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L A B OT Á N I C A D E L D E S E O

Introducción: El humano abejorro


de Michael Pollan.

Traducción de Mercedes Villalba de The botany of desire: A P


Plants
Eye-view of the world
world, Random House, Nueva York, 2002.

1
Las semillas de este libro fueron sembradas por primera vez en mi jardín —
mientras estaba sembrando semillas, es más. Sembrar semillas es algo placentero,
tranquilo, un trabajo no demasiado exigente; hay espacio de sobra para pensar
sobre otras cosas mientras se hace. En esta tarde de mayo en particular yo
resultaba estar sembrando en las cercanías de un manzano florecido repleto y
vibrante de abejas. Y lo que me encontré pensando fue esto: ¿Qué diferencia
existencial hay entre el rol de los seres humanos en este (o cualquier otro)
jardín y el de los abejorros?
Si esto suena como una comparación irrisoria, consideren lo que
estaba haciendo en el jardín esa tarde: diseminando los genes de una especie
y no otra, en este caso una papa Fingerling1 en lugar de, digamos, un puerro.
Los jardineros como yo tienden a pensar que esas decisiones son nuestra
prerrogativa soberana: en el espacio de este jardín, me digo a mí mismo, yo sólo
determino qué especies se van a propagar y cuáles desaparecerán. Yo estoy a
cargo aquí, en otras palabras, y detrás mío o hay humanos todav todavía más a cargo,
la larga cadena de jardineros y botánicos, criadores de plantas y, en estos días,
ingenieros genéticos que “seleccionaron”, “desarrollaron” o “criaron” la papa
en particular que yo decidí plantar. Hasta nuestra gramática deja perfectamente
claros los términos de esta relación: Yo escojo las plantas, Yo quito los yuyos, Yo cosecho
los cultivos. Dividimos el mundo entre objetos y sujetos, y en el jardín, como
generalmente en la naturaleza, nosotros los humanos somos los sujetos.
Pero esa tarde en mi jardín me encontré preguntandome: ¿Qué pasa si la
gramática está equivocada? ¿Qué pasa si no es nada más que una convención
autosuficiente? Un abejorro probablemente también se concibe a sí mismo
como un sujeto en el jardín y al capullo que está saqueando para apoderarse de
su gota de néctar como el objeto. Pero nosotros sabemos que eso es un producto
de su imaginación. La verdad es que la flor ha manipulado ingeniosamente a la
abeja para que reparta su polen de una flor a otra.
La relación ancestral entre flores y abejas es un clásico ejemplo de lo
que se conoce como “coevolución”. En un trato coevolutivo como el que
mantienen el abejorro y el manzano las dos partes actúan sobre la otra para
ejercer sus intereses individuales pero acaban intercambiando favores: comida
para el abejorro, transporte para los genes del manzano. La conciencia no tiene
que entrar en ninguno de los lados, y la distinción tradicional entre objeto y
sujeto carece de significado.

1
Nota de la Traductora: Los nombres de las variedades se mantienen en el idioma original.
2
Me di cuenta de que el asunto entre el gajo que estoy plantando y yo no
es tan distinto; nosotros también somos socios de una relación coevolutiva,
como hemos sido, de hecho, desde el nacimiento de la agricultura hace más de
mil años. Como la flor del manzano, cuya forma y olor fueron seleccionados
por abejas durante incontables generaciones, el tamaño y el sabor de la papa
han sido seleccionados durante incontables generaciones por nosotros —
por los incas y los irlandeses, hasta por gente como yo pidiendo papas fritas
en el McDonald´s. Las abejas y los humanos tienen ambos sus criterios de
selección: simetría y dulzura en el caso de la abeja; peso y valor nutritivo en el
caso del humano consumidor de papas. El hecho de que uno de los dos haya
evolucionado para volverse intermitentemente consciente de sus deseos no
hace ninguna diferencia para la papa o la flor involucrada en el trato. Todo lo
que le importa a esas plantas es lo que le importa a cualquier ser vivo a un nivel
genético muy básico: hacer más copias de sí mismo. Mediante un sistema de
prueba y error, estas especies vegetales han descubierto que la mejor manera
de hacerlo es introducir animales —abejas o humanos, no importa— para
esparcir sus genes. ¿Cómo? Jugando con los deseos de los animales, conscientes
e inconscientes. Las flores y retoños que consigan hacer esto de la forma más
efectiva van a ser los que lleguen a ser máss fruct
fructíferos y a multiplicarse.
Entonces la pregunta surgió en mi mente ese día: ¿Yo Yo eleg
elegí plantar
estas papas, o la papa me obligó a hacerlo? De hecho, ambas afirmaciones
son ciertas. Puedo recordar el momento exacto en que esa papa me sedujo,
mostrando sus nudosos encantos en la página de un catálogo de semillas. Creo
que fue la sabrosa expresión “pulpa mantecosa y amarilla” la que hizo el resto.
Este fue un evento trivial y semi consciente; nunca se me ocurrió que nuestro
encuentro por catálogo pudiera tener ninguna consecuencia evolutiva. Sin
embargo, la evolución consiste en una infinitud de eventos inconscientes y
triviales, y en la evolución de la papa mi lectura de ese catálogo de semillas en
particular en una tarde de enero en especial cuenta como uno de ellos.
Esa tarde de mayo, de repente, el jardín se me apareció bajo una nueva
luz, los varios placeres que ofrecía al ojo, al olfato y al gusto ya no eran tan
inocentes y pasivos. Todas estas plantas, a las que siempre consideré objetos de
mi deseo eran también, me di cuenta, sujetos actuando sobre mi, haciéndome
hacer cosas por ellos que no podían hacer por sí mismos.
Y ahí es cuando tuve la idea: ¿Qué pasarí
pasar a si miráramos al mundo más
allá del jardín de esta manera, considerando nuestro lugar en la naturaleza
desde la misma perspectiva invertida?
Este libro intenta hacer justo eso, contando la historia de cuatro plantas
que nos son familiares —la manzana, el tulipán, el cannabis y la papa— y los
deseos humanos que unen sus destinos con el nuestro. Su tema más amplio
3
es la compleja relación recíproca entre el mundo natural y el humano, que yo
enfoco desde un ángulo poco convencional: tomo en serio el punto de vista de
la planta.

*
Las cuatro plantas cuya historia cuenta este libro son lo que llamamos,
“especies domesticadas”, un término un poco asimétrico —de nuevo la
gramática— que nos deja con la impresión de que nosotros estamos al mando.
Inmediatamente pensamos en la domesticación como algo que nosotros le
hacemos a otras especies, pero tiene tanto sentido pensarla como algo que
ciertas plantas y animales nos hicieron a nosotros, una ingeniosa estrategia
evolutiva para hacer avanzar sus intereses. Las especies que se han pasado los
últimos diez mil años más o menos descifrando cómo alimentarnos, curarnos,
vestirnos, intoxicarnos y satisfacernos de tantas maneras, se convirtieron en
algunas de las más importantes historias de éxito de la naturaleza.
Lo sorprendente es que normalmente no consideramos a especies como
la vaca o la papa, el tulipán y el perro, como las criaturas más extraordinarias
de la naturaleza. Las especies domesticadas no nos inspiran el respeto de sus
primos salvajes. Puede que la evolución premie la interdependencia, pero
nuestros yos pensantes continúan alabando la independencia. El lobo de
alguna forma parece impresionarnos más que el perro.
Sin embargo, hoy hay cincuenta millones de perros en América y sólo
diez mil lobos. Entonces ¿qué sabe el perro sobre cómo arreglárselas en
este mundo que su ancestro salvaje no sabe? Lo que el perro entiende —
el tema sobre el que se ha especializado durante los diez mil años que ha
estado evolucionando a nuestro lado— es a nosotros: nuestras necesidades y
deseos, nuestras emociones y valores, los cuales se incorporaren en sus genes
como parte de una sofisticada estrategia de supervivencia. Si pudieras leer el
genoma de un perro como un libro, aprenderías mucho sobre quienes somos
y lo que nos hace comportarnos como nos comportamos. Normalmente no
le damos tanto crédito a las plantas como a los animales pero puede decirse
lo mismo sobre el libro genético de la manzana, el tulipán, el cannabis o la
papa. Podr
Podríamos leer volúmenes enteros sobre nosotros en sus páginas, en los
ingeniosos juegos de instrucciones que han desarrollado para convertir a las
personas en abejas.
Luego de diez mil años de coevolución sus genes son archivos de
información cultural tanto como natural. El ADN de aquel tulipán color marfil
con pétalos atenuados como sables contiene información precisa de cómo
atraer el ojo no de una abeja, sino de un turco otomano; tiene bastante para
4
decirnos sobre la idea de belleza de esa época. De igual manera cada papa
Ruset Burbank alberga un tratado sobre nuestra cadena alimenticia industrial
—y sobre nuestro gusto por las papas fritas largas y perfectamente doradas.
Eso es porque nos hemos pasado los últimos miles de años haciendo nuevas
versiones de estas especies a través de la selección artificial, transformando un
minúsculo y tóxico tubérculo en una papa gorda y nutritiva, y una flor silvestre
y desagradable en un alto y espléndido tulipán. Lo que es mucho menos obvio,
al menos para nosotros, es que estas plantas han estado, al mismo tiempo,
dedicadas a la empresa de hacer nuevas versiones de nosotros.

*
Llamo a este libro La bot
botánica del deseo porque trata tanto sobre los deseos
humanos que nos conectan con estas plantas como de las plantas mismas. Mi
premisa es que los deseos humanos forman parte de la historia natural de la
misma manera que lo hace el gusto de los colibr colibríes por el rojo o el gusto de la
hormiga por la melaza de los pulgones . Pienso que son el equivalente humano
2

del néctar. Así que mientras este libro explora la historia social de estas plantas,
entretejiendola con nuestra historia, es la mismo tiempo una historia natural
de los cuatro deseos humanos que estas plantas evolucionaron para incitar y
satisfacer.
Me interesa no sólo como la papa alteró el curso de la historia europea
o como el cannabis ayudó a encender la revolución romántica en occidente,
sino también la manera en que nociones en la mente de hombre y mujeres
transformaron la apariencia, el gusto y los efectos mentales de estas plantas.
A través de un proceso de coevolución las ideas humanas se transforman en
hechos naturales: el contorno de los pétalos de un tulipán, digamos, o el gusto
ácido de una manzana Jonagold.
Los cuatro deseos que exploro aquí son dulzura, definida ampliamente,
en la historia de la manzana; belleza en la del tulipán; embriaguez en la historia
del cannabis; y control en la historia de la papa —específicamente en la historia
de una papa alterada genéticamente que planté en mi jardín para ver a dónde
se podrían estar dirigiendo las antiguas artes de la domesticación. Estas cuatro
plantas tienen algo importante que enseñarnos sobre estos cuatro deseos —
sobre lo que nos hace actuar de la manera que actuamos. Por ejemplo, no creo
2
N. del T: Los áfidos (o pulgones) han desarrollado en la evolución una relación simbiótica con
las hormigas, que no sólo las toleran sobre las plantas, sino que les protegen de sus depredadores
especializados, como las mariquitas o las crisomelas, a cambio de la secreción de sus sifones por
los que vierten una secreción azucarada que les sirve para sobornar a las hormigas. También
las abejas pueden recoger esa melaza, incorporándola a la composición de la miel. [Wikipedia.
org: áfidos]
5
que podamos empezar a entender el empuje gravitacional de la belleza sin
entender primero la flor, ya que fue la flor la que primero introdujo la idea de
belleza al mundo en el momento en que, hace mucho tiempo, la atracción floral
surgió como una estrategia evolutiva. Bajo el mismo engaño, la embriaguez es
un deseo humano que puede que nunca hubiéramos cultivado de no ser por
un puñado de plantas que supieron manufacturar químicos con la precisa clave
molecular usada para activar los mecanismos de nuestro cerebro que operan el
placer, la memoria, y puede que hasta la trascendencia.
La domesticación va mucho más allá de tubérculos gordos y ovejas
dóciles; los hijos del antiguo matrimonio entre plantas y personas son mucho
más extraños y maravillosos de lo que nos damos cuenta. Hay historia natural
de la imaginación humana, de la belleza, la religión
n y posiblemente de la filosof
losofía
también. Uno de los objetivos de este libro es iluminar un poco el papel de
estas plantas ordinarias en esa historia.

*
Las plantas se parecen tan poco a las personas que nos es dif difícil
apreciar totalmente su complejidad y sofisticación. Sin embargo, las plantas
llevan evolucionando mucho, mucho más tiempo que nosotros, han estado
inventando estrategias para su supervivencia y perfeccionando sus diseños
durante tanto tiempo que decir que uno de nosotros es más “avanzado”
depende de verdad en cómo defines el término, o en que “avances” valoras.
Naturalmente valoramos habilidades como la conciencia, la capacidad de hacer
herramientas y el lenguaje, aunque sea porque estos han sido los destinos de
nuestro viaje evolutivo hasta ahora. Las plantas han recorrido toda esa distancia
y un poco más —sólo que lo han hecho en una dirección distinta.
Las plantas son las alquimistas de la naturaleza, expertas en transformar
agua, tierra y luz solar en toda una gama de sustancias preciosas, muchas
de ellas más allá de la habilidad humana para concebirlas, mucho menos
fabricarlas. Mientras estábamos perfeccionando la conciencia y aprendiendo
como caminar en dos pies ellas estaban, por el mismo proceso de selección
natural, inventando la fotosíntesis (el maravilloso truco de convertir luz solar
en comida) y perfeccionando la química orgánica. Resulta que muchos de los
descubrimientos de ffísica y química de las plantas nos han servido también
a nosotros. De las plantas vienen los compuestos químicos que nutren y
sanan, envenenan y encantan los sentidos, otros que excitan, que adormecen
o embriagan y unos pocos con la increíble capacidad de alterar la conciencia
—hasta de plantar sueños en las mentes de humanos despiertos.
¿Para qué se har
harían todo ese problema? ¿Por qué deberí
deber an las plantas
6
molestarse en idear las recetas de tantas moléculas
culas complejas y gastar la energ
energía
que se necesita para fabricarlas? Una razón importante es la protección. Una
gran cantidad de los químicos de las plantas fueron diseñados por selección
natural para obligar a otras criaturas a dejarlos en paz: venenos mortales,
sabores asquerosos, toxinas para confundir las mentes de los depredadores.
Pero muchas otras sustancias que las plantas fabrican tienen el resultado
exactamente opuesto, atrayendo a otras criaturas, inspirando y satisfaciendo
sus deseos.
El mismo hecho existencial de las plantas explica por qué hacen químicos
para atraer y repeler a otras especies: su inmovilidad. La gran cosa que las
plantas no pueden hacer es moverse o, para ser más preciso, trasladarse. Las
plantas no pueden escaparse de las criaturas que las atacan, tampoco pueden
cambiar su ubicación ni ampliar su alcance sin ayuda.
Así que hace unos cien millones de años, las plantas tropezaron con
una manera —unos cuantos miles de maneras, de hecho— de conseguir
que los animales las transportaran, a ellas y a sus genes, de aquí para allá.
Esta fue la linea evolutiva asociada al advenimiento de los agiospermas3, una
extraordinaria nueva clase de plantas que hacían llamativas flores y formaban
grandes semillas que otras especies eran inducidas a diseminar. Las plantas
empezaron a desarrollar cubiertas espinosas que se adher adherían al pelo de los
animales como velcro, flores que seducían a las abejas para espolvorear polen
en sus patas, y bellotas que las ardillas diligentemente llevaban de un bosque a
otro enterrandolas para después, la cantidad suficiente de veces, olvidarse de
comerlas.
Hasta la evolución evoluciona. Hace unos diez mil años el mundo
presenció un segundo esplendor de la diversidad vegetal que llegaríamos a
llamar, un poco egocéntricamente, “la invención de la agricultura”. Un grupo
de angiospermas que refinó su estrategia básica de poner a los animales a
trabajar para aprovecharse de un animal en particular que había evolucionado
no sólo hasta moverse libremente por la tierra, sino a pensar e intercambiar
pensamientos complejos. Estas plantas dieron con una estrategia muy
inteligente: hacer que nosotros nos movamos y pensemos por ellas. Llegaron
entonces los pastos comestibles (como el maíz y el trigo) que incitaron a los
humanos a talar vastos bosques para hacerles más lugar; flores cuya belleza
transfigurar
guraría culturas enteras; plantas tan irresistibles, útiles y sabrosas que

3
N. del T: Las flores de las angiospermas se diferencian de las flores del resto de las
espermatofitas –plantas que producen semillas- en que poseen verticilos o espirales ordenados
de sépalos, pétalos, estambres y carpelos, y los carpelos encierran a los óvulos y reciben el
polen sobre su superficie estigmática. [Wikipedia.org: agioespermas]
7
inspirar an a los humanos a sembrar, transportar, exaltar y hasta escribir libros
inspirarí
sobre ellas. Este es uno de esos libros.
¿Estoy sugiriendo que las plantas me obligaron a hacerlo? Sólo en el
sentido en que las flores “obligan” a las abejas a visitarlas. La evolución no
depende de la intención o la voluntad para funcionar; es, casi por definición, un
proceso inconsciente e involuntario. Todo lo que requiere son seres obligados,
como lo están los animales y las plantas, a mejorar por todos los medios
que les ofrece la prueba y el error. A veces un rasgo de adaptación es tan
ingenioso que parece a propósito: la hormiga que “cultiva” su propio jardín de
hongos comestibles, por ejemplo, o la planta jarra que convence a una mosca
de que es un pedazo de carne putrefacta. Pero estos rasgos son ingeniosos
sólo retrospectivamente. El diseño en la naturaleza es la concatenación de
accidentes, eliminados por la selección natural hasta que el resultado es tan
bello y efectivo que parece un milagro de intención.
De la misma forma, solemos sobrestimar nuestro propia acción en la
naturaleza. Muchas de las actividades que a los humanos les gusta pensar que
hacen por sus propios y buenos propósitos —inventar la agricultura, proscribir
ciertas plantas, escribir libros alabando otras— son meras contingencias para la
naturaleza. Nuestros deseos son más molienda para el molino de la evolución,
como un cambio en el clima: un peligro para algunas especies, una oportunidad
para otras. Puede que nuestra gramática nos enseñe a dividir el mundo en
sujetos activos y objetos pasivos, pero en una relación coevolutiva todo sujeto
es un objeto y todo objeto un sujeto. Por eso tiene igual sentido pensar en la
agricultura como algo que las pastos hicieron a las personas para conseguir
conquistar a los árboles.

*
Cuando Charles Darwin estaba escribiendo El origen de las especies,
decidiendo como introducir mejor su estrafalaria idea de la selección natural
al mundo, estableció una curiosa estrategia retórica. En lugar de empezar el
libro con un resumen de su nueva teorteoría, empezó con un tema secundario que
juzgaba la gente (y puede que los jardineros ingleses en particular) entender
entendería
mejor. Darwin dedicó el primer capítulo de El origen de las especies a un caso
especial de la selección natural llamado “selección artificial” —su término para
definir el proceso por el cual las especies domesticadas llegaron al mundo.
Darwin utilizaba la palabra artificial no en el sentido de falso sino en cuanto
artefacto: una cosa que refleja la voluntad humana. No hay nada de falso en una
rosa híbrida o una pera china, un cocker spaniel o una paloma de exhibición.
Estas fueron algunas de las especies sobre las que Darwin escribió en su
8
primer capítulo, demostrando como en cada caso las especies propusieron una
abanico de variaciones del que los humanos seleccionaron los rasgos que serían
pasados a la siguiente generación. En el reino particular de la domesticación,
explicaba Darwin, el deseo humano (a veces consciente, otras no) juega el
mismo papel que la naturaleza ciega en los demás lugares, determinando que
constituye lo “apto” y en consecuencia, llevando con el tiempo a la emergencia
de nuevas formas de vida. Las reglas evolutivas son las mismas (“modificación
por descendencia”), pero Darwin entendió que serían máss ffáciles de seguir
en la rosa de té que en las tortugas marinas, en el jardín más que en las Islas
Galápagos.
En los años desde la publicación de El origen de las especies la dura linea
conceptual que dividía la selección natural de la artificial se ha ido desdibujando.
Mientras hubo un tiempo en que la humanidad ejercía su voluntad en la arena
relativamente limitada de la selección
n artificial (la arena que yo metaf
metafóricamente
imagino como un jardín) mientras la naturaleza dominaba el resto, hoy, la
fuerza de nuestra presencia se siente en todos lados. Se ha vuelto mucho más
dif cil, en el último siglo, definir dónde termina el jardín y dónde empieza
difí
la naturaleza pura. Estamos cambiando el clima evolutivo de maneras que
Darwin jamás podría haber imaginado; es más, hasta el clima mismo es ahora
un artefacto, las tormentas y las temperaturas reflejando nuestras acciones.
Para muchas especies hoy, la “aptitud” es la habilidad para adaptarse a un
mundo en el que la humanidad se ha convertido en la fuerza evolutiva más
poderosa. La selección artificial se ha convertido en un capítulo mucho más
importante en la ciencia natural al desplazarse al espacio antes sólo dominado
por la selección natural.
Ese espacio, al que a menudo llamamos “lo salvaje”, nunca estuvo
tan libre de nuestra influencia como nos gustaría pensar; los Mohawks4 y
Delawares5 dejaron su marca en la naturaleza de Ohio mucho antes de que John
Chapman (conocido como John Appleseed6) apareciera y empezara a plantar
árboles. Sin embargo, hasta el sueño de un lugar así se ha vuelto dif difícil de
sostener en tiempos de calentamiento global, agujeros de ozono, y tecnolog
tecnologías
que nos permiten modificar la vida a un nivel genético —uno de los últimos

4
N. del T: Los Mohawk
M son un grupo de la Confederación Iroquesa autodeclarados como
nación.
n. Viv
Vivían en el valle del Mohawk, cerca del lago Ontario, ocupando tres villas en el actual
Schenectady. Hoy en día ocupan las reservas de Sant Regis (Nueva York), Oka, Kanesatake y
Kahnawake (Quebec) y algunos en Brantford y Bay of Quinte (Ontario).
5
N. del T: Los Lenape o Lenni-Lenape (también conocidos como Delawere
Delawere) eran un pueblo
amerindio que viv
vivía en lo que hoy son los Estados Unidos de América, más concretamente en
lo que hoy son los estados de Nueva Jersey, Pensilvania oriental, y el sur del estado de Nueva
York. Eran una parte del grupo Algonquino de pueblos indígenas.
6
N. del T: Literalmente ““Juan Semilla de Manzano” 9
reductos de la naturaleza. En parte por defecto, en parte por diseño, ahora toda
la naturaleza está en proceso de ser domesticada —entrando o encontrándose
a sí misma debajo del (algo dañado) techo de la civilización. En efecto, hasta lo
salvaje depende ahora de la civilización para sobrevivir.
Las historias de éxito de la naturaleza de hoy, probablemente serán más
parecidas a la de la manzana que a la del panda o el leopardo. Si estas dos
últimas especies tienen un futuro, será por deseo humano; extrañamente, su
supervivencia depende hasta ese punto de una forma de selección artificial.
Este es el mundo en el que nosotros, junto con las otras criaturas de la Tierra,
debemos abrir un camino inexplorado.
Este libro sucede en ese mundo, considérenlo una serie de partes del
jardín de la selección artificial de Darwin, siempre en expansión. Sus personajes
principales son cuatro de las historias de éxito del mundo. Los perros, gatos y
caballos del mundo vegetal, especies domesticadas familiares para cualquiera,
tan entretejidas en nuestra vida cotidiana que difdifícilmente las pensamos como
“especies” o siquiera partes de “la naturaleza”. Pero ¿por qué?, sospecho que es
en parte culpa de la palabra. “Doméstico” implica que estas especies llegaron
o fueron puestas debajo del techo de la civilización, lo que es bastante cierto,
pero la metáfora de la casa nos induce a pensar que haciendo esto han, como
nosotros, de alguna manera dejado la naturaleza, como si la naturaleza fuera algo
que sólo sucede afuera.
Esto es simplemente otra falla de la imaginación: la naturaleza no se
encuentra solo “afuera”, también está “adentro”, en la manzana y la papa, en
el jardín y la cocina, hasta en el cerebro de un hombre que admira la belleza de
un tulipán o inhalando el humo de una flor de cannabis que se quema. Apuesto
que cuando podamos encontrar a la naturaleza en estos lugares tan ffácilmente
como la encontramos en lo salvaje, habremos avanzado una distancia muy
considerable hacia el entendimiento de nuestro lugar en el mundo en toda su
complejidad y ambigüedad.
He elegido la manzana, el tulipán, el cannabis y la papa por varias
razones lógicas. Una es que representan cuatro clases de planta domesticada
(una fruta, una flor, una droga y una comida corriente). También porque
habiendo cultivado estas plantas en un momento u otro en mi propio jardín,
me encuentro en términos bastante íntimos con ellas. Pero la razón principal
por la que eleg
elegí estas plantas y no otras es más simple: tienen grandes historias
para contar. Cada uno de los siguientes capítulos toma la forma de un viaje que
bien empieza, pasa o termina en mi jardín pero en el camino se aventura muy
lejos, tanto en el espacio como en el tiempo histórico: al Amsterdam del siglo
XVII donde por un breve y perverso momento, el tulipán fue más preciado
que el oro; a un campo corporativo en St. Louis donde ingenieros genéticos
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están reinventando la papa; y de vuelta a Amsterdam donde otra flor, no tan
adorable, se ha vuelto nuevamente más preciosa que el oro. También viajé
a granjas de papa en Idaho; seguí la pasión de mi especie por las plantas
intoxicantes a través de la historia hasta la neurociencia contemporánea; y
remé una canoa en un río de Ohio central buscando al John Appleseed real.
Ansiando entender nuestra relación con estas cuatro especies en toda su
complejidad, las miré, por turnos, a través de muchos lentes: historia social y
natural, ciencia, periodismo, biograf
biografía, mitolog
mitología, filosof
losofía y memoria.
Estas son historias, entonces, sobre el Hombre y la Naturaleza. Nos
hemos contado esas historias desde siempre, como una manera de dotar de
sentido a lo que llamamos nuestra “relación con la naturaleza” —para tomar
prestada esa curiosa y reveladora frase. ((¿Qué otras especies siquiera dicen tener
una “relación” con la naturaleza?) Desde hace ya bastante tiempo, el Hombre
de estas historias ha contemplado a la Naturaleza a través de un abismo de
temor, misterio o vergüenza. Hasta cuando el curso de estas narraciones
cambia, como lo ha hecho a través del tiempo, el abismo permanece. Está la
vieja historia heroica donde el Hombre está en guerra con la Naturaleza; la
versión romántica donde el Hombre se funde espiritualmente en la Naturaleza
(normalmente con un poco de ayuda de la falacia patética); y, más recientemente,
el cuento de la moralidad ambiental en el que la Naturaleza le devuelve al
Hombre todas sus transgresiones, normalmente con la moneda del desastre
—tres narrativas diferentes (al menos), y sin embargo todas comparten una
premisa de la que no nos podemos librar aunque sabemos que es falsa: que de
alguna manera estamos fuera, o aparte, de la naturaleza.
Este libro cuenta una historia distinta sobre el Hombre y la Naturaleza,
una que pretende ponernos de nuevo en esa gran red recíproca que es la vida
en la Tierra. Lo que espero es que a la hora de cerrar este libro, las cosas afuera
(y adentro) se vean un poco diferentes, para que cuando vean una manzana
al otro lado de la carretera o un tulipán al extremo de la mesa no parezcan
tan ajenos, tan Otro. Mirar a estas plantas, en cambio, como a compañeros
complacientes en una relación íntima y recíproca con nosotros, significa
mirarnos a nosotros mismos de una forma un poco diferente, también: como
los objetos de los deseos y el diseño de otra especie, como una de las abejas
más nuevas en el jardín de Darwin —ingeniosas, a veces imprudentes, y muy
poco conscientes de sí mismas. Piensen en este libro como en el espejo de esa
abeja.

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MICHAEL POLLAN (Long Island, 1955)
Es colaborador del New York Times y ha escrito varios libros
y artículos sobre lugares donde se cruzan cultura y naturaleza:
comida, agricultura, jardines, drogas y arquitectura. Es autor de
In Defense of Food: An Eater`s Manifesto (2008) The Botany of Desire:
A Plant’s-Eye View of the World (2001), A Place of My Own (1997)
y Second Nature (1991), entre otros. Ninguno de sus libros está
traducido al castellano.

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