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LIBROS QUE MENCIONA “La

Kitbé HaKodesh” Y QUE HOY NO


ESTÁN INCLUIDOS.
Hace unos 2600 años comenzó una discreta contienda al interior
del Judaísmo. Poco a poco, fue incrementando y llegó a su primer
gran clímax en el siglo previo a la Guerra Macabea. Ya durante la
época de esplendor del Reino Hasmoneo, logó su mejor y mayor
intensidad.

Fue, literalmente, la Guerra de las Biblias .


Tenemos evidencia consistente para saber que el concepto básico
para la organización de los Escritos Sagrados del pueblo de Israel
data de antes de la invasión babilónica. Con ello me refiero a la
estructura bien conocida basada en tres secciones: Toráh o
Instrucción de Yahweh, Neviim o Profetas, Ketuvim o Escritos.
En el Tanaj (Biblia Hebrea o mal llamado Antiguo Testamento) se
mencionan varios libros que hoy se encuentran completamente
perdidos, pero que dan fe de que entre los siglos X y VI AEC ya se
tuvo bien clara esta noción. Por ejemplo, se mencionan varios libros
que evidentemente componían una sección muy similar a nuestros
actuales Neviim (profetas). Son los siguientes:
1. El libro de los Hechos de Salomón, mencionado en I Reyes 11:41
2. El libro de las Crónicas del Profeta Natán, mencionado en I
Crónicas 28:29
3. El libro de las Crónicas del Vidente Gad, mencionado en el
mismo pasaje
4. Los libros del Profeta Natán (que seguramente incluían los
Hechos de Salomón), mencionados en II Crónicas 9:29
5. El libro de Profecías de Ahías Silonita, mencionado en el mismo
pasaje
6. El libro de Profecías del Vidente Iddo, mencionado en el mismo
pasaje
7. Los libros del Profeta Semaías, mencionados en II Crónicas
12:15
8. El libro de las Palabras de Jehú, mencionado en II Crónicas
20:34
9. Los Hechos de Uzías, escritos por el profeta Isaías, mencionados
en II Crónicas 26:22
10. Las Palabras de los Videntes, mencionado en II Cónicas 33:19
(aunque podría tratarse de una mención generalizada a toda la
sección).
Además, en los libros de Crónicas siempre se mencionan “las
crónicas de los reyes de Yahudáh” como un libro distinto y más
extenso, dando a entender claramente que los que actualmente
tenemos (tanto I y II Reyes como I y II Crónicas) serían versiones
condensadas de las crónicas oficiales, evidentemente perdidas.
Aparte, se mencionan otros que podrían haber sido parte de una
sección como la de los Ketuvim:
1. Los tres mil Proverbios de Salomón, mencionado en I Reyes 4:32
2. Los mil cinco Cantares de Salomón, mencionado en el mismo
pasaje
Hay, además, otros que resulta imposible decidir cómo clasificarlos:
1. El libro de las Batallas de Elohe, mencionado en
Bemidbar/Números 21:14
2. El libro de Yasher, mencionado en Yahoshua 10:13 y II Shemuel
1:18 NOSOTROS YA LO TENEMOS INCLUIDOS DENTRO DE
NUESTRO CANON, pero (circula un Libro de Yasher FALSO en la
actualidad, pero es un hecho que no es el original, sino una obra
medieval)
3. Libro de Eclesiástico del cual se han encontrado manuscritos en
el Qumran y que se conoce que era usado por los yisraelitas como
“el libro de la moral” del cual los restos encontrados estaban
escritos en hebreo y más tarde se encontraron copias en griego,
dando a entender que se usaba como material de sabiduría entre el
pueblo de Yisrael, el sacerdocio y los sabios de la antigüedad. Fue
rechazado únicamente por el protestantismo. Este manuscrito esta
lleno de palabras llenas de sabiduría por excelencia y aunque no se
ha cotejado si la versión que existe esta bien traducida, no quita en
absoluto, que podamos aprender de su sabiduría. "Doctrina de
entendimiento, y de conocimiento, grabó, en este libro, Yahoshua,
hijo de Sirack, de Eleazar, el jerosolimitano que desbordó sabiduría
de su corazón..."
El original fue escrito en HEBREO, y la traducción griega se
considera obra de un nieto de Ben Sirac unos 60 ó 70 años
después. Hoy se dispone de copias del texto hebreo manuscritas
por los judíos caraítas en el siglo IX, encontradas en el depósito de
una sinagoga de El Cairo, así como de fragmentos de manuscritos
copiados en el siglo I o antes, encontrados en Qumran,
(Eclesiástico 6:14-15; 6:20-31; 51:13-19. Manuscritos 2Q18 y
11Q5XXI. (y en 1964 encontrados en la fortaleza de Masada).
Actualmente se dispone de dos tercios del texto hebreo: 1108
pasukim, con respecto a los 1616 del total del texto griego.

¿Por qué estos libros no llegaron a nuestras manos?


Porque, casi con toda seguridad, fueron destruidos durante la
invasión babilónica. Por supuesto, no todo se perdió. Hasta el
momento de la invasión babilónica ya se habían escrito también los
siguientes libros:
1. Amós, en el Reino de Samaria
2. Oseas, en el Reino de Samaria
3. Isaías, en el Reino de Yahudah
4. Miqueas, idem
5. Sofonías, idem
6. Jeremías, idem
7. Najum, idem
8. Habakuk, idem
Se podría deducir que, por lógica, también existían ya los libros de
Josué, Jueces, I y II Samuel, I y II Reyes, I y II Crónicas, Salmos,
Proverbios, Cantares, Eclesiastés y Rut. Me refiero a esto: cuando
los escribas judíos regresaron del exilio en Babilonia, bien pudieron
encontrar restos y fragmentos de los libros que ya mencionamos
como “perdidos” (y tal vez hasta de otros más), y todo ese material
lo rescataron, reconstruyeron y editaron, logrando con ello los libros
que ahora tenemos en la Biblia y los que ya hemos incluido por ser
considerados INSPIRADOS.
Por lo menos, sabemos que eso sucedió en el caso de la Toráh.
Los códigos legales de la época (nos referimos a la etapa Yisraelita
previa a la invasión babilónica) se elaboraban en piedra (como el
Código de Hamurabi, en Babilonia). Por lo tanto, sus estructuras
literarias no eran demasiado complejas. En su versión original, el
contenido de la Toráh debió estar claramente organizado en lo que
es estrictamente legal (actualmente repartido en Éxodo y
Deuteronomio, básicamente), lo que es estrictamente litúrgico
(leyes dadas al sacerdocio y para el sacerdocio) (actualmente
condensado casi por completo en Vayigrá/Levítico), lo que es
estrictamente narrativo (actualmente disperso en Shemot/Éxodo,
Bemidbar/Números y Devarim/Deuteronomio), y es muy probable
que lo que podríamos llamar “historia antigua” (actualmente
contenida en el libro del Bereshit/Génesis) estuviese por separado.
Los escribas de la época del regreso de Babilonia, bajo el liderazgo
de Ezrá, recuperaron todo el material y lo organizaron en la forma
que conocemos hasta la actualidad (cinco libros divididos en 52
secciones y conocido como “JUMASH”. Por eso, la propia tradición
yahudí recuerda a Ezrá como “aquel que nos devolvió la Toráh”.
Para atar cabos y darle coherencia a todo esto, vamos imaginando
cómo pudo ser el proceso:
PROCESO
“Desde que Dawid consolidó el Reino de Israel hacia el siglo X
(A.D.M), las Kitbé Hakodesh consideradas “sagradas” debieron
recibir su primer modo de organización. Podemos decir que fue la
primera versión de la Biblia (recopilada): los códigos legales de la
Toráh, las instrucciones de cómo llevar a cabo los sacrificios en el
Tabernáculo, las indicaciones para la celebración de las Moedim, y
los relatos sobre los orígenes de la humanidad y del pueblo
yisraelita, fueron complementados con los libros de Shemuel, y
durante los siguientes cuatro siglos, con los de otros videntes y
profetas. Conforme a la usanza de la época, estos autores no sólo
escribieron sus profecías y visiones, sino también llevaron la crónica
de los hechos de cada rey.
Esa era la situación cuando vino la invasión babilónica. Como solía
suceder, la invasión no sólo implicaba tomar prisioneros y deponer
gobernantes, sino destruir desde su estructura interna al reino que
se había conquistado. Una estrategia clásica está muy bien descrita
en el libro de Daniel, y era bastante antigua para entonces (el
primero en usarla fue Tutmosis III de Egipto, mil años antes que
Nabucodonosor): tomar a los jóvenes aristócratas del reino
conquistado y llevarlos a la capital del Imperio para re-educarlos en
la cultura e ideología imperial, de tal modo que cuando regresasen
a ocupar sus cargos relevantes, la provincia fuera dirigida en un
modo perfectamente acoplado a la política de los emperadores.
Por ello, los babilonios debieron destruir la mayor cantidad de
documentos (ya fuesen en piedra o en pergamino ) que encontraron.
Yahrusalaim se mantuvo destituida durante medio siglo,
aproximadamente, hasta que la situación política vino a cambiar:
Ciro el Persa conquistó Babilonia y permitió que los judíos
regresáramos a nuestra tierra ancestral.
Allí fue donde Ezrá se levantó como el gran líder espiritual de esa
generación. Al frente de un grupo de escribas y de sacerdotes y
levitas, dirigió el proceso de restauración del pueblo yisraelita como
práctica religiosa. Y eso, obviamente, incluyó la restauración de las
Kitbé haKodesh (Escrituras Sagradas). Lo podemos ver claramente
en Nehemías 8:1-10, donde se nos narra el momento en que Ezrá
hizo la primera lectura pública del Rollo de la Toráh.
Su labor de restauración está preservada en dos singulares y ha
quedado grabada en las tradiciones judías (no por ser una tradición
judía quiere decir que debemos descartarla, porque hay cosas de
tradición que hablan de HISTORIA Y FORMAS y no son contrarias
a la Torah. La que viene del Talmud y es muy escueta.
Simplemente dice que “la Toráh se había olvidado, pero Ezrá la
restauró” (Sukka 20a). Y en la literatura apocalíptica, en el libro
conocido como IV Esdras, se cuenta que al regresar de Babilonia,
Ezrá descubrió con horror que todos los libros sagrados habían sido
destituidos. Esa misma noche, Elohe le reveló por medio de un
malaj que él sería el medio para la restauración de las Kitbé
haKodesh, y que al día siguiente debería preparar a su equipo de
escribas. Se trasladaron a las afueras de Yahrusalaim, y cuando
llegaron al lugar de trabajo había un cáliz con un líquido “color de
fuego”. Ezrá bebió el contenido, entró en trance, y comenzó a dictar.
Sus escribas transcribieron todo lo que dijo, y de ese modo se
recuperaron las ESCRITURAS.
Más allá del tono evidentemente legendario de esta última
anécdota, lo que vale la pena señalar es que se preservó la
memoria de que, en un momento crucial, Ezrá estuvo al frente del
trabajo de recuperación de las Escrituras de Israel.
Junto con su equipo de escribas, muy seguramente se dedicaron a
recuperar todo aquello que resultara útil, y poco a poco le fueron
dando una nueva forma. De ese modo surgió la versión definitiva de
la Toráh, los libros de Yahoshua, Jueces, I y II Shemuel, I y II
Reyes, I y II Crónicas, nuevas versiones de los Tehilim/Salmos y los
Mishlé/Proverbios, y las versiones casi definitivas de Isaías,
Miqueas y Habakuk.
Podría decirse que, con ello, se regresó a la normalidad: un pueblo
practicando su propia CAMINO DE FE en su propio país, y
disponiendo de un sistema cultual celebrado en el santuario de
Yahrusalaim, una casta sacerdotal a cargo de ese sistema, y un
texto sagrado como norma básica para todo y todos.
Aunque en esta ocasión hubo una situación nueva: muchos judíos
se quedaron en Babilonia, y terminaron con consolidar una
comunidad que, durante los siguientes mil años, sería la capital
económica y cultural del Judaísmo tradicionalista. Por razones tan
varias como complejas, la comunidad de la Casa de Yahudah de
Yahrusalaim nunca pudo alcanzar el nivel de estabilidad económica
que tuvo la de Babilonia. Por lo tanto, aunque Yahrusalaim siempre
fue la capital espiritual del Judaísmo, hubo épocas en las que las
mayores academias y los mejores sabios estuvieron instalados en
Babilonia.
Si nos atenemos a la versión tradicional de los hechos, así fue
como empezó a gestarse la KITBÉ HAKODESH.
Pero no. No es tan sencillo. En realidad, hay evidencias dispersas
pero significativas de que no todo mundo estuvo de acuerdo con la
reconstrucción “oficial” de las LA DAVAR DE YAHWEH, y que
desde el siglo V (AEM) bien pudo desarrollarse una tendencia
disidente que, en resumidas cuentas, generó otra reconstrucción.
Es decir, otra Biblia.
De las épocas inmediatas al regreso de Babilonia y lo que
podríamos llamar el “período persa” (539 a 332 AEM), no tenemos
demasiada información directa. Sólo podemos especular. Pero a
partir de la conquista de Alejandro Magno de la zona y del inicio del
período helénico (332 AEC), cada vez vamos teniendo más
información, misma que nos permite reconstruir cómo pudo ser el
desarrollo de eso que, después de la Guerra Macabea (años 167-
158 AEM) se convirtió en una literal guerra de Biblias.
En las siguientes notas vamos a explicar cómo pudo ser este
proceso, mismo que ahora conocemos gracias a los avances en la
investigación arqueológica y a las aportaciones de la Crítica
Textual.
Una epístola anterior de Shaul de Tarso a los corintios
Aparentemente esta carta contenía instrucciones de cómo
comportarse con la gente de mala voluntad. Se la menciona en
Qorintiyim Alef/1Corintios 5,9.

“Os escribí en carta que no os mezclarais con los fornicarios”.

Otra epístola de Shaul a los efesios


Esta carta es mencionada, aparentemente en Efesios 3,3.

“que, según revelación, se me manifestó el misterio, según


antes he escrito en breve”;

La carta de Pablo a los laodicenses


Esta carta es mencionada en Colosenses 4,16.

Y cuando hayáis leído esta epístola, haced que sea


también leída en la iglesia de Laodicea, y la que recibiréis
de Laodicea, leedla también vosotros.

Las profecías de Enoc


Este libro de profecías, es citado brevemente por Judas en
1,14-15.

De ellos también profetizó el séptimo desde Adán, Henoc,


cuando dijo: “He aquí que viene el Señor con sus santas
miríadas para ejercer un juicio contra todos y convencer a
todos los impíos de todas las impiedades que cometieron y
de todas las crudezas que contra El hablaron los pecadores
impíos.”

Todos los libros que hoy no disponemos y que fueron


citados en el Antiguo Testamento, sirvieron de base para
componer otros libros y redactar la historia del pueblo de
Israel.

En cuanto a las cartas que Pablo menciona en el Nuevo


Testamento, no llegaron a nosotros en forma de otros
libros, si no, que por voluntad de Dios, se transmitieron
mediante la Tradición.