente dis­
tinta a las teorías de la física y de la química. En primer
lugar, no es predictiva: explica lo que ha sucedido, pero
_
no nos dice lo que sucederá ni siquiera de manera aproxi­
mada. Las teorías de la física y de la química consideran
la predicción y la exp:icación de acontecimientos pasados
(retrodicción) como idénticas. En segundo lugar, la evolu­
ción parece no tener leyes, y parece ocuparse sólo de los
acontecimientos históricos datados (v. gr. la evolución del
caballo), mientras que las teorías de la física y de la quí­
mica explican leyes y hacen aseveraciones atemporales. En
tercer lugar, y lo que quizá es más perjudicial, la evolu­
ción no puede ser sometida a la prueba de falsedad em­
pírica. ¿Qué es lo que se considera, por ejemp�o, como
evidencia en contra de la supervivencia de los meJor adap­
tados? Si un tipo de organismo sobrevive, entonces por de­
finición está adaptado. Uno no pude siquiera imaginar, y
mucho menos encontrar, un caso que sirva como prueba
de falsedad, es decir, un tipo inadaptado de organismo su­
perviviente. No puede someterse a la prueba de falsedad,
viola el criterio más fundamental de una teoría científica.
Lo importante es esto. Nadie sabía realmente cómo sería
una teoría biológica adecuad;a. hasta que apareció la teoría
evolutiva. Si hubiera sido sometida a los criterios a priori
de las teorías científicas, habría sido rechazada. No fue re-
NATURALEZA, CONVENCIÓN Y TEORÍA DEL GÉNERO 151
chazada porque nos ayudó a comprender los organismos,
su historia y clasificación mejor que antes. Nos indicó dónde
y cómo dirigir nuestra atención para resolver preguntas
acerca de la conducta, supervivencia, estructura, función
y distribución de los seres vivientes. De manera que aun­
que no dispusiéramos de un modelo preciso para una te�­
ría biológica antes del advenimiento de la teoría evoluti­
va, ello no nos impidió tener unas ideas aproximadas de
cuándo nos hallábamos en mejor posición que antes. Sa­
bemos que la naturaleza era más ordenada, más compren­
sible y más coherente tras la aparición de la teoría evoluti­
va, aun cuando no hubiéramos podido decir por adelantado
con ningún detalle qué aspecto tendría una teoría biológi­
ca adecuada.
En gran parte lo mismo podríamos decir con respecto
al caso de la teoría literaria. Hasta que· no dispongamos de
una teoría literaria que al menos intente hacer con la lite­
ratura lo que la evolución hace con los seres vivientes, no
podemos tener la esperanza de disponer de una explicación
coherente de los géneros literarios, a lo sumo podemos te­
ner solamente «historias naturales». ¿Podemos decir cómo
sería dicha teoría? Creo que sí, hasta cierto punto.
Para la mayoría de los que abordamos el estudio de las
obras de literatura, lo que procuramos comprender es el
significado de dichas obras. Es por esta razón, por ejempl�,
por lo que rechazamos una explicación puramente ge�étl­
ca o causal de las obras literarias, una «teoría evolutiva»
literaria. Pues mientras que el significado es inaplicable a
los organismos biológicos, parece ser el rasgo distintivo de
las obras literarias. De este modo, fuera cual fuera el as­
pecto que tuviera una teoría literaria general, tendría que
ser una teoría del significado literario, una teoría que nos
diga cómo ir extrayendo el significado de una obra litera­
ria. De dicha teoría provendrán los conceptos de género
que pueden servir para clasificar las obras d� literatura.
:tv1encionemos un ejemplo. Supongamos, por ejemplo, que
al guien desarrollara una teoría del significado literario ba­
sada en el concepto de intención por parte del autor. (Las
teorías filosóficas del significado basado en la intención son
bastante comunes en el siglo xx). Parece evidente supo­
ner que una clasificación genérica de las obras sería con-
152 BERNARD E. ROLLIN

secuencia natural de _dicha teoría, basada en la semejanza'


de intención del autor. De hecho., una teoría general del
significado literario con esta orientación general ya ha si­
do desarrollada por Hirsch (1967) y ello en realidad lleva
implícita una teoría del género.
No es nuestro cometido elaborar o defender dicha teo­
ría literaria, ni siquiera indicar cómo será. Ya que no hay
modelos meta-teórirns para la literatura, de la misma ma­
nera en que no los había para la biología, no se puede es­
pecificar por adelantado lo que se consic;ierará una teoría
aceptable, y probablemente vendrá determinada, como en
el caso de la evolución, por toda suerte de variables no­
lógicas, sociales y culturales que se encuentran dentro de
la comunidad de estudiosos literarios y dentro de la socie­
dad en general. Y, de hecho, no se puede descartar la po­
sibilidad de que el acuerdo con respecto a dicha teoría sea
algo difícil de alcanzar, y puede que nunca se alcance, te­
niendo en cuenta incluso que el acuerdo sobre lo que se
considera una teoría social-científica no se ha alcanzado,
en parte porque, a diferencia de la situación con las cien­
cias físicas, no hay acuciantes exigencias de tipo práctico
para una unificación teórica. En las ciencias físicas, las exi­
gencias de la tecnología a menudo fuerzan una unificación
teórica. Los ingenieros, por ejemplo, han de formarse en
una sola física. No hay, claro está, una urgencia análoga
para una unificación de la teoría literaria; el mundo si gue
funcionando perfectamente con una pluralidad de enfoques
respecto de la crítica y enseñanza literaria. Nuestro empe­
ño ha sido señalar que sin tal base teórica unificada entre
los estudiosos literarios, la búsqueda de los géneros litera­
rios ha de ser necesariamente infructuosa.

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DEL TEXTO AL GÉNERO. NOTAS SOBRE
LA PROBLEMÁTICA GENÉRICA
JEAN-MARIE SCHAEFFER
C.N.R.S.· París

De todos los campos en los que retoza la teoría litera­


ria, el cl.e los géneros es, sin ninguna duda, uno de aque­
llos en los que la confusión es mayor. Esto me parece que
puede explicarse porque las teorías genéricas ponen de ma­
nifiesto a menudo de manera exacerbada algunas dificul­
tades, incluso aporías, que estructuran numerosas teorías
literarias.
1. Plantearé, para empezar, que la mayoría de las teo­
rías genéricas no son verdaderamente teorías literarias, si­
no más bien teorías del conocimiento. Quiero decir con esto
que su ámbito transciende la teoría literaria propiamente
dicha y abo.ca a debates de orden ontológico 1•
Toda teoría genérica conecta aparentemente con una
pregunta definitoria, que tiene más o menos la forma si­
guiente:
(1) ¿Qué es un género?
Esta pregunta ha dado lugar a las más diversas respues­
tas: el género sería ya una norma, ya una esencia ideal,
ya un modelo de competencia, ya un simple término de cla­
sificación al cual no le correspondería ninguna productivi­
dad textual propia, etc. Pero lo que me ocupa aquí ahora
no son tanto esas respuestas múltiples y divergentes, como
el marco en el que, la mayoría de las veces (pero no siem-

Título \original: «Du texte au genre. Notes sur la: problématique


générique», publicado en Poétique 53, 1983, págs . 3-18. Traducción de
Antonio Fernández Ferrer. Texto traducido y reproducido con auto­
rización del editor.
I Tesis defendida ya por Klaus Hempfer, Gattungstheorie, Munich,

1973. Sin embargo, las conclusiones a la que llega Hempfer son opues­
tas a las que propongo aquí.
156 JEAN-MARIE .SCHAEFFER

pre ni obligatoriame_pte), éstas se formulctn_ La pre gu nta


(1 ), efectivamente, no es, muy a menudo, nada más que
una forma abreviada de la pregunta si guiente:
(2) ¿Cuál es la relación qüe vincula el (los) texto(s) con
el (los) género(s)?
A simple vista esta reformulación parece inocente, por�
que, de una forma u otra, el término «género» parece ser
el co,rrelato por definir de ese otro término, supuestamen­
te conocido, que sería el «texto»_ Sin embargo, esta refor­
mulación corre el riesgo de estar sujeta a dos confusiones
mayores. En primer lugar, mezcla dos pre gu ntas diferen­
tes que son, por una parte:
(2a) ¿Cuál es la relación que vincula los textos con los
géneros? y, por otra:
(2b) ¿Cuál es la relación que vincula un texto dado
con «su» género?
Señalaré más adelante en qué esta mezcla es el indicio
de una confusión más fundamental. En se gu ndo lugar, y
es de lo que me voy a ocupar enseguida, la formulación (2),
por su estructura sintáctica y semántica, amenaza desviar
el debate genérico de forma subrepticia hacia la pre gunta:
(3) ¿Cuáles son las relaciones entre los fenómenos em­
píricos y los conceptos?
Es cierto que el paso de (2) a (3) no es obligatorio, pe­
ro no lo es menos que la mayor parte de las teorías genéri­
cas de hecho practican ese deslizamiento cuyo indicio más
llamativo me parece que radica en que se empieza uno a
hacer preguntas sin fin en cuanto a saber qué es, parodian­
do a_ Hegel, «más realmente real», los géneros o los textos
individuales.
Ni que decir tiene que desde el momento en que se nos
ha llevado de (1) a (3), ya está hecha la jugada, y la pelota
pasa a los filósofos que corren el riesgo de ir volviéndosela
a pasar ad infinitum. Porque, a pa-rtir del momento en que
el problema genérico es considerado como una especifica­
ción de (3), el debate sobre la teoría genérica se transfor­
ma en campo de batalla de la disputa de los universales, con
sus protagonistas tradicionales, que son el realismo y el idea­
lismo, sin olvidar al recién llegado, a saber, el constructi­
vismo, que pretende sacar las castañas del fuego. En cuanto
DEL TEXTO AL GÉNERO 157
al «teórico de la literatura», es de antemano el perdedor,
pues ¿qué puede responder a preguntas tan contundentes
como: «¿Existen los géneros? Y en el caso de que sí, ¿con
qué existencia?»
Hay que ver claramente que lo que se ventila en este
debate no es ya ni literario ni incluso epistemológico, sino
ontológico, puesto que atañe a la teoría del ser: quidlquod est?
Los sistemas genéricos románticos (el de Fr. Schlegel, por
ejemplo), los del idealismo alemán (Schelling, Solger y He­
gel), al i gual que la teoría de Croce, tienen, a este respec­
to, una ventaja segu ra sobre los innumerables sistemas o
anti-sistemas posteriores que se inspiran en ellos: que for­
mulan explícitamente la apuesta ontológica que constituye
el fundamento real de su discurso genérico. Hay que aña­
dir inmediatamente que, al fin y al cabo, sin embargo, esa
ventaja es inútil, porque lo único qué hace 'es imponer la
conclusión de que toda argu mentación racional es imposi­
ble en este campo teórico en el que decidirse por una u otra
teoría genérica implica que uno se pasa con todos sus tras­
tos al campo de la ontología correspondiente.
Por ejemplo, es evidente que el discurso hegeliano so­
bre los géneros y el sistema triádico en el que se encarna,
son directamente dependientes de una ontología realista pa­
ra la cual lo real es la autorrealización del Concepto 2• Por
el contrario, la polémica croceana contra las teorías gené­
ricas es indisociable de su posición nominalista que no ve
en las categorías genéricas nada más que «pseudo-con­
ceptos» 3• Un caso más interesante es el de la teoría gené-

2 Según Hegel, el principio de orden de las artes debe derivarse de


la naturaleza misma de la obra de arte; ahora bien, esta naturaleza es
tal que la totalidad de los aspectos y momentos incluidos en su concep­
to llega a realizarse en la totalidad de los géneros (artísticos y más es­
pecíficamente literarios). El sistema genérico constituye, por lo tanto,
el desarrollo (Entfaltung) del Concepto en su totalidad concreta; es de­
cir, en tanto que verdaderamente real (real wirlich). Ver G. W. HEGEL,
Vorlesungen über die Aesthetik, II, págs. 234, 262-265; III, págs. 390, etc.
( = Werke in 20 Brinden, Band 14, 15, Frankfurt/Main, 1970).
3 Croce califica' a las poéticas genéricas de «maggior trionfo d'ell'erro­
re intellettualistico" (citado por HEMPFER, op. cit., pág. 39). Sin embar­
go, hay que advertir que este nominalismo está limitado por la estética
(para la que no acepta más que un solo concepto general, la «bellezza,,)
y no es válido para los c?ncepms de las ciencias naturale,,. Porque, de
158 JEAN-MAR!E SCHAEl'l'ER

rica de Fr. Schlegel, el cual combina un realismo y un idea­


lismo, ambos «regionales»: la poesía antigu a sería genérica,
mientras que la poesía post-antigu a sería a-genérica. Esta
dicotomía está fundamentada en y por la ontología román­
tica, que es una ontología dualista, que postula que la An­
tigüedad es la edad de la hegemonía de la Objetividad (y,
por tanto, también de la hegemonía de los géneros con res­
pecto a las obras individuales), y que, por el contrario, la
edad post-antigua, inau gu rada por el nacimiento de Cris­
to, se caracteriza por la hegemonía de la Subjetividad so­
bre la Objetividad (y, por consigu iente, de las obras indi­
viduales con respecto a los principios genéricos) 4.
Klaus Hempfer, en su libro ya citado, rechaza a la vez
las posiciones realistas y las posiciones nominalistas, y pro­
pone el constructivismo (a lo Piaget) como remedio:

El constructivismo representa una síntesis entre las po­


siciones tradicionales del nominalismo y del realismo, pues­
to que no considera los conceptos generales como simples
ficciones, pero no les otorga tampoco existencia apriorís·
tica con respecto a los individuos concretos, ya sea tanto
en un sentido platónico como aristotélico; los considera casi
como construcciones resultantes de la interacción entre el
sujeto y el objeto del conocimiento 5•

En lo que se refiere a la teoría genérica, esta posición


constructivista conduciría, si he entendido bien, a una ope­
ración con dos etapas:
a) En un primer momento se trata de constituir una
base textual, o lo que es i gual, un corpus de análisis. Para
lograrlo, el teórico debe utilizar preferentemente la meto­
dología perfeccionada por la estética de la recepción, o lo
que es igual, debe proceder a una clasificación tosca sobre
la base de la recepción genérica de los textos.
b) En un segundo momento se trata de estructurar esa
base textual. La naturaleza constructivista de esa estruc-

hecho,
_ las categorías genéricas son falsas categorías generales que están
situadas entre la (verdadera) universalidad de la «bellezza» y la indivi­
dualidad de las obras concretas.
4
Según la metafisica romántica, Dios, al principio pura objetividad
trascendental, se individualiza en Cristo.
5
HEMPFERT, op. cit., pág. 271.
DEL TEXTO AL GÉNERO 159
turación se supone que estriba en el hecho de que debe fun­
damentarse en una reflexión crítica que se manifiesta en
contra de las tentativas de estructuración anteriores, tenien­
do en cuenta, claro está, su «grado de adecuación objetiva».
No voy a plantear aquí saber si el con-structivismo es
pr�ferible � no a las otras dos teorías en el plano
,
epistemologico 6, aunque sólo fuera porque la discusión
correría el riesgo de ser infructuosa: la tesis, defendida por
numerosos epistemólogos 7, según la cual se trata de un
problema de decisión no fundamentada ni fundamentable
antes que de una cuestión de verdad o falsedad, me pare­
, _
c? �as :iue plausible. No me detendré tampoco en el tra­
dioonalismo al que parece estar condenada una teoría que,
por razones epistemológicas, y por tanto de principio, de­
be fundamentarse obligatoriamente en las «adquisiciones»
del pasado 8• Semejante concepción asume la idea de una
evolución líneal de algo que sería el «conocimiento litera­
rio», que, en gran parte, es, a mi parecer, una ficción, so­
bre todo en lo que atañe a las categorías genéricas que, en
e� curso de su historia, han entrado en estrategias discur­
sivas completamente heterogéneas unas con respecto a las
otras.
. Lo que más me importa es constatar las convergencias
funda�ent�es que unen el constructivismo al realismo y
al nommal1Smo, convergencias que derivan del hecho de
que los tres transforman el discurso genérico en un discur-

6
H3:y que señalar que una teoría que ve en los conceptos el resul­
tado de 1:°-teracc10nes entre el sujeto y el objeto del conocimiento, pue­
de combmarse perfectamente con las variantes historicistas del realis­
mo; por ejemplo, las variaciones para-hegelianas., Por el contrario un
nom�nalismo psicologizante, al ver en los objetos stimuli para nu:stra
actividad mtelectual, armoniza por eso perfectamente con el construc­
tivismo, puesto que nada obliga a que el estímulo y la reacción tengan
alguna relación de representatividad, lo cual me parece que es debido
a que el constructivismo plantea la pregunta de la génesis de los concep­
tos más que la de su estatuto, y es sintomático que en el momento de
la definición de su estatuto se queda en un ni... ni que no explica gran
cosa en realidad.
7
Ver, entre otros, W. V. QuINE, From a logical Point of View, Har­
vard, 1953 _Y W. STEGMÜLLER, «Das Universalienproblem einst ünd
Jetzt», Archzv Für Philosophie, VI, 3/4 y VII, 1/2, 1956.
8
Para este aspecto de la teoría de Hempfer, ver G. GENETTE, In­
troducción a l'architexte, París, Seuil, 1979, págs. 79-81.
JEAN-MARIE SCHAEFFF.R
160
r pre­
so:ontológico. Con esto quiero decir qut': para pode
rca de- las elacio nes ontol óg icas ent r e textos
gu ntarse ace
r
ime o habe los const ituid o en una
y géneros, es preciso p r r r
Seme jante' exte io idad ecíp r oca,
exterioridad recíproca. r r r
r , si
a su vez, sólo se impone si se reifica el texto, es deci
de objeto físico , y si se ve en
se le considera un analogon
el género un término transc enden te « refe rido a» ese objeto
casi físico.
Si queremos alejar el debate genérico de esta falsa dis�
puta, hay que dejar entonces de identificar la pre gunta (2)
con la pre gunta (3), es decir, hay que abandonar la reifi­
cación del texto y, correlativamente, la idea de una exte­
rioridad de tipo ontológico entre texto
y género. La teoría
constructiva no hace ni una cosa ni ot ra 9: no nos libra del
de
dilema ontológico, sino que nos propone las «ventajas
un trilema».

2. ¿Desarrollan los géneros la esencia de la literatu -


reales nada más
ra? ¿No existen, por el contrario, como
que los textos individuales, mientras que los géneros sólo
son pseudo-conceptos útiles, a lo sumo, como clasificacio­
nes de bibliotecario? ¿O entonces hay que admit ir que no
se trata de una cosa ni de otra y, 'en cierto modo (?), de
las dos a la vez?
Son otras tantas preguntas que entorpecen la teoría ge-
nérica pero que, al menos en mi opinión, no tienen razón
de ser. Y ello, por la simple razón de que están basadas
en dos postulados superfluos e inadecuados a la vez: el texto
como analogon de objeto físico y el género como exteriori­
dad transcendental (o, en el caso de las teorías nominalis�
tas, pseudo-exterioridad, o lo que es igual, pura nada,
de hecho).
Quisiera partir aquí del postulado de la exterioridad y

!l Así, .contrariamente a lo que se podría creer, recurrir a la estéti­


ca de la recepción no pone en peligro el postulado del texto-organismo
cerraJo, ya que, según esta teoría, las condiciones de recepción no ha­
cen más que .sobreañadirse a un texto ya constituido en la plenitud de
su sentido. Para la estética de la recepción, el texto no es un canal de
comunicación (que investir con actos comunicativos), sino más bien, un
contenido transmitido. Ver, a este respecto, D. BREUF.R, Einführung in
die pragmatische Texttheorie, Munich, 1974, sobre todo la pág. 211.
DEL TEXTO AL GÉNERO 161
de sus implicaciones. Hay que destacar primero el falso pro­
blema de la exterioridad genérica, definida ya sea como des­
cripc;ión teórica, ya como discurso normativo (y, en últi­
mo término, como conjunto de normas psicológicamente.
int�rio;-izadas). En el primer caso, la exterioridad es pur a
y simplemente la que existe entre dos textos: el que uno
de ellos sea en este caso un metatexto da ciertamente un
talante especial a la relación que los une (y que parece ser
una relación prescriptiva), pero no plantea ningún proble­
ma epistemológico especial. Así, las relaciones que unen
la teoría de la novela de Fr. Schlegel con su novela Lucinde
pueden describirse como las relaciones que unen un pro­
grama con su realización; basta para ello con admitir la
transformación de las proposiciones declarativas de la teo­
ría en proposiciones p rescriptivas. En cuanto al p r oblema
de la genericidad como norma interiorizad <!,, atañe al pos­
tulado .de un término intermediario entre un conjunto de
textos y un texto individual que par ece adecuar se al mo­
delo genérico constituido por este conjunto. Se trata en este
caso de un principio de explicación secundaria tendente a
justificar el paso de una categoría de textos a un texto in­
dividual que se acomoda en al gunos rasgos a esta catego­
ría: en ningún caso p retende el postulado de la no rma
genérica fundar una categoría de textos (lo cual sí que ocu­
rre con las teo rías gené ricas fundamentadas en u.na onto­
logía realista).
Entre estos casos de trivial exterioridad, hay que dife­
r ncia r la que se postula como fundadora de una catego­
7
na de textos, en tanto que molde de competencia, esencia
oculta, estructura universal, etc. Sólo en el marco de esa
exterioridad es donde la problemática genérica se transforma
en problema ontológico. Así pues, me par ece que el pos­
tulado de semejante exterioridad es completamente inade­
cuado e inútil. Si nos quedamos en el nivel de la fenome­
nalidad empírica, la teoría genérica estaría consider ada sólo
como el dar cuenta de un conjunto de similitudes textua­
les, fo rmales y, sobre todo, temáticas: por tanto, esas si­
militudes pueden ser perfectamente explicadas definiendo
�a genericidad como un componente textual, o lo que es
igual, las relaciones genéricas como un conjunto de rein­
vestiduras (más o menos transfor madoras), de ese mismo
JEAN-MARIE SCHAEFFER
162
i nsti tucional por
componente textual. Siendo la li terat1:1 ra
e xpl ica rse P;rfectamente
de finición, l a ge n e ricidad pue � : _
es, prest3.IIlos , .etc.,
como un j uego de repeticiones , 1mitac10n _
c n r p c tr , o a otros , y el r ecurnr a
de un tex to o es e to a o o
ente» ·co mo el de una estru ct
ura
un p ostulado tan «co nt und
O m odel o de c ompet encia , re
sulta t otalmen t e su p e rfl1:1 _?,
c c p
ya qu e 1�0 aclara muchas más cosas que
una o n e oon
10. Ade m s, e ste p ostulado
transtex tual d e la g e n er icid a d �
a e n que es mcapa� �e �orn
ar
es inadecuado e n la medid
e sencialmente dmam 1c a d e
en éon·s ideración la dimensión _
icam �1,1 d s
la genericidad e imp one una � er�p e ctiva ún
a
te ��
c10n gene
ficatoria que ignora la esp eci fi odad de la rela
• 11
n ea .
men�e tex-
Una ve ntaja evide nte de una defim n pur�
tual de la genericidad r eside en
que ésta permite, fipr un
te ias o n to­
criterio e mpírico , lo cu al no es el caso de las �=
lógicas en las que los «géne ros
» son, po� definc10�,.trans­
incame-
cendentales a la textualidad y por ell o mi smo emp
te inabo rdab les .
XX)
Un ejemplo algo «exótic o» (para un le ctor del sigl o
ilustra perfe ctamente , sin e mb ar g o , el asp e c to a vec e s � �-
éric s t lógic ¿ c1S1-
cinatorio de las teo rí as ge las e
n a on o as y _
tex­
vas ventajas que pueden derivarse de una aprox1maoo1;1
. Se r d : º J to
tual a la problemática gen éric a t ata e un n un

s r m t n l s s gl s XII­
de tex tos épicos alemanes que e e on a a o i o
qu e­
XIII. Ahora bien , el siglo XIX y una parte de l X� han
x c d cir: d b JO d ) stos
rido descubrir en (sería más e a to e e a e e

textos un género , que se ha ba ut iz a d o das


_
deutsch e
,
Jl_ e ld ene­
Los
pos1 dicho de otra manera , la ?, e opeya hero _
zca german zca.
textos así bautizados son la Canczon de los Nzbelungen, el Poema
de W olfdietrich, el Poema de Dietrich, el Poema de Ortnit, el
Poema
fr t teo­
de Kudrun y otros. Como ocu rre e :�� nteme n e e
� las

rías genéricas ontológicas , la d e fimc10 n d e e s te g e n e r o va


al unísono con la constitución d e un gé nero al c u al s e ºP ? n­
d ría· a sa ber: la epopeya cortesan a de i ns pir a ció n a r tú n ca .
de j ic o í , so­
Ve�os ya aquí la «fertilidad» seme ante d ot m a

ógic : pop y h e-
bre todo en sus p rolo ngaciones id eol as la e e a

10 Tomo este término de G. GENETTE, Palimpsestes, París, Seuil,


1982.
11
Ver más adelante.
')EL TEXTO AL GÉNERO 163
roica y la ep op eya c ortesana se opo nen como el al ma ger­
mánica a un p roducto de impo r tación fran cesa, co m o la
poesía esp ontánea a la p oesía artificiosa, co mo la poesía po­
pular a la p oesía culta, y t3.IIlbién como la poesía originaria
a una poes ía más t ardía, y p or c on si guiente, menos esen ­
cial y más ficticia. Y ello sin hablar de rasgos más p reci­
sos, tales c o m o la fideli dad viril o puesta a un amor afemi­
na d o, el culto al valo r op uest o a la lan guidez cortesana, etc.
Todo esto se resume en la tesis central que dice que la epo ­
peya heroica muestra la esencia de la ge rmanidad :

de nuestros antepasados, tal y com


dado a conocer hacia el año 500 12•

D esgraciadamente, este espíritu germánico no se plas­


ma de l a misma forma en todas las obrás, p ues incluso las
más fi eles a este o rigen tie nen elementos extraños, de ma­
nera que se ll ega a una j erar quiz ació n según la can tidad
de espíri tu germánico : así, en la Canción de los Nibelungen el
element o ge rmánico sería todaví a hege mónico, en El Poema
de Kudrun el debilitamiento ya se dej aría sentir, mientras que
en La Muerte de Alphart no ha brí a casi huellas del auténtico
espíri tu germ ánic o.
C omo vemos, el género está construido enterame nte
partiendo de un a proyección retrospectiva: en los text os esco­
gidos se aíslan uno a un o los elementos que se con sidera n
relacionados de al guna manera co n esta germanische Weltans­
chauung de en torno al año 500 desp ués de C risto . Hay que
subrayar que estos elementos no constituyen de ningún mo­
do una categmía de similitude s tex tual es entre las diferen­
tes o bras, per o, uno por uno , están en relación con esta
Weltanschauung postulada anteriormente . Lo que se ha cons­
truido , p or tanto, es un género meram ente imaginari o, de
hecho, un text o ideal del que todos los textos e mpíricamente
re ale s no son más que ec os más o me no s le janos. C omo
mucho , seme j ante operación nos de scu bre cuáles son las

12 G. EHRISMANN, Geschichte der deutschen Literatur bis zum Ausganc,

des Mittelalters, Teil 2, Schlussband, Munich, 1935, pág. 122.


JE..\:S.-c\l..\R[E SCrl..\EFFER
164
ático·s, d e man�ra
fuentes de determinados elementos tem
e d el Stoi( (matena)
l
qué el género no es el de los textos ni
e determma�os ele­
de estos textos, sino, a lo sumo; el d
nte. Ahora bien, en:­
mentos temáticos postulados como fue
e «géne_ ro», �ue ha­
tretanto, se ha podido mostrar que est
a y nacionalista, es,
bía hecho correr ríos de tinta p atriótic
n texto breve, �ero
textualmente hablando, inexistente. En u
un desmantelamie�­
decisivo, Heinz Rupp se ha dedicado a
simplemente deci­
to a conciencia de la epopeya heroica,
«los logr �s-�el pa­
diendo dej ar provisionalmente a un lado_
remitiendose
sado» ( es decir, la t13radición universit ar i a) y
lu­
ando y ampl iando las conc
a los pr opios textos • Precis
tam nt _ :
siones de Rupp podem ós señalar :oncre
e u e
e 9
ición pop y h oic a - epopeya �rtunca e s
- La opos e e a e r
e el primer caso,
lógicamente inconsistente, p uesto que, �
el género e stá definido por
sus fuentes, rr:uen�r as que en _el
encia de un mis­
otro caso la definición se b asa en la pre s
oponer la ep?pe­
mo p ersonaj e. Como mucho, podríamos
e ope �a de onge_n
ya heroica (de origen germ ánico) a una f'.
oica pierde el pn­
céltico. Al mismo tiempo, la epopeya her
ana al or igen, que
vilegio de ser más «primitiva», ruás cerc·
la epopeya llamad a cortesana ; .
ero épico he-
- La tesis de una oposición entre un gén tá­
e sano, que existirían simul
roico v un género épico cort
píricamente re fu­
neam �nte en el siglo xrn alemán, es em
d s t xt al s nt re los textos lla­
table : h ay tantas similitu e e u e e

mados heroicos y los textos


llamados cortesanos, :orno las
ad s heroicos o l os
que existen entre los diversos textos llam ? , ,
isando aun mas:
diversos textos llamados cortesanos (y prec
en los dos casos hay las mism
as similitudes). Por ejemplo,
teór ica, el el�­
contrariamente a lo que afirma la vu lgata
los textos «herm­
mento maravilloso no interviene me14nos en
cos» que en los textos «corte sano s» • Y, a la inversa, los te­
li dad no d s mp eñan un pa­
mas del heroísmo y de la fid e e e
15
pel más importante en los primer o s qu e e n los segundos ;

1:i H. RuPP, «Helden dichtung" als _Gattung, en Beitrage zur deutschen Phi-
lologie, B and 28, Giessen, 1960, págs. 9-25. .
if, es decir, el Grifo, de -
14 Así, en El Poema de Kudrun, el Vogel Gre
sempeña u n papel importante. _ ., .
is A exce pción de algunos pasaJ es de La Canczon de los Nibelungen ,
estos textos que la vul-
el elemento heroico está tan atenuado en todos
IJl-'.1. TEXTO AL GJ(NERO 165
- D esde el momento en que se deja de constru ir un
género a p artir d e sup uestas fuentes d e determinados ele­
me ntos tem áticos, p ara dejarse llevar por la re d de simili7
tudes textuales (fo rmales, narrativas y temáticas) que se teje
entre los diver sos textos llamados heroicos y los diversos
textos llamados cortesanos, el fantasma de, una epopeya he­
roica ale mana se d esvanece com pletamente : el conjunto de
e sta literatura épica del siglo XIII alem án que incluye te­
mas de or igen germánico o de origen céltico, constituye un
mismo género épico, especie d e literatura de consu mo co­
rriente (par a las cortes de los pe queños nob les alem anes),
y que me zcla las fuentes tem áticas m ás diver sas. Estilísti­
camente se sitúa en la encrucij ada de la Spielmannsepik y d e
la gran l it eratura épica de los W olfram von Esche nbach y
los Hart man von Aue . Además de este sincretismo e stilís­
tico' el género se car acteriza por el anonimato de sus tex­
tos, por la constancia de al g unos personajes y por una te­
m ática también sincr ética puesto que tiend e a fusionar los
rasgos heroicos ( extraídos, bien de las anti g u as tradicione s
germ ánicas o célticas, o bien de las canciones de gesta) con
rasgos cor tesanos tales como la Minne. Est a lite ratura épi­
ca es, en suma, u na literatura de transición que prepara
el camino a la liter atura novelesca, com o la novela de amor
(por ejemplo Flore und Blanchejleur de Konrad Fleck), la no­
vela conyugal (como }dai und Beajlor), etc. De este modo,
los rasgos h eroicos no definen la naturaleza de un género,
sino que sólo mue stran uno de los múltiples elementos que
entran en u n género fundamenta lmente sincrético, sin du ­
da a imagen y seme janza de la mentalidad del público al
que va dir igido.
Me parece que este ejemplo ilustra bien lo que entien­
do por noción de exterioridad genérica : el procedi miento
que consiste en «producir » la noción de un género, no a
partir de una red de sim ilitudes existente entre un conjun­
to de textos, sino postulando un texto ideal cuyos textos
reales no serí an m ás que derivados m ás o me nos perfec-

gata se ve obligada a recurrir, en bloque, a la t esis de la degeneración.


Lo cual es, evidente mente, una muestra de fracaso. Esta misma cons­
tatación se impone en lo tocante a la presunta ausencia de elementos
cristianos en la epopeya heroica, opuesta a otra también mítica cristia­
nización total de la epopeya artúrica.
166 .J EAN-MAR ! E :iCHAl·TFER

tos, de l
mismo modo qu e, según Platón, los objeto s emp í­
ricos no son sino copias imperfectas de las I deas eternas.
Las re lacion es de par entesco intervienen entonces en­
tre es e texto ideal y tal o cu al elemento de tal o cual te xt?
,
real aisladament e, s-in que e l conjunto de ras_gos asi extrai­
dos teja un conjunto de similitu�es entre los d1fer;ntes textos
reales. La epop eya heroica es o ertamente un genero, p ero _
,
no un géne ro lite rario· del siglo XIII: es un genern me tah­
t erar io de l siglo XIX, un gén ero de la Germamstzk.
3, La idea de género como entidad extrate� t�3: Y fun­
dadora de los textos cobra aparie ncia de plau s1bil1dad en
el mom ento en que se considera e l texto como u n analogon
de obje to físico. Lo q ue llamamos la conc epción del texto­
_
organismo 16 tiene, entre otras funcion es, la de fu�dam:?­
tar esta analogía entre texto y objeto físico, esta re1ficaoo n
- en el verdadero sentido del término- del texto. Esta ana­
logía, en verdad pura y simple identificación, está en �otal
desacuerdo con la fenomenalidad p ropia de la textu alidad
en tanto que dimensión lingü ística; fenom nal�dad que nun­
_ ;
ca es la de un siste ma ce rrado, smo mas bien la de una
cadena abierta _ Hay aqu í un primer he cho que m e P ª;�ce
_
de bastante p eso: aunque la m etáfora de l orgamsmo fisico
no pr ete nde explicar el funcionamie nto lingü�stico del t��­
to sino únicamente su estructuración como «sistema sem10-
ti�o secundario», pode mos interrogarnos acerca del estatu to
de una concepción qu e hac e tan poco caso de la fenom e-,
nalidad lingü ística 17•
Una segun da consideración me parece t�bié� muy de­
_
cisiva: las teorías g enéticas ontológicas admiten imphcita­
m ente que la empiricidad se reduce al universo de _ l?s ob­
_
j etos físicos. Si se limita, por el contrario, la empmc1dad
al término mucho más adecuado de hecho (Tatsache), se ve
con claridad que un texto, aunque participe del mun?o de
los hechos empíricos, no está de ninguna mane ra oblig ado

1li Concepción que se remonta a la más remota Antigüedad, p ero


que sólo llega a se r auténticamente pertment e en el marco de las teo-
rías estéticas románticas. . , .
11 U
na de las funciones de la ficción d e un «lenguaj e poetico»
opuesto al Jen=aje común, es, quizás, la de disfrazar este desfase e ntre
la fenomenalídad lingüística y la teoría literaria_
IJEL TEXTO Al, GÉNERO 167
a ser un obj e to físico . Es un h echo co municativo específi­
co, es decir, un conju nto compl ejo fo rmado (al menos) por
un canal de comu nicación de estructura dada y un acto ( o
un conjunto de actos) comunicativ o (s) que act ualiza (n) ese
canal 18•
El aban dono de la tesis del texto-analogon de objeto físi­
co tiene varias consecuencias. P rimeramente, la concepción
q ue p retende q ue el texto literario es un sistema autóno­
mo cerr ado y unificado, partiendo únicame nte de una l ec­
tu ra inman ente y no ref erencial, pierde su solidez de evi­
dencia natural. En lugar de aceptarla corn o sostenida po r
al guna ese ncia secreta de la literalid ad, se verá más bi en
e n e lla u n m odel o de lectura, o sea, u n h e cho pre scripti­
vo. Se trata entonce s de una l ectura p osibl e, fundamenta­
da a la v ez en ragos estructural es del canal de comu nica­
ción y en un algoritmo de lectura qU e ha. llegado a s er
h egemónico desde la época romántica. Así, cuando M. Rif­
faterre afirma «que el referente no es p ertinente para el aná­
lisis y que no existe ninguna ventaja para el crítico en com­
parar la e xpresión literaria con la realidad y en val orar la
ob ra en función de esta comparación», hay que ver en ello
un enunciado p re scriptivo que p rop o ne un modelo de l ec­
tura, y en tanto que tal está p erfectamente j ustificado; me
inclino e n cambio a ser escéptico cuando leo el tí tulo del
ensayo en el qu e esta afirmación se inserta, a sab er : «La
e xplicación de los hechos lit erarios» , títul o que parece
19

indicar que Riffaterre piensa realmente no en proponer un


modelo de lectura, sino en exponer el modelo explicativo
de la naturaleza de un objeto físico que sería aquí la «obra»
(literaria).
No p ongo en duda que el model o de lectura propuesto
p or Riffaterre (o más bien: re tomado por él de la tradición
romántica) sea más rico que el modelo referencialista, aun­
qu e sólo fu era po rque tiene en cuenta la positividad del he-

18 De sde luego, e l soporte de todo te xto e s un obj e to físico, al me­


nos siempre que se trate de un t exto e scrito (e l flujo acústico de un tex­
to l eído, p or e jemplo, en la radio, no e s un obj eto sino más bi en un fe­
nómeno físico).
19 Ver M. RIFFATERRE, La Production du texte, París, S euil, 1979,
pág. 19.
JEAN-MARlE SCHAEFFER
168
a ; si no con lo s
ch o textual. Ade más este modelo concuerd ra ri os
tod os los texto s li te
p act os de lectura qu� pr op one� que
el p ac to de lectura
de todas las ép ocas, al menos con . , p zo · P·e -
termm d
proponen numerosos textos de de
a as e oca s

cede, de ningún mo
d o, el .derec?o
ro t odo esr.o no no s c on no,
a deci r qu e la lectura i n
manente expl _ ica e l te �t ? htera
nstitución de u n bj e t o fi s i co ,_ p u : ; to
co m o se explica la co
o
hec h d m m � ,10n
q ue el texto p osee, en- tanto que
o e co u ca

a d e que él alg q ue es ta por


e sta pa rticularidad propi
no es o

tá por leer y, a i n a lm e n te , p or
explicar, sino algo que e �
oc s o
n r s l n d e , al
interpreta r . A sí pues , t oda lectura � ;1
s u a e u a te
_ o e strate ­
fa t ; b r, d os mtenc10nes
menos, dos c ores a sa e
xt y l a del de s­
r d l
gi as comunicativas, la del codifi cad _
o e te o
par ialm n , pero sus
codificador. Ambas pueden ocultarse
c e te

ent l en má s o me­
relaciones comp renden necesariam
e e em tos
por q n n xto no
nos aleatorios, aunq ue sólo fu ese
ue e u te
l q en una
hay Jeed-back en acto, contra riamen �
te o ue ocu rre
l . E sto se
en tre dos mt
s
conversac ión de viva voz
er ocu tore

ve p articularmente clar o en algun


a s for m as d e p oe : � lfri­
í

ca , y me p regunto si, al m enos en


pa r t e , e l fr e 1: 1 mr.er­
e s
del horror z que � m­
pretativo que provoc an no resulta
vacu
que · r h z te ma tizar
barga a toda lectura ante un texto
ec a a

nicativa, y que pr v p or ello


su intencionalidad co mu
o oca

spensión p rovisi nal d l sentido ;


mismo una especi e de su
o e

actividad semán i .
o , mej or dicho, de la .
t ca
.
rt q l m d l d e � e�tur a mmanent1�­
Aunque es ci e o ue e o e o
renc i ahsta , esta ventaja
ta es más rico que el modelo refe
ra clásica ha sido pre­
de la lectura romántica sobre la lectu
que la lectura clásica no se limita b
a
ci sam ente a bolida, p or
a ser referenci alista ( de
beríamo s pre ci sa r, p o r otra p a � ,
t :
or lo gen al l rv1
que este referenci alismo e staba p
e r a se c10
_
b a muy dir am n
de una lectura ética), sino que esta
ect e te

otros , no �ep resen­


A sí, muchos textos se presentan como ficciones; .
ad, e tc. Pero tamb1 en
ab�n­
20

c mo p r t xt lid
tativos, se presentan u a e ua
ectu ra (p rolo­
o
s q , en u pac t d � l
dan los ej emplos co ntrarios de text
o ue s o

n lectur �s r�feren:1�les , ya que se


go o incipit, por ej emplo), prop one
n una histon a vend1ca.
esfuerz an en confir mar que cuenta un in­
21 El término de «intención» no apunta al acto p sicológico de
nt al text (o al m odelo de lec­
dividuo, sino a la intencionalidad inh ere e o

a travé� de rasgos textuale� p rop .1?


tura) y se man ifiesta, p or lo ta nto,
s

E d cir, se tra t a de una mtencw


n
(p or ej emplo, el pacto de l e ct u ra). s e

i n stitucionalizada.
DEL TEXTO AL GÉNERO 169
dirigida haci a la transtextualidad , hacia la genericida d
22

en este _ ca so. A? ora bi en, la lectura tran s tex tual constituye


.
un ennq uec 1m1 en to con respecto a una lectura ún i camen�
te,inmanente , aunq ue sólo sea porq ue reinsert a el texto in­
divid ual e� la red textu al en la q ue es tá cogido y de la que
la lectura _mmanente lo a ísla artificialmente .
Si se_g1:1irno s la ter minología p ropuesta por G. Genette ,
la gene n c1da d (lla mada architextualidad) no es más q ue uno
de lo s a spectos de la transtextu alidad qu e a barca además
la p aratextualidad (relaci ones d e un texto c on su t ítulo su
�ubtítulo y, _ más en general, con su contex to externo)', la
m tertextua hdad (la ci ta , la alu sión, etc.), la hip ertextuali­
dad (relaci ones de imitación/transformación entre do s textos
o ent re un texto y un estilo) y la m eta textualidad ( rela ci o ­
ne s entre un texto y su com entar io ). E n t anto en cuanto
modelo de lectura, la transtextualid ad activa mue s tra más
aspectos textuale s q ue la lectura pura mente inmanen te, p or
no h a bl ar d el hecho d e q ue permi te tener en cuenta la di­
mensió n instituc i onal de la li teratura como c onjunto de re­
des textuales .
O tra venta j a de una a p roximación transtextual reside
en q ue desmie nte la idea ampli a mente extendid a se gún la
cual el texto en su interio rida d p ura c onsti tu ye alg o a sí co­
mo una sólida p arte de realidad dota da de su sentido úni­
co y �efini tivo q ue el com entar i o sólo tend r ía que «descu­
.
bnr » ·. P or p oner un ej emplo , no se lee, d esde lue go , de

.
22 Recuerdo que d tér mino ha sido forj ado por G. GENETTE, Pa-
lzm�se5.tes, op. czt. _Ya va siendo hora quizá s también de reconocer que, sin
_
e ste libro, la s pagmas que siguen no exi stiría n , al menos en su forma
actual.
2:1 Ya en el 1;ivel de la significació n (en el sen tido lingüístic o del tér ­
• _
mmo) la umvoc1d ad semán tica sólo exis te como ca so límite y exige muy
_
a menudo r ecur�Ir a elem entos con te xtuales o p ragmáticos . E n cuan t o
a la mterp r etaci� n , la no-deter minació n unívoca está, p or sup uesto, t o­
,
davia mucho ma s ac en tuad:i, except o en el caso d e al egorías i n stitucio­
_
nahz�da s , como las que se encuen tran en gran ca n tidad en la Edad
��dia Y en el Renacimien to . L a enor me importanci a hi stó r ica de l a s
dife rent s '.eorías d e la in ter p ret ació n , de los Pad r es d e la Igl e si a en l a
7
her meneut1ca, no es un argumento en con tra de la tesi s de la au sencia
de estructt�ración simbólica unívoca de la mayoría de los texto s , sino más
bien a su favor. En relación con estos p roblemas, ver T. TüDOROV «La
lectur a como con s trucció n», en Les Genres du discours P arí s Seuil 1978
y, sob re todo, Symbolisme et lnterpretation, Parí s, Seuil, 1978. '
.JEAN-MARIE SCH,".EFFER
170
la misma manera Le Chrút aux Oliviers de N erval cuando
se recurre a una lectura p urame nte inman ent e que cuan­
do lo leemos como hiper texto del Discours du Chrzst mort du
haut de l'édijice du monde de Jean-Paul. El parate xto deter­
mina también en parte el m o do de lectura: ver que el poe­
ma que figura baj o el título colectiv? �e Chimere� or_ienta
la lect ura hacia u na dirección muy d1stmta de la md1cada
p or el título colectivo Mysticisme (en les Petits C�áteaux de Bohe­
me) 1+. En este caso, una lectura puramente mman e nte de l
texto de Nerval es a la fuerza empobrec ed ora, pue sto que
sólo apro vecha una parte de las potencialid�de s comu­
nicativas" de su texto-objeto. Desde luego, deJando de l�­
_
do el problema de las variantes te xtuales, hay que adm1�1r
que ningun o de estos factore s hipe r o p�r ª:: xtuales atane
,
a la substancia significante de la cade na lmgu1st1ca: «C uan­
do el señor... que dio el alma a los hijos del barro». Pero
esto no es un argumento a favor de una lectura p��ame nt e
inmanente, p uesto que, c o mo toda lectura estet1c� �o­
derna, tiende a la simbolización, «más allá» de la s1gmfi­
cación. Aho ra bien, no queremos negar en absoluto la per­
tinencia a este nivel de los factores transt extu ales para la
constitución misma ele la inte rpretación simbólica que, apar­
te de la estructura textual, se fundame nta también siempre
(aunque fue ra de manera implícita) en indicios tra1:s:ex­
tuales (elementos architextuales: la perteneno� ge n:nca,
_ ,
etc.; element os paratextuale s: lugar de pubh� ac10n, titulo,
epígrafe, etc.; ocasionalmente, elementos_ �� pert e xtuales:
texto-fuente; o elementos metatexuales: trad1oon del comen­
tario universitario, etc.).

·24 Otro elemento paratextual impo rtante: la mención «l� ita� o de


Jean-Paul» que precedía al p oema en el momento de la pubhcac1on en
_
L�4rtiste, ha s id o reemplazada p o r un epitafio sacado del _texto_ de Jean­
Paul en las ediciones po steri ores, cam bio en el que se ev1denoa toda la
problemática de la imitació n versus la recreació n. . .
·2s Empleo adrede el término muy vag o de potenc1ahdad es comu�1-
,
cativas que tiene la ventaja de evitar c ualquier determmac10n apnons ·
tica en' cuant o a la naturaleza de lo que se dice así a través del texto.
_ _
Inclu so la literatura más fero zmente opuesta al lenguaJe utilizado como
moneda de cambio ( comunicativ o) no sería una excep ción, muy � ! con·
trario inc luso : como prueba, la pro liferación de metatext os dedicados
a la poesía de Mallarmé.
DEL TEXTO AL GÉNERO 171
4. Genette propone subsu mir la ge nericidad bajo la
categoría más general de la architextualidad, que comprende
« el c onjunto de las cate g orías generales, o tr anscendentes
( ...) de las que es muestra cada te xto» 26, y, especialme n­
te, j u nto a la g e nericidad, l os tipo s de discu rso y los mo ­
dos de enunciación. 1V1e parece, sin embarg o , que hay una
dife rencia fundamental entre la architextualidad y las de­
más formas de transtextualidad: cada hipertexto p osee su
hipotexto, cada inte rtexto su texto citad o, cada paratexto
el text o que inclu y e, cada metatexto su text o - objet o, mien­
tras que si bien hay architextualidad, no hay en cambio ar­
chitexto, sino en un sentido metafórico. Las cate gorías de l
intertexto, de l paratexto, del metatexto y del hipertexto de­
terminan parejas relacionales de textos 27, mientras que en
el caso de la architextualidad no hay nada ·¿e esto .
Estaríamos tentados de decir entonces que la architex­
tualidad define más bien una relación de pertene ncia. Pe­
r o surge aq uí u na se gunda dificultad, no ya entre la archi­
textualidad y las demás modalidades de la transtextualidad,
sino en el interi or de la architextualidad misma, entre la
genericidad y los otros dos términos que G. Genett e le aña­
de, los tipo s de discurso y las modalidades de enunciación.
En el caso de l os mod os de en unciación y l o s tipos de dis­
curso, ten e m os claramente una relación de perte nencia 28
ya que todo texto pertenece en efecto, bien sea al modo na­
rrativo, bien al mod o dramático, o bien al modo mixt o,
por lo mism o por lo que pert en ece a tal o cual tipo de
discurso 29. Se puede expresar lo mismo diciendo que esas
dos categorías (con sus divisiones) definen (en comprehen­
sión) clase s de textos. Respecto al componente genérico,
el asunto es más complicado, y veo aquí e l indicio de un a

26 Introduction a l'archítexte, op. cit., pág. 7.


27 El que un hipertexto , p o r ejemplo, pueda tener vari o s hipotex­
tos no cambia nada en esta analogía relacio nal: mi s ol o término (texto)
puede formar parejas relaci onadas c on diversos términos (textos) di·
ferentes.
28 Nada se opo ne a priori a que un texto pertenezca a varias de esas
catego rías (al meno s en l o que respecta a l o s tipos de discurs o).
29
Otro problema es, evidentemente, el de la génesis de cierto tip o
de texto a partir de un determinado tip o de discurso. Ver para este par­
ticular T. TODOROV, Les Genres du discours, op. cit.
JEAN-MARIE SCHAEFFER
172
no -ho mo geneid ad de estos tres· subgrupos d� la architex­
a d e clasifica ­
tualida d_ Ciertamente , én tanto que cate gorí
funciona como
ción retrospectiva, la genericidad también
es­
a ese nivel la ho m o gei:i-ei?ad
relación d e pertenenci a , y
ada. Nos po dríamos limitar ;�
­
ta ría , por tanto, salvaguard
tonces a e s te aspecto de la
genericidad postulando exphci­
es ot ra c osa que u na n oción
tam ente que est a cate gor ía no
de clasificación.
imp ortante
P ero al hacer eso se d espej arí a un aspecto
rá p iv o co? res­
de la genericidad, a sab er, su ca _
cter o erat
ñ l .pr du ctivid ad
pecto a los textos. H ay, en lo qu e ata e a a o
ene ­
régimen esencial entre la g
textual, una diferencia d e
( l s ip s d dis cu r­
ricidad y l os m od os d e enunc
iación o o t o e

so). L a elección de u na modalidad d e en u nc i a � ió n e � o;1-


c
su v z, t mgun
dición previa de todo texto y éste, a e no iene n

d u ci ió n e�e ­
influj o sob re el «cariz» de la modalida � e en n ac

ú m , l qu p
gida : la d eterminación es de sentido co o e ermi te

x o p u
decir, en parti cular, que tal o cual te ?a
t erten ece a

ió . P l t n o,
determinada modalidad de enun ciac n o r e con ra

enéri co , d e b m s d ci qu
en el caso d el componente g
e o e r e to­

do texto m o difica «su» gén ero : el componen te g enérico de


pciones) la sim­
u n texto no es nu nca (salv o rarísimas exce
s ituid o por la cla­
ple reduplicación del modelo genérico con t
uy casta se si­
se de tex tos (supuestamente anteriores) en
c a

texto e n gest ac ió , el modelo


túa. Al c ontrario , para todo
n
l qu e «trab a­
uenérico es u n «material», entre otros, sobre e
l sp c to din á­
ja». Es lo que h e llamado anteriormente
e a e
ió x u al. Este
mico de la genericid ad en tanto que func
n te t

de l imp ortan­
aspecto dinámico t ambién es responsable
a

l de la genericidad, su hist o-
cia de la dim ensión tempora
ricidad.
a al prin­
Esto me retrotrae a la confusión a la que aludí
ete a l a identifica ión de dos
cipio de este t exto y que comp
c
dif iar ,
preguntas que sería preciso, por el contrario ,
erenc

a saber :
con los
(2 a) ¿Cuál es la relación que une los textos
géneros?
to dad o con
(2b) ¿Cuál es la relación que u ne un tex
«su» género?
de la da-
La primera pre gunta atañe a la problemática
DEL TEXTO AL GÉNERO 173
sifi cación retrospectiva y se puede resolver en términos de
pertenencia ª una clase de textos. L a se gund a pre gunta ,
.
por el contran o, se pue de interpretar de dos maneras dife­
rentes: o bien se ha bla de l texto como elemento d e la clase
o bien como objeto hist óri co en un moment o. La con fu�
sión resulta del hecho de que , en gene ral, estos dos aspec­
tos se contraponen radicalmente. Ahora bien, el texto, en
cuanto que sur ge en un mo mento t, no pertenece eviden­
temente al géne�o tal y c omo está constituid o retrospecti­
vamente, es decir, como abstracción de una cate goría de
textos que va ?e t -" a t +n (excepto el caso límite en que
el texto, estudiado en su contexto histórico , es al mismo
tiempo el último de la serie d e los textos de la clasificación
restrospectiva). P a ra cualquier texto situado temporalmente
antes de t + ", el modelo genérico e s t á constituido única­
mente por los textos anteriores, lo que si gnifica que el mo­
delo gené rico textual no es nunca (salvo en el caso límite
so bre el que acabo de hablar) idénti co al mod elo uenérico
.
ret rospe ctivo.
,':)

Tomemos como punto de partida un géner o G forma­


do por la clase textual ( a, b, c, d, e , f, g J. Este género
se de d ce sobre la base de una clasific ación retrospectiva,
_u
es de o r , que no h a sid o fij ado nada más que cuand o el úl­
timo tex to de la serie ha entrado en el circuito de la comu­
nicación social: sólo a partir de ese m oment o pod emos
decir que el conjunto [ a, b, c, d, e, f, g� forma la clase
defmida ·por G. Si ahora nos preguntamos cuál es, por ejem­
plo, la relación de c con el género al que «pertene c e», no
, _
es ho to , en abso lu to, tomar como re fer encia el géner o G
(t odavía no pertinente en el momento t '), sino el subgru­
po G 1, .º sea, el modelo genérico en el momento t r, (no es
nec esano que este mo de lo abar que todos los textos ant e ­
riores a t \ es deci r, que pue de haber ahí no-c ongruencia
entr e las re laciones esta blecidas por la c lasificación retr os­
pectiva y la eficacia gené rica textual en un mo ment o t " si­
tuado en el interio r del horizonte te mporal abarcado por
l� clasificación ret rospectiva). Desde luego, si empre es po­
sible preguntarse acerca de la s relaciones ent re c y G, pe­
ro se trata de una pre gunta trivial que comporta una res­
puesta trivial: como elemento de la clase definida p or G,
c pertene ce a G. La respuesta no tiene gran interés por-
174 JEAN-MAR!E SCHAEFFER

que no se apoya en la ge�eric idad textual in actu, sino en


l a c las ific ac ión ret rospectiva.
. .
La p roblemátic a genérica p ue de, por consi guiente , ser
_
abordada baj o dos ángu los diferentes, sm duda complemen­
en � a�to que
t arios, pero, sin embar go, distintos:. el género
categoría de clasificación re t r osp ecti va Y. l a g en
:r�odad en
t anto que fu nción textu al. El esta u p l o gico d� es­
_ �,
t to e ist em
La c101: del gene­
ta s dos categorías no es idéntico . co _n :sti u

ro depende estrechamente de la ; � es r te gia dis c � r si va del


�e­
tatexto (por consiguiente, del teo n co de l a h ter a tur a). es
,
é l quien elige , al men o s en pa rte , l s fr ont e r as del g enero
_ _:1 �
él quien elige el n ivel de abstracc10n de los ras gos_ que � e
leccionará como pertinentes , y él, fin almente,. quien ehge
e osivo, puesto
el modelo explicat ivo (y este último punto e� �
que atañe al estatuto c�ncedido a l a genen� ad : el mode� id
deroso q�
lo estructur alista, por tJ emplo, es mucho mas p�
,
a t :nden o�
un modelo hi storic ista: el género , en el, tendr
a constituirse au én ic l p � oa). E a
cl aro que, en cuanto a l a cla se .de text o s s � l: cc
10na��' -� º �
encontr amos con simp les parecidos de famil� a, Famzl�enahn
lichkeiten, por decirlo con l as palabra� de W ittgenstem. L�
re esta base ,
estr ate gia discursiva del teórico se eJ erce s ��
es decir, actualmente al menos, la elabor ac10n _
de UI.l mo­
de lo de comp etencia que permit a generar los
mvanantes
textuales .
E l em p leo m ismo del término de mo�elo d e competen­
ria indica la tendenc ia, bastante extendida, de p royect ar
;l texto ideal construido sobre la empi ricidad textual, Y de
postular que los text o s han sido generados �esde este mo

delo de comp etencia. P ero me parece que haoendo es�o cae
mos en un error lógico ( de l ógica temporal). � s esta la
.
razón por la que p r op ongo d iferenciar la genen idad del

aénero y cons iderar es te último como mera categona de cla­
;ific ac ión . Lo cual no s ign ific a que el género se a una cate­
_
goría ar bitraria: se fu ndament� t�1:13-bién en la textualidad
puesto qu e se manifiesta p o r simintudes textuales . P ero, ;
,
d iferenc ia de la gen ericidad, no se tr ata de una categona
de la productividad t extual : el género pertene� e al �am po
de las c at egorías de la lectura, estructur a un cie rto tipo d e
_
lectur a, m ie ntras que la gener icida� es un fac tor producti­
vo de la constitución de la textualidad .
DEL TEXTO AL GÉNERO 175
¿ Qué ocurre con el aspecto normativo de l as categorías
genér icas ? En la medida en que l a genericid ad cl a sificato­
ria (es decir, el género) es una categoría de l a lectu ra, con­
ti ene , cla ro est á, un componente prescript ivo ; es, p or lo
tanto, u na norma, pero u n a norma de lectu ra. E n lo qu e
atañe a la generic idad, hay que pensar, ante todo, en los
casos en que una obr a literaria proviene directamente de
l a aplic ación de u na teoría gen érica, o sea,de un metatex­
to leído no en tanto que conj unto d e proposi ciones descrip­
t ivas, s ino en tanto que algoritmo text ual: pi enso ah ora e n
las relaciones que mant ienen Lucinde de F r . Schlegel y Henri

d,Ofterdinger de No valis con l as teorías de l a novela desa­


rrollada s por sus autores. Sin embargo, en l a mayor parte
de los casos, la g enericid ad no resulta de l a apl icac ión d e
un algoritmo metatextual , sino de un remi endo poco más
o menos tr ansforma dor del armazón de uno . o varios hip o­
textos: en este caso, podemos, evidentemente, postul ar que
esos hip otextos son normas , pe ro este p ost ul ado es supe r­
fluo . Una tercera posibilidad sería la de un texto funda­
ment ado en una norma de lectura interi orizad a ( el célebre
horizonte de expectat iva) que l a transformaría, por consi­
guiente, en algoritmo textual. P ero está cl aro que, a tra­
vés de rodeos más o menos ampli os, este ca so remite otra
vez al segundo : por una parte, la norma de lect ura se fu n­
damenta s iempre en relaci ones textuales ; por otra, l a rel a­
ción hipertextual específica de la genericidad, en l a medi­
da en que im p l ica generalmente vari os hip otextos , presu­
pone la constitución de una norma de lectu r a aplic ada a
estos hip otextos , o sea, sin dud a, l a const it ución de un gé­
nero ( clasificatorio ), norma transformada en algoritmo tex­
tual. As í cad a texto tiene su propio géner o . También se
podría decir , a la inversa, que el género en tanto que me­
tatexto (las clasificaciones y teorías genéricas), posee su pro­
pia genericidad, o sea, un al goritmo esp ecífico que progra­
ma la re - escri tura de los textos - o bj etos en el metatexto : la
genericidad de la Estética de Hegel, por ej emplo, no es idén­
tica a la del Art poétique de B oilea u. Evidentemente, vol vemos
a encontrar aqu í el problema de las estrategia s di scursivas .
¿E s necesa rio añadir que si hay genericidades met atexua­
les existen t am bién géner os metatexuales : po r ej emplo, el
género « teoría g enér ica del ide al ismo alemán », fu n damen-
176 JEAN-MARIE SC.HAEFFER

tado en la categoría de los textos estéticos de ·Solger, Schel-


ling, Hegel, Rosenkranz, etc.? Pero tanto si f?rmulamos
como si no tales normas genéricas, eso no conCierne al es­
tudio de 1a genericidad textual, puesto que, de todas ma­
neras éste está «condenado» a constituirse sobre la base de
la fij�ción de relaciones textuales (la misma cosa �s váli� a
para el género en tanto que clasific·ació retrospe; t1v�). Sm
i_i
duda he utilizado aquí un poco a la ligera el termmo de
relaciones hipertextuales propuesto por Genette. Ahora bien,
este término parece indicar .una relación explícita de un texto
con otro texto dos condiciones demasiado forzadas para
dar cuenta de Ía genericidad. En primer lugar, la relación
genérica está a menudo (si no en l� mayoría de l?s casos)
o implícita, o predeterminada por simples anotac10nes pa­
ratextuales del género «novela», «relato de aventuras», etc.
De ahí, sin duda, la introducción de un término específico
en Genette, la architextualz"dad, que estaría tentado de leer
como referido a ese modelo de lectura transformado en al­
goritmo textual que postulamos general ente como base
_ _m
de la genericidad en tanto que product1v1d�d textual. Per?
se trata precisamente de un postulado, y s1 hay un arch1-
texto no podría ser nada más que esa especie de «texto
ideal» modelo de lectura, que postulamos como interme­
diario' entre el conjunto de los hipotextos implícitos y el hi­
pertexto en cuestión.

5. Está muy claro dónde se sitúa el problema central


de una teoría textual de la generícidad: mientras que en
el caso de la hipertextualidad, en el sentido de Genette, se
puede descubrir una estrategia discursiva que une un hi­
pertexto a su hipotexto, no sucede lo mismo en la mayor
parte de las relaciones genéricas entre textos. De ahí, evi­
dentemente, la tentación de recurrir al postulado de un mo­
delo de competencia. Siempre hay pacto hipertextual, pe­
ro muy a menudo no hay pacto genérico explícito, y si hay
uno, normalmente no es de índole textual, sino que se li­
mita la mayoría de las veces a indicaciones paratextuales.
De hecho, el problema está, sin duda, mal planteado:
los textos que funcionan como modelo genérico están pre­
sentes de algún modo en el texto en relación al cual de­
sempeñan esta función, no, claro está, como cita (intertex-
DEL TEXTO AL GÉNERO 177
tualidad por lo tanto), sino como armazón forma1, narra­
tivo, temático, ideológico, etc. Dicho de otra manera: la
relación architextual. que postulamos está basada siempre ·
en una relación de hipertextualidad (más o menos múlti­
ple) de hecho. El problema real no se plantea, pues, en el
nivel de los hechos textuales, sino en el de su motivación,
o en el de su causalidad. Ahora bien, en este nivel, el ca­
rácter eminentemente institucional de la literatura, y por
consigu iente la circulación textual que está en la base mis­
ma de la genericidad, debe tenerse en cuenta. Puede re­
sultar difícil, en tal o cual caso particular, reconstruir el
recorrido de esa circulación hipotextual (y su mediación oca­
sional a través de las normas de lectura o de los algorit­
mos metatextuales) que conduce a la genericidad propia del
hipertexto en cuestión, pero el postulado general de seme­
jante circulación es la condición szºne qua no'n de todo estu­
dio de la genericidad (y, sin duda, de todo estudio literario).
Por otra parte, me parece que podemos encontrar una
confirmación paradójica de esta dimensión de la literatura
en el hecho de que en lo que atañe a amplías muestras de
la literatura llamada seria de la época contemporánea,. es
muy difícil fijar clasificaciones genéricas, incluso aunque
se presten bien al estudio de la genericidad. La tesis ro­
mántica de la generícidad de la literatura moderna puede
recibir con ello una confirmación al tiempo que una expli­
cación trivial: el desarrollo de la circulación literaria ( de­
bido tanto a causas tecnológicas como sociales) en el curso
de los últimos siglos, tiene como consecuenéia una multi­
plicación extrema de los modelos genéricos potenciales, de
manera que la actividad genérica (ligada a la reflexividad,
más pronunciada cada día, de la llamada literatura seria)
muy estimulada por lo textos modernos, conduce a tal mul­
tiplicación genérica que las clasificaciones son muy difíci­
les de establecer.
Este hecho es solo paradójico aparentemente: pues de­
masiado a menudo tenemos tendencia a identificar la ge­
nericidad con uno de sus regímenes, el de la reduplicación,
mientras que el régimen de la tranformación genérica ( del
desvío genérico, por consiguiente) es muy importante tam­
bién para comprender el funcionamiento de la genericidad
textual. El carácter hegemónico de uno u otro régimen varía
178 JEAN-MARIE SC!:lAEFFER

evidentemente, ya sea con el estatuto institucional (l�tera­


turá culta literatura de consumo corriente) o con la epoca
histórica (�na época clásica tiende, en general, a li�it�r los
modelos genéricos, mientras que; desde el romanticismo,
la tendencia es más bien a la multiplicación). Pero es pre­
ciso insistir en que los dos regímenes, aparentemente con­
tradictorios, son las dos caras de una misma función textual.
Todas las similitudes textuales no son; por supuesto,
pertinentes desde el punto de vista genérico; si no, la g�­
_
nericidad se identificaría con la totalidad de los estud10s li­
terarios, si definimos éstos como el estudio de los caracte­
res generales de los textos literarios. Cuando establecem�s
una clasificación genénca o cuando se estudia la producti­
vidad genérica de un texto dado, se plantea entonces el pro­
blema de los rasgos de similitud que se tendrán que selec­
cionar como pertinentes para la especifidad genérica.
Pienso que uno de los criterios esenciales que ha� que
considerar es el de la copresencia de similitudes en mveles
textuales diferentes; por ejemplo, en el nivel modal, formal
y temático a la vez. Por el contrario, no me pare�e necesa­
rio exigir del conjuto de esos rasgos que puedan mtegrarse
para formar una espee1e de texto ideal dete�mi �-do en s:1
1: ,
unidad: éste es sin duda el caso de la reduphcac10n genen­
ca ( así, cuando se leen muchas novelas polici�cas, s� llega
a tener la impresión de que siempre se trata de la misma),
pero en el momento de la transformación genérica, los ras­
gos seleccionados (por la transformación) están a 11:-;nudo
menos integrados. Así, la actividad de transformac10n ge­
nérica ejercida por Don Qy.yotJJ en relación con las novelas de
_
caballería, no estriba en el modelo completo, sino más bien
en rasgos aislados elegidos en diferentes niveles: es� e� la
razón por la que la novela de Cervantes no es una imita­
ción, ni el negativo de una novela de caballería, sino «�tra
cosa distinta» que se constituye entre otras (¡y sin reducirse
a ser una de ellas!) a través de una transformación genérica.
El régimen de la transformación genéric� �s, no cabe _
duda, el mejor terreno de estudio para la genenodad, �1en­
tras que el régimen de la reduplicación no es apenas mte­
resante. En lo que atañe al género como clasificación, sólo
permite aprender bien conjuntos de textos unid�� por l�­
zos de reduplicación. En cuanto hay transformac10n gene-
DEL TEXTO AL GÉNERO 179
rica, la clasificación ve en ella, o el comienzo de un nuevo
género o un texto a-genérico. De ahí la tesis de que los gran­
des textos no seríán nunca genéricos. El estudio de la ge­
nericidad textual, por el contrario, permite mostrar que los
grandes textos se califican no por una ausencia de rasgos
genéricos, sino, al contrario, por su extrema multiplicidad:
basta con pensar al respecto en Rabelais o. incluso en Joy­
ee. El que estos rasgos sean más de transformación que de
reduplicación no cambia nada para la naturaleza genérica
de la función textual en la práctica. Existe genericidad en
cuanto la confrontación de un texto con su contexto litera­
rio (en sentido amplio) hace surgir como una filigrana es­
ta especie de trama que está unida a una clase textual y
con relación a la cual se escribe el texto en cuestión: ya sea
porque desaparezca a su vez dentro de la trama, ya sea por­
que la disloque o la desarme, pero siempre integrándose
en ella, o integrándosela.
Un último (?) punto: creo que hay que distinguir en­
tre la genericidad, y por tanto también entre los géneros
en sentido estricto, y aquello que, a falta de un término
mejor, podríamos llamar el inventario de las relaciones tex-.
tuales posibles. La relación genérica es una de esas rela­
ciones, junto a las cuales podríamos citar la relación paró­
dica, la relación de imitación, la traducción, la refutación,
etc. Insisto en ello porque, a menudo, por ejemplo, se con­
sidera la parodia como un género, mientras que para mí
está al mismo nivel de abstracción que las categorías de la
genericidad, de manera que no puede formar parte de ella.
La parodia es una relación textual posible (lo es desde siem-
pre y en todas partes), mientras que un género es siempre
una confi guración histórica concreta y única. Ló cual deja
totalmente en suspenso la pregunta sobre las similitudes en­
tre la relación genérica y la relación paródica o la relación
de imitación.
Sé muy bien que toda teoría es oscura y para poder
juzgar realmente el posible valor de las sugerencias que pre­
ceden sería preciso ponerlas en práctica en estudios con­
cretos. Pero pienso que de vez en cuando tal vez es nece­
sario intentar ver un poco más claro lo que corresponde
al itinerario que nos proponemos seguir y a los resultados
que podemos esperar de él.
III
LINGÜÍSTICA Y SEMIÓTICA
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS
GÉRARD GENETTE
E. H.E.S. S. París.

Conocemos esa página del Retrato del artista en la que


Stephen expone ante el amigo Lynch «su» teoría de las tres
formas estéticas fundamentales: «la forma lírica, en la que
el artista presenta su imagen en relación inmediata con él
mismo; la forma épica, en la que presenta su imagen en
conexión entre él mismo y los otros; la forma dramática,
en la que presenta su imagen en relación inmediata con
los demás» 1• Esta tripartición en sí misma no es de las
más originales, y Joyce lo sabe muy bien, el cual añadía
irónicamente en la primera traducción de este episodio, que
Stephen se expresaba «con el semblante ingenuo de quien
descubre algo nuevo, aunque su estética era esencialmen­
te de un. Santo Tomás adaptado 2,,, No sé si a Santo To­
más se le ocurrió proponer tal división -ni siquiera si es
exactamente lo que ] ayee sugiere evocándolo aquí-, pe­
ro observo aquí y allá que se atribuye sin problema, desde
hace algún tiempo, a Aristóteles, incluso a Platón. Irene
Behrens en su estudio sobre la historia de la división de los
géneros 3 recogía un ejemplo de la pluma de Ernest Bovet:
«Aristóteles, al haber distinguido los géneros lírico, épico
y dramático ... » 4, a la vez que rechazaba tajantemente es­
ta atribución que señalaba ya muy propagada. Pero, éo­
mo veremos enseguida, este enfoque no ha impedido caer

Título original «Genres, 'types', modes», publicado en Poétique 32,


1977, págs . 339-421. Una versión ampliada salió como libro con el tí­
tulo de Introduction a l'archúexte (París, Seuil, 1979, 90 págs.), reprodu­
cida más tarde en A.A. V.V., Théorie des genres, París, Seuil, 1986,
págs. 89-159. Traducción de María del Rosario Rojo. Texto de la ver­
sión reducida traducido y reproducido con a.utoriza.ción del editor.
1 Dedalus, 1913; trad. fr., Gallima.rd, pág. 213.
2 Stephen le héros, 1904; trad. fr., Gallima.rd, pág. 76.
3 Die Lehre van des Einteinlung der Dichtekunst, Ha.lle, 1940.
+ Lyrisme, Epopée, Drame, París, Colin, 1911, pág. 12.
184 GÉRARD GENETTE

en el mismo error; en_tre otras razones, seguramente, por­


que el error, o más bien la ilusión retrospectiva de la qÚe
hablamos, tiene raíces profundas en nuestra ccinsciehcia-o
inconsciencia literaria. Por otra parte, ni el mismo enfo­
que de Irene Behrens está libre de las ataduras de la tradi­
ción que denuncia, ya que ella se pregunta muy seriamente
por qué la tripartición tradicional no aparece en Aristóte­
les, y encuentra una posible causa en el hecho de que el
lirismo griego estaba demasiado unido a la música como
para depender de la poética. Pero con la tragedia ocurría
otro tanto, y la ausencia de lo lírico en la Poética de Aris­
tóteles se debe a una razón mucho más importante, de tal
modo que una vez comprendida ésta, la propia pregu nta
pierde todo interés.
Pero aparentemente no pierde la razón de ser: renun­
ciamos difícilmente a proyectar sobre el texto base de la
poética clásica una articulación fundamental de la poética
«moderna» (de hecho, como a menudo se ve y como noso­
tros lo veremos, más bien romántica); y tal vez no sin con­
secuencias teóricas fastidiosas porque la teoría relativamente
reciente de los «tres géneros fundamentales», al usurpar esta
lejana filiación, no solamente se atribuye una antigüedad
y, de ahí, una apariencia de eternidad y, en consecuencia,
de certeza. Es más: esta teoría en interés de sus tres pro­
cedimientos genéricos interpreta mal un fundamento na­
tural que Aristóteles, y antes que él Platón, habían esta­
blecido con más legitimidad para otras cosas. Quisiera
intentar desenredar un poco este nudo de confusiones inad­
vertidas durante siglos en el corazón de la poética occiden­
tal, de quid pro quos y de sustituciones. Primeramente, no
por el pedante placer de censurar algunos espíritus excel­
sos, sino por ilustrar con su ejemplo la difusión de esta lec­
tio facilior, presento tres o cuatro muestras más recientes.
Según Austin Warren: «Nuestros clásicos de la teoría de
los géneros son Aristóteles y Horacio. A ellos debemos la
idea de que la tragedia y la epopeya son las dos categorías
características y, por otra parte, las más importantes. Pe­
ro Aristóteles, por lo menos, percibe otras distinciones más
importantes entre la obra de teatro, la epopeya, el poema
lírico... Platón y Aristóteles ya distinguían los tres géneros
fundamentales según su «modo de imitación» (o «represen-
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 185
tación»): la poesía lírica es la persona misma del poeta; en
la poesía épica (o la novela) el poeta habla en nombre pro­
pio, como narrador, pero hace i gualmente hablar a sus per­
sonajes en estilo directo (relato mixto); en el teatro, el poeta
desaparecía tras el reparto de su obra... La Poética de Aris­
tóteles hace principalmente de la epopeya, del teatro y de
la poesía lírica («mélica») las variaciones fundamentales de
la poesía...» 5• N orthrop Frye, más inconcreto o más pru­
dente afirma: «Disponemos de tres términos para distin­
gu ir los géneros, legados por los autores griegos: el drama,
la epopeya y la obra lírica» 6; Philippe Lejeune, más cir­
cunspecto aún, supone que el punto de partida de esta teoría
es «la división tripartita de los antiguos entre lo épico, lo dra­
mático y lo lírico» 7; no así Robert Scholes, quien precisa
que el sistema de Frye «empieza por la aceptación de la di­
visión fundamental debida a Aristóteles, entre las formas
lírica, épica y dramática» ª; y menos cauta aún Hélene Ci­
xous, quien comentando el Discurso de Dedalus, localiza
de este modo su fuente: «tripartición bastante clásica, to­
mada de la Poética de Aristóteles (1447 a, b, de 1456 a 1462,
a y b)» 9 ; en cuanto a Tzvetan Todorov, hace retrotraer la
tríada hasta Platón y su sistematización definitiva por Dio­
medes: «De Platón a Emil Staiger, pasando por Goethe y
Jakobson, hemos querido ver en estas tres categorías las
formas fundamentales o incluso «naturales» de la literatu­
ra. En el siglo IV, Diomedes, sistematizando a Platón, pro­
pone las definiciones siguientes: lírica = las obras en las que
sólo habla el autor; dramática = las obras en las que sólo
hablan los personajes; épica = las obras en las que autor
y personajes tienen derecho a la palabra por igu al» 10

5 Capítulo «Les genres littéraires», en R. WELLt-;K y A. WARREN,


La Théorie litíéraire, 1948; trad. fr., Seuil, pág. 320 y 327.
6
Anatomie de la critique, 1957; trad. fr., Gallimard, pág. 299.
7 Le Pacte autobiographique, Seuil, 1975, pág. 330.
8 Structuralism in Literature, Yale, 1974, pág. 124.

En todas estas notas, soy yo quien subraya las atribuciones.


9
L 'Exil de James Joyce, Grasset, 1968, pág. 707.
10 O: DUCROT y T. TODOROV, Dictionnaire encyclopédique des scien­

ces du langage, Seuil, 1972, pág. 198. Sin formular con precisión la atri­
bución que nos ocupa, Niikhail Bakhtine avanzaba en 1938 que la teo­
ría de los géneros, «no ha podido añadir hasta el momento casi nada
186 GÉRARD GENETTE

Esta atribución, hoy día tan difundida, no es por com-.


pleto una invención d�l siglo XX. La encontramos ya en
el siglo XVIII en el P. Batteux, exactamente en un capítu­
lo adicional a su ensayo Las bellas-artes reducidas a un mismo
principio. El título de este capítulo es algo inesperado: «Que
esta doctrina concuerda con la de Aristóteles» 11• A decir
verdad, se trata de la doctrina general de Batteux sobre «la
imitación de la bella naturaleza» como «principio» único de
las bellas-artes, incluida la poesía. Pero este capítulo está
principalmente dedicado a demostrar que Aristóteles dis­
tinguía en el arte poético tres géneros o, como dice Bat­
teux mediante un término tomado de Horacio, tres colores
fundamentales. <<Estos tres colores son los del ditirambo o
de la poesía lírica, el de la epopeya o de la poesía de rela­
t9, y finalmente el del drama, o de la tragedia y comedia».
El mismo cita el pasaje de la Poética en el que se basa, cita
que merece ser retomada de la misma traducción de Bat­
teux: «Los términos compuestos por varias palabras corres­
ponden especialmente a los ditirambos, los términos insó­
litos a las epopeyas, y los tropos a los dramas». Este es el
final del capítulo XXII, consagrado a las cuestiones de la
lexis, nosotros diríamos del estilo. Se trata aquí, como po­
demos ver, de la relación de conveniencia entre géneros y
procedimientos estilísticos -aunque Batteux estire un po­
co en este sentido los términos de Aristóteles al traducir por
«epopeya» ta Mroika (versos heroicos) y por «drama» ta iam-

esencial con respecto a lo que había sido hecho por Aristóteles. Su poé­
tica sigue siendo el fundamento· inquebrantable de la teoría de los gé­
neros, aunque este fundamento esté, a veces, tan profundamente ocul­
to que no se le distingue" («Epopeya y novela", Recherches internationales,
n. 0 76, 1973). Evidentemente Bakhtine no cae en la cuenta del silencio
manifiesi:o de la Poética acerca de los géneros líricos, y esta inadverten.­
cia muestra paradójicamente el olvido del fundamento que cree denun­
ciar; pues Jo esencial a este respecto es, como veremos, el espejismo
retrospectivo por el que las poéticas modernas (prerrománticas, román­
ticas y post-románticas) proyectan ciegamente sobre Aristóteles o Pla­
cón, sus respectivas aportaciones, y ocultan de esta manera sus propias
diferencias-, su propia modernidad.
11 Este capítulo aparece en 1764 en la continuación de las Beaux-Arts
réduíts ( 1. ª ed. 17 46) en el 1. er volumen de Príncipes de Líttérature; no es
más que el final de un capítulo añadido «La poesía de los versos». Este
final aparece suelto en un capítulo autónomo en la edición póstuma de
1824, con el título tomado del mismo texto del añadido de 1764.
GF,NEROS, «TIPOS», MODOS 187
beia (versos yámbicos y en particular los trimetros yámbi­
cos del diálogo trágico o cómico). Desatendamos esta leve
apreciación: Aristóteles. distingue aquí tres rasgos de estilo
entre tres géneros o formas: el ditirambo, la epopeya y el
diálogo de teatro. Nos queda por apreciar la equivalencia
establecida por Batteux entre ditirambo y poesía lírica. El
ditirambo es una forma mal conocida hoy día y no queda
casi ningún ejemplo, pero se le describe generalmente co­
mo un «canto coral en honor de Dionisos» y, por lo tanto,
se le sitúa sin dificultad entre las «formas líricas» 12, aun­
que no lleguemos a decir como Batteux que «no hay nada
que responda mejor a nuestra poesía lírica», lo cual quita­
ría importancia, por ejemplo, a las odas de Píndaro, o de
Safo. Pero sucede que Aristóteles no añade nada nuevo de
esta forma lírica en la Poética 13 si no es para designarla co­
mo un antepasado de la tragedia. . En los Problemas
homéricos 14, precisa que se trata de una forma narrativa en
su origen pero que después llegó a ser «mimética", o sea,
dramática. En cuanto a Platón, cita el ditirambo como el
tipo por excelencia del poema ... puramente narrativo 15•
Así pues, no hay nada en todo esto -más bien, al
contrario- que autorice a presentar el ditirambo como
ejemplo de «género» lírico en Aristóteles (o Platón); ahora
bien, este pasaje es el único de toda la Poética que ha podi­
do evocar Batteux para garantizar la posición de Aristóte­
les en la ilustre tríada. La distorsión es flagrante, y el punto
en el que se ejerce, significativo. Para apreciar mejor esta

12 J. DE ROMILLY, La Tragédie grecque, PUF, 1970, pág. 12.

i:, 1449a.
1+ XIX, 918b-919.
15 República, 394c. «Parece ser que a principios del siglo V, el can­
to lírico en honor de Dionisos ha podido tratar temas divinos o heroicos
más o menos asociados al dios; así, según unos fragmentos conserva­
dos de Píndaro, el ditirambo aparece como un fragmento de narración
heroica cantado por un coro, sin diálogo, y abriéndose con una invoca­
ción a Dionisos, a veces incluso a otras divinidades. Platón debe hacer
alusión a este tipo de composición más bien que al ditirambo del siglo
IV, modificado profundamente por la mezcolanza de los modos musi­
cales y la introducción de los solos líricos» (R. DUPONT-Róc, «Mi­
mesis y enunciación en Ecríture et Théoríe poétíques, Presses de l'Ecóle
norma.le supéríeure, 1976). Cf. A. W. Pickard Cambridge, Dithyramb,
Tragedy and Comedy, Oxford, 1927.
188 GÉRARD GENETTE

significación es necesario volver una vez más a las fuen�


tes, es decir, al sistema de los géneros propuesto por Pla­
tón y explotado por Aristóteles. Digo «sistema de los gé­
neros» haciendo una concesión provisional a la vulgata, pero
muy pronto veremos que el término es impropio y que se
trata de otra cosa diferente.
En el IIIer libro de la República, Platón justifica su co­
nocida decisión de expulsar a los poetas de la Ciudad, me­
diante aos clases de consideraciones. La primera trata so­
bre el contenido (logos) de las obras, que .debe ser (y muy
a menudo no lo es) esencialmente moralizante: el poeta no
debe representar los defectos, sobre todo en los dioses y hé­
roes, y menos aún fomentarlos al representar la virtud en
desgracia o el vicio triunfante. La segu nda trata sobre la
«forma» (lexis)16, es decir, el modo de representación. To­
do poema es relato (diégesis) de sucesos pasados, presentes
o por venir; este relato, en el amplio sentido de la pala­
bra, puede tomar tres formas: puramente narrativa (haplé
diégesis), mimética (dia miméseos), o sea, como en el teatro,
por medio de diálogos entre los personajes, o «mixta», es
decir, alternada, ya sea relato o diálogo, como en Home­
ro. No insisto en los pormenores ni eil la desvalorización
tan conocida de los modos mimético y mixto, que es uno
de los motivos de condena los poetas. Naturalmen�e, el otro
motivo era la inmoralidad de sus temas. Recordemos tan
sólo que las tres formas de lexis distingu idas por Platón co­
rresponden, en el plano de lo que llamaremos más tarde
«géneros» poéticos, a la tragedia y a la comedia para el mi­
mético puro, a la epopeya para el mixto, y «sobre todo»
(malistapou) al ditirambo (sin ningún otro ejemplo) para el
narrativo puro. A esto se reduce todo el «sistema»: eviden­
temente, Platón sólo considera aquí las formas de la poe­
sía «narrativa» en el más amplio sentido de la palabra. La
tradición posterior después de Aristóteles, al invertir los tér-

16 Los términos logos y lexis, claro está, no tienen a priori este va­
lor antitético: fuera de contexto, las más fieles traducciones serían «dis­
cursos» y «dicción». El p ropio Platón (392c) crea la oposición, y la ex­
plica como ha lekteon («lo que hay que decir») y has lekteon («cómo hay
que decirlo")· Por consigu iente, la retórica restringirá el término lexis
al significado de «estilo».
GÉNEROS, «TIPOS", MODOS 189
minos, preferirá decir «mimétic�> o represmtativa: aquella que
«cuenta» sucesos, reales o ficticios. Platón excluye delibe­
radamente toda poesía no representativa, sobre todo lo que
llamamos �oesía lírica, y con mayor motivo, cualquier otra
forma . �e literatura (incluida además toda posible «repre­
sentac10n» .en prosa, como nuestra novela o nuestro teatro
moderno). Exclusión, no solamente de hecho sino también
de post;1lados, puesto que, no hay que olvid�rlo, la repre­
_
sentac10n de sucesos es aquí la definición misma de la poe­
sía: no �ay más poema que el representativo. Por supues­
to, Platon no desconocía la poesía lírica,· pero la excluye
aquí al dar una definición deliberadamente restrictiva. Res­
tricción quizás ad hoc, puesto que facilita la marginación
de los poetas (¿excepto los líricos?), pero restricción que se
convertirá, durante siglos y vía Aristóteles, en el artículo
fundamental de la poética clásica. ·
En efecto, la primera página de la Poética define clara­
mente la poesía como el arte de la imitación en verso (más
exactamente: por el ritmo, el len gu aje y la melodía), ex­
cluyendo explícitamente la imitación en prosa (mimos de
Sofrón, diálogos socráticos) y el verso no imitativo, no men­
cionando ni siquiera la prosa no imitativa, tal como la elo­
cuencia, a la que se consagra, por su parte, la Retóri.ca. El
ejemplo elegido para el verso no imitativo es la obra de Em­
pédocles, y en general aquellas que «exponen mediante me­
tros... (por ejemplo) un tema de medicina o de física»·
dicho de otro modo, la poesía: didáctica, que Aristóteles re�
chaza a pesar de lo que designa como una opinión común
(«se tiene costumbre de llamarlos poetas»). Para él, como
sabemos, a pesar de que Empédocles utiliza el mismo me­
tro que Homero, «deberíamos llamarle naturalista en lu­
gar de poeta». En cuanto a los poemas que calificaríamos
de líricos (los de Safo o de Píndaro, por ejemplo), Aristó­
teles �? los �encion� ni aquí, ni en _n_in guna otra parte de
la Poetzca: estan manifiestamente omitidos como lo estuvie­
ron para Platón. Las subdivisiones posteriores sólo se ejer­
cerán, pues, en el dominio ri gu rosamente reducido de la
poesía representativa. Su principio es una encrucijada de
categorías directamente unidas al mismo hecho de la repre­
sen!ac�ón: el objeto imitado (pregunta ¿qué?) y la manera
de 1m1tar (pre gunta ¿cómo?). El objeto imitado -nueva
GÉRARD GENETTE
190

res tricción- consiste exdu sivam_ente en acciones humanas,


0, rriás exactamente, en seres humanos qu e �
ctúan_ Y que
pueden ser representados c�mo superiores (beltwnas), 1?'1 al:s
(1<-at'hemas) 0 inferiores (khezronas) 17a «nosotros», es decir, sm
duda, al común de los mortales • La seg unda da se ape­
.
nas si encontrará ocasión de realización dentro del sistema
y el criterio de contenido se reducirá, P?r lo _tanto, a la opo­
sición héroes superiores contra héroes mfenores. En cuan­
to a la forma de imitar, consiste bien en «relatar» ( es la �a­
plé diégesis platónica), bien en «presentar a los perso naJ eS
en acción», o sea, en llevarlos a la escena actuando Y ha­
blando : es la mimesis platónica; dicho de otra mane�a, la
e mter-
representación dramática. Aquí, además, 1:1n� clas _
media desapare c e , al m en os en cuan to prmc1 P lü taxonó-
mico: aquella del mixto platónico.
A excepción de esta desaparición, lo que Aristótel es lla­
ma «manera de imitar» eq uivale estrictamente a lo que Pla­
tón nombraba lexis: no estamos aún en un sistema de gé­
neros · el término más exacto para designar esta categoría
es ci;rtam ente el de modo ( empleado p or la traducción
Hardy): no se trata, a decir verdad, de «forma» en el sen·
tido tradicional, � i gu �� que e1: la oposición �;tre verso
.
y prosa, o entre los d1stmtos tipos de versos · ; se trata

11 L a traducción, y por lo tanto la interpretación de estos términos,


comprome ten l a interpretación de e�ta vertiente de l a Po�ica. El s1gmfi ­
cado normal de éstas es de orden puramente morol, as1 c?mo el_ con­
texto desde su primera aparición en este capítul o, q'.1� d1fe renc1� l?s
_
caracteres me diante el vicio y l a virtud (kakia) y (arete); la trad1c10n
cl ásica posterior tiende más bien a una interpretación de tipo social, )a
7�
trage dia (y la epopeya) represe ntan personajes de cla alta, la ;omed�a
de clase vulgar, y es bien cierto que l a teoría anstotehca del hero� t_r,a­
gico , que volveremos a encontrar, se conólia mal con una defimc10n
meramente moral de su magnitud. «Supenon,/«mfenor» es un. ar; eglo
prudente, demasiado prudente quizá, pero dudamos de que Ansto te:es
co loque un Edipo o una Medea entre los hé oes «me1ores» q;1e el ter­
i; .
mino me dio. En lo que respecta a la traduccwn, Hardy se s1�ua d� gol­
pe en la incoherencia al intentar las dos traducciones con qumce !meas
de diferencia (Les Belles Lettres, pág. 31). .
1s Aristóteles distingue de hecho, en el pnmer capit ,
ulo, tres tipo s
de diferenciación entr/Jas artes de imitación: por el objet� imitado ,r
la manera de imitarlo (son los que ponemos en causa aqm), tam�1en
por los «medios» (trad. Hardy, literalmente, es l a pregunta «¿en que?» ,
en el sentido de expresarse «por g estos» o «por palabras», « en gnego»
c;ÉNEROS, «TIPOS", MODOS 191
de situación de enunciación. Por utilizar las mismas palabras
de Platón, en el modo narrativo el poe ta habla en su pro­
pio nombre; en el modo dramático, son los personaj es mis­
mos los que hablan o, má s exactamente, el poeta oculto en
los personaj es . Volveremos a e ncontrar este p unto deci­
sivo.
La s dos categorías de obj eto, entrecruzadas con las dos
categorías de modo, van a determinar una cuadrícula de
cuatro cla ses de imitación, que corresponden preci samen­
te a lo que llamamo s géneros . El poeta p uede r elatar o po­
ner en esc ena las acciones de los personaj es sup eriores, re­
latar o poner en escena la s acciones de los perso naj es
inferiores 19• Al modo dramático superior corresponde la
tragedia; al narrativo superior, la epop eya; al dramático
inferior corresponde la comedia, al narrativo inferior un
género peor determinado que Ari stóteles no nombra, y que
ilustra, bien mediante «parodia s» de Hegenón y de N oco­
charés, hoy día desaparecidos, bien mediante la obra Mar-

o «en francés», ((en prosa» o «en verso», «en hexámetros)> o <cen trime­
tros», etc.); este úl timo nivel es el que mejor respo nde a lo que nuestra
tradición llama la forma. Pero no enco ntrará concreción alguna en la
Poética.
19 Está claro que Aristóteles no hace ninguna diferencia entre el ni­
vel de dignidad (o de mo ralidad) de los personaj es y el de las accio nes,
considerándolos sin duda como indisociabl emente ligados y tratando en
realidad a los personaj es sólo como sopo rtes de acción. Corneille pare­
ce hab er sido el primero en romper esta unión, inve ntando en 1650 pa­
ra Don Sancho de Aragón ( acción no trágica en un medio n oble) el subgé­
nero mixto de la comedia «heroica» (que ilústrarán aún Pulchérie en 1671
y Tite y Bérénice en 1672), y j ustifica esta disociación en su Discours du
Poeme dramatique (1660) con una crítica explícita de Aristóteles: «La poesía
dramática, según él, es una imitación de las acciones, y se detiene aquí
( al comienzo de la Poética), en l a condición de las perso nas, sin decir
cuáles d eb e n ser estas acciones . Sea como fu ere, esta de finición te nía
que ver con el uso de su tiempo, cuando sólo se hacía hablar en la co­
me dia a personas de una condición muy mediocre; pero ésta no supo­
ne un completo acierto para la nuestra, en donde pueden entrar los pro­
pios reyes, cuando sus acciones no están en absoluto por encima de ella.
C uando se lleva a la escena una simpl e intriga de amor entre re yes y
no corren ningún peligro, ni por su vida ni por su Estado , no creo que,
aunque las personas sean ilustres, la acción lo sea bastante como para
elevarse hasta la tragedia» (Oeuvres, ed. l'vlarty-Laveaux, t. I, págs. 23-24).
La disociación contraria (acción trágica en un ambient e vulgar) dará,
en el siglo siguiente, el drama burgués.
GÉRARD GENETTE
192
gités atribuida a Homero, de la que Aristóteles_ declara abier�
tamente que es a ias come dias lo que l a Ilíada y la Odisea
son a las tragedias • Así pue s, est a casilla e s evid ente­
20

mente la de la narración cómica, que parece haber sido ilus­


tra da en su origen por parodias de epopey as, de las cuales
l a heroico-cómica Batracomiomaquia podría darnos al guna
idea . El sistema aris totélico de los géneros puede, pues, re­
presentarse de este modo :

DRAMÁTICO NARRATIVO
�o
SUPERIOR TRAGEDIA EP OPEYA

INFERIOR COMEDIA PARODIA

Como ya sabemos , la continuación de la o bra produci­


rá sobre esta en cruc ijada una serie de abandonos o minus­
valoraciones mortíferas : no se habla r á más acerca del na­
rrativo inferior y apenas sobr e la comedia ; los dos géneros
no bles que darán solos en un enfrent amie nt o desigual, y a
que una vez establec ido e ste marco taxonómico y c on al­
gunas páginas de difer encia, la P oética, o al menos l o q':e
nos que da de ella, se r educirá principalmente a u:1a �eon a
de la tragedia . Este desenlace no nos atañe por s1 mismo .
Pero recordemos por lo menos que este triunfo de l a tra­
ge dia no es so lamente efe cto de la incompl etez o de l a mu­
tilación . Resulta de valor aciones explícitas y motivadas :
superiorida d, p o r supue sto, del mo d o dramático so br e el
narr ativo (se trata del der rocamiento bien conocido de la
opción platón ica), proclamada a propósito de Homero, uno
de cuy os m éritos es el de in tervenir lo menos posible en
su po ema como nar r ador y también el ha cerse tan «i i� a­

dor» (es decir, dramaturgo) como puede serlo un poeta ep1co
al dejar la palabra a sus personajes el may or tiempo
posible 21, elogio que demuestra de p aso que Aristóteles, a

•2n
1447a, 48b, 49a.
21 1460a; en 1448b, Aristóteles llega incluso a llamar «imitaciones
y emplea a
dramáticas,, (mimeseis dramatikas) a las epopeyas homéricas,
es sentar dramáticamente el ridí-
propósito del Margit la expres ión «repre
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 193
p esar de qu e haya suprimido la categoría ; n o ignora más
que Pl atón el carácter «mixto » de la narración homérica.
(yolveré sobre las conse cuencias de este hech o). Superio­
rida d formal po r la varied ad de metros y por l a presencia

�e la músíca y del _espectáculo ; superioridad int electual por


1a «penetrante_ claridad en la lectura y en l a representación»·
super!?ridad estética por l a densid ad y la unidad 22; per�
tambien y de maner a sorprendente, superiorid ad temática
por el objeto trágico. Más sorprendente aún, como h emos
observad o en principio, las primeras páginas atribuy en a
est os d os géner os, objetos no sólo i gual es , sino idéntic os :
a s aber, la representaci6n de héroes sup eriores . Esta i gu al­
dad. e� proclam�da po� última vez en 1449b: «la epop eya
se situ a en el mismo mvel (ekoloutesen) qu é la tragedia, ya
que es una imitación - con ayuda del metro poético - de
hombres de alta valía moral»; sigue la evocación de las di­
f�r:?cias de forma (metro uniforme de la epopeya en· o po­
_
sic10 n al metro varia do de la tragedia), de la diferencia de

�odo y de _la diferencia «de extensión» (acción d e la trage­


dia contemda en la famosa unid ad de tiempo d e un giro
solar); y, P?r fin, s: desmiente de forma disimulada la igual­
dad del obJeto ofioalmente concedida: «En cuanto a los ele­
mentos . constitutivos, al gunos son los mismos , los demás
son pr opios de la tra gedia : Ademá s, el q ue sa be distinguir
u na bue na y una mal a tragedia sa be h acer t ambién esta
distinción en l a epopeya, pues los elementos que encierra
la epopeya están en la trage dia per o los de la tragedia no
e�tán e n la ep�pey a». L a sobrevalor ació n , en sentido pro­
pio, salta a la vista, ya que este texto atribuye, si no al poeta
trágico sí al me nos al experto en tragedias, un a superiori­
dad automática en virtud del principio quien puede lo más

culo» (to g_eloion dramato-poiesas)- Sin embargo estos epítetos tan fuertes
_
no le 1mp1den mantener estas obras en la categoría general del narrati­
vo (mzmezsthaz epangellonta, 1448a). Y recordemos que no las aplica a la
epopeya en general, sino solamente a Homero (monos, en 1448b como
en 1460a). Para un análisis más ª:anzad? de los motivos de este elogio
de Homero Y, en general·, de la d1ferenc1a entre las definiciones plató­
n_ica y aristo�él�ca de la mimesis homérica, ver J. LALLOT, «La mime­
,
sis segun Arrs'.oteles y la grandeza de Homero», en Ecriture et Théorie
, _
poetzqu'!s, op. crt. Desde el punto de vista que nos interesa aquí esas di­
ferencias pueden neutralizarse sin ningún inconveniente.
22 1462a,b.
GÉRARD GENETTE
194
puede lo menos. El motivo de esta superioridad puede pare-'
cér aún obscuro o abstracto: la trage dia entrañaría, sin re­
ciprocidad algu na, «elementos constitutivos» (meré) que no
contiene l a epopeya. ,�Qué decir? Literalmente, sin duda,
que entre los seis «el ementos» de la tragedia (fábula, ca­
racteres, elocución, pensamiento, espectáculo y canto), los
dos últimos l e son específicos. Pero más allá de estas con­
sideraciones técnicas; este paralelo deja entrev er que la de ­
finición inicial común al objeto de los dos gén eros no será
suficiente -es lo menos que se puede decir- para definir
el objeto de la trage dia: lo que confirma, algu nas líneas más
abajo, esta segunda d1:finición que ha servido de norma du­
rante sigl os: «l a tragedia es la imitación de una acción de
carácter elevado y p erfecto, con una determinada extensión,
en un lengu aje realzado por aditivos de una especie particu­
lar según las distintas partes, imitación hecha por perso­
najes en acción y no por me dio de un relato y que, susci­
tando piedad y temor, produce la purgación correspondiente
a semejantes emocione s».
Como todos sabemos, la teoría de la catarsis trágica,
enunciada en la cláusula final de esta definición, no e s de
l as más transparentes y su obscuridad ha mantenido un rau­
dal de exégesis quizás ociosa. En nuestra opinión, en todo
caso, lo que importa no es este efecto, psicológico o mo­
ral, de l as dos emociones trágicas: es la presencia misma
de estas emociones en la definicióndel género y el conjunto
de rasgos específicos se ñalados por Aristóteles como nece­
sarios para su producción, y, por tanto, para la existencia
de una tragedia de acuerdo con esta definición: encadena­
miento inesperado (para ten doxan) y maravilloso (thaumaston)
de los hechos, como cuando el azar parece actuar «adre­
de»; «peripecia» o «cambio brusco» de la acción, como cuan­
do una conducta lleva a lo contrario del resultado espera­
do; «reconocimiento» de personajes cuya identidad había
sido ignorada u ocultada; desgracia sufrida por un héroe
:r:ii completamente inocente ni enteramente culpable, por
causa, no de un verdadero crimen, sino de un error funes­
to (harmatía); acción violenta cometida ( o me jor dicho, a
punto de ser cometida, pero evitada in extremis por el reco­
nocimiento) entre seres queridos, preferentemente unidos
por lazos de sangre p e ro que no i gnoran la naturale za de
GÉNEROS, ,TIPOS,,, MODOS 195
sus 1azos 23 ... Todos estos criterios, que señalan l a acción
de Edipo rey o Cresfonte como las más perfectas acciones
trági_cas y a Eurípides como el autor trágico por excele ncia
(tragzkotatos) 2 4, constituyen una nueva definición de la tra­
gedia de la que no podemos dispone r sin más, diciendo sim­
pl emente qu� es de menor extensión y más comprehensi­
va que la pnme ra, pues determinadas incompatibilidades
son un poco más difíciles de vencer: así, la idea de un hé­
roe trá�ico ni com_rletamente cul pable ni por entero ino­
ce1:t�, smo suscepti ble de e quivocarse por naturaleza o no
s:1íic ienteme nte clarividente para evitar las trampas del des­
tmo, no cor:icuerda con el estatuto inicial de una humani­
da� s�perior a la media, a no ser que privemos a esta su­
penondad de toda dimensión moral o intelectual lo cual
como ya hemos visto, es poco compatible con el se�tido co�
rriente del adjetivo beltion; de este modo, cuando Aristóte­
l �s exige que l _a acción sea capaz de suscitar temor y
25

piedad en _ ausencia de representación escénica y por el sim­


ple enunc iado de los hechos, parece admitir por esta ra­
, _
zon que el tema tragico puede estar disociado del modo dra­
mático y confia?o a la simple narración, sin que por ello
ll egu � convert irse en tema épico. Habría, pu e s, parte de
:
l o tragico fue :ª d: la trag� di_a, al igual que hay, se gura­
m�nte, tragedias sm el sentimiento de lo trágico, o en cual­
quier caso, me nos trágicas que otras. En su Comentario de
1548, Robortello piensa que las condiciones establecidas en
l a P?ética sólo se v_en realizadas en Edipo rey, y resuelve es­
t� �ificultad doctrmal sosteniendo que al gunas de esas con­
d�c10n_ es no son necesarias para la cualidad de una trage­
dia, smo solamen te para su perfección 26. Esta distinción

n C apítulos 9 al 14. Un poco más adel ante, es verdad (1459b),


. ,
A �rstoteles rest ablecerá algo el equilibrio atribuyendo a la epopeya las
r.msm as «parte,» (element�s constitutivos) que a la tragedia, excepto el
,
canto y el espect aculo» allr mclmdos -«penpecra , reconocimiento e in­
fortumos»-. Pero el motivo fund amental de lo trágico -terror y
pied ad- le result a ajeno.
H 1452 a, 53a, 53b, 54a.
15 1453b.
26 A arece referido po Cor eille en su Discours de la tragédie ( 1660,
. . ? _r "?
1b1d., pag. 59), qmen aphca m as tarde (pág. 66) esta diferenci ación a
dos exrgenc�as aristotélicas: la semi-inocenci a del héroe y la existenci a
,
de lazos mtrmos entre los ant agonistas. «Cua ndo digo, añ ade Cornei-
GÉRARD GENETTE
196
Aristóteles,_ ya qu : de­
i esuítica hubiera quizás_ satisfecho a
te del conc(;:pto de tragedia medi ant
e
1 ende la unidad aparen
\ f to, h y
ª finiciones. E a

_
n e ec
1 geometría variable de sus de
f t : u n a ge n e rica -:-es d ecrr, mo_.-
aquí dos realidades di
eren es
pri­
dal y t emática al mis
mo tiempo-, establecida en las
es el d ra m a obl e , o �e�
meras pág0 inas de la Poética, y que
n

ya) y al, � ma b aJ O,
río, opuesto al relato noble (la epop�
ra
r , q n­
día); esta realidad gen:
ica u _e e
O dese nfadado (la come
y rey, h a sido ? auti zada _
globa por i gual a los Pers as a Edi po
.
t g i , y Ar tót eles no piensa, evi­
t adi�ionalmente como ra ed a is
omina ció n. L a otra es
;entem ente, poner en duda esta den

drama noble

tragedia

trágico
\

bien antr�p�lógica que


puramente temática y de índole más _
r , el � enti miento d� l a
poética : se trata de lo trágico, es deci
los d10ses ; a ella atien­
ironía del destino, 0 de la crueldad de tas dos
capí�ulos VI �l XIX. E s
den primordialmente los .
c10n, y eI_ t r ? en
realidades están en relación de mtersec
e ren
o ( n sto
e la trag edia e� el se nt
id a
el que se recubr en es el � :
enc1 �, que cump to
téli co) estricto, 0 trage?i ª. por :xcel
le
_
denc ia, camb10 brusco,
recorro
das las condiciones (como

l as dos t rag edias p erfec­


ll e qu e estas dos con dici on es sól o exist en en qu e n o apar e can s ea
t a; n o quiero dec i r qu e l as tr a g ed i a s e n la s � �
com ha las in dis� en sa bl�s y cont_r adec
rrm e a ·,:';�
im� e rfectas : s ería o cer
ect as ent ien do las del " e
mismo. Pero po r est e términ o d e tr ag edias p erf n que .ª l as qu e les fal­
nero más sublim e y más conm oved o r , d e m a era
amb as, no 1mp,art a , c on t l
a
ten una u otr a de esa s d os con d i ci o n es o
n s n o p rf ct s n su g �n ero a p esar
de qu e sean regul ares , cont i nú a ie d e e a e
en � la b e­
os elevado y qu e n o s e ap roxim
de qu e ocup en un rang o men
Un b j mpl l as a rgu cias p or
ll eza y resplando r de l as otra s ... » e? o e e o
_de
,
eill e , p ag. 60) a un a
l as que s e ada ptaba (la pal a bra es del mi sm o Corn ,
o y no s ol o de p alabras .
o rtodoxia qu e int ent aba des arti cul arse de hech
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 197
cimiento, etc .) p ara producir terror y piedad, o más bie n
esa mezcla esp ecífica de terror y piedad que la manifesta ­
ción cruel del destino provoca en el teatro.
En relación con el sistema de géneros, la trag edia es,
pues, una especificación temática del drama noble, al igual
que el vodevil es p ara nosotros una especificación te máti 0

c a d e l a comedia, o l a novel a ne gra una especificación te­


mática de la n ovel a. Distinción cl ara para · todos después
de Diderot, L essing o S chleg el, p ero que h a ocul tad o du­
rante siglos un equívoco t erminol ógico entre el sentido am­
plio y el sentido estricto de la palabra tragedia . Es e vidente
que Aristót el es adopt a sucesiva ment e una y otra s i n preo­
cupa rse demasiado por sus diferencias y sin sospech ar , es­
pero; el embrollo teórico que su despreocupación iba a pro­
vocar, muchos siglos más tarde, en algunos teóricos de la
poesí a, presos de esta confusión y empeñados 'ingenuamente .
en aplicar y h acer apl icar en el conj unto de un gén ero las
norma s que él h abía ext raído para u na de sus cat e gorías.

P ero volvamos al sistema inicial, que la célebre digre­


sión sobre lo trágico desborda sin aparentemente rechazarlo:
hemos vis to que este sistema no dej aba, ni podía, por de­
finición, dej ar lugar al guno al poema líric o. P ero también
hemos visto que ol vidaba, o parecía olvidar, al tie mpo, la
distinción plató nica entre el mod o n arrativo p uro, ilustra­
do por el ditir ambo, y el mod o mixto, represe ntado por la
epopeya. O más exacta me nt e, reco rd émoslo u na ve z más ,
Aristót eles r econoce per fectam ente -y valora- el car ácter
mixto del modo épico: lo que desaparece en él es el estatu­
to del ditirambo, a la vez que la necesidad de diferenciar
entre narrativo p u ro y n arrativo impur o. Desde en tonces,
por poco narrativa que sea y d eba se r, la epopeya se colo­
cará entre los géneros narrativos : después de todo, es sufi­
cient e, en el límite, con una palabra introdu ctoria asumi­
da por el poeta, aun cuando lo que continú e después no
sea más que diálogo. En resumen, s i par a P lató n la epo­
peya procedía del modo mixto, para Aris tóteles se deriva
del modo narrativo, aun cuando esencialmente mixta o impura,
lo que si gn ifica evident ement e que el criterio de pure za ya
no es pertinente. S e .pro duce ahí - e ntre Platón y
Aristóteles- algo difícil de apreciar, entre otras causas por­
que el corpus ditirámbico desgraciada mente nos falta . Pe-
GÉRARD GENETTE
198
onsabl e : ya
o s no es el únic o resp _
ro el estrago de l os sigl
sm du ­
l s h bl st gén ero c omó del pasado, _
A ristó t e e a a de e e
ara descuid �rl o, � unq u
z es p e narrati­
da ti ene algu na s ra on
mimét ic o , smo por ser 1:

vo y no s olamente por prejuici o
eri enci a que l o , �arrativ
o
ra'mente narrativo. S abemos por exp
purQ (tellz'ng sin showing, en terminolo ?-ía
?e
l a cnt1c a � ­ me

c si pnva�a d e realidad
ricana) es una pura posibilidad , � _ nero : resulta­
et a y, afortzon,. de .se
a escal a de ob ra compl lo
a sm dial ogo , Y, I? ºr _
rí a difícil citar una sola n ovel a c ort
ela, el asunt o es 1nd1�:
que respecta a l a ep opeya O a l a, nov
fantasma , el narrat;
cutibl e . Si el ditirambo es un g en ero
­
menos, puramente «t:?
vo puro es un modo ficticio o, al l s s t 1
or parte de � � stót e amb en
rico», y su ab an don o p
r e e

if st ción rc ada de empirismo ..


una man e a ma
s el s1s:ema de los
Resulta, p or lo tan to , si comparamo
ristóteles, qu un a casill a �el cua ­
modos s egún Platón y A
e

rdido de repen t ) el c amm o . L a


dr o se ha v aci ado (y pe
e en

tríada platónic a

narrativo mixto
1 dramático

ha sido sustituida por la pareJ a aristotélica

-- -- -- -- 1 l
:-
�----------�1�����-L-����----'
narrativo dramático

otr a parte, podemos enunciar en términos de


que , por

! -- -- --
géneros :
---] épico dr amátic o
__ ___,
L---- - - --- _ ______L__
_L

, un espacio por ocu­


Queda allí, dirá el lector p:r.spica: .
facilmente, so�re to?-0
par, y la continuació n se adivma ia-
no quememos demas
cu ando se conoce y a el final. P ero
das etapas .
GÉNEROS, «TIPOS... MODOS 199
Durante v ari os siglos 27, la reducción platónico- aristo ­
télica de lo poético a l o representativ o va a pe sar en l a teo ­
ría de los géne ros y a mantener el male star o la confusión.
L a noción de p oesía lírica no es , evidentemente, ignorada
por los críticos alejandrinos, pero tampoco es pu esta en el
paradi gma junto a la s de p oesía épica y dramática, y su
defi nición es aú n puramente téc nica (poemas acompaña ­
dos po r la lira) y restrictiva : Ar istarco (en los sigl os m y
II antes de J.C.) fo rmula una lista de nueve p oetas líricos
(entre ellos Alceo, S afo, A nacreonte y Píndaro), que se rá
durante mucho tiempo canónica y que excluye, por ejem ­
plo, el yambo y el dístico elegíaco. Par a H oracio, él mismo
no obstante lírico y satírico, el Art..e Poética se reduce, en ma ­
teria de géneros, a un elogio a H omero y a un a simple re ­
l ación de las reglas del poema dramático. La famosa lista
de lecturas griegas y latinas aconsejadas por Quintiliano pa­
ra futuros oradores menciona, ad emás de la histori a, la fi­
los ofí a y, naturalmente, la elocue nci a, siete géneros poé­
ticos : la epopeya (que engloba a quí toda cla se de p oemas
n arrativos, descriptivos o didácticos, entre los que están los
de H esíod o, Teócrito, Lucrecio), l a tragedi a, l a comedia, la
elegí a (Calímac o, los e ligíac os latinos), el yambo (A rquíl o ­
co, H oracio ), la sátira («tota nostra»: Lucilio y H o racio),
y e l poem a lírico, ilustrado ent re otros por Píndaro, Alceo
y H oracio ; dicho de otro modo, el lírico no es aquí sino
u n género no narr ativo y no dramático en medio de otros,
y se reduce · en realidad a una fo rma, que es la oda . Pero
la lista de Quintiliano no es claramente un arte poética,
puesto que presenta obras en prosa . Las tentativas poste­
riores de sist ematización, al final de la Antigü edad y de la
E dad M edia , se esfuerzan por integrar la poesía lírica en
los sistemas de Platón o de Aristóteles sin m odificar sus ca-
27 Las indicaciones históricas que van a continuación están tomadas
en gran parte de: E. FARAL, Les Arts poétiques du mayen dge, Champion,
1924; l. BEHRENS, op. cit.; A. WARREN, op. cit.; M. H. A.BRAMS, The
Mirror and the Lamp, Oxford, 1953; M. FUBINI, «Genesi e stori:a dei ge­
neri litterari» (1951), en Critica e poesa, Bari, 1966; R. WELLEK, «Genre
Theory, the Lyric, and Erlebnis» (1967), en Discriminations, Yale, 1970;
P. SZONDI, «La théorie des genres poétiques chez Schlegel» (1968), en
Poésie et Poétique de l'idealisme allemand, Minuit, 1975; W. V. RUTTKOVS­
KI, Die Literarischen Gattungen, Francke, Berna, 1968; C. GUILLEN, «Li­
terature as System» (1970), en Literature as System, Princeton, 1971.
200 GÉRARD GENETTE

tegorías. De este modo Diomedes (fin del sig1� I:1) reba:1-


tiza como «géneros» (genera) los tres mod os _platomcos y d is
:
tribuye , a su manera, las « e species» (spe�zes� q ue nosot���
c alific aríam os como géneros: el genus zmztatzvum (dramaü­
c o) en el que sólo h ablan l os personaj e s, comprende la� : s­
p e cies trágica, cómica, � atíric_a (s e trata del �rama s�tn:ic�
de las antig uas tetralogias griegas, que P laton Y_ Anstote
les no menciona ban); el genus ennairativum (narratlv?), en el
.
q ue sólo h abla el poeta, abarca �as e specie� �ar�at�va p ro­
.
piamente dich a, sentenciosa (¿gnomica?) y d�dactica, el genus
commune (mixto), en dond e h ab lan alternat;�amente uno Y
otros, las esp ecies h eroi ca (ep op�ya) y ... lm ca : A r q u� o�o
_
y H oracio . Proclo (siglo v) s.uf n�e, al ig ual q ue Ansto ­
teles, la categ orí a mix ta, y si tua J unt� con la e opey� : n
p
el género narrativo, el yambo , la el:g ia y el «m� lo� » (l ins­
.
mo) . Jean de Garlande (fin ales del siglo XI - pr��cipios d?l
xn) vuelve al sistema de Diomedes. Las art�s po�tzcas del s
:�
glo XVI renun ci an por lo general a cualqmer sisi:ema Y
_
contentan con yux taponer las e species . D e este mod�, P e­
letier du M ans (1555): epigrama, soneto, º?ª, epistola,
elegía, sátira, comedi a , tr ag edia, «o bra h eroica»; o V au­
quelin de La Fresnaye (16?5): epopeya, e:egía, �º:1-:to , Y�
. �
bo, canción, oda, comedi a, tra_ged ia, sa�ira, id iho, pa �to
ral ; o Philip Sidney (An Apologze far Po trze, 158�): h eroico,

líric o, trágico , cómico, satírico, yámbi��' elegiaco, pasto­
.
ral, etc. L as g randes P oét icas del cl asicismo, desde Vida
h asta Rapin, son esen cialm ente , como todos sabe�os,. co­
,
mentarios de Aristóteles, en donde se perpetu a el mfatiga­
ble debate ac erca de los méritos comparados de l� trage­
dia y de la epopeya, sin que la apari�ión en el siglo XVI
de nuev os géneros como el poema h eroico-no�elesco, la no­
.
vela pastoril, la dra mática p�storal o la tragicomedi �, re­
ducidos con demasi ada facilidad a los modos narrativ o o
dramático, consigan v erdaderamente modificar el cuadro·
_
El reconocimiento de jacto de las dife rentes fo r1:°as �o r<;­
p re sentativas y el mantenimiento de la ortodoxia an s:o�e­
lica se conciliarán más o menos de ntro de la vulgata clasica
en una distinción acomod aticia ent re los «grandes géner_os»
y ... los otr os, de lo c ual da fe perfec tamente (aunque im­
plícitamente) la disposición del Arte poética de Boileau (1674):
el canto m tr ata de la tra ge dia, de la epopeya Y de la co-
201
GÉNEROS, ,a'IPOS», MODOS

media ; el canto II, sin tener en cuenta nin guna categori­


zación de conj unto, al ig ual que los predece sores d el siglo
XVI, reúne idilio, elegía, oda, soneto, epigrama, rondó, ·
mad rigal, balada, sátira , vodevil y canción 28• El mismo
año Rapin norm aliza y reafirma es ta división: «La Poé t i­
ca general puede dividirse en tres diferentes e species de Poe­
ma p erfecto: la Epopeya, la T ragedia y la C omedia, y e s­
tas tres espécies se p ueden red uci r solamente a dós, una
de ellas consistiría en la acción y la otra en la narración.
Las demás categorías que menciona Aristóteles pue den re ­
du cirse a estas dos : la C omedia, al P oema dramá tico ; la
Sá tira a la C omedia, la Oda y la Égloga al Poema heroi­
c o; y a q ue el Soneto, el M adrigal, el Epigra ma, el Rondó
y la . B alada no son otra cosa que cat egorías del Poem a
imperfecto» 29•
En resumen, los géneros no representativos no tienen
otra elección que op tar entre la anexión valo rativa. ( la sát i­
ra en la comedia y, p or lo tanto , en el poema dramático ;
la oda y la égloga en la epopeya) y la expul sión a la s tinie ­
blas exteriores o, si se prefiere, a los limb os de la «imper­
fección». Sin duda, nada comenta mej or esta v aloración dis­
criminativa que la declaración decepci onada de René Bray,
cuando, después de h aber e studi ado las teorí as clásicas de
los «grandes géneros» y h aber intentado reu nir algu nas in ­
dicaciones sobre la poesía bucól i ca, la elegía, la oda:, el epi­
grama y la sátira, se interrumpe bruscament e, diciendo :
«Pero ce semos de escarbar en una doctrina tan pobre . Los
teóri cos h an experimentado un gran d esprecio h acia todo
lo q ue no sea grandes géneros. La tragedi a, el poe ma h e ­
roico, h e a q uí lo que h a at raíd o la ate nción en ellos» •
30
.

28 Recordemos que los cantos r y IV están consag


rados a conside­
raciones transgenéricas. Digamos de paso que ciertos
malentendidos, por
no decir contrasentidos, acerca de la «doctrina
clásica» ponen todo el
interés en una generalización exhaustiva de «prece
ptos» específicos pa­
sados a proverbios fuera de contexto, y por lo tanto,
no necesarios: así,
todos sabemos que «un bello desorden es un efecto
j del arte»; tenemos
un ale andrino de diez pies al que se le completa,
sin problema, con
un «A menudo» tan apócrifo como evasivo. El verd
adero principio es:
«En casa de ella». «¿En casa de quién?» Respue
29 Réjlexions sur la sta canto II, v. 68-72.
Poétique, 1674, II Parte, Cap.!.
3
° Formation de la doctrine classique (1927), Nizet
, 1966, pág. 354.
202 GÉRARD GENETTE

Junto a lo s grandes géneros narrativo s y dramáticos, o


más bien por debajo de éstos, existe una capa de p olv o de
pequeñas formas cuya inferiorid�d o falta de estatu: o poé­
.
tico se debe un p oc o a lo redundo de sus dimens10nes y
(supuestamente) de su objeto, y mucho al secular rechaz o
de todo lo que no es «imitación de h o mbres actuando». La
o da, la elegía, el so net o, etc., n o «imitan» ninguna acción,
.
ya que, en principi o, lo único que hacen es enunciar, c�­
m o en un discurs o o en una plegaria, las ideas o lo s senti­
mientos, reales o ficticio s, de su autor. Sólo se co nciben,
pues' dos maneras de ascenderlos a la dignidad p oétic a: la
, .
primera mantiene, ampliándolo un poc o, el do gma �lasic o
de la mimesis y se esfuerza en demostrar que este tipo de
enunciado s es también, a su manera, una «imitación»; la
se gu nda, más radical, rompe con el do gma y pr oclama la
igualdad, en lo que atañe a la dignidad poética, de una ex­
presión no representativa. Esas dos actitud�s no s parecen
hoy día antitéticas y. lógicamente incompatibles. P �ro en
_
realidad ambas se van a suceder y encadenar casi sm en­
frentamiento, la primera preparando y abriendo paso a la
segunda, de la misma manera que las reformas «hacen la
cama» a las revoluci ones.
La idea de una alianza entre· todas las clases de poe­
mas no mimético s para formar un tercer partido bajo el
nombre común de poesía lírica no es totalmente desco no­
cida en la época clásica, aunque es de índole marginal y,
por decirlo así, heterodoxa. El primer caso , destacado por
Irene Behrens, se encuentra en el italian o Minturno, para
quien «la poesía se divide en tres partes: la primera den?­
_
minada escénica, la segunda lírica y la tercera épica» Jt.
Cervantes, en el capítulo 47 del Ouijo te, p or boca del cu­
ra, facilita una cuatripartición en la que la poesía escénica
se halla escindida en dos: «la escritura deshilvanada (de las
novelas de caballería) dan pie al autor para mo strar sus fa­
cetas épica lírica trávica y cómica». I\iíilton piensa que en
' ' ¡)

Aristóteles, en H oracio y en lo s «comentarios italian o s de


Castelvetro, Tasso , Mazzoni y otros» se encuentran los prin­
cipio s «de un auté ntico poema épico, dramático o lírico»:

'.ll
De Poeta, 1559; misma división en su Arte poética en italiano de
1563.
GÉNEROS, irIPOS», MODOS
203
primer ejemplo, que y o sepa, de nuestra atribución
abusiva 32• D ryden distin gue tres «maneras» (ways): dra­
mática, épica y lírica 33• Gravina dedica un capítulo de su
Ragion poetica (1708) a l o épic o y dramático , despué s de l o
lírico . H oudar de la M o tte, que es un «moderno en el mis­
mo sentido de la Querella, pone en paralelismo las tres ca­
tegorías y se califica a sí mismo de «poeta épico, dramáti­
co y lírico al mismo tiempo» 14• Pero ningu na de estas
propuestas está auténticamente motivada y teorizada. El
esfuerz o más anti guo que se co noce a este respecto parece
ser el del españo l Francisco Cascales en sus Tablas poéticas
(1617) y Cartas filológicas (1634): lo lírico, dice Cascales, a
propósit o del soneto, presenta como «fábula» no una ac­
ción, co mo lo épico y lo dramático, sino un pensamient o
(co ncepto). La distorsión que se imp o ne aquí a la ortod o­
xia es significativa: el té rmin o de fábula es· aristo télico, el
de pensamiento podría corresp onder al término , también aris­
totélico, de dianoia. Pero la idea de que un pensamiento pue­
da servir de fábula es, en cualquier caso, totalmente ajena
al espíritu de la Poética: Aristóteles define expresamente la
fábula (mythos) c om o el «co njunto de acci ones», .y la dianoia
( «lo que los pers o najes dicen para demostrar algo o decla­
rar lo que han decidid o») apenas si recubre el aparato ar­
gumental de lo s citados pers onajes; lógicamente Aristóte­
les rechazará su estudi o «en los tratados co nsagrad o s a la
retórica» ' 6. Incluso aunque extendiéramo s la definición,
c o m o hace N orthrop Frye 37, hasta el mismo pensamiento
del poeta, es evidente que tod o ell o no podría constituir una
fábula en el sentido aristotélico . Cascales reviste po r lo tan­
to, con un vocabulari o aún o rtod o xo, una idea lo menos
ortod oxa po sible, a saber, que un poema, al i gual que un
discurso o una carta, puede tener como tema un pensamien-

:ll Treatise of Education, 1644.


;:: Préface a .['Essay aj Dramatic Poetry, 1668.
14 Réflexions sur [a critique,
1716, pág. 166.
1" 1450a; cf. 51b: «El
poeta debe ser más bien forjador de fábulas
que de versos, dado que es poeta a causa de la imitación y
_ que imita
las acciones».
'Hi 1456a.
17 Anatomie, págs. 70-71.
204 GÉRARD GENETTE

to o un sentimiento que simplemente expone o .expresa. Esta


idea, que nos parece hoy día muy triyial, ha permanecido
durante siglos no como algo impensable (ningún teórico de
la poesía podía ignorar el inmenso corpus que esta idea re­
cubre), pero casi sistemáticamente rechazada porque pa­
recía imposible integrarla en el sistema de una poética ba-
sada en el dogma de la «imitación».
El esfuerzo de Batteux -último esfuerzo de la poética
clásicá por sobrevivir, abriéndose a lo que nunca pudo ig­
norar ni admitir- consistirá, por lo tanto, en intentar es­
te imposible, al mantener la imitación como principio único
de toda poesía así como de todas las artes, pero haciéndo­
lo extensible a la propia poesía lírica. Constituye esto el ob­
jeto de su capítulo 13, «Sobre la poesía lírica». Primero Bat­
teux reconoce que al examinar superficialmente la poesía
lírica «parece prestarse menos que las otras clases al prin­
cipio general que conduce todo a la imitación». De este mo­
do, se dice que los salmos de David, las odas de Píndaro
y de Horacio no son sino «fuego, sentimiento, embriaguez...
canto que inspira la alegría, la admiración, el agradecimien­
to... grito del corazón, impulso en el que hace todo la na­
turaleza y nada el arte». Así pues, el poeta expresa sus
sentimientos y no imita nada. «Dos cosas son ciertas: la pri­
mera, que las poesías líricas son auténticos poemas; la se­
gunda, que estas poesías no presentan la característica de
la imitación». En realidad, responde Batteux, esta pura ex�
presión, esta auténtica poesía sin imitación no se encuen­
tra más que en los cánticos sagrados. Es el propio Dios
quien los dictaba, y Dios «no necesita imitar, crea». Por
el contrario, los poetas, que son sólo hombres, «no tienen
otro recurso que el de su genio natural, el de una imagi­
nación inflamada por el arte, el de una exaltación de en­
cargo. El hecho de que hayan tenido un sentimiento real
de gozo es motivo como para cantarlo, pero tan sólo en una
estrofa o dos. Si quisiéramos una mayor extensión, es de­
ber del arte el echar remiendos de nuevos sentimientos que
se parezcan a los primeros. Si la naturaleza enciende el fue­
go, es necesario por lo menos que el arte lo alimente y lo
cuide. De este modo, el ejemplo de los profetas, que can­
taban sin imitar, no puede ser utilizado contra los poetas
imitadores». Los sentimientos expresados por los poetas son,
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS
205
por lo tanto, al menos en parte, Sentimientos simulados por
el arte, y esta parte gana, puesto que demuestra que es po­
sible expresar sentimientos ficticios, como lo confirma ade­
más, desde siempre, la práctica del drama o de la epope­
ya: «Mientras que la acción funciona, la poesía es épica o
dramática; cuando se detiene y solamente expresa la situa­
ción del alma, o el peculiar sentimiento que experimenta,
la poesía es de por sí lírica: no se trata más que de darle
la forma necesaria para poematizarla. Los monólogos de
Polieucto, de Camil;;i., de Jimena son fragmentos líricos; y
si sucede esto, ¿por qué el sentimiento, que está sujeto a
la imitación en un drama, no podría estar en una oda? ¿Por
qué se imitaría la pasión en un escenario y no podría imi­
tarse en un canto? No existe ninguna excepción. Todos los
poetas tienen el mismo objetivo, que es el de imitar la na­
turaleza, y para imitarla todos utilizan el mismo método».
Así pues, la poesía lírica es también imitación: imita sen­
timientos. «Podría ser considerada como clase aparte, sin
perjudicar los principios a que se limitan los demás. Pero
no es necesario separarlos: la poesía lírica está de forma
natural e incluso necesaria, dentro de la imitación, con una
única diferencia que la caracteriza y distingue: su particu­
lar objetivo. Las otras especies de poesía tienen como fi­
nalidad primordial las acciones; la poesía lírica está consa­
grada por completo a los sentimientos: es su leit motiv, su
principal objetivo».
Nos encontramos, pues, con que la poesía lírica queda
integrada en la poética clásica. Pero, como hemos podido
observar, esta integración no está desprovista de dos dis­
torsiones, muy _visibles por ambas partes: por un lado, ha
sido necesario pasar, sin formularlo, de una simple posibi­
lidad de expresión ficticia a una artificiosidad substancial
de los sentimientos expresados, llevar todo poema lírico al
modelo ya consolidado del monólogo trágico para introducir
en el corazón de cada creación lírica esta pantalla de fic­
ción, sin la cual la idea de imitación no podría darse; por
otro lado ha sido necesario, como ya hizo Cascales, pasar
del término ortodoxo «imitación de acciones» a un térmi­
no más amplio: imitación a secas. Como dice aún el mis­
mo Batteux, «en la poesía épica y dramática se imitan las
acciones y las costumbres; en lo lírico, se cantan los sentí-
206 GÉR.A.RD GENETTE

mientos o las pasiones imitadas» 38• La asimetría sigue


siendo evidente y con ella la traición solapada a Arist6te­
les. Respecto a esto, una precaución será, pues, muy ne­
cesaria, y es lo referente a la añadidura, ya mencionada,
del capítulo «Que esta doctrina está de acuerdo con la de
Aristóteles». El mecanismo de esta operación es simple, ya
lo conocemos: consiste en sacar de una consideración esti­
lística bastante marginal una tripartición de géneros poé­
ticos: ditirambo, epopeya, drama, que lleva a Aristóteles
al punto de partida platónico, después de interpretar el di­
tirambó como un ejemplo de género lírico, lo que permite
atribuir a la Poética esta tríada lirismo-epopeya-drama en la que
nunca pensaron Platón y Aristóteles. Pero es preciso aña­
dir que esta desviación de los géneros no encuentra ar gu­
mentos para el plano modal: la definición inicial del modo
narrativo puro, recordémoslo, consistía en que el poeta
constituye el único tema de enunciación, manteniendo el
monopolio del discurso, sin cederlo nunca a los persona­
jes. Esto mismo ocurre en principio en el poema lírico, con
la única diferencia de que el discurso en cuestión no es esen­
cialmente narrativo. Si descuidamos esta condición para de­
finir los tres modos platónicos como pura enunciación,
obtenemos esta tripartición:

enunciac 'ón enunciación


enunciación
reservadafT reservada
alternada
al poeta a los personajes
1

La primera situación así definida puede ser únicamente


narrativa o puramente «expresiva», o pueden mezclarse, en
la proporción que convenga, las dos funciones. Ante la
ausencia, ya admitida, de un auténtico género puramente
narrativo, esta tripartición es la única indicada para admitir
cualquier clase de género, consagrado principalmente a la
expresión, sincera o simulada, de ideas o de sentimientos:

38 Cap. «Sur la poésie lyrique» in fine. Pasando por alto el silencio


clásico, el cambio del concepto de Cascales en los sentimientos de Batteux
regula bien la distancia entre el intelectualismo barroco v el sentimen-
talismo prerromántico.
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 207
desván negativo (todo lo que no es narrativo ni dramáti­
co) 39, al que lla calificación de lírico ennoblece con su he­
gemonía y su prestigio 40•
El nuevo sistema, pues, ha sustituido al antiguo median­
te un juego sutil de desplazamientos, de sustituciones y de
interpretaciones inconscientes o inconfesables que permite
presentarlo, no exento de equívocos sino de escándalo, co­
mo «conforme» a la doctrina clásica: ejemplo típico de un
comportamiento de transición, o como se dice en otra parte,
de «cambio en la continuidad». De la etapa si guiente, que
marcará el auténtico (y definitivo aparentemente) abando­
no de la ortodoxia clásica, encontramos un testimonio tras
las huellas de Batteux, en las objeciones que hizo a su sis-

39 Mario Fubini (op. cit.) cita esta reveladora fras\" de una adapta­

ción italiana de las Le,ons de réthorique et des Belles Lettres de Blair ( 1783;
«Compendiate da] P. Soave, Parma, 1835, pág. 211): «Generalmente
distinguimos tres géneros de poesía: la épica, la dramática y la lírica,
entendiendo esta última como todo lo que no pertenece a las dos pri­
meras». Salvo error, esta reducción no la encontramos por ninguna parte
en el propio Blair quien, más próximo de la ortodoxia clásica, distin­
guía poesía dramática, épica, lírica, pastoril, didáctica, descriptiva y...
hebrea.
40 Se podría j.ustamente objetar ante semejante «adaptación" que es­
ta definición modal de lo lírico no puede aplicarse a los monólogos del
teatro llamados «líricos», al estilo de las Estancias de Rodrigo, a las que
Batteux concede tanta importancia por el motivo que hemos visto, en
donde el poeta no es el sujeto de la enunciación. Hay que recordar tam­
bién que ella no es asunto de Batteux, quien no se preocupa para nada
de los modos, como tampoco, por otra parte, sus sucesores románticos.
Este compromiso transhistórico hasta entonces «ascendente», no se ma­
nifiesta hasta el siglo XX cuando la situación de enunciación ha vuelto
a ocupar el primer puesto en el escenario por razones más generales que
ya conocemos. 1V1ientras tanto, el tema problemático del «monólogo lí­
rico» había pasado a un segundo plano. Por supuesto permanece intac­
to y demuestra como mínimo que las definiciones modal y genérica no
siempre coinciden: modalmente, continúa hablando Rodrigo, ya sea para
cantar su amor o para provocar a Don Gormas; genéricamente, esto
es « dramático» y aquello es «lírico» (con o sin huellas formales de me­
tros y/o de estrofas) y, una vez más, la distinción es de índole (parcial­
mente) temática.: no todo monólogo es admitido como lírico (no se con­
sidera como tal el de Augusto en el V acto de Cinna, a pesar de que
su integración dramática no sea superior a la de las Estancias de Ro­
drigo, que conducen como aquél a una decisión) y a la inversa, un diá­
logo de amor (« ¡ Oh milagro de amor!/ ¡ Oh cúmulo de miserias ! ...») se
admitirá de muy buen grado.
208 GÉRARD GENETTE

tema su propio traduc_tor alemán, Johann· Adolf Schle­


gel 41, que es también -coincídencia inesperada- el pa­
dre de dos célebres teóricos del romanticismo. Mostramos
los términos en que el propio Batteux resume, y después
rechaza, estas objeciones: «El señor Schlegel afirma que el
principio de la imitación no es universal en la poesía... Vea­
mos en pocas palabras el razonamiento de Schlegel: la imi­
tación de la naturaleza no es el único principio en poesía
ya que la naturaleza misma puede ser, sin imitación, el ob­
jeto de la poesía. Así pues, la naturaleza... » Y más ade­
lante: «Schlegel no puede entender cómo la oda o la poe­
sía lírica puede se rappeler (sic) el principio universal de la
imitación: ésta es su gran objeción. Intenta probar que el
poeta canta en infinidad de casos sus sentimientos reales
antes que sentimientos imitados. Pudiera ser, convengo con
él, incluso en este capítulo en que basa su crítica. Yo sólo
tendría que demostrar ahí dos cosas: la primera, que los
sentimientos pueden ser fingidos lo mismo que las accio­
nes; que al formar parte de la naturaleza, pueden ser imi­
tados como todo lo demás. Creo que Schlegel reconocerá
que esto es verdad. La segunda, que todos los sentimien­
tos expresados en lo lírico, fingidos o verdaderos, deben so­
meterse a las normas de la imitación poética, es decir,
deben ser verosímiles, seleccionados, elevados, tan perfectos
como puedan serlo en su género, y por último, transfor­
mados con todo el enca.,to y toda la fuerza de la expresión
poética. Es esto el significado del principio de la imitación,
su espíritu». Como se puede apreciar, la ruptura actúa esen­
cialmente aquí sobre un ínfimo desplazamiento de equili­
brio: Batteux y Schlegel se ponen de acuerdo -y lo
manifiestan- en reconocer que los «sentimientos» expre­
sados en un poema lírico pueden ser simulados o auténti­
cos; en Batteux, es suficiente que estos sentimientos pue­
dan ser fingidos para que el conjunto del género lírico quede
sometido al principio de imitación (porque, tanto para él
como para toda la tradición clásica, recordémoslo de pa­
so, la imitación no es reproducción sino más bien ficción:

41
Einscrankung der schonen Künste auf einem einzigen Grun dsatz,. 1751.
La respuesta de Batteux se halla en la reedición de 1764, en notas al
capítulo «Sur la poésie lyrique».
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 209
imitar es aparentar,· en Schlegel, basta con que puedan ser
auténticos para que el conjunto del género lírico escape a este
principio, que pierde enseguida su papel de «principio ex- . ·
elusivo». Entre estos dos puntos de vista oscila toda una
poética y toda una estética.
La gloriosa tríada va a dominar por completo la teoría
literaria del romanticismo alemán -y, por lo tanto, más
allá-, pero no sin experimentar a su vez algunas nuevas
reinterpretaciones y cambios internos. Fn§deric Schlegel,
que aparentemente rompe el hielo, conserva o vuelve a en­
contrar la división platónica, pero le da una significación
nueva: la «forma lírica», escribe aproximadamente en 1797
(vuelvo ahora mismo sobre el contenido exacto de esta no­
ta), es subjetiva, la dramática es objetiva, la épica es subjetiva­
objetiva. Son exactamente los términos de la división plató­
nica (enunciación por parte del poeta, por parte de los per­
sonajes, y por la de éstos y aquél}, pero la selección de los
adjetivos desplaza evidentemente el criterio del plano, en
principio puramente técnico de la situación enunciativa, ha­
cia un plano más bien psicológico o existencial. Por otro
lado, la división antigua no presentaba nin guna dimensión
diacrónica: para Platón y Aristóteles ningún modo apare­
cía, de hecho o de derecho, como históricamente ante.rior
a los otros; esta división no presentaba además, por sí mis­
ma, indicio de valoración: en principio nin guno de los mo­
dos era superior a los otros y de hecho, como ya sabemos,
las posiciones que adoptaron Platón y Aristóteles eran, en
el mismo sistema, diametralmente opuestas. No sucede lo
mismo con Schlegel, para quien ante todo la «forma» mix­
ta es, en cualquier caso, claramente posterior a las otras
dos: «Por naturaleza, la poesía es subjetiva u objetiva, la
misma composición todavía no es posible para el hombre
en estado natural»: no puede, pues, tratarse de un estado
sincrético original 42 del que se hubieran desprendido pos-

42 Como imaginaba, por ejemplo Blair (op. cit., trad. fr., 1845, t.
II, pág. 110), para quien «en la infancia del arte, los diferentes tipos
de poesía estaban mezclados y, según el capricho o el entusiasmo del
poeta, formaban parte de la misma composición. Fue solamente con el
progreso de la sociedad y de las ciencias como sucesivamente tomaron
formas más regulares y se les dio los nombres con los que los designa­
mos hoy día». (Todo esto no le impide apuntar que las «primeras com-
210 GÉRARD GENETTE

teriormente formas más simples o más puras; por el con­


trario, el estado mixto éstá explícitamente valorado como
tal: «Existe una forma t:pica, una forma lírica y una forma
dramática, sin el espíritu de los anti gu os géneros poéticos
que han portado estos nombres, pero separadas entre sí por
una diferencia peculiar y eterna. En tanto que forma, la
épica lleva ventaja claramente: es subjetiva-objetiva. La for­
ma lírica es sólo subjetiva, la forma dramática solamente
objetiva» 41• Una anotación de 1800 confirmará: «Epope­
ya = subjetivo-objetivo, drama = objetivo, lirismo = subje­
tivo» H. Pero Schlegel parece haber vacilado algo ante es­
ta división, ya que una nota anterior, de 1799, confería el
estado mixto al drama: «Epopeya = poesía objetiva,
lirismo = poesía subjetiva, drama = poesía objetiva-sub­
jetiva» +". Según Szondi, la vacilación se debe a que Schle­
gel considera, ya sea una diacronía limitada, la de la evo­
lución de la po,esía griega que culmina en la tragedia ática,
va sea una diacronía mucho más extensa, la de la evolu­
�ión de la poesía occidental, que culmina en un «épico» en­
tendido como novela (romántica) % , La valoración domi­
nante parece estar de ese lado, y no podríamos extrañar­
nos de ello. Pero ésta no quedará para los sucesores de
Schlegel, que se apartarán un poco más del arquetipo, ha­
ciendo del drama la forma mixta o, más bien -la palabra
empieza a imponerse-, sintética,· empezando por su propio
hermano August Wilhelm, que escribe en unos apuntes fe­
chados aproximadamente hacia 1801: «La división plató­
nica de los géneros no es válida. � o hay principio poé�ico
auténtico dentro de esta división. Epico, lírico, dramático:
tesis, antítesis, síntesis. Densidad etérea, singularidad enér-

posiciones tuvieron sin duda la forma (lírica) de las odas y los himnos»).
Sabemos que Goethe encontrará genérica la balada l'Ur-Ei, modelo in­
diferenciado de todos los géneros posteriores y que, según el, «hasta en
la antigua tragedia griega encontramos también los tres géneros reuni­
dos, separados solamente al cabo de determinado lapso de tiempo» (Note
au vVest-ostlicher Diwan, ver más adelante, n. 71).
+:: Kritische F. S. Ausgabe, ed. E. Behler, Paderborn-Munich-Vienne
1958, frag. 322; fechado según R. Wellek.
H Literary Notebooks 1797-1801, ed. H. Eichner, Toronto-Londres,

1957, n. 0 2065.
.¡; !bid., n. 1750.
0

" Szondi, of). cit., págs. 131-133.


1
{ JN EROS, ,;¡-¡ P()S,,, MOIJOS 211
gica, totalidad armónica... Lo épico, la objetividad pura.
Lo dramático, la compenetración de ambos» +7• El esque­
ma «dialéctico» está vigente y actúa a favor del drama, lo
que hace renacer de forma ocasional y por una vía inespe­
rada la valoración aristotélica; la sucesión, que permane­
cía en parte ambigua en Frédéric Schlegel, se muestra ahora
explícita: épico-lírico-dramático. Schelling, sin embargo, va
a invertir el orden de los dos primeros términos: el arte co­
mienza por la subjetividad lírica, después se eleva hacia la
objetividad épica, y culmina finalmente en la síntesis o iden­
tificación dramática +II. Hegel vuelve al esquema .de
Au gu st Wilhelm: en primer lugar, la poesía épica, la más
primitiva expresión de la «conciencia de un pueblo»; des­
pués, «al contrario», «cuando el yo individual se ha sepa­
rado del todo substancial de la nación», la poesía lírica; y,
finalmente, la poesía dramática, que «reúne a las dos an­
teriores para formar una nueva totalidad que permita un
desarrollo objetivo y nos haga asistir al mismo tiempo al
resurgir de los sucesos de la interioridad individual» 1''. Sin
embargo, la sucesión propuesta por Schelling acabará por
imponerse en los· siglos XIX y XX: así, para Hugo, delibe­
radamente asentado en una amplia diacronía más antro­
pológica que poética, el lirismo es la expresión de los tiem­
pos primitivos, cuando «el hombre se despierta en un

1, Knú1ehr! Schrijten und Bríefe, cd. E. Lohner, Stuttgart, 1963, 11,


págs. :lO'i-'.l06. (Nos gustaría evidentemente saber más acerca del re­
prodll' dirigido a la «división platónica»). Esta disposición es la más adop­
tada por Novalis, con una interpretación del término dramático clara­
mente sintetizadora: frag. 186: épico, lírico, dramático= escultura, mú­
sica, poesía (l'S ya la f.,'.,·t/tirn ele Hegd in nuce); frag. 204: flemático,
impulsivo, mczda sana; frag. 277: = cuerpo, alma, espíritu; el mismo
orden l'n el fragmento 2fi 1; sólo el 148 va en el orden (schcllingicn, dcs­
pu(s hugolicn, y por último normativo) lírico-épico-dramático (Oeuvres
Cmnpli!n), trad. A. Gunnc, Gallirnard, 1975, t. ll, '.lª partl').
"' Philo.rnphie dr /'ar!, IB02-180'i, pub!. póstuma 1B59.
1
" Esth/tique, VIII (!"a Poész'e), trad. fr. Aubier, p ág. 129; cf'. ihid.,
p,íg. 151 y antes VI, p,íg·s. 27-28, 40. La tríada rornúntica domina toda
la arquitectura visible ck- la Poética de Hegel, pero no su verdadero con­
!t'niclo, que se cristaliza l'n fenomenología de algunos géneros específi­
cos: epopeya homérica, novela, oda, liccl, tragedia griega, comedia an­
tigua, tragedia moderna, todos dlos extrapolados de algu nas obras o
autores modclm;: !liarla, Wi/ltrlrn lvfeinsll'r, Píndaro, Gocthc, Anti1;ona,
Aristúfancs, Shakcspcarc.
212 (;(.:RARD (iENETTE

mundo que acaba de nacer», lo épico ( que incorpora ade­


más la tragedia griega) es la expresió_n de los tiempos anti­
gu os, en donde «todo se detiene y se fija», y el drama; de
los tiempos modernos, marcados éstos por el cristianismo
y el desgarramiento entre el alma y el cuerpo "0• Para J oy�
ce, anteriormente mencionado, «la forma lírica es el más
sencillo ropaje verbal de un instante de emoción, un grito
rítmico parecido a los que anti gu amente excitaban al hom­
bre cuando remaba o acarreaba piedras hacia lo alto de una
pendiente... La forma épica más sencilla emerge de la li­
teratura lírica cuando el artista se detiene .ante sí mismo
como ante el centro de un suceso épico ... Llegamos a la
forma dramática cuando la vitalidad, que había fluctuado
y arremolinado a los personajes, envuelve a cada uno de
éstos con una fuerza tal, que ese hombre o esa mujer reci­
ben de todo ello una vida estética propia e intangible. La
personalidad del artista, manifestada en primer lugar por
un grito, una cadencia, una impresión, y después por un
relato fluido y superficial, se hace cada vez más sutil hasta
perder su existencia y, por decirlo así, se despersonaliza...
El artista, como el Dios de la creación, permanece en el
interior, o detrás, o más allá, o por encima de su obra, in­
visible, escamoteado, fuera de la existencia, indiferente, lim­
piándose tranquilamente las uñas». Observamos, al mismo
tiempo, que el esquema evolutivo ha perdido aquí toda la
apariencia «dialéctica»: desde el grito lírico hasta la divina
impersonalidad dramática no hay más que una progresión
lineal y unívoca hacia la objetividad, sin ningún rastro de
derrota en pro o en contra. Lo mismo sucede con Staiger,
para quien el paso de la emoción (Ergriffenheit) lírica al «pa­
norama» (Uberschau) épico, y después a la «tensión» (Span­
nung) dramática, señala un proceso continuado de objetiva­
ción, de disociación progresiva entre «sujeto» y «objeto»".
Sería fácil y un poco banal ironizar acerca de este cali­
doscopio taxonómico en el que el esquema tan atrayente
de la tríada"� no cesa de transformarse para sobrevivir;
esta forma acogedora en todos los sentidos está a merced
50 Préface de Cromwell, 1827.
"1 JüYCE, Dedalus, págs. 213-214; E. STAIGER, Grundbegriffe der Poe-
tik, Zürich, 1946.
" Sobre esta atracción, cf. C. Guillén, op. cit.
(;ÉNERUS, ,TIPOS», MODOS 213
de apreciaciones arriesgadas (nadie sabe exactamente qué
género ha precedido históricamente a los otros, si es que
llega a formularse esta pre gunta) y de asignaciones permu­
tables entre sí: esto dicho, y sin que nos extrañemos de ello,
concluimos que el modo más «subjetivo» es el.lírico; hay,
pues, que destinar la «objetividad» a uno de los otros dos,
y forzosamente, el término medio al tercer restante; pero
como en esto nada está muy claro, esta última posibilidad
aparece determinada principalmente por una valoración im­
plícita -o explícita- en un progreso «lineal» o dialéctico.
La historia de la teoría de los géneros está caracterizada
por estos atrayentes esquemas que conforman y deforman
la realidad, a menudo tan diversa, del campo literario, y
pretenden descubrir un «sistema» natural en donde cons­
truir una simetría artificial con el gran apoyo de falsas
ventanas. Estas confi gu raciones forzadas no son siempre
inútiles, muy al contrario: como todas las clasificaciones pro­
visionales, y a condición de ser bien aceptadas co�o tales,
tienen a menudo una indiscutible función heurística. La fal­
sa ventana puecfe, de forma casual, transmitir una luz ver­
dadera y revelar la importancia de un término ignorado;
la casilla vacía o llenada con dificultad puede encontrar mu­
cho más tarde un ocupante legítimo: cuando Aristóteles,
observando la existencia de un relato noble, de un drama
noble y de un drama bajo, deduce de ello, por miedo al
vacío y afán de equilibrio, la existencia de un relato bajo
que identifica provisionalmente con la epopeya paródica,
no puede imaginarse que está reservando un sitio a la no­
vela realista. Cuando Frye, otro gran artífice de fearfu1
symmetries, observa la existencia de tres tipos de «ficción»:
personal-introvertida (la novela noveksca), personal-extro­
vertida (la novela realista) e intelectual-introvertida (la auto­
biografía), deduce de ello la existencia de un género de fic­
ción intelectual-extrovertida, que él llama anatomía, y que
reúne y revaloriza a al gu nos autores desechados por la na­
rración fantástico-alegórica, tales como Luciano, Varrón,
Petronio, Apuleyo, Rabelais, Burton, Swift y Sterne; por
supuesto podemos discutir el procedimiento, pero no lo in­
teresante del resultado s:i. Cuando Robert Scholes· modifi-

,:: Anatomie, IV ensayo (Théorie des genres), trad. fr. págs. 368-382.
214 c;(R.·\Rll C:F. NETIT

ca la teoría de Frye de los cinco modos (mito, romance, alta


mimesis, baja mimesisi ironía) para ordenarla un poco, nos
propone su sorprendente cuadro de los subgéneros de la fic­
ción y de su indispensable evolución"+. Es difícil, sin du­
da, tomarlo al pie de la letra, pero aún más difícil no en­
contrar en él ningún estímulo. Sucede lo mismo con esta
molesta pero siempre útil tríada de la que sólo he reme­
morado aquí algunas formulaciones, entre otras muchas.
Quizás una de las m.:is curiosas consiste en los diferentes
intentos que se hacen para acoplarla a otro trío venerable,
el de los procesos temporales: pasado , presente y futuro.
Éstos han sido muy numerosos y me conformaré con apor­
tar una decena de ejemplos citados por Austin Warren y
René Wellek ,; . Para una lectura más sintética presento
esta confrontación mediante dos cuadros con doble entra­
da. El primero muestra el tiempo atribuido a cada «géne­
ro» por cada autor:

Gt'NEROS
1 AU1VRES 1

LÍRICO f:PICO DRAtvl.ÜiCO 1

HUMBOLDT pasado presente

SCHELLING presente pasado


J�:AN PAUL presente pasado 1
futuro

HEGEL presente pasado

DALLAS futuro pasado presente


V!SCHER presente pasado futuro

ERSKINE presente futuro pasado 1

1 JAKOBSON presente pasado


i
STAIGER pasado presente futuro

s+ Op. cit., págs. 129-138; ver aquí mismo, págs. 507-513.


" Op. y art. cit. Los textos de referencia son: HUMHOI.DT, Über
Goethes Hermann und Dorothea, 1799; SCHELLING, Philosophie de l 'art,
r;i'.'.NEROS. ,;¡-¡pus ... c\l()l)().\ 215

El segundo (que no es, en el fondo, más que otra for­


ma de presentar el primero) revela el nombre y, por lo tan­
to, el número de autores que ilustran cada una de estas
atribuciones:

Ht'MPOS
C:Úv'EROS
!'ASADO l'RESENTE FUTURO

Schelling
Jean Paul
Hegel
LÍRICO Staiger Dallas
Vischer
Erskine
Jakobson

Humboldt
Schelling
Jean Paul
¡'.:p I c:o Hegel Staiger Erskinc
Dallas
Vischer
Jakobson

Jcan Paul
Humboldt
DRAMÁ:I'ICO Erskine Vischcr
Dallas
Staigcr

Comp sucede en la famosa teoría del «color de las vo­


cales», resultaría un tanto pobre observar simplemente que
se han atribuido sucesivamente los tiempos a cada uno de
los tres géneros;". Hay, de hecho, dos dominantes claras:

1802-1805; jEAN PAUL, Vorsí"hule der Asthetik, 1813; HECEI., Esth/tique


(Vlll, 288), hacia 1820; E. S. DALI..\S, Po,,tzú, 1H52; F. T. FJSClli·:R,
Ásthetik, 5° vol., 1857; J. ERSKINE, Tfu, Kinds o/ Poetry, 1920; R.
JAK08SON, Remarques sur [a prose de Pasternak, 1935; E. STAICER, Grund­
begrifje der Poetik, 1946.
·," Observamos que algunas listas son defectivas, lo cual, dado lo
tentador que resulta sistematizar, es más bien rneritor·io. Humboldt opo­
ne con más precisión lo épico (pasado) a lo trágico (presente) l'll el in­
terior de una categoría más amplia que él llama filástica, y que opotH'
globalmente a lo lírico; ser:ía un tanto arriesgado deducir de ahí en su
nombre la equivalencia lírico = futuro.
216
la afinidad entre lo épico y el pasado, y la que existe entre
lo _lírico y el presente;. lo dramático, evidentemente «pre­
sente,, por su forma (la representación) y tradicionalmente
«pasado» por su objeto, resultaba más difícil de acoplar. Lo
razonable hubiera sido quizás asignarle el término mixto
o sintético, y/o no ir más allá. Por desgracia, existe un tercer
tiempo y con él, la irresistible tentación de utilizarlo para
un género, de ahí la _equivalencia algo forzada entre dra­
ma y futuro, y otras dos o tres laboriosas invenciones. No
se puede ganar siempre 57, y si es preciso una disculpa por
estos intentos arriesgados, la encontraré, a la inversa, en
la insatisfacción en que nos deja una ingenua enumeración
como la de las nueve formas simples de Jolles -la cual no
es, desde luego, el único defecto ni el único mérito. ¿Nue­
ve formas simples? ¡Pues vaya! 5" .¿Como las nueve mu­
sas? ¿Porque tres por tres? ¿Porque él ha olvidado una?
Etcétera ¡Qué difícil nos resulta admitir que Jolles ha en­
contrado simplemente nueve, ni más ni menos, y ha des­
deñado el placer fácil, quiero decir, poco laborioso, de
justificar este número! El verdadero empirismo asombra
. .
siempre, como una mcongruencia.

Todas las teorías evocadas hasta aquí -desde Batteux


hasta Staiger- constituían tantos sistemas integrados y je·
rarquizados como el de Aristóteles, en el mismo sentido qm
los diversos géneros poéticos se repartían entre las tres ca-·
tegorías fundamentales, así como en subclases: bajo el épico,
epopeya, novela; novela corta, etc.; bajo el dramático, tra­
gedia, comedia, drama burgués, etc.; bajo el lírico, oda,
himno, epigrama, etc. Pero semejante clasificación es aún
muy elemental, puesto que los géneros vuelven de nuevo

;, Otra equivalencia entre géneros y personas gramaticales ha sido


propuesta por Dallas y Jakobson al menos, ambos de acuerdo (a pesar
de que difieran en cuanto a los tiempos) en atribuir la primera del sin­
gular a lo líricn, y la tncern, a lo épico. Dallas añade aquí, con toda
raz(Ín, drnmátirn = segunda del singular. Esta división es bastante atra­
yente; pero ¿qué hacemos con el plural?
·,:: Para los ejercicios de rectificación con los que se contraviene
la lista de Jollc�, ver la Nota del editor en la traducción francesa de
Hmnes simples, S,·uil, 1972, págs. 8-9, y TODOROV, Dictionnaire, pági­
na 201.
217
al desorden dentro de cada uno de los términos de esta tri­
partición motivada, o como mucho se organizan -de nuevo,
como en Aristóteles- según un nuevo principio de dife­
renciación, de naturaleza distinta de la que motiva la pro­
pia tripartición: epopeya heroica vs. novela sentimental o
«prosaica», novela extensa vs novela corta, tragedia noble
vs comedia familiar, etc. Sentimos, pues, la necesidad de
una taxonomía más ajustada que regule según el mismo
principio, hasta distribuir cada categoría.
El medio utilizado con mayor frecuencia consiste sim­
plemente en reintroducir la tríada en el interior de cada
uno de sus términos. Así, Eduard von Hartmann 51' pro­
pone distinguir un· género lírico puro, un lírico-épico, un
lírico dramático; un dramático puro, un dramático lírico,
un dramático épico; un épico puro, un épico-lfrico, un épico
dramático; y de esta manera, al estar cada una de las nue­
ve clases aparentemente definidas por un rasgo dominante
y otro secundario, y al faltar los términos mixtos inversos
_
( como el épico-lírico y el lírico-épico) se igualarían y :1 sis­
tema se reduciría a seis términos: tres puros y tres mixtos.
Albert Guérard 150 aplica este supuesto e ilustra cada térmi­
no con uno o varios ejemplos: para el lírico puro, los Wan­
drers Nachtlíeder de Goethe; para el lírico dramático, Robert
Browning; para el lírico-épico, la balada (en el sentido ger­
mánico); para el épico puro, Homero; para el épico-lírico,
The Faíríe Queene; para el épico dramático, L 'Enfer o Notre­
Dame de París; para el dramático puro, Moliere; para el dra­
mático lírico, el Songe d'une Nuít d'été; para el dramático-
épico, Esquilo o Tete d'or 61 •
Pero estos ajustes de tríadas no sólo aumentan, al igual

51' Philosopie des Schiinen, Grundriss der isthetik, 1924, pá . 235-259;


gs
cf. RUTTKOVSKI, op. cit., pág. 37.
60 Preface to World Literature, New York, 1 940, ch. 11, «The Theory
of ]iterary Genres»; cf. RUTTKOVSKI, pág. 38.
61
Encontramos la información, menos sistemática, de este princi­
pio, en el manual de W. KAYSER, Das Sprachliche Kunstwerk (Beme,
1948), en el que las tres «posiciones fundamentales» (Grundhaltungen) pue­
den subdividirse a su vez en lírico puro, lírico-épico, e tc., es decfr, (pa­
ra lo lírico) según la forma de enunciación o de «presentación» (Aussere
Darhietungsforrn) y (para lo épico y lo dramático) según el contenido an­
tropológico. Volvemos a encontrar al mismo tiempo la tríada-dentro­
de-la-tríada, y la ambigüedad de su postulado, modal y/o temático.
218 GÉRARD GENETTE

que un abismo, la división fundamental, sirio que, sin que­


rerlo, muestran la existencia de estados intermedios entre
los tipos puros, cerrándose el conjunto sobre sí mismo en
triángu lo o en círculo. Esta idea, como una especie de es­
pectro de los géneros, continuo y cíclico, había sido pro­
puesta por Goethe: «Se pueden combinar estos tres elemen­
tos (lírico, épico, dramático) y hacer variar hasta el infini­
to los géneros poéticos, y también por esta razón es muy
difícil encontrar un orden de clasificación de los elemen­
tos, ya sea uno junto al otro, ya uno tras otro. Podremos,
por otra parte, superar esta dificultad disponiendo en un
círculo, uno enfrente del otro, los tres elementos principa­
les, y buscando ejemplos modelo de obras en donde cada
elemento predomine aisladamente. Después reuniremos
ejemplos que tenderán hacia uno u otro sentido, hasta que
por fin se haga patente la unión de los tres y el círculo se
encuentre completamente cerrado 62• Esta idea ha sido re­
tomada en el siglo XX por el esteta alemán Julius Peter­
sen 63, cuyo sistema genérico se fundamenta en una serie
de definiciones aparentemente muy homogénea: el epos es
la narración (Bericht) monologada de una acción (Handlung);
el drama, la representación (Darstellung) dialogada de una
acción; el lirismo, la representación monologada de una si­
tuación (Zustand). Estas relaciones se configuran, en primer
lugar, mediante un triángulo en el que cada género fun­
damental, asociado a su rasgo específico, ocupa una esqui:..
na, y en cada uno de los lados fi gu ra el rasgo común a los
dos tipos que a3ocia: entre lirismo y drama encontramos
la representación, o sea, la expresión directa de los pensa­
mientos o sentimientos, bien del poeta o de los personajes;
entre lirismo y epos está el monólogo; entre epos y dra-
ma, la acción:

62 Nota al West-ostlicher Diwan, 1819, tr. Lichtenberger, Aubier­


Montaigne, pág. 378. Ver más adelante nota 71.
63 «Zur Lehre von der Dichtungsgattungen», Festschrift A. Sauer,
Stuttgart, 1925, págs. 72-116; sistema y esquemas retomados y perfec­
cionados en Die Wissenschaft van der Dichtung, Berlín, 1939, Erster Band,
págs. 119-126; cf. FUBINI, op. (Ít., págs. 261-269.
GÉNEROS, ,¡rrpos .., MODOS 219

DRAMA

diálogo

acción representación

EPOS ¿_______________... LIRISMO


narración monólogo situación

Este esquema pone en evidencia una asimetría descon­


certante y, taJ vez, inevitable (la cual vimos ya en Goethe
y volveremos a encontrar más tarde): consiste en que, al
contrario que en el epos y en el drama, cuyo rasgo especí­
fico es formar (narración, diálogo), el lirismo se define por
un rasgo temático: es el único que describe una situación
y no una acción, y por esta razón, el rasgo común al dra­
ma y al epos es el rasgo temático (acción), mientras que
el lirismo comparte con los otros dos géneros dos rasgüs for­
males (monólogo y representación). Pero este triángulo cojo
sólo es el punto de partida de un sistema más complicado,
que pretende, por una parte, señalar en cada extremo el
lugar de al gunos géneros mixtos o intermedios, tales como
el drama lírico, el idilio o la novela dialogada, y por otra,
tomar en cuenta la evolución de las formas literarias desde
un Ur-Dichtung primitivo, éste heredado también de Goe­
the, hasta las «formas eruditas» más desarrolladas. Esta vez
el trián gulo llega a ser, según sugiere Goethe, una rueda
en la que el Ur-Dichtung ocupa el centro; los tres géneros
fundamentales, los tres radíos; y las formas intermedias,
las tres cuartas partes restantes, a su vez divididas en seg­
mentos de anillos concéntricos, en los que la evolución de
las formas se van escalonando desde el centro hacia la
periferia 64:

,;4 Dejo en este esquema los términos genéricos alemanes utilizados


por Petersen, a menudo sin ejemplos, y cuyos referentes y equivalentes
220 GÉRARD GENETTE

franceses no siempre están claros. Uno se detestaría por tráducir Ur­


Dicht ..ng. Con respecto a los demás, y partiendo del epos, arriesguémo­
nos a traducir en la primera corona: balada, cuento, lamento fúnebre,
mimo, canto coral alternado, himno, canto para bailar, madrigal, can­
to de trabajo, plegaria, sortilegio mágico, canto épico; en la segunda:
relato en primera persona, relato de insertación, novela por entregas,
novela dialogada, cuadro dramático, drama lírico, idilio dialogado, diá­
logo lírico, monodrama (ejem. Rousseau, Pygmalion); el Rollenlied es
un poema lírico que se atribuye a un· personaje histórico o mitológico
(BÉRANGER, Les Adieux de Marie St11c.�t, o GOETHE, Ode de Prométhée);
ciclo lírico (GOETHE, Élégies rorn.ánes), epístola, visión (Divine Corn.édie),
idilio narrativo, novela lírica (primera parte de Werther, la segunda des­
tacada por Petersen, de l'Icherzii.hlung); en la última: crónica en verso,
poema didáctico, diálogo filosófico, festividad, diálogo de muertos, sá­
tira, epigrama, poema gnómico, relato alegórico, fábula.
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS .221
Como vemos, el primer círculo a partir del centro está
ocupado por géneros en princÍpio más espontáneos y po­
pulares, cercanos a las «formas simples» de J olles, que Pe­
tersen evoca explícitamente; el segu ndo es el de las formas
normativas; el último vuelve nuevamente a formas norma­
tivas «aplicadas», en donde el discurso poético se pone al
servicio de un mensaje moral, filosófico o de otra índole.
En cada uno de estos círculos, los géneros se escalonan, se­
gún su grado de afinidad o de parentesco con los tres tipos
fundamentales. Aparentemente satisfecho de su esquema,
Petersen asegura que éste puede servir «como una brújula
para orientarse entre las distintas direcciones del sistema
de los géneros»; más reservado, Fubini prefiere comparar
esta construcción con «esos veleros de torcho encerrados
dentro de una botella, que decoran al gu nas casas de Li gu ­
ria», cuyo ingenio admiramos sin.que descubramos su uti­
lidad. Verdadera brújula o falso navío, la rosa· de los
géneros de Petersen quizás no es tan importante, pero tam­
poco tan inútil. Por lo demás, y a pesar de las pretensio­
nes expuestas, ésta no cUbre en absoluto la totalidad de los
géneros existentes: el sistema de representación adoptado
no deja un espacio bien determinado para los géneros «pu­
ros» más normativos, como la oda, la epopeya o la trage­
dia; y sus criterios de definición, esencialmente formales,
le impiden cualquier distinción temática, como las que opo­
nen la tragedia a la comedia o el romance al novel. Quizá
hiciera falta aquí otro compás, es decir, una tercera dimen­
sión y sin duda sería tan dificil relacionar uno con otro co­
mo las distint�s cuadrículas, concurrentes y no siempre com­
patibles, de las que se compone el «sistema» de Northrop
Frye. Todavía aquí, la fuerza de sugestión supera en mu­
cho la capacidad explicativa, es decir, simplemente descrip­
tiva. (No) podemos (sino) soñar sobre todo esto ... Sin duda,
es para lo que sirven los navíos en las botellas, y a veces
también, las viejas brújulas.
Pero no abandonaremos esta sección de curiosidades sin
echar un vistazo a un último sistema, puramente «histórico»,
basado en la tripartición romántica: el de Ernest Bovet, un
personaje muy olvidado hoy día, al que Irene Behrens no
ha pasado por alto, como hemos visto anteriormente. Su
trabajo, aparecido en 1911, se titula exactamente Lyrisme,
222 GÉRARD GENETTE

épopée, drame: une loi de l:évolution littéraire expHquée par l 'évo­


lution générale. Su punto de partída es el Préjace de Cromwell,
en donde el propio Hugo sugiere que la ley de sucesión
lírica-épica-dramática puede aplicarse, a este respecto, co­
mo si se tratara de una estructura en abismo, a cada fase
de la evolución de cada literatura nacional: de este modo,
para la Biblia: Génesis-Reyes-Job; para la poesía griega:
Orfeo-Homero-Esquilo; para el nacimiento del clasicismo
francés: J\1alherbe-Chapelain-Corneille. Para Bovet, igual
que para Hugo y también para los Románticos alemanes,
los tres «grandes géneros» no son meras formas (el más for 0

malista habrá sido Petersen), sino «tres modos esenciales


para concebir la vida y el universo», que corresponden a
tres épocas de la evolución tanto ontogenética como filo­
genética y que funcionan en cualquier nivel de la unidad.
El ejemplo elegido es el de la literatura francesa 55, dividi­
da aquí en tres grandes eras, las cuales a su vez se subdi­
viden en tres períodos: la obsesión trinitaria llega a su cul­
men. Pero debido a una primera alteración en su sistema,
Bovet no ha intentado proyectar el principio evolutivo so­
bre las eras, sino solamente sobre los períodos. La primera
era, feudal y católica (desde los orígenes hasta aproxima­
damente 1520), conoce un primer período fundamentalmen­
te lírico, desde los orígenes hasta principios del siglo XII:
se trata de un lirismo oral y popular cuyas huellas hoy día
están casi perdidas; después, una era primordialmente épi­
ca, desde 1100 hasta 1328 aproximadamente: canciones de
gesta, novelas de caballería; el lirismo entra en crisis, el dra­
ma está aún en estado embrionario; se desarrolla en el tercer
período (1328-1520), con los Misteres y Pathelin, mientras
que la epopeya degenera en prosa, y el lirismo -Villon
es la excepción que confirma la regla-, en Gran Retóri­
ca. La segu nda era, desde 1520 hasta la Revolución, es la
de la monarquía absoluta; período lírico: 1520-1610, ilus­
trado por Rabelais, la Pléiade, las tragedias líricas de Jo­
delle y de Montchrestien; las epopeyas de Ronsard y de
Du Bartas son abortadas o se malogran, d'Aubigné es líri-

65 La evolución de la literatura italiana, echada a perder por falta

de unidad nacional, sirve como ejemplo contrario. Nada que decir so·
bre las otras literaturas.
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 223
co; período épico: 1610-1 715, no debido a la epopeya ofi­
cial (Chapelain), que no vale nada, sino a la novela, que
domina toda esa época y se ennoblece en... Corneille; Ra­
cine, cuyo talento no es novelesco, es otra excepción y, ade­
más, su obra fue en aquel entonces mal acogida; Moliere
anuncia el florecimiento del drama, 1715-1789, caracterís­
tico del tercer período dramático debido a Turcaret, Fígaro,
Le Neveu de Rameau. Rousseau abre el período sigu iente, pe­
ríodo lírico de la tercera era, desde 1789 hasta nuestros días,
dominada hasta 1840 por el lirismo romántico; Stendhal
anuncia el período épico, 1840-1885, dominado por la no­
vela realista y naturalista, en el que la poesía (parnasiana)
pierde su vena lírica y en el que Dumas hijo y Henry Bec­
que anuncian desde 1885 el maravilloso florecimiento dra­
mático del tercer período, marcado para siempre por el
teatro de Daudet y, por supuesto, por el de Lavedan, Bers­
tein y otros gigantes de la escena; la poesía lírica, sin em­
bargo, naufraga en la decadencia simbolista: véase Ma­
llarmé 66.

Una observación antes de concluir: la reinterpretación


romántica del sistema de los modos en sistema de géneros
no es, ni de hecho ni de derecho, el epílogo de esta larga
historia. Por ejemplo, Ka.te Hamburger, al constatar de al­
gu na forma la imposibilidad de repartir entre los tres gé­
neros la pareja antitética subjetividad/objetividad, he aquí
que decidía hace al gu nos años reducir la tríada a dos tér­
minos: el lírico (el antigu o «género lírico», aumentado por
otras formas de expresión personal como la autobiografía
e incluso la «novela en primera persona»), caracterizado por
el Ich-Origo de su enunciación, y la fz'cción ( que agrupa los
antiguos géneros épico y dramático, además de algunas for­
mas de poesía narrativa, como la balada), definida como

66 Ernest Bovet enseñaba en la universidad de Zürich. Su libro

está dedicado a sus maestros Henri Morf y Joseph Bédier. Se decla­


ra antipositiva en comunión con Bergson, Vossler y (a pesar de las
controversias acerca de la pertinencia en la noción de género) con Cro·
ce. Se guarda de leer a Hegel y podemos suponer, con mayor moti­
vo, a Schelling; de esta manera la caricatura puede prescindir de mo·
:lelo.
224 GÉRARD GENETTE

una enunciac10n sin ra,stro de su origen 67• Como vemos, ·


el gran excluido de la Poética ocupa aquí, bonita vengan­
za, la mitad del terreno: es cierto qué este campo ya no
es el mismo, puesto que ahora engloba toda la literatura,
prosa incluida. Pero, en realidad, ¿qué entendemos hoy día
( es decir, una vez más, desde el romanticismo) por poe­
sía? Pienso que, la mayoría de las veces, lo que los prerro­
mánticos entendían por lirismo. La fórmula de
Wordsworth 68, que define la poesía en conjunto, más o
menos como el traductor de Batteux definía la sola poesía
lírica, parece un poco comprometedora por la credibilidad
que concede a la afectividad y espontaneidad; pero no su­
cede lo mismo con la de Stuart Mill, para quien la poesía
lírica es «more eminently and peculiarly poetry than any_
other», excluyendo toda narración, toda descripción, todo
enunciado didáctico por antipoético, y decretando, de pa­
so, que todo poema épico «in so far as it is epic... is no
poetry at all». Esta idea, retomada o compartida por Ed­
gar Poe, para quien «no existe poema extenso», será, co­
mo ya sabemos, tratada por Baudelaire en sus Notices sur
Poe 59, con la consi guiente condena absoluta del poema
épico o didáctico, y pasará de este modo a nuestra vulgata
simbolista y «moderna» bajo el lema, hoy día un poco ver­
gonzante pero siempre activo, de «poesía pura». En la me­
dida en que toda distinción de géneros no ha desaparecido
aún, por ejemplo entre poesía y prosa, nuestro concepto
implícito de la poesía se confunde más o menos ( este pun-

67 KA.TE HAMBURGER, Die Logik der Dichtung, Stuttgart, 1957. Lo


que propone Henri Bonnet es una bipartición comparativa: «Hay dos
géneros, y sólo dos, ya que todo lo que es real puede ser examinado
desde el punto de vista subjetivo o desde el punto de vista objetivo ...
Estos dos géneros se fundamentan en la naturaleza de las cosas. Les da­
mos el nombre de poesía y novela» (Roman et Poésie, Essaz" sur l'esthétique
des genres, Nizet, 1951, págs. 139-140). Para Gilbert Durand los dos gé­
neros principales, basados en los dos «sistemas imaginarios», diurno y
nocturno, son lo épico y lo lírico o místico: lo novelesco no es más que
un «instante», el que señala el paso del primero al segundo (Le décor myti­
que de la Chartreuse de Parme, Corti, 1961 ).
68 «Poetry is the spontaneous overflow of powerful feelings» (Pró­

logo a los Lyrical Ballads, 1800).


69 STUART MILL, What is Poetry? y The Two Kinds of Poetry, 1833;

EDGARD POE, The poetic Principle, ed. póstuma, 1850; BAUDELAIRE, No­
tices sur Edgar Poe, 1856 y 1857.
GÉNEROS, ,TIPOS», MODOS 225
to sin duda será cuestionado o mal acogido debido a las
connotaciones anticuadas o molestas adheridas al término
pero, a mi parecer, la práctica misma de la escritura y so�
bre todo de la lectura poética contemporánea lo pone en
evidencia) con el anti guo concepto de poesía lírica. Dicho
de otro modo: desde hace más de un siglo consideramos
como «more éminently and peculiarly poetry» ... precisa­
mente el tipo de poesía que Aristóteles excluía de su Poéti­
ca. Pero este vuelco absoluto no es quizás la señal de una
auténtica emancipación.
He intentado mostrar por qué y cómo se llegó a conce­
.
bir y atribui� a Platón y Aristóteles una división de los «gé­
_
neros hteranos» que su propia doctrina literaria rechaza.
Sería necesario precisar, para acercarnos más a la realidad
hist�rica, que l� atribución ha conocido dos etapas y dos
motivos muy diferentes: a finales del clasicismo, procedía
de un respeto aún vigente, a la vez que de una necesidad
de se gu ridad por parte de la ortodoxia; en el siglo xx, se
explica más debido a la ilusión retrospectiva (la vulgata está
tan bien fijada que es difícil imaginar que no haya existi­
d? desde sie1?pre), y también es manifiesto en Frye, por
ejemplo, debido a un resquicio legítimo de interés por una
interpretación modal -es decir, por la situación de enun­
ciación- de los hechos genéricos. (Entre las dos citadas
la época romántica y post-romántica se ha ocupado muy po�
co de mezclar a Platón y Aristóteles en todo esto). Pero el
actual choque de estas distintas posturas -por ejemplo el
hecho de apelar al mismo tiempo a Aristóteies Batteux
Sc�egel ( o, como veremos, a Goethe), a Jakobs�n, a Ben�
ven�ste y a l� filosofía analítica anglo-americana- agrava
los mconvementes teóricos, sobre los que quisiera insistir
para terminar con esta atribución errónea o -por definir­
la en términos teóricos- con esta confusión entre modos
y géneros.
En Platón, y también en Aristóteles, como hemos ob­
servado, la división fundamental tenía un estatuto bien de­
terminado, ya que ésta se fundamenta explícitamente en
e] modo de enunciación de los textos. A medida que se toma­
ban en consideración (muy poco en Platón, más en Aris­
tóteles) los géneros propiamente dichos, se repartían entre
los modos en cuanto que eran reveladores de tal o cual ac-
226 GÉRARD GENETTE

titud de enunciac10n: el ditirambo lo era de la narración


pura, la epopeya de ·1a narració� mixta, la tragedi � y la
_
comedia, de la imitación dramática. Pero esta relac10n de
inclusión no impedía que el criterio genérico _Y el modal _fue­
ran completamente heterogéneos y con :1n estatuto radical­
_
mente diferente: cada género se caractenzaba esencialmente
por una especificación del contenido que nada señalab_a
,
acerca de la definición del modo del que dependia. La di­
visión romántica y post-romántica, por el contrario, examina
de hecho lo lírico, lo épico y lo dramático, no ya como me­
ros modos de enunciación, sino como auténticos géneros,
cuya definición entraña inevitablemente un elemento temá­
tico por muy vago que sea. Lo_ obser:amos entre_ otros en
Hegel, para quien existe un mundo épico, caractenzad? por
un tipo determinado de agregación so�ial Y de relac10nes
. .
humanas un contenido lírico ( el «tema mdividual»), un es­
pacio dr�ático «hecho de conflictos y colisiones»; también
en Hugo, para quien, por ejemplo, el verdad;ro dra�a es
inseparable del mensaje cristiano; lo vemos aun en Vie:or,
para quien los tres grandes géneros expres�n tres «actitu­
_
des fundamentales» 70: en el lírico, .el sentimiento; en el
épico, el conocimiento; en el dramático, la voluntad y la
acción.
El paso de un estatuto al otro está ilustrado, si no vo-
luntariamente, sí claramente, en un célebre texto de
Goethe 71, al que hemos vuelto a encontrar varias veces

711
«Die Geschichte titerarischer Gattungen» (1931), en Geist und
Form, Beme, 1952; ver aquí mismo, págs. 490 s. Mismo término (Grund­
haltung), lo hemos visto en Kayser, y la misma noción ya en Bovet, que
_
hablaba de «modos esenciales de concebir la vida y el umverso».
71
Se trata de dos notas conjuntas (Dichtarten et Naturformen der Dich­
tung) en el Diwan en 1819. La lista de los Dichtarten, ofrecida a propósi­
to por orden alfabético, es la siguiente: alegoría, balada, cantata, drama,
elegía, epigrama, epístola, epopeya, relato (Erzahlung), fáb�a, · hermda,
idilio, poema didáctico, oda, parodia, novela, romance, satlr a . L a tr�­
ducción de Klar erzahlende y de personlich handelnde es más prudente o mas
evasiva («que cuenta de forma clara» y «que actúa personalmente») en
la edición bilingüe del Diwan dad a por Lichtenberger (sm el texto
alemán de las Notas), págs. 377-378; pero me parece que la mte:pr �ta­
ción modal está confirmada en la misma nota por las otras dos md1c�­
ciones: «En la tragedia frances a la exposición es épica, la parte media
dramática», y, con un criterio rigurosamente aristotélico: «La ;popeya
(Heldengedicht) homérica es puramente épica: el rapsoda se s1tu a s1em-
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS
227
indirectamente, y que ahora hay que considerar por sí mis­
mo. Goethe opone las meras «clases poéticas» (Dichtarten),
que son los géneros particulares como la novela, la sátira
o la balada, a estas «tres auténticas formas naturales (drei
echte Naturformen)» de la poesía, que son el epas, entendido
como narración pura (klar erzéi.hlende), el lírico, definido co­
mo delirio apasionado (enthusíastisch aufgeregté), y el drama,
como representación viva (persónlich lwndelnde). Estos tres
modos poéticos (Dichtweisen), añade él, pueden actuar jun­
tos o por separado. En la oposición entre Díchtarten y Dícht­
weisen se esconde con precisión la distinción entre géneros
y modos, y está ratificada por la definición puramente mo­
dal del epas y del drama. En compensación, la del género
lírico es más bien temática, lo cual quita pertinencia al tér­
mino Dichtweisen y nos remite a la noción más indecisa de
Naturform, que abarca todas las interpretaciones, y que
-sin duda, por esta misma razón:- es la más comentada
por los estudiosos.
Pero precisamente lo que importa es saber si la califi­
cación de «formas naturales» puede S€:r aplicada aún legí­
timamente a la tríada lírica/épica/dramática redefinida en tér­
minos genéricos. Los modos de enunciación pueden, en
todo caso, ser calificados como «formas naturales», al me­
nos en el mismo sentido que cuando hablamos de «lenguas
naturales»: alarde literario aparte, el usuario de la lengua
debe constantemente, incluso o sobre todo inconscientemen­
te, elegir entre actitudes de locución tales como discurso
e historia ( en el sentido benvenistiano), cita literal y estilo
indirecto, etc. La diferencia de estatuto entre géneros y mo­
dos se encuentra principalmente ahí: los géneros son cate­
gorías propiamente literarias 72, los modos son categorías
que dependen de la lingüística, o más exactamente, de una

pre en un primer pla no para rel atar los sucesos; nadie puede abrir l a
boca si él no le ha dado previamente la palabra»; en ambos casos, «épi­
co» significa cl aramente narrativo.
72 Para ser más preciso, seguramente sería necesario escribir: pro­
piamente estéticas, puesto que, como ya hemos visto, la realid ad de gé­
nero es común a tod as l as artes; «propiamente literari a» significa, por
lo tanto, aquí: inherente al nivel estético de la literatur a que ésta com­
parte con las otras artes, como opuesto a su nivel lingüístico, que ésta
comparte con los otros tipos de discurso.
228 GÉRARD GENETTE

antropología de la expresión verbal. «Formas naturales»,·


púes, en este sentido relativo, y en la m€dida en que la len­
gua y su uso se manifiestan como un don natural frente
a la elaboración consciente y deliberada de fas formas es­
téticas. Pero la tríada romántica y sus derivados posterio­
res no se sitúan ya en este terreno: lírico, épico, dramáti­
co se oponen aquí a los Dichtarten, ya no como modos de
enunciación verbal, anteriores y exteriores a toda defini­
ción literaria, sino más bien como una especie de archigéne­
ros. Archi- porque cada uno de ellos se supone que sobre­
pasa y contiene, jerárquicamente, un determinado núme­
ro de géneros empíricos, los cuales son evidentemente, y
sea cual sea la amplitud, duración o capacidad de recurren­
cia, hechos de cultura y de historia; pero también ( o ya)
-géneros porque sus criterios de definición incluyen siempre,
como ya hemos visto, un elemento temático que supera la
descripción puramente formal o lingüística. Este doble es­
tatuto no es privativo de ellos, ya que un «género» como
la novela o la comedia puede también subdividirse en «es­
pecies» más determinadas -novela de caballería, novela
picaresca, etc.; comedia de caracteres, farsa, vodevil, etc.­
sin que ningún límite se haya fijado a· priori en esta serie
de inclusiones: todo el mundo sabe, por ejemplo, que la
clase novel,a policiaca puede a su vez subdividirse en diver­
sas variedades ( eni gma policiaco, thriller, policiaco «realis­
ta» a la manera de Simenon, etc.), y es que un poco de
ingenio siempre puede multiplicar las apelaciones entre la
especie y el individuo, y nadie puede poner fin aquí a la
proliferación de especies: la novela de espionaje hubiera sido
perfectamente imprevisible para un teórico de la poética del
siglo XVIII, y otras muchas especies por venir nos resultan
hoy día inimaginables. En suma, todo género puede siem­
pre contener varios géneros y los archigéneros de la tríada
romántica no tienen ningún privilegio natural que les haga
ser diferentes. Todo lo más, se los podría describir como
las últimas exigencias de la clasificación por aquel enton­
ces en uso: pero el ejemplo de Ka.te Hamburger demues­
tra que una nueva reducción no está a priori descartada
( al contrario, no sería una locura prever una fusión in­
versa a la suya entre el lírico y el épico, dejando aparte el
dramático, por ser la única forma de enunciación riguro-
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 229
samente «objetiva»); y el ejemplo de 'lv. V. Ruttkowski 73
que también puede proponer, tan razonablemente como el
anterior, otra instanc.ia suprema, en esta ocasión lo didác­
tz:co.'!así sucesivamente. En la clasificación de las espe­
.
cies hteranas, como en otra cualquiera, nin gu na instancia
es por esencia más «natural» o más «ideal» -excepto so­
brepasando los criterios propiamente literários, como ha­
cían implícitamente los antiguos con la instancia modal-. No
hay ningún nivel genérico del que pueda afirmarse que es
más «teórico», o que pueda ser alcanzado por un método
más «deductivo» que el resto: todas las clases, todos los sub-
géneros� géneros o super-géneros son categorías empíricas,
,
establecidas por la observación dell e gado histórico en úl­
tima instancia -como hemos visto en Aristótel;s o en
Fry�- por extrapolación, partiendo de este supuesto, es
decir, por un movimiento <;l.eductivo superpuesto a un pri­
mer n_iovim�ento todavía inductivo y analítico. Los gran­
des «tipos» ideales que oponemos tan a menudo 74 desde
Goethe a las formas pequeñas y a los géneros medios, no
son más que clases más amplias y menos especificadas, cuya
extensión cultural tiene, por esta razón, la posibilidad de
ser más grande, pero cuyo principio no es ni mucho me-

� Op. cit., c ap. 6, « Schlussforgerungen : eine


mo difizierte Gattungs-
7

poet1k».
74 Bajo este término (LAMMERT, TüDOROV, en Dictionnaire) o se­
g ún otr a parej a terminológic a : Kind!género (W arren), modo/género (Scho­
les). género teórico/género histórico (TODOROV, en lntrodu ction á la littérature
Jantastzqu e, Seuil, 1970), actitud fundame ntal/género (Vietor), _ginero fu nda­
.
me ntal, o tzpo fundamenial/géneru (Petersen); y a demás éon al n os ma
ti­
ces, forma szmplelforma actu al en J o lles. La p osición actu al de Todoro v
gu

se aproxim a más a l a que estoy defendiendo: «En el pasado se ha in­


tent a do_ diferenci a_r '. inclus� �poner , la s form as «naturales» d� l a p oesía
(por eJemplo, lo lmco, lo ep1co, lo dramático) y las formas co nvencio­
nales tales <;orno el sone�o, l a bal a d a o la o d a . H ay que intent ar averi­
guar en que pl ano semeJante afirm ación tiene un sentido . L o lírico lo
épico, etc , bien son ca teg oría s universales, y por lo t anto , del dis;ur­
:
so (- ·), bien fenómenos históricos, en los que pensa 1-1 os al emplear ta­
; _
les term1nos; de este mo do l a epopeya encarn a l a llíada de Homero . En
�ste caso se trat a , ci�rtamente, de gé neros; pero en ei pl ano discursivo
estos no son cualitativ amente distint os de un gé nero como el soneto el ·
cu al_ reposa tambié n sobre exigencias temática s, verbales, etc.» (« The
_ _
ongm of genres», New lzterary History, Autumn 1976, pág. 163; el sub­
raya do _es nuestro).
230 GÉRARD GENETTE

nos antihistórico: e l «tipo épico» no es más ideal ni más na­


tural que los géneros «novela» y «epopeya», y se supon� que
los engloba -a men os que se le de�na corno e l conJ linto
de los géneros principalmen te narratzvos-:-, lo que nos lleva
enseguida a la división de los modos, ya q ue t ant o e l rela­
to como el diálogo dramático son actitude s fun damentales
de enunciación, cosa que no se puede decir del género épico
.
0

ni de l dramático , n i, por supuest o, del lírico, en el sent ido


romántico de est os t érmino s.
Recordan do estas e videncias, a me nudo mal conocidas,
no preten do de ni n gu n a manera negar para los gé e ro� li­
1:- ,
terarios toda clase de fundamento «natural» y transh1stonco:
conside ro , por el contrario, como otra evidencia ( ambigua)
la e xistencia de una postura existencial, de una «est ru ctu ­
ra an trop ológica» (Du rand), de una «disposición mental»
O olles), de un «esquema imagin ativo >'. (�au ron), º: como
diríamos co rrientemen te, de un «sen t1m1en to» propiamen­
te épico, lírico, dramático -pe ro t ambién trágico, cómico,
75
e le gíaco, fant ást ico, nove lesco, et c.- , cuya �atu�aleza,
ª
el origen, la p e rmanencia y la relación c?n ; h1�t ona (�n­
tre otras co sas) quedan aún por esmdiar 6 . N 1ego so1a-

75 Efectivament e, no creo -aunque esto ya habrá qu e dado muy


claro- que los tres términos de la tríada, por el hecho de _ ser conccp�os_
,
genéricos, sean m e recedores de un orden J e rarqmco particular. El epz­
co, por ejemplo, no domina la epopeya, la novela, la novela �arta, el cuento,
etc., a no ser que lo entendamos como modo ( = narranvo); si lo en­
tendemos como género ( = epopeya) y lo dotamos, como hace Hegel,
de un contenido temático específico, no implica lo novelesco, lo fantás­
.tico etc.· se encuentra en el mismo plano.
Lo ;;Ísmo suc ede con lo dramático re spe cto de lo trágico, lo cómi­
co,· etc. En el caso presente, la terminología refleja la confusión teóri­
ca, y la agrava: No podemos oponer en francés al drama y a la ep?pe ­
ya (entendidos cowü géneros específicos más que �n flaco poema /meo'.
épico, en el se ntido modal no es en realidad id10mat1co, y nadie podra
lamentarlo: es un germanismo nada fácil de acreditar; en cuanto adra­
mático, designa re alment e , y por desgracia, los dos conceptos: el genéri­
co ( = propio del drama) y el modal ( = inherente al teatro), a pesar_ �e
que en el plano modal no podamos yuxtaponer nada en comparac10n
con narrativo ( el único equívoco): e l término dramático queda ambiguo
y el tercero falta por completo.
76 El problema de relacionar los arquetipos atemporales Y la temá­
tica histórica se plantea (no digo: se resuelve) por sí mismo en la lectu­
ra de obras como le Décor mythique de G. Durand, análisis antropológi­
co de un sentimiento novel e sco, nacido aparentemente con el Ariosto,
GÉNEROS, «TIPOS», MODOS 231
mente que una última i nstancia genérica, y sólo ésta, pueda
definirse p o r medio de t érmi nos que excluyen lo histórico :
cualquie ra que sea el nivel de generalidad e n que nos si­
tue mo s, el hecho genérico mezcla inextricablemente el he­
cho natural y e l he cho cultu ral, entre otros. También e s
e vidente qu e las proporcione s y el tipo de relación inclus o
pueden variar, p ero ninguna instancia viene totalmente da­
da por la naturale za o por el espíritu, comó tampoco ni n �
guna e stá t otalmente d ete rmin ada por la historia 77•
Así p ues, he mos vist o en dónde r eside el inconvenien ­
te teórico de un a atribu ción engañosa, que en principio po­
dría mostrarse como un mero lapsus histórico sin impor­
t ancia, aun que no exento de si gnificación : co nsist e e n que

o con la Psychocritique du gen re comique de Ch. Mauron, lectura psicoana­


lítica de un género que nació con J'vfenandro y la comedia nueva -Aris­
tófaries y la comedia antigua, por ejemplo, no derivan de los mismos
«esquemas imaginativos»-.
77 Se ha propuesto a ve ces (así LAMMERT e n sus Ea uformen des Er­

zahlens) una definición más empírica y relativa de los «tipos» ideales: se


trataría solamente de las formas g enéricas más frecuentes. Semejante s
dife rencias d e grado, por ejemplo, e ntre la comedia y el vodevil, o en­
tre la novela en general y la novela gótica, no son criticables y queda
claro que la mayor extensión histórica está en completo acuerdo con la
mayor extensión conceptual. Sin embargo, hay que manejar con cau­
tela el argumento d e la duración: la longevidad de las formas clásicas
(epopeya, tragedia) no es un indicio fiable de transhistoricidad, pues es
preciso tener en cuenta· el conservadurismo de la tradición clásica, ca­
paz de mantener en pie durante siglos formas momificadas. Frente a
semejante estabilidad, las formas postclásicas (o paraclásicas) ponen un
gran interés en lo histórico que no es tanto a�unto suyo como de cual­
quier otro movimiento histórico.
Un crite rio más significativo s e ría el de la capacidad de expansión
(en las culturas heterogéneas) y el de la recurrencia e spontánea (sin el
apoyo de una tradición, de un reviva! o de una moda «re tro»): d e este
modo, quizá podríamos considerar que el dificultoso resurgir de la epo­
peya clásica en el siglo XVII se da de forma inversa al retomo aparen­
temente espontáneo de la épica, en las primeras canciones de gesta. Pero
ante tales. temas vislumbramos rápidamente lo insuficiente, no sólo de
nuestros conocimientos históricos, sino incluso y fundamentalmente de
nue stros recursos teóricos: ¿en qué medida, de qué forma y en qué sen­
tido, por ejemplo, la canción de gesta pertenece al género épico? O tam­
bién: ¿cómo definir el épico sin hacer referencia al modelo y a la tradición
homérica:' (cf. D. POIRION,«¿Chanson de ge st e ou épopée? R emarque s
sur la définition d'un g enre», en Travaux de linguistique et de littérature,
Strasbourg, 1972).
232 GÉRARD GENETTE

esta atribución proyect� el privilegio de naturalidad («no


hay en esto ni puede haber m.is que tres maneras de re­
presentar las acciones, etc. » ), que era legítimamente el de
los tres modos, narración pura/narración mixta/imitación dramá­
tica, en la tríada de géneros o de archigéneros, liris olepo­
m_
peyaldrama: «no hay ni puede haber más que tres actitudes
poéticas fundamentales, etc. » . Al jugar subrepticia (e in­
conscientemente) con los dos cuadros de la definición mo­
dal y de la definición genérica 78, convierte estos archigé­
neros en tipos ideales o naturales, que no existen ni pueden
existir. En la realidad no hay archigéneros que escapen to­
talmente de la historicidad y que mantengan a la vez una defi­
nición genérioo 79• Existen modos, por ejemplo, el relato;

78 Él único, o casi el único, teórico moderno que mantiene (a su


manera) la distinción entre modos y géneros es, según mis conocimien­
tos, N. Frye (recuerdo que Scholes emplea «modo» en el sentido de «ti­
po ideal», sin ninguna mención al modo de enunciación). También bau­
tiza él con el nombre de modos lo que normalmente llamamos géneros
(mito, romance, mimesis, ironía), y por géneros lo que yo llamaría mo­
dos (dramático, narrativo, oral o epas, narrativo escrito o ficción, lírico
o cantado para sí mismo). Esta última división de Frye y sólo ésta se
basa explícitamente en Aristóteles y Platón, y se adjudica como criterio
la «forma de presentación», es decir, de comunicación con el público
(ver trad. fr., págs. 299-305, y particularmente pág. 300). C. Guillen
(op. cit., págs. 386-388) dislingue tres tipos de clases: los géneros pro­
piamente dichos, las formas métricas y (remitiéndose a Frye con una
feliz sustitución de términos) los «modo� de presentación, como el na­
rrativo y el dramático,,. Sin embargo, añade y ne sin razón, que, «al con­
trario que Frye, él no cree que estos modos constituyan el principio fun­
damental de toda distinción genérica, ni que los géneros esper:íficos sean
formas o ejemplos de estos modos».
79 Esta cláusula que destaco es sin duda el único punto en el que
me separo de la magnífica crítica que hace Ph. Lejeuhe a la noción de
«tipo» (Le pacte autobiographique), págs. 326-334). Pienso, como Lejeu­
ne, que el tipo es «una proyección idealizadora del género» (yo diría de
mejor grado: «naturalizada»).
Creo, sin embargo, como Todorov, que existen, digámoslo así, for­
mas a priori en la expresión literaria. Pero estas formas a priori sólo
las encuentro en los modos, que son categorías lingüísticas y preliterarias.
Sin hablar, por supuesto, de los contenidos concretos, que son también
en gran medida extraliterarios y transhistór:icos. Digo «en gran me�i­
da» y no «totalmente»: concedo sin reservas a Lejeune que la autob10-
grafía es, como todos los géneros, un hecho histórico, pero·mantengo
(e imagino que estará de acuerdo sin dificultad) que sus realizacio1:es
no lo son íntegramente y que la «consciencia burguesa» no Jo explica
todo.
CÉNEROS, ,;J.'IPQS,., MODOS
233
existen géneros, por ejemplo, la novela; la relación entre
géneros y modos es compleja y sin duda no es, corno su­
giere Aristóteles, una relación de simple inclusión. Los gé-·
neros pueden entremezclarse con los modos (el Edipo re­
latado sigue siendo trágico), quizá del mismo modo que las
obras se imbrican en los géneros, o tal vez de un modo di­
ferente: pero sabemos muy bien que una riovela no es sólo
un relato y que, por lo tanto, ·no es una especie del relato
ni siquiera una especie de relato. Esto es todo lo que po�
demos decir en este campo del conocimiento y sin duda es,
incluso, demasiado. La poc§tica es una «ciencia» muy vieja
y muy joven: lo poco que «sabe», quizás le vendría bien
olvidarlo algunas veces. En cierto sentido, esto es cuanto
quería decir, y esto es también, por supuesto, demasiado.
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN*
WOLF-DIETER STEMPEL
.Universidad t:{e Hambu.rgo

Se sabe que la lingüística estructural, para constituirse


como tal ha tomado por objeto casi exclusivo de sus análi­
sis la «lengua» en tanto que sistema. La lógica de esta elec­
ción que parecía, en efecto, tener a su favor la fuerza de
la evidencia, implicaba que se pusiese en duda la legitimi­
dad de un estudio lingüístico del «habla». Y, sin embargo,
ha habido aquí y allá considerables tentativas de concebir
una lingüística del habla: si el advenimiento de la gramá­
tica generativa, en un primer momento, no ha hecho más
que confirmar e incluso consolidar la elección hecha por
la escuela estructural en nuestros días, lo que se llama a
veces una «teoría de la actuación» se ,ha convertido en un
amplio programa de investigaciones, cuya realización está
lejos de concitar los esfuerzos de todos los lingüistas, pues­
to que entraña, como consecuencia («fatal» en la perspec­
tiva de unos, pero necesaria en la de otros) el cuestionarse
la identidad de la lingüística en sí misma.
En el análisis literario, lo que se ha producido, no es
exactamente lo contrario, pero es evidente que toda tenta­
tiva de sobrepasar el nivel privilegiado de la manifestación
de un texto individual para conocer las reglas de su cons­
titución suponía, en principio, una reflexión sobre el esta­
tuto de la estructura susceptible de sustentarlas. Por otra
parte, si hay, en lingüística, más allá de toda querella de
escuela, un cierto consenso en cuanto a la «regularidad» de
la gramática, parece difícil encontrarle a esta noción gene­
ral de estructura lingüística un equivalente «literario», que
pueda pretender un mismo grado de representatividad o
que responda a una misma necesidad fundamental.

Título original: «Aspects génériques de la réception», publicado en


Poétiqu.e 39, 1979, págs. 353-362. T raducción de María Josefa Figue­
roa. Texto traducido y reproducido con autorización del editor.
236 WOLF-DIETER STEMPEL

Si nos atenemos a los primeros reflejos _ de un pensa­


miento estructural en feoría de la literatura o en análisis
de textos, se ve claramente que está lejos de verse afectado
por esta problemática teóric;__ Ésta se manifiesta, no obs­
tante, en las consecuencias práctícas: nos encontrarnos, en
efecto, frente a muchas concepciones que se distinguen unas
de otras no solamente por la terminología adoptada, sino
también y sobre todo_ por su enfoque estructural. Así J.
Trnianov, en una perspectiva anclada en el problema de
la evolución literaria, reúne en orden jerárquico el «siste­
ma» del te::,;to, el «sistema» del género y el _«sistema» de la
totalidad de los géneros («sistema literario») de una deter­
minada época 1; pero se deberá señalar que lo que aquí es
llamado sistema se reduce esencialmente a la correlación
de miembros de un conjunto, de modo que la oposición
entre sistema y realización no se ha tomado en considera­
ción. Ésta, en cambio, es aprovechada en el estudio que
V. Propp ha consagrado al cuento folklórico ruso, pero se
sabe que este sabio, que puede pasar por el padre del aná­
lisis estructural del relato, no se ha inspirado en un mode­
lo lingüístico, sino en el pensamiento morfológico de Goethe
que, en la misma época y bajo el impacto notable del gel­
tastismo, ha dado vida en Alemania a una serie de estu­
dios del género de tendencia estructural (A. Jolles, G. Mü­
ller) 2 .
Si se hace abstracción del estructuralismo literario y es­
tético de la escuela de Praga, no habrá inconveniente en
señalar que, independientemente de la terminología emplea­
da (bastante extraña por otra parte en el caso de Jolles),
la idea de estructura se identifica con preferencia, en este
primer período, con la instancia de género. No nos asom­
braremos, pues, de ver después a los autores servirse de
la dicotomía saussureana len gua/habla para ilustrar la re­
lación entre texto y género correspondiente 3• La analogía,
1 Cf. «Das literaósche Faktum» y «Über die literaósche Evolution»,
en Texte der russischen Formalisten J (ed. J. Striedter), Mu�ich, Fink, 1969.
2 Ver K. W. HEMPFER, Gattungstheorie, Munich, Fink, 1973, pági­
nas 80-85.
:i Cf., p. ej., M. GLOWINSKI, «Die literarische Gattung und die
Probieme der historischen Poetik,�, en Formalismus, Struckturalismus, und
Geschichte (ed. A. Flaker y V . Zmegac), Kronberg, Scriptor, 1974,
págs. 174 y ss.; K. W. HEMPFER, op. cit., págs. 222 y ss.
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN 237
en verdad, no carece de fundamento. En efecto, si teóri­
camente es la len gua la que, en el plano puramente lin­
güístico, vuelve comprensible el habla, es a partir del gé­
nero y de sus reglas, como el texto se constituye en unidad
convencional de la práctica social. Sería difícil negar que
sus reglas sean susceptibles de integrarse en conjuntos más
amplios (el sistema literario de una época, el sistema de una
poética general). Se trata, sin embargo, de un aspecto que,
visto el estado actual de las investigaciones en el dominio
de la teoría de los géneros, encont;aría al gu na dificultad
en ser precisado.
No se trata de subestimar los resultados de un buen nú­
mero de estudios sobre el género, publicados estos últimos
años, sino afirmar que su mérito consiste sobre todo en ha­
cemos ver la gra..'l complejidad del problema general 4 _ Esta
complejidad resulta, en parte, del hecho de· que, tarde o
temprano, nos encontramos en la necesidad de hacer fren­
te a cuestiones de orden teórico cuyo alcance parece reba­
sar los límites del dominio de referencia. Para no dar más
que un sólo ejemplo de esto (y es lo primero que retendrá
nuestra atención): cualquiera que se asome al problema de
la definición de un género histórico tendrá interés en pro­
nunciarse sobre el estatuto del texto literario. Esta afirma­
ción puede parecer trivial, puesto que, ya lo hemos visto,
desde el momento en que se recurre a una dicotomía de
tipo len gua/habla, el texto individual se presenta mal que
bien como perteneciente a la categoría de lo realizado (de
lo manifestado, de lo concreto, etc.). Y si hay diferencia
entre el sistema y su realización (diferencia sobre la cual
está centrada la concepción formalista de la evolución lite­
raria), la analogía no se encuentra comprometida, en mo­
do al guno, pues ocurre lo mismo con el uso no literario de
la len gu a: se admite que es precisamente por esta diferen­
cia por lo que evoluciona una len gua natural.
Y, sin embargo, esta analogía es engañosa. Quizá no
hay inconveniente en utilizarla cuando se trata de textos
no literarios; en literatura, las cosas se revelan mucho más
4 Ver, para esto, el estudio de M. CERVENKA, Der Bedeutungsaufbau
des literarúchen Weks, Munich, Fink, 1978, págs_ 18 y ss., y mi intro­
ducción «Zur literarischen Semiotik Miroslav Cervenkas», ibid., pági­
nas XXVI y SS.
238 WOLF-D!ETER STEMPEL

complicadas desde el momento en que se t_oma en consi­


deración la importanda que, en la concepción de diferen­
tes escuelas, se le concede a la instancia del lector. No me
detendré en la traducción de la hermenéutica, recuperada
en Alemania por H. G. Gadamer y desarrollada notable­
mente por H. R. Jauss, quien tiene el mérito de asomarse
al problema del entendimiento de los textos y poner en evi­
dencia las condiciones históricas a las que está sometido.
Partamos, más bien, de la concepción de la escuela de Praga
que, por su conceptualidad más rica, se presta mejor a nues­
tra discusión. Bastará con referirnos a dos principios de esta
escuela que, ambos, conciernen precisamente al estatuto del
texto literario.
En la teoría de la estética literaria tal como ha sido de­
sarrollada por J. Mukafovsky y sus discípulos, la obra li­
teraria no se ve como una unidad, sino que se encuentra
dividida en dos estados: primero el «texto-cosa», o «el ar­
tefacto» que representa la obra en su aspecto exclusivamente
material y virtual; a continuación, el «objeto estético», pro­
ducto de la «concreción» de la obra por el lector que, de
conformidad con las normas ( o «códigos») de su época, le
ha atribuido un sentido. Aunque se añada que hay algún
autor que pone este desdoblamiento teórico de la obra li­
teraria en analogía con la dicotomía lengua/habla ( a saber,
R. Wellek), se ve inmediatamente que será por lo menos
difícil mantener sin más la visión simplista que interpreta
el género como lengua y el texto como habla. Pues, desde
el momento en que se adopte esta perspectiva, estamos obli­
gados a atribuir al texto un doble estatuto: dado que aho­
ra es la concepción la que toma el estatuto de habla, el
texto, aunque «realice» el género histórico correspondien­
te, se presenta en relación a aquélla como una estructura.
Por otro lado, es evidente que este desdoblamiento no de­
bería detenerse allí, puesto que es posible mirar el género
histórico como una realización del sistema literario de la
época, el cual, por su parte, podría ser puesto en análoga
relación con un sistema de invariantes.
Lo que inquieta un poco en esta manera de ver las co­
sas no es primeramente la imposibilidad en que se encuentra
de decir nada más concreto acerca de esta organización je­
rárquica; es, ante todo, sospechamos, la a11alogía con el mo-
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN 239
delo lingüístico mismo lo que resulta problemático. Vol­
vamos al texto: si se quiere admitir que es la realización
de un género, ¿cómo concebir el estatuto estructural de esta
realización, que es, además, una especie de «sin gulari-
zación»?
Conviene recordar una diferencia fundamental que dis­
tingue la descodificación de un texto literario de la que
acompaña a la comunicación cotidiana. Si ésta se sirve de
un lenguaje referencial para atender un fin práctico que se
sitúa más allá de la manifestación lingüística (de aquí, el
postulado -en cierta medida- técnico de la univocidad
del mensaje), la obra literaria, con referencialidad esencial­
mente debilitada y emancipada de toda coerción de orden
práctico, no tomará carta de naturaleza más que en un pla­
no simbólico. En otros términos: el mensaje (en sentido
amplio) del texto literario cobra, en la perspectiva de la r�­
cepción, el aspecto de un modelo, de un «modelo de reali­
dad» como se ha dicho algu na vez. Hasta tal punto que,
teóricamente, todo este proceso de «singularización» cre­
ciente que acompaña la génesis de la obra, puede ser re­
presentado, desde el punto de vista de la recepción, como
la elabor_ación cada vez más precisa de un modelo que, fi­
nalmente, se actualiza por el acto de la concreción. No es,
pues, sino en virtud de este acto final, como podemos atri­
buirle el estatuto teórico del habla; y si se ha podido estar
en desacuerdo sobre el estatuto correspondiente del arte­
facto, no parece haber sido puesto en duda el de la con­
creción. Sin embargo, todo induce a pensar que incluso aquí
tendremos que volver sobre la analogía en cuestión.
Vamos a pasar rápidamente sobre un primer hecho que
se sitúa más bien al margen del problema. Existe una for­
ma de concreción que escapa a la clasificación que hemos
descrito, dado que el aspecto «habla» se encuentra, por de­
cirlo así, en suspenso. Toda ejecución de una obra litera­
ria destinada a la representación (pieza de teatro, pero tam­
bién recitación) es el producto de una concreción que, sin
embargo, debido a su carácter ambigu o -es a la vez re­
cepción y producción- conserva en principio el aspecto ge­
nérico del texto, aspecto que no se resuelve más que en la
recepción por parte del público. En este caso, nos las he­
mos de ver con un desdoblamiento de la concreción que
240 WOLF-DIETER STEMPEL

no invalida para nada_ el estatuto que se le-ha querido re·º


conocer, puesto que éste puede ser. reencontrado en el ac­
to final de la recepción.
Digamos enseguida que no se puede tratar aquí de re­
tomar el problema general de la concrecion cuya discusión,
inútil es decirlo, sobrepasaría con mucho el cuadro de este
estudio. En las pocas notas que van a seguir, nos referi­
mos una vez más a .la escuela de Praga, especialmente a
la indagación semiótica que M. Cervenka 5, tras las huellas
de J. Mukarovsky, ha retomado en un estudio reciente 6•
Se debe a Mukarovsky la frase luminosa que dice que «la
función estética. transforma
.
todo aquello que toca en sig-
no» 1 . Esta frase es importante no solamente porque sub-
raya el estatuto particular que adviene a la semiótica en
estética, sino también porque da a entender que este esta­
tuto se define por la relación que el arte mantiene con la
realidad. No es que ésta sirva de soporte referencial a l�
producción de los signos estéticos: son los propios signos
los que, por medio de la recepción, se prolongan en la rea­
lidad, en el sentido de que ellos proyectan en ella sus refe­
rentes. Dejando de lado la estructuración de los signos en
el interior de la obra, no se tardará, ·pues, en atribuir a
los principales complejos semióticos que en ella se encuen­
tran representados (tales como personajes, acción, medio,
etc.) la cualidad de si gnos icónicos. Así pues, se puede
sostener que esta iconicidad, soportada como está por la
intencionalidad radical que atraviesa la obra entera, se afir­
ma en la experiencia estética que, a su vez, repercutirá fi­
nalmente en la experiencia general del lector.
Si se adopta esta visión (se la encuentra, por otra par­
te, en estudios recientes centrados en el problema de la re­
cepción), no será abusivo invocarla en el plano histórico.
No cabe duda, por ejemplo, de que el fin de la tradición
mimética representa, en la historia de la producción lite­
raria de Occidente, un giro decisivo; pero debemos dudar

5
Ver M. éERVENKA, op. cit., pág. 19.
6
Citado supra (ver nota 4).
7 «Der Standort der iisthetischen Funktion unter den übrigen Funk­
tionem», en J. MUKAROVSKY, Kapitel aus der Asthetik, Francfort, Suhr­
kamps, 1970, pág. 128.
ASPECTOS GENÉRICOS DE I:.A RECEPCIÓN 241
en concederle la misma importancia al polo de la recep­
ción. En efecto, de sobra sabemos que la literatura de van
guardia dé la época moderna no ha cesado de desconcertar
al público que, ante el impacto de creaciones con frecuen­
cia «extrañas» 8, ha tenido alguna dificultad para encontrar­
se en su papel del destinatario. Pero si el contacto se ha
restablecido, es que se ha podido establecer una mediación
entre el producto artístico y el mundo de la experiencia del
receptor. Pues cualquiera que sea el cambio que la confi­
guración semiótica del texto es susceptible de sufrir, su fun­
cionamiento exige la sanción de la recepción que, a través
de un juego de correspondencias secretas, pone en comu­
nicación el texto con el mundo del que lo lee.
Volvamos a la concreción y tratemos de ser un poco
más precisos. Se admite generalmente (es· incluso una con­
dítio sine qua non de la teoría de la recepción:) que toda con­
creción, bien sea contemporánea de la producción del texto
o que se produzca en una época ulterior, no sabría actua­
lizar la totalidad de las fuentes que se supone que ofrece
un texto dado. Es, púes, siempre selección en relación con
el potencial semiótico del artefacto, y es, al mismo tiem­
po, limitación, puesto que permanece sometida al extenso
sistema de los códigos colectivos ( códigos lingüístico, lite­
rario, sociocultural, etc.) qúe defienen la situación históri­
ca del receptor 9• Nada impide hablar en este caso de un
condicionamiento «genérico» de la concreción, puesto que
los supuestos que la ordenan: en el punto de partida se arti­
culan en un nivel más general que el que se introduce en
forma de convenciones en la constitución de un género his­
tórico. Podemos, sin embargo, preguntarnos si no se trata
de un aspecto puramente formal en el sentido de que la
«genericidad» no se ligaría sino a las condiciones históri­
cas de la concreción, mientras que su producto ( es decir,
en la terminología de Praga, el «si gnificado», que la escuela
atribuye al artefacto, que se constituye así en «objeto esté-

8
Se recordará que una clasificación análoga, que en cierto modo
retoma la tradicional calificación del discurso literario como «metafóri­
co», se vuelve a encontrar también en otras concepciones semióticas,
por ejemplo, sn las de Ch. Morris y Y, Lotman.
9
Cf. M. CERVENKA, op. cit., págs. 20-26. }e descuidarán aquí las
restricciones de orden psico-físico que añade Cervenka.
WOLF-DIETER STEMPEL
242
tico») sería algo único. Notemos, sin embargo, que según
la concepción de Mukáfovsky, el objeto estético radicaba
en la «conciencia colectiva». Era sin duda una hipótesis poco
clara que se ha criticado con razón. No obstante, hay ra­
zones para admitir que la concreción, lejos de borrar el la­
do genérico del significado que produce, por el contrario,
lo pone de relieve.
Ya hemos dicho que, en razón de su estatuto semióti­
co especial, el «mensaje» del texto literario, por muy par­
ticular que pueda parecer desde el punto de vista de su cons­
titución sintagmática, toma una dimensión paradigmática;
de aquí que se le haya reconocido el estatuto de «mode­
lo» 10. Ahora bien, es evidente que la concreción, aun
adaptando este modelo a las condiciones que subyacen en
la recepción, no cambia nada su estatuto, pues si llega a
actualizarlo, no será apenas a base de la identificación de
determinado elemento del texto (personaje, época históri­
ca, etc.) con algún dato del mundo extra-literario, procedi­
miento que, en todo caso, se puede considerar inadecua­
do, dado que una identidad tal será siempre engañosa. Es
el modelo entero el que la actualización pone en relación
con cienos datos genéricos de la época abriendo así el ca­
mino a su explotación o, en términos de hermenéutica, a
su «aplicación». Añadamos que esta actualización puede fal­
tar; es el caso de textos (de «clásicos», por ejemplo) que,
en una época ulterior, se quedan sin público 11• Se podrá,
entonces, hablar de «recepción cero», puesto que se trata
de un fenómeno tan genérico -si bien a título negativo­
como la recepción efectiva.
Si se puede avanzar que la concreción realiza, por de­
cirlo así, el estatuto paradigmático del mensaje, no olvide­
mos, por otra parte, que se realiza a través de la experien­
cia de la forma particular en la cual el texto se presenta.
Pues por muy prefi gu rada que esta forma y la manera de

10 Ver. ]VI. CERVENKA, op. cit., págs. 20-22.


11
Parece preferible hablar en este contexto de «actualización» por·
que se puede imaginar muy bien una concreción (forma de un análisis
«profesional» o escolar ·por ejemplo) que no realice la recepción más que
en su parte, digamos, técmca. En otros casos, sin embargo, la actuali­
zación falta simplemente porque la lectura ha sido abandonada, es de­
cir, la concreción no ha sido más que iniciada.
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN 243
su composición pueden _estar por su dependencia de un gé­
nero determinado, es por ello menos cierto que, de una ma­
nera general, su manifestación no se agota en esta relación.
Señalemos, sin embargo, que esta manifestación está es­
tructurada en sí misma en el sentido de que el texto pro­
duce su propio código. Pero no es-necesario atenerse a esta
estructuración para ver que la dificultad que puede susci­
tar esta cuestión de la forma no existe más que en aparien­
cia. Sin duda, es preciso reconocer que la particularidad
de la manifestación no es, en realidad, sino la condición
y el punto de partida del proceso semiótico del que hemos
visto la potencia genérica. No se encuentra borrada por el
hecho de que su carácter sea ocasional, sino que es tras­
cendida siempre por el efecto de sentido que está llamada
a producir.
Diremos, pues, a gu isa de síntesis, que, vista a esta luz,
la recepción de un texto literario, si aceptamos identificar­
lo con la concreción y la actualización, es esencialmente un
proceso genérico y eso en un doble sentido: en relación con
las condiciones a las que se vincula (condiciones de las que
dependen tanto su constitución como su cumplimiento) y
en relación con su resultado, es decir, con el modelo en el
cual desemboca. Es este segundo aspecto el que, sin du -
da, interesa más puesto que está relacionado con el acto
mismo de la recepción. Se puede, pues, avanzar que esta
recepción literaria es, en último análisis, la experiencia de
la producción semiótica de una nueva configuración gené­
rica. Es también por intermedio de esta confi guración co­
mo el arte, por decirlo así, se incorpora a la vida.
Hasta aquí no hemos dedicado una atención particular
a los géneros literarios. Sería ciertamente una equivocación
no prestarles atención en el contexto de esta exposición.
Desde hace tiempo, se ha reconocido la importancia del pa­
pel que los géneros están llamados a desempeñar en la re­
cepción, papel que no es manifiesto cuando se habla muy
somer�mente, como nosotros lo hemos hecho, del «código
_
hterano» de una época. Según la opinión general, el géne­
ro histórico se puede considerar como un conjunto de nor­
mas (de «reglas de juego», como también se ha dicho) 12

1
� Cf. K. W. HEMPFER, op. cit., pág. 223.
244 WOLF-DIETER STEMPEL

que informan al lector sobre la manera cómo deberá c� m-


prender el texto; en otros términos: el género es una ms­
tancia que ase gu ra la co.mprerisibilidad del texto desde el
punto de vista de su composición y de su contenido. No
es éste, sin embargo, el aspecto del problema que intenta­
mos retomar aquí, sino otro, de un interés más general,
que nos permitirá completar las consideraciones prece­
dentes.
Empecemos por una advertencia que se impone, dada
la perspectiva de esta exposición. La escuela de Praga, a
la que debemos reflexiones profundas sobre la función se­
miótica de la obra literaria, no se ha asomado al problema
de los géneros o, al menos, no ha proporcionado, en este
dominio, estudios teóricos de importancia. Partiendo de la
concepción semiótica de esta escuela, es, en efecto, difícil
llegar a resultados llamativos. Es, en todo caso, una direc­
ción de investigación que en el contexto de esta indagación,
no parece imponerse particularmente 13• V amos, pues, a
retomar la cuestión de los géneros por otro cabo, sin per­
der de vista, no obstante, la orientación general que he­
mos se guido en la primera parte.
En un estudio reciente, R. Scholes s.e ha propuesto de­
sarrollar una teoría capaz de dar cuenta de la organización
genérica de la ficción literaria 14• En el contexto presente
no hay lugar para pararse a considerar los resultados de
esta empresa ni incluso el método se guido. Lo que retiene
nuestra atención es el punto de partida, puesto que está cen­
trado en la relación existente entre el mundo ficcional y el
mundo de lo «real». En la idea de Scholes, todas las obras
de ficción pueden reducirse a tres «modos» básicos («mo­
do» equivale aquí a «tipo ideal») que corresponden a tres
formas de la relación en cuestión. Así, el mundo ficcional
puede aparecer, con relación al mundo de la experiencia
como: a) mejor, b) peor, y c) como su i gual. De aquí, la
identificación de estas tres posibilidades con, respectivamen­
te, los modos llamados «romance», «sátira» e «historia»,

13
Ver, por ejemplo las notas que M. Cervenka ha dedicado a los
géneros literarios (op. cit., págs. 144-151).
14
Aparecida en el extracto de su libro SÚ-ucturalísm in Literature
(1974), en Poétíque 32 (1977), págs. 507-514 («Los modos de la ficción»),
véase supra.
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN 245
que, a continuación, son subdivididos a base de su mani­
festación en la historia de la literatura (inglesa, de prefe­
rencia). Lo que importa en esta aproximación, es que se
piensa que la constitución de estos diferentes modos de lo
ficcional repercute sobre la recepción por parte del lector
en el sentido de que le ofrece un punto de vista sobre su
propia situación y le inducen a interrogarse sobre su pro­
pia vida. Así, por ejemplo, en el relato «sentimental» (el
«sentimiento» es aquí un modo, digamos, de transición, en­
tre la «historia» y el romance) los personajes nos invitan
a aspirar a sus virtudes no heroicas; los de la comedia «tie­
nen debilidades humanas que nosotros también podemos
intentar corregir» (pág. 511), etc.
Es posible que no nos equivoquemos al decir que esta
manera de ver las cosas reclama la crítica sobre varios pun­
tos. Resulta particularmente enojoso que la demostración
parezca estar centrada en la evolución histórica de_ la lite­
ratura de siglos pasados. Y esto, desde el principio, es de­
cir, ya en la parte teórica. Pues, no se ve cómo llegar de
otro modo a calificar la relación entre el mundo ficcional
y el de la realidad según un criterio cualitativo tan elemental
(mejor/peor) y se vacilará, sobre todo, al hablar de una re­
lación de «i gualdad» entre estos dos mundos. Por otra parte,
admitir un efecto moralizador de la comedia es conformarse
demasiado rápidamente con la definición de género tal co­
mo se la encuentra en los tratados de poética o en las doc­
trinas de ciertos autores de épocas pasadas ...
Y, sin embargo, podemos adherirnos a la opinión de
G. Genette que, refiriéndose a otro aspecto del estudio de
Scholes, ha dicho que es «difícil no encontrar en él ningu­
na inspiración» 15• No insistamos en lo que la taxonomía
en sí misma tiene de dudosa, ni sobre la visión un poco
simplista de los efectos que se piensa que los modos pro­
ducen en el lector; confesemos que, aun criticándola, no
sabríamos reemplazarla por afirmaciones más matizadas,
más adecuadas, en suma. Sea lo que sea, poner los modos
de la ficción en relación no solamente con determinada ac­
titud del público (que podría aún, en rigor, situarse en la
línea «temor y piedad»), sino también con ciertas prolon-

15
Ver su artículo «Genres, types, modes» en Poétique 32, pág. 409.
246 WOLF-DIETER STEMPEL

gaciones que son susceptibles de tener en el mundo de la


experiencia es, sin duela, una: idea interesante que vamos
a retomar porque se aproxima a la perspectiva que hemos
tratado de esbozar más arriba ..
Señalemos primeramente que todo estudio ?e un pro­
blema de género implica en principio una reflexión sobre
algu nas cuestiones fundamentales tales como la relación en­
tre lo universal (o lo. general) y lo histórico ( de cuya defi­
nición depende el juicio sobre toda una serie de cuestiones
más especiales), el estatuto del género, etc. No queremos
renunciar a ellas completamente, pero como la problemá­
tica que va a ocuparnos es bastante compleja, no será po­
sible conferir un carácter ni siquiera un poco sistemático
a las breves apostillas que van a continuación. Por lo de­
más, se verá que en el nivel en que intentamos retomar
a la idea de Scholes, se borra (una vez más) lo que se ha
llamado muy someramente el problema de los géneros de­
trás del problema de lo genérico.
Hay razones para admitir que la noción de «modo», que
comienza a introducirse en la discusión, encontrará un lu­
gar, aunque en el momento actual su acepción varíe se­
gún los autores 16• Si nos referimos al empleo que de ella
ha hecho Scholes, no será, sin embargo, sin dar a los «mo­
dos» un sentido aún diferente, procedimiento ciertamente
perturbador, pero que entendemos justificable. En efecto,
supuesto que se trata de las «modalidades» de la recepción
y de sus repercusiones en el mundo de la experiencia del
lector, puede parecer razonable considerar las primeras.
como funciones de algu nos principios organizadores de «mo­
dos» ( estamos tentados de decir «modalizantes»), de cuali­
dades, en fin, que son puestas en práctica para condicionar
de una manera o de otra al receptor. De aquí, a tomar en
cuenta las «cualidades metafísicas» de R. Ingarden (lo su­
blime, lo trágico, lo grotesco, lo incomprensible, etc.) 17 no
hay gran trecho y esta aproximación parece tanto más se­
ductora cuando se conoce la historia de la institucionaliza-

16 C
f. en el artículo de Genette la nota donde compara su termi­
nología con la de Scholes (pág. 421, n. 78).
17
R. INGARDEN, Das [iterarische Kunstwerk, Tübingen, Niemeyer,
2. ª edición, págs. 310 y ss.
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN 247
ción de al gu nas de estas cualidades. Nada más natural en­
tonces que pensar en el género literario como una especie
de dispositivo destinado a regu lar la investidura de una o
varias de estas cualidades con vistas a la función que se pien­
sa están llamadas a ejercer en la recepción. Y no se puede
dejar de ver la ventaja que supone establecer tal relación,
pues no estando las «cualidades metafísicas» limitadas al ar­
te, puesto que se vinculan también a ciertas experiencias
de la vida cotidiana, no habría ningún inconveniente en
colocarlas entre esos principios o factores que son la base
de esta ósmosis secreta que conecta el arte a la vida y la
vida al arte. Y, como en la vida diaria las cualidades en
cuestión no tienen la costumbre de manifestarse con fre­
cuencia, es, en efecto, el arte el que viene a suplir esta fal­
ta, poniendo en evidencia lo que, en la vida, no es a me­
nudo más que un débil reflejo 18. Se ha querido insistir,
en estos últimos tiempos, en la necesidad de sancionar los
conceptos de género en la práctica social. Pues bien, pare­
ce mucho más «realista» admitir que el escritor busca lle­
gar a su lector por tal «modalización» que hacerle comen­
zar por la opción de tal «situación de enunciación,, (en la
terminología de G. Genette, los «modos» narrativo, dra­
mático y otros) 19, lo que equivaldría, en esta misma pers­
pectiva, a hacer proceder el objetivo de su realización.
Las cosas, hay que confesarlo, no son tan simples. Evi­
tamos, en primer lugar, abordar la cuestión de la institu­
cionalización de nuestros modos, empresa dificultosa y de
éxito incierto. Digamos solamente que, en. el plano teóri­
co, esta institucionalización comienza por el mismo hecho ·
literario. La moda del ready made, que, en los años sesenta,
ha producido ejemplos en literatura («textos» alemanes de
Peter Handke, entre otros) puede ser interpretado como ac­
ción de evidenciar el modo estético en tanto que condición
fundamental de esta experiencia particular de cualidades
metafísicas que es la literatura. A continuación vendría el
turno del modo general de la ficción, etc. Por otra parte,
nos equivocaríamos si quisieramos buscar esta institucio-

18 Ver las bellas páginas que Ingarden ha dedicado a este aspecto


(loe. cit).
19 Art. cit., pág. 394
248 WOLF-DIETER STEMPEL

nalización sólo del lad9 de la producción literaria: no es se-=


gu ro que un espectador que· asisre en nuestros días a la
representación de una tragedia griega «realice» precisamente
la cualidad de «lo trágico» y no la de «lo extaño», o incluso
«lo grotesco» o lo que sea. Es que la relación modo asumi­
do/experiencia está sometida a los cambios históricos de
donde proviene una eventual disimetría del modo asumi­
do y del modo de la recepción.
Lo que crea problema en esta indagación es otra cosa_
Sería despachar demasiado pronto la tarea pasar de los mo­
dos a las «modalidades» de la recepción, ·como si el texto
mismo no fuera más que un simple soporte material de este
tránsito. No olvidemos lo que hemos dicho al respecto de
la recepción del texto literario. Ahora bien, ¿cómo conci­
liar el aspecto de los modos con lo que hemos llamado la
producción de una nueva confi guración genérica? Afirmar
que ésta se produce a base del modo ó de los modos no
es, quizás, completamente falso; pero es a ciencia cierta im­
posible identificar esta confi guración que la concreción pa­
rece producir con la representación de los modos que sus­
tentan el texto en cuestión, así como es imposible pensar
que se agota en ellos. Forzoso nos es, pues, reconocer que
hay una cierta brecha entre la teoría de los modos, tal
como acabamos de esbozarla y la manera en que hem�s
abordado la recepción. Pues es ahora visible que, no ate­
niéndonos más que a los modos, se encuentra una cierta
dificultad para sobrepasar el nivel de la inmanencia del he­
cho literario en el sentido de que la recepción, en este ca­
so, se reducirá más o menos a los efectos que los modos
producen. En cuanto a su relación con. el mundo de «lo
real», vendríamos obligados a verlo desde el punto de vis­
ta de la compensación que la literatura puede ofrecer: con­
secuencia enojosa por muchas razones. Ahora bien, si, como
hemos afirmado, hay razones para admitir que la recep­
ción no carece de repercusión en la experiencia del re­
ceptor (punto de vista que ha vuelto a ganar importancia
en algunos estudios recientes de la ficción literaria, espe­
cialmente en los de W. lser, sin olvidar a R. Scholes), una
reflexión en este sentido saldría ganando, de ser puesta en
relación con algún elemento situado, por decirlo así, en el
interior. del proceso literario. En esto consistirían, a nues-
250 WOLF-D!ETER STEMPEL

puede ser objeto de nuestras sensaciones, de nuestros sen­


timientos, de nuestros temores y - deseos. Lo que el texto
no podría desmentir es el destino final que el lector le tie­
ne que atribuir obligatoriamente: ser un acto de len guaje
y, por tanto, ser portador de un mensaje.
Se podrá, pues, decir, a guisa de síntesis de esta expo­
sición, que los modos se evidencian a través de los mode­
los, pero que lo contrario no es menos cierto, dado que no
podemos reducir los modelos a esta función instrumental.
Si admitimos que están al servicio del conocimiento, ten­
dremos que admitir que la función epistemológica no pue­
de ser pensada sino a base de una investidura modal. Lo
genérico del modelo y del modo, complementarios en su
manifestación, son, pues, solidarios el uno del otro por su
función.
Quizás, no sea útil insistir en esta solidaridad. De un
modo general, se puede señalar que en las teorías que bus­
can dar cuenta del funcionamiento del texto literario el
aspecto modal ( tal como nosotros lo hemos concebido) se
encuentra frecuentemente desatendido por más que se abor­
de la proble�ática que recubre. Así, por ejemplo, hay a
veces tendencia a establecer una relación de causa a efecto
entre ciertas propiedades semánticas de la obra y la activi­
dad del lector: por el hecho de su contenido ambi gu o, fre­
cuentemente indeterminado y, de al gu na manera, «incom­
pleto», se supone que el texto desata, del lado del lector,
una serie de operac10nes con vistas a fijar su mensaje, a
hacerlo más preciso. má,: completo, más vivo en fin.
Se trata aquí, ciertz:.mente, de una actividad que pue­
_
de calificarse de estética, pero parece difícil fundamentar­
la únicamente en un criterio de orden semántico. Pues si
es cierto, como se hi.a dicho, que el lector sale a la búsque­
da de un sentido simplemente porque piensa que toda obra
ofrece algu no, hace falta también que tenga interés en ello.
Se puede, en efecto, imaginar muy bien un texto cualquiera
�ue presente _
todas las propiedades semánticas requeridas
sm producir por eso una lectura de orden estético y, por
ot:a parte, tampoco el «modelo de la realidad» está a priori
_
mas capacitado que la ficción misma para sostener nues­
tra atención. Hace falta, pues, que el texto ponga de relie­
ve cualidades susceptibles de volver la lectura atrayente e
ASPECTOS GENÉRICOS DE LA RECEPCIÓN 251
interesante. Por lo que hace al discurso de la poesía pro­
piamente dicho, es más bien raro que no se haya hecho caso
de todos los fenómenos que se pueden poner en relación
con la función «estética» del len guaje y que, de una mane­
ra general,. no carecen de repercusión en la sensibilidad v
la actitud del receptor (hechos de semejanza, de iconicidad,
etc.). Y, sin embargo, deberemos dudar en dar a estos fe­
nómenos el mismo rango que a los modos. Pues, conside­
rándolo con rigor, no hay diferencia esencial entre una
poesía y, por ejemplo, un cuento, una novela, etc. Y si no
está fuera de lugar insistir acerca de la participación indis­
pensable de los modos en la recepción de los textos de la
se gu nda categoría, estamos igualmente obligados a hacer
otro tanto en el caso de los textos llamados poéticos. Es cier­
to que las particularidades. que se pueden encontrar en ellos
dependen en última instancia de al gunas cualidades mo­
dales, pero no se trata sino de articulaciones muy .incom­
pletas que están lejos de traducir la investidura modal en
todo su alcance. Es demasiado pronto para decir algo más
preciso sobre la forma· de esta investidura; no cab� duda
de que varía según la categoría del modo y es evidentemente
aquí donde reside la diferencia que se cuestionaba. Sea lo
que sea, una vez que se ha reconocido la importancia teó­
rica del aparato modal, parece lógico admitir que, en prin­
cipio, sustenta la obra literaria en su totalidad. En él radi­
ca una condición esencial de todo acto de recepción.
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA
GENÉRICA*
MARIE-LAURE RYAN
Universidad de Colorado en Boulder

Una opinión ampliamente difundida en la semiótica li­


teraria y en la crítica füeraria de inspiración lingüística es
que el texto literario es un «sistema de signos», y que la
literatura en su totalidad es un «sistema semiótico secun�
dario», basado en el código lingüístico. La primera parte
de esta caracterización establece una analogía entre litera­
tura y lengua (más exactamente, entre literatura y langue,
tal y como la definió Saussure), mientras que la segunda
parte hace hincapié en una relación de dependencia: por
un lado, la literatura es semejante a la lengua; por otro,
es un artefacto hecho de lengua.
La incomodidad de esta doble relación es la responsa­
ble de gran parte de la confusión que reina hoy en el pa­
norama de la teoría literaria. Si se considera en toda su im­
portancia, esta comparación lingüística implica que hay algo
que llamamos «signo literario», que esta unidad es distinta
del signo lingüístico, y que, además, puede ser definida con
más o menos rigor. Pero mientras que la lingüística estruc­
tural ha desarrollado diversos procedimientos para detectar
y aislar unidades de distlntos tamaños -fonemas, morfe­
mas o palabras- los teóricos literarios nunca han conse­
guido elaborar una jerarquía de entidades discretas de las

Título original «Toward a competence theory of Genre», publicado


en Paetú:s, 8, 1979, págs. 307-337. TI-aducción de Eugenio Contreras. Tex­
to traducido y reproducido con autorización del autor y editor.
* Agradezco a Tobin H. Jorres, de la Universidad del Estado de Co­
lorado, su asesoramiento estilístico y sus comentarios sobre una.versión
anterior de este trabajo.
254 MARIE-LAURE RYAN

que se pueda decir legítimamente que desempeñan el mis­


mo cometido en literatura que los fonemas, morfemas y pa­
labras en el caso del código lingüístico. De este modo,
nace la sospecha de que los si gnos que componen el «siste­
ma» literario son simplemente la conjunción de los signos
lingüísticos de éste -del lado del significante- y del con­
tenido connotativo o simbólico de aquéllos -del lado del
significado-. Pero si. esto es así, sería más apropiado de­
cir que los signos lingüísticos de los textos literarios son los
que dan lugar a una «semiosis infinita», proceso por el cual
a partir de unos significados se extraen continuamente otros
que se redistribuyen en imágenes de coherencia, general
e inteligible, cada vez mayores.
Mientras tanto, la definición de len gu a sobre la cual se
ha basado esta analogía se ha visto sometida a una revi­
sión significativa. Para los lingüistas actuales, aquello que
puede ser descrito como un «sistema de signos» no es la ien­
gu a en su totalidad, sino un mero componente de la gra­
mática de una lengua, o sea, el léxico. En el modelo lin­
güístico comúnmente asociado al nombre de Chomsky, el
objeto de la descripción gramatical no es la langue como en­
tidad autodefinida, sino la «competencia lingüística», es de­
cir, el conocimiento tácito del hablante nativo de un con­
junto de reglas que lo capacitan para producir e interpretar
diversas clases de enunciados lingüísticos. Si ha de mante­
nerse la analogía entre lengua y literatura mediante un de­
sarrollo de la teoría lingüística, la noción de texto literario
como sistema de signos ha de sustituirse por la de compe­
tencia literaria como conocimiento de un conjunto de re­
glas, y la tarea del teórico consiste en la descripción de los
principios que permiten a los escritores producir textos li­
terarios aceptables, y a los lectores interpretar o evaluar sus
obras. A este empeño se han dedi�ado T. A. van Dij"k
(1972) y Jonathan Culler (1975) entre mucho., otrns.
Considerar el sistema literario como cuestión de reglas
más que cuestión de signos no libera, sin embargo, al teó­
rico literario de la obligación de definir los elementos de
este sistema en contraste con los de la len gua. Siendo un
enunciado lingüístico, el texto literario debe responder a
reglas entre las cuales al gu nas serán reglas de la len gu a en
que se expresa. Si ha de establecerse la noción de compe-
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 255
tencia como fundamento de una teoría literaria ri gu rosa,
debería ser posible decidir cuáles de las reglas que sirven
para producir o interpretar un texto literario pertenecen a
la competencia literaria, y cuáles caen dentro del ámbito
de la competencia lingüística.
Los críticos y semióticos que han intentado definir el
ámbito de la competencia literaria han manifestado una de­
pendencia, explícita o implícita, hacia la conocida teoría
de la «literariedad» como écart o alejamiento de la norma.
Este concepto de écart literario se ha abordado de dos mo­
dos diferentes. U no de ellos se inspira en el hecho de que
los textos literarios permiten un cierto número de rasgos
fonológicos o sintácticos que estarían prohibidos en otras
clases de textos: así, el orden de palabras sujeto-objeto­
verbo, tal y como viene ejemplificado en el verso de Spencer
Her swollen heart her speech seemed to bereave* (ejemplo propuesto
por Dillon 1976: 9), es corriente en los textos literarios del
Renacimiento, incluso aunque el inglés hablado de la épo­
ca hubiera evolucionado al orden de palabras actual sujeto­
verbo-obj eto (svo). La lengua literaria, considerada du­ e

rante mucho tiempo fuera del ámbito de la lingüística, ha


empezado recientemente a atraer el interés de los lingüis­
tas. Diversos estudios (Dillon 1976 sobre sinta.xis, Miller
1977 sobre fonología) han demostrado que lejos de ser ca­
sual, la «desviación literaria» si gue modelos previsibles tanto
en sus arcaísmos como en sus innovaciones. Esta conside­
ración del écart literario lleva a la definición de competen­
cia literaria como la capacidad para producir o entender
las sartas generadas por las reglas alternativas de la litera­
tura, para identificar estas sartas como «literarias» y para
distinguir el uso de las reglas alternativas aceptadas de la
ruptura de reg-las que produce oraciones totalmente inacep­
tables. Así, el lector/escritor dotado de competencia litera­
ria sabría que al escribir una imitación de The Faerie Quee­
ne, puede usar el orden sov mencionado anteriormente
o el orden regular svo, pero no el orden vso seemed to be�
reave her swol!en heart her speech**. De manera parecida, a

* Su (de ella) infoimado corazón, del habla pareció despojarla (N del T).
** Aceptable, aunque no muy corriente, sin embargo, en cas tellano,
que dispone de un orden de palabras más libre (N del T).
256· MARIE-LAURE RYAN

la hora de escribir poesía de vanguardia, sabría qué nue­


vas. reglas introducir en- la gramática de su poema y cuá­
les no.
El otro modo de defender una teoría del discurso lite­
rario como alejamiento de la no�a consiste en considerar
la distinción entre lengua literaria y no Eteraria en virtud
de las propiedades verbales. Estas propiedades pueden ser
_
la rima, el metro, las fi,guras retóricas, o los distintos tipos
de paralelismos que RomanJakobson (1960) atribuye a «la
proyección del principio de equivalencia desde el eje de se­
.lección hasta el eje de combinación». Estas propiedades no
son asign adas al texto literario por un conjunto alternati-
vo de reglas, sino más bien por un conjunto adicional. Es­
ta teoría no sostiene que la rima, los esquemas métricos y
los paralelismos estén prohibidos en la lengua común, si­
no que estas propiedades son irrelevantes en textos no li­
terarios, porque la gramática normal no contiene el tipo
de reglas que dan lugar a su generación. Este concepto de
ícart defiende una definición de la competencia literaria co­
mo el conjunto de expectativas que invitan al lector a bus­
car determinadas propiedades verbales en los textos litera­
rios. Dependiendo de la cantidad de este tipo de reglas que
encuentre, el lector competente valorará el grado de «lite­
rariedad» del texto, aproximadamente del mismo modo en
que el hablante nativo de una lengua somete a juicio el gra­
do de gramaticalidad de una oración.
Ante estos planteamientos complementarios del écart, una
multitud de críticos (Riffaterre 1965; Fish 1973b; Todorov
1973) han objetado .que la norma a la que se refieren es
de índole ficticia: no hay un nivel unificado de lengua co­
mún frente al cual se puedan definir con rigor las caracte­
rísticas constitutivas del discurso literario. Una lengua no
es una entidad homogénea sino un complejo de dialectos
que se solapan, caracterizado cada uno de ellos por su pro­
pio conjunto de reglas, muchas de las cuales, por supuesto;
pueden ser compartidas por otros dialectos. La diferencia­
ción de dialectos sigue no sólo pautas sociales y geográfi­
cas, sino también pautas pragmáticas de uso y finalidad.
Las deficiencias de esta dicotomía entre sintaxis literaria
y común se manifiestan en un tipo de texto comúnmente
utilizado en productos comerciales: 1. Agitar bien; 2. ApH-
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 257·
car; 3. Friccionar; 4. Enjuagar; 5. Repetir (Escrito en un fras­
co de champú). Cuando lee este texto, el consumidor su­
ple los siguientes objetos directos u oblicuos: 1. el frasco;
2. el contenido del frasco, sobre el cabello·' 3. el cabello '
con el contenido del frasco; 4. el cabello; 5. la operación
descrita anteriormente. Difícilmente podría afirmarse que
la regla que permite suprimir sintagmas nominales fácil­
mente recuperables en textos de instrucciones de los pro­
ductos comerciales pertenece a una gramática «normal». ¡Si
un alumno la aplicara en clase de redacción, sería motivo
suficiente para un suspenso!
Sin embargo, esto no crea un efecto poético, y, por tan- • f¡ .Í}
to, no podría atribuirse a una �i taxis «lite�aria». De ma- il � .�
_
nera que, aparte de una gramatica «hterana» y una gra- i 5
1:

�áti�a «normal», ne_cesitamos una ter.cera gra�ática, que
implique un tercer tipo de competencia.' Una cuarta sería ílij �� 1:,,e
la gramática de los telegramas; un quinto tipo la de los ti- ] fi! i
tulares de periódicos; un sexto describiría la conversación l ,.. O
informal; un séptimo los discursos públicos. Este es sólo el ¡ 8 i
comienzo de una segmentación que daría como resultado l •
tantas gramáticas y competencias como tipos hay de situa- :_
ciones comunicativas, con lo que se destruye completamente
la dicotomía básica.
Considerar el discurso literario en virtud de propiedades
adicionales no ayuda a salvar conceptos de discurso litera­
rio y común. En su discusión sobre la «función poética del
lenguaje», Jakobson no sólo aporta ejemplos extraídos de
conocidos poemas, sino también el eslogan político «I like
Ike» * 1• A menos que consideremos los paralelismos foné-
ticos del eslogan como accidentales e insignificantes, nos

* Como se sabe, se refiere a un eslogan de la campaña presidencial


de Einsenhower, llamado familiarmente Ike (N áel T).
1
Para ser justos con Jakobson, se debería decir que intenta defi­
nir «lenguaje poético» y no «discurso literario», y que no equipara ex­
plícitamente las dos categorías_ De este modo, pueden aparecer rasgos
«poéticos» tanto en textos admitidos como literarios, como en otros ti­
pos de discurso. Sin embargo, rechaza al mismo tiempo auténtica «poe­
ticidad» a los anuncios rimados, incluso aunque sigan el principio de
proyección, con lo que se nos plantea el interrogante: ¿por qué nuestra
cultura considera la elocución 1 like Ike, con todos sus paralelismos, menos
poética y con menos arte intrínseco que la prosa concisa, a menudo arrít­
mica y amusical, de Rimbaud?
258 • MARIE-LAURE RYAN

veremos obligados a 9-dmitir que el «principio d e proyec­


cio' n» no está restrino-id
. :, o a las ob ras liter a rias .
En una enérgica crítica a la concepción de los Forma-
listas Rusos acerca del discurso poético, Mary Pratt (1977:
5) sostiene que «a lo largo de la exhaustiva bibliografía que
est e siglo ha p rod ucido sob re métrica , rítmica, división si­
lábica, metáfora, rima y p aralelismos de todo tipo, el pa­
pel que estos mecanismos desempe ñan en el uso ordinario
aj eno a la literatur a n unca se ha examinado o r eco nocido
con seriedad».
Por el contrario, hay textos lit erarios en los cuales di-
'° chos mecanismos apenas desempe ñan algún contenido: si
se hubiera de establecer la «lit erariedad» de alg unos de los
relatos b reves de J. L. B or ges de acuerdo con los p ar ale­
lismos o fi guras retóricas que presentan, quedaría p or �e­
baj o de los anuncios, sermones, canciones populares o dis­
cu rsos políticos.
Lo que en definitiva se deriva de estos argumentos es
que todavía no se ha de mostrado q ue el conj u nto de los
t extos literarios forme una clase ho mogénea, o al menos
upa clase q ue se p ueda opo ner Je un modo sistemático a
la de los textos no lit erarios. El derrumbamiento de la opo­
sición entr e discurso lite rario y no lit erario no elimina el
hecho de que det erminadas estructu ras ap arezcan regular­
mente en determinados tip os de t exto s y estén a usentes, o
p rohibidas, en o tros. Para dar cuenta del conocimiento por
parte del lector (oyente) de estas reg ularidades, el teórico
del discurso debe encontr ar un modo de usar la noción de
• competencia sin partir d e la controv ertida dicotomí a «lite­
rario» frente a n o liter ar i o . El p roblema con el que se en­
frenta deb e también abordarse a parti r de otr as áreas de
estudios lingüístico s. As í como el estudioso de la f onología
o sintaxis tiene que hacer comp atible su noción de compe ­
tencia con la capacidad del hablante para pasar de unos dia­
lectos a ot ros ( al menos en el nivel de la comprensión), de
\

la misma manera el teórico de l discurso deb e elaborar su


noción de competencia, mediante la cual p ueda tomar en
consideración la cap acidad del lector/oyente p ara recono­
cer , interp retar y usar correctament e una amplia variedad
de enunciados lingüísticos. La oposición entre literat ura y
no literatura debe así sustituirse, como propugnó Todorov
HACIA UNA TEORfA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA
259 •
(1973:16), por una «tipología de los distintos tipos de dis­
curso» (sic), una p arte d e la cual será una t eoría de los gé­
neros. En l os si g ui entes apartados de este t r abajo nos pro­
p onemos trazar las líneas general es d e esta t eoría.

La exposición que sig ue se d esarrollará bajo diversos


presu�uestos. Uno es que la noción de género se aplicará
excl usivamente a textos, esto es, a enunciad os lingüísticos ..
autosuficientes, y otro, que todo t exto que se incl uye en'
un acto logra�o de comunicación per tenece a un género (o
lo crea). El pnmer presupuesto excluye de la t eoría d el gé­
nero las contribuciones individuales que se realizan en la
conversación. Puede además argumentarse ·que, incluso
considerada en su totalidad, la conversación no pertenece
al á�?ito del p �e �ente estudio por que no está regid a por
reqms1tos y condic10nes de coherencia globales, y, por tanto,
presenta un status ambig uo con respecto a la noción de texto.
�a única coherenci a que se requiere en los diálogos de la
vida real es vagamente lineal: manti ene la concatenación
de oraciones y giros, p ero sin impedir que los hablantes
cambien de tema y se interrumpan unos a ot ros en d eter­
minados momentos del inter cambio. Al ser un tipo de dis­
curso, p ero no un tipo de texto, la conversación ilustra la
diferencia entre la teoría del género, y la tipología d el dis­
curso, de carácter más general, prop ugnada por Todorov.
Otro p resup uesto más es que la s categorías genéricas ...
son culturalmente dependientes. Cada cultura concret a hace
su propia tipología de textos y decide qué combinaciones
de rasgos serán apartadas del resto, recibi rán un nomb re,
serán tema de conversación, y serán p roducidos y consu­
midos en serie. No existe ningún método mecánico d e de­
t:cción que permita al analista identificar los géneros que
tienen una realidad psicológica en una cultura dada . La úni­
ca manera d e elaborar un inventario de géneros es recons­
truir el paradigma de los términos con los cuales la gente
responde a la preg unta: qué es este texto. (Est e es e l mé­
to do seg uido por Gary Grossen (1978: 76) en su inve stiga­
ción sobre los géneros Chamul a). A me nos que se nie guen
260 MARIE-LAURE RYAN

a cooperar, los informlilltes propondrán categorías que cum�


plan funciones comunicativas importantes, y no formula­
ciones descriptivas elegidas al azar. Para nuestra cultura,
las clases serán relato breve, poema, novela, anuncio, ley,
carta, catálogo, esquela mortuoria, etc., y no «textos so­
bre perros» o «descripciones en tiempo pasado».
Para distinguir los diversos tipos de textos y usarlos co­
rrectamente en situaciones comunicativas, los miembros de
una comunidad lingüística y cultural deben poseer un co­
nocimiento de los requisitos genéricos. No se puede trazar
• una línea divisoria clara entre este conocimiento y la com­
petencia general que permite a las personas comunicarse
por medio del código lingüístico. En lugar de ello, el co­
nocimiento de las reglas genéricas debe considerarse como
una parte integrante de la capacidad de los pueblos para
«hacer cosas con el lenguaje».
Los distintos géneros de una cultura tienen la misma
relación mutua que los distintos dialectos sociales y geo­
gráficos de una lengua: cada uno está constituido por un
conjunto único de reglas, pero puede compartir reglas dis­
tintivas con otros géneros 2• Las reglas individuales pue­
den pertenecer a cualquiera de los sectores de la compe­
tencia lingüística: fonológico, semántico, sintáctico o prag­
mático, y pueden aplicarse a unidades de distintos tamaños
como segmento, lexema, oración y texto. Esta es la razón
por la cual las categorías genéricas parecen tan escurridi­
zas. Un género no es ni un tipo de significado ( como no
lo era la irrelevante colección de todos los textos sobre pe
rros), ni un acto comunicativo concreto que represente una
intención especial, ni tampoco un conjunto de rasgos for­
males, sino una combinación de requisitos referentes a va-

2 Cuando dos géneros tienen un conjunto común de reglas, pero


uno de ellos presenta requisitos adicionales, debe entonces considerarse
ésté como un subgénero del otro. La diferenciación de géneros en sub­
géneros es potencialmente ilimitada: a partir de cada género codifica­
do, sólo se necesita añadir una regla obligatoria para obtener un sub­
género. El reconocimiento cultural impone, sin embargo, límites a esta
proliferación de subgéneros. Por debajo del género novela, en sentido
amplio, por ejemplo, tenemos la novela histórica, y por debajo de ésta
el folletón, pero a partir de aquí no hay más subgéneros instituciona­
lizados.
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA ·261 •
ríos de estos ámbitos. Además, los requisitos no están dis­
tribuidos de una manera regular entre los diversos sectores:
algunos géneros (v. gr. poemas) presentan una codificación
más estricta en el nivel fonológico y sintáctico, mientras que
otros (recetas, ensayos, leyes) ponen más énfasis en la se­
mántica y la pragmática.
Entre las reglas que configu ran la competencia genéri­
ca del lector o escritor, encontramos principíos obligatorios
y opcionales. Los géneros no sólo se distinguen entre sí por
los requisitos que establecen, sino también por las opcio­
nes que presentan. Por ejemplo, el orden de palabras sov,
comentado anteriormente, es parte del estilo poético del Re­
nacimiento, pero no es estrictamente necesario que un texto
renacentista presente construcciones sov para considerarlo
un poema. Cuando el hablante de una lengua interioriza
una regla de cualquier tipo, también aprende a reconocer·
el entorno adecuado para el uso de dicha regla. Algunas
reglas lingüísticas, claro está, son utilizables en cualquier
clase de texto y están próximas a generar lo que se puede
estimar como nivel «corriente» o estilísticamente neutral de
la lengua. Pero otras tendrán que ser interiorizadas con un
apéndice de carácter genérico: por ejemplo, la regla que
permite suprimir elementos obvios está restringida a las ins­
trucciones impresas en productos comerciales. Las reglas
de aplicabilidad restringida, y las formulaciones que defi­
nen sus condiciones de uso, son parte de la gramática de
una lengua en la misma medida en que lo son las reglas
de aplicabilidad general.
Al indicar que las reglas constitutivas. de los géneros y
las reglas cuya aplicabilidad depende de las categorías ge­
néricas tienen un lugar legítimo en el ámbito de la com -
petencia lingüística, no pretendo afirmar que todos los
miembros de una comunidad lingüística estén igualmente
cualificados para distinguir y usar textos de géneros dife­
rentes. Los estudios de las variedades dialectales han de­
mostrado la inutilidad de definir la competencia lingüísti­
ca como un conjunto de reglas que son compartidas por
todos los miembros de una comunidad lingüística. Proba- *
blemente no haya dos hablantes que tengan una compe­
tencia idéntica, consistente en el mismo conjunto de reglas.
En el ámbito genérico, las diferencias entre hablantes son
MARIE-LAURE RYAN
262

aú n más acusadas que cm la may oría de las áreas de co
e que l g te
petencia lingüística, porque es menos probabl
a en
xtuales q
se vea expuesta a una gran variedad de tipos t e
ue

a una gran varied a d de e struc t ura s ora cion al e s. Si una per�


géner os li­
sona nunca ha t enido que preoc uparse por los
a para
terarios, éstos no tendr án ninguna realidad psicológic
él, y su comp etencia n o se e x t en de r á h asta e ll o s. De �,a­
e un niño l a constr�cci?n
n era parecida, si en el entorno d
encia lm­
pa siv a fuera sistemáticamente evitada, la comp et
i í l gl d fo m ció n d e la
güística del niño no incl u r a a re a e r a

voz pasiva.

et o _d e
L a indag ación que me propongo realiz ar con obj
l c mp t ci g énca
presentar un análisis general d e a o e en a en

s s s ct s l s cu l es se
consist e en explorar los div er o e ore en o a

l s r gl s g é ic s. _El
pueda comprob ar que se aplican a e a en r a
s á gr m_ ática
marco general par a esta exposició n er una a
tic c xt sió n al
transformacional de orientación semá n a on e en
í s g é ic s, p e­
niv el t extual • P ara definir las categor
3 a en r a ar

cen necesari as tres se ries de requisitos:


a) U na serie d e reglas pragmáticas, que nos digan có­
mo d eb e usarse comunicativamente un texto de un género
dado.
b) U na serie de re glas semánticas, que especifiquen
el contenido mínimo que de be ser compartido por todos los
textos de un mismo género.
c) U na serie de requisitos relacionados co n el nivel de
superficie, que definan la s p ropiedades verbales de los gé­
neros, como son sus par ticularid ades relativas a la sinta ­
xis, léxico, fonología y rep resent ación gráfica.

A. van
" Este ma rco está inspira do en el mo del o propuesto p or T
of text gramma rs. Aunqu e eJ.m o del o se aplicó a la des­
Dijk en Sorne aspects
a la que el autor
cripción de una «gramática literaria unificad a» -idea
puede d ptarse a las necesid ades de un a «gra­
ha renunciado lueg o -, a a
minar a una
mática del texto diversificada », tal y como p o dríamos deno
. Pa modifi caci nes del m o delo, véanse las obras p os -
tip ol o gía textual ra o

terio res de van Dijk.


HACiA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 263 •
A estos tre� conjuntos de requisitos, debe a ña dirse por
, .
ultimo un conJ unto de opciones gené rica s.

3 .1. Reglas pragmáticas

U n primer tipo de regla pragmática define el mo do d e


transmisión, o si se prefiere, el tipo de a ctuación que es
prop�o de c�da género. Joel Sh erz er (1978) ha propuesto
relac10nar dich as reglas con los ele mentos co nstitutivos d e
l a comunica ción, tal y como los definió Jakobson (1960):
canal, co nte xto, e misor, destinatario . (La s r eglas r eferen­
t�s a las dos últimas categoría s de J akobson, mensaj e y có­
�igo, no pe_r tenecen al niv el pragmático d e la gramática,
smo a sus mveles semán tico y de superficie, r espectiv amen­
t e). L as _reglas relativas al canal especificarán, por ejem­
plo: escnto, para una novela ; oral, para un sermó n ; oral
o escrito, pa r a chistes y anuncios; salmodia do, susurrado
o gritado, para distinta s fórmul as mágicas. E n alg unos ca ­
sos, estas regla s necesitan especificaciones más precisas, co­
mo: oral, subordin ado a un te xto escrito (o bras te atrales)
u o r al, con improvisa ción ( ciertos género s de folkl ore co- J
mo la poesía Xhosa ). Las regla s refe r ent es al context¿ nos
dicen cuándo y cómo deb e aparecer o representarse el tex- ·
to : er1 una iglesia (sermón), en reuniones esp eciales en de­
termmad',S momentos d el año (mitos), en fo rma d e libro
(novela), en un panel coloca do a lo largo d e una c a rretera
(anuncios), etc. E ntre la s regla s relativas al emisor o desti­
nata rio se encuentran principios tales como: un sermón debe
ser pronuncia do por un sacerdote, una fórmula curati�a de­
be ser �ntonada por un curandero ; una oración va dirigi­
da a D10s, una nana a un b e bé y la s cancio nes in fantil es
se dirigen a los niños. Estas reglas pragmáti,�as deb en, ade­
más, definir la r el ación social entre los participant es. E n
el caso de te xtos didácticos y ley e s, por ej e mplo, e spe cifi­
carán la naturaleza y el origen de la autoridad del emisor
sobr e el destinat ario. El componente pra gmático de una
teoría del género debe así apoyarse en una teoría de las fun ­
ci�n es e �nsti�uciones sociales. Esta expansión de la prag­
_
�atica difumma la front era entre una descripción lingüís­
tica y una descripción social de los g éneros, pero de be r e-
MARIE·LA_URE RYAr-,
· 264 •
cardarse que la pragmática de las gramáticas oracionales
y el ámbito de lo social también se in�uyen mutua� er�.te.
Sin una referencia a las funciones sociales y a las mstitu­
ciones sociales por ejemplo, sería imposible establecer las
condiciones de pertinencia para el uso de las formas fami­
liares frente a las formas de cortesía (v. gr. la oposición entre
tú y usted para la se gu nda persona de singular en castella­
no) .o para el enunciado de oraci ones declarativas, como
Declaro inaugurada esta sesión.
• También son necesarias en una gramática del género
las reglas pragmáticas que especifiquen lo que el emi�or de
un texto está intentando conseguir. Estas reglas relac10nan
la teoría del género con la teo ría de los actos de lenguaje,
desarrollada por Austin (1962) y Searle (1969). Se reco r�
dará que, según Austin y Searle, realizar un enunciado
lingüístico es llevar a cabo dos tipos de actos: en primer
lugar, un acto locucionario consistente en la articulación
de palabras, y en segundo lugar, un acto ilocucionario, con­
sistente en el intento de provocar un determinado tip o de
reacción mediante el uso de estas palabras. Entre l os actos
ilocucionarios se encuentran categorías tales como pro me­
ter, afirmar, preguntar, etc. Para llevárlos a cabo corree-
. tamente, los actos ilocucionarios deben ajustarse a unos
conjuntos específicos de co ndiciones de propiedad o perti­
nencia. Las condiciones de pertinencia que se aplican, por
ejemplo, al acto de lenguaje consistente en hacer una pre­
gunta se definen mediante las sigu ientes proposiciones:
1. El .b.ablante no conoce la respuesta.
2. El hablante cree que el oyente puede conocer la
respuesta.
3. No es evidente que el oyente prop orcione la res­
puesta inmediatamente, si no se le pre gunta.
4. El hablante quiere con<;>cer la respuesta.
(La for mulación de las reglas de Searle está tomada de
Pratt (1977:82)). Cada una de estas regfa.s pragmáticas re­
miten a las creencias, conocimientos e intención del hablan­
te. (Los especialistas distinguen entre las reglas orientadas
hacia el hablante, como las señaladas arriba con el 1, 2 y
4 y las orientadas hacia el oyente, 3, pero esta última en
realidad define las presuposiciones del hablante respecto de
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENClA GENÉRICA ·265

las intenciones del oyente). En virtud de esta competencia


pragmática, el oyente tiene acceso a la info rmación referi­
da arriba, y es capaz de completar el acto comunicativo que
quería iniciar el hablante al hacer la pregunta.
a noción del acto de lenguaje (o acto ilocúcionario) ha
. �
eJerodo una gran atracción sobre los especialistas en lite­
ratura, a pesar de que la postura originalmente sostenida
por J. L. Austin parecía ofrecer pocas posibilidades para
los estudi os literarios. Según Austin, las pro posiciones que
se realizan en las obras de literatura no tienen las conse­
cuencias habituales porque en ellas no rigen las co ndicio­
nes «normales» de pertinencia. Cuando un poeta hace una
pregunta no espera una respuesta; cuando hace una afir­
mación, no pretende representar una realidad. Como dice
el proverbio : «El poeta nada afirma y nunca miente» (Sir
Philip Sidney). La tesis de Austin apenas sé ha puesto en
duda, pero no constituye la última palabra sobre la aplica­
bilidad de la teoría de los actos de lenguaje en materia li­
teraria. Al gu nos críticos han preferido centrar su atención
en l os actos de lenguaje que son realizados por los narra­
dores de ficción o los personajes de las obras literarias. Es­
te planteamiento se apoya en una sólida base teórica, ya
que permite una aplicación directa de las categorías de Aus­
tin y Searle, pero ofrece poco interés para la teoría litera­
ria: a lo sumo, puede aportar una interpretación nueva de
una obra concreta, como la lectura de },;fajar Barbara por
parte de Ohman (1973), o la interpretación de Coriolano
por parte de Stanley Fish (1976).
Un enfoque más ambicioso con respecto al problema
de los actos de lenguaje en los estudios literarios se centra
en la relación implícita entre autor y lector. En aquellos
casos en que las proposiciones formuladas en los textos li­
terarios no producen las consecuencias «habituales» se con­
sidera que la proposición, formulada por el texto :n su to­
talidad, participa de una modalidad de acto de lenguaje de
rango superior , que viene regida por sus propias co ndicio­
nes de pertinencia. Este enfoque hace una distinción im­
plícita entre dos niveles de actos de lenguaje: el de lm
actos microlingüísticos que coexisten en el mismo texto, y
el de los actos macrolingüísticos, que afectan al nivel glo­
bal del texto (cf. van Dijk 1977). Con respecto al macro-
266 • MARIE-LAURE RYAN

nivel los críticos han propuesto categorías tales como el «acto


de lenguaje literario» (Iser 1975; Ohman 1972; Pratt 1977),
el «acto de len guaje de narrar una historia» (Ohman 1971)
"' y actos de lenguaje relativos a categorías genéricas (Todo­
rov 1976; Levin 1975). Según esta última propuesta, las
"reglas constitutivas de los géneros comprenden un deter­
minado número de principios que establecen las presupo­
siciones que el lector -tiene derecho a hacer y que se refie­
ren al propósito global del emisor, sus conocimientos y
creencias. Esto indica que, aparte de los tipos descritos por
Searle, existe una segunda serie de actos de len gu aje autó­
nomos, que comprenden categorías tales como «noveliza -
ción», «poetización», «chistización», etc. Sin embargo, el,
postular dos series distintas, una relativa al micronivel y
otra al macronivel, oscurecería el hecho de que los actos
ilocucionarios de Searle aparezcan a menudo en ambos ni­
veles (en conjunto, un texto puede interpretarse como una
aseveración, pre gu nta, mandato, etc.), y además el hecho
de que desempeñan un cometido en la distinción de géne­
ros. En realidad, las reglas pragmáticas de los géneros siem­
pre incorporan las de al menos una de las categorías de actos
de lenguaje de Searle. (En ciertos casos puede ser que se
elija un acto de lenguaje de entre varios tipos posibles, y
en otros casos que aparezcan diversos actos de lenguaje en
una misma secuencia. Véase más adelante el género «adi 0

vinanza»). Un parte informativo, por ejemplo, es un tipo


de aseveración, una receta es una instrucción, y una ley
es o bien un mandato, o una amenaza, o una promesa (cf.
la Ley de Arrendamiento Urbano). Por tanto, las reglas
de aseveración, de instrucción y de mandato, amenaza o
promesa formarán parte de la codificación pragmática de
los partes informativos, de las recetas y de las leyes. Pero
estos principios necesitan complementarse con otras reglas
adicionales pragmáticas o no pragmáticas, que distin gui­
rán los partes informativos de los restantes géneros aserti­
vos, las leyes de otros mandatos, amenazas y promesas y
las recetas de otras instrucciones. A partir de esta relación
entre categorías genéricas y los actos ilocucionarios de Sear­
le, se puede sacar la conclusión de que los géneros no son
actos de lenguaje autónomos, sino que, más bien, están
construidos alrededor de actos de lenguaje. A diferencia del
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 267
primer enfoque, el segundo no nos compromete del todo
a distinguir los géneros en el nivel pragmático.
En una sección posterior, trataré de formular una se­
rie de re�las para algunos de los géneros que pueden defi­
_
mrse meJor en el nivel pragmático. En cada apartado se
relacionará una de las clases generales de actos ilocuciona­
rios �e Searle, así como uno de los miembros específicos
de dicha clase. Esto significa que las reglas de cada acto
concreto, y por supuesto también de la clase, son parte in­
tegrante de la codificación pragmática del género. Searle
� 19 77) distingue cinco clases generales de actos de lengua­
je, y los define de la siguiente manera: representativos son
aquellos actos ilocucionarios que se encargan de presentar
una realidad; los directivos están destinados a conseguir que
el oyente haga algo; los conminatorios comprometen al ha­
bla'?-t� a hacer al go; los expresivos expresan sólo el estado psi­
colog1co del hab1ante;
1
y los declaratzvos provocan la realidad
a la que se refieren. De estas cinco categorías, las tres últi­
mas raramente están representadas en el macronivel. Pa­
recen estar co�siderablemente restringidas a los diálogos,
donde se combman con otros actos de lenguaje. Sólo de cier­
tos textos legales y litúrgicos puede decirse que represen-­
tan un compromiso o una afirmación globales. Los actos
de lenguaje expresivos, tales como las alabanzas los lamen­
tos y los insultos con frecuencia dan lugar a �éneros (cf.
Todorov 1976), pero en cuanto se institucionalizan normal­
mente dejan de expresar los verdaderos sentimientos del ha­
blante. Al transgredir la condición de sinceridad, ios tex­
tos de estos géneros se convierten en expresiones fictivas.
Esto, por tanto, nos deja sólo con dos categorías importantes
d: ac�os de len guaje textuales: los representativos y los
directivos.
Se puede hacer otra clasificación pragmática distinta a
partir de la motivación general del emisor a la hora de pro­
_
ducir el texto. Esta motivación, a la que llamaré orienta­
ción, es a veces difícil de extraer de la fuerza ilocucionaria
del texto, pero es, no obstante, distinguible. Por ejemplo,
tanto los anuncios como el discurso científico pueden «re­
presenta� realidades» (opcionalmente en el primer caso,
_
obhgatonarnente en el segundo), pero está claro que los emi­
sores tienen diferentes motivaciones para emprender la
268 MARIE·LAURE RYAN

representación. Y que esta motivación es un factor consti­


tuyente de géne;ro. La mejor manera de examinar la moti­
vación general del texto puede ser considerarla como un
acto de lenguaje de rango secundario: define lo que el ha­
blante pretende hacer, al producir un texto de fuerza ilo­
cucionaria J y contenido proposicional p. Parece haber tres
tipos principales de orientación: acción, información y frui­
ción o entretenimiento. El primero puede definirse como
un intento de provocar la realización de una acción. Esta
definición es parecida a la de la fuerza ilocucionaria direc­
tiva, pero como indica el ejemplo de los anuncios repre­
sentativos, la orientación hacia la acción no está de nin­
gún modo restringida a los textos que representan un acto
de lenguaje directivo. Por el contrario, no todos los actos '
de lenguaje directivos manifiestan el deseo del emisor de
provocar el cumplimiento de una acción. Las adivinanzas,
por ejemplo, están orientadas hacia la diversión. La dife­
rencia entre las categorías de fruición e información puede
explicarse de la siguiente manera. Los géneros orientados
hacia la información invitan al lector a extraer un mensaje
y a guardarlo en la memoria. Los hechos comunicados por
el texto pueden ser fuente de fruición -:-en caso de que el
lector goce sabiendo que p es verdad-, pero no son el acto
comunicativo en sí. Así, en el caso de los textos puramen­
te informativos, la satisfacción depende enteramente de la
verdad del contenido. Por otro lado, en los textos orientados
hacia la fruición; el valor de verdad del mensaje es bastante
insignificante. Ciertas historias pueden disfrutarse iI1depen­
dientemente de que hayan sucedido o no en la realidad.
Esto ocurre porque los textos de fruición no transmiten algo
que merezca la pena recordar, sino algo que merece la pe­
na experimentar. Si nos tomamos la molestia de aprender­
nos de memoria un texto de un género de fruición -di­
gamos, un chiste o un poema- lo haremos con el fin de
revivido de nuevo, de profundizar, o de hacer que otros
experimenten la satisfacción de recibir el texto.
Una diferencia importante entre las categorías ilocucio­
narias de Searle y estas orientaciones es que aquellas son
mutuamente excluyentes, mientras que éstas no lo son. Los
géneros tales como el proverbio y el poema didáctico com­
binan el entretenimiento con la información. Esto signifi-
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 269
ca que el acto comunicativo no conseguirá su objetivo a me­
nos que el texto sea entretenido y verdade¡o. Los textos
de_instrucciones como las recetas en cuanto que indican al
lector cómo realizar una acción, están simultáneamente
orientados hacia la acción y hacia la información. Los man­
datos puros, como vete de aquí, no presentan el componen­
te de información. Algunos géneros además presentan una
orientación secundaria opcional. Por ejemplo, los discur­
sos políticos y los anuncios está� orientados hacia la acción,
pero pueden tratar de divertir o proporcionar información
como medio de conseguir una finalidad de acción. Las le­
yes, por el contrario, no toleran un componente subordi­
nado de entretenimiento. A diferencia del problema de la
orientación primaria, la cuestión de la .orientación secun­
daria opcional no puede abordarse, en la mayoría de los
casos, mediante reglas simples. Esto se puede afirmar de
manera más específica en el caso de la orientación secun­
daria hacia la fruición. Los géneros pertenecientes a las ca­
tegorías de acción e información forman un continuum, desde
un alto a un bajo grado de tolerancia con respecto a los
rasgos que se ordenan a la fruición. Una teoría del género
no puede determinar, por ejemplo, que los rasgos de en­
tretenimiento estén radicalmente prohibidos en el discurso
científico, y los ensayos de crítica literaria tienen diferentes
prioridades cuando proporcionar erítretenimiento y apor­
tar información de la manera más eficaz es fuente de con­
flicto. Decir que. un género tiene un bajo índice de tole­
rancia con respecto a una orientación secundaria hacia el
entretenimiento quiere decir que dicho género da una gran
prioridad a su orientación primaria. Cuanto mayor sea esta
prioridad, menos apropiados serán los usos del lenguaje que
proporcionan satisfacción, en textos orientados hacia la frui­
ción, mediante la captación de la atención del lector hacia
la forma del mensaje 4•
Otra distinción que debería hacerse en el nivel prag-

I La capacidad de captar la atención del lector hacia la forma del


mensaje, más que hacia su contenido, es un factor importante en la pro­
ducción de fruición, pero no el rasgo constitutivo de la categoría fruitiva.
Podemos lograr la fruición a partir del mero contenido del mensaje, como
en muchos chistes, relatos de suspense y las novelas que leemos por el
valor intrínseco del argumento.
270 MAR!E-LAURE RYAN

mático es la de discurso fictivo frente a discurso serio. En


contra de aquellos críticos que consideran la formación de
un acto de len gu aje autónomo como «ficcionalización», se­
gu iré la definición de Searle (1975a) según la cual el dis­
curso fictivo se produce cuando el hablante meramente
simula realizar actos de len gu aje, cosa que hace de una ma­
nera clara, sin intención de engañar a nadie. Hacer una
aseveración fictiva significaría por ejemplo que el emisor
no se compromete con la verdad de la proposición, como
lo haría en el caso de una aseveración seria. De este ejem­
plo no se debe deducir que un discurso, para ser fictivo,
deba encerrar la mera intención de ser reconocido como
falso. A pesar de que esta burda explicación a menudo pa­
rezca adecuada, tiene el fallo de que restringe la ficciona"
lidad a los enunciados representativos. No teniendo ningún
valor de verdad, sino solamente condiciones de sinceridad,
los actos de lenguaje tales como mandato, pre gu nta o pro­
mesa no podrían realizarse de un modo fictivo. Las prue­
bas contra esta afirmación son abrumadoras: las obras de
ficción están llenas de mandatos, preguntas, amenazas o
promesas al lector, lo que no puede considerarse como un
intento serio de obligarle a hacer algo, o de comprometer
al autor a una acción futura. Parecería, sin embargo, que
todo acto de len gu aje tiene una réplica fictiva, en la cual
los conocimientos, creencias e intenciones que normalmente
trae consigo el acto específico no son asignados al hablan­
te mismo, sino a un doble de su persona, que habla en un
mundo diferente 5• Enunciar un discurso de ficción siem-

5 De acuerdo con esta explicación, el discurso de ficción se distin­


gue del contrario también en lo que se refiere a las declaraciones de he­
chos del tipo Si yo fuera millonario, haría esto o aqueUo, que se hacen en
las conversaciones de la vida real. Como el discurso de ficción, esta pro­
posición se refiere a un mundo imaginario, pero implica una creencia
que puede atribuirse directamente al hablante: esto es, que el mundo
del que se habla no existe en la realidad. Por el contrario, la asevera­
ción érase una vez un rey que tenía tres hijas implica la creencia de que tal
mundo realmente existió una vez. Cuando esta creencia no se puede
atribuir al hablante, el enunciado es fictivo. Si producir un discurso de
ficción fuera lo mismo que imaginar mundos, no podría pensarse en
la posibilidad de una elocución seria de la oración Anóche me imaginé que
yo era un sapo. Por consiguiente sería imposible explicar por qué e[ yo
tiene que referirse al hablante en determinadas situaciones (v. gr. en
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 271
pre significa fingir ser otra persona: esto, creo, es lo que
encierra la definición que Searle hace de ficción como
«pseudo-realización no engañosa de actos de lenguaje»
(1975a: 325).
Teniendo presentes estas definiciones de «acción», «in­
formación», «fruición» (o «entretenimiento») y «ficción», me
gu staría proponer las siguientes reglas pragmáticas para una
serie de géneros precisos:

Reportaje
Representativo: aseveración. 1. El emisor da por supues­
to que el mensaje se sale de
Orientado hacia la informa- lo corriente.
ción.

Receta
Directivo: instrucción. 1. El emisor garantiza que
las instrucciones se han se­
Orientado hacia la informa­ guido previamente.
ción/ acción.
2. El emisor garantiza que
el resultado ha sido satis­
factorio.
3. El emisor da por supues­
to que las instrucciones no
son universalmente conoci­
das.
4. El lector no está obliga­
do a seguir las instrucciones.

Adivinanza

No es un acto macrolingüís­ 1. El hablante pretende que


tico, sino que son dos actos el oyente sepa que está en

la conversación), mientras que no puede referirse a él en otras (v. gr.


en un poema).
272 MARIE-LAURE RYAN

microlingüísticos: pregunta posesión de toda la informa-


y respuesta. Sin la respues­ . ción necesaria para hallar la
ta, la adivinanza no sería un respuesta: la solución .de la
texto autosuficiente. adivinanza puede hallarse
mediante el uso de la razón
La pregunta es de compro­ y el conocimiento corriente
bación, esto es, una pregun­ del mundo y del lenguaje sin
ta que se considera como un más.
intento de comprobar la sa­ 2. A pesar de la regla 1, el
gacidad del oyente, más que hablante cree improbable
un intento de obtener infor­ que el oyente halle la solu·
mación de él. Ello significa ción de la adivinanza.
que el hablante conoce la
respuesta. Orientada hacia
la fruición.

Chiste

Normalmente aseveración, 1. El hablante pretendé


pero puede representar otros provocar la risa del oyente.
actos de lenguaje (pregunta,
2. El hablante da por su­
mandato).
puesto que el contenido ne
es todavía conocido por �­
Opcionalmente fictivo.
oyente. (Si lo es, el acto co·
municativo es un fracaso.
Orientado hacia la fruición.
En esto radica la diferencia
de los chistes respecto de
otras formas, como los cuen­
tos de hadas, que la gente
puede querer escuchar repe­
lidas veces).
Novela policiaca

Representativo: aseveración. l. El autor prctcncic que d


lector haga uso del razona­
Fictivo. miento lógico y que intente
resolver el problema antes
Orientada hacia el entrete­ de que se dé la solución.
nimiento.
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 273

Relato de terror

Representativo: aseveración. 1. El autor pretende que el


lector se asuste.
Fictivo.
Orientado hacia la fruición.

Muchas de las observaciones aportadas por los críticos


literarios relativas a las categorías genéricas pueden inte­
grarse en una gramática de géneros en forma de reglas prag­
máticas. Por ejemplo, la definición de Todorov de lo fan­
tástico (1970) se traduce en los siguientes principios:

Relato fantástico

Representación: aseveración. 1. El lector ha de intentar


dar explicaciones tanto natu­
Fictivo. rales como sobrenaturales de
Orientado hacia el entrete­ los hechos.
nimiento. 2. El lector no ha de ser
capaz de decidir cuál es la
explicación correcta hasta el
final del relato.

Examinemos, por último, el status pragmático de la


poesía.
Originalmente, este género presentaba una serie muy
desarrollada de requisitos de superficie. Actualmente, sin
embargo, la codificación de superficie es o bien opcional,
o bien del tipo «un poema debe representar al menos uno
de los rasgos formales a, b, e y d». Si hay rasgos comunes
entre los géneros llamados poesía hoy y hace cientos de años,
o entre todos los poemas de hoy, las constantes han de des­
cubrirse primariamente en el nivel pragmático. De mane­
ra muy aproximativa, los formularé tal como se relacionan
a continuación. (Ya que no hace falta que los géneros que­
::l.en completamente especificados en el nivel pragmático, esta
serie no se restringe necesariamente a la poesía).
274 MARIE-LAURE RYAN

Poema
Puede corresponder a casi 1. Independientemente del
cualquiera de las categorías acto de lenguaje fictivo que
ilocucionarias de Searle: pre­ realice el texto, el poema ha
gunta, mandato, asevera­ de considerarse como un ac­
ción o alabanza, lamento, to de lenguaje representativo
etc. Puede ser también una ( aseveración o juicio) corres­
combinación de ellos sin que pondiente a un nivel supe­
ninguno caracterice al texto rior.
en su totalidad.
2. Esta formulación debe
Fictivo. ser imaginable y sign ificati­
va tanto en el mundo del
Orientado hacia la fruición. autor como en el del lector.
(Como estos mundos quizá
estén muy distanciados, la
aseveración o juicio de ran­
go secundario se referirá,
por necesidad, a un tema
general, como Amor, Arte,
Destino, etc.).
3. El contenido de la ase­
veración o juicio de rango
secundario depende del con­
tenido proposicional del tex­
to, si bien no es convencio­
nalmente derivable de él.
4. La aseveración o juicio
de rango secundario puede
ser seria (esto es, puede re­
presentar la opinión del
autor)".

6
Al guién podría preguntarse por qué no propongo incluir una re­
gla que especifique que el autor de un poema pretende que el lector se
concentre en el mensaje como objeto verbal. Desde la influyente publi-
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 275

3. 2. Reglas semánticas

Un factor importante en la filiación genérica de los tex­


tos es la naturaleza de su contenido. Normalmente, todos
los textos de un género dado comparten una serie de ras­
gos semánticos. En un modelo que asigne una estructura
profunda y una estructura superficial a los textos; y que
considere la estructura profunda como la representación se­
mántica del texto, las reglas que especifiquen la naturale­
za de los rasgos obligatorios deben considerarse como res­
tricciones a la formación de la estructura profunda. Estas
reglas se aplican a lo_ que los teóricos del discurso (Bier-

cación de Linguistics and poetics de Roman Jakobson. ( 1960), se ha ex­


tendido entre nosotros la idea de que ahí reside la función poética o la
cualidad estética del lenguaje. Como ya se ha indicado antes, este prin­
cipio no es constitutivo de la orientación hacia la fruición, pero si llega­
ra a aplicarse a un género espedfico, la poesía sería el principal candi­
dato. La razón por la cual no traduzco el principio de J akobson en una
regla pragmática obligatoria para la poesía no es que yo niegue su vali­
dez para este género en concreto, sino que considero que dicha regla
es superflua, dada la regla que especifica la orientación hacia la frui­
ción. Cuando la atención de un lector se dirige hacia los rasgos.formales
en un género de fruición, y cuando el efecto de dichos rasgos es com­
patible con una orientación hacia la fruición (v. gr. cuando no producen
una falta de armonía, un trabalenguas o una impresión de torpeza), el
lector automáticamente da por supuesto que los rasgos son funcionales
y di gnos de consideración. (Sin embargo, el lector no llegaría a la mis­
ma conclusión si el efecto fuera en sí mismo fruitivo, pero estuviera en
desacuerdo con otra regla pragmática de ese género en concreto. Así,
las repeticiones fónicas son disfuncionales en las novelas policiacas clá­
sicas, puesto que centrarse en los rasgos formales se interpreta como una
interferencia en un género que le pide al lector que obtenga la fruición
mediante el razonamiento lógico). Como argumentación en contra de
la integración del principio de Jakobson en la codificación pragmática
de la poesía, puede decirse también que si el uso del lenguaje por parte
del autor es capaz de afectar al lector, consciente o inconscientemente,
no hay necesidad de una regla pragmática que le diga que preste aten­
ción a la forma. Y si no es capaz de afectarlo, no hay razón para tomar
la forma en consideración, y de nuevo tenemos que no hay necesidad
de dicha regla pragmática. Como último argumento, se puede decir que
parecerse a un sabueso rastreando modelos formales, como la discutida
regla incitaría a hacer al lector, no pertenece a la actividad de leer un
texto, sino a la de analizar científicamente su capacidad para propor­
cionar entretenimiento.
276 MARIE-LAVRE KY.-\:S

wisch 1965; van Dijk 1972, 1977) han llamado la «macroes�


tructura» de los textos. La noción de macroestructura se
basa en la idea de que el empeño primario del lector, a la
hora de enfrentarse a un texto es reinterpretar un mensaje
que cumpla un requisito básico: su exigencia de sentido,
de unidad temática, de coherencia lógico-semántica. Van
Dijk define las macroestructuras como «representación se­
mántica global» o «forma lógica» de los textos (1972: 17).
Las macroestructurás pueden definirse de manera aproxi­
mada con las si guientes formulaciones.
1. Una macróestructura ha de captar .el contenido pro­
posicional del texto en su totalidad; por tanto, puede con­
siderarse como una especie de compendio o resumen.
2- Las proposiciones que forman la macroestructura
textual son modelos mentales del lector. Como tales, no
siempre se encuentran directamente expresadas por las ora­
ciones constituyentes del texto.
3 . Las proposiciones de la macroestructura han de es­
tar bien formadas desde un punto de vista lógico-semántico,
y tomadas en conjunto, han de formar un «mensaje posi­
ble». Esto equivale a decir que las macroestructuras no ad­
miten incompatibilidades entre sus unidades constituyen­
tes. Mientras que el uso fi gu rado del lenguaje puede crear
incompatibilidades superficiales entre unidades léxicas, en
la macro.estructura las expresiones fi guradas han de remon­
tarse a las unidades semánticas (esto es, preléxicas) compa­
tibles que capten su traducción al lenguaje literal.
4. Una macroestructura debe ser explícita y despro­
vista de toda ambigüedad. Si el contexto no puede elimi­
nar las ambigüedades de las expresiones del texto, éste de­
be remontarse a varias macroestructuras.
5. La representación semántica que es captada en la
macroestructura debe ser igualmente aceptable para todos
los lectores del texto. Siendo una «lectura necesaria» la ma­
croestructura es un núcleo común de todas las interpreta­
ciones con pretensión de «validez» o «legitimidad».
Mientras que una abrumadora cantidad de géneros es­
tán recogidos por las reglas que dictan la formación de re­
presentaciones lógico-semánticas coherentes, hay al menos
dos tipos de texto que no tienen que depender de macroes­
tructuras bien formadas. (Aún se les puede dar una inter-
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 277
pretación con sentido en un nivel superior de abstracción,
como los actos de len guaje indirectos). En la poesía del ab­
surdo, tanto la estructura superficial como la profunda pre­
sentan incompatibilidades entre sus componentes (o, si no,
puede decirse que el verso absurdo no tiene una estructu­
ra profunda). Todo lo que el lector puede reinterpretar son
cuasi-proposiciones del tipo de la ventana convoca o incoloras
ideas verdes duermen furiosamente. Tales proposiciones violan
las restricciones de selección de sus elementos constituyen­
tes, o no representan la cantidad necesaria de argumentos
para su predicación particular, y no hay ningún mundo
-real o imaginario- en el cual puedan corresponder a
mensajes posibles 7•
El otro tipo de texto que no tiene que depender de una
macroestructura bien formada es el naciente género litera­
rio que los críticos y escritores denominan simplemente «tex­
to». El texto van gu ardista está a menudo bien formado en
el micronivel, pero mal formado en el macronivel. Todas
o casi todas las oraciones constituyentes dependen de una
representación bien formada, pero tomadas en su conjun­
to, estas representaciones no forman una estructura cohe­
rente. Esto incapacita al lector para resumir el texto. El
lector se ve obligado a trabajar con elementos dispersos de
significado, sin esperanza de alcanzar jamás una represen­
tación global.
Entre los géneros que representan mensajes posibles, ha
de efectuarse otra división semántica a partir del mundo
del que depende dicha posibilidad. Las proposiciones de un
género realista -fictivo o no- deben adecuarse a nuestra
experiencia de realidad empírica. Por otra parte, en los gé­
neros fantásticos encontramos proposiciones que contradi­
cen esta experiencia. Pero los mundos imaginarios, no im­
porta lo alejados que estén, en tiempo y en espacio, de la
realidad que conocemos, deben se gu ir ateniéndose a cier­
tos requisitos de coherencia semántica (cf. nota 7): los cuen-

7 Obsérvese que la violación de un rasgo como «humano» o «ani­


mado» no da como resultado un mensaje imposible: en los mundos ima­
ginarios, cualquier obj.eto puede recibir vida y espíritu. Con todo, in­
cluso en los cuentos fantásticos, las ideas abstractas no pueden volverse
concretas. Así, la mesa duerme está mucho más próximo a ser un mensa­
je posible. Sobre este asunto, véase van Dijk (1977).
278 MARlF>LAURI·'. RYAN

tos de hadas permiten a los príncipes convertirse en sapos,


pero no a los neutrinos salpicados de estrellas suicidar un
elefante.
Otra distinción que ha de hacerse mediante restriccio­
nes semánticas es la de géneros narrativos frente a no na­
rrativos. A pesar de la atención que se ha dedicado a las
estructuras narrativas durante los últimos quince años, los
estudiosos todavía no se han puesto de acuerdo en el lugar
que deben ocupar los requisitos narrativos en una teoría
del texto. Al gu nos especialistas (Prince 1973; Pavel 1976)
han intentado formalizar estos requisitos por medio de una
gramática especial, cuyos componentes básicos no son idén­
ticos a las unidades básicas que forman parte de la com­
posición de la representación semántica de los textos y ora­
ciones (es decir, proposición, predicado y ar gumento, si se
acepta la pretensión de que las estructuras semánticas de
las lenguas naturales pueden representarse en alguna ver­
sión del cálculo de predicado). Contra esta postura se puede
argumentar que el componente semántico de la gramática
de las lenguas naturales, si alguna vez se llega a formular
adecuadamente, ha de ser capaz de generar cualquier men­
saje posible, y por consi gu iente ha de ser lo suficientemente
potente como para producir y definir los mensajes narrati­
vos. El recurrir a una gramática especial o bien expresa una
desconfianza en la posibilidad de representar las estructu­
ras semánticas de un len gu aje formal, o bien es una solu­
ción provisional. Otros especialistas ( Ohmann 1971; Pratt
1977) consideran que el narrar historias forma un acto de
lengu::i.je autónomo y asignan las reglas narrativas al sec­
tor pragmático de la gramática. El problema con esta se­
gunda propuesta es que hace a la «narratividad» más o me­
nos independiente del contenido proposicional. Así como
una proposición dada puede presentarse bajo predicados
realizativos que expresan una diversidad de actos de len­
guaje (v. gr. estás pre,barado, c·estás preparado ), prepárate, su­
pongamos que estás preparado, etc.), del mismo modo deter­
minados mensajes podrían usarse para contar historias, o
para realizar otros tipos de actos de len gu aje que no pre­
sentarían un elemento narrativo. Esta postura es difícilmen­
te sostenible. Tanto si se afirma, como si se pregunta so­
bre su veracidad, o si se la hace objeto de una hipótesis,
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 279
una historia no deja de ser historia: un mensaje narrativo.
Lo que todas las narraciones tienen en común es un con­
tenido mínimo que ha de especificarse por medio de res­
tricciones en su macroestructura 8• Como la narratividad
depende del desarrollo temporal, una de estas restricciones
dirá que la macroestructura de todos los textos narrativos
debe de contener apariciones repetidas de predicados que
indiquen secuencia cronológica. Además, como no hay na­
rrativa sin acción , las reglas de la narratividad impondrán
la presencia de predicados activos en algunas de las pro­
posiciones de la macroestructura. Y, por último, en la me­
dida en que toda la narrativa convincente provoca un cam­
bio de situación, un requisito especificará que al menos uno
de los predicados estáticos que se apliquen a un participante
en un momento determinado de la historia.debe dejar de
describirlo en un momento posterior. Estos principios in­
formales están, por supuesto, lejos de constituir una teoría ·
narrativa completa, pero cualesquiera que sean otros posi­
bles requisitos narrativos que la investigación futura pue­
da establecer como necesarios, su lugar en una teoría del
texto se situará en el nivel de los requisitos semánticos. (So­
bre restricciones narrativas véase Van Dijk ( 1972), Prince
(1973), y para un intento de una definición más formal,
Ryan (en prensa)).
Las reglas que distin gu en los géneros lógicamente cohe­
rentes, los géneros realistas y los géneros narrativos es­
tán entre las más generales del nivel semántico. Pero una
teoría del género completa necesita reglas semánticas con
un mayor grado de especificidad. Siempre que un texto ten­
ga que tratar de un determinado asunto para pertenecer
a un género, habrá un requisito que especifique el valor
de al menos un elemento de su macroestructura. Las rece­
tas tienen que ser de comida, los anuncios de productos co­
merciales, las tragedias clásicas tienen que incluir entre sus
personajes a personas de familias regias y las elegías de­
ben implicar la mue�te de un ser humano. Como indica

8 Doy por supuesto que las condiciones de narratividad son las mis­
mas en todas las culturas, y que no están sujetas a cambios históricos.
Los «Nuevos Novelistas» no han metamorfoseado las estructuras narra­
tivas: simplemente han liberado al género novela de los requisitos na­
rrativos.
280 MARIE-LAURE RYAN

la última de estas reglas, los requisitos semánticos pueden


r:eferirse, no sólo a lás proposiciones que se afirman en el
texto (o que se integran en cualquier clase de acto de len­
guaje), sino también a las implicaciones o a los presupues-
tos de estas proposiciones. .
Mientras que algu nas reglas semánticas adoptan la for­
ma de requisitos que especifican el valor de ciertos elementos
de la macroestructura, otros son principios negativos que
limitan el campo de los posibles temas. En los géneros frui­
tivos donde los requisitos positivos raramente exceden las
condiciones de coherencia, realismo o narratividad, estos
principios negativos adquieren una especial importancia.
Las preo:cupaciones de la vida cotidiana no son apropia­
das en las elegías y en las tragedias, mientras que la muerte
es un tema tabú en la comedia_ Estas reglas negativas es­
tán normalmente correlacionadas con las del nivel pragmá­
tico: se supone que las comedias han de ser divertidas, con
lo cual excluirán cualquier asunto que la cultura en que
se encarnen no permita tomar a la ligera.
Un último tipo de requisitos que debe especificarse en
el nivel semántico se refiere a la organización de los conte­
nidos y la relación entre los bloques semánticos principa­
les. T. A. van Dijk (1977: 155) ha indicado que el discurso
científico -tanto si se refiere a ingeniería, como a lingüís­
tica o pediatría- debe poseer una estructura global del ti­
po: introducción-problema-solución-conclusión. Sin embar­
go, no está claro cómo deben formularse dichos requisitos.
Un posible planteamiento (semejante al ya mencionado res­
pecto de la narrativa) consistiría en diseñar una gramática
especial con categorías básicas tales como «introducción»,
«problema», etc. Las reglas de esta gramática especifica­
rían simplemente qué componentes básicos deben apare­
cer en un género dado. Sin embargo, dicho planteamiento
co�plicaría la gramática sin resolver realmente el proble­
ma, pues las unidades mayores «introducción» o «conclu­
sión» quedarían todavía por definir. Un camino alternativo
para especificar los requisitos organizativos se produciría
mediante reglas que atribuyen valores semánticos fijos a al­
gunos de los predicados y argumentos de la macroestruc­
tura, dejando otras sin especificar. Estas reglas formarían
una malla con casillas vacías, que rellenarían de manera
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 281
distinta los diferentes textos del género de que se trate. Es­
bozada en términos de la len gu a natural, la estructura de
la escritura científica quedaría aproximadamente así:
Existe un campo general de investigación w
y
Dentro de w, hay un problema x
y la solución de x es y
y
La importancia de la resolución de x por medio de y es z.

3. 3. Re:glas de supeificie

La última serie de reglas obligatorias, la que define las


características propiamente verbales de los géneros, es de­
masiado conocida por los. teóricos del texto como para re­
querir una exposición detallada. La codificación formal de
la estructura de superficie se produce siempre que un géne­
ro exija regularidades métricas o fonéticas, un vocabulario
especializado, expresiones formulísticas, o características es­
peciales en la pronunciación o en la realización gráfica. Las
reglas de superficie son las más numerosas en poesía, pero
no están de ningun modo restringidas a los géneros fruiti­
vos. Los textos legales y-las salutaciones epistolares (par­
ticularmente en francés) son dos ejemplos de discurso no
literario que hace un uso considerable de requisitos de su­
perficie. En ciertos casos, los requisitos obligatorios de su­
perficie presentan un elemento de «elección múltiple». Por
ejemplo, en algunos géneros orales tradicionales, el hablante
debe usar una serie de locuciones ligadas, pero puede ele­
gir entre una variedad de expresiones disponibles. Lo mis­
mo ocurre con las salutaciones epistolares.
En el marco de una gramática transformacional del tex­
to, los requisitos de superficie deben considerarse como res­
tricciones a las transformaciones. El cometido de estas res­
tricciones es garantizar que, durante el proceso mediante
el cual las proposiciones semánticas se convierten en ora­
ciones y las unidades semánticas en elementos léxicos, só­
lo se incluirán aquellas sartas que presenten propiedades
formales específicas, o que respeten determinadas condi­
ciones léxicas. La interacción de estas restricciones con la
282 MARIE-LAURE RYAN

derivación sintáctica y fonológica de los textos pone con fre­


cuencia en funcionamiento las «reglas alternativas» que dan
origen a las particularidades de los dialectos de los géne­
ros. El orden de palabras OY de la poesía renacentista,
por ejemplo, es una adaptación gramatical que facilita el
cumplimiento de los requisitos genéricos de rima y de
metro_

3. 4. Opciones genéricas

Las opciones genéricas no deben confundirse con los re­


quisitos de «elección múltiple» del tipo «el género n debe
presentar al menos uno de los si guientes rasgos». Como ya
se ha indicado, las opciones genéricas son aquellos usos del
len guaje que son aceptables en ciertos tipos de texto, y que
quedan fuera de lugar en otros. Ya se han discutido al gu ­
nas opciones en el nivel pragmático. El siguiente estudio
se centrará en las opciones relativas a la estructura super­
ficial y a las operaciones semánticas.
U na forma que pueden adoptar las opciones es la de
restricciones formales. Por ejemplo, una opción de anun­
cios, proverbios y lemas requiere la adopción de una forma
versificada. Y una opción de poesía hace que sea probable
que el paralelismo fónico exceda los límites de los requisi­
tos obligatorios de rima.
Otra forma de opciones genéricas es la de las transfor­
maciones sintácticas. La principal diferencia entre restric­
ciones opcionales y transformaciones opcionales reside en
el status sintáctico de la estructura resultante. Como ha se­
ñalado van Dijk (1972), las restricciones formales asignan
«más estructura» a la forma superficial de los textos, pero
las sartas que definen no se considerarían como una viola­
ción de las reglas sintácticas si aparecieran en otro lugar.
Una forma versificada resulta extraña, fuera de lugar y dís­
funcional en un trabajo científico, pero no absolutamente
agramatical. Por otro lado, las formas generadas por las
transformaciones opcionales están completamente prohibi­
das en otros contextos. Un ejemplo de esto puede ser el ya
mencionado de la supresión de elementos obvios. En los
productos comerciales ésta es una transformación acepta-
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 2$3
ble, pero usarla en un trabajo científico constituiría un error
gramatical.
Las opciones de tipo transformacional son las respon­
sables de las partícularidades estilísticas de los dialectos de
los géneros. En poesía, donde se ha reconocido su impor­
tancia durante mucho tiempo, generan sartas que los crí­
ticos con frecuencia denominan «desviación poética». Ya
que el término desviación implica la existencia de una nor­
ma unificada, que, como hemos visto, no se da en la len­
gua, parecería preferible llamarlas «restringidas al entor­
no poético». Esta modificación deja libre el término des­
viación para otro propósito, el de marcar una dis+inción
importante entre dos tipos de expresiones restringidas. Al
primer tipo pertenecen el orden de palabras SOY de la poe­
sía renacentista o el genitivo antepuesto del estilo clásico
francés, mientras que en el segundo tipo se incluyen las
distorsiones sintácticas de l\!Iallarmé, a grief ago de Dyllan
Thomas, y lo que se ha convertido en el parangón de la
desviación poética: fze danced his did de e. e. cummings*. Las
trar:formaciones que dan como resultado las formas del pri­
mer tipo son opciones normalizadas del género a las que
pertenecen, y han sido usadas repetidas veces por muchos
escritores diferentes. El orden de palabras SOY aparece no
sólo en Spencer, sino también en Shakespeare, Pope, Su­
rrey, etc. ( cf. Dillon 19 7 6). Por otro lado, he danced his did
pertenece más a cummings que al dialecto de su género.
Se podría predecir sin temor a equivocarse que la trans­
formación que da lugar a su generación nunca llegará a
ser una opción poética normalizada. Incluso en la obra de
cummings, no constituye una operación normalizada y ge­
neralizada. Lo que hace que dicha forma sea posible no es
una regla sintáctica de la poesía moderna, sino una opción
extren1adamente poderosa que no existía en la época re­
nacentista: la libertad para dictar las normas del lenguaje,
de convertir los enunciados lingüísticos en acontecimien­
tos sintácticos únicos. La singularidad de he danced his did
hace que sea superfluo atribuir al dominio de la compe­
tencia el conocimiento de la transformación concreta que

* Como se sabe, este autor escribe su nombre con minúscula (N del


T.).
284 MARIE-LAURE RYAN

da lugar a su generaci_ón. Mientras que el lector de poesía


renacentista se espera de al guna manera las estructuras ov,
el lector de cummings se espera he danced his did sólo en la
medida en que piensa que (casi) todo es posible en la poe­
sía moderna. Para caracterizar los productos no iterables
de esta opción moderna, el término de desviación recobra
su plena legitimidad.
Otra importante diferencia entre la transformación que
da origen a estructuras ov y la opción que genera he dan­
ced his did reside en su nivel de aplicación. La primera es
una transformación puramente sintáctica que Gpera en una
representación que ya ha sido convertida en unidades lé­
xicas. Esta operación puede explicarse como un modelo
alternativo de linearización. Así, una expresión como her
swollen heart her breath seemed to bererwe es simplemente otra
manera de decir her swollen heart seemed to bereave her breath.
Los dos enunciados se distinguen por su diferente grado
de.utilización y, por tanto, contienen una información es­
tilística diferente, pero comparten el mismu contenido de
proposiciones: no hay ningún contexto a partir del cual se
pueda decir que una es verdadera y la otra falsa. Esa equi­
valencia proposicional no se descubre entre la expresión de
cummings y la expresión no restringida que más se apro­
xim<1- a ella, esto es, he did his dance. Sea cual sea la repre­
sentación semántica bien formada que el lector asigne al
verso de cummings (los críticos han propuesto «se regoci­
jaba en sus acciones del pasado», cf. Lipsky 1977: 246),
no será lo mismo que la representación de he did his dance.
La expresión de cummings viene producida por una serié
de transformaciones no iterables que empiezan en el nivel
de las unidades semánticas. Lo que se requiere para inter­
pretar el verso no es sólo un reagrupamiento de palabras
-mediante el cual descubra el lector su relación de paro­
dia con he did his dance-, sino también una sustitución de
elementos de significado. Sólo una paráfrasis, compuesta
de palabras diferentes, transmitirá el contenido proposicio­
nal que el lector extrae de he danced his did.
Las transformaciones que empiezan en el nivel semán­
tico son las responsables de todos los tipos de lenguaje fi­
gurado. Por lenguaje figurado entiendo aquellas expresio­
nes cuyas palabras constituyentes no se pueden tomar en
HAC!A UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 285
una de sus definiciones convenciónales, y que no se obtie­
nen mediante una regla sistemática, esto es, mediante una
operación que puede usarse repetidamente. La segunda con­
dición -que señala la distinción entre el discurso fi gura­
do verdaderamente creativo y la metáfora fría o las expre­
siones idiomáticas- define a la primera como un caso de
desviación inherente;,.
El uso de operaciones semánticas que dan origen al len­
guaje fi gu rado está indudablemente controlado por los en­
tornos genéricos, pero la naturaleza de esta relación es más
escurridiza que en el caso de las transformaciones puramen­
te sintácticas. Si bien es cierto que los géneros muestran
una gran diferencia en el grado de acogida hacia la expre­
sión figu rada, también es cierto que ningún género puede
prohibir radicalmente la innovación semántica. Las metá­
foras originales se las arreglan para introducirse incluso en
el entorno más hostil: el del discurso científico. Por tanto,
no podemos postular una regla que excluya las transfor­
maciones semánticas de los géneros a, b o c, mientras que
sí podríamos establecer Un principio que prohibiera la su­
presión de elementos obvios en contextos específicos. Y
siendo, en principio, no iterables, así como ilimitados en
número, los ejemplos concretos de expresión figurada in�
novadora no pueden recibir denominaciones individuales
que establezcan sus condiciones de uso. (Sólo pueden tra­
tarse de este modo las expresiones figuradas convenciona­
les de determinados géneros, como aurora de dedos rosáceos
de la épica homérica). Lo que aquí hace falta no es una
lista de normas específicas, sino un conjunto de máximas
que permitan al lector/escritor evaluar el grado de tolerancia
que cada género muestra hacia la innovación semántica.
Estas máximas se pueden formular a partir del modelo de
ias «máximas de conversación» de M. P. Grice (cf. Grice
1975). Para los diálogos de la vida real, Grice propone las
siguientes «máximas de modo» (hay otras relativas a «ca­
lidad» «cantidad» y «relación»): 1) evite expresarse con
1' Se puede reconocer de manera ap roximada una transformación
semántica o sintáctica no iterable cuando un uso posterior de la misma
por parte del mismo autor, o de otros autores, se califica de (auto-) pla­
gio. Existe, desde luego, un continuum desde las operaciones completa­
mente iterables hasta las operaciones que no son iterables en absoluto.
286 MARIE-LAURE R'\AN

oscuridad, 2) evite la ambigüedad, 3) sea breve, 4) sea or­


denado. Aunque estas máximas fueron definidas para la
conversación cotidiana, pílrecen regir cualquier texto orien­
tado hacia la acción o hacia la información. Los textos frui­
tivos pueden también ajustarse a las máximas de Grice, pero
presentan un conjunto adicional de máximas, y esto, a me­
nudo, da lugar a conflictos con el conjunto de Grice. Las
máximas de los textos fruitivos serían algo así como «bus­
que el im.pacto», «haga que sus palabras sean memorables»,
«sorprenda», «sea sugerente y no demasiado explícito», «con­
fíe en la sagacidad del lector», etc. A diferencia del prime­
ro, el se gu ndo conjunto hace que la innovación semántica
sea algo muy deseable. De este modo, el grado de perti­
nencia de la expresión fi gu rada en un género determinado
es en gran medida función del grado de tolerancia de di­
cho género hacia el componente de fruición. Pero si este
enfoque da cuenta de una mayor pertinencia de la expre­
sión figurada en los anuncios que en las leyes, y en los en­
sayos que en los reportajes, no nos explica por qué las trans­
formaciones semánticas innovadoras son más corrientes en
determinados tipos de textos fruitivos (poemas, adivinan­
zas, proverbios) que en otros (novelas, chistes). Debemos
suponer que hay distintas fuentes de fruición en la lectu­
ra/audición (cf. la variedad de reglas pragmáticas que se
aplican en la categoría de texto fruitivo) y que los géneros
fruitivos resuelven el conflicto entre los dos conjuntos de
máximas de manera diferente, dependiendo del tipo de frui­
ción que procuren proporcionar.
Entre las operaciones semánticas que pertenecen al cam­
po de opciones de algunos géneros, pero que no encajan
bien en otros, se encuentran también las transformaciones
que dan origen a la ironía, a los juegos de palabras, a la
ambigüedad y a la intriga narrativa. Descrito de manera
aproximada, el discurso irónico es el resultado de una sus-·
titución de predicación, por la cual se obtiene una propo­
sición que constituye la negación de la proposición
subyacente 10• La ambigüedad se deriva de la combinación

1° Como otros muchos fenómenos lingüísticos, la ironía se puede


describir desde un punto de vista semántico y desde un punto de vista
pragmático. Desde un punto de vista pragmático, la ironía constituye
HACIA t..:NA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 287
de diversas representaciones semánticas hacia una estruc­
tura superficial común, y los juegos de palabras se derivan
de la misma operación a menor escala: la ambigüedad pue­
de afectar a los textos en su totalidad; en cambio, los jue­
gos de palabras son fenómenos de micronivel. Como en el
caso del lenguaje figurado, la pertinencia de estas opera­
ciones depende en gran medida del grado de tolerancia del
género hacia un componente fruitivo. Esta conexión es más
problemática en el caso de las transformaciones que dan
origen a la intriga narrativa, es decir, la permutación o su­
presión de proposiciones completas de la macroestructura.
A la hora de descodificar un texto de un género narrativo,
el lector reinterpreta una macroestructura en la cual los
acontecimientos se ordenan cronológicamente y en la que
se contiene toda la información que se necesita para unir­
los de una manera lógica. En algunos géneros narrativos,
la estructura superficial es necesaria para seguir la macroes­
tructura ·10 más fielmente posible . Así, los testimonios, los
diarios y las crónicas no admiten una reordenación crono­
lógica de los acontecimientos, ni tampoco una supresión de
información pertinente. Lo mismo se puede decir en gran
medida de lo que se ha llamado las «formas simples» de los
géneros fruitivos: mitos, leyendas y cuentos de hadas. Un
género en el que encaja el reordenamiento, pero que prohíbe
la supresión de información pertinente, es la prosa pe­
riodística: comienzos in medias res, flash backs, anticipaciones,
son práctica común en los reportajes. Por otra parte, los
chistes parecen �vitar el reordenamiento cronológico, pero
se basan, en gran medida, en la supresión de información.
Y, por último, amb:1s transformaciones son operaciones
aceptadas en la narrativa escrita de fruición, donde el lec­
tor dispone de tiempo ilimitado para realizar las operacio­
nes de reconstrucción necesarias 11•

un acto de lenguaje insincero, como el discurso fictivo, pero se distin­


gue de la ficción en que expresa las verdaderas creencias del hablante
(siendo opuestas a las afirmadas o implicadas en !os actos de lenguaje
concretos). Si se le da a la ironía una definición pragmática, su propie­
dad en determinados géneros se hará predecible por una opción prag­
mática.
11
Hasta cierto punto, estas operaciones constituyen un rasgo de to­
dos los enunciados lingüísticos. (Véase van Dijk 1977). El discurso ra-
288· tv!AR!E-LAURE RY.AN

Para concluir esta investigación, querría adentrarme en


el ámbito de la actuación, planteando la pregunta: ¿Cómo
orienta el conocimiento de las reglas y opciones genéricas
el proceso concreto de interpretar un texto? De Mirch a
Culler, de Hernadi a ·Scholes, los críticos literarios que han
tratado recientemente la noción de género han resaltado casi
unánimemente su valor hermenéutico. Por lo común, se
sostiene que la identificación correcta de un género es
requisito previo para una comprensión adecuada. Sin em­
bargo, esta consideración ha de matizarse un tanto. Parece
razonable dar por supuesto que el lector no puede enfren­
tarse atinadamente con un texto sin saber unas cuantas co­
sas sobre el género al que pertenece, pero esto no quiere
decir que haya de estar familiarizado con cada una de las
reglas y opciones relativas a dicho género. La codificación
genérica incluye varios tipos de reglas, y a cada tipo co­
rresponde una función hermenéutica diferente.
La función de un primer grupo de reglas, las restric­
ciones semánticas y de la estructura superficial, se encuentra
limitada a la identificación del género. Como estas restric­
ciones producen rasgos discernibles, el conócerlos de ante­
mano no es esencial para un procesamiento adecuado. Un
lector puede apreciar muy bien un soneto sin haberse en­
contrado antes con esta forma de texto fruitivo. El no estar
al corriente de la existencia institucionalizada del género
«soneto» no le impedirá percibir la métrica y las regulari­
dades fónicas del texto. De modo parecido, comprenderá

ramente se atiene a un orden estrictamente cronológico, y siempre su­


prime una gran cantidad de información (la información a la que el lector.
tiene acceso automático mediante su conocimiento del mundo). El tipo
de reordenarniento que se relaciona con las categorías genéricas se ·re­
fiere a los grupos principales de proposiciones que permutan en su to­
talidad, y/o a las proposiciones que se desplazan .varios espacios de su
lugar en una secuencia cronológica. Es difícil definir las supresiones per­
tinentes, pero al menos se puede decir que aluden a la información que
llega a ser recuperable sólo después de que se haya proporcionado una
caritidad significativa de información adicional. Un ejemplo de dicha
supresión es la ocultación por parte de Stendhal del hecho de que el hf­
roe de Armance es impotente.
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 289
que el texto trata de la muerte de un ser humano, incluso
aunque no sepa nada de las reglas de las elegías.
El conocimiento de Ufl; segundo grupo de reglas, las op­
ciones genéricas, permite al lector evaluar la pertinencia del
uso del lenguaje por parte del autor. Esta actividad corres­
ponde, en el nivel textual, al enjuiciamiento de gramatica­
lidad de oraciones aisladas. El lector que se encuentre con
un modelo formal específico asi gnará un valor positivo al
efecto resultante, si sabe que el campo de opciones del gé­
nero en cuestión incluye la restricción correspondiente. Por
otra parte, cuando se muestra sorprendido por un modelo
formal en un género que no permite este tipo de codifica­
ción, considera su efecto como una interferencia. De mo­
do parecido, el conocimiento de las transformaciones op­
cionales le dice al lector, en caso de encontrarse con una
incoherencia semántica superficial o con lo que he llamado
formas sintácticas restringidas, si estas formas deben atri­
buirse a la ignorancia del autor, a su falta de dominio ver­
bal, a su incapacidad -para desarrollar un razonamiento
lógico, etc., o si se trata de medios para conseguir los efectos
pretendidos. Como la evaluación no es una parte esencial
de la comunicación (al menos no en el caso de la acción
y la información), el lector puede con frecuencia actuar sin
conocer perfectamente las opciones genéricas. La capaci­
dad para identificar recetas y usarlas correctamente, por
ejemplo, no exige el conocimiento de las condiciones de per­
tinencia de la regla que permite la supresión del artículo
en el dialecto culinario ( como en pla.ce chicken in oven)*.
Mientras que es necesario el conocimiento de las res­
tricciones obligatorias para una completa identificación de
un género, y el conocimiento de las opciones para una eva­
luación adecuada del texto, es esencial estar familiarizado
con las reglas pragmáticas de los géneros para usarlas ade­
cuadamente. No podemos examinar correctamente una ley
si la consideramos un mandato fictivo, de la misma mane­
ra que no podemos apreciar convenientemente una novela
si creemos que está orientada hacia la información. El re­
lacionar un texto -o cualquier enunciado lingüístico- con
* Ponga pollo en horno. La autora alude aquí a una propiedad de uso
del inglés que no se da en el español en el registro «receta». Sí, por ejem­
plo, en el uso «telegrama» (N del T.). ·
'.290 MARíE-LAURE RYAr\

unas reglas pragmáticas que no le son propias significa per­


der de vista su pretensión comunicativa. En algu nos casos,
las reglas pragmáticas pueden deducirse de la fo rma super­
ficial del texto. Por eJemplo, la fórmula érase una vez indica
un contenido narrativo con la fuerza ilocucionaria de ase­
veración fictiva. De modo parecido, el orden de palabras
vs en inglés indica la fuerza ilocucionaria de hacer una
pregunta. En otros casos, las reglas pragmáticas no pre­
sentan indicaciones superficiales. Los actos de habla ficti­
vos no se distin guen formalmente de los serios ( al menos
en inglés), y en la oración el televisor Lobotomy es el que más
se uende en el mercado nada nos dice si el texto es un anun­
cio, orientado hacia la acción, o un informe con destino
al consumidor, orientado hacia la información. Cuando las
reglas pragmáticas son deducibles, el lector ha de ser ca­
paz de relacionar las indicaciones con el principio correc­
to; cuando no lo son, debe saber de antemano qué reglas
pragmáticas rigen el texto que está a punto de leer.
Mediante su conocimiento de las reglas pragmáticas re­
lativas a la totalidad del texto, el lector es capaz de decidir
hasta qué punto ha de llevar adelante el proceso interpre­
tativo. En principio, todo enunciado lingüístico puede ser
sometido a una semiosis ilimitada: no podemos alcanzar la
interpretación definitiva, el punto más allá del cual los sig­
nificados ya no apuntan a otros significados. Sin embar­
go, cada género establece un límite implícito a la interpre­
tación. Si traspasamos este límite, será por nuestra propia
y libre voluntad, infringiendo con ello a sabiendas las re­
glas del juego genérico. Este límite viene definido por las
reglas pragmáticas que señalan la orientación general del
texto. El proceso intHpretativo se llevará adelante hasta el
punto en que el lector esté en condiciones: ( a) de realizar
la acción pertinente 12; (b) de extraer la información que
12 Con los anuncios, la acción que ha de realizarse siempre· es
«compre x». El propósito del proceso de descodificación, por consiguiente,
no es averi gu ar lo que debe hacer el lector, sino reconstruir la justifica­
ción del emisor para instar al lector a que compre x. Se pueden hacer
observaciones similares con respecto a otros textos de acción, como los
discursos políticos. En estos géneros, las reglas pragmáticas son los su­
ficientemente estrictas como para especificar qué acción pretende el emi­
sor que realice el oyente. Este no es el caso de los géneros de instruc­
ción ,·nmo los problemas y las recetas.
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA

está buscando; o ( c) de gozar. En algu nos casos, recons­


truir la macroestructura y relacionarla con las reglas prag­
máticas del género es todo lo que hace falta para conse­
guir que el lector se encuentre en esta situación. En otros
casos, el lector no puede alcanzar la satisfacción plena sin
someter a la macroestructura a posteriores operaciones in­
terpretativas. Este es el caso de los poemas, cuyo conteni­
do proposicional sería con frecuencia decepcionante si no
se pudiera relacionar con un acto del lenguaje de rango se­
cundario, o con el discurso científico y filosófico, que invi­
ta al lector a considerar y a reunir información a partir de
todos los desarrollos, implicaciones y consecuencias de las
proposiciones afirmadas en el texto.
Consideremos, por último, una posibilidad extrema:, la
de los géneros orientados hacia un acontecimiento siempre
renovable, que rechazan por tanto el establecimiento de un
límite en el proceso de descodificación. En los ámbitos de
la acción y la información, se precisaría la imaginación de
un Borges para concebir textos de tal ambición. Podría de­
cirse quizá que la revelación religiosa o los textos que se
emplean en la predicción del porvenir ( v. gr. el I Ching)
aspiran a proporcionar una información inagotable, abar­
cadora y, por tanto, siempre nueva. Y en el terreno de los
textos de acción, podríamos proponer el caso de un pro­
blema sin ninguna solución anticipada, que conste sólo de
actos del lenguaje directivos: encuentre usted todas las ge­
neralizaciones que pueda a partir de este conjunto de datos.
Pero si los textos orientados hacia la acción e información
inagotables parecen, en el mejor de los casos, problemáti­
cos, la autorrenovabilidad es una ambición común y am­
pliamente reconocida entre los textos pertenecientes a la
categoría de la fruición. A los textos que cumplen esta am­
bición normalmente los calificamos de «artísticos», «litera­
rios», «estéticos», etc. La cuestión es si la distinción entre
textos de «fruición» y textos de «fruición simple renovable»
se produce por el juicio subjetivo del lector, o si debe in­
corporarse a una teoría del género. Según la primera po­
sibilidad, todos los géneros de fruición serían definidos por
la misma regla pragmática ( algo parecido a «el autor pre­
tende del lector que goce lo más posible»), y el conocimiento
del género por parte del lector no ofrecería ninguna infor-
292 MARIE-LAURE RYAN

manon relativa al grado de ambición artística del texto.


(Llamo artística a la ambición de proporcionar goce). La
se gunda posibilidad significa que el lector espera de cier­
tos géneros una satisfacción instantánea, pero rápidamen­
te agotad2, y de otros, el gozo de una lectura siempre nueva
y más profunda. A la hora de decidirse a escribir en un
género específico de fruición, un autor se comprometería
con una de estas categorías. Si esta consideración es ade­
cuada en una cultura dada, los géneros de fruición ilimi­
tada han de distin guirse de los géneros de fruición simple
por medio de una regla pragmática adicional. A menos que
la cultura concreta se adhiera a una teoría estética o her­
menéutica específica, la regla no debe pronunciarse sobre
la cuestión de dónde se encuentra el origen de la fruición
ilimitada: la complejidad de la estructuración, la cualidad
autorreflexiva del lenguaje, la polivalencia semántica, la ca­
pacidad para.ofrecer mensajes significativos en varios mun­
dos diferentes, o lo que quiera que pueda pensarse. Una
formulación neutral sería: «El texto está orientado hacia una
fruición siempre renovable, y ha de someterse, por tanto-,
a una semiosis infinita». O podría preferirse «Sea cual sea
la fruición que obtenga el lector, otra lectura lo captará de
una manera diferente o más profunda. Otra posibilidad más
consistiría en la adaptación y en la generalización de las
reglas propuestas anteriormente para la poesía. Sea cual sea
la formulación elegida, la regla o reglas pragmáticas adi­
cionales han de definir, por supuesto, la intención del autor,
no lo que éste consiga cumplir en realidad. El que un autor
decida escribir en un género regido por la regla de frui­
ción infinita/semiosis infinita no garantiza que el texto va­
ya a ser merecedor de una indagación inagotable.
El hecho de que una teoría del género deba incluir o
no dicha regla depende de la cultura concreta. En nuestra
tradición cultural, los ar gumentos a favor de esta regla de
fruición infinita/semiosis infinita se muestran en la fuerte
dicotomía existente entre los géneros fruitivos «superiores»
e «inferiores»: tragedia frente a melodrama, comedia fren­
te a farsa, poemas líricos frente aleluyas, los tipos de no­
vela con ambición estética frente a los populares (relatos
de intriga, novela policiaca, novela rosa, etc.). Pero incluso
si se apela al principio de fruición infinita/semiosis infinita
HACIA UNA TEORÍA DE LA COMPETENCIA GENÉRICA 293
para señalar la distinción entre géneros fruitivos superiores
e inferiores, quedarán algunas categorías sin especificar con
respecto a la regla. Entre ellas se encuentran el relato bre­
ve y el género amplio novela: al gunos de sus subgéneros
son de fruición ilimitada, otros no lo son, y al gunos textos
son novelas que no encajan en ningún género institucio­
nalizado. En estos casos, el autor deja abierta la cuestión
de la ambición artística del texto, y la decisión se deja en
manos del lector. Por el contrario, el autor de un poema
tiene que comprometerse con la fruición ilimitada/semio­
sis ilimitada, cosa que no puede hacer el autor de un me­
lodrama sin separarse de las reglas de este género.
Aunque las reglas pragmáticas de los géneros definen
un programa de interpretación más o menos completo; el
lector si gue siendo libre para burlarse del juego genérico.
La burla se da siempre que leemos un texto según las re­
glas pragmáticas de otro tipo de texto. Las formas princi­
pales de burlar las reglas genéricas son: (1) leer un texto frui­
tivo como información; (2) leer un texto de información
como fruitivo; (3) procurar la obtención de fruición me­
diante una actividad distinta a la definida por \as reglas
pragmáticas; y ( 4) busc2s en un texto de información un
mensaje que no esté dentro Jel alcance de la pretensión co­
municativa del emisor.
Como ejemplo de la primera posibilidad podemos men­
cionar el enfoque que los teóricos e historiadores de la lite­
ratura toman frente a los textos fruitivos a diferencia del
que toman los críticos literarios. Mientras que el objetivo
implícito del crítico es mostrar nuevos modos legítimos de
disfrutar de un texto -demostrando con ello la capacidad
del texto para ofrecer una fruición siempre renovable- el
teórico y el historiador convierten al texto en un objeto o
en una fuente de conocimiento positivo. (Hasta cierto pun­
to, lo mismo cabe decir de al gu nas lecturas sociológicas y
psicoanalíticas de obras literarias). El segundo tipo de trans­
gresión se lleva normalmente a cabo en círculos académi­
cos. Prueba de ello son los cursos y seminarios con títulos
tales como «la Biblia como literatura» (incluido en el plan
de estudios de muchos Departamentos de Lengua Inglesa
de los Estados Unidos), o «la obra de Freud como literatura»
(sesión especial del Congreso de la Modern Language Asso-
'294 2'.lARIE-LAURE RYX\

cwtzon 1977). Estos títulos llevan consigo la propuesta im­


plícita de que el objeto de estudio no será el valor de verdad
de las manifestaciones textuales, sino la cualidad específi­
ca de la experiencia lectora. Un ejemplo del tercer tipo de
transgresión sería una lectura irónica de una novela senti­
mental de un serial radiofónico o de un folletón en la cual
la frui;i.ón no se obtendría mediante la identificación per­
sonal con los personajes tal y como el autor, supuestamen­
te, pretende que haga el lector, sino mediante un distan­
ciamiento irónico que permita considerar el texto como un
ejemplo de kitsch. Finalmente, el último tipo se da cuando
el lector de un texto de información, habiendo reconstrui­
do la pretensión comunicativa del emisor corno «siendo cier­
to que p», decide buscar una información que no es parte
de p ni de sus implicaciones lógicas. Se puede examinar
una carta de solicitud para obtener una información gra­
fológica, un diano para signos de esquizofrenia, una cró­
nica histórica para datos lingüísticos, etc. Este procedimien­
to trae consigo las mismas consecuencias que la lectura de
textos fruitivos para obtener información: priva el texto del
género al que pertenece y lo convierte en un documento.

5
La finalidad del presente trabajo no ha sido mejorar las
definiciones existentes de géneros particulares, ni tampoco
proponer una relación exhaustiva de todos los factores im­
plicados en nuestra representación de los tipos textuales.
En lugar de ello, ha sido un intento de esbozar aspectos
del problema del género que pueden ser discutidos o for­
mulados en el marco de una teoría lingüística, y que, por
tanto, pueden atribuirse al ámbito de la competencia lin­
güística. Sin embargo, para los miembros de una cultura,
la realidad psicológica de los géneros está determinada. no
sólo por las propiedades textuales y por las reglas pragmá­
ticas relativas a ellos 1' , sino también por factores sociales

i:, No se ha establecido en este trabajo ninguna distinción entre re­


glas pragmáticas «lingüísticas» y «no lingüísticas» del género. Si esta dis­
tinción es o no necesaria, o incluso posible, es una cuestión que queda
por dilucidar.
HACIA U-i.-\ TEORÍA Df. !..-\ C:OMPETENC:IA GEN(:RIC.-\ 295
v cognitivos. Y aunque las reglas lingüísticas y sus corre­
latos pragmáticos consi guen de manera bastante aproximada
definir la función social de los géneros y determinar las ope­
raciones mentales implicadas en el proceso, hay aspectos
sociales y cognitivos que quedan sin explicar en el marco
propuesto aquí. Por ejemplo, las reglas pragmáticas defi­
nen la orientación de los anuncios como persuasión al lec­
tor para que compre algo, pero no describen el status so­
cial del acto de anunciar en una cultura dada. N9 obstante,
este status afecta al proceso de descodificación y configura
nuestra representación del género de una manera crucial.
El poco prestigio del acto de anunciar es indudablemente
responsable del hecho de que los textos comerciales hayan
recibido tan poca atención -al menos hasta hace poc�­
mieritras que se han dedicado decenas de libros al estudio
del arté verbal en poesía, o incluso en otros' géneros orien­
tados hacia la acción, como los discursos políticos. Otro as­
pecto del problema del género que no puede tratarse de ma­
nera completa en un marco lingüístico tiene que ver con
las presiones sociales que influyen en la elección por parte
del lector de modelos interpretativos (estéticos, ideológicos,
filosóficos, etc.). Queda por ver con qué precisión se pue­
den asociar dichos modelos con ciertos tipos de textos, y
hasta qué punto pueden confi gurar la representación mental
de los géneros por parte del lector.
Aunque queda mucho trabajo por hacer para definir los
límites del componente lingüístico en una teoría integrada
del género, y para relacionarlo con los componentes social
y cognitivo, el presente trabajo de investigación ha de con­
siderarse como un intf'nto de clarificación del problema in­
verso: el status de la noción de género en una teoría lin­
güística integrada. Mientras se consideró el len guaje como
un sistema de signos, o como un conglomerado de reglas
para formar e interpretar oraciones, la relación del género
con el lenguaje era fácil de apreciar: el género era un ni­
vel de codificación que existía como algo externo -super­
puesto- a los requisitos gramaticales del código lingüísti­
co. Esta relación hacía que fuera legítimo considerar los
géneros como sistemas semióticos de rango secundario. Pero
ahora que se han integrado en la teoría lingüística dos ni­
veles más de descripción -cómo combinar las proposicio-
296 MARIE-LAURE RYAN

nes y las oraciones inqividuales en los textos, y cómo usar


los enunciados verbales en contextos comunicativos- apa­
rece cada vez más problemática una neta separación en­
tre «reglas genéricas» y «reglas lingüísticas». Así como la
competencia lingüística incluye reglas que dan lugar a la
generación y uso de los distintos tipos oracionales, de la
misma manera ha de incluir principios que den lugar a la
producción, uso y rernnocimiento de los distintos tipos tex­
tuales. Lo que R. Langacker (1972:3) afirma con relación
a las gramáticas oracionales es i gu almente válido para las
gramáticas textuales: «Al gunas reglas son bastante generales
y se ponen en funcionamiento para determinar la forma
de absolutamente todas las oraciones de una lengua. (Un
ejemplo de esto es una regla sintáctica que exija la concor­
dancia del verbo con un su jeto). Otras reglas son menos
generales y funcionan en la derivación de algunas oracio­
nes pero no de otras. No hay una dicotomía muy marcada
entre las reglas generales y las no generales, sino sólo un
continuum desde las plenamente generales hasta las particu­
larmente idiosincrásicas. Las unidades léxicas (palabras, mor­
femas, compuestos y modismos) pueden considerarse como
reglas de generalidad muy limitada». Haciendo una trans­
posición de estas observaciones al nivel textual, podemos
llamar «genéricas» a todas las reglas -tanto si son oracio­
nales, como infra o supraoracionales- que toman parte en
la derivación de algunos tipos de textos, pero no de otros.
Las más idiosincrásicas de estas reglas parecen ser las res­
tricciones formuladas que asignan determinados esquemas
fónicos a la estructura superficial de los textos. Sin reglas
«no generales», es decir, sin reglas que den cuenta de las
distinciones genéricas, una gramática textual sólo podría
generar textos sin denominación, esto es, no especializa­
dos. Como nunca se ha utilizado tal cosa en una situación
comunicativa, no podría describir ni generar en absol1..1:to
ningún auténtico texto. En vista de estas argu mentaciones,
la pregunta adecuada que hay que plantear respecto de las
categorías genéricas ya no es hasta qué punto forman sis­
temas autónomos que pueden compararse con el sistema
lingüístico (como hicieron muchos teóricos literarios, como
por ejemplo Robert Scholes, quien recientemente propuso
la fórmula: «género es a texto lo que len guaje es a enun-
HACIA UNA TEORÍA DE LA Cü1v!PETENCIA GENÉRICA
297
ciado»: comunicación oral, Chícago, diciembre 1977), si­
,
no: cual es su :ºmeydo en los �mbitos de uso de lenguaje
_
Y de la comumcac10n. En el pnmero de estos ámbitos he
inte�t�do demostrar que el género es un tipo de entorno
cond1c10nante para la aplicación de determinadas operacio­
nes semánticas, sintácticas o incluso fonológicas. Por tan­
to, a la hora de definir las condici