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CHARLES

RIVERA OLASKOAGA

LAS 11
PRUEBAS
Del condado
DE
SESTaO
Mitología Vasca
1
Índice Página
Prólogo
Capítulo I Tricio Egia el Valiente 5
(Sestao)
Capítulo II Las 11 Pruebas 9
(Sestao)
Capítulo III 1ª Prueba: Lamias 15
(Lamiako)
Capítulo IV 2ª Prueba: Tártalo 22
(San Juan de Gaztelugatxe)
Capítulo V 3ª Prueba: Gaueko 29
(Meakaur-Morga)
Capítulo VI 4ª Prueba: Herensuge 36
(Lekeitio)
Capítulo VII Beltza la loba 43
(Markina)
Capítulo VIII 5ª Prueba: Galtzagorri 49
(Zaldibar)
Capítulo IX 6ª Prueba: Aker 55
(Atxondo)
Capítulo X 7ª Prueba: Artabi, Mikelats, Sugaar y Mari 61
(Ubidea)
Capítulo XI 8ª Prueba: Gentiles 70
(Dima)
Capítulo XII 9ª Prueba: El Puente del Diablo y Basajaun 76
(Kastrexana y Zalla)
Capítulo XIII 10ª Prueba: Olentzero 86
(Alonsotegi)
Capítulo XIV 11ª Prueba: Ortzi / Urtzi 91
(La Arboleda)
Capítulo XV El Regreso 98
(Sestao)
Capítulo XVI La Investidura 102

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Prólogo
La vida en los pueblos del viejo
Señorío de Bizkaia durante la Baja Edad
Media no era fácil para nadie por los
muchos riesgos que se corría, unas veces
porque los soldados nazarís se
adentraban en Bizkaia matando a los
hombres y raptando a las mujeres
jóvenes para aumentar sus harenes, otras
porque los Señores Feudales se
disputaban la supremacía del territorio
manteniendo unas batallas que siempre
acababan en auténticas carnicerías, y
otras veces porque las muchas
enfermedades existentes, tales como la
peste, la tuberculosis, la lepra, la gripe,
etcétera, ligadas a la falta de higiene que
había en aquella época, diezmaban la
población del Señorío en un abrir y cerrar de ojos, pero lo peor de todo
era las extrañas criaturas que poblaban nuestros impenetrables bosques y
escarpados montes que se cobraban las vidas inocentes de muchos
campesinos y leñadores que vivían en los caseríos y aldeas que estaban
cerca de estos bosques y montes donde criaban ganado, cultivaban
verduras y hortalizas y/o explotaban la magnífica madera que nuestros
bosques producían. Por todas estas razones, la gente joven no quería
trabajar ni en los bosques ni en los montes donde el Maligno vivía porque
esto suponía, tarde o temprano, la muerte a manos de algunos de
aquellos seres mitológicos, aunque no todos estos seres eran malos,
algunos eran buenos y ayudaban a los campesinos, pero aún así, la
mayoría de los jóvenes querían trabajar para los Señores Feudales porque
era la única manera de dejar aquella vida mísera, dura y peligrosa, y por
ende, Sesto o Sestao no era ajeno a todo esto por lo que el Conde de

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Sestao organizaba todos los años unos torneos a los que la mayoría de los
jóvenes se presentaban para convertirse en vasallos al demostrar la
destreza que el aspirante tenían con la espada, el arco y la lanza, aunque
“muchos eran los llamados, pero pocos los elegidos”. Aparte de estas
pruebas, había otras de supervivencia que solamente se organizaban cada
cinco años con el único propósito de encontrar al joven más valiente de
Sestao que, si las pasaba, se convertiría en el sucesor del Jefe de la
Guardia de la Torre de Sesto cuando este fuera demasiado viejo para
empuñar la espada o muriese luchando por su Señor. Se trataba de once
pruebas muy peligrosas y difíciles de pasar. Algunas de ellas se cambiaban
para que no se pudieran filtrar a los futuros aspirantes; otras las escogía el
Señor o el cura del lugar donde debían realizarse. A cambio de tal valentía,
el joven en cuestión recibiría muchas prebendas: una buena paga, casa y
tierras, además de reconocimiento social. Pero estas pruebas, que se
mantenían en secreto, eran tan duras que casi nadie se presentaba a ellas
porque solamente tres voluntarios en toda la historia del Condado de
Sestao habían regresado con vida de tal viaje que los aspirantes debían
hacer a lo desconocido. De esta manera, el Conde de Sestao se aseguraba
de tener a su lado un Jefe de la Guardia con probada valentía para
defenderle y enfrentarse a cualquier bicho viviente que se interpusiera en
su camino, pero el zagal que se comprometiera a realizar tales pruebas no
solamente debía demostrar, a la vuelta de aquel viaje mitológico, que las
había pasado presentando unos los pergaminos correspondientes con el
sello o la rúbrica del Señor de turno o del cura correspondiente, sino
algunos objetos que tenía que obtener de los peligrosos entes y bestias
mitológicos que poblaban los bosques y montes del viejo Señorío de
Bizkaia.

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Capítulo I

Tricio Egia el Valiente (Sestao)

Un chaval de dieciséis
años, Tricio Egia, estaba
dispuesto a pasarlas y a ser el
nuevo Jefe de la Guardia del
Conde de la Torre de Sesto
para sacar a su familia de la
miseria que padecía viviendo
en una pequeña chabola que
su padre con la ayuda de toda
la familia habían construido en
las campas de Kueto. Sus padres, hermanos y hermanas le suplicaban que
no se presentara a las inhumanas pruebas del Condado de Sestao porque,
en vez de prebendas, encontraría una muerte atroz en manos de alguna
de esas criaturas. Pero Tricio ya había tomado una decisión y una mañana
se presentó en la Torre de Sesto para inscribirse. Al llegar a la Torre de
Sesto, sita en lo alto de la pequeña aldea de Sestao, Tricio entró por el
portalón de los muros que rodeaban la torre, al verle los dos soldados que
hacían guardia le interceptaron y le preguntaron –¿A dónde vas chaval?

Tricio dijo con rotunda seguridad –Voy a apuntarme a las pruebas


para ser el próximo Jefe de la Guardia, por lo tanto vuestro futuro jefe.

Los dos soldados se rieron a carcajada limpia y dijeron –Anda, pasa


y espera en el patio de armas a que te llame el Conde.

Cuando Tricio se dirigía a la entrada de la torre, el más alto


murmuró –Otro chaval que se lo van a comer los buitres y los cuervos en
cualquier rincón de Bizkaia.

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Al cabo de un rato, vio salir a un chaval de Simondrogas de su
misma edad con el que había tenido sus más y sus menos, que al ver a
Tricio le preguntó –¿Has venido a apuntarte a las pruebas, Tricio?

Tricio le respondió afirmativamente, y le preguntó –¿Cómo te ha


ido ahí dentro, Txema?

Txema le miró como si


allí dentro hubiera visto al
mismísimo Lucifer, y después
de unos segundos, dijo –
Después de explicarme alguna
cosilla sobre las pruebas y
retos que hay que pasar, le he
dicho al Conde que eso es ir a
una muerte segura con 16
años– y añadió, –Tricio, antes
de comprometerte a realizar
las pruebas, piénsatelo bien,
porque si te comprometes a
realizarlas y te desvelan el
secreto y después te echas
atrás y cuentas algo de lo que
te digan puedes acabar en el
cadalso.

Tras decir esto Txema


se fue como alma que lleva el diablo, desapareciendo tras las murallas de
la torre.

Lo que le comentó Txema le dejó un poco perplejo y pensativo,


preguntándose a sí mismo -¿Qué habrá que hacer que sea tan horrible
para que Txema, que es un chaval con muy mala leche y temido por todo

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Simondrogas y por los de la zona del Desierto de Baracaldo, no quiera
hacer las pruebas y le haya dicho no al Conde?

En ese momento de reflexión y consternación Tricio oyó al guardia


llamarle –Oye, tú, venga, sube, que el Conde te está esperando.

Esta era la primera vez que Tricio entraba en la torre. Subió las
escaleras con paso firme y resolutivo de dos en dos hasta el primer piso
donde se encontraba la sala de audiencias del Conde. Al pasar por la
puerta vio sentado en una silla que parecía el trono del Rey de Castilla al
Conde de Sestao, un tío alto, robusto, de unos 45 años que, como a Tricio,
le gustaba mucho cazar grullas reales grises por la zona de las marismas
del rio Galindo, aunque Tricio lo hacía furtivamente, y que por tal razón en
más de una ocasión había tenido que huir y esconderse al toparse con la
partida de caza del Conde. Uno de los soldados que custodiaba la entrada
le agarró del brazo y lo posicionó delante del Conde y le dijo –Arrodíllate
delante del Señor y después mantente firme y habla solamente cuando el
Señor acabe de hablar y se dirija a ti.

El Conde de Sestao lo primero que dijo fue –Yo te conozco, tú eres


el chaval de Kueto, el furtivo, el que me birlas las mejores grullas.

Tricio, antes de responder y para salir del trance, pensó bien la


respuesta y decidió no mentirle porque podía ser peor, y dijo –Pero
solamente las necesarias para que mi familia pueda comer carne en casa.

Al Conde le agradó la respuesta valiente del chaval y dejó a un lado


el tema de las grullas y fue al grano diciendo –Este año solo dos chavales
habéis venido a presentaros a las pruebas quinquenales, tu y el chaval que
acaba de salir, que en cuanto le hemos explicado por encima lo del viaje
mitológico que hay que hacer se ha cagado por las patas abajo el muy
cobarde y me ha dicho que él no se enfrentaría a las bestias que pueblan
nuestros bosques y montes por nada del mundo.

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En ese preciso momento entró el Jefe de la Guardia que era muy
temido por todos los Sestaotarras por su destreza con la espada, valentía y
porque era el último superviviente del viaje mítico del que todo el mundo
hablaba pero que nadie sabía de que trataba porque era secreto, y por lo
tanto era el único que estaba autorizado a divulgar al voluntario los
pormenores relacionados con las once pruebas que solamente él y otras
dos personas en la historia del Condado de Sestao habían pasado, y
dirigiéndose a Tricio, dijo –Lo que te voy a contar no se lo puedes desvelar
a nadie o te cortaremos la cabeza en el cadalso delante de todo el pueblo,
y para que así conste debes firmar este documento de confidencialidad
antes de darte los pormenores de las pruebas que debes completar
durante el viaje.

Tricio, que estaba convencido de que si aquel hombre había


podido sobrevivir a todas las pruebas él también podría hacerlo, cogió el
documento y dibujó una T de Tricio ya que era analfabeto,
comprometiéndose así a realizar el susodicho reto. Al firmar Tricio el
compromiso de confidencialidad, el Conde de Sestao se incorporó y le dijo
al Jefe de la Guardia que le diera a Tricio un buen caballo, una espada, un
arco y los detalles de las pruebas y del viaje que debería comenzar al día
siguiente.

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Capítulo II

Las 11 Pruebas (Sestao)

El Jefe de la Guardia, Enrique, era de la zona minera de Cobarón y


antes de comenzar a trabajar para el Conde se había dedicado a capturar
caballos por los montes de Triano que después domaba y los vendía a los
señores feudales, por ende era un hombre recio y endurecido por el
medio. Su familia aún vivía en aquella pequeña aldea costera, a donde iba
muy a menudo porque a raíz de realizar las “11 Pruebas del Condado de
Sestao” toda la familia comenzó a padecer una extraña enfermedad, que
no era otra que la tuberculosis, que vulgarmente el pueblo la llamaba “ la
Enfermedad del Diablo”. Enrique se gastó mucho dinero al contratar a los
más prestigiosos sanadores judíos y moriscos para que trataran a su
hermana y sobrino, pero todos sus esfuerzos cayeron en saco roto porque
ninguno pudo encontrar una cura eficaz. Su hermana y sobrino murieron
al año de haber finalizado las once pruebas. Él, que no era tonto, comenzó
a atar cabos sueltos y llegó a la conclusión de que la enfermedad de sus
seres más queridos estaba ligada a las pruebas.

Tricio le había caído bien a Enrique porque el chaval de Kueto le


recordaba mucho a él de joven y rompió una lanza por él dándole unos
buenos consejos antes de que se embarcara en tal peligrosa aventura,
diciendo –Lo primero que debes saber es que se trata de once pruebas
sumamente difíciles y peligrosas porque te vas a enfrentar a algunas
bestias que no van a dudar en matarte o comerte vivo o echarte alguna
maldición– al tiempo que le contaba todo esto, le mostraba la mano
izquierda a la que le faltaban dos dedos, el menique y el anular, y
prosiguió su explicación –estos dos dedos de la mano izquierda que me
faltan se los comió Tártalo intentando comerme vivo, una de las criaturas
a las que conocerás a lo largo del viaje, y debo decir que no es de las
peores. Como eres un chaval muy avispado, y nos lo has demostrado
porque hemos intentado inútilmente echarte el guante innumerables veces
cuando cazas furtivamente en las tierras del Conde, te aconsejo que uses

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tu ingenio y seas listo, y en vez de usar la fuerza con estas bestias, utiliza
esa labia que tienes para evitar enfrentarte a ellas o por el contrario
saldrás mal parado.

Tricio le interrumpió para preguntarle –¿De cuánto tiempo


dispongo para llevar a cabo las 11 pruebas?

Enrique Murrieta sacó de una alforja once trozos de pergamino


sellados con cera portando el sello del Conde de Sestao, así como un mapa
para mostrárselo a Tricio, diciéndole –La ruta que debes seguir está
marcada en este mapa. Al llegar a cada una de estas localizaciones
deberás abrir delante de los señores de cada una de estas aldeas estos
once trozos de pergamino que están numerados del 1 al 11, y si no
estuviere disponible el señor, se lo deberás entregar al párroco para que,
uno u otro te lean lo que pone en ellos con el fin de que puedas realizar las
susodichas pruebas. Al completarlas deberás regresar a donde el señor o el
cura pertinente para que te sellen los pergaminos con sus sellos distintivos
y pongan su firma y así poder demostrar, a la vuelta, que has pasado todas
las pruebas con éxito. Deberás completar las 11 pruebas en un mes, que
comenzará a contar desde mañana, por lo tanto, mañana por la mañana
me esperarás a las 8 de la mañana en la Benedicta con todo lo que
necesites para realizar el viaje.

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A las seis de la mañana del 15 de julio de 1050 Tricio se levantó
inquieto y nervioso porque en un par de horas comenzaría el “viaje a lo
desconocido”. El sol empezaba a aparecer tímidamente por detrás de los
montes de Artxanda cuando el chaval salió de la chabola a echar una
ojeada a las trampas que había colocado por las campas de la Sierra, por si
había caído algún conejo en ellas. Tuvo suerte porque habían caído tres
conejos que su madre cocinaría para la familia. Volvió a casa contento con
las presas y las dejó encima de
la mesa para que las
despellejara y las limpiara su
padre y comenzó a preparar las
cosas que necesitaría, que no
eran muchas. Cogió una viejo
capazo que solía llevar cuando
iba de caza y metió una vieja
manta con muchos agujeros
que su madre no utilizaba y un
par de sandalias nuevas que él
había hecho con la piel de los
jabalíes que cazaba, unas
cuantas manzanas, cecina,
tocino, un trozo de queso,
algunas ciruelas y el pan que le
había hecho su madre la noche
anterior. Cuando ya se disponía
a bajar a la Benedicta a esperar
a Enrique, su familia se levantó
para despedirle con muchas lágrimas porque sabían que no volverían a
verlo nunca más. Abrazó y besó a todos como nunca lo había hecho antes,
se echó el capazo a la espalda y cogió la espada, el arco y muchas flechas;
la lanza se la dejo a su padre para que cazara jabalíes.

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Llegó a la Benedicta un cuarto de hora antes de las 8 de la mañana.
Se sentó en una roca contemplando los muchos calamarros que trepaban
por las rocas, aunque su mente estaba en el viaje que estaba a punto de
comenzar. En esos momentos de incertidumbre y miedo a lo desconocido,
le vino a la cabeza que el lugar más lejano al que había ido era Zierbena
para cambiar tocino por chicharros o
hasta lo alto del monte Serantes de
caza con su padre y hermanos desde
donde veía la ciudadela de Castro-
Urdiales rodeada por una gran
muralla que se extendía desde
Cotolino hasta los acantilados de la
iglesia de Santa Mara de la Asunción y
el castillo de Santa Ana, tal vista le
hacía soñar que algún día visitaría
Castro y, quizás, Bilbao, para ver el
barrio de la judería del que los
hacendados de Sestao hablaban
tanto. Estando allí sentado con sus
pensamientos, oyó el trotar de varios
caballos bajando por las campas de la
Ibería, al volverse vio que venía el
Conde de Sestao y Enrique Murrieta
con el caballo que el conde le había
dado para realizar las 11 pruebas, nadas más llegar los dos jinetes
desmontaron y el Conde de Sestao dijo –Veo que no te has echado atrás y
estás dispuesto a embarcarte en este viaje a lo desconocido.

Casi no había acabado de hablar el Conde cuando Tricio vio que se


acercaba una barca que estaba cruzando desde Lamiako a Sestao. El
Conde prosiguió su relato –Como tu viaje y tus pruebas comienzan aquí,
hemos pedido al barquero que pase tus pertenencias a la otra orilla. Tú
deberás cruzar nadando. Ten cuidado porque la marea está bajando y hay

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mucha corriente. Ahora abriremos el primer pergamino para explicarte de
que trata la primera prueba que debes afrontar.

El Conde abrió el pergamino número 1 y lo leyó:

“Cuando llegues a la otra orilla deberás dirigirte hacía lo más


profundo de las marismas de Lamiako donde viven las lamias que son
hadas con cuerpo de mujer y patas de pato y que son muy hermosas y
nobles. Y como saben que son hermosas se cepillan el pelo con un
cepillo de oro que es el símbolo de su poder y nadie debe
arrebatárselo porque entonces toda esa bondad y amabilidad se
convierte en ira y aquel que se lo robe vivirá maldito toda su vida
hasta que devuelva dicho cepillo, por el contrarío, si lo extravían o lo
pierden, ellas saben premiar a quienes se lo devuelvan. Por lo tanto,
la prueba consiste en convencer a alguna de las lamias a las que vas a
conocer de que te regalen su cepillo, el cual deberás traer a Sestao
como prueba de que has pasado la 1ª prueba”.

Tricio al oír la primera prueba sudaba, no sabía si de calor o de


miedo, pero dijo –Vale, me voy al agua a pasar la primera prueba. Estaré
en Sestao dentro de un mes.

–A propósito, ¿cómo se llama el caballo?, y diciendo esto se lanzó al


agua.

Enrique le gritó desde lo alto de una roca –El caballo se llama


Zurita, como el primer Señor de Bizkaia”.

Ya dentro del agua notó que la corriente era muy fuerte y que no
avanzaba porque la marea le llevaba ría abajo, y como él recordaba lo que
su padre decía –Déjate llevar por la corriente, no nades contra corriente.

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Él se dejó llevar por la corriente, pero cada vez se alejaba más y
más de la barca donde iban todas sus pertenencias y Zurita. Al cabo de un
rato, y tras hacer un gran esfuerzo para llegar a la orilla, estaba tan
exhausto que creyó que la corriente le engulliría y se ahogaría, cuando vio
a una familia de delfines rodeándole con el fin de que la corriente no le
impactara de lleno y fuera menos fuerte y pudiera llegar a la orilla, lo cual
consiguió después de un buen rato gracias a estos mamíferos acuáticos, y
agarrándose a las rocas pudo salir del agua sano y a salvo. Cuando puso
los pies en la tierra se dirigió hacia el barquero que estaba a unos
quinientos metros de distancia esperándole para darle sus pertenencias y
el caballo.

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Capítulo III

1ª Prueba: Lamias (Lamiako)

Tricio posiblemente sería una de las pocas personas que había


cruzado la ría para adentrarse en aquel paraje encantado y temido por
todo el mundo que se llamaba Lamiako, pero para aquel joven sestaotarra
el paraje le era familiar porque se parecía mucho a la marisma del Rio
Galindo, con mucha vegetación, juncos, cañas y arbustos y muchos pozos
llenos de quisquillas, peces y calamarros, lo que significaba que por
aquellos lares nadie pescaba, seguramente por lo tenebroso del lugar.
Cabalgó adentrándose en aquella ciénaga pensando en lo que debía y no
debía hacer cuando se topara con alguna de aquellas lamias que él
conocía por las historias que sus abuelos, y luego su padre, le habían
contado a él y a sus hermanos y hermanas en las frías noches de inverno
sentados en el suelo alrededor de la chimenea comiendo castañas y
bebiendo leche caliente.

Pensando que todo lo que le habían contado era un cuento chino y


como no había ningún alma por allí, ni rastro de algo que se pareciera a
una lamia, decidió salir de la marisma a lomos de Zurita y dirigirse a la
costa a ver si veía a alguien que le pudiera ayudar. Al cabo de un rato vio
una pequeña pero hermosa playa (las Arenas) con el agua tan cristalina
que se veían los peces y las rocas del fondo, la cual le recordaba a la playa
de Portugalete, que estaba justo en la otra orilla del río, y a donde solía
parar para bañarse con sus hermanos y hermanas cuando iban a Santurce
a comprar chicharros con su padre, por lo que pensó que era un buen
lugar para descansar y comer algo para después proseguir su camino hacia
una aldea de pescadores llamada Romo para indagar un poco más sobre
aquellas misteriosas lamias que no aparecían por ningún lado. Sentado en
la blanca arena comió algo de cecina con un trozo de pan y varias ciruelas,
le dio tres a Zurita porque no hacía más que mirarle y relinchar pidiéndole
algo que llevarse a la boca, y con la tripa llena decidió echar una
cabezadita para recuperarse de la travesía que le había dejado hecho

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polvo, sabiendo que Zurita le despertaría si veía algo extraño. Se colocó el
zurrón de almohada y se durmió profundamente, dando algún que otro
ronquido, lo que asustaba a Zurita que no dejaba de mirarle, y entre
sueños creyó oír relinchar acaloradamente a Zurita que trataba de
despertarle. Al abrir los ojos se dio cuenta de que no estaba soñando sino
que Zurita estaba relinchando porque había gente en la playa. Tricio no
podía creerse lo que estaba viendo delante de sus propias narices y se
tuvo que restregar los ojos para ver bien porque varias lamias con las
faldas remangadas estaban en el agua salpicándose y jugueteando. Una de
ellas, al verle, ya despierto e incorporándose para calmar a Zurita, se
acercó y muy amablemente le preguntó –Hola. ¿Qué haces por aquí? ¿Te
has perdido?

Tricio muy amablemente la respondió –Soy un trotamundos que


quiere conocer mundo y como me habían hablado de un lugar donde
vivían unas mujeres bellas con pies de pato he venido a corroborarlo y
debo decir con agrado que no me mintieron.

Tricio muy astutamente no quiso revelarla el verdadero propósito


del viaje para no ponerla sobre aviso porque el recordaba lo que su abuela
decía –Uno vale más por lo que calla que por lo que cuenta.

Las demás lamias se acercaron a hablar con Tricio, y una de ellas le


preguntó –¿Vas a proseguir tu viaje o te quedas por aquí a pasar la noche?

La respuesta de Tricio sonó como una súplica –Me gustaría


quedarme un par de días por aquí para saber y conocer más sobre
vosotras pero no sé dónde puedo pasar la noche.

Una de ellas, la más mayor de todas, que parecía la madre, dijo –El
chaval puede pasar la noche en la chabola de Maitane.

Al decir esto, todas ellas hicieron un gesto de desaprobación del que


Tricio se percató, aunque astutamente no quiso profundizar en el trema.

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Tricio recogió todos los bártulos que había dejado por la arena y
acompañó a las lamias dando un largo paseo con ellas, adentrándose en la
marisma de nuevo. Al llegar a un recodo del camino, entre arbustos y
robles, divisó un poblado de chabolas construidas con cañas y madera de
roble, alejado de los ojos indiscretos, donde una población de unos treinta
y pico individuos, compuesta por mujeres, niños y hombres, vivían. Tricio
no se lo podía creer porque su abuelo le había contado un cuento sobre
una lamia y un marinero, pero nunca le había dicho ni que había lamias
varones ni que podían tener hijos. Él pensó que seguramente su abuelo
tampoco lo sabía, y ante este hecho irrefutable, Tricio se dirigió a las
lamias y dijo –Cuando tenía unos cinco años, mi abuelo me contó un
cuento de una madre cuyo hijo se había embarcado para trabajar de
marinero en un barco y que después de mucho tiempo nunca regresó a
casa, pero la madre siempre que veía entrar un barco por la ría venía
hasta Lamiako a ver si su hijo estaba a bordo. Pasaron varios años y llegó
otro barco y otro y otro, pero Joxe nunca aparecía, por lo que la madre fue
a preguntar a los marineros a ver si conocían a Joxe Mendi. Uno de ellos le
comentó que Joxe había trabajado con él y que al tocar tierra desembarcó
en una isla del canal de la Mancha y tuvo una pelea con otro marinero y
que a consecuencia de las heridas recibidas murió al cabo de unos días. La
madre no quería admitir que su hijo estuviera muerto y siguió yendo a
Lamiako a esperar a su hijo.

Un buen día, una lamia se le acercó y la preguntó a ver qué hacía


en la orilla de la Ría mirando a los barcos que entraban por la barra del
puerto. La mujer, ya mayor, le contó que estaba esperando a su hijo que se
había embarcado y que volvería a pasar la Navidad con ella. La lamia al oír
esta triste historia se compadeció de ella y la propuso un trato diciéndola,
“Si deseas con todo tu corazón que tu hijo vuelva, no dudes ni un
segundo de que volverá pero tú te convertirás en una de nosotras y
solamente podrás verle pero nunca podrás hablar con él o con sus
primogénitos porque si lo haces y no cumples el trato tu hijo morirá”.

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La madre aceptó tal condición y Joxe regresó en el siguiente barco
que entró por la Ría. El chaval, contento de alegría, nada más tocar tierra
corrió a casa a abrazar a su madre, pero su madre no estaba, por lo que
preguntó a los vecinos que le dijeron que su madre había muerto hacía
algunos años.

Su madre había cumplido la promesa que le había hecho a la lamia


y se había convertido en una de ellas, viendo siempre a su hijo, nietos y
nuera desde la distancia.

La lamia que había entablado conversación con Tricio en la playa


sorprendentemente dijo –La historia que nos has contado es la historia de
Magdalena, la lamia que tú piensas que es nuestra madre.

En ese momento Tricio no sabía ni que decir ni que pensar, por lo


que siguió caminando en silencio hasta el poblado de las lamias. Al llegar
fue recibido amablemente por todos los miembros del poblado que le
siguieron hasta la chabola de Maitane donde le dijeron que estaba
invitado a la cena comunal a base de verduras y frutas que celebraban
todas las noches a las nueve en la gran carpa hecha de cañas y juncos que
había en el centro del poblado.

Durante esta corta estancia Tricio no había visto todavía el famoso


cepillo de oro que debía conseguir para pasar la prueba, pero él
astutamente tampoco quería preguntar para no levantar sospechas, por lo
tanto decidió esperar a la cena y observar mientras tanto. Antes de la cena
dio un paseo entre las chabolas y vio como las lamias salían a la calle con
un cepillo de oro, que en una noche tan calurosa como aquella y bajo la
luz de la luna, brillaba como una estrella. Él las miraba de reojo,
estupefacto, y se preguntaba –¿De dónde sacarán el oro para hacer tantos
cepillos?

También vio que las lamias se mojaban los pies de pato con vinagre
y luego se los aclaraban con agua de mar, lo cual le extrañó muchísimo.

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Durante la cena Tricio estaba en ascuas y quería saber todo sobre
el poblado, por lo que, sin pelos en la lengua, preguntó a Magdalena –He
visto que os peináis con un cepillo de oro. ¿No tenéis miedo de que os
asalten y os los roben?”

Magdalena le respondió sin tapujos –Ya lo han intentado muchas


veces algunos desalmados pero no han podido porque, aunque somos
gente de paz, también tenemos poderes y aquel que intente robar o robe
uno de nuestros cepillos permanecerá maldito por toda la eternidad.

Tricio ante esta repuesta preguntó de nuevo – ¿De dónde sacáis


tanto oro?”

Magdalena antes de contestarle miró a los demás, por si había


caras largas y no debía responderle, pero como nadie se opuso, contestó –
De las marismas de Lamiako que nos pertenecen.

Y sin decirle el lugar exacto continuaron comiendo las verduras y


frutas que habían preparado.

Tricio veía que no estaba ganándose la confianza de las lamias y


que tenía que hacer algo, en ese momento vio a uno de los niños que no
paraba de rascarse el pie derecho y le preguntó – ¿Por qué te rascas
tanto?

El niño le respondió –No lo sé. Mi madre me limpia los pies con


vinagre todos los días y luego me los aclara con agua de la ría pero me
siguen picando.

En ese preciso momento Tricio se dio cuenta de que las lamias


adultas le miraban con un gesto de desaprobación e inquietud por la
pregunta, por lo que Tricio no siguió preguntando. Al finalizar la cena,
Magdalena se acercó a él y se sinceró diciendo –La chabola en la que estás
alojado pertenecía a Maitane que, como otros tantos, murió hace dos
semanas porque padecemos una enfermedad producida por unos hongos

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que se reproducen en nuestros pies de pato y no sabemos cómo
eliminarlos, por lo que te pido que seas discreto con los niños.

Tricio la pidió perdón, y en este punto de inflexión, recordó que su


madre curaba las patas de las gallinas y de los patos que padecían una
enfermedad similar con un ungüento que hacía con ortigas y leche que
Abelina, la bruja de Galindo, le había dado, y la dijo –Nosotros en Sestao
utilizamos un ungüento que hacemos con ortigas machacadas y leche.
¿Por qué no probáis a ver si funciona?

Magdalena al oír esto le pidió que la acompañara a una campa


cercana donde había ortigas con el fin de hacer tal ungüento, ungüento
que hicieron sin dilación esa misma noche, untando a todos los miembros
del poblado con ella. A la mañana siguiente todos ellos habían mejorado
gracias a la porción mágica de Abelina y los pies de pato de las lamias
habían recobrado el lustre y brillo que siempre habían lucido.

Al día siguiente llegó la hora de la despedida porque Tricio no podía


estar más en el poblado de la Lamias para que las lamias no sospecharan
de él, pero Tricio no tenía el deseado cepillo en sus alforjas y tampoco se
lo quería robar a aquellas lamias que le habían tratado tan bien y que ya
eran sus amigas de por vida, por lo que estaba decidido a volver a Sestao
como un fracasado sin pasar ni tan siquiera la primera prueba. Triste y
cabizbajo se acercó hasta la campa donde pacía Zurita, que se alegró de
verle relinchando y moviendo la cola. Los dos volvieron al poblado para
despedirse de sus nuevos amigos y amigas que estaban esperándole en el
centro del poblado luciendo los pies de pato como nunca antes y felices
de que un joven de Sestao les hubiera ayudado. Tricio se despidió de uno
en uno dándoles un beso. Cuando llegó el turno de Magdalena, que
estaba llorando como una magdalena, porque le recordaba a su hijo, Tricio
la abrazó y la dio un beso, en ese momento Magdalena dijo –La
comunidad entera de Lamiako te está muy agradecida por habernos
salvado con tu ungüento y porque nos has demostrado que eres un
hombre honesto de los pies a la cabeza, y porque desde el primer

20
momento sabíamos que venías haciendo las pruebas del Condado de
Sestao y eres el único que no ha utilizado la fuerza contra nuestra gente.

El último que pasó por aquí lo hizo y por tal motivo estará sufriendo
las maldiciones que sobre él cayeron. Además, como la población humana
de esta zona aumenta día tras día hemos decido trasladar nuestro poblado
a los frondosos montes del Gorbea para estar lejos de los humanos, pero
tú siempre estarás en lo más profundo de nuestros corazones– y dándole a
Tricio un fuerte abrazo y un cariñoso beso se despidió de él dándole un
saquito con varias manzanas para que las comiera durante el viaje.

Tricio derrotado por no pasar ni la primera prueba se dirigió con la


cabeza gacha hacia la Ría. Sin saber hacer, si volver a Sestao avergonzado
o establecerse en cualquier otro lugar y comenzar una nueva vida. Al
llegar al corte de la Ría desmontó dubitativo para darle a Zurita una de
aquellas sabrosas manzanas y comerse él otra mientras se lo pensaba
mejor. Metió la mano en el saco para sacar las manzanas y se pinchó un
poquito, por lo que exclamó –¡Qué manzanas tan extrañas estas que
parecen castañas!– entonces la palpó un poco más y dijo en voz alta –¡No
puede ser!

Al sacar la manzana se dio cuenta de que se trataba del cepillo de


oro de Magdalena, lo que significaba que había pasado la prueba.

Cambió de rumbo y se dirigió a la torre de Getxo para que el Señor


le sellara el pergamino como fe de que había pasado la primera prueba.
Pero él estaba inquieto porque las maldiciones a las que Magdalena se
refería estaban relacionadas con Enrique, el Jefe de la Guardia, por tal
razón no sabía si seguir adelante con su misión o volver a Sestao para
advertirle de los peligros que corría, pero después de unos momentos de
titubeó, decidió seguir adelante con las pruebas porque, aunque volviera a
Sestao, sabía que él no podía hacer nada contra la magia y los hechizos
que amenazaban a Enrique.

21
Capítulo IV

2ª Prueba: Tártalo (San Juan de Gaztelugatxe)

Después de una larga caminata


disfrutando de los acantilados que la costa
vizcaína le ofrecía bajo sus pies decidió
hacer un alto en el camino y sentarse en la
ladera de una campa para observar desde
lo alto de aquellos peñascos a toda clase
de mamíferos marinos que se adentraban
en el Golfo de Bizkaia, incluso los caballos
salvajes se acercaban a Zurita para saciar
su curiosidad. Tras el merecido descanso
Tricio galopó cruzando varias playas y
múltiples caseríos en busca de la prueba
número 2. Al final del camino oteó un
pequeño pueblo de pescadores que
parecía que estaba metido en el mar y que
se ajustaba a la reseña que le había dado
Enrique, por lo que desmontó a echar un vistazo al mapa para asegurarse
de que aquel pueblecito era Bakio donde debía realizar la prueba número
2. Galopó decididamente monte abajo hasta la torre que había visto desde
lo alto de la colina, seguramente la torre tenía aspecto de fortaleza
porque la aldea era atacada muy frecuentemente por los barcos piratas. Al
trote se acercó a la puerta de entrada y los guardias nada más verle le
echaron el alto para que se identificara, lo cual hizo Tricio, pidiendo ver al
Señor de la torre mientras les mostraba el pergamino número 2 y el
cepillo de oro de las lamias. Los soldados, al ver el cepillo de oro, se
quedaron sin habla y le llevaron inmediatamente ante el Conde de
Basordas quien le recibió sin dilación.

Tricio al estar delante del Señor de Basordas, y habiendo aprendido


bien la lección, se medio arrodilló, a modo de saludo, y después se quedó

22
firme ante él sin hablar,
“Estimado Condemirando como dicho Conde abría el pergamino y
de Basordas:
se lo leía para que supiera de qué trataba la prueba que debía realizar.
Te envío a Tricio quien está realizando las 11 pruebas del
Condado de Sestao para convertirse en el sucesor de Enrique, el Jefe de
la Guardia de mi torre, y que si ha llegado hasta ti es porque ha pasado la
primera prueba, por lo tanto la segunda prueba consistirá en algo que tu
le ordenes que haga.

Un abrazo de tu amigo y primo Peio”.

El Conde de Basordas se quedó


mirando a Tricio y dijo –Sí que hay
algo que puedes hacer por mi y por la
gente de Bakio y de la zona que será la
segunda prueba que deberás llevar a
cabo y que consiste en lo siguiente: “a
unas leguas de aquí está la Roca de
Gaztelugatxe en cuya cima hay una
pequeñita ermita a la que todos los
años vamos a rezar por los pescadores
tragados por el mar, pero este año
nuestro párroco ha sido secuestrado por un gigante de un ojo mientras
estaba preparando la ermita para la misa anual. Este ser despreciable,
malvado y sanguinario que lanza grandes piedras a los barcos que faenan
cerca de esta gran roca e instiga a la gente de la comarca se llama Tártalo
y es un gigante fortachón de más de tres metros que, hasta hace poco,
vivía con su familia en los tupidos bosques del Señorío de Bizkaia y que se
dedicaban a comerse a la gente que se adentraba en la floresta en busca
de setas y/o a recoger fruta silvestre y a los mercaderes que viajaban
desde Gipuzkoa o desde Castilla hacia la metrópolis de Bilbao a vender sus
mercancías, sorprendiéndoles durante la noche mientras dormían,
matando y comiéndose primero a los perros mastines que estos
mercaderes llevaban consigo para que les protegieran de los lobos y de los

23
salteadores de caminos y después se comía a los mismísimos mercaderes.
Este ser tan temido por media Bizkaia, un buen día, apareció por aquí en
busca de algún familiar, porque los miembros de su pequeña familia han
ido muriendo poco a poco y ya solamente queda él y, desafortunadamente
para nosotros, se asentó en esta zona de la cornisa cantábrica– tras decir
esto, el Conde de Basordas le preguntó a Tricio –Habiéndote informado de
esta misión tan peligrosa que debes realizar te debo hacer la siguiente
pregunta ¿Quieres proseguir con la segunda prueba o quieres regresar a
Sestao?

Tricio, que ya venía de Sestao predispuesto a completar las once


pruebas, dijo –Por supuesto que me enfrentaré a Tártalo aunque en ello
me vaya la vida. Esta noche planearé como atacarle y mañana por la
mañana temprano bajaré hasta la roca e intentaré subir los 241 escalones
para liberal al cura.

El Señor de Basordas le dijo que un grupo de hombres fuertes de


Bakio, Armintza y Bermeo había intentado liberar al cura sin éxito ya que
Tártalo en aquellos inexpugnables peñascos era todavía más fuerte y se
movía por las rocas como las cabras. Tricio escuchó muy atentamente
todo lo que el Señor de Basordas le decía para planificar un buen ataque.

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El plan de Tricio era bajar hasta la Roca sobre las cinco de la
mañana y dejar a Zurita como señuelo en la explanada de acceso a la
ermita para subir sigilosamente hasta la cima y aprovecharse del sueño
profundo de Tártalo para embadurnarle las sandalias con grasa para
después silbar a Zurita que relincharía sin parar con el propósito de
despertar a Tártalo que al verle se pondría inmediatamente las sandalias y
comenzaría a bajar las escaleras cayéndose y levantándose una y otra vez,
momento en el que Tricio liberaría al cura.

Tricio comenzó a subir los 241 peldaños lentamente, sin hacer el


menor ruido bajo un cielo estrellado y a la luz de la luna y con el graznido
de las gaviotas que se quejaban de que las despertara. Al coronar la última
curva vio el tejado de la pequeña ermita y oyó a Tártalo roncar. Se acercó
a la puerta para cerciorarse de que Tártalo no se había comido al cura y
echó un vistazo al interior de la ermita y, allí, en la parte de atrás vio al
cura atado a una gruesa cadena que le impedía moverse. El sacerdote al
ver al joven Sestaotarra se alegró. Tricio le hizo una señal de que estuviera
tranquilo y en silencio. Volvió a salir y dio un silbido para que Zurita
comenzara a relinchar y así despertara y atrajera la atención de Tártalo.
Zurita al oír el silbido comenzó a relinchar sin parar. El gigante de más de
tres metros se despertó y medio dormido salió fuera a ver qué pasaba,
que al ver a Zurita volvió a entrar a ponerse las sandalias para bajar
rápidamente a capturar al caballo que para él era carne fresca porque ya
estaba harto de comer tanto pescado y huevos de gaviota. Tártalo salió
corriendo como un basilisco, resbalándose y dándose tal golpe contra el
muro que casi se rompe la rodilla derecha, pero se levantó y siguió
bajando las escaleras cojeando y resbalándose. Al llegar a la explanada,
Zurita corrió monte arriba metiéndose entre la espesura del bosque para
que Tártalo no pudiera verle. Tártalo volvió sobre sus pasos pensando que
algo raro estaba sucediendo y al mirar hacia la cima de la roca discernió
dos sombras que bajan, por lo que comenzó a subir las escaleras de cinco
en cinco para cortar el paso a los intrusos.

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Agachados los dos detrás del muro, Tricio le dijo al cura –Si seguimos
bajando por las escaleras Tártalo nos va a matar a los dos, así que voy a
saltar por los peñascos para que me siga a mí y distraerle para que usted
pueda bajar hasta Zurita que le estará esperando para llevarle hasta el
caserío que hay a mitad de camino para que le pongan a buen recaudo.

El cura le insistía y no hacía más que repetirle –Por Dios, no hagas


eso que te vas a matar, además él anda por estos peñascos como las
cabras. No, no lo hagas, bajamos los dos juntos y hablamos con él.

Pero Tricio sin mediar palabra saltó el muro y le gritó a Tártalo que
en cuanto le vio se lanzó a por él como un lobo, pero Tártalo seguía
resbalándose y no le era fácil mantener el equilibrio. En esta “huida” Tricio
bajó hasta el borde del mar agarrándose a los afilados peñascos, saltando
de roca en roca para que Tártalo le persiguiera. Paró un segundo para
tomar aire y vio a Zurita y al cura desaparecer entre los arbustos y los
árboles por lo que se quedó tranquilo, pero al mirar hacia atrás divisó la
gran figura de Tártalo que iba tras sus pasos, Tricio, para animarle a que le
siguiera, le decía –¿A que no me coges? Venga inténtalo de nuevo gallina,
¿a que no me coges?, lo cual enfurecía aún más al gigantón de un solo ojo.

Tártalo, entre caída y caída y cansado, decidió dar un gran salto


para atrapar a Tricio, agarrando a Tricio por una pierna, pero con tal mala
suerte que cuando se quiso poner de pie resbaló y cayó en un agujero que
había entre las rocas, quedándose literalmente encastrado y atrapado sin
poder moverse. Él intentaba y luchaba por salir de aquella trampa mortal
porque la marea estaba subiendo y le llegaba al pecho. Comenzó a pedir
auxilio a Tricio que le miraba perplejo porque creía que era un ser que no
tenía miedo a la muerte, pero en el fondo era humano, aunque tuviera un
solo ojo. Tricio se sentó en una roca mirándole y le preguntó –¿Por qué
debo ayudarte? Dime, además, no solamente tenías al cura secuestrado
sino que tienes a toda la gente de la comarca atemorizada y has intentado
matarme a mí y comerte a mi caballo.

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Tártalo, viendo lo trascendente de la situación en la que se
encontraba, comenzó a sincerarse con el chaval –La gente cuando me ve
tan feo y grande y con solo un ojo se ríe de mí, entonces me enfurezco
tanto que hago cosas que no quiero hacer y por eso retuve al cura para
que me confesara de mis pecados, pero en el fondo yo solo quiero
ayudarles y que sean mis amigos y eso que dicen que me como a la gente
es un bulo. Yo solo les asusto.

Tricio, al oír decir esto al gigante de un solo ojo, se conmovió y


comenzó a tirar de él, pero Tártalo pesaba mucho y no podía sacarle de
aquel agujero y la marea no paraba de subir, necesitaba ayuda
inmediatamente, por lo que sacó un cuerno de vaca del zurrón que llevaba
colgado y comenzó a tocarlo para advertir a la gente que bajara a
ayudarle. Ya había amanecido y no veía a nadie y él seguía tocando el
cuerno sin parar porque la situación de Tártalo era ya desesperada porque
el agua le llegaba al cuello. Tricio buscaba desesperadamente un trozo de
caña para que cuando la marea le tapara el gigante pudiera respirar bajo
el agua, pero solo había rocas y más rocas. Tártalo no hacía más que
decirle –Por Dios no me dejes morir, por favor.

En esto que oyeron el relinchar de Zurita y el murmullo de mucha


gente que bajaba por la ladera del monte corriendo. Tricio se subió a una
roca y comenzó a gritar –Aquí, aquí, venga, daros prisa.

Al llegar a la orilla del mar la gente miraba a Tricio y luego a Tártalo


y no se querían acercar por el miedo que le tenían, por lo que tuvo que
intervenir Tricio y el cura –Venga echarnos una mano que vamos a sacar a
Tártalo de ahí. Atad esta cuerda a la montura de Zurita y tirar todos de ella
al unísono.

Cosa que hicieron todos ellos, sacando a Tártalo de aquel


atolladero, nunca mejor dicho.

Tártalo al verse liberado se abalanzó sobre Tricio, pero todo el


mundo corrió hacia atrás de miedo. El gigante cogió al sestaotarra entre

27
los brazos con tanta fuerza que casi le parte en dos, después le dejó sobre
una roca suavemente diciendo –Serás mi amigo para siempre y haré todo
lo que me digas.

Tricio le respondió que debía ayudar a la gente de la zona a


construir una ermita más grande para que los pescadores la pudieran ver
desde alta mar cuando estuvieran faenando y que debía proteger a la
gente de la zona de los corsarios y vándalos que solían asaltar los pueblos
de la comarca y que a cambio de todo esto la gente de Bakio, Armintza y
Bermeo serían sus amigos. Tártalo se tomó tan en serio aquel cometido
que lo llevó a cabo hasta que murió una década después siendo llorado y
recordado por todos los lugareños.

Tricio no solamente había completado satisfactoriamente la 2ª


Prueba sino que había hecho muchos amigos por lo que el Conde de
Basordas le selló el pergamino y organizó una cena en su honor a la que
también fue invitado Tártalo para que se diera cuenta de que la gente ya
no se reía de él y le respetaba.

28
Capítulo V

3ª Prueba: Gaueko (Meacaur-Morga)

Era aún muy temprano por la


mañana cuando Tricio salió a lomos de
Zurita para llegar al atardecer a su
siguiente destino que era un pueblo que
estaba cerca de Gernika, lugar donde se
encuentra el árbol sagrado de Euskal
Herria.

Tricio conocía la existencia de dicho árbol y su sueño se iba a hacer


realidad porque desde muy chico había tenido esa ilusión que estaba a
punto de hacerse realidad. En aquellos días, no era fácil viajar, y la gran
mayoría de la gente humilde moría sin haber cumplido tal deseo.

En la lejanía oyó el tañido a muerto de las campanas de la iglesia de


Meakaur-Morga, por lo que supuso que serían las siete de la tarde, y
andando bajo un calor abrasador llegó a la plaza de la iglesia de la aldea
situada en lo alto de de una colina. Se dirigió al abrevadero de la plaza
para dar de beber a Zurita y para remojarse él un poco para quitarse el
polvo de la cara. Cuando estaba adecentándose las grandes puertas de la
iglesia chirriaron al abrirse y Tricio se volvió al oír el murmullo de los
feligreses que salían vestidos de negro solemne con los ojos llorosos,
aunque solamente unos pocos vestían ropas mucho más elegantes que los
demás, lo que significaba que pertenecería a la nobleza del lugar, algo que
inquietó a Tricio, y sin pensárselo dos veces preguntó a una mujer mayor,
que tras la Misa de Salida, se dirigía a casa –¿Qué ha pasado? ¿Por qué
sale la gente llorando? ¿Qué desgracia ha ocurrido?

La señora, vestida de luto y con un pequeño crucifijo en la mano, le


respondió –Es una larga historia y una gran pérdida para la aldea de
Morga y de Lumo.

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Tricio quería saber más y la dijo –No se preocupe que tengo mucho
tiempo antes de bajar a Lumo a ver al Señor de la Torre”.

Al oír esto la señora le miró sorprendida y le preguntó –¿Conoces al


Señor de Lumo?

Tricio la respondió negativamente y la contó lo de las 11 pruebas


del Condado de Sestao. Al acabar Tricio su relato, ella le dijo –Entonces no
creo que por ahora el Señor de Lumo te vaya a recibir porque el fallecido
era un hijo suyo, el más joven de los siete hermanos– y añadió –a Eneko le
gustaba mucho la juerga y no se perdía ninguna feria de la comarca y
siempre acababa peleándose con los mozos del lugar. El domingo pasado,
o sea, antes de ayer, se fue a la feria de Errigoiti a pasar el día con los
amigos de la zona y a comer en la posada de Forua, que por cierto se come
muy bien. La tarde la pasó con una moza, Eleonor, a la que llevaba
cortejando casi un año. La cuestión es que Eneko bebió bastante txakoli,
además de vino, y como estaba un poco cargadito comenzó a meterse con
los mozos de la zona y a provocar altercados y peleas. Ya bien entrada la
noche, el pobre estaba como una cuba y no podía volver a la torre de esa
guisa porque el Señor de Lumo es muy estricto y sabía que le iba a
castigar, así que pidió a Eleonor que le llevara hasta el riachuelo para
lavarse y mojarse a ver si se le pasaba la “mona” para regresar hasta
Morga, porque los Señores están pasando aquí el verano, pero Eleonor no
quiso dejarle ir solo y pidió a sus amigos que le acompañaran hasta que
divisaran la torre, cosa que hicieron.

Todos ellos montados en sus caballos se dirigieron por una


ensenada y se adentraron en el tupido bosque de Morga. Después de una
legua o así vieron las antorchas de la torre en lo alto de la colina por lo que
le dejaron proseguir solo. Al día siguiente su cuerpo fue encontrado justo
donde le habían dejado sus amigos, tenía un color muy extraño, como
azulado, por eso se cree que debió toparse con el Señor de la Noche,
Gaueko, que castiga a los que salen de noche a emborracharse y a
provocar a los demás.

30
Tricio le dio las gracias a la señora por la información, ya que en vez
de de presentarse al Señor de la Torre de Lumo debía estar con el cura de
aquella pequeña aldea, pero antes debía saborear la exquisita carne de
Morga regada con el Txakoli de la tierra.

Casi ya había oscurecido cuando se presentó ante el cura que


estaba regando los tomates del huerto que tenía en la parte de atrás de la
pequeña iglesia que regentaba. El cura al verle encima de Zurita llevando
la espada al lado izquierdo y el arco y las flechas a la espalda se asustó un
poco porque en penumbras no podía ver a Tricio bien y creyó que se
trataba de un forajido o del mismo Gaueko que venía a matarle. Tricio se
dio cuenta de este trance y calmó al párroco diciéndole –Ave María
purísima.

El cura se dio cuenta de que el jinete montado en aquel bonito


caballo blanco era un hombre de paz e irreflexivamente dijo –Sin pecado
concebida.

El chaval de Sestao desmontó y se acercó al cura de Lumo. Después


de darle la mano y arrodillarse ante él, le comentó –Vengo del Condado de
Sestao haciendo once pruebas para mi Señor de la Torre de Sesto y como
me he enterado de que el hijo menor del Señor de Lumo ha muerto en
extrañas circunstancias creo que no debo molestarle. Por tal razón me
dirigido a usted para que me lea el manuscrito número tres para saber que
prueba debo realizar y para que posteriormente, si tuviere éxito, me selle
el pergamino con su anillo eclesiástico.

Tras decir estas palabras Tricio le entregó al cura el pergamino. El


sacerdote rompió el sello de cera del Condado de Sestao, estiró el
pergamino y agarrándolo con las dos manos lo leyó:

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Estimado Señor de Lumo,
Este chaval que está ante ti representa la valentía de nuestro
pueblo porque si está contigo es porque habrá matado al malvado
Tártalo que tantas vidas se ha cobrado, por lo tanto queda a tu entera
disposición para que realice la prueba que tu le ordenes.

Tu gran Amigo Peio.

El cura se quedó mirándole muy pensativo y tras unos minutos le


puso la mano derecha en el hombro y le preguntó –¿Has matado
realmente a Tártalo?

Tricio, de nuevo, tuvo que contar al cura todo lo referente a Tártalo


con pelos y señales.

El cura asombrado por tales hazañas dijo entonces –Creo que tengo
la misión perfecta para un chaval de tu valía. Como te habrán comentado
aquí en Morga, estamos sufriendo las embestidas de Gaueko quien se ha
llevado ya muchas almas de la comarca, si bien es cierto que todos ellos
eran hombres jóvenes pendencieros y dados a la bebida, aunque no por
eso merecían tal trágico final. La misión que te voy a encomendar es la
siguiente: “Gaueko es el Señor de la Oscuridad por eso duerme de día y
sale volando de noche, porque su ley dice que nadie debe salir a la calle
desde que anochece hasta que amanece y si alguien infringe esta ley se
lleva las almas de los que no le temen a las cuevas donde él vive para
castigarles eternamente”. Una de estas cuevas es la de Santimamiñe, que
es en la que está viviendo actualmente. Por lo tanto, para que los jóvenes
del Señorío de Bizkaia estén a salvo, tendrás que adentrarte en la cueva de
Santimamiñe durante el día y hacerte con el anillo mágico que lleva en una
de las garras de la mano derecha para arrebatarle su poder. Aquí tienes un

32
mapa con el camino a seguir que lleva hasta la cueva de Santimamiñe. Por
favor, ten mucho cuidado porque si te atrapa se beberá tu sangre.

Y diciéndole estas palabras le entregó el mapa que llevaría a Tricio


a medirse con aquel ser tan malvado.

Tricio pasó una mala noche, no pegó ni ojo, porque quería ponerle
cara a Gaueko pero no podía. Él se imaginaba mil caras, a cada cual más
fea y horrenda. Entre pesadillas, se quedó dormido al alba, hasta que los
relinchos de Zurita le despertaron. A media mañana los dos salieron hasta
la tenebrosa cueva de Santimamiñe. Al llegar a las inmediaciones de la
cueva, Tricio decidió esconder bien a Zurita y entrar en la cueva. Bajó una
pequeña rampa y giró a la izquierda y ya no se veía ni cascajo, por lo que
se agachó y en silencio miró a su alrededor a ver si veía algo, y allí estaba
Gaueko a dos metros de él. Era una cosa grande, una bestia que tenía una
parte de humano, otra de perro y unas alas gigantes de murciélago,
estaba echado durmiendo en un camastro de paja en una pequeña alcoba
que tenía unos dibujos de caza muy rudimentarios en las paredes,
también había un pozo de agua que Gaueko usaba para saciara la sed, que
se llenaba con las gotas de agua que se filtraban por la pared de la cueva
que estaba llena de estalactitas y estalagmitas. Gaueko se movió un poco
y Tricio pudo ver el brillo del anillo, pero como Gaueko se estaba
despertando, el chaval salió de la cueva para volver a Lumo a preparar y
planificar el ataque que llevaría a cabo al día siguiente.

Ya de vuelta en Lumo, en la casa parroquial, Tricio pensó que lo


mejor sería construir un escondrijo con ramas y paja cerca de la guarida de
Gaueko y pasar allí el día para que cuando Gaueko saliera por la noche a
capturar pendencieros y borrachos echarle un mejunje a base de plantas
somníferas en el pozo de agua del que Gaueko siempre bebía cuando
regresaba sediento a la cueva, para así poder entrar durante el día y
quitarle el anillo mágico mientras dormía bajo los efectos del somnífero. Y
así lo hizo, dejó a Zurita en Lumo y se fue andando a preparar el
escondrijo y a esperar a que llegara la noche para llevar a cabo su plan.

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Al anochecer vio al temido Gaueko salir de la cueva. El monstruo
estiró las alas de murciélago y voló hacía Gernika. Su vuelo era diabólico.
Tricio al verle dar unas pasadas por las campas de Lumo sintió miedo y
permaneció quieto en el escondrijo que había fabricado, casi no respiraba
para que no le oyera Gaueko. Cuando vio la gran figura negra alejarse salió
rápidamente de su refugio y entró en la cueva con una antorcha, nada
más bajar vio de nuevo el camastro de Gaueko y al ver los dibujos
rupestres se quedó ensimismado un buen rato contemplándolos, hasta
que reaccionó y echó la dormidera en el pozo de agua para volver a la casa
parroquial bajo los árboles para no ser visto por Gaueko. Durmió de un
tirón toda la noche y por la mañana temprano bajó a la cocina porque
tenía hambre, y además estaba seguro de que el cura le habría preparado
algo, y no estaba equivocado, al entrar en la cocina saludó al cura que ya
le había puesto en la mesa el plato de morokil con leche caliente que se lo
metió entre pecho y espalda sin dilación. Se levantó de la mesa y le dijo al
cura –Hoy es el día, o vengo de vuelta con el anillo o ese monstruo se
quedará con mi alma para siempre.

El cura al ver a Tricio un poco consternado le dio su bendición y le


dejó ir.

Tricio había pedido con sus rezos al Señor que hiciera mucho calor
ese día, y sus rezos fueron oídos y recompensados porque hacía un calor
de muerte y seguramente que Gaueko se había bebido toda el agua del
pozo.

Lo primero que hizo Tricio nada más entrar en la cueva fue echar
un vistazo al pozo, el cual, gracias a Dios, estaba vacío, lo que significaba
que el Señor de la Oscuridad debía estar dormido como un tronco y él
podía hacer y deshacer a su antojo. Se acercó a Gaueko que atufaba y le
palpó las garras para quitarle el anillo pero el monstruo se movía y quería
despertarse, lo que significaba la muerte de Tricio, y como el chaval era
humano casi se caga por las patas abajo, pero él siguió en sus treces y al
final agarró la pezuña derecha de Gaueko con fuerza y sacó el anillo

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mágico de la garra del monstruo. En ese momento Gaueko se medio
despertó y quiso darle un zarpazo y morderle, pero ya no tenía la fuerza
de antes ni podía volar, se había convertido en un ser débil y temeroso, y
temiendo que Tricio le matara con su espada echo a correr cueva adentro
y ya no se le vio nunca más sobrevolar el Viejo Señorío de Bizkaia en busca
de presas que llevarse a sus guaridas para beberse su sangre.

Tricio regresó a Lumo para entregarle el anillo al cura con el fin de


que pusiera en el pergamino el sello parroquial como prueba de que había
realizado la misión encomendada con éxito.

Con el pergamino firmado y sellado el cura vio a Tricio cabalgar a


lomos de su amigo Zurita hacía Gernika con el propósito de visitar la
pequeña Casa de Juntas donde los Señores Feudales del Señorío se
reunían bajo el Roble sagrado para así cumplir el deseo que desde chico
había tenido, y desde allí proseguir hasta la villa de Lekeitio para realizar la
prueba número 4.

35
Capítulo VI

4ª Prueba: Herensuge (Lekeitio)

Al pasar por Arteaga, de camino


a Lekeitio, vio que los vecinos y los
soldados del Señor de esa población
corrían hacía un hermoso caserío
hecho de roble que estaba en las
inmediaciones de la susodicha torre.
Para ver mejor lo que sucedía Tricio se
puso de pie sobre los estribos de
Zurita, pero la casa que tenía delante
solo le dejaba ver una gran columna de humo, por lo que intuyó que se
trataba de un incendio y que harían falta todas las manos disponibles para
apagar el fuego. Sin pensárselo galopó hasta allí y sin pensárselo dos veces
desmontó y comenzó a ayudar a la gente del pueblo que habían hecho
una cadena humana para traer agua en los cubos de cuero del pozo que
estaba situado a unos cien metros de la casa en llamas. La ayuda de los
vecinos fue crucial para que el caserío hecho de madera y paja no fuera
engullido por las llamas y solamente se quemara una pequeña parte. Al
finalizar el trabajo de extinción el cura del pueblo, rodeado de todos los
voluntarios que habían arrimado el hombro para apagar el fuego del
caserío de la familia Goenetxea, una familia muy querida en la zona, se
acercó a Tricio para darle las gracias por la ayuda prestada e invitarle a
pasar la noche en la casa parroquial.

Ya aseado y repeinado, aunque con una barba de una semana


larga, se sentó en la mesa a cenar con el cura y la familia Goenetxea, la
cual era prolífica. La cena consistió en tocino, morcilla, algo de panceta,
pan y vino. Durante la cena Emiliano, que así se llamaba el cura, le
preguntó a Tricio –¿De dónde vienes y a dónde vas chaval?

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Tricio le puso al cura al día del porqué de aquel viaje y de sus
andanzas y qué se dirigía a Lekeitio con el propósito de completar la
prueba número cuatro.

Al nombrar Tricio Lekeitio, Don


Emiliano dijo –Ya sé para qué vas a Lekeitio,
una aldea de buenos pescadores de
ballenas. Tú debes ser el que viene a matar
a Herensuge, la enorme serpiente de siete
cabezas que ataca a la gente y al ganado.
Algunas veces se la ha visto por estos lares.
Esa temible y feroz serpiente se come
nuestros corderos, además, se cree que los niños que han desaparecido
últimamente en la comarca se los ha comido Herensuge, así que ten
cuidado chaval porque algunos de los arrantzales más fortachones de esa
aldea marinera que han cruzado hasta la isla de San Nicolás o se han
adentrado en la cueva de Lumentxa para matarla, que son las dos
guaridas que tiene Herensuge, nunca regresaron. ¡Ah, otra cosa! En esa
isla maldita que el Señor de Bizkaia utiliza como leprosería vive gente que
padece esa enfermedad terrible que es la lepra. Nosotros a los habitantes
de la isla de San Nicolás les llamamos los “malditos” porque se cree que
están poseídos por el diablo y no se sabe si Herensuge se los come o les
protege de los intrusos. Solamente el cura de Lekeitio se atreve a cruzar a
la isla cuando la marea está baja para llevarles comida y agua. Los
“malditos” malviven en unas chozas que construyen con ramas, paja y
barro, que en invierno se las tiran los vendavales y en verano las galernas”.

Tricio le agradeció al cura la información que le había dado, y acto


seguido le preguntó –¿Por qué Herensuge no se va de la Merindad de
Busturia?

El cura le contestó rápidamente –Porque es la única serpiente de


siete cabezas que queda de su especie por aquí y tiene un solo huevo que
lo está incubando, por eso algunos de nuestros más intrépidos hombres

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han cruzado hasta la isla de San Nicolás o han entrado en la cueva de
Lumetxa con el fin de encontrar el huevo y deshacerse de él, pero, como te
he explicado anteriormente, todos estos hombres han desaparecido o han
muerto en su intento”.

Tricio se levantó temprano por la mañana para cabalgar con la


fresca para que Zurita no se cansara demasiado. No quiso despedirse de
Don Emiliano para no despertarle. Los ronquidos del cura se oían por
todas la iglesia.

Al mediodía entraba por las calles de Lekeitio rumbo a la iglesia


románica de Santa María para darle al cura el pergamino correspondiente.
Desmontó y dejo a Zurita a buen recaudo, a la sombra de un roble que
había justo delante de la iglesia, y entró en el templo, lo cual agradeció
porque la temperatura dentro de la iglesia era muy agradable, ya que en
la calle hacía bastante calor. Cruzó la nave de la iglesia hasta la sacristía
para entrevistarse con Don Angel, el cura, y allí le encontró limpiando la
sacristía y la vajilla de plata. Se presentó y le entregó la misiva que traía. El
cura quitó el sello de cera con el escudo del Conde de Sestao y se la leyó:

“Estimado cura:

Si tiene ante usted a Tricio del Condado de Sestao es porque ha


pasado la tercera prueba con éxito y sigue vivo, por lo tanto usted
debe encomendarle una nueva misión, la que usted crea que sea de
beneficio para la comunidad de su parroquia.

Suyo afectísimo, el Conde de Sestao”.

Tras leer el pergamino el cura se le quedó miró fijamente a Tricio y


le dijo: –Si que puedes hacer algo por nosotros. Creo que si has podido
doblegar a Gaueko, podrás encargarte de otra misión difícil,
probablemente más difícil y peligrosa que la anterior, que no es otra que
matar a Herensuge, la culebra de siete cabezas, devoradora de hombres,

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mujeres y niños y traerme el huevo que está incubando para que no haya
más serpientes de esta especie– y tras una pausa añadió: –Que aceptes
esta misión depende de ti, si la rechazas lo entenderé.

Tricio se lo pensó bien antes de responder, y después de un rato,


dijo: –Vale, creo que lo puedo hacer. En un par de días le entregaré el
huevo para que haga lo que quiera con él.

Esa misma tarde, con la marea baja, Tricio cabalgó hasta la isla de
San Nicolás para cruzar hasta aquel lugar del que nadie quería hablar. Iba
cargado de comida y de algunas hierbas medicinales para los leprosos y
tuberculosos que moraban en aquella maldita isla. Al cruzar y al ver
aquellos infelices, abandonados a su suerte, se dio cuenta de que todo lo
que le habían contado era solamente la mitad de atroz de lo que sus ojos
veían. Aquellas personas, que sufrían en soledad, se acercaban, tapándose
sus rostros comidos por la insaciable enfermedad que no entendía de
clases sociales, para decirle, casi sin fuerzas y con voz débil, que se fuera
porque se podía contagiar, al tiempo que le imploraban piedad y le pedían
ayuda. Tricio desmontó y comenzó a darles toda la comida que llevaba en
dos grandes sacos a lomos de Zurita y a explicarles los dones y las
bondades de las plantas medicinales que les había traído para que les
aliviase el dolor producido por la “Enfermedad del Diablo”. Los hombres y
mujeres que componían aquella comunidad de enfermos, agradecidos de
que alguien de tierra firme hubiera ido a verlos y a ayudarlos, le
preguntaban cosas, de donde venía, si conocía a sus familias, que estaba
pasando fuera de la isla, y otras cosas mundanas. El chaval contestaba a
las preguntas con mucho gusto sentado con ellos para contarles cosas de
su pueblo, todo lo relacionado con su viaje, las pruebas que había hecho y
las que tenía que hacer y lo que había oído sobre las andanzas del Cid
Campeador por tierras castellanas. Paso unas cuantas horas con ellos
hasta que la marea comenzó a subir. A media marea Tricio les preguntó: –
¿Sabéis si Herensuge tiene alguna cueva por aquí donde este custodiando
su huevo?

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La veintena de almas que componían aquella pequeña comunidad
se arremolinaban en torno a Tricio buscando algo de calor humano, y
entre ellos había un chaval de su misma edad quien la lepra le había
comido la mano derecha que respondió a su pregunta: – Suele venir por
aquí un par de veces al día, aunque la guarida la tiene en la cueva de
Lumetxa. Creemos que Herensuge cruza hasta la isla para protegernos
porque algunos malvados suelen cruzar hasta aquí para matarnos porque
no quieren que estemos en la isla, pero desde que Herensuge comenzó a
verse por aquí, ya no se atreven a pasar. Solamente el cura viene todos los
días con algunos buenos y piadosos vecinos de Lekeitio a traernos
provisiones y agua fresca.

Tricio cruzó pensativo la playa porque a él le habían contado que la


serpiente de siete cabezas se comía a todo bicho viviente que se
interponía en su camino, lo cual no era verdad, además el relato de
aquellas pobres almas demostraba que Herensuge tenía también corazón.
Cabalgando hacia la casa del cura decidió cambiar de estrategia e ideó
otro plan para no tener que matar a aquella bestia que protegía a aquellas
personas proscritas y a la vez agradar al cura.

Al día siguiente subió hasta un caserío de Mendexa para comprar a


Antxon, un baserritarra que criaba ocas, un huevo grande, y así lo hizo.
Compró el más grande que lo envolvió en un trozo de una manta de lana
para que no se rompiera y lo metió en las alforjas de Zurita. Acto seguido
se fue hasta la cueva de Lumetxa y entró sigilosamente para enfrentarse a
aquel monstruo devorador de hombres. Dentro de la cueva no había ni
rastro de Herensuge, pero observó que al fondo había una especie de nido
y justo en el centro yacía un huevo, y él, que entendía de huevos porque
en la chabola de Sestao su familia criaba gallinas, notó que el huevo no
estaba en buen estado, presumiblemente el huevo llevaba allí mucho
tiempo porque la serpiente creía que estaba fecundado. Por lo tanto, dio
media vuelta y se dirigió a la iglesia para entregarle al cura el huevo que
había comprado en Mendexa para sustituirlo por el de Herensuge, lo cual
no hizo falta. Al llegar al pórtico de la iglesia vio que el cura estaba

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hablando con algunas feligresas. Desmontó, dejó a Zurita a la sombra y
sacó el huevo que llevaba en el zurrón para entregárselo al cura. El cura al
verle se deshizo de las feligresas y saludó a Tricio y los dos caminaron
hasta la sacristía donde el Sestaotarra le entregó el huevo diciéndole mu
enfadado: –Don Angel aquí tiene el huevo de Herensuge. Cuando muera la
serpiente ya no tendrá descendencia y no habrá más serpientes de siete
cabezas que devoren a la gente de esta zona, aunque, según los
comentarios de los habitantes de la isla de San Nicolás, algunos de
aquellos que fueron atacados y devorados por Herensuge se lo merecían.
La serpiente lo único que hace es protegerles de los malvados que cruzan
hasta la isla para matarles. Los pobres ya tienen bastante con el
sufrimiento que padecen y no hace falta que nadie vaya a fastidiarles.

El cura, sosteniendo el huevo en su mano derecha y haciendo un


acto de reflexión se quedó mirando fijamente a Tricio, dijo: –Este no es un
huevo de culebra porque la forma es diferente, pero estoy de acuerdo
contigo de que Herensuge debe vivir para que siga protegiendo a nuestros
amigos de la isla.

Entonces Tricio le explicó lo que había visto en la cueva y que


Herensuge sería la última culebra mitológica que habría en Bizkaia, pero
también le hizo una pregunta a Don Angel: –¿Qué pasará con esa pobre
gente cuando Herensuge muera?

El cura le respondió que ya había hablado con el Señor de Bizkaia y


el obispo para que toda aquella gente fuera trasladara a un monasterio
que estaba en el monte Artxanda para que fueran atendidos
debidamente. Y como Tricio había pasado el reto encomendado le puso el
sello de la parroquia en el pergamino número 4 y le dijo: –En nombre de
toda la gente de bien de Lekeitio y de la isla de San Nicolás te doy las
gracias por lo que has hecho. Y ahora, antes de que te vayas, ¿puedes
ayudarnos a llevar comida, agua y ropa hasta la isla remando en aquella
barca?

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Tricio con mucho gusto remó hasta la Isla Maldita para despedirse
de sus amigos.

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Capítulo VII

Beltza, la Loba (Markina)

Tricio, satisfecho de haber pasado


ya cuatro de las once pruebas, se dirige a
Zaldibar convencido de que las pruebas
que le quedan las puede pasar fácilmente
porque no pueden ser tan difíciles como las
que ya ha realizado.

Al acercarse a Markina se ve
envuelto en una violenta tormenta de
truenos y rayos por lo que decide cobijarse
en un bosque para esperar que el fuerte
aguacero pare y los truenos se vayan
alejando poco a poco, pero la tormenta no cesaba, así que decidió
preparar un refugio lo suficientemente grande para que pudiera cobijar a
él y a Zurita. Se proveyó de cuantas ramas pudo para hacerse una choza
alrededor de un gran roble. Al acabarla encendió un fuego para secarse
bien porque no quería coger un resfriado, o peor, un catarro que le
retrasara el viaje, y como los truenos y rayos seguían amenazándole y la
lluvia no cesaba, pensó que lo mejor sería aprovechar aquel buen refugio
para pasar la noche y a la mañana siguiente continuar hasta Markina para
que le indicaran la dirección que debía tomar para llegar a Zaldibar, la
aldea donde le esperaba la quinta prueba. Después de cenar algo se
preparó un camastro y durmió plácidamente, pero este sueño fue
perturbado por Zurita que estaba inquieto por algo y no hacía más que
relinchar. Tras despertarse, sin saber bien que estaba pasando en el
bosque, lo primero que pensó fue que, quizás, se trataba de bandidos,
pero los gruñidos y aullidos no provenían de animales de dos patas sino de
una manada de lobos que quizás intentaban cazar algún jabalí o algún
corzo o quizás atacarle a él y a Zurita. Blandiendo la espada y con una
antorcha en la otra salió de la choza. Por si las moscas, avivó el fuego

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echando unas cuantas ramas gordas para que durara hasta al amanecer y
para que los lobos supieran que en aquella choza además de un caballo
había un humano dispuesto a hacerles frente. Tricio sabía que los lobos no
se iban a arriesgar su integridad porque si alguno de ellos resultara herido
de gravedad esto le supondría morir solo, porque el resto de la manada le
dejaría allí, en la espesura del bosque, desamparado. Volvió a la choza,
calmó a Zurita, y se volvió a dormir.

Ya estaba clareando y los rayos de sol que entraban por las rendijas
de las ramas le despertaron. Zurita le miraba y daba brincos. Tricio le
miraba y le preguntaba –¿Qué te pasa chavalote?”

Ante la inquietud mostrada por el caballo decidió salir a echar un


vistazo y apagar con tierra las ascuas que aún seguían ardiendo. Cuando
estaba apagando el fuego creyó oír un gemido muy débil de un animal,
que era lo que le estaba poniendo nervioso a Zurita. Siguió la dirección de
los gemidos y a unos cincuenta metros encontró a una gran loba negra
escondida entre la maleza, asustada y sangrando del muslo de la pata
trasera izquierda. Seguramente que pertenecía a la manada de lobos que
Zurita había oído la noche anterior. La loba no podía andar. Al ver a Tricio
intentaba escapar arrastrándose con sus patas delanteras. El chaval
trataba de calmarla, pero la loba le enseñaba sus grandes colmillos. Ante
la imposibilidad de acercarse a ella para intentar curarla Tricio regresó a la
choza para coger un buen trozo de tocino y algo de agua para que comiera
y bebiera. Al acercarse la loba le seguía mostrándole sus desafiantes
colmillos. Con el fin de establecer un vínculo de amistad Tricio la lanzó el
trozo de carne y dejo agua en un plato y se sentó a una distancia
prudencial esperando a que el animal comiera, bebiera y se tranquilizara.
La loba, que estaba exhausta y hambrienta, decidió comerse el tocino y se
arrastró para beber algo de agua. Tricio permaneció allí sentado durante
más de una hora. Cuando vio que la loba estaba calmada y ya no le gruñía
se fue acercando milímetro a milímetro por detrás de ella para ver la
herida bien. Era un corte limpio, que supuestamente se lo había hecho
alguno de los jabalíes a los que había estado acechando la noche anterior.

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La tocó suavemente el lomo y la loba le miró, pero ya no le gruñía. Siguió
acariciándola hasta que el animal, que pedía ayuda con su mirada, se
tumbó. Tricio entonces comenzó a limpiarla la herida con agua para ver la
magnitud de la raja, que era de unos quince centímetros de largo y algo
profunda. Tricio, después de inspeccionarla, sabía que debía coserla, lo
cual podía ser peligroso si lo hacía con la loba despierta. El chaval se
levantó y se metió entre la maleza buscando alguna de las plantas
adormideras que su abuela daba a las vacas cuando se ponían nerviosas al
parir. Encontró la planta enseguida y metió unas cuantas semillas de esta
adormidera en otro trozo de tocino y se lo dio a la loba para que se lo
comiera, cosa que hizo sin dilación. Al cabo de un rato el animal estaba
totalmente dormido y Tricio pudo coser el profundo corte con las agujas
que llevaba por si el mismo se tenía que coser alguna herida que se
pudiera hacer luchando contra alguno de los monstruos a los que debía
enfrentarse. Acto seguido cortó un par de ramas gruesas y flexibles de un
avellano cercano para hacer una camilla con la manta que llevaba para
taparse por las noches para arrastrar al animal que aún permanecía
dormido y así proseguir su camino hacía Markina que estaba a tiro de
piedra.

Tricio entró en la pequeña aldea de Markina que estaba repleta de


gente porque había mercado, por lo que supuso que era sábado, porque
el mercado se celebraba todos los sábados en los pueblos y aldeas del
Señorío de Bizkaia. Los puestos estaban colocados alrededor de la iglesia
de San Miguel y había multitud de gente que había venido de las aldeas
cercanas de Motriku, Etxebarria, Mallabia y de los caseríos próximos a
comprar víveres y a vender los productos que cultivaban y producían en
los caseríos. La gente, al ver a Tricio montado en Zurita y con la loba
detrás, que ya estaba volviendo en sí, se asustaba y retrocedía, aunque a
Beltza, todavía bajo los efectos del somnífero, le pasaba lo mismo y les
enseñaba su perfecta dentadura y sus largos dientes caninos porque
nunca había visto a tanta gente junta y tan cerca. Tricio paró a comprar

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algo de comida y a preguntar por el camino de tenía que tomar para llegar
a Zaldibar.

La chavalería se concentraba alrededor de Tricio, Zurita y Beltza


preguntándole al sestaotarra cosas en euskara que Tricio no entendía, él
solo repetía el nombre de Zaldibar. En este trance un hombre bien vestido
se acercó a él y le habló en castellano indicándole el camino que debía
tomar para llegar a Zaldibar. Viendo el tinte que estaba tomando la
presencia de un animal salvaje tan odiado y malvado en las zonas
pastoriles del Viejo señorío tomó el rumbo que le indicaron sin entrar a
ver las dos enormes y mágicas rocas puestas por los Gentiles en el interior
de la iglesia de San Miguel para dar las tres vueltas mágicas alrededor de
dichas míticas rocas porque la leyenda dice que “aquel que de tres vueltas
alrededor de estas rocas encontrará esposa o esposo, casará y tendrá
una gran descendencia y una larga vida”, pero Tricio se resignó y no
entró a ver las rocas ni dio las tres vueltas porque algunos tenderos se
estaban poniendo nerviosos ante la presencia de la loba que no hacía más
que gruñir e intentar morder a todo aquel que se acercaba a la camilla,
por tal razón, casi sin detenerse, Tricio siguió su camino hacia la quinta
prueba.

Se le hizo tarde porque tuvo que parar bastantes veces a limpiar


con agua la herida y taparla con un ungüento de hierbas medicinales que
él había preparado para que las moscas no infectaran la herida de Beltza.
Cuando llegó a su destino, que no era otro que la iglesia del pueblo de
Zaldibar, ya eran más de las diez de la noche, no había nadie por las tres
calles que componían el pueblo. Al llegar a la puerta de la iglesia de San
Andrés miró a ver si veía alguna vela encendida en el interior de la casa
parroquial. Vio algo de luz en los aposentos del cura y con la empuñadura
de su espada golpeó la puerta de la iglesia. Después de unos segundos se
oyó desde una ventana: –¿Quién anda ahí?

El chaval respondió: –Soy Tricio de Sestao que vengo en nombre del


Conde de la Torre de Sesto haciendo las once pruebas del Condado de

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Sestao y le traigo un pergamino para que me lo lea y me diga que prueba
debo hacer.

El cura le dijo que esperara un momento a que se pusiera la sotana


y los zapatos. Sin tener que esperar mucho Tricio vio como un cura bajito,
limpiándose los labios con un trapo, abría una de las hojas de la gran
puerta que daba acceso a la iglesia. El cura miró al chaval perplejo en la
penumbra del pórtico, pero al ver a Beltza en la camilla dijo –¿Es eso un
lobo?

Tricio le contó la historia y el cura le dijo que los tres, Tricio, Zurita
y Beltza, debían dormir en el pajar porque él no quería bestias en su
iglesia.

Tricio, sin rechistar asintió, diciendo: –No tengo ningún problema


en dormir en el establo con ellos, así podré cuidar de Beltza mejor. Al
acabar la explicación le entregó al cura el pergamino para que este lo
abriera y se lo leyera. El cura así lo hizo y lo leyó:

“Estimado señor,
Dígale a Tricio que deberá capturar a un Galtzagorri y traerlo a
Sestao.
Suyo afectísimo, el Conde de Sestao”

Tricio al oír el nombre exclamó: –¿Un galstaqué?” y añadió: –Es la


primera vez que oigo esa palabra. Por favor explíqueme que es eso porque
no tengo ni idea.

El cura respondió: –Un Galtzagorri es un duende muy diminuto que


vive en los bosques de por aquí, concretamente en las setas, y aunque son
pequeñísimos son extremadamente fuertes y rápidos y ayudan a los
baserritarras a diezmar las plagas de insectos porque ellos solo comen
insectos y flores. ¡Ah! Y son muy tozudos por lo que te aconsejo que no

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utilices la fuerza bruta con ellos porque pueden pasar de ser muy, muy
buenos a ser muy, muy malvados con sus enemigos.

Tricio le agradeció al cura la información y se fue con Zurita y


Beltza a dormir al establo para comenzar la búsqueda del Galtzagorri por
la mañana temprano.

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Capítulo VIII

5ª Prueba: Galtzagorri (Zaldibar)

Obviamente cansados por el viaje y


el trabajo duro de tener que acarrear y
cuidar de Beltza, Zurita y Tricio durmieron
en el pajar como tres troncos.

Zuritafue el primero en
despertarse con el canto del gallo y quería
acción después de dormir a pierna suelta.
Beltza por el contrario no quería
levantarse de la cómoda cama de paja
mullida que Tricio le había hecho, y allí la
dejó para que se recuperara de la herida
que estaba casi cicatrizada, y se marchó al
bosque en busca de un buen sitio de setas
con la esperanza de encontrar algún
Galtzagorri a quien convencer de que se
fuera con él a vivir a Sestao y así pasar la
quinta prueba.

A media mañana se paró en un claro del bosque donde corría un


arroyo para echar un bocado y para que Zurita bebiera agua y pastara un
poco. Una hora después, con la tripa llena, Tricio siguió buscando a
aquellos duendes que debían ser muy diminutos porque no veía ninguno,
y seta que veía seta que abría a ver si había alguno duende dentro.
Destrozó varias setas con la esperanza de encontrar uno, pero, tras
destrozar varias setas, se lo pensó mejor y en vez de destrozarlas comenzó
a meterlas en el zurrón para prepararlas y comérselas para cenar. Ya,
avanzada la tarde, decidió volver a su improvisada casa de la iglesia para
hablar con don Matías, el cura, para que le diera más detalles de los
posibles lugares donde pudiera encontrar un Galtzagorri.

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Al bajar la cuestecilla que le llevaba hasta la iglesia vio al cura
echando a los chavales que querían entrar al establo a ver a Beltza. Tricio
al ver a toda la chavalería allí, se inquietó y bajó al galope. El padre don
Matías estaba hablando con ellos en euskara. Tricio al acercarse le
preguntó: –¿Qué pasa?¿Qué quieren?

–Pues que van a querer, ver a la loba que has traído– dijo él con
sorna.

Tricio dejó que los chavales entraran de uno en uno a ver, desde
una distancia prudencial, a Beltza que ya se levantaba y parecía estar
recuperada del susto y de la herida porque no paraba de enseñarles y
amenazarles con sus largos colmillos. Cuando todos ellos vieron a la loba,
corrieron a sus casas a contárselo a sus familias.

Tricio al acercarse a don Matías, este le preguntó: –¿Has visto


algún duende por la zona de setas que te comenté ayer por la noche?

Tricio, con cara de decepción, le respondió: “No he visto a ningún


Galtzagorri y mira que he pasado horas ahí arriba buscando entre las
setas, las zarzas y hasta debajo de la piedras, pero nada, no he visto más
que lagartijas y alguna culebra y muchas ardillas. Estoy pensando que
puede que esta prueba sea una tomadura de pelo que el Señor de la Torre
de Sesto me esté gastando.

El cura, al oír eso, se puso serio y frunciendo el ceño y dijo: –Por


supuesto que no es una tomadura de pelo. En esta zona del Señorío existen
tales duendes, lo que pasa es que es difícil de verles. A veces les ves
enseguida cuando subes al monte y otras veces no ves a ninguno. Quizás,
para encontrar a uno de ellos rápidamente debes llevar contigo a la loba
que tienes atada en el establo porque los lobos les ven enseguida. En
cuanto veas al animal mirar fijamente hacia un punto concreto es que algo
ha visto. Trata de quedarte quieto y observar, seguramente que veas
alguno.

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Tricio le agradeció el consejo al cura y le dijo: –Mejor lo dejo para
mañana. Ahora voy a ver cómo tiene Beltza la herida y a darla de comer. Si
veo que puede subir al monte mañana la llevaré conmigo, así dejo a Zurita
descansando para que esté fresco para la siguiente prueba.

Al día siguiente Tricio caminó con Beltza monte arriba despacio


porque el animal todavía no podía caminar bien. Era temprano y había
mucha niebla, lo que empeoraba la visión, pero se veía que el sol hacía
esfuerzos por disipar la niebla, cosa que consiguió a media mañana.

Llegaron a la misma zona de setas donde Tricio había estado el día


anterior y, creyendo que todo lo de los Galtzagorries era un cuento, se
sentó a echar un bocado y a beber algo de agua. Beltza seguía husmeando
las plantas y las piedras y él la observaba desde la distancia. Beltza todavía
era reacia a que la tocarse por lo que guardaba las distancias y solamente
se acercaba a un par de metros de Tricio para pedirle comida, pero nunca
se separaba de él y le seguía a todas partes.

Como ya eran mediodía y el sol atizaba de lo lindo Tricio,


desconsolado porque ni él ni Beltza veían ningún duende, decidió sentarse
en una roca que había bajo un manzano y comerse tranquilamente una
manzana observando a Beltza como inspeccionaba las setas que había en
la campa. De repente vio que Beltza se quedó quieta mirando a una seta
grande y al mirar fijamente se dio cuenta de que Beltza no miraba a la seta
sino a un diminuto Galtzagorri, no más grande que el dedo menique, con
cara de pocos amigos, que estaba sentado encima de la seta mirándole
fijamente. Tricio ni pestañeó para no asustar al duendecillo. Desde su
asiento Tricio dijo: –¡Hola! ¿Qué haces ahí solo? ¿No tienes amigos?
¿Cómo te llamas?

Al acabar de decir esto, Tricio casi no había ni pestañeado cuando


al volver a mirar a la seta el duende había desaparecido. Miró por todas
partes y al volver a su improvisado asiento oyó un vocecilla que provenía
de la roca que estaba al lado de la suya: –Me llamo Atepo y soy huérfano y

51
como soy muy feo no tengo amigos y ninguna familia de Galtzagorris me
quiere adoptar, por eso estaba encima de esa seta sentado pensando en
qué hacer con mi vida.

Tricio comenzó a explicarle lo que estaba haciendo y el duende le


escuchaba detenidamente y le hacía preguntas. A mitad de conversación
Beltza, que parecía que entendía las explicaciones de Tricio, se acercó y se
sentó junto a la piedra donde estaba el duende. El duende, en un abrir y
cerrar de ojos, se subió a la cabeza de Beltza, que ni se inmutó, y allí
tumbado entre las orejas de Beltza siguió escuchando las historias de
Tricio. Tricio al acabar de relatar lo que había hecho durante los más de
diez días que llevaba de marcha le preguntó al duende: –¿Cómo te llamas?

El duende le respondió con cara muy triste: –Me llamo Atepo.

Tricio al ver al duende tan triste y sin saber que hacer le preguntó:
–¿Te vendrías conmigo, Beltza y Zurita, que es mí caballo, para ayudarme
a pasar las pruebas que restan?

Atepo no se lo pensó dos veces e inmediatamente respondió: –¡Por


supuesto! ¡Claro que sí! Creía que no me lo ibas a pedir tío. Lo que me
acabas de contar es lo que he estado soñando hacer todos estos años y
mira que soy viejo. A ver Tricio, ¿cuántos años me echas?

Tricio se quedó pensativo y perplejo por la pregunta, y mirándole


fijamente dijo: –No te echo más de veinte años.

El Duende comenzó a reírse. Tricio no sabía porque. Cuando el


duende paró de reírse, Tricio le preguntó, un poco estupefacto por la
reacción de Atepo: –¿qué te ha hecho tanta gracia?

El duende ya más calmado y serio dijo: –Tengo 150 años. Los


Galtzagorris vivimos tantos años como una tortuga, unos 300.

Tricio no podía creer lo que Atepo le decía. Pero Atepo para que
Tricio se lo creyera le llevó al poblado de los Galtzagorris, poblado que por

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otra parte ningún humano había visto jamás. Los tres, dirigidos por Atepo,
que iba tumbado en la cabeza de Beltza, se metieron en el bosque y al
llegar a una campa Atepo dijo: –Este es el poblado de los duendes.

Tricio miraba y miraba, y por más que miraba no veía ningún


Galtzagorri porque todos ellos se habían escondido de los intrusos. Atepo,
entonces, dio un silbido y todos ellos salieron de sus diminutas casas para
que Atepo les presentara a sus dos nuevos amigos y para decirles que se
iba con Tricio a vivir a Sestao. En aquel poblado de Galtzagorris había más
de doscientos duendes, entre niños, mujeres y hombres de todas las
edades. Los más viejos tenían una barba muy larga y blanca.

Todos los duendes se acercaron a Tricio, los más jóvenes no


paraban de subirse al lomo de Beltza, que al ver a aquellos seres
diminutos jugar entre su tupida melena, de vez en cuando, daba algún
gruñido que otro. Y así fue como Tricio regresó a Zaldibar con otro
acompañante más.

Al llegar a la iglesia lo primero que hizo Tricio fue ir a ver a su amigo


Zurita que estaba muy aburrido y triste porque le habían dejado solo en el
establo. Pero en cuanto les vio comenzó a relinchar y a saltar de alegría y
el enfado que tenía se le pasó en un abrir y cerrar de ojos. El cura al oír
tanto jolgorio en el establo se acercó a ver qué pasaba. Tricio al verle, con
una gran sonrisa, dijo –Mire don Matías, hemos venido con un nuevo
amigo.

Pero el cura, que estaba un poco cegato, por más que miraba solo
veía a Tricio, a la loba y a Zurita. Confuso se dirigió a Tricio y le dijo: –Yo
solo veo a los animales y a ti. ¿Quién es el nuevo amigo?

Nada más decir esto el cura oyó una voz muy cándida que decía: –
Estoy aquí, detrás suyo, en la cabeza de Zurita.

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El cura se giró y allí entre las orejas de Zurita vio al duende y dijo: –
Ya te dije que había duendes por aquí, pero, puestos a escoger, te podías
haber traído uno más guapo que este.

Atepo frunció el ceño y cruzó los brazos enfurruñado. Tricio al ver


que Atepo se había enfadado por lo que había dicho el cura dijo: –Bueno
tampoco es tan feo para la edad que tiene, además, es el más alto y el más
listo de todos los que había en el poblado de los Galtzagorris.

Atepo al oír esto comenzó a sonreír y salió de la oreja derecha de


Zurita mirando a don Matías con los brazos cruzados, como diciendo: –
Aquí estoy yo.

Y como Tricio había completado la Quinta Prueba, don Matías le


estampó el sello parroquial de cera en el pergamino. Tricio metió el
pergamino en el zurrón con el resto de pergaminos y todos se fueron a
dormir para salir temprano con energía renovada hacia su siguiente
prueba que debía hacerla en Atxondo.

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Capítulo IX

6ª Prueba: Aker (Atxondo)

De camino a Atxondo pasaron


por innumerables pueblecitos y aldeas
como Elorrio.

Al entrar en la zona amurallada


de Elorrio todo el mundo miraba
ensimismado a los cuatro del
apocalipsis, sobre todo a Atepo, que
no paraba de hacer piruetas en la cabeza de Zurita. Por otro lado Beltza,
que ya estaba recuperada del todo, seguía con Tricio, y aunque el chaval
había intentado varias veces dejarla en el bosque para que se uniera a
otros lobos, ella no se separaba de él ni un momento, siguiéndole a todos
lados. Ante esta expectación que despertaban los cuatro, Tricio incluso
pensó en pararse y pasar un gorro para que la gente le echase algunos
maravedíes, pero se lo pensó dos veces antes de tentar a la suerte y siguió
camino hacia Atxondo con el fin de llegar a media tarde y así poder hablar
con el Señor de Marzana.

A las tres de la tarde el calor era tan sofocante y agobiante que


ante las insistentes quejas de Atepo y las miradas desaprobatorias de
Beltza y Zurita, que también querían descansar, decidió parar a la sombra
de un pinar por donde transcurría un arroyo. Beltza se metió en el agua y
no quería salir. Atepo intentaba inútilmente pescar alguna trucha para
poder cenar. Tricio se tumbó a la sombra mirando como los demás
disfrutaban del agua fresca que bajaba de los montes de la zona. Al cabo
de un rato, viendo que las truchas eran más listas que Atepo y que se iban
a quedar sin cena se acercó al zurrón y sacó una red a la que le puso un
junco en forma de aro para hacer un butrón. Comenzó a poner piedras a
ambos lados del cauce del rio para estrecharlo, dejando un pasillo angosto
donde colocar el butrón. Cortó una rama de un árbol y se alejó del butrón
unos cincuenta metros. Llamó a Zurita, Atepo y a Beltza para ir rio abajo

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haciendo ruido y golpeando con la rama en el agua con el fin de ahuyentar
a las truchas que nadaban por la corriente hacía el butrón que Tricio había
colocado. Al llegar al butrón todos vieron la recompensa que había dentro
del butrón, habían capturado más de quince truchas para comérselas
antes de entrar en Atxondo donde les esperaba el Señor de la Torre del
lugar.

Ya descansados y con la barriga llena comenzaron a caminar las


casi tres millas de distancia que había hasta Atxondo. Por el camino, al
coronar un cerro vieron como una familia entera cortaba hierba con
guadañas y la amontonaban en grandes pilas. Desde esa pequeña colina
se veía el Valle de Atxondo y, por supuesto, la Torre de Marzana que
estaba situada en un alto, lugar estratégico desde donde se controlaba el
entorno y se alertaba a la pequeña población de cualquier ataque
enemigo. A paso lento se fueron acercando a las puertas de entrada de la
torre. Los soldados que estaban haciendo guardia le echaron el alto y le
preguntaron: –¿Quién eres?

Tricio le comentó que debía ver al Señor de Marzana porque tenía


qué entregarle un pergamino en nombre del Señor de la Torre de Sesto.
Los soldados le dijeron que tenía que esperar allí con el pequeño ejército
que acompañaba mientras uno de ellos desaparecía y subía las escaleras
de acceso a la torre. Unos minutos después, el soldado volvió y le dijo a
Tricio que le siguiera hasta un establo donde debían esperar los animales y
el duende. También le dijo que el camastro que había en un altillo era para
que Tricio pasara allí la noche. Dejó los animales a cargo de Atepo y con el
pergamino en la mano se dirigió a ver al Señor que le estaba esperando en
la Sala de Audiencias. Como de costumbre, se acercó a unos metros de
distancia y permaneció firme esperando a que el Señor de Marzana se
dirigiera a él diciendo: –Hola Tricio, me han comentado mis soldados que
vienes haciendo las duras pruebas del Condado de Sestao y que tienes un
pergamino que te tengo que leer.

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Tricio primero asentó con la cabeza y después contestó: –Sí señor,
aquí lo tiene, es de mi señor de Sestao, al que usted conoce bien.

El Señor de Marzana le hizo un gesto con la mano para que se


acercara y le entregara el pergamino. Tricio dio tres pasos y se lo entregó,
volviendo a su sitio a esperar a que se lo leyera, cosa que el Señor de
Marzana hizo sin dilación: –Vamos a ver que nos dice mi amigo el Conde:

“Hola Joxe,

El que tienes delante es Tricio, como ya sabrás a estas alturas,


uno de mis mejores vasallos porque habrá derrotado a cinco
monstruos de los muchos que hay en Bizkaia atemorizando a nuestro
pueblo día tras día. Como sé que en esa zona tenéis a Aker, el Macho
Cabrío alado, al que las brujas veneran en el Akelarre bebiendo la
sangre de los niños de Bizkaia y que controla a todos los animales que
están a menos de una milla de él y que está aliado con el Diablo y que
por las noches sobrevuela el Valle de Atxondo cuando se dirige al
dolmen de Sorginetxe que se encuentra en Arrizala, Álava, a ver a su
novia la bruja Edurne, le pido a Tricio, que si tiene la valentía de
hacerlo, le corte a Aker la perilla que tiene porque es en la perilla
donde residen todos sus poderes.

Ya sé que es una empresa arriesgada y peligrosa como todas


las que Tricio ha hecho hasta ahora. Otros muchos antes que él lo ha
intentado y han muerto por el camino, pero si Tricio sale airoso de esta
prueba habrá hecho un gran favor al pueblo de Vizcaya porque Aker se
quedará sin esos poderes mágicos y malignos durante mil años.

Por lo tanto si Tricio está dispuesto a realizar dicha prueba se


tiene que comprometer ahora delante de ti Joxe, el Señor de
Marzana”.

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Sin pensárselo ni un solo instante Tricio dijo: –Por supuesto que
voy a hacer esta prueba”, y añadió: –¿Dónde puedo encontrar a Aker?

El Señor de Marzana le dijo que Aker se refugiaba por las laderas


del monte Urkiola y que tuviera mucho cuidado.

El pequeño ejército encabezado por Tricio Egia de Sestao se


despertó temprano con el canto del gallo y con los aullidos de Beltza que
ya estaba totalmente
recuperada y quería subir al
monte porque la noche anterior
había oído los aullidos de los
feroces lobos que poblaban el
monte Anboto y los bosques de
Urkiola. La mañana era gris. El
sirimiri caía lentamente, empapando poco a poco las campas y formando
charcos a lo largo de los senderos que se dirigían a Urkiola. La niebla
escondía los bosques y los montes que circundaban la aldea. Antes de
partir hacia su misión todos ellos comieron algo para que el paseo hasta el
alto de Urkiola no fuera tan penoso. Al llegar a la pequeña gruta de
Urkiola que dominaba los senderos que se dirigían al territorio de Aker,
Beltza comenzó a mostrarse nerviosa mirando hacia el bosque, los pelos
del lomo se le pusieron en punta y comenzó a enseñar sus largos y
poderosos colmillos. Zurita también comenzó a dar pequeños saltos y a
relinchar. Tricio lo calmó y Atepo metido en la oreja derecha de Zurita no
paraba de decir: –Uy, esto no me gusta nada de nada”.

Tricio enseguida intuyó que había algo o alguien escondido en el


denso forraje del bosque. Creyó que podía tratarse de Aker por lo que
desenfundó la espada para así poder hacerle frente si era atacado. Beltza
con todos los pelos del lomo erizado dio unos pasos al frente gruñendo y
sacando los dientes, en esto que salió un lobo grande y negro que parecía
el hermano de Beltza, los dos animales se enzarzaron en una pelea a
muerte. El lobo era bastante más grande que Beltza pero Beltza le hacía

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frente con mucha bravura pero Tricio sabía que el gran lobo, que
posiblemente era el lobo que tenía atemorizado a la población de
Otxandio, iba a destrozar a Beltza si en no hacía nada. Sin pensárselo se
subió a lomos de Zurita y diciéndole a Atepo que lanzara cualquier objeto
contundente que tuviera a mano al lobo con el fin de ahuyentarlo y
distraerlo cargó contra el animal. El lobo al ver que le llovían piedras,
trozos de madera y que un caballo enfurecido venía hacía él como echó a
correr monte arriba y desapareció en la inmensidad del bosque de Urkiola.
Tricio desmontó y fue hacia Beltza a ver si estaba mal herida. Fue la
primera vez que Beltza estando sana se dejaba tocar e inspeccionar por
Tricio y Atepo a quienes les daba unos lametones en señal de
agradecimiento, aunque cada vez que lamía a Atepo le dejaba empapado
de saliva. Tricio vio que Beltza solamente tenía algún rasguño sin
importancia por lo que decidió seguir buscando a Aker.

Subiendo por las empinadas laderas de Urkiola vieron a un pastor


con su rebaño de ovejas y Tricio se acercó a preguntarle por Aker: –Hola–,
dijo Tricio, y acto seguido añadió: –Le quería preguntar si sabe donde suele
cobijarse Aker estos días de lluvia.

El pastor, medio en euskara y en castellano, respondió: – Los días


de lluvia suele quedarse en Álava y suele bajar cuando cesa el sirimiri– y
mirando al cielo pronosticó, –creo que esta noche volverá volando de
Álava porque mañana no va a llover. Sí queréis verle mañana, bajad a la
cueva que habéis visto en Urkiola, pero tened mucho cuidado con él es una
mala bestia.

Tricio bajó con los demás hasta una cabaña de leñadores que había
visto cuando subían por las laderas del monte Urkiola para pasar la noche.
A medida que la oscuridad se apoderaba del bosque más y más estrellas
se veían en el cielo. Al caer el negro manto de la noche Tricio vio como el
cielo estaba estrellado y que el pastor de Urkiola iba a tener razón y allí
mirando al cielo se percató que algo pasaba volando hacia la gruta que
habían visto por la mañana. Enseguida supo que se trataba de Aker.

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Llamó a Atepo que estaba jugando con Beltza, y le dijo: –Atepo,
cuento contigo para sujetar Aker porque eres el único que puede acercarse
a él lo bastante rápido para atarle una cuerda por los cuernos y otra por
las patas de atrás y atar uno de los cabos a la roca que hay en la entrada
de la cueva y el otro a la silla de Zurita para mantenerle inmóvil y poder
cortarle las barbas, porque si lo hago yo, lo más seguro es que me dé un
cornada que me mande hasta Atxondo.

Atepo con una sonrisa malévola dijo: –Eso está hecho jefe. Ese
carnero no se va a enterar de lo que le ha pasado hasta que se vea atado y
bien atado.

A primera hora de la mañana todos ellos estaban en la entrada de


la gruta mirando a aquel descomunal carnero alado que roncaba como un
elefante. Atepo sin hacer ruido cogió la cuerda que le había dado Tricio,
una de esas que se fabricaban en Sestao para amarrar los buques veleros
que llegaban a la Benedicta a descargar víveres y ganado, y en un plis-plas
ató las dos cuerdas como le había indicado Tricio. Aker cuando se dio
cuenta de que estaba atado e inmóvil era ya tarde. Él quería arremeter
contra Tricio que estaba en frente de él diciéndole: –Aker no te voy a
matar, solamente te voy a cortar la perilla en la que radica todo tu poder.
Y sin más preámbulo sacó un cuchillo muy afilado y le cortó las barbas
para llevárselas al Señor de Marzana. En ese momento Aker se convirtió
en un carnero normal. Al desatarle echó a correr a lo más profundo del
monte Urkiola y no se le volvió a ver nunca más, aunque la leyenda dice
que volverá a recuperar todos sus poderes dentro de unos mil años, por lo
tanto para el año 2030 se le volverá ver sobrevolar el valle del
duranguesado y volverá a acechar a la población de Bizkaia y volverá a
organizar akelarres con las brujas de la comarca para venerar al diablo.
Pero Tricio y los demás estaban contentos porque por lo menos la gente
viviría sin temer a Aker por unos mil años.

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Capítulo X

7ª Prueba: Artabi, Mikelats, Sugaar y Mari (Ubidea)

A las tres de la tarde


Tricio entraba por la puerta
principal de las murallas de
Durango.

Por el camino de
Durango se tropezó con muchos
soldados que iban y venían de
Plasencia de las Armas porque
los dos señores estaban batallando por unas tierras que decían que les
pertenecían. Tricio, ante aquel vaivén de soldados y creyendo que el Señor
de Tabira no estaría de humor para recibirle, decidió que la mejor opción
era dirigirse a la iglesia de Santa María para presentarse al párroco para
que le leyera el pergamino correspondiente a la 7ª Prueba. Y así lo hizo
seguido de la chavalería que se arremolinaba para ver a los cuatro, sobre
todo a Beltza y a Atepo, que sin que los chavales se dieran cuenta trepaba
hasta sus cabezas y jugueteaba con ellos.

Al llegar al pórtico de la iglesia, dejó a Zurita y a Beltza atados a la


sombra de un gran nogal, encargándole a Atepo que les cuidara y
mantuviera a los chavales, que ya eran un montón, a una distancia de
seguridad prudencial de Beltza que les gruñía y se lanzaba a morderlos.
Tricio con paso firme cruzó la nave central de la iglesia y al llegar al altar se
arrodilló y se hizo la Señal de la Cruz y se dirigió a la sacristía con el fin de
presentarse al cura cuyo nombre era Rafael y que estaba más sordo que
una tapia. Tricio dio unos golpes con los nudillos en la puerta de roble
pero nadie respondió. Volvió a dar otro golpecito pero más de lo mismo,
no hubo respuesta. Ante este dilema agarró el picaporte y abrió la puerta
y allí estaba don Rafael colocando las prendas de misa en un armario. Al
ver a Tricio sudoroso y con la cara sucia de polvo se asustó un poco, pero
Tricio le calmó enseguida poniéndole al día del porqué de su visita, pero

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don Rafael cada vez que Tricio le decía algo, él solo decía: –Éh, ¿qué has
dicho?

Tricio se percató de que don Rafael no oía nada y por tal razón
levantaba aún más la voz que resonaba por toda la iglesia, pero el cura
seguía sin enterarse de nada. Pasado un rato, de mucho esfuerzo por
hacerse entender, una feligresa de alcurnia que estaba rezando cerca del
altar al ver que Tricio se estaba desgañitando y de que sus esfuerzos por
hacerse entender eran inútiles y de repetirle a don Rafael que le tenía que
leer el pergamino porque él no sabía leer, una feligresa de alta alcurnia se
acercó para leerle el susodicho pergamino. Tricio aliviado por la ayuda de
la atenta dama le entregó el manuscrito para que se lo leyera.

“Estimado Señor de Tabira:

Ante usted se encuentra Tricio Egia de Sestao, futuro


caballero de la corte del Señor de la Torre de Sesto y de nuestro Señor
el Rey de Castilla, para que le lea el pergamino que le haya entregado,
con el fin de que se dirija al monte Anboto para que hable con la bruja
Mari quien me pidió a mí, el Señor del Condado de Sestao, a través de
su tía, la bruja de Sestao, Abarne, que vive en las cuevas de la zona de
El Sol de este pueblo, para que le ayude con uno de sus hijos,
concretamente con Mikelats, que se ha vuelto malo y despiadado, por
lo que Mari, la bruja que vive en una cueva del monte Anboto, que
tiene pies de loba y que es la diosa y la dueña de la tierra y que es
buena con la gente de bien y que tanto ha ayudado a este Condado y
a otros, pero que es malvada con la gente mala y que la leyenda dice
que si algún miembro de su familia es malo y hace daño a la gente de
buena fe ninguno de ellos podrá volar en las escobas mágicas que
tienen convirtiéndose en grandes bolas de fuego para que todo el
mundo los

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mundo les vea y que envejecerán cuatro veces más rápidamente que
la gente normal y que al estar todos juntos, por no poder volar,
producirán grandes tormentas que ocasionarán inundaciones que
arrasarán nuestros campos y matarán a la gente, lo cual es malo
para los caseríos y las ciudades. Y para que conste de que Tricio
Egia de Sestao ha pasado la prueba le pedirá a la bruja Mari, su
marido y sus dos hijos que firmen el pergamino quemándolo con sus
pulgares para que dejen en él sus huellas dactilares, como prueba
fehaciente de que ha llevado a buen puerto las negociaciones
encomendadas”.

Al finalizar la señora la lectura del pergamino número 7, tanto


Tricio como la dama se dieron cuenta de que don Rafael no estaba con
ellos porque estaba en el altar buscando algo en un cajón. Los dos miraron
fijamente para ver que había sacado don Rafael del cajón y vieron que era
una especie de trompetilla hecha de madera que, al reunirse de nuevo con
ellos, se la colocó en la oreja derecha y le preguntó a la señora: –¿Qué le
ha leído a este chaval?

La dama se despidió de los dos hombres y le dijo a Tricio: –Te dejo


en buenas manos”, y sin más salió de la iglesia de Santa María.

Tricio le contó, de nuevo, toda la historia, aunque esta vez ya no


tuvo que gritar. Al acabar el resumen de su prueba el cura le dijo: –Vale, te
haré un mapa para que puedas encontrar la cueva donde Mari vive con su
marido y su hijo Atarrabi.

Don Rafael se sentó en una gran mesa de madera y dibujó un plano


muy detallado del camino que debía tomar y de los acantilados que debía
cruzar para llegar a la cueva de Mari y se lo entregó a Tricio diciendo: –Si
yo fuera tú, llevaría a la loba porque Mari es medio loba y si ve que vas
acompañado de un lobo te dejará entrar en su cueva sin lanzarte rayos ni
causar tormentas, porque cada vez que algún humano se acerca a menos

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de una legua de distancia de su cueva se enfada y provoca unas horribles
tormentas que duran tres días y que las padecemos por todo Bizkaia.

Tricio hizo caso de los consejos de don Rafael y se dirigió hasta el


monte Anboto. Subió hasta Ibarra y allí dejo a Atepo a cargo de Zurita. Él
siguió subiendo con Beltza otros seiscientos metros hasta que vio la
entrada de la cueva de Mari, que era inconfundible porque había una hoz
y muchos pimientos rojos colgados en la entrada de la cueva para
ahuyentar al maligno. Ya estaba casi a los pies de la cueva cuando Tricio
oyó la voz de la bruja decirle: –¿Quiénes sois? ¿Cómo osáis subir hasta
aquí? ¿Quién os envía?

Tricio cagado de miedo respondió: –Soy Tricio Egia de Sestao,


enviado por el Conde de Sestao para hablar con usted”.

Mari, desde la oscuridad, añadió: –Te estábamos esperando. Veo


que vienes acompañado de una loba negra. Pasad y bebed algo de agua
que debéis estar cansados y sedientos”.

Ya estaba oscureciendo cuando Tricio se adentró en la siniestra


cueva del monte Anboto. Al traspasar la entrada, vio como Mari encendía
un candil para verse las caras. La bruja estaba sentada en una piedra y su
marido Sugaar estaba sentado con su hijo Atarrabi en una zona donde la
luz del candil casi no llegaba, a pesar de todo Tricio pudo ver como el
cuerpo de Sugaar unas veces estaba cubierto con la piel de una serpiente
y otras se volvía hombre. Tricio estaba muy asustado, y aunque sabía que
se trataba de una familia de brujos que no se metían con nadie, a no ser
de qué se sintieran atacados o en peligro.

Beltza se acercó a Mari y se sentó junto a ella. La bruja la acariciaba


mientras la daba un cuenco de agua, lo cual Beltza agradeció dándole
unos lametazos a Mari en las manos. Al ver esta entrañable estampa Tricio
se calmó y le preguntó a Mari: –¿Qué puedo hacer por vosotros?

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Al levantarse Mari para acercarse a Tricio, este pudo comprobar
que era una mujer alta y guapa.

–Mira, nuestro hijo Mikelats se ha vuelto loco y no hace más que


meterse con la gente del Valle de Urango, y por eso la gente del valle, con
quien por muchos siglos hemos coexistido amigablemente sin que nada
malo haya sucedido, está contra nosotros. Además, hay un hechizo que
recae sobre nuestras cabezas que dice, “que si algún miembro de nuestra
familia se mete con la gente buena envejeceremos mucho más rápido
que los humanos y mi marido y mis hijos no podrán transformarse en
hombre o serpiente para pasar desapercibidos en la ciudad y en el
bosque, y lo peor de todo es que no podremos volar en nuestras escobas
mágicas al anochecer”. Creemos que tu, que tienes la misma edad que
Mikelats, puedes hablar con él y hacerle entrar en razón para que no se
meta con la gente buena del valle y vuelva al monte Anboto, porque ahora
está viviendo en la cueva Mairuelegorreta, que está en el monte Gorbeia,
con Zenzengorri que es nuestro toro y a quien ha convencido para que le
defienda y no deje entrar a nadie en la cueva. Zenzengorri es inofensivo si
le quitas el badajo de madera de la campanilla que lleva colgando.

Por favor habla con él y hazle venir. ¡Ah! Lleva a la loba contigo
porque a él le encantan los lobos también y en cuanto la vea se hará
amigo tuyo.

Ante este gran reto Tricio dijo: –Vale, haré todo lo que pueda.
Mañana por la mañana me pongo en camino hacia el Gorbeia a ver si le
puedo convencer y no me hace nada.

Sugaar salió de entre las tinieblas con cuerpo de hombre y cabeza


de serpiente y le dijo a Tricio; –A oscuras es peligroso bajar por esos
peñascos, si quieres puedes pasar la noche aquí con nosotros.

Tricio que estaba cagado de miedo respondió: –Prefiero bajar


porque he dejado a mi caballo y a un amigo en Ibarra y me están
esperando.

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Bajó hasta Ibarra siguiendo los pasos de Beltza para no despeñarse,
y después de una hora de trayecto vio la luz de la hoguera que Atepo
había encendido para guiarle a través de los peñascos y para tener listo el
potaje que había cocinado para cenar. Cuando Tricio llegó al campamento
base le agradeció a Atepo la ayuda prestada y le comentó lo que le había
pedido Mari que hiciera.

Desde el monte Anboto, los cuatro se dirigieron a Ubidea para


subir más fácilmente al monte Gorbeia. Acamparon al borde del rio
Zubizabala, en un paraje llamado San Juan, para al día siguiente acercarse
a la cueva de Mikelats. La misión no era fácil, y Tricio y Atepo, caminando
en silencio monte arriba, pensaban en la estrategia que debían utilizar
para conectar con el joven brujo que no les recibiría con los brazos
abiertos. Zurita se paraba a comer los sabrosos pastos de las laderas del
monte Gorbeia. Beltza, de vez en cuando, desaparecía en el impenetrable
bosque compuesto de hayas, marojos, castaños y robles que se extendía
por todo el valle y por las laderas de la mítica montaña con el fin de
detectar algún enemigo que estuviera al acecho para atacar a la pequeña
expedición. A medio camino se toparon con Ricardo Iturrioz que estaba
sentado sobre un gran haya que había sido derribado por uno de los
relámpagos que Mikelats lanzaba contra cualquier intruso que quisiera
pasar entre aquellos impresionantes riscos daban la bienvenida a los que
se dirigían a la cima del monte Gorbeia. Ricardo, al verles subiendo monte
arriba les saludó y dijo unas cuantas frases en euskara. Tricio se quedó
mirando fijamente a Atepo para que le tradujera. Atepo entendió el
mensaje y tradujo lo que Ricardo había dicho: –Nos da los buenos días y
dice que no pasemos de este punto o Mikelats nos va a dejar como a este
haya, fulminados y que si queremos hablar con él, mejor que vaya yo,
porque no quiere ningún trato con humanos.

Tras decir esto Ricardo metió el queso y el pan que estaba


comiendo en el zurrón y siguió caminando monte abajo, hacia Ubidea.

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Tricio y Atepo se sentaron en el tronco del haya y comenzaron a
hablar para definir la estrategia que iban a utilizar. En mitad de la
conversación oyeron un mugido que provenía de Zenzengorri que estaba
encaramado a una roca y mirándoles con ojos de pocos amigos y con
ganas de embestir a los cuatro. Atepo se levantó y en un abrir y cerrar de
ojos salió corriendo como alma que lleva el diablo y en un tris tras se
encaramó sobre la cabeza de Zenzengorri y le quitó el badajo que era más
grande que él. En ese momento el toro se quedó sin su fuerza mágica y
desapareció trotando ladera abajo, dejando a los cuatro el camino libre
hasta la cueva de Mairuelegorreta.

Atepo continuó solo


andando monte arriba seguido de
los demás a una distancia
prudencial para que Mikelats
no les pudiera ver. Llegó a la
entrada de la cueva y al final vio
una gran bola de fuego que le preguntó: –¿Quién eres y por qué te has
atrevido a venir hasta aquí?”

Atepo hasta ese momento nunca había sabido lo que era tener
miedo, pero cuando oyó aquella voz de ultratumba casi se caga por las
patas abajo. Oculto tras una pequeña roca respondió con voz
entrecortada: –Vengo con un amigo que quiere hablar contigo en nombre
de tus padres y hermano. El viene de un pueblo que está muy lejos de aquí
que se llama Sestao y quiere decirte lo que tus padres y hermanos le han
encargado que te transmita. ¡Ah! Venimos con una loba que te quiere
conocer”.

Mikelats estuvo un rato largo sin decir nada, lo cual era bueno
porque al menos se lo estaba pensando. Atepo miraba por encima de la
piedra pero solo veía como la bola de fuego cambiaba de forma, unas
veces era grande y otras pequeña. Pasaron más de diez minutos cuando
Atepo oyó de nuevo aquella voz infernal decir: –Vale, que venga ese chico

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de Sestao con la loba y los demás. Prometo no hacerles nada si me
devolvéis el badajo del cascabel de mi toro que el pobre está muy apenado
porque ya no tiene la fuerza que tenía antes.

Atepo salió de detrás de la roca y dejó en el suelo el badajo que le


había quitado a Zenzengorri. Salió de la cueva y silbó a Tricio que estaba
oculto detrás de un peñasco por si Mikelats le lanzaba uno de sus rayos.
Tricio al oír la señal se acercó con Beltza y Zurita hasta la entrada de la
cueva. Al mirar al interior de la cueva él también vio la inmensa bola de
fuego que era tan potente que deslumbraba. Poniéndose la mano derecha
sobre su frente con el propósito de ver algo comenzó a hablar: –Soy Tricio
Egia de Sestao y vengo en nombre de tus padres y hermano a decirte que
desistas de comportarte tan mal con la población de esta zona de Bizkaia y
Álava porque si continuas con esa actitud tan malvada, la profecía que cae
sobre tu familia continuará hasta que todos vosotros muráis envejeciendo
rápidamente. Por lo tanto, deberías dejar de meterte con la gente buena y
comportarte como es debido y regresar con tu familia que te espera en el
monte Anboto.

Al acabar Tricio de decir esto se oyó un rugido y algunos rayos


pequeños impactaron contra las paredes de la cueva cayendo piedras por
todos lados. El silencio reinante se acabó cuando se oyó otra vez la voz de
Mikelats, esta vez ya sonaba más humana, decir: Vale, esta noche me voy
volando con mis padres y me comportaré como debo porque no quiero que
mi familia se muera.

Y salió de la oscuridad en forma humana para dar de comer a


Beltza y jugar con ella más contento que un niño con zapatos nuevos.

Aquel día, a media noche, todo el mundo de Ubidea, Zeanuri y del


Valle de Urango vio como una bola de fuego en forma de toro con alguien
encima volaba desde el monte Gorbeia hacia el monte Anboto dejando
una estela de fuego a su paso.

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Tricio durmió y los demás pasaron la noche en la ermita de San
Juan Bautista donde el cura le selló el pergamino que debía presentar en
Sestao como prueba fehaciente de que había cumplido la prueba con
éxito.

69
Capítulo XI

8ª Prueba: Gentiles (Dima)

Tricio y Atepo desayunaron


un buen cuenco de morokil con leche
para recuperar fuerzas antes de bajar
por el peligroso desfiladero del
Barazar con el fin de cruzar el bonito
Valle de Arratia y llegar a Dima, una
zona llena de brujería y gente
forzuda.

Al llegar a los pies del desfiladero del Barazar pararon en un caserío


de Ipiñaburo para aprovisionarse de comida y darse un chapuzón en el rio
Arratia, cosa que tanto Zurita como Beltza agradecieron, por otra parte
Atepo no quería meterse en el agua por nada del mundo, pero, en una de
estas, cuando estaba distraído buscando setas por la orilla del rio, Tricio le
agarró de una pierna y le tiró al agua para que se lavara un poco porque
ya empezaba a oler mal.

Antes de comer se despidieron de la gente de Zeanuri y cruzaron el


bonito valle de Arratia. Hicieron una parada en Castillo y Elejabeitia para
comer algo y llegar a Dima con energías renovadas, cosa que hicieron al
atardecer. Nada más llegar Tricio se dirigió a la iglesia de San Pedro para
entregarle al cura el pergamino. No tuvo suerte porque el cura había
salido a dar la Extremaunción a un paisano de Elexalde. Esperó con los
demás fuera de la iglesia hasta que el cura de Dima regresó. El cura al ver
a dos forasteros, uno de ellos pequeñito y un tanto extraño, se alegró y
les invitó a pasar a cenar talo con txistorra. Al entrar en la casa cural Tricio
vio que en la cocina colgaban un sinfín de txistorras, tocino y morcillas que
las lugareñas le daban al párroco para que no pasara hambre, además de
leche en abundancia, que el cura guardaba en unos calderos. Después de
comerse un buen talo con txistorra y varias morcillas y beber leche en
cantidad Tricio y Atepo dieron de beber y comer a Beltza y a Zurita que

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tenían bastante hambre y sed. Después de satisfacer las necesidades de
los dos animales volvieron a la casa cural para que el clérigo les leyera el
pergamino número 8 e irse a dormir a la cama que don Pascual les había
preparado.

Tricio sacó dicho pergamino y se lo entregó al cura para que


quitara el sello del Señor de Sestao y lo leyó en voz alta:

“Quién lea este pergamino debe decirle a Tricio que el Señor de


Dima me pidió que le enviara a uno de mis vasallos para que se adentrara
en el bosque y llegue hasta un paraje donde hay un par de chozas ocupadas
por dos familias de Gentiles a los que tendrá que convencer de que labren
un puente en la roca que separa las dos laderas de la subida a las cuevas
de Baltzola con el fin de que corra el agua que proviene del monte y no se
quede estancada y atraiga a los mosquitos, y para que los bueyes que
transportan la madera de roble, dedicada a construir caseríos, puedan
cruzar de una ladera a la otra sin necesidad de hacer el largo trayecto que
deben hacer actualmente.

Por otro lado, los Gentiles son seres muy peludos y grandes, casi
tan grandes como los Tártalos y están dotados de una fuerza
sobrehumana que la solían utilizar para ayudar a los baserritarras a
acarrear grandes piedras y colocar los pesados pilares y vigas de roble de
nuestros caseríos, pero también son muy cabezotas y esta familia de
Baltzola ha dejado las chozas en las que vivían y se han instalado en las
cuevas de ese barrio y no quieren ayudar a los baserritarras a hacer ese
puente que es tan necesario para el desarrollo y progreso del lugar
aludiendo que si horadan tal puente más gente se instalará en la zona
para cultivar sus verdes praderas y talar los bosques, que según ellos,
les pertenecen.

Por tanto, Tricio debe hablar con los Gentiles para convencerles de
que ayuden a sus vecinos a construir ese puente que es tan necesario”.

71
Atepo, que estuvo escuchando muy atentamente a todo lo que leyó
el cura, dijo: –Convencer a los Gentiles está chupado. Se les puede
convencer sin problemas, si mañana, cuando subamos al barrio de
Baltzola, les llevamos unos boletus los Gentiles dan el brazo a torcer
porque los Gentiles se pirran por estas sabrosísimas setas, por lo que
debemos encontrarlas antes de subir a esas cuevas y obsequiárselas antes
de comenzar a hablar.

Al acabar Atepo el comentario de las setas, el cura añadió: –Estas


dos familias de Gentiles tienen cada una de ellas un hijo, por lo que están
abocados a desaparecer, al no poder tener más descendencia y al ser los
únicos Gentiles existentes en el mundo. El problema que hay entre los
Gentiles y los vecinos de Dima es que los Gentiles no quieren tocar la roca
que obstruye el paso hacia el bosque que hay en las inmediaciones de
dichas cuevas porque dicen que les sirve de estanque; los vecinos, por su
parte, dicen que en verano el agua está putrefacta y es un vivero para los
mosquitos que no traen más que enfermedades a la zona, por tal razón
quieren que alguien como tu les haga entrar en razón y que permitan y
ayuden a los vecinos a construir el puente de la discordia.

-------

Los cuatro se despertaron con la luz del alba y se apresuraron para


comenzar a subir por el camino de Indusi que les llevaría hasta el paraje
de Baltzola donde comenzarían a buscar boletus antes de subir a las
cuevas de los Gentiles.

El camino de Indusi, que conectaba Dima con Otxandiano, era


sumamente peligroso porque cobijaba salteadores de caminos y cuatreros
que robaban a los viajeros que subían hacia Otxandiano o Vitoria o
bajaban a Bilbao. Por tal motivo, los cuatros, sobre todo Tricio y Atepo,
iban con los ojos bien abiertos y en silencio con el fin de observar u oír
cualquier cosa extraña que les pudiera alertar. Pero los bandidos son muy
astutos y en una de las muchas curvas que había en el camino cuatro

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bandidos salieron de debajo de unas ramas diciendo: –Vaya, vaya. ¿Qué
tenemos aquí? Un chaval, un perro y un buen caballo que nos va a venir
muy bien para cometer nuestras fechorías. Venga, danos todo lo que lleves
encima de valor, además del caballo.

Los bandidos no se habían percatado del cuarto componente, que


era Atepo, quien ya estaba subido en una loma rodeado de grandes
piedras para lanzárselas a los salteadores a modo de proyectiles. Cuando
los cuatreros dejaron de hablar, Atepo a grito pelado dijo: –¡Eh! Si, si tu, el
listillo ¿A quién dices que vas a robar?

Y acto seguido le lanzó una gran piedra que pasó rozando la cabeza
del líder de los salteadores.

Los cuatro ladrones dieron varios pasos atrás al ver como Tricio
desenfundaba su espada y como Beltza comenzaba a mostrar sus largos
colmillos y Zurita se ponía sobre sus patas traseras para comenzar a dar
patadas y coces a los intrusos a diestro y siniestro.

Al ver a los cuatro tan enfurecidos, los cuatreros echaron a correr


por donde vinieron, desapareciendo en la inmensidad del bosque. Tricio,
con su corto, pero aguerrido ejército, continuó la marcha hasta las
inmediaciones de las cuevas de Baltzola para parlamentar con las dos
familias de Gentiles. Atepo se adentró en el bosque en busca de las setas
que tanto les gustaba a los Gentiles.

Al subir por la loma derecha Tricio pasó por una pequeña cueva
horadada en la roca y al mirar a las piedras vio que había puntas de lanzas
de la época prehistórica. Desmontó y cogió un par de ellas para
mostrárselas al Señor de Sesto. A su izquierda también pudo ver la roca de
la discordia, con el estanque medio vacío y putrefacto. Siguieron el
camino, y unos cientos de metros más arriba vieron las cuevas. Pararon a
esperar a Atepo quien se reunió con ellos acarreando un saco lleno de
boletus.

73
Al ver que salía humo de la cueva
más grande, y suponiendo que se
trataba de las dos familias de Gentiles
que estaban asando algo, descendieron
la colina, y no se equivocaron porque allí
estaban los seis Gentiles asando algunas
de las papas que habían cosechado y
comiendo los sabrosos tomates de esta
zona de Bizkaia. Al acercarse al grupo de
Gentiles lo primero que notó Tricio es
que apestaban. Por lo que Tricio le dijo a
Atepo: –Huelen como tú, mal. Estos
tampoco se bañan muy a menudo.

Atepo, oliéndose a sí mismo, no dijeron nada. Al entrar Tricio llevó


la voz cantante y saludó efusivamente a aquellos gigantones. Las dos
mujeres les invitaron a comer unas papas que Tricio y Atepo aceptaron
para romper el hielo. A cambio de las papas Atepo les entregó la bolsa
llena de boletus, lo cual alegró a los Gentiles muchísimo. Le agradecieron a
Atepo el obsequio diciéndole: –Las prepararemos para cenar más tarde,
gracias.

Tricio al ver que las dos familias estaban muy contentas con las
setas comenzó a hablar: –Vengo para mediar entre vosotros y los vecinos
de Dima. Sé que vosotros no queréis ayudar a los vecinos a hacer el
puente, pero creo que os equivocáis porque debéis dejar estas cuevas y
volver a bajar a vuestras chozas del barrio de Baltzola donde tenéis agua
potable para asearos y cultivar las campas y huertas que tenéis allí.
Además, la historia os recordará porque el puente que construyáis se
llamará el puente de los Gentiles y las generaciones posteriores vendrán
hasta aquí a ver y visitar este lugar mágico.

Al acabar Tricio su explicación, las dos familias comenzaron a


murmurar entre ellos. Al finalizar, el más grande dijo: –Vale, les

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ayudaremos si ellos nos ayudan a nosotros a cultivar el valle dándonos
semillas y nos dejan sus bueyes para labrar la tierra. Nosotros por nuestra
parte les ayudaremos a recoger las cerezas, higos, peras y las manzanas
que utilizan para hacer sidra, siempre que nos den una parte de la cosecha
para nuestro sustento ya que somos vegetarianos.

Tricio quiso responder, pero Atepo se le adelantó diciendo: –Eso


está hecho. Don Pascual nos ha dicho que sois buenas personas y que los
vecinos de Dima os ayudarán en todo lo que necesitéis, pero con una
condición, de que os aséis en el arroyo Indusi porque a decir verdad oléis
muy mal.

Al decir Atepo esto, todos se echaron a reír y el líder les invitó a


pasar la noche con ellos para que comieran los boletus cocinados a la
manera de los Gentiles, que es la que se utiliza hoy en día. Tricio aceptó la
invitación y todos pasaron la noche en las cuevas de Baltzola. Las cuevas
de los últimos Gentiles que poblaron tierras vizcaínas, lugar que
actualmente es visitado por innumerables familias para ver el famoso y
formidable Puente de los Gentiles, además del akelarre, las cuevas de
Baltzola y el lugar donde el padre José Miguel de Barandiaran encontró
objetos prehistóricos durante las varias excavaciones que llevó a cabo en
la zona de Kobalde-Indusi.

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Capítulo XII

9ª Prueba: El Puente del Diablo y Basajaun (Kastrexana y Zalla)


El grupo de Tricio salió de Dima hacia
Zalla con el pergamino sellado por el cura de
aquella localidad una mañana de sirimiri para
enfrentarse a la prueba que les estaba
esperando, la cual no iba a ser fácil. Tricio ya
había pasado con éxito ocho de las once
pruebas para hacerse con el cargo de Jefe de la
Guardia del Conde de Sestao, y él pensaba, y
pensaba bien, que si había podido pasar las
pruebas anteriores, porqué no iba a ser capaz
de pasar las tres que le quedaban contando con
la inestimable ayuda de Zurita, Beltza, y por
supuesto la de Atepo, que a partir de su
incorporación se convirtió en una pieza indispensable en el equipo de
Tricio para llevar a buen puerto las pruebas restantes.

Tras un día de una larga caminata pasaron por la villa de Bilbao que
estaba abarrotada de mercaderes y de barcos anclados en la ría. Tricio
ante la algarabía que producía su séquito entre las chavalería y entre los
adultos decidió cruzar el único puente que unía las dos orillas, el de San
Antón, y pasar de largo hacía la ermita de Santa Águeda para pernoctar
allí, para salir a la mañana siguiente hacia Zalla donde le esperaba la
novena prueba. Aquella noche la pasó con seis peregrinos franceses que
se dirigían a Santiago de Compostela. La comunicación fue escasa porque
Tricio no hablaba francés y los peregrinos solamente sabían unas pocas
palabras de castellano. Pero con mucho esfuerzo y bastante mímica se
hacían entender.

A las seis de la mañana el ruido de los peregrinos despertó a Tricio


y Atepo. Los peregrinos les dijeron que iban hacia Portugalete con la
fresca de la mañana, antes de que el sol comenzara a pegar fuerte. Tricio y

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Atepo se despidieron cordialmente y el grupo de peregrinos despareció
por el camino de Basatxu.
Como ya estaban despiertos decidieron bajar por la calzada de
piedra hasta Kastrexana para cruzar el Puente del Diablo. Al pasar por
delante de un caserío Tricio se topó con un baserritarra a quien se le había
quedado atascado el carro tirado por dos bueyes en un agujero de barro.
Tricio paró y le ayudó al hombre a sacar el carro con la ayuda de Zurita. El
hombre agradecido les invitó a que
desayunaran leche con un gran trozo de
pan untado con manteca con su familia
que estaba compuesta de una recua de
niños y niñas que ayudaban al hombre a
sacar adelante el caserío familiar. Estando
comiendo aquel sabroso trozo de pan con manteca y un poco de miel
Tricio le preguntó: –¿Por qué se llama el Puente del Diablo?
Eustaquio, con una expresión de felicidad en su cara, dijo: –Es una
larga historia, pero te la voy a resumir para que cuando llegues a Sestao se
la cuentes a tu familia y amigos, y cuando tengas decencia a tus hijos.

“Hace unos pocos años, antes de que se construyera el puente, un


mozalbete hijo de una familia pobre se enamoró de una bella moza que
vivía en la otra orilla del rio Kadagua y que pertenece a una familia
adinerada, y cuya familia no veía con buenos ojos tal relación, por lo que
para poder estar juntos debían cruzar el rio de roca en roca y verse a
escondidas, pero, como ya sabes, aquí llueve mucho durante todo el año y
el rio Kadagua, que es un rio somero, recoge el agua proveniente de los
muchos montes que nos rodean triplicando el caudal en muchas ocasiones
durante el año, por lo que los dos enamorados no podían estar juntos
tanto como querían. Ellos, cuando el rio Kadagua bajaba crecido, se
veían y se hablaban de orilla a orilla. Su amor era puro e intenso por lo
que levantaron muchas envidias y rumores y la gente vil del lugar,
instigada por los padres de la chica que no querían que se casase con un

77
aldeano pobre, comenzó a decir que la chica tenía un amante en
Alonsotegi. Tal rumor llegó a oídos del chaval durante el periodo
invernal, periodo en el que las dos orillas de Kastrexana quedaban
separadas por las crecidas del rio.

Estos rumores hicieron mella en el chaval y al no poder cruzar al


otro lado del rio Kadagua para hablar con ella y aclarar los rumores
decidió irse al frente de Valencia a combatir a los moros para así
regresar con prebendas y dinero que le daría el Rey de Castilla por los
servicios prestados.

El chaval no pudo aclarar los rumores con su amada ni pudo


comunicarla la decisión que había tomado porque durante una semana
había habido muchas tormentas y la lluvia y el viento no cesaban por lo
que cruzar el rio era una gesta imposible.

No se sabe cómo pero la chica se enteró de la decisión de su


amado y por amor decidió aventurarse a cruzar el rio, lo que suponía la
muerte para ella. Bajó hasta la orilla del rio, y mirando hacia la ermita
de Santa Águeda rezó, aunque sabía que sus rezos no servirían de
nada. Cuando estaba a punto de meterse en el agua se le apareció un
hombre alto y delgado, con una perilla negra, que la dijo que él
construiría un puente durante la noche y que lo tendría finalizado antes
de que el gallo cantara para que ella pudiera cruzar y reunirse con su
amado antes de que marchara al amanecer para Valencia, y que si lo
tenía terminado antes de que el gallo cantara, ella debía entregarle su
alma. La chavala desesperada y ciega de amor aceptó la apuesta sin
saber que dicho hombre no era otro que el mismo Diablo.

Estaba a punto de amanecer y de que el gallo cantase y el puente


estaba casi terminado, solamente le quedaba al Diablo una piedra por
colocar. Lucifer cogió la última piedra para colocarla y en ese momento
apareció otro hombre, este con pelo blanco largo y barba del mismo
color, que cuando el Maligno iba a colocar la última piedra puso el
bastón

78
bastón en el hueco donde debía ir tal piedra con el fin de impedir que el
Diablo la pusiera y de retrasar la terminación del puente. Esos minutos
fueron cruciales porque el gallo canto con tanta fuerza que se oyó desde
la ermita de Santa Agueda, por ende el puente no estaba terminado y la
chica había ganado la apuesta al Diablo.

El Diablo, al ver que se el anciano no era otro que San José,


desapareció maldiciendo a la joven.

San José cogió de la mano a la joven y ambos cruzaron el puente


hasta la otra orilla. La chica subió hasta la casa de su amado a quien
convenció de que no fuera a guerrear y de que se casara con ella, lo cual
hicieron, viviendo felices hasta hoy en día.

Por tal razón este puente se llama ´El Puente del Diablo´ o el de
`Los Enamorados´.

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Tricio estaba a punto de cruzar el
Puente del Diablo cuando vio que un
carruaje cargado de vino tirado por dos
mulas comenzaba a cruzarlo lentamente.
La anchura de dicho vehículo casi rozaba
las paredes laterales del ´Puente de los
Enamorados´ que era otro nombre con el
que se conocía al `Puente del Diablo´, por
tal razón Tricio y sus amigos esperaron
pacientemente a que el carro cruzara.
Entretanto la gente se arremolinaba
alrededor de Atepo porque nunca antes
habían visto un duende y querían saber
cómo se llamaba, de donde venía y que
hacía en Kastrexana. Tricio, ajeno a todo
eso, entabló conversación con un paisano
que vivía en un caserío sito en el Camino de Zubilteta, cerca del puente,
quien le preguntó a Tricio: –¿Qué hacéis por aquí? ¿Habéis venido de
peregrinaje hasta la pequeña ermita de Santa Águeda y habéis pasado la
noche allí?”

Tricio asentó con la cabeza y le contó todo lo referente al viaje que


estaba haciendo y que su casa no estaba lejos.

Mientras el carro cruzaba el puente a duras penas, el hombre sacó


unos tomates de las cajas que el hombre llevaba para venderlos en el alto
de Altamira a lomos del burro para ofrecérselos a Tricio y a Atepo
diciendo: –Supongo que no habréis desayunada nada y aunque no es gran
cosa podéis comerlos y quitar el hambre hasta que lleguéis a una posada
donde podáis comer algo con más calorías.

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Tricio y Atepo cogieron los tomates, se comieron uno cada uno, y
otro se lo dieron a Zurita que lo engulló como si fuera un manjar. Al
acabar de comer Tricio le dijo al hombre: –A decir verdad hemos
desayunado bien con Eustaquio y Ana quienes nos han invitado a
desayunar. Además, mientras desayunábamos con toda la familia
Eustaquio nos ha contado la historia de este puente, la cual es muy bonita
e interesante.

Al terminar de decir Tricio estas palabras, el hombre le miró y dijo:


–Pues habéis desayunado con los dos enamorados de la historia del Puente
del Diablo.

El carro ya había cruzado y la gente comenzó a cruzar en masa por


lo que Tricio y Atepo se despidieron del hombre y siguieron andando en
silencio perplejos por lo que habían oído.

Tal silencio duró hasta que entraron en Alonsotegi donde pararon


a beber agua y sentarse en la orilla del rio Kadagua, para posteriormente
cruzar el angosto paso de Arbuio que les llevaría a Sodupe y desde allí a
Zalla.

Continuaron por la calzada romana que los romanos habían


construido siglos atrás para acarrear las mercancías y víveres hasta el
puerto de la ciudad vizcaína amurallada de Flaviobriga (Castro-Urdiales)
que fue fundada por el emperador romano Tito Flavio Vespasiano en el
año 74, vía que les llevaría hasta la pequeña aldea amurallada de
Bolumburo donde debían estar con el Señor de dicha torre para que le
leyera el pergamino de la prueba número nueve.
Y así lo hizo Tricio Egia de Sestao, montado sobre Zurita y seguido
por Atepo que iba a lomos de Beltza. Al acercarse a la casa-torre de
Bolumburo la estampa debía ser tan cómica que los dos soldados que
estaban de guardia se partían de risa.
Tricio al acercarse les increpó de muy mala leche diciendo
seriamente: –¿Qué os hace tanta risa? Pues decirle a vuestro señor el

81
marqués de Bolumburo que Tricio Egia de Sestao, en nombre del Conde de
Sestao y Señor de la Torre de Sesto, quiere verle.
Los dos guardias al oír esto dejaron de reírse al instante y uno de
ellos entró apresuradamente a la casa-torre en busca del jefe de la
guardia.
Bernardo el jefe de la guardia del Señor de la Torre de Bolumburu
no se hizo esperar y salió a hablar con Tricio. El sestaotarra le entregó el
pergamino sellado que llevaba escrito un 9 y le comentó el motivo por el
que había llegado hasta allí. Bernardo se adentró en la casa-torre y Tricio
se quedó mirando a los dos guardias con cara de pocos amigos. Los dos
guardias no levantaban los ojos del suelo por si las moscas.
Después de un cuarto de hora uno de los sirvientes apareció
invitándole a que la siguiera hasta los aposentos del señor. Al entrar a la
sala de audiencias Tricio se percató de que este señor debía tener muchas
ovejas porque delante de él yacían tres ejemplares de pastores vascos y
que estaba emparentado con el Señor de Bizkaia porque en el escudo de
armas que mostraba en la pared que había detrás de él estaba compuesto
por un lobo negro cruzando por delante de un roble de sinople (verde) con
ocho aspas doradas colocadas en una orla roja. El señor de la torre tendría
unos cincuenta años, más bien alto y fuerte, muy fuerte, con una voz
ronca que cada vez que hablaba imponía y amedrentaba a sus lacayos,
aunque a Tricio esto no le intimidaba lo más mínimo, y allí, de pie,
cumpliendo el protocolo, permaneció hasta que el Señor de Bolumburo le
leyó el pergamino que decía así:

“Hola José, Señor de Bolumburo:


Este chavalote que tienes delante es, a estas alturas, mi mejor
soldado, y está ahí para que lleve a cabo el favor que me pediste
relacionado con Basajaun y su esposa Basandre quienes han perdido
uno de sus bueyes por lo que no pueden arar sus empinados prados, lo
cual les ha llevado a tal estado de tristeza que no salen de su caserío, y
no hacen más que llorar. Por tanto ordénale a Tricio que vaya en busca
del buey y que se lo devuelva al Señor y a la Señora del Bosque”.

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Al acabar de leerle el pergamino, el Señor de Bolumburu añadió:
“Tricio debes saber que Basajaun y Basandre no son humanos del todo
porque tienen patas de vaca y como sus bueyes son unos gigantes de más
de dos metros de altura y muy fuertes. Son muy queridos por la gente de
los montes de esta zona de Zalla y Valmaseda porque ayudan a los
pastores avisándoles de las tormentas y ahuyentando a los lobos que en
invierno se internan en nuestros bosques y se comen a muchas ovejas.
Lo peculiar de todo esto es que solamente un lobo puede oler a
tales bueyes, porque nuestros mejores perros son incapaces de olerles por
tal razón no pueden encontrar su rastro. Y al menos que tu tengas un lobo
me da la sensación de que no vas a poder encontrar al buey extraviado …”
Tricio en ese momento interrumpió al Señor de Bolumburo
levantando el índice de la mano derecha para decir: –Perdone que le
interrumpa pero creo que tengo la solución a su problema.
Y dando un silbido apareció Beltza sentándose al lado de Tricio. El
Señor de Bolumburo al ver que se trataba de una loba se subió al sillón y
empuñó su espada creyendo que aquella gran loba le iba a atacar. Los tres
perros le enseñaban los dientes a Beltza. Al ver que todo el mundo tenía

miedo a Beltza, Tricio calmó los ánimos diciendo: –Tranquilo que se trata
de Beltza y a menos que alguien se meta con ella o con nosotros no
atacará a nadie. Además, Beltza encontrará al buey del Señor del Bosque y
todo volverá a ser como antes. Esta misma tarde iré a ver al Basajaun y a

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su mujer para que Beltza pueda hacerse con el olor del buey que queda y
así encontrar al que está desaparecido.
Salió Tricio de la casa-torre hacia el caserío del Basajaun que
estaba en Lutxako. Cuando el chaval llegó al caserío el Señor del Bosque
estaba refrescándose en el establo donde estaba el otro buey y al verle sin
pantalones Tricio pudo comprobar que lo de que tenía patas de vaca era
cierto.
El sestaotarra se presentó para informarle del motivo por el que
estaba allí, y tanto el Basajauna como la Basandre al oír al chaval se
pusieron muy contentos y le sacaron su mejor sidra para que quitara la
sed del camino. Tricio les dijo: –No asustaros pero vengo acompañado de
Atepo, que es un Galtzagorri, y de una loba que se llama Beltza, que es la
que va a encontrar a vuestro buey.
Acto seguido llamó a Beltza que se sentó en medio de Tricio y
Atepo. Atepo la llevó para que se quedara con el olor del otro buey, que,
al ver a Beltza, bufaba sin parar. Tricio se bebió el vaso de sidra y dijo: –
Bueno vamos a comenzar la búsqueda. Esperamos estar de vuelta con el
buey antes de que anochezca. Crucemos los dedos.
Y el pequeño grupo siguió el camino que les llevaba hasta lo alto
del monte Ubieta que está entre Zalla y Sopuerta. Beltza cogió el rastro
enseguida e iba deprisa. Tricio y Atepo la seguían a lomos de Zurita. Casi
habían llegado a la cima del monte Ubieta cuando Beltza se paró y
comenzó a gruñir, tratando de atraer la atención de Tricio, que por otro
lado no la perdía de vista. Tricio desmontó y se acercó al borde de una
sima y allí estaba metido el buey, mugiendo desconsolado. Bajaron Tricio y
Atepo para ver cómo podían sacar al buey de aquel lugar tan angosto
donde se había metido. El problema era que los bueyes son muy tozudos y
aquel buey era aún más porque era más grande de lo normal. Tricio
intentaba, en vano, empujar de los cuernos hacia atrás pero el animal solo
mugía y no retrocedía ni un ápice. En este trance, Atepo dijo: –En Zaldibar,
cuando los bueyes y las vacas no hacen caso, los baserritarras les ponen un
trapo encima de los ojos y entonces los animales obedecen dándoles unos
golpecitos con un palo entre los cuernos. Vamos a intentarlo. Pon tu capa
sobre la cabeza del buey.

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Tricio no lo dudó ni un minuto y se quitó la capa y la colocó sobre
la cabeza del buey y comenzó a darle toquecitos entre los cuernos con un
palo. El buey comenzó a retroceder poco a poco, saliendo así de la sima.
Atepo le ató una cuerda alrededor de los cuernos y el animal les siguió
hasta la casa del Basajaun que, al ver de vuelta al buey, se puso muy
contento y le llevó con su compañero que también se alegró de verle.
Y por supuesto que el Señor de Bolumburu, que también estaba la
mar de contento, le selló el pergamino a Tricio para que lo llevara de
vuelta a Sestao.

Desde Zalla el grupo volvió a la anteiglesia de Alonsotegi para estar


con el cura de la ermita de San Antolín, ermita que está sita en la zona de
Irauregi, con el fin de que le leyera la anteúltima prueba.

Ya era muy tarde, por lo que decidieron acampar en la ermita de


Santa Quiteria para pasar allí la noche y bajar a Irauregi a hablar con el
cura temprano por la mañana.

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Capítulo XIII

10ª Prueba: Olentzero (Alonsotegi)

EL grupo no quería levantarse


porque los veinte días de camino y las
nueve pruebas realizadas exitosamente
estaban pasándoles factura, además
estaban muy a gusto y cómodos
durmiendo en el pequeño santuario de
Santa Quiteria. Zurita, que estaba
pastando fuera de la ermita y quería
juerga, comenzó a relinchar para que los
de dentro le oyeran y se levantaran.
Tricio fue el primero en incorporarse y
salir, espada en mano, como una
centella, pensando que había cuatreros
que querían asaltarles para robarles,
pero nada más salir vio que Zurita solamente quería despertarles, ya que
según el sol eran más de las ocho de la mañana. Volvió a entrar y dando
palmas hizo que Atepo y Beltza, que estaban acurrucados en una esquina,
se levantaran. Mirándole medio dormidos y asustados Tricio dijo: –Venga
todo el mundo en pie. Comemos algo por el camino. Vamos saliendo hacia
la ermita de San Antolín para ver al cura después de la misa de las nueve
para ver qué prueba nos ordena hacer.

Bordeando la orilla izquierda del rio Kadagua bajaron por el camino


de Ularki y al llegar a la explanada de la ermita de San Antolín vieron que
varias mujeres mayores vestidas de negro solemne salían de oír misa y de
recibir los Santos Sacramentos. Los cuatro permanecieron a la sombra de
un manzano a esperar a que saliera el cura. Zurita no hacía más que estirar
el cuello para coger alguna de las pocas manzanas que quedaban en el
árbol. Y allí salió el cura hablando con la última feligresa. Tricio se quedó
sorprendido porque el cura de Alonsotegi era joven, a diferencia de los

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que él había conocido, tendría unos cuarenta años. Tricio dio unos pasos
hacia él y le dijo: –Ave María Purísima.

El cura mirando a Atepo respondió: –Sin pecado concebida”.

Tricio al acabar el cura de decir la frase que usaban los católicos


para saludarse dijo: –Buenos días, soy Tricio Egia de Sestao y le estábamos
esperando porque traigo un pergamino del Señor de la Torre Sesto y
quisiera que me lo leyera para así hacer la penúltima prueba.

El párroco le dio la mano un tanto perplejo para posteriormente


decir: –Hombre, que alegría, un Sestaotarra. Yo soy de Lutxana y conozco
bien Sestao porque solía ir con mi padre a la Benedicta a pescar angulas en
invierno para cenarlas en Noche Buena. Dame, dame ese pergamino que
te lo leo con mucho gusto. Vamos a ver que dice ese trozo de papiro.

“Estimado Ministro de Dios:

Este buen chaval es Tricio y en pocos días estará de vuelta en


Sestao convirtiéndose en el futuro Jefe de la Guardia de la Torre de
Sesto, y por tanto en mi mano derecha porque habrá arriesgado la
vida haciendo las once pruebas necesarias para ostentar tal cargo.

En algunas de las anteiglesias que ya ha visitado ha realizado


las pruebas que algunos Señores me habían pedido de antemano, en
otros las pruebas o misiones se las han encargado los curas de las
pertinentes anteiglesias por no haber un Señor o por no estar este
disponible, por consiguiente dejo a Tricio a tu albedrio y a tu entera
disposición para que le ordenes algo que quieras que haga para tu
comunidad.

Por favor si Tricio completa la prueba con éxito, firma y/o pon
tu sello eclesiástico en tal pergamino para que me lo devuelva a su
regreso como prueba de que la ha completado con éxito.

Sin otro particular suyo afectísimo El Conde de Sestao”.

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El párroco, que se llamaba Ruperto,
dijo al acabar de leer el pergamino: –Si que
hay algo que puedes hacer por esta
comunidad y que nos tiene muy
preocupados y es que Olentzero, que
vive en el monte Cinco Picos, en un caserío
que tiene al lado de la Pozorra, no puede
bajar al pueblo porque en la cueva de
Zamundi ahora vive el dragón que
habitaba la cueva del Gran Capitán del
monte Serantes, cueva que sube desde la
mar hasta casi la cima de dicho monte,
pero hubo una gran tormenta y se
levantaron olas de hasta veinte metros, saliendo el agua por la parte de
arriba de dicha cueva a modo de sifón, por lo que el dragón del Serantes se
trasladó a la cueva de Zamundi y no deja subir ni bajar a nadie por el único
sendero de acceso que tiene Olentzero para bajar hasta Irauregi con
los burros cargados de juguetes para dárselos a los niños en Navidad y el
carbón de leña que vende a la gente para que no pase frío en invierno.
Ante tal tremenda situación el Conde de Retuerto envió a un grupo de
soldados por la cara norte, la del Regato, que es casi inaccesible, sobre
todo para Olentzero que está muy gordo, con el fin de echar de la
cueva de Zamundi al malvado dragón, pero no pudieron llevar a buen
puerto tal misión porque el dragón les lanzaba fuego por la boca, no
dejándoles acercarse a más de cien metros, por tanto tememos que los
niños de todo el País Vasco se queden sin juguetes estas Navidades.

Por tal motivo te pido que te unas a los soldados del conde e ideéis
algo para matar o echar al dragón de estos montes.

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Tricio se quedó en silencio, pensando un momento, cuando se
dirigió al cura para decirle: –Ya sé como echar al dragón de la cueva de
Zamundi. Recuerdo que de crío, un día, arribó un barco a la dársena de la
Benedicta, creo que era francés, y los marineros que venían en él al
enterarse de que había un dragón en el monte Serantes comentaron que
era el mismo dragón que habitaba un monte llamado Saint Michel y que el
Señor de Saint-Malo no podía matarlo porque nadie se podía acercar a él,
porque en cuanto veía a alguien subir por las laderas de dicho monte les
lanzaba fuego por la boca desde la cima. Tal dragón estuvo viviendo en la
cima del monté Saint Michel muchos lustros hasta que un paisano le dijo al
Señor de Saint-Malo que los dragones tienen muchísimo miedo a los
ratones por lo que el Señor de Saint-Malo ordenó capturar tantos ratones
como fuera posible en un día para soltarlos por el Monte Saint Michel, lo
cual hizo al día siguiente por la mañana con la bajamar, que es cuando se
puede cruzar hasta la isla. El dragón al ver tantos ratones subir las cuestas
de dicho monte entró en pánico y se echó a volar adentrándose en el Golfo
de Bizkaia y desapareciendo tras el horizonte. La gente de la zona creyó
que el dragón había llegado al fin del mundo y que se había caído por el
precipicio que hay detrás del horizonte. Pero estos marineros estaban
seguros de que el dragón del Monte Serantes no era otro que el dragón
que se había apoderado del Monte Saint Michel y que voló hasta Santurtzi
para instalarse en el Monte Serantes. Por lo tanto, vamos a pedir a todos
los habitantes de Alonsotegi que atrapen el máximo de ratones para que
los soldados y yo los subamos hasta la inmediaciones de la Cueva de
Zamundi y soltarlos delante de la cueva.

En un solo día la gente de Alonsotegi había cogido más de mil


ratones que los soldados y algunos voluntarios del pueblo subieron en
cajas hasta Zamundi. Al llegar les soltaron en pleno día, por lo que los
pequeños animales se dirigieron velozmente hacia la cueva chillando de
miedo. No pasó ni un minuto cuando el dragón gruñendo de miedo tomó
vuelo hacia el Mar Cantábrico, desapareciendo tras el horizonte una vez
más.

89
Unos años después Tricio supo, a través de unos marineros
ingleses, que un dragón había llegado a tierras inglesas y que un caballero
llamado Jorge, que posteriormente sería hecho santo, y por ende llamado
San Jorge e investido patrón de Inglaterra, había matado el 23 de abril a
un dragón que echaba fuego por la boca y que tenía atemorizada a toda la
población de Birmingham, por tal motivo la gente de Inglaterra y de
Santurtzi comenzaron a celebrar y a festejar la fiesta de San Jorge.

Tricio y los soldados regresaron a la ermita de San Antolín donde


fueron agasajados por la población de la zona y por el cura, y sobre todo
por los niños del País Vasco que no se quedarían sin sus regalos ya que
Olentzero podría subir y bajar a Alonsotegi libremente.

El cura con mucho gusto selló y rubricó el pergamino y le dijo a


Tricio que para realizar la última prueba que le quedaba debía subir a una
aldea llamada La Arboleda, que Tricio bien conocía porque solía subir con
su familia a coger fresas silvestres y manzanilla que la ponían a secar en el
establo para, una vez seca, tomarla en infusión cuando tenían dolor de
tripas o para dársela en el pelo para que creciera más vigorosamente y
brillante.

Caminaron hasta el monte Cinco Picos, hecho que Tricio aprovechó


para saludar y conocer a aquel hombre gordo y buenazo que se pasaba el
año entero haciendo carbón para vender y juguetes para regalar a los
niños, pero antes debían parar en la Pozorra donde él y Atepo podrían
darse un baño para asearse y relajarse y para que Beltza y Zurita pudieran
beber agua, para, a media tarde, bajar hasta El Regato donde pasarían la
noche.

90
Capítulo XIV
11ª Prueba: Ortzi / Urtzi (La Arboleda)

Al anochecer llegaron a la
pequeña ermita situada en la orilla
izquierda del rio Castaños dónde se
presentaron al cura don Miguel, que
estaba cenando con unos amigos. Tricio
se percató de que el cura ni se inmutó al
presentarse, intuyendo que ya sabía de
antemano que el grupo le haría una
visita, por tal razón Tricio le preguntó: –
Sabía que veníamos hacia aquí,
¿verdad?

Don Miguel, con una gran


sonrisa, contestó: –El cura de Alonsotegi
y yo tenemos una afición en común que
se llama “colombofilia”, que no es otra
cosa que la cría de palomas mensajeras, y cuando ocurre algo en ambos
valles nos enviamos mensajes a través de las palomas, por eso sabía que
llegabais, por lo que tenéis preparada una cama para dormir. La loba, que
ya sé que está domesticada, y el caballo pueden dormir en el pequeño
establo que hay detrás de la ermita. Mañana por la mañana, antes de que
salgáis para La Arboleda, podréis degustar mi talo con panceta que me
sale tan bien que os vais a chupar los dedos. La loba tiene las sobras del
cabrito que nos hemos cenado esta noche mis amigos y yo.

Sin más dilación Tricio le dio las gracias a don Miguel y se fue
derecho a la cama para estar fresco a la mañana siguiente para ascender
al monte Argalario por un camino que zigzagueaba por los peñascos de
Arnabal que les llevaría hasta Larreineta y de allí hasta la pequeña aldea
minera de donde salía el mineral que los herreros de Bizkaia utilizaban

91
para hacer cuchillos, espadas, puntas de lanzas y otros utensilios que eran
famosos por todo el mundo.

Salieron de El Regato rumbo al Argalario una mañana de perros,


llovía a cántaros. Al principio la ascensión al monte Argalario, a lo largo del
riachuelo Loiola, fue sencilla, la única pega era la lluvia que no cesaba. La
cosa se complicó cuando dejaron el cauce del rio y comenzaron a trepar
por un caminito serpenteante que subía hasta el bosque de Arnabal y de
allí, subiendo de peñasco en peñasco, lo cual era muy peligroso para
Zurita quien muchas veces rehusaba a seguir adelante porque se
resbalaba una y otra vez. Ayudado por Tricio y Atepo, los tres coronaron la
cumbre del Argalario, Beltza les estaba esperando en la cima, mirando a
los buitres leonados que, desde el cielo, no dejaban de observar a la
partida de intrépidos. Desde aquella atalaya Tricio veía, cayéndole alguna
lagrima que otra, algunos de los tejados rojos y las paredes blancas
pintadas de cal de los caseríos de Sestao, además de la hermosa
desembocadura del Rio Nervión y el valle que iba desde Muskiz hasta
Bilbao, repleto de árboles y caseríos y la gran marisma en la que él había
pasado tantas horas. Con mucha nostalgia y con los ojos llorosos decidió
seguir caminando hasta Larreineta para llegar a su destino, que no era
otro que la aldea de La Arboleda compuesta por varias pequeñas casas
dispuestas alrededor de una plazoleta y habitadas por los mineros que
explotaban las minas de Triano.

Los cuatro, ya cansados y calados hasta los huesos, entraron en el


poblado minero a la hora del almuerzo. Tricio miró por todos lados y vio
que en aquel lugar no había ni casa-torre, ni ermita, ni mucho menos una
iglesia, pero lo que si vio es que la gente de La Arboleda estaba
construyendo algo, posiblemente un santuario, porque alguien estaba
tallando una cruz en una enorme piedra que la habían arrastrado hasta allí
cuatro fornidos bueyes que estaban empapados y resoplando intentando
recuperarse del esfuerzo que habían hecho para arrastrar las piedras que
se iban a utilizar para edificar la ermita de la Magdalena. Tricio se acercó
al dueño de los animales, que estaba sentado debajo de una especie de

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tejadillo que el hombre había improvisado para no mojarse comiéndose
una chuleta de carne de más de un kilo con una hogaza de pan, y dándole
las buenas tardes Tricio le dijo: –Que aproveche. ¿Sabe por casualidad
quién está a cargo de esta obra?

El hombre, rudo, tosco y forzudo, le respondió amablemente: –


Gracias. El encargado de levantar la ermita es el monje Asensio que vive en
aquella casa que tiene una gran cruz a modo de aldaba en la puerta.

Tricio dejó que el hombre siguiera degustando aquel sabroso


manjar y seguido de los demás fue hasta la pequeña casa para tocar la
aldaba.

Alguien, desde dentro, dijo: –Un minuto, que ya abro.

No pasaron ni cinco segundos cuando un hombre joven llevando


un hábito marrón con capucha abrió la puerta que al ver a los cuatro
empapados exclamó: –Ave María Purísima y que Dios os bendiga. Dejad
los animales en la cuadra que hay detrás de la casa para que se sequen y
pasad que estáis empapados y contadme qué queréis de mí.

Tricio y Atepo comenzaron a contarle a aquel amable monje toda


la historia delante de un plato de alubias rojas con una gran morcilla. Al
acabar de comer y de contrale la historia el monje le dijo: –Bueno, ya estas
casi en casa porque Sestao queda ahí abajo. Y en cuanto a la última
prueba, creo que puedes hacer algo que preocupa mucho a esta
comunidad y a las del Valle de Trápaga, y tal problema se llama Ortzi o
Urtzi que es una persona normal, como tú y como yo, pero también es el
dios del trueno, de las tormentas y del arco iris, y es un tanto inestable
porque cuando se avergüenza de algo, salen nubes; cuando se enfada,
lanza con las manos rayos y truenos contra la gente y las casas; cuando se
duerme, se hace de noche. Menos mal que por ahora solamente se duerme
por la noche, pero últimamente está triste y no para de llover. Además, en
junio, durante las fiestas de Saugal de Ortuella, casi mata a uno de
Kadegal. EL chaval bajó a las fiestas de Ortuella a ver a una chavala, al

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parecer su novia, pero se conoce que Ortzi, que está también prendado de
ella, se enfadó, aún sabiendo que no puede tener ningún trato ni relación
con humanos porque si les toca les quema. Bueno, el caso es que al acabar
la música de los juglares el chaval dejó a su novia en casa y se dirigió
monte arriba al caserío donde vive con su madre que es viuda. Nada más
entrar en el bosque oyó una voz tenue y misteriosa que le decía, `está
noche te voy a llevar conmigo´. El mozo creía que era una broma de sus
amigotes que estaban escondidos entre los pinos y que la mucha sidra que
había bebido en las fiestas le estaba pasando factura. Pero él, por si las
moscas, aceleró el paso hasta que llegó a un claro del bosque donde no
había pinos, y allí parado, mirando a todos lados, oyó la misteriosa voz
otra vez que repetía sin parar la misma frase. Esto le puso un poco
nervioso y echó a correr. La media borrachera que tenía se le pasó al
instante.

Al salir del bosque vio la luz del candil de aceite que su madre
siempre dejaba en la ventana de la cocina para que, si venía un poco piripi,
no se extraviara. Él vio la luz en lo alto de Kadegal y echó a correr monte
arriba como alma que lleva el Diablo para alcanzar la puerta del caserío
que siempre estaba abierta para que cuando Rogelio llegara de
madrugada un poco piripi la pudiera abrir sin problemas, y así lo hizo,
cerrándola con la tranca para que su perseguidor no pudiera entrar.
Cuando estaba echando la tranca oyó un golpe en la puerta y una voz del
más allá que dijo `esta vez te has librado por los pelos, la próxima no
tendrás tanta suerte´.

El chaval se fue a dormir la mona. Le costó conciliar el sueño porque


el susto había sido de muerte, pero contando ovejitas se durmió. A la
mañana siguiente se despertó con el ruido que su madre hacía en la
cocina. Bajó a desayunar algo, pero al dirigirse a la cocina, recordando lo
que le había ocurrido de madrugada, se detuvo en la puerta de entrada y
la abrió. Al abrir la gran puerta se quedó perplejo y sin palabras al ver la
puerta de madera quemada con la marca de las dos grandes manos que
había dejado Ortzi como recordatorio y para que todo el mundo supiera

94
quién mandaba por aquellos lares. Rogelio respiró hondo varias veces,
porque no salía de su asombro, y entró en la cocina para contárselo a su
madre.

Al acabar el monje de contarle a Tricio este relato, el eclesiástico le


imploró que buscara a Ortzi, que presuntamente vivía por la zona de
Peñas Negras, con el propósito de convencerle de que dejara en paz a la
gente. Tricio aceptó la misión, a sabiendas de que posiblemente tal
prueba sería la más difícil de todas.

Caminaron monte arriba hasta Peñas Negras y se sentaron en una


de las muchas piedras que había por allí a ver si aparecía Ortzi, porque
buscarle era absurdo, ya que nadie le iba a ver si él no quería que le
vieran.

Atepo comenzó a gritar su nombre: –Ortzi, Ortzi, Ortzi estamos


aquí. Queremos hablar contigo.

Nada más acabar de decir esto rayos, relámpagos y truenos


comenzaron a salir de las nubes negras que cubrían el cielo. Acto seguido,
comenzó a jarrear como nunca antes había llovido por aquella zona de las
Encartaciones. Tricio se levantó y mirando al cielo dijo: –Ortzi, soy Tricio
Egia de Sestao y vengo a hablar contigo como amigo. Hazte ver, por favor.

Al acabar de decir Tricio esto, los truenos y rayos pararon y


escampó. Se hizo un silencio y los pájaros comenzaron a cantar y el sol
salió entre los claros de las nubes. Tricio y Atepo no salían de su asombro
cuando oyeron una voz muy penetrante que provenía de una roca que
estaba detrás de ellos. Al girarse vieron que se trataba de Ortzi, un
chavalote de su misma edad, pero más alto y fuerte que él, llevando una
túnica blanca y muy, muy rubio él. El sestaotarra con mucho valor y
destreza se acercó a él y le dijo: –Soy Tricio y hemos venido a pedirte que
dejes de atemorizar a la gente de Bizkaia, sobre todo a la gente de aquí. En
nombre de todos ellos te pido que el tiempo cambie según las estaciones
del año, en invierno tendrá que haber algunas tormentas, nieve, lluvia y

95
viento; en primavera lloverá y saldrá el sol para que los campos y los
árboles florezcan; en verano lucirá el sol para que los baserritaras puedan
recoger sus cosechas y segar los prados para dar de comer al ganado
durante el resto del año; y en otoño soplará el viento para que se caigan
las hojas de los árboles y broten de nuevo en primavera. Además, tú sabes
que no puedes tener nada con humanos porque tú eres un dios y los dioses
solo pueden estar con los de su misma clase. La gente ahora te odia por lo
que hiciste al chaval de Kadegal y porque no para de llover y de haber
tormentas….

Ortzi no dejó que Tricio acabara de hablar y le contestó: –Ya sé


quién eres y que un día u otro te conocería ya que otros seres mitológicos
me han contado lo que vienes haciendo por el Señorío de Bizkaia, lo cual
me ha impactado gratamente porque no has hecho daño ni matado a
ninguno de ellos. Por lo tanto, yo me comprometo a dejar tranquila a esta
gente, aunque ya sabes, hay días y días, por lo que cuando esté triste o
enfadado se desencadenará alguna que otra tormenta, y por supuesto,
alguna galerna en el verano, que a mí personalmente me encantan. Pero
para sellar este pacto y la amistad eterna entre tú y yo nos debemos dar la
mano.

Tricio sabía que si tocaba al Dios del Tiempo, esto significaba


quemarse la mano. Sin pensárselo dos veces estiró la mano y los dos
chavales estrecharon la mano. Mientras se apretaban la mano Ortzi le
miraba fijamente a los ojos para ver si el joven sestaotarra hacía algún
amago de retirarla. Tricio, aunque sentía que su mano se estaba
quemando aguantó mirándole fijamente a Ortzi. El Dios del Trueno debió
sentir pena o admiración por el chaval y retiró su mano, desapareciendo
tras una nube muy, muy negra.

Atepo, que había presenciado todo, se metió en el bosque y volvió


con unas hierbas balsámicas que se las puso en la mano quemada a modo
de bálsamo para aliviarle el dolor. Tricio no soltó ni un solo grito de dolor,

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y dándole las gracias a Atepo le dijo: –No te preocupes que está
quemadura me la cura Abelina, la curandera de Sestao.

Ya por la tarde regresaron a La Arboleda con un sol


resplandeciente. La aldea parecía otra. La gente estaba en la calle
esperándoles. Cuando hicieron acto de presencia las mujeres, los niños y
los mineros les vitoreaban. El monje les estaba esperando con el
pergamino en la mano, sellado y rubricado, para entregárselo a Tricio e
invitarles a cenar. Tricio le agradeció al monje la invitación pero prefirió
seguir camino hacia Sestao porque tenía muchas ganas de ver a la familia
y amigos.

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Capítulo XV
El Regreso (Sestao)
Regresaron a la aldea de Larreineta para comenzar a descender
hasta Trapagaran un día soleado y caluroso. Ortzi había mantenido su
palabra y todo había vuelto a la normalidad. La caminata la hicieron entre
robles y un inmenso castañar donde todos los años la gente de la zona, y
por supuesto los vecinos de Sestao, se acercaban a coger castañas los días
otoñales de viento, para posteriormente comérselas asadas los días de frio
sentados junto al hogar. Al acabar de bajar el monte tuvieron que cruzar

las marismas del valle del Galindo, un hábitat que albergaba una rica flora
y fauna, y paso natural de muchísimos animales migratorios. Durante el
otoño y la primavera las marismas se llenaban de vida ya que era una
parada obligatoria para los patos salvajes, cormoranes, gavilanes, milanos,
garzas, garduñas, armiños, zorros y muchas otras especies atraídas por el
paraíso que suponía aquella gran laguna llena de comida que se
desplegaba desde Lutxana hasta Ortuella. Pero cruzarla no era fácil, y el
que se adentraba en ella debía conocer bien los escasos caminos y
recovecos que llevaban a los intrépidos que se adentraban en ella hasta
un poblado llamado Elguero que estaba situado en un alto estratégico
desde donde se podía ver las Camporras, la ermita de Santa María,

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Barakaldo, Bilbao y el caserío de Abelina la “Bruja”, que así la llamaba la
gente de la zona porque tenía ungüentos, bálsamos, hierbas y pócimas
para todo, y la quemadura de la mano de Tricio no iba a ser menos. De
Elguero bajaron hasta Salcedillo para cruzar el Puente de las Brujas, que
era el único puente que había para pasar a la otra orilla del Rio Ballonti, y
que le llamaban así porque las `brujas´ de la zona se reunían debajo de
dicho puente para curar migrañas, herpes y quitar las manchas de la piel
que la gente padecía practicando hechizos como el de la sal, que consistía
en ponerse de espaldas al hogar y frotar unos granos de sal entre las
manos y tirarla por encima del hombro, y si la persona afectada por dichas
enfermedades no oía el crujir de la sal al caer al fuego entonces esa
persona no volvería a sufrir tales males nunca más, o si alguna persona
tenía verrugas la ordenaban que diera nueve vueltas alrededor de un rosal
durante nueve días consecutivos canturreando las palabras mágicas `rosas
con rosas´, para que al terminar el tratamiento las verrugas
desapareciesen.

Al llegar a la zona de las Camporras Tricio vio a Abelina que estaba


recogiendo las plantas medicinales que usaba para hacer la `medicina´ que
luego daba y aplicaba a la gente que la necesitaba. Tricio paró y desmontó
para saludarla, ya que la conocía bien porque de chaval se le había
dislocado el hombro y “La Bruja” se lo había puesto en su sitio en un abrir
y cerrar de ojos. Al ver a la curandera Tricio la saludó efusivamente
dándola dos besos: —Hola Abelina. Como siempre recogiendo hierbas
para curar a los demás. Mira te presento a Atepo que es un Galtzagorri
que se viene a vivir conmigo a Kueto.

Abelina sonrió a Atepo y se percató de que Tricio llevaba la mano


vendada, por lo que le preguntó: —¿Qué te ha pasado en la mano?
Déjame que la eche un vistazo.

Nada más quitarle el trozo de trapo de la mano Abelina añadió: —


Esta quemadura te la ha hecho Ortzi, ¿verdad?

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Tricio asintió y dijo: —He estado con él a petición del monje de La
Arboleda porque, al parecer, no paraba de llover por aquí. Y sí que se nota
porque las marismas están a rebosar de agua y las campas están más
verdes que nunca.

El grupo la siguió por un sendero que iba a parar al caserío de


Abelina. La curandera fue a la cocina y trajo un ungüento con el que untó
la mano derecha de Tricio. El chaval sintió un gran alivio porque la
quemadura dejó de picarle.

—¿Qué? ¿Mejor? Llévate el resto y dátelo tres veces al día. Dentro


de tres días la mano estará curada— dijo Abelina.

Tricio se despidió de Abelina y guió a los demás hasta Kueto por


Markonzaga. Al llegar a la campa de San Pedro divisó el humo que salía de
la chimenea de la cabaña familiar. Al ver aquella estampa que tenía
grabada en su retina Tricio galopó sin parar hasta allí. Uno de sus
hermanos le vio venir a galope encima de Zurita y dio la voz de alarma
para que la familia entera saliera a darle la bienvenida. Todos, felices de
ver a Tricio con aquel desconocido séquito, permanecieron delante de la
cabaña esperando a que Tricio les presentara: —Mirad, este es Atepo que
se quedará con nosotros y nos ayudará a cosechar, sembrar y a edificar un
buen caserío con el dinero que voy a ganar como Jefe de la Guardia. Esta
es Beltza, una loba que recogí mal herida en Markina y que desde entonces
no se ha separado de mí y nos ha protegido poniendo en peligro su propia
vida, y el que está comiendo hierba es Zurita, un gran caballo.

Zurita al oír su nombre comenzó a relinchar. Acto seguido el aita de


Tricio puso cara sería y dijo: —Tricio, hay algo que debes saber antes de
que veas al Conde de Sestao, don Enrique, el Jefe de la Guardia, murió
hace una semana de una extraña enfermedad. Los sanadores hicieron
todo lo que pudieron pero Nuestro Señor se lo llevó con Él.

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Al acabar de decir esto su aita, Tricio recordó lo que Magdalena, la
Lamia de Lamiako, le había contado sobre la maldición que pesaba sobre
los que robaban el cepillo de oro, pero no dijo nada.

Aquella cena fue una de las mejores que Tricio recordaría con sus
hermanos y hermanas haciéndole preguntas sobre las pruebas y los seres
mitológicos que había conocido y a los que se había enfrentado. Sus
hermanos querían saber y él les daba pelos y señales de todas las pruebas
que había realizado. Algunos de ellos soñaban con imitar a su hermano
mayor espada en mano. Nadie quería irse a la cama mirando a aquel
cepillo de oro que relucía como lo que era, oro macizo, hasta que Atepo
dijo: —¿Dónde duermo yo?

Todos entendieron la indirecta y se fueron a la cama.

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Capítulo XVI
La Investidura (Casa-Torre de Sesto)
El Conde de Sestao al enterarse de que Tricio estaba de vuelta y de
que había completado las once pruebas con éxito envió un mensajero
hasta Kueto. El mensajero llegó a media mañana y le leyó a Tricio el
mensaje que decía:

“Querido Tricio:
Supongo que tu familia te ha puesto al día de lo que sucedió en
Sestao la semana pasada, por lo tanto deseo hablar contigo a la mayor
brevedad posible con el fin de preparar la fiesta de tu investidura como
Jefe de la Guardia de la Torre de Sesto.
Te espero esta tarde, después de la siesta sería perfecto.
Mis más cordiales saludos”.

Tricio, entre nervioso e ilusionado, pidió a todos sus hermanos y


hermanas que bajaran con él hasta el Rio Galindo para que le ayudaran a
lavar a Zurita y a Beltza para presentarse delante del Conde de Sestao
como Dios manda. Su madre le preparó la mejor ropa que tenía. Para
Atepo hizo unos arreglos con la ropa que guardaba de cuando sus hijos
eran pequeños. Después de la siesta Tricio y Atepo bajaron por el camino
de la campa de San Pedro, Tricio a lomos de Zurita y Atepo subido en la
cabeza de Beltza. El pueblo entero estaba esperándoles y les aplaudía a su
paso. Al entrar en la plaza de armas del Kasko los soldados estaban
formados en dos líneas, flanqueando el paso de la comitiva de Tricio, las
trompetas sonaron y los soldados sacaron las espadas manteniéndolas en
alto para saludar a su nuevo Jefe. Tricio se acercó a la puerta de entrada
de la torre, desmontó y saludó al Conde de Sestao que estaba en la
balconada de la puerta de entrada principal esperándole. Tricio entró en la
casa-torre acompañado de Atepo, quién había levantado mucha
admiración entre los vecinos de Sestao. Al entrar en la sala de vistas Tricio
se colocó en el lugar que le correspondía, en posición firme y con la

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cabeza erguida. El Conde y la Condesa
estaban sentados en los sillones condales
mirando a Tricio intrigados, queriendo
saber cómo lo había logrado. Tricio les
resumió toda la historia en pocos minutos
y al acabar dijo: —… y como muestra de
ello os entrego todos los pergaminos
sellados y rubricados, además de la perilla
de Aker y el cepillo de oro de Magdalena,
mi amiga la lamia.

Los ojos de la Condesa de Sestao se


la salían de las órbitas porque los
anteriores cepillos que la habían traído los
tuvo que vender su marido para comprar
armas y caballos, de tal modo que hizo un
gesto a una de sus sirvientas para que se lo
acercaran para verlo y tocarlo de nuevo. El Conde de Sestao contento
porque su esposa tenía un nuevo cepillo de oro se dirigió a Tricio
diciéndole: —Mañana a las diez de la mañana se celebrará tu investidura.
Como ya has visto se están colocando estandartes y banderas desde la
campa de San Pedro hasta la torre en honor tuyo. Después de la
investidura todo el pueblo está invitado al almuerzo que será a base de
cordero y sidra en abundancia, bueno para Atepo le prepararemos
verduras y frutas, que ya sé que es vegetariano. Por lo tanto, deberás lucir
las vestimentas de gala que le corresponden al Jefe de mi Guardia y
ostentar el escudo con la Cruz de Sestao.

A la mañana siguiente Tricio estaba vestido con las vestimentas que


llevaría durante mucho tiempo, y de tal guisa se dirigió a lomos de Zurita
hacia la casa-torre de Sesto donde le esperaban el preboste, los Condes de
Sestao, el cura y un sinfín de señores que habían sido invitados a tal
celebración que tuvo lugar en la plaza de armas del Kasko. De este modo,
Tricio, tras la larga misa dirigida por el cura de la ermita de Santa María,

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fue hecho caballero de la Torre de Sesto, y por ende del Señor de Bizkaia,
arrodillándose y recibiendo los tres golpes en el hombro derecho dados
por el Conde de Sestao delante de todo el pueblo.

Tricio fue el mejor Jefe de la Guardia de la Torre de Sesto porque


todo el mundo le respetaba por su valentía, don de gentes e imparcialidad
a la hora de hacer justicia. Además, hizo realidad muchos de los sueños
que desde niño había tenido, entre estos sueños había tres con los que
siempre soñaba al meterse a la cama por la noche, dos de dichos sueños
los cumplió de joven: ser el Jefe de la Guardia del Condado de Sestao y
cabalgar al lado del Cid Campeador. Este último sueño lo llevó a cabo
cuando el Rey de Castilla pidió ayuda al Señor de Bizkaia para que le
enviara soldados vizcaínos a Burgos para unirse al grueso del ejército
castellano liderado por Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, para
echar a los nazaríes de Soria porque el Sultán todos los 23 de junio, la
noche de la Sanjuanada, reclamaba al pueblo Cien Doncellas para su
harén. Los mozos del pueblo artos de este ultraje consiguieron retar al
Sultán acordando que si todos los hombres de entre 16 a 35 años
caminaban descalzos por un manto de brasas encendidas llevando a las
doncellas sobre las espaldas sin quemarse los pies el Sultán no se llevaría a
ninguna. El Sultán aceptó la apuesta y aquel año todas las doncellas
fueron salvadas porque ninguno de los voluntarios tuvo ni una sola
quemadura en la planta de los pies, por lo tanto el Sultán tuvo que
regresar a su castillo con las manos vacías. Pero un año pasa rápidamente
y para que el Sultán no volviera al año siguiente a reclamar su preciado
botín la gente de San Pedro Manrique pidió ayuda al Rey de Castilla para
que echara a los moros de aquellos lares, aunque la tradición de caminar
por un manto de ascuas encendidas siguió viva en San Pedro Manrique y
todos los 23 de junio los mozos del pueblo caminan por dicho manto de
ascuas encendidas llevando a las chicas encima de ellos.

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Tricio siguió viviendo en Sestao y murió a una avanzada edad sin
haber cumplido su último sueño, muy a su pesar, que no era otro que
haber aprendido a leer y escribir.

La leyenda dice que tras la muerte de Tricio, algunos días de


tormenta, la gente de Kueto veía su fantasma cabalgando a lomos de
Zurita, con Atepo encima de su hombro derecho y Beltza corriendo tras él
por las campas de Sestao.

105
L

“Los cuentos y leyendas, así como su


folklore y lengua, que son parte de nuestra
historia y que son relatos que
nuestros antepasados desarrollaron para
educar, entretener y hacer reflexionar a la
juventud en aquellos tiempos de escasez y
penurias sobre una serie de valores
esenciales, hay que mantenerlos vivos
porque cuando un pueblo se olvida de su
pasado, está condenado a perder su
identidad”

Copyright

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