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Silvana Corredor O Psicopatología de niños y adolescentes

Trastorno Disocial

El trastorno disocial se puede entender como el conjunto de conductas repetitivas y

constantes descritas como antisociales debido a que van en contra de las reglas y normas de

la sociedad además de violar los derechos de otras personas; estos comportamientos se

presentan desde las etapas infantiles y pueden continuar hasta la adolescencia e incluso

persistir hasta la adultez (Muñiz & Heinze, 2017). Sus causas contienen elementos

biológicos, psicológicos y sociales que pueden influir de forma relevante en la persona y

deben ser considerados en el tratamiento de esta (Murueta Reyes & Orozco Guzmán,

2015).

En cuanto a sus síntomas, estos requieren de una evolución periódica hasta alcanzar

y establecer un patrón determinado de conductas, como ya se mencionó anteriormente,

caracterizadas por la violación hacia los derechos de los demás (Muñiz & Heinze, 2017);

además, debe afectar negativamente al menos dos áreas en el hogar, la escuela y los amigos

(Peña & Palacios, 2011).

Dichas áreas de manifestación son destrucción a la propiedad, robo o fraudulencia,

agresión a personas y animales y violaciones graves a las normas (de la Peña-Olvera &

Palacios-Cruz, 2011); estas se presentan con comportamientos agresivo/destructor junto a

una falta de empatía y culpa o cualquier tipo de afectación emocional, engaño y falsedad

para evitar obligaciones o conseguir lo que se quiere además de travesuras y faltas sin

justificación a pesar de las exigencias de los padres.

Es de importancia recalcar que gran parte de la población que padece de este

trastorno logran una adaptación laboral y social adecuada con escasos síntomas, sin

embargo, al tener TD tienen una alta probabilidad de luego tener trastornos de ansiedad, de

ánimo o por consumo de sustancias (Muñiz & Heinze, 2017). Asimismo, con el tiempo se
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ha planteado la posibilidad de un diagnóstico erróneo del TD a individuos provenientes de

contextos de pobreza, amenaza o crimen, inmigración, entre otros, donde los patrones de

comportamientos agresivo, destructor o violento se conciben como protectores (Murueta

Reyes & Orozco Guzmán, 2015).

Por otro lado, la literatura ha distinguido la presencia de un distintivo para los

subtipos de trastorno disocial más que todo en adultos, siendo este el callo emocional (CE),

donde se estima una heredabilidad del trastorno antisocial de 81% cuando este se

manifiesta (de la Peña-Olvera & Palacios-Cruz, 2011). Se habla de callo emocional al haber

un comportamiento antisocial, violento y agresivo, junto a la falta de remordimiento o

culpa así como de empatía. También se caracteriza por una alta tolerancia a estímulos

aversivos y al castigo, una falta de preocupación por un bajo desempeño personal

académico o laboral y expresión deficiente de afecto, los cuales se han identificado como

patrones cognitivos en niños con CE. Además, algunos individuos con Trastorno Disocial y

CE suelen desarrollar psicopatía, un constructo relacionado a la personalidad y predictor de

gravedad de conductas disociales o disruptivas; esto puede deberse a que el callo emocional

hace parte de los tres factores fundamentales que integran la psicopatía, siendo la

impulsividad y el narcisismo los otros dos (Murueta Reyes & Orozco Guzmán, 2015).

Hoy en día aún no existe una alternativa terapéutica racional diseñada

específicamente para el tratamiento tanto de la psicopatía como de los especificadores del

callo emocional (de la Peña-Olvera & Palacios-Cruz, 2011), lo que a mí parecer y luego de

realizar una amplia indagación sobre el TD y el CE, comprendo que es porque las

investigaciones le dan un enfoque y mayor peso al Trastorno Disocial sin profundizar la

influencia fundamental que el callo emocional tiene sobre este, tanto para su diagnóstico

como para su tratamiento. Por otro lado, quiero mencionar también el gran problema que es
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dar un posible diagnóstico erróneo por falta de conocimiento del contexto del individuo y

por la poca importancia que se le da a éste. Es por esto que considero totalmente

fundamental e importante tener presente dicho factor para dar un adecuado diagnostico, si

el individuo ha vivido en un contexto normal o es producto de la población inmigrante o

personas en situación de extrema pobreza, donde los elementos que han podido generar el

trastorno es distinto y por tanto el tratamiento sería distinto. Pienso que ya estamos en un

tiempo en que no solo es determinar los aspectos actuales de su entorno, sino debemos

retrotraernos a su niñez y adolescencia, porque los factores sociales, económicos y

culturales son fundamental a la hora de diagnosticar un trastorno de este tipo y establecer

posibles tratamientos.

Referencias

de la Peña-Olvera, F., & Palacios-Cruz, L. (2011). Trastornos de la conducta disruptiva en

la infancia y la adolescencia: diagnóstico y tratamiento. Salud Mental, 34(5), 421-427.

Retrieved from https://www.medigraphic.com/pdfs/salmen/sam-2011/sam115d.pdf

Fuente Muñiz, R., & Heinze, G. (2017). Salud mental y medicina psicológica (pp. 102-

111). Madrid: McGraw Hill Interamericana.

Murueta Reyes, M., & Orozco Guzmán, M. (2015). Psicología de la violencia. México:

Editorial El Manual Moderno.