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La Laicidad

Uruguaya

Y EL DESAFÍO DEL SIGLO XXI

ULISES GASTÓN PIOLI


Contenido
Prólogo .................................................................................................................... 1
Presentación ............................................................................................................ 3
Capítulo 1. Factores que incidieron en la consolidación de la laicidad ................... 13
El pensamiento y la acción artiguista ............................................................................................. 13
El debate constituyente de 1830 ..................................................................................................... 19
La realidad del país luego de la independencia ............................................................................. 20
La influencia garibaldina ............................................................................................................... 28
Las vertientes religiosas y espirituales de la época ........................................................................ 29
El movimiento de los jóvenes racionalistas .................................................................................... 34
El papel fundamental de José Pedro Varela .................................................................................. 36
El aporte modernizador de los inmigrantes ................................................................................... 45
La impronta batllista ...................................................................................................................... 48
Los actos legislativos y administrativos que pavimentaron el camino .......................................... 54

Capítulo 2. El modelo uruguayo ............................................................................ 57


Generalidades ................................................................................................................................. 57
La laicidad constitucional .............................................................................................................. 58
Visión comparativa con otras realidades ....................................................................................... 60
La compatibilidad entre laicismo y laicidad .................................................................................. 63
El laicismo y la identidad nacional ................................................................................................. 64
Intentos para reducir la influencia del laicismo ............................................................................. 66
El laicismo de manifiesto una vez más ........................................................................................... 68

Capítulo 3. Pilares que la sustentan ....................................................................... 69


Libertad de conciencia ................................................................................................................... 69
Libertad de expresión..................................................................................................................... 74
La tolerancia, esa sabia y dulce dama ............................................................................................ 75

Capítulo 4. Enemigos que la acechan .................................................................... 79


Generalidades ................................................................................................................................. 79
Origen del fundamentalismo .......................................................................................................... 80
El fundamentalismo islámico ......................................................................................................... 81
Otras formas del fanatismo fundamentalista ................................................................................. 85

Capítulo 5. El gran desafío: rescatar a la Educación Pública ................................. 87


Conclusiones .......................................................................................................... 99
Bibliografía consultada......................................................................................... 103

iii
“La cuestión está entre
la libertad y el despotismo”
José Artigas

“Ser libre no es solamente


desatarse las propias cadenas
sino vivir de una forma que respete
y mejore la libertad de los demás”
Nelson Mandela

“La civilización es una carrera


entre la educación y la catástrofe”
Herbert George Wells
PRÓLOGO
Uruguay es un país laico desde hace casi un siglo, y todos los uruguayos de
hoy, más allá de las creencias individuales que cada uno tiene derecho a
tener o a no tener, hemos crecido al amparo de ese ámbito de libertad,
igualdad y tolerancia que nos han llevado a reverenciar estos valores como
parte de nuestra identidad nacional.

Nuestros credos, cualesquiera fueren o la ausencia de ellos, no han sido


obstáculo para que podamos disfrutar de los beneficios de una convivencia
social sin presiones sobre nuestra conciencia o la de nuestro prójimo.

En este trabajo nos referiremos a la génesis y al proceso de consolidación


de la laicidad que comenzó en 1861 y culminó más de medio siglo después,
en 1918. Escudriñaremos sus características principales y, subrayando la
importancia que tiene para el modo de ser de los uruguayos, veremos los
pilares que la sustentan.
Procuraremos también alertar sobre los potenciales enemigos que la
acechan. Porque, como la vida no es un lecho de rosas, nuestra sociedad y
la laicidad han sufrido las vicisitudes propias del paso del tiempo y hay
muchas cosas para hacer si queremos preservar lo conquistado.

Haremos especial hincapié en el desafío más importante que tenemos a esta


altura del siglo XXI: la urgente adecuación de nuestra Educación Pública a
las necesidades del presente partiendo de la laicidad, que sigue siendo la
mejor herramienta para asegurar un trato equitativo a todos los ciudadanos.

Entre la documentación revisada y otros materiales consultados destacamos


el clásico libro de Arturo Ardao1 sobre Racionalismo y Liberalismo en el
Uruguay, editado hace más de cincuenta años, con su cuidadoso inventario
sobre la evolución del pensamiento en la segunda mitad del siglo XIX.

También el mucho más reciente trabajo colectivo de Gerardo Caetano2 y


otros, titulado “El Uruguay Laico”, Matrices y Revisiones, de abril de
2013, que procura auscultar hasta donde el laicismo y la laicidad han
dejado huellas indelebles y cuánto puede haber de mito en su valoración.

Deseamos también mencionar el completo trabajo, que profundiza sobre la


figura de José Pedro Varela y su obra, realizado por el Esc. Jaime

1
(1912-2003), Filósofo e historiador del pensamiento uruguayo.
2
(1958-) Historiador y politólogo.

1
Monestier3 con el título de “El Combate Laico” que ofrece abundante
documentación la cual recomendamos a quien pretenda ahondar sobre la
obra del gran reformador.

Todo ello, sin perjuicio del resto de la bibliografía, fundamentalmente


historiográfica, que fuimos leyendo a lo largo del tiempo y consultado
específicamente para este trabajo, como lo consignamos al final del ensayo.

Nuestro trabajo no pretende aportar originalidades, porque es mucho y de


muy buena calidad lo publicado hasta ahora sobre la laicidad y su
influencia en nuestro comportamiento como nación.

Pero abrigamos la esperanza de contribuir con este modesto aporte a


mantener viva la llama de una antorcha que, a pesar de los embates del
tiempo transcurrido, ha acompañado en el camino hasta nuestros días a
tantas generaciones de uruguayos.

3
(1925- ) Escribano y escritor de ficción, quien obtuviera en 1992 con “El Combate Laico” el
Premio “Ensayo Histórico” del Ministerio de Educación y Cultura.

2
PRESENTACIÓN
Además de los ribetes históricos, necesarios para contextualizarlo, este
ensayo tendrá un enfoque político, en el más alto sentido del término,
porque todo lo relacionado con la libertad, incluyendo la laicidad, es
básicamente de raíz política.
Si bien no podemos evitar la influencia de nuestras convicciones liberales y
contrarias a los dogmatismos, procuraremos por todos los medios mantener
la objetividad en el tratamiento de la temática.

Este aporte tendrá también inevitablemente una cuota de emotividad,


porque nos referimos a valores que integran nuestra matriz nacional, los
que pretendemos recordar y mantener vivos.
Como, en su sentido etimológico, recordar proviene de re-cordis, que
significa “volver a pasar por el corazón”, nuestras opiniones reflejarán no
solo nuestro pensamiento sino también nuestros sentimientos y emociones.
La laicidad, al igual que la propia identidad nacional con la que se fue
forjando en paralelo, estuvo influida por una variedad de factores
interactuantes pero existió un hilo conductor que las marcó a fuego a
ambas: el amor de los uruguayos por la libertad.

El mismo que nos legaron los primeros pobladores indígenas de estas


tierras, y luego los gauchos, interpretado magníficamente desde los
comienzos de la patria por el pensamiento y la lucha de José Artigas4.
Esa fuerza inicial fue armoniosamente complementada con la apertura del
país hacia el exterior, que permitió el ingreso sin restricciones de un fuerte
flujo migratorio y de nuevas corrientes de pensamiento, provenientes
fundamentalmente de Europa y de los EE.UU., que ayudaron a modelar ese
espíritu libertario con ideas de avanzada.

La nación uruguaya, “una comunidad espiritual”, como solía definirla con


admiración y cariño Wilson Ferreira Aldunate5, conjuga, en su
funcionamiento como tal, tres valores que fueron consolidándose
paulatinamente con el paso del tiempo, a partir de la gesta artiguista, y hoy

4
(1764-1850) Militar, estadista y máximo prócer uruguayo. Conductor de la nación oriental en
el Éxodo (1812), recibió en vida el reconocimiento como «Jefe de los Orientales» y «Protector
de los Pueblos Libres».
5
(1919-1988) Diputado, Senador, Ministro, candidato a la Presidencia y líder del Partido
Nacional hasta su fallecimiento en 1988. Trabajó, con su prestigio personal, para garantizarle
con su Partido la “gobernabilidad” al primer gobierno luego de la restauración democrática.

3
se entrelazan y retroalimentan para conformarla, fortalecerla y protegerla:
la libertad, el republicanismo y la laicidad.
La contundente y atinada afirmación de Ferreira se alinea con el
pensamiento del maestro del Derecho Constitucional uruguayo, Justino
Jiménez de Aréchaga6 --para mucho simplemente Justino--, quien en su
Panorama Institucional del Uruguay a mediados del Siglo XX 7 había
incluido una definición de lo que para él representaba la práctica del
Derecho Constitucional en el país y a modo de síntesis expresaba que
“Nuestro país es una comunidad en la que imperan las ideas de igualdad
y libertad en su concepción más depurada. Esto es visible en las leyes
tanto como en la realidad social”.
El Uruguay ha sido efectivamente, desde sus inicios, una comunidad de
hombres y mujeres donde, desde muy temprano en su historia, fueron
sembradas las semillas de la libertad, la igualdad y la tolerancia, que
primero nos fortalecieron puertas adentro y luego hicieron germinar nuestra
imagen, de pequeño gran país, hacia el exterior.

Luego, y en buena medida por influencia de la escuela laica, fuimos


formados desde niños en la búsqueda de la verdad por medio de la razón,
sin apartarnos de la tolerancia hacia las ideas y “las verdades” de los otros

La “verdad” que encontremos será siempre subjetiva, es decir nuestra,


contingente y relativa, en tanto puede ser cambiada en el curso del tiempo,
porque la búsqueda de la Verdad, incluyendo las grandes y permanentes
interrogantes de los seres humanos, que sin dudas constituye un esfuerzo
dinámico y cotidiano desde los orígenes de la humanidad, ha sido y será
siempre una tarea inconclusa.
Nuestra laicidad ha constituido un modelo y un ejemplo para la región en
que estamos insertos. Porque muy distinto hubiera sido alcanzarla en una
sociedad sajona que hacerlo, en una enmarcada por una influencia religiosa
tan enraizada, como lo ha sido y lo sigue siendo hasta nuestros días, al
menos para nuestros vecinos de comarca, la de la Iglesia Católica Romana.

Lo nuestro fue una suerte de “milagro” laico, si es posible combinar ambos


términos que parecerían contradictorios, y en el trascurso del presente
ensayo, trataremos de explicar por qué.
6
(1910-1983) El constitucionalista uruguayo más reconocido, corredactor de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, Presidente de la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos y Decano de la Facultad de Humanidades.
7
Publicado en 1949 en la Revista de Derecho, Jurisprudencia y Administración”, dirigida por el
procesalista y ex Decano de la Facultad de Derecho Eduardo J. Couture (1904-1956),

4
El Uruguay tuvo algunos exponentes estelares en el camino de la libertad
de conciencia hacia la laicidad. Ya desde muy temprano, en los
campamentos artiguistas del Ayuí, donde, fuimos nación antes de ser un
Estado, el prócer comenzó su lucha por esa “libertad civil y religiosa en
toda su extensión imaginable” que plasmó como una de las condiciones
para el pacto interprovincial en las célebres Instrucciones del Año XIII.

Medio siglo después aparecería en la incipiente historia nacional la figura


de José Pedro Varela Berro8. Este hijo de dos familias patricias dedicó casi
toda su corta vida, tempranamente malograda, a fortalecer el papel
imprescindible que la educación popular debe tener en el proceso de
defensa y jerarquización de la libertad del hombre.

Junto a él entró en escena una notable generación, integrada entre otros por
Prudencio Vázquez y Vega9, José Batlle y Ordóñez10 y los jóvenes
firmantes de la Profesión de Fe Racionalista11, la mayoría de quienes
tendrían importante participación en la vida intelectual, académica y
política de la República.
Arturo Ardao señala con precisión que “La separación de la Iglesia y el
Estado la empezó a agitar por primera vez en el país José Pedro Varela a
mediados de la década del sesenta (y) su primera importante
fundamentación doctrinaria la hizo Carlos María Ramírez12 en 1871, en
sus conferencias de la cátedra de Derecho Constitucional, defendiendo la
clásica fórmula de Cavour: la Iglesia libre en el Estado libre”13.

En la vereda de enfrente, alineados en las filas del pensamiento


conservador que defendía los postulados de la Iglesia Católica y
particularmente de la corriente ultramontana, se alistaron otros intelectuales
de fuste quienes, más allá de las diferencias ideológicas, le dieron brillo a
los debates. Cabe mencionar, entre los más destacados, a Juan Zorrilla de

8
(1845-1979) Intelectual, periodista y político de Uruguay, reformador de la Educación e
inspirador del laicismo y la laicidad en el país; personaje central de este trabajo.
9
(1855-1882) Filósofo inspirador del espiritualismo uruguayo y opositor al positivismo.
10
(1856-1929) Político, líder del Partido Colorado y periodista, Presidente de la República por
dos períodos: 1903 - 1907 y 1911 - 1915. Considerado el inspirador del Uruguay moderno.
11
Suscrita el 9 de julio y publicada el 14 de julio de 1872 en el Club Universitario con la firma
de Justino Jiménez de Aréchaga, Carlos María de Pena, Alberto Nin, Carlos María Ramírez,
Gregorio Pérez,, Teófilo Díaz, José María Perelló, Juan Gil, Enrique Laviña, Carlos Gradan,
Luis A. Reggio, Pablo De María, Anselmo E. Dupont, Luis Gil, Juan Carlos Blanco, Luis Piera,
Duvimioso Terra, Antonio Carvalho Lerena, Eduardo Acevedo Díaz, Luis Fosse, Daniel J.
Donovan, Gonzalo Ramírez, Luis E. Piñeiro, José Pedro Ramírez y Juan J. Aréchaga.
12
(1847-1898) Legislador, periodista, ensayista y narrador nacido en Brasil, co-fundador del
Club Universitario, devenido en Ateneo de Montevideo y co-firmante de la Profesión de Fe
Racionalista.
13
Ardao, Arturo. Racionalismo y liberalismo en el Uruguay, UDELAR, 1962.

5
San Martín14, Joaquín Requena15, Francisco Bauzá16 o Mariano Soler17,
quienes tendrían a su cargo el enfrentamiento intelectual con los portavoces
del racionalismo y el liberalismo.

Más adelante irían apareciendo en el firmamento nacional otras figuras


imborrables, en campos tan disímiles como la política, las letras, la
filosofía, las artes plásticas, asociadas en su gran mayoría al pensamiento
liberal: Pedro Figari18, Domingo Arena19, José Enrique Rodó20, Carlos Vaz
Ferreira21, Luis Alberto de Herrera22, Florencio Sánchez23, Emilio Frugoni24
Baltasar Brum25, y otros de similar valía cuyos nombres integran lo mejor
de nuestra historia política y social con resonancia regional o mundial

Las ideas de vanguardia promovidas por José Batlle y Ordoñez y sus


correligionarios más cercanos desde principios del siglo XX, apoyados por
dirigentes liberales del Partido Nacional, como Eduardo Acevedo Díaz26,
Martín C. Martínez27 o Lorenzo Carnelli28, y por otros ciudadanos
progresistas fuera de los partidos históricos, como el mencionado Frugoni o
Pedro Díaz29, permitieron en el campo interno la aprobación de una
legislación que colocó al Uruguay en el primer plano de las reformas
sociales en América.
14
(1855-1931) Escritor de reconocida trayectoria, conocido como “el Poeta de la Patria”,
periodista, docente y diplomático uruguayo, defendió en la prensa la posición de la Iglesia en
los debates con los racionalistas y liberales en las últimas tres décadas del siglo XIX.
15
(1808-1901) Abogado, escribano, codificador, catedrático de Procedimientos Judiciales,
Ministro de Estado y Rector de la UDELAR.
16
( 1849-1899) Docente, político y escritor uruguayo
17
(1864-1908) Sacerdote, primer Arzobispo de Montevideo, intelectual destacado en ciencia y
filosofía.
18
(1861-1938) Pintor, abogado, político, escritor y periodista uruguayo. Una de las figuras más
destacadas de la pintura latinoamericana.
19
(1870-1939) Abogado, periodista y político uruguayo de origen italiano, considerado como
uno de los personajes fundamentales del Batllismo y del Partido Colorado.
20
(1871-1917) Uno de los más grandes pensadores del Uruguay; escritor, profesor, periodista,
ensayista, crítico literario, filósofo, político.
21
(1872-1958) El filósofo uruguayo más importante, fue Decano de la Facultad de
Humanidades y Ciencias.
22
(1873-1959) Político, periodista e historiador uruguayo, conductor del Partido Nacional
durante más de 50 años y una de las principales figuras políticas en el siglo XX.
23
(1875-1910) Dramaturgo y periodista uruguayo, considerado una de las figuras principales
del teatro mundial.
24
(1880-1969) Político socialista, abogado, escritor, poeta, decano de la Facultad de Derecho
y parlamentario durante varios períodos (fue el primer diputado socialista en el Uruguay).
25
(1883-1933) Político uruguayo perteneciente al Partido Colorado, abogado, diplomático y,
Presidente de la República entre 1919 y 1923. Sacrificó su vida por la libertad para resistir la
dictadura de 1933.
26
(1851-1921) Escritor, periodista y político uruguayo perteneciente al Partido Nacional, al que
luego abandona radicándose en Buenos Aires hasta su muerte.
27
(1859-1946) Abogado y político uruguayo perteneciente al Partido Nacional.
28
(1887-1960) abogado y político uruguayo perteneciente al Partido Nacional.
29
(1874-1968) Político y abogado, conductor del Partido Liberal y diputado entre 1911 y 1914.

6
Esa posición de avanzada se verificó también en el terreno internacional
donde el país se destacó a pesar de su mínimo peso demográfico. Por
ejemplo, cuando el mundo conoció la llamada “doctrina uruguaya” en el
marco de las negociaciones durante la Primera Guerra Mundial, o cuando
el mismo Batlle y Ordoñez presentó las ideas de la asociación de naciones
y del arbitraje obligatorio como forma de resolución de conflictos, mucho
antes de la creación de la ONU.

Del mismo modo, son dignos de mención el trabajo desplegado en la


Sociedad de las Naciones por Baltasar Brum y por diplomáticos de gran
fuste como Juan Antonio Buero30, el apoyo uruguayo a la idea del
panamericanismo, la solidaridad con la República Española contra el
franquismo durante la Guerra Civil o el esfuerzo diplomático para
contribuir a consolidar el Estado de Israel en 194831, por citar algunos
jalones de nuestra política exterior.
No fue obra de la casualidad, pues, que para la primera mitad del siglo
pasado el Uruguay hubiera alcanzado el reconocimiento internacional por
su grado de madurez política y social como prácticamente ningún otro país
de la región en el Sur de las Américas.

Analizando nuestra evolución histórica, muchas veces nos hemos


preguntado: ¿Dónde radica el secreto misterio para que la sociedad
uruguaya haya podido generar, en distintos momentos estelares de su
temprana historia un número impensado, para un pequeño país con el peso
demográfico del nuestro, de protagonistas de tan alto nivel, que llevaron
adelante las ideas innovadoras provenientes del mundo más desarrollado?
Sin pretender tener una respuesta que satisfaga la pregunta en todas sus
facetas, creemos que la misma debe relacionarse con algunas de las
características socio-demográficas del país de entonces.
Por un lado, la organización de la vida productiva y comercial, que llevó a
también a concentrar la actividad intelectual y cultural en la capital --sin
desconocer las dificultades de funcionamiento que ello le ha acarreado al
país--, y la ubicación estratégica del puerto de Montevideo.

Éste ha sido el auténtico portal del país, valga la redundancia. Por él


entraba todo. No solamente los bienes del comercio, sino que también
permitía un acceso fluido de personas y publicaciones que traían de primera
mano las novedades provenientes de Europa y también de los EE.UU.
30
(s/d) Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Baltasar Brum (1919 -1923).
31
Actividad desplegada por el Dr. Enrique Rodriguez Fabregat (1895-1976), quien realizó como
Embajador ante la ONU un aporte fundamental para la creación del Estado de Israel.

7
Por otro lado, la forma en que se fue consolidando su población ayuda a
despejar la interrogante planteada. El núcleo inicial, constituido por una
masa criolla de pequeña dimensión, y el aporte de un contingente
autóctono, acostumbrado a vivir en la más absoluta libertad, formado por
indígenas de varias etnias amerindias32, que luego por la vía del mestizaje
contribuyeron a conformar la figura del gaucho33, recibió con los brazos
abiertos a las corrientes migratorias que, en un número muy significativo,
influyeron notablemente en esa base fértil, jugando un papel decisivo.
Desde mediados del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, los
inmigrantes dotaron a esta pequeña comarca de una renovada, y
renovadora, fuerza intelectual y moral que, a la par de ayudarla a
conformar una identidad nacional bien distinta del concierto regional,
contribuyó a hacerla conocida y respetada en los centros del poder mundial,
mucho más que lo que se podía esperar si se le juzgaba solamente por su
tamaño territorial o por su volumen poblacional.

El mencionado Wilson Ferreira, al ser interrogado alguna vez en el exterior


acerca de dónde descendían los uruguayos, supo responder con la agudeza
intelectual que lo caracterizaba: “de los barcos”.
Carlos Maggi34, con ese poderoso sentido de síntesis que adorna su
polifacética personalidad, viene a nuestro auxilio, para fortalecer el
mensaje, cuando afirma que: “El prodigio cultural de transformar el modo
de ser de los uruguayos estuvo a cargo de los inmigrantes y de la escuela
vareliana”35.
Nos permitimos agregar que los uruguayos tuvimos también, además de los
ilustres ciudadanos arriba mencionados, otro pilar nacido en Italia, pero
recibido en adopción espiritual por la mayoría de nuestra gente, con la que
compartió su espíritu republicano y liberal.

Se trata de José Garibaldi36, quien primero dejó una huella imborrable en


nuestra patria, y luego ayudó a terminar con el poder temporal del papado
en Roma. Esa fue una contribución fundamental, con repercusión mundial
32
Charrúas, Guenoas, Minuanes, Bohanes, Arachanes, Chaná-timbúes, Yaros, Guayanás y
Guaraníes, que se distribuyeron agrupados en distintas partes del territorio de la antigua Banda
Oriental.
33
Campesino-jinete de las llanuras y adyacentes de Argentina y Uruguay, también presente en
Paraguay y el Sur del Brasil y de algún modo en el Sur de Chile y el Chaco boliviano. Se
identificaba por su condición de hábil jinete y por su vínculo con la cría de vacunos en la región.
34
(1922-) Abogado, historiador, escritor, dramaturgo y periodista.
35
Prólogo de “El pensamiento de José Garibaldi” de Francisco Faig, 2008, Arca Editorial.
36
(1807-1882) Marino militar y político italiano, vivió en Uruguay y defendió al gobierno
constitucional en la Guerra Grande; pilar de la Unidad de Italia.

8
que tuvo también, a nuestro juicio, gran influencia en nuestra tierra, para la
concreción de una laicidad que ha contribuido sobremanera a nuestro
prestigio fuera de fronteras.

No pretendemos hacer una apología chovinista de la laicidad y del laicismo


sino que modestamente intentamos mostrar el importante papel que han
jugado para la construcción de un modelo que nos identifica y distingue, y
al mismo tiempo señalar que tenemos, para con nosotros y para con
aquellos que nos las legaron con esfuerzo y coraje cívico, la obligación
moral de protegerlas y defender su vigencia.

Por esto último, consideramos de imperiosa necesidad alertar sobre los


riesgos que corre la sociedad si nos apartamos de la laicidad y nos dejamos
ganar por los fundamentalismos, los dogmatismos u otras formas de
fanatismo. O si permitimos que los corporativismos sustituyan a los
canales democráticos de decisión en aspectos claves de la gestión social y
educativa del Estado.

Nuestra laicidad se nutre de la combinación virtuosa de la razón con la


tolerancia y ambas, entrelazadas en armonía, complementan y fortalecen la
libertad de conciencia.

Sin la tolerancia, la razón puede volverse excesivamente absoluta y


conducirnos a actitudes soberbias, vanidosas, narcisistas, que pierdan el
sentido del respeto por las ideas y las verdades de los demás, que son las
que complementan y convalidan cuanto podemos encontrar de verdad en
nuestros propios pensamientos.

Hace más de tres siglos el célebre filósofo inglés John Locke37, pionero del
liberalismo, manifestaba que “sólo una vía es la que lleva a la salvación,
pero entre las mil veredas que caminan los hombres es difícil saber cuál
es la verdadera y el gobernante se muestra impotente para saber mejor
que cualquier hombre particular cuál es el camino adecuado”38.

Sin perjuicio de ser devoto de la Iglesia anglicana, Locke sostenía la


necesidad de creer en la libertad de culto. Por ello combatió toda su vida
los intentos por imponerle a los demás determinado dogma por la fuerza.

Sostenía además que el Estado no debía interferir en lo religioso, materia


que debía permanecer en el ámbito privado de las personas.

37
(1632-1704) Pensador inglés considerado el padre del empirismo y del liberalismo moderno.
38
Locke, John. Carta sobre la Tolerancia, 1689.

9
Llegaba a esta conclusión después de mostrar que el Estado es una
sociedad de hombres que tiene como fin superior el promover los derechos
fundamentales de la persona humana que son, por ejemplo, la vida, la
libertad, la propiedad, etc.

Pero este maestro del pensamiento liberal creía que el Estado también tenía
límites. Y afirmaba que "la jurisdicción estatal no puede ser extendida
bajo ningún pretexto a la salvación de las almas". En contrapartida,
separando claramente las aguas argumentaba que “la Iglesia tampoco
puede interferir en los asuntos del Estado, ya que su función es la
salvación de las almas y no velar por los intereses civiles”39.

Mucho antes, hace más de dos mil años, Jesús de Nazaret había expresado
con sabiduría “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios”, marcando la distinción entre los temas del espíritu y los temas
terrenales, que debían ir por carriles separados. Aunque la Iglesia Católica
Romana, fundada tres siglos después de su muerte, no siguió ese camino.

El liberalismo político, a partir de Locke, se vio enriquecido con el paso del


tiempo por el aporte de numerosas figuras de gran valía.
Podríamos nombrar muchas de gran valor para la humanidad pero optamos
por resumirlas en alguien que, por su ubicación en tiempo y espacio, tuvo
una trascendencia fundamental: Thomas Jefferson40, político, abogado,
filósofo y uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de América,
la democracia representativa más antigua, que no ha sufrido ninguna
interrupción desde aquel 4 de julio de 1776, hace casi dos siglos y medio, y
que sirviera de modelo al pensamiento liberal de José Artigas.
Transcribimos aquí un párrafo fundamental de su discurso pronunciado una
década antes del comienzo de la gesta artiguista, al asumir la Presidencia de
su país, el 4 de marzo de 1801:

“En la lucha de opiniones que hemos tenido, la viveza de la discusión y el


espíritu de partido han presentado a veces un aspecto que ha podido
engañar a extranjeros poco acostumbrados a pensar libremente, y a
publicar y escribir lo que piensan; pero hoy que todo está decidido por la
voz de la Nación, anunciada por las fórmulas de la constitución, todas las
voluntades se someten y ceden a la voluntad de la ley, y se reúnen
dirigiendo su común esfuerzo al bien general. Debemos también tener

39
Locke, John. ob.cit.
40
(1743-1826) Tercer Presidente de los EE.UU, considerado como uno de los “Padres
Fundadores” de ese país.

10
presente este sagrado principio; que aunque la voluntad de la mayoría
deba en todos los casos prevalecer, esta voluntad debe ser racional para
ser justa; que la minoría posee derechos iguales, que iguales leyes deben
proteger, y que no pueden violarse sin incurrir en el crimen de opresión.
Unámonos pues, conciudadanos, moral y físicamente, estrechémonos con
esos lazos de armonía y buen afecto, sin los cuales la libertad y aun la
misma vida pierden todo su hechizo. Reflexionemos que habiendo
desterrado de nuestra Patria, esa intolerancia religiosa, que en la serie de
los siglos ha costado al género humano tantas lágrimas y tanta sangre,
habríamos ganado muy poco, si dejáramos subsistir entre nosotros esa
intolerancia política tan tiránica como criminal, sola capaz de engendrar
atroces y sangrientas persecuciones”.
Las palabras de Jefferson son emblemáticas del pensamiento liberal,
democrático y republicano, en su más amplia acepción y tienen en nuestros
días absoluta vigencia.
Lamentablemente seguimos viendo en el mundo contemporáneo, como
contracara, que las mayorías suelen actuar despreciando los derechos de las
minorías, tanto en el campo político como en el social o el religioso y
siguen existiendo pueblos y naciones enteras que se encuentran dominadas
por los dogmatismos y fundamentalismos de variada índole.
En la actualidad estamos expuestos con más intensidad que nunca a esas
corrientes que van a contramano de la historia, dado que la globalización y
la apertura comunicacional del último cuarto de siglo hace que todo llegue
más rápido, no solo lo positivo, hasta estas, otrora lejanas, costas del Sur.
Pero los dogmatismos, fanatismos, totalitarismos y toda forma moderna de
fundamentalismo, en la medida que intentan propagarse por el mundo,
chocan contra un muro difícil de franquear: la libertad de pensamiento, o
libertad de conciencia.

La laicidad juega un rol fundamental como garante de esta libertad básica.


Los uruguayos nos hemos formado en un ambiente laico, que no significa
de ningún modo que sea contrario a la religión. Ese es el quid de la
cuestión.

Las religiones, todas ellas, y cualquier expresión de espiritualidad que


manifiesten los ciudadanos, deben ser escrupulosamente respetadas en el
Uruguay, por mandato constitucional, y son consideradas del dominio
privado de las personas, ajenas a la intervención del Estado, que en la

11
materia, según se desprende del texto constitucional, es abstencionista,
como veremos con mayor detalle en el capítulo respectivo.
Por tanto, si tuviéramos que resumir en pocas palabras el valor de nuestra
grifa de país en el mundo, diríamos que la laicidad constituye ese valor
diferencial que, integrado a la identidad nacional, ha contribuido a
amalgamar y fortalecer nuestra “comunidad espiritual”.

12
CAPÍTULO 1. FACTORES QUE INCIDIERON EN LA
CONSOLIDACIÓN DE LA LAICIDAD

Cuando la reforma constitucional de 1918 introdujo la laicidad en el


Estado, separándolo de la Iglesia Católica, no hizo sino consagrar en el
texto de nuestra Carta Magna lo que se había ido gestando durante más de
medio siglo, por una sucesión de leyes, decretos y actos administrativos
que pavimentaron paulatinamente el camino.

La consolidación de la laicidad fue influida por diversos factores, que


coadyuvaron para que el Uruguay alcanzara un grado de libertad religiosa
que ha sido ejemplo para la región y el mundo.

EL PENSAMIENTO Y LA ACCIÓN ARTIGUISTA


Artigas tuvo, desde la época de la Patria Vieja, una incidencia decisiva en
el pensamiento político nacional. El prócer impregnó el espíritu y la
conciencia de nuestro pueblo con ideas de
avanzada, desde los episodios que culminaron
con el Éxodo, que constituyó la primera
manifestación nacional, aún antes de la existencia
del Estado.

Hasta hoy permanecen grabados a fuego en el


espíritu de los uruguayos aquellos cortos
enunciados que ilustran sobre la esencia liberal,
democrática y republicana del pensamiento
artiguista. Son mandatos morales, que hoy siguen
emocionando desde el fondo de la historia y que a
la vez motivan y promueven la necesidad de
honrarlos y cumplirlos, como, por ejemplo: “la
cuestión está entre la libertad y el despotismo”, “mi autoridad emana de
vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana” o “sean los
orientales tan ilustrados como valientes”.
Cada vez que repasamos su vida y su obra acentuamos nuestra convicción
de que, si su actuación hubiera tenido lugar en algún otro de los países de
las Américas, con mayor territorio, población y visibilidad internacional, la
repercusión mundial de su nombre hubiera sido muchísimo mayor.
Eduardo Acevedo41, en su famoso Alegato Histórico, decía que para
41
(1857-1948) Abogado, periodista y docente universitario, a la vez que un notable historiador,
especializado en la obra de Artigas. Fue rector de la UDELAR y ocupó varios cargos de
gobierno en tres décadas de actuación pública.

13
calibrar verdaderamente la figura de Artigas “…no llevaremos nuestra
pasión hasta colocarlo en la línea de los Bonaparte ni Washington; pero
no es posible dejar de reconocer en él al primer jefe que tuvo nuestra
magnífica revolución de 1811 y al que echó en esta tierra los cimientos de
la libertad…” 42. Con su florida prosa, lo que quiso significar fue que, en
una comparación con prohombres panamericanos, para superarlo había que
elevar la mira, por ejemplo, hasta estadistas de la talla de George
Washington, padre de la Independencia y primer Presidente de los Estados
Unidos.

El recordado historiador debe haber sido probablemente quien con más


sentido de justicia ha estudiado a Artigas y al artiguismo y lo reivindicó
frente a la leyenda negra que le habían tejido desde el otro lado del Plata. A
pesar de que la obra de este autor tiene más de un siglo, sigue siendo un
mojón insustituible de nuestra historiografía. Su estudio fue tan profundo y
abarcativo que se preocupó por la veracidad y la ética pero también por el
cuidado estético de los contenidos, aunque ello significará contradecir a la
corriente mayoritaria en el estudio de la disciplina.
A modo de ejemplo recordamos uno de sus alegatos de la obra citada que
se titula “Ni General ni Gervasio”, donde explica por qué no debe usarse
el segundo nombre al referirse al prócer aunque figure en su fe de bautismo
puesto que Artigas prácticamente nunca lo utilizó: “Millares de oficios y
cartas publicados en ambas márgenes del Plata o que permanecen
inéditos en los archivos públicos y particulares, suscritos por Artigas o
relativos a él, prueban irrecusablemente que se trata de una agregación
póstuma, que sólo tiene el mérito de afear el nombre del personaje”43. Y
aclara Acevedo que tampoco nunca recibió el grado militar de General,
agregando un concepto que lo distingue: “la obra de Artigas es ante todo
de ciudadano. Fue militar porque era necesario que alguien mandara los
ejércitos, pero su tarea es fundamentalmente cívica, de propaganda de
ideales, de elaboración de caracteres y de formación de pueblos”44.
Artigas se destacó nítidamente al sostener ideas de vanguardia como la de
la confederación --y no del federalismo45 como se ha dicho muchas veces, a

42
Acevedo, Eduardo. “José Artigas, Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres.
Su obra cívica – Alegato Histórico” El Siglo Ilustrado, 1909
43
Acevedo, Eduardo Ob. Cit.
44
Acevedo, Eduardo Ob. Cit.
45
La confederación se diferencia de la federación en que en la primera los miembros
mantienen altos niveles de autonomía y el poder central es limitado a determinadas áreas,
mientras que en la segunda los federados renuncian a una parte de sus competencias y el
poder central es notoriamente más fuerte. Ejemplo de ambas formas, respectivamente, son la

14
nuestro juicio con error--, respetando la soberanía individual de las
provincias del Río de la Plata pero manteniendo el espíritu de unión
mediante un pacto.

El pensamiento artiguista se manifestó con diáfana claridad en el Congreso


de Abril, o de Tres Cruces46, con el Discurso del 5 de abril de 1813 para
inaugurar dicho Congreso, --conocido como Oración Inaugural u Oración
de Abril--, las Bases para el Reconocimiento de la Asamblea General
Constituyente, aprobadas al día siguiente y las célebres Instrucciones de
1813 para los delegados47 de la Provincia Oriental, aprobadas el 13 de abril.

Estas piezas fueron complementadas más adelante, desde la sede de


Purificación, con el Reglamento Provisorio para Fomento de la Campaña y
Seguridad de sus Hacendados promulgado el 10 de setiembre de 1815, que
resultara revolucionario para la época.

Al reverenciar a las Instrucciones como se ha hecho en recuerdo de su


Bicentenario en el presente año, no debemos olvidar la importancia que
tuvieron esas instancias previas, que convierten al Congreso de Abril en
uno de los episodios claves de la gesta independentista iberoamericana.

Pero, a los efectos de este ensayo, resaltamos las Instrucciones porque las
mismas en su Art. 3º sentaron las bases o el punto de partida, de lo que,
desaparecida Confederación Helvética, que hoy mantiene de esa idea solo el nombre, o los
Estados Unidos de América.
46
Convocado por Artigas en 1813 para consultar a los orientales sobre la posición a adoptar en
la Asamblea General Constituyente, que se realizaría ese año en Buenos Aires.
47
Fueron designados Mateo Vidal y Dámaso Larrañaga por Montevideo; Dámaso Gómez
Fonseca por Maldonado; Felipe Cardozo por Canelones; Marcos Salcedo por San Juan
Bautista y San José, y Francisco Bruno de Rivarola por Santo Domingo de Soriano.

15
más de un siglo después, sería la consolidación de la laicidad en el Estado,
un modelo para la América Hispana, aunque quizás esa no haya sido la
intención de sus redactores, como comentaremos más adelante.

Como bien dice Carlos Maggi, “… no son instrucciones de rutina, son un


texto maestro muy por encima de la prosa notarial; fijaron de modo
preciso, las ideas de Artigas. A juzgar por Barreiro48 –quien, agregamos
nosotros, que parece haber sido el redactor de la mayor parte de los textos y
compilador de la versión final--, la crema cultural de esta ciudad, gozaba
de una actualidad envidiable; el joven secretario estaba al día. En el texto
de su documento se amasaron los principios sustanciales para encuadrar
una república naciente; fueron coordinados con naturalidad, los
paradigmas más admirables del pensamiento de occidente: el siglo de la
Ilustración, la Enciclopedia, las experiencias políticas probadas en la
práctica para erradicar la monarquía aristocrática. Todo un
aggiornamento intensificado a lo largo de dos siglos, había consolidado
esa filosofía nueva, una pasión humanista cuya entrada estuvo vedada a
la América hispana: no era fácil aquí y en 1813, pensar y sentir de
verdad que todas las personas tienen derecho al goce de su libertad y son
iguales ante la ley”49.

Las ideas fuerza del pensamiento artiguista fueron de un indiscutible cuño


liberal y republicano y un profundo sentimiento de justicia social, porque el
Jefe de los Orientales no solo se interesó en los temas políticos sino que
también se preocupó por lo social y por la incipiente educación del pueblo.

Sin perjuicio de que puede haber sido influido por los franciscanos, que
eran los más liberales dentro de la Iglesia de entonces y de quienes recibió
su formación básica, su pensamiento se nutrió fundamentalmente de los
ideales del liberalismo revolucionario de los Estados Unidos y de la
ilustración francesa que se convirtieron en semillas de fácil siembra en el
espíritu fértil de los orientales para luego germinar y florecer sobre el final
del siglo XIX y en los albores del siglo pasado, mucho antes de que el
marxismo echara raíces en la intelectualidad vernácula.
En materia religiosa y espiritual Artigas tuvo algunas intervenciones
puntuales, que se complementan con el formidable enunciado del Artículo
3º de las Instrucciones, al que nos referiremos más adelante. Desde el
comienzo de su gestión, se preocupó por fomentar un verdadero clero

48
Miguel Barreiro (1789-1848), patriota y político, colaborador de Artigas, integró la Asamblea
Constituyente y ocupó diversos cargos en el novel Estado Oriental.
49
Artículo con su firma en la página editorial del diario “El País” el 7 de abril de 2013.

16
nacional y la Iglesia local comenzó a actuar con mayor autonomía,
provocando cambios notorios en la relación con el clero de Buenos Aires.
Por su solicitud se le concedieron facultades extraordinarias a Dámaso
Antonio Larrañaga50, a la sazón Cura de la Matriz, quien las conservó hasta
que en 1825 fue nombrado Vicario de Montevideo y en 1830 ratificado
como Vicario Apostólico de todo el país.

Si bien la fe católica de Artigas, propia de la época en que le tocó vivir, es


indiscutible, la mencionada influencia franciscana y las nuevas ideas
provenientes del hemisferio norte lo llevaron a actuar, también en esta
materia, con un inconfundible criterio liberal. Pero su actitud en materia
religiosa merece algunas precisiones para comprender el alcance de sus
verdaderas motivaciones a efectos de evitar caer en algunas
interpretaciones excedidas de idealismo.

Cuando en el mencionado artículo 3º de las Instrucciones declara que se


“promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable”
está señalando un rumbo en lo espiritual que no es precisamente el de la
Iglesia ultramontana51 del siglo XIX. Sin embargo entendemos que esta
cláusula debe ser interpretada con mesura puesto que no creemos que tuvo
el mismo significado que puede dársele en nuestros días.

Artigas, a nuestro modesto juicio, no buscó en esa instancia promover la


separación de la Iglesia y el Estado y ni siquiera podemos afirmar con total
certeza que se refería a la libertad de culto como la concebimos hoy.
Pensamos que su propósito era fundamentalmente asegurar la
independencia de Montevideo en la administración religiosa con respecto al
centralismo de Buenos Aires, que se manifestaba también en esa materia.

Hubo otra intervención de Artigas sobre temas religiosos, que también


merece ser citada y analizada. En el marco de un conflicto con las
autoridades eclesiásticas de Buenos Aires que se extendió desde fines de
1815 a 1816, el Jefe de los Orientales se dirigió, por carta fechada el 25 de
noviembre de 1815, al Cabildo de Montevideo para obtener el retiro
inmediato de los curas enviados por Buenos Aires, solicitándole que
“proponga algunos sacerdotes patricios, si los hay, para llenar esos
ministerios y si no los hay, esperaremos que vengan, y si no vienen, acaso
con ello seremos doblemente felices”. Si bien estas expresiones parecen

50
(1771-1848) Político, naturalista, botánico y religioso uruguayo, uno de responsables de la
fundación de la Biblioteca Nacional y colaboró en la creación de la Universidad.
51
Denominación utilizada para designar al sector más conservador de la institución católica
romana, partidario y defensor del más lato poder y amplias facultades del Papa.

17
también tener un sentido anticlerical, insistimos en desestimar que el
rupturismo haya sido la intención principal del caudillo.
A nuestro criterio fueron manifestaciones al calor del enfrentamiento con
Buenos Aires, dirigida contra maniobras políticas que buscaban vulnerar el
derecho de las provincias a la provisión de sus curatos y a la disponibilidad
de “… las rentas eclesiásticas que debían percibir estos pueblos, con
notable detrimento de ellos mismos”, según expresiones del propio Jefe de
los Orientales.
Carlos Maggi, quien ha hecho, con sus estudios sobre Artigas, valiosas
contribuciones a la historia nacional y con cuyas opiniones hemos
aprendido mucho y en general coincidido, sostiene que detrás del
pensamiento del prócer volcado en las célebres Instrucciones están los
postulados del anglo estadounidense Thomas Paine52 y que concretamente
el Art. 3º persigue un objetivo de libertad de culto y de laicidad.
Estamos de acuerdo con este prestigioso autor en cuanto a que dicho
artículo constituyó la génesis de lo que vendría después pero, por lo
argumentado previamente, no adherimos en totalidad a su interpretación.
Nos inclinamos a pensar que éste era un enfrentamiento derivado de la
rivalidad con Buenos Aires, y con los “porteños” y no un enfrentamiento
con la Iglesia como institución.

Porque creemos que, si bien Paine y los liberales de la Revolución


Americana tuvieron gran influencia en Artigas y en su círculo íntimo, si la
intención hubiera sido de una separación formal con la tradición católica de
la época, ello no hubiera sido expresado solamente en esa cláusula de las
Instrucciones o en las líneas de la carta citada sino que hubiera existido una
fundamentación más clara, más definitoria, con otras expresiones que no
hemos encontrado.

También es lógico pensar que, si Artigas hubiera continuado al frente del


gobierno de la Banda Oriental, quizás hubiera profundizado sobre este tema
y definido mejor su posición. Pero lamentablemente ello no ocurrió y, sin
perjuicio del texto del Art. 3º y de la carta mencionada, no encontramos
otras -explicaciones contundentes que den pie a la teoría que expone Maggi
con su convincente prosa.

52
(1737-1809) Político, escritor y revolucionario estadounidense de origen inglés. Promotor del
liberalismo y de la democracia, considerado uno de los “Padres Fundadores” de los EE.UU. y
autor de “La Independencia de la Costa Firme justificada por Thomas Paine treinta años ha”.

18
Aunque, más allá de cual haya sido la verdadera intencionalidad del prócer
al formular este pensamiento que quedó inmortalizado en la historia,
creemos que la enunciación del mismo generó una idea cuya fuerza, con el
correr del tiempo y a la luz de nuevas realidades, como ha sucedido con
otros episodios de la historia, trascendió los propósitos de su formulación
inicial, y contribuyó a ambientar el clima para sucesivas reformas de
avanzada en materia religiosa que tuvieron lugar en el Uruguay
independiente.

EL DEBATE CONSTITUYENTE DE 1830


La aprobación de la primera Constitución del Estado Oriental en 1830 fue
precedida de un fermental período de deliberaciones que sin duda dejaron
su impronta en la historia de la república. Mención especial merecen las
discusiones que condujeron a la aprobación de la disposición que reguló la
materia religiosa.

Más allá de que el Art 5º estableció finalmente que “La Religión del Estado
es la Católica Apostólica Romana”, la historia de su aprobación nos
muestra que aunque no se pudo lograr una fórmula más amplia y tolerante,
como la que proponía José Longinos Ellauri53, que establecía que “La
Religión del Estado es la Religión santa y pura de Jesucristo”, se evitó en
cambio aprobar la de Alejandro Chucarro54, que tendía a conferirle a la
Iglesia protecciones especiales que implicaban un detrimento hacia otras
religiones establecidas o a establecerse en el país u otras fórmulas que
comprometían la libertad de culto.

Esa génesis de la Carta Magna fue el comienzo de lo que se iría gestando


con el paso de los años, más allá de que en esa primera instancia
constitucional se mantuviera a la religión católica como la oficial del
Estado.
53
(1789-1867), político y jurista uruguayo, integrante de la Asamblea Constituyente de 1830 y
padre de quien, con el mismo primer nombre, fuera Presidente de la República.
54
(1790-1884) integrante de la Cruzada Libertadora, constituyente en 1930 y político uruguayo
de destacada actuación en los primeros años de vida independiente.

19
Pero el texto incorporado a la Constitución, teniendo más en cuenta el
espíritu con que fue adoptado que su análisis literal, no habría de constituir
un obstáculo para la aprobación futura de medidas de gobierno con
soluciones de verdadera tolerancia religiosa que permitieron ir preparando
el terreno para una mejor convivencia de todos los grupos sociales que
conforman la nación.

LA REALIDAD DEL PAÍS LUEGO DE LA INDEPENDENCIA


La independencia uruguaya se obtuvo con todas las peculiaridades que
varios autores han señalado en cuanto a que ese no era el rumbo que se
había sostenido hasta entonces, particularmente por Artigas y por aquellos
que lo habían acompañado y habían contribuido al pensamiento artiguista.
El ideario del prócer había tenido, como vimos oportunamente, tres puntos
muy altos que lo caracterizaron y distinguieron: el ideal confederacionista,
la iniciativa del reparto de tierras y el pensamiento liberal. Si bien el
liberalismo estuvo presente en el proceso independentista y de ratificación
constitucional, los otros dos grandes pilares fueron dejados de lado, como
lo fue la propia figura de Artigas.
La concepción de un Estado único e independiente aplicada a la Provincia
Oriental de entonces estaba lejos del pensamiento artiguista. Su programa
según surge de las célebres Instrucciones era independentista frente a
Europa pero confederacionista en lo regional, por lo cual cada provincia se
reservaría el derecho de tener su propio gobierno, su propia Constitución,
con base en los principios republicanos, y hasta su propia fuerza armada.
Su ideario no encajaba con la concepción de esa suerte de ciudad
hanseática, a la manera de los viejos enclaves de las ciudades-puerto de la
Hansa teutónica que funcionaban a modo de Estado tapón, para mayor
beneficio comercial de las grandes potencias, que es lo que de algún modo
fue planteado en la Convención Preliminar de Paz.

Y tampoco quería romper los lazos con las Provincias del Sur, dado que
sentía que éstas, actuando cada una con la necesaria autonomía pero
mancomunadas, podían tener mayor fuerza de negociación en el mundo.

Su preocupación había sido la de potenciar, dentro de la Confederación con


la que soñaba, el papel de la Provincia Oriental y el puerto de Montevideo
y a la vez contener los avances desmedidos del centralismo porteño que,
continúa hasta hoy siendo un gran obstáculo para el desarrollo con equidad
y justicia social de las provincias que conforman la actual República

20
Argentina y para el diálogo y el relacionamiento con las naciones vecinas
más pequeñas como la nuestra.
Artigas buscó mantener unidas a las Provincias del Río de la Plata pero
quería que eso se concretara mediante un pacto que asegurara un mayor
grado de autonomía como salvaguarda frente a la voracidad de los
porteños.

El texto del juramento que se requirió de los integrantes del Consejo


elegido en Tres Cruces, base de lo luego se conoció como el Gobierno
Económico de Canelones, ayuda a disipar cualquier duda sobre la
intencionalidad de Artigas:

“¿Juráis que esta provincia, por derecho, debe ser un Estado libre,
soberano e independiente, y que debe ser reprobada toda adhesión
sujeción y obediencia al rey, reina, príncipe, emperador y gobierno
español y a todo otro poder extranjero, cualquiera que sea, y que ningún
príncipe extranjero, persona, prelado, Estado, potentado, tienen ni
deberán tener jurisdicción alguna, superioridad, preeminencia, autoridad
ni otro poder en cualquier materia civil o eclesiástica dentro de esta
Provincia, excepto la autoridad y poder que es o puede ser conferida por
el Congreso General de las Provincias Unidas?”.

En la medida que los historiadores continúan investigando, cobra fuerza, al


menos desde nuestro punto de vista, la tesis de que el prócer, más allá que
el paso de los años lo puede haber desgastado o que pudo haber optado por
permanecer en Paraguay por otros motivos personales no suficientemente
esclarecidos, se negó a regresar de su exilio en parte porque se sentía
frustrado y no representado por la solución adoptada luego de la
Convención Preliminar de Paz que había derivado en la creación de un
Estado aparte de aquella Confederación con la que el viejo caudillo había
soñado y por la que había luchado.

La idea del reparto de tierras fue también postergada en el nuevo Estado


hasta que, de alguna manera, recién fue rescatada a mediados del siglo XX
con la creación del Instituto Nacional de Colonización55, aunque tampoco
el mecanismo auspiciado por este organismo representó fielmente lo que
había esbozado el caudillo desde Purificación.

Ello condicionó sin dudas los primeros años de vida independiente puesto
que quienes condujeron inicialmente los destinos de la nación eran

55
Creado por la Ley 11.029 del 12 de enero de 1948 bajo la presidencia de Luis Batlle Berres.

21
probablemente conscientes que esa salida independentista había sido un
poco contra natura y a impulsos de los intereses de terceros.
Siguen habiendo voces que cuestionan la Convención y la posterior
Declaratoria de Independencia así como su validez como fecha histórica
para el punto de partida del Estado Oriental del Uruguay, con muy sólidos
argumentos que no es del caso trasladar aquí, aunque personalmente
entendemos que sería más lógico ubicar, desde un punto de vista jurídico,
la fecha de comienzo del Estado independiente el 18 de julio de 1830,
fecha en la que se aprobó la Constitución.

Dicho lo anterior, es preciso también dejar dos cosas bien en claro. En


primer lugar, que Artigas y los orientales estaban dispuestos a integrarse a
las Provincias Unidas, pero las condiciones que pusieron mediante las
célebres Instrucciones jamás se cumplieron y los delegados fueron
rechazados. En segundo lugar, que la historia siguió su curso con el
Uruguay independiente, que fue de algún modo el único resultado posible,
a partir de las circunstancias que se sucedieron, incluyendo sin dudas la
presión y los intereses de terceros que influyeron, o pudieron haberlo
hecho, en la determinación final.
Como corolario, y más allá de las circunstancias anotadas, hoy podemos
afirmar que en la independencia, a pesar de todas las vicisitudes apuntadas,
en la concepción republicana y en la laicidad se conjugó el espíritu
libertario de la gente de esta patria. A nadie se le ocurriría volver atrás, ni
los uruguayos permitiríamos que alguien pretenda imponérnoslo, so
pretexto de una reivindicación histórica.

Si bien la controversia mencionada escapa del tema central de este ensayo,


no podíamos soslayarlo por las alteraciones políticas resultantes de esos
primeros años de inestabilidad, y las muchas consecuencias negativas que
tuvieron para el incipiente Estado y para su gente.

Pero la inestabilidad política generó, como enseña Ardao, un espacio


mayor para discutir otros temas que fueron pavimentando el camino para el
afianzamiento del liberalismo y el pensamiento laico. Como sucede en
muchos aspectos de la vida, hay ocasiones en que la debilidad se torna en
fortaleza y en nuestro país sucedió algo de eso en la segunda mitad del
siglo XIX, por lo menos en el camino de la evolución cultural y también en
la consolidación de la laicidad. Al cerrarse los caminos políticos se
abrieron otros que permitieron el desarrollo de una muy agitada actividad
intelectual con las nuevas ideas provenientes de ultramar que constituyeron
el caldo de cultivo para lo que vendría después.

22
El novel Estado Oriental del Uruguay, cojitranco sin la presencia de
Artigas, auto exiliado en el Paraguay, quien había sido el motor de la
resistencia a ambiciones porteñas y luso-brasileñas, se fue gestando a los
tropezones, gracias al espíritu y a la fortaleza de Fructuoso Rivera56 en el
inicio, con el posterior aporte de Manuel Oribe57, valiosísimo este último
en cuanto a la organización institucional, con quien se alineara
políticamente Juan Antonio Lavalleja58, conductor de la cruzada de los 33.

Los tres habían comenzado su actividad pública, a las órdenes del gran
caudillo exiliado. Pero el choque de personalidades e intereses entre ellos
hizo que el país se partiera en dos grandes divisas, lo que con el correr del
tiempo llevaría a su enfrentamiento, primero en los campos de batalla y
luego en las urnas.

Muchos de los males de entonces han sido adjudicados por destacados


autores, con buena parte de razón, a la dicotomía entre caudillos rurales y
doctores, estos últimos integrantes de una elite urbana concentrada en la
capital que funcionaba mirándose en el espejo de la alta burguesía europea,
dicho esto sin desconocer las enormes distancias y diferencias entre una y
otra realidad.

La interacción y el casi lógico enfrentamiento resultante entre estos dos


grupos fueron generalmente perniciosos para el grueso de la sociedad con
consecuencias que llevaron al país a la crisis y al borde de la ruina
económica. La ignorancia, en la que estaba sumida la mayoría del pueblo,
sin que se hiciera demasiado por combatirla, resultaba funcional a la
conveniencia de ambos sectores antagónicos porque les permitía ejercer su
influencia, cada cual en su medio y a su modo, sin oposición firme de los
sectores mayoritarios de las poblaciones rural y urbana.
Todo ello aunado a la impotencia gubernamental, por falta de recursos
logísticos y herramientas políticas, para poder ejercer su influencia en todo
el territorio nacional, particularmente al norte del Río Negro.

Por otra parte las divisas colorada y blanca, surgidas de los liderazgos de
Rivera y Oribe, representaron desde el comienzo, en líneas generales, el
control y la defensa de los intereses del mundo agropecuario, por el lado de
los blancos, y los de la capital, circunscriptos al comercio, a la muy

56
(1784-1854) Militar y político uruguayo, luchador por la Independencia, primer presidente
constitucional y fundador del Partido Colorado.
57
(1792-1857) Militar y político uruguayo, luchador por la Independencia, presidente
constitucional y fundador del Partido Nacional.
58
(1784-1853) Militar y político uruguayo. Jefe de los Treinta y Tres Orientales y Presidente en
el Triunvirato de Gobierno de 1853.

23
incipiente industria, y a la administración del puerto de Montevideo, el
mayor recurso estratégico del país, por parte de los colorados. Si bien en
ambos sectores de interés había también gente de la corriente política
opuesta, las mayorías estaban alineadas como aquí lo planteamos.

Este conflicto tuvo una contrapartida a gran escala del otro lado del Río de
la Plata, representada por los unitarios y los federales. Ello fue
pavimentando el terreno para la gran confrontación, con participación
internacional, que terminó por partir al país en dos: la Guerra Grande.

El Uruguay quedó sumido en un estado de honda crisis cuando este


enfrentamiento armado se instaló de forma poco misericordiosa en nuestro
territorio. Fue una desavenencia de ambas divisas tradicionales,
enfrentadas por temas domésticos, que derivó en un conflicto internacional
que trajo la muerte y la desolación.

Si se analizan en profundidad los tratados de paz de 1851 con los que se


puso fin al conflicto se puede llegar incluso a cuestionar la vigencia de la
soberanía nacional. Y si a ello se le agrega la crisis económica, propia de
una posguerra, la sensación emergente era que se estaba desvaneciendo no
solo la independencia sino, por ende, el propio Estado, de corta existencia
como tal.

Con la paz del 8 de Octubre, acordada por las partes contendientes,


comenzó un lento proceso de reconstrucción que, luego de grandes
dificultades y una fuerte y prolongada inestabilidad política, desembocó en
un proceso de modernización del país, iniciado fundamentalmente en el
gobierno del coronel Lorenzo Latorre59, a horcajadas de una interrupción
constitucional que permitió realizar, quizás con mayor rapidez, los cambios
que eran necesarios a corto plazo.
La reestructura y reconversión del país eran imprescindibles luego de que
éste fuera casi devastado por la guerra y la inestabilidad política.

Al respecto cabe mencionar las innovaciones más importantes: creación del


Registro de Estado Civil; el Código de Procedimiento Civil; el Código de
Instrucción Criminal; el Código Rural; la instauración del Obispado de
Montevideo, que significó la independencia de la Iglesia uruguaya con
respecto a Buenos Aires, por la que tanto había luchado el propio Artigas y
que estaba todavía pendiente; la concesión de los ferrocarriles a capitales

59
(1844-1916) Militar y político uruguayo, gobernador de facto entre 1876 y 1879, y presidente
constitucional entre 1879 y 1880.

24
ingleses y extensión de las vías férreas; la creación de los juzgados letrados
departamentales; la creación de la Administración Nacional de Correos; la
creación de la Facultad de Medicina; la reforma del programa de estudios
en la Facultad de Derecho; y la creación de la Escuela de Artes y Oficios.

A todo esto se agregan modificaciones importantes en el funcionamiento de


la ciudad de Montevideo, que contribuyeron a transformarla, como la
implantación del tranvía tirado por caballos, la apertura de una vía de
circunvalación, que llevaría luego el nombre de Bulevar Artigas, la
demolición del antiguo Mercado de la Ciudadela y la ampliación de la
Plaza Independencia, la demolición del Fuerte y la apertura de la Plaza
Zavala, la construcción del Palacio Estévez, que pocos años después, en
1880, sería adquirido por el gobierno para albergar la sede del Poder
Ejecutivo, la consolidación de la industria frigorífica, la construcción del
Hospital Vilardebó y la creación de los mercados del Puerto y Modelo.
Latorre sumó además a su favor el haber respaldado el proyecto y la obra
de Varela, lo que le ocasionaría al reformador la animadversión de
importantes figuras de su generación, como veremos más adelante.
Pero la crisis que estaba viviendo el país y de la cual se comienza a salir
con este conjunto de reformas, no era sólo económica sino, quizás por
reflejo de ésta, también social y cultural. En esa coyuntura, y teniendo en
cuenta que los espacios políticos estaban clausurados por el autoritarismo
gobernante, la intelectualidad nacional, representada fundamentalmente por
los jóvenes que comenzaban a irrumpir en la escena pública, canalizó su
energía, como explica Ardao, hacia otros campos de discusión.
Cobraron pues fuerza los grandes enfrentamientos ideológicos, que se
desarrollaron básicamente en la capital, porque allí estaban los primeros
centros de estudio, los incipientes órganos de prensa y los más altos
exponentes de la intelectualidad vernácula.

Estos debates constituyeron la caja de resonancia de los movimientos


filosóficos y sociales que se estaban desarrollando en Europa y Estados
Unidos, como el que condujo al llamado proceso de secularización, que
preferimos denominar como consolidación de la laicidad en el Estado o a la
abolición de la pena de muerte y el desplazamiento del racionalismo y el
espiritualismo por el positivismo, que se concretó sobre el final del siglo
diecinueve.

Todo ello fue de la mano de procesos de modernización y cambio, como


los que enumeramos líneas arriba, que dieron origen a nuevas tecnologías

25
aplicadas al transporte público, como el ferrocarril o el tranvía, o a las
telecomunicaciones, mediante el telégrafo, que acortaron las distancias
entre Montevideo y el interior del país, a la vez que una racionalización de
los recursos que incidió en el mayor desarrollo económico, acentuado por
el fortalecimiento de la propiedad privada.

El Estado fue desarrollando un ejército profesionalizado y tecnificado con


armamento moderno que aumentaba su eficacia para prevenir los desbordes
tan frecuentes hasta entonces. De ese modo, comienza a centralizarse el
poder político-militar en Montevideo especialmente por la importancia
comercial del puerto y es en la capital donde se organizan y centralizan
también los aparatos jurídicos y administrativos del Estado.

La historiografía nacional ha sido en general muy crítica del gobierno


latorrista, asimilándolo como uno más del período denominado
“militarismo”, salvo algunos historiadores, como Guillermo Vázquez
Franco60, quien, con un peculiar estilo y desde una posición ideológica que
por cierto no puede ser catalogada como conservadora o proclive al
autoritarismo militar, ha reconocido los logros de ese gobierno en
particular:

“Latorre fue un regulador y ordenador de la vida civilizada; su obra es


fundamentalmente una obra civil (Código civil, Registro civil. etc.);
organizó el estado moderno que comenzó a cobrar el monopolio de la
violencia y vio en el fusil Rémington que empezaba a exportarse desde
EEUU (excedentes de la guerra de secesión), el arma capaz de darle al
ejército del Estado, una insuperable ventaja sobre las lanzas y las
boleadoras montoneras”.61
En el período se producen varios cambios en la sociedad y se produce una
incorporación de las costumbres europeas debido a la nueva forma de vida,
producto de una nueva cultura que ofrecía avances tecnológicos los que
a la vez derivaban en cambios en materia económica con repercusión en
el seno de la sociedad, a la cual contribuirían a modificar en su estructura.

Podemos decir que allí se sentaron las bases para una incipiente cultura
nacional aunque sin desconocer que, culminada la Guerra Grande, se
produjo inicialmente un debilitamiento en ese rubro debido al retorno a su

60
(1924 -)Historiador y polémico investigador uruguayo especializado en lo que él denomina
los “mitos fundacionales” con lo que promueve una suerte de revisionismo de la historiografía
nacional.
61
Vázquez, Franco Guillermo: “Latorre, clave del país moderno”, Revista “Hoy es Historia”,
Montevideo, 1986.

26
tierra de la mayoría de los exiliados argentinos que le habían dado impulso
ideológico a las condiciones políticas, económicas y culturales de la Banda
Oriental, con una fuerte influencia proveniente de Francia.

Los cambios en la estructura del Estado que fueron orientando el desarrollo


del país productivo, aunque con desigualdades sociales importantes, fueron
acompañados de cambios radicales en la organización social. Al terminar
la Guerra Grande los habitantes eran 400 mil y en 15 años habían ingresado
más de 230 mil inmigrantes, con lo cual comenzaba a generarse ese crisol
de culturas, idiomas o dialectos y oficios que comenzaron a sentar las bases
singulares de lo que sería nuestra República Oriental del Uruguay.

Este panorama fue complementado por la irrupción de nuevas figuras o


agrupamientos sociológicos como el del niño trabajador, en tareas
marginales como las de lustrabotas o canillita, tan bien descritas por
Florencio Sánchez, ese extraordinario autor cuyas obras contribuyeron a
ilustrar magníficamente la realidad social nacional.

Estos cambios sacudieron las estructuras coloniales y motivaron la


necesidad de luchar contra la pobreza y el analfabetismo. Paulatinamente, y
como consecuencia de los cambios operados en el entramado social, va
desapareciendo la figura del gaucho, que es sustituida por la del paisano o
peón, a raíz del alambrado de los campos que pasó a delimitar la propiedad
privada.

Asimismo la escuela rural permitió ir transformando al gaucho, desde su


infancia, en ciudadano con lo cual vemos que esta figura emblemática de la
patria vieja se va, lenta pero inexorablemente, extinguiendo.
Al mismo tiempo, con la incipiente estabilidad institucional y al amparo de
persistentes desigualdades, se van amasando pequeñas fortunas, acorde con
las dimensiones del país, dando lugar a la aparición de la figura del
banquero, como antesala de un incipiente capitalismo.

Mientras tanto se va gestando la lucha de la Iglesia por mantener la


hegemonía en la educación que era la principal herramienta para
evangelizar, es decir propagar la fe Cristiana, que comenzaba a sufrir el
proceso de creciente descreimiento por parte de amplios sectores de la
población, particularmente los más instruidos, como consecuencia de la
irrupción de las nuevas ideologías promovidas por los sectores liberales
bajo el estímulo por las nuevas ideas que llegaban del hemisferio norte.

27
LA INFLUENCIA GARIBALDINA
Al encarar el tema del Uruguay laico y la consolidación de la laicidad en el
país, como garantía para la libertad de conciencia, no podemos obviar la
mención, a la figura de José Garibaldi, conocido
como el “Héroe de Dos Mundos”, por sus luchas
y triunfos en Europa y en América.
Este formidable y romántico combatiente
apodado también “León de Caprera”, en
testimonio a su valor en el campo de batalla,
trajo en el siglo XIX su espada de libertad y de
justicia para ponerla al servicio de los
americanos del Sur, que compartían sus mismos
sueños, sus mismos desvelos y sus mismas esperanzas.
Su ejemplo y su acción, fueron factores determinantes no sólo para que
Italia, su tierra natal, se unificara y liberara sino además para que los
hombres libres de entonces, para sí mismos, para los de ahora y para los
que vendrán, pudieran dar un paso importante en la afirmación de la
libertad de pensamiento.
Recordamos al guerrero indomable, pero también al caballero del espíritu
quien, desde la profundidad de sus ojos azules, proyectaba la pureza de sus
intenciones y la sinceridad de sus pensamientos de honda raigambre liberal
y republicana. Garibaldi viajó por el mundo, en una suerte de cruzada
personal al servicio de sus ideales, e hizo de su vida una canción de
libertad para contribuir a lograr un mejor destino para ésta, su patria
adoptiva, para su amada Italia, y para toda la humanidad.
La presencia de este ilustre ciudadano del mundo en el Uruguay, fue
además un faro de referencia para tantos liberales del viejo continente que
eligieron, motivados por su ejemplo, esta tierra como su lugar de lucha
personal, pero también de refugio donde recalar en tiempos de tormenta,
para criar a sus hijos y construir un porvenir.
Cuando Garibaldi partió de retorno a Europa, su espíritu permaneció entre
nosotros para inspirar un futuro de libertad, de república y de laicidad. Por
ello sentimos el deber de mencionarlo y reconocer su influencia en la
conformación social de un Uruguay amplio y pluralista.
Tenemos también el íntimo convencimiento que, sin la gesta garibaldina de
1870, hubiera sido muy difícil conquistar la laicidad en tantas naciones,

28
incluyendo la nuestra. Si bien no se puede hacer un análisis histórico de lo
que no ocurrió, es muy difícil imaginar la separación del Estado y la Iglesia
sin aquella que puso fin al poder temporal de los papas sobre Roma,
generando una crisis que debilitó la influencia de la Iglesia en el mundo.

Se nos podría argüir que esa es una fecha propia de los italianos y que no la
debemos vincular con un análisis dedicado a nuestra realidad. Pero, por las
razones que esgrimimos más arriba, esa derrota del poder político del
Papado constituyó un acicate importante para el movimiento laicista y, por
ello, aquel 20 de setiembre ha sido recordado universalmente desde
entonces como el Día de la Libertad de Pensamiento.

Como en tantas otras ocasiones en las que los hechos históricos han
cobrado con el paso del tiempo una fuerza propia que superaron las
expectativas de quienes los promovieron, el gran significado de esa fecha y
el papel fundamental de Garibaldi en el proceso, trascienden lo material y
lo político y se adentran francamente en lo espiritual y filosófico.

LAS VERTIENTES RELIGIOSAS Y ESPIRITUALES DE LA ÉPOCA


Recién en la segunda mitad del siglo XIX “la cuestión religiosa” comenzó
a experimentar un vuelco fundamental que contribuyó a pavimentar el
camino para los cambios que llevarían inexorablemente a la laicidad en la
Educación Pública y en el Estado.

En los años 60s del siglo XIX, cobraron fuerza en el Uruguay y en


América, las ideas del racionalismo. Primero, hasta los 80s, en su versión
deísta y metafísica, y luego, hacia el final del siglo y comienzos del
presente, con el denominado liberalismo, última expresión histórica del
racionalismo religioso en el país, que en esta etapa ya convivía en los
círculos intelectuales y académicos con el incipiente positivismo.
Creemos necesario registrar también, a propósito de la consolidación del
laicismo en el país, un elemento que hizo la diferencia con casi todo el
resto del continente americano.
Se trata de la situación interna de la propia Iglesia Católica uruguaya.
Desde las primeras reducciones religiosas, que comenzaron con la
fundación de Santo Domingo de Soriano en 1624, seguida luego por la de
Víboras y del Espinillo, comenzó a apreciarse la anteriormente mencionada
influencia de los frailes franciscanos.

Con la fundación de Montevideo en 1726 se consolida el predominio de los


religiosos de esta Orden, quienes como capellanes de la guarnición tuvieron

29
a su cargo la dirección de la incipiente Iglesia local. Esta situación
permaneció incambiada, aún durante las dos décadas de actuación de los
jesuitas, desde 1746 hasta su expulsión de los dominios españoles en 1767.

Luego de la expulsión de los jesuitas, los franciscanos continuaron con las


actividades de enseñanza que habían comenzado aquellos y el Convento de
San Francisco se constituyó en el verdadero centro religioso e intelectual de
Montevideo hasta los tiempos de la Revolución.
Aunque es importante reconocer que, si bien la presencia franciscana le dio
características propias a la iglesia colonial uruguaya, existía desde el punto
de vista administrativo una relación de dependencia con la diócesis de
Buenos Aires, que comenzaría recién a cambiar a comienzos del siglo XIX
con la revolución artiguista, merced a la decisiva intervención del prócer.

Los franciscanos, alejados de las concepciones ultramontanas y con


marcadas tendencias espirituales más liberales, dicho esto último con la
prudencia y el sentido de relatividad que corresponde a las circunstancias
históricas de la época, contribuyeron a generar un clima propicio al análisis
y a la crítica que, quizás sin proponérselo directamente, fue fertilizando el
campo para permitir el advenimiento de las nuevas ideas provenientes de
los países más progresistas de Europa y de la incipiente democracia
estadounidense.
Hasta 1859 se mantuvo el predominio de las tendencias liberales dentro del
clero uruguayo, en contraposición a la notoria influencia jesuita presente en
las organizaciones eclesiásticas de otras sociedades americanas. Y esto fue
a nuestro juicio un elemento crucial para abrir el camino hacia la laicidad.
Hemos leído, en más de una oportunidad, críticas provenientes de sectores
conservadores de la institución eclesiástica hacia la actitud de muchos
sacerdotes franciscanos de la época que permitieron el avance de las
corrientes liberales en el seno de la sociedad.

Recién con el advenimiento de Jacinto Vera62 a la jefatura de la Iglesia


comenzaría a revertirse esta situación hacia una hegemonía jesuita que, en
oposición a la Congregación Franciscana, era la corriente conservadora.
Pero, para los intereses de la iglesia ultramontana, ya era tarde y en dos
años se produciría el primer choque con el Estado en la batalla por la
laicidad.

62
(1813-1881) Nacido en el barco donde viajaba su familia de Canarias a Brasil, bautizado en
Santa Catarina, fue el primer obispo católico de Montevideo.

30
Recapitulando, insistimos en que, si bien la Iglesia Católica tuvo innegable
influencia en la sociedad uruguaya del coloniaje, como en toda la América
Hispana, las circunstancias propias de la Iglesia local de entonces sumadas
a la actitud de los principales actores de la nación, desde sus albores, le
imprimieron a esa influencia una fisonomía particular, bastante diferente a
la de la ejercida por la misma religión en otros países de la región.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, en el seno de la sociedad


uruguaya, fundamentalmente en los sectores académicos, comenzaron a
predominar las ideas antidogmáticas, operándose, en poco más de tres
lustros, una revolucionaria transformación de conciencia, influida por el
racionalismo, el liberalismo y el positivismo y promovida también por la
Masonería, con la participación de las principales corrientes cristianas
protestantes que se fueron estableciendo en el país alejadas de las
posiciones cargadas de dogmatismos de la Iglesia Católica.
No se debe soslayar que entre los fundadores de la Francmasonería en
Inglaterra, en 1717, figuraban destacados pastores protestantes de la iglesia
anglicana, que seguramente le imprimieron su impronta a la fraternidad
masónica, por lo que debe haber sido inevitable que dicha influencia
llegara a estas tierras de la mano de las logias.

En esta época se verificó una etapa de crecimiento y auge de esta


institución liberal, que jugó un papel muy importante en el proceso de
consolidación de la laicidad, como promotora de la libertad de
pensamiento, coadyuvando su acción con otros sectores que compartían sus
inquietudes, como veremos más adelante.
La masonería, según Ardao, no es anti-religiosa, aunque tampoco
pretendería ser una religión sino constituir un ámbito de armónica
convivencia, para los creyentes de las distintas religiones existentes,
fundado bajo la creencia en un Ser Supremo, al que denominan Gran
Arquitecto del Universo.

Esta postura, ecuménica, difiere en mucho de los postulados de la Iglesia


Católica, al menos en su vertiente ultramontana, y se acerca a la filosofía de
la doctrina del laicismo que propugna la separación de la Iglesia y el Estado
pero garantizándole a todos los que quieran creer en una religión,
cualquiera que ella sea, la libertad de hacerlo, así como idéntica libertad
para los que quieren no creer.

Debemos mencionar, a esta altura de nuestro análisis, dos procesos que,


aunque independientes, se interrelacionaron y retroalimentaron.

31
Por un lado la lucha ideológica, dentro de la iglesia católica uruguaya, que
enfrentó al grupo liberal y masón con el sector ultramontano.
Y por otro, según relata Ardao, la propia evolución filosófica de la
incipiente Masonería uruguaya, desde el teísmo al racionalismo deísta de la
religión natural, primero, al liberalismo luego y, sobre el final del siglo con
posiciones, al menos en algunos de sus integrantes, teñidas de agnosticismo
o incluso de ateísmo, más allá de que las bases históricas de la institución
parecerían no admitir estas posturas entre sus adeptos.
El mencionado triunfo dentro de la iglesia de los conservadores vinculados
a la Compañía de Jesús provocó también el tránsito paulatino de los
católicos masones hacia el racionalismo o el protestantismo, generando una
polarización de fuerzas que llevaría al franco enfrentamiento.

La Iglesia, entretanto, inició en los años 70s un proceso de reorganización


interna, conducida por el Obispo de Megara, Jacinto Vera, y se fue
preparando para la lucha ideológica con Juan Zorrilla de San Martín, como
el vocero más notorio, quien desde el Club Católico contribuyó a
jerarquizar las polémicas públicas que tuvieron lugar en esos años.
En la otra trinchera se alinearon el racionalismo y la Masonería, que
contaron con el respaldo de los cultos protestantes de avanzada.

No podemos entonces pasar por alto, aunque la historiografía tradicional


quizás no lo ha destacado como merece, el importante papel para la
consolidación de la laicidad en la Educación y en el Estado que jugó el
protestantismo por medio de la Iglesia metodista y algunos de sus más
destacados dirigentes, como los pastores Juan Thompson63 y Thomas
Wood64 y de la Iglesia Evangélica Valdense, que tuvo notable influencia
en la zona Oeste del país, bajo la égida del Pastor Daniel Armand Ugon.
Wood y Armand Ugon fundaron el primer liceo laico del interior en
Colonia Valdense y que hoy es el Liceo Público “Daniel Armand Ugon”.

El teólogo argentino Norman Amestoy65, aporta datos sobre la asimilación


del protestantismo a la cultura religiosa uruguaya indicando que “el
ingreso del metodismo al Uruguay no ha sido bien explicado por la
historiografía religiosa que, preocupada más por exaltar el accionar de
sus dirigentes, no ha sabido destacar una serie de hechos significativos
que tienen que ver con los vínculos de éstos y sus asociaciones

63
(s/d) Pastor metodista nacido en Escocia pero criado en Buenos Aires.
64
(s/d) Pastor metodista episcopal.
65
(s/d - ) Doctor en Teología por el Instituto Universitario ISEDET (Buenos Aires).

32
eclesiológicas con otras sociedades políticas, filantrópicas o sociales que
favorecieron su inserción en el contexto rioplatense”66.
El citado autor sostiene que el metodismo y la masonería --a lo que
agregamos nosotros que nos parece que esto último fue válido para todo el
protestantismo en general-- compartieron un sendero de mutuos intereses,
en un momento donde la “cuestión religiosa”, a pesar de la breve distensión
que sufrió entre 1867 y 1870, se instaló como tema nacional.

Junto con el metodismo, como decíamos antes, aparece también la


influencia de la Iglesia Valdense. Algunos de los feligreses de ambas
iglesias protestantes, y también de alguna otra expresión del protestantismo
menos significativa en número pero de similar perfil, particularmente los
más jóvenes, integraron la corriente que fue sentando las bases para reducir
la influencia del clericalismo en el país.

Amestoy, en un concepto que compartimos, expresa también que “La


polémica en torno de lo religioso y sobre todo el anticatolicismo ya se
habían expresado con intensidad a raíz de la aparición de La Revista
Literaria. Sin embargo, habría que esperar hasta 1871 para que en el
seno del Club Universitario se retomase el tema”67. Según Amestoy,
“el metodismo vino a sumarse y a reforzar la controversia anticlerical, ya
que, de hecho, asumiría una participación protagónica en los principales
momentos de la confrontación entre el racionalismo y el catolicismo
romano”68.

El mismo autor precisa que las coincidencias en esa suerte de frentismo


liberal anticatólico no significó una alineación incondicional de todas las
fuerzas que pretendían acercar un orden nuevo. Por el contrario, si bien el
anticatolicismo se transformó en un fuerte punto de coincidencias, el
protestantismo y el racionalismo mantendrían más adelante su propia
discusión ideológica sobre el concepto de “razón”. Lo cual no fue
obstáculo para que tuvieran coincidencias en muchos aspectos ni para que
destacados metodistas, valdenses u otros protestantes participaran del Club
Universitario, del Club Racionalista y del Ateneo de Montevideo.

Es bueno recordar también que la Iglesia Metodista, particularmente a


través de los esfuerzos del mencionado Pastor Wood69, en la década de los
80s, ha contribuido a instalar principios de profunda raigambre liberal en la
sociedad uruguaya a través de instituciones como el Instituto Crandon y
66
Amestoy, Norman. “Protestantismo y Racionalismo en el Uruguay (1865-1880)”
67
Amestoy, Norman. obra cit.
68
Amestoy, Norman. obra cit.
69

33
hasta el Hospital Evangélico, sumándose luego en 1909 la Asociación
Cristiana de Jóvenes con el mismo perfil.
Ya mencionamos líneas arriba al pastor Armand Ugon70, quien desarrolló
desde la Colonia Valdense una intensa labor educativa pero manteniendo
los mismos principios de libertad que resultaban tan caros a aquellos
idealistas de su colectividad que habían llegado de Europa buscando el
refugio de estas costas. En su tarea contó con el apoyo del abogado Carlos
de Castro71 quien era en ese momento la principal autoridad masónica del
país, según relata Roger Geymonat72 en el trabajo colectivo, citado en el
capítulo inicial, cuya autoría compartiera con Gerardo Caetano y otros. Y
esto es otra evidencia de los vínculos fluidos entre protestantes y masones
en aquellos años de forja.

EL MOVIMIENTO DE LOS JÓVENES RACIONALISTAS


El 9 de julio de 1872, casi dos años después de la caída del poder papal en
Roma a manos de las tropas garibaldinas, un grupo de jóvenes uruguayos
emitía la Profesión de Fe Racionalista, a la que ya hicimos referencia en el
capítulo introductorio, con mención explícita de los firmantes en la nota al
pie38.
La misma fue publicada cinco días más tarde, el 14 de julio, coincidiendo
con la celebración de un nuevo aniversario de la Toma de la Bastilla. Esta
manifiesto constituye una de las piezas más claras del rumbo espiritual
tomado por la mayoría de la juventud intelectual de la República en la
segunda mitad del siglo XIX.
Ese conjunto de jóvenes universitarios, entonces prácticamente
desconocidos, estarían llamados luego en su gran mayoría a tener destacada
actuación y ocupar lugares preferentes en distintos ámbitos de la vida
nacional, particularmente en la Universidad y en la política.
La proclama, redactada por Carlos María de Pena73 con la colaboración de
Justino Jiménez de Aréchaga74, cayó como un aldabonazo en los sectores

70
(1851-1929) Nacido en Torre Pellice, Italia, Pastor de la Iglesia Evangélica Valdense y
principal consolidador de la Colonia Valdense.
71
(1835-1911) Abogado y político, ministro de Estado, legislador y diplomático, padre político
de Pedro Figari; ocupó el cargo de Gran Maestre de la Masonería del Uruguay.
72
(s/d -) Docente de Historia e investigador sobre la religión en el Uruguay, egresado del IPA
en 1983.
73
(1852-1918) Político, diplomático y docente universitario uruguayo. Fue Decano de la
Facultad de Derecho.
74
(1850-1904) Político, diplomático y docente y vicerrector de la Universidad. Abuelo del gran
constitucionalista mencionado en la nota al pie Nº 10.

34
afiliados al catolicismo ultramontano e impregnó a las conciencias más
preclaras de la sociedad uruguaya con valiosos fundamentos ideológicos.
Leyéndola se comprueba fácilmente que no es una expresión de ateísmo,
sino que es, en todo caso, de base deísta, aunque profundamente
antidogmática y fundamentalmente contraria a lo que era la expresión de la
dirigencia del catolicismo vernáculo de entonces, alineada con los sectores
más conservadores de la Iglesia de Roma.

A continuación trascribimos, a modo de ejemplo un fragmento que permite


ilustrar lo que afirmamos y que extrajimos de la obra de Ardao, que
contiene su texto completo:

“Profesamos que todo hombre ha recibido de Dios, Ser Supremo y


creador del Universo, la razón, luz que alumbra a todo hombre que viene
a este mundo; única facultad que poseemos para alcanzar la realidad,
único órgano para conocer la verdad, para distinguir el bien del mal;
único revelador de los gérmenes eternos de luz y de verdad que Dios ha
depositado en el alma de todo ser humano; soberano juez en todo
conocimiento: en todo lo que se refiere al alma, en todo lo que afecta al
corazón; suprema autoridad en nuestros juicios y apreciaciones sobre
todo lo existente; único medio de comunicación Dios; única luz que nos
sirve de guía en la vida, con cuya sola ayuda se conoce todo hombre en el
santuario de su conciencia, descubre su misión, descubre a Dios y revela
la armonía que existe en la naturaleza humana y en todos los órdenes de
la existencia;
Y juzgamos como contraria al testimonio irrecusable de la conciencia,
humana, como degradante para la nobleza y dignidad del hombre, como
esencialmente embrutecedora; juzgamos como absurda, como
blasfematoria, como impía, toda doctrina que niegue al hombre la razón;
que predique la impotencia del espíritu humano para conocer por sí sólo
y con sus propias fuerzas todo lo que se refiera a sí, a Dios y a la
naturaleza; toda doctrina que predique un orden sobrenatural,
inaccesible a la razón; que predique la revelación periódica, directa,
necesaria y personal de Dios al hombre; toda doctrina que exija al
hombre la abdicación de su razón en manos de una casta, de un
sacerdocio, de una Iglesia designados por Dios para instruirle; o ante la
absurda divinidad de un libro que, como el Evangelio, se pretende
dictado por el propio Dios”75.

75
Ardao, Arturo. Ob. Cit.

35
La reacción de las autoridades eclesiásticas se manifestó por medio de la
agresiva pastoral difundida por el obispo Vera en El Mensajero del Pueblo
en lo que fue realmente la demostración de su impotencia.

El obispo pretendía distinguir a los antiguos militantes que no se habían


“...atrevido a llevar al último extremo su propaganda desquiciadora”, de
ese otro “…pequeño número de jóvenes inexpertos y extraviados en sus
ideas…” que constituían a su reaccionario juicio “… las doctrinas más
absurdas y erróneas” provocando “las mayores aberraciones”.
Según el vicario apostólico, la posición de los firmantes respecto a dogmas
fundamentales del cristianismo debía ser condenada por la iglesia y la
sociedad católica, recordando a quienes “se han afiliado o se afiliaren en
esa Profesión de fe racionalista, los anatemas en que la Iglesia los
declara incursos”76.

Pero esa respuesta intolerante de la iglesia resultó estéril. Siete años más
tarde, en la tercera y última gran expresión pública del racionalismo deísta,
Prudencio Vázquez y Vega, desde las páginas de La Razón, amplificaría la
Profesión de Fe, en el marco del movimiento que dio un vigoroso impulso
a las ideas racionalistas en el país, luego de que el Club Universitario se
transformara en el Ateneo de Montevideo.

Esta influencia racionalista en la sociedad uruguaya de la época fue uno de


los factores desencadenantes del proceso llamado de secularización
institucional, y al que preferimos denominar como consolidación de la
laicidad en el Estado.

EL PAPEL FUNDAMENTAL DE JOSÉ PEDRO VARELA


En el proceso que estamos analizando, tiene especial significación, y
particularísima influencia, la decisiva intervención de José Pedro Varela, a
quien los uruguayos reconocemos como la figura más identificada con el
laicismo en el país y cuya contribución a la causa de la laicidad fue
fundamental tanto en la etapa previa como a partir de la aprobación de su
proyecto de Ley de Educación de 1877.

Pero antes de profundizar en su rol como introductor de la laicidad en la


educación, que es lo que nos importa en el marco del presente ensayo,
digamos que fue un tribuno de la Educación y un político visionario que
intuyó como nadie la importancia de ésta en el fortalecimiento de la nación.

76
Monestier, Jaime. Ob. Cit.

36
Algunas de sus expresiones más felices definen claramente sus objetivos,
con una validez que ha resistido el paso del tiempo: “No necesitamos
poblaciones excesivas; lo que necesitamos es poblaciones ilustradas”.
Esto se justificaba a la vista de la situación que describíamos líneas arriba,
puesto que la ignorancia era predominante en la población de entonces.
Estos conceptos son luego amplificados y profundizados magníficamente
en el Cap. VIII del informe manuscrito que presentó a los “Señores de la
Comisión de la „Sociedad de Amigos de la Educación Popular‟ de
Montevideo”, bajo el título “La educación popular”: “Para establecer la
república, lo primero es formar los republicanos; para crear el gobierno
del pueblo, lo primero es despertar, llamar a la vida activa, al pueblo
mismo; para hacer que la opinión pública sea soberana, lo primero es
formar la opinión pública; y todas las grandes necesidades de la
democracia, todas las exigencias de la república, sólo tienen un medio
posible de realización: educar, educar, siempre educar”.
Pero no se quedó en las palabras sino que dedicó el resto de su malograda
vida al servicio y la concreción de su ideal.
La reforma vareliana fue la más importante de todas las que impulsara el
gobierno de Latorre –que, como viéramos, fueron muchas y muy
importantes-- y de algún modo las opacó a todas.
Hacía mucho tiempo que los intelectuales coincidían en la necesidad de una
profunda reforma en el sistema de enseñanza y la fundación de la Sociedad
de Amigos de la Educación Popular había sido un paso adelante en la
búsqueda de ese gran objetivo. Aunque, como paradoja del destino, tuvo
que ser el “iletrado y anti intelectual Lorenzo Latorre”77, como lo define
Lincoln Maiztegui78, quien fuera el responsable por dicha reforma. El
coronel mostró una elogiosa amplitud de miras ya que encargó el proyecto
a un enemigo político, el principista José Pedro Varela, a quien dejó en
total libertad de acción.
La reforma se basó en tres grandes principios, siendo el primero la laicidad,
que es el tema central de este trabajo.

El segundo fue la gratuidad, que permitió el acceso de todos a la escuela


primaria, ya que no solo no se les cobraba sino que se les suministraban
útiles y libros, lo cual era una solución de sensibilidad social y profundo
sentido democrático.

77
Maiztegui Casas, Lincoln R. - Orientales: Una Historia Política del Uruguay, Tomo 2.
Montevideo. 2005.
78
(1942-) Historiador y periodista uruguayo.

37
El tercer gran principio fue la obligatoriedad, instituida para vencer la
resistencia de la gran mayoría de los padres que no consideraban que la
asistencia de sus hijos a la escuela fuera una necesidad y preferían
enviarlos tempranamente al trabajo, por lo cual el Estado, a partir de esta
Ley, se constituyó en custodio de los derechos de la niñez, por encima
incluso de la voluntad de sus progenitores.

Volviendo al tema que nos ocupa, digamos que el laicismo, como tal, fue
sustentado por primera vez en nuestro país por el racionalismo y luego por
el positivismo, habiendo sido Varela pionero de ambos.

En un capítulo de La Educación del Pueblo, titulado La Enseñanza


Dogmática, Varela defiende las concepciones laicistas, precisando que no
significan un ataque a la religión sino una defensa del derecho de los
ciudadanos a elegir la propia sin que se la impongan desde el Estado: “La
escuela laica responde fielmente al principio de la separación de la
Iglesia y del Estado”, afirma, agregando más adelante que se debe
“....rechazar el cargo injusto que nos dirigen los adversarios de esa
doctrina, diciendo que los que así piensan quieren el establecimiento de
la escuela antirreligiosa. No; como dicen los americanos es
“unsectarian”, pero no “godless”; no pertenece exclusivamente a
ninguna secta y, por la misma razón, no es atea, ya que el ateísmo es
también una doctrina religiosa, por más absurda que pueda
considerarse”79.
Cuando preparamos el esquema para llevar adelante este ensayo, temimos
no ser suficientemente generosos con la figura del reformador. Es que
teníamos frente a nosotros un personaje tan central que, si le hacíamos
estricta justicia dedicándole el espacio que se merecía, íbamos a exceder
con creces el espacio del que disponíamos para todo el ensayo. Y por otro
lado éramos conscientes de que es también muy abundante la bibliografía
que lo ha consagrado en la historiografía nacional como uno de los pilares
que le dan sustento ideológico al Uruguay.

Ante esa disyuntiva, y a efectos de poder mantenernos dentro de los


parámetros fijados para cumplir con los límites del ensayo, hemos optado
por citar y recomendar expresamente la lectura de “El Combate Laico”, de
Jaime Monestier, como ya lo hicimos en el prólogo, un libro quizás poco
difundido pero que nos satisface íntimamente por lo abarcativo y por su
riqueza documental, para profundizar en la trayectoria de este ilustre

79
Varela, José Pedro “La Educación del Pueblo” 1874.

38
ciudadano en su lucha por la libertad, por la ética y los valores que se le
asocian, por la justicia social y por su obra cumbre, la reforma educativa.
Nos permitimos transcribir un fragmento de ese ilustrado autor, que resume
magníficamente el juicio sobre Varela y la obra vareliana, que compartimos
y tenemos el honor de suscribir: “Varela dedicó su vida a una obra
cargada de fuerte polaridad ética y los valores que de esa intención se
desprendieron fueron asimilados y sentidos como propios por muchos de
sus contemporáneos y por las generaciones que los siguieron. Es que
ellos se asentaban en principios aún mayores que habitaban ya nuestro
sentir colectivo. Proveniente de la vertiente artiguista, el pueblo
comprendió y sintió el mensaje reformista como una reafirmación y una
reiteración, enraizándolo aún más en nuestro sentir y en nuestro ser
cultural. Y es probable que la gran eclosión filosófica, literaria y
científica que abrió la marcha del siglo XX, encuadrada en el marco del
liberalismo político consagratorio de la laicidad constitucional, no
hubiese culminado sin aquel catalizador”80.
Deseamos también detenernos un instante en un aspecto no menor de su
intervención para llevar adelante su reforma. Varela debió enfrentarse
políticamente a buena parte del pensamiento liberal de la época,
representado por pesos pesados de su generación como José Batlle y
Ordoñez y Prudencio Vázquez, quienes no le perdonaron que impulsara la
reforma desde el gobierno de Latorre.

Este amargo enfrentamiento, con duros epítetos proferidos a través de la


prensa, entre quienes tenían mucho más afinidades que discrepancias es
relatado con fuerte apoyo documental y lujo de detalles en la obra de
Monestier.
Si bien podemos llegar a comprender el principismo detrás de la oposición
llevada adelante entonces por esas figuras indiscutibles del quehacer
nacional, alejados en el tiempo nos resulta mucho más fácil obviar y
desestimar esas críticas a la luz de los estupendos resultados logrados por la
reforma. Nos preguntamos asimismo qué hubiera sucedido si Varela no
hubiera seguido adelante con sus ideas reformistas.

Pensamos que la reforma educativa no fue determinante para prolongar la


dictadura de Latorre, que tampoco se extendió demasiado tiempo. En
contrapartida promovió un cambio cualitativo en el desarrollo social del
país cuyos efectos se prolongaron por muchas décadas. Con el paso del

80
Monestier, Jaime. “El Combate Laico”. MEC. 1992

39
tiempo y el fallecimiento del reformador, las críticas amainaron y luego su
figura ocupó el lugar indiscutido que la historia le tenía reservado.
La situación descrita se nos ocurre bastante comparable, por ejemplo, con
la andanada de críticas recibidas en su tiempo por Abraham Lincoln81
acusado de utilizar métodos non sanctos políticamente para conseguir los
votos en el Congreso de los Estados Unidos que permitieran la aprobación
de la Ley de Abolición de la Esclavitud.
La gran interrogante que surge por sí sola en ambos casos es si el fin
perseguido justificaba los medios empleados. Si bien consideramos que no
hay fin, por noble que sea, que justifique la utilización de medios viciados,
no creemos que ese haya sido el caso de Varela y lo mismo nos sucede con
el ejemplo citado de Lincoln.

Es innegable que, en lo que a Varela y su obra respecta, y sin que esto


signifique un detrimento a quienes lo combatieron por la razón mencionada
ni un juicio totalmente a su favor en este aspecto, su actitud requirió de un
gran coraje cívico que quizás no fue comprendido íntegramente con
ocasión de la polémica pública suscitada.
Una cosa es la actividad política y otra cosa muy distinta son las acciones
que procuran la elevación de la calidad de vida de los ciudadanos. Aunque
preferimos dejar el tema planteado para que cada cual saque sus propias
conclusiones.

Recordemos también que Varela había abrevado, al salir de su


adolescencia, en las ideas del chileno Francisco Bilbao82, padre del
racionalismo deísta en la región. Dice Ardao, en su obra Racionalismo y
Liberalismo en el Uruguay, que Varela “sirviendo de vanguardia a su
generación, de la mano de Bilbao, entraba con ella al mundo de la acción y
de la idea”83.

En su multifacética vida política e intelectual, el pensador trasandino tuvo


como maestro a Hugues-Felicité Robert de Lamennais84 y recibió también
las enseñanzas que Jules Michelet85 y Edgar Quinet86 ofrecían en la cátedra
81
(1809-1865) Político estadounidense, decimosexto presidente de los Estados Unidos y
primero por el Partido Republicano, asesinado en funciones; llevó adelante la abolición de la
esclavitud en su país.
82
(1823-1865) Filósofo racionalista y espiritualista chileno, de destacada labor en la región, fue
quien utilizó por primera vez el concepto de América Latina.
83
Ardao, Arturo. “Racionalismo y Liberalismo en el Uruguay” UDELAR, 1962.
84
(1782-1854) Filósofo francés iniciado en el racionalismo y luego devenido católico y teólogo.
85
(1798-1874) Historiador francés.
86
(1803-1875) Escritor, historiador e intelectual francés.

40
del Colegio de Francia. Lector asimismo de Alphonse de Lamartine87 y
Ernest Renan88, extrajo de ellos argumentos para la controversia con el
catolicismo.

Bilbao Lamennais Michelet

Quinet Lamartine Renan

Según Bilbao, la realidad americana era dual puesto que coexistían


antagónicamente el republicanismo en lo político y el catolicismo en lo
religioso. La base dogmática de este último generaba una contradicción
básica que desvinculaba el ámbito religioso del político impidiendo el
establecimiento de la libertad, el libre examen y, sobre todo, la democracia.

En términos del filósofo trasandino aplicados a la realidad de entonces:


“La América vive en el dualismo. Ese dualismo es el dogma religioso y el
principio político: el Catolicismo y la República. Para fortificar la
América sería necesario o el predominio absoluto del catolicismo, con
todas sus consecuencias, como en Roma, o el predominio de la libertad,
como en los EEUU”
En 1866 tuvo lugar en la prensa montevideana una prolongada polémica
sobre la personalidad de Bilbao, en la cual Varela, desde La Revista
Literaria, fue el portavoz de la corriente racionalista. Ese debate tuvo
enorme trascendencia en el proceso de afirmación de la libertad de
pensamiento que, luego de una pausa, se reavivó en 1871, culminando en el
72 con la creación del Club Racionalista, del seno del Club Universitario.

87
(1790-1869) Escritor, poeta y político francés del período romántico.
88
(1823-1892) Escritor, filólogo, filósofo e historiador francés.

41
Como dato anecdótico, ilustrativo de la evolución del pensamiento del
reformador, cuando se publicó la ya referida Profesión de Fe Racionalista,
la misma no fue firmada por Varela, ya alineado con el positivismo, bajo la
influencia del argentino Domingo Faustino Sarmiento89.

El Dr. Roberto Abadie Soriano90, en 1968, al conmemorarse el centenario


de la fundación de la más arriba mencionada Sociedad de Amigos de la
Educación Popular (SAEP), hacía referencia a la intensa relación que
cultivaron Varela y Sarmiento durante la etapa de apogeo de nuestro
compatriota.

El reformador había viajado en 1867 a Europa y a los EE.UU., por tareas


vinculadas con las actividades comerciales de su padre y en Nueva York
conoce a Sarmiento, quien era Embajador de su país, luego de haber sido
Gobernador de San Juan, y al año siguiente ocuparía la Presidencia de la
Nación hasta 1874. Tenía 56 años y se encontraba en la culminación de
una larga y fermental carrera al servicio de la educación popular. Cuando
conoció a Varela, hacía ya 20 años que había publicado su notable obra
“Educación Popular”, basado en las ideas de Horace Mann91, a quien había
conocido personalmente, en 1847.
Desde que se conocieron, nació entre Varela y Sarmiento una afectuosa
amistad que inspiraría a nuestro reformador en la puesta en práctica de los
ideales que los unían. La relación entre ambos fue muy intensa, de gran
afinidad intelectual y, hasta por la diferencia de edad cronológica,
comparable a la de un padre y un hijo.
Varela, al decir de Abadie, con amor a su patria, entusiasmo y voluntad,
aceptó el desafío y se metió de lleno en la tarea sugerida por su maestro. A
poco de regresar de los Estados Unidos, pronuncia una conferencia
memorable en los salones del Instituto de Instrucción Pública, el 18 de
setiembre de 1868 y sus palabras iniciales marcaron la tónica de su
conferencia y de la que sería su labor descanso hasta el final de sus días
“La educación, en verdad, es lo que nos falta; pero, una educación para
todos, sin distinción de clases, para iluminar la conciencia oscurecida del
pueblo; una educación que nos permite formar al niño para ser hombre y
al hombre para ser ciudadano”.

89
(1811-1888) Político, escritor, docente, periodista y militar argentino; presidente de la Nación
entre 1868 y 1864.
90
(1895-1992) Educador uruguayo, Presidente de la SAEP y Director del IUDEP.
91
(1796-1859) Educador y legislador americano, inspirador de un sistema de educación
democrática.

42
José Pedro Varela Monumento al reformador

Fue tal la repercusión que tuvo esa conferencia de Varela que, de


inmediato, se fundó la mencionada SAEP, presidida por el Dr. Elbio
Fernández92, con José Pedro Varela y Carlos María Ramírez como
secretarios, y un selecto grupo de jóvenes intelectuales.
Varela también recibió la influencia del educador Metodista Ira
Mayhew93, con cuya obra “Popular Education”, publicada en 1850 y
dirigida a padres, maestros y estudiantes de ambos sexos, Varela se
familiarizó en EE.UU. y sin duda le resultó un valioso aporte para la
elaboración de “La Educación del Pueblo”. La obra de Mayhew es citada
por Varela pero sin transcribir las referencias a la religión que la misma
contiene, habida cuenta la formación de su autor, quizás para evitar
controversias con la realidad de su época o quizás también por la evolución
de su propia percepción espiritual.
Varela en su etapa racionalista, antes de dar el paso al positivismo, tenía
una postura deísta, dentro de una ruptura radical con el catolicismo y un
profundo anticlericalismo, aunque mantenía una continuidad con los
valores cristianos en su expresión originaria. Nada de ello fue obstáculo
para defender la educación laica, como tampoco lo fue para protestantes
como los de la Iglesia Metodista o los de la Iglesia Valdense que fundaron
en 1888, en Colonia Valdense, el primer liceo del interior en el Uruguay,

92
(1842-1869) Abogado, periodista, magistrado y educador uruguayo, primer presidente de la
SAEP.
93
(1814-1894) Educador estadounidense y Superintendente de Instrucción Pública del Estado
de Michigan que luego colaboró en otros temas con el Presidente Lincoln.

43
que fue laico desde que se inauguró. Varela, al igual que Bilbao, sostenía
que catolicismo y República eran incompatibles en el ámbito público, lo
cual convocaba a la separación de la Iglesia y el Estado a efectos de lograr
la libertad religiosa, compatible con la libertad política.

Entre otros conceptos, Varela atribuía al catolicismo, en contraposición al


cristianismo protestante “...la negación de todos los derechos, la
anulación del individuo, el rompimiento de todos los verdaderos vínculos
sociales, la explotación del débil por el fuerte, del ignorante por el
erudito, del pobre por el rico, del creyente por el sacerdote, del laico por
el seglar. Pretender que el creyente pueda ser servil y que el ciudadano
sea libre, es querer hacer dos individuos de una misma persona, es
buscar el imposible. El hombre que en materia de religión acepta la
infalibilidad de un hombre y reconoce el privilegio de la clase
sacerdotal tiene en política que reconocer la infalibilidad de los
gobiernos y el derecho de los mandatarios a dirigir el pueblo a su antojo.
Cuando los pueblos aceptan sin examinar todas las disposiciones de los
gobiernos, cuando dejan al poder el cuidado de dirigirlos y de cuidarlos,
constituyéndose en árbitro supremo, entonces la democracia ha muerto”.
En adición a la polémica sobre Bilbao a la que ya hicimos referencia y que
tuvo lugar en los años 60s, sobre el final de la siguiente década tuvo lugar
otro enfrentamiento ideológico muy fuerte entre los liberales, incluyendo a
masones y protestantes y contando con Varela como uno de sus principales
portavoces, y los católicos ultramontanos, que en general eran
representados por la ilustrada pluma de Juan Zorrilla de San Martín.

Lo traemos a colación porque si bien no están relacionados en forma


directa, muestra que ambas corrientes no solo estaban separadas por el
laicismo sino en general por los temas del liberalismo, como lo afirmaba
Bilbao, según transcribiéramos líneas arriba, al señalar las diferencias entre
el pensamiento liberal y el católico.

El tema en cuestión, del cual la prensa de la época registra las posiciones


antagónicas, que Monestier recoge en su obra citada, fue la abolición de la
pena de muerte. Zorrilla y la iglesia ultramontana abogaban por su
mantenimiento con argumentos de orden teológico, como los incluidos en
un editorial firmado por aquel en “El Bien Público” del 13 de diciembre de
1879: “En la inteligencia y en el corazón humanos están íntimamente
vinculadas las ideas de delito y pena, que la idea de castigar al criminal
nace espontánea e inconscientemente del corazón a la sola vista del
crimen. Caín, al vagar entre los bosques y huir sin descanso después de

44
cometido el primer crimen de la humanidad caída, muestra que esa
correlación entre el delito y la pena está escrita por la mano de Dios en el
alma del hombre: es de derecho natural”, agregando luego en el mismo
editorial que “He aquí, pues, como la pena de muerte tiene derecho a
ocupar su puesto entre las penas infligidas al crimen, y no porque hiera
nuestros sentimientos delicados y buenos, podemos dejar de reconocer
que en la frente ensangrentada de esa pena terrible brilla la luz de una
ley natural de origen divino”94.
Esas expresiones del llamado Poeta de la Patria nos eximen de todo
comentario y no creemos necesario transcribir los argumentos de los
abolicionistas, entre los que se destacaba Varela sino que solamente nos
permitimos subrayar cuan distante estaba la Iglesia de entonces del
pensamiento republicano y liberal, cuando ni siquiera defendía a ultranza el
derecho a la vida, en aras de pretendidas argumentaciones teológicas.
El relato de esa controversia nos lleva a recordar que, con ocasión de la
reciente aprobación de la ley que despenalizó el aborto, bajo regladas
circunstancias, los voceros católicos rasgaron sus vestiduras en lo que
consideraban su defensa de la vida de un feto. Pero, como estamos viendo,
la misma Iglesia, en el siglo diecinueve, no había dudado en oponerse a la
abolición de la pena de muerte, contrariando una posición francamente
humanista.
En este dualismo podemos observar que para los religiosos conservadores,
rayanos en el fundamentalismo, los dogmas provenientes de una verdad
revelada, aunque no se comprueben científicamente, pueden llegan a ser
más fuertes que los derechos humanos. Y esa no es por cierto la enseñanza
que surge del pensamiento humanista de Jesús de Nazaret.

EL APORTE MODERNIZADOR DE LOS INMIGRANTES


Otro de los factores determinantes a tener en cuenta en este proceso es la
conformación de nuestra sociedad, que tuvo desde la Patria Vieja un
espíritu diferente al de los vecinos de la región.

Por un lado, el criollo se distinguió desde los albores de la patria por su


espíritu contestatario e independiente. Y fuimos un país de aluvión, donde
la presencia del puerto de Montevideo, como ya señaláramos, permitió el
flujo constante de inmigrantes durante todo el siglo XIX y comienzos del

94
Zorrilla de San Martín, Juan. Editorial de “El Bien Público” del 13 de diciembre de 1879 citado
por Jaime Monestier en “El Combate Laico”.

45
siglo XX, quienes, en su mayoría de extracción humilde, vinieron a
encontrar un camino en la vida y a construir su futuro.
José Pedro Barrán describe somera pero muy claramente el flujo migratorio
del siglo XIX en un aporte que recogimos de su autoría por Internet en la
Red Uruguaya de Educación: “El Uruguay de 1830 apenas contaba con
70.000 habitantes. En 1875 la población había aumentado a 450.000 y en
1900 ya había alcanzado un millón. El espectacular crecimiento --la
población se multiplicó por 14 en 70 años-- no tenía parangón en ningún
país americano”. Ese nivel de crecimiento registrado es muy difícil de
comprender por las generaciones actuales que han vivido un proceso
absolutamente inverso dándose el caso paradójico que en las últimas cinco
décadas la población prácticamente no ha crecido.

Complementando la cita de Barrán, “La alta tasa de natalidad dominante


hasta 1890 - 40/50 por mil habitantes - se había unido a una
relativamente baja tasa de mortalidad - 20/30 por mil - para ambientar
este hecho. Pero el factor crucial de la revolución demográfica fue la
inmigración europea. Franceses, italianos y españoles hasta 1850,
italianos y españoles luego, llegaron en 4 o 5 oleadas durante el siglo
XIX. La inmigración fue temprana en relación a la más tardía que arribó
a la Argentina, y sobre todo fue cuantiosa en relación a la muy pequeña
población existente en 1830. De 1840 a 1890, Montevideo poseyó de un
60 a un 50 % de población extranjera, casi toda europea”.
Un autor inglés95, citado por Daniel Vidart96 y Renzo Pi Hugarte97, en el
Cuaderno Nº 59 “El Legado de los Inmigrantes II” de la serie Nuestra
Tierra, expresaba a mediados del siglo XIX que "Hay pocos lugares del
mundo, diría ninguno de su tamaño, donde la comunidad se forme de tan
diferentes naciones. Aquí se pueden encontrar españoles, brasileños,
italianos, franceses, ingleses, portugueses, hamburgueses, holandeses,
suecos, prusianos y a veces rusos; también americanos y sardos98." Estas
observaciones ubican la existencia de un abanico amplio de nacionalidades
en el país con anterioridad en el tiempo de lo que lo hacen otros autores por
lo que creímos oportuno consignarlo, habida cuenta que tanto Vidart como
Pi Hugarte han sido investigadores de primerísimo nivel en la antropología
uruguaya.

95
Whittle, W., "Diario de viaje al Río de la Plata, incluyendo observaciones hechas durante la
residencia en la República de Montevideo", Manchester, 1846.
96
(1920- ) Antropólogo, escritor y ensayista uruguayo.
97
(1934-2012) Antropólogo, docente y escritor uruguayo.
98
Así llamaban a los italianos.

46
Entrado el siglo XX, ese variado arco inmigratorio se amplió aún más
recibiendo a ciudadanos de procedencias variadas, que fueron llegando en
oleadas, constituidas mayormente por trabajadores no especializados o
semi-especializados con diferentes ideas políticas y religiosas, con
costumbres distintas y hasta con barreras idiomáticas.

Judíos de toda Europa, armenios, libaneses, italianos, anarquistas de


diversos orígenes y tantos otros, quienes llegaron buscando el amparo de
las persecuciones o de las guerras, o un porvenir con más certezas para
ellos y fundamentalmente para sus hijos, fueron recibidos con fraternidad,
con tolerancia, con la generosidad de un espíritu abierto, y paulatinamente
se fueron integrando y amalgamando para contribuir, con sus valiosos
aportes, a la construcción de una identidad que nos ha distinguido en el
concierto de las naciones.

La antropóloga y escritora Teresa Porzekanski99 complementa la visión de


Barrán y describe con agudeza la inmigración desde una perspectiva
antropológica y sociológica “Muchos inmigrantes trabajaron en pequeños
talleres familiares como artesanos especializados, o como empleados y
obreros en las industrias y servicios. Fundaron los primeros sindicatos
(italianos, españoles, judíos) y las primeras organizaciones mutuales y
cooperativas en el ámbito de la salud, se preocuparon por la educación de
adultos, y por sus tradiciones y creencias. También la agricultura fue
impulsada por la mano de obra inmigrante (españoles, italianos,
valdenses, suizos), mejorando sus técnicas productivas y, de modo
indirecto, ampliando los resultados de la ganadería”100.
Los inmigrantes dieron un fuerte impulso a los procesos de modernización,
urbanización e industrialización del país formando una clase trabajadora
inserta dentro del contexto ideológico del llamado primer batllismo –el de
José Batlle y Ordoñez-- que impulsó políticas sociales para la igualdad de
oportunidades con una fuerte protección del Estado. Este fue el motor de la
formación de una fuerte y mayoritaria clase media, que utilizó la educación
laica y gratuita para fortalecerse e iniciar su ascenso social.

La citada Porzekanski relata también que “A los efectos de integrarse a la


sociedad nacional sin perder por ello sus tradiciones, lenguas e
identidades, las diferentes colectividades se organizaron, fundando
instituciones de apoyo al recién llegado y a sus familias y descendientes,
tales como cooperativas de ayuda mutua, y de ahorro y crédito, escuelas
para adultos, asociaciones para el cuidado de la salud y prevención de la
99
(1945- ) Escritora, antropóloga y profesora de la Facultad de Ciencias Sociales.
100
Porzecanski, Teresa “Inmigrantes 1811-2011” Internet.

47
enfermedad, escuelas para niños con enseñanza del idioma materno,
instituciones religiosas, etc.”101.
La inmigración contribuyó también a generar un estilo de vida más
cosmopolita, incorporando pautas culturales que le dieron otro perfil a la
sociedad uruguaya incorporando modos de civilidad y de expresión de la
vida pública antes desconocidos, en camino hacia el multiculturalismo.

Nuestro país ha estado lejos de ser un paraíso pero ha constituido un puerto


seguro con oportunidades para todos los que llegaron a buscar su
protección.

No ha sido un lugar, como tantos otros en el mundo, para enriquecerse


fácilmente, porque su tierra no fue bendecida con oro, con cobre o con
petróleo y quienes llegaron a estas costas han tenido que trabajar con
esfuerzo durante toda su vida.

En contrapartida, encontraron un lugar donde sus hijos pudieron crecer en


paz y con tolerancia, sin tener que adoptar la religión de un Estado, que
tampoco la tiene como suya, y aquí pueden convivir en un pie de igualdad
todos los credos, todas las razas y todas las ideologías.

LA IMPRONTA BATLLISTA
José Batlle y Ordóñez, o “Don Pepe” como lo
llamaban familiarmente sus seguidores, fue sin
dudas el político y estadista que más incidió en
la transformación del Uruguay, a comienzos del
siglo XX y sus propuestas y su obra dejaron
raíces muy profundas en el pensamiento político
del país, trascendiendo a su propio Partido
Colorado, para pasar a formar parte del
patrimonio nacional.
Fue dos veces presidente de la República y fundador de lo que muchos
historiadores llaman el Uruguay Moderno, ese “País Modelo” como lo
definiera Milton Vanger, en la publicación dedicada a resaltar su
personalidad y su obra.

Con Batlle y Ordoñez llegaron a su fin a los enfrentamientos entre la


capital y el medio rural que tanto daño le habían hecho a la incipiente
República, pero para que ello ocurriera fue necesario el enfrentamiento con

101
Porzecanski, Teresa. Ob.

48
otro gran uruguayo, Aparicio Saravia, a quien la historia quizás no le ha
reconocido plenamente sus mayores virtudes.
Batlle, periodista y hombre público de dotes excepcionales, descendiente
de catalanes en tercera generación, e hijo de un Presidente, producto del
país urbano, moldeado en la fragua intelectual de los movimientos
positivista, racionalista, espiritualista y liberal del siglo XIX, fue el
principal motor de los cambios políticos, económicos y sociales
acontecidos en el país al comenzar el siglo XX.
Saravia, último gran caudillo “de a caballo” de su Partido y de la patria,
descendiente de portugueses e hijo de un productor brasileño, formado en
el medio rural de la frontera, entonces no muy claramente delimitada, que
nos une y nos separa con el Brasil, no le fue en saga. Si bien en muchos
aspectos fue el testimonio vivo de una época que se extinguía, tuvo
también, la inteligencia e intuición de mirar al futuro y canalizar aportes
innegables que habrían de incorporarse a la consolidación del sistema
democrático republicano y mostró, en su lucha por reivindicar los derechos
de los desplazados de las zonas rurales, una clara vocación por la justicia
social, anticipándose a los tiempos que vendrían.

La pugna de estos dos hombres, quienes paradójicamente nunca se


conocieron personalmente, tuvo su epicentro en la Guerra Civil de 1904,
cuando comenzaba el siglo XX. Esta conflagración finalizó luego del
lamentable fallecimiento de Saravia por heridas recibidas en el campo de
batalla de Masoller. Cuando a Batlle le llegó la noticia de la muerte de
Saravia, según contaba Pedro Figari, entonces Presidente de la Junta
Central de Auxilios creada por José Batlle y Ordóñez para proveer
asistencia médica a los heridos luego de las batallas, quien estaba junto a él
en ese momento, exclamó con una actitud piadosa casi fraternal de
reconocimiento ante el enconado adversario: “Pobre hombre, lo han
llevado al sacrificio las pasiones políticas, pero era un gaucho bueno”102.
El fin de la Guerra Civil le permitió al país conquistar una paz duradera que
se prolongaría por más de medio siglo hasta los años 60s del siglo pasado,
cuando irrumpió en el país la guerrilla urbana instalada por el MLN103.

Batlle y Ordóñez, quien logró reunificar al país bajo su autoridad


presidencial, se abrió a negociaciones que permitieron alcanzar acuerdos
para una real pacificación a través de la vía electoral. En esta materia la
iniciativa la tuvieron los blancos, quienes de algún modo forzaron la
102
Maiztegui Casas, Lincoln “Orientales: Una Historia Política del Uruguay”.
103
Sigla distintiva del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros.

49
aceptación de sus reclamos en material electoral y a favor de la pureza del
sufragio.
Batlle no resistió esas reformas, con las cuales en realidad nunca había
discrepado, pero las utilizó para obtener a cambio la no oposición de los
blancos a sus aspiraciones de concretar la separación de la Iglesia y el
Estado y la fórmula del gobierno colegiado que tanto importaban al líder
colorado. Vemos pues como las ideas de los vencidos en 1904 fueron
recogidas por los vencedores, en otra lección que de algún modo
contribuyó a cimentar las bases del futuro Estado laico.

Deseamos también hacer aquí una precisión en aras de la justicia histórica.


Hay, en parte de la historiografía nacional tradicional, una costumbre
simplificadora de identificar el progreso del país de esos años con
fenómenos exclusivamente políticos y económicos, la mayoría de ellos
atribuidos al Partido Colorado y al Batllismo. Ello, que no deja de ser
cierto, como toda simplificación, es solo una parte de la verdad.

Debemos consignar que en ese período, sin dudas fermental, el país


actualizó la Constitución y consagró el voto secreto y la representación
proporcional, eliminando el fraude electoral, tan común hasta entonces, con
lo cual se pudo consolidar como una auténtica democracia. En todas estas
instancias estuvo el trabajo incesante del Partido Nacional y sus principales
dirigentes, motivados entre otras razones por el recuerdo de la lucha y de
las reivindicaciones planteadas por Aparicio Saravia. Si algo le faltaba al
país, luego de su pacificación política e institucional, para consolidar el
liberalismo era darles a todos los ciudadanos un ámbito de convivencia que
les garantizara también en materia religiosa y espiritual la libertad de
conciencia, la igualdad y la tolerancia.
Batlle y Ordoñez, quien junto con Vázquez y Vega y con Varela, desde
vertientes filosóficas diferentes pero con el común denominador del
liberalismo, integraron la generación que libró la batalla para consolidar la
laicidad en el Estado en el siglo XIX, se constituyó en el gran factor
catalizador que introdujo en la Constitución, sobre la base de todo lo
actuado en el siglo precedente, la separación de la Iglesia y el Estado.

Si bien Batlle y Ordóñez se había distanciado de Varela como


mencionáramos antes, en función de la oportunidad en que aquel había
impulsado su reforma educativa durante el gobierno militarista de Latorre,
una vez que ocupó la Presidencia de la República la defendió
entusiastamente.

50
Para sopesar más a fondo este enfrentamiento con Varela, para lo cual
contó con el apoyo de Vazquez y Vega, es de justicia histórica reconocer
que, más allá de sus grandes dotes de estadista y de todo lo que el Uruguay
le debe a su visión progresista y a su gran sensibilidad por los temas
sociales, Batlle y Ordoñez no admitía fácilmente el disenso. Fue un
luchador incansable y principista pero a la vez un hombre duro, que en
ocasiones manifestaba una suerte de intolerancia, casi rayana en el
autoritarismo. Con ese carácter, acentuado por su juventud de entonces,
enfrentó a Varela, cuando creyó que éste se apartaba del principismo al
auspiciar la reforma educativa bajo el gobierno de Latorre.

El maestro Antonio Grompone104 enseñaba en su libro “Ideología de


Batlle” que, para Varela y para Batlle, la laicidad y la separación de la
Iglesia y del Estado, eran dos pilares fundamentales para el funcionamiento
a cabalidad de la democracia. Destacaba, en una cita que recoge la
profesora Carmen de Sierra, que ambos compartían la: “confianza casi
irracional en el poder de la educación y de los conocimientos”, agregando
que su gran preocupación era: “llegar a la masa, crear en la masa una
convicción, darle certeza de que era ella misma la que tenía en sus manos
el destino”105. Agrega la misma autora que para ello era menester:
“extender la educación como elemento salvador, hacer llegar a todos, los
elementos liberadores, penetrar en la campaña, en el peón de estancia,
cruzar el campo de caminos y ferrocarriles, instalar en todo el país
escuelas y hospitales, extender la enseñanza secundaria, combatir la
influencia de la religión, crear la religión de la democracia y el ejercicio
del voto”106.
Pero, como dijéramos antes, Batlle y Varela arribaron a la defensa del
laicismo por carriles filosóficos distintos. Varela, si bien se había iniciado
en el racionalismo, en el momento de la reforma, influido por Sarmiento,
había abrazado el pensamiento positivista. Pero Batlle y Ordoñez no
transitó por esa misma senda. Sobre el particular creemos oportuno aclarar
algunos conceptos sobre su ideario filosófico. Grompone, en primer lugar,
y luego Ardao107, desmitificaron la conceptualización del pensamiento de
Batlle como socialista, que solían utilizar los conservadores con un sentido
peyorativo cuando se oponían a sus proyectos radicales en lo social.

104
(1893-1965) Abogado, escritor y docente uruguayo, creador y primer director del Instituto de
Profesores Artigas para docentes de Enseñanza Secundaria.
105
De Sierra, Carmen. “Racionalismo, Laicismo y Liberalismo Político”. ANEP
106
De Sierra, Carmen. Ob. Cit.
107
Batlle y el positivismo filosófico. FCE, 1951.

51
Ardao deja en claro también que el pensamiento de Batlle y Ordoñez, si
bien tiene afinidades lógicas con el positivismo no encaja plenamente
dentro de esta corriente. Es así que este autor ubica al reformador del
Estado en el siglo XX mucho más cerca de la escuela espiritualista
ecléctica y de la krausista.

No obstante, el ambiente del pensamiento de su época lo lleva a convivir


con ideas positivistas y materialistas lo cual no significa que se alineara con
una u otra corriente y no debemos encasillarlo en una corriente determinada
sino más bien considerarlo un ecléctico.

En lo personal, adherimos a lo expresado por la antes citada Carmen De


Sierra en cuanto a que el gobierno de José Batlle y Ordóñez, “con su
discurso liberal, democrático-radical, racional, laico y humanista”,
aparece como una continuidad, una especie de culminación del
liberalismo radical uruguayo de las últimas décadas del siglo XIX”108,
situación que no se verificó, al menos en el primer cuarto del siglo XX, en
ningún otro país de la América Hispana.

A partir de ese posicionamiento ideológico, que se alineaba con una clara


mayoría de la intelectualidad vernácula, y habiendo ya impulsado un
cúmulo de reformas que colocaron al país a la vanguardia del continente,
Batlle llevó adelante, contra viento y marea, luego de su segunda
presidencia, la reforma constitucional que, entre otros avances, consagró la
laicidad.

Esta intervención decisiva de Batlle motivó la animadversión manifiesta


del catolicismo uruguayo hacia su figura y su gestión, que se prolongó
durante todo el siglo XX.
Se podría argumentar que la actitud revanchista de la Iglesia contra Batlle
fue exagerada, ya que éste en realidad no fue el principal protagonista del
proceso previo de consolidación de la laicidad. Pero sí lo fue a la hora de
concretarla constitucionalmente y entendemos que esa fue su gran virtud.
Porque, sin pretender justificar la actitud fundamentalista del catolicismo
uruguayo contra él y contra su obra, nos permitimos opinar que la
separación formal de la Iglesia y el Estado, aun cuando solamente
consolidó una laicidad que virtualmente ya había sido conquistada, no
constituye de modo alguno un detalle menor.

108
De Sierra, Carmen. Ob. Cit.

52
Puesto que el solo hecho de estar incorporada a la Carta Magna le da a la
laicidad una máxima jerarquía, la robustece y la protege de las embestidas
oportunistas, como pudieron ser las del Arzobispado de Montevideo a
comienzos del presente siglo, respaldado por el Presidente de la República,
doctor Jorge Batlle, quien, de modo francamente incomprensible, parecía
alinearse con esos planteos.

Recordamos al respecto, anecdóticamente pero dándole también la


importancia que merece por su intencionalidad, un suelto editorial
publicado en El Observador con la firma del presbítero Jaime Fuentes109,
quien se jactaba de que lo que un Presidente Batlle había construido a
comienzos del siglo XX otro Presidente de su mismo apellido estaba
ayudando a demoler en los umbrales del siglo XXI.

Y la separación de la Iglesia y el Estado, dispuesta por la reforma


constitucional que impulsara Batlle y Ordoñez, de algún modo evitó esa
injerencia de las autoridades eclesiásticas que tanto daño le han hecho a
países vecinos como es el caso de la Argentina. Si bien en la hermana
República, bajo la influencia de Sarmiento, maestro de Varela, y el impulso
del Presidente Julio Roca110 que la promovió, se aprobó en 1884 la Ley que
consagró la Educación Pública, universal, laica, gratuita y obligatoria, no
pudo lograrse la separación estatal de la Iglesia.
El poder político, aunque logró realizar una reforma educativa en la misma
sintonía de laicidad que la nuestra, nunca pudo actuar en forma totalmente
independiente de la influencia clerical y ello ha marcado una diferencia
fundamental con lo que ha sido el desarrollo político liberal del Uruguay.
Creemos ilustrativo además precisar que en la Argentina la libertad de culto
está garantizada por el artículo 14 de la Constitución Nacional, aunque el
Estado reconoce un carácter preeminente a la Iglesia Católica que cuenta
con un estatus jurídico diferenciado respecto al resto de las iglesias y
confesiones.

Según la Constitución argentina, en su artículo 2, el Estado Nacional debe


sostenerla y según el Código Civil, es jurídicamente asimilable a un ente de
derecho público no estatal.

109
(1945-) Obispo católico nacido en Montevideo, de la Diócesis de Minas y vinculado con el
Opus Dei.
110
(1843-1914) Presidente de la Nación argentina por dos períodos fue un defensor del
laicismo, impulsó la reforma educativa y fue propulsor de la separación de la Iglesia y el Estado
que no pudo concretar.

53
La Santa Sede y la Argentina tienen firmado un concordato que regula las
relaciones entre el Estado y la Iglesia católica. Este régimen diferenciado,
sin embargo, no implica elevar al catolicismo romano al estatus de religión
oficial de la República en el vecino país. Pero en los hechos la influencia y
la injerencia de la Iglesia ha sido determinante en el hermano país, y no
siempre para bien.

LOS ACTOS LEGISLATIVOS Y ADMINISTRATIVOS QUE


PAVIMENTARON EL CAMINO
El proceso de consolidación del laicismo, que insumió casi seis décadas, se
disparó con un episodio circunstancial que provocó el decreto de
secularización de los cementerios del 18 de abril de 1861 y que en el
momento no parecía tener la trascendencia que luego tuvo de apertura de
un camino que culminaría con la separación de la Iglesia y el Estado.
El incidente que ofició de punto de partida de un proceso, que duraría casi
seis décadas, fue el fallecimiento del médico Enrique Jacobsen, de origen
alemán y residente en San José, quien profesaba la religión católica y era
integrante de la Masonería.
Por su condición de Masón el cura párroco de la ciudad de San José de
Mayo, Manuel Madruga, le negó en vida a Jacobsen los sacramentos
previos a la defunción y luego la sepultura en el cementerio local.

Sus amigos y familiares decidieron entonces trasladar sus restos a


Montevideo donde el Cura de la Matriz, Juan José Brid111, permitió en
primera instancia la inhumación de sus restos en el Cementerio Central
pero esta medida fue revocada por el entonces Vicario Jacinto Vera.
Como consecuencia, el Presidente Bernardo Prudencio Berro112, sin
perjuicio de ser católico practicante, ordenó el sepelio y dispuso además,
mediante el citado decreto, que en adelante la inhumación se realizara sin la
intervención preceptiva de la iglesia.

Lo paradójico de este episodio fue que ese médico maragato pasó a ser
después de fallecido, con su nombre, un ícono en el camino de la
consolidación de la laicidad sin haber tenido en vida conocimiento de la
controversia que se había suscitado teniéndolo a él como eje central.

111
(1821-1886) Sacerdote y político, Senador de la República por el Partido Nacional entre
1859 y 1865, Cura Párroco y Vicario de la Iglesia Matriz de Montevideo.
112
(1803-1868) Político y escritor uruguayo, miembro del Partido Nacional, y presidente de la
República entre 1860 y 1864.

54
El 24 de agosto de 1877 el gobierno de Lorenzo Latorre aprobó el Decreto
Ley de Educación Común, que consagró la gratuidad y la obligatoriedad de
la enseñanza pública que proponía José Pedro Varela.

Esta ley constituyó el segundo mojón, pero sin dudas el de mayor


importancia, en el proceso de consolidación del laicismo en el Estado al
sentar las bases que concretarían más adelante, en su expresión más amplia,
la idea vareliana de la escuela laica, gratuita y obligatoria.

Aunque en primera instancia la laicidad absoluta fue postergada y en una


suerte de compromiso se admitió mantener la enseñanza de la religión
católica, salvo para aquellos alumnos que profesaran otras creencias.

Otro episodio muy importante, fue la creación del Registro de Estado Civil,
en febrero de 1879, del cual fue un factor determinante la constante prédica
de La Razón, periódico fundado por los jóvenes racionalistas del Ateneo de
Montevideo.
En 1885 se aprobaron la Ley de Matrimonio Civil Obligatorio, la Ley de
Conventos y la Ley de la Enseñanza Secundaria y Superior.
En 1906 se efectuó la laicización de la Asistencia Pública al aprobarse la
resolución por la cual no se permitió la ostentación de imágenes religiosas
en los locales dependientes de la misma.

El 26 de octubre de 1907 se aprobó la Ley de Divorcio absoluto, que lo


admitió por causal y por mutuo consentimiento. Más adelante, en 1913,
sería aprobada otra Ley que lo permitió con la sola voluntad de la mujer
como causal.

En 1907, se suprimió la referencia a Dios y a los Evangelios en la fórmula


del juramento parlamentario de incorporación.

Igual resolución se tomaría en 1911 para los Ediles, no pudiendo hacerse


para el juramento de Presidente de la República sino hasta la reforma
constitucional, porque el mismo estaba incluido en la Constitución a texto
expreso.

En 1909, bajo la Presidencia de Claudio Williman113, se consagra lo que


Ardao denomina como “el laicismo integral” de la instrucción pública,
suprimiéndose toda enseñanza o práctica religiosa en las escuelas del
Estado, complementándose lo que no había podido lograrse totalmente con

113
(1863- 1934) Político uruguayo del Partido Colorado, fue ministro de Gobierno en 1904 y
Presidente de la República desde1907 a 1911.

55
la reforma vareliana y de este modo se cumplía con la propuesta original
del reformador.
Y en 1910 se suprime la enseñanza del latín en los planes de estudios lo
que, si bien no estuvo vinculado directamente a la polémica existente en
materia religiosa, no le fue del todo ajena.

En 1911 se suprimen los honores militares en los actos religiosos y se


efectúa la laicización del Código Militar.
La separación de la Iglesia y el Estado por mandato constitucional, fue
consagrada la reforma constitucional de 1918, y fue la consecuencia lógica
de la sucesión de leyes, decretos y actos administrativos aprobados
precedentemente desde 1861 y que fueron regulando la materia.
Si algo faltaba para evitar cualquier relación oficial del Estado con la
Iglesia, en 1919 se cerró el círculo con la aprobación de la ley que
secularizó los feriados religiosos.

56
CAPÍTULO 2. EL MODELO URUGUAYO
GENERALIDADES
La separación entre Iglesia y Estado, adoptada por el Uruguay antes de
cumplirse el primer cuarto del siglo XX, es un fenómeno que surge a partir
del humanismo, durante el Renacimiento. Se consolidó con la Ilustración,
promovido por el racionalismo y cobró mayor fuerza a través de la
Revolución francesa y la Independencia de los EE.UU.

La primer precisión que entendemos fundamental refiere a que la laicidad


uruguaya --y nos afiliamos para dicha afirmación a la concepción
vareliana-- no es antirreligiosa sino anti dogmática, puesto que consagra la
libertad de culto, sin cercenarla. No es de ninguna manera contraria a la
idea de la divinidad que cualquier hombre pueda tener ni a la práctica de
ninguna religión, sino que las respeta a todas, pero garantiza a quien quiere
no creer en un dogma, la libertad de no hacerlo.

La laicidad, y el laicismo, en el Estado y en la sociedad uruguaya, fueron el


resultado de un proceso paulatino de toma de conciencia, con el aporte de
factores de índole variada, que coadyuvaron para dejar atrás las visiones
dogmáticas, imperantes en la América colonial al influjo de una presencia
eclesiástica fuerte respaldada por la Corona española, que habían marcado
a fuego a las sociedades de la región con un conjunto de postulados propios
esgrimidos radicalmente por los hombres de fe, cuando actúan con el
convencimiento de que su peculiar visión del mundo es la verdadera e
infalible.
Actualmente, la separación entre las iglesias y el Estado es moneda
corriente pero un siglo atrás, cuando el Uruguay reformó su Constitución
en 1918, y antes de ello cuando comenzó el proceso de consolidación de la
laicidad, la situación era exactamente a la inversa.

Los fundamentos del laicismo se insertan en el concepto republicano del


Estado y en el principio universal de ciudadanía. Sólo en un espacio
público de todos, res pública, en el que nos situamos como ciudadanos
libres e iguales, es posible garantizar los derechos comunes, sin privilegios
ni discriminación en función de las muchas particularidades e identidades
que nos diferencian a los individuos desde cualquier otra perspectiva.
Esto lleva a delimitar la esfera de lo público y la de lo privado. Es
necesario en primer lugar preservar materialmente el espacio público, que
pertenece a todos, y desde ese ámbito de lo público, regulado por leyes que

57
garanticen la igualdad de derechos para todos, se garantiza el respeto al
ámbito de lo personal y el ejercicio efectivo de los derechos individuales.
Éste es el meollo del principio de separación entre Estado e Iglesia,
fundamento de la doctrina laicista y, por añadidura, de la recíproca
independencia entre el Estado y las múltiples entidades que integran la
sociedad civil.

Así como la libertad religiosa integra el derecho universal a la libertad de


conciencia, la separación entre Iglesia y Estado, es un derivado del
principio democrático más general que debe regular las relaciones entre
Estado y sociedad civil.

No es lo mismo la libertad de culto que la separación de la Iglesia y el


Estado. La adopción de un credo determinado por parte de un Estado,
aunque garantice la libertad de culto, supone considerar más valiosa una
postura que las demás, lo cual contradice los principios de igualdad y
tolerancia por lo que la separación absoluta es la posición que mejor
garantiza las libertades.

LA LAICIDAD CONSTITUCIONAL
Cuando nos referimos al Uruguay laico estamos hablando de un Estado sin
religión oficial pero no de un enemigo de las religiones, como ha sucedido
en el siglo XX con algunos países no democráticos.

El Estado no adhiere como tal a ninguna corriente religiosa, aunque los


uruguayos, en nuestro ámbito privado individual, tenemos la libertad
absoluta de profesar cualquier religión y en los hechos la mayoría de los
habitantes de la República tienen alguna forma de expresión religiosa o
espiritual, aunque muchos se consideren agnósticos y otros proclamen su
condición de ateos. El Estado no interviene, ni debe hacerlo, de acuerdo
con la Constitución de la República ya que nuestra laicidad es
abstencionista.

La laicidad en el Uruguay es la manifestación más clara de la libertad


religiosa “en toda su extensión imaginable”. El Estado uruguayo es laico,
porque el Estado no sostiene religión alguna, pero todos los cultos
religiosos son libres en el Uruguay, según lo establece claramente el
Artículo 5º de la Constitución de la República.

El texto, aprobado en 1918, que se ha mantenido prácticamente sin cambios


hasta el presente estableció entonces que “Todos los cultos religiosos son
libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna. Reconoce a

58
la Iglesia Católica el dominio de todos los templos que hayan sido total o
parcialmente construidos con fondos del Erario Nacional, exceptuándose
sólo las capillas destinadas al servicio de asilos, hospitales, cárceles u
otros establecimientos públicos. Declara, asimismo, exentos de toda clase
de impuestos a los templos consagrados actualmente al culto de las
diversas religiones”. Esta exención impositiva constituye una forma
indirecta de subvención a las religiones lo cual evidencia el ánimo de
apoyarlas y no de coartarlas.
La reforma de 1918, ratificada por las sucesivas reformas posteriores,
estableció la laicidad como un principio que sirve de escudo para proteger
la libertad de conciencia de los ciudadanos sin interferir en la libre relación
que se establece entre ellos y la religión, o corriente espiritual, a la que
deseen adherir.

Este principio se convirtió en parte integrante de nuestra ideología


republicana y democrática, junto con el respeto por los Derechos Humanos,
la Libertad, la Tolerancia, la Solidaridad social, y con el repudio del
sectarismo, la discriminación y todas las prácticas que conduzcan al
autoritarismo y el totalitarismo.

Como lo enseñaba con precisión el malogrado pedagogo y periodista


Roberto Andreón114: "Es esencial la conexión entre democracia y
laicidad, siendo ésta la expresión educativa de la tolerancia ideológica,
propia del régimen democrático, que no debe confundirse con pasividad
frente al fanatismo dogmático, cualquiera sea su signo y cualquiera sea
su ámbito. Por el contrario, lo que busca la laicidad es combatir el
dogmatismo fanático segando sus propias raíces, que provienen de la
ignorancia, de la pasión irreflexiva, de la falta de información y de
discusión sobre las ideas ajenas".
Si bien la laicidad ha recibido muchísimos aportes de historiadores, de
sociólogos y de juristas, a lo largo de casi un siglo desde la reforma
constitucional de 1918, es también muy cierto lo que escribiera, poco antes
de su fallecimiento en 2009, Héctor Gros Espiell115, reconocido
constitucionalista compatriota, y ex Embajador en Francia: “Falta en la
bibliografía uruguaya un gran libro sobre el laicismo constitucional. Hay
docenas de libros sobre el tema en la legislación, en su relación con las
leyes de educación, de estado civil, de la jurisdicción eclesiástica, etc.

114
(s/d) Profesor de pedagogía y filosofía de la educación en el Instituto de Profesores Artigas y
Director de Cultura del MEC con la restauración democrática en 1985,
115
(1926-2009) Reconocido abogado, constitucionalista, internacionalista y político uruguayo,
ex Ministro de Relaciones Exteriores y ex Embajador en Francia.

59
Pero ha faltado una construcción jurídica que, partiendo de la
Constitución, elabore la doctrina constitucional de la laicidad en el
Derecho uruguayo”116.

Nos sumamos al planteo y hacemos votos porque se recoja el guante.

VISIÓN COMPARATIVA CON OTRAS REALIDADES


Como bien afirmaba también el citado Gros Espiell: “Es preciso convenir
en que no hay un concepto único e invariable de lo que es el laicismo y
de cuáles son las consecuencias necesarias de la existencia de un Estado
laico. Las diferencias resultan de la historia y del marco cultural en el
cual el laicismo ha existido y existe, pero además, del sistema jurídico, de
lo que establece o silencia la Constitución, de lo que resulta de la
legislación interna y de lo que puede derivar del Derecho Internacional
aplicable, sea como resultado de un tratado o de un concordato”117.
Agregaba también Gros que “…es posible, y la historia y el Derecho
comparado lo prueban, pensar que la prohibición de existencia de una
iglesia y de una religión oficial, no ha sido siempre acompañada de la
separación conceptual, completa o parcial, de lo religioso y de lo político,
de lo estatal y gubernamental de la materia religiosa”.
“Esto es importante para comprender --complementaba Gros-- las
diferencias muy grandes entre las diversas concepciones jurídicas, a
veces de naturaleza constitucional, relativas a la separación de lo
religioso, de lo político, a la prohibición de una religión oficial o
protegida y en definitiva, del Estado laico y del laicismo. Puede, en
efecto, concebirse un Estado en el que se prohíba la existencia de una
religión oficial y que no sea estrictamente laico, en cuanto no excluye a
lo religioso, a Dios, de la vida política oficial. Este núcleo necesario
implica reconocer que el laicismo no es una forma cristalizada e
inamovible y que, por el contrario, puede evolucionar, sin perder su
esencia, al compás del cambio histórico”118.

Podemos afirmar también que el Estado auténticamente laico es


incompatible con el fundamentalismo, religioso o de otra índole, puesto
que los fundamentalismos, además de implicar una intolerancia radical
respecto de toda expresión distinta a las suyas, cuando se manifiestan desde

116
Gros Espiell. Héctor. El laicismo hoy. Crisis y Actualidad, Chasque, Internet)
117
Gros Espiell. Héctor. Ob.cit.
118
Gros Espiell, Héctor. Ob.cit.

60
las alturas del Estado, afirman necesariamente la voluntad de que éste deba
estar al servicio de esa idea y de ese credo, religioso o político.
Porque no sólo los fundamentalismos de base religiosa, aunque estos son
los de más fácil constatación, constituyen un peligro, sino que también
cualquier otro dogmatismo o fanatismo, aún sin que el Estado esté
asociado a una religión, pueden ser potencialmente dañinos.

Hoy en día tenemos ejemplos de ambas formas de fundamentalismo que


atentan contra la libertad y contra la paz.
Por un lado vemos el ejemplo de Corea del Norte, no adherida a un credo
religioso, que pone en peligro la paz mundial por dejarse llevar por
actitudes totalitarias y totalmente opuestas a la fraternidad y la concordia.
A su vera, contemporáneamente, la República Islámica de Irán, que lleva
adelante una interpretación fundamentalista y bastante particular de los
textos sagrados del Islam, constituye también una amenaza para la
comunidad internacional.

Ambos ejemplos, disímiles en su génesis, tienen en común el fanatismo


fundamentalista de sus principales líderes que influyen portentosamente en
las actitudes públicas internacionales de ambos Estados.

Pero además no todos los países laicos tienen los mismos límites en su
laicismo o laicidad. No es comparable el laicismo francés con el español,
el italiano, el suizo o el portugués, y ninguno de ellos lo es con el
estadounidense. Lo mismo ocurre en América Latina y particularmente en
el Uruguay.

Para marcar una diferencia importante, “el laicismo francés es neutral


mientras que el laicismo uruguayo es abstencionista”119, como subraya el
constitucionalista Miguel Angel Semino120, quien como Gros fuera también
Embajador en Francia.
Precisamente en este último país se practica, en contraposición con el
modelo uruguayo, una laicidad neutral. En un ejemplo práctico, cuando el
gobierno francés realiza la celebración de una fecha nacional, se invita en
forma oficial y protocolar a las cuatro grandes corrientes religiosas,
catolicismo, protestantismo, judaísmo e islamismo, que seguramente entre
ellas engloban a la inmensa mayoría de la población.

119
Semino, Miguel Angel: Estado y Religión, Semanario Búsqueda, pag.47, 17 de abril de 2008
y La Enseñanza y la Laicidad, Semanario Búsqueda, págs. 83-84, 20 de noviembre de 2008.
120
(1935-) Abogado constitucionalista uruguayo, ex Secretario de la Presidencia de la
República y ex Embajador en Perú y Francia.

61
Pero la invitación deja de lado a otras corrientes espirituales que pueden
perfectamente entrar dentro de la concepción de religiones, como es el caso
del budismo, aunque no tenga una divinidad, y al no recibir esa invitación
supuestamente ecuménica, sus adeptos son tratados como si fueran
ciudadanos de segunda, aunque esa no sea la intención.

Y esa proclamada neutralidad le ha significado sin dudas un contrapeso al


gobierno francés cuando ha querido limitar el uso del velo islámico por las
alumnas de esa creencia en las actividades educativas francesas lo que
creemos que le hubiera resultado más fácil de justificar si hubiera tenido
esa conducta abstencionista que sí exhibe el modelo uruguayo de laicidad.

En el Uruguay, de acuerdo con el precepto constitucional, ninguna religión


participa en las celebraciones u otras actividades oficiales del Estado.
Con ello el Estado evita injusticias, involuntarias pero injustas al fin, no
solo con las corrientes religiosas o espirituales excluidas sino
principalmente con los ciudadanos adherentes a las mismas. Tampoco
ningún funcionario, en calidad de tal, puede participar en festividades
religiosas, aunque esto a veces haya sido soslayado, como veremos luego.
El Estado uruguayo no posee, sustenta o enseña, religión alguna, pero
conceptúa a todas las religiones, como un factor socialmente positivo sin
que ello signifique que pueda involucrarse con alguna de ellas. El Estado
no subvalora las religiones pero se abstiene, porque considera que las
religiones son parte del ámbito privado de las personas.

Nuestra laicidad tampoco supone la ausencia de valores positivos, como


han querido inferir sus críticos, sino que se basa en ellos, los defiende y los
promueve. Son los valores de la tolerancia, el respeto ideológico y la
dignidad humana, integrados a la libertad, a la igualdad y al espíritu
republicano.

Si bien todas las religiones enseñan valores, no hay que confundir a éstos
con los preceptos dogmáticos propios de cada una. La enseñanza laica
puede recoger todos los valores comunes a las religiones, que coadyuvan
para la mejor convivencia en sociedad, pero ello no implica el
adoctrinamiento religioso como tal, que pertenece al ámbito privado.

Existe una laicidad anti religiosa o intolerante que no tiene nada que ver
con la nuestra y es la de los regímenes totalitarios, como en su tiempo lo
fue la del nazismo o el estalinismo. El laicismo uruguayo está en la base de
la democracia y promueve el respeto por la libertad de conciencia mientras
que un laicismo intolerante, está en la raíz del totalitarismo.

62
La laicidad uruguaya constituye además el puente necesario entre la
espiritualidad y el republicanismo habida cuenta que la situación anterior,
con una marcada influencia de la Iglesia Católica en el Estado mostraba
una “contradicción entre el dogmatismo católico y el liberalismo
republicano”, al decir del chileno Francisco Bilbao, que dificultaba e
impedía el funcionamiento armónico de la sociedad, sosteniendo que
catolicismo y libertad de conciencia eran incompatibles.

LA COMPATIBILIDAD ENTRE LAICISMO Y LAICIDAD


Laicidad y laicismo son términos que a veces se confunden en el lenguaje
cotidiano aunque no son sinónimos, pero tampoco son antagónicos sino, a
nuestro juicio, complementarios y absolutamente compatibles. Para
fundamentar esto nos remitiremos al Diccionario de la Real Academia.
Según éste, laicismo es la “doctrina que defiende la independencia del
hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de
cualquier organización o confesión religiosa”. Mientras que la laicidad
es el “principio de separación de la sociedad civil y de la sociedad
religiosa”. Ambos conceptos se complementan y pueden convivir en la
práctica sin ningún conflicto. Pretender plantearlos como alternativas
antagónicas es caer en, lo que Vaz Ferreira llamaba, un silogismo de falsa
oposición.
Pero en los últimos años la Iglesia Católica, fundamentalmente en los
países, como el nuestro, donde perdió la batalla ideológica frente al
laicismo, ha hecho esfuerzos, y lo sigue haciendo, para convencernos que
nos contentemos con el término “laicidad”, tratando en cierta medida de
descalificar y demonizar al “laicismo”. Y en esto ha tenido el concurso de
diversos actores que no han comprendido el matiz o se han dejado seducir
por una prédica aparentemente inofensiva de la institución eclesiástica. El
lector podrá preguntarse ¿cuál es el matiz? o ¿por qué actúa así la Iglesia?
A nuestro juicio, el propio Diccionario de la lengua española, según las
definiciones que trascribimos líneas arriba, nos brinda las respuestas. La
laicidad puede ser interpretada como un término más suave, puesto que
refiere al principio de separación de la Iglesia y la sociedad civil,
representada por el Estado, y se le intenta dar un sentido de separación
jurídico-administrativa. Mientras que el laicismo es una doctrina
construida para defender históricamente la independencia del hombre, de la
sociedad y del Estado que los nuclea, respecto de cualquier confesión
religiosa, aunque su objetivo no es ir contra las religiones sino evitar que
éstas vayan contra la libertad de conciencia de los individuos.

63
El laicismo como doctrina es el escudo siempre vigilante que protege al
hombre de la servidumbre con que han querido someterlo los movimientos
fundamentalistas o integristas y contribuyó a consolidar las instituciones
democráticas en un plano de mayor igualdad y tolerancia, sin limitaciones
fundadas en términos religiosos.

Cuando la Iglesia trata de desconocer la existencia de la doctrina del


laicismo y utiliza el término “soft” de la laicidad lo hace para no reconocer
que el principio de la laicidad responde a algo más profundo y enraizado en
la sociedad, con la esperanza de irla socavando con el paso del tiempo.
Porque la Iglesia Católica que tiene sobrada experiencia, en sus más de
dieciséis siglos de existencia, acerca del valor de la paciencia para
conquistar objetivos es consciente que reconocer de plano la vigencia y los
valores doctrinarios del laicismo implicaría renunciar para siempre a
reconquistar el terreno perdido

EL LAICISMO Y LA IDENTIDAD NACIONAL


Procurando no caer en un nacionalismo exacerbado, creemos que los
uruguayos tenemos un estilo que nos distingue claramente dentro del
contexto regional. El mismo resume un conjunto de características que se
han ido acunando desde los albores de la patria y con el tiempo le han dado
a esta pequeña comarca, ubicada entre dos colosos, una dimensión que
trasciende ampliamente su tamaño territorial o su volumen de población.

Somos conscientes de nuestras limitaciones geográficas y demográficas lo


que por cierto nos inhibe de presumir de ser grandes o fuertes y nuestras
riquezas naturales no son de una dimensión que nos permita gozar de un
gran esplendor económico. Pero en cambio, a lo largo de la historia hemos
crecido, individual y colectivamente, al amparo de un crisol de valores
éticos y espirituales que nos hace sentirnos muy satisfechos de ser
uruguayos y hemos sido en buena parte de nuestra historia cultores y
celosos defensores de esos principios que nos caracterizan.

El respeto por el Estado de Derecho, la defensa de las libertades, el sentido


de igualdad democrática, que nos ha llevado a promover la equidad y no el
igualitarismo, la tolerancia hacia el otro, más allá de sus ideas políticas, su
religión o el color de su piel, son los distintivos del ser nacional.

Hace años, escuchábamos al mencionado Ferreira Aldunate, citar una


anécdota recogida de la historia, que resulta apropiada para ilustrar cómo,
desde los más encumbrados hasta los más humildes ciudadanos de este
país, hemos tenido siempre una idea clara de los valores que nos aglutinan.

64
La anécdota, que según Ferreira había sido relatada por el historiador Juan
Pivel Devoto121, se refería a un gauchito muy humilde de nuestra campaña,
cuyo poncho agujereado denotaba la pobreza en que vivía, quien estaba un
día en el puerto de Montevideo observando la operativa portuaria, en la
época en que no había muelles, y las cargas y los pasajeros eran
transportados en barcazas desde los buques que anclaban a cierta distancia
de la costa. Este criollo, muy joven, casi un niño, estaba contemplando
bajar la gente, cuando un inglés, de paso para Buenos Aires, le pidió una
información y entonces aquel aprovechó para preguntarle adónde iba. Ante
la respuesta del forastero, el gauchito le inquirió por qué no se quedaba de
este lado del Plata. El inglés curioso le respondió “y porque habría yo de
quedarme aquí”, a lo que el gauchito replicó, con esa lógica y esa simpleza
propias de nuestra gente de campo, “pero, ¿es que a usted no le han
explicado que en estas tierras naides es más que naides?”. No había
mejor razón que esa.
Nuestra historia, por otra parte, está llena de episodios en los que la épica le
ha cedido el paso al gesto humanitario y a la actitud fraterna de
reconciliación. Artigas en Las Piedras con su “clemencia para los
vencidos”; “el abrazo de los compadres”, protagonizado por Rivera y
Lavalleja en el Monzón; la Paz del 8 de Octubre “sin vencidos ni
vencedores”; la actitud generosa, reparadora y reconciliadora del
Presidente Batlle y Ordóñez frente a los insurrectos de 1904; el retorno a la
democracia luego del Golpe de Estado de 1933 de la mano del general
Alfredo Baldomir122, respaldado por un sector multipartidario de la clase
política. O la salida en paz de la dictadura de 1973, producto de una sutil
labor de ingeniería política pensada y llevada a cabo por distintos actores
de todos los partidos, bajo la inteligente conducción del doctor Julio María
Sanguinetti123, quien fuera el primer presidente constitucional en la
restauración democrática, contando con el apoyo de los líderes de los otros
dos grandes partidos, Wilson Ferreira Aldunate y Liber Seregni124.
Estos hitos, como eslabones de una cadena de concordia y tolerancia,
responden a una forma muy particular del ser nacional. Sin fijárselo como
meta, aunque de modo casi inexorable, la sociedad uruguaya fue

121
(1910-1997) Historiador, investigador, educador y político uruguayo, presidente del
Directorio del Partido Nacional en la salida de la dictadura de 1973.
122
(1884-1948) Militar, arquitecto y político uruguayo, Presidente de la República entre 1943 y
1947.
123
(1936- ) Abogado, periodista y político uruguayo, tres veces diputado, dos veces ministro,
senador y Presidente de la República en dos períodos, 1985 al 1990 y 1995 al 2000.
124
(1916-2004) Militar uruguayo devenido en político, fundador del Frente Amplio y primer
candidato a presidente de esa fuerza política; estuvo preso por sus ideas durante casi toda la
dictadura militar de 1973.

65
transitando un camino que la llevó a incorporar la laicidad, que conjuga la
libertad, la igualdad y la tolerancia, como una de las características
distintivas que contribuyeron a la conformación del ser nacional.

INTENTOS PARA REDUCIR LA INFLUENCIA DEL LAICISMO


La Iglesia Católica ha mantenido una actitud militante para oponerse o
limitar los avances del laicismo y la laicidad y ha procurado concertar
alianzas con organizaciones que sean funcionales a sus objetivos.

En nuestro país sus intentos no han sido en general fructíferos, salvo


algunos episodios aislados que veremos más adelante, pero en una escala
universal, ha logrado resultados positivos con el concurso de aliados de un
gran valor intelectual, como fue el caso de Jaques Maritain125, en el siglo
pasado, que le permitieron un mejor posicionamiento en la batalla
ideológica.
Como resultado de estos esfuerzos y de la acción específica de grupos
interesados en revertir el statu quo, en varios países de América y Europa,
como la organización integrista católica Opus Dei, en los últimos años se
ha vuelto a discutir y a poner en entredicho la validez de los principios
fundamentales de la laicidad.
En Francia se ha propuesto revisar la ley de 1905, que separó la Iglesia del
Estado, aunque sin pretender eliminar la esencia del principio de
separación.
En España se discute lo referente a la enseñanza de la asignatura religión
católica en la escuela pública, brindada por el Estado, y en Italia y otros
países europeos el tema vuelve a ser objeto de consideración y análisis.

Mientras que en la Gran Bretaña, aunque allí la Iglesia Católica obviamente


no ha tenido nada que ver, nunca se pudo alcanzar la laicidad como la
concebimos en estos lares puesto que, si bien se acepta la libertad religiosa
y el libre ejercicio de otras religiones además de la oficial, el Estado no es
laico ya que la jefatura del Estado y de la Iglesia Anglicana descansan en la
misma persona, lo cual es incompatible con la doctrina del laicismo.

Por otra parte, en los Estados Unidos la “cuestión religiosa” vuelve a ser
estudiada por la Ciencia Política y hay quienes afirman que la crisis de
valores se debe a la pérdida de religiosidad de la gente.

125
(1872-1973) Filósofo francés católico, defensor del neotomismo e impulsor de una
metafísica cristiana, que él denominó "filosofía de la inteligencia y del existir".

66
Y aún, en este Uruguay laico, se han verificado en el campo político, en el
último cuarto de siglo, algunos episodios que han puesto en tela de juicio la
conducta del Estado en materia de laicidad y generan una reflexión en
cuanto a la propia fidelidad de la sociedad hacia esta última, lo cual es
relevado con acierto por Caetano y otros en “El Uruguay Laico”: matrices
y revisiones, recientemente editado y mencionado en al comienzo del
trabajo como una de las obras importantes en este primer siglo de laicidad.

El primero, y en su momento muy controversial, fue el mantenimiento, en


un lugar baricéntrico de la ciudad de Montevideo, de la enorme Cruz que
había sido erigida para dar marco a una misa campal del Papa Juan Pablo II
y que luego, al calor del entusiasmo que generó el evento y con la
aquiescencia de los principales actores políticos, se resolvió no retirar.

Con el correr de los últimos años, se produjeron otros episodios que nos
obligan a permanecer atentos. Por ejemplo, la utilización de la sede de
Plaza Independencia de la Presidencia de la República como sacristía de
una misa campal en homenaje al prócer en 2000, con ocasión de la
conmemoración del sesquicentenario de su desaparición física, o la
participación en ese mismo período de gobierno, del Vicepresidente de la
República, en ejercicio de la Presidencia, en la Peregrinación al Verdún.

Más cerca en el tiempo, la celebración de una ceremonia religiosa en la


Embajada uruguaya en Roma con ocasión de la asunción del Papa
Benedicto XVI, o el posterior traslado de una estatua del Papa Juan Pablo
II de la Capilla cercana a la Terminal de Tres Cruces a un nuevo
emplazamiento en la vía pública junto a la mencionada Cruz a pocos
metros del Obelisco a los Constituyentes, como para que no le quedaran
dudas a ningún desprevenido transeúnte de que la Cruz allí colocada era
una referencia a un Papa católico. Mucho más recientemente, la
celebración, impulsada por el Presidente de la República, de una misa
Católica con ocasión del fallecimiento del Presidente venezolano.
Y no podemos soslayar las gestiones en 2000 del Arzobispado de
Montevideo para obtener financiamiento estatal para las instituciones de
enseñanza regenteadas por la Iglesia, miradas con simpatía desde el Poder
Ejecutivo. La coyuntura económica desfavorable de entonces impidió que
el intento prosperara.
Estos hitos son en su conjunto demostrativos de lo vulnerable que puede
resultar la laicidad en el Estado, cuando se enfrenta a acciones que,
aparentemente inofensivas, suelen ser luego utilizadas para arrimar agua a
su molino, por los interesados en revertir la situación.

67
EL LAICISMO DE MANIFIESTO UNA VEZ MÁS
Mientras preparábamos este trabajo, asistimos a otra contundente
manifestación del laicismo enraizado en la matriz cultural y en el modo de
vivir de los uruguayos. El 23 de junio del corriente año fue consultada la
ciudadanía para someter o no a referéndum la Ley de Interrupción del
Embarazo, aprobada en 2012, que popularmente ha sido reconocida como
la ley de despenalización del aborto. El resultado fue un No rotundo a la
realización del referéndum y por ende a la derogación de ley.

La inmensa mayoría se opuso con guarismos que destrozaron todas las


predicciones de los politólogos, a pesar de la ruidosa campaña de la Iglesia,
del Opus Dei y de un importante abanico de actores políticos, afines a la
ideología católica, que pusieron mucha presión sobre la conciencia de los
uruguayos apelando a argumentos morales muy fuertes, que poco tenían
que ver con la verdadera motivación de la Ley mencionada.

No tenemos dudas que, más allá de circunstancias que puedan haber


coadyuvado para el aplastante rechazo, el factor determinante de este
resultado fue la laicidad instalada en la reforma constitucional de 1918 y
grabada a fuego en la conciencia de los uruguayos por la educación laica
propuesta por Varela en 1877 y confirmada en la ley del Presidente
Williman en 1909, como vimos en el capítulo 2, que consagró la “laicidad
integral” de la educación, como la llamara Ardao.

Tampoco dudamos que si la presión ejercida desde la Iglesia hubiera tenido


lugar en otro país de nuestra región, el resultado hubiera sido
completamente distinto. No hubo temor al castigo divino, tantas veces
utilizado como amenaza, en otras latitudes, desde el púlpito. Porque los
uruguayos, aún los católicos, tienen muy claro que, como dijera Jesús de
Nazaret, hay que separar lo que corresponde a Dios de lo que es del César.

Lo que importó a los uruguayos y uruguayas, que desoyeron los mandatos


de la Iglesia, fue la necesidad de resolver una problemática social y
defender el derecho de las compatriotas, particularmente las más humildes
y desposeídas, a poder decidir, en un momento crucial de sus vidas, sin
presiones y en pleno ejercicio de su libertad de conciencia.

Esta decisión del pueblo, por la forma en que fue adoptada y por los
resultados alcanzados, ilustra más que las casi cuarenta mil palabras
escritas en este ensayo para resaltar las virtudes de un Estado laico y de una
población educada en la laicidad.

68
CAPÍTULO 3. PILARES QUE LA SUSTENTAN
Tenemos claro que hay elementos claves dentro de una sociedad que, como
en el caso uruguayo, actúan para posibilitar esa suerte de relación
biunívoca entre la laicidad del Estado, como ámbito para el goce pleno de
la libertad, y la identidad nacional.
Debido a las limitaciones de espacio no pretendemos hacer una
enumeración exhaustiva de todos los pilares que sirven de sostén y garantía
de la laicidad, pero profundizaremos sobre los que consideramos como los
tres más emblemáticos: la libertad de conciencia, la libertad de expresión y
la tolerancia.

LIBERTAD DE CONCIENCIA
Decíamos al comienzo del ensayo que la prevención de los elementos más
nocivos para la sociedad, insertos en los fundamentalismos de cualquier
índole, pasa por fortalecer el respeto a la libertad. Al abordarla, con total
intencionalidad, colocamos en la parte superior de la pirámide a la libertad
de conciencia o libertad de pensamiento.
Porque entendemos que ella es la primera de todas las libertades del
hombre, la que las resume y la que las proyecta. Desde los tiempos de la
llamada “aurora de la conciencia”, el progreso de la humanidad ha sido
acompañado de un largo periplo, una azarosa marcha, de todos los seres
humanos hacia esta libertad fundamental.
Sin la libertad de conciencia, protegida, jerarquizada y garantizada, la
humanidad no hubiera podido alcanzar el nivel de desarrollo que ostenta
actualmente, puesto que no es posible concebir ninguna creación humana
verdadera y perdurable, si no se realiza a partir de una conciencia libre de
dogmas, de falsas verdades, de prejuicios.

Es preciso también distinguir entre la libertad de pensamiento y la libertad


de expresión, con que suele confundírsela. Son dos libertades que se
conjugan. Una es libertad en el interior del ser humano, la libertad de
conciencia y la otra lo es hacia el exterior, la libertad de expresión. Pero no
podría haber verdadera libertad de expresión si la conciencia está
mediatizada por una educación dogmática o bajo un régimen que no respete
la diversidad de opiniones y exija unanimidades.

En la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, que la


Organización de las Naciones Unidas aprobara en 1948, la libertad de
conciencia y, su consecuencia más notoria, la libertad de expresión están

69
consagradas en plenitud: “Todos los hombres nacen libres e iguales en
dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia, deben
comportares fraternalmente, los unos con los otros”. Y sigue diciendo:
“Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia
y de religión; éste derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de
creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia
individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la
enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. ...”.
Estos principios están en la base y son columnas fundamentales del sistema
de Derechos Humanos que se opone hoy y se opondrá siempre al ataque de
los fundamentalismos de cualquier signo y origen.

El constitucionalista uruguayo Jaime Ruben Sapolinski126 ha manifestado,


en un repartido a sus estudiantes, que hemos podido consultar, que “la
libertad ideológica es la libertad–madre, de la que han derivado el resto
de las libertades. La libertad de acción presupondría la existencia de la
libertad de pensamiento. Sin perjuicio de ello, es, además de un punto de
partida, un destino final que comprende todas las libertades”.
Un autor español, Ramón Soriano127, señala la obvia afinidad con la
libertad de creencias o de religión, pero las distingue conceptualmente128.
Sostiene que “la libertad de pensamiento, o propiamente ideológica, es
una libertad de visión del mundo y del hombre en relación con él, una
libertad de conocimiento; la libertad de creencias o de conciencia es una
libertad de actitud y de valoración subjetiva de los problemas del mundo y
especialmente del comportamiento humano”.

La distinción entre la libertad religiosa como especie y la libertad de


pensamiento como género, según el citado Sapolinski, “está claramente
señalada por la Constitución Española de 1978 que en su artículo 16
garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de
las comunidades y prohíbe que nadie sea obligado a declarar sobre su
ideología, religión o creencias, solución que debe entenderse extensiva al
derecho uruguayo por imperio de lo dispuesto por el artículo 72 de
nuestra Constitución”.

El tema de la libertad de conciencia se ha planteado históricamente a través


de la consideración del problema de la libertad religiosa. El artículo VI de
la Constitución de los Estados Unidos de América, hito fundamental del
126
(1954-) Profesor de Derecho Público en la Facultad de Derecho, UDELAR.
127
Abogado y docente español, especialista en Sociología del Derecho.
128
Soriano, Ramón “Las Libertades Públicas”. Tecnos.

70
constitucionalismo escrito, prohibió que se exigiese “profesión de fe
religiosa para desempeñar ningún empleo o cargo público de los Estados
Unidos” y la 1ª Enmienda, que entró en vigor el 15 de diciembre de 1791,
estableció que “El Congreso no podrá aprobar ninguna ley conducente al
establecimiento de religión alguna, ni a prohibir el libre ejercicio de
ninguna de ellas...”. Nuestro artículo 5º de la Constitución de la
República, que ya trascribimos en el capítulo 3, pág. 59 es muy claro al
respecto.
Una sentencia de la Suprema Corte de los Estados Unidos de 1946, basada
como ya hemos dicho en un texto menos claro que el nuestro, sostuvo: “Ni
un Estado ni el Gobierno Federal pueden establecer una iglesia.
Tampoco pueden sancionar leyes que ayuden a una religión, a todas las
religiones o prefieran a una en particular. No puede establecerse
impuesto alguno, grande o pequeño, para sostener clase alguna de
actividades o instituciones religiosas, no importa cuál sea su
denominación, ni la forma que puedan adoptar para enseñar o practicar
la religión. Tampoco podrá un Estado o el Gobierno Federal, ya sea
abierta o secretamente, participar en los asuntos de cualesquiera
organizaciones o grupos religiosos, o viceversa”.

Otra sentencia de la Suprema Corte de los Estados Unidos, de 1944


dispuso: “La libertad de pensamiento, que incluye la libertad de creencia
religiosa, es un hecho básico en una sociedad de hombres libres... Abarca
el derecho de mantener teorías de vida y de muerte y del más allá, que
constituyan una abierta herejía para los que siguen las creencias
ortodoxas. Los enjuiciamientos por herejía son ajenos a nuestra
Constitución. Los hombres pueden creer lo que no pueden probar. No
pueden ser sometidos a la prueba de sus doctrinas o creencias religiosas.
Experiencias religiosas que son tan reales como la vida para unos,
pueden resultar incomprensibles para otros... Las relaciones del hombre
con su Dios fueron puestas fuera de la jurisdicción del Estado. Al
hombre se le acordó el derecho de adorar como se le antojase y de no
rendir cuentas a nadie en lo tocante a la veracidad de sus puntos de vista
religiosos...”.
La lucha por la libertad de conciencia se resume en el enfrentamiento
ideológico para determinar cuál es la forma de llegar a la verdad: si por la
razón o por intermedio de un modelo de fe dogmática que conlleva la
aceptación de modelos impuestos por alguna autoridad terrenal,
autodenominada representante de lo celestial.

71
Sostenemos personalmente que la razón es una facultad suprema del
hombre por la cual éste discurre consigo mismo acerca de cualquier tema y,
mediante un método lógico sujeto a prueba y verificación, logra emitir
juicios correctos a partir de las premisas de que parte. Pero el
conocimiento racional no otorga la verdad última por propia definición y
allí quizás reside su mayor virtud y la que más la fortalece.

El hecho de que no logremos nunca obtener la verdad absoluta no


descalifica para nada el método racional para la adquisición de
conocimientos sino que por el contrario lo afirma y lo jerarquiza como el
que más respeta la libertad de las personas y es por lo tanto un factor de
democracia y de república.

La libertad de pensamiento es un derecho humano esencial y en la base de


la doctrina de los derechos humanos hay, una profunda inspiración
igualitaria. ¿Por qué determinados privilegios si somos, por imperio de la
naturaleza, todos iguales y nadie vale más que nadie?

En lo que refiere a la libertad religiosa, ésta constituye un aspecto de la


libertad civil que refiere al derecho de sostener y profesar cualquier
creencia religiosa - o ninguna -, incluyendo el derecho de expresarla, por
medio del culto.

Pero, expresa también Sapolinski, que “tampoco se trata solamente de


preservar el derecho a pensar lo que quiera creer el hombre aislado, a
solas con su conciencia. Se trata, en cambio de una cuestión vinculada al
ejercicio del control social, de la afectación de los derechos del prosélito y
de todos los demás”.

Y entonces, ¿cuáles son los límites de la libertad de conciencia? En tanto


es una libertad interior, aparentemente no debería tener límites. Por el
contrario, como hombres libres debe exigírsenos un ejercicio permanente
de la libertad de pensamiento, de la búsqueda en nosotros mismos de la
verdad o las verdades.

Sin embargo, creemos que ésta libertad se entiende, se valora, se proyecta,


en la medida en que se equilibre con la igualdad y la tolerancia. Porque no
debe ser considerada tan sólo en lo que hace a la individualidad de cada ser
humano, sino en su proyección en la vida social, es decir, en la relación de
cada ser humano con sus semejantes.

72
Los límites radican en el igual derecho de todos a la misma libertad. Lo
que no significa querer igualar las vidas de todos, sino equiparar sus
oportunidades en la vida.

La realización de esos tres grandes principios, es la realización del Bien,


escrito con mayúscula, que es el gran imperativo moral de la humanidad
del siglo XXI.

Porque a través de la igualdad y de la tolerancia se propugna la paz entre


los hombres, porque no podría concebirse de otra manera una relación
fraternal entre seres que se reconocen iguales entre sí, iguales en
naturaleza, e iguales en derechos en la vida.

Una igualdad que no debe derivar en el igualitarismo, porque en ese caso se


vuelve totalitaria, y anula las individualidades, es decir, la riqueza creadora
que anida en cada ser humano.

Ahora bien, ¿cuáles son, las herramientas de que debemos valernos para
promover en nosotros mismos, para realizar en nosotros mismos, y en la
humanidad, la libertad de pensamiento, la libertad de conciencia?
El instrumento fundamental, es la Educación. Una amplia e irrestricta
difusión de la educación sin dogmas, es decir laica. Una educación en los
métodos del pensamiento crítico. Una educación para el ejercicio de la
razón, pero también para la tolerancia y para el ejercicio de la
responsabilidad moral.
Por ello, en la medida que actúan como promotores de estos valores en el
individuo, el laicismo y la laicidad cumplen un importante servicio para la
colectividad en su conjunto como escudo protector contra los
fundamentalismos, los dogmatismos y los fanatismos de cualquier índole,
provengan éstos de donde provengan.
Por otra parte, la libertad, requiere fundamentalmente de la tolerancia que
es la mayor garantía de la vigencia efectiva de las libertades, puesto que
como expresara con sabiduría Nelson Mandela129, el patriota y libertador de
las minorías oprimidas por la intolerancia y el fundamentalismo racista del
apartheid en Sudáfrica, en una célebre frase que lo ha distinguido: “Ser
libre no es solamente desatarse las propias cadenas sino vivir de una
forma que respete y mejore la libertad de los demás”.

129
(1918-) Abogado y político sudafricano conocido también por su nombre tribal de Madiba,
fue, luego de haber estado en prisión 27 años por su lucha contra el apartheid, el primer
presidente de Sudáfrica elegido democráticamente mediante sufragio universal.

73
LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Cuando uno refiere a la libertad de pensamiento no puede evitar la
mención de la libertad de expresión, porque está necesariamente vinculada
a la libertad de conciencia, e incluso suele confundírseles. Ambas, aunque
encierran dos conceptos distintos, forman parte de una misma realidad.
Una es la libertad para pensar interiormente y la otra es su manifestación
pública.

El hombre, en tanto es un ser social por naturaleza, como enseñaba


Aristóteles, desarrolla su libre conciencia habitualmente para expresar lo
que piensa, lo que siente, lo que quiere y compartirlo con sus semejantes.

Para ello es indispensable, en una sociedad civilizada y democrática, que la


libertad de expresión del pensamiento sea concebida, admitida, con tal
amplitud que no tenga sino otros límites que los que resultan del derecho de
los demás, al ejercicio de la misma libertad.

Existe un ejemplo, clásico ya, sobre el tema de los límites de la libertad de


expresión del pensamiento, en la jurisprudencia de los EE.UU. con un
histórico fallo de la Suprema Corte de Justicia, promulgado hace casi tres
décadas.
El caso en cuestión, caratulado: “El Estado de Texas contra Gregory Lee
Johnson”, es ejemplo del ancho y amplísimo límite que tiene y debe tener
la libertad de expresión como una proyección de la libertad de conciencia.
El señor Gregory Lee Johnson, en el momento miembro de la Brigada de la
Juventud Comunista Revolucionaria, participó en una demostración
política en Dallas, Texas el 22 de agosto de l984, durante la Convención
del Partido Republicano en Dallas, durante la cual había quemado
públicamente una bandera de los EE.UU.

Fue acusado, y encontrado culpable, según los términos de la ley tejana,


que prohíbe la profanación de un objeto venerado, como la bandera de los
EE.UU. Recurriendo al Tribunal de Apelaciones del Estado, este mantuvo
la pena, pero llevó su caso a la Corte de Apelaciones Penales de Texas, que
por una votación de 5 contra 4, revocó la sentencia y concluyó que la ley de
Texas era inconstitucional.

Al apelar el Estado de Texas esa decisión, el caso pasó a la Suprema Corte,


que ratificó en 1989 la última decisión de la Corte de Apelaciones de
Texas, dando la razón a Johnson en un fallo memorable, cuya fuente
fundamental fueron los principios que simboliza la propia bandera.

74
Ello fue recogido en la ponencia de la mayoría, expresada por el Juez
William J. Brennan Jr.130, al establecer que quemar la bandera de Estados
Unidos en una protesta pública no constituye un delito, sino que en este
caso la quema de la bandera es una manifestación de la libertad de
expresión protegida en la primera enmienda.

Como expresión práctica de los límites de la libertad de expresión,


proyección natural de la libertad de conciencia, esa sentencia fue
profundamente ejemplarizante.

LA TOLERANCIA, ESA SABIA Y DULCE DAMA


El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define a la
tolerancia como el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás
cuando son diferentes o contrarias a las propias”. La forma más eficiente
para poder garantizar al otro su libertad pasa por practicar siempre la
tolerancia, en el más amplio sentido.

Es fundamental para ello reconocer que en el otro vamos a encontrar un ser


diferente cuya opinión, aunque no la compartamos y resulte
diametralmente opuesta a la nuestra, merece ser respetada y antes de
enfadarnos por la diversidad de opiniones debemos aprender a convivir con
ellas.

Si hay un terreno donde han existido mayores intolerancias a lo largo de la


historia es sin lugar a la menor duda el religioso, en contraposición
paradójica con los principios de amor y fraternidad que pregonan
prácticamente todas las religiones.

El pensamiento de Locke, a quien nos referimos en la Presentación


contenida en el Capítulo 2, con su “Carta de la Tolerancia”, marca un antes
y un después en la conceptualización occidental de la libertad de culto.
La primera de las libertades reivindicadas en la época moderna fue la
libertad religiosa, inserta en la libertad de conciencia, que dentro de la
dialéctica del pensamiento liberal puede considerarse no sólo como la
primera en el tiempo, sino también como la raíz del desarrollo de las
demás.

A su vez, en el seno de la idea de la libertad religiosa, la "Carta sobre la


tolerancia" marca un hito en el devenir cultural de la humanidad. El

130
(1906-1997) Fue miembro de la Suprema Corte de Justicia de los EE.UU. por 34 años, 1956
a 1990, el séptimo mandato más largo de la historia del país. Se destacó por su pensamiento
progresista, incluyendo su oposición a la pena de muerte y su defensa del derecho al aborto.

75
filósofo expresaba que la tolerancia debería ser la principal característica de
una Iglesia, ya que la finalidad de la auténtica religión no debería ser el
ejercicio de la fuerza coactiva sobre otros hombres sino ayudar a regular la
vida de los hombres en lo que se refiere a su moralidad íntima.

Pero la tolerancia no solo debe ser considerada solamente en el plano


político o en el religioso, sino que, para que ello sea verdaderamente
posible, los seres humanos debemos procurar integrarla a nuestro diario
vivir como un componente fundamental para la convivencia.
Decía Aristóteles que: “Cualquiera puede ponerse furioso... eso es fácil.
Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en
el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta... eso
no es fácil”131.

En nuestras palabras, interpretando humildemente ese pensamiento


aristotélico, diríamos que es tan difícil ponerse furioso en forma inteligente
que quizás valga la pena dejar a un lado la furia y recurrir a la tolerancia,
puesto que, por otra parte la justificación de nuestra existencia humana está
dada por nuestra capacidad de obrar no solo con inteligencia sino también
con sensibilidad hacia nuestros congéneres.
En un libro contemporáneo, titulado La Inteligencia Emocional, Daniel
Goleman132 introdujo un nuevo índice cualitativo de coeficiente emocional
para medir la inteligencia y explica cómo las cualidades de la mente, que
conforman el carácter de una persona son más importantes que el poder
potencial de esa mente, medido tradicionalmente con el llamado coeficiente
intelectual.
Sobre esta base, cuando logramos darle a la inteligencia el matiz emocional
adecuado, nuestros actos se impregnan de sentimientos más justos y más
fraternos para con nuestros semejantes.

No deberíamos tampoco perder nunca de vista que nuestros actos no tienen


un fin en sí mismos, ni tienen valor alguno cuando están pensados en
función exclusiva de nosotros mismos o de nuestros exclusivos intereses.

Con el mismo celo con que velamos por nosotros, tenemos que hacerlo por
quienes nos rodean y comparten nuestra peripecia vital. Porque de la
convivencia armónica depende el desarrollo de la humanidad.

131
Aristóteles, “Ética a Nicómaco”.
132
(1947-) Psicólogo estadounidense, quien definió la inteligencia emocional.

76
Así como se debe propender al máximo esfuerzo individual conforme a las
posibilidades de la inteligencia y de los conocimientos adquiridos, se debe
tener especial cuidado de no censurar a los demás, tanto cuando no
entendemos sus posiciones como cuando no son entendidas las nuestras, lo
cual suele suceder frecuentemente.

La tolerancia con respecto al prójimo implica la aceptación del otro en su


diferencia sabiendo que el otro siempre será "otro", y que jamás podremos
integrarlo completamente a nuestra experiencia o que jamás podremos
disponer de él ni disponer por él.

No se trata de conformarnos con la idea de "tolerar" al otro, porque no nos


queda más remedio. Tolerar al otro no es soportarlo sino aceptarlo con sus
diferencias. En ese proceso, debemos aprender a no etiquetar al prójimo por
razones de religión, nacionalidad o afinidad política o ideológica.

Los seres humanos somos más que las etiquetas que nos ponen. Debemos
descartar las concepciones estereotipadas en nuestras relaciones con el
prójimo. Aunque, desgraciadamente, a veces el reflejo del estereotipo
funciona, como si estuviera implantado en la naturaleza humana.
Uno de los ejemplos más conocidos de expresión de la tolerancia política
está contenido en la célebre frase de Voltaire133 cuando manifestó que
“Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero estoy dispuesto a dar
mi vida por defender tu derecho a decirlo”.

La tolerancia, que ha sido un valor del cual los uruguayos nos hemos
jactado, y con razón, durante casi todo el siglo XX, ha venido
deteriorándose sin solución de continuidad desde los años 60s del siglo
pasado.

Primero fue el enfrentamiento, en el marco de la Guerra Fría, entre quienes


propugnaban soluciones mesiánicas y antidemocráticas, con el pretexto de
mejorar la justicia social, y sembraron el terror en la sociedad civil y
aquellos que tenían el deber de defender las instituciones democráticas.

Estos últimos, motivados por los apetitos de poder de algunos de sus líderes
y excediendo el cumplimiento de las tareas que le habían sido
encomendadas por mandato del Parlamento, a propuesta del Poder
Ejecutivo, sumieron al país en una oscura dictadura, que cometió graves

133
(1694-1778) Escritor, historiador, filósofo y abogado francés, cuyo nombre verdadero era
François-Marie Arouet, uno de los principales representantes de la Ilustración, período que
enfatizó el poder de la razón, la ciencia y el respeto hacia la humanidad.

77
violaciones de los más elementales derechos humanos, de cuyos efectos
todavía no nos hemos podido recuperar como nación.
A partir de ese período funesto de nuestra historia, la Educación Pública
que, desde que se instauró la laicidad, había sido propulsora del Uruguay
moderno, ha sufrido la intolerancia fundamentalista, a veces de forma no
tan aguda aunque en otras ocasiones en grado extremo.

Las aulas se fueron convirtiendo en un campo de batalla ideológico, antes y


después de la dictadura, manteniéndose de rehenes a los alumnos,
particularmente los más carenciados, que no han podido optar por
alternativas a la enseñanza oficial.

Durante la dictadura, quienes la dirigían, simplemente arrasaron las


instituciones de enseñanza en aras de un supuesto orden y también tomaron
de rehenes a los alumnos.

La tolerancia entonces quedó en el olvido pero con la democracia tampoco


se ha recuperado del todo y en ocasiones las actitudes de algunos
fundamentalistas traen a la memoria los ingratos tiempos del régimen
dictatorial.
Nuestra supervivencia como país, en el nivel de calidad institucional y
democrática que nos ha dado un bien ganado prestigio en la región y en el
mundo, está directamente relacionada con la capacidad de recuperar el
valor de la maltratada tolerancia y restablecerla como elemento distintivo
de nuestro ser nacional.

78
CAPÍTULO 4. ENEMIGOS QUE LA ACECHAN
GENERALIDADES
La laicidad, que va de la mano con la libertad de conciencia y la tolerancia,
tiene en el anverso de la moneda, y como permanentes amenazas en el
presente siglo XXI, la intolerancia del dogmatismo y del fundamentalismo.

Sintetizando, convengamos que el fanatismo, en cualquiera de sus


acepciones y más allá del ropaje que adopte para mimetizarse con el
ambiente y evitar ser combatido, es el principal enemigo de la laicidad así
como también lo es de toda expresión de libertad aquí y en el resto del
mundo.

Por ello hemos dedicado este capítulo a su análisis con cierta profundidad,
porque como enseñan los estrategas militares hay que conocer el enemigo
por dentro y como decían Mario Puzo134 y Francis Ford Coppola135 en su
célebre guión del largometraje “El Padrino”, basado en la novela
homónima del primero: “Mantén a tus amigos cerca de ti pero a tus
enemigos más cerca aún”.
El diccionario de la Real Academia define al fundamentalismo como la
“Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica
establecida”. El politólogo alemán Thomas Meyer, lo describe, en cuanto
a su aplicación dinámica en la práctica, como “un movimiento de
exclusión arbitrario, una tendencia opuesta, aunque inherente, al
proceso de apertura general del pensamiento, a la toma de iniciativas,
una tendencia enemiga de las formas de vida particulares y sociales que
caracterizan a la modernidad; frente a ello, el fundamentalismo pretende
ofrecer, en la medida en que condena toda posible alternativa, certezas
absolutas, sostén firme, auxilio permanente y orientación
incuestionable”136.

Y señala la presencia de estas tendencias y formas de comportamiento en


las religiones, en la política y en la filosofía. El fundamentalismo es una
postura que exacerba el desprecio por el otro y neutraliza el discernimiento.

Procuraremos dar una visión de los fundamentalismos que acechan al


mundo, y que también están presentes en la realidad uruguaya, aunque no
en su forma más convencionalmente reconocida.

134
(1920-1999) Escritor estadounidense especializado en temas de la Mafia.
135
(1939-) Realizador cinematográfico estadounidense, siete veces ganador del Premio Oscar.
136
Citado por Klaus Kienzler, en El Fundamentalismo religioso, Alianza, 2005.

79
Veremos los orígenes del término en los EE.UU., que a esta altura de la
historia parecen haberse olvidado, y luego su propagación años más tarde
de una corriente con el mismo nombre en el mundo islámico pero con
características obviamente diferente, aunque conservando como punto de
contacto el fanatismo. Con respecto al fundamentalismo islámico
intentaremos aportar información que en general es poco difundida a
efectos de ayudar a comprender esa realidad y a desmitificar algunas de las
construcciones del mundo occidental.
Asimismo intentaremos alertar también sobre las otras formas de
dogmatismos o fanatismos, no tan estentóreas pero muy dañinas para la
sociedad algunas de ellas que encontramos entre nosotros, de manera más o
menos encubierta, amenazando seriamente la convivencia.

El fundamentalismo en su versión actual es una exacerbación del


dogmatismo que atenta no solo contra la libertad de conciencia sino contra
las otras libertades. Y por extensión se tiende a denominar de esa forma a
otros fanatismos que pueden ser de otra índole, tanto política como
económica.

ORIGEN DEL FUNDAMENTALISMO


El término “fundamentalismo”, fue originalmente la denominación con la
que se conoció al movimiento conservador surgido entre algunos
protestantes de los Estados Unidos a finales del siglo XIX, con su apogeo
en el primer cuarto del siglo XX.
El fundamentalismo floreció a comienzos del siglo XX, con la publicación
entre 1910 y 1915 por el Instituto Bíblico de Los Ángeles, EE.UU., de una
serie de 90 ensayos contenidos en 12 volúmenes con el título de “Los
fundamentos, un testimonio de la Verdad”, que fue un éxito editorial.

Subrayaba como rasgos esenciales e indiscutibles del cristianismo la


infalibilidad de la Biblia, el nacimiento virginal y la divinidad de Jesús de
Nazaret, su sacrificio en la cruz como expiación de los pecados de la
humanidad, la resurrección física y la segunda venida de Jesús, así como la
resurrección física de los creyentes.

El fundamentalismo se propagó en la década de los años 20 del siglo


pasado, sobre todo en las zonas rurales, principalmente de California, en
los estados fronterizos y en el Sur.
La controversia que despertó este tema se hizo más intensa en el ámbito
secular cuando los fundamentalistas exigieron a los gobiernos estatales que

80
prohibieran la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas
públicas.
En algunos estados lograron la sanción de textos legales, como en
Tennessee, donde un decreto sobre el tema llevó en 1925 al proceso, que
alcanzaría un gran eco internacional, de John Thomas Scopes137, acusado
de enseñar la evolución y desafiar la ley, cuya historia sirviera de
inspiración para una famosa obra de teatro llevada luego al cine en 1960
con el título de “Heredarás el Viento”138.
El fundamentalismo fue perdiendo adeptos a partir de los años 30s, debido
a la aceptación por los estadounidenses de las teorías y métodos modernos
de doctrinas religiosas más liberales y en 1968 el Tribunal Supremo de lo
Estados Unidos sentenció que ese decreto era inconstitucional.

EL FUNDAMENTALISMO ISLÁMICO
La expresión “fundamentalismo islámico” es una creación occidental,
difundida a través de los medios de comunicación principalmente. No es
una denominación extraída del propio contexto islámico sino, por
asimilación a su similitud dogmática, una trasposición del fundamentalismo
cristiano original de los EE.UU., al que nos referimos líneas arriba.
La cultura islámica, gozó de una época de auge en la que fue depositaria y
trasmisora de la herencia greco-romana, fue cayendo a posteriori de la
Edad Media en un período de decadencia, lo que condujo a una renovada
insistencia en promover la reflexión sobre el pensamiento original o ijtihad
y a movimientos de reforma religiosa que exigían un retorno a las formas
originales del Islam, con base en los aspectos fundamentales de la ley
islámica o sharia.
El primer movimiento de este tipo fue el wahhabismo, llamado así por el
nombre de su fundador, Ibn Abd al-Wahhab139, un clérigo árabe, que surgió
en Arabia en el siglo XVIII para convertirse en una vasta tendencia
integrista con ramificaciones en todo el mundo musulmán.
También es destacable que a principios del siglo XX, había surgido un
movimiento tendiente a laicizar el mundo musulmán, obteniendo respuesta
favorable únicamente en Egipto y Turquía. La base de este movimiento,
originado cuando se estaban gestando al mismo tiempo los mencionados

137
(1900-1970) Profesor de enseñanza secundaria estadounidense en el Estado de
Tennessee.
138
Realizada por Stanley Kramer y protagonizada por Spencer Tracy.
139
(1703-1792) Prominente teólogo árabe e influyente erudito.

81
fundamentalismos reformistas, venía de otros reformadores islámicos que
habían sido influidos por las ideas de Occidente, como en ya en el siglo
XIX el intelectual egipcio Muhammad Abduh140, gran muftí141
(jurisconsulto musulmán con autoridad pública, cuyas decisiones son
consideradas como leyes), para quien la razón y el pensamiento moderno
occidental confirmarían la doctrina del Islam en lugar de socavarla, y esa
doctrina islámica podría ser reformulada en términos modernos.
Otros intelectuales en Turquía, Egipto y la India trataron de reconciliar las
enseñanzas del Corán con las ideas surgidas tras la expansión de la
democracia constitucional, la ciencia y la lucha por la emancipación de la
mujer. El Corán enseña el principio de “gobierno por consulta” que en
tiempos modernos, afirmaban, puede ser mejor realizado por gobiernos
representativos que por monarquías. Advirtieron que el Corán favorece el
estudio y la explotación de la naturaleza aunque los musulmanes, tras
varios siglos de brillante trabajo científico y de haber realizado una
importante labor de transmisión a Europa, lo abandonaron después.
Sostenían que el Corán había dado a la mujer los mismos derechos aunque
éstos hubieran sido usurpados por los hombres, que abusaron de modo
ostensible de la poligamia y otros privilegios semejantes.

Como una forma de respuesta a lo anterior, nace en 1928 en Egipto la


“Asociación de los Hermanos Musulmanes”, fundado por Hasan El
Banna142, un maestro de escuela, que tuvo en sus comienzos un objetivo
educativo de difusión del Islam y luego se marcó objetivos políticos entre
los cuales estaba derogar la Constitución laica de Egipto, inspirada en el
modelo británico, y sustituirla por una Constitución Islámica como la de
Arabia Saudita.
En 1948, Israel se impone a Egipto y al mundo árabe y desde ese momento
los miembros de los “Hermanos Musulmanes” son reprimidos y
encarcelados, mientras uno de sus intelectuales, Sayyid-Qutb143, también
maestro y el principal ideólogo del islamismo político en el mundo árabe
quien en 1966 fue ejecutado por el régimen de Gamal Abdel Nasser144,
acusado de planear el asesinato del líder egipcio, se dedicaba a repensar los
pasos a seguir por el grupo.

140
(1849-1905) Intelectual religioso, jurista y reformador liberal egipcio.
141
Jurisconsulto musulmán, cuyas decisiones son consideradas como leyes.
142
(1906-1949) Islamista egipcio, fundador de la Organización de los Hermanos Musulmanes
de Egipto y padre del islamismo moderno.
143
(1906-1966) Autor y activista político egipcio y militante musulmán, ligado a los Hermanos
Musulmanes.
144
(1918-1970) Militar y estadista egipcio y el principal líder político árabe de su época.

82
Este movimiento extremo buscaba la unificación del mundo musulmán en
una sola república islámica, purificada, recibiendo durante el siglo XX el
permanente apoyo del Reino fundamentalista de Arabia Saudita. En la
década de los 80s del siglo XX, una rama de la “Hermanos Musulmanes”
participó en el asesinato del Presidente Annuar El Sadat145 de Egipto, así
como patrocinaron agitaciones fundamentalistas subversivas en Sudán,
Argelia, Túnez, Marruecos y Mauritania.

Este movimiento ha vuelto a cobrar notoriedad porque uno de sus líderes,


Mohamed Mursi146, con el respaldo de toda la Asociación, ha ocupado la
primera magistratura de Egipto, luego de que el ejército depusiera a Hosni
Mubarak147 y mientras elaboramos este trabajo ha sido también derrocado
por las fuerzas armadas, en una situación de imprevisible definición.

Los fundamentalistas islámicos no se oponen a la educación moderna, la


ciencia y la tecnología per se, pero acusan a los reformadores de ser los
vehículos transmisores de la moralidad occidental. Creen que la
emancipación de la mujer, tal como se concibe en Occidente, es
responsable de la desintegración de la familia y de una moral sexual
permisiva en exceso.

Durante la época moderna, el Islam ha continuado incorporando nuevos


creyentes a sus filas, de forma muy acusada entre los negros africanos y
entre algunos grupos negros de Estados Unidos, atraídos por su
igualitarismo y su estricto sentido de la solidaridad.

Estas posiciones han enfrentado en los últimos años a los países de cultura
islámica con los países del llamado mundo occidental, con base judeo-
cristiana, pero aquí se debe tener en cuenta que hay un fenómeno de
choque de culturas y debemos evitar juzgar a la ligera y tan sólo por sus
apariencias al complejo mundo musulmán.
Pero es importante realizar dos aclaraciones importantes. En primer lugar,
en la actualidad cuando se habla de fundamentalistas se piensa por reflejo
en el Islam o en el mundo árabe. Y hay que aclarar, de partida, que no
todos los árabes son islamitas, aunque éstos son inmensa mayoría en el
mundo árabe, pero tampoco todos los islamitas son árabes así como no

145
(1918-1981) Político y militar egipcio que ejerció los cargos de Presidente y Primer Ministro
de Egipto durante 11 años hasta su asesinato.
146
(1951-) Ingeniero y político egipcio, fue presidente de su país desde el 30 de junio de 2012
hasta el 3 de julio de 2013.
147
(1928-) Político y militar que ocupó el cargo de presidente de la República Árabe de Egipto
durante 30 años desde 1981 a 2011 y fue depuesto por las Fuerzas Armadas y condenado en
2012 a cadena perpetua.

83
todos son fundamentalistas, sino que éstos constituyen una minoría dentro
del Islam. Pero el desconocimiento del mundo islámico lleva a hacer
generalizaciones que no contribuyen a la mejor convivencia global, con una
religión que comparte en líneas generales valores similares a los que
integran la llamada civilización judeo-cristiana.

Digamos también por un sentido de elemental justicia que todas las


religiones principales tienen o han tenido rasgos fundamentalistas en
algunas de sus manifestaciones minoritarias. Tampoco todos los
fundamentalistas son terroristas, aunque a veces convivan bajo un mismo
paraguas, por más que sus métodos políticos sean francamente
antidemocráticos para los estándares occidentales. Y es preciso analizar
toda esta temática desde una perspectiva de choque cultural.

Estos conceptos suelen ser magníficamente recogidos por la Dra. Susana


Mangan experta española sobre el Islam en sus clases magistrales de la
Universidad Católica y en conferencias dictadas en distintos ámbitos de la
sociedad uruguaya.

La otra precisión aclaratoria refiere al uso del término “yihad”, que es un


elemento clave en la vida del creyente musulmán y que traducido del árabe
significa “esfuerzo” o “combate”. Se trata de una abreviatura cuya fórmula
completa, que se emplea con frecuencia en el Corán, es “el esfuerzo en el
camino hacia Alá”. Para ello pueden emplearse diversos medios. El
primero es el esfuerzo en el auto perfeccionamiento, que para muchos
musulmanes es el yihad más importante, y consiste en luchar contra las
tendencias negativas, que anidan en el interior del ser humano, para ser
cada día mejor ante los ojos de Alá.
Otro es el esfuerzo militar contra los no musulmanes, cuando se trata de
defender el territorio poblado por musulmanes contra los ataques enemigos,
o a la hora de abrir al Islam una zona que rechaza la invitación pacífica
para que lo adopte. Y también existe el esfuerzo contra los musulmanes
para combatir a los que no actúan de modo correcto.

Pero algunos grupos terroristas islámicos han utilizado, particularmente en


las últimas décadas, a la religión según sus intereses y han tergiversado el
significado de “yihad”, con la finalidad de justificar sus acciones, que han
causado el asesinato indiscriminado y el dolor de mucha gente. Consideran
que quienes mueren realizando un acto terrorista son mártires del Islam e
irán directamente al paraíso. Por desconocimiento de la cultura islámica, se
suele confundir todas las otras expresiones relatadas antes con esta
interpretación espuria de un concepto emanado del Corán.

84
OTRAS FORMAS DEL FANATISMO FUNDAMENTALISTA
No es casual que la actitud y mentalidad fundamentalista surja y se ejercite
más ciegamente en las religiones, por cuanto Dios es el valor supremo y la
realidad absoluta del creyente apasionado, acrítico e intransigente, en
referencia de quien todo debe relativizarse y subordinarse, y quien otorga el
derecho y el deber de juzgar, defender o eliminarlo todo, según esté de
acuerdo o no con lo revelado y dictado por aquel Dios todopoderoso;
máxime si ello se contiene en escrituras sagradas.

De ahí que toda violencia “sagrada y divina” se justifica por sí y ante sí


misma, sin importar las víctimas y los horrores que provoca. Así lo
confirman todas las guerras “santas”, las cruzadas y las inquisiciones
doctrinarias de la historia.

El fundamentalismo presupone intolerancia y rechazo o aniquilación de


todo aquello que se oponga a sus dogmas y en algunos casos implica el
ejercicio del poder por la fuerza. Triste destino ha sufrido y continúa
sufriendo la humanidad como consecuencia de estos fenómenos calificados
como fundamentalismos, totalitarismos o fanatismos.

Pero si bien referimos como fundamentalismo o fanatismo, ante todo, a la


expresión religiosa, el concepto puede aplicarse a otras doctrinas
legitimadoras del poder. Ocupan el papel de religiones aunque no hablen de
un Dios trascendente. Porque el fundamentalismo no se agota en el mundo
contemporáneo con sus expresiones de tipo religioso.
Se han ido designando de tal forma, por asimilación, a las corrientes de
pensamiento filosófico o a los regímenes políticos que tienen como
denominador común el dogmatismo, el fanatismo o el totalitarismo
intelectual, que no admite segundas opiniones y que termina por denostar a
todo aquel que enfrente esa suerte de “verdad oficial”, con una visión
independiente. Así, por ejemplo, en el campo económico se señala “el
fundamentalismo del mercado”, en detrimento del Estado y de la sociedad.
Y el mundo tuvo en el siglo XX ejemplos muy claros de fundamentalismo
en los totalitarismos que utilizan al individuo como engranaje de una gran
maquinaria, so pretexto de servir a los intereses del “Estado”, del “pueblo”
o del “proletariado”, considerados éstos términos como entelequias vacías
de real contenido. Por citar algunos ejemplos, basta mencionar solamente
al fascismo de Benito Mussolini148, al nacional socialismo de Adolfo

148
(1883-1945) Militar, político, Primer ministro y dictador italiano; fundador del fascismo.

85
Hitler149 o al período estalinista de la Unión Soviética150 y el lector podrá
encontrar seguramente otros más cercanos en el tiempo y algunos aún
presentes.

En este sentido, todavía podemos observar cerca nuestro cómo mantienen


nociva influencia en la organización social algunos corporativismos, como
los que se han enquistado en la Educación Pública, que buscan obtener
beneficios para sus colectivos en detrimento del bienestar de la comunidad
en su conjunto, y particularmente de los niños y jóvenes más carenciados,
utilizando herramientas que tienen un marcado sesgo fundamentalista.

El término fundamentalismo ha trascendido, pues, su alcance original y es


aceptado para describir situaciones sociales, con algunas características
determinadas, que se apartan de las que sirvieron para acuñarlo y que bien
podrían admitir, hasta con mayor precisión, las denominaciones de
totalitarismos o fanatismos.
Deseamos cerrar estas reflexiones sobre los fundamentalismos,
dogmatismos o, simplemente, fanatismos citando a Albert Jacquard151,
cuando sostiene que “Es fanático quien se siente seguro de poseer la
verdad. Un individuo así, se encuentra definitivamente encerrado en esa
certeza; no puede, por tanto, participar ya en ningún intercambio; pierde
lo esencial de su persona. Ya no es más que un objeto susceptible de
manipulación”152.

149
(1889-1945) Presidente y canciller de Alemania entre 1933 y 1945. Llevó al poder al Partido
Nazi, y lideró un régimen totalitario durante el periodo conocido como Tercer Reich.
150
Período de gobierno de carácter totalitario y dictatorial de José Stalin (1878-1953) en la
antigua Unión Soviética.
151
(1925-) Genetista y escritor francés.
152
Jacquard, Albert. Pequeña filosofía para no filósofos. Debolsillo, Barcelona. 2003

86
CAPÍTULO 5. EL GRAN DESAFÍO: RESCATAR A LA
EDUCACIÓN PÚBLICA
A casi un siglo de la separación de la Iglesia y el Estado observamos con
creciente preocupación que la decadencia de la Educación Pública laica, y
particularmente la de la Enseñanza Secundaria, que comenzó hace varias
décadas, no para de agudizarse.

Comprobamos también con dolor como se ha seguido deteriorando en


paralelo el espíritu de convivencia social, producto en parte de la inequidad
pero, en buena medida, también de actitudes fundamentalistas que no
deberían tener eco en este Uruguay laico y democrático, considerado en la
región y en el mundo como un adalid de la libertad y la igualdad.
Mientras la laicidad se mantuvo enhiesta, hasta por lo menos pasada la
mitad del siglo XX, el Uruguay vivió su época de mayor auge intelectual
que lo ha distinguido internacionalmente y al mismo tiempo su época de
mayor estabilidad política y social. Luego comenzó a sufrir un desgaste en
materia educativa y, sintomáticamente, ello se ha visto acompañado, en una
suerte de círculo vicioso, por el descaecimiento de las condiciones de
bienestar para buena parte de la sociedad.

La consistente pérdida de calidad de la Educación Pública ha motivado el


creciente y sostenido traslado hacia la enseñanza privada, de aquellos que
pueden solventársela, en una tendencia que comenzó tímidamente hace
medio siglo y cobró fuerza durante la dictadura para luego seguir
vertiginosamente en aumento, por lo menos en los últimos veinte años.
Ello ha conspirado contra la más poderosa y convincente herramienta
civilizadora y democratizadora con que contaba la sociedad uruguaya,
simbolizada por la túnica blanca y la moña azul de los uniformes escolares
o el respectivo uniforme liceal.

La laicidad educativa en la práctica, al menos como la entendemos


nosotros, no debe concentrarse solo en el abstencionismo oficial frente a
las religiones, como sucede en la mayoría de las actividades del Estado,
sino también en dar a los educandos el oxígeno indispensable para un
ámbito de convivencia, dentro y fuera de las aulas, a efectos de que la
igualdad, la tolerancia y el respeto por la libertad de pensamiento del otro
se constituyan en auxiliares insustituibles de una democracia real.

Si bien el espíritu de la reforma vareliana aún se mantiene en la conciencia


social de los uruguayos, vemos con preocupación cómo muchos
compatriotas, que defienden esos principios, envían sin embargo sus hijos o

87
nietos a instituciones privadas, que en buen número no son laicas. No es
que actúen con hipocresía sino que reconocen que la escuela pública, y
mucho menos el liceo, no responde hoy a las exigencias mínimas, lo que
pone de manifiesto los riesgos inminentes que estamos corriendo.

Lo más preocupante no es, al día de hoy como pudo serlo en el pasado, la


preservación del marco legal que ofrezca garantías para la supervivencia de
la laicidad en el Estado. Lo verdaderamente alarmante es el estado de
deterioro en que se encuentra la Educación pública, que debería ser la
primera línea de ese “combate laico”, utilizando la denominación que con
tanta certeza empleara Monestier, desde el título de su publicación sobre
Varela, a la que ya nos referimos en este ensayo.

Si le preguntamos hoy al uruguayo en la calle cuál es su principal


preocupación, sin duda que su respuesta se referirá a la inseguridad y a la
necesidad de que el Estado haga lo imposible por corregir esta grave
situación. Pero estamos convencidos de que la carencia mayor del
Uruguay, aunque quizás no sea percibida por todos con la misma angustia,
está en la Educación Pública. Aunque esa percepción está cambiando
dramáticamente en el corriente año. Son dos temas aparentemente
diferentes pero íntimamente conectados, porque lo que hagamos para
remediar la crisis de la educación va también a influir en la mejora de la
seguridad ciudadana, aunque no podemos esperarlo a corto plazo ya que los
cambios en la materia requieren de varios años para comenzar a dar frutos.

Por lo mismo es preciso comenzar, cuanto antes, con la revisión del diseño,
la organización y el funcionamiento del sistema educativo nacional para
detener la pérdida de calidad, que perjudica más a los más carenciados, y
que se ha venido prolongando por mucho tiempo. Quizás por demasiado
tiempo

La situación comenzó a manifestarse en los años 60s del siglo pasado y no


fue ambientada por factores vinculados a lo religioso o espiritual sino por
otros, muy mundanos, originados en conflictos sociales con una base
ideológica que, ambientados por el clima generado a partir de la Guerra
Fría153 y el romanticismo emanado de la emulación a los guerrilleros
cubanos o argelinos, encontraron aquí su caldo de cultivo en los efectos de
una crisis económica, sobrevenida luego del cese de la bonanza
exportadora de los años 50s, y se extendieron a todo el entramado social.
153
Conflicto entre los EE.UU. y sus aliados con la ex Unión Soviética y los suyos que se
extendió desde poco después de la 2ª Guerra Mundial hasta la caída del Muro de
Berlín, que separaba la capital de Alemania, y el posterior desmembramiento del bloque
soviético.

88
Hasta esa época la escuela vareliana había sido una rica usina formativa de
ciudadanos. No solamente trasmitía información sino también, y
fundamentalmente, los valores asociados al liberalismo y a la democracia.
Hoy el sistema educativo nacional no alcanza a trasmitir, a un número
significativamente alto de alumnos, las nociones básicas para resolver una
regla de tres, la comprensión lectora de un simple texto o la posibilidad de
escribir, también una oración sencilla, en forma clara y sin errores, u
horrores, ortográficos.
La intervención, directa o indirecta, de elementos ideológicos y
corporativos fue minando el alto nivel técnico que había alcanzado la
Educación en el país y que constituía uno de los motivos del regocijo
nacional, más allá de banderías político-partidarias. La conflictividad se
fue extendiendo a las aulas y no pudo ser contenida, dando paso a intereses
que no eran precisamente los de los alumnos. Los años previos a la
dictadura del 73 fueron sin duda un hervidero para lo que lamentablemente
vendría después.
Consumado el golpe de Estado, la Universidad y las demás ramas de la
enseñanza pública, que ya habían sido tomadas por asalto por los
radicalismos de un signo, pasaron a ser territorio ocupado por las fuerzas
oscurantistas del signo opuesto y el poder militar tampoco tuvo la
precaución y el buen tino de preservar el valioso patrimonio académico de
la Nación.

Vamos a arriesgar un juicio, conscientes de que carecemos de suficiente


documentación de respaldo, pero parecería que los que detentaban el poder
actuaban como si creyeran que los jóvenes, formados por docentes a
quienes consideraban ideologizados, eran presa más fácil de reclutamiento
por la guerrilla urbana.
Es posible que en algún caso la hipótesis tuviera algún asidero pero en la
gran mayoría no lo tenía, y comenzó la “caza de brujas” que dejó fuera del
sistema a docentes de gran capacidad y experiencia quienes, para ganarse la
vida decentemente, tuvieron que ir a manejar un taxi, vender mercadería al
por mayor o convertirse en corredores de seguros. Y entre la población, los
más perjudicados fueron, como lamentablemente ha seguido sucediendo,
los jóvenes más desprotegidos ya que los otros al menos tenían el refugio
de la educación privada.

Aquellos que celebramos con alegría y entusiasmo la reconquista de la


democracia en 1985, vimos también como se desdibujaba muy
rápidamente, sobre todo en la educación pública, el ánimo de

89
reconciliación nacional, promovido y resumido con el eslogan de “el
cambio en paz”, que fue sustituido rápidamente por las viejas rencillas
partidarias, los mezquinos intereses corporativos y una miopía de los
actores políticos de todos los partidos que no era de esperar, habida cuenta
de lo vivido durante doce años anteriores.

Diez años más tarde, en la segunda presidencia del doctor Sanguinetti, se


planteó una ambiciosa reforma educativa, colocándose al frente del
Consejo Directivo Central de la Administración Nacional de Educación
Pública a Germán Rama154, un experto reconocido internacionalmente y
considerado por muchos como el más alto exponente de la sociología de la
Educación en el continente, quien supo rodearse de los técnicos más
calificados, aunque provinieran, políticamente hablando, de la vereda de
enfrente.

Inicialmente se proyectaron cambios profundos como el establecimiento de


escuelas de tiempo completo, con énfasis en las zonas más sensibles, un
cambio en el sistema de alimentación de los alumnos y otras innovaciones
que en general fueron vistas como positivas por la mayoría de la población.
Los cambios estaban dirigidos a reducir la brecha existente con los usuarios
más carenciados y a adecuar planes de estudio, y el sistema educativo en
general, a los nuevos tiempos, buscando mejorar también los mecanismos
de formación docente en todo el país. Se puso énfasis en la base de la
pirámide social para revertir las inequidades en la mayor medida posible.

Sin embargo, este esfuerzo no fue bien interpretado por los intereses
corporativos alojados en la Enseñanza y alentados desde la política,
dejando la amarga sensación de que era preferible hacer fracasar al
gobierno en su intento que provocar una sensible mejoría en la condición
social de los uruguayos más desprotegidos.

El Sociólogo de la Educación Pablo Domínguez Vaselli155, en un artículo


para una Revista técnica colombiana, destaca la reforma de Rama con un
argumento fundamental para la perspectiva laicista: “A diferencia de las
reformas de los años 1975 en adelante, aplicadas en otros países
latinoamericanos (como Argentina o Chile), que fueron privatizadoras de
la gestión educativa, fragmentadoras de la estructura social y reductoras
154
(1932-) Sociólogo de la educación, considerado el principal especialista uruguayo en la
materia, discípulo de Alain Touraine en París, integrante en los 60s de la Comisión de Inversión
y Desarrollo Económico (CIDE) que presidiera Enrique Iglesias y luego responsable del área
educativa de la CEPAL.
155
(1978-) Sociólogo de la Educación residente en Buenos Aires. Licenciado en Sociología,
UDELAR, con Maestría en FLACSO, Buenos Aires,.

90
del Estado, la reforma de Rama fue netamente estatista y defensora de la
enseñanza pública, no solo en cuanto integradora de la sociedad, sino
también, y en sinergia con esto, promotora de la equidad social”156
Dicho autor describe los seis ejes principales de la reforma:

1. “Educación pre-primaria y escuelas de tiempo completo. La


reforma duplicaría las horas de clase y extendería la entrada al
sistema educativo dos años hacia atrás, generando también un
sistema estandarizado y de alimentación de calidad controlada
para asegurar la correcta nutrición de todos los niños del país.
2. Universalización del ciclo básico de la enseñanza media. Se
buscaría combatir el abandono en los primeros años de la
enseñanza secundaria y lograr la titulación de los docentes, que
gracias a los esfuerzos de la reforma, alcanza casi el 80% en todo
el país.
3. Fortalecimiento de la enseñanza técnica. Se crearían los
Bachilleratos Tecnológicos (mantenimiento informático, química
industrial, etc.), que resultaría un éxito para la inserción laboral de
los estudiantes.
4. Currículo basado en áreas. Se intentaría pasar de un modelo
basado en asignaturas puntuales a uno de áreas, y también
reformar el sistema de concursos docentes –fundamentado
entonces en la antigüedad– hacia criterios de priorizar los méritos
obtenidos por la presentación de proyectos educativos. Gracias al
modelo basado en áreas, se intentaría mantener a cada docente en
la menor cantidad de centros educativos posibles, mejorando su
conocimiento sobre el estudiantado. En estos puntos la oposición a
la reforma lograría parar por completo los avances.
5. Concentración de los docentes en los centros educativos. En este
eje, la oposición a la reforma lograría parar por completo los
avances.
6. Regionalización de la formación docente Se crearían 6 centros
regionales de formación docente (CERP), poniendo esta formación
al alcance de la población residente en el interior del país por
primera vez en la historia. También se generaría un programa de
becas de manutención y traslado que permitiría a estos jóvenes
formarse, y los cursos serían intensivos (40 horas de clase por
semana) como forma de contrarrestar la inequidad cultural de sus
hogares de origen”157.

156
Domínguez Vaselli, Pablo. Revista Colombiana de Educación Nº 61
157
Domínguez Vaselli, Pablo. Ob. Cit.

91
La gestión de Rama no se detuvo en la mera planificación sino que
mientras se proyectaban soluciones de plazo más largo, se ejecutaban al
mismo tiempo, en el corto plazo, los cambios más urgentes e
imprescindibles. Sin dudas, como en todas las cosas de la vida, esa
reforma podría haber sido susceptible de modificaciones y probablemente
fueran válidas algunas críticas en cuanto a que no era abarcativa de todos
los problemas a resolver, pero es evidente que por allí estaba el camino.

Las resistencias, surgidas fundamentalmente del seno de los gremios


docentes con el apoyo de agentes políticos afines, comprometieron la
continuidad y el avance de la reforma. Un técnico fue expulsado del
gremio por colaborar con la reforma planteada, en una clara demostración
de fundamentalismo. A veinte años de aquel intento, lamentamos que no
haya habido un impulso desde todos los sectores para profundizarla, y
adoptarla como una política nacional a largo plazo, y miramos hacia atrás
con nostalgia por la oportunidad y el tiempo perdidos.
Los principales perjudicados siguen siendo los hijos de los ciudadanos más
carenciados que en la primera mitad del siglo XX habían tenido en el
sistema educativo nacional el aliado más firme para superar la brecha
económica y social en procura del cumplimiento de metas y sueños que, sin
el aporte de las aulas, hubieran resultado francamente inalcanzables, como
está sucediendo actualmente, acentuando la brecha y produciendo cada año
decenas de miles de ciudadanos que se forman relegados socialmente.

Porque, como resultado de la sumatoria de los desaciertos, que se han


venido acumulando durante medio siglo, unos ochocientos mil uruguayos,
que según los estudios más recientes son aquellos que no tienen otra opción
que la escuela pública, están condenados a un futuro de segunda o tercera
clase para sus hijos.
Mientras que en los países desarrollados se dan unos 220 días de clase, en
Uruguay, en el mejor de los casos, los días lectivos alcanzan a 170 por año.
De 100 estudiantes apenas 39 terminan el liceo. Entre los más pobres el
porcentaje de culminación de la Secundaria baja abruptamente al 6% de los
jóvenes, cuando en Chile el 60% termina el liceo entre los pobres y en
Argentina el 42%.
A pesar del presupuesto multimillonario asignado para la Educación
Pública, hay muchachos que van a liceos que se llueven y que tienen baños
que se inundan. La deserción parece imparable aunque la crisis edilicia
tampoco contribuye a reducirla.

92
Aunque el porcentaje del PBI de lo asignado a la Educación ha aumentado
considerablemente, los docentes alegan, con algo de razón, que sus salarios
son insuficientes, y reclaman también sobre otras carencias que dificultan
su labor. Si bien los fondos para la enseñanza están en el Presupuesto, en
niveles muy superiores a las asignaciones históricos, evidentemente se
gastan muy mal porque los resultados son peores ahora que cuando no
estaban estos fondos. Y quienes deberían controlar que se gaste bien,
parecen formar parte del descontrol.
La actual situación lo ha llevado al actual Presidente de la República, José
Mujica158, a expresar con absoluto candor, precisamente en el mes del
Bicentenario de las Instrucciones de 1813, que: “Personalmente
consideramos que la enseñanza en Uruguay termina siendo una víctima
estructural de una formidable centralización burocrática, que termina
siendo paralizante”.
Pero estas expresiones, que encierran, a nuestro juicio, una gran verdad, no
sustituyen el abordaje adecuado del tema, que exige un enfoque integral de
la problemática. Esa centralización a la que aludía el Presidente Mujica no
ocurrió por arte de magia ni por obra de la naturaleza. Ha sido el resultado
de los desaciertos acumulados en cinco décadas, casi sin solución de
continuidad, aunque ahora se presenta con una virulencia casi
descontrolada.
Consideramos que el poder político ha sido asociadamente responsable de
este status quo. Y por supuesto que no nos referimos sólo al actual partido
de gobierno, ni a la coalición en su conjunto, porque la crisis en la
educación lleva medio siglo, sin solución de continuidad, salvo el frustrado
esfuerzo mencionado del final del siglo pasado.
Estimamos que, aunque se reparta dinero entre los más desprotegidos, no se
puede hablar de que la justicia o la movilidad social estén funcionando, en
un país donde sólo el 6% de los pobres termina el liceo.

Ello, por sí sólo, genera una situación que debe preocupar y alarmar a toda
la sociedad y no solamente por un imprescindible sentimiento de
solidaridad social, que los seres humanos, por nuestra mera condición de
tales, deberíamos albergar. Sino también por un mero instinto de
conservación ya que la seguridad ciudadana, tan puesta en jaque, se verá
cada vez más vulnerada si asistimos impasibles a que nuestras calles se

158
(1935-) Político uruguayo, integrante del Movimiento de Liberación Nacional y fundador del
Movimiento de Participación Popular, fue Diputado, Senador, Ministro y actual Presidente de la
República hasta 2015 por el Frente Amplio.

93
sigan desbordando con jóvenes que encuentran en el camino del delito el
único medio para satisfacer sus necesidades.
En nuestro planteo inicial del presente ensayo, adelantábamos la necesidad
imperiosa de que el país realice un gran replanteo en todos los niveles de su
Educación. Sentimos que no podemos cerrarlo sin insistir sobre el punto.
La situación actual está a punto de convertirse en una tragedia nacional y es
deber de todos evitarlo, más temprano que tarde.
Si la misma no se revierte con un mejoramiento sustancial de la educación
pública, en menos tiempo del hoy imaginado, la situación habrá alcanzado
a la educación privada por la sencilla razón de que ésta tiene un límite de
capacidad locativa y de recursos humanos para atender la población que a
ella acude. Y corre el riesgo de colapsar, si su población sigue aumentando
a causa de la crisis de la educación pública.

Mejorar sustancialmente la Educación, ya y ahora, no debería ser un


eslogan a utilizar políticamente sino un imperativo de solidaridad social
que todos debemos asumir y, si bien es una tarea ardua y difícil, la misma
no admite más postergaciones y es el gran desafío que tenemos por delante
en este Siglo XXI.
Observamos cómo ciertos docentes --una minoría por cierto, pero que ha
ocupado u ocupa posiciones estratégicas de dirección en los sindicatos y
también en algunos casos en los organismos de dirección--, parecen
desconocer todo lo que se comprometieron a defender, primero cuando se
formaron y luego cuando fueron nombrados en sus cargos.
El ejemplo de lo acontecido con Rama, a quien le sobraban credenciales
para conducir la reforma, es harto indicativo del nudo gordiano del
problema a resolver. Más allá de las excusas que se pretenda argüir en su
contra, como su estilo o su fuerte carácter, quizás algo egocéntrico y
personalista, se debe resolver el tema del empecinamiento sindical y la
clase política toda, sin exclusiones, debe tomar cartas en el asunto.

Debemos revisar, entre todos, los viejos paradigmas y adaptarlos a las


necesidades del siglo XXI, pensando en los más carenciados, para que la
educación vuelva a ser un factor democratizador e integrador.

De pronto el esfuerzo debería ser impulsado desde la sociedad civil con la


lógica intervención del Poder Ejecutivo pero en consulta con un panel de
instituciones afines a la temática educativa y laicista, con la aquiescencia y
el compromiso de los actores políticos de todos los partidos y corrientes de

94
opinión del país. Porque quizás esa sea la forma de asegurar la
concertación de una verdadera política de Estado en Educación Pública que
no dependa del humor ni de los tiempos políticos del Partido que obtenga el
triunfo electoral, porque ésta no es una tarea para cinco años. Aunque es
una labor en la que nadie que pueda cooperar debe ser, ni sentirse,
excluido.

Entendemos también que, si es necesario revisar el concepto de gratuidad


para todos, quizás sea equitativo hacerlo, para obtener mayores recursos
que puedan ser volcados para mejorar la calidad de los servicios
educativos. Y con los servicios de mejor calidad, intentar recuperar
alumnos que hoy se pierden por la ineficiencia.

Es menester racionalizar los recursos existentes y quizás obtener otros de


fuentes no convencionales, si los fondos del Estado no alcanzan, para poder
introducirle a la educación pública las mejoras indispensables que vayan
desde lo edilicio hasta lo curricular incluyendo una formación de más
calidad para los docentes. Porque es imperativo no seguir aislando a los
más necesitados en un gueto de exclusión social, del cual les resulta cada
vez más difícil salir.

Insistimos en que, cuando se habla de la obtención de nuevos recursos


fuera del Estado, primero hay que promover que se utilicen bien los
existentes porque en muchas ocasiones la ejecución de las obras se demora
por trabas burocráticas, que poco tienen que ver con el dinero. Además no
alcanza sólo con gastar los recursos asignados sino que es imprescindible
hacerlo con objetivos claros y esto, que parece obvio, no siempre ocurre
así.

Para restablecer el camino de la equidad, el gasto debe ser destinado con


prioridad en las áreas de mayor necesidad así como las retribuciones deben
tener un incentivo sensiblemente mayor hacia quienes imparten la
enseñanza en las zonas carenciadas para promover que allí lleguen los
docentes mejor calificados.
Y el personal jerárquico de los liceos, que es el que lidia todos los días del
año con los problemas de toda índole que afectan a los institutos de
enseñanza y a sus alumnos, debe recibir una remuneración acorde a las
importantes responsabilidades asignadas.
En la atención de los niveles más bajos de la escala socio-económica no
alcanza con subsidiar económicamente a los afectados o proporcionarles
gratuitamente valiosas herramientas, como ha sido el caso del

95
promocionado Plan Ceibal. Estos recursos tecnológicos son muy
importantes y constituyen un factor restaurador de la equidad social pero no
deben constituir una meta en sí mismos sino que deben integrarse a una
planificación de largo aliento y de amplio espectro.

El principal objetivo debe ser primordialmente la reinserción de los


usuarios más carenciados en el colectivo nacional por medio de un sistema
educativo más justo y solidario.
No poseemos la idoneidad técnica para hacer una propuesta en profundidad
pero no podemos evitar desgranar algunas ideas con ánimo de colaborar y
sentimos a la vez la obligación de arrojar el guante para que el Estado
diseñe, con el apoyo de todos los técnicos que están capacitados para ello y
de todo el sistema político sin exclusiones, una reforma a fondo de la
Educación Pública.

Es preciso realizar, más temprano que tarde, un abordaje integral con el


objetivo de revisar la enseñanza en su totalidad que incluya no solo los
aspectos curriculares sino también, e imperativamente, un cambio radical
en el sistema de formación docente a todos los niveles. Por allí se debe
comenzar. Ese debe ser el pilar de sustentación de la reforma educativa,
aunque obviamente no se puede esperar a tener los docentes
adecuadamente formados para implementar los otros cambios
impostergables a corto plazo. Pero se debe trabajar en paralelo, y con un
sentido de absoluta prioridad, en la formación de los nuevos docentes y en
el reciclaje de los actuales.
Tenemos claro también que, para poder impartir una enseñanza más útil y
formativa hay que trabajar con los alumnos en el aprendizaje de los
elementos básicos porque, como decíamos antes, un porcentaje
alarmantemente alto de nuestra juventud no está en condiciones de pasar
una prueba que requiera al menos la aplicación de aspectos elementales de
la enseñanza formal.

Los hechos nos demuestran asimismo que la forma en que se han


conducido en los últimos años los organismos encargadas de dirigir la
Educación, con la aquiescencia explícita o implícita de los poderes
públicos, debe ser revisada y corregida como primer paso de cualquier
reforma que se pretenda introducir en el sistema educativo nacional.

La formación educativa, que reclamamos todos, no debe confiarse a


ciudadanos que no den muestras de estricto apego a los pilares que hemos
manejado en este trabajo: la libertad, la tolerancia, la solidaridad y el

96
republicanismo, lo que se resume en la laicidad. Resulta obvio, al menos
para nosotros, que los sindicatos no deberían participar en la dirección de la
Educación Pública y deberían concretarse a defender los intereses laborales
de sus miembros, lo cual es su función natural y no es cosa menor.

Creemos necesario que, en el marco de una reforma integral como política


de Estado, se hagan las correcciones legislativas que permitan confiar la
dirección de los Consejos a técnicos especializados, con alto nivel de
idoneidad, y una venia parlamentaria con amplio apoyo multipartidario que
los avale, dándoles libertad y medios suficientes para llevar adelante los
cambios imprescindibles que ayuden a superar la crisis.

Complementando lo expresado, creemos que quienes tengan


responsabilidades en la formulación de las políticas y en la dirección de los
organismos rectores de la enseñanza deberían internalizar conceptos como
los contenidos en el Capítulo X, Educación, Escuela, Maestro, de Las
Fuerzas Morales de José Ingenieros159. Son principios educativos que,
salvando las lógicas diferencias de época, aún tienen vigencia y deberían
ser tenidos en cuenta para evitar los desaciertos que han sido moneda
corriente durante demasiado tiempo.

Estamos convencidos que la Educación Laica sigue siendo el camino más


efectivo para elevar el nivel de los sectores carenciados integrándolos al
funcionamiento de la sociedad porque asegura el respeto por la libertad de
conciencia y por ende la práctica de la tolerancia, fundamental para una
mejor convivencia entre los ciudadanos.

A medida que hemos avanzado en la preparación de este ensayo, tomando


contacto con la información acerca de la realidad de la Educación Pública,
particularmente la de la Enseñanza Secundaria, nos sentimos desbordados
por el panorama que ésta presenta. Entendemos que todos, absolutamente
todos, los uruguayos debemos tomar conciencia de esta situación.

Aquí nos estamos concentrando en la defensa de la laicidad y de la


educación pública pero somos a la vez conscientes que todo el sistema
educativo está en grave riesgo de colapsar y por momentos sentimos que, al
elogiar un pasado que cada vez está más lejos, estamos cayendo en reiterar
en la educación el llamado “síndrome de Maracaná” porque nada se hace
para disminuir la brecha que se ha venido acentuando en forma alarmante.

159
(1877-1925) Médico, psiquiatra, psicólogo, criminólogo, farmacéutico, escritor, docente,
filósofo y sociólogo argentino, aunque nacido en Italia, uno de los pensadores más destacados
de su país en el siglo XX.

97
Hay que empezar de nuevo, para rescatar a la educación pública de la
situación en la que, entre todos, la hemos puesto y no refugiarnos en el
recuerdo de pasados lauros, cuya única utilidad a nuestro criterio es
hacernos pensar que si pudimos obtenerlos alguna vez, la tarea no es
imposible. Pero tenemos que dejar de cometer los mismos errores y
comenzar a actuar como nos enseña el proverbio oriental160 cuando dice
que “un viaje (a pie) de mil millas comienza con el primer paso”.
Advertimos también que la defensa de la laicidad que es una garantía para
mantener lo mejor de nuestra identidad no admite concesiones si queremos
mantener la tan querida comunidad espiritual. Porque no sería extraño que
la Iglesia Católica u otra institución religiosa, per se o con el apoyo de
organizaciones o actores afines a su credo, pretendan socavar el principio
de la laicidad solicitando la subvención, directa o indirecta, de sus
proyectos educativos.
Como reflexión final digamos que, además de defenderla de ataques
externos, debemos, en línea con las mencionadas expresiones del
Presidente Mujica, defender la laicidad de la politización corporativista y
centralizadora que no solo constituye un ataque a la propia laicidad sino,
por añadidura, a “los más infelices” quienes, como nos enseñó y mandató
don José Artigas, deberían ser “los más privilegiados”.

160
Atribuido a Lao-Tsé, figura cuya existencia histórica se debate aunque paradójicamente se
le considera como uno de los exponentes más relevantes de la civilización china.

98
CONCLUSIONES
En poco más de un siglo, a partir de la revolución artiguista, los uruguayos
logramos un avance en materia de libertad de culto como ninguna otra
comunidad de la América Hispana. Esta independencia religiosa es uno de
los factores que contribuyeron a consolidar la democracia y darle
estabilidad social a nuestro país.

La laicidad y el laicismo han sido paulatina y pacíficamente aceptados por


los principales actores políticos y por la gran mayoría de la sociedad
uruguaya, aún los creyentes, más allá de las particulares posiciones
religiosas o espirituales, que cada uno sostenga, que han sido reconocidas
por la comunidad nacional como pertenecientes al ámbito privado.
El Estado no impone como única a la Escuela laica, sino que la ofrece,
gratuitamente, en un sistema de coexistencia con las escuelas privadas. Y
si bien no sostiene ni financia los colegios religiosos, al exonerarlos de
impuestos, indirectamente los subvenciona. Los padres pueden, en
escuelas privadas o en el seno de la familia, enseñar a sus hijos la religión
de sus mayores.
Por otra parte, la laicidad, de base constitucional, ha promovido la
tolerancia, la comprensión y el respeto por el fenómeno religioso y ha
permitido la convivencia armónica entre ciudadanos con creencias
religiosas de la más variada orientación, o sin ellas.

Es un ejemplo que exhibimos con profunda satisfacción, no para imponerlo


como modelo sino para compartir fraternalmente con quienes así lo deseen,
el secreto de una fórmula que ha fortalecido nuestra sociedad democrática,
promoviendo la paz social y la tolerancia.
Los esfuerzos en este Uruguay laico del siglo XXI deben asimismo
encaminarse a luchar contra otros fundamentalismos, ajenos a lo religioso,
en procura de alcanzar una meta mucho más perentoria para el país, que
afortunadamente todavía sigue contando con el auxilio de esta laicidad que
conquistamos hace casi un siglo.

Ese objetivo prioritario debe ser mejorar la calidad de la formación que se


imparte, con énfasis en los usuarios que están en los sectores más
desprotegidos de la población, de modo que las herramientas educativas
sean nuevamente un instrumento democratizador y garante de una mayor
equidad social, revirtiendo la tendencia actual que ha venido aumentando la
brecha entre los sectores más favorecidos y los más carenciados.

99
Porque la equidad social no se logra solo con mejores remuneraciones o
beneficios en el ámbito laboral sino que éstos deben ser acompañados de
más y mejor educación para todos los ciudadanos, particularmente los hijos
de los más humildes y esforzados trabajadores que contribuyen a atesorar la
riqueza nacional y merecen que sus hijos tengan la oportunidad de escalar
socialmente merced a sus propios méritos.

La formación debe incluir no solo un currículo adecuado a las exigencias


actuales sino que concomitantemente se debe trabajar para recuperar los
valores y los principios morales que han comenzado a quedar en el camino.
Entendemos que una de las más notorias de nuestras carencias actuales se
encuentra en el deterioro de la tolerancia para la convivencia democrática,
vital para integrar al “otro” en nuestra peripecia vital en un pie de igualdad
de derechos, obligaciones y oportunidades.

La sociedad clama por el retorno a esos valores, particularmente en niños y


jóvenes, que constituyen la garantía de sustentabilidad para un país que
supimos disfrutar y que sentimos que se nos está escurriendo por el
resquebrajamiento de lo que han sido sus pilares fundamentales.
Si bien ese conjunto de principios deben ser inculcados desde el hogar y la
familia, se ha insistido en forma harto frecuente, y con razón, que la
educación debe tener, además de un componente importante de
información, el complemento de la formación en valores. Pero,
lamentablemente, ahí también nos hemos quedado en el discurso.

Creemos que la laicidad y los valores que la respaldan tienen raíces


profundas en la sociedad uruguaya pero no es posible asegurar que la
situación que ha logrado mantenerse, a pesar de todo lo aquí señalado, no
corra riesgos de cambiar.
Es menester, más temprano que tarde, llevar adelante los cambios que
actualicen el sistema educativo y mantengan vivo en la sociedad uruguaya
el espíritu laico, que nos legara esa espléndida generación que puso al
Uruguay en el mapa de las ideas de avanzada a comienzos del siglo pasado.

Antes de cerrar estas conclusiones nos permitimos citar al ex Presidente de


la República, doctor Tabaré Vázquez161, quien se refirió in extenso a la
laicidad y el laicismo, en un discurso, que oportunamente rescatamos del

161
(1940-) Médico oncólogo, radioterapeuta y político uruguayo del Partido Socialista. Fue
Intendente de Montevideo, entre 1990 y 1995 y Presidente de la República entre 2005 y 2010
por el Frente Amplio.

100
sitio de la Presidencia en Internet, en oportunidad de una visita protocolar a
la sede de la Masonería uruguaya.
El ex Presidente señalaba que “el laicismo expresa la reacción a un largo
proceso de desvalorización de lo laico y de intransigencia e intervención
de las autoridades eclesiásticas en los asuntos civiles” del país y que
“profesa la autonomía absoluta del individuo o la sociedad respecto a la
religión, la cual pasa a ser un asunto privado que no ha de influir en la
vida pública”.
Complementaba lo anterior expresando que “la laicidad es un marco de
relación en el que los ciudadanos podemos entendernos desde la
diversidad pero en igualdad”, que “la laicidad, lejos de ser una isla, es un
puente”, y que “la polémica -no el griterío, sino la polémica- sobre ese
puente nunca perfecto pero siempre perfectible que es la laicidad, ha de
tener también a la dignidad humana como objetivo fundamental e
irrenunciable”.
Carlos Maggi, el 4 de agosto de 2013, nos auxilia nuevamente con una cita
de una reciente intervención del Papa Francisco162 sobre la laicidad: “La
convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por
la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición
confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la
sociedad”.163

Las expresiones de Tabaré Vázquez y las del Jefe de la Iglesia Católica,


respaldan la conveniencia de mantener la vigencia del Uruguay laico cuyos
principios tan enraizados en nuestra forma de ser nos han distinguido en la
región y en el mundo.

Compartimos lo expresado por el Papa y, suscribimos íntegramente, lo


manifestado por el Dr. Vázquez. Pero agregamos que, para que ese puente,
al que alude el ex presidente, sea verdaderamente útil y transitable, todos
debemos contribuir a fortalecer su estructura y complementarlo con
carreteras de entrada y salida que brinden acceso fluido al mismo. Esa
fortaleza estructural y pavimentación solo las puede proporcionar una
convivencia enriquecida por el diálogo, el entendimiento, la concordia y la
tolerancia.

De este modo los principales actores en la vida educativa del país


abrevarán de estas fuentes y quizás logren conducir con eficacia los
162
(1936- ) Jorge Bergoglio, elegido en 2013 como sucesor del Papa Benedicto XVI, Joseph
Ratzinger, y como tal es el Jefe de Estado del Vaticano.
163
Columna de Carlos Maggi en la Página editorial de El País de los Domingos.

101
destinos de un sector que resulta imprescindible para que podamos seguir
albergando la esperanza, cuya luz no debería apagarse en nuestros
corazones, de que Uruguay vuelva a los estándares de calidad en lo social
que lo destacaron en el concierto de las naciones.

No podríamos concluir este ensayo sin expresar, a modo de arenga, que la


batalla por mejorar la educación de sus habitantes más carenciados es vital
para el Uruguay en este siglo XXI. Estamos convencidos que en esa lucha
nos jugamos la supervivencia como nación, del modo que hoy la
conocemos. Porque, como expresara el célebre pensador británico H. G.
Wells164, “la civilización es una carrera entre la educación y la
catástrofe”.

164
(1866-1946) Escritor, filósofo, sociólogo e historiador inglés; autor, entre otras obras, de La
máquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos.

102
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104
El presente ensayo se refiere a la génesis y al proceso de consolidación de la
laicidad en el Uruguay, que comenzó en 1861 y culminó más de medio siglo
después, en 1918 con la reforma constitucional que recogió los cambios producidos
en el medio siglo que la precedió. El autor describe las características principales
del modelo uruguayo, se detiene en la complementariedad de la doctrina del
laicismo con el principio de laicidad y subraya la importancia que el Uruguay laico
ha tenido para la conformación de la identidad nacional. Manifiesta que“si
tuviéramos que resumir en pocas palabras el valor de nuestra grifa de país en el
mundo, diríamos que la laicidad constituye ese valor diferencial que, integrado a la
identidad nacional, ha contribuido a amalgamar y fortalecer nuestra comunidad
espiritual”. Profundiza en los factores que incidieron en la conquista de la
laicidad, analiza los valores que la sustentan y alerta sobre los peligros que la
acechan. Y culmina expresando “a modo de arenga, que la batalla por mejorar la
educación de sus habitantes más carenciados es vital para el Uruguay en este siglo
XXI. Estamos convencidos, que en esa lucha nos jugamos la supervivencia como
nación, del modo que hoy la conocemos. Porque, como expresara el célebre pensador
británico H. G. Wells, “la civilización es una carrera entre la educación y la
catástrofe”.