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«POR DIOS Y POR ESPAÑA»: PENSAMIENTO Y ACCIÓN POLÍTICO-

RELIGIOSA DEL CARDENAL ISIDRO GOMÁ EN LOS AÑOS TREINTA

Miguel Ángel Dionisio Vivas

Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Toledo

Un personaje clave

El cardenal Isidro Gomá y Tomás (1869-1940) es uno de los protagonistas

principales de la complicada escena española de los años treinta y su papel es esencial

para comprender el difícil entramado de las relaciones entre la Iglesia Católica y el

nuevo Estado surgido del golpe del 18 de julio de 1936. En su calidad de arzobispo de

Toledo y primado de España tuvo que asumir la dirección de la Iglesia en uno de los

momentos más complejos de su historia, imprimiendo su sello personal, que marcaría el

devenir de la institución eclesial en los años posteriores.

Para comprender correctamente la actuación del cardenal es preciso adentrarse

en su pensamiento político-religioso, fruto de una larga evolución personal y de una

vida dedicada, en primer lugar, a la investigación teológica y a la docencia, y luego, a la

tarea pastoral como obispo de Tarazona y posteriormente primado de Toledo. A la

altura de 1936 Gomá no era ningún desconocido y se encontraba en el culmen de su

carrera eclesiástica.

Isidro Gomá había nacido en La Riba, Tarragona, en 1869. Cursó sus estudios

eclesiásticos, brillantemente, en el seminario de Tarragona, alcanzando los grados de

doctor en Teología, Filosofía y Derecho Canónico. Impartió clases en dicho seminario y

desempeñó diversos cargos de responsabilidad en la archidiócesis tarraconense, siendo

miembro, por oposición, del cabildo de la catedral. Es en estos años cuando surge el

1
ISBN: 978‐84‐9860‐636‐2 
antagonismo entre Vidal y Barraquer y Gomá, que les acompañará, marcando la propia

historia de España, el resto de sus vidas. En 1927 será nombrado obispo de Tarazona,

donde trabajará intensamente en la renovación de la diócesis. Será aquí donde se

encuentre a la proclamación de la República, liderando, tras el exilio de Segura, el ala

dura del episcopado, que se oponía a la política contemporizadora del cardenal Vidal y

el nuncio Tedeschini. Será precisamente el fracaso de esta política el que le conduzca,

con el apoyo romano del cardenal Segura, y el cambio de línea de actuación de Pío XI, a

la sede primada de Toledo en 1933. Tras el estallido de la guerra civil, optará por apoyar

a Franco, aunque éste apoyo no será incondicional, pues estaba supeditado a la

restauración de la España tradicional, oponiéndose frontalmente al proyecto

fascistizador de Falange. Trabajó incesantemente para lograr que la Santa Sede

reconociera a Franco, siendo nombrado representante oficioso del Vaticano ante el

gobierno nacional, misión que desempeñó hasta la llegada de monseñor Antoniutti.

Este apoyo se manifestó en su producción literaria, de modo particular en la

redacción de la Carta colectiva de los obispos españoles del 1 de julio de 1936. En la

misma advertía acerca del peligro de la instauración de un régimen autoritario de

inspiración fascista. La agudización del peligro de ascenso de Falange, apoyada por

Alemania le llevará a escribir la carta pastoral Catolicismo y Patria, en la que recordaba

el fuerte contenido religioso de la guerra, frente al pensamiento paganizante de Falange.

Será precisamente la percepción del triunfo de ésta, una vez acabada la guerra, y tras

varios enfrentamientos con el Gobierno, lo que lleve al primado, en sus últimos

momentos, a percibir el fracaso de su apuesta, pidiendo a la Santa Sede, antes de morir,

que defendiese la libertad de la Iglesia en España. Gomá tuvo que sufrir no sólo la

supresión de la Federación de Estudiantes Católicos, además del control de la prensa

católica, sino la prohibición de su carta pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la

2
paz, de 8 de agosto de 1939, en la que de nuevo criticaba las tendencias fascistizantes y

llamaba al perdón y la concordia. El primado morirá con la angustia acerca del futuro de

la Iglesia en España. Los graves problemas planteados entre el naciente régimen y la

institución eclesial no empezarían a encauzarse hasta los acuerdos del 7 de junio de

1941, que supondrían una salida provisional, hasta la firma, doce años más tarde, del

Concordato de 1953.

Un pensador tradicional

Podemos considerar a Gomá como una de las personalidades más solidamente

preparadas de la Iglesia española de su época. Su formación estaba en la línea

tradicional en la que eran educados los clérigos españoles. Influyó en él decisivamente

el pensamiento de Menéndez Pelayo, y más adelante, el de Ramiro de Maeztu. A pesar

de ello, su inquietud intelectual le hizo estar muy atento a lo que se producía en Europa,

fundamentalmente en Francia.

Gomá va a ser un escritor incansable, con dieciséis libros publicados y varios

cientos de artículos, cartas pastorales, instrucciones, etc. La temática es variada, y

abarca desde la Sagrada Escritura, pasando por la Cristología, Mariología, Eucaristía,

Eclesiología, Papado, Sacerdocio, Catequesis, Moral, Liturgia, Matrimonio, abordando

también cuestiones prácticas, hasta llegar a los temas más políticos, relacionados con la

nueva situación derivada de la implantación de la República y luego la guerra civil.

Es en ésta última temática en la que nos vamos a detener, de un modo muy

especial en su concepción de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, derivado

directamente de su idea de España, que podemos calificar como el paradigma del

Nacionalcatolicismo. La tesis fundamental de éste es que «Catolicismo y Patria son

consustanciales, al menos en España».

3
Realmente esto no supone una novedad dentro del pensamiento español. Lo que

vamos a denominar Nacionalcatolicismo, tiene sus raíces en la tradición decimonónica,

arrancando del realismo antiliberal de la época de Fernando VII, siendo clave el

pensamiento de Donoso Cortés, quien consideraba al pueblo español como el pueblo

elegido por Dios para defender el catolicismo. Por otro lado, no hay que olvidar la

importancia del carlismo, presente hasta los años treinta y con una fuerte implantación

en algunas zonas, como la vasco-navarra. Otro papel destacado en su gestación lo

tendrán los neocatólicos o integristas, con la figura de Cándido Nocedal. Como máxima

figura intelectual tenemos a Menéndez Pelayo, que en su Historia de los heterodoxos

españoles excluirá de la raza a estos y exaltará la fe católica como la única y mayor

grandeza nacional: «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de

herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…, esa es nuestra grandeza

y nuestra unidad, no tenemos otra» 1 . Con una categoría intelectual menor, nos

encontramos a Félix Sardá y Salvany, con El liberalismo es pecado, convertido en el

“catecismo” de los carlistas, quien llegará a afirmar que «tal fue entre nosotros la

identificación de la fe católica con el carácter nacional, que de hecho llegaron a

constituir una sola cosa». Era, realmente, la mentalidad imperante en la inmensa

mayoría de los católicos españoles 2 . La exaltación o el abandono del catolicismo se

convertirá en la clave para explicar la grandeza o la decadencia de España,

convirtiéndose su restauración, tras los diversos embates anticlericales sufridos a lo

largo del XIX, que culminan con la política antieclesiástica de la Segunda República, en

todo un objetivo de cara a restablecer el esplendor nacional; Franco, en este sentido,

1
MENÉNDEZ PELAYO, M.: Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, BAC, 2006. Vol. II, p.
1038.
2
BOTTI, A.: Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España (1881-1975), Madrid, Alianza Editorial,
1992.

4
afirmará que «España será más grande, más España cuanto sea más católica» 3 . Como

señala Rafael Díaz-Salazar en este pensamiento:

(…) se defiende la necesidad de un confesionalismo católico total, una fusión de

los sistemas político y eclesial, el control eclesial de la educación y de la moral

colectiva, la financiación estatal de la Iglesia e incluso la instauración de la Iglesia como

organismo estatal 4 .

Esta ideología expresaba coherentemente lo que podíamos considerar, desde la

doctrina eclesiástica, expresada en el siglo XIX, en la Encíclica Quanta cura y el

Syllabus, y los principios del derecho canónico, anterior al Concilio Vaticano II, la

situación ideal, la tesis: la fórmula de unión entre la Iglesia y el Estado, por la cual éste,

en un país católico, debía profesar oficialmente la religión católica, reconociendo a la

Iglesia todos los derechos que le correspondían según la Ley divina, que se sitúa, por su

naturaleza, en un plano superior a la Ley humana. Cuando surgieran conflictos, habría

que resolverlos de mutuo acuerdo. Esta era la mentalidad imperante, no sólo en Gomá,

sino en todo el episcopado español. La separación Iglesia-Estado sólo podía

considerarse un mal menor, pero mal al fin y al cabo, tolerado porque las circunstancias

no permitieran otra cosa. Era un error, nacido de la Reforma protestante 5 . No debe, por

tanto, extrañarnos que la separación que trajo la República, generara un profundo

rechazo en los medios católicos. Por ello, para el cardenal, la consecuencia última de la

guerra civil debía ser la restauración, el restablecimiento de la España tradicional. No

bastaba con la reconquista del territorio nacional por las tropas de Franco, sino que era

3
GOMÁ, I.: Por Dios y por España. Instrucciones pastorales y artículos. Discursos. Mensajes.
Apéndice. 1936-1939, Barcelona, Casulleras, 1940, p. 16.
4
DÍAZ-SALAZAR, R.: El factor católico en la política española. Del nacionalcatolicismo al laicismo,
Madrid, PPC, 2006, p. 17.
5
Carta pastoral Horas graves, 12 de julio de 1933.

5
preciso hallar de nuevo el alma de España. Ese alma que se encontraba en lo más

profundo del ser español, que no cambiaba, como había demostrado el hecho de que,

después de los cinco años de «deformación del alma nacional» por parte de la

República, ese alma había sido capaz de romper con el molde político y legal que, a su

juicio, la estaba sometiendo a tortura, saliendo a los campos de batalla. Pero no era

suficiente el éxito material de la contrarrevolución, y esta no tendría eficacia alguna si

no se era capaz de volver a los cauces de la historia nacional. El primado estaba

convencido de que el pueblo español se había opuesto, frente a la revolución que

pretendía transformar el alma del país, con las armas en la mano, pues no quería

someterse a la servidumbre de ningún pueblo extranjero y por ello las autoridades

debían «aspirar a la restauración del alma nacional, a la revalorización de todo factor

netamente español, a una reclasificación radical de todos los hechos humanos, a su

reajuste según las exigencias de nuestra historia» 6 . No bastaba con restañar, una vez

terminada la lucha, las heridas del cuerpo nacional, sino que era necesario curar el alma

del país, que Cristo reviviese en todas las cosas, pues injertándose en él, España

resurgiría gloriosa.

Esta concepción del alma nacional como algo permanente y subyacente a la vida

y a la historia de España será una constante en la obra de Gomá, y a ella apelará para

justificar la oposición a todo aquello que trataba de destruirla. Esta alma llevaba siendo

atacada desde el siglo XVIII por las corrientes extranjerizantes que, so capa de

modernización, socavaban las raíces más profundas del país. La Ilustración, el

liberalismo, y ahora el comunismo, como también el pensamiento nazi-fascista, eran los

grandes enemigos del espíritu español. Por ello, mientras en el frente luchaban los

soldados para derrotar al comunismo ateo, el cardenal emprendía su peculiar batalla,

6
Contestación en la Ofrenda nacional al Apóstol Santiago de 1937.

6
más solapada y discreta, contra los aires totalitarios que miraban más a Berlín o a la

Roma de Mussolini que al glorioso pasado nacional de los Reyes Católicos y Austria y a

la Roma de los papas. Opondrá, a la propaganda falangista que proclamaba «católicos

sí, vaticanistas no» la afirmación de los lazos con la Santa Sede, señalando que dicha

fórmula no sólo era heterodoxa, sino también antiespañola, siendo quienes la defendían

reos, no sólo de ingratitud, sino también de lesa patria. Al Vaticano debía España toda

su grandeza nacional, pues «la grandeza de España es hija de la unidad católica, y la

unidad católica no se concibe siquiera en la hipótesis de una ruptura con el Vaticano, en

cualquier siglo de nuestra historia» 7 . Roma era, para el cardenal, el garante de la

libertad de la Iglesia en España, y por ello no dudará, en los difíciles momentos de la

posguerra, en apelar a la Santa Sede para que, incluso teniendo que rectificar el propio

Gomá lo sostenido a lo largo de todo el conflicto, se mantuviera firme en la defensa de

dicha libertad.

Catolicismo y república: Gomá ¿accidentalista?

A pesar de que para el cardenal el esplendor de España estaba supeditado a la

continuidad de la tradicional unión entre la Iglesia y el Estado, al contrario que Segura,

defensor a ultranza de la monarquía, esta unión podía realizarse, al menos en teoría,

dentro de un sistema republicano. Es este un punto en el que poco se ha reflexionado,

pues se le ha considerado siempre, sin matices, como un representante del pensamiento

tradicionalista. Es cierto que Gomá se hallaba más cerca de los tradicionalistas, y no

ocultará sus simpatías por ellos, al menos en 1936, exaltando el clima de fervor

religioso de la Navarra que le acogió durante la guerra, pero, al menos en teoría, asumía

7
Carta pastoral Lo que debemos al Papa, 28 de enero de 1938.

7
la compatibilidad entre la República y un catolicismo de Estado, y así lo manifestará al

producirse la proclamación de la misma, el 14 de abril de 1931.

Para el entonces obispo de Tarazona no existía mayor antagonismo entre

catolicismo y república que entre catolicismo y monarquía o cualquier otro sistema de

gobierno, y así lo señalará en la carta pastoral que escribirá el 10 de mayo de 1931,

Sobre los deberes de la hora presente. Gomá recogió en ella la recomendación de acatar

a los nuevos poderes establecidos, tal y como había indicado la Santa Sede a través del

nuncio, monseñor Tedeschini, quien el 24 de abril remitió una carta a los obispos

españoles en la que escribía:

De parte del Eminentísimo Señor Cardenal Secretario de Estado de Su

Santidad, me honro en comunicar a V. E. Rvma. ser deseo de la Santa Sede que V. E.

recomiende a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles de su diócesis que respeten

los poderes constituidos y obedezcan a ellos para el mantenimiento del orden y para el

bien común 8 .

Gomá publicó dicha nota con una introducción en la que anunciaba que

escribiría una pastoral al respecto, en el Boletín de la Diócesis 9 , insistiendo en la

obediencia a los poderes constituidos.

La pastoral expresa una amarga autocrítica por no haber sabido estar atentos a

los graves y profundos cambios producidos en España:

Sentimos en estos graves momentos, amados hijos nuestros, una pena que nos

prensa el corazón. Es pena de nuestros pecados y de los de todos, de comisión y de

omisión, en el orden cristiano social. Hemos trabajado poco, tarde y mal, mientras

8
Archivio Segreto Vaticano A.E.S. Spagna Periodo IV, pos. 784, fasc. 119, f. 41.
9
Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Tarazona, Tomo 67, nº 682, p. 340.

8
pudimos hacerlo mucho y bien, en horas de sosiego… El pueblo se ha corrido hacia

delante; nosotros no nos hemos puesto a su compás…Cuanto a los seglares, su

apostolado ha sido escaso y desorganizado…Hay convicción personal cristiana en

muchos; convicción católica…no abunda.

Tras la justificación inicial, se estructura en cuatro capítulos doctrinales:

“Catolicismo y República”; “Unos reparos”; “Unos principios”; “Consecuencias

prácticas”. Añade un quinto apartado, titulado “Mandatos” destinado a los sacerdotes.

El primer apartado se refiere a las relaciones entre la religión católica y la forma

de gobierno republicana. Es aquí donde hay que señalar que Gomá no se decanta por

una forma política u otra, sino que indica que todas son compatibles con el catolicismo,

no estando este ligado a ninguna en concreto, pues no existen ningún tipo de principios

dogmáticos o morales que impongan, ni siquiera que recomienden, una forma

determinada de régimen de gobierno. El catolicismo ha convivido, a lo largo de su

historia, con todas las formas y tipos posibles de sistemas políticos. Por tanto, la Iglesia

reconoce a los poderes constituidos. Recuerda, además, que en cuanto a la doctrina

sobre cual es la mejor forma de gobierno, tampoco existen preferencias. Frente a los

reparos de quienes señalaban al sistema republicano como anticlerical por naturaleza,

recordará los abusos cometidos por la institución monárquica en Europa contra la

Iglesia, aunque excluyendo de esos abusos a los reyes «cristianísimos de nuestra

España», contraponiéndolos a la buena relación existente en algunas repúblicas, como

en Sudamérica. Confía en que en España se rectifique el tradicional carácter anticlerical

y así «quede definitivamente purificado el nombre de república de la mala nota que se le

atribuyó». Insiste en la obediencia a la autoridad legítima, a la que los católicos han de

prestar respeto y colaboración. Y reconoce con tristeza la parte de culpa en la situación

9
presente que ha tenido la propia Iglesia, por omisión, por descuido, por exceso de

confianza.

Desde el punto de vista religioso no existía ningún principio moral o dogmático

que recomendase una forma determinada de gobierno. El catolicismo había convivido

con todas las formas políticas que se habían desarrollado a lo largo de la historia. Nunca

la Iglesia había requerido de la potestad civil una profesión de fe monárquica o

republicana para colaborar con ella en la búsqueda del bienestar de los pueblos. En

cuanto a cual fuera la mejor forma de gobierno, tampoco tenía la Iglesia como tal una

preferencia u otra. Recurriendo al evangelio, la doctrina de la Iglesia se basaba en las

palabras de Jesús, que recomendaban dar al César lo que era del César. En cada lugar la

Iglesia se adaptaba a la realidad concreta de cada sociedad:

La Iglesia no es monárquica ni republicana: es una cosa y otra, según los países

y los tiempos, en cuanto colabora con repúblicas y monarquías; no por espíritu de

servidumbre o de utilidad, ni por afán de hegemonía política, sino por ley de su

constitución y mandato de su Autor y para cumplir sus fines de orden sobrenatural

social.

Recuerda que todo poder viene de Dios. Y hace una crítica al concepto de

soberanía nacional:

(…) el pueblo es soberano en el sentido de que Dios ha depositado en él,

juntamente con la naturaleza social, la exigencia de una autoridad, con derecho que

manifiesta con su voto, para determinar la forma de régimen social y el sujeto de la

autoridad; pero el usufructo y el ejercicio de esta autoridad no son del pueblo sino de

Dios.

10
Piensa que la doctrina de la soberanía nacional es el primer paso para llegar al

ateismo. Además, si los gobernantes no ejercen el poder en nombre de Dios, podrán

prescindir de cualquier inspiración religiosa a la hora de abordar las leyes. La

participación de los ciudadanos en la vida pública debe estar informado por el principio

de que todo poder viene de Dios, sea cual sea la forma de gobierno que la sociedad se

haya dado.

En el último apartado, comienza por invitar, a sus diocesanos, a la oración, y

luego les pide que mantengan unido el amor a la Iglesia y a España, recordando que

«sin Jesucristo nuestra patria no sería nuestra patria». Advierte contra el peligro del

laicismo, pues este llevaría a la creación de una España «monstruosa, que tal es una

sociedad sin religión» que conduciría al país a la ruina. Por tanto, es preciso trabajar por

Dios y por la patria, utilizando los derechos políticos, interviniendo en los asuntos

públicos, sin una doble conciencia. Recuerda, especialmente, los deberes en el orden

económico social, haciendo una exhortación, a aquellos que poseen los bienes de

producción, a no separar la religión y la moral de las cuestiones económicas, haciendo

un llamamiento para el establecimiento de una verdadera justicia social. Pide a los

católicos que voten como tales y que se mantengan sumisos a la jerarquía eclesiástica,

de una forma especial a las directrices del Sumo Pontífice. A los sacerdotes les insiste

en la necesidad de la prudencia, en que eduquen las conciencias de los fieles, le pide que

no se mezclen en partidismos, permaneciendo por encima de toda tendencia política,

obedientes a la autoridad, disponibles para colaborar con ella. Y concluye la carta con

unos mandatos dirigidos a los sacerdotes, que van desde normas litúrgicas hasta la

prohibición de participar en actos de carácter político.

11
A juicio de Hilari Raguer esta pastoral fue la más dura de las que se escribieron

en esos días, incluso que las escritas por Irurita y Segura, aunque pasó desapercibida

«por el tono teológico del documento y por la insignificancia de aquella diócesis» 10 . Sin

embargo, hay que destacar el importantísimo paso doctrinal dado por Gomá, en el que

no se ha reparado suficientemente, de afirmar la compatibilidad del catolicismo con el

sistema republicano. Frente a la rigidez doctrinal de Segura, para quien era inconcebible

una España católica y republicana, ya que monarquía y catolicismo eran inseparables, el

obispo de Tarazona, independientemente de sus sentimientos personales, que

posiblemente fueran también monárquicos, abre una posibilidad de entendimiento, que,

desgraciadamente no fue posible transitar. Cuando Gomá se oponga decididamente,

optando por una línea de dureza frente a la legislación anticlerical, lo hará porque la

República se decantó por la separación entre la Iglesia y el Estado, línea que para él era

infranqueable, pues esto sí que suponía romper con la indisoluble unidad entre

catolicismo y España, concepto éste más amplio que el de un determinado sistema

político, que de suyo era mutable.

El sistema republicano, a priori, no era incompatible con el catolicismo español

y así lo veía en los momentos iniciales de la República, a pesar de la experiencia habida

en el siglo XIX y de los incidentes anticlericales tras el cambio de régimen. Pensaba que

la enseñanza tradicional de la Iglesia, sobre la indiferencia de los sistemas políticos,

seguía siendo válida. No habrá en Gomá una vindicación de la monarquía sino que

siempre procurará mantener los derechos de la Iglesia, que estaban por encima de la

contingencia del sistema político. Frente a la política anticlerical de los gobiernos

republicanos, mantendrá que una cosa es el sistema político y otra los partidos y

personas que, encarnando la ideología de dichos partidos la concretaban en medidas

10
RAGUER, H.: Carrasco i Formiguera. Un cristiano nacionalista (1890-1938), Madrid, PPC, 2002, p.
140.

12
legales. Era perfectamente separable la ideología de la autoridad, de modo que si

aquella podía dejar de ser aceptable en un momento concreto, sin embargo ésta no podía

ponerse en duda. Esta concepción la volvemos a encontrar en una entrevista concedida

en 1934 al periodista Xesús Nieto, del Correo de Galicia, al responder a la pregunta

sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado:

(…) mi pensamiento se inspira en la doctrina tradicional. La Iglesia no es

incompatible con ningún régimen político, en tanto que se respetan sus derechos; y más

todavía si el Estado colabora con la Iglesia y fomenta los intereses espirituales del

pueblo, ningún régimen político ha de temer nada de la Iglesia. No es sólo esto, sino que

de hecho, y es testigo la Historia, la Iglesia ha convivido con toda suerte de regímenes

políticos. Los viejos escolásticos decían que del hecho a lo posible vale la ilación, es

decir, que una cosa puede ser cuando ha sido. Y es innegable que la Iglesia ha convivido

pacíficamente y ha colaborado con el Estado con toda suerte de formas de Gobierno 11 .

No se ve por ninguna parte, por tanto, la imagen de un Gomá golpista que desde

el primer momento se pusiese a conspirar contra la República; cuando llegue a ser

primado de España no dudará, en los difíciles momentos de la primavera del 36, en

plena eclosión de violencia anticlerical, en entrevistarse con el presidente Azaña para

lograr que desde el Gobierno se pusiera fin a la misma. Siguiendo la tradición del

magisterio eclesiástico, para él todo poder viene de Dios, y de este principio básico se

derivaba el respeto y la obediencia a los poderes constituidos. Según la doctrina de

santo Tomás, la autoridad residía inmediatamente, no en ningún particular, sino en el

conjunto de los hombres reunidos en sociedad; cuando la sociedad se daba a sí misma

un rey, una aristocracia, una democracia o un poder mixto para que la gobernase, fuera

11
Correo de Galicia, domingo 23 de diciembre de 1934.

13
cual fuese la forma de designación, había una transferencia de los poderes sociales al

titular o titulares del poder, pero estos lo ejercían como mandatarios de Dios, fuente de

todo poder, y no podían utilizarlo sino en conformidad con la voluntad de Dios. El

Estado, por consiguiente, podía darse la forma de gobierno que mejor conviniera a su

temperamento, a su historia o a sus fines sociales, así como variar esa forma cuando las

circunstancias lo exigieran, pero el poder público, considerado en su raíz, era algo que

venía de Dios, ya fuera un monarca o una república los que concretasen la voluntad

popular en cuanto a las instituciones de gobierno 12 . Por ello su postura será la de acatar

el nuevo régimen republicano, cuya proclamación sin derramamiento de sangre, hubiera

podido pasar a la historia como hecho ejemplar de no haber sido manchado por los

posteriores brotes antirreligiosos 13 .

Religión y Patria

Para Gomá las relaciones íntimas, estrechas entre la Iglesia y el Estado, derivan

de su concepción de lo que es la Patria, y por tanto de lo que supone, para España, la

presencia de la religión católica, elemento consustancial, inseparable del ser español:

La patria no es sólo el suelo en que nacimos: es la sociedad y el Estado, que es

la organización política de la sociedad; es el cielo y el suelo, que son como el soporte

material del espíritu patrio; es la tradición y la historia, los héroes y los santos, las gestas

gloriosas y los anales de la contradicción y el dolor; es un espíritu específico que

difícilmente se define, pero que no se confunde con el de ninguna otra patria de la tierra

y que se ha forjado lentamente, a través de los siglos, por la contribución de un

pensamiento y de un amor y de un esfuerzo más o menos uniforme de las almas de

selección de una raza. Tratándose de España, no puede prescindirse de la religión como

12
Carta pastoral Sobre los deberes de la hora presente.
13
Instrucción pastoral Sobre el artículo 24 de la nueva Constitución, 30 de octubre de 1931.

14
factor de patria, porque ella, la religión cristiana, ha sido la fragua y el crisol en el que

se ha fundido el espíritu nacional 14 .

El catolicismo no sólo ha fraguado la realidad nacional, sino que ha sido la causa

principal de su esplendor. Y la decadencia del catolicismo ha sido, a la par, la causa de

la decadencia del país:

Nunca llegó la Patria querida a mayor expansión, mayor profundidad y

esplendor de su cultura, a más llena y equilibrada función de sus instituciones, al

supremo ápice de su prestigio internacional, que cuando en ella se embebió todo del

pensamiento, del sentido y de la vida del Catolicismo. Sólo cuando el pensamiento

católico se ha debilitado entre nosotros ha empezado la decadencia de la Patria, y

cuando, como ocurre en los organismos depauperados, hemos recibido de prestado

inyecciones de algún espíritu exótico que no han hecho más que trastornar la vida

nacional y llevarla a trance de muerte 15 .

Esta íntima relación es lo que ha llevado a que la conciencia nacional sea por

tanto una conciencia nacional católica, que ha formado las propias conciencias

individuales de los españoles:

¿Quién, a pesar de siglos de desgracia, mantuvo vivo el nervio de la nación?

Fue nuestra vieja fe cristiana; fue la conciencia tradicional de esta misma fe; fue la

austeridad de vida moral que esta misma fe forjó en nuestro pueblo. Tenemos, amados

diocesanos, una conciencia nacional católica, porque España, en su unidad, en su

reciedumbre, en su expansión, se ha forjado en la fragua de los principios cristianos.

Los concilios de Toledo dan la pauta político religiosa que seguirá España en los siglos

14
Carta pastoral Horas graves.
15
Carta pastoral Catolicismo y Patria, 5 de febrero de 1939.

15
futuros; la Reconquista es el yunque en que durante ocho siglos se endurece y modela

el alma de nuestro pueblo; en el siglo XVI, cuando sucumben las naciones de Europa al

error protestante, que liquida vergonzosamente la magnífica cristiandad medieval,

España se reafirma en sus añejas creencias y cierra el paso a la herejía; y cuando la

francesada irrumpe como riada en nuestro territorio, trayendo acá una civilización que

no se aviene con la nuestra cristianísima, surge nuestra paisana, poderosa con su fe más

que con sus armas, y vence al poder invasor. Las mismas guerras civiles del pasado

siglo no son más que una lucha épica entre el rancio espíritu cristiano y los principios de

una democracia que, nacida de Calvino y amparada por el filósofo de Ginebra, nada

tenía en común con la fe católica, eje de nuestra nacionalidad.

Esta fe, sostenida durante quince siglos, por convicción racional y por luchas

seculares contra terribles adversarios, es la que ha formado una tradición que es el peso

del alma nacional; y esta misma fe secular, llevada a la vida individual y colectiva, es la

que ha labrado el alma española 16 .

Para el cardenal, el catolicismo es la savia que ha alimentado la vida de España,

desde el momento en el que, superado el arrianismo, la unidad católica, fraguada en

Toledo, alcanzó la unidad nacional. El catolicismo permitió la victoria sobre el Islam,

salvando así la civilización europea, realidad que, a juicio de Gomá, se volverá a repetir

durante la guerra civil. De nuevo España tendrá la misión histórica de salvar a la

civilización frente a la barbarie, que esta vez estaría representada por el marxismo.

Frente a las ideologías extranjeras

Junto a esta identificación entre lo nacional español y lo católico, podemos ver

una prevención y rechazo frente a las ideas políticas que vienen del exterior, un rechazo

a lo que supone el liberalismo. En esto tampoco es original, pues forma parte del ideario

16
Carta pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz, 8 de agosto de 1939.

16
tradicionalista español. Pero no es sólo el liberalismo lo que rechaza, es también el

ideario nazi-fascista, que en España se reflejaba en el pensamiento de la Falange, y que

produjo, durante la guerra y al finalizar ésta, algunos enfrentamientos en los que se vería

involucrado el cardenal. La prevención hacia este ideario aparece reflejada, aunque de

una forma velada, en la misma Carta Colectiva de 1937:

Afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un estado autócrata

sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y

libertad cristiana de los viejos tiempos. Confiamos en la prudencia de los hombres de

gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado

español futuro…Toda sociedad bien ordenada se basa sobre principios profundos y de

ellos vive, no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu

nacional…Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un

parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la

nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente lo que ha

salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los

principios seculares que han informado nuestra vida.

Aunque los mayores problemas y enfrentamientos tendrían lugar una vez

finalizada la guerra, en el otoño de 1939, ya en 1937 el cardenal pondría sobre aviso a la

Santa Sede, ante el temor de que el predominio de Falange en la pugna por la

supremacía, a la hora de configurar el nuevo Estado, se convirtiera en una realidad.

Gomá veía a Falange como una punta de lanza del nazismo alemán para introducirse en

España. Una y otra vez el primado intervendría ante Franco, para evitar que el programa

falangista, que veía con mucha prevención, llegara a concretarse en medidas

legislativas, y cuando esto fue así, para limitar los daños. Gomá estaba convencido de la

17
sinceridad de Franco como buen católico, e incluso asumía que algunas de las acciones

del Gobierno estaban condicionadas por la necesidad de ayuda exterior para poder ganar

la guerra, y por ello, en muchos momentos, optó por una política de prudencia, que en

ningún caso era de aprobación, como ocurrirá con la publicación de la Encíclica Mit

brennender Sorge. Pero también temía que la excesiva prudencia de la Santa Sede hacía

la España nacional derivara en que ésta se arrojara en los brazos de Alemania,

insistiendo una y otra vez en la necesidad de un reconocimiento. Será esta insistencia,

junto al temor de Pío XI al nazismo, lo que llevará a dar los pasos para el

reconocimiento diplomático. Roma, por su parte, recelaba de un régimen que fácilmente

podría derivar hacia fórmulas similares a las germánicas o italianas. La Santa Sede

nunca rompió formalmente con la República, y esto era una de las mayores quejas del

Gobierno franquista, que consideraba que, en su lucha por salvar a España del

marxismo, merecía un reconocimiento especial del Vaticano. Al mismo tiempo, la

política de Falange no fue de abierto enfrentamiento con la Iglesia, sino que, insistiendo

una y otra vez en la sinceridad de su catolicismo, en el fondo trataba de controlar a la

propia Iglesia, de lo que era muy consciente Gomá. Los recelos del primado fueron en

aumento, hasta llegar a la abierta decepción sobre el futuro del país en sus últimos

meses de vida. Sin embargo, como veremos, el primado no cejó en su empeño de evitar

en España ese predominio falangista, que suponía directamente una coerción de la

libertad de la Iglesia.

El caso de España: unidad en la diversidad

Otro punto en el que el cardenal discrepará frente a la política estatalizante de

influjo nazi-fascista será el de la unidad y diversidad de España. Dentro de su

concepción de España admite, no un nacionalismo particularista de ciertas regiones,

18
pero sí una pluralidad dentro de la unidad esencial,«una de sustancia y rica de

matices» 17 que le llevará, tanto en su etapa de obispo de Tarazona, como durante la

guerra y en la inmediata posguerra, a defender el uso de las lenguas catalana y vasca en

la predicación; esto, y su condición de catalán, en el ambiente fuertemente

anticatalanista de la posguerra, hará que pase a ser considerado, en algún momento,

sospechoso. Esta idea tampoco es original, sino que se inserta en la tradición derivada

de Menéndez Pelayo, y que podemos encontrar en otros autores contemporáneos. Una y

otra vez defenderá el mantenimiento de la fisonomía propia y específica de cada una de

las regiones españolas, dentro de la unidad sustancial, a la que aportarán su nota

peculiar. Así lo expresará:

El verdadero caso de España sería este: Que dentro de la unidad, intangible y

recia, de la gran Patria, se pudieran conservar las características regionales, no para

acentuar hechos diferenciales, siempre muy relativos ante la sustantividad del hecho

secular que nos plasmó en la unidad política e histórica de España, sino para estrechar,

con la aportación del esfuerzo de todos, unos vínculos que nacen de las profundidades

del alma de los pueblos iberos y que nos impone el contorno de nuestra tierra y el suave

cobijo de nuestro cielo incomparable. Así los rasgos físicos y psicológicos distintos de

los hijos, traducen mejor la unidad fecunda de los padres.

Destruir esto no sólo sería una locura, sino que iría en contra de la naturaleza y

del mismo ordenamiento establecido por Dios, como defenderá en un Bilbao recién

ocupado por las tropas nacionales, en septiembre de 1937:

17
Instrucción pastoral El caso de España, 23 de noviembre de 1936.

19
Pueblo vasco; yo no quiero, no lo quiere nadie que conozca de etnografía y de

historia, que perdáis vuestra fisonomía específica. Yo me atrevo a calificar de locura el

pensamiento o el intento de fundir la vida de todos los pueblos, de todas las regiones de

España, en toda su integridad, en un molde único, como pudiese fundirse en un solo

troquel la masa amorfa de un metal. No: Dios que crea las almas; Él y la naturaleza, que

plasman los organismos y los temperamentos; la tradición y la historia que los trabajan a

cincel durante siglos, dan a las organizaciones humanas, a las familias, a las localidades,

a las regiones, unos caracteres inconfundibles que, como los rasgos fisionómicos a los

individuos, las distinguen de las demás. Esto no puede destruirse, porque sería contra la

naturaleza. Dios mismo, en la acción sobrenatural de su gracia, no destruye los

caracteres personales…

España una, con unidad de geografía y de historia, con unidad de anhelo y

destino, con la unidad de fines nacionales que el esfuerzo imponga, con unidad

sincrónica de esfuerzo para lograrlos; y dentro de ella, como en una familia numerosa

conservan los hijos su fisonomía, las distintas regiones, conservando la suya 18 .

En defensa de la libertad de la Iglesia

Hemos, por tanto, de situar el pensamiento político-religioso del doctor Gomá

dentro de lo que era la mentalidad preponderante en el seno de la Iglesia española,

mentalidad compartida no sólo por los clérigos, sino por la inmensa mayoría de los

seglares católicos más comprometidos, y en general, de una forma difusa, por todos los

católicos. Los grandes cambios en la concepción de las relaciones entre la Iglesia y el

poder político, y otras cuestiones como la libertad de conciencia o el papel del laicado,

no llegarían hasta el Concilio Vaticano II, y entonces supondrían una auténtica

convulsión, tanto para la propia Iglesia española como para el Estado franquista. A

pesar de ello vemos como Gomá refleja en sus escritos ciertas intuiciones, como su

18
GOMÁ, I.: Por Dios y por España… op. cit., p. 485.

20
opinión acerca de la no ingerencia por parte del Estado en el nombramiento de los

obispos o su total oposición a un Estado totalitario. Para el cardenal la libertad y

autonomía de la Iglesia eran algo sacrosanto. Esta libertad derivaba de su origen, al ser

de institución divina, lo cual impedía cualquier supeditación a otros poderes. Al mismo

tiempo era garantía de una eficaz actuación a favor de las sociedades, impidiendo la

tiranía y promoviendo la felicidad de los pueblos, defendiendo la dignidad del ser

humano y corrigiendo sus errores:

Nuestra Iglesia divina es la única institución que ha salvaguardado la

independencia y la dignidad de la conciencia humana y que la ha regulado en forma

precisa e infalible para la consecución de los fines temporales y eternos. Y esto es la

garantía más firme de toda sociedad…ha fundado las conciencias sobre el resorte de

Dios y de su ley, poniendo así la base más firme de las sociedades 19 .

Podía y debía existir un alto grado de colaboración con el Estado, pero nunca

identificación ni supeditación. Este no podía usurpar un papel que no le correspondía,

no podía ocupar el lugar que sólo era propio de Dios:

Ni un poder civil extraño a Dios, porque en el mundo no hay nada que pueda

sustraerse de Dios; ni un poder civil que se haga Dios, porque nada humano puede ser

Dios por grande que sea, y porque Dios trasciende infinitamente sobre todas sus obras,

aunque sea la más excelsa, que es la humana sociedad 20 .

Por ello no dudó en defender la independencia eclesiástica cuando ésta fue

amenazada por las tendencias totalitaristas de la Falange, e incluso, cuando el régimen,

19
Carta pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz.
20
Carta pastoral Horas graves.

21
una vez finalizada la guerra, tomaba un rumbo que podía ser amenazador para el futuro

de la Iglesia, fue capaz de rectificar su posición tradicional de valedor del Gobierno ante

la Santa Sede, pidiendo a ésta que obrase con cautela en sus relaciones con el Estado

español. No podía permitir que el Estado invadiese el ámbito de competencias

perteneciente a la Iglesia; ni lo aceptó durante el periodo republicano, ni lo consintió

bajo el franquismo. Presentar a Gomá como un colaboracionista ciego, sometido

totalmente a los dictámenes de los militares sublevados, no deja de ser una caricatura.

En línea coherente con su pensamiento apoyó a Franco porque consideraba que era la

única opción posible para realizar su ideal de España católica, pero siempre desde esa

postura de independencia, y matizó ese apoyo cuando vio que el nuevo Estado se

apropiaba del monopolio del catolicismo.

Conclusiones

El rápido recorrido que hemos hecho por el pensamiento político-religioso de

Isidro Gomá nos descubre una línea coherente, que partiendo de sus años iniciales en

Tarazona, se mantuvo hasta el final de sus días, correspondiendo plenamente a su

actuación en el terreno político y eclesial. Su idea eje fue siempre la plena identificación

entre el catolicismo y España, por encima de sistemas políticos concretos. A la defensa

y restauración de dicha unidad dedicó todos sus esfuerzos, y desde ahí podemos

explicar las concretas opciones políticas que fue tomando a lo largo de su pontificado,

desde la apuesta por la línea de resistencia a la política laicista republicana, al apoyo a

Franco y finalmente la oposición a los proyectos paganizantes de la Falange. Una figura

clave en la historia política y eclesial española, aún necesitada de muchos estudios y

profundizaciones.

22